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EL VELO DE LA MUJER EN EL
TEMPLO
Carta abierta al reverendo padre director de “El Mensajero del
Corazón de Jesús"
Respecto de la cuestión del velo de la mujer en el templo, cuya opinión
leí en uno de sus números de la revista, me permito y tengo el honor de
responder lo que sigue:
El canon 1262 (*), a mi entender, no trata de consejo, sino de Ley. «Mulieres,
capite coperto et modesto vestltae», sobre todo al recibir la Comunión.
Dice «El Mensajero» que existe una «frase de San Pablo».... Yo creo
que existen varias, tantas cuantas razones aduce el Apóstol para llegar a la
persuasión de lo que prescribe. (l.ª Ad cor. 11, 2) «sicut tradidi vobis,
praecepta mea». El griego traduce las tradiciones. Santo Tomás dice
que este lugar sirve para confirmar el Dogma Católico de las Tradiciones de
la Iglesia, aun aquellas que pertenecen a la Disciplina, de que aquí se
trata. En la Constitución sobre la Divina Revelación número 8 del Concilio
Vaticano II se lee «que los apóstoles, al transmitir lo que ellos mismos han recibido
amonestan a los fieles a que custodien las Tradiciones que han
aprendido de palabra o por escrito». Este es el exordio del Apóstol para
decir lo que sigue: «Toda mujer que ora... con la cabeza descubierta,
deshonra su cabeza porque el velo es una señal de sujeción, propia de la
mujer al varón, que es cabeza de la mujer, puesto que ella fue formada del
varón y para el varón, siendo gloria de él.»
Continúa el Apóstol: «Debe
la mujer traer sobre la cabeza la divisa de la sujeción. Y también, por
respeto a los ángeles. En Isaías 6, 2, se lee: «Alrededor del Solio (del
Señor) estaban los serafines; cada uno de ellos tenía seis alas: con dos cubrían
su rostro»... (En señal de adoración y respeto.) ¡Los ángeles
cubiertos sus rostros por respeto y
adoración a su Divina Majestad! ¿Y las mujeres descubiertas su cabeza?
Por eso dice el Apóstol: «por respeto a los ángeles». Los ángeles,
modelos de adoración a Dios. ¡Que les imiten las mujeres en lo que es tan
digno para ellas!
Otros interpretan «propter angelos» aludiendo a los Sagrados
Ministros que también son llamados ángeles por la pureza y santidad de su ministerio.
Dicen algunos que no hay que dar tanta importancia a este asunto
porque es cosa meramente disciplinar.
Y hay que preguntarse: ¿Este precepto del Santo Apóstol no tendrá alguna
relación con la moralidad específica de la mujer en la asamblea cristiana?¿Por
qué el Código equipara a la modestia del vestido el cubrirse la cabeza? En
efecto, esta idea la corrobora San Pablo cuando pregunta: «¿Decet...? ¿Es
decente...? Esta palabra en boca del
Apóstol nos asombra. Porque la decencia o indecencia son conceptos
que atañen directamente a la moralidad o inmoralidad de los actos.
Es cosa sabida que la belleza femenina radica principalmente en el
rostro y en el peinado. Dios, por medio de la naturaleza, enseña a la mujer a
cubrir su belleza, para no dar ocasión de pecado, con el velo de su larga
cabellera. Razón, pues, tiene San Pablo al hablar de la indecencia específica
de la mujer en el Templo del Señor donde todo debe respirar modestia,
recogimiento y oración. Razón tiene igualmente el canon 1262.
No se encuentra en San Pablo otro texto más apremiante que éste
para llevar la persuasión sin reservas, en lo que prescribe en esta materia
al parecer, ¿sin importancia?
Previendo todas las objeciones en el futuro, termina el Apóstol: «Si,
no obstante nuestras razones, alguien se muestra terco, le diremos que
nosotros (el pueblo hebreo, el pueblo de Dios) no tenemos esa costumbre.
(Las buenas costumbres son el objeto de la moral.) Y continúa: «Ni la Iglesia
de Dios.»
Es de tener en cuenta que este asunto disciplinar es el de más larga
tradición en el pueblo de Dios. Es muy significativo lo que le ocurrió al
gran Patriarca Abraham, con el que Dios hizo su pacto de alianza (Génesis,
20). En el versículo 16 se lee que el Rey de Gerara dijo a Sara, esposa de
Abraham: «Mira que he dado a tu esposo mil monedas de plata para que en
cualquier lugar que vayas tengas siempre un velo sobre los ojos (en
señal de casada) delante de todos aquellos con quienes te hallares...», lo
que prueba, que es Tradición y Sagrada Escritura del Antiguo Testamento, así
como también es palabra de Dios oral y escrita en el Testamento Nuevo. Otra
prueba es que nuestra Santa Madre la Iglesia continúa la Tradición en el
Velo nupcial.
«Qui spernit modica, paulatim decidet», dice el Espíritu Santo (Eclesiástico,
19, 1). No despreciemos las cosas pequeñas para no caer en otras mayores. Y,
en efecto, esas mujeres irreverentes son las primeras que salen de la Iglesia
después de comulgar, sin tiempo de rezar ni breves Padrenuestros en acción de
gracias, al paso que con su desenfado van abriéndose camino a otros géneros
de inmodestia en la Casa del Señor.
Por otra parte, no hay derecho a llevar el escándalo y la interior
indignación a otras almas más comprensivas y respetuosas con el Señor. Muchas
señoras nos muestran su desagrado ante tal provocación. Hoy más que nunca
hace falta la unión. ¿Por qué se ha introducido en la Asamblea cristiana esa
cuña de desunión? ¿Cómo se atreven—dicen las cristianas sensatas—a recibir al
Señor, cubierto con los Velos Eucarísticos, ocultando su Divinidad y su Humanidad,
por un acto de Humildad Infinita, ellas, descubierta su cabeza, en signo de
vanidad y ostentación?
Si de una palabra ociosa, Dios nos pedirá cuenta, imaginémonos la de
miradas y pensamientos que pueden correr en la Asamblea Santa. (…)
Suyo afectísimo en el Señor.
ANTONIO MENCHERO, Pbro.
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967
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