Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta Ejército. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ejército. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de noviembre de 2025

La Cruzada, el Ejército y Cataluña

 Artículo de 1970 

 LA CRUZADA, EL EJÉRCITO Y CATALUÑA

 Con motivo del 1 de abril, aniversario de la victoria contra el marxismo, en el salón del palacio arzobispal de Tarragona, tuvo lugar la imposición de la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, concedida por el Jefe del Estado, por decreto del 5 del pasado enero, al Emmo. señor Cardenal doctor don Benjamín de Arriba Castro, Arzobispo y Primado de las Españas. (…)

 Nuestra guerra fue una Cruzada

 Cuando tanto derroche se hace con el intento de borrar el intrínseco y entrañable sentido de cruzada, ha sido muy preciso el recuerdo de excelentísimo señor capitán general de Cataluña haciendo presente que el actual cardenal de Tarragona es uno de los obispos españoles firmante de la Carta Colectiva del Episcopado español de 1 de julio de 1937, definiendo el contenido legítimo católico del Alzamiento Nacional de 1936.

 Sí, nuestra guerra fue una cruzada. Y cabe el honor a Cataluña de que dos figuras, de las más descollantes de la jerarquía eclesiástica, fueran dos cardenales catalanes que, por serlo de verdad, alcanzaron las más altas cimas de la prudencia política y de la sabiduría verdadera, documentando y argumentando irreversiblemente la definición histórico-teológica de nuestra lucha.

 En primer lugar, el entonces obispo de Salamanca, doctor Pla y Deniel, ya en 30 de septiembre de 1936, escribía;

 “¿Cómo se explica que hayan apoyado el actual Alzamiento los prelados españoles, y el mismo Romano Pontífice haya bendecido a los que luchan en uno de los dos campos? La explicación plenísima nos la da el carácter de la actual lucha que convierte a España en espectáculo para el mundo entero. Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden.

 Cuando los sacrilegios, asesinatos e incendios se han verificado antes de todo apoyo oficial de la Iglesia, cuando el Gobierno no contestó siquiera a las razonadas protestas del Romano Pontífice, cuando el mismo Gobierno ha ido desapareciendo de hecho, no sólo en la parte del territorio nacional que perdió desde los primeros momentos, sino aun en los territorios a él todavía sujetos, en los que no ha podido contener los desmanes y se ha visto desbordado por turbas anarquizantes y aun declaradamente anarquistas, entonces ya nadie ha podido recriminar a laIglesia porque se haya, abierta y oficialmente, pronunciado a favor del orden contra la anarquía, a favor de la implantación de un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y de sus fundamentos, religión, patria y familia, contra los sin Dios y contra Dios, sin patria y hospicianos del mundo, en frase feliz de un poeta cristiano. Ya no se ha tratado de una guerra civil, sino de una cruzada por la religión y por la patria y por la civilización. Ya nadie podía tachar a la Iglesia de perturbadora del orden, que ni siquiera precariamente existía.

 En realidad, se trataba, como ha dicho exactamente el Jefe del Gobierno de una nación extranjera: "Estamos cansados de decir a Europa que la guerra civil española, independientemente de la voluntad y de las partes en conflicto, es con absoluta evidencia una lucha internacional en un campo de batalla nacional. (…)

 ¿Cómo ante el peligro comunista en España, cuando no se trata de una guerra por cuestiones dinásticas, ni formas de gobiernos, sino de una cruzada contra el comunismo para salvar la religión, la patria y la familia, no hemos de entregar los obispos nuestros pectorales y bendecir a los nuevos cruzados del siglo XX y sus gloriosas enseñas, que son por otra parte la gloriosa bandera tradicional de España?”

 También el cardenal Gomá, en su celebre pastoral “El caso de España”, afirma rotundamente:

 “¿Guerra civil? La guerra civil que sigue asolando gran parte de España y destruyendo magníficas ciudades no es, en lo que tiene de popular y nacional, una contienda de carácter político en el sentido estricto de la palabra. No se lucha por la República, aunque así lo quieran los partidarios de cierta clase de República. Ni ha sido móvil de la guerra la solución de una cuestión dinástica, porque hoy ha quedado relegada a último plano hasta la cuestión misma de la forma de gobierno. Ni se ventilan con las armas problemas interregionales en el seno de la gran patria, bien que en el período de lucha, y complicándola gravemente, se hayan levantado banderas que concretan anhelos de reivindicaciones más o menos provincialistas.

 Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra este otro espíritu, si espíritu puede llamarse, que quisiera fundir todo lo humano, desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de España; de otra, un informe conglomerado de combatientes cuyo empeño principal es, más que vencer al enemigo, o, si se quiere, por el triunfo sobre el enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización.

 Ignoramos cómo y con qué fines se produjo la insurrección militar de julio: los suponemos elevadísimos. El curso posterior de los hechos ha demostrado que lo determinó, y lo ha informado posteriormente, un profundo sentido de amor a la patria. Estaba ya casi en el fondo del abismo, y se la quiso salvar por la fuerza de la espada. Quizás no había ya otro remedio.

 Lo que sí podemos afirmar, porque somos testigos de ello, es que, al pronunciarse una parte del Ejército contra el viejo estado de cosas, el alma nacional se sintió profundamente percutida y se incorporó, en corriente profunda y vasta, al movimiento militar; primero, con la simpatía y el anhelo con que se ve surgir una esperanza de salvación, y luego, con la aportación de entusiastas milicias nacionales, de toda tendencia política, que ofrecieron, sin tasa ni pactos, su concurso al Ejército, dando generosamente vidas y haciendas, para que el movimiento inicial no fracasara. Y no fracasó –lo hemos oído de militares prestigiosos– precisamente por el concurso armado de las milicias nacionales.

 Quede, pues, por esta parte como cosa inconcusa que si la contienda actual aparece como guerra puramente civil, porque es en el suelo español y por los mismos españoles donde se sostiene la lucha, en el fondo, debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera cruzada en pro de la religión católica, cuya savia ha vivificado durante siglos la historia de España y ha constituido como la médula de su organización y de su vida.”

 Cuanto concluían los cardenales Gomá y Pla y Deniel era una resonancia de las mismas palabras de Pío XI y de Pío XII, bendiciendo “a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión” y “han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y la Religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales”, como dijeron ambos Pontífices.

 Rubricando cuanto dijeron los grandes cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel -cumbres máximas de aciertos y de doctrina en la jerarquía eclesiástica en los últimos tiempos- también los catalanes lo afirmaron con su presencia multitudinaria, huyendo de la zona roja y alistándose en el Ejército nacional, esparcidos en sus múltiples cuerpos, formando unidades propias en las milicias voluntarias y en los servicios de retaguardia, así como en la diplomacia, en la administración del naciente Estado Nacional, en la economía y en la propaganda internacional. No digamos de la colaboración, temeraria hasta la muerte, que en la Cataluña dominada por los rojos, se vertebró, casi por reacción espontánea, contra el marxismo, la “Generalitat” y sus compañeros de viaje.

 Cataluña sintió como cruzada a nuestro Alzamiento. Si alguna voz sin eco pretendió algún armisticio o pacto con los rojos, en contra de lo que explícitamente denunció Pío XI cuando habló de aquellos que “buscan el modo de dar lugar a cualquier posibilidad de acercamiento y colaboración de la parte católica, distinguiendo entre la ideología y la práctica, entre las ideas y la acción, entre el orden económico y el orden moral”, con el comunismo, no mereció ni ser atendido de la Santa Sede, y es ley de la historia que nunca falta un Judas. Máxime cuando se deja en la estacada en manos asesinas, liberándose personalmente por un favor político inconfesable, a quien por el mínimo deber de solidaridad en el episcopado, debió plantear o la liberación de ambos o correr la misma suerte.

 Esta es la verdad auténtica de nuestro Alzamiento. El capitán general de Cataluña ha hecho memoria para tantos desmemoriados, incluso para aquellos que, por continuidad de doctrina y deber objetivo, tienen la obligación de no olvidarlo. Siempre será una gloria histórica de los cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel, que juntos con todo el Episcopado español y mundial, así como los Papas Pio XI y Pío XII, la capitanía y consagración, con las más certeras y claras definiciones del dictamen moral de la gesta del del 18 de julio de 1936. Y más de cien mil catalanes pasaron a la acción y a los frentes en zona nacional con las aportaciones más generosas e incondicionales, al unísono con su fe y patriotismo.

 Misión del Ejército

 El capitán general de Cataluña ha reivindicado la diferencia y la estima que el cardenal de Tarragona siente por el Ejército. Nada más justo. El Ejército ha sufrido de las fuerzas subversivas ataques muy bien planificados e intencionados. Se ha querido, y continúa queriéndose por algunos, que el Ejército se convierta en meramente técnico, profesional y aséptico en política. Ciertamente, no se puede falsificar más gravemente la misión política de las Fuerzas Armadas.

 José Antonio Primo de Rivera, en su “Carta a los militares españoles”, con la mayor urgencias recordaba otra vez a los hombres de armas su más sagrado deber:

 El Ejército es, ante todo, la salvaguardia de lo permanente, por eso no se debe mezclar en luchas accidentales. Pero cuando es lo permanente mismo lo que peligra, cuando está en riesgo la misma permanencia de la Patria (que puede, por ejemplo, si las cosas son de cierto modo, incluso perder su unidad) el Ejército no tiene más remedio que deliberar y elegir. Si se abstiene, por una interpretación puramente externa de su deber, se expone a encontrarse, de la noche a la mañana, sin nada a qué servir. En presencia de los hundimientos decisivos, el Ejército no puede servir a lo permanente más que de una manera: recobrándolo con sus propias armas. Y así ha ocurrido desde que el mundo es mundo: como dice Spengler, siempre ha sido a última hora un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización”.

 Jorge Vigón, también explícitamente, actualizada cuanto nos dice José Antonio, y así escribe:

 Es preciso repetir que la oficialidad militar debe entender de política. Puede desentenderse -y esto no solo es lícito sino debido- de lo que la política tiene de oficio. Lo que tiene de ciencia ha de informar, en cambio, su vida entera. Quizá sea posible conducir correctamente a los hombres ignorando algunos misterios de la matemática o de la física; pero sin conocer los principios que informan la política, difícilmente podrán guiar a la juventud que se les encomienda. Para abrir a todos el camino del deber, para hacer comprender a unos y a otros cuáles son sus deberes actuales y futuros, el oficial necesita una clarísima conciencia política.”

 Cataluña, que según el catalanismo histórico es antimilitarista y no cuesta ningún esfuerzo rememorar las campañas del “Cu-Cut” y otros elementos catalanistas moderados y rabiosos contra las Fuerzas Armadas españolas, tiene, por el contrario, una larga tradición militar, el más limpio signo hispánico y contrarrevolucionario: la gran guerra contra la Revolución Francesa, las epopeyas del Bruch y de Gerona, entre otras, durante la Guerra de la Independencia. El alzamiento realista y la regencia de Urgel, así como también las guerras carlistas con millares y millares de voluntarios. Finalmente, la masa enorme de catalanes que se evadieron de la zona roja, no para sestear en el extranjero, sino para empuñar las armas durante nuestra cruzada, como señaladamente ha acordado el capitán general de Cataluña. Confiamos, con fundamento de causa, que, a su hora, la batalla decisiva fulminante contra el progresismo y el entreguismo tendrá un modo marcadamente catalán. (…)

 Con palabras del cardenal Gomá 

El cardenal Gomá se preguntaba si podrían llegar traiciones a la cruzada nacional. Y comentaba: “Traiciones, puede que no; es demasiado odioso el mote, y es demasiado grave el momento de España para que las haya. Desviaciones, debilidades, claudicaciones, puede que sí. El oro tiene siempre escorias. Bien que ha sido de subida ley en el que se acuñó la fisonomía espiritual de nuestro movimiento en su primer empuje, pero el cansancio, el arribismo ventajista, el espíritu taimado de gente de dentro y de fuera de España y, sobre todo, la falta de formación de la conciencia ciudadana en los principios de derecho que debe informar una sociedad cristiana como, gracias a Dios, lo es la nuestra y que deben ser el motivo y la forma de la actuación a todos, cada cual en su esfera y rango, harán posible el hecho de que se maten los cantos vivos del Movimiento Nacional y se busquen acomodos y ensamblamientos con instituciones y tendencias forasteras al espíritu nacional y cristiano.”

 Toca a los hombres responsables de la Iglesia, del Estado y del Ejército, meditar sobre estas palabras del cardenal Gomá. En muchos aspectos parecen proféticas.(…)

 Que en la vieja Tarragona se hayan pronunciado unas palabras rememorativas de la Cruzada, de la participación catalana en la misma, y de la ejecutoria primordial del Ejército en la vida nacional, es algo alentador. En esto sentimos como Ortega y Gasset: “Lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfección de su Ejército mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales. Raza que no se sienta ante sí misma deshonrada por la incompetencia y desmoralización un organismo guerrero es que se halla profundamente enferma e incapaz de agarrarse al planeta”. O más oportunamente lo que cinceló maravillosamente Spengler: “Siempre ha sido un pelotón de soldados quien a última hora ha salvado la civilización”.

 Y en Cataluña la verdadera tradición católica, española, catalana, contrarrevolucionaria, vibra en torno de Rafael de Casanova, caído por la España auténtica y gloriosa. Aunque la propaganda del catalanismo histórico, de la “Esquerra” y actualmente del marxismo, sofistiquen su figura y su significado. Pero por algo Rovira Virgili y Vicens Vives tenían tan pocas simpatía por Rafael de Casanova, cuya realidad no sintoniza con la trayectoria del romanticismo, del separatismo y del marxismo. La Cataluña en pie de guerra de Rafael de Casanova solamente enlaza, lógicamente, con el tradicionalismo, primeramente, y con la cruzada del 18 de julio de 1936, en definitiva. Esto tenía que decirse y queda dicho.

 También debieran conjugarlo y educar así, con realismo histórico a la opinión pública, los órganos de comunicación social, algunos tan atentos a los tópicos decadentistas y revanchistas más o menos encubiertos. He aquí porqué las palabras del insigne soldado, excelentísimo señor don Alfonso Pérez Viñeta, en la Tarragona imperial, romana e hispánica por excelencia, han sonado como una diana madrugadora y harto olvidada entre tantos barullos. Y Cataluña este lenguaje lo entiende muy bien. Que se repase la historia.

 Jaime TARRAGÓ


 Revista FUERZA NUEVA, nº171, 18-Abr-1970


jueves, 16 de octubre de 2025

Héroes de la División Azul

 Artículo de 1968

  HÉROES DE LA DIVISIÓN AZUL

 Como ya conocen los lectores, la Asamblea de la Orden de San Fernando acordó conceder al capitán Palacios, hoy teniente coronel de nuestro glorioso Ejército, la Cruz Laureada, previo el oportuno expediente de juicio contradictorio y tras el examen minucioso de los méritos contraídos por dicho oficial divisionario en la batalla de Krasny Bor, el día 10 de febrero de 1943, en el frente ruso al mando de la 5ª compañía del 2º batallón del Regimiento 262, encuadrado en la División Española de Voluntarios contra el comunismo, universalmente conocido para la historia bajo el imperecedero nombre de División Azul, por ser éste el color de las camisas que vestían sus voluntarios.

 A tenor de lo dispuesto en los artículos 82 a 84 del Reglamento de la Orden, el propio Caudillo de España “se ha dignado hacerlo por su mano” y así ha sido solemnemente impuesta la Laureada -la más preciada condecoración militar del mundo- sobre el pecho del capitán Palacios, al frente de una Brigada compuesta por tropas de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, entre los que ocupaba lugar destacado el Batallón de Alumnos de la Escuela Naval Militar, en el marco de la Semana Naval de Santander, el pasado mes de julio. “S.E. el Jefe del Estado, en nombre de la Patria, os hace Caballero de San Fernando como premio a vuestro heroico comportamiento militar”. Y un escalofrío de emoción turbó los corazones en la soleada mañana, ante el recuerdo de los sacrificios sin límite que estas palabras se encerraban.

 Con posterioridad, la Patria agradecida ha devuelto el beso que otrora recibiera, sobre las frentes doloridas del cabo Gumersindo Pestaña y del soldado Victoriano Rodríguez. Estos voluntarios han sido galardonados con la Medalla Militar Individual, que también les ha sido impuesta con la solemnidad propia de este premio al valor distinguido, creado en 1918 “como recompensa ejemplar de los hechos y servicios muy notorios realizados frente al enemigo”.

 Pude oír una emisión radiofónica en la que se celebraba una entrevista con el famoso Victoriano Rodríguez. Al preguntarle, como final, si quería añadir algún nuevo comentario, dijo que aquella Medalla, entonces recién otorgada, le hacía feliz, pero no del todo, porque otros camaradas también la habían merecido y él esperaba ilusionado el momento en que ellos vieran asimismo sus hechos recompensados con el agradecimiento público de la Patria que tan ardorosamente defendieran en la marca europea, hace ya 27 años.

 Esto nos trae a la mente al capitán de la vieja Guardia, don Gerardo Oroquieta Albiol, hoy coronel de Infantería, oficial el más antiguo entre los voluntarios de la División Azul cautivos “desde Leningrado a Odessa”, que es el título de un libro debido a su pluma, libro incomprensiblemente olvidado, cuya lectura constituye un verdadero tónico en los tiempos que corren. En uno de sus párrafos dedica a Victoriano Rodríguez y a otros voluntarios -incluido “el pobre Julio Sánchez, que había de fallecer en Rostov sin alcanzar la repatriación”- el siguiente comentario: “… se distinguieron a lo largo de todo el cautiverio, manteniéndose con firmeza en una digna actitud que les honraba como buenos hijos de la Patria”. Y para que nadie nos acuse de andar siempre en las alturas de lo sublime, completaremos el párrafo: “Sólo en alguno se notaba cierto relajamiento, pero había que pensar que no vivíamos el ambiente de los salones de sociedad. Las calamidades y los piojos lo impedían.”

 En otro lugar de su magnífico libro, dice el capitán Oroquieta: “Teníamos confianza en que Dios cobijaría en su seno al teniente Altura, porque fueron acendradas sus virtudes cristianas, y también esperábamos que la Patria, algún día, reconociese el sacrificio de aquel magnífico oficial español”.

 Por todo esto, a mí me ha producido una gran satisfacción la noticia de que el capitán Oroquieta Albiol ha sido propuesto para la concesión de la Laureada como consecuencia de los hechos de que este oficial fue protagonista al frente de su compañía en el frente de Kolpino, el 10 de febrero 1943. Unos 200 hombres componían en total aquella unidad, que era la 3ª del 250 Batallón de reserva móvil, al mando del capitán Miranda, gloriosamente  caído en la acción.

 Su misión era cubrir, frente a la embestida soviética, la carretera Leningrado-Moscú, “hecho que constituía un alto honor” y que “nos confería una responsabilidad inequívoca”.

 Después de toda una jornada de brega, sin ingerir alimento alguno, sin pausas de reposo, con un 80 por 100 de bajas y sólo 37 hombres en condiciones de luchar, entre ellos ocho heridos graves, incluido el propio capitán, “un puñado de españoles seguía en su puesto sobre la carretera. Conservábamos unos cuántos fusiles que respondían a las mil maravillas”.

 Dice Oroquieta: “En los momentos finales murió junto a mí uno de los voluntarios que más brillantemente se batieron. En su rápida agonía pudo gritar ¡Arriba España! y sonriendo levemente hizo ofrenda de su vida. Éramos ya  trece hombres, y de ellos, cinco heridos. Una sección rusa se nos echó encima, despojándonos de todo. Entrábamos en la dolorosa situación de prisioneros. El honor no había sufrido el más leve menoscabo. No cabía más que entregarse en manos de Dios después de un tributo cifrado en más de un noventa por ciento de bajas”.

 Horas antes, el padre Pumariño había celebrado la misa en el búnker de la compañía. “La comunión puso una paz total en nuestro espíritu…” Con tan alto concepto de los valores morales, Oroquieta, que procede de la Legión y que había logrado una plaza en los batallones de marcha casi por asalto, se apresta a rendir tributo a la “conciencia de su responsabilidad porque no en vano se consideraba depositario del honor de su compañía” y “porque pasase lo que pasase estaba decidido a conducirse con la dignidad obligada en un oficial español ante las miserias del cautiverio”. A este tenor están llenas las páginas de esta soberbia lección de ética militar. Hay ejemplos sublimes de gallardía. “Formidable lección de capitanes” llama el comandante mutilado García Sánchez, autor del contexto literario de la obra, a la ejecutoria de Oroquieta, recordando cómo cumpliera en Krasny Bor el artículo 21 de las Ordenanzas Militares: “El oficial que tuviere orden absoluta de conservar su puesto todo trance, lo hará”.

 El libro del capitán Oroquieta está editado en 1958. Hoy (1968), ante tanta deserción, conforta releer cómo se pronuncia “sin odio contra los hombres, pero con insobornable beligerancia contra el sistema comunista, por unos motivos ideológicos hoy tan vigentes como ayer”. Abundan las escenas en que se refleja cuál era la armazón de aquella ideología. El símbolo del yugo y las flechas campea sobre los momentos más sublimes, y cuando la emoción busca salida, esta es siempre el canto del “Cara al Sol”, definido una de las veces ante los guardianes rusos como “una vieja canción proletaria”. Otra, es un italiano, veterano de España y mutilado de ambas piernas, quien lo entona por un ventanuco de la mazmorra como homenaje a los huelguistas del hambre. No falta el tributo de admiración a otros “guripas”; Gil Alpañés, Cantarino, Saldaña, Catalán… y a los camaradas alemanes, italianos, rumanos, húngaros, “con quienes habían participado en una empresa común” y a quienes “unía una misma fe en los destinos de Europa”.

 El propio capitán Palacios es definido como “ejemplo del triunfo del espíritu sobre la materia”. Luego hay momentos tremendos, como la recepción del primer paquete de su madre o la asignación de una “estampica” (Oroquieta es maño, para qué decir) de la Inmaculada al sargento Salamanca con motivo de la Navidad. No faltan las alusiones festivas cuando los rusos quieren sobornar a los remisos con cierto producto gallináceo propicio a la metáfora o durante la graduación de la miopía de Oroquieta a base de doctora rusas, cuando éste llevaba ya “varios años sin ver a una mujer”: “La receta no fue correcta porque quizá estuve más atento a las doctoras que a las letras rusas”.

 Esperamos con ilusión el resultado de la propuesta a favor de este capitán dado por muerto en 1943 y cuyo nombre llevaba la centuria de la Guardia de Franco que fue recibir a Barcelona a los repatriados desde Zaragoza. Al embarcar en Odessa, cuando una lancha con las comisiones se acerca al “Semíramis” en el silencio denso del momento se oye un grito desgarrador: ¡Españoles! ¡Arriba España!

 Para terminar es oportuno decir que aquel grito, calificado por Oroquieta de estremecedor, fue dado… por un sacerdote.

 Armando SÁNCHEZ OLIVA

 Capitán de Aviación


 Revista FUERZA NUEVA, nº 92, 12-Oct-1968

 

miércoles, 8 de octubre de 2025

Los tres senadores militares, contra la Constitución

 

  NINGUNO DE LOS GENERALES

 Los tres senadores militares han rehusado conceder el voto a la Constitución atea y antinacional que se impondrá al sufrido pueblo español por el consenso “moncloaca”-marxista. Con rapidez diligente, el señor Gutiérrez Mellado (ministro de Defensa) ha aclarado que a los Ejércitos sólo los representa el Rey. Pero Gutiérrez Mellado olvida que fue precisamente el Rey el que designó a los senadores militares. Y ¿no lo hizo para que los Ejércitos se hallasen representados en la Cámara? No hay duda de que muchos civiles y militares lo interpretaron así y, si hubo error en tal interpretación, no es el ministro del Gobierno ucedista el indicado a rectificarlo, sino acaso el propio Monarca o persona autorizada por éste. Lo que no ofrece la mínima vacilación y no cabe desvirtuar es el hecho de que la Ley de Reforma Política (1976) contó con el voto negativo de todos los generales procuradores en Cortes y que la Constitución no ha contado con ninguno positivo de los militares miembros de las Cámaras y designados precisamente en su calidad de tales. ¿No es eso representativo? Entonces, ¿qué lo es?

 Y lo que nadie negará es que resulta más que significativa la notoria falta de sintonía de Gutiérrez Mellado con el Consejo Superior del Ejército a propósito de la legalización del PCE (1977) y con los generales miembros de las Cortes a propósito de la Reforma Política y de la Constitución.

 Y lo que ya cae en el colmo del ridículo es que “El País” venga ahora, sin respetar la libertad de voto, a reclamar determinadas adhesiones y acatamientos de dichos senadores militares. Claro que no es extraño cuando dicho vespertino está dirigido por quien menospreciara hace muy poco, pública e impunemente, a los militares españoles -además de a la “Dictadura”, que ha cometido el error de darle de comer, con los estipendios de los cargos oficiales desempeñados por ese director, Juan Luis Cebrián, y su familia más inmediata -el cual quizás se halla capitidisminuido para comprender que el eje diamantino de todo militar digno de tal nombre es aquél que expresaba el comandante de Sant Marc, al proclamar: “A un soldado pueden pedírsele muchas cosas, incluso puede pedírsele que muera; en su profesión. Lo que no puede pedírsele es que traicione, que se retracte, que se contradiga, que mienta, que sea perjuro”.

 Ramón de Tolosa


Revista FUERZA NUEVA, nº 618, 11-Nov-1978