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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Día de los Mártires de la Tradición

 Artículo de 1979

 Día de los Mártires de la Tradición

 Algunas veces, el día 10 de marzo, mi pluma ha dejado sobre las blancas cuartillas el homenaje que los mártires de la tradición merecen a lo largo de la historia; este lema tan nuestro, tan sentido, tan escueto y tan amplio en contenido: “Ante Dios no serás héroe anónimo”, que ha movilizado a tanta juventud gloriosamente caída en nombre de Dios, la Patria, los fueros y el rey. Este lema, que moviliza y agrupa actualmente a los herederos de las guerras carlistas, a los nietos del 18 de Julio, y aun biznietos, en este afán superador a los desalientos y claudicaciones; jamás se rinde un carlista, jamás, y si se rinde, es que no lo era; auténticos guerreros de roja cimera, curtidos en vendavales de más de siglo y medio, saben que su única misión es luchar, y con su “detente” hacer frente en cualquier instante a los huracanes que amenazan la destrucción de España, a la que ven humillada y entregada en manos de los sin Dios y sin Patria, con olvido suicida de los que  la rescataron de hordas sanguinarias, a las que se glorifican porque las temen.

 En todo carlista hay un alcalde de Móstoles; pero ¿quién nos conoce en realidad? El carlismo, para muchos, es el sesteo de un romántico recuerdo del pasado, con nuestras divisiones, pero esto último ocurre en las mejores familias; ya cuando Aparisi y Guijarro se hablaba de “carlistas viejos y carlistas nuevos”; no puede haber más que un solo carlismo, lo sucedáneo no tiene sabor y ni se digiere. Por esto, tal vez Villoslada escribió un famoso artículo: “El hombre que se necesita”, que puede servir en su integridad para un mejor conocimiento de nuestro rey Carlos VII:

Abogado, a tus pleitos; no busques en los bancos del Congreso la clientela que no has sabido conquistar en el foro”;

“Médico, a tus enfermos; no vengas a matar con discursos políticos a los que no puedes curar con tus recetas”;

“Escritorzuelo, a la escuela; aprende primero lo que te propones enseñar;

“Empleado, a tu oficina: la nación te paga para que sirvas, no para que medres en los bancos del Parlamento;, y a trabajar todo el mundo, que la política está siendo la trampa de la Ley de Vagos”.

 Es un largo y sabroso artículo que no reproduzco en su integridad, pues temo que le democracia al uso nos lo decapitaría.

 Don Carlos VII conocía los límites de la monarquía cristiana, sabía además perfectamente la historia de España y sus famosas palabras “gobernar no es transigir” tienen vivencia actualísima en los momentos difíciles, duros, en que se hace almoneda de la integridad de la Patria, entregada a voceros sin pizca de sentido común ni responsabilidad.

 ¡Cuán dura la lucha de los carlistas para defender la unidad de la Patria! Sabemos de luchas más que nadie y cuando veo a esos muchachos y muchachas defendiendo su boina, sé que ni los desaires ni la persecución podrán con ellos, pues mientras los años pasan, la honrosa rebeldía carlista, que no sabe de claudicaciones, está cada vez más latente; y un nuevo brillo en sus ojos juveniles nos hace recordar a nosotros, los mayores, como se reirían si supieran que por no dar la corona a Carlos VII se la ofrecieron Espartero, de sesenta y siete años, que tuvo, al menos, el buen gusto de no aceptarla. ¡Cuánto desearía se tuviera un conocimiento exacto del carlismo!

 Carlos VII escribió su hermano Alfonso Carlos I (el rey que movilizó a tantos requetés en la Cruzada):

 El pueblo español, amaestrado por una experiencia dolorosa desea en verdad que su rey sea rey de veras y no sombra de rey, y que sean las Cortes ordenada y pacífica junta de independientes e incorruptibles procuradores de pueblos, pero no asambleas tumultuosas y estériles de diputados empleados o diputados pretendientes de mayorías serviles y de minorías sediciosas (…)

 “Mi pensamiento fijo, mi deseo constante es, cabalmente, dar a España lo que no tiene, a pesar de mentidas vociferaciones de algunos ilusos, es dar a España la amada libertad que sólo conoce de nombre; la libertad es hija del Evangelio, no el liberalismo, que es hijo de la protesta; la libertad que es al fin el reinado de las leyes, cuando las leyes son justas, es conformes al derecho de naturaleza, al derecho de Dios”.

 Como catalana, dos veces española, os diré que Carlos VII reconoció los Fueros de Cataluña:

 Hace siglo y medio -decía don Carlos- mi ilustre abuelo Felipe V creyó deber borrar vuestros fueros del Libro de Franquicias de la Patria. Lo que él os quitó como rey, yo como rey os lo devuelvo, que si fuisteis hostiles al fundador y mi dinastía, baluarte sois hoy de su legítimo representante. ¡Dios, Patria, fueros y rey! es el lema sagrado de los carlistas”.

 Jamás vuestros reyes dejaron de servir al pueblo que tanto amaron y así quedó instituida el 10 de marzo la fiesta de los Mártires de la Tradición. Nuestro rey honró en permanente memoria a sus valientes soldados.

 Abrid vuestro corazón a la sin igual raza carlista. No se puede hablar de lo que no se conoce o se desfigura. Inasequibles al desaliento, hombres y mujeres que han aguantado a pie firme los vendavales de la historia de España. Estos son los requetés. Así fueron nuestros mártires. Al rendirles hoy nuestro tributo de respeto, cuando nuestras oraciones se eleven al cielo, nuestros caídos, nuestros mártires nos darán con su ejemplo, a todos los que luchamos por una causa justa, el camino a seguir. Una sociedad materializada, embotada por el apoltronamiento, sin ideales, que es controlada por comunicaciones de masas, no conseguirá que los carlistas abdiquen de la tradición que dio a la Patria los mejores momentos de su historia.

 María Teresa AUBÁ (Presidenta nacional de las Margaritas. Hermandad Nacional de Antiguos Combatientes de Tercios de Requetés)


 Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979


domingo, 6 de septiembre de 2026

Insidias periodísticas contra el carlismo

 Artículo de 1968

 ¿”Nobleza obliga”? … Pues noblemente repliquemos

  Al reportero de «S. P.» que se ha encargado del reportaje «Nobleza obliga» en el número 381 de la revista, de 14 de enero, a primera vista, se le podría conceder la palma de este nuevo deporte que se ha puesto de moda, no sólo en España, sino en el mundo, y consiste en «no comprometerse» en decir las cosas como quien no dice nada, de manera que no oscile lo más mínimo ninguno de los platillos de la balanza; pero da la casualidad que a mí me gusta meterme en honduras (con minúscula) y bucear en profundidad, aunque sea sin equipo especial de «super woman».

 En este juego dificilísimo, al que hago mención, se ha metido el reportero a quien me refiero, y se ha debido aburrir, a juzgar por algunas inexactitudes y cierta desgana en algunos de los párrafos, lo que le hace recurrir a los buenos oficios del «gallito» de Emilio Romero, para dar realce a su crónica, aunque, dicho sea de paso, tampoco Emilio Romero se mostró muy convencido ni ufano después de «Por la cuenta que nos tiene», cuando se entrevistó, en el Palacio de la Zarzuela, con el descendiente de la «Reina de los tristes destinos» y nieto del Rey cuyo barco se perdió de vista en Cartagena, en 1931 (Juan Carlos de Borbón).

 Hace un comentario raro: «Las reuniones carlistas no solían causar sorpresas en España (primero, ¿por qué hablar en pasado?, y segundo, ¿por qué tendrían que sorprender las concentraciones de Montejurra, Quintillo, Montserrat y otras, que unas veces se celebran y otras no, y no por falta de entusiasmo en acudir a ellas, sino... por otras razones?), pero no ha ocurrido lo mismo en este caso». Se refiere a la peregrinación a Fátima. Bueno, no parece que sea la concentración en sí lo que ha causado sorpresa, y esto supongo será porque Fátima es un lugar de peregrinación abierto a todo cristiano, y, a más fuerte razón, a representantes de una ideología tradicional católica, pueblo carlista con su abanderado a la cabeza!

 Pero ha sorprendido bastante la entrega de unas condecoraciones, ¿por qué? Todos los Reyes o Pretendientes carlistas han distribuido Medallas de la Legitimidad Proscrita. En cuanto a la Medalla de la Lealtad, creada para premiar los servicios prestados durante la Cruzada por el voluntariado carlista (Requetés y Margaritas), se viene distribuyendo en España, y particularmente en Navarra, sin que ello sorprenda a nadie, y si sorprende, no lo dicen.

 También parece sorprender lo que el cronista llama «la formación dé unas Cortes». Si le gusta la palabra, se la aceptamos, pero teniendo en cuenta que el idioma castellano es lo suficientemente rico en términos adecuados, lo dejaremos en Consejo, y aquí, una pregunta: Si no sorprende (¡o, si sorprende, no nos hemos enterado!), que Don Juan de Borbón tenga un Consejo Privado, ¿por qué tiene que sorprender que Don Javier de Borbón desee disponer de un asesoramiento similar?

 Y aquí viene una sorpresa grande, aunque no se llega hasta rasgar las vestiduras. Don Javier de Borbón-Parma ha concedido a don Manuel Fal Conde el título de duque (no de conde, como señala el reportero) de Quintillo —nombre de la finca donde se concentraron en 1936 los primeros requetés andaluces—, según indica el cronista. Esta es una inexactitud enorme. Los requetés andaluces no esperaron el año 36 para concentrarse en Quintillo (¡hubiese sido demasiado tarde!), y don Manuel Fal Conde tuvo el valor y el heroísmo de reunirlos e instruirlos militarmente, en la citada finca sevillana, durante los años de persecución y de anarquía criminal de la república... ¡¡desde el año 34!! ¿Es acaso demasiado premiar, ¡tan tarde!, aquella sublime locura del Delegado Nacional de la Comunión Tradicionalista, sin la cual es muy posible que toda Andalucía hubiese sido «zona roja» al estallar el Alzamiento, en cuyo caso no le hubiera sido factible al General Queipo de Llano utilizar tan elocuente como habilidosamente el micrófono de Radio Sevilla, ni tampoco hubiese sido posible el desembarco de refuerzos de Africa en aquellos días tan inciertos como decisivos?

 A pesar de los buenos propósitos del cronista, aquí puede notarse que se rompe el equilibrio de la balanza. Si él mismo reconoce que se han otorgado títulos de nobleza premiando actuaciones antes de, y durante la Cruzada, ya sea personalmente, a los héroes que sobrevivieron a la gesta, Moscardó, Yagüe, Kindelán, etc., o a allegados, cuando ellos sucumbieron, como es el caso en las familias Calvo Sotelo, Primo de Rivera, Sanjurjo, Mola, etc., y se han concedido también a personalidades relevantes por servicios prestados, como Bilbao-Eguía, Arruga, Arteche, etc., no es justo que se saque del olvido a quien reúne en su persona heroísmo, amor patrio, lealtad... y tanta discreción… que algunos parece que no le recuerdan? Y si se alega que el título lo ha concedido un Príncipe no reinante, ¿será preciso recordar que no se le preguntó a este mismo Príncipe qué poder tenía para ordenar la movilización de más de cien mil hombres del Requeté, sin los cuales no se hubiera ganado la guerra? Y será preciso decir que otro Príncipe no reinante concedió el año pasado a su hija doña Pilar el título de duquesa de Badajoz, con motivo de su matrimonio?

 Y ya que, como dije antes, el cronista recurre al «gallito» de Emilio Romero para esmaltar su tesis, y que, según el director de «Pueblo», «Estoril y Fátima no pueden ser dos campamentos que vivaquean extramuros del país, para el asalto, le diré que no viene al caso esta llamada al «gallito»,  porque él mismo alude, un poco antes, a las reuniones carlistas en España, lo cual demuestra que el Carlismo no alude «vivaquear» en el territorio nacional, que con su sangre y su heroísmo contribuyó a rescatar del abismo donde cayó por culpa de una monarquía que lo regaló a la república. El carlismo no vivaquea extramuros, vive dentro de la Patria, que ha servido y sirve con lealtad y en su vivencia tienen puesta su esperanza muchos españoles que no desean que vuelva hacia las costas españolas el barco de Cartagena, con un navegante de la misma familia del que huyó. ¡Aquella aventura costó demasiado cara! (…)

 Se evoca, finalmente, en el reportaje, el «Gotha» español con estadísticas; el inglés, con sus modalidades, etc., para terminar en que es IMPROBABLE que se reconozca oficialmente el ducado (aquí ya hemos caído en cuenta que es ducado, y no condado!) a don Fal Conde. ¿Por qué? ¿No reúne, como digo antes, el que dio vida al Requeté andaluz, con riesgo de la suya, las mismas condiciones que las demás personas que ostentan títulos nobiliarios por méritos contraídos en la Cruzada de Liberación? ¡Nunca es tarde para reparar un lamentable olvido!

 Concretemos, señor cronista de «S. P.». Ha creído ser usted muy hábil, pero uno de los platillos de la balanza ha perdido el equilibrio. Y los Carlistas ya nos hemos modernizado tanto que usamos balanzas automáticas, que dan el peso exacto. Pesamos primero los globos, y por muy grandes que sean, vengan de Estoril, de la calle de Serrano, de los cocoricós del «gallito» de Emilio Romero o de la habilidosa prosa de «S. P.», ¡la aguja medidora indica sólo gramos!

 Ahora bien, si ponemos Quintillo, 1934; Navarra (Sierra Urbasa, Sierra Andía y demás campamentos —éstos sí eran campamentos, pero no fuera, sino dentro de España—), más 18 DE JULIO (con 67 Tercios de Requetés formados en lugares como los antes citados), y Somosierra, y Alto de los Leones, y Guadalajara, y liberación de Guipúzcoa, Vizcaya y Santander, y Teruel, y batalla del Ebro, y mártires asesinados en todos los lugares de España, con ejemplos como un Antonio Mollé y una Agustina Simón, y luego añadimos los Montejurras, Quintillos, Villarreal de los Infantes, Cerro de los Angeles, Montserrat y otras conmemoraciones, unas a fecha anual... y otras... cuando se puede..., resulta que tenemos que ir a la báscula pública, donde se pesan los camiones.

 El Carlismo no es una partida de bandoleros dispuesta al asalto, desde extramuros; lo único que ha asaltado el Carlismo han sido los parapetos de la anti-España, y lo hizo cara a cara, y muchas veces, a pecho descubierto, porque llevaba, según frase del desmemoriado don José María Pemán, «¡la vergüenza de España en su Boina Roja!» Y el Carlismo, ahora, como siempre, está vigilante, porque le arde la sangre en el corazón y le atenaza las entrañas el temor, al pensar que el sacrificio del 18 DE JULIO haya sido inútil. Al Carlismo le duele el alma cuando ve que a la Religión Católica, por la que ha luchado siempre, en primer lugar, se la quiere convertir en un mito, y cuando nota que soplan aires que, bajo pretexto de modernizar el ambiente y de poner España «á la page», dejan penetrar el aliento putrefacto y venenoso de obras de Sartre, lucubraciones del «pobrecito Arrabal», tolerancias premiadas, como «Las últimas banderas», y ve que un Miret Magdalena se lamenta de ciertas palabras pronunciadas por el Papa, y oye hablar del juego en San Sebastián, del divorcio, de la «píldora» (algunas cartas de lectores de «S. P.» hablan en sentido positivo de estas «cosas»), y, ¿por qué no?, de cabarets con «streap-tease», de clubs para sodomitas y otras «cosas tan naturales».

 La sociedad española, la familia española, se dice, tienen que ponerse a tono con los vientos del mundo civilizado (!!!); el turista no debe tener que decir «España es diferente», y los españoles que aprovechan su estancia en la frontera para ir a Biarritz a buscar «ambiente», no tienen por qué molestarse en el desplazamiento; es mejor que lo encuentren «todo» sin salir de la Patria, con lo cual, además, aumentará el erario público, y ¡todos contentos, si se puede ir aflojando el cinturón de la austeridad! Para conseguir «todo esto», no hay más que girar hacia un régimen liberal —¡como el que ya conocimos!—, y al que se ha opuesto siempre el Carlismo (…)

 Estos parapetos de la descristianización de la sociedad, de la disolución de la familia y de la tolerancia ciega, que son a los que conduce el materialismo liberal-masónico y el progresismo desenfrenado, que tanto preocupan al Santo Padre, son los que vigila el Carlismo, desde dentro, y no porque le guste «armarla», sino, precisamente, para no tener que «volverla a «armar», que no es lo mismo.

Por Pilar Roura Garasoaín

 Desde Irún, a 19 de enero de 1968


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

  

sábado, 22 de agosto de 2026

¿Siguen los carlistas sintiendo el 18 de Julio"?

 Artículo de 1968

 ¿SIGUEN LOS CARLISTAS LLEVANDO SANGRE DEL 18 DE JULIO"?

 Por ROBERTO G. BAYOD PALLARES

 En la víspera del anual «MONTEJURRA», correspondiente al último año, de las propias manos del ilustre don Francisco López-Sanz, recibía su libro «¡Llevaban su sangre!», publicado por Editorial Gómez, de Pamplona, y cuya dedicatoria me animó y me alienta, especialmente al calificarme como «… siempre gran batallador por la Causa».

 Ha tenido que ser durante los días navideños, transcurridos en un hogar como el que fielmente describe López-Sanz, cuando he podido iniciar su lectura. He dicho iniciar, porque, sin darme cuenta, iban pasando las páginas, a pesar de que saboreaba algunas de las frases y otras las subrayaba, y con pena veía que se terminaban. De haberlo sabido con anterioridad, antes lo hubiese iniciado. Lo curioso ha sido que, agotada su lectura, he vuelto a empezarlo, para repasar, meditar y anotar la «advertencia inicial», escrita a modo de prólogo, que en realidad es un epílogo.

 Sin pretenderlo el autor, la historia novelada ha resultado una profecía para los tiempos actuales. Parece que en su imaginación intuía los tiempos actuales de los «pregoneros del olvido».

 López-Sanz, el célebre «S A B» de casi cincuenta años de vida periodística y política en «El Pensamiento Navarro», ¡qué conocimiento demuestra de la vida rural y campesina! ¡Cómo penetra en las costumbres de las casas solariegas, que son solera de recias costumbres! ¡Con qué realismo describe la situación política, tanto en los meses que precedieron al Alzamiento, como en los días del maravilloso espectáculo de la aportación popular al Alzamiento! Quienes, a pesar de nuestra entonces juventud, hemos vivido y podemos recordar los acontecimientos anárquicos y socializantes de la II República, parece que todavía sintamos dolor de aquel vivir que era un morir, y experimentemos, al propio tiempo, el resurgir glorioso del 18 de Julio. Describe la situación como si viéramos una película en tres dimensiones.

 La figura del abuelo, don Carlos de Artieda, llamado «el Carlistón», la hubiéramos encontrado en muchas casas de trayectoria carlista. Esos veteranos no han desaparecido de las familias carlistas, porque cuando dejó de haber «combatientes de Carlos VII», no tardaron en aparecer los que en avanzadísima edad se incorporaron al Alzamiento, y poco a poco van aumentando estos «decanos»de la Historia vivida. Seguirán incrementándose los «abuelos», si bien hacia los años 2000 ya serán pocos los que podrán mantener encendida la llama de las vivencias habidas en la Cruzada de 1936, y todos ellos quizá se hagan la misma pregunta que «el Carlistón» de la obra de López-Sanz.

 En esas páginas vemos retrospectivamente las luchas carlisto-liberales, de las que era capitán don Carlos de Artieda, y comprendemos las elevadísimas miras del pueblo levantado contra el liberalismo; era la lucha de la España auténtica «contra la España bastarda», según el Caudillo. Nos contagia la entereza de la mujer carlista, hija de «el Carlistón», y López-Sanz narra algunos ejemplos de heroísmo de madres, que pasarán a la inmortalidad, y que en abundancia describe en su libro «Un millón de muertos, pero con héroes y mártires».

 En oposición a esa honorable familia aparece la de unos descendientes de un combatiente liberal, de los llamados los «peseteros», el «Guiri». En esta familia es el odio y la venganza la razón de su existencia y de su continuidad. Esas familias también las pudimos ver en muchas poblaciones, y hoy se reproducen entre los supervivientes, generalmente exiliados, del ejército rojo-marxista, a pesar de la comprensión, del perdón y del olvido personal que han encontrado en la España victoriosa.

 No puedo menos que resaltar que repetidamente el destacado autor carlista nos coloca a los socialistas en el polo opuesto de los tradicionalistas. En aquella juventud del pueblo protagonista de la historia novelada, por una parte estaban los requetés y por otra los socialistas: eran antítesis unos de otros.

 ¡Qué diferencia con la de ese sector actual, intruso y claudicante, que ha desfigurado —o pretende desfigurar— y falsificado el limpio carlismo! Ese grupo de neocarlistas propagan una Monarquía socialista, que sería anticarlista y antisocial. Ya tuvimos una República regida por los socialistas, contra la que se alzaron aquellos requetés, nietos de los carlistones de Carlos VII. Los que estuvimos en zona roja también conocimos el yugo de la socialización por medio de «colectividades». Ahora (1968) son esos falsos carlistas los que hablan y escriben con el mismo lenguaje que lo hacían los amigos y seguidores del «Guiri». ¿A dónde vamos a parar. ¿Quién el culpable? (…)

 Por quien vivió todo el ambiente y preparativo del Alzamiento se nos describen los verdaderos fines de la Cruzada, que hoy los «campeones del disimulo y  del olvido» pretenden hacer ver a las nuevas y futuras generaciones que no fue por el Crucifijo y por la sana y verdadera libertad.

 Soy admirador de Cabrera, de aquel genio militar que en sí encierra la mayor parte de la historia carlista del siglo XIX. Me acordé del legendario general tortosino cuando leía que don Carlosde Artieda antes de ser voluntario de Carlos VII, había sido seminarista, al igual que Cabrera antes de incorporarse al ejército de los voluntarios de Carlos V, y al igual que muchos de los requetés de 1936, y termina la obra con un recuerdo a Cabrera, en un acontecer histórico en el Maestrazgo morellano. Pero la imaginación se detiene y se pregunta si hoy los jóvenes que se forman en los «semilleros» de la Iglesia darían requetés como Cabrera, «el Carlistón»y los que se incorporaron a los Tercios de Requetés de 1936. Posiblemente, y gracias a Dios, se conserva en España algún o algunos Seminarios en los que todavía se moldean «sacerdotes de Cristo» o seglares modelos, y siempre patriotas ejemplares», pero, ¿y... enla mayoría?

 Vamos, por fin, a la pregunta clave, mejor dicho, a la sospecha que se hacía «el carlistón», al entender que la juventud de los años de la República no llevaba la misma sangre que la de aquellas generaciones, como la del señor Artieda, que se «echaron al monte». Los hechos demostraron al veterano combatiente cómo el carlismo había continuado regando las venas de la juventud española, y la sangre roja pronto salió como un símbolo exhibiéndose en miles y miles de boinas coloradas en la plaza del Castillo, ante el general Mola, y luego derramándola por valles, mesetas y montañas. Como el propio título indica, «¡Llevaban su sangre!». 

Hoy somos muchos que ante «esos progresistas campeones del olvido» nos preguntamos si los que quedamos de aquella generación, que demostró llevar la misma sangre que los héroes de nuestros antepasados, la hemos perdido o se nos ha aguado y si a las nuevas juventudes que van surgiendo, en vez de suministrarles sangre colorada como la de las boinas de los requetés y como la de las dos franjas de nuestra recuperada bandera, les hemos dado horchata.

 Esta interrogación nos la formulamos por los continuos olvidos que se hacen de la Victoria nacional contra el materialismo, liberalismo, marxismo y extranjerismo, y muy especialmente por recientes acontecimientos sucedidos dentro de la Comunión Tradicionalista y los que están acaeciendo continuamente dentro de la Iglesia española y en organizaciones del Movimiento. Resumámoslos:

 Poderosos sectores de la Comunión Tradicionalista «oficial» abandonan la idea de la unidad católica española y la confesionalidad del Estado y distancian de la Causa a los más ilustres carlistas, al «socializarla» y «democratizarla» con métodos «totalitarios».

 En la Iglesia española —me refiero a los hombres que la componen, jamás a la institución, que por ser divina, es santa y perfecta— se han infiltrado también elementos subversivos, tanto en el clero como en los mandos seglares. Las revistas «que se dicen de la Iglesia», en vez de sembrar amor y extender la paz, difunden —muchas de ellas— el odio y excitan al temporalismo en vez de reducir su campo a lo espiritual y moral, y con el temporalismo acomodan su vida a un laicismo nada acorde con las sanas instrucciones de la Madre Iglesia.

 Por su parte, en organizaciones del Movimiento o en instituciones que dependen del mismo, contemplamos también la infiltración de los elementos propugnadores del «olvido», muy principalmente en su prensa, en la que se ha pedido relaciones diplomáticas con Rusia, satisfacer pensiones a los ex combatientes del ejército rojo y el atentar contra la sagrada unidad religiosa de España o menospreciar a ese numeroso sector que propugna que el 18 de julio «ni se pisa ni se rompe».

 Mucho nos apena que la prensa que es del Movimiento deje de defender total e íntegramente los valores del 18 de Julio, porque somos parte integrante del Movimiento. Mucho nos duele que miembros activos de la Iglesia alteren la doctrina del Evangelio y se asemejen más a Lutero y Calvino que a San Pío V y a nuestros teólogos y místicos del siglo XVI, porque somos católicos y tenemos que sufrir por esa desviación doctrinal. Pero como también somos carlistas auténticos, fieles a la doctrina permanente de la Princesa de Beira y de don Alfonso Carlos y a la Causa por la que murieron tantos miles de requetés que no conocieron las falsedades actuales, no es menos la tristeza que nos causa esa tónica de los que se presentan casi como «carlistas sin Dios y sin Patria y solamente  con Fueros y Rey». 

Llega hasta tal extremo la desviación doctrinal de los seguidores de la «camarilla oficial», que uno de ellos, universitario y con cargo en un Círculo Vázquez de Mella, afirmaba no hace muchos días que Durruti, el anarquista, el tragacuras, el amigo de los asesinos del Cardenal Soldevila, el incendiario, debía ser considerado como carlista, en tanto que a Vázquez de Mella había que considerarlo como socialista.

 Es triste, pero dura realidad alentada por órganos «oficiales». ¿Tenemos aquella misma sangre que fue la sorpresa del mundo? Superficialmente, si la tuviéramos, no cesaríamos hasta lanzarlos a todos por la borda, aun cuando fuera utilizando las mismas armas que las generaciones que nos precedieron en sus momentos extremos. Lo que sucede es que, como en los años de la República, no ha debido llegar el momento apropiado para una reacción total y fuerte. Es ahora cuando está fermentando la santa ira ante el fermento contrario del error. Cuando la religión y España lo necesiten, ese pueblo sencillo que desconoce la traición y la farsa y que anualmente, sin figurar en nóminas ni plantillas ni ficheros, se presenta en Montejurra, demostrará que ahora y mañana el carlismo tiene la misma sangre roja que aquellos que a la llamada de don Javier, de Fal y de Zamanillo se presentaron en la plaza del Castillo, de Pamplona, y en otros muchos lugares de España.

 ¡SÍ, LLEVAMOS SU SANGRE! ¡EL TIEMPO SERA TESTIGO!


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

 

miércoles, 19 de agosto de 2026

Centrismo eclesiástico

 Artículo de 1970 

 CENTRISMO ECLESIÁSTICO

 Uno es ingenuo. Uno cree que la verdad puede estar en un lado o en otro, pero que no se la sirve por el cómodo expediente de adoptar una postura “centrista”: el “justo medio” no es justo cuando se sitúa entre la verdad y el error. Si dentro de las posturas humanas la verdad estuviera en un extremo, sólo se la sirve poniéndose en ese extremo, sea el que fuere. No hay que temer ser llamado extremista sino servir al error. No son los adjetivos los que deben preocuparnos sino la verdad. Al buscar la verdad podemos equivocarnos, pero será contra nuestra voluntad. Cuando no tenemos excusa es cuando transigimos, a sabiendas, con el error, por adoptar una postura intermedia que nos haga parecer tolerantes y comprensivos, hombres de nuestro tiempo.

 Sin embargo, se observa, en algunos estamentos eclesiásticos, la tendencia al “centrismo”, con independencia de la verdad. Y no sólo en cuestiones políticas o sociales sino, lo que es más grave, bajo el punto de vista religioso, en cuestiones doctrinales y dogmáticas. Se ha establecido la teoría de que, en la Iglesia, existen dos extremos, uno conservador y otro progresista y se sostiene que la verdad está en el justo medio, sin buscar si no se encuentra en alguno de los extremos. Además, la inclinación de ese “centro” hacia la izquierda, es visible.

 El paralelismo entre esta situación en la Iglesia y lo que ocurre en la política italiana (1970) es tan evidente que extraña que no haya sido comentada. El “centro-izquierda” de Italia, creado con la excusa de aislar al comunismo, es cada vez más “izquierda” y menos “centro”. En cuanto al aislamiento de los comunistas, se ha llegado ya a la formación de juntas “frentepopulistas” entre socialistas y comunistas para el gobierno de algunas regiones, a pesar de que los primeros pertenecen al gobierno formado para “aislar” al comunismo. El deslizamiento de ciertos medios eclesiásticos hacia el progresismo en religión, es similar al que sufren hacia la izquierda en política. No se olvide que ha sido un partido de origen clerical (la Democracia Cristiana) el que ha hecho posible el proceso en Italia.

 Los unos y los otros

 El “centrismo” eclesiástico parece preocupado únicamente de no ser calificado de “reaccionario” o de “conservador”. Por ello, cuando la Jerarquía tiene que censurar (condenar ya no se estila) algún exceso progresista, procura compensarlo con un palo al otro sector, venga o no a cuento. Los católicos tradicionalistas se están convirtiendo así en una sufrida coartada para cierta Jerarquía. Basta censurarlos para fabricarse un prestigio de “avanzado” o, al menos, de centrista, quien carece de otros méritos.

 Veamos un ejemplo reciente (1970). El Consejo permanente del Episcopado francés hizo, en el mes de junio, una declaración sobre el tema “Renovación y crecimiento de la Iglesia”. En su preámbulo se decía: “Mientras que algunos se impacientan o se desaniman ante la lentitud de la evolución que ellos quisieran más rápida, otros se endurecen ante toda búsqueda. Algunos, en fin, sienten la tentación de realizar gestos de ruptura con la Iglesia, queriendo darles un sentido “profético”. Por su propia cuenta, algunos buscan un empleo de trabajadores, toman responsabilidades sindicales o políticas e incluso se consideran desligados de su compromiso con el celibato. A veces lo hacen colectivamente, en el seno de grupos que discuten la autoridad de la Jerarquía”.

 La gravedad de las acusaciones concretas que en el anterior párrafo se hacen, pese a la “centrista” mención a quienes “se endurecen ante toda búsqueda” es claro que se refiere a los grupos contestatarios del progresismo. A pesar de ello, el Consejo Episcopal, al enviar la declaración a los obispos de Francia se ha considerado obligado a aclarar que en ella deben sentirse apuntados “igual los grupos de extrema derecha que “Echanges et Dialogue”, igual el progresista padre Cardonnel o los “Hermanos del Mundo” que el “abbé de Nantes” o el P. Coache (tradicionalistas). Tras redactar esta declaración, los autores debieron sacudirse las manos satisfechos: todos iguales nadie podrá acusarlos de anti progresismo

 Los tibios

 Pero la réplica, y bastante airada, ha salido de donde menos podían esperarlo los obispos franceses, que tanto cuidan su prestigio de avanzados y modernos. No han sido sacerdotes tradicionalistas, tan injustamente mezclados con quienes, según los obispos, abandonan su ministerio y se mundanizan hasta el punto de abandonar colectivamente el celibato. Ha sido el propio padre Cardonnel, dominico nominalmente citado en la declaración episcopal y coautor de “Dios ha muerto en Jesucristo”, quien, en una réplica publicada en “Le Monde”, afirma que es contraria al Evangelio la adopción de una postura centrista por los obispos: “La situación me parece alarmante, añade, porque Cristo, del que todos nosotros nos proclamamos fieles, vomita a los tibios. En el Apocalipsis lo dice como reproche mayor a las Iglesias. (…) Así, pues, yo me niego como discípulo de Cristo, a ver en la Iglesia un justo medio  (…)  que no es siempre el justo medio.

 Si los anteriores reproches son ambivalentes y pueden hacerse igual desde la derecha que desde la izquierda, ello no justifica que tales posturas puedan ser confundidas, sino que cada una ha de ser juzgada por sus propios valores. Que es precisamente lo que no hace el centrismo de los tibios. (…)

 Juan NUEVO


Revista FUERZA NUEVA, nº 191, 5-Sep-1970

 

domingo, 21 de junio de 2026

Pemán y sus sospechosos elogios al “Príncipe”

 Artículo de 1968

 EL CULTO A LA PERSONALIDAD DE “EL PRÍNCIPE”

 El artículo de don José María Pemán publicado en «A B C» del día 5 de enero, y que tiene por título «El Príncipe», es modelo de glosa, literal lamente perfecto y acabado. El lenguaje es difícil de entender en el insigne autor de «El divino impaciente»; incomprensible en quien por el año 1933 decía que la Comunión Tradicionalista era, «por su parte activa, un ejército, y en su parte espiritual, una doctrina eterna». 

Las sinceras alabanzas prodigadas a los artífices de la obra: a don Alfonso Carlos, a don Javier de Borbón, a don Manuel Fal Conde y a Zamanillo, se han trocado hoy en apasionados y ciegos elogios precisamente para «El Príncipe», que nada tiene que ver con aquel «activo ejército» ni con aquella «doctrina eterna» que salvó a España; son hoy vítores de júbilo para el vástago de la familia que mejor simboliza el imperio de lo temporal sobre lo eterno; de la fe religiosa vacilante, dudosa y escéptica, en pugna con el Carlismo. Es incomprensible. La pluma que un día cantó alabanzas hoy ha sido mojada en la tinta del olvido, del desprecio y de la ingratitud.

 Comienza el prólogo con la acusación de «cicateros», de ruines y tacaños a quienes obstaculizaron y se opusieron al acceso de una mujer al Trono. Don José María se excluye bonitamente del calificativo, reconociendo la excelencia de los reinados femeninos de doña María de Molina, de Isabel la Católica y de doña María Cristina de Habsburgo. Este último recuerdo, muy respetable, es exponente de lo íntimo y familiar que le resulta al articulista, pero que a la hora de la comparación no creo saldría bien parado.

 Así oscurece los conceptos del bien y de la verdad, dando alas a su apasionado corazón en mengua y detrimento de la memoria y lucidez.

 La Historia va a ser mi fiel compañera para dar fe de lo que he afirmado. Se duele de que a despecho del imborrable recuerdo del reinado de la católica Reina, repudiasen los carlistas el de Isabel II. No debió ser molestada esta tierna Princesa por su tío Carlos..., sin duda porque de su futura fecundidad había el bisabuelo del Príncipe loado en «A B C»... No, señor Pemán, no eran cicateros los carlistas; no disputaban el Trono a una dama. Ni entonces ni después confundieron el sexo con la ineptitud. A una mujer, y de la real casa de Braganza, a la Princesa de Beira, debe el Carlismo el excelso beneficio de la fidelidad a la «doctrina eterna», que a buen seguro hubiera naufragado, contaminada por un Príncipe liberalizado (¡qué coincidencia!) que también se llamaba Juan III, como el que reside en Estoril, como el que aparece en la fotografía que ilustra el artículo de «A B C».

 Los carlistas no luchaban contra una mujer, sino por la pureza de una institución, por su doctrina eterna, porque sus sentimientos católicos estaban brutalmente escarnecidos en una corte donde podía cantarse impunemente: “¡Muera Cristo! ¡Viva Luzbel! ¡Muera Don Carlos! ¡Viva Isabel!” Sabían los de la Comunión Tradicionalista que aquella inocente víctima de la sectaria, tenebrosa, «bastarda, afrancesada y europeizante» constitución tenía las alas cortadas para remontar el vuelo a las divinas impaciencias de la Reina que en sus aladas naves llevó la «doctrina eterna» a un nuevo continente. El veneno escondido en la dorada constitución que mediatizó el reinado de Isabel II y de todos sus sucesores no atrajo las bendiciones de Dios. Pagó España con dos destronamientos el

tributo de la gloria de los liberales; los carlistas sufrieron el infierno, con la derrota de dos guerras, y los frailes el purgatorio de la matanza y el expolio. 

Así empezó la legitimidad histórica que hoy hereda «El Príncipe» en quien don José María Pemán tiene puestas todas sus complacencias.

 Pero esa legitimidad fue truncada (al grito de ¡abajo los Borbones!) por los mejores derechos de la revolución triunfante en Cádiz y en septiembre de 1868.

 Pletórico de ilusiones liberales fue restaurado Alfonso XII en Sagunto. Relegaba al olvido el dramático final de su madre arrojada del Trono, previo el aviso del cura Merino, que intentó asesinarla... Y don Alfonso fue nueva víctima de quienes (por evitar la común unión de todos los españoles, no en el catolicismo del siglo, sino en el eterno incontaminado y tradicional) habían de proporcionar serios sinsabores a su esposa María Cristina de

Habsburgo y a su hijo Alfonso XIII. Díganlo si no la turbia liquidación del imperio, pese al honor del ejército y del pueblo español, que no se perdieron ni en Cuba, ni en Cavite, ni en Baler.

 Con el hundimiento del Trono del padre de don Juan y abuelo de «El Príncipe» pudo haber reconciliación. El perdón por parte de la dinastía carlista no le faltó a don Alfonso XIII, desterrado en Roma. En su condición de Rey destronado (el tercero de su dinastía en noventa y un años) no era mucho pedirle la promesa del propósito de la enmienda de su error liberal y el reconocimiento de la usurpación de derechos a la dinastía de los descendientes de don Carlos María Isidro de Borbón. Ante la negativa y la obstinación de Alfonso XIII, don Alfonso Carlos nombró regente en su testamento político a don Javier de Borbón-Parma, a quien recomendaba, además, como el Príncipe ideal para su sucesión. Y con él preparó el Glorioso Movimiento, puesto que como  muy bien sabe el señor Pemán, el documento lleva la fecha de 26 de enero de 1936. El nombramiento lo justifica con esta frase: «Pero no se llegó nunca a pacto alguno porque don Alfonso no consintió jamás en la aceptación solemne de los principios de mis derechos soberanos, ni en la abdicación de su hijo.»

 Y no fue obstáculo para que la Comunión Tradicionalista (que había suplicado al político Rodezno por el organizador Fal Conde) hiciese espléndida realidad y garantía salvadora, la que Pemán concebía entonces como «ejército con doctrina eterna». Dice el libro de Melgar sobre la escisión dinástica, que los amigos y consejeros de don Alfonso decidieron su real ánimo a mantener sus derechos y no reconocer los de la rama carlista. Esta actitud, señor Pemán, es vieja herencia que también recibirá su «Príncipe». Recuerde la contestación dada a Carlos VII en la Avenue de la Grand Armée, de París, por su prima Isabel II, cuando ambos estaban desterrados: «Pero, ¿de qué serviría esa sumisión (la suya) cuando «los míos» la tendrían por nula y levantarían pendones por don Alfonso»?

 Y los pendones aparecieron en Sagunto a la hora convenida. ¿Podrán sus nietos y descendientes sustraerse a las presiones de «los suyos»? ¿Acaso no son los cuarenta y cuatro de Estoril quienes, desertando del ejército de la doctrina eterna, levantan ahora pendones por don Juan? Los de Sagunto y los de Estoril tenían el reloj parado en aquella hora en que los «cicateros» carlistas repudiaron a una tierna niña y a su madre, la bella napolitana y gloria de los liberales; en la hora del lúgubre doblar de las campanas del Real Monasterio por la muerte de Fernando VII el día 29 de septiembre de 1833. Y lo más grave es que lo han parado después de lo ordenado por Diego Martínez Barrio en la Logia Iberia de Lisboa, donde se manifiesta «juanista» para evitar el carlismo que les venía encima y «para poder derribar el régimen de Franco». Y lo tienen parado, pese a que don Juan manifiesta su concordancia antifranquista en sus manifiestos de Lausana y de Estoril.

 Tampoco se mueve el reloj con la carta que don Manuel Fal Conde dirige a Rodezno desautorizándole por sus favorables manifiestos hacia don Juan, publicadas por «United Press» en 1946. Y parado sigue cuando en 1948, en Londres, se hacen «juanistas» Prieto y Gil Robles; cuando en 1952 la Comunión Tradicionalista, da cumplimiento a la voluntad de don Alfonso Carlos, precisamente para que nadie impida que deje de ser como Pemán la concibiera: «ejército y doctrina eterna». A este fin declaró solemnemente a don Javier de Borbón, como Rey, en asamblea celebrada en Barcelona con motivo del Congreso Eucarístico. Y con el reloj muy retrasado fueron cuarenta y cuatro señores a Estoril para autodepurar a la Comunión y hacer efectivo el mandato de Pemán de 1933, aunque levantasen ahora sus pendones «juanistas»

 Pero hay más. Han venido a testimoniar su ligereza y obcecación dos nuevos acontecimientos. En 1958 se celebra en Bruselas la asamblea del partido comunista con asistencia de Dolores Ibarruri, doctora honoris causa» por la Universidad de Moscú. La Pasionaria, tan docta en las disciplinas de Lenin y Stalin, cuan inepta para las divinas impaciencias» de Javier; anclada por su saber y por sus años en la generación de 1834, al suscribir para ella y su partido la enmandilada candidatura «juanista», forzosamente tuvo que exclamar: ¡Muera Cristo! ¡Viva Satán! Completar la copla de 1833 gritando: ¡Nada de Carlos! ¡Viva don Juan! ¿No le parece que es avivar las «sectarias impaciencias» de doña Dolores?

 Y siguiendo las páginas de la Historia, en 1962, y con los mismos piadosos fines, se reúne Rodolfo Llopis en Munich con Gil Robles y con representantes marxistas, demócrata cristianos y monárquicos liberales, cuyos nombres no es necesario citar.

 Quiero manifestar, por último, que si la herencia histórica de la legitimidad de «El Príncipe» queda bien esclarecida por la luz de la verdad, encuentro en el artículo un concepto final que debo aclarar. Me refiero a los méritos ponderados por Pemán en su elegido, presentándolo como el hombre bueno que no pertenece ni al bando de los vencedores ni al de los vencidos. La luz de los acontecimientos, que acabamos de citar identifica la académica frase, con un gironellismo puro. La dorada frase, muy púdica, tapa lo que no debe enseñarse: su procedencia moscovita. Allí eso se denomina existencia pacífica.

 Le doy toda la razón a Pemán cuando dice: «Franco sabe que por su legitimidad «emanada de la victoria», él no es ya una persona, sino una institución.» No concibo un Príncipe aspirante a sucesor de Franco (cuando Dios lo disponga) que no sea como él participante en la victoria del Movimiento; vinculado a él lo más íntimamente posible, no de palabra, sino con hechos.

 En lo que no estoy de acuerdo con don José María es en el poco celo para exigir pureza a la institución (que debe ser «ejército y doctrina eterna») y el excesivo culto a la personalidad de un Príncipe a cuyo padre se lo prodigan de consuno monárquicos liberales y marxistas leninistas.

Manuel  de VALDIVIELSO


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968

 

sábado, 30 de mayo de 2026

Distorsiones anticarlistas

 Artículo de 1968

 ¿En nombre de qué pueblo escribe el director del diario “PUEBLO”?

Una serie de sofismas se suceden en las cuartillas que Emilio Romero entrega para su impresión en ese diario de su dirección —«Pueblo»—, y en el que no tienen cabida muchos españoles que serían la voz del «pueblo».

 «Sin rodeos» es el encabezamiento de muchos de los editoriales que publica Emilio Romero, que se autocalifica de «gallito». En uno de sus recientes trabajos se pronuncia, «sin rodeos», contra el carlismo, sin tener en cuenta que el carlismo forma parte integrante del Movimiento Nacional y que el diario de su dirección pertenece al mismo. ¿Tiene esto Lógica? ¿Es de elemental Etica?

 Si esos ataques al carlismo Emilio Romero los hubiera publicado en los primeros meses del Movimiento, ¿qué le hubiera sucedido? ¿Continuaría siendo director del diario «Pueblo»? Queremos analizar brevemente alguna de sus ideas sofísticas. Antes queremos reconocer que sabe escribir, que tiene una pluma ágil y extraordinaria, que sabe atacar en materia política. ¿Tememos su reacción? ¿Se atreverá a contestar a estos reparos que oponemos a sus «sin rodeos»?

 Repetidamente, en ese artículo al que nos referimos, demuestra un desconocimiento pleno de la Historia. A estas alturas (1968) nos habla de «pleitos dinásticos», cuando el propio Caudillo ha reconocido que las luchas de los siglos XIX y XX no fueron dinásticas, sino de ideologías; eran el enfrentamiento de la España auténtica, precursora del Movimiento, y la España bastarda y extranjerizada. ¿Por qué ignora esto el director de «Pueblo»? (…)

 El «gallito» se irrita ante la noticia de que parte del pueblo carlista se ha reunido en Fátima y ha rezado a la Virgen, juntamente con el abanderado de la Tradición, el príncipe don Javier Borbón-Parma. Confiesa que «le sorprende» que don Javier haya concedido condecoraciones. Nosotros aconsejaríamos a E. Romero que no se sorprenda tanto, pues puede que no sea más que el principio de las sorpresas que le esperan en la segunda mitad del siglo XX, como continuación de las sorpresas que en un 18 y 19 de julio de 1936 dio ese mismo pueblo carlista para que, indirectamente, el señor Romero pudiera ser director de un diario perteneciente a aquel Alzamiento que, como «Pueblo» fundó en parte el pueblo carlista, cuya representación ha peregrinado a Fátima.

 Emilio Romero no se «imaginaba» que las condecoraciones y títulos pudieran otorgarse desde el extranjero. No es cosa de «imaginación, señor Romero, sino de realidades históricas. Se refiere concretamente a las concedidas, entre otras, a don Carlos Hugo, a don Manuel Fal Conde y a don José María Valiente. ¿Acaso desconoce que hay una disposición firmada por el Generalísimo según la cual se reconocen los títulos y honores concedidos por los reyes carlistas desde su exilio? Si se reconocen como legítimas las otorgadas por don Alfonso Carlos desde el extranjero, ¿cómo no vamos a reconocer también el título de Regente otorgado por el mismo rey carlista a favor de don Javier Borbón-Parma? ¿Acaso no fue válida la orden dada por ese mismo don Javier, y también desde el extranjero, de movilización de unos 60.000 requetés? ¿Por qué no le hiere la realidad histórica -no pura imaginación novelesca- de aquel telegrama cifrado que, a las seis y media de la mañana del 17 de julio de 1936, desde el extranjero, se transmitía por el mismo don Javier de Borbón Parma, dando la orden de iniciar el Alzamiento?

 El hábil periodista político que es Romero todo lo reduce a «un pleito y pugna dinástica»; desconociendo, repito, que los carlistas jamás lucharon, ni luchan, ni lucharán nunca por una dinastía sino por una ideología religiosa y patriótica. Que tenga bien presente, si es que puede, que los carlistas de la primera guerra que lleva el nombre de carlista, ponemos, por ejemplo, si su Príncipe don Carlos María Isidro hubiera tenido ideales liberales, y María Cristina, madre de Isabel II, hubiera garantizado una educación a la Princesa basada en la más pura ortodoxia católica, ni uno sólo hubiera militado tras la bandera de don Carlos.

 Es vergonzoso que a estas alturas tengamos que dar estas explicaciones, que los más lerdos no las necesitan, pues de cualquier discurso del Caudillo cuando no de la Historia limpia, se desprenden. ¿Por qué Emilio Romero nos desfigura la Historia, con posible quebranto para una de las dos fuerzas políticas que fueron básicas en el 18 de Julio? ¿Qué clase de juego es éste? Comprendemos que «ABC», interesado dinásticamente con la familia descendiente de Isabel II y Alfonso XII y XIII, escriba de vez en cuando lo que es y lo que no es, pero no hay derecho a que «Pueblo», que pertenece al Movimiento, desinforme a los españoles.

 ¿Quién contribuye a esta confusión? Sin duda—nos duele el tener que decirlo—, «El Pensamiento Navarro», desde que lo dirige J. M. Pascual, que, como hemos dicho en más de una ocasión desde estas columnas, ha abandonado la idea de DIOS y de PATRIA y reduce el carlismo a FUEROS y REY. Esa desviación del periódico, que se había mantenido carlista ortodoxo e integro hasta la primavera de 1965 le puede servir de pretexto a E. Romero y, por lo tanto, es perjudicial; pero carece de fundamento sólido, pues la ideología carlista no la puede modificar ni un diario, por mucha solera carlista que haya tenido, ni unos pactos, ni uno o más príncipes. Los principios carlistas son por propia naturaleza inalterables y permanentes, al igual que los del Movimiento, con los que concuerdan y con los que se complementan.

 El autor de los «Sin rodeos» que comentamos y glosamos no solamente se ocupa de don Javier Borbón-Parma, sino también de don Juan de Borbón y Battemberg, de su hijo don Juan Carlos y del primo de éste don Alfonso Borbón y Dampierre. Son las posibilidades a la sucesión a la Jefatura del Estado.

 El comportamiento de don Juan, conde de Barcelona, lo encuentra «más moderado y menos bullicioso» que el de don Javier. En esto tenemos que confesar que coincidimos, si bien no por las mismas causas. Al parecer, Romero aplaude esa moderación y falta de bullicio. Para que un acontecimiento sea bullicioso se requiere que haya mucho PUEBLO, mucha gente, mucho ruido, mucho frenesí, mucho entusiasmo, mucho tumulto. ¿Puede producirse en torno a don Juan algún acontecimiento bullicioso? ¿Hay, políticamente hablando, en estos tiempos, algo más bullicioso que el entusiasmo que extasía en la romería-concentración de Montejurra? ¿Se imagina el señor Romero algo tan bullicioso como la concentración voluntaria de requetés en la plaza del Castillo de Pamplona, en aquel memorable y decisivo 19 de julio, ante el general Mola y por orden del propio don Javier y del condecorado don Manuel Fal Conde?

 Emilio Romero se lamenta de que haya dos organizaciones políticas que actúan dinásticamente, a pesar de que los partidos políticos están prohibidos. ¿Es que no recuerda que la Comunión Tradicionalista no es un partido político, aun cuando algunas veces tenga que actuar como tal para contrarrestar la acción de los partidos políticos ilegales, pero camuflados? ¿Es que no sabe que los requetés no están suprimidos, sino que tienen una existencia legal en el régimen? No tiene existencia legal, en cambio, ninguna organización política que defienda la ideología y dinastía liberal. Hace dos comparaciones entre términos heterogéneos.

 Nosotros estimamos que el artículo de E. Romero es un atentado a las esencias de la Monarquía Tradicional que instituyen nuestros Principios del Movimiento. Desfigura los hechos lejanos y los próximos. Los ve y los presenta como una lente, unas veces cóncava y otras convexa, según sean sus conveniencias. Los españoles del 18 de Julio tenemos buena visión y repudiamos cristales deformados como los que sirven de recreo en algunas garitas de ferias.

 Encuentra una actitud «más juiciosa» la de los príncipes don Juan Carlos y don Alfonso Borbón Dampierre. Ignoramos qué entenderá por«actitud juiciosa», si bien sospechamos que nos quiere hacer comulgar con ruedas de molino, máxime teniendo en cuenta una entrevista con uno de los últimamente citados Príncipes, que han reproducido algunos diarios españoles.

 Señor Romero: No confunda a los que impusieron la bandera bicolor, el ¡Viva España! y la llamada «Marcha real» para recuperar la Patria perdida y la libertad de la Iglesia, en un permanente y próximo —aunque a usted le parezca lejano— y que pactaron con el Ejército y posteriormente con la Falange, con aquellos otros que se mantuvieron al margen y que hoy desean aprovecharse del esfuerzo, vida y patrimonio que entregaron, sin exigir nada, al grito de DIOS, PATRIA y REY, y cuyo Himno —el Oriamendi— es todavía símbolo del Movimiento, del cual usted percibe su retribución. Le insisto en que no le faltarán sorpresas políticas.

 ¿En nombre de qué PUEBLO escribe usted, señor director de «PUEBLO»?

 Roberto G. Bayod Pallarés


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968 

 

lunes, 11 de mayo de 2026

Santiago, Patrón de España y de la Hispanidad

 Artículo de 1970 

 Santiago, Patrón de España

 El 5 de junio de 1965, Blas Piñar pronunció un discurso en Santiago de Compostela. Al mismo corresponden los párrafos que a continuación transcribimos:

 La figura de Santiago, como las de los grandes hombres, de los grandes santos, tiene dimensiones y calibres universales. Santiago es testigo de una serie de unidades históricas, sobrenaturales y religiosas. Santiago es el testimonio y el faro de la unidad de nuestra Patria.

 Yo no puedo hacer aquí un recorrido histórico de todo el quehacer temporal de nuestro pueblo, pero sí puedo deciros que, cuando se inicia y se fragua la conciencia histórica nacional de España por obra de la Reconquista, desde Covadonga, Roncesvalles, Ribagorza o la Marca Hispánica, el espíritu que contribuye a la formación de esa conciencia surge con el descubrimiento de las cenizas y del sepulcro del Apóstol a principios del siglo IX. Frente a Córdoba, la ciudad de Santiago es algo así como la Meca del Occidente, que Diego Peláez y Diego Gelmírez transforman en la Jerusalén occidental de piedra tallada y románica, como quiso definiría el insigne tribuno don Juan Vázquez de Mella. Y si hubo una teoría de peregrinaciones mahometanas que se dirigían hacia la mezquita de Córdoba, así también pueblos cristianos de Europa iniciaron una corriente peregrina y caminante hacia el Santuario de Compostela porque, como decía la fama y la leyenda, en Galicia el Apóstol obraba milagros innumerables.

 Así se fue forjando el sentido de nuestra nacionalidad. En las grandes batallas, la invocación al Apóstol Santiago hace posible la victoria de las huestes cristianas. Esta invocación trajo, en ocasiones, la presencia del Apóstol, como ocurrió en la batalla de Clavijo, cuando el rey don Ramiro se negó a pagar el tributo doloroso y poco varonil de las 100 doncellas. Su ejército, derrotado y abatido por las fuerzas enemigas, parecía propicio a la desbandada cuando se apareció el Apóstol Santiago sobre un corcel blanco, con una espada luminosa, alentando a los combatientes de Cristo.

 Nuestros reyes y nuestros santos serán devotos y peregrinos de Santiago, como lo fue el Cid Rodrigo Díaz de Vivar. El Poema de Fernán González, los cantares de gesta, el gregoriano, el románico y los cluniacenses se integrarán con un sentido español y nuestra lucha nacional contra la morisma se transformará en una cruzada en favor de la Iglesia.

 De esta forma forjamos un espíritu nacional tan profundo y tan hondo que, cuando la Reconquista española terminó, cuando se delimitó geográficamente el perfil de la Península, cuando Fernando e Isabel entraron en Granada, el primer homenaje a Santiago, después del voto hecho por don Ramiro a raíz de la batalla de Clavijo, será el de erigir aquí un hospital en el que los peregrinos que fluían de todos y los caminos de Europa encontraran descanso, alivio medicinas y reposo.

 Es Santiago, además, un faro y un testimonio vivo de la unidad europea. La unidad europea no se forjó realmente en las cruzadas, que tuvieron un aspecto religioso y sobrenatural pero también un aspecto bélico y castrense. La conciencia de Europa como ser histórico, la conciencia de Europa como cristiandad, hoy por desgracia en crisis como consecuencia de la secularización de los Estados, se produce precisamente en la andadura hasta Santiago. Son los peregrinos de todas las regiones de Europa, los reyes, los príncipes y los santos, los burgueses y los mendigos y hasta los bandoleros que hacen penitencia los que, peregrinando por todos los caminos de Europa, se concentran aquí y llegan con ansiedad al monte del Gozo, para contemplar las torres catedralicias y recibir los  apellidos que se han perpetuado en Europa, como una vivencia de las antiguas peregrinaciones de sus antepasados.

 Fue aquí, en Santiago, donde gentes de todos los idiomas, dialectos e indumentarias, que manejaban instrumentos musicales distintos, que tuvieron incluso ante el Obradoiro sus propias disputas regionales, forjaron la conciencia cristiana de Europa. Aquí se creó un clima caballeresco y épico, que engendró para la literatura universal, a través del viejo Códice Calixtino, las figuras del guerrero, del monje del santo, de la mujer fuerte y del religioso. Porque fueron los religiosos que venían a Compostela, caminando y peregrinando, los que vieron con claridad aquello que la Iglesia tenía que hacer en su tiempo.

 (…) Como consecuencia de este caminar peregrinante a Santiago de Compostela, las grandes figuras religiosas de la época tuvieron una visión intuitiva y profética de la nueva evangelización que el mundo de entonces precisaba. Santiago, el Apóstol y Santiago, la ciudad, son un testimonio vivo de la unidad ecuménica. Aquí nacen, en serio y de verdad, las misiones. Aquí llegan Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís y Raimundo Lulio y San Vicente Ferrer. Estos santos peregrinantes llegan a Compostela, palpan la universalidad de la Iglesia, que sólo Compostela puede entonces presentarles y se dan cuenta de que es urgente una transformación pastoral.

 Si el voto “stabilitatis” ha hecho del religioso vagabundo que mendiga un hombre sedentario recogido en el cenobio y en el monasterio, con sus votos de pobreza, de obediencia y de castidad, si las grandes órdenes religiosas, antiguas y venerables, han prosperado con el lema “ora et labora”, parece llegado el momento de sustituir esta especie de reclusión santificante por una especie de voto nuevo que podríamos llamar el voto de la “milicia Christi”. Nacen así la Orden de predicadores y la Orden mínima de los padres franciscanos que, en las nuevas ciudades mercantiles de fines del Medioevo mendigan las almas para entregarlas a Cristo.

 En Santiago y con Santiago, tenemos nosotros, los españoles e hispanos, un testimonio vivo de otra unidad: de la unidad de la estirpe hispana.

 ***

Nosotros, los cristianos, enterramos a los muertos, pero no los enterramos para que se pudran; nosotros enterramos a nuestros muertos porque sabemos que son templos del Espíritu Santo, porque tenemos la garantía de que la resurrección de Cristo englobará, tragará y devorará la muerte, y los levantará, siendo cuerpos corruptibles, a las alturas gloriosas de la incorruptibilidad. Por eso, nosotros veneramos las reliquias de nuestros santos. Aquí, en Santiago, tenemos las cenizas del Apóstol y las veneramos porque sabemos que un día van a resucitar en cuerpo glorioso e incorruptible por la fuerza de la gracia de Cristo.

 Pero sabemos también que de los santos, de las cenizas de los santos, de las reliquias de los santos, de los lugares donde se conservan tales reliquias, de las aras santas de nuestros altares, fluye una corriente sobrenatural con fuerza bastante para poner en pie a los pueblos. Pues bien, si hay una estirpe humana, si hay una forma española de vivir el cristianismo, si ha habido unos países en América que han sido conformados de una forma hispánica de vivir el catolicismo, si hay en Asia, en medio de la paganía absoluta, una nación floreciente con un cristianismo vivo que, en estos días, conmemora el 400 aniversario de la evangelización por Legazpi y Urdaneta, los agustinos y las órdenes religiosas que después les siguieron, ello se debe a que de aquí, de este sepulcro, de estas cenizas del Apóstol, brotó una corriente de vida sobrenatural que impulsó el generoso espíritu de aventura de nuestros misioneros, de nuestros gobernantes, de nuestros guerreros y de nuestros conquistadores. Ellos sembraron las tierras de Filipinas y de América de nuevas ciudades con el nombre de Santiago. Si recorréis las iglesias filipinas o americanas, encontraréis una iconografía santiaguesa en cada una de sus capillas, pueblos y hornacinas de sus viejas calles coloniales y españolas.

 Santiago, que es un hombre, un apóstol, un santo, ha traspasado de su espíritu a esta ciudad. Son los hombres, las piedras y la historia los que están transidos en Santiago del espíritu del Apóstol. Antes se decía de Compostela que era la tierra del feliz y bienaventurado Jacobo. Yo os diría que Santiago es “civitas beati Jacobi”, esto es, la ciudad del Apóstol, del Santo Jacobo, de Santiago. Y porque Santiago ha traspasado de su espíritu a los hombres, a las piedras y a la historia, la ciudad entera, historia piedras y hombres, están transidos de eternidad (…)

 Blas PIÑAR


Revista FUERZA NUEVA, nº185, 25-Jul-1970

 

domingo, 3 de mayo de 2026

La Iglesia vasca, con el PNV, contra el carlismo

 Artículo de 1968

 Carta abierta al reverendo padre Arrizabalaga S, J.

 Rvdo. Sr.: En primer lugar he de manifestarle mi asombro por tres motivos:

 1º El que usted no añada a su nombre las siglas S. J., como lo hizo en la firma de aquel otro documento, en el que usted y otros sacerdotes, fingiendo interés por los problemas de los fieles todos de esta Diócesis, pidiendo libertades para grupos determinados y protestaron contra las acciones que la autoridad ha llevado a cabo frente a ciertas organizaciones.

 2º Que la editorial que publica su obra se denomina MENSAJERO a secas. Todos sabemos que se trata de «El Mensajero del Corazón de Jesús». ¿Para qué «camuflarse» con un disfraz que no oculta nada?

 3º Que su obra haya sido anunciada como «novela vasca», cuando solamente se trata de una novela de ambiente vasco. Las novelas vascas se escriben en euskera. Esto exige el conocimiento a fondo del viejo idioma. Y tiene el inconveniente de que las ediciones no pueden alcanzar tiradas largas. Pero por todo eso y por más hay que pasar cuando de veras se ama a su tierra y se está orgulloso de ser vasco. Lo demás.... vasquismo de boquilla. 

¿Novela o historia?

 Son muchos los autores que expresan sus ideas por medio de novelas, Desde Galdós a usted, pasando por Gironella, hemos podido ver cómo el escritor coloca y mueve a sus personajes en un marco histórico. Evidentemente, muchos de los sucesos que se relatan en tales tipos de obras son hijos de la imaginación del escritor. Jamás han ocurrido. Por algo se trata de una novela y no de una historia. Sin embargo, aún con esos antecedentes, el novelista debe poner ciertos límites a su inventiva. Ha de considerar que muchos de sus lectores van a tomar por cierto lo que ellos narran, dado el marco histórico en que se sitúan los hechos y que muchos novelistas tienen por norma incluir en su relato hechos y anécdotas reales. Que lo que digo es cierto, lo demuestran multitud de sucedidos. He aquí algunos: 

1º Hay bastante gente que cree tan firmemente en la existencia histórica de los personajes de Villoslada, que bautiza a sus hijos con los nombres novelísticos (ni siquiera llegan a la categoría de legendarios) de Aitor y Amaya. 

2º Otros han aprendido la historia del siglo XIX en las obras de Galdós. 

3º En 1962, fuimos a Estella acompañados por un oficial de requetés que, además, combatió en Rusia. Allí nos presentó a un falangista con quien había hecho amistad en la División Española de Voluntarios. Comentamos el «ladrillo» de Gironella, que entonces estaba de moda, y nos confesó que él, por creerla cierta, había indagado entre sus amigos de la comarca de Estella para comprobar la existencia de aquel requeté de los nueve Primeros Viernes. Con resultado negativo, desde luego. Tal episodio no es ni siquiera un producto de la imaginación del «rollista» gerundense. Es un cuento bastante viejo que el autor se lo colgó a un combatiente carlista (…)

 Las novelas no son relatos intrascendentes. Expresan, de algún modo, la manera de ser y pensar de su autor. Y cuando en ellas se relatan hechos ocurridos recientemente pueden servir de vehículos a opiniones muy respetables. Pero discutibles. Esto es lo que ha impulsado a dirigirme a usted.

 Buenos y malos

 En la página 253 viene usted debe decir que, siendo aquéllos los «malos», son explicables las barbaridades que cometieron. No así las realizadas por los «buenos». Es decir: por los nacionales, por los carlistas.

 Nosotros jamás hemos dicho que seamos los buenos. Afirmamos, simplemente, que el sistema que propugnamos es el mejor de todos. Para nada nos metemos en juicios sobre la conducta personal de nuestra gente. Dicho con palabras de Chesterton: «ciertamente el cristiano fue, en cierto sentido, peor que el pagano; el español, que el indio; el romano, que el cartaginés; pero en un sentido muy relativo, pues su razón de ser era hacerse mejores»

 ¿Será usted capaz de afirmar que es admisible, ni siquiera tolerable el divorcio? Como él había muchas cosas en la legislación republicana que un católico no podía consentir. Contra todo ello lucharon los requetés en 1936 y volveremos a hacerlo hoy (1968), si fuera preciso. Esa es nuestra razón de ser. Y no el garantizar la impecabilidad de nuestra gente.

 Por el contrario, muy distinto fue el comportamiento del Partido Nacionalista Vasco. Como ya dijeron en su día los obispos de Vitoria y Pamplona: «No es lícito en ningún terreno, y menos en la forma cruentísima de la guerra…, fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo. La doctrina de la unión de los católicos… debe aplicarse totalmente, sin género de excusas, a las cosas de guerra en que se juega el todo por el todo, doctrina e ideales, haciendas y vidas, presente y futuro de un pueblo».

 «Menos lícito es… absolutamente ilícito es… sumarse el enemigo para combatir al hermano»

 «Llega la ilicitud a la monstruosidad cuando el enemigo es ese monstruo moderno, el marxismo o comunismo». 

Y de esa monstruosidad nada ni nadie absuelve al nacionalismo vasco. Ni siquiera el buen comportamiento que, individualmente, en grupos, incluso por batallones completos, observaron los «gudaris». Aunque nuestra opinión es que no se ha de culpar a los que, engañados, no hicieron más que obedecer con la mejor voluntad, sino a los embaucadores que les enviaron a la muerte, mal armados, peor organizados y sin mandos competentes, mientras ellos se instalaban en el «Carlton» y «enchufaban» a su próximos familiares lejos de los tiros.

 Lo que no se puede hacer, P. Arrizabalaga, y menos cuando se ha adquirido la cultura filosófica que corresponde a un sacerdote, es pretender juzgar los hechos históricos mediante anécdotas y manejar exposiciones como esa de «los buenos y los malos», propias de lectores de tebeos de aventuras del Oeste.

 ¿Quiénes son los buenos?

 ¿Con qué derecho nos exigen a los carlistas ustedes, los clérigos de cualquier jerarquía y congregación, el que nos portemos como «buenos»? ¿Nos tratan ustedes como tales? ¿Nos han hecho en alguna ocasión objeto de sus predilecciones?

 No vamos a meternos con las doctrinas de la Iglesia que, sin duda alguna, están de nuestra parte. Mejor dicho, nosotros nos hemos puesto de su lado. Nos referimos al comportamiento que han observado en política cientos de sacerdotes, religiosos y religiosas, muchas comunidades y organizaciones sedicentes de apostolado e incluso algunos obispos. De ellos jamás hemos recibido la menor ayuda. Ni la queremos. No así los nacionalistas.

 No descubrimos nada nuevo ni se nos podrá acusar de soplones si decimos que decenas de centros de juventudes «apostólicas», conventos de todas clases e incluso seminarios, han sido verdaderos «batzokis». ¿Qué fuerza tendría hoy (1968) el nacionalismo vasco si desde 1937 a estas fechas no hubiese disfrutado del apoyo del clero? El mismo P. Marzol, Pasionista, ha llegado a alardear en la revista «Anaitasuna» de que más de la mitad de los componentes de la ETA y otras organizaciones separatistas proceden de conventos de frailes.

 ¿Cuándo han firmado grupos de sacerdotes algún documento para protestar de las injusticias padecidas por el Carlismo? ¿Cuándo ha levantado su voz algún cura porque algún joven requeté ha sido detenido por la policía? ¿Cuándo han depuesto judicialmente a favor de un joven activista tradicionalista hasta cuatro obispos? Porque todo eso han hecho ustedes por el nacionalismo vasco. Por nosotros, ni la milésima parte. Ni queremos que lo hagan.

 ¿Quiénes se consideran a sí mismos los «buenos»? ¿Ha leído usted en algún escrito carlista juicios tan farisaicos sobre la conducta de algún jefe nacionalista como el del P. Evangelista de Ibero sobre Carlos VII cuando dice: «Su carácter moral se retrata cual es en los bailes y saraos a que Durango y otros pueblos le vieron entregado…»? Citamos esta párrafo por pertenecer a lo que siempre se ha considerado como el catecismo del nacionalismo. ¿Ha oído usted a algún carlista decir que los nacionalistas «son católicos medio cuerpo hacia arriba», cantinela que nos han repetido, de una manera o de otra, todas los nacionalistas con quienes hemos discutido?¡Cuando hemos alardeado los carlistas de costumbres puras, bailando en la plaza ostensiblemente con un pañuelo para no tocar la mano de la joven! 

¿Quiénes son los que se consideran «buenos»? ¿A quiénes tratan ustedes como tales? ¡Pues exíjanles a ellos el comportamiento correspondiente! 

Errores históricos

 Coloca usted el bombardeo de Guernica por la mañana del 20 de abril, cuando todo el mundo sabe que fue por la tarde. Hace usted pasar por encima de Marquina los aviones que intervinieron en la operación, cuando en realidad salieron de Vitoria, y basta una mirada al mapa de Vizcaya para comprender que no hubo tal paso. El bombardeo de Guernica no figura entre sus recuerdos infantiles; usted lo ha colocado en su obra para halagar a ciertos lectores. Es decir, ha lanzado un «¡Viva Cartagena!» oportunista. Eso es jugar sucio en literatura. 

Imagina usted como fondo de una foto de Carlos VII una bandera con las iniciales D.P.F.R. Nos extraña que en una foto de Carlos VII, fallecido en 1909, aparezca el lema carlista como usted dice. Si conoce usted alguna inscripción anterior a 1910, con las siglas mencionadas, le rogamos tenga la amabilidad de informarnos. Nos hallaríamos ante un ejemplar único por su rareza.

 Los carlistas sabemos por qué luchamos. El problema carlista no es, como usted hace afirmar a uno de sus personajes, una cuestión de genealogía. Es una cuestión de Legitimidad. De observancia de una ley que en 1713 promulgó un Rey con el consenso delas Cortes y que los españoles no consintieron fuese modificada sin contar con ellos. 

Si los vizcaínos de 1833 se levantaron por Carlos V (antes de que se suscitase cuestión foral alguna) fue porque, así como el Rey está obligado a respetar y defender los Fueros, los súbditos leales están obligados a defender a su Rey. Y los vizcaínos, pese a quien pese, somos hijos de un Señorío que supo ganar los títulos de Muy Noble y Muy Leal. 

A la cuestión sucesoria se juntaron luego la religiosa y la foral. Porque comenzaron robando un trono, no podían pasar sin atracar a la Iglesia y sin asesinar las libertades que habían sobrevivido a la tiranía de Felipe V. 

Nadie nos ha quitado la «F». Padre Arrizabalaga. Somos tan fueristas como en 1833. Más aún, pues de lo que valen ciertas cosas, no se da uno cuenta hasta que las ha perdido.

 Si en la pasada guerra dejamos en un segundo plano ciertos puntos de nuestro programa, ello fue debido a urgencia del momento, que no dejaba lugar a discrepancias.

 Los requetés supieron por qué lucharon, aunque usted crea otra cosa, supieron que no se trataba de una restauración monárquica ni foral. A pesar de todo, no les importó morir por una cuestión religiosa. No les importó jugarse la vida, entre otras cosas, porque regresaran los jesuítas a España. A pesar de que muchos de ustedes no lo hayan sabido agradecer. 

Espero que lea la presente. Me consta que unos porque no pueden ni verla y otros porque se sienten confortados, casi todos los jesuitas leen nuestra revista.

 Afectuosamente le saluda:

ZORTZIGARRENTZALE


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968