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domingo, 21 de junio de 2026

Pemán y sus sospechosos elogios al “Príncipe”

 Artículo de 1968

 EL CULTO A LA PERSONALIDAD DE “EL PRÍNCIPE”

 El artículo de don José María Pemán publicado en «A B C» del día 5 de enero, y que tiene por título «El Príncipe», es modelo de glosa, literal lamente perfecto y acabado. El lenguaje es difícil de entender en el insigne autor de «El divino impaciente»; incomprensible en quien por el año 1933 decía que la Comunión Tradicionalista era, «por su parte activa, un ejército, y en su parte espiritual, una doctrina eterna». 

Las sinceras alabanzas prodigadas a los artífices de la obra: a don Alfonso Carlos, a don Javier de Borbón, a don Manuel Fal Conde y a Zamanillo, se han trocado hoy en apasionados y ciegos elogios precisamente para «El Príncipe», que nada tiene que ver con aquel «activo ejército» ni con aquella «doctrina eterna» que salvó a España; son hoy vítores de júbilo para el vástago de la familia que mejor simboliza el imperio de lo temporal sobre lo eterno; de la fe religiosa vacilante, dudosa y escéptica, en pugna con el Carlismo. Es incomprensible. La pluma que un día cantó alabanzas hoy ha sido mojada en la tinta del olvido, del desprecio y de la ingratitud.

 Comienza el prólogo con la acusación de «cicateros», de ruines y tacaños a quienes obstaculizaron y se opusieron al acceso de una mujer al Trono. Don José María se excluye bonitamente del calificativo, reconociendo la excelencia de los reinados femeninos de doña María de Molina, de Isabel la Católica y de doña María Cristina de Habsburgo. Este último recuerdo, muy respetable, es exponente de lo íntimo y familiar que le resulta al articulista, pero que a la hora de la comparación no creo saldría bien parado.

 Así oscurece los conceptos del bien y de la verdad, dando alas a su apasionado corazón en mengua y detrimento de la memoria y lucidez.

 La Historia va a ser mi fiel compañera para dar fe de lo que he afirmado. Se duele de que a despecho del imborrable recuerdo del reinado de la católica Reina, repudiasen los carlistas el de Isabel II. No debió ser molestada esta tierna Princesa por su tío Carlos..., sin duda porque de su futura fecundidad había el bisabuelo del Príncipe loado en «A B C»... No, señor Pemán, no eran cicateros los carlistas; no disputaban el Trono a una dama. Ni entonces ni después confundieron el sexo con la ineptitud. A una mujer, y de la real casa de Braganza, a la Princesa de Beira, debe el Carlismo el excelso beneficio de la fidelidad a la «doctrina eterna», que a buen seguro hubiera naufragado, contaminada por un Príncipe liberalizado (¡qué coincidencia!) que también se llamaba Juan III, como el que reside en Estoril, como el que aparece en la fotografía que ilustra el artículo de «A B C».

 Los carlistas no luchaban contra una mujer, sino por la pureza de una institución, por su doctrina eterna, porque sus sentimientos católicos estaban brutalmente escarnecidos en una corte donde podía cantarse impunemente: “¡Muera Cristo! ¡Viva Luzbel! ¡Muera Don Carlos! ¡Viva Isabel!” Sabían los de la Comunión Tradicionalista que aquella inocente víctima de la sectaria, tenebrosa, «bastarda, afrancesada y europeizante» constitución tenía las alas cortadas para remontar el vuelo a las divinas impaciencias de la Reina que en sus aladas naves llevó la «doctrina eterna» a un nuevo continente. El veneno escondido en la dorada constitución que mediatizó el reinado de Isabel II y de todos sus sucesores no atrajo las bendiciones de Dios. Pagó España con dos destronamientos el

tributo de la gloria de los liberales; los carlistas sufrieron el infierno, con la derrota de dos guerras, y los frailes el purgatorio de la matanza y el expolio. 

Así empezó la legitimidad histórica que hoy hereda «El Príncipe» en quien don José María Pemán tiene puestas todas sus complacencias.

 Pero esa legitimidad fue truncada (al grito de ¡abajo los Borbones!) por los mejores derechos de la revolución triunfante en Cádiz y en septiembre de 1868.

 Pletórico de ilusiones liberales fue restaurado Alfonso XII en Sagunto. Relegaba al olvido el dramático final de su madre arrojada del Trono, previo el aviso del cura Merino, que intentó asesinarla... Y don Alfonso fue nueva víctima de quienes (por evitar la común unión de todos los españoles, no en el catolicismo del siglo, sino en el eterno incontaminado y tradicional) habían de proporcionar serios sinsabores a su esposa María Cristina de

Habsburgo y a su hijo Alfonso XIII. Díganlo si no la turbia liquidación del imperio, pese al honor del ejército y del pueblo español, que no se perdieron ni en Cuba, ni en Cavite, ni en Baler.

 Con el hundimiento del Trono del padre de don Juan y abuelo de «El Príncipe» pudo haber reconciliación. El perdón por parte de la dinastía carlista no le faltó a don Alfonso XIII, desterrado en Roma. En su condición de Rey destronado (el tercero de su dinastía en noventa y un años) no era mucho pedirle la promesa del propósito de la enmienda de su error liberal y el reconocimiento de la usurpación de derechos a la dinastía de los descendientes de don Carlos María Isidro de Borbón. Ante la negativa y la obstinación de Alfonso XIII, don Alfonso Carlos nombró regente en su testamento político a don Javier de Borbón-Parma, a quien recomendaba, además, como el Príncipe ideal para su sucesión. Y con él preparó el Glorioso Movimiento, puesto que como  muy bien sabe el señor Pemán, el documento lleva la fecha de 26 de enero de 1936. El nombramiento lo justifica con esta frase: «Pero no se llegó nunca a pacto alguno porque don Alfonso no consintió jamás en la aceptación solemne de los principios de mis derechos soberanos, ni en la abdicación de su hijo.»

 Y no fue obstáculo para que la Comunión Tradicionalista (que había suplicado al político Rodezno por el organizador Fal Conde) hiciese espléndida realidad y garantía salvadora, la que Pemán concebía entonces como «ejército con doctrina eterna». Dice el libro de Melgar sobre la escisión dinástica, que los amigos y consejeros de don Alfonso decidieron su real ánimo a mantener sus derechos y no reconocer los de la rama carlista. Esta actitud, señor Pemán, es vieja herencia que también recibirá su «Príncipe». Recuerde la contestación dada a Carlos VII en la Avenue de la Grand Armée, de París, por su prima Isabel II, cuando ambos estaban desterrados: «Pero, ¿de qué serviría esa sumisión (la suya) cuando «los míos» la tendrían por nula y levantarían pendones por don Alfonso»?

 Y los pendones aparecieron en Sagunto a la hora convenida. ¿Podrán sus nietos y descendientes sustraerse a las presiones de «los suyos»? ¿Acaso no son los cuarenta y cuatro de Estoril quienes, desertando del ejército de la doctrina eterna, levantan ahora pendones por don Juan? Los de Sagunto y los de Estoril tenían el reloj parado en aquella hora en que los «cicateros» carlistas repudiaron a una tierna niña y a su madre, la bella napolitana y gloria de los liberales; en la hora del lúgubre doblar de las campanas del Real Monasterio por la muerte de Fernando VII el día 29 de septiembre de 1833. Y lo más grave es que lo han parado después de lo ordenado por Diego Martínez Barrio en la Logia Iberia de Lisboa, donde se manifiesta «juanista» para evitar el carlismo que les venía encima y «para poder derribar el régimen de Franco». Y lo tienen parado, pese a que don Juan manifiesta su concordancia antifranquista en sus manifiestos de Lausana y de Estoril.

 Tampoco se mueve el reloj con la carta que don Manuel Fal Conde dirige a Rodezno desautorizándole por sus favorables manifiestos hacia don Juan, publicadas por «United Press» en 1946. Y parado sigue cuando en 1948, en Londres, se hacen «juanistas» Prieto y Gil Robles; cuando en 1952 la Comunión Tradicionalista, da cumplimiento a la voluntad de don Alfonso Carlos, precisamente para que nadie impida que deje de ser como Pemán la concibiera: «ejército y doctrina eterna». A este fin declaró solemnemente a don Javier de Borbón, como Rey, en asamblea celebrada en Barcelona con motivo del Congreso Eucarístico. Y con el reloj muy retrasado fueron cuarenta y cuatro señores a Estoril para autodepurar a la Comunión y hacer efectivo el mandato de Pemán de 1933, aunque levantasen ahora sus pendones «juanistas»

 Pero hay más. Han venido a testimoniar su ligereza y obcecación dos nuevos acontecimientos. En 1958 se celebra en Bruselas la asamblea del partido comunista con asistencia de Dolores Ibarruri, doctora honoris causa» por la Universidad de Moscú. La Pasionaria, tan docta en las disciplinas de Lenin y Stalin, cuan inepta para las divinas impaciencias» de Javier; anclada por su saber y por sus años en la generación de 1834, al suscribir para ella y su partido la enmandilada candidatura «juanista», forzosamente tuvo que exclamar: ¡Muera Cristo! ¡Viva Satán! Completar la copla de 1833 gritando: ¡Nada de Carlos! ¡Viva don Juan! ¿No le parece que es avivar las «sectarias impaciencias» de doña Dolores?

 Y siguiendo las páginas de la Historia, en 1962, y con los mismos piadosos fines, se reúne Rodolfo Llopis en Munich con Gil Robles y con representantes marxistas, demócrata cristianos y monárquicos liberales, cuyos nombres no es necesario citar.

 Quiero manifestar, por último, que si la herencia histórica de la legitimidad de «El Príncipe» queda bien esclarecida por la luz de la verdad, encuentro en el artículo un concepto final que debo aclarar. Me refiero a los méritos ponderados por Pemán en su elegido, presentándolo como el hombre bueno que no pertenece ni al bando de los vencedores ni al de los vencidos. La luz de los acontecimientos, que acabamos de citar identifica la académica frase, con un gironellismo puro. La dorada frase, muy púdica, tapa lo que no debe enseñarse: su procedencia moscovita. Allí eso se denomina existencia pacífica.

 Le doy toda la razón a Pemán cuando dice: «Franco sabe que por su legitimidad «emanada de la victoria», él no es ya una persona, sino una institución.» No concibo un Príncipe aspirante a sucesor de Franco (cuando Dios lo disponga) que no sea como él participante en la victoria del Movimiento; vinculado a él lo más íntimamente posible, no de palabra, sino con hechos.

 En lo que no estoy de acuerdo con don José María es en el poco celo para exigir pureza a la institución (que debe ser «ejército y doctrina eterna») y el excesivo culto a la personalidad de un Príncipe a cuyo padre se lo prodigan de consuno monárquicos liberales y marxistas leninistas.

Manuel  de VALDIVIELSO


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968

 

sábado, 30 de mayo de 2026

Distorsiones anticarlistas

 Artículo de 1968

 ¿En nombre de qué pueblo escribe el director del diario “PUEBLO”?

Una serie de sofismas se suceden en las cuartillas que Emilio Romero entrega para su impresión en ese diario de su dirección —«Pueblo»—, y en el que no tienen cabida muchos españoles que serían la voz del «pueblo».

 «Sin rodeos» es el encabezamiento de muchos de los editoriales que publica Emilio Romero, que se autocalifica de «gallito». En uno de sus recientes trabajos se pronuncia, «sin rodeos», contra el carlismo, sin tener en cuenta que el carlismo forma parte integrante del Movimiento Nacional y que el diario de su dirección pertenece al mismo. ¿Tiene esto Lógica? ¿Es de elemental Etica?

 Si esos ataques al carlismo Emilio Romero los hubiera publicado en los primeros meses del Movimiento, ¿qué le hubiera sucedido? ¿Continuaría siendo director del diario «Pueblo»? Queremos analizar brevemente alguna de sus ideas sofísticas. Antes queremos reconocer que sabe escribir, que tiene una pluma ágil y extraordinaria, que sabe atacar en materia política. ¿Tememos su reacción? ¿Se atreverá a contestar a estos reparos que oponemos a sus «sin rodeos»?

 Repetidamente, en ese artículo al que nos referimos, demuestra un desconocimiento pleno de la Historia. A estas alturas (1968) nos habla de «pleitos dinásticos», cuando el propio Caudillo ha reconocido que las luchas de los siglos XIX y XX no fueron dinásticas, sino de ideologías; eran el enfrentamiento de la España auténtica, precursora del Movimiento, y la España bastarda y extranjerizada. ¿Por qué ignora esto el director de «Pueblo»? (…)

 El «gallito» se irrita ante la noticia de que parte del pueblo carlista se ha reunido en Fátima y ha rezado a la Virgen, juntamente con el abanderado de la Tradición, el príncipe don Javier Borbón-Parma. Confiesa que «le sorprende» que don Javier haya concedido condecoraciones. Nosotros aconsejaríamos a E. Romero que no se sorprenda tanto, pues puede que no sea más que el principio de las sorpresas que le esperan en la segunda mitad del siglo XX, como continuación de las sorpresas que en un 18 y 19 de julio de 1936 dio ese mismo pueblo carlista para que, indirectamente, el señor Romero pudiera ser director de un diario perteneciente a aquel Alzamiento que, como «Pueblo» fundó en parte el pueblo carlista, cuya representación ha peregrinado a Fátima.

 Emilio Romero no se «imaginaba» que las condecoraciones y títulos pudieran otorgarse desde el extranjero. No es cosa de «imaginación, señor Romero, sino de realidades históricas. Se refiere concretamente a las concedidas, entre otras, a don Carlos Hugo, a don Manuel Fal Conde y a don José María Valiente. ¿Acaso desconoce que hay una disposición firmada por el Generalísimo según la cual se reconocen los títulos y honores concedidos por los reyes carlistas desde su exilio? Si se reconocen como legítimas las otorgadas por don Alfonso Carlos desde el extranjero, ¿cómo no vamos a reconocer también el título de Regente otorgado por el mismo rey carlista a favor de don Javier Borbón-Parma? ¿Acaso no fue válida la orden dada por ese mismo don Javier, y también desde el extranjero, de movilización de unos 60.000 requetés? ¿Por qué no le hiere la realidad histórica -no pura imaginación novelesca- de aquel telegrama cifrado que, a las seis y media de la mañana del 17 de julio de 1936, desde el extranjero, se transmitía por el mismo don Javier de Borbón Parma, dando la orden de iniciar el Alzamiento?

 El hábil periodista político que es Romero todo lo reduce a «un pleito y pugna dinástica»; desconociendo, repito, que los carlistas jamás lucharon, ni luchan, ni lucharán nunca por una dinastía sino por una ideología religiosa y patriótica. Que tenga bien presente, si es que puede, que los carlistas de la primera guerra que lleva el nombre de carlista, ponemos, por ejemplo, si su Príncipe don Carlos María Isidro hubiera tenido ideales liberales, y María Cristina, madre de Isabel II, hubiera garantizado una educación a la Princesa basada en la más pura ortodoxia católica, ni uno sólo hubiera militado tras la bandera de don Carlos.

 Es vergonzoso que a estas alturas tengamos que dar estas explicaciones, que los más lerdos no las necesitan, pues de cualquier discurso del Caudillo cuando no de la Historia limpia, se desprenden. ¿Por qué Emilio Romero nos desfigura la Historia, con posible quebranto para una de las dos fuerzas políticas que fueron básicas en el 18 de Julio? ¿Qué clase de juego es éste? Comprendemos que «ABC», interesado dinásticamente con la familia descendiente de Isabel II y Alfonso XII y XIII, escriba de vez en cuando lo que es y lo que no es, pero no hay derecho a que «Pueblo», que pertenece al Movimiento, desinforme a los españoles.

 ¿Quién contribuye a esta confusión? Sin duda—nos duele el tener que decirlo—, «El Pensamiento Navarro», desde que lo dirige J. M. Pascual, que, como hemos dicho en más de una ocasión desde estas columnas, ha abandonado la idea de DIOS y de PATRIA y reduce el carlismo a FUEROS y REY. Esa desviación del periódico, que se había mantenido carlista ortodoxo e integro hasta la primavera de 1965 le puede servir de pretexto a E. Romero y, por lo tanto, es perjudicial; pero carece de fundamento sólido, pues la ideología carlista no la puede modificar ni un diario, por mucha solera carlista que haya tenido, ni unos pactos, ni uno o más príncipes. Los principios carlistas son por propia naturaleza inalterables y permanentes, al igual que los del Movimiento, con los que concuerdan y con los que se complementan.

 El autor de los «Sin rodeos» que comentamos y glosamos no solamente se ocupa de don Javier Borbón-Parma, sino también de don Juan de Borbón y Battemberg, de su hijo don Juan Carlos y del primo de éste don Alfonso Borbón y Dampierre. Son las posibilidades a la sucesión a la Jefatura del Estado.

 El comportamiento de don Juan, conde de Barcelona, lo encuentra «más moderado y menos bullicioso» que el de don Javier. En esto tenemos que confesar que coincidimos, si bien no por las mismas causas. Al parecer, Romero aplaude esa moderación y falta de bullicio. Para que un acontecimiento sea bullicioso se requiere que haya mucho PUEBLO, mucha gente, mucho ruido, mucho frenesí, mucho entusiasmo, mucho tumulto. ¿Puede producirse en torno a don Juan algún acontecimiento bullicioso? ¿Hay, políticamente hablando, en estos tiempos, algo más bullicioso que el entusiasmo que extasía en la romería-concentración de Montejurra? ¿Se imagina el señor Romero algo tan bullicioso como la concentración voluntaria de requetés en la plaza del Castillo de Pamplona, en aquel memorable y decisivo 19 de julio, ante el general Mola y por orden del propio don Javier y del condecorado don Manuel Fal Conde?

 Emilio Romero se lamenta de que haya dos organizaciones políticas que actúan dinásticamente, a pesar de que los partidos políticos están prohibidos. ¿Es que no recuerda que la Comunión Tradicionalista no es un partido político, aun cuando algunas veces tenga que actuar como tal para contrarrestar la acción de los partidos políticos ilegales, pero camuflados? ¿Es que no sabe que los requetés no están suprimidos, sino que tienen una existencia legal en el régimen? No tiene existencia legal, en cambio, ninguna organización política que defienda la ideología y dinastía liberal. Hace dos comparaciones entre términos heterogéneos.

 Nosotros estimamos que el artículo de E. Romero es un atentado a las esencias de la Monarquía Tradicional que instituyen nuestros Principios del Movimiento. Desfigura los hechos lejanos y los próximos. Los ve y los presenta como una lente, unas veces cóncava y otras convexa, según sean sus conveniencias. Los españoles del 18 de Julio tenemos buena visión y repudiamos cristales deformados como los que sirven de recreo en algunas garitas de ferias.

 Encuentra una actitud «más juiciosa» la de los príncipes don Juan Carlos y don Alfonso Borbón Dampierre. Ignoramos qué entenderá por«actitud juiciosa», si bien sospechamos que nos quiere hacer comulgar con ruedas de molino, máxime teniendo en cuenta una entrevista con uno de los últimamente citados Príncipes, que han reproducido algunos diarios españoles.

 Señor Romero: No confunda a los que impusieron la bandera bicolor, el ¡Viva España! y la llamada «Marcha real» para recuperar la Patria perdida y la libertad de la Iglesia, en un permanente y próximo —aunque a usted le parezca lejano— y que pactaron con el Ejército y posteriormente con la Falange, con aquellos otros que se mantuvieron al margen y que hoy desean aprovecharse del esfuerzo, vida y patrimonio que entregaron, sin exigir nada, al grito de DIOS, PATRIA y REY, y cuyo Himno —el Oriamendi— es todavía símbolo del Movimiento, del cual usted percibe su retribución. Le insisto en que no le faltarán sorpresas políticas.

 ¿En nombre de qué PUEBLO escribe usted, señor director de «PUEBLO»?

 Roberto G. Bayod Pallarés


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968 

 

lunes, 11 de mayo de 2026

Santiago, Patrón de España y de la Hispanidad

 Artículo de 1970 

 Santiago, Patrón de España

 El 5 de junio de 1965, Blas Piñar pronunció un discurso en Santiago de Compostela. Al mismo corresponden los párrafos que a continuación transcribimos:

 La figura de Santiago, como las de los grandes hombres, de los grandes santos, tiene dimensiones y calibres universales. Santiago es testigo de una serie de unidades históricas, sobrenaturales y religiosas. Santiago es el testimonio y el faro de la unidad de nuestra Patria.

 Yo no puedo hacer aquí un recorrido histórico de todo el quehacer temporal de nuestro pueblo, pero sí puedo deciros que, cuando se inicia y se fragua la conciencia histórica nacional de España por obra de la Reconquista, desde Covadonga, Roncesvalles, Ribagorza o la Marca Hispánica, el espíritu que contribuye a la formación de esa conciencia surge con el descubrimiento de las cenizas y del sepulcro del Apóstol a principios del siglo IX. Frente a Córdoba, la ciudad de Santiago es algo así como la Meca del Occidente, que Diego Peláez y Diego Gelmírez transforman en la Jerusalén occidental de piedra tallada y románica, como quiso definiría el insigne tribuno don Juan Vázquez de Mella. Y si hubo una teoría de peregrinaciones mahometanas que se dirigían hacia la mezquita de Córdoba, así también pueblos cristianos de Europa iniciaron una corriente peregrina y caminante hacia el Santuario de Compostela porque, como decía la fama y la leyenda, en Galicia el Apóstol obraba milagros innumerables.

 Así se fue forjando el sentido de nuestra nacionalidad. En las grandes batallas, la invocación al Apóstol Santiago hace posible la victoria de las huestes cristianas. Esta invocación trajo, en ocasiones, la presencia del Apóstol, como ocurrió en la batalla de Clavijo, cuando el rey don Ramiro se negó a pagar el tributo doloroso y poco varonil de las 100 doncellas. Su ejército, derrotado y abatido por las fuerzas enemigas, parecía propicio a la desbandada cuando se apareció el Apóstol Santiago sobre un corcel blanco, con una espada luminosa, alentando a los combatientes de Cristo.

 Nuestros reyes y nuestros santos serán devotos y peregrinos de Santiago, como lo fue el Cid Rodrigo Díaz de Vivar. El Poema de Fernán González, los cantares de gesta, el gregoriano, el románico y los cluniacenses se integrarán con un sentido español y nuestra lucha nacional contra la morisma se transformará en una cruzada en favor de la Iglesia.

 De esta forma forjamos un espíritu nacional tan profundo y tan hondo que, cuando la Reconquista española terminó, cuando se delimitó geográficamente el perfil de la Península, cuando Fernando e Isabel entraron en Granada, el primer homenaje a Santiago, después del voto hecho por don Ramiro a raíz de la batalla de Clavijo, será el de erigir aquí un hospital en el que los peregrinos que fluían de todos y los caminos de Europa encontraran descanso, alivio medicinas y reposo.

 Es Santiago, además, un faro y un testimonio vivo de la unidad europea. La unidad europea no se forjó realmente en las cruzadas, que tuvieron un aspecto religioso y sobrenatural pero también un aspecto bélico y castrense. La conciencia de Europa como ser histórico, la conciencia de Europa como cristiandad, hoy por desgracia en crisis como consecuencia de la secularización de los Estados, se produce precisamente en la andadura hasta Santiago. Son los peregrinos de todas las regiones de Europa, los reyes, los príncipes y los santos, los burgueses y los mendigos y hasta los bandoleros que hacen penitencia los que, peregrinando por todos los caminos de Europa, se concentran aquí y llegan con ansiedad al monte del Gozo, para contemplar las torres catedralicias y recibir los  apellidos que se han perpetuado en Europa, como una vivencia de las antiguas peregrinaciones de sus antepasados.

 Fue aquí, en Santiago, donde gentes de todos los idiomas, dialectos e indumentarias, que manejaban instrumentos musicales distintos, que tuvieron incluso ante el Obradoiro sus propias disputas regionales, forjaron la conciencia cristiana de Europa. Aquí se creó un clima caballeresco y épico, que engendró para la literatura universal, a través del viejo Códice Calixtino, las figuras del guerrero, del monje del santo, de la mujer fuerte y del religioso. Porque fueron los religiosos que venían a Compostela, caminando y peregrinando, los que vieron con claridad aquello que la Iglesia tenía que hacer en su tiempo.

 (…) Como consecuencia de este caminar peregrinante a Santiago de Compostela, las grandes figuras religiosas de la época tuvieron una visión intuitiva y profética de la nueva evangelización que el mundo de entonces precisaba. Santiago, el Apóstol y Santiago, la ciudad, son un testimonio vivo de la unidad ecuménica. Aquí nacen, en serio y de verdad, las misiones. Aquí llegan Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís y Raimundo Lulio y San Vicente Ferrer. Estos santos peregrinantes llegan a Compostela, palpan la universalidad de la Iglesia, que sólo Compostela puede entonces presentarles y se dan cuenta de que es urgente una transformación pastoral.

 Si el voto “stabilitatis” ha hecho del religioso vagabundo que mendiga un hombre sedentario recogido en el cenobio y en el monasterio, con sus votos de pobreza, de obediencia y de castidad, si las grandes órdenes religiosas, antiguas y venerables, han prosperado con el lema “ora et labora”, parece llegado el momento de sustituir esta especie de reclusión santificante por una especie de voto nuevo que podríamos llamar el voto de la “milicia Christi”. Nacen así la Orden de predicadores y la Orden mínima de los padres franciscanos que, en las nuevas ciudades mercantiles de fines del Medioevo mendigan las almas para entregarlas a Cristo.

 En Santiago y con Santiago, tenemos nosotros, los españoles e hispanos, un testimonio vivo de otra unidad: de la unidad de la estirpe hispana.

 ***

Nosotros, los cristianos, enterramos a los muertos, pero no los enterramos para que se pudran; nosotros enterramos a nuestros muertos porque sabemos que son templos del Espíritu Santo, porque tenemos la garantía de que la resurrección de Cristo englobará, tragará y devorará la muerte, y los levantará, siendo cuerpos corruptibles, a las alturas gloriosas de la incorruptibilidad. Por eso, nosotros veneramos las reliquias de nuestros santos. Aquí, en Santiago, tenemos las cenizas del Apóstol y las veneramos porque sabemos que un día van a resucitar en cuerpo glorioso e incorruptible por la fuerza de la gracia de Cristo.

 Pero sabemos también que de los santos, de las cenizas de los santos, de las reliquias de los santos, de los lugares donde se conservan tales reliquias, de las aras santas de nuestros altares, fluye una corriente sobrenatural con fuerza bastante para poner en pie a los pueblos. Pues bien, si hay una estirpe humana, si hay una forma española de vivir el cristianismo, si ha habido unos países en América que han sido conformados de una forma hispánica de vivir el catolicismo, si hay en Asia, en medio de la paganía absoluta, una nación floreciente con un cristianismo vivo que, en estos días, conmemora el 400 aniversario de la evangelización por Legazpi y Urdaneta, los agustinos y las órdenes religiosas que después les siguieron, ello se debe a que de aquí, de este sepulcro, de estas cenizas del Apóstol, brotó una corriente de vida sobrenatural que impulsó el generoso espíritu de aventura de nuestros misioneros, de nuestros gobernantes, de nuestros guerreros y de nuestros conquistadores. Ellos sembraron las tierras de Filipinas y de América de nuevas ciudades con el nombre de Santiago. Si recorréis las iglesias filipinas o americanas, encontraréis una iconografía santiaguesa en cada una de sus capillas, pueblos y hornacinas de sus viejas calles coloniales y españolas.

 Santiago, que es un hombre, un apóstol, un santo, ha traspasado de su espíritu a esta ciudad. Son los hombres, las piedras y la historia los que están transidos en Santiago del espíritu del Apóstol. Antes se decía de Compostela que era la tierra del feliz y bienaventurado Jacobo. Yo os diría que Santiago es “civitas beati Jacobi”, esto es, la ciudad del Apóstol, del Santo Jacobo, de Santiago. Y porque Santiago ha traspasado de su espíritu a los hombres, a las piedras y a la historia, la ciudad entera, historia piedras y hombres, están transidos de eternidad (…)

 Blas PIÑAR


Revista FUERZA NUEVA, nº185, 25-Jul-1970

 

domingo, 3 de mayo de 2026

La Iglesia vasca, con el PNV, contra el carlismo

 Artículo de 1968

 Carta abierta al reverendo padre Arrizabalaga S, J.

 Rvdo. Sr.: En primer lugar he de manifestarle mi asombro por tres motivos:

 1º El que usted no añada a su nombre las siglas S. J., como lo hizo en la firma de aquel otro documento, en el que usted y otros sacerdotes, fingiendo interés por los problemas de los fieles todos de esta Diócesis, pidiendo libertades para grupos determinados y protestaron contra las acciones que la autoridad ha llevado a cabo frente a ciertas organizaciones.

 2º Que la editorial que publica su obra se denomina MENSAJERO a secas. Todos sabemos que se trata de «El Mensajero del Corazón de Jesús». ¿Para qué «camuflarse» con un disfraz que no oculta nada?

 3º Que su obra haya sido anunciada como «novela vasca», cuando solamente se trata de una novela de ambiente vasco. Las novelas vascas se escriben en euskera. Esto exige el conocimiento a fondo del viejo idioma. Y tiene el inconveniente de que las ediciones no pueden alcanzar tiradas largas. Pero por todo eso y por más hay que pasar cuando de veras se ama a su tierra y se está orgulloso de ser vasco. Lo demás.... vasquismo de boquilla. 

¿Novela o historia?

 Son muchos los autores que expresan sus ideas por medio de novelas, Desde Galdós a usted, pasando por Gironella, hemos podido ver cómo el escritor coloca y mueve a sus personajes en un marco histórico. Evidentemente, muchos de los sucesos que se relatan en tales tipos de obras son hijos de la imaginación del escritor. Jamás han ocurrido. Por algo se trata de una novela y no de una historia. Sin embargo, aún con esos antecedentes, el novelista debe poner ciertos límites a su inventiva. Ha de considerar que muchos de sus lectores van a tomar por cierto lo que ellos narran, dado el marco histórico en que se sitúan los hechos y que muchos novelistas tienen por norma incluir en su relato hechos y anécdotas reales. Que lo que digo es cierto, lo demuestran multitud de sucedidos. He aquí algunos: 

1º Hay bastante gente que cree tan firmemente en la existencia histórica de los personajes de Villoslada, que bautiza a sus hijos con los nombres novelísticos (ni siquiera llegan a la categoría de legendarios) de Aitor y Amaya. 

2º Otros han aprendido la historia del siglo XIX en las obras de Galdós. 

3º En 1962, fuimos a Estella acompañados por un oficial de requetés que, además, combatió en Rusia. Allí nos presentó a un falangista con quien había hecho amistad en la División Española de Voluntarios. Comentamos el «ladrillo» de Gironella, que entonces estaba de moda, y nos confesó que él, por creerla cierta, había indagado entre sus amigos de la comarca de Estella para comprobar la existencia de aquel requeté de los nueve Primeros Viernes. Con resultado negativo, desde luego. Tal episodio no es ni siquiera un producto de la imaginación del «rollista» gerundense. Es un cuento bastante viejo que el autor se lo colgó a un combatiente carlista (…)

 Las novelas no son relatos intrascendentes. Expresan, de algún modo, la manera de ser y pensar de su autor. Y cuando en ellas se relatan hechos ocurridos recientemente pueden servir de vehículos a opiniones muy respetables. Pero discutibles. Esto es lo que ha impulsado a dirigirme a usted.

 Buenos y malos

 En la página 253 viene usted debe decir que, siendo aquéllos los «malos», son explicables las barbaridades que cometieron. No así las realizadas por los «buenos». Es decir: por los nacionales, por los carlistas.

 Nosotros jamás hemos dicho que seamos los buenos. Afirmamos, simplemente, que el sistema que propugnamos es el mejor de todos. Para nada nos metemos en juicios sobre la conducta personal de nuestra gente. Dicho con palabras de Chesterton: «ciertamente el cristiano fue, en cierto sentido, peor que el pagano; el español, que el indio; el romano, que el cartaginés; pero en un sentido muy relativo, pues su razón de ser era hacerse mejores»

 ¿Será usted capaz de afirmar que es admisible, ni siquiera tolerable el divorcio? Como él había muchas cosas en la legislación republicana que un católico no podía consentir. Contra todo ello lucharon los requetés en 1936 y volveremos a hacerlo hoy (1968), si fuera preciso. Esa es nuestra razón de ser. Y no el garantizar la impecabilidad de nuestra gente.

 Por el contrario, muy distinto fue el comportamiento del Partido Nacionalista Vasco. Como ya dijeron en su día los obispos de Vitoria y Pamplona: «No es lícito en ningún terreno, y menos en la forma cruentísima de la guerra…, fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo. La doctrina de la unión de los católicos… debe aplicarse totalmente, sin género de excusas, a las cosas de guerra en que se juega el todo por el todo, doctrina e ideales, haciendas y vidas, presente y futuro de un pueblo».

 «Menos lícito es… absolutamente ilícito es… sumarse el enemigo para combatir al hermano»

 «Llega la ilicitud a la monstruosidad cuando el enemigo es ese monstruo moderno, el marxismo o comunismo». 

Y de esa monstruosidad nada ni nadie absuelve al nacionalismo vasco. Ni siquiera el buen comportamiento que, individualmente, en grupos, incluso por batallones completos, observaron los «gudaris». Aunque nuestra opinión es que no se ha de culpar a los que, engañados, no hicieron más que obedecer con la mejor voluntad, sino a los embaucadores que les enviaron a la muerte, mal armados, peor organizados y sin mandos competentes, mientras ellos se instalaban en el «Carlton» y «enchufaban» a su próximos familiares lejos de los tiros.

 Lo que no se puede hacer, P. Arrizabalaga, y menos cuando se ha adquirido la cultura filosófica que corresponde a un sacerdote, es pretender juzgar los hechos históricos mediante anécdotas y manejar exposiciones como esa de «los buenos y los malos», propias de lectores de tebeos de aventuras del Oeste.

 ¿Quiénes son los buenos?

 ¿Con qué derecho nos exigen a los carlistas ustedes, los clérigos de cualquier jerarquía y congregación, el que nos portemos como «buenos»? ¿Nos tratan ustedes como tales? ¿Nos han hecho en alguna ocasión objeto de sus predilecciones?

 No vamos a meternos con las doctrinas de la Iglesia que, sin duda alguna, están de nuestra parte. Mejor dicho, nosotros nos hemos puesto de su lado. Nos referimos al comportamiento que han observado en política cientos de sacerdotes, religiosos y religiosas, muchas comunidades y organizaciones sedicentes de apostolado e incluso algunos obispos. De ellos jamás hemos recibido la menor ayuda. Ni la queremos. No así los nacionalistas.

 No descubrimos nada nuevo ni se nos podrá acusar de soplones si decimos que decenas de centros de juventudes «apostólicas», conventos de todas clases e incluso seminarios, han sido verdaderos «batzokis». ¿Qué fuerza tendría hoy (1968) el nacionalismo vasco si desde 1937 a estas fechas no hubiese disfrutado del apoyo del clero? El mismo P. Marzol, Pasionista, ha llegado a alardear en la revista «Anaitasuna» de que más de la mitad de los componentes de la ETA y otras organizaciones separatistas proceden de conventos de frailes.

 ¿Cuándo han firmado grupos de sacerdotes algún documento para protestar de las injusticias padecidas por el Carlismo? ¿Cuándo ha levantado su voz algún cura porque algún joven requeté ha sido detenido por la policía? ¿Cuándo han depuesto judicialmente a favor de un joven activista tradicionalista hasta cuatro obispos? Porque todo eso han hecho ustedes por el nacionalismo vasco. Por nosotros, ni la milésima parte. Ni queremos que lo hagan.

 ¿Quiénes se consideran a sí mismos los «buenos»? ¿Ha leído usted en algún escrito carlista juicios tan farisaicos sobre la conducta de algún jefe nacionalista como el del P. Evangelista de Ibero sobre Carlos VII cuando dice: «Su carácter moral se retrata cual es en los bailes y saraos a que Durango y otros pueblos le vieron entregado…»? Citamos esta párrafo por pertenecer a lo que siempre se ha considerado como el catecismo del nacionalismo. ¿Ha oído usted a algún carlista decir que los nacionalistas «son católicos medio cuerpo hacia arriba», cantinela que nos han repetido, de una manera o de otra, todas los nacionalistas con quienes hemos discutido?¡Cuando hemos alardeado los carlistas de costumbres puras, bailando en la plaza ostensiblemente con un pañuelo para no tocar la mano de la joven! 

¿Quiénes son los que se consideran «buenos»? ¿A quiénes tratan ustedes como tales? ¡Pues exíjanles a ellos el comportamiento correspondiente! 

Errores históricos

 Coloca usted el bombardeo de Guernica por la mañana del 20 de abril, cuando todo el mundo sabe que fue por la tarde. Hace usted pasar por encima de Marquina los aviones que intervinieron en la operación, cuando en realidad salieron de Vitoria, y basta una mirada al mapa de Vizcaya para comprender que no hubo tal paso. El bombardeo de Guernica no figura entre sus recuerdos infantiles; usted lo ha colocado en su obra para halagar a ciertos lectores. Es decir, ha lanzado un «¡Viva Cartagena!» oportunista. Eso es jugar sucio en literatura. 

Imagina usted como fondo de una foto de Carlos VII una bandera con las iniciales D.P.F.R. Nos extraña que en una foto de Carlos VII, fallecido en 1909, aparezca el lema carlista como usted dice. Si conoce usted alguna inscripción anterior a 1910, con las siglas mencionadas, le rogamos tenga la amabilidad de informarnos. Nos hallaríamos ante un ejemplar único por su rareza.

 Los carlistas sabemos por qué luchamos. El problema carlista no es, como usted hace afirmar a uno de sus personajes, una cuestión de genealogía. Es una cuestión de Legitimidad. De observancia de una ley que en 1713 promulgó un Rey con el consenso delas Cortes y que los españoles no consintieron fuese modificada sin contar con ellos. 

Si los vizcaínos de 1833 se levantaron por Carlos V (antes de que se suscitase cuestión foral alguna) fue porque, así como el Rey está obligado a respetar y defender los Fueros, los súbditos leales están obligados a defender a su Rey. Y los vizcaínos, pese a quien pese, somos hijos de un Señorío que supo ganar los títulos de Muy Noble y Muy Leal. 

A la cuestión sucesoria se juntaron luego la religiosa y la foral. Porque comenzaron robando un trono, no podían pasar sin atracar a la Iglesia y sin asesinar las libertades que habían sobrevivido a la tiranía de Felipe V. 

Nadie nos ha quitado la «F». Padre Arrizabalaga. Somos tan fueristas como en 1833. Más aún, pues de lo que valen ciertas cosas, no se da uno cuenta hasta que las ha perdido.

 Si en la pasada guerra dejamos en un segundo plano ciertos puntos de nuestro programa, ello fue debido a urgencia del momento, que no dejaba lugar a discrepancias.

 Los requetés supieron por qué lucharon, aunque usted crea otra cosa, supieron que no se trataba de una restauración monárquica ni foral. A pesar de todo, no les importó morir por una cuestión religiosa. No les importó jugarse la vida, entre otras cosas, porque regresaran los jesuítas a España. A pesar de que muchos de ustedes no lo hayan sabido agradecer. 

Espero que lea la presente. Me consta que unos porque no pueden ni verla y otros porque se sienten confortados, casi todos los jesuitas leen nuestra revista.

 Afectuosamente le saluda:

ZORTZIGARRENTZALE


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

domingo, 12 de abril de 2026

Intereses oscuros bajo guerras dinásticas


 La cuestión dinástica. (El caso de don Juan y de Laceu)

 Descendamos ya a las aplicaciones concretas a España y a la Comunión Tradicionalista, señalando dos casos, uno que se realizó y otro que se está realizando, y que entrambos se refieren a la misma cuestión dinástica.

 Para honor del linaje humano, no ha existido nunca en el mundo una cuestión puramente dinástica; es decir, que se redujese únicamente a la sustitución en el poder de familias y de personas.

 Siempre detrás de las luchas dinásticas han existido las políticas o de intereses y principios superiores, que las tomaron por fórmulas y enseñas.

 La contienda entre don Pedro I y don Enrique de Trastámara, más que problema de legitimidad, de origen, que estaba bien claro, lo fueron de dos políticas interiores y exteriores: una de la represión de la aristocracia feudal y de alianza con Inglaterra, y otra, contraria y de alianza con Francia.

 A la muerte de don Martín el Humano, en la lucha entre don Jaime el desdichado y don Fernando de Antequera, la que resolvió el Compromiso de Caspe, lo que estaba por encima de la ley de sucesión era la independencia de Cataluña y el apartamento de Castilla, o la tendencia a la unión personal de las coronas y de los Reinos que se verificó más tarde (Reyes Católicos).

 La guerra de sucesión entre Austrias y Borbones, más que por las dos Casas, se peleaba por el equilibrio europeo y por lograr o evitar el predominio de una de ellas.

 Antes de que estallase la cuestión dinástica en España, la que ocasionó las guerras civiles, ya existía la lucha entre los dos partidos y las dos banderas, lo mismo en las Cortes de Cádiz, cuando la Monarquía estaba ausente, que en los períodos de 1814 a 1820, y del 20 al 23, y desde esta fecha hasta la muerte de Fernando VII. La división honda, profunda, con dos programas, pero sin tener dos símbolos dinásticos, porque el litigio no había empezado, existía. Y cuando los símbolos existieron y se ensangrentaron los campos, el hacer prevalecer a una rama sobre la otra fue cosa secundaria y que obedecía a los principios que representaban, que era lo principal. La prueba la daba bien clara el Reino lusitano, donde la contienda entre don Miguel y doña María de la Gloria era combate de los principios, pues la diferencia de la legitimidad dinástica bien puede decirse que no existía.

 Por eso Balmes afirmó que si don Carlos María Isidro se hubiera declarado opuesto al tradicionalismo, ningún liberal hubiera puesto en duda su derecho, y si doña María Cristina y doña Isabel le hubiesen representado, los tradicionalistas y no los liberales estarían a su lado. El instinto y el sentido común subordinan los símbolos a las causas simbolizadas; los abanderados a las banderas, pues sin ellas no son nada.

 ¿Quién tiene el derecho de declarar el divorcio entre los dos y la ilegitimidad de ejercicio?

 Si la cuestión fuese opinable y puramente religiosa, y no se refiriese a los otros dos derechos, como sucedió algunas veces en la Edad Media, las constituciones de aquella época llevaban implícitas, y algunas veces explícitas, la apelación al Emperador, y de éste al Papa, o la directa al Pontífice. Hoy, desgraciadamente, la práctica constante de políticas secularizadoras en distinto grado, hacen innecesario el dictamen, pues es continua la oposición de la Iglesia con ellas, y la única cuestión está en los medios prácticos de evitarlas y de sustituir a los poderes que las defienden.

 Pero trátese de uno o de todos los tres derechos, los grandes doctores señalaron como condición para la resistencia, que no se haga por autoridad particular o privada, sino pública, considerando como tal a una parte considerable de la sociedad, o la manifestada por sus órganos principales; es decir, por los que representan la soberanía social.

 Si no existiese, ni aun mermada, en las Corporaciones y clases que la forman, sería inútil plantear el problema porque la tiranía habría arrasado todas las resistencias, y no quedaría, por lo tanto, medio alguno para ejercitarlas.

 Todo esto se refiere, naturalmente, al soberano de hecho que gobierna dentro de un pueblo, en contacto con él, y que tiene sometido a su potestad y a la de aquellos elementos que le auxilian y comparten, a todas las fuerzas rivales, e incluso a las más extrañas que pugnan por derrocarle.

 A un príncipe que no es soberano desposeído, y que vive extrañado del reino, y tiene enfrente de sí a todos los partidos que vienen dominando secularmente a su país, sólo por una especie de galantería doctrinal se le pueden aplicar los mismos conceptos que al monarca de hecho que gobierna su pueblo y que tiene relación directa y coacción eficaz para mantenerla con los gobernados.

 En realidad, no es más que un jefe de partido, mientras no logre convertirse en jefe de sus propios enemigos, y someter a los más contrarios como Rey, si no por amor, por la fuerza coactiva del mando.

 La declaración de ilegitimidad, y la consiguiente destitución que puede seguirla en el soberano de hecho, trae, desde luego, aparejada una revolución, cuyas consecuencias, para lograr el éxito y restaurar el derecho, es preciso calcular, a fin de que los resultados no sean contraproducentes. Pero cuando se trata de una jefatura política, aunque tenga la más alta representación genealógica y heráldica, la cuestión se simplifica, pues la ilegitimidad de ejercicio se reduce, en quien no gobierna de hecho, a la oposición con los principios, la conducta y el interés de su pueblo, representado en su partido.

 No se concibe la existencia de un jefe que dirija contra su propio parecer a sus parciales. Querer imponerles una política contraria a la que defienden y recabar el derecho exclusivo de fijar su conducta y de variarla, es transformarlo de agrupación de hombres libres en un instrumento ciego.

 La emancipación de tal jefatura será entonces la consecuencia inevitable, si el partido no renuncia al derecho a la vida.

 La Comunión Tradicionalista se encontró un día en ese caso y reaccionó vigorosamente, salvándose. Don Juan de Borbón y de Braganza, que a la sazón era su jefe, mal aconsejado por su secretario Enrique Laceu, escribió desde el extranjero un manifiesto, fechado en Londres en septiembre de 1860, inclinándose francamente a la política liberal y afirmando «que sería injusto negarle la facultad de apreciar en su verdadero valor el siglo en que vivimos». Recababa para sí el derecho de imponer una política y una conducta a su partido. 

JUAN VAZQUEZ MELLA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968

 

domingo, 1 de marzo de 2026

Carlistas “separados” dialogaban (4)

 Artículo de 1967

 EL CARLISMO, SAL Y LUZ DE LA POLÍTICA

 Por ROBERTO G. BAYOD PALLARES

 SAL

 Carlistas, vosotros sois la sal de la tierra, mas si la sal se volviere sosa, ¿con que la salaremos?» (San Mateo, 5, 13)

 El carlismo no es lo que se describe en un librito muy ensalzado por el «El Pensamiento Navarro» (en su nueva y desastrosa época), sino que es la más pura esencia de la Tradición católico-hispánica. Es la sal con la que la vida española pudo recuperar su unidad y grandeza en el año histórico de 1936. Es la sal con la que adquirirá sabor esa unidad política y religiosa, y es la sal con la que España podrá continuar su destino en lo universal de influir espiritualmente sobre la Humanidad. El carlismo es el arca de la Tradición, es el tesoro de la única sal que puede condimentar una sana política nacional.

 Pero si el carlismo se vuelve soso, si pierde el sabor de la Tradición, ¿con qué lo salaremos? ¿Con qué lo haremos tradicionalista? «Para nada valdrá ya, sino para ser pisado por los hombres» (San Mateo, 5-13), ya que no será más que una ideología cualquiera, de esas que no buscan la unidad, sino la división y el partidismo.

 El ser causante, por acción o por omisión, de que el carlismo pierda su sal, es una traición al carlismo, porque es desnaturalizarlo. La verdad es que el carlismo jamás perderá la sal, a pesar de los esfuerzos de algunos, si bien sí que es posible que su saladura no sea eficaz.

 LUZ

 «Las lámparas no se encienden y se colocan debajo de un celemín, sino encima de un candelabro y alumbra a todos los queestán en la habitación. Que vuestra luz alumbre así delante de los hombres» (San Mateo, 5, 15, 16)

 También vosotros, carlistas, sois la luz de la política. Incluso los enemigos del carlismo se aprovechan de su luz, se apoyan en sus ideas y reconocen la profundidad de su religiosidad y patriotismo. Recordemos, por ejemplo, que el jefe político de la Monarquía saguntina, don Antonio Cánovas del Castillo, respondió a otro político que le proponía una fórmula para que no hubiera carlistas: -Pero, ¿usted cree que es conveniente que no haya carlismo?

 Cánovas no pertenecía a la luz, pero como no era ciego quería que su postura política recibiera los destellos e iluminación del carlismo.

 Para que el carlismo alumbre, lo tenemos que colocar en un lugar apropiado; como a la lámpara del Evangelio. ¿Cómo va a dar luz a los demás, si lo ocultamos? El gran Vázquez de Mella no gobernó jamás, pero fue la luz del Parlamento. Otros políticos tradicionalistas, antes y después de él, han actuado siguiendo idéntica táctica.

 El carlismo debe ocupar puestos relevantes en la Economía, en la Administración y en la Política. De lo contrario, será una bombilla apagada o escondida, a pesar de la energía que contiene. Hay un sector en el carlismo, constituido por los pseudocarlistas o neocarlistas, o al menos influenciados por ellos, que podemos denominar «anticolaboracionistas», que repudian ocupar puestos importantes en la política e impiden a los demás carlistas que escalen puestos desde los cuales puedan ser luz de los demás y ejemplo en su limpia actuación. Son los que, consciente o inconscientemente, obstruyen el paso para que el carlismo sea la luz de la España del futuro.

 Los que hacen perder la sal al carlismo son los mismos que quieren mantenerlo oculto para que sus focos no alumbren la política.

 El año 1965 tuvo lugar una peregrinación a Santiago de Compostela y en 1966, otra al Cerro de los Angeles, centro geográfico de España, el más céntrico candelabro, desde el cual pudo alumbrar y darse a ver. La ilusión de los peregrinos carlistas era la de que en 1967 se reprodujera la peregrinación al monumento al Sagrado Corazón, con la esperanza de que se multiplicarían los requetés asistentes. Pues bien, inútilmente han esperado la convocatoria definitiva y no se ha podido reproducir el maravilloso espectáculo de que las boinas rojas se vieran por las vías madrileñas. Los responsables no han tenido interés, al menos no lo han demostrado, y en sustitución han organizado un acto de peregrinación a Fátima, en el querido y admirado Portugal. El acto ha resultado grandioso, porque el pueblo carlista es siempre maravilloso- la lámpara se ha encendido y ha dado radiante luz, pero el lugar era en el extranjero y era como si estuviera debajo del celemín.

 ¿TRAICION?

 ¿Se ha traicionado al carlismo?

 Siendo sal, no sala, y siendo luz, no alumbra. ¿Qué pasa?

 Que algunos de sus dirigentes han perdido la sal y colocan al carlismo en lugar escondido, y cuando lo divulgan y lo exhiben lo hacen adulterándolo, esto es, traicionándolo.

 Este es el caso, pongamos por ejemplo, de los «estudiantes tradicionalistas», A. E. T. de Zaragoza, que con ocasión de los artificiales problemas universitarios han redactado y propagado un demagógico panfleto, redactado probablemente por sus dirigentes y colaboradores de «El Pensamiento Navarro», cuya lectura deja la impresión de que se trata de un documento marxista o más bien anarco-sindicalista. Es verdaderamente incendiario e impublicable. Son, precisamente, los amigos, admiradores de esa «camarilla», que en otro tiempo encabezaba Massó y hoy capitanea Zavala, Secretario General de la Comunión Tradicionalista. Tal es así, que el principal inspirador —si no autor— de ese triste documento es quien, la propia noche en que se hizo público el artículo del «affaire» Massó-Zavala, pidió públicamente represalias políticas contra Bayod Pallarés.

 «Guardaos de los falsos profetas, por sus frutos los conoceréis» (San Mateo, 7-15). Los frutos de estos falsos carlistas los conocemos por los panfletos marxistas que escriben y divulgan.

 Cuando desde estas columnas denunciamos los manejos y traiciones que recibe la doctrina carlista y la propia Comunión Tradicionalista, lo hacemos, tan sólo, QUE CONSTE, desde el punto de vista político, religioso o religioso-político; pero jamás queremos disminuir el prestigio personal de la vida privada, la que respetamos y creemos que es limpia, quizá muy superior a la nuestra.

 Lo que sí afirmamos es que su actuación política —NUNCA LA PRIVADA— es fatal para la Causa, porque han traicionado su ideología, porque intentan contactos con organizaciones ilegales de comunistas —Comisiones Obreras—.

 ¿Acaso nos podemos callar? ¿Es que no es más interesante la Causa y España que el prestigio político de una o más personas? ¿Qué nos puede pasar? Ya sabemos que recibiremos ingratitudes, persecuciones, expulsiones, etc., etc., pero los requetés que salieron en un 18 de julio a defender la España inmortal y la Religión sabían que se exponían a mucho más, a perder la vida, y, sin embargo, no se quedaron callados y sin acción, sino que pusieron su vida encima de un candelabro, por todos los valles y montañas de España, para reconquistar la luz y paz que se habían perdido.

 Esperamos que quienes tienen en sus manos la solución de estos graves problemas tomarán medidas para que de nuevo el carlismo pueda cumplir con su misión de ser sal, luz y paz entre todos los españoles de buena voluntad, como Cristo deseara a todos los hombres hace dos milenios y conmemoramos por estas fechas.

 También nosotros deseamos felicidades a todos los numerosos carlistas, algunos de mucho relieve político y militar, que nos han demostrado su solidaridad en nuestra reciente actuación. A los que no nos han podido escribir, también les felicitamos, y a unos y otros les deseamos que sean SAL, LUZ y PAZ en política.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967

 

sábado, 14 de febrero de 2026

Trampas religiosas del “Trasvase Ideológico Inadvertido”

 Artículo de 1967

  EL TRASVASE SIMBÓLICO DE LAS FIESTAS (1)

 En un estudio que alcanza la difusión internacional, «El Trasvase Ideológico Inadvertido y el Diálogo», el pensador contrarrevolucionario Plinio Correa de Oliveira ha desenmascarado un proceso psicológico contemporáneo tan sutil como venenoso. Consiste en actuar sobre el espíritu de otro, llevándole a mudar de ideología sin que se aperciba. Sus más importantes etapas son:

 a) Encontrar en el sistema ideológico actualmente aceptado por el paciente puntos de afinidad con el sistema ideológico del que se desea imbuirle.

 b) Supervalorar doctrinaria y pasionalmente esos puntos de afinidad, de tal manera que el paciente acabe por colocarlos encima de todos los otros valores ideológicos que admite.

 c) Atenuar, tanto como fuere posible en la mentalidad del paciente, la adhesión a los principios doctrinarios que actualmente acepta y que sean inconciliables con la ideología de la cual se quiere impregnarle.

 Un rasgo de la fisonomía de los españoles es que aquí resolvemos los problemas religiosos y políticos que afectan a todo el mundo con una cantidad mínima de literatura y aun ésta, de pocas pretensiones doctrinales y sin calidad filosófica; al revés que en algunos países próximos, donde los excelentes trabajos doctrinales florecen y emergen entre la maleza comunista. De no ser por esta condición nuestra, de España hubiera salido un trabajo similar en alcance e importancia al de Correa, y afín y precursor del suyo, sobre el trasvase simbólico de las fiestas litúrgicas.

 Porque aquí padecimos un caso de éstos. El de «El Día de la Madre», que se superpuso a la festividad de la Inmaculada. De todos es sabido el proceso psicológico que acompañó a esta duplicidad: la atención de las masas de la Iglesia de los pobres, se fue desplazando del culto a la Santísima Virgen hacia el festejo familiar, hasta amenazar muy seriamente al primero. Sólo entonces, grandes sectores del clero y de los religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza aceptaron la maniobra de desglose de las dos fiestas, con la cual no se remedian los estragos ya causados ni se borra una cierta estela que los prolonga aun así. Pero aún antes de que el trasvase llegara a levantar un clamor de indignación del pueblo cristiano, muchos sacerdotes y religiosos y religiosas no sólo no vieron temprana y oportunamente el engaño sino que colaboraron con él, en su establecimiento, primero, y en su disimulo, después, durante demasiado tiempo.

 La circunstancia de contarme entre los primeros católicos seglares que desenmascararon aquel mal, al precio de amargas controversias con no pocos sacerdotes, me da fortaleza para avisar de otro trasvase ideológico que ha iniciado su desarrollo de acuerdo con el esquema de Correa, al principio citado. Se ha iniciado la sustitución de la mentalidad de Lepanto por la mentalidad de la ONU. El trasvase entre los lemas que puso San Agustín al frente de las dos ciudades: del «Amor a Dios hasta el desprecio del hombre», que es fiel reflejo de la guerra santa (Lepanto en nuestro caso), al otro lema de «Amor al hombre hasta el desprecio de Dios», que con muchas salvedades respecto de su primera parte, podríamos reconocer como eje ideológico de las Naciones Unidas.

 El trasvase, como es preceptivo para que resulte inadvertido, se ha iniciado, como siempre, muy bien: con el rezo del santo rosario que hemos hecho el pasado día 4 de octubre por filial obediencia a Su Santidad el Papa Pablo VI, para pedir por la paz del mundo. No se ha escogido para ello la inmediata festividad de la Virgen del Rosario, sino el aniversario del viaje de Su Santidad a la ONU. De manera que con tres días de separación, quedan estrechamente avecindados dos binomios semejantes; semejanza y proximidad propicios para un «Trasvase simbólico inadvertido» que pase luego a ser un trasvase ideológico ostensible y grave.

 Los dos binomios son:

1.°) Un Papa, San Pío V, establece la festividad de Nuestra Señora del Rosario en conmemoración de una victoria militar cristiana. Lepanto.

2.°) Otro Papa, Pablo VI, establece—¿sólo por este año?— un día del rezo del santo rosario por la paz en conmemoración de su visita a la ONU. Si se estableciera la costumbre de conmemorar anualmente esa visita, como alguien ha propuesto, con el rezo del rosario por intenciones políticas, se iría labrando un cauce de trasvase de la siguiente manera: Batalla de Lepanto, primitiva festividad de Nuestra Señora del Rosario, jornada del rosario por la paz, conmemoración de la visita a la ONU y supuesta aceptación de ésta. Este cauce sería recorrido de la siguiente manera: el recuerdo del triunfo cristiano de Lepanto es víctima de una conspiración de silencio, olvido y descrédito, con omisión de su conmemoración, devolución de sus trofeos, acusaciones de triunfalismo, constantinismo, militarismo, etc.

 3.°) Su correlativa festividad del rosario quedaría desencarnada e intemporal, sin significación concreta.

 4.°) Nada más efectista y tentador entonces que darle un nuevo arraigo comprensible por las masas. Con ello, la versión tradicional de la festividad del rosario quedaría en situación competitiva con esta otra, tan próxima, de un día de rezo del rosario a la intención de problemas humanos variantes cada año, fácilmente aceptados y estimados por estas gentes sencillas.

 5.°) El desplazamiento de la atención de éstas hacia la conmemoración de la visita de Pablo VI a la ONU se operaría por ser la única explicación de que esas rogativas no se hicieran el día, tan cercano, de la Virgen del Rosario, y también por el contraste entre la variación anual de las intenciones y la permanencia de la conmemoración de la visita.

 6.°) Esta visita del Papa a la ONU no será considerada como una imitación del «Alter Christus» a las visitas de Cristo a los pecadores, ni se repetirán las salvedades y consejos con que el Papa rodeó sus palabras de cortesía a esa Asamblea, sino que se derivará a la creencia popular de que la ONU es una entidad cristiana, cuyos criterios deben ser aceptados por los católicos.

 Un análisis de los principales periódicos y revistas de esos días, del espacio y comentarios dedicados a cada uno de los puntos enunciados o de sus omisiones, muestra que el trasvase que denuncio está más adelantado de lo que a primera vista se puede suponer. Por ello creo que debemos afirmar las siguientes conclusiones:

 1. °) Proclamar en todo tiempo y lugar nuestra filial devoción al Vicario de Cristo en la Tierra, tanto más cuanto más usemos sus propias concesiones y enseñanzas de opinar según nuestra recta conciencia en cuestiones opinables. No siempre es imposible separar el magisterio espiritual del Vicario de Cristo de la política exterior del Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano. Esto le entendieron muy bien muchos Reyes de España.

 2. °) Debemos participar devotamente en todas las campañas de oraciones que se propongan en cualesquiera fechas y circunstancias e intenciones.

 3. °) Debemos celebrar espléndidamente la festividad de Nuestra Señora del Rosario y la gran victoria cristiana de Lepanto.

 4. °) Debemos seguir proclamando que la O. N. U., en su versión actual, es tan peligrosa para la cristiandad como cuando estableció el bloqueo diplomático contra España por odio a nuestra fe.

 P. ECHANIZ


  Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967

 

sábado, 24 de enero de 2026

Doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia (2)


  DON JUAN VAZQUEZ DE MELLA TRAIDO A 1967

 Doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia

(continuación)

 Enfrente de esa doctrina, afirmada en la Iglesia y fuera de la Iglesia, está la cesarista, residuo pagano aplicado por los legistas a los Reyes absolutos primero, y por los secularizadores a los Parlamentos y a los Gobiernos, también absolutos, después.

 De aquí dos legitimismos antitéticos e irreductibles. El que subordina el poder, como medio, a los tres derechos, como normas, y el que los subordina al poder haciéndole, con diferentes grados de claridad y de extensión, soberanía única y fuente única del derecho. La hipocresía, la falta de lógica, las circunstancias y las conveniencias, pueden atenuar la tesis, que subsiste siempre aunque la oculten las apariencias.

 Lo que pudiéramos llamar divinidad original del derecho puede, en último análisis, encerrarse en esta fórmula: el poder público, la soberanía política tiene, como todas las instituciones, su origen en una necesidad que le reclama como un medio y en un orden preestablecido superior a todas las voluntades humanas, con arreglo al cual ha de ser adquirido y actuado.

 Si no expresa la relación entre la necesidad, que es su medida, y el orden, que es su norma, no es más que una fuerza física.

 La obstinada disputa entre la comunicación inmediata y la mediata, bien examinados los términos, no tiene razón de ser, y es fácil no solo conciliarlas, sino fundirlas, como escritores ilustres lo han propuesto

 La teoría mediata, con la división de la soberanía en dos partes, una que se comunica y otra que se retiene para vigilarla y en ciertos casos—los de resistencia a la tiranía—para retirarla, si se refiere al poder material que sale del pueblo—sujeto, forma, medio de gobierno—, para que la autoridad política se ejerza y al que los organismos extrapolíticos conservan, es exacta. Si se refiere al derecho y a la autoridad misma, tiene que resolverse en la soberanía social y en sus relaciones  con la política, o no tiene sentido, siendo difusa primero, concreta después y repartida en dos mitades con atributos contrarios.

 El derecho divino de los Reyes, que no sólo comunica la autoridad, sino la forma y hasta el sujeto que la ejerce, es un absurdo tan grande como el maniqueísmo constitucional, en que Dios y la Constitución hacen los Reyes a medias.

 De la doctrina de los tres derechos brota a la única democracia posible en el mundo.

 Ningún hombre tiene derecho a mandar sobre otro hombre; esta sentencia será la anarquía o la justicia, según se niegue o se afirme la doctrina de los tres derechos. Nadie puede mandar sobre los demás si no hay un orden superior que manda sobre todos.

 La disciplina se funda en la jerarquía, la jerarquía en la dependencia y todas las dependencias en la esencial del hombre a Dios, que quiere que se guarde el orden de los fines, de las necesidades y los medios.

 Cuando el principio se olvida, brota el absolutismo, que no admite responsabilidades sociales y sólo tolera las de ultratumba, cuando es personal, y que ni siquiera ésa tiene cuando es colectivo.

 El personal y cesáreo suele quitarse el antifaz y decir algunas veces lo que practica: El gran apologista del derecho divino de los Reyes ingleses, Filmer, llegó a decir estas palabras, que reproduce un historiador de la Gran Bretaña: «Un hombre está obligado a obedecer la orden del Rey contra la ley, y aun en ciertos casos contra las leyes divinas.»

El pueblo inglés no debió creerlo así cuando llevo al cadalso al desgraciado Monarca que tenía tales defensores.

 En las Memorias de Luis XIV se leen estas otras palabras afines, que comenta con tristeza un distinguido publicista católico: «Aquel que dio Reyes a los hombres quiso que se les respetara como delegados suyos, reservándose sólo el derecho de examinar su conducta; y es su voluntad que el que ha nacido súbdito obedezca sin discernimiento.»

 La responsabilidad sólo ante Dios y la disciplina o la obediencia ilimitadas ha dejado discípulos.

 El Testamento político de Richelieu y la Política sacada de la Sagrada Escritura, mal sacada, de Bossuet, tesoros del absolutismo francés, desarrollan el mismo principio que tuvo su expresión práctica en las libertades galicanas; libertades ante el Papa y servidumbres ante el Rey, como las llamaba Fenelón.

 Subordinar la legitimidad de ejercicio a la de origen, la de la institución a la dinástica, y la conducta de un pueblo a la voluntad del Rey, y la del Rey sólo a Dios, tales son los rasgos del legitimismo absolutista.

 Los del legitimismo tradicional son ios contrarios; subordinación de la persona y la dinastía a la institución y de todas a la legitimidad de ejercicio y, por lo tanto, subordinación de la conducta política del Rey a los intereses del pueblo y responsabilidad moral ante Dios, pero social por el éxito o fracaso de la parte que tome en la dirección común.

 Los hechos han puesto muchas veces frente a frente, por medio de los mismos Reyes, las dos políticas.

 Mariana escribe su libro sobre «El Rey y la institución real», con la férrea doctrina sobre la responsabilidad de los Reyes, como un texto de derecho político para Felipe III. El libro es quemado por mano del verdugo en París, donde asustan las doctrinas que en España subían al palacio real, pero agradaban las de Maquiavelo, el defensor del absolutismo, unido a la simulación en máximas como ésta: «El Soberano debe respetar y observar la religión de su pueblo, aunque no crea en ella.» Y Enrique IV, que practica a Maquiavelo en lo de “París bien vale una misa”, frase que algunos tienen interés en demostrar que no ha dicho, aunque era muy capaz de decirla, cuando cayó asesinado llevaba en el bolsillo El Príncipe, de Maquiavelo, no el de Mariana, que aquí circulaba libremente, sin temor a tiranicidios.

 Carlos II, al dejar, bien a pesar suyo, la Corona a Felipe V, el nieto de Luis XIV, no se olvida en su última voluntad, como si fuera testamentario de la antigua Monarquía, de recordarle que la legitimidad de ejercicio está sobre todas y es condición para gobernar.

 «Que se le dé la posesión actual, precediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos.»

 ¡El juramento previo de observar los tres derechos! Recuerdo y orden oportuna que Felipe V no observó mucho.

«A contar desde Felipe V —dice un ilustre historiador— el aforismo cesarista Princeps agibus solutus imperó hasta principios del siglo XIX en las esferas del Gobierno, y dejó huellas indelebles en los monumentos legislativos ¡y fuera también ¡y bien entrado el siglo XIX!

 JUAN VAZQUEZ DE MELLA


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967