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sábado, 24 de enero de 2026

Doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia (2)


  DON JUAN VAZQUEZ DE MELLA TRAIDO A 1967

 Doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia

(continuación)

 Enfrente de esa doctrina, afirmada en la Iglesia y fuera de la Iglesia, está la cesarista, residuo pagano aplicado por los legistas a los Reyes absolutos primero, y por los secularizadores a los Parlamentos y a los Gobiernos, también absolutos, después.

 De aquí dos legitimismos antitéticos e irreductibles. El que subordina el poder, como medio, a los tres derechos, como normas, y el que los subordina al poder haciéndole, con diferentes grados de claridad y de extensión, soberanía única y fuente única del derecho. La hipocresía, la falta de lógica, las circunstancias y las conveniencias, pueden atenuar la tesis, que subsiste siempre aunque la oculten las apariencias.

 Lo que pudiéramos llamar divinidad original del derecho puede, en último análisis, encerrarse en esta fórmula: el poder público, la soberanía política tiene, como todas las instituciones, su origen en una necesidad que le reclama como un medio y en un orden preestablecido superior a todas las voluntades humanas, con arreglo al cual ha de ser adquirido y actuado.

 Si no expresa la relación entre la necesidad, que es su medida, y el orden, que es su norma, no es más que una fuerza física.

 La obstinada disputa entre la comunicación inmediata y la mediata, bien examinados los términos, no tiene razón de ser, y es fácil no solo conciliarlas, sino fundirlas, como escritores ilustres lo han propuesto

 La teoría mediata, con la división de la soberanía en dos partes, una que se comunica y otra que se retiene para vigilarla y en ciertos casos—los de resistencia a la tiranía—para retirarla, si se refiere al poder material que sale del pueblo—sujeto, forma, medio de gobierno—, para que la autoridad política se ejerza y al que los organismos extrapolíticos conservan, es exacta. Si se refiere al derecho y a la autoridad misma, tiene que resolverse en la soberanía social y en sus relaciones  con la política, o no tiene sentido, siendo difusa primero, concreta después y repartida en dos mitades con atributos contrarios.

 El derecho divino de los Reyes, que no sólo comunica la autoridad, sino la forma y hasta el sujeto que la ejerce, es un absurdo tan grande como el maniqueísmo constitucional, en que Dios y la Constitución hacen los Reyes a medias.

 De la doctrina de los tres derechos brota a la única democracia posible en el mundo.

 Ningún hombre tiene derecho a mandar sobre otro hombre; esta sentencia será la anarquía o la justicia, según se niegue o se afirme la doctrina de los tres derechos. Nadie puede mandar sobre los demás si no hay un orden superior que manda sobre todos.

 La disciplina se funda en la jerarquía, la jerarquía en la dependencia y todas las dependencias en la esencial del hombre a Dios, que quiere que se guarde el orden de los fines, de las necesidades y los medios.

 Cuando el principio se olvida, brota el absolutismo, que no admite responsabilidades sociales y sólo tolera las de ultratumba, cuando es personal, y que ni siquiera ésa tiene cuando es colectivo.

 El personal y cesáreo suele quitarse el antifaz y decir algunas veces lo que practica: El gran apologista del derecho divino de los Reyes ingleses, Filmer, llegó a decir estas palabras, que reproduce un historiador de la Gran Bretaña: «Un hombre está obligado a obedecer la orden del Rey contra la ley, y aun en ciertos casos contra las leyes divinas.»

El pueblo inglés no debió creerlo así cuando llevo al cadalso al desgraciado Monarca que tenía tales defensores.

 En las Memorias de Luis XIV se leen estas otras palabras afines, que comenta con tristeza un distinguido publicista católico: «Aquel que dio Reyes a los hombres quiso que se les respetara como delegados suyos, reservándose sólo el derecho de examinar su conducta; y es su voluntad que el que ha nacido súbdito obedezca sin discernimiento.»

 La responsabilidad sólo ante Dios y la disciplina o la obediencia ilimitadas ha dejado discípulos.

 El Testamento político de Richelieu y la Política sacada de la Sagrada Escritura, mal sacada, de Bossuet, tesoros del absolutismo francés, desarrollan el mismo principio que tuvo su expresión práctica en las libertades galicanas; libertades ante el Papa y servidumbres ante el Rey, como las llamaba Fenelón.

 Subordinar la legitimidad de ejercicio a la de origen, la de la institución a la dinástica, y la conducta de un pueblo a la voluntad del Rey, y la del Rey sólo a Dios, tales son los rasgos del legitimismo absolutista.

 Los del legitimismo tradicional son ios contrarios; subordinación de la persona y la dinastía a la institución y de todas a la legitimidad de ejercicio y, por lo tanto, subordinación de la conducta política del Rey a los intereses del pueblo y responsabilidad moral ante Dios, pero social por el éxito o fracaso de la parte que tome en la dirección común.

 Los hechos han puesto muchas veces frente a frente, por medio de los mismos Reyes, las dos políticas.

 Mariana escribe su libro sobre «El Rey y la institución real», con la férrea doctrina sobre la responsabilidad de los Reyes, como un texto de derecho político para Felipe III. El libro es quemado por mano del verdugo en París, donde asustan las doctrinas que en España subían al palacio real, pero agradaban las de Maquiavelo, el defensor del absolutismo, unido a la simulación en máximas como ésta: «El Soberano debe respetar y observar la religión de su pueblo, aunque no crea en ella.» Y Enrique IV, que practica a Maquiavelo en lo de “París bien vale una misa”, frase que algunos tienen interés en demostrar que no ha dicho, aunque era muy capaz de decirla, cuando cayó asesinado llevaba en el bolsillo El Príncipe, de Maquiavelo, no el de Mariana, que aquí circulaba libremente, sin temor a tiranicidios.

 Carlos II, al dejar, bien a pesar suyo, la Corona a Felipe V, el nieto de Luis XIV, no se olvida en su última voluntad, como si fuera testamentario de la antigua Monarquía, de recordarle que la legitimidad de ejercicio está sobre todas y es condición para gobernar.

 «Que se le dé la posesión actual, precediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos.»

 ¡El juramento previo de observar los tres derechos! Recuerdo y orden oportuna que Felipe V no observó mucho.

«A contar desde Felipe V —dice un ilustre historiador— el aforismo cesarista Princeps agibus solutus imperó hasta principios del siglo XIX en las esferas del Gobierno, y dejó huellas indelebles en los monumentos legislativos ¡y fuera también ¡y bien entrado el siglo XIX!

 JUAN VAZQUEZ DE MELLA


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967

 

domingo, 18 de enero de 2026

Carlistas “separados” dialogaban (3)

 Artículo de 1967

 ¿A FÁTIMA O A SANTA GADEA?

 Por J. ULIBARRI

 He esperado que se celebrara la peregrinación de los seguidores de don Javier a Fátima para publicar estas reflexiones; no me podrán así acusar de haber restado ambiente al acto, ni de labor destructiva (como si destruir lo malo fuera censurable). Contesto con ellas a muchas cartas que recibí con este motivo; en todas latía, explícita o soterrada, una ansiedad común: ¿iba a ser éste un acto realmente importante que se pudiera tomar como indicio de resurrección del Carlismo?

 Desde los albores de la humanidad ha sido preocupación permanente de los peregrinos de este valle de lágrimas, tratar de adivinar el futuro, escrutar en él los heraldos de la llegada de sucesos venturosos que cambiaran su condición en mejores tiempos. A lo largo del Antiguo Testamento se ve cómo los hombres tratan de conocer las señales que les permitirán identificar al Mesías; cuando El llega, sus seguidores le preguntan por los sucesos que anunciarán, el final de los tiempos y por los que caracterizarán el Reino de Dios, etc... Después, hasta nuestros días, es conocida la expectación que suscitan las profecías religiosas, más o menos auténticas, y las profanas, supersticiosas o de historiadores, políticos y técnicos. La espera, y la esperanza, por lo que tienen de expectación resignada o de ilusión ante un cambio, se cultivan y florecen mejor cuando las cosas van mal; cuando van bien, el hombre prefiere pensar y hablar en presente de indicativo.

 Como ahora (1967) las cosas del Carlismo van mal, cualquier novedad, cualquier cambio de postura en esta cama de enfermo produce un alivio, siquiera sea tan fugaz como el de la ilusión que se desvanece en unas horas. Alivio e ilusión que surgen de una secreta esperanza de que con la novedad anunciada aparezca la constelación de circunstancias que determine una nueva era mejor.

 Se daban estas circunstancias en la ya celebrada peregrinación a Fátima? No. ¿Se darán en el rumoreado cambio de Jefe Delegado? No. ¿Y en las reorganizaciones que indefinidamente se suceden? Tampoco. Ni en el fácil expediente de concesión de condecoraciones, que es mirar al pasado. ¿Por qué no? Porque la resurrección del Carlismo no puede venir igualmente de una cualquiera de entre media docena de constelaciones causales posibles, sino que sólo puede venir, y necesariamente, de una sola. ¿Cuál? La de la vuelta a su ser, a su naturaleza. Decir esto ¿es lanzar el balón fuera del campo a perderse en la filosofía de la historia, en la historia del siglo XIX, en largos manifiestos, códigos y protocolos? No. Volver el Carlismo a su naturaleza, y saber que ese es el auténtico retomo salvador, consistirá, ni más ni menos, solamente en esto:

 En que vaya el Abanderado de la Tradición en entredicho, como Alfonso VI ante el Cid, a Santa Gadea, a llorar y arrepentirse de haber defendido la libertad de cultos y las libertades del Derecho Nuevo, y a jurar que las combatirá, cueste lo que cueste, como sus antepasados y los nuestros. Solamente después de este acto podrá ser consagrado Rey. Si entre los testigos asistiera el Decano del Cuerpo Diplomático, mejor.

 Todo lo que no sea esto es ir tirando, de reorganización en reorganización. Se dice que no se avanza por culpa de las desuniones, pero es al revés: hay desuniones porque no se avanza. No vale decir que el Rey no hace más porque se siente desasistido, sino que se siente desasistido porque no hace más.  En un orden cristiano, los reyes van en cabeza, guardan, defienden y desarrollan el depósito de la Tradición nacional, y así resulta que los pueblos tienen mejores gobernantes de los que se merecen. Era Rousseau el que pretendía que las masas configurasen a sus gobernantes. Pero el Eclesiastés dice que es al revés, que según es el Rey así es el pueblo. Los gobernantes son los que modelan al pueblo; las divisiones de éste reflejan la incoherencia mental de aquéllos.

 Ninguna labor auténticamente rectora puede hacer el sedicente Abanderado de la Tradición, porque después de abandonada la Causa de la Unidad Católica, ha quedado desorientada. «Si Dios no existe, todo es posible», firmaba Dostowieski. Igualmente, si el error y la verdad van a tener los mismos derechos sociales, sobran los gobernantes a la usanza tradicional. ¿A qué discutir—permítaseme esta concesión a la actualidad—, si se va a autorizar o no el juego en San Sebastián, si se autorizan templos espiritistas?

 Insisto: el Norte está en Santa Gadea.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 

 


sábado, 13 de diciembre de 2025

Carlismo y Religión

 Artículo de 1967

  CARLISMO Y RELIGION

 Don Javier de Borbón-Parma, el abanderado del carlismo desde el fallecimiento de Don Alfonso Carlos, en 1936, acaba de dar testimonio de lealtad a la Causa y de estar en posesión de la legitimidad.

 La legitimidad real hispánica la reciben nuestros reyes por cuatro conductos. Don Javier la recibió, por una parte, del expreso deseo de su tío Don Alfonso Carlos. Por otra parte, de la Historia y de las leyes dinásticas que forman la Historia adjetiva de la Causa. Por otra, del deseo del pueblo carlista, que así se viene manifestando desde hace muchos lustros y, por fin, del propio ejercicio de la permanente lealtad a la dicha Causa. Los tres primeros conductos de legitimidad, si no fueran acompañados por el último, de nada servirían. En cambio, la posesión del último por sí sólo arrastra tras de sí al pueblo carlista que revalida la legitimidad, y sería suficiente, en ausencia de los restantes.

 En la reciente concentración-romería que ha tenido lugar en el Santuario de Fátima, y al que han asistido varios millares de requetés, Don Javier ha recordado que «los requetés son los soldados de la fe», según los llamó repetidas veces Pío XII. Una muy nutrida representación numérica del pueblo carlista se unió a la familia Borbón-Parma, en una serie de actos de religiosidad profunda en medio «de un mundo en desarrollo y desconcierto», en el que el carlismo «permanece fiel» a Cristo.

 Los carlistas y sus requetés no son soldados de la libertad, de la democracia, del progreso y del desarrollo, sino que son «soldados de la Fe», y siendo soldados de la fe, lo demás se obtendrá por añadidura. Porque cuando los gobernantes tienen sincera y manifiesta fe en Cristo, conceden a sus pueblos la justa libertad, les reconocen las instituciones representativas adecuadas, que son muy superiores a la falsa democracia, y con esas instituciones, basadas en el Evangelio, se logra una paz y un progreso que no está en pugna con la Religión,

 El carlismo no tiene otra solución que ser confesionalmente católico. No surgió para defender a ningún rey, ni tampoco para defender las libertades de los municipios y regiones, ni tampoco para el engrandecimiento de la Patria, sino que como oró Don Javier, los requetés «se levantaron en defensa de la Fe». Donde hay Fe pública y privada, queda salvaguardada la familia y se impide la subversión.

 Nadie como el carlista defiende la Patria. En efecto, ninguna ideología ha dado tantos héroes y mártires en los últimos ciento cincuenta años. Haciendas y vidas, en holocausto de la Patria, ha dado el carlismo. Para los tradicionalistas, la Patria española es una nación que tiene un destino ecuménico, marcado por la Divina Providencia. Para el carlismo, la Patria es una fracción de la Cristiandad, con destino expansivo de su ansia de espiritualidad y de fidelidad a Roma. Por ese concepto de Patria es por el que los requetés de pasadas generaciones lucharon en vida y paz, y por esa misma Patria es por la que el carlismo está en vigía permanente.

 Nadie como el carlista defiende las libertades de las Regiones, de los Municipios y de las Familias y personas. Para el carlismo, la región, el municipio y la familia no son más que las piezas esenciales con las que se construye la Patria. Son «Patrias chicas» para una Patria grande. Cuanto más sólidas sean esas fracciones de la Patria, más segura estará la Patria en su unidad total. Las regiones, comarcas y municipios y familias engarzadas adecuadamente, son la garantía de la seguridad de la Patria. El separatismo, en cambio, si bien se fundamenta en la fortaleza de esas fracciones, las deja sin el imprescindible nexo tan fuerte como la propia fracción, y es entonces cuando se desmorona la unidad Patria, y hace inútil e inservible la fracción separada. El carlismo a esas libertades de las «Patrias chicas» las llama «fueros», y tales libertades no tan sólo tienen la mira de la seguridad y grandeza del edificio «Patria», sino que no cabe olvidar de que se fundamentan en la dignidad de la persona humana, según el catolicismo, y en la doctrina de la «subsidiaridad» tan propagada y defendida por los .Romanos Pontífices. Esas libertades contribuyen a que la cristianización de la sociedad, en sus diversas modalidades y niveles, sea una mayor realidad; hasta el punto de que si los «fueros» sirvieran de pretexto o causa para atentar a los derechos de la Religión, el carlismo sería el mayor enemigo de los fueros y libertades.

 Nadie como el carlista es tan monárquico, porque sabe y cree que sin esa institución de Rey, España caería en poder de la subversión y de las fuerzas del ateísmo, liberalismo, materialismo y laicismo. La experiencia histórica así nos lo enseña, y el carlista intuye la Historia y, además, no la olvida. El carlista no es monárquico, para defender la existencia de esa institución llamada «REY», sino porque siempre ha tenido rey que haya defendido la Causa carlista, y solamente con esa institución real, ve la posibilidad de que haya una continuidad histórica. Si la Monarquía, en un momento dado, no sirviera para garantizar el destino religioso de la Patria, el carlismo dejaría de ser monárquico.

 Resumiendo la doctrina carlista, diremos que la RELIGION ES EL FIN la PATRIA y los FUEROS SON LOS MEDIOS PARA EL INDICADO FIN, y el REY ES EL MEDIO PARA EL FIN PRIMORDIAL Y SUS INDICADOS MEDIOS, CONJUNTAMENTE

 De una defectuosa interpretación de esta doctrina o postura política, se puede llegar a la conclusión falsa de que el carlismo pretende que «la Iglesia sea carlista». La realidad es muy otra. Para el carlismo, la Iglesia debe ser apolítica totalmente, esto es, no debe mezclarse en las luchas de los hombres y sus grupos sobre la forma de realización del gobierno y régimen temporal. Este apoliticismo de la Iglesia que defiende el carlismo no entraña necesariamente la aconfesionalidad del carlismo. Parece extraño, pero así es. La Iglesia no tiene por qué ser carlista, pero el carlismo sí tiene que ser necesariamente católico.

 Lo explicaremos con un ejemplo. La Iglesia, verbigracia, no tiene por qué inmiscuirse en un debate sobre importaciones y exportaciones, entablado entre las Cámaras de Comercio y las Cámaras Agrícolas. La Iglesia no puede pronunciarse en favor ni en contra de unas u otras Cámaras, pero tales asociaciones para la doctrina carlista deben ser católicas, porque en sus Estatutos o Reglamentos nada debe pugnar con la doctrina de Cristo y, además, deben contribuir a que sus asociados actúen como buenos católicos, tanto privadamente como en vida colegiada. Este es el servicio del carlismo a la Iglesia, que se entrega al servicio de la Religión, sin pedir nada. Como es lógico, agradece y estima el que miembros de la Iglesia—no la Iglesia— se percaten de la doctrina que no tiene otras miras que el Reino Social de Cristo en la tierra. 

El carlismo busca y pretende que todas las actividades humanas estén saturadas de un auténtico sentido cristiano, que busque, al propio tiempo, que la religiosidad, una paz y un progreso que sirvan de concordia entre los hombres que forman la gran familia cristiana.

 *****

El desvío de esa doctrina, en cuanto tal apartamiento suponga una ideología contraria, debe considerarse como de una traición a la Causa. Cuando así sucede, hay falta de fidelidad a la doctrina que se recibió para guardar, defender y propagar.

 El carlismo debe custodiar, «cueste lo que cueste», el tesoro de la Tradición, según los que han formulado la doctrina carlista y los reyes que la han consolidado y promulgado, y que nosotros hemos resumido. En todo tiempo ha habido carlistas que han intentado modificar la Causa, pero hoy los hay más que nunca y con más poder informativo y expansivo del error y del desvío. Si quienes desvían la doctrina son los que están más obligados a defenderla inmaculada y ortodoxa, entonces surge una falta de fidelidad a la Causa, y a esta falta de fidelidad es a la que llamamos traición, que puede ser por ignorancia o por mala fe.

 Nosotros, «cueste lo que cueste», lucharemos por la fidelidad a la doctrina con todas nuestras energías, aun a trueque de recibir ingratitudes y persecuciones. No entra en el modo de ser carlista el parapetarse ante una dificultad o el huir por temor a las persecuciones.

 Con nuestra difícil y arriesgada postura, contribuiremos a la meta que Don Javier Borbón Parma ha señalado en Fátima, la de «que podamos entregar a las jóvenes generaciones que nos siguen, una Fe firme en Dios y un amor grande y filial a la Virgen.» Nosotros así esperamos que sea, a pesar de todos los obstáculos que se presentan, porque el carlismo, mientras siga fiel a su Causa —mientras no haya traición—no morirá, porque es inmortal. El pueblo carlista jamás traicionará la causa, porque sería traicionarse a sí mismo.

  Roberto G. BAYOD PALLARES


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967  

 

sábado, 29 de noviembre de 2025

Carlistas “separados” dialogaban (2)

 Artículo de 1967

  Del correo del príncipe

 A S. A. R. el Príncipe Don Carlos Hugo de Borbón Parma.

 Señor: Nada más difícil para mí que dirigirme a V. A. con esta carta. Pertenezco, ya lo sabéis, señor, a una generación de carlistas que sabe más de sacrificios que de adulaciones. Y monárquico por convicción, sé muy poco de cómo debe dialogarse con los Príncipes, puesto que en mi vida no he hecho otra cosa que servirles.

 Perdone V. A., por ello, si con esta carta falto a alguna regla del protocolo o me expreso en términos que no corresponden a un carlista cuando se dirige a su Príncipe.

 Corren, señor, malos tiempos para el Carlismo. Muchos de nosotros estamos escandalizados con las cosas que están ocurriendo estos días dentro de nuestras filas. Rara es la semana, desde hace más de un mes, que no aparece algún artículo, copia fotográfica o panfleto, en los que de forma más o menos velada, se ataca a la Dinastía, en la persona de V. A., o la actuación de la Secretaría General de la Comunión.

 Y lo que es mucho más grave, todos conocemos como estos anónimos, aunque no escritos puestos en circulación por carlistas, cuya ejecutoria, en la mayoría de los casos, no podemos poner en duda.

 ¿Qué es lo que está pasando, señor, para que estos hechos puedan producirse? En mi opinión, no son más que consecuencia de la actuación sectaria y discriminatoria, que arranca de hace algunos años por parte de ciertos dirigentes del Carlismo, que dicen actuar en nombre de V. A., y al que, continuamente, ponen en evidencia con sus torpezas.

 Porque esos dirigentes, señor, empiezan por no ser monárquicos. Han llevado a vuestro ánimo la idea de que V. A. debe actuar no como Príncipe, sino como líder de un grupo político. Y las consecuencias, que ya estamos padeciendo, es que se están cerrando para la Dinastía todas las posibilidades, cara a la nación. Porque lo que los carlistas necesitamos—y España también— no es un líder político más, sino un Príncipe capaz de ser el Rey de todos los españoles. O, por lo menos, así me lo parece a mí.

 Muchos de nosotros reconocemos en V. A. dotes personales que no son corrientes entre los Príncipes de hoy. Sabemos de vuestra preparación y estamos seguros de vuestro españolismo y de vuestra dedicación a la Causa. Como V. A. puede estar seguro de nuestra lealtad. Pero rodeado de malos consejeros, desde que vino a España, creo que no ha visto que una cosa es la Dinastía, en su obligada proyección nacional, y otra, muy distinta, el Carlismo, en su actuación como grupo político. Aunque ambos, Dinastía y Carlismo, deban avanzar, naturalmente, sincronizados.

 Y esto, señor, sin tener para nada en cuenta la especial configuración política de la España actual, como arranque del 18 de julio. Porque si nos situamos dentro de esta realidad—que tanto obliga siempre en política—, entonces la prudencia de la Dinastía debía ser aún mayor, con el fin de evitar males mayores.

 Nada de esto ha sido tenido en cuenta por esos consejeros de V. A. Se han dejado arrastrar por el afán de mando—mal síntoma, señor cuando se trata de un mando tan pequeño—y han -conseguido mezclar a V. A. en todas sus intrigas—que han repercutido gravemente en el exterior—, con tal de conservar su parcela de

poder dentro de la Comunión. Hasta tal punto, que de seguir las cosas así, V A. puede convertirse, dentro de poco tiempo, no en el líder del Carlismo—que ya en sí sería malo—, sino en el líder de una de sus facciones.

 Por eso ahora, cuando muchos carlistas reaccionan contra los malos actos de gobierno de esos dirigentes—porque están en su derecho, señor—, ¿qué tiene de particular que las salpicaduras le lleguen también a V. A.? Y fíjese bien, nunca al Rey.

 Ya sé, señor, que ese método de los anónimos es reprobable. Pero sé, también, que estas cosas ocurren como consecuencia de esa política sectaria, y porque el Jefe Delegado no puede actuar de árbitro entre los carlistas—dando la razón a quien la tenga—, ya que su autoridad se ve continuamente interferida. Y conozco, por haberlo sufrido en mi misma persona, las malas artes que emplean quienes dicen actuar en vuestro nombre, para cerrar el paso a quienes no pertenecemos al clan cerrado, y sin economía clara, de la Secretaría General.

 Porque la realidad, señor —y me circunscribo al Carlismo madrileño, del que fui durante varios años jefe de Requetés—, es que la actuación de tal Secretaría General ha deshecho por completo nuestra organización. No existe la A. E. T., que en otro tiempo constituyó una fuerza decisiva dentro de la Universidad; el Requeté está en franca descomposición y con su Círculo de la calle del Limón clausurado por orden de la Secretaría; los ex combatientes, sin poder reunirse en sus locales de la calle de la Cruz, por habérselo prohibido su Presidente Nacional, siguiendo órdenes de la misma Secretaría. Y así, según mis noticias, en la mayoría de las provincias españolas.

 Todo esto referido a los problemas internos. Porque si nos referimos a la actuación de la Comunión en el plano nacional, sospecho que ni de forma preconcebida podían haberse hecho las cosas peor. Y los frutos, bien a la vista están: Una docena escasa de procuradores carlistas—la mayoría investidos por su prestigio personal, sin que le tengan que agradecer nada a la Organización—en unas Cortes que pueden ser decisivas para el porvenir de España. Aunque ahora, nos sea muy cómodo a todos buscar las culpas fuera de nuestras filas.

 Y en cuanto al confusionismo ideológico, las cosas han llegado a un extremo que los requetés que seguimos las órdenes de vuestro augusto padre el 18 de julio, estamos llegando a la conclusión de que hicimos mal en obedecer. Tales son las cosas que se están escribiendo ahora en algunas publicaciones oficiales editadas por la Secretaría General de la Comunión. Y también por «algunos compañeros de viaje» en «El Pensamiento Navarro».

 Esta es, señor, la triste realidad, tal como la ve el último delos carlistas. ¿Soluciones? Creo que están bien claras y que no se escaparán a su perspicacia y buen sentido político. Se condensan en dos premisas insoslayables: Que V. A. actúe en Príncipe y la Jerarquía de la Comunión—siguiendo las indicaciones del Rey—en política. Sin que V. A. tenga que sufrir las consecuencias de las querellas internas, que siempre se producen entre los hombres y que tan perjudiciales pueden ser para la Dinastía.

 Nada más. Sabe V. A. que fui uno de los primeros carlistas que se apartó de un puesto de responsabilidad dentro de la Comunión cuando se infiltraron en nuestras filas determinados elementos—algunos de los cuales, afortunadamente, ya no están entre nosotros—. Por eso, también ahora, cuando las cosas marchan por caminos que considero erróneos y que se producen como consecuencia de aquellas infiltraciones, prefiero recobrar mi independencia dentro de la Comunión. Y ruego a V. A., por ello, haga llegar a S. M. el Rey mi deseo de cesar en el puesto de miembro del Consejo Asesor de la Jefatura Delegada, del que, posteriormente y por votación entre los consejeros, fui nombrado Secretario.

 Con mi respetuosa subordinación para S. M. el Rey y para V. A., queda incondicionalmente a vuestra disposición.

 NARCISO CERMEÑO

23 noviembre 1967


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967

 

sábado, 15 de noviembre de 2025

La doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia

 

 DON JUAN VAZQUEZ DE MELLA TRAIDO A 1967

 LA DOCTRINA DE LA LEGITIMIDAD DE EJERCICIO DENTRO DE LA IGLESIA

 La doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia sube desde las Órdenes religiosas al Papa. Los dos legitimismos contrapuestos en las ideas y en los hechos.

 La doctrina de la sumisión del poder al derecho y del derecho al deber, que es una fuerza rebelde si se niega a servirlos, tiene su fundamento primario en la relación transcendental del hombre con Dios y su fundamento próximo en la constitución social y en la histórica que la reflejan.

 Por eso, en la sociedad, tal como la había trazado la Iglesia, dándose a sí misma por plano, se produce una corriente de santa libertad que viene de Dios y vuelve a Dios, atravesando todas las jerarquías.

 La Iglesia no la aplicó a los poderes civiles sin practicarla en  su ser, haciéndola recorrer todos sus organismos, desde el que se funda en el consejo evangélico hasta el supremo de donde desciende la autoridad, por una doble escala, para regir toda la vida cristiana.

 Si el mundo moderno no hubiese perdido la noción de la legitimidad, saludaría a la Iglesia como la única Universidad en que se cursa.

 La democracia comunista, que no edificará jamás el interés, la realiza el sacrificio que impone la virtud, en los conventos y los monasterios, donde los superiores se distinguen de los inferiores más por el número de los deberes que por el número de los derechos.

 Y en las Órdenes religiosas se practica la doctrina de la resistencia y de la destitución del poder-obstáculo para establecer el legítimo.

 En todas, por el espíritu de sus reglas; en casi todas, con diferencias de palabras, se fija este principio, que la Orden franciscana formula de esta manera: «Los provinciales y custodios, si les pareciese que el general no es suficiente para el servicio y bien común de la Religión, sean obligados a elegir otro

 La resistencia y la sustitución del poder que no tiene la legitimidad de ejercicio, porque no sirve para su fin, no es sólo un derecho, es una obligación.

 «Mutatis mutandis», escribe un sabio franciscano, es aplicable al caso de un príncipe que no sea suficiente para el servicio y el bien común de la Religión y de la Patria.

 Pero la doctrina no se detiene en las Ordenes religiosas; sube por toda la jerarquía de la Iglesia y no se detiene ni en el Solio Pontificio.

 En la época de más fervor católico, los grandes teólogos defensores de la Iglesia, como Vitoria, Molina y Soto, llegaron a sostener la resistencia a la autoridad pontificia o, mejor dicho, contra algunas leyes disciplinarias que fuesen manifiestamente injustas, llegando algunos, como Simancas, a evidentes exageraciones por su amor al Santo Oficio, como lo recuerda un docto escritor.

 Pero subiendo mucho más, la doctrina se aplicó a la persona misma del Pontífice, no contra el Maestro infalible, que sería el absurdo de imponer una autoridad a la más alta, sino contra la persona privada, que podría darse el caso de no estar de acuerdo con las enseñanzas del Supremo Jerarca.

 Balmes recuerda y resume, con su acostumbrada claridad, esa doctrina en estos términos, que debieran abrir los ojos y el entendimiento a los fetichistas del cesarismo:

 «Hasta los teólogos adictos al Pontífice enseñan una doctrina que conviene recordar por la analogía que tiene con el punto que estamos examinando. Sabido es que el Papa, reconocido como infalible cuando habla ex cathedra, no lo es, sin embargo, como persona particular. Y en este concepto podría caer en herejía. En tal caso, dicen los teólogos que el Papa perdería su dignidad: sosteniendo unos que se le debería destituir, y afirmando otros que la destitución quedaría realizada por el mero hecho de haberse apartado de la fe.

« Escójase una cualquiera de estas opiniones, siempre vendría un caso en que sería lícita la resistencia, y esto, ¿por qué? Porque el Papa se habría desviado escandalosamente del objeto de su Institución, conculcaría la base de las leyes de la Iglesia, que es el dogma y, por consiguiente, caducarían las promesas y juramentos de obediencia que se le habían prestado. Spechaleri, al proponer este argumento, observa que no son ciertamente de mejor condición Reyes que Papas; que a unos y a otros les ha sido concedida la potestad aedificationem non in destructionem; añadiendo que si los Sumos Pontífices permiten esta doctrina con respecto a ellos, no deben ofenderse de la misma los Soberanos temporales».

 «Es cosa peregrina el observar el celo monárquico con que los protestantes y los filósofos incrédulos inculpan a la Religión Católica porque se ha sostenido en su seno que, en ciertos casos, pueden los súbditos quedar libres del juramento de fidelidad.»

 JUAN VAZQUEZ DE MELLA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967

 

sábado, 1 de noviembre de 2025

Principios imprescriptibles del Tradicionalismo

 

 DOCTRINA O PRINCIPIOS IMPRESCRIPTIBLES E INMODIFICABLES

 (Fragmentos de la carta-manifiesto que la Princesa de Beira, reina en el exilio, dirigió a los españoles (1864). Esta doctrina ha sido ratificada por todos los pensadores carlistas y por todos sus reyes hasta el indiscutido don Alfonso Carlos. ¿Está vigente? SI no lo está, el carlismo ya no tiene razón de existir, pues habrá desaparecido el principio sobre el que se fundamenta. Si lo está, seamos consecuentes).

 Por MARIA TERESA DE BORBON Y BRAGANZA

PRINCESA DE BEIRA

 «Persistiendo (don Juan, hijo de Carlos V, sobrino de la princesa de Beira y considerado como hijo por esta princesa) en sus ideas, incompatibles con nuestra religión, con la Monarquía y con el orden de la sociedad, ni el honor, ni la conciencia, ni el patriotismo permiten a ninguno reconocerle por rey. Pues, desde luego, él proclamó la tolerancia y libertad de cultos, la cual destruye la más fundamental de nuestras leyes, la base solidísima de la Monarquía española, como de toda verdadera civilización, que es la unidad de nuestra fe católica.

 Los reyes, nuestros antepasados, juraron siempre observar, y observaron, esta ley, desde Recaredo, sin interrupción alguna, hasta nuestros días; y Juan no sólo no jura observarla, sino que más bien jura destruirla, no teniendo en cuenta sus catorce siglos de existencia ni los inmensos sacrificios que costó a nuestros padres, que pelearon siete siglos contra los agarenos para restablecerla, ni esa misma unidad de fe católica que es nuestro mayor timbre de gloria, y que, aun políticamente hablando, es el medio más eficaz para que haya unidad y unión en toda la Monarquía.

 No por otro motivo, sino por éste sólo, nos la envidian otras naciones, y por esto la combaten, porque prevén que esta unidad y unión, que da a todos los españoles su fe católica, será su primer elemento de nueva y rejuvenecida grandeza para España.

 El odio que profesan a esta unidad de fe los incrédulos y sectarios de todos los países es un motivo más para que todos los buenos españoles reconozcan su importancia suma y la aprecien en sumo grado. Sin embargo, Juan, por desgracia, parece tener más bien la opinión y la torcida intención de los sectarios incrédulos por encima de los sentimientos de todos los españoles. Y ni aun siquiera repara que dar libertad de cultos sería hacer como leyes para extranjeros (lo cual no le toca a él) y para españoles, profesando todos la religión católica. En fin, olvida que la tolerancia y la libertad de cultos de Inglaterra y de Alemania fue causa de las guerras de que nosotros estuvimos libres.

 Se quiere acaso que las tengamos? Proclamando, pues, tal libertad y tales intenciones, Juan no sólo no jura observar la ley más fundamental de España, sino que se propone destruirla. Ahora bien, para ser rey debe jurar todo lo contrario, y no haciéndolo no puede serlo.

 «E todo omme que debe ser rey, ante que reciba el regno, debe hacer juramento que guarde esta ley, y que la cumpla.» (Fuero Juzgo, título I.).

 No pedimos que nuestro rey jure la observancia de todas las leyes antiguas, pero a lo menos debe jurar la observancia de las leyes fundamentales de la Monarquía. Pero Juan no solamente pretende destruir la unidad de fe católica, sino también la Monarquía misma y la legitimidad, las cuales son incompatibles con la soberanía nacional que él proclama, y de la cual, como él dice, «lo espera todo»... La consecuencia de esto es que Juan abdicó de hecho y de derecho, y que ésta su abdicación formal nos basta para reconocer por rey a su sucesor legítimo...»

 Y en verdad Juan... ha creído conveniente dar un paso decisivo reconociendo al Gobierno de Madrid (el liberal) y haciendo sumisión a su prima Isabel (la reina liberal).

 Hecha ya esta sumisión a Isabel... tuvo ocasión de verse con ésta y besarle la mano...

 La renuncia de Juan y su sumisión a Isabel eran una consecuencia legítima y necesaria de haber renegado de los principios monárquicos (la unidad de fe).

 De todo lo cual se infiere legítimamente que habiendo renunciado Juan a sus derechos, no sólo por los principios anticatólicos y antimonárquicos que proclamó, sino también por su reconocimiento del actual Gobierno y por su sumisión a Isabel, nuestro-rey legítimo es su hijo primogénito, Carlos VII. Y con esto me parece haber satisfecho plenamente la pregunta: «¿Quién es, en fin, nuestro rey?»

 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967

 

miércoles, 29 de octubre de 2025

Acción Española en el recuerdo (E. Vegas Latapie)

 Artículo de 1976

 EUGENIO VEGAS LATAPIE, MAESTRO INCANSABLE (CON “ACCIÓN ESPAÑOLA” AL FONDO)

 Es Eugenio Vegas Latapie. Un pedazo de nuestra historia más inmediata. Un hombre íntegro que ha cumplido sesenta y nueve años el veinte de febrero último, sin variar un ápice de sus ideales y de sus esperanzas desde que, en los tempranos años de su juventud, al acabar el bachillerato, fundase la revista “Cruz y Verdad”. De él ha dejado escrito el ilustre ensayista nicaragüense Pablo Antonio Cuadra: “Su proselitismo hizo posible la agrupación en fe, en ideales y en acción, de mentalidades gloriosas como Calvo Sotelo, Maeztu, Pradera…”

 Vegas Latapie, en 1930 y en el curso de una conferencia que pronuncia en Santander, alude críticamente al general Primo de Rivera, al no haber sabido dar un contenido doctrinal a su obra de Gobierno. Publica su primer libro en el año 1932: “Catolicismo y República”. En sus páginas se combate a quienes propugnaban la incorporación de los católicos al nuevo régimen, planeando, al mismo tiempo, la reconquista de la Academia de Jurisprudencia, baluarte republicano desde hacía varios años.

 Vegas Latapie publica en el periódico “La Época” -madrileño- más de un centenar de editoriales. De él ha dejado escrito José Félix de Lequerica: “Hombre providencial, sin cuyo idealismo pragmático y ejecutivo no tendríamos montado el aparato espiritual la gran revolución reformadora de nuestra Patria”.

 Tanto en la preparación del Alzamiento como en la misma guerra, Vegas Latapie participa activamente. Antes, en 1935, ha publicado “Romanticismo y democracia” y, posteriormente, una “Antología de Acción Española”. Después vendrán “El pensamiento político de Calvo Sotelo” y “Escritos políticos” (este último recoge algunos de los editoriales de “Acción Española”), recién acabada la guerra. Es preceptor del príncipe Juan Carlos de Borbón durante una carta temporada en los años 40 en Lausana (Suiza). En 1955, tras múltiples vicisitudes políticas, consigue el reingreso en el Consejo de Estado, del que se le había apartado. En 1958 establece contacto personal con Jean Ousset, fundador de “La Cité Catholique”, que dará como resultado, posteriormente, la fundación de una editorial y una revista en España. El 14 de diciembre en 1965 ingresa oficialmente en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

 ***

-El primer número de “Acción Española” salió el 16 de diciembre de 1931. Por esas mismas fechas estaba en marcha la organización de la Sociedad Cultural del mismo nombre, que inició sus actividades en febrero de 1932, en el mismo local que hoy (1976) ocupa la Sociedad de Autores, con una conferencia de Ramiro de Maeztu.

 -“Acción Española” nació de la confluencia de tres iniciativas distintas, pero de gran semejanza. Ramiro de Maeztu proyectaba la publicación de una revista consagrada a exponer y propagar los ideales que alentaron y forjaron la Hispanidad. El marqués de Quintanar pensaba en una revista declaradamente monárquica, defensora de la persona de don Alfonso XIII y bajo el influjo doctrinal del Integralismo portugués, creado por Antonio Sardinha. Por último, yo venía soñando con una revista doctrinal, de gran nivel científico, que defendiera y propagara los principios básicos del Derecho Público Cristiano, principios que habían sido propugnados casi exclusivamente por los grandes maestros del Tradicionalismo español. Para la defensa y difusión de la doctrina contrarrevolucionaria, se habrían de emplear argumentos estrictamente racionales y científicos, relegando para las concentraciones de masas los alegatos de inflamado lirismo y las remembranzas heroicas y epopéyicas.

 - “Acción Española” nació para salvar a España del abismo a que la arrastraban los falsos principios que desde fines del siglo XVIII venían sustentando sus clases directoras. Los fundadores de “Acción Española” estábamos convencidos de estas dos máximas: una, que las ideas gobiernan a los pueblos y, otra, que los pueblos son lo que quieren sus gobernantes. Por ello, dedicó sus esfuerzos a desintoxicar a las clases directoras de los falsos dogmas que servían de base a su pensamiento, sembrando al mismo tiempo en su lugar los principios salvadores del Derecho Público Cristiano.

 Ideales de “Acción Española”

 -Los ideales de “Acción Española” se compendian en el trilema “Dios, Patria y Rey”, que siempre había defendido la Comunión Tradicionalista. Los tres términos del trilema conservan perpetua validez aunque ocasionalmente pueden ser silenciados y desconocidos. Ahora bien, esos términos no son iguales ni se puede alterar su orden caprichosamente. Dios es lo primero y lo principal, y el Estado debe reconocer y garantizar el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. Después de Dios está la Patria, conjunto y asociación de familias, municipios, regiones, clases, instituciones, corporaciones, con vida y leyes propias, con sus fueros, libertades y franquicias tradicionales. Después de la Patria está el Rey, que obedezca la voluntad de Dios y respete las leyes y fueros de su pueblo.

 -Para “Acción Española” la verdad y excelencia de la Monarquía se demuestra como teorema, pero rechazaba todo atisbo de regalismo pagano que diviniza al Rey e hizo suyo el aforismo medieval de que “los reyes son para los pueblos y no los pueblos para los reyes”.

 ***

En “Acción Española” colaboraron falangistas, monárquicos, alfonsinos, carlistas, e incluso miembros de la C.E.D.A. ¿Por qué así, siendo que en el ideario de estos grupos había de hecho importantes diferencias?

 -En efecto, en la sociedad y revista “Acción Española” colaboraron una serie de escritores que pertenecían a los grupos políticos que menciona. Pero todos estaban unidos en los principios básicos fundamentales. Desaparecidos los partidos políticos de la Restauración, al proclamarse la República el 14 de abril, sus componentes siguieron tres diversas direcciones: uno se adhirieron a la recientemente proclamada República; otros se apartaron de las lides políticas, y por último, otros, siguiendo a Goicochea y a Vallellano, se alistaron en la agrupación fundada por Ángel Herrera con el nombre de Acción Nacional, a las pocas semanas del cambio de régimen. A este recién nacido partido se acogió la masa de los monárquicos alfonsinos, los tradicionalistas de todas las tendencias y elementos católicos y de orden no adscritos a ningún grupo político concreto. Durante los primeros meses de su existencia, Acción Nacional constituyó el único refugio para los elementos de orden; fue una auténtica “unión de derechas”.

 Pronto se desgajaron los tradicionalistas que, a la muerte de su caudillo don Jaime, en octubre de 1931, unificaron sus diversas ramas jaimistas, integristas y mellistas, reconstituyendo el Partido Tradicionalista del venerable don Alfonso Carlos, hermano de Carlos VII. El nuevo caudillo, en carta de octubre de 1931 dirigida a don Alfonso XIII le decía: “Ya que no tengo sucesión y soy tan viejo, no se trataría más que de un corto paso entre nuestra rama y la tuya. Yo no figuro más que como el puente”. En efecto, al extinguirse la línea masculina del carlismo, habría de acudirse, conforme a la Ley Sálica, a la descendencia del Infante don Francisco de Paula, hermano de Fernando VII y Carlos V, cuyo hijo Francisco de Asís fue esposo de Isabel II y padre de Alfonso XII.

 Una vez recaída en Alfonso XII y su descendencia legitimidad de sangre u origen, tan sólo faltaba que también se diera en esa línea la legitimidad de ejercicio, mediante el repudio por sus titulares de los principios liberales y revolucionarios. A la trascendental labor de “monarquizar” y “desliberalizar” a los monárquicos alfonsinos, y en lugar principal al entonces Príncipe de Asturias don Juan de Borbón y Battenberg, dedicó Acción Española atención preferente. Sus intensas campañas hacían presagiar los mejores resultados. En sus filas colaboraban, en comunión de ideales, alfonsinos como el marqués de Quintanar, Ramiro de Maeztu, José María Pemán, José Calvo Sotelo, Pedro Sainz Rodríguez, Jorge Vigón…; tradicionalistas como Víctor Pradera, el conde de Rodezno, Marcial Solana…

 No había discrepancias entre alfonsinos y carlistas de “Acción Española”, pero tampoco con los afiliados a la CEDA que colaboraban con sus trabajos, Ibáñez Martín, Marqués de Lozoya, Fernández Ladreda… cosa que no es de extrañar, ya que la casi totalidad de los afiliados a la CEDA eran y seguían considerándose monárquicos alfonsinos.

 En cuanto a los elementos falangistas, Montes, Sánchez Mazas, Giménez Caballero… que colaboraron en “Acción Española”, también compartían sus ideales fundamentales. Por los días en que se fundaba Falange Española, escribió Eugenio Montes: “En medio de un paisaje desolado, vencido a la intemperie, comenzó “Acción Española” a edificar para lo que todos creíamos un mañana lejanísimo. Desde esta Covadonga de “Acción Española” estamos reconquistando España”.

 José Antonio Primo de Rivera tan sólo asistió a dos banquetes organizados por “Acción Española”: uno, en 1933, en honor de José María Pemán; y otro, en febrero de 1935, el honor de Eugenio Montes, en el que pronunció un inédito y magnífico discurso, cuyo texto taquigráfico conservo. Pero su discurso fundacional de la Falange fue reproducido íntegramente en la revista “Acción Española” bajo el título de “Bandera que se alza” (…).

 -Ramiro de Maeztu, Víctor Pradera y Calvo Sotelo, principales mártires de “Acción Española”

 Maeztu fue, en decir de Montes, quien encendió la zarza mosaica de la Hispanidad: jerarquía, servicio, hermandad, principios capitales en la predicación de Maeztu. También la denuncia y refutación reiterada y contundente de la Revolución y del comunismo. Maeztu era una excepción en el desierto intelectual de los tiempos de Primo de Rivera. Fue gravísimo error de éste el haber enviado a don Ramiro de embajador a Buenos Aires, en lugar de haberle facilitado tribuna y medios abundantes para propagar su pensamiento y sus escritos. El recuerdo que conservo de Maeztu es el de un profeta y mártir de la civilización cristiana, que enardecía a sus jóvenes oyentes impulsándoles a seguir la cuesta arriba hasta alcanzar el Calvario y la Cruz.

 Víctor Pradera, ingeniero de caminos y abogado, diputado a Cortes varias veces y vocal del Tribunal de Garantías Constitucionales cuando fue asesinado, fue un integérrimo defensor de los ideales tradicionalistas. Su razonamiento era rectilíneo y aplastante y de una ejemplar inflexibilidad. Pese a pequeñas discrepancias, fue total nuestra compenetración. Fue concurrente asiduo a la tertulia de “Acción Española” y todos los presentes nos sentimos un día sacudidos cuando repentinamente Maeztu le interrogó: “Don Víctor, ¿cuándo nos asesinan a Vd. y a mí?” Irreparable desgracia para España ha sido que el general Primo de Rivera diera de lado las ponencias que a su petición le envió Pradera sobre organización del Estado en las primeras semanas del advenimiento de la dictadura militar. Su principal colaboración en la revista consistió en su magistral estudio sobre “Los falsos dogmas” y la serie de artículos que luego se editaron con el título de “El Estado Nuevo”.

 Calvo Sotelo fue el colaborador cuya firma aparece más veces en la colección de “Acción Española”. Aparece en el número uno y también en el último, correspondiente a junio de 1936. Sobre la evolución del pensamiento político de Calvo Sotelo, pronuncié en 1940 una conferencia en la Real Academia de Jurisprudencia, que posteriormente se publicó en un volumen. Calvo Sotelo era el jefe consagrado y reconocido por todos del Movimiento Nacional. En un álbum de homenaje póstumo, alguien escribió:“Nosotros le queríamos para gobernante; Dios lo ha escogido para mártir; los caminos de Dios son siempre los mejores”. En el banquete que le ofreció “Acción Española”, en mayo de 1934, al regresar a la Patria después de tres años de destierro, Calvo Sotelo dijo textualmente que: “Acción Española” ha realizado una labor formidable y precisa. Y añadía: “El milagro de “Acción Española” le hacía merecer un alto título de gratitud de España por haber llevado a las clases intelectuales a las derechas o por haber intelectualizado a las derechas”. De los tres grandes mártires de “Acción Española”, tan sólo me cupo el tristísimo honor de velar el cadáver de este último. Durante una hora permanecí en compañía de Ramiro de Maeztu y otras personas junto al féretro del protomártir, contemplando el impresionante desfile de una multitud de llorosa y sedienta de justicia por la sangre del justo. Esto ocurría en la tarde del martes 14 de julio de 1936.

 -¿Cuáles cree que fueron las causas principales de la caída de la monarquía liberal?

 Como causa remota cabe señalar la difusión en el siglo XVIII de doctrinas enciclopedistas y revolucionarias entre las clases directoras españolas. En el reinado de Carlos III se sembraron las semillas que, al fructificar hicieron triunfar los principios revolucionarios en las Cortes de Cádiz, iniciándose así la era de las revoluciones. Por eso, Ramiro de Maeztu calificaba los siglos XVIII y XIX de “dos siglos traidores”. Tras una serie de luchas, la ideología revolucionaria ha terminado por invadir todos los ambientes. A esta universal intoxicación se refería Menéndez Pelayo en 1910, al exclamar: “Hoy contemplamos el lento suicidio de un pueblo engañado mil veces por gárrulos sofistas…”

 Podrían señalarse causas próximas, como las bases de la restauración canovista, la pérdida de Cuba y Filipinas, la destitución de Maura como jefe de Gobierno en 1909, para aplacar a elementos revolucionarios; pero, en mérito a la brevedad, nos limitaremos a la implantación de la dictadura de Primo de Rivera en 1923.La impopularidad del régimen entonces existente era tan grande que la nación acogió con aplauso el golpe de Estado que puso fin al pistolerismo que sembraba el espanto en Barcelona y otras localidades. También la Dictadura resolvió la sangrienta pesadilla de Marruecos, mejoró la Hacienda, realizó importantes obras públicas, pero no supo preparar su futuro.Primo de Rivera eraun dictador sin doctrina y por tanto no pudo dársela a España. Extirpó la anarquía pero dejó vivas sus causas. Al abandonar el poder, en enero de 1930, era muy positivo su balance con el sólo gravísimo error de su total carencia de doctrina.

 A la caída de Primo de Rivera, las clases directoras, que con tanto entusiasmo habían acogido su advenimiento, no tuvieron otro programa que el “retorno a la normalidad”. Esa normalidad consistía en resucitar el desacreditado y funesto régimen liberal derribado por la Dictadura. El Gobierno que sucedió a Primo de Rivera estaba constituido por antiguos políticos empeñados en restaurar el régimen de partidos, tan desacreditado antes del golpe de Estado. La casi totalidad de los ministros eran escépticos respecto a la virtualidad de la Monarquía y su obsesión era la de contemporizar con los elementos revolucionarios, sirviéndoles y halagándoles en toda circunstancia.

 El mismo rey estaba contagiado con el error imperante: “Monarquía o República, da lo mismo”, dijo Alfonso XIII, en un discurso público, en octubre de 1930, explicando con ello su actitud del 14 de abril del siguiente año.

Criticando el regio escepticismo, se irguió Víctor Pradera, proclamando a grandes voces, que aún resuenan en mis oídos, que República o Monarquía no eran lo mismo; que la Corona no era del rey, sino de España, y que éste no podía jugar con ella.

 El 14 de abril de 1931 se abrieron las esclusas que venían conteniendo a las corrientes revolucionarias, y tras cinco años de tropelías, incendios y desmanes, estalló la guerra civil. Porque no daba lo mismo Monarquía que República, Víctor Pradera fue asesinado en septiembre de 1936. Alfonso XIII era patriota y valiente pero no creía en las virtudes de la Monarquía; nadie se las había enseñado ni él las supo deducir de la experiencia. La Monarquía liberal cayó por indefensión mental. El liberalismo había conducido al escepticismo respecto a la Monarquía. Por falta de fe en ella, nadie luchó en su defensa. Frente a tanto escepticismo, yo afirmo que la verdad de la Monarquía se demuestra como un teorema, aunque las razones a su favor son tan profundas que no están al alcance de la mayoría de las gentes.

 ¿Sigue opinando que la democracia, según la concepción de la Revolución Francesa, será perjudicial a España?

 Sigo creyendo que la democracia es el mal y muerte de las naciones y que a la larga resultará fatal a todos los países.“La democracia disolviendo el Imperio Británico” era el título de un artículo publicado en 1928, que no puedo releer sin asombrarme del acertado diagnóstico. El creciente y endémico desorden que perturba a casi todos los países occidentales es consecuencia de las instituciones democráticas que las rigen. Hace más de medio siglo que Splenger escribió que lo que llaman orden las Constituciones liberales no es más que la anarquía hecha costumbre. En ellos los ciudadanos pacíficos y trabajadores viven en constante zozobra en tanto que campan por sus respetos los asesinos y ladrones estimulados y amparados por un falso y disparatado concepto de dignidad humana tan piadosa para con los criminales como sorda y ciega para con sus víctimas.(…) Las llamadas monarquías a la moderna no son tales monarquías sino formas crepusculares y circunstanciales que terminarán desembocando el totalitarismo comunista. (…)

 Ferviente deseo

 Don Eugenio Vegas Latapie recuerda a los que un día estuvieron con él y defendieron la misma causa (Pemán, Areilza…)  que han venido en ser los oportunistas de siempre, y se le entristece el alma.

 -Estoy separado de toda actuación política, por muy graves razones, desde 1947, fecha en que renuncié al cargo de secretario político del conde de Barcelona. Desde entonces vivo en el terreno puro de los principios, contrastando mis arraigadas condiciones con las enseñanzas de la vida diaria y de la Historia. Mis convicciones son inmutables por basarse en principios que considero verdades absolutas. Siempre estimé muy difícil el triunfo de mis ideales, incluso en las trágicas pero esperanzadoras vísperas del Alzamiento Nacional. Mi constante pesimismo obedecía al convencimiento de que las doctrinas erróneas aun seguían infectando a la gran mayoría de los componentes de las clases directoras, no obstante la ingente y sufrida labor de desintoxicación intelectual realizada por Acción Española. De esos temores y pesimismo dejé constancia pública en el editorial que salió en cabeza de la “Antología de Acción Española”, publicada en 1937, con encomiásticos elogios del general Franco y el cardenal Gomá, primado de Toledo. Meses después fue prohibida por las autoridades (época de Serrano Suñer) la reaparición de Acción Española. Con gran diligencia se impidió que sus principios se propagaran en prensa, radio y en la Universidad.

 He sufrido mucho en defensa de mis ideales, que hoy (1976) contemplo en posición peor a cuando inicié mis  trabajos. Por añadidura, la casi totalidad de mis amigos de antaño se han ido separando para ocupar posiciones más ventajosas. Ante semejante panorama siento la tentación de rendirme (…). Para bien de España desearía que mis doctrinas fueran falsas. Estoy deseando rendirme a la evidencia de la falsedad de los principios que he servido toda mi vida. Siempre gozaría del inefable consuelo de pensar que Dios conoce hasta lo más recóndito de nuestras intenciones y que todo cuanto he dicho y hecho lo he realizado en cumplimiento de lo que creía mi deber para con mi Dios y con mi Patria. (…)

 Javier Badía

 

Revista FUERZA NUEVAnº 490, 29-May-1976


sábado, 25 de octubre de 2025

La Tradición teológica, jurídica y popular (...2) (Vázquez de Mella)

 

LA TRADICIÓN TEOLÓGICA, JURÍDICA Y POPULAR  (2)

DON JUAN VAZQUEZ DE MELLA TRAIDO A 1967

 (...Continuación)

 Indudablemente que es tiránica la inversión de los fines, pero muy secundaria comparada con el que puede no serlo de administración, y puede serlo de secularización, que es más vasto campo. El que se considera arquitecto de una sociedad que procura destruir para reemplazarla con otra, fabricada según un programa que sea la negación de los tres derechos, que es el caso de la tiranía moderna, puede no oprimir con violencia (que provoque la reacción) las personas, y no ser codicioso, sino desinteresado y dispuesto a sacrificar, para servir a su ideal, salud y fortuna.

 Contra esta clase de tiranos no han tenido nuestros teólogos y políticos atenuaciones de ninguna clase para la resistencia, como lo prueba la magnífica y unánime doctrina sobre la ley injusta intrínsecamente. Contra ella es obligatoria la resistencia pasiva, desde el «obédecese y no se cumple» hasta el martirio y la imitación de los Macabeos, que con frecuencia invocan para servir a Dios antes que a los soberanos y contra los soberanos.

 Contra el usurpador, si hay medios para derrocarle, nadie duda, y el tirano del ejercicio es el mayor de los usurpadores. Su ejercicio del poder es una serie de usurpaciones. Si vulnera la constitución social, invade y usurpa; si la Constitución histórica, usurpa e invade; si la religiosa, confisca derechos y detenta atribuciones, y sienta el precedente para no dejar en pie una sola persona colectiva y aplastarlos a todos.

 La tradición antiabsolutista de los pensadores y políticos españoles es constante. Sólo algún aristotélico fanático, como Ginés de Sepúlveda, apologista de la esclavitud o algún legista adulador, interesado del Monarca, como Cerdán de Tallada lo defiende; y aun esos relativamente, rodeándole de los gloriosos Consejos, que sirvieron en parte de modelo a la organización de las congregaciones romanas y de los que dice un publicista contemporáneo que llegaron a tener más atribuciones que los Parlamentos modernos.

 Ni los más autoritarios comprendieron nunca que el Rey gobernase por sí solo ni sentenciase sin oír, antes bien reclamaron que le rodeasen y le asesorasen con su saber y experiencia los Consejos, parecer unánime que condensaba en esta clara y expresiva sentencia el ingenioso autor de las Centellas:

 «El que rige y manda.

si no se aconseja, se desmanda.»

 Y sabido es que en tiempos en que el cesarismo protestante y sus similares andaban desatados por Europa, la Inquisición española procesó a un predicador cortesano, que había dicho desde el púlpito y ante Felipe II «que los Reyes tenían poder absoluto sobre las personas de sus súbditos» y le obligó a retractarse desde el mismo sitio, leyendo esta declaración, que expresa el verdadero concepto de la Monarquía tradicional: «Que los Reyes no tienen más poder sobre sus vasallos del que les permite el derecho divino y el humano y no por su libre y absoluta voluntad», que es proclamar, puesto que el divino es doble, positivo y natural, la norma de los tres derechos para que la autoridad sea legitima.

 El signo de la verdadera realeza, estampado en el primer Código que se levanta sobre las leyes de casta por los Padres Toledanos se perpetúa y se acrecienta con la soberanía social, cada vez más vigorosa de los tiempos medios.

 Sin evocar las Juntas vascas ni las Asambleas navarras, basta el recuerdo de las Hermandades Castellanas, que dan la Corona a Sancho IV y amparan la de Fernando IV y Alfonso XI; del Privilegio general de Pedro III, base de la Constitución aragonesa; de los radicalismos de la Unión y del definitivo, confirmado y ampliado por Pedro IV. para ver que el mismo espíritu de la Monarquía, limitada y socialmente responsable, se acrecienta hasta en épocas adversas condensándose en fórmulas como la llamada de Constitución de los comuneros castellanos, que es un programa tradicionalista, y la Proclamación católica de Cataluña, que recuerda la doctrina de la resistencia para defender sus fueros.

 La tradición continuó viva en el pueblo, que la transfundió en la poesía, pues hasta algunas artificiosas exaltaciones dramáticas de la Monarquía fueron vencidas por el Alcalde de Zalamea.

 En los héroes vivos, como Juan de Fiveller y Guillén de Vinatea, y en los que sublimó la leyenda, afirma la majestad de su derecho contra las extralimitaciones reales.

 La política que late en los romances, aún los que entran ya en la edad moderna, es antiabsolutista.

 Suponiendo una alianza con aquel Emperador, atentatoria a la independencia del Reino, el pueblo cuenta lo que Bernardo del Carpio, a la cabeza de los mejores, dice al Rey Alfonso el Casto: «Pidiéronle que revoque — la palabra que había dado — si no echarle han del Reino, y pondrán otro en su cabo — que más quieren morir libres — que mal andantes llamados.» ¡Ya se puede suponer lo que haría en estos tiempos Bernardo del Carpio!

 El Cid, Rodrigo de Vivar, no se contentaba con decir, como la que fue su esposa, Jimena Gómez, a don Fernando: «Rey que non face justicia, non debiera de reinare», sino que encarándose con Alfonso VI no le acepta el perdón que le ofrece sin exigirle que prometa antes, entre otras cosas, éstas que son un programa que afirma como suyo todo tradicionalista que no haya dejado de serlo pasándose al cesarismo: «Y que fasta ser oídos — jamás los desterraría — nin quebrantaría los fueros — que sus vasallos tenían — nin menos que los pechase — más de lo que convenía. Y si le tal ficiese — contra él alzarse podrían. — Todo lo promete el Rey — que nada contradecía

 ¡Como ahora! ¡Siempre la realeza sometida y ligada al derecho y negada si rompe el vínculo que la legitima.

 JUAN VAZQUEZ DE MELLA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967

 

viernes, 17 de octubre de 2025

Tradicionalistas contra la Constitución de 1978

 Artículo de 1978

  Declaración de la Hermandad Nacional de Combatientes Requetés

 VOTAREMOS «NO»

 HACIENDO uso de un derecho legítimo, y recogiendo el sentir general de esta Hermandad, votaremos NO a la Constitución, e invitamos a hacerlo a todos los antiguos combatientes de Tercios de Requetés de la Cruzada, hijos, familiares y simpatizantes, entre otras numerosas razones, por las siguientes:

 1.ª Porque creemos en DIOS y amamos a la PATRIA. Con profunda fe. Con inconmovible firmeza.

 2.ª Porque no nos ofrece las debidas garantías un régimen constitucional parlamentario que, olvidando la ley de Dios, se basa en la denominada soberanía popular y en los partidos políticos, que, en la práctica, dividen más que unen, y en nombre del pueblo, al que dicen representar, imponen sus intereses partidistas.

 3.ª Porque somos contrarios, tanto a un régimen absolutista, como al liberal y marxista, que niegan los gloriosos ideales de la Tradición española y repudian la Monarquía auténticamente cristiana, templada y representativa, convirtiendo al Rey en una figura meramente decorativa e irresponsable.

 4 .ª Porque queremos para España lo mejor: una nación en paz, unida —respetando sus peculiaridades regionales—, con verdadera libertad y en constante progreso, sin demagogias ni sectarismos.

 5.ª Porque mientras se rechazaban, de manera contundente, las enmiendas presentadas por dignos diputados y senadores en  defensa de DIOS, de la PATRIA y de una MONARQUÍA que pudiese actuar como moderador, prosperaban a través de un oscuro consenso, sin luz ni taquígrafos, los principios del laicismo de Estado; del divorcio y del aborto (que atentan no sólo contra la familia, sino que autoriza la muerte de criaturas indefensas en el claustro materno); la supresión de la libertad de enseñanza; el reconocimiento de diversas nacionalidades (poniendo en peligro la unidad de la Patria), y reduciendo el poder de la Monarquía a la mínima expresión. Razones, por sí solas, más que suficientes para votar NO a todo buen católico español. 

6.ª Porque si ya preveíamos ante el anterior referéndum, que aprobó la Ley de Reforma Política (1976), que tal «reforma» se transformaría en clara ruptura con el pasado y apertura hacia el caos, ahora estamos convencidos, con mayor fundamento, que de aprobarse la Constitución en el próximo referéndum, abrirá las puertas a una dictadura atea y marxista, con todas sus consecuencias. De aquí la grave responsabilidad de todo español consciente al emitir su voto.

 7.ª Porque no tenemos apetencias de poder y preferimos continuar siendo leales a tantos mártires que nos han precedido en el camino del deber, en vez de buscar puestos y honores, mientras España se va derrumbando entre sangre y lágrimas.

 8.ª Porque no queremos hacer el papel de borregos que nos llevan al matadero sin protesta, narcotizados por una exhaustiva propaganda que, con el aplauso extranjero, está adormeciendo el sentimiento católico y patriota del noble pueblo español.

 9.ª Porque nos repugna tanto y tanto chaqueteo, y que hasta el nombre de España se sustituya vergonzosamente por el de país.

 10.ª Porque no estamos dispuestos a someternos a las consignas de las fuerzas internacionales del comunismo y la masonería que prefieren una España débil que rompa con sus tradiciones, para poder dominarla mejor.

 11 . Porque no nos asusta la poderosa coalición de las fuerzas del centro-izquierda, que detentan el poder, unidos a los socialistas, comunistas y separatistas en el empeño de aprobar la Constitución, pese a la notoria desigualdad de medios —incluida la ayuda extranjera— y de oportunidades, ya que seguramente monopolizarán, en la práctica, la Televisión, arrastrando, como en la ocasión anterior, a gente de buena fe, que se dejarán engañar por nuevos juramentos y promesas.

 12.ª Porque no nos desalienta la falta de garantías en una elección «limpia».

 13.ª Porque, como no somos oportunistas, por encima del temor a la derrota, lo que nos interesa es salvar el honor. Demostrar que aún hay católicos y patriotas capaces de imitar el ejemplo de los que prefirieron «sucumbir con honra que vivir con vilipendio». Conscientes de que, como en los momentos más difíciles de nuestra historia han sido siempre un puñado de patriotas los que han terminado por arrastrar a lo mejor del pueblo español, superando el peligro de la cobardía colectiva.

 14. Porque amamos la paz y deseamos que desaparezca la trágica situación a la que nos han conducido los actuales padres constitucionales.

 Por estas y mil razones más que harían interminable este escrito, votaremos NO. E invitamos a hacerlo a todos - mujeres y hombres, jóvenes y ancianos— que estén convencidos de los graves errores de la Constitución y no quieran ser cómplices de sus previsibles consecuencias.

 Por la Junta Nacional,  El secretario general   

Manuel Ángel VIEITEZ PÉREZ


 Revista FUERZA NUEVA, nº 618, 11-Nov-1978