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lunes, 27 de abril de 2026

Convierten a Jesucristo en el “primer marxista”…

 Artículo de 1970

 

 El Cristo de Pasolini

 “El Evangelio de San Mateo”, de Pasolini, no acaba de convencerme -no obstante sus logradas realizaciones- porque nos da un Cristo, en última instancia, demagogo, que muere fracasado. Pero este problema de una posible “demagogia” de Cristo se presenta hoy en una forma aguda, porque van ya siendo muchos quienes se preguntan seriamente si la demagogia, es decir, la violencia inspirada en las masas proletarias, pertenece a la esencia misma de la predicación del Cristo.

 Y, en la apariencia por lo menos, muchos así lo creen. Pasolini, desde luego, recortando a su gusto los textos y presentándolos en fotogramas de una indudable belleza fascinadora, no se ha ahorrado esos primeros planos de viento airado, agitando un rostro estremecido, cruzado por las velas desatadas de sus propios cabellos, mientras una voz bronca, monótona e insistente, cae implacable en tempestad flagelante sobre los grupos de harapientos beduinos del desierto. Casi llegamos a convencernos -tanto es el realismo brutal de las imágenes de la pantalla- que las palabras macabras de Caifás recobran un sentido transparente: “Os conviene que uno solo muera por el pueblo; no que todo el pueblo perezca”. Es la suerte de todos los mesianismos demagógicos. El Cristo, un demagogo judío más, engañado por las falsas esperanzas mesiánicas que entonces pululaban en la desesperada apocalíptica de su tiempo.

 No han sido Pasolini, sin embargo, ni Garaudy , ni Bloch -bien lo sabemos- los primeros en interpretar “sociológicamente” el Evangelio y en hacer de Cristo el primer marxista “avant la lettre”. Otros lo pensaron filántropo o, simplemente, humanitario. Algunos le han visto como un antiguo héroe levantándose sobre el común de los mortales: y en esto, un “inmortal”. Hoy es frecuente hacer de él un tipo único de religiosidad profunda en el que lo “divino” (¡así en abstracto!) llegó a manifestarse como nunca. 

Pero todavía más, después del escándalo editorial de los libros de Robinson y de Bonhoeffer, Cristo no es otra cosa que una manifestación del amor a los hombres. Por una inversión total de valores, mejor: por un desplazamiento absoluto de los centros de gravitación, el hombre se ha puesto en el lugar de Cristo. Y éste es interpretado solo en función del hombre. El humanismo acaba de conseguir su última y definitiva victoria: desplazamiento de la Iglesia, desplazamiento de Cristo, desplazamiento de Dios… y entronización del Hombre.

 Aceptada esta idea humanizante del Cristo, éste puede convertirse, con toda certeza, en el más violento y desatado de todos los reformadores socialistas. No hay más que seguir los procedimientos de Pasolini: leer los textos en un contexto y en una inteligencia marxista, como ha hecho no hace mucho Tierno Galván con la figura de Juan XXIII. Cristo ha sido enviado a evangelizar a los pobres. Y manda que se agrupen en torno de él a todos los oprimidos porque su carga es ligera y su yugo suave. Los pobres, desde luego, son encandilados con la esperanza mesiánica del reino. (Y esto es esencial a todo marxismo). Son benditos los que lloran, los que tienen hambre, porque serán hartos. Pero la dialéctica marxista necesita de la lucha contra “Das Kapital”. Y Cristo se presta a ello: es más difícil que se salve un rico que no que un camello pase por el ojo de una aguja.

 Es verdad que, paralelamente a esos textos, hay otros que, leídos con los mismos ojos marxistas, harían de los evangelios un amasijo de contradicciones. Porque a Pedro -que tenía la única espada del cortejo apostólico- en la necesidad más perentoria, le prohíbe usar de ella. Porque manda honrar a los que se sientan en la cátedra de Moisés. Porque paga sus tributos al César. Porque se presenta como un modelo de mansedumbre y de humildad. Porque manda perdonar a sus enemigos y condena la violencia: el que a hierro mata, a hierro muere. Porque enseña a presentar la otra mejilla al que hiere en la primera. Porque a los ricos les anima a ganarse el cielo con sus riquezas. Porque reconoce el hecho histórico de que a los pobres los tendremos siempre entre nosotros. Porque, elegido finalmente Rey mesiánico, huye de las multitudes.

 Entonces, ¿Cristo no  ha venido a resolver de veras la “cuestión social”? ¿Qué sentido tienen esos grandes documentos sociales de la Iglesia, desde León XIII a Pablo VI? Afirmamos resueltamente que ni Cristo ni la Iglesia pueden ser “leídos” no ya sólo marxísticamente, pero ni siquiera “sociológicamente”. Ni Cristo ni la Iglesia han venido a realizar “reformas sociales”, por más que, de hecho, hayan sido los grandes promotores de una sociedad verdaderamente humana.

 Hoy (1970) se proclama a todos los vientos que la Iglesia, comprometiéndose con la tierra, la política y la cuestión social, hace lo que Cristo hizo. Han surgido los Institutos Sociales, las “democracias cristianas”, los curas demagogos y contestatarios, por no hablar de los obispos que consideran como un primer deber pastoral colocarse ese yelmo de Mambrino para bajar a los pozos mineros y escribir pastorales sobre el aprovechamiento de los regadíos, el éxodo de la gente de campo a las ciudades, el salario mínimo y la fuga de capitales (…)

 Sí, totalmente extraño: hoy, la gente de Iglesia sabe demasiado de sociología, de política, de economía, de  estadística y de curandería… Nunca se había vociferado tanto este slogan: “por una Iglesia purificada de toda contaminación terrena”. Y contradictoriamente nunca la Iglesia se ha visto más comprometida tanto con la tierra.

 No parece sino que a los hombres de Iglesia les es imposible renunciar “al poder y la gloria” ¡Tan acostumbrados estaban a ello! Y lo que han perdido de tutela política ante un mundo que ellos son los primeros en declarar “maduro”, lo quieran recobrar resentidamente en otra clase de tutela “social” ante los pobres a quienes halagan demagógicamente. (…)

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970

 

domingo, 19 de abril de 2026

Contra la falsa “paz” predicada tras el Vaticano II

 Artículo de 1968

 LA PAZ A TODA COSTA

 Por JULIAN GIL DE SAGREDO

 Trato un tema ya reseñado anteriormente en esta misma revista. Está hoy de moda el consagrar las fiestas del calendario litúrgico a la evocación de valores más o menos profanos: celebramos el Día de la Madre, el Día de los Enamorados, el Día del Dolor, etcétera. Ahora, y esta vez por institución de Pablo VI, vamos a celebrar el Día de la Paz todos los años el 1 de enero, fiesta de la Circuncisión del Señor.

 De esta manera venimos sustituyendo a la fiesta religiosa por la evocación laica, la conmemoración de los santos por la veneración de símbolos abstractos, los valores religiosos por los valores materiales. Es un procedimiento sutil mediante el cual se persigue desvirtuar lo espiritual y revalorizar lo material, mundanizar los santos y santificar lo mundano, convertir a Dios al mundo en lugar de convertir al mundo a Dios

 Esto es propio de las fases de decadencia espiritual por las cuales a veces atraviesa la Iglesia. Lo mismo ocurrió en la época del Renacimiento con la supervaloración del humanismo grecolatino a costa del sentido religioso de la vida, supervaloración que dislocó de tal manera las estructuras religiosas de la sociedad, que nació y brotó de las mismas la herejía luterana o la separación luterana, como dirían nuestros hermanos progresistas. Entonces sobrevino la reacción, la Contrarreforma, el espíritu de Dios contrapuesto al espíritu del mundo en esa legión de santos y sabios españoles del siglo XVI.

 Ahora tiene que ocurrir algo parecido y ya se viene palpando en lo que hoy llaman «pueblo de Dios» y siempre se ha llamado «pueblo cristiano». Pues bien; ese pueblo de Dios, ese pueblo cristiano, esparcido por los cinco continentes, sin distinción de raza ni color, que no entiende de filosofías ni teologías innovadoras, pero que tiene fe y vive la fe, es el que, alentado e iluminado por el Espíritu Santo empieza a reaccionar, como reacciona el organismo humano contra corpúsculos extraños, contra tantas innovaciones absurdas, excéntricas y peligrosas de esos apóstoles contemporáneos, hábiles manipuladores de palabras, que manejando diestramente términos tan sublimes como la Caridad, el Ecumenismo, la Paz, la Libertad, la Dignidad, etc., impregnan a dichos vocablos de sentidos equívocos y frecuentemente falsos.

 El pueblo cristiano se viene ya cansando de oír hablar en las pláticas, conferencias, homilías y sermones de las iglesias tanto de lo social y de lo económico y tan poco de lo espiritual y de lo eterno, tanto de caridad con los hombres y tan poco de caridad con Dios, tanto de ecumenismo y tan poco de la lógica raíz de ese ecumenismo que es la oración y la unión del alma con Dios, tanto de libertad y dignidad de la persona humana y tan poco de la humildad y de la obediencia, tanto de paz y de pacifismo y tan poco de otros valores que están por encima de la paz, tanto de hermanos separados y tan poco de herejes, es decir, de lo que nos distingue de los hermanos separados.

 Es un pacifismo enternecedor el que propaga la Unión Soviética y el que acogen sonrientes y agradecidos los grandes corifeos de los cristianos e incluso de los católicos de la manera más necia, estúpida y suicida. Paz de exportación, paz como mercancía para el mercado exterior de alta cotización, pero paz a costa de toda subversión de valores espirituales y humanos, paz a costa de la unidad de la fe católica, paz a costa del dogma y de la moral; y en el terreno político, paz a costa de entregar al comunismo el Vietnam, Thailandia,  el Sudeste Asiático; paz a costa de inundar a todos los países del orbe de quintacolumnistas sembradores de la agitación y la anarquía; paz a costa de la expansión arrolladora del comunismo amarillo en el mundo; paz para Johnson, pero libertad de acción para Ho Chi Minh.

 Son verdades vulgares, pero que conviene recordar: tiene la Iglesia una misión de orden espiritual y cuenta para su cumplimiento con la asistencia indefectible del Espíritu Santo, pero esa asistencia no está prometida cuando elementos significados de la Iglesia intentan hacer piruetas en el campo político, pues la historia nos está demostrando los lamentables fallos en que han incurrido y siguen incurriendo esos significados elementos. No

confundamos la acción política de ese o esos significados representantes de la Iglesia con la Iglesia misma, por muy alta y significativa que sea su misión. Dios no obliga a los católicos a seguir y secundar una política equivocada de restricciones de apoyo moral a las naciones que mejor han defendido y defienden la civilización cristiana (aunque como en toda obra humana vayan mezclados también los intereses materiales), pues esa falta de apoyo moral en el momento preciso equivale en ciertas circunstancias a colocar todas las bazas en manos del comunismo.

 En reciente discurso pronunciado por Pablo VI en la Basílica de San Pedro, el día 1 de este mes de enero, discurso que, salvo mejor criterio, no creemos que forme parte del Magisterio ordinario de la Iglesia, pues más que de tipo doctrinal fue de tipo político, se repite la palabra «paz» más de treinta veces y sólo dos o tres veces y de pasada se habla de los conceptos que al fin y al cabo son el fin de la paz y por sí mismos condicionan la bondad o la maldad de la paz Se celebra, en efecto, la jornada de la paz, se recita la oración por la paz, se anuncia la paz, se desea la paz en el año nuevo, Roma sanciona su civilización por la Pax Romana, se exalta el gran ideal de la paz, se exige hacer de la paz una esperanza y compromiso de cada día, de cada actividad futura, oímos el eco del nombre bendito de la paz, etc. Por el contrario pasan a la reserva y a lugar secundario y accesorio los valores que condicionan la paz y que son infinitamente superiores a ella. Se enumeran una serie de valores materiales, el orden, la serenidad, la alegría, la hermandad, la libertad, la esperanza, la energía, el progreso, el bienestar y en último término aparece por fin Dios.

 Todos esos valores, que en su mayoría son puramente materiales, lo mismo pueden lograrse por una paz verdadera que malograrse por una paz falsa. Si esos valores son por sí mismos superiores a la paz, ésta como tal será un medio indiferente, deseable en cuanto conduzca a obtener aquellos bienes y repudiable en cuanto nos aparte de los mismos. Además: bien están todos esos valores que se enuncian en el discurso, el orden, la serenidad, la alegría, la libertad, el progreso, etc.; pero lo principal no son esos bienes, sino el que aparece el último en la enumeración, a saber, Dios mismo: este es el único criterio verdadero para determinar la paz o la guerra. No es primero la paz y como consecuencia de la paz, Dios, sino primero y ante todo Dios, y como consecuencia de Dios, la paz o la guerra, según lo que más y mejor conduzca a Dios a la persona y a la sociedad. No se puede supervalorar como fin lo que es simple medio, y la paz nunca será fin, sino medio, y como tal subordinado al fin último que es Dios.

 Los ángeles cantaron al nacer Cristo «paz en la tierra», pero a los «hombres de buena voluntad» o «a los hombres que ama el Señor», según la moderna versión menos significativa y precisa que la primera. Pero trátese de hombres de buena voluntad o trátese de hombres a quienes ama el Señor, lo cierto es que los ángeles no desearon la paz a los hombres de mala voluntad consciente que tratan de subvertir el orden cristiano y desarraigar

de la tierra el nombre de Dios. No son tampoco amados por Dios, al menos con amor de complacencia, los hombres perversos que luchan contra el reino de Cristo ni tampoco, por tanto, son dignos de la paz.

 Dios, pues, ama la paz, pero una paz condicionada a la buena voluntad y a las leyes que El ha puesto a la Humanidad. Cuando las naciones se levantan contra Dios y tratan de eliminarle del mundo, sería suicida que las naciones que creen en El y desean salvar la civilización cristiana, se autosugestionasen y adormecieran con la droga dorada de la «PAZ» y en nombre de la misma se dejaran avasallar, dominar y destruir.

 Bienvenida la paz, pero no a costa de nuestras almas, ni a costa de nuestra civilización, ni a costa de nuestra patria, puesto que el alma, la sociedad, la civilización y la patria están muy por encima de la paz.

 «Paz sólo a los hombres de buena voluntad.»


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

sábado, 4 de abril de 2026

Por la sotana contra el traje clergyman

 Artículo de 1968

 ¿SOTANA O CLERGYMAN?

 Por P. CATALAN

 Voy a tocar un tema candente. El que se refiere al permiso de no usar hábito talar o sotana, concedido por algunos obispos a los sacerdotes de sus diócesis. Y lo hago sabiendo que me hago antipático a no pocos eclesiásticos y jerarcas. Pero lo hago para procurar evitar el abuso, que está cundiendo, de ese permiso concedido. No hablaré por mi cuenta; hablarán los documentos que comentaré.

 La Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal española del 13 de julio de 1966, tomó los siguientes acuerdos sobre el hábito eclesiástico.

 1. ° La sotana o traje talar es el hábil o normal, como hasta ahora, de los sacerdotes españoles, que, aun en las regiones en que se introduzca el uso permitido del traje eclesiástico no talar, deberán obligatoriamente usar todos dentro y fuera de los templos, en las celebraciones litúrgicas y en el ejercicio del sagrado ministerio y en aquellos casos y circunstancias que determine el respectivo prelado diocesano.»

 Por consiguiente, en toda España la sotana o traje talar es el hábito normal de los sacerdotes. No dice que será sustituido por el no talar, sino que continuará siendo el hábito eclesiástico de los sacerdotes como hasta ahora. Nunca en España había estado en uso otro traje, aunque lo estuviera en otras naciones, con permiso de la Santa Sede, por razones especiales que no existieron ni existen en España, salvo en los días de persecución. Por esto, el Episcopado español, de acuerdo con el canon 136, que dice que «los clérigos deben vestir traje eclesiástico decente, según las legítimas costumbres de los lugares y las prescripciones de los obispos», ha ordenado que en España, por ser costumbre legítima e inmemorial, los sacerdotes vistan traje talar o sotana. Y al decir sacerdotes españoles, incluye a todos los sacerdotes, sean diocesanos, sean religiosos, sin excepción.

 Este acuerdo obliga a todos los sacerdotes, aun aquellos de las diócesis en que se permita el uso del traje no talar.

 ¿Cuándo? Lo dice taxativamente el acuerdo: dentro y fuera del templo, y obligatoriamente. Y nótese que, después de templo, hay coma para advertir que no debe entenderse en sólo las celebraciones litúrgicas.

 Por desgracia y con escándalo de los fieles y en desprestigio de la dignidad sacerdotal, en no pocas diócesis continuamente se viste el clergyman, incluso dentro del templo, en la celebración de la santa misa, en la administración de los sacramento y el desempeño del ministerio sagrado, a ciencia y paciencia de sus obispos. ¿Es que ya es impotente la autoridad eclesiástica para cortar y castigar estos abusos?

 2. ° La segunda norma dice que «cuando lo aconsejen motivos razonables sean autorizados los sacerdotes para que, en la diócesis y fuera de ella y en el curso de la vida civil, puedan usar decorosamente el llamado clergyman».

 Según esta norma, para ser autorizado a usar el clergyman, débense tener motivos razonables, verdaderos, objetivos, y no subjetivos, falsos o puros caprichos de vanidad.

 ¿Pueden alegar dichos motivos cuantos en esas diócesis usan habitualmente el clergyman incluso en el templo y la administración de los sacramentos y en el ejercicio del sagrado ministerio? ¿No es despreciar la autoridad eclesiástica, pisotear los acuerdos del Episcopado español este abuso del traje no talar?

 3. ° «Está absolutamente prohibido el uso del traje seglar, sin permiso especial del Ordinario del lugar, dado por escrito.»

 Esta norma va siendo despreciada y pisoteada por no pocos, que deseaban el permiso de usar el clergyman para llegar hasta el traje seglar no por motivos apostólicos, sino por motivos mundanos. De este modo, ocultando el clergyman con el jersey o la gabardina y cambiando sólo e! cuellecillo, pueden asistir a bares, cines, cafés y a toda clase de diversiones. Cuando falta el espíritu sacerdotal, todo es posible. Esta rebeldía y esta despreocupación se nota principalmente en los sacerdotes progresistas, mal formados en los seminarios que no son pocos por desgracia.

 Al autorizar el Sr. Arzobispo de Barcelona el uso del clergyman en su diócesis, cosa de que más de una vez se habrá arrepentido, de conformidad con la letra y el espíritu de los acuerdos del Episcopado español, dirigió a sus sacerdotes la exhortación que gustoso reproduzco en estas páginas:

 «Sea nuestra norma vestir la sotana, túnica de Cristo, como la llamó Juan XXIII, de santa memoria. Pensad que nuestro pueblo, en general, nos venera viéndonos vestidos con traje talar y no será seguramente el vestido el que salve la distancia de algunos alejados de] sacerdocio.»

 «Si vivimos en un lugar que, por su gran populosidad y complejidad de vida, aconseja tal vez que en determinadas circunstancias no se emplee el hábito talar, sin embargo, creo sinceramente que para no herir la sensibilidad de nuestro pueblo y para más ajustarnos nuestra gran misión de sacrificar a las almas -ley suprema de toda Pastoral- para distinguirnos en medio de la comunidad cristiana, debemos limitar el uso del clergyman a lo que exija el régimen pastoral de los fieles» (Boletín Oficial del Arzobispado de Barcelona, agosto 1966).

 Esto está muy conforme con la letra y el espíritu de los acuerdos del Episcopado español. Pero ¿quiénes lo cumplen? ¿Lo exige el régimen pastoral el vestir de clergyman para ir de viaje, a paseo, o el hacer visita, la asistencia a los despachos parroquiales, a las reuniones de la Acción Católica, de las Juventudes, de las Congregaciones marianas, etc.? ¡Hay que ver cómo lucen su flamante clergyman sacerdotes, jesuítas, escolapios, claretianos, benedictinos, salesianos o bien su traje seglar no pocos sacerdotes! ¿Para qué? Vale más no decirlo. Para nada sirve la experiencia del siglo XIX, en que se mandó el uso del traje talar, ni los de los lugares de esta época en que está en uso.

 Han querido sincerar su conducta en todo tiempo los que han abusado del traje seglar principalmente y quieren legitimar el abuso del clergyman diciendo que la sotana estorba el apostolado, que es un hábito ridículo en los tiempos modernos y que hemos de procurar el «aggiornamento».

 Tales excusas suponen gran ignorancia ascética y psicológica en los que las aducen; es indicio del refinado orgullo y sabe a mundanización.

 Cuando el P. Colosio, O. P., director de ¡a revista «Ascética y Mística», de Florencia, defendió la doctrina tradicional, es decir, «que en nuestras regiones era mejor conservar el hábito eclesiástico talar, para evitar el peligro de mundanización del clero y porque podía ser un medio para observar mejor la castidad», protestaron enérgicamente no pocos sacerdotes, declarando que se avergonzarían de hacer depender la observancia del voto de castidad del hábito, más bien que del amor de Dios. Como si el P. Colosio hubiese dicho que de dicho uso dependiera exclusivamente cuando sólo dijo que podía ser un medio, como siempre se había dicho por todos los autores de Pastoral y Ascética, a más con los santos y la misma Iglesia.

 Entre los santos defensores del hábito talar, merece mención especial San Antonio María Claret, el gran santo misionero español del siglo XIX. En su hermoso libro «El Colegio Instruido», que por años fue ei orientador y formador de los aspirantes al sacerdocio de los seminarios españoles —que seguramente no han leído los sacerdotes progresistas destructores de la ascesis tradicional— desarrolla admirablemente esta doctrina sostenida por el P. Colosio.

 Al hablar de la castidad sacerdotal, San Antonio María Claret pone como medio, además de otros varios, «andar siempre con hábitos talares». He aquí sus palabras.

 «Los antiguos filósofos decían: «fructum castum cutis aspera servat»; la corteza áspera y erizada conserva el fruto casto... Dios ha dada la sotana al clérigo, para que se conserve casto, como la corteza a la fruta para conservarse. ¿Qué sería de la naranja, del melón, de la sandía, si se les quitara la corteza? Seguro que el aire los corrompería: otro tanto hace el aire del mundo a los clérigos que se quitan la sotana, los corrompe completamente... Te exhorto a que vistas siempre los santos hábitos y practiques los demás medios que te hemos insinuado, y te damos palabra de que te conservarás casto como debes.» (Col. Ins. tomo 2.°, pág 172.)

 Pero San Antonio María Claret hace más: dedica todo el capítulo XXIII de dicho tomo del «Colegial Instruido» a aprobar la obligación que tienen los clérigos de llevar hábitos talares. He aquí unos párrafos de su argumentación:

 «La Iglesia ha prescrito a sus ministros el uso de un hábito talar que visiblemente los distinga y discierna de los demás hombres, ha querido que los pueblos conozcan a los que ha elegido para ministros suyos, por la corona, por el  corte del cabello y por el hábito talar, y muy principalmente por el cuidado de evitar en sus vestidos la preciosidad y cuanto pueda respirar la vanidad de las gentes del mundo; porque, como decía San Jerónimo a Nepociano, ninguna cosa es tan mal parecida en los eclesiásticos como la vanidad en el vestir y adornarse con las libreas del mundo a que renunciaron.»

 Considerando, pues, la Iglesia las funestas consecuencias que podrían acarrear a las costumbres del clero el olvido y el desprecio de la santa simplicidad y modestia, en que tanto se esmeraron los clérigos de los primeros siglos, a proporción del descuido que en cada uno de éstos ha ido reconociendo en sus miembros, ha renovado sus leyes con tanta universalidad y rigor que nos atrevemos a decir que ésta ha sido su voz en todos los siglos, en todos los concilios generales, en los nacionales, en los provinciales y en los diocesanos; está en todas las naciones, en el Oriente, en el Occidente, en el Septentrión y en el Mediodía; por manera que ninguna cosa se encuentra más veces tratada; baste decir que desde el Concilio de Cartago, celebrado en el año 398, hasta el presente (año) se encuentran 13 Concilios generales, 18 Papas, 150 Concilios provinciales y más de 300 Sínodos, que «han mandado que los clérigos lleven hábitos talares...» 

El Concilio de Trento dice: «Aunque el hábito no hace al monje, sin embargo, conviene que los clérigos siempre traigan vestidos convenientes a su vida, para que con la decencia de su traje muestren la interior honestidad de sus costumbres, por cuanto en este tiempo ha prevalecido la temeridad de algunos, y el desprecio que hacen de la Religión es tan grande que, estimando en poco su propia dignidad v honor clerical, traen públicamente vestidos de legos...» (Cap. Vl-Ses. 14 De Refor.)

 Después de aducir San Antonio María Claret las leyes 12 del Tít. 10, libro I., y la 15 del título 13, libro 6.° de la Novísima Recopilación e que se mandaba y manda que todos los ordenados in sacris usen constantemente el hábito talar» y la autoridad del dulcísimo San Francisco de Sales, que prohibió a los confesores de su obispado que dieran la absolución a los eclesiásticos que no lleven hábito talar, hasta que no hayan dado muestras de una verdadera enmienda», y después de refutar las excusas de los sacerdotes relajados para no vestir el hábito talar, concluye:

 La Iglesia, regida y gobernada por el Espíritu Santo, en sus sagrados Concilios ha señalado el hábito que deben vestir los clérigos; ellos deben manifestar en el exterior Ja clase a que pertenecen, y, por lo tanto, dejar estas señales exteriores de su estado es un desprecio de la autoridad que lo manda y aun desnudarse del espíritu sagrado y de su clase, pues no puede dudarse que el hábito clerical es el uniforme dado a la milicia santa y la señal sagrada y común que los distingue de los otros hombres... ¿Sólo ellos (los que no usan hábito talar) se creen más autorizados cuando se dejan ver en público, con la ignominia del vestido secular, como dice el Pontifical Romano, que en lugar de conciliarles el respeto y la veneración de los fieles les acarrean el desprecio? «Los infelices no tienen el espíritu de Cristo y, por lo tanto, no son de Cristo, como dice el Apóstol; son del mundo y viven en el mundo, y quieren hallarse en todos los pasatiempos y diversiones mundanas».

 ¿Qué dices, lector laico o eclesiástico, ante ese lenguaje valiente del Apóstol del siglo XIX? ¿Han cambiado las circunstancias, pues el mundo es mejor, no hay tantos peligros y ocasiones de pecar y los sacerdotes de hoy no contrajeron pecado original? Que lo digan tantas deserciones, tantas apostasías, tantas secularizaciones, como tiene que llorar hoy la Iglesia de Dios, causadas por las doctrinas progresistas enemigas del hábito talar y del celibato eclesiástico: que lo diga la espantosa disminución de vocaciones sacerdotales y religiosas. Los pueblos quieren sacerdotes sanos y los progresistas están muy lejos de querer la santidad.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968

 

sábado, 21 de marzo de 2026

La revolución religiosa, madre de las otras revoluciones

 Artículo de 1968

LA REVOLUCIÓN RELIGIOSA, MADRE DE LAS OTRAS REVOLUCIONES

 Por FRAY MARTIN LUCERO

 Los malos aires de Francia, Holanda y Alemania comenzaron a soplar por Santa María del Buen Aire hacia 1950 y se han convertido en huracán, aprovechando el río revuelto del Vaticano II; como si hubiera nacido en todo el mundo una nueva religión, supercristiana, alfista y omeguista.

 El progresismo en su aspecto doctrinal y práctico se muestra muy virulento en los seminarios y casas de estudio de religiosos; se difunde entre los sacerdotes, jóvenes; sobre todo, entre los que pretenden pasar por intelectuales y pensadores futuristas; los que no son del vulgo adocenado, sino que ellos han estudiado en Europa, sabe, «en Europa».

 Síntomas.—Sin Tomás ni Doctor Angélico, en cuya hornacina han colocado al jesuíta francés; desprecio de la ciencia eclesiástica, apoyada en sólidas bases, sustituyéndola por el idealismo, hegelianismo y existencialismo, todas ellas filosofías abstractas muy en boga, pero carentes de fundamento lógico y racional.

 Han trasplantado el idealismo de Harnack aplicado a la Biblia, por el cual niegan todo carácter histórico a multitud de narraciones del Antiguo Testamento y aún del Nuevo, como la infancia de Cristo. Nueva interpretación de la presencia eucarística y de la autoridad del Papa.

 Nueva Moral, al estilo freudiano, según la cual, la masturbación carece de culpa, lo mismo que las prácticas anticoncepcionales. No faltan confesores que enseñan estas doctrinas a sus penitentes, haciendo traición al puesto que les han confiado los Obispos, para juzgar según la Doctrina Católica, emanada del Magisterio auténtico de la Iglesia.

 Asamblea litúrgica, exaltación de la comunidad, olvidando el carácter de sacrificio de Cristo.

 Reprobación de la conducta de la Iglesia en sus relaciones con los judíos, herejes y masones, los cuales han tenido razón contra Iglesia en todos los conflictos a lo largo de los siglos.

 Ansias de apertura de la Iglesia al mundo y reconciliación con el liberalismo, socialismo y comunismo, cristificación del kosmos.

 Amplitud.—El progresismo prende como fuego en cañaveral entre los eclesiásticos y sacerdotes jóvenes, que se organizan en células por toda la Argentina.

 Tratan de influir en los seminarios y procuran conseguir los altos puestos para dirigir las diócesis por nuevos caminos, ejerciendo, para lograrlo, fuerte presión sobre los obispos.

 En toda la nación han logrado los puestos más estratégicos. Si siguen por ese camino, dentro de pocos años dominarán por completo la orientación religiosa de la Argentina, que se convertirá en Modernista, es decir, en un Cristianismo de puro nombre.

 ¿Cuál es la mano oculta que mueve a todos esos títeres? Ya llevamos cincuenta años de comunismo y tenemos la suficiente experiencia para sospechar la causa motora.

 La estrategia comunista consiste en persuadir tenazmente de sus ideas a unos pocos jóvenes lanzados y lograr que ocupen los primeros puestos; desde allí empiezan a liquidar a los adversarios, y al poco tiempo quedan ellos dueños absolutos del campo.

 No es la mayoría la que gana la victoria, sino una minoría audaz, que se apodera de los órganos de la opinión (prensa, cátedras y ambienta callejero) y luego arrinconan totalmente a los demás.

 Cuál es el remedio para estos males? No hay otro que el que emplea el mismo comunismo. Cuando ellos quieren hacer un sabotaje, un incendio o una revolución, traen de fuera unos individuos desconocidos y agresivos, que no tienen ningún vínculo con aquella región, y ellos son los que encienden la mecha.

 De la misma manera, si queremos vernos libres de los progresistas, colocados ya en lo alto, no hay que esperar a que sus propios ciudadanos los despojen, esto no lo harán jamás, es preciso traer gente de fuera, que a mandobles los destrone de los puestos influyentes a los que están terriblemente aferrados.

 Los «fascistas» de Austria

 La intolerancia no viene ya de Roma, sino de los países germanos, donde los innovadores no permiten más opinión que la suya; ni siquiera el diálogo, aunque no se les cae de la boca esa bendita palabra «dialoguemos»

¡El Liberalismo redivivo!

 Han suprimido la Inquisición y ¡a censura eclesiástica, pero han inventado otra censura solapada, que suprime sin piedad todo comentario o crítica que se quiera hacer contra sus innovaciones y exageraciones. Se han arreglado para crear una gran atmósfera de «optimismo», de un éxito total y mundial de sus innovaciones, de modo que la masa de los fieles está totalmente engañada, creyendo que esas ideas y modos de obrar son los auténticos y genuinos de la Iglesia. No tienen escrúpulos en criticar y pulverizar la opinión de los demás, de suerte que la oposición no halle eco en el pueblo católico.

 ¡Cuánto hablan los vencedores contra el fascismo de Hitler y Mussolini! Pues los neo-modernistas austríacos están poseídos del «furor teutonicus», y no les importaría mucho enviar a Auschwitz a todos los que se permiten dialogar en contra.

 El mejor apelativo que cuadra a estos progresistas es el de «¡Fascistas!» «¡Fanáticos intolerantes!» «¡Modernistas que vuelven a la época de Loisy (1857-1940), el cura francés renegado.

 Estos neo-modernistas son unos perfectos diletantes, que jamás han estudiado en serio, se caracterizan por su falta de prudencia y madurez de juicio. Verdaderamente que son hijos de los bárbaros por su falta de cultura y de estudios, vacío que tratan de llenar con su palabrería engorrosa, encastillándose en un lenguaje ilógico, cabalístico e ininteligible, son los asesinos del idioma.

 Un periódico católico de gran circulación ha dicho que todo género de música, aun la ligera, tiene su puesto en la misa. Como si no hubieran hablado San Pío X (22 noviembre 1903), Pío XI (20 diciembre 1928) y Pío XII (22 diciembre 1955 y 3 septiembre 1958).

 ¡Por favor! Antes de hablar, ¡entérese!

 Contra esa música ligera se presenta Pablo VI al hacer televisar la Misa de Navidad antes de dar la bendición papal a urbe y al orbe. Función majestuosa, en latín y en gregoriano, sublime, digna del Pontífice del mundo, que une los labios en expresión unísona no sólo de la multitud de la Basílica de Pedro, sino de todo el mundo.

 ¡Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana, y repruebo todo género de desfiguraciones y sustituciones caprichosas e individualistas!

 El resultado de ese anarquismo y confusión es que la devoción de los fieles ha caído en muchas partes en vertical. Las actuaciones del diácono las realiza ahora  cualquier ministrillo, sin formación, ni preparación alguna, vestido de un modo estrafalario, propio para desprestigiar la religión.

 Se quejan de la traducción de los textos litúrgicos latinos al alemán por la prisa de los expertos algo inexpertos.

 Como el fenómeno de Austria se realiza a escala mundial, ¿no habrá en todo ello oculta una peluda mano de araña?

 Sincretismo alemán

 El Racionalismo alemán del siglo XIX y su hijo el Modernismo, condenados por San Pío X en la encíclica «Pascendi». de 8 de septiembre de 1907, siguieron ocultos bajo las cenizas en Alemania y rebrotaron en dos libros publicados en 1937 y 1940, pero las bombas rusas no les dejaron salir de los refugios.

 Luego se rehizo Alemania y esas ideas, como el grano de mostaza, se convirtieron en árbol, en cuyas ramas anidaron las aves de rapiña.

 El Modernismo quiere acomodar la Doctrina Católica al pensamiento científico, despojándola de toda intervención sobrenatural. Los modernistas dicen que la Iglesia no es inmutable, sino que evoluciona como todas las cosas humanas y que ahora (1968) hay una Iglesia preconciliar y otra posconciliar distinta.

 En esos libros se proponían muchas cosas que han ido apareciendo con el tiempo: Prioridad del laicado, supresión del celibato sacerdotal, valoración de la Reforma protestante, humildad del Papa, folklore religioso, síntesis del Protestantismo  y del Catolicismo, vaciamiento de los dogmas marianos; en fin, sincretismo religioso, en el que todo tiene cabida. Para ellos la Iglesia no ha hecho más que seguir un largo camino de errores. 

Manía de cambios.—Padecemos la manía de cambiarlo todo; fuera el clericalismo y el legalismo, la Cena del Señor se tendrá en las casas de modo democrático, institución de sacerdotisas, acabar con el celibato, reconciliarse con la ética de las masas, dudas sobre la Trinidad y de la existencia de Dios, etc.

 Acomodación a este mundo.—Rechazan el seguimiento de la Cruz de Cristo, la ascesis y la mortificación, su norma de conducta es el hedonismo, el placer, obran con una libertad que aterra, piden que la Iglesia abandone sus resabios medioevales, abogan por la abolición del Primado del Papa, porque sólo suprimiendo el Primado Romano se podrá establecer la Unión de las Iglesias; la libertad religiosa que establece el Concilio, según ellos, es la concesión a todas las sectas de los mismos derechos, mutilan las enseñanzas del Concilio, según les viene mejor...

 Estas son las doctrinas de los Modernistas, combatidos por San Pío X, reaparecidos en 1930 y fustigados por Pío XII en la encíclica «Humani generis» de 1950, pero a la muerte de este gran Pontífice se unieron de nuevo para ir limando a fuerza de «concilio» los poderes celestiales de la Iglesia.

 Un viento impetuoso, como el de un Pentecostés infernal, ha esparcido por los aires las cenizas de Harnack (1851-1930).


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968  

 

sábado, 14 de febrero de 2026

Trampas religiosas del “Trasvase Ideológico Inadvertido”

 Artículo de 1967

  EL TRASVASE SIMBÓLICO DE LAS FIESTAS (1)

 En un estudio que alcanza la difusión internacional, «El Trasvase Ideológico Inadvertido y el Diálogo», el pensador contrarrevolucionario Plinio Correa de Oliveira ha desenmascarado un proceso psicológico contemporáneo tan sutil como venenoso. Consiste en actuar sobre el espíritu de otro, llevándole a mudar de ideología sin que se aperciba. Sus más importantes etapas son:

 a) Encontrar en el sistema ideológico actualmente aceptado por el paciente puntos de afinidad con el sistema ideológico del que se desea imbuirle.

 b) Supervalorar doctrinaria y pasionalmente esos puntos de afinidad, de tal manera que el paciente acabe por colocarlos encima de todos los otros valores ideológicos que admite.

 c) Atenuar, tanto como fuere posible en la mentalidad del paciente, la adhesión a los principios doctrinarios que actualmente acepta y que sean inconciliables con la ideología de la cual se quiere impregnarle.

 Un rasgo de la fisonomía de los españoles es que aquí resolvemos los problemas religiosos y políticos que afectan a todo el mundo con una cantidad mínima de literatura y aun ésta, de pocas pretensiones doctrinales y sin calidad filosófica; al revés que en algunos países próximos, donde los excelentes trabajos doctrinales florecen y emergen entre la maleza comunista. De no ser por esta condición nuestra, de España hubiera salido un trabajo similar en alcance e importancia al de Correa, y afín y precursor del suyo, sobre el trasvase simbólico de las fiestas litúrgicas.

 Porque aquí padecimos un caso de éstos. El de «El Día de la Madre», que se superpuso a la festividad de la Inmaculada. De todos es sabido el proceso psicológico que acompañó a esta duplicidad: la atención de las masas de la Iglesia de los pobres, se fue desplazando del culto a la Santísima Virgen hacia el festejo familiar, hasta amenazar muy seriamente al primero. Sólo entonces, grandes sectores del clero y de los religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza aceptaron la maniobra de desglose de las dos fiestas, con la cual no se remedian los estragos ya causados ni se borra una cierta estela que los prolonga aun así. Pero aún antes de que el trasvase llegara a levantar un clamor de indignación del pueblo cristiano, muchos sacerdotes y religiosos y religiosas no sólo no vieron temprana y oportunamente el engaño sino que colaboraron con él, en su establecimiento, primero, y en su disimulo, después, durante demasiado tiempo.

 La circunstancia de contarme entre los primeros católicos seglares que desenmascararon aquel mal, al precio de amargas controversias con no pocos sacerdotes, me da fortaleza para avisar de otro trasvase ideológico que ha iniciado su desarrollo de acuerdo con el esquema de Correa, al principio citado. Se ha iniciado la sustitución de la mentalidad de Lepanto por la mentalidad de la ONU. El trasvase entre los lemas que puso San Agustín al frente de las dos ciudades: del «Amor a Dios hasta el desprecio del hombre», que es fiel reflejo de la guerra santa (Lepanto en nuestro caso), al otro lema de «Amor al hombre hasta el desprecio de Dios», que con muchas salvedades respecto de su primera parte, podríamos reconocer como eje ideológico de las Naciones Unidas.

 El trasvase, como es preceptivo para que resulte inadvertido, se ha iniciado, como siempre, muy bien: con el rezo del santo rosario que hemos hecho el pasado día 4 de octubre por filial obediencia a Su Santidad el Papa Pablo VI, para pedir por la paz del mundo. No se ha escogido para ello la inmediata festividad de la Virgen del Rosario, sino el aniversario del viaje de Su Santidad a la ONU. De manera que con tres días de separación, quedan estrechamente avecindados dos binomios semejantes; semejanza y proximidad propicios para un «Trasvase simbólico inadvertido» que pase luego a ser un trasvase ideológico ostensible y grave.

 Los dos binomios son:

1.°) Un Papa, San Pío V, establece la festividad de Nuestra Señora del Rosario en conmemoración de una victoria militar cristiana. Lepanto.

2.°) Otro Papa, Pablo VI, establece—¿sólo por este año?— un día del rezo del santo rosario por la paz en conmemoración de su visita a la ONU. Si se estableciera la costumbre de conmemorar anualmente esa visita, como alguien ha propuesto, con el rezo del rosario por intenciones políticas, se iría labrando un cauce de trasvase de la siguiente manera: Batalla de Lepanto, primitiva festividad de Nuestra Señora del Rosario, jornada del rosario por la paz, conmemoración de la visita a la ONU y supuesta aceptación de ésta. Este cauce sería recorrido de la siguiente manera: el recuerdo del triunfo cristiano de Lepanto es víctima de una conspiración de silencio, olvido y descrédito, con omisión de su conmemoración, devolución de sus trofeos, acusaciones de triunfalismo, constantinismo, militarismo, etc.

 3.°) Su correlativa festividad del rosario quedaría desencarnada e intemporal, sin significación concreta.

 4.°) Nada más efectista y tentador entonces que darle un nuevo arraigo comprensible por las masas. Con ello, la versión tradicional de la festividad del rosario quedaría en situación competitiva con esta otra, tan próxima, de un día de rezo del rosario a la intención de problemas humanos variantes cada año, fácilmente aceptados y estimados por estas gentes sencillas.

 5.°) El desplazamiento de la atención de éstas hacia la conmemoración de la visita de Pablo VI a la ONU se operaría por ser la única explicación de que esas rogativas no se hicieran el día, tan cercano, de la Virgen del Rosario, y también por el contraste entre la variación anual de las intenciones y la permanencia de la conmemoración de la visita.

 6.°) Esta visita del Papa a la ONU no será considerada como una imitación del «Alter Christus» a las visitas de Cristo a los pecadores, ni se repetirán las salvedades y consejos con que el Papa rodeó sus palabras de cortesía a esa Asamblea, sino que se derivará a la creencia popular de que la ONU es una entidad cristiana, cuyos criterios deben ser aceptados por los católicos.

 Un análisis de los principales periódicos y revistas de esos días, del espacio y comentarios dedicados a cada uno de los puntos enunciados o de sus omisiones, muestra que el trasvase que denuncio está más adelantado de lo que a primera vista se puede suponer. Por ello creo que debemos afirmar las siguientes conclusiones:

 1. °) Proclamar en todo tiempo y lugar nuestra filial devoción al Vicario de Cristo en la Tierra, tanto más cuanto más usemos sus propias concesiones y enseñanzas de opinar según nuestra recta conciencia en cuestiones opinables. No siempre es imposible separar el magisterio espiritual del Vicario de Cristo de la política exterior del Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano. Esto le entendieron muy bien muchos Reyes de España.

 2. °) Debemos participar devotamente en todas las campañas de oraciones que se propongan en cualesquiera fechas y circunstancias e intenciones.

 3. °) Debemos celebrar espléndidamente la festividad de Nuestra Señora del Rosario y la gran victoria cristiana de Lepanto.

 4. °) Debemos seguir proclamando que la O. N. U., en su versión actual, es tan peligrosa para la cristiandad como cuando estableció el bloqueo diplomático contra España por odio a nuestra fe.

 P. ECHANIZ


  Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967

 

lunes, 26 de enero de 2026

La Virgen, marginada en el Postconcilio

 Artículo de 1970

 La Virgen, marginada

 Hablar hoy de la Virgen es arriesgado. Antes (un “antes” que no va más allá de preconcilio) la Virgen era tema obligado de la catequesis, de la predicación y de la doctrina teológica. Hoy (un “hoy que abarca los últimos cinco años, 1965-70), la Virgen se ha vuelto un tema difícil, un tema discutido. Porque, además, puede hablarse en un cierto oscurecimiento de la devoción mariana en la Iglesia Católica.

 El hecho ha tenido manifestaciones tan evidentes que es del todo imposible no admitirlo. Sería suficiente hacer un recorrido por las iglesias de cualquiera de nuestras ciudades, en este lánguido “mes de María”, para advertir que algo ha pasado en lo más profundo de las almas en este sentido. No es necesario llegar, claro está, a ese vago y lejano recuerdo que todavía atormentaba nostálgicamente el alma impía de Renan, como “un olor inebriante de rosas de mayo”.

 Basta mirar con los ojos abiertos: la supresión del rosario; su suplantación por extrañas e incomprensibles “paraliturgias” en las que la arbitrariedad imaginativa de un buen curita lo inventa todo; los cantos salmódicos de un irritante simplismo melódico y de una pobreza viejotestamentaria ridícula; las lecturas escriturarias, ciertamente santas y útiles, pero en un contexto de “sola scriptura” protestante, frío, que hiela los corazones. Uno busca, por lo demás, la imagen de la Virgen como señuelo y sostén de una humanidad, de un humanismo imprescindible y, por fin, lo encuentra allí, en “cualquier” lugar, a la contraluz de una columna oscura, que la separe del altar, “único centro” -proclaman altamente los nuevos liturgistas- de la atención de la Asamblea del Pueblo de Dios.

 La Virgen “marginada” en su representación simbólica, lo es también en su conmemoración litúrgica. La nueva ordenación litúrgica, con un criterio de “sola scriptura” no católico, ha realizado una inclemente poda en el ciclo litúrgico mariano. Estas innovaciones, hoy todavía muy discutibles, se presienten nocivas para la piedad cristiana que no vive de esa “metafísica” litúrgica que se le impone.

 La Virgen “marginada” también en la predicación y en la doctrina teológica. El hecho tiene otras manifestaciones evidentes (Asociaciones, Cofradías, Romerías, Peregrinaciones, insignias, hábitos, etc.) que no es necesario describir. ¿Cómo explicarse este extraño fenómeno, tan contrario a toda la tradición católica vinculada de un modo tan estrecho con las devociones marianas? Un fenómeno tan profundo no puede menos de obedecer a causas igualmente graves y profundas. No se pueden aducir fenómenos de superficie; por ejemplo: los excesos de la época procedente, que hubieran producido un ”maximalismo” que hoy tendríamos que compensar con un desequilibrado “minimismo”.

 Es verdad que los años 1940-1955, en España, pueden ser considerados -como se decía entonces- “Era de María”. Son años espléndidos en manifestaciones marianas: Congresos, Consagraciones, Peregrinaciones, la “Virgen Peregrina”, el “Año Mariano”, en que la piedad popular de la Iglesia vibra como en los mejores tiempos. Pero esta piedad está bien sostenida, primero, por un Magisterio papal y episcopal relevante; y luego por una mariología científica y teológica, que coloca a la mariología católica en un primer plano de la literatura teológica. No son, pues, esas razones de superficie las que explicarán el fenómeno actual de la marginación mariana hasta convertirse, no sólo en “questio mariale”, sino en verdadera “crisis”.

 Porque esta fenómeno de crisis mariana -como, por lo demás, tantos otros fenómenos críticos de la Iglesia de hoy- no puedo entenderse sino cuando se le coloca en extensión y profundidad en el contexto de una amplia y grave crisis eclesial. Está, en primer lugar, la crisis “religiosa” como fenómeno de desacralización y de secularización. En ella, la Virgen María representa un punto culminante y “escandaloso” de lo santo y de lo sagrado, que instintivamente repele todos los intentos de “reducción a lo religioso” a lo profano. Su persona excelsa representa, en el catolicismo, la convergencia de lo humano y lo divino de una manera absolutamente sagrada y trascendente. De ahí el escándalo “edificante” que produce todo lo “mariano” en un mundo secularizado. Por ello mismo, la “desmitologización” del mensaje evangélico se enfrenta necesariamente con la Virgen se la quisiera despojar de su maternidad divina, de su virginidad perpetua, de su lugar irreemplazable de hecho en la economía de la salvación; que fuera sólo la doncella humilde de Nazareth, casada normalmente con el carpintero José, de quien tiene el “primogénito Jesús” y a otros hijos después de él.

 Está luego la crisis eclesial, en la que el Magisterio Jerárquico existe, pero “no funciona”. Y hay finalmente unas tendencias a un cristianismo descarnado, desencarnado, desarraigado, “sin piedad” (San Pablo), que se amparan en el falso simplicismo de la autenticidad soñada, del antirromanticismo más romántico, y de la bobalicona entrega, a ojos ciegos, a los valores mundanos.

 ¿Qué podía representar en ese conjunto “emocional” religioso la figura de la Virgen María sino un serio obstáculo que había que marginar? Y, como las intenciones -aun las no conscientes, aun las solamente presentidas- son las que mueven los hilos de esta miserable tramoya, asistimos a este fenómeno de marginación de lo mariano como una consecuencia inclemente y despiadada, pero lógica, de toda una lamentable situación crítica de la Iglesia.

 Pero -y he aquí la paradoja constante en que hoy extrañamente nos movemos en todo lo eclesial- esta marginación de la Virgen María en la piedad católica no puede apoyarse ni en el Magisterio de los últimos Papas, ni mucho menos en el Concilio Vaticano II. Porque los Papas, con sus documentos doctrinales, con sus intervenciones pastorales, con sus gestos emocionales (Peregrinaciones de Juan XXIII y Pablo VI a Loreto, Fátima, Bonaria, Éfeso) nos dicen todo lo contrario. Por su parte, el Concilio Vaticano II, en sus magníficos textos, favorece tanto la piedad mariana como la mariología católica. El Concilio recomienda “las piadosas prácticas del pueblo cristiano” (SC, n. 20), y el culto especial y las devociones tradicionales a la Virgen (LG, nn. 66-67). (*)

 ¿Cómo, pues, explicarse, repetimos, esta marginalización de lo mariano sino como una triste consecuencia de esa decadencia general de lo católico? Porque la Virgen no está “al lado” de los caminos por los que el Señor quiso venir a nosotros. Tampoco está “en el centro”, cuyo lugar lo ocupa ciertamente el Cristo. Pero sí que está “en el medio de los caminos” de Dios. La historia de la salvación no sólo encuentra en ella un término en el que toda la plenitud profética y escatológica del Antiguo Testamento viene a ser la realización definitiva de la “Hija de Sión”, que se personaliza en María. Sino que, además, es el verdadero punto de arranque de la nueva historia que Cristo viene a instaurar. El Cristianismo, para no ser precisamente un “mito descendido” necesita de esta figura, arrancada a la piedra viva de la historia humana, que da realidad humana al Cristo y lo inserta en nuestro tiempo: “cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, hecho de mujer” (Gal. 4,4).

 Hoy, en cambio, un orgulloso neo-gnosticismo, amparado por un angelismo pervertido, pretende sustituir esa figura de mujer por el “solus Christus” protestante, pervirtiendo los suaves y fáciles camino del Señor… Muy pronto el “Christus” sería sustituido por mil eones quiméricos. Hoy, una falta de sencillez y humildad, como primigenias virtudes cristianas, está trastornando un orden de cosas querido por el Señor de un modo tan humano. Esas virtudes pusieron todavía nuestros padres ante el Padre y la Madre celestes, en la actitud de “niños” a quienes únicamente se abre el reino de los cielos. Hoy, en muchos medios, se crea un ambiente anti-católico de orgullo y de prevención ante la “bendita entre todas las mujeres”. Nada, ciertamente, más funesto para la Iglesia en esta hora necesitada de amparo. Porque no puede olvidarse que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tiene sus complacencias en Ella, la Virgen María.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970

 

(*) Discrepamos. Baste comprobar cómo el Concilio privó a la Virgen de un esquema propio, para agradar “ecuménicamente” a los observadores protestantes, y hubo de ser añadido un texto de compromiso, a regañadientes, al final de “Lumen Gentium”

lunes, 12 de enero de 2026

Celibato sacerdotal (4): el fondo del problema

 Artículo de 1970

 

  CELIBATO SACERDOTAL: EL FONDO DEL PROBLEMA

 En este oleaje periodístico en que el tema del celibato clerical ha sido tan violentamente zarandeado, existía -por parte siempre de los conocidos grupos progresistas de presión sobre la opinión de la Iglesia postconciliar- el interés innegable de romper la tradición católica en un punto al que instintivamente se aferraba. Las defecciones, las dispensas, las encuestas; los pretendidos argumentos sociológicos y teológicos: todo ha sido puesto en juego hoy como nunca para lograr una desorientación de la fina sensibilidad católica en este punto delicado. Pero intentemos ver claro en el fondo del problema.

En sus declaraciones a “La Croix”, el cardenal Daniélou decía: “cuando un cuerpo está enfermo, existen dos soluciones: o dejarle perecer o restituirle la salud. Ahora bien; nadie puede negar que la cuestión del celibato en su contexto actual está ligado a una crisis de fe y a una crisis de la vida espiritual. La verdadera respuesta a la crisis de la vida sacerdotal es la de Pablo VI cuando afirma que la renovación del sacerdocio va unida al redescubrimiento por los sacerdotes del valor eminente del celibato consagrado. El celibato sacerdotal ha estado siempre, en la historia de la Iglesia, en relación con el ardor de la fe, con el impulso de la vida espiritual. Y la problematización del celibato ha estado siempre relacionada con la debilitación de la fe y de la vida espiritual. ¡Qué lamentable ejemplo daría el sacerdote en un momento en que los fieles tienen que luchar valientemente para mantener su fidelidad a la fe en la vida cristiana, si él se dejara llevar a una tal defección!”

 Crisis de celibato, pues, es crisis de fe y crisis de espiritualidad en la Iglesia. Pero, ¿en qué puntos? El cardenal Bensch lo señalaba así: “la petición de disociar sacerdocio y celibato, que ha sido formulada de manera particularmente explícita -aunque no por primera vez- con ocasión de la 5ª sesión del Concilio pastoral, ha atraído casi exclusivamente el interés de la opinión pública sobre la cuestión del celibato. Pero toda la preparación de los trabajos del Concilio pastoral muestra hasta la evidencia que existe una “asociación” entre su posición sobre el celibato y sus concepciones sobre la institución, las estructuras y la misión de la Iglesia, sin hablar de los dogmas, el sacramento del orden y otros sacramentos, concepciones todas que están muy lejos de las enseñanzas del Vaticano II”.

 Es decir, que el escándalo holandés sobre el celibato se presenta en un contexto dogmático sumamente peligroso. Por ejemplo, sobre la colegialidad, el informe preparatorio no deja lugar a dudas: “Quizás tengamos que acostumbrarnos paulatinamente una imagen del Papa como de presidente o secretario general de todas las iglesias unidas por todo el mundo, manteniendo vivo el contacto con otras figuras similares en las demás iglesias cristianas y movimientos humanos de nivel mundial”.

 El cardenal Danielou ha puesto al descubierto la maniobra diciendo: “Vemos aparecer la maniobra que consistiría en levantar contra Pablo VI la colegialidad episcopal. Ciertos llamamientos han sido dirigidos hábilmente a los episcopados del mundo para solidarizarse con el episcopado holandés. Por ahí se intenta quebrantar la autoridad del Papa, ejercer sobre ella un chantaje y, finalmente, suprimirla. Lo que hay en el fondo de todas estas campañas sucesivas es, finalmente, el odio contra la autoridad de Roma”.

 Pero -todavía más- si se quiere advertir el contexto más próximo en que surge y se explica la crisis del celibato sacerdotal, hay que ir a buscarla en el clima general de secularización que invade como riada incontenible a la Iglesia. No nos referimos ahora a la secularización naturalista que afecta a la crisis más amplia de fe y sobrenaturalismo, sino a esa concepción difusa que hace de la Iglesia Católica una sociedad filantrópica de socorros mutuos para el Tercer Mundo; o la nueva “Internacional” socialista de defensa del mundo obrero; o la panacea universal de la Paz; o la oficina de la prosperidad humana: o, en fin, el lugar donde la humanidad encontrará el paraíso marxista en la tierra. 

Esto influye en la secularización del sacerdote: fuera el hábito clerical; amputaciones litúrgicas; sacerdote sociólogo y demagogo; sacerdotes obreros, entregados a la edificación de la Ciudad Secular; sacerdotes encuadrados en todos los estamentos seculares como un ciudadano más y -última consecuencia- sacerdotes casados, como todo el mundo…

 Schonenberg, en su intervención en el sínodo pastoral holandés, se refería a que la ponencia desatendía la trascendencia propia del ministerio católico. Y el cardenal Bengsch explica: “Un ministerio sacerdotal que ante todo es mirado en función de las normas de las profesiones sociales modernas; una misión de la Iglesia que es vista exclusivamente como una ayuda de la expansión personal del hombre, no pueden, evidentemente, más que hacer desaparecer el “non-sense” del celibato sacerdotal. Mis temores, que comparto con muchos creyentes, no se refieren sólo, o ante todo, a la supresión del celibato: el peligro concreto que yo temo es que el mensaje de Cristo no sea totalmente vaciado de su contenido y laicizado”.

 Pero -respondía Pablo VI- todas esas razones “sociológicas” no parecen convincentes. Parecen omitir en realidad una consideración fundamental y esencial que es necesario absolutamente no olvidar y que es de orden sobrenatural: son una desviación de la concepción auténtica del sacerdocio. El fondo, pues, del problema parece que hay que encuadrarlo en tres círculos cada vez más interiores, pero íntimamente dependientes: la crisis amplia de fe, otra más interior, de Iglesia, y una específica de sacerdocio. Y esta crisis -concluye el cardenal Bengsch- no podría ser resuelta, ni en Holanda ni en ninguna parte, por la supresión del celibato. Como lo muestra la experiencia de otras Iglesias, este medio no podrá remediar la falta de sacerdotes.

 Si esto es así, parece inútil, contraproducente o sumamente peligrosa, hasta esa concesión en torno a la posibilidad de ordenación de sujetos probos, ya casados. Pablo VI no ha ocultado sus graves reservas sobre este punto: “¿No sería en efecto –dice- entre otras razones, una ilusión muy peligrosa el creer que tal cambio en la disciplina tradicional, podría, en la práctica, limitarse a casos locales de verdadera y extrema necesidad? ¿No sería, para nosotros, una tentación para buscar por ahí una respuesta aparentemente más fácil a la insuficiencia actual de vocaciones? 

De todos modos, las consecuencias serían tan graves y plantearían cuestiones tan nuevas para la vida de la Iglesia, que, dado el caso, deberían ser de antemano examinadas atentamente por nuestros hermanos en el episcopado…”. Guitton, contrario a esa solución, decía -citando una respuesta de un seminarista-: “Pero, si dentro de diez años existieran sacerdotes casados, nosotros tendremos necesidad de un heroísmo todavía mayor”. E, igualmente, haciendo hablar al pueblo fiel: “¿Dónde vamos a parar, si, después de haber introducido el matrimonio de los sacerdotes, fuera necesario hablar un día del divorcio de los sacerdotes?”.

 Verdaderamente, la palabra de Newman al sacerdote de hoy, en este tiempo de crisis de fe y de Iglesia, es definitiva: “¿Qué has arriesgado tú por la fe? ¿No eres tú, en verdad, como los demás?” Porque, hoy, los laicos del “pueblo de Dios” una sola cosa pedimos al sacerdote: que sea el “homo Dei” paulino. Que nos dé el testimonio de su sacerdocio consagrado a Cristo y a su Iglesia.

 Mariano DE ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº 175, 16-May-1970

 

sábado, 10 de enero de 2026

La Santísima Virgen ¿perdonada?

 Las “maravillas” del año de la Fe (1967)

 La Santísima Virgen ¿perdonada?

 En la «Hoja Dominical», de Barcelona, que se publica por la Oficina de Prensa del Arzobispado (número del día 3 de diciembre) se afirma de la Santísima Virgen, con motivo de la fiesta de la Inmaculada, que Ella la madre de Nuestro Señor Jesucristo, fue LA PRIMERA PERDONADA. Con tan infausto motivo una gran porción de católicos santamente indignados han elevado al excelentísimo y reverendísimo arzobispo de Barcelona una carta-denuncia, ciertamente airada. Se nos ha remitido copia y, desde luego, si participamos en el fondo del inmenso dolor de que brota ese escrito, rechazamos la forma irreverente, directa y ruda, en muchos puntos.

 Para sustancial información de nuestros lectores extraemos algunos períodos de la desgarrada queja:

 Se ofenden nuestros más íntimos sentimientos de católicos al escribir de nuestra Madre, la Santísima Virgen, después de unas frases ambiguas y atenuadoras del entusiasmo mariano de buenos hijos, que Ella «fue la primera perdonada». Señor arzobispo: esto es intolerable. Perdonada, ¿de qué? ¿De qué culpa o pecado perdonada María; Ella, que fue concebida sin mancha de pecado? ¿Es eso lo que se enseña al pueblo de Barcelona en la novena de la Inmaculada?»

 «Por nuestra ciudad anda de mano en mano el libro de «Una religión para nuestro tiempo», del desgraciado sacerdote belga Evely, en el que escribe la blasfema frase de que la Virgen «fue la primera pecadora perdonada». Es indignante que se pueda llamar impunemente en un libro que se presenta como católico, a la Santísima Virgen «pecadora». Pero ahora resulta, por si fuera poco, que en la misma «Hoja Diocesana, aunque se suprime el término de «pecadora», se incluye el de «perdonada», que supone el que ha sido pecadora. Esto en una publicación oficial del Arzobispado.»

 «Esa «Hoja Diocesana», que es el órgano doctrinal del Arzobispado al alcance del pueblo, ha escandalizado gravemente a ese mismo pueblo, y le ha ofendido en sus sentimientos religiosos más queridos, y ha esparcido el error en medio de él. Son cientos de miles los que han recibido ese veneno.»

 ¡Desgraciada ciudad de Barcelona, en manos de los propagadores del error, que desmoronan la fe del pueblo y destruyen el dogma, sin que nadie salga en su sagrada defensa! Esa repugnante Hoja Diocesana» quedará como un baldón permanente».

 Nuestro corresponsal añade:

 «Es ya mucha la indignación que hay en Barcelona. Se recuerda la campaña «Volem Bisbes Catalans», el artículo en «Le Monde» personalmente contra Pablo VI del reverendo José María Montserrat Torrents, la firma del reverendo Joaquín María Martínez Roura, que pertenece a esta Comisión Diocesana para los Medios de Comunicación Social, en el manifiesto clandestino y subversivo de 1 de mayo de este año, capturado por los agentes de la autoridad en Torre Baró, sin que haya rectificado, a pesar del cargo que tiene en dicha Comisión. Por esto se confía en que el señor arzobispo de Barcelona, excelentísimo y reverendísimo doctor don Marcelo González Martin, pondrá fin a tantos desmanes e indisciplinas y sabrá apreciar en todo lo que representa el fondo de fe auténtica que hay en el contenido de esa carta, aunque sea presentada con una vehemencia que nadie mejor que el arzobispo de Barcelona puede comprender y explicar debida y caritativamente».


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967