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sábado, 13 de junio de 2026

La “santidad” de los laicos

 Artículo de 1968

 LA SANTIDAD DE LOS LAICOS

 Un alto oficial del Ejército francés se desplazó cierto día a la pequeña aldea de Ars a fin de escuchar un sermón de Juan Bautista Vianney, el santo cura, de quien había oído hablar a todos con gran admiración. Y, de vuelta a su casa, permaneció serio y silencioso, como no acostumbraba estar. Su asistente, en verdad preocupado, le dijo:

 —¿Qué impresión le ha causado a usted el sermón del cura de Ars; a usted, que ha escuchado a los más famosos oradores de Francia?

 —Hasta ahora me habían agradado los oradores—respondió con sencillez el oficial—; después de este sermón hay algo que no me gusta: mi propia vida.

 Y aquel disgusto de si mismo fue el comienzo de la conversión a Dios de aquel oficial, que supo comprender que al sacerdote predicador del Evangelio no ha de irse a escucharlo porque gusta, sino porque enseña incluso, a veces, aquello que no gusta. Esta es la única manera de que aprenda el cristiano a corregirse de sus defectos para ser mejor y aun llegar a santo.

 Por desgracia, los sermones son muy poco convincentes hoy. Se ha prescindido casi del Evangelio, del Catecismo, de la Ascética, de la Moral, que llaman «anticuada», y sólo figura el Concilio. Esa palabra mágica, que muy pronto quedará gastada y completamente inoperante. ¡Ya es hora de que no se abuse más de ella!

 Yo quiero analizar aquí un sermón o cosa semejante de una hoja dominical para hacer ver una vez más la inepta aplicación del Concilio en esas hojas domingueras, tan aptas de suyo para la instrucción cristiana del pueblo fiel. El lema de la hoja es el título de este escrito.

 La CONSTITUCION SOBRE LA IGLESIA del Concilio Vaticano II, en el número 39 dice: «En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (I Thess., 4, 3; cf. Eph., 1, 4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta, y sin cesar debe manifestarse, en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles.»

 Esto muy claro está. Y por ahí (cap. V) debía discurrir el suelto de la hoja a que me refiero. Este capítulo se titula UNIVERSAL VOCACION A LA SANTIDAD EN LA IGLESIA. La hoja no se ha salido del capítulo IV, que no habla de la santidad. Su título es LOS LAICOS.

 Este es un capitulo hermosísimo y denso de contenido para el pueblo fiel. La numeración del capítulo va del número 30 al 38, ambos inclusive. Los títulos de cada numeral son: «Peculiaridad», «Qué se entiende por laicos», «Unidad en la diversidad», «El apostolado de los laicos», «Consagración del mundo», «El testimonio de la vida», «En las estructuras humanas», «Relaciones con la jerarquía», «Como el alma en el cuerpo». No se conocía un documento de la Iglesia tan «laical», si vale la expresión. Pero, como suelen decir, no estirar más los pies de lo que da la manta.

 Y, volviendo a la hoja de referencia, apunta el lema: LA SANTIDAD DE LOS LAICOS. Como el capítulo V de la Constitución se titula Universal vocación a la santidad en la Iglesia, donde se habla de la santidad en general y de la santidad de los diversos estados, desde luego hay que advertir que el lema está fuera de puesto. Cosa muy semejante estamos viendo todos los días: título por aquí y contenido por allí; no puede haber ligación de doctrina, ligación tan necesaria para el alimento sólido del espíritu.

 No habla, pues, de la «santidad» de los laicos la hoja dominical, pues no da para ello el capítulo IV, del cual pellizca unos trocitos, traducidos muy libremente. Así comienza la dominguera hoja, cuyo lema es LA SANTIDAD DE LOS LAICOS:

Son laicos los católicos que no son sacerdotes ni religiosos o no pertenecen a ningún instituto secular. Es decir, lo que se solía llamar «los simples fieles».

 Nada costaba haber citado a la letra, y era necesario, al tratarse de una DEFINICION jurídica. Abramos, pues, el libro y copiemos del número 31 de la Constitución en cuestión: «Con el nombre laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia.»

 El AQUI del texto tiene una importancia capital. Las palabras, en general, pueden tener varias acepciones o significados, según los diversos «contextos», y por eso es muy conveniente definir antes de entrar en la cuestión, más que más en el mundo de confusionismo en que nos ha tocado vivir. Los «simples fieles» de la hoja, no es ninguna configuración; lo es, en cambio, los «simples sacerdotes», como puede verse en el diccionario de la Real Academia Española. Aquí se trata de una acepción muy concreta y determinada.

 Fijémonos en la aducida DEFINICION de laicos, según el Concilio, y veremos que también ellos son FIELES CRISTIANOS. ¡Así que no desaparecieron los fieles! Y, como mera curiosidad, el diccionario que acabo de citar nos regala 12 (doce) acepciones o significados para el vocablo FIEL.

 Sigamos con el de la hoja dominguera:

 El fiel, el laico, ha vivido mucho tiempo, tal vez siglos, con la impresión de ser algo así como un espectador en la Iglesia católica y en los templos católicos.

 Ya va asomando algo..., que no es precisamente la «santidad». Dejaremos «el laico» de esta cita porque no puede tener siglos… Tratándose de un «espectador», habremos de suponer que el ripio está en LA IGLESIA CATOLICA. ¡Afuera, pues, con ella! Y eso de «mucho tiempo, tal vez siglos», valga para paparrucha, et deleatur.

 ¿Con que el fiel ha vivido «impresionado» de ser un espectador en los templos católicos? Pues, ¿qué espectáculos se representaban en nuestros católicos templos, todos ellos tan «ahítos» de la alegranza de la luz de la creación y de la ingeniería? ¿Espectáculos veían en los templos católicos nuestros padres y nuestros abuelos? ¡ ¡Si no fuesen los de la GLORIA!! ¡Bah!, ¡bah!; para cuento aún. Si hoy tornaran nuestros antepasados a la vida, no, no, mil veces no entrarían a ver los espectáculos de los templos católico- ecuménico-hermano-separados...

 Cómodo, ¿eh?, sonreírse de la candidez de nuestros mayores, «que nos han precedido en el signo de la fe y duermen el sueño de la paz». Pues de allí salía la madera de los santos, y por aquí de la hoja no va, no, LA SANTIDAD DE LOS LAICOS... ¡Seamos alguna vez caballeros!

 Y sigamos:

 El Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos, eran para él la Iglesia. El laico (¿con que también el laico") se había de contentar con escuchar, obedecer y callar.

 Ya asomó... no la «santidad». ¡Lástima de catecismo! El nos ha enseñado siempre a los fieles cristianos que la Iglesia es Docente y Discente, y que de ambos hemisferios resulta en globo la salvadora obra de Jesucristo que llamamos LA IGLESIA CATOLICA. ¿No es esto, fiel cristiano de todos los tiempos?

 Obedeced a vuestros pastores y estadles sujetos, que ellos velan sobre vuestras almas como quien ha de dar cuenta de ellas, para que lo hagan con alegría y sin gemidos, que esto sería para vosotros poco venturoso» (Heb., 13, 17). ¿No es esto, fieles cristianos de todos los tiempos?

 «El hombre sabio calla hasta el tiempo oportuno» (Eclesiástico, 20, 7). ¿No es esto, fiel cristiano de todos los tiempos? Y el versículo anterior acaba así: «Pero el fanfarrón y el necio ni lo tiene en cuenta» (Ib.).

 Esta es doctrina de la buena, y santidad de la buena su cumplimiento. ¡Ni más ni menos! Sí, a la Iglesia Discente le toca escuchar para aprender. Y le toca y le tocará siempre obedecer: «Como hijos de obediencia no os conforméis a las concupiscencias que primero teníais en vuestra ignorancia» (I Pedro, 1, 14). Y en cuanto a lo de callar o no callar (después de haber escuchado y aprendido y obedecido), el tiempo dirá...

 Hoy, el hijo no calla ante su padre. Hoy, el discípulo no calla ante su maestro. Hoy. el joven no calla ante el anciano. Hoy, el trabajador no calla ante su señor. Que Dios nos ampare siempre y no permita jamás... que el SOLDADO no calle ante su jefe... Y no continuemos. ¡No aguardemos a que Dios nos haga callar con su mano «izquierda»!

 ¿Qué más dice la hoja sobre LA SANTIDAD DE LOS LAICOS?

 «No es ésta la mente de Cristo. Y, por tanto, tampoco lo es de la Iglesia. La constitución dogmática del Vaticano II. «De Ecclesia»  dice

 Francamente, no sé dónde habrá escudriñado la mente de Cristo. Ni entiendo de «ciertas» ilaciones entre la mente de Cristo y la de su Iglesia. Ni tampoco voy a decir lo que DICE el Concilio Vaticano II (en la hoja, se entiende). La hoja cita ad libitum, ni dice una palabra sobre LA SANTIDAD DE LOS LAICOS.

 Citaré, para acabar mi sermón, el último parrafito de la hoja: «Los cristianos -en una palabra- han de ser para el mundo lo que el alma por el cuerpo». Esto se atribuye al Concilio; y el de la hoja sigue por su cuenta: «Deben vivificarlo con su apostolado y con el testimonio de su vida cristiana».

 Y esto quiere ser un colofón, que tanto repiten hoy. Sólo alego el inconveniente de que se ha olvidado de los LAICOS, y de que con ciertas reminiscencias, no del todo digeridas, de cierta doctrina aristotélico-tomista, se podría vivificar algún otro inconveniente (…)

 JOSE MARIA PEREZ, PBRO.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968

 

domingo, 7 de junio de 2026

“Comunistillas de sacristía”

 Artículo de 1968

 Ottaviani se fue, pero ahí están los comunistillas de sacristía que denunció el Cardenal dimitido

 Una nueva crisis hepática, complicada con la gripe, me retiene en la cama. Me visita mi buen párroco, tan identificado con ¿Qué PASA?, y compañeros requetés y falangistas. Mi párroco me comenta, dolorido, hechos que ocurren en la vida eclesiástica. A mí algunos hechos me parecen demasiado gordos, a pesar de estar ya vacunado contra sorpresas progresistas. 

Pero, ¿es verdad que la inauguración de una capilla protestante, en el mismísimo culto protestante han asistido unos sacerdotes con feligreses suyos? ¿Es verdad que el reverendo José María Bardes Huguet, en una charla en el seminario habló en forma muy discutible sobre la obediencia'' ¿Es verdad que en la parroquia de San Ignacio, de Barcelona, han permitido a los fieles tomar la Sagrada forma con su propia mano y que en la Nochevieja, en cierto templo parroquial, se firmaron documentos políticos y, tras retirar al Santísimo, hubo refrigerio? Lo preguntamos porque nos lo confirman informes autorizados desde varias fuentes inconexas entre sí.

 Lo que sí es verdad es que el venerado párroco de la parroquia de la Concepción, reverendo Pedro Rifé, ha presentado la dimisión, por razón de su edad pero lo que se comenta en Barcelona es que dicho digno sacerdote ha sido víctima de una campaña muy bien organizada, que con diferentes y repugnantes procedimientos han querido minar su autoridad de párroco. Las cartas en «Destino», la cadena de calumnias y murmuraciones contra dicho párroco y sobre todo la actividad del reverendo don Francisco de P. Sala Arnó, vicario episcopal, que celebrando misa en dicha parroquia, en contra de lo dispuesto por la Conferencia Episcopal Española y las normas

de dicha parroquia concordantes con las mismas, en forma harto imprudente, quiso obligar a comulgar de pie, provocando en el templo un escándalo entre los fieles, con el consiguiente altercado de palabras.

 Al mismo tiempo, el reverendo Rifé recibía una carta del vicario general, reverendo José María Guix, por la que se atribuye al prelado no importarle la comunión de pie o de rodillas o si las mujeres han de cubrirse o no con el velo en el templo. Mi párroco me dice: es ofensivo atribuir al señor arzobispo una desobediencia al Derecho Canónico que preceptúa el velo sobre la cabeza de la mujer en el templo y la manera de comulgar, en discrepancia con la norma de todo el Episcopado español.

 También es verdad que el reverendo don Casimiro Martí, en «El Correo Catalán», del 12 de enero actual, publica un artículo en el que recoge las críticas personales contra Pablo VI que hizo Enrique Miret Magdalena y que ironiza sobre unas palabras del actual nuncio, monseñor Dadaglio.

 Mientras tanto, desde «Destino», José Dalmáu y Jordi Llimona han dicho barbaridades por las que en otro tiempo, por muchísimo menos, se incluían libros en el índice o se privaba de celebrar misa a los sacerdotes escandalosos. Ahora se publican notas de libros marxistas, como el reciente de José Dalmáu, que nos consta que ha confesado el propio vicario general, reverendo José maría Guix, que sólo ha servido para la propaganda y venta de dicho libro ¡Con lo fácil que hubiera sido al doctor Guix impedir su publicación y venta!

 Nosotros nos limitamos a reseñar tan tristes noticias, indefensos por no poder asegurar a nuestros hijos ante la avalancha de errores religiosos y morales, sin que los que deban custodiar la integridad de la fe católica hablen claro y desenmascaren a los lobos. La visión de mi párroco, ya mayor, que casi lloraba, me ha puesto más enfermo. En Barcelona nos toca sufrir mucho.

 A. RECASENS SALVAT


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968

 

viernes, 22 de mayo de 2026

La contestación antijesuitica

 Artículo de 1970 

 LA CONTESTACIÓN ANTIJESUÍTICA (EL CIERRE DEL COLEGIO MAYOR “LOYOLA”) 

Los estudiantes residentes, alentados por doctrinas y posturas anticristianas, se rebelan contra sus maestros y superiores

 Aquellos jóvenes universitarios alimentaban constantemente el resentimiento contra cuanto eran y significaban sus maestros, a los que un unánimemente acusaban de oportunistas, inauténticos e incapaces. Y, un día, ese resentimiento contenido estalló violento. Actos de vandalismo, amenazas, pinturas por las paredes, ridiculización de los jesuitas, destrozos. Los jesuitas, impotentes, tuvieron que plegarse a los hechos y comprobar cómo, en su Colegio Mayor “Loyola” no mandaban ya ellos, sino que se imponía la fuerza de unos colegiales dispuestos a satisfacer su “toma de conciencia antijesuítica”. La información gráfica que publicamos es lo suficientemente elocuente para dar idea de lo que decimos.

 El jesuitismo socialista y democrático, visto por sus propios estudiantes, no es más que nazismo y totalitarismo hipócrita…No son justificables los actos de vandalismo en sí mismos, pero la verdaderos culpables no hay que buscarlos entre los colegiales del “Loyola”, ni siquiera en la pequeña porción de jóvenes jesuitas del mismo Instituto Químico que, según propagan los mismos colegiales sublevados, han apoyado y animado la actitud de rebeldía frente a los actuales directores…Los verdaderos culpables están en los que a ciencia y conciencia de las leyes de la Historia, han envenenado mental y psicológicamente a unos colegiales, con doctrinas anticristianas y antiespañolas. 

Lo que le ha pasado a la Compañía del Padre Arrupe en el Químico de Sarria es el lógico resultado de las premisas puestas por los actuales superiores de los jesuitas catalanes: padres Rifá y Ribas con sus consejeros padre Ferrer Pi y sus consejeros en la dirección del Instituto Químico. Ellos aplastaron la sana, cristiana y patriótica reacción contra Evely de unos jóvenes congregantes. Los jóvenes por ellos formados acaban de aplastar a sus formadores y ponen en evidencia su más absoluta incapacidad de formadores universitarios y su fracaso total.

 No son los vientos de Historia, como gusta decir a tantos jesuitas hoy, que quieren esconder en el anonimato la experiencia diaria de su inutilidad para formar auténticos jóvenes comprometidos con lo que es y significa un nombre tan grande como “Loyola”. Son los vientos por ellos sembrados los que han provocado,para mal de la Iglesia y de España, las tempestades que hoy deploramos.

 No hace muchos años, el Colegio mayor “Loyola” y el Instituto Químico se solidarizaron con los revoltosos encerrados en el convento de los Capuchinos de Sarriá. Aquellos revoltosos querían la descomposición de las esencias de España.En aquel recinto del“Loyola” y del “Químico” tenían audiencia todos los Díez-Alegría, Bolado, Comín etc., de turno. Todos los socialistas, separatistas, todos los “anti”, que conviniera presentar. Basta repasar la cartelera de las actividades académicas de los últimos años: los cursos de formación o “deformación” religiosa y política, la despatriotización de aquellas juventudes… para explicarse todo lo que ha venido ahora.

 Los fautores de la revolución son, de inmediato, las primeras víctimas de lo mismo que provocaron. ¡Cuántas veces la policía tuvo que montar guardia en los alrededores del Químico, porque en su interior se alimentaban vientos antiespañoles y antirégimen constituido! ¡Cuántas veces, a socaire de la inmunidad concordataria, los jesuitas cubrieron actitudes y enseñanzas demoledoras para el ser de España, para la tradición española, para la tradición católica! ¡Cuántas veces, en lugar del sano espíritu reformista querido por la Iglesia, se disimuló de reforma lo que en realidad no era más que subversión!

 El “festival” -propaganda descarada- en honor del marxista Raimon, patrocinado por los jesuitas del “Loyola” y del Químico, concentró cientos y cientos de universitarios. Los jesuitas fueron, en este caso, peana para un marxista como Raimon, lo mismo que pocos años antes lo habían sido para un renegado como Evely. El resultado de esa formación y de esos “santos” levantados en tan nuevas peanas, lo están comprobando experimentalmente…

 Un colegial del mismo “Loyola”, con quien este periodista ha tenido ocasión de hablar largamente, me explicaba que siempre había oído él, como un lugar común de todos los jesuitas, que habían contribuido últimamente en su formación, que había que huir de los dos extremos: ni extremismo por la derecha, ni extremismo por la izquierda. Ambos extremos, a juicio de sus educadores, eran reprobables. Esa fue la razón de combatir a los congregantes que se alzaron frente a Evely. Prodigioso término medio jesuítico: término medio entre un apóstata como Evely y congregantes creyentes; término medio entre un marxista y ateo como Raimon y congregantes que se profesan hijos de la Iglesia.

 Por esa razón, los que con el pretexto de los extremos empujan la corriente anticristiana y antiespañola tienen que quedarse con los extremos de sus formados en Raimon y Evely, sin que niuno de los 120 alumnos del “Loyola”, ni uno sólo de los cientos de alumnos y alumnas del Químico, salga gallardamente en defensa de sus maestros. Ni un joven de ambas instituciones ha salido a dar la cara en favor de lo que los jesuitas eran y significaban. Al contrario, los propios jesuitas han tenido que soportar la humillación de tener que mantener, en las mismas habitaciones y en la misma paredes, a los causantes de las injurias y de los destrozos, con la certeza de que ninguno saldría en su defensa en caso de una actuación decidida y de que las paredes y suelos, embadurnados y llenos de insultos, no podría ser borrados porque inmediatamente se volverían a pintar sin que nadie se opusiera…

 El Instituto Químico, fundado por el sabio y benemérito jesuita padre Vitoria, se intitulaba en sus recientes reglamentos “no confesional”.  Su no confesionalidad fabrica el nuevo A.M.D.G. de sus colegiales: “A Más Dinero Gana”.

 Una reflexión para terminar. Recientemente, el Padre Arrupe pasó por Barcelona y pudo experimentar la rebelión interna contra él de los jesuitas dedicados, como ellos mismos se autodefinen, a la “misión obrera”. La carta abierta dirigida al padre Arrupe, antes de su conferencia a los jesuitas reunidos y que ha llegado a los medios de difusión, define bien claramente la actitud anti-Arrupe que se respira en los ambientes jesuíticos a los que el propio padre Arrupe ha halagado y favorecido constantemente con sus declaraciones y concesión de cargos de gobierno en la Orden. Pues bien, pese a todo, muy pocos días después, el padre Arrupe, solemne y demagógicamente ha vuelto a insistir, en Bilbao: “Necesitamos situarnos sobre los movimientos de la Historia, adivinar su sentido, dominarlo, dirigirlo…” “Este inconformismo de nuestra juventud no es simple capricho: lo que pasa es que la Historia ya no se acepta a sí misma”. 

Es decir, que el padre Arrupe sabe muy bien del fracaso de sus palabras y de sus métodos de gobierno precisamente y, de una manera clamorosa, entre aquéllos a los que más y más ha empujado hacia el reformismo social de apertura marxista. Pero en lugar de reconocer sus fracasos, en frases escurridizas afirma más y más la misma línea. Esas frases ambiguas de Bilbao pueden ser buen tema de meditación para los superiores catalanes y sus consejeros: “Estamos fuera de los movimientos de la Historia. Somos incapaces de dirigir, adivinar, dominar a nuestra juventud”.

 Tanto blasonar de juventud y de reformas juveniles para comprobar que la Compañía de Arrupe no controla más que los antiguos restos de organizaciones devotas más o menos sofisticadas de palabras modernizantes. Y otro punto de meditación que señala también el padre Arrupe: “El inconformismo de nuestra juventud no es un simple capricho”. No vale, pues, echarles en cara que son unos universitarios burgueses, clasistas, conservadores, que impiden un franco progreso y que los jesuitas se desprenden de las viejas estructuras de sus edificios para practicar la pobreza más visible y sociológica. Que se integran en los nuevos planes de enseñanza para dedicarse a los niños de las familias trabajadoras de Cornellá, en lugar de los “señoritos” que no están ya en la corriente de la Historia. Lo que pasa es que sus alumnos ya no aceptan a los jesuitas más avanzados… Lo que pasa es que los descendientes de los Díez-Alegría, Bolado, Raimon y Evely no aceptan ya a sus maestros. Y serán cualquier cosa, marxistas, guerrilleros o maoístas. Todo, menos seguir siendo discípulos de los jesuitas de Arrupe o de Rifá. (…)

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº186, 1-Ago-1970 

 

domingo, 17 de mayo de 2026

Decadencia de las órdenes religiosas

 Artículo de 1968

 DECADENCIA DEL ESTADO RELIGIOSO

 El Concilio Vaticano II ha dedicado todo un capítulo, el sexto de la Constitución sobre la Iglesia, al Estado Religioso. «Los consejos evangélicos —dice—, castidad ofrecida a Dios, pobreza y obediencia, como consejos fundados en las palabras y ejemplos del Señor y recomendados por los Apóstoles, por los Padres, Doctores y Pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibió del Señor y que con su gracia se conserva perpetuamente (número 43).

 Por lo mismo, el Estado Religioso tiene origen divino y su intima naturaleza consiste en ser un único medio oficial, completo y organizado, dentro de la Iglesia, que tiene por fin primero y específico tender a la perfección espiritual y a la santidad.

 Por esto, el canon 487 del Derecho Canónico dice que «el Estado Religioso debe tenerse en grande estima por todos». Por esto, el Concilio Vaticano II, en el citado capitulo, de conformidad con la doctrina tradicional de todos los siglos de la Iglesia, dice: «Este sagrado Sínodo confirma y alaba a los hombres y mujeres, hermanos y hermanas, que en los monasterios, en las escuelas o en las misiones ilustran a la Esposa de Cristo con la constante y humilde fidelidad a su consagración y ofrecen a todos los hombres, generosamente, los más variados servicios.» Y por esto, en el Decreto sobre la renovación de la vida religiosa, dice: «En la predicación ordinaria hay que tratar muchas veces de los consejos evangélicos y de abrazar el Estado Religioso. Educando los padres cristianamente a sus hijos, cultivan y defienden en sus corazones la vocación religiosa».

 La razón de esta estima en que tuvo y tiene la Iglesia al Estado Religioso es que éste es el único Estado que acepta total e íntegramente el Evangelio en sus preceptos y puros consejos, que sus miembros procuran practicar, proponiéndose como ideal imitar totalmente al Divino Maestro Jesucristo.

 Es cosa teológicamente cierta que el Estado Religioso es de institución divina, pues, como dice el Concilio, «es un don divino que la Iglesia recibió del Señor», que ella ha estructurado como estructuró las parroquias y las diócesis.

 No hay que confundir, como han hecho algunos, la institución del Estado Religioso con su estructuración, o con las diversas modalidades que ha tenido dicha institución a través de los siglos, que naturalmente son humanas, realizadas por carisma especial de sus fundadores.. (…)

 Nadie podrá negar que la casi totalidad de los Santos y Santas de la Iglesia de Dios proceden del Estado Religioso y que la acción misionera, caritativa y científico-religiosa de la Iglesia ha sido desarrollada, también en casi su totalidad, en todos los siglos por la Ordenes y Congregaciones religiosas de ambos sexos.

 ***

Si esto es verdad, ¿cómo se explica que mientras los ortodoxos veneran grandemente a los religiosos, en la Iglesia católica está en decadencia su estima por parte del clero secular, principalmente y aun por parte de los mismos religiosos?

 Oficial y oficiosamente se elogia al Estado Religioso; pero luego, de hecho, en voz baja y aun a veces en la prensa, se critican situaciones de hecho muy comprensibles y se emiten expresiones de desconfianza; se les excluye de las actuaciones parroquiales, se hacen campañas de boicoteo de las vocaciones religiosas masculinas o femeninas diciendo a los aspirantes que a la Iglesia le hacen falta sacerdotes y buenas madres de familia, y no religiosos o monjas.

 Y algunos obispos, sea por necesidades de sus diócesis, sea por prejuicios contra el Estado religioso, han provocado a los religiosos a abandonar su vocación para incorporarse al clero diocesano. Incluso han llegado a negar que el Estado Religioso sea de institución divina. Así lo negó, según referencia de «Civilta Cattolica» de agosto de 1965, el obispo belga Mons. Chenu en pública aula conciliar. Y otro, también belga, se atrevió decir que con la desaparición del Estado Religioso la Iglesia no perdería nada, si bien esta afirmación la hiciera por su cuenta y fuera del aula.

 La causa de esa decadencia del amor al Estado Religioso entre el clero diocesano hay que buscarla en su ignorancia de que la vida religiosa es una inmolación voluntaria, un holocausto perfecto completo hecho al mismo Dios. Nada les dicen aquellas palabras de Cristo: «Sic ergo omnis ex vobis qui non renuntiat omnibus quae possidet non potest meus ese discipulus.» Pues bien, aquel de vosotros que no renuncie a todo cuanto posee, no puede ser mi discípulo (Luc. 14-33). Si ellos no tuvieron valor o vocación para realizar esta renuncia, ¿por qué despreciar, en vez de admirar y venerar, a los que la hicieron efectiva y afectiva?

 Síntoma triste y alarmante de esta decadencia en la estima del Estado Religioso en algunos jerarcas y en el clero diocesano no fue solamente la negación rotunda de una verdad teológica por parte de un Monseñor en el Concilio, sino el silencio con que fue escuchado y la falta de una enérgica protesta por parte de los Padres del Concilio, que podían hacerlo dentro de los límites que consentía el Reglamento Conciliar, como se había hecho en otras ocasiones.

 Pero hay más; muchos aprecian o dicen apreciar el Estado Religioso no por su fin principal y esencial, que es la santificación de los miembros de Cristo, por medio de la completa imitación del modelo de Santidad Jesucristo y del perfecto cumplimiento de los consejos evangélicos, sino por sus fines secundarios, que para los religiosos son medios; y que según esos señores han de ser los primarios del religioso, como son el apostolado al servicio de la Iglesia y la actividad apostólica. Es decir, actividad apostólica en vez de santidad evangélica. Así el cardenal Suenens, en su libro «Nuevas dimensiones en el apostolado de las religiosas». Ni más ni menos que los Gobiernos laicos o revolucionarios del siglo pasado y del presente, que con el mismo criterio conservaron a veces las instituciones religiosas de caridad o enseñanza.

 Desgraciadamente, esta inversión de fines del Estado Religioso está en auge en no pocos religiosos, teórica y prácticamente, con daño, naturalmente, de la santidad de la vida religiosa.

 Ya no se proponen como fin de su ingreso en una orden o congregación religiosa (y si se lo proponen, después lo retractan) su propia santificación; ya no ven en la profesión religiosa su carácter de sacrificio y holocausto, como tampoco lo ven los seglares; ya no la consideran como una crucifixión espiritual para toda su vida; la emisión de los votos y la práctica de los consejos evangélicos no es una muerte a sí mismos, para vivir para Dios, como dice Santo Tomás. No; en la vida religiosa sólo ven un estado o situación en que podrán dedicarse mejor a la vida sacerdotal, apostólica y a la de enseñanza. Ya no se les educa a los aspirantes en la perfección de la caridad hacia Dios, como dice el Concilio Vaticano II que han de hacer: «Con los votos el religioso se entrega totalmente a Dios, hasta el punto de quedar destinado al servicio y al amor de Dios» (5).

 Esos religiosos invierten el orden de la caridad, que antes era: «Dios, el alma, el prójimo. Ahora dicen: «El prójimo, Dios, el alma.»

 De aquí, en la práctica, ¿qué diferencia hay entre un sacerdote secular y un sacerdote religioso, si éste deja a un lado los dos votos de obediencia y pobreza y la práctica de los consejos evangélicos, aunque materialmente haga la profesión religiosa? Hoy todos visten su flamante clergyman o traje laical; hoy se comportan de la misma manera en público; hoy se mezclan con el mundo con pretexto de apostolado o fines pastorales; más: hoy ya no han de ir al mundo; éste se ha entrado por las puertas de los conventos con los aparatos de radio y televisión, que apasionadamente oyen o contemplan, pudiendo así asistir a todas las diversiones y espectáculos mundanos... No es ya el «contemptus mundi», en desprecio del mundo, el camino que facilita la consecución de la santidad evangélica, sino el «consecratio mundi», la consagración del mundo, para lo cual es indispensable la adaptación al mundo. Es decir, en vez de santificarse, mundanizarse.

 Antiguamente, muchas sacerdotes seculares entraban en las Ordenes y Congregaciones religiosas para santificarse más fácilmente y luego lanzarse a la vida apostólica con más libertad y sin tantos obstáculos como tenían en el mundo. ¿Cuántos son los que hoy día abandonan el mundo para hacerse religiosos? ¿Y cómo lo han de abandonar si ven que de los mismos conventos va desapareciendo incluso la vida claustral y la comunitaria, convirtiéndose las comunidades en meras convivencias clericales, con sacrificio generalmente de los votos de pobreza y obediencia?

 Se me dirá que soy pesimista. No; las estadísticas cantan. Consúlteselas y ellas dirán el número cada día mayor de deserciones religiosas y la disminución alarmante y constante de vocaciones a la vida religiosa. La santidad va huyendo de los conventos; la decadencia del Estado Religioso es manifiesta. Las causas ya las he indicado. Inútilmente la Congregación de Religiosos buscará el remedio de tantas deserciones en el retraso de la profesión de los aspirantes. El remedio está en la sólida formación de ellos durante los años de la juventud, que no se consigue mundanizándolos ya en esa época. 

P. CATALAN


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

lunes, 27 de abril de 2026

Convierten a Jesucristo en el “primer marxista”…

 Artículo de 1970

 

 El Cristo de Pasolini

 “El Evangelio de San Mateo”, de Pasolini, no acaba de convencerme -no obstante sus logradas realizaciones- porque nos da un Cristo, en última instancia, demagogo, que muere fracasado. Pero este problema de una posible “demagogia” de Cristo se presenta hoy en una forma aguda, porque van ya siendo muchos quienes se preguntan seriamente si la demagogia, es decir, la violencia inspirada en las masas proletarias, pertenece a la esencia misma de la predicación del Cristo.

 Y, en la apariencia por lo menos, muchos así lo creen. Pasolini, desde luego, recortando a su gusto los textos y presentándolos en fotogramas de una indudable belleza fascinadora, no se ha ahorrado esos primeros planos de viento airado, agitando un rostro estremecido, cruzado por las velas desatadas de sus propios cabellos, mientras una voz bronca, monótona e insistente, cae implacable en tempestad flagelante sobre los grupos de harapientos beduinos del desierto. Casi llegamos a convencernos -tanto es el realismo brutal de las imágenes de la pantalla- que las palabras macabras de Caifás recobran un sentido transparente: “Os conviene que uno solo muera por el pueblo; no que todo el pueblo perezca”. Es la suerte de todos los mesianismos demagógicos. El Cristo, un demagogo judío más, engañado por las falsas esperanzas mesiánicas que entonces pululaban en la desesperada apocalíptica de su tiempo.

 No han sido Pasolini, sin embargo, ni Garaudy , ni Bloch -bien lo sabemos- los primeros en interpretar “sociológicamente” el Evangelio y en hacer de Cristo el primer marxista “avant la lettre”. Otros lo pensaron filántropo o, simplemente, humanitario. Algunos le han visto como un antiguo héroe levantándose sobre el común de los mortales: y en esto, un “inmortal”. Hoy es frecuente hacer de él un tipo único de religiosidad profunda en el que lo “divino” (¡así en abstracto!) llegó a manifestarse como nunca. 

Pero todavía más, después del escándalo editorial de los libros de Robinson y de Bonhoeffer, Cristo no es otra cosa que una manifestación del amor a los hombres. Por una inversión total de valores, mejor: por un desplazamiento absoluto de los centros de gravitación, el hombre se ha puesto en el lugar de Cristo. Y éste es interpretado solo en función del hombre. El humanismo acaba de conseguir su última y definitiva victoria: desplazamiento de la Iglesia, desplazamiento de Cristo, desplazamiento de Dios… y entronización del Hombre.

 Aceptada esta idea humanizante del Cristo, éste puede convertirse, con toda certeza, en el más violento y desatado de todos los reformadores socialistas. No hay más que seguir los procedimientos de Pasolini: leer los textos en un contexto y en una inteligencia marxista, como ha hecho no hace mucho Tierno Galván con la figura de Juan XXIII. Cristo ha sido enviado a evangelizar a los pobres. Y manda que se agrupen en torno de él a todos los oprimidos porque su carga es ligera y su yugo suave. Los pobres, desde luego, son encandilados con la esperanza mesiánica del reino. (Y esto es esencial a todo marxismo). Son benditos los que lloran, los que tienen hambre, porque serán hartos. Pero la dialéctica marxista necesita de la lucha contra “Das Kapital”. Y Cristo se presta a ello: es más difícil que se salve un rico que no que un camello pase por el ojo de una aguja.

 Es verdad que, paralelamente a esos textos, hay otros que, leídos con los mismos ojos marxistas, harían de los evangelios un amasijo de contradicciones. Porque a Pedro -que tenía la única espada del cortejo apostólico- en la necesidad más perentoria, le prohíbe usar de ella. Porque manda honrar a los que se sientan en la cátedra de Moisés. Porque paga sus tributos al César. Porque se presenta como un modelo de mansedumbre y de humildad. Porque manda perdonar a sus enemigos y condena la violencia: el que a hierro mata, a hierro muere. Porque enseña a presentar la otra mejilla al que hiere en la primera. Porque a los ricos les anima a ganarse el cielo con sus riquezas. Porque reconoce el hecho histórico de que a los pobres los tendremos siempre entre nosotros. Porque, elegido finalmente Rey mesiánico, huye de las multitudes.

 Entonces, ¿Cristo no  ha venido a resolver de veras la “cuestión social”? ¿Qué sentido tienen esos grandes documentos sociales de la Iglesia, desde León XIII a Pablo VI? Afirmamos resueltamente que ni Cristo ni la Iglesia pueden ser “leídos” no ya sólo marxísticamente, pero ni siquiera “sociológicamente”. Ni Cristo ni la Iglesia han venido a realizar “reformas sociales”, por más que, de hecho, hayan sido los grandes promotores de una sociedad verdaderamente humana.

 Hoy (1970) se proclama a todos los vientos que la Iglesia, comprometiéndose con la tierra, la política y la cuestión social, hace lo que Cristo hizo. Han surgido los Institutos Sociales, las “democracias cristianas”, los curas demagogos y contestatarios, por no hablar de los obispos que consideran como un primer deber pastoral colocarse ese yelmo de Mambrino para bajar a los pozos mineros y escribir pastorales sobre el aprovechamiento de los regadíos, el éxodo de la gente de campo a las ciudades, el salario mínimo y la fuga de capitales (…)

 Sí, totalmente extraño: hoy, la gente de Iglesia sabe demasiado de sociología, de política, de economía, de  estadística y de curandería… Nunca se había vociferado tanto este slogan: “por una Iglesia purificada de toda contaminación terrena”. Y contradictoriamente nunca la Iglesia se ha visto más comprometida tanto con la tierra.

 No parece sino que a los hombres de Iglesia les es imposible renunciar “al poder y la gloria” ¡Tan acostumbrados estaban a ello! Y lo que han perdido de tutela política ante un mundo que ellos son los primeros en declarar “maduro”, lo quieran recobrar resentidamente en otra clase de tutela “social” ante los pobres a quienes halagan demagógicamente. (…)

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970

 

domingo, 19 de abril de 2026

Contra la falsa “paz” predicada tras el Vaticano II

 Artículo de 1968

 LA PAZ A TODA COSTA

 Por JULIAN GIL DE SAGREDO

 Trato un tema ya reseñado anteriormente en esta misma revista. Está hoy de moda el consagrar las fiestas del calendario litúrgico a la evocación de valores más o menos profanos: celebramos el Día de la Madre, el Día de los Enamorados, el Día del Dolor, etcétera. Ahora, y esta vez por institución de Pablo VI, vamos a celebrar el Día de la Paz todos los años el 1 de enero, fiesta de la Circuncisión del Señor.

 De esta manera venimos sustituyendo a la fiesta religiosa por la evocación laica, la conmemoración de los santos por la veneración de símbolos abstractos, los valores religiosos por los valores materiales. Es un procedimiento sutil mediante el cual se persigue desvirtuar lo espiritual y revalorizar lo material, mundanizar los santos y santificar lo mundano, convertir a Dios al mundo en lugar de convertir al mundo a Dios

 Esto es propio de las fases de decadencia espiritual por las cuales a veces atraviesa la Iglesia. Lo mismo ocurrió en la época del Renacimiento con la supervaloración del humanismo grecolatino a costa del sentido religioso de la vida, supervaloración que dislocó de tal manera las estructuras religiosas de la sociedad, que nació y brotó de las mismas la herejía luterana o la separación luterana, como dirían nuestros hermanos progresistas. Entonces sobrevino la reacción, la Contrarreforma, el espíritu de Dios contrapuesto al espíritu del mundo en esa legión de santos y sabios españoles del siglo XVI.

 Ahora tiene que ocurrir algo parecido y ya se viene palpando en lo que hoy llaman «pueblo de Dios» y siempre se ha llamado «pueblo cristiano». Pues bien; ese pueblo de Dios, ese pueblo cristiano, esparcido por los cinco continentes, sin distinción de raza ni color, que no entiende de filosofías ni teologías innovadoras, pero que tiene fe y vive la fe, es el que, alentado e iluminado por el Espíritu Santo empieza a reaccionar, como reacciona el organismo humano contra corpúsculos extraños, contra tantas innovaciones absurdas, excéntricas y peligrosas de esos apóstoles contemporáneos, hábiles manipuladores de palabras, que manejando diestramente términos tan sublimes como la Caridad, el Ecumenismo, la Paz, la Libertad, la Dignidad, etc., impregnan a dichos vocablos de sentidos equívocos y frecuentemente falsos.

 El pueblo cristiano se viene ya cansando de oír hablar en las pláticas, conferencias, homilías y sermones de las iglesias tanto de lo social y de lo económico y tan poco de lo espiritual y de lo eterno, tanto de caridad con los hombres y tan poco de caridad con Dios, tanto de ecumenismo y tan poco de la lógica raíz de ese ecumenismo que es la oración y la unión del alma con Dios, tanto de libertad y dignidad de la persona humana y tan poco de la humildad y de la obediencia, tanto de paz y de pacifismo y tan poco de otros valores que están por encima de la paz, tanto de hermanos separados y tan poco de herejes, es decir, de lo que nos distingue de los hermanos separados.

 Es un pacifismo enternecedor el que propaga la Unión Soviética y el que acogen sonrientes y agradecidos los grandes corifeos de los cristianos e incluso de los católicos de la manera más necia, estúpida y suicida. Paz de exportación, paz como mercancía para el mercado exterior de alta cotización, pero paz a costa de toda subversión de valores espirituales y humanos, paz a costa de la unidad de la fe católica, paz a costa del dogma y de la moral; y en el terreno político, paz a costa de entregar al comunismo el Vietnam, Thailandia,  el Sudeste Asiático; paz a costa de inundar a todos los países del orbe de quintacolumnistas sembradores de la agitación y la anarquía; paz a costa de la expansión arrolladora del comunismo amarillo en el mundo; paz para Johnson, pero libertad de acción para Ho Chi Minh.

 Son verdades vulgares, pero que conviene recordar: tiene la Iglesia una misión de orden espiritual y cuenta para su cumplimiento con la asistencia indefectible del Espíritu Santo, pero esa asistencia no está prometida cuando elementos significados de la Iglesia intentan hacer piruetas en el campo político, pues la historia nos está demostrando los lamentables fallos en que han incurrido y siguen incurriendo esos significados elementos. No

confundamos la acción política de ese o esos significados representantes de la Iglesia con la Iglesia misma, por muy alta y significativa que sea su misión. Dios no obliga a los católicos a seguir y secundar una política equivocada de restricciones de apoyo moral a las naciones que mejor han defendido y defienden la civilización cristiana (aunque como en toda obra humana vayan mezclados también los intereses materiales), pues esa falta de apoyo moral en el momento preciso equivale en ciertas circunstancias a colocar todas las bazas en manos del comunismo.

 En reciente discurso pronunciado por Pablo VI en la Basílica de San Pedro, el día 1 de este mes de enero, discurso que, salvo mejor criterio, no creemos que forme parte del Magisterio ordinario de la Iglesia, pues más que de tipo doctrinal fue de tipo político, se repite la palabra «paz» más de treinta veces y sólo dos o tres veces y de pasada se habla de los conceptos que al fin y al cabo son el fin de la paz y por sí mismos condicionan la bondad o la maldad de la paz Se celebra, en efecto, la jornada de la paz, se recita la oración por la paz, se anuncia la paz, se desea la paz en el año nuevo, Roma sanciona su civilización por la Pax Romana, se exalta el gran ideal de la paz, se exige hacer de la paz una esperanza y compromiso de cada día, de cada actividad futura, oímos el eco del nombre bendito de la paz, etc. Por el contrario pasan a la reserva y a lugar secundario y accesorio los valores que condicionan la paz y que son infinitamente superiores a ella. Se enumeran una serie de valores materiales, el orden, la serenidad, la alegría, la hermandad, la libertad, la esperanza, la energía, el progreso, el bienestar y en último término aparece por fin Dios.

 Todos esos valores, que en su mayoría son puramente materiales, lo mismo pueden lograrse por una paz verdadera que malograrse por una paz falsa. Si esos valores son por sí mismos superiores a la paz, ésta como tal será un medio indiferente, deseable en cuanto conduzca a obtener aquellos bienes y repudiable en cuanto nos aparte de los mismos. Además: bien están todos esos valores que se enuncian en el discurso, el orden, la serenidad, la alegría, la libertad, el progreso, etc.; pero lo principal no son esos bienes, sino el que aparece el último en la enumeración, a saber, Dios mismo: este es el único criterio verdadero para determinar la paz o la guerra. No es primero la paz y como consecuencia de la paz, Dios, sino primero y ante todo Dios, y como consecuencia de Dios, la paz o la guerra, según lo que más y mejor conduzca a Dios a la persona y a la sociedad. No se puede supervalorar como fin lo que es simple medio, y la paz nunca será fin, sino medio, y como tal subordinado al fin último que es Dios.

 Los ángeles cantaron al nacer Cristo «paz en la tierra», pero a los «hombres de buena voluntad» o «a los hombres que ama el Señor», según la moderna versión menos significativa y precisa que la primera. Pero trátese de hombres de buena voluntad o trátese de hombres a quienes ama el Señor, lo cierto es que los ángeles no desearon la paz a los hombres de mala voluntad consciente que tratan de subvertir el orden cristiano y desarraigar

de la tierra el nombre de Dios. No son tampoco amados por Dios, al menos con amor de complacencia, los hombres perversos que luchan contra el reino de Cristo ni tampoco, por tanto, son dignos de la paz.

 Dios, pues, ama la paz, pero una paz condicionada a la buena voluntad y a las leyes que El ha puesto a la Humanidad. Cuando las naciones se levantan contra Dios y tratan de eliminarle del mundo, sería suicida que las naciones que creen en El y desean salvar la civilización cristiana, se autosugestionasen y adormecieran con la droga dorada de la «PAZ» y en nombre de la misma se dejaran avasallar, dominar y destruir.

 Bienvenida la paz, pero no a costa de nuestras almas, ni a costa de nuestra civilización, ni a costa de nuestra patria, puesto que el alma, la sociedad, la civilización y la patria están muy por encima de la paz.

 «Paz sólo a los hombres de buena voluntad.»


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

sábado, 4 de abril de 2026

Por la sotana contra el traje clergyman

 Artículo de 1968

 ¿SOTANA O CLERGYMAN?

 Por P. CATALAN

 Voy a tocar un tema candente. El que se refiere al permiso de no usar hábito talar o sotana, concedido por algunos obispos a los sacerdotes de sus diócesis. Y lo hago sabiendo que me hago antipático a no pocos eclesiásticos y jerarcas. Pero lo hago para procurar evitar el abuso, que está cundiendo, de ese permiso concedido. No hablaré por mi cuenta; hablarán los documentos que comentaré.

 La Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal española del 13 de julio de 1966, tomó los siguientes acuerdos sobre el hábito eclesiástico.

 1. ° La sotana o traje talar es el hábil o normal, como hasta ahora, de los sacerdotes españoles, que, aun en las regiones en que se introduzca el uso permitido del traje eclesiástico no talar, deberán obligatoriamente usar todos dentro y fuera de los templos, en las celebraciones litúrgicas y en el ejercicio del sagrado ministerio y en aquellos casos y circunstancias que determine el respectivo prelado diocesano.»

 Por consiguiente, en toda España la sotana o traje talar es el hábito normal de los sacerdotes. No dice que será sustituido por el no talar, sino que continuará siendo el hábito eclesiástico de los sacerdotes como hasta ahora. Nunca en España había estado en uso otro traje, aunque lo estuviera en otras naciones, con permiso de la Santa Sede, por razones especiales que no existieron ni existen en España, salvo en los días de persecución. Por esto, el Episcopado español, de acuerdo con el canon 136, que dice que «los clérigos deben vestir traje eclesiástico decente, según las legítimas costumbres de los lugares y las prescripciones de los obispos», ha ordenado que en España, por ser costumbre legítima e inmemorial, los sacerdotes vistan traje talar o sotana. Y al decir sacerdotes españoles, incluye a todos los sacerdotes, sean diocesanos, sean religiosos, sin excepción.

 Este acuerdo obliga a todos los sacerdotes, aun aquellos de las diócesis en que se permita el uso del traje no talar.

 ¿Cuándo? Lo dice taxativamente el acuerdo: dentro y fuera del templo, y obligatoriamente. Y nótese que, después de templo, hay coma para advertir que no debe entenderse en sólo las celebraciones litúrgicas.

 Por desgracia y con escándalo de los fieles y en desprestigio de la dignidad sacerdotal, en no pocas diócesis continuamente se viste el clergyman, incluso dentro del templo, en la celebración de la santa misa, en la administración de los sacramento y el desempeño del ministerio sagrado, a ciencia y paciencia de sus obispos. ¿Es que ya es impotente la autoridad eclesiástica para cortar y castigar estos abusos?

 2. ° La segunda norma dice que «cuando lo aconsejen motivos razonables sean autorizados los sacerdotes para que, en la diócesis y fuera de ella y en el curso de la vida civil, puedan usar decorosamente el llamado clergyman».

 Según esta norma, para ser autorizado a usar el clergyman, débense tener motivos razonables, verdaderos, objetivos, y no subjetivos, falsos o puros caprichos de vanidad.

 ¿Pueden alegar dichos motivos cuantos en esas diócesis usan habitualmente el clergyman incluso en el templo y la administración de los sacramentos y en el ejercicio del sagrado ministerio? ¿No es despreciar la autoridad eclesiástica, pisotear los acuerdos del Episcopado español este abuso del traje no talar?

 3. ° «Está absolutamente prohibido el uso del traje seglar, sin permiso especial del Ordinario del lugar, dado por escrito.»

 Esta norma va siendo despreciada y pisoteada por no pocos, que deseaban el permiso de usar el clergyman para llegar hasta el traje seglar no por motivos apostólicos, sino por motivos mundanos. De este modo, ocultando el clergyman con el jersey o la gabardina y cambiando sólo e! cuellecillo, pueden asistir a bares, cines, cafés y a toda clase de diversiones. Cuando falta el espíritu sacerdotal, todo es posible. Esta rebeldía y esta despreocupación se nota principalmente en los sacerdotes progresistas, mal formados en los seminarios que no son pocos por desgracia.

 Al autorizar el Sr. Arzobispo de Barcelona el uso del clergyman en su diócesis, cosa de que más de una vez se habrá arrepentido, de conformidad con la letra y el espíritu de los acuerdos del Episcopado español, dirigió a sus sacerdotes la exhortación que gustoso reproduzco en estas páginas:

 «Sea nuestra norma vestir la sotana, túnica de Cristo, como la llamó Juan XXIII, de santa memoria. Pensad que nuestro pueblo, en general, nos venera viéndonos vestidos con traje talar y no será seguramente el vestido el que salve la distancia de algunos alejados de] sacerdocio.»

 «Si vivimos en un lugar que, por su gran populosidad y complejidad de vida, aconseja tal vez que en determinadas circunstancias no se emplee el hábito talar, sin embargo, creo sinceramente que para no herir la sensibilidad de nuestro pueblo y para más ajustarnos nuestra gran misión de sacrificar a las almas -ley suprema de toda Pastoral- para distinguirnos en medio de la comunidad cristiana, debemos limitar el uso del clergyman a lo que exija el régimen pastoral de los fieles» (Boletín Oficial del Arzobispado de Barcelona, agosto 1966).

 Esto está muy conforme con la letra y el espíritu de los acuerdos del Episcopado español. Pero ¿quiénes lo cumplen? ¿Lo exige el régimen pastoral el vestir de clergyman para ir de viaje, a paseo, o el hacer visita, la asistencia a los despachos parroquiales, a las reuniones de la Acción Católica, de las Juventudes, de las Congregaciones marianas, etc.? ¡Hay que ver cómo lucen su flamante clergyman sacerdotes, jesuítas, escolapios, claretianos, benedictinos, salesianos o bien su traje seglar no pocos sacerdotes! ¿Para qué? Vale más no decirlo. Para nada sirve la experiencia del siglo XIX, en que se mandó el uso del traje talar, ni los de los lugares de esta época en que está en uso.

 Han querido sincerar su conducta en todo tiempo los que han abusado del traje seglar principalmente y quieren legitimar el abuso del clergyman diciendo que la sotana estorba el apostolado, que es un hábito ridículo en los tiempos modernos y que hemos de procurar el «aggiornamento».

 Tales excusas suponen gran ignorancia ascética y psicológica en los que las aducen; es indicio del refinado orgullo y sabe a mundanización.

 Cuando el P. Colosio, O. P., director de ¡a revista «Ascética y Mística», de Florencia, defendió la doctrina tradicional, es decir, «que en nuestras regiones era mejor conservar el hábito eclesiástico talar, para evitar el peligro de mundanización del clero y porque podía ser un medio para observar mejor la castidad», protestaron enérgicamente no pocos sacerdotes, declarando que se avergonzarían de hacer depender la observancia del voto de castidad del hábito, más bien que del amor de Dios. Como si el P. Colosio hubiese dicho que de dicho uso dependiera exclusivamente cuando sólo dijo que podía ser un medio, como siempre se había dicho por todos los autores de Pastoral y Ascética, a más con los santos y la misma Iglesia.

 Entre los santos defensores del hábito talar, merece mención especial San Antonio María Claret, el gran santo misionero español del siglo XIX. En su hermoso libro «El Colegio Instruido», que por años fue ei orientador y formador de los aspirantes al sacerdocio de los seminarios españoles —que seguramente no han leído los sacerdotes progresistas destructores de la ascesis tradicional— desarrolla admirablemente esta doctrina sostenida por el P. Colosio.

 Al hablar de la castidad sacerdotal, San Antonio María Claret pone como medio, además de otros varios, «andar siempre con hábitos talares». He aquí sus palabras.

 «Los antiguos filósofos decían: «fructum castum cutis aspera servat»; la corteza áspera y erizada conserva el fruto casto... Dios ha dada la sotana al clérigo, para que se conserve casto, como la corteza a la fruta para conservarse. ¿Qué sería de la naranja, del melón, de la sandía, si se les quitara la corteza? Seguro que el aire los corrompería: otro tanto hace el aire del mundo a los clérigos que se quitan la sotana, los corrompe completamente... Te exhorto a que vistas siempre los santos hábitos y practiques los demás medios que te hemos insinuado, y te damos palabra de que te conservarás casto como debes.» (Col. Ins. tomo 2.°, pág 172.)

 Pero San Antonio María Claret hace más: dedica todo el capítulo XXIII de dicho tomo del «Colegial Instruido» a aprobar la obligación que tienen los clérigos de llevar hábitos talares. He aquí unos párrafos de su argumentación:

 «La Iglesia ha prescrito a sus ministros el uso de un hábito talar que visiblemente los distinga y discierna de los demás hombres, ha querido que los pueblos conozcan a los que ha elegido para ministros suyos, por la corona, por el  corte del cabello y por el hábito talar, y muy principalmente por el cuidado de evitar en sus vestidos la preciosidad y cuanto pueda respirar la vanidad de las gentes del mundo; porque, como decía San Jerónimo a Nepociano, ninguna cosa es tan mal parecida en los eclesiásticos como la vanidad en el vestir y adornarse con las libreas del mundo a que renunciaron.»

 Considerando, pues, la Iglesia las funestas consecuencias que podrían acarrear a las costumbres del clero el olvido y el desprecio de la santa simplicidad y modestia, en que tanto se esmeraron los clérigos de los primeros siglos, a proporción del descuido que en cada uno de éstos ha ido reconociendo en sus miembros, ha renovado sus leyes con tanta universalidad y rigor que nos atrevemos a decir que ésta ha sido su voz en todos los siglos, en todos los concilios generales, en los nacionales, en los provinciales y en los diocesanos; está en todas las naciones, en el Oriente, en el Occidente, en el Septentrión y en el Mediodía; por manera que ninguna cosa se encuentra más veces tratada; baste decir que desde el Concilio de Cartago, celebrado en el año 398, hasta el presente (año) se encuentran 13 Concilios generales, 18 Papas, 150 Concilios provinciales y más de 300 Sínodos, que «han mandado que los clérigos lleven hábitos talares...» 

El Concilio de Trento dice: «Aunque el hábito no hace al monje, sin embargo, conviene que los clérigos siempre traigan vestidos convenientes a su vida, para que con la decencia de su traje muestren la interior honestidad de sus costumbres, por cuanto en este tiempo ha prevalecido la temeridad de algunos, y el desprecio que hacen de la Religión es tan grande que, estimando en poco su propia dignidad v honor clerical, traen públicamente vestidos de legos...» (Cap. Vl-Ses. 14 De Refor.)

 Después de aducir San Antonio María Claret las leyes 12 del Tít. 10, libro I., y la 15 del título 13, libro 6.° de la Novísima Recopilación e que se mandaba y manda que todos los ordenados in sacris usen constantemente el hábito talar» y la autoridad del dulcísimo San Francisco de Sales, que prohibió a los confesores de su obispado que dieran la absolución a los eclesiásticos que no lleven hábito talar, hasta que no hayan dado muestras de una verdadera enmienda», y después de refutar las excusas de los sacerdotes relajados para no vestir el hábito talar, concluye:

 La Iglesia, regida y gobernada por el Espíritu Santo, en sus sagrados Concilios ha señalado el hábito que deben vestir los clérigos; ellos deben manifestar en el exterior Ja clase a que pertenecen, y, por lo tanto, dejar estas señales exteriores de su estado es un desprecio de la autoridad que lo manda y aun desnudarse del espíritu sagrado y de su clase, pues no puede dudarse que el hábito clerical es el uniforme dado a la milicia santa y la señal sagrada y común que los distingue de los otros hombres... ¿Sólo ellos (los que no usan hábito talar) se creen más autorizados cuando se dejan ver en público, con la ignominia del vestido secular, como dice el Pontifical Romano, que en lugar de conciliarles el respeto y la veneración de los fieles les acarrean el desprecio? «Los infelices no tienen el espíritu de Cristo y, por lo tanto, no son de Cristo, como dice el Apóstol; son del mundo y viven en el mundo, y quieren hallarse en todos los pasatiempos y diversiones mundanas».

 ¿Qué dices, lector laico o eclesiástico, ante ese lenguaje valiente del Apóstol del siglo XIX? ¿Han cambiado las circunstancias, pues el mundo es mejor, no hay tantos peligros y ocasiones de pecar y los sacerdotes de hoy no contrajeron pecado original? Que lo digan tantas deserciones, tantas apostasías, tantas secularizaciones, como tiene que llorar hoy la Iglesia de Dios, causadas por las doctrinas progresistas enemigas del hábito talar y del celibato eclesiástico: que lo diga la espantosa disminución de vocaciones sacerdotales y religiosas. Los pueblos quieren sacerdotes sanos y los progresistas están muy lejos de querer la santidad.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968

 

sábado, 21 de marzo de 2026

La revolución religiosa, madre de las otras revoluciones

 Artículo de 1968

LA REVOLUCIÓN RELIGIOSA, MADRE DE LAS OTRAS REVOLUCIONES

 Por FRAY MARTIN LUCERO

 Los malos aires de Francia, Holanda y Alemania comenzaron a soplar por Santa María del Buen Aire hacia 1950 y se han convertido en huracán, aprovechando el río revuelto del Vaticano II; como si hubiera nacido en todo el mundo una nueva religión, supercristiana, alfista y omeguista.

 El progresismo en su aspecto doctrinal y práctico se muestra muy virulento en los seminarios y casas de estudio de religiosos; se difunde entre los sacerdotes, jóvenes; sobre todo, entre los que pretenden pasar por intelectuales y pensadores futuristas; los que no son del vulgo adocenado, sino que ellos han estudiado en Europa, sabe, «en Europa».

 Síntomas.—Sin Tomás ni Doctor Angélico, en cuya hornacina han colocado al jesuíta francés; desprecio de la ciencia eclesiástica, apoyada en sólidas bases, sustituyéndola por el idealismo, hegelianismo y existencialismo, todas ellas filosofías abstractas muy en boga, pero carentes de fundamento lógico y racional.

 Han trasplantado el idealismo de Harnack aplicado a la Biblia, por el cual niegan todo carácter histórico a multitud de narraciones del Antiguo Testamento y aún del Nuevo, como la infancia de Cristo. Nueva interpretación de la presencia eucarística y de la autoridad del Papa.

 Nueva Moral, al estilo freudiano, según la cual, la masturbación carece de culpa, lo mismo que las prácticas anticoncepcionales. No faltan confesores que enseñan estas doctrinas a sus penitentes, haciendo traición al puesto que les han confiado los Obispos, para juzgar según la Doctrina Católica, emanada del Magisterio auténtico de la Iglesia.

 Asamblea litúrgica, exaltación de la comunidad, olvidando el carácter de sacrificio de Cristo.

 Reprobación de la conducta de la Iglesia en sus relaciones con los judíos, herejes y masones, los cuales han tenido razón contra Iglesia en todos los conflictos a lo largo de los siglos.

 Ansias de apertura de la Iglesia al mundo y reconciliación con el liberalismo, socialismo y comunismo, cristificación del kosmos.

 Amplitud.—El progresismo prende como fuego en cañaveral entre los eclesiásticos y sacerdotes jóvenes, que se organizan en células por toda la Argentina.

 Tratan de influir en los seminarios y procuran conseguir los altos puestos para dirigir las diócesis por nuevos caminos, ejerciendo, para lograrlo, fuerte presión sobre los obispos.

 En toda la nación han logrado los puestos más estratégicos. Si siguen por ese camino, dentro de pocos años dominarán por completo la orientación religiosa de la Argentina, que se convertirá en Modernista, es decir, en un Cristianismo de puro nombre.

 ¿Cuál es la mano oculta que mueve a todos esos títeres? Ya llevamos cincuenta años de comunismo y tenemos la suficiente experiencia para sospechar la causa motora.

 La estrategia comunista consiste en persuadir tenazmente de sus ideas a unos pocos jóvenes lanzados y lograr que ocupen los primeros puestos; desde allí empiezan a liquidar a los adversarios, y al poco tiempo quedan ellos dueños absolutos del campo.

 No es la mayoría la que gana la victoria, sino una minoría audaz, que se apodera de los órganos de la opinión (prensa, cátedras y ambienta callejero) y luego arrinconan totalmente a los demás.

 Cuál es el remedio para estos males? No hay otro que el que emplea el mismo comunismo. Cuando ellos quieren hacer un sabotaje, un incendio o una revolución, traen de fuera unos individuos desconocidos y agresivos, que no tienen ningún vínculo con aquella región, y ellos son los que encienden la mecha.

 De la misma manera, si queremos vernos libres de los progresistas, colocados ya en lo alto, no hay que esperar a que sus propios ciudadanos los despojen, esto no lo harán jamás, es preciso traer gente de fuera, que a mandobles los destrone de los puestos influyentes a los que están terriblemente aferrados.

 Los «fascistas» de Austria

 La intolerancia no viene ya de Roma, sino de los países germanos, donde los innovadores no permiten más opinión que la suya; ni siquiera el diálogo, aunque no se les cae de la boca esa bendita palabra «dialoguemos»

¡El Liberalismo redivivo!

 Han suprimido la Inquisición y ¡a censura eclesiástica, pero han inventado otra censura solapada, que suprime sin piedad todo comentario o crítica que se quiera hacer contra sus innovaciones y exageraciones. Se han arreglado para crear una gran atmósfera de «optimismo», de un éxito total y mundial de sus innovaciones, de modo que la masa de los fieles está totalmente engañada, creyendo que esas ideas y modos de obrar son los auténticos y genuinos de la Iglesia. No tienen escrúpulos en criticar y pulverizar la opinión de los demás, de suerte que la oposición no halle eco en el pueblo católico.

 ¡Cuánto hablan los vencedores contra el fascismo de Hitler y Mussolini! Pues los neo-modernistas austríacos están poseídos del «furor teutonicus», y no les importaría mucho enviar a Auschwitz a todos los que se permiten dialogar en contra.

 El mejor apelativo que cuadra a estos progresistas es el de «¡Fascistas!» «¡Fanáticos intolerantes!» «¡Modernistas que vuelven a la época de Loisy (1857-1940), el cura francés renegado.

 Estos neo-modernistas son unos perfectos diletantes, que jamás han estudiado en serio, se caracterizan por su falta de prudencia y madurez de juicio. Verdaderamente que son hijos de los bárbaros por su falta de cultura y de estudios, vacío que tratan de llenar con su palabrería engorrosa, encastillándose en un lenguaje ilógico, cabalístico e ininteligible, son los asesinos del idioma.

 Un periódico católico de gran circulación ha dicho que todo género de música, aun la ligera, tiene su puesto en la misa. Como si no hubieran hablado San Pío X (22 noviembre 1903), Pío XI (20 diciembre 1928) y Pío XII (22 diciembre 1955 y 3 septiembre 1958).

 ¡Por favor! Antes de hablar, ¡entérese!

 Contra esa música ligera se presenta Pablo VI al hacer televisar la Misa de Navidad antes de dar la bendición papal a urbe y al orbe. Función majestuosa, en latín y en gregoriano, sublime, digna del Pontífice del mundo, que une los labios en expresión unísona no sólo de la multitud de la Basílica de Pedro, sino de todo el mundo.

 ¡Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana, y repruebo todo género de desfiguraciones y sustituciones caprichosas e individualistas!

 El resultado de ese anarquismo y confusión es que la devoción de los fieles ha caído en muchas partes en vertical. Las actuaciones del diácono las realiza ahora  cualquier ministrillo, sin formación, ni preparación alguna, vestido de un modo estrafalario, propio para desprestigiar la religión.

 Se quejan de la traducción de los textos litúrgicos latinos al alemán por la prisa de los expertos algo inexpertos.

 Como el fenómeno de Austria se realiza a escala mundial, ¿no habrá en todo ello oculta una peluda mano de araña?

 Sincretismo alemán

 El Racionalismo alemán del siglo XIX y su hijo el Modernismo, condenados por San Pío X en la encíclica «Pascendi». de 8 de septiembre de 1907, siguieron ocultos bajo las cenizas en Alemania y rebrotaron en dos libros publicados en 1937 y 1940, pero las bombas rusas no les dejaron salir de los refugios.

 Luego se rehizo Alemania y esas ideas, como el grano de mostaza, se convirtieron en árbol, en cuyas ramas anidaron las aves de rapiña.

 El Modernismo quiere acomodar la Doctrina Católica al pensamiento científico, despojándola de toda intervención sobrenatural. Los modernistas dicen que la Iglesia no es inmutable, sino que evoluciona como todas las cosas humanas y que ahora (1968) hay una Iglesia preconciliar y otra posconciliar distinta.

 En esos libros se proponían muchas cosas que han ido apareciendo con el tiempo: Prioridad del laicado, supresión del celibato sacerdotal, valoración de la Reforma protestante, humildad del Papa, folklore religioso, síntesis del Protestantismo  y del Catolicismo, vaciamiento de los dogmas marianos; en fin, sincretismo religioso, en el que todo tiene cabida. Para ellos la Iglesia no ha hecho más que seguir un largo camino de errores. 

Manía de cambios.—Padecemos la manía de cambiarlo todo; fuera el clericalismo y el legalismo, la Cena del Señor se tendrá en las casas de modo democrático, institución de sacerdotisas, acabar con el celibato, reconciliarse con la ética de las masas, dudas sobre la Trinidad y de la existencia de Dios, etc.

 Acomodación a este mundo.—Rechazan el seguimiento de la Cruz de Cristo, la ascesis y la mortificación, su norma de conducta es el hedonismo, el placer, obran con una libertad que aterra, piden que la Iglesia abandone sus resabios medioevales, abogan por la abolición del Primado del Papa, porque sólo suprimiendo el Primado Romano se podrá establecer la Unión de las Iglesias; la libertad religiosa que establece el Concilio, según ellos, es la concesión a todas las sectas de los mismos derechos, mutilan las enseñanzas del Concilio, según les viene mejor...

 Estas son las doctrinas de los Modernistas, combatidos por San Pío X, reaparecidos en 1930 y fustigados por Pío XII en la encíclica «Humani generis» de 1950, pero a la muerte de este gran Pontífice se unieron de nuevo para ir limando a fuerza de «concilio» los poderes celestiales de la Iglesia.

 Un viento impetuoso, como el de un Pentecostés infernal, ha esparcido por los aires las cenizas de Harnack (1851-1930).


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968