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martes, 3 de febrero de 2026

No a la “berenguerización” de España

 Artículo de 1970

 No a la “berenguerización” de España

 ¿Se está “berenguerizando” España? Todavía no del, todo gracias a Dios. Pero existe una inquietante tendencia a ir paulatinamente remando a uno de los períodos más tristes de la historia española del siglo XX, que está vinculado al nombre de un general español, bizarro, pero definitivamente desgraciado en sus empresas.

 Basta haber cumplido los cincuenta años o, sin haberlos cumplido, revisar con honradez la historia o la prensa del año 1930. Se verificó entonces un deslizamiento de opinión hacia lugares y posturas completamente opuestas al destino inmortal de nuestra patria. Pero la opinión pública no se desliza en ningún sentido si no existen corifeos que la polaricen o la empujen. Y estos corifeos de la anti España proliferaban como setas -apurando el símil como setas venenosas- en el ingrato período que subsiguió al gobierno del general Primo de Rivera.

 Comenzaron a surgir los tránsfugas, los oportunistas, los demagogos y los cambiadores de casaca. Aparecieron los llamados “intelectuales”, ganosos de añadir facetas de intelectualidad a las pocas a muchas que atesoraban, colocándose en la línea de un supuesto pensamiento europeo, amasado siempre en antipatías ancestrales hacia España. Brotaron los Ossorio y Gallardo con su peregrino “Monárquico sin rey al servicio de la República”. Los Sánchez Guerra con “No más servir a señor que en gusano se convierte”, y los don Julianes y Teodomiros dispuestos a descuartizar al país al socaire de sentimientos tribales protohistóricos.

 En aquella triste situación comienzan a verse alarmante síntomas en nuestros días, porque no hay nada nuevo bajo el sol, y el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y hasta cien veces en la misma piedra. Cierto que en algunas cosas no hemos llegado a aquella calamitosa situación pero en otras quizás estemos peor. Por ejemplo, entonces existía como un garantía suprema de la verdad y de idealismo, una Iglesia Católica homogénea y unida, indefectiblemente fiel al Papado y a su destino imperecedero. Sólo hubo en la segunda república un cura de izquierdas, el pintoresco Basilio Álvarez, diversión unánime de tirios y troyanos. Hoy (1970) aquella fortaleza suprema está parcialmente desmoronada, con sus muros cuarteados y con el enemigo ocupando algunas posiciones clave dentro de sus baluartes.

 Seamos un poco observadores. Actualmente lo que siempre se ha llamado chaqueteo pasa por “aggiornamento”. Cada cual busca sacudirse las pulgas de un posible compromiso con las fuerzas que han engrandecido el país durante los largos y pacíficos años de la posguerra. Este dice que era muy joven, aquél que se vio obligado, el de más allá que tenía que comer. Se escucha un siniestro rumor de migraciones subterráneas, como de ratas huyendo de un barco que creen que no tardará en zozobrar.

  Han comenzado a salir nuevos “Ossorio y Gallardo”(católicos sin Dios al servicio del comunismo; derechistas autoconfesados al servicio de la izquierda; falangistas sin Falange al servicio ¿de qué…?También pululan los nuevos “Sánchez Guerra”(nomás servir a señor que me releva del cargo). Los “Basilio Álvarez” se cuentan por docenas y ya no sirven de diversión sino de escándalo. Y se nota un renacimiento de fantasías tribales que se salen del regionalismo sano para apuntar a las más anacrónicas figuras del separatismo; la gente se pregunta si no tardará en producirse un nuevo Pacto de San Sebastián.

 No faltan las consabidas algaradas de una juventud que no quiere saber la verdad o a la que se mantiene ignorante voluntariamente. Y tampoco faltan ¿cómo no? los grupitos intelectuales al servicio de la democracia, los cuales, si sobreviniera lo que ellos buscan, no tardarían en exclamar, como profirieron los de marras el clásico “no es eso, no es eso”. Y si ni éstos ni aquéllos pueden ni pudieron prever este desengaño ¿de qué sirve una intelectualidad que no hace un uso elemental del intelecto?

 Hay, en fin, un corro de periódicos en continua pugna para superarse en piruetas izquierdistas. Es un espectáculo triste el de cierta prensa, esencialmente burguesa, que excava su propia fosa, y vende su decoro a cambio de unos miles de ejemplares lucrados a costa de lo que sea, lo mismo que este “lo que sea” venga en leña seca para el descontento o en cloroformo pornográfico.

 Ya se ha puesto de moda y tomado por gracia la defección y la felonía. A quienes fiel a sí mismo y a sus ideales se le considera como un ser inferior, exaltándose en cambio la “fe púnica” y la apostasía como costumbres que impone la “marcha de los tiempos”.

Se ridiculiza la hidalguía, el patriotismo, la castidad, el misticismo y todos los ideales que diferencian al hombre del bruto, lapidando a quien los mantiene con epítetos sarcásticos propios de mentes cebolleras: carcas, retrógrados, inquisidores, fascistas, preconciliares tridentinos…Por el contrario, el último grito del buen tono es el salto de la garrocha, faltar a la palabra, cambiar de camisa, pisotear los votos, cubrir de lodo al llegar a la vejez lo que se incensó en la juventud.

 En 1930, bastó este año de funesto recuerdo para que una prensa en poder de los tránsfugas embaucara y pervirtiera a la opinión pública, convirtiendo en clamor profuso lo que no era más que el runrún despotricante de unos cientos de resentidos.

 Pidamos al cielo que España no entre el nuevo período “berenguerizante” que nos conduzca de la mano al caos. Dios no lo ha de permitir si se encuentran todavía en la piel de toro algunos justos más que los que contabilizaban Lot y su familia. Y creemos sinceramente que todavía los hay y no pocos.


Revista FUERZA NUEVA, nº177,30-May-1970

 

sábado, 31 de enero de 2026

Paz y guerra cristianas

 

  LA PAZ Y LA GUERRA

 A San Pío V, Gran Inquisidor y vencedor de los turcos

 l. La mayor catástrofe histórica que han sufrido los siglos ha sido (al menos hasta ahora) la caída del Imperio Romano de Occidente, en el siglo IV de nuestra Era. Todo un mundo de altísima cultura —más refinada incluso que la de nuestro mundo actual en muchos aspectos—, un poder y un orden que habían dominado al mundo, cae violentamente, con escasa resistencia, bajo el poder de unos pueblos casi en estado de hordas, cuyas fuerzas efectivas eran, en comparación con las legiones romanas, insignificantes.

 Las consecuencias de esta debacle histórica fueron para Europa cinco siglos de miseria, de violencia, de sucesivas invasiones, de anulación de toda cultura, de epidemias y de hambre... Sólo el cristianismo —fe viva y fervorosa en aquella humanidad ruda y doliente— hizo renacer de aquel universal naufragio la nueva civilización cristiana medieval.

 ¿Cuál fue la causa de aquella inverosímil rendición del más poderoso Imperio del mundo ante pueblos sin armas ni verdaderos ejércitos? Todos los testigos —San Agustín, el primero— son unánimes en este punto: la falta de fe, la consiguiente corrupción moral del pueblo romano; su espíritu de goce (de «confort» o «nivel de vida», que diríamos hoy), su falta de espíritu de lucha, su pacifismo a ultranza predicado por epicúreos y por escépticos y entusiásticamente acogido por la élite y aun por el pueblo romano, ávidos de placeres, ajenos a todo valor religioso, a todo honor nacional. Inverosímiles «paces» con los pueblos asaltantes, vergonzosos pactos, retrasaron medio siglo la catástrofe; pero ello sólo aprovechó para que esa catástrofe fuera completa, universal, irremediable.

 Nadie que estudie de cerca aquella historia puede ser ajeno a su cegadora similitud con el presente de Europa, sometida desde todos los ángulos a una propaganda pacifista asfixiante, mientras sus vecinos orientales se arman —moral y físicamente— hasta los dientes, y provocan continuas pequeñas guerras de desgaste. Peor aún que en aquella época: ni siquiera vemos hoy en torno nuestro a una Iglesia dispuesta a preservar la fe y el ánimo de los que pudieran luchar en defensa del patrimonio común, a bendecir el heroísmo, a darle la seguridad del premio eterno. Antes al contrario, la Iglesia hoy visible compite con el quinta-columnismo del enemigo (marxista) en sus campañas de «paz a cualquier precio», en su menosprecio del espíritu heroico.

 «Esta política evangélica de la paz —ha escrito un autor contemporáneo— es el opio de los pueblos cristianos ávidos de gozar del bienestar moderno, sumergidos en los placeres. Habiendo Dios permitido que reine todavía este año la prosperidad, la vida fácil, en nuestro Occidente industrializado, los eclesiásticos han emprendido la tarea de aflojar las leyes de la moral natural y las del Evangelio para entrar ellos mismos y sus rebaños en la inmensa corriente de la corrupción general. De ello deriva una aterradora disolución de costumbres, de la cual, como de un gran iceberg, solamente una décima parte aflora al exterior y aparece a la vista. Es demasiado fácil arrojar las culpas sobre «el mundo pagano» y su «erotismo obsesivo». Nadie mandaba a los obispos, sacerdotes, moralistas, que abriesen la Iglesia a ese mundo y empujaran a los cristianos a vivir a lo pagano. Peor aún, el ejemplo viene de arriba, la relajación es enseñada e impuesta a un pueblo fiel que no la había pedido. (...), Desde este momento, la Iglesia (aparente) ya no cultiva las virtudes heroicas, sino que maquilla los vicios para incorporarlos a un cristianismo nuevo.»

 Nadie duda de que la paz, en sí misma considerada, es un bien; y de que la guerra es un mal. Como la salud es un bien, y un mal la enfermedad. Pero nadie piensa en preservar o alcanzar la salud predicándola, sino teniendo reservas vitales que oponer a la enfermedad. Consideradas moralmente, hay guerras justas e injustas, como hay paces justas e injustas. La responsabilidad de la guerra injusta recae sobre el gobernante que con malicia la busca o declara, o —de un modo vago y colectivo— sobre el pueblo que apoya o tolera a tal gobernante. Para el ciudadano particular que acude a la guerra, su causa es casi siempre justa, puesto que no está en condiciones —físicas ni morales— de juzgar ni decidir sobre su justicia. Y la virtud que le impulsa a cumplir su deber en ella —el heroísmo— es la más alta de las virtudes humanas, puesto que reúne la fortaleza (o valor) con la prudencia, elevadas al grado heroico.

 Desde el punto de vista religioso, ¿es la guerra, de suyo, un mal, y la paz un bien? Cristo dijo de sí mismo «no he venido a traer la paz, sino la guerra». La guerra dentro de cada uno en el vencimiento de las pasiones y en el necesario testimonio de la fe; la guerra dentro del pueblo judío entre los que arriesgaron el cauce oficialmente establecido para su salvación personal por la palabra del Hombre que se decía Cristo, y aquellos otros que no lo hicieron; la guerra entre el honor de Dios y el bienestar diario, a lo largo de la Historia. En la noche de Navidad los coros angélicos cantan a la paz «para los hombres de buena voluntad», previa la «gloria de Dios en las alturas». La paz del alma, la conformidad de la voluntad humana con la voluntad de Dios es, ciertamente, un valor —el más alto valor— de la moral cristiana.

 ¿Pero tiene esa paz alguna relación con «la paz del mundo» que demagógicamente, suicidamente, se nos predica como paz cristiana? Creo que la paz (como contraria de la guerra) es indiferente desde el punto de vista religioso (cristiano), y lo mismo acontece a la guerra. Esta, como doloroso evento que es, ha de ser interpretada providencialmente como prueba, expiación o castigo, según los casos, Y desde el punto de vista (religioso), de los que van a ella, puede haber guerras indiferentes, guerras impías o sacrílegas (si se encaminan a destruir el orden religioso en el país) y guerras santas (si se hacen para restaurarlo).

 De mí sé decir que en las trincheras nacionales de 1938, rezando el rosario cada atardecer en la chabola, me sentía religiosamente en paz conmigo mismo. Como seguramente no me siento en esta paz claudicante y morbosa de 1967 predicada por agentes del marxismo... y por clérigos que en sus ropas y en sus palabras se avergüenzan de lo que son y representan, de la fe que juraron y del sacramento que recibieron. 

MENDIBELZA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967 

 

sábado, 24 de enero de 2026

Doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia (2)


  DON JUAN VAZQUEZ DE MELLA TRAIDO A 1967

 Doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia

(continuación)

 Enfrente de esa doctrina, afirmada en la Iglesia y fuera de la Iglesia, está la cesarista, residuo pagano aplicado por los legistas a los Reyes absolutos primero, y por los secularizadores a los Parlamentos y a los Gobiernos, también absolutos, después.

 De aquí dos legitimismos antitéticos e irreductibles. El que subordina el poder, como medio, a los tres derechos, como normas, y el que los subordina al poder haciéndole, con diferentes grados de claridad y de extensión, soberanía única y fuente única del derecho. La hipocresía, la falta de lógica, las circunstancias y las conveniencias, pueden atenuar la tesis, que subsiste siempre aunque la oculten las apariencias.

 Lo que pudiéramos llamar divinidad original del derecho puede, en último análisis, encerrarse en esta fórmula: el poder público, la soberanía política tiene, como todas las instituciones, su origen en una necesidad que le reclama como un medio y en un orden preestablecido superior a todas las voluntades humanas, con arreglo al cual ha de ser adquirido y actuado.

 Si no expresa la relación entre la necesidad, que es su medida, y el orden, que es su norma, no es más que una fuerza física.

 La obstinada disputa entre la comunicación inmediata y la mediata, bien examinados los términos, no tiene razón de ser, y es fácil no solo conciliarlas, sino fundirlas, como escritores ilustres lo han propuesto

 La teoría mediata, con la división de la soberanía en dos partes, una que se comunica y otra que se retiene para vigilarla y en ciertos casos—los de resistencia a la tiranía—para retirarla, si se refiere al poder material que sale del pueblo—sujeto, forma, medio de gobierno—, para que la autoridad política se ejerza y al que los organismos extrapolíticos conservan, es exacta. Si se refiere al derecho y a la autoridad misma, tiene que resolverse en la soberanía social y en sus relaciones  con la política, o no tiene sentido, siendo difusa primero, concreta después y repartida en dos mitades con atributos contrarios.

 El derecho divino de los Reyes, que no sólo comunica la autoridad, sino la forma y hasta el sujeto que la ejerce, es un absurdo tan grande como el maniqueísmo constitucional, en que Dios y la Constitución hacen los Reyes a medias.

 De la doctrina de los tres derechos brota a la única democracia posible en el mundo.

 Ningún hombre tiene derecho a mandar sobre otro hombre; esta sentencia será la anarquía o la justicia, según se niegue o se afirme la doctrina de los tres derechos. Nadie puede mandar sobre los demás si no hay un orden superior que manda sobre todos.

 La disciplina se funda en la jerarquía, la jerarquía en la dependencia y todas las dependencias en la esencial del hombre a Dios, que quiere que se guarde el orden de los fines, de las necesidades y los medios.

 Cuando el principio se olvida, brota el absolutismo, que no admite responsabilidades sociales y sólo tolera las de ultratumba, cuando es personal, y que ni siquiera ésa tiene cuando es colectivo.

 El personal y cesáreo suele quitarse el antifaz y decir algunas veces lo que practica: El gran apologista del derecho divino de los Reyes ingleses, Filmer, llegó a decir estas palabras, que reproduce un historiador de la Gran Bretaña: «Un hombre está obligado a obedecer la orden del Rey contra la ley, y aun en ciertos casos contra las leyes divinas.»

El pueblo inglés no debió creerlo así cuando llevo al cadalso al desgraciado Monarca que tenía tales defensores.

 En las Memorias de Luis XIV se leen estas otras palabras afines, que comenta con tristeza un distinguido publicista católico: «Aquel que dio Reyes a los hombres quiso que se les respetara como delegados suyos, reservándose sólo el derecho de examinar su conducta; y es su voluntad que el que ha nacido súbdito obedezca sin discernimiento.»

 La responsabilidad sólo ante Dios y la disciplina o la obediencia ilimitadas ha dejado discípulos.

 El Testamento político de Richelieu y la Política sacada de la Sagrada Escritura, mal sacada, de Bossuet, tesoros del absolutismo francés, desarrollan el mismo principio que tuvo su expresión práctica en las libertades galicanas; libertades ante el Papa y servidumbres ante el Rey, como las llamaba Fenelón.

 Subordinar la legitimidad de ejercicio a la de origen, la de la institución a la dinástica, y la conducta de un pueblo a la voluntad del Rey, y la del Rey sólo a Dios, tales son los rasgos del legitimismo absolutista.

 Los del legitimismo tradicional son ios contrarios; subordinación de la persona y la dinastía a la institución y de todas a la legitimidad de ejercicio y, por lo tanto, subordinación de la conducta política del Rey a los intereses del pueblo y responsabilidad moral ante Dios, pero social por el éxito o fracaso de la parte que tome en la dirección común.

 Los hechos han puesto muchas veces frente a frente, por medio de los mismos Reyes, las dos políticas.

 Mariana escribe su libro sobre «El Rey y la institución real», con la férrea doctrina sobre la responsabilidad de los Reyes, como un texto de derecho político para Felipe III. El libro es quemado por mano del verdugo en París, donde asustan las doctrinas que en España subían al palacio real, pero agradaban las de Maquiavelo, el defensor del absolutismo, unido a la simulación en máximas como ésta: «El Soberano debe respetar y observar la religión de su pueblo, aunque no crea en ella.» Y Enrique IV, que practica a Maquiavelo en lo de “París bien vale una misa”, frase que algunos tienen interés en demostrar que no ha dicho, aunque era muy capaz de decirla, cuando cayó asesinado llevaba en el bolsillo El Príncipe, de Maquiavelo, no el de Mariana, que aquí circulaba libremente, sin temor a tiranicidios.

 Carlos II, al dejar, bien a pesar suyo, la Corona a Felipe V, el nieto de Luis XIV, no se olvida en su última voluntad, como si fuera testamentario de la antigua Monarquía, de recordarle que la legitimidad de ejercicio está sobre todas y es condición para gobernar.

 «Que se le dé la posesión actual, precediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos.»

 ¡El juramento previo de observar los tres derechos! Recuerdo y orden oportuna que Felipe V no observó mucho.

«A contar desde Felipe V —dice un ilustre historiador— el aforismo cesarista Princeps agibus solutus imperó hasta principios del siglo XIX en las esferas del Gobierno, y dejó huellas indelebles en los monumentos legislativos ¡y fuera también ¡y bien entrado el siglo XIX!

 JUAN VAZQUEZ DE MELLA


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967

 

jueves, 22 de enero de 2026

De Dios nadie se burla

 Artículo de 1978

 “No os engañéis: de Dios nadie se burla” (San Pablo)

Me gusta entretenerme hojeando viejas revistas, con las cuales me recreo mucho a veces. Hallo en ellas un oxígeno espiritual difícil de encontrar en publicaciones actuales, incluso religiosas. Hace poco estuve releyendo la colección de «Avanzar», órgano de la Obra de Cooperación Parroquial de Cristo Rey, al que estoy suscrito desde su primer número. En el correspondiente a enero de 1949, di con este título: «El cardenal Pie y Napoleón III». Es un artículo que no tiene desperdicio y que da de lleno la explicación, sencilla y profunda a la vez, de los males que destrozan a la sociedad moderna. Fue escrito con ocasión de la Fiesta de los Reyes Magos. Me ha parecido que podría interesar a muchos lectores de FUERZA NUEVA. Helo aquí, casi íntegramente:

 LA fiesta de los Reyes Magos evoca siempre enseñanzas tradicionales precisas y  en la Iglesia, al ponernos ante los ojos el edificante ejemplo de tres hombres que, investidos de la suprema autoridad temporal, se postran a los pies del Rey Divino recién nacido, tributándole el vasallaje que le deben todos los reyes, príncipes y señores de la tierra. Porque El es Rey de reyes y Señor de los que gobiernan. «Rex regum et Dominus dominantium

 Nos ha parecido oportuno en esta ocasión dar a conocer, como compendio admirable y lección severa de la doctrina católica, según la cual los dirigentes de los pueblos deben acatamiento y sumisión a Jesucristo Rey y a su Iglesia, las relaciones que mediaron entre el cardenal Pie, obispo de Poitiers. y Napoleón III, emperador de los franceses.

 El cardenal Pie tuvo varias entrevistas con Napoleón III. La más célebre fue la del 15 de marzo de 1859. Monseñor Pie hizo en ella el proceso de la política del siglo XIX, que sistemáticamente excluyó de sus consejos y deliberaciones a Jesucristo y al Papa.

 Hablando de esta entrevista, decía después el obispo a sus sacerdotes: «Nuestro apostolado nos ordena llevar la verdad delante de los reyes lo mismo que delante de los particulares. «Ut portet nomen meum coram regibus.» Ni yo tengo el honor de ser San Hilario, ni el príncipe, ante el cual he comparecido, tiene la desgracia de ser Constancio. He hablado con respeto, pero con autoridad y con independencia, y con esto he liberado a mi alma.»

 El resumen de esta entrevista lo dictó el mismo obispo a su secretario, quien mandó pocos días después a Roma una copia, que los cardenales, de mano en mano, se fueron pasando unos a otros.

 El cardenal empezó por protestar enérgicamente contra el reciente Congreso Europeo de París, que había excluido al delegado del Papa para admitir en su lugar al sultán de Constantinopla.

 El emperador, viendo la animación del obispo, se le iba acercando poco a poco. Escuchaba ávidamente, pasándose a menudo la mano por la frente. Luego dice, desviando el tema de la conversación: «Pero, después de todo, monseñor, ¿no he dado yo bastantes pruebas de buena voluntad en favor de la religión? ¿Acaso la misma  Restauración hizo más que yo?»

 El obispo de Poitiers se hallaba conducido, con esta última pregunta, a lo que constituía su gran tesis: la cuestión de las relaciones necesarias entre la Religión y los gobiernos y la del reinado de Jesucristo en la sociedad.

 Por lo mismo, respondió al emperador: «Me apresuro a hacer justicia a las disposiciones religiosas de vuestra majestad y sé reconocer los servicios que ha prestado a Roma y a la Iglesia, especialmente durante los primeros años de su gobierno. Pero permítame añadir que ni la Restauración ni vuestra majestad han hecho por Dios lo que convenía hacer, porque ni aquélla ni vuestra majestad han levantado de nuevo su trono, porque ni aquélla ni vuestra majestad han renegado de los principios de la Revolución - cuyas consecuencias prácticas combaten, sin embargo -, porque el evangelio social en el cual se inspira el Estado es aún la declaración de los derechos del hombre, que no es otra cosa que la formal negación de los derechos de Dios. Ahora bien: Dios tiene derecho a gobernar sobre los Estados lo mismo que sobre los individuos. Es por esto, precisamente, por lo que Jesucristo vino a la Tierra. El debe reinar en ella inspirando sus leyes, santificando las costumbres, ilustrando la enseñanza, presidiendo los consejos, ordenando los actos, tanto de los gobiernos como de los gobernados. Donde Jesucristo no ejerce este reinado hay desorden y decadencia.

 Ahora bien: yo tengo derecho a declarar a vuestra majestad que Jesucristo no reina entre nosotros y que nuestra Constitución dista Constitución mucho de ser la Constitución de un Estado cristiano y católico. Es verdad que nuestro derecho público establece que la religión católica es la religión de la mayoría de los franceses; pero añade que los otros cultos tienen derecho a una protección igual. ¿No es esto declarar de un modo equivalente que la Constitución protege lo mismo a la verdad que al error? ¡Pues bien! ¿Sabe vuestra majestad qué responde Jesucristo a los gobiernos culpables de semejante contradicción? Jesucristo, Rey de cielos y tierra, les responde: «Yo también, gobiernos que os sucedéis derrumbándoos los unos a los otros, yo también os dispenso una protección igual. He dispensado esta protección a vuestro tío el emperador: he dispensado la misma protección a los Borbones; la misma protección a Luis Felipe: la misma protección a la República, y la misma protección dispensaré a vuestra majestad.»

 El emperador interrumpió al obispo: «¿Pero cree vuestra excelencia que la época en que vivimos consiente este estado de cosas y que ha llegado el momento de establecer ese reino exclusivamente religioso que me pide?¿No se da cuenta, monseñor, de que esto sería desencadenar todas las malas pasiones?»

 «Señor -respondió monseñor Pie-: cuando grandes políticos como vuestra majestad me objetan que el momento no ha llegado, no tengo más que inclinarme, porque yo no soy un gran político. Pero soy obispo, y como obispo le respondo: Si no ha llegado para Jesucristo el momento de reinar, tampoco ha llegado para los gobiernos el momento de durar.»

 Desgraciadamente, esta doctrina de verdad no fue ni comprendida ni aplicada. Los sucesos dieron razón al obispo de Poitiers, y pocos años después lo hacía constar, no al emperador, desaparecido con su Imperio deshecho, sino a los franceses mismos, que seguían indiferentes respecto a los derechos de Jesucristo.

 • • •

 A la luz del diálogo que precede me voy a permitir unas consideraciones bastante elementales.

 El Parlamento español ha elaborado una nueva Constitución, de la cual ha eliminado toda idea de Dios, con graves atentados a la ley natural y divina, ni más ni menos que si Dios no existiera.

 Si el cardenal Pie habló con tanta valentía y entereza a Napoleón III porque no había hecho por la Religión todo lo que debía haber hecho, ¿qué no les diría a los actuales legisladores españoles que acaban de fabricar y aprobar una Constitución atea?

 Yo no creo en el catolicismo de los diputados y senadores de UCD y otros que han elaborado una tal Constitución; menos todavía, naturalmente, en el de algunos del PSOE que, militando en un partido que es ateo porque es marxista, se declaran a sí mismos católicos, como si marxismo y catolicismo pudieran ser compatibles.

 Algunos obispos, con el cardenal primado a la cabeza, han levantado la voz. Se les ha despreciado, se les ha vilipendiado, se les ha caricaturizado. El documento hizo impacto. Los de UCD no se lo esperaban. Por eso, temiendo sin duda el efecto que en muchas conciencias rectas iba a producir, se apresuraron a contrarrestarlo. Así pudimos oír a algunos afirmar en sus mítines que, aunque la Constitución no nombre a Dios, está llena de la idea de Dios; que está de acuerdo con el Vaticano II, especialmente con la «Gaudium et Spes» (Sánchez Terán, en Avila); que es un conjunto de valores cristianos que derivan del Evangelio y que contiene los valores básicos del humanismo evangélico (Arias-Salgado, en Toledo), etc. Suárez, en una larga parrafada de su discurso final, ha pretendido hacer creer que la Constitución se ha basado en el Concilio Vaticano II. Claro está que Suárez ha dejado bien patente su desconocimiento de la doctrina de la Iglesia, por ejemplo, sobre la indisolubilidad del matrimonio, tanto sacramental como natural. 

Un poco más, y hubiésemos tenido que recibir la nueva Constitución de rodillas, como si se tratara de un quinto evangelio o de una segunda imitación de Cristo. Así, con esa desvergüenza, soltando falsedades a diestra y siniestra, se ha estado recabando el voto afirmativo del pueblo católico - el de los no católicos ya se han encargado de conseguirlo socialistas y comunistas- , pueblo engañado una vez más por políticos sin escrúpulos, pueblo, por otra parte, indefenso y abandonado a sí mismo, porque la inmensa mayoría de los pastores, mientras afirmaban la obligación de votar conforme a conciencia, no hacían nada por formar y orientar esa conciencia popular. ¡Dios mío, cuánta responsabilidad ante tu tribunal y ante el tribunal de la Historia!

 Una mayoría de diputados y senadores católicos que en este caso se han comportado como renegados, con el consenso al menos tácito de decenas de pastores inoperantes, han producido para una nación católica una Constitución sin fe y sin moral. Es la hora de recordarles a todos ellos lo de San Pablo: «No es engañéis; de Dios nadie se burla» (Gal. VI 7).

 • • •

Política sin Dios, mala política. Ya pueden ser o creerse a sí mismos grandes estadistas, grandes políticos... No pasan de ser unos pobres hombres que se han impuesto la triste y desgraciada tarea de fabricar una legislación sin base ninguna, porque, deliberadamente, de ella han eliminado a Dios y a su Ley santa. Que lo haya hecho Carrillo, se comprende; al fin y al cabo es una actitud coherente con sus principios materialistas. Que lo hayan hecho los socialistas, marxistas como Carrillo, se comprende también. Pero que hayan hecho ese juego los católicos de UCD y otros, gracias a los cuales se ha aprobado esa Constitución aconfesional, acristiana, amoral, atea; no, no se entiende.

 Caben sólo dos hipótesis: o que del catolicismo han retenido solamente el nombre, con vergonzoso desconocimiento de su contenido y de sus exigencias, y en este caso han pecado por ignorancia; o bien que, como- hombres sin fe o con fe muerta, se han sentido atenazados por el respeto humano y. se han avergonzado de reconocer públicamente a Cristo Rey de reyes y Señor de los que gobiernan, en cuyo caso han pecado por miedo y por cobardía. iPobres enanos! Han olvidado que Cristo dijo hace cerca de dos mil años: «Todo aquel que me negare delante de los hombres, yo le negaré también delante de mi Padre que está en los cielos» (Mat. X - 33). Y «quien se avergonzare de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo del Hombre» (Luc. IX - 26).

 Repito lo de San Pablo: «No os engañéis; de Dios nadie se burla.» Vosotros, políticos de esta hora trágica, os habéis burlado de Dios, porque, al elaborar la Constitución, que, según vosotros, ha de regir a la sociedad española que es católica, habéis prescindido de Dios, habéis eliminado a Dios, os habéis reído de Dios... Pues bien, tenedlo por cierto: «El que habita en los cielos se reirá también de vosotros.» (Salmo II - 4).

 El gran poeta Jacinto Verdaguer sintetiza magistralmente esta verdad temerosa en un verso de su inmortal «Atlántida»: «Qui enfonsa i alça els pobles, és Déu, que els ha criat» («Quien hunde y levanta a los pueblos, es Dios, que los ha criado»).

 Políticos, ¡no lo olvidéis! ¡No juguéis a hacer de Napoleón III, porque desapareceréis, como desapareció él con su Imperio!

  Julián ESCUBET


Revista FUERZA NUEVAnº 625, 30-Dic-1978

 

miércoles, 14 de enero de 2026

Incoherencia “neocanovista” en la Transición

 Artículo de 1976

 INCOHERENCIA DEL NEOCANOVISMO

 Las páginas de “ABC” lo reflejan con claridad

 Cualquier observador del acontecer nacional habrá registrado los esfuerzos dialécticos que, desde ciertas tribunas típicamente conservadoras, se desarrollan a fin de evitar que la reforma política llegue a las consecuencias postreras derivadas del principio jacobino de la soberanía popular y del falso concepto de la ley como expresión de la voluntad general. A mí personalmente -y aunque me halle bastante alejado de semejante empeño neocanovista- no puede por menos que despertar mi simpatía; pero la misma, y pese a cuanto de loable hay en el esfuerzo, no logra ocultar la falta de lógica inherente a la referida actitud.

 Tentativa dialécticamente insostenible

 Quizá uno de los más brillantes heraldos de aquel empeño sea José María Ruiz Gallardón, a través de sus artículos en el diario “ABC”. Ruiz Gallardón, que se mostró favorable a la reforma, en cambio, trata de encauzarla o de indicarla los límites para impedir que se desborde, adquiriendo los tintes revolucionarios implícitos en los postulados rousseaunianos -nada modernos, por cierto-, de 1789. Postulados que ahora se quieren volver a revigorizar, otra vez más, en nuestra Patria, cuando su cosecha anterior no fue sino caos, atraso, enfrentamientos fratricidas y, en definitiva, postración y desintegración nacionales.

 Ruiz Gallardón parece no percatarse de las incongruencias propias de su postura. Así, al procurar que la institución monárquica se sustraiga a la discusión, olvida que el articulado de la Ley de Reforma Política no fija atemperamientos al respecto y, establecida la vigencia del principio de soberanía popular, nada impedirá en el futuro que, por medio de las formas de expresión de tal soberanía previstas en la Constitución -mayoría en las cámaras y referéndum-, quepa la opción de cambiar la forma de gobierno. (Se hace constar que, al desarrollar el razonamiento, me abstengo de señalar ninguna preferencia por forma de gobierno determinado, sino que sólo pretendo denunciar los riesgos del proyecto de reforma).

 La dinámica de la soberanía popular conlleva la inexistencia de campos acotados al pronunciamiento de la misma. La Ley de Reforma Política tampoco los delimita en materia de forma de gobierno. Acaso, si se quiere buscar algún texto fundamental que oponer a la soberanía jacobina, habría que acudir a la Ley de Principios del Movimiento Nacional, cuyo punto VII dice: “El pueblo español, unido en orden de Derecho, informado por los postulados de autoridad, libertad y servicio, constituye el Estado Nacional. Su forma política es, dentro de los principios inmutables del Movimiento Nacional y de cuanto determinan la Ley de Sucesión y demás Leyes Fundamentales, la Monarquía tradicional, católica, social y representativa”. Mas parece una incongruencia que quienes han quebrado la “inmutabilidad” de unos Principios que, por definición de la misma norma que los contiene y promulgó, “son, por su propia naturaleza, permanentes e inalterables”, aspiren luego a ampararse en esa “inmutabilidad”.

 La Ley de Principios del Movimiento no gradúa prioridad entre los proclamados por ella. De ahí que, si se quiebra el Principio VII, al despojar a la Monarquía de su adjetivación de “tradicional, católica, social y representativa”, y el VIII, al sustituir al municipio, el sindicato y demás entidades con representación orgánica que a este fin reconozcan las leyes”, como causa de participación del pueblo, por los partidos y el sufragio universal, levantando la proscripción de los primeros, se abre la puerta legal para modificar cualquiera de las demás formulaciones de la mencionada ley. Blas Piñar lo explicó por la televisión con claridad meridiana y de forma difícilmente rebatible. II. (“Votaremos “no”: porque, aplicado al Principio VIII el procedimiento derogatorio de las Leyes Fundamentales, mañana podrá someterse a referéndum el Principio VII, y por consiguiente, la alternativa Monarquía o República; el Principio IV, y, por consiguiente, la unidad de España, o el principio V, y por consiguiente, el divorcio”).

 La democracia, expresión política del escepticismo

 Quienes han promovido y cooperado a la promulgación de la Ley de Reforma Política han brindado la opción de convertir a España en República mañana, con la misma base legal justificativa de esa ley. Al trasvasar la legitimidad de la Corona, desde la dogmática del Movimiento al escepticismo de la democracia, se brinda la oportunidad de que el cetro se cambie por el gorro frigio. Tal implica el beneficio que se ha proporcionado a la realeza al otorgarle la adjetivación de “democrática”.

 Además -y ello abunda en lo anterior- ha de tenerse en cuenta que la democracia, en el sentido moderno que Juan Jacobo Rousseau la imprimió, no consiste -cómo Ruiz Gallardón sostiene- en un simple procedimiento de elección o de método para seleccionar a los gobernantes y procuradores de la nación. No. La democracia dimanante de la filosofía política del 1789 reposa o, mejor, es la expresión política de la doctrina del escepticismo. La dogmática resulta antagónica de la democracia y de la soberanía popular, que se levantan sobre la indiferencia. De ahí que uno de los más preclaros teóricos de los últimos tiempos del sistema democrático, Hans Kelsen, haya reconocido que, el día que se demuestre la existencia de verdades objetivas, la causa de la democracia estará perdida.

 Y precisamente por ello, mientras la Iglesia nunca condenó el sistema electivo, ha rechazado el principio jacobino de la soberanía popular. Porque, como proclamó -en la Encíclica Diuturnum illud- un Papa con fama de “liberal”, León XIII: “En cuanto a la tesis de que el poder político depende del arbitrio de la muchedumbre, en primer lugar, se equivocan al opinar así y, en segundo lugar, dejan la soberanía asentada sobre un cimiento demasiado endeble e inconsistente”. Y San Pío X denunciaría también: “Por otra parte, si el pueblo permanece como sujeto detentador del poder, ¿en qué queda convertida la autoridad? Una sombra, un mito; no hay ley propiamente dicha, no existe ya la obediencia. (“Notre Charge Apostolique”)

 Segunda incoherencia: distinta medida al PCE que el PSOE

 Otra de las incoherencias donde cae Ruiz Gallardón se produce al afrontar la problemática planteada por el PSOE y por el PCE. Ante el Congreso del Partido Socialista Obrero Español, escribía el 2 de diciembre:

 Dentro de unos días, muy pocos, se va a celebrar en Madrid el Congreso de! «Partido Socialista Obrero Español», sector renovado. La autorización del mismo ha sido un tira y afloja entre el Gobierno y el propio partido. Ignoro en absoluto cuáles hayan podido ser las razones en las que se ha fundamentado la autorización, pero sospecho que en ningún caso habrá estado ausente de la decisión un cierto convencimiento por parte de las autoridades de que este partido será muy pronto legalizado. No se comprende, en todo caso, que si no existe desprecio de la legalidad, no accedan sus dirigentes a formalizar los requisitos indispensables para situarse dentro de la Ley. A diferencia de algunos políticos de la derecha española pienso que es bueno que este Congreso se celebre en España. Como pienso —esta vez de acuerdo con esos mismos políticos—- que no sería de recibo que el «Partido Comunista» tuviera opción para intentar la organización de su propio Congreso

 La actitud ante el Partido Comunista la expondría detalladamente dos días después:

 Ayer ABC publicaba en exclusiva la noticia de que «el Gobierno no negociará con una Comisión en la que esté representado el Partido Comunista». Y no podía ser de otra manera.

 Para fundar tal aserto sobran —por una vez— todas las razones «legales» —extraídas de las leyes vigentes—, cuya claridad, cuya lógica, y cuya rotundidad son de sobra conocidas. Basta fundarse en el concepto de legitimidad, que es más importante. Admitir al P. C. E. como interlocutor válido supone la negación de la Historia; atenta a los fundamentos sociológicos del Estado español; y casi podría decirse que tal hecho equivaldría a situarse en las vísperas del 18 de julio de 1936 Y como este Gobierno —precisamente este Gobierno— no trae su legitimidad del que en aquellas fechas presidía el señor Casares Quiroga, ni de la Constitución Republicana, sino muy por el contrario, del Movimiento que frente a aquello se levantó, un acto de reconocimiento por parte del señor Suárez del «Partido Comunista» de España no sería un signo de reconciliación: sería un fruto, logrado, de triunfo y desquite por quienes estuvieron implicados en el asesinato de don José Calvo Sotelo, los mismos que empezaron (antes de cumplirse un mes de vida de la República) por quemar, el 11 de mayo de 1931, iglesias y conventos; los herederos universales de quienes perseguían a los ciudadanos por gritar ¡Viva España!; aquellos que insultaban en el Parlamento al abuelo del Rey Don Juan Carlos. Sería, pura y simplemente, y ya lo he dicho, la negación de la legitimidad de nuestro Estado. Para eso no tiene facultades este Gobierno. Necesitaría, por lo menos, un mandato expreso del pueblo para desmontar el Orden Institucional. Y no lo tiene.

 Se puede estar contra usos y abusos de la etapa franquista, se puede —y yo lo hago— apostar por un mañana democrático, se puede instar a que quienes acepten esa legitimidad democrática entren, superando el pasado, en el ancho marco de la convivencia española; pero, lo repito, superando el pasado. Lo imposible, lo ilegítimo es dinamitar la Historia. No es lícito que parezca que se juega con la sangre de quienes murieron por la Patria. Esa sangre no es mercadería ni es negociable.

 Las Instituciones franquistas, oficiales y no oficiales, han dado los pasos necesarios para que en España impere un régimen democrático: allí está el resultado de las últimas Cortes, ahí está el Referéndum. Pero no se ha de llegar al extremo de entregar el futuro —por la puerta falsa de la progresiva e incesante cesión— a quienes repudian la democracia, a quienes salieron derrotados para siempre y ahora pretenden negociar el cómo y el hasta dónde de su desquite. Ese entreguismo, esa negociación se terminó el día en que el Ejército español dijo basta haré más de cuarenta años”.

 Uno queda verdaderamente atónito al leer ambos textos: la absolución para el PSOE y la condena para el PCE. Los mismos hechos originan sentencias contrarias. La disparidad de criterios dimanantes de una misma persona acerca de hecho análogos, aparece harto difícil de justificarse. La ausencia de armonía no puede ser mayor y el imperio de la conocida “ley del embudo” resulta notorio. 

Evocación de las “hazañas” del PSOE

 El PSOE fue el partido representado en el Gobierno provisional de la República, a través de Indalecio Prieto,  Francisco Largo Caballero y Fernando de los Ríos, que toleró impasible la quema de conventos del 11 de mayo de 1931, cuyo prólogo vino dado por los sucesos del 10, relativos al Círculo Monárquico Independiente y a la tentativa de incendio del edificio de “ABC”, en los que intervinieron socialistas, anarquistas y comunistas. 

 También participaron miembros del PSOE en el asesinato de Calvo Sotelo: Victoriano Cuenca, el autor material del crimen, pertenecía a la escolta de Prieto; Fernando Coello, estudiante de Medicina integrado en la partida asesina; Santiago Garceso y Francisco Ordóñez, también componentes de la misma, eran miembros de las Juventudes Socialistas, etc. 

Tampoco los afiliados al PSOE estuvieron ajenos a la persecución de quienes gritaban ¡viva España!, así como a los insultos en el Parlamento, al rey Alfonso XIII, al cual se le condenaría por aclamación en unas Cortes donde el PSOE contaba con 117 diputados, es decir, con el grupo más numeroso de la Cámara.

 Asimismo, el PSOE capitaneó la guerra contra los militares aquel Ejército español “que dijo basta hace más de cuarenta años”. De los tres presidentes del Gobierno en zona roja -Giral, Largo Caballero y Negrín-, los dos últimos formaban parte del PSOE, la UGT y demás organizaciones del PSOE combatieron contra los nacionales y tomaron parte importante en los asesinatos del territorio dominado por los rojos. Recuérdese que el tristemente célebre García Atadell no era comunista, sino socialista, y que la designación de Santiago Carrillo para encargarse del Orden Público, dentro de la Junta de Defensa de Madrid, la hizo largo Caballero, confiriéndole así el poder que le permitiría perpetrar las matanzas de Paracuellos.

 Cabría completar el cuadro con el protagonismo del PSOE -junto a comunistas y anarquistas- en la “Revolución de Octubre” de 1934 y con el análisis de la culpabilidad de los dirigentes socialistas -Largo Caballero, Negrín, Álvarez del Vayo y el mismo Prieto- en la bolchevización de la zona roja, así como con la historia de los “maquis”.

 La sentencia es la misma para el PCE y para el PSOE

 De ahí que, si no se quiere “negar la Historia”, si “lo imposible y lo ilegítimo es dinamitar la Historia” y “no es lícito que parezca que se juega con la sangre de quienes murieron por la Patria”, ya que “esa sangre no es mercadería ni es negociable”, lo que se predica del Partido Comunista debe aplicarse al Partido Socialista Obrero Español, cuyas culpas corren parejas a las de su hermano en la Revolución de Octubre, su aliado en la guerra y en el “maquis” y su cómplice en las checas y asesinatos. La severa condena -aunque plena de justicia- que Ruiz Gallardón pronuncia para quienes efectuasen un “acto de reconocimiento del Partido Comunista”, se impone que se aplique, por el mismo juez, a los que adopten un acto de dicha naturaleza respecto al PSOE. Solo la carencia de lógica lo impide.

 Ni las visitas de personalidades europeas -algunas de las cuales, como Olof Palme, nunca merecieron pisar suelo español y menos bajo el mandado de los herederos de Franco- muchas de ellas antiguos miembros de las Brigadas Internacionales, ni el programa de Bad Godesberg sirven de eximentes, ni siquiera de atenuantes para quienes enarbolan las mismas banderas del PSOE, vencido en 1939 a costa de tanta sangre y de tantos sollozos.

 Jerónimo COLL


 Revista FUERZA NUEVA, nº 519, 18-Dic-1976

 

 

viernes, 2 de enero de 2026

Jurar por Dios una ley contraria a Dios reviste sacrilegio

 Artículo de 1978

 EL REY  ESTA VEZ NO JURA

EDITORIAL

 Se debate estos días la conveniencia o inconveniencia de que el rey jure la Constitución, cuestión posiblemente resuelta cuando este breve artículo sea publicado, si es que no le amordaza antes el temor a posibles represalias del Gobierno.

 Sobre el asunto debatido cabe hacer dos consideraciones:

PRIMERA. La Constitución, según el cardenal primado (mons. Marcelo González), niega a Dios no sólo de manera nominal, sino efectiva, lo cual quiere decir que no se limita a omitir el nombre de Dios, sino que expresamente expulsa a Dios de la Ordenación Constitucional.

Según otros cardenales y obispos, que en la declaración de la Conferencia Episcopal sobre la Constitución dejaron abandonados a los católicos a su conciencia individual para formar juicio propio en materias relacionadas con la fe y la moral, patrocinando de esta manera implícitamente el “libre examen protestante”, según dichos cardenales y obispos –repito-,  la Constitución omite u oculta el nombre de Dios; omisión u ocultación que no significaría su negación.

 Pues bien: Si aceptamos la versión del cardenal primado, que además es la verdadera, se haría la siguiente pregunta: ¿Cómo el rey puede jurar por Dios una Constitución que niega a Dios? La contradicción es evidente: por un lado admite la Constitución, puesto que se compromete por juramento a obedecerla, pero, por otro lado, la rechaza, puesto que se su compromiso se funda en Dios y la Constitución niega a Dios. El Rey, entonces, quedaría vinculado a la Constitución por el juramento, pero quedaría desvinculado de la Constitución, porque al rechazar ésta a Dios, rechaza el juramento hecho por Dios.

 Si admitimos la versión de los otros cardenales y obispos, se incurre igualmente en cierta contradicción, ya que la omisión de Dios en la Constitución, al ser consciente, premeditada y calculada, significa virtualmente su negación, mientras que el juramento de dicha Constitución implica el reconocimiento expreso de Dios por una Constitución que expresa o virtualmente le niega, resulta contradictorio.

 SEGUNDA. El juramento, como garantía de fidelidad a la Constitución, carece de validez cuando la persona que lo utiliza lo estima como un valor de carácter relativo, es decir, variable según circunstancias accidentales de tiempo y lugar. El acto obliga moralmente a la persona que lo ejecuta a tenor de dos factores: inteligencia o concepto que tenga del mismo, y voluntad o forma de vincularse operativamente al mismo. Si en la inteligencia y la voluntad del que jura no concuerdan sustancialmente con el valor del juramento objetivamente considerado, el juramento es nulo. En el caso de la Constitución que estudiamos, el juramento además carecería de validez, e incluso podría ser sacrílego, porque jurar por Dios el cumplimiento de una ley que infringe el Derecho Divino Natural y Positivo no sólo afecta de nulidad al juramento, sino que además le revestiría del carácter de sacrilegio.


Revista FUERZA NUEVA, nº 624, 23-Dic-1978

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Democracia morbosa (José Ortega y Gasset)

 

DEMOCRACIA MORBOSA 

(José Ortega y Gasset)

 El plebeyismo, triunfante en todo el mundo, tiraniza en España. Y como toda tiranía es insufrible, conviene que vayamos preparando la revolución contra el plebeyismo, el más insufrible de los tiranos.

 Tenemos que agradecer el adviento de tan enojosa monarquía al triunfo de la democracia. Al amparo de esta noble idea se ha deslizado en la conciencia pública la perversa afirmación de todo lo bajo y ruin. ¡Cuántas veces acontece esto: la bondad de una cosa arrebata a los hombres y, puestos a su servicio, olvidan fácilmente que hay otras muchas cosas buenas con quienes es forzoso compaginar aquélla, so pena de convertirla en una cosa pésima y funesta. La democracia, como democracia, es decir, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o en arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y en la costumbre, es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad.

 Cuanto más reducida sea la esfera de acción propia a una idea, más perturbadora será su influencia, si se pretende proyectarla sobre la totalidad de la vida. Imagínese lo que sería un vegetariano en frenesí que aspire a mirar el mundo desde lo alto de su vegetarianismo culinario: en arte censuraría cuanto no fuese el paisaje hortelano; en economía nacional sería eminentemente agrícola; en religión no admitiría sino las arcaicas divinidades cereales; en indumentaria, sólo vacilaría entre el cáñamo, el lino y el esparto, y como filósofo, se obstinaría en propagar una botánica trascendental. Pues no parece menos absurdo el hombre que, como tantos hoy, se llega a nosotros y nos dice: ¡Yo, ante todo, soy demócrata!

 En tales ocasiones suelo recordar el cuento de aquel monaguillo que no sabía su papel, y a cuanto decía el oficiante, según la liturgia, respondía: "¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento!" Hasta que, harto de la insistencia, el sacerdote se volvió y le dijo: "¡Hijo mío, eso es muy bueno; pero no viene al caso!"

 No es lícito ser ante todo demócrata, porque el plano a que la idea democrática se refiere no es un primer plano, no es un "ante todo". La política es un orden instrumental y adjetivo de la vida, una de las muchas cosas que necesitamos atender y perfeccionar para que nuestra vida personal sufra menos fracasos y logre más fácil expansión. Podrá la política, en algún momento agudo, significar la brecha donde debemos movilizar nuestras mejores energías, a fin de conquistar o asegurar un vital aumento; pero nunca puede ser normal esa situación.

 Es uno de los puntos en que más resueltamente urge corregir al siglo XIX. Ha padecido éste una grave perversión en el instinto ordenador de la perspectiva, que le condujo a situar en el plano último y definitivo de su preocupación lo que por naturaleza sólo penúltimo y previo puede ser. La perfección de la técnica es la perfección de los medios externos que favorecen la vitalidad. Nada más discreto, pues, que ocuparse de las mejores técnicas. Pero hacer de ello la empresa decisiva de nuestra existencia, dedicarle los más delicados y constantes esfuerzos nuestros, es evidentemente una aberración. Lo propio acontece con la política que intenta la articulación de la sociedad, como la técnica de la naturaleza, a fin de que quede al individuo un margen cada vez más amplio donde dilatar su poder personal.

 Como la democracia es una pura forma jurídica, incapaz de proporcionarnos orientación alguna para todas aquellas funciones vitales que no son derecho público, es decir, para casi toda nuestra vida, al hacer de ella principio integral de la existencia se engendran las mayores extravagancias. Por lo pronto, la contradicción del sentimiento mismo que motivó la democracia. Nace ésta como noble deseo de salvar a la plebe de su baja condición. Pues bien: el demócrata ha acabado por simpatizar con la plebe, precisamente en cuanto plebe, con sus costumbres, con sus maneras, con su giro intelectual. La forma extrema de esto puede hallarse en el credo socialista —¡porque se trata, naturalmente, de un credo religioso!—, donde hay un artículo que declara la cabeza del proletario única apta para la verdadera ciencia y la debida moral. En el orden de los hábitos, puedo decir que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la mejor época para nacer. (…)

 Si hay empeño en reducir el significado de la democracia a esta obra niveladora de privilegios, puede decirse que han pasado sus horas gloriosas.

 Democracia no es nada si no mira el hombre su obra de democracia tan sólo como el primer esfuerzo de la justicia, aquel en que abrimos un ancho margen de equidad, dentro del cual crear una nueva estructura social justa —que sea justa, pero que sea estructura—, los temperamentos de delicada moralidad maldecirán la democracia y volverán sus corazones al pretérito. Vivir es esencial y antes que toda otra cosa, estructura: una pésima estructura es mejor que ninguna.

 Y si antes decía que no es lícito ser "ante todo" demócrata, añado ahora que tampoco es lícito ser "sólo" demócrata.

 Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, sino plebeyo.

 La época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones.

 A Nietzsche debemos el descubrimiento del mecanismo que funciona en la conciencia pública degenerada: le llamó ressentiment. Cuando un hombre se siente a sí mismo inferior por carecer de ciertas calidades —inteligencia o valor o elegancia— procura indirectamente afirmarse ante su propia vista negando la excelencia de esas cualidades. Como ha indicado finalmente un glosador de Nietzsche, no se trata del caso de la zorra y las uvas. La zorra sigue estimando como lo mejor la madurez en el fruto, y se contenta con negar esa estimable condición a las uvas demasiado altas.

 El "resentido" va más allá: odia la madurez y prefiere lo agraz. Es la total inversión de los valores: lo superior, precisamente por serlo, padece una capitis diminutio, y en su lugar triunfa lo inferior.

 El hombre del pueblo suele o solía tener una sana capacidad admirativa. Cuando veía pasar una duquesa, en su carroza se extasiaba, y le era grato cavar la tierra de un planeta donde se ven, por veces, tan lindos espectáculos transeúntes. Admira y goza el lujo, la prestancia, la belleza, como admiramos los oros y los rubíes con que solemniza su ocaso el Sol moribundo. ¿Quién es capaz de envidiar el áureo lujo del atardecer? El hombre del pueblo no se despreciaba a sí mismo: se sabía distinto y menor que la clase noble; pero no mordía su pecho el venenoso "resentimiento". En los comienzos de la Revolución francesa una carbonera decía a una marquesa: "Señora, ahora las cosas van a andar al revés: yo iré en silla de manos y la señora llevará al carbón." Un abogadete "resentido" de los que hostigaban al pueblo hacia la revolución, hubiera corregido: "No,  ciudadana: ahora vamos a ser todos carboneros."

 Vivimos rodeados de gentes que no se estiman a sí mismas, y casi siempre con razón. Quisieran los tales que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley no les basta: ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Cada día que tarde en realizarse esta irrealizable nivelación es una cruel jornada para esas criaturas "resentidas", que se saben fatalmente condenadas a formar la plebe moral e intelectual de nuestra especie.  (…)

 Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos "opinión pública" y "democracia" no es en grande parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.

 (“El Espectador")

 

Revista FUERZA NUEVA, nº 17516-May-1970


lunes, 15 de diciembre de 2025

“El futuro ha comenzado: España volvió donde solía”

 Artículo de 1978 

 “El futuro ha comenzado: España volvió donde solía”

 “Yo no renuncio a ser español y no acepto ni la ruptura de la unidad de España, ni el triunfo sobre mi Patria, sobre mi tierra, sobre mis gentes, del movimiento comunista internacional”, declaró Antonio Izquierdo, director del diario “El Alcázar” en la conferencia pronunciada en nuestra Aula de Conferencias el pasado 7 de diciembre (1978), bajo el título: “El futuro ha comenzado: España volvió donde solía”, dentro del décimo ciclo. (…)

 Comenzó Antonio Izquierdo su conferencia, manifestando que desde el resultado del referéndum nacional venía a proponer una fórmula de análisis de futuro, aportando algunas ideas de cara al mismo, pero para eso hay que detenerse –dijo- en el pasado y en el presente, como punto de partida, porque ya tenemos Constitución, pero a cambio de ella hemos dejado de tener Patria. Hoy sí es un día histórico: España ha cruzado la frontera del futuro, un futuro incierto y oscuro, que nadie puede calibrar con exactitud porque nadie puede calibrar cuál será el rumbo que le aguarda a España.

 “Todo lo sucedido en estos tres años tiene su origen y gestación en ese mismo tiempo. En ocasiones he pensado que el régimen de Franco se labró a sí mismo su destrucción, y no por razones atribuibles al Caudillo. La crisis política sufrida por aquel régimen en febrero de 1957 fue definitoria, pues fue la más importante y decisiva de todas. La tecnocracia ofreció la vía para que España se hiciera sitio en Europa, y así se inició el desarbolamiento del sistema”, aclaró el señor Izquierdo. “Bajo la presión del grupo de López Rodó, quien acaba de conceder su “SI”a la Constitución más laica que ha conocido España, se desmontó todo, también lo más prometedor: el Frente de Juventudes y el SEU. Así, el Movimiento quedó fuera de combate y los sindicatos quedaron al servicio del neocapitalismo. Esto continuó con el “espíritu del 12 de febrero” (1974). Después, los acontecimientos se precipitaron con la enfermedad de Franco y el crecimiento del terrorismo, y el mundo se volvió contra España, con el que colaboró la Iglesia o un sector de la misma. (…)

 Más adelante, volvió Antonio Izquierdo al período de hace tres años, diciendo: “Franco vivió su jornada más estremecedora el 1 de octubre de 1975. El pueblo está con él, pero entre Franco y su pueblo existía ya un enorme vacío y la interferencia de quienes iban a traicionarle a partir del 20 de noviembre de 1975, donde se cerró para siempre la historia del régimen del 18 de Julio.

 “Qué había sido aquel régimen?”, se preguntó el conferenciante, el régimen que abolió los partidos políticos y canceló la lucha de clases y las pugnas separatistas. La historia de ese estado se divide en dos grandes etapas:

1. De 1936 a 1957.

2. De 1957 a 1973.

 El 20 de diciembre de 1973 caía asesinado el almirante Carrero Blanco, y con él se rompe el eslabón. Desde diciembre de 1973, el régimen estaba ya en manos de sus adversarios. “Lo que viene después lo estamos viendo aún”, declaró el señor Izquierdo. Con las reformas y cambios se derribaba un sistema para que viniera otro, de donde sólo saldrá un vencedor: el comunismo internacional. Lo que está claro y no admite ningún género de dudas –continuó- es que ya nadie podrá destronar a Francisco Franco.

 Habló en ese instante de la conducta de los políticos españoles, que han aceptado los riesgos constitucionales pero han votado “SÍ” a la Constitución por respeto a sus intereses personales. Mencionó a Fraga, Areilza y Osorio, a los que pronto les veremos ser portavoces de los sentimientos “nacionales”.

 “No he aludido al tema del terrorismo -dijo en otro momento de su conferencia-, porque éste juega un papel decisivo para los intereses de la KGB. El terrorismo marxista separatista ha sido la palanca para la demostración de la debilidad nacional, que se apunta en su haber una sangrienta victoria: la de hacer triunfar las mil y una banderas separatistas, donde las autoridades esconden la enseñanza nacional y sancionan a quienes la lucen”. ¿Qué hemos de hacer? Lo que nos dijo Girón en su conferencia del cine Europa: unidad de todos y cada uno de los partidos o grupos que conforman esa fuerza nacional capaz de llenar plazas y provocar fervores e ideales. La lucha que tiene planteada España es la lucha por su propia existencia, aunque esto no lo hayan comprendido las instituciones que asistieron silenciosas al cambio”.

 Y prosiguió el conferenciante: “La lucha política vuelve a plantearse entre la España y la Antiespaña, entre el concepto universal y cristiano que ha configurado la existencia de nuestra Patria y el espíritu disgregador a que se anima hoy a sus hombres. Ha llegado la hora de las fuerzas nacionales que en el último momento ponen de pie a España, como en el 2 de mayo de 1808; de las fuerzas nacionales que, siglo y medio después, volverían a congregarse en 1946 en el Palacio de Oriente para proclamar la independencia y libertad frente al mundo entero. Hoy es necesario convocar a los españoles a la comprensión y al entendimiento. Las corrientes políticas nacionales, Tradición y Falange, deben conjugar tradición y revolución, unidad y pluralidad para que nos lleven a un manantial de fe, para que se sienta el sagrado orgullo de ser español, de ser una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo.

 Pero el movimiento de unidad nacional ha de proponerse la reconstrucción nacional y del Estado, y ha de recobrar la libertad perdida y dar contenido al Estado, dentro del marco cristiano que ha presidido desde su origen la vasta civilización occidental, porque no es España lo que está sólo en peligro, son muchas cosas más y entre ellas la libertad. Sólo en ella encontrará el hombre su verdadero sentido de la Historia y del futuro. Para eso es necesario mirar la gravedad de los problemas que nos circundan, y recordemos aquella voz que nos instó en el último momento de su vida a permanecer vigilantes frente a los enemigos de España y de la civilización cristiana, que ya están en nuestro suelo. Dios nos dé animó para saber convertir de nuevo a España en una Patria con proyección y respeto universales”, finalizó Antonio Izquierdo su conferencia, con un ¡Arriba España! como broche.

 Para finalizar el acto fue Blas Piñar quien tomó la palabra manifestando: “Estamos al día siguiente de la Constitución de la discordia, porque no es la Constitución de la reconciliación y la concordia”. Dijo también que, a pesar de la campaña, casi la mitad de los españoles no han refrendado la Constitución. Pero lo importante es saber que no todo está perdido, ya que en todos los momentos importantes España recobró la moral. (…)


Revista FUERZA NUEVAnº 623, 16-Dic-1978