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sábado, 25 de abril de 2026

Joaquín Costa contra el sistema parlamentario de partidos

 

¿UNA MONARQUÍA LIBERAL, DEMOCRÁTICA Y PARLAMENTARIA?

 El hombre es el único animal que cae tres veces o más en la misma piedra. Hay en España unos determinados grupos de presión, que esconden partidos políticos; que, como en toda su larga historia de traiciones, ignorancias, ineptitudes y fracasos, quieren—intencionada o no intencionadamente—ver a España sumida en el caos, en la anarquía y en la sangre fraterna.

 JOAQUIN COSTA, el hombre que precedió a la generación del 98 y que es conocido por el «León de Graus», es el que más escribió fórmulas para regenerar a España desde el punto de vista social, económico y político. No fue comprendido; había nacido con cien años de anticipación. Ha sido calificado como liberal y como republicano, porque superficialmente ha sido estudiado hasta fecha reciente.

 Nosotros hemos escrito muchas veces sobre Costa en sus efemérides, y hoy queremos poner sobre, el tapete la actualidad del pensamiento costista, a fin de que lo mediten los incordiadores, y para que los hombres de Estado que quieran o estén dispuestos a asumir las altas tareas de reinar o de gobernar, sepan cuáles son las normas que hace más de medio siglo aconsejara Costa.

 La experiencia de los años transcurridos después de la muerte de Costa (1911), nos demuestra que efectivamente tenía razón el rugiente aragonés. Solamente no escuchando las voces locas de los Parlamentos españoles, es cuando se puede hacer labor de regenerar la Patria. ¿Monarcas y Príncipes abanderando al pueblo para constituirlo en soberano al través de la Democracia y de la Libertad? ¡Jamás! La supresión del Parlamento soberano no es la supresión de un régimen representativo, ya que, en realidad, los Parlamentos soberanos sólo representan los intereses particulares y bastardos de las oligarquías dominadoras de los partidos.

 En vez de Parlamento, según los modelos de las Repúblicas o de las Monarquías alfonsinas o juaninas, lo que se requiere son unas Cortes tradicionales, que no sean «ollas de grillos».

 Ved lo que en 1908 decía Joaquín Costa:

 “GOBERNAR POR ACTOS, NO POR LEYES; HOMBRE SUPERIOR, NO PARLAMENTO

 Parece que este enunciado es nada y, sin embargo, en él se encierra la clave de todo el edificio. NO NECESITAMOS LEYES: CON LAS QUE TENEMOS HAY BASTANTES, no digo para hacer la requerida revolución desde el poder, sino para media docena de revoluciones que digamos y aun sobrarían muchas arrobas para la exportación. (Aplausos.)

 Lo que necesitamos, en vez de leyes, ES GOBERNANTE DE TRIPAS, DE ENTRAÑA, DE CORAJE, PENETRADO DEL OFICIO, QUE LAS HAGA CUMPLIR SIN CONTEMPLACION Y SIN MISERICORDIA.

 ¿Cuál es la receta?

 Lo contrario, de lo que se está haciendo en España (en el año 1906), donde leyes tan fundamentales como la Orgánica del Poder judicial, como la Municipal y la Provincial, como la de Procedimiento administrativo, sucumbieron a las embestidas del caciquismo (hoy quizá pudiéramos decir en alguna ocasión «de los grupos

de presión» que son los que caciquean), que les bastardeó o las soslayó o las retorció y las hizo caer en desuso, impidiendo que hubiera poder judicial independiente, Ayuntamientos autónomos. Administración pública del “selfgobernment”, sin burocracia y sin expedienteo, por no haber habido GOBERNANTES SERIOS Y DE ACCION, dotados de aptitudes, penetrados de su deber, que supieran convertir el precepto teórico en caso vivo; QUE SUPIERAN CUMPLIR Y HACER CUMPLIR lo ordenado por palabras en la Gaceta; por NO HABER HABIDO GOBERNANTES CON HUESO; por no haber habido más que GOBERNANTES DE CAUCHO, que al encontrarse en frente de la enfermedad nacida de las Infracciones sistemáticas y acumuladas y hechas cosa normal, EN VEZ DE EMPUÑAR VALEROSAMENTE EL BISTURI, haciendo POLITICA QUIRURGICA, dejaban en su cobarde abandono a la

ley y en su villana opresión al pueblo, y huían a las preocupaciones y al quebradero de cabeza, haciendo temblarse de moverse, articulando un proyecto de ley nueva que sustituyera a la incumplida o bordeada, a sabiendas de que quien no había sabido asegurar la efectividad de la primera ley, tampoco había de saber hacer efectiva la segunda; la de que si la una, POR FALTA DE HOMBRE, había sido letra muerta, letra muerta había de ser la segunda POR FALTA DE HOMBRE.

 POR FALTA DE HOMBRE, digo, pues en ESO ESTA LA CLAVE, NO EN LOS DIARIOS DE SESIONES ni en la GACETA.

Hombres, hombres, no papel mascado es lo que necesitan los pueblos en disolución, que necesitan UN ALMA EN LO ALTO, en quien se hayan fundido Aranda y Jovellanos para el programa, Fernando de Aragón y Cisneros para la acción, que no menos que estos cuatro titanes ideales se han menester para obra tan ingente como la de rescatar los tres o cuatro siglos malbaratados, para improvisar espíritu, para poner otra vez a flote la nave embarrancada del Estado: HOMBRE QUE TENGA ENCIMA DE LOS HOMBROS UNA CABEZA RELLENA DE SESO Y NO DE ESTOPA, Y EN LA CABEZA UNA BRUJULA, Y AL LADO DE ELLA DOS BRAZOS DE ACERO PARA EJECUTAR, NO AMARRADOS

A BANCOS AZULES NI DE NINGUN OTRO COLOR (Aplausos): hombre de cuyo corazón no emana tinta para emborronar expedientes. sino sangre para nutrir y calentar al pueblo, QUE SIENTA y QUE LLORE CON LA PATRIA, QUE LLAME A TODOS AL SACRIFICIO y les enseñe el camino no con letras y metáforas desde la Gaceta, sino en acción, poniéndose personalmente a la cabeza y echando a andar como el último, sin aguardar a saber si hay quien le sigue. (Aplausos).

 … soy enemigo de esa mohosa noria que llamamos, por un abuso del lenguaje, Congreso y Senado, CUYO ESTRIDENTE Y DESAPACIBLE CHIRRIDO sólo cabezas tan duras como las nuestras han podido resistir durante más de dos generaciones SIN VOLVERSE LOCOS.

 Hace poco más de un siglo, la Península Ibérica se había quedado sin nación y se quiso improvisar una: hombres, sin duda alguna geniales en clase de escenógrafos, los que levantaron, sobre el vacío solar de las dos Cámaras, una nación de teatro, buena para representada, pero que no bien se olvidó de lo que era y quiso tomarse a sí propia en serio, y ... desplomóse con todas sus bambalinas, viniéndose a tierra casi sin estrépito. ¡Y SEGUIREMOS

DESCANSANDO SOBRE ESA FICCION, OBRA DE LA MAS INSIGNE IMBECILIDAD!

 ... Parlamento por rutina mental. PARLAMENTO por puro sport, imitación simiesca de lo europeo, o para que los lobos guarden el rebaño, para que los caciques se fiscalicen a sí propios...”

 (Del discurso «Los siete criterios de Gobierno», pronunciado en Zaragoza el 12 de febrero de 1906).

 ***

DEL OFICIO DEL JEFE DEL ESTADO

 España, como otro país cualquiera y más que el mayor número, ha necesitado UN HOMBRE, pero en aquellos cien años, la dinastía actual ni una sola vez, por excepción, ha podido suministrárselo.

 Todo ese tiempo España ha sido UNA MONARQUÍA SIN MONARCA. Su trono ha tenido figura de cuna, sin otro efecto que estorbar la elección de persona que presidiera al Estado y velase por él.

 ¿SE QUIERE MAS CAUSA, QUE ESA FALTA DE CONDUCTOR EL EXPLICARSE EL QUE ESPAÑA HAYA ACABADO POR

DESCARRILAR Y ESTRELLARSE EN LOS DESPEÑADEROS DE LA HISTORIA?

 En cien años la MONARQUIA NO HA SIDO PROPIAMENTE UNA INSTITUCION, ha sido una TAPADERA DE PARTIDOS, y la historia nacional una orgía desenfrenada, en que todo se ha abismado. el INMENSO PATRIMONIO HEREDADO DE LAS GENERACIONES PASADAS...

 (Del trabajo «El fin de la última tregua», publicado en «El Evangelio», el 1 de enero de 1902.)

 ***

 Muchas son las consideraciones que podrían hacerse de cada una de las frases de Joaquín Costa. Queremos que quede bien claro que la MONARQUIA no puede ser una MONARQUIA SIN MONARCA y mucho menos una TAPADERA DE PARTIDOS y que el Jefe del Estado no puede ser un hombre incapaz con la cabeza llena de estopa, ni un figurón, como lo han sido todos los reyes a los que se refiere Costa y como lo han sido las reyes que siguieron al tenor de Costa.

 La experiencia y la Historia han demostrado que la dinastía de los Borbones reinantes ESTABA GASTADA, según frase de Costa. Si gastada estaba a principios de siglo, consideremos que hoy (1968) no queda nada aprovechable, pues siguió el desastre tras el desastre.

 Es preciso buscar sangre nueva, estirpe regia con vitalidad. Esa fuerza solamente nos la hubiese podido dar la dinastía carlista porque, si bien era Borbón de apellido, en realidad era hispánica, era BRAGANZA, como Ias reinas esposas de Don Carlos María Isidro. Sangre de BRAGANZAS SON TAMBIEN LOS BORBON-PARMA, en los que la integridad, el españolismo, la inteligencia, el catolicismo, etc., hacen suponer que son los HOMBRES que buscaba Costa para España, ya que la experiencia ha demostrado que los HOMBRES QUE PUDO DAR LA REPÚBLICA AUN ERAN MÁS NEFASTOS Y MÁS INEPTOS QUE LOS DE LA MONARQUÍA LIBERAL.

 La Divina Providencia nos ha deparado UN HOMBRE, UN CAUDILLO, durante algunas décadas, pero se precisa la continuidad de ese HOMBRE, para que un nuevo desastre de dinastía borbónica -continuadora de la de los «tristes destinos»- no malbarate EL INMENSO PATRIMONIO HEREDADO DE LA ACTUAL GENERACIÓN.

Roberto G. BAYOD PALLARES

 

 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968


martes, 14 de abril de 2026

Iglesia y Estado; situación nueva tras el Vaticano II

 Artículo de 1970 

  Iglesia y Estado; situación nueva

 -Las relaciones concordatarias o no, de este o del otro tipo jurídico- entre la Iglesia y el Estado moderno discurren hoy (1970) por cauces diversos a los de hace todavía muy pocos lustros. Las razones son varias y profundas, y sería una grave equivocación desconocerlos en unos momentos en que todo hace pensar que el Estado español y la Iglesia Católica están realizando unas conversaciones en orden a la revisión de los compromisos adquiridos anteriormente. (...)

 El Catolicismo tiene que pensar muy en serio que no basta “tener la verdad”, si luego la “verdad” se encarna únicamente en un ecumenismo vivido universalmente como indiferentismo religioso. No basta poseer la verdad si ésta no acaba nunca de encarnarse en la vida.

 Pues bien; cuando se piensa en relaciones entre la Iglesia y el Estado no se puede ser utópico en el peor sentido de la palabra, es decir, pensando esas relaciones intemporal y a-históricamente, porque entonces el nuevo “arreglo” jurídico duraría menos mucho menos que el Concordato periclitado de 1953.

 Entonces -algunos se preguntan- ¿es que la Iglesia Católica tiene que mudar radicalmente sus principios eclesiológicos en la materia? Y he ahí donde muchos encuentran un callejón sin salida en el que se hubiera metido el Concilio Vaticano II, promulgando tanto el decreto “Dignitatis humanae” cuanto la Constitución “Gaudium et Spes”. Porque, una de dos: o estos documentos son una acomodación fraudulenta a los nuevos tiempos -con lo que la Iglesia Católica juega al maquiavelismo religioso- o están en contradicción con venerables documentos anteriores- y entonces no tiene fijeza en los principios. ¿Vamos a oponer León XIII a Pablo VI?

 Vieja polémica ésta, que olvida la distinción de principios y planos descendidos de aplicación. Hoy, la Iglesia contempla que los Estados piden una autonomía de acción, en un orden jurídico-social que los permita proseguir un bien común auténticamente tal. Por otra parte, es imposible pedir a la Iglesia que deje de auto-reconocerse como la única religión verdadera que posee derechos, los “derechos de Dios”. Esta proclamación, sin embargo, obtenía un eco amplio y profundo en unos tiempos y en unas circunstancias de tiempo y de lugar en que los principios descendían pacíficamente para encarnarse normalmente en estructuras terrenas adecuadas y eficaces. 

Quienes hablan contra aquella “tutela” de la Iglesia y sus exigencias jurídicas, no tienen el sentido histórico para comprender el fondo de la historia. Por eso tantas alharacas contra las Cruzadas, la Inquisición, las guerras de religión y la tutela de la Iglesia sobre los estados medievales. Todo ello solamente descubro un sectarismo resentido, cuya base es un enorme falta de sentido histórico.

 Pero, además, esas voces encorajinadas están movidas por principios falsos, ya que se niegan “derechos” a una institución divina que, por lo menos, un católico consciente no puede poner en duda. Por eso, primero y ante todo, si no se quieren embrollar estas cuestiones delicadas, hay que presuponer un problema de fondo, los principios. Estos podríamos ir a encontrarlos lo mismo en León XIII que en Pablo VI. Pero la misma “ratio histórica” nos exige que los busquemos en el Concilio Vaticano II. 

Esta es, hoy, la mente de Pablo VI. No intentemos, sin embargo, presentar únicamente el siempre peligroso “espíritu del Concilio” o la ambigua “lógica conciliar”. No nos satisface siquiera esa “dinámica conciliar” a que se ha referido el profesor Ruiz-Giménez respondiendo a G. Urresti. Intentemos, ante todo, dar cuerpo y presencia a los textos mismos del Vaticano II.

Sólo más tarde se puede intentar esa contemplación concreta de la realidad histórica española y de la situación mundial en que, necesariamente, se deben insertar. (…)

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970

 

domingo, 12 de abril de 2026

Intereses oscuros bajo guerras dinásticas


 La cuestión dinástica. (El caso de don Juan y de Laceu)

 Descendamos ya a las aplicaciones concretas a España y a la Comunión Tradicionalista, señalando dos casos, uno que se realizó y otro que se está realizando, y que entrambos se refieren a la misma cuestión dinástica.

 Para honor del linaje humano, no ha existido nunca en el mundo una cuestión puramente dinástica; es decir, que se redujese únicamente a la sustitución en el poder de familias y de personas.

 Siempre detrás de las luchas dinásticas han existido las políticas o de intereses y principios superiores, que las tomaron por fórmulas y enseñas.

 La contienda entre don Pedro I y don Enrique de Trastámara, más que problema de legitimidad, de origen, que estaba bien claro, lo fueron de dos políticas interiores y exteriores: una de la represión de la aristocracia feudal y de alianza con Inglaterra, y otra, contraria y de alianza con Francia.

 A la muerte de don Martín el Humano, en la lucha entre don Jaime el desdichado y don Fernando de Antequera, la que resolvió el Compromiso de Caspe, lo que estaba por encima de la ley de sucesión era la independencia de Cataluña y el apartamento de Castilla, o la tendencia a la unión personal de las coronas y de los Reinos que se verificó más tarde (Reyes Católicos).

 La guerra de sucesión entre Austrias y Borbones, más que por las dos Casas, se peleaba por el equilibrio europeo y por lograr o evitar el predominio de una de ellas.

 Antes de que estallase la cuestión dinástica en España, la que ocasionó las guerras civiles, ya existía la lucha entre los dos partidos y las dos banderas, lo mismo en las Cortes de Cádiz, cuando la Monarquía estaba ausente, que en los períodos de 1814 a 1820, y del 20 al 23, y desde esta fecha hasta la muerte de Fernando VII. La división honda, profunda, con dos programas, pero sin tener dos símbolos dinásticos, porque el litigio no había empezado, existía. Y cuando los símbolos existieron y se ensangrentaron los campos, el hacer prevalecer a una rama sobre la otra fue cosa secundaria y que obedecía a los principios que representaban, que era lo principal. La prueba la daba bien clara el Reino lusitano, donde la contienda entre don Miguel y doña María de la Gloria era combate de los principios, pues la diferencia de la legitimidad dinástica bien puede decirse que no existía.

 Por eso Balmes afirmó que si don Carlos María Isidro se hubiera declarado opuesto al tradicionalismo, ningún liberal hubiera puesto en duda su derecho, y si doña María Cristina y doña Isabel le hubiesen representado, los tradicionalistas y no los liberales estarían a su lado. El instinto y el sentido común subordinan los símbolos a las causas simbolizadas; los abanderados a las banderas, pues sin ellas no son nada.

 ¿Quién tiene el derecho de declarar el divorcio entre los dos y la ilegitimidad de ejercicio?

 Si la cuestión fuese opinable y puramente religiosa, y no se refiriese a los otros dos derechos, como sucedió algunas veces en la Edad Media, las constituciones de aquella época llevaban implícitas, y algunas veces explícitas, la apelación al Emperador, y de éste al Papa, o la directa al Pontífice. Hoy, desgraciadamente, la práctica constante de políticas secularizadoras en distinto grado, hacen innecesario el dictamen, pues es continua la oposición de la Iglesia con ellas, y la única cuestión está en los medios prácticos de evitarlas y de sustituir a los poderes que las defienden.

 Pero trátese de uno o de todos los tres derechos, los grandes doctores señalaron como condición para la resistencia, que no se haga por autoridad particular o privada, sino pública, considerando como tal a una parte considerable de la sociedad, o la manifestada por sus órganos principales; es decir, por los que representan la soberanía social.

 Si no existiese, ni aun mermada, en las Corporaciones y clases que la forman, sería inútil plantear el problema porque la tiranía habría arrasado todas las resistencias, y no quedaría, por lo tanto, medio alguno para ejercitarlas.

 Todo esto se refiere, naturalmente, al soberano de hecho que gobierna dentro de un pueblo, en contacto con él, y que tiene sometido a su potestad y a la de aquellos elementos que le auxilian y comparten, a todas las fuerzas rivales, e incluso a las más extrañas que pugnan por derrocarle.

 A un príncipe que no es soberano desposeído, y que vive extrañado del reino, y tiene enfrente de sí a todos los partidos que vienen dominando secularmente a su país, sólo por una especie de galantería doctrinal se le pueden aplicar los mismos conceptos que al monarca de hecho que gobierna su pueblo y que tiene relación directa y coacción eficaz para mantenerla con los gobernados.

 En realidad, no es más que un jefe de partido, mientras no logre convertirse en jefe de sus propios enemigos, y someter a los más contrarios como Rey, si no por amor, por la fuerza coactiva del mando.

 La declaración de ilegitimidad, y la consiguiente destitución que puede seguirla en el soberano de hecho, trae, desde luego, aparejada una revolución, cuyas consecuencias, para lograr el éxito y restaurar el derecho, es preciso calcular, a fin de que los resultados no sean contraproducentes. Pero cuando se trata de una jefatura política, aunque tenga la más alta representación genealógica y heráldica, la cuestión se simplifica, pues la ilegitimidad de ejercicio se reduce, en quien no gobierna de hecho, a la oposición con los principios, la conducta y el interés de su pueblo, representado en su partido.

 No se concibe la existencia de un jefe que dirija contra su propio parecer a sus parciales. Querer imponerles una política contraria a la que defienden y recabar el derecho exclusivo de fijar su conducta y de variarla, es transformarlo de agrupación de hombres libres en un instrumento ciego.

 La emancipación de tal jefatura será entonces la consecuencia inevitable, si el partido no renuncia al derecho a la vida.

 La Comunión Tradicionalista se encontró un día en ese caso y reaccionó vigorosamente, salvándose. Don Juan de Borbón y de Braganza, que a la sazón era su jefe, mal aconsejado por su secretario Enrique Laceu, escribió desde el extranjero un manifiesto, fechado en Londres en septiembre de 1860, inclinándose francamente a la política liberal y afirmando «que sería injusto negarle la facultad de apreciar en su verdadero valor el siglo en que vivimos». Recababa para sí el derecho de imponer una política y una conducta a su partido. 

JUAN VAZQUEZ MELLA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968

 

miércoles, 8 de abril de 2026

El 18 de Julio y Europa

 Artículo de 1970

 

El 18 de Julio y Europa

 ¿Qué es eso de “estar” a la altura de los tiempos? ¿No será más viril, más digno, más europeo levantar los tiempos a una altura digna, viril, europea? Me hago estas preguntas ante una corriente que circula por cenáculos, simposios, diálogos abiertos, cátedras pedantes, ateneos de voz impostada e incluso callejas y pasillos de menor nivel.

 Parece que el hecho de que, circunstancialmente y coyunturalmente, España se asome con un traje decoroso a las solemnes asambleas europeas nos obligará a conservar el traje y simultáneamente a cambiar el contenido de ese traje. A conservar ese traje pero metiendo dentro de él algo que acaso ya no sea España. Dicho ya claramente: ¿Por qué para asomarnos a Europa hemos de prescindir de la más puras esencias ideológicas que hicieron posible estos treinta años de paz y de progreso?

 Y conviene decir que cuando Europa era una entidad exigente y constructora, Europa señalaba el nivel de vida de los tiempos y, cuando la misma Europa se distendió y, volviendo la historia por pasiva, se cambió de sujeto en predicado, se despeñó por la barranca para descender a “la altura de los tiempos”. Europa ha sido -mientras ha sido- un nivel de cultura. Y el nivel de una cultura no se señala por los logros adquiridos sino por las metas que esa cultura se propuso alcanzar.

 Y alcanzar las metas que Europa se propuso desde los dorios y el ágora de Atenas hasta Augusto y desde Augusto hasta Carlomagno y desde Aquisgrán hasta El Escorial, exige una tensión asombrosa, una imaginación fecunda y una mentalidad clara y excelsa. En aquella Europa tensada, creadora, exigente, en aquella Europa que ascendía gloriosamente hacia sus metas históricas, estaba con sus particularismos y, por derecho propio, España. ¿Y por qué España, en 1970, no va a poder presentarse con sus actuales particularismos?

 Después de Westfalia, Europa se hizo a su aire, a un aire de abandonismo y de distensión. España, desangrada si no vencida, replegó sus banderas y retiró sus Tercios de la Pomerania y de Viena, de Nordlingen y las Siete Provincias. España quedó orillada y, tras los sucesivos Pactos de Familia y tras los sucesivos mordiscos a su entidad histórica por un vía crucis sombrío, llegó al 18 de Julio.

 Allí está la Falange que, al fin, definida en una sola palabra no era sino servicio. Aquello mismo que había dicho Íñigo de Loyola, capitán del César, cuando España defendía a la desesperada los cánones de Trento: “El hombre es creado para servir”. Europa lanzó su “Non serviam”, no serviré y se hizo a su aire. Y se hizo en burguesía y en confort, se hizo en las añadiduras, en la comodidad y el “laissez faire”.

Por supuesto, inventó la máquina de vapor y la electricidad y, por supuesto, al perder la exigencia y el rigor, se secó en su alma fáustica, romana, germánica y cristiana.

 Un día, los “sans-coulottes” rompieron a golpes de guillotina toda la cursilería empalagosa de Europa. Otro día, los cañones tronaron en Sedán. Otro día, Europa comenzó a desangrarse en torno al Rhin. Otro día, comenzando por Polonia, se fue rompiendo en toda su geografía…

 Ahora, Europa está ahí y España está aquí. Ahí está lo que queda de Europa: el confort, la comodidad, la blandura, el abandono del servicio, la rotura de los vínculos familiares y la exaltación del interés, la conquista de la técnica y la materialización del hombre. Y en ese trance, España tiene un traje presentable para entrar en los salones de Europa. Algunos pretenden que ese traje se “mejore” pero que, dentro, no vaya la España del 18 de Julio, sino algo que esté a la “altura de los tiempos”.

 Lo que va dentro del traje “todavía”, es la exigencia del servicio, la tensión auténticamente europea de crear la norma, el rigor, el servicio y la fidelidad a unos ideales. Todo lo que hizo el nivel cultural de Europa, todo lo que Europa fue perdiendo por trochas, veredas y atajos. Todo lo que el espíritu joven y europeo de la Falange aportó a la España ruin, decadente, dividida, zaragatera y triste de 1936.

 Se quiere presentar a España con un traje “decoroso” pero se quiere presentar un traje vacío, deshabitado, hueco. Se quiere que ponerse a la “altura de los tiempos” sea algo como hacer andar a una mortaja. 

Xavier DOMÍNGUEZ MARROQUÍN


 Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970

 

lunes, 6 de abril de 2026

¿Puede un católico ser demócrata?

 Artículo de 1979

Al Papa Juan Pablo II

 ¿PUEDE UN CATÓLICO SER DEMÓCRATA?

 Después de leer las cartas de Monseñor Enrique y Tarancón, nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, quedan como nubladas, oscurecidas y conturbadas.

 Santo Padre:

 El Concilio Vaticano II, que a todos los fieles nos compromete y obliga, propone: “Los obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios, prediquen juntamente con su sacerdotes el mensaje de Cristo, de tal manera que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del Evangelio… Capacítense con insistente afán para participar en el diálogo que hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier opinión” (GS, 43).

 Pero también afirma este mismo Concilio: “Cristo, Profeta grande, que por el testimonio de su vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes, por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra (Cf, Act 2, 17-18, Apoc. 19,10), para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana familiar y social” (LG,23).

 El cardenal Tarancón, contrario al Magisterio de la Iglesia

 Pues bien, muchos católicos de Madrid y de España, cuando queremos cumplir nuestra misión profética, nos encontramos con que nuestro sentido de la fe está en pugna con lo que enseña el cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española. Monseñor Tarancón, en sus ambiguas y a veces contradictorias “cartas cristianas”. Nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, después de leer las “cartas cristianas” que publican profusamente los periódicos, quedan como anubladas, oscurecidas y conturbadas, en gran parte porque esas “cartas”, lejos de esta inspiradas por el Evangelio, están inspiradas por razones y motivos de “humana sabiduría” y versan sobre materias políticas opinables. Pero no sólo quedamos desorientados y perplejos porque, a menudo, esas “cartas cristianas” se oponen a nuestro “sentido de la fe”, sino porque se oponen a la doctrina tradicional de la Iglesia y a muchos textos explícitos del Concilio Vaticano II.

 Ignoramos si el cardenal Tarancón comulga con Juan Pablo II

 Los católicos sabemos, sí, que, como enseña el mismo Concilio (LG,25), “los obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, tienen obligación de aceptar y adherirse, con religiosa sumisión del espíritu al parecer de su obispo en materias de fe y de costumbres cuando él las expone en nombre de Cristo”. Pero sucede muchas veces que el cardenal Tarancón, en sus “cartas”, no está en comunión con el Romano Pontífice Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII ni, por supuesto, con el Concilio Vaticano II. Y, por otra parte, ni sabemos si está en plena comunión con Vuestra Santidad, porque Vuestra Santidad no se ha pronunciado sobre los temas que el cardenal aborda, innovando y contradiciendo la doctrina común en la Iglesia anterior al Vaticano II.

 Por lo demás, tampoco nos es fácil a los fieles católicos discernir en esas “cartas cristianas” lo que son propiamente materias de fe y costumbres y materias políticas, en aquello en que la política es ajena al contenido de la fe y de la moral y, por tanto, cuestión opinable, en la que haría mal el cardenal Tarancón en usar su oficio pastoral para inclinarnos en favor de un partido político, según aquello que acordó el Sínodo de los obispos de 1971 que, referido a los presbíteros vale “a fortiori” para los prelados: “Hay que procurar que su opción no aparezca ante los cristianos como la única legítima o que se convierta en motivo de división entre los fieles” (AAS,1971, pág.913).

 Yo no tengo derechos humanos en la Iglesia

 Como sabe Su Santidad, la Iglesia, que tanto se preocupa hoy por definir y promover los derechos humanos civiles, no se preocupa bastante, si es que se preocupa algo, por definir y legalizar canónicamente los derechos humanos eclesiales. Por eso, yo no tengo derecho en la Iglesia -por más que sea católico y publicista militante- a que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe examine y dictamine si las “cartas cristianas” del cardenal Tarancón están en comunión con la doctrina tradicional de la Iglesia que, sin duda, profesa y debe profesar también Su Santidad.

 Y como la Iglesia todavía no respeta mi derecho humano a que se examine y se sentencie de oficio la conformidad de la doctrina del cardenal Tarancón -que rara vez aduce en sus “cartas” texto de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia- con la doctrina ortodoxa católica, sólo puedo y me atrevo a dirigirme públicamente a Su Santidad -porque las cartas que se le envían a través de la Secretaría de Estado no obtienen respuesta-, para pedirle la gracia de que “confirme a sus hermanos en la fe” (Lc.22,32), señalando lo que de sana  doctrina o de doctrina desviada o heterodoxa pueda haber en el magisterio del cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Iglesia española.

 Obrar “con espíritu democrático” no cristiano

 Una espécimen de la doctrina de nuestro cardenal podría ser este: “Es necesario, pues, que los que tienen una concepción espiritualista de la vida -auténticamente humanista que reconoce las distintas dimensiones del hombre y afirma su trascendencia- se apresten para intervenir inteligente y eficazmente en esta época pos- constitucional. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la política tiene su propias leyes y que la democracia encierra unas exigencias esenciales. Habrán de aprestarse, pues, para actuar con criterios y procedimientos políticos y con verdadero espíritu democrático” (“ABC, 23-XII-76).

 Como puede advertir Su Santidad, esta es una sentencia o un criterio estrictamente maquiavélico o laicista. A los católicos, aquí, se nos inculca no que no actuemos con criterios morales en la política y que nos comportemos con “verdadero espíritu cristiano”, sino que hagamos la política lo mismo que la hacen los paganos.

 No hay verdadera autonomía de lo político

 En esta materia, el cardenal Tarancón interpreta mal el Concilio Vaticano II cuando habla de la “autonomía de las cosas terrenas” y olvida el pronunciamiento tradicional de la Iglesia expresado en estas palabras del Vaticano II: “Pero si con las palabra “autonomía de las cosas terrenas” se entiende que las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede usar de ellas de tal manera que no las vincula (“referat”) al Creador, nadie que reconozca a Dios deja de sentir cuán falsa es tal sentencia” (GS,36). 

Si las palabras del cardenal Tarancón aquí pueden y deben entenderse como maquiavelistas, laicistas, secularistas, el Vaticano II no ofrece dudas: “Una cosa cierta hay para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva… responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo” (GS,34). Esta sentencia no ha querido tenerla en cuenta ni el cardenal Tarancón ni la mayoría de los obispos españoles al recordarnos a los católicos cuál habría de ser nuestra actitud ante la promulgación de la reciente Constitución española, que ni orienta a Dios la actividad humana ni le reconoce como creador de todo, cosa que deberíamos haber confesado los católicos españoles en nuestra Constitución, puesto que reunimos a la mayoría de los votos de la Nación.

 El cardenal Tarancón toma el partido democrático

 Otra muestra también reciente y singular de la falta de congruencia entre la doctrina tradicional católica y la doctrina expuesta por el cardenal Tarancón queda patente en estas palabras de él: “Es necesario afirmar rotundamente: 1. Que la democracia no está en contra de ninguna verdad de la fe cristiana. La “soberanía del pueblo” en el plano político -principio fundamental de la democracia- no va en contra de que “toda autoridad viene de Dios”… 2. “Pío XII hizo el gran elogio de la democracia (“Ya”, 6-I-79)”. El cardenal Tarancón no explica por qué la Iglesia en Italia excomulga a las personas que coadyuvan a la consumación de un aborto provocado, siendo así que la Ley del aborto ha sido allí promulgada “con” espíritu democrático y con todo rigor democrático.

 La democracia es contraria a la verdad primordial del cristianismo

 El cardenal Tarancón, con esas palabras, favorece y sacraliza a cierto modo a la democracia, a pesar de que la democracia, real o prácticamente, es contraria a la verdad fundamental del cristianismo. Yo tengo por verdad fundamental o primordial del cristianismo la de que Dios existe, pero un dios revelante y legislador cuyas verdades y cuyas leyes debe acatar el hombre que quiera ser verdaderamente libre y feliz. La democracia (sea liberalista, sea socialista) opera como si no existiese ese Dios legislador. No pueden ser más contrarias una actitud como la cristiana (que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de Dios) y la democrática, que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de los hombres, desentendiéndose de la voluntad de Dios.

 Sólo es admisible la democracia que respeta la Ley de Dios

 Por eso, el Vaticano II, concorde con la doctrina tradicional de la Iglesia, enseña contra el cardenal Tarancón: “Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana y, por lo mismo, pertenecen al orden predefinido por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en el de las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral” (GS,74). 

Y cuando el Concilio enseña que es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan estructuras jurídico políticas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin discriminación alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y activamente en el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la comunidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la fijación de los campos de acción y de los límites las diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes (GS,75), el mismo Concilio nos remite a los discursos del Papa Pio XII, como el radiomensaje navideño de 1944, donde se hace patente que para la Iglesia no es buena cualquier democracia sino la “sana democracia”, la que se basa en el sufragio universal, sino en la Ley de Dios, en el ordine assoluto”, como dice Pío XII, el “ordo moralis” de que habla el Concilio. Pío XII, lejos de hacer el gran elogio de la democracia, hizo patentes sus sagradas reservas a ella. 

Y, por lo que toca a Pablo VI, podemos recordar la “Octogesima Adveniens”.

 La democracia común es contrario al catolicismo

 La democracia tiene por fundamento explícito o implícito, ya la ideología liberalista, ya la ideología marxista: es así que en la Octogesima Adveniens” (como en los documentos pontificios del siglo XIX y XX) se establece que la ideología liberalista y la ideología marxista son contrarias e incompatibles con el catolicismo: luego la democracia es contraria al catolicismo e incompatible con él. Las dos premisas de este silogismo son tan evidentes que no necesitan demostración; lo único que necesitan es que Su Santidad se pronuncie inequívocamente sobre una materia tan grave como ésta, la que nuestro cardenal Tarancón ha tomado un partido y, además, desviado.

 Eulogio RAMÍREZ

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979

 

 

jueves, 2 de abril de 2026

Disimular ante la violencia marxista siempre está de moda

 Comentario de los sucesos de Cagliari (Cerdeña, Italia, 1970), cuando el cortejo papal de visita en la isla fue apedreado por un grupo de 40 anarquistas acampados. Para evitar el escándalo, disimular y no ofender a la subversión marxista imperante, se “culpó”, por los medios vaticanos, a los policías de la escolta, que habrían sido los (justamente) agredidos, dando a entender que “si el Papa hubiese viajado sólo, los incidentes, no se hubieran producido”.

El artículo trata, pues, sobre el doble rasero hipócrita contra la violencia... según de donde venga...

 

 LA VIOLENCIA… SEGÚN Y CÓMO

 Que Pablo VI haya condenado las versiones de los grandes diarios sobre los graves sucesos de Cagliari (isla de Cerdeña, Italia, 1970) es más que comprensible.

 Pero una cosa es la respuesta del Papa a los sucesos y otra son los hechos mismos. Los hechos son como son. El cortejo papal fue apedreado por “un grupo de anarquistas”, una cuarentena de personas acampadas durante el día en la vecindad del barrio de San Elías que, según el programa, sería visitado por Su Santidad al finalizar su viaje en Cerdeña.

 No hubo, ni nadie lo intentó, misterio alguno en las intenciones de esas personas acampadas a la vista de todos. Durante días antes tuvieron reuniones y la correspondiente campaña a base de hojas, panfletos y circulares. Abundó la campaña subversiva en este barrio. Esta gente había manifestado en discursos, en pancartas y escritos sus clarísimas intenciones. La policía vigilaba. En otros tiempos, no ya en los tiempos “nefastos” del fascismo, sino tan sólo hace pocos años, la policía hubiese decididamente terminado con los propósitos públicos de los agresores. Pero ahora no. Ahora los melenudos, los contestatarios, los maoístas son rojos y, por tanto, inviolables. Mientras el Papa estaba al llegar, la policía italiana se limitó a hacerse enviar un megáfono.

 Lo que después sucedió es sabido. La pedrea, se ha dicho en círculos vaticanos, no estaba dirigida contra el cortejo papal sino “contra un vehículo de la policía”. ¿Por qué? Naturalmente porque los métodos represivos y violentos contra los “pobres” subversivos, contra los “pobres” anarquistas, contra los “pobres” campesinos democráticos, han excedido de ciertos límites… Así que la culpa fue, según medios vaticanos, de los que quieren el orden, de los agentes que, cuando el Papa sale del Vaticano, son movilizados por millares con gastos de centenas de millones. Si el Papa hubiese viajado sólo, los incidentes, por tanto, no se hubieran producido… Y así, según los medios citados, se llega a la asombrosa conclusión que las piedras que cayeron sobre el auto del cardenal secretario de Estado estaban “realmente” dirigidas contra el agente Gaetano, particularmente represor ¡Demos gracias a Dios y alegrémonos…! Epítetos aparte, no ha sucedido nada. El encuentro del Papa con los fieles de la Iglesia, con el pueblo de Dios, no podía ser turbado. A los heridos, a los violentos, a los agentes de la Policía que han monopolizado las iras del pueblo, les “está bien empleado”…

 Bien podríamos concluir que la violencia está de moda. Usémosla todos y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga… Pero quién así piense no sabe que se encamina y se merece la más severa condena eclesiástica, porque olvida un detalle fundamental. Éste:

 Para los “teólogos de la violencia” esta es buena o perversa según quien la ejercita: buena, si la practican los anarquistas, los comunistas, los progresistas, los de la ETA, los estudiantes revolucionarios etc; perversa, si la realizan los “fascistas”, los tradicionalistas, los falangistas, etc. El episcopado francés, por ejemplo no ha condenado todavía la violencia del “mayo rojo” (1968); el episcopado italiano tampoco condenó la del “otoño cálido”; el español, la de la ETA; ni nadie la de los secuestradores de aviones hacia la Cuba comunista.

 Pero voces cristianas se elevan indignadas cada vez que un cura terrorista termina en la cárcel, un asesino político es condenado por un tribunal o la policía restablece el orden destruido con la violencia. Nos recuerdan la voz de Marx o de Bakunin, en vez de la voz de Cristo. No piden estas voces la libertad para los perseguidos sino para algunos de ellos. El Sermón de la Montaña se transforma por estas personas en directrices de Radio Moscú, el evangelio según el Kremlin ¡Y todavía hay gente que se pregunta por qué faltan vocaciones! ¿Por qué? ¿Quién va a entregar a su hijo al sacerdocio en estas condiciones?

 La desobediencia, rebelión, inmoralidad, son herejías coherentes en los eclesiásticos progresistas que quedan impunes, creando la subsiguiente confusión en el pueblo de Dios que se vuelve, desconcertado, hacia sus pastores con la esperanza de que a alguno le diga dónde se encuentra la verdad.

 No nos ha producido sorpresa que un cardenal con fama de progresista, de post-conciliar, el cardenal Martín, arzobispo de París, haya roto esta norma de tolerancia para decir: “Condenamos estos procedimientos. Las violencias son contrarias al espíritu del Evangelio”. Pero si usted, lector, cree que el ilustre cardenal se refiere a la violencia de los terroristas, secuestradores o guerrilleros, es que está en el limbo. El cardenal Martín ha emitido todo su poder condenatorio para lanzarlo contra un grupo de manifestantes que el 17 de marzo (1970) protestaban en la iglesia de San Eloy, en París, contra un festival de música moderna que se celebraba allí, gritando: “La Iglesia no es un cabaret”.

 Esa es la violencia perversa, la que debe ser castigada fulminantemente. Por el contrario, la que se volcó sobre la Universidad de París, con manifestaciones de terror por las calles, destrucción de las aulas y conflictos con la policía, debe ser violencia evangélica, ya que el señor cardenal no ha dicho una sola palabra para condenarla.

 Los estudiantes, profesores e intelectuales de todos los países, durante estos años enteros, han guardado silencio mientras el Vietcong arrasaba aldeas y acababa con todos los vietnamitas que no se supeditaban a sus deseos. Pero todos estos occidentales se han alzado en protestas enérgicas cuando una fuerza yanqui, por lo que sea, cometió actos parecidos.

 El mismo sector de la opinión pública consideró normal que las tropas de Hanoi se instalarán en Camboya, protegidas por su neutralidad, desde donde atacaban impunemente a norteamericanos y sudvietnamitas. Pero cuando el presidente Nixon se harta de este juego y decide no aguantar más e invade Camboya, al instante y con perfecta sincronización, se elevan protestas en todo el mundo porque Nixon ha violado una neutralidad que prácticamente era inexistente.

 Y cuando el soviético Kosygin se hace eco de las protestas y condena al presidente Nixon por su invasión de Camboya ¡en nombre de los países “amantes de la paz”!, el diario más importante de Londres publica la noticia de la “excomunión” de Nixon por Kosygin, con titulares a toda página. Se cuida, por supuesto, el tal diario de hacer constar que Kosygin es la mayor autoridad en materia de agresión a naciones ajenas, como lo demostró con Checoslovaquia en 1968.

 Por lo que respecta exclusivamente a nuestro país, las cosas no discurren de otra forma. Todo es igual que en el extranjero por la sencilla razón de que todo corresponde unos planes perfectamente sincronizados. Si la policía española, en su obligación sagrada de mantener el orden dondequiera que se altere, hubiese actuado tan enérgicamente o casi, como la norteamericana actuó en Ohio (1970), la leyenda negra contra nuestra Patria y nuestro Régimen habría tomado caracteres universales. Si los estudiantes mejicanos que, en vísperas de la Olimpiada de 1968, fueron clavados materialmente con las bayonetas de los soldados, hubiesen sido españoles y el hecho se hubiera desarrollado en Madrid, las internacionales de todo tipo hubiesen desgarrado sus vestiduras y el escándalo aún persistiría. 

Si los detenidos recientemente en las diócesis de Bilbao no hubiesen sido sacerdotes sino un grupo de falangistas o las “guerrillas de Cristo Rey “, ponemos por caso, la reciente homilía de monseñor Cirarda no se hubiese escrito. Si el sacerdote que, en presencia del ministro de la Gobernación, asiéndose al micrófono en una solemnidad religiosa en Montserrat excitó a los fieles, no hubiera sido tal sino un “nefasto derechista” o un “contestatario” contra las cosas que están sucediendo en Cataluña, ya hace tiempo hubiese pasado al Tribunal de Orden Público.

 Y suma y sigue, lector. Agrega cuanto quieras que siempre te quedarás corto. Porque hoy por hoy, la violencia es según y cómo.


Revista FUERZA NUEVA, nº 183, 11-Jul-1970

 

lunes, 23 de marzo de 2026

Intelectualismos sectarios sobre Cataluña (2)

 Artículo de 1970 

 NUEVA RÉPLICA A "SERRA D'OR"

 Venimos recibiendo una copiosa correspondencia repleta de indignación por la sofistería de la revista “Serra d’Or” que. en su número de febrero (1970), con la entrevista a Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren, sintetizaba toda su agresividad brutalmente desfiguradora de los hechos más patentes en esta frase: “El régimen que se estableció el año 39 era constitutivamente anticatalán”.


 Lo que se cuece bajo la frase de Aranguren

 Que “Serra d`’Or” haya podido publicar esto en letras de molde, ni es flor de un día ni algo insignificante. El Círculo Doctrinal “José Antonio”, de Barcelona, acaba de publicar (1970) el informe de la reunión celebrada en Castelldefels el quince del pasado marzo, que levanta el telón de lo que viene ocurriendo, con estas explícitas aclaraciones:

 Hoy en Cataluña de nuevo intentan fortuna los nietos de Prat de la Riba, y grupos minoritarios procuran abocarla otra vez por la falsa ruta. Hoy el Omnium Cultural, Montserrat, el Colegio de Arquitectos, la Banca Catalana y varias entidades parareligiosas y paraculturales asumen el papel que antaño desarrollaran aquellas instituciones con que maniobraba Prat de la Riba... Por eso no es maravilla ni debe despertar extrañeza que la Diputación de Barcelona conmemora solemnemente, el 1 de agosto de 1967, el 50 aniversario del fallecimiento de Prat de la Riba… ni que algún destacado multimillonario como don Luis Carulla y Canals, también destacado catalanista y hombre de negocios -La Gallina Blanca- con motivo de las Navidades desee a su círculo de amigos… un año 1968 con la arenga rencorosa de Pau Claris, preludio del Corpus de Sang y de la Guerra del Segadors, y otros (1969) con el ya citado diario de Ferrán Soldevila en que lo no español asoma a flor de piel”.

 No sabemos por qué, ni siquiera si tiene ilación ante todo esto, recordar lo que escribía “Arriba”, en su número 12, del 6 de junio de 1935, comentando el juicio de Companys, Pérez Farrás y otros compinches (por los sucesos revolucionarios de 1934) ante el Tribunal de Garantías Constitucionales.

 Escribe “Arriba” de José Antonio:

 Companys y los suyos se alzaron en memorable fecha contra la unidad de España: trataron de romper en pedazos a España, usando los mismos instrumentos que otros llamados españoles pusieron en sus manos. Aún está bien reciente en nuestra memoria el sonido escalofriante de la radio en aquella noche del 6 al 7 de octubre (1934), los gritos de ¡Cataluña, a las armas, a las armas! y las proclamas de los jefes separatistas. Era de prever que el juicio (1935) se hubiera celebrado bajo la amenaza suficiente de la cólera popular, que los acusados no hubiesen apenas encontrado defensa sino en un último llamamiento al deber inexcusable de defensa que a todos los abogados toca y que los acusados hubiesen asumido un papel respetuoso de delincuentes sometidos a la Justicia.

 Pero no: el juicio oral se ha convertido en una especie de apoteosis. Los procesados se han jactado, sin disimulo, de lo que hicieron, sus defensores -no nombrados de oficio sino surgidos gustosamente de entre las más hinchadas figuras- se han comportado más que como defensores como apologistas y ni a la puerta del Tribunal, ni en los coros habituales, ni en parte alguna de Madrid se ha notado el más mínimo movimiento de repulsión.

 Para algunos esto será indicio de que vivimos en un pueblo civilizado, tolerante y respetuoso con la justicia. Para nosotros es indicio de que vivimos en un pueblo sometido a una larga educación de conformismo enfermizo y cobarde. Si el 2 de mayo de 1808 hubiera llegado precedido de la inmunda preparación espiritual de nuestros tiempos, el pueblo, en lugar de echarse a la calle, hubiera soportado con resignación bovina la presencia de los soldados de Napoleón. Así estamos soportando ahora la afrentosa presencia del repugnante Ossorio y el indigno espectáculo de la prensa de izquierdas, cantora bajo burdos pretextos, de los traidores a la Patria.

 Digámoslo claro: mejor que esta actitud de maridos de vodevil francés, que va adoptando ante todo este espectáculo nuestro refinamiento, es la ferocidad impetuosa y auténtica de los pueblos que aún saben ajusticiar a sus traidores”.

 Así se hablaba en 1935, frente a los que desgarraban y malvendían los valores supremos de la Patria. Pero hoy (1970) “Serra d’Or” y Aranguren pueden vomitar los reniegos más absurdos y bárbaros contra el sacrificio de nuestro Ejército y milicias voluntarias para reconquistar Cataluña a la fe y la civilización, sin que ocurra ninguna reacción legal, que debería ser automática y definitiva. No pensamos en parangonar circunstancias, pero la peligrosidad de un ambiente que, aunque sea tarde, pueda producir en Cataluña una situación como la ocurrida en 1936-39, debe prevenirse.

  Muy por encima de “Serra d’Or”, con Joaquín Ruiz-Giménez, Pedro Laín Entralgo y López Aranguren, estaba el talento de historiador y hombre público del inolvidable amigo Fernando Valls Taberner, catalanista de siempre, pero que, a raíz de la República y del período rojo, supo ver claro cómo el catalanismo romántico y desvinculado de la tradición hispánica está sólo al servicio de la esclavitud de marxista. Y escribió sabiamente:

  “La trayectoria política de Cataluña en los últimos decenios del siglo XIX y en lo que llevamos del siglo XX puede resumirse en esta opinión: Cataluña ha seguido una falsa ruta y ha llegado a ser, en gran parte, víctima de su propio extravío. Esta falsa ruta ha sido el nacionalismo catalanista… Uno de los factores de subversión, cuya reaparición se debe evitar decididamente, ha sido el catalanismo político y aún, para simplificar la denominación, diremos el catalanismo a secas. Esto ha constituido la falsa ruta de la Cataluña contemporánea. Catalanismo no ha resultados lo mismo que amor a Cataluña, aunque de buena fe parecieran a muchos en otro tiempo, uno y otro, como cosas idénticas”.

 (…) Nosotros no queremos, en nombre precisamente de la catalanidad, que nuestra Cataluña se convierta en conejito de indias de otros experimentos marxistas, aunque está sevicia venga franqueada bajo la aduana de “Serra d’Or”.

 Jaime TARRAGÓ

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº181,27-Jun-1970


lunes, 9 de marzo de 2026

La democracia es una fe

 Artículo de 1979

 LA FE EN LA DEMOCRACIA

 Los actuales “beatos” de la democracia en España -como los llamaba Salvador de Madariaga- son tan fanáticos, tan cerriles, que no se dan cuenta siquiera de que su adhesión a la democracia es irracional; de que no pueden encontrarle fundamentos racionales a su profesión democrática; de que su devoción por la democracia es no más que fruto de su fe, y de que, consiguientemente, ha de haber ciudadanos que no tengan fe en la democracia en general o en la democracia liberal o en la democracia socialista.

 Entre los varios autores que conozco afirmando que la democracia es una fe, hay dos que me parecen más claros y profundos: Jacques Maritain, “L’homme et l’Etat”, y Julien Benda, en “La Grande Epreuve des Démocraties”.

 Maritain observa que, después de haberse ensayado en la Edad Media el intento de basar el Estado en la unidad de la fe religiosa o teologal, en la Edad Moderna se ha intentado el esfuerzo de basar la vida de la comunidad civil sobre el fundamento de la pura razón, separado de la religión y del Evangelio. “Este esfuerzo ha suscitado inmensas esperanzas durante los dos últimos siglos, pero ha hecho quiebra rápidamente. La pura razón se ha mostrado aún más impotente que la fe para asegurar la unidad espiritual de la humanidad y el sueño de un credo “científico” que uniese a los hombres en la paz y en comunes convicciones sobre los fines y los principios fundamentales de la vida y de la sociedad humanas, se ha desvanecido en las catástrofes contemporáneas”. Contra esta convicción y contra este evidencia militan ahora el padre Martín Patino, en su última conferencia del Club Siglo XXI, y Enrique Miret Magdalena, en “El Imparcial”, los cuales, lo mismo que Azaña, consideran que la fe religiosa hay que relegarla al foro íntimo de la conciencia, sin darle trascendencia en la vida política ordinaria.

 Maritain, iluso a pesar de todo, como el padre Patino y Miret Magdalena, considera que la futura o presente comunidad civil sólo puede basarse en “un común credo humano, el credo de la libertad…” Pero el punto capital a notar aquí es que esta fe y esta inspiración, y esta noción de sí misma de que la democracia tiene necesidad -todo eso no pertenece al orden de la creencia religiosa y de la vida eterna, sino al orden temporal o secular de la vida terrena, de la cultura o de la civilización-. La fe en cuestión… es un conjunto de convicciones del espíritu y del corazón, una “fe” temporal o secular. A esa ideología vaga, proteica, cuyo fracaso denuncia ampliamente el profesor Jacques Ellul, en “Trahison de l’Occident”, es a lo que Maritain llama la “fe secular democrática”.

 A su vez, Julien Benda estima que “la democracia debe considerar ciertos valores como fuera de discusión, como artículos de fe: estos valores son precisamente los principios democráticos. Según algunos de sus adeptos, explica Benda, la democracia no debe aceptar nada que no esté basado en la razón; pero como este autor era consciente de que la razón es demoledora de todo, incluso de sí misma, pretende que la adopción de principios políticos, siendo una actitud moral, procede, en el fondo, de la fe, no de la razón.

 Naturalmente, ese mismo irracionalismo es el que late en la famosa genialidad de Churchill, según la cual se adopta la democracia parlamentaria no por otra razón, sino por ser el peor todos los regímenes de gobierno salvo todos los demás. A poco que razonemos y analicemos, caemos en la cuenta de que esa genialidad que muchos recitan por boca de ganso, vale igualmente para cualquier régimen: si exceptuamos a todos los regímenes, la democracia no es el mejor, es el único que nos queda y no lo podemos comparar, no lo estamos comparando con los demás: lo adoptamos, sin compararlo con los demás, por fe, irracionalmente.

 ¿Qué se desprende del hecho de que la democracia es una fe?

 A mi juicio se desprenden tres consecuencias, dos políticas y una político-moral.

 1ª Que la democracia será un éxito cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos tengan la fe democrática, aun cuando las pequeñas minorías puedan, mediante el terrorismo, hacer inviable la democracia, instituyendo un poder paralelo y un Estado clandestino. Observa Pascal que los hombres funcionan civilmente mejor cuando hay unanimidad, aunque sea unanimidad en el error, que cuando hay pluralidad de opiniones o de fes.

 2ª Que la democracia será un fracaso como se imponga a muchos ciudadanos que carezcan de fe en la democracia. La verdad es que hay que tener mucha fe, muchas tragaderas y mucha ceguera para creer que la democracia produce la justicia, la libertad, la paz y el bienestar general.

 3ª Que en el régimen democrático es ilegítimo, es inmoral y debe ser ilegal cualquier conato de imponer la fe democrática a los ciudadanos por cualquier medio, e impedir que los ciudadanos con fe en otro régimen no democrático o democrático-orgánico hagan todo lo moralmente lícito para superar, rebasar y eliminar la democracia e instaurar un régimen más humano, más acorde con las profundas aspiraciones humanas, que depare más seguridad civil, más bienestar, más libertad, más progreso, menos paro obrero, menos parasitismo de los partidos y sindicatos etc.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 628, 20-Ene-1979 

 

martes, 10 de febrero de 2026

El doctor Marañón: republicano desengañado

 Artículo de 1970

 El doctor Marañón y la repetición de anacronismos 

 (…) En 1930, el doctor Marañón tuvo un papel decisivo. El nombre del doctor Gregorio Marañón encabeza el manifiesto de la “Agrupación al Servicio de la República”, publicado en “El Sol”, el 9 de febrero de 1931. Marañón se ufanaba de la erosión con que los intelectuales estaban carcomiendo la débil monarquía liberal. En el domicilio del doctor Marañón, Romanones y Alcalá-Zamora pactaron la entrega de la monarquía al comité revolucionario. Marañón tenía, por tanto, unas credenciales de republicanismo indiscutible.

 Pero llegó 1936. Entonces Gregorio Marañón, desgarrado ante el hundimiento total de España y ante la entrega de la misma a la URSS, en “La Nación”, de Buenos Aires, el 3 de enero de 1938, y en el número del 15 de diciembre de 1937, en “La Revue” de París, publicó el ensayo “Liberalismo y Comunismo”, sintetizando en el mismo sus “reflexiones sobre la revolución española”. 

¿Es exagerado hablar del peligro comunista?

 Cuando se hace presentir la concatenación que ciertas ideologías de neoliberales tienen, como de causa a efecto, con el comunismo en España, algunas con sonrisa y desdén de superhombres, piensan o dicen que se exagera. Esto, en 1931, era mucho más fácil y justificable poderlo afirmar. No obstante, señala y dictamina el doctor Marañón:

 En la misma caída de la Monarquía y el rendimiento de la República, la influencia visible del comunismo fue muy escasa. Si se repasa la propaganda, muy activa y violenta, que procedió a las elecciones de abril del año 1931 (las que ocasionaron el cambio de régimen), apenas se encontrará en ellas rastros de comunismo. Creo que este nombre no se pronunció una sola vez en el mitin de la plaza de toros que precedió en pocos días a la votación de Madrid y que la decidió a favor de las izquierdas. Cuando aquella noche leyó los discursos uno de los ministros del Gobierno monárquico hizo el comentario de que la mayoría de ellos habían sido más templados que cualquiera de los que se pronunciaron veinte años más atrás con ocasión de los sucesos de Barcelona, por los hombres liberales, gubernamentales y monárquicos.

 Esta misma impresión se recoge de las “Memorias” del que era entonces director de Seguridad de Madrid, el general Mola, que habían alcanzar, andando los años, tan alta celebridad. Idéntica falta de preocupación directamente comunista se refleja, dentro de la conciencia de gravedad de la situación,en las conversaciones de los últimos gobernantes de la Monarquía, con varios de los cuales nos unía una estrecha amistad personal.

 Sin embargo, la campaña de los partidos y de la Prensa de la derecha anunciaba una serie de catástrofes si el movimiento republicano triunfaba,a pesar de su carácter pacífico y de que sus principales jefes eran hombres moderados, liberales, muchos, inclusive,sin tradición republicana; entre ellos el propio señor Azaña. Ahora sería arbitrario discurrir sobre lo que hubiera sucedido de no sobrevenir el advenimiento de la República, suceso que en aquellas circunstancias era, a mi juicio, inevitable; y lo prueba la absoluta naturalidad con que ocurrió.

 En la historia hay una cosa absolutamente prohibida: el juzgar lo que hubiera sucedido de no haber sucedido lo que sucedió. Mas lo que no admite duda es que las profecías de la derechas extremas y monárquicas, que se oponían a la República, se realizaron por completo: desorden continuo, huelgas inmotivadas, quema de conventos, persecución religiosa, exclusión del poder de los liberales que habían patrocinado el movimiento y que no se prestaron a la política de clases; negativa a admitir en la normalidad a las gentes de derecha que de buena fe acataron al régimen, aunque como es natural, no se sentían inflamadas de republicanismo extremista.

 El liberal oyó estas profecías con desprecio suicida. Sería hoy faltar inútilmente a una verdad elemental el  ocultarlo. Varios siglos de éxito en la gobernación de los pueblos -algunos aún no extinguidos- como los de las democracias inglesa y norteamericana- habían dado al liberal una excesiva, a veces petulante, confianza en su superioridad.  La casi totalidad de las estatuas que en las calles de Europa y América enseñan a las gentes el culto de los grandes hombres tienen escrito en su zócalo el nombre de un liberal. Cualquiera que sea el porvenir político de España, no cabe duda que en esta fase de su historia fue el reaccionario y no el liberal, acostumbrado a vencer,el que acertó.

 Pero aún estas previsiones pesimistas se fundaban en la intervención de fuerzas ocultas, como el judaísmo y la francmasonería, más que en la acción comunista directa, que parecía hasta a los más suspicaces teórica, o, por lo menos, muy remota”.

 También el doctor Marañón se equivocó

 Si al doctor Marañón se le escapó el peligro comunista, hasta cierto punto, era explicable para un español de su ideología en 1931. En España no habíamos tenido todavía una experiencia en nuestra propia carne. Pero a pesar de que los efectivos comunistas en aquella época eran minúsculos, ya pronto se dio a conocer cuál era el resorte efectivo de aquella República que se prometía democrática y avanzada.

 El doctor Gregorio Marañón, en pleno fragor de las armas, de las víctimas y de la ruina de España, supo examinar concienzudamente los gravísimos defectos del liberalismo, del que él mismo siempre se había profesado expositor y partidario fanático. En la hora de la verdad, tras sus graves equivocaciones, tan fatales para España, honradamente supo confesar y denunciar las contradicciones y cegueras de su liberalismo.

 El doctor Marañón afirmaba que “en política, el único mecanismo psicológico del cambio es la conversión, nunca el convencimiento. Y debe siempre sospecharse del que cambia porque dice que se ha convencido”. Bien, pero eso será en el orden individual. La sociedad y el Estado no pueden permitir que impunemente se preparen nuevos fosos y caos a plazo fijo porque cierto resentidos no se convencen…

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº177, 30-May-1970