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miércoles, 22 de julio de 2026

Un sacerdote conmemorando el Alzamiento nacional

 Artículo de 1970 

 XXXIV ANIVERSARIO DEL GLORIOSO ALZAMIENTO NACIONAL

 Por José BACHS CORTINA, Pbro.

 Excmo. Sr. D. Alfonso Pérez Viñeta, Capitán General de la IV Región Militar, Excelentísimos e ilustrísimos señores. Amados hermanos:

 Dios es quien levanta o hunde los pueblos que ha creado. Y hace treinta y cuatro años, Él levantó a España, que iba a hundirse por culpa de manos impías, valiéndose del glorioso Alzamiento Nacional.

 En estos años, se han publicado centenares de libros y ha corrido la tinta en miles de escritos hablando, en bien o en mal, de nuestra Cruzada de Liberación Nacional. Yo quisiera, en esta noche memorable, dar una idea de la razón fundamental de todo cuanto se ha escrito en alabanza a nuestra gesta, que lo fue de esforzados confesores y mártires, los cuales en pacífico o en activo combate por la fe, llegaron a regar el suelo patrio con su sangre generosa. Vosotros y yo profesamos que el Glorioso Alzamiento Nacional es una preclara gloria cristiana auténtica, viva y actual.

 Esta es mi proposición que probaré, demostrando brevemente:

1. Que fue obra que, por encima de apetencia humana, quiso vindicar los derechos de Dios y de su Iglesia en España.

2. Que el mismo Dios quiso glorificar los días de nuestro Movimiento, principalmente con interpelaciones extraordinarias.

3. Que el Alzamiento, a su vez, ha glorificado la fe y ahora tiene que unificar la vida cristiana todavía más.

 ***

En cuatro capítulos, según Santo Tomás, se resume el darse Dios a los hombres: en el orden de la Creación, de la Redención, de la Gracia y de la Gloria.

 Nos creó libremente por amor y para hacernos sus hijos: nos levantó de nuestra culpa original y nos devolvió su amistad por la maravillosa obra de la Redención, que le costó la sangre a su Hijo amadísimo; nos da ahora la gracia que nos hace ser sus amigos, hijos y herederos; y coronará su obra dándosenos en la visión beatífica del Cielo; para gozarlo en acto felicísimo, inteligente y amante.

 No obstante, contra Dios se desatan las pasiones humanas; el hombre quiere un objeto aparte de Dios, primero a espaldas a suyas, luego ya Dios le estorba y, al final, llega a hacerle la guerra.

 Últimamente, el gran movimiento antirreligioso de los tiempos actuales fue alumbrado por la filosofía renacentista y la reforma protestante. Entonces se dio por consigna a las masas el “romper todo vínculo sagrado, aplastar a Cristo”.

 Y sucedió que, para aplastar a Cristo, era preciso aplastar España, romper con toda tradición religiosa, con toda influencia española, acabar con toda moral cristiana, desarticular la Patria y vender al enemigo de Dios nuestro mismo ser y la razón de nuestro ser nacional.

 Y hace 34 años que, por Dios y por España, se levantaba el Ejército, la Tradición, el renuevo juvenil de la Falange, las Juventudes, el Pueblo de Dios y todo el pueblo sano de España, a combatir, en frase de San Pablo, el “buen combate de Dios”, a dar la vida por España antes de verla mancillada y atea, destruida la fe de sus mayores. Como los macabeos, decíamos entonces los combatientes enardecidos por el Espíritu de Dios: “Preferimos morir a ver la ruina de nuestras gentes”.

 ¡Gloria al Ejército que, columna vertebral de la Patria, una vez más, articuló toda fuerza sana y la dirigió con austeridad y sabiduría y siempre con elevación de ideales con todo y que había sido casi descuartizado!

 No era obra humana recuperar la Patria. Fue preciso, sin medios humanos, con sólo el corazón puesto en Dios, presentar batalla al poder, a la riqueza, a la industria, a toda fuerza humana y por valles y collados, atravesando ríos y desmigando montes, avanzábamos los cruzados, tiñendo con la púrpura de nuestra sangre toda la geografía de España.

 ¡Oh los bravos requetés de mi Primera de Navarra, escalando el fuerte de San Marcial, cuyas troneras vomitaban metralla acero, amparados únicamente ellos con la boina roja y, por falta también de bayonetas, con el cuchillo entre los dientes!¿Pero, esto sí, con el Detente y el escapulario encima del corazón!

 Así la Falange de Castilla y de Galicia, los de Andalucía y de Aragón, los leoneses y los vascos, los catalanes y los baleares encuadrados bajo la enseña nacional. Obra sobrehumana en sus fines y en sus medios.

 ***

 El mismo Dios glorificó los días de nuestro Alzamiento con grandes maravillas, como bendecido y encomiado que fue por la voz de nuestros obispos y de los papas. Nuestros miles de encarcelados y mártires y nosotros mismos vimos milagros patentes que sería largo contar. (…)

 En fin, el Alzamiento, a su vez, glorificó la fe y tiene ahora que glorificarla todavía más con nuestras obras.

 Nadie pretendía imponer la fe con las armas. Ellas sí fueron precisas, ya lo sabemos. Era necesario defender las vidas, las almas, la hacienda, la moralidad, la religión de nuestros padres, todo el ser de la Patria.

 Este fue nuestro “martirio activo”, que constituía una glorificación de Dios: truncar los estudios, perder una carrera, dejar los padres, abandonar la persona amada, exponerse a la mutilación, pasar trabajos, obediencias, hambres, fríos, miedos, soledades, aceptar la misma muerte… perdonar, recoger al enemigo, amarle, alimentarle, procurar restañar las heridas de su alma, procurar una España feliz para todos; todo eso hecho por Dios y por España, como lo fue ciertamente, que es pura gloria para Dios.

 Dijo Cristo que por la fe haríamos milagros aún mayores de los que había obra Él mismo. Y, en efecto, ha sido así en España gracias al Movimiento Nacional, porque si uno hubiera cerrado los ojos en aquel fatídico 1936 y los abriera ahora en 1970, decidme: ¿conocería a España?

 Sin embargo, ideas extrañas, también ahora, quieren adueñarse arteramente de todo. Se infiltran aún entre nosotros para derribar tan colosal obra. Por ello, ahora, como nunca, es cuando debemos nosotros quitar la posible arcilla de nuestra conducta, ser fieles a la doctrina del Movimiento, cumplir los Mandamientos de Dios, dar luz a todos con nuestra vida cristiana, desentrañarnos por nuestros prójimos, amar la obra conseguida, cumplir con nuestro deber, descubrir añagazas del enemigo a todos.

 Cada uno su puesto, con firmeza y lealtad y con el sacrificio que ello reporte. ¡Dios lo quiere! No enturbiemos jamás con egoísmos el clarísimo caudal de nuestros luminosos ideales para una España siempre mejor. Añadir el callado martirio del cumplimiento del deber al martirio de sangre de nuestros héroes.

 Este caminar llevamos desde 1939 y algunos quizás han sucumbido. Pero está escrito: “¡Maldito el que haga la obra de Dios con negligencia!”. Y edificar España, preservarla de sus enemigos, a esta España que ya rescatamos cuando estaba a punto de perecer, la España amasada en los concilios de Toledo, la España de Orosio, Paciano, Isidoro, Braulio, Juan de Ávila, Teresa  de Jesús, Ignacio de Loyola, Francisco de Borja, Menéndez y Pelayo, Vázquez de Mella, Balmes, Maeztu… la Madre de tantas naciones, la que tanto ha sufrido en sus hijos por Cristo, esto, todo esto, es la obra de Dios que está nuestro alcance.

 Lo que con precisión declaraba Marquina:

“Nada para mí nada para vos:

todos para España

y ella para Dios”.

 Ved, señor, excelentísimos e ilustrísimos señores, amados hermanos, cómo a este fin de glorificar a Dios también ahora mismo, en unos minutos, vamos a alzar la Hostia santa y nuestro corazón pensando en nuestros caídos que brillan en el cielo como luceros hermosos, ofreciendo al Padre el Cuerpo y Sangre de Cristo, realmente presente después de la consagración.

 A Él sea dada toda gloria eternamente y Él dirija nuestra nueva Cruzada de ahora, que es de liberación de ideas extrañas, de doctrinas extranjeras.

Así sea.


 Revista FUERZA NUEVA, nº189, 22-Ago-1970

 

viernes, 3 de julio de 2026

La gran tragicomedia de la «soberanía popular»

 Artículo de 1979

 LA GRAN TRAGICOMEDIA

 CUANDO esta crónica vea la luz, se habrá desarrollado la gran tragicomedia de la «soberanía popular». Durante los días que ha durado la campaña electoral (elecciones generales, 1979) se habrá consumado el enorme engaño para la captación de votos del cuerpo electoral, para la que no se regateó ninguno de los ardides ni se escamotearon los medios de que se disponían. Ninguno, absolutamente ninguno de los partidos contendientes, trataría ni por asomo que imperase el principio de «igualdad de oportunidades», fundamento y esencia, según proclaman ellos, de la democracia.

 Por el contrario, el partido en el poder, gracias a que el rey puso la mirada en el «personaje de Cebreros» (Adolfo Suárez), utilizaría al máximo posible todos los resortes que su privilegiada situación le permite, desde los aviones y helicópteros estatales para los desplazamientos del líder hasta el conocimiento exclusivo de los sondeos de opinión efectuados por los órganos de la Administración, hasta el abuso de la RTVE y de la cadena de prensa estatal y las «cacicadas» de los subalternos locales, sin olvidar siquiera los decretos y disposiciones de última hora orientados, en exclusiva, a ganar los sufragios... Y los demás no escatimaron tampoco los recursos para ello, incluidos los financieros, que, desde el exterior, les han llegado paradójicamente para que —según dicen— el pueblo español «ejerza su soberanía», a cuyo fin, al parecer, se necesita el Por Ramón de Tolosa dinero ruso, alemán...

 Algo grotesco, si no fuera, como es, dramático; algo que evidencia la falta de credibilidad de los sedicentes demócratas que no sienten el menor escrúpulo en acudir a cualquier expediente con propósito de engañar a ese pueblo, a quien proclaman «soberano» para que ellos sigan disfrutando del poder «del pueblo». Pueblo manipulado, impune y descaradamente a través de todos los procedimientos imaginables e imaginados al efecto; pueblo sometido a una presión psicológica sin precedentes y a quien apenas se le deja respiro para reflexionar; pueblo, en fin, a quien no se le deja oír su voz espontánea y verdadera, sino que se le encauza por medio de las más eficaces técnicas de «lavado de cerebro masivo» hacia las ideas, programas y personas prefabricadas por la oligarquía de los partidos.

 Porque en eso consiste la enorme farsa de la soberanía popular, donde —como ha hecho notar Jouvenel— «mientras proclama la soberanía del pueblo, lo requiere sólo para la elección de los delegados que tendrán el pleno ejercicio de la misma. Los miembros de la sociedad no son ciudadanos más que un día y súbditos cuatro años». Y, aun así, hay que ver cuánta presión para determinar esa ciudadanía de ese solo día que coarta en gran parte su libre decisión a través del engaño y los refinados procedimientos de «mentalización» contemporáneos. 

 Pero ahí acaba la «soberanía» del ciudadano que, si comprueba el inevitable engaño de que ha sido víctima, no puede —como se hacía en las antiguas Cortes— revocar el mandato, que ya se han cuidado muy bien de que no sea imperativo. Porque en lo sucesivo son ellos —los representantes parlamentarios— los que se han de cuidar de decirnos si nos tolerarán asistir a misa; cómo hay que instruir a nuestros hijos; si nos permitirán poseer algo, y en qué consistirá y con qué límites; cómo se reglamentara nuestra profesión y qué «fines de semana» nos estará permitido disfrutar a lo largo del año...

 ¡Y encima tendrán la desfachatez de hacer escarnio y pregonar que los «soberanos» somos nosotros y no ellos, que durante cuatro años regularán toda nuestra existencia y no nos dejarán ningún margen de autonomía! Y es que, como observaba Costa y recordaba no hace mucho Vallet de Goytisolo: «Piensan que el pueblo es ya rey y soberano, porque han puesto en sus manos la papeleta electoral, mientras no se reconozca además al individuo y a la familia la libertad civil y al conjunto de individuos y de familias, el derecho complementario de estatuir en forma de costumbres, aquella soberanía representa un sarcasmo; representa el derecho de darse periódicamente un amo que le dicte la ley, que le imponga su voluntad; la papeleta electoral es el harapo de púrpura y el cetro de caña con el que se disfrazó a Cristo de rey en el Pretorio de Pilato». Y como dice Jouvenel: «El pretendido poder del pueblo no está ligado al pueblo más que por el cordón umbilical, muy flojo, de las elecciones generales y. en realidad, no es más que un poder sobre el pueblo.»

 Ramón de Tolosa


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979

 

lunes, 29 de junio de 2026

El "derechista" Fraga: el peor enemigo

 Artículo de 1979

 El peor enemigo

 LA Iglesia no tuvo sus peores enemigos en el paganismo, ni lo tiene actualmente en el ateísmo; sino en su propia entraña —como un cáncer—, en sus herejes y apóstatas. La historia lo ha demostrado. En política ocurre igual, y el reciente pasado nos ha demostrado que los peores enemigos del anterior régimen han salido de él, que han sido los traidores y perjuros, quienes gozando de situación de privilegio y prebendas que no correspondían ni mucho menos a su categoría y mérito.

 El peor enemigo no es el que da la cara, sino el que se infiltra y mina tu fortaleza. O el que, desertando y valiéndose de engaños, arrastra a tus correligionarios a la indecisión, al error y la animosidad incluso. Es lo más triste. Cierto que hay una frase evangélica que nos consuela: «De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros.»

 He leído que Fraga, el hombre que está más cerca de Hobbes que de Rousseau, aunque trate de disfrazarse de ursulina o de franciscano presentador de Carrillo en sociedad, ha espetado a una gijonesa patriótica que respetaba sus sentimientos, pero que no tenía el menor respeto por sus jefes (se refería a los de la Unión Nacional (*), sin duda) porque «no van de buena fe», y encrespado de tono, según corresponde a su carácter congestivo y autoritario, ha dicho que le habían acusado de masón y que eso es mentira.

 Me duele, personalmente, hablar de este hombre, porque tendría que acogerme al axioma de Chesterton: «Yo de este hombre sólo puedo decir cosas buenas; así que voy a ser breve.» Pero el ex ministro franquista, de un tiempo a esta parte, ha perdido los estribos y lo que dice y hace no es fruto de una simple intemperancia ni de un trastorno biliar, sino algo más profundo y peligroso. Y eso obliga, largo y tendido, a hablar de él.

 Fraga acusa a los dirigentes de Unión Nacional de no tener «buena fe». Aquí viene bien eso de «cree el ladrón que todos son de su condición»; porque si algo hay de lo que no pueda acusarse a unos hombres como Piñar y quienes le acompañan en esta brega patriótica es de la «buena fe», ya que llevan no sólo una fe sanísima que es la de Dios, sino que va respaldada por una trayectoria dé lealtad y sacrificio. En cambio, quien acusa juró unos Principios ante los Evangelios y, si fuera creyente, sabrá que un día será demandado por Aquel que no admite argucias ni pretextos. Fraga ha dicho también, en unas recientes declaraciones, que es católico, apostólico y romano, cuando al mismo tiempo se ufana de haber redactado una Constitución anticristiana, divisora de la patria y con otras lacras o equívocos que le desdicen.

 Por último, niega que sea masón. Puede ser cierto, pero a la «tenida» masónica de Torquay (Cornualles, Inglaterra), convocada por la Bilderberger, que manejan Rockefeller y Rothschild, asistió él, y no ha dicho nada de lo tratado allí, sino que vino rápidamente a Madrid, fue a Estoril y retornó a Madrid, sin decir esta boca es mía. Actuó secretamente, como un miembro de la secta. ¡Qué importa que no lo sea, si actúa como tal y su comportamiento político está calcado de una logia! Más grave es no serlo y hacerlo.

 Porque lo peligroso de Fraga, cuya innegable personalidad nadie le discute —y esa es la pena, puesto que me recuerda lo de «Nada hay más triste que ver a un hombre inteligente manejado por los tontos» o los malos, en este caso— es precisamente que se escuda en una posición antigua, del pasado, y quiere acaparar los votos de quienes se niegan a ver en él un hombre que traiciona juramentos e incluso convicciones (su formación es típicamente schmittiana, o sea totalitaria), olvidando estos electores que la historia está llena de tránsfugas y camaleones que, si han cambiado de partido y conducta, de ideología y principios, no lo hacen muchas veces sino obligados por una razón suprema egocéntrica y voraz: la ambición y la soberbia. Yo no quisiera que Fraga olvidase aquel consejo de Bottach de que «la ambición es la gangrena del espíritu», y confío todavía, aunque sea un iluso, en su retorno de hijo pródigo, en su vuelta en sí, en su reconversión. Y pido a Dios por ello.

 Pero, mientras Fraga siga diciendo lo que dice y haciendo lo que hace, pido a Dios también que ilumine a los que le escuchen y no se dejen embaucar por su dialéctica y el señuelo de su historial franquista. Porque podemos estar ante el Kerensky, el conde Carolyi, el portugués Spínola o el iraní Bajtiar. El peor enemigo. 

Pedro RODRIGO

 

Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979


(*) Candidatura electoral encabezada por Blas Piñar en 1979

viernes, 19 de junio de 2026

Sobre la la asignatura de F. E. N. (Formación del Espíritu Nacional)

 Artículo de 1970 

 LIBERTAD Y FORMACIÓN POLÍTICA

 Por Estanislao Cantero

 El sentido profundo de la libertad en quienes la reclaman en una sociedad de masas es la exigencia de una completa y minuciosa predeterminación de sus vidas definitivamente planificadas y protegidas” (1).

 En el sistema educativo español, planificado y dirigido por el Estado, existe (1970) la asignatura de Formación Política, conocida por F. E. N. (Formación del Espíritu Nacional) en el bachillerato, y con el nombre de Formación Política en la Universidad. Menos en Preuniversitario, existe en todo el bachillerato y en casi todos los cursos de las diferentes carreras universitarias, salvo en el primero y el último.

 Es innegable que, en todos los cursos en que existe, se considera prácticamente por alumnos y profesores como una de las “marías”, es decir, asignatura que existe solamente porque el Ministerio de Educación se empeña en ello, pero a la cual no se le concede importancia. Desde hace once años, su existencia es puramente nominal. Si bien es cierto que existe, es también una triste realidad que no se exige (prácticamente hay aprobado general) y lo que es peor, que no se enseña en la mayor parte de los centros. No obstante hay quien opina que la formación política no es más que “una reminiscencia de tiempos pasados, del totalitarismo español” (2). Coincidimos, al afirmar que, desgraciadamente es algo pretérito, sin actualidad, pero no porque no deba hacerse sino porque no se hace.

 El actual régimen nació el 18 de Julio de 1936. El Estado debe y tiene que ser fiel a él; es cierto que hace ya 31 años que se pudo leer el parte de la Victoria, pero no es menos cierto que la Victoria, tanto o más que por las armas, se consigue y empieza cuando la ideología sobre la que se basa todo orden justo y, en fin, todo progreso, ideología defendida por los que tomaron las armas, se divulga y enseña a las generaciones futuras y a los que de buena fe están en el error. Es una trágica realidad el que este Estado, que desde su nacimiento tenía todos los medios para conseguir esa victoria, no lo ha hecho así. No dudamos de su buena intención pero ello no basta.

 Cuando algo tan fundamental como es la formación política no se ha impartido; cuando la generación que ahora se forma y la recientemente “formada” no tiene más ideas que las que los medios de información (o de deformación, diría yo) les ponen ante sus ojos, se nos encoge el corazón al ver lo que se ha conseguido en este aspecto a partir de la guerra de Liberación. La Cruzada fue, efectivamente, liberación. No se podía soportar la anarquía, el desorden y la represión religiosa que existían.

 Vemos así, ahora, que en una sociedad de masas en la que ya no existe el hombre como “portador de valores eternos”, donde el concepto de libertad se ha deformado totalmente, no existiendo ni siquiera muchas veces la elección, pues el Estado se lo da todo al individuo; donde se sustituido o se trata de hacerlo, la libertad por la igualdad, creyéndose así libre porque todos hacen lo mismo, las palabras de Rafael Gambra con las que comenzamos este artículo, son por desgracia fiel reflejo de la sociedad en que vivimos, en la que el hombre no existe con individualidad propia y diferenciada que no sea la meramente biológica, sino como “hombre-masa” que se cree totalmente libre porque está como todos o, al menos, como la mayoría, inmerso en el proceso irreversible del “sentido de la historia”. Lo que no es más que la negación absoluta de la libertad: puro determinismo.

 Es por todo esto por lo que creemos necesaria la formación política en los centros de enseñanza. Lo contrario lleva, efectiva y realmente, el totalitarismo, en una sociedad de masas en la que la libertad no tiene sentido sino como sujeción al poder estatal. Pero, ¿qué es la formación política? ¿En qué debe consistir? Su mismo nombre nos lo indica: acción de formar, de educar, educación política en el sentido que la palabra tiene para Aristóteles, al decir del hombre que es un ser político, esto es, social y no solamente en su acepción relacionada con el poder. Si además tenemos en cuenta que formar es componer un todo en sus partes, la formación política consistirá en la educación en todo aquello que se refiere al hombre, la sociedad y el Estado y las relaciones entre ellos.

 Se combate la formación política –cómo no- lo mismo que tantas otras cosas, en nombre de y por la libertad. Así se nos dice que estamos “alienados” porque aceptamos unos principios y unas ideas. La libertad para los que hablan de ese modo consiste en no admitir, en no atarnos a ideas y principios o creencias, pues si los admitimos, desde ese momento, dejaríamos de ser libres. Curioso. Por una parte supone el aceptar la idea de que no hay que ligarse a nada, con lo que si antes no se era libre, por el mismo motivo, ahora tampoco. Por otra, la libertad consiste precisamente en atarse a algo, al bien, pues desde el momento en que se conoce una cosa, la libertad estriba en quererla o no, y desde el momento de esa aceptación o rechazo queda uno ligado a ella. No por ello se deja de ser libre, ya que esa actuación se ha realizado voluntariamente. Y decimos que ligarse al bien, porque de consistir en ligarse al mal, además de irracional, supondría que quien se ligase al bien no sería libre. Por eso, “el que comete pecado, esclavo es del pecado” (3). Por lo mismo, no puede admitirse que la libertad consista en atarse indiferentemente al bien o al mal. El poder escoger entre bien y mal no es más que la libertad física. No hay libertad moral para escoger el mal y, sin ella, no hay verdadera libertad.

 La libertad, decía Donoso Cortés (4), es la obra maestra de la creación. La libertad supone querer y el querer, entender; en esto nos diferenciamos de los animales, que no son libres. Por ello, si queremos que el hombre ocupe el puesto que le corresponde, si queremos que sea el rey de la creación (por supuesto, no prescindiendo de Dios) habrá que enseñarle poco a poco y desde la infancia el porqué y para qué de su existencia y la actuación que debe seguir, no como algo planificado irracionalmente que le lleva a tomar “el tren de la historia”, sino que esa actuación sea querida y efectuada voluntariamente por él al ver, al conocer, los diferentes aspectos de la realidad de la vida.

 ¿En qué debe, pues, consistir la formación política? ¿Qué debe enseñarse? No vamos a hacer un programa concreto y detallado para cada año, sino tan sólo esbozar en líneas generales lo que debe ser.

 El fundamento de la existencia del hombre es Dios. Por ello, si bien existe la Religión como asignatura e igualmente y, por desgracia, enseñada con el mismo “celo” y a ella incumbe directamente esta cuestión, no por ello debe prescindirse de Dios, sino al contrario, ajustar toda la enseñanza sobre la base de Su voluntad y adecuada a las enseñanzas de la Iglesia Católica, depósito de la Verdad revelada. Se deberá enseñar lo que es el hombre, el puesto del individuo en la sociedad y el Estado; lo que es la familia, célula y base de la sociedad: lo que es la sociedad y lo que es el Estado.

 Asimismo, deberá enseñarse que, entre individuo y sociedad existen unos cuerpos o asociaciones naturales que son los cuerpos intermedios. Derechos y obligaciones de todos ellos de acuerdo con sus finalidades respectivas, pero de una manera general y básica, si bien más profunda en los cursos superiores, ya que la concreción particular y técnica incumbe a otras ramas del conocimiento, sobre todo el Derecho. De este modo, podrá existir una sociedad racional, corporativa y jerárquicamente organizada, basada en orden impuesto por el Creador, donde tanto el individuo como la sociedad, los cuerpos intermedios y el Estado puedan ejercer las funciones que les son inherentes, obligándose recíprocamente con sus respectivos deberes, con lo que efectivamente existirá un verdadero “desarrollo de la persona humana”.

 Obligación y derecho de la sociedad, entendida como cuerpo orgánico y donde el hombre no sea tan solo un número será la formación política de los individuos que la componen. Esta formación debe darse en todos los centros educativos: y si el Estado planifica la educación mediante la centralización de una enseñanza unitaria e igualitaria, como mal menor deberá igualmente exigir que la formación política sea una realidad y no algo ficticio. Es deber suyo y del que no puede sustraerse desde el momento que se ha hecho cargo de la educación, pues si no debe monopolizarla, desde el momento que lo hace, si abandona la formación principal con la que está obligado para con el individuo y la sociedad, convierte esa educación en deformación.

 Los resultados los hemos visto y los vemos continuamente. Si efectivamente es el Estado y somos nosotros fieles al 18 de Julio y si no queremos que sus defensores y las generaciones futuras tengan que lamentarse, no del 18 de Julio sino de la actuación posterior, no abandonemos ni renunciamos a obligación tan sagrada.

 Es pues, indudable la necesidad de la formación política. Sin ella, seguiremos hundiéndonos en el acelerado proceso del “viento de la historia” cuyo dogmático y desarrollo irreversible se acepta cada vez más como la verdad más inmutable. Para salir de esta sociedad masificada, donde la Revolución y la sociedad de consumo se parecen cada vez más es absolutamente necesario una formación política adecuada.

 (1) Rafael Gambra: “La libertad en la sociedad tradicional cristiana y en la sociedad de masas”, en “Verbo”, abril 1970, pág. 287. Editorial Speiro. General Sanjurjo, 38.

 (2) Citado por Fuerza Nueva, número 175, 16 de mayo de 1970.

 (3) San Juan VIII, 34

 (4) Donoso Cortés “Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo”. Espasa Calpe. Colección Austral, segunda edición, 1949 pág. 71 y siguientes


Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970

 

jueves, 11 de junio de 2026

Elecciones políticas y religión

 Artículo de 1979

 ELECCIONES POLÍTICAS Y RELIGIÓN

 (…) Las elecciones, amén de un acto político, son un acto religioso o irreligioso, se quiera o no se quiera. Ni el socialista y anarquista Proudhon ni el neocatólico Donoso Cortés se extrañaban de que en el fondo de toda cuestión política se hallara invariablemente una cuestión religiosa. El mismo Concilio Vaticano II, en la Constitución pastoral “Gaudium et spes”, ha reconocido la profunda compenetración que existe entre las cuestiones políticas y las cuestiones religiosas. (…)

En efecto: el acto de elegir a un candidato o a otro (y, con ello, un programa u otro programa de gobierno, una u otra ideología, es decir, una u otra concepción del hombre y del mundo) es un acto religioso o irreligioso. Cuando elegimos un candidato determinado estamos eligiendo una determinada concepción del mundo y no otra cualquiera; una concepción del mundo que concuerda con la de la religión católica, con la de otra religión o con alguna concepción irreligiosa.

 El acto de elegir es moral o inmoral

 Por lo demás, el acto de elegir es un acto eminentemente libre y, por tanto, un acto conforme o disconforme con el orden moral objetivo. Y al ser moral o inmoral ese acto de elegir es un acto relativamente religioso o irreligioso, porque la religión abarca el orden entero de la moralidad.

 Eligiendo a un candidato, pues, elegimos un proceder humano, conforme o disconforme con la Ley de Dios. Por eso, el hombre religioso y particularmente el hombre católico, como pretenda obrar con recta conciencia, como es debido, ha de preocuparse por elegir a aquellos candidatos que mayores garantías le ofrezcan de que la cosa pública será administrada según las exigencias de la Ley moral, tal como la expone e interpreta la única institución que se presenta ante el mundo como intérprete exclusivo de la Ley divina, la Iglesia católica, que no acaba con los obispos de aquí y de ahora.

 Pronunciamientos vagos del Magisterio eclesiástico

 Ciertamente, en la Iglesia no se nos instruye, ahora, inequívoca, concreta, y cabalmente a los católicos sobre este particular. Y se puede suponer -a juzgar por los resultados- que son pocos los católicos que leen, asimilan y ponen por obra documentos tan completos, aunque tan abstrusos y vagos como el que publicó, bajo los auspicios de monseñor Yanes, la Secretaría del Episcopado español, en mayo de 1977. Indudablemente, si todos los católicos españoles hubieran asimilado aquel documento, en el que se establecía, por ejemplo, que “el cristiano debe rechazar los proyectos políticos que van unidos a ideologías contrarias a la fe y a la dignidad humana”, los partidos liberalistas como UCD y Alianza Popular, socialistas (como el PSOE y el PSP) y comunistas como el PCE no hubieran obtenido en las elecciones de 1977 la cantidad de votos que obtuvieron.

 Lo mismo puede pronosticarse después de la abstracta declaración de la Comisión Permanente del Episcopado español de 8-II-79. En aquel documento de mayo de 1977, como en éste de febrero de 1979, falta señalar explícitamente que son “ideologías contrarias a la fe cristiana”, “ideologías materialistas de uno u otro signo”, “modelos totalitarios” que no descartan “la violencia como método político”, tanto el marxismo como el liberalismo que inspiran a los partidos mayoritarios de la pasada legislatura (UCD, Alianza Popular, PSOE y PCE).

 El Magisterio eclesiástico no nos sirve bastante

 Una de dos: o bien está claro que según esa doctrina -yo creo que vaga y abstracta- de los obispos, está prohibido al católico votar a dichos partidos materialistas, y en tal caso, la Iglesia y los obispos quedan comprometidos en contra de tales partidos, y en tal hipótesis, no hay razón para dejar de condenar explícitamente el voto de los católicos en favor de UCD, de Coalición Democrática, del PSOE y del PCE; o bien no está claro en esos documentos episcopales qué es lo que condenan, qué lo que aprueban, qué lo que prohíben y qué lo que permiten esos obispos a título de maestros en la fe, y en tal caso, huelga que hagan esas declaraciones, que no servirían para que aquel que quiera obrar católicamente descubra a través del Magisterio eclesiástico la moral del Evangelio aplicada a la circunstancia concreta y grave de las elecciones.

 En este caso, habría que concluir que ni el Evangelio ni la Iglesia ni su Magisterio nos sirven para discernir la justicia y la liberación cabal que la Iglesia dice querer servir en este mundo, como parte indispensable de la evangelización. La Iglesia diría, platónicamente, que sirve la causa de la justicia: pero no la sirve, puesto que no sabe o no quiere decir a los católicos, concretamente, qué es justo, cuál es el voto justo, cuáles son los problemas políticos justos que podemos votar.

 El Magisterio más concreto de los Papas y del Vaticano II

 Hay que ir más allá del magisterio de los obispos dominantes de la Iglesia española, para encontrar criterios más claros y concretos que nos sirvan para decidir nuestro voto en las presentes elecciones. De ese modo uno advierte que el católico no puede votar a los verdaderos socialistas, a los verdaderos comunistas ni a los verdaderos liberales, porque uno y otro Papa, incluido Pablo VI en la “Octogésima Adveniens”, han establecido que el liberalismo y el socialismo verdaderos (que inspiran a los mencionados partidos) son incompatibles con la fe cristiana, dado que son materialistas, racionalistas y naturalistas, olvidadizos o desdeñosos de las verdades y de los preceptos que el espíritu humano descubre mediante Revelación sobrenatural.

 Se ve también por el Vaticano II, que, en la constitución pastoral “Gaudium et spes (nº 74), la Iglesia enseña que “el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas de la Nación, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral, para procurar el bien común”. De aquí que el católico, si obra moralmente y conforme a su fe, no puede votar ni a los candidatos marxistas (del PSOE y del PCE), cuyos partidos pretenden el bien de una clase social, no el bien común (además de que esos candidatos, en cuanto marxistas, menosprecian el orden moral definido por la Iglesia); ni puede votar el católico a los candidatos liberales (de UCD o de Coalición Democrática), que tampoco se comprometen a observar el orden moral, tal como lo interpreta la Iglesia, antes al contrario, han elaborado y aprobado una Constitución desdeñosa de ese orden moral.

 Por consiguiente, hay que exigir a los partidos y a los candidatos que se definan en este punto, y si no se definen, desconfiar de ellos.

 El católico debe votar a Unión Nacional

 El católico, a fuer de católico, ha de votar en favor de la Unión Nacional (Fuerza Nueva, coaligada con Falange Española de las JONS, Comunión Tradicionalista y con los Círculos José Antonio), ya que solamente Unión Nacional ofrece garantías de legislar y gobernar conforme al orden moral en materia de matrimonio, aborto, fiscalidad, huelgas, justicia social, fomento del bien y represión del mal moral.

 El católico debe votar en conciencia, conforme a las exigencias de la conciencia católica. Sólo de esta manera está seguro de no haberse equivocado y de no haber hecho mal. Sólo el voto en conciencia es un voto útil, desde el punto de vista religioso, que es el más importante. Hay que votar en favor del bien mayor o del mal menor, que es lo mismo. Esa es la parte que nos corresponde a nosotros como actores de la Historia. La parte del Autor de la Historia, el resultado definitivo, eso es cosa de Dios. El católico y lo católico triunfarán en las elecciones si se pronuncian católicamente. No triunfan los católicos ni lo católico cuando se vota un programa inspirado en la ideología liberalista o en la ideología marxista, en el materialismo vulgar o en el materialismo dialéctico.

Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 633, 24-Feb-1979

  

miércoles, 13 de mayo de 2026

Democracia taranconiana

 Artículo de 1979

 DEMOCRACIA TARANCONIANA

 DE todos es sabido que la democrática dictadura que sufrimos no ha resuelto aún el grave problema del habitual retraso en la distribución de la prensa española. Esta insignificante observación desestabilizadora viene al caso porque días pasados recibí, con retraso astronómico, un diario madrileño que en su día publicó fragmentos de una carta del ilustrísimo y reverendísimo señor Vicente Enrique Tarancón. El titular de la diócesis madrileña comienza su carta «Los cristianos y la democracia», afirmando que «a algunos cristianos no les gusta la democracia». Y aquí, como es habitual, el señor cardenal desenfoca el problema de la cuestión, porque el problema democrático no infiere para nada en los gustos o disgustos de los cristianos. El infierno existe, nos guste o no. Es ahí, en ese orden, en el plano doctrinal, y sólo en ese plano, donde se ha de cuestionar el problema de la democracia.

 Como quiera que la amnesia y alergia que Tarancón sufre hacia el magisterio pontificio es manifiesta, ya desde ahora recordamos a su eminencia y a sus diocesanos que la democracia fue condenada por Su Santidad Pío X. Por tanto, es falso lo que afirma el pro-demócrata cardenal en su carta, cuando dice que «la democracia no está en contra de ninguna verdad de la fe cristiana»; y es falso, aunque Tarancón lo diga «ex cátedra», por la sencilla razón de que, muy a pesar suyo, no es papa. ¡Qué inmenso bien haría Tarancón si callara!

 Pero como por desgracia el ilustre cardenal no ceja en su empeño de confundir a los españoles, nosotros, a pesar de que hoy no está de moda, vamos a transcribir algunos puntos de la carta colectiva «Notre charge apostolique», de San Pío X, para que la doctrina católica sobre la democracia sea conocida por nuestros compatriotas. A vuela pluma, pues, transcribo los párrafos que siguen: «Las teorías de la democracia, bajo brillantes y generosas apariencias, faltan con mucha frecuencia a la claridad, a la lógica y a la verdad.»

 “Los (demócratas) jefes de “Le Sillon” (“El Surco”, en francés) tienen una concepción especial de la dignidad humana, de la libertad, de la justicia y de la fraternidad, y para justificar sus sueños sociales apelan al Evangelio interpretado a su manera, y, lo que es más grave todavía, a un Cristo desfigurado y mermado.

 “Nuestro predecesor (León XIII), de feliz memoria, ha condenado una democracia que llega al grado de perversidad: que consiste en atribuir en la sociedad la soberanía al pueblo y en procurar la supresión de las clases. Caminan, los demócratas, al margen de la doctrina católica, hacia un ideal condenado.

 Y para que no se nos acuse de juzgar demasiado severamente, y con un rigor injustificado, las teorías sociales del “Sillon” (de la democracia), queremos recordar aquí los puntos esenciales de éstas. Y aquí San Pío X analiza y condena todo lo que hoy Tarancón y compañía predican y difunden, por todos los medios informativos a su alcance.

 “Esta rápida exposición —prosigue el Papa- os demuestra ya claramente cuánta razón tenemos al decir que los demócratas oponen una doctrina a otra doctrina; que levantan su ciudad sobre una teoría contraria a la verdad católica, y que falsean las nociones esenciales y fundamentales que regulan las relaciones sociales en toda sociedad humana”.

 Creo que ha quedado claro, y muy claro, que Tarancón, en su carta cristiana, contradice la doctrina católica, y que, por tanto, queda al descubierto la vocación democrática de monseñor (…).  El cardenal usa la dicotomía maquiavélica de deslindar el campo político-religioso en su carta cristiana: «La soberanía del pueblo en el plano político —principio fundamental de la democracia— no va en contra de que toda autoridad viene de Dios.»

 Pero recuerdo de nuevo a los lectores que para pensar bien hay que estar con el Papa, y San Pío X dice: «Muy diferente es en este punto la doctrina católica, que pone en Dios, como en principio natural y necesario, el origen de la autoridad política.»

 Melchor CANO


Revista FUERZA NUEVAnº 632, 17-Feb-1979

 

sábado, 25 de abril de 2026

Joaquín Costa contra el sistema parlamentario de partidos

 

¿UNA MONARQUÍA LIBERAL, DEMOCRÁTICA Y PARLAMENTARIA?

 El hombre es el único animal que cae tres veces o más en la misma piedra. Hay en España unos determinados grupos de presión, que esconden partidos políticos; que, como en toda su larga historia de traiciones, ignorancias, ineptitudes y fracasos, quieren—intencionada o no intencionadamente—ver a España sumida en el caos, en la anarquía y en la sangre fraterna.

 JOAQUIN COSTA, el hombre que precedió a la generación del 98 y que es conocido por el «León de Graus», es el que más escribió fórmulas para regenerar a España desde el punto de vista social, económico y político. No fue comprendido; había nacido con cien años de anticipación. Ha sido calificado como liberal y como republicano, porque superficialmente ha sido estudiado hasta fecha reciente.

 Nosotros hemos escrito muchas veces sobre Costa en sus efemérides, y hoy queremos poner sobre, el tapete la actualidad del pensamiento costista, a fin de que lo mediten los incordiadores, y para que los hombres de Estado que quieran o estén dispuestos a asumir las altas tareas de reinar o de gobernar, sepan cuáles son las normas que hace más de medio siglo aconsejara Costa.

 La experiencia de los años transcurridos después de la muerte de Costa (1911), nos demuestra que efectivamente tenía razón el rugiente aragonés. Solamente no escuchando las voces locas de los Parlamentos españoles, es cuando se puede hacer labor de regenerar la Patria. ¿Monarcas y Príncipes abanderando al pueblo para constituirlo en soberano al través de la Democracia y de la Libertad? ¡Jamás! La supresión del Parlamento soberano no es la supresión de un régimen representativo, ya que, en realidad, los Parlamentos soberanos sólo representan los intereses particulares y bastardos de las oligarquías dominadoras de los partidos.

 En vez de Parlamento, según los modelos de las Repúblicas o de las Monarquías alfonsinas o juaninas, lo que se requiere son unas Cortes tradicionales, que no sean «ollas de grillos».

 Ved lo que en 1908 decía Joaquín Costa:

 “GOBERNAR POR ACTOS, NO POR LEYES; HOMBRE SUPERIOR, NO PARLAMENTO

 Parece que este enunciado es nada y, sin embargo, en él se encierra la clave de todo el edificio. NO NECESITAMOS LEYES: CON LAS QUE TENEMOS HAY BASTANTES, no digo para hacer la requerida revolución desde el poder, sino para media docena de revoluciones que digamos y aun sobrarían muchas arrobas para la exportación. (Aplausos.)

 Lo que necesitamos, en vez de leyes, ES GOBERNANTE DE TRIPAS, DE ENTRAÑA, DE CORAJE, PENETRADO DEL OFICIO, QUE LAS HAGA CUMPLIR SIN CONTEMPLACION Y SIN MISERICORDIA.

 ¿Cuál es la receta?

 Lo contrario, de lo que se está haciendo en España (en el año 1906), donde leyes tan fundamentales como la Orgánica del Poder judicial, como la Municipal y la Provincial, como la de Procedimiento administrativo, sucumbieron a las embestidas del caciquismo (hoy quizá pudiéramos decir en alguna ocasión «de los grupos

de presión» que son los que caciquean), que les bastardeó o las soslayó o las retorció y las hizo caer en desuso, impidiendo que hubiera poder judicial independiente, Ayuntamientos autónomos. Administración pública del “selfgobernment”, sin burocracia y sin expedienteo, por no haber habido GOBERNANTES SERIOS Y DE ACCION, dotados de aptitudes, penetrados de su deber, que supieran convertir el precepto teórico en caso vivo; QUE SUPIERAN CUMPLIR Y HACER CUMPLIR lo ordenado por palabras en la Gaceta; por NO HABER HABIDO GOBERNANTES CON HUESO; por no haber habido más que GOBERNANTES DE CAUCHO, que al encontrarse en frente de la enfermedad nacida de las Infracciones sistemáticas y acumuladas y hechas cosa normal, EN VEZ DE EMPUÑAR VALEROSAMENTE EL BISTURI, haciendo POLITICA QUIRURGICA, dejaban en su cobarde abandono a la

ley y en su villana opresión al pueblo, y huían a las preocupaciones y al quebradero de cabeza, haciendo temblarse de moverse, articulando un proyecto de ley nueva que sustituyera a la incumplida o bordeada, a sabiendas de que quien no había sabido asegurar la efectividad de la primera ley, tampoco había de saber hacer efectiva la segunda; la de que si la una, POR FALTA DE HOMBRE, había sido letra muerta, letra muerta había de ser la segunda POR FALTA DE HOMBRE.

 POR FALTA DE HOMBRE, digo, pues en ESO ESTA LA CLAVE, NO EN LOS DIARIOS DE SESIONES ni en la GACETA.

Hombres, hombres, no papel mascado es lo que necesitan los pueblos en disolución, que necesitan UN ALMA EN LO ALTO, en quien se hayan fundido Aranda y Jovellanos para el programa, Fernando de Aragón y Cisneros para la acción, que no menos que estos cuatro titanes ideales se han menester para obra tan ingente como la de rescatar los tres o cuatro siglos malbaratados, para improvisar espíritu, para poner otra vez a flote la nave embarrancada del Estado: HOMBRE QUE TENGA ENCIMA DE LOS HOMBROS UNA CABEZA RELLENA DE SESO Y NO DE ESTOPA, Y EN LA CABEZA UNA BRUJULA, Y AL LADO DE ELLA DOS BRAZOS DE ACERO PARA EJECUTAR, NO AMARRADOS

A BANCOS AZULES NI DE NINGUN OTRO COLOR (Aplausos): hombre de cuyo corazón no emana tinta para emborronar expedientes. sino sangre para nutrir y calentar al pueblo, QUE SIENTA y QUE LLORE CON LA PATRIA, QUE LLAME A TODOS AL SACRIFICIO y les enseñe el camino no con letras y metáforas desde la Gaceta, sino en acción, poniéndose personalmente a la cabeza y echando a andar como el último, sin aguardar a saber si hay quien le sigue. (Aplausos).

 … soy enemigo de esa mohosa noria que llamamos, por un abuso del lenguaje, Congreso y Senado, CUYO ESTRIDENTE Y DESAPACIBLE CHIRRIDO sólo cabezas tan duras como las nuestras han podido resistir durante más de dos generaciones SIN VOLVERSE LOCOS.

 Hace poco más de un siglo, la Península Ibérica se había quedado sin nación y se quiso improvisar una: hombres, sin duda alguna geniales en clase de escenógrafos, los que levantaron, sobre el vacío solar de las dos Cámaras, una nación de teatro, buena para representada, pero que no bien se olvidó de lo que era y quiso tomarse a sí propia en serio, y ... desplomóse con todas sus bambalinas, viniéndose a tierra casi sin estrépito. ¡Y SEGUIREMOS

DESCANSANDO SOBRE ESA FICCION, OBRA DE LA MAS INSIGNE IMBECILIDAD!

 ... Parlamento por rutina mental. PARLAMENTO por puro sport, imitación simiesca de lo europeo, o para que los lobos guarden el rebaño, para que los caciques se fiscalicen a sí propios...”

 (Del discurso «Los siete criterios de Gobierno», pronunciado en Zaragoza el 12 de febrero de 1906).

 ***

DEL OFICIO DEL JEFE DEL ESTADO

 España, como otro país cualquiera y más que el mayor número, ha necesitado UN HOMBRE, pero en aquellos cien años, la dinastía actual ni una sola vez, por excepción, ha podido suministrárselo.

 Todo ese tiempo España ha sido UNA MONARQUÍA SIN MONARCA. Su trono ha tenido figura de cuna, sin otro efecto que estorbar la elección de persona que presidiera al Estado y velase por él.

 ¿SE QUIERE MAS CAUSA, QUE ESA FALTA DE CONDUCTOR EL EXPLICARSE EL QUE ESPAÑA HAYA ACABADO POR

DESCARRILAR Y ESTRELLARSE EN LOS DESPEÑADEROS DE LA HISTORIA?

 En cien años la MONARQUIA NO HA SIDO PROPIAMENTE UNA INSTITUCION, ha sido una TAPADERA DE PARTIDOS, y la historia nacional una orgía desenfrenada, en que todo se ha abismado. el INMENSO PATRIMONIO HEREDADO DE LAS GENERACIONES PASADAS...

 (Del trabajo «El fin de la última tregua», publicado en «El Evangelio», el 1 de enero de 1902.)

 ***

 Muchas son las consideraciones que podrían hacerse de cada una de las frases de Joaquín Costa. Queremos que quede bien claro que la MONARQUIA no puede ser una MONARQUIA SIN MONARCA y mucho menos una TAPADERA DE PARTIDOS y que el Jefe del Estado no puede ser un hombre incapaz con la cabeza llena de estopa, ni un figurón, como lo han sido todos los reyes a los que se refiere Costa y como lo han sido las reyes que siguieron al tenor de Costa.

 La experiencia y la Historia han demostrado que la dinastía de los Borbones reinantes ESTABA GASTADA, según frase de Costa. Si gastada estaba a principios de siglo, consideremos que hoy (1968) no queda nada aprovechable, pues siguió el desastre tras el desastre.

 Es preciso buscar sangre nueva, estirpe regia con vitalidad. Esa fuerza solamente nos la hubiese podido dar la dinastía carlista porque, si bien era Borbón de apellido, en realidad era hispánica, era BRAGANZA, como Ias reinas esposas de Don Carlos María Isidro. Sangre de BRAGANZAS SON TAMBIEN LOS BORBON-PARMA, en los que la integridad, el españolismo, la inteligencia, el catolicismo, etc., hacen suponer que son los HOMBRES que buscaba Costa para España, ya que la experiencia ha demostrado que los HOMBRES QUE PUDO DAR LA REPÚBLICA AUN ERAN MÁS NEFASTOS Y MÁS INEPTOS QUE LOS DE LA MONARQUÍA LIBERAL.

 La Divina Providencia nos ha deparado UN HOMBRE, UN CAUDILLO, durante algunas décadas, pero se precisa la continuidad de ese HOMBRE, para que un nuevo desastre de dinastía borbónica -continuadora de la de los «tristes destinos»- no malbarate EL INMENSO PATRIMONIO HEREDADO DE LA ACTUAL GENERACIÓN.

Roberto G. BAYOD PALLARES

 

 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968


martes, 14 de abril de 2026

Iglesia y Estado; situación nueva tras el Vaticano II

 Artículo de 1970 

  Iglesia y Estado; situación nueva

 -Las relaciones concordatarias o no, de este o del otro tipo jurídico- entre la Iglesia y el Estado moderno discurren hoy (1970) por cauces diversos a los de hace todavía muy pocos lustros. Las razones son varias y profundas, y sería una grave equivocación desconocerlos en unos momentos en que todo hace pensar que el Estado español y la Iglesia Católica están realizando unas conversaciones en orden a la revisión de los compromisos adquiridos anteriormente. (...)

 El Catolicismo tiene que pensar muy en serio que no basta “tener la verdad”, si luego la “verdad” se encarna únicamente en un ecumenismo vivido universalmente como indiferentismo religioso. No basta poseer la verdad si ésta no acaba nunca de encarnarse en la vida.

 Pues bien; cuando se piensa en relaciones entre la Iglesia y el Estado no se puede ser utópico en el peor sentido de la palabra, es decir, pensando esas relaciones intemporal y a-históricamente, porque entonces el nuevo “arreglo” jurídico duraría menos mucho menos que el Concordato periclitado de 1953.

 Entonces -algunos se preguntan- ¿es que la Iglesia Católica tiene que mudar radicalmente sus principios eclesiológicos en la materia? Y he ahí donde muchos encuentran un callejón sin salida en el que se hubiera metido el Concilio Vaticano II, promulgando tanto el decreto “Dignitatis humanae” cuanto la Constitución “Gaudium et Spes”. Porque, una de dos: o estos documentos son una acomodación fraudulenta a los nuevos tiempos -con lo que la Iglesia Católica juega al maquiavelismo religioso- o están en contradicción con venerables documentos anteriores- y entonces no tiene fijeza en los principios. ¿Vamos a oponer León XIII a Pablo VI?

 Vieja polémica ésta, que olvida la distinción de principios y planos descendidos de aplicación. Hoy, la Iglesia contempla que los Estados piden una autonomía de acción, en un orden jurídico-social que los permita proseguir un bien común auténticamente tal. Por otra parte, es imposible pedir a la Iglesia que deje de auto-reconocerse como la única religión verdadera que posee derechos, los “derechos de Dios”. Esta proclamación, sin embargo, obtenía un eco amplio y profundo en unos tiempos y en unas circunstancias de tiempo y de lugar en que los principios descendían pacíficamente para encarnarse normalmente en estructuras terrenas adecuadas y eficaces. 

Quienes hablan contra aquella “tutela” de la Iglesia y sus exigencias jurídicas, no tienen el sentido histórico para comprender el fondo de la historia. Por eso tantas alharacas contra las Cruzadas, la Inquisición, las guerras de religión y la tutela de la Iglesia sobre los estados medievales. Todo ello solamente descubro un sectarismo resentido, cuya base es un enorme falta de sentido histórico.

 Pero, además, esas voces encorajinadas están movidas por principios falsos, ya que se niegan “derechos” a una institución divina que, por lo menos, un católico consciente no puede poner en duda. Por eso, primero y ante todo, si no se quieren embrollar estas cuestiones delicadas, hay que presuponer un problema de fondo, los principios. Estos podríamos ir a encontrarlos lo mismo en León XIII que en Pablo VI. Pero la misma “ratio histórica” nos exige que los busquemos en el Concilio Vaticano II. 

Esta es, hoy, la mente de Pablo VI. No intentemos, sin embargo, presentar únicamente el siempre peligroso “espíritu del Concilio” o la ambigua “lógica conciliar”. No nos satisface siquiera esa “dinámica conciliar” a que se ha referido el profesor Ruiz-Giménez respondiendo a G. Urresti. Intentemos, ante todo, dar cuerpo y presencia a los textos mismos del Vaticano II.

Sólo más tarde se puede intentar esa contemplación concreta de la realidad histórica española y de la situación mundial en que, necesariamente, se deben insertar. (…)

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970

 

domingo, 12 de abril de 2026

Intereses oscuros bajo guerras dinásticas


 La cuestión dinástica. (El caso de don Juan y de Laceu)

 Descendamos ya a las aplicaciones concretas a España y a la Comunión Tradicionalista, señalando dos casos, uno que se realizó y otro que se está realizando, y que entrambos se refieren a la misma cuestión dinástica.

 Para honor del linaje humano, no ha existido nunca en el mundo una cuestión puramente dinástica; es decir, que se redujese únicamente a la sustitución en el poder de familias y de personas.

 Siempre detrás de las luchas dinásticas han existido las políticas o de intereses y principios superiores, que las tomaron por fórmulas y enseñas.

 La contienda entre don Pedro I y don Enrique de Trastámara, más que problema de legitimidad, de origen, que estaba bien claro, lo fueron de dos políticas interiores y exteriores: una de la represión de la aristocracia feudal y de alianza con Inglaterra, y otra, contraria y de alianza con Francia.

 A la muerte de don Martín el Humano, en la lucha entre don Jaime el desdichado y don Fernando de Antequera, la que resolvió el Compromiso de Caspe, lo que estaba por encima de la ley de sucesión era la independencia de Cataluña y el apartamento de Castilla, o la tendencia a la unión personal de las coronas y de los Reinos que se verificó más tarde (Reyes Católicos).

 La guerra de sucesión entre Austrias y Borbones, más que por las dos Casas, se peleaba por el equilibrio europeo y por lograr o evitar el predominio de una de ellas.

 Antes de que estallase la cuestión dinástica en España, la que ocasionó las guerras civiles, ya existía la lucha entre los dos partidos y las dos banderas, lo mismo en las Cortes de Cádiz, cuando la Monarquía estaba ausente, que en los períodos de 1814 a 1820, y del 20 al 23, y desde esta fecha hasta la muerte de Fernando VII. La división honda, profunda, con dos programas, pero sin tener dos símbolos dinásticos, porque el litigio no había empezado, existía. Y cuando los símbolos existieron y se ensangrentaron los campos, el hacer prevalecer a una rama sobre la otra fue cosa secundaria y que obedecía a los principios que representaban, que era lo principal. La prueba la daba bien clara el Reino lusitano, donde la contienda entre don Miguel y doña María de la Gloria era combate de los principios, pues la diferencia de la legitimidad dinástica bien puede decirse que no existía.

 Por eso Balmes afirmó que si don Carlos María Isidro se hubiera declarado opuesto al tradicionalismo, ningún liberal hubiera puesto en duda su derecho, y si doña María Cristina y doña Isabel le hubiesen representado, los tradicionalistas y no los liberales estarían a su lado. El instinto y el sentido común subordinan los símbolos a las causas simbolizadas; los abanderados a las banderas, pues sin ellas no son nada.

 ¿Quién tiene el derecho de declarar el divorcio entre los dos y la ilegitimidad de ejercicio?

 Si la cuestión fuese opinable y puramente religiosa, y no se refiriese a los otros dos derechos, como sucedió algunas veces en la Edad Media, las constituciones de aquella época llevaban implícitas, y algunas veces explícitas, la apelación al Emperador, y de éste al Papa, o la directa al Pontífice. Hoy, desgraciadamente, la práctica constante de políticas secularizadoras en distinto grado, hacen innecesario el dictamen, pues es continua la oposición de la Iglesia con ellas, y la única cuestión está en los medios prácticos de evitarlas y de sustituir a los poderes que las defienden.

 Pero trátese de uno o de todos los tres derechos, los grandes doctores señalaron como condición para la resistencia, que no se haga por autoridad particular o privada, sino pública, considerando como tal a una parte considerable de la sociedad, o la manifestada por sus órganos principales; es decir, por los que representan la soberanía social.

 Si no existiese, ni aun mermada, en las Corporaciones y clases que la forman, sería inútil plantear el problema porque la tiranía habría arrasado todas las resistencias, y no quedaría, por lo tanto, medio alguno para ejercitarlas.

 Todo esto se refiere, naturalmente, al soberano de hecho que gobierna dentro de un pueblo, en contacto con él, y que tiene sometido a su potestad y a la de aquellos elementos que le auxilian y comparten, a todas las fuerzas rivales, e incluso a las más extrañas que pugnan por derrocarle.

 A un príncipe que no es soberano desposeído, y que vive extrañado del reino, y tiene enfrente de sí a todos los partidos que vienen dominando secularmente a su país, sólo por una especie de galantería doctrinal se le pueden aplicar los mismos conceptos que al monarca de hecho que gobierna su pueblo y que tiene relación directa y coacción eficaz para mantenerla con los gobernados.

 En realidad, no es más que un jefe de partido, mientras no logre convertirse en jefe de sus propios enemigos, y someter a los más contrarios como Rey, si no por amor, por la fuerza coactiva del mando.

 La declaración de ilegitimidad, y la consiguiente destitución que puede seguirla en el soberano de hecho, trae, desde luego, aparejada una revolución, cuyas consecuencias, para lograr el éxito y restaurar el derecho, es preciso calcular, a fin de que los resultados no sean contraproducentes. Pero cuando se trata de una jefatura política, aunque tenga la más alta representación genealógica y heráldica, la cuestión se simplifica, pues la ilegitimidad de ejercicio se reduce, en quien no gobierna de hecho, a la oposición con los principios, la conducta y el interés de su pueblo, representado en su partido.

 No se concibe la existencia de un jefe que dirija contra su propio parecer a sus parciales. Querer imponerles una política contraria a la que defienden y recabar el derecho exclusivo de fijar su conducta y de variarla, es transformarlo de agrupación de hombres libres en un instrumento ciego.

 La emancipación de tal jefatura será entonces la consecuencia inevitable, si el partido no renuncia al derecho a la vida.

 La Comunión Tradicionalista se encontró un día en ese caso y reaccionó vigorosamente, salvándose. Don Juan de Borbón y de Braganza, que a la sazón era su jefe, mal aconsejado por su secretario Enrique Laceu, escribió desde el extranjero un manifiesto, fechado en Londres en septiembre de 1860, inclinándose francamente a la política liberal y afirmando «que sería injusto negarle la facultad de apreciar en su verdadero valor el siglo en que vivimos». Recababa para sí el derecho de imponer una política y una conducta a su partido. 

JUAN VAZQUEZ MELLA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968