Artículo de 1970
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Su lectura puede refrescar muchas memorias
y demostrar a la juventud y al pueblo en general el cambio operado también
por la Iglesia en estos últimos años. *** Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970 |
LA INFAME TRANSICION POLÍTICA (Y RELIGIOSA) ESPAÑOLA DENUNCIADA DESDE EL TRADICIONALISMO
Artículo de 1970
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Su lectura puede refrescar muchas memorias
y demostrar a la juventud y al pueblo en general el cambio operado también
por la Iglesia en estos últimos años. *** Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970 |
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1939. Estalla
la Segunda Guerra Mundial. Inglaterra
no ha de atender más que a su frente Norte-Este. Sus caminos no peligran por
el Atlántico-Este ni por los mares que bañan a España. Canarias, Ifni y los
territorios españoles del trópico celan su neutralidad, que tanto favorece a
Albión. Francia puede abandonar a retaguardia su imperio africano, segura que
no la traicionará España. Por lo mismo, se despreocupa de su frontera Sur. Con
España no hay cuidado: es amiga, es honrada. De pronto la guerra llega a los Pirineos: Alemania
se asoma con sus divisiones. Anhela Gibraltar; ha de meterse en el África del
Norte para ayudar a Rommel, para impedir que Norteamérica se establezca allí;
para dominar Orán, Argelia, Marruecos, Túnez, para salir a la orilla
atlántica y aparecer frente a América, lo que la inmovilizará. Por su parte,
Norteamérica necesita, como Inglaterra y sus aliados, que España no luche al
lado de Hitler. De hacerlo, la guerra cambiaría de signo. Se perderían para
ellos África, el Mediterráneo y la seguridad del Atlántico. Roosevelt escribe una carta a Franco: “Mi
querido general: España nada tiene que temer de los aliados”. La carta quiere
decir lo que Franco pudo contestarle: “Mi querido presidente: Son los aliados
los que nada tienen que temer de España”. Jugándose la invasión y la
destrucción, Franco se opone a que Hitler entre en territorio nacional para
apoderarse de Gibraltar y de la magnífica presa africana, garantía de su
victoria. Por segunda vez, España y Franco han salvado a los pueblos
occidentales. Revista FUERZA NUEVA, nº182,4-Jul-1970 |
Artículo de 1967
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No faltaron los casos—cuenta el autor en el prólogo de las ediciones de posguerra—, de rectos y prestigiosos militares que, en los días de la gestación del Movimiento, se resistían a comprometerse en la insurrección, por razones morales; pero que no dudaron en dar luego su nombre, dispuestos a dar también la vida, cuando alguien, con «El Derecho a la Rebeldía» en la mano, les convenció que podían hacerlo con absoluta tranquilidad de conciencia.» No hace mucho que un grupo internacional de teólogos firmó un dictamen, en el que se declaraba inmoral la guerra ofensiva de los Estados y aún la simplemente defensiva. Esta tan grave resolución, apoyábanla sus autores en el hecho de que, actualmente, la guerra, con el bárbaro progreso de su técnica, ha dejado de ser un medio proporcionado al fin. Y en la existencia de un organismo internacional —la Sociedad de Naciones—, cuyo fallo es suficiente para dirimir las contiendas internacionales y para vindicar el derecho de cualquier Estado, tal vez injustamente agredido. A un enemigo que hace la guerra no está prohibido responderle con la guerra. «Así como el soberano—escribe don Enrique Gil Robles (padre de don José María, en su «Tratado de Derecho Político»— está en el deber y el derecho de rechazar al invasor o al rebelde, al primero, porque atenta a la nacionalidad, por lo menos, y al segundo, porque ataca al orden jurídico y político; así, una vez la usurpación avanzada o triunfante, no se merman, cambian ni alteran aquel derecho y aquel deber en presencia del hecho consumado injusto. A raíz de él, y en lo sucesivo, mientras no sea más que hecho, la reivindicación de la soberanía tiene el mismo título que la posesión y el ejercicio de ella, y la justicia del fin y de los medios no reconoce más límite que la prudencia de no causar mayores daños, por la cuantía o la duración, que el de la usurpación triunfante. Por regla general, la acción armada, y aun la civil contienda, no puede considerarse mal mayor; son per se un medio necesario, aunque doloroso, de coacción legítima, puesta al servicio del derecho.» La desobediencia a las leyes injustas de una autoridad, aun legítima. La desobediencia a las leyes, aun justas, de un poder ilegítimo, mientras una razón de bien común no exija su cumplimiento. La lucha legal, resistencia civil y aun resistencia armada—defensiva—contra la tiranía del soberano legítimo. La violencia armada contra el poder usurpador. El tiranicidio del tirano usurpador, llevado a cabo por la sociedad o por un particular, con autoridad pública. Claro está que la licitud de estas rebeldías está condicionada a los requisitos que hemos ido exponiendo más arriba. DOCTRINA SOBRE LA GUERRA. DE LOS OBISPOS ESPAÑOLES CON MOTIVO DE LA CRUZADA— El Dr. Pla y Deniel, actual Cardenal Primado, era Obispo de Salamanca el 30 de septiembre de 1936; entonces escribió una pastoral en la que afirma: «Si en la sociedad hay que reconocer una potestad habitual o radical para cambiar un régimen cuando la paz y el orden social, suprema necesidad de las naciones, lo exija, es para Nos, clarísimo, el derecho de la sociedad no de promover arbitrarias y no justificadas sediciones, sino de derrocar un gobierno tiránico y gravemente perjudicial a la sociedad, por medios legales si es posible; pero, si no lo es, por un alzamiento armado. Esta es la doctrina claramente expuesta por dos santos doctores de la Iglesia: Santo Tomás de Aquino, Doctor el más autorizado de la Teología Católica, y por San Roberto Belarmino, y, junto con ellos, el Preclarísimo Doctor, el Eximio Francisco Suárez.»
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Artículo de 1970
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También ha circulado por aquí el infame amasijo de patrañas titulado “L’Esglesia contra la República Espanyola”, seudónimo de un sacerdote catalán y rojo de remate que se exilió voluntariamente, que dedica diez viperinos capítulos del mismo contra el cardenal Gomá, y cuyo nombre verdadero es preferible olvidar. “¿Con quién estaría el Papa? ¿Con los que se han empeñado en destruir en España el reino de Cristo, de quien es Vicario, matando a sus sacerdotes y destruyendo sus templos y persiguiendo el nombre cristiano con saña digna de los primeros perseguidores de la Iglesia?” Y había añadido: “Es patente el hecho de la religiosidad de nuestros combatientes, que se lanzaron al campo de batalla para combatir al comunismo por antiespañol y también por anticatólico y ateo; brilla con claridades de mediodía en nuestra historia político-religiosa que la causa de haber puesto pie la bestia asiática en nuestro suelo hispano es la última consecuencia de una serie de desviaciones de los principios católicos…; se refleja con luces de cielo en el lago de sangre de miles y miles de sacerdotes asesinados por el odio del marxismo, que debieran merecer más respeto de ciertos escritores libelistas”. “Queden relegados a la categoría ínfima de afirmaciones embusteras los motes que se han conjugado en cancillerías y tertulias políticas, en discursos y trabajos de prensa, como causas y soportes de la guerra. En todo hay escorias en este pobre mundo; pero ni la injusticia social, ni la prepotencia del clero, ni el espíritu “faccioso” de algunos militares, ni la necesidad de salvar las esencias democráticas tienen nada que ver con la raíz profunda del inmenso trastorno que ha pasado España. Este nos vino porque manos procaces, al servicio del nihilismo ruso, se empeñaron en remover los profundos sillares en que se asentaba hacía ya siglos el espíritu natural: Dios y el sentido de justicia del que es Dios el único soporte”. “Pudimos hundirnos para siempre, y Dios, que ha hallado en V.E. digno instrumento de sus planes providenciales sobre la Patria querida, nos ha concedido ver esta hora de triunfo. Que Dios y la Patria paguen al glorioso Ejército español, y especialmente a V. E. que tan espléndidamente lo ha llevado a la victoria, el colosal esfuerzo que han debido realizar para dar cima a la gigantesca empresa. Y se lo paguen con lo que más estiman las almas nobles: con las fecundidad del sacrificio para bien de la religión y de la Patria; el amor del pueblo, que es la mejor corona de un gobernante; y largos años de vida para seguir trabajando en la paz como lo ha hecho en la guerra”. “¿Quién desencadenó la tormenta trágica?, ¿los ricos?, ¿los pobres?, ¿el hambre?, ¿la falta de trabajo?, ¿la democracia, la política, en ansia de reivindicaciones sociales? Es un catalán que escribe para un diario de Cataluña. Y en Cataluña, la inteligencia, el trabajo, la sobriedad de sus hijos habían llegado a realizar la promesa, falaz en sus labios, del viejo político: la promesa de la caseta y l’hortet para cada ciudadano, que nos ha recordado muchas veces la frase idílica de la Biblia: Cada cual vivía feliz debajo de su higuera y su parral… Porque en Cataluña, queridos paisanos, se comía y se vestía mejor y con más economía que en sitio alguno del orbe… Pero, en un momento, súbitamente, aunque después de años de preparación, faltó, por omisión de unos y por acción de otros, lo que es el nervio del mundo, Dios, que, con su presencia y su ley, lo aglutina todo en el mundo físico y moral. Omisión de casi todos, que dejamos vaciarse nuestras conciencias de la verdad religiosa, y nuestra vida de la moral cristiana y nuestra sociedad de la presencia de Dios en todas las cosas de la vida colectiva. Y la acción ejercida por gente profesional del error y del trastorno político y social, en el taller, en el club revolucionario, en el periódico explosivo y ácrata, en los altos puestos de la administración y gobierno”. “De las grandes conmociones de la Patria querida nunca hemos sacado el bien que era lícito esperar. Siempre España tuvo que coger en el árbol de su historia los frutos en agraz. Ni correspondió la mezquindad de sus partos al dolor de sus alumbramientos”. Y aún más: “Una guerra santa pide, a lo menos, un santo esfuerzo para que no sea estéril la sangre en ella derramada. Los que la dieron tan generosamente, por Dios y por España, clamarían venganza contra quienes no pusieran estos santísimos nombres en la base, en el corazón y en la cumbre de la España que renace”. Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970 |
Artículo de 1976
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Evocación
de las “hazañas” del PSOE También participaron miembros del PSOE en el asesinato de Calvo Sotelo: Victoriano Cuenca, el autor material del crimen, pertenecía a la escolta de Prieto; Fernando Coello, estudiante de Medicina integrado en la partida asesina; Santiago Garceso y Francisco Ordóñez, también componentes de la misma, eran miembros de las Juventudes Socialistas, etc. Tampoco los afiliados al PSOE estuvieron ajenos a la persecución de quienes gritaban ¡viva España!, así como a los insultos en el Parlamento, al rey Alfonso XIII, al cual se le condenaría por aclamación en unas Cortes donde el PSOE contaba con 117 diputados, es decir, con el grupo más numeroso de la Cámara. |
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Artículo de 1970
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El cardenal Gomá se
preguntaba si podrían llegar traiciones a la cruzada nacional. Y comentaba: “Traiciones,
puede que no; es demasiado odioso el mote, y es demasiado grave el momento de
España para que las haya. Desviaciones, debilidades, claudicaciones, puede
que sí. El oro tiene siempre escorias. Bien que ha sido de subida ley en el
que se acuñó la fisonomía espiritual de nuestro movimiento en su primer empuje,
pero el cansancio, el arribismo ventajista, el espíritu taimado de gente de
dentro y de fuera de España y, sobre todo, la falta de formación de la
conciencia ciudadana en los principios de derecho que debe informar una
sociedad cristiana como, gracias a Dios, lo es la nuestra y que deben ser el
motivo y la forma de la actuación a todos, cada cual en su esfera y rango,
harán posible el hecho de que se maten los cantos vivos del Movimiento Nacional
y se busquen acomodos y ensamblamientos con instituciones y tendencias
forasteras al espíritu nacional y cristiano.” |