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martes, 20 de enero de 2026

En defensa del cardenal Gomá

 Artículo de 1970 

 EL CARDENAL GOMÁ, DIFAMADO

 Actualmente (1970) el fenómeno se repite en gran escala con el cardenal Gomá, confluyendo contra su titánica personalidad los más bajos fondos y las bilis más repelentes de todas las sectas, esbirros y cipayos de la leyenda negra de nuestros días. Podemos recordar al P. Arsuaga y a Ángel Zumeta, que, en su día, pretendieron refutar, por ejemplo, su apodíctica “Respuesta obligada a José Antonio Aguirre”.

También ha circulado por aquí el infame amasijo de patrañas titulado “L’Esglesia contra la República Espanyola”, seudónimo de un sacerdote catalán y rojo de remate que se exilió voluntariamente, que dedica diez viperinos capítulos del mismo contra el cardenal Gomá, y cuyo nombre verdadero es preferible olvidar.

 Lo que todavía no se había intentado contra el cardenal Gomá es presentarlo como hombre desleal a sí mismo. No pueden refutarse válidamente sus argumentos, sus escritos, su ejecutoria. Como dijo Blas Piñar “trata de oscurecerse la figura del cardenal Gomá. No sólo porque fue el cardenal de la Cruzada, sino porque fue un sacerdote catalán que defendió siempre a capa y espada, en España y fuera de España, entre católicos y contra católicos, la causa nacional, el esfuerzo de unos hombres que no regatearon nada, ni siquiera sus vidas para que la fe cristiana perdurase en nuestro pueblo”.

 Pero si la granítica fortaleza de la obra del cardenal Gomá no puede ser destruida y el único daño que es posible causarle es su desconocimiento, quedaba un recurso calumniador por estrenar…

 Y ahora “Sempronio”, seudónimo del director del seminario catalán “Tele-Estel”, nos ha descubierto la táctica que, por lo visto, actualmente se pone en circulación. En el número del 27 de marzo del año en curso, el citado semanario y bajo su rúbrica, escribe literalmente: “Refiriéndose a la famosa carta colectiva del episcopado español, el cardenal Gomá, primado de España, terminada la guerra, dijo a dos personas cuyo testimonio es irrecusable: “Si se pudiera jugar dos veces, os aseguro que a la segunda jugaría de muy distinta manera”.

 En el año 1940, en La Riba, su pueblo natal, Gomá, en franca conversación, dijo a unos sacerdotes tarraconenses: “El único que tuvo visión de este asunto fue vuestro cardenal”.

 Ahí están las acusaciones… Pero resulta que el cardenal Gomá había escrito:

“¿Con quién estaría el Papa? ¿Con los que se han empeñado en destruir en España el reino de Cristo, de quien es Vicario, matando a sus sacerdotes y destruyendo sus templos y persiguiendo el nombre cristiano con saña digna de los primeros perseguidores de la Iglesia?” Y había añadido: “Es patente el hecho de la religiosidad de nuestros combatientes, que se lanzaron al campo de batalla para combatir al comunismo por antiespañol y también por anticatólico y ateo; brilla con claridades de mediodía en nuestra historia político-religiosa que la causa de haber puesto pie la bestia asiática en nuestro suelo hispano es la última consecuencia de una serie de desviaciones de los principios católicos…; se refleja con luces de cielo en el lago de sangre de miles y miles de sacerdotes asesinados por el odio del marxismo, que debieran merecer más respeto de ciertos escritores libelistas”.

 Había enjuiciado nuestra historia reciente con estas palabras: “La loca temeridad de los gobernantes durante el quinquenio que precedió el estallido de 1936 fue otra de las causas culminantes de la guerra. El Estado español entró en quiebra en 1932; de ahí vino, a no largo plazo la quiebra de la Nación… Fue un régimen de alevosía que hirió de un golpe a la Nación y al Estado”.

 Enfrentándose con los que buscaban falsos pretextos con que denigrar nuestra contienda, el cardenal Gomá intrépidamente afirmaba:

 “Queden relegados a la categoría ínfima de afirmaciones embusteras los motes que se han conjugado en cancillerías y tertulias políticas, en discursos y trabajos de prensa, como causas y soportes de la guerra. En todo hay escorias en este pobre mundo; pero ni la injusticia social, ni la prepotencia del clero, ni el espíritu “faccioso” de algunos militares, ni la necesidad de salvar las esencias democráticas tienen nada que ver con la raíz profunda del inmenso trastorno que ha pasado España. Este nos vino porque manos procaces, al servicio del nihilismo ruso, se empeñaron en remover los profundos sillares en que se asentaba hacía ya siglos el espíritu natural: Dios y el sentido de justicia del que es Dios el único soporte”.

 Solemnemente escribía al Generalísimo Franco: 

 “Pudimos hundirnos para siempre, y Dios, que ha hallado en V.E. digno instrumento de sus planes providenciales sobre la Patria querida, nos ha concedido ver esta hora de triunfo. Que Dios y la Patria paguen al glorioso Ejército español, y especialmente a V. E. que tan espléndidamente lo ha llevado a la victoria, el colosal esfuerzo que han debido realizar para dar cima a la gigantesca empresa. Y se lo paguen con lo que más estiman las almas nobles: con las fecundidad del sacrificio para bien de la religión y de la Patria; el amor del pueblo, que es la mejor corona de un gobernante; y largos años de vida para seguir trabajando en la paz como lo ha hecho en la guerra”.

 Concretamente, en “La Vanguardia” del 18 de julio de 1939, nos adoctrinaba el cardenal Gomá a los catalanes: 

“¿Quién desencadenó la tormenta trágica?, ¿los ricos?, ¿los pobres?, ¿el hambre?, ¿la falta de trabajo?, ¿la democracia, la política, en ansia de reivindicaciones sociales? Es un catalán que escribe para un diario de Cataluña. Y en Cataluña, la inteligencia, el trabajo, la sobriedad de sus hijos habían llegado a realizar la promesa, falaz en sus labios, del viejo político: la promesa de la caseta y l’hortet para cada ciudadano, que nos ha recordado muchas veces la frase idílica de la Biblia: Cada cual vivía feliz debajo de su higuera y su parral… Porque en Cataluña, queridos paisanos, se comía y se vestía mejor y con más economía que en sitio alguno del orbe… Pero, en un momento, súbitamente, aunque después de años de preparación, faltó, por omisión de unos y por acción de otros, lo que es el nervio del mundo, Dios, que, con su presencia y su ley, lo aglutina todo en el mundo físico y moral. Omisión de casi todos, que dejamos vaciarse nuestras conciencias de la verdad religiosa, y nuestra vida de la moral cristiana y nuestra sociedad de la presencia de Dios en todas las cosas de la vida colectiva. Y la acción ejercida por gente profesional del error y del trastorno político y social, en el taller, en el club revolucionario, en el periódico explosivo y ácrata, en los altos puestos de la administración y gobierno”.

 Sería interminable si quisiéramos reseñar el continuado magisterio, coherente e irrefutable del cardenal Gomá, en perfecta consonancia con Pío XI y Pío XII, y con centenares de obispos de toda la Iglesia universal, manteniendo la tesis de la imperecedera Carta Colectiva del Episcopado Español, de 1 de julio de 1937, bajo cuyos postulados sagrados y altísimos millares de hombres entregaron sus vidas, convencidos plenamente de que la Iglesia como Iglesia, y no como simple opinión personal ni siquiera de un cuerpo social al estilo de los partidos políticos o de las corporaciones públicas por respetables que fueren, había hablado y enseñado.

 Al cardenal Gomá hay que enjuiciarle por la robusta continuidad de todos sus escritos sólidamente doctrinales y comprometidos, y también por los consejos y consignas que, como el que escribe, innumerables veces habíamos recibido particularmente en el Asilo de las Josefinas en Pamplona, durante la Cruzada, en donde se hospedaba y nos había tenido la inmerecida confianza de encomendarnos misiones delicadas de gran trascendencia. Cuantos conocimos y nos honramos con su intimidad sabemos de su indomable firmeza intelectual, de su gran corazón y de cómo férreamente mantenía frente a presiones de toda clase la verdad de la Cruzada Nacional. Lo que es inimaginable en el cardenal Gomá es la mentira, la doblez, los paños, calientes las sinuosidades…

 Por eso, frente a las graves imputaciones que “Sempronio” atribuye al cardenal Gomá, sólo cabe este dilema: o el cardenal Gomá realmente se sintió equivocado, y desmentido en lo que había enseñado en sus documentos pastorales que habían corrido el mundo y arrastrado a toda la opinión católica mundial digna de este nombre, y en este caso no bastaban unos desahogos amigables a estas innominadas personas de que nos habla el director de “Tele-Estel”, en cuya circunstancia en buena moral estaba obligado públicamente a rectificarse, o “Sempronio” inventa tales afirmaciones y, en todo caso, la ética periodística obliga a decir y a presentar paladinamente los testigos de ambas afirmaciones que pone en boca del cardenal Gomá. El cardenal Gomá, a estas horas, no tiene más defensa que la fidelidad histórica que debe velar también por el prestigio de los muertos. Máxime en esta ocasión en que se escarnece la honorabilidad más íntima y más elemental de un cardenal como tal y en su más característica actuación como primado de España, y la legitimidad de la Cruzada como Pío XI, Pío XII, y el Episcopado español y mundial había definido, ensalzado y ponderado en actos de magisterio repetido.

 Esperemos que “Sempronio” presente las pruebas objetivas y convincentes de lo que, a primera vista, puede calificarse como insidias.  No basta callarse a darse por no aludido. O se rectifica sin atenuantes de cuanto ha escrito, declarando que ha calumniado o que ha sido informado por personas insolventes a las que se debe citar sin excusa alguna, aunque con la maligna ligereza que supone entregar a la publicidad acusaciones infamantes de tal índole, o cita con nombres y apellidos y con todos los pelos y señales a los que, bajo juramento, puedan certificar verazmente lo que ponen en boca del cardenal Gomá.

 No marginamos, en un Estado de Derecho, lo que corresponda a otras jurisdicciones. Sería de una insensibilidad imperdonable que no se exigieran las aclaraciones pertinentes ante asertos tan vejatorios contra el cardenal que, rotundamente, en la hora más crítica de España, como se ha dicho, no fue ni un Richelieu ni un Mazarino. Sólo puede parangonarse con el propio cardenal Cisneros. Si en esta ocasión se permite el insulto escrito o la no justificación de lo afirmado, otra vez se habrá cumplido el diagnóstico del propio cardenal Gomá: 

De las grandes conmociones de la Patria querida nunca hemos sacado el bien que era lícito esperar. Siempre España tuvo que coger en el árbol de su historia los frutos en agraz. Ni correspondió la mezquindad de sus partos al dolor de sus alumbramientos”. Y aún más: “Una guerra santa pide, a lo menos, un santo esfuerzo para que no sea estéril la sangre en ella derramada. Los que la dieron tan generosamente, por Dios y por España, clamarían venganza contra quienes no pusieran estos santísimos nombres en la base, en el corazón y en la cumbre de la España que renace”.

 A quien firmaba y entregaba su vida por estos ideales, hoy, impunemente se le denigra presentándole en actitudes inconsecuentes, canallescas e indignas de un hombre, de un cristiano y de un prelado. ¿Es posible? Esperamos la rectificación indeclinable de “Sempronio” o que quien deba haga reparar el honor insultado y maltrecho del cardenal Gomá. Que cada palo aguante su vela. La inconsciencia y la frivolidad tienen sus límites. Inexcusablemente y sin dilaciones.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970

 

miércoles, 19 de noviembre de 2025

La Cruzada, el Ejército y Cataluña

 Artículo de 1970 

 LA CRUZADA, EL EJÉRCITO Y CATALUÑA

 Con motivo del 1 de abril, aniversario de la victoria contra el marxismo, en el salón del palacio arzobispal de Tarragona, tuvo lugar la imposición de la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, concedida por el Jefe del Estado, por decreto del 5 del pasado enero, al Emmo. señor Cardenal doctor don Benjamín de Arriba Castro, Arzobispo y Primado de las Españas. (…)

 Nuestra guerra fue una Cruzada

 Cuando tanto derroche se hace con el intento de borrar el intrínseco y entrañable sentido de cruzada, ha sido muy preciso el recuerdo de excelentísimo señor capitán general de Cataluña haciendo presente que el actual cardenal de Tarragona es uno de los obispos españoles firmante de la Carta Colectiva del Episcopado español de 1 de julio de 1937, definiendo el contenido legítimo católico del Alzamiento Nacional de 1936.

 Sí, nuestra guerra fue una cruzada. Y cabe el honor a Cataluña de que dos figuras, de las más descollantes de la jerarquía eclesiástica, fueran dos cardenales catalanes que, por serlo de verdad, alcanzaron las más altas cimas de la prudencia política y de la sabiduría verdadera, documentando y argumentando irreversiblemente la definición histórico-teológica de nuestra lucha.

 En primer lugar, el entonces obispo de Salamanca, doctor Pla y Deniel, ya en 30 de septiembre de 1936, escribía;

 “¿Cómo se explica que hayan apoyado el actual Alzamiento los prelados españoles, y el mismo Romano Pontífice haya bendecido a los que luchan en uno de los dos campos? La explicación plenísima nos la da el carácter de la actual lucha que convierte a España en espectáculo para el mundo entero. Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden.

 Cuando los sacrilegios, asesinatos e incendios se han verificado antes de todo apoyo oficial de la Iglesia, cuando el Gobierno no contestó siquiera a las razonadas protestas del Romano Pontífice, cuando el mismo Gobierno ha ido desapareciendo de hecho, no sólo en la parte del territorio nacional que perdió desde los primeros momentos, sino aun en los territorios a él todavía sujetos, en los que no ha podido contener los desmanes y se ha visto desbordado por turbas anarquizantes y aun declaradamente anarquistas, entonces ya nadie ha podido recriminar a laIglesia porque se haya, abierta y oficialmente, pronunciado a favor del orden contra la anarquía, a favor de la implantación de un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y de sus fundamentos, religión, patria y familia, contra los sin Dios y contra Dios, sin patria y hospicianos del mundo, en frase feliz de un poeta cristiano. Ya no se ha tratado de una guerra civil, sino de una cruzada por la religión y por la patria y por la civilización. Ya nadie podía tachar a la Iglesia de perturbadora del orden, que ni siquiera precariamente existía.

 En realidad, se trataba, como ha dicho exactamente el Jefe del Gobierno de una nación extranjera: "Estamos cansados de decir a Europa que la guerra civil española, independientemente de la voluntad y de las partes en conflicto, es con absoluta evidencia una lucha internacional en un campo de batalla nacional. (…)

 ¿Cómo ante el peligro comunista en España, cuando no se trata de una guerra por cuestiones dinásticas, ni formas de gobiernos, sino de una cruzada contra el comunismo para salvar la religión, la patria y la familia, no hemos de entregar los obispos nuestros pectorales y bendecir a los nuevos cruzados del siglo XX y sus gloriosas enseñas, que son por otra parte la gloriosa bandera tradicional de España?”

 También el cardenal Gomá, en su celebre pastoral “El caso de España”, afirma rotundamente:

 “¿Guerra civil? La guerra civil que sigue asolando gran parte de España y destruyendo magníficas ciudades no es, en lo que tiene de popular y nacional, una contienda de carácter político en el sentido estricto de la palabra. No se lucha por la República, aunque así lo quieran los partidarios de cierta clase de República. Ni ha sido móvil de la guerra la solución de una cuestión dinástica, porque hoy ha quedado relegada a último plano hasta la cuestión misma de la forma de gobierno. Ni se ventilan con las armas problemas interregionales en el seno de la gran patria, bien que en el período de lucha, y complicándola gravemente, se hayan levantado banderas que concretan anhelos de reivindicaciones más o menos provincialistas.

 Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra este otro espíritu, si espíritu puede llamarse, que quisiera fundir todo lo humano, desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de España; de otra, un informe conglomerado de combatientes cuyo empeño principal es, más que vencer al enemigo, o, si se quiere, por el triunfo sobre el enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización.

 Ignoramos cómo y con qué fines se produjo la insurrección militar de julio: los suponemos elevadísimos. El curso posterior de los hechos ha demostrado que lo determinó, y lo ha informado posteriormente, un profundo sentido de amor a la patria. Estaba ya casi en el fondo del abismo, y se la quiso salvar por la fuerza de la espada. Quizás no había ya otro remedio.

 Lo que sí podemos afirmar, porque somos testigos de ello, es que, al pronunciarse una parte del Ejército contra el viejo estado de cosas, el alma nacional se sintió profundamente percutida y se incorporó, en corriente profunda y vasta, al movimiento militar; primero, con la simpatía y el anhelo con que se ve surgir una esperanza de salvación, y luego, con la aportación de entusiastas milicias nacionales, de toda tendencia política, que ofrecieron, sin tasa ni pactos, su concurso al Ejército, dando generosamente vidas y haciendas, para que el movimiento inicial no fracasara. Y no fracasó –lo hemos oído de militares prestigiosos– precisamente por el concurso armado de las milicias nacionales.

 Quede, pues, por esta parte como cosa inconcusa que si la contienda actual aparece como guerra puramente civil, porque es en el suelo español y por los mismos españoles donde se sostiene la lucha, en el fondo, debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera cruzada en pro de la religión católica, cuya savia ha vivificado durante siglos la historia de España y ha constituido como la médula de su organización y de su vida.”

 Cuanto concluían los cardenales Gomá y Pla y Deniel era una resonancia de las mismas palabras de Pío XI y de Pío XII, bendiciendo “a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión” y “han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y la Religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales”, como dijeron ambos Pontífices.

 Rubricando cuanto dijeron los grandes cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel -cumbres máximas de aciertos y de doctrina en la jerarquía eclesiástica en los últimos tiempos- también los catalanes lo afirmaron con su presencia multitudinaria, huyendo de la zona roja y alistándose en el Ejército nacional, esparcidos en sus múltiples cuerpos, formando unidades propias en las milicias voluntarias y en los servicios de retaguardia, así como en la diplomacia, en la administración del naciente Estado Nacional, en la economía y en la propaganda internacional. No digamos de la colaboración, temeraria hasta la muerte, que en la Cataluña dominada por los rojos, se vertebró, casi por reacción espontánea, contra el marxismo, la “Generalitat” y sus compañeros de viaje.

 Cataluña sintió como cruzada a nuestro Alzamiento. Si alguna voz sin eco pretendió algún armisticio o pacto con los rojos, en contra de lo que explícitamente denunció Pío XI cuando habló de aquellos que “buscan el modo de dar lugar a cualquier posibilidad de acercamiento y colaboración de la parte católica, distinguiendo entre la ideología y la práctica, entre las ideas y la acción, entre el orden económico y el orden moral”, con el comunismo, no mereció ni ser atendido de la Santa Sede, y es ley de la historia que nunca falta un Judas. Máxime cuando se deja en la estacada en manos asesinas, liberándose personalmente por un favor político inconfesable, a quien por el mínimo deber de solidaridad en el episcopado, debió plantear o la liberación de ambos o correr la misma suerte.

 Esta es la verdad auténtica de nuestro Alzamiento. El capitán general de Cataluña ha hecho memoria para tantos desmemoriados, incluso para aquellos que, por continuidad de doctrina y deber objetivo, tienen la obligación de no olvidarlo. Siempre será una gloria histórica de los cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel, que juntos con todo el Episcopado español y mundial, así como los Papas Pio XI y Pío XII, la capitanía y consagración, con las más certeras y claras definiciones del dictamen moral de la gesta del del 18 de julio de 1936. Y más de cien mil catalanes pasaron a la acción y a los frentes en zona nacional con las aportaciones más generosas e incondicionales, al unísono con su fe y patriotismo.

 Misión del Ejército

 El capitán general de Cataluña ha reivindicado la diferencia y la estima que el cardenal de Tarragona siente por el Ejército. Nada más justo. El Ejército ha sufrido de las fuerzas subversivas ataques muy bien planificados e intencionados. Se ha querido, y continúa queriéndose por algunos, que el Ejército se convierta en meramente técnico, profesional y aséptico en política. Ciertamente, no se puede falsificar más gravemente la misión política de las Fuerzas Armadas.

 José Antonio Primo de Rivera, en su “Carta a los militares españoles”, con la mayor urgencias recordaba otra vez a los hombres de armas su más sagrado deber:

 El Ejército es, ante todo, la salvaguardia de lo permanente, por eso no se debe mezclar en luchas accidentales. Pero cuando es lo permanente mismo lo que peligra, cuando está en riesgo la misma permanencia de la Patria (que puede, por ejemplo, si las cosas son de cierto modo, incluso perder su unidad) el Ejército no tiene más remedio que deliberar y elegir. Si se abstiene, por una interpretación puramente externa de su deber, se expone a encontrarse, de la noche a la mañana, sin nada a qué servir. En presencia de los hundimientos decisivos, el Ejército no puede servir a lo permanente más que de una manera: recobrándolo con sus propias armas. Y así ha ocurrido desde que el mundo es mundo: como dice Spengler, siempre ha sido a última hora un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización”.

 Jorge Vigón, también explícitamente, actualizada cuanto nos dice José Antonio, y así escribe:

 Es preciso repetir que la oficialidad militar debe entender de política. Puede desentenderse -y esto no solo es lícito sino debido- de lo que la política tiene de oficio. Lo que tiene de ciencia ha de informar, en cambio, su vida entera. Quizá sea posible conducir correctamente a los hombres ignorando algunos misterios de la matemática o de la física; pero sin conocer los principios que informan la política, difícilmente podrán guiar a la juventud que se les encomienda. Para abrir a todos el camino del deber, para hacer comprender a unos y a otros cuáles son sus deberes actuales y futuros, el oficial necesita una clarísima conciencia política.”

 Cataluña, que según el catalanismo histórico es antimilitarista y no cuesta ningún esfuerzo rememorar las campañas del “Cu-Cut” y otros elementos catalanistas moderados y rabiosos contra las Fuerzas Armadas españolas, tiene, por el contrario, una larga tradición militar, el más limpio signo hispánico y contrarrevolucionario: la gran guerra contra la Revolución Francesa, las epopeyas del Bruch y de Gerona, entre otras, durante la Guerra de la Independencia. El alzamiento realista y la regencia de Urgel, así como también las guerras carlistas con millares y millares de voluntarios. Finalmente, la masa enorme de catalanes que se evadieron de la zona roja, no para sestear en el extranjero, sino para empuñar las armas durante nuestra cruzada, como señaladamente ha acordado el capitán general de Cataluña. Confiamos, con fundamento de causa, que, a su hora, la batalla decisiva fulminante contra el progresismo y el entreguismo tendrá un modo marcadamente catalán. (…)

 Con palabras del cardenal Gomá 

El cardenal Gomá se preguntaba si podrían llegar traiciones a la cruzada nacional. Y comentaba: “Traiciones, puede que no; es demasiado odioso el mote, y es demasiado grave el momento de España para que las haya. Desviaciones, debilidades, claudicaciones, puede que sí. El oro tiene siempre escorias. Bien que ha sido de subida ley en el que se acuñó la fisonomía espiritual de nuestro movimiento en su primer empuje, pero el cansancio, el arribismo ventajista, el espíritu taimado de gente de dentro y de fuera de España y, sobre todo, la falta de formación de la conciencia ciudadana en los principios de derecho que debe informar una sociedad cristiana como, gracias a Dios, lo es la nuestra y que deben ser el motivo y la forma de la actuación a todos, cada cual en su esfera y rango, harán posible el hecho de que se maten los cantos vivos del Movimiento Nacional y se busquen acomodos y ensamblamientos con instituciones y tendencias forasteras al espíritu nacional y cristiano.”

 Toca a los hombres responsables de la Iglesia, del Estado y del Ejército, meditar sobre estas palabras del cardenal Gomá. En muchos aspectos parecen proféticas.(…)

 Que en la vieja Tarragona se hayan pronunciado unas palabras rememorativas de la Cruzada, de la participación catalana en la misma, y de la ejecutoria primordial del Ejército en la vida nacional, es algo alentador. En esto sentimos como Ortega y Gasset: “Lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfección de su Ejército mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales. Raza que no se sienta ante sí misma deshonrada por la incompetencia y desmoralización un organismo guerrero es que se halla profundamente enferma e incapaz de agarrarse al planeta”. O más oportunamente lo que cinceló maravillosamente Spengler: “Siempre ha sido un pelotón de soldados quien a última hora ha salvado la civilización”.

 Y en Cataluña la verdadera tradición católica, española, catalana, contrarrevolucionaria, vibra en torno de Rafael de Casanova, caído por la España auténtica y gloriosa. Aunque la propaganda del catalanismo histórico, de la “Esquerra” y actualmente del marxismo, sofistiquen su figura y su significado. Pero por algo Rovira Virgili y Vicens Vives tenían tan pocas simpatía por Rafael de Casanova, cuya realidad no sintoniza con la trayectoria del romanticismo, del separatismo y del marxismo. La Cataluña en pie de guerra de Rafael de Casanova solamente enlaza, lógicamente, con el tradicionalismo, primeramente, y con la cruzada del 18 de julio de 1936, en definitiva. Esto tenía que decirse y queda dicho.

 También debieran conjugarlo y educar así, con realismo histórico a la opinión pública, los órganos de comunicación social, algunos tan atentos a los tópicos decadentistas y revanchistas más o menos encubiertos. He aquí porqué las palabras del insigne soldado, excelentísimo señor don Alfonso Pérez Viñeta, en la Tarragona imperial, romana e hispánica por excelencia, han sonado como una diana madrugadora y harto olvidada entre tantos barullos. Y Cataluña este lenguaje lo entiende muy bien. Que se repase la historia.

 Jaime TARRAGÓ


 Revista FUERZA NUEVA, nº171, 18-Abr-1970


miércoles, 5 de noviembre de 2025

Salvador de Madariaga, exministro republicano, criticó a la II República

 

 El intelectual y exministro republicano Salvador de Madariaga contra la Segunda República

 (…) El testimonio que aducimos es precisamente el de un intelectual republicano, indiscutiblemente el español más britanizado que ha existido y existe. Nos referimos a Salvador de Madariaga.

 En su libro “España”, Salvador de Madariaga examina el proceso desintegrador de la República. La República, según Salvador de Madariaga, fue el término de toda la paz social en España:

 Al hundirse, a principios del siglo XIX, la armazón tradicional del Estado español, fue necesario comenzar a reconstruir desde los cimientos. De aquí y de allá, vinieron haciéndose esfuerzos a tal fin, ya por individuos particulares, ya por el mismo Estado, para crear y fomentar este tejido director del cuerpo político. Estos esfuerzos fracasaban lastimosamente, tarde o temprano, cuando volvía a acudirá a España la fiebre terciana de su guerra civil. El último de estos movimientos de honda creación, el que debe su origen a don Francisco Giner de los Ríos, fue que alcanzó mayor éxito. Gracias al período relativamente largo de paz interior de que gozó España bajo la restauración borbónica (1876-1931) pudo este esfuerzo ir adquiriendo volumen e importancia, y como el país de suyo da vigor y posee ricos dones creadores, el reinado de Alfonso XIII contará en la historia de la cultura española sino como un siglo de oro, al menos como una era de plata”.

 La tarea esencial de la República debía haber sido procurar que continuase la paz interior para que en el cuerpo político de la nación fuese desarrollándose aquel tejido dirigente con fuerza y espesor suficientes para habérselas con los problemas que dividían a la opinión”.

 (…) Lo más antagónico a estos postulados fue la democracia republicana, sagazmente enjuiciada por Salvador de Madariaga:

 Pero aunque la República pudo haber sido moderada, el caso es que no lo fue. El ímpetu de ocho años de energía comprimida y la fogosidad de ocho años de ensueños sin acción (Gobierno de Primo de Rivera) vencieron a la prudencia en el alma de los hombres que tomaron a su cargo la nave del Estado, y así llevaron a la República a todo vapor a estrellarse contra las rocas inmutables de la terquedad española”.

 Quedó, pues, destruida aquella paz precaria y siempre inestimable, sin la que en España no podrá nunca llegar a construirse el Estado fuerte y competente que una nación tan vigorosa y creadora necesita poseer.Agobiado a diario por incidentes constantes y por revueltas mayores y menores que su propio doctrinarismo estimulaba, como si para tales cosas fuera necesario el estímulo, el Gobierno se veía incapacitado para emprender la educación política del pueblo, si es que pensó en hacerlo”.

 La República, tan enfáticamente proclamada democrática y liberal, gobernó casi siempre anticonstitucionalmente y con poderes extraordinarios. Lo afirma Madariaga:

 La República, quizá más todavía en sus etapas de izquierda, se vio precisada a protegerse contra su propia Constitución mediante leyes de excepción como la de Defensa de la República o la de Orden Público, que aunque poco conciliables con los principios constitucionales, apenas fueron suficientes para evitar accesos de violencia y la continua efervescencia de los impacientes”.

 Todo esto de que la democracia es un paraíso, en donde todos los pareceres se pueden expresar con respeto mutuo, es un cuento tártaro. La experiencia democrática española es muy elocuente, como registra Madariaga:

 Para colmo de males, la extrema izquierda, según la ley general de la política española, se dispuso a hacer traición a la izquierda a principios de 1933. Sacudió todo Levante un viento de revolución y de violencia, de Barcelona a Valencia y de Murcia a Sevilla, en todo este sector donde la semilla anarquista de Bakunin y Sorel ha prendido con tanto vigor en el alma ibérica. Se proclamaba el comunismo libertario, se atacaba a la Guardia Civil, se confiscaban tierras y propiedades y se organizaban huelgas deliberadamente insolubles para mantener vivo el fermento de agitación. Ni el Gobierno ni las Cortes podían trabajar en paz”.

 La sinfonía democrática fue creciendo de tono, según nos explica Madariaga, exministro republicano de Instrucción Pública y de Justicia:

 La epidemia de huelgas y desórdenes violentos que comenzó el 8 de diciembre de 1933 tuvo muy poco que ver con el cambio de Gobierno. Debióse en particular al ímpetu revolucionario de los anarcosindicalistas, para quienes tales huelgas y desórdenes eran de desear en sí. Transformáronse los quioscos de flores de las Ramblas de Barcelona en nidos de ametralladoras, y hubo violentos choques en La Coruña, Zaragoza, Huesca, Barbastro, Calatayud y Granada, donde pasaron por la prueba del fuego iglesias y conventos. El expreso de Barcelona a Sevilla fue víctima de un atentado, con muerte de diecinueve viajeros”.

 La República fue eminentemente monolítica, demagógica y partidista, sin admitir el juego de la voluntad popular manifestada masivamente en las elecciones. Los llamados partidos demócratas españoles y catalanistas utilizaron la violencia como sistema habitual en contra del sufragio universal. No se muerde la lengua el ilustre britanizado Salvador de Madariaga en estas afirmaciones:

 El alzamiento (socialista-separatista) de octubre de 1934 es imperdonable. La decisión de llamar al poder a la C.E.D.A. era inatacable, inevitable y hasta debida desde hacía ya tiempo. El argumento de que el señor Gil Robles intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era la vez hipócrita y falso. Hipócrita, porque todo el mundo sabía que los socialistas del señor Largo Caballero estaban arrastrando a los demás a una rebelión contra la Constitución de 1931 sin consideración alguna para lo que se proponía o no el señor Gil Robles; y, por otra parte, a la vista está que el señor Companys y la Generalitat entera violaron también la Constitución. ¿Con qué fe vamos a aceptar como heroicos defensores de la República de 1931 contra sus enemigos más o menos ilusorios de la derecha, a aquellos mismos que para defenderla a la destruían?”

 Tampoco se puede aducir ninguna exigencia social y reivindicativa por parte de los mineros asturianos (1934) . Madariaga condena así tal rebelión:

 “… su actitud se debió por entero a consideraciones teóricas y doctrinarias que tanto se preocupaban de la Constitución del 31 como de las coplas de Calainos. Si los campesinos andaluces que padecen hambre y sed se hubiesen alzado contra la República  no nos hubiera quedado más remedio que comprender y compadecer. Pero los mineros asturianos eran obreros bien pagados de una industria que, por frecuente colisión entre patronos y obreros, venía obligando al Estado a sostenerla a un nivel artificial y antieconómico, que una España bien organizada habrá de revisar”.

 Incluso Madariaga, que no sabemos sea especialista en Derecho Público Cristiano, encuentra un precedente justificativo moral de nuestra Cruzada en la explosión selvática, criminal y sangrienta, del 6 de octubre de 1934, organizada por el Partido Socialista Español y la Esquerra Republicana de Cataluña, con la que tan amistosamente colaboraba Acció Catalana. Estas son sus contundentes palabras:

 CON LA REBELIÓN DE 1934, LA IZQUIERDA ESPAÑOLA PERDIÓ HASTA LA SOMBRA DE AUTORIDAD MORAL PARA CONDENAR LA REBELIÓN DE 1936”. (…)

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº169, 4-Abr-1970



martes, 21 de octubre de 2025

La victoria de 1939, camino del olvido

 Artículo de 1970

  ABRIL, 1939, VICTORIA PARA NO OLVIDAR

 Los olvidadizos de hoy, los desmemoriados y los amnésicos sostendrán quizá -ellos sabrán para qué objetivos tortuosos- que treinta y un años después de la Victoria, esta fecha puede entrar en las clases pasivas de la Historia. Y, sin embargo, ¿la recordáis? No hemos podido olvidar ni queremos hacerlo el frenético entusiasmo de las poblaciones definitivamente liberadas del miedo, el crimen, el hambre y el terror.

 Estas no son palabras vacías, abstractas, sino que están escritas con sangre y dolor en la carne de España. Detrás de cada una de ellas hay imágenes terribles: los oficiales asesinados con el tiro en la nuca en el Cuartel de la Montaña, en aquella ronda de aquelarre de cuerpos caídos por tierra, los trágicos paseos en cualquier cuneta de la carretera del Pardo, los oficiales de Marina arrojados encadenados al mar en Cartagena, el Obispo de Almería lanzado vivo a la caldera del “Jaime I”, los monjes de Montserrat torturados y fusilados, los sepultados vivos en los pozos de Serón, los tirados al Cantábrico desde el faro de Santander, las chekas, la caza despiadada en las calles, los garfios sangrientos que se encontraron en la checa de García Atadell y de los que se colgaba a los detenidos, los “tribunales populares”, las mujeres enviadas a los burdeles frentepopulistas o rifadas en las noches de orgía de las Brigadas Internacionales, la cacería de la Cárcel Modelo, los tirados como peleles desde lo alto de Bellas Artes.

 Que no se diga que era la “barbarie de los incontrolados”. Esos eran los procedimientos normales del sistema que se hubiera implantado en toda España sin la llamada salvadora del Alzamiento y sin la victoria del 1 de abril de 1939. Que no se diga por ciertos monstruos fríos que era una revancha de clase. En Barcelona, los comunistas ejecutaron a sus ex aliados del POUM casi con igual ferocidad. En Cataluña, los anarquistas y cenetistas asesinaban con análoga frialdad a sus asociados del separatismo, y éstos les pagaban en la misma moneda. En Bilbao, la burguesía separatista se mostró igualmente feroz que los presidiarios convertidos en “gudaris”. ¿O es que se han olvidado los asesinatos en los barcos anclados en el Nervión? ¿Quién mandaba entonces en su despacho del Hotel Carlton?

Esa tragedia no fue un episodio circunstancial ni esa explosión “de ruido y furor”, como decía Shakespeare, fue espontánea. Había sido cuidadosamente preparada, se habían sembrado las semillas del crimen y del horror con los libros, periódicos y mítines del marxismo, del anarquismo, y de la izquierda. Era la culminación lógica de la honda tragedia de nuestro pueblo, entregado a la barbarie desintegradora de toda moral por las taifas de los partidos políticos, y el fruto de una siniestra planificación llevada a cabo por los Estados Mayores del marxismo y sus compañeros de viaje.

 El que sucedió en España no era nada nuevo. Había tenido como precedente la matanza de Asturias por los dinamiteros de González Peña y Prieto (1934). Y antes (1909), la Semana Trágica de Barcelona. El mismo régimen fue establecido en los cinco meses siniestros de la Hungría de 1919 con Bela Khun, contando con la complicidad del demagogo conde Karoly, que preparó el ambiente. Al mismo régimen se llegó en Rusia a partir de la revolución de octubre de 1917, lógico desenlace de la revolución liberal y socialista del príncipe Lvov y de Kerensky, en febrero. Todavía en agosto, el muy liberal príncipe Lvov decía en plena Duma: “Jamás el pueblo ruso ha sido tan feliz como ahora, con la democracia”. Y le aplaudieron los “kadetes” constitucionalistas, los monárquicos del progresismo y masonería, los socialistas, los agrarios y los socialrevolucionarios... Dos meses después, Rusia escuchaba el tronar de los cañones del “Aurora”, Lenin se apoderó del poder y los ministros amigos del príncipe Lvov morían asesinados en la fortaleza Pedro y Pablo, mientras Kerensky huía disfrazado de mujer.

 Amalgama “democrática”

 Karoly y Berenguer, Bela Khun y Kerensky, Azaña, Portela Valladares, Prieto y Basteiro… Sin estos nombres, que prestan una fachada “honorable”, la tragedia no hubiera sido posible. Ni la habría sido sin Masaryk y sin Benes la bolchevización de Checoslovaquia en 1948.

 Siempre le es preciso a Moscú un Kerensky o un príncipe Lvov. Sin las debilidades de los gobernantes de 1934, sin las intrigas, compromisos y traiciones de los partidos políticos, sin la ceguera de quienes confiaron la salvación de España a la farsa de unas elecciones que estaban destinadas al amaño y al pucherazo, sin el “frentepopulismo” que iba de la izquierda burguesa y ateneísta y los revolucionarios de salón y la inteligencia izquierdista pedante hasta los comunistas, pasando por los socialistas “moderados” y los socialistas de taberna y Casa del Pueblo y puño en alto, la tragedia se habría evitado.

 Para hacer inevitable, para esclavizar a nuestro pueblo después de desangrado, para volcarle en el campo de la Unión Soviética o mantenerle en la servidumbre de las logias francesas e inglesas, cooperaron los hombres de Londres y París con los de Moscú en un mismo objetivo, aunque sus caminos no siempre coincidieran. León Blum -tan socialista, tan “humanista”-, Baladier, tan radical como Servan Schreiber, tan burgués, y Thorez -tan “hijo del pueblo”- clamaban en las manifestaciones de París: “Des canons et des avions pour l’Espagne”. Attlee y Lady Astor vinieron a saludar con el puño alto a las Brigadas Internacionales de Marty, Nenni y Tito. Toda esta amalgama fue necesaria para intentar convertir a España en República democrática de tipo checoslovaco, en espera de hacer de ella también como Checoslovaquia, una República soviética a secas.

 Cómplices del comunismo

 En Moscú estaba el cerebro. Pero eso no excluye las pavorosas responsabilidades de un Portela Valladares, entregando el poder el 16 de febrero de 1936 a las hordas. Ni excluye la responsabilidad del socialista Largo Caballero que levantaba el puño en los desfiles de los milicianos asesinos, ni del socialista Besteiro, el ideólogo que desde la huelga de 1917 había ido preparando el terreno, ni de Prieto, que había fletado el “Turquesa” con cuyas armas se desencadenó el terror de la revolución de Asturias de 1934, el primer ensayo de lo que fue dos años más tarde la media España roja. ¿Han olvidado sus turiferarios de hoy los cuarteles dinamitados, los asesinatos al grito de “UHP”? ¿Se ha olvidado que el “buen” Prieto que ahora nos quieren presentar fue el empresario de aquellos crímenes? Y eso no excluye la responsabilidad de los masones y de los Martínez Barrios, ni los burgueses separatistas de Barcelona y Bilbao. Todos ellos fueron los cómplices activos del comunismo, después de haber abierto los diques. Todos ayudaron a crear aquella media España comunista que habría sido una entera España bajo la hoz y el martillo, sin la victoria de las armas nacionales.

 Y esa victoria es la que algunos quisieran que fuera olvidada, para que se olvidaran también las causas, los horrores y los crímenes que hicieron inaplazable el alzamiento. Así se podría volver, con la conciencia tranquila y explotando la amnesia del pueblo español, la ignorancia de una juventud a la que no se informa, a la que se mantiene ignorante de aquel pasado tan próximo y aleccionador, y el deseo de paz de la “mayoría silenciosa” de nuestros días; así se podría volver a la misma situación. Lo sepan o no lo sepan en su inconsciencia y en su cobardía, ese es el fondo de los que ahora hablan mucho de democracia, de liberalismo, de partidos políticos -aunque disfracen con otros nombres su mercancía de contrabando- cubriendo la maniobra con invocaciones al Concilio y a las Encíclicas, del brazo de los que asesinaron obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas.

 La primera fase de esta operación es dar un carácter “provisional” y “circunstancial” a la victoria, como si fuera un episodio anormal y excepcional que puede borrarse tranquilamente para retornar a lo que ellos llaman la “normalidad”. La normalidad de los incendios de iglesias, de los asesinatos en la calle, la ocupación de tierras y fábricas, el crucifijo expulsado de las escuelas, el Ejército escarnecido, la juventud entregada a la masonería cosmopolita y al laicismo perseguidor, los periódicos asaltados y prohibidos, los intelectuales disconformes reducidos al silencio y la persecución, mientras se encaramaba en el pedestal a cualquier invertido de ojos lánguidos.

 Y todavía es posible que esos clanes, herederos de los macabros aliados de 1936, los que pretenden una marxistización cautelosa o brutal de nuestra Patria encuentren compresión incluso entre los mismos que serían sus primeras víctimas, incluso entre esos mismos sacerdotes que olvidan a los mártires de la Iglesia de 1936 a 1939.

 Victoria de las armas limpias

 A toda esa amalgama hay que decirles -y probarles con hechos- que nuestra victoria es definitiva porque fue una victoria sobre la anti-España de 1936. Fue una victoria de las armas limpias sobre otras almas al servicio del crimen y de la esclavitud. Pero fue, ante todo. la victoria de una ideología, del ser y sentido de España sobre sus enemigos, declarados o encubiertos, internos o externos. Los que quieren matar nuestra victoria tienen un nombre: “revanchistas”, y eso, estén donde estén y se cubran con las etiquetas que se cubran. Son los que no han olvidado, en un rencor amarillo, que tuvieron que huir, vencidos y despreciados por el pueblo español al que engañaron, y que han seguido, en el exilio, en la conspiración clandestina, en la intriga que les llevó, como “arrepentidos”, a ocupar puestos, soñando con el desquite. En un desquite que les era imposible por la fuerza y que buscan obtener vistiéndose con la piel del cordero liberal, del socialista “bueno y europeo”, del demócrata “generoso y coexistente”, del clérigo “coexistencialista y dialogante” con una oreja en Roma y otra en Moscú, con una en la encíclica “Populorum progressio” y otra en Garaudy. Solo así pueden convertir en cómplices inconscientes a los ingenuos. Unos, involuntariamente, de buena fe, porque no saben quiénes son sus guías y a dónde les llevan. Otros, arrastrados en el caos de confusión ideológica que la subversión extiende en las épocas prerrevolucionarias. Otros, simplemente por miedo, especulando desde su paz y su tranquilidad actuales con las incertidumbres del futuro…

 Frente a eso, nuestra fuerza es la misma arma que nuestro adversario busca destruir. La energía de las razones que hicieron posible la victoria frente a un enemigo que tenía todos los medios: Tenía el oro, la industria, el sucio juego de la Francia frentepopulista y de la Inglaterra desgarradora de Europa. Tenía la Unión Soviética, tan halagada hoy. Pero la verdadera España tenía una doctrina clara y limpia por la que se valía la pena morir como hombres.

 Eso, ¿se ha olvidado? ¿Es que tenemos que hacernos perdonar nuestra victoria?

 Carlos JIMÉNEZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 168, 28-Mar-1970

 

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Persecución marxista en Tarragona

 

 EL CANÓNIGO SERRA VILARÓ, NOTARIO DE LA PERSECUCIÓN MARXISTA EN TARRAGONA 

En el pasado octubre (1969) falleció el conocido arqueólogo e ilustre investigador y canónigo tarraconense Juan Serra Vilaró (1879-1969). En mi viaje de bodas tuve la suerte de que él mismo fuera el guía que nos mostrara y explicara con toda clase de detalles la romanidad de las murallas de Tarragona. Amigo de la familia de mi esposa, nos complació con inolvidables explicaciones, pródigas de curiosidades y detalles.

 Ahora, “Serra d’Or”, de enero pasado, le dedica un artículo firmado por Andrés Tomás y Ávila, glosando la figura de mosén Serra Vilaró. Creemos que es de justicia se le recuerde.

 Nacido en Cardona, de la diócesis de Solsona, el entonces obispo de la misma, doctor don Francisco Vidal y Barraquer, le encargó la dirección del Museo Diocesano. Su labor fue ardua y de una fecundidad arqueológica impresionante. Publicó mucho.

 El cardenal Vidal y Barraquer, ya arzobispo de Tarragona, invitó a mosén Juan Serra Vilaró a incorporarse a esta archidiócesis, donde tendría un lugar ideal para su especialidad. Sus descubrimientos arqueológicos, de antiguos sarcófagos cristianos, de excavaciones exhaustivas sobre San Fructuoso, de los fondos del archivo de la catedral de Tarragona, sobre la Tarragona romana, y muchos otros aspectos, llenan capítulos señalados del talento singular de este eximio investigador catalán. Descubrió una antigua necrópolis paleocristiana, en donde, por voluntad expresa, ha sido enterrado.

 Pero el canónigo Juan Serra Vilaró no es solo el escritor, el arqueólogo, el investigador, el polemista, el archivero, cuyos estudios serán imprescindibles, en adelante, por los que cultivan estas disciplinas. El canónigo Juan Serra Vilaró escribió un libro  del que “Serra d’Or” (benedictinos de Montserrat) ni siquiera hace mención, que tiene la más plena actualidad, de hechos históricos sucedidos en nuestros días. Tal libro (1), tiene un valor preclaro, por tratarse de un íntimo amigo del cardenal Vidal y Barraquer, con sus juicios muy explícitos y contundentes sobre una situación y unos hechos juzgados no con criterios políticos sino desde un punto de vista estrictamente histórico, religioso y sacerdotal.

 Además, no se puede olvidar que el canónigo Juan Serra Vilaró era un antiguo redactor de la página artística de “La Veu de Catalunya”, órgano de la Lliga Catalana, asiduo colaborador del “Anuari de l’Institut d’Estudis Catalans” y de “Estudis Universitaris Catalans”. Con una adscripción claramente definida de catalanismo de la Lliga, en la hora de la verdad, el recopilador y biógrafo de los 135 sacerdotes asesinados en Tarragona, además de su obispo auxiliar doctor Manuel Borrás y Ferré, no pudo menos que registrar con toda gallardía y veracidad la vileza del sadismo de los hombres de la “Generalitat” y de todo el Frente Popular. Todavía guardo la carta en la que pedía a nuestra familia datos sobre el asesinato de nuestro pariente reverendo Jaime Tarragó Iglesias, asesinado en Torredembarra.

 Para suplir la laguna de la revista “Serra d’Or” y para que sea conocido el estilo directo del canónigo Juan Serra Vilaró, reproducimos aquí unas páginas del precioso libro “Víctimas Sacerdotales del Arzobispado de Tarragona”, que, dedicado y rubricado por él, guardamos en nuestra biblioteca familiar.

 Destacamos estos párrafos:

 Hemos dado el título de persecución religiosa a la hecatombe marxista que padeció la Archidiócesis de Tarragona, por cuanto lo fue en toda la extensión del contenido de esta palabra, ya que la furia destructiva alcanzó a toda suerte de objetos religiosos destinados al culto público, al familiar y al individual, y a las personas, tanto eclesiásticas como civiles.

 “Con públicos pregones eran invitadas las gentes, bajo amenazas gravísimas, como todas las amenazas rojas, a que destruyeran las imágenes y objetos religiosos, o a que los llevaran a la plaza, donde se perpetraba el espectáculo de una hoguera sacrílega, acompañada de las burlas más grotescas y más estúpidas. Unos bailaban con una imagen con actos soeces e inmundos; otros vestían los instrumentos del culto parodiando sarcásticamente la sagrada liturgia, cometiendo las más insanas barbaridades que le sugería su concepción enferma. Hasta las señoras que viajaban en los trenes eran registradas, por si llevaban medallas u otros objetos piadosos, y los mismos presos, a pesar de haberlos registrado cuando fueron aprehendidos. En el puerto de Tarragona fueron habilitados, para cárceles, los barcos “Río Segre”, “Isla Menorca”, “Ciudad de Mahón” y, por pocos días, el “Cabo Cullera”. Al pasar los presos de un barco a otro eran minuciosamente registrados. El primer cambio fue del “Cabo Cullera” al “Río Segre”; todos los presos, uno por uno, fueron cacheados y despojados de cuantos objetos religiosos poseían.

 De antemano se les avisó que espontáneamente los entregaran, y que el encontrarles tales objetos ocultos sería causa agravante en su expediente. Los objetos de plata y oro, como medallas, crucifijos etc., los secuestradores se los guardaron y, los demás, los arrojaron al mar. Durante algunos días flotaron numerosas estampas y libros. Algunos presos escondieron los objetos religiosos en el barco, para no entregarlos, otros los arrojaron al mar, otros se ingeniaron como pudieron para conservarlos; y sabemos de uno que pasó la medalla del escapulario oculta debajo de la lengua.

 Antes de entregarse de lleno a la ejecución de las personas, los rojos iluminaron el tambaleante orden social con las devoradoras llamas de los templos y de las imágenes y vestiduras litúrgicas. Está iluminación siniestra les patentizaba la indiferencia y la cobardía del pueblo, franqueándoles de par en par las puertas para penetrar en las casas a sangre y saqueo impunemente. Además de los individuos y de los hogares, todas las iglesias fueron saqueadas y devastadas, destrozando los altares las imágenes y el mobiliario litúrgico. En muchas se hizo una pira con estos enseres en medio del templo, causando graves desperfectos a la fábrica de los mismos; algunos fueron demolidos totalmente y, todos, destinados a usos profanos con caracteres de malicia perversa, transformándolos en establos, corrales, salas de espectáculos, de baile, etc.

 Debemos dedicar dos palabras, como una excepción, a la Catedral, que los rojos enseñaban a los extranjeros para alardear del interés que ellos tenían en la conservación de los templos. La Catedral de Tarragona no se salvó por espíritu marxista, sino por los intelectuales al servicio de los rojos, que la convirtieron en museo destruyendo cuanto juzgaron poco digno del museo por ellos concebido, llegando a la fundición de la rica custodia, fruto de la munificencia de algunos arzobispos, que culminó en la obra del arquitecto Bernardino Martorell. Sin embargo, al entrar las fuerzas victoriosas de Franco, faltaban en ella doce altares, todos los retablos y tablas de algún valor arqueológico, todos los tapices, joyas litúrgicas y vasos sagrados. Lo mejor había emigrado y, gracias a la victoria, se ha podido recuperar casi todo en el extranjero o camino de la frontera. Esta excepción no destruye el criterio de que la finalidad de marxista consistió en el saqueo, destrucción y profanación de todo objeto destinado al servicio de la religión”.


 Crímenes y víctimas de los rojos

 El canónigo Serra Vilaró no se concreta en valorar las pérdidas artísticas que, por su condición de especialista, tanto le importaban. Se siente, por encima de todo, historiador eclesiástico, y enumera con justeza los procedimientos de la sistemática revolución marxista, preparada de antemano y que se hubiera entronizado definitivamente sin la liberadora y gloriosa gesta de la Cruzada. El antiguo colaborador de “La Veu  de Catalunya”, uno de los eclesiásticos de más prestigio intelectual del catalanismo, en la línea contemporizadora y adhesionista en favor de la República, partidario del “Estatut de Catalunya”, muy alejado de cuanto significara carlismo militante y mucho más de Falange Española, enjuicia la actuación del Frente Popular y su “Generalitat de Catalunya” de esta manera:

 La consigna revolucionaria dada por los dirigentes soviéticos comprendía tres etapas: la primera, procurar el desorden social; la segunda, apoderarse de los resortes del poder; y la tercera, ya dueños de la situación, perseguir y “liquidar” a todas las personas eclesiásticas y civiles que, con su prestigio, pudieran organizar al pueblo contra la minoría que lo tiranizaba. Por esto, el primer día, aconsejaban a los párrocos que se escondieran, diciéndoles que ellos les ayudarían a ausentarse y que no podían responder de su vida si continuaban en su puesto; el segundo día, ya les buscaban y detenían; y el tercero, los asesinaban. Siendo su objeto destruir la sociedad en la forma que estaba constituida para levantar sobre sus ruinas el despotismo soviético, como la primera resistencia chocaba con la Religión, que es y ha sido siempre el principal sostén del orden social, por esto se atacó con mayor saña y de la manera más perversa a sus ministros, los sacerdotes.

 Para inducir a las víctimas, ya dominadas por el terror, a que les siguieran, y dejar con alguna esperanza de tranquilidad a los familiares, cuando se los arrebataban, el engaño y la mentira era el único impulso que guiaba su ánimo en la investigación de su verdad. Dos o tres sicarios no habrían podido asesinarlos ante el pueblo y torturarlos con obscenas y cruentas amputaciones; en cambio, que fueran conducidos a declarar ante el Comité superior era cosa más sufrible, más tolerable. Pero cuando los sicarios iban a detenerlos era aquel Comité informado por uno de estos degenerados, con el alma echada a las espaldas, había dictado la sentencia de muerte. En la gran mayoría de los casos, los comisarios discutían y decretaban las personas que debían ser asesinadas, constándonos de una comarca que todos los crímenes que se atribuyeron a los incontrolados habían sido, de antemano, decididos y rubricados por el comisario local, que fue a buscar sicarios de otros pueblos para ejecutores de sus sentencias.

 A veces, cuando querían justificar, claro que con la justicia roja, su bestial proceder, en el primer registro ocultaban debajo de un colchón o en otro sitio armas o municiones que eran “encontrados” por los segundos registradores que, a voz en grito, sin más juez que sus desafueros, lo divulgaban como un himno a su honorabilidad ante el crimen que estaban perpetrando. El proceder de estos verdugos era cruel, inhumano y feroz, ya que gozaban con el sufrimiento de las víctimas. El grupo de intrépidos atletas de Cristo, sacrificados cerca del cementerio de Valls, el 25-VIII-1936, al ser conducidos prisioneros en un camión, cantó por el camino el “Crec en un Déu”; ametrallados, quedaron sólo con heridas buena parte de ellos, y, sin ser atendidos en sus horrorosos sufrimientos, fueron echados al camión y, vivos y muertos, enterrados en la gran huesa, que antes tenían preparada. Fue tanta la hediondez que se desprendió de aquella huesa, que, a ruegos de la vecindad, a los dos días, las autoridades tuvieron que cubrirla de cal viva.

 La mayoría de las ejecuciones de uno o dos individuos son sospechosas de cruentos martirios, y todas, de ultrajes de palabra, martirio y ultrajes que se iniciaban en el vehículo. Por esto las víctimas eran conducidas a despoblado, lejos de toda presencia testifical, donde el instinto inhumano y sanguinario de seres embrutecidos se cebaba a su placer. Esto hace que sean pocas las víctimas cuyo martirio no sea algo conocido, y algunos pueden deducirse por el estado de los cadáveres, que pudieron ser reconocidos por sus familiares. La finalidad de los dirigentes era borrar los vestigios de la brutalidad de sus sicarios”.

 Verdaderos martirios y cristiano perdón

 No deja el canónigo Juan Serra Vilaró de enmarcar en sus términos emocionantemente de vivas reproducciones del mismo espíritu de los mártires de los primeros siglos del cristianismo, la decisión y generosidad con que durante la etapa roja fueron sacrificados nuestros hermanos, así como la magnanimidad del heroico perdón que ha cimentado nuestra presente cristiana hermandad. Continúa testificando el canónigo Serra Vilaró:

 Durante los días de la persecución, el concepto que tenía el pueblo fiel del objetivo rojo de tan cruentos sacrificios era que se pretendía suprimir por completo a la Religión, y que las víctimas inmoladas eran verdaderos mártires de Cristo. Ha llegado a nuestras manos una octavilla impresa clandestinamente en aquellos días, conteniendo una “Oració per a demanar la Pau”: después de pedir al Dios de las Misericordias que se compadezca de tantas madres doloridas por la suerte de sus hijos; que tenga piedad de tantas familias privadas de padre; de tantos hermanos que gemían en inmundas mazmorras; y piedad para los desventurada España (…) invocaban su intercesión de la manera como siempre la Iglesia invocado a sus Santos. El concepto de los cristianos, que disfrutamos de la Paz y de la Victoria que habrá merecido la sangre de tantas víctimas, es y debe ser que el Señor conceda un sincero arrepentimiento a los asesinos y que perdone a estos criminales que, preeminentemente dotados del fondo de la crueldad ancestral que anida en el corazón humano, han vertido tanta sangre inocente. (…)

 Siguiendo, pues, este concepto cristiano, a pesar de que han venido a nuestro conocimiento los nombres de los instrumentos materiales, nos hemos permitido olvidarlos y les perdonamos, como algunas víctimas manifestaron sus votos de perdón en el momento del doloroso suplicio. Nuestro ferviente anhelo es que se conviertan y pidan misericordia ante el tribunal de la Gracia”.

  

De acuerdo con “Serra d’Or” y un poco de lógica

 Serra d’Or”(benedictinos de Montserrat), en su elogio a Juan Serra Vilaró, concluye: “Sus estudios y el espíritu que ponía en sus investigaciones hacen que la obra y la personalidad de mosén Serra Vilaró representen un valor y un ejemplo que el país no puede olvidar, y habrían de constituir para muchos un impulso para continuarlas”.

 Ciertamente, pero falta decir que mosén Serra Vilaró no siquiera habría podido subsistir si hubiera caído en manos de las “Patrullas de Control”, de los “Comités” y de los asesinos alentados por la “Generalitat de Catalunya”. Es por esas razones que el canónigo Serra Vilaró sintió de la persecución marxista y de la Cruzada Nacional como Pío XII y Pío XII, como los cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel, de los que discrepó aquel desgraciado y escandalizador abad Aurelio María Escarré (2).

 El canónigo Serra Vilaró entendió perfectamente que el antiguo catalanismo de la Lliga había desembocado naturalmente en la demagogia de la “Esquerra Republicana de Catalunya”. Y la “Esquerra” estaba totalmente al servicio de los asesinatos y destrucciones que denunciaba Serra Vilaró. Cuando Luis Companys, como presidente de la “Generalitat de Catalunya”, en las jornadas de julio de 1936, recibió a los representantes de la CNT y de la FAI, les dijo textualmente: “Habéis vencido y todo está en vuestro poder. Si no me necesitáis o no me queréis como presidente de Cataluña, decídmelo ahora, que yo pasaré a ser un soldado más en la lucha contra el fascismo”. El “fascismo” en boca de Companys significaba la Iglesia y los millares de hombres que ellos estaban asesinando…

 Juan Serra Vilaró, amante de los mártires cristianos y descubridor de un complejo funerario paleocristiano -un fabuloso punto de atracción para historiadores e investigadores y en cuya tierra sagrada ha querido ser inhumado- no podía ser cómplice ni dedicarse a declaraciones viles y calumniosas a diarios franceses o a la televisión alemana (2), al servicio precisamente de aquellos asesinos. Conviene que “Serra d’Or” y cuantos pensaron políticamente como Serra Vilaró hasta las vísperas de Alzamiento, llegan a las conclusiones que el sentido común y la experiencia histórica sellan para el futuro, a menos que una neurosis incurable o una imbecilidad radical incapacite para reflexionar.

 JAIME TARRAGÓ

  

Revista FUERZA NUEVA, nº 166, 14-Mar-1970

 

(1) “Víctimas sacerdotales del arzobispado de Tarragona durante la persecución religiosa del 1936 a 1939”. Tarragona. 1947

(2) Referencia al “contestatario” Aurelio María Escarré, abad de Montserrat