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LA CRUZADA, EL EJÉRCITO Y
CATALUÑA
Con motivo del 1 de abril,
aniversario de la victoria contra el marxismo, en el salón del palacio
arzobispal de Tarragona, tuvo lugar la imposición de la Gran Cruz del Mérito
Militar con distintivo blanco, concedida por el Jefe del Estado, por decreto
del 5 del pasado enero, al Emmo. señor Cardenal doctor don Benjamín de Arriba
Castro, Arzobispo y Primado de las Españas. (…) Nuestra guerra fue una Cruzada
Cuando tanto derroche se hace
con el intento de borrar el intrínseco y entrañable sentido de cruzada, ha
sido muy preciso el recuerdo de excelentísimo señor capitán general de
Cataluña haciendo presente que el actual cardenal de Tarragona es uno de los
obispos españoles firmante de la Carta Colectiva del Episcopado español de 1
de julio de 1937, definiendo el contenido legítimo católico del Alzamiento Nacional
de 1936.
Sí, nuestra guerra fue una
cruzada. Y cabe el honor a Cataluña de que dos figuras, de las más descollantes
de la jerarquía eclesiástica, fueran dos cardenales catalanes que, por serlo
de verdad, alcanzaron las más altas cimas de la prudencia política y de la
sabiduría verdadera, documentando y argumentando irreversiblemente la
definición histórico-teológica de nuestra lucha.
En primer lugar, el entonces obispo
de Salamanca, doctor Pla y Deniel, ya en 30 de septiembre de 1936,
escribía;
“¿Cómo se explica que
hayan apoyado el actual Alzamiento los prelados españoles, y el mismo Romano
Pontífice haya bendecido a los que luchan en uno de los dos campos? La
explicación plenísima nos la da el carácter de la actual lucha que convierte
a España en espectáculo para el mundo entero. Reviste, sí, la forma externa
de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación,
pero no para perturbar, sino para restablecer el orden.
Cuando los sacrilegios,
asesinatos e incendios se han verificado antes de todo apoyo oficial de la
Iglesia, cuando el Gobierno no contestó siquiera a las razonadas protestas
del Romano Pontífice, cuando el mismo Gobierno ha ido desapareciendo de
hecho, no sólo en la parte del territorio nacional que perdió desde los
primeros momentos, sino aun en los territorios a él todavía sujetos, en los
que no ha podido contener los desmanes y se ha visto desbordado por turbas
anarquizantes y aun declaradamente anarquistas, entonces ya nadie ha podido
recriminar a laIglesia porque se haya, abierta y oficialmente, pronunciado a favor
del orden contra la anarquía, a favor de la implantación de un gobierno
jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización
cristiana y de sus fundamentos, religión, patria y familia, contra los sin
Dios y contra Dios, sin patria y hospicianos del mundo, en frase feliz de un
poeta cristiano. Ya no se ha tratado de una guerra civil, sino de una cruzada
por la religión y por la patria y por la civilización. Ya nadie podía tachar
a la Iglesia de perturbadora del orden, que ni siquiera precariamente existía.
En realidad, se trataba,
como ha dicho exactamente el Jefe del Gobierno de una nación extranjera:
"Estamos cansados de decir a Europa que la guerra civil española,
independientemente de la voluntad y de las partes en conflicto, es con absoluta
evidencia una lucha internacional en un campo de batalla nacional. (…)
¿Cómo ante el peligro
comunista en España, cuando no se trata de una guerra por cuestiones
dinásticas, ni formas de gobiernos, sino de una cruzada contra el comunismo
para salvar la religión, la patria y la familia, no hemos de entregar los
obispos nuestros pectorales y bendecir a los nuevos cruzados del siglo XX y
sus gloriosas enseñas, que son por otra parte la gloriosa bandera tradicional
de España?”
También el cardenal Gomá,
en su celebre pastoral “El caso de España”, afirma rotundamente:
“¿Guerra civil? La guerra civil
que sigue asolando gran parte de España y destruyendo magníficas ciudades no
es, en lo que tiene de popular y nacional, una contienda de carácter político
en el sentido estricto de la palabra. No se lucha por la República, aunque
así lo quieran los partidarios de cierta clase de República. Ni ha sido móvil
de la guerra la solución de una cuestión dinástica, porque hoy ha quedado
relegada a último plano hasta la cuestión misma de la forma de gobierno. Ni
se ventilan con las armas problemas interregionales en el seno de la gran
patria, bien que en el período de lucha, y complicándola gravemente, se hayan
levantado banderas que concretan anhelos de reivindicaciones más o menos provincialistas.
Esta cruentísima guerra
es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la
vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la
guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra este otro
espíritu, si espíritu puede llamarse, que quisiera fundir todo lo humano,
desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el
molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología
que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de
España; de otra, un informe conglomerado de combatientes cuyo empeño
principal es, más que vencer al enemigo, o, si se quiere, por el triunfo
sobre el enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización.
Ignoramos cómo y con qué
fines se produjo la insurrección militar de julio: los suponemos elevadísimos.
El curso posterior de los hechos ha demostrado que lo determinó, y lo ha
informado posteriormente, un profundo sentido de amor a la patria. Estaba ya
casi en el fondo del abismo, y se la quiso salvar por la fuerza de la espada.
Quizás no había ya otro remedio.
Lo que sí podemos afirmar,
porque somos testigos de ello, es que, al pronunciarse una parte del Ejército
contra el viejo estado de cosas, el alma nacional se sintió profundamente
percutida y se incorporó, en corriente profunda y vasta, al movimiento
militar; primero, con la simpatía y el anhelo con que se ve surgir una
esperanza de salvación, y luego, con la aportación de entusiastas milicias
nacionales, de toda tendencia política, que ofrecieron, sin tasa ni pactos,
su concurso al Ejército, dando generosamente vidas y haciendas, para que el
movimiento inicial no fracasara. Y no fracasó –lo hemos oído de militares
prestigiosos– precisamente por el concurso armado de las milicias nacionales.
Quede, pues, por esta
parte como cosa inconcusa que si la contienda actual aparece como guerra
puramente civil, porque es en el suelo español y por los mismos españoles
donde se sostiene la lucha, en el fondo, debe reconocerse en ella un espíritu
de verdadera cruzada en pro de la religión católica, cuya savia ha vivificado
durante siglos la historia de España y ha constituido como la médula de su
organización y de su vida.”
Cuanto concluían los cardenales
Gomá y Pla y Deniel era una resonancia de las mismas palabras de Pío XI y de
Pío XII, bendiciendo “a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea
de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión” y “han
sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables
de Dios y la Religión, ya sea en los campos de batalla, ya también
consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y
hospitales”, como dijeron ambos Pontífices.
Rubricando cuanto dijeron los
grandes cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel -cumbres máximas de aciertos
y de doctrina en la jerarquía eclesiástica en los últimos tiempos- también
los catalanes lo afirmaron con su presencia multitudinaria, huyendo de la
zona roja y alistándose en el Ejército nacional, esparcidos en sus múltiples
cuerpos, formando unidades propias en las milicias voluntarias y en los
servicios de retaguardia, así como en la diplomacia, en la administración del
naciente Estado Nacional, en la economía y en la propaganda internacional. No
digamos de la colaboración, temeraria hasta la muerte, que en la Cataluña
dominada por los rojos, se vertebró, casi por reacción espontánea, contra el
marxismo, la “Generalitat” y sus compañeros de viaje.
Cataluña sintió como cruzada
a nuestro Alzamiento. Si alguna voz sin eco pretendió algún armisticio o
pacto con los rojos, en contra de lo que explícitamente denunció Pío XI
cuando habló de aquellos que “buscan el modo de dar lugar a cualquier
posibilidad de acercamiento y colaboración de la parte católica,
distinguiendo entre la ideología y la práctica, entre las ideas y la acción,
entre el orden económico y el orden moral”, con el comunismo, no mereció ni
ser atendido de la Santa Sede, y es ley de la historia que nunca falta un
Judas. Máxime cuando se deja en la estacada en manos asesinas, liberándose
personalmente por un favor político inconfesable, a quien por el mínimo deber
de solidaridad en el episcopado, debió plantear o la liberación de ambos o
correr la misma suerte.
Esta es la verdad auténtica
de nuestro Alzamiento. El capitán general de Cataluña ha hecho memoria para
tantos desmemoriados, incluso para aquellos que, por continuidad de doctrina y
deber objetivo, tienen la obligación de no olvidarlo. Siempre será una gloria
histórica de los cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel, que juntos con
todo el Episcopado español y mundial, así como los Papas Pio XI y Pío XII, la
capitanía y consagración, con las más certeras y claras definiciones del
dictamen moral de la gesta del del 18 de julio de 1936. Y más de cien mil
catalanes pasaron a la acción y a los frentes en zona nacional con las
aportaciones más generosas e incondicionales, al unísono con su fe y
patriotismo. Misión del Ejército
El capitán general de
Cataluña ha reivindicado la diferencia y la estima que el cardenal de
Tarragona siente por el Ejército. Nada más justo. El Ejército ha sufrido de
las fuerzas subversivas ataques muy bien planificados e intencionados. Se ha
querido, y continúa queriéndose por algunos, que el Ejército se convierta en
meramente técnico, profesional y aséptico en política. Ciertamente, no se
puede falsificar más gravemente la misión política de las Fuerzas Armadas.
José Antonio Primo de Rivera,
en su “Carta a los militares españoles”, con la mayor urgencias recordaba
otra vez a los hombres de armas su más sagrado deber:
“El Ejército es, ante todo,
la salvaguardia de lo permanente, por eso no se debe mezclar en luchas
accidentales. Pero cuando es lo permanente mismo lo que peligra, cuando está
en riesgo la misma permanencia de la Patria (que puede, por ejemplo, si las
cosas son de cierto modo, incluso perder su unidad) el Ejército no tiene más
remedio que deliberar y elegir. Si se abstiene, por una interpretación
puramente externa de su deber, se expone a encontrarse, de la noche a la
mañana, sin nada a qué servir. En presencia de los hundimientos decisivos, el
Ejército no puede servir a lo permanente más que de una manera: recobrándolo
con sus propias armas. Y así ha ocurrido desde que el mundo es mundo: como
dice Spengler, siempre ha sido a última hora un pelotón de soldados el que ha
salvado la civilización”.
Jorge Vigón, también
explícitamente, actualizada cuanto nos dice José Antonio, y así escribe:
“Es preciso repetir que la
oficialidad militar debe entender de política. Puede desentenderse -y esto no
solo es lícito sino debido- de lo que la política tiene de oficio. Lo que
tiene de ciencia ha de informar, en cambio, su vida entera. Quizá sea posible
conducir correctamente a los hombres ignorando algunos misterios de la
matemática o de la física; pero sin conocer los principios que informan la
política, difícilmente podrán guiar a la juventud que se les encomienda. Para
abrir a todos el camino del deber, para hacer comprender a unos y a otros
cuáles son sus deberes actuales y futuros, el oficial necesita una clarísima
conciencia política.”
Cataluña, que según el
catalanismo histórico es antimilitarista y no cuesta ningún esfuerzo
rememorar las campañas del “Cu-Cut” y otros elementos catalanistas moderados
y rabiosos contra las Fuerzas Armadas españolas, tiene, por el contrario, una
larga tradición militar, el más limpio signo hispánico y
contrarrevolucionario: la gran guerra contra la Revolución Francesa, las
epopeyas del Bruch y de Gerona, entre otras, durante la Guerra de la
Independencia. El alzamiento realista y la regencia de Urgel, así como
también las guerras carlistas con millares y millares de voluntarios. Finalmente,
la masa enorme de catalanes que se evadieron de la zona roja, no para sestear
en el extranjero, sino para empuñar las armas durante nuestra cruzada, como
señaladamente ha acordado el capitán general de Cataluña. Confiamos, con
fundamento de causa, que, a su hora, la batalla decisiva fulminante contra el
progresismo y el entreguismo tendrá un modo marcadamente catalán. (…) Con palabras del cardenal Gomá
El cardenal Gomá se
preguntaba si podrían llegar traiciones a la cruzada nacional. Y comentaba: “Traiciones,
puede que no; es demasiado odioso el mote, y es demasiado grave el momento de
España para que las haya. Desviaciones, debilidades, claudicaciones, puede
que sí. El oro tiene siempre escorias. Bien que ha sido de subida ley en el
que se acuñó la fisonomía espiritual de nuestro movimiento en su primer empuje,
pero el cansancio, el arribismo ventajista, el espíritu taimado de gente de
dentro y de fuera de España y, sobre todo, la falta de formación de la
conciencia ciudadana en los principios de derecho que debe informar una
sociedad cristiana como, gracias a Dios, lo es la nuestra y que deben ser el
motivo y la forma de la actuación a todos, cada cual en su esfera y rango,
harán posible el hecho de que se maten los cantos vivos del Movimiento Nacional
y se busquen acomodos y ensamblamientos con instituciones y tendencias
forasteras al espíritu nacional y cristiano.”
Toca a los hombres
responsables de la Iglesia, del Estado y del Ejército, meditar sobre estas
palabras del cardenal Gomá. En muchos aspectos parecen proféticas.(…)
Que en la vieja Tarragona se
hayan pronunciado unas palabras rememorativas de la Cruzada, de la
participación catalana en la misma, y de la ejecutoria primordial del
Ejército en la vida nacional, es algo alentador. En esto sentimos como Ortega
y Gasset: “Lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfección
de su Ejército mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y
vitalidad nacionales. Raza que no se sienta ante sí misma deshonrada por la
incompetencia y desmoralización un organismo guerrero es que se halla profundamente
enferma e incapaz de agarrarse al planeta”. O más oportunamente lo que cinceló
maravillosamente Spengler: “Siempre ha sido un pelotón de soldados quien a
última hora ha salvado la civilización”.
Y en Cataluña la verdadera tradición
católica, española, catalana, contrarrevolucionaria, vibra en torno de Rafael
de Casanova, caído por la España auténtica y gloriosa. Aunque la propaganda
del catalanismo histórico, de la “Esquerra” y actualmente del marxismo,
sofistiquen su figura y su significado. Pero por algo Rovira Virgili y Vicens
Vives tenían tan pocas simpatía por Rafael de Casanova, cuya realidad no
sintoniza con la trayectoria del romanticismo, del separatismo y del marxismo.
La Cataluña en pie de guerra de Rafael de Casanova solamente enlaza,
lógicamente, con el tradicionalismo, primeramente, y con la cruzada del 18 de
julio de 1936, en definitiva. Esto tenía que decirse y queda dicho.
También debieran conjugarlo y
educar así, con realismo histórico a la opinión pública, los órganos de
comunicación social, algunos tan atentos a los tópicos decadentistas y revanchistas
más o menos encubiertos. He aquí porqué las palabras del insigne soldado,
excelentísimo señor don Alfonso Pérez Viñeta, en la Tarragona imperial,
romana e hispánica por excelencia, han sonado como una diana madrugadora y
harto olvidada entre tantos barullos. Y Cataluña este lenguaje lo entiende
muy bien. Que se repase la historia.
Jaime TARRAGÓ
Revista FUERZA NUEVA, nº171, 18-Abr-1970
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