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IDIOMA Y CULTURA
Víctor Pradera, en la
memorable conferencia pronunciada en Tarrasa en 1935, dedicó la segunda parte
de su peroración a fijar unas ideas básicas sobre las relaciones entre los
idiomas castellano y catalán. Cuando actualmente tanto se ha escrito y
hablado sobre este tema, no siempre documentadamente, varias veces con
reclamos oportunistas, de nuevo se hace actual el entendimiento orgánico,
histórico, integrador, que Víctor Pradera puntualizaba en torno de ese
debatido problema. Veámoslo.
Orígenes del castellano y del catalán
“Quiero, de una vez para siempre, dejar sentado en Cataluña que el
idioma castellano es un idioma catalán. Que a nadie le parezca paradójico. Que
espere las pruebas y los razonamientos. No quiero decir con esto que el
idioma catalán no tenga origen anterior en Cataluña al castellano: lo que digo
es que el idioma castellano nació en Cataluña y, por haber nacido en Cataluña,
es un idioma catalán. Y os diré más: que al mismo tiempo que nacía en
Castilla y que nació en Cataluña y que nació en Aragón el idioma castellano,
nacía en un lugar que parecía imposible que naciera, por la diferencia que
existe con el léxico vernáculo: Vasconia. Y os diré más aún: que la última
región española donde se habló oficialmente en castellano por los Reyes a sus
súbditos fue en Castilla. Si tomó la lengua el apelativo de castellana no fue
porque naciera en Castilla; fue porque no teniendo Castilla ningún otro
idioma, allí el castellano se perfeccionó.
La unidad nacional, es decir, la unidad de la Corona de Aragón con la
Corona de Castilla, se realizó a finales del siglo XV. Si los reyes de la
Corona de Aragón hablaron a sus súbditos en castellano, habréis de confesar
que el castellano no fue importado a Cataluña ni a Aragón por los reyes de
Castilla que dominaban aquí.
El primer documento escrito en castellano, dirigido por los reyes a sus
súbditos, que figura en la Academia de la Historia, en una colección que hay
de esta naturaleza, es un documento escrito por el más catalán de los reyes
de la dinastía catalana: por Jaime I el “Conquistador”.
Y este mismo príncipe, Jaime I, en el prohijamiento mutuo que hizo con
Sancho VII el “Fuerte”, confirmación de lo que acabo de deciros, lo escribió
en lenguaje castellano”.
Cataluña, consustancial a España
Continuaba Víctor Pradera:
“Hay más. Se ha dicho que el castellano entró en Cataluña merced a la
dinastía castellana de Fernando el de Antequera (siglo XV). Pero ya veis que
estos documentos son anteriores. Nació aquí sin influencia ninguna de
Castilla.
Pero hay más. Rubió y Lluch, en su obra “Documentos para la historia de
Cataluña”, ha investigado, ha indagado con un celo extraordinario todo lo
referente al lenguaje vulgar en aquella época. Ha buscado en la
correspondencia privada y no ha encontrado más que una carta que es de
principios del siglo XIV. Pues esa carta, que era la escritura privada, el
medio de comunicación privado de los catalanes, dice así: “Si us place oyr de
la mi sanitat, sepades que so sano, la mercé de Dieuss, la cual cosa muyto
querría saber de vos, e más vedir, aquesto sería cuando a Dieuss placería”.
Todo esto revela que el castellano se llamó así no porque fue lengua de
Castilla, puesto que había nacido también en Cataluña y había nacido también
en Aragón y había nacido en Navarra en 1201, en que está el primer documento
escrito en castellano oficial por los reyes a sus súbditos, sino que es una
lengua que hablaban en Cataluña y que nació en Cataluña y que, por
consiguiente, es una lengua catalana. Y, si esto es así, yo tengo que sacar
una conclusión: cuando se habla de que Cataluña se le ha impuesto una lengua,
quien eso dice no sabe lo que se dice, desconoce por completo la historia de
Cataluña. No hay semejante imposición”.
Unas conclusiones lógicas
Víctor Pradera coronaba su
magnífica lección, argumentando con aquellos raciocinios suyos encadenados y
deductivamente imbatibles, de esta manera:
“Quiero llegar hasta el final de la conclusión, porque se han ideado
aquí problemas que no existen, problemas que no existieron más que en la
ignorancia de los que se decían vuestros directores. Quiero decir que una
lengua no es marca de esclavo, a no ser en el caso de que fuese impuesta
violentamente; ¡ah!, señores ¿qué diría Cataluña entonces de la lengua latina,
que fue su lengua durante muchísimo tiempo? No. La lengua es un beneficio
muchas veces y así lo estimaba Cataluña, porque no podemos olvidar que, en
sus conquistas, Cataluña llevaba con su civilización, su lengua. Lo mismo en
Sicilia que en Nápoles, que en Grecia, con el Ducado de Atenas, que en
Cerdeña, a todos estos pueblos no solamente llevó sus armas, no solamente
llevó su gente, sino que llevó su lengua, mejor dicho, sus dos lenguas,
porque en Nápoles las lenguas oficiales eran el castellano y el catalán.
Pero aquí tenéis, dentro de Cataluña, un pueblo que habla una lengua
distinta de la vuestra: el Valle de Arán. El aranés no es un dialecto del
catalán, el aranés es gascón y como es gascón, es dentro de la matriz de las
lenguas, lengua distinta de la catalana. Y, sin embargo, muy bien,
perfectamente bien, los araneses hablan, además del aranés, que es su lengua vernácula,
el catalán. ¿Es que Cataluña, por eso, ha puesto la marca del esclavo sobre
el valle de Arán?
No, no hay más sino que Cataluña tiene dos lenguas suyas; una, la catalana,
más antigua que la castellana; otra, la castellana que nació también en su
tierra.
Todo esto es suficiente. Demasiados motivos de guerra y de lucha tienen
entre sí los hermanos para traer a Cataluña una lucha civil de lenguas, que
es lo peor que puede ocurrir, porque eso es más grave todavía que la lucha
civil de ideas políticas entre sí”.
Más allá del idioma
Tras la exposición doctrinal
de Víctor Pradera -aunque no se acepten todas sus puntos de vista, algunos de
los cuales, a mi entender, quizás son discutibles- es cosa cierta que el
idioma catalán merece todas las consideraciones y andaduras jurídicas
necesarias para su desenvolvimiento y esplendor.
Sin embargo, no es menos
cierto que hay otra vertiente en este problema. El idioma catalán,
químicamente puro, es digno de las consideraciones apuntadas. Pero hay un
hecho evidente: actualmente (1970) en Cataluña hay un monopolio
indignante y sectario que se ha hecho de literatura y de la cultura catalanas
bajo el signo de personajes y obras que no responden a la tradición de
Cataluña, y que nos vienen a través del idioma, trasbordando las peores
mercancías marxistas, el ateísmo elegante o grosero y una ofensiva explícita
e implícita contra el ser de España y la justicia histórica impepinable de
la Cruzada contra el comunismo.
Nadie nos podrá decir que la
literatura de un Juan Leita, mosén Dalmau, toda la trayectoria de la revista
“Serra d’Or” y, en general, de la editorial “Nova Terra”, los Jordi Llimona y
el teilhardismo del padre Eusebio Colomer, entre otros muchos, respondan a la
línea de la fe católica de Cataluña. Tampoco que la novelística de Juan
Oliver, de María Aurelia Capmany, de Baltasar Porcel, de Manuel de Pedrolo,
de Mercé Rodoreda, de Pere Calders, etc., así como la poesía de Agustí Bartra,
de Salvador Espriú, de Joan Brossa y de tantos y tantos otros, coincidan con
el sentido cristiano que desde Ramón Lull, pasando por Verdaguer y Maragall,
hasta el mismo José María de Segarra, era la fibra animadora de la auténtica e
inmortal catalanidad.
Nos encontramos ante un trust,
homogéneo y sistemático, de autores que atentan con sus ideologías el
patrimonio espiritual de Cataluña, sintetizado en su fe cristiana y en su
personalidad secular.
Ante esta realidad, hay
evidentes fallos en el Estado Español, que ha descuidado promocionar la
realidad catalana según su entrañable e insoslayable alma cristiana, con sus
características específicas. Se deben reconocer las peticiones de derecho
natural que Cataluña tiene respecto de su idioma. Pero no se debe permitir el
avasallamiento de la torrentera de las ideologías marxistas, ácratas y
jacobinas, que capitanea este movimiento. En el vehículo noble y correcto del
idioma no se deben transportar mercancías mortíferas de ideologías negativas.
A nuestro entender, la
postura política solvente la anunció Juan XXIII en la encíclica “Pacem in
Terris”, en la que se lee: “Ha de afirmarse
decididamente que todo cuanto se haga para reprimir la vitalidad de tales
minorías étnicas viola gravemente la justicia y mucho más todavía si tales
atentados van dirigidos a la destrucción misma de la estirpe. Responde, en
cambio, del todo a lo que pide la justicia, el que los poderes públicos se
apliquen eficazmente a favorecer los valores humanos de dichas minorías,
especialmente su lengua, cultura, tradiciones y recursos e iniciativas
económicas”.
“Ha de advertirse, no obstante, que los miembros de tales minorías -bien
por reaccionar contra su actual situación, bien por el recuerdo de sucesos
pasados- no raras veces pueden dejarse llevar a insistir más de lo justo en
los propios elementos étnicos, hasta ponerlos por encima los valores humanos,
como si el bien de la familia humana entera hubiera de subordinarse al bien
de ese pueblo. Y es razonable que ellos mismos sepan reconocer también
ciertas ventajas que esa especial situación les trae, pues contribuye no poco
a su perfeccionamiento humano el contacto permanente con una cultura distinta
de la suya, cuyos valores propios podrán así ir, poco a poco, asimilando. Pero
esto mismo se obtendrá únicamente cuando quienes pertenecen a las minorías
procuren participar amigablemente en los usos y tradiciones del pueblo que
los circunda y no cuando, por el contrario, fomenten los mutuos roces, de los
cuales provienen grandes pérdidas y que traen el retraso de la nación.”
El texto de Juan XXIII parece
escrito expresamente para Cataluña y el País Vasco. El Estado tiene
obligación de desarrollar la cultura, la economía y la personalidad de las
regiones, pero éstas deben tener conciencia de su realidad, sin pretender
exclusivismos antinaturales ni revanchismos visceralmente injustos. El Estado
debe proteger, fomentar y apoyar las lenguas vernáculas. Pero graduando las
proporciones de cada una de ellas y sin renunciar a la lengua nacional.
En 1969 se editaron, en
castellano, 12.439 títulos, en catalán 363, en vascuence 70, en gallego 27,
en mallorquín 41, en valenciano 4, en bable 1. Pero el problema no está en la
cantidad de libros publicados, sino en el contenido de los mismos. Dése
toda la libertad editorial para las lenguas vernáculas, pero ni en castellano
ni en catalán, el Estado Español, según sus Leyes Fundamentales puede tolerar
literatura marxista, aberraciones de propaganda inmoral, falsificaciones
históricas, poesía de odio, enfrentamiento científicamente elaborado preparando
nuevas jornadas “gloriosas” como el 14 de abril de 1931, el 6 de octubre
de 1934 y los tres años de asesinatos, de miseria y de terror bajo la “Generalitat
de Catalunya”, la “Acció Catalana”, abigarrados con la CNT-FAI y el POUM, para
todos ser, finalmente esclavizados por la agencia colonial de la URSS, que es,
en Cataluña, el “Partit Socialista Unificat de Catalunya”, sección catalana
del Partido Comunista de España.
Y si se buscan lo más
inmediatos antecedentes que pululan en el actual movimiento literario catalán,
que “Cuadernos para el Diálogo” exhibe, se encontrará, en muchos de sus
personajes citados y otros, la ficha de vieja pertenencia a estos partidos de
la coalición del Frente Popular. Y a éstos les interesa más la difusión de
sus ideologías negativas que la realidad natural del idioma, la cultura y la
tradición de Cataluña.
Caen de lleno en lo que
condena Juan XXIII cuando nos dice que no se pueden poner por encima de los
valores humanos los elementos étnicos. Para Juan XXIII, como para nosotros,
el primer elemento humano es la fe y lo más contrario a los valores humanos
es el marxismo y la demagogia izquierdista. Y el marxismo ni siquiera es
elemento étnico: es simplemente materialismo bárbaro y degradante. (…)
¿Nos faltarán un Víctor Pradera
y un Valls y Taberner, incluso un Cambó y un Juan Esterlich en sus últimos
tiempos, para hablar claro y no permitir acomplejamientos y claudicaciones
tremendas, que en esferas muy altas estamos ya presenciando, quizás con
incurables heridas por el alma verdadera de la Cataluña auténtica del Rey
Jaime I, de Ausias March, de Ramón Llull, de San Raimundo de Peñafort hasta
la Cataluña de los mártires y de los héroes que, con su sacrificios, muertes
y esfuerzos lucharon para que definitivamente nos salváramos de la esclavitud
marxista y de los políticos malvados a lo Maciá y Companys, que, con un “Estatut”
de factura masónica, mancillaron nuestra tierra y la entregaron a los
cónsules soviéticos? Y hoy, sus lacayos se glorían de ser de aquéllos y
consideran una derrota la liberación de Cataluña.
Jaime TARRAGÓ
Revista FUERZA NUEVA, nº 189, 22-Ago-1970
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