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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Sinrazón del separatismo

 Artículo de 1970 

 SINRAZÓN DEL SEPARATISMO

 España es el primer pueblo que despierta al mañana de Europa y a la conciencia de Occidente.

 La unidad nacional francesa, casi contemporánea de la española, fue mucho más forzada y sin ese elemento de cohesión heroica que supone la Reconquista. La Reconquista no sólo creaba un anhelo de engrandecimiento nacional sino que también desplazaba, hacia el Sur, a muchas gentes del Norte. Siglos más tarde, el progreso industrial de Cataluña, las Vascongadas y Asturias impone un movimiento a la inversa (emigración) que cruza y entrecruza las sangres y los pensamientos de todos los pueblos ibéricos.

 Cuando en España se produce el feliz acontecimiento de la unidad nacional, persistirán Clanes en las Islas Británicas, Ciudades-Estado en Italia y Principados en Alemania. A mi modo de ver, la gloriosa realidad precursora de los pueblos ibéricos se inspira en nuestra abierta oposición a la agonía feudal; oposición nutrida en una tradición universalista, que luego seguirán e imitarán todos los pueblos de Europa.

 Es lógico que el Derecho político y administrativo común lograra, por su plural y humanista dinamismo, el desplazamiento de los fueros. No hubo sensibles rupturas, por cuanto la conciencia de la Monarquía nacional superaba a todas luces la inercia del feudalismo: la Monarquía implicaba justicia y grandeza y, por tanto, apoyo y esperanza populares.

 Ha existido y existe una españolización espontánea. La generalidad de los pueblos ibéricos ha aceptado un Poder Central mucho más justo -casi siempre- que los desafueros propios del Medievo. Han asimilado, de muy buen grado, una lengua común de cultura que sirve de instrumento de expresión a todos los españoles, que se universalizó con las 20 Españas de América y que es y debe ser perfectamente compatible con todas las lenguas de la Hispanidad: desde el docto catalán de Lulio, Ausías March y Maragall, hasta el acento precolombino de las lenguas indias.

 La libre expresión nacional sancionada por los pueblos ibéricos armoniza la sinfonía de nuestras comunidades regionales. Se eligió libremente, por denominador común, el acento y talante de Castilla, directa descendiente de la milenaria Celtiberia que ya fue maestra en fusionar a los nerviosos iberos con los equilibrados celtas. La integración posee una dilatada tradición histórica -y subhistórica- de la que carece el separatismo: integrar es tan hermoso como suicida el dividir.

 La fusión sentimental de la Patria es una realidad aplastante. Castilla no es una Prusia española. El pobre y áspero centro sólo, por convicción, podía escindir la ubérrima Periferia. Darse será siempre la mejor manera de recibir.

 La unidad española tiene lugar por la concurrencia de determinadas facultades espirituales y una singular visión radical de la vida, que, de manera impensada y con la mera biología del insistematismo político, aceptan y hacen muy suya la generalidad de los pueblos ibéricos. Es una verdadera pena que los extranjeros aprecien, mucho mejor que nosotros, esa compacta y monolítica homogeneidad espiritual de los españoles. He podido comprobar –yo, que siempre fui castellano en Cataluña y catalán en Castilla- que es muy parecido el viejo orgullo ibérico de estas dos grandes comunidades nacionales. Y que los hombres de España se pueden separar por sus vicios en la misma medida que se pueden unir por sus virtudes. Ciertamente no son virtudes ni la intransigencia castellana ni la cerrazón catalana; el que no transige se cierra y el que se cierra no transige.

 La unidad española es fruto de todos los españoles. No podemos aceptar el supuesto histórico de que Fernando el Católico fue absorbido por la recia personalidad castellana de la Reina Isabel. Todos los historiadores del tiempo del gran Rey Fernando y, luego, Gracián,  ofrecen una visión muy precisa del talento político de este Rey para que la leyenda desplace al rigor histórico. La unidad española es una empresa común de los reyes y de los pueblos de España.

 La unidad española no puedo ser impuesta por los labradores, pastores y comerciantes del Centro, habitantes ayer y hoy, todavía, de pequeñas ciudades, villas y pueblos, cuya pobreza y falta de recursos salta a la vista si se compara con la prepotencia de los núcleos demográficos de la periferia española. La unidad española se produce en el espíritu de los pueblos ibéricos a través de la convicción y de una perspectiva de la esperanza en oposición a la moribundia feudal.

 Es muy difícil deslindar lo que Castilla aporta la Periferia y lo que la Periferia aporta al Castilla. Los instrumentos de unión pueden ordenarse así:

 1º- Impera en todos los pueblos ibéricos una persuasión espiritual que, de manera voluntaria, unifica el pensamiento de nuestras comunidades. El hombre del Centro asimila las corrientes de la Periferia, del mismo modo que el hombre de la Periferia asimila las corrientes del Centro.

 2º- Se acepta un idioma común, como elemento conveniente y necesario al desarrollo general del país. Y ese idioma no se impone por la vía política sino que se extrae de la vida práctica.

 3º- Surge, de modo espontáneo, un tono medio de vida que dibuja la sociedad española.

 Castilla es unificadora, pero la unidad nacional cristaliza de propia manera, mediante el concurso de todos los pueblos ibéricos. En la Era Moderna, en la que todos los pueblos se aglutinan para formar los grandes Estados, Castilla aporta al valioso instrumento de la Convicción Nacional. De no existir realmente el imperativo categórico de esta convicción, jamás el pobre páramo del Centro hubiera podido unificar la ubérrima Arcadia de la Periferia. El insistematismo político -tan representativo del milenario espíritu celtibérico- ha creado la unidad española sin sistemas ni programas y sí movido por el humanista dinamismo de la intuición general del país, que incidía en una misma perspectiva nacional en la que lo universalista desplazaba a lo comarcal y la grandeza de la Monarquía a lo anémico del fuero.

 Es posible que influyera una promoción de grandes humanistas: Cervantes, Quevedo, Lópe, Calderón, Tirso, pero la españolización es otra de obra de todos los españoles, no sólo de los castellanos que son una parte del todo.

 El concepto de América también influye decisivamente en la unificación de los pueblos ibéricos. Y tanto es así que, cuando se pierde el concepto de América, se flagela el sentimiento de la unidad nacional. Si, en un principio, la Reconquista fue un vehículo de homogeneidad nacional,  el Descubrimiento de América, después, universaliza el destino español y contribuye a vigorizar la unidad entre los hombres y las tierras de España.

 Así como en el pueblo español existe una constante histórica de unidad nacional y destino universalista, no existe (1970) una genuina tradición separatista. Lo único que puede alentar -de una manera larvada- son los gérmenes suicidas de una agonía feudal. Buena prueba de ello es la pugna antañona que media entre casi todos los pueblos colindantes. Sobre estos resortes, en apariencia tan leves, obra y maniobra, con habilidad, el morbo separatista.

 No hay ni puede haber una verdadera tradición separatista, ya que el separatismo se produce, siempre, por brotes minoritarios que oscilan de la derecha a la izquierda y de la izquierda a la derecha, sin lograr jamás homogeneidades compactas. Un buen ejemplo de esta falta de homogeneidad y de estas asombrosas oscilaciones la tenemos en el Partido Carlista Vasco que si, en un principio, defendió a ultranza los fueros, es, hoy (1970), acérrimo defensor de unidad patriótica de España, lo que ciertamente es una evolución que le honra.

 Los dirigentes y los creadores del separatismo catalán, como los del vasco, fueron hombres de tipo conservador. Y en el tiempo de esos creadores y fundadores, los izquierdistas (unionistas) fueron los defensores de la unidad nacional española. Después se produjo un cambio radical, y los partidos de extrema izquierda (a excepción de la CNT) pasan a las filas separatistas, mientras que los conservadores representan la unidad nacional. Esta falta y carencia de continuidad y homogeneidad revela que no existe una auténtica tradición separatista. El separatismo sólo priva merced al influjo de minorías suicidas, minorías, tan oscilantes como sus propias convicciones de derecho o de izquierda, y cuya única convicción es el asesinato de la Patria.

 El separatista -desde que Prat de la Riba “se quitó la careta” y atacó ya a los españoles de los tiempos de los Reyes Católicos- se unirá indistintamente a las izquierdas o a las derechas, al creyente o al ateo, al blanco o al negro, por cuanto su única y real trayectoria es la de asestar ataques a la unidad nacional por las rendijas de más cómoda y  rápida filtración e infiltración. La Historia nos demuestra que, cuando “están en candelero” los marxistas, el separatismo es marxista y que, cuando, gracias a Dios, reina el sentido cristiano de la vida, el separatista puede incluso vestir sotana.

 Ricardo HORCAJADA


Revista FUERZA NUEVA, nº191, 5-Sep-1970

 

domingo, 30 de agosto de 2026

Perspectiva de los Diez Mandamientos tras el Vaticano II

 Artículo de 1968

 LOS DIEZ MANDAMIENTOS  (PERSPECTIVA DE 1968)

 Si por las noticias que se han filtrado acerca del secreto de Fátima, una gran catástrofe se cierne sobre la Humanidad en la segunda mitad del siglo XX, ahora (1968) que ya llevamos transcurridos más de la tercera parte de dicho cincuentenario, y que estamos precisamente en un año que puede ser crucial, toda vez que la nación rectora del mundo occidental se ve sujeta a los avatares de unas elecciones presidenciales, creo que es bueno echar un vistazo a las perspectivas del año que acaba de empezar y que Dios quiera que lo veamos terminar sin que los nubarrones que nos rodean lleguen a estallar; antes al contrario, que lo veamos con un más claro horizonte.

 Veamos, pues, la situación como miembros de la Iglesia de Dios, como habitantes de este planeta y como ciudadanos españoles. En el primer supuesto, si, como dice San Ignacio, el hombre ha sido creado para alabar, reverenciar y servir a Dios y, mediante esto, salvar nuestra alma, nuestra conducta ha de estar guiada por las leyes de Jesucristo, o sea, del Nuevo Testamento, conservando del Antiguo solamente el Decálogo, ya que lo demás tuvo su cumplimiento precisamente con la venida de Cristo.

 Y la verdad es que la situación del catolicismo ante los diez mandamientos deja mucho que desear. En el primero, amar a Dios sobre todas las cosas, lo lógico es que ya que le tenemos presente en el Santísimo Sacramento, se manifieste este amor honrando dignamente su presencia en el Sagrario; pero eso era antes del Concilio. Ahora, unos vientos de fronda han perturbado muchas cabezas de las que ha desaparecido la señal del sacerdote, la tonsura, y así vemos con gran dolor la desaparición de muchos y muy bonitos altares, sustituidos por una mesa de centro, de los que el Sagrario ha desaparecido para que no se interfiera entre el celebrante y los fieles, mientras la Residencia de Dios es puesta en un altar secundario, empotrada en una pared lateral o bien oculta detrás de una imagen; todavía no la han suprimido del todo, pero ya falta muy poco para ello. Y la misma suerte ha corrido el símbolo divino de la Cruz, pues además de no haberse puesto de acuerdo acerca de si ha de estar de cara al pueblo o de cara al celebrante (problema insoluble), en unos sitios lo han suprimido. en otros han puesto la Cruz a un lado, en otros la han suspendido del techo y en algunos sigue figurando sobre el altar, pero en mini tamaño para que no estorbe la vista del sacerdote. No ya el amor, pero ni siquiera el respeto, se manifiesta en muchas iglesias

 Y si del primer mandamiento pasamos al segundo, los malos ejemplos continúan. Por dos veces se repite en la Misa: «Palabra de Dios», pero la verdadera palabra de Dios es el Evangelio, y ese ha sufrido un corte del 50 por 100, pues se ha suprimido el segundo Evangelio, e incluso cuando en una misma festividad coinciden dos fiestas señaladas, una de ellas se suprime por completo; pero, en cambio, se añaden antes del ofertorio unas plegarias a gusto del celebrante, que en algunas ocasiones resultan francamente tendenciosas, rozando temas de los que la Iglesia considera ajenos a sí misma, pues no son de su incumbencia temas económicos, sociales, ni políticos. Y si de la Iglesia salimos a la calle vemos que el nombre de Dios es puesto en cuarentena en su filiación y en su origen, pues a bombo y platillo en muchas librerías sedicientes católicas se exhiben obras de Teilhard de Chardin, Evely, y compañía, hablando del Universo, de la Naturaleza, del Cristo cósmico, etc., que ponen en tela de juicio la Divinidad manifiesta de la segunda persona de la Santísima Trinidad, sin que ninguna autoridad eclesiástica ponga orden en tanta confusión.

 Lo de santificar las fiestas también es un asunto que va de capa caída. Se llega al colmo de trasladar, con aprobación superior, fiestas de primera clase al domingo siguiente, para incrementar así los días laborables (caso Hispanoamérica), lo cual si se analiza bien es un absurdo económico, pero la economía está en manos judías y tienen mucha riqueza y muchos medios de propaganda para presentar las cosas en forma convincente para solapadamente contribuir a la descristianización del pueblo. Y en nuestro país, donde AUN no se ha descendido tanto, con el pretexto de «facilitar» la asistencia a la Iglesia, se adelanta la función a la víspera del día anterior, celebrando una o dos misas vespertinas, las cuales ciertamente se ven bastante concurridas, pero cabe preguntar: ¿Realmente, los asistentes a estas misas tienen verdadero impedimento para oírla el domingo, o es que desean estar más sueltos? ¿Ya tienen presente que el domingo hay que «santificarlo» y no aprovecharlo para otros fines?

 Eso de honrar padre y madre es también, gracias al Concilio, una antigualla mandada retirar de la circulación. El anuncio a bombo y platillos también de jubilaciones, dimisiones, y retiros nada menos que entre altas Jerarquías eclesiásticas, que en muchos casos vemos que están en plenitud de facultades, ha desencadenado una ola de euforia juvenil, que ya estaba muy elevada de temperatura, para que los padres y todas las personas mayores se retiren de la circulación y les dejen paso. El desprecio a la vida de los mayores es absoluto, hacen estorbo, y cuanto antes desaparezcan se considera mucho mejor, con lo cual nos vamos acercando a las costumbres de los caníbales. Vale la pena considerar, por parte de los inventores de las jubilaciones eclesiásticas, que de tener efectos retroactivos Juan XXIII no hubiese sido Papa y, por tanto, ni el Concilio estaría en marcha ni el diablo andaría suelto por el mundo.

 No hay quinto malo, por lo que eso de no matar debe ser bueno, y, efectivamente, no se predica el matar sin más ni más; pero así como en nuestro teatro clásico hay una obra titulada «Reinar después de morir», actualmente se representa con mucha abundancia un crimen nefando que lleva por título «Morir antes de nacer», y el lector ya sabe por dónde vamos. En la vida cotidiana, además, el respeto a la vida ajena brilla por su ausencia y las crónicas de sucesos llevan noticias a escala mundial que demuestran absoluta falta de conciencia imperante, pues los móviles que se indican no son de personas sensatas, sino desequilibradas, y si a esto añadimos las víctimas de una motorización muy rápida, pero sin ton ni son, las numerosas de las guerras que hay en circulación, y la frialdad con que la humanidad se encamina hacia un suicidio atómico, hay que pensar que este mandamiento ha caído también en desuso.

 El sexto, en cambio, es de rigurosa actualidad. Lo ha puesto «de moda» nada menos que un jesuíta, Teilhard de Chardin, precisamente un miembro de la Orden religiosa de disciplina más severa, el cual afirma que desde que ya mayorcito tuvo conocimiento práctico de «lo femenino», toda su actuación y todas sus actividades han sido orientadas en este sentido O sea, que sus elucubraciones sobre el Cristo cósmico y demás herejías han sido escritas pensando precisamente «en la fémina». Valiente desvergüenza, que en vez de cubrir con un piadoso silencio, sus hermanos en religión (no todos), parece que se esfuercen en propagar e imitar. Le hace pareja el escolapio Fullat, sosteniendo que la prostitución no tiene importancia ni es ninguna falta (?) y, por tanto, para estar «al día» y en «línea conciliar» hay que considerar cosa buena los placeres solitarios, y los colectivos en pareja, aunque sean de igual sexo, como se estila en países a imitar. Al noveno mandamiento, que puede considerarse como ampliación y concreción del sexto, se impone darlo también por «desfasado».

 El séptimo, y su continuación el décimo, aunque, son de claridad meridiana, se les da un sentido tan amplio que prácticamente han pasado a mejor vida. Eso de hurtar y codiciar los bienes ajenos es una cosa de países subdesarrollados; lo moderno es la gran empresa controlada, y si puede ser internacional mucho mejor, para así estar a salvo de contingencias, todo lo cual es perfectamente legal, aunque en muchos casos sea una confabulación protegida. La Orden de los Templarios, disuelta por Clemente V, no puede decirse en verdad que no tenga continuadores bajo otros nombres harto conocidos que, hoy por hoy, «cortan el bacalao»

 Y queda solamente por examinar el octavo, cuya interpretación es tan casuística que a pesar de lo que se escribe sobre los medios de información y comunicación, podemos decir en verdad que estamos completamente a oscuras de muchas cosas. No es que se mienta descaradamente, no, pero sí que la confabulación del silencio está a la orden del día y la sociedad Auto Bombo, Coba y compañía campa por sus respetos con vía libre. Esto no es propiamente mentir, pero es embaucar, que es peor, y en la práctica es embrutecer al pueblo, a la gran masa, no muy ilustrada por desgracia, y, por lo tanto, sin fuerza mental para discernir con criterio propio la bajeza de muchas propagandas ilustradas y auditivas basadas en el incienso y el cepillo, con la mira interesada de «situarse» de cara al futuro, para continuar en el mangoneo.

 Ante el olvido práctico de los Mandamientos Divinos, las perspectivas no pueden ser muy optimistas que digamos, acerca de lo que nos espera en el año que acabamos de empezar. Pero en otros Mandamientos tampoco estamos mejor situados, cosa que D. m. seguiremos considerando…

 Armando de la Rosa


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

 

viernes, 28 de agosto de 2026

Inquisición: visto bueno de historiadores españoles

 

 ESPAÑOLES PRESTIGIOSOS, HISTORIADORES Y LA INQUISICIÓN

 CLAUSURADO el Simposio Internacional sobre la Inquisición Española, y en espera de sus conclusiones «de acuerdo con los criterios científicos del tiempo en que vivimos», es hora de lanzar al viento los juicios de grandes historiadores españoles para salir al paso de lo que tan ligeramente se ha escrito en fechas recientes y que deriva, de modo directo o no, de la obra de Llorente, el falsario.

 Hay españoles, incluso católicos practicantes, que se asombran de que se pueda defender la Inquisición. Hasta tal extremo ha penetrado la deformación de la verdad en la sociedad española. Es claro que no voy a decir que el Santo Oficio no condenó a muerte a nadie. Pero hay que saber cómo y cuándo. SI puedo, en cambio, decir que no ejecutó ninguna de sus sentencias, sino que entregaba al reo al poder secular. Esto lo dicen casi todas las historias.

 Pero dejemos hablar a los historiadores, comenzando por don Marcelino Menéndez Pelayo, que es el que mejor ha conocido la historia y la literatura españolas, tanto que Valera llegó a decir que «antes de él nos ignorábamos». Además que escribía con ánimo sereno. Marañón habló de «su habitual honradez literaria».


 M. MENENDEZ PELAYO: 

«Si la naturaleza humana es y ha sido y eternamente será, por sus condiciones psicológicas, intolerante, ¿a quién ha de sorprender y escandalizar la intolerancia española, aunque se mire la cuestión con el criterio más positivo y materialista? Enfrente de las matanzas de los anabaptistas, de las hogueras de Calvino, de Enrique VIII y de Isabel de Inglaterra, ¿qué de extraño tiene que nosotros levantáramos las nuestras? En el siglo XVI todo el mundo creía y todo el mundo era intolerante. Pero la cuestión para los católicos es más honda, aunque parece imposible que tal cuestión exista. El que admite que la herejía es un crimen gravísimo y pecado que clama al cielo y que compromete la existencia de la sociedad civil; el que rechaza el principio de la tolerancia dogmática, es decir, de la indiferencia entre la verdad y el error, tiene que aceptar forzosamente la punición espiritual y temporal de los herejes, tiene que aceptar la Inquisición.» (...)

 «Para el economista ateo será siempre mayor criminal el contrabandista que el hereje. ¿Cómo hacer entrar en tales cabezas el espíritu de vida y de fervor que animaba a la España inquisitorial? ¿Cómo hacerles entender aquella doctrina de Santo Tomás: "Es más grave corromper la fe, vida del alma, que alterar el valor de la moneda con que se provee el sustento del cuerpo"?» (Heterodoxos. Edit. Nacional, IV. 411-13.)


 R. MENÉNDEZ PIDAL:

 No he visto ningún texto suyo, ni a favor ni en contra de la Inquisición. Doy varios de la monumental Historia de España, dirigida por él. Son de don Luis Suárez Fernández (tomo XVII), catedrático de Historia de España, en la Universidad de Valladolid.

 «Núcleos de conversos (...) mezclando judaísmo y cristianismo con ideas erróneas iban produciendo una paulatina degeneración de la fe» (pág. 211). «Triunfaban las supersticiones..., iban resucitando las mil doctrinas heréticas dormidas en lo profundo de la Edad Media» (ibíd.). «Llorente no es digno de confianza» (ibíd.). «Todos los bienes de los condenados por la Inquisición eran confiscados por la Hacienda Real» (no eran para los inquisidores y clérigos al servicio del Tribunal, como se ha escrito).

  

GREGORIO MARAÑON:

«Es curioso que éstos —los inquisidores— eran mucho más benignos que los jueces seglares para juzgar este pecado —el de sodomía—» (que en Aragón también los juzgaba la Inquisición) (Obras completas. VI. pág. 617. Antonio Pérez). Alude a los «aspectos, que tampoco faltan, en que el Santo Tribunal puede ser defendido» (ibíd. 721).

 

A. GONZÁLEZ PALENCIA:

 «Para vigilar la pureza de la fe, amenazada por las actividades de los conversos, para averiguar la vida y costumbres de los judaizantes, los Reyes solicitaron y obtuvieron de Roma el establecimiento del Tribunal de la Inquisición, institución no inventada por los RR.CC. ni siquiera originaria de España, sino tribunal de fe que había actuado en diversos Estados europeos durante la Edad Media, tribunal eminentemente popular, recibido con general aplauso por todo el pueblo español» (La España del Siglo de Oro, Madrid, 1940, págs. 5-6).

 «Era dependiente del poder civil, separada de la jurisdicción ordinaria de los obispos» (108). «Judíos, moros, luteranos, alumbrados y sectas similares eran objeto de sus vigilantes ojos; además caían bajo su férula los hechiceros, magos y supersticiosos, los escandalosos públicos, los blasfemos, las brujas y todos cuantos podían perturbar la buena vida, la moral, las costumbres y la fe de los conciudadanos» (ibíd. 110). (¿Puede haber misión más noble y alta?) «El que haya visto, como yo, cientos y cientos de procesos inquisitoriales de los siglos XV al XIX, puede afirmar que la mano del Santo Oficio era blanda con los reos, de ordinario, porque tampoco los delitos eran graves... Si se exceptúa media docena de autos de fe, en todos los demás de la Inquisición no hay más que aparato y ceremonia. La prueba de la blandura del Santo Oficio nos la da la literatura española: era más rigurosa en los productos del ingenio la censura gubernativa que la inquisitorial» (ibid. 114-115).

 «Sobre la Inquisición se han ido acumulando durante siglos toda clase de falsas imputaciones y de críticas injustas. La visión truculenta de las cárceles inquisitoriales, descritas por los románticos, sirvió a los liberales del siglo XIX para ennegrecer las sombras en la pintura de esa institución, cuya historia imparcial no se ha hecho hasta hace una veintena de años, por Schäfer, sirviéndose todos antes de la parcialísima de Llorente» (ibid. 114).

  

EL MARQUES DE LOZOYA:

 «Aun cuando la propaganda protestante y enciclopedista haya convertido esta institución en un mito absolutamente distinto de la realidad, que hoy van descubriendo los documentos de los archivos, es lo cierto que la Inquisición, sobre todo en sus primeros tiempos, desempeñó un papel importantísimo en la vida y en la política de España e influyó de un modo decisivo en la formación de un sentido hispánico de la vida. Fue una organización fuerte y eficaz, y desde el punto de vista del Derecho procesal lo más perfecto que se hizo entonces en Europa, ya que en ninguna otra legislación contemporánea se pone tanto cuidado en averiguar la verdad ni se conceden al reo tantos medios de defensa» (Historia de España. Salvat, 1967, III, pág. 103, ss.). (Insiste el autor en que las Instrucciones, debidas a Torquemada, que rigió la etapa más dura de la Inquisición, son, sin embargo, un monumento del Derecho procesal.)

«Es falso que la Inquisición haya sido causa del atraso científico, como pretendían ciertos escritores del siglo XIX» (ibíd. 108). «Los beneficios que en el orden político el Santo Oficio proporcionó a España fueron ciertamente extraordinarios. Fue el principal la unidad religiosa que dio al nuevo imperio estabilidad y fuerza suficiente para las enormes empresas en que había de empeñarse. Por su obra se evitaron en suelo español las contiendas religiosas que ensangrentaron durante siglos a Europa y que, dado el carácter de los españoles, hubieran revestido mayor crueldad y dureza» (ibid. 109). (Hace notar Lozoya que en Europa se utilizaron procedimientos de tortura desconocidos en España.)

  

A. BALLESTEROS BERETTA:

 «El acusado tenía derecho a señalar las personas que reputaba como enemigas, y si estaban entre las denunciantes, los testimonios de éstos eran considerados nulos» (Historia de España y su influencia en la Universal, Salvat, 1948, III. 3.ª parte, pág. 425). «La investigación debía ser cierta, clara y específica (subraya Ball). No podía formarse juicio sobre indicios ni podían extenderse las investigaciones a cuestiones reservadas en conciencia (ibíd. 424). Procedíase a la pesquisa de un hecho siempre que resultaba público. El tribunal guardaba reserva acerca de los nombres de acusadores y testigos; y cuando eran de cargo respondían de sus testimonios, imponiéndose severas penas a los calumniadores. Para el reo y su letrado consultor no había misterio en las actuaciones. Los sumarios no comenzaban hasta probarse las denuncias y el auto de prisión no podía ejecutarse hasta su confirmación por el Consejo» (424). 

«La raza judía era odiada por sus riquezas. Gran número de familias hebreas habían abrazado la religión cristiana, pero muchos practicaban en secreto su religión. Contra ellos se desataron las iras del pueblo. Los Reyes no hacían más que reflejar la opinión general del país» (Síntesis de Historia de España. 1920, pág. 203).

  

DICCIONARIO DE HISTORIA DE ESPAÑA:

 Termino con unas enjundiosas palabras de este Diccionario, editado por la Revista de Occidente, de tendencia liberal y dirigido por Germán Bleiberg. Dice así:

 «La Inquisición aparece incomprensible a la mentalidad de nuestros días, pero no lo era en los tiempos de su institución, cuando la integridad de la fe religiosa se concebía universalmente como el valor fundamental de la vida. Tampoco en orden a su actuación ordinaria puede merecer la Inquisición —concretamente la española— especiales reproches, ya que su sistema penal y procesal participaba de las características del proceso ordinario en la jurisdicción civil (tormento, cárceles, muerte en la hoguera) y, salvo en los primeros tiempos, no usó, a través de ellos, especial rigor y crueldad. Y como recuerda Menéndez Pelayo...no fue obstáculo alguno para el desarrollo del pensamiento y la inspiración como lo acredita el brillante florecimiento de la literatura española en los siglos en que estaba en auge el Santo Oficio.»

 Domiciano HERRERAS


Revista FUERZA NUEVA, nº 635,10-Mar-1979

 

miércoles, 26 de agosto de 2026

La continuada derrota en la batalla de las ideas

 Artículo de 1970 

 SILENCIOS, MENTIRAS Y VERDADES A MEDIAS 

Desde 1945 hasta la fecha (1970), se han producido en el mundo 55 guerras “regulares”; si a estas agregamos insurrecciones, golpes de Estado, golpes de mano, guerrillas endémicas, etcétera, se alcanza, con mucho, el número de 300. Pero, a pesar de esto, millones de personas en el mundo están aún convencidas de que si la guerra la hubiesen ganado las potencias “fascistas” nuestro planeta se habría precipitado en un abismo de sangre y de ruina, mientras que con las “democracias” vivimos, por fortuna, en una tranquilidad paradisíaca. Un ejemplo significativo de los efectos producidos en la gente por los silencios, mentiras y verdades a medias con los que se les lava, a diario, el cerebro, más valdría decir que se les “ensucia”.

 Radio, cine, televisión, diarios, libros, revistas, etcétera, todos los medios son constantemente movilizados para mantener bajo presión, en todas las partes del mundo, a los miles de millones de habitantes de nuestro planeta y obligarles a pensar en una sola dirección.

 Cualquiera de nosotros ha podido constatar, en conversaciones con amigos y conocidos, el gravísimo grado de deformación mental y espiritual que se ha conseguido producir, sobre todo en las jóvenes generaciones, pervertidas por esta continua y martilleante campaña de embotamiento cerebral. Así se explica que pueden conseguir éxito versiones prefabricadas de hechos ocurridos en nuestra patria o en cualquier país. Todos conocimos, en 1969, la famosa impostura de achacar a la Guardia Civil de Vizcaya el asesinato de un taxista o las de estimar como verdad axiomática que las muertes de los generales Mola y Sanjurjo no fueron accidentales sino resultados de una maniobra política con vistas al futuro. Y lo peor del caso es que un gran porcentaje de gente de buena fe, sobre todo jóvenes, se traga lindamente el anzuelo.

 Se razona y se discute según lugares comunes, con frases hechas a base de slogans propagandísticos de los “persuasores” más o menos ocultos que controlan, sabiamente, la situación. Y no se atisba solución alguna. La batalla de las ideas la ha perdido nuestro Régimen. Sería preciso una decisiva acción tendente a contrarrestar la deletérea batalla psicológica y la intensa propaganda antinacionalista que padecemos, y no se ven ni los medios ni los hombres que sean capaces de, con decisión, llevarla a cabo.

 Cuando no es posible ocultar los hechos, por recientes o por vividos, entonces se recurre a una política que, en nuestro país, está dando magníficos resultados: el silencio. Hay consignas de silencio para lo incontrovertible, consignas de olvido para cualquier cosa que pueda molestar a esas fuerzas “democráticas”, a esas facciones aperturistas, o a esas jóvenes generaciones de barbudos a lo “Che”. Y mientras se sigue hablando y recordando el incendio del Reichstag o el caso Mateotti, como crímenes de potencias fascistas, pasa, sin pena ni gloria, el aniversario del asesinato de Calvo Sotelo por el gobierno del Frente Popular.

 Mientras las pantallas de la Televisión nos muestran, a diario, películas de guerra en las que los americanos son los buenos y alemanes, italianos y japoneses los malos, mientras en nuestras librerías ocupan lugares de honor los libros sobre las atrocidades de los campos de concentración alemanes, nunca se verá, ni en televisión ni en libros o reportajes, nada sobre los campos de concentración de Siberia o de otras tierras soviéticas. (… ) En Televisión, en diarios, siempre el mismo tema, las mismas descripciones: los campos de concentración nazis para hacer olvidar Hiroshima o las fosas de Katyn.

 Ahora comienza a desvelarse lo ocurrido con los prisioneros italianos en Rusia. Pero ni en la misma Italia de la Democracia Cristiana hay un decidido interés en sacar a relucir lo sucedido con la mayoría de ellos. Se publican, sí,  trabajos conducentes a demostrar que los soldados italianos que han regresado de la URSS es porque fueron exterminados por los nazis. Y, recientemente, con la película “Los  girasoles”, se quiere acreditar la versión de que los soldados italianos prisioneros de los soviets no regresan… porque han formado sus hogares en la amiga Rusia.

 En contraste con esta política de olvidos, de silencio, se teoriza, abiertamente, sobre la teología de la violencia y causaría risa si no fuesen tan tristes los equilibrios de algunos de nuestros diarios llamados católicos para cohonestar su condenación habitual de la violencia -si procede de la derecha- con su encubierta complacencia con ella cuando procede, como recientemente, de organizaciones o de guerrillas más o menos castristas en las que, como es sabido, no faltan, como en nuestro país colaboraciones activas y pasivas de sacerdotes. Y se nos dice en todos los medios de difusión, con desvergüenza, cómo la violencia engendra violencia, pero también que “la injusticia engendra violencia”, con lo que se da vía libre y absolución a toda clase de secuestros, atracos y crímenes.

 B. CUADRADO


 Revista FUERZA NUEVA, nº 191, 5-Sep-1970

 

lunes, 24 de agosto de 2026

Balance trágico de tres años de “soberanía popular”

 Artículo de 1979

 TRISTE REALIDAD

 MIENTRAS se halagaba, llamándole «soberano», al noble pueblo de España, se procuraba que no se percatase de la triste realidad de miseria, anarquía, sangre y lágrimas, adonde la ha conducido la oligarquía en los casi tres años de su reinado. Así olvidaría ese sufrido pueblo que se le ha despojado de su principal derecho: el derecho a ser bien gobernado, el derecho a que quienes se encuentran al frente de los destinos patrios alcancen el bien común. Derecho mucho más sagrado que la broma trágica de la papeleta electoral para confirmar a Adolfo Suárez o subir a Felipe González al poder.

 Triste realidad de miseria, porque, a través de este escaso trienio —como ha indicado Torcuato Luca de Tena en un artículo magnífico— quebraron y suspendieron pagos casi mil empresas (997) con un pasivo de 138.000 millones; el paro, cuyo crecimiento fue muy grave en 1977, se incrementaría en un 50 por 100 durante 1978; 100 pesetas invertidas en Bolsa en 1974 se han convertido en 20 pesetas en 1978, y desde entonces a hoy (1979) la riqueza mobiliaria representada por los valores bursátiles experimentó una pérdida de 240.000 millones y entre 1977 y los once primeros meses de 1978 se han perdido 28 millones de horas de trabajo, pues en este terreno ya nos hemos «homologado» y superado a Europa y tenemos el honor de que «The Economist» sitúe a España en el primer puesto de horas de trabajo perdidas, seguida de Italia con la mitad.

 Y triste realidad de anarquía, sangre y lágrimas, porque la delincuencia, que ha conseguido la garantía de todos sus «derechos» en la legislación con que la oligarquía ha regalado a nuestro pueblo, campa por sus respetos y domina la calle impunemente. La violación, el atraco y el asesinato están a la orden del día. Sucesos criminales, que antes creíamos desterrados y propios de pueblos subdesarrollados, han vuelto a adquirir carta de naturaleza en la democracia española que apenas se ocupa de ello, como no sea para desgravar penalmente a la reincidencia según no hace mucho acaban de aprobar las Cámaras, una de las cuales convocó un pleno, a fin de tratar el «gravísimo» incidente de un diputado del PSOE con la fuerza pública, pero que, en cambio, nunca se le ocurrió estudiar la forma y medidas al objeto de acabar con tanto crimen sin castigo. ¿Y qué decir de las cárceles destruidas en su mayoría por los reclusos que han impuesto su ley dentro de las mismas? Y, pese a todo, el responsable sigue en su puesto.

 Sangre y lágrimas que en Vascongadas son ya el pan nuestro de cada día entre un pueblo sobre el que la ETA, amnistiada por el Gobierno de la Corona entre irresponsable aplauso, ejerce verdadero imperio del terror y se cobra casi a diario nuevas víctimas ante la ineptitud del Gobierno y Parlamento para remediarlo. 

Sangre y lágrimas de las viudas y huérfanos de esos miembros de las FAS, a quienes, hasta que llegó la democracia, el terrorismo no osaba atacar y a quienes el Gobierno no se atreve a honrar como merecen y estatuye la ordenanza, organizando esos sepelios semiclandestinos, a los que —salvo excepción las altas jerarquías del Estado no acuden ni por casualidad.

 Sangre y lágrimas cuya última cosecha, durante la semana precedente, es la de dos guardias civiles asesinados —uno en Cataluña y otro en Vasconia—, dos atentados fallidos contra agentes del orden, dos industriales secuestrados... Miseria, anarquía, sangre y lágrimas. He ahí el balance de la democrática «soberanía popular». He ahí los frutos del reinado de la oligarquía, que hasta ahora ha privado al pueblo de España de su fundamental derecho a ser bien gobernado, a disfrutar de paz, orden, justicia y suficiencia de bienes.

 LA ULTIMA JUGADA

 POR si no basta la «moncloaca» para desintegrar España, a ello contribuye también el nuncio que nos envió el Papa Pablo VI: monseñor Dadaglio. El hombre que —sean cuales sean sus propósitos, que sólo Dios conoce y valorará— ha provocado más perturbación en la Iglesia de España que produjo la herejía luterana. El italiano, bajo cuya gestión la fe del pueblo ha descendido a cotas desconocidas antes y que con sus alteraciones y nombramientos episcopales ha tenido la indudable habilidad de cambiar la fisonomía de la comunidad eclesial patria y de disminuir el respeto y veneración que el pueblo sentía por el clero. Aseguran que se va. Marchará satisfecho de su obra, cuyo exponente más ilustrativo es el inefable cardenal Tarancón, colocado al frente de la Conferencia Episcopal, quien, por cierto, durante el III Sínodo vio cómo uno de quienes rebatieron sus tesis temporalistas era el cardenal Wojtyla.

 Esperemos que se despida pronto y sin vuelta monseñor Dadaglio. Pero, antes de tal despedida, ya ha estampado su rúbrica con los últimos nombramientos de obispos para Vascongadas. Y donde hay «poca conflictividad» deja a unos prelados —titulares ya— del talante de Setién y Larrauri, elevados antes a la dignidad episcopal al margen del Concordato. Así contribuye el italiano a serenar los espíritus y a promocionar la paz en esas provincias. Ese es el pago de aquella gratuita renuncia al derecho de presentación de obispos, inspirada por los «Tácito» del Gobierno de UCD, en todo caso, más propicio a los intereses vaticanistas, que no siempre han coincidido con los reales de la Iglesia, que a los de su Patria. No hay duda de que monseñor Dadaglio ha seguido su juego hasta el final. Puede regresar orgulloso a su Italia natal. Aquí ya ha dejado bastante conflicto para muchos años. ¡Que Dios se lo pague!

 Ramón de Tolosa


 Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979