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LA IGLESIA
ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (8)
Por
Francisco José Fernández de la Cigoña
,,, Y OCHO OBISPOS AUTÉNTICOS
La
Pastoral del cardenal primado (mons. Marcelo González) había conmovido a la
opinión. Lo que para José María Javierre (“Ya”, 3-12-78) era sólo un “alboroto
en la familia católica”, para otros constituía un “marcelazo” (“El Periódico”,
(2-12-78). Y los titulares de la prensa del día 29, dando cuenta de la
postura del arzobispo de Toledo, son un curioso sistema de medida de adhesiones
más o menos confesadas.
Para “ABC”,
el escrito del cardenal sólo implicaba “que los católicos hagan su opción con
toda libertad, según se la dicta su conciencia” (29-11-78). Por los titulares,
pues, parece que se trata de algún otro escrito totalmente distinto del
documento del Primado. Aunque no es así, ya que tras esa fachada falsa y desorientadora,
que es lo que sólo retienen muchos lectores, se transcribía casi íntegra la
controvertida pastoral. Técnicas, sin duda, de una buena y veraz información
tras lo que quizá anduviera la mano de Martín Descalzo. Y eso que “ABC” tiene
fama de serio.
“El Imparcial”
del mismo día recogió, en cambio, en primera plana y con escándalo de
titulares, la verdad de la información: “El cardenal primado orienta a los
católicos de cara al próximo referéndum del día 6. Monseñor González Martín
pone el dedo en la llaga y se refiere a las cuatro cuestiones fundamentales
desde el punto de vista cristiano: 1) La omisión de todo referencia a Dios;
2) Los derechos inalienables del hombre; 3) La libertad de enseñanza y la
igualdad de oportunidades; 4) La introducción del divorcio y la posible
legalización del aborto”. Y la verdad es que así era. Aunque “ABC” prefiriera
dejar para la letra pequeña el claro sentido de las palabras del primado. Más
honrado fue “Informaciones”, que tituló lacónicamente ese día: “El cardenal
primado contra la Constitución”.
Ocho
obispos
Al día
siguiente, nueva conmoción religiosa y política. Ocho obispos se adherían a
la pastoral del arzobispo de Toledo y la hacían suya. La nota de la Comisión
Permanente se hundía en la ignominia, pues al descrédito que habían arrojado
sobre ella numerosos seglares y eclesiásticos se unía ahora la firme
desautorización de nueve obispos. Porque, dejémonos de eufemismos, eso era lo
que significaba la postura colectiva que acababan de adoptar.
El cardenal
arzobispo de Toledo, el arzobispo de Burgos, monseñor García de Sierra, y los
obispos de Orense, monseñor Temiño; Vitoria, monseñor Peralta; Ciudad Rodrigo,
monseñor Mansilla; Orihuela-Alicante, monseñor Barrachina; Cuenca, monseñor Guerra
Campos; Tenerife, monseñor Franco, y Sigüenza-Guadalajara, monseñor Castán,
vinieron a decir todo lo contrario de lo que la Comisión Permanente, después
ratificada por la Asamblea Plenaria había dicho. Nueve obispos recomendaban
el “No” frente a la jerarquía taranconiana, que se volcaba por el “Sí”. Y aquí
hay que evocar nuevamente la figura del nuncio Dadaglio, artífice máximo de esta
división de nuestra Iglesia, y en temas de tanta importancia.
Si algún
católico se escandalizó por la división, que se apunte ese escándalo en la
cuenta del nuncio. Y los ciertos escándalos que produjo la actitud de la
mayoría episcopal deben apuntarse también, deducida la parte correspondiente
a cada obispo por maldad o necedad, a la cuenta de ese oscuro personaje
italiano, del que quisiera despedirme ya definitivamente, pero al que aún nos
lo volveremos a encontrar cuando hablemos de los últimos (1979) nombramientos
de obispos, o sea, de los señores Echarren, Larrauri, Setién y Larrea.
La pastoral
del primado provocó cuatro tipos de reacciones públicas. En primer lugar, salidas
de tono, muchas de ellas realmente intolerables, de personajes o personajillos
que o servían a quien les pagaba o veían cómo un éxito que se les antojaba ya
ganado quedaba gravemente comprometido.
En segundo
lugar, estaba la jerarquía política de UCD, que intentó sacudirse lo que se
les venía encima, diciendo que nada de lo que alarmaba al cardenal de Toledo
podía encontrarse en la Constitución. Pudieron prometer, y prometieron, que ni
divorcios, ni abortos, ni amenazas a la enseñanza, ni casi olvidos de Dios,
se hallaban en el texto constitucional. Ricardo de la Cierva llegaba casi
hasta a encontrar a Dios en cada artículo. Sólo les faltó decir aquello de
que, como estaba en todas partes, también lo encontrábamos allí sin necesidad
de proclamarlo.
Después
venían los obispos y algunos clérigos que, arrojando por la borda los pudores
hasta ahora mantenidos, se alineaban entusiásticamente tras los líderes
comunistas, socialistas y de Centro Democrático.
Por último, los
que, en una postura sumamente crítica de la Constitución, encontraron en los
nueve obispos mencionados el más firme respaldo de sus tesis.
Algunas
muestras
Las bilis,
autosegregadas o mercenarias de tantos de los del primer grupo no merecen sino
el desprecio. Pero conviene recoger en esta panorámica político-eclesial que
intentamos ofrecer, algunas muestras de periodismo que, aunque sin duda
produjeron regocijo en no pocos obispos del sector mayoritario, eran viento
desatados que muy pronto iban a volverse contra ellos. Lo veríamos claramente
muy poco tiempo después cuando una nota de la Comisión Permanente sobre la
postura que debían adoptar los católicos en las últimas elecciones
legislativas, fue casi tan “contestada” como, en su día, la pastoral del
cardenal primado (“Vida Nueva”, 17-2-79)
Porque
determinadas fuerzas políticas sólo están dispuestas a aceptar a la Iglesia
cuando se muestra como organización subversiva y revolucionaria. Es decir,
cuando no es Iglesia. Y éste ha sido el error básico del cardenal Tarancón. Por
el que ha pagado ya un elevado precio y por el que, en el futuro, tendrá que
entregar todavía más elevadas prendas. En alguna ocasión escribí que el
cardenal de Madrid era como esas novias tontas y fáciles que se quedan con
niño y sin boda. Conociendo a la novia, no era “profético” anticipar el
desenlace. Desgraciadamente para él, cosa que me trae sin cuidado, y para la
Iglesia española, lo que me preocupa muchísimo. La profecía se va a
convirtiendo en dolorosísima realidad.
Veamos como
el sesudo “Informaciones” (19-11-78) apostillaba por la pluma de su habitual
y “ucedero” comentarista Abel Hernández, que tal vez sea el antaño cura
progresista multado por la “oprobiosa” (“Pueblo”, 14-5-69), la pastoral del
arzobispo de Toledo.
Los obispos
que se oponían a la Constitución eran el “pequeño reducto ultraconservador,
partidarios del viejo nacional catolicismo, apegados al viejo régimen y a las
banderas al viento”. “Estos obispos, todos ellos nombrados por Franco (como
si a Tarancón, Cirarda, Díaz Merchán o Jubany los hubiera nombrado Manuel
Azaña), actúan con la mejor voluntad, pero están más cerca de la Plaza de
Oriente que del Palacio de las Cortes, donde tiene su sede la genuina
representación de la voluntad popular”.
Arrimarse
al árbol de “UCD”
Yo no sé de
qué punto del plano madrileño están más cerca su obispos del “grupo de don
Marcelo”. No lo sé ni me importa
porque Madrid no es una medida eclesial. Me basta con saber que están muy
próximos a la doctrina de la Iglesia y a lo que hoy dice su más genuino
representante, el Papa Juan Pablo II porque eso sí que es una verdadera
garantía. Sí sé, en cambio de quién está muy próximo Abel Hernández, y esa
proximidad, eclesiásticamente, no tiene la menor relevancia. Porque arrimase
al árbol de UCD, a cuya sombra se cobija el periodista de “Informaciones”,
sea laico o clérigo, secularizado o no, y bajo el que corrieron a cubrirse
Tarancón y sus muchachos, puede ser muy rentable en una perspectiva alicorta
de escaños o gabelas temporales, pero nada significa en lo que debiera ser la
regla áurea del comportamiento episcopal, en contemplar todo lo de este mundo
sub specie aeternitatis”. (…)
Falta de
solidaridad
En el
artículo de Abel Hernández, que venimos comentando, se apunta, por primera
vez, una objeción a la Pastoral del cardenal primado (Marcelo González) que
luego se iba a repetir hasta la saciedad. Y es la falta de solidaridad de estos
nueve obispos para con sus compañeros en el episcopado. Como si ella fuera un
valor supremo ante el que debiera ceder incluso la verdad.
En palabras
del periodista, “lo que sí sorprende y hasta escandaliza un poco es la
falta de solidaridad y respeto que demuestra este documento y sus partidarios
con el colegio episcopal”. Otros epígonos de la conferencia señalarán
después cómo, en tiempos de la presidencia de monseñor Morcillo (1968-71),
los obispos progresistas callaron sus discrepancias por no romper esa imagen
de unidad que ahora -y dan entender que por culpa de los nueve- se ha deshecho,
en escándalo del pueblo fiel.
No se dan
cuenta que a quien colocan en muy mal lugar, con este proceder denunciado, es
a los obispos que callaron entonces ideales y creencias. Porque si en verdad
creían que ellos eran quienes tenían razón, y en asuntos de gravedad, debieron
hacer pública su discrepancia, porque con la verdad no caben amaños. Es mucho
más digna y coherente la actitud de don Marcelo y sus ocho compañeros cuando,
creyendo que la actitud de la mayoría de los obispos no era acertada y que con
su silencio exponían gravemente su honor episcopal, así lo expusieron.
Una vez más,
parece ponerse de manifiesto la diferencia entre unos obispos y otros. Don
Marcelo cree en la doctrina de la Iglesia y la predica, esté en el Poder o en
la oposición. Como corresponde a un obispo. A los otros parece traerles sin
cuidado la doctrina y la supeditan a valores secundarios, por importantes que
puedan ser.
(Continuará)
Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979
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