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domingo, 7 de junio de 2026

“Comunistillas de sacristía”

 Artículo de 1968

 Ottaviani se fue, pero ahí están los comunistillas de sacristía que denunció el Cardenal dimitido

 Una nueva crisis hepática, complicada con la gripe, me retiene en la cama. Me visita mi buen párroco, tan identificado con ¿Qué PASA?, y compañeros requetés y falangistas. Mi párroco me comenta, dolorido, hechos que ocurren en la vida eclesiástica. A mí algunos hechos me parecen demasiado gordos, a pesar de estar ya vacunado contra sorpresas progresistas. 

Pero, ¿es verdad que la inauguración de una capilla protestante, en el mismísimo culto protestante han asistido unos sacerdotes con feligreses suyos? ¿Es verdad que el reverendo José María Bardes Huguet, en una charla en el seminario habló en forma muy discutible sobre la obediencia'' ¿Es verdad que en la parroquia de San Ignacio, de Barcelona, han permitido a los fieles tomar la Sagrada forma con su propia mano y que en la Nochevieja, en cierto templo parroquial, se firmaron documentos políticos y, tras retirar al Santísimo, hubo refrigerio? Lo preguntamos porque nos lo confirman informes autorizados desde varias fuentes inconexas entre sí.

 Lo que sí es verdad es que el venerado párroco de la parroquia de la Concepción, reverendo Pedro Rifé, ha presentado la dimisión, por razón de su edad pero lo que se comenta en Barcelona es que dicho digno sacerdote ha sido víctima de una campaña muy bien organizada, que con diferentes y repugnantes procedimientos han querido minar su autoridad de párroco. Las cartas en «Destino», la cadena de calumnias y murmuraciones contra dicho párroco y sobre todo la actividad del reverendo don Francisco de P. Sala Arnó, vicario episcopal, que celebrando misa en dicha parroquia, en contra de lo dispuesto por la Conferencia Episcopal Española y las normas

de dicha parroquia concordantes con las mismas, en forma harto imprudente, quiso obligar a comulgar de pie, provocando en el templo un escándalo entre los fieles, con el consiguiente altercado de palabras.

 Al mismo tiempo, el reverendo Rifé recibía una carta del vicario general, reverendo José María Guix, por la que se atribuye al prelado no importarle la comunión de pie o de rodillas o si las mujeres han de cubrirse o no con el velo en el templo. Mi párroco me dice: es ofensivo atribuir al señor arzobispo una desobediencia al Derecho Canónico que preceptúa el velo sobre la cabeza de la mujer en el templo y la manera de comulgar, en discrepancia con la norma de todo el Episcopado español.

 También es verdad que el reverendo don Casimiro Martí, en «El Correo Catalán», del 12 de enero actual, publica un artículo en el que recoge las críticas personales contra Pablo VI que hizo Enrique Miret Magdalena y que ironiza sobre unas palabras del actual nuncio, monseñor Dadaglio.

 Mientras tanto, desde «Destino», José Dalmáu y Jordi Llimona han dicho barbaridades por las que en otro tiempo, por muchísimo menos, se incluían libros en el índice o se privaba de celebrar misa a los sacerdotes escandalosos. Ahora se publican notas de libros marxistas, como el reciente de José Dalmáu, que nos consta que ha confesado el propio vicario general, reverendo José maría Guix, que sólo ha servido para la propaganda y venta de dicho libro ¡Con lo fácil que hubiera sido al doctor Guix impedir su publicación y venta!

 Nosotros nos limitamos a reseñar tan tristes noticias, indefensos por no poder asegurar a nuestros hijos ante la avalancha de errores religiosos y morales, sin que los que deban custodiar la integridad de la fe católica hablen claro y desenmascaren a los lobos. La visión de mi párroco, ya mayor, que casi lloraba, me ha puesto más enfermo. En Barcelona nos toca sufrir mucho.

 A. RECASENS SALVAT


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968

 

viernes, 5 de junio de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (5)

"Breve historia del señor Tarancón"

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (5)

 BREVE HISTORIA DEL SEÑOR TARANCON

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 NO es fácil medir las responsabilidades de cada uno de los personajes que han salido o van a salir en este informe. Como autores, cómplices o encubridores. De algunos, sin embargo, la autoría no es dudosa y las agravantes, manifiestas. En la sombra, ya nos hemos referido a él, el nuncio Dadaglio.

 A plena luz, como cabeza visible de todo este proceso, Vicente Enrique Tarancón, un levantino que ronda los setenta y dos años, cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal española, «papable» frustrado, académico de la Lengua, etc. De junio de 1971 guardo el primer recuerdo personal del señor Tarancón. Se celebraba en la catedral de Madrid el funeral por monseñor Morcillo. Una oscura maniobra del señor Dadaglio evitó que el cabildo nombrase a monseñor Guerra Campos para regir la archidiócesis, hasta la llegada de un nuevo titular, e impuso al que entonces era arzobispo de Toledo, Vicente Enrique Tarancón. El, por un lado, primado y, por otro, administrador de la archidiócesis madrileña presidió el rito fúnebre y pronunció la homilía. Que más pareció destinada a señalar los defectos que Tarancón encontraba en su predecesor en la sede madrileña y al frente de la Conferencia Episcopal que a cantar unas virtudes que si en términos absolutos eran evidentes, comparadas con las del oficiante resultaban extraordinarias.

 Yo no sé si ese afán de denigrar a los que son muy superiores a él procede de la envidia, de la mezquindad o son simples coincidencias desafortunadas. Que cada cual piense como guste conociendo al sujeto. Pero sí quisiera señalar otra muestra de ese particular modo de entender el «elogio» del que hace gala el arzobispo de Madrid. Acababa de acceder al Solio Pontificio Juan Pablo I, ese Papa encantador que fue un soplo de aire alegre tras el atormentado pontificado de Pablo VI. La cristiandad estaba entusiasmada. Católicos y no católicos mitificaban a quien acababan de conocer hasta convertirlo en sonrisa. Todos menos el cardenal Tarancón, tal vez frustrado porque nadie se hubiera acordado de él cuando sus compañeros eligieron al cardenal Luciani para sucesor de Pablo VI.

 «Albino Luciani era poco conocido fuera de Italia. No había llamado la atención por sus escritos, como la han llamado otros cardenales, ni por sus trabajos diplomáticos o por determinados gestos o posturas que trascienden fácilmente las fronteras.» Vamos, un pobre hombre que carecía de todo eso que adornaba al cardenal Tarancón.

 Pero no crean que nuestro cardenal quedaba satisfecho. No. Era necesario insistir y señalar que «a muchos ha desconcertado esa vida oscura del nuevo Papa», porque el mundo hoy «parece que exigía un Papa de cualidades personales brillantes, de un conocimiento personal de las distintas culturas y que hablase diversas lenguas, de un Papa que, por decido así, estuviese a la altura del desarrollo casi ilimitado de la Humanidad» («ABC», 16-9- 78). Después de este retrato tan radicalmente falso es como para pensar que el arzobispo de Madrid no sabe hablar bien de nadie sin antes hacerlo objeto de críticas tan despiadadas como infundadas.

 Una rápida semblanza de este personaje nos permitirá conocer mejor a quien es en estos momentos el líder de la corriente mayoritaria de nuestro episcopado.

 Obispo de Solsona, arzobispo de Oviedo, arzobispo de Toledo y cardenal, arzobispo de Madrid, el señor Tarancón fue de los primeros en apuntarse a la corriente progresista que, humanamente, tan buenos resultados iba a darle.

  poco de llegar a Toledo comienza a revelar lo que serán constantes en su actuación pastoral. Y una de ellas es su incontinencia verbal, que en no pocas ocasiones le deja en una pésima posición. Recuerdo de aquellos primeros días como arzobispo de Toledo unas frívolas declaraciones a Antonio Aradillas («Pueblo», 10- 2-69) en las que en nada salía beneficiado. Y de entonces también otra constante en la historia de Tarancón: las desmedidas alabanzas que le prodiga un cierto sector de la Iglesia y que podemos sintetizar en este titular de Martín Descalzo: «El nuevo primado es un prelado de hoy con los ojos puestos en mañana» («ABC», 2-2-69).

 En Toledo, lo que antes habían sido atisbos progresistas se convierten ya en una decidida manifestación. Y comienzan las críticas a sus actuaciones, recogidas entonces la mayoría de ellas en la revista «¿Qué Pasa?», archivo insustituible para la historia eclesiástica de aquellos años. Véanse, por ejemplo, el gran artículo del conocido teólogo que se ocultaba tras el seudónimo de R. Pérez Muñiz («Don Julián Marías y el cardenal de Toledo», 16-8-69), el de Ramón Tatay («Rechazamos afirmaciones inauditas», 26-7-69), «Al pan, pan y al vino, vino», de Francisco Fernández (31- 5 y 6-9-69), varios de León Tejedor (3 y 10-5-69) y el de Julián Gil de Sagrado, «Se respeta la persona, pero no sus ideas» (6-9-69). También FUERZA NUEVA figura, por la pluma del benemérito padre Oltra, entre los críticos del nuevo cardenal (20-9-69).

 Pero el señor Tarancón no es un héroe y disimula con actuaciones en otro sentido sus inclinaciones progresistas. Eran los tiempos de aquel baile llamado “yenka” que avanzaba en un sentido, pero con pasos hacia atrás. Y al cardenal le pusieron el nombre del baile. Para disimular, juraba entonces su cargo como consejero nato del Consejo de Estado («ABC». 26 9 69) y bendecía la bandera del Regimiento Alcázar de Toledo («ABC», 30-9-69). Y se producía ya un grave escándalo, prólogo, sin duda, de otros que habrían de venir. «L'Osservatore Romano» del 29 de mayo de ese año desmentía al cardenal Tarancón sobre posibles cambios en la encíclica Humanae v¡tae («Ecclesia», 14-6-69). Dato, pues, muy significativo.

 Desmentidos de Tarancón («Madrid», 23-10-69), lo que va a constituir otra de sus especialidades, noticias de que recibe en Roma «cordialmente» a los curas contestatarios («Madrid». 30-10-69), postura benévola hacia el progresismo holandés que le vale una nueva réplica del padre Oltra, ahora desde «¿Qué Pasa?» (15-8- 70), y un nuevo fruto personal de su progresismo. Su ingreso en la Real Academia Española por no se sabe qué méritos, pues los literarios no se evidencian. La elección, según el «ABC», por unanimidad (30-5- 69), fue tan discutida como comentada. Desde el crítico escrito de Adolfo Muñoz Alonso «Los inmortales se cubren con la púrpura» («Arriba», 11 -5-69) hasta la publicación, cuya referencia no he encontrado ahora pero cuya búsqueda no sería difícil, de un autógrafo del cardenal con una garrafal falta de ortografía. Nada académica, por supuesto.

 Prosiguen las confusas declaraciones y continúan las críticas. Un eminente claretiano, el padre Peinador, le tacha de oscuro e incomprensible («Roca Viva», 9-69), “Ijcis” le acusa de fomentar la duda sobre lo que es el sacerdote («¿Qué Pasa?», 6-3-71), Muñoz Alonso le dedica otro punzante artículo bajo el título de «No lo entiendo» («Arriba», 11-7-69) y el padre Oltra rebaja los entusiasmos del purpurado en «Optimismo exagerado de su eminencia el cardenal primado» («¿Qué Pasa?». 10-4-71)

 El nombramiento como administrador apostólico de Madrid es un nuevo escándalo en la carrera taranconiana. Protestas de César Esquivias (FUERZA NUEVA, 26- 6-71), León Tejedor («¿Qué Pasa?», 19-6- 71)..., editoriales de «Ya» en defensa del procedimiento y del nombrado y la sombra de Benelli tras toda la operación (Cfr. «La “benellicracia” vaticanista en España», León Tejedor («¿Qué Pasa?», 24-7-71). Pero los acontecimientos se suceden y hacen que los últimos vayan haciendo olvidar a los anteriores. El «Ya» del 14 de septiembre de ese año nos informa del discurso que Tarancón pronuncia inaugurando la Asamblea Conjunta, que es una defensa absoluta de la misma. Y ésa fue su postura en todo lo que a ella iba a referirse.

 Gris actuación en el Sínodo, en el que presenta una relación que decepciona a los progresistas y no satisface a nadie («ABC», 9-10-71), y comienza a rumorearse que será el próximo arzobispo de Madrid («ABC», 19-10-71). De su actuación en Roma llega a España el incienso con que le obsequia en todas sus crónicas Martin Descalzo. El 5 de diciembre se publicaba la noticia de su nombramiento como arzobispo de Madrid. Unos días antes, tan delicado y elegante como siempre, había aludido en su discurso de apertura de la XV Asamblea Plenaria del Episcopado a las «equivocaciones» de su antecesor ya fallecido, monseñor Morcillo. También por aquellas fechas «Iglesia Mundo» le señalaba (26-11-71) como representante en el Sínodo de la línea progresista que acababa de ser derrotada

 En los primeros meses de 1972, nuevo escándalo en la carrera de Tarancón. El 22 de febrero, «ABC» desmiente la noticia de que la Santa Sede había hecho al cardenal advertencias muy críticas sobre la Asamblea Conjunta, y al día siguiente lamenta las campañas contra la misma. «El Pensamiento Navarro» insiste en la existencia del documento romano (26-2-72). Por fin, y con las consiguientes bromas sobre el cartero de la calle de la Pasa, se reconoce el documento, gracias al descarado apoyo del cardenal Villot se intenta echar tierra al fuego («ABC», 7-3-72). El crédito y la ortodoxia del cardenal Tarancón y de los obispos que le apoyaban quedaban gravemente alcanzados.

 De ese mismo año es una poco elegante alusión del cardenal —¿cuántas van ya?- a monseñor Guerra Campos, a quien acusa de «fomentar la desconfianza en los pastores legítimos» («Ya», 2-6-72). Y naturalmente llueven las réplicas. «La fidelidad a los obispos», de Juan Nuevo (FUERZA NUEVA, 17-6); B. J. V., en «El Alcázar» (12-6); «Los pastores legítimos», de Teodoro G. Riaza («¿Qué Pasa?», 17-6); «¡Lo que faltaba!», de “Ijcis” («¿Qué Pasa?», 17- 6); «¿Confianza en los obispos?», de León Tejedor («¿Qué Pasa?», 24-6), son sólo una pequeña muestra del eco que merece el cardenal.

 Y también por esos días uno de esos aciertos taranconianos dignos de figurar en una antología del disparate. El 29 de junio publicaba el cardenal en el «Ya» un artículo titulado «El optimismo de Pablo VI». Pues bien, de ese mismo día son esas famosas palabras del Papa que dieron la vuelta al mundo: «El humo de Satanás ha entrado en la Iglesia.» Como se ve, un prodigio de sintonía espiritual entre nuestro arzobispo y el Santo Padre. Que, naturalmente, es puesta de manifiesto por quienes se van sintiendo cada vez más hartos de su nuevo pastor. El cual, pese a todo, sigue acudiendo a felicitar a Franco en el aniversario de su llegada a la Jefatura del Estado («Hoja del Lunes», 2-10-72). Incongruencia -apoyar a la Conjunta y oficiar los Te Deums de Franco—, que no deja de reprochársele («El Pensamiento Navarro», 20-10-72).

 Ya a finales de este año de 1972 se viene a reconocer el valor del documento romano contra la Asamblea Conjunta y lo que significaba de limitación a la misma. No gana nada con ello el prestigio del cardenal, prestigio, por otra parte, muy disminuido, por todo lo que venimos relatando.

 En el 73 hay un hecho de poca importancia pero muy significativo. Cuando muchos obispos españoles se niegan a que sean procesados sacerdotes de sus diócesis por colaboración con el marxismo, el cardenal Tarancón autoriza que se lleve a los tribunales a un digno sacerdote madrileño que había defendido a la Virgen frente a un artículo de «Triunfo» (FUERZA NUEVA, 31-3-73).

 El 8 de mayo de 1973 la prensa ya da noticias de que en una manifestación patriótica con motivo del asesinato de un policía apareció una pancarta con el siguiente texto: «Tarancón, al paredón» («ABC»), mientras que el arzobispo tenía que ser protegido por las fuerzas de orden público («Ya»). Lejos quedaban los libros patrióticos que Tarancón había publicado en 1941.

 Mientras tanto, un nuevo escándalo. La Virgen de Fátima no puede entrar en Madrid por prohibición expresa del arzobispo («¿Qué Pasa?», 12-5-73). Es recibida, en cambio, apoteósicamente en Toledo, con la participación del nuevo cardenal primado, don Marcelo González Martín. Los católicos españoles van comenzando ya a saber quién es quién en su Iglesia. Los artículos contra la actitud del arzobispo se multiplican y tiene particular eco el aparecido en la «Hoja del Lunes» (14-5) bajo el título de «Carretera prohibida».

 El señor Estepa, obispo auxiliar del cardenal, pretende salir en defensa de éste lanzando la peregrina teoría de que la Virgen iba a ser utilizada con fines extrarreligiosos («Informaciones», 17-5). La decisión de Tarancón fue comentadísima y su autoridad llegó a la cota más baja desde su llegada a Madrid. El 16 de junio aparecía en FUERZA NUEVA una doble viñeta: en la primera, los rojos, en 1936, dicen «no pasarán» a los nacionales, que gritan ¡Viva Cristo Rey!; en la otra, en 19/3, es Tarancón y otros clérigos quienes gritan «no pasarán» a una procesión de la Virgen de Fátima.

  (Continuará)


Revista FUERZA NUEVA, nº 632 17-Feb-1979

 

miércoles, 3 de junio de 2026

El Vaticano, en 1937, justificaba la Cruzada de Liberación

 Artículo de 1970


 ESPAÑA, ¿QUÉ IMPORTA AL MUNDO?

 Opinión de “L’Osservatore Romano” en 1937 sobre la Cruzada de Liberación

 Ahora (1970) que se registran tantas posturas de chaqueteo y deserción de las ideas que los hombres prominentes del Régimen habían sostenido y defendido desde siempre, parece como llegado a propósito este artículo aparecido en el órgano oficial del Vaticano “L’Osservatore Romano”, que registra la forma de pensar de la Iglesia en el año 1937, con motivo de nuestra Cruzada de Liberación.

Su lectura puede refrescar muchas memorias y demostrar a la juventud y al pueblo en general el cambio operado también por la Iglesia en estos últimos años.

 ¿Qué es la contienda española? ¿Una lucha civil? ¿Un episodio sin repercusiones internacionales? ¿Una conflagración de ricos contra pobres, de obreros contra patronos? ¿Una militarada?

 Queremos reproducir aquí un artículo de “L’Osservatore Romano” que coloca la guerra de España en su lugar apropiado, tomando pie de unas palabras de los dos cardenales representativos de la Iglesia de las dos grandes democracias, Francia e Inglaterra.

 En esas líneas se dice lo que supone España no sólo para sí sino para el mundo entero, en esta hora. Y, ante todo, para el mundo católico; aún para aquel que mira concierto desdén y, a veces, con apasionada parcialidad, la guerra de España.

 Dice así, en su número del 21 de octubre de 1937,“L’Osservatore Romano”:

 “El cardenal Verdier escribía al Primado de España: Lo que se ventila en esta guerra es el porvenir de la Iglesia Católica y la civilización por ella fundada. Si España ofrece hoy el ejemplo de un sacrificio único en la Historia es porque los enemigos de Dios la eligieron para primera etapa de su destrucción.

 “Y el arzobispo de Westminster decía: Pongamos aparte todo partidismo político, hemos visto desde el inicio y seguimos viendo que los enemigos de Dios no atacan solamente al catolicismo sino a la Religión, sea cual fuere la forma con que se presenta”.

 “Estas declaraciones tan escuetas y de fuentes tan autorizadas son definitivas ante las acusaciones y las reservas que adversarios y no adversarios opusieron al clero español”.

 “LOS DOS CAMPOS- La tremenda lucha soportada por España está dividida en dos campos: de un lado, los rojos; de otro, la Iglesia católica y los nacionales. El arzobispo de París y monseñor Hinsley, precisamente en los dos países donde más se difunde el error, ponen de relieve, sobre la vigorosa rectificación del Episcopado español, los planos, las posiciones, es decir, los hechos y las responsabilidades. Rojos, Iglesia católica, Nacionales. Entre dos campos políticos y sociales, el campo religioso. Entre dos causas opuestas que deciden la vida de un pueblo, la causa de Dios, que es la vida de la fe; entre los partidos en armas, la Iglesia. Combatiente, no; mártir”.

 “¡Qué servicio habéis rendido a las naciones del mundo -así decía al cardenal Gomá el cardenal Verdier-probándoles, con la evidencia de los hechos, a dónde conduce el ateísmo!”. “Con dolor que vosotros sentís más intensamente que nadie -declara el arzobispo de Westminster- hemos notado las tergiversaciones, las mentiras, los subterfugios, las falsas interpretaciones de los hechos. Desgraciadamente, la prensa recibió con demasiado entusiasmo la propaganda de los rojos”.

 “LA IGLESIA VÍCTIMA INOCENTE- Mientras los asuntos de la guerra civil se hacen más oscuros. mientras más tremendas son las batallas y más entrañados los odios, mientras más irreconciliables son las oposiciones ideales, más necesario es que cese toda la mixtificación y se sepa, se reconozca, de qué manera estuvo expuesta a un sacrificio único en la Historia una víctima inocente, que quieren seguir sacrificando hasta el momento final. Las naciones del mundo han podido tomar partido por una u otra parte contendientes de una manera tan apasionada y con tal ímpetu y tal tenacidad, que consideran el juego ciertos destinos que no se resuelven solamente en las trincheras.

 “Nadie ha tenido en cuenta lo que verdaderamente debería estar por encima de todas las contiendas en su calidad de idea y de fe universales; nadie pensó en la agresión sanguinaria y en el incendio sufridos por la Religión. Se socorrió a fugitivos, se hicieron polémicas sobre la crueldad de la guerra, pugnando por la defensa de los inermes. Pero de la grande institución inerme, de la gran institución sacrificada, de aquella que hubiera sido la primera en huir, si no fuese el deber de quedar en su puesto hasta la muerte, de esa nadie se ocupó. Quedó la Iglesia expuesta a todos los riesgos. Los más débiles exclamaron: ¡Fue una fatalidad! Y los Catones del anticlericalismo internacional repiten: ¡Fue el castigo! ¡Delenda est!

 “Es esta la verdad incontrovertible.  La Iglesia de España fue atacada por las olas del odio y de la violencia que simultáneamente la acorralaron, siendo víctima la catedral expuesta al robo en virtud de una rebelión en el barrio industrial, lo mismo que la solitaria capilla montañosa lo es al caer una avalancha por la pendiente de la sierra. Su culpa proviene, únicamente, de haberse encontrado sobre aquel suelo en aquel punto, en el camino por donde pasaría el soplo arruinador”. 

***

 “LA GUERRA SE HIZO CONTRA LA IGLESIA- La acusación que le hacen de beligerancia es falsa y absurda. La guerra se pretendió y se hizo contra la Iglesia. La verdad es ésta. Sí. La Iglesia se encontró en la trayectoria del desastre y soportó los intentos republicanos y la revolución del 34 en Cataluña y Asturias, durante la cual se quemaron y  profanaron 411 templos. La destrucción que había sufrido con anterioridad al 18 de julio y en los primeros días en que el Movimiento parecía sólo un pronunciamiento, constituía ya el punto de partida. He aquí porqué la destrucción de las Iglesias fue hecha sistemáticamente y en serie; he aquí porqué, en el breve plazo de un mes quedaron inutilizados para el culto todos los templos, obedeciendo a las normas establecidas desde la fecha de la implantación de la República. He aquí por qué, sistemáticamente y en serie, se desarrolló la carnicería contra los sacerdotes. Las “listas negras” así lo preveían, concediendo a los obispos y a los sacerdotes la preferencia “de honor”.

 “Pero la guerra contra la Iglesia representó siempre una fase distinta de la guerra civil: ésta sirvió solamente de pretexto y proporcionó el momento oportuno. Si la guerra contra la Iglesia estuviese confundida con el Movimiento nacional se hubiesen esperado los momentos para castigar al clero juntamente con los demás: se hubiera secuestrado legalmente a los sospechosos y en una hora de tan grave revolución se habría tratado de tutelar o levantar el culto. Por el contrario, la luz de la Iglesia fue suprimida y apagada, no como se hace con las luces peligrosas en las noches de incursiones aéreas, no; fue una pupila que se cerró para siempre en la muerte. Fueron incendiados o saqueadas 20.000 iglesias; pasa del 80 por 100 el número de sacerdotes asesinados, perseguidos en las ciudades, lo mismo que en los montes, por jaurías. La guerra religiosa se confunde tan mal con la otra que tuvo su técnica especial: la de las batidas de caza”.

 “UNA RELACIÓN IMPRESIONANTE- No fue una represalia ejercida contra rehenes. Todo eso hubiera sido monstruoso, pero se hubiera concluido con un derramamiento de sangre, por venganza .Pero ¿y los cementerios profanados, los ornamentos dispersos y el cráneo del venerable obispo Torras que sirvió de pelota?¿Y los cuerpos de los santos y de los mártires destrozados, la sagradas imágenes dilaceradas, los crucifijos apuñalados, los tabernáculos violados, el grito lanzado contra los vasos sagrados: “Hemos jurado vengarnos de vosotros, rendíos” y el tiro de pistola que los atravesaba de parte a parte?¿Y los objetos religiosos requisados en las casas y sobre las personas y entregados a las hogueras de las plazas públicas? ¿Y los tormentos reservados a los sacerdotes, tan horribles que, en el martirologio romano no se encuentra una forma tan acentuada de crucifixión, puesto que en la España roja se consintieron martirios practicados con la ayuda de las modernas invenciones?¿Y las declaraciones de los comisarios de policía y de otras autoridades que afirmaban tener orden de destrozar y hacer desaparecer la última semilla de los sacerdotes?¿Y aquello que afirmaba el delegado rojo en el Congreso de los sin Dios celebrado en Moscú el mes de febrero: “España ha sabido superar la obra de los Soviets, puesto que la Iglesia quedó allí completamente aniquilada”?

 “Todo esto es una prueba de que, después de la tempestad, no existió un arcoiris de paz para la fe; que después del diluvio no quedó salvada sobre el monte Ararat el arma de un poder que representa no solamente a la Iglesia sino a la Religión”.

 “ERA NECESARIO ACORRALAR A LA IGLESIA- Trágica realidad de una explosión informal que no tuvo otro objeto que hacer entrar a la Iglesia, con su absoluta individualidad histórica, en el relativismo de las discusiones y de las contingencias políticas, de los “bienes problemáticos”, de las simpatías doctrinales y de los intereses prácticos de las competiciones humanas. Era necesario meterse con aquéllos que jamás rogaron a los gobernantes que fuesen aliados de esa anarquía que saqueó e encendió archivos, destrozó los tesoros artísticos de las iglesias , estropeó las bibliotecas, rompió el sepulcro de Vifredo el Belloso y causó más daños en la nación que todos los siglos tormentosos”.

 “Por encima de todas las pasiones políticas, el testimonio del cardenal Verdier y de monseñor Hinsley se levanta de la propia tormenta que oscurece los horizontes terrenos para salvaguardar los horizontes divinos. España, Rusia y Méjico son las facetas del mismo poliedro cristalizado de odio anticristiano. Así lo demuestra también la última encíclica sobre la situación mejicana, que empieza con estas palabras: “Nos es muy conocida…”, documento que no ha sido suficientemente conocido y meditado.

 “Los dos buenos Pastores, con su protesta, con su defensa, con las lágrimas del Episcopado español, derramaron luz al lado de la Carta Colectiva en la que, con claridad legislativa, se indican las razones y los medios al alcance de la Religión, de la Jerarquía y de la Acción Católica en armonía con la vida civil, su orden, sus libertades y su justicia, probando que la causa de Dios no puede envolverse en la causa de los hombres. Quedó probado que el “venite ad me omnes (“dejad que todos vengan a Mí”) no es el lema de un partido, sino un lema para toda la humanidad. En el momento en que la humanidad está a punto de llegar al puerto de salvación con su barca pendiente de las cadenas de Cristo y de la Iglesia, el mundo prefiere “bienes problemáticos” antes que la salvación de la civilización”.


Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970

 

lunes, 1 de junio de 2026

Cobardía antiterrorista del presidente Adolfo Suárez

 Artículo de 1979

 LAS «VICTORIAS» DE SUÁREZ

 CON un cinismo inaudito, quienes manejan el incensario de UCD quieren presentarnos como una gran victoria del Gobierno la detención de dos asesinos del GRAPO y la entrega de unos terroristas de ETA por parte de los franceses.

 Aparte de que estos hechos ya de por sí implican el imperio del terrorismo, que debiera llena de vergüenza a un Gobierno que se precia de dirigir un Estado de Derecho, son reveladores del gran fracaso de unos hombres de UCD que no sólo no han conseguido erradicar a los terroristas, sino ni siquiera imponerles el menor respeto.

 La entrega de los terroristas acogidos a la hospitalidad (más bien complicidad) francesa, no sirve absolutamente para nada, porque el primer acto de «generosidad» del Gobierno que salga en las próximas elecciones, va a ser, precisamente, poner en la calle a los asesinos de ETA.

 Es vergonzoso presumir de victoria cuando, ¡al cabo de tres años! aún permanecen en el sur de Francia los comandos de ETA. Lo que demuestra, inequívocamente, que el Gobierno francés ha tomado a chacota al «Gobierno» Suárez y a los españoles.

 Es indudable que la gestión de Marcelino Oreja no ha sido la causa de que el Gobierno francés proceda con esa «dureza». La entrega de unos terroristas y el confinamiento (supongo que por un fin de semana) de otros, no obedece a otro motivo que al deseo de los franceses de alejar de su territorio a gentes indeseables que ya empezaban a ensangrentado.

 Mientras los ajustes de cuentas se realicen en territorio español los franceses se frotan las manos porque saben que el terrorismo en España, como las huelgas, contribuyen a la «grandeur» francesa. Pero cuando han visto que el suelo francés empezaba a llenarse de sangre y los ciudadanos vasco-franceses a intranquilizarse y a escuchar los aires separatistas, el Gobierno francés ha cortado por lo sano.

 No ha habido, pues, tal éxito del Gobierno de UCD. ETA y GRAPO son los únicos que asesinan y-los únicos que siguen asesinando. Acabar con ellos es más fácil de lo que nos quiere hacer creer el Gobierno. No hace falta más que una voluntad decidida. Y, por supuesto, soluciones policiales y judiciales. Nada de soluciones políticas. Quien hable de ellas lo que quiere es apoyar y alentar a ETA. La independencia de las Provincias Vascongadas o logros parciales que desemboquen en esa independencia son una traición a España.

 De una forma mendaz, Luis Apostua, al servicio de UCD, nos quiere hacer creer que también a Franco le costó trabajo acabar con el bandolerismo rojo. (Por supuesto que él no lo llama así.) Es una falacia equiparar ambas situaciones. Sobre todo porque Franco quiso acabar y acabó con el bandidaje; pero Suárez ya ha demostrado lo que tenía que demostrar.

 Suárez sabe quiénes son los que dirigen, alientan y magnifican el terrorismo. (¡Si él los ha amnistiado!) Lo lee todos los días en todos los periódicos. Aparecen a la cabeza de todas las manifestaciones del País Vasco. Sus domicilios son perfectamente conocidos. Por si fuera poco, Diario 16 acaba de revelar que obra en poder de Suárez el organigrama completo y actualizado de ETA. ¿A qué espera? ¿A quién mira? Que aprenda de Alemania. Bastaría una orden suya para que cualquier madrugada, como han hecho los franceses, quedara desarticulada ETA.

 ¿Por qué no da esa orden? Si el Gobierno de Suárez no se atreve, porque no se siente respaldado, es que ni el Gobierno ni su respaldo sirven para nada.

 Confiar en que nuevas elecciones nos van a traer un Gobierno que acabe con la ETA es vana espera.

 Volveremos a tener un Gobierno títere, con coalición o sin ella, que, con «soluciones políticas» va a reavivar el cáncer del terrorismo, a seguir dejando viudas y huérfanos y a destruir España.

 Lo que falla es el sistema. Es inútil e innecesario hablar de un golpe militar. Afortunadamente esta vez será el pueblo el que abrirá los ojos y dirá ¡basta!

 Ya va siendo hora.

 Jaime CORTES


 Revista FUERZA NUEVA, nº 632, 17-Feb-1979


sábado, 30 de mayo de 2026

Distorsiones anticarlistas

 Artículo de 1968

 ¿En nombre de qué pueblo escribe el director del diario “PUEBLO”?

Una serie de sofismas se suceden en las cuartillas que Emilio Romero entrega para su impresión en ese diario de su dirección —«Pueblo»—, y en el que no tienen cabida muchos españoles que serían la voz del «pueblo».

 «Sin rodeos» es el encabezamiento de muchos de los editoriales que publica Emilio Romero, que se autocalifica de «gallito». En uno de sus recientes trabajos se pronuncia, «sin rodeos», contra el carlismo, sin tener en cuenta que el carlismo forma parte integrante del Movimiento Nacional y que el diario de su dirección pertenece al mismo. ¿Tiene esto Lógica? ¿Es de elemental Etica?

 Si esos ataques al carlismo Emilio Romero los hubiera publicado en los primeros meses del Movimiento, ¿qué le hubiera sucedido? ¿Continuaría siendo director del diario «Pueblo»? Queremos analizar brevemente alguna de sus ideas sofísticas. Antes queremos reconocer que sabe escribir, que tiene una pluma ágil y extraordinaria, que sabe atacar en materia política. ¿Tememos su reacción? ¿Se atreverá a contestar a estos reparos que oponemos a sus «sin rodeos»?

 Repetidamente, en ese artículo al que nos referimos, demuestra un desconocimiento pleno de la Historia. A estas alturas (1968) nos habla de «pleitos dinásticos», cuando el propio Caudillo ha reconocido que las luchas de los siglos XIX y XX no fueron dinásticas, sino de ideologías; eran el enfrentamiento de la España auténtica, precursora del Movimiento, y la España bastarda y extranjerizada. ¿Por qué ignora esto el director de «Pueblo»? (…)

 El «gallito» se irrita ante la noticia de que parte del pueblo carlista se ha reunido en Fátima y ha rezado a la Virgen, juntamente con el abanderado de la Tradición, el príncipe don Javier Borbón-Parma. Confiesa que «le sorprende» que don Javier haya concedido condecoraciones. Nosotros aconsejaríamos a E. Romero que no se sorprenda tanto, pues puede que no sea más que el principio de las sorpresas que le esperan en la segunda mitad del siglo XX, como continuación de las sorpresas que en un 18 y 19 de julio de 1936 dio ese mismo pueblo carlista para que, indirectamente, el señor Romero pudiera ser director de un diario perteneciente a aquel Alzamiento que, como «Pueblo» fundó en parte el pueblo carlista, cuya representación ha peregrinado a Fátima.

 Emilio Romero no se «imaginaba» que las condecoraciones y títulos pudieran otorgarse desde el extranjero. No es cosa de «imaginación, señor Romero, sino de realidades históricas. Se refiere concretamente a las concedidas, entre otras, a don Carlos Hugo, a don Manuel Fal Conde y a don José María Valiente. ¿Acaso desconoce que hay una disposición firmada por el Generalísimo según la cual se reconocen los títulos y honores concedidos por los reyes carlistas desde su exilio? Si se reconocen como legítimas las otorgadas por don Alfonso Carlos desde el extranjero, ¿cómo no vamos a reconocer también el título de Regente otorgado por el mismo rey carlista a favor de don Javier Borbón-Parma? ¿Acaso no fue válida la orden dada por ese mismo don Javier, y también desde el extranjero, de movilización de unos 60.000 requetés? ¿Por qué no le hiere la realidad histórica -no pura imaginación novelesca- de aquel telegrama cifrado que, a las seis y media de la mañana del 17 de julio de 1936, desde el extranjero, se transmitía por el mismo don Javier de Borbón Parma, dando la orden de iniciar el Alzamiento?

 El hábil periodista político que es Romero todo lo reduce a «un pleito y pugna dinástica»; desconociendo, repito, que los carlistas jamás lucharon, ni luchan, ni lucharán nunca por una dinastía sino por una ideología religiosa y patriótica. Que tenga bien presente, si es que puede, que los carlistas de la primera guerra que lleva el nombre de carlista, ponemos, por ejemplo, si su Príncipe don Carlos María Isidro hubiera tenido ideales liberales, y María Cristina, madre de Isabel II, hubiera garantizado una educación a la Princesa basada en la más pura ortodoxia católica, ni uno sólo hubiera militado tras la bandera de don Carlos.

 Es vergonzoso que a estas alturas tengamos que dar estas explicaciones, que los más lerdos no las necesitan, pues de cualquier discurso del Caudillo cuando no de la Historia limpia, se desprenden. ¿Por qué Emilio Romero nos desfigura la Historia, con posible quebranto para una de las dos fuerzas políticas que fueron básicas en el 18 de Julio? ¿Qué clase de juego es éste? Comprendemos que «ABC», interesado dinásticamente con la familia descendiente de Isabel II y Alfonso XII y XIII, escriba de vez en cuando lo que es y lo que no es, pero no hay derecho a que «Pueblo», que pertenece al Movimiento, desinforme a los españoles.

 ¿Quién contribuye a esta confusión? Sin duda—nos duele el tener que decirlo—, «El Pensamiento Navarro», desde que lo dirige J. M. Pascual, que, como hemos dicho en más de una ocasión desde estas columnas, ha abandonado la idea de DIOS y de PATRIA y reduce el carlismo a FUEROS y REY. Esa desviación del periódico, que se había mantenido carlista ortodoxo e integro hasta la primavera de 1965 le puede servir de pretexto a E. Romero y, por lo tanto, es perjudicial; pero carece de fundamento sólido, pues la ideología carlista no la puede modificar ni un diario, por mucha solera carlista que haya tenido, ni unos pactos, ni uno o más príncipes. Los principios carlistas son por propia naturaleza inalterables y permanentes, al igual que los del Movimiento, con los que concuerdan y con los que se complementan.

 El autor de los «Sin rodeos» que comentamos y glosamos no solamente se ocupa de don Javier Borbón-Parma, sino también de don Juan de Borbón y Battemberg, de su hijo don Juan Carlos y del primo de éste don Alfonso Borbón y Dampierre. Son las posibilidades a la sucesión a la Jefatura del Estado.

 El comportamiento de don Juan, conde de Barcelona, lo encuentra «más moderado y menos bullicioso» que el de don Javier. En esto tenemos que confesar que coincidimos, si bien no por las mismas causas. Al parecer, Romero aplaude esa moderación y falta de bullicio. Para que un acontecimiento sea bullicioso se requiere que haya mucho PUEBLO, mucha gente, mucho ruido, mucho frenesí, mucho entusiasmo, mucho tumulto. ¿Puede producirse en torno a don Juan algún acontecimiento bullicioso? ¿Hay, políticamente hablando, en estos tiempos, algo más bullicioso que el entusiasmo que extasía en la romería-concentración de Montejurra? ¿Se imagina el señor Romero algo tan bullicioso como la concentración voluntaria de requetés en la plaza del Castillo de Pamplona, en aquel memorable y decisivo 19 de julio, ante el general Mola y por orden del propio don Javier y del condecorado don Manuel Fal Conde?

 Emilio Romero se lamenta de que haya dos organizaciones políticas que actúan dinásticamente, a pesar de que los partidos políticos están prohibidos. ¿Es que no recuerda que la Comunión Tradicionalista no es un partido político, aun cuando algunas veces tenga que actuar como tal para contrarrestar la acción de los partidos políticos ilegales, pero camuflados? ¿Es que no sabe que los requetés no están suprimidos, sino que tienen una existencia legal en el régimen? No tiene existencia legal, en cambio, ninguna organización política que defienda la ideología y dinastía liberal. Hace dos comparaciones entre términos heterogéneos.

 Nosotros estimamos que el artículo de E. Romero es un atentado a las esencias de la Monarquía Tradicional que instituyen nuestros Principios del Movimiento. Desfigura los hechos lejanos y los próximos. Los ve y los presenta como una lente, unas veces cóncava y otras convexa, según sean sus conveniencias. Los españoles del 18 de Julio tenemos buena visión y repudiamos cristales deformados como los que sirven de recreo en algunas garitas de ferias.

 Encuentra una actitud «más juiciosa» la de los príncipes don Juan Carlos y don Alfonso Borbón Dampierre. Ignoramos qué entenderá por«actitud juiciosa», si bien sospechamos que nos quiere hacer comulgar con ruedas de molino, máxime teniendo en cuenta una entrevista con uno de los últimamente citados Príncipes, que han reproducido algunos diarios españoles.

 Señor Romero: No confunda a los que impusieron la bandera bicolor, el ¡Viva España! y la llamada «Marcha real» para recuperar la Patria perdida y la libertad de la Iglesia, en un permanente y próximo —aunque a usted le parezca lejano— y que pactaron con el Ejército y posteriormente con la Falange, con aquellos otros que se mantuvieron al margen y que hoy desean aprovecharse del esfuerzo, vida y patrimonio que entregaron, sin exigir nada, al grito de DIOS, PATRIA y REY, y cuyo Himno —el Oriamendi— es todavía símbolo del Movimiento, del cual usted percibe su retribución. Le insisto en que no le faltarán sorpresas políticas.

 ¿En nombre de qué PUEBLO escribe usted, señor director de «PUEBLO»?

 Roberto G. Bayod Pallarés


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968