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miércoles, 25 de febrero de 2026

Blas Piñar contra la Constitución (2)

 

 BLAS PIÑAR EN BARCELONA

(…) Hoy, amigos de Cataluña, el proceso que analizamos toca a su fin. Unas Cortes elegidas para hacer una simple reforma han elaborado sin poderes una Constitución, quebrantando así el principio de seguridad jurídica que el proyecto constitucional establece en su artículo 9.

 Todo el proceso reformista encubre, como ha escrito el profesor Eustaquio Galán, una usurpación de poder, un golpe de Estado y, en última instancia, añado yo, un golpe de muerte al Estado mismo.

 La falacia del proceso se pone de relieve si se observa cómo, adelantándose a la elaboración del proyecto y, por tanto, a la consulta popular, temas estrictamente constitucionales, como las autonomías, las banderas de las comunidades autónomas y la mayoría de edad (véanse los artículos 143 y siguientes: 4 punto 2 y 12) han sido reconocidos por Real Decreto Ley. Y yo pregunto: ¿Para qué la inquietud y el despilfarro de la propaganda del “Sí”? ¿Acaso -siempre, claro es, con la vestidura de la democracia- no hubiera sido más sencillo, más rápido y más barato, promulgar en referéndum la Constitución aprobada por los partidos del consenso?

 Hay muchas razones para decir que “no” al proyecto constitucional. La abstención, a mi juicio, no es lícita. No sirve para nada. Como no sirvió para nada útil en las Cortes que se pronunciaron sobre la reforma política, liquidando el franquismo. La abstención es fruto de la pereza, del desprecio o de la soberbia, y en cualquier caso, supone una renuncia a luchar con la única arma que tenemos -el voto- por endeble que el arma sea. Y no olvidemos que Dios ayuda a los que se disponen a la pelea y, por eso mismo, ya imploran humildemente su ayuda.

 ¿Cuáles son las razones que nos obligan a decir “no” al proyecto constitucional?

Unas son de carácter religioso y moral.

Otras nacen del patriotismo.

Todas, del supremo valor de la justicia.

 I. Afirmaciones de principio que se oponen al concepto cristiano de la vida pública

 Artículo 1, punto 2: “La soberanía reside en el pueblo”

 Artículo 117, punto 1: “La justicia emana del pueblo”

 Pues bien, ni la soberanía reside, ni la justicia emana, del pueblo. La soberanía, la justicia, la autoridad y el poder residen y emanan, como de su fuente natural y material, de Dios.

 “Me ha sido dado todo el poder en el cielo y de la tierra”.

 “Toda autoridad viene de Dios”

 “Tienes autoridad para entregarme a la muerte o para libertarme, porque te ha sido dada de arriba”.

 Hay, pues, un orden trascendente que la Constitución desconoce. La mayoría no puede ni desconocer ni abrogar ese orden superior, que define por encima de ella lo que es verdadero y falso; justo e injusto; bueno y malo. La ley no obliga porque lo acuerde la mayoría o porque lo promulgue el Príncipe. La ley obliga moralmente en la medida en que sea una norma de razón y tenga sus raíces en el derecho natural, que es, en suma, ordenamiento divino.

 Una ley, acordada por unanimidad, que legalice el aborto, la comuna sexual o la esterilización, o que arrebate a los hijos del hogar paterno, no será más que una imposición arbitraria degradante e inhumana, por más que un código asegure que la soberanía reside y la justicia emana del pueblo.

 Ahora bien, sentado este principio y negado el orden superior trascendente y hasta racional, es lógico que el proyecto, en su artículo 16, establezca que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Es decir, que el Estado no tiene confesión religiosa. No niega a Dios, pero le desconoce. Para el Estado todas las religiones son iguales y hasta las ideologías antirreligiosas.

 Es verdad que conforme a dicho precepto: “Los poderes públicos mantendrán… relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.

 Ahora bien, como no hay un reconocimiento explícito de la soberanía espiritual de la Iglesia católica y de su independencia del Estado, es lógico presumir, dentro de la mecánica interpretativa de la Constitución, que el Estado laico, para establecer relaciones de cooperación con la Iglesia Católica, puede exigir que la misma, que humanamente hablando es una Asociación, se constituya legalmente como tal y se inscriba el Registro correspondiente, como preceptúa el artículo 22, con lo que el Estado no tendrá confesión, pero la Iglesia tendrá que someterse al Estado.

 Ahora bien, todo esto se halla en contradicción con el Magisterio de la Iglesia, con la doctrina del Concilio Vaticano II, y con el Derecho público cristiano.

 En efecto, conforme a la Constitución pastoral “Gaudium et spes”, la autonomía temporal (no) quiere decir que la realidad creada sea independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador” (36.1) y que “la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y, por tanto, pertenecen al orden previsto por Dios (74). “Por eso, la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (36) rechaza la infausta doctrina que intenta edificar la sociedad prescindiendo en absoluto de la Religión”.

 De otro lado, la Declaración “Dignitatis humanae”, que proclama el derecho civil a la libertad religiosa, demandando la inmunidad de coacción, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo”, admitiendo que “en atención a peculiares circunstancias de los pueblos se otorgue a una comunidad religiosa determinada un especial reconocimiento (6).

 ¿Y acaso la sociedad, la comunidad política española y el Estado que la representa, cumplirá, si el texto que se nos propone lograse aprobación, con ese deber moral, cuando carece de confesión, coloca a la única Iglesia de Cristo al mismo nivel que a las otras confesiones y edifica su propia construcción al margen del orden querido por Dios?

 Pero no olviden los que han aprobado o aprueben el texto puesto constitucional que “Si el señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen” (Salmo 126).

 Precisamente por la marginación de lo divino, no sólo nominalmente, sino real y esencialmente, el proyecto constitucional conculca los principios cristianos y naturales sobre la familia, y naturalmente, la vida y la educación.

  II. Familia

 Artículo 39: “Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”

 Pero la familia nace del matrimonio y se perfecciona con los hijos.

 Pues bien, el artículo 32 dispone que “la ley regulará las causas de disolución del matrimonio”, o sea, lo que se ha llamado poligamia a plazos.

 Y al igualar el trato de la maternidad dentro y fuera del matrimonio, olvida que frente al tratamiento igualitario de los hijos matrimoniales o extramatrimoniales, que parece justo, los calificativos de legitimidad o ilegitimidad, con todas sus consecuencias legales, debieran recaer en los progenitores, porque el hombre y la mujer no tienen derecho al hijo, si el hijo no se concibe y nace en el santuario del matrimonio y del hogar.

 Los precedentes, despenalización del amancebamiento y del adulterio, no parece que protejan jurídica o socialmente a la familia.

 Vida

Artículo 15: “Todos tienen derecho a la vida”

 Ahora bien, si se prohíbe la pena de muerte, se deja en libertad al asesino para que me prive del derecho que se me acaba de reconocer.

 Y si no se establece que la vida comienza en el momento de la concepción, puede distinguirse entre el aborto, que sería un atentado contra la vida, a partir de los tres meses de la concepción, y la interrupción del embarazo antes de que transcurra dicho periodo de tiempo, totalmente lícito, porque hasta los tres meses no habría comenzado la vida personal del concebido.

 El precedente de la legalización de los anticonceptivos no augura la protección a la vida que tan enfáticamente se proclama.

 III. Enseñanza

 Artículo 27: “Se reconoce la libertad de enseñanza”

 Pero el artículo 20 reconoce la “libertad de cátedra”, que se opone, por su misma naturaleza, al “derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con su propias convicciones”.

 Se trata de una colisión de libertades, que en justicia solo podría resolverse a favor del derecho de los padres y nunca del profesor.

 Pero hay más: la libertad de enseñanza queda contradicha por el propio texto del artículo 27, que habla de:

1) Una programación general de la enseñanza;

2) una homologación del sistema educativo;

3) una ayuda en exclusiva a los centros docentes que reúnan los requisitos que la ley establezca.

 IV. Organización política

 El artículo 1 habla de un Estado social. Pero el artículo 6 dice que “sólo los partidos políticos… concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política”.

 El mundo del trabajo, por consiguiente, ni concurre ni participa, pues lo que importa no es tanto la clase social como la clase política.

 Este mundo del trabajo, según la Constitución, canaliza su actividad a través de sindicatos de trabajadores y asociaciones empresariales (artículo 7), reconociéndose a aquéllos (artículo 28) el derecho a la huelga, sin reciprocidad para los últimos.

 El llamado Estado social renuncia, pues, a la justicia en las relaciones laborales (artículo 37) (conflicto colectivo y negociación), inhibiéndose ante los intereses de los consumidores y de la economía nacional.

 El Estado democrático de derecho del que habla el artículo 1 de la Constitución es una mera proclama que contradice su contenido. Veámoslo:

 a) Poder Judicial

El artículo 122 dice que el Consejo del Poder Judicial se compondrá de 20 miembros, de los cuales 8 serán elegidos por las Cámaras y, por tanto, por los partidos políticos. De esta forma, el poder judicial pierde la independencia que debe tener en un Estado democrático de derecho.

 b) Empresa

El artículo 38 consagra la libertad de empresa, pero de acuerdo con las exigencias de su planificación, es decir, el plan primero y la empresa después. Por su parte, los artículos 128 y 129 preconizan la intervención de las empresas y las formas de participación en la misma. Por eso ha dicho el sr. Funes Robert que así, el marxismo, sin revolución ni trampa electoral, con la caída de la inversión privada, puede implantarse con observancia estricta de la legalidad.

 c) Información

Ha de ser veraz (artículo 20, 1.d). Pero los medios de comunicación del Estado quedan bajo control parlamentario, y con acceso sólo a los grupos sociales y políticos significativos (artículo 20.3) ¿Y qué se entiende por significativos?

 d) Servicio militar

Todos los españoles son iguales ante la ley, pero se admite un principio de desigualdad muy grave al acoger la objeción de conciencia al servicio militar.

 V. Unidad de España

 ¿Para qué insistir más en la contradicción y el absurdo de una nación de nacionalidades, tal como figura España el artículo 2ºde la Constitución?

 Con independencia de la cuadratura del círculo que establece dicho precepto, el examen de los artículos reguladores de las autonomías pone de relieve que al encomendar a los entes autonómicos funciones legislativas, judiciales y ejecutivas del más alto rango, la soberanía queda cercenada.

 La creación de gobiernos locales no augura nada bueno y la creciente presión tributaria para los nuevos organismos producirá un descontento creciente y un impacto doloroso en nuestra ya quebrantada economía.

 En última instancia, la división que el proyecto constitucional impone coincide con el método de la dialéctica marxista, ya que es más fácil la conquista a trozos que la conquista de frente y de la totalidad.

 No olvidemos que antifranquistas conocidos y de relieve, que no han abdicado de su condición de españoles, han atacado el artículo 2º de la Constitución. Sánchez Albornoz lo califica de “pecado contra natura” y Salvador de Madariaga ha escrito: “no hay más que una nación: ¡España!”.

 VI. Problema moral

 La Conferencia Episcopal Española, ratificando el criterio de la Comisión Permanente, ha pedido al cristiano que “la fe ilumine su voto”, ya que una Constitución sólo se justifica moralmente si se salvan moralmente los principios cristianos”.

 Pues bien,“Gaudium et spes” (43) quiere que “la ley divina quede grabada en la sociedad terrena”.

 Mons. Marcelo González (primado de España), y los obispos que se han sumado su Carta pastoral, no contradicen a los demás obispos, sino que completan valerosamente lo que han dicho sus hermanos en la plenitud del sacerdocio, y aclaran que esta Constitución no salva los principios cristianos en temas fundamentales, y que por ello el “No”, aun cuando se nos tache de intransigentes, es lícito.

 Don Marcelo y los obispos que son sumado a su Carta pastoral no han hecho otra cosa que seguir al pie de la letra las palabras de Juan Pablo II: “El miedo quita a veces el coraje civil a los hombres que viven en un clima de amenaza, de opresión o de persecución. Hay que tener valor y fortaleza para atravesar la barrera del miedo y dar testimonio de la verdad y de la justicia”.


Revista FUERZA NUEVAnº 627, 13-Ene-1979

 

lunes, 23 de febrero de 2026

Antecedentes de la descolonización del Sahara

 Artículo de 1970

 DECÍAMOS AYER

 Por Blas Piñar

 No puedo negar que la declaración del Gobierno sobre la interpretación que merece el acuerdo de Tremecén entre Argelia y Marruecos, me ha dejado en un clima de incertidumbre.

 A poco avezados que estemos a las maniobras de la política internacional ajena, parece de una evidencia arrolladora que los desplazamientos a Mauritania y a Washington de los ministros marroquíes del Interior y de Asuntos Exteriores dibujan el contorno de un acuerdo y de una información preventiva sobre lo que puede ocurrir -y Dios quiera que no ocurra- en la provincia española del Sahara.

 Que se pretende que nuestro país “descolonice” el Sahara, y que extiende la descolonización a Ceuta y Melilla, es algo inconcluso si se estudia la línea de pensamiento y de acción de quienes representan oficialmente a Marruecos y Argelia, y utilizan un lenguaje relativamente moderado, y la de quienes, sin la responsabilidad de los puestos oficiales, se manifiestan con un idioma preñado de palabras ofensivas para nuestro país.

 Si la memoria es clave para marcar una conducta, y si la forma más ecuánime de predecir el futuro consiste en conocer el pasado, no podrá sorprendernos que, no obstante la aparente inhibición oficial, partidas irregulares aspiren a penetrar y a sembrar el terror en la provincia del Sahara, como ya ocurrió (1957) en la que fue nuestra antigua provincia de Ifni.

 Como, además, el procedimiento seguido entonces tuvo un éxito claro, al respetarse por España la situación de hecho y el ceder más tarde –“retrocediendo”– la soberanía que ejercíamos en Ifni, no parece descabellado pensar -en el ejercicio de las predicciones- que el Istiqlal o el Consejo de la Revolución de Argelia, al margen, aunque con el silencio de los organismos responsables, emprenda incursiones militares en el territorio sahariano.

 El apoyo logístico de las incursiones tendrá, si llegan a producirse, una amplia demarcación territorial que envuelve a la provincia española, cuya base de aprovisionamiento habrá de ser forzosamente por vía aérea y marítima, a partir del archipiélago canario, en el que, como ya sabemos, se halla desde hace meses una flota pesquera de la URSS, cuya finalidad entendemos que abarcaría la de vigilancia e información a los países que descaradamente apoya, de cualquier movimiento de nuestras fuerzas.

 Nada de lo que ocurre ahora con relación al Sahara nos coge de sorpresa. Cuando se concedió la independencia, con el nombre de Guinea Ecuatorial, a las provincias de Fernando Poo y de Río Muni (1968), con procuradores en Cortes y consejeros nacionales, y cuando se “retrocedió” a Marruecos la soberanía sobre Ifni (1969), iniciábamos un camino difícil de contener. Lo que a algunos pudo parecer prudencia o habilidad, a nosotros nos pareció siempre abandonismo y, frente a los alegatos en defensa de la política de entreguismo fácil que asumía el Gobierno, tuvimos que utilizar, para bautizarla, una frase que creo retrata bien la retórica que se utilizó para encontrar la viabilidad: “triunfalismo liquidador”.

 Las debilidades en política no suelen perdonarse, y aquellos que se las prometían muy felices creyendo que las concesiones hechas amansarían la incitación reivindicatoria, no percibían que, con el método de la condescendencia, alimentaban la voracidad de los beneficiarios de la nueva “descolonización”. De aquí que podamos recordar ahora, con este “decíamos ayer”, cuanto en FUERZA NUEVA, primero, y en las Cortes, más tarde, con nuestra palabra, nuestra pluma y nuestro voto, hicimos patente al oponernos a la independencia de Guinea y a la “retrocesión de la soberanía en Ifni.

 La voluntad, que estimamos decidida, de nuestro Gobierno, de clausurar la etapa de los abandonos, no puede desconocer que la firmeza de nuestra postura exige un examen minucioso y atento de las líneas maestras de nuestra política internacional, y entre ellas las persistentes, ya marcadas por el Gabinete anterior, de apertura a los países del Este, que apoyarían, sin duda, las pretensiones del acuerdo de Tremecén con relación al Sahara, a Ceuta y a Melilla, y la de amistad incondicional con las naciones árabes, que hasta la fecha ha mermado una libertad de movimientos que España precisa para defender su honor y sus intereses.

 Dentro de esta voluntad firme del Gobierno español, constituye, a nuestro juicio, un punto débil, admitir la necesidad de un referéndum entre la población saharaui, toda vez que el plebiscito -como consta oficialmente en la ONU- ya tuvo lugar, con el resultado de una mayoría casi unánime a favor de España. Poner en tela de juicio la validez de dicha referéndum sería, a la vez, una ofensa los españoles del Sáhara y un reconocimiento de que al verificarse no se votó con libertad, sino bajo presiones inconfesables del Gobierno.

 La provincia del Sahara, que también tiene procuradores en Cortes y consejeros nacionales, que para ostentar dichos cargos han de ser españoles y jurar los Principios del Movimiento y las Leyes que integran nuestra Constitución, no puede ser objeto de transacciones en el mercado internacional. Si el Sahara es España, con España, que es algo más que el territorio peninsular, sus islas adyacentes, las Baleares y el archipiélago canario, no se puede jugar. El Sahara, como Ceuta y Melilla, no puede ser objeto de negociación o trueque. Si el Gobierno accediera a tratar de este asunto, por los temores que pueda suscitar en ciertos ámbitos un no tan rotundo como enérgico, cometería otro error. El país está necesitado de posturas y de gestos concordes con la línea política que forma la médula del Régimen. Desertar en este campo, como ya se ha desertado en otros, producirá una nueva caída del ánimo colectivo, de la esperanza sugestiva de continuar una empresa que nos fue presentada y ofrecida como de la más bella y prometedora factura.

 Una torpeza en este asunto realmente grave, que podría tener explicación bajo un Régimen distinto, sería inexcusable en éste, y más después de la amarga experiencia adquirida.

 Lo peor que puede ocurrirle a un pueblo es la pérdida de la ilusión para vivir como tal. Entonces se empereza y amilana o se autodestruye en la falta de concordia interior. Por esta razón, que es una entre tantas, decir que no, sin más complicaciones y con todos sus corolarios, a las absurdas reivindicaciones que pretenden despojarlos de la provincia del Sahara, y de las ciudades de Ceuta y Melilla, constituye una obligación moral y patriótica ineludible de cualquier Gobierno español que estime en algo su decoro y la historia de su patria.

 Lo que decíamos ayer, sin respuesta positiva, lo repetimos hoy, esperando, por fin, encontrarla.


 Revista FUERZA NUEVA, nº 180, 20-Jun-1970

 

sábado, 21 de febrero de 2026

“DERROTA MUNDIAL” -Orígenes ocultos de la Segunda Guerra Mundial.

 Artículo de 1967

  Libros que conviene leer 

“DERROTA MUNDIAL”

 -Orígenes ocultos de la Segunda Guerra Mundial.

-Desarrollo de la guerra.

-Consecuencias actuales de la guerra.

(De Salvador Borrego E.,17ª edición, Méjico, 1966.Registro número 18.438,  15 de mayo de 1954. Edit. en España: Queremón Editores, S. A. Narváez, 49, Madrid).

 ***

Advertencia de la editorial

 La tesis de este libro no plantea el nazismo como panacea política. El propio nazismo se privaba de toda posibilidad de exportación, pues al poner énfasis en la raza y en la tradición y al hacer a un lado el internacionalismo no podía ser imitado ni siquiera por quienes simpatizaban con él los cuales tenían que producir algo íntimamente propio, según ocurrió con la Falange Española, eminentemente nacionalista y católica.

 Además, el nazismo se acabó hace veinte años y no existe en ningún país del mundo.

 El objeto de este libro es evidenciar la forma en que el comunismo se ha desenvuelto en los últimos cien años. En tanto que el nazismo se acabó en 1945, el comunismo es un peligro ACTUAL (1967) y se proyecta aún más terrible para un futuro inmediato.

 La tesis del libro consiste en que el comunismo no es una ideología anhelada por las masas, sino una conjura que avanza en todo el mundo gracias a personajes públicos y secretos que le prestan ayuda de mil modos, incluso atacando cuanto se le opone en su camino, así sea el oponente un gobernante, la Iglesia, una ideología o un libro.

 Alemania en guerra tuvo una fase esencialmente anticomunista, y eso le ha granjeado enemigos persistentes que aún están produciendo películas contra los crímenes del nazismo, sepultado hace veinte años, en tanto que no hay UNA SOLA que hable de los crímenes ACTUALES y MAYORES del comunismo.

 La tesis de este libro tampoco es antisemita. ¿Qué es el antisemitismo? Es la condenación del judío sólo por tener sangre judía, es decir, un absurdo igual que ser antifrancés, antiespañol, antibritánico. («Debe discernirse claramente que una cosa es la lucha política contra el movimiento político judío y otra muy distinta es la hostilidad injusta contra el pueblo judío en masa, sólo por ser judío», del autor.)

 Este libro evidencia que en el génesis y en el ACTUAL AVANCE del comunismo hay un movimiento político de personajes judíos, y esto no es antisemitismo, sino UN HECHO. Estar en desacuerdo con ese movimiento político es discrepancia ideológica, no discriminación racial. ¿Acaso el anticomunismo es discriminación del pueblo ruso? ¿Acaso el antinazismo es necesariamente discriminación contra el pueblo alemán? ¿Acaso el antisegregacionismo es discriminación del hombre blanco?

 Una cosa es estar contra una actitud política y otra muy distinta es estar contra el espíritu de una raza. Con apoyo en lo segundo no puede erigirse un TABU para lo primero.

 Censurar a los ingleses que arrancaban cabelleras a los pieles rojas no es anglofobia; condenar a los caníbales no es discriminación racial del negro, y relatar la acción procomunista de un sector político hebreo tampoco puede ser antisemitismo. Decir lo contrario nos conduciría a afirmar que el Nuevo Testamento es antisemita porque identifica a los judíos que montaron el proceso, la pasión y la crucifixión de Jesucristo y que persiguieron a la naciente Iglesia católica, y PRECISAMENTE TAL SOFISMA es lo que ardientes enemigos de ella tratan ahora de inducir dándole a la palabra «antisemitismo» un alcance que no tiene.

 Es el ALCANCE ILIMITADO que el eminente israelita Joseph Duner confiere a ese término con las siguientes palabras:

«Para toda secta creyente en Cristo, Jesús es el símbolo de lo que es limpio, sagrado y digno de amar. Para los judíos, a partir del siglo IV, es el símbolo del antisemitismo.» («The Republic of Israel», pág. 10, edición de octubre de 1950.)

 Comentario de M. Diaz

 Las cinco primeras ediciones de «Derrota mundial» fueron rodeadas de un boicot de silencio, pese a los hechos gravísimos que revelaban y a que se agotaron en un tiempo récord, nada usual en libros mejicanos.

 La sexta edición —publicada en 1959—inquietó a los que temen a la verdad, y entonces recurrieron a la amenaza contra el autor y contra distribuidores y libreros. Hubo, además, críticas capciosas y se tachó a este libro de antisemitismo, cosa falsa. La raza judía y la religión israelita son respetadas aquí como cualesquiera otras, y lo que en «Derrota mundial» se exhibe es el avance de la conspiración marxista. Si los inventores de esta doctrina y sus principales propagadores son judíos y forman un grupo político internacional, decirlo no es «antisemitismo», sino hacer constar un hecho histórico.

 Al aparecer la 13.ª edición se reanudaron en varios países lasvmaniobras para obstruir o impedir totalmente su venta. Este libro habla con datos precisos y con testimonios. Quienes pretenden acallarlo con amenazas revelan que no pueden hacerlo con argumentos.

 En «Derrota mundial» se plantean y se resuelven graves interrogantes que afectan a la presente generación y a las que habrán de venir:

 ¿Es el comunismo una doctrina irresistible? ¿Es el supercapitalismo realmente el rival del comunismo? Si el Occidente es tan poderoso, ¿por qué el comunismo sigue avanzando?

 No existe ningún libro con tan variada documentación. Su lectura es esencial para todos los sectores de la sociedad. Por eso José Vasconcelos escribió en el prólogo que se trata de uno de los libros «más importantes que se hayan publicado en América» y que su difusión «es del más alto interés patriótico en todos los pueblos».

 Prólogo a la nueva edición

 La obra de Salvador Borrego E., que hoy alcanza otra edición, es una de las más importantes que se hayan publicado en América. Causa satisfacción que un mejicano de la nueva generación haya sido capaz de juzgar con tanto acierto los sucesos que conocemos bajo el nombre de la segunda guerra mundial.

 Colocados nosotros del lado de los enemigos del poderío alemán es natural que todas nuestras ideas se encuentren teñidas con el color de la propaganda aliada. Las guerras modernas se desarrollan tanto en el frente de combate como en las páginas de la imprenta. La propaganda es un arma poderosa, a veces decisiva para engañar a la opinión mundial. Ya desde la primera guerra europea se vio la audacia para mentir que pusieron en

práctica agencias y diarios que disfrutaban de reputación aparentemente intachables. La mentira, sin embargo, logró su objeto. Poblaciones enteras de naciones que debieron ser neutrales se vieron arrastradas a participar en el conflicto movidas por sentimientos fundados en informaciones que después se supo habían sido deliberadamente fabricadas por el bando que controlaba las comunicaciones mundiales.

 Y menos mal que necesidades geográficas o políticas nos hayan llevado a participar en conflictos que son ajenos a nuestro destino histórico; lo peor es que nos dejemos convencer por el engaño. Enhorabuena que hayamos tenido que afiliarnos con el bando que estaba más cerca de nosotros; lo malo es que haya sido tan numerosa, entre nosotros, la casta de los entusiastas de la mentira. Desventurado es el espectáculo que todavía siguen dando algunos «intelectuales» nuestros, cuando hablan de la defensa de la democracia, al mismo tiempo que no pueden borrar de sus frentes la marca infamante de haber servido a dictaduras vernáculas que hacen gala de burlar sistemáticamente el sufragio. Olvidemos a estos pseudo-revolucionarios, que no son otra cosa que logreros de una revolución que han contribuido a deshonrar y procuremos despejar el ánimo de aquellos que de buena fe se mantienen engañados.

 «Durante seis años, dice Borrego, el mundo creyó luchar por la bandera de libertad y democracia que los países aliados enarbolaron a nombre de Polonia. Pero al consumarse la victoria, países enteros, incluyendo Polonia misma, perdieron su soberanía bajo el conjuro inexplicable de una victoria cuyo desastre muy pocos alcanzaron a prever.»

 La primera edición del libro de Borrego se publicó hace dos años escasos, y en tan corto tiempo el curso de los sucesos ha confirmado sus predicciones, ha multiplicado los males que tan valientemente descubriera.

 Ya no es sólo Polonia; media docena de naciones europeas, que fueron otros tantos florones de la cultura cristiana occidental, se encuentran aplastadas por la bota soviética, se hallan en estado de «desintegración definitiva».

 Y el monstruo anti-cristiano sigue avanzando. Detrás de la sonrisa del judío Mendes-France —siempre victorioso, dicen sus secuaces—; detrás de esa enigmática sonrisa, seis millones de católicos del Vietnam, fruto precioso de un siglo de labor misionera francesa, han caído dentro de la órbita de esclavitud y de tortura que los marxistas dedican a las poblaciones cristianas.

 El caso contemporáneo tiene antecedentes en las invasiones asiáticas de Gengis-Kan, que esclavizaba naciones; tiene antecedentes en las conquistas de Solimán, que degollaba cristianos dentro de los templos mismos que habían levantado para su fe. El conflicto de la hora presente es otro de los momentos angustiosos y cruciales de la lucha perenne que tiene que librar el cristianismo para subsistir.

 En el libro de Borrego, penetrante y analítico, al mismo tiempo que iluminado y profético se revelan los pormenores de la conjura tremenda.

 La difusión del libro de Borrego es del más alto interés patriótico en todos los pueblos de habla española. Herederos nosotros de la epopeya de la Reconquista, que salvó el cristianismo de la invasión de los moros, y de la Contrarreforma encabezada por Felipe II, que salvó al catolicismo de la peligrosa conjuración de luteranos y calvinistas, nadie está más obligado que nosotros a desenmascarar a los hipócritas y a contener el avance de los perversos. La lucha ha de costarnos penalidades sin cuento. Ningún pueblo puede escapar en el día de hoy a las exigencias de la historia, que son de acción y de sacrificio.

 La comodidad es anhelo de siempre, jamás realizado. La lucha entre los hombres ha de seguir indefinida y periódicamente implacable, hasta en tanto se acerque el fin de los tiempos, según advierte la profecía.

 José Vasconcelos


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967

 

jueves, 19 de febrero de 2026

Judas en el Sanedrín y Tarancón en el Congreso

 Artículo de 1979

 Judas en el Sanedrín y Tarancón en el Congreso

 Consta por el Evangelio de San Mateo, capítulo 26, versículos 14-16, que Judas acudió a los príncipes de los sacerdotes para concertar con ellos el precio por la entrega del Maestro, y como el despacho oficial de aquellos príncipes era el Sanedrín, dicho lugar debió ser verosímilmente el sitio donde sostuvieron la entrevista.

 Consta igualmente, por la prueba elocuente de la televisión que, el 27-XII-78, el cardenal Tarancón estuvo en el Congreso, asistiendo al acto de la sanción oficial de la Constitución.

 La comparación entre ambos hechos históricos y las figuras de sus protagonistas suscita inexorablemente las siguientes reflexiones:

 Primera. Sobre las personas.

Judas era Apóstol de Cristo; Tarancón es sucesor de los Apóstoles. Judas fue elegido por Cristo para ser pilar, quicio o gozne de su Iglesia, es decir, cardenal según su significado etimológico. Tarancón también fue elegido cardenal según el Derecho Positivo Eclesiástico. En ambos concurre, por consiguiente, “en cierto sentido”, la condición de obispos y cardenales.

 Segunda. Sobre los organismos.

El Sanedrín era entre los judíos un órgano oficial que, aunque tenía como competencia específica una misión de carácter judicial, participaba también ampliamente de competencia normativa y administrativa. El Congreso y el Senado asumen entre los españoles ciertas funciones análogas, especialmente en el campo legislativo.

 Tercera. Sobre la actuación de ambos organismos.

El sumo sacerdote Caifás pronunció en sesión solemne del Sanedrín aquellas palabras lapidarias: “Conviene que uno muera por la salvación del pueblo”. Y de esta manera aquel órgano supremo, presunto representante del pueblo judío, condenó a muerte a Jesucristo. Nuestro Congreso ha sido algo más fino al elaborar la Constitución: no condena a muerte a Dios. Se limita a prescindir de Él, a legislar como si no existiera, y de esta manera, sin negarlo expresamente, construye un Estado, una sociedad y una familia sin Dios. Pero tanto el Sanedrín como el Congreso son deicidas, porque el primero ordenó la muerte de Dios en Cristo, y el segundo ordenó la muerte de Dios en el Estado, en la sociedad y en la familia.

 Cuarta. Sobre la intervención de los protagonistas.

Judas, con su intervención activa, favoreció los planes deicidas del Sanedrín, entregó a Cristo y recogió sus treinta monedas, el precio que se daba por un esclavo. El cardenal Tarancón, con su intervención pasiva de simple asistencia, favoreció los planes deicidas de las Cámaras Legislativas: con su presencia oficial y representativa sancionó una Constitución impía y atea.

 Tal vez crean nuestros conspicuos diputados y senadores que la Iglesia católica ha aprobado implícitamente la Constitución, al autorizarla con la presencia del presidente de la Conferencia Episcopal. Olvidan, sin embargo, que también Judas con su presencia en el Sanedrín autorizó la muerte de Cristo. 

Julián GIL DE SAGREDO


Revista FUERZA NUEVAnº627, 13-Ene-1979

 

martes, 17 de febrero de 2026

Contra la nueva y funesta colegialidad

 Artículo de 1970 

 MEDITACIÓN SOBRE EL PAPA

 (En el 50 aniversario de la ordenación sacerdotal de Pablo VI)

 En una de nuestros anteriores colaboraciones recordábamos las palabras proféticas del cardenal Bevilacqua: “El papa Montini está destinado a reinar en medio de los juicios contrastantes y la incomprensión de los contemporáneos”. Pero no sólo el papa Montini. Nadie está tan tremendamente sometido al juicio de la historia como un Papa, Vicario de Cristo en la tierra. Sobre él gravitan todas las fuerzas que agitan los movimientos de la cultura humana, para hundirle unas veces en el desprecio y la humillación, por parte de unos; para levantarle, otras, en la veneración y respeto sumos, por parte de otros. El Pontificado -por lo menos en la historia del occidente- es el pernio sobre el que se mueven los acontecimientos más “históricos”, quiero decir más humanos: religiosos, culturales y políticos.

 Desde que el edicto constantiniano, de principios del siglo IV, da libertad a la Iglesia de las catacumbas, el Papado cobra una significación definitiva en la historia del Occidente. Este Occidente cristiano que recoge la cultura clásica y la salva de las ruinas del Imperio romano, transmitiéndolo al medioevo. Que eleva al Pontificado a la gloria de los tiempos gregorianos. Que ocupa el centro mecenático de ese primer renacimiento espléndido del tiempo de Inocencio IV, coronado por las Universidades Escolásticas, por las figuras incomparables de los grandes maestros, y por el impulso auténticamente reformador de las Órdenes Mendicantes.

 Algo, sin embargo, se quebraba en aquel tardomedievo del siglo XIV, nominalista y conciliarista, que anuncia los desmoronamientos de los siglos XV y XVI. Y siempre la primera y fundamental razón la encontramos en un oscurecimiento del dogma básico eclesial sobre el primado romano. ElPapado está siempre ahí, en medio, discutido y defendido, vilipendiado y protegido, La revolución -¡que no “reforma”!- protestante, lo es principalmente porque el protestantismo (da igual luteranismo, calvinismo que anglicanismo) es la primera ofensiva en grande estilo para cambiar el centro religioso de gravitación del Occidente cristiano en una multitud periférica de puntos, de goznes enloquecidos.

 El Papado resiste. Y la contra-revolución-que no “contra-reforma”- católica erige de nuevo al Papado; y reúne en torno a él la pléyade de santos, de fundadores, de auténticos reformadores. La marea pasa dejando en pos de sí luengas tierras encharcadas. Y la luz de Cristo baña otras playas, llevadas por las carabelas de España. Finalmente, las revoluciones modernas toman, como uno de sus objetivos principales, el derrocamiento de la roca del Papa: galicanismo, iluminismo, revolución de la Bastilla. En 1870, el Vaticano Primero no sólo es la proclamación culminante de un dogma que destaca la posición única de base y punta del edificio jerárquico de la Iglesia; es también el anuncio escandaloso del principio de autoridad ante una época, el liberalismo revolucionario, que estaba minando los fundamentos de toda sociedad. No sería exagerado afirmar que la definición dogmática del Primado Romano retrasa en casi un siglo el triunfo de los movimientos nihilistas de la época.

 Y hoy ya, ¿qué significa el Papado a la historia contemporánea? En primer lugar, un lugar alto del espíritu hacia donde corren atemorizados los escasos valores humanos que aún están vivos: el sentido de la justicia, el derecho de gentes, la norma eterna de la moral natural. Porque, en una tierra dominada por el trust y por la Banca, y que sucumbe al epicureísmo más craso, hay alguien todavía que lanza el grito de la “Humanae vitae”, o de la “Pacem in Terris”; o se presenta audazmente en el ágora más impresionante de Nueva York, como la encarnación visible de la única posible “Política de Dios y Gobierno de Cristo”.

 No podemos darnos cuenta de esa fuerza inmanente y oculta que todavía representa para el mundo la situación del Papado católico. Y hasta hay momentos en que se piensa y se escribe con una absoluta falta de sentido histórico, que la influencia del Papado, en este mundo tecnológico y secularizado, no representa ya casi nada. El mundo inmaduro y niño del medioevo; el mundo adolescente y joven del renacimiento, podían mirar al Papado para protegerse con su tutela secular. Hoy nuestro mundo se considera adulto y orgulloso de su autonomía, reclama su herencia secular, y se va muy lejos de la casa del padre de familias.

 Pero hay más. Porque (“tercer punto” de nuestra meditación) ese mundo que se aleja de la colina vaticana: que quisiera perder de vista la cúpula escandalosa del Buonarotti, hoy es también una buena parte del mundo católico. Hoy los católicos vivimos bajo el signo de una “colegialidad” funesta. Esta, sin atreverse a una franca proclamación de galicanismo ochocentista, o de episcopalismo, está, de hecho, operando con una especie de obstinado “desgaste” y “deslustre” del Primado Romano, que obra como un líquido corrosivo sobre un metal precioso. El papado, con ello, está descendiendo vertiginosamente a ser una institución histórico humana, fruto de un juridicismo elaborado durante siglos por la tradición legalista romántica. En este caso, podrá ser, sí, una garantía externa de unión de todas las actividades eclesiales; pero, no ya, el “principio y fundamento” de que habla el Concilio Vaticano Primero.

 Un Primado “enervado” por una desconcertante colegialidad, es hoy naturalmente un “centralismo” molesto. Porque -en contra de todas las hipócritas afirmaciones- se le quiere pensar como un centro de coordinación de actividades, como una sala de recepciones, o-para decirlo con el Sínodo holandés-“el Papa, un presidente o secretario general de todas las iglesias”.Pierde, pues, el elemento de comunicación dinámica de la fuerza de comunión jerárquica. No es ya como una potente fuerza solar presente necesariamente en todas las manifestaciones térmicas de la Iglesia.

 Y con el declive “dogmático”, el Papado hoy sufre un tremendo declive “psicológico-afectivo”. Naturalmente no nos referimos a aquella sentimentalidad romántica que acompañaba al “Prisionero de Roma”, en la que hoy nadie puede ya pensar. Nos referimos a este clima de crítica a la persona del Papa que ha surgido como deporte de invierno para tantos teólogos sicofantes, para tantos periodistas católicos venales, para tantos laicos escritores de crónicas desaprensivas. ¿Cómo se ha podido llegar aquí? Nuestra meditación iría muy lejos... Pero una es la causa decisiva: ese declive dogmático incontenido hacia una colegialidad herética. Pueden, sí, existir otros factores temporales que aspan a la Iglesia de Dios, y aún a sus representantes supremos, con los estigmas de una temporalidad irreversible. Pero, diríamos, nadie hoy tiene perspectiva histórica suficiente para erigirse en juez de la historia contemporánea del Papado.

 Santo Padre, Pablo VI: en esta angustia que atraviesa tu corazón de padre, en el momento preciso de tu devotísimo cincuentenario, ungido sacerdote del Señor, estamos junto a ti; porque “donde está Pedro allí está la Iglesia”.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº178,6-Jun-1970