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domingo, 12 de abril de 2026

Intereses oscuros bajo guerras dinásticas


 La cuestión dinástica. (El caso de don Juan y de Laceu)

 Descendamos ya a las aplicaciones concretas a España y a la Comunión Tradicionalista, señalando dos casos, uno que se realizó y otro que se está realizando, y que entrambos se refieren a la misma cuestión dinástica.

 Para honor del linaje humano, no ha existido nunca en el mundo una cuestión puramente dinástica; es decir, que se redujese únicamente a la sustitución en el poder de familias y de personas.

 Siempre detrás de las luchas dinásticas han existido las políticas o de intereses y principios superiores, que las tomaron por fórmulas y enseñas.

 La contienda entre don Pedro I y don Enrique de Trastámara, más que problema de legitimidad, de origen, que estaba bien claro, lo fueron de dos políticas interiores y exteriores: una de la represión de la aristocracia feudal y de alianza con Inglaterra, y otra, contraria y de alianza con Francia.

 A la muerte de don Martín el Humano, en la lucha entre don Jaime el desdichado y don Fernando de Antequera, la que resolvió el Compromiso de Caspe, lo que estaba por encima de la ley de sucesión era la independencia de Cataluña y el apartamento de Castilla, o la tendencia a la unión personal de las coronas y de los Reinos que se verificó más tarde (Reyes Católicos).

 La guerra de sucesión entre Austrias y Borbones, más que por las dos Casas, se peleaba por el equilibrio europeo y por lograr o evitar el predominio de una de ellas.

 Antes de que estallase la cuestión dinástica en España, la que ocasionó las guerras civiles, ya existía la lucha entre los dos partidos y las dos banderas, lo mismo en las Cortes de Cádiz, cuando la Monarquía estaba ausente, que en los períodos de 1814 a 1820, y del 20 al 23, y desde esta fecha hasta la muerte de Fernando VII. La división honda, profunda, con dos programas, pero sin tener dos símbolos dinásticos, porque el litigio no había empezado, existía. Y cuando los símbolos existieron y se ensangrentaron los campos, el hacer prevalecer a una rama sobre la otra fue cosa secundaria y que obedecía a los principios que representaban, que era lo principal. La prueba la daba bien clara el Reino lusitano, donde la contienda entre don Miguel y doña María de la Gloria era combate de los principios, pues la diferencia de la legitimidad dinástica bien puede decirse que no existía.

 Por eso Balmes afirmó que si don Carlos María Isidro se hubiera declarado opuesto al tradicionalismo, ningún liberal hubiera puesto en duda su derecho, y si doña María Cristina y doña Isabel le hubiesen representado, los tradicionalistas y no los liberales estarían a su lado. El instinto y el sentido común subordinan los símbolos a las causas simbolizadas; los abanderados a las banderas, pues sin ellas no son nada.

 ¿Quién tiene el derecho de declarar el divorcio entre los dos y la ilegitimidad de ejercicio?

 Si la cuestión fuese opinable y puramente religiosa, y no se refiriese a los otros dos derechos, como sucedió algunas veces en la Edad Media, las constituciones de aquella época llevaban implícitas, y algunas veces explícitas, la apelación al Emperador, y de éste al Papa, o la directa al Pontífice. Hoy, desgraciadamente, la práctica constante de políticas secularizadoras en distinto grado, hacen innecesario el dictamen, pues es continua la oposición de la Iglesia con ellas, y la única cuestión está en los medios prácticos de evitarlas y de sustituir a los poderes que las defienden.

 Pero trátese de uno o de todos los tres derechos, los grandes doctores señalaron como condición para la resistencia, que no se haga por autoridad particular o privada, sino pública, considerando como tal a una parte considerable de la sociedad, o la manifestada por sus órganos principales; es decir, por los que representan la soberanía social.

 Si no existiese, ni aun mermada, en las Corporaciones y clases que la forman, sería inútil plantear el problema porque la tiranía habría arrasado todas las resistencias, y no quedaría, por lo tanto, medio alguno para ejercitarlas.

 Todo esto se refiere, naturalmente, al soberano de hecho que gobierna dentro de un pueblo, en contacto con él, y que tiene sometido a su potestad y a la de aquellos elementos que le auxilian y comparten, a todas las fuerzas rivales, e incluso a las más extrañas que pugnan por derrocarle.

 A un príncipe que no es soberano desposeído, y que vive extrañado del reino, y tiene enfrente de sí a todos los partidos que vienen dominando secularmente a su país, sólo por una especie de galantería doctrinal se le pueden aplicar los mismos conceptos que al monarca de hecho que gobierna su pueblo y que tiene relación directa y coacción eficaz para mantenerla con los gobernados.

 En realidad, no es más que un jefe de partido, mientras no logre convertirse en jefe de sus propios enemigos, y someter a los más contrarios como Rey, si no por amor, por la fuerza coactiva del mando.

 La declaración de ilegitimidad, y la consiguiente destitución que puede seguirla en el soberano de hecho, trae, desde luego, aparejada una revolución, cuyas consecuencias, para lograr el éxito y restaurar el derecho, es preciso calcular, a fin de que los resultados no sean contraproducentes. Pero cuando se trata de una jefatura política, aunque tenga la más alta representación genealógica y heráldica, la cuestión se simplifica, pues la ilegitimidad de ejercicio se reduce, en quien no gobierna de hecho, a la oposición con los principios, la conducta y el interés de su pueblo, representado en su partido.

 No se concibe la existencia de un jefe que dirija contra su propio parecer a sus parciales. Querer imponerles una política contraria a la que defienden y recabar el derecho exclusivo de fijar su conducta y de variarla, es transformarlo de agrupación de hombres libres en un instrumento ciego.

 La emancipación de tal jefatura será entonces la consecuencia inevitable, si el partido no renuncia al derecho a la vida.

 La Comunión Tradicionalista se encontró un día en ese caso y reaccionó vigorosamente, salvándose. Don Juan de Borbón y de Braganza, que a la sazón era su jefe, mal aconsejado por su secretario Enrique Laceu, escribió desde el extranjero un manifiesto, fechado en Londres en septiembre de 1860, inclinándose francamente a la política liberal y afirmando «que sería injusto negarle la facultad de apreciar en su verdadero valor el siglo en que vivimos». Recababa para sí el derecho de imponer una política y una conducta a su partido. 

JUAN VAZQUEZ MELLA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968

 

viernes, 10 de abril de 2026

Hipocresía democristiana sobre el aborto constitucional

Artículo de 1979

 LLEGÓ LA BATALLA

 El diario “Ya” ha denunciado la existencia de un proyecto de ley para legalizar el aborto. El Gobierno Suárez se ha apresurado a desmentirlo. “Ya” emplaza a los partidos políticos para que se definan en la materia y convoca a los católicos para que no den su voto a los abortistas. Pero olvida algo muy importante que nosotros advertimos en nuestra campaña contra la aprobación del proyecto constitucional que “Ya” defendía: si hoy (1979) hay que convocar a los católicos a luchar contra la legalización del aborto es, simplemente, porque la Constitución lo hace posible

O, lo que es lo mismo, si el aborto se legaliza, la Constitución es culpable. Como culpables son los que con su voto ayudaron a aprobarla. En un referéndum no se puede votar “juxta modum”, como en una reunión eclesial. Hay que decir “sí” o “no”, y para votar “sí” un ciudadano tiene que estar convencido de que con esa Constitución no se abre la posibilidad de que sean establecidas leyes que vayan contra principios irrenunciables de sus creencias.

 Esta tesis es la que sostuvimos nosotros, y a esta tesis se oponía “Ya” y los que como “Ya” pensaban dejando para más tarde, para cuando no tuviera remedio, dar la batalla en defensa de principios como la defensa de la vida, que en la Constitución deberían haber quedado bien claros. Es inadmisible que quienes propugnaron el sí a la Constitución vengan ahora diciendo, como hace “Ya”, que “las ambigüedades que contenía no justificaban por sí solas el rechazo, pero que habrían de ser aclaradas inequívocamente a la hora de las leyes que aplicaría la Constitución”. ¿Por qué la “aclaración inequívoca” había de hacerse luego en leyes de rango inferior y, por tanto, mudables, en vez de antes, en el texto básico que configura una Constitución?

 Nosotros no lo entendemos y nos gustaría que “Ya” lo explicara. Entendemos perfectamente que un partido político que ha surgido y vivido del pacto y el cambalache, como UCD, o que se ha plegado a las exigencias del “consenso” como Alianza Popular, se tragara el sapo, en el toma y daca que exigía el acuerdo sobre el texto constitucional, quizá porque les interesaba más eliminar la ambigüedad en otros apartados que en el de la defensa de los niños que todavía no han salido del seno materno. Pero no lo entendemos, repetimos, en un periódico que pretende representar el pensamiento católico y no tiene, por tanto, por qué subordinar principios cristianos innegociables a las conveniencias políticas.

 DIOS POR MAYORÍA DE VOTOS

 La aceptación de las ambigüedades en el texto constitucional, sin más objetivo que conseguir que ese texto fuera aprobado por la mayoría de los partidos políticos, en función, precisamente, de sus ambigüedades, actualiza la censura que del sistema democrático, en su versión partitocrática, hacia José Antonio, cuando observaba que en cada elección, por una diferencia entre las papeletas de cada signo, los españoles íbamos a saber si creíamos o no creíamos en Dios, si España era o no una nación, si íbamos a tener o no la libertad de educar a nuestros hijos de acuerdo con nuestra conciencia, o si íbamos a poder o no seguir siendo hombres libres.

 Todos estos puntos con los que hoy actualizamos el pensamiento de José Antonio, han quedado lo suficientemente ambiguos en el texto constitucional para que las leyes que deben aclararlo lo hagan no en la forma que a “Ya”, le gustaría sino en la forma que le parezca bien al partido ganador, que puede ser uno abortista, anticristiano, separatista, marxista, o  todo a la vez. Contra eso precisamente debemos luchar, objetará “Ya”, y unirnos todos los católicos. A lo que replicamos: ¿Y por qué no hemos luchado antes, cuando podíamos con nuestro voto evitar una Constitución en cuyo marco fuera posible ese asalto intolerable a nuestras conciencias?

 Cierta vez que, a Sagasta, le hablaban de la responsabilidad ante la historia, repuso: “Ahí me las den todas”. No creemos que los redactores del “Ya” pensaran nada parecido cuando, para lograr el voto afirmativo a la Constitución, dejaban para más adelante (para la Historia) la aclaración de sus graves ambigüedades. En cualquier caso, la Historia está llamando ya a la puerta con ese proyecto abortista y volverá a llamar cada mañana o cada mes o cada cuatro años, con arreglo a la ideología o a los compromisos del partido en el poder. ¿O es que “Ya” conoce por inspiración angélica que los partidos abortistas no van a obtener nunca la mayoría en España? Si algún día ocurre, y el aborto se legaliza en el marco de una Constitución que “Ya” ayudó con todas sus fuerzas a aprobar, a cuantos asumen la línea ideológica de “Ya” no les quedará más que llorar como mujeres lo que no supieron defender como católicos. 

R. I.

Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979

 

miércoles, 8 de abril de 2026

El 18 de Julio y Europa

 Artículo de 1970

 

El 18 de Julio y Europa

 ¿Qué es eso de “estar” a la altura de los tiempos? ¿No será más viril, más digno, más europeo levantar los tiempos a una altura digna, viril, europea? Me hago estas preguntas ante una corriente que circula por cenáculos, simposios, diálogos abiertos, cátedras pedantes, ateneos de voz impostada e incluso callejas y pasillos de menor nivel.

 Parece que el hecho de que, circunstancialmente y coyunturalmente, España se asome con un traje decoroso a las solemnes asambleas europeas nos obligará a conservar el traje y simultáneamente a cambiar el contenido de ese traje. A conservar ese traje pero metiendo dentro de él algo que acaso ya no sea España. Dicho ya claramente: ¿Por qué para asomarnos a Europa hemos de prescindir de la más puras esencias ideológicas que hicieron posible estos treinta años de paz y de progreso?

 Y conviene decir que cuando Europa era una entidad exigente y constructora, Europa señalaba el nivel de vida de los tiempos y, cuando la misma Europa se distendió y, volviendo la historia por pasiva, se cambió de sujeto en predicado, se despeñó por la barranca para descender a “la altura de los tiempos”. Europa ha sido -mientras ha sido- un nivel de cultura. Y el nivel de una cultura no se señala por los logros adquiridos sino por las metas que esa cultura se propuso alcanzar.

 Y alcanzar las metas que Europa se propuso desde los dorios y el ágora de Atenas hasta Augusto y desde Augusto hasta Carlomagno y desde Aquisgrán hasta El Escorial, exige una tensión asombrosa, una imaginación fecunda y una mentalidad clara y excelsa. En aquella Europa tensada, creadora, exigente, en aquella Europa que ascendía gloriosamente hacia sus metas históricas, estaba con sus particularismos y, por derecho propio, España. ¿Y por qué España, en 1970, no va a poder presentarse con sus actuales particularismos?

 Después de Westfalia, Europa se hizo a su aire, a un aire de abandonismo y de distensión. España, desangrada si no vencida, replegó sus banderas y retiró sus Tercios de la Pomerania y de Viena, de Nordlingen y las Siete Provincias. España quedó orillada y, tras los sucesivos Pactos de Familia y tras los sucesivos mordiscos a su entidad histórica por un vía crucis sombrío, llegó al 18 de Julio.

 Allí está la Falange que, al fin, definida en una sola palabra no era sino servicio. Aquello mismo que había dicho Íñigo de Loyola, capitán del César, cuando España defendía a la desesperada los cánones de Trento: “El hombre es creado para servir”. Europa lanzó su “Non serviam”, no serviré y se hizo a su aire. Y se hizo en burguesía y en confort, se hizo en las añadiduras, en la comodidad y el “laissez faire”.

Por supuesto, inventó la máquina de vapor y la electricidad y, por supuesto, al perder la exigencia y el rigor, se secó en su alma fáustica, romana, germánica y cristiana.

 Un día, los “sans-coulottes” rompieron a golpes de guillotina toda la cursilería empalagosa de Europa. Otro día, los cañones tronaron en Sedán. Otro día, Europa comenzó a desangrarse en torno al Rhin. Otro día, comenzando por Polonia, se fue rompiendo en toda su geografía…

 Ahora, Europa está ahí y España está aquí. Ahí está lo que queda de Europa: el confort, la comodidad, la blandura, el abandono del servicio, la rotura de los vínculos familiares y la exaltación del interés, la conquista de la técnica y la materialización del hombre. Y en ese trance, España tiene un traje presentable para entrar en los salones de Europa. Algunos pretenden que ese traje se “mejore” pero que, dentro, no vaya la España del 18 de Julio, sino algo que esté a la “altura de los tiempos”.

 Lo que va dentro del traje “todavía”, es la exigencia del servicio, la tensión auténticamente europea de crear la norma, el rigor, el servicio y la fidelidad a unos ideales. Todo lo que hizo el nivel cultural de Europa, todo lo que Europa fue perdiendo por trochas, veredas y atajos. Todo lo que el espíritu joven y europeo de la Falange aportó a la España ruin, decadente, dividida, zaragatera y triste de 1936.

 Se quiere presentar a España con un traje “decoroso” pero se quiere presentar un traje vacío, deshabitado, hueco. Se quiere que ponerse a la “altura de los tiempos” sea algo como hacer andar a una mortaja. 

Xavier DOMÍNGUEZ MARROQUÍN


 Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970

 

lunes, 6 de abril de 2026

¿Puede un católico ser demócrata?

 Artículo de 1979

Al Papa Juan Pablo II

 ¿PUEDE UN CATÓLICO SER DEMÓCRATA?

 Después de leer las cartas de Monseñor Enrique y Tarancón, nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, quedan como nubladas, oscurecidas y conturbadas.

 Santo Padre:

 El Concilio Vaticano II, que a todos los fieles nos compromete y obliga, propone: “Los obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios, prediquen juntamente con su sacerdotes el mensaje de Cristo, de tal manera que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del Evangelio… Capacítense con insistente afán para participar en el diálogo que hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier opinión” (GS, 43).

 Pero también afirma este mismo Concilio: “Cristo, Profeta grande, que por el testimonio de su vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes, por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra (Cf, Act 2, 17-18, Apoc. 19,10), para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana familiar y social” (LG,23).

 El cardenal Tarancón, contrario al Magisterio de la Iglesia

 Pues bien, muchos católicos de Madrid y de España, cuando queremos cumplir nuestra misión profética, nos encontramos con que nuestro sentido de la fe está en pugna con lo que enseña el cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española. Monseñor Tarancón, en sus ambiguas y a veces contradictorias “cartas cristianas”. Nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, después de leer las “cartas cristianas” que publican profusamente los periódicos, quedan como anubladas, oscurecidas y conturbadas, en gran parte porque esas “cartas”, lejos de esta inspiradas por el Evangelio, están inspiradas por razones y motivos de “humana sabiduría” y versan sobre materias políticas opinables. Pero no sólo quedamos desorientados y perplejos porque, a menudo, esas “cartas cristianas” se oponen a nuestro “sentido de la fe”, sino porque se oponen a la doctrina tradicional de la Iglesia y a muchos textos explícitos del Concilio Vaticano II.

 Ignoramos si el cardenal Tarancón comulga con Juan Pablo II

 Los católicos sabemos, sí, que, como enseña el mismo Concilio (LG,25), “los obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, tienen obligación de aceptar y adherirse, con religiosa sumisión del espíritu al parecer de su obispo en materias de fe y de costumbres cuando él las expone en nombre de Cristo”. Pero sucede muchas veces que el cardenal Tarancón, en sus “cartas”, no está en comunión con el Romano Pontífice Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII ni, por supuesto, con el Concilio Vaticano II. Y, por otra parte, ni sabemos si está en plena comunión con Vuestra Santidad, porque Vuestra Santidad no se ha pronunciado sobre los temas que el cardenal aborda, innovando y contradiciendo la doctrina común en la Iglesia anterior al Vaticano II.

 Por lo demás, tampoco nos es fácil a los fieles católicos discernir en esas “cartas cristianas” lo que son propiamente materias de fe y costumbres y materias políticas, en aquello en que la política es ajena al contenido de la fe y de la moral y, por tanto, cuestión opinable, en la que haría mal el cardenal Tarancón en usar su oficio pastoral para inclinarnos en favor de un partido político, según aquello que acordó el Sínodo de los obispos de 1971 que, referido a los presbíteros vale “a fortiori” para los prelados: “Hay que procurar que su opción no aparezca ante los cristianos como la única legítima o que se convierta en motivo de división entre los fieles” (AAS,1971, pág.913).

 Yo no tengo derechos humanos en la Iglesia

 Como sabe Su Santidad, la Iglesia, que tanto se preocupa hoy por definir y promover los derechos humanos civiles, no se preocupa bastante, si es que se preocupa algo, por definir y legalizar canónicamente los derechos humanos eclesiales. Por eso, yo no tengo derecho en la Iglesia -por más que sea católico y publicista militante- a que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe examine y dictamine si las “cartas cristianas” del cardenal Tarancón están en comunión con la doctrina tradicional de la Iglesia que, sin duda, profesa y debe profesar también Su Santidad.

 Y como la Iglesia todavía no respeta mi derecho humano a que se examine y se sentencie de oficio la conformidad de la doctrina del cardenal Tarancón -que rara vez aduce en sus “cartas” texto de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia- con la doctrina ortodoxa católica, sólo puedo y me atrevo a dirigirme públicamente a Su Santidad -porque las cartas que se le envían a través de la Secretaría de Estado no obtienen respuesta-, para pedirle la gracia de que “confirme a sus hermanos en la fe” (Lc.22,32), señalando lo que de sana  doctrina o de doctrina desviada o heterodoxa pueda haber en el magisterio del cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Iglesia española.

 Obrar “con espíritu democrático” no cristiano

 Una espécimen de la doctrina de nuestro cardenal podría ser este: “Es necesario, pues, que los que tienen una concepción espiritualista de la vida -auténticamente humanista que reconoce las distintas dimensiones del hombre y afirma su trascendencia- se apresten para intervenir inteligente y eficazmente en esta época pos- constitucional. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la política tiene su propias leyes y que la democracia encierra unas exigencias esenciales. Habrán de aprestarse, pues, para actuar con criterios y procedimientos políticos y con verdadero espíritu democrático” (“ABC, 23-XII-76).

 Como puede advertir Su Santidad, esta es una sentencia o un criterio estrictamente maquiavélico o laicista. A los católicos, aquí, se nos inculca no que no actuemos con criterios morales en la política y que nos comportemos con “verdadero espíritu cristiano”, sino que hagamos la política lo mismo que la hacen los paganos.

 No hay verdadera autonomía de lo político

 En esta materia, el cardenal Tarancón interpreta mal el Concilio Vaticano II cuando habla de la “autonomía de las cosas terrenas” y olvida el pronunciamiento tradicional de la Iglesia expresado en estas palabras del Vaticano II: “Pero si con las palabra “autonomía de las cosas terrenas” se entiende que las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede usar de ellas de tal manera que no las vincula (“referat”) al Creador, nadie que reconozca a Dios deja de sentir cuán falsa es tal sentencia” (GS,36). 

Si las palabras del cardenal Tarancón aquí pueden y deben entenderse como maquiavelistas, laicistas, secularistas, el Vaticano II no ofrece dudas: “Una cosa cierta hay para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva… responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo” (GS,34). Esta sentencia no ha querido tenerla en cuenta ni el cardenal Tarancón ni la mayoría de los obispos españoles al recordarnos a los católicos cuál habría de ser nuestra actitud ante la promulgación de la reciente Constitución española, que ni orienta a Dios la actividad humana ni le reconoce como creador de todo, cosa que deberíamos haber confesado los católicos españoles en nuestra Constitución, puesto que reunimos a la mayoría de los votos de la Nación.

 El cardenal Tarancón toma el partido democrático

 Otra muestra también reciente y singular de la falta de congruencia entre la doctrina tradicional católica y la doctrina expuesta por el cardenal Tarancón queda patente en estas palabras de él: “Es necesario afirmar rotundamente: 1. Que la democracia no está en contra de ninguna verdad de la fe cristiana. La “soberanía del pueblo” en el plano político -principio fundamental de la democracia- no va en contra de que “toda autoridad viene de Dios”… 2. “Pío XII hizo el gran elogio de la democracia (“Ya”, 6-I-79)”. El cardenal Tarancón no explica por qué la Iglesia en Italia excomulga a las personas que coadyuvan a la consumación de un aborto provocado, siendo así que la Ley del aborto ha sido allí promulgada “con” espíritu democrático y con todo rigor democrático.

 La democracia es contraria a la verdad primordial del cristianismo

 El cardenal Tarancón, con esas palabras, favorece y sacraliza a cierto modo a la democracia, a pesar de que la democracia, real o prácticamente, es contraria a la verdad fundamental del cristianismo. Yo tengo por verdad fundamental o primordial del cristianismo la de que Dios existe, pero un dios revelante y legislador cuyas verdades y cuyas leyes debe acatar el hombre que quiera ser verdaderamente libre y feliz. La democracia (sea liberalista, sea socialista) opera como si no existiese ese Dios legislador. No pueden ser más contrarias una actitud como la cristiana (que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de Dios) y la democrática, que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de los hombres, desentendiéndose de la voluntad de Dios.

 Sólo es admisible la democracia que respeta la Ley de Dios

 Por eso, el Vaticano II, concorde con la doctrina tradicional de la Iglesia, enseña contra el cardenal Tarancón: “Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana y, por lo mismo, pertenecen al orden predefinido por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en el de las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral” (GS,74). 

Y cuando el Concilio enseña que es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan estructuras jurídico políticas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin discriminación alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y activamente en el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la comunidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la fijación de los campos de acción y de los límites las diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes (GS,75), el mismo Concilio nos remite a los discursos del Papa Pio XII, como el radiomensaje navideño de 1944, donde se hace patente que para la Iglesia no es buena cualquier democracia sino la “sana democracia”, la que se basa en el sufragio universal, sino en la Ley de Dios, en el ordine assoluto”, como dice Pío XII, el “ordo moralis” de que habla el Concilio. Pío XII, lejos de hacer el gran elogio de la democracia, hizo patentes sus sagradas reservas a ella. 

Y, por lo que toca a Pablo VI, podemos recordar la “Octogesima Adveniens”.

 La democracia común es contrario al catolicismo

 La democracia tiene por fundamento explícito o implícito, ya la ideología liberalista, ya la ideología marxista: es así que en la Octogesima Adveniens” (como en los documentos pontificios del siglo XIX y XX) se establece que la ideología liberalista y la ideología marxista son contrarias e incompatibles con el catolicismo: luego la democracia es contraria al catolicismo e incompatible con él. Las dos premisas de este silogismo son tan evidentes que no necesitan demostración; lo único que necesitan es que Su Santidad se pronuncie inequívocamente sobre una materia tan grave como ésta, la que nuestro cardenal Tarancón ha tomado un partido y, además, desviado.

 Eulogio RAMÍREZ

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979

 

 

sábado, 4 de abril de 2026

Por la sotana contra el traje clergyman

 Artículo de 1968

 ¿SOTANA O CLERGYMAN?

 Por P. CATALAN

 Voy a tocar un tema candente. El que se refiere al permiso de no usar hábito talar o sotana, concedido por algunos obispos a los sacerdotes de sus diócesis. Y lo hago sabiendo que me hago antipático a no pocos eclesiásticos y jerarcas. Pero lo hago para procurar evitar el abuso, que está cundiendo, de ese permiso concedido. No hablaré por mi cuenta; hablarán los documentos que comentaré.

 La Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal española del 13 de julio de 1966, tomó los siguientes acuerdos sobre el hábito eclesiástico.

 1. ° La sotana o traje talar es el hábil o normal, como hasta ahora, de los sacerdotes españoles, que, aun en las regiones en que se introduzca el uso permitido del traje eclesiástico no talar, deberán obligatoriamente usar todos dentro y fuera de los templos, en las celebraciones litúrgicas y en el ejercicio del sagrado ministerio y en aquellos casos y circunstancias que determine el respectivo prelado diocesano.»

 Por consiguiente, en toda España la sotana o traje talar es el hábito normal de los sacerdotes. No dice que será sustituido por el no talar, sino que continuará siendo el hábito eclesiástico de los sacerdotes como hasta ahora. Nunca en España había estado en uso otro traje, aunque lo estuviera en otras naciones, con permiso de la Santa Sede, por razones especiales que no existieron ni existen en España, salvo en los días de persecución. Por esto, el Episcopado español, de acuerdo con el canon 136, que dice que «los clérigos deben vestir traje eclesiástico decente, según las legítimas costumbres de los lugares y las prescripciones de los obispos», ha ordenado que en España, por ser costumbre legítima e inmemorial, los sacerdotes vistan traje talar o sotana. Y al decir sacerdotes españoles, incluye a todos los sacerdotes, sean diocesanos, sean religiosos, sin excepción.

 Este acuerdo obliga a todos los sacerdotes, aun aquellos de las diócesis en que se permita el uso del traje no talar.

 ¿Cuándo? Lo dice taxativamente el acuerdo: dentro y fuera del templo, y obligatoriamente. Y nótese que, después de templo, hay coma para advertir que no debe entenderse en sólo las celebraciones litúrgicas.

 Por desgracia y con escándalo de los fieles y en desprestigio de la dignidad sacerdotal, en no pocas diócesis continuamente se viste el clergyman, incluso dentro del templo, en la celebración de la santa misa, en la administración de los sacramento y el desempeño del ministerio sagrado, a ciencia y paciencia de sus obispos. ¿Es que ya es impotente la autoridad eclesiástica para cortar y castigar estos abusos?

 2. ° La segunda norma dice que «cuando lo aconsejen motivos razonables sean autorizados los sacerdotes para que, en la diócesis y fuera de ella y en el curso de la vida civil, puedan usar decorosamente el llamado clergyman».

 Según esta norma, para ser autorizado a usar el clergyman, débense tener motivos razonables, verdaderos, objetivos, y no subjetivos, falsos o puros caprichos de vanidad.

 ¿Pueden alegar dichos motivos cuantos en esas diócesis usan habitualmente el clergyman incluso en el templo y la administración de los sacramentos y en el ejercicio del sagrado ministerio? ¿No es despreciar la autoridad eclesiástica, pisotear los acuerdos del Episcopado español este abuso del traje no talar?

 3. ° «Está absolutamente prohibido el uso del traje seglar, sin permiso especial del Ordinario del lugar, dado por escrito.»

 Esta norma va siendo despreciada y pisoteada por no pocos, que deseaban el permiso de usar el clergyman para llegar hasta el traje seglar no por motivos apostólicos, sino por motivos mundanos. De este modo, ocultando el clergyman con el jersey o la gabardina y cambiando sólo e! cuellecillo, pueden asistir a bares, cines, cafés y a toda clase de diversiones. Cuando falta el espíritu sacerdotal, todo es posible. Esta rebeldía y esta despreocupación se nota principalmente en los sacerdotes progresistas, mal formados en los seminarios que no son pocos por desgracia.

 Al autorizar el Sr. Arzobispo de Barcelona el uso del clergyman en su diócesis, cosa de que más de una vez se habrá arrepentido, de conformidad con la letra y el espíritu de los acuerdos del Episcopado español, dirigió a sus sacerdotes la exhortación que gustoso reproduzco en estas páginas:

 «Sea nuestra norma vestir la sotana, túnica de Cristo, como la llamó Juan XXIII, de santa memoria. Pensad que nuestro pueblo, en general, nos venera viéndonos vestidos con traje talar y no será seguramente el vestido el que salve la distancia de algunos alejados de] sacerdocio.»

 «Si vivimos en un lugar que, por su gran populosidad y complejidad de vida, aconseja tal vez que en determinadas circunstancias no se emplee el hábito talar, sin embargo, creo sinceramente que para no herir la sensibilidad de nuestro pueblo y para más ajustarnos nuestra gran misión de sacrificar a las almas -ley suprema de toda Pastoral- para distinguirnos en medio de la comunidad cristiana, debemos limitar el uso del clergyman a lo que exija el régimen pastoral de los fieles» (Boletín Oficial del Arzobispado de Barcelona, agosto 1966).

 Esto está muy conforme con la letra y el espíritu de los acuerdos del Episcopado español. Pero ¿quiénes lo cumplen? ¿Lo exige el régimen pastoral el vestir de clergyman para ir de viaje, a paseo, o el hacer visita, la asistencia a los despachos parroquiales, a las reuniones de la Acción Católica, de las Juventudes, de las Congregaciones marianas, etc.? ¡Hay que ver cómo lucen su flamante clergyman sacerdotes, jesuítas, escolapios, claretianos, benedictinos, salesianos o bien su traje seglar no pocos sacerdotes! ¿Para qué? Vale más no decirlo. Para nada sirve la experiencia del siglo XIX, en que se mandó el uso del traje talar, ni los de los lugares de esta época en que está en uso.

 Han querido sincerar su conducta en todo tiempo los que han abusado del traje seglar principalmente y quieren legitimar el abuso del clergyman diciendo que la sotana estorba el apostolado, que es un hábito ridículo en los tiempos modernos y que hemos de procurar el «aggiornamento».

 Tales excusas suponen gran ignorancia ascética y psicológica en los que las aducen; es indicio del refinado orgullo y sabe a mundanización.

 Cuando el P. Colosio, O. P., director de ¡a revista «Ascética y Mística», de Florencia, defendió la doctrina tradicional, es decir, «que en nuestras regiones era mejor conservar el hábito eclesiástico talar, para evitar el peligro de mundanización del clero y porque podía ser un medio para observar mejor la castidad», protestaron enérgicamente no pocos sacerdotes, declarando que se avergonzarían de hacer depender la observancia del voto de castidad del hábito, más bien que del amor de Dios. Como si el P. Colosio hubiese dicho que de dicho uso dependiera exclusivamente cuando sólo dijo que podía ser un medio, como siempre se había dicho por todos los autores de Pastoral y Ascética, a más con los santos y la misma Iglesia.

 Entre los santos defensores del hábito talar, merece mención especial San Antonio María Claret, el gran santo misionero español del siglo XIX. En su hermoso libro «El Colegio Instruido», que por años fue ei orientador y formador de los aspirantes al sacerdocio de los seminarios españoles —que seguramente no han leído los sacerdotes progresistas destructores de la ascesis tradicional— desarrolla admirablemente esta doctrina sostenida por el P. Colosio.

 Al hablar de la castidad sacerdotal, San Antonio María Claret pone como medio, además de otros varios, «andar siempre con hábitos talares». He aquí sus palabras.

 «Los antiguos filósofos decían: «fructum castum cutis aspera servat»; la corteza áspera y erizada conserva el fruto casto... Dios ha dada la sotana al clérigo, para que se conserve casto, como la corteza a la fruta para conservarse. ¿Qué sería de la naranja, del melón, de la sandía, si se les quitara la corteza? Seguro que el aire los corrompería: otro tanto hace el aire del mundo a los clérigos que se quitan la sotana, los corrompe completamente... Te exhorto a que vistas siempre los santos hábitos y practiques los demás medios que te hemos insinuado, y te damos palabra de que te conservarás casto como debes.» (Col. Ins. tomo 2.°, pág 172.)

 Pero San Antonio María Claret hace más: dedica todo el capítulo XXIII de dicho tomo del «Colegial Instruido» a aprobar la obligación que tienen los clérigos de llevar hábitos talares. He aquí unos párrafos de su argumentación:

 «La Iglesia ha prescrito a sus ministros el uso de un hábito talar que visiblemente los distinga y discierna de los demás hombres, ha querido que los pueblos conozcan a los que ha elegido para ministros suyos, por la corona, por el  corte del cabello y por el hábito talar, y muy principalmente por el cuidado de evitar en sus vestidos la preciosidad y cuanto pueda respirar la vanidad de las gentes del mundo; porque, como decía San Jerónimo a Nepociano, ninguna cosa es tan mal parecida en los eclesiásticos como la vanidad en el vestir y adornarse con las libreas del mundo a que renunciaron.»

 Considerando, pues, la Iglesia las funestas consecuencias que podrían acarrear a las costumbres del clero el olvido y el desprecio de la santa simplicidad y modestia, en que tanto se esmeraron los clérigos de los primeros siglos, a proporción del descuido que en cada uno de éstos ha ido reconociendo en sus miembros, ha renovado sus leyes con tanta universalidad y rigor que nos atrevemos a decir que ésta ha sido su voz en todos los siglos, en todos los concilios generales, en los nacionales, en los provinciales y en los diocesanos; está en todas las naciones, en el Oriente, en el Occidente, en el Septentrión y en el Mediodía; por manera que ninguna cosa se encuentra más veces tratada; baste decir que desde el Concilio de Cartago, celebrado en el año 398, hasta el presente (año) se encuentran 13 Concilios generales, 18 Papas, 150 Concilios provinciales y más de 300 Sínodos, que «han mandado que los clérigos lleven hábitos talares...» 

El Concilio de Trento dice: «Aunque el hábito no hace al monje, sin embargo, conviene que los clérigos siempre traigan vestidos convenientes a su vida, para que con la decencia de su traje muestren la interior honestidad de sus costumbres, por cuanto en este tiempo ha prevalecido la temeridad de algunos, y el desprecio que hacen de la Religión es tan grande que, estimando en poco su propia dignidad v honor clerical, traen públicamente vestidos de legos...» (Cap. Vl-Ses. 14 De Refor.)

 Después de aducir San Antonio María Claret las leyes 12 del Tít. 10, libro I., y la 15 del título 13, libro 6.° de la Novísima Recopilación e que se mandaba y manda que todos los ordenados in sacris usen constantemente el hábito talar» y la autoridad del dulcísimo San Francisco de Sales, que prohibió a los confesores de su obispado que dieran la absolución a los eclesiásticos que no lleven hábito talar, hasta que no hayan dado muestras de una verdadera enmienda», y después de refutar las excusas de los sacerdotes relajados para no vestir el hábito talar, concluye:

 La Iglesia, regida y gobernada por el Espíritu Santo, en sus sagrados Concilios ha señalado el hábito que deben vestir los clérigos; ellos deben manifestar en el exterior Ja clase a que pertenecen, y, por lo tanto, dejar estas señales exteriores de su estado es un desprecio de la autoridad que lo manda y aun desnudarse del espíritu sagrado y de su clase, pues no puede dudarse que el hábito clerical es el uniforme dado a la milicia santa y la señal sagrada y común que los distingue de los otros hombres... ¿Sólo ellos (los que no usan hábito talar) se creen más autorizados cuando se dejan ver en público, con la ignominia del vestido secular, como dice el Pontifical Romano, que en lugar de conciliarles el respeto y la veneración de los fieles les acarrean el desprecio? «Los infelices no tienen el espíritu de Cristo y, por lo tanto, no son de Cristo, como dice el Apóstol; son del mundo y viven en el mundo, y quieren hallarse en todos los pasatiempos y diversiones mundanas».

 ¿Qué dices, lector laico o eclesiástico, ante ese lenguaje valiente del Apóstol del siglo XIX? ¿Han cambiado las circunstancias, pues el mundo es mejor, no hay tantos peligros y ocasiones de pecar y los sacerdotes de hoy no contrajeron pecado original? Que lo digan tantas deserciones, tantas apostasías, tantas secularizaciones, como tiene que llorar hoy la Iglesia de Dios, causadas por las doctrinas progresistas enemigas del hábito talar y del celibato eclesiástico: que lo diga la espantosa disminución de vocaciones sacerdotales y religiosas. Los pueblos quieren sacerdotes sanos y los progresistas están muy lejos de querer la santidad.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968