Buscar este blog

lunes, 20 de julio de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (7)

 Artículo de 1979


 EL CARDENAL DE ESPAÑA (Mons. Marcelo González)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 EL cardenal Tarancón vino preparando, sobre todo con su actitud al frente de la Iglesia de Madrid y de la Conferencia Episcopal, pero también con sus palabras, la gran traición de la Iglesia oficial española que pareció culminar con la tristísima declaración de la Comisión Permanente de 28 de septiembre de 1978. Nuestra jerarquía, lavándose las manos, simulaba ponerse al margen de una cuestión política, ''pero, como Pilatos, tomó partido por la injusticia y por el error.

 La XXX Asamblea Plenaria del Episcopado respaldó, con diez votos en contra y la ausencia de monseñor Guerra Campos (El Alcázar, 24-11-78: Vida Nueva, 2-12-78), la postura de la Comisión Permanente. Y el obispo auxiliar de Barcelona, señor Guix (ABC, 25-11-78), da un paso más y hace explicito lo que evidentemente se deducía de la postura colegial de nuestros obispos. La decidida recomendación por el «Si» a la Constitución.

 José María Guix Farreras, catalán de 1927. auxiliar de Barcelona desde 1968, miembro de la Comisión Permanente en su calidad de presidente de la Comisión de Pastoral Social desde el año pasado (ABC, 2-3-78), es uno de esos obispos que no suele salir en la «prensa». Fruto de la nunciatura Dadaglio, los escasos antecedentes que de él poseo confirman su última y manifiesta militancia a favor del «Sí» y que Dadaglio sabía muy bien a quién proponía para obispo.

 A. Recasens había ya comentado en el ¿Qué Pasa? (4-1-69) el nombramiento de este señor, y Jaime Tarragó puso muchas cosas en claro con su artículo «La campaña Volem bisbes catalana, al desnudo» (FUERZA NUEVA, 15-11-69). Años después vemos a Guix amenazando a un sacerdote con despedirle si no daba la comunión en la mano (¿Qué pasa?, 20-1 y 10-2-73) y más tarde se muestra muy reticente respecto a la Hermandad Sacerdotal (Vida Nueva, 2 y 9-11-74). Lo que le vale una réplica de Iglesia Mundo (2.ª quinc, nov. 1974): «Los defectos que señala el auxiliar Guix son un auténtico sobresaliente y alabanza para la Hermandad Sacerdotal.»

 Estamos ya a las puertas del referéndum (1976). Muchos católicos españoles ponían sus esperanzas en Toledo, como si no quisieran creer que la Iglesia pudiera callar en tan graves momentos. Y de Toledo llegó la respuesta.

 El 29 de noviembre (1978) se enteró España, y el mundo, de que. en contra de lo que otros habían dicho y dirían, sí había motivos religiosos y muy graves para oponerse a la Constitución. Que la campaña a la que tantos católicos se arrojaron, desde la orfandad y la tristeza, abandonados por sus pastores, estaba más que justificada. Don Marcelo González Martin, arzobispo de Toledo y Primado de España, cardenal de la Santa Iglesia Romana, dio cumplida contestación a lo que la Iglesia y España esperaban de él.

 Su luminosa Pastoral es un hito en la historia de la Iglesia hispana que no encuentra precedente desde la Pastoral colectiva de la Cruzada. Gracias a ella nunca se podrá decir que la Iglesia en España apostató de su Dios, de su patria y de sus más altos deberes. A partir de la Pastoral del Primado, los traidores tienen nombre y apellidos. No ha sido la Iglesia. No han sido los obispos. Fueron sólo los que fueron. Y una patria como la nuestra, que hizo de la religión su Norte y de Cristo su Rey, salvó, por obra y gracia de don Marcelo González Martin, la infinita tristeza que habría de pesar en su alma por los siglos de los siglos, de verse abandonada en un trágico y decisivo momento por aquella a quien entregó vida y hacienda a causa de su amor a Cristo.

 Es imposible no evocar otra situación histórica, esta vez en la Inglaterra de Enrique VIII. Todos los obispos reconocieron a aquel rey déspota y lujurioso por cabeza de la Iglesia en vez del Papa de Roma. Todos menos uno. Que fue ejecutado. Pero hoy nadie recuerda ni el nombre de aquellos apóstatas, mientras que san Juan Fisher es venerado en los altares y propuesto por Juan Pablo II como ejemplo a seguir por los cardenales. Pues así como el mártir de la fidelidad a Roma salvó el honor de los obispos ingleses, el cardenal González Martín salvó el de los españoles de 1978. Y los católicos españoles dejaron de sentirse huérfanos, pues desde, la imperial Toledo, sede de los concilios y del heroísmo, un castellano leal a su Dios y a su patria fue, en verdad, el Primado de España. Y el padre espiritual de todos sus hijos.

 Teníamos razón. No éramos unos extraños intérpretes de la religión católica abocados a un Palmar de Troya del integrismo y la intransigencia. Nosotros estábamos con la Iglesia y la Iglesia estaba con nosotros. Sabíamos que nuestro camino era el recto, pero la noche y la tormenta nos helaban el alma de zozobras e inquietudes. Y sin dudar, dudábamos. Y sin temer, temíamos. Fueron muchas las oraciones, pues experimentábamos que nuestro auxilio sólo estaba en el nombre del Señor. Por eso la alegría inolvidable de aquel 29 de noviembre, cuando al fin de la noche vimos la luz de la meta. Y esa luz se encendió en Toledo por Marcelo González Martín, arzobispo, cardenal y español. ¡Que Dios os pague el inmenso bien que hicisteis!

 Humildemente, como él lo es, el cardenal nos dice que «numerosos fieles de nuestra diócesis» se le acercaron pidiéndole luz. Es sólo parcialmente cierto porque no fue de su diócesis sino de toda España de donde llegaron al palacio arzobispal de Toledo angustiosas llamadas en petición de auxilio.

 Y en cumplimiento de «la misión que Cristo y la Iglesia nos han encomendado», el cardenal pasa a analizar el contenido de la Constitución porque los elementos negativos que en ella existen pueden no ser compensables con los positivos: pues tal vez sean «gusanos que infeccionan toda la manzana, haciéndola dañina e inaceptable».

 Y aquí surge, inevitablemente, la pregunta. ¿Es que hay distintas misiones encomendadas por Cristo y la Iglesia, a unos obispos y a otros?

 Y, si es la misma, ¿hay unos obispos qué cumplen esa misión y otros que la dan de lado, ocupados en no se sabe qué menesteres? Para mí la respuesta es evidente. Y en ella, muchos obispos quedan en muy mal lugar.

 Para el cardenal, cinco son los puntos que exigen su intervención magisterial. No se hallará originalidad en el pensamiento del arzobispo, pues nada descubre que anteriormente no se hubiera denunciado por católicos, clérigos o laicos. No está el mérito de su escrito en decir lo que nadie dijo, sino en expresar, con el peso de la autoridad de su púrpura y de su persona, y con una concisión y claridad extraordinaria, la doctrina católica que la Constitución vulneraba ante el silencio cómplice de muchos de sus hermanos en el Episcopado.

 En primer lugar, el cardenal denuncia «la omisión real y no sólo nominal de toda referencia a Dios». Aquel cartel que con gran éxito colocó Pro España Católica en casi todas las ciudades de España, en el que se veía a Cristo llamando a la puerta de unas Cortes, de las que había sido expulsado, no era exageración ni caricatura.

 Desaforadas reacciones ante esa imagen («Repugnante manipulación de Cristo». El Ideal Gallego, 1-12-78), desde periódicos que se pretenden católicos, indicaban que se había puesto el dedo en la llaga. Y el cardenal Primado confirmó que la razón estaba una vez más del lado de quienes querían a Cristo en nuestras leyes. Como lo había estado, excepto en los funestos periodos republicanos, desde que Recaredo abjuró el arrianismo en el III Concilio de Toledo el año 589.

 El cardenal sale al paso de un sofista, razón que se esgrimió frecuentemente en toda la campaña electoral. «El nombre de Dios, es cierto, puede ser invocado en vano. Pero su exclusión puede ser también un olvido demasiado significativo.» Y. sobre todo, en esta España cristiana hasta los tuétanos. Tan de Cristo, que sin El es imposible entender su historia. Tan de Cristo, que sin El toda ella, su arte, su literatura, sus muertos, sus gestas, serían una inmensa equivocación.

 A continuación, el arzobispo de Toledo denuncia la falta de toda «referencia a los principios supremos de la ley natural o divina», consecuencia lógica de la expulsión de Dios de la sociedad. Los resultados de esta omisión de Dios, que en España es un verdadero rechazo, los apunta claramente el cardenal: «agresiones legalizadas contra derechos inalienables del hombre como lo demuestran los propósitos de algunas fuerzas parlamentarias en relación con la vida de las personas en edad prenatal y en relación con la enseñanza».

 Esta es un acta notarial de la mala fe o de la supina ignorancia de los obispos, que nada veían, o nada querían ver, de peligro en la Constitución que se preparaba. Cuando venga el aborto o la estatalización de la enseñanza no podrán decir Tarancón, Yanes o Cirarda que ellos no se habían dado cuenta de lo que amenazaba la vida del aún no nacido o la enseñanza católica de nuestros hijos. No podrán alegar que ellos no leían FUERZA NUEVA o El Pensamiento Navarro, donde personas más clarividentes anunciaron lo que parecía inevitable. No podrán alegarlo porque el cardenal de Toledo bien claramente se lo dijo.

 Respecto a la educación, no es menos terminante el cardenal: «La Constitución no garantiza suficientemente la libertad de enseñanza.» Y concluye: «El mal que esto puede hacer a las familias cristianas es incalculable.»

 El divorcio, al que el cardenal califica de «peste», con el Concilio Vaticano II. será «ocasión de daños irreparables para la sociedad española». Y con el divorcio, «la propaganda de anticonceptivos y la arbitrariedad sexual».

 Por último, ante el aborto, el cardenal se pregunta: «¿Va a evitar esa fórmula (constitucional) que una mayoría parlamentaria quiera legalizar en su día el aborto? Aquellos de quien dependerá en gran parte el uso de la Constitución han declarado que no.» Las últimas noticias que sobre el tema se han traslucido dan totalmente la razón al cardenal de Toledo.

 El cardenal señala a sus fieles, y yo entiendo que quienes quedan directamente interpelados con sus hermanos en el Episcopado, que «no es lo mismo tolerar un mal cuando no se ha podido impedir que cooperar a implantarlo positivamente dándole vigor de ley». Porque esto es lo que ha hecho la mayoría de los obispos españoles. Y lo que les incapacita para una actuación pastoral futura. Ya que carecerán de toda autoridad moral para oponerse, al frente de los católicos, a unos males que tan positivamente han contribuido a implantar.

 Comentando tan lúcido documento es preciso resistirse a la tentación de transcribirlo íntegramente. El recuerdo de su impacto y de su doctrina no se borrará fácilmente de aquellos que vivieron aquellos días tristes de la apostasía oficial de España. Y su texto no amarilleará en los estantes de las hemerotecas porque habrá de reproducirse en cuantos libros traten de la historia eclesiástica de estos años.

 Supuso no sólo el homenaje a una España católica que no va a morir, por mucho que los enemigos de Dios se empeñen en ello, sino, sobre todo, el resurgir de un sentimiento católico adormecido que reconquistará de nuevo nuestra patria para Cristo.

 Y en esa batalla, que ya ha comenzado, por la causa del Señor, los fieles no estamos solos porque hemos encontrado al padre y pastor que necesitábamos: don Marcelo González Martín, cardenal arzobispo de Toledo, Primado de España. Pocas veces un título dijo tanto. Porque él se ha convertido en verdad, por encima de jurisdicciones, en el primero, en la cabeza, en el maestro. La distancia entre un Tarancón y él, si siempre fue abismal, a partir de este momento ha conocido distancias de más de años luz. Uno se mueve al nivel de los Suárez. los Carrillo y los González. El otro camina las andaduras de Dios. El uno es un cardenal para ganar Constituciones, el otro para ganar el cielo. Oppas y san Juan Fisher. Todo parecido no es mera coincidencia.

 (Continuará.)


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979

 

sábado, 18 de julio de 2026

Cristo, arrojado por la ventana…

 Artículo de 1968

 CRISTO, arrojado por la ventana

 Sí. Todo lo simbólicamente que se quiera, pero así ha ocurrido. ¿En la zona roja de 1936? No, en la capital de la España de 1968. ¿En algún suburbio pobre e ignorante? No, en la flamante y sapientísima Ciudad Universitaria…

 La prensa del domingo 21 de enero dio los detalles. Desde una ventana del segundo piso la Facultad de Filosofía y Letras, unos «estudiantes» han arrojado contra la fuerza pública, entre otras cosas, un crucifijo. Mejor dicho, una imagen de Jesucristo sin cruz, no sabemos si arrancada previamente exprofeso o desprendida al car la imagen contra el «académico» suelo universitario…

 «Arriba» del domingo, en un intento -¿cuántos cientos y cientos se han producido ya, todos inútiles?- de querer encontrar un consuelo inexistente, aún confiaba en su editorial «Tiempo de orden» que tal hecho, al que califica de sacrilegio, no hubiese sido deliberado… Pero suponiendo que los autores hayan sido «universitarios», desconfiamos mucho de que en su «valiente defensa» del «fuero universitario» y en su afanosa búsqueda de objetos contundentes con que hostigar a la fuerza pública, «confundiesen» casualmente algo tan inconfundible como un crucifijo, inconfundible para los que le aman y para los que le odian. Porque es que ni siquiera cabe tal ignorancia entre los últimos braceros del campo. Mucho menos entre «estudiantes» que pretenden se les reconozca su valía y talento…

 Bien. ¿Y ahora, qué, señores? Pues que no ha pasado nada, ¿verdad? Que la cosa no es para tanto, ¿verdad? Sí, como viene ocurriendo desde hace ya cierto tiempo. La abotagada sociedad española seguirá viviendo su vida, al margen de «las cosas de los estudiantes», siguiendo el adormecido «slogan» burgués del «yo no me meto en nada»... o el «¡allá las autoridades!»...

 Suponemos, sin embargo, que algún día habrá también un tiempo no sólo para el diálogo, ni para la «coexistencia», ni para el orden, sino para la meditación... ¿Qué es lo que está pasando? De un tiempo a esta parte se prodigan los ataques al 18 de julio, a sus caídos, a sus símbolos. Se ha llegado a impedir celebrar una misa por José Antonio en un pueblo vasco, habiendo partido algo tan inconcebible nada menos que de un sacerdote. Otro sacerdote (!) en otro pueblo vasco ha arrancado las flores que se habían puesto en la lápida a los caídos. En otro pueblo vasco se ha quemado una bandera de España, por la que tantos patriotas murieron. En Tarragona se han quitado cuadros de la Virgen algunas escuelas. Se publican cosas tergiversadoras o abiertamente contrarias al Alzamiento Nacional. Se insulta a España, al Ejército y las más altas jerarquías en los «campus» universitarios. Se lanzan piedras contra las fuerzas del orden —cuyos hombres ganan un sueldo «moderado» si se compara con los ingresos del «patrimonio familiar» de que disfrutan los «estudiantes». Se llega hasta a dar una paliza a un agente de policía, en un «valiente» ataque de diez contra uno. Y por último, manos crispadas por el eterno odio anticristiano han arrancado un crucifijo de un aula de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid y lo han tirado a la calle por la ventana. Antes, Rodolfo Llopis —el de Munich— lo había quitado de las escuelas primarias.

 ¿Hay o no motivo para meditar primero y para actuar después? ¿Y son los actores de todos esos inconcebibles atropellos los que nos llaman a los hombres del 18 de julio «reaccionarios y «ultras»?

 Constantemente, a través de todos los medios de difusión, se nos presenta una juventud que dice ser muy recta, muy seria, muy responsabilizada, muy inconformista con la injusticia, muy formalista y llena de espíritu crítico. Un ejemplo sólo: los magníficos programas juveniles de televisión de los sábados por la tarde. Mas nos preguntamos, ¿dónde, dónde está esa juventud con visos universitarios a Ja hora de la verdad? ¿Cómo contemplan acobardados, sin ninguna reacción viril, los desórdenes y sacrilegios de esa minoría y no pregonan su execración contra los inductores y autores de aquellos condenables actos de barbarie?

 Es menester tomar buena nota de todo y de todos. Nosotros tenemos el recuerdo y la experiencia. No nos engañan. Sabemos casi mejor que ellos mismos quiénes están detrás moviendo los hilos de la subversión. Nos los conocemos muy bien. Y para esos que ahora están en la sombra va nuestro aviso: ¡Cuidado! ¡Acordaos de 1936 y de la victoria de 1939! Si nos buscáis, nos encontraréis. ¡Y de qué modo! En circunstancias infinitamente menos favorables que las de hoy España venció a un comunismo monolítico, hoy agrietado por muchas razones que no son ahora del caso. Sería, sin embargo, trágico tener que llegar otra vez a «aquello». Pero se llegará si nos llevan a la misma ocasión que entonces.

 A todas éstas, ¿dónde están los estudiantes católicos? ¿Les parece «línea conciliar» arrojar crucifijos por las ventanas a la calle? ¿Callarán y meterán la cabeza debajo del ala por no saber qué decir? Pero también, ¿dónde están los estudiantes falangistas y carlistas? ¿Será posible que no haya ninguno presenciado tales hechos sin que inmediatamente no le empiece a hervir la sangre española que lleven dentro? ¿Es que ya no hay descendientes de los caídos José Antonio, Ramiro y Onésimo? ¿Es que ya no hay descendientes de los que entraban en combate llevando delante bien sujeto un crucifijo en los brazos?

 ¿Tendremos los casados y con hijos que organizar una fuerza de choque y bajar a la Universitaria a enseñar vergüenza y dignidad católica y española a los miles de estudiantes que permanecen impasibles ante los hechos condenados?

 ¿Es que ya no hay honra, ni sentimientos religiosos, ni amor a España? ¿Que eso «ya no se lleva…? Pues... ¡que se produzcan pronto las estremecedoras profecías vengadoras y purificadoras de tantísimo pecado de lesa Religión y de lesa Patria!

 Arturo ROMERO


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

 

jueves, 16 de julio de 2026

Prensa ideológicamente secuestrada

 Artículo de 1970

 PERIÓDICOS SECUESTRADOS

 Por Omar el Zegri

 Por supuesto, no me quiero referir para nada a los secuestros legales de ejemplares de prensa dispuestos por la autoridad gubernativa o judicial, por entender que en algún sitio del periódico en cuestión se ha faltado a la ley.

 Es distinto, muy distinto, el problema que voy a presentar. Se trata de los secuestros, de las capturas o cautividades, que han sufrido un gran número de periódicos de la prensa española al apoderarse de las empresas que los dirigen gentes de muy diversa condición y pensamiento a los que los fundaron o mantuvieron durante años, decenios y, en algunos casos, siglos, en una trayectoria característica. Trayectoria que dio carácter y personalidad al periódico y a su título y que, ahora, unas veces descarada y otras solapadamente, se traiciona, terminando por volver del revés, como un calcetín, la mentalidad del órgano y sembrando la confusión o embaucando, desenfrenadamente, a la masa de opinión que le apoyaba. Para que lo entienda todo el mundo, con un ejemplo gráfico que todavía no se ha dado, pero que, ante lo que estamos viendo, no sería maravilla que un día se viese, como si el “ABC” saliera un día dando vivas a la República.

 Si no nos falla la memoria, la revista “Destino”, de Barcelona, fue fundada en Burgos, en 1936 por Ignacio Agustí, joven escritor catalán escapado del infierno rojo barcelonés  e identificado con la más sana y pura ortodoxia española. ¿Por qué arte de birlibirloque, “Destino” es hoy la avanzada de una prensa izquierdista con tufos intelectualísticos del tipo de aquellos de 1930 que preferimos no recordar?... ¡Misterio! No puede extrañar a nadie, e incluso es tolerable y quizá conveniente, por aquello del contraste de pareceres, que existan revistas como el “Destino” actual. Pero ¿por qué con ese nombre? He ahí un periódico cautivo.

 También en es cierto -y aquí no me falla la memoria- que “El Correo Catalán”, de la ciudad condal fue, desde siempre, un adalid insobornable y valiente del tradicionalismo de Cataluña, uno de los más acendrados y puros de España. Y he aquí que hoy (1970), “El Correo Catalán” es también un periódico de izquierdas, sobre todo en la cuestión religiosa. No existe un catalán de los buenos, tipo Jaime Balmes, que no aparte de sí ese periódico con disgusto a la primera lectura, ya que se encuentra el servicio del progresismo más desatado. ¿Cuándo, cómo, por qué, bajo qué manos o ante qué impulso, el bizarro “Correo Catalán” de nuestra juventud se ha transformado en lo que hoy es? Otro insondable misterio, al menos para mí, que vivo alejado de Cataluña. Espero que alguien tenga la caridad de explicarme este otro caso claro de secuestro periodístico.

 ¿Para qué hablar de las revistas religiosas? La mayoría de ellas, unas más que otras, por supuesto, hablan un lenguaje diametralmente opuesto al de hace 10 años (1960-1970). Claro que ha habido un Concilio y un “aggiornamento”. Esto justificaría una cierta evolución pero no un paso con armas y bagajes al enemigo. En la mayoría de los casos, el cambio de las revistas ha sido radical e impúdico, sobrepasando largamente todo lo que ha dicho el Concilio y todo lo que representa el verdadero “aggiornamento” de Juan XXIII , los cuales vinieron a renovar, a vivificar y a modernizar, pero no a transformar, a traicionar ni a envilecer. Hoy hay revistas “religiosas” que están copiadas de “La traca” o del “Fray Lazo”, de 1936. Hay revistas “religiosas” donde se hace apología más o menos vergonzante del comunismo y de otras ideologías ateas o antirreligiosas por naturaleza o por esencia. ¿Quién se puede, hoy día, fiar de una revista “religiosa” sin analizarla muy detenidamente, inspirado únicamente en la sedicente condición de tal? Algunas hay que no se pueden poner en la mano de nuestros hijos, porque pueden bastardear su alma y hasta su cuerpo con ideologías intrínseca y sustancialmente perversas, tanto doctrinal como moralmente hablando.

 ¿Quién ha capturado, secuestrado y prostituido a esas revistas religiosas que salen, muchas de ellas, con los mismos títulos que salían las que verdaderamente lo eran? Otro enorme, enigmático e inexplicable misterio.

 De todos estos secuestros, solamente uno, que sepamos, ha sido neutralizado: el de “El Alcázar”, de Madrid, recuperado ideológicamente por los propietarios de su título. Los demás siguen la ventolera del momento, a ciencia y paciencia de quienes deberían evitar estas captaciones y no mueven un dedo para hacerlo.

 Vuelvo a decir que no encuentro especialmente malo el que haya una razonable libertad de prensa y una variedad de opiniones entre la cual el lector pueda seleccionar la que más simpática le sea. El hecho intolerable que denuncio es que esta diversidad de opiniones se haga traicionando los caracteres vinculados a veteranos periódicos y, por tanto, engañando al lector. (…)


Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970

 

domingo, 5 de julio de 2026

La Iglesia, la Masonería y el César

 Artículo de 1968

 LA IGLESIA, LA MASONERÍA Y EL CÉSAR

 

La Conferencia (Episcopal) ha decidido que cada obispo local “pueda permitir a los miembros de la orden de los masones libres, que deseen hacerse católicos, ser recibidos en la IGLESIA sin que tengan que renunciar por esto a su calidad de miembros activos de la orden” (Del padre Arias, crónica de "Pueblo", 27-1-1968

 Los contactos entre eclesiásticos franceses y masones conspicuos, que el lector encontrará reseñados en el libro de Pierre Virion, «La Iglesia y la masonería» (Editorial Acervo. Barcelona), no se interrumpieron después del Concilio, a pesar del fracaso que en él tuvo la propuesta del obispo de Cuernavaca, Méndez Arceo, de formular una base oficial de acercamiento. Han continuado con otras maneras en distintos lugares. Nos informaron de ello desde París, y por eso publicamos en el número de 12-VIII-67 de esta revista, un artículo titulado: «¿Qué

hacemos con la Masonería?» En él, apoyándonos en un libro reciente (1954) del cardenal Caro, primado de Chile, titulado «El misterio de la Masonería», sosteníamos la hipótesis de que la secta, que reúne elementos suficientes para poder presentarse como una religión más, intentaría explotar esta circunstancia para recabar para sí la libertad formulada en la ley de la libertad de cultos.

 Hoy (1968) tenemos a la vista el final de una etapa previa de ese plan que corona públicamente una intensa labor subterránea. He aquí la noticia sensacional:

 «La Conferencia Episcopal de los países nórdicos ha autorizado a los masones que se convierten al catolicismo a que sigan siendo miembros activos de sus logias. La decisión, que tiene un carácter local, ha sido expresamente aprobada por la Congregación para la Doctrina de la Fe. La iniciativa ha sido adoptada por los obispos de Dinamarca, Noruega, Suecia, Islandia y Finlandia, en una reunión celebrada en Estocolmo. La Conferencia ha decidido que cada obispo «puede permitir a los miembros de la orden de los libres masones que deseen hacerse católicos ser recibidos en la Iglesia sin renunciar por esto a su calidad de miembros activos de la orden de los libres masones». Esta decisión ha sido anunciada en el boletín diocesano de Oslo.»

 «La Masonería en los países escandinavos es semejante a la de los países anglosajones: tendencia deísta con cierto carácter religioso sincretista y un simbolismo de origen bíblico y cristiano. La logia, fundada en 1735 en Estocolmo, se mantiene neutral en cuestiones religiosas y políticas y está íntimamente relacionada con la masonería del Reino Unido, y con las logias americanas de origen inglés.»

 La Masonería fue condenada por la Iglesia en 1738, siendo Papa Clemente XII, autor de la Carta Apostólica «In eminenti apostolatus specula». Los Papas confirmaron desde entonces la condena por medio de siete sucesivos documentos pontificios, el último de los cuales es de León XIII; se titula «Humanum Genus» y está enteramente dedicado a la Masonería.» («Ya» 27-1-1968.)

 Apenas aceptada la «dimisión» del cardenal Ottaviani, éste es el primer fruto con que nos obsequia la Congregación para la Doctrina de la Fe. ¿Habrá habido alguna relación entre los dos asuntos? El carácter universal de la jurisdicción de este organismo que ha concedido su «expresa aprobación», nos pone en guardia, porque en el mejor de los casos no incurrirá en la contradicción de censurar ni atajar los contactos entre progresistas y masones en otras partes del mundo; y en el peor, extenderá ese criterio explicito y público de compatibilidad a otras áreas. 

 Mucho tememos que sea esto último lo que se intente, porque si no, el enorme escándalo y desorientación que padece hoy toda la cristiandad con esta noticia no quedaría compensado, ni remotamente, con la sola facilitación de la conversión, muy relativa, de unos pocos masones nórdicos. Los cinco países afectados sumaban en 1960 veinte millones de habitantes, heterogéneos y muy diseminados. De ellos, ¿cuántos serán masones en trance de conversión?

 La noticia del «Ya» reafirma la relación de la Masonería escandinava con la inglesa y la americana. Este aspecto internacional, de oculto imperialismo, convoca al César a combatir el mal, ante el que otro capitula. No es éste el único asunto que parece sugerir que la salvación de la cristiandad va a venir por la espada del César. Y quien dice del César dice del poder civil que les confiera a sus Alcaldes de Móstoles católicos, la fe, la gracia, el heroísmo y la pureza que Cristo no les negó ni les negará jamás a sus apóstoles y a los sucesores de sus apóstoles...

 Ya no quedaban apenas hermanos separados, desgajados, amputados de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo, sin haber sido convocados a reintegrarse comunitariamente al amor, a la piedad y a la gracia en la Santa Casa de Dios... Sólo no habían sido llamados ni, por lo tanto, habían acudido los masones. ¡Y ya están ahí! La Masonería, anatematizada, excomulgada por los Papas, enemiga feroz de la Iglesia al través de los siglos y sus generaciones, era la que faltaba a participar en el «delirium tremens» en que han caído ingiriendo un ecumenismo envenenado, ciertas mentes cardenalicias, episcopales, pastorales y sinodales... Sólo faltaba eso: LA MASONERIA. ¡Y ya está ahí!

 P. ECHANIZ


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

 

viernes, 3 de julio de 2026

La gran tragicomedia de la «soberanía popular»

 Artículo de 1979

 LA GRAN TRAGICOMEDIA

 CUANDO esta crónica vea la luz, se habrá desarrollado la gran tragicomedia de la «soberanía popular». Durante los días que ha durado la campaña electoral (elecciones generales, 1979) se habrá consumado el enorme engaño para la captación de votos del cuerpo electoral, para la que no se regateó ninguno de los ardides ni se escamotearon los medios de que se disponían. Ninguno, absolutamente ninguno de los partidos contendientes, trataría ni por asomo que imperase el principio de «igualdad de oportunidades», fundamento y esencia, según proclaman ellos, de la democracia.

 Por el contrario, el partido en el poder, gracias a que el rey puso la mirada en el «personaje de Cebreros» (Adolfo Suárez), utilizaría al máximo posible todos los resortes que su privilegiada situación le permite, desde los aviones y helicópteros estatales para los desplazamientos del líder hasta el conocimiento exclusivo de los sondeos de opinión efectuados por los órganos de la Administración, hasta el abuso de la RTVE y de la cadena de prensa estatal y las «cacicadas» de los subalternos locales, sin olvidar siquiera los decretos y disposiciones de última hora orientados, en exclusiva, a ganar los sufragios... Y los demás no escatimaron tampoco los recursos para ello, incluidos los financieros, que, desde el exterior, les han llegado paradójicamente para que —según dicen— el pueblo español «ejerza su soberanía», a cuyo fin, al parecer, se necesita el Por Ramón de Tolosa dinero ruso, alemán...

 Algo grotesco, si no fuera, como es, dramático; algo que evidencia la falta de credibilidad de los sedicentes demócratas que no sienten el menor escrúpulo en acudir a cualquier expediente con propósito de engañar a ese pueblo, a quien proclaman «soberano» para que ellos sigan disfrutando del poder «del pueblo». Pueblo manipulado, impune y descaradamente a través de todos los procedimientos imaginables e imaginados al efecto; pueblo sometido a una presión psicológica sin precedentes y a quien apenas se le deja respiro para reflexionar; pueblo, en fin, a quien no se le deja oír su voz espontánea y verdadera, sino que se le encauza por medio de las más eficaces técnicas de «lavado de cerebro masivo» hacia las ideas, programas y personas prefabricadas por la oligarquía de los partidos.

 Porque en eso consiste la enorme farsa de la soberanía popular, donde —como ha hecho notar Jouvenel— «mientras proclama la soberanía del pueblo, lo requiere sólo para la elección de los delegados que tendrán el pleno ejercicio de la misma. Los miembros de la sociedad no son ciudadanos más que un día y súbditos cuatro años». Y, aun así, hay que ver cuánta presión para determinar esa ciudadanía de ese solo día que coarta en gran parte su libre decisión a través del engaño y los refinados procedimientos de «mentalización» contemporáneos. 

 Pero ahí acaba la «soberanía» del ciudadano que, si comprueba el inevitable engaño de que ha sido víctima, no puede —como se hacía en las antiguas Cortes— revocar el mandato, que ya se han cuidado muy bien de que no sea imperativo. Porque en lo sucesivo son ellos —los representantes parlamentarios— los que se han de cuidar de decirnos si nos tolerarán asistir a misa; cómo hay que instruir a nuestros hijos; si nos permitirán poseer algo, y en qué consistirá y con qué límites; cómo se reglamentara nuestra profesión y qué «fines de semana» nos estará permitido disfrutar a lo largo del año...

 ¡Y encima tendrán la desfachatez de hacer escarnio y pregonar que los «soberanos» somos nosotros y no ellos, que durante cuatro años regularán toda nuestra existencia y no nos dejarán ningún margen de autonomía! Y es que, como observaba Costa y recordaba no hace mucho Vallet de Goytisolo: «Piensan que el pueblo es ya rey y soberano, porque han puesto en sus manos la papeleta electoral, mientras no se reconozca además al individuo y a la familia la libertad civil y al conjunto de individuos y de familias, el derecho complementario de estatuir en forma de costumbres, aquella soberanía representa un sarcasmo; representa el derecho de darse periódicamente un amo que le dicte la ley, que le imponga su voluntad; la papeleta electoral es el harapo de púrpura y el cetro de caña con el que se disfrazó a Cristo de rey en el Pretorio de Pilato». Y como dice Jouvenel: «El pretendido poder del pueblo no está ligado al pueblo más que por el cordón umbilical, muy flojo, de las elecciones generales y. en realidad, no es más que un poder sobre el pueblo.»

 Ramón de Tolosa


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979