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sábado, 27 de junio de 2026

Tensión en las relaciones Vaticano-Estado español, santamente concordadas

 Artículo de 1968

 OJO A LA IMPORTACIÓN DE "TERREMOTOS

 Por Antonio de Cossío y Escalante. -Sacerdote de Jesucristo

 Grandes órganos de opinión —nacionales y extranjeros, entre estos «Le Monde» y «The Tablet»— vienen revelando la tensión existente en las relaciones Vaticano-Estado español, santamente concordadas, en punto a las vacantes existentes, a las dimisiones provocadas y a los nombramientos consiguientes dentro del Episcopado español.

 El padre Arias, en una de sus crónicas de «Pueblo», examinada por nuestro director en la tercera página de este número, hablaba de las vacantes operadas en la transformada Curia Romana y de los nombramientos expedidos por el Papa para sustituir a los cardenales dimitidos. A esta operaciones, alabadísimas por el comunismo italiano, las denomina el padre Arias «terremoto en el Vaticano», y no se aterra de contemplarlo así. ¿Codiciará este padre Arias para la Iglesia católica española la importación de «terremotos» semejantes? No nos extrañaría, dado el aliento revolucionario del sacerdote corresponsal de «Pueblo».

 Pero otro sacerdote de Jesucristo, tan joven como el padre Arias, pero más cercano que él a la entraña llagada y al amor y al dolor íntegros de España y al apostolado de la Iglesia, ha venido a prevenirnos contra los manejos de los insensatos importadores de «terremotos» como el que parece amenazarnos. Tal es el artículo con que enaltecemos esta página. Su autor, de treinta y nueve años de como consiliario diocesano de la J. I. C., en constantes relaciones nacionales e internacionales con el clero de la nueva ola; fue actor, o por lo menos testigo, en el drama de una diócesis en la que los cargos no de más relieve y brillantez, pero sí de más influencia, les fueron otorgados a sacerdotes anti-régimen, llevándole a la convicción de que los sacerdotes españoles de su generación han sido socavados en su autoridad, habiéndose salvado sólo aquellos que la fundamentan y sostienen en la integridad de la fe y de la gracia de su ministerio.

 ¡Ojo a la importación de «terremotos»! El cura que así nos previene no es escritor, ni periodista, ni viajero, ni viejo conservador e inmovilista. Es un sacerdote de treinta y nueve años de edad, que confiesa, que asiste a los enfermos, que predica, que con la cruz a cuestas sigue al Maestro en su hambre y en su sed de almas necesitadas del amor, de la luz, de la salvación de Dios... Y aún le queda tiempo para escribirnos por Cristo, por la Iglesia y por España esto que vais a leer)

 ***

Entiendo que el sistema de convivencia nacional no tiene por qué ser planteado cada día a capricho de individuos y de grupos; mucho menos después que ha sido el mismo pueblo español quien ha decidido su propia andadura en el reciente (1966) referéndum nacional.

 Entiendo que cada pueblo arbitra ante sus problemas las propias soluciones que, dentro del contexto universal y de las buenas maneras, no tienen que ser iguales a las de otros pueblos, ni siquiera parecidas.

 Entiendo que si ciertos sistemas gozan hoy de asentimiento universal, no tienen que ser incorporados a nosotros sin más y porque ésta sea la línea del mundo, ya que es posible el concierto con él y el no desentendimiento de las corrientes legítimas universales, sin prescindir de las constantes metas históricas propias, por las que llegamos a ser un pueblo en el concierto de los pueblos. (…)

 La Iglesia católica puede tener simpatías, o si se quiere tácticas de adaptación, que en ciertos momentos le hagan mostrar preferencia por ciertos sistemas que han sido válidos para muchos pueblos, pero la Iglesia católica debe y tiene que respetar los sistemas de cada pueblo, aunque no sean los que ella considere mejores para la mayoría y ni siquiera los que el devenir histórico parece arrojar como inevitables.

 La Iglesia Católica no puede aprobar los sistemas intrínsecamente perversos, por estar pervertidos sus principios, aunque sus realizaciones sean buenas. Pero la Iglesia católica no puede prestarse a socavar los cimientos de los sistemas intrínsecamente buenos que pueden tener pecados en sus realizaciones. La Iglesia católica tendrá que hacer todo lo posible para que se corrijan esos pecados, pero nunca cambiar el sistema que cada pueblo ha elegido y ha demostrado ser válido para el bien de la mayoría de los ciudadanos

 No es ningún secreto que en los sistemas de estructura rígida como el español, en el que la Iglesia católica disfruta, por otra parte de todas las libertades y consideraciones, los disconformes con el sistema o con los modos no tienen otro cauce natural para su pervivencia y tarea que vivir al abrigo de la Iglesia.

 Este paso para nadie es un secreto que ha sido ya dado con bastante hondura y longitud en España. Quien conoce un poco a la casi totalidad del nuevo clero, nuestros seminarios, nuestros movimientos apostólicos, se da cuenta cómo bajo el pretexto de una Iglesia comprometida con el mundo se trata de hacer una España sin los españoles, una España construida sin ella misma y sin su propio patrón.

 Entiendo que si el sistema español es rígido, aunque no inflexible, es porque tiene que serlo, dado que sus principios son los determinantes de los comportamientos y de las conductas. Una solera histórica no se conserva fecunda sino en aras de la fidelidad. Ocurre en el plano temporal lo que ocurre en el sobrenatural en la Iglesia católica misma, que tiene fundamentos y principios a los que se debe permanentemente si no quiere dejar de ser lo que es y si no quiere traicionar su propia esencia y misión.

 Concluyo que la Iglesia Católica aquí y ahora no debe moverse dentro de perspectivas de simpatía hacia corrientes universales de convivencia, si esto importa el desprecio y los ascos por las decisiones legitimas, aunque particulares, que son justas y honestas de los pueblos que deciden por su cuenta lo que les conviene.

 Estimo que lo contrario es un trato injusto y de preferencia y, por lo tanto, susceptible de cauciones; porque el riesgo es nuestro, porque lo hemos querido conscientemente y porque nos asiste una libertad de cuyo uso no tenemos que dar explicaciones a nadie. Entiendo que el riesgo mayor de esta decisión libre, honesta y omnímoda está intensificado seriamente por un sector del clero español que cada día avanza más y cuya influencia en un futuro próximo será decisiva.

 Entiendo, por lo tanto, que los pastores que la Iglesia católica dé a España han de ser, supuestas las cualidades de su específica misión, hombres totalmente identificados (sin ambigüedad) con la decisión libre y autónoma de un pueblo al que se deben, no sólo para salvarlo trascendentemente, sino para mantenerlo unido y concorde.

 Entiendo que estos pastores que la Iglesia dé a España, no sólo deben rechazar de plano todo lo que para los españoles fue siempre ocasión de pecado nacional (los pueblos tienen sus pecados históricos y las causas y las ocasiones de pecados históricos suelen ser inevitablemente las mismas), no sólo para no perturbarlo y traicionarlo, no sólo buscando una posición de aséptica e indiferente actitud de neutralidad, sino la positiva de animar a ese pueblo, del que son pastores, con toda la decisión, ya que si no hubiera otros títulos demasiado claros, no deben olvidar que ellos también son ese pueblo y ciudadanos del mismo.

 Entiendo que si la línea de encarnación, hoy tan urgida por la Iglesia Católica misma, quiere ser una realidad entre nosotros no hay otra manera que dotar a la Iglesia española de unos pastores que, entusiasta y decididamente, recojan y hagan suya esa realidad que somos y queremos seguir siendo siempre, porque es buena en sí misma, porque nos llevó siempre a lo mejor y, sobre todo, porque a España le costó siempre mucha sangre ser Ella misma.

 Entiendo, porque no se van a poner condiciones, que esto significa para los pastores recoger también las debilidades y los pecados de esa realidad que es España. ¡No para debilitarla más, sino para robustecerla más! ¡No para hacer la vista gorda y no señalar los pecados, sino para urgirlos en orden al perdón y a la salud! ¡Nunca para fomentar los pecados nacionales, porque nunca será camino para remediar enfermedades matar a los enfermos!

 Entiendo, por último, que el Gobierno español, en la seguridad que cuenta con los más y los mejores hombres de España, debe urgir y matizar humilde pero firmemente, en sus relaciones con la Santa Sede la provisión de pastores para las diócesis vacantes y que en lo sucesivo queden desprovistas, dada la situación delicada de un pueblo abierto decididamente a la esperanza, gracias a Dios y a las manos misericordiosas y justas de la Iglesia y del Estado, que vienen restañando pacientemente pasadas heridas con indudable acierto.

 ¡Nadie debe perturbar en esta hora a este pueblo, a esta España que se encontró a sí misma, en la búsqueda de su misión! ¡Nadie debe apremiar a este pueblo que fue y sigue siendo fiel a la Iglesia católica, su Madre, y que dio y acaba de dar sobradas pruebas de cómo se es hijo fiel! No nos gusta cubrirnos con un pasado de gloria porque tenemos el presente. ¡Ahí está reciente el embalse de sangre que nos devolvió una Patria y la Iglesia universal, un testimonio colectivo para que confíe en las reservas de la fe!

 Espanta pensar que lo que dio vigor y unidad a este pueblo pudiera ser lo que le dividiera y desconcertara

Somos muchos desgraciadamente los que estamos empezando a vivir el conflicto de la fe y los deberes de la Patria, y vamos a decirlo claramente: no es la Patria quien nos está planteando este conflicto

Santander, 11 de enero de 1968. 


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968


jueves, 25 de junio de 2026

Integración y separatismo (I)

 Artículo de 1970 

 INTEGRACIÓN Y SEPARATISMO (I)

 Por R. HORCAJADA

 Desde que la bandera de Occidente ondea en la Luna y proclama una nueva perspectiva de la Obra de Dios, me suelo preguntar: ¿El Cosmos es geografía o es Historia?

 Nunca me he convencido el concepto chato y lineal de la Geografía: Identificamos las nacionalidades por el contorno de un trocito de planeta, por un oscilante balance de mapas, por un enigmático archivo de acuerdos, por un inseguro inventario de líneas teóricas. La Patria, como el espíritu, no se mide por coordenadas.

 El frío cartesianismo de la Geografía ha de insuflarse con ideas poéticas que definen a la Patria como “unidad de destino en lo universal”. Es decir, la Patria no es un acontecimiento lugareño, sino una afán universalista, felizmente ubicado hoy en la esperanza cósmica.

 Todo aquello que en el mundo es trascendente y está animado por un ineludible “transitivo de Eternidad”, escinde las fronteras con una clara conciencia ecuménica.

 Hay dos clases de pueblos: los que se encierran en la Geografía y los que se abren a la Historia. Poseer un concepto geográfico de la Historia es “nadificarse” en una depauperación antipatriótica; poseer un concepto histórico de la Geografía es prepararse para aventuras tan ubérrimas como el descubrimiento de América o la conquista de la Luna. Estados Unidos no ha llevado a la Luna un símbolo de geografía americana; ha llevado a la Luna toda la dimensión histórica de Occidente, humanizada por una forma libre de vivir que enaltece al ser humano.

 Existen dos conceptos de Patria. La Patria que se ubica en la Geografía nos habla más del árbol seguro que de la nube errante; la Patria que envuelve a la Historia construirá una nave con aquel árbol seguro para alcanzar esa nube que, en el fondo, declina la poesía estremecedora de la aventura humana.

 Ni la Patria ni la Historia están forjadas por políticos; están alimentadas por poetas. Y cuando una Patria pierde el estímulo de sus poetas y el ideal de sus visionarios, la Historia se convierte en proceloso producto y la Geografía en nave varada.

 Lo románticos del rincón no saben soñar. Alas tiene el espíritu y piernas el cuerpo; muy mala política será que pongamos piernas al alma y que nos varemos en la melancolía de los contornos naturales y limitados.

 Hemos de ser españoles de talla hispánica para poder cumplir con nuestro destino universalista. El español ha de adquirir diáfana vivencia de las 20 Españas de América. Este nuevo español -nutrido por la hazaña cósmica de la  América que descubriera ayer, pues, en la eternidad un leve ayer son cinco siglos- ha de estar muy preocupado por atar, por unir, por hermanar pueblos; pueblos de una misma lengua, de una misma sangre, de una misma manera de vivir y un mismo modo de pensar, y de una misma fe para preparar la vida en la muerte y la muerte en la vida. Nos acompaña el sentimiento radical de la existencia y ese tremendo individualismo que tiende tanto a la dispersión de las horas comunes como a la unión monolítica de las horas críticas.

 Los poetas de nuestra Historia –que, en definitiva, son sus únicos genitivos- han tomado conciencia de que la integración de España está en razón directa de esa integración más completa y hermosa que tiende a la armonía de la Hispanidad y que supone la fusión de todos los pueblos ibéricos para servir de nudo y puente amoroso entre los pueblos latinos de la cultura y civilización occidentales.

 La misión histórica del español y aún del hombre ibérico no se limita a vigilar ese milenario concepto de la integración peninsular, un poco varada, en la bisagra de Europa y África. La misión histórica del hombre ibérico ha de proyectarse sobre todas y cada una de las estirpes americanas, donde España y Portugal se han agigantado providencialmente en una maravillosa sinfonía de pueblos y razas que hablan nuestra lengua, que rezan con nuestra fe y poseen nuestro estilo de vida, limpio de racismos, ubérrimo de auténticas igualdad y hermandad humanas y abierto a la ilimitada esperanza de la comunión del espíritu y la fusión del cuerpo.

 Ante esa integración grandiosa que multiplica nuestra geografía y esperanza nuestra historia, atenta el raquitismo espiritual de los separatistas, que no tienen noción ni de la posibilidad geográfica ni de la responsabilidad histórica.

 La integración de los pueblos se basa en el respeto y transigencia de sus singularidades, pero es un auténtico suicidio desorbitar esas lógicas y humanas singularidades para arruinar el destino común. No hay que separarse: hay que proyectar el amor de esas singularidades para enriquecer la perspectiva del glorioso acervo de nuestras, cada día, más integradas pluralidades. No es malo el culto a lo singular que quiere proyectarse y enaltecer lo plural; lo suicida es el “cainismo” de querer apartar lo propio del concierto plural que nos enmarca en la Historia y en la Geografía. Una sardana es mucho más bella bailada en el parque del Retiro de Madrid que en un lugar catalán, por cuanto el verdadero catalanismo ha de escindir la anécdota vernácula para ganar la categoría hispánica, como diría Xenius (*).

 Hoy, era en la que el hombre se proyecta al Cosmos, la proyección humana ha de ser universalista. No se trata de convencer de catalanismo a los catalanes, sino de convencer e insuflar de catalanismo a los hombres todos de la Hispanidad. Separarse es morir. Un buen catalán ha de ser ecuménico y saber superar el peldaño lugareño. La mejor forma de honrar a nuestra Geografía es infundirla esperanza histórica.

 En la integración hispánica ha de existir un profundo respeto a los matices de cada uno de los pueblos y razas, pero el fin verdadero de ese destino es fusionar e integrar a todas esas razas y pueblos. Y -¡por Dios!- que ya se está logrando de una forma maravillosa, pues ni uno sólo de los pueblos ibéricos e iberoamericanos es racista. Nuestra estirpe es la que está edificando la Historia y nuestra Historia Común se apoya en la “democracia de la sangre” y en la “razón de la biología” que son argumentos soberanos irreversibles y medulares.

 ¡Cuán ridículo y fuera de lugar oponer a ese mandato universalista de la Historia y a ese exuberante “posibilismo” de la Geografía, la depauperada singularidad del comarcal rincón! Lo singular sólo vale en su proyección universal; lo singular proyectado sobre lo singular es como una nave cósmica que no acertará despegar de su propia base de lanzamiento.


Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970

 

martes, 23 de junio de 2026

Un jesuita, apóstol de la masonería

 Artículo de 1979

Un apóstol de la masonería

 ES algo inconcebible y más en estos tiempos en que los hijos de Dios, todos los hombres, necesitamos de sólidos agarraderos para no decaer en nuestra fe; esa fe que tanto nos ayuda a sobrellevar las fatigas, crueldades y horrores de los malignos tiempos en que vivimos, haya personas que se empeñen, aun contra los principios que un día juraron e incluso que han sido la base de su formación espiritual y religiosa, en destruir, por medio de la confusión y de la predicación de una «libertad» totalmente a «gusto de consumidor», a esa familia magnifica formada por Dios como Padre y por sus hijos tos hombres, coherederos con Cristo, del Reino que nos tiene prometido.

 Tal es el caso del Rvdo. P. José A. Ferrer Benimeli, S. I. (hoy llamado «profesor», seguramente para «hacerse todo a todos y ganados a todos para... la masonería).

 Este ilustre señor profesor, dio una «conferencia-debate» en los locales del Club Areco (antes Congregación Mariana) de Gandía (Valencia) que titulaba: «La masonería hoy. ¿Mito o realidad?...»

 El padre Ferrer, autor de varios libros sobre la masonería, con buen decir y fácil desarrollo, nos expuso los orígenes de las logias; formadas por picapedreros, albañiles, arquitectos, etcétera, tal y como por los símbolos de todos conocidos, parecen indicar... Habló de la variedad de masonerías y hasta de las obligaciones religiosas de algunas de ellas.

 Es curioso observar ese algo de facilón y al propio tiempo sutil para introducirse en los distintos ambientes que tenían las masonerías... Esto lo debieron observar y por ello formaron logias tan variadas en todos los órdenes —incluso en lo referente al color de la piel— (para que no se escape nadie), unos «intelectuales» de esos que, como el Rvdo. P. Ferrer Benimeli. llevan rabo... ¡Que nadie se extrañe, porque se le vio!

 En estos tiempos en que, según frase de Pablo VI, el «humo de Satanás» se ha metido en todas partes, hasta en la Iglesia, hasta en lo que desde siempre he considerado —sin despreciar a nadie— como el «Sancta Sanctorum» de las órdenes religiosas, a la Compañía de Jesús, a cuya santidad tanto debo y de cuya santidad están «viviendo de renta» individuos como el Rvdo. P. Ferrer Benimeli y el jesuita que apareció en la pequeña pantalla junto a los «curanderos» hace poco, rebajando con su presencia y sus palabras, abiertamente, la dignidad con que el mismo Cristo los ha distinguido para que sean luz del mundo y nos traigan con su presencia el recuerdo del Señor a todos los que ansiamos su perdón y su abrazo.

Después de la suave y sutil manifestación de la masonería, el padre Ferrer abrió fuego contra Franco, acusándole de «asesino» de masones... Por supuesto, sin citar nombres ni fechas ni el porqué de la aplicación de la última pena, en caso de ser verdaderas sus denuncias... ¡Aquí, en Gandía, sí tenemos nombres, fechas y «motivos» por los que cayeron a manos de los marxistas, precisamente hermanos de religión del Rvdo. P. Ferrer Benimeli!

 El colmo de la «conferencia» llegó trayendo por los cabellos motivos de «consenso» y. tras querer convencer —o mejor dicho, confundir, como lo hace Satanás—, a los allí presentes, nos dijo que un católico puede ser masón... (?). Y no faltó la nota cumbre cuando él mismo, el Rvdo. P. jesuita Ferrer Benimeli se ofreció para contactar a los interesados con la masonería.

 Todos los años los jesuitas practican los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, su fundador. Yo no puedo comprender cómo el padre Ferrer hará estos Ejercicios...

 ¡Por Dios, padre! Háblenos de Cristo. Háblenos en estos momentos de María, su Madre. Los que formamos el «pueblo» no necesitamos otra cosa. Lo demás, lo que según parece tanto lo eleva en el campo de la intelectualidad, venga a exponerlo a modo ilustrativo. Creo que los pertenecientes a la masonería tendrán sus catervas de doctores para halagar los oídos de cierta clase de hombres. Pero, triste y bien triste es que, precisamente un jesuita, intente confundirnos. Bien le puede suceder —como le sucedió en el Club Areco, de Gandía, que, como león que usted se presentó, fuera derrotado por un muchacho, con más espíritu que usted, que ya lleva algunos años en la Religión. El joven le hizo unas preguntas a las que usted contestó con otras insistentes e insidiosas preguntas; queriendo saber —o mejor dicho— queriendo hacer saber al coro de sus simpatizantes, de dónde procedían las notas sobre las que se basaban las preguntas que se le hacían. Porque, Rvdo. P. Ferrer, usted bien sabía de dónde procedían.

 Y, ya que vamos de «preguntas», voy a hacerme yo algunas: ¿Por qué el Rvdo. P. Ferrer Benimeli se volvió como una fiera herida contra Blas Piñar cuando se hizo público que las notas procedían de la revista FUERZA NUEVA?

 ¿Por qué atacó precisamente a uno de los pocos hombres que. con su valor acostumbrado dan testimonio público de Cristo sin respeto humano de ninguna clase?

 ¿Por qué trató de ridiculizar al Caudillo el padre Ferrer cuando, haciendo alusión a uno de sus discursos dijo haberse metido Franco con la masonería como enemiga de la política que se seguía en España? ¿No reconoció el padre Ferrer que había una masonería que se introducía en la política? ¿Por qué. pues, no tenía razón Franco al declarar a los masones, de la clase que fueran, como enemigos de la España que él defendía, cristiana y moral, adicta ciento por ciento al catolicismo apostólicos romano?

 En el ataque final a Blas Piñar me pregunto: ¿No será acaso que al padre Ferrer Benimeli se le ha subido a la cabeza el humo de «su ciencia» y le da en el rostro que un seglar sea apóstol de Cristo sembrando su sana y constructora doctrina a todos los niveles y por todas partes —incluso en el extranjero— mientras él, un JESUITA, se dedica a «apostolear» en favor de la masonería, escribiendo libros de tapas negras y más negro contenido, tan sólo por el placer de recibir la admiración de quienes lo aplauden todo, y mucho más cuando las «conferencias» sólo tratan de desprestigiar al Caudillo y a los que —como Blas Piñar— tratan con su recto espíritu defender la verdadera doctrina católica?

 ¡Padre Ferrer!: se le ha visto la cola serpentina»...

 José ROS RAUSELL


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979

 

domingo, 21 de junio de 2026

Pemán y sus sospechosos elogios al “Príncipe”

 Artículo de 1968

 EL CULTO A LA PERSONALIDAD DE “EL PRÍNCIPE”

 El artículo de don José María Pemán publicado en «A B C» del día 5 de enero, y que tiene por título «El Príncipe», es modelo de glosa, literal lamente perfecto y acabado. El lenguaje es difícil de entender en el insigne autor de «El divino impaciente»; incomprensible en quien por el año 1933 decía que la Comunión Tradicionalista era, «por su parte activa, un ejército, y en su parte espiritual, una doctrina eterna». 

Las sinceras alabanzas prodigadas a los artífices de la obra: a don Alfonso Carlos, a don Javier de Borbón, a don Manuel Fal Conde y a Zamanillo, se han trocado hoy en apasionados y ciegos elogios precisamente para «El Príncipe», que nada tiene que ver con aquel «activo ejército» ni con aquella «doctrina eterna» que salvó a España; son hoy vítores de júbilo para el vástago de la familia que mejor simboliza el imperio de lo temporal sobre lo eterno; de la fe religiosa vacilante, dudosa y escéptica, en pugna con el Carlismo. Es incomprensible. La pluma que un día cantó alabanzas hoy ha sido mojada en la tinta del olvido, del desprecio y de la ingratitud.

 Comienza el prólogo con la acusación de «cicateros», de ruines y tacaños a quienes obstaculizaron y se opusieron al acceso de una mujer al Trono. Don José María se excluye bonitamente del calificativo, reconociendo la excelencia de los reinados femeninos de doña María de Molina, de Isabel la Católica y de doña María Cristina de Habsburgo. Este último recuerdo, muy respetable, es exponente de lo íntimo y familiar que le resulta al articulista, pero que a la hora de la comparación no creo saldría bien parado.

 Así oscurece los conceptos del bien y de la verdad, dando alas a su apasionado corazón en mengua y detrimento de la memoria y lucidez.

 La Historia va a ser mi fiel compañera para dar fe de lo que he afirmado. Se duele de que a despecho del imborrable recuerdo del reinado de la católica Reina, repudiasen los carlistas el de Isabel II. No debió ser molestada esta tierna Princesa por su tío Carlos..., sin duda porque de su futura fecundidad había el bisabuelo del Príncipe loado en «A B C»... No, señor Pemán, no eran cicateros los carlistas; no disputaban el Trono a una dama. Ni entonces ni después confundieron el sexo con la ineptitud. A una mujer, y de la real casa de Braganza, a la Princesa de Beira, debe el Carlismo el excelso beneficio de la fidelidad a la «doctrina eterna», que a buen seguro hubiera naufragado, contaminada por un Príncipe liberalizado (¡qué coincidencia!) que también se llamaba Juan III, como el que reside en Estoril, como el que aparece en la fotografía que ilustra el artículo de «A B C».

 Los carlistas no luchaban contra una mujer, sino por la pureza de una institución, por su doctrina eterna, porque sus sentimientos católicos estaban brutalmente escarnecidos en una corte donde podía cantarse impunemente: “¡Muera Cristo! ¡Viva Luzbel! ¡Muera Don Carlos! ¡Viva Isabel!” Sabían los de la Comunión Tradicionalista que aquella inocente víctima de la sectaria, tenebrosa, «bastarda, afrancesada y europeizante» constitución tenía las alas cortadas para remontar el vuelo a las divinas impaciencias de la Reina que en sus aladas naves llevó la «doctrina eterna» a un nuevo continente. El veneno escondido en la dorada constitución que mediatizó el reinado de Isabel II y de todos sus sucesores no atrajo las bendiciones de Dios. Pagó España con dos destronamientos el

tributo de la gloria de los liberales; los carlistas sufrieron el infierno, con la derrota de dos guerras, y los frailes el purgatorio de la matanza y el expolio. 

Así empezó la legitimidad histórica que hoy hereda «El Príncipe» en quien don José María Pemán tiene puestas todas sus complacencias.

 Pero esa legitimidad fue truncada (al grito de ¡abajo los Borbones!) por los mejores derechos de la revolución triunfante en Cádiz y en septiembre de 1868.

 Pletórico de ilusiones liberales fue restaurado Alfonso XII en Sagunto. Relegaba al olvido el dramático final de su madre arrojada del Trono, previo el aviso del cura Merino, que intentó asesinarla... Y don Alfonso fue nueva víctima de quienes (por evitar la común unión de todos los españoles, no en el catolicismo del siglo, sino en el eterno incontaminado y tradicional) habían de proporcionar serios sinsabores a su esposa María Cristina de

Habsburgo y a su hijo Alfonso XIII. Díganlo si no la turbia liquidación del imperio, pese al honor del ejército y del pueblo español, que no se perdieron ni en Cuba, ni en Cavite, ni en Baler.

 Con el hundimiento del Trono del padre de don Juan y abuelo de «El Príncipe» pudo haber reconciliación. El perdón por parte de la dinastía carlista no le faltó a don Alfonso XIII, desterrado en Roma. En su condición de Rey destronado (el tercero de su dinastía en noventa y un años) no era mucho pedirle la promesa del propósito de la enmienda de su error liberal y el reconocimiento de la usurpación de derechos a la dinastía de los descendientes de don Carlos María Isidro de Borbón. Ante la negativa y la obstinación de Alfonso XIII, don Alfonso Carlos nombró regente en su testamento político a don Javier de Borbón-Parma, a quien recomendaba, además, como el Príncipe ideal para su sucesión. Y con él preparó el Glorioso Movimiento, puesto que como  muy bien sabe el señor Pemán, el documento lleva la fecha de 26 de enero de 1936. El nombramiento lo justifica con esta frase: «Pero no se llegó nunca a pacto alguno porque don Alfonso no consintió jamás en la aceptación solemne de los principios de mis derechos soberanos, ni en la abdicación de su hijo.»

 Y no fue obstáculo para que la Comunión Tradicionalista (que había suplicado al político Rodezno por el organizador Fal Conde) hiciese espléndida realidad y garantía salvadora, la que Pemán concebía entonces como «ejército con doctrina eterna». Dice el libro de Melgar sobre la escisión dinástica, que los amigos y consejeros de don Alfonso decidieron su real ánimo a mantener sus derechos y no reconocer los de la rama carlista. Esta actitud, señor Pemán, es vieja herencia que también recibirá su «Príncipe». Recuerde la contestación dada a Carlos VII en la Avenue de la Grand Armée, de París, por su prima Isabel II, cuando ambos estaban desterrados: «Pero, ¿de qué serviría esa sumisión (la suya) cuando «los míos» la tendrían por nula y levantarían pendones por don Alfonso»?

 Y los pendones aparecieron en Sagunto a la hora convenida. ¿Podrán sus nietos y descendientes sustraerse a las presiones de «los suyos»? ¿Acaso no son los cuarenta y cuatro de Estoril quienes, desertando del ejército de la doctrina eterna, levantan ahora pendones por don Juan? Los de Sagunto y los de Estoril tenían el reloj parado en aquella hora en que los «cicateros» carlistas repudiaron a una tierna niña y a su madre, la bella napolitana y gloria de los liberales; en la hora del lúgubre doblar de las campanas del Real Monasterio por la muerte de Fernando VII el día 29 de septiembre de 1833. Y lo más grave es que lo han parado después de lo ordenado por Diego Martínez Barrio en la Logia Iberia de Lisboa, donde se manifiesta «juanista» para evitar el carlismo que les venía encima y «para poder derribar el régimen de Franco». Y lo tienen parado, pese a que don Juan manifiesta su concordancia antifranquista en sus manifiestos de Lausana y de Estoril.

 Tampoco se mueve el reloj con la carta que don Manuel Fal Conde dirige a Rodezno desautorizándole por sus favorables manifiestos hacia don Juan, publicadas por «United Press» en 1946. Y parado sigue cuando en 1948, en Londres, se hacen «juanistas» Prieto y Gil Robles; cuando en 1952 la Comunión Tradicionalista, da cumplimiento a la voluntad de don Alfonso Carlos, precisamente para que nadie impida que deje de ser como Pemán la concibiera: «ejército y doctrina eterna». A este fin declaró solemnemente a don Javier de Borbón, como Rey, en asamblea celebrada en Barcelona con motivo del Congreso Eucarístico. Y con el reloj muy retrasado fueron cuarenta y cuatro señores a Estoril para autodepurar a la Comunión y hacer efectivo el mandato de Pemán de 1933, aunque levantasen ahora sus pendones «juanistas»

 Pero hay más. Han venido a testimoniar su ligereza y obcecación dos nuevos acontecimientos. En 1958 se celebra en Bruselas la asamblea del partido comunista con asistencia de Dolores Ibarruri, doctora honoris causa» por la Universidad de Moscú. La Pasionaria, tan docta en las disciplinas de Lenin y Stalin, cuan inepta para las divinas impaciencias» de Javier; anclada por su saber y por sus años en la generación de 1834, al suscribir para ella y su partido la enmandilada candidatura «juanista», forzosamente tuvo que exclamar: ¡Muera Cristo! ¡Viva Satán! Completar la copla de 1833 gritando: ¡Nada de Carlos! ¡Viva don Juan! ¿No le parece que es avivar las «sectarias impaciencias» de doña Dolores?

 Y siguiendo las páginas de la Historia, en 1962, y con los mismos piadosos fines, se reúne Rodolfo Llopis en Munich con Gil Robles y con representantes marxistas, demócrata cristianos y monárquicos liberales, cuyos nombres no es necesario citar.

 Quiero manifestar, por último, que si la herencia histórica de la legitimidad de «El Príncipe» queda bien esclarecida por la luz de la verdad, encuentro en el artículo un concepto final que debo aclarar. Me refiero a los méritos ponderados por Pemán en su elegido, presentándolo como el hombre bueno que no pertenece ni al bando de los vencedores ni al de los vencidos. La luz de los acontecimientos, que acabamos de citar identifica la académica frase, con un gironellismo puro. La dorada frase, muy púdica, tapa lo que no debe enseñarse: su procedencia moscovita. Allí eso se denomina existencia pacífica.

 Le doy toda la razón a Pemán cuando dice: «Franco sabe que por su legitimidad «emanada de la victoria», él no es ya una persona, sino una institución.» No concibo un Príncipe aspirante a sucesor de Franco (cuando Dios lo disponga) que no sea como él participante en la victoria del Movimiento; vinculado a él lo más íntimamente posible, no de palabra, sino con hechos.

 En lo que no estoy de acuerdo con don José María es en el poco celo para exigir pureza a la institución (que debe ser «ejército y doctrina eterna») y el excesivo culto a la personalidad de un Príncipe a cuyo padre se lo prodigan de consuno monárquicos liberales y marxistas leninistas.

Manuel  de VALDIVIELSO


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968

 

viernes, 19 de junio de 2026

Sobre la la asignatura de F. E. N. (Formación del Espíritu Nacional)

 Artículo de 1970 

 LIBERTAD Y FORMACIÓN POLÍTICA

 Por Estanislao Cantero

 El sentido profundo de la libertad en quienes la reclaman en una sociedad de masas es la exigencia de una completa y minuciosa predeterminación de sus vidas definitivamente planificadas y protegidas” (1).

 En el sistema educativo español, planificado y dirigido por el Estado, existe (1970) la asignatura de Formación Política, conocida por F. E. N. (Formación del Espíritu Nacional) en el bachillerato, y con el nombre de Formación Política en la Universidad. Menos en Preuniversitario, existe en todo el bachillerato y en casi todos los cursos de las diferentes carreras universitarias, salvo en el primero y el último.

 Es innegable que, en todos los cursos en que existe, se considera prácticamente por alumnos y profesores como una de las “marías”, es decir, asignatura que existe solamente porque el Ministerio de Educación se empeña en ello, pero a la cual no se le concede importancia. Desde hace once años, su existencia es puramente nominal. Si bien es cierto que existe, es también una triste realidad que no se exige (prácticamente hay aprobado general) y lo que es peor, que no se enseña en la mayor parte de los centros. No obstante hay quien opina que la formación política no es más que “una reminiscencia de tiempos pasados, del totalitarismo español” (2). Coincidimos, al afirmar que, desgraciadamente es algo pretérito, sin actualidad, pero no porque no deba hacerse sino porque no se hace.

 El actual régimen nació el 18 de Julio de 1936. El Estado debe y tiene que ser fiel a él; es cierto que hace ya 31 años que se pudo leer el parte de la Victoria, pero no es menos cierto que la Victoria, tanto o más que por las armas, se consigue y empieza cuando la ideología sobre la que se basa todo orden justo y, en fin, todo progreso, ideología defendida por los que tomaron las armas, se divulga y enseña a las generaciones futuras y a los que de buena fe están en el error. Es una trágica realidad el que este Estado, que desde su nacimiento tenía todos los medios para conseguir esa victoria, no lo ha hecho así. No dudamos de su buena intención pero ello no basta.

 Cuando algo tan fundamental como es la formación política no se ha impartido; cuando la generación que ahora se forma y la recientemente “formada” no tiene más ideas que las que los medios de información (o de deformación, diría yo) les ponen ante sus ojos, se nos encoge el corazón al ver lo que se ha conseguido en este aspecto a partir de la guerra de Liberación. La Cruzada fue, efectivamente, liberación. No se podía soportar la anarquía, el desorden y la represión religiosa que existían.

 Vemos así, ahora, que en una sociedad de masas en la que ya no existe el hombre como “portador de valores eternos”, donde el concepto de libertad se ha deformado totalmente, no existiendo ni siquiera muchas veces la elección, pues el Estado se lo da todo al individuo; donde se sustituido o se trata de hacerlo, la libertad por la igualdad, creyéndose así libre porque todos hacen lo mismo, las palabras de Rafael Gambra con las que comenzamos este artículo, son por desgracia fiel reflejo de la sociedad en que vivimos, en la que el hombre no existe con individualidad propia y diferenciada que no sea la meramente biológica, sino como “hombre-masa” que se cree totalmente libre porque está como todos o, al menos, como la mayoría, inmerso en el proceso irreversible del “sentido de la historia”. Lo que no es más que la negación absoluta de la libertad: puro determinismo.

 Es por todo esto por lo que creemos necesaria la formación política en los centros de enseñanza. Lo contrario lleva, efectiva y realmente, el totalitarismo, en una sociedad de masas en la que la libertad no tiene sentido sino como sujeción al poder estatal. Pero, ¿qué es la formación política? ¿En qué debe consistir? Su mismo nombre nos lo indica: acción de formar, de educar, educación política en el sentido que la palabra tiene para Aristóteles, al decir del hombre que es un ser político, esto es, social y no solamente en su acepción relacionada con el poder. Si además tenemos en cuenta que formar es componer un todo en sus partes, la formación política consistirá en la educación en todo aquello que se refiere al hombre, la sociedad y el Estado y las relaciones entre ellos.

 Se combate la formación política –cómo no- lo mismo que tantas otras cosas, en nombre de y por la libertad. Así se nos dice que estamos “alienados” porque aceptamos unos principios y unas ideas. La libertad para los que hablan de ese modo consiste en no admitir, en no atarnos a ideas y principios o creencias, pues si los admitimos, desde ese momento, dejaríamos de ser libres. Curioso. Por una parte supone el aceptar la idea de que no hay que ligarse a nada, con lo que si antes no se era libre, por el mismo motivo, ahora tampoco. Por otra, la libertad consiste precisamente en atarse a algo, al bien, pues desde el momento en que se conoce una cosa, la libertad estriba en quererla o no, y desde el momento de esa aceptación o rechazo queda uno ligado a ella. No por ello se deja de ser libre, ya que esa actuación se ha realizado voluntariamente. Y decimos que ligarse al bien, porque de consistir en ligarse al mal, además de irracional, supondría que quien se ligase al bien no sería libre. Por eso, “el que comete pecado, esclavo es del pecado” (3). Por lo mismo, no puede admitirse que la libertad consista en atarse indiferentemente al bien o al mal. El poder escoger entre bien y mal no es más que la libertad física. No hay libertad moral para escoger el mal y, sin ella, no hay verdadera libertad.

 La libertad, decía Donoso Cortés (4), es la obra maestra de la creación. La libertad supone querer y el querer, entender; en esto nos diferenciamos de los animales, que no son libres. Por ello, si queremos que el hombre ocupe el puesto que le corresponde, si queremos que sea el rey de la creación (por supuesto, no prescindiendo de Dios) habrá que enseñarle poco a poco y desde la infancia el porqué y para qué de su existencia y la actuación que debe seguir, no como algo planificado irracionalmente que le lleva a tomar “el tren de la historia”, sino que esa actuación sea querida y efectuada voluntariamente por él al ver, al conocer, los diferentes aspectos de la realidad de la vida.

 ¿En qué debe, pues, consistir la formación política? ¿Qué debe enseñarse? No vamos a hacer un programa concreto y detallado para cada año, sino tan sólo esbozar en líneas generales lo que debe ser.

 El fundamento de la existencia del hombre es Dios. Por ello, si bien existe la Religión como asignatura e igualmente y, por desgracia, enseñada con el mismo “celo” y a ella incumbe directamente esta cuestión, no por ello debe prescindirse de Dios, sino al contrario, ajustar toda la enseñanza sobre la base de Su voluntad y adecuada a las enseñanzas de la Iglesia Católica, depósito de la Verdad revelada. Se deberá enseñar lo que es el hombre, el puesto del individuo en la sociedad y el Estado; lo que es la familia, célula y base de la sociedad: lo que es la sociedad y lo que es el Estado.

 Asimismo, deberá enseñarse que, entre individuo y sociedad existen unos cuerpos o asociaciones naturales que son los cuerpos intermedios. Derechos y obligaciones de todos ellos de acuerdo con sus finalidades respectivas, pero de una manera general y básica, si bien más profunda en los cursos superiores, ya que la concreción particular y técnica incumbe a otras ramas del conocimiento, sobre todo el Derecho. De este modo, podrá existir una sociedad racional, corporativa y jerárquicamente organizada, basada en orden impuesto por el Creador, donde tanto el individuo como la sociedad, los cuerpos intermedios y el Estado puedan ejercer las funciones que les son inherentes, obligándose recíprocamente con sus respectivos deberes, con lo que efectivamente existirá un verdadero “desarrollo de la persona humana”.

 Obligación y derecho de la sociedad, entendida como cuerpo orgánico y donde el hombre no sea tan solo un número será la formación política de los individuos que la componen. Esta formación debe darse en todos los centros educativos: y si el Estado planifica la educación mediante la centralización de una enseñanza unitaria e igualitaria, como mal menor deberá igualmente exigir que la formación política sea una realidad y no algo ficticio. Es deber suyo y del que no puede sustraerse desde el momento que se ha hecho cargo de la educación, pues si no debe monopolizarla, desde el momento que lo hace, si abandona la formación principal con la que está obligado para con el individuo y la sociedad, convierte esa educación en deformación.

 Los resultados los hemos visto y los vemos continuamente. Si efectivamente es el Estado y somos nosotros fieles al 18 de Julio y si no queremos que sus defensores y las generaciones futuras tengan que lamentarse, no del 18 de Julio sino de la actuación posterior, no abandonemos ni renunciamos a obligación tan sagrada.

 Es pues, indudable la necesidad de la formación política. Sin ella, seguiremos hundiéndonos en el acelerado proceso del “viento de la historia” cuyo dogmático y desarrollo irreversible se acepta cada vez más como la verdad más inmutable. Para salir de esta sociedad masificada, donde la Revolución y la sociedad de consumo se parecen cada vez más es absolutamente necesario una formación política adecuada.

 (1) Rafael Gambra: “La libertad en la sociedad tradicional cristiana y en la sociedad de masas”, en “Verbo”, abril 1970, pág. 287. Editorial Speiro. General Sanjurjo, 38.

 (2) Citado por Fuerza Nueva, número 175, 16 de mayo de 1970.

 (3) San Juan VIII, 34

 (4) Donoso Cortés “Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo”. Espasa Calpe. Colección Austral, segunda edición, 1949 pág. 71 y siguientes


Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970