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sábado, 30 de mayo de 2026

Distorsiones anticarlistas

 Artículo de 1968

 ¿En nombre de qué pueblo escribe el director del diario “PUEBLO”?

Una serie de sofismas se suceden en las cuartillas que Emilio Romero entrega para su impresión en ese diario de su dirección —«Pueblo»—, y en el que no tienen cabida muchos españoles que serían la voz del «pueblo».

 «Sin rodeos» es el encabezamiento de muchos de los editoriales que publica Emilio Romero, que se autocalifica de «gallito». En uno de sus recientes trabajos se pronuncia, «sin rodeos», contra el carlismo, sin tener en cuenta que el carlismo forma parte integrante del Movimiento Nacional y que el diario de su dirección pertenece al mismo. ¿Tiene esto Lógica? ¿Es de elemental Etica?

 Si esos ataques al carlismo Emilio Romero los hubiera publicado en los primeros meses del Movimiento, ¿qué le hubiera sucedido? ¿Continuaría siendo director del diario «Pueblo»? Queremos analizar brevemente alguna de sus ideas sofísticas. Antes queremos reconocer que sabe escribir, que tiene una pluma ágil y extraordinaria, que sabe atacar en materia política. ¿Tememos su reacción? ¿Se atreverá a contestar a estos reparos que oponemos a sus «sin rodeos»?

 Repetidamente, en ese artículo al que nos referimos, demuestra un desconocimiento pleno de la Historia. A estas alturas (1968) nos habla de «pleitos dinásticos», cuando el propio Caudillo ha reconocido que las luchas de los siglos XIX y XX no fueron dinásticas, sino de ideologías; eran el enfrentamiento de la España auténtica, precursora del Movimiento, y la España bastarda y extranjerizada. ¿Por qué ignora esto el director de «Pueblo»? (…)

 El «gallito» se irrita ante la noticia de que parte del pueblo carlista se ha reunido en Fátima y ha rezado a la Virgen, juntamente con el abanderado de la Tradición, el príncipe don Javier Borbón-Parma. Confiesa que «le sorprende» que don Javier haya concedido condecoraciones. Nosotros aconsejaríamos a E. Romero que no se sorprenda tanto, pues puede que no sea más que el principio de las sorpresas que le esperan en la segunda mitad del siglo XX, como continuación de las sorpresas que en un 18 y 19 de julio de 1936 dio ese mismo pueblo carlista para que, indirectamente, el señor Romero pudiera ser director de un diario perteneciente a aquel Alzamiento que, como «Pueblo» fundó en parte el pueblo carlista, cuya representación ha peregrinado a Fátima.

 Emilio Romero no se «imaginaba» que las condecoraciones y títulos pudieran otorgarse desde el extranjero. No es cosa de «imaginación, señor Romero, sino de realidades históricas. Se refiere concretamente a las concedidas, entre otras, a don Carlos Hugo, a don Manuel Fal Conde y a don José María Valiente. ¿Acaso desconoce que hay una disposición firmada por el Generalísimo según la cual se reconocen los títulos y honores concedidos por los reyes carlistas desde su exilio? Si se reconocen como legítimas las otorgadas por don Alfonso Carlos desde el extranjero, ¿cómo no vamos a reconocer también el título de Regente otorgado por el mismo rey carlista a favor de don Javier Borbón-Parma? ¿Acaso no fue válida la orden dada por ese mismo don Javier, y también desde el extranjero, de movilización de unos 60.000 requetés? ¿Por qué no le hiere la realidad histórica -no pura imaginación novelesca- de aquel telegrama cifrado que, a las seis y media de la mañana del 17 de julio de 1936, desde el extranjero, se transmitía por el mismo don Javier de Borbón Parma, dando la orden de iniciar el Alzamiento?

 El hábil periodista político que es Romero todo lo reduce a «un pleito y pugna dinástica»; desconociendo, repito, que los carlistas jamás lucharon, ni luchan, ni lucharán nunca por una dinastía sino por una ideología religiosa y patriótica. Que tenga bien presente, si es que puede, que los carlistas de la primera guerra que lleva el nombre de carlista, ponemos, por ejemplo, si su Príncipe don Carlos María Isidro hubiera tenido ideales liberales, y María Cristina, madre de Isabel II, hubiera garantizado una educación a la Princesa basada en la más pura ortodoxia católica, ni uno sólo hubiera militado tras la bandera de don Carlos.

 Es vergonzoso que a estas alturas tengamos que dar estas explicaciones, que los más lerdos no las necesitan, pues de cualquier discurso del Caudillo cuando no de la Historia limpia, se desprenden. ¿Por qué Emilio Romero nos desfigura la Historia, con posible quebranto para una de las dos fuerzas políticas que fueron básicas en el 18 de Julio? ¿Qué clase de juego es éste? Comprendemos que «ABC», interesado dinásticamente con la familia descendiente de Isabel II y Alfonso XII y XIII, escriba de vez en cuando lo que es y lo que no es, pero no hay derecho a que «Pueblo», que pertenece al Movimiento, desinforme a los españoles.

 ¿Quién contribuye a esta confusión? Sin duda—nos duele el tener que decirlo—, «El Pensamiento Navarro», desde que lo dirige J. M. Pascual, que, como hemos dicho en más de una ocasión desde estas columnas, ha abandonado la idea de DIOS y de PATRIA y reduce el carlismo a FUEROS y REY. Esa desviación del periódico, que se había mantenido carlista ortodoxo e integro hasta la primavera de 1965 le puede servir de pretexto a E. Romero y, por lo tanto, es perjudicial; pero carece de fundamento sólido, pues la ideología carlista no la puede modificar ni un diario, por mucha solera carlista que haya tenido, ni unos pactos, ni uno o más príncipes. Los principios carlistas son por propia naturaleza inalterables y permanentes, al igual que los del Movimiento, con los que concuerdan y con los que se complementan.

 El autor de los «Sin rodeos» que comentamos y glosamos no solamente se ocupa de don Javier Borbón-Parma, sino también de don Juan de Borbón y Battemberg, de su hijo don Juan Carlos y del primo de éste don Alfonso Borbón y Dampierre. Son las posibilidades a la sucesión a la Jefatura del Estado.

 El comportamiento de don Juan, conde de Barcelona, lo encuentra «más moderado y menos bullicioso» que el de don Javier. En esto tenemos que confesar que coincidimos, si bien no por las mismas causas. Al parecer, Romero aplaude esa moderación y falta de bullicio. Para que un acontecimiento sea bullicioso se requiere que haya mucho PUEBLO, mucha gente, mucho ruido, mucho frenesí, mucho entusiasmo, mucho tumulto. ¿Puede producirse en torno a don Juan algún acontecimiento bullicioso? ¿Hay, políticamente hablando, en estos tiempos, algo más bullicioso que el entusiasmo que extasía en la romería-concentración de Montejurra? ¿Se imagina el señor Romero algo tan bullicioso como la concentración voluntaria de requetés en la plaza del Castillo de Pamplona, en aquel memorable y decisivo 19 de julio, ante el general Mola y por orden del propio don Javier y del condecorado don Manuel Fal Conde?

 Emilio Romero se lamenta de que haya dos organizaciones políticas que actúan dinásticamente, a pesar de que los partidos políticos están prohibidos. ¿Es que no recuerda que la Comunión Tradicionalista no es un partido político, aun cuando algunas veces tenga que actuar como tal para contrarrestar la acción de los partidos políticos ilegales, pero camuflados? ¿Es que no sabe que los requetés no están suprimidos, sino que tienen una existencia legal en el régimen? No tiene existencia legal, en cambio, ninguna organización política que defienda la ideología y dinastía liberal. Hace dos comparaciones entre términos heterogéneos.

 Nosotros estimamos que el artículo de E. Romero es un atentado a las esencias de la Monarquía Tradicional que instituyen nuestros Principios del Movimiento. Desfigura los hechos lejanos y los próximos. Los ve y los presenta como una lente, unas veces cóncava y otras convexa, según sean sus conveniencias. Los españoles del 18 de Julio tenemos buena visión y repudiamos cristales deformados como los que sirven de recreo en algunas garitas de ferias.

 Encuentra una actitud «más juiciosa» la de los príncipes don Juan Carlos y don Alfonso Borbón Dampierre. Ignoramos qué entenderá por«actitud juiciosa», si bien sospechamos que nos quiere hacer comulgar con ruedas de molino, máxime teniendo en cuenta una entrevista con uno de los últimamente citados Príncipes, que han reproducido algunos diarios españoles.

 Señor Romero: No confunda a los que impusieron la bandera bicolor, el ¡Viva España! y la llamada «Marcha real» para recuperar la Patria perdida y la libertad de la Iglesia, en un permanente y próximo —aunque a usted le parezca lejano— y que pactaron con el Ejército y posteriormente con la Falange, con aquellos otros que se mantuvieron al margen y que hoy desean aprovecharse del esfuerzo, vida y patrimonio que entregaron, sin exigir nada, al grito de DIOS, PATRIA y REY, y cuyo Himno —el Oriamendi— es todavía símbolo del Movimiento, del cual usted percibe su retribución. Le insisto en que no le faltarán sorpresas políticas.

 ¿En nombre de qué PUEBLO escribe usted, señor director de «PUEBLO»?

 Roberto G. Bayod Pallarés


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968 

 

jueves, 28 de mayo de 2026

La Iglesia pobre y la mistificación marxista

 Artículo de 1970

 

 LA IGLESIA POBRE Y LA MISTIFICACIÓN MARXISTA

 Desde que el Concilio Vaticano II pusiera en circulación la frase “Iglesia-pobre”, confesemos que ha ido sufriendo una depreciación paulatina. Como tantas otras de esta literatura religioso-católica actual, después de una vertiginosa inflación que las ha ido convirtiendo de “tópicas” en “u-tópicas”, han empezado a causar fastidio y casi náuseas.

 Ese ha sido el singular privilegio de una literatura barata que sólo ha buscado el ruido, la tramoya y la fantasía sensacionalista: el de convertir el vocabulario más rico de contenido cristiano en un cansino oropel de relumbre de charol primero y en una escoria lamentable de arroyo después. Por ello, ¿por qué no manifestar una primera aprensión, cuando supimos que la Conferencia Episcopal española escogía este tema como objeto de sus deliberaciones para su XII Asamblea plenaria? Y sin embargo…

 Y sin embargo, el tema de la pobreza de la Iglesia ha ido siempre unido, en la historia de la Iglesia, con el sentimiento escatológico de su renovación interior perenne y con el testimonio profético de su presentación al mundo de fuera. Sólo en el testimonio vivido de su pobreza evangélica ha podido la Iglesia renovarse así misma y transformar al mundo.

 Sólo que, desde que el marxismo se adueña del tema y lo pervierte esencialmente, para hacer de los “capitalistas” a los “ricos” y de los trabajadores a los “pobres”, yo diría que el mundo moderno -aún el católico- vive el problema de la pobreza como un complejo marxista, que ha logrado desalojar el verdadero concepto cristiano. El marxismo ha realizado una tremenda simplificación, convirtiéndolo en uno de sus mitos favoritos, con los que embruja a las masas, llevándolas al paraíso ideal en el que todos serán “ricos”, haciendo falsa la afirmación de Cristo de que “pobres siempre los tendremos entre nosotros”. Pobreza, para el marxismo, es lo mismo que “trabajo”, y aún este entendido como una necesaria y dialéctica explotación del obrero.

 A esto añadió el marxismo una grande e inmensa calumnia, lanzada a la cara de la Iglesia como un puñado de lodo corrosivo: la Iglesia pertenece y es necesaria a los “ricos”. Para los “pobres” es opio que les adormece. Y lo peor es que logró crear nuevos complejos. Los obreros creyeron que, para dejar de ser pobres, debían abandonar la Iglesia, y comenzó esa inmensa defección de las masas obreras desertoras de la Iglesia. Pero también -y he aquí un hecho tremendamente curioso- los hombres de Iglesia aceptaron el reto marxista, con la posición del problema en el falso plano en que se lo colocaba el marxismo. Desde entonces -lo afirmamos conscientemente- la Iglesia se ha movido en una posición de defensiva y pura apologética frente al marxismo. Su argumentación, aun la mejor, bailaba sobre la cuerda floja; y lo hacía al son de la vieja trompetería de la Internacional. Tanta y tanta “doctrina social”, que se dice de la Iglesia, suena a falso, porque el redoble se efectúa sobre la caja de música que le ha prestado el marxismo.

 Con ello, naturalmente no vamos a negar la generosa entrega y las intenciones nobles de quienes construyeron esa que se llama “doctrina social cristiana”. Ellos han pretendido difundir siempre la caridad cristiana hacia el necesitado, en un esfuerzo, inútil e imposible de hacerse comprender por él. Pero el marxismo llevaba siempre la ventaja. Era él quien había escogido el terreno de juego. Era él quien iniciaba peligrosamente los saques. Era él quien había seleccionado las pelotas y las raquetas. La Iglesia, en cambio, había aceptado, inocentemente, un campo de combate que no era el suyo. Y había abandonado una tradición en la que únicamente podía presentar coherencia y consistencia ideológica y pragmática.No quisiéramos exagerar al decir que mucha de la así dicha “sociología cristiana”, habiendo aceptado la posición de los problemas del marxismo, tenía como inspirador a Marx.

 Y es que el concepto de pobreza cristiana no tiene nada que ver con la mistificación marxista de ese concepto. Marx ha necesitado de una contraposición violenta entre “Kapital” y “trabajo” para llegar a ese materialismo dialéctico de la historia. Y bien sabemos cómo todavía esa mística falsificada mueve a nuestro mundo. En esta mística, la “pobreza” es un estado de miseria material de bienes de la tierra, creado injustamente por el capital aliado de la religión y de la Iglesia. No es suficiente que la Iglesia grite -ya desde hace tantos años- que no quiere ser vinculada al capitalismo… que quiere entregarse al mundo de los “pobres”, si por “pobres” acepta el sentido que le da el marxismo; y los entiende como “obreros oprimidos injustamente”, como “trabajadores” dialécticamente opuestos al capitalismo… ¿qué extraño que todo suene a hueco?, ¿qué extraño que la voz de la Iglesia resuene en el desierto y que el obrerismo le siga volviendo las espaldas?

 Porque el espectáculo moderno se vuelve aburrido, a fuerza de monótono. Unos partidos “demócratas cristianos”, en los que el democraticismo acaba por engullir al cristianismo… ¿por qué? Porque los cristianos abandonaron su terreno de juego y se pasaron, con armas y bagajes, a la democracia, aceptando eso que, alegremente, se llama “juego democrático”. Unos sindicatos cristianos que aceptaron la dialéctica de lucha de los sindicatos no cristianos y que terminan por suprimir en el título y en la práctica el apelativo de cristianos, e ir codo con codo, a todas las huelgas y a todas revoluciones… ¿por qué? Porque se dejaron influir por el complejo, inducido desde fuera, desde el marxismo de los sindicatos marxistas.

 Unos curas “sociólogos”, que sólo contemplan el problema social desde la posición elegante de algún economista de Manchester o Saint Etienne, no podrán menos de gritar en el púlpito contra los “ricos” opresores… ¿por qué?-Porque en los pobres sólo contemplan la miseria que les ha descubierto la engañosa óptica marxista. Un excelente señor Obispo se entrega, con un celo pastoral laudable, a escribir largas pastorales sobre el estado sociológico de su diócesis, en que analiza minuciosamente la renta “per cápita” que, en justicia, debiera establecerse…¿por qué?-Porque fue, tal vez, educado en alguna y de economía sociología de allende los Pirineos, en que Marx ha sustituido a Cristo. Un respetabilísimo señor Cardenal de la Iglesia, que acepta un diálogo televisado con un teórico del marxismo y que, a las primeras de cambio, es llevado, con una maniobra habilísima, al terreno de su adversario, se ha encontrado desarmado, y ya todo el diálogo ha sido un juego peligroso del perro y del gato…

 ¿Para qué seguir? La pobreza de la Iglesia está despreciada, porque anda por ahí como oveja sin pastor, discurriendo extrañamente con amplias y huecas hopalandas que la titulan como cristiana; en realidad quien va debajo es un macho cabrío que es el marxismo. Es el antiguo lobo vestido con piel de oveja.

 Sólo cuando se descubra el juego falso se caerán las escamas de los ojos de ciertos inefables “sociólogos cristianos”. Pero ¿cuándo será? ¿Cuál es el verdadero concepto de pobreza cristiana y por qué, para ser cristiana, la Iglesia tiene que ser pobre?

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970

  


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martes, 26 de mayo de 2026

Si la monarquía de Juan Carlos algo debiera al pasado, hubiera sido rey su padre

 Artículo de 1979

 EL PASMO DEL MUNDO

 YA saben ustedes que esta desgraciada operación de cambio político, que nos llevó de los niveles de prosperidad, paz y seguridad ciudadana, que el pueblo español disfrutaba con Franco, a la triste situación que padecemos, se asegura que es «el pasmo del mundo»… asombrado, abobado y regocijado por la forma en que una nación se ha destruido a sí misma, en medio de la sangre, el fango y las lágrimas

Pues bien, la «oferta» de tan averiada mercancía en el zoco de Estrasburgo, hecha por el presidente del Gobierno, señor Suárez, ha merecido un agudo análisis de José Luis Alcocer, hecho en «El Imparcial». Alcocer fue uno de los comentaristas que, en tiempos de Franco, mantenía una actitud crítica contra el sistema político. En Fuerza Nueva hay constancia de nuestra divergencia con sus posturas. Al venir el análisis de un hombre de «la otra acera», adquiere una significación específica, pues no podrá ser atribuida a la nostalgia, como cuando somos nosotros los que adoptamos posturas similares. Merece la pena reproducir algunas de sus consideraciones.

 A la pretensión de Suárez de que el «tránsito» de la llamada dictadura a la llamada democracia se ha verificado en los dos años de su llamado gobierno, Alcocer replica: «No, señor presidente del Gobierno de la nación. Nuestro tránsito hacia la democracia se inició, exactamente, por decirlo así, el 10 de enero de 1967, con la promulgación de la Ley Orgánica del Estado, merced a la cual es usted presidente del Gobierno. Y se prosiguió, desde luego, con la voluntad afirmativa del general Franco, jefe del Estado, cuando se le ocurrió proponer al entonces príncipe don Juan Carlos de Borbón y de Borbón como sucesor suyo en la Jefatura del Estado a título de rey, diciendo de paso que "la monarquía que hoy instauramos nada debe al pasado". Y don Juan Carlos juró y aceptó...»

 Sólo corregiríamos a Alcocer la fecha: el tránsito hacia la democracia se inició el 18 de julio de 1936, con el Alzamiento victorioso que acabó con el desorden rojo-separatista que llevaba a España a la esclavitud de una dictadura soviética. La culminación de esa democracia, cada vez más perfilada, debería haber sido distinta, pero ésa es otra historia. Que no quita valor a las puntualizaciones de Alcocer a los «padres» de esta democracia: «Pero ¿de dónde venís? ¿Quién os ha hecho eso que se llama gente? Si no sois unos y otro, sino el trasunto de Franco. ¿Dónde estaríais los unos y los otros sino fuera porque Franco se tomó la molestia de ganar una guerra civil?»

 Preguntas que refuerza con afirmaciones: «El rey es rey porque Franco lo quiso, lo decidió y lo propuso. No por otra cosa, don Juan Carlos inauguró la democracia el 23 de julio de 1969 con las siguientes palabras: "Recibo de su excelencia el jefe del Estado y Generalísimo Franco la legitimidad política surgida del 18 de julio y de 1936." Ahí no hay equívocos, eso está dicho, eso está jurado. Don Juan Carlos encarna una monarquía instaurada, que nada debe al pasado. Porque si algo debiera al pasado, el rey no sería él, sino su padre

 El deseo de actuar como si Franco no hubiera existido nunca, provoca, dice Alcocer, que en España «empiece a haber algunos que comiencen a desear que Franco siga existiendo todavía».

 El fenómeno es más profundo de lo que Alcocer cree. No es, con ser respetable, sólo la gratitud lo que mantiene viva la memoria de un hombre al que procuran hacer olvidar los que más le deben. Es, sobre todo, la trágica realidad de la vida cotidiana la que demuestra al pueblo, de forma irrefutable, que con Franco vivíamos mejor.

 Si el nuevo régimen político hubiera traído la felicidad a los españoles, Franco hubiera pasado, sin revanchismos y sin mitificaciones, a ocupar el puesto que su patriótica ejecutoría le han ganado en la Historia. Si así no ha sido, la responsabilidad es de quienes, además del penoso fallo humano de no ser agradecidos, han tenido el mucho más grave, desde el punto de vista político, de no saber conservar y acrecentar para el pueblo la fecunda herencia que Franco les dejó.

R. I.


Revista FUERZA NUEVA, nº 632, 17-Feb-1979 

 

 

R. I

domingo, 24 de mayo de 2026

La desmarxistización de las masas

 Artículo de 1968

 LA DESMARXISTIZACIÓN DE LAS MASAS

 La conocida tesis orteguiana de la rebelión de las masas ha quedado en cierto modo constituida como un hito irreversible en el campo social, en el político y en el económico, los cuales, aunque con propia personalidad no son, sin embargo, compartimentos estancos, sino que se influyen recíprocamente en uno u otro sentido. La rebelión de las masas trabajadoras, proletarias, es un hecho histórico, se dice. En un momento determinado, se rebelaron. Sin más. Y dicho fenómeno ha quedado erigido en acontecimiento indiscutible.

 Tal hecho, contemplado con esta simplicidad de conjunto, parece ser a primera vista lo que se quiere que sea. No podemos negar el éxito que ha logrado dicho planteamiento, ya que no sólo se dan hechos consumados, sino también definiciones y denominaciones con idéntico resultado, debidas a inteligencia elevadas—justo es reconocerlo así—que, precisamente por su fama científica, garantizan por descontado el triunfo de «slogans», palabras y frases propias de la publicidad política y que a nadie se le había ocurrido hasta entonces. Una de ellas es la «rebelión de las masas».

 ¿Ha habido, sin embargo, rebelión de las masas o más bien de ciertas minorías? No es ningún secreto que todas las rebeliones de la Edad Moderna tienen su origen en la Revolución Francesa, de inspiración judaica y minoritaria, y cuyo «slogan» de «igualdad, libertad y fraternidad»... pertenece, asimismo, a la Francmasonería, minoría selecta, como es bien sabido. Fue la Revolución de las Revoluciones conocidas hasta la fecha, norteamericana y soviética incluidas, gestadas todas ellas en el seno de grupos minoritarios, casi minúsculos.

 Más que rebelión de masas, ha habido y hay rebelión de minorías diestras que utilizan a las masas inertes e ignorantes. Las masas ciudadanas, industriales y campesinas sólo se mueven si las mueven... Es esta una ley política inexorable. Y tal movimiento generador subversivo sólo surge de una o unas minorías activas

e inteligentes, desprovistas de escrúpulos morales, que buscan como último objetivo vital trastocar primero y derrocar después todo orden social y político constituido que sea contrario a sus fines. Una vez conquistado el Poder, la minoría triunfadora pasará a ser de instigadora de unas masas que no le pertenecían a aherrojadora de unas masas que ya le pertenecen en esclavitud.

Se ha dicho que las masas, en un espontáneo ímpetu histórico y revolucionario, se rebelaron contra las instituciones tradicionales de Occidente—Imperio, Monarquía e Iglesia—porque aquellas masas se habían descristianizado previamente. ¿Espontáneamente y porque sí? Más bien, lo que ocurrió fue el desenlace trágico de un frío y calculado proceso de descristianización del pueblo y de destrucción sistemática de sus verdaderas instituciones representativas. Ni que decir tiene que dicho proceso de descomposición fue ganando tranquilamente terreno ante la inoperancia, la ingenuidad y la miopía de las clases dirigentes. Creemos que es una lección a aprender muy minuciosamente.

 Los últimos—y fundamentales—reductos de la cordura y del ataque fueron la unidad espiritual y política de la Europa tradicional. Las catapultas manejadas por la eterna fuerza anticristiana (el «caballo de Troya» ya hacía mucho tiempo que trotaba dentro de aquellos reductos...) fueron la Reforma protestante y las nacionalidades. Donde antes hubo una sola Iglesia, hoy hay un enjambre de sectas; donde antes hubo un Imperio unido, hay hoy una muchedumbre de nacionalidades enfrentadas unas contra otras. Ese ha sido el resultado y el triunfo—el «divide y vencerás»—no de las masas rebeldes, sino de una minoría harto conocida que revolucionó a esas masas.

 En la actualidad (1968), y desde hace más de medio siglo, las masas trabajadoras del mundo entero están marxistizadas en su casi totalidad. Están descristianizadas desde mucho tiempo antes. Son un instrumento dúctil, maleable, ciego, inerte e idóneo, utilizable por los Honorables Arquitectos y Talleres en cualquier momento, porque ni razona, ni pregunta, ni objeta: sólo obedece y ejecuta sin criterio propio lo que se le ordena. Unicamente a mentes inteligentemente retorcidas se les pudo haber ocurrido hacer ver—cosas que han conseguido cumplidamente—que son precisamente esas pobres masas engañadas las que se rebelaron, las que triunfaron y las que gobiernan los destinos del actual mundo democrático...

 ¿Cuál puede ser la solución a este pavoroso problema que tiene planteado la humanidad? En primer lugar, la desmarxistización de esas masas. Hay muchas voces que aconsejan una rotunda recristianización de las mismas. Ese es el objetivo final a cumplir, tras lo cual cesarán las actuales tensiones y renacerá una calma en los espíritus y en las naciones que permitirá lograr objetivos pacíficos y sociales de bienestar, hoy prácticamente inalcanzables con la situación y las cortas medidas habilitadas. Pero un paso previo e inevitable es un profundo proceso de desmarxistización a escala mundial que contrarreste esa conjura desarrollada a idéntica escala. Querer resolver un problema mundial, cual es el del judeo-marxismo, con soluciones locales es perder el tiempo en un fatigoso parchear que a nada definitivo conduce.

 De nada sirve ni servirá una actuación de apostolado espiritual, religioso, cerca de unas masas totalmente materializadas por el marxismo. Se impone no una directa labor misional dirigida a unos seres que han perdido por completo el instinto religioso, sino una directa labor social que les rescate de la mística marxista. En este caso procede, en primer lugar, una auténtica justicia social, a secas, sin demagogias ni paternalismos contraproducentes. Lo demás—la religión, la cultura elevada, los ideales bellos y espirituales—vendrá por añadidura. Pero después de conseguido aquello. Otra cosa será engañarnos lamentablemente.

 Es la única forma de que esa minoría fabricante de revoluciones en casas ajenas quede, de una vez para siempre, totalmente al descubierto. Las masas, educadas en la justicia y en la verdad, dejarán de prestarse al triste juego actual de «conejos de Indias» que, con repugnancia, presenciamos. Pero para conseguir tal resultado hacen falta hechos concretos, visibles, palpables, en sus beneficiosas consecuencias. De lo contrario, todo seguirá igual.

Mejor dicho, peor cada día ante el voraz apetito de almas, pueblos y riquezas de esa minoría irremplazable hasta ahora ante un Tribunal de Justicia, sea civil o militar…

 Arturo ROMERO


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968 

 

viernes, 22 de mayo de 2026

La contestación antijesuitica

 Artículo de 1970 

 LA CONTESTACIÓN ANTIJESUÍTICA (EL CIERRE DEL COLEGIO MAYOR “LOYOLA”) 

Los estudiantes residentes, alentados por doctrinas y posturas anticristianas, se rebelan contra sus maestros y superiores

 Aquellos jóvenes universitarios alimentaban constantemente el resentimiento contra cuanto eran y significaban sus maestros, a los que un unánimemente acusaban de oportunistas, inauténticos e incapaces. Y, un día, ese resentimiento contenido estalló violento. Actos de vandalismo, amenazas, pinturas por las paredes, ridiculización de los jesuitas, destrozos. Los jesuitas, impotentes, tuvieron que plegarse a los hechos y comprobar cómo, en su Colegio Mayor “Loyola” no mandaban ya ellos, sino que se imponía la fuerza de unos colegiales dispuestos a satisfacer su “toma de conciencia antijesuítica”. La información gráfica que publicamos es lo suficientemente elocuente para dar idea de lo que decimos.

 El jesuitismo socialista y democrático, visto por sus propios estudiantes, no es más que nazismo y totalitarismo hipócrita…No son justificables los actos de vandalismo en sí mismos, pero la verdaderos culpables no hay que buscarlos entre los colegiales del “Loyola”, ni siquiera en la pequeña porción de jóvenes jesuitas del mismo Instituto Químico que, según propagan los mismos colegiales sublevados, han apoyado y animado la actitud de rebeldía frente a los actuales directores…Los verdaderos culpables están en los que a ciencia y conciencia de las leyes de la Historia, han envenenado mental y psicológicamente a unos colegiales, con doctrinas anticristianas y antiespañolas. 

Lo que le ha pasado a la Compañía del Padre Arrupe en el Químico de Sarria es el lógico resultado de las premisas puestas por los actuales superiores de los jesuitas catalanes: padres Rifá y Ribas con sus consejeros padre Ferrer Pi y sus consejeros en la dirección del Instituto Químico. Ellos aplastaron la sana, cristiana y patriótica reacción contra Evely de unos jóvenes congregantes. Los jóvenes por ellos formados acaban de aplastar a sus formadores y ponen en evidencia su más absoluta incapacidad de formadores universitarios y su fracaso total.

 No son los vientos de Historia, como gusta decir a tantos jesuitas hoy, que quieren esconder en el anonimato la experiencia diaria de su inutilidad para formar auténticos jóvenes comprometidos con lo que es y significa un nombre tan grande como “Loyola”. Son los vientos por ellos sembrados los que han provocado,para mal de la Iglesia y de España, las tempestades que hoy deploramos.

 No hace muchos años, el Colegio mayor “Loyola” y el Instituto Químico se solidarizaron con los revoltosos encerrados en el convento de los Capuchinos de Sarriá. Aquellos revoltosos querían la descomposición de las esencias de España.En aquel recinto del“Loyola” y del “Químico” tenían audiencia todos los Díez-Alegría, Bolado, Comín etc., de turno. Todos los socialistas, separatistas, todos los “anti”, que conviniera presentar. Basta repasar la cartelera de las actividades académicas de los últimos años: los cursos de formación o “deformación” religiosa y política, la despatriotización de aquellas juventudes… para explicarse todo lo que ha venido ahora.

 Los fautores de la revolución son, de inmediato, las primeras víctimas de lo mismo que provocaron. ¡Cuántas veces la policía tuvo que montar guardia en los alrededores del Químico, porque en su interior se alimentaban vientos antiespañoles y antirégimen constituido! ¡Cuántas veces, a socaire de la inmunidad concordataria, los jesuitas cubrieron actitudes y enseñanzas demoledoras para el ser de España, para la tradición española, para la tradición católica! ¡Cuántas veces, en lugar del sano espíritu reformista querido por la Iglesia, se disimuló de reforma lo que en realidad no era más que subversión!

 El “festival” -propaganda descarada- en honor del marxista Raimon, patrocinado por los jesuitas del “Loyola” y del Químico, concentró cientos y cientos de universitarios. Los jesuitas fueron, en este caso, peana para un marxista como Raimon, lo mismo que pocos años antes lo habían sido para un renegado como Evely. El resultado de esa formación y de esos “santos” levantados en tan nuevas peanas, lo están comprobando experimentalmente…

 Un colegial del mismo “Loyola”, con quien este periodista ha tenido ocasión de hablar largamente, me explicaba que siempre había oído él, como un lugar común de todos los jesuitas, que habían contribuido últimamente en su formación, que había que huir de los dos extremos: ni extremismo por la derecha, ni extremismo por la izquierda. Ambos extremos, a juicio de sus educadores, eran reprobables. Esa fue la razón de combatir a los congregantes que se alzaron frente a Evely. Prodigioso término medio jesuítico: término medio entre un apóstata como Evely y congregantes creyentes; término medio entre un marxista y ateo como Raimon y congregantes que se profesan hijos de la Iglesia.

 Por esa razón, los que con el pretexto de los extremos empujan la corriente anticristiana y antiespañola tienen que quedarse con los extremos de sus formados en Raimon y Evely, sin que niuno de los 120 alumnos del “Loyola”, ni uno sólo de los cientos de alumnos y alumnas del Químico, salga gallardamente en defensa de sus maestros. Ni un joven de ambas instituciones ha salido a dar la cara en favor de lo que los jesuitas eran y significaban. Al contrario, los propios jesuitas han tenido que soportar la humillación de tener que mantener, en las mismas habitaciones y en la misma paredes, a los causantes de las injurias y de los destrozos, con la certeza de que ninguno saldría en su defensa en caso de una actuación decidida y de que las paredes y suelos, embadurnados y llenos de insultos, no podría ser borrados porque inmediatamente se volverían a pintar sin que nadie se opusiera…

 El Instituto Químico, fundado por el sabio y benemérito jesuita padre Vitoria, se intitulaba en sus recientes reglamentos “no confesional”.  Su no confesionalidad fabrica el nuevo A.M.D.G. de sus colegiales: “A Más Dinero Gana”.

 Una reflexión para terminar. Recientemente, el Padre Arrupe pasó por Barcelona y pudo experimentar la rebelión interna contra él de los jesuitas dedicados, como ellos mismos se autodefinen, a la “misión obrera”. La carta abierta dirigida al padre Arrupe, antes de su conferencia a los jesuitas reunidos y que ha llegado a los medios de difusión, define bien claramente la actitud anti-Arrupe que se respira en los ambientes jesuíticos a los que el propio padre Arrupe ha halagado y favorecido constantemente con sus declaraciones y concesión de cargos de gobierno en la Orden. Pues bien, pese a todo, muy pocos días después, el padre Arrupe, solemne y demagógicamente ha vuelto a insistir, en Bilbao: “Necesitamos situarnos sobre los movimientos de la Historia, adivinar su sentido, dominarlo, dirigirlo…” “Este inconformismo de nuestra juventud no es simple capricho: lo que pasa es que la Historia ya no se acepta a sí misma”. 

Es decir, que el padre Arrupe sabe muy bien del fracaso de sus palabras y de sus métodos de gobierno precisamente y, de una manera clamorosa, entre aquéllos a los que más y más ha empujado hacia el reformismo social de apertura marxista. Pero en lugar de reconocer sus fracasos, en frases escurridizas afirma más y más la misma línea. Esas frases ambiguas de Bilbao pueden ser buen tema de meditación para los superiores catalanes y sus consejeros: “Estamos fuera de los movimientos de la Historia. Somos incapaces de dirigir, adivinar, dominar a nuestra juventud”.

 Tanto blasonar de juventud y de reformas juveniles para comprobar que la Compañía de Arrupe no controla más que los antiguos restos de organizaciones devotas más o menos sofisticadas de palabras modernizantes. Y otro punto de meditación que señala también el padre Arrupe: “El inconformismo de nuestra juventud no es un simple capricho”. No vale, pues, echarles en cara que son unos universitarios burgueses, clasistas, conservadores, que impiden un franco progreso y que los jesuitas se desprenden de las viejas estructuras de sus edificios para practicar la pobreza más visible y sociológica. Que se integran en los nuevos planes de enseñanza para dedicarse a los niños de las familias trabajadoras de Cornellá, en lugar de los “señoritos” que no están ya en la corriente de la Historia. Lo que pasa es que sus alumnos ya no aceptan a los jesuitas más avanzados… Lo que pasa es que los descendientes de los Díez-Alegría, Bolado, Raimon y Evely no aceptan ya a sus maestros. Y serán cualquier cosa, marxistas, guerrilleros o maoístas. Todo, menos seguir siendo discípulos de los jesuitas de Arrupe o de Rifá. (…)

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº186, 1-Ago-1970