Buscar este blog

martes, 28 de julio de 2026

El vergonzoso boicot de la ONU a la España de Franco

 Artículo de 1970 

 EL “CASO ESPAÑA”

  XXV aniversario de la ONU

 Si hacemos balance de las relaciones España-ONU en los primeros años de su existencia, veremos que arrojan un saldo negativo para nuestra patria. Ya en aquellas reuniones preliminares, en las que prácticamente se gestó este organismo internacional, España y el régimen español y al frente el Generalísimo Franco, más que nunca respaldado por su pueblo, fueron postergados en una demostración de hipocresía sin precedentes en la historia de las relaciones internacionales.

 Necesario se hace recordar lo que se dio en llamar el “Caso España” (año 1946) y las resoluciones que en la ONU, sobre el particular, se votaron: en especial aquélla que condenaba, negaba su entrada en la Organización (recomendando la retirada de embajadores) al “gobierno fascista de Madrid”; consecuencia de la cual fue el infame bloqueo político-económico contra nuestro país, cumbre de la más feroz y violenta campaña antiespañola orquestada en el seno de la ONU.

 Un subcomité integrado por Polonia, Francia, Brasil, Australia y China, fue encargado de estudiar el “caso España”, a instancias de una denuncia del gobierno comunista polaco, manifestando el “peligro” que para la paz suponía el régimen español; declaración ridícula y falta de base pero que, respaldada por la URSS, fue admitida.

 Así pues, para esclarecer acontecimientos y conocer datos que “legalizaran” una posible condena a España, fue llamado a declarar ante el Subcomité ese “clown” internacional de los años 40 y personaje funesto para la nación española en la década de los 30, que se llamaba Giral. Entre la sarta de mentiras que el exministro de Marina de la República tuvo a bien decir puede destacarse aquella de que “el ejército español contaba con 840.000 hombres y una flota de 300 unidades de combate”, poco menos que dispuestos a “asustar” a las pacíficas naciones  democráticas del mundo.

 El Subcomité dictaminó que España no constituía amenaza para la paz, pero que podía constituirla, e hizo una pomposa recomendación a la Asamblea General para que esta aconsejara, a su vez, el bloqueo diplomático. (Brasil no se identificó con este dictamen y Polonia, por su parte, mantenía su primitiva tesis sobre la amenaza mundial que España representaba. Lo que ignoraban estos sesudos varones componentes del Subcomité, mejor dicho no querían saber, es que esta teóricamente agresiva nación objeto de sus ataques, si hubiera efectivamente contado con este argumento que gratuita y maliciosamente se le atribuía, no hubiera sido denigrada de tal forma en esa tribuna de infundios antiespañoles en que se convirtió la Organización por aquellas fechas.

 Ahora bien, la ONU –“generosa”- por medio del Subcomité, en ese deseo continuo de mantener la paz y unión internacionales”, presentó una alternativa a España, en virtud de la cual si ésta se comprometía a declarar una amnistía general y a conceder al “sufrido” pueblo español el derecho a unas libertades esenciales que, según ellos, le eran negadas, consideraría favorablemente la solicitud española de ingreso en su seno. En una palabra, la entrada estaba condicionada a un retorno a la situación crítica de los años aciagos de la segunda república. Pero Madrid se adelantó contestando que no le vincularía ninguna resolución que significara injerencia en las cuestiones de incumbencia exclusiva de la nación.

La adhesión que los españoles demostraban por su Caudillo debió contrariar a las totalitarias –URSS- y a las democrática naciones -Gran Bretaña, Francia, USA- y así, en su deseo de “ayudar” a ese pueblo que seguía a Franco, enmendó la primitiva propuesta que hiciera, en su día, el Subcomité: Si el régimen del General Franco no desaparecía, siendo sustituido por un gobierno formado por los “prohombres de la resistencia”, la Asamblea aconsejaría la terminación de las relaciones diplomáticas con el Régimen.

 ****

 Una vez más, sin éxito, se había intentado derribar al nuevo Estado. Rusia era la más interesada en ello, reciente como estaba su fracaso de convertir al país ibérico en una de sus “democracias populares” y sabedora, por otra parte, de la agudeza y visión política que su jefe demostraba al haber intuido, con suficiente antelación, la maniobra que el comunismo internacional tenía preparada.

 Así, en una carta dirigida a Churchill por medio del embajador español, le participaba su inquietud al respecto: “Porque no creemos en la buena fe de la Rusia comunista y conocemos el poder insidioso del bolchevismo, tenemos que considerar que la destrucción o el debilitamiento de sus vecinos acrecentarán grandemente su ambición y su poder, haciendo más necesaria que nunca la inteligencia y comprensión del Occidente de Europa”. La carta estaba fechada el 8-10-1944. La respuesta del airado “premier” inglés no se hizo esperar: “Le induciría a V. E.  a serio error si no desvaneciera de su ánimo la idea equivocada de que el gobierno de S. M. esté dispuesto a considerar ninguna agrupación de potencias en la Europa occidental basada en la hostilidad hacia nuestros aliados rusos o en la supuesta necesidad de defensa contra ellos”. Año y medio más tarde, Churchill, en un discurso, se vería obligado a confesar: “Nadie sabe lo que la Rusia soviética y su organización comunista internacional piensan hacer en un futuro inmediato ni cuáles son los límites, si existen, de su tendencia de expansión y proselitismo…” Estas afirmaciones le valdrían el que Stalin le sobrenombrara con el remoquete de… “ fascista”.

 Por otra parte, a Rusia -y esta es una razón de auténtica importancia- estratégicamente le interesaba España como etapa previa para lograr una rápida sovietización del continente europeo, y un buen paso para ello era destruir el Régimen establecido. Desde el punto de vista de la democracias occidentales, vencedoras en la segunda conflagración, el objetivo era presentar a España, ante los ojos del mundo, como continuadora y heredera directa de los regímenes fascistas vencidos; hacerla símbolo de una ideología “brutal” y, en tal concepto, lograr la repulsa internacional contra ella. La realidad era muy distinta; aparte su neutralidad, probada en el conflicto, nuestra patria, en aquellas circunstancias, se debatía con honestidad por su subsistencia, adoptando su propia solución, que le llevaría al reencuentro de sus verdaderas esencias y su auténtica idiosincrasia.

 ****

De cómico podemos catalogar el arreglo proyectado -que no prosperado- por el delegado de Cuba. Lo doloroso fue que, esta vez, el intento de humillación y de injerencia en los asuntos patrios partieron de una nación que recibió de la nuestra el idioma, cultura y civilización. El señor Belt, que así se llamaba el delegado cubano, propuso resolver el “caso” mediante el nombramiento de un gobierno interino integrado por los representantes de los países iberoamericanos, los cuales garantizarían la celebración de un plebiscito en el que el pueblo español podría expresar libremente sus deseos. ¡Qué injuria para España, nación soberana, y qué indignidad la de Belt!

 Pero todo fue inútil. Todas las amenazas y recomendaciones se estrellaron contra la unión y fortaleza de la nación española… Y obrando en consecuencia, el 13 de diciembre de 1946, la Asamblea General de la ONU discutía la moción presentada y aprobada por el Subcomité, con una posterior votación que arrojaba los siguientes resultados: A favor de la moción 34 votos, en contra 6 y trece abstenciones.

 El contenido de la “sentencia” era el siguiente, a grandes rasgos: “El régimen de Franco es un régimen fascista, modelado por la Alemania nazi y establecido por ella coactivamente”.  Asimismo, “mientras dicho régimen continúe en el poder no se permitirá su entrada en la ONU, ya que no representa al pueblo español”. Por tanto, recomienda que se prohíba su participación en organismos internacionales establecidos por las Naciones Unidas hasta que se constituya un gobierno aceptable. Mientras tanto, los pueblos de la ONU declaran que sienten una simpatía duradera por el pueblo español… “La Asamblea General recomienda también que todos los Estados miembros retiren inmediatamente de Madrid a sus embajadores y ministros plenipotenciarios allí acreditados”. Además, el Consejo de Seguridad “estudiará los medios necesarios para remediar la situación”.

 Así finalizó una de las representaciones más vergonzosas de la historia del supremo organismo internacional. El cinismo, la incomprensión, la mentira, la falta de rigor histórico… se dieron cita en una especie de cóctel Molotov arrojado contra España y sus ciudadanos, que, no obstante, supieron continuar el camino iniciado. El tiempo se encargaría de darle la razón y… el reconocimiento universal que entonces se le negaba.

 Gonzalo LÓPEZ-COBO

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 189, 22-Ago-1970


domingo, 26 de julio de 2026

Incesante subversión en la Iglesia (2)

 Artículo de 1968

 De la Iglesia, del mundo, del mando...

Los católicos ajenos al progresismo están cada día más estupefactos. Es notorio que ni en el mismo Sínodo fueron aprobadas las propuestas litúrgicas presentadas por los «reformistas». No alcanzaron la mayoría necesaria para que significase la necesaria aprobación sinodal que requería las dos terceras partes de los votos. Así fue con la votación de las estructuras básicas de la «misa normativa», sobre la introducción de tres lecturas en la misa. Con frecuencia se desaconsejaban «simplificaciones» demasiado amplias. De todos los continentes se oían quejas de los excesivos experimentos.

 Pero el «Pueblo de Dios» no cuenta si los votos no son para los «demócratas». El método es viejo. Y la forma de prescindir de las opiniones mayoritarias es harto conocida.

 En discrepancia con la «democracia sinodal» de los «Pastores del Pueblo de Dios» hubo una mesa redonda organizada por la progresista ID0C romana—cuya mayoría de asistentes fueron benedictinos muy favorables a la más acentuada reforma litúrgica—, en la que se puso de manifiesto la discrepancia con numerosos Padres Sinodales, y la amplitud y envergadura del esfuerzo reformador actual, así como también las disensiones que el permanente reformismo litúrgico produce entre los católicos.

 Si la reforma litúrgica no ha sido aceptada—tal como fue presentada—por el Sínodo, ¿cómo el Secretario de Estado, en carta al Cardenal Lercaro, le asegura que la reforma irá adelante en el sentido en que él la ha enfocado?

 Los fieles católicos están asombrados, consternados, porque no comprenden cómo es posible que no se respete la opinión de los Padres Sinodales, ni la Constitución Litúrgica, ni las instrucciones posteriores que han hecho polvo a dicha Constitución aprobada por el Concilio Vaticano II, ni se vislumbre permanencia en ninguna resolución adoptada en materia litúrgica. Parece como si la carcoma de la anarquía hubiese penetrado en el «rito latino» que ha desterrado el latín. Al pueblo se le exige acatamiento intimándole a obedecer al Papa, y al Papa se le dice que el pueblo la ha aceptado. Eso es «demócrata».

 ¿Cómo se atribuye la dimisión de un Cardenal (Ottaviani) a su ceguera, cuando ésta se citaba ya en dos conclaves como impedimento para su elección al Sumo Pontificado?

 Los católicos están francamente estupefactos. Se les dice que son adultos, y nunca habían sido tratados como párvulos hasta que apareció el slogan de la adultez de los seglares, ¡¡descubierta en el Vaticano II!!

 No comprenden cómo es posible que si los Cardenales habían presentado otra dimisión posterior a la presentada y rechazada hace más de un año, a uno de ellos—concretamente al eminentísimo Cardenal Arcadio Larraona—, en carta del Secretario de Estado (insertada en el «Osservatore Romano» del 19 de enero de 1968), se le diga que sus proyectos de reestructura de su Congregación no se aceptan. ¿Cómo es que una persona que desea dimitir se ocupa en reorganizar el Sagrado Dicasterio del cual es Prefecto?

 Tampoco han comprendido mis amigos cómo es posible que a un Cardenal que dimite de su cargo—por edad—se le ocupe en varios otros. ¿No será porque no es jubilado? ¿Y cómo es que en su lugar se nombra a un hombre enfermo desde hace años,como es el caso del Cardenal Benno Gut?

 ¿Cómo es que el Papa felicita a algunos Cardenales, al quitarles el cargo, por su extraordinaria doctrina, cuando va colocando en comisiones clave a otros que han dicho públicamente verdaderas herejías, y uno de ellos ha llegado a decir en público que la Ascensión de Nuestro Señor no ha tenido lugar? Porque eso se comenta entre los «integristas» de cierta alta personalidad, y nadie lo ha desmentido.

 También se preguntan los católicos ajenos a toda actitud y doctrina progresista cómo es posible que en su audiencia del 12 de enero de 1966 haya afirmado Pablo VI que las normas conciliares son la continuación del Magisterio Pontificio, y, por ejemplo, la Constitución Litúrgica recogía las normas dadas por Pío XII al Movimiento litúrgico, pero luego las Instrucciones posteriores deshacen la Constitución. Y por si esto aún fuera poco, el Secretario de Estado asegura ahora al Cardenal Lercaro que las reformas litúrgicas seguirán adelante en la dirección que tal Cardenal les ha imprimido. Esto, los católicos de fe íntegra no lo acaban de comprender.

 Una publicación de mucha categoría, integrista, especializada en materia litúrgica, titulada «Capella Sixtina», que se editaba en Italia y tenía amplia difusión en Francia, ha dejado de publicarse. En su número del pasado diciembre anunció que era el último ejemplar y que ya no aparecería en lo sucesivo. No daba cuenta de los motivos de dicha suspensión ni los ha dado ninguna otra publicación. ¿Es por causa del nuevo giro que puede tomar el tema litúrgico? Eso se comenta, y tal como lo he captado lo transcribo.

 A. ROIG


  Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

 

viernes, 24 de julio de 2026

El PSOE, siempre antiespañol en el tema de Gibraltar

 Artículo de 1979

 EL PSOE CONTRA ESPAÑA

 LA actitud negadora, hostil, agresiva contra su propia patria parece ser un rasgo común, un «consenso» unánime de nuestra partitocracia como si fuera para ella una posición de principio el antagonismo y la incompatibilidad entre la democracia formal y la patria española. Reviste todos los colores del iris hispano-masoquista: el silencio, el desdén, el menosprecio, la adopción de las insidias y enconos foráneos y la colaboración con ellos, la indiferencia hostil ante nuestros problemas más vitales. Tan sólo así se explica la impasibilidad con que contemplan el hundimiento económico que nos encamina raudos al subdesarrollo, la anarquía dueña de la calle, la proliferación del terrorismo impune, la inmoralidad desbordante, el descrédito y la mofa internacionales.

 Índice elocuente de esta actitud es el más de un centenar de ultrajes a la bandera que registra la Memoria de la Fiscalía del Reino, y los innumerables posteriores, ante la pasividad y el silencio de Gobierno, partidos, Parlamento, incluso del grupo de militares (a que se refiere don Prudencio García en su artículo), quienes «en artículos periodísticos muestran un evidente respaldo a la transición democrática». También habría que pensar en el respaldo a la bandera y a la patria.

 En tal posición aventaja a todos los partidos en límite inconcebible el PSOE felipista, en el interior con su entrega a los separatismos disolventes de España, y con el colonialismo ofrecido, la sumisión y la injerencia brindadas al extranjero. Es sangrante su actitud en el problema de Gibraltar. Desde sus primeras andanzas, cuando no podía soñar con el encumbramiento a que le ha propiciado y aupado el Gobierno de la Corona, comenzó sus gestiones y su oficiosidad probritánica. El profesor Tierno, en unas increíbles declaraciones que parecen más propias de Mr. Callaghan o de Mr. Owen, afirma que no puede mantenerse en su actual claustrofobia a Gibraltar. El secretario de Relaciones Exteriores, señor Yáñez, después de su visita —una de tantas del PSOE a los líderes gibraltareños—, formula una crítica durísima al cierre de la frontera y a la política gibraltareña de Franco y, sobre todo, de Castiella. Los socialistas españoles aparecen más preocupados, más apasionados por la apertura de la Roca que los mismos ingleses

Fue bochornoso el solemne viaje de Felipe González, en unión de Yáñez y de otros primates, a Londres, a fin de facilitar la ansiada apertura, porque ni Callaghan ni demás prohombres se dignaron recibirle. No obstante, con la resignada aceptación de todas las humillaciones extranjeras habitual en nuestros políticos demoliberales, afirmó que su viaje había sido muy positivo (es de creer que para los intereses del partido...). El Partido Socialista de Andalucía, que anteriormente se ha pronunciado a favor de la retrocesión de Ceuta y Melilla a Marruecos, comenzó su propaganda electoral con la visita en Gibraltar a Mr. Joshua Hassan, sin duda para que le ayude en la campaña.

 Con su anglofilia, el PSOE está contradiciendo sus postulados de defensa del proletariado. Sabe muy bien Felipe González que Gibraltar era una auténtica colonia de explotación por el tipo agravado de las que establecieron los gobiernos europeos en el Tercer Mundo, y decimos agravado porque España no es todavía un país tercermundista y porque aquellas colonias se impusieron por la fuerza, no fueron brindadas desde dentro; sabe que la apertura significaría restablecer la riada de trabajadores andaluces a la Roca sin los derechos laborales de que disfrutan todos los obreros europeos, incluida la prohibición de pernoctar o permanecer en ella, a fin de que su condición de raza inferior no contamine a la raza superior, anglosajona. Esta claustrofobia es la que habría de preocupar a Tierno Galván. ¿Sabe el PSOE que significaría restaurar el contrabando filibustero y la dominación británica en toda la región, sujetando a ella también la nueva industrialización del Campo de Gibraltar y su turismo? Y no hablemos de la otra colonización inconfesable, bien conocida antes: la femenina, a expensas de la miseria de la región y a cargo de los señores feudales de la Roca.

 Es lógico el optimismo del Gobierno inglés y la afirmación socarrona de Owen de que ahora es el momento más favorable para resolver el problema, confiando sin duda en dos actitudes convergentes tan lamentables por nuestra parte: la debilidad del ministro señor Oreja y el incondicional apoyo de la «alternativa de poder», porque están flotando un poco estelarmente en nuestro horizonte internacional de claudicación y de derrota dos fórmulas «ad hoc»: una vaga declaración por parte británica insinuando la palabra «soberanía» bastaría para la apertura total y el retroceso íntegro al statu quo anterior a Franco, por parte del señor Oreja (UCD), el pequeño ministro de los grandes fracasos, y para el gobierno de las renuncias internacionales; pero ni siquiera esta concesión suicida es aceptada por los ingleses.

 Otra declaración teórica reconociendo los derechos laborales de los trabajadores españoles sería suficiente a Felipe González para rubricar el pacto colonial, aun a sabiendas, como nos consta a todos, de su absoluta ineficacia práctica. ¿Qué garantías de efectividad, qué derecho de huelga y posibilidad de reivindicación sindical alguna les cabría a los obreros nuestros en el medio colonial hostil de la plaza militar, cuando, pese a declaraciones y compromisos internacionales suscritos, nuestros emigrantes en los países europeos, que no son colonias, sufren la consideración más vejaminosa de vida y trabajo, aunque no sepamos de gestión alguna en su favor por parte de Felipe en sus viajes «reverenciales» a dichos países?

 Utilizar la moneda falsa, la moneda cínica de una declaración retórica de derechos en el papel, en los contratos de trabajo de nuestros obreros gibraltareños, los cuales serían otros tantos serviles “contratos de adhesión” de la época del «pauperismo» en el siglo XIX, para sellar un compromiso —comparsa colonialista entre Albion y la «alternativa de poder» sería otra defección entre tantas— a la causa de España y de los obreros por parte de un partido que se llama «obrero y español» por sarcasmo.

 En la cuestión de Gibraltar, el PSOE de Felipe queda muy por bajo de su antecesor, porque aquellos socialistas de antes no sentían a España, y bien lo demostró Pablo Iglesias poniéndose de parte del extranjero cuando la guerra de Marruecos y en otras ocasiones, lo cual no puede extrañar dada su afiliación masónica y el odio a España de la secta, pero aun así aquellos socialistas como Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos, etc., mantuvieron la bandera de la reivindicación de Gibraltar, que ahora parece arriar el PSOE de Felipe González, de Guerra, de Yáñez, de Múgica Herzog…

 Carmelo VIÑAS Y MEY


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979 

 

miércoles, 22 de julio de 2026

Un sacerdote conmemorando el Alzamiento nacional

 Artículo de 1970 

 XXXIV ANIVERSARIO DEL GLORIOSO ALZAMIENTO NACIONAL

 Por José BACHS CORTINA, Pbro.

 Excmo. Sr. D. Alfonso Pérez Viñeta, Capitán General de la IV Región Militar, Excelentísimos e ilustrísimos señores. Amados hermanos:

 Dios es quien levanta o hunde los pueblos que ha creado. Y hace treinta y cuatro años, Él levantó a España, que iba a hundirse por culpa de manos impías, valiéndose del glorioso Alzamiento Nacional.

 En estos años, se han publicado centenares de libros y ha corrido la tinta en miles de escritos hablando, en bien o en mal, de nuestra Cruzada de Liberación Nacional. Yo quisiera, en esta noche memorable, dar una idea de la razón fundamental de todo cuanto se ha escrito en alabanza a nuestra gesta, que lo fue de esforzados confesores y mártires, los cuales en pacífico o en activo combate por la fe, llegaron a regar el suelo patrio con su sangre generosa. Vosotros y yo profesamos que el Glorioso Alzamiento Nacional es una preclara gloria cristiana auténtica, viva y actual.

 Esta es mi proposición que probaré, demostrando brevemente:

1. Que fue obra que, por encima de apetencia humana, quiso vindicar los derechos de Dios y de su Iglesia en España.

2. Que el mismo Dios quiso glorificar los días de nuestro Movimiento, principalmente con interpelaciones extraordinarias.

3. Que el Alzamiento, a su vez, ha glorificado la fe y ahora tiene que unificar la vida cristiana todavía más.

 ***

En cuatro capítulos, según Santo Tomás, se resume el darse Dios a los hombres: en el orden de la Creación, de la Redención, de la Gracia y de la Gloria.

 Nos creó libremente por amor y para hacernos sus hijos: nos levantó de nuestra culpa original y nos devolvió su amistad por la maravillosa obra de la Redención, que le costó la sangre a su Hijo amadísimo; nos da ahora la gracia que nos hace ser sus amigos, hijos y herederos; y coronará su obra dándosenos en la visión beatífica del Cielo; para gozarlo en acto felicísimo, inteligente y amante.

 No obstante, contra Dios se desatan las pasiones humanas; el hombre quiere un objeto aparte de Dios, primero a espaldas a suyas, luego ya Dios le estorba y, al final, llega a hacerle la guerra.

 Últimamente, el gran movimiento antirreligioso de los tiempos actuales fue alumbrado por la filosofía renacentista y la reforma protestante. Entonces se dio por consigna a las masas el “romper todo vínculo sagrado, aplastar a Cristo”.

 Y sucedió que, para aplastar a Cristo, era preciso aplastar España, romper con toda tradición religiosa, con toda influencia española, acabar con toda moral cristiana, desarticular la Patria y vender al enemigo de Dios nuestro mismo ser y la razón de nuestro ser nacional.

 Y hace 34 años que, por Dios y por España, se levantaba el Ejército, la Tradición, el renuevo juvenil de la Falange, las Juventudes, el Pueblo de Dios y todo el pueblo sano de España, a combatir, en frase de San Pablo, el “buen combate de Dios”, a dar la vida por España antes de verla mancillada y atea, destruida la fe de sus mayores. Como los macabeos, decíamos entonces los combatientes enardecidos por el Espíritu de Dios: “Preferimos morir a ver la ruina de nuestras gentes”.

 ¡Gloria al Ejército que, columna vertebral de la Patria, una vez más, articuló toda fuerza sana y la dirigió con austeridad y sabiduría y siempre con elevación de ideales con todo y que había sido casi descuartizado!

 No era obra humana recuperar la Patria. Fue preciso, sin medios humanos, con sólo el corazón puesto en Dios, presentar batalla al poder, a la riqueza, a la industria, a toda fuerza humana y por valles y collados, atravesando ríos y desmigando montes, avanzábamos los cruzados, tiñendo con la púrpura de nuestra sangre toda la geografía de España.

 ¡Oh los bravos requetés de mi Primera de Navarra, escalando el fuerte de San Marcial, cuyas troneras vomitaban metralla acero, amparados únicamente ellos con la boina roja y, por falta también de bayonetas, con el cuchillo entre los dientes!¿Pero, esto sí, con el Detente y el escapulario encima del corazón!

 Así la Falange de Castilla y de Galicia, los de Andalucía y de Aragón, los leoneses y los vascos, los catalanes y los baleares encuadrados bajo la enseña nacional. Obra sobrehumana en sus fines y en sus medios.

 ***

 El mismo Dios glorificó los días de nuestro Alzamiento con grandes maravillas, como bendecido y encomiado que fue por la voz de nuestros obispos y de los papas. Nuestros miles de encarcelados y mártires y nosotros mismos vimos milagros patentes que sería largo contar. (…)

 En fin, el Alzamiento, a su vez, glorificó la fe y tiene ahora que glorificarla todavía más con nuestras obras.

 Nadie pretendía imponer la fe con las armas. Ellas sí fueron precisas, ya lo sabemos. Era necesario defender las vidas, las almas, la hacienda, la moralidad, la religión de nuestros padres, todo el ser de la Patria.

 Este fue nuestro “martirio activo”, que constituía una glorificación de Dios: truncar los estudios, perder una carrera, dejar los padres, abandonar la persona amada, exponerse a la mutilación, pasar trabajos, obediencias, hambres, fríos, miedos, soledades, aceptar la misma muerte… perdonar, recoger al enemigo, amarle, alimentarle, procurar restañar las heridas de su alma, procurar una España feliz para todos; todo eso hecho por Dios y por España, como lo fue ciertamente, que es pura gloria para Dios.

 Dijo Cristo que por la fe haríamos milagros aún mayores de los que había obra Él mismo. Y, en efecto, ha sido así en España gracias al Movimiento Nacional, porque si uno hubiera cerrado los ojos en aquel fatídico 1936 y los abriera ahora en 1970, decidme: ¿conocería a España?

 Sin embargo, ideas extrañas, también ahora, quieren adueñarse arteramente de todo. Se infiltran aún entre nosotros para derribar tan colosal obra. Por ello, ahora, como nunca, es cuando debemos nosotros quitar la posible arcilla de nuestra conducta, ser fieles a la doctrina del Movimiento, cumplir los Mandamientos de Dios, dar luz a todos con nuestra vida cristiana, desentrañarnos por nuestros prójimos, amar la obra conseguida, cumplir con nuestro deber, descubrir añagazas del enemigo a todos.

 Cada uno su puesto, con firmeza y lealtad y con el sacrificio que ello reporte. ¡Dios lo quiere! No enturbiemos jamás con egoísmos el clarísimo caudal de nuestros luminosos ideales para una España siempre mejor. Añadir el callado martirio del cumplimiento del deber al martirio de sangre de nuestros héroes.

 Este caminar llevamos desde 1939 y algunos quizás han sucumbido. Pero está escrito: “¡Maldito el que haga la obra de Dios con negligencia!”. Y edificar España, preservarla de sus enemigos, a esta España que ya rescatamos cuando estaba a punto de perecer, la España amasada en los concilios de Toledo, la España de Orosio, Paciano, Isidoro, Braulio, Juan de Ávila, Teresa  de Jesús, Ignacio de Loyola, Francisco de Borja, Menéndez y Pelayo, Vázquez de Mella, Balmes, Maeztu… la Madre de tantas naciones, la que tanto ha sufrido en sus hijos por Cristo, esto, todo esto, es la obra de Dios que está nuestro alcance.

 Lo que con precisión declaraba Marquina:

“Nada para mí nada para vos:

todos para España

y ella para Dios”.

 Ved, señor, excelentísimos e ilustrísimos señores, amados hermanos, cómo a este fin de glorificar a Dios también ahora mismo, en unos minutos, vamos a alzar la Hostia santa y nuestro corazón pensando en nuestros caídos que brillan en el cielo como luceros hermosos, ofreciendo al Padre el Cuerpo y Sangre de Cristo, realmente presente después de la consagración.

 A Él sea dada toda gloria eternamente y Él dirija nuestra nueva Cruzada de ahora, que es de liberación de ideas extrañas, de doctrinas extranjeras.

Así sea.


 Revista FUERZA NUEVA, nº189, 22-Ago-1970

 

lunes, 20 de julio de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (7)

 Artículo de 1979


 EL CARDENAL DE ESPAÑA (Mons. Marcelo González)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 EL cardenal Tarancón vino preparando, sobre todo con su actitud al frente de la Iglesia de Madrid y de la Conferencia Episcopal, pero también con sus palabras, la gran traición de la Iglesia oficial española que pareció culminar con la tristísima declaración de la Comisión Permanente de 28 de septiembre de 1978. Nuestra jerarquía, lavándose las manos, simulaba ponerse al margen de una cuestión política, ''pero, como Pilatos, tomó partido por la injusticia y por el error.

 La XXX Asamblea Plenaria del Episcopado respaldó, con diez votos en contra y la ausencia de monseñor Guerra Campos (El Alcázar, 24-11-78: Vida Nueva, 2-12-78), la postura de la Comisión Permanente. Y el obispo auxiliar de Barcelona, señor Guix (ABC, 25-11-78), da un paso más y hace explicito lo que evidentemente se deducía de la postura colegial de nuestros obispos. La decidida recomendación por el «Si» a la Constitución.

 José María Guix Farreras, catalán de 1927. auxiliar de Barcelona desde 1968, miembro de la Comisión Permanente en su calidad de presidente de la Comisión de Pastoral Social desde el año pasado (ABC, 2-3-78), es uno de esos obispos que no suele salir en la «prensa». Fruto de la nunciatura Dadaglio, los escasos antecedentes que de él poseo confirman su última y manifiesta militancia a favor del «Sí» y que Dadaglio sabía muy bien a quién proponía para obispo.

 A. Recasens había ya comentado en el ¿Qué Pasa? (4-1-69) el nombramiento de este señor, y Jaime Tarragó puso muchas cosas en claro con su artículo «La campaña Volem bisbes catalana, al desnudo» (FUERZA NUEVA, 15-11-69). Años después vemos a Guix amenazando a un sacerdote con despedirle si no daba la comunión en la mano (¿Qué pasa?, 20-1 y 10-2-73) y más tarde se muestra muy reticente respecto a la Hermandad Sacerdotal (Vida Nueva, 2 y 9-11-74). Lo que le vale una réplica de Iglesia Mundo (2.ª quinc, nov. 1974): «Los defectos que señala el auxiliar Guix son un auténtico sobresaliente y alabanza para la Hermandad Sacerdotal.»

 Estamos ya a las puertas del referéndum (1976). Muchos católicos españoles ponían sus esperanzas en Toledo, como si no quisieran creer que la Iglesia pudiera callar en tan graves momentos. Y de Toledo llegó la respuesta.

 El 29 de noviembre (1978) se enteró España, y el mundo, de que. en contra de lo que otros habían dicho y dirían, sí había motivos religiosos y muy graves para oponerse a la Constitución. Que la campaña a la que tantos católicos se arrojaron, desde la orfandad y la tristeza, abandonados por sus pastores, estaba más que justificada. Don Marcelo González Martin, arzobispo de Toledo y Primado de España, cardenal de la Santa Iglesia Romana, dio cumplida contestación a lo que la Iglesia y España esperaban de él.

 Su luminosa Pastoral es un hito en la historia de la Iglesia hispana que no encuentra precedente desde la Pastoral colectiva de la Cruzada. Gracias a ella nunca se podrá decir que la Iglesia en España apostató de su Dios, de su patria y de sus más altos deberes. A partir de la Pastoral del Primado, los traidores tienen nombre y apellidos. No ha sido la Iglesia. No han sido los obispos. Fueron sólo los que fueron. Y una patria como la nuestra, que hizo de la religión su Norte y de Cristo su Rey, salvó, por obra y gracia de don Marcelo González Martin, la infinita tristeza que habría de pesar en su alma por los siglos de los siglos, de verse abandonada en un trágico y decisivo momento por aquella a quien entregó vida y hacienda a causa de su amor a Cristo.

 Es imposible no evocar otra situación histórica, esta vez en la Inglaterra de Enrique VIII. Todos los obispos reconocieron a aquel rey déspota y lujurioso por cabeza de la Iglesia en vez del Papa de Roma. Todos menos uno. Que fue ejecutado. Pero hoy nadie recuerda ni el nombre de aquellos apóstatas, mientras que san Juan Fisher es venerado en los altares y propuesto por Juan Pablo II como ejemplo a seguir por los cardenales. Pues así como el mártir de la fidelidad a Roma salvó el honor de los obispos ingleses, el cardenal González Martín salvó el de los españoles de 1978. Y los católicos españoles dejaron de sentirse huérfanos, pues desde, la imperial Toledo, sede de los concilios y del heroísmo, un castellano leal a su Dios y a su patria fue, en verdad, el Primado de España. Y el padre espiritual de todos sus hijos.

 Teníamos razón. No éramos unos extraños intérpretes de la religión católica abocados a un Palmar de Troya del integrismo y la intransigencia. Nosotros estábamos con la Iglesia y la Iglesia estaba con nosotros. Sabíamos que nuestro camino era el recto, pero la noche y la tormenta nos helaban el alma de zozobras e inquietudes. Y sin dudar, dudábamos. Y sin temer, temíamos. Fueron muchas las oraciones, pues experimentábamos que nuestro auxilio sólo estaba en el nombre del Señor. Por eso la alegría inolvidable de aquel 29 de noviembre, cuando al fin de la noche vimos la luz de la meta. Y esa luz se encendió en Toledo por Marcelo González Martín, arzobispo, cardenal y español. ¡Que Dios os pague el inmenso bien que hicisteis!

 Humildemente, como él lo es, el cardenal nos dice que «numerosos fieles de nuestra diócesis» se le acercaron pidiéndole luz. Es sólo parcialmente cierto porque no fue de su diócesis sino de toda España de donde llegaron al palacio arzobispal de Toledo angustiosas llamadas en petición de auxilio.

 Y en cumplimiento de «la misión que Cristo y la Iglesia nos han encomendado», el cardenal pasa a analizar el contenido de la Constitución porque los elementos negativos que en ella existen pueden no ser compensables con los positivos: pues tal vez sean «gusanos que infeccionan toda la manzana, haciéndola dañina e inaceptable».

 Y aquí surge, inevitablemente, la pregunta. ¿Es que hay distintas misiones encomendadas por Cristo y la Iglesia, a unos obispos y a otros?

 Y, si es la misma, ¿hay unos obispos qué cumplen esa misión y otros que la dan de lado, ocupados en no se sabe qué menesteres? Para mí la respuesta es evidente. Y en ella, muchos obispos quedan en muy mal lugar.

 Para el cardenal, cinco son los puntos que exigen su intervención magisterial. No se hallará originalidad en el pensamiento del arzobispo, pues nada descubre que anteriormente no se hubiera denunciado por católicos, clérigos o laicos. No está el mérito de su escrito en decir lo que nadie dijo, sino en expresar, con el peso de la autoridad de su púrpura y de su persona, y con una concisión y claridad extraordinaria, la doctrina católica que la Constitución vulneraba ante el silencio cómplice de muchos de sus hermanos en el Episcopado.

 En primer lugar, el cardenal denuncia «la omisión real y no sólo nominal de toda referencia a Dios». Aquel cartel que con gran éxito colocó Pro España Católica en casi todas las ciudades de España, en el que se veía a Cristo llamando a la puerta de unas Cortes, de las que había sido expulsado, no era exageración ni caricatura.

 Desaforadas reacciones ante esa imagen («Repugnante manipulación de Cristo». El Ideal Gallego, 1-12-78), desde periódicos que se pretenden católicos, indicaban que se había puesto el dedo en la llaga. Y el cardenal Primado confirmó que la razón estaba una vez más del lado de quienes querían a Cristo en nuestras leyes. Como lo había estado, excepto en los funestos periodos republicanos, desde que Recaredo abjuró el arrianismo en el III Concilio de Toledo el año 589.

 El cardenal sale al paso de un sofista, razón que se esgrimió frecuentemente en toda la campaña electoral. «El nombre de Dios, es cierto, puede ser invocado en vano. Pero su exclusión puede ser también un olvido demasiado significativo.» Y. sobre todo, en esta España cristiana hasta los tuétanos. Tan de Cristo, que sin El es imposible entender su historia. Tan de Cristo, que sin El toda ella, su arte, su literatura, sus muertos, sus gestas, serían una inmensa equivocación.

 A continuación, el arzobispo de Toledo denuncia la falta de toda «referencia a los principios supremos de la ley natural o divina», consecuencia lógica de la expulsión de Dios de la sociedad. Los resultados de esta omisión de Dios, que en España es un verdadero rechazo, los apunta claramente el cardenal: «agresiones legalizadas contra derechos inalienables del hombre como lo demuestran los propósitos de algunas fuerzas parlamentarias en relación con la vida de las personas en edad prenatal y en relación con la enseñanza».

 Esta es un acta notarial de la mala fe o de la supina ignorancia de los obispos, que nada veían, o nada querían ver, de peligro en la Constitución que se preparaba. Cuando venga el aborto o la estatalización de la enseñanza no podrán decir Tarancón, Yanes o Cirarda que ellos no se habían dado cuenta de lo que amenazaba la vida del aún no nacido o la enseñanza católica de nuestros hijos. No podrán alegar que ellos no leían FUERZA NUEVA o El Pensamiento Navarro, donde personas más clarividentes anunciaron lo que parecía inevitable. No podrán alegarlo porque el cardenal de Toledo bien claramente se lo dijo.

 Respecto a la educación, no es menos terminante el cardenal: «La Constitución no garantiza suficientemente la libertad de enseñanza.» Y concluye: «El mal que esto puede hacer a las familias cristianas es incalculable.»

 El divorcio, al que el cardenal califica de «peste», con el Concilio Vaticano II. será «ocasión de daños irreparables para la sociedad española». Y con el divorcio, «la propaganda de anticonceptivos y la arbitrariedad sexual».

 Por último, ante el aborto, el cardenal se pregunta: «¿Va a evitar esa fórmula (constitucional) que una mayoría parlamentaria quiera legalizar en su día el aborto? Aquellos de quien dependerá en gran parte el uso de la Constitución han declarado que no.» Las últimas noticias que sobre el tema se han traslucido dan totalmente la razón al cardenal de Toledo.

 El cardenal señala a sus fieles, y yo entiendo que quienes quedan directamente interpelados con sus hermanos en el Episcopado, que «no es lo mismo tolerar un mal cuando no se ha podido impedir que cooperar a implantarlo positivamente dándole vigor de ley». Porque esto es lo que ha hecho la mayoría de los obispos españoles. Y lo que les incapacita para una actuación pastoral futura. Ya que carecerán de toda autoridad moral para oponerse, al frente de los católicos, a unos males que tan positivamente han contribuido a implantar.

 Comentando tan lúcido documento es preciso resistirse a la tentación de transcribirlo íntegramente. El recuerdo de su impacto y de su doctrina no se borrará fácilmente de aquellos que vivieron aquellos días tristes de la apostasía oficial de España. Y su texto no amarilleará en los estantes de las hemerotecas porque habrá de reproducirse en cuantos libros traten de la historia eclesiástica de estos años.

 Supuso no sólo el homenaje a una España católica que no va a morir, por mucho que los enemigos de Dios se empeñen en ello, sino, sobre todo, el resurgir de un sentimiento católico adormecido que reconquistará de nuevo nuestra patria para Cristo.

 Y en esa batalla, que ya ha comenzado, por la causa del Señor, los fieles no estamos solos porque hemos encontrado al padre y pastor que necesitábamos: don Marcelo González Martín, cardenal arzobispo de Toledo, Primado de España. Pocas veces un título dijo tanto. Porque él se ha convertido en verdad, por encima de jurisdicciones, en el primero, en la cabeza, en el maestro. La distancia entre un Tarancón y él, si siempre fue abismal, a partir de este momento ha conocido distancias de más de años luz. Uno se mueve al nivel de los Suárez. los Carrillo y los González. El otro camina las andaduras de Dios. El uno es un cardenal para ganar Constituciones, el otro para ganar el cielo. Oppas y san Juan Fisher. Todo parecido no es mera coincidencia.

 (Continuará.)


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979