Buscar este blog

martes, 26 de mayo de 2026

Si la monarquía de Juan Carlos algo debiera al pasado, hubiera sido rey su padre

 Artículo de 1979

 EL PASMO DEL MUNDO

 YA saben ustedes que esta desgraciada operación de cambio político, que nos llevó de los niveles de prosperidad, paz y seguridad ciudadana, que el pueblo español disfrutaba con Franco, a la triste situación que padecemos, se asegura que es «el pasmo del mundo»… asombrado, abobado y regocijado por la forma en que una nación se ha destruido a sí misma, en medio de la sangre, el fango y las lágrimas

Pues bien, la «oferta» de tan averiada mercancía en el zoco de Estrasburgo, hecha por el presidente del Gobierno, señor Suárez, ha merecido un agudo análisis de José Luis Alcocer, hecho en «El Imparcial». Alcocer fue uno de los comentaristas que, en tiempos de Franco, mantenía una actitud crítica contra el sistema político. En Fuerza Nueva hay constancia de nuestra divergencia con sus posturas. Al venir el análisis de un hombre de «la otra acera», adquiere una significación específica, pues no podrá ser atribuida a la nostalgia, como cuando somos nosotros los que adoptamos posturas similares. Merece la pena reproducir algunas de sus consideraciones.

 A la pretensión de Suárez de que el «tránsito» de la llamada dictadura a la llamada democracia se ha verificado en los dos años de su llamado gobierno, Alcocer replica: «No, señor presidente del Gobierno de la nación. Nuestro tránsito hacia la democracia se inició, exactamente, por decirlo así, el 10 de enero de 1967, con la promulgación de la Ley Orgánica del Estado, merced a la cual es usted presidente del Gobierno. Y se prosiguió, desde luego, con la voluntad afirmativa del general Franco, jefe del Estado, cuando se le ocurrió proponer al entonces príncipe don Juan Carlos de Borbón y de Borbón como sucesor suyo en la Jefatura del Estado a título de rey, diciendo de paso que "la monarquía que hoy instauramos nada debe al pasado". Y don Juan Carlos juró y aceptó...»

 Sólo corregiríamos a Alcocer la fecha: el tránsito hacia la democracia se inició el 18 de julio de 1936, con el Alzamiento victorioso que acabó con el desorden rojo-separatista que llevaba a España a la esclavitud de una dictadura soviética. La culminación de esa democracia, cada vez más perfilada, debería haber sido distinta, pero ésa es otra historia. Que no quita valor a las puntualizaciones de Alcocer a los «padres» de esta democracia: «Pero ¿de dónde venís? ¿Quién os ha hecho eso que se llama gente? Si no sois unos y otro, sino el trasunto de Franco. ¿Dónde estaríais los unos y los otros sino fuera porque Franco se tomó la molestia de ganar una guerra civil?»

 Preguntas que refuerza con afirmaciones: «El rey es rey porque Franco lo quiso, lo decidió y lo propuso. No por otra cosa, don Juan Carlos inauguró la democracia el 23 de julio de 1969 con las siguientes palabras: "Recibo de su excelencia el jefe del Estado y Generalísimo Franco la legitimidad política surgida del 18 de julio y de 1936." Ahí no hay equívocos, eso está dicho, eso está jurado. Don Juan Carlos encarna una monarquía instaurada, que nada debe al pasado. Porque si algo debiera al pasado, el rey no sería él, sino su padre

 El deseo de actuar como si Franco no hubiera existido nunca, provoca, dice Alcocer, que en España «empiece a haber algunos que comiencen a desear que Franco siga existiendo todavía».

 El fenómeno es más profundo de lo que Alcocer cree. No es, con ser respetable, sólo la gratitud lo que mantiene viva la memoria de un hombre al que procuran hacer olvidar los que más le deben. Es, sobre todo, la trágica realidad de la vida cotidiana la que demuestra al pueblo, de forma irrefutable, que con Franco vivíamos mejor.

 Si el nuevo régimen político hubiera traído la felicidad a los españoles, Franco hubiera pasado, sin revanchismos y sin mitificaciones, a ocupar el puesto que su patriótica ejecutoría le han ganado en la Historia. Si así no ha sido, la responsabilidad es de quienes, además del penoso fallo humano de no ser agradecidos, han tenido el mucho más grave, desde el punto de vista político, de no saber conservar y acrecentar para el pueblo la fecunda herencia que Franco les dejó.

R. I.


Revista FUERZA NUEVA, nº 632, 17-Feb-1979 

 

 

R. I

domingo, 24 de mayo de 2026

La desmarxistización de las masas

 Artículo de 1968

 LA DESMARXISTIZACIÓN DE LAS MASAS

 La conocida tesis orteguiana de la rebelión de las masas ha quedado en cierto modo constituida como un hito irreversible en el campo social, en el político y en el económico, los cuales, aunque con propia personalidad no son, sin embargo, compartimentos estancos, sino que se influyen recíprocamente en uno u otro sentido. La rebelión de las masas trabajadoras, proletarias, es un hecho histórico, se dice. En un momento determinado, se rebelaron. Sin más. Y dicho fenómeno ha quedado erigido en acontecimiento indiscutible.

 Tal hecho, contemplado con esta simplicidad de conjunto, parece ser a primera vista lo que se quiere que sea. No podemos negar el éxito que ha logrado dicho planteamiento, ya que no sólo se dan hechos consumados, sino también definiciones y denominaciones con idéntico resultado, debidas a inteligencia elevadas—justo es reconocerlo así—que, precisamente por su fama científica, garantizan por descontado el triunfo de «slogans», palabras y frases propias de la publicidad política y que a nadie se le había ocurrido hasta entonces. Una de ellas es la «rebelión de las masas».

 ¿Ha habido, sin embargo, rebelión de las masas o más bien de ciertas minorías? No es ningún secreto que todas las rebeliones de la Edad Moderna tienen su origen en la Revolución Francesa, de inspiración judaica y minoritaria, y cuyo «slogan» de «igualdad, libertad y fraternidad»... pertenece, asimismo, a la Francmasonería, minoría selecta, como es bien sabido. Fue la Revolución de las Revoluciones conocidas hasta la fecha, norteamericana y soviética incluidas, gestadas todas ellas en el seno de grupos minoritarios, casi minúsculos.

 Más que rebelión de masas, ha habido y hay rebelión de minorías diestras que utilizan a las masas inertes e ignorantes. Las masas ciudadanas, industriales y campesinas sólo se mueven si las mueven... Es esta una ley política inexorable. Y tal movimiento generador subversivo sólo surge de una o unas minorías activas

e inteligentes, desprovistas de escrúpulos morales, que buscan como último objetivo vital trastocar primero y derrocar después todo orden social y político constituido que sea contrario a sus fines. Una vez conquistado el Poder, la minoría triunfadora pasará a ser de instigadora de unas masas que no le pertenecían a aherrojadora de unas masas que ya le pertenecen en esclavitud.

Se ha dicho que las masas, en un espontáneo ímpetu histórico y revolucionario, se rebelaron contra las instituciones tradicionales de Occidente—Imperio, Monarquía e Iglesia—porque aquellas masas se habían descristianizado previamente. ¿Espontáneamente y porque sí? Más bien, lo que ocurrió fue el desenlace trágico de un frío y calculado proceso de descristianización del pueblo y de destrucción sistemática de sus verdaderas instituciones representativas. Ni que decir tiene que dicho proceso de descomposición fue ganando tranquilamente terreno ante la inoperancia, la ingenuidad y la miopía de las clases dirigentes. Creemos que es una lección a aprender muy minuciosamente.

 Los últimos—y fundamentales—reductos de la cordura y del ataque fueron la unidad espiritual y política de la Europa tradicional. Las catapultas manejadas por la eterna fuerza anticristiana (el «caballo de Troya» ya hacía mucho tiempo que trotaba dentro de aquellos reductos...) fueron la Reforma protestante y las nacionalidades. Donde antes hubo una sola Iglesia, hoy hay un enjambre de sectas; donde antes hubo un Imperio unido, hay hoy una muchedumbre de nacionalidades enfrentadas unas contra otras. Ese ha sido el resultado y el triunfo—el «divide y vencerás»—no de las masas rebeldes, sino de una minoría harto conocida que revolucionó a esas masas.

 En la actualidad (1968), y desde hace más de medio siglo, las masas trabajadoras del mundo entero están marxistizadas en su casi totalidad. Están descristianizadas desde mucho tiempo antes. Son un instrumento dúctil, maleable, ciego, inerte e idóneo, utilizable por los Honorables Arquitectos y Talleres en cualquier momento, porque ni razona, ni pregunta, ni objeta: sólo obedece y ejecuta sin criterio propio lo que se le ordena. Unicamente a mentes inteligentemente retorcidas se les pudo haber ocurrido hacer ver—cosas que han conseguido cumplidamente—que son precisamente esas pobres masas engañadas las que se rebelaron, las que triunfaron y las que gobiernan los destinos del actual mundo democrático...

 ¿Cuál puede ser la solución a este pavoroso problema que tiene planteado la humanidad? En primer lugar, la desmarxistización de esas masas. Hay muchas voces que aconsejan una rotunda recristianización de las mismas. Ese es el objetivo final a cumplir, tras lo cual cesarán las actuales tensiones y renacerá una calma en los espíritus y en las naciones que permitirá lograr objetivos pacíficos y sociales de bienestar, hoy prácticamente inalcanzables con la situación y las cortas medidas habilitadas. Pero un paso previo e inevitable es un profundo proceso de desmarxistización a escala mundial que contrarreste esa conjura desarrollada a idéntica escala. Querer resolver un problema mundial, cual es el del judeo-marxismo, con soluciones locales es perder el tiempo en un fatigoso parchear que a nada definitivo conduce.

 De nada sirve ni servirá una actuación de apostolado espiritual, religioso, cerca de unas masas totalmente materializadas por el marxismo. Se impone no una directa labor misional dirigida a unos seres que han perdido por completo el instinto religioso, sino una directa labor social que les rescate de la mística marxista. En este caso procede, en primer lugar, una auténtica justicia social, a secas, sin demagogias ni paternalismos contraproducentes. Lo demás—la religión, la cultura elevada, los ideales bellos y espirituales—vendrá por añadidura. Pero después de conseguido aquello. Otra cosa será engañarnos lamentablemente.

 Es la única forma de que esa minoría fabricante de revoluciones en casas ajenas quede, de una vez para siempre, totalmente al descubierto. Las masas, educadas en la justicia y en la verdad, dejarán de prestarse al triste juego actual de «conejos de Indias» que, con repugnancia, presenciamos. Pero para conseguir tal resultado hacen falta hechos concretos, visibles, palpables, en sus beneficiosas consecuencias. De lo contrario, todo seguirá igual.

Mejor dicho, peor cada día ante el voraz apetito de almas, pueblos y riquezas de esa minoría irremplazable hasta ahora ante un Tribunal de Justicia, sea civil o militar…

 Arturo ROMERO


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968 

 

viernes, 22 de mayo de 2026

La contestación antijesuitica

 Artículo de 1970 

 LA CONTESTACIÓN ANTIJESUÍTICA (EL CIERRE DEL COLEGIO MAYOR “LOYOLA”) 

Los estudiantes residentes, alentados por doctrinas y posturas anticristianas, se rebelan contra sus maestros y superiores

 Aquellos jóvenes universitarios alimentaban constantemente el resentimiento contra cuanto eran y significaban sus maestros, a los que un unánimemente acusaban de oportunistas, inauténticos e incapaces. Y, un día, ese resentimiento contenido estalló violento. Actos de vandalismo, amenazas, pinturas por las paredes, ridiculización de los jesuitas, destrozos. Los jesuitas, impotentes, tuvieron que plegarse a los hechos y comprobar cómo, en su Colegio Mayor “Loyola” no mandaban ya ellos, sino que se imponía la fuerza de unos colegiales dispuestos a satisfacer su “toma de conciencia antijesuítica”. La información gráfica que publicamos es lo suficientemente elocuente para dar idea de lo que decimos.

 El jesuitismo socialista y democrático, visto por sus propios estudiantes, no es más que nazismo y totalitarismo hipócrita…No son justificables los actos de vandalismo en sí mismos, pero la verdaderos culpables no hay que buscarlos entre los colegiales del “Loyola”, ni siquiera en la pequeña porción de jóvenes jesuitas del mismo Instituto Químico que, según propagan los mismos colegiales sublevados, han apoyado y animado la actitud de rebeldía frente a los actuales directores…Los verdaderos culpables están en los que a ciencia y conciencia de las leyes de la Historia, han envenenado mental y psicológicamente a unos colegiales, con doctrinas anticristianas y antiespañolas. 

Lo que le ha pasado a la Compañía del Padre Arrupe en el Químico de Sarria es el lógico resultado de las premisas puestas por los actuales superiores de los jesuitas catalanes: padres Rifá y Ribas con sus consejeros padre Ferrer Pi y sus consejeros en la dirección del Instituto Químico. Ellos aplastaron la sana, cristiana y patriótica reacción contra Evely de unos jóvenes congregantes. Los jóvenes por ellos formados acaban de aplastar a sus formadores y ponen en evidencia su más absoluta incapacidad de formadores universitarios y su fracaso total.

 No son los vientos de Historia, como gusta decir a tantos jesuitas hoy, que quieren esconder en el anonimato la experiencia diaria de su inutilidad para formar auténticos jóvenes comprometidos con lo que es y significa un nombre tan grande como “Loyola”. Son los vientos por ellos sembrados los que han provocado,para mal de la Iglesia y de España, las tempestades que hoy deploramos.

 No hace muchos años, el Colegio mayor “Loyola” y el Instituto Químico se solidarizaron con los revoltosos encerrados en el convento de los Capuchinos de Sarriá. Aquellos revoltosos querían la descomposición de las esencias de España.En aquel recinto del“Loyola” y del “Químico” tenían audiencia todos los Díez-Alegría, Bolado, Comín etc., de turno. Todos los socialistas, separatistas, todos los “anti”, que conviniera presentar. Basta repasar la cartelera de las actividades académicas de los últimos años: los cursos de formación o “deformación” religiosa y política, la despatriotización de aquellas juventudes… para explicarse todo lo que ha venido ahora.

 Los fautores de la revolución son, de inmediato, las primeras víctimas de lo mismo que provocaron. ¡Cuántas veces la policía tuvo que montar guardia en los alrededores del Químico, porque en su interior se alimentaban vientos antiespañoles y antirégimen constituido! ¡Cuántas veces, a socaire de la inmunidad concordataria, los jesuitas cubrieron actitudes y enseñanzas demoledoras para el ser de España, para la tradición española, para la tradición católica! ¡Cuántas veces, en lugar del sano espíritu reformista querido por la Iglesia, se disimuló de reforma lo que en realidad no era más que subversión!

 El “festival” -propaganda descarada- en honor del marxista Raimon, patrocinado por los jesuitas del “Loyola” y del Químico, concentró cientos y cientos de universitarios. Los jesuitas fueron, en este caso, peana para un marxista como Raimon, lo mismo que pocos años antes lo habían sido para un renegado como Evely. El resultado de esa formación y de esos “santos” levantados en tan nuevas peanas, lo están comprobando experimentalmente…

 Un colegial del mismo “Loyola”, con quien este periodista ha tenido ocasión de hablar largamente, me explicaba que siempre había oído él, como un lugar común de todos los jesuitas, que habían contribuido últimamente en su formación, que había que huir de los dos extremos: ni extremismo por la derecha, ni extremismo por la izquierda. Ambos extremos, a juicio de sus educadores, eran reprobables. Esa fue la razón de combatir a los congregantes que se alzaron frente a Evely. Prodigioso término medio jesuítico: término medio entre un apóstata como Evely y congregantes creyentes; término medio entre un marxista y ateo como Raimon y congregantes que se profesan hijos de la Iglesia.

 Por esa razón, los que con el pretexto de los extremos empujan la corriente anticristiana y antiespañola tienen que quedarse con los extremos de sus formados en Raimon y Evely, sin que niuno de los 120 alumnos del “Loyola”, ni uno sólo de los cientos de alumnos y alumnas del Químico, salga gallardamente en defensa de sus maestros. Ni un joven de ambas instituciones ha salido a dar la cara en favor de lo que los jesuitas eran y significaban. Al contrario, los propios jesuitas han tenido que soportar la humillación de tener que mantener, en las mismas habitaciones y en la misma paredes, a los causantes de las injurias y de los destrozos, con la certeza de que ninguno saldría en su defensa en caso de una actuación decidida y de que las paredes y suelos, embadurnados y llenos de insultos, no podría ser borrados porque inmediatamente se volverían a pintar sin que nadie se opusiera…

 El Instituto Químico, fundado por el sabio y benemérito jesuita padre Vitoria, se intitulaba en sus recientes reglamentos “no confesional”.  Su no confesionalidad fabrica el nuevo A.M.D.G. de sus colegiales: “A Más Dinero Gana”.

 Una reflexión para terminar. Recientemente, el Padre Arrupe pasó por Barcelona y pudo experimentar la rebelión interna contra él de los jesuitas dedicados, como ellos mismos se autodefinen, a la “misión obrera”. La carta abierta dirigida al padre Arrupe, antes de su conferencia a los jesuitas reunidos y que ha llegado a los medios de difusión, define bien claramente la actitud anti-Arrupe que se respira en los ambientes jesuíticos a los que el propio padre Arrupe ha halagado y favorecido constantemente con sus declaraciones y concesión de cargos de gobierno en la Orden. Pues bien, pese a todo, muy pocos días después, el padre Arrupe, solemne y demagógicamente ha vuelto a insistir, en Bilbao: “Necesitamos situarnos sobre los movimientos de la Historia, adivinar su sentido, dominarlo, dirigirlo…” “Este inconformismo de nuestra juventud no es simple capricho: lo que pasa es que la Historia ya no se acepta a sí misma”. 

Es decir, que el padre Arrupe sabe muy bien del fracaso de sus palabras y de sus métodos de gobierno precisamente y, de una manera clamorosa, entre aquéllos a los que más y más ha empujado hacia el reformismo social de apertura marxista. Pero en lugar de reconocer sus fracasos, en frases escurridizas afirma más y más la misma línea. Esas frases ambiguas de Bilbao pueden ser buen tema de meditación para los superiores catalanes y sus consejeros: “Estamos fuera de los movimientos de la Historia. Somos incapaces de dirigir, adivinar, dominar a nuestra juventud”.

 Tanto blasonar de juventud y de reformas juveniles para comprobar que la Compañía de Arrupe no controla más que los antiguos restos de organizaciones devotas más o menos sofisticadas de palabras modernizantes. Y otro punto de meditación que señala también el padre Arrupe: “El inconformismo de nuestra juventud no es un simple capricho”. No vale, pues, echarles en cara que son unos universitarios burgueses, clasistas, conservadores, que impiden un franco progreso y que los jesuitas se desprenden de las viejas estructuras de sus edificios para practicar la pobreza más visible y sociológica. Que se integran en los nuevos planes de enseñanza para dedicarse a los niños de las familias trabajadoras de Cornellá, en lugar de los “señoritos” que no están ya en la corriente de la Historia. Lo que pasa es que sus alumnos ya no aceptan a los jesuitas más avanzados… Lo que pasa es que los descendientes de los Díez-Alegría, Bolado, Raimon y Evely no aceptan ya a sus maestros. Y serán cualquier cosa, marxistas, guerrilleros o maoístas. Todo, menos seguir siendo discípulos de los jesuitas de Arrupe o de Rifá. (…)

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº186, 1-Ago-1970 

 

martes, 19 de mayo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (4)

 Artículo de 1979

 La Iglesia Española y la Constitución 

Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 (4) Una declaración vergonzosa

 El 28 de septiembre de 1978 la Comisión Permanente del Episcopado publicó lo que pretendía ser «una orientación pastoral de los fieles desde una perspectiva religiosa y moral». En teoría, lo propio de los obispos ante un acontecimiento verdaderamente histórico para nuestra patria.

 Pero el juicio, que a muchos católicos nos parecía simple y evidente, a nuestros prelados se les antojaba dificultoso a causa «de la misma naturaleza» de un referéndum, en el que se pedía opinión sobre distintos asuntos. Y después de reconocer «ambigüedades», «omisiones» y «fórmulas peligrosas», entran ya decididamente en el campo del equilibrismo, impropio de su sagrado carácter. Sentando algunas cautelas con la pretensión de salvar la cara, o por lo menos así lo creían, se vuelcan decididamente por el «sí» al afirmar que en la Constitución «no se dan motivos determinantes para que indiquemos o prohibamos a los fieles una forma de voto determinada».

 LO que significa dar a entender a los fieles que en la Constitución no hay graves atentados a la voluntad de Dios, pues en el caso que los hubiese es de creer que tendrían que recomendar el voto negativo. Pese al confuso lenguaje, buscado de intento, el aval no podía ser más rotundo.

 Y concluyen la declaración con un párrafo que comienza con estas palabras: «Los obispos esperamos que las leyes que han de desarrollar las normas constitucionales no turbarán la conciencia de ningún ciudadano.» Cuando estas líneas se están escribiendo ha saltado ya a los titulares de los periódicos la posible despenalización del aborto. Cierto que el Gobierno Suárez, por claras razones electorales, la ha desmentido. Pero ello es la prueba más clara de que la Constitución no le había cerrado las puertas como sosteníamos quienes nos opusimos a ella.

 La esperanza de los obispos de que el desarrollo constitucional no turbaría las conciencias de los españoles, ha durado bien poco. ¿Era lógica esa esperanza después de la intervención de Peces Barba en las Cortes, o de la de otros diputados socialistas y comunistas ante toda España a través de la televisión? Y podía preguntarse aún más: ¿Tenían verdaderamente los obispos esa esperanza?

 En este punto es preciso hacer ya una seria advertencia a los obispos españoles, que con su decidido y descarado apoyo decidieron el resultado del referéndum. Porque después de la consulta electoral es evidente que la pírrica victoria, aun dando por buenas las cifras que se nos suministraron de un 59 por 100 de los españoles a favor del «sí», no se hubiera logrado sin colaboración entusiasta de la mayoría de nuestros pastores. Esta Constitución tuvo cinco padrinos: Adolfo Suárez y su UCD, Felipe González y los socialistas, Santiago Carrillo y el Partido Comunista, Manuel Fraga por libre y la Conferencia Episcopal Española.

 Del padrinazgo de Fraga sólo hay que decir que nada aportó a la Constitución. La inmensa mayoría de su gente, que tampoco era tanta, votaron en contra de lo que recomendaba su líder, y para muchos dejó de serio desde ese momento. Extraña característica la del señor Fraga, que parece haberse especializado en repeler de su lado a cuantos se acercan a él. Lo que en un político no es precisamente un signo esperanzador de futuro.

 Los otros cuatro padrinazgos se revelaron en cambio decisivos. A falta de cualquiera de ellos la Constitución no se hubiera aprobado. Y ésa es la gran responsabilidad de los obispos españoles, pues gracias a ellos tendremos el divorcio y el aborto en España. Lo que en unos obispos parece no ser precisamente una gloria. Por eso, obispos, cuando en España comience a asesinarse legalmente a los niños que iban a nacer, permaneced callados. No protestéis. Porque ésa es vuestra obra. La sangre de esos inocentes caerá sobre vuestras cabezas, porque vosotros los matasteis el 28 de septiembre de 1978. Los católicos, cuando protestemos del aborto, no podremos teneros por jefes. Las causas de Dios hay que defenderlas con las manos limpias, y vosotros las tendréis manchadas de sangre. Y eso no lo olvidaremos nunca. Se os ha llamados Pilatos y Judas. Seréis también Herodes. Esos tres personajes malditos pesarán de tal modo en vuestras almas, que si aún creéis en Dios habréis de retiraros en la soledad, y en el olvido vuestra necedad o vuestro pecado, y si habéis dejado de creer en El, más os vale ir eligiendo árbol en el que colgar vuestro fracaso y vuestra indignidad.

 Judas, Herodes y Pilatos. ¡Qué éxito episcopal! No ha tenido en la historia de la Iglesia, aun en sus más sombríos tiempos, noticia de algo semejante. Pilatos ha habido muchos, por cobardía o comodidad. Tampoco han faltado los Judas que, por bastardos intereses, traicionaron la causa de Dios. Pero el personaje siniestro de Herodes estaba todavía inédito en el episcopologio de la Iglesia. Reunir a los tres en uno es verdaderamente todo un «record». Y toda una descalificación.

 Pedid, pues, a Dios que el aborto no llegue. Y no, como lo pedimos los demás católicos, en, defensa de unos seres inocentes y desvalidos que tienen derecho a nacer porque ésa es la voluntad de Dios, sino porque el día en que el aborto se legalice, ese mismo día, os tendréis que marchar de vuestros cargos, ya que clamarán los católicos, y hasta las piedras, contra vosotros.

 Después de la vergonzosa declaración del 28 de septiembre, las reacciones no se hicieron esperar. Quienes desde su fe objetaban radicalmente la Constitución, no hicieron el menor caso de vuestro escrito y prosiguieron, desde la orfandad y la tristeza, su campaña. Y los obispos, hasta entonces mudos, comenzaron a aparecer en la campaña electoral.

 Eulogio Ramírez, del que uno se asombra de que pueda escribir tanto, acusaba a la Iglesia española de liberalista, a los obispos de sibilinos y a la “Orientación” de desorientativa («El Alcázar», 3/10 y 27/11 , y FUERZA NUEVA, 21/10). «El Pensamiento Navarro» (1/10) publicaba un editorial contra la declaración, y lo mismo hacia FUERZA NUEVA (14/10), que elevaba el tema a portada, en la que se leían estas palabras: «Ante la postura del Episcopado Español, ¿pastores o lobos?». «Pro España Católica», en la misma línea, distribuía miles de hojas con un título análogo, que era una rotunda afirmación: «Nos entregáis a los lobos». En «El Imparcial» aparecieron infinidad de cartas impugnando la postura de los obispos: Agustín Sierra de la Guerra (14/10), José García del Pozo, vocal nacional de Unión Carlista (15/11); Guillermo de Padura (17/11). José M . Arigita (17/11). Tomás Pita Carpenter (1/11), Blanca Botas (31/10), I. G. Sahuquillo (21/11). Ángel Beniasar (24/11), etc. Félix Sánchez interpelaba al cardenal Tarancón desde «El Alcázar» (13/10). Juan Sáenz Díez, desde «El Pensamiento Navarro» (15/10), lo hacía con el significativo título de «¿Consejo o confusión?», interpretando el sentir de innumerables católicos. El sacerdote don Ángel Garralda incide en el mismo tema con un magnífico artículo titulado «Dolorosamente hartos de ambigüedad» («El Pensamiento Navarro», 10/10). Marcelino Urtasun, que por el estilo me parece ser un seudónimo tras el que adivino a un buen amigo, asegura desde un titular de «El Imparcial» (19/11): «Los obispos no han cumplido». Ramón de Tolosa, desde su magnífica sección de FUERZA NUEVA (2/12) los tacha de traidores. Y Julián Gil de Sagredo proclama desde las mismas páginas (FUERZA NUEVA. 16/12): «Su autodesprestigio preserva nuestra fe.»

 Podríamos llenar páginas continuando citas y nombres. Baste la muestra para comprobar la acogida que la declaración episcopal tuvo entre católicos no dudosos y comprometidos con su religión. Entiendo que tal escándalo sería suficiente para que, con un mínimo de dignidad, hubiera incluso dimisiones entre nuestra desacreditada jerarquía. Esperemos que al menos sirva para que en el Vaticano se enteren de quiénes son los que religiosamente nos gobiernan y de la opinión que de ellos tienen sus fieles.

 Al mismo tiempo que se censuraba la postura episcopal continuaban las manifestaciones católicas contra el contenido de la Constitución en numerosísimos artículos y comunicados, e incluso en homilías como las pronunciadas por ei canónigo de Segovia don Lucas García Borreguero, que «El Alcázar» (22/11) resaltaba en titulares: «Votar sí a la Constitución, un grave pecado», y el también canónigo burgalés don José Ruiz, que en la misma fecha y página afirmaba: «España va hacia la apostasía.»

 En la imposibilidad de citar a todos, no quisiera omitir a Manuel Viéitez, por sus muchos artículos; a la Unión Carlista («El Alcázar», 6/11); a Carmelo Velasco, con títulos tan significativos como «Portazo a Dios en la Constitución» e «Insistiendo en el portazo constitucional a Dios» («El Pensamiento Navarro», 28/10 y 3/11); al padre Campos Sch. P. («Una constitución ilegítima, inválida y perniciosa» («El Pensamiento Navarro», 23/11); al ex ministro Julio Rodríguez («Ante una Constitución atea y secesionista», «El Imparcial», 16/11); a don Luis Madrid Corcuera, que prosiguió incansable su campaña meritísima (véase, p. ej., «Una Constitución moral y religiosamente mala», «El Pensamiento Navarro», 29/11); a una declaración de catedráticos y publicistas católicos con casi setenta firmas, muchas de ellas de primeras figuras de nuestra intelectualidad, que fue curiosamente silenciada por la mayor parte de la prensa, pese a que se les hizo llegar puntualmente («El Alcázar», 14/11 , y «El Pensamiento Navarro», 29/11); a la Comunión Tradicionalista a través de su jefe delegado («El Pensamiento Navarro», 1/12); a Juan Luis Calleja, con un extraordinario artículo en «ABC» (23/11); a Carlos Etayo, que se embarcó en la campaña contra la Constitución todavía con más ilusión que la que puso en sus singladuras ultramarinas («El Pensamiento Navarro», 13/10); a ese gran periodista que es Ismael Medina («El Alcázar», 10/10); a la Unión Seglar de San Antonio María Claret, que se dirigió al Papa en nombre de cincuenta y tres mil católicos («El Alcázar», 4/12); a Jerónimo Cerdá, incansable propagandista de «Pro España Católica» en Valencia, y de tantas otras cosas cosas («Las Provincias», 29/11), etcétera.

 Conviene advertir a los católicos que no pocos de los que consumieron tiempo y energías en esta lucha por el honor de Dios encabezan ahora las listas electorales de Unión Nacional en distintas provincias españolas. Todas las demás candidaturas, o postularon el «sí» o, si defendieron el «no», era por motivaciones separatistas o de ultraizquierda. Blas Piñar, en Madrid; Jerónimo Cerdá, en Valencia; Ismael Medina, en Cuenca; Julián Gil de Sagredo, en Almería; César Esquivias, en Guipúzcoa; Manuel Ballesteros, en Ceuta, son una garantía de supervivencia de la España católica. Olvidarlo puede ser trágico para nuestra fe y para nuestra patria. 

 (Continuará)


Revista FUERZA NUEVA, nº 631, 10-Feb-1979

 

domingo, 17 de mayo de 2026

Decadencia de las órdenes religiosas

 Artículo de 1968

 DECADENCIA DEL ESTADO RELIGIOSO

 El Concilio Vaticano II ha dedicado todo un capítulo, el sexto de la Constitución sobre la Iglesia, al Estado Religioso. «Los consejos evangélicos —dice—, castidad ofrecida a Dios, pobreza y obediencia, como consejos fundados en las palabras y ejemplos del Señor y recomendados por los Apóstoles, por los Padres, Doctores y Pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibió del Señor y que con su gracia se conserva perpetuamente (número 43).

 Por lo mismo, el Estado Religioso tiene origen divino y su intima naturaleza consiste en ser un único medio oficial, completo y organizado, dentro de la Iglesia, que tiene por fin primero y específico tender a la perfección espiritual y a la santidad.

 Por esto, el canon 487 del Derecho Canónico dice que «el Estado Religioso debe tenerse en grande estima por todos». Por esto, el Concilio Vaticano II, en el citado capitulo, de conformidad con la doctrina tradicional de todos los siglos de la Iglesia, dice: «Este sagrado Sínodo confirma y alaba a los hombres y mujeres, hermanos y hermanas, que en los monasterios, en las escuelas o en las misiones ilustran a la Esposa de Cristo con la constante y humilde fidelidad a su consagración y ofrecen a todos los hombres, generosamente, los más variados servicios.» Y por esto, en el Decreto sobre la renovación de la vida religiosa, dice: «En la predicación ordinaria hay que tratar muchas veces de los consejos evangélicos y de abrazar el Estado Religioso. Educando los padres cristianamente a sus hijos, cultivan y defienden en sus corazones la vocación religiosa».

 La razón de esta estima en que tuvo y tiene la Iglesia al Estado Religioso es que éste es el único Estado que acepta total e íntegramente el Evangelio en sus preceptos y puros consejos, que sus miembros procuran practicar, proponiéndose como ideal imitar totalmente al Divino Maestro Jesucristo.

 Es cosa teológicamente cierta que el Estado Religioso es de institución divina, pues, como dice el Concilio, «es un don divino que la Iglesia recibió del Señor», que ella ha estructurado como estructuró las parroquias y las diócesis.

 No hay que confundir, como han hecho algunos, la institución del Estado Religioso con su estructuración, o con las diversas modalidades que ha tenido dicha institución a través de los siglos, que naturalmente son humanas, realizadas por carisma especial de sus fundadores.. (…)

 Nadie podrá negar que la casi totalidad de los Santos y Santas de la Iglesia de Dios proceden del Estado Religioso y que la acción misionera, caritativa y científico-religiosa de la Iglesia ha sido desarrollada, también en casi su totalidad, en todos los siglos por la Ordenes y Congregaciones religiosas de ambos sexos.

 ***

Si esto es verdad, ¿cómo se explica que mientras los ortodoxos veneran grandemente a los religiosos, en la Iglesia católica está en decadencia su estima por parte del clero secular, principalmente y aun por parte de los mismos religiosos?

 Oficial y oficiosamente se elogia al Estado Religioso; pero luego, de hecho, en voz baja y aun a veces en la prensa, se critican situaciones de hecho muy comprensibles y se emiten expresiones de desconfianza; se les excluye de las actuaciones parroquiales, se hacen campañas de boicoteo de las vocaciones religiosas masculinas o femeninas diciendo a los aspirantes que a la Iglesia le hacen falta sacerdotes y buenas madres de familia, y no religiosos o monjas.

 Y algunos obispos, sea por necesidades de sus diócesis, sea por prejuicios contra el Estado religioso, han provocado a los religiosos a abandonar su vocación para incorporarse al clero diocesano. Incluso han llegado a negar que el Estado Religioso sea de institución divina. Así lo negó, según referencia de «Civilta Cattolica» de agosto de 1965, el obispo belga Mons. Chenu en pública aula conciliar. Y otro, también belga, se atrevió decir que con la desaparición del Estado Religioso la Iglesia no perdería nada, si bien esta afirmación la hiciera por su cuenta y fuera del aula.

 La causa de esa decadencia del amor al Estado Religioso entre el clero diocesano hay que buscarla en su ignorancia de que la vida religiosa es una inmolación voluntaria, un holocausto perfecto completo hecho al mismo Dios. Nada les dicen aquellas palabras de Cristo: «Sic ergo omnis ex vobis qui non renuntiat omnibus quae possidet non potest meus ese discipulus.» Pues bien, aquel de vosotros que no renuncie a todo cuanto posee, no puede ser mi discípulo (Luc. 14-33). Si ellos no tuvieron valor o vocación para realizar esta renuncia, ¿por qué despreciar, en vez de admirar y venerar, a los que la hicieron efectiva y afectiva?

 Síntoma triste y alarmante de esta decadencia en la estima del Estado Religioso en algunos jerarcas y en el clero diocesano no fue solamente la negación rotunda de una verdad teológica por parte de un Monseñor en el Concilio, sino el silencio con que fue escuchado y la falta de una enérgica protesta por parte de los Padres del Concilio, que podían hacerlo dentro de los límites que consentía el Reglamento Conciliar, como se había hecho en otras ocasiones.

 Pero hay más; muchos aprecian o dicen apreciar el Estado Religioso no por su fin principal y esencial, que es la santificación de los miembros de Cristo, por medio de la completa imitación del modelo de Santidad Jesucristo y del perfecto cumplimiento de los consejos evangélicos, sino por sus fines secundarios, que para los religiosos son medios; y que según esos señores han de ser los primarios del religioso, como son el apostolado al servicio de la Iglesia y la actividad apostólica. Es decir, actividad apostólica en vez de santidad evangélica. Así el cardenal Suenens, en su libro «Nuevas dimensiones en el apostolado de las religiosas». Ni más ni menos que los Gobiernos laicos o revolucionarios del siglo pasado y del presente, que con el mismo criterio conservaron a veces las instituciones religiosas de caridad o enseñanza.

 Desgraciadamente, esta inversión de fines del Estado Religioso está en auge en no pocos religiosos, teórica y prácticamente, con daño, naturalmente, de la santidad de la vida religiosa.

 Ya no se proponen como fin de su ingreso en una orden o congregación religiosa (y si se lo proponen, después lo retractan) su propia santificación; ya no ven en la profesión religiosa su carácter de sacrificio y holocausto, como tampoco lo ven los seglares; ya no la consideran como una crucifixión espiritual para toda su vida; la emisión de los votos y la práctica de los consejos evangélicos no es una muerte a sí mismos, para vivir para Dios, como dice Santo Tomás. No; en la vida religiosa sólo ven un estado o situación en que podrán dedicarse mejor a la vida sacerdotal, apostólica y a la de enseñanza. Ya no se les educa a los aspirantes en la perfección de la caridad hacia Dios, como dice el Concilio Vaticano II que han de hacer: «Con los votos el religioso se entrega totalmente a Dios, hasta el punto de quedar destinado al servicio y al amor de Dios» (5).

 Esos religiosos invierten el orden de la caridad, que antes era: «Dios, el alma, el prójimo. Ahora dicen: «El prójimo, Dios, el alma.»

 De aquí, en la práctica, ¿qué diferencia hay entre un sacerdote secular y un sacerdote religioso, si éste deja a un lado los dos votos de obediencia y pobreza y la práctica de los consejos evangélicos, aunque materialmente haga la profesión religiosa? Hoy todos visten su flamante clergyman o traje laical; hoy se comportan de la misma manera en público; hoy se mezclan con el mundo con pretexto de apostolado o fines pastorales; más: hoy ya no han de ir al mundo; éste se ha entrado por las puertas de los conventos con los aparatos de radio y televisión, que apasionadamente oyen o contemplan, pudiendo así asistir a todas las diversiones y espectáculos mundanos... No es ya el «contemptus mundi», en desprecio del mundo, el camino que facilita la consecución de la santidad evangélica, sino el «consecratio mundi», la consagración del mundo, para lo cual es indispensable la adaptación al mundo. Es decir, en vez de santificarse, mundanizarse.

 Antiguamente, muchas sacerdotes seculares entraban en las Ordenes y Congregaciones religiosas para santificarse más fácilmente y luego lanzarse a la vida apostólica con más libertad y sin tantos obstáculos como tenían en el mundo. ¿Cuántos son los que hoy día abandonan el mundo para hacerse religiosos? ¿Y cómo lo han de abandonar si ven que de los mismos conventos va desapareciendo incluso la vida claustral y la comunitaria, convirtiéndose las comunidades en meras convivencias clericales, con sacrificio generalmente de los votos de pobreza y obediencia?

 Se me dirá que soy pesimista. No; las estadísticas cantan. Consúlteselas y ellas dirán el número cada día mayor de deserciones religiosas y la disminución alarmante y constante de vocaciones a la vida religiosa. La santidad va huyendo de los conventos; la decadencia del Estado Religioso es manifiesta. Las causas ya las he indicado. Inútilmente la Congregación de Religiosos buscará el remedio de tantas deserciones en el retraso de la profesión de los aspirantes. El remedio está en la sólida formación de ellos durante los años de la juventud, que no se consigue mundanizándolos ya en esa época. 

P. CATALAN


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968