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martes, 5 de mayo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (3)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 (3 Los católicos comienzan a organizar su oposición

 A la clara toma de postura de los obispos de Orense y Orihuela-Alicante, a la que nos referimos en el artículo anterior, se unen algunos obispos más, formulando reservas a la Constitución. Alcanza gran resonancia el comentario de monseñor Guerra Campos, que, sin entrar profundamente en el análisis del texto, hace hincapié en un punto de enorme importancia, ya que supera la contingencia del momento para pesar como una losa en el futuro político de los responsables de la norma que se está redactando.

 El obispo de Cuenca señala que “hay que registrar para la historia” que “nuestros gobernantes, que en gran número se cuentan como católicos, han contribuido decisivamente con su iniciativa a implantar en el orden político la famosa afirmación de don Manuel Azaña, cuando se debatía la Constitución de la República en 1931: “España ha dejado de ser católica”. Y podemos añadir que tanto o más decisiva que la actuación nuestros gobernantes ha sido la de nuestros obispos,

 Esa es la más que dudosa gloria de miembros del Opus Dei como Antonio Fontán, de demócratas cristianos como Álvarez de Miranda, de “propagandistas católicos” como Landelino Lavilla o Marcelino Oreja o de sedicentes católicos como el mismo Adolfo Suárez. Y de la mayoría de los obispos presididos por el señor Tarancón. Los primeros trajeron a conciencia -con el silencio cómplice de los últimos en un primer momento, que al final se convirtió en un escandaloso apoyo-la Constitución de la apostasía, del divorcio y de todo lo que va a venir tras la “expulsión” de Dios.

 Monseñor Guerra -con muy medidas palabras, pues parece imposible que tan breve texto puede haber tanto contenido- señala que la “indeterminación y la ambigüedad” buscadas de propósito dan por resultado el que la “ordenación resultante carece de criterios morales” y advierte que “portavoces de grupos parlamentarios han declarado en el mismo Congreso” que la Constitución “no cierra el paso al intento de legalizar en su día la matanza de criaturas inocentes e indefensas en edad prenatal”.

 Advierte, asimismo, contra el divorcio y resalta que “se excluye la posibilidad de promover la libre decisión del pueblo en torno a determinadas disposiciones y frente a abusos oligárquicos”, refiriéndose a la imposibilidad en que se hallan los ciudadanos para promover un referéndum contra cualquier norma que conculque gravemente las creencias de una considerable parte de los españoles. Y concluye afirmando que “la supuesta neutralidad se convertirá fácilmente en salvoconducto para la agresión”.

 Pero el obispo de Cuenca se plantea otro tema de fundamental importancia que no sólo debió condicionar el voto católico en el pasado referéndum del 6 de diciembre, sino que permanece vigente para las próximas elecciones legislativas y para todas las que en el futuro puedan venir mientras determinadas personas, a las que no es preciso nombrar, pretendan seguir en el poder.

 Me refiero, con el obispo, a la confianza que pueden inspirar a los católicos, o incluso al resto de los españoles, “quienes han socavado la moral pública infringiendo juramentos sagrados, mucho menos en los casos que haya habido juramentos falsos. Tampoco garantizan la esperanza los que teniendo ahora mismo en sus manos los más poderosos medios de difusión -que, por cierto, aprovechan para los fines que les interesan con todos los recursos de la información selectiva y del silencio calculado (y aquí conviene señalar que aún no se había producido la infame campaña contra la Pastoral del Primado (Marcelo González) en la que la información selectiva y el silencio calculado alcanzaron cotas realmente increíbles)- permiten que irrumpa en los hogares españoles oleadas de cieno en una campaña descaradamente corrosiva de los criterios cristianos, encontra de las más recientes y solemnes proclamaciones del Magisterio pontificio. No la garantizan los gobernantes que, profesándose católicos han tomado la iniciativa de desamparar valores morales cuyo tutela, según el Magisterio de la Iglesia universal es irrenunciable; o aquellos que hablan de un humanismo cristiano en el que Cristo no es el Señor”.

 No insistiremos en el vidrioso tema del perjurio o, lo que es más grave, del juramento en falso. Ahí quedan las palabras de monseñor Guerra Campos para la Historia y para la conciencia de juzgadores y juzgados. Me limitaré tan sólo a subrayar la importantísima advertencia acerca de la confianza que pueden inspirar a los ciudadanos los gobernantes que se comportan como señala el obispo. Quien pudo prometer y prometió, y no cumplió (*), no aporta ninguna garantía para el futuro. Empeñarse en cerrar los ojos a la evidencia renovando inmerecidas confianzas no conduce sino a nuevos desengaños. Desengaños que, téngase muy en cuenta, se van produciendo cada vez en trincheras de más difícil resistencia.

 ***

A lo largo del verano (1978), algunos obispos más se van pronunciando en contra de la Constitución. El infatigable obispo de Tenerife, monseñor Franco, cuyo extenso y profundo magisterio ha hecho que la Iglesia española contraiga con él una deuda impagable, publica una pastoral contra el divorcio que es una firme desautorización del art. 32 de la Constitución (ABC, 17-8-78). Y algo después, otra sobre la libertad de enseñanza en el mismo sentido (Pensamiento Navarro, 4-10-78). El arzobispo de Burgos, don Segundo García de Sierra, se pronuncia asimismo contra el divorcio (Vida Nueva, 16-9-78). Y el cardenal de Toledo, en quien estaban puestas las miradas de todos los católicos, hace graves reparos a la regulación constitucional del matrimonio y de la enseñanza (ABC, 26-9-78).

 Monseñor Méndez Asensio

 Mientras tanto, los católicos comienzan a organizar su oposición. En las Jornadas de la Hermandad Sacerdotal en Granada, el tema constitucional es plato fuerte de ponencias y conclusiones. Y aquí conviene dejar constancia de la posición de uno de los obispos más débiles que hoy ha tocado sufrir a nuestra Iglesia: el arzobispo de aquella capital señor Méndez Asensio.

 Según “Dios lo quiera”, boletín de la citada Hermandad (oct-nov-dic,78), después de haber autorizado la reunión en la sede de su archidiócesis, el obispo, por no se sabe qué escrúpulos, se vuelve atrás en su decisión. Laboriosas gestiones, con intervención de altos valedores, consiguen que donde había dicho digo y Diego volviera decir digo, y así se llega a celebración de las Jornadas.

 Julián Gil de Sagredo, en brillante ponencia, “La Constitución a la luz de la fe católica”, que puso en pie repetidas veces a un público entusiasta, calificó la Jerarquía con palabras ciertamente duras pero de fácil comprensión. Cuando éstas llegaron a oídos del arzobispo, ese hombre que pasó siempre por todo lo pasable y aun por lo que era imposible pasar, al que nunca se oyó una protesta por las homilías subversivas que se multiplicaron en su diócesis de Pamplona; que fue alabado por el comunista “Mundo Obrero” a causa de su descarado apoyo a los clérigos que el Gobierno de Franco quería procesar (Pensamiento Navarro, 24-4-73); que pagaba las multas impuestas a sacerdotes; que suprimió la procesión del Corpus en Pamplona (El Alcázar, 21-6-73) porque así lo exigía el “trust” progresista al que entregó el gobierno de su archidiócesis; que persiguió a dignísimos sacerdotes, como el párroco de Tafalla, don Tomás Minguela, al que privó de la parroquia, ganándose la indignación del pueblo, más por cobardía ante las presiones de su entorno que por maldad, ya que puesto a ser apocado es casi incapaz de ser malvado (Ya, 30-8-73); que es acusado de ser el enterrador de la Iglesia navarra, siguiendo la senda marcada por su antecesor, de desgraciada memoria, el cardenal Tabera (Iglesia-Mundo, 15-3-74); que calla ante la “huelga” de misas dominicales en siete iglesias de Pamplona (ABC, 24-11-74); que encabeza la salida de los encerrados en su arzobispado por la muerte de un miembro de la“Joven Guardia Roja” en Almería (Pensamiento Navarro, 20-8-76); que pasó porque sus clérigos intentaran llegar a las Cortes, y alguno de ellos lo consiguió, militando naturalmente en partidos marxistas; ese obispo vence su proverbial pusilanimidad y falta de arrestos para todo y amenaza con los más fieros males a la Hermandad Sacerdotal.

 Quien cerró los ojos para no ver las más colosales vigas, coge ahora una lupa para denunciar la más mínima paja. Pues debe saber el señor Méndez que, por su carácter, no debió pasar nunca de piadoso capellán de monjitas de pocas luces y disciplinaditas, porque para otra cosa parece no servir, que ha desprestigiado tanto su ministerio episcopal, que, si por milagro de Dios, y muy grande tendría que ser, de la noche a la mañana se convirtiera en un Tomás Beckett, no le haría caso ni su familia.

 Cuando dicen que iba llorando por los conventos de clausura de Navarra, porque nadie atendía a sus instrucciones, podía darnos pena, pues hay faltas de carácter que son realmente como una enfermedad. Pero cuando vemos que aún guardaba un poquito de genio y que precisamente lo reservaba para la Hermandad Sacerdotal Española que, con todos los defectos que se quiera -porque al fin y al cabo son hombres- dan lecciones en todo a los clérigos que él protegió siempre, las lágrimas de cocodrilo empezamos a creer que eran un montaje más para defender lo indefendible. Lo hubiéramos preferido llorando en Granada, como Boabdil, como un pobre hombre al que el cargo le viene demasiado grande, que jugando a hacerse el valiente, tal vez por primera vez en su vida, con quienes defendían una España católica a la que querían librar del divorcio, del aborto, del laicismo, de todo eso que vendrá gracias a las bendiciones ¿episcopales? de Méndez Asensio y demás compañeros de ministerio.

 Por los mismos días en que se reunió en Granada la Hermandad sacerdotal, cuajaba en Madrid la campaña Pro España Católica, que agrupó a diversos seglares que, ante el silencio de la Jerarquía, decidieron, en la medida de sus posibilidades, alertar a los católicos españoles de lo que en realidad significaba la Constitución que se les iba a someter a referéndum. En ese mismo sentido, y respaldando totalmente la campaña, las Uniones Seglares de toda España se comprometieron en la misma batalla.

 Y ya con un sentido más político, pero en base a profundas convicciones religiosas sentidas y orgullosamente profesadas, dos agrupaciones políticas, Fuerza Nueva y el Tradicionalismo -este último con rara unanimidad de sus diversas ramas, porque el partido de Carlos Hugo nada tiene que ver con el Tradicionalismo español- multiplicaban sus intervenciones en contra de una Constitución atea.

 Concluido el verano, reintegrada ya la gente a sus habituales ocupaciones tras el paréntesis vacacional, vino la gran bomba: la declaración de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, de 28 de septiembre de 1978. Hasta ese momento los obispos, con las honrosas excepciones que hemos señalado y tal vez alguna más de la que no tengo constancia, se habían limitado a guardar silencio. Lo que ya era bastante grave teniendo en cuenta lo que estaba en juego. Raro fue el obispo, como Yanes, del que nos ocuparemos más extensamente, que se hubiera manifestado con anterioridad a esa declaración de un modo favorable al texto constitucional.

 Yanes sabía lo que hacía. El 7 de julio, “ABC” recogió las declaraciones del arzobispo Zaragoza a “EL Heraldo de Aragón”. En ellas, después de señalar algunos “motivos de preocupación”, se viene a postular que se puede votar perfectamente que “sí” aun estando en desacuerdo parcial, si así lo aconsejaran razones superiores de bien común y de paz social, sobre todo cuando no existen otras alternativas reales. El arzobispo Zaragoza, hombre fuerte dentro de la Conferencia Episcopal, iba preparando el terreno para la declaración de la Comisión Permanente…

 “Continuará”


 Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979


(*) El presidente “centrista” Adolfo Suárez, especialmente.

domingo, 3 de mayo de 2026

La Iglesia vasca, con el PNV, contra el carlismo

 Artículo de 1968

 Carta abierta al reverendo padre Arrizabalaga S, J.

 Rvdo. Sr.: En primer lugar he de manifestarle mi asombro por tres motivos:

 1º El que usted no añada a su nombre las siglas S. J., como lo hizo en la firma de aquel otro documento, en el que usted y otros sacerdotes, fingiendo interés por los problemas de los fieles todos de esta Diócesis, pidiendo libertades para grupos determinados y protestaron contra las acciones que la autoridad ha llevado a cabo frente a ciertas organizaciones.

 2º Que la editorial que publica su obra se denomina MENSAJERO a secas. Todos sabemos que se trata de «El Mensajero del Corazón de Jesús». ¿Para qué «camuflarse» con un disfraz que no oculta nada?

 3º Que su obra haya sido anunciada como «novela vasca», cuando solamente se trata de una novela de ambiente vasco. Las novelas vascas se escriben en euskera. Esto exige el conocimiento a fondo del viejo idioma. Y tiene el inconveniente de que las ediciones no pueden alcanzar tiradas largas. Pero por todo eso y por más hay que pasar cuando de veras se ama a su tierra y se está orgulloso de ser vasco. Lo demás.... vasquismo de boquilla. 

¿Novela o historia?

 Son muchos los autores que expresan sus ideas por medio de novelas, Desde Galdós a usted, pasando por Gironella, hemos podido ver cómo el escritor coloca y mueve a sus personajes en un marco histórico. Evidentemente, muchos de los sucesos que se relatan en tales tipos de obras son hijos de la imaginación del escritor. Jamás han ocurrido. Por algo se trata de una novela y no de una historia. Sin embargo, aún con esos antecedentes, el novelista debe poner ciertos límites a su inventiva. Ha de considerar que muchos de sus lectores van a tomar por cierto lo que ellos narran, dado el marco histórico en que se sitúan los hechos y que muchos novelistas tienen por norma incluir en su relato hechos y anécdotas reales. Que lo que digo es cierto, lo demuestran multitud de sucedidos. He aquí algunos: 

1º Hay bastante gente que cree tan firmemente en la existencia histórica de los personajes de Villoslada, que bautiza a sus hijos con los nombres novelísticos (ni siquiera llegan a la categoría de legendarios) de Aitor y Amaya. 

2º Otros han aprendido la historia del siglo XIX en las obras de Galdós. 

3º En 1962, fuimos a Estella acompañados por un oficial de requetés que, además, combatió en Rusia. Allí nos presentó a un falangista con quien había hecho amistad en la División Española de Voluntarios. Comentamos el «ladrillo» de Gironella, que entonces estaba de moda, y nos confesó que él, por creerla cierta, había indagado entre sus amigos de la comarca de Estella para comprobar la existencia de aquel requeté de los nueve Primeros Viernes. Con resultado negativo, desde luego. Tal episodio no es ni siquiera un producto de la imaginación del «rollista» gerundense. Es un cuento bastante viejo que el autor se lo colgó a un combatiente carlista (…)

 Las novelas no son relatos intrascendentes. Expresan, de algún modo, la manera de ser y pensar de su autor. Y cuando en ellas se relatan hechos ocurridos recientemente pueden servir de vehículos a opiniones muy respetables. Pero discutibles. Esto es lo que ha impulsado a dirigirme a usted.

 Buenos y malos

 En la página 253 viene usted debe decir que, siendo aquéllos los «malos», son explicables las barbaridades que cometieron. No así las realizadas por los «buenos». Es decir: por los nacionales, por los carlistas.

 Nosotros jamás hemos dicho que seamos los buenos. Afirmamos, simplemente, que el sistema que propugnamos es el mejor de todos. Para nada nos metemos en juicios sobre la conducta personal de nuestra gente. Dicho con palabras de Chesterton: «ciertamente el cristiano fue, en cierto sentido, peor que el pagano; el español, que el indio; el romano, que el cartaginés; pero en un sentido muy relativo, pues su razón de ser era hacerse mejores»

 ¿Será usted capaz de afirmar que es admisible, ni siquiera tolerable el divorcio? Como él había muchas cosas en la legislación republicana que un católico no podía consentir. Contra todo ello lucharon los requetés en 1936 y volveremos a hacerlo hoy (1968), si fuera preciso. Esa es nuestra razón de ser. Y no el garantizar la impecabilidad de nuestra gente.

 Por el contrario, muy distinto fue el comportamiento del Partido Nacionalista Vasco. Como ya dijeron en su día los obispos de Vitoria y Pamplona: «No es lícito en ningún terreno, y menos en la forma cruentísima de la guerra…, fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo. La doctrina de la unión de los católicos… debe aplicarse totalmente, sin género de excusas, a las cosas de guerra en que se juega el todo por el todo, doctrina e ideales, haciendas y vidas, presente y futuro de un pueblo».

 «Menos lícito es… absolutamente ilícito es… sumarse el enemigo para combatir al hermano»

 «Llega la ilicitud a la monstruosidad cuando el enemigo es ese monstruo moderno, el marxismo o comunismo». 

Y de esa monstruosidad nada ni nadie absuelve al nacionalismo vasco. Ni siquiera el buen comportamiento que, individualmente, en grupos, incluso por batallones completos, observaron los «gudaris». Aunque nuestra opinión es que no se ha de culpar a los que, engañados, no hicieron más que obedecer con la mejor voluntad, sino a los embaucadores que les enviaron a la muerte, mal armados, peor organizados y sin mandos competentes, mientras ellos se instalaban en el «Carlton» y «enchufaban» a su próximos familiares lejos de los tiros.

 Lo que no se puede hacer, P. Arrizabalaga, y menos cuando se ha adquirido la cultura filosófica que corresponde a un sacerdote, es pretender juzgar los hechos históricos mediante anécdotas y manejar exposiciones como esa de «los buenos y los malos», propias de lectores de tebeos de aventuras del Oeste.

 ¿Quiénes son los buenos?

 ¿Con qué derecho nos exigen a los carlistas ustedes, los clérigos de cualquier jerarquía y congregación, el que nos portemos como «buenos»? ¿Nos tratan ustedes como tales? ¿Nos han hecho en alguna ocasión objeto de sus predilecciones?

 No vamos a meternos con las doctrinas de la Iglesia que, sin duda alguna, están de nuestra parte. Mejor dicho, nosotros nos hemos puesto de su lado. Nos referimos al comportamiento que han observado en política cientos de sacerdotes, religiosos y religiosas, muchas comunidades y organizaciones sedicentes de apostolado e incluso algunos obispos. De ellos jamás hemos recibido la menor ayuda. Ni la queremos. No así los nacionalistas.

 No descubrimos nada nuevo ni se nos podrá acusar de soplones si decimos que decenas de centros de juventudes «apostólicas», conventos de todas clases e incluso seminarios, han sido verdaderos «batzokis». ¿Qué fuerza tendría hoy (1968) el nacionalismo vasco si desde 1937 a estas fechas no hubiese disfrutado del apoyo del clero? El mismo P. Marzol, Pasionista, ha llegado a alardear en la revista «Anaitasuna» de que más de la mitad de los componentes de la ETA y otras organizaciones separatistas proceden de conventos de frailes.

 ¿Cuándo han firmado grupos de sacerdotes algún documento para protestar de las injusticias padecidas por el Carlismo? ¿Cuándo ha levantado su voz algún cura porque algún joven requeté ha sido detenido por la policía? ¿Cuándo han depuesto judicialmente a favor de un joven activista tradicionalista hasta cuatro obispos? Porque todo eso han hecho ustedes por el nacionalismo vasco. Por nosotros, ni la milésima parte. Ni queremos que lo hagan.

 ¿Quiénes se consideran a sí mismos los «buenos»? ¿Ha leído usted en algún escrito carlista juicios tan farisaicos sobre la conducta de algún jefe nacionalista como el del P. Evangelista de Ibero sobre Carlos VII cuando dice: «Su carácter moral se retrata cual es en los bailes y saraos a que Durango y otros pueblos le vieron entregado…»? Citamos esta párrafo por pertenecer a lo que siempre se ha considerado como el catecismo del nacionalismo. ¿Ha oído usted a algún carlista decir que los nacionalistas «son católicos medio cuerpo hacia arriba», cantinela que nos han repetido, de una manera o de otra, todas los nacionalistas con quienes hemos discutido?¡Cuando hemos alardeado los carlistas de costumbres puras, bailando en la plaza ostensiblemente con un pañuelo para no tocar la mano de la joven! 

¿Quiénes son los que se consideran «buenos»? ¿A quiénes tratan ustedes como tales? ¡Pues exíjanles a ellos el comportamiento correspondiente! 

Errores históricos

 Coloca usted el bombardeo de Guernica por la mañana del 20 de abril, cuando todo el mundo sabe que fue por la tarde. Hace usted pasar por encima de Marquina los aviones que intervinieron en la operación, cuando en realidad salieron de Vitoria, y basta una mirada al mapa de Vizcaya para comprender que no hubo tal paso. El bombardeo de Guernica no figura entre sus recuerdos infantiles; usted lo ha colocado en su obra para halagar a ciertos lectores. Es decir, ha lanzado un «¡Viva Cartagena!» oportunista. Eso es jugar sucio en literatura. 

Imagina usted como fondo de una foto de Carlos VII una bandera con las iniciales D.P.F.R. Nos extraña que en una foto de Carlos VII, fallecido en 1909, aparezca el lema carlista como usted dice. Si conoce usted alguna inscripción anterior a 1910, con las siglas mencionadas, le rogamos tenga la amabilidad de informarnos. Nos hallaríamos ante un ejemplar único por su rareza.

 Los carlistas sabemos por qué luchamos. El problema carlista no es, como usted hace afirmar a uno de sus personajes, una cuestión de genealogía. Es una cuestión de Legitimidad. De observancia de una ley que en 1713 promulgó un Rey con el consenso delas Cortes y que los españoles no consintieron fuese modificada sin contar con ellos. 

Si los vizcaínos de 1833 se levantaron por Carlos V (antes de que se suscitase cuestión foral alguna) fue porque, así como el Rey está obligado a respetar y defender los Fueros, los súbditos leales están obligados a defender a su Rey. Y los vizcaínos, pese a quien pese, somos hijos de un Señorío que supo ganar los títulos de Muy Noble y Muy Leal. 

A la cuestión sucesoria se juntaron luego la religiosa y la foral. Porque comenzaron robando un trono, no podían pasar sin atracar a la Iglesia y sin asesinar las libertades que habían sobrevivido a la tiranía de Felipe V. 

Nadie nos ha quitado la «F». Padre Arrizabalaga. Somos tan fueristas como en 1833. Más aún, pues de lo que valen ciertas cosas, no se da uno cuenta hasta que las ha perdido.

 Si en la pasada guerra dejamos en un segundo plano ciertos puntos de nuestro programa, ello fue debido a urgencia del momento, que no dejaba lugar a discrepancias.

 Los requetés supieron por qué lucharon, aunque usted crea otra cosa, supieron que no se trataba de una restauración monárquica ni foral. A pesar de todo, no les importó morir por una cuestión religiosa. No les importó jugarse la vida, entre otras cosas, porque regresaran los jesuítas a España. A pesar de que muchos de ustedes no lo hayan sabido agradecer. 

Espero que lea la presente. Me consta que unos porque no pueden ni verla y otros porque se sienten confortados, casi todos los jesuitas leen nuestra revista.

 Afectuosamente le saluda:

ZORTZIGARRENTZALE


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

viernes, 1 de mayo de 2026

Rebelión anárquica de estudiantes antijesuitas

 Artículo de 1970

 

 El sacerdote Louis Evely y la rebelión de estudiantes antijesuitas

 Van a cumplirse pronto los cinco años (1965) de unos hechos que son causa de explicación de sucesos que comenta toda Barcelona estos días (1970), a pesar del secreto con que han querido rodeárselos. Los sembradores del mal y de la demagogia acaban recogiendo, en su propia casa, el mismo mal que ellos sembraron. 

En aquella sazón (1965) gobernaba las diócesis de Barcelona el doctor Modrego. El padre Rifá, actual provincial de los jesuitas catalanes, era en aquellas fechas superior de la Casa de las Congregaciones Marianas, bien conocida en Barcelona porque durante los últimos superioratos de los padres Batlle y Rifá, se había convertido en un centro de agitación política y de catalanismo histérico. El provincial era entonces el padre Ribas, actual director de la casa de estudios de San Cugat, entre cuyos profesores se contaba el tristemente célebre padre Leita. Estos nombres de jesuitas son importantes porque sus culpas adquieren mayor volumen al experimentar el nivel de subversión a que estamos asistiendo en el ambiente religioso de Barcelona.

 En la citada casa de las Congregaciones Marianas organizaron los jesuitas (1965) unas conferencias a cargo del todavía por entonces sacerdote, abate Louis Evely, de nacionalidad belga. Aquellas conferencias fueron la plataforma de lanzamiento del futuro renegado en los ambientes católicos de Barcelona y de toda Cataluña. Su venida a Barcelona y el apoyo prestado por los jesuitas fue orquestada por un gran despliegue publicitario y exhibiciones periodísticas (…)

 Sobre el nombre de Evely y sobre sus libros, que aparecieron simultáneamente y con profusión en todos los escaparates de las librerías, se montó todo un tinglado seudo-religioso y seudo-comercial, que pretendía dar base ideológica a los afanes de anarquía reformista que se había destapado en tantos clérigos deseosos de ser los pioneros de una “nueva” Iglesia. Su nuevo evangelio era entonces “Una religió per el nostre temps”, de Louis Evely. Con la autoridad moral que daba la calurosa aprobación de los superiores de la Compañía de Jesús a la actitud religiosa de Evely, ese libro se convirtió en manual de meditación de innumerables conventos y comunidades religiosas y en la lectura espiritual (¡¡) de muchachas y muchachos en plena adolescencia, con el consiguiente perjuicio en su formación moral y religiosa. 

Lo que ha venido después, desde la mascarada de los clérigos de la Vía Layetana (1966) hasta la reciente rebelión anti jesuítica del Instituto Químico de Sarriá, tiene su principio en la introducción de Evely, como ácido disolvente de la fe católica.

 Ataque al dogma católico

 Esta obra de Evely, la más conocida, y otras varias más publicadas, están plagadas de errores, ambigüedades y negaciones doctrinales. Se le había prohibido por ese motivo y por otros que afectaban a cosas más personales, conferencias suyas en Bélgica, Francia y Canadá. En su propia diócesis carecía de licencias. Era uno de los dirigentes de los “grupos proféticos” denunciados por el Santo Padre, cuya doctrina anticatólica magistralmente resumió el conocido documento publicado por la revista “Ecclesia”. Evely pertenecía a esos movimientos subterráneos, cuya  misión consiste en desarticular a la Iglesia fiel a la doctrina de Cristo por la otra fidelidad a los principios de Marx.

 A pesar de todo ello, los jesuitas organizaron las conferencias de Evely. En Barcelona se atribuía la máxima responsabilidad de este clima y de lo sucedido a las líneas seguidas por los padres Álvarez Bolado, Rifá y Comas. En la primera de las conferencias, ante un público de religiosas, jesuitas, colegialas, algunas personas mayores y congregantes, Evely atacó el dogma católico, enfundando en sutilezas, disimulos de lenguaje e ironías. Un buen teólogo, el padre Roig Gironella, S.J., le interpeló valientemente, para que se definiera en asunto tan decisivo como el dogma del infierno. Recibió evasivas por parte de Evely y abucheos por gran parte del público. Entonces, vuelto ante el mismo, el padre Roig, levantando la voz, proclamó que por esa fe que se negaba allí, él estaba dispuesto a morir. El espectáculo fue realmente bochornoso. En una casa de la Compañía de Jesús había sido escarnecida la fe católica y despreciado el intento de volver por los fueros de la verdad.

 En este estado de ánimo llegó, al día siguiente, la segunda conferencia. Apenas Evely se había situado en el estrado, un grupo de congregantes, haciendo uso legítimo de su derecho de no permitir que en su propio local, el fundado por el llorado padre Vergés, se convirtiera en cátedra de irreligión, subió al escenario y anunció que impedían que Evely volviera a verter más sofismas, a menos que rectificara en todos los errores doctrinales contra la fe católica. Se produjo un tumulto. La conferencia tal como estaba proyectada no pudo tener lugar. Evely fue apartado del escenario. Los jesuitas, ante la imposibilidad de reanudar los propósitos anunciados e incapaces de dominar aquel desconcierto que ellos mismos habían provocado, requirieron la presencia de la policía, que detuvo al pequeño grupo de congregantes. ¡Aquella casa, centro de conspiración contra el Régimen constituido, pidió la fuerza de ese mismo Régimen del que dicen abominar, en contra de los mismos congregantes de su propia Congregación!

 El Tribunal de Orden Público juzgó y condenó a aquellos congregantes. Fueron testigos en contra de estos defensores de la fe católica tres jesuitas: los padres Comas, Velasco y Muntané, este último -según me dicen- hoy secularizado. Los tres, súbditos del Padre Rifá, con cuya presencia es el Madrid para deponer en contra de los congregantes

 Sin rectificación

 La salida definitiva del sacerdocio por parte de Evely, su unión matrimonial posterior y su apartamento de la Iglesia ha caído en la conspiración del silencio. Sus libros siguen en las librerías y los superiores jesuitas no han rectificado ni alertado a los fieles, poniéndoles en guardia sobre Evely. El mal sigue continuando sus estragos. Así las cosas, ha caído como una bomba la noticia que nos viene a través de “Le Monde”, del 5 del pasado junio (1970).

 La farisaica y sugerente literatura de “Le Monde”, de “Temoignage Chretien” y de “Informations Catholiques Internationales” no puede ocultar que el renegado sacerdote Evely trata, en su libro, de destruir los principales misterios y dogmas de la fe, en divulgada vulgarización de aquel Renan, “el blasfemo de Europa” según fuera calificado por Pío IX.

 El Episcopado francés tiene dadas muy sobradísimas pruebas de sus tan culpables transigencias con la heterodoxia, pero la del exsacerdote Evely debe ser tan blasfema y grosera que, por una vez, ha merecido esa discreta y miedosa “puesta en guardia” contra él, sin atreverse a suscribir cuanto dictamina su denunciante, el teólogo Durassier.

 Unas líneas más, Renan, “el blasfemo de Europa”, es ahora editado y leído en España, anunciado en las revistas de Acción Católica de Barcelona, sin hacer despertar de su catalepsia epidémica y general a nuestras jerarquías eclesiásticas. No nos asombraríamos si su epígono Evely fuera también reeditado y difundido con la aquiescencia de nuestras jerarquías, escudados en la aprobación manifiesta de los superiores jesuitas. (…)

 Aquí nos preguntamos: ¿Es obligado y acto meritorio el impedir el asesinato de los cuerpos? ¿Y es delito que se pena el impedir el asesinato y la intoxicación de la juventud y de la fe católica de Barcelona’ Esperamos la respuesta teologal y jurisprudencial de los teólogos moralistas y superiores jesuitas y el refrendo de las jerarquía eclesiales y estatales.

 Pues mientras tanto, el mal sigue dando sus frutos para los que lo han sembrado. La rebelión contra los jesuitas de los alumnos del Colegio Mayor “Loyola”, anejo al Instituto Químico de Sarria (Barcelona), es la rebelión de los alimentados con las doctrinas de Evely contra sus propios formadores. Pero esto merece otro comentario y será otro día, para que también lo pueda historiar mi buen amigo el padre Guillermo Furlong, historiador de la Compañía de Jesús en Buenos Aires, que tan buenas migas hicimos durante mi estancia a la Argentina. 

 Jamás en la historia de la Compañía de Jesús podrá encontrarse una página más vergonzosa que la que en esta ocasión patrocinó el padre Enrique Rifá, provincial de la Compañía de Jesús decadente y desprestigiada que actualmente tiene que sufrir Barcelona y Cataluña.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970

 

miércoles, 29 de abril de 2026

La nefasta democracia italiana, modelo para la "transición" española

Aunque el artículo pertenece al franquismo (año 1970), a posteriori puede comprobarse cómo lo denunciado para Italia entonces se sobrepasaría aquí con creces.

  DEMOCRACIA A LA ITALIANA

 El español medio, que vive en el clima de paz y concordia creado por el Movimiento Nacional, no acaba de entender lo que ocurre en Italia. No comprende, por ejemplo, las complacencias que tienen hacia el comunismo personas, grupos, partidos e instituciones que serían barridos de la vida pública si el comunismo triunfase. Y es que el español, participante de un sistema político surgido de una victoria militar, no puede comprender la mentalidad que acompaña a otro surgido de una derrota.

 La principal variación está en una especie de “mala conciencia” que sufren quienes un día sirvieron al fascismo y hoy (1970) están integrados en las nuevas agrupaciones políticas. Por un ansia de protección, quizás inconsciente, similar a la del camaleón, tienden a buscar la tolerancia de lo que consideran la antítesis del fascismo: el partido comunista. Ser anticomunista se parece a ser fascista. No ser lo primero es una fórmula adecuada para no pasar por lo segundo. Y para muchos políticos demócratas, que conservan aún el recuerdo de la camisa negra, la posibilidad de ser motejados de “fascistas” es la más desagradable perspectiva de su actuación pública.

 Centrada así la cuestión, las piezas empiezan a encajar: se explica la euforia con que las asociaciones apostólicas de trabajadores acompañan a los comunistas en sus violencias y excesos, la benevolencia afectuosa de algunos prelados hacia los dirigentes comunistas, el empeño de ciertos dirigentes democristianos en apoyar las reivindicaciones marxistas más desaforadas, las debilidades de los gobiernos de centro-izquierda a la hora de mantener la ley y el orden, el doble juego de los socialistas alternando el concubinato con el centro en el gobierno y el concubinato con los comunistas en las regiones, las huelgas y la calle.

 Cuando aparezca este comentario, escrito en plena crisis italiana (en la última, se entiende) no sabemos si se habrá resuelto o no. Pero da lo mismo, porque el problema no es coyuntural sino que afecta al fondo de la política italiana. La única solución estaría en marcar de forma drástica la separación con los comunistas que impone el sistema político de la nación, las ideas de los diversos grupos políticos y la propia existencia de la Patria. Algo que la clase dirigente italiana (incluido el sector religioso), parece incapaz de hacer. Todo por tener una moral de derrota.

 Un diagnóstico que vale para la actual crisis, para las anteriores y para las que puedan producirse mientras el sistema italiano no cambie sus planteamientos políticos.

 Versión española (1970)

 El sistema político español (1970) nada tiene que ver, a Dios gracias, con el italiano; ni aquí, como decíamos antes, existe moral de derrota. Sin embargo, es fácil apreciar en los tránsfugas del Régimen la aparición del mismo complejo que afecta a sus colegas italianos. 

Quienes aquí han ocupado destacados cargos políticos y ahora se han pasado al enemigo con armas pero sin bagajes (¡ay esas camisas y esos correajes lucidos con tanta arrogancia en otras épocas!) buscan también la tolerancia comunista y hacen lo posible por merecer una mención elogiosa de Radio España Independiente, o para lograr colaboraciones con grupos subversivos. Es fácil adivinar que una política en la que ellos representaran a los grupos moderados del Gobierno sería una democracia a la italiana, pero en versión española. Y ya se sabe cómo acaban aquí esas cosas… 

Juan NUEVO


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970

 

lunes, 27 de abril de 2026

Convierten a Jesucristo en el “primer marxista”…

 Artículo de 1970

 

 El Cristo de Pasolini

 “El Evangelio de San Mateo”, de Pasolini, no acaba de convencerme -no obstante sus logradas realizaciones- porque nos da un Cristo, en última instancia, demagogo, que muere fracasado. Pero este problema de una posible “demagogia” de Cristo se presenta hoy en una forma aguda, porque van ya siendo muchos quienes se preguntan seriamente si la demagogia, es decir, la violencia inspirada en las masas proletarias, pertenece a la esencia misma de la predicación del Cristo.

 Y, en la apariencia por lo menos, muchos así lo creen. Pasolini, desde luego, recortando a su gusto los textos y presentándolos en fotogramas de una indudable belleza fascinadora, no se ha ahorrado esos primeros planos de viento airado, agitando un rostro estremecido, cruzado por las velas desatadas de sus propios cabellos, mientras una voz bronca, monótona e insistente, cae implacable en tempestad flagelante sobre los grupos de harapientos beduinos del desierto. Casi llegamos a convencernos -tanto es el realismo brutal de las imágenes de la pantalla- que las palabras macabras de Caifás recobran un sentido transparente: “Os conviene que uno solo muera por el pueblo; no que todo el pueblo perezca”. Es la suerte de todos los mesianismos demagógicos. El Cristo, un demagogo judío más, engañado por las falsas esperanzas mesiánicas que entonces pululaban en la desesperada apocalíptica de su tiempo.

 No han sido Pasolini, sin embargo, ni Garaudy , ni Bloch -bien lo sabemos- los primeros en interpretar “sociológicamente” el Evangelio y en hacer de Cristo el primer marxista “avant la lettre”. Otros lo pensaron filántropo o, simplemente, humanitario. Algunos le han visto como un antiguo héroe levantándose sobre el común de los mortales: y en esto, un “inmortal”. Hoy es frecuente hacer de él un tipo único de religiosidad profunda en el que lo “divino” (¡así en abstracto!) llegó a manifestarse como nunca. 

Pero todavía más, después del escándalo editorial de los libros de Robinson y de Bonhoeffer, Cristo no es otra cosa que una manifestación del amor a los hombres. Por una inversión total de valores, mejor: por un desplazamiento absoluto de los centros de gravitación, el hombre se ha puesto en el lugar de Cristo. Y éste es interpretado solo en función del hombre. El humanismo acaba de conseguir su última y definitiva victoria: desplazamiento de la Iglesia, desplazamiento de Cristo, desplazamiento de Dios… y entronización del Hombre.

 Aceptada esta idea humanizante del Cristo, éste puede convertirse, con toda certeza, en el más violento y desatado de todos los reformadores socialistas. No hay más que seguir los procedimientos de Pasolini: leer los textos en un contexto y en una inteligencia marxista, como ha hecho no hace mucho Tierno Galván con la figura de Juan XXIII. Cristo ha sido enviado a evangelizar a los pobres. Y manda que se agrupen en torno de él a todos los oprimidos porque su carga es ligera y su yugo suave. Los pobres, desde luego, son encandilados con la esperanza mesiánica del reino. (Y esto es esencial a todo marxismo). Son benditos los que lloran, los que tienen hambre, porque serán hartos. Pero la dialéctica marxista necesita de la lucha contra “Das Kapital”. Y Cristo se presta a ello: es más difícil que se salve un rico que no que un camello pase por el ojo de una aguja.

 Es verdad que, paralelamente a esos textos, hay otros que, leídos con los mismos ojos marxistas, harían de los evangelios un amasijo de contradicciones. Porque a Pedro -que tenía la única espada del cortejo apostólico- en la necesidad más perentoria, le prohíbe usar de ella. Porque manda honrar a los que se sientan en la cátedra de Moisés. Porque paga sus tributos al César. Porque se presenta como un modelo de mansedumbre y de humildad. Porque manda perdonar a sus enemigos y condena la violencia: el que a hierro mata, a hierro muere. Porque enseña a presentar la otra mejilla al que hiere en la primera. Porque a los ricos les anima a ganarse el cielo con sus riquezas. Porque reconoce el hecho histórico de que a los pobres los tendremos siempre entre nosotros. Porque, elegido finalmente Rey mesiánico, huye de las multitudes.

 Entonces, ¿Cristo no  ha venido a resolver de veras la “cuestión social”? ¿Qué sentido tienen esos grandes documentos sociales de la Iglesia, desde León XIII a Pablo VI? Afirmamos resueltamente que ni Cristo ni la Iglesia pueden ser “leídos” no ya sólo marxísticamente, pero ni siquiera “sociológicamente”. Ni Cristo ni la Iglesia han venido a realizar “reformas sociales”, por más que, de hecho, hayan sido los grandes promotores de una sociedad verdaderamente humana.

 Hoy (1970) se proclama a todos los vientos que la Iglesia, comprometiéndose con la tierra, la política y la cuestión social, hace lo que Cristo hizo. Han surgido los Institutos Sociales, las “democracias cristianas”, los curas demagogos y contestatarios, por no hablar de los obispos que consideran como un primer deber pastoral colocarse ese yelmo de Mambrino para bajar a los pozos mineros y escribir pastorales sobre el aprovechamiento de los regadíos, el éxodo de la gente de campo a las ciudades, el salario mínimo y la fuga de capitales (…)

 Sí, totalmente extraño: hoy, la gente de Iglesia sabe demasiado de sociología, de política, de economía, de  estadística y de curandería… Nunca se había vociferado tanto este slogan: “por una Iglesia purificada de toda contaminación terrena”. Y contradictoriamente nunca la Iglesia se ha visto más comprometida tanto con la tierra.

 No parece sino que a los hombres de Iglesia les es imposible renunciar “al poder y la gloria” ¡Tan acostumbrados estaban a ello! Y lo que han perdido de tutela política ante un mundo que ellos son los primeros en declarar “maduro”, lo quieran recobrar resentidamente en otra clase de tutela “social” ante los pobres a quienes halagan demagógicamente. (…)

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970