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martes, 19 de mayo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (4)

 Artículo de 1979

 La Iglesia Española y la Constitución 

Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 (4) Una declaración vergonzosa

 El 28 de septiembre de 1978 la Comisión Permanente del Episcopado publicó lo que pretendía ser «una orientación pastoral de los fieles desde una perspectiva religiosa y moral». En teoría, lo propio de los obispos ante un acontecimiento verdaderamente histórico para nuestra patria.

 Pero el juicio, que a muchos católicos nos parecía simple y evidente, a nuestros prelados se les antojaba dificultoso a causa «de la misma naturaleza» de un referéndum, en el que se pedía opinión sobre distintos asuntos. Y después de reconocer «ambigüedades», «omisiones» y «fórmulas peligrosas», entran ya decididamente en el campo del equilibrismo, impropio de su sagrado carácter. Sentando algunas cautelas con la pretensión de salvar la cara, o por lo menos así lo creían, se vuelcan decididamente por el «sí» al afirmar que en la Constitución «no se dan motivos determinantes para que indiquemos o prohibamos a los fieles una forma de voto determinada».

 LO que significa dar a entender a los fieles que en la Constitución no hay graves atentados a la voluntad de Dios, pues en el caso que los hubiese es de creer que tendrían que recomendar el voto negativo. Pese al confuso lenguaje, buscado de intento, el aval no podía ser más rotundo.

 Y concluyen la declaración con un párrafo que comienza con estas palabras: «Los obispos esperamos que las leyes que han de desarrollar las normas constitucionales no turbarán la conciencia de ningún ciudadano.» Cuando estas líneas se están escribiendo ha saltado ya a los titulares de los periódicos la posible despenalización del aborto. Cierto que el Gobierno Suárez, por claras razones electorales, la ha desmentido. Pero ello es la prueba más clara de que la Constitución no le había cerrado las puertas como sosteníamos quienes nos opusimos a ella.

 La esperanza de los obispos de que el desarrollo constitucional no turbaría las conciencias de los españoles, ha durado bien poco. ¿Era lógica esa esperanza después de la intervención de Peces Barba en las Cortes, o de la de otros diputados socialistas y comunistas ante toda España a través de la televisión? Y podía preguntarse aún más: ¿Tenían verdaderamente los obispos esa esperanza?

 En este punto es preciso hacer ya una seria advertencia a los obispos españoles, que con su decidido y descarado apoyo decidieron el resultado del referéndum. Porque después de la consulta electoral es evidente que la pírrica victoria, aun dando por buenas las cifras que se nos suministraron de un 59 por 100 de los españoles a favor del «sí», no se hubiera logrado sin colaboración entusiasta de la mayoría de nuestros pastores. Esta Constitución tuvo cinco padrinos: Adolfo Suárez y su UCD, Felipe González y los socialistas, Santiago Carrillo y el Partido Comunista, Manuel Fraga por libre y la Conferencia Episcopal Española.

 Del padrinazgo de Fraga sólo hay que decir que nada aportó a la Constitución. La inmensa mayoría de su gente, que tampoco era tanta, votaron en contra de lo que recomendaba su líder, y para muchos dejó de serio desde ese momento. Extraña característica la del señor Fraga, que parece haberse especializado en repeler de su lado a cuantos se acercan a él. Lo que en un político no es precisamente un signo esperanzador de futuro.

 Los otros cuatro padrinazgos se revelaron en cambio decisivos. A falta de cualquiera de ellos la Constitución no se hubiera aprobado. Y ésa es la gran responsabilidad de los obispos españoles, pues gracias a ellos tendremos el divorcio y el aborto en España. Lo que en unos obispos parece no ser precisamente una gloria. Por eso, obispos, cuando en España comience a asesinarse legalmente a los niños que iban a nacer, permaneced callados. No protestéis. Porque ésa es vuestra obra. La sangre de esos inocentes caerá sobre vuestras cabezas, porque vosotros los matasteis el 28 de septiembre de 1978. Los católicos, cuando protestemos del aborto, no podremos teneros por jefes. Las causas de Dios hay que defenderlas con las manos limpias, y vosotros las tendréis manchadas de sangre. Y eso no lo olvidaremos nunca. Se os ha llamados Pilatos y Judas. Seréis también Herodes. Esos tres personajes malditos pesarán de tal modo en vuestras almas, que si aún creéis en Dios habréis de retiraros en la soledad, y en el olvido vuestra necedad o vuestro pecado, y si habéis dejado de creer en El, más os vale ir eligiendo árbol en el que colgar vuestro fracaso y vuestra indignidad.

 Judas, Herodes y Pilatos. ¡Qué éxito episcopal! No ha tenido en la historia de la Iglesia, aun en sus más sombríos tiempos, noticia de algo semejante. Pilatos ha habido muchos, por cobardía o comodidad. Tampoco han faltado los Judas que, por bastardos intereses, traicionaron la causa de Dios. Pero el personaje siniestro de Herodes estaba todavía inédito en el episcopologio de la Iglesia. Reunir a los tres en uno es verdaderamente todo un «record». Y toda una descalificación.

 Pedid, pues, a Dios que el aborto no llegue. Y no, como lo pedimos los demás católicos, en, defensa de unos seres inocentes y desvalidos que tienen derecho a nacer porque ésa es la voluntad de Dios, sino porque el día en que el aborto se legalice, ese mismo día, os tendréis que marchar de vuestros cargos, ya que clamarán los católicos, y hasta las piedras, contra vosotros.

 Después de la vergonzosa declaración del 28 de septiembre, las reacciones no se hicieron esperar. Quienes desde su fe objetaban radicalmente la Constitución, no hicieron el menor caso de vuestro escrito y prosiguieron, desde la orfandad y la tristeza, su campaña. Y los obispos, hasta entonces mudos, comenzaron a aparecer en la campaña electoral.

 Eulogio Ramírez, del que uno se asombra de que pueda escribir tanto, acusaba a la Iglesia española de liberalista, a los obispos de sibilinos y a la “Orientación” de desorientativa («El Alcázar», 3/10 y 27/11 , y FUERZA NUEVA, 21/10). «El Pensamiento Navarro» (1/10) publicaba un editorial contra la declaración, y lo mismo hacia FUERZA NUEVA (14/10), que elevaba el tema a portada, en la que se leían estas palabras: «Ante la postura del Episcopado Español, ¿pastores o lobos?». «Pro España Católica», en la misma línea, distribuía miles de hojas con un título análogo, que era una rotunda afirmación: «Nos entregáis a los lobos». En «El Imparcial» aparecieron infinidad de cartas impugnando la postura de los obispos: Agustín Sierra de la Guerra (14/10), José García del Pozo, vocal nacional de Unión Carlista (15/11); Guillermo de Padura (17/11). José M . Arigita (17/11). Tomás Pita Carpenter (1/11), Blanca Botas (31/10), I. G. Sahuquillo (21/11). Ángel Beniasar (24/11), etc. Félix Sánchez interpelaba al cardenal Tarancón desde «El Alcázar» (13/10). Juan Sáenz Díez, desde «El Pensamiento Navarro» (15/10), lo hacía con el significativo título de «¿Consejo o confusión?», interpretando el sentir de innumerables católicos. El sacerdote don Ángel Garralda incide en el mismo tema con un magnífico artículo titulado «Dolorosamente hartos de ambigüedad» («El Pensamiento Navarro», 10/10). Marcelino Urtasun, que por el estilo me parece ser un seudónimo tras el que adivino a un buen amigo, asegura desde un titular de «El Imparcial» (19/11): «Los obispos no han cumplido». Ramón de Tolosa, desde su magnífica sección de FUERZA NUEVA (2/12) los tacha de traidores. Y Julián Gil de Sagredo proclama desde las mismas páginas (FUERZA NUEVA. 16/12): «Su autodesprestigio preserva nuestra fe.»

 Podríamos llenar páginas continuando citas y nombres. Baste la muestra para comprobar la acogida que la declaración episcopal tuvo entre católicos no dudosos y comprometidos con su religión. Entiendo que tal escándalo sería suficiente para que, con un mínimo de dignidad, hubiera incluso dimisiones entre nuestra desacreditada jerarquía. Esperemos que al menos sirva para que en el Vaticano se enteren de quiénes son los que religiosamente nos gobiernan y de la opinión que de ellos tienen sus fieles.

 Al mismo tiempo que se censuraba la postura episcopal continuaban las manifestaciones católicas contra el contenido de la Constitución en numerosísimos artículos y comunicados, e incluso en homilías como las pronunciadas por ei canónigo de Segovia don Lucas García Borreguero, que «El Alcázar» (22/11) resaltaba en titulares: «Votar sí a la Constitución, un grave pecado», y el también canónigo burgalés don José Ruiz, que en la misma fecha y página afirmaba: «España va hacia la apostasía.»

 En la imposibilidad de citar a todos, no quisiera omitir a Manuel Viéitez, por sus muchos artículos; a la Unión Carlista («El Alcázar», 6/11); a Carmelo Velasco, con títulos tan significativos como «Portazo a Dios en la Constitución» e «Insistiendo en el portazo constitucional a Dios» («El Pensamiento Navarro», 28/10 y 3/11); al padre Campos Sch. P. («Una constitución ilegítima, inválida y perniciosa» («El Pensamiento Navarro», 23/11); al ex ministro Julio Rodríguez («Ante una Constitución atea y secesionista», «El Imparcial», 16/11); a don Luis Madrid Corcuera, que prosiguió incansable su campaña meritísima (véase, p. ej., «Una Constitución moral y religiosamente mala», «El Pensamiento Navarro», 29/11); a una declaración de catedráticos y publicistas católicos con casi setenta firmas, muchas de ellas de primeras figuras de nuestra intelectualidad, que fue curiosamente silenciada por la mayor parte de la prensa, pese a que se les hizo llegar puntualmente («El Alcázar», 14/11 , y «El Pensamiento Navarro», 29/11); a la Comunión Tradicionalista a través de su jefe delegado («El Pensamiento Navarro», 1/12); a Juan Luis Calleja, con un extraordinario artículo en «ABC» (23/11); a Carlos Etayo, que se embarcó en la campaña contra la Constitución todavía con más ilusión que la que puso en sus singladuras ultramarinas («El Pensamiento Navarro», 13/10); a ese gran periodista que es Ismael Medina («El Alcázar», 10/10); a la Unión Seglar de San Antonio María Claret, que se dirigió al Papa en nombre de cincuenta y tres mil católicos («El Alcázar», 4/12); a Jerónimo Cerdá, incansable propagandista de «Pro España Católica» en Valencia, y de tantas otras cosas cosas («Las Provincias», 29/11), etcétera.

 Conviene advertir a los católicos que no pocos de los que consumieron tiempo y energías en esta lucha por el honor de Dios encabezan ahora las listas electorales de Unión Nacional en distintas provincias españolas. Todas las demás candidaturas, o postularon el «sí» o, si defendieron el «no», era por motivaciones separatistas o de ultraizquierda. Blas Piñar, en Madrid; Jerónimo Cerdá, en Valencia; Ismael Medina, en Cuenca; Julián Gil de Sagredo, en Almería; César Esquivias, en Guipúzcoa; Manuel Ballesteros, en Ceuta, son una garantía de supervivencia de la España católica. Olvidarlo puede ser trágico para nuestra fe y para nuestra patria. 

 (Continuará)


Revista FUERZA NUEVA, nº 631, 10-Feb-1979

 

domingo, 17 de mayo de 2026

Decadencia de las órdenes religiosas

 Artículo de 1968

 DECADENCIA DEL ESTADO RELIGIOSO

 El Concilio Vaticano II ha dedicado todo un capítulo, el sexto de la Constitución sobre la Iglesia, al Estado Religioso. «Los consejos evangélicos —dice—, castidad ofrecida a Dios, pobreza y obediencia, como consejos fundados en las palabras y ejemplos del Señor y recomendados por los Apóstoles, por los Padres, Doctores y Pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibió del Señor y que con su gracia se conserva perpetuamente (número 43).

 Por lo mismo, el Estado Religioso tiene origen divino y su intima naturaleza consiste en ser un único medio oficial, completo y organizado, dentro de la Iglesia, que tiene por fin primero y específico tender a la perfección espiritual y a la santidad.

 Por esto, el canon 487 del Derecho Canónico dice que «el Estado Religioso debe tenerse en grande estima por todos». Por esto, el Concilio Vaticano II, en el citado capitulo, de conformidad con la doctrina tradicional de todos los siglos de la Iglesia, dice: «Este sagrado Sínodo confirma y alaba a los hombres y mujeres, hermanos y hermanas, que en los monasterios, en las escuelas o en las misiones ilustran a la Esposa de Cristo con la constante y humilde fidelidad a su consagración y ofrecen a todos los hombres, generosamente, los más variados servicios.» Y por esto, en el Decreto sobre la renovación de la vida religiosa, dice: «En la predicación ordinaria hay que tratar muchas veces de los consejos evangélicos y de abrazar el Estado Religioso. Educando los padres cristianamente a sus hijos, cultivan y defienden en sus corazones la vocación religiosa».

 La razón de esta estima en que tuvo y tiene la Iglesia al Estado Religioso es que éste es el único Estado que acepta total e íntegramente el Evangelio en sus preceptos y puros consejos, que sus miembros procuran practicar, proponiéndose como ideal imitar totalmente al Divino Maestro Jesucristo.

 Es cosa teológicamente cierta que el Estado Religioso es de institución divina, pues, como dice el Concilio, «es un don divino que la Iglesia recibió del Señor», que ella ha estructurado como estructuró las parroquias y las diócesis.

 No hay que confundir, como han hecho algunos, la institución del Estado Religioso con su estructuración, o con las diversas modalidades que ha tenido dicha institución a través de los siglos, que naturalmente son humanas, realizadas por carisma especial de sus fundadores.. (…)

 Nadie podrá negar que la casi totalidad de los Santos y Santas de la Iglesia de Dios proceden del Estado Religioso y que la acción misionera, caritativa y científico-religiosa de la Iglesia ha sido desarrollada, también en casi su totalidad, en todos los siglos por la Ordenes y Congregaciones religiosas de ambos sexos.

 ***

Si esto es verdad, ¿cómo se explica que mientras los ortodoxos veneran grandemente a los religiosos, en la Iglesia católica está en decadencia su estima por parte del clero secular, principalmente y aun por parte de los mismos religiosos?

 Oficial y oficiosamente se elogia al Estado Religioso; pero luego, de hecho, en voz baja y aun a veces en la prensa, se critican situaciones de hecho muy comprensibles y se emiten expresiones de desconfianza; se les excluye de las actuaciones parroquiales, se hacen campañas de boicoteo de las vocaciones religiosas masculinas o femeninas diciendo a los aspirantes que a la Iglesia le hacen falta sacerdotes y buenas madres de familia, y no religiosos o monjas.

 Y algunos obispos, sea por necesidades de sus diócesis, sea por prejuicios contra el Estado religioso, han provocado a los religiososa a abandonar su vocación para incorporarse al clero diocesano. Incluso han llegado a negar que el Estado Religioso sea de institución divina. Así lo negó, según referencia de «Civilta Cattolica» de agosto de 1965, el obispo belga Mons. Chenu en pública aula conciliar. Y otro, también belga, se atrevió decir que con la desaparición del Estado Religioso la Iglesia no perdería nada, si bien esta afirmación la hiciera por su cuenta y fuera del aula.

 La causa de esa decadencia del amor al Estado Religioso entre el clero diocesano hay que buscarla en su ignorancia de que la vida religiosa es una inmolación voluntaria, un holocausto perfecto completo hecho al mismo Dios. Nada les dicen aquellas palabras de Cristo: «Sic ergo omnis ex vobis qui non renuntiat omnibus quae possidet non potest meus ese discipulus.» Pues bien, aquel de vosotros que no renuncie a todo cuanto posee, no puede ser mi discípulo (Luc. 14-33). Si ellos no tuvieron valor o vocación para realizar esta renuncia, ¿por qué despreciar, en vez de admirar y venerar, a los que la hicieron efectiva y afectiva?

 Síntoma triste y alarmante de esta decadencia en la estima del Estado Religioso en algunos jerarcas y en el clero diocesano no fue solamente la negación rotunda de una verdad teológica por parte de un Monseñor en el Concilio, sino el silencio con que fue escuchado y la falta de una enérgica protesta por parte de los Padres del Concilio, que podían hacerlo dentro de los límites que consentía el Reglamento Conciliar, como se había hecho en otras ocasiones.

 Pero hay más; muchos aprecian o dicen apreciar el Estado Religioso no por su fin principal y esencial, que es la santificación de los miembros de Cristo, por medio de la completa imitación del modelo de Santidad Jesucristo y del perfecto cumplimiento de los consejos evangélicos, sino por sus fines secundarios, que para los religiosos son medios; y que según esos señores han de ser los primarios del religioso, como son el apostolado al servicio de la Iglesia y la actividad apostólica. Es decir, actividad apostólica en vez de santidad evangélica. Así el cardenal Suenens, en su libro «Nuevas dimensiones en el apostolado de las religiosas». Ni más ni menos que los Gobiernos laicos o revolucionarios del siglo pasado y del presente, que con el mismo criterio conservaron a veces las instituciones religiosas de caridad o enseñanza.

 Desgraciadamente, esta inversión de fines del Estado Religioso está en auge en no pocos religiosos, teórica y prácticamente, con daño, naturalmente, de la santidad de la vida religiosa.

 Ya no se proponen como fin de su ingreso en una orden o congregación religiosa (y si se lo proponen, después lo retractan) su propia santificación; ya no ven en la profesión religiosa su carácter de sacrificio y holocausto, como tampoco lo ven los seglares; ya no la consideran como una crucifixión espiritual para toda su vida; la emisión de los votos y la práctica de los consejos evangélicos no es una muerte a sí mismos, para vivir para Dios, como dice Santo Tomás. No; en la vida religiosa sólo ven un estado o situación en que podrán dedicarse mejor a la vida sacerdotal, apostólica y a la de enseñanza. Ya no se les educaa los aspirantes en la perfección de la caridad hacia Dios, como dice el Concilio Vaticano II que han de hacer: «Con los votos el religioso se entrega totalmente a Dios, hasta el punto de quedar destinado al servicio y al amor de Dios» (5).

 Esos religiosos invierten el orden de la caridad, que antes era: «Dios, el alma, el prójimo. Ahora dicen: «El prójimo, Dios, el alma.»

 De aquí, en la práctica, ¿qué diferencia hay entre un sacerdote secular y un sacerdote religioso, si éste deja a un lado los dos votos de obediencia y pobreza y la práctica de los consejos evangélicos, aunque materialmente haga la profesión religiosa? Hoy todos visten su flamante clergyman o traje laical; hoy se comportan de la misma manera en público; hoy se mezclan con el mundo con pretexto de apostolado o fines pastorales; más: hoy ya no han de ir al mundo; éste se ha entrado por las puertas de los conventos con los aparatos de radio y televisión, que apasionadamente oyen o contemplan, pudiendo así asistir a todas las diversionesy espectáculos mundanos... No es ya el «contemptus mundi», en desprecio del mundo, el camino que facilita la consecución de la santidad evangélica, sino el «consecratio mundi», la consagración del mundo, para lo cual es indispensable la adaptación al mundo. Es decir, en vez de santificarse, mundanizarse.

 Antiguamente, muchas sacerdotes seculares entraban en las Ordenes y Congregaciones religiosas para santificarse más fácilmente y luego lanzarse a la vida apostólica con más libertad y sin tantos obstáculos como tenían en el mundo. ¿Cuántos son los que hoy día abandonan el mundo para hacerse religiosos? ¿Y cómo lo han de abandonar si ven que de los mismos conventos va desapareciendo incluso la vida claustral y la comunitaria, convirtiéndose las comunidades en meras convivencias clericales, con sacrificio generalmente de los votos de pobreza y obediencia?

 Se me dirá que soy pesimista. No; las estadísticas cantan. Consúlteselas y ellas dirán el número cada día mayor de deserciones religiosas y la disminución alarmante y constante de vocaciones a la vida religiosa. La santidad va huyendo de los conventos; la decadencia del Estado Religioso es manifiesta. Las causas ya las he indicado. Inútilmente la Congregación de Religiosos buscará el remedio de tantas deserciones en el retraso de la profesión de los aspirantes. El remedio está en la sólida formación de ellos durante los años de la juventud, que no se consigue mundanizándolos ya en esa época. 

P. CATALAN


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

viernes, 15 de mayo de 2026

Cataluña, ya bajo Franco, sujeta al laicismo, marxismo y separatismo

 Artículo de 1970

 URGE UNA REFLEXIÓN: 

TRES PELIGROS AMENAZAN HOY A LA REGIÓN CATALANA: LAICISMO, MARXISMO Y SEPARATISMO

 En su día (abril, 1970), la prensa se hizo eco de la visita del arzobispo de Barcelona, doctor Marcelo González y del obispo de Gerona, doctor Jubany, al ministro de Educación y Ciencia, para expresarle en nombre de la Conferencia Episcopal de la Provincia Tarraconense, la necesidad del uso de la lengua catalana en las escuelas

No seremos nosotros quienes consideremos intrusismo, ni politización, ni exceso, esta gestión episcopal. Amamos como el que más la lengua y cultura catalanas, y sabemos cuáles deben ser sus derechos y exigencias. Aunque en una ponderación panorámica del problema, nunca debe olvidarse lo que Luis Valeri -y la simple estadística- registra inexorablemente: la mayor producción y edición de libros en catalán arranca desde 1939, no pudiendo parangonarse en toda la historia de la “Renaixença” catalana una cantidad de libros publicados en catalán como en estos últimos treinta y cuatro años. Las cosas son así.

 Pero aparte de esta puntualización, francamente queremos exponer un problema que, actualmente preocupa a los mejores católicos seglares de Cataluña. Notamos una trasposición o una subversión en la escala de valores que, a nuestro entender, debe regir la vida cristiana, pero particularmente deben ser los móviles primarios de la actuación episcopal. En esta ocasión, presentarse a un ministro para una petición que, en sus justos términos no necesita avales y que, en todo caso ya tiene sus buenos abogados y en el Estado español hay un conocimiento muy exacto del realismo histórico y regional de España, nos parece, a lo menos, un paso baldío de triunfalismo cortesano innecesario.

 Porque la problemática de Cataluña, aunque se escriba en catalán y se enseña el idioma catalán, no está precisamente en el uso de la lengua vernácula. Desgraciadamente, en nuestros días, aunque en formas distintas, están pujantes y públicos los tres enemigos de Cataluña, que un prócer catalanista, un historiador tan extraordinario como Fernando Valls Taberner, ya denunciaba en 14 de febrero de 1934, en “El Debate”, órgano de la CEDA.Valls Taberner, catedrático y diputado del Parlamento catalán, no perdía el tiempo en menudencias ni comadreosde ciertos grupos de presión. Veía el problema catalán con su trágica realidad. El no se hubiera movilizado para reivindicaciones al servicio de ciertos caciques que proyectan estrategias mucho más ambiciosas que las que descubren a la simple propaganda y a las intoxicaciones sensibleras. Y, desde luego, como tácticas apoyadas en motivos más o menos nobles, pero con finalidades explosivamente sectarias.

 Eugenio Montes refería, en un artículo publicado en “La Vanguardia”, del 2 de febrero de 1964, una conversación con Valls Taberner, en la redacción de “El Debate”. Cuenta Eugenio Montes que hablaron de política, “es decir, hablamos pestes de la República, porque quien apestaba era ella, que le estaba contagiando a nuestro país la peste amarilla, el cólera ruso. -¿Cómo queda Cataluña?- Con los tres enemigos del hombre dentro del cuerpo. Con los tres pecados mortales. La envenenan, día a día, de laicismo, marxismo y separatismo. Barcelona cubierta de emblemas con el triángulo azul y la estrella solitaria. Renuncio a decirle cómo Cataluña me duele en el corazón”. Así se expresaba Valls Taberner.

 Es curioso que lo que pensaba Valls Taberner coincidía totalmente con el pensamiento de Ramiro de Maeztu, que plasmó en un famoso artículo titulado “Los tres cortes”. El historiador catalán coincidía absolutamente con el gran converso y máximo pensador en nuestros tiempos, porque ambos tenían una visión católica y profunda de la historia y de los acontecimientos. Valls Taberner y Maeztu jamás se hubieran prestado a ser juguetes de camarillas frívolas o que actúan de biombos de otros intereses inconfesables. Maeztu escribía puntualmente, y también sus conceptos pueden ser dignos de la reflexión de la Conferencia Episcopal de la Provincia Eclesiástica Tarraconense y de las nuevas generaciones. Estas son las palabras de Maeztu:

 Es sabido y notorio que España padece ahora la amenaza de tres separatismos diferentes. El de los intelectuales, que quisieran escindirla de su pasado, de su tradición, de su ejecutoria. Es el corte en la línea del tiempo, de la duración, del pasado. (Como si el pasado no fuera el ser mismo). Otros desearían fragmentarla por cortes verticales, por regiones por la longitud y la latitud. Y otros, finalmente, ansían deshacerla por cortes horizontales, por clases sociales, hasta establecer la dictadura de una sola. (Ellos dicen, quizá de buena fe, que se trata de la dictadura del proletariado, pero la verdad es que los únicos dictadores serían los agitadores de los proletarios)

 ¿Está claro? Pues lo que quisiera que lo estuviese es que estos tres separatismos que, en el día de hoy, parecen heterogéneos, sin relación entre sí, como no sea la puramente negativa de constituir entre todos ellos la antipatria, tienen, sin embargo, el mismo origen y proceden todos ellos del primero, hasta contra las voluntades que lo fraguaron, inspirándose algunas de ellas en sentimientos del más noble patriotismo…

 El catalanismo como, en general, el nacionalismo español no es sino la aplicación a las colectividades del principio revolucionario de los derechos del hombre. Los catalanistas se han apropiado, particularizándola, de la idea revolucionaria. Sabino Arana, a su vez, fue un discípulo de los catalanes. Lo que supo de nacionalismo lo aprendió de estudiante en Barcelona.

 Pero rota la unidad católica, que obliga a los fuertes a cuidar de los débiles, desvalidas las clases proletarias, parece también inexistente el nexo nacional. La Patria, a juicio de los agitadores, no es sino el privilegio de los que la explotan. Añádanse a estos agitadores, de origen obrero, los que se les añaden por espíritu enemigo de la tradición y ya tenemos explicado el tercer separatismo, el de los cortes horizontales de la lucha de clases.

 Por esta concatenación de causas hemos llegado algunos españoles a la convicción firme de que para la buena defensa de la patria hemos de empezar por el principio, que es admirar sus glorias y rehabilitar sus ideales”.

 Parece que no sea necesario demostrar cómo el laicismo, en su aspecto más anticatólico, está haciendo estragos en Cataluña. Bastaría conocer la literatura “católica” que se publica en Cataluña para darse cuenta hacia dónde vamos. Que un libro monstruoso, como “El fonamen tirreligios de l’Esglesia” del jesuita Juan Leita, haya sido premiado con el premio “Carles Cardó” 1969, cuyo jurado está presidido por el Vicario Episcopal del Arzobispado de Barcelona, pasa de dato indicativo. La revista “Correspondencia”, la literatura del P. José Dalmau, calificada por Juan Carrera Planas como “vigorosa, original y sanamente revulsiva”, las procacidades del capuchino Jorge Llimona y tantas otras anomalías, indican no sólo una corrupción de los que deberían ser expositores y misioneros de la fe católica, sino una aportación a la descristianización de Cataluña a cargo de elementos promocionados por la jerarquía eclesiástica

El ateísmo gana terreno en España y, concretamente, en Cataluña, sin que la voz de la jerarquía se haya oído ni haya tomado aquellas medidas enérgicas y decisivas, ya de denuncia, ya de actitudes apostólicas realmente necesarias. Una publicación tan ecuánime como el “Boletín Salesiano”, de abril de 1967, destacaba cómo el ateísmo profundiza en nuestra Patria, mientras nadie señala causas y agitadores que se mueven con toda impunidad. El órgano de la Pía Unión de Cooperadores Salesianos, al registrar la existencia masiva de un ateísmo entre nosotros, con ironía, comentaba así:

 Este es el hecho. ¿Cuáles sus causas? Las están estudiando. Cuando las hayan precisado, basta poder darnos los tantos por ciento: nos dirán que, en determinada proporción, se debe a la ignorancia religiosa de las masas, a la deficiente formación religiosa dada en las familias, escuelas y colegios; aparecerá la consabida razón de que el catolicismo español es más tradicional que personal, no faltará el tanto por ciento de los que achacarán su mucha culpa al Estado español por ser oficialmente católico y a la clase alta por haber abandonado la dirección de la clase baja y bastantes más motivos.

 Pero no nos dirán, por ejemplo, que hay unos catedráticos de universidad que siembran la confusión religiosa en las mentes estudiantiles, y otros abiertamente arreligiosos, aunque dosifiquen y encubran sus ataques “por prudencia”; que hay catedráticos de instituto, profesores de academias y maestros de escuela que se permiten minar la fe de sus alumnos. (…)Tampoco nos dirán que, en las fábricas, talleres, oficinas hay elementos activos de ateísmo y descristianización que, día a día, van envenenando a sus compañeros poco formados religiosamente.

 No nos dirán tampoco las estadísticas que existen profesionales médicos, ponemos por caso, que abusan de su situación para difundir teorías avaladas por su “falsa” ciencia médica, que van desde el materialismo más absoluto hasta la justificación de las acciones anticonceptivas. Y lo mismo en otras profesiones.

 Queremos con esto decir que la descristianización progresiva de España no obedece a causas pasivas, a corrientes espontáneas. Unas y otras son siempre provocadas y creadas por personas concretas, que se aprovechan de las disposiciones ajenas favorables, que se emplean personalmente, que se entregan a su labor descristianizadora, a los que luego secundan, consciente o inconscientemente, los débiles de formación o de voluntad”.

 La intoxicación marxista en la literatura y cultura catalanas, así como su papel de animadora del catalanismo que actúa epilépticamente, es algo visible. La literatura catalana carece hoy (1970) no sólo de un Verdaguer o un Maragall, sino de un Luis Millet, de un Joaquín Ruyra, de un Roig Raventós, de un Manuel Brunet y tantos y tantos otros escritores y publicistas catalanistas, pero de prevalente sentido cristiano. ¡Ni siquiera tenemos un José María de Segarra!

 Esta es la hora de la literatura de los revanchistas, de los exiliados que escupen todo el odio y pequeñeces en esta inexplicable apertura a las sinrazones de sus bilis… De la desespañolización de Cataluña no mencionamos detalles, ya que la consideramos como una consecuencia de las otras dos causas y del vacío ideológico creciente de los ideales de la Cruzada en nuestra vida pública.

 Por esto nos ha chocado y se comenta como una anécdota indicativa de lujosa preocupación pastoral, que unos prelados se hayan molestado en visitar al señor ministro de Educación y Ciencia, mientras por todos los caminos de Cataluña andan sueltos los tres enemigos en que coincidían Valls Taberner y Ramiro de Maeztu, con tantas complicidades, silencios e inverosímiles compañeros de viaje.

 En fin, serán fenómenos postconciliares que no entendemos los catetos y los que no estamos en las interioridades de ciertas actuaciones… Pero, aferrados a la vieja filosofía del sentido común, aún recordemos aquello de “zapatero a tus zapatos”. Y preferimos recrear nuestra memoria con figuras episcopales que anteponían su celo por los derechos de la Iglesia y las grandes directrices morales en la sociedad, que entusiasmarnos con visitas ministeriales en que, para apreciar la urgencia de una intervención episcopal, se necesitarían las escalas de Mercalli o de Richter. Mientras tanto, en el país continúa soplando la sombra de la Institución Libre de Enseñanza, sin que nos enteremos de ninguna intervención episcopal para neutralizar sus malas consecuencias.

 Realmente, nosotros preferimos la visión cívica, dolorida y combatiente de Valls Taberner, catalanista sin tacha, pero cristiano ante todo, a ciertas diplomacias de la hora actual que rezuman un afán de notoriedad y de clericalismo de mala ley. Pues podría muy bien ser que, hablando en catalán y con escuelas que lo enseñan, a este paso, Cataluña se descristianice del todo, su alma sea entregada al marxismo y su desnaturalización catalana y española sea una realidad previsible. Entonces podremos registrar que un día del mes de abril de 1970, unos prelados se empeñaron en el empleo del catalán en las escuelas. Aspiración que, bien definida, debe aprobarse.

 Pero Cataluña podrá recordar también que el IDO-C, PAX, y todas las sectas progresistas, han podido complotar contra la fe de nuestro pueblo impunemente, sin que la voz de sus obispos y su gobierno eclesiástico haya estado a la altura de lo que podía y debería esperarse. También, para que a los futuros historiadores no se les escape, debíamos anotar este triste hecho (…)

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Democracia taranconiana

 Artículo de 1979

 DEMOCRACIA TARANCONIANA

 DE todos es sabido que la democrática dictadura que sufrimos no ha resuelto aún el grave problema del habitual retraso en la distribución de la prensa española. Esta insignificante observación desestabilizadora viene al caso porque días pasados recibí, con retraso astronómico, un diario madrileño que en su día publicó fragmentos de una carta del ilustrísimo y reverendísimo señor Vicente Enrique Tarancón. El titular de la diócesis madrileña comienza su carta «Los cristianos y la democracia», afirmando que «a algunos cristianos no les gusta la democracia». Y aquí, como es habitual, el señor cardenal desenfoca el problema de la cuestión, porque el problema democrático no infiere para nada en los gustos o disgustos de los cristianos. El infierno existe, nos guste o no. Es ahí, en ese orden, en el plano doctrinal, y sólo en ese plano, donde se ha de cuestionar el problema de la democracia.

 Como quiera que la amnesia y alergia que Tarancón sufre hacia el magisterio pontificio es manifiesta, ya desde ahora recordamos a su eminencia y a sus diocesanos que la democracia fue condenada por Su Santidad Pío X. Por tanto, es falso lo que afirma el pro-demócrata cardenal en su carta, cuando dice que «la democracia no está en contra de ninguna verdad de la fe cristiana»; y es falso, aunque Tarancón lo diga «ex cátedra», por la sencilla razón de que, muy a pesar suyo, no es papa. ¡Qué inmenso bien haría Tarancón si callara!

 Pero como por desgracia el ilustre cardenal no ceja en su empeño de confundir a los españoles, nosotros, a pesar de que hoy no está de moda, vamos a transcribir algunos puntos de la carta colectiva «Notre charge apostolique», de San Pío X, para que la doctrina católica sobre la democracia sea conocida por nuestros compatriotas. A vuela pluma, pues, transcribo los párrafos que siguen: «Las teorías de la democracia, bajo brillantes y generosas apariencias, faltan con mucha frecuencia a la claridad, a la lógica y a la verdad.»

 “Los (demócratas) jefes de “Le Sillon” (“El Surco”, en francés) tienen una concepción especial de la dignidad humana, de la libertad, de la justicia y de la fraternidad, y para justificar sus sueños sociales apelan al Evangelio interpretado a su manera, y, lo que es más grave todavía, a un Cristo desfigurado y mermado.

 “Nuestro predecesor (León XIII), de feliz memoria, ha condenado una democracia que llega al grado de perversidad: que consiste en atribuir en la sociedad la soberanía al pueblo y en procurar la supresión de las clases. Caminan, los demócratas, al margen de la doctrina católica, hacia un ideal condenado.

 Y para que no se nos acuse de juzgar demasiado severamente, y con un rigor injustificado, las teorías sociales del “Sillon” (de la democracia), queremos recordar aquí los puntos esenciales de éstas. Y aquí San Pío X analiza y condena todo lo que hoy Tarancón y compañía predican y difunden, por todos los medios informativos a su alcance.

 “Esta rápida exposición —prosigue el Papa- os demuestra ya claramente cuánta razón tenemos al decir que los demócratas oponen una doctrina a otra doctrina; que levantan su ciudad sobre una teoría contraria a la verdad católica, y que falsean las nociones esenciales y fundamentales que regulan las relaciones sociales en toda sociedad humana”.

 Creo que ha quedado claro, y muy claro, que Tarancón, en su carta cristiana, contradice la doctrina católica, y que, por tanto, queda al descubierto la vocación democrática de monseñor (…).  El cardenal usa la dicotomía maquiavélica de deslindar el campo político-religioso en su carta cristiana: «La soberanía del pueblo en el plano político —principio fundamental de la democracia— no va en contra de que toda autoridad viene de Dios.»

 Pero recuerdo de nuevo a los lectores que para pensar bien hay que estar con el Papa, y San Pío X dice: «Muy diferente es en este punto la doctrina católica, que pone en Dios, como en principio natural y necesario, el origen de la autoridad política.»

 Melchor CANO


Revista FUERZA NUEVAnº 632, 17-Feb-1979

 

lunes, 11 de mayo de 2026

Santiago, Patrón de España y de la Hispanidad

 Artículo de 1970 

 Santiago, Patrón de España

 El 5 de junio de 1965, Blas Piñar pronunció un discurso en Santiago de Compostela. Al mismo corresponden los párrafos que a continuación transcribimos:

 La figura de Santiago, como las de los grandes hombres, de los grandes santos, tiene dimensiones y calibres universales. Santiago es testigo de una serie de unidades históricas, sobrenaturales y religiosas. Santiago es el testimonio y el faro de la unidad de nuestra Patria.

 Yo no puedo hacer aquí un recorrido histórico de todo el quehacer temporal de nuestro pueblo, pero sí puedo deciros que, cuando se inicia y se fragua la conciencia histórica nacional de España por obra de la Reconquista, desde Covadonga, Roncesvalles, Ribagorza o la Marca Hispánica, el espíritu que contribuye a la formación de esa conciencia surge con el descubrimiento de las cenizas y del sepulcro del Apóstol a principios del siglo IX. Frente a Córdoba, la ciudad de Santiago es algo así como la Meca del Occidente, que Diego Peláez y Diego Gelmírez transforman en la Jerusalén occidental de piedra tallada y románica, como quiso definiría el insigne tribuno don Juan Vázquez de Mella. Y si hubo una teoría de peregrinaciones mahometanas que se dirigían hacia la mezquita de Córdoba, así también pueblos cristianos de Europa iniciaron una corriente peregrina y caminante hacia el Santuario de Compostela porque, como decía la fama y la leyenda, en Galicia el Apóstol obraba milagros innumerables.

 Así se fue forjando el sentido de nuestra nacionalidad. En las grandes batallas, la invocación al Apóstol Santiago hace posible la victoria de las huestes cristianas. Esta invocación trajo, en ocasiones, la presencia del Apóstol, como ocurrió en la batalla de Clavijo, cuando el rey don Ramiro se negó a pagar el tributo doloroso y poco varonil de las 100 doncellas. Su ejército, derrotado y abatido por las fuerzas enemigas, parecía propicio a la desbandada cuando se apareció el Apóstol Santiago sobre un corcel blanco, con una espada luminosa, alentando a los combatientes de Cristo.

 Nuestros reyes y nuestros santos serán devotos y peregrinos de Santiago, como lo fue el Cid Rodrigo Díaz de Vivar. El Poema de Fernán González, los cantares de gesta, el gregoriano, el románico y los cluniacenses se integrarán con un sentido español y nuestra lucha nacional contra la morisma se transformará en una cruzada en favor de la Iglesia.

 De esta forma forjamos un espíritu nacional tan profundo y tan hondo que, cuando la Reconquista española terminó, cuando se delimitó geográficamente el perfil de la Península, cuando Fernando e Isabel entraron en Granada, el primer homenaje a Santiago, después del voto hecho por don Ramiro a raíz de la batalla de Clavijo, será el de erigir aquí un hospital en el que los peregrinos que fluían de todos y los caminos de Europa encontraran descanso, alivio medicinas y reposo.

 Es Santiago, además, un faro y un testimonio vivo de la unidad europea. La unidad europea no se forjó realmente en las cruzadas, que tuvieron un aspecto religioso y sobrenatural pero también un aspecto bélico y castrense. La conciencia de Europa como ser histórico, la conciencia de Europa como cristiandad, hoy por desgracia en crisis como consecuencia de la secularización de los Estados, se produce precisamente en la andadura hasta Santiago. Son los peregrinos de todas las regiones de Europa, los reyes, los príncipes y los santos, los burgueses y los mendigos y hasta los bandoleros que hacen penitencia los que, peregrinando por todos los caminos de Europa, se concentran aquí y llegan con ansiedad al monte del Gozo, para contemplar las torres catedralicias y recibir los  apellidos que se han perpetuado en Europa, como una vivencia de las antiguas peregrinaciones de sus antepasados.

 Fue aquí, en Santiago, donde gentes de todos los idiomas, dialectos e indumentarias, que manejaban instrumentos musicales distintos, que tuvieron incluso ante el Obradoiro sus propias disputas regionales, forjaron la conciencia cristiana de Europa. Aquí se creó un clima caballeresco y épico, que engendró para la literatura universal, a través del viejo Códice Calixtino, las figuras del guerrero, del monje del santo, de la mujer fuerte y del religioso. Porque fueron los religiosos que venían a Compostela, caminando y peregrinando, los que vieron con claridad aquello que la Iglesia tenía que hacer en su tiempo.

 (…) Como consecuencia de este caminar peregrinante a Santiago de Compostela, las grandes figuras religiosas de la época tuvieron una visión intuitiva y profética de la nueva evangelización que el mundo de entonces precisaba. Santiago, el Apóstol y Santiago, la ciudad, son un testimonio vivo de la unidad ecuménica. Aquí nacen, en serio y de verdad, las misiones. Aquí llegan Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís y Raimundo Lulio y San Vicente Ferrer. Estos santos peregrinantes llegan a Compostela, palpan la universalidad de la Iglesia, que sólo Compostela puede entonces presentarles y se dan cuenta de que es urgente una transformación pastoral.

 Si el voto “stabilitatis” ha hecho del religioso vagabundo que mendiga un hombre sedentario recogido en el cenobio y en el monasterio, con sus votos de pobreza, de obediencia y de castidad, si las grandes órdenes religiosas, antiguas y venerables, han prosperado con el lema “ora et labora”, parece llegado el momento de sustituir esta especie de reclusión santificante por una especie de voto nuevo que podríamos llamar el voto de la “milicia Christi”. Nacen así la Orden de predicadores y la Orden mínima de los padres franciscanos que, en las nuevas ciudades mercantiles de fines del Medioevo mendigan las almas para entregarlas a Cristo.

 En Santiago y con Santiago, tenemos nosotros, los españoles e hispanos, un testimonio vivo de otra unidad: de la unidad de la estirpe hispana.

 ***

Nosotros, los cristianos, enterramos a los muertos, pero no los enterramos para que se pudran; nosotros enterramos a nuestros muertos porque sabemos que son templos del Espíritu Santo, porque tenemos la garantía de que la resurrección de Cristo englobará, tragará y devorará la muerte, y los levantará, siendo cuerpos corruptibles, a las alturas gloriosas de la incorruptibilidad. Por eso, nosotros veneramos las reliquias de nuestros santos. Aquí, en Santiago, tenemos las cenizas del Apóstol y las veneramos porque sabemos que un día van a resucitar en cuerpo glorioso e incorruptible por la fuerza de la gracia de Cristo.

 Pero sabemos también que de los santos, de las cenizas de los santos, de las reliquias de los santos, de los lugares donde se conservan tales reliquias, de las aras santas de nuestros altares, fluye una corriente sobrenatural con fuerza bastante para poner en pie a los pueblos. Pues bien, si hay una estirpe humana, si hay una forma española de vivir el cristianismo, si ha habido unos países en América que han sido conformados de una forma hispánica de vivir el catolicismo, si hay en Asia, en medio de la paganía absoluta, una nación floreciente con un cristianismo vivo que, en estos días, conmemora el 400 aniversario de la evangelización por Legazpi y Urdaneta, los agustinos y las órdenes religiosas que después les siguieron, ello se debe a que de aquí, de este sepulcro, de estas cenizas del Apóstol, brotó una corriente de vida sobrenatural que impulsó el generoso espíritu de aventura de nuestros misioneros, de nuestros gobernantes, de nuestros guerreros y de nuestros conquistadores. Ellos sembraron las tierras de Filipinas y de América de nuevas ciudades con el nombre de Santiago. Si recorréis las iglesias filipinas o americanas, encontraréis una iconografía santiaguesa en cada una de sus capillas, pueblos y hornacinas de sus viejas calles coloniales y españolas.

 Santiago, que es un hombre, un apóstol, un santo, ha traspasado de su espíritu a esta ciudad. Son los hombres, las piedras y la historia los que están transidos en Santiago del espíritu del Apóstol. Antes se decía de Compostela que era la tierra del feliz y bienaventurado Jacobo. Yo os diría que Santiago es “civitas beati Jacobi”, esto es, la ciudad del Apóstol, del Santo Jacobo, de Santiago. Y porque Santiago ha traspasado de su espíritu a los hombres, a las piedras y a la historia, la ciudad entera, historia piedras y hombres, están transidos de eternidad (…)

 Blas PIÑAR


Revista FUERZA NUEVA, nº185, 25-Jul-1970