Buscar este blog

martes, 3 de febrero de 2026

No a la “berenguerización” de España

 Artículo de 1970

 No a la “berenguerización” de España

 ¿Se está “berenguerizando” España? Todavía no del, todo gracias a Dios. Pero existe una inquietante tendencia a ir paulatinamente remando a uno de los períodos más tristes de la historia española del siglo XX, que está vinculado al nombre de un general español, bizarro, pero definitivamente desgraciado en sus empresas.

 Basta haber cumplido los cincuenta años o, sin haberlos cumplido, revisar con honradez la historia o la prensa del año 1930. Se verificó entonces un deslizamiento de opinión hacia lugares y posturas completamente opuestas al destino inmortal de nuestra patria. Pero la opinión pública no se desliza en ningún sentido si no existen corifeos que la polaricen o la empujen. Y estos corifeos de la anti España proliferaban como setas -apurando el símil como setas venenosas- en el ingrato período que subsiguió al gobierno del general Primo de Rivera.

 Comenzaron a surgir los tránsfugas, los oportunistas, los demagogos y los cambiadores de casaca. Aparecieron los llamados “intelectuales”, ganosos de añadir facetas de intelectualidad a las pocas a muchas que atesoraban, colocándose en la línea de un supuesto pensamiento europeo, amasado siempre en antipatías ancestrales hacia España. Brotaron los Ossorio y Gallardo con su peregrino “Monárquico sin rey al servicio de la República”. Los Sánchez Guerra con “No más servir a señor que en gusano se convierte”, y los don Julianes y Teodomiros dispuestos a descuartizar al país al socaire de sentimientos tribales protohistóricos.

 En aquella triste situación comienzan a verse alarmante síntomas en nuestros días, porque no hay nada nuevo bajo el sol, y el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y hasta cien veces en la misma piedra. Cierto que en algunas cosas no hemos llegado a aquella calamitosa situación pero en otras quizás estemos peor. Por ejemplo, entonces existía como un garantía suprema de la verdad y de idealismo, una Iglesia Católica homogénea y unida, indefectiblemente fiel al Papado y a su destino imperecedero. Sólo hubo en la segunda república un cura de izquierdas, el pintoresco Basilio Álvarez, diversión unánime de tirios y troyanos. Hoy (1970) aquella fortaleza suprema está parcialmente desmoronada, con sus muros cuarteados y con el enemigo ocupando algunas posiciones clave dentro de sus baluartes.

 Seamos un poco observadores. Actualmente lo que siempre se ha llamado chaqueteo pasa por “aggiornamento”. Cada cual busca sacudirse las pulgas de un posible compromiso con las fuerzas que han engrandecido el país durante los largos y pacíficos años de la posguerra. Este dice que era muy joven, aquél que se vio obligado, el de más allá que tenía que comer. Se escucha un siniestro rumor de migraciones subterráneas, como de ratas huyendo de un barco que creen que no tardará en zozobrar.

  Han comenzado a salir nuevos “Ossorio y Gallardo”(católicos sin Dios al servicio del comunismo; derechistas autoconfesados al servicio de la izquierda; falangistas sin Falange al servicio ¿de qué…?También pululan los nuevos “Sánchez Guerra”(nomás servir a señor que me releva del cargo). Los “Basilio Álvarez” se cuentan por docenas y ya no sirven de diversión sino de escándalo. Y se nota un renacimiento de fantasías tribales que se salen del regionalismo sano para apuntar a las más anacrónicas figuras del separatismo; la gente se pregunta si no tardará en producirse un nuevo Pacto de San Sebastián.

 No faltan las consabidas algaradas de una juventud que no quiere saber la verdad o a la que se mantiene ignorante voluntariamente. Y tampoco faltan ¿cómo no? los grupitos intelectuales al servicio de la democracia, los cuales, si sobreviniera lo que ellos buscan, no tardarían en exclamar, como profirieron los de marras el clásico “no es eso, no es eso”. Y si ni éstos ni aquéllos pueden ni pudieron prever este desengaño ¿de qué sirve una intelectualidad que no hace un uso elemental del intelecto?

 Hay, en fin, un corro de periódicos en continua pugna para superarse en piruetas izquierdistas. Es un espectáculo triste el de cierta prensa, esencialmente burguesa, que excava su propia fosa, y vende su decoro a cambio de unos miles de ejemplares lucrados a costa de lo que sea, lo mismo que este “lo que sea” venga en leña seca para el descontento o en cloroformo pornográfico.

 Ya se ha puesto de moda y tomado por gracia la defección y la felonía. A quienes fiel a sí mismo y a sus ideales se le considera como un ser inferior, exaltándose en cambio la “fe púnica” y la apostasía como costumbres que impone la “marcha de los tiempos”.

Se ridiculiza la hidalguía, el patriotismo, la castidad, el misticismo y todos los ideales que diferencian al hombre del bruto, lapidando a quien los mantiene con epítetos sarcásticos propios de mentes cebolleras: carcas, retrógrados, inquisidores, fascistas, preconciliares tridentinos…Por el contrario, el último grito del buen tono es el salto de la garrocha, faltar a la palabra, cambiar de camisa, pisotear los votos, cubrir de lodo al llegar a la vejez lo que se incensó en la juventud.

 En 1930, bastó este año de funesto recuerdo para que una prensa en poder de los tránsfugas embaucara y pervirtiera a la opinión pública, convirtiendo en clamor profuso lo que no era más que el runrún despotricante de unos cientos de resentidos.

 Pidamos al cielo que España no entre el nuevo período “berenguerizante” que nos conduzca de la mano al caos. Dios no lo ha de permitir si se encuentran todavía en la piel de toro algunos justos más que los que contabilizaban Lot y su familia. Y creemos sinceramente que todavía los hay y no pocos.


Revista FUERZA NUEVA, nº177,30-May-1970

 

sábado, 31 de enero de 2026

Paz y guerra cristianas

 

  LA PAZ Y LA GUERRA

 A San Pío V, Gran Inquisidor y vencedor de los turcos

 l. La mayor catástrofe histórica que han sufrido los siglos ha sido (al menos hasta ahora) la caída del Imperio Romano de Occidente, en el siglo IV de nuestra Era. Todo un mundo de altísima cultura —más refinada incluso que la de nuestro mundo actual en muchos aspectos—, un poder y un orden que habían dominado al mundo, cae violentamente, con escasa resistencia, bajo el poder de unos pueblos casi en estado de hordas, cuyas fuerzas efectivas eran, en comparación con las legiones romanas, insignificantes.

 Las consecuencias de esta debacle histórica fueron para Europa cinco siglos de miseria, de violencia, de sucesivas invasiones, de anulación de toda cultura, de epidemias y de hambre... Sólo el cristianismo —fe viva y fervorosa en aquella humanidad ruda y doliente— hizo renacer de aquel universal naufragio la nueva civilización cristiana medieval.

 ¿Cuál fue la causa de aquella inverosímil rendición del más poderoso Imperio del mundo ante pueblos sin armas ni verdaderos ejércitos? Todos los testigos —San Agustín, el primero— son unánimes en este punto: la falta de fe, la consiguiente corrupción moral del pueblo romano; su espíritu de goce (de «confort» o «nivel de vida», que diríamos hoy), su falta de espíritu de lucha, su pacifismo a ultranza predicado por epicúreos y por escépticos y entusiásticamente acogido por la élite y aun por el pueblo romano, ávidos de placeres, ajenos a todo valor religioso, a todo honor nacional. Inverosímiles «paces» con los pueblos asaltantes, vergonzosos pactos, retrasaron medio siglo la catástrofe; pero ello sólo aprovechó para que esa catástrofe fuera completa, universal, irremediable.

 Nadie que estudie de cerca aquella historia puede ser ajeno a su cegadora similitud con el presente de Europa, sometida desde todos los ángulos a una propaganda pacifista asfixiante, mientras sus vecinos orientales se arman —moral y físicamente— hasta los dientes, y provocan continuas pequeñas guerras de desgaste. Peor aún que en aquella época: ni siquiera vemos hoy en torno nuestro a una Iglesia dispuesta a preservar la fe y el ánimo de los que pudieran luchar en defensa del patrimonio común, a bendecir el heroísmo, a darle la seguridad del premio eterno. Antes al contrario, la Iglesia hoy visible compite con el quinta-columnismo del enemigo (marxista) en sus campañas de «paz a cualquier precio», en su menosprecio del espíritu heroico.

 «Esta política evangélica de la paz —ha escrito un autor contemporáneo— es el opio de los pueblos cristianos ávidos de gozar del bienestar moderno, sumergidos en los placeres. Habiendo Dios permitido que reine todavía este año la prosperidad, la vida fácil, en nuestro Occidente industrializado, los eclesiásticos han emprendido la tarea de aflojar las leyes de la moral natural y las del Evangelio para entrar ellos mismos y sus rebaños en la inmensa corriente de la corrupción general. De ello deriva una aterradora disolución de costumbres, de la cual, como de un gran iceberg, solamente una décima parte aflora al exterior y aparece a la vista. Es demasiado fácil arrojar las culpas sobre «el mundo pagano» y su «erotismo obsesivo». Nadie mandaba a los obispos, sacerdotes, moralistas, que abriesen la Iglesia a ese mundo y empujaran a los cristianos a vivir a lo pagano. Peor aún, el ejemplo viene de arriba, la relajación es enseñada e impuesta a un pueblo fiel que no la había pedido. (...), Desde este momento, la Iglesia (aparente) ya no cultiva las virtudes heroicas, sino que maquilla los vicios para incorporarlos a un cristianismo nuevo.»

 Nadie duda de que la paz, en sí misma considerada, es un bien; y de que la guerra es un mal. Como la salud es un bien, y un mal la enfermedad. Pero nadie piensa en preservar o alcanzar la salud predicándola, sino teniendo reservas vitales que oponer a la enfermedad. Consideradas moralmente, hay guerras justas e injustas, como hay paces justas e injustas. La responsabilidad de la guerra injusta recae sobre el gobernante que con malicia la busca o declara, o —de un modo vago y colectivo— sobre el pueblo que apoya o tolera a tal gobernante. Para el ciudadano particular que acude a la guerra, su causa es casi siempre justa, puesto que no está en condiciones —físicas ni morales— de juzgar ni decidir sobre su justicia. Y la virtud que le impulsa a cumplir su deber en ella —el heroísmo— es la más alta de las virtudes humanas, puesto que reúne la fortaleza (o valor) con la prudencia, elevadas al grado heroico.

 Desde el punto de vista religioso, ¿es la guerra, de suyo, un mal, y la paz un bien? Cristo dijo de sí mismo «no he venido a traer la paz, sino la guerra». La guerra dentro de cada uno en el vencimiento de las pasiones y en el necesario testimonio de la fe; la guerra dentro del pueblo judío entre los que arriesgaron el cauce oficialmente establecido para su salvación personal por la palabra del Hombre que se decía Cristo, y aquellos otros que no lo hicieron; la guerra entre el honor de Dios y el bienestar diario, a lo largo de la Historia. En la noche de Navidad los coros angélicos cantan a la paz «para los hombres de buena voluntad», previa la «gloria de Dios en las alturas». La paz del alma, la conformidad de la voluntad humana con la voluntad de Dios es, ciertamente, un valor —el más alto valor— de la moral cristiana.

 ¿Pero tiene esa paz alguna relación con «la paz del mundo» que demagógicamente, suicidamente, se nos predica como paz cristiana? Creo que la paz (como contraria de la guerra) es indiferente desde el punto de vista religioso (cristiano), y lo mismo acontece a la guerra. Esta, como doloroso evento que es, ha de ser interpretada providencialmente como prueba, expiación o castigo, según los casos, Y desde el punto de vista (religioso), de los que van a ella, puede haber guerras indiferentes, guerras impías o sacrílegas (si se encaminan a destruir el orden religioso en el país) y guerras santas (si se hacen para restaurarlo).

 De mí sé decir que en las trincheras nacionales de 1938, rezando el rosario cada atardecer en la chabola, me sentía religiosamente en paz conmigo mismo. Como seguramente no me siento en esta paz claudicante y morbosa de 1967 predicada por agentes del marxismo... y por clérigos que en sus ropas y en sus palabras se avergüenzan de lo que son y representan, de la fe que juraron y del sacramento que recibieron. 

MENDIBELZA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967 

 

jueves, 29 de enero de 2026

La Constitución liberal condenada por el Magisterio de la Iglesia

 Artículo de 1978

  Condena del Estado liberal

 SE podrá tomar en serio o se podrá tomar en broma, cosa esta última que hace la mayoría de los católicos españoles, sin duda por ignorancia, pero lo cierto es que la concepción liberal del Estado, la que caracteriza a la Constitución española, continúa condenada por el Magisterio de la Iglesia.

 Así se desprende de las declaraciones del cardenal Palazzini, alto cargo de la Curia vaticana y antiguo profesor de Teología Moral, hechas a «L'Osservatore della Domenica», semanario oficioso del Vaticano.

 El cardenal Palazzini, en efecto, advierte: «El "Syllabus" ha sido hasta nuestros días un signo de contradicción; sin embargo, de él permanece válida todavía la condena de la concepción liberal del Estado desvinculado de toda norma moral, fuente de todo derecho; y sigue siendo válida la repulsa de la pretensión del hombre moderno de construir la sociedad de un modo independiente de Dios y de la religión, e incluso basándose en principios contrarios a ella.»

 Es claro que si la doctrina auténtica de la Iglesia no fuese la expuesta por el cardenal Palazzini, en este semanario vaticano no se le hubiese permitido expresarse en tales términos. Es, por otra parte, si bien se mira, la doctrina expuesta por Pablo VI en la «Octogésima Adveniens». el cual reprueba a los católicos que tiende a idealizar el liberalismo y que no tienen en cuenta que la ideología liberal y la fe católica son incompatibles.

 En esa misma carta, el papa Pablo VI da testimonio de que todas las democracias ensayadas hasta ahora son insatisfactorias y que es necesario buscar otras.

 No obstante, los católicos españoles -del presidente Suárez al comunista A. Comín, pasando por Fraga, Silva y Peces-Barba- se han empeñado en elaborar una Constitución no ya anacrónica, reaccionaria, plagada de todos los tópicos y de todas las utopías liberalistas y socialistas fracasantes, sino una Constitución «independiente de Dios y de la religión», cosa ilicita para un católico, según el cardenal Palazzini.

 El caso es absolutamente diáfano y lógico para el verdadero católico, para el hombre que crea en la verdad propuesta por el Magisterio oficial de la Iglesia católica, como es ése del anatema contra el liberalismo agnóstico:

 La Constitución española y la democracia liberal se basan sobre los principios o postulados del liberalismo filosófico (racionalista y naturalista).

 Es así que el Magisterio oficial de la Iglesia condena el liberalismo filosófico (de Pío IX a Pablo VI, pasando por León XIII, etc.).

 Luego, virtualmente, la Constitución española (como la democracia liberal) está condenada por el Magisterio oficial de la Iglesia.

 Luego peca de negligencia el Magisterio de la Iglesia en España al no hacer un «juicio moral» sobre la Constitución española, cumpliendo con su deber pastoral de hacerlo, tal como lo establece el Vaticano II.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 625, 30-Dic-1978

 

lunes, 26 de enero de 2026

La Virgen, marginada en el Postconcilio

 Artículo de 1970

 La Virgen, marginada

 Hablar hoy de la Virgen es arriesgado. Antes (un “antes” que no va más allá de preconcilio) la Virgen era tema obligado de la catequesis, de la predicación y de la doctrina teológica. Hoy (un “hoy que abarca los últimos cinco años, 1965-70), la Virgen se ha vuelto un tema difícil, un tema discutido. Porque, además, puede hablarse en un cierto oscurecimiento de la devoción mariana en la Iglesia Católica.

 El hecho ha tenido manifestaciones tan evidentes que es del todo imposible no admitirlo. Sería suficiente hacer un recorrido por las iglesias de cualquiera de nuestras ciudades, en este lánguido “mes de María”, para advertir que algo ha pasado en lo más profundo de las almas en este sentido. No es necesario llegar, claro está, a ese vago y lejano recuerdo que todavía atormentaba nostálgicamente el alma impía de Renan, como “un olor inebriante de rosas de mayo”.

 Basta mirar con los ojos abiertos: la supresión del rosario; su suplantación por extrañas e incomprensibles “paraliturgias” en las que la arbitrariedad imaginativa de un buen curita lo inventa todo; los cantos salmódicos de un irritante simplismo melódico y de una pobreza viejotestamentaria ridícula; las lecturas escriturarias, ciertamente santas y útiles, pero en un contexto de “sola scriptura” protestante, frío, que hiela los corazones. Uno busca, por lo demás, la imagen de la Virgen como señuelo y sostén de una humanidad, de un humanismo imprescindible y, por fin, lo encuentra allí, en “cualquier” lugar, a la contraluz de una columna oscura, que la separe del altar, “único centro” -proclaman altamente los nuevos liturgistas- de la atención de la Asamblea del Pueblo de Dios.

 La Virgen “marginada” en su representación simbólica, lo es también en su conmemoración litúrgica. La nueva ordenación litúrgica, con un criterio de “sola scriptura” no católico, ha realizado una inclemente poda en el ciclo litúrgico mariano. Estas innovaciones, hoy todavía muy discutibles, se presienten nocivas para la piedad cristiana que no vive de esa “metafísica” litúrgica que se le impone.

 La Virgen “marginada” también en la predicación y en la doctrina teológica. El hecho tiene otras manifestaciones evidentes (Asociaciones, Cofradías, Romerías, Peregrinaciones, insignias, hábitos, etc.) que no es necesario describir. ¿Cómo explicarse este extraño fenómeno, tan contrario a toda la tradición católica vinculada de un modo tan estrecho con las devociones marianas? Un fenómeno tan profundo no puede menos de obedecer a causas igualmente graves y profundas. No se pueden aducir fenómenos de superficie; por ejemplo: los excesos de la época procedente, que hubieran producido un ”maximalismo” que hoy tendríamos que compensar con un desequilibrado “minimismo”.

 Es verdad que los años 1940-1955, en España, pueden ser considerados -como se decía entonces- “Era de María”. Son años espléndidos en manifestaciones marianas: Congresos, Consagraciones, Peregrinaciones, la “Virgen Peregrina”, el “Año Mariano”, en que la piedad popular de la Iglesia vibra como en los mejores tiempos. Pero esta piedad está bien sostenida, primero, por un Magisterio papal y episcopal relevante; y luego por una mariología científica y teológica, que coloca a la mariología católica en un primer plano de la literatura teológica. No son, pues, esas razones de superficie las que explicarán el fenómeno actual de la marginación mariana hasta convertirse, no sólo en “questio mariale”, sino en verdadera “crisis”.

 Porque esta fenómeno de crisis mariana -como, por lo demás, tantos otros fenómenos críticos de la Iglesia de hoy- no puedo entenderse sino cuando se le coloca en extensión y profundidad en el contexto de una amplia y grave crisis eclesial. Está, en primer lugar, la crisis “religiosa” como fenómeno de desacralización y de secularización. En ella, la Virgen María representa un punto culminante y “escandaloso” de lo santo y de lo sagrado, que instintivamente repele todos los intentos de “reducción a lo religioso” a lo profano. Su persona excelsa representa, en el catolicismo, la convergencia de lo humano y lo divino de una manera absolutamente sagrada y trascendente. De ahí el escándalo “edificante” que produce todo lo “mariano” en un mundo secularizado. Por ello mismo, la “desmitologización” del mensaje evangélico se enfrenta necesariamente con la Virgen se la quisiera despojar de su maternidad divina, de su virginidad perpetua, de su lugar irreemplazable de hecho en la economía de la salvación; que fuera sólo la doncella humilde de Nazareth, casada normalmente con el carpintero José, de quien tiene el “primogénito Jesús” y a otros hijos después de él.

 Está luego la crisis eclesial, en la que el Magisterio Jerárquico existe, pero “no funciona”. Y hay finalmente unas tendencias a un cristianismo descarnado, desencarnado, desarraigado, “sin piedad” (San Pablo), que se amparan en el falso simplicismo de la autenticidad soñada, del antirromanticismo más romántico, y de la bobalicona entrega, a ojos ciegos, a los valores mundanos.

 ¿Qué podía representar en ese conjunto “emocional” religioso la figura de la Virgen María sino un serio obstáculo que había que marginar? Y, como las intenciones -aun las no conscientes, aun las solamente presentidas- son las que mueven los hilos de esta miserable tramoya, asistimos a este fenómeno de marginación de lo mariano como una consecuencia inclemente y despiadada, pero lógica, de toda una lamentable situación crítica de la Iglesia.

 Pero -y he aquí la paradoja constante en que hoy extrañamente nos movemos en todo lo eclesial- esta marginación de la Virgen María en la piedad católica no puede apoyarse ni en el Magisterio de los últimos Papas, ni mucho menos en el Concilio Vaticano II. Porque los Papas, con sus documentos doctrinales, con sus intervenciones pastorales, con sus gestos emocionales (Peregrinaciones de Juan XXIII y Pablo VI a Loreto, Fátima, Bonaria, Éfeso) nos dicen todo lo contrario. Por su parte, el Concilio Vaticano II, en sus magníficos textos, favorece tanto la piedad mariana como la mariología católica. El Concilio recomienda “las piadosas prácticas del pueblo cristiano” (SC, n. 20), y el culto especial y las devociones tradicionales a la Virgen (LG, nn. 66-67). (*)

 ¿Cómo, pues, explicarse, repetimos, esta marginalización de lo mariano sino como una triste consecuencia de esa decadencia general de lo católico? Porque la Virgen no está “al lado” de los caminos por los que el Señor quiso venir a nosotros. Tampoco está “en el centro”, cuyo lugar lo ocupa ciertamente el Cristo. Pero sí que está “en el medio de los caminos” de Dios. La historia de la salvación no sólo encuentra en ella un término en el que toda la plenitud profética y escatológica del Antiguo Testamento viene a ser la realización definitiva de la “Hija de Sión”, que se personaliza en María. Sino que, además, es el verdadero punto de arranque de la nueva historia que Cristo viene a instaurar. El Cristianismo, para no ser precisamente un “mito descendido” necesita de esta figura, arrancada a la piedra viva de la historia humana, que da realidad humana al Cristo y lo inserta en nuestro tiempo: “cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, hecho de mujer” (Gal. 4,4).

 Hoy, en cambio, un orgulloso neo-gnosticismo, amparado por un angelismo pervertido, pretende sustituir esa figura de mujer por el “solus Christus” protestante, pervirtiendo los suaves y fáciles camino del Señor… Muy pronto el “Christus” sería sustituido por mil eones quiméricos. Hoy, una falta de sencillez y humildad, como primigenias virtudes cristianas, está trastornando un orden de cosas querido por el Señor de un modo tan humano. Esas virtudes pusieron todavía nuestros padres ante el Padre y la Madre celestes, en la actitud de “niños” a quienes únicamente se abre el reino de los cielos. Hoy, en muchos medios, se crea un ambiente anti-católico de orgullo y de prevención ante la “bendita entre todas las mujeres”. Nada, ciertamente, más funesto para la Iglesia en esta hora necesitada de amparo. Porque no puede olvidarse que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tiene sus complacencias en Ella, la Virgen María.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970

 

(*) Discrepamos. Baste comprobar cómo el Concilio privó a la Virgen de un esquema propio, para agradar “ecuménicamente” a los observadores protestantes, y hubo de ser añadido un texto de compromiso, a regañadientes, al final de “Lumen Gentium”

sábado, 24 de enero de 2026

Doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia (2)


  DON JUAN VAZQUEZ DE MELLA TRAIDO A 1967

 Doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia

(continuación)

 Enfrente de esa doctrina, afirmada en la Iglesia y fuera de la Iglesia, está la cesarista, residuo pagano aplicado por los legistas a los Reyes absolutos primero, y por los secularizadores a los Parlamentos y a los Gobiernos, también absolutos, después.

 De aquí dos legitimismos antitéticos e irreductibles. El que subordina el poder, como medio, a los tres derechos, como normas, y el que los subordina al poder haciéndole, con diferentes grados de claridad y de extensión, soberanía única y fuente única del derecho. La hipocresía, la falta de lógica, las circunstancias y las conveniencias, pueden atenuar la tesis, que subsiste siempre aunque la oculten las apariencias.

 Lo que pudiéramos llamar divinidad original del derecho puede, en último análisis, encerrarse en esta fórmula: el poder público, la soberanía política tiene, como todas las instituciones, su origen en una necesidad que le reclama como un medio y en un orden preestablecido superior a todas las voluntades humanas, con arreglo al cual ha de ser adquirido y actuado.

 Si no expresa la relación entre la necesidad, que es su medida, y el orden, que es su norma, no es más que una fuerza física.

 La obstinada disputa entre la comunicación inmediata y la mediata, bien examinados los términos, no tiene razón de ser, y es fácil no solo conciliarlas, sino fundirlas, como escritores ilustres lo han propuesto

 La teoría mediata, con la división de la soberanía en dos partes, una que se comunica y otra que se retiene para vigilarla y en ciertos casos—los de resistencia a la tiranía—para retirarla, si se refiere al poder material que sale del pueblo—sujeto, forma, medio de gobierno—, para que la autoridad política se ejerza y al que los organismos extrapolíticos conservan, es exacta. Si se refiere al derecho y a la autoridad misma, tiene que resolverse en la soberanía social y en sus relaciones  con la política, o no tiene sentido, siendo difusa primero, concreta después y repartida en dos mitades con atributos contrarios.

 El derecho divino de los Reyes, que no sólo comunica la autoridad, sino la forma y hasta el sujeto que la ejerce, es un absurdo tan grande como el maniqueísmo constitucional, en que Dios y la Constitución hacen los Reyes a medias.

 De la doctrina de los tres derechos brota a la única democracia posible en el mundo.

 Ningún hombre tiene derecho a mandar sobre otro hombre; esta sentencia será la anarquía o la justicia, según se niegue o se afirme la doctrina de los tres derechos. Nadie puede mandar sobre los demás si no hay un orden superior que manda sobre todos.

 La disciplina se funda en la jerarquía, la jerarquía en la dependencia y todas las dependencias en la esencial del hombre a Dios, que quiere que se guarde el orden de los fines, de las necesidades y los medios.

 Cuando el principio se olvida, brota el absolutismo, que no admite responsabilidades sociales y sólo tolera las de ultratumba, cuando es personal, y que ni siquiera ésa tiene cuando es colectivo.

 El personal y cesáreo suele quitarse el antifaz y decir algunas veces lo que practica: El gran apologista del derecho divino de los Reyes ingleses, Filmer, llegó a decir estas palabras, que reproduce un historiador de la Gran Bretaña: «Un hombre está obligado a obedecer la orden del Rey contra la ley, y aun en ciertos casos contra las leyes divinas.»

El pueblo inglés no debió creerlo así cuando llevo al cadalso al desgraciado Monarca que tenía tales defensores.

 En las Memorias de Luis XIV se leen estas otras palabras afines, que comenta con tristeza un distinguido publicista católico: «Aquel que dio Reyes a los hombres quiso que se les respetara como delegados suyos, reservándose sólo el derecho de examinar su conducta; y es su voluntad que el que ha nacido súbdito obedezca sin discernimiento.»

 La responsabilidad sólo ante Dios y la disciplina o la obediencia ilimitadas ha dejado discípulos.

 El Testamento político de Richelieu y la Política sacada de la Sagrada Escritura, mal sacada, de Bossuet, tesoros del absolutismo francés, desarrollan el mismo principio que tuvo su expresión práctica en las libertades galicanas; libertades ante el Papa y servidumbres ante el Rey, como las llamaba Fenelón.

 Subordinar la legitimidad de ejercicio a la de origen, la de la institución a la dinástica, y la conducta de un pueblo a la voluntad del Rey, y la del Rey sólo a Dios, tales son los rasgos del legitimismo absolutista.

 Los del legitimismo tradicional son ios contrarios; subordinación de la persona y la dinastía a la institución y de todas a la legitimidad de ejercicio y, por lo tanto, subordinación de la conducta política del Rey a los intereses del pueblo y responsabilidad moral ante Dios, pero social por el éxito o fracaso de la parte que tome en la dirección común.

 Los hechos han puesto muchas veces frente a frente, por medio de los mismos Reyes, las dos políticas.

 Mariana escribe su libro sobre «El Rey y la institución real», con la férrea doctrina sobre la responsabilidad de los Reyes, como un texto de derecho político para Felipe III. El libro es quemado por mano del verdugo en París, donde asustan las doctrinas que en España subían al palacio real, pero agradaban las de Maquiavelo, el defensor del absolutismo, unido a la simulación en máximas como ésta: «El Soberano debe respetar y observar la religión de su pueblo, aunque no crea en ella.» Y Enrique IV, que practica a Maquiavelo en lo de “París bien vale una misa”, frase que algunos tienen interés en demostrar que no ha dicho, aunque era muy capaz de decirla, cuando cayó asesinado llevaba en el bolsillo El Príncipe, de Maquiavelo, no el de Mariana, que aquí circulaba libremente, sin temor a tiranicidios.

 Carlos II, al dejar, bien a pesar suyo, la Corona a Felipe V, el nieto de Luis XIV, no se olvida en su última voluntad, como si fuera testamentario de la antigua Monarquía, de recordarle que la legitimidad de ejercicio está sobre todas y es condición para gobernar.

 «Que se le dé la posesión actual, precediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos.»

 ¡El juramento previo de observar los tres derechos! Recuerdo y orden oportuna que Felipe V no observó mucho.

«A contar desde Felipe V —dice un ilustre historiador— el aforismo cesarista Princeps agibus solutus imperó hasta principios del siglo XIX en las esferas del Gobierno, y dejó huellas indelebles en los monumentos legislativos ¡y fuera también ¡y bien entrado el siglo XIX!

 JUAN VAZQUEZ DE MELLA


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967