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LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (9) La respuesta del progresismo a la pastoral contra la Constitución del Cardenal primado Marcelo González
EL ODIO A
LA CRUZADA
Por
Francisco José Fernández de la Cigoña
“El País”
(30-11-78) supera ampliamente las reticencias del comentarista Abel Hernández,
en un editorial digno de unos tiempos periodísticos que parecían
definitivamente superados. “La política del cardenal primado”, ese es su
título, es un modelo de ataque personal y de afirmaciones gratuitas. Para el
periódico, el documento no es más que “la rabieta de nueve posiciones
personales (nueve obispos opuestos al proyecto de Constitución) incapaces
de admitir una votación desfavorable”. Como si esos obispos no hubieran
estado dando, a lo largo de mucho tiempo, una lección de paciencia y
mansedumbre, viendo cómo todas sus propuestas eran rechazadas, una detrás de
otra, por la mayoría episcopal. Su silencio y su aceptación de las tesis
mayoritarias, que a muchos nos parecía excesivo, tenía un límite. Y eso es lo
que muchos periodistas no saben entender. Porque la Iglesia no es una
democracia.
Podrían pasar por cuestiones más o menos
secundarias y ofrecer a Dios el fracaso de legítimas aspiraciones en aras de
una unidad que, por otra parte, no conduce a ningún buen puerto. Pero llegó
un momento que el honor de aquellos nueve obispos, del que habrán de dar
estrecha cuenta ante el tribunal de Cristo, les obligó a decir ¡Basta! Y sin
pensar en el calvario personal que iban a padecer, porque lo cómodo,
indudablemente, era dejarse arrastrar por la corriente del silencio y la
claudicación, cumplieron con lo que entendían su sagrada obligación.
Para
“El País”, tan medido
documento “no es la opinión de la
Iglesia española y ni siquiera puede ser tomada por una carta pastoral que
refleje la doctrina católica sobre el tema”, con lo que llegamos al colmo
de la audacia y la frivolidad. Sin duda los periodistas de “El País” o los clérigos que en él
habitualmente escriben, el P. Martín Patino, por ejemplo, a quien algunos
supondrían más aficionado a la gloria que a la política, saben más de
doctrina de la Iglesia que el cardenal de Toledo (mons. Marcelo González)
o los ocho obispos que hicieron suya su pastoral.
Como se ve, entramos en un terreno de
auténticas esquizofrenia. No es de extrañar, pues, que, para esos periodistas,
los nueve obispos no sean más que “los
herederos -gracias a Dios minoritarios- de aquellos prelados que bendijeron
dramáticamente con el nombre de Cruzada lo que fue uno de los más sangrientos
fratricidios de nuestra historia”.
Lo que “El País” oculta, o lo que ignora, es que aquellos obispos estaban, como
lo están los nueve de hoy (1979), en fraternas comunión con el centro
de unidad, el Papa, que bendecía la Cruzada contra los enemigos de Dios y de
la Iglesia. Y con toda la Iglesia universal que respondió la Pastoral
colectiva de 1937, con una solidaridad que, por mucho que escueza, era una
auténtica bendición a los ejércitos nacionales.
Y ese es el punto clave en el que venimos a
tropezar siempre: el odio la Cruzada y a sus mártires. Que si puede comprenderse en los hijos legítimos de los
asesinos de obispos, sacerdotes y seglares, sin otro motivo que su carácter
sacerdotal y su amor a Cristo, resulta verdaderamente repugnante en quienes
son hermanos en el sacerdocio de los asesinados.
Claro es que en el lado racional hubo actos
injustificables y excesos que se debieron reprimir desde el primer momento. Pero
eso es anécdota que no puede enturbiar la grandeza cristiana de un pueblo que
se lanzó a luchar por su Dios y por su patria. Que quiso salvar su religión,
sus iglesias y sus sacerdotes, amenazados de exterminio por unas hordas
satánicas.
Acto de
legítima defensa
Hoy pretende decirse que aquella guerra fue
la lucha de una oligarquía militar y capitalista contra el “pueblo español”.
¿Cuántos millonarios había entonces en España? ¿Doscientos? ¿Mil? ¿Cinco mil?
Y casi todos ellos en Madrid, Barcelona y Bilbao, ciudades perdidas desde las
primeras horas para la causa nacional. Ellos no pudieron sostener una
contienda que duró tres años y que causó cientos de miles de muertos. Era la
lucha de la España con fe contra la España sin Dios lo que se dilucidaba. Un
acto de legítima defensa de los que veían amenazados todos aquellos valores
entrañables en los que creían y esperaban. No olvidemos que, antes de un mes de
la proclamación de la República, tuvo
lugar la quema de conventos con la tolerancia del Gobierno republicano. Y,
desde entonces, la persecución religiosa fue “in crescendo” hasta culminar en
la bárbara masacre de 13 obispos, 7.000 sacerdotes y religiosos e
innumerables seglares que dieron su vida con el nombre de Dios y de España en
sus labios. Si aquello no fue un martirio es que nunca ha habido mártires en
el mundo. Pues las persecuciones romanas nada tienen que envidiar a aquel
derramamiento gratuito y salvaje de sangre católica por odio a la religión (…)
Mienten descaradamente los que reducen
nuestra guerra a motivos políticos, sociales o económicos. Porque la España
católica fue la España pobre y campesina la España de las aldeas curtidas al
frío al sol y al viento que entregó a sus mejores jóvenes para salvar la
religión y a la patria como Abraham llegó Isaac a sacrificio porque Dios lo
demandaba al Altar de la Patria acudieron voluntarios porque aquellos días
fueron una explosión de generosidad los que no tenían más riqueza que manos
encallecidas de la Hoz y del arado y los ojos llenos del cielo azul de España
mil veces suplicado para que Granada las cosechas y si los trojes de la casa
humilde y aldeana estaban siempre escasos del trigo candeal los del alba
rebosaban patriotismo haciendo verdad los tres últimos versos de aquel soneto
del carlista y burguesa Martín Hernández que decían:
No
supieron querer otra bandera
No
supieron andar otro camino
No
supieron morir de otra manera.
(…)
Volver la
vista a los héroes y a los santos
¿Por qué os hablo de esto? No sería mejor
olvidar para siempre aquellos años como muchos, más obligados que nadie al
recuerdo hoy intentan? En días de claudicaciones y apostasías de clérigos y
laicos, hay que volver la vista a los héroes y a los santos para no
contagiarnos de la inmundicia ambiente y para saber dónde está el norte que
ha de guiar nuestros pasos. Y porque, además, hubiera sido estéril tan
hermoso sacrificio si el pago de aquellas muertes fuese sólo una lápida en la
parroquia del pueblo que el tiempo, el olvido o la mala voluntad terminan por
hacer caer de los muros de la iglesia. Ellos se merecen más; tenemos un deber
que cumplir con ellos y con nosotros mismos. (…)
Por eso, cuando uno de esos obispos que hoy
nos han tocado en suerte nos dice, con pretenciosa solemnidad, que aquella
frase que decía que “España no podía dejar de ser católica sin dejar de ser
España” no sirve para expresar hoy las nuevas relaciones entre la Iglesia y
el mundo, entre la religión y la patria, ni entre la fe y la política,
contradiciendo a todos sus hermanos en el episcopado de catorce siglos de
historia de España, es preciso que, con con toda la firmeza de que seamos
capaces, digamos que no.
¡Cómo se comprenden ahora tantas cosas! Si España
puede seguir siendo España abjurando de su fe, de todo lo que la hizo grande
y de todo lo que la hizo patria, claro es que hay que pedir perdón por
nuestra historia. ¡Qué tremenda equivocación la de nuestro santos, la de
nuestros héroes y la de nuestros muertos! ¡Cómo ha engañado la Iglesia a todos
los españoles hasta que, para nuestra dicha e iluminación ha venido a
presidir la Conferencia Episcopal Española don Vicente Enrique Tarancón! ¡Cómo
se comprende que haya podido decir que el obispo de Cuenca, monseñor Guerra
Campos era un pobre ignorante! Y sin duda lo serán también, aunque por
benevolencia no lo haya querido decir todavía, los Osios, los Isidoros, los Ildefonsos,
los Cisneros…
Y yo le preguntaría el arzobispo de Madrid:
¿Quién nos devuelve el dinero? Porque cuando se engaña, y de ese engaño resulta un quebranto económico,
hay obligación de restituir. Y España por su catolicismo lo perdió todo.
Perdió todo menos su alma y esa es la que hoy parece ser que también quieren
quitarnos.
“Ministros
de reconciliación”
Claro está que, pensando así, estuvieron
bien asesinados todos los que cayeron en las cunetas de España aquel año de
gracia y de dolor de 1936. Los 13 obispos, los 7.000 sacerdotes, religiosos y
religiosas, los miles y miles de seglares que, en frase de los clérigos mal
nacidos de hoy, reunidos en “asamblea conjunta” (1971), “no supieron ser
ministros de reconciliación”. Tal vez hubieran salvado sus vidas si hubieran
aplaudido a coro a Manuel Azaña, cuando dijo que España había dejado de ser
católica. Si parece ser que aquello no tenía importancia…
En verdad, aquel día de vergüenza para
nuestra Iglesia, reunida en asamblea conjunta, se unieron los asesinos con
los hermanos de los asesinados, los obispos cobardes con los clérigos
amancebados, los que han perdido la fe en la consagración sacerdotal que
recibieron con los incendiarios y los saqueadores de los templos en una
votación sacrílega y traidora. Poco importa que no se hubieran alcanzado los
dos tercios necesarios para la aprobación. La infamia ahí quedó para la
historia. Y si se hubiera aprobado la propuesta tal vez se hubiese clarificado
el triste panorama de la Iglesia española. Pues sabríamos definitivamente con
quiénes no cabe reconciliación alguna, ya que los que reniegan de los
mártires escupen al mismo tiempo al rostro de Cristo crucificado.
Yo, pese a quien pese, prefiero quedarme
con la España católica y con esa pléyade de españoles, padres y madres de
familia, jóvenes, ancianos, niños algunos, monjes, sacerdotes y obispos
asesinados por creer en Dios y por amar a España, que están reclamando por su
virtud, por su heroísmo, por su santidad, una canonización que, por lo que se
tarda, está denunciando algo demasiado triste y vergonzoso. Porque es
verdaderamente inexplicable, o si es explicable, peor, que así como se venera
a los innumerables mártires de Zaragoza no podamos hacer todavía lo mismo con
los que, moleste a quien moleste, son, en toda justicia y algún día lo serán
oficialmente, los innumerables mártires de la España de 1936.
Francisco
José Fernández de la Cigoña
Revista FUERZA NUEVA, nº 637, 24-Mar-1979
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