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jueves, 10 de septiembre de 2026

El marxismo contra la familia

 Artículo de 1979

 La familia y el marxismo

 En la legislación que ha de nacer de la Constitución del consenso está por ver cómo quedará la institución familiar, independientemente de lo que piensen los españoles. Cuando la teoría y la práctica se distancian; cuando las promesas no se cumplen; cuando se pretende transformar lo que no admite cambio; cuando se olvidan una serie de verdades eternas… se puede temer y esperar cualquier cosa.

 En todas las naciones, ¿por qué el Estado moderno se lanza a una serie de medidas en nombre de la libertad, que van minando la institución familiar?

 El matrimonio civil y su divorcio vincular, fundado sobre una concepción laica e individualista del convenio matrimonial, los anticonceptivos, el aborto, la moral permisiva, la pornografía, la despenalización del adulterio y anunciamiento, la droga y la corrupción de costumbres… ¿son simples consecuencias de una nueva concepción de la libertad?, ¿o son algo más?

 Las teorías de Rousseau, Voltaire, Marx, Engels, Lenin, Marcuse, Kolontai, Mao, etcétera, vienen configurando el Estado moderno. No dejan lugar a dudas acerca de sus propósitos. Tratan de destruir la familia y, a través de esa destrucción, terminar con los principios que informan a la que llaman sociedad tradicional”.

 El socialista Pablo Castellano dijo en la Universidad Complutense: “El matrimonio, la familia; he ahí nuestro enemigo al que hay que combatir”. Y Felipe González, con corbata o sin ella, ha llegado a defender hasta el incesto. El ataque demoledor contra la familia y la religión no ha hecho más que comenzar. Ese ataque seguirá acrecentándose.

 Los marxistas, en todas sus manifestaciones, están actuando de forma maravillosa para conseguir los fines que se han marcado. Están consiguiendo la ayuda de muchos inconscientes. Ayuda que les permite ir minando los pilares de la sociedad para llegar a una concepción de la vida materialista atea: una nueva sociedad en la que todos los hombres han de ser partes, trozos de materia de la que son un mero fenómeno.

 Los inconscientes, ¿seguirán votando a los enemigos en la verdadera libertad? Parece que sí seguirán.

 C. R. FELGUEROSO


Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979

 

martes, 8 de septiembre de 2026

Integración y separatismo (2)

 Artículo de 1970

 Integración y separatismo

 Catalanismo, euskadismo, andalucismo, castellanismo… ¡cuánto se quiera! pero proyectado hacia lo universal y, por lógica, hacia la estirpe hispánica, que es nuestro obligado camino universalista. El catalanismo no se puede parar en Tortosa, ni siquiera en el área geográfica de la gloriosa lengua de Raimundo Lulio y Ausias March… el verdadero catalanista ha de escindir las culturas ibéricas y las civilizaciones hispánicas para imprimir un verdadero significado y significación a su contorno geográfico y dimensión histórica. Hora es ya de darse cuenta de que el catalanismo no se puede hacer “en pijama de estar por casa” y que hay que llevarlo a la integración de todos los pueblos ibéricos. La separación conduce al fracaso y suicidio del separatismo; la integración conducirá al éxito y a la multiplicación de vida hispánica del catalanismo. En estos momentos el catalanismo ya no puede conformarse con dar la batalla en Madrid: hay que ir a Méjico, a Buenos Aires, a las capitales todas de la Hispanidad. Luego el problema vital y vigorizante del catalanismo no es la separación sino la perfecta integración a todos los pueblos ibéricos.

 Los separatistas que intentan arruinar el destino histórico y la posibilidad geográfica de la tierra que los vio nacer, no hacen otra cosa que alimentar el suicidio de la tierra a la que, falsamente, creen defender cuando la aniquilan en la unión de la Geografía y en la responsabilidad de la Historia. El que quiera hacer grande a su singularidad que no la aparte, que no la separe, sino, al contrario, que la integre y la proyecte a la pluralidad a que se debe. Es ley de vida. Hay veinte Españas en América y también hay veinte Cataluñas en América… ¡Catalanes, tomad conciencia de que los más perversos enemigos del catalanismo son los separatistas, que os despojarían de una geografía y de una historia a la que tenéis derecho por la soberana razón de una sangre que disteis junto a la esperanzadora pluralidad de los pueblos ibéricos! Antes de formular un postulado separatista, meditad en los sagrados intereses del verdadero catalanismo que, por un sentido cristiano de la vida, es integracionista con los pueblos de nuestra misma sangre y fe.

 Los españoles hemos de vivenciar esta hora de integración hispánica. Hay que superar los prejuicios históricos, hay que desvanecer los tópicos geográficos. Hemos de revitalizar el concepto de América en nuestra conciencia actual, despejando las incógnitas que interesan a nuestra genuina historia. Lejos de hacer el juego a la celada de una Leyenda Negra que nos tendieron otros pueblos, hemos de catalizar los preciosos valores comunes de la Hispanidad y modificar en aras de la justicia el rumbo histórico desenfocado. La justicia está con la verdad de la sangre.

 Al intentar resolver la ecuación histórica de los pueblos hermanos, resolveremos la dilacerante ecuación Ibérica. La incógnita Iberoamericana es nuestra propia incógnita, la que duele en una misma esperanza común. ¿Por qué Simón Bolívar no repitió el destino de George Washington? ¿Por qué no existen unos Estados Unidos Iberoamericanos? En la América Ibérica se han superado los racismos. Los credos, los pueblos, los hombres, las razas militan en un hermoso orden democrático de igualdad e identidad humana. La “democracia de los genes” es una realidad aplastante en Iberoamérica, donde no existen ni “poder negro” ni “poder indio” ni “poder blanco”, sino simple, sencilla y llanamente, Poder Humano igual ante una manera de vivir y un modo de pensar. Con esta carga espiritual tan hermosa y tan superior a la de otros pueblos ¿cómo no se ha logrado la integración de Iberoamérica?

 No hemos de oponer el espíritu del libertador al espíritu de España. No se pueden separar ni la fe, ni la sangre ni la estirpe. Lo que se fusiona, en apretada familia, ante el altar de la raza es la verdad más trascendente del ser humano. Se pueden equivocar todas las contingencias y limitaciones del hombre. pero lo que menos se equivoca es la mera biología. Y la biología está a favor de España pues la exótica belleza de las mujeres iberoamericanas pregona, contra el racismo, el éxito de la fusión de razas y pueblos.

 No debemos oponer el espíritu del libertador al espíritu de España. Muy al contrario, la nueva España, la España actual (1970) ha de fomentar el ideario del libertador para que se unan y confederen los pueblos de nuestra estirpe americana. La integración de España se da en función de la integración americana. El destino histórico que se ate y hermane en América se hermana y ata en España.

 España tiene que cumplir su destino de hermandad en América si quiere resolver una ecuación socioeconómica digna del concierto mundial. Tal es la verdadera magnitud de la perspectiva española que, a marchas forzadas, ha de convertirse en perspectiva hispánica.

 El destino de todos los pueblos ibéricos ha de integrarse en América. ¿Hemos tomado conciencia de la tremenda intensidad de este mandato? Aquel que reniega de esta misión universalista por una aberración comarcal es, sin duda, un amputador de la geografía y un miope de la historia. Y ataca tanto a España como a la Hispanidad. En una era de naves espaciales epicentradas en la civilización y cultura occidentales, la arcaica carretilla lugareña esconde, tras una máscara romántica, el auténtico genocidio histórico de la minoría que cree defender, a la que aparta del cumplimiento de su destino y la despoja de la posibilidad de la geografía y de la perspectiva de la historia, al amparo del concierto mundial de los pueblos y hombres de una misma estirpe.

 “Ínclitas razas ubérrimas” - profetizó el poeta. Apartarnos de Iberia y de nuestro destino universal con esas razas, más que separatismo es “suicidismo”, término que gana en impacto gráfico lo que pueda perder en gramática.

 Todos los pueblos ibéricos, frente al separatismo, han de imponer un poderoso esfuerzo de integración hispánica, A una era cósmica ha de responder un nuevo afán de integración universalista. Separarse del concierto de la gloriosa pluralidad de pueblos, a la que pertenecemos, es la más horrible, ciega y sorda forma de la languidecer y morir.

 Ricardo HORCAJADA


Revista FUERZA NUEVA, nº189, 22-Ago-1970

 

domingo, 6 de septiembre de 2026

Insidias periodísticas contra el carlismo

 Artículo de 1968

 ¿”Nobleza obliga”? … Pues noblemente repliquemos

  Al reportero de «S. P.» que se ha encargado del reportaje «Nobleza obliga» en el número 381 de la revista, de 14 de enero, a primera vista, se le podría conceder la palma de este nuevo deporte que se ha puesto de moda, no sólo en España, sino en el mundo, y consiste en «no comprometerse» en decir las cosas como quien no dice nada, de manera que no oscile lo más mínimo ninguno de los platillos de la balanza; pero da la casualidad que a mí me gusta meterme en honduras (con minúscula) y bucear en profundidad, aunque sea sin equipo especial de «super woman».

 En este juego dificilísimo, al que hago mención, se ha metido el reportero a quien me refiero, y se ha debido aburrir, a juzgar por algunas inexactitudes y cierta desgana en algunos de los párrafos, lo que le hace recurrir a los buenos oficios del «gallito» de Emilio Romero, para dar realce a su crónica, aunque, dicho sea de paso, tampoco Emilio Romero se mostró muy convencido ni ufano después de «Por la cuenta que nos tiene», cuando se entrevistó, en el Palacio de la Zarzuela, con el descendiente de la «Reina de los tristes destinos» y nieto del Rey cuyo barco se perdió de vista en Cartagena, en 1931 (Juan Carlos de Borbón).

 Hace un comentario raro: «Las reuniones carlistas no solían causar sorpresas en España (primero, ¿por qué hablar en pasado?, y segundo, ¿por qué tendrían que sorprender las concentraciones de Montejurra, Quintillo, Montserrat y otras, que unas veces se celebran y otras no, y no por falta de entusiasmo en acudir a ellas, sino... por otras razones?), pero no ha ocurrido lo mismo en este caso». Se refiere a la peregrinación a Fátima. Bueno, no parece que sea la concentración en sí lo que ha causado sorpresa, y esto supongo será porque Fátima es un lugar de peregrinación abierto a todo cristiano, y, a más fuerte razón, a representantes de una ideología tradicional católica, pueblo carlista con su abanderado a la cabeza!

 Pero ha sorprendido bastante la entrega de unas condecoraciones, ¿por qué? Todos los Reyes o Pretendientes carlistas han distribuido Medallas de la Legitimidad Proscrita. En cuanto a la Medalla de la Lealtad, creada para premiar los servicios prestados durante la Cruzada por el voluntariado carlista (Requetés y Margaritas), se viene distribuyendo en España, y particularmente en Navarra, sin que ello sorprenda a nadie, y si sorprende, no lo dicen.

 También parece sorprender lo que el cronista llama «la formación dé unas Cortes». Si le gusta la palabra, se la aceptamos, pero teniendo en cuenta que el idioma castellano es lo suficientemente rico en términos adecuados, lo dejaremos en Consejo, y aquí, una pregunta: Si no sorprende (¡o, si sorprende, no nos hemos enterado!), que Don Juan de Borbón tenga un Consejo Privado, ¿por qué tiene que sorprender que Don Javier de Borbón desee disponer de un asesoramiento similar?

 Y aquí viene una sorpresa grande, aunque no se llega hasta rasgar las vestiduras. Don Javier de Borbón-Parma ha concedido a don Manuel Fal Conde el título de duque (no de conde, como señala el reportero) de Quintillo —nombre de la finca donde se concentraron en 1936 los primeros requetés andaluces—, según indica el cronista. Esta es una inexactitud enorme. Los requetés andaluces no esperaron el año 36 para concentrarse en Quintillo (¡hubiese sido demasiado tarde!), y don Manuel Fal Conde tuvo el valor y el heroísmo de reunirlos e instruirlos militarmente, en la citada finca sevillana, durante los años de persecución y de anarquía criminal de la república... ¡¡desde el año 34!! ¿Es acaso demasiado premiar, ¡tan tarde!, aquella sublime locura del Delegado Nacional de la Comunión Tradicionalista, sin la cual es muy posible que toda Andalucía hubiese sido «zona roja» al estallar el Alzamiento, en cuyo caso no le hubiera sido factible al General Queipo de Llano utilizar tan elocuente como habilidosamente el micrófono de Radio Sevilla, ni tampoco hubiese sido posible el desembarco de refuerzos de Africa en aquellos días tan inciertos como decisivos?

 A pesar de los buenos propósitos del cronista, aquí puede notarse que se rompe el equilibrio de la balanza. Si él mismo reconoce que se han otorgado títulos de nobleza premiando actuaciones antes de, y durante la Cruzada, ya sea personalmente, a los héroes que sobrevivieron a la gesta, Moscardó, Yagüe, Kindelán, etc., o a allegados, cuando ellos sucumbieron, como es el caso en las familias Calvo Sotelo, Primo de Rivera, Sanjurjo, Mola, etc., y se han concedido también a personalidades relevantes por servicios prestados, como Bilbao-Eguía, Arruga, Arteche, etc., no es justo que se saque del olvido a quien reúne en su persona heroísmo, amor patrio, lealtad... y tanta discreción… que algunos parece que no le recuerdan? Y si se alega que el título lo ha concedido un Príncipe no reinante, ¿será preciso recordar que no se le preguntó a este mismo Príncipe qué poder tenía para ordenar la movilización de más de cien mil hombres del Requeté, sin los cuales no se hubiera ganado la guerra? Y será preciso decir que otro Príncipe no reinante concedió el año pasado a su hija doña Pilar el título de duquesa de Badajoz, con motivo de su matrimonio?

 Y ya que, como dije antes, el cronista recurre al «gallito» de Emilio Romero para esmaltar su tesis, y que, según el director de «Pueblo», «Estoril y Fátima no pueden ser dos campamentos que vivaquean extramuros del país, para el asalto, le diré que no viene al caso esta llamada al «gallito»,  porque él mismo alude, un poco antes, a las reuniones carlistas en España, lo cual demuestra que el Carlismo no alude «vivaquear» en el territorio nacional, que con su sangre y su heroísmo contribuyó a rescatar del abismo donde cayó por culpa de una monarquía que lo regaló a la república. El carlismo no vivaquea extramuros, vive dentro de la Patria, que ha servido y sirve con lealtad y en su vivencia tienen puesta su esperanza muchos españoles que no desean que vuelva hacia las costas españolas el barco de Cartagena, con un navegante de la misma familia del que huyó. ¡Aquella aventura costó demasiado cara! (…)

 Se evoca, finalmente, en el reportaje, el «Gotha» español con estadísticas; el inglés, con sus modalidades, etc., para terminar en que es IMPROBABLE que se reconozca oficialmente el ducado (aquí ya hemos caído en cuenta que es ducado, y no condado!) a don Fal Conde. ¿Por qué? ¿No reúne, como digo antes, el que dio vida al Requeté andaluz, con riesgo de la suya, las mismas condiciones que las demás personas que ostentan títulos nobiliarios por méritos contraídos en la Cruzada de Liberación? ¡Nunca es tarde para reparar un lamentable olvido!

 Concretemos, señor cronista de «S. P.». Ha creído ser usted muy hábil, pero uno de los platillos de la balanza ha perdido el equilibrio. Y los Carlistas ya nos hemos modernizado tanto que usamos balanzas automáticas, que dan el peso exacto. Pesamos primero los globos, y por muy grandes que sean, vengan de Estoril, de la calle de Serrano, de los cocoricós del «gallito» de Emilio Romero o de la habilidosa prosa de «S. P.», ¡la aguja medidora indica sólo gramos!

 Ahora bien, si ponemos Quintillo, 1934; Navarra (Sierra Urbasa, Sierra Andía y demás campamentos —éstos sí eran campamentos, pero no fuera, sino dentro de España—), más 18 DE JULIO (con 67 Tercios de Requetés formados en lugares como los antes citados), y Somosierra, y Alto de los Leones, y Guadalajara, y liberación de Guipúzcoa, Vizcaya y Santander, y Teruel, y batalla del Ebro, y mártires asesinados en todos los lugares de España, con ejemplos como un Antonio Mollé y una Agustina Simón, y luego añadimos los Montejurras, Quintillos, Villarreal de los Infantes, Cerro de los Angeles, Montserrat y otras conmemoraciones, unas a fecha anual... y otras... cuando se puede..., resulta que tenemos que ir a la báscula pública, donde se pesan los camiones.

 El Carlismo no es una partida de bandoleros dispuesta al asalto, desde extramuros; lo único que ha asaltado el Carlismo han sido los parapetos de la anti-España, y lo hizo cara a cara, y muchas veces, a pecho descubierto, porque llevaba, según frase del desmemoriado don José María Pemán, «¡la vergüenza de España en su Boina Roja!» Y el Carlismo, ahora, como siempre, está vigilante, porque le arde la sangre en el corazón y le atenaza las entrañas el temor, al pensar que el sacrificio del 18 DE JULIO haya sido inútil. Al Carlismo le duele el alma cuando ve que a la Religión Católica, por la que ha luchado siempre, en primer lugar, se la quiere convertir en un mito, y cuando nota que soplan aires que, bajo pretexto de modernizar el ambiente y de poner España «á la page», dejan penetrar el aliento putrefacto y venenoso de obras de Sartre, lucubraciones del «pobrecito Arrabal», tolerancias premiadas, como «Las últimas banderas», y ve que un Miret Magdalena se lamenta de ciertas palabras pronunciadas por el Papa, y oye hablar del juego en San Sebastián, del divorcio, de la «píldora» (algunas cartas de lectores de «S. P.» hablan en sentido positivo de estas «cosas»), y, ¿por qué no?, de cabarets con «streap-tease», de clubs para sodomitas y otras «cosas tan naturales».

 La sociedad española, la familia española, se dice, tienen que ponerse a tono con los vientos del mundo civilizado (!!!); el turista no debe tener que decir «España es diferente», y los españoles que aprovechan su estancia en la frontera para ir a Biarritz a buscar «ambiente», no tienen por qué molestarse en el desplazamiento; es mejor que lo encuentren «todo» sin salir de la Patria, con lo cual, además, aumentará el erario público, y ¡todos contentos, si se puede ir aflojando el cinturón de la austeridad! Para conseguir «todo esto», no hay más que girar hacia un régimen liberal —¡como el que ya conocimos!—, y al que se ha opuesto siempre el Carlismo (…)

 Estos parapetos de la descristianización de la sociedad, de la disolución de la familia y de la tolerancia ciega, que son a los que conduce el materialismo liberal-masónico y el progresismo desenfrenado, que tanto preocupan al Santo Padre, son los que vigila el Carlismo, desde dentro, y no porque le guste «armarla», sino, precisamente, para no tener que «volverla a «armar», que no es lo mismo.

Por Pilar Roura Garasoaín

 Desde Irún, a 19 de enero de 1968


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

  

viernes, 4 de septiembre de 2026

España en permanente proceso constituyente

 Artículo de 1979

 España volvió a entrar en el sorteo

 (...) El término “nacionalidades” recogido en la Constitución y al que, sin duda, hacen referencia los partidos nacionalistas, representa un atentado claro, rotundo y tajante contra la unidad indisoluble de España. Dicho en otras palabras: no hay tales partidos nacionalistas, sino, para llamar a las cosas por su nombre, separatismo más o menos encubierto.

 Otro apariencia tiene el regionalismo. Si se trata de exaltar la rica multiplicidad de las regiones, bien está; la descentralización administrativa es no sólo de justicia, sino de necesidad. Pero mucho me temo que tras el regionalismo se esconda el nacionalismo, es decir, el separatismo. Y ninguna duda puede caber en cuanto a que el separatismo está en contra de España: dicho en otras palabras, es antiespañol. De ahí el título de estas líneas y su valor de síntesis.

 Pero aún hay que aclarar otra cosa a este respecto: cuando decimos que el separatismo y el regionalismo (tal como ahora se entiende) son antiespañoles, no queremos significar que sean “antiestatales”. Porque una cosa es España y otra el Estado en que la comunidad se constituye. Esta precisión es importante, porque el hecho de que estos grupos estén representados en el Parlamento español y mantengan -por el momento- relaciones de subordinación respecto al poder central, sólo indica que toleran al Estado español: es decir, la forma política. El fondo, la esencia de España nada tiene que ver con la forma que, según parece, van a imponerle cada cuatro años las urnas y las papeletas.

 Y ésta es otra característica de la democracia liberal que nos ha tocado padecer. En cualquier sitio “normal”, la renovación del Parlamento o el cambio del Gobierno no repercute en el edificio estatal. Sin embargo, aquí, cualquiera de estos sucesos trae consigo la variación de los cimientos -principios- que informan el Estado, aun cuando sea el mismo partido el que obtenga la mayoría, dado que no podemos considerar la Constitución, debido a su ambigüedad, como el principio que informa el Estado. Así es que, en definitiva, será el programa electoral del partido vencedor -en caso de que se cumpla, claro- el que dé forma externa a nuestra patria. ¡Buen porvenir nos espera, camaradas!

 Conste que todo esto no es una divagación sin sentido, sino un razonamiento -que trato sea lógico- para demostrar que la aceptación del Estado por los partidos separatistas no puede ser utilizada como prueba de que no son antiespañoles, aunque las corrientes liberales de opinión traten de identificar España (la patria, la nación, como unidad de destino en lo universal) y el Estado español (la forma, lo accesorio, lo meramente adjetivo en el discurso histórico). (…)

 Rafael C. ESTREMERA


Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Sinrazón del separatismo

 Artículo de 1970 

 SINRAZÓN DEL SEPARATISMO

 España es el primer pueblo que despierta al mañana de Europa y a la conciencia de Occidente.

 La unidad nacional francesa, casi contemporánea de la española, fue mucho más forzada y sin ese elemento de cohesión heroica que supone la Reconquista. La Reconquista no sólo creaba un anhelo de engrandecimiento nacional sino que también desplazaba, hacia el Sur, a muchas gentes del Norte. Siglos más tarde, el progreso industrial de Cataluña, las Vascongadas y Asturias impone un movimiento a la inversa (emigración) que cruza y entrecruza las sangres y los pensamientos de todos los pueblos ibéricos.

 Cuando en España se produce el feliz acontecimiento de la unidad nacional, persistirán Clanes en las Islas Británicas, Ciudades-Estado en Italia y Principados en Alemania. A mi modo de ver, la gloriosa realidad precursora de los pueblos ibéricos se inspira en nuestra abierta oposición a la agonía feudal; oposición nutrida en una tradición universalista, que luego seguirán e imitarán todos los pueblos de Europa.

 Es lógico que el Derecho político y administrativo común lograra, por su plural y humanista dinamismo, el desplazamiento de los fueros. No hubo sensibles rupturas, por cuanto la conciencia de la Monarquía nacional superaba a todas luces la inercia del feudalismo: la Monarquía implicaba justicia y grandeza y, por tanto, apoyo y esperanza populares.

 Ha existido y existe una españolización espontánea. La generalidad de los pueblos ibéricos ha aceptado un Poder Central mucho más justo -casi siempre- que los desafueros propios del Medievo. Han asimilado, de muy buen grado, una lengua común de cultura que sirve de instrumento de expresión a todos los españoles, que se universalizó con las 20 Españas de América y que es y debe ser perfectamente compatible con todas las lenguas de la Hispanidad: desde el docto catalán de Lulio, Ausías March y Maragall, hasta el acento precolombino de las lenguas indias.

 La libre expresión nacional sancionada por los pueblos ibéricos armoniza la sinfonía de nuestras comunidades regionales. Se eligió libremente, por denominador común, el acento y talante de Castilla, directa descendiente de la milenaria Celtiberia que ya fue maestra en fusionar a los nerviosos iberos con los equilibrados celtas. La integración posee una dilatada tradición histórica -y subhistórica- de la que carece el separatismo: integrar es tan hermoso como suicida el dividir.

 La fusión sentimental de la Patria es una realidad aplastante. Castilla no es una Prusia española. El pobre y áspero centro sólo, por convicción, podía escindir la ubérrima Periferia. Darse será siempre la mejor manera de recibir.

 La unidad española tiene lugar por la concurrencia de determinadas facultades espirituales y una singular visión radical de la vida, que, de manera impensada y con la mera biología del insistematismo político, aceptan y hacen muy suya la generalidad de los pueblos ibéricos. Es una verdadera pena que los extranjeros aprecien, mucho mejor que nosotros, esa compacta y monolítica homogeneidad espiritual de los españoles. He podido comprobar –yo, que siempre fui castellano en Cataluña y catalán en Castilla- que es muy parecido el viejo orgullo ibérico de estas dos grandes comunidades nacionales. Y que los hombres de España se pueden separar por sus vicios en la misma medida que se pueden unir por sus virtudes. Ciertamente no son virtudes ni la intransigencia castellana ni la cerrazón catalana; el que no transige se cierra y el que se cierra no transige.

 La unidad española es fruto de todos los españoles. No podemos aceptar el supuesto histórico de que Fernando el Católico fue absorbido por la recia personalidad castellana de la Reina Isabel. Todos los historiadores del tiempo del gran Rey Fernando y, luego, Gracián,  ofrecen una visión muy precisa del talento político de este Rey para que la leyenda desplace al rigor histórico. La unidad española es una empresa común de los reyes y de los pueblos de España.

 La unidad española no puedo ser impuesta por los labradores, pastores y comerciantes del Centro, habitantes ayer y hoy, todavía, de pequeñas ciudades, villas y pueblos, cuya pobreza y falta de recursos salta a la vista si se compara con la prepotencia de los núcleos demográficos de la periferia española. La unidad española se produce en el espíritu de los pueblos ibéricos a través de la convicción y de una perspectiva de la esperanza en oposición a la moribundia feudal.

 Es muy difícil deslindar lo que Castilla aporta la Periferia y lo que la Periferia aporta al Castilla. Los instrumentos de unión pueden ordenarse así:

 1º- Impera en todos los pueblos ibéricos una persuasión espiritual que, de manera voluntaria, unifica el pensamiento de nuestras comunidades. El hombre del Centro asimila las corrientes de la Periferia, del mismo modo que el hombre de la Periferia asimila las corrientes del Centro.

 2º- Se acepta un idioma común, como elemento conveniente y necesario al desarrollo general del país. Y ese idioma no se impone por la vía política sino que se extrae de la vida práctica.

 3º- Surge, de modo espontáneo, un tono medio de vida que dibuja la sociedad española.

 Castilla es unificadora, pero la unidad nacional cristaliza de propia manera, mediante el concurso de todos los pueblos ibéricos. En la Era Moderna, en la que todos los pueblos se aglutinan para formar los grandes Estados, Castilla aporta al valioso instrumento de la Convicción Nacional. De no existir realmente el imperativo categórico de esta convicción, jamás el pobre páramo del Centro hubiera podido unificar la ubérrima Arcadia de la Periferia. El insistematismo político -tan representativo del milenario espíritu celtibérico- ha creado la unidad española sin sistemas ni programas y sí movido por el humanista dinamismo de la intuición general del país, que incidía en una misma perspectiva nacional en la que lo universalista desplazaba a lo comarcal y la grandeza de la Monarquía a lo anémico del fuero.

 Es posible que influyera una promoción de grandes humanistas: Cervantes, Quevedo, Lópe, Calderón, Tirso, pero la españolización es otra de obra de todos los españoles, no sólo de los castellanos que son una parte del todo.

 El concepto de América también influye decisivamente en la unificación de los pueblos ibéricos. Y tanto es así que, cuando se pierde el concepto de América, se flagela el sentimiento de la unidad nacional. Si, en un principio, la Reconquista fue un vehículo de homogeneidad nacional,  el Descubrimiento de América, después, universaliza el destino español y contribuye a vigorizar la unidad entre los hombres y las tierras de España.

 Así como en el pueblo español existe una constante histórica de unidad nacional y destino universalista, no existe (1970) una genuina tradición separatista. Lo único que puede alentar -de una manera larvada- son los gérmenes suicidas de una agonía feudal. Buena prueba de ello es la pugna antañona que media entre casi todos los pueblos colindantes. Sobre estos resortes, en apariencia tan leves, obra y maniobra, con habilidad, el morbo separatista.

 No hay ni puede haber una verdadera tradición separatista, ya que el separatismo se produce, siempre, por brotes minoritarios que oscilan de la derecha a la izquierda y de la izquierda a la derecha, sin lograr jamás homogeneidades compactas. Un buen ejemplo de esta falta de homogeneidad y de estas asombrosas oscilaciones la tenemos en el Partido Carlista Vasco que si, en un principio, defendió a ultranza los fueros, es, hoy (1970), acérrimo defensor de unidad patriótica de España, lo que ciertamente es una evolución que le honra.

 Los dirigentes y los creadores del separatismo catalán, como los del vasco, fueron hombres de tipo conservador. Y en el tiempo de esos creadores y fundadores, los izquierdistas (unionistas) fueron los defensores de la unidad nacional española. Después se produjo un cambio radical, y los partidos de extrema izquierda (a excepción de la CNT) pasan a las filas separatistas, mientras que los conservadores representan la unidad nacional. Esta falta y carencia de continuidad y homogeneidad revela que no existe una auténtica tradición separatista. El separatismo sólo priva merced al influjo de minorías suicidas, minorías, tan oscilantes como sus propias convicciones de derecho o de izquierda, y cuya única convicción es el asesinato de la Patria.

 El separatista -desde que Prat de la Riba “se quitó la careta” y atacó ya a los españoles de los tiempos de los Reyes Católicos- se unirá indistintamente a las izquierdas o a las derechas, al creyente o al ateo, al blanco o al negro, por cuanto su única y real trayectoria es la de asestar ataques a la unidad nacional por las rendijas de más cómoda y  rápida filtración e infiltración. La Historia nos demuestra que, cuando “están en candelero” los marxistas, el separatismo es marxista y que, cuando, gracias a Dios, reina el sentido cristiano de la vida, el separatista puede incluso vestir sotana.

 Ricardo HORCAJADA


Revista FUERZA NUEVA, nº191, 5-Sep-1970