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lunes, 24 de agosto de 2026

Balance trágico de tres años de “soberanía popular”

 Artículo de 1979

 TRISTE REALIDAD

 MIENTRAS se halagaba, llamándole «soberano», al noble pueblo de España, se procuraba que no se percatase de la triste realidad de miseria, anarquía, sangre y lágrimas, adonde la ha conducido la oligarquía en los casi tres años de su reinado. Así olvidaría ese sufrido pueblo que se le ha despojado de su principal derecho: el derecho a ser bien gobernado, el derecho a que quienes se encuentran al frente de los destinos patrios alcancen el bien común. Derecho mucho más sagrado que la broma trágica de la papeleta electoral para confirmar a Adolfo Suárez o subir a Felipe González al poder.

 Triste realidad de miseria, porque, a través de este escaso trienio —como ha indicado Torcuato Luca de Tena en un artículo magnífico— quebraron y suspendieron pagos casi mil empresas (997) con un pasivo de 138.000 millones; el paro, cuyo crecimiento fue muy grave en 1977, se incrementaría en un 50 por 100 durante 1978; 100 pesetas invertidas en Bolsa en 1974 se han convertido en 20 pesetas en 1978, y desde entonces a hoy (1979) la riqueza mobiliaria representada por los valores bursátiles experimentó una pérdida de 240.000 millones y entre 1977 y los once primeros meses de 1978 se han perdido 28 millones de horas de trabajo, pues en este terreno ya nos hemos «homologado» y superado a Europa y tenemos el honor de que «The Economist» sitúe a España en el primer puesto de horas de trabajo perdidas, seguida de Italia con la mitad.

 Y triste realidad de anarquía, sangre y lágrimas, porque la delincuencia, que ha conseguido la garantía de todos sus «derechos» en la legislación con que la oligarquía ha regalado a nuestro pueblo, campa por sus respetos y domina la calle impunemente. La violación, el atraco y el asesinato están a la orden del día. Sucesos criminales, que antes creíamos desterrados y propios de pueblos subdesarrollados, han vuelto a adquirir carta de naturaleza en la democracia española que apenas se ocupa de ello, como no sea para desgravar penalmente a la reincidencia según no hace mucho acaban de aprobar las Cámaras, una de las cuales convocó un pleno, a fin de tratar el «gravísimo» incidente de un diputado del PSOE con la fuerza pública, pero que, en cambio, nunca se le ocurrió estudiar la forma y medidas al objeto de acabar con tanto crimen sin castigo. ¿Y qué decir de las cárceles destruidas en su mayoría por los reclusos que han impuesto su ley dentro de las mismas? Y, pese a todo, el responsable sigue en su puesto.

 Sangre y lágrimas que en Vascongadas son ya el pan nuestro de cada día entre un pueblo sobre el que la ETA, amnistiada por el Gobierno de la Corona entre irresponsable aplauso, ejerce verdadero imperio del terror y se cobra casi a diario nuevas víctimas ante la ineptitud del Gobierno y Parlamento para remediarlo. 

Sangre y lágrimas de las viudas y huérfanos de esos miembros de las FAS, a quienes, hasta que llegó la democracia, el terrorismo no osaba atacar y a quienes el Gobierno no se atreve a honrar como merecen y estatuye la ordenanza, organizando esos sepelios semiclandestinos, a los que —salvo excepción las altas jerarquías del Estado no acuden ni por casualidad.

 Sangre y lágrimas cuya última cosecha, durante la semana precedente, es la de dos guardias civiles asesinados —uno en Cataluña y otro en Vasconia—, dos atentados fallidos contra agentes del orden, dos industriales secuestrados... Miseria, anarquía, sangre y lágrimas. He ahí el balance de la democrática «soberanía popular». He ahí los frutos del reinado de la oligarquía, que hasta ahora ha privado al pueblo de España de su fundamental derecho a ser bien gobernado, a disfrutar de paz, orden, justicia y suficiencia de bienes.

 LA ULTIMA JUGADA

 POR si no basta la «moncloaca» para desintegrar España, a ello contribuye también el nuncio que nos envió el Papa Pablo VI: monseñor Dadaglio. El hombre que —sean cuales sean sus propósitos, que sólo Dios conoce y valorará— ha provocado más perturbación en la Iglesia de España que produjo la herejía luterana. El italiano, bajo cuya gestión la fe del pueblo ha descendido a cotas desconocidas antes y que con sus alteraciones y nombramientos episcopales ha tenido la indudable habilidad de cambiar la fisonomía de la comunidad eclesial patria y de disminuir el respeto y veneración que el pueblo sentía por el clero. Aseguran que se va. Marchará satisfecho de su obra, cuyo exponente más ilustrativo es el inefable cardenal Tarancón, colocado al frente de la Conferencia Episcopal, quien, por cierto, durante el III Sínodo vio cómo uno de quienes rebatieron sus tesis temporalistas era el cardenal Wojtyla.

 Esperemos que se despida pronto y sin vuelta monseñor Dadaglio. Pero, antes de tal despedida, ya ha estampado su rúbrica con los últimos nombramientos de obispos para Vascongadas. Y donde hay «poca conflictividad» deja a unos prelados —titulares ya— del talante de Setién y Larrauri, elevados antes a la dignidad episcopal al margen del Concordato. Así contribuye el italiano a serenar los espíritus y a promocionar la paz en esas provincias. Ese es el pago de aquella gratuita renuncia al derecho de presentación de obispos, inspirada por los «Tácito» del Gobierno de UCD, en todo caso, más propicio a los intereses vaticanistas, que no siempre han coincidido con los reales de la Iglesia, que a los de su Patria. No hay duda de que monseñor Dadaglio ha seguido su juego hasta el final. Puede regresar orgulloso a su Italia natal. Aquí ya ha dejado bastante conflicto para muchos años. ¡Que Dios se lo pague!

 Ramón de Tolosa


 Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979


sábado, 22 de agosto de 2026

¿Siguen los carlistas sintiendo el 18 de Julio"?

 Artículo de 1968

 ¿SIGUEN LOS CARLISTAS LLEVANDO SANGRE DEL 18 DE JULIO"?

 Por ROBERTO G. BAYOD PALLARES

 En la víspera del anual «MONTEJURRA», correspondiente al último año, de las propias manos del ilustre don Francisco López-Sanz, recibía su libro «¡Llevaban su sangre!», publicado por Editorial Gómez, de Pamplona, y cuya dedicatoria me animó y me alienta, especialmente al calificarme como «… siempre gran batallador por la Causa».

 Ha tenido que ser durante los días navideños, transcurridos en un hogar como el que fielmente describe López-Sanz, cuando he podido iniciar su lectura. He dicho iniciar, porque, sin darme cuenta, iban pasando las páginas, a pesar de que saboreaba algunas de las frases y otras las subrayaba, y con pena veía que se terminaban. De haberlo sabido con anterioridad, antes lo hubiese iniciado. Lo curioso ha sido que, agotada su lectura, he vuelto a empezarlo, para repasar, meditar y anotar la «advertencia inicial», escrita a modo de prólogo, que en realidad es un epílogo.

 Sin pretenderlo el autor, la historia novelada ha resultado una profecía para los tiempos actuales. Parece que en su imaginación intuía los tiempos actuales de los «pregoneros del olvido».

 López-Sanz, el célebre «S A B» de casi cincuenta años de vida periodística y política en «El Pensamiento Navarro», ¡qué conocimiento demuestra de la vida rural y campesina! ¡Cómo penetra en las costumbres de las casas solariegas, que son solera de recias costumbres! ¡Con qué realismo describe la situación política, tanto en los meses que precedieron al Alzamiento, como en los días del maravilloso espectáculo de la aportación popular al Alzamiento! Quienes, a pesar de nuestra entonces juventud, hemos vivido y podemos recordar los acontecimientos anárquicos y socializantes de la II República, parece que todavía sintamos dolor de aquel vivir que era un morir, y experimentemos, al propio tiempo, el resurgir glorioso del 18 de Julio. Describe la situación como si viéramos una película en tres dimensiones.

 La figura del abuelo, don Carlos de Artieda, llamado «el Carlistón», la hubiéramos encontrado en muchas casas de trayectoria carlista. Esos veteranos no han desaparecido de las familias carlistas, porque cuando dejó de haber «combatientes de Carlos VII», no tardaron en aparecer los que en avanzadísima edad se incorporaron al Alzamiento, y poco a poco van aumentando estos «decanos»de la Historia vivida. Seguirán incrementándose los «abuelos», si bien hacia los años 2000 ya serán pocos los que podrán mantener encendida la llama de las vivencias habidas en la Cruzada de 1936, y todos ellos quizá se hagan la misma pregunta que «el Carlistón» de la obra de López-Sanz.

 En esas páginas vemos retrospectivamente las luchas carlisto-liberales, de las que era capitán don Carlos de Artieda, y comprendemos las elevadísimas miras del pueblo levantado contra el liberalismo; era la lucha de la España auténtica «contra la España bastarda», según el Caudillo. Nos contagia la entereza de la mujer carlista, hija de «el Carlistón», y López-Sanz narra algunos ejemplos de heroísmo de madres, que pasarán a la inmortalidad, y que en abundancia describe en su libro «Un millón de muertos, pero con héroes y mártires».

 En oposición a esa honorable familia aparece la de unos descendientes de un combatiente liberal, de los llamados los «peseteros», el «Guiri». En esta familia es el odio y la venganza la razón de su existencia y de su continuidad. Esas familias también las pudimos ver en muchas poblaciones, y hoy se reproducen entre los supervivientes, generalmente exiliados, del ejército rojo-marxista, a pesar de la comprensión, del perdón y del olvido personal que han encontrado en la España victoriosa.

 No puedo menos que resaltar que repetidamente el destacado autor carlista nos coloca a los socialistas en el polo opuesto de los tradicionalistas. En aquella juventud del pueblo protagonista de la historia novelada, por una parte estaban los requetés y por otra los socialistas: eran antítesis unos de otros.

 ¡Qué diferencia con la de ese sector actual, intruso y claudicante, que ha desfigurado —o pretende desfigurar— y falsificado el limpio carlismo! Ese grupo de neocarlistas propagan una Monarquía socialista, que sería anticarlista y antisocial. Ya tuvimos una República regida por los socialistas, contra la que se alzaron aquellos requetés, nietos de los carlistones de Carlos VII. Los que estuvimos en zona roja también conocimos el yugo de la socialización por medio de «colectividades». Ahora (1968) son esos falsos carlistas los que hablan y escriben con el mismo lenguaje que lo hacían los amigos y seguidores del «Guiri». ¿A dónde vamos a parar. ¿Quién el culpable? (…)

 Por quien vivió todo el ambiente y preparativo del Alzamiento se nos describen los verdaderos fines de la Cruzada, que hoy los «campeones del disimulo y  del olvido» pretenden hacer ver a las nuevas y futuras generaciones que no fue por el Crucifijo y por la sana y verdadera libertad.

 Soy admirador de Cabrera, de aquel genio militar que en sí encierra la mayor parte de la historia carlista del siglo XIX. Me acordé del legendario general tortosino cuando leía que don Carlosde Artieda antes de ser voluntario de Carlos VII, había sido seminarista, al igual que Cabrera antes de incorporarse al ejército de los voluntarios de Carlos V, y al igual que muchos de los requetés de 1936, y termina la obra con un recuerdo a Cabrera, en un acontecer histórico en el Maestrazgo morellano. Pero la imaginación se detiene y se pregunta si hoy los jóvenes que se forman en los «semilleros» de la Iglesia darían requetés como Cabrera, «el Carlistón»y los que se incorporaron a los Tercios de Requetés de 1936. Posiblemente, y gracias a Dios, se conserva en España algún o algunos Seminarios en los que todavía se moldean «sacerdotes de Cristo» o seglares modelos, y siempre patriotas ejemplares», pero, ¿y... enla mayoría?

 Vamos, por fin, a la pregunta clave, mejor dicho, a la sospecha que se hacía «el carlistón», al entender que la juventud de los años de la República no llevaba la misma sangre que la de aquellas generaciones, como la del señor Artieda, que se «echaron al monte». Los hechos demostraron al veterano combatiente cómo el carlismo había continuado regando las venas de la juventud española, y la sangre roja pronto salió como un símbolo exhibiéndose en miles y miles de boinas coloradas en la plaza del Castillo, ante el general Mola, y luego derramándola por valles, mesetas y montañas. Como el propio título indica, «¡Llevaban su sangre!». 

Hoy somos muchos que ante «esos progresistas campeones del olvido» nos preguntamos si los que quedamos de aquella generación, que demostró llevar la misma sangre que los héroes de nuestros antepasados, la hemos perdido o se nos ha aguado y si a las nuevas juventudes que van surgiendo, en vez de suministrarles sangre colorada como la de las boinas de los requetés y como la de las dos franjas de nuestra recuperada bandera, les hemos dado horchata.

 Esta interrogación nos la formulamos por los continuos olvidos que se hacen de la Victoria nacional contra el materialismo, liberalismo, marxismo y extranjerismo, y muy especialmente por recientes acontecimientos sucedidos dentro de la Comunión Tradicionalista y los que están acaeciendo continuamente dentro de la Iglesia española y en organizaciones del Movimiento. Resumámoslos:

 Poderosos sectores de la Comunión Tradicionalista «oficial» abandonan la idea de la unidad católica española y la confesionalidad del Estado y distancian de la Causa a los más ilustres carlistas, al «socializarla» y «democratizarla» con métodos «totalitarios».

 En la Iglesia española —me refiero a los hombres que la componen, jamás a la institución, que por ser divina, es santa y perfecta— se han infiltrado también elementos subversivos, tanto en el clero como en los mandos seglares. Las revistas «que se dicen de la Iglesia», en vez de sembrar amor y extender la paz, difunden —muchas de ellas— el odio y excitan al temporalismo en vez de reducir su campo a lo espiritual y moral, y con el temporalismo acomodan su vida a un laicismo nada acorde con las sanas instrucciones de la Madre Iglesia.

 Por su parte, en organizaciones del Movimiento o en instituciones que dependen del mismo, contemplamos también la infiltración de los elementos propugnadores del «olvido», muy principalmente en su prensa, en la que se ha pedido relaciones diplomáticas con Rusia, satisfacer pensiones a los ex combatientes del ejército rojo y el atentar contra la sagrada unidad religiosa de España o menospreciar a ese numeroso sector que propugna que el 18 de julio «ni se pisa ni se rompe».

 Mucho nos apena que la prensa que es del Movimiento deje de defender total e íntegramente los valores del 18 de Julio, porque somos parte integrante del Movimiento. Mucho nos duele que miembros activos de la Iglesia alteren la doctrina del Evangelio y se asemejen más a Lutero y Calvino que a San Pío V y a nuestros teólogos y místicos del siglo XVI, porque somos católicos y tenemos que sufrir por esa desviación doctrinal. Pero como también somos carlistas auténticos, fieles a la doctrina permanente de la Princesa de Beira y de don Alfonso Carlos y a la Causa por la que murieron tantos miles de requetés que no conocieron las falsedades actuales, no es menos la tristeza que nos causa esa tónica de los que se presentan casi como «carlistas sin Dios y sin Patria y solamente  con Fueros y Rey». 

Llega hasta tal extremo la desviación doctrinal de los seguidores de la «camarilla oficial», que uno de ellos, universitario y con cargo en un Círculo Vázquez de Mella, afirmaba no hace muchos días que Durruti, el anarquista, el tragacuras, el amigo de los asesinos del Cardenal Soldevila, el incendiario, debía ser considerado como carlista, en tanto que a Vázquez de Mella había que considerarlo como socialista.

 Es triste, pero dura realidad alentada por órganos «oficiales». ¿Tenemos aquella misma sangre que fue la sorpresa del mundo? Superficialmente, si la tuviéramos, no cesaríamos hasta lanzarlos a todos por la borda, aun cuando fuera utilizando las mismas armas que las generaciones que nos precedieron en sus momentos extremos. Lo que sucede es que, como en los años de la República, no ha debido llegar el momento apropiado para una reacción total y fuerte. Es ahora cuando está fermentando la santa ira ante el fermento contrario del error. Cuando la religión y España lo necesiten, ese pueblo sencillo que desconoce la traición y la farsa y que anualmente, sin figurar en nóminas ni plantillas ni ficheros, se presenta en Montejurra, demostrará que ahora y mañana el carlismo tiene la misma sangre roja que aquellos que a la llamada de don Javier, de Fal y de Zamanillo se presentaron en la plaza del Castillo, de Pamplona, y en otros muchos lugares de España.

 ¡SÍ, LLEVAMOS SU SANGRE! ¡EL TIEMPO SERA TESTIGO!


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

 

miércoles, 19 de agosto de 2026

Centrismo eclesiástico

 Artículo de 1970 

 CENTRISMO ECLESIÁSTICO

 Uno es ingenuo. Uno cree que la verdad puede estar en un lado o en otro, pero que no se la sirve por el cómodo expediente de adoptar una postura “centrista”: el “justo medio” no es justo cuando se sitúa entre la verdad y el error. Si dentro de las posturas humanas la verdad estuviera en un extremo, sólo se la sirve poniéndose en ese extremo, sea el que fuere. No hay que temer ser llamado extremista sino servir al error. No son los adjetivos los que deben preocuparnos sino la verdad. Al buscar la verdad podemos equivocarnos, pero será contra nuestra voluntad. Cuando no tenemos excusa es cuando transigimos, a sabiendas, con el error, por adoptar una postura intermedia que nos haga parecer tolerantes y comprensivos, hombres de nuestro tiempo.

 Sin embargo, se observa, en algunos estamentos eclesiásticos, la tendencia al “centrismo”, con independencia de la verdad. Y no sólo en cuestiones políticas o sociales sino, lo que es más grave, bajo el punto de vista religioso, en cuestiones doctrinales y dogmáticas. Se ha establecido la teoría de que, en la Iglesia, existen dos extremos, uno conservador y otro progresista y se sostiene que la verdad está en el justo medio, sin buscar si no se encuentra en alguno de los extremos. Además, la inclinación de ese “centro” hacia la izquierda, es visible.

 El paralelismo entre esta situación en la Iglesia y lo que ocurre en la política italiana (1970) es tan evidente que extraña que no haya sido comentada. El “centro-izquierda” de Italia, creado con la excusa de aislar al comunismo, es cada vez más “izquierda” y menos “centro”. En cuanto al aislamiento de los comunistas, se ha llegado ya a la formación de juntas “frentepopulistas” entre socialistas y comunistas para el gobierno de algunas regiones, a pesar de que los primeros pertenecen al gobierno formado para “aislar” al comunismo. El deslizamiento de ciertos medios eclesiásticos hacia el progresismo en religión, es similar al que sufren hacia la izquierda en política. No se olvide que ha sido un partido de origen clerical (la Democracia Cristiana) el que ha hecho posible el proceso en Italia.

 Los unos y los otros

 El “centrismo” eclesiástico parece preocupado únicamente de no ser calificado de “reaccionario” o de “conservador”. Por ello, cuando la Jerarquía tiene que censurar (condenar ya no se estila) algún exceso progresista, procura compensarlo con un palo al otro sector, venga o no a cuento. Los católicos tradicionalistas se están convirtiendo así en una sufrida coartada para cierta Jerarquía. Basta censurarlos para fabricarse un prestigio de “avanzado” o, al menos, de centrista, quien carece de otros méritos.

 Veamos un ejemplo reciente (1970). El Consejo permanente del Episcopado francés hizo, en el mes de junio, una declaración sobre el tema “Renovación y crecimiento de la Iglesia”. En su preámbulo se decía: “Mientras que algunos se impacientan o se desaniman ante la lentitud de la evolución que ellos quisieran más rápida, otros se endurecen ante toda búsqueda. Algunos, en fin, sienten la tentación de realizar gestos de ruptura con la Iglesia, queriendo darles un sentido “profético”. Por su propia cuenta, algunos buscan un empleo de trabajadores, toman responsabilidades sindicales o políticas e incluso se consideran desligados de su compromiso con el celibato. A veces lo hacen colectivamente, en el seno de grupos que discuten la autoridad de la Jerarquía”.

 La gravedad de las acusaciones concretas que en el anterior párrafo se hacen, pese a la “centrista” mención a quienes “se endurecen ante toda búsqueda” es claro que se refiere a los grupos contestatarios del progresismo. A pesar de ello, el Consejo Episcopal, al enviar la declaración a los obispos de Francia se ha considerado obligado a aclarar que en ella deben sentirse apuntados “igual los grupos de extrema derecha que “Echanges et Dialogue”, igual el progresista padre Cardonnel o los “Hermanos del Mundo” que el “abbé de Nantes” o el P. Coache (tradicionalistas). Tras redactar esta declaración, los autores debieron sacudirse las manos satisfechos: todos iguales nadie podrá acusarlos de anti progresismo

 Los tibios

 Pero la réplica, y bastante airada, ha salido de donde menos podían esperarlo los obispos franceses, que tanto cuidan su prestigio de avanzados y modernos. No han sido sacerdotes tradicionalistas, tan injustamente mezclados con quienes, según los obispos, abandonan su ministerio y se mundanizan hasta el punto de abandonar colectivamente el celibato. Ha sido el propio padre Cardonnel, dominico nominalmente citado en la declaración episcopal y coautor de “Dios ha muerto en Jesucristo”, quien, en una réplica publicada en “Le Monde”, afirma que es contraria al Evangelio la adopción de una postura centrista por los obispos: “La situación me parece alarmante, añade, porque Cristo, del que todos nosotros nos proclamamos fieles, vomita a los tibios. En el Apocalipsis lo dice como reproche mayor a las Iglesias. (…) Así, pues, yo me niego como discípulo de Cristo, a ver en la Iglesia un justo medio  (…)  que no es siempre el justo medio.

 Si los anteriores reproches son ambivalentes y pueden hacerse igual desde la derecha que desde la izquierda, ello no justifica que tales posturas puedan ser confundidas, sino que cada una ha de ser juzgada por sus propios valores. Que es precisamente lo que no hace el centrismo de los tibios. (…)

 Juan NUEVO


Revista FUERZA NUEVA, nº 191, 5-Sep-1970

 

lunes, 17 de agosto de 2026

Patrimonio incautado a partidos y sindicatos, tras la Guerra Civil

 Artículo de 1979

 DEVOLUCIÓN

 EN estos últimos tiempos se habla, se trata, sobre la devolución de los patrimonios incautados a los partidos políticos, al final de la Guerra de Liberación, y, en algún caso y población, parece así se ha hecho; y aun se ocupan, como presión, locales de la AISS.

 Como un ciudadano más, con derecho a emitir opiniones, estimo que esos ¿patrimonios? deberían pasar a poder del Estado, por los siguientes motivos:

 En primer lugar, por la referencia, tantas veces hecha, al tesoro español llevado a Méjico en el «Vita»; el oro llevado a la URSS, y la plata y oro vendidos en Francia.

 En segundo lugar, lo que es imposible de contabilizar, por el expolio a que sometieron a particulares, exigiendo la entrega de colchones, cubiertos, vajilla, menaje de cocina, mantas y ropas de abrigo para el frente y hospitales, lo cual, como es lógico, no se recuperó, además de la entrega de armas, que en la mayoría de los casos se hallaban inútiles, pues eran de coleccionistas (arcabuces, trabucos, espingardas, machetes, gumías, sables, floretes, espadas, etc.), tampoco recuperadas y algunas, por sus incrustaciones o por su rareza, de gran valor, cuando no el sentimental de un recuerdo familiar.

 En tercer lugar, el saqueo, destrozo o mal uso de viviendas particulares, «requisadas», cuyos muebles, de valor en muchos casos, así como objetos de arte, vajillas, etc., ha sido casi imposible volver a reunir, pese a la labor de los Servicios de Recuperación que funcionaron en la posguerra; e incluso la «incautación» de joyas encontradas

en «registros» domiciliarios; y no digamos del mal uso y sus consiguientes reparaciones al entrar los dueños de nuevo en posesión de ellas; además hubo la «requisa» de vehículos, en general no recuperados, y si lo fueron, ¡en qué estado!; a ello hay que sumar bibliotecas y archivos aventados o destruidos.

 En cuarto lugar, al incautarse o intervenir las fábricas u otros establecimientos comerciales o mercantiles, la venta de productos manufacturados que se hallaban en almacén para ser expedidos, y el empleo, hasta su agotamiento, de las materias primas almacenadas; y no digamos de las cuentas bancarias intervenidas y de su utilización para «fines de guerra» u otras necesidades; lo mismo puede decirse de la intervención agrícola.

 Y, por último, la destrucción de iglesias, conventos y demás bienes de la Iglesia, así como el saqueo de sus tesoros y obras de arte (pinturas, esculturas, etc.), muchas de ellas quemadas; campanas fundidas…

 Este, pues, es el resumen que estimo avala el que sea el Estado quien entre en posesión, definitivamente, de bienes o patrimonios concretos, ante la imposibilidad de resarcir de tanto y tanto despojo a particulares, entidades, empresas...; granitos de arena cuya suma quizá se equiparase o superase, con creces, el valor del tesoro del «Vita» y del oro enviado a la URSS, hasta el momento sin recuperar.

 Narciso DÍAZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 635,10-Mar-1979

 

sábado, 15 de agosto de 2026

Subversión universitaria por inhibición de Iglesia y tradicionalismo

 Artículo de 1968

 Esperamos que monseñor Romero de Lema, obispo de la Universidad, oriente al país sobre los problemas universitarios.—Es hora de que el "Tradicionalismo" explique la desviación de las AA. EE. TT. De literatura comunista y de periodismo clerical

 Continúa la subversión en la Universidad. Madrid, Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Málaga, Oviedo, Valencia van conociendo asambleas ilegales, disturbios y actos de vandalismo, como el del grupo de estudiantes que en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid arrojaron bancos, sillas, botellas, piedras y el crucifijo que presidía el aula 217. Venimos repitiendo desde hace semanas que los sucesos universitarios no responden a problemas académicos, sino a una ofensiva política contra el Estado y contra el régimen, bajo típica confabulación masónico-marxista. Volvemos a repetir que desde hace años se ha permitido la descarada entrada de elementos subversivos que han intoxicado nuestra juventud universitaria. Antes que los disturbios en la calle, nos parecen más graves las líneas ideológicas, las actitudes profesorales y la resurrección de la heterodoxia antirreligiosa y las momias del liberalismo y del criptocomunismo.

 Que el comunismo busca y consigue esto ya lo decía Pío XI en su encíclica «Divini Redemptoris»: «Los pregoneros del comunismo saben también aprovecharse de los antagonismos de raza, de las divisiones y oposiciones de diversos sistemas políticos, y hasta de la desorientación en el campo de las ciencias sin Dios, para infiltrarse en las universidades y corroborar con argumentos seudocientíficos los principios de su doctrina.»

 No queremos silenciar que el progresismo de muchos sacerdotes y sedicentes movimientos católicos ha contribuido al caos universitario. Queremos recordar que la Santa Sede nombró a monseñor don Maximino Romero de Lema obispo de la Universidad. Hace unos años, en un lejano 21 de febrero, «Le Monde» publicaba esta noticia: «Esta conferencia -se refería a la que había tenido lugar en la Universidad y fue origen de la primera huelga universitaria—ha sido pronunciada con autorización expresa de monseñor Maximino Romero, obispo auxiliar de Madrid, encargado de la enseñanza religiosa». Será bueno recordar que el malogrado cardenal Riberi pronunció en la consagración de don Maximino estas palabras: «A ti, querido hermano, quiere la sagrada y solícita Iglesia de España confiarte de modo especial el cuidado del mundo intelectual de tu Patria; ella bien sabe que el apostolado en el mundo intelectual es uno de los grandes problemas que la Iglesia tiene hoy día planteados en todos los pueblos. Por fortuna, en la actualidad la legislación española en orden a la formación religiosa en los centros de enseñanza ofrece muchas y buenas posibilidades.»

 Mientras tanto, se repiten los disturbios, absurdos e injustificables; se ha destruido al S. E. U., al que después de la Cruzada una disposición oficial unificó al mismo a la A. E. T. (Agrupación Escolar Tradicionalista); la única politización de la Universidad es actualmente de signo marxista, y entre otros interrogantes, los padres de familia nos preguntamos: ¿No tiene nada que decir don Maximino Romero de Lema, como obispo de la Universidad española, ante sucesos que simbólicamente terminan echando por las ventanas el crucifijo de las aulas?

 Nosotros reafirmamos nuestro voto de una acción política contundente y seria dentro de la Universidad, limpiando las fuentes de intoxicación doctrinal en primer lugar. El autorizado J. Boor (seudónimo de F. Franco), en su libro Masonería, dice: «En esta acción de filtración masónica no escapan ni las propias jerarquías eclesiásticas, a las cuales igualmente se pretende influir, como a todos aquellos sectores que, cual el Ejército, el Movimiento Nacional o los Sindicatos, son considerados por los masones como pilares en que el Régimen se asienta.»

Luego, a los que actúan en ese terreno desde el plan ideológico o desde la agitación callejera, se impone la depuración más severa y una acción policíaca que decisivamente termine, al precio que sea, lo que viene sucediendo en las universidades de España.

 CIERTO «TRADICIONALISMO» Y LOS SUCESOS DE LA UNIVERSIDAD

 En esta hora en que hay que pedir responsabilidades en serio ante los sucesos de la Universidad, debemos señalar que el confusionismo se ha disparado desde diversas plataformas, además de las que en otras crónicas y en ésta venimos enumerando. Con bochorno recordamos palabras que fueron dichas en el «Aplec» de Montserrat el día 30 de mayo de 1965. Allí habló Víctor Pere Alonso como delegado de las AA. EE. TT., pronunciando palabras tan disonantes al pensamiento tradicionalista y al realismo político de la hora presente, como las siguientes: «Si algo necesitamos con urgencia es el vivir en demócratas. Por ello nos disgusta no sólo la llamada Comisaría del S. E. U., que, por mantener el partido único en las estructuras universitarias, no responde a las exigencias de profesionalidad y apoliticismo...»

 A estas alturas queda patente la desviación a la doctrina tradicionalista que suponían, ya en 1965 estas palabras. Nos parece muy bien hablar de la profesionalidad en la vida universitaria. Pero Víctor Pere Alonso, en nombre de la A. E. T., ¿podía esperar espíritu profesional y APOLITICISMO del Sindicato Democrático de Estudiantes, en el que debía caer fatalmente la Universidad al suprimir el S. E. U.? Por esto, a estas alturas (1968), un ilustre carlista ha podido dirigirse a don Javier de Borbón Parma, en fecha del 30 de noviembre pasado, para decirle: «La A. E. T. anda bastante indisciplinada e ineficaz, con desconocimiento de nuestra doctrina.»

 Lo que la A. E. T. debía haber pedido era la eliminación de la heterodoxia religiosa y patriótica de la Universidad, que el S. E. U.—al que estaba incorporada la A. E. T-., como ya hemos dicho anteriormente—hubiera educado intelectualmente al servicio de Dios y de la Patria a las juventudes universitarias; que la Universidad fuera regulada en el sentido que propugna la doctrina tradicionalista; que el peligro marxista fuera eliminado totalmente y desde raíz.

 Como dice Sebastián Contin en «Amanecer», de Zaragoza: «Hoy, actualmente, la Universidad española, en su confusión, es un maremágnum en el que aparecen todos los días las ideologías más peligrosas. No se respetan ni la religión, ni la Patria, ni las personas». ¿No dice esto nada a don José María Valiente y a los directivos del tradicionalismo español en su ausencia entre las juventudes universitarias y en el confusionismo que en actos tan resonantes como el «Aplec» de Montserrat sembró el citado orador “aetista” en dicho acto de 1965? También nos gustaría que la Comunión Tradicionalista formulase una inequívoca declaración pública ante la actual situación universitaria.

 Esto también explica lo de la Universidad

 Edición de Materiales, de Barcelona, acaba de editar «CARTAS SOBRE EL CAPITAL», de K. Marx y F. Engels. Nos dicen que en la Argentina se prohíben ciertas obras editadas en España de propaganda comunista. Ahora se edita este libro de los fautores del comunismo. Nuestra prensa les hace propaganda gratuita. Esteban Doltra, en «Hoja del Lunes» del 15 de enero pasado, dice: «Marx, sobre todo, es un intelectual más que un revolucionario.» Nos abruma que un periodista demuestre tanta cultura… Lo que afirmamos es que libros como éste TAMBIEN explican lo que pasa en la Universidad.

 A. RECASENS SALVAT

 

 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968