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La Virgen, marginada
Hablar hoy de la Virgen es arriesgado. Antes
(un “antes” que no va más allá de preconcilio) la Virgen era tema obligado de
la catequesis, de la predicación y de la doctrina teológica. Hoy (un “hoy que
abarca los últimos cinco años, 1965-70), la Virgen se ha vuelto un tema
difícil, un tema discutido. Porque, además, puede hablarse en un cierto
oscurecimiento de la devoción mariana en la Iglesia Católica.
El hecho ha tenido manifestaciones tan
evidentes que es del todo imposible no admitirlo. Sería suficiente hacer un
recorrido por las iglesias de cualquiera de nuestras ciudades, en este lánguido
“mes de María”, para advertir que algo ha pasado en lo más profundo de las
almas en este sentido. No es necesario llegar, claro está, a ese vago y
lejano recuerdo que todavía atormentaba nostálgicamente el alma impía de
Renan, como “un olor inebriante de rosas de mayo”.
Basta mirar con los ojos abiertos: la
supresión del rosario; su suplantación por extrañas e incomprensibles “paraliturgias”
en las que la arbitrariedad imaginativa de un buen curita lo inventa todo;
los cantos salmódicos de un irritante simplismo melódico y de una pobreza
viejotestamentaria ridícula; las lecturas escriturarias, ciertamente santas y
útiles, pero en un contexto de “sola scriptura” protestante, frío, que hiela
los corazones. Uno busca, por lo demás, la imagen de la Virgen como señuelo y
sostén de una humanidad, de un humanismo imprescindible y, por fin, lo
encuentra allí, en “cualquier” lugar, a la contraluz de una columna oscura,
que la separe del altar, “único centro” -proclaman altamente los nuevos liturgistas-
de la atención de la Asamblea del Pueblo de Dios.
La Virgen “marginada” en su representación
simbólica, lo es también en su conmemoración litúrgica. La nueva ordenación
litúrgica, con un criterio de “sola scriptura” no católico, ha realizado una
inclemente poda en el ciclo litúrgico mariano. Estas innovaciones, hoy
todavía muy discutibles, se presienten nocivas para la piedad cristiana que
no vive de esa “metafísica” litúrgica que se le impone.
La Virgen “marginada” también en la
predicación y en la doctrina teológica. El hecho tiene otras manifestaciones
evidentes (Asociaciones, Cofradías, Romerías, Peregrinaciones, insignias,
hábitos, etc.) que no es necesario describir. ¿Cómo explicarse este extraño
fenómeno, tan contrario a toda la tradición católica vinculada de un modo tan
estrecho con las devociones marianas? Un fenómeno tan profundo no puede menos
de obedecer a causas igualmente graves y profundas. No se pueden aducir
fenómenos de superficie; por ejemplo: los excesos de la época procedente, que
hubieran producido un ”maximalismo” que hoy tendríamos que compensar con un
desequilibrado “minimismo”.
Es verdad que los años 1940-1955, en España, pueden ser
considerados -como se decía entonces- “Era de María”. Son años espléndidos en
manifestaciones marianas: Congresos, Consagraciones, Peregrinaciones, la “Virgen
Peregrina”, el “Año Mariano”, en que la piedad popular de la Iglesia vibra
como en los mejores tiempos. Pero esta piedad está bien sostenida, primero,
por un Magisterio papal y episcopal relevante; y luego por una mariología
científica y teológica, que coloca a la mariología católica en un primer
plano de la literatura teológica. No son, pues, esas razones de superficie
las que explicarán el fenómeno actual de la marginación mariana hasta
convertirse, no sólo en “questio mariale”, sino en verdadera “crisis”.
Porque esta fenómeno de crisis mariana -como,
por lo demás, tantos otros fenómenos críticos de la Iglesia de hoy- no puedo
entenderse sino cuando se le coloca en extensión y profundidad en el contexto
de una amplia y grave crisis eclesial. Está, en primer lugar, la crisis “religiosa”
como fenómeno de desacralización y de secularización. En ella, la Virgen
María representa un punto culminante y “escandaloso” de lo santo y de lo
sagrado, que instintivamente repele todos los intentos de “reducción a lo
religioso” a lo profano. Su persona excelsa representa, en el catolicismo, la
convergencia de lo humano y lo divino de una manera absolutamente sagrada y
trascendente. De ahí el escándalo “edificante” que produce todo lo “mariano”
en un mundo secularizado. Por ello mismo, la “desmitologización” del mensaje
evangélico se enfrenta necesariamente con la Virgen se la quisiera despojar
de su maternidad divina, de su virginidad perpetua, de su lugar irreemplazable
de hecho en la economía de la salvación; que fuera sólo la doncella humilde
de Nazareth, casada normalmente con el carpintero José, de quien tiene el “primogénito
Jesús” y a otros hijos después de él.
Está luego la crisis eclesial, en la que el
Magisterio Jerárquico existe, pero “no funciona”. Y hay finalmente unas
tendencias a un cristianismo descarnado, desencarnado, desarraigado, “sin
piedad” (San Pablo), que se amparan en el falso simplicismo de la
autenticidad soñada, del antirromanticismo más romántico, y de la bobalicona
entrega, a ojos ciegos, a los valores mundanos.
¿Qué podía representar en ese conjunto “emocional”
religioso la figura de la Virgen María sino un serio obstáculo que había que
marginar? Y, como las intenciones -aun las no conscientes, aun las solamente
presentidas- son las que mueven los hilos de esta miserable tramoya,
asistimos a este fenómeno de marginación de lo mariano como una consecuencia
inclemente y despiadada, pero lógica, de toda una lamentable situación
crítica de la Iglesia.
Pero -y he aquí la paradoja constante en
que hoy extrañamente nos movemos en todo lo eclesial- esta marginación de la
Virgen María en la piedad católica no puede apoyarse ni en el Magisterio de
los últimos Papas, ni mucho menos en el Concilio Vaticano II. Porque los Papas,
con sus documentos doctrinales, con sus intervenciones pastorales, con sus
gestos emocionales (Peregrinaciones de Juan XXIII y Pablo VI a Loreto, Fátima,
Bonaria, Éfeso) nos dicen todo lo contrario. Por su parte, el Concilio
Vaticano II, en sus magníficos textos, favorece tanto la piedad mariana como
la mariología católica. El Concilio recomienda “las piadosas prácticas del pueblo
cristiano” (SC, n. 20), y el culto especial y las devociones tradicionales a
la Virgen (LG, nn. 66-67). (*)
¿Cómo, pues, explicarse, repetimos, esta
marginalización de lo mariano sino como una triste consecuencia de esa
decadencia general de lo católico? Porque la Virgen no está “al lado” de los
caminos por los que el Señor quiso venir a nosotros. Tampoco está “en el
centro”, cuyo lugar lo ocupa ciertamente el Cristo. Pero sí que está “en el
medio de los caminos” de Dios. La historia de la salvación no sólo encuentra
en ella un término en el que toda la plenitud profética y escatológica del
Antiguo Testamento viene a ser la realización definitiva de la “Hija de Sión”,
que se personaliza en María. Sino que, además, es el verdadero punto de
arranque de la nueva historia que Cristo viene a instaurar. El Cristianismo,
para no ser precisamente un “mito descendido” necesita de esta figura,
arrancada a la piedra viva de la historia humana, que da realidad humana al
Cristo y lo inserta en nuestro tiempo: “cuando llegó la plenitud de los
tiempos, envió Dios a su Hijo, hecho de mujer” (Gal. 4,4).
Hoy, en cambio, un orgulloso neo-gnosticismo,
amparado por un angelismo pervertido, pretende sustituir esa figura de mujer
por el “solus Christus” protestante, pervirtiendo los suaves y fáciles camino
del Señor… Muy pronto el “Christus” sería sustituido por mil eones quiméricos.
Hoy, una falta de sencillez y humildad, como primigenias virtudes cristianas,
está trastornando un orden de cosas querido por el Señor de un modo tan humano.
Esas virtudes pusieron todavía nuestros padres ante el Padre y la Madre
celestes, en la actitud de “niños” a quienes únicamente se abre el reino de
los cielos. Hoy, en muchos medios, se crea un ambiente anti-católico de
orgullo y de prevención ante la “bendita entre todas las mujeres”. Nada,
ciertamente, más funesto para la Iglesia en esta hora necesitada de amparo. Porque
no puede olvidarse que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tiene sus
complacencias en Ella, la Virgen María.
Mariano DE ZARCO
Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970
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