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domingo, 15 de marzo de 2026

La Antiespaña hundió la dictadura de Primo de Rivera

 Artículo de 1968

 LA MASONERIA Y EL MARXISMO, COMO EN 1930

 Volvemos a recordar las palabras del Caudillo pronunciadas el 6 de enero de 1960: «Es necesario estar vigilantes y constantes en la guardia.» La Antiespaña sigue actualmente la misma táctica que empleó para desacreditar y hundir a la Dictadura del General don Miguel Primo de Rivera. En aquella Dictadura, en la que «reinó la paz, el orden y el progreso», como recordó Franco el 22 de noviembre pasado (1967). Pero un régimen político, aunque fomente el bienestar nacional, es combatido por las sectas y por el comunismo, principalmente desde dos frentes: el de los llamados «intelectuales» y estudiantes, y el de la lucha marxista en el campo obrero.

 Recordemos a un autor insigne al que no se le ha hecho quizá la justicia debida: El Rvdo. don Juan Tusquets. que en su libro «Orígenes de la Revolución Española», podemos decir es como un precedente de la literatura de lucha de ¿QUE PASA? Este sacerdote catalán, junto con otros—los Rvdos. Miguel Rosell, Mariano Vilaseca, Ramón Cunill, José Bachs. Guillermo Aléu, Lorenzo Castells—. el cronista les recuerda de haber hablado mucho con ellos en los días de la Cruzada, en San Sebastián, en Pamplona, en Burgos, en Salamanca, en Sevilla. Pero el Rvdo. Juan Tusquets destacó por una gran conferencia que dio en Burgos emoción patriótica que se traducía, si no recuerdo mal, en su uniforme con camisa azul y sus insignias de sacerdote. En dicho libro—«Orígenes de la Revolución Española» el reverendo Tusquets demuestra cómo la táctica sectaria través de la Universidad y del Marxismo.

 «Primo de Rivera—escribe el Rvdo. Juan Tusquets—no ingresó jamás en la Masonería. Trató a los hijos de la viuda con aquella mezcla singular de jactancia y de honradez que le caracterizaban. Pero el Dictador lo fue nominalmente. Bajo su garbosa capa jerezana, salvaron el prestigio y prepararon la revolución los elementos sectarios. Algunos subordinados del Marqués de Estella extremaron la tolerancia con los masones. Por ejemplo, el General Barrera, que permitió la celebración en Barcelona del Congreso Masónico, prohibido por el Dictador en Madrid, y que tan obsequioso se mostró con la campaña rotaria. Numerosos cargos de compromiso fueron ocupados por masones... usando y abusando de tanta benevolencia y con la ayuda del oro judío, la masonería creció lozanamente.»

 El mismo Dr. Tusquets señala cómo «el socialismo español se declaró gubernamental durante la Dictadura» y cómo a Fernando de los Ríos y a Besteiro se les concedían y conservaban cátedras en la Universidad Central. Largo Caballero fue Consejero de Estado y otros altos cargos, como Pérez Infante y Trifón Gómez. Por esto, el Consejo Supremo de la Masonería pudo declarar: «Los francmasones han conquistado las posiciones que hacen posible la revolución.»

 Actualmente (1968), al considerar la agitación universitaria, con gravísimos insultos al Jefe del Estado y absurdo malestar estudiantil, todo hace creer que intelectuales o profesores al estilo de José Luis López Aranguren y Enrique Tierno Galván, no serán los únicos que intoxican nuestra juventud universitaria. ¿Puede esto continuar? ¿Se puede dialogar con el llamado «Sindicato Democrático»? El bien nacional exige la máxima energía para vigilar y yugular propagandas e instigadores al precio que sea. Lo que no se puede permitir es que, ni en apariencia, se repita lo que le sucedió a la Dictadura de don Miguel Primo de Rivera. La ley es la ley. Lo que se llama el «vacío político» de la Universidad hay que cargarlo a los que les sobraban una filosofía inspirada en la mejor tradición católica española y un estilo universitario que empalmara—sin tópico—con Menéndez y Pelayo, Mella, Maeztu y José Antonio Primo de Rivera.

 Lo mismo que decimos de la agitación universitaria, lo señalamos y acusamos de las llamadas «Comisiones Obreras» instrumento del Partido Comunista, ilegales, y a las que no se les puede permitir ninguna actuación, aunque se reúnan en sacristías o en los mismos recintos de los templos. Vale más prevenir y atajar que curar, con peligro de llegar tarde. Por eso dijo el Caudillo que «las enfermedades en las naciones duran siglos, y las convalecencias, decenios. 

 España, que, con altibajos, ha permanecido tres siglos entre la vida y la muerte, empieza ahora a abandonar el lecho y dar cortos paseos por el jardín de la clínica. Los que quisieran enviarla ya al gimnasio a dar volteretas, o no saben lo que se dicen, o lo saben demasiado bien.» Y éstos que lo saben demasiado bien son los que mueven los hilos y los peones de la agitación universitaria y de las «Comisiones Obreras». Repasar el libro «Orígenes de la Revolución Española» del Rvdo. Juan Tusquets, en cuya línea ¿QUE PASA? siente gran admiración al ilustre sacerdote y escritor, puede dar mucha luz para entender el entresijo de los acontecimientos de ahora que hemos comentado.

 A. RECASENS SALVAT


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968 

 

viernes, 13 de marzo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (1)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña


 Han pasado ya suficientes días como para que, alejados del calor de la lucha electoral, podamos analizar el hecho más trascendente de la vida de la Iglesia en España desde el holocausto de 1936 y la restauración del catolicismo gracias al triunfo de la España nacional, alzada en armas contra el marxismo el 18 de julio de 1936.

 No cabe en el breve espacio de un artículo describir las traiciones y las miserias de una de las más vergonzosas etapas de nuestro catolicismo o, tal vez, la más triste de todas ellas, pues no abundaron en nuestra Patria, gracias a Dios, épocas de ignominia como la que acabamos de vivir.

 RECTIFICACIÓN URGENTE

 En una nación de santos, de mártires y de héroes, la figura del obispo Oppas ha tenido afortunadamente escasísimas repeticiones históricas y su recuerdo se desvanece ante el de los Leandros, Isidoros, Olivas, Cisneros, Bellugas, Aguirres, Riberas, Inguanzos, Quevedos, Merrys del Val, Seguras o Gomás. Por ello, si mi buen amigo Manuel Ballesteros me lo permite como director de FUERZA NUEVA y los lectores de la revista lo soportan, me  extenderé en algunos números, más que en un análisis histórico de unos hechos, en las consecuencias que para el futuro del catolicismo español debemos extraer de los mismos. Porque entiendo que de nada sirve llorar sobre el pasado si no tenemos una decida voluntad de mañana para enderezar los torcidos rumbos por los que se pretende hacer marchar a los católicos de España y cuya meta es, sin duda alguna, la apostasía de una Patria que se forjó en el amor a Cristo y en su servicio.

Entiendo también que tal trabajo no puede quedarse en las nubes de los principios, sino que es preciso bajar a los nombres y apellidos y así lo haremos. Sin dudar de rectas intenciones subjetivas donde pueda haberlas, pero dando a las mismas el valor que tienen, es decir, ninguno, salvo en el fondo de las conciencias, de las que sólo Dios tiene el derecho a juzgar.

 No cabe duda que la Iglesia española después de la gloriosa victoria sobre los enemigos de Dios se durmió en sus laureles. Como tantas otras cosas se durmieron en España, sueño del que hoy estamos pagando los resultados.  Para no hacernos interminables, hemos de pasar por alto mil episodios no carentes de interés y que iban denotando que bajo ese sueño se estaban alentando vientos que producirían las tempestades que luego sobrevinieron.

 La postergación del cardenal Segura a la que se prestó, en propio beneficio, el entonces obispo de Vitoria y luego cardenal José María Bueno Monreal, que afortunadamente este año presentará la dimisión al Santo Padre por cumplir 75 años de edad. Las primeras manifestaciones después de la guerra del separatismo clerical en las provincias vascas, cortadas enérgicamente por el entonces nuncio Antoniutti. La operación Moisés, en la que el progresismo apareció ya claramente organizado. Los últimos días de monseñor Gúrpide, canallescamente amargados por la rebelión de parte de su clero. La injusta postergación de monseñor Morcillo y la turbia maniobra de la nunciatura para impedir que monseñor Guerra Campos asumiera el gobierno de la diócesis durante la sede vacante. La desdichada Asamblea Conjunta (1971) a cuyos cabecillas vemos hoy al frente de diversas sedes episcopales. La clara postura beligerante de parte de la Iglesia española en los últimos años de Franco, en los que la citada Asamblea Conjunta y el “caso” Añoveros fueron los momentos culminantes. Y todo lo demás que se podría añadir.

 Y desde hace diez años, jugando un importantísimo papel en esta obra de demolición, una figura tan poco simpática como aparentemente discreta: el actual nuncio Luigi Dadaglio, del que algún día habrá que escribir la historia, que ha dejado, a su paso por España, un rastro como el del caballo de Atila.

 He oído contar, y de lo único que respondo es de que así me lo refirieron, que explayándose con un amigo, le decía: “Cuando yo llegué a la nunciatura había 60 obispos tradicionales contra 10 de los nuestros. Hoy he conseguido que seamos nosotros los 60”. Lo haya dicho o no, es la pura verdad. Esa es su obra. Y no sólo cambió radicalmente el signo del episcopado español, sino que dio al mismo, continuando la línea de su predecesor Riberi, un tono de mediocridad, de pobreza intelectual y moral, de falta de personalidad y virtudes humanas que condiciona gravísimamente, si cabe todavía más que a causa de su progresismo, la posibilidad de actuación de los obispos españoles.

 Hoy, salvo contadas excepciones, no existen los obispos para los católicos de España. Ni leen sus documentos ni rodean a sus personas de ese amor que hasta ahora siempre habían sentido nuestros prelados. El cardenal Tarancón ha sido objeto en varias ocasiones de insultos irreproducibles proferidos por masas de católicos hasta aproximarse no poco a la figura jurídica del odium plebis.

 El arzobispo de Zaragoza (Yanes) acaba de ser gravísimamente insultado en su misma basílica del Pilar por un católico, sin que sus fieles se alteraran lo más mínimo. La jubilación del señor Añoveros, figura cumbre de la línea Dadaglio y de la oposición al franquismo, solicitada anticipadamente por motivos de salud, trajo sin cuidado a los católicos de Bilbao, excepto a los del sector tradicional que experimentaron una viva alegría. Infantes Florido acaba de dejar su diócesis de Las Palmas, que había pastoreado de escándalo en escándalo, sin una lágrima por parte de nadie y sin el menor júbilo por parte de quienes le van a subir a sufrir en Córdoba. 

Y lo mismo cabe decir del señor Roca con su traslado a Valencia. Cirarda llegó a Pamplona y en escasísimos meses se puso enfrente a los navarros con su soñada idea de la provincia eclesiástica vasca, que la mayoría de los católicos del antiguo reino repudia. El nombramiento de Echarren para Las Palmas si ha producido algo es consternación.

 Esta fue la labor del nuncio Dadaglio cuya misión en España, a Dios gracias, toca a su fin. En breve parece ser que dejará el Palacio de la calle de Pío XII. Y ha sido tan desastrosa su tarea, ha dejado tan maltrecha a la Iglesia de España, que casi da igual que se vaya o que se quede (…) Porque, ¿qué más puede hacer Dadaglio si continúa aquí? ¿Es que puede nombrar para Sevilla, cuando quede vacante este año la sede del señor Bueno Monreal, a alguno peor que él? ¿Es que, vacante como está San Sebastián, por la dimisión presentada por el señor Argaya, el que proponga para aquella diócesis va a ser peor que el dúo Argaya-Setién que hasta ahora la gobernó? (…)

 Lejos de mí el jugar a profeta y ni que decir tiene que acepto de antemano con reverencia cualquier decisión del Santo Padre. Pero ello no implica dejar de reconocer que la postergación del señor Dadaglio sería un motivo de alegría para muchos católicos españoles y el inicio de una rectificación urgente y necesaria.

 (Continuará)


Revista FUERZA NUEVAnº 628, 20-Ene-1979 

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

La demagogia del obispo Cirarda

 Artículo de 1970

 

  La carta pastoral

 Monseñor Cirarda, en la pastoral referente a la detención de varios sacerdotes de la diócesis de Bilbao, habla de que ha conmocionado a “muchísimos fieles”. Parece ser que la actitud de tales fieles ha influido en las decisiones de monseñor, algunas tan espectaculares como la supresión de los cultos solemnes al Sagrado Corazón y la prohibición del “Te Deum” con motivo del aniversario de la liberación de la ciudad en 1937, según el lector deduzca de las significativas cartas cruzadas entre el obispo y la alcaldesa Pilar Careaga y la propia carta pastoral, leída obligatoriamente en las iglesias.

 Nosotros quisiéramos saber si monseñor no tiene en cuenta el parecer de otros muchísimos fieles que se muestran conformes con las medidas judiciales que las autoridades competentes toman en relación con actitudes de sacerdotes que caen dentro de las leyes de la nación. En los actos celebrados para conmemorar la liberación fue posible ver a miles de bilbaínos, cuarenta mil según algunos cálculos, manifestar públicamente su criterio en forma harto expresiva. Su catolicismo no puede ser puesto en duda y ha sido demostrado en forma fehaciente desde la liberación a nuestros días, cosa que no puede decirse, sin faltar a la verdad, de los grupos marxistas que militan en la ETA o en otras agrupaciones subversivas, a pesar de lo cual cuentan con asombrosos apoyos clericales.

 ¿Habrá que pensar que, en la diócesis de Bilbao, hay dos clases de fieles, unos que merecen la atención del obispo y del consejo presbiteral y otros, los más y los más fieles, mientras no se demuestre lo contrario, que son tratados como extraños y ven, no sólo menospreciados sus sentimientos, sino zaheridas y atacados, dentro de las propias iglesias, ideas y símbolos que coinciden con las leyes que el país, libre y clamorosamente, se ha dado? ¿Cuándo va el señor obispo a dedicar una pastoral clara y tajante, a condenar la subversión, el terrorismo y el abuso del ministerio sacerdotal, en vez de limitarse a alusiones de pasada en documentos destinados a censurar medidas de los poderes públicos?

 El obispo habla de la desconfianza y actitudes de ruptura “con lo que se califica de Iglesia oficial” que parecen producirse en los grupos “contestatarios”. ¿No ha pensado que esa misma desconfianza puede surgir en el otro lado? Hasta hace poco la calificación de “Iglesia oficial” venía hecha por quienes la consideraban unida a las estructuras del Régimen. ¿No nos estamos encaminando hacia un nuevo concepto de “Iglesia oficial, que califique a la que, sistemáticamente, se ponga en el lado contrario? ¿Por huir de un clericalismo colaborador vamos a caer en un clericalismo subversivo? La colaboración entre la Iglesia y el Estado viene, después de todo, avalada por el Concilio. No puede decirse lo mismo de la subversión.

 El Concordato

 Monseñor Cirarda ha sostenido repetidamente la idea de que el Concordato de 1953, nos guste o no, ha de ser observado mientras exista. Y denuncia los posibles incumplimientos del mismo que suponen determinadas detenciones de sacerdotes. En cambio no habla del incumplimiento del Concordato que supone no observar la obligación de elevar preces los sacerdotes por el Jefe del Estado. Si, como dice, es de justicia cumplir los compromisos adquiridos, ¿por qué no exige en quienes de él dependen su cumplimiento antes de hacer reproches a los demás?

 Resulta excesivamente moderado que monseñor diga: “Lamentamos y desaprobamos las reacciones desmedidas que hayan podido producirse en la búsqueda de la libertad legítima, empleando medios injustos, especialmente si ha podido hacerse por algún sacerdote”. Párrafo, como se ve, que no incluye las reacciones producidas en la búsqueda de objetivos que nada tienen que ver con la libertad legítima. Las condenas de sacerdotes por los tribunales competentes, en aplicación de la Ley de Represión del Bandidaje y Terrorismo, demuestran que ha habido acciones que se salen de ese margen.

 El periódico “Ya”, que ha intentado justificar, con la mejor voluntad, actuaciones eclesiales en los “sucesos de Bilbao” es bastante más tajante que monseñor Cirarda a este respecto. Con referencia a quienes han empleado “medios injustos”, dice sin ambigüedades: “Tristemente esta minoría que prácticamente se sitúa al margen de toda “Iglesia oficial” e impugna lo que llama falta de valor evangélico del prelado, está sometida a una inducción a la violencia que nada o muy poco tiene que ver con el espíritu evangélico, del que el señor obispo es testigo. No vacilamos en condenar enérgicamente que, en nombre del evangelio, se proclame la necesidad de vivir al margen de la Iglesia y en abierta oposición con ella. Creemos que, haciéndolo así, ese grupo comete una gravísima equivocación. Nosotros estamos contra todos los excesos, vengan de donde vengan, e invoquen los principios que invoquen”. 

Juan NUEVO


Revista FUERZA NUEVA, nº 182, 4-Jul-1970


lunes, 9 de marzo de 2026

La democracia es una fe

 Artículo de 1979

 LA FE EN LA DEMOCRACIA

 Los actuales “beatos” de la democracia en España -como los llamaba Salvador de Madariaga- son tan fanáticos, tan cerriles, que no se dan cuenta siquiera de que su adhesión a la democracia es irracional; de que no pueden encontrarle fundamentos racionales a su profesión democrática; de que su devoción por la democracia es no más que fruto de su fe, y de que, consiguientemente, ha de haber ciudadanos que no tengan fe en la democracia en general o en la democracia liberal o en la democracia socialista.

 Entre los varios autores que conozco afirmando que la democracia es una fe, hay dos que me parecen más claros y profundos: Jacques Maritain, “L’homme et l’Etat”, y Julien Benda, en “La Grande Epreuve des Démocraties”.

 Maritain observa que, después de haberse ensayado en la Edad Media el intento de basar el Estado en la unidad de la fe religiosa o teologal, en la Edad Moderna se ha intentado el esfuerzo de basar la vida de la comunidad civil sobre el fundamento de la pura razón, separado de la religión y del Evangelio. “Este esfuerzo ha suscitado inmensas esperanzas durante los dos últimos siglos, pero ha hecho quiebra rápidamente. La pura razón se ha mostrado aún más impotente que la fe para asegurar la unidad espiritual de la humanidad y el sueño de un credo “científico” que uniese a los hombres en la paz y en comunes convicciones sobre los fines y los principios fundamentales de la vida y de la sociedad humanas, se ha desvanecido en las catástrofes contemporáneas”. Contra esta convicción y contra este evidencia militan ahora el padre Martín Patino, en su última conferencia del Club Siglo XXI, y Enrique Miret Magdalena, en “El Imparcial”, los cuales, lo mismo que Azaña, consideran que la fe religiosa hay que relegarla al foro íntimo de la conciencia, sin darle trascendencia en la vida política ordinaria.

 Maritain, iluso a pesar de todo, como el padre Patino y Miret Magdalena, considera que la futura o presente comunidad civil sólo puede basarse en “un común credo humano, el credo de la libertad…” Pero el punto capital a notar aquí es que esta fe y esta inspiración, y esta noción de sí misma de que la democracia tiene necesidad -todo eso no pertenece al orden de la creencia religiosa y de la vida eterna, sino al orden temporal o secular de la vida terrena, de la cultura o de la civilización-. La fe en cuestión… es un conjunto de convicciones del espíritu y del corazón, una “fe” temporal o secular. A esa ideología vaga, proteica, cuyo fracaso denuncia ampliamente el profesor Jacques Ellul, en “Trahison de l’Occident”, es a lo que Maritain llama la “fe secular democrática”.

 A su vez, Julien Benda estima que “la democracia debe considerar ciertos valores como fuera de discusión, como artículos de fe: estos valores son precisamente los principios democráticos. Según algunos de sus adeptos, explica Benda, la democracia no debe aceptar nada que no esté basado en la razón; pero como este autor era consciente de que la razón es demoledora de todo, incluso de sí misma, pretende que la adopción de principios políticos, siendo una actitud moral, procede, en el fondo, de la fe, no de la razón.

 Naturalmente, ese mismo irracionalismo es el que late en la famosa genialidad de Churchill, según la cual se adopta la democracia parlamentaria no por otra razón, sino por ser el peor todos los regímenes de gobierno salvo todos los demás. A poco que razonemos y analicemos, caemos en la cuenta de que esa genialidad que muchos recitan por boca de ganso, vale igualmente para cualquier régimen: si exceptuamos a todos los regímenes, la democracia no es el mejor, es el único que nos queda y no lo podemos comparar, no lo estamos comparando con los demás: lo adoptamos, sin compararlo con los demás, por fe, irracionalmente.

 ¿Qué se desprende del hecho de que la democracia es una fe?

 A mi juicio se desprenden tres consecuencias, dos políticas y una político-moral.

 1ª Que la democracia será un éxito cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos tengan la fe democrática, aun cuando las pequeñas minorías puedan, mediante el terrorismo, hacer inviable la democracia, instituyendo un poder paralelo y un Estado clandestino. Observa Pascal que los hombres funcionan civilmente mejor cuando hay unanimidad, aunque sea unanimidad en el error, que cuando hay pluralidad de opiniones o de fes.

 2ª Que la democracia será un fracaso como se imponga a muchos ciudadanos que carezcan de fe en la democracia. La verdad es que hay que tener mucha fe, muchas tragaderas y mucha ceguera para creer que la democracia produce la justicia, la libertad, la paz y el bienestar general.

 3ª Que en el régimen democrático es ilegítimo, es inmoral y debe ser ilegal cualquier conato de imponer la fe democrática a los ciudadanos por cualquier medio, e impedir que los ciudadanos con fe en otro régimen no democrático o democrático-orgánico hagan todo lo moralmente lícito para superar, rebasar y eliminar la democracia e instaurar un régimen más humano, más acorde con las profundas aspiraciones humanas, que depare más seguridad civil, más bienestar, más libertad, más progreso, menos paro obrero, menos parasitismo de los partidos y sindicatos etc.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 628, 20-Ene-1979 

 

sábado, 7 de marzo de 2026

Isabel la Católica, con la cruz y con la espada

  

 ISABEL LA CATÓLICA, CON LA CRUZ Y CON LA ESPADA

 Santa Isabel de América y de España,

desde el trono o la silla del trotón

vas haciendo confín y corazón

tu mirada, tu fe, tu fuerza extraña.

Castilla es hija tuya, Tú, el cristal,

y ella, el vaso de Dios y de la gloria;

tú, surco, y ella, espiga; ella, la noria,

mas tu seno, el fecundo manantial.

Tú creas unidad. En tu esperanza

se derriten mojones y recelos,

la tierra sube, bajan más los cielos

y el arado se entiende con la lanza,

Castilla es tu virtud alta y sencilla,

que sabe de fogón, salterio y rueca;

por la gracia de Dios y de tu mueca

toda Castilla es tú y tú eres Castilla.

 

Santa Isabel de América y de España,

¿no es España el desborde de tu seno,

tu idea hecha virtud, el fruto pleno

de tu muerte que vida desentraña?

Desde el alto castillo de La Mota

la sueñas y la ves; y la Nación

eres tú o es tu inmenso corazón

tierra y mar, quilla y sol, viento y gaviota.

Una mujer poniéndole cintura,

ojos, cabeza, pies, a la imprecisa

corporeidad de Iberia: una sonrisa

transformada en frontera y singladura.

Unos ojos azules que en la mar

no terminan, comienzan; unos brazos

que buscan a la sangre otros regazos

donde hacerse ilusión, troje y altar.

 

Santa Isabel de América y de España,

las islas de Colón ya son en ti

precisión de justillo, frenesí

de amor materno con dolor de hazaña.

Tu aliento con las blancas carabelas,

tu Cruz con la alta cruz de los baupreses,

tus manos en la luz de los paveses,

tu sonrisa en la risa de las velas.

En cada paso del descubridor,

tu mirada de madre y fundadora;

tú, con el misionero; tú, una aurora

y un diluvio de amor para el amor.

El indio, para ti, perla en tu dedo,

fibra en tu corazón, beso en tu boca ;

y tú, para los indios, ansia loca

de hogar, de inmenso hogar con fe y sin miedo.

 

Santa Isabel de América y de España,

dándole al huso o dándole al salterio

haces del Nuevo Mundo un sacro Imperio

que en la luz de tu espíritu se baña.

Estás aquí y allí. Te multiplicas

grano en la espiga, lumbre en el cristal:

y lo que ordenas con vigor marcial

con ternura de madre santificas.

 

La Cruz disloca sus abiertos brazos

para amparar lo que la espada doma;

tú, con la espada y la Cruz, palma y paloma

con mensaje de rosas y de abrazos.

Un imperio de amor, cultura y fe;

tú lo consigues tan sencillamente,

que, sencilla, tú besas a él la frente,

y él, sencillo, te besa el regio pie.

 

Santa Isabel de América y de España,

la historia continúa en tus dedales,

sigues cosiendo historia, y hay cendales

de inspiración inédita en tu entraña.

El hilo de la historia está en tus manos

con temblores de pez recién prendido;

la historia es tu mirada y tu latido

proa y reja en los mares y en los llanos.

De espaldas a tu mística silueta,

la historia se derrumba en el misterio;

y en la luz de tu faz, doble hemisferio

dos golondrinas para tu veleta.

Qué presencia la tuya : la del fuego

sobre la mies madura; la presencia

que en el tiempo cabalga, y es conciencia,

silencio ahora y grito y llama luego.

 

Santa Isabel de América y de España,

no has muerto : la ternura de Castilla

cuenta tus pasos, besa tu mantilla

y en tus entrañas se hace más entraña.

No has muerto (nunca mueren las ideas).

Tu palabra granada y maternal,

si en los trigos es místico trigal,

en los mares es místicas mareas.

No has muerto. Y aún hilvanas unidad

con la luz verdigarza de tus ojos;

mares azules y volcanes rojos

se besan em tu nombre y tu verdad.

Obra inmortal la tuya : gema extraña

con fulgor de Evangelio y de poema.

No olvides ante Dios tu inmensa gema,

Santa Isabel de América y de España.


 MAXIMO GONZALEZ DEL VALLE, C. M. F.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967