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“LAS VASCONGADAS BAJO EL DOMINIO ROJO-SEPARATISTA“
El
nacionalismo vasco al desnudo
Hay
como un complot, muy generalizado, para que lo ocurrido en nuestra guerra de Liberación
se olvide. Los motivos son claros: Una vez que se consiga, bajo el espejuelo de
que el recuerdo constante de nuestra guerra separa a los españoles, el olvido,
las nuevas generaciones sobre todo se formarán ajenas a cuanto supuso el
Movimiento Nacional, a sus motivaciones y su limpia ejecutoria. Después, el
paso siguiente es más fácil. Tergiversar los hechos, cuando se ha olvidado la
realidad, apenas cuesta ni ningún esfuerzo.
Precisamente,
uno de los capítulos más tergiversados por los interesados en el olvido a
ultranza de nuestra contienda, es todo lo ocurrido a las Vascongadas desde la
iniciación del Alzamiento hasta la conquista, por el Ejército Nacional, de
esta región. En paciente y constante labor se pretende hacer creer que la
dominación rojo- separatista en las Vascongadas tuvo un matiz especial; que
allí, por el claro catolicismo de los habitantes, no hubo persecución
religiosa, que allí no existieron desmanes, fusilamientos, torturas, robos y
saqueos, incendios, devastaciones. Pero fue allí, precisamente, donde la
política de “tierra calcinada”, ante el avance del Ejército Nacional, se
llevó con más saña.
Traemos
hoy a nuestras páginas un extracto de lo ocurrido. Lo hemos obtenido del
libro “Informe sobre la situación de las Provincias Vascongadas bajo el
dominio rojo-separatista” (1938) publicado por la Universidad de
Valladolid y realizado por la Comisión nombrada por su Junta de Gobierno con
este fin. Lo firman personas tan poco sospechosas de parcialidad como el Decano
y los profesores de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad
citada.
Un
aleccionador libro que -simple coincidencia- ha desaparecido (1970) de
las Bibliotecas de muchos centros oficiales donde antes estaba.
Por
razones de espacio nos vemos obligados a publicar un extracto del mismo en
dos entregas sucesivas, que recogen los datos más interesantes sobre el tema.
Veamos qué dice:
La primera conclusión la que se llega,
apenas se recorren unos cuantos pueblos del territorio vasco, es la de
reconocer que el problema de esta región tiene caracteres peculiares
específicos, que obligan a analizarlo aparte y separarlo de las demás
regiones de la zona roja: este carácter distintivo de la zona vasca es debido
a la presencia de lo que ellos llaman nacionalismo y que debe llamarse, lisa y
llanamente, separatismo.
El separatismo vasco, que es una de las más
monstruosas aberraciones del espíritu humano, ha hecho posible el odio a
España en gente nacida en territorio español, ha unido al sedicente católico
con el sin-Dios, ha hecho posible la existencia de una parte inconsciente del clero regular y
secular que asistía impasible a la profanación de las iglesias y ha permitido
una desatada y especial propaganda que quería presentar al país vasco-separatista,
ante el extranjero, como un oasis de tranquilidad, respeto ideológico y
normalidad civil, frente a los desmanes anárquicos de las demás repúblicas
rojas.
La riqueza del País Vasco, sus relaciones
comerciales de índole internacional, favorecían la extensión de esta
propaganda; y todas las apariencias de normalidad que, inútilmente, querían
buscarse en el resto de la España roja, se afirmaban como existentes en Vasconia
y se pretendía, con ello, convencer al mundo de que Vasconia era el único rincón donde había un
Gobierno, se celebraba el culto normalmente y se vivía en un ambiente de
legalidad. Este era el carácter específico del problema vasco, esto es lo que
obliga a separarlo de todos los demás: la gran mentira euzkadiana que se
desenmascara con la presente información, en la que resalta claramente la
criminal falsedad de cuanto afirmaba la propaganda vasca.
Su punto neurálgico, la normalidad
religiosa, es plena y absolutamente falso. En la provincia de Vizcaya, sede del
separatismo, han sido profanadas el 90 por ciento de las iglesias, ermitas y
conventos; ha sido regla general, como puede deducirse de la lectura de las
actas, el establecer en ellas cuarteles, parques de intendencia, depósitos de
municiones, refugios para los huidos, etc. Como consecuencia natural, quedaba
suprimido el culto, habiendo lugares en los que esta supresión ha durado todo
el tiempo de la dominación roja, y como los ocupantes de los lugares sagrados,
que unas veces eran separatistas y otras comunistas, socialistas o
anarquistas, no tenían ningún respeto a los objetos religiosos, han dejado en
los lugares ocupados la más patentes huellas de su salvajismo y arreligiosidad.
Ha sido frecuente la destrucción, mutilación o quema de imágenes, el
fusilamiento de las mismas o de cuadros religiosos, la destrucción de altares,
violación de sagrarios, rotura de órganos y destrozo de mobiliario. No
contentos con esto, se ha hecho burla sacrílega de actos y ceremonias de la
religión católica, revistiéndose con ornamentos sagrados, profanando vasos
sagrados, celebrando parodias de procesiones y matrimonios, conviviendo
milicianos y milicianas en el interior de los templos y convirtiéndolos, más
de una ocasión, en salones de baile y prostíbulos, en los que todo desmán era
permitido.
Cuando el avance victorioso de nuestros
soldados les obligaba a retirarse, dejaban los lugares santos, en el mejor de
los casos, convertidos en estercoleros, llenos de inmundicia y destrozos,
pero si tenían tiempo –y, desgraciadamente, lo tuvieron en muchas ocasiones-
incendiaban el templo o convento que habían ocupado, sin pensar en el valor
material o artístico, a veces único, de los objetos que, con aquel incendio,
se destruían. Elocuentes son las fotografías recogidas, pero quizás entre todas
ellas sean las que más impresionen aquellas de monumentos bárbaramente
destruidos por la dinamita, que convertía instantáneamente la casa de Dios en
un montón de ruinas.
Pero no era sólo la destrucción material,
sino que a ella ha ido paralela a la persecución personal. Unos 50 sacerdotes
han perecido asesinados en el feudo del que se calificaba “católico gobierno
de Vizcaya”, centenares de párrocos y coadjutores han tenido que buscar en la
fuga la seguridad de sus vidas; la totalidad del clero, salvo una
insignificante minoría y ésta por sus ideas separatistas, ha tenido que abandonar
las ropas talares por el peligro que su uso representaba; no se tocaban
campanas ni se celebraban entierros católicos, ni se administraban,
públicamente, los sacramentos; en los pueblos donde se pudo celebrar culto alguna
temporada era éste restringido, anormal, sin predicaciones, reducido a
escasas misas de primera hora y con asistencia de los pocos fieles que se
atrevían a desafiar las burlas o amenazas de los milicianos dominadores.
Y en Bilbao, en la propia capital que, fácilmente,
podía recorrer el fugaz presidente de la diminuta república vasca, fue
incendiada la iglesia de las Concepcionistas, ocupados y profanados todos los
conventos, asesinados gran número de sacerdotes, mientras otros se hallaban
en las cárceles por el solo delito de serlo. Cierto que había culto en las
iglesias, pero esta era la gran farsa de la apariencia ante el extranjero,
culto limitado en la mayoría de ellas, si se exceptúa alguna como la de los
Santos Juanes, con su clero separatista; sacerdotes de seglar, sacramentos en
secreto, silencio en las campanas, supresión de sermones, huida de sacerdotes,
amenazas a los fieles, espionaje en las iglesias hábilmente disfrazado de
guardia protectora: esta era la vida religiosa de la capital. En la misma
basílica de Begoña, tan identificada con el sentimiento religioso del pueblo
bilbaíno, se robaron joyas, se destrozaron vasos y ornamentos, se profanó el
templo y se destrozaron y pisotearon dos copones llenos de Sagradas Formas. Esta
era la “normalidad” religiosa que se disfrutaba en los dominios del llamado Gobierno
de Vizcaya.
También se intentó paralizar totalmente la
riqueza industrial de la región mediante el desmonte y traslado de la
maquinaria y el incendio de fábricas y talleres, pero, afortunadamente, el
avance de nuestro invencible Ejército fue más rápido que la retirada
separatista y buena parte de esa maquinaria ha sido recuperada en Bilbao. Lo que
no puede recuperarse jamás es la riqueza de aquellos pueblos como Irún, Eibar,
Munguía, Amorebieta y otros, que fueron víctimas escogidas de la barbarie
rojo-separatista y perecieron destruidos con el metódico empleo de la
gasolina y la dinamita y con el evidente propósito de que, al ser perdidos
por “Euzkadi” no fuesen recogidos por España. También nuestro propio avance
pudo evitar que se repitiesen tales destrozos colectivos en otros lugares
como Ermua, Deusto y el mismo Bilbao, donde estaban preparadas las cargas que
habían de hacerlos saltar y se conservan aún las huellas de tan siniestros
propósitos.
Metódica ha sido también la destrucción de
las vías de comunicación: centenares de puentes volados, algunos tan valiosos
como los de la capital vizcaína, cuya voladura ni siquiera se disimuló con
una necesidad táctica de resistencia. Metódico el saqueo de las casas
particulares, en el que tomaron buena parte los elementos separatistas. Metódico
el pillaje de los bancos, con fractura de las cajas fuertes que constituían
lo más valioso del cargamento que llevaban hacia el extranjero los barcos
separatistas. Metódicas las matanzas en los barcos y cárceles, hechas con
anuncio previo y sin la menor sombra de resistencia por parte de la autoridad:
Ondarreta, Guadalupe, Angeles Custodios, Larrinaga, Galera, Cabo Quilates,
son nombres que, para vergüenza eterna irán siempre unidos al pretendido Gobierno
de Vizcaya. (…)
Pero es que no
han sido solamente los atropellos cometidos abiertamente, sin enmascararlos,
con la función del que se deleita en el daño realizado y esparce su huella,
con satisfacción insana, como firma y testimonio inconfundible de su autor. Más
peligrosos son aquellos desmanes en los que actúa el disimulo: aquellos en
que los verdugos intentan disfrazarse de víctimas, en que lloran,
hipócritamente sobre el efecto, sin que se atrevan a mostrar la causa que lo
produjo. Esos atropellos de refinada malicia, que en los mares se traducen
por el torpedeamiento de buques extranjeros en funciones de control, que son,
en los aires, agresiones a los aviones de países vecinos y originan, en la
tierra, los asaltos a las embajadas y los asesinatos de súbditos extranjeros,
todo ello bajo la máscara de la inocencia y la cobarde acusación contra
nuestras gloriosas y nobilísimas fuerzas; esas diabólicas y criminales farsas,
decimos, tienen también odiosa representación en el País vascongado con los dos
nombres que más ha trompeteado por el mundo la propaganda rojo-separatista:
Durango y Guernica. (…)
Léanse los
documentos que en esta información se aportan, contémplense detenidamente las
fotografías, calcúlese que aún existen centenares de pueblos en los que el
daño o saqueo, tan repetido, tan igual, no hizo precisa la redacción de
nuevas actas que hubieran hecho interminable la información y, después de
este examen, después de recibir las impresiones que tan a lo vivo conmovieron
a esta Comisión, nada más fácil que coincidir con ella en las tres
conclusiones que presenta como resumen de su viaje.
1ª
El pretendido “gobierno de Euzkadi” no era católico. ¿Qué importa
que su presidente acudiese, con ostentación, a ceremonias religiosas; que la
ínfima parte del clero separatista celebrase cultos pomposos en alguna
iglesia bilbaína y que el cadáver de algún “gudari” distinguido fuese enterrado
con solemnidad y gran profusión de máquinas y operadores cinematográficos? Esa
era la apariencia farsante que quería mostrarse al extranjero, pero ese mismo
presidente sabía que la Iglesia de Orduña, donde él hizo sus estudios y pasó
su adolescencia, había sido brutalmente profanada con destrozos, violaciones
y asesinatos; ese clero minúsculo que rehuía todo lo posible la ropa talar,
conocía la vida de sus compañeros, sus angustias en los escondrijos, sus
persecuciones, sus martirios; esos entierros, todo propaganda, contrastaban
con los del resto de la población católica, hechos en secreto, sin cruces,
sin ornamentos. Ese gobierno se unía con lo más encarnizados enemigos de la
religión católica y ocultaba y falseaba la voz de la Jerarquía eclesiástica,
cuando ésta tachaba de herética tan nefanda unión; ese gobierno permitía que
en la mayor parte de su territorio se viviese sin culto, se muriese sin
asistencia católica, desapareciesen los ministros del Señor y se destruyesen
los templos que el espíritu católico había levantado para su adoración. Son
demasiadas las profanaciones, los sacrilegios, las impiedades y los delitos
de todo orden sufridos por la Iglesia de Vizcaya, para que se pueda
justificar la conducta de su gobierno y, desgraciadamente, todo conduce a la misma
convicción: no era católico el pretendido gobierno de Vizcaya.
2ª
El “gobierno de Vizcaya” no era patriota. No hay que hablar de. patriotismo sano y
auténtico de la España una, grande y libre, que ha despertado pujante con el Movimiento
nacional y vencerá cuantos obstáculos se le opongan hasta encauzar a la Patria
por derroteros de Imperio; la misma falsa existencia del “gobierno de Euzkadi”
era incompatible con este patriotismo, demasiado grande para los dirigentes
vascos que, en un achicamiento inverosímil y suicida de los horizontes
nacionales y con una soberbia e ingratitud verdaderamente satánicas, se
enfrentaron como hijos desnaturalizados, con la Madre a la que debían sus
glorias pasadas. Pero es que ni siquiera eran patriotas de Vizcaya, ni
siquiera amaban la tierra que pretendían regir, pues, de lo contrario, nunca
hubieran permitido que se la aniquilase, que se destruyese su riqueza, que
desapareciese o disminuyese su tesoro artístico. Desde Irún, primera víctima
colectiva de la furia rojo-separatista, sabía el llamado “gobierno de Euzkadi”
lo que podía esperar de sus colaboradores y, al cabo de diez meses de guerra
continua, seguía aliado con ellos y había visto destruirse los mejores
pueblos de sus provincias. Los destrozos materiales, las enormes pérdidas
industriales y agrícolas, el empobrecimiento del comercio, los saqueos de
bancos, las penalidades de todo género sufridas por el pueblo vasco y que, en
su inmensa mayoría, podían haberse evitado, nos afirma decididamente en
nuestra segunda convicción: el “gobierno de Euzkadi” no era patriota.
3ª
El denominado “gobierno de Euzkadi” no era humano. Si el “gobierno
de Euzkadi” veía impasible el incendio de sus pueblos y la destrucción
metódica de su riquezas y vías de comunicación, podía, quizá, al alcanzar un
refugio en el extranjero, hablar de monstruosas tácticas de guerra en las que
se permitiese asolar regiones enteras para que nada pudiera aprovechar al
vencedor; pero en esas regiones, asoladas y empobrecidas, había seres humanos,
humildes habitantes de la región vasca ajenos a los complicados problemas de
Vizcaya y que sólo aspiraban a que se les dejase vivir en paz. La conducta
del gobierno de los gudaris y de sus aliados con los caseros vascos ha sido
de una falta de humanidad inconcebible: los incendios de caseríos, los robos
de ganados y enseres, las amenazas y violencias culminaron con la orden general
de evacuación y retirada para aquellos seres, ancianos en su mayoría, que
vivían más arraigados al propio terruño que sus mismos huertos. Esta
evacuación forzada, cruel e inhumana, que se extendía a aldeas, pueblos y
ciudades, que ha empobrecido o arruinado a millares de campesinos, que tenía
que hacerse con la amenaza de la pistola y entre el llanto de los forzados,
ha producido esa nota desoladora y triste que llenaba las carreteras vascas,
después de la conquista, de gentes que a pie, en carro o con caballerías, con
el pobre ajuar rescatado, volvían despacio a los rincones que les vieron
nacer con la esperanza de reconstituir una vida que nadie debió interrumpir.
Revista FUERZA NUEVA, nº 193, 19-Sep-1970
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