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martes, 17 de febrero de 2026

Contra la nueva y funesta colegialidad

 Artículo de 1970 

 MEDITACIÓN SOBRE EL PAPA

 (En el 50 aniversario de la ordenación sacerdotal de Pablo VI)

 En una de nuestros anteriores colaboraciones recordábamos las palabras proféticas del cardenal Bevilacqua: “El papa Montini está destinado a reinar en medio de los juicios contrastantes y la incomprensión de los contemporáneos”. Pero no sólo el papa Montini. Nadie está tan tremendamente sometido al juicio de la historia como un Papa, Vicario de Cristo en la tierra. Sobre él gravitan todas las fuerzas que agitan los movimientos de la cultura humana, para hundirle unas veces en el desprecio y la humillación, por parte de unos; para levantarle, otras, en la veneración y respeto sumos, por parte de otros. El Pontificado -por lo menos en la historia del occidente- es el pernio sobre el que se mueven los acontecimientos más “históricos”, quiero decir más humanos: religiosos, culturales y políticos.

 Desde que el edicto constantiniano, de principios del siglo IV, da libertad a la Iglesia de las catacumbas, el Papado cobra una significación definitiva en la historia del Occidente. Este Occidente cristiano que recoge la cultura clásica y la salva de las ruinas del Imperio romano, transmitiéndolo al medioevo. Que eleva al Pontificado a la gloria de los tiempos gregorianos. Que ocupa el centro mecenático de ese primer renacimiento espléndido del tiempo de Inocencio IV, coronado por las Universidades Escolásticas, por las figuras incomparables de los grandes maestros, y por el impulso auténticamente reformador de las Órdenes Mendicantes.

 Algo, sin embargo, se quebraba en aquel tardomedievo del siglo XIV, nominalista y conciliarista, que anuncia los desmoronamientos de los siglos XV y XVI. Y siempre la primera y fundamental razón la encontramos en un oscurecimiento del dogma básico eclesial sobre el primado romano. ElPapado está siempre ahí, en medio, discutido y defendido, vilipendiado y protegido, La revolución -¡que no “reforma”!- protestante, lo es principalmente porque el protestantismo (da igual luteranismo, calvinismo que anglicanismo) es la primera ofensiva en grande estilo para cambiar el centro religioso de gravitación del Occidente cristiano en una multitud periférica de puntos, de goznes enloquecidos.

 El Papado resiste. Y la contra-revolución-que no “contra-reforma”- católica erige de nuevo al Papado; y reúne en torno a él la pléyade de santos, de fundadores, de auténticos reformadores. La marea pasa dejando en pos de sí luengas tierras encharcadas. Y la luz de Cristo baña otras playas, llevadas por las carabelas de España. Finalmente, las revoluciones modernas toman, como uno de sus objetivos principales, el derrocamiento de la roca del Papa: galicanismo, iluminismo, revolución de la Bastilla. En 1870, el Vaticano Primero no sólo es la proclamación culminante de un dogma que destaca la posición única de base y punta del edificio jerárquico de la Iglesia; es también el anuncio escandaloso del principio de autoridad ante una época, el liberalismo revolucionario, que estaba minando los fundamentos de toda sociedad. No sería exagerado afirmar que la definición dogmática del Primado Romano retrasa en casi un siglo el triunfo de los movimientos nihilistas de la época.

 Y hoy ya, ¿qué significa el Papado a la historia contemporánea? En primer lugar, un lugar alto del espíritu hacia donde corren atemorizados los escasos valores humanos que aún están vivos: el sentido de la justicia, el derecho de gentes, la norma eterna de la moral natural. Porque, en una tierra dominada por el trust y por la Banca, y que sucumbe al epicureísmo más craso, hay alguien todavía que lanza el grito de la “Humanae vitae”, o de la “Pacem in Terris”; o se presenta audazmente en el ágora más impresionante de Nueva York, como la encarnación visible de la única posible “Política de Dios y Gobierno de Cristo”.

 No podemos darnos cuenta de esa fuerza inmanente y oculta que todavía representa para el mundo la situación del Papado católico. Y hasta hay momentos en que se piensa y se escribe con una absoluta falta de sentido histórico, que la influencia del Papado, en este mundo tecnológico y secularizado, no representa ya casi nada. El mundo inmaduro y niño del medioevo; el mundo adolescente y joven del renacimiento, podían mirar al Papado para protegerse con su tutela secular. Hoy nuestro mundo se considera adulto y orgulloso de su autonomía, reclama su herencia secular, y se va muy lejos de la casa del padre de familias.

 Pero hay más. Porque (“tercer punto” de nuestra meditación) ese mundo que se aleja de la colina vaticana: que quisiera perder de vista la cúpula escandalosa del Buonarotti, hoy es también una buena parte del mundo católico. Hoy los católicos vivimos bajo el signo de una “colegialidad” funesta. Esta, sin atreverse a una franca proclamación de galicanismo ochocentista, o de episcopalismo, está, de hecho, operando con una especie de obstinado “desgaste” y “deslustre” del Primado Romano, que obra como un líquido corrosivo sobre un metal precioso. El papado, con ello, está descendiendo vertiginosamente a ser una institución histórico humana, fruto de un juridicismo elaborado durante siglos por la tradición legalista romántica. En este caso, podrá ser, sí, una garantía externa de unión de todas las actividades eclesiales; pero, no ya, el “principio y fundamento” de que habla el Concilio Vaticano Primero.

 Un Primado “enervado” por una desconcertante colegialidad, es hoy naturalmente un “centralismo” molesto. Porque -en contra de todas las hipócritas afirmaciones- se le quiere pensar como un centro de coordinación de actividades, como una sala de recepciones, o-para decirlo con el Sínodo holandés-“el Papa, un presidente o secretario general de todas las iglesias”.Pierde, pues, el elemento de comunicación dinámica de la fuerza de comunión jerárquica. No es ya como una potente fuerza solar presente necesariamente en todas las manifestaciones térmicas de la Iglesia.

 Y con el declive “dogmático”, el Papado hoy sufre un tremendo declive “psicológico-afectivo”. Naturalmente no nos referimos a aquella sentimentalidad romántica que acompañaba al “Prisionero de Roma”, en la que hoy nadie puede ya pensar. Nos referimos a este clima de crítica a la persona del Papa que ha surgido como deporte de invierno para tantos teólogos sicofantes, para tantos periodistas católicos venales, para tantos laicos escritores de crónicas desaprensivas. ¿Cómo se ha podido llegar aquí? Nuestra meditación iría muy lejos... Pero una es la causa decisiva: ese declive dogmático incontenido hacia una colegialidad herética. Pueden, sí, existir otros factores temporales que aspan a la Iglesia de Dios, y aún a sus representantes supremos, con los estigmas de una temporalidad irreversible. Pero, diríamos, nadie hoy tiene perspectiva histórica suficiente para erigirse en juez de la historia contemporánea del Papado.

 Santo Padre, Pablo VI: en esta angustia que atraviesa tu corazón de padre, en el momento preciso de tu devotísimo cincuentenario, ungido sacerdote del Señor, estamos junto a ti; porque “donde está Pedro allí está la Iglesia”.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº178,6-Jun-1970 


sábado, 14 de febrero de 2026

Trampas religiosas del “Trasvase Ideológico Inadvertido”

 Artículo de 1967

  EL TRASVASE SIMBÓLICO DE LAS FIESTAS (1)

 En un estudio que alcanza la difusión internacional, «El Trasvase Ideológico Inadvertido y el Diálogo», el pensador contrarrevolucionario Plinio Correa de Oliveira ha desenmascarado un proceso psicológico contemporáneo tan sutil como venenoso. Consiste en actuar sobre el espíritu de otro, llevándole a mudar de ideología sin que se aperciba. Sus más importantes etapas son:

 a) Encontrar en el sistema ideológico actualmente aceptado por el paciente puntos de afinidad con el sistema ideológico del que se desea imbuirle.

 b) Supervalorar doctrinaria y pasionalmente esos puntos de afinidad, de tal manera que el paciente acabe por colocarlos encima de todos los otros valores ideológicos que admite.

 c) Atenuar, tanto como fuere posible en la mentalidad del paciente, la adhesión a los principios doctrinarios que actualmente acepta y que sean inconciliables con la ideología de la cual se quiere impregnarle.

 Un rasgo de la fisonomía de los españoles es que aquí resolvemos los problemas religiosos y políticos que afectan a todo el mundo con una cantidad mínima de literatura y aun ésta, de pocas pretensiones doctrinales y sin calidad filosófica; al revés que en algunos países próximos, donde los excelentes trabajos doctrinales florecen y emergen entre la maleza comunista. De no ser por esta condición nuestra, de España hubiera salido un trabajo similar en alcance e importancia al de Correa, y afín y precursor del suyo, sobre el trasvase simbólico de las fiestas litúrgicas.

 Porque aquí padecimos un caso de éstos. El de «El Día de la Madre», que se superpuso a la festividad de la Inmaculada. De todos es sabido el proceso psicológico que acompañó a esta duplicidad: la atención de las masas de la Iglesia de los pobres, se fue desplazando del culto a la Santísima Virgen hacia el festejo familiar, hasta amenazar muy seriamente al primero. Sólo entonces, grandes sectores del clero y de los religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza aceptaron la maniobra de desglose de las dos fiestas, con la cual no se remedian los estragos ya causados ni se borra una cierta estela que los prolonga aun así. Pero aún antes de que el trasvase llegara a levantar un clamor de indignación del pueblo cristiano, muchos sacerdotes y religiosos y religiosas no sólo no vieron temprana y oportunamente el engaño sino que colaboraron con él, en su establecimiento, primero, y en su disimulo, después, durante demasiado tiempo.

 La circunstancia de contarme entre los primeros católicos seglares que desenmascararon aquel mal, al precio de amargas controversias con no pocos sacerdotes, me da fortaleza para avisar de otro trasvase ideológico que ha iniciado su desarrollo de acuerdo con el esquema de Correa, al principio citado. Se ha iniciado la sustitución de la mentalidad de Lepanto por la mentalidad de la ONU. El trasvase entre los lemas que puso San Agustín al frente de las dos ciudades: del «Amor a Dios hasta el desprecio del hombre», que es fiel reflejo de la guerra santa (Lepanto en nuestro caso), al otro lema de «Amor al hombre hasta el desprecio de Dios», que con muchas salvedades respecto de su primera parte, podríamos reconocer como eje ideológico de las Naciones Unidas.

 El trasvase, como es preceptivo para que resulte inadvertido, se ha iniciado, como siempre, muy bien: con el rezo del santo rosario que hemos hecho el pasado día 4 de octubre por filial obediencia a Su Santidad el Papa Pablo VI, para pedir por la paz del mundo. No se ha escogido para ello la inmediata festividad de la Virgen del Rosario, sino el aniversario del viaje de Su Santidad a la ONU. De manera que con tres días de separación, quedan estrechamente avecindados dos binomios semejantes; semejanza y proximidad propicios para un «Trasvase simbólico inadvertido» que pase luego a ser un trasvase ideológico ostensible y grave.

 Los dos binomios son:

1.°) Un Papa, San Pío V, establece la festividad de Nuestra Señora del Rosario en conmemoración de una victoria militar cristiana. Lepanto.

2.°) Otro Papa, Pablo VI, establece—¿sólo por este año?— un día del rezo del santo rosario por la paz en conmemoración de su visita a la ONU. Si se estableciera la costumbre de conmemorar anualmente esa visita, como alguien ha propuesto, con el rezo del rosario por intenciones políticas, se iría labrando un cauce de trasvase de la siguiente manera: Batalla de Lepanto, primitiva festividad de Nuestra Señora del Rosario, jornada del rosario por la paz, conmemoración de la visita a la ONU y supuesta aceptación de ésta. Este cauce sería recorrido de la siguiente manera: el recuerdo del triunfo cristiano de Lepanto es víctima de una conspiración de silencio, olvido y descrédito, con omisión de su conmemoración, devolución de sus trofeos, acusaciones de triunfalismo, constantinismo, militarismo, etc.

 3.°) Su correlativa festividad del rosario quedaría desencarnada e intemporal, sin significación concreta.

 4.°) Nada más efectista y tentador entonces que darle un nuevo arraigo comprensible por las masas. Con ello, la versión tradicional de la festividad del rosario quedaría en situación competitiva con esta otra, tan próxima, de un día de rezo del rosario a la intención de problemas humanos variantes cada año, fácilmente aceptados y estimados por estas gentes sencillas.

 5.°) El desplazamiento de la atención de éstas hacia la conmemoración de la visita de Pablo VI a la ONU se operaría por ser la única explicación de que esas rogativas no se hicieran el día, tan cercano, de la Virgen del Rosario, y también por el contraste entre la variación anual de las intenciones y la permanencia de la conmemoración de la visita.

 6.°) Esta visita del Papa a la ONU no será considerada como una imitación del «Alter Christus» a las visitas de Cristo a los pecadores, ni se repetirán las salvedades y consejos con que el Papa rodeó sus palabras de cortesía a esa Asamblea, sino que se derivará a la creencia popular de que la ONU es una entidad cristiana, cuyos criterios deben ser aceptados por los católicos.

 Un análisis de los principales periódicos y revistas de esos días, del espacio y comentarios dedicados a cada uno de los puntos enunciados o de sus omisiones, muestra que el trasvase que denuncio está más adelantado de lo que a primera vista se puede suponer. Por ello creo que debemos afirmar las siguientes conclusiones:

 1. °) Proclamar en todo tiempo y lugar nuestra filial devoción al Vicario de Cristo en la Tierra, tanto más cuanto más usemos sus propias concesiones y enseñanzas de opinar según nuestra recta conciencia en cuestiones opinables. No siempre es imposible separar el magisterio espiritual del Vicario de Cristo de la política exterior del Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano. Esto le entendieron muy bien muchos Reyes de España.

 2. °) Debemos participar devotamente en todas las campañas de oraciones que se propongan en cualesquiera fechas y circunstancias e intenciones.

 3. °) Debemos celebrar espléndidamente la festividad de Nuestra Señora del Rosario y la gran victoria cristiana de Lepanto.

 4. °) Debemos seguir proclamando que la O. N. U., en su versión actual, es tan peligrosa para la cristiandad como cuando estableció el bloqueo diplomático contra España por odio a nuestra fe.

 P. ECHANIZ


  Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967

 

jueves, 12 de febrero de 2026

Blas Piñar contra la Constitución (1)

 Artículo de 1979

 Blas Piñar en Palma de Mallorca

 (Discurso pronunciado por Blas Piñar el 24 de noviembre de 1978 en la Sala Magna del Palacio de Congresos del Pueblo Español de Palma de Mallorca)

 (…) Hoy, a la altura de 1978, volvemos a reunirnos en Mallorca. En este día, que fue de San Juan de la Cruz, España atraviesa su noche oscura. Un frío estremecimiento de pavor y de ira santa nos sacude al contemplar la tiniebla que nos envuelve y la confusión íntima que a muchos embarga. La noche oscura de los místicos arranca de la noche oscura del Calvario, porque sólo cuando Dios muere en la Cruz, entre las ráfagas fugaces de los relámpagos, se divisa el velo que se rasga, la tierra que se abre y la nube densa que parece cerrarnos la puerta del Paraíso. (…)

 Hoy es de noche porque el mundo, y España ahora, vuelve a despreciar y a crucificar a Cristo. La llevamos a las afueras de Jerusalén, a extramuros de la comunidad política, al margen de la Constitución. El poder, la soberanía, la autoridad, la justicia no vienen de Ti. ¿Qué te habías creído? El supremo legislador somos nosotros, los hombres, el pueblo, la mayoría. Nada importan el derecho natural, los diez mandamientos, la Revelación. No te reconocemos como Creador, ni como Redentor, ni como Santificador. Te hemos destronado para ocupar tu puesto ¡Fuera de la ciudad, a extramuros, al Calvario, a la Cruz, a morir para siempre que no nos haces falta!

 ¿Que fundaste una Iglesia para continuar tu misión?, ¿que a Ella confiaste la plenitud de la verdad que salva, los medios de santificación, la autoridad…? Nada tengo que ver con eso.

 Tal es la Constitución que se nos ofrece.

 Art. 1º. 2

La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

 Art. 117

“La justicia emana del pueblo”.

 Art. 16º. 3

Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos mantendrán relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones religiosas”.

 De este modo la ley puede convertirse en instrumento de degradación, porque lo verdadero, lo bueno y lo justo se reconoce, no se crea.

 Es inútil construir sobre la arena o construir según el método de la Torre de Babel, pues “el que no recoge conmigo desparrama y “si el Señor no construye la casa en vano trabajan los que la edifican”.

 Decía Cicerón que “si los derechos se fundaran en la voluntad de los pueblos o en las decisiones de los príncipes o en las sentencias de los jueces, sería jurídico el robo, la falsificación, la suplantación de los testamentos, con tal que tenga a su favor los votos de la mayoría” y Rousseau afirmaba: “Lo grave no es que voten todos, sino que todo se someta a votación”.

 Por ello, la actitud de la Conferencia Episcopal es incomprensible, como lo fue la actitud del presidente de las Cortes (retirando el Crucifijo de su despacho). (…)

 No olvidéis las palabras del Maestro: “Al que no me confiese ante los hombres no le confesaré yo en el reino de los cielos”.

 El art. 2º del proyecto habla de la “indisoluble unidad de la nación española” (pero) reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades”.

 Pues bien, como hemos probado en diversas ocasiones, si España es una nación no consta de nacionalidades, y si existen nacionalidades, España no es una nación.

 Por otra parte, el Estado de nacionalidades autónomas conlleva, como es lógico, más impuestos y más burocracia, amén de las “policías”(art. 148.22) al servicio de los distintos gobiernos.

 El art. 39 reza así: “Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”.

 Pero la familia nace del matrimonio y se perfecciona con los hijos. Pues bien, el art. 32 dice que “la ley regulará las formas de matrimonio y las causas de disolución”; y el propio art. 39 establece la igualdad ante la ley de los hijos legítimos y de los ilegítimos, de la madre casada y de la soltera.

 El art. 15, por su parte, asegura que “todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que en ningún caso puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos degradantes. Queda abolida la pena de muerte”.

 Pero la abolición de la pena de muerte para el asesino deja sin protección la vida del inocente no nacido, y al no fijarse el momento en que comienza la vida puede ser legal el aborto.

 Dice el art.27 que se reconoce la libertad de enseñanza, pero que habrá -lo que parece contradictorio-:

1º una programación general de la misma:

2º una homologación estatal del sistema educativo

3º y sólo se ayudará a los centros docentes que reúnan los requisitos que la ley establezca.

 La libertad de cátedra proclamada en el art. 20, en la práctica, primará sobre el derecho de los padres a la formación de los hijos.

 Conforme al art.1º, se constituye un estado social: pero sólo los partidos políticos concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política, y no los Sindicatos. La “clase política” es lo que importa, por tanto, y no la “clase social”.

 El Estado, por añadidura, renuncia a ejercer la justicia en el campo social (huelga -art.28.2-).

 El art. 9 proclama el “principio de legalidad y jerarquía normativa” pero temas constitucionales como el de la mayoría de edad, el de los preautonomías y el de las demarcaciones judiciales, regulados antes de que la Constitución se apruebe, por simple decreto ley, vulneran como una profecía, ese principio tan enfáticamente proclamado.

 El Consejo del Poder Judicial, que el proyecto crea, es, por su composición y designación, un auténtico atentado a la independencia de la Magistratura y al sistema de diversidad de poderes, alumbrado por Montesquieu, en que se apoya la democracia liberal. (…)

 El art. 33 reconoce la propiedad privada, pero, al mismo tiempo, y sin garantía de ninguna clase, su delimitación de acuerdo con las leyes.

 El art. 38 admite la empresa privada, pero también su planificación.

 La libertad de información (art. 20) se garantiza, pero los medios de comunicación de los poderes públicos se ponen bajo control parlamentario, estableciendo que sólo los grupos sociales y políticos significativos podrán acceder a ellos. ¿Y qué se entiende por significativos?, ¿quién otorga esa veleidosa a calificación?

 ****

Todo en la Constitución -menos su agnosticismo y su ataque a la unidad de la nación y su propósito de deshacer la familia- es ambiguo o contradictorio.

 Ante la Constitución no cabe, a nuestro modo de ver, ni el “Sí” ni la abstención. Sólo cabe una postura gallarda: pronunciarse en términos negativos.

 Aquí hemos venido para beber en la tradición milenaria que representan vuestros molinos: a ilusionarnos con la poesía de los almendros en flor, a descubrir en la hondura de la roca la sorpresa de los lagos ocultos, a recoger con las aspas de los molinos la última brisa de la tarde.

Que Fray Junípero y San Alonso Rodríguez y Santa Catalina Thomas nos ayuden. Seamos los españoles de hoy fieles como la palmera balear.

Revista FUERZA NUEVAnº 626, 6-Ene-1979 

 

martes, 10 de febrero de 2026

El doctor Marañón: republicano desengañado

 Artículo de 1970

 El doctor Marañón y la repetición de anacronismos 

 (…) En 1930, el doctor Marañón tuvo un papel decisivo. El nombre del doctor Gregorio Marañón encabeza el manifiesto de la “Agrupación al Servicio de la República”, publicado en “El Sol”, el 9 de febrero de 1931. Marañón se ufanaba de la erosión con que los intelectuales estaban carcomiendo la débil monarquía liberal. En el domicilio del doctor Marañón, Romanones y Alcalá-Zamora pactaron la entrega de la monarquía al comité revolucionario. Marañón tenía, por tanto, unas credenciales de republicanismo indiscutible.

 Pero llegó 1936. Entonces Gregorio Marañón, desgarrado ante el hundimiento total de España y ante la entrega de la misma a la URSS, en “La Nación”, de Buenos Aires, el 3 de enero de 1938, y en el número del 15 de diciembre de 1937, en “La Revue” de París, publicó el ensayo “Liberalismo y Comunismo”, sintetizando en el mismo sus “reflexiones sobre la revolución española”. 

¿Es exagerado hablar del peligro comunista?

 Cuando se hace presentir la concatenación que ciertas ideologías de neoliberales tienen, como de causa a efecto, con el comunismo en España, algunas con sonrisa y desdén de superhombres, piensan o dicen que se exagera. Esto, en 1931, era mucho más fácil y justificable poderlo afirmar. No obstante, señala y dictamina el doctor Marañón:

 En la misma caída de la Monarquía y el rendimiento de la República, la influencia visible del comunismo fue muy escasa. Si se repasa la propaganda, muy activa y violenta, que procedió a las elecciones de abril del año 1931 (las que ocasionaron el cambio de régimen), apenas se encontrará en ellas rastros de comunismo. Creo que este nombre no se pronunció una sola vez en el mitin de la plaza de toros que precedió en pocos días a la votación de Madrid y que la decidió a favor de las izquierdas. Cuando aquella noche leyó los discursos uno de los ministros del Gobierno monárquico hizo el comentario de que la mayoría de ellos habían sido más templados que cualquiera de los que se pronunciaron veinte años más atrás con ocasión de los sucesos de Barcelona, por los hombres liberales, gubernamentales y monárquicos.

 Esta misma impresión se recoge de las “Memorias” del que era entonces director de Seguridad de Madrid, el general Mola, que habían alcanzar, andando los años, tan alta celebridad. Idéntica falta de preocupación directamente comunista se refleja, dentro de la conciencia de gravedad de la situación,en las conversaciones de los últimos gobernantes de la Monarquía, con varios de los cuales nos unía una estrecha amistad personal.

 Sin embargo, la campaña de los partidos y de la Prensa de la derecha anunciaba una serie de catástrofes si el movimiento republicano triunfaba,a pesar de su carácter pacífico y de que sus principales jefes eran hombres moderados, liberales, muchos, inclusive,sin tradición republicana; entre ellos el propio señor Azaña. Ahora sería arbitrario discurrir sobre lo que hubiera sucedido de no sobrevenir el advenimiento de la República, suceso que en aquellas circunstancias era, a mi juicio, inevitable; y lo prueba la absoluta naturalidad con que ocurrió.

 En la historia hay una cosa absolutamente prohibida: el juzgar lo que hubiera sucedido de no haber sucedido lo que sucedió. Mas lo que no admite duda es que las profecías de la derechas extremas y monárquicas, que se oponían a la República, se realizaron por completo: desorden continuo, huelgas inmotivadas, quema de conventos, persecución religiosa, exclusión del poder de los liberales que habían patrocinado el movimiento y que no se prestaron a la política de clases; negativa a admitir en la normalidad a las gentes de derecha que de buena fe acataron al régimen, aunque como es natural, no se sentían inflamadas de republicanismo extremista.

 El liberal oyó estas profecías con desprecio suicida. Sería hoy faltar inútilmente a una verdad elemental el  ocultarlo. Varios siglos de éxito en la gobernación de los pueblos -algunos aún no extinguidos- como los de las democracias inglesa y norteamericana- habían dado al liberal una excesiva, a veces petulante, confianza en su superioridad.  La casi totalidad de las estatuas que en las calles de Europa y América enseñan a las gentes el culto de los grandes hombres tienen escrito en su zócalo el nombre de un liberal. Cualquiera que sea el porvenir político de España, no cabe duda que en esta fase de su historia fue el reaccionario y no el liberal, acostumbrado a vencer,el que acertó.

 Pero aún estas previsiones pesimistas se fundaban en la intervención de fuerzas ocultas, como el judaísmo y la francmasonería, más que en la acción comunista directa, que parecía hasta a los más suspicaces teórica, o, por lo menos, muy remota”.

 También el doctor Marañón se equivocó

 Si al doctor Marañón se le escapó el peligro comunista, hasta cierto punto, era explicable para un español de su ideología en 1931. En España no habíamos tenido todavía una experiencia en nuestra propia carne. Pero a pesar de que los efectivos comunistas en aquella época eran minúsculos, ya pronto se dio a conocer cuál era el resorte efectivo de aquella República que se prometía democrática y avanzada.

 El doctor Gregorio Marañón, en pleno fragor de las armas, de las víctimas y de la ruina de España, supo examinar concienzudamente los gravísimos defectos del liberalismo, del que él mismo siempre se había profesado expositor y partidario fanático. En la hora de la verdad, tras sus graves equivocaciones, tan fatales para España, honradamente supo confesar y denunciar las contradicciones y cegueras de su liberalismo.

 El doctor Marañón afirmaba que “en política, el único mecanismo psicológico del cambio es la conversión, nunca el convencimiento. Y debe siempre sospecharse del que cambia porque dice que se ha convencido”. Bien, pero eso será en el orden individual. La sociedad y el Estado no pueden permitir que impunemente se preparen nuevos fosos y caos a plazo fijo porque cierto resentidos no se convencen…

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº177, 30-May-1970

 

domingo, 8 de febrero de 2026

El derecho al alzamiento de la nación en armas

 Artículo de 1967

 EL DERECHO AL ALZAMIENTO DE LA  NACIÓN  EN ARMAS

 Ni siquiera el escaso mérito de la novedad tiene la actual maniobra del comunismo y de la masonería para congelar a los católicos que reaccionan contra su imperio, mediante la propaganda pacifista desde sus propias filas. Esto mismo de ahora también ocurrió cuando la Segunda República.

 Del retraso en la salvación de España de aquel peligro, y de la magnitud que, por el retraso, tomó la empresa fueron responsables los católicos que trataban de disuadir a otros católicos de recurrir al único medio eficaz: a las armas. El grupo laicista, democrático y extranjerizante de «El Debate», no cesaba de trabajar por la capitulación incondicional de los católicos. Frente a él, el Magistral de la catedral de Salamanca, don Aniceto de Castro Albarrán, escribió un libro titulado «El Derecho a la Rebeldía», que resumía la doctrina católica acerca de la licitud de la violencia. Dos años tardó en ver la luz; dos años de guerra entre bastidores entre el equipo de don Angel Herrera y el grupo de «Acción Española». Dos años de retraso en liberar de errores a muchos de los que podían salvar a España.

 En última instancia, llegó el asunto al Cardenal Primado, Dr. Gomá. Le visitó, para urgirle a la aprobación del libro, el grupo dirigente de «Acción Española» presidido por don Ramiro de Maeztu; contestó el Cardenal que teólogos importantes le habían dicho que no hallaban reparos y que la única duda que quedaba por aclarar era la cuestión de la oportunidad de su publicación. El más joven del grupo visitante le replicó que la duda en materia de oportunidad era insuficiente para continuar reteniendo el libro, porque en materia de oportunidades lo que es inoportuno para un bando es oportuno para otro. Ante este argumento dio el Cardenal por terminada su gestión y el libro apareció inmediatamente. Era el año de 1934. 

No faltaron los casos—cuenta el autor en el prólogo de las ediciones de posguerra—, de rectos y prestigiosos militares que, en los días de la gestación del Movimiento, se resistían a comprometerse en la insurrección, por razones morales; pero que no dudaron en dar luego su nombre, dispuestos a dar también la vida, cuando alguien, con «El Derecho a la Rebeldía» en la mano, les convenció que podían hacerlo con absoluta tranquilidad de conciencia.»

 Dos años después, los hechos señalaban este libro como piedra sillar de la Reconquista de España para la Iglesia, y se reeditó, cuatro veces, con el título de «El Derecho al Alzamiento». Ahí está, con censura eclesiástica, como síntesis de la perenne doctrina que fue raíz y bandera de la Cruzada Española, y podrá ser siempre para otros pueblos, cuando se hallen en circunstancias parecidas, raíz y bandera de parecidos Movimientos Nacionales.

 Como modesto homenaje al Ejército Español, que tiene en él el respaldo teológico de su gesta de 1936-1939, y para confortar a los pusilánimes que se quedan petrificados ante las campañas pacifistas, transcribiremos algunos de sus mejores párrafos; el carácter de guerra civil que da el comunismo a sus conquistas internacionales y la superposición de esta a las guerras clásicas, les da un interés más general que el que al principio tuvieron.


 LA MORAL DE LA FUERZA.—

No hace mucho que un grupo internacional de teólogos firmó un dictamen, en el que se declaraba inmoral la guerra ofensiva de los Estados y aún la simplemente defensiva. Esta tan grave resolución, apoyábanla sus autores en el hecho de que, actualmente, la guerra, con el bárbaro progreso de su técnica, ha dejado de ser un medio proporcionado al fin. Y en la existencia de un organismo internacional —la Sociedad de Naciones—, cuyo fallo es suficiente para dirimir las contiendas internacionales y para vindicar el derecho de cualquier Estado, tal vez injustamente agredido.

 De admitirse este dictamen, no faltaría quien pretendiese extenderlo a los conflictos internos, intra-nacionales, entre los pueblos oprimidos y los poderes tiranos.

 Pero nos atrevemos a asegurar—a pesar de la autoridad de los teólogos firmantes del dictamen—que ni todos, ni la mayor parte de los moralistas participarían, hoy todavía, de tan encantador optimismo. Es demasiada esa fe en la virtualidad del organismo de Ginebra o en la de otro parecido. Tributamos, pues, un aplauso a la noble aspiración—bello ideal—del documento, pero seguimos creyendo en la triste necesidad que ha obligado a los teólogos y juristas de todos los tiempos a sostener la licitud de la guerra. Y más de la guerra defensiva.

 Es doctrina de Suárez que la guerra de la república contra el tirano, para ser honesta, debe tener las condiciones de la guerra justa, que son:

 1.ª Que el recurso de las armas sea un medio necesario. Antes de acudir a él es preciso ensayar los otros géneros de resistencia, los medios legales, la resistencia pasiva, la resistencia civil, apelación a tribunales internacionales. Pero no se ha de eximir este ensayo de una manera absoluta. Basta que sea manifiesta la inutilidad de tales esfuerzos. Entonces sería ridículo retrasar la verdadera resistencia hasta agotar, uno por uno, los recursos pacíficos.

 2.ª Que haya sólida esperanza de un éxito favorable. No son lícitas las aventuras, a tontas y a locas.

 3.ª Que los bienes probables compensen los daños, que seguramente acarrearía el empleo de la violencia. A este propósito recordaremos lo que decíamos al hablar de la legitimación de los poderes de hecho: que la simple vindicación del derecho atropellado, debe también considerarse como un bien de la sociedad.

 4.ª Que no haya exceso en el modo. Claro que, desbordado el torrente, no es posible reglamentar minuciosamente la inundación.

 5.ª Que la tiranía, a la cual se resiste, sea cierta y manifiesta. Hay que evitar alucinaciones. Por esto, no es suficiente el juicio particular de un individuo o de un grupo. Es preciso que la voz común del pueblo—los más y los mejores— denuncie la tiranía. En caso de duda, la presunción favorece a la autoridad.

 6.ª Que la resistencia se oponga en el acto de la agresión.


 LA GUERRA CONTRA EL PODER ILEGITIMO

A un enemigo que hace la guerra no está prohibido responderle con la guerra. «Así como el soberano—escribe don Enrique Gil Robles (padre de don José María, en su «Tratado de Derecho Político»— está en el deber y el derecho de rechazar al invasor o al rebelde, al primero, porque atenta a la nacionalidad, por lo menos, y al segundo, porque ataca al orden jurídico y político; así, una vez la usurpación avanzada o triunfante, no se merman, cambian ni alteran aquel derecho y aquel deber en presencia del hecho consumado injusto. A raíz de él, y en lo sucesivo, mientras no sea más que hecho, la reivindicación de la soberanía tiene el mismo título que la posesión y el ejercicio de ella, y la justicia del fin y de los medios no reconoce más límite que la prudencia de no causar mayores daños, por la cuantía o la duración, que el de la usurpación triunfante. Por regla general, la acción armada, y aun la civil contienda, no puede considerarse mal mayor; son per se un medio necesario, aunque doloroso, de coacción legítima, puesta al servicio del derecho.»

 «Para rechazar la usurpación—sigue don Enrique Gil Robles—o para reivindicar la soberanía, en las condiciones expresadas en los anteriores párrafos, la sociedad, en general, está obligada a cooperar, con acción pacífica o armada, regida por-la justicia, prudencia y demás virtudes: el militar, como tal, y el hombre civil, según su estado y las relaciones que, en virtud de él, le ligan a la patria y a su legitima soberanía, pudiendo haber ocasiones en que hasta a la cooperación guerrera se hallen obligados los aptos y los capaces.» Aun otro cualquiera, aunque no sea miembro de la nación usurpada, un individuo particular, o un Estado, puede ayudar a la resistencia contra el tirano. Esa ayuda sería un auxilio lícito, porque es lícito socorrer al inocente.


 ES LEGITIMA REBELDIA.—

La desobediencia a las leyes injustas de una autoridad, aun legítima.

La desobediencia a las leyes, aun justas, de un poder ilegítimo, mientras una razón de bien común no exija su cumplimiento.

La lucha legal, resistencia civil y aun resistencia armada—defensiva—contra la tiranía del soberano legítimo.

La violencia armada contra el poder usurpador.

El tiranicidio del tirano usurpador, llevado a cabo por la sociedad o por un particular, con autoridad pública.

Claro está que la licitud de estas rebeldías está condicionada a los requisitos que hemos ido exponiendo más arriba.

 

DOCTRINA SOBRE LA GUERRA. DE LOS OBISPOS ESPAÑOLES CON MOTIVO DE LA CRUZADA—

El Dr. Pla y Deniel, actual Cardenal Primado, era Obispo de Salamanca el 30 de septiembre de 1936; entonces escribió una pastoral en la que afirma: «Si en la sociedad hay que reconocer una potestad habitual o radical para cambiar un régimen cuando la paz y el orden social, suprema necesidad de las naciones, lo exija, es para Nos, clarísimo, el derecho de la sociedad no de promover arbitrarias y no justificadas sediciones, sino de derrocar un gobierno tiránico y gravemente perjudicial a la sociedad, por medios legales si es posible; pero, si no lo es, por un alzamiento armado. Esta es la doctrina claramente expuesta por dos santos doctores de la Iglesia: Santo Tomás de Aquino, Doctor el más autorizado de la Teología Católica, y por San Roberto Belarmino, y, junto con ellos, el Preclarísimo Doctor, el Eximio Francisco Suárez.»

 El Dr. Arce Ochotorena, Obispo de Zamora y más tarde Cardenal de Tarragona, escribió el 20 de enero de 1937 una instrucción Pastoral titulada «Consideraciones sobre la guerra», en la que asienta esta doctrina de carácter general: «Cuando (...) falta la paz en todas sus formas, en todas su facetas y en todas sus significaciones, la paz religiosa, ¿qué otro sentimiento más hondo, incoercible e imperioso puede sentir, una sociedad perfecta y soberana que el de reacción violenta, por la vía de las armas, para recuperarla?»

 Idénticas doctrinas proclaman el Sr. Arzobispo de Compostela en su Exhortación Pastoral de 15 de diciembre de 1936, y el Sr. Obispo de Madrid en su Pastoral «La Hora presente», de 27 de marzo de 1939. Y ésta es. finalmente, la moral que, con máxima discreción, insinúa todo el Episcopado Español en su Carta Colectiva de 1937:

 «Estos son los hechos. Cotéjense con la doctrina de Santo Tomás sobre el derecho a la resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en justo juicio. Nadie podrá negar que, al tiempo de estallar el conflicto, la misma existencia del bien común—la religión, la justicia, la paz—estaba gravemente comprometida, y que el conjunto de las autoridades sociales y de los hombres prudentes que constituyen el pueblo en su organización natural y en sus mejores elementos reconocían el público peligro. Cuanto a la tercera condición que requiere el Angélico, de la convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la dejamos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son contrarios.»


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967