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jueves, 12 de febrero de 2026

Blas Piñar contra la Constitución (1)

 Artículo de 1979

 Blas Piñar en Palma de Mallorca

 (Discurso pronunciado por Blas Piñar el 24 de noviembre de 1978 en la Sala Magna del Palacio de Congresos del Pueblo Español de Palma de Mallorca)

 (…) Hoy, a la altura de 1978, volvemos a reunirnos en Mallorca. En este día, que fue de San Juan de la Cruz, España atraviesa su noche oscura. Un frío estremecimiento de pavor y de ira santa nos sacude al contemplar la tiniebla que nos envuelve y la confusión íntima que a muchos embarga. La noche oscura de los místicos arranca de la noche oscura del Calvario, porque sólo cuando Dios muere en la Cruz, entre las ráfagas fugaces de los relámpagos, se divisa el velo que se rasga, la tierra que se abre y la nube densa que parece cerrarnos la puerta del Paraíso. (…)

 Hoy es de noche porque el mundo, y España ahora, vuelve a despreciar y a crucificar a Cristo. La llevamos a las afueras de Jerusalén, a extramuros de la comunidad política, al margen de la Constitución. El poder, la soberanía, la autoridad, la justicia no vienen de Ti. ¿Qué te habías creído? El supremo legislador somos nosotros, los hombres, el pueblo, la mayoría. Nada importan el derecho natural, los diez mandamientos, la Revelación. No te reconocemos como Creador, ni como Redentor, ni como Santificador. Te hemos destronado para ocupar tu puesto ¡Fuera de la ciudad, a extramuros, al Calvario, a la Cruz, a morir para siempre que no nos haces falta!

 ¿Que fundaste una Iglesia para continuar tu misión?, ¿que a Ella confiaste la plenitud de la verdad que salva, los medios de santificación, la autoridad…? Nada tengo que ver con eso.

 Tal es la Constitución que se nos ofrece.

 Art. 1º. 2

La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

 Art. 117

“La justicia emana del pueblo”.

 Art. 16º. 3

Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos mantendrán relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones religiosas”.

 De este modo la ley puede convertirse en instrumento de degradación, porque lo verdadero, lo bueno y lo justo se reconoce, no se crea.

 Es inútil construir sobre la arena o construir según el método de la Torre de Babel, pues “el que no recoge conmigo desparrama y “si el Señor no construye la casa en vano trabajan los que la edifican”.

 Decía Cicerón que “si los derechos se fundaran en la voluntad de los pueblos o en las decisiones de los príncipes o en las sentencias de los jueces, sería jurídico el robo, la falsificación, la suplantación de los testamentos, con tal que tenga a su favor los votos de la mayoría” y Rousseau afirmaba: “Lo grave no es que voten todos, sino que todo se someta a votación”.

 Por ello, la actitud de la Conferencia Episcopal es incomprensible, como lo fue la actitud del presidente de las Cortes (retirando el Crucifijo de su despacho). (…)

 No olvidéis las palabras del Maestro: “Al que no me confiese ante los hombres no le confesaré yo en el reino de los cielos”.

 El art. 2º del proyecto habla de la “indisoluble unidad de la nación española” (pero) reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades”.

 Pues bien, como hemos probado en diversas ocasiones, si España es una nación no consta de nacionalidades, y si existen nacionalidades, España no es una nación.

 Por otra parte, el Estado de nacionalidades autónomas conlleva, como es lógico, más impuestos y más burocracia, amén de las “policías”(art. 148.22) al servicio de los distintos gobiernos.

 El art. 39 reza así: “Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”.

 Pero la familia nace del matrimonio y se perfecciona con los hijos. Pues bien, el art. 32 dice que “la ley regulará las formas de matrimonio y las causas de disolución”; y el propio art. 39 establece la igualdad ante la ley de los hijos legítimos y de los ilegítimos, de la madre casada y de la soltera.

 El art. 15, por su parte, asegura que “todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que en ningún caso puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos degradantes. Queda abolida la pena de muerte”.

 Pero la abolición de la pena de muerte para el asesino deja sin protección la vida del inocente no nacido, y al no fijarse el momento en que comienza la vida puede ser legal el aborto.

 Dice el art.27 que se reconoce la libertad de enseñanza, pero que habrá -lo que parece contradictorio-:

1º una programación general de la misma:

2º una homologación estatal del sistema educativo

3º y sólo se ayudará a los centros docentes que reúnan los requisitos que la ley establezca.

 La libertad de cátedra proclamada en el art. 20, en la práctica, primará sobre el derecho de los padres a la formación de los hijos.

 Conforme al art.1º, se constituye un estado social: pero sólo los partidos políticos concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política, y no los Sindicatos. La “clase política” es lo que importa, por tanto, y no la “clase social”.

 El Estado, por añadidura, renuncia a ejercer la justicia en el campo social (huelga -art.28.2-).

 El art. 9 proclama el “principio de legalidad y jerarquía normativa” pero temas constitucionales como el de la mayoría de edad, el de los preautonomías y el de las demarcaciones judiciales, regulados antes de que la Constitución se apruebe, por simple decreto ley, vulneran como una profecía, ese principio tan enfáticamente proclamado.

 El Consejo del Poder Judicial, que el proyecto crea, es, por su composición y designación, un auténtico atentado a la independencia de la Magistratura y al sistema de diversidad de poderes, alumbrado por Montesquieu, en que se apoya la democracia liberal. (…)

 El art. 33 reconoce la propiedad privada, pero, al mismo tiempo, y sin garantía de ninguna clase, su delimitación de acuerdo con las leyes.

 El art. 38 admite la empresa privada, pero también su planificación.

 La libertad de información (art. 20) se garantiza, pero los medios de comunicación de los poderes públicos se ponen bajo control parlamentario, estableciendo que sólo los grupos sociales y políticos significativos podrán acceder a ellos. ¿Y qué se entiende por significativos?, ¿quién otorga esa veleidosa a calificación?

 ****

Todo en la Constitución -menos su agnosticismo y su ataque a la unidad de la nación y su propósito de deshacer la familia- es ambiguo o contradictorio.

 Ante la Constitución no cabe, a nuestro modo de ver, ni el “Sí” ni la abstención. Sólo cabe una postura gallarda: pronunciarse en términos negativos.

 Aquí hemos venido para beber en la tradición milenaria que representan vuestros molinos: a ilusionarnos con la poesía de los almendros en flor, a descubrir en la hondura de la roca la sorpresa de los lagos ocultos, a recoger con las aspas de los molinos la última brisa de la tarde.

Que Fray Junípero y San Alonso Rodríguez y Santa Catalina Thomas nos ayuden. Seamos los españoles de hoy fieles como la palmera balear.

Revista FUERZA NUEVAnº 626, 6-Ene-1979 

 

martes, 10 de febrero de 2026

El doctor Marañón: republicano desengañado

 Artículo de 1970

 El doctor Marañón y la repetición de anacronismos 

 (…) En 1930, el doctor Marañón tuvo un papel decisivo. El nombre del doctor Gregorio Marañón encabeza el manifiesto de la “Agrupación al Servicio de la República”, publicado en “El Sol”, el 9 de febrero de 1931. Marañón se ufanaba de la erosión con que los intelectuales estaban carcomiendo la débil monarquía liberal. En el domicilio del doctor Marañón, Romanones y Alcalá-Zamora pactaron la entrega de la monarquía al comité revolucionario. Marañón tenía, por tanto, unas credenciales de republicanismo indiscutible.

 Pero llegó 1936. Entonces Gregorio Marañón, desgarrado ante el hundimiento total de España y ante la entrega de la misma a la URSS, en “La Nación”, de Buenos Aires, el 3 de enero de 1938, y en el número del 15 de diciembre de 1937, en “La Revue” de París, publicó el ensayo “Liberalismo y Comunismo”, sintetizando en el mismo sus “reflexiones sobre la revolución española”. 

¿Es exagerado hablar del peligro comunista?

 Cuando se hace presentir la concatenación que ciertas ideologías de neoliberales tienen, como de causa a efecto, con el comunismo en España, algunas con sonrisa y desdén de superhombres, piensan o dicen que se exagera. Esto, en 1931, era mucho más fácil y justificable poderlo afirmar. No obstante, señala y dictamina el doctor Marañón:

 En la misma caída de la Monarquía y el rendimiento de la República, la influencia visible del comunismo fue muy escasa. Si se repasa la propaganda, muy activa y violenta, que procedió a las elecciones de abril del año 1931 (las que ocasionaron el cambio de régimen), apenas se encontrará en ellas rastros de comunismo. Creo que este nombre no se pronunció una sola vez en el mitin de la plaza de toros que precedió en pocos días a la votación de Madrid y que la decidió a favor de las izquierdas. Cuando aquella noche leyó los discursos uno de los ministros del Gobierno monárquico hizo el comentario de que la mayoría de ellos habían sido más templados que cualquiera de los que se pronunciaron veinte años más atrás con ocasión de los sucesos de Barcelona, por los hombres liberales, gubernamentales y monárquicos.

 Esta misma impresión se recoge de las “Memorias” del que era entonces director de Seguridad de Madrid, el general Mola, que habían alcanzar, andando los años, tan alta celebridad. Idéntica falta de preocupación directamente comunista se refleja, dentro de la conciencia de gravedad de la situación,en las conversaciones de los últimos gobernantes de la Monarquía, con varios de los cuales nos unía una estrecha amistad personal.

 Sin embargo, la campaña de los partidos y de la Prensa de la derecha anunciaba una serie de catástrofes si el movimiento republicano triunfaba,a pesar de su carácter pacífico y de que sus principales jefes eran hombres moderados, liberales, muchos, inclusive,sin tradición republicana; entre ellos el propio señor Azaña. Ahora sería arbitrario discurrir sobre lo que hubiera sucedido de no sobrevenir el advenimiento de la República, suceso que en aquellas circunstancias era, a mi juicio, inevitable; y lo prueba la absoluta naturalidad con que ocurrió.

 En la historia hay una cosa absolutamente prohibida: el juzgar lo que hubiera sucedido de no haber sucedido lo que sucedió. Mas lo que no admite duda es que las profecías de la derechas extremas y monárquicas, que se oponían a la República, se realizaron por completo: desorden continuo, huelgas inmotivadas, quema de conventos, persecución religiosa, exclusión del poder de los liberales que habían patrocinado el movimiento y que no se prestaron a la política de clases; negativa a admitir en la normalidad a las gentes de derecha que de buena fe acataron al régimen, aunque como es natural, no se sentían inflamadas de republicanismo extremista.

 El liberal oyó estas profecías con desprecio suicida. Sería hoy faltar inútilmente a una verdad elemental el  ocultarlo. Varios siglos de éxito en la gobernación de los pueblos -algunos aún no extinguidos- como los de las democracias inglesa y norteamericana- habían dado al liberal una excesiva, a veces petulante, confianza en su superioridad.  La casi totalidad de las estatuas que en las calles de Europa y América enseñan a las gentes el culto de los grandes hombres tienen escrito en su zócalo el nombre de un liberal. Cualquiera que sea el porvenir político de España, no cabe duda que en esta fase de su historia fue el reaccionario y no el liberal, acostumbrado a vencer,el que acertó.

 Pero aún estas previsiones pesimistas se fundaban en la intervención de fuerzas ocultas, como el judaísmo y la francmasonería, más que en la acción comunista directa, que parecía hasta a los más suspicaces teórica, o, por lo menos, muy remota”.

 También el doctor Marañón se equivocó

 Si al doctor Marañón se le escapó el peligro comunista, hasta cierto punto, era explicable para un español de su ideología en 1931. En España no habíamos tenido todavía una experiencia en nuestra propia carne. Pero a pesar de que los efectivos comunistas en aquella época eran minúsculos, ya pronto se dio a conocer cuál era el resorte efectivo de aquella República que se prometía democrática y avanzada.

 El doctor Gregorio Marañón, en pleno fragor de las armas, de las víctimas y de la ruina de España, supo examinar concienzudamente los gravísimos defectos del liberalismo, del que él mismo siempre se había profesado expositor y partidario fanático. En la hora de la verdad, tras sus graves equivocaciones, tan fatales para España, honradamente supo confesar y denunciar las contradicciones y cegueras de su liberalismo.

 El doctor Marañón afirmaba que “en política, el único mecanismo psicológico del cambio es la conversión, nunca el convencimiento. Y debe siempre sospecharse del que cambia porque dice que se ha convencido”. Bien, pero eso será en el orden individual. La sociedad y el Estado no pueden permitir que impunemente se preparen nuevos fosos y caos a plazo fijo porque cierto resentidos no se convencen…

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº177, 30-May-1970

 

domingo, 8 de febrero de 2026

El derecho al alzamiento de la nación en armas

 Artículo de 1967

 EL DERECHO AL ALZAMIENTO DE LA  NACIÓN  EN ARMAS

 Ni siquiera el escaso mérito de la novedad tiene la actual maniobra del comunismo y de la masonería para congelar a los católicos que reaccionan contra su imperio, mediante la propaganda pacifista desde sus propias filas. Esto mismo de ahora también ocurrió cuando la Segunda República.

 Del retraso en la salvación de España de aquel peligro, y de la magnitud que, por el retraso, tomó la empresa fueron responsables los católicos que trataban de disuadir a otros católicos de recurrir al único medio eficaz: a las armas. El grupo laicista, democrático y extranjerizante de «El Debate», no cesaba de trabajar por la capitulación incondicional de los católicos. Frente a él, el Magistral de la catedral de Salamanca, don Aniceto de Castro Albarrán, escribió un libro titulado «El Derecho a la Rebeldía», que resumía la doctrina católica acerca de la licitud de la violencia. Dos años tardó en ver la luz; dos años de guerra entre bastidores entre el equipo de don Angel Herrera y el grupo de «Acción Española». Dos años de retraso en liberar de errores a muchos de los que podían salvar a España.

 En última instancia, llegó el asunto al Cardenal Primado, Dr. Gomá. Le visitó, para urgirle a la aprobación del libro, el grupo dirigente de «Acción Española» presidido por don Ramiro de Maeztu; contestó el Cardenal que teólogos importantes le habían dicho que no hallaban reparos y que la única duda que quedaba por aclarar era la cuestión de la oportunidad de su publicación. El más joven del grupo visitante le replicó que la duda en materia de oportunidad era insuficiente para continuar reteniendo el libro, porque en materia de oportunidades lo que es inoportuno para un bando es oportuno para otro. Ante este argumento dio el Cardenal por terminada su gestión y el libro apareció inmediatamente. Era el año de 1934. 

No faltaron los casos—cuenta el autor en el prólogo de las ediciones de posguerra—, de rectos y prestigiosos militares que, en los días de la gestación del Movimiento, se resistían a comprometerse en la insurrección, por razones morales; pero que no dudaron en dar luego su nombre, dispuestos a dar también la vida, cuando alguien, con «El Derecho a la Rebeldía» en la mano, les convenció que podían hacerlo con absoluta tranquilidad de conciencia.»

 Dos años después, los hechos señalaban este libro como piedra sillar de la Reconquista de España para la Iglesia, y se reeditó, cuatro veces, con el título de «El Derecho al Alzamiento». Ahí está, con censura eclesiástica, como síntesis de la perenne doctrina que fue raíz y bandera de la Cruzada Española, y podrá ser siempre para otros pueblos, cuando se hallen en circunstancias parecidas, raíz y bandera de parecidos Movimientos Nacionales.

 Como modesto homenaje al Ejército Español, que tiene en él el respaldo teológico de su gesta de 1936-1939, y para confortar a los pusilánimes que se quedan petrificados ante las campañas pacifistas, transcribiremos algunos de sus mejores párrafos; el carácter de guerra civil que da el comunismo a sus conquistas internacionales y la superposición de esta a las guerras clásicas, les da un interés más general que el que al principio tuvieron.


 LA MORAL DE LA FUERZA.—

No hace mucho que un grupo internacional de teólogos firmó un dictamen, en el que se declaraba inmoral la guerra ofensiva de los Estados y aún la simplemente defensiva. Esta tan grave resolución, apoyábanla sus autores en el hecho de que, actualmente, la guerra, con el bárbaro progreso de su técnica, ha dejado de ser un medio proporcionado al fin. Y en la existencia de un organismo internacional —la Sociedad de Naciones—, cuyo fallo es suficiente para dirimir las contiendas internacionales y para vindicar el derecho de cualquier Estado, tal vez injustamente agredido.

 De admitirse este dictamen, no faltaría quien pretendiese extenderlo a los conflictos internos, intra-nacionales, entre los pueblos oprimidos y los poderes tiranos.

 Pero nos atrevemos a asegurar—a pesar de la autoridad de los teólogos firmantes del dictamen—que ni todos, ni la mayor parte de los moralistas participarían, hoy todavía, de tan encantador optimismo. Es demasiada esa fe en la virtualidad del organismo de Ginebra o en la de otro parecido. Tributamos, pues, un aplauso a la noble aspiración—bello ideal—del documento, pero seguimos creyendo en la triste necesidad que ha obligado a los teólogos y juristas de todos los tiempos a sostener la licitud de la guerra. Y más de la guerra defensiva.

 Es doctrina de Suárez que la guerra de la república contra el tirano, para ser honesta, debe tener las condiciones de la guerra justa, que son:

 1.ª Que el recurso de las armas sea un medio necesario. Antes de acudir a él es preciso ensayar los otros géneros de resistencia, los medios legales, la resistencia pasiva, la resistencia civil, apelación a tribunales internacionales. Pero no se ha de eximir este ensayo de una manera absoluta. Basta que sea manifiesta la inutilidad de tales esfuerzos. Entonces sería ridículo retrasar la verdadera resistencia hasta agotar, uno por uno, los recursos pacíficos.

 2.ª Que haya sólida esperanza de un éxito favorable. No son lícitas las aventuras, a tontas y a locas.

 3.ª Que los bienes probables compensen los daños, que seguramente acarrearía el empleo de la violencia. A este propósito recordaremos lo que decíamos al hablar de la legitimación de los poderes de hecho: que la simple vindicación del derecho atropellado, debe también considerarse como un bien de la sociedad.

 4.ª Que no haya exceso en el modo. Claro que, desbordado el torrente, no es posible reglamentar minuciosamente la inundación.

 5.ª Que la tiranía, a la cual se resiste, sea cierta y manifiesta. Hay que evitar alucinaciones. Por esto, no es suficiente el juicio particular de un individuo o de un grupo. Es preciso que la voz común del pueblo—los más y los mejores— denuncie la tiranía. En caso de duda, la presunción favorece a la autoridad.

 6.ª Que la resistencia se oponga en el acto de la agresión.


 LA GUERRA CONTRA EL PODER ILEGITIMO

A un enemigo que hace la guerra no está prohibido responderle con la guerra. «Así como el soberano—escribe don Enrique Gil Robles (padre de don José María, en su «Tratado de Derecho Político»— está en el deber y el derecho de rechazar al invasor o al rebelde, al primero, porque atenta a la nacionalidad, por lo menos, y al segundo, porque ataca al orden jurídico y político; así, una vez la usurpación avanzada o triunfante, no se merman, cambian ni alteran aquel derecho y aquel deber en presencia del hecho consumado injusto. A raíz de él, y en lo sucesivo, mientras no sea más que hecho, la reivindicación de la soberanía tiene el mismo título que la posesión y el ejercicio de ella, y la justicia del fin y de los medios no reconoce más límite que la prudencia de no causar mayores daños, por la cuantía o la duración, que el de la usurpación triunfante. Por regla general, la acción armada, y aun la civil contienda, no puede considerarse mal mayor; son per se un medio necesario, aunque doloroso, de coacción legítima, puesta al servicio del derecho.»

 «Para rechazar la usurpación—sigue don Enrique Gil Robles—o para reivindicar la soberanía, en las condiciones expresadas en los anteriores párrafos, la sociedad, en general, está obligada a cooperar, con acción pacífica o armada, regida por-la justicia, prudencia y demás virtudes: el militar, como tal, y el hombre civil, según su estado y las relaciones que, en virtud de él, le ligan a la patria y a su legitima soberanía, pudiendo haber ocasiones en que hasta a la cooperación guerrera se hallen obligados los aptos y los capaces.» Aun otro cualquiera, aunque no sea miembro de la nación usurpada, un individuo particular, o un Estado, puede ayudar a la resistencia contra el tirano. Esa ayuda sería un auxilio lícito, porque es lícito socorrer al inocente.


 ES LEGITIMA REBELDIA.—

La desobediencia a las leyes injustas de una autoridad, aun legítima.

La desobediencia a las leyes, aun justas, de un poder ilegítimo, mientras una razón de bien común no exija su cumplimiento.

La lucha legal, resistencia civil y aun resistencia armada—defensiva—contra la tiranía del soberano legítimo.

La violencia armada contra el poder usurpador.

El tiranicidio del tirano usurpador, llevado a cabo por la sociedad o por un particular, con autoridad pública.

Claro está que la licitud de estas rebeldías está condicionada a los requisitos que hemos ido exponiendo más arriba.

 

DOCTRINA SOBRE LA GUERRA. DE LOS OBISPOS ESPAÑOLES CON MOTIVO DE LA CRUZADA—

El Dr. Pla y Deniel, actual Cardenal Primado, era Obispo de Salamanca el 30 de septiembre de 1936; entonces escribió una pastoral en la que afirma: «Si en la sociedad hay que reconocer una potestad habitual o radical para cambiar un régimen cuando la paz y el orden social, suprema necesidad de las naciones, lo exija, es para Nos, clarísimo, el derecho de la sociedad no de promover arbitrarias y no justificadas sediciones, sino de derrocar un gobierno tiránico y gravemente perjudicial a la sociedad, por medios legales si es posible; pero, si no lo es, por un alzamiento armado. Esta es la doctrina claramente expuesta por dos santos doctores de la Iglesia: Santo Tomás de Aquino, Doctor el más autorizado de la Teología Católica, y por San Roberto Belarmino, y, junto con ellos, el Preclarísimo Doctor, el Eximio Francisco Suárez.»

 El Dr. Arce Ochotorena, Obispo de Zamora y más tarde Cardenal de Tarragona, escribió el 20 de enero de 1937 una instrucción Pastoral titulada «Consideraciones sobre la guerra», en la que asienta esta doctrina de carácter general: «Cuando (...) falta la paz en todas sus formas, en todas su facetas y en todas sus significaciones, la paz religiosa, ¿qué otro sentimiento más hondo, incoercible e imperioso puede sentir, una sociedad perfecta y soberana que el de reacción violenta, por la vía de las armas, para recuperarla?»

 Idénticas doctrinas proclaman el Sr. Arzobispo de Compostela en su Exhortación Pastoral de 15 de diciembre de 1936, y el Sr. Obispo de Madrid en su Pastoral «La Hora presente», de 27 de marzo de 1939. Y ésta es. finalmente, la moral que, con máxima discreción, insinúa todo el Episcopado Español en su Carta Colectiva de 1937:

 «Estos son los hechos. Cotéjense con la doctrina de Santo Tomás sobre el derecho a la resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en justo juicio. Nadie podrá negar que, al tiempo de estallar el conflicto, la misma existencia del bien común—la religión, la justicia, la paz—estaba gravemente comprometida, y que el conjunto de las autoridades sociales y de los hombres prudentes que constituyen el pueblo en su organización natural y en sus mejores elementos reconocían el público peligro. Cuanto a la tercera condición que requiere el Angélico, de la convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la dejamos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son contrarios.»


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967

 

jueves, 5 de febrero de 2026

La Constitución es atea

 Artículo de 1979

  La Constitución es atea 

(…) Al plantearse el problema del referéndum sobre la Constitución, surgió un clamor de orientación y consejo a la Conferencia Episcopal Española, presidida por el cardenal Tarancón. Pero el Pueblo de Dios ha sufrido una gran decepción, porque la Comisión Permanente de esa Conferencia ha dicho que “no puede dar ningún orientación y que voten según su conciencia”. ¡Valiente contestación! “Para ese viaje no necesitábamos alforjas”, exclama el pueblo llano. 

¿No saben los señores de la Comisión que la gran mayoría de los españoles no tiene idea formada ni saben dirimir lo que tiene de bueno y de malo la Constitución? Porque la mayoría no la lee, y si la lee no la entiende ¿Qué juicio se va a formar? Y de ahí se deduce otra consecuencia: que del referéndum no puede sacarse la conclusión de que el pueblo ha aprobado una constitución, ya que vota sobre lo que no sabe. Un voto en el vacío.

 *****

Vengamos ahora a lo que esa Constitución encierra con la religión. Aquí sí que se han oído cosas peregrinas y graciosas que harían reír si el problema no fuera tan serio. Según Tarancón, “no se pueden esgrimir razones religiosas para tomar una postura determinada” (“Carta cristiana”, 25-XI). Como si la Constitución se hubiese hecho para antropopitecos y no para seres racionales y, por añadidura, cristianos y católicos, en gran mayoría.

 Parece que la Constitución y la religión no tienen que ver nada una con otra, mientras aquélla no diga nada grave contra ésta. Pero estos señores sólo tienen en cuenta lo positivo, lo que dice. ¿Y lo que no dice y debiera decir? Saben ellos o deben saber mejor que nosotros, los no clérigos, que hay pecados de omisión. Y graves. El que no va a misa los domingos no hace nada positivo contra la Ley de Dios, y, sin embargo, peca mortalmente. Eso de evadirse de Dios, no citándole ni una sola vez en una ley fundamental para la vida de los cristianos españoles, no es importante? Y lo de abrir camino al aborto y al divorcio, ¿es cosa leve?

 Prescindir de Dios es un tipo de ateísmo que estudian los tratados de Teodicea, en dos de los cuales incide la tan jaleada ley fundamental: en el ateísmo práctico y en el político, que pueden reducirse a uno: a conducirse como si Dios no existiera: gobernar y dar leyes al margen de toda religión. Porque eso de citar a la religión católica una vez, equiparándola a los mormones o a los budistas, es peor que si no la citara nunca.

 Don José María Martín Patino, provicario del Arzobispado de Madrid, distingue entre “laico” y “ateo”. Yo entiendo que el laicismo equivale al ateísmo práctico. Xavier Zubiri, el máximo filósofo español desde la muerte de Amor Ruibal, en 1930, dice en su obra “Naturaleza, Historia, Dios” (Madrid, 1963): “La existencia que se siente desligada de Dios es una existencia atea”. Digo de Dios, porque así lo exige el contexto (pág. 392). Por tanto, la ley que nos ocupa es una ley atea aunque no diga “Dios no existe”.

 Aún es más chocante lo que dice el diario de la Editorial Católica y, por tanto, católico él. Saben que me refiero a “Ya” que, en su editorial del día 19-XI, titulado “Un ateísmo inventado”, compara la Constitución con la aritmética escolar, con la física astronómica o con un texto de Hacienda Pública, que no tienen por qué citar a Dios. Estas ciencias no le citan porque no tienen porqué citarle; pero la Constitución, sí. Esta afecta a la vida, no solo material sino espiritual de los hombres, de los españoles, y la vida de éstos hace relación a Dios que los creo, los rige y gobierna. Es descabellada, pues, la comparación de “Ya”. ¡Que Dios les conserve tan fino talento!

 Los obispos y sacerdotes que defienden la no intervención ni consejo de la Conferencia Episcopal a los católicos españoles dan explicaciones muy complicadas y prolijas, lo cual es, sencillamente una acusación contra ellos mismos. Pienso que la verdad tiene siempre caminos más cortos y sencillos que los que usan estos señores.

 ***

Creo, por otra parte, que la Conferencia Episcopal siente el catolicismo, en su interior, más profunda y sinceramente que lo ha dicho en sus manifestaciones. Hay en ellas más miedo a oponerse al poder público que sinceridad. Y el poder, que se ha entregado a los sin Dios y seguido sus designios, debiera más bien imitar a los Estados europeos que, como Inglaterra Irlanda, Suecia, Noruega, Dinamarca, Grecia… son confesionales. Y no de los atrasados sino de los más progresivos de Europa.

 Pero aún hay más que decir, si tenemos en cuenta que estoy aludiendo a elementos eclesiásticos y católicos, que supongo que admitirán sin reservas la doctrina del Concilio Vaticano II. Aunque me temo que para algunos esté ya desfasado.

 La Declaración “Dignitatis humanae” dice textualmente: “El poder civil debe reconocer ciertamente la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla… (BAC, pág. 787). Y en la pág. 790: “El poder público debe crear condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa…”

 Y, francamente, no creo que se “favorezca” ni “se creen condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa” dando una Constitución laica, que desconoce a Dios. Esto debieran haberlo tenido en cuenta los eclesiásticos de la Conferencia Episcopal. Y para ejemplo de nuestros gobernantes, profundamente católicos; de nuestra prensa, también católica, y de nuestro pueblo clero, celoso defensor de la gloria de Dios y de la salvación de las almas, hay que hacer constar el interés que los paganos ponían en que los dioses intervinieran en el gobierno de la comunidad. Dice Cicerón: “Es más fácil fundar una ciudad sin suelo que sobrevivir una comunidad sin dioses”. ¿Está claro?

 Domiciano Herreras 


Revista FUERZA NUEVAnº 626, 6-Ene-1979


martes, 3 de febrero de 2026

No a la “berenguerización” de España

 Artículo de 1970

 No a la “berenguerización” de España

 ¿Se está “berenguerizando” España? Todavía no del, todo gracias a Dios. Pero existe una inquietante tendencia a ir paulatinamente remando a uno de los períodos más tristes de la historia española del siglo XX, que está vinculado al nombre de un general español, bizarro, pero definitivamente desgraciado en sus empresas.

 Basta haber cumplido los cincuenta años o, sin haberlos cumplido, revisar con honradez la historia o la prensa del año 1930. Se verificó entonces un deslizamiento de opinión hacia lugares y posturas completamente opuestas al destino inmortal de nuestra patria. Pero la opinión pública no se desliza en ningún sentido si no existen corifeos que la polaricen o la empujen. Y estos corifeos de la anti España proliferaban como setas -apurando el símil como setas venenosas- en el ingrato período que subsiguió al gobierno del general Primo de Rivera.

 Comenzaron a surgir los tránsfugas, los oportunistas, los demagogos y los cambiadores de casaca. Aparecieron los llamados “intelectuales”, ganosos de añadir facetas de intelectualidad a las pocas a muchas que atesoraban, colocándose en la línea de un supuesto pensamiento europeo, amasado siempre en antipatías ancestrales hacia España. Brotaron los Ossorio y Gallardo con su peregrino “Monárquico sin rey al servicio de la República”. Los Sánchez Guerra con “No más servir a señor que en gusano se convierte”, y los don Julianes y Teodomiros dispuestos a descuartizar al país al socaire de sentimientos tribales protohistóricos.

 En aquella triste situación comienzan a verse alarmante síntomas en nuestros días, porque no hay nada nuevo bajo el sol, y el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y hasta cien veces en la misma piedra. Cierto que en algunas cosas no hemos llegado a aquella calamitosa situación pero en otras quizás estemos peor. Por ejemplo, entonces existía como un garantía suprema de la verdad y de idealismo, una Iglesia Católica homogénea y unida, indefectiblemente fiel al Papado y a su destino imperecedero. Sólo hubo en la segunda república un cura de izquierdas, el pintoresco Basilio Álvarez, diversión unánime de tirios y troyanos. Hoy (1970) aquella fortaleza suprema está parcialmente desmoronada, con sus muros cuarteados y con el enemigo ocupando algunas posiciones clave dentro de sus baluartes.

 Seamos un poco observadores. Actualmente lo que siempre se ha llamado chaqueteo pasa por “aggiornamento”. Cada cual busca sacudirse las pulgas de un posible compromiso con las fuerzas que han engrandecido el país durante los largos y pacíficos años de la posguerra. Este dice que era muy joven, aquél que se vio obligado, el de más allá que tenía que comer. Se escucha un siniestro rumor de migraciones subterráneas, como de ratas huyendo de un barco que creen que no tardará en zozobrar.

  Han comenzado a salir nuevos “Ossorio y Gallardo”(católicos sin Dios al servicio del comunismo; derechistas autoconfesados al servicio de la izquierda; falangistas sin Falange al servicio ¿de qué…?También pululan los nuevos “Sánchez Guerra”(nomás servir a señor que me releva del cargo). Los “Basilio Álvarez” se cuentan por docenas y ya no sirven de diversión sino de escándalo. Y se nota un renacimiento de fantasías tribales que se salen del regionalismo sano para apuntar a las más anacrónicas figuras del separatismo; la gente se pregunta si no tardará en producirse un nuevo Pacto de San Sebastián.

 No faltan las consabidas algaradas de una juventud que no quiere saber la verdad o a la que se mantiene ignorante voluntariamente. Y tampoco faltan ¿cómo no? los grupitos intelectuales al servicio de la democracia, los cuales, si sobreviniera lo que ellos buscan, no tardarían en exclamar, como profirieron los de marras el clásico “no es eso, no es eso”. Y si ni éstos ni aquéllos pueden ni pudieron prever este desengaño ¿de qué sirve una intelectualidad que no hace un uso elemental del intelecto?

 Hay, en fin, un corro de periódicos en continua pugna para superarse en piruetas izquierdistas. Es un espectáculo triste el de cierta prensa, esencialmente burguesa, que excava su propia fosa, y vende su decoro a cambio de unos miles de ejemplares lucrados a costa de lo que sea, lo mismo que este “lo que sea” venga en leña seca para el descontento o en cloroformo pornográfico.

 Ya se ha puesto de moda y tomado por gracia la defección y la felonía. A quienes fiel a sí mismo y a sus ideales se le considera como un ser inferior, exaltándose en cambio la “fe púnica” y la apostasía como costumbres que impone la “marcha de los tiempos”.

Se ridiculiza la hidalguía, el patriotismo, la castidad, el misticismo y todos los ideales que diferencian al hombre del bruto, lapidando a quien los mantiene con epítetos sarcásticos propios de mentes cebolleras: carcas, retrógrados, inquisidores, fascistas, preconciliares tridentinos…Por el contrario, el último grito del buen tono es el salto de la garrocha, faltar a la palabra, cambiar de camisa, pisotear los votos, cubrir de lodo al llegar a la vejez lo que se incensó en la juventud.

 En 1930, bastó este año de funesto recuerdo para que una prensa en poder de los tránsfugas embaucara y pervirtiera a la opinión pública, convirtiendo en clamor profuso lo que no era más que el runrún despotricante de unos cientos de resentidos.

 Pidamos al cielo que España no entre el nuevo período “berenguerizante” que nos conduzca de la mano al caos. Dios no lo ha de permitir si se encuentran todavía en la piel de toro algunos justos más que los que contabilizaban Lot y su familia. Y creemos sinceramente que todavía los hay y no pocos.


Revista FUERZA NUEVA, nº177,30-May-1970