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¿SOTANA O
CLERGYMAN?
Por P.
CATALAN
Voy a tocar
un tema candente. El que se refiere al permiso de no usar hábito talar o
sotana, concedido por algunos obispos a los sacerdotes de sus diócesis. Y lo
hago sabiendo que me hago antipático a no pocos eclesiásticos y jerarcas.
Pero lo hago para procurar evitar el abuso, que está cundiendo, de ese
permiso concedido. No hablaré por mi cuenta; hablarán los documentos que
comentaré.
La Asamblea
Plenaria de la Conferencia Episcopal española del 13 de julio de 1966, tomó
los siguientes acuerdos sobre el hábito eclesiástico.
1. ° La
sotana o traje talar es el hábil o normal, como hasta ahora, de los
sacerdotes españoles, que, aun en las regiones en que se introduzca el uso
permitido del traje eclesiástico no talar, deberán obligatoriamente usar
todos dentro y fuera de los templos, en las celebraciones litúrgicas y en el
ejercicio del sagrado ministerio y en aquellos casos y circunstancias que
determine el respectivo prelado diocesano.»
Por
consiguiente, en toda España la sotana o traje talar es el hábito normal de
los sacerdotes. No dice que será sustituido por el no talar, sino que
continuará siendo el hábito eclesiástico de los sacerdotes como hasta ahora.
Nunca en España había estado en uso otro traje, aunque lo estuviera en otras
naciones, con permiso de la Santa Sede, por razones especiales que no
existieron ni existen en España, salvo en los días de persecución. Por esto,
el Episcopado español, de acuerdo con el canon 136, que dice que «los clérigos
deben vestir traje eclesiástico decente, según las legítimas costumbres de
los lugares y las prescripciones de los obispos», ha ordenado que en España,
por ser costumbre legítima e inmemorial, los sacerdotes vistan traje talar o
sotana. Y al decir sacerdotes españoles, incluye a todos los sacerdotes, sean
diocesanos, sean religiosos, sin excepción.
Este acuerdo
obliga a todos los sacerdotes, aun aquellos de las diócesis en que se permita
el uso del traje no talar.
¿Cuándo? Lo
dice taxativamente el acuerdo: dentro y fuera del templo, y obligatoriamente.
Y nótese que, después de templo, hay coma para advertir que no debe entenderse
en sólo las celebraciones litúrgicas.
Por desgracia
y con escándalo de los fieles y en desprestigio de la dignidad sacerdotal, en
no pocas diócesis continuamente se viste el clergyman, incluso dentro del
templo, en la celebración de la santa misa, en la administración de los
sacramento y el desempeño del ministerio sagrado, a ciencia y paciencia de
sus obispos. ¿Es que ya es impotente la autoridad eclesiástica para cortar y castigar
estos abusos?
2. ° La
segunda norma dice que «cuando lo aconsejen motivos razonables sean
autorizados los sacerdotes para que, en la diócesis y fuera de ella y en el
curso de la vida civil, puedan usar decorosamente el llamado clergyman».
Según esta
norma, para ser autorizado a usar el clergyman, débense tener motivos
razonables, verdaderos, objetivos, y no subjetivos, falsos o puros caprichos
de vanidad.
¿Pueden
alegar dichos motivos cuantos en esas diócesis usan habitualmente el
clergyman incluso en el templo y la administración de los sacramentos y en el
ejercicio del sagrado ministerio? ¿No es despreciar la autoridad
eclesiástica, pisotear los acuerdos del Episcopado español este abuso del
traje no talar?
3. ° «Está
absolutamente prohibido el uso del traje seglar, sin permiso especial del
Ordinario del lugar, dado por escrito.»
Esta norma va
siendo despreciada y pisoteada por no pocos, que deseaban el
permiso de usar el clergyman para llegar hasta el traje seglar no por motivos
apostólicos, sino por motivos mundanos. De este modo, ocultando el
clergyman con el jersey o la gabardina y cambiando sólo e! cuellecillo,
pueden asistir a bares, cines, cafés y a toda clase de diversiones. Cuando
falta el espíritu sacerdotal, todo es posible. Esta rebeldía y esta
despreocupación se nota principalmente en los sacerdotes progresistas, mal formados
en los seminarios que no son pocos por desgracia.
Al autorizar
el Sr. Arzobispo de Barcelona el uso del clergyman en su diócesis, cosa de
que más de una vez se habrá arrepentido, de conformidad con la letra y el
espíritu de los acuerdos del Episcopado español, dirigió a sus sacerdotes la
exhortación que gustoso reproduzco en estas páginas:
«Sea nuestra
norma vestir la sotana, túnica de Cristo, como la llamó Juan XXIII, de santa
memoria. Pensad que nuestro pueblo, en general, nos venera viéndonos vestidos
con traje talar y no será seguramente el vestido el que salve la distancia de
algunos alejados de] sacerdocio.»
«Si vivimos
en un lugar que, por su gran populosidad y complejidad de vida, aconseja tal
vez que en determinadas circunstancias no se emplee el hábito talar, sin
embargo, creo sinceramente que para no herir la sensibilidad de nuestro
pueblo y para más ajustarnos nuestra gran misión de sacrificar a las almas -ley
suprema de toda Pastoral- para distinguirnos en medio de la comunidad
cristiana, debemos limitar el uso del clergyman a lo que exija el régimen
pastoral de los fieles» (Boletín Oficial del Arzobispado de Barcelona, agosto
1966).
Esto está muy
conforme con la letra y el espíritu de los acuerdos del Episcopado español.
Pero ¿quiénes lo cumplen? ¿Lo exige el régimen pastoral el vestir de
clergyman para ir de viaje, a paseo, o el hacer visita, la asistencia a los
despachos parroquiales, a las reuniones de la Acción Católica, de las
Juventudes, de las Congregaciones marianas, etc.? ¡Hay que ver cómo lucen
su flamante clergyman sacerdotes, jesuítas, escolapios, claretianos, benedictinos,
salesianos o bien su traje seglar no pocos sacerdotes! ¿Para qué? Vale más no
decirlo. Para nada sirve la experiencia del siglo XIX, en que se mandó el
uso del traje talar, ni los de los lugares de esta época en que está en uso.
Han querido
sincerar su conducta en todo tiempo los que han abusado del traje seglar
principalmente y quieren legitimar el abuso del clergyman diciendo que la
sotana estorba el apostolado, que es un hábito ridículo en los tiempos
modernos y que hemos de procurar el «aggiornamento».
Tales excusas
suponen gran ignorancia ascética y psicológica en los que las aducen; es indicio
del refinado orgullo y sabe a mundanización.
Cuando el P.
Colosio, O. P., director de ¡a revista «Ascética y Mística», de Florencia,
defendió la doctrina tradicional, es decir, «que en nuestras regiones era
mejor conservar el hábito eclesiástico talar, para evitar el peligro de
mundanización del clero y porque podía ser un medio para observar mejor la
castidad», protestaron enérgicamente no pocos sacerdotes, declarando que se avergonzarían
de hacer depender la observancia del voto de castidad del hábito, más bien
que del amor de Dios. Como si el P. Colosio hubiese dicho que de dicho uso
dependiera exclusivamente cuando sólo dijo que podía ser un medio, como
siempre se había dicho por todos los autores de Pastoral y Ascética, a más
con los santos y la misma Iglesia.
Entre los
santos defensores del hábito talar, merece mención especial San Antonio María
Claret, el gran santo misionero español del siglo XIX. En su hermoso libro
«El Colegio Instruido», que por años fue ei orientador y formador de los
aspirantes al sacerdocio de los seminarios españoles —que seguramente no han leído
los sacerdotes progresistas destructores de la ascesis tradicional— desarrolla
admirablemente esta doctrina sostenida por el P. Colosio.
Al hablar de
la castidad sacerdotal, San Antonio María Claret pone como medio, además de
otros varios, «andar siempre con hábitos talares». He aquí sus palabras.
«Los antiguos
filósofos decían: «fructum castum cutis aspera servat»; la corteza áspera y
erizada conserva el fruto casto... Dios ha dada la sotana al clérigo, para
que se conserve casto, como la corteza a la fruta para conservarse. ¿Qué
sería de la naranja, del melón, de la sandía, si se les quitara la corteza?
Seguro que el aire los corrompería: otro tanto hace el aire del mundo a los
clérigos que se quitan la sotana, los corrompe completamente... Te exhorto a que vistas
siempre los santos hábitos y practiques los demás medios que te hemos
insinuado, y te damos palabra de que te conservarás casto como debes.» (Col.
Ins. tomo 2.°, pág 172.)
Pero San
Antonio María Claret hace más: dedica todo el capítulo XXIII de dicho tomo
del «Colegial Instruido» a aprobar la obligación que tienen los clérigos de
llevar hábitos talares. He aquí unos párrafos de su argumentación:
«La Iglesia
ha prescrito a sus ministros el uso de un hábito talar que visiblemente los
distinga y discierna de los demás hombres, ha querido que los pueblos
conozcan a los que ha elegido para ministros suyos, por la corona, por el corte del cabello y por el hábito talar, y
muy principalmente por el cuidado de evitar en sus vestidos la preciosidad y
cuanto pueda respirar la vanidad de las gentes del mundo; porque, como decía San
Jerónimo a Nepociano, ninguna cosa es tan mal parecida en los eclesiásticos
como la vanidad en el vestir y adornarse con las libreas del mundo a que renunciaron.»
Considerando,
pues, la Iglesia las funestas consecuencias que podrían acarrear a las
costumbres del clero el olvido y el desprecio de la santa simplicidad y
modestia, en que tanto se esmeraron los clérigos de los primeros siglos, a
proporción del descuido que en cada uno de éstos ha ido reconociendo en sus
miembros, ha renovado sus leyes con tanta universalidad y rigor que nos
atrevemos a decir que ésta ha sido su voz en todos los siglos, en todos los concilios
generales, en los nacionales, en los provinciales y en los diocesanos; está
en todas las naciones, en el Oriente, en el Occidente, en el Septentrión y en
el Mediodía; por manera que ninguna cosa se encuentra más veces tratada;
baste decir que desde el Concilio de Cartago, celebrado en el año 398, hasta
el presente (año) se encuentran 13 Concilios generales, 18 Papas, 150
Concilios provinciales y más de 300 Sínodos, que «han mandado que los clérigos
lleven hábitos talares...» El Concilio de Trento dice: «Aunque el hábito no
hace al monje, sin embargo, conviene que los clérigos siempre traigan
vestidos convenientes a su vida, para que con la decencia de su traje
muestren la interior honestidad de sus costumbres, por cuanto en este tiempo
ha prevalecido la temeridad de algunos, y el desprecio que hacen de la
Religión es tan grande que, estimando en poco su propia dignidad v honor
clerical, traen públicamente vestidos de legos...» (Cap. Vl-Ses. 14 De
Refor.)
Después de
aducir San Antonio María Claret las leyes 12 del Tít. 10, libro I., y la 15 del
título 13, libro 6.° de la Novísima Recopilación e que se mandaba y manda que
todos los ordenados in sacris usen constantemente el hábito talar» y la
autoridad del dulcísimo San Francisco de Sales, que prohibió a los confesores
de su obispado que dieran la absolución a los eclesiásticos que no lleven
hábito talar, hasta que no hayan dado muestras de una verdadera
enmienda», y después de refutar las excusas de los sacerdotes relajados para
no vestir el hábito talar, concluye:
La Iglesia,
regida y gobernada por el Espíritu Santo, en sus sagrados Concilios ha
señalado el hábito que deben vestir los clérigos; ellos deben manifestar en
el exterior Ja clase a que pertenecen, y, por lo tanto, dejar estas señales
exteriores de su estado es un desprecio de la autoridad que lo manda y aun
desnudarse del espíritu sagrado y de su clase, pues no puede dudarse que el
hábito clerical es el uniforme dado a la milicia santa y la señal sagrada y
común que los distingue de los otros hombres... ¿Sólo ellos (los que no usan
hábito talar) se creen más autorizados cuando se dejan ver en público, con la
ignominia del vestido secular, como
dice el Pontifical Romano, que en lugar de conciliarles el respeto y la
veneración de los fieles les acarrean el desprecio? «Los infelices no tienen
el espíritu de Cristo y, por lo tanto, no son de Cristo, como dice el
Apóstol; son del mundo y viven en el mundo, y quieren hallarse en todos los
pasatiempos y diversiones mundanas».
¿Qué dices,
lector laico o eclesiástico, ante ese lenguaje valiente del Apóstol del siglo
XIX? ¿Han cambiado las circunstancias,
pues el mundo es mejor, no hay tantos peligros y ocasiones de pecar y los
sacerdotes de hoy no contrajeron pecado original? Que lo digan tantas
deserciones, tantas apostasías, tantas secularizaciones, como tiene que
llorar hoy la Iglesia de Dios, causadas
por las doctrinas progresistas enemigas del hábito talar y del celibato
eclesiástico: que lo diga la espantosa disminución de vocaciones
sacerdotales y religiosas. Los pueblos quieren sacerdotes sanos y los
progresistas están muy lejos de querer la santidad.
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968
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