EL
CARDENAL DE ESPAÑA (Mons. Marcelo González) Por
Francisco José Fernández de la Cigoña EL cardenal
Tarancón vino preparando, sobre todo con su actitud al frente de la Iglesia
de Madrid y de la Conferencia Episcopal, pero también con sus palabras, la
gran traición de la Iglesia oficial española que pareció culminar con la
tristísima declaración de la Comisión Permanente de 28 de septiembre de 1978.
Nuestra jerarquía, lavándose las manos, simulaba ponerse al margen de una
cuestión política, ''pero, como Pilatos, tomó partido por la injusticia y por
el error. La XXX
Asamblea Plenaria del Episcopado respaldó, con diez votos en contra y la
ausencia de monseñor Guerra Campos (El Alcázar, 24-11-78: Vida
Nueva, 2-12-78), la postura de la Comisión Permanente. Y el obispo
auxiliar de Barcelona, señor Guix (ABC, 25-11-78), da un paso más y hace
explicito lo que evidentemente se deducía de la postura colegial de nuestros
obispos. La decidida recomendación por el «Si» a la Constitución. José María
Guix Farreras, catalán de 1927. auxiliar de Barcelona desde 1968, miembro de
la Comisión Permanente en su calidad de presidente de la Comisión de Pastoral
Social desde el año pasado (ABC, 2-3-78), es uno de esos obispos que no suele
salir en la «prensa». Fruto de la nunciatura Dadaglio, los escasos
antecedentes que de él poseo confirman su última y manifiesta militancia a
favor del «Sí» y que Dadaglio sabía muy bien a quién proponía para obispo. A. Recasens
había ya comentado en el ¿Qué Pasa? (4-1-69) el nombramiento de este
señor, y Jaime Tarragó puso muchas cosas en claro con su artículo «La campaña
Volem bisbes catalana, al desnudo» (FUERZA NUEVA, 15-11-69). Años
después vemos a Guix amenazando a un sacerdote con despedirle si no daba la
comunión en la mano (¿Qué pasa?, 20-1 y 10-2-73) y más tarde se
muestra muy reticente respecto a la Hermandad Sacerdotal (Vida Nueva,
2 y 9-11-74). Lo que le vale una réplica de Iglesia Mundo (2.ª quinc,
nov. 1974): «Los defectos que señala el auxiliar Guix son un auténtico
sobresaliente y alabanza para la Hermandad Sacerdotal.» Estamos ya a
las puertas del referéndum (1976). Muchos católicos españoles ponían sus
esperanzas en Toledo, como si no quisieran creer que la Iglesia pudiera
callar en tan graves momentos. Y de Toledo llegó la respuesta. El 29 de
noviembre (1978) se enteró España, y el mundo, de que. en contra de lo que
otros habían dicho y dirían, sí había motivos religiosos y muy graves para
oponerse a la Constitución. Que la campaña a la que tantos católicos se
arrojaron, desde la orfandad y la tristeza, abandonados por sus pastores,
estaba más que justificada. Don Marcelo González Martin, arzobispo de Toledo
y Primado de España, cardenal de la Santa Iglesia Romana, dio cumplida
contestación a lo que la Iglesia y España esperaban de él. Su luminosa
Pastoral es un hito en la historia de la Iglesia hispana que no encuentra
precedente desde la Pastoral colectiva de la Cruzada. Gracias a ella nunca se
podrá decir que la Iglesia en España apostató de su Dios, de su patria y de
sus más altos deberes. A partir de la Pastoral del Primado, los traidores
tienen nombre y apellidos. No ha sido la Iglesia. No han sido los obispos.
Fueron sólo los que fueron. Y una patria como la nuestra, que hizo de la
religión su Norte y de Cristo su Rey, salvó, por obra y gracia de don Marcelo
González Martin, la infinita tristeza que habría de pesar en su alma por los
siglos de los siglos, de verse abandonada en un trágico y decisivo momento
por aquella a quien entregó vida y hacienda a causa de su amor a Cristo. Es imposible
no evocar otra situación histórica, esta vez en la Inglaterra de Enrique
VIII. Todos los obispos reconocieron a aquel rey déspota y lujurioso por
cabeza de la Iglesia en vez del Papa de Roma. Todos menos uno. Que fue
ejecutado. Pero hoy nadie recuerda ni el nombre de aquellos apóstatas,
mientras que san Juan Fisher es venerado en los altares y propuesto por Juan
Pablo II como ejemplo a seguir por los cardenales. Pues así como el mártir de
la fidelidad a Roma salvó el honor de los obispos ingleses, el cardenal
González Martín salvó el de los españoles de 1978. Y los católicos españoles
dejaron de sentirse huérfanos, pues desde, la imperial Toledo, sede de los
concilios y del heroísmo, un castellano leal a su Dios y a su patria fue, en
verdad, el Primado de España. Y el padre espiritual de todos sus hijos. Teníamos
razón. No éramos unos extraños intérpretes de la religión católica abocados a
un Palmar de Troya del integrismo y la intransigencia. Nosotros estábamos con
la Iglesia y la Iglesia estaba con nosotros. Sabíamos que nuestro camino era
el recto, pero la noche y la tormenta nos helaban el alma de zozobras e
inquietudes. Y sin dudar, dudábamos. Y sin temer, temíamos. Fueron muchas las
oraciones, pues experimentábamos que nuestro auxilio sólo estaba en el nombre
del Señor. Por eso la alegría inolvidable de aquel 29 de noviembre, cuando al
fin de la noche vimos la luz de la meta. Y esa luz se encendió en Toledo por
Marcelo González Martín, arzobispo, cardenal y español. ¡Que Dios os pague el
inmenso bien que hicisteis! Humildemente,
como él lo es, el cardenal nos dice que «numerosos fieles de nuestra
diócesis» se le acercaron pidiéndole luz. Es sólo parcialmente cierto porque
no fue de su diócesis sino de toda España de donde llegaron al palacio
arzobispal de Toledo angustiosas llamadas en petición de auxilio. Y en
cumplimiento de «la misión que Cristo y la Iglesia nos han encomendado», el
cardenal pasa a analizar el contenido de la Constitución porque los elementos
negativos que en ella existen pueden no ser compensables con los positivos:
pues tal vez sean «gusanos que infeccionan toda la manzana, haciéndola dañina
e inaceptable». Y aquí surge,
inevitablemente, la pregunta. ¿Es que hay distintas misiones encomendadas por
Cristo y la Iglesia, a unos obispos y a otros? Y, si es la
misma, ¿hay unos obispos qué cumplen esa misión y otros que la dan de lado,
ocupados en no se sabe qué menesteres? Para mí la respuesta es evidente. Y en
ella, muchos obispos quedan en muy mal lugar. Para el
cardenal, cinco son los puntos que exigen su intervención magisterial. No se
hallará originalidad en el pensamiento del arzobispo, pues nada descubre que
anteriormente no se hubiera denunciado por católicos, clérigos o laicos. No
está el mérito de su escrito en decir lo que nadie dijo, sino en expresar,
con el peso de la autoridad de su púrpura y de su persona, y con una
concisión y claridad extraordinaria, la doctrina católica que la Constitución
vulneraba ante el silencio cómplice de muchos de sus hermanos en el
Episcopado. En primer
lugar, el cardenal denuncia «la omisión real y no sólo nominal de toda
referencia a Dios». Aquel cartel que con gran éxito colocó Pro España
Católica en casi todas las ciudades de España, en el que se veía a Cristo
llamando a la puerta de unas Cortes, de las que había sido expulsado, no era
exageración ni caricatura. Desaforadas
reacciones ante esa imagen («Repugnante manipulación de Cristo». El Ideal
Gallego, 1-12-78), desde periódicos que se pretenden católicos, indicaban
que se había puesto el dedo en la llaga. Y el cardenal Primado confirmó que
la razón estaba una vez más del lado de quienes querían a Cristo en nuestras
leyes. Como lo había estado, excepto en los funestos periodos republicanos,
desde que Recaredo abjuró el arrianismo en el III Concilio de Toledo el año
589. El cardenal
sale al paso de un sofista, razón que se esgrimió frecuentemente en toda la
campaña electoral. «El nombre de Dios, es cierto, puede ser invocado en vano.
Pero su exclusión puede ser también un olvido demasiado significativo.» Y.
sobre todo, en esta España cristiana hasta los tuétanos. Tan de Cristo, que
sin El es imposible entender su historia. Tan de Cristo, que sin El toda
ella, su arte, su literatura, sus muertos, sus gestas, serían una inmensa
equivocación. A
continuación, el arzobispo de Toledo denuncia la falta de toda «referencia a
los principios supremos de la ley natural o divina», consecuencia lógica de
la expulsión de Dios de la sociedad. Los resultados de esta omisión de Dios,
que en España es un verdadero rechazo, los apunta claramente el cardenal:
«agresiones legalizadas contra derechos inalienables del hombre como lo
demuestran los propósitos de algunas fuerzas parlamentarias en relación con la
vida de las personas en edad prenatal y en relación con la enseñanza». Esta es un
acta notarial de la mala fe o de la supina ignorancia de los obispos, que
nada veían, o nada querían ver, de peligro en la Constitución que se
preparaba. Cuando venga el aborto o la estatalización de la enseñanza no
podrán decir Tarancón, Yanes o Cirarda que ellos no se habían dado cuenta de
lo que amenazaba la vida del aún no nacido o la enseñanza católica de
nuestros hijos. No podrán alegar que ellos no leían FUERZA NUEVA o El
Pensamiento Navarro, donde personas más clarividentes anunciaron lo que
parecía inevitable. No podrán alegarlo porque el cardenal de Toledo bien
claramente se lo dijo. Respecto a la
educación, no es menos terminante el cardenal: «La Constitución no garantiza
suficientemente la libertad de enseñanza.» Y concluye: «El mal que esto puede
hacer a las familias cristianas es incalculable.» El divorcio,
al que el cardenal califica de «peste», con el Concilio Vaticano II. será
«ocasión de daños irreparables para la sociedad española». Y con el divorcio,
«la propaganda de anticonceptivos y la arbitrariedad sexual». Por último,
ante el aborto, el cardenal se pregunta: «¿Va a evitar esa fórmula
(constitucional) que una mayoría parlamentaria quiera legalizar en su día el
aborto? Aquellos de quien dependerá en gran parte el uso de la Constitución
han declarado que no.» Las últimas noticias que sobre el tema se han
traslucido dan totalmente la razón al cardenal de Toledo. El cardenal
señala a sus fieles, y yo entiendo que quienes quedan directamente
interpelados con sus hermanos en el Episcopado, que «no es lo mismo
tolerar un mal cuando no se ha podido impedir que cooperar a implantarlo
positivamente dándole vigor de ley». Porque esto es lo que ha hecho la
mayoría de los obispos españoles. Y lo que les incapacita para una
actuación pastoral futura. Ya que carecerán de toda autoridad moral para
oponerse, al frente de los católicos, a unos males que tan
positivamente han contribuido a implantar. Comentando
tan lúcido documento es preciso resistirse a la tentación de transcribirlo
íntegramente. El recuerdo de su impacto y de su doctrina no se borrará
fácilmente de aquellos que vivieron aquellos días tristes de la apostasía
oficial de España. Y su texto no amarilleará en los estantes de las
hemerotecas porque habrá de reproducirse en cuantos libros traten de la
historia eclesiástica de estos años. Supuso no
sólo el homenaje a una España católica que no va a morir, por mucho que los
enemigos de Dios se empeñen en ello, sino, sobre todo, el resurgir de un
sentimiento católico adormecido que reconquistará de nuevo nuestra patria
para Cristo. Y en esa
batalla, que ya ha comenzado, por la causa del Señor, los fieles no estamos
solos porque hemos encontrado al padre y pastor que necesitábamos: don
Marcelo González Martín, cardenal arzobispo de Toledo, Primado de España.
Pocas veces un título dijo tanto. Porque él se ha convertido en verdad, por
encima de jurisdicciones, en el primero, en la cabeza, en el maestro. La
distancia entre un Tarancón y él, si siempre fue abismal, a partir de este
momento ha conocido distancias de más de años luz. Uno se mueve al nivel de
los Suárez. los Carrillo y los González. El otro camina las andaduras de
Dios. El uno es un cardenal para ganar Constituciones, el otro para ganar el
cielo. Oppas y san Juan Fisher. Todo parecido no es mera coincidencia. (Continuará.)
Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979 |