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LA PAZ A TODA
COSTA
Por JULIAN
GIL DE SAGREDO
Trato un tema
ya reseñado anteriormente en esta misma revista. Está hoy de moda el
consagrar las fiestas del calendario litúrgico a la evocación de valores más o
menos profanos: celebramos el Día de la Madre, el Día de los Enamorados, el
Día del Dolor, etcétera. Ahora, y esta vez por institución de Pablo VI,
vamos a celebrar el Día de la Paz todos los años el 1 de enero, fiesta de la
Circuncisión del Señor.
De esta
manera venimos sustituyendo a la fiesta religiosa por la evocación laica,
la conmemoración de los santos por la veneración de símbolos abstractos, los
valores religiosos por los valores materiales. Es un procedimiento sutil
mediante el cual se persigue desvirtuar lo espiritual y revalorizar lo
material, mundanizar los santos y santificar lo mundano, convertir a Dios al
mundo en lugar de convertir al mundo a Dios
Esto es
propio de las fases de decadencia espiritual por las cuales a veces atraviesa
la Iglesia. Lo mismo ocurrió en la época del Renacimiento con la supervaloración
del humanismo grecolatino a costa del sentido religioso de la vida,
supervaloración que dislocó de tal manera las estructuras religiosas de la
sociedad, que nació y brotó de las mismas la herejía luterana o la separación
luterana, como dirían nuestros hermanos progresistas. Entonces sobrevino la
reacción, la Contrarreforma, el espíritu de Dios contrapuesto al espíritu del
mundo en esa legión de santos y sabios españoles del siglo XVI.
Ahora tiene
que ocurrir algo parecido y ya se viene palpando en lo que hoy llaman «pueblo
de Dios» y siempre se ha llamado «pueblo cristiano». Pues bien; ese pueblo de
Dios, ese pueblo cristiano, esparcido por los cinco continentes, sin
distinción de raza ni color, que no entiende de filosofías ni teologías
innovadoras, pero que tiene fe y vive la fe, es el que, alentado e iluminado
por el Espíritu Santo empieza a reaccionar, como reacciona el organismo
humano contra corpúsculos extraños, contra tantas innovaciones absurdas,
excéntricas y peligrosas de esos apóstoles contemporáneos, hábiles
manipuladores de palabras, que manejando diestramente términos tan sublimes
como la Caridad, el Ecumenismo, la Paz, la Libertad, la Dignidad, etc.,
impregnan a dichos vocablos de sentidos equívocos y frecuentemente falsos.
El pueblo
cristiano se viene ya cansando de oír hablar en las pláticas, conferencias,
homilías y sermones de las iglesias tanto de lo social y de lo económico y
tan poco de lo espiritual y de lo eterno, tanto de caridad con los hombres y
tan poco de caridad con Dios, tanto de ecumenismo y tan poco de la lógica
raíz de ese ecumenismo que es la oración y la unión del alma con Dios, tanto
de libertad y dignidad de la persona humana y tan poco de la humildad y de la
obediencia, tanto de paz y de pacifismo y tan poco de otros valores que
están por encima de la paz, tanto de hermanos separados y tan poco de
herejes, es decir, de lo que nos distingue de los hermanos separados.
Es un
pacifismo enternecedor el que propaga la Unión Soviética y el que acogen
sonrientes y agradecidos los grandes corifeos de los cristianos e incluso de
los católicos de la manera más necia, estúpida y suicida. Paz de exportación,
paz como mercancía para el mercado exterior de alta cotización, pero paz a
costa de toda subversión de valores espirituales y humanos, paz a costa de la
unidad de la fe católica, paz a costa del dogma y de la moral; y en el
terreno político, paz a costa de entregar al comunismo el Vietnam, Thailandia,
el Sudeste Asiático; paz a costa de
inundar a todos los países del orbe de quintacolumnistas sembradores de la
agitación y la anarquía; paz a costa de la expansión arrolladora del
comunismo amarillo en el mundo; paz para Johnson, pero libertad de acción
para Ho Chi Minh.
Son verdades
vulgares, pero que conviene recordar: tiene la Iglesia una misión de orden
espiritual y cuenta para su cumplimiento con la asistencia indefectible del
Espíritu Santo, pero esa asistencia no está prometida cuando elementos
significados de la Iglesia intentan hacer piruetas en el campo político, pues
la historia nos está demostrando los lamentables fallos en que han incurrido
y siguen incurriendo esos significados elementos. No
confundamos
la acción política de ese o esos significados representantes de la Iglesia
con la Iglesia misma, por muy alta y significativa que sea su misión. Dios no
obliga a los católicos a seguir y secundar una política equivocada de
restricciones de apoyo moral a las naciones que mejor han defendido y
defienden la civilización cristiana (aunque como en toda obra humana vayan mezclados
también los intereses materiales), pues esa falta de apoyo moral en el
momento preciso equivale en ciertas circunstancias a colocar todas las bazas
en manos del comunismo.
En reciente
discurso pronunciado por Pablo VI en la Basílica de San Pedro, el día 1 de
este mes de enero, discurso que, salvo mejor criterio, no creemos que forme
parte del Magisterio ordinario de la Iglesia, pues más que de tipo doctrinal
fue de tipo político, se repite la palabra «paz» más de treinta veces
y sólo dos o tres veces y de pasada se habla de los conceptos que al fin y al
cabo son el fin de la paz y por sí mismos condicionan la bondad o la maldad de
la paz Se celebra, en efecto, la jornada de la paz, se recita la oración por
la paz, se anuncia la paz, se desea la paz en el año nuevo, Roma sanciona su
civilización por la Pax Romana, se exalta el gran ideal de la paz, se exige
hacer de la paz una esperanza y compromiso de cada día, de cada actividad
futura, oímos el eco del nombre bendito de la paz, etc. Por el contrario
pasan a la reserva y a lugar secundario y accesorio los valores que
condicionan la paz y que son infinitamente superiores a ella. Se enumeran
una serie de valores materiales, el orden, la serenidad, la alegría, la hermandad,
la libertad, la esperanza, la energía, el progreso, el bienestar y en último
término aparece por fin Dios.
Todos esos
valores, que en su mayoría son puramente materiales, lo mismo pueden lograrse
por una paz verdadera que malograrse por una paz falsa. Si esos valores son
por sí mismos superiores a la paz, ésta como tal será un medio indiferente,
deseable en cuanto conduzca a obtener aquellos bienes y repudiable en cuanto
nos aparte de los mismos. Además: bien están todos esos valores que se
enuncian en el discurso, el orden, la serenidad, la alegría, la libertad, el
progreso, etc.; pero lo principal no son esos bienes, sino el que aparece el último
en la enumeración, a saber, Dios mismo: este es el único criterio verdadero
para determinar la paz o la guerra. No es primero la paz y como consecuencia
de la paz, Dios, sino primero y ante todo Dios, y como consecuencia de Dios,
la paz o la guerra, según lo que más y mejor conduzca a Dios a la persona y a
la sociedad. No se puede supervalorar como fin lo que es simple medio, y la
paz nunca será fin, sino medio, y como tal subordinado al fin último que es
Dios.
Los ángeles
cantaron al nacer Cristo «paz en la tierra», pero a los «hombres de buena
voluntad» o «a los hombres que ama el Señor», según la moderna versión menos
significativa y precisa que la primera. Pero trátese de hombres de buena
voluntad o trátese de hombres a quienes ama el Señor, lo cierto es que los ángeles
no desearon la paz a los hombres de mala voluntad consciente que tratan de
subvertir el orden cristiano y desarraigar
de la tierra
el nombre de Dios. No son tampoco amados por Dios, al menos con amor de
complacencia, los hombres perversos que luchan contra el reino de Cristo ni
tampoco, por tanto, son dignos de la paz.
Dios, pues,
ama la paz, pero una paz condicionada a la buena voluntad y a las leyes que
El ha puesto a la Humanidad. Cuando las naciones se levantan contra Dios y
tratan de eliminarle del mundo, sería suicida que las naciones que creen en
El y desean salvar la civilización cristiana, se autosugestionasen y
adormecieran con la droga dorada de la «PAZ» y en nombre de la misma se
dejaran avasallar, dominar y destruir.
Bienvenida la paz, pero no a costa de
nuestras almas, ni a costa de nuestra civilización, ni a costa de nuestra
patria, puesto que el alma, la sociedad, la civilización y la patria
están muy por encima de la paz.
«Paz sólo a
los hombres de buena voluntad.»
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968
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