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sábado, 26 de septiembre de 2026

“Dios nos libre de un Gobierno débil”

 Artículo de 1968

 “Dios nos libre de un Gobierno débil”

  Los rectores de las Universidades Católicas de América hacen suya la frase del almirante Carrero Blanco: “DIOS NOS LIBRE DE UN GOBIERNO DEBIL"

 Por encima de todos los cambios y cometidos pedagógicos que convenga adaptar de la actual Universidad, de nuevo salimos al paso de dos corrientes en que se bifurcan los comentarios sobre el actual problema universitario. Unos que parecen reducirlo a condicionamientos de material para prácticas, libros, bibliotecas, presupuestos, catedráticos vitalicios o contratados por cursos, etc., etcétera. Otros que pretenden aprovechar los actuales desórdenes para que sea reconocido el Sindicato Democrático de Estudiantes. ¿Sabe algo de esto don Joaquín Ruiz Giménez, hombre de confianza del Vaticano y de Santiago Carrillo? La Policía española sí lo sabe, señor cura párroco de San Ignacio de Loyola.

 Nosotros queremos decir que, aparte de las medidas resolutorias del régimen universitario, en primer lugar hay que abortar, al precio que sea, el desorden en la calle y las asambleas ilegales. Pero no es esto solo. Si actualmente España sufre el problema universitario es porque durante muchísimos años se han infiltrado catedráticos, profesores; se han entregado rotativos de primera magnitud: se han montado editoriales y tupidas redes de librerías que fomentan ideologías totalmente incompatibles con el 18 de Julio de 1936 y con la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. Aquel obispo de Astorga —antecesor de aquel que echaba incienso a la Institución Libre de la Enseñanza y colaboraba en «Cuadernos para el diálogo»— escribía: 

«No es fomentar, sino debilitar la convivencia entre españoles, el destruir la base más sólida de la unidad de criterios y sentimientos, que implica la unánime protección de la fa católica. La pérdida de esa unidad nos llevaría no a una más firme convivencia en el plano de algunos otros principios —no sabemos cuáles— más universales normativos de la vida ciudadana, sino al revés, a una guerra intestina motivada por intereses y puntos de vista irreconciliables, contrapuestos cada día con mayor apasionamiento».

 A esto hemos llegado. Por esto el problema universitario se arregla no únicamente con medidas de orden público ni con sanciones a los estudiantes, aunque ahora sean urgentísimas, sino con una revisión muy a fondo de toda la política cultural, de prensa e imprenta, de proyección política nacional, que nos lleve de nuevo a las fuentes del 18 de Julio.

 En esto hemos de tener ideas muy ciaras. No nos podemos fiar ni siquiera de ciertas orientaciones que proceden de organismos eclesiásticos. Hace muy poco, los rectores de las Universidades católicas de América han tenido que publicar una nota relacionada con ciertas orientaciones del Departamento de Educación del C. E. L. A. M. (Comisión Episcopal Latinoamericana). Dicen los rectores de las Universidades Católicas: «Estimamos como inadmisible, entre otros, los siguientes puntos del mencionado documento: 1. Recomendar la intervención de los estudiantes en el Gobierno de la Universidad. 2. La participación de los estudiantes en la elección de las autoridades de todos los niveles». «Ha causado extrañeza que un grupo de expertos se anime a recomendar a las Universidades Católicas un sistema preferido en las Universidades estatales latinoamericanas, que durante cincuenta años ha sido causa de distorsión, de perturbación izquierdista y en los últimos años marxista de las Universidades de la América Latina. (…)

 El problema de la infiltración marxista en los medios católicos es a escala mundial. Cuando aquí, algunos, prevaliéndose de su carácter sacerdotal o episcopal se inmiscuyen en terrenos de técnica política, sindical, económica, que por propia naturaleza son privativos del César, y además de algunos de éstos conocemos sus

colaboraciones en la prensa roja del exilio, mientras hay un silencio sospechoso ante la defenestración del Crucifijo del aula 217 de la Universidad Central y de la perversión ateísta de nuestras juventudes alejadas de aquellos que tienen la obligación de hablar, como es el caso concreto del reverendísimo doctor Maximino Romero de Lema, del que los padres de los universitarios y todo el pueblo español espera conocer su altísimo diagnóstico sobre lo que ocurre en la Universidad, es hora que todos en todos los sectores, comprueben la eficacia de esta frase tan certera que ha dicho el vicepresidente del Gobierno, almirante Carrero Blanco- «DIOS NOS LIBRE DE UN GOBIERNO DEBIL».

 Sería debilidad reducir el problema universitario a meros alborotos. Seria debilidad no revisar a fondo los cuadros de profesores exigiendo las responsabilidades hasta su máximo alcance. Sería debilidad admitir que la prensa confunda su papel educador e intermediario con el morboso estado de incordiar y buscar fricciones artificiales. Sería debilidad someterse, aunque sea a consignas que vengan de eclesiásticos, abusando de su situación, en materia específicamente civil cuando es evidente que también aquí, como en el caso de las Universidades Católicas de América, denunciados por sus respectivos rectores, no se puede admitir, aunque sea por presiones de comisiones episcopales, que nos propinen fórmulas para que las Universidades de España se conviertan en fábricas de «Chés Guevaras» ¡Atención a don Joaquín Ruiz-Giménez, a los que son de su cuerda y a los que están entre bastidores!

 «Hay UNA libertad QUE NO QUEREMOS: la de la autodestrucción», ha dicho el almirante Carrero Blanco. Y con él estamos todos los españoles bien nacidos. Finalmente, subrayamos lo que acaba de escribir nuestro admirado amigo y camarada Jesús Suevos: «Lo que no es natural es que algunos de los colaboradores del régimen

pretendan, a la vez, colaborar con ellos». O sea, con el marxismo y lo que lleva al marxismo: el régimen de partidos políticos, la democracia liberal y la monarquía liberal, con sus manifiestos de Lausana (19-III-1945) y Estoril (7-IV-1947).

 A. RECASENS SALVAT


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 217, 24-Feb-1968

 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (8)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (8)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña


,,, Y OCHO OBISPOS AUTÉNTICOS

 La Pastoral del cardenal primado (mons. Marcelo González) había conmovido a la opinión. Lo que para José María Javierre (“Ya”, 3-12-78) era sólo un “alboroto en la familia católica”, para otros constituía un “marcelazo” (“El Periódico”, (2-12-78). Y los titulares de la prensa del día 29, dando cuenta de la postura del arzobispo de Toledo, son un curioso sistema de medida de adhesiones más o menos confesadas.

 Para “ABC”, el escrito del cardenal sólo implicaba “que los católicos hagan su opción con toda libertad, según se la dicta su conciencia” (29-11-78). Por los titulares, pues, parece que se trata de algún otro escrito totalmente distinto del documento del Primado. Aunque no es así, ya que tras esa fachada falsa y desorientadora, que es lo que sólo retienen muchos lectores, se transcribía casi íntegra la controvertida pastoral. Técnicas, sin duda, de una buena y veraz información tras lo que quizá anduviera la mano de Martín Descalzo. Y eso que “ABC” tiene fama de serio.

 “El Imparcial” del mismo día recogió, en cambio, en primera plana y con escándalo de titulares, la verdad de la información: “El cardenal primado orienta a los católicos de cara al próximo referéndum del día 6. Monseñor González Martín pone el dedo en la llaga y se refiere a las cuatro cuestiones fundamentales desde el punto de vista cristiano: 1) La omisión de todo referencia a Dios; 2) Los derechos inalienables del hombre; 3) La libertad de enseñanza y la igualdad de oportunidades; 4) La introducción del divorcio y la posible legalización del aborto”. Y la verdad es que así era. Aunque “ABC” prefiriera dejar para la letra pequeña el claro sentido de las palabras del primado. Más honrado fue “Informaciones”, que tituló lacónicamente ese día: “El cardenal primado contra la Constitución”.

 Ocho obispos

 Al día siguiente, nueva conmoción religiosa y política. Ocho obispos se adherían a la pastoral del arzobispo de Toledo y la hacían suya. La nota de la Comisión Permanente se hundía en la ignominia, pues al descrédito que habían arrojado sobre ella numerosos seglares y eclesiásticos se unía ahora la firme desautorización de nueve obispos. Porque, dejémonos de eufemismos, eso era lo que significaba la postura colectiva que acababan de adoptar.

 El cardenal arzobispo de Toledo, el arzobispo de Burgos, monseñor García de Sierra, y los obispos de Orense, monseñor Temiño; Vitoria, monseñor Peralta; Ciudad Rodrigo, monseñor Mansilla; Orihuela-Alicante, monseñor Barrachina; Cuenca, monseñor Guerra Campos; Tenerife, monseñor Franco, y Sigüenza-Guadalajara, monseñor Castán, vinieron a decir todo lo contrario de lo que la Comisión Permanente, después ratificada por la Asamblea Plenaria había dicho. Nueve obispos recomendaban el “No” frente a la jerarquía taranconiana, que se volcaba por el “Sí”. Y aquí hay que evocar nuevamente la figura del nuncio Dadaglio, artífice máximo de esta división de nuestra Iglesia, y en temas de tanta importancia.

 Si algún católico se escandalizó por la división, que se apunte ese escándalo en la cuenta del nuncio. Y los ciertos escándalos que produjo la actitud de la mayoría episcopal deben apuntarse también, deducida la parte correspondiente a cada obispo por maldad o necedad, a la cuenta de ese oscuro personaje italiano, del que quisiera despedirme ya definitivamente, pero al que aún nos lo volveremos a encontrar cuando hablemos de los últimos (1979) nombramientos de obispos, o sea, de los señores Echarren, Larrauri, Setién y Larrea.

 La pastoral del primado provocó cuatro tipos de reacciones públicas. En primer lugar, salidas de tono, muchas de ellas realmente intolerables, de personajes o personajillos que o servían a quien les pagaba o veían cómo un éxito que se les antojaba ya ganado quedaba gravemente comprometido.

 En segundo lugar, estaba la jerarquía política de UCD, que intentó sacudirse lo que se les venía encima, diciendo que nada de lo que alarmaba al cardenal de Toledo podía encontrarse en la Constitución. Pudieron prometer, y prometieron, que ni divorcios, ni abortos, ni amenazas a la enseñanza, ni casi olvidos de Dios, se hallaban en el texto constitucional. Ricardo de la Cierva llegaba casi hasta a encontrar a Dios en cada artículo. Sólo les faltó decir aquello de que, como estaba en todas partes, también lo encontrábamos allí sin necesidad de proclamarlo.

 Después venían los obispos y algunos clérigos que, arrojando por la borda los pudores hasta ahora mantenidos, se alineaban entusiásticamente tras los líderes comunistas, socialistas y de Centro Democrático.

 Por último, los que, en una postura sumamente crítica de la Constitución, encontraron en los nueve obispos mencionados el más firme respaldo de sus tesis.

 Algunas muestras

 Las bilis, autosegregadas o mercenarias de tantos de los del primer grupo no merecen sino el desprecio. Pero conviene recoger en esta panorámica político-eclesial que intentamos ofrecer, algunas muestras de periodismo que, aunque sin duda produjeron regocijo en no pocos obispos del sector mayoritario, eran viento desatados que muy pronto iban a volverse contra ellos. Lo veríamos claramente muy poco tiempo después cuando una nota de la Comisión Permanente sobre la postura que debían adoptar los católicos en las últimas elecciones legislativas, fue casi tan “contestada” como, en su día, la pastoral del cardenal primado (“Vida Nueva”, 17-2-79)

 Porque determinadas fuerzas políticas sólo están dispuestas a aceptar a la Iglesia cuando se muestra como organización subversiva y revolucionaria. Es decir, cuando no es Iglesia. Y éste ha sido el error básico del cardenal Tarancón. Por el que ha pagado ya un elevado precio y por el que, en el futuro, tendrá que entregar todavía más elevadas prendas. En alguna ocasión escribí que el cardenal de Madrid era como esas novias tontas y fáciles que se quedan con niño y sin boda. Conociendo a la novia, no era “profético” anticipar el desenlace. Desgraciadamente para él, cosa que me trae sin cuidado, y para la Iglesia española, lo que me preocupa muchísimo. La profecía se va a convirtiendo en dolorosísima realidad.

 Veamos como el sesudo “Informaciones” (19-11-78) apostillaba por la pluma de su habitual y “ucedero” comentarista Abel Hernández, que tal vez sea el antaño cura progresista multado por la “oprobiosa” (“Pueblo”, 14-5-69), la pastoral del arzobispo de Toledo.

 Los obispos que se oponían a la Constitución eran el “pequeño reducto ultraconservador, partidarios del viejo nacional catolicismo, apegados al viejo régimen y a las banderas al viento”. “Estos obispos, todos ellos nombrados por Franco (como si a Tarancón, Cirarda, Díaz Merchán o Jubany los hubiera nombrado Manuel Azaña), actúan con la mejor voluntad, pero están más cerca de la Plaza de Oriente que del Palacio de las Cortes, donde tiene su sede la genuina representación de la voluntad popular”.

 Arrimarse al árbol de “UCD”

 Yo no sé de qué punto del plano madrileño están más cerca su obispos del “grupo de don Marcelo”. No lo sé  ni me importa porque Madrid no es una medida eclesial. Me basta con saber que están muy próximos a la doctrina de la Iglesia y a lo que hoy dice su más genuino representante, el Papa Juan Pablo II porque eso sí que es una verdadera garantía. Sí sé, en cambio de quién está muy próximo Abel Hernández, y esa proximidad, eclesiásticamente, no tiene la menor relevancia. Porque arrimase al árbol de UCD, a cuya sombra se cobija el periodista de “Informaciones”, sea laico o clérigo, secularizado o no, y bajo el que corrieron a cubrirse Tarancón y sus muchachos, puede ser muy rentable en una perspectiva alicorta de escaños o gabelas temporales, pero nada significa en lo que debiera ser la regla áurea del comportamiento episcopal, en contemplar todo lo de este mundo sub specie aeternitatis”. (…)

 Falta de solidaridad

 En el artículo de Abel Hernández, que venimos comentando, se apunta, por primera vez, una objeción a la Pastoral del cardenal primado (Marcelo González) que luego se iba a repetir hasta la saciedad. Y es la falta de solidaridad de estos nueve obispos para con sus compañeros en el episcopado. Como si ella fuera un valor supremo ante el que debiera ceder incluso la verdad.

 En palabras del periodista, “lo que sí sorprende y hasta escandaliza un poco es la falta de solidaridad y respeto que demuestra este documento y sus partidarios con el colegio episcopal”. Otros epígonos de la conferencia señalarán después cómo, en tiempos de la presidencia de monseñor Morcillo (1968-71), los obispos progresistas callaron sus discrepancias por no romper esa imagen de unidad que ahora -y dan entender que por culpa de los nueve- se ha deshecho, en escándalo del pueblo fiel.

 No se dan cuenta que a quien colocan en muy mal lugar, con este proceder denunciado, es a los obispos que callaron entonces ideales y creencias. Porque si en verdad creían que ellos eran quienes tenían razón, y en asuntos de gravedad, debieron hacer pública su discrepancia, porque con la verdad no caben amaños. Es mucho más digna y coherente la actitud de don Marcelo y sus ocho compañeros cuando, creyendo que la actitud de la mayoría de los obispos no era acertada y que con su silencio exponían gravemente su honor episcopal, así lo expusieron.

 Una vez más, parece ponerse de manifiesto la diferencia entre unos obispos y otros. Don Marcelo cree en la doctrina de la Iglesia y la predica, esté en el Poder o en la oposición. Como corresponde a un obispo. A los otros parece traerles sin cuidado la doctrina y la supeditan a valores secundarios, por importantes que puedan ser.

 (Continuará)

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979

 

martes, 22 de septiembre de 2026

El aberrante catolicismo de los nacionalistas vascos

 Artículo de 1970

 “EL CATOLICISMO DE LOS NACIONALISTAS VASCOS”

 Tiene plena actualidad (1970), a pesar del transcurso del tiempo, para nuestros lectores, la lectura del prólogo a la obra “El Catolicismo de los Nacionalistas Vascos”, de don Pedro P. Altabella, escrito por don Javier Lauzurica, Administrador Apostólico de Vitoria (1939), a cuya diócesis pertenecía entonces Vizcaya.

 Naturalmente que nuestros lectores pensarán, tras su lectura, lo mismo que nosotros: Cualquier semejanza entre Administrador Apostólico (mons. Lauzurica, 1939) y Administrador Apostólico (mons. Cirarda, 1970, antifranquista) es pura coincidencia. Y no faltará quien se pregunte también ¿en qué quedamos señores Administradores Apostólicos?

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 Prólogo de Javier Lauzurica, Administrador Apostólico de Vitoria a la obra “EL CATOLICISMO DE LOS NACIONALISTAS VASCOS”, de d. Pedro Altabella (1939)

 “En el problema vasco, tan traído y llevado por toda Europa y América y, por regla general, tan mal comprendido, los hechos son bien patentes y la verdad que de ellos se desprende es, a nuestro juicio, clara.

 En España con la implantación en 1931 de una Constitución laica, lesiva de todo derecho religioso individual y social, con los atropellos y desmanes consiguientes cometidos contra la conciencia católica y, sobre todo, contra la Iglesia, se llegó la perpetración de crímenes y robos sacrílegos, al incendio de templos, al asalto de casas religiosas en tal forma que estos males, lejos de aminorarse con el tiempo, iban en aumento de día en día. A la Iglesia se la iba despojando de todo y, en el Estado español, la injusticia y el libertinaje ocuparon, por asalto, el trono que, en toda nación bien organizada posee pacíficamente la justicia y la verdadera libertad. Difícil es que se dé un caso en que aparezca más justificado un alzamiento.

 “Quien recuerde las listas de vandálicos desmanes leídas o presentadas en el Congreso y, sobre todo, piense en el monstruoso crimen de la madrugada del 13 de julio de 1936 (Calvo Sotelo) verá que el alzamiento fue la única tabla de salvación que flotaba sobre el borrascoso mar de nuestra Patria, y es tanta la verdad de esta afirmación que, por documentos auténticos sorprendidos al enemigo, estábamos por aquella fecha, en vísperas de ver convertida España entera en un cantón de Rusia bajo el tiránico poder de los “sin Dios”.

 “La Providencia nos deparó un hombre que, a su talento militar, unió un espíritu profundamente cristiano, heroicamente patriótico y serenamente recto. A él se adhirieron y debieron adherirse todos los hombres de buena voluntad que sintieran el respeto debido a la religión, el amor a la Patria y la preocupación de ver encuadrada la nación dentro del marco de “la justicia que eleva a los ciudadanos” (Prov. XIV, 34).

 “No lo entendieron así los dirigentes del Partido (católico) Nacionalista Vasco de Vizcaya y Guipúzcoa, a juzgar por la ayuda que desde el primer momento prestaron a la alianza marxista, poniéndose, por otra parte, en abierta contradicción con los sentimientos de su partido, que, al menos en gran parte de Vizcaya fue, en un principio, opuesto, en su casi totalidad, a la unión con los partidos de izquierda.

 “Por eso, hubo de levantar su voz quien tenía poder para ello y a oídos de todos los vascos llegó el documento pastoral de los excelentísimos señores Obispos de Vitoria y Pamplona, que publicaban “para conocimiento de todos y efectos consiguientes”, en él se reprobaba la unión con los enemigos de la Iglesia como ilícita, monstruosa y escandalosa. Poco después dirigía el excelentísimo señor Obispo de Vitoria una locución por radio a todos sus diocesanos, y entre otras graves afirmaciones les decía:

 “Católicos vascos… No podéis, de ninguna manera, cooperar, ni mucho ni poco, ni directa ni indirectamente, al quebranto del Ejército español y cuerpos auxiliares requetés, falangistas y milicias ciudadanas que, enarbolando la auténtica bandera española bicolor, luchan heroicamente, por la Religión y por la Patria. Oh, si triunfaran los marxistas, rotos los diques todos de la religión, de la moralidad, de la decencia, la ola arrolladora hundiría a todos en su furioso ímpetu; no habrá salvación para los católicos y procurarán, por todos los medios, borrar hasta el último vestigio de Dios”.

 “El prelado mandaba, pero los dirigentes del Partido Nacionalista Vasco desoyeron su voz y no le obedecieron. En cambio, se dejaron seducir por los ofrecimientos y halagos del líder socialista Prieto, y por un plato de mentidas libertades vendieron al pueblo vasco e hicieron traición a la primogenitura de la fe católica. Creyeron, sin duda, los dirigentes del Partido Vasco, que, desterrada y aun arrasada la religión del resto de España, podrían ellos conservarla en el rincón de su país. Semejante absurdo tiene una explicación que lo aclara todo. Los dirigente del Partido Nacionalista Vasco prefirieron la política a la religión y su órgano principal de prensa, “Euzkadi” se preocupó más de medrar políticamente que de defender la religión en toda su integridad. Esta subversión de principios ha sellado, con caracteres de catástrofe, gran parte de la región vasca”.

 “Queremos hacer constar aquí, para orgullo de Navarra y Álava, que esas dos provincias hermanas supieron mantenerse a la altura de su gloriosa y no desmentida tradición; en cambio, a gran parte de ciudadanos honrados de Vizcaya y Guipúzcoa hicieron claudicar unos cuantos dirigentes que no supieron apreciar en su justo valor el tesoro de espiritualidad que llegaron a tener en sus manos-

 “Más tarde pretendieron justificar su conducta, equipando los crímenes de la España roja con las ejecuciones de la España nacional. ¡Aberración inexplicable! En la España roja se ha perseguido al sacerdote como ministro de Dios, en la España nacional se le ha respetado siempre en su calidad de ministro de la Religión católica. En la España roja se han destruido, destrozado o inhabilitado los templos del Señor, destinándolos a usos profanos cuando no sacrílegos; en la España Nacional han continuado destinados al culto y, al paso que nuestras armas incorporaban los pueblos a la nueva España, los edificios recobraban su antigua denominación y, consagrados de nuevo al Señor, se abrían al culto. En la España roja, el odio la religión ha sido sistemático; en la España nacional se ha vivido y se vive intensamente la fe católica y se rivaliza en exteriorizar el amor a Dios.

 “Yo espero que este libro, que proyecta hechos importantes a la luz de la verdad, influirá, eficazmente, en los entendimientos oscurecidos por la ignorancia u ofuscados por el error.

 “Como la mejor recompensa a su trabajo, yo deseo al autor de este libro que se propague por todas partes y sea leído, de modo especial, por mis diocesanos, para que, conociendo el problema vasco en toda su significación, amemos todos juntos a la Iglesia con su Cabeza visible, el Papa, y a España con su incorporable Caudillo Franco.

 Vitoria, festividad de Santo Tomás de Aquino, 1939


Revista FUERZA NUEVA, nº 192, 12-Sep-1970

 

domingo, 20 de septiembre de 2026

Subversión jesuítica postconciliar

 Artículo de 1968

 A. M. D. G. (Ad Majorem Dei Gloriam)

 Tenemos ante nosotros la revista «Hechos y Dichos» (Revista de pensamiento y actualidad «cristiana»), que publican los padres jesuítas de Zaragoza en su número actual (383). Mentiríamos al decir que su lectura nos ha dejado asombrados, porque a un católico de la época posconciliar no le asombra ya nada: 

 Un artículo del P. López Dóriga, S. J.: «Impresiones sobre Holanda». Meras impresiones fotográficas —nos dice—, pura descripción «neutralista» de un viaje; ebullición mucha ebullición. Pero buenos chicos, según esas «impresiones»: todos desean mantenerse fieles a la fe católica, y la Iglesia holandesa sigue firme caminando hacia el futuro. Descripción de (supuestas) misas en torno a una elegante mesa de madera, sin mantel alguno, con dos cirios y una esbelta copa de cristal; butacas de teatro para los asistentes, que conversan entre sí y permanecen sentados confortablemente durante toda la ceremonia; manoseo por todos de las sagradas especies; nada de genuflexiones ni de cruces. (¡Ambiente simpaticón!) Alusión igualmente cordial al nuevo Catecismo holandés, «intento laudable y en parte conseguido de poner al alcance de la mentalidad moderna el contenido más auténtico (sic) de nuestra fe». Lo «novedoso» de él es que silencia aquellos puntos que son en Holanda objeto de REVISION y discusión entre los teólogos: entre otros, «la virginidad de María, sentido de la presencia real en la eucaristía (con minúscula), historicidad de los evangelios, significado de la resurrección, preexistencia Y DIVINIDAD DEL MISMO JESUCRISTO».

 Si yo relatase fría y objetivamente cómo en mi presencia dos mozalbetes apalean, para robar, a un anciano, o a mi mismo padre, lo que causaría horror en mis oyentes, no sería tanto el hecho como el relato mismo, la actitud que revela en el relatante. Esta es mi misma sorpresa ante estos DESVERGONZADOS APOSTATAS CON SOTANA Y LICENCIAS.

 La tal revista «Hechos y Dichos» (hoy renovada posconciliarmente) se llamaba hasta hace pocos años —si no recuerdo mal— «Hechos y Dichos en pro de la Iglesia Católica». Era una publicación ñoña, beata y elemental, cuya gracia principal (su «chiste» original) era poner en labios de un imaginario ateo o librepensador una crítica a la Iglesia o sus ministros, y replicarle, por boca del cura ultrajado, una ingeniosísima y contundente respuesta, que lo dejaba corrido y callado.

 ¿Han pasado siglos para que aquel órgano de la beatería y de la cerrazón se convierta en un libelo «informativo»

Que, desde el más neutral racionalismo, nos relate con igual frialdad (o simpatía) el más horrible sacrilegio o la apostasía más evidente? No, no: han pasado unos pocos años. SON LAS MISMAS PERSONAS que ayer bailaban a un son y hoy bailan a otro. Ejemplo típico, en ese mismo número, el bello artículo del P. De Llanos, un jesuita demócrata que de lo único que no se apea es de ese aristocrático DE antepuesto a su apellido. Aquí se enfrenta con una opinión del P. Danielou, que afirma la necesaria encarnación de la Iglesia en instituciones dentro de cualquier civilización que ella inspire. 

Nuestro P. DE Llanos aboga por una anárquica minoría-testimonio que renuncie a toda relación institucional con la sociedad (abandonada, por supuesto, a sus «organizadores» tecnocráticos y marxistas del «Mundo Moderno»). Sin embargo, no hace falta ser viejo ni tener demasiada memoria para recordar dar al tal P. DE Llanos al frente de las juventudes pro fascistas, marcando el paso de las legiones romanas, comprometiendo a la Iglesia con el mayor entusiasmo en los ensayos totalitarios y en el culto a la Nación que todos recordamos. ÉL MISMO, CON SU MI5MA CARA.

 Y se pregunta el pueblo fiel, el pueblo cristiano, que toma en serio su fe y la disciplina de su Iglesia, ¿qué crédito puede otorgarse a semejantes títeres, a su criterio, a su formación religiosa y humana? ¿QUIENES SON esos que nos hablaron y nos hablan en nombre de Dios y de su Iglesia?

 MENDIBELZA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 217, 24-Feb-1968

 

viernes, 18 de septiembre de 2026

Revanchismo renombrando las calles

 Artículo de 1979

 Los nombres de las calles

 La ola de revanchismo que mueve a los políticos a quienes los traidores de Franco regalaron la victoria lograda a costa de tanta sangre se manifiesta en la fiebre de suprimir del nomenclátor callejero cuantos nombres, fechas o hechos puedan recordar o perpetuar la historia de la Cruzada de Liberación y la derrota que ante el mundo infligiera a los rojos Francisco Franco.

 Como una obsesión, la pertinaz insistencia en querer borrar de las mentes un hecho histórico irreversible y la maniobra de querer cambiar la triste y degradante imagen de lo que fuera la dominación roja, sus dramáticas, sangrientas y deplorables consecuencias, la repulsa general del pueblo hacia los símbolos, anagramas y banderas -hoy otra vez en el poder- y, posteriormente, el espontáneo júbilo popular al llegar la tan anhelada liberación, que Cataluña conmemora precisamente estos días (1939-1979).

 Los pueblos y ciudades sufren la oprobiosa imposición de nombres que vienen a hacernos convencer que la guerra civil habría sido una inútil militarada y crear en el ambiente una atmósfera de “provisionalidad” de aquellos años de paz, orden y prosperidad, que tuvimos la dicha de vivir hasta que los partes de la victoria son arrancados de las casas consistoriales y que se toleren las voladuras de los monumentos a los Caídos por Dios y por España o las vejaciones y ofensas a la bandera nacional.

 Las calles que llevaron los nombres de José Antonio, Franco, Calvo Sotelo, Alcázar de Toledo. Mártires de la Tradición, etc. son objeto de cambios parar “democratizarlas” poniéndoles nombres que en no pocas ocasiones nos traen vergonzosos recuerdos, llenos de dramatismo, individuos indeseables y sucesos atentatorios a la Patria.

 Los ajusticiados por sus delitos contra España -o simplemente por delitos comunes- son exaltados como mitos defensores de la libertad y del pueblo, como los que estuvieron al lado del comunismo, la masonería, el marxismo e intervinieron en los expolios, incendios, asesinatos y abusos que sufrimos desde 1936 a 1939, y autores de los sucesos que sumieron a España en la pobreza, la destrucción y el caos del que Franco y sus seguidores lograron sacarnos, gracias al esfuerzo de todos los españoles y al sacrificio de nuestros mejores.

 Ya no se tolera que una calle nos recuerde un nombre glorioso. Y con desmesurada venganza son rotas las lápidas honradas con los nombres de los héroes y las gestas que culminaron con la victoria de aquella Cruzada de Liberación, cuyo solo recuerdo les saca de quicio.

 La hoz y el martillo ha vuelto a enseñorearse de la calle y de la política. El nombre de Dios, borrado de la Constitución. La unidad de España es tema provocativo en las autonomías y “nacionalidades”, como provocación se considera el gritar “Arriba España” o simplemente “viva el honor”.

 ¡Qué pena y qué vergüenza!

 La sangre de nuestros caídos -caídos por amor- clama justicia ante tan graves agravios y olvidos.

 LLUYS


Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979