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lunes, 6 de abril de 2026

¿Puede un católico ser demócrata?

 Artículo de 1979

Al Papa Juan Pablo II

 ¿PUEDE UN CATÓLICO SER DEMÓCRATA?

 Después de leer las cartas de Monseñor Enrique y Tarancón, nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, quedan como nubladas, oscurecidas y conturbadas.

 Santo Padre:

 El Concilio Vaticano II, que a todos los fieles nos compromete y obliga, propone: “Los obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios, prediquen juntamente con su sacerdotes el mensaje de Cristo, de tal manera que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del Evangelio… Capacítense con insistente afán para participar en el diálogo que hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier opinión” (GS, 43).

 Pero también afirma este mismo Concilio: “Cristo, Profeta grande, que por el testimonio de su vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes, por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra (Cf, Act 2, 17-18, Apoc. 19,10), para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana familiar y social” (LG,23).

 El cardenal Tarancón, contrario al Magisterio de la Iglesia

 Pues bien, muchos católicos de Madrid y de España, cuando queremos cumplir nuestra misión profética, nos encontramos con que nuestro sentido de la fe está en pugna con lo que enseña el cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española. Monseñor Tarancón, en sus ambiguas y a veces contradictorias “cartas cristianas”. Nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, después de leer las “cartas cristianas” que publican profusamente los periódicos, quedan como anubladas, oscurecidas y conturbadas, en gran parte porque esas “cartas”, lejos de esta inspiradas por el Evangelio, están inspiradas por razones y motivos de “humana sabiduría” y versan sobre materias políticas opinables. Pero no sólo quedamos desorientados y perplejos porque, a menudo, esas “cartas cristianas” se oponen a nuestro “sentido de la fe”, sino porque se oponen a la doctrina tradicional de la Iglesia y a muchos textos explícitos del Concilio Vaticano II.

 Ignoramos si el cardenal Tarancón comulga con Juan Pablo II

 Los católicos sabemos, sí, que, como enseña el mismo Concilio (LG,25), “los obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, tienen obligación de aceptar y adherirse, con religiosa sumisión del espíritu al parecer de su obispo en materias de fe y de costumbres cuando él las expone en nombre de Cristo”. Pero sucede muchas veces que el cardenal Tarancón, en sus “cartas”, no está en comunión con el Romano Pontífice Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII ni, por supuesto, con el Concilio Vaticano II. Y, por otra parte, ni sabemos si está en plena comunión con Vuestra Santidad, porque Vuestra Santidad no se ha pronunciado sobre los temas que el cardenal aborda, innovando y contradiciendo la doctrina común en la Iglesia anterior al Vaticano II.

 Por lo demás, tampoco nos es fácil a los fieles católicos discernir en esas “cartas cristianas” lo que son propiamente materias de fe y costumbres y materias políticas, en aquello en que la política es ajena al contenido de la fe y de la moral y, por tanto, cuestión opinable, en la que haría mal el cardenal Tarancón en usar su oficio pastoral para inclinarnos en favor de un partido político, según aquello que acordó el Sínodo de los obispos de 1971 que, referido a los presbíteros vale “a fortiori” para los prelados: “Hay que procurar que su opción no aparezca ante los cristianos como la única legítima o que se convierta en motivo de división entre los fieles” (AAS,1971, pág.913).

 Yo no tengo derechos humanos en la Iglesia

 Como sabe Su Santidad, la Iglesia, que tanto se preocupa hoy por definir y promover los derechos humanos civiles, no se preocupa bastante, si es que se preocupa algo, por definir y legalizar canónicamente los derechos humanos eclesiales. Por eso, yo no tengo derecho en la Iglesia -por más que sea católico y publicista militante- a que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe examine y dictamine si las “cartas cristianas” del cardenal Tarancón están en comunión con la doctrina tradicional de la Iglesia que, sin duda, profesa y debe profesar también Su Santidad.

 Y como la Iglesia todavía no respeta mi derecho humano a que se examine y se sentencie de oficio la conformidad de la doctrina del cardenal Tarancón -que rara vez aduce en sus “cartas” texto de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia- con la doctrina ortodoxa católica, sólo puedo y me atrevo a dirigirme públicamente a Su Santidad -porque las cartas que se le envían a través de la Secretaría de Estado no obtienen respuesta-, para pedirle la gracia de que “confirme a sus hermanos en la fe” (Lc.22,32), señalando lo que de sana  doctrina o de doctrina desviada o heterodoxa pueda haber en el magisterio del cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Iglesia española.

 Obrar “con espíritu democrático” no cristiano

 Una espécimen de la doctrina de nuestro cardenal podría ser este: “Es necesario, pues, que los que tienen una concepción espiritualista de la vida -auténticamente humanista que reconoce las distintas dimensiones del hombre y afirma su trascendencia- se apresten para intervenir inteligente y eficazmente en esta época pos- constitucional. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la política tiene su propias leyes y que la democracia encierra unas exigencias esenciales. Habrán de aprestarse, pues, para actuar con criterios y procedimientos políticos y con verdadero espíritu democrático” (“ABC, 23-XII-76).

 Como puede advertir Su Santidad, esta es una sentencia o un criterio estrictamente maquiavélico o laicista. A los católicos, aquí, se nos inculca no que no actuemos con criterios morales en la política y que nos comportemos con “verdadero espíritu cristiano”, sino que hagamos la política lo mismo que la hacen los paganos.

 No hay verdadera autonomía de lo político

 En esta materia, el cardenal Tarancón interpreta mal el Concilio Vaticano II cuando habla de la “autonomía de las cosas terrenas” y olvida el pronunciamiento tradicional de la Iglesia expresado en estas palabras del Vaticano II: “Pero si con las palabra “autonomía de las cosas terrenas” se entiende que las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede usar de ellas de tal manera que no las vincula (“referat”) al Creador, nadie que reconozca a Dios deja de sentir cuán falsa es tal sentencia” (GS,36). 

Si las palabras del cardenal Tarancón aquí pueden y deben entenderse como maquiavelistas, laicistas, secularistas, el Vaticano II no ofrece dudas: “Una cosa cierta hay para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva… responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo” (GS,34). Esta sentencia no ha querido tenerla en cuenta ni el cardenal Tarancón ni la mayoría de los obispos españoles al recordarnos a los católicos cuál habría de ser nuestra actitud ante la promulgación de la reciente Constitución española, que ni orienta a Dios la actividad humana ni le reconoce como creador de todo, cosa que deberíamos haber confesado los católicos españoles en nuestra Constitución, puesto que reunimos a la mayoría de los votos de la Nación.

 El cardenal Tarancón toma el partido democrático

 Otra muestra también reciente y singular de la falta de congruencia entre la doctrina tradicional católica y la doctrina expuesta por el cardenal Tarancón queda patente en estas palabras de él: “Es necesario afirmar rotundamente: 1. Que la democracia no está en contra de ninguna verdad de la fe cristiana. La “soberanía del pueblo” en el plano político -principio fundamental de la democracia- no va en contra de que “toda autoridad viene de Dios”… 2. “Pío XII hizo el gran elogio de la democracia (“Ya”, 6-I-79)”. El cardenal Tarancón no explica por qué la Iglesia en Italia excomulga a las personas que coadyuvan a la consumación de un aborto provocado, siendo así que la Ley del aborto ha sido allí promulgada “con” espíritu democrático y con todo rigor democrático.

 La democracia es contraria a la verdad primordial del cristianismo

 El cardenal Tarancón, con esas palabras, favorece y sacraliza a cierto modo a la democracia, a pesar de que la democracia, real o prácticamente, es contraria a la verdad fundamental del cristianismo. Yo tengo por verdad fundamental o primordial del cristianismo la de que Dios existe, pero un dios revelante y legislador cuyas verdades y cuyas leyes debe acatar el hombre que quiera ser verdaderamente libre y feliz. La democracia (sea liberalista, sea socialista) opera como si no existiese ese Dios legislador. No pueden ser más contrarias una actitud como la cristiana (que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de Dios) y la democrática, que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de los hombres, desentendiéndose de la voluntad de Dios.

 Sólo es admisible la democracia que respeta la Ley de Dios

 Por eso, el Vaticano II, concorde con la doctrina tradicional de la Iglesia, enseña contra el cardenal Tarancón: “Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana y, por lo mismo, pertenecen al orden predefinido por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en el de las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral” (GS,74). 

Y cuando el Concilio enseña que es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan estructuras jurídico políticas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin discriminación alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y activamente en el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la comunidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la fijación de los campos de acción y de los límites las diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes (GS,75), el mismo Concilio nos remite a los discursos del Papa Pio XII, como el radiomensaje navideño de 1944, donde se hace patente que para la Iglesia no es buena cualquier democracia sino la “sana democracia”, la que se basa en el sufragio universal, sino en la Ley de Dios, en el ordine assoluto”, como dice Pío XII, el “ordo moralis” de que habla el Concilio. Pío XII, lejos de hacer el gran elogio de la democracia, hizo patentes sus sagradas reservas a ella. 

Y, por lo que toca a Pablo VI, podemos recordar la “Octogesima Adveniens”.

 La democracia común es contrario al catolicismo

 La democracia tiene por fundamento explícito o implícito, ya la ideología liberalista, ya la ideología marxista: es así que en la Octogesima Adveniens” (como en los documentos pontificios del siglo XIX y XX) se establece que la ideología liberalista y la ideología marxista son contrarias e incompatibles con el catolicismo: luego la democracia es contraria al catolicismo e incompatible con él. Las dos premisas de este silogismo son tan evidentes que no necesitan demostración; lo único que necesitan es que Su Santidad se pronuncie inequívocamente sobre una materia tan grave como ésta, la que nuestro cardenal Tarancón ha tomado un partido y, además, desviado.

 Eulogio RAMÍREZ

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979

 

 

sábado, 4 de abril de 2026

Por la sotana contra el traje clergyman

 Artículo de 1968

 ¿SOTANA O CLERGYMAN?

 Por P. CATALAN

 Voy a tocar un tema candente. El que se refiere al permiso de no usar hábito talar o sotana, concedido por algunos obispos a los sacerdotes de sus diócesis. Y lo hago sabiendo que me hago antipático a no pocos eclesiásticos y jerarcas. Pero lo hago para procurar evitar el abuso, que está cundiendo, de ese permiso concedido. No hablaré por mi cuenta; hablarán los documentos que comentaré.

 La Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal española del 13 de julio de 1966, tomó los siguientes acuerdos sobre el hábito eclesiástico.

 1. ° La sotana o traje talar es el hábil o normal, como hasta ahora, de los sacerdotes españoles, que, aun en las regiones en que se introduzca el uso permitido del traje eclesiástico no talar, deberán obligatoriamente usar todos dentro y fuera de los templos, en las celebraciones litúrgicas y en el ejercicio del sagrado ministerio y en aquellos casos y circunstancias que determine el respectivo prelado diocesano.»

 Por consiguiente, en toda España la sotana o traje talar es el hábito normal de los sacerdotes. No dice que será sustituido por el no talar, sino que continuará siendo el hábito eclesiástico de los sacerdotes como hasta ahora. Nunca en España había estado en uso otro traje, aunque lo estuviera en otras naciones, con permiso de la Santa Sede, por razones especiales que no existieron ni existen en España, salvo en los días de persecución. Por esto, el Episcopado español, de acuerdo con el canon 136, que dice que «los clérigos deben vestir traje eclesiástico decente, según las legítimas costumbres de los lugares y las prescripciones de los obispos», ha ordenado que en España, por ser costumbre legítima e inmemorial, los sacerdotes vistan traje talar o sotana. Y al decir sacerdotes españoles, incluye a todos los sacerdotes, sean diocesanos, sean religiosos, sin excepción.

 Este acuerdo obliga a todos los sacerdotes, aun aquellos de las diócesis en que se permita el uso del traje no talar.

 ¿Cuándo? Lo dice taxativamente el acuerdo: dentro y fuera del templo, y obligatoriamente. Y nótese que, después de templo, hay coma para advertir que no debe entenderse en sólo las celebraciones litúrgicas.

 Por desgracia y con escándalo de los fieles y en desprestigio de la dignidad sacerdotal, en no pocas diócesis continuamente se viste el clergyman, incluso dentro del templo, en la celebración de la santa misa, en la administración de los sacramento y el desempeño del ministerio sagrado, a ciencia y paciencia de sus obispos. ¿Es que ya es impotente la autoridad eclesiástica para cortar y castigar estos abusos?

 2. ° La segunda norma dice que «cuando lo aconsejen motivos razonables sean autorizados los sacerdotes para que, en la diócesis y fuera de ella y en el curso de la vida civil, puedan usar decorosamente el llamado clergyman».

 Según esta norma, para ser autorizado a usar el clergyman, débense tener motivos razonables, verdaderos, objetivos, y no subjetivos, falsos o puros caprichos de vanidad.

 ¿Pueden alegar dichos motivos cuantos en esas diócesis usan habitualmente el clergyman incluso en el templo y la administración de los sacramentos y en el ejercicio del sagrado ministerio? ¿No es despreciar la autoridad eclesiástica, pisotear los acuerdos del Episcopado español este abuso del traje no talar?

 3. ° «Está absolutamente prohibido el uso del traje seglar, sin permiso especial del Ordinario del lugar, dado por escrito.»

 Esta norma va siendo despreciada y pisoteada por no pocos, que deseaban el permiso de usar el clergyman para llegar hasta el traje seglar no por motivos apostólicos, sino por motivos mundanos. De este modo, ocultando el clergyman con el jersey o la gabardina y cambiando sólo e! cuellecillo, pueden asistir a bares, cines, cafés y a toda clase de diversiones. Cuando falta el espíritu sacerdotal, todo es posible. Esta rebeldía y esta despreocupación se nota principalmente en los sacerdotes progresistas, mal formados en los seminarios que no son pocos por desgracia.

 Al autorizar el Sr. Arzobispo de Barcelona el uso del clergyman en su diócesis, cosa de que más de una vez se habrá arrepentido, de conformidad con la letra y el espíritu de los acuerdos del Episcopado español, dirigió a sus sacerdotes la exhortación que gustoso reproduzco en estas páginas:

 «Sea nuestra norma vestir la sotana, túnica de Cristo, como la llamó Juan XXIII, de santa memoria. Pensad que nuestro pueblo, en general, nos venera viéndonos vestidos con traje talar y no será seguramente el vestido el que salve la distancia de algunos alejados de] sacerdocio.»

 «Si vivimos en un lugar que, por su gran populosidad y complejidad de vida, aconseja tal vez que en determinadas circunstancias no se emplee el hábito talar, sin embargo, creo sinceramente que para no herir la sensibilidad de nuestro pueblo y para más ajustarnos nuestra gran misión de sacrificar a las almas -ley suprema de toda Pastoral- para distinguirnos en medio de la comunidad cristiana, debemos limitar el uso del clergyman a lo que exija el régimen pastoral de los fieles» (Boletín Oficial del Arzobispado de Barcelona, agosto 1966).

 Esto está muy conforme con la letra y el espíritu de los acuerdos del Episcopado español. Pero ¿quiénes lo cumplen? ¿Lo exige el régimen pastoral el vestir de clergyman para ir de viaje, a paseo, o el hacer visita, la asistencia a los despachos parroquiales, a las reuniones de la Acción Católica, de las Juventudes, de las Congregaciones marianas, etc.? ¡Hay que ver cómo lucen su flamante clergyman sacerdotes, jesuítas, escolapios, claretianos, benedictinos, salesianos o bien su traje seglar no pocos sacerdotes! ¿Para qué? Vale más no decirlo. Para nada sirve la experiencia del siglo XIX, en que se mandó el uso del traje talar, ni los de los lugares de esta época en que está en uso.

 Han querido sincerar su conducta en todo tiempo los que han abusado del traje seglar principalmente y quieren legitimar el abuso del clergyman diciendo que la sotana estorba el apostolado, que es un hábito ridículo en los tiempos modernos y que hemos de procurar el «aggiornamento».

 Tales excusas suponen gran ignorancia ascética y psicológica en los que las aducen; es indicio del refinado orgullo y sabe a mundanización.

 Cuando el P. Colosio, O. P., director de ¡a revista «Ascética y Mística», de Florencia, defendió la doctrina tradicional, es decir, «que en nuestras regiones era mejor conservar el hábito eclesiástico talar, para evitar el peligro de mundanización del clero y porque podía ser un medio para observar mejor la castidad», protestaron enérgicamente no pocos sacerdotes, declarando que se avergonzarían de hacer depender la observancia del voto de castidad del hábito, más bien que del amor de Dios. Como si el P. Colosio hubiese dicho que de dicho uso dependiera exclusivamente cuando sólo dijo que podía ser un medio, como siempre se había dicho por todos los autores de Pastoral y Ascética, a más con los santos y la misma Iglesia.

 Entre los santos defensores del hábito talar, merece mención especial San Antonio María Claret, el gran santo misionero español del siglo XIX. En su hermoso libro «El Colegio Instruido», que por años fue ei orientador y formador de los aspirantes al sacerdocio de los seminarios españoles —que seguramente no han leído los sacerdotes progresistas destructores de la ascesis tradicional— desarrolla admirablemente esta doctrina sostenida por el P. Colosio.

 Al hablar de la castidad sacerdotal, San Antonio María Claret pone como medio, además de otros varios, «andar siempre con hábitos talares». He aquí sus palabras.

 «Los antiguos filósofos decían: «fructum castum cutis aspera servat»; la corteza áspera y erizada conserva el fruto casto... Dios ha dada la sotana al clérigo, para que se conserve casto, como la corteza a la fruta para conservarse. ¿Qué sería de la naranja, del melón, de la sandía, si se les quitara la corteza? Seguro que el aire los corrompería: otro tanto hace el aire del mundo a los clérigos que se quitan la sotana, los corrompe completamente... Te exhorto a que vistas siempre los santos hábitos y practiques los demás medios que te hemos insinuado, y te damos palabra de que te conservarás casto como debes.» (Col. Ins. tomo 2.°, pág 172.)

 Pero San Antonio María Claret hace más: dedica todo el capítulo XXIII de dicho tomo del «Colegial Instruido» a aprobar la obligación que tienen los clérigos de llevar hábitos talares. He aquí unos párrafos de su argumentación:

 «La Iglesia ha prescrito a sus ministros el uso de un hábito talar que visiblemente los distinga y discierna de los demás hombres, ha querido que los pueblos conozcan a los que ha elegido para ministros suyos, por la corona, por el  corte del cabello y por el hábito talar, y muy principalmente por el cuidado de evitar en sus vestidos la preciosidad y cuanto pueda respirar la vanidad de las gentes del mundo; porque, como decía San Jerónimo a Nepociano, ninguna cosa es tan mal parecida en los eclesiásticos como la vanidad en el vestir y adornarse con las libreas del mundo a que renunciaron.»

 Considerando, pues, la Iglesia las funestas consecuencias que podrían acarrear a las costumbres del clero el olvido y el desprecio de la santa simplicidad y modestia, en que tanto se esmeraron los clérigos de los primeros siglos, a proporción del descuido que en cada uno de éstos ha ido reconociendo en sus miembros, ha renovado sus leyes con tanta universalidad y rigor que nos atrevemos a decir que ésta ha sido su voz en todos los siglos, en todos los concilios generales, en los nacionales, en los provinciales y en los diocesanos; está en todas las naciones, en el Oriente, en el Occidente, en el Septentrión y en el Mediodía; por manera que ninguna cosa se encuentra más veces tratada; baste decir que desde el Concilio de Cartago, celebrado en el año 398, hasta el presente (año) se encuentran 13 Concilios generales, 18 Papas, 150 Concilios provinciales y más de 300 Sínodos, que «han mandado que los clérigos lleven hábitos talares...» 

El Concilio de Trento dice: «Aunque el hábito no hace al monje, sin embargo, conviene que los clérigos siempre traigan vestidos convenientes a su vida, para que con la decencia de su traje muestren la interior honestidad de sus costumbres, por cuanto en este tiempo ha prevalecido la temeridad de algunos, y el desprecio que hacen de la Religión es tan grande que, estimando en poco su propia dignidad v honor clerical, traen públicamente vestidos de legos...» (Cap. Vl-Ses. 14 De Refor.)

 Después de aducir San Antonio María Claret las leyes 12 del Tít. 10, libro I., y la 15 del título 13, libro 6.° de la Novísima Recopilación e que se mandaba y manda que todos los ordenados in sacris usen constantemente el hábito talar» y la autoridad del dulcísimo San Francisco de Sales, que prohibió a los confesores de su obispado que dieran la absolución a los eclesiásticos que no lleven hábito talar, hasta que no hayan dado muestras de una verdadera enmienda», y después de refutar las excusas de los sacerdotes relajados para no vestir el hábito talar, concluye:

 La Iglesia, regida y gobernada por el Espíritu Santo, en sus sagrados Concilios ha señalado el hábito que deben vestir los clérigos; ellos deben manifestar en el exterior Ja clase a que pertenecen, y, por lo tanto, dejar estas señales exteriores de su estado es un desprecio de la autoridad que lo manda y aun desnudarse del espíritu sagrado y de su clase, pues no puede dudarse que el hábito clerical es el uniforme dado a la milicia santa y la señal sagrada y común que los distingue de los otros hombres... ¿Sólo ellos (los que no usan hábito talar) se creen más autorizados cuando se dejan ver en público, con la ignominia del vestido secular, como dice el Pontifical Romano, que en lugar de conciliarles el respeto y la veneración de los fieles les acarrean el desprecio? «Los infelices no tienen el espíritu de Cristo y, por lo tanto, no son de Cristo, como dice el Apóstol; son del mundo y viven en el mundo, y quieren hallarse en todos los pasatiempos y diversiones mundanas».

 ¿Qué dices, lector laico o eclesiástico, ante ese lenguaje valiente del Apóstol del siglo XIX? ¿Han cambiado las circunstancias, pues el mundo es mejor, no hay tantos peligros y ocasiones de pecar y los sacerdotes de hoy no contrajeron pecado original? Que lo digan tantas deserciones, tantas apostasías, tantas secularizaciones, como tiene que llorar hoy la Iglesia de Dios, causadas por las doctrinas progresistas enemigas del hábito talar y del celibato eclesiástico: que lo diga la espantosa disminución de vocaciones sacerdotales y religiosas. Los pueblos quieren sacerdotes sanos y los progresistas están muy lejos de querer la santidad.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968

 

jueves, 2 de abril de 2026

Disimular ante la violencia marxista siempre está de moda

 Comentario de los sucesos de Cagliari (Cerdeña, Italia, 1970), cuando el cortejo papal de visita en la isla fue apedreado por un grupo de 40 anarquistas acampados. Para evitar el escándalo, disimular y no ofender a la subversión marxista imperante, se “culpó”, por los medios vaticanos, a los policías de la escolta, que habrían sido los (justamente) agredidos, dando a entender que “si el Papa hubiese viajado sólo, los incidentes, no se hubieran producido”.

El artículo trata, pues, sobre el doble rasero hipócrita contra la violencia... según de donde venga...

 

 LA VIOLENCIA… SEGÚN Y CÓMO

 Que Pablo VI haya condenado las versiones de los grandes diarios sobre los graves sucesos de Cagliari (isla de Cerdeña, Italia, 1970) es más que comprensible.

 Pero una cosa es la respuesta del Papa a los sucesos y otra son los hechos mismos. Los hechos son como son. El cortejo papal fue apedreado por “un grupo de anarquistas”, una cuarentena de personas acampadas durante el día en la vecindad del barrio de San Elías que, según el programa, sería visitado por Su Santidad al finalizar su viaje en Cerdeña.

 No hubo, ni nadie lo intentó, misterio alguno en las intenciones de esas personas acampadas a la vista de todos. Durante días antes tuvieron reuniones y la correspondiente campaña a base de hojas, panfletos y circulares. Abundó la campaña subversiva en este barrio. Esta gente había manifestado en discursos, en pancartas y escritos sus clarísimas intenciones. La policía vigilaba. En otros tiempos, no ya en los tiempos “nefastos” del fascismo, sino tan sólo hace pocos años, la policía hubiese decididamente terminado con los propósitos públicos de los agresores. Pero ahora no. Ahora los melenudos, los contestatarios, los maoístas son rojos y, por tanto, inviolables. Mientras el Papa estaba al llegar, la policía italiana se limitó a hacerse enviar un megáfono.

 Lo que después sucedió es sabido. La pedrea, se ha dicho en círculos vaticanos, no estaba dirigida contra el cortejo papal sino “contra un vehículo de la policía”. ¿Por qué? Naturalmente porque los métodos represivos y violentos contra los “pobres” subversivos, contra los “pobres” anarquistas, contra los “pobres” campesinos democráticos, han excedido de ciertos límites… Así que la culpa fue, según medios vaticanos, de los que quieren el orden, de los agentes que, cuando el Papa sale del Vaticano, son movilizados por millares con gastos de centenas de millones. Si el Papa hubiese viajado sólo, los incidentes, por tanto, no se hubieran producido… Y así, según los medios citados, se llega a la asombrosa conclusión que las piedras que cayeron sobre el auto del cardenal secretario de Estado estaban “realmente” dirigidas contra el agente Gaetano, particularmente represor ¡Demos gracias a Dios y alegrémonos…! Epítetos aparte, no ha sucedido nada. El encuentro del Papa con los fieles de la Iglesia, con el pueblo de Dios, no podía ser turbado. A los heridos, a los violentos, a los agentes de la Policía que han monopolizado las iras del pueblo, les “está bien empleado”…

 Bien podríamos concluir que la violencia está de moda. Usémosla todos y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga… Pero quién así piense no sabe que se encamina y se merece la más severa condena eclesiástica, porque olvida un detalle fundamental. Éste:

 Para los “teólogos de la violencia” esta es buena o perversa según quien la ejercita: buena, si la practican los anarquistas, los comunistas, los progresistas, los de la ETA, los estudiantes revolucionarios etc; perversa, si la realizan los “fascistas”, los tradicionalistas, los falangistas, etc. El episcopado francés, por ejemplo no ha condenado todavía la violencia del “mayo rojo” (1968); el episcopado italiano tampoco condenó la del “otoño cálido”; el español, la de la ETA; ni nadie la de los secuestradores de aviones hacia la Cuba comunista.

 Pero voces cristianas se elevan indignadas cada vez que un cura terrorista termina en la cárcel, un asesino político es condenado por un tribunal o la policía restablece el orden destruido con la violencia. Nos recuerdan la voz de Marx o de Bakunin, en vez de la voz de Cristo. No piden estas voces la libertad para los perseguidos sino para algunos de ellos. El Sermón de la Montaña se transforma por estas personas en directrices de Radio Moscú, el evangelio según el Kremlin ¡Y todavía hay gente que se pregunta por qué faltan vocaciones! ¿Por qué? ¿Quién va a entregar a su hijo al sacerdocio en estas condiciones?

 La desobediencia, rebelión, inmoralidad, son herejías coherentes en los eclesiásticos progresistas que quedan impunes, creando la subsiguiente confusión en el pueblo de Dios que se vuelve, desconcertado, hacia sus pastores con la esperanza de que a alguno le diga dónde se encuentra la verdad.

 No nos ha producido sorpresa que un cardenal con fama de progresista, de post-conciliar, el cardenal Martín, arzobispo de París, haya roto esta norma de tolerancia para decir: “Condenamos estos procedimientos. Las violencias son contrarias al espíritu del Evangelio”. Pero si usted, lector, cree que el ilustre cardenal se refiere a la violencia de los terroristas, secuestradores o guerrilleros, es que está en el limbo. El cardenal Martín ha emitido todo su poder condenatorio para lanzarlo contra un grupo de manifestantes que el 17 de marzo (1970) protestaban en la iglesia de San Eloy, en París, contra un festival de música moderna que se celebraba allí, gritando: “La Iglesia no es un cabaret”.

 Esa es la violencia perversa, la que debe ser castigada fulminantemente. Por el contrario, la que se volcó sobre la Universidad de París, con manifestaciones de terror por las calles, destrucción de las aulas y conflictos con la policía, debe ser violencia evangélica, ya que el señor cardenal no ha dicho una sola palabra para condenarla.

 Los estudiantes, profesores e intelectuales de todos los países, durante estos años enteros, han guardado silencio mientras el Vietcong arrasaba aldeas y acababa con todos los vietnamitas que no se supeditaban a sus deseos. Pero todos estos occidentales se han alzado en protestas enérgicas cuando una fuerza yanqui, por lo que sea, cometió actos parecidos.

 El mismo sector de la opinión pública consideró normal que las tropas de Hanoi se instalarán en Camboya, protegidas por su neutralidad, desde donde atacaban impunemente a norteamericanos y sudvietnamitas. Pero cuando el presidente Nixon se harta de este juego y decide no aguantar más e invade Camboya, al instante y con perfecta sincronización, se elevan protestas en todo el mundo porque Nixon ha violado una neutralidad que prácticamente era inexistente.

 Y cuando el soviético Kosygin se hace eco de las protestas y condena al presidente Nixon por su invasión de Camboya ¡en nombre de los países “amantes de la paz”!, el diario más importante de Londres publica la noticia de la “excomunión” de Nixon por Kosygin, con titulares a toda página. Se cuida, por supuesto, el tal diario de hacer constar que Kosygin es la mayor autoridad en materia de agresión a naciones ajenas, como lo demostró con Checoslovaquia en 1968.

 Por lo que respecta exclusivamente a nuestro país, las cosas no discurren de otra forma. Todo es igual que en el extranjero por la sencilla razón de que todo corresponde unos planes perfectamente sincronizados. Si la policía española, en su obligación sagrada de mantener el orden dondequiera que se altere, hubiese actuado tan enérgicamente o casi, como la norteamericana actuó en Ohio (1970), la leyenda negra contra nuestra Patria y nuestro Régimen habría tomado caracteres universales. Si los estudiantes mejicanos que, en vísperas de la Olimpiada de 1968, fueron clavados materialmente con las bayonetas de los soldados, hubiesen sido españoles y el hecho se hubiera desarrollado en Madrid, las internacionales de todo tipo hubiesen desgarrado sus vestiduras y el escándalo aún persistiría. 

Si los detenidos recientemente en las diócesis de Bilbao no hubiesen sido sacerdotes sino un grupo de falangistas o las “guerrillas de Cristo Rey “, ponemos por caso, la reciente homilía de monseñor Cirarda no se hubiese escrito. Si el sacerdote que, en presencia del ministro de la Gobernación, asiéndose al micrófono en una solemnidad religiosa en Montserrat excitó a los fieles, no hubiera sido tal sino un “nefasto derechista” o un “contestatario” contra las cosas que están sucediendo en Cataluña, ya hace tiempo hubiese pasado al Tribunal de Orden Público.

 Y suma y sigue, lector. Agrega cuanto quieras que siempre te quedarás corto. Porque hoy por hoy, la violencia es según y cómo.


Revista FUERZA NUEVA, nº 183, 11-Jul-1970

 

martes, 31 de marzo de 2026

Buscar primero el honor...

 Artículo de 1969

 ¡Busca primero el honor…! (Chatterton)

 La disciplina, como observancia abnegada de las leyes, de las órdenes, no cabe duda que constituye un pilar fundamental en las Fuerzas Armadas. Como dice Montaigne, en uno de sus ensayos, “… del obedecer nace toda virtud”. La operatividad y la eficacia que exige el Ejército requiere a toda costa que se salvaguarde esta virtud esencial en aras del orden y buena organización que ha de existir en la familia castrense.

 La disciplina, no obstante ser una pieza clave, no se encuentra sola en el elenco de los valores que deben adornar a un buen soldado. La obediencia en el marco del Ejército exige una identificación entre el que ordena y el sujeto pasivo de la orden. Una identificación en los fines, los supremos intereses de la Patria, su defensa espiritual y física. Cuando el mandato se dirige hacia estos fines, la obediencia, la disciplina, son virtudes dignas de alabanza. Cuando la Patria, su unidad, grandeza y libertad no están lo suficientemente tuteladas, cuando el militar pierde la orientación finalista de su vocación, cuando su honor es relegado, la disciplina lo convierte en una marioneta.

 En el pináculo de la pirámide de las virtudes castrenses, se encuentra el honor, concebido no como una palabra que sirve para que los caballeros juren por ella, como dijera Samuel Butler, sino como ese patrimonio del alma… sobre el que no se puede transigir, cuya versión nos dejó inmortalizado Calderón en “El alcalde de Zalamea”.

 El honor es ese genio maravilloso de las grandes empresas, sin él no hay ni disciplina, ni valentía, ni heroísmo, ni gloria… Un autor latino puso de manifiesto esta realidad en un célebre epigrama: “el que ha perdido el honor ya no puede perder más”.

 Sí a la disciplina, sí al honor, pero lo segundo es antes que lo primero, ya que de lo contrario nos encontraríamos con un mercenario, sin patria y sin fin.

 “La honra de todos -dice A. Flores- no se debe confiar al que no sabe confiar en la suya propia”. Este pensamiento es de perogrullo, pero se olvida cuando se exige obediencia y sumisión en nombre de una disciplina escuálida, sin fundamento, anodina y desalmada.

 Una orden es legítima cuando su contenido se corresponde con las atribuciones del que la dicta y cuando no conculca o ignora los principios intangibles que conforman el alma castrense: cuando el mandato no se adecúa a estas dos premisas el deber es desobedecer, de lo contrario se vulneraría el orden jurídico y se traicionarían las fidelidades y, por tanto, estaríamos ante la concepción del honor que nos presenta Butler, ante una palabra vacía: caeríamos en un refinado nominalismo que nada quiere decir, una simple forma; pero el militar cuando se entrega por entero en la defensa de la Patria y todo lo que ésta supone, no lo hace porque sí, por una forma, por una remuneración económica, sino que lo hace por lo más sagrado que posee, por su honor, “… honor es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios”.

 Cuando se exige obediencia por el honor de la democracia liberal partitocrática en vez de por el honor de España, esa exigencia sólo se puede imponer mediante la tiranía; en esa obediencia, en esa disciplina, la virtud ha dejado de habitar, por la sencilla razón de que se ha subvertido la jerarquía de los valores.

 M. BALADO RUIZ-GALLEGOS


Revista FUERZA NUEVAnº 629, 27-Ene-1979

 

domingo, 29 de marzo de 2026

Más sobre el velo de la mujer en el templo (2)

 Artículo de 1968

 Más sobre el velo de la mujer en el templo

 Repetidamente viene ocupándose ¿QUE PASA? de un problema religioso, irresoluble por lo que se ve, dada la indiferencia con que los más llamados a resolverlo de raíz —como son los sacerdotes— lo contemplan despreocupados. Nos referimos a la obligación que tiene la mujer de cubrirse la cabeza en los actos litúrgicos; obligación de la que se exime bonitamente, unas veces por inconsciencia e ignorancia; otros, por negligencia; a veces, por coquetería y vanidad, cuando no por manifiesta indisciplina y rebeldía, que de todo hay en la viña del Señor. 

A propósito de este asunto, que encierra más gravedad de lo que a primera vista parece, el autor de estas líneas hubo de dirigirse, no hace aún dos meses, a su propio prelado, en carta particular, motivada, principalmente, por otro problema que no hace al caso traer a colación al presente. En la citada carta, y aludiendo al motivo que origina este escrito, decía el que suscribe lo siguiente:

 «Aprovecho, además, esta coyuntura para hacerle encarecidamente un ruego, que no dudo atenderá, por ser de razón su contenido. Como V. E. no tiene el don de bilocación es natural que no pueda enterarse, personalmente, de cuanto ocurre respecto a la ejemplaridad de los fieles en el Templo, sobre todo de la mujer moderna, que ha perdido los estribos y no respeta la Casa de Dios, entrando en ella como en una sala de espectáculos. ora con escotes exagerados, ora con los brazos al aire, ora con vestimenta mundana y, a las veces, nada edificante, cuando no en minifalda y en pantalones. Esto constituye un escándalo mayúsculo y una ofensa continua al Señor. Yo no sé cómo los sacerdotes, que son los más indicados dentro del Templo, no han llamado anticipadamente la atención a todas esas jovencitas. con aire en la cabeza, que, por contera, llevan descubierta, dándoles un ardite la obligación de usar el velo en los actos litúrgicos y atreviéndose —descocadas— a acercarse de este modo al Comulgatorio. 

Si, desde un principio, cuando empezó a notarse esta transgresión de las normas eclesiásticas, hubieran los sacerdotes advertido a la mujer —quienquiera que fuese— la sagrada obligación de comportarse dentro del Templo con la compostura que exige la «presencia real» del Señor en la Eucaristía y de acercarse cubiertas a recibirle en Comunión, nos hubiéramos ahorrado el bochornoso espectáculo de todos los días. ¿Es que no tienen ojos los ministros del Señor? Tal vez algunos no tengan autoridad para exigir el cumplimiento de las leyes de la Iglesia, por ser ellos los primeros que desconocen, a sabiendas, la obligación de llevar abierta la coronilla. ¡Que también es disposición canónica!

 Por lo expuesto, señor………….. estimo de mi deber, como seglar católico, ponerle en antecedentes de lo que ocurre, al extremo de que será precisa la continua admonición sacerdotal, antes o dentro de la Santa Misa, si se han de corregir, de raíz, los graves defectos apuntados. ¡Ni minifaldas, ni desnudeces, ni cabelleras al aire, ni pantalones! «Ni el hombre se vista de mujer ni la mujer de hombre, porque esto es abominable a los ojos del Altísimo.» No Jo digo yo. Lo dice la Sagrada Escritura y esto basta. AI paso que vamos, con aires progresistas (en esta Diócesis, por fortuna, desconocidos hasta ahora, merced a los desvelos pastorales de V. E. y de sacerdotes dignísimos), corremos el riesgo de ser infieles a nuestros mayores y a la sagrada herencia que nos dejaron en testamento.

 Ignoro si cuanto acabo de decir le compete denunciarlo a un servidor de V. E. Estimo que sí, pero, si así no fuere, de todas formas le suplico de corazón que corte por lo sano en los extremos aludidos. Le estamos metiendo —perdóneme la expresión— los dedos en la boca al Señor, y como de Dios nadie se ríe impunemente, mejor será prevenir y no hacernos, por acción o por omisión, cómplices de las prevaricaciones públicas de los demás, acarreándonos, luego, la indignación de lo Alto...»

 Hasta aquí nuestra carta al prelado, cuyo nombre omitimos por discreción, pero que juzgamos oportuno darla a conocer para ver si, en fuerza de insistir ante quienes pueden, si quieren, corregir el abuso indicado y otras transgresiones también, se consigue volver al tradicional decoro de la mujer española dentro del Templo y en todos los actos litúrgicos. Lo exige la gloria de Dios. ¡Ni más ni menos! ¡Lo exige y lo impera su propia palabra en los Libros Santos! Y ¿quiénes son los hombres para enmendarle la plana a Dios?

 Y para que se vea, en toda su gravedad y alcance el aludido mandato, aunque para los ligeros de juicio se trate de una disposición disciplinar sin importancia mayor, queremos formular la pregunta siguiente. ¿Qué diría el sacerdote que, al ir a dar a los fieles la Sagrada Comunión, se encontrara con que el comulgatorio estaba ocupado, mitad por mitad, por mujeres con la cabeza descubierta y por hombres tocados, por su parte, con boina o con sombrero? Fácil es adivinar la respuesta. 

El sacerdote en cuestión se irritaría contra los varones que se exhibían cubiertos dentro del Templo y ante el Señor Sacramentado, y sería natural su indignación, pero ¿qué podría responder LÓGICAMENTE si los hombres aludidos le reconvenían diciéndole: Y ¿por qué no se irrita usted contra ésta y aquélla y esotra jovencita, o entrada en años, que se atreve a acercarse al comulgatorio, o simplemente a entrar en la iglesia, con la cabeza descubierta? ¿O es que San Pablo habló solamente para los hombres? ¿ O es que el canon 1.262 sólo hace referencia al comportamiento del sexo masculino dentro del Templo, exigiéndole el ir descubierto, y deja a la mujer que entre a pelo en el Lugar Santo y la autoriza a recibir, de esta suerte, al Señor en la Eucaristía?

 San Pablo supo lo que se decía y la Iglesia también sabe lo que se trae entre manos al formular sus disposiciones legislativas y canónicas. ¡Todo estriba en hacerlas cumplir a rajatabla, y, cuando se quebrantan salir por los fueros de Dios, están muy por encima de ciertas tolerancias, incomprensibles por parte de los simples sacerdotes y, principalmente, de los propios obispos, puestos por Aquél para regir su Iglesia y velar por el cumplimiento exacto de sus Leyes!

 H. G.

 

Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968