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miércoles, 1 de julio de 2026

Iglesia, falsa pobreza y marxismo

 Artículo de 1970 

 Bienaventurados los pobres

 La Conferencia Episcopal Española ha tratado del tema “La Iglesia y la pobreza”. En una de las anteriores colaboraciones no ocultábamos nuestros temores de que el tema, manoseado, enfermo de un inflacionismo postconciliar, se perdiera en el vacío de unas conferencias eruditas. Mucho más, cuando el marxismo había inoculado al vocabulario su veneno mixtificador y mitificador. El tema, sin embargo, tiene una raigambre cristiana que hunde sus raíces en las fuentes evangélicas.

 Porque reducir marxísticamente la pobreza a la carencia de bienes de la tierra, a la miseria, es plantear mal el problema. Lo que hoy, en realidad, necesitamos son unas soluciones de fondo original cristiano, únicas capaces de una vitalidad creadora. Cuando Cristo dijo “Bienaventurados los pobres”, no lanzaba un programa social sino religioso. No pensaba, desde luego, marxísticamente, sino “cristianamente”. Los que leen ciertas páginas del evangelio con los ojos de una sociología al uso, traicionan su espíritu. 

 Ciertos documentos sobre doctrina social, aun protestando abiertamente de su carácter social-cristiano, en realidad son más sociales que cristianos. En cambio, en esa bienaventuranza, lo mismo que en todo su mensaje, Cristo pretende únicamente una finalidad religiosa. Y sólo marginalmente -aunque de un modo realísimo- produce repercusiones en la sociología.

 Por eso, esa bienaventuranza, en su misma expresión, aparece contradictoria, de una ironía sangrienta y sólo sirve como cortina de humo y opio del pueblo, para el marxista. Para el cristiano, por el contrario, tiende a producir una tensión, que vale lo mismo para el “rico” (sociológicamente) que para el pobre; ya que está pensada en un plano superior religioso que comprende a ambos. De ahí que un evangelista (S. Mateo) ofrezca la determinación de “pobres de espíritu”; y que los dos evangelistas definan bien el concepto al decir: “reino de los cielos” ( S. Mateo) y “reino de Dios” (S. Lucas).

 El marxismo y cierta sociología cristiana verán ahí una predicación de mansedumbre de ovejas conducidas al matadero por un capitalismo sin entrañas. Y a la Iglesia, comprometida por muchos siglos con ese capitalismo; predicando a los pobres la paciencia y el aguante en esta vida, con la promesa de una recompensa en la otra… 

Hoy, sobre todo, esta idea corre por los cañaverales del mundo, incendiándolos con su tea marxista y revolucionaria. Se puede afirmar que nunca la Iglesia estuvo más comprometida, pero ¿con quién? ¿con los pobres de Cristo o con los pobres de Marx? Porque, cuando ciertas demagogias caen a cataratas de ciertos púlpitos, no vienen ciertamente a desencadenar la tensión dinámica de la pobreza cristiana, sino la revolución devastadora de la miseria marxista.

 Esos curas “obreros” que bajan a los pozos mineros para encontrar al “pobre”, ¿lo piensan como “pobre de Cristo” y hermano en la fe, o como “pobre de Marx” y hermano en la miseria? Porque, de hecho, estas experiencias no han logrado producir aquella inquietud cristiana por la que el “rico” es obligado a “ganarse amigos con sus mammonas de iniquidad”; y el pobre es advertido seriamente a serlo, antes que nada, en el espíritu para no ambicionar lo que el ladrón roba y la polilla corroe. 

Al contrario, los efectos de esos evangelistas profético-socializantes son -bien lo sabemos- contraproducentes. De hecho, agudizan la separación entre “ricos” y “pobres”, dividiendo cismáticamente la comunidad cristiana. De hecho, atraen sobre la Iglesia, una vez más, la grave inculpación de introducirse solapadamente en campo ajeno con una intención hipócrita, puramente apologética, unilateral e injusta. Es decir, ganarse a los pobres, aunque, por el momento, pierda a los ricos. Pero los resultados son fatídicamente contrarios: los “pobres” reaccionan aviesamente, interpretando tales predicaciones como lecciones aprendidas de memoria, en pos de un nuevo -aunque muy camuflado- ventajismo de los curas…

 Y todo porque en eso que se dice “sociología cristiana” y “mundo social” se ha perdido el sentido de lo cristiano, aunque ciertamente se haya ganado mucho en el socialismo marxista. Se ha dejado en la penumbra la tensión cristiana del “bienaventurados los pobres” y se ha creado, artificialmente, el ambiente marxista del “trabajadores de todo el mundo: uníos para la revolución”.

 La pobreza cristiana es, ante todo, una actitud interior amasada de humildad evangélica del que usa de los bienes de la tierra sólo en la medida que le sirven para alcanzar los del cielo. Y esa pobreza pertenece, por igual, al rico y al pobre, sociológicamente. Hay tantos “ricos” que son pobres de espíritu y que han dejado, por amor de Cristo y de sus hermanos, la riquezas y el deseo de poseerlas. Y hay también tantos pobres, míseros de la tierra y celosos de la tierra que, ricos de ambición desmentida, son tanto más pobres cuanto más ambiciosos.

 La “cuestión social” - complejo y tabú al mismo tiempo de tanto evangelismo descaminado- no se ajusta, si la Iglesia no se decide a separarse netamente de esa contaminación marxista que, desde hace tanto tiempo, la aqueja y la paraliza. ¿No es uno de los rasgos característicos de la Iglesia de hoy, no es una de sus mayores aspiraciones del post-concilio, la vuelta a los valores puros, primigenios, incontaminados del Evangelio? ¿Y por qué sólo se habría de considerar contaminada una cierta clase de valores? Por ejemplo: lo sacral, lo estatal…

 Hoy no hay duda de que esa hábil fuerza de maniobra dialéctica que, en su tradición filosófica, lleva el marxismo, ha contaminado también ciertos valores cristianos. Por ejemplo, éste de la pobreza. Ha contaminado sus actitudes, haciendo que la Iglesia presente esos problemas sociológicos en un plano y terminología marxista. Con ello ha paralizado de raíz la fuerza primigenia de acción cristiana. La tensión cristiana se ha convertido en disolución marxista. A una teología equivocada de la pobreza ha sucedido una teología de la violencia. A un evangélico ministerio de servicio y sacrificio -que tanto se proclama- ha sucedido, de hecho, un evangelismo ambiguo, partidista y revolucionario.

 No es posible decir hoy con Cristo, cuando respondía a la legación enviada por Juan el Bautista y proponiendo una señal mesiánica de que el Reino estaba presente: “los pobres reciben la Buena Nueva”, ya que esos pobres son los pobres-miserables del marxismo; y esa buena nueva es el “manifiesto” de Marx.

 La caridad de Cristo urge, sí, a la Iglesia a estar con los más necesitados, con los más tristes, con los más humillados sociológicamente. Pero cuando esa caridad se pervierte de filantropía o de lucha dialéctica marxista, entonces, fácilmente se convierte en odio partidista que separa lo que Dios quiere que esté unido para felicidad –sí, felicidad- de los dos, ricos y pobres. A ambos he dicho: “Bienaventurados los pobres”.

 Mariano DE ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970

 

lunes, 29 de junio de 2026

El "derechista" Fraga: el peor enemigo

 Artículo de 1979

 El peor enemigo

 LA Iglesia no tuvo sus peores enemigos en el paganismo, ni lo tiene actualmente en el ateísmo; sino en su propia entraña —como un cáncer—, en sus herejes y apóstatas. La historia lo ha demostrado. En política ocurre igual, y el reciente pasado nos ha demostrado que los peores enemigos del anterior régimen han salido de él, que han sido los traidores y perjuros, quienes gozando de situación de privilegio y prebendas que no correspondían ni mucho menos a su categoría y mérito.

 El peor enemigo no es el que da la cara, sino el que se infiltra y mina tu fortaleza. O el que, desertando y valiéndose de engaños, arrastra a tus correligionarios a la indecisión, al error y la animosidad incluso. Es lo más triste. Cierto que hay una frase evangélica que nos consuela: «De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros.»

 He leído que Fraga, el hombre que está más cerca de Hobbes que de Rousseau, aunque trate de disfrazarse de ursulina o de franciscano presentador de Carrillo en sociedad, ha espetado a una gijonesa patriótica que respetaba sus sentimientos, pero que no tenía el menor respeto por sus jefes (se refería a los de la Unión Nacional (*), sin duda) porque «no van de buena fe», y encrespado de tono, según corresponde a su carácter congestivo y autoritario, ha dicho que le habían acusado de masón y que eso es mentira.

 Me duele, personalmente, hablar de este hombre, porque tendría que acogerme al axioma de Chesterton: «Yo de este hombre sólo puedo decir cosas buenas; así que voy a ser breve.» Pero el ex ministro franquista, de un tiempo a esta parte, ha perdido los estribos y lo que dice y hace no es fruto de una simple intemperancia ni de un trastorno biliar, sino algo más profundo y peligroso. Y eso obliga, largo y tendido, a hablar de él.

 Fraga acusa a los dirigentes de Unión Nacional de no tener «buena fe». Aquí viene bien eso de «cree el ladrón que todos son de su condición»; porque si algo hay de lo que no pueda acusarse a unos hombres como Piñar y quienes le acompañan en esta brega patriótica es de la «buena fe», ya que llevan no sólo una fe sanísima que es la de Dios, sino que va respaldada por una trayectoria dé lealtad y sacrificio. En cambio, quien acusa juró unos Principios ante los Evangelios y, si fuera creyente, sabrá que un día será demandado por Aquel que no admite argucias ni pretextos. Fraga ha dicho también, en unas recientes declaraciones, que es católico, apostólico y romano, cuando al mismo tiempo se ufana de haber redactado una Constitución anticristiana, divisora de la patria y con otras lacras o equívocos que le desdicen.

 Por último, niega que sea masón. Puede ser cierto, pero a la «tenida» masónica de Torquay (Cornualles, Inglaterra), convocada por la Bilderberger, que manejan Rockefeller y Rothschild, asistió él, y no ha dicho nada de lo tratado allí, sino que vino rápidamente a Madrid, fue a Estoril y retornó a Madrid, sin decir esta boca es mía. Actuó secretamente, como un miembro de la secta. ¡Qué importa que no lo sea, si actúa como tal y su comportamiento político está calcado de una logia! Más grave es no serlo y hacerlo.

 Porque lo peligroso de Fraga, cuya innegable personalidad nadie le discute —y esa es la pena, puesto que me recuerda lo de «Nada hay más triste que ver a un hombre inteligente manejado por los tontos» o los malos, en este caso— es precisamente que se escuda en una posición antigua, del pasado, y quiere acaparar los votos de quienes se niegan a ver en él un hombre que traiciona juramentos e incluso convicciones (su formación es típicamente schmittiana, o sea totalitaria), olvidando estos electores que la historia está llena de tránsfugas y camaleones que, si han cambiado de partido y conducta, de ideología y principios, no lo hacen muchas veces sino obligados por una razón suprema egocéntrica y voraz: la ambición y la soberbia. Yo no quisiera que Fraga olvidase aquel consejo de Bottach de que «la ambición es la gangrena del espíritu», y confío todavía, aunque sea un iluso, en su retorno de hijo pródigo, en su vuelta en sí, en su reconversión. Y pido a Dios por ello.

 Pero, mientras Fraga siga diciendo lo que dice y haciendo lo que hace, pido a Dios también que ilumine a los que le escuchen y no se dejen embaucar por su dialéctica y el señuelo de su historial franquista. Porque podemos estar ante el Kerensky, el conde Carolyi, el portugués Spínola o el iraní Bajtiar. El peor enemigo. 

Pedro RODRIGO

 

Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979


(*) Candidatura electoral encabezada por Blas Piñar en 1979

sábado, 27 de junio de 2026

Tensión en las relaciones Vaticano-Estado español, santamente concordadas

 Artículo de 1968

 OJO A LA IMPORTACIÓN DE "TERREMOTOS

 Por Antonio de Cossío y Escalante. -Sacerdote de Jesucristo

 Grandes órganos de opinión —nacionales y extranjeros, entre estos «Le Monde» y «The Tablet»— vienen revelando la tensión existente en las relaciones Vaticano-Estado español, santamente concordadas, en punto a las vacantes existentes, a las dimisiones provocadas y a los nombramientos consiguientes dentro del Episcopado español.

 El padre Arias, en una de sus crónicas de «Pueblo», examinada por nuestro director en la tercera página de este número, hablaba de las vacantes operadas en la transformada Curia Romana y de los nombramientos expedidos por el Papa para sustituir a los cardenales dimitidos. A esta operaciones, alabadísimas por el comunismo italiano, las denomina el padre Arias «terremoto en el Vaticano», y no se aterra de contemplarlo así. ¿Codiciará este padre Arias para la Iglesia católica española la importación de «terremotos» semejantes? No nos extrañaría, dado el aliento revolucionario del sacerdote corresponsal de «Pueblo».

 Pero otro sacerdote de Jesucristo, tan joven como el padre Arias, pero más cercano que él a la entraña llagada y al amor y al dolor íntegros de España y al apostolado de la Iglesia, ha venido a prevenirnos contra los manejos de los insensatos importadores de «terremotos» como el que parece amenazarnos. Tal es el artículo con que enaltecemos esta página. Su autor, de treinta y nueve años de como consiliario diocesano de la J. I. C., en constantes relaciones nacionales e internacionales con el clero de la nueva ola; fue actor, o por lo menos testigo, en el drama de una diócesis en la que los cargos no de más relieve y brillantez, pero sí de más influencia, les fueron otorgados a sacerdotes anti-régimen, llevándole a la convicción de que los sacerdotes españoles de su generación han sido socavados en su autoridad, habiéndose salvado sólo aquellos que la fundamentan y sostienen en la integridad de la fe y de la gracia de su ministerio.

 ¡Ojo a la importación de «terremotos»! El cura que así nos previene no es escritor, ni periodista, ni viajero, ni viejo conservador e inmovilista. Es un sacerdote de treinta y nueve años de edad, que confiesa, que asiste a los enfermos, que predica, que con la cruz a cuestas sigue al Maestro en su hambre y en su sed de almas necesitadas del amor, de la luz, de la salvación de Dios... Y aún le queda tiempo para escribirnos por Cristo, por la Iglesia y por España esto que vais a leer)

 ***

Entiendo que el sistema de convivencia nacional no tiene por qué ser planteado cada día a capricho de individuos y de grupos; mucho menos después que ha sido el mismo pueblo español quien ha decidido su propia andadura en el reciente (1966) referéndum nacional.

 Entiendo que cada pueblo arbitra ante sus problemas las propias soluciones que, dentro del contexto universal y de las buenas maneras, no tienen que ser iguales a las de otros pueblos, ni siquiera parecidas.

 Entiendo que si ciertos sistemas gozan hoy de asentimiento universal, no tienen que ser incorporados a nosotros sin más y porque ésta sea la línea del mundo, ya que es posible el concierto con él y el no desentendimiento de las corrientes legítimas universales, sin prescindir de las constantes metas históricas propias, por las que llegamos a ser un pueblo en el concierto de los pueblos. (…)

 La Iglesia católica puede tener simpatías, o si se quiere tácticas de adaptación, que en ciertos momentos le hagan mostrar preferencia por ciertos sistemas que han sido válidos para muchos pueblos, pero la Iglesia católica debe y tiene que respetar los sistemas de cada pueblo, aunque no sean los que ella considere mejores para la mayoría y ni siquiera los que el devenir histórico parece arrojar como inevitables.

 La Iglesia Católica no puede aprobar los sistemas intrínsecamente perversos, por estar pervertidos sus principios, aunque sus realizaciones sean buenas. Pero la Iglesia católica no puede prestarse a socavar los cimientos de los sistemas intrínsecamente buenos que pueden tener pecados en sus realizaciones. La Iglesia católica tendrá que hacer todo lo posible para que se corrijan esos pecados, pero nunca cambiar el sistema que cada pueblo ha elegido y ha demostrado ser válido para el bien de la mayoría de los ciudadanos

 No es ningún secreto que en los sistemas de estructura rígida como el español, en el que la Iglesia católica disfruta, por otra parte de todas las libertades y consideraciones, los disconformes con el sistema o con los modos no tienen otro cauce natural para su pervivencia y tarea que vivir al abrigo de la Iglesia.

 Este paso para nadie es un secreto que ha sido ya dado con bastante hondura y longitud en España. Quien conoce un poco a la casi totalidad del nuevo clero, nuestros seminarios, nuestros movimientos apostólicos, se da cuenta cómo bajo el pretexto de una Iglesia comprometida con el mundo se trata de hacer una España sin los españoles, una España construida sin ella misma y sin su propio patrón.

 Entiendo que si el sistema español es rígido, aunque no inflexible, es porque tiene que serlo, dado que sus principios son los determinantes de los comportamientos y de las conductas. Una solera histórica no se conserva fecunda sino en aras de la fidelidad. Ocurre en el plano temporal lo que ocurre en el sobrenatural en la Iglesia católica misma, que tiene fundamentos y principios a los que se debe permanentemente si no quiere dejar de ser lo que es y si no quiere traicionar su propia esencia y misión.

 Concluyo que la Iglesia Católica aquí y ahora no debe moverse dentro de perspectivas de simpatía hacia corrientes universales de convivencia, si esto importa el desprecio y los ascos por las decisiones legitimas, aunque particulares, que son justas y honestas de los pueblos que deciden por su cuenta lo que les conviene.

 Estimo que lo contrario es un trato injusto y de preferencia y, por lo tanto, susceptible de cauciones; porque el riesgo es nuestro, porque lo hemos querido conscientemente y porque nos asiste una libertad de cuyo uso no tenemos que dar explicaciones a nadie. Entiendo que el riesgo mayor de esta decisión libre, honesta y omnímoda está intensificado seriamente por un sector del clero español que cada día avanza más y cuya influencia en un futuro próximo será decisiva.

 Entiendo, por lo tanto, que los pastores que la Iglesia católica dé a España han de ser, supuestas las cualidades de su específica misión, hombres totalmente identificados (sin ambigüedad) con la decisión libre y autónoma de un pueblo al que se deben, no sólo para salvarlo trascendentemente, sino para mantenerlo unido y concorde.

 Entiendo que estos pastores que la Iglesia dé a España, no sólo deben rechazar de plano todo lo que para los españoles fue siempre ocasión de pecado nacional (los pueblos tienen sus pecados históricos y las causas y las ocasiones de pecados históricos suelen ser inevitablemente las mismas), no sólo para no perturbarlo y traicionarlo, no sólo buscando una posición de aséptica e indiferente actitud de neutralidad, sino la positiva de animar a ese pueblo, del que son pastores, con toda la decisión, ya que si no hubiera otros títulos demasiado claros, no deben olvidar que ellos también son ese pueblo y ciudadanos del mismo.

 Entiendo que si la línea de encarnación, hoy tan urgida por la Iglesia Católica misma, quiere ser una realidad entre nosotros no hay otra manera que dotar a la Iglesia española de unos pastores que, entusiasta y decididamente, recojan y hagan suya esa realidad que somos y queremos seguir siendo siempre, porque es buena en sí misma, porque nos llevó siempre a lo mejor y, sobre todo, porque a España le costó siempre mucha sangre ser Ella misma.

 Entiendo, porque no se van a poner condiciones, que esto significa para los pastores recoger también las debilidades y los pecados de esa realidad que es España. ¡No para debilitarla más, sino para robustecerla más! ¡No para hacer la vista gorda y no señalar los pecados, sino para urgirlos en orden al perdón y a la salud! ¡Nunca para fomentar los pecados nacionales, porque nunca será camino para remediar enfermedades matar a los enfermos!

 Entiendo, por último, que el Gobierno español, en la seguridad que cuenta con los más y los mejores hombres de España, debe urgir y matizar humilde pero firmemente, en sus relaciones con la Santa Sede la provisión de pastores para las diócesis vacantes y que en lo sucesivo queden desprovistas, dada la situación delicada de un pueblo abierto decididamente a la esperanza, gracias a Dios y a las manos misericordiosas y justas de la Iglesia y del Estado, que vienen restañando pacientemente pasadas heridas con indudable acierto.

 ¡Nadie debe perturbar en esta hora a este pueblo, a esta España que se encontró a sí misma, en la búsqueda de su misión! ¡Nadie debe apremiar a este pueblo que fue y sigue siendo fiel a la Iglesia católica, su Madre, y que dio y acaba de dar sobradas pruebas de cómo se es hijo fiel! No nos gusta cubrirnos con un pasado de gloria porque tenemos el presente. ¡Ahí está reciente el embalse de sangre que nos devolvió una Patria y la Iglesia universal, un testimonio colectivo para que confíe en las reservas de la fe!

 Espanta pensar que lo que dio vigor y unidad a este pueblo pudiera ser lo que le dividiera y desconcertara

Somos muchos desgraciadamente los que estamos empezando a vivir el conflicto de la fe y los deberes de la Patria, y vamos a decirlo claramente: no es la Patria quien nos está planteando este conflicto

Santander, 11 de enero de 1968. 


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968


jueves, 25 de junio de 2026

Integración y separatismo (I)

 Artículo de 1970 

 INTEGRACIÓN Y SEPARATISMO (I)

 Por R. HORCAJADA

 Desde que la bandera de Occidente ondea en la Luna y proclama una nueva perspectiva de la Obra de Dios, me suelo preguntar: ¿El Cosmos es geografía o es Historia?

 Nunca me he convencido el concepto chato y lineal de la Geografía: Identificamos las nacionalidades por el contorno de un trocito de planeta, por un oscilante balance de mapas, por un enigmático archivo de acuerdos, por un inseguro inventario de líneas teóricas. La Patria, como el espíritu, no se mide por coordenadas.

 El frío cartesianismo de la Geografía ha de insuflarse con ideas poéticas que definen a la Patria como “unidad de destino en lo universal”. Es decir, la Patria no es un acontecimiento lugareño, sino una afán universalista, felizmente ubicado hoy en la esperanza cósmica.

 Todo aquello que en el mundo es trascendente y está animado por un ineludible “transitivo de Eternidad”, escinde las fronteras con una clara conciencia ecuménica.

 Hay dos clases de pueblos: los que se encierran en la Geografía y los que se abren a la Historia. Poseer un concepto geográfico de la Historia es “nadificarse” en una depauperación antipatriótica; poseer un concepto histórico de la Geografía es prepararse para aventuras tan ubérrimas como el descubrimiento de América o la conquista de la Luna. Estados Unidos no ha llevado a la Luna un símbolo de geografía americana; ha llevado a la Luna toda la dimensión histórica de Occidente, humanizada por una forma libre de vivir que enaltece al ser humano.

 Existen dos conceptos de Patria. La Patria que se ubica en la Geografía nos habla más del árbol seguro que de la nube errante; la Patria que envuelve a la Historia construirá una nave con aquel árbol seguro para alcanzar esa nube que, en el fondo, declina la poesía estremecedora de la aventura humana.

 Ni la Patria ni la Historia están forjadas por políticos; están alimentadas por poetas. Y cuando una Patria pierde el estímulo de sus poetas y el ideal de sus visionarios, la Historia se convierte en proceloso producto y la Geografía en nave varada.

 Lo románticos del rincón no saben soñar. Alas tiene el espíritu y piernas el cuerpo; muy mala política será que pongamos piernas al alma y que nos varemos en la melancolía de los contornos naturales y limitados.

 Hemos de ser españoles de talla hispánica para poder cumplir con nuestro destino universalista. El español ha de adquirir diáfana vivencia de las 20 Españas de América. Este nuevo español -nutrido por la hazaña cósmica de la  América que descubriera ayer, pues, en la eternidad un leve ayer son cinco siglos- ha de estar muy preocupado por atar, por unir, por hermanar pueblos; pueblos de una misma lengua, de una misma sangre, de una misma manera de vivir y un mismo modo de pensar, y de una misma fe para preparar la vida en la muerte y la muerte en la vida. Nos acompaña el sentimiento radical de la existencia y ese tremendo individualismo que tiende tanto a la dispersión de las horas comunes como a la unión monolítica de las horas críticas.

 Los poetas de nuestra Historia –que, en definitiva, son sus únicos genitivos- han tomado conciencia de que la integración de España está en razón directa de esa integración más completa y hermosa que tiende a la armonía de la Hispanidad y que supone la fusión de todos los pueblos ibéricos para servir de nudo y puente amoroso entre los pueblos latinos de la cultura y civilización occidentales.

 La misión histórica del español y aún del hombre ibérico no se limita a vigilar ese milenario concepto de la integración peninsular, un poco varada, en la bisagra de Europa y África. La misión histórica del hombre ibérico ha de proyectarse sobre todas y cada una de las estirpes americanas, donde España y Portugal se han agigantado providencialmente en una maravillosa sinfonía de pueblos y razas que hablan nuestra lengua, que rezan con nuestra fe y poseen nuestro estilo de vida, limpio de racismos, ubérrimo de auténticas igualdad y hermandad humanas y abierto a la ilimitada esperanza de la comunión del espíritu y la fusión del cuerpo.

 Ante esa integración grandiosa que multiplica nuestra geografía y esperanza nuestra historia, atenta el raquitismo espiritual de los separatistas, que no tienen noción ni de la posibilidad geográfica ni de la responsabilidad histórica.

 La integración de los pueblos se basa en el respeto y transigencia de sus singularidades, pero es un auténtico suicidio desorbitar esas lógicas y humanas singularidades para arruinar el destino común. No hay que separarse: hay que proyectar el amor de esas singularidades para enriquecer la perspectiva del glorioso acervo de nuestras, cada día, más integradas pluralidades. No es malo el culto a lo singular que quiere proyectarse y enaltecer lo plural; lo suicida es el “cainismo” de querer apartar lo propio del concierto plural que nos enmarca en la Historia y en la Geografía. Una sardana es mucho más bella bailada en el parque del Retiro de Madrid que en un lugar catalán, por cuanto el verdadero catalanismo ha de escindir la anécdota vernácula para ganar la categoría hispánica, como diría Xenius (*).

 Hoy, era en la que el hombre se proyecta al Cosmos, la proyección humana ha de ser universalista. No se trata de convencer de catalanismo a los catalanes, sino de convencer e insuflar de catalanismo a los hombres todos de la Hispanidad. Separarse es morir. Un buen catalán ha de ser ecuménico y saber superar el peldaño lugareño. La mejor forma de honrar a nuestra Geografía es infundirla esperanza histórica.

 En la integración hispánica ha de existir un profundo respeto a los matices de cada uno de los pueblos y razas, pero el fin verdadero de ese destino es fusionar e integrar a todas esas razas y pueblos. Y -¡por Dios!- que ya se está logrando de una forma maravillosa, pues ni uno sólo de los pueblos ibéricos e iberoamericanos es racista. Nuestra estirpe es la que está edificando la Historia y nuestra Historia Común se apoya en la “democracia de la sangre” y en la “razón de la biología” que son argumentos soberanos irreversibles y medulares.

 ¡Cuán ridículo y fuera de lugar oponer a ese mandato universalista de la Historia y a ese exuberante “posibilismo” de la Geografía, la depauperada singularidad del comarcal rincón! Lo singular sólo vale en su proyección universal; lo singular proyectado sobre lo singular es como una nave cósmica que no acertará despegar de su propia base de lanzamiento.


Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970

 

martes, 23 de junio de 2026

Un jesuita, apóstol de la masonería

 Artículo de 1979

Un apóstol de la masonería

 ES algo inconcebible y más en estos tiempos en que los hijos de Dios, todos los hombres, necesitamos de sólidos agarraderos para no decaer en nuestra fe; esa fe que tanto nos ayuda a sobrellevar las fatigas, crueldades y horrores de los malignos tiempos en que vivimos, haya personas que se empeñen, aun contra los principios que un día juraron e incluso que han sido la base de su formación espiritual y religiosa, en destruir, por medio de la confusión y de la predicación de una «libertad» totalmente a «gusto de consumidor», a esa familia magnifica formada por Dios como Padre y por sus hijos tos hombres, coherederos con Cristo, del Reino que nos tiene prometido.

 Tal es el caso del Rvdo. P. José A. Ferrer Benimeli, S. I. (hoy llamado «profesor», seguramente para «hacerse todo a todos y ganados a todos para... la masonería).

 Este ilustre señor profesor, dio una «conferencia-debate» en los locales del Club Areco (antes Congregación Mariana) de Gandía (Valencia) que titulaba: «La masonería hoy. ¿Mito o realidad?...»

 El padre Ferrer, autor de varios libros sobre la masonería, con buen decir y fácil desarrollo, nos expuso los orígenes de las logias; formadas por picapedreros, albañiles, arquitectos, etcétera, tal y como por los símbolos de todos conocidos, parecen indicar... Habló de la variedad de masonerías y hasta de las obligaciones religiosas de algunas de ellas.

 Es curioso observar ese algo de facilón y al propio tiempo sutil para introducirse en los distintos ambientes que tenían las masonerías... Esto lo debieron observar y por ello formaron logias tan variadas en todos los órdenes —incluso en lo referente al color de la piel— (para que no se escape nadie), unos «intelectuales» de esos que, como el Rvdo. P. Ferrer Benimeli. llevan rabo... ¡Que nadie se extrañe, porque se le vio!

 En estos tiempos en que, según frase de Pablo VI, el «humo de Satanás» se ha metido en todas partes, hasta en la Iglesia, hasta en lo que desde siempre he considerado —sin despreciar a nadie— como el «Sancta Sanctorum» de las órdenes religiosas, a la Compañía de Jesús, a cuya santidad tanto debo y de cuya santidad están «viviendo de renta» individuos como el Rvdo. P. Ferrer Benimeli y el jesuita que apareció en la pequeña pantalla junto a los «curanderos» hace poco, rebajando con su presencia y sus palabras, abiertamente, la dignidad con que el mismo Cristo los ha distinguido para que sean luz del mundo y nos traigan con su presencia el recuerdo del Señor a todos los que ansiamos su perdón y su abrazo.

Después de la suave y sutil manifestación de la masonería, el padre Ferrer abrió fuego contra Franco, acusándole de «asesino» de masones... Por supuesto, sin citar nombres ni fechas ni el porqué de la aplicación de la última pena, en caso de ser verdaderas sus denuncias... ¡Aquí, en Gandía, sí tenemos nombres, fechas y «motivos» por los que cayeron a manos de los marxistas, precisamente hermanos de religión del Rvdo. P. Ferrer Benimeli!

 El colmo de la «conferencia» llegó trayendo por los cabellos motivos de «consenso» y. tras querer convencer —o mejor dicho, confundir, como lo hace Satanás—, a los allí presentes, nos dijo que un católico puede ser masón... (?). Y no faltó la nota cumbre cuando él mismo, el Rvdo. P. jesuita Ferrer Benimeli se ofreció para contactar a los interesados con la masonería.

 Todos los años los jesuitas practican los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, su fundador. Yo no puedo comprender cómo el padre Ferrer hará estos Ejercicios...

 ¡Por Dios, padre! Háblenos de Cristo. Háblenos en estos momentos de María, su Madre. Los que formamos el «pueblo» no necesitamos otra cosa. Lo demás, lo que según parece tanto lo eleva en el campo de la intelectualidad, venga a exponerlo a modo ilustrativo. Creo que los pertenecientes a la masonería tendrán sus catervas de doctores para halagar los oídos de cierta clase de hombres. Pero, triste y bien triste es que, precisamente un jesuita, intente confundirnos. Bien le puede suceder —como le sucedió en el Club Areco, de Gandía, que, como león que usted se presentó, fuera derrotado por un muchacho, con más espíritu que usted, que ya lleva algunos años en la Religión. El joven le hizo unas preguntas a las que usted contestó con otras insistentes e insidiosas preguntas; queriendo saber —o mejor dicho— queriendo hacer saber al coro de sus simpatizantes, de dónde procedían las notas sobre las que se basaban las preguntas que se le hacían. Porque, Rvdo. P. Ferrer, usted bien sabía de dónde procedían.

 Y, ya que vamos de «preguntas», voy a hacerme yo algunas: ¿Por qué el Rvdo. P. Ferrer Benimeli se volvió como una fiera herida contra Blas Piñar cuando se hizo público que las notas procedían de la revista FUERZA NUEVA?

 ¿Por qué atacó precisamente a uno de los pocos hombres que. con su valor acostumbrado dan testimonio público de Cristo sin respeto humano de ninguna clase?

 ¿Por qué trató de ridiculizar al Caudillo el padre Ferrer cuando, haciendo alusión a uno de sus discursos dijo haberse metido Franco con la masonería como enemiga de la política que se seguía en España? ¿No reconoció el padre Ferrer que había una masonería que se introducía en la política? ¿Por qué. pues, no tenía razón Franco al declarar a los masones, de la clase que fueran, como enemigos de la España que él defendía, cristiana y moral, adicta ciento por ciento al catolicismo apostólicos romano?

 En el ataque final a Blas Piñar me pregunto: ¿No será acaso que al padre Ferrer Benimeli se le ha subido a la cabeza el humo de «su ciencia» y le da en el rostro que un seglar sea apóstol de Cristo sembrando su sana y constructora doctrina a todos los niveles y por todas partes —incluso en el extranjero— mientras él, un JESUITA, se dedica a «apostolear» en favor de la masonería, escribiendo libros de tapas negras y más negro contenido, tan sólo por el placer de recibir la admiración de quienes lo aplauden todo, y mucho más cuando las «conferencias» sólo tratan de desprestigiar al Caudillo y a los que —como Blas Piñar— tratan con su recto espíritu defender la verdadera doctrina católica?

 ¡Padre Ferrer!: se le ha visto la cola serpentina»...

 José ROS RAUSELL


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979