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jueves, 5 de febrero de 2026

La Constitución es atea

 Artículo de 1979

  La Constitución es atea 

(…) Al plantearse el problema del referéndum sobre la Constitución, surgió un clamor de orientación y consejo a la Conferencia Episcopal Española, presidida por el cardenal Tarancón. Pero el Pueblo de Dios ha sufrido una gran decepción, porque la Comisión Permanente de esa Conferencia ha dicho que “no puede dar ningún orientación y que voten según su conciencia”. ¡Valiente contestación! “Para ese viaje no necesitábamos alforjas”, exclama el pueblo llano. 

¿No saben los señores de la Comisión que la gran mayoría de los españoles no tiene idea formada ni saben dirimir lo que tiene de bueno y de malo la Constitución? Porque la mayoría no la lee, y si la lee no la entiende ¿Qué juicio se va a formar? Y de ahí se deduce otra consecuencia: que del referéndum no puede sacarse la conclusión de que el pueblo ha aprobado una constitución, ya que vota sobre lo que no sabe. Un voto en el vacío.

 *****

Vengamos ahora a lo que esa Constitución encierra con la religión. Aquí sí que se han oído cosas peregrinas y graciosas que harían reír si el problema no fuera tan serio. Según Tarancón, “no se pueden esgrimir razones religiosas para tomar una postura determinada” (“Carta cristiana”, 25-XI). Como si la Constitución se hubiese hecho para antropopitecos y no para seres racionales y, por añadidura, cristianos y católicos, en gran mayoría.

 Parece que la Constitución y la religión no tienen que ver nada una con otra, mientras aquélla no diga nada grave contra ésta. Pero estos señores sólo tienen en cuenta lo positivo, lo que dice. ¿Y lo que no dice y debiera decir? Saben ellos o deben saber mejor que nosotros, los no clérigos, que hay pecados de omisión. Y graves. El que no va a misa los domingos no hace nada positivo contra la Ley de Dios, y, sin embargo, peca mortalmente. Eso de evadirse de Dios, no citándole ni una sola vez en una ley fundamental para la vida de los cristianos españoles, no es importante? Y lo de abrir camino al aborto y al divorcio, ¿es cosa leve?

 Prescindir de Dios es un tipo de ateísmo que estudian los tratados de Teodicea, en dos de los cuales incide la tan jaleada ley fundamental: en el ateísmo práctico y en el político, que pueden reducirse a uno: a conducirse como si Dios no existiera: gobernar y dar leyes al margen de toda religión. Porque eso de citar a la religión católica una vez, equiparándola a los mormones o a los budistas, es peor que si no la citara nunca.

 Don José María Martín Patino, provicario del Arzobispado de Madrid, distingue entre “laico” y “ateo”. Yo entiendo que el laicismo equivale al ateísmo práctico. Xavier Zubiri, el máximo filósofo español desde la muerte de Amor Ruibal, en 1930, dice en su obra “Naturaleza, Historia, Dios” (Madrid, 1963): “La existencia que se siente desligada de Dios es una existencia atea”. Digo de Dios, porque así lo exige el contexto (pág. 392). Por tanto, la ley que nos ocupa es una ley atea aunque no diga “Dios no existe”.

 Aún es más chocante lo que dice el diario de la Editorial Católica y, por tanto, católico él. Saben que me refiero a “Ya” que, en su editorial del día 19-XI, titulado “Un ateísmo inventado”, compara la Constitución con la aritmética escolar, con la física astronómica o con un texto de Hacienda Pública, que no tienen por qué citar a Dios. Estas ciencias no le citan porque no tienen porqué citarle; pero la Constitución, sí. Esta afecta a la vida, no solo material sino espiritual de los hombres, de los españoles, y la vida de éstos hace relación a Dios que los creo, los rige y gobierna. Es descabellada, pues, la comparación de “Ya”. ¡Que Dios les conserve tan fino talento!

 Los obispos y sacerdotes que defienden la no intervención ni consejo de la Conferencia Episcopal a los católicos españoles dan explicaciones muy complicadas y prolijas, lo cual es, sencillamente una acusación contra ellos mismos. Pienso que la verdad tiene siempre caminos más cortos y sencillos que los que usan estos señores.

 ***

Creo, por otra parte, que la Conferencia Episcopal siente el catolicismo, en su interior, más profunda y sinceramente que lo ha dicho en sus manifestaciones. Hay en ellas más miedo a oponerse al poder público que sinceridad. Y el poder, que se ha entregado a los sin Dios y seguido sus designios, debiera más bien imitar a los Estados europeos que, como Inglaterra Irlanda, Suecia, Noruega, Dinamarca, Grecia… son confesionales. Y no de los atrasados sino de los más progresivos de Europa.

 Pero aún hay más que decir, si tenemos en cuenta que estoy aludiendo a elementos eclesiásticos y católicos, que supongo que admitirán sin reservas la doctrina del Concilio Vaticano II. Aunque me temo que para algunos esté ya desfasado.

 La Declaración “Dignitatis humanae” dice textualmente: “El poder civil debe reconocer ciertamente la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla… (BAC, pág. 787). Y en la pág. 790: “El poder público debe crear condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa…”

 Y, francamente, no creo que se “favorezca” ni “se creen condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa” dando una Constitución laica, que desconoce a Dios. Esto debieran haberlo tenido en cuenta los eclesiásticos de la Conferencia Episcopal. Y para ejemplo de nuestros gobernantes, profundamente católicos; de nuestra prensa, también católica, y de nuestro pueblo clero, celoso defensor de la gloria de Dios y de la salvación de las almas, hay que hacer constar el interés que los paganos ponían en que los dioses intervinieran en el gobierno de la comunidad. Dice Cicerón: “Es más fácil fundar una ciudad sin suelo que sobrevivir una comunidad sin dioses”. ¿Está claro?

 Domiciano Herreras 


Revista FUERZA NUEVAnº 626, 6-Ene-1979


martes, 3 de febrero de 2026

No a la “berenguerización” de España

 Artículo de 1970

 No a la “berenguerización” de España

 ¿Se está “berenguerizando” España? Todavía no del, todo gracias a Dios. Pero existe una inquietante tendencia a ir paulatinamente remando a uno de los períodos más tristes de la historia española del siglo XX, que está vinculado al nombre de un general español, bizarro, pero definitivamente desgraciado en sus empresas.

 Basta haber cumplido los cincuenta años o, sin haberlos cumplido, revisar con honradez la historia o la prensa del año 1930. Se verificó entonces un deslizamiento de opinión hacia lugares y posturas completamente opuestas al destino inmortal de nuestra patria. Pero la opinión pública no se desliza en ningún sentido si no existen corifeos que la polaricen o la empujen. Y estos corifeos de la anti España proliferaban como setas -apurando el símil como setas venenosas- en el ingrato período que subsiguió al gobierno del general Primo de Rivera.

 Comenzaron a surgir los tránsfugas, los oportunistas, los demagogos y los cambiadores de casaca. Aparecieron los llamados “intelectuales”, ganosos de añadir facetas de intelectualidad a las pocas a muchas que atesoraban, colocándose en la línea de un supuesto pensamiento europeo, amasado siempre en antipatías ancestrales hacia España. Brotaron los Ossorio y Gallardo con su peregrino “Monárquico sin rey al servicio de la República”. Los Sánchez Guerra con “No más servir a señor que en gusano se convierte”, y los don Julianes y Teodomiros dispuestos a descuartizar al país al socaire de sentimientos tribales protohistóricos.

 En aquella triste situación comienzan a verse alarmante síntomas en nuestros días, porque no hay nada nuevo bajo el sol, y el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y hasta cien veces en la misma piedra. Cierto que en algunas cosas no hemos llegado a aquella calamitosa situación pero en otras quizás estemos peor. Por ejemplo, entonces existía como un garantía suprema de la verdad y de idealismo, una Iglesia Católica homogénea y unida, indefectiblemente fiel al Papado y a su destino imperecedero. Sólo hubo en la segunda república un cura de izquierdas, el pintoresco Basilio Álvarez, diversión unánime de tirios y troyanos. Hoy (1970) aquella fortaleza suprema está parcialmente desmoronada, con sus muros cuarteados y con el enemigo ocupando algunas posiciones clave dentro de sus baluartes.

 Seamos un poco observadores. Actualmente lo que siempre se ha llamado chaqueteo pasa por “aggiornamento”. Cada cual busca sacudirse las pulgas de un posible compromiso con las fuerzas que han engrandecido el país durante los largos y pacíficos años de la posguerra. Este dice que era muy joven, aquél que se vio obligado, el de más allá que tenía que comer. Se escucha un siniestro rumor de migraciones subterráneas, como de ratas huyendo de un barco que creen que no tardará en zozobrar.

  Han comenzado a salir nuevos “Ossorio y Gallardo”(católicos sin Dios al servicio del comunismo; derechistas autoconfesados al servicio de la izquierda; falangistas sin Falange al servicio ¿de qué…?También pululan los nuevos “Sánchez Guerra”(nomás servir a señor que me releva del cargo). Los “Basilio Álvarez” se cuentan por docenas y ya no sirven de diversión sino de escándalo. Y se nota un renacimiento de fantasías tribales que se salen del regionalismo sano para apuntar a las más anacrónicas figuras del separatismo; la gente se pregunta si no tardará en producirse un nuevo Pacto de San Sebastián.

 No faltan las consabidas algaradas de una juventud que no quiere saber la verdad o a la que se mantiene ignorante voluntariamente. Y tampoco faltan ¿cómo no? los grupitos intelectuales al servicio de la democracia, los cuales, si sobreviniera lo que ellos buscan, no tardarían en exclamar, como profirieron los de marras el clásico “no es eso, no es eso”. Y si ni éstos ni aquéllos pueden ni pudieron prever este desengaño ¿de qué sirve una intelectualidad que no hace un uso elemental del intelecto?

 Hay, en fin, un corro de periódicos en continua pugna para superarse en piruetas izquierdistas. Es un espectáculo triste el de cierta prensa, esencialmente burguesa, que excava su propia fosa, y vende su decoro a cambio de unos miles de ejemplares lucrados a costa de lo que sea, lo mismo que este “lo que sea” venga en leña seca para el descontento o en cloroformo pornográfico.

 Ya se ha puesto de moda y tomado por gracia la defección y la felonía. A quienes fiel a sí mismo y a sus ideales se le considera como un ser inferior, exaltándose en cambio la “fe púnica” y la apostasía como costumbres que impone la “marcha de los tiempos”.

Se ridiculiza la hidalguía, el patriotismo, la castidad, el misticismo y todos los ideales que diferencian al hombre del bruto, lapidando a quien los mantiene con epítetos sarcásticos propios de mentes cebolleras: carcas, retrógrados, inquisidores, fascistas, preconciliares tridentinos…Por el contrario, el último grito del buen tono es el salto de la garrocha, faltar a la palabra, cambiar de camisa, pisotear los votos, cubrir de lodo al llegar a la vejez lo que se incensó en la juventud.

 En 1930, bastó este año de funesto recuerdo para que una prensa en poder de los tránsfugas embaucara y pervirtiera a la opinión pública, convirtiendo en clamor profuso lo que no era más que el runrún despotricante de unos cientos de resentidos.

 Pidamos al cielo que España no entre el nuevo período “berenguerizante” que nos conduzca de la mano al caos. Dios no lo ha de permitir si se encuentran todavía en la piel de toro algunos justos más que los que contabilizaban Lot y su familia. Y creemos sinceramente que todavía los hay y no pocos.


Revista FUERZA NUEVA, nº177,30-May-1970

 

sábado, 31 de enero de 2026

Paz y guerra cristianas

 

  LA PAZ Y LA GUERRA

 A San Pío V, Gran Inquisidor y vencedor de los turcos

 l. La mayor catástrofe histórica que han sufrido los siglos ha sido (al menos hasta ahora) la caída del Imperio Romano de Occidente, en el siglo IV de nuestra Era. Todo un mundo de altísima cultura —más refinada incluso que la de nuestro mundo actual en muchos aspectos—, un poder y un orden que habían dominado al mundo, cae violentamente, con escasa resistencia, bajo el poder de unos pueblos casi en estado de hordas, cuyas fuerzas efectivas eran, en comparación con las legiones romanas, insignificantes.

 Las consecuencias de esta debacle histórica fueron para Europa cinco siglos de miseria, de violencia, de sucesivas invasiones, de anulación de toda cultura, de epidemias y de hambre... Sólo el cristianismo —fe viva y fervorosa en aquella humanidad ruda y doliente— hizo renacer de aquel universal naufragio la nueva civilización cristiana medieval.

 ¿Cuál fue la causa de aquella inverosímil rendición del más poderoso Imperio del mundo ante pueblos sin armas ni verdaderos ejércitos? Todos los testigos —San Agustín, el primero— son unánimes en este punto: la falta de fe, la consiguiente corrupción moral del pueblo romano; su espíritu de goce (de «confort» o «nivel de vida», que diríamos hoy), su falta de espíritu de lucha, su pacifismo a ultranza predicado por epicúreos y por escépticos y entusiásticamente acogido por la élite y aun por el pueblo romano, ávidos de placeres, ajenos a todo valor religioso, a todo honor nacional. Inverosímiles «paces» con los pueblos asaltantes, vergonzosos pactos, retrasaron medio siglo la catástrofe; pero ello sólo aprovechó para que esa catástrofe fuera completa, universal, irremediable.

 Nadie que estudie de cerca aquella historia puede ser ajeno a su cegadora similitud con el presente de Europa, sometida desde todos los ángulos a una propaganda pacifista asfixiante, mientras sus vecinos orientales se arman —moral y físicamente— hasta los dientes, y provocan continuas pequeñas guerras de desgaste. Peor aún que en aquella época: ni siquiera vemos hoy en torno nuestro a una Iglesia dispuesta a preservar la fe y el ánimo de los que pudieran luchar en defensa del patrimonio común, a bendecir el heroísmo, a darle la seguridad del premio eterno. Antes al contrario, la Iglesia hoy visible compite con el quinta-columnismo del enemigo (marxista) en sus campañas de «paz a cualquier precio», en su menosprecio del espíritu heroico.

 «Esta política evangélica de la paz —ha escrito un autor contemporáneo— es el opio de los pueblos cristianos ávidos de gozar del bienestar moderno, sumergidos en los placeres. Habiendo Dios permitido que reine todavía este año la prosperidad, la vida fácil, en nuestro Occidente industrializado, los eclesiásticos han emprendido la tarea de aflojar las leyes de la moral natural y las del Evangelio para entrar ellos mismos y sus rebaños en la inmensa corriente de la corrupción general. De ello deriva una aterradora disolución de costumbres, de la cual, como de un gran iceberg, solamente una décima parte aflora al exterior y aparece a la vista. Es demasiado fácil arrojar las culpas sobre «el mundo pagano» y su «erotismo obsesivo». Nadie mandaba a los obispos, sacerdotes, moralistas, que abriesen la Iglesia a ese mundo y empujaran a los cristianos a vivir a lo pagano. Peor aún, el ejemplo viene de arriba, la relajación es enseñada e impuesta a un pueblo fiel que no la había pedido. (...), Desde este momento, la Iglesia (aparente) ya no cultiva las virtudes heroicas, sino que maquilla los vicios para incorporarlos a un cristianismo nuevo.»

 Nadie duda de que la paz, en sí misma considerada, es un bien; y de que la guerra es un mal. Como la salud es un bien, y un mal la enfermedad. Pero nadie piensa en preservar o alcanzar la salud predicándola, sino teniendo reservas vitales que oponer a la enfermedad. Consideradas moralmente, hay guerras justas e injustas, como hay paces justas e injustas. La responsabilidad de la guerra injusta recae sobre el gobernante que con malicia la busca o declara, o —de un modo vago y colectivo— sobre el pueblo que apoya o tolera a tal gobernante. Para el ciudadano particular que acude a la guerra, su causa es casi siempre justa, puesto que no está en condiciones —físicas ni morales— de juzgar ni decidir sobre su justicia. Y la virtud que le impulsa a cumplir su deber en ella —el heroísmo— es la más alta de las virtudes humanas, puesto que reúne la fortaleza (o valor) con la prudencia, elevadas al grado heroico.

 Desde el punto de vista religioso, ¿es la guerra, de suyo, un mal, y la paz un bien? Cristo dijo de sí mismo «no he venido a traer la paz, sino la guerra». La guerra dentro de cada uno en el vencimiento de las pasiones y en el necesario testimonio de la fe; la guerra dentro del pueblo judío entre los que arriesgaron el cauce oficialmente establecido para su salvación personal por la palabra del Hombre que se decía Cristo, y aquellos otros que no lo hicieron; la guerra entre el honor de Dios y el bienestar diario, a lo largo de la Historia. En la noche de Navidad los coros angélicos cantan a la paz «para los hombres de buena voluntad», previa la «gloria de Dios en las alturas». La paz del alma, la conformidad de la voluntad humana con la voluntad de Dios es, ciertamente, un valor —el más alto valor— de la moral cristiana.

 ¿Pero tiene esa paz alguna relación con «la paz del mundo» que demagógicamente, suicidamente, se nos predica como paz cristiana? Creo que la paz (como contraria de la guerra) es indiferente desde el punto de vista religioso (cristiano), y lo mismo acontece a la guerra. Esta, como doloroso evento que es, ha de ser interpretada providencialmente como prueba, expiación o castigo, según los casos, Y desde el punto de vista (religioso), de los que van a ella, puede haber guerras indiferentes, guerras impías o sacrílegas (si se encaminan a destruir el orden religioso en el país) y guerras santas (si se hacen para restaurarlo).

 De mí sé decir que en las trincheras nacionales de 1938, rezando el rosario cada atardecer en la chabola, me sentía religiosamente en paz conmigo mismo. Como seguramente no me siento en esta paz claudicante y morbosa de 1967 predicada por agentes del marxismo... y por clérigos que en sus ropas y en sus palabras se avergüenzan de lo que son y representan, de la fe que juraron y del sacramento que recibieron. 

MENDIBELZA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967 

 

jueves, 29 de enero de 2026

La Constitución liberal condenada por el Magisterio de la Iglesia

 Artículo de 1978

  Condena del Estado liberal

 SE podrá tomar en serio o se podrá tomar en broma, cosa esta última que hace la mayoría de los católicos españoles, sin duda por ignorancia, pero lo cierto es que la concepción liberal del Estado, la que caracteriza a la Constitución española, continúa condenada por el Magisterio de la Iglesia.

 Así se desprende de las declaraciones del cardenal Palazzini, alto cargo de la Curia vaticana y antiguo profesor de Teología Moral, hechas a «L'Osservatore della Domenica», semanario oficioso del Vaticano.

 El cardenal Palazzini, en efecto, advierte: «El "Syllabus" ha sido hasta nuestros días un signo de contradicción; sin embargo, de él permanece válida todavía la condena de la concepción liberal del Estado desvinculado de toda norma moral, fuente de todo derecho; y sigue siendo válida la repulsa de la pretensión del hombre moderno de construir la sociedad de un modo independiente de Dios y de la religión, e incluso basándose en principios contrarios a ella.»

 Es claro que si la doctrina auténtica de la Iglesia no fuese la expuesta por el cardenal Palazzini, en este semanario vaticano no se le hubiese permitido expresarse en tales términos. Es, por otra parte, si bien se mira, la doctrina expuesta por Pablo VI en la «Octogésima Adveniens». el cual reprueba a los católicos que tiende a idealizar el liberalismo y que no tienen en cuenta que la ideología liberal y la fe católica son incompatibles.

 En esa misma carta, el papa Pablo VI da testimonio de que todas las democracias ensayadas hasta ahora son insatisfactorias y que es necesario buscar otras.

 No obstante, los católicos españoles -del presidente Suárez al comunista A. Comín, pasando por Fraga, Silva y Peces-Barba- se han empeñado en elaborar una Constitución no ya anacrónica, reaccionaria, plagada de todos los tópicos y de todas las utopías liberalistas y socialistas fracasantes, sino una Constitución «independiente de Dios y de la religión», cosa ilicita para un católico, según el cardenal Palazzini.

 El caso es absolutamente diáfano y lógico para el verdadero católico, para el hombre que crea en la verdad propuesta por el Magisterio oficial de la Iglesia católica, como es ése del anatema contra el liberalismo agnóstico:

 La Constitución española y la democracia liberal se basan sobre los principios o postulados del liberalismo filosófico (racionalista y naturalista).

 Es así que el Magisterio oficial de la Iglesia condena el liberalismo filosófico (de Pío IX a Pablo VI, pasando por León XIII, etc.).

 Luego, virtualmente, la Constitución española (como la democracia liberal) está condenada por el Magisterio oficial de la Iglesia.

 Luego peca de negligencia el Magisterio de la Iglesia en España al no hacer un «juicio moral» sobre la Constitución española, cumpliendo con su deber pastoral de hacerlo, tal como lo establece el Vaticano II.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 625, 30-Dic-1978

 

lunes, 26 de enero de 2026

La Virgen, marginada en el Postconcilio

 Artículo de 1970

 La Virgen, marginada

 Hablar hoy de la Virgen es arriesgado. Antes (un “antes” que no va más allá de preconcilio) la Virgen era tema obligado de la catequesis, de la predicación y de la doctrina teológica. Hoy (un “hoy que abarca los últimos cinco años, 1965-70), la Virgen se ha vuelto un tema difícil, un tema discutido. Porque, además, puede hablarse en un cierto oscurecimiento de la devoción mariana en la Iglesia Católica.

 El hecho ha tenido manifestaciones tan evidentes que es del todo imposible no admitirlo. Sería suficiente hacer un recorrido por las iglesias de cualquiera de nuestras ciudades, en este lánguido “mes de María”, para advertir que algo ha pasado en lo más profundo de las almas en este sentido. No es necesario llegar, claro está, a ese vago y lejano recuerdo que todavía atormentaba nostálgicamente el alma impía de Renan, como “un olor inebriante de rosas de mayo”.

 Basta mirar con los ojos abiertos: la supresión del rosario; su suplantación por extrañas e incomprensibles “paraliturgias” en las que la arbitrariedad imaginativa de un buen curita lo inventa todo; los cantos salmódicos de un irritante simplismo melódico y de una pobreza viejotestamentaria ridícula; las lecturas escriturarias, ciertamente santas y útiles, pero en un contexto de “sola scriptura” protestante, frío, que hiela los corazones. Uno busca, por lo demás, la imagen de la Virgen como señuelo y sostén de una humanidad, de un humanismo imprescindible y, por fin, lo encuentra allí, en “cualquier” lugar, a la contraluz de una columna oscura, que la separe del altar, “único centro” -proclaman altamente los nuevos liturgistas- de la atención de la Asamblea del Pueblo de Dios.

 La Virgen “marginada” en su representación simbólica, lo es también en su conmemoración litúrgica. La nueva ordenación litúrgica, con un criterio de “sola scriptura” no católico, ha realizado una inclemente poda en el ciclo litúrgico mariano. Estas innovaciones, hoy todavía muy discutibles, se presienten nocivas para la piedad cristiana que no vive de esa “metafísica” litúrgica que se le impone.

 La Virgen “marginada” también en la predicación y en la doctrina teológica. El hecho tiene otras manifestaciones evidentes (Asociaciones, Cofradías, Romerías, Peregrinaciones, insignias, hábitos, etc.) que no es necesario describir. ¿Cómo explicarse este extraño fenómeno, tan contrario a toda la tradición católica vinculada de un modo tan estrecho con las devociones marianas? Un fenómeno tan profundo no puede menos de obedecer a causas igualmente graves y profundas. No se pueden aducir fenómenos de superficie; por ejemplo: los excesos de la época procedente, que hubieran producido un ”maximalismo” que hoy tendríamos que compensar con un desequilibrado “minimismo”.

 Es verdad que los años 1940-1955, en España, pueden ser considerados -como se decía entonces- “Era de María”. Son años espléndidos en manifestaciones marianas: Congresos, Consagraciones, Peregrinaciones, la “Virgen Peregrina”, el “Año Mariano”, en que la piedad popular de la Iglesia vibra como en los mejores tiempos. Pero esta piedad está bien sostenida, primero, por un Magisterio papal y episcopal relevante; y luego por una mariología científica y teológica, que coloca a la mariología católica en un primer plano de la literatura teológica. No son, pues, esas razones de superficie las que explicarán el fenómeno actual de la marginación mariana hasta convertirse, no sólo en “questio mariale”, sino en verdadera “crisis”.

 Porque esta fenómeno de crisis mariana -como, por lo demás, tantos otros fenómenos críticos de la Iglesia de hoy- no puedo entenderse sino cuando se le coloca en extensión y profundidad en el contexto de una amplia y grave crisis eclesial. Está, en primer lugar, la crisis “religiosa” como fenómeno de desacralización y de secularización. En ella, la Virgen María representa un punto culminante y “escandaloso” de lo santo y de lo sagrado, que instintivamente repele todos los intentos de “reducción a lo religioso” a lo profano. Su persona excelsa representa, en el catolicismo, la convergencia de lo humano y lo divino de una manera absolutamente sagrada y trascendente. De ahí el escándalo “edificante” que produce todo lo “mariano” en un mundo secularizado. Por ello mismo, la “desmitologización” del mensaje evangélico se enfrenta necesariamente con la Virgen se la quisiera despojar de su maternidad divina, de su virginidad perpetua, de su lugar irreemplazable de hecho en la economía de la salvación; que fuera sólo la doncella humilde de Nazareth, casada normalmente con el carpintero José, de quien tiene el “primogénito Jesús” y a otros hijos después de él.

 Está luego la crisis eclesial, en la que el Magisterio Jerárquico existe, pero “no funciona”. Y hay finalmente unas tendencias a un cristianismo descarnado, desencarnado, desarraigado, “sin piedad” (San Pablo), que se amparan en el falso simplicismo de la autenticidad soñada, del antirromanticismo más romántico, y de la bobalicona entrega, a ojos ciegos, a los valores mundanos.

 ¿Qué podía representar en ese conjunto “emocional” religioso la figura de la Virgen María sino un serio obstáculo que había que marginar? Y, como las intenciones -aun las no conscientes, aun las solamente presentidas- son las que mueven los hilos de esta miserable tramoya, asistimos a este fenómeno de marginación de lo mariano como una consecuencia inclemente y despiadada, pero lógica, de toda una lamentable situación crítica de la Iglesia.

 Pero -y he aquí la paradoja constante en que hoy extrañamente nos movemos en todo lo eclesial- esta marginación de la Virgen María en la piedad católica no puede apoyarse ni en el Magisterio de los últimos Papas, ni mucho menos en el Concilio Vaticano II. Porque los Papas, con sus documentos doctrinales, con sus intervenciones pastorales, con sus gestos emocionales (Peregrinaciones de Juan XXIII y Pablo VI a Loreto, Fátima, Bonaria, Éfeso) nos dicen todo lo contrario. Por su parte, el Concilio Vaticano II, en sus magníficos textos, favorece tanto la piedad mariana como la mariología católica. El Concilio recomienda “las piadosas prácticas del pueblo cristiano” (SC, n. 20), y el culto especial y las devociones tradicionales a la Virgen (LG, nn. 66-67). (*)

 ¿Cómo, pues, explicarse, repetimos, esta marginalización de lo mariano sino como una triste consecuencia de esa decadencia general de lo católico? Porque la Virgen no está “al lado” de los caminos por los que el Señor quiso venir a nosotros. Tampoco está “en el centro”, cuyo lugar lo ocupa ciertamente el Cristo. Pero sí que está “en el medio de los caminos” de Dios. La historia de la salvación no sólo encuentra en ella un término en el que toda la plenitud profética y escatológica del Antiguo Testamento viene a ser la realización definitiva de la “Hija de Sión”, que se personaliza en María. Sino que, además, es el verdadero punto de arranque de la nueva historia que Cristo viene a instaurar. El Cristianismo, para no ser precisamente un “mito descendido” necesita de esta figura, arrancada a la piedra viva de la historia humana, que da realidad humana al Cristo y lo inserta en nuestro tiempo: “cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, hecho de mujer” (Gal. 4,4).

 Hoy, en cambio, un orgulloso neo-gnosticismo, amparado por un angelismo pervertido, pretende sustituir esa figura de mujer por el “solus Christus” protestante, pervirtiendo los suaves y fáciles camino del Señor… Muy pronto el “Christus” sería sustituido por mil eones quiméricos. Hoy, una falta de sencillez y humildad, como primigenias virtudes cristianas, está trastornando un orden de cosas querido por el Señor de un modo tan humano. Esas virtudes pusieron todavía nuestros padres ante el Padre y la Madre celestes, en la actitud de “niños” a quienes únicamente se abre el reino de los cielos. Hoy, en muchos medios, se crea un ambiente anti-católico de orgullo y de prevención ante la “bendita entre todas las mujeres”. Nada, ciertamente, más funesto para la Iglesia en esta hora necesitada de amparo. Porque no puede olvidarse que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tiene sus complacencias en Ella, la Virgen María.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970

 

(*) Discrepamos. Baste comprobar cómo el Concilio privó a la Virgen de un esquema propio, para agradar “ecuménicamente” a los observadores protestantes, y hubo de ser añadido un texto de compromiso, a regañadientes, al final de “Lumen Gentium”