Buscar este blog

miércoles, 14 de octubre de 2026

Vascongadas bajo dominio rojo-separatista (1936-37)


 “LAS VASCONGADAS BAJO EL DOMINIO ROJO-SEPARATISTA“

 El nacionalismo vasco al desnudo

 Hay como un complot, muy generalizado, para que lo ocurrido en nuestra guerra de Liberación se olvide. Los motivos son claros: Una vez que se consiga, bajo el espejuelo de que el recuerdo constante de nuestra guerra separa a los españoles, el olvido, las nuevas generaciones sobre todo se formarán ajenas a cuanto supuso el Movimiento Nacional, a sus motivaciones y su limpia ejecutoria. Después, el paso siguiente es más fácil. Tergiversar los hechos, cuando se ha olvidado la realidad, apenas cuesta ni ningún esfuerzo.

 Precisamente, uno de los capítulos más tergiversados por los interesados en el olvido a ultranza de nuestra contienda, es todo lo ocurrido a las Vascongadas desde la iniciación del Alzamiento hasta la conquista, por el Ejército Nacional, de esta región. En paciente y constante labor se pretende hacer creer que la dominación rojo- separatista en las Vascongadas tuvo un matiz especial; que allí, por el claro catolicismo de los habitantes, no hubo persecución religiosa, que allí no existieron desmanes, fusilamientos, torturas, robos y saqueos, incendios, devastaciones. Pero fue allí, precisamente, donde la política de “tierra calcinada”, ante el avance del Ejército Nacional, se llevó con más saña.

 Traemos hoy a nuestras páginas un extracto de lo ocurrido. Lo hemos obtenido del libro “Informe sobre la situación de las Provincias Vascongadas bajo el dominio rojo-separatista” (1938) publicado por la Universidad de Valladolid y realizado por la Comisión nombrada por su Junta de Gobierno con este fin. Lo firman personas tan poco sospechosas de parcialidad como el Decano y los profesores de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad citada.

 Un aleccionador libro que -simple coincidencia- ha desaparecido (1970) de las Bibliotecas de muchos centros oficiales donde antes estaba.

 Por razones de espacio nos vemos obligados a publicar un extracto del mismo en dos entregas sucesivas, que recogen los datos más interesantes sobre el tema. Veamos qué dice:

 La primera conclusión la que se llega, apenas se recorren unos cuantos pueblos del territorio vasco, es la de reconocer que el problema de esta región tiene caracteres peculiares específicos, que obligan a analizarlo aparte y separarlo de las demás regiones de la zona roja: este carácter distintivo de la zona vasca es debido a la presencia de lo que ellos llaman nacionalismo y que debe llamarse, lisa y llanamente, separatismo.

 El separatismo vasco, que es una de las más monstruosas aberraciones del espíritu humano, ha hecho posible el odio a España en gente nacida en territorio español, ha unido al sedicente católico con el sin-Dios, ha hecho posible la existencia de una parte inconsciente del clero regular y secular que asistía impasible a la profanación de las iglesias y ha permitido una desatada y especial propaganda que quería presentar al país vasco-separatista, ante el extranjero, como un oasis de tranquilidad, respeto ideológico y normalidad civil, frente a los desmanes anárquicos de las demás repúblicas rojas.

 La riqueza del País Vasco, sus relaciones comerciales de índole internacional, favorecían la extensión de esta propaganda; y todas las apariencias de normalidad que, inútilmente, querían buscarse en el resto de la España roja, se afirmaban como existentes en Vasconia y se pretendía, con ello, convencer al mundo de que  Vasconia era el único rincón donde había un Gobierno, se celebraba el culto normalmente y se vivía en un ambiente de legalidad. Este era el carácter específico del problema vasco, esto es lo que obliga a separarlo de todos los demás: la gran mentira euzkadiana que se desenmascara con la presente información, en la que resalta claramente la criminal falsedad de cuanto afirmaba la propaganda vasca.

 Su punto neurálgico, la normalidad religiosa, es plena y absolutamente falso. En la provincia de Vizcaya, sede del separatismo, han sido profanadas el 90 por ciento de las iglesias, ermitas y conventos; ha sido regla general, como puede deducirse de la lectura de las actas, el establecer en ellas cuarteles, parques de intendencia, depósitos de municiones, refugios para los huidos, etc. Como consecuencia natural, quedaba suprimido el culto, habiendo lugares en los que esta supresión ha durado todo el tiempo de la dominación roja, y como los ocupantes de los lugares sagrados, que unas veces eran separatistas y otras comunistas, socialistas o anarquistas, no tenían ningún respeto a los objetos religiosos, han dejado en los lugares ocupados la más patentes huellas de su salvajismo y arreligiosidad. Ha sido frecuente la destrucción, mutilación o quema de imágenes, el fusilamiento de las mismas o de cuadros religiosos, la destrucción de altares, violación de sagrarios, rotura de órganos y destrozo de mobiliario. No contentos con esto, se ha hecho burla sacrílega de actos y ceremonias de la religión católica, revistiéndose con ornamentos sagrados, profanando vasos sagrados, celebrando parodias de procesiones y matrimonios, conviviendo milicianos y milicianas en el interior de los templos y convirtiéndolos, más de una ocasión, en salones de baile y prostíbulos, en los que todo desmán era permitido.

 Cuando el avance victorioso de nuestros soldados les obligaba a retirarse, dejaban los lugares santos, en el mejor de los casos, convertidos en estercoleros, llenos de inmundicia y destrozos, pero si tenían tiempo –y, desgraciadamente, lo tuvieron en muchas ocasiones- incendiaban el templo o convento que habían ocupado, sin pensar en el valor material o artístico, a veces único, de los objetos que, con aquel incendio, se destruían. Elocuentes son las fotografías recogidas, pero quizás entre todas ellas sean las que más impresionen aquellas de monumentos bárbaramente destruidos por la dinamita, que convertía instantáneamente la casa de Dios en un montón de ruinas.

 Pero no era sólo la destrucción material, sino que a ella ha ido paralela a la persecución personal. Unos 50 sacerdotes han perecido asesinados en el feudo del que se calificaba “católico gobierno de Vizcaya”, centenares de párrocos y coadjutores han tenido que buscar en la fuga la seguridad de sus vidas; la totalidad del clero, salvo una insignificante minoría y ésta por sus ideas separatistas, ha tenido que abandonar las ropas talares por el peligro que su uso representaba; no se tocaban campanas ni se celebraban entierros católicos, ni se administraban, públicamente, los sacramentos; en los pueblos donde se pudo celebrar culto alguna temporada era éste restringido, anormal, sin predicaciones, reducido a escasas misas de primera hora y con asistencia de los pocos fieles que se atrevían a desafiar las burlas o amenazas de los milicianos dominadores.

 Y en Bilbao, en la propia capital que, fácilmente, podía recorrer el fugaz presidente de la diminuta república vasca, fue incendiada la iglesia de las Concepcionistas, ocupados y profanados todos los conventos, asesinados gran número de sacerdotes, mientras otros se hallaban en las cárceles por el solo delito de serlo. Cierto que había culto en las iglesias, pero esta era la gran farsa de la apariencia ante el extranjero, culto limitado en la mayoría de ellas, si se exceptúa alguna como la de los Santos Juanes, con su clero separatista; sacerdotes de seglar, sacramentos en secreto, silencio en las campanas, supresión de sermones, huida de sacerdotes, amenazas a los fieles, espionaje en las iglesias hábilmente disfrazado de guardia protectora: esta era la vida religiosa de la capital. En la misma basílica de Begoña, tan identificada con el sentimiento religioso del pueblo bilbaíno, se robaron joyas, se destrozaron vasos y ornamentos, se profanó el templo y se destrozaron y pisotearon dos copones llenos de Sagradas Formas. Esta era la “normalidad” religiosa que se disfrutaba en los dominios del llamado Gobierno de Vizcaya.

 También se intentó paralizar totalmente la riqueza industrial de la región mediante el desmonte y traslado de la maquinaria y el incendio de fábricas y talleres, pero, afortunadamente, el avance de nuestro invencible Ejército fue más rápido que la retirada separatista y buena parte de esa maquinaria ha sido recuperada en Bilbao. Lo que no puede recuperarse jamás es la riqueza de aquellos pueblos como Irún, Eibar, Munguía, Amorebieta y otros, que fueron víctimas escogidas de la barbarie rojo-separatista y perecieron destruidos con el metódico empleo de la gasolina y la dinamita y con el evidente propósito de que, al ser perdidos por “Euzkadi” no fuesen recogidos por España. También nuestro propio avance pudo evitar que se repitiesen tales destrozos colectivos en otros lugares como Ermua, Deusto y el mismo Bilbao, donde estaban preparadas las cargas que habían de hacerlos saltar y se conservan aún las huellas de tan siniestros propósitos.

 Metódica ha sido también la destrucción de las vías de comunicación: centenares de puentes volados, algunos tan valiosos como los de la capital vizcaína, cuya voladura ni siquiera se disimuló con una necesidad táctica de resistencia. Metódico el saqueo de las casas particulares, en el que tomaron buena parte los elementos separatistas. Metódico el pillaje de los bancos, con fractura de las cajas fuertes que constituían lo más valioso del cargamento que llevaban hacia el extranjero los barcos separatistas. Metódicas las matanzas en los barcos y cárceles, hechas con anuncio previo y sin la menor sombra de resistencia por parte de la autoridad: Ondarreta, Guadalupe, Angeles Custodios, Larrinaga, Galera, Cabo Quilates, son nombres que, para vergüenza eterna irán siempre unidos al pretendido Gobierno de Vizcaya. (…)

 Pero es que no han sido solamente los atropellos cometidos abiertamente, sin enmascararlos, con la función del que se deleita en el daño realizado y esparce su huella, con satisfacción insana, como firma y testimonio inconfundible de su autor. Más peligrosos son aquellos desmanes en los que actúa el disimulo: aquellos en que los verdugos intentan disfrazarse de víctimas, en que lloran, hipócritamente sobre el efecto, sin que se atrevan a mostrar la causa que lo produjo. Esos atropellos de refinada malicia, que en los mares se traducen por el torpedeamiento de buques extranjeros en funciones de control, que son, en los aires, agresiones a los aviones de países vecinos y originan, en la tierra, los asaltos a las embajadas y los asesinatos de súbditos extranjeros, todo ello bajo la máscara de la inocencia y la cobarde acusación contra nuestras gloriosas y nobilísimas fuerzas; esas diabólicas y criminales farsas, decimos, tienen también odiosa representación en el País vascongado con los dos nombres que más ha trompeteado por el mundo la propaganda rojo-separatista: Durango y Guernica. (…)

 Léanse los documentos que en esta información se aportan, contémplense detenidamente las fotografías, calcúlese que aún existen centenares de pueblos en los que el daño o saqueo, tan repetido, tan igual, no hizo precisa la redacción de nuevas actas que hubieran hecho interminable la información y, después de este examen, después de recibir las impresiones que tan a lo vivo conmovieron a esta Comisión, nada más fácil que coincidir con ella en las tres conclusiones que presenta como resumen de su viaje.

 1ª El pretendido “gobierno de Euzkadi” no era católico. ¿Qué importa que su presidente acudiese, con ostentación, a ceremonias religiosas; que la ínfima parte del clero separatista celebrase cultos pomposos en alguna iglesia bilbaína y que el cadáver de algún “gudari” distinguido fuese enterrado con solemnidad y gran profusión de máquinas y operadores cinematográficos? Esa era la apariencia farsante que quería mostrarse al extranjero, pero ese mismo presidente sabía que la Iglesia de Orduña, donde él hizo sus estudios y pasó su adolescencia, había sido brutalmente profanada con destrozos, violaciones y asesinatos; ese clero minúsculo que rehuía todo lo posible la ropa talar, conocía la vida de sus compañeros, sus angustias en los escondrijos, sus persecuciones, sus martirios; esos entierros, todo propaganda, contrastaban con los del resto de la población católica, hechos en secreto, sin cruces, sin ornamentos. Ese gobierno se unía con lo más encarnizados enemigos de la religión católica y ocultaba y falseaba la voz de la Jerarquía eclesiástica, cuando ésta tachaba de herética tan nefanda unión; ese gobierno permitía que en la mayor parte de su territorio se viviese sin culto, se muriese sin asistencia católica, desapareciesen los ministros del Señor y se destruyesen los templos que el espíritu católico había levantado para su adoración. Son demasiadas las profanaciones, los sacrilegios, las impiedades y los delitos de todo orden sufridos por la Iglesia de Vizcaya, para que se pueda justificar la conducta de su gobierno y, desgraciadamente, todo conduce a la misma convicción: no era católico el pretendido gobierno de Vizcaya.

 2ª El “gobierno de Vizcaya” no era patriota. No hay que hablar de. patriotismo sano y auténtico de la España una, grande y libre, que ha despertado pujante con el Movimiento nacional y vencerá cuantos obstáculos se le opongan hasta encauzar a la Patria por derroteros de Imperio; la misma falsa existencia del “gobierno de Euzkadi” era incompatible con este patriotismo, demasiado grande para los dirigentes vascos que, en un achicamiento inverosímil y suicida de los horizontes nacionales y con una soberbia e ingratitud verdaderamente satánicas, se enfrentaron como hijos desnaturalizados, con la Madre a la que debían sus glorias pasadas. Pero es que ni siquiera eran patriotas de Vizcaya, ni siquiera amaban la tierra que pretendían regir, pues, de lo contrario, nunca hubieran permitido que se la aniquilase, que se destruyese su riqueza, que desapareciese o disminuyese su tesoro artístico. Desde Irún, primera víctima colectiva de la furia rojo-separatista, sabía el llamado “gobierno de Euzkadi” lo que podía esperar de sus colaboradores y, al cabo de diez meses de guerra continua, seguía aliado con ellos y había visto destruirse los mejores pueblos de sus provincias. Los destrozos materiales, las enormes pérdidas industriales y agrícolas, el empobrecimiento del comercio, los saqueos de bancos, las penalidades de todo género sufridas por el pueblo vasco y que, en su inmensa mayoría, podían haberse evitado, nos afirma decididamente en nuestra segunda convicción: el “gobierno de Euzkadi” no era patriota.

 3ª El denominado “gobierno de Euzkadi” no era humano. Si el “gobierno de Euzkadi” veía impasible el incendio de sus pueblos y la destrucción metódica de su riquezas y vías de comunicación, podía, quizá, al alcanzar un refugio en el extranjero, hablar de monstruosas tácticas de guerra en las que se permitiese asolar regiones enteras para que nada pudiera aprovechar al vencedor; pero en esas regiones, asoladas y empobrecidas, había seres humanos, humildes habitantes de la región vasca ajenos a los complicados problemas de Vizcaya y que sólo aspiraban a que se les dejase vivir en paz. La conducta del gobierno de los gudaris y de sus aliados con los caseros vascos ha sido de una falta de humanidad inconcebible: los incendios de caseríos, los robos de ganados y enseres, las amenazas y violencias culminaron con la orden general de evacuación y retirada para aquellos seres, ancianos en su mayoría, que vivían más arraigados al propio terruño que sus mismos huertos. Esta evacuación forzada, cruel e inhumana, que se extendía a aldeas, pueblos y ciudades, que ha empobrecido o arruinado a millares de campesinos, que tenía que hacerse con la amenaza de la pistola y entre el llanto de los forzados, ha producido esa nota desoladora y triste que llenaba las carreteras vascas, después de la conquista, de gentes que a pie, en carro o con caballerías, con el pobre ajuar rescatado, volvían despacio a los rincones que les vieron nacer con la esperanza de reconstituir una vida que nadie debió interrumpir.


Revista FUERZA NUEVA, nº 193, 19-Sep-1970

 

lunes, 12 de octubre de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (9)

 Artículo de 1979

  LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (9)

La respuesta del progresismo a la pastoral contra la Constitución del Cardenal primado Marcelo González

EL ODIO A LA CRUZADA

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 “El País” (30-11-78) supera ampliamente las reticencias del comentarista Abel Hernández, en un editorial digno de unos tiempos periodísticos que parecían definitivamente superados. “La política del cardenal primado”, ese es su título, es un modelo de ataque personal y de afirmaciones gratuitas. Para el periódico, el documento no es más que “la rabieta de nueve posiciones personales (nueve obispos opuestos al proyecto de Constitución) incapaces de admitir una votación desfavorable”. Como si esos obispos no hubieran estado dando, a lo largo de mucho tiempo, una lección de paciencia y mansedumbre, viendo cómo todas sus propuestas eran rechazadas, una detrás de otra, por la mayoría episcopal. Su silencio y su aceptación de las tesis mayoritarias, que a muchos nos parecía excesivo, tenía un límite. Y eso es lo que muchos periodistas no saben entender. Porque la Iglesia no es una democracia.

 Podrían pasar por cuestiones más o menos secundarias y ofrecer a Dios el fracaso de legítimas aspiraciones en aras de una unidad que, por otra parte, no conduce a ningún buen puerto. Pero llegó un momento que el honor de aquellos nueve obispos, del que habrán de dar estrecha cuenta ante el tribunal de Cristo, les obligó a decir ¡Basta! Y sin pensar en el calvario personal que iban a padecer, porque lo cómodo, indudablemente, era dejarse arrastrar por la corriente del silencio y la claudicación, cumplieron con lo que entendían su sagrada obligación.

 Para “El País”, tan medido documento “no es la opinión de la Iglesia española y ni siquiera puede ser tomada por una carta pastoral que refleje la doctrina católica sobre el tema”, con lo que llegamos al colmo de la audacia y la frivolidad. Sin duda los periodistas de “El País” o los clérigos que en él habitualmente escriben, el P. Martín Patino, por ejemplo, a quien algunos supondrían más aficionado a la gloria que a la política, saben más de doctrina de la Iglesia que el cardenal de Toledo (mons. Marcelo González) o los ocho obispos que hicieron suya su pastoral.

 Como se ve, entramos en un terreno de auténticas esquizofrenia. No es de extrañar, pues, que, para esos periodistas, los nueve obispos no sean más que “los herederos -gracias a Dios minoritarios- de aquellos prelados que bendijeron dramáticamente con el nombre de Cruzada lo que fue uno de los más sangrientos fratricidios de nuestra historia”.

 Lo que “El País” oculta, o lo que ignora, es que aquellos obispos estaban, como lo están los nueve de hoy (1979), en fraternas comunión con el centro de unidad, el Papa, que bendecía la Cruzada contra los enemigos de Dios y de la Iglesia. Y con toda la Iglesia universal que respondió la Pastoral colectiva de 1937, con una solidaridad que, por mucho que escueza, era una auténtica bendición a los ejércitos nacionales.

 Y ese es el punto clave en el que venimos a tropezar siempre: el odio la Cruzada y a sus mártires. Que si puede  comprenderse en los hijos legítimos de los asesinos de obispos, sacerdotes y seglares, sin otro motivo que su carácter sacerdotal y su amor a Cristo, resulta verdaderamente repugnante en quienes son hermanos en el sacerdocio de los asesinados.

 Claro es que en el lado racional hubo actos injustificables y excesos que se debieron reprimir desde el primer momento. Pero eso es anécdota que no puede enturbiar la grandeza cristiana de un pueblo que se lanzó a luchar por su Dios y por su patria. Que quiso salvar su religión, sus iglesias y sus sacerdotes, amenazados de exterminio por unas hordas satánicas.

 Acto de legítima defensa

 Hoy pretende decirse que aquella guerra fue la lucha de una oligarquía militar y capitalista contra el “pueblo español”. ¿Cuántos millonarios había entonces en España? ¿Doscientos? ¿Mil? ¿Cinco mil? Y casi todos ellos en Madrid, Barcelona y Bilbao, ciudades perdidas desde las primeras horas para la causa nacional. Ellos no pudieron sostener una contienda que duró tres años y que causó cientos de miles de muertos. Era la lucha de la España con fe contra la España sin Dios lo que se dilucidaba. Un acto de legítima defensa de los que veían amenazados todos aquellos valores entrañables en los que creían y esperaban. No olvidemos que, antes de un mes de la  proclamación de la República, tuvo lugar la quema de conventos con la tolerancia del Gobierno republicano. Y, desde entonces, la persecución religiosa fue “in crescendo” hasta culminar en la bárbara masacre de 13 obispos, 7.000 sacerdotes y religiosos e innumerables seglares que dieron su vida con el nombre de Dios y de España en sus labios. Si aquello no fue un martirio es que nunca ha habido mártires en el mundo. Pues las persecuciones romanas nada tienen que envidiar a aquel derramamiento gratuito y salvaje de sangre católica por odio a la religión (…)

 Mienten descaradamente los que reducen nuestra guerra a motivos políticos, sociales o económicos. Porque la España católica fue la España pobre y campesina la España de las aldeas curtidas al frío al sol y al viento que entregó a sus mejores jóvenes para salvar la religión y a la patria como Abraham llegó Isaac a sacrificio porque Dios lo demandaba al Altar de la Patria acudieron voluntarios porque aquellos días fueron una explosión de generosidad los que no tenían más riqueza que manos encallecidas de la Hoz y del arado y los ojos llenos del cielo azul de España mil veces suplicado para que Granada las cosechas y si los trojes de la casa humilde y aldeana estaban siempre escasos del trigo candeal los del alba rebosaban patriotismo haciendo verdad los tres últimos versos de aquel soneto del carlista y burguesa Martín Hernández que decían:

 No supieron querer otra bandera

No supieron andar otro camino

No supieron morir de otra manera.

(…)

 Volver la vista a los héroes y a los santos

 ¿Por qué os hablo de esto? No sería mejor olvidar para siempre aquellos años como muchos, más obligados que nadie al recuerdo hoy intentan? En días de claudicaciones y apostasías de clérigos y laicos, hay que volver la vista a los héroes y a los santos para no contagiarnos de la inmundicia ambiente y para saber dónde está el norte que ha de guiar nuestros pasos. Y porque, además, hubiera sido estéril tan hermoso sacrificio si el pago de aquellas muertes fuese sólo una lápida en la parroquia del pueblo que el tiempo, el olvido o la mala voluntad terminan por hacer caer de los muros de la iglesia. Ellos se merecen más; tenemos un deber que cumplir con ellos y con nosotros mismos. (…)

 Por eso, cuando uno de esos obispos que hoy nos han tocado en suerte nos dice, con pretenciosa solemnidad, que aquella frase que decía que “España no podía dejar de ser católica sin dejar de ser España” no sirve para expresar hoy las nuevas relaciones entre la Iglesia y el mundo, entre la religión y la patria, ni entre la fe y la política, contradiciendo a todos sus hermanos en el episcopado de catorce siglos de historia de España, es preciso que, con con toda la firmeza de que seamos capaces, digamos que no.

 ¡Cómo se comprenden ahora tantas cosas! Si España puede seguir siendo España abjurando de su fe, de todo lo que la hizo grande y de todo lo que la hizo patria, claro es que hay que pedir perdón por nuestra historia. ¡Qué tremenda equivocación la de nuestro santos, la de nuestros héroes y la de nuestros muertos! ¡Cómo ha engañado la Iglesia a todos los españoles hasta que, para nuestra dicha e iluminación ha venido a presidir la Conferencia Episcopal Española don Vicente Enrique Tarancón! ¡Cómo se comprende que haya podido decir que el obispo de Cuenca, monseñor Guerra Campos era un pobre ignorante! Y sin duda lo serán también, aunque por benevolencia no lo haya querido decir todavía, los Osios, los Isidoros, los Ildefonsos, los Cisneros…

 Y yo le preguntaría el arzobispo de Madrid: ¿Quién nos devuelve el dinero? Porque cuando se engaña, y de  ese engaño resulta un quebranto económico, hay obligación de restituir. Y España por su catolicismo lo perdió todo. Perdió todo menos su alma y esa es la que hoy parece ser que también quieren quitarnos.

 “Ministros de reconciliación”

 Claro está que, pensando así, estuvieron bien asesinados todos los que cayeron en las cunetas de España aquel año de gracia y de dolor de 1936. Los 13 obispos, los 7.000 sacerdotes, religiosos y religiosas, los miles y miles de seglares que, en frase de los clérigos mal nacidos de hoy, reunidos en “asamblea conjunta” (1971), “no supieron ser ministros de reconciliación”. Tal vez hubieran salvado sus vidas si hubieran aplaudido a coro a Manuel Azaña, cuando dijo que España había dejado de ser católica. Si parece ser que aquello no tenía importancia…

 En verdad, aquel día de vergüenza para nuestra Iglesia, reunida en asamblea conjunta, se unieron los asesinos con los hermanos de los asesinados, los obispos cobardes con los clérigos amancebados, los que han perdido la fe en la consagración sacerdotal que recibieron con los incendiarios y los saqueadores de los templos en una votación sacrílega y traidora. Poco importa que no se hubieran alcanzado los dos tercios necesarios para la aprobación. La infamia ahí quedó para la historia. Y si se hubiera aprobado la propuesta tal vez se hubiese clarificado el triste panorama de la Iglesia española. Pues sabríamos definitivamente con quiénes no cabe reconciliación alguna, ya que los que reniegan de los mártires escupen al mismo tiempo al rostro de Cristo crucificado.

 Yo, pese a quien pese, prefiero quedarme con la España católica y con esa pléyade de españoles, padres y madres de familia, jóvenes, ancianos, niños algunos, monjes, sacerdotes y obispos asesinados por creer en Dios y por amar a España, que están reclamando por su virtud, por su heroísmo, por su santidad, una canonización que, por lo que se tarda, está denunciando algo demasiado triste y vergonzoso. Porque es verdaderamente inexplicable, o si es explicable, peor, que así como se venera a los innumerables mártires de Zaragoza no podamos hacer todavía lo mismo con los que, moleste a quien moleste, son, en toda justicia y algún día lo serán oficialmente, los innumerables mártires de la España de 1936.

 Francisco José Fernández de la Cigoña


Revista FUERZA NUEVA, nº 637, 24-Mar-1979

 

sábado, 10 de octubre de 2026

Elogios del tradicionalismo a Vázquez de Mella

 Artículo de 1968

 Cuatro decenios de la muerte de don Juan Vázquez de Mella

Uno de los prologadores de las obras completas de don Juan Vázquez de Mella afirmó rotundamente que «¡MELLA NO HA MUERTO!» Nosotros así lo creemos y en espíritu está vivo, a pesar de la confabulación satánica por arrinconarla y postergarlo.

 El 26 de febrero se cumplen CUARENTA AÑOS desde que el Señor, por cuyo reino tanto batallara, se lo llevó a su lado, pero permaneciendo su gigantesca obra como un Mella centinela.

 La doctrina de Mella hizo «mella» en los políticos. No tardó en hacerse realidad su visión pesimista del futuro de. España y de la cristiandad. España reaccionó como él esperaba; pero nuevamente las fuerzas del mal están socavando los cimientos de la paz y prosperidad e intentando recuperar sus posiciones y privilegios perdidos en una Cruzada que Mella vaticinaba.

 Este semanario siempre se ha distinguido por su fidelidad a Vázquez de Mella, porque los principios que informan cuanto él escribiera o pronunciara son permanentes por basarse en el Evangelio. Si en muchos números de ¿QUE PASA? se han publicado trabajos de Vázquez de Mella, el cumplirse cuatro décadas de su muerte se intensifica el «mellismo» de este semanario independiente. Esperamos que las publicaciones que se presentan con etiqueta carlista o tradicionalista, sin olvidar a «El Pensamiento Navarro» y a «El Correo Catalán» no defraudarán a los carlistas que todavía siguen leyéndolos. Deseamos que hagan un esfuerzo para reavivar la llama que mantuviera encendida el «Verbo de la Tradición». Nosotros les felicitamos y nos felicitamos por esta identidad ideológica en esta fecha tan señalada que nos disgustaría que les pasase desapercibida.

 En Zaragoza, un importante grupo de carlistas del reino de Aragón, acompañados de prestigiosos carlistas de Madrid, en la víspera del aniversario de don Juan, harán acto de fe religiosa en honor del paladín de la TRADICION y precisamente en la basílica de la TRADICION hispánica.

 Sin perjuicio de otros trabajos que puedan publicarse en números sucesivos, y como preámbulo a una corta selección antológica de pensamientos de Vázquez de Mella, iniciamos en este número la publicación de algunos párrafos de los prologadores de sus obras. Invitamos a nuestros lectores, cualquiera que sea su tendencia o matiz político, mediten lo que personalidades políticas y religiosas han dicho de Vázquez de Mella y luego los propios pensamientos mellistas, que nos pueden servir de guía en estos tiempos de crisis y de incertidumbres claudicantes.

 R. G. BAYOD

 ****

 BLANCA DE LOS RIOS DE LAMPEREZ:

«La palabra de Mella arrebataba a las muchedumbres y se imponía como una majestad a sus propios adversarios, porque vibraba con la certidumbre triunfadora de la afirmación de DIOS, por eso la palabra de Mella sonaba, a veces, con el clangor heroico de los clarines de nuestras epopeyas inmortales porque en él pervivía la España augusta que con esfuerzo casi sobrehumano completó la tierra, para extender por todo su haz el REINO DE CRISTO.»

 ***

VICTOR PRADERA:

«Mella puso de manifiesto lo absurdo de ese amotinamiento contra el pasado, que era el padre de lo presente pero más aún que ponerlo de manifiesto hizo de la TRADICION su maestra. ¡Qué grandeza de concepción, qué galanura de palabra, en aquellas frases con que a los ojos atónitos de más de un PROGRESISTA, descubría la verdadera naturaleza de la Tradición denostada y aborrecida!»

«Una de las obras más meritorias de Mella fue la de reaccionar contra esa monstruosa separación (de Tradición y Progreso). Fijó el alcance del progreso pero fijó también el sentido de la Tradición. Por eso en admirable síntesis acabó de definir la Tradición como «el progreso hereditario».

«Por ese limpio y acabado concepto que de la Tradición tuvo Mella, recogió toda la herencia de las generaciones pasadas, la acrecentó y la mejoró en el orden especulativo.»

«Y así surge espléndida y gloriosa la figura de España, igual a sí misma —a la Tradición—. Por eso Mella será eternamente el gran paladín de nuestra Patria.» (…)

 ****

ANTONIO GOICOECHEA:

«¿Quién con justos títulos ocupará el puesto de conductor, de guía, de maestro, que dejó vacante la desaparición del tribuno tradicionalista? ¿Quién podrá, en lo por venir, con sus enseñanzas y con su ejemplo, adoctrinar a las masas innumerables de creyentes que por doquier le seguían seducidos por el encanto mágico de su

pensamiento, de su cultura y de su palabra?»

«Mella figurará siempre por derecho propio en puesto destacado de la galería de oradores románticos, en el sentido de que Donoso Cortés le atribuía, de rebelión de lo espontáneo contra lo artificial, de la inspiración contra las reglas, del espíritu contra las formas.»

«Mella, con ser un gran sentimental, fue también un gran cerebral y —¿por qué no reconocerlo?— un gran metafísico. El cálido misticismo y la arrolladora fuerza pasional de los discursos de Mella, no obstaban, ciertamente, a la ostentación en ellos de una vasta y sólida cultura y de un formidable poder dialéctico.»

«Al juzgar la ideología política de Mella, convendrá siempre distinguir lo transitorio y ocasional de su filiación en un partido y la elaboración permanente y definitiva que alcanzó en sus discursos y libros de doctrina tradicionalista.»

 ****

 MANUEL SENANTE:

 «Mella escribió estos artículos sobre la persecución religiosa, en fecha próxima... a la formación del grupo tradicionalista que acaudilló Nocedal y al que se le dio el mote de INTEGRISTA, que quiso ser despectivo y resultó glorioso después de una hermosísima conferencia de SARDA Y SALVANY.»

«Muchas veces oí a Mella justísimos elogios de la entereza, de los talentos y sobre todo de las grandes virtudes de aquel hombre extraordinario, mi maestro y mi guía, Ramón Nocedal, a quien todavía el mundo no ha hecho entera justicia.»

«Mella se lamentaba, y con razón, del triste estado a que, ¡ya entonces!, había llegado la Iglesia en España y de la situación de los católicos españoles. ¿QUE DIRIA SI VIVIERA EN ESTOS TIEMPOS? La causa principal de ello la atribuía al error de estrategia, de estar siempre a la defensa y no a tomar la ofensiva.»

«Engañados por un falso espejismo, creen algunos que, cediendo algo al enemigo, quedarán a salvo otros grandes intereses religiosos. Error funesto. La impiedad no se sacia. Pide hoy una presa. Conseguida, simulará una tregua, para romperla cuando le convenga y exigir otra y otras, porque el odio a Cristo y a su Iglesia es lo que la mueve, y ese odio no se sacia jamás.»

«Por eso con tanta razón como extraordinaria elocuencia preconiza Mella la santa intransigencia católica, que es la única que puede llevarnos a la victoria.» (…)


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 217, 24-Feb-1968  


jueves, 8 de octubre de 2026

Desmoronamiento del carlismo en Navarra

Artículo de 1970

 “El Pensamiento Navarro”

 Habría que culpar a esos famosos duendes que existen en todas las redacciones, a los coletazos de las vacaciones agosteñas, al acumulo de material y trabajo que ensombrecen, aún más que el sol playero, el trabajo de las primeras semanas de normalidad post-estío a muchas cosas… pero no podría faltar, aun con retraso que pueda haber parecido, injustamente, indiferencia, nuestra condolencia, nuestra pena y hasta nuestra noble ira por el criminal atentado que padeció nuestro colega en prensa “El Pensamiento Navarro” (1970).

 ¿Los culpables? Todos conocemos alguno. Desde hace ya años, Pamplona vive en un clima de permanente intimidación y violencia, de escándalo. El atentado de que ha sido objeto “El Pensamiento Navarro” no es más que la culminación de un proceso que obliga a formularse algunas preguntas. Pero todas ellas se pudieran sintetizar en esta única: ¿Qué está pasando en Navarra? Porque el criminal atentado a nuestro colega no es más que una faceta, como otras muchas, de a dónde puede llevar la pasión política cuando falla la raíz de lo que le daba a Navarra, a Pamplona, su fisonomía tradicional.

 Pero por debajo de todo ello, vertebrando motivaciones, lo que nuestro colaborador Rafael Gambra expone en un reciente escrito publicado en el periódico mártir:

 “El grado de maleamiento a que han llegado las relaciones internas dentro del carlismo es inverosímil. No se detiene ante la calumnia, ante la difamación, ante la misma violencia. Observemos el fenómeno en concreto. Pensemos en los “cabeza de motín” de esos grupos llamados neocarlistas que practican sin escrúpulo la detracción y la violencia. Todos conocemos a algunos. ¿En dónde se formaron? ¿En qué medios realizaron su “revolución”? Hace pocos años eran católicos militantes. Algunos, propagandistas entusiastas de los “Cursillos de Cristiandad”. Fue en esas organizaciones Católicas Obreras de siglas malsonantes (HOAC, JOAC, etcétera) donde el fermento de la democracia cristiana los hizo insensiblemente amigos y compañeros de ruta de los marxistas”.

 El rescate del “El Pensamiento Navarro” acordado por su Consejo de Administración por creer que la orientación que imprimía al periódico su anterior director no se ajustaba a la doctrina tradicionalista nos hizo pensar a todos que la nueva etapa del diario pamplonica iba a ser dura. Pero nunca, ni los más pesimistas, pudimos sospechar lo que contra su límpida ejecutoria se tramaba. Se hace duro ver cómo aún lo más imprevisible, lo inusitado. por ir contra el espíritu, la honradez y el sentido de competición y lucha honesta del pueblo navarro, puede ser, por muy penoso que nos resulte, una realidad en la Navarra de hoy.


Revista FUERZA NUEVA, nº 193, 19-Sep-1970

 

martes, 6 de octubre de 2026

Sin derechos divinos no hay derechos constitucionales

 Artículo de 1979

  LOS DERECHOS CONSTITUCIONALES

 Nos acabamos de enterar por una revista. La constitución de Baviera, en Alemania, dice textualmente: “Un Estado y un orden social sin Dios, sin conciencia y sin respeto por la dignidad del hombre carecen de estabilidad. Sin Dios no es posible que “las bendiciones de la paz, de la convivencia y del derecho perduren en estabilidad”.

 Las palabras entre comillas pertenecen a la Ley Fundamental del Estado de Baviera. (“Roca Viva”, núm. 134, febrero 1979)

 Los parlamentarios españoles, hombres fuertes y al día, se consideraron superadores de cualquier clase de anacronismos. Y en la más moderna de todas las Constituciones del mundo, como es la nuestra, supieron sobreponerse y quedar por encima de los legisladores más avanzados.

 ¡Derechos del hombre! Frase una y mil veces repetida. Los animales no tienen derechos. Su naturaleza irracional no los reclama ni los necesita. El hombre sí. Porque el Creador le dio una naturaleza sociable, capaz por eso y necesitada de derechos y deberes. Sería imposible, de lo contrario, vivir en comunidad.

 ¿Derechos divinos en la Ley Fundamental española? Nadie los recordó ni los creyó necesarios. Hasta el mismo nombre de Dios fue suprimido allí, refleja y conscientemente. Bastarían los derechos humanos explícitos y a lo largo de todo el articulado de tan famosa Constitución.

 Más respetuosos fueron los legisladores bávaros con sus representados, creyentes en su mayoría, y más atentos, como pedía la democracia, al recoger y reflejar en la Ley Fundamental del Estado los sentimientos de un importante sector del país.

 Sustraída toda base de sustentación, los mismos derechos del hombre quedan inconsistentes.

 El artículo 15 de la Constitución española establece el “derecho a la vida”. Para hacerlo respetar bastaba promulgar la Ley Fundamental el 6 de diciembre de 1978… Eso creyeron algunos. Pero se quebranta hoy (1979) no sólo con más frecuencia sino con más impunidad que nunca, pese a la Constitución.

 Más atrás empezó todo

 El artículo 17 proclama el derecho a la libertad y seguridad personal. Pero en algunas regiones españolas muchos ciudadanos sienten cohibida esa libertad. Ni se atreven a salir de casa. Un tiro en la nuca les puede quitar la vida; o un atracador, el coche.

 Los amnistiados e indultados, aún reos de delitos de sangre, esos si alcanzaron plena libertad. Y uno de ellos, hasta diecisiete veces en dos años y medio. Porque otras tantas había sido encarcelado y liberado por otros tantos robos y atracos. Así leímos en la prensa.

 ¿Seguridad personal? La disfrutan los terroristas, ya que el artículo 15 de la Constitución, al abolir la pena de muerte, les da un verdadero seguro de vida; los demás, la tenemos colgada de su metralleta. Las mismas “cajas de seguridad” han dejado de serlo, forzadas como nunca, hasta quedar vacías.

 “El domicilio es inviolable. Ninguna entrada o registro podrá hacerse en él sin consentimiento del titular”. A pesar de esta cláusula constitucional, el domicilio de los españoles nunca fue menos inviolable. Hasta él pueden subir los terroristas, cuando quieran, para matar al dueño o llevárselo secuestrado.

 El artículo 19 de la Constitución reconoce el derecho “a elegir libremente la residencia y a circular por el territorio nacional”. Pero muchas personas, familias y entidades no pueden hoy ejercer esas libertades, forzadas al cambio o abandono de su domicilio habitual. Otras más, si pudieran, se irían también, desalojadas por el terrorismo, las huelgas, el paro, la ruina económica y por las amenazas.

 La Constitución garantiza el “derecho a entrar y salir libremente de España”. Hasta ahora lo tuvieron ilimitado y absoluto los criminales de ETA, que atravesaban los Pirineos a su gusto, en una u otra dirección. Veremos en adelante…

 ¿Derecho a la protección de la juventud y de la infancia, como expresa el artículo 20? Se quebranta a diario en las carteleras de espectáculos y en los escaparates de las librerías (…)

 El artículo 28 promulga la sindicación libre para todos. ¿Existe en la práctica esta libertad? ¿No la están burlando muchas coacciones morales y aún físicas, manipuladas a diario? Eso sí, hay un derecho ejercido con más amplitud que nunca en la historia laboral de España, y protegido por el mismo artículo 28, y es el derecho a la huelga. Esta expresión es un eufemismo. Porque muchísimas huelgas, la mayor parte de ellas, van contra todo derecho.

 Por fin, “todos los españoles tienen derecho al trabajo”. A no ser que lo impidan los piquetes, respaldados por ciertas instituciones paraestatales: eso podía haber añadido el artículo 35 de la Ley Fundamental.

 He ahí un trozo del panorama constitucional español. No sé si será porque a los derechos humanos les sustrajeron los derechos divinos, pero aquéllos van fallando uno por uno.

 Toda esta operación empezó algún tiempo atrás (1977). Cuando parecía más necesitada de reconciliación y de convivencia la sociedad española, una imagen de Cristo Crucificado, símbolo siempre de la fraternidad ente todos los hombres, fue removida del despacho de la primera autoridad de las Cortes Españolas (A. Hernández Gil). En consecuencia, los parlamentarios constitucionales rompieron ya toda relación con la Divinidad.

 V. F.


Revista FUERZA NUEVA, nº 637, 24-Mar-1979