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POR QUÉ NO
ES POSIBLE LA UNIÓN DE LAS DERECHAS
Por
Julián Gil de Sagredo
El término “derechas”
tiene un valor absoluto en el Evangelio de San Mateo 25,31 porque Cristo
coloca a su derecha a los salvados y a su izquierda a los
condenados. Sobre unos y otros recae una sentencia infalible, inapelable y
eterna; por ello, los conceptos derecha e izquierda adquieren en la mente de
Dios una valoración absoluta y definitiva.
Por el
contrario, en la mente de los hombres, dentro de los límites temporales en
que se mueven y dentro de esa figura tan efímera y aleatoria que es la
política, el concepto “derechas” es relativo y es además equivoco.
Al no existir un criterio fijo y unívoco en la definición del concepto “derechas”,
no es posible la unión en el pensamiento, y, como consecuencia, tampoco es
posible la unión en la acción política derivada del pensamiento. Desarrollamos
seguidamente estas ideas.
La verdad
tiene tres características que la hacen incompatible con el error: la
claridad, la unicidad y la inmutabilidad.
* La claridad
en las ideas es un carácter específico de la verdad, porque al ser expresión
fiel de la realidad, la reproducen con sus propios contornos, tal como es,
concreta, delimitada, exacta, y, por tanto, diáfana. Por el contrario,
cuando la idea no reproduce la realidad, sino que es una simple creación
mental, al no mediar adecuación entre lo real y lo pensado, se produce un
conocimiento difuso, vaporoso, abstracto, inconcreto, inexacto, y, como
consecuencia de todo ello, oscuro. De ahí que los principios políticos
que reflejan el orden natural fijan con claridad y seguridad las cuatro
causas, eficiente, final, material y formal, sobre las cuales se asienta la
política. “A sensu contrario”, los principios que se desvían de aquel orden
natural se enredan en divagaciones sobre conceptos y términos de hechura
puramente subjetiva, desvinculada de la realidad, y resultan consecuentemente
teñidas de abstracción, de vaguedad, de oscuridad.
Estos
fenómeno es típico del liberalismo filosófico, que después trasciende al
liberalismo político y a sus diversos sistemas. El concepto “libertad”, centro
neurálgico del liberalismo filosófico, adquiere autonomía y sustantividad sin
vinculación con la realidad. La libertad es tan ilimitada y soberana, que, desconociendo
el orden real de las cosas, pretende modificarlo según los esquemas mentales
que ella misma se fabrica: la libertad engendra la realidad; y como realidad y
verdad ontológica es una misma cosa, la libertad engendra también a la verdad.
Ahora bien,
como la libertad es individual, habrá tantas verdades como individuos, habrá
mi verdad, tu verdad, su verdad, pero no existirá una verdad objetiva,
permanente e inalterable. Como consecuencia de esa proyección subjetivista y
relativista, sobrevendrá el caos mental y la confusión doctrinal. Es el
castigo inherente a la rebelión contra la palabra de Dios, Juan 8,32, “la
verdad os hará libres”, es decir, la verdad engendra a la libertad. El liberalismo
filosófico y posteriormente el político, al invertir las palabras de Dios, al
negar a la verdad la paternidad de la libertad, la desvinculan de su norma
objetiva y segura, quedando anegados en tinieblas mentales. No es extraño
entonces que la libertad, que se rebela controla la verdad en el orden
filosófico, se rebele seguidamente contra el bien en el orden moral y que,
posteriormente, se rebele contra el derecho natural en el orden político. El
resultado final, como antes decía, es la confusión ideológica.
No hay un
solo liberal, filósofo, jurista o político que tenga las ideas claras: no
puede tenerlas. Al fundar la verdad en la libertad, se ciega voluntariamente.
Fraga, por ejemplo, que, según dicen, es un almacén descomunal de conocimientos,
sufre permanentemente de indigestión mental, porque, al estar impregnado del
veneno sutil del liberalismo, queda incapacitado para conocer la verdad
objetiva y, consecuentemente, para ordenar y jerarquizar los valores reales.
Las mismas andanzas siguen los restantes jefes liberales, como Areilza,
Osorio y otros. (El caso de Adolfo Suárez es distinto porque, al carecer de
principios, no podemos clasificarle en ninguna categoría ideológica: tal vez
su único principio es el “suarecismo”, al cual quedan subordinados todos los
valores, por muy altos, significativos y trascendentes que sean).
*La segunda
característica de la verdad es la unicidad; a saber, la imposibilidad de
que sobre un mismo punto y desde un mismo concepto existan dos o más verdades
diferentes. Por el contrario, sobre dicho punto y concepto puede haber
multiplicidad de errores. La verdad es una, el error es múltiple. En política
existe un orden natural y unos principios que emanan por vía directa del
mismo. La verdad única radica en ese orden y en esos principios. Todas las
demás doctrinas, sistemas, ideologías, elucubraciones o constricciones
mentales que se apartan de aquellos principios, de aquellas bases son falsos.
Es falso, por ejemplo, el establecer en el pueblo el origen último del Poder
y de la Justicia, como ha hecho la Constitución de 1978. Es falso el
postulado que funda en la libertad humana la raíz del derecho. Es falso
desorbitar fuera de sus límites la competencia del Estado. Es falso invertir
los fines de la persona, de la sociedad y del Estado, etcétera. La verdad es
única y de ahí deriva.
*Su tercera
característica, a saber, su inmutabilidad. La verdad es siempre la
misma, no varía, porque si variara dejaría de ser verdad. La verdad es fija y
permanente, porque si fuera aleatoria y permutable sería mentira. La verdad,
consecuentemente, es por fuerza, intransigente y dogmática, pues si no lo
fuera, si admitiera claudicaciones, revelaría su falsedad.
Esas tres
características de la verdad: la claridad, la unicidad y la inmutabilidad,
que la hacen incompatible con el error, determinan también indirectamente
que los errores sean compatibles entre sí, al tener como denominador común la
oscuridad, la multiplicidad y la variabilidad. Por ello mismo forman, sin
perjuicio de sus matices diferenciales, un frente compacto contra la verdad.
Las últimas
elecciones (1979), por ejemplo, han demostrado con elocuencia no sólo la
compatibilidad entre las diversas líneas políticas erróneas, sino también su
confabulación contra el único movimiento que hoy representa en España la
verdad política. La batalla, contra lo que dicen las apariencias, no se ha librado
entre “ucedismo” y socialismo, sino entre los dos únicos frentes antagónicos doctrinalmente
entre sí, el frente liberal-marxista y el frente católico de Unión Nacional
(*). El único enemigo de aquella coalición subterránea era y es Blas Piñar, porque
los errores, compatibles entre sí, son incompatibles con la verdad.
No es posible,
en consecuencia, la formación contra el marxismo de un frente común de todas
las derechas que algunos preconizan con tanta buena voluntad como escasez de
lógica. No podemos eliminar los efectos cuando albergamos dentro de nosotros
las causas que los originan. Las derechas liberales simpatizan con el
marxismo como el padre simpatiza con el hijo que ha engendrado. No podemos
luchar contra el hijo si tenemos en nuestras filas al padre que lo ha fabricado.
Las derechas liberales, al anteponer la libertad a la verdad, son inconsecuentes
por naturaleza: levantan, como decía Vázquez de Mella, “altares a los
principios y cadalsos a sus consecuencias”. Es peligroso unirse con los inconsecuentes
porque llevan dentro de sí mismos el germen de la traición.
A la historia
me remito. El vendaval revolucionario que se cierne sobre España (1979) soplaba
ya hace años, desde las páginas de “ABC” y de “Ya”; no lo han desatado tanto
las fuerzas marxistas del exterior cuanto las fuerzas liberales del interior.
Y si el régimen de Franco, que nació nimbado por la sangre de los héroes y
mártires de la Tradición española, se fue pudriendo en su misma entraña, la
causa originaria hay que buscarla en aquella simiente liberal de estipe
masónica que, desde el principio, fue impregnando y contaminando sus
mismas estructuras internas. De
aquellas larvas liberales que carcomían ocultamente todos los tejidos del
sistema político brotó la generación de perjuros y traidores que, tanto en la
cúspide como en la base, dominan hoy la política española.
***
Al ser la
verdad incompatible con el error, la acción política derivada de la verdad es
igualmente incompatible con la acción política derivada del error. Como el
término “derechas” envuelve un concepto equívoco que indiscriminadamente pretende
acumular dentro de sí la verdad y el error, no es posible la pretendida unión
ni en el campo doctrinal ni en el político.
Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979
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