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viernes, 19 de junio de 2026

Sobre la la asignatura de F. E. N. (Formación del Espíritu Nacional)

 Artículo de 1970 

 LIBERTAD Y FORMACIÓN POLÍTICA

 Por Estanislao Cantero

 El sentido profundo de la libertad en quienes la reclaman en una sociedad de masas es la exigencia de una completa y minuciosa predeterminación de sus vidas definitivamente planificadas y protegidas” (1).

 En el sistema educativo español, planificado y dirigido por el Estado, existe (1970) la asignatura de Formación Política, conocida por F. E. N. (Formación del Espíritu Nacional) en el bachillerato, y con el nombre de Formación Política en la Universidad. Menos en Preuniversitario, existe en todo el bachillerato y en casi todos los cursos de las diferentes carreras universitarias, salvo en el primero y el último.

 Es innegable que, en todos los cursos en que existe, se considera prácticamente por alumnos y profesores como una de las “marías”, es decir, asignatura que existe solamente porque el Ministerio de Educación se empeña en ello, pero a la cual no se le concede importancia. Desde hace once años, su existencia es puramente nominal. Si bien es cierto que existe, es también una triste realidad que no se exige (prácticamente hay aprobado general) y lo que es peor, que no se enseña en la mayor parte de los centros. No obstante hay quien opina que la formación política no es más que “una reminiscencia de tiempos pasados, del totalitarismo español” (2). Coincidimos, al afirmar que, desgraciadamente es algo pretérito, sin actualidad, pero no porque no deba hacerse sino porque no se hace.

 El actual régimen nació el 18 de Julio de 1936. El Estado debe y tiene que ser fiel a él; es cierto que hace ya 31 años que se pudo leer el parte de la Victoria, pero no es menos cierto que la Victoria, tanto o más que por las armas, se consigue y empieza cuando la ideología sobre la que se basa todo orden justo y, en fin, todo progreso, ideología defendida por los que tomaron las armas, se divulga y enseña a las generaciones futuras y a los que de buena fe están en el error. Es una trágica realidad el que este Estado, que desde su nacimiento tenía todos los medios para conseguir esa victoria, no lo ha hecho así. No dudamos de su buena intención pero ello no basta.

 Cuando algo tan fundamental como es la formación política no se ha impartido; cuando la generación que ahora se forma y la recientemente “formada” no tiene más ideas que las que los medios de información (o de deformación, diría yo) les ponen ante sus ojos, se nos encoge el corazón al ver lo que se ha conseguido en este aspecto a partir de la guerra de Liberación. La Cruzada fue, efectivamente, liberación. No se podía soportar la anarquía, el desorden y la represión religiosa que existían.

 Vemos así, ahora, que en una sociedad de masas en la que ya no existe el hombre como “portador de valores eternos”, donde el concepto de libertad se ha deformado totalmente, no existiendo ni siquiera muchas veces la elección, pues el Estado se lo da todo al individuo; donde se sustituido o se trata de hacerlo, la libertad por la igualdad, creyéndose así libre porque todos hacen lo mismo, las palabras de Rafael Gambra con las que comenzamos este artículo, son por desgracia fiel reflejo de la sociedad en que vivimos, en la que el hombre no existe con individualidad propia y diferenciada que no sea la meramente biológica, sino como “hombre-masa” que se cree totalmente libre porque está como todos o, al menos, como la mayoría, inmerso en el proceso irreversible del “sentido de la historia”. Lo que no es más que la negación absoluta de la libertad: puro determinismo.

 Es por todo esto por lo que creemos necesaria la formación política en los centros de enseñanza. Lo contrario lleva, efectiva y realmente, el totalitarismo, en una sociedad de masas en la que la libertad no tiene sentido sino como sujeción al poder estatal. Pero, ¿qué es la formación política? ¿En qué debe consistir? Su mismo nombre nos lo indica: acción de formar, de educar, educación política en el sentido que la palabra tiene para Aristóteles, al decir del hombre que es un ser político, esto es, social y no solamente en su acepción relacionada con el poder. Si además tenemos en cuenta que formar es componer un todo en sus partes, la formación política consistirá en la educación en todo aquello que se refiere al hombre, la sociedad y el Estado y las relaciones entre ellos.

 Se combate la formación política –cómo no- lo mismo que tantas otras cosas, en nombre de y por la libertad. Así se nos dice que estamos “alienados” porque aceptamos unos principios y unas ideas. La libertad para los que hablan de ese modo consiste en no admitir, en no atarnos a ideas y principios o creencias, pues si los admitimos, desde ese momento, dejaríamos de ser libres. Curioso. Por una parte supone el aceptar la idea de que no hay que ligarse a nada, con lo que si antes no se era libre, por el mismo motivo, ahora tampoco. Por otra, la libertad consiste precisamente en atarse a algo, al bien, pues desde el momento en que se conoce una cosa, la libertad estriba en quererla o no, y desde el momento de esa aceptación o rechazo queda uno ligado a ella. No por ello se deja de ser libre, ya que esa actuación se ha realizado voluntariamente. Y decimos que ligarse al bien, porque de consistir en ligarse al mal, además de irracional, supondría que quien se ligase al bien no sería libre. Por eso, “el que comete pecado, esclavo es del pecado” (3). Por lo mismo, no puede admitirse que la libertad consista en atarse indiferentemente al bien o al mal. El poder escoger entre bien y mal no es más que la libertad física. No hay libertad moral para escoger el mal y, sin ella, no hay verdadera libertad.

 La libertad, decía Donoso Cortés (4), es la obra maestra de la creación. La libertad supone querer y el querer, entender; en esto nos diferenciamos de los animales, que no son libres. Por ello, si queremos que el hombre ocupe el puesto que le corresponde, si queremos que sea el rey de la creación (por supuesto, no prescindiendo de Dios) habrá que enseñarle poco a poco y desde la infancia el porqué y para qué de su existencia y la actuación que debe seguir, no como algo planificado irracionalmente que le lleva a tomar “el tren de la historia”, sino que esa actuación sea querida y efectuada voluntariamente por él al ver, al conocer, los diferentes aspectos de la realidad de la vida.

 ¿En qué debe, pues, consistir la formación política? ¿Qué debe enseñarse? No vamos a hacer un programa concreto y detallado para cada año, sino tan sólo esbozar en líneas generales lo que debe ser.

 El fundamento de la existencia del hombre es Dios. Por ello, si bien existe la Religión como asignatura e igualmente y, por desgracia, enseñada con el mismo “celo” y a ella incumbe directamente esta cuestión, no por ello debe prescindirse de Dios, sino al contrario, ajustar toda la enseñanza sobre la base de Su voluntad y adecuada a las enseñanzas de la Iglesia Católica, depósito de la Verdad revelada. Se deberá enseñar lo que es el hombre, el puesto del individuo en la sociedad y el Estado; lo que es la familia, célula y base de la sociedad: lo que es la sociedad y lo que es el Estado.

 Asimismo, deberá enseñarse que, entre individuo y sociedad existen unos cuerpos o asociaciones naturales que son los cuerpos intermedios. Derechos y obligaciones de todos ellos de acuerdo con sus finalidades respectivas, pero de una manera general y básica, si bien más profunda en los cursos superiores, ya que la concreción particular y técnica incumbe a otras ramas del conocimiento, sobre todo el Derecho. De este modo, podrá existir una sociedad racional, corporativa y jerárquicamente organizada, basada en orden impuesto por el Creador, donde tanto el individuo como la sociedad, los cuerpos intermedios y el Estado puedan ejercer las funciones que les son inherentes, obligándose recíprocamente con sus respectivos deberes, con lo que efectivamente existirá un verdadero “desarrollo de la persona humana”.

 Obligación y derecho de la sociedad, entendida como cuerpo orgánico y donde el hombre no sea tan solo un número será la formación política de los individuos que la componen. Esta formación debe darse en todos los centros educativos: y si el Estado planifica la educación mediante la centralización de una enseñanza unitaria e igualitaria, como mal menor deberá igualmente exigir que la formación política sea una realidad y no algo ficticio. Es deber suyo y del que no puede sustraerse desde el momento que se ha hecho cargo de la educación, pues si no debe monopolizarla, desde el momento que lo hace, si abandona la formación principal con la que está obligado para con el individuo y la sociedad, convierte esa educación en deformación.

 Los resultados los hemos visto y los vemos continuamente. Si efectivamente es el Estado y somos nosotros fieles al 18 de Julio y si no queremos que sus defensores y las generaciones futuras tengan que lamentarse, no del 18 de Julio sino de la actuación posterior, no abandonemos ni renunciamos a obligación tan sagrada.

 Es pues, indudable la necesidad de la formación política. Sin ella, seguiremos hundiéndonos en el acelerado proceso del “viento de la historia” cuyo dogmático y desarrollo irreversible se acepta cada vez más como la verdad más inmutable. Para salir de esta sociedad masificada, donde la Revolución y la sociedad de consumo se parecen cada vez más es absolutamente necesario una formación política adecuada.

 (1) Rafael Gambra: “La libertad en la sociedad tradicional cristiana y en la sociedad de masas”, en “Verbo”, abril 1970, pág. 287. Editorial Speiro. General Sanjurjo, 38.

 (2) Citado por Fuerza Nueva, número 175, 16 de mayo de 1970.

 (3) San Juan VIII, 34

 (4) Donoso Cortés “Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo”. Espasa Calpe. Colección Austral, segunda edición, 1949 pág. 71 y siguientes


Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (6)

 Artículo de 1979

 TARANCÓN, UN CARDENAL NEFASTO 

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 Los primeros días de octubre solían ser franquistas para el cardenal. En 1973 no rompe con la tradición y vuelve a oficiar el “Te Deum” (octubre, 1973), acudiendo después a la recepción que celebra con motivo del 1º de octubre. Un día más tarde bendice la residencia de la Seguridad Social “1º de Octubre” inaugurada por Franco. Mientras tanto, cesa a varios profesores (“conservadores”) del Seminario y trae de nuevo a los que había echado monseñor Morcillo, al tiempo que propicia un Instituto Universitario de Teología, con Miret Magdalena y González Ruiz de profesores. Nadie podrá extrañarse ya de que el Seminario de Madrid se convierta en lo que luego ha resultado.

 El asesinato del almirante Carrero, el 20 de diciembre de 1973, sirvió para demostrar que innumerables católicos hacían a su arzobispo responsable moral del magnicidio. Es claro que el cardenal no tuvo nada que ver con los asesinos del almirante, pero la opinión del pueblo madrileño demostraba que su arzobispo se había ganado a pulso no sólo su desprecio, sino también sus iras. Gonzalo Mota señalaba en “Fuerza Nueva” (enero, 1974) que esa explosión general de desaprobación ante una persona y una línea pastoral era “obra de monseñor Dadaglio”. Y ahí empieza el declive de Tarancón. Hasta entonces, con críticas como las que hemos señalado, su carrera era ascendente. A partir de ese momento, el mundo comenzó a ver que el “bluff” Tarancón tenía los pies de barro, y que mal podía ser una figura internacional quien era así tratado por sus fieles en su propia sede.

 A comienzos de 1974, una nueva polémica con motivo de autorizar, no se sabe en virtud de qué poderes, la comunión en la mano, sin que existiera concesión de Roma. Una vez más, la oposición entre Tarancón y el cardenal primado (Marcelo González) y monseñor Guerra Campos se manifiesta abiertamente. Los artículos contra el cardenal se multiplican, y en la imposibilidad de citar a todos, mencionaremos solamente la correspondencia que con él cruzó mosén Bachs (Agosto, 1974), en la que sacerdote catalán dirige una verdadera diatriba, con toda razón, al cardenal de Madrid.

 El sínodo de ese año ya nos muestra a un Tarancón que no tiene el menor eco en la Iglesia universal. Sus intervenciones “horizontalistas” no despiertan el menor interés, salvo, quizá, en los sectores más radicalizados del progresismo italiano. Así, el hoy suspendido “a divinis” Dom Franzoni hizo el gran elogio del cardenal, lo que, ciertamente, no contribuía a aumentar su prestigio. La prueba definitiva de lo que aquí se dice está en los escasos votos que obtuvo para la Secretaría del Sínodo. (…) A partir de esos resultados, los turiferarios del cardenal se iban a mostrar más moderados en presentárnoslo como el futuro Papa. Ya no se lo iba a creer ni el mismo cardenal, que tengo para mí fue el único que estaba encantado con la posibilidad.

 De esa época son unas confusas declaraciones sobre matrimonio, divorcio y confesionalidad que anuncian el futuro constitucional de nuestra Patria. Y como la fecha está próxima al primer aniversario del asesinato de Carrero Blanco, no faltan nuevos insultos en la calle. Las declaraciones siguen teniendo puntuales contradictores, que, no es necesario decirlo, están todos mucho más en línea con el magisterio de la Iglesia que el cardenal de Madrid. Así, mosén Ricart: “Las declaraciones del cardenal Tarancón sobre el matrimonio civil han producido estrago grave y nefasto en toda España” (“Iglesia-Mundo”), Angel Garralda… Rafael Gambra, etc. (…)

 En 1975, se hace mediador de la petición de amnistía de Justicia y Paz (febrero), con lo que no es ajena su persona a los asesinatos que hayan cometido los amnistiados una vez puestos en libertad. Tolera también, por entonces, la Asamblea de Vallecas; protesta por la suspensión gubernamental de la misma y nuevo escándalo, con numerosos artículos por este motivo.

 En julio de ese año, otro inmotivado ataque a monseñor Guerra Campos, tan gratuito, que el incondicional “Ya”, al reproducir las declaraciones, sin duda sintiendo vergüenza ajena, suprime el párrafo en cuestión. Intentos de desmentido y un escándalo más. Telegrama del primado (mons. Marcelo González) en solidaridad con monseñor Guerra; forzadas y tardías disculpas de Tarancón y dignísima y cristiana actitud del obispo de Cuenca, en contraste con la del cardenal.

 El 19 de septiembre de 1975 pide, en nombre de la Conferencia Episcopal, un indulto que hoy (1979) vemos cómo está pesando con su aterradora cifra de cadáveres, sobre España y sobre los que propiciaron la amnistía.

 Muerto Franco, homilía en los Jerónimos con motivo de la exaltación al trono de don Juan Carlos, y nueva polémica al canto. Como muestra, un artículo de Julián Gil de Sagredo, cuyo título no puede ser más explícito: “Entre la heterodoxia y la demagogia” (“Fuerza Nueva”, enero, 1976).

 Pocos días antes, un hecho de gran resonancia: reunión de numerosos sacerdotes madrileños y conferencia del canónigo don Salvador Muñoz Iglesias, en la que se pone de manifiesto lo que supuso para la archidiócesis el desdichado gobierno del cardenal. Se dijo que, después de escuchar el impresionante alegato del canónigo, el arzobispo expresó a los centenares de sacerdotes presentes que, de aceptarlo, lo que debería hacer era dimitir. Y el asentimiento parece que fue unánime. Porque, desgraciadamente, todo lo que allí se había expuesto era sólo un pálido reflejo de la realidad.

 También de esa época, otra frase lapidaria del cardenal de enorme importancia para comprender sucesos posteriores: “Ya no es válido eso de que España no puede dejar de ser católica sin dejar de ser España”. Con lo que se vuelve a levantar una oleada de protestas contra el arzobispo que, con tanta frivolidad como ignorancia, pontifica sobre la esencia misma de una Patria que, en verdad, no se merecía un obispo como éste.

 Para cerrar gloriosamente el año 1976, el cardenal de los mil Te Deums y de las mil reverencias ante Francisco Franco, como ya está muerto, decide acreditar un valor que antes ni siquiera se le suponía y, gran heroicidad, prohíbe la misa que se proyectaba en la Plaza de Oriente, el día del primer aniversario de la muerte del Generalísimo.

 Y otra vez las protestas indignadas (…) Como resultado de todo ello, el cardenal tiene que ser protegido por la policía, y nuevas pancartas con el pareado “Tarancón al paredón” en la gigantesca manifestación del 20 de noviembre. Que ciertamente no son objeto del menor reproche por los cientos de miles de católicos que acudieron a la concentración.

 También, por aquellos días, aquel cura sin pelos en la lengua y sin miedo en el alma que fue el padre Venancio Marcos le llama el “cáncer de la Iglesia española”. Y aunque el “Ya” sale con una editorial en su defensa, van siendo cada vez más los católicos que piensan que el respeto que le tienen no es más que el que se merece.

 La Navidad de 1976 trajo un cierto optimismo a los atribulados diocesanos del cardenal. Empezó a hablarse de que se lo llevaban a Roma. Y aunque muchos pensaran que darle un cargo en la Curia era un premio injusto e inmerecido, con tal de verle lejos aceptaban cualquier cosa. No se confirmaron los rumores, pero sí vivimos unos días ilusionados.

 Las protestas por los tolerancias o los decididos apoyos a los clérigos progresistas son una constante en todos estos años, y en 1977 arrecian considerablemente. La Unión Seglar de Madrid se hace eco de la indignación producida por unas conferencias organizadas en la Universidad por el Arzobispado, o, al menos, por sacerdotes que dependen del mismo, en las que varios ponentes eran conocidos marxistas (febrero). Y Eulogio Ramírez dedica un artículo al mismo tema.

 Las increíbles declaraciones de Alberto Iniesta, obispo auxiliar del cardenal, en las que la doctrina católica sobre el aborto, divorcio, relaciones prematrimoniales etc., era abiertamente conculcada. son ocasión también para reprochar la pasividad, por no decir la tolerancia o la complicidad de su inmediato superior.

 Mientras tanto, le imponen la “F” de famoso en una discoteca, estando el elogio al cardenal a cargo del marxista y ateo Tierno Galván (abril, 1977). No es tan extraño que un chiste del nada sospechoso de “ultra”, el humorista Peridis (abril), con motivo de la dimisión del almirante Pita da Veiga como ministro de Marina, presente corriendo a ocultarse de nuevo en la alcantarilla, preocupados por posibles consecuencias militares, a Carrillo, Felipe González, Gil-Robles… y al cardenal Tarancón.

 De esas fechas es una de sus peores “Cartas cristianas” (“Ya”, 24-4): “La espada y la cruz”. Y cuando utilizo el calificativo de peor no me refiero al estilo literario, que ése es malo siempre. El 4 de agosto nombra rector del Seminario a uno de los clérigos más progresistas de España, Juan de Dios Martín Velasco. Y también por esos días otra desafortunadísima expresión de este prodigio de frases desafortunadas: En entrevista a “Gaceta Ilustrada” encuentra muy normal que el sacerdote “de vez en cuando eche una cana al aire, porque es humano”. Rafael Gambra, con su acerada ironía pone, en Fuerza Nueva, al arzobispo en el lugar que realmente le corresponde.

 En octubre de ese mismo año, Pablo VI cumplía 80 años. Y declaraciones de Tarancón dentro de su más puro estilo; es decir, demoledoras para aquel a quien parece querer alabar. Y téngase en cuenta que en este caso se trata del Pontífice a quien Tarancón debe cuanto es.

 “Hoy -dice el cardenal a “ABC”- 80 años no inspiran aquella venerable respetabilidad antigua; al contrario, estimulan las invitaciones al retiro de una forma apremiante. Nosotros tampoco hemos querido organizar aquí nada, en Madrid. Prefiero que pase tranquila esta fecha: no me hubiera extrañado -de tener que organizar algún acto- que la gente, en vez de gritar ¡Viva el Papa! Dijese; “¡Dimite!. Porque todo está muy cambiado. Es otro mundo, y dejémonos de nostalgias”.

 Y ahora, la más absoluta descalificación del Pontífice entonces reinante: “Pablo VI tiene la cabeza muy bien, pero está derrotado físicamente por la artrosis, y esto influye psicológicamente sobre él, estimulando su mentalidad de anciano. Tomar decisiones graves a los ochenta años y con esa mentalidad cuesta mucho, quizá demasiado. Son abuelos que se guían sobre todo por razones afectivas y por miedo a herir si hacen esto, o que pase aquello si hacen lo otro”.

 ¿Intolerable en un cardenal? Parece que sí.

 En noviembre, unas increíbles declaraciones laicistas sobre divorcio, adulterio, etc. en “El País”, que iban ya elaborando el terreno para lo que ocurriría con la Constitución. Tampoco en esta ocasión faltaron las réplicas.

 1978 comienza con una “cordial” entrevista con Santiago Carrillo, que pronto terminó como el rosario de la aurora. Al escándalo del encuentro sucedió el de unas declaraciones de Carrillo que atribuían al cardenal pensamientos inconciliables con la doctrina católica. Desmentido de Tarancón y contraataque del líder comunista, que se reafirmaba en lo dicho. No soy sospechoso de la menor simpatía hacia el responsable de Paracuellos, pero creo que quien decía la verdad era él. Por lo menos ha demostrado más honestidad en su conducta que el cardenal de Madrid.

Otra pésima “Carta cristiana”, esta vez sobre el divorcio (junio), refutada magistralmente por uno de nuestros mejores teólogos, que tacha Tarancón de “divorcista circunstancial”. Y nos encontramos en plena batalla constitucional.

 Pese a todos sus esfuerzos, no le tratan mejor los llamados católicos progresistas. El cura Gamo le llama “reaccionario”, y el ex cura y alto dignatario comunista García Salve denuncia su frivolidad. (…)

 Por el otro extremo no son más favorables las críticas. Rafael García Serrano escribe que Tarancón “es a Cisneros lo que una cucaracha a un águila real”; también se replica acremente a unas declaraciones del cardenal en las que decía que no le asustaba que el PSOE llegase al poder.

 Más ambiguas “Cartas cristianas” sobre la Constitución (octubre y noviembre) y fracaso estrepitoso en los dos Cónclaves a los que asiste. Hasta que llegamos a la carta pastoral de mons. Marcelo González (Primado de España). Pero ello quedará para el próximo artículo.

 Cerramos éste con la humilde petición, a quien corresponda, para que libre cuanto antes a la Iglesia española de este cardenal nefasto al catolicismo de nuestra Patria. Cuando el exministro Julio Rodríguez, que acaba de fallecer, le negó la mano en el funeral por Carrero Blanco bien sabía lo que hacía. Aquel gesto, de resonancias paulinas, seguro estoy que le habrá servido de muchas indulgencias a su llegada al cielo.


 Revista FUERZA NUEVA, nº 633 24-Feb-1979

 

lunes, 15 de junio de 2026

El obispo Cirarda, las sacristías y los terroristas

 Artículo de 1970 

 Comunicado a los señores párrocos de Vizcaya, sobre su obispo mons. Cirarda

 Cuán cierto es que, en condiciones, algunas verdades son tristes y amargas. Esta que hoy comentamos, además de serlo en grado superlativo, resulta de una evidencia tal y tan grave es, que hace necesaria nuestra intervención sin demora.

 Es un hecho, desde tiempo comprobado, que nuestro obispo José María es prisionero de un grupo de exaltados sacerdotes, bajo cuya presión y a cuyo dictado actúa. Bien cerca tenemos el caso de su última carta pastoral, leída en muchas iglesias de Vizcaya, tal vez en todas. Documento forzado, falto de sentido y demasiado doblado de incoherencias y contradicciones. A todas luces, por su fondo y forma, no se trataba de un documento apto para ser llevado a la consideración de los fieles, ya cansados de conocer y reprobar las tristes andanzas extra-pastorales y abusivas de determinados sacerdotes. Mas el señor obispo estima que los fieles hemos de ser informados públicamente de tales sucesos y posteriores e inevitables derivaciones.

Bien estaría que Monseñor, consecuente con su línea informativa, tuviese a bien dar a la lectura obligatoria, en todas las Iglesias de la diócesis, de una nueva carta, comentando extensamente y ofreciendo su personal opinión, con clara mención de los nombres de los firmantes, acerca del escrito que con más de cincuenta firmas de créditos vizcaínos tiene recibido recientemente, escrito conminatorio e inadmisible, de ultimátum, en el que parte de los firmantes se le declaran en abierta rebeldía, otros certifican su salida y los más amenazan y anuncian posturas nada en consecuencia con sus respectivos ministerios eclesiásticos.

 Aprovechando dicha carta pastoral, monseñor Cirarda podría, además, darnos cuenta detallada de los alijos de armas y explosivos hallados en varias iglesias de su Diócesis y nombre de los sacerdotes huidos como consecuencia de dichos hallazgos para evitar sus comparecencias ante la ley con motivo de sus delitos, etcétera.

 Y, a mayor abundancia, monseñor podría hablarnos, dentro de la misma política informativa por él seguida para con sus sufridos fieles del porqué la autoridad eclesiástica en el encarnada, no procede contra los clérigos que, autodeclarados rebeldes y fuera de toda disciplina de la Iglesia, se niegan a abandonar sus cargos y a desalojar los templos para los que, en mejores días, fueron designados.

 Otra verdad incontrovertible es la de que, paradójicamente, una inmensa mayoría de los sacerdotes vizcaínos actúan obedientemente a las órdenes del señor obispo, aunque hay que imaginar que, en más de una ocasión, lo han hecho por pura y simple disciplina, y son dichos sacerdotes los mismos que obedecieron y fueron fieles al obispo anterior y lo serán asimismo al que en su día suceda a don José María. Sacerdotes dignísimos quienes, por parte de nuestro obispo merecen mejor trato y una mejor consideración.

 La deducción es clara: los clérigos rebeldes que tal vez un día, suponemos, sintieron la llamada de Dios, pero que más tarde se muestran inadaptados y politizados, serán siempre los mismos en cualquier situación. A ellos monseñor Cirarda, con su entrega, su inoperancia, les está haciendo muy doloroso juego, causando así profunda desorientación y grave escándalo entre sus diocesanos.

 Es esta una denuncia que, en conciencia, nos consideramos obligados a formular en Bilbao, Vizcaya, hoy 15 de junio de 1970.

 CATÓLICOS BILBAÍNOS


Revista FUERZA NUEVA, nº 187, 8-Ago-1970

 

sábado, 13 de junio de 2026

La “santidad” de los laicos

 Artículo de 1968

 LA SANTIDAD DE LOS LAICOS

 Un alto oficial del Ejército francés se desplazó cierto día a la pequeña aldea de Ars a fin de escuchar un sermón de Juan Bautista Vianney, el santo cura, de quien había oído hablar a todos con gran admiración. Y, de vuelta a su casa, permaneció serio y silencioso, como no acostumbraba estar. Su asistente, en verdad preocupado, le dijo:

 —¿Qué impresión le ha causado a usted el sermón del cura de Ars; a usted, que ha escuchado a los más famosos oradores de Francia?

 —Hasta ahora me habían agradado los oradores—respondió con sencillez el oficial—; después de este sermón hay algo que no me gusta: mi propia vida.

 Y aquel disgusto de si mismo fue el comienzo de la conversión a Dios de aquel oficial, que supo comprender que al sacerdote predicador del Evangelio no ha de irse a escucharlo porque gusta, sino porque enseña incluso, a veces, aquello que no gusta. Esta es la única manera de que aprenda el cristiano a corregirse de sus defectos para ser mejor y aun llegar a santo.

 Por desgracia, los sermones son muy poco convincentes hoy. Se ha prescindido casi del Evangelio, del Catecismo, de la Ascética, de la Moral, que llaman «anticuada», y sólo figura el Concilio. Esa palabra mágica, que muy pronto quedará gastada y completamente inoperante. ¡Ya es hora de que no se abuse más de ella!

 Yo quiero analizar aquí un sermón o cosa semejante de una hoja dominical para hacer ver una vez más la inepta aplicación del Concilio en esas hojas domingueras, tan aptas de suyo para la instrucción cristiana del pueblo fiel. El lema de la hoja es el título de este escrito.

 La CONSTITUCION SOBRE LA IGLESIA del Concilio Vaticano II, en el número 39 dice: «En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (I Thess., 4, 3; cf. Eph., 1, 4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta, y sin cesar debe manifestarse, en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles.»

 Esto muy claro está. Y por ahí (cap. V) debía discurrir el suelto de la hoja a que me refiero. Este capítulo se titula UNIVERSAL VOCACION A LA SANTIDAD EN LA IGLESIA. La hoja no se ha salido del capítulo IV, que no habla de la santidad. Su título es LOS LAICOS.

 Este es un capitulo hermosísimo y denso de contenido para el pueblo fiel. La numeración del capítulo va del número 30 al 38, ambos inclusive. Los títulos de cada numeral son: «Peculiaridad», «Qué se entiende por laicos», «Unidad en la diversidad», «El apostolado de los laicos», «Consagración del mundo», «El testimonio de la vida», «En las estructuras humanas», «Relaciones con la jerarquía», «Como el alma en el cuerpo». No se conocía un documento de la Iglesia tan «laical», si vale la expresión. Pero, como suelen decir, no estirar más los pies de lo que da la manta.

 Y, volviendo a la hoja de referencia, apunta el lema: LA SANTIDAD DE LOS LAICOS. Como el capítulo V de la Constitución se titula Universal vocación a la santidad en la Iglesia, donde se habla de la santidad en general y de la santidad de los diversos estados, desde luego hay que advertir que el lema está fuera de puesto. Cosa muy semejante estamos viendo todos los días: título por aquí y contenido por allí; no puede haber ligación de doctrina, ligación tan necesaria para el alimento sólido del espíritu.

 No habla, pues, de la «santidad» de los laicos la hoja dominical, pues no da para ello el capítulo IV, del cual pellizca unos trocitos, traducidos muy libremente. Así comienza la dominguera hoja, cuyo lema es LA SANTIDAD DE LOS LAICOS:

Son laicos los católicos que no son sacerdotes ni religiosos o no pertenecen a ningún instituto secular. Es decir, lo que se solía llamar «los simples fieles».

 Nada costaba haber citado a la letra, y era necesario, al tratarse de una DEFINICION jurídica. Abramos, pues, el libro y copiemos del número 31 de la Constitución en cuestión: «Con el nombre laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia.»

 El AQUI del texto tiene una importancia capital. Las palabras, en general, pueden tener varias acepciones o significados, según los diversos «contextos», y por eso es muy conveniente definir antes de entrar en la cuestión, más que más en el mundo de confusionismo en que nos ha tocado vivir. Los «simples fieles» de la hoja, no es ninguna configuración; lo es, en cambio, los «simples sacerdotes», como puede verse en el diccionario de la Real Academia Española. Aquí se trata de una acepción muy concreta y determinada.

 Fijémonos en la aducida DEFINICION de laicos, según el Concilio, y veremos que también ellos son FIELES CRISTIANOS. ¡Así que no desaparecieron los fieles! Y, como mera curiosidad, el diccionario que acabo de citar nos regala 12 (doce) acepciones o significados para el vocablo FIEL.

 Sigamos con el de la hoja dominguera:

 El fiel, el laico, ha vivido mucho tiempo, tal vez siglos, con la impresión de ser algo así como un espectador en la Iglesia católica y en los templos católicos.

 Ya va asomando algo..., que no es precisamente la «santidad». Dejaremos «el laico» de esta cita porque no puede tener siglos… Tratándose de un «espectador», habremos de suponer que el ripio está en LA IGLESIA CATOLICA. ¡Afuera, pues, con ella! Y eso de «mucho tiempo, tal vez siglos», valga para paparrucha, et deleatur.

 ¿Con que el fiel ha vivido «impresionado» de ser un espectador en los templos católicos? Pues, ¿qué espectáculos se representaban en nuestros católicos templos, todos ellos tan «ahítos» de la alegranza de la luz de la creación y de la ingeniería? ¿Espectáculos veían en los templos católicos nuestros padres y nuestros abuelos? ¡ ¡Si no fuesen los de la GLORIA!! ¡Bah!, ¡bah!; para cuento aún. Si hoy tornaran nuestros antepasados a la vida, no, no, mil veces no entrarían a ver los espectáculos de los templos católico- ecuménico-hermano-separados...

 Cómodo, ¿eh?, sonreírse de la candidez de nuestros mayores, «que nos han precedido en el signo de la fe y duermen el sueño de la paz». Pues de allí salía la madera de los santos, y por aquí de la hoja no va, no, LA SANTIDAD DE LOS LAICOS... ¡Seamos alguna vez caballeros!

 Y sigamos:

 El Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos, eran para él la Iglesia. El laico (¿con que también el laico") se había de contentar con escuchar, obedecer y callar.

 Ya asomó... no la «santidad». ¡Lástima de catecismo! El nos ha enseñado siempre a los fieles cristianos que la Iglesia es Docente y Discente, y que de ambos hemisferios resulta en globo la salvadora obra de Jesucristo que llamamos LA IGLESIA CATOLICA. ¿No es esto, fiel cristiano de todos los tiempos?

 Obedeced a vuestros pastores y estadles sujetos, que ellos velan sobre vuestras almas como quien ha de dar cuenta de ellas, para que lo hagan con alegría y sin gemidos, que esto sería para vosotros poco venturoso» (Heb., 13, 17). ¿No es esto, fieles cristianos de todos los tiempos?

 «El hombre sabio calla hasta el tiempo oportuno» (Eclesiástico, 20, 7). ¿No es esto, fiel cristiano de todos los tiempos? Y el versículo anterior acaba así: «Pero el fanfarrón y el necio ni lo tiene en cuenta» (Ib.).

 Esta es doctrina de la buena, y santidad de la buena su cumplimiento. ¡Ni más ni menos! Sí, a la Iglesia Discente le toca escuchar para aprender. Y le toca y le tocará siempre obedecer: «Como hijos de obediencia no os conforméis a las concupiscencias que primero teníais en vuestra ignorancia» (I Pedro, 1, 14). Y en cuanto a lo de callar o no callar (después de haber escuchado y aprendido y obedecido), el tiempo dirá...

 Hoy, el hijo no calla ante su padre. Hoy, el discípulo no calla ante su maestro. Hoy. el joven no calla ante el anciano. Hoy, el trabajador no calla ante su señor. Que Dios nos ampare siempre y no permita jamás... que el SOLDADO no calle ante su jefe... Y no continuemos. ¡No aguardemos a que Dios nos haga callar con su mano «izquierda»!

 ¿Qué más dice la hoja sobre LA SANTIDAD DE LOS LAICOS?

 «No es ésta la mente de Cristo. Y, por tanto, tampoco lo es de la Iglesia. La constitución dogmática del Vaticano II. «De Ecclesia»  dice

 Francamente, no sé dónde habrá escudriñado la mente de Cristo. Ni entiendo de «ciertas» ilaciones entre la mente de Cristo y la de su Iglesia. Ni tampoco voy a decir lo que DICE el Concilio Vaticano II (en la hoja, se entiende). La hoja cita ad libitum, ni dice una palabra sobre LA SANTIDAD DE LOS LAICOS.

 Citaré, para acabar mi sermón, el último parrafito de la hoja: «Los cristianos -en una palabra- han de ser para el mundo lo que el alma por el cuerpo». Esto se atribuye al Concilio; y el de la hoja sigue por su cuenta: «Deben vivificarlo con su apostolado y con el testimonio de su vida cristiana».

 Y esto quiere ser un colofón, que tanto repiten hoy. Sólo alego el inconveniente de que se ha olvidado de los LAICOS, y de que con ciertas reminiscencias, no del todo digeridas, de cierta doctrina aristotélico-tomista, se podría vivificar algún otro inconveniente (…)

 JOSE MARIA PEREZ, PBRO.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968

 

jueves, 11 de junio de 2026

Elecciones políticas y religión

 Artículo de 1979

 ELECCIONES POLÍTICAS Y RELIGIÓN

 (…) Las elecciones, amén de un acto político, son un acto religioso o irreligioso, se quiera o no se quiera. Ni el socialista y anarquista Proudhon ni el neocatólico Donoso Cortés se extrañaban de que en el fondo de toda cuestión política se hallara invariablemente una cuestión religiosa. El mismo Concilio Vaticano II, en la Constitución pastoral “Gaudium et spes”, ha reconocido la profunda compenetración que existe entre las cuestiones políticas y las cuestiones religiosas. (…)

En efecto: el acto de elegir a un candidato o a otro (y, con ello, un programa u otro programa de gobierno, una u otra ideología, es decir, una u otra concepción del hombre y del mundo) es un acto religioso o irreligioso. Cuando elegimos un candidato determinado estamos eligiendo una determinada concepción del mundo y no otra cualquiera; una concepción del mundo que concuerda con la de la religión católica, con la de otra religión o con alguna concepción irreligiosa.

 El acto de elegir es moral o inmoral

 Por lo demás, el acto de elegir es un acto eminentemente libre y, por tanto, un acto conforme o disconforme con el orden moral objetivo. Y al ser moral o inmoral ese acto de elegir es un acto relativamente religioso o irreligioso, porque la religión abarca el orden entero de la moralidad.

 Eligiendo a un candidato, pues, elegimos un proceder humano, conforme o disconforme con la Ley de Dios. Por eso, el hombre religioso y particularmente el hombre católico, como pretenda obrar con recta conciencia, como es debido, ha de preocuparse por elegir a aquellos candidatos que mayores garantías le ofrezcan de que la cosa pública será administrada según las exigencias de la Ley moral, tal como la expone e interpreta la única institución que se presenta ante el mundo como intérprete exclusivo de la Ley divina, la Iglesia católica, que no acaba con los obispos de aquí y de ahora.

 Pronunciamientos vagos del Magisterio eclesiástico

 Ciertamente, en la Iglesia no se nos instruye, ahora, inequívoca, concreta, y cabalmente a los católicos sobre este particular. Y se puede suponer -a juzgar por los resultados- que son pocos los católicos que leen, asimilan y ponen por obra documentos tan completos, aunque tan abstrusos y vagos como el que publicó, bajo los auspicios de monseñor Yanes, la Secretaría del Episcopado español, en mayo de 1977. Indudablemente, si todos los católicos españoles hubieran asimilado aquel documento, en el que se establecía, por ejemplo, que “el cristiano debe rechazar los proyectos políticos que van unidos a ideologías contrarias a la fe y a la dignidad humana”, los partidos liberalistas como UCD y Alianza Popular, socialistas (como el PSOE y el PSP) y comunistas como el PCE no hubieran obtenido en las elecciones de 1977 la cantidad de votos que obtuvieron.

 Lo mismo puede pronosticarse después de la abstracta declaración de la Comisión Permanente del Episcopado español de 8-II-79. En aquel documento de mayo de 1977, como en éste de febrero de 1979, falta señalar explícitamente que son “ideologías contrarias a la fe cristiana”, “ideologías materialistas de uno u otro signo”, “modelos totalitarios” que no descartan “la violencia como método político”, tanto el marxismo como el liberalismo que inspiran a los partidos mayoritarios de la pasada legislatura (UCD, Alianza Popular, PSOE y PCE).

 El Magisterio eclesiástico no nos sirve bastante

 Una de dos: o bien está claro que según esa doctrina -yo creo que vaga y abstracta- de los obispos, está prohibido al católico votar a dichos partidos materialistas, y en tal caso, la Iglesia y los obispos quedan comprometidos en contra de tales partidos, y en tal hipótesis, no hay razón para dejar de condenar explícitamente el voto de los católicos en favor de UCD, de Coalición Democrática, del PSOE y del PCE; o bien no está claro en esos documentos episcopales qué es lo que condenan, qué lo que aprueban, qué lo que prohíben y qué lo que permiten esos obispos a título de maestros en la fe, y en tal caso, huelga que hagan esas declaraciones, que no servirían para que aquel que quiera obrar católicamente descubra a través del Magisterio eclesiástico la moral del Evangelio aplicada a la circunstancia concreta y grave de las elecciones.

 En este caso, habría que concluir que ni el Evangelio ni la Iglesia ni su Magisterio nos sirven para discernir la justicia y la liberación cabal que la Iglesia dice querer servir en este mundo, como parte indispensable de la evangelización. La Iglesia diría, platónicamente, que sirve la causa de la justicia: pero no la sirve, puesto que no sabe o no quiere decir a los católicos, concretamente, qué es justo, cuál es el voto justo, cuáles son los problemas políticos justos que podemos votar.

 El Magisterio más concreto de los Papas y del Vaticano II

 Hay que ir más allá del magisterio de los obispos dominantes de la Iglesia española, para encontrar criterios más claros y concretos que nos sirvan para decidir nuestro voto en las presentes elecciones. De ese modo uno advierte que el católico no puede votar a los verdaderos socialistas, a los verdaderos comunistas ni a los verdaderos liberales, porque uno y otro Papa, incluido Pablo VI en la “Octogésima Adveniens”, han establecido que el liberalismo y el socialismo verdaderos (que inspiran a los mencionados partidos) son incompatibles con la fe cristiana, dado que son materialistas, racionalistas y naturalistas, olvidadizos o desdeñosos de las verdades y de los preceptos que el espíritu humano descubre mediante Revelación sobrenatural.

 Se ve también por el Vaticano II, que, en la constitución pastoral “Gaudium et spes (nº 74), la Iglesia enseña que “el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas de la Nación, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral, para procurar el bien común”. De aquí que el católico, si obra moralmente y conforme a su fe, no puede votar ni a los candidatos marxistas (del PSOE y del PCE), cuyos partidos pretenden el bien de una clase social, no el bien común (además de que esos candidatos, en cuanto marxistas, menosprecian el orden moral definido por la Iglesia); ni puede votar el católico a los candidatos liberales (de UCD o de Coalición Democrática), que tampoco se comprometen a observar el orden moral, tal como lo interpreta la Iglesia, antes al contrario, han elaborado y aprobado una Constitución desdeñosa de ese orden moral.

 Por consiguiente, hay que exigir a los partidos y a los candidatos que se definan en este punto, y si no se definen, desconfiar de ellos.

 El católico debe votar a Unión Nacional

 El católico, a fuer de católico, ha de votar en favor de la Unión Nacional (Fuerza Nueva, coaligada con Falange Española de las JONS, Comunión Tradicionalista y con los Círculos José Antonio), ya que solamente Unión Nacional ofrece garantías de legislar y gobernar conforme al orden moral en materia de matrimonio, aborto, fiscalidad, huelgas, justicia social, fomento del bien y represión del mal moral.

 El católico debe votar en conciencia, conforme a las exigencias de la conciencia católica. Sólo de esta manera está seguro de no haberse equivocado y de no haber hecho mal. Sólo el voto en conciencia es un voto útil, desde el punto de vista religioso, que es el más importante. Hay que votar en favor del bien mayor o del mal menor, que es lo mismo. Esa es la parte que nos corresponde a nosotros como actores de la Historia. La parte del Autor de la Historia, el resultado definitivo, eso es cosa de Dios. El católico y lo católico triunfarán en las elecciones si se pronuncian católicamente. No triunfan los católicos ni lo católico cuando se vota un programa inspirado en la ideología liberalista o en la ideología marxista, en el materialismo vulgar o en el materialismo dialéctico.

Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 633, 24-Feb-1979