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XXXIV ANIVERSARIO DEL GLORIOSO ALZAMIENTO NACIONAL
Por José BACHS CORTINA, Pbro.
Excmo. Sr. D. Alfonso Pérez Viñeta,
Capitán General de la IV Región Militar, Excelentísimos e ilustrísimos
señores. Amados hermanos:
Dios es quien levanta o hunde
los pueblos que ha creado. Y hace treinta y cuatro años, Él levantó a España,
que iba a hundirse por culpa de manos impías, valiéndose del glorioso Alzamiento
Nacional.
En estos años, se han
publicado centenares de libros y ha corrido la tinta en miles de escritos
hablando, en bien o en mal, de nuestra Cruzada de Liberación Nacional. Yo
quisiera, en esta noche memorable, dar una idea de la razón fundamental de
todo cuanto se ha escrito en alabanza a nuestra gesta, que lo fue de
esforzados confesores y mártires, los cuales en pacífico o en activo combate
por la fe, llegaron a regar el suelo patrio con su sangre generosa. Vosotros
y yo profesamos que el Glorioso Alzamiento Nacional es una preclara gloria
cristiana auténtica, viva y actual.
Esta es mi proposición que
probaré, demostrando brevemente:
1. Que fue obra que, por
encima de apetencia humana, quiso vindicar los derechos de Dios y de su
Iglesia en España.
2. Que el mismo Dios quiso
glorificar los días de nuestro Movimiento, principalmente con interpelaciones
extraordinarias.
3. Que el Alzamiento, a su
vez, ha glorificado la fe y ahora tiene que unificar la vida cristiana
todavía más.
***
En cuatro capítulos, según
Santo Tomás, se resume el darse Dios a los hombres: en el orden de la Creación,
de la Redención, de la Gracia y de la Gloria.
Nos creó libremente por amor
y para hacernos sus hijos: nos levantó de nuestra culpa original y nos
devolvió su amistad por la maravillosa obra de la Redención, que le costó la
sangre a su Hijo amadísimo; nos da ahora la gracia que nos hace ser sus
amigos, hijos y herederos; y coronará su obra dándosenos en la visión beatífica
del Cielo; para gozarlo en acto felicísimo, inteligente y amante.
No obstante, contra Dios se
desatan las pasiones humanas; el hombre quiere un objeto aparte de Dios,
primero a espaldas a suyas, luego ya Dios le estorba y, al final, llega a
hacerle la guerra.
Últimamente, el gran
movimiento antirreligioso de los tiempos actuales fue alumbrado por la
filosofía renacentista y la reforma protestante. Entonces se dio por consigna
a las masas el “romper todo vínculo sagrado, aplastar a Cristo”.
Y sucedió que, para aplastar
a Cristo, era preciso aplastar España, romper con toda tradición religiosa,
con toda influencia española, acabar con toda moral cristiana, desarticular
la Patria y vender al enemigo de Dios nuestro mismo ser y la razón de nuestro
ser nacional.
Y hace 34 años que, por Dios
y por España, se levantaba el Ejército, la Tradición, el renuevo juvenil de
la Falange, las Juventudes, el Pueblo de Dios y todo el pueblo sano de España,
a combatir, en frase de San Pablo, el “buen combate de Dios”, a dar la vida
por España antes de verla mancillada y atea, destruida la fe de sus mayores.
Como los macabeos, decíamos entonces los combatientes enardecidos por el
Espíritu de Dios: “Preferimos morir a ver la ruina de nuestras gentes”.
¡Gloria al Ejército que, columna
vertebral de la Patria, una vez más, articuló toda fuerza sana y la dirigió
con austeridad y sabiduría y siempre con elevación de ideales con todo y que
había sido casi descuartizado!
No era obra humana recuperar
la Patria. Fue preciso, sin medios humanos, con sólo el corazón puesto en
Dios, presentar batalla al poder, a la riqueza, a la industria, a toda fuerza
humana y por valles y collados, atravesando ríos y desmigando montes, avanzábamos
los cruzados, tiñendo con la púrpura de nuestra sangre toda la geografía de
España.
¡Oh los bravos requetés de mi
Primera de Navarra, escalando el fuerte de San Marcial, cuyas troneras vomitaban
metralla acero, amparados únicamente ellos con la boina roja y, por falta
también de bayonetas, con el cuchillo entre los dientes!¿Pero, esto sí, con
el Detente y el escapulario encima del corazón!
Así la Falange de Castilla y
de Galicia, los de Andalucía y de Aragón, los leoneses y los vascos, los
catalanes y los baleares encuadrados bajo la enseña nacional. Obra
sobrehumana en sus fines y en sus medios.
***
El mismo Dios glorificó los
días de nuestro Alzamiento con grandes maravillas, como bendecido y encomiado
que fue por la voz de nuestros obispos y de los papas. Nuestros miles de
encarcelados y mártires y nosotros mismos vimos milagros patentes que sería
largo contar. (…)
En fin, el Alzamiento, a su
vez, glorificó la fe y tiene ahora que glorificarla todavía más con nuestras
obras.
Nadie pretendía imponer la fe
con las armas. Ellas sí fueron precisas, ya lo sabemos. Era necesario
defender las vidas, las almas, la hacienda, la moralidad, la religión de
nuestros padres, todo el ser de la Patria.
Este fue nuestro “martirio activo”,
que constituía una glorificación de Dios: truncar los estudios, perder una
carrera, dejar los padres, abandonar la persona amada, exponerse a la
mutilación, pasar trabajos, obediencias, hambres, fríos, miedos, soledades,
aceptar la misma muerte… perdonar, recoger al enemigo, amarle, alimentarle,
procurar restañar las heridas de su alma, procurar una España feliz para
todos; todo eso hecho por Dios y por España, como lo fue ciertamente, que es
pura gloria para Dios.
Dijo Cristo que por la fe
haríamos milagros aún mayores de los que había obra Él mismo. Y, en efecto, ha
sido así en España gracias al Movimiento Nacional, porque si uno hubiera
cerrado los ojos en aquel fatídico 1936 y los abriera ahora en 1970, decidme:
¿conocería a España?
Sin embargo, ideas extrañas,
también ahora, quieren adueñarse arteramente de todo. Se infiltran aún entre
nosotros para derribar tan colosal obra. Por ello, ahora, como nunca, es
cuando debemos nosotros quitar la posible arcilla de nuestra conducta, ser
fieles a la doctrina del Movimiento, cumplir los Mandamientos de Dios, dar
luz a todos con nuestra vida cristiana, desentrañarnos por nuestros prójimos,
amar la obra conseguida, cumplir con nuestro deber, descubrir añagazas del
enemigo a todos.
Cada uno su puesto, con
firmeza y lealtad y con el sacrificio que ello reporte. ¡Dios lo quiere! No
enturbiemos jamás con egoísmos el clarísimo caudal de nuestros luminosos
ideales para una España siempre mejor. Añadir el callado martirio del
cumplimiento del deber al martirio de sangre de nuestros héroes.
Este caminar llevamos desde 1939
y algunos quizás han sucumbido. Pero está escrito: “¡Maldito el que haga la
obra de Dios con negligencia!”. Y edificar España, preservarla de sus
enemigos, a esta España que ya rescatamos cuando estaba a punto de perecer,
la España amasada en los concilios de Toledo, la España de Orosio, Paciano,
Isidoro, Braulio, Juan de Ávila, Teresa
de Jesús, Ignacio de Loyola, Francisco de Borja, Menéndez y Pelayo,
Vázquez de Mella, Balmes, Maeztu… la Madre de tantas naciones, la que tanto ha
sufrido en sus hijos por Cristo, esto, todo esto, es la obra de Dios que está
nuestro alcance.
Lo que con precisión
declaraba Marquina:
“Nada para mí nada para vos: todos para España
y ella para Dios”.
Ved, señor, excelentísimos e
ilustrísimos señores, amados hermanos, cómo a este fin de glorificar a Dios
también ahora mismo, en unos minutos, vamos a alzar la Hostia santa y nuestro
corazón pensando en nuestros caídos que brillan en el cielo como luceros
hermosos, ofreciendo al Padre el Cuerpo y Sangre de Cristo, realmente
presente después de la consagración.
A Él sea dada toda gloria
eternamente y Él dirija nuestra nueva Cruzada de ahora, que es de liberación
de ideas extrañas, de doctrinas extranjeras.
Así sea.
Revista FUERZA NUEVA, nº189, 22-Ago-1970
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