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HAY QUE
TIRAR A GOL
Por el P.
Venancio Marcos
El día 22 de febrero (1970) entró en
su diócesis el nuevo obispo de Segovia, don Antonio Palenzuela. La ceremonia
religiosa resultó brillantísima. Tomaron parte en ella el Nuncio de Su
Santidad (Mons. Dadaglio), cuatro arzobispos y ocho obispos.
Durante la misa pronunció una homilía el Nuncio
de Su Santidad y, al final de la ceremonia, dirigió unas palabras de saludo a
sus diocesanos el nuevo obispo.
Al acto asistió el conocido publicista
Enrique Miret Magdalena. Enrique Miret Magdalena es algo conocido por los
lectores asiduos de esta revista. No puede conocerle bien, sin embargo, quien
no lea su artículo semanal en la revista “Triunfo”. Si alguno se leía hace un
año y no le lee en la actualidad, no sabe ya quién es, o lo que es. MIret
Magdalena; ya no es progresista, ahora se ríe de lo que fue hace un año. Como,
si no frena en su carrera, se reirá, dentro de un año, de lo que es ahora. Antes
tenía un pie fuera y otro dentro de la Iglesia Católica. Ahora ya no tiene
dentro más que un dedo. Pero, por lo visto, eso es suficiente para que los “católicos
del postconcilio” le tengan por profeta y por escrutador de los signos de los
tiempos. Que es lo fetén.
Pues bien, en aquella ceremonia religiosa
de Segovia, Miret Magdalena nos contó en la revista “Triunfo” sus impresiones
en un artículo que tituló: “Queremos obispos encarnados” (que no quiere decir
que deban llevar vestiduras encarnadas, sino que no vivan en las nubes). (…)
Las
denuncias del señor Nuncio
He aquí porque luego homilía del Nuncio de Su
Santidad me llenó de asombro. (…) El Papa Pablo VI no lo oculta. Día tras día
habla de su pesadumbre, de su dolor, de su angustia por lo que está
sucediendo dentro de la Iglesia: por causa, a veces, de sus hijos más
obligados a servirla. Y el Papa habla de la “autodemolición” de la Iglesia,
dando a entender que no la están destruyendo enemigos de fuera de ella sino
los llamados a regirla.
Pues bien: en esta coyuntura, el Nuncio de
Pablo VI en España dijo en su homilía de Segovia: “Mucho se habla de crisis
en la fe y crisis en la disciplina. ¿De dónde brotan estas crisis? En gran
parte -¿por qué no decirlo?- brotan de haber surgido en la Iglesia aquellos “falsos
apóstoles y maestros”, quienes, según el Apóstol Pablo, “dando oídos al
espíritu del error, se ocupan de varias disputas que para nada sirven si no es
para perdición de los oyentes”.
¿Qué tal? ¿Está claro? La culpa de la
actual crisis en la fe y en la disciplina no la tienen los masones ni los
comunistas, sino los “falsos apóstoles y maestros”. Estos no pueden ser otros
que sacerdotes y, tal vez, obispos, que están resultando ser apóstoles y maestros falsos.
En otras palabras, lobos con piel de oveja.
La denuncia queda hecha. Sólo falta que el
Nuncio la remate, diciéndonos quiénes son y cómo se llaman esos falsos
apóstoles y maestros. Y pensamos que un hombre de cuerpo entero no dejará
de hacerlo. Prosigamos en el hilo de la homilía-
Dice monseñor Dadaglio: “Muchas cosas se
dicen y se hacen hoy bajo el signo de la iglesia carismática,
contraponiéndola a la Iglesia jerárquica, como si esta última fuera una
institución jurídica meramente humana e histórica y, por tanto, accidental y
caduca. Pero no hay dos Iglesias, la del carisma y la de la jerarquía, la de
Juan y la de Pedro, sino una sola Iglesia que tiene en sí el carisma y la
jerarquía”.
¡Estupendo! Queda hecha otra denuncia. Y ésta,
gravísima. La de quienes rechazan la Iglesia jerárquica para no admitir más
que una Iglesia carismática. Para quienes no entienden bien lo que es el
carisma y lo que es la jerarquía, diré, para simplificar, que lo que se
pretende es que la Iglesia Católica se haga protestante.
Esto lo pretenden no los protestantes,
desde fuera de la Iglesia católica, sino ciertos católicos. Lo que es peor,
lo pretenden, a juzgar por el señor Nuncio, ciertos sacerdotes y
obispos. ¿Nos dirá el representante del Papa, quiénes?
Continúa monseñor Dadaglio; “La autoridad
eclesiástica, empezando por los Sumos Pontífices, durante los años del
Concilio y del Posconcilio, se ha mostrado comprensiva, paciente, tolerante,
animada de la mejor buena voluntad. Sin embargo, muchos, es triste
reconocerlo, han abusado de esta actitud, confundiendo la bondad con la
debilidad”. (…)
¿Quiénes han sido esos “muchos”? ¿Nos dará el
señor Nuncio los nombres, por lo menos, de los más importantes y más dañinos?
¿Quiénes podrán ser esos teólogos y pensadores católicos, esos obispos y
sacerdotes? Seguimos aguardando el final de la homilía para saberlo.
Y termina el Nuncio: “Es ya tiempo de
hablar con claridad, de tomar posiciones con firmeza, de señalar el error con
responsabilidad, de orientar con valentía” (…)
¡Magnífico, estupendo, admirable! Ha
llegado la hora de hacer todo eso. Tiene razón que le sobra el señor Nuncio.
No le queda más que rematar…
El señor Nuncio
no remata
Pero… el señor Nuncio no tiró a gol. La
homilía terminó con esas magníficas palabras. Tras la denuncia de los
culpables de la crisis en la fe y en la disciplina, nos dejó sin saber
quiénes son en la Iglesia los falsos apóstoles y maestros culpables del error
y de la crisis.
¿Piensa el señor Nuncio que los católicos
de filas y aun muchos sacerdotes serán capaces por ellos mismos de saber
dónde están los errores, qué publicaciones los difunden y cómo se llaman esos
falsos apóstoles y maestros?
Muy optimista sería el representante de la
Santa Sede si lo creyera. Por eso creo que ha llegado la hora no sólo de
señalar los errores, sino de decir quiénes son los que lo sostienen y
difunden; de especificar qué publicaciones yerran, de decir claramente los
nombres y apellidos de los falsos apóstoles y maestros; no sólo de tomar
posiciones firmes sino de condenar a quienes están demoliendo la Iglesia
desde dentro. Quizá, sin embargo, no sea cosa del señor Nuncio ir más allá en
la denuncia y sólo le corresponde decir lo que ha dicho para que se decidan
otros a lo que he llamado “rematar y hacer gol”. (…)
Nos ha dicho el señor Nuncio que hay falsos
maestros que ofrecen pastos venenosos; nos ha advertido que en esas lecturas
hay hierbas venenosas… ¿Saben los señores obispos que hierbas son esas? ¿Saben
quiénes son esos falsos maestros?
Si no lo saben, malos pastores son. Si lo
saben, ¿por qué no nos lo dicen? (…) Mal pastor es el que, conociendo
cuáles son las hierbas venenosas, se contenta con decir a sus ovejas: “En
el prado donde estáis paciendo hay hierbas venenosas. Sé cuáles son, pero no
os lo digo”. Eso, en castellano, ¿cómo se llamaría?
Revista FUERZA NUEVA, nº 193, 19-Sep-1970
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