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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Día de los Mártires de la Tradición

 Artículo de 1979

 Día de los Mártires de la Tradición

 Algunas veces, el día 10 de marzo, mi pluma ha dejado sobre las blancas cuartillas el homenaje que los mártires de la tradición merecen a lo largo de la historia; este lema tan nuestro, tan sentido, tan escueto y tan amplio en contenido: “Ante Dios no serás héroe anónimo”, que ha movilizado a tanta juventud gloriosamente caída en nombre de Dios, la Patria, los fueros y el rey. Este lema, que moviliza y agrupa actualmente a los herederos de las guerras carlistas, a los nietos del 18 de Julio, y aun biznietos, en este afán superador a los desalientos y claudicaciones; jamás se rinde un carlista, jamás, y si se rinde, es que no lo era; auténticos guerreros de roja cimera, curtidos en vendavales de más de siglo y medio, saben que su única misión es luchar, y con su “detente” hacer frente en cualquier instante a los huracanes que amenazan la destrucción de España, a la que ven humillada y entregada en manos de los sin Dios y sin Patria, con olvido suicida de los que  la rescataron de hordas sanguinarias, a las que se glorifican porque las temen.

 En todo carlista hay un alcalde de Móstoles; pero ¿quién nos conoce en realidad? El carlismo, para muchos, es el sesteo de un romántico recuerdo del pasado, con nuestras divisiones, pero esto último ocurre en las mejores familias; ya cuando Aparisi y Guijarro se hablaba de “carlistas viejos y carlistas nuevos”; no puede haber más que un solo carlismo, lo sucedáneo no tiene sabor y ni se digiere. Por esto, tal vez Villoslada escribió un famoso artículo: “El hombre que se necesita”, que puede servir en su integridad para un mejor conocimiento de nuestro rey Carlos VII:

Abogado, a tus pleitos; no busques en los bancos del Congreso la clientela que no has sabido conquistar en el foro”;

“Médico, a tus enfermos; no vengas a matar con discursos políticos a los que no puedes curar con tus recetas”;

“Escritorzuelo, a la escuela; aprende primero lo que te propones enseñar;

“Empleado, a tu oficina: la nación te paga para que sirvas, no para que medres en los bancos del Parlamento;, y a trabajar todo el mundo, que la política está siendo la trampa de la Ley de Vagos”.

 Es un largo y sabroso artículo que no reproduzco en su integridad, pues temo que le democracia al uso nos lo decapitaría.

 Don Carlos VII conocía los límites de la monarquía cristiana, sabía además perfectamente la historia de España y sus famosas palabras “gobernar no es transigir” tienen vivencia actualísima en los momentos difíciles, duros, en que se hace almoneda de la integridad de la Patria, entregada a voceros sin pizca de sentido común ni responsabilidad.

 ¡Cuán dura la lucha de los carlistas para defender la unidad de la Patria! Sabemos de luchas más que nadie y cuando veo a esos muchachos y muchachas defendiendo su boina, sé que ni los desaires ni la persecución podrán con ellos, pues mientras los años pasan, la honrosa rebeldía carlista, que no sabe de claudicaciones, está cada vez más latente; y un nuevo brillo en sus ojos juveniles nos hace recordar a nosotros, los mayores, como se reirían si supieran que por no dar la corona a Carlos VII se la ofrecieron Espartero, de sesenta y siete años, que tuvo, al menos, el buen gusto de no aceptarla. ¡Cuánto desearía se tuviera un conocimiento exacto del carlismo!

 Carlos VII escribió su hermano Alfonso Carlos I (el rey que movilizó a tantos requetés en la Cruzada):

 El pueblo español, amaestrado por una experiencia dolorosa desea en verdad que su rey sea rey de veras y no sombra de rey, y que sean las Cortes ordenada y pacífica junta de independientes e incorruptibles procuradores de pueblos, pero no asambleas tumultuosas y estériles de diputados empleados o diputados pretendientes de mayorías serviles y de minorías sediciosas (…)

 “Mi pensamiento fijo, mi deseo constante es, cabalmente, dar a España lo que no tiene, a pesar de mentidas vociferaciones de algunos ilusos, es dar a España la amada libertad que sólo conoce de nombre; la libertad es hija del Evangelio, no el liberalismo, que es hijo de la protesta; la libertad que es al fin el reinado de las leyes, cuando las leyes son justas, es conformes al derecho de naturaleza, al derecho de Dios”.

 Como catalana, dos veces española, os diré que Carlos VII reconoció los Fueros de Cataluña:

 Hace siglo y medio -decía don Carlos- mi ilustre abuelo Felipe V creyó deber borrar vuestros fueros del Libro de Franquicias de la Patria. Lo que él os quitó como rey, yo como rey os lo devuelvo, que si fuisteis hostiles al fundador y mi dinastía, baluarte sois hoy de su legítimo representante. ¡Dios, Patria, fueros y rey! es el lema sagrado de los carlistas”.

 Jamás vuestros reyes dejaron de servir al pueblo que tanto amaron y así quedó instituida el 10 de marzo la fiesta de los Mártires de la Tradición. Nuestro rey honró en permanente memoria a sus valientes soldados.

 Abrid vuestro corazón a la sin igual raza carlista. No se puede hablar de lo que no se conoce o se desfigura. Inasequibles al desaliento, hombres y mujeres que han aguantado a pie firme los vendavales de la historia de España. Estos son los requetés. Así fueron nuestros mártires. Al rendirles hoy nuestro tributo de respeto, cuando nuestras oraciones se eleven al cielo, nuestros caídos, nuestros mártires nos darán con su ejemplo, a todos los que luchamos por una causa justa, el camino a seguir. Una sociedad materializada, embotada por el apoltronamiento, sin ideales, que es controlada por comunicaciones de masas, no conseguirá que los carlistas abdiquen de la tradición que dio a la Patria los mejores momentos de su historia.

 María Teresa AUBÁ (Presidenta nacional de las Margaritas. Hermandad Nacional de Antiguos Combatientes de Tercios de Requetés)


 Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979


martes, 8 de septiembre de 2026

Integración y separatismo (2)

 Artículo de 1970

 Integración y separatismo

 Catalanismo, euskadismo, andalucismo, castellanismo… ¡cuánto se quiera! pero proyectado hacia lo universal y, por lógica, hacia la estirpe hispánica, que es nuestro obligado camino universalista. El catalanismo no se puede parar en Tortosa, ni siquiera en el área geográfica de la gloriosa lengua de Raimundo Lulio y Ausias March… el verdadero catalanista ha de escindir las culturas ibéricas y las civilizaciones hispánicas para imprimir un verdadero significado y significación a su contorno geográfico y dimensión histórica. Hora es ya de darse cuenta de que el catalanismo no se puede hacer “en pijama de estar por casa” y que hay que llevarlo a la integración de todos los pueblos ibéricos. La separación conduce al fracaso y suicidio del separatismo; la integración conducirá al éxito y a la multiplicación de vida hispánica del catalanismo. En estos momentos el catalanismo ya no puede conformarse con dar la batalla en Madrid: hay que ir a Méjico, a Buenos Aires, a las capitales todas de la Hispanidad. Luego el problema vital y vigorizante del catalanismo no es la separación sino la perfecta integración a todos los pueblos ibéricos.

 Los separatistas que intentan arruinar el destino histórico y la posibilidad geográfica de la tierra que los vio nacer, no hacen otra cosa que alimentar el suicidio de la tierra a la que, falsamente, creen defender cuando la aniquilan en la unión de la Geografía y en la responsabilidad de la Historia. El que quiera hacer grande a su singularidad que no la aparte, que no la separe, sino, al contrario, que la integre y la proyecte a la pluralidad a que se debe. Es ley de vida. Hay veinte Españas en América y también hay veinte Cataluñas en América… ¡Catalanes, tomad conciencia de que los más perversos enemigos del catalanismo son los separatistas, que os despojarían de una geografía y de una historia a la que tenéis derecho por la soberana razón de una sangre que disteis junto a la esperanzadora pluralidad de los pueblos ibéricos! Antes de formular un postulado separatista, meditad en los sagrados intereses del verdadero catalanismo que, por un sentido cristiano de la vida, es integracionista con los pueblos de nuestra misma sangre y fe.

 Los españoles hemos de vivenciar esta hora de integración hispánica. Hay que superar los prejuicios históricos, hay que desvanecer los tópicos geográficos. Hemos de revitalizar el concepto de América en nuestra conciencia actual, despejando las incógnitas que interesan a nuestra genuina historia. Lejos de hacer el juego a la celada de una Leyenda Negra que nos tendieron otros pueblos, hemos de catalizar los preciosos valores comunes de la Hispanidad y modificar en aras de la justicia el rumbo histórico desenfocado. La justicia está con la verdad de la sangre.

 Al intentar resolver la ecuación histórica de los pueblos hermanos, resolveremos la dilacerante ecuación Ibérica. La incógnita Iberoamericana es nuestra propia incógnita, la que duele en una misma esperanza común. ¿Por qué Simón Bolívar no repitió el destino de George Washington? ¿Por qué no existen unos Estados Unidos Iberoamericanos? En la América Ibérica se han superado los racismos. Los credos, los pueblos, los hombres, las razas militan en un hermoso orden democrático de igualdad e identidad humana. La “democracia de los genes” es una realidad aplastante en Iberoamérica, donde no existen ni “poder negro” ni “poder indio” ni “poder blanco”, sino simple, sencilla y llanamente, Poder Humano igual ante una manera de vivir y un modo de pensar. Con esta carga espiritual tan hermosa y tan superior a la de otros pueblos ¿cómo no se ha logrado la integración de Iberoamérica?

 No hemos de oponer el espíritu del libertador al espíritu de España. No se pueden separar ni la fe, ni la sangre ni la estirpe. Lo que se fusiona, en apretada familia, ante el altar de la raza es la verdad más trascendente del ser humano. Se pueden equivocar todas las contingencias y limitaciones del hombre. pero lo que menos se equivoca es la mera biología. Y la biología está a favor de España pues la exótica belleza de las mujeres iberoamericanas pregona, contra el racismo, el éxito de la fusión de razas y pueblos.

 No debemos oponer el espíritu del libertador al espíritu de España. Muy al contrario, la nueva España, la España actual (1970) ha de fomentar el ideario del libertador para que se unan y confederen los pueblos de nuestra estirpe americana. La integración de España se da en función de la integración americana. El destino histórico que se ate y hermane en América se hermana y ata en España.

 España tiene que cumplir su destino de hermandad en América si quiere resolver una ecuación socioeconómica digna del concierto mundial. Tal es la verdadera magnitud de la perspectiva española que, a marchas forzadas, ha de convertirse en perspectiva hispánica.

 El destino de todos los pueblos ibéricos ha de integrarse en América. ¿Hemos tomado conciencia de la tremenda intensidad de este mandato? Aquel que reniega de esta misión universalista por una aberración comarcal es, sin duda, un amputador de la geografía y un miope de la historia. Y ataca tanto a España como a la Hispanidad. En una era de naves espaciales epicentradas en la civilización y cultura occidentales, la arcaica carretilla lugareña esconde, tras una máscara romántica, el auténtico genocidio histórico de la minoría que cree defender, a la que aparta del cumplimiento de su destino y la despoja de la posibilidad de la geografía y de la perspectiva de la historia, al amparo del concierto mundial de los pueblos y hombres de una misma estirpe.

 “Ínclitas razas ubérrimas” - profetizó el poeta. Apartarnos de Iberia y de nuestro destino universal con esas razas, más que separatismo es “suicidismo”, término que gana en impacto gráfico lo que pueda perder en gramática.

 Todos los pueblos ibéricos, frente al separatismo, han de imponer un poderoso esfuerzo de integración hispánica, A una era cósmica ha de responder un nuevo afán de integración universalista. Separarse del concierto de la gloriosa pluralidad de pueblos, a la que pertenecemos, es la más horrible, ciega y sorda forma de la languidecer y morir.

 Ricardo HORCAJADA


Revista FUERZA NUEVA, nº189, 22-Ago-1970

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Sinrazón del separatismo

 Artículo de 1970 

 SINRAZÓN DEL SEPARATISMO

 España es el primer pueblo que despierta al mañana de Europa y a la conciencia de Occidente.

 La unidad nacional francesa, casi contemporánea de la española, fue mucho más forzada y sin ese elemento de cohesión heroica que supone la Reconquista. La Reconquista no sólo creaba un anhelo de engrandecimiento nacional sino que también desplazaba, hacia el Sur, a muchas gentes del Norte. Siglos más tarde, el progreso industrial de Cataluña, las Vascongadas y Asturias impone un movimiento a la inversa (emigración) que cruza y entrecruza las sangres y los pensamientos de todos los pueblos ibéricos.

 Cuando en España se produce el feliz acontecimiento de la unidad nacional, persistirán Clanes en las Islas Británicas, Ciudades-Estado en Italia y Principados en Alemania. A mi modo de ver, la gloriosa realidad precursora de los pueblos ibéricos se inspira en nuestra abierta oposición a la agonía feudal; oposición nutrida en una tradición universalista, que luego seguirán e imitarán todos los pueblos de Europa.

 Es lógico que el Derecho político y administrativo común lograra, por su plural y humanista dinamismo, el desplazamiento de los fueros. No hubo sensibles rupturas, por cuanto la conciencia de la Monarquía nacional superaba a todas luces la inercia del feudalismo: la Monarquía implicaba justicia y grandeza y, por tanto, apoyo y esperanza populares.

 Ha existido y existe una españolización espontánea. La generalidad de los pueblos ibéricos ha aceptado un Poder Central mucho más justo -casi siempre- que los desafueros propios del Medievo. Han asimilado, de muy buen grado, una lengua común de cultura que sirve de instrumento de expresión a todos los españoles, que se universalizó con las 20 Españas de América y que es y debe ser perfectamente compatible con todas las lenguas de la Hispanidad: desde el docto catalán de Lulio, Ausías March y Maragall, hasta el acento precolombino de las lenguas indias.

 La libre expresión nacional sancionada por los pueblos ibéricos armoniza la sinfonía de nuestras comunidades regionales. Se eligió libremente, por denominador común, el acento y talante de Castilla, directa descendiente de la milenaria Celtiberia que ya fue maestra en fusionar a los nerviosos iberos con los equilibrados celtas. La integración posee una dilatada tradición histórica -y subhistórica- de la que carece el separatismo: integrar es tan hermoso como suicida el dividir.

 La fusión sentimental de la Patria es una realidad aplastante. Castilla no es una Prusia española. El pobre y áspero centro sólo, por convicción, podía escindir la ubérrima Periferia. Darse será siempre la mejor manera de recibir.

 La unidad española tiene lugar por la concurrencia de determinadas facultades espirituales y una singular visión radical de la vida, que, de manera impensada y con la mera biología del insistematismo político, aceptan y hacen muy suya la generalidad de los pueblos ibéricos. Es una verdadera pena que los extranjeros aprecien, mucho mejor que nosotros, esa compacta y monolítica homogeneidad espiritual de los españoles. He podido comprobar –yo, que siempre fui castellano en Cataluña y catalán en Castilla- que es muy parecido el viejo orgullo ibérico de estas dos grandes comunidades nacionales. Y que los hombres de España se pueden separar por sus vicios en la misma medida que se pueden unir por sus virtudes. Ciertamente no son virtudes ni la intransigencia castellana ni la cerrazón catalana; el que no transige se cierra y el que se cierra no transige.

 La unidad española es fruto de todos los españoles. No podemos aceptar el supuesto histórico de que Fernando el Católico fue absorbido por la recia personalidad castellana de la Reina Isabel. Todos los historiadores del tiempo del gran Rey Fernando y, luego, Gracián,  ofrecen una visión muy precisa del talento político de este Rey para que la leyenda desplace al rigor histórico. La unidad española es una empresa común de los reyes y de los pueblos de España.

 La unidad española no puedo ser impuesta por los labradores, pastores y comerciantes del Centro, habitantes ayer y hoy, todavía, de pequeñas ciudades, villas y pueblos, cuya pobreza y falta de recursos salta a la vista si se compara con la prepotencia de los núcleos demográficos de la periferia española. La unidad española se produce en el espíritu de los pueblos ibéricos a través de la convicción y de una perspectiva de la esperanza en oposición a la moribundia feudal.

 Es muy difícil deslindar lo que Castilla aporta la Periferia y lo que la Periferia aporta al Castilla. Los instrumentos de unión pueden ordenarse así:

 1º- Impera en todos los pueblos ibéricos una persuasión espiritual que, de manera voluntaria, unifica el pensamiento de nuestras comunidades. El hombre del Centro asimila las corrientes de la Periferia, del mismo modo que el hombre de la Periferia asimila las corrientes del Centro.

 2º- Se acepta un idioma común, como elemento conveniente y necesario al desarrollo general del país. Y ese idioma no se impone por la vía política sino que se extrae de la vida práctica.

 3º- Surge, de modo espontáneo, un tono medio de vida que dibuja la sociedad española.

 Castilla es unificadora, pero la unidad nacional cristaliza de propia manera, mediante el concurso de todos los pueblos ibéricos. En la Era Moderna, en la que todos los pueblos se aglutinan para formar los grandes Estados, Castilla aporta al valioso instrumento de la Convicción Nacional. De no existir realmente el imperativo categórico de esta convicción, jamás el pobre páramo del Centro hubiera podido unificar la ubérrima Arcadia de la Periferia. El insistematismo político -tan representativo del milenario espíritu celtibérico- ha creado la unidad española sin sistemas ni programas y sí movido por el humanista dinamismo de la intuición general del país, que incidía en una misma perspectiva nacional en la que lo universalista desplazaba a lo comarcal y la grandeza de la Monarquía a lo anémico del fuero.

 Es posible que influyera una promoción de grandes humanistas: Cervantes, Quevedo, Lópe, Calderón, Tirso, pero la españolización es otra de obra de todos los españoles, no sólo de los castellanos que son una parte del todo.

 El concepto de América también influye decisivamente en la unificación de los pueblos ibéricos. Y tanto es así que, cuando se pierde el concepto de América, se flagela el sentimiento de la unidad nacional. Si, en un principio, la Reconquista fue un vehículo de homogeneidad nacional,  el Descubrimiento de América, después, universaliza el destino español y contribuye a vigorizar la unidad entre los hombres y las tierras de España.

 Así como en el pueblo español existe una constante histórica de unidad nacional y destino universalista, no existe (1970) una genuina tradición separatista. Lo único que puede alentar -de una manera larvada- son los gérmenes suicidas de una agonía feudal. Buena prueba de ello es la pugna antañona que media entre casi todos los pueblos colindantes. Sobre estos resortes, en apariencia tan leves, obra y maniobra, con habilidad, el morbo separatista.

 No hay ni puede haber una verdadera tradición separatista, ya que el separatismo se produce, siempre, por brotes minoritarios que oscilan de la derecha a la izquierda y de la izquierda a la derecha, sin lograr jamás homogeneidades compactas. Un buen ejemplo de esta falta de homogeneidad y de estas asombrosas oscilaciones la tenemos en el Partido Carlista Vasco que si, en un principio, defendió a ultranza los fueros, es, hoy (1970), acérrimo defensor de unidad patriótica de España, lo que ciertamente es una evolución que le honra.

 Los dirigentes y los creadores del separatismo catalán, como los del vasco, fueron hombres de tipo conservador. Y en el tiempo de esos creadores y fundadores, los izquierdistas (unionistas) fueron los defensores de la unidad nacional española. Después se produjo un cambio radical, y los partidos de extrema izquierda (a excepción de la CNT) pasan a las filas separatistas, mientras que los conservadores representan la unidad nacional. Esta falta y carencia de continuidad y homogeneidad revela que no existe una auténtica tradición separatista. El separatismo sólo priva merced al influjo de minorías suicidas, minorías, tan oscilantes como sus propias convicciones de derecho o de izquierda, y cuya única convicción es el asesinato de la Patria.

 El separatista -desde que Prat de la Riba “se quitó la careta” y atacó ya a los españoles de los tiempos de los Reyes Católicos- se unirá indistintamente a las izquierdas o a las derechas, al creyente o al ateo, al blanco o al negro, por cuanto su única y real trayectoria es la de asestar ataques a la unidad nacional por las rendijas de más cómoda y  rápida filtración e infiltración. La Historia nos demuestra que, cuando “están en candelero” los marxistas, el separatismo es marxista y que, cuando, gracias a Dios, reina el sentido cristiano de la vida, el separatista puede incluso vestir sotana.

 Ricardo HORCAJADA


Revista FUERZA NUEVA, nº191, 5-Sep-1970

 

viernes, 28 de agosto de 2026

Inquisición: visto bueno de historiadores españoles

 

 ESPAÑOLES PRESTIGIOSOS, HISTORIADORES Y LA INQUISICIÓN

 CLAUSURADO el Simposio Internacional sobre la Inquisición Española, y en espera de sus conclusiones «de acuerdo con los criterios científicos del tiempo en que vivimos», es hora de lanzar al viento los juicios de grandes historiadores españoles para salir al paso de lo que tan ligeramente se ha escrito en fechas recientes y que deriva, de modo directo o no, de la obra de Llorente, el falsario.

 Hay españoles, incluso católicos practicantes, que se asombran de que se pueda defender la Inquisición. Hasta tal extremo ha penetrado la deformación de la verdad en la sociedad española. Es claro que no voy a decir que el Santo Oficio no condenó a muerte a nadie. Pero hay que saber cómo y cuándo. SI puedo, en cambio, decir que no ejecutó ninguna de sus sentencias, sino que entregaba al reo al poder secular. Esto lo dicen casi todas las historias.

 Pero dejemos hablar a los historiadores, comenzando por don Marcelino Menéndez Pelayo, que es el que mejor ha conocido la historia y la literatura españolas, tanto que Valera llegó a decir que «antes de él nos ignorábamos». Además que escribía con ánimo sereno. Marañón habló de «su habitual honradez literaria».


 M. MENENDEZ PELAYO: 

«Si la naturaleza humana es y ha sido y eternamente será, por sus condiciones psicológicas, intolerante, ¿a quién ha de sorprender y escandalizar la intolerancia española, aunque se mire la cuestión con el criterio más positivo y materialista? Enfrente de las matanzas de los anabaptistas, de las hogueras de Calvino, de Enrique VIII y de Isabel de Inglaterra, ¿qué de extraño tiene que nosotros levantáramos las nuestras? En el siglo XVI todo el mundo creía y todo el mundo era intolerante. Pero la cuestión para los católicos es más honda, aunque parece imposible que tal cuestión exista. El que admite que la herejía es un crimen gravísimo y pecado que clama al cielo y que compromete la existencia de la sociedad civil; el que rechaza el principio de la tolerancia dogmática, es decir, de la indiferencia entre la verdad y el error, tiene que aceptar forzosamente la punición espiritual y temporal de los herejes, tiene que aceptar la Inquisición.» (...)

 «Para el economista ateo será siempre mayor criminal el contrabandista que el hereje. ¿Cómo hacer entrar en tales cabezas el espíritu de vida y de fervor que animaba a la España inquisitorial? ¿Cómo hacerles entender aquella doctrina de Santo Tomás: "Es más grave corromper la fe, vida del alma, que alterar el valor de la moneda con que se provee el sustento del cuerpo"?» (Heterodoxos. Edit. Nacional, IV. 411-13.)


 R. MENÉNDEZ PIDAL:

 No he visto ningún texto suyo, ni a favor ni en contra de la Inquisición. Doy varios de la monumental Historia de España, dirigida por él. Son de don Luis Suárez Fernández (tomo XVII), catedrático de Historia de España, en la Universidad de Valladolid.

 «Núcleos de conversos (...) mezclando judaísmo y cristianismo con ideas erróneas iban produciendo una paulatina degeneración de la fe» (pág. 211). «Triunfaban las supersticiones..., iban resucitando las mil doctrinas heréticas dormidas en lo profundo de la Edad Media» (ibíd.). «Llorente no es digno de confianza» (ibíd.). «Todos los bienes de los condenados por la Inquisición eran confiscados por la Hacienda Real» (no eran para los inquisidores y clérigos al servicio del Tribunal, como se ha escrito).

  

GREGORIO MARAÑON:

«Es curioso que éstos —los inquisidores— eran mucho más benignos que los jueces seglares para juzgar este pecado —el de sodomía—» (que en Aragón también los juzgaba la Inquisición) (Obras completas. VI. pág. 617. Antonio Pérez). Alude a los «aspectos, que tampoco faltan, en que el Santo Tribunal puede ser defendido» (ibíd. 721).

 

A. GONZÁLEZ PALENCIA:

 «Para vigilar la pureza de la fe, amenazada por las actividades de los conversos, para averiguar la vida y costumbres de los judaizantes, los Reyes solicitaron y obtuvieron de Roma el establecimiento del Tribunal de la Inquisición, institución no inventada por los RR.CC. ni siquiera originaria de España, sino tribunal de fe que había actuado en diversos Estados europeos durante la Edad Media, tribunal eminentemente popular, recibido con general aplauso por todo el pueblo español» (La España del Siglo de Oro, Madrid, 1940, págs. 5-6).

 «Era dependiente del poder civil, separada de la jurisdicción ordinaria de los obispos» (108). «Judíos, moros, luteranos, alumbrados y sectas similares eran objeto de sus vigilantes ojos; además caían bajo su férula los hechiceros, magos y supersticiosos, los escandalosos públicos, los blasfemos, las brujas y todos cuantos podían perturbar la buena vida, la moral, las costumbres y la fe de los conciudadanos» (ibíd. 110). (¿Puede haber misión más noble y alta?) «El que haya visto, como yo, cientos y cientos de procesos inquisitoriales de los siglos XV al XIX, puede afirmar que la mano del Santo Oficio era blanda con los reos, de ordinario, porque tampoco los delitos eran graves... Si se exceptúa media docena de autos de fe, en todos los demás de la Inquisición no hay más que aparato y ceremonia. La prueba de la blandura del Santo Oficio nos la da la literatura española: era más rigurosa en los productos del ingenio la censura gubernativa que la inquisitorial» (ibid. 114-115).

 «Sobre la Inquisición se han ido acumulando durante siglos toda clase de falsas imputaciones y de críticas injustas. La visión truculenta de las cárceles inquisitoriales, descritas por los románticos, sirvió a los liberales del siglo XIX para ennegrecer las sombras en la pintura de esa institución, cuya historia imparcial no se ha hecho hasta hace una veintena de años, por Schäfer, sirviéndose todos antes de la parcialísima de Llorente» (ibid. 114).

  

EL MARQUES DE LOZOYA:

 «Aun cuando la propaganda protestante y enciclopedista haya convertido esta institución en un mito absolutamente distinto de la realidad, que hoy van descubriendo los documentos de los archivos, es lo cierto que la Inquisición, sobre todo en sus primeros tiempos, desempeñó un papel importantísimo en la vida y en la política de España e influyó de un modo decisivo en la formación de un sentido hispánico de la vida. Fue una organización fuerte y eficaz, y desde el punto de vista del Derecho procesal lo más perfecto que se hizo entonces en Europa, ya que en ninguna otra legislación contemporánea se pone tanto cuidado en averiguar la verdad ni se conceden al reo tantos medios de defensa» (Historia de España. Salvat, 1967, III, pág. 103, ss.). (Insiste el autor en que las Instrucciones, debidas a Torquemada, que rigió la etapa más dura de la Inquisición, son, sin embargo, un monumento del Derecho procesal.)

«Es falso que la Inquisición haya sido causa del atraso científico, como pretendían ciertos escritores del siglo XIX» (ibíd. 108). «Los beneficios que en el orden político el Santo Oficio proporcionó a España fueron ciertamente extraordinarios. Fue el principal la unidad religiosa que dio al nuevo imperio estabilidad y fuerza suficiente para las enormes empresas en que había de empeñarse. Por su obra se evitaron en suelo español las contiendas religiosas que ensangrentaron durante siglos a Europa y que, dado el carácter de los españoles, hubieran revestido mayor crueldad y dureza» (ibid. 109). (Hace notar Lozoya que en Europa se utilizaron procedimientos de tortura desconocidos en España.)

  

A. BALLESTEROS BERETTA:

 «El acusado tenía derecho a señalar las personas que reputaba como enemigas, y si estaban entre las denunciantes, los testimonios de éstos eran considerados nulos» (Historia de España y su influencia en la Universal, Salvat, 1948, III. 3.ª parte, pág. 425). «La investigación debía ser cierta, clara y específica (subraya Ball). No podía formarse juicio sobre indicios ni podían extenderse las investigaciones a cuestiones reservadas en conciencia (ibíd. 424). Procedíase a la pesquisa de un hecho siempre que resultaba público. El tribunal guardaba reserva acerca de los nombres de acusadores y testigos; y cuando eran de cargo respondían de sus testimonios, imponiéndose severas penas a los calumniadores. Para el reo y su letrado consultor no había misterio en las actuaciones. Los sumarios no comenzaban hasta probarse las denuncias y el auto de prisión no podía ejecutarse hasta su confirmación por el Consejo» (424). 

«La raza judía era odiada por sus riquezas. Gran número de familias hebreas habían abrazado la religión cristiana, pero muchos practicaban en secreto su religión. Contra ellos se desataron las iras del pueblo. Los Reyes no hacían más que reflejar la opinión general del país» (Síntesis de Historia de España. 1920, pág. 203).

  

DICCIONARIO DE HISTORIA DE ESPAÑA:

 Termino con unas enjundiosas palabras de este Diccionario, editado por la Revista de Occidente, de tendencia liberal y dirigido por Germán Bleiberg. Dice así:

 «La Inquisición aparece incomprensible a la mentalidad de nuestros días, pero no lo era en los tiempos de su institución, cuando la integridad de la fe religiosa se concebía universalmente como el valor fundamental de la vida. Tampoco en orden a su actuación ordinaria puede merecer la Inquisición —concretamente la española— especiales reproches, ya que su sistema penal y procesal participaba de las características del proceso ordinario en la jurisdicción civil (tormento, cárceles, muerte en la hoguera) y, salvo en los primeros tiempos, no usó, a través de ellos, especial rigor y crueldad. Y como recuerda Menéndez Pelayo...no fue obstáculo alguno para el desarrollo del pensamiento y la inspiración como lo acredita el brillante florecimiento de la literatura española en los siglos en que estaba en auge el Santo Oficio.»

 Domiciano HERRERAS


Revista FUERZA NUEVA, nº 635,10-Mar-1979

 

jueves, 13 de agosto de 2026

Oliveira Salazar: un hombre para la eternidad (2)

 Artículo de 1970 

 ANTONIO OLIVEIRA SALAZAR: TESTAMENTO DE CONCIENCIA POLÍTICA

 En vida, tuvo el trabajo como medio de llegar al reposo, la intuición como medida para llegar a la verdad y al respeto, la honradez para lograr el triunfo de la justicia y el cultivo de la inteligencia para el ejercicio del derecho y el disfrute de la libertad.

 Murió, tras cruel enfermedad, con la alegría de saber sufrir y con la satisfacción del deber cumplido en beneficio ajeno, como hombre y gobernante, en años de incansable labor por la paz, la prosperidad y la felicidad de su pueblo. Ya lo había dicho, en entrevista de prensa, a políticos y amigos.

 El ejemplo

 Ha hablado Oliveira Salazar del Oliveira Salazar que ha muerto… Estos son los más destacados pensamientos del testamento político dejado su patria por este insigne hombre de Estado. En ellos aflora, como lozanas rosas lusitanas, el bello ejemplo del derecho de reposar a la hora de la muerte, llorado por su pueblo y admirado por el mundo.

 El país

 El país es de todos y las cosas del país están siempre rebozando en el alma. De los que crean sin interés ni cansancio, sabía que su país necesitaba sacrificios y era necesario servirle y no tomarlo para servirse de él:

 -“En este mi país donde, tan a la ligera, se aprecia y desprecia a los hombres públicos, gozo del respeto general. No tengo ambiciones, no deseo subir más alto, creo que otro mejor dotado debe ocupar mi lugar y ofrecer, al servicio del pueblo, su mayor capacidad de trabajo, buscando nuevos horizontes, poniendo en práctica nuevas ideas y métodos. Se me hace imposible envanecerme porque tengo la certidumbre de no haber hecho todo lo que deseaba en beneficio de mi país, pero ejecuté lo suficiente para que no se pueda decir que fallé en mi misión. Pude servir.”

 El hombre

 Como pocos, trató al hombre para tener fe en él, levantarlo y mejorarlo. Era de los hombres que hacen de puentes en los pueblos y es necesario pasar por ellos. Sabía que no llegan a hombres todos los que han nacido para serlo. No supo de rencillas y pasiones, no tuvo celos de otros ni negó asiento en el país a ningún valor. Las puertas del país deben estar abiertas a la actividad fecunda y legítima de todos:

 -“Me esforcé, en años de estudios, de meditación y de acción intensa, en comprender mejor a los hombres. Pude aclararme”.

-“Ni siquiera me acuerdo de haber recibido ofensas. Jamás hice uso del insulto ni de la agresión, brindando a los hombres dignos la posibilidad de colaborar. No ignoré mi condición humana y pude encontrarme a mí mismo para conocer mejor a los hombres. Fui simplemente humano”.

 El gobierno

 El gobierno de los hombres es, sin duda alguna, la misión más alta del ser humano. No debe mirarse como fortuna, sino como altar donde entrar y salir con las manos limpias. El poder no envenenó su voluntad y supo gobernar porque tenía la capacidad de convencer, la facultad de entender y el poder de amar y servir:

 -“Anhelo liberarme de las mezquindades que representa toda obra de gobierno. Me asfixia su maquinaria, en la que me siento canto cautivo y esa falta de libertad, que me es odiosa, es la que me hace sufrir en Lisboa. El poder no puede gustar más que a los tontos o a los predestinados”.

 La política

 La política sólo anda segura cuando se cuenta en el bien común, en el bienestar del pueblo. Perdura lo que nace de él, no lo que se importa de otro. La política honesta es el bien mayor, la mezquina y baja, el mayor vicio. Cuanto más se acercó a ella, más le repugnaron sus errores y pecados:

 -“Nunca puse mis miras en clientelas políticas, ni procure un partido que me apoyase y, en pago de su apoyo me hiciera adquirir el compromiso de orientar o limitar mi acción gubernamental. Soy, por tanto, dentro de lo posible, un hombre independiente”.

 La economía

 En economía, proteger el trabajo individual y distribuir con equidad es hacer venturosos. La riqueza debe ser de muchos, de los que, honrada y laboriosamente, la merezcan. Consciente de ello, “hizo milagros por la economía y de un país pobre, pero pródigo, creó una nación sensata, con decoro y grandeza”:

 -“Queremos marchar hacia una economía nueva, trabajando al unísono con la naturaleza humana, bajo la autoridad de un Estado fuerte, que defienda los intereses supremos de la nación, su riqueza y su trabajo”.

 La vida

 Se consagró a su país para ser dichoso. Vivió con sencillez y dignidad, hablando la verdad para amar mejor la vida. Venció a la vida viviendo. Prudente en la razón, constante en la generosidad y pródigo en el perdón, supo darle objeto, domar y embellecer la vida:

 “Muchos creen que no amo la vida. Es completamente falso. La realidad es que no amo “mi vida”. Tampoco aspiro a la muerte como otros aseguran. En vez de gobernar me hubiera gustado vivir en Vimieiro (su pueblo natal), tranquilamente, entre campos y viñas, haber formado un hogar, porque soy sensible a las sencillas alegrías que le están permitidas a todo ser humano”.

 Las virtudes

 La virtudes no comprenden el odio, el engaño, la ostentación de los cargos, el brillo del metal y la atracción del dinero. De las virtudes necesitan los hombres y los pueblos para salvarse. Y él, como hombre de pueblo, como hombre patrio, con visión de humanidad, seguro de que el progreso es verdad cuando penetra en las masas, vivió más feliz siendo pobre y sirviendo los humildes:

 - “Jamás hice lisonjas inmerecidas a los hombres y a las masas, y si mi obra la encamino en beneficio de los intereses y reivindicaciones de los humildes, lo hago por mandato imperativo de mi conciencia de gobernante, no impelido por uniones partidistas o pactos electorales, sin necesidad de enredarme en la trama de los negocios o en solidaridades comprometedoras. Así me considero, en lo posible, un hombre libre en su obra de gobierno”.

-“Debo a la Divina Providencia la gracia de ser pobre. Nunca ansié, ni me hicieron falta, cargos lucrativos, riquezas ni ostentaciones para ganar el pan de cada día, en la modestia a que estoy acostumbrado y en la que puedo vivir resignadamente”. 

La doctrina 

En suma, su tarea de hombre y de gobernante le ganó, como creador de una doctrina, el “Salazarismo”, un destacado puesto en el fervor y el cariño de su pueblo. Vaciando su espíritu en ella, en una labor pura, sin una mancha de ambición o de intriga, escogió el sitio más difícil: el del cumplimiento del deber, que exige mayor desinterés y ofrece mejores beneficios a los demás:

 -“Ni el despotismo del Estado ni la demagogia del pueblo, sino el equilibrio perfecto entre una autoridad necesaria que no dependa de las pasiones de la multitud y un derecho social que no varía con los movimiento de la opinión pública”.

 La muerte

 No quiso pompas llegado el momento final, que es vía y no término. Católico ferviente, consideraba desdichados los pueblos que matan a Dios. Negar la vida espiritual es como negar que la noche sigue al día. Murió cristianamente, con la resignación de los fuertes ante el sufrimiento. Morir así no es morir, es vivir, servir, ya que el hombre que muere donde debe, como él, siempre sirve. El funeral tenía que ser como su vida, sencillo, modesto:

 -“Nosotros no renegamos de la familia, de la fe, de la fraternidad, de la autoridad, de la patria”.

-“No deseo ser enterrado con la gran pompa que a los jefe de Estado corresponda, sino muy sencillamente, en el cementerio de Santa Comba, al lado de mi padre y de mi madre”.

 Los restos mortales del genio, del estadista, fueron llevados al Monasterio de los Jerónimos para el funeral, en el que España estuvo presente:

 -“Nosotros y España somos dos hermanos, con casa separada de la península, pero seguramente más amigos por ser independientes y celosos de nuestra autonomía”

 Su petición se cumplió. Después, su féretro fue transportado hasta Santa Comba Dao, donde recibió cristiana sepultura junto a los seres queridos que le dieron la vida.

 La sucesión

 Portugal no queda huérfana. Sigue con ella su doctrina, ya que su obra vive y vivirá siempre en el corazón y en la historia de su pueblo. El caudal de los pueblos son sus genios. El genio verdadero, como él, deja la tierra abonada cuando se aparta de ella. El futuro está en seguir sus huellas, en cultivar la semilla y recoger sus frutos. Al tomar posesión de la Jefatura Nacional ante la Asamblea Nacional, declaró su sucesor, Marcelo Caetano:

 -“El país se habituó, durante largo período, a ser conducido por un hombre de genio. De hoy en adelante tiene que adaptarse al gobierno de hombres como los demás”.

Juan Valeri Busto

 

Revista FUERZA NUEVA, nº 190, 29-Ago-1970


lunes, 3 de agosto de 2026

Relaciones entre idiomas castellano y catalán

 Artículo de 1970 

 IDIOMA Y CULTURA

 Víctor Pradera, en la memorable conferencia pronunciada en Tarrasa en 1935, dedicó la segunda parte de su peroración a fijar unas ideas básicas sobre las relaciones entre los idiomas castellano y catalán. Cuando actualmente tanto se ha escrito y hablado sobre este tema, no siempre documentadamente, varias veces con reclamos oportunistas, de nuevo se hace actual el entendimiento orgánico, histórico, integrador, que Víctor Pradera puntualizaba en torno de ese debatido problema. Veámoslo.

 Orígenes del castellano y del catalán

 Quiero, de una vez para siempre, dejar sentado en Cataluña que el idioma castellano es un idioma catalán. Que a nadie le parezca paradójico. Que espere las pruebas y los razonamientos. No quiero decir con esto que el idioma catalán no tenga origen anterior en Cataluña al castellano: lo que digo es que el idioma castellano nació en Cataluña y, por haber nacido en Cataluña, es un idioma catalán. Y os diré más: que al mismo tiempo que nacía en Castilla y que nació en Cataluña y que nació en Aragón el idioma castellano, nacía en un lugar que parecía imposible que naciera, por la diferencia que existe con el léxico vernáculo: Vasconia. Y os diré más aún: que la última región española donde se habló oficialmente en castellano por los Reyes a sus súbditos fue en Castilla. Si tomó la lengua el apelativo de castellana no fue porque naciera en Castilla; fue porque no teniendo Castilla ningún otro idioma, allí el castellano se perfeccionó.

 La unidad nacional, es decir, la unidad de la Corona de Aragón con la Corona de Castilla, se realizó a finales del siglo XV. Si los reyes de la Corona de Aragón hablaron a sus súbditos en castellano, habréis de confesar que el castellano no fue importado a Cataluña ni a Aragón por los reyes de Castilla que dominaban aquí.

 El primer documento escrito en castellano, dirigido por los reyes a sus súbditos, que figura en la Academia de la Historia, en una colección que hay de esta naturaleza, es un documento escrito por el más catalán de los reyes de la dinastía catalana: por Jaime I el “Conquistador”.

 Y este mismo príncipe, Jaime I, en el prohijamiento mutuo que hizo con Sancho VII el “Fuerte”, confirmación de lo que acabo de deciros, lo escribió en lenguaje castellano”.

 Cataluña, consustancial a España

 Continuaba Víctor Pradera:

 Hay más. Se ha dicho que el castellano entró en Cataluña merced a la dinastía castellana de Fernando el de Antequera (siglo XV). Pero ya veis que estos documentos son anteriores. Nació aquí sin influencia ninguna de Castilla.

 Pero hay más. Rubió y Lluch, en su obra “Documentos para la historia de Cataluña”, ha investigado, ha indagado con un celo extraordinario todo lo referente al lenguaje vulgar en aquella época. Ha buscado en la correspondencia privada y no ha encontrado más que una carta que es de principios del siglo XIV. Pues esa carta, que era la escritura privada, el medio de comunicación privado de los catalanes, dice así: “Si us place oyr de la mi sanitat, sepades que so sano, la mercé de Dieuss, la cual cosa muyto querría saber de vos, e más vedir, aquesto sería cuando a Dieuss placería”.

 Todo esto revela que el castellano se llamó así no porque fue lengua de Castilla, puesto que había nacido también en Cataluña y había nacido también en Aragón y había nacido en Navarra en 1201, en que está el primer documento escrito en castellano oficial por los reyes a sus súbditos, sino que es una lengua que hablaban en Cataluña y que nació en Cataluña y que, por consiguiente, es una lengua catalana. Y, si esto es así, yo tengo que sacar una conclusión: cuando se habla de que Cataluña se le ha impuesto una lengua, quien eso dice no sabe lo que se dice, desconoce por completo la historia de Cataluña. No hay semejante imposición”.

 Unas conclusiones lógicas

 Víctor Pradera coronaba su magnífica lección, argumentando con aquellos raciocinios suyos encadenados y deductivamente imbatibles, de esta manera:

 Quiero llegar hasta el final de la conclusión, porque se han ideado aquí problemas que no existen, problemas que no existieron más que en la ignorancia de los que se decían vuestros directores. Quiero decir que una lengua no es marca de esclavo, a no ser en el caso de que fuese impuesta violentamente; ¡ah!, señores ¿qué diría Cataluña entonces de la lengua latina, que fue su lengua durante muchísimo tiempo? No. La lengua es un beneficio muchas veces y así lo estimaba Cataluña, porque no podemos olvidar que, en sus conquistas, Cataluña llevaba con su civilización, su lengua. Lo mismo en Sicilia que en Nápoles, que en Grecia, con el Ducado de Atenas, que en Cerdeña, a todos estos pueblos no solamente llevó sus armas, no solamente llevó su gente, sino que llevó su lengua, mejor dicho, sus dos lenguas, porque en Nápoles las lenguas oficiales eran el castellano y el catalán.

 Pero aquí tenéis, dentro de Cataluña, un pueblo que habla una lengua distinta de la vuestra: el Valle de Arán. El aranés no es un dialecto del catalán, el aranés es gascón y como es gascón, es dentro de la matriz de las lenguas, lengua distinta de la catalana. Y, sin embargo, muy bien, perfectamente bien, los araneses hablan, además del aranés, que es su lengua vernácula, el catalán. ¿Es que Cataluña, por eso, ha puesto la marca del esclavo sobre el valle de Arán?

 No, no hay más sino que Cataluña tiene dos lenguas suyas; una, la catalana, más antigua que la castellana; otra, la castellana que nació también en su tierra.

 Todo esto es suficiente. Demasiados motivos de guerra y de lucha tienen entre sí los hermanos para traer a Cataluña una lucha civil de lenguas, que es lo peor que puede ocurrir, porque eso es más grave todavía que la lucha civil de ideas políticas entre sí”.

 Más allá del idioma

 Tras la exposición doctrinal de Víctor Pradera -aunque no se acepten todas sus puntos de vista, algunos de los cuales, a mi entender, quizás son discutibles- es cosa cierta que el idioma catalán merece todas las consideraciones y andaduras jurídicas necesarias para su desenvolvimiento y esplendor.

 Sin embargo, no es menos cierto que hay otra vertiente en este problema. El idioma catalán, químicamente puro, es digno de las consideraciones apuntadas. Pero hay un hecho evidente: actualmente (1970) en Cataluña hay un monopolio indignante y sectario que se ha hecho de literatura y de la cultura catalanas bajo el signo de personajes y obras que no responden a la tradición de Cataluña, y que nos vienen a través del idioma, trasbordando las peores mercancías marxistas, el ateísmo elegante o grosero y una ofensiva explícita e implícita contra el ser de España y la justicia histórica impepinable de la Cruzada contra el comunismo.

 Nadie nos podrá decir que la literatura de un Juan Leita, mosén Dalmau, toda la trayectoria de la revista “Serra d’Or” y, en general, de la editorial “Nova Terra”, los Jordi Llimona y el teilhardismo del padre Eusebio Colomer, entre otros muchos, respondan a la línea de la fe católica de Cataluña. Tampoco que la novelística de Juan Oliver, de María Aurelia Capmany, de Baltasar Porcel, de Manuel de Pedrolo, de Mercé Rodoreda, de Pere Calders, etc., así como la poesía de Agustí Bartra, de Salvador Espriú, de Joan Brossa y de tantos y tantos otros, coincidan con el sentido cristiano que desde Ramón Lull, pasando por Verdaguer y Maragall, hasta el mismo José María de Segarra, era la fibra animadora de la auténtica e inmortal catalanidad.

 Nos encontramos ante un trust, homogéneo y sistemático, de autores que atentan con sus ideologías el patrimonio espiritual de Cataluña, sintetizado en su fe cristiana y en su personalidad secular.

 Ante esta realidad, hay evidentes fallos en el Estado Español, que ha descuidado promocionar la realidad catalana según su entrañable e insoslayable alma cristiana, con sus características específicas. Se deben reconocer las peticiones de derecho natural que Cataluña tiene respecto de su idioma. Pero no se debe permitir el avasallamiento de la torrentera de las ideologías marxistas, ácratas y jacobinas, que capitanea este movimiento. En el vehículo noble y correcto del idioma no se deben transportar mercancías mortíferas de ideologías negativas.

 A nuestro entender, la postura política solvente la anunció Juan XXIII en la encíclica “Pacem in Terris”, en la que se lee: “Ha de afirmarse decididamente que todo cuanto se haga para reprimir la vitalidad de tales minorías étnicas viola gravemente la justicia y mucho más todavía si tales atentados van dirigidos a la destrucción misma de la estirpe. Responde, en cambio, del todo a lo que pide la justicia, el que los poderes públicos se apliquen eficazmente a favorecer los valores humanos de dichas minorías, especialmente su lengua, cultura, tradiciones y recursos e iniciativas económicas”.

 Ha de advertirse, no obstante, que los miembros de tales minorías -bien por reaccionar contra su actual situación, bien por el recuerdo de sucesos pasados- no raras veces pueden dejarse llevar a insistir más de lo justo en los propios elementos étnicos, hasta ponerlos por encima los valores humanos, como si el bien de la familia humana entera hubiera de subordinarse al bien de ese pueblo. Y es razonable que ellos mismos sepan reconocer también ciertas ventajas que esa especial situación les trae, pues contribuye no poco a su perfeccionamiento humano el contacto permanente con una cultura distinta de la suya, cuyos valores propios podrán así ir, poco a poco, asimilando. Pero esto mismo se obtendrá únicamente cuando quienes pertenecen a las minorías procuren participar amigablemente en los usos y tradiciones del pueblo que los circunda y no cuando, por el contrario, fomenten los mutuos roces, de los cuales provienen grandes pérdidas y que traen el retraso de la nación.”

 El texto de Juan XXIII parece escrito expresamente para Cataluña y el País Vasco. El Estado tiene obligación de desarrollar la cultura, la economía y la personalidad de las regiones, pero éstas deben tener conciencia de su realidad, sin pretender exclusivismos antinaturales ni revanchismos visceralmente injustos. El Estado debe proteger, fomentar y apoyar las lenguas vernáculas. Pero graduando las proporciones de cada una de ellas y sin renunciar a la lengua nacional.

 En 1969 se editaron, en castellano, 12.439 títulos, en catalán 363, en vascuence 70, en gallego 27, en mallorquín 41, en valenciano 4, en bable 1. Pero el problema no está en la cantidad de libros publicados, sino en el contenido de los mismos. Dése toda la libertad editorial para las lenguas vernáculas, pero ni en castellano ni en catalán, el Estado Español, según sus Leyes Fundamentales puede tolerar literatura marxista, aberraciones de propaganda inmoral, falsificaciones históricas, poesía de odio, enfrentamiento científicamente elaborado preparando nuevas jornadas “gloriosas” como el 14 de abril de 1931, el 6 de octubre de 1934 y los tres años de asesinatos, de miseria y de terror bajo la “Generalitat de Catalunya”, la “Acció Catalana”, abigarrados con la CNT-FAI y el POUM, para todos ser, finalmente esclavizados por la agencia colonial de la URSS, que es, en Cataluña, el “Partit Socialista Unificat de Catalunya”, sección catalana del Partido Comunista de España.

 Y si se buscan lo más inmediatos antecedentes que pululan en el actual movimiento literario catalán, que “Cuadernos para el Diálogo” exhibe, se encontrará, en muchos de sus personajes citados y otros, la ficha de vieja pertenencia a estos partidos de la coalición del Frente Popular. Y a éstos les interesa más la difusión de sus ideologías negativas que la realidad natural del idioma, la cultura y la tradición de Cataluña.

 Caen de lleno en lo que condena Juan XXIII cuando nos dice que no se pueden poner por encima de los valores humanos los elementos étnicos. Para Juan XXIII, como para nosotros, el primer elemento humano es la fe y lo más contrario a los valores humanos es el marxismo y la demagogia izquierdista. Y el marxismo ni siquiera es elemento étnico: es simplemente materialismo bárbaro y degradante. (…)

 ¿Nos faltarán un Víctor Pradera y un Valls y Taberner, incluso un Cambó y un Juan Esterlich en sus últimos tiempos, para hablar claro y no permitir acomplejamientos y claudicaciones tremendas, que en esferas muy altas estamos ya presenciando, quizás con incurables heridas por el alma verdadera de la Cataluña auténtica del Rey Jaime I, de Ausias March, de Ramón Llull, de San Raimundo de Peñafort hasta la Cataluña de los mártires y de los héroes que, con su sacrificios, muertes y esfuerzos lucharon para que definitivamente nos salváramos de la esclavitud marxista y de los políticos malvados a lo Maciá y Companys, que, con un “Estatut” de factura masónica, mancillaron nuestra tierra y la entregaron a los cónsules soviéticos? Y hoy, sus lacayos se glorían de ser de aquéllos y consideran una derrota la liberación de Cataluña.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 189, 22-Ago-1970 

 

viernes, 24 de julio de 2026

El PSOE, siempre antiespañol en el tema de Gibraltar

 Artículo de 1979

 EL PSOE CONTRA ESPAÑA

 LA actitud negadora, hostil, agresiva contra su propia patria parece ser un rasgo común, un «consenso» unánime de nuestra partitocracia como si fuera para ella una posición de principio el antagonismo y la incompatibilidad entre la democracia formal y la patria española. Reviste todos los colores del iris hispano-masoquista: el silencio, el desdén, el menosprecio, la adopción de las insidias y enconos foráneos y la colaboración con ellos, la indiferencia hostil ante nuestros problemas más vitales. Tan sólo así se explica la impasibilidad con que contemplan el hundimiento económico que nos encamina raudos al subdesarrollo, la anarquía dueña de la calle, la proliferación del terrorismo impune, la inmoralidad desbordante, el descrédito y la mofa internacionales.

 Índice elocuente de esta actitud es el más de un centenar de ultrajes a la bandera que registra la Memoria de la Fiscalía del Reino, y los innumerables posteriores, ante la pasividad y el silencio de Gobierno, partidos, Parlamento, incluso del grupo de militares (a que se refiere don Prudencio García en su artículo), quienes «en artículos periodísticos muestran un evidente respaldo a la transición democrática». También habría que pensar en el respaldo a la bandera y a la patria.

 En tal posición aventaja a todos los partidos en límite inconcebible el PSOE felipista, en el interior con su entrega a los separatismos disolventes de España, y con el colonialismo ofrecido, la sumisión y la injerencia brindadas al extranjero. Es sangrante su actitud en el problema de Gibraltar. Desde sus primeras andanzas, cuando no podía soñar con el encumbramiento a que le ha propiciado y aupado el Gobierno de la Corona, comenzó sus gestiones y su oficiosidad probritánica. El profesor Tierno, en unas increíbles declaraciones que parecen más propias de Mr. Callaghan o de Mr. Owen, afirma que no puede mantenerse en su actual claustrofobia a Gibraltar. El secretario de Relaciones Exteriores, señor Yáñez, después de su visita —una de tantas del PSOE a los líderes gibraltareños—, formula una crítica durísima al cierre de la frontera y a la política gibraltareña de Franco y, sobre todo, de Castiella. Los socialistas españoles aparecen más preocupados, más apasionados por la apertura de la Roca que los mismos ingleses

Fue bochornoso el solemne viaje de Felipe González, en unión de Yáñez y de otros primates, a Londres, a fin de facilitar la ansiada apertura, porque ni Callaghan ni demás prohombres se dignaron recibirle. No obstante, con la resignada aceptación de todas las humillaciones extranjeras habitual en nuestros políticos demoliberales, afirmó que su viaje había sido muy positivo (es de creer que para los intereses del partido...). El Partido Socialista de Andalucía, que anteriormente se ha pronunciado a favor de la retrocesión de Ceuta y Melilla a Marruecos, comenzó su propaganda electoral con la visita en Gibraltar a Mr. Joshua Hassan, sin duda para que le ayude en la campaña.

 Con su anglofilia, el PSOE está contradiciendo sus postulados de defensa del proletariado. Sabe muy bien Felipe González que Gibraltar era una auténtica colonia de explotación por el tipo agravado de las que establecieron los gobiernos europeos en el Tercer Mundo, y decimos agravado porque España no es todavía un país tercermundista y porque aquellas colonias se impusieron por la fuerza, no fueron brindadas desde dentro; sabe que la apertura significaría restablecer la riada de trabajadores andaluces a la Roca sin los derechos laborales de que disfrutan todos los obreros europeos, incluida la prohibición de pernoctar o permanecer en ella, a fin de que su condición de raza inferior no contamine a la raza superior, anglosajona. Esta claustrofobia es la que habría de preocupar a Tierno Galván. ¿Sabe el PSOE que significaría restaurar el contrabando filibustero y la dominación británica en toda la región, sujetando a ella también la nueva industrialización del Campo de Gibraltar y su turismo? Y no hablemos de la otra colonización inconfesable, bien conocida antes: la femenina, a expensas de la miseria de la región y a cargo de los señores feudales de la Roca.

 Es lógico el optimismo del Gobierno inglés y la afirmación socarrona de Owen de que ahora es el momento más favorable para resolver el problema, confiando sin duda en dos actitudes convergentes tan lamentables por nuestra parte: la debilidad del ministro señor Oreja y el incondicional apoyo de la «alternativa de poder», porque están flotando un poco estelarmente en nuestro horizonte internacional de claudicación y de derrota dos fórmulas «ad hoc»: una vaga declaración por parte británica insinuando la palabra «soberanía» bastaría para la apertura total y el retroceso íntegro al statu quo anterior a Franco, por parte del señor Oreja (UCD), el pequeño ministro de los grandes fracasos, y para el gobierno de las renuncias internacionales; pero ni siquiera esta concesión suicida es aceptada por los ingleses.

 Otra declaración teórica reconociendo los derechos laborales de los trabajadores españoles sería suficiente a Felipe González para rubricar el pacto colonial, aun a sabiendas, como nos consta a todos, de su absoluta ineficacia práctica. ¿Qué garantías de efectividad, qué derecho de huelga y posibilidad de reivindicación sindical alguna les cabría a los obreros nuestros en el medio colonial hostil de la plaza militar, cuando, pese a declaraciones y compromisos internacionales suscritos, nuestros emigrantes en los países europeos, que no son colonias, sufren la consideración más vejaminosa de vida y trabajo, aunque no sepamos de gestión alguna en su favor por parte de Felipe en sus viajes «reverenciales» a dichos países?

 Utilizar la moneda falsa, la moneda cínica de una declaración retórica de derechos en el papel, en los contratos de trabajo de nuestros obreros gibraltareños, los cuales serían otros tantos serviles “contratos de adhesión” de la época del «pauperismo» en el siglo XIX, para sellar un compromiso —comparsa colonialista entre Albion y la «alternativa de poder» sería otra defección entre tantas— a la causa de España y de los obreros por parte de un partido que se llama «obrero y español» por sarcasmo.

 En la cuestión de Gibraltar, el PSOE de Felipe queda muy por bajo de su antecesor, porque aquellos socialistas de antes no sentían a España, y bien lo demostró Pablo Iglesias poniéndose de parte del extranjero cuando la guerra de Marruecos y en otras ocasiones, lo cual no puede extrañar dada su afiliación masónica y el odio a España de la secta, pero aun así aquellos socialistas como Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos, etc., mantuvieron la bandera de la reivindicación de Gibraltar, que ahora parece arriar el PSOE de Felipe González, de Guerra, de Yáñez, de Múgica Herzog…

 Carmelo VIÑAS Y MEY


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979