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martes, 3 de febrero de 2026

No a la “berenguerización” de España

 Artículo de 1970

 No a la “berenguerización” de España

 ¿Se está “berenguerizando” España? Todavía no del, todo gracias a Dios. Pero existe una inquietante tendencia a ir paulatinamente remando a uno de los períodos más tristes de la historia española del siglo XX, que está vinculado al nombre de un general español, bizarro, pero definitivamente desgraciado en sus empresas.

 Basta haber cumplido los cincuenta años o, sin haberlos cumplido, revisar con honradez la historia o la prensa del año 1930. Se verificó entonces un deslizamiento de opinión hacia lugares y posturas completamente opuestas al destino inmortal de nuestra patria. Pero la opinión pública no se desliza en ningún sentido si no existen corifeos que la polaricen o la empujen. Y estos corifeos de la anti España proliferaban como setas -apurando el símil como setas venenosas- en el ingrato período que subsiguió al gobierno del general Primo de Rivera.

 Comenzaron a surgir los tránsfugas, los oportunistas, los demagogos y los cambiadores de casaca. Aparecieron los llamados “intelectuales”, ganosos de añadir facetas de intelectualidad a las pocas a muchas que atesoraban, colocándose en la línea de un supuesto pensamiento europeo, amasado siempre en antipatías ancestrales hacia España. Brotaron los Ossorio y Gallardo con su peregrino “Monárquico sin rey al servicio de la República”. Los Sánchez Guerra con “No más servir a señor que en gusano se convierte”, y los don Julianes y Teodomiros dispuestos a descuartizar al país al socaire de sentimientos tribales protohistóricos.

 En aquella triste situación comienzan a verse alarmante síntomas en nuestros días, porque no hay nada nuevo bajo el sol, y el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y hasta cien veces en la misma piedra. Cierto que en algunas cosas no hemos llegado a aquella calamitosa situación pero en otras quizás estemos peor. Por ejemplo, entonces existía como un garantía suprema de la verdad y de idealismo, una Iglesia Católica homogénea y unida, indefectiblemente fiel al Papado y a su destino imperecedero. Sólo hubo en la segunda república un cura de izquierdas, el pintoresco Basilio Álvarez, diversión unánime de tirios y troyanos. Hoy (1970) aquella fortaleza suprema está parcialmente desmoronada, con sus muros cuarteados y con el enemigo ocupando algunas posiciones clave dentro de sus baluartes.

 Seamos un poco observadores. Actualmente lo que siempre se ha llamado chaqueteo pasa por “aggiornamento”. Cada cual busca sacudirse las pulgas de un posible compromiso con las fuerzas que han engrandecido el país durante los largos y pacíficos años de la posguerra. Este dice que era muy joven, aquél que se vio obligado, el de más allá que tenía que comer. Se escucha un siniestro rumor de migraciones subterráneas, como de ratas huyendo de un barco que creen que no tardará en zozobrar.

  Han comenzado a salir nuevos “Ossorio y Gallardo”(católicos sin Dios al servicio del comunismo; derechistas autoconfesados al servicio de la izquierda; falangistas sin Falange al servicio ¿de qué…?También pululan los nuevos “Sánchez Guerra”(nomás servir a señor que me releva del cargo). Los “Basilio Álvarez” se cuentan por docenas y ya no sirven de diversión sino de escándalo. Y se nota un renacimiento de fantasías tribales que se salen del regionalismo sano para apuntar a las más anacrónicas figuras del separatismo; la gente se pregunta si no tardará en producirse un nuevo Pacto de San Sebastián.

 No faltan las consabidas algaradas de una juventud que no quiere saber la verdad o a la que se mantiene ignorante voluntariamente. Y tampoco faltan ¿cómo no? los grupitos intelectuales al servicio de la democracia, los cuales, si sobreviniera lo que ellos buscan, no tardarían en exclamar, como profirieron los de marras el clásico “no es eso, no es eso”. Y si ni éstos ni aquéllos pueden ni pudieron prever este desengaño ¿de qué sirve una intelectualidad que no hace un uso elemental del intelecto?

 Hay, en fin, un corro de periódicos en continua pugna para superarse en piruetas izquierdistas. Es un espectáculo triste el de cierta prensa, esencialmente burguesa, que excava su propia fosa, y vende su decoro a cambio de unos miles de ejemplares lucrados a costa de lo que sea, lo mismo que este “lo que sea” venga en leña seca para el descontento o en cloroformo pornográfico.

 Ya se ha puesto de moda y tomado por gracia la defección y la felonía. A quienes fiel a sí mismo y a sus ideales se le considera como un ser inferior, exaltándose en cambio la “fe púnica” y la apostasía como costumbres que impone la “marcha de los tiempos”.

Se ridiculiza la hidalguía, el patriotismo, la castidad, el misticismo y todos los ideales que diferencian al hombre del bruto, lapidando a quien los mantiene con epítetos sarcásticos propios de mentes cebolleras: carcas, retrógrados, inquisidores, fascistas, preconciliares tridentinos…Por el contrario, el último grito del buen tono es el salto de la garrocha, faltar a la palabra, cambiar de camisa, pisotear los votos, cubrir de lodo al llegar a la vejez lo que se incensó en la juventud.

 En 1930, bastó este año de funesto recuerdo para que una prensa en poder de los tránsfugas embaucara y pervirtiera a la opinión pública, convirtiendo en clamor profuso lo que no era más que el runrún despotricante de unos cientos de resentidos.

 Pidamos al cielo que España no entre el nuevo período “berenguerizante” que nos conduzca de la mano al caos. Dios no lo ha de permitir si se encuentran todavía en la piel de toro algunos justos más que los que contabilizaban Lot y su familia. Y creemos sinceramente que todavía los hay y no pocos.


Revista FUERZA NUEVA, nº177,30-May-1970

 

sábado, 31 de enero de 2026

Paz y guerra cristianas

 

  LA PAZ Y LA GUERRA

 A San Pío V, Gran Inquisidor y vencedor de los turcos

 l. La mayor catástrofe histórica que han sufrido los siglos ha sido (al menos hasta ahora) la caída del Imperio Romano de Occidente, en el siglo IV de nuestra Era. Todo un mundo de altísima cultura —más refinada incluso que la de nuestro mundo actual en muchos aspectos—, un poder y un orden que habían dominado al mundo, cae violentamente, con escasa resistencia, bajo el poder de unos pueblos casi en estado de hordas, cuyas fuerzas efectivas eran, en comparación con las legiones romanas, insignificantes.

 Las consecuencias de esta debacle histórica fueron para Europa cinco siglos de miseria, de violencia, de sucesivas invasiones, de anulación de toda cultura, de epidemias y de hambre... Sólo el cristianismo —fe viva y fervorosa en aquella humanidad ruda y doliente— hizo renacer de aquel universal naufragio la nueva civilización cristiana medieval.

 ¿Cuál fue la causa de aquella inverosímil rendición del más poderoso Imperio del mundo ante pueblos sin armas ni verdaderos ejércitos? Todos los testigos —San Agustín, el primero— son unánimes en este punto: la falta de fe, la consiguiente corrupción moral del pueblo romano; su espíritu de goce (de «confort» o «nivel de vida», que diríamos hoy), su falta de espíritu de lucha, su pacifismo a ultranza predicado por epicúreos y por escépticos y entusiásticamente acogido por la élite y aun por el pueblo romano, ávidos de placeres, ajenos a todo valor religioso, a todo honor nacional. Inverosímiles «paces» con los pueblos asaltantes, vergonzosos pactos, retrasaron medio siglo la catástrofe; pero ello sólo aprovechó para que esa catástrofe fuera completa, universal, irremediable.

 Nadie que estudie de cerca aquella historia puede ser ajeno a su cegadora similitud con el presente de Europa, sometida desde todos los ángulos a una propaganda pacifista asfixiante, mientras sus vecinos orientales se arman —moral y físicamente— hasta los dientes, y provocan continuas pequeñas guerras de desgaste. Peor aún que en aquella época: ni siquiera vemos hoy en torno nuestro a una Iglesia dispuesta a preservar la fe y el ánimo de los que pudieran luchar en defensa del patrimonio común, a bendecir el heroísmo, a darle la seguridad del premio eterno. Antes al contrario, la Iglesia hoy visible compite con el quinta-columnismo del enemigo (marxista) en sus campañas de «paz a cualquier precio», en su menosprecio del espíritu heroico.

 «Esta política evangélica de la paz —ha escrito un autor contemporáneo— es el opio de los pueblos cristianos ávidos de gozar del bienestar moderno, sumergidos en los placeres. Habiendo Dios permitido que reine todavía este año la prosperidad, la vida fácil, en nuestro Occidente industrializado, los eclesiásticos han emprendido la tarea de aflojar las leyes de la moral natural y las del Evangelio para entrar ellos mismos y sus rebaños en la inmensa corriente de la corrupción general. De ello deriva una aterradora disolución de costumbres, de la cual, como de un gran iceberg, solamente una décima parte aflora al exterior y aparece a la vista. Es demasiado fácil arrojar las culpas sobre «el mundo pagano» y su «erotismo obsesivo». Nadie mandaba a los obispos, sacerdotes, moralistas, que abriesen la Iglesia a ese mundo y empujaran a los cristianos a vivir a lo pagano. Peor aún, el ejemplo viene de arriba, la relajación es enseñada e impuesta a un pueblo fiel que no la había pedido. (...), Desde este momento, la Iglesia (aparente) ya no cultiva las virtudes heroicas, sino que maquilla los vicios para incorporarlos a un cristianismo nuevo.»

 Nadie duda de que la paz, en sí misma considerada, es un bien; y de que la guerra es un mal. Como la salud es un bien, y un mal la enfermedad. Pero nadie piensa en preservar o alcanzar la salud predicándola, sino teniendo reservas vitales que oponer a la enfermedad. Consideradas moralmente, hay guerras justas e injustas, como hay paces justas e injustas. La responsabilidad de la guerra injusta recae sobre el gobernante que con malicia la busca o declara, o —de un modo vago y colectivo— sobre el pueblo que apoya o tolera a tal gobernante. Para el ciudadano particular que acude a la guerra, su causa es casi siempre justa, puesto que no está en condiciones —físicas ni morales— de juzgar ni decidir sobre su justicia. Y la virtud que le impulsa a cumplir su deber en ella —el heroísmo— es la más alta de las virtudes humanas, puesto que reúne la fortaleza (o valor) con la prudencia, elevadas al grado heroico.

 Desde el punto de vista religioso, ¿es la guerra, de suyo, un mal, y la paz un bien? Cristo dijo de sí mismo «no he venido a traer la paz, sino la guerra». La guerra dentro de cada uno en el vencimiento de las pasiones y en el necesario testimonio de la fe; la guerra dentro del pueblo judío entre los que arriesgaron el cauce oficialmente establecido para su salvación personal por la palabra del Hombre que se decía Cristo, y aquellos otros que no lo hicieron; la guerra entre el honor de Dios y el bienestar diario, a lo largo de la Historia. En la noche de Navidad los coros angélicos cantan a la paz «para los hombres de buena voluntad», previa la «gloria de Dios en las alturas». La paz del alma, la conformidad de la voluntad humana con la voluntad de Dios es, ciertamente, un valor —el más alto valor— de la moral cristiana.

 ¿Pero tiene esa paz alguna relación con «la paz del mundo» que demagógicamente, suicidamente, se nos predica como paz cristiana? Creo que la paz (como contraria de la guerra) es indiferente desde el punto de vista religioso (cristiano), y lo mismo acontece a la guerra. Esta, como doloroso evento que es, ha de ser interpretada providencialmente como prueba, expiación o castigo, según los casos, Y desde el punto de vista (religioso), de los que van a ella, puede haber guerras indiferentes, guerras impías o sacrílegas (si se encaminan a destruir el orden religioso en el país) y guerras santas (si se hacen para restaurarlo).

 De mí sé decir que en las trincheras nacionales de 1938, rezando el rosario cada atardecer en la chabola, me sentía religiosamente en paz conmigo mismo. Como seguramente no me siento en esta paz claudicante y morbosa de 1967 predicada por agentes del marxismo... y por clérigos que en sus ropas y en sus palabras se avergüenzan de lo que son y representan, de la fe que juraron y del sacramento que recibieron. 

MENDIBELZA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967 

 

miércoles, 14 de enero de 2026

Incoherencia “neocanovista” en la Transición

 Artículo de 1976

 INCOHERENCIA DEL NEOCANOVISMO

 Las páginas de “ABC” lo reflejan con claridad

 Cualquier observador del acontecer nacional habrá registrado los esfuerzos dialécticos que, desde ciertas tribunas típicamente conservadoras, se desarrollan a fin de evitar que la reforma política llegue a las consecuencias postreras derivadas del principio jacobino de la soberanía popular y del falso concepto de la ley como expresión de la voluntad general. A mí personalmente -y aunque me halle bastante alejado de semejante empeño neocanovista- no puede por menos que despertar mi simpatía; pero la misma, y pese a cuanto de loable hay en el esfuerzo, no logra ocultar la falta de lógica inherente a la referida actitud.

 Tentativa dialécticamente insostenible

 Quizá uno de los más brillantes heraldos de aquel empeño sea José María Ruiz Gallardón, a través de sus artículos en el diario “ABC”. Ruiz Gallardón, que se mostró favorable a la reforma, en cambio, trata de encauzarla o de indicarla los límites para impedir que se desborde, adquiriendo los tintes revolucionarios implícitos en los postulados rousseaunianos -nada modernos, por cierto-, de 1789. Postulados que ahora se quieren volver a revigorizar, otra vez más, en nuestra Patria, cuando su cosecha anterior no fue sino caos, atraso, enfrentamientos fratricidas y, en definitiva, postración y desintegración nacionales.

 Ruiz Gallardón parece no percatarse de las incongruencias propias de su postura. Así, al procurar que la institución monárquica se sustraiga a la discusión, olvida que el articulado de la Ley de Reforma Política no fija atemperamientos al respecto y, establecida la vigencia del principio de soberanía popular, nada impedirá en el futuro que, por medio de las formas de expresión de tal soberanía previstas en la Constitución -mayoría en las cámaras y referéndum-, quepa la opción de cambiar la forma de gobierno. (Se hace constar que, al desarrollar el razonamiento, me abstengo de señalar ninguna preferencia por forma de gobierno determinado, sino que sólo pretendo denunciar los riesgos del proyecto de reforma).

 La dinámica de la soberanía popular conlleva la inexistencia de campos acotados al pronunciamiento de la misma. La Ley de Reforma Política tampoco los delimita en materia de forma de gobierno. Acaso, si se quiere buscar algún texto fundamental que oponer a la soberanía jacobina, habría que acudir a la Ley de Principios del Movimiento Nacional, cuyo punto VII dice: “El pueblo español, unido en orden de Derecho, informado por los postulados de autoridad, libertad y servicio, constituye el Estado Nacional. Su forma política es, dentro de los principios inmutables del Movimiento Nacional y de cuanto determinan la Ley de Sucesión y demás Leyes Fundamentales, la Monarquía tradicional, católica, social y representativa”. Mas parece una incongruencia que quienes han quebrado la “inmutabilidad” de unos Principios que, por definición de la misma norma que los contiene y promulgó, “son, por su propia naturaleza, permanentes e inalterables”, aspiren luego a ampararse en esa “inmutabilidad”.

 La Ley de Principios del Movimiento no gradúa prioridad entre los proclamados por ella. De ahí que, si se quiebra el Principio VII, al despojar a la Monarquía de su adjetivación de “tradicional, católica, social y representativa”, y el VIII, al sustituir al municipio, el sindicato y demás entidades con representación orgánica que a este fin reconozcan las leyes”, como causa de participación del pueblo, por los partidos y el sufragio universal, levantando la proscripción de los primeros, se abre la puerta legal para modificar cualquiera de las demás formulaciones de la mencionada ley. Blas Piñar lo explicó por la televisión con claridad meridiana y de forma difícilmente rebatible. II. (“Votaremos “no”: porque, aplicado al Principio VIII el procedimiento derogatorio de las Leyes Fundamentales, mañana podrá someterse a referéndum el Principio VII, y por consiguiente, la alternativa Monarquía o República; el Principio IV, y, por consiguiente, la unidad de España, o el principio V, y por consiguiente, el divorcio”).

 La democracia, expresión política del escepticismo

 Quienes han promovido y cooperado a la promulgación de la Ley de Reforma Política han brindado la opción de convertir a España en República mañana, con la misma base legal justificativa de esa ley. Al trasvasar la legitimidad de la Corona, desde la dogmática del Movimiento al escepticismo de la democracia, se brinda la oportunidad de que el cetro se cambie por el gorro frigio. Tal implica el beneficio que se ha proporcionado a la realeza al otorgarle la adjetivación de “democrática”.

 Además -y ello abunda en lo anterior- ha de tenerse en cuenta que la democracia, en el sentido moderno que Juan Jacobo Rousseau la imprimió, no consiste -cómo Ruiz Gallardón sostiene- en un simple procedimiento de elección o de método para seleccionar a los gobernantes y procuradores de la nación. No. La democracia dimanante de la filosofía política del 1789 reposa o, mejor, es la expresión política de la doctrina del escepticismo. La dogmática resulta antagónica de la democracia y de la soberanía popular, que se levantan sobre la indiferencia. De ahí que uno de los más preclaros teóricos de los últimos tiempos del sistema democrático, Hans Kelsen, haya reconocido que, el día que se demuestre la existencia de verdades objetivas, la causa de la democracia estará perdida.

 Y precisamente por ello, mientras la Iglesia nunca condenó el sistema electivo, ha rechazado el principio jacobino de la soberanía popular. Porque, como proclamó -en la Encíclica Diuturnum illud- un Papa con fama de “liberal”, León XIII: “En cuanto a la tesis de que el poder político depende del arbitrio de la muchedumbre, en primer lugar, se equivocan al opinar así y, en segundo lugar, dejan la soberanía asentada sobre un cimiento demasiado endeble e inconsistente”. Y San Pío X denunciaría también: “Por otra parte, si el pueblo permanece como sujeto detentador del poder, ¿en qué queda convertida la autoridad? Una sombra, un mito; no hay ley propiamente dicha, no existe ya la obediencia. (“Notre Charge Apostolique”)

 Segunda incoherencia: distinta medida al PCE que el PSOE

 Otra de las incoherencias donde cae Ruiz Gallardón se produce al afrontar la problemática planteada por el PSOE y por el PCE. Ante el Congreso del Partido Socialista Obrero Español, escribía el 2 de diciembre:

 Dentro de unos días, muy pocos, se va a celebrar en Madrid el Congreso de! «Partido Socialista Obrero Español», sector renovado. La autorización del mismo ha sido un tira y afloja entre el Gobierno y el propio partido. Ignoro en absoluto cuáles hayan podido ser las razones en las que se ha fundamentado la autorización, pero sospecho que en ningún caso habrá estado ausente de la decisión un cierto convencimiento por parte de las autoridades de que este partido será muy pronto legalizado. No se comprende, en todo caso, que si no existe desprecio de la legalidad, no accedan sus dirigentes a formalizar los requisitos indispensables para situarse dentro de la Ley. A diferencia de algunos políticos de la derecha española pienso que es bueno que este Congreso se celebre en España. Como pienso —esta vez de acuerdo con esos mismos políticos—- que no sería de recibo que el «Partido Comunista» tuviera opción para intentar la organización de su propio Congreso

 La actitud ante el Partido Comunista la expondría detalladamente dos días después:

 Ayer ABC publicaba en exclusiva la noticia de que «el Gobierno no negociará con una Comisión en la que esté representado el Partido Comunista». Y no podía ser de otra manera.

 Para fundar tal aserto sobran —por una vez— todas las razones «legales» —extraídas de las leyes vigentes—, cuya claridad, cuya lógica, y cuya rotundidad son de sobra conocidas. Basta fundarse en el concepto de legitimidad, que es más importante. Admitir al P. C. E. como interlocutor válido supone la negación de la Historia; atenta a los fundamentos sociológicos del Estado español; y casi podría decirse que tal hecho equivaldría a situarse en las vísperas del 18 de julio de 1936 Y como este Gobierno —precisamente este Gobierno— no trae su legitimidad del que en aquellas fechas presidía el señor Casares Quiroga, ni de la Constitución Republicana, sino muy por el contrario, del Movimiento que frente a aquello se levantó, un acto de reconocimiento por parte del señor Suárez del «Partido Comunista» de España no sería un signo de reconciliación: sería un fruto, logrado, de triunfo y desquite por quienes estuvieron implicados en el asesinato de don José Calvo Sotelo, los mismos que empezaron (antes de cumplirse un mes de vida de la República) por quemar, el 11 de mayo de 1931, iglesias y conventos; los herederos universales de quienes perseguían a los ciudadanos por gritar ¡Viva España!; aquellos que insultaban en el Parlamento al abuelo del Rey Don Juan Carlos. Sería, pura y simplemente, y ya lo he dicho, la negación de la legitimidad de nuestro Estado. Para eso no tiene facultades este Gobierno. Necesitaría, por lo menos, un mandato expreso del pueblo para desmontar el Orden Institucional. Y no lo tiene.

 Se puede estar contra usos y abusos de la etapa franquista, se puede —y yo lo hago— apostar por un mañana democrático, se puede instar a que quienes acepten esa legitimidad democrática entren, superando el pasado, en el ancho marco de la convivencia española; pero, lo repito, superando el pasado. Lo imposible, lo ilegítimo es dinamitar la Historia. No es lícito que parezca que se juega con la sangre de quienes murieron por la Patria. Esa sangre no es mercadería ni es negociable.

 Las Instituciones franquistas, oficiales y no oficiales, han dado los pasos necesarios para que en España impere un régimen democrático: allí está el resultado de las últimas Cortes, ahí está el Referéndum. Pero no se ha de llegar al extremo de entregar el futuro —por la puerta falsa de la progresiva e incesante cesión— a quienes repudian la democracia, a quienes salieron derrotados para siempre y ahora pretenden negociar el cómo y el hasta dónde de su desquite. Ese entreguismo, esa negociación se terminó el día en que el Ejército español dijo basta haré más de cuarenta años”.

 Uno queda verdaderamente atónito al leer ambos textos: la absolución para el PSOE y la condena para el PCE. Los mismos hechos originan sentencias contrarias. La disparidad de criterios dimanantes de una misma persona acerca de hecho análogos, aparece harto difícil de justificarse. La ausencia de armonía no puede ser mayor y el imperio de la conocida “ley del embudo” resulta notorio. 

Evocación de las “hazañas” del PSOE

 El PSOE fue el partido representado en el Gobierno provisional de la República, a través de Indalecio Prieto,  Francisco Largo Caballero y Fernando de los Ríos, que toleró impasible la quema de conventos del 11 de mayo de 1931, cuyo prólogo vino dado por los sucesos del 10, relativos al Círculo Monárquico Independiente y a la tentativa de incendio del edificio de “ABC”, en los que intervinieron socialistas, anarquistas y comunistas. 

 También participaron miembros del PSOE en el asesinato de Calvo Sotelo: Victoriano Cuenca, el autor material del crimen, pertenecía a la escolta de Prieto; Fernando Coello, estudiante de Medicina integrado en la partida asesina; Santiago Garceso y Francisco Ordóñez, también componentes de la misma, eran miembros de las Juventudes Socialistas, etc. 

Tampoco los afiliados al PSOE estuvieron ajenos a la persecución de quienes gritaban ¡viva España!, así como a los insultos en el Parlamento, al rey Alfonso XIII, al cual se le condenaría por aclamación en unas Cortes donde el PSOE contaba con 117 diputados, es decir, con el grupo más numeroso de la Cámara.

 Asimismo, el PSOE capitaneó la guerra contra los militares aquel Ejército español “que dijo basta hace más de cuarenta años”. De los tres presidentes del Gobierno en zona roja -Giral, Largo Caballero y Negrín-, los dos últimos formaban parte del PSOE, la UGT y demás organizaciones del PSOE combatieron contra los nacionales y tomaron parte importante en los asesinatos del territorio dominado por los rojos. Recuérdese que el tristemente célebre García Atadell no era comunista, sino socialista, y que la designación de Santiago Carrillo para encargarse del Orden Público, dentro de la Junta de Defensa de Madrid, la hizo largo Caballero, confiriéndole así el poder que le permitiría perpetrar las matanzas de Paracuellos.

 Cabría completar el cuadro con el protagonismo del PSOE -junto a comunistas y anarquistas- en la “Revolución de Octubre” de 1934 y con el análisis de la culpabilidad de los dirigentes socialistas -Largo Caballero, Negrín, Álvarez del Vayo y el mismo Prieto- en la bolchevización de la zona roja, así como con la historia de los “maquis”.

 La sentencia es la misma para el PCE y para el PSOE

 De ahí que, si no se quiere “negar la Historia”, si “lo imposible y lo ilegítimo es dinamitar la Historia” y “no es lícito que parezca que se juega con la sangre de quienes murieron por la Patria”, ya que “esa sangre no es mercadería ni es negociable”, lo que se predica del Partido Comunista debe aplicarse al Partido Socialista Obrero Español, cuyas culpas corren parejas a las de su hermano en la Revolución de Octubre, su aliado en la guerra y en el “maquis” y su cómplice en las checas y asesinatos. La severa condena -aunque plena de justicia- que Ruiz Gallardón pronuncia para quienes efectuasen un “acto de reconocimiento del Partido Comunista”, se impone que se aplique, por el mismo juez, a los que adopten un acto de dicha naturaleza respecto al PSOE. Solo la carencia de lógica lo impide.

 Ni las visitas de personalidades europeas -algunas de las cuales, como Olof Palme, nunca merecieron pisar suelo español y menos bajo el mandado de los herederos de Franco- muchas de ellas antiguos miembros de las Brigadas Internacionales, ni el programa de Bad Godesberg sirven de eximentes, ni siquiera de atenuantes para quienes enarbolan las mismas banderas del PSOE, vencido en 1939 a costa de tanta sangre y de tantos sollozos.

 Jerónimo COLL


 Revista FUERZA NUEVA, nº 519, 18-Dic-1976

 

 

jueves, 8 de enero de 2026

Blas Piñar por la Europa cristiana (2)

 Artículo de 1978

 Blas Piñar en Marsella (Francia)

 «LE JOUR DE GLOIRE EST ARRIVÉ»

 (Discurso pronunciado por Blas Piñar en el cine Madeleine, de Marsella —Francia—, el día 10 de noviembre de 1978.)

 Nos duele Europa, camaradas y amigos, y nos duele porque es nuestra y porque la amamos.

 Para nosotros, Europa es más que un continente, un contenido; más que un trozo de geografía inerte, un hervidero de historia; más que un mercado común, un alma colectiva; más que un pasado que se clausura y muere, una semilla que se desgarra en su interior con voluntad de florecer.

 Tales son las razones que justifican nuestra presencia aquí, en la ciudad más antigua de la Francia, construida junto al Ródano cabalgando sobre el «mar nuestro», que surcaron mil veces los navíos abanderados en Marsella, en Génova o en Barcelona, a un tiempo industrial y lírica, francesa y, por ello mismo, europea.

 No es fácil eludir la magia de una región. Aquí, en las viejas comarcas de la lengua del Oc, en la Provenza de los antiguos trovadores, que hicieron de la «domna» la mujer ideal a la que cantaban, y que identificaron los verbos amar y servir, hemos venido a proclamar limpia y varonilmente que Europa, nuestra dama, ha sido víctima de un rapto, y que nosotros, que somos caballeros y no trovadores, queremos rescatarla de su prisión o de su encantamiento.

 Federico Mistral, el que compartió con nuestro Echegaray un premio Nobel, escribió en provenzal su famoso poema «Miréio». Para mí, Mireya es Europa, que mantiene contra todos su amor puro y que rechaza a los poderosos que la solicitan: el capitalismo liberal, la esclavitud marxista, la ruptura con sus propias tradiciones. Hasta quien le dio vida se opone a ese amor. Mireya, es decir, Europa, ante tanta dificultad, temerosa y confusa, abandona su casa y se encamina a pie al santuario de las tres Marías, en la Camarga, allí donde el Ródano desemboca. Durante el viaje, como resume Bonfantini, la daña el sol demasiado ardiente, la oprime la angustia y la aplasta la fatiga. Llega al santuario y muere.

 Pero he aquí que nosotros queremos borrar y sustituir ese epílogo catastrófico. Mireya, es decir, Europa, no puede morir. Es cierto que está oprimida, angustiada y fatigada; es cierto que en parte gime sin honor y sin libertad, allí donde el yugo comunista la atenaza; y es cierto también que llora, convulsa y estremecida, allí donde el terrorismo de la violencia física y el terrorismo de la violencia moral de todo género, la desconciertan y la paralizan.

 Pero también es verdad que las tres Marías, las tres grandes naciones católicas del Mediterráneo, Francia, Italia y España, con puñados de hombres y mujeres elegidos, con gavillas de jóvenes con vocación de héroes, harán el milagro; y Mireya, es decir, Europa, no sólo no morirá, sino que, reconfortada, rejuvenecida y alegre, fiel a sí misma, consumará su desposorio con su tradición y con su destino.

  • • •

Hemos hablado de jóvenes con vocación de héroes. A mi modo de ver, aquí está la clave única de nuestra victoria. Lo que ocurre es que el héroe no es el resultado de una estructura, sino que la estructura es la obra del héroe, lograda con entusiasmo, con fortaleza y con heroísmo.

 De aquí que para nosotros, la revolución tenga un signo diferente al usual, y se plantee a nivel subjetivo, a manera de conversión y no de revuelta, a modo de «metanoia» y no de motín.

 Ya sé que de la campaña difamatoria que nos rodea, forma parte —aunque no integre el más desdichado de los capítulos— la imputación de nuestra nostalgia. Pues bien; lo que nuestros adversarios califican de nostalgia, no debe serlo tanto, cuando a la melancolía que adormece sustituye el espíritu de combate. Lo que ocurre es que la nostalgia se confunde, por los enemigos, con el recuerdo de la propia identidad, con la reflexión sobre el pasado para caminar en el presente y en el futuro, con aquel aforismo permanente y válido de Cicerón, de que la historia es maestra de la vida.

 Nosotros no miramos atrás en justificación de un descanso. Nosotros pensamos en las lecciones de ayer, mientras seguimos la marcha, recios y animosos, en pos de las banderas de un ideal sagrado.

 En ese pensamiento, aquí, en la dulce Francia, se perfilan sus grandes figuras nacionales: Carlomagno, San Luis (el hijo de nuestra Blanca de Castilla) y Santa Juana de Arco; y sus catedrales, que son tratados de teología alzados en medio de la Ciudad terrena; y sus canciones de gesta, que son himnos en los que se exalta al héroe que necesitamos para nuestra empresa; y sus trovas de amor, que forman el salterio íntimo de un corazón enamorado que no necesita del recurso fácil del erotismo.

 Santidad, heroísmo, amor. Es verdad que se entrecruzan, pero lo importante, más que separar o identificar su fuerza, es que incidan en el hombre para transformarlo y convertirlo

 Una orden de caballería, de las que nuestras patrias pueden ofrecernos un muestrario polícromo, no pretendía otra cosa para aquellos que la integraban. Entre vosotros, en 1469, el rey fundó la Orden y milicia del señor San Miguel Arcángel. Codreanu, en Rumania, pueblo de frontera, quiso que así se llamara su legión. San Miguel es el patrono de Alemania. Y en la España que nosotros representamos, hemos querido que San Miguel sea para los hombres y mujeres de Fuerza Nueva nuestro adelantado y nuestro capitán.

 ¿Acaso los movimientos políticos de tan clara significación nacional y tradicional, como los nuestros, no deberíamos ponernos colectivamente bajo el patrocinio del Arcángel y al modo de una nueva milicia cívica, espiritual y europea, invocarle para que nos ayude en el riesgo y nos mantenga firmes en el peligro, para que haga fuerte y segura nuestra vocación y nada ni nadie la esterilice invitándonos a la huida?

 Sólo este modo de enfrentarse con el drama de Europa puede salvarla. No basta un patriotismo natural, hay que levantarlo a cotas de mayor altura. El agua quita la sed. Pero hay ocasiones en que hace falta el vino para que la sangre se anime y el corazón se alegre; como en las bodas de Canaán. Y cuando ello sucede, como ocurre ahora con el patriotismo, es necesario que una palabra divina le toque, para transustanciarlo, para darle el calor y el sabor que precisa para su cometido difícil en la Europa de hoy.

 La mies es mucha y los trabajadores pocos; pero son pocos, no porque no haya trabajadores disponibles, sino porque nadie los llama y, sobre todo, porque al llamarlos no se les da ese vino mejor de las tinajas del milagro.

 A veces hay algo más censurable que el escamoteo de la verdad que salva o que la omisión del llamamiento, y es el paso despectivo y el recreo narcisista que nos impide ver a los que nos buscan con ilusión y con esperanza.

 Zaqueo, entre la multitud, no podía ver al Maestro, y se subió a un árbol. Y el Maestro no se desentendió, ni pasó sin dirigirle la mirada, sino que, fijándose en él, le dijo: quiero estar contigo y en tu casa. Son muchos lo que hoy nos buscan, ocultos o a distancia; pero nos buscan. Seamos nosotros los primeros en romper la muralla o la lejanía para invitarles al encuentro; seguros de que un corazón tocado por la admiración o por la sana curiosidad puede convertirse en un latido isócrono con el nuestro.

 • • •

Hoy es un día feliz en medio de tantos sinsabores. España está en vísperas del colapso o de la revitalización. Nosotros estamos poniendo de nuestra parte todo lo posible para evitar aquél, para conseguir que España no sea víctima del odio, el revanchismo y la frivolidad. Y digo que es un día feliz, porque en medio de nuestro duro combate, saboreamos vuestra amistad, vuestra camaradería, y nos reconforta el aliento fraternal de los franceses e italianos, de los belgas y portugueses de Europa, o de los europeos de Francia, de Italia, de Bélgica y de Portugal.

 Para nosotros tampoco hay Pirineos. La frase tiene un significado distinto del que tuvo cuando fue pronunciada, porque los Pirineos existen, pero no como barrera, sino como vigías.

 ¡Qué bien lo entendió el gran poeta Vasile Aleisandri!:

 Salud, Alpes, Cárpatos, Apeninos, Pirineos,

hermanos gigantes del gran mundo latino.

 Este mundo latino, pieza vital de Europa, tiene una misión que cumplir.

 En la visión total de la historia que tuvo el poeta citado, y que recogió en los versos solemnes de su «Cantacul gintel latine», premiada en los juegos florales de Montpellier, esa visión se dibuja con nitidez asombrosa: 

Cuando ante Dios, Señor de lo creado,

el día del juicio comparezca

la gran raza latina y sea preguntada

¿qué hiciste tú en la tierra, di, qué hiciste?,

ella dirá con voz serena y firme:

¡Señor, mientras viví sobre la Tierra,

yo, a los ojos del mundo estupefacto,

tu espejo fui y a Ti te he representado!

 • • •

Y Francia, Italia, Bélgica, Portugal y España, las naciones que se vinculan para este papel, al que no renuncian, y los movimientos políticos que en nuestras patrias representamos, se ponen en pie, con humildad y con verdad, para ser fieles a su alta misión.

 España va a conmemorar dentro de unos días a dos de sus arquetipos más recientes: a José Antonio, el fundador, y a Franco, el artífice. Uno, entregó su vida, como un mártir, asesinado por la horda marxista; otro, entregó la suya, después de derrotar al comunismo y devolver a los españoles el orgullo de serlo. Os esperamos en Madrid, porque José Antonio y Franco, por españoles, son algo más que nuestros, son símbolos de la Europa auténtica que aún cree y lucha por Dios, por la Patria y por la Justicia.

• • •

Tal es la letra de nuestro quehacer. Pero esa letra necesita una música. Frente a las notas de «la Internacional», que acompañan al odio, en España oponemos la letra y la música de un himno de amor y de combate, en el que se habla de primavera y de rosas, de escuadras y luceros: el «Cara al Sol».

 Vuestro himno nacional, «La Marsellesa», lo sabéis mejor que yo, fue un himno creado en 1792, cuando la guerra con Austria, por un capitán de ingenieros de guarnición en Estrasburgo. Su título inicial era: «Canto de guerra del Ejército del Rhin». La historia quiso que lo cantaran por las calles parisinas los voluntarios marselleses, y de aquí el nombre de «La Marsellesa».

 ¡Cuántas veces no habréis repetido sus estrofas! Al repasarlas, a la altura de nuestro tiempo, parece que en parte fueron redactadas para hoy y para nosotros, porque también contra Europa se ha levantado el estandarte de la tiranía soviética, porque también los tanques, las divisiones armadas hasta los dientes, las avanzadillas del terrorismo y de las agrupaciones comunistas, quieren ahogarnos, atropellarnos, aplastarnos, asesinarnos y destruirnos. Por eso, hoy, en Francia, podemos decir los europeos que amamos y queremos servir a Europa y rescatarla y libertarla (…)

 ¡Franceses, italianos, belgas, portugueses, españoles, europeos, en suma! ¡Hasta Madrid!, «le jour de gloire est arrivé». Por la Europa una, grande y libre. ¡ARRIBA EUROPA!

 (Grandes aplausos cerraron sus palabras, que fueron pronunciadas en francés.)


Revista FUERZA NUEVA, nº 624,  23-Dic-1978


martes, 25 de noviembre de 2025

Celibato sacerdotal (1)

 

 Celibato sacerdotal: toda una tradición 

 El problema del celibato sacerdotal es hoy una cuestión viva y seguirá siéndolo todavía por mucho tiempo. Se ha dicho ya que esta cuestión se ha convertido morbosamente en el best-seller de la publicidad, no tanto por las circunstancias humanas y hasta dramáticas en que nuestro tiempo ambienta artificialmente todo lo que puede referirse al sexo; cuanto, sobre todo, porque afecta a un grupo sociológico hoy ascendido a la cumbre de la notoriedad y, contradictoriamente, descendido a los más bajos niveles del menosprecio. Si el tema del sacerdocio es hoy noticia, el tema del celibato se ha vuelto “codicia” de morbosas y curiosas informaciones. En una serie de breves y claras colaboraciones nos proponemos presentar el problema desde sus varias vertientes históricas y teológicas. Sólo al final podríamos darnos cuenta en la naturaleza de este grave asunto eclesial, sin dejarnos llevar de sensacionalismos vocingleros.

 El celibato sacerdotal es un estado al que, por motivos superiores, se obligan libremente quienes desean recibir las órdenes sagradas. Implica, en primer lugar, la continencia perfecta; y solo después, como una consecuencia, la exclusión del matrimonio. No es, por tanto, lo primero, el poderse o no casar, o el estar o no ya casado. El elemento principal que siempre ha distinguido al celibato sacerdotal ha sido aquella consagración por la que el sacerdote se entrega a Cristo por amor suyo, aceptando la continencia perfecta como estado de vida.

 Cuando Cristo ordena sacerdotes a sus apóstoles, muchos de éstos eran casados:¿quién nos asegura que ya desde entonces no guardaron continencia perfecta o por lo menos no empezaron a sentir las exigencias de una consagración que les conducía a esa elevada cima? Porque, aun al modo suyo, insinuativo y libre, las palabras y sobre todo el ejemplo de Cristo, marcaban una orientación bien clara: habría unos eunucos por amor del reino de los cielos; y San Pablo, por su parte, acentuaba el clima de tensión consecratoria, cuando manifestaba el deseo de que todos fueran como él; y proponiendo la doctrina de la virginidad cristiana a los Corintios para poderse entregar plenamente al Señor.

 Claro está que, ni las palabras de Cristo, ni las de San Pablo relacionan expresamente continencia y sacerdocio; pero, ¿a quién mejor que al ministro sagrado se podían aplicar? Y si el ejemplo de Cristo atraía, ¿a quién mejor que a sus ministros, y por las mismas razones? Queremos decir: es cierto que el celibato no va unido necesariamente al sacerdocio, pero existe una exigencia teológica y espiritual en el sacerdocio que lleva irremisiblemente a una consagración tal, que sólo puede cumplirse de hecho en el estado célibe. Las epístolas paulinas (1 Tim. 3,2; 3,12; Tit. 1,6) nos descubren ya una tendencia hacia la continencia de los sacerdotes que, poco a poco, y como exigencia radical, va a conducir hasta la actual disciplina de la Iglesia.

 Las necesidades de la Iglesia primitiva llevaron, pues, a la ordenación de sujetos casados; pero muy pronto se les exigió la continencia. Las pruebas históricas de una praxis obligatoria las tenemos ya desde el siglo III; y precisamente al principio del siglo IV, en el Concilio español de Elvira (a. 305), un canon sanciona la continencia perfecta de los clérigos; y su transgresión lleva fuertes penitencias y la exclusión del Estado clerical. Los Papas, desde San Siricio (384-399), mantienen la ley, fomentando ya la praxis de la ordenación de jóvenes que se comprometen a la continencia.

 Así se llega a esa época oscura y triste “pre-gregoriana”, en que a la situación del celibato sigue la decadencia general de toda la Iglesia. Ese fue un periodo en el que se pudo pensar -como pasa hoy- que la situación de hecho era irreversible. Pero los grandes reformadores de la época gregoriana no lo juzgaron así. Con el resurgir de la Iglesia surgió, también, el celibato clerical con nuevo vigor, preparando aquel florecimiento de la Iglesia de los siglos XII y XIII. Entretanto, los Concilios de reforma, como el de Basilea, siguen manteniendo la ley del celibato. Con ello se llega a la época de la revolución protestante.

 Como reacción contra el protestantismo -que negaba el Sacramento del Orden y suprimía por lo tanto el celibato de sus “ministros”- y, sobre todo, como un fuerte motivo de verdadera reforma “in capite et in membris”, el Concilio Tridentino sanciona dos puntos: la reafirmación de la disciplina tradicional del celibato, y la fundación de los Seminarios para la educación de los candidatos al sacerdocio, que se han de consagrar a perpetua continencia. Con esta medida, la ordenación de sujetos casados desaparece totalmente, para dar lugar a jóvenes generaciones de sacerdotes que van a ser la gloria de la Iglesia. De este modo, es verdad, parece destacar el celibato más en relación con el matrimonio; pero nunca debe olvidarse que el elemento principal, en la historia de esta disciplina, no ha sido la exclusión del estado matrimonial sino la dedicación al sacerdocio como consagración de vida.

 Desde el Concilio de Trento hasta nuestros días, la ley del celibato ha sido, en diversas ocasiones, puesta a discusión; pero nunca en el interior de la Iglesia. Han sido siempre diferentes movimientos heréticos y cismáticos, sobre todo de carácter nacionalista, quienes han intentado en vano a hacerla desaparecer (…). La Santa Sede declaraba solemnemente que: “nunca llegaría a suceder que la Santa Sede Apostólica no solo aboliera, pero ni siquiera mitigase en nada esta ley santísima y muy saludable del celibato eclesiástico.

 ¿Cómo y por qué se ha podido llegar a esta situación actual de asombro, de peligro, de escándalo, de amenaza, para muchos casi fatídica, de esta tradición venerable de la Iglesia?

 Mariano de ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº172, 25-Abr-1970


miércoles, 29 de octubre de 2025

Acción Española en el recuerdo (E. Vegas Latapie)

 Artículo de 1976

 EUGENIO VEGAS LATAPIE, MAESTRO INCANSABLE (CON “ACCIÓN ESPAÑOLA” AL FONDO)

 Es Eugenio Vegas Latapie. Un pedazo de nuestra historia más inmediata. Un hombre íntegro que ha cumplido sesenta y nueve años el veinte de febrero último, sin variar un ápice de sus ideales y de sus esperanzas desde que, en los tempranos años de su juventud, al acabar el bachillerato, fundase la revista “Cruz y Verdad”. De él ha dejado escrito el ilustre ensayista nicaragüense Pablo Antonio Cuadra: “Su proselitismo hizo posible la agrupación en fe, en ideales y en acción, de mentalidades gloriosas como Calvo Sotelo, Maeztu, Pradera…”

 Vegas Latapie, en 1930 y en el curso de una conferencia que pronuncia en Santander, alude críticamente al general Primo de Rivera, al no haber sabido dar un contenido doctrinal a su obra de Gobierno. Publica su primer libro en el año 1932: “Catolicismo y República”. En sus páginas se combate a quienes propugnaban la incorporación de los católicos al nuevo régimen, planeando, al mismo tiempo, la reconquista de la Academia de Jurisprudencia, baluarte republicano desde hacía varios años.

 Vegas Latapie publica en el periódico “La Época” -madrileño- más de un centenar de editoriales. De él ha dejado escrito José Félix de Lequerica: “Hombre providencial, sin cuyo idealismo pragmático y ejecutivo no tendríamos montado el aparato espiritual la gran revolución reformadora de nuestra Patria”.

 Tanto en la preparación del Alzamiento como en la misma guerra, Vegas Latapie participa activamente. Antes, en 1935, ha publicado “Romanticismo y democracia” y, posteriormente, una “Antología de Acción Española”. Después vendrán “El pensamiento político de Calvo Sotelo” y “Escritos políticos” (este último recoge algunos de los editoriales de “Acción Española”), recién acabada la guerra. Es preceptor del príncipe Juan Carlos de Borbón durante una carta temporada en los años 40 en Lausana (Suiza). En 1955, tras múltiples vicisitudes políticas, consigue el reingreso en el Consejo de Estado, del que se le había apartado. En 1958 establece contacto personal con Jean Ousset, fundador de “La Cité Catholique”, que dará como resultado, posteriormente, la fundación de una editorial y una revista en España. El 14 de diciembre en 1965 ingresa oficialmente en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

 ***

-El primer número de “Acción Española” salió el 16 de diciembre de 1931. Por esas mismas fechas estaba en marcha la organización de la Sociedad Cultural del mismo nombre, que inició sus actividades en febrero de 1932, en el mismo local que hoy (1976) ocupa la Sociedad de Autores, con una conferencia de Ramiro de Maeztu.

 -“Acción Española” nació de la confluencia de tres iniciativas distintas, pero de gran semejanza. Ramiro de Maeztu proyectaba la publicación de una revista consagrada a exponer y propagar los ideales que alentaron y forjaron la Hispanidad. El marqués de Quintanar pensaba en una revista declaradamente monárquica, defensora de la persona de don Alfonso XIII y bajo el influjo doctrinal del Integralismo portugués, creado por Antonio Sardinha. Por último, yo venía soñando con una revista doctrinal, de gran nivel científico, que defendiera y propagara los principios básicos del Derecho Público Cristiano, principios que habían sido propugnados casi exclusivamente por los grandes maestros del Tradicionalismo español. Para la defensa y difusión de la doctrina contrarrevolucionaria, se habrían de emplear argumentos estrictamente racionales y científicos, relegando para las concentraciones de masas los alegatos de inflamado lirismo y las remembranzas heroicas y epopéyicas.

 - “Acción Española” nació para salvar a España del abismo a que la arrastraban los falsos principios que desde fines del siglo XVIII venían sustentando sus clases directoras. Los fundadores de “Acción Española” estábamos convencidos de estas dos máximas: una, que las ideas gobiernan a los pueblos y, otra, que los pueblos son lo que quieren sus gobernantes. Por ello, dedicó sus esfuerzos a desintoxicar a las clases directoras de los falsos dogmas que servían de base a su pensamiento, sembrando al mismo tiempo en su lugar los principios salvadores del Derecho Público Cristiano.

 Ideales de “Acción Española”

 -Los ideales de “Acción Española” se compendian en el trilema “Dios, Patria y Rey”, que siempre había defendido la Comunión Tradicionalista. Los tres términos del trilema conservan perpetua validez aunque ocasionalmente pueden ser silenciados y desconocidos. Ahora bien, esos términos no son iguales ni se puede alterar su orden caprichosamente. Dios es lo primero y lo principal, y el Estado debe reconocer y garantizar el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. Después de Dios está la Patria, conjunto y asociación de familias, municipios, regiones, clases, instituciones, corporaciones, con vida y leyes propias, con sus fueros, libertades y franquicias tradicionales. Después de la Patria está el Rey, que obedezca la voluntad de Dios y respete las leyes y fueros de su pueblo.

 -Para “Acción Española” la verdad y excelencia de la Monarquía se demuestra como teorema, pero rechazaba todo atisbo de regalismo pagano que diviniza al Rey e hizo suyo el aforismo medieval de que “los reyes son para los pueblos y no los pueblos para los reyes”.

 ***

En “Acción Española” colaboraron falangistas, monárquicos, alfonsinos, carlistas, e incluso miembros de la C.E.D.A. ¿Por qué así, siendo que en el ideario de estos grupos había de hecho importantes diferencias?

 -En efecto, en la sociedad y revista “Acción Española” colaboraron una serie de escritores que pertenecían a los grupos políticos que menciona. Pero todos estaban unidos en los principios básicos fundamentales. Desaparecidos los partidos políticos de la Restauración, al proclamarse la República el 14 de abril, sus componentes siguieron tres diversas direcciones: uno se adhirieron a la recientemente proclamada República; otros se apartaron de las lides políticas, y por último, otros, siguiendo a Goicochea y a Vallellano, se alistaron en la agrupación fundada por Ángel Herrera con el nombre de Acción Nacional, a las pocas semanas del cambio de régimen. A este recién nacido partido se acogió la masa de los monárquicos alfonsinos, los tradicionalistas de todas las tendencias y elementos católicos y de orden no adscritos a ningún grupo político concreto. Durante los primeros meses de su existencia, Acción Nacional constituyó el único refugio para los elementos de orden; fue una auténtica “unión de derechas”.

 Pronto se desgajaron los tradicionalistas que, a la muerte de su caudillo don Jaime, en octubre de 1931, unificaron sus diversas ramas jaimistas, integristas y mellistas, reconstituyendo el Partido Tradicionalista del venerable don Alfonso Carlos, hermano de Carlos VII. El nuevo caudillo, en carta de octubre de 1931 dirigida a don Alfonso XIII le decía: “Ya que no tengo sucesión y soy tan viejo, no se trataría más que de un corto paso entre nuestra rama y la tuya. Yo no figuro más que como el puente”. En efecto, al extinguirse la línea masculina del carlismo, habría de acudirse, conforme a la Ley Sálica, a la descendencia del Infante don Francisco de Paula, hermano de Fernando VII y Carlos V, cuyo hijo Francisco de Asís fue esposo de Isabel II y padre de Alfonso XII.

 Una vez recaída en Alfonso XII y su descendencia legitimidad de sangre u origen, tan sólo faltaba que también se diera en esa línea la legitimidad de ejercicio, mediante el repudio por sus titulares de los principios liberales y revolucionarios. A la trascendental labor de “monarquizar” y “desliberalizar” a los monárquicos alfonsinos, y en lugar principal al entonces Príncipe de Asturias don Juan de Borbón y Battenberg, dedicó Acción Española atención preferente. Sus intensas campañas hacían presagiar los mejores resultados. En sus filas colaboraban, en comunión de ideales, alfonsinos como el marqués de Quintanar, Ramiro de Maeztu, José María Pemán, José Calvo Sotelo, Pedro Sainz Rodríguez, Jorge Vigón…; tradicionalistas como Víctor Pradera, el conde de Rodezno, Marcial Solana…

 No había discrepancias entre alfonsinos y carlistas de “Acción Española”, pero tampoco con los afiliados a la CEDA que colaboraban con sus trabajos, Ibáñez Martín, Marqués de Lozoya, Fernández Ladreda… cosa que no es de extrañar, ya que la casi totalidad de los afiliados a la CEDA eran y seguían considerándose monárquicos alfonsinos.

 En cuanto a los elementos falangistas, Montes, Sánchez Mazas, Giménez Caballero… que colaboraron en “Acción Española”, también compartían sus ideales fundamentales. Por los días en que se fundaba Falange Española, escribió Eugenio Montes: “En medio de un paisaje desolado, vencido a la intemperie, comenzó “Acción Española” a edificar para lo que todos creíamos un mañana lejanísimo. Desde esta Covadonga de “Acción Española” estamos reconquistando España”.

 José Antonio Primo de Rivera tan sólo asistió a dos banquetes organizados por “Acción Española”: uno, en 1933, en honor de José María Pemán; y otro, en febrero de 1935, el honor de Eugenio Montes, en el que pronunció un inédito y magnífico discurso, cuyo texto taquigráfico conservo. Pero su discurso fundacional de la Falange fue reproducido íntegramente en la revista “Acción Española” bajo el título de “Bandera que se alza” (…).

 -Ramiro de Maeztu, Víctor Pradera y Calvo Sotelo, principales mártires de “Acción Española”

 Maeztu fue, en decir de Montes, quien encendió la zarza mosaica de la Hispanidad: jerarquía, servicio, hermandad, principios capitales en la predicación de Maeztu. También la denuncia y refutación reiterada y contundente de la Revolución y del comunismo. Maeztu era una excepción en el desierto intelectual de los tiempos de Primo de Rivera. Fue gravísimo error de éste el haber enviado a don Ramiro de embajador a Buenos Aires, en lugar de haberle facilitado tribuna y medios abundantes para propagar su pensamiento y sus escritos. El recuerdo que conservo de Maeztu es el de un profeta y mártir de la civilización cristiana, que enardecía a sus jóvenes oyentes impulsándoles a seguir la cuesta arriba hasta alcanzar el Calvario y la Cruz.

 Víctor Pradera, ingeniero de caminos y abogado, diputado a Cortes varias veces y vocal del Tribunal de Garantías Constitucionales cuando fue asesinado, fue un integérrimo defensor de los ideales tradicionalistas. Su razonamiento era rectilíneo y aplastante y de una ejemplar inflexibilidad. Pese a pequeñas discrepancias, fue total nuestra compenetración. Fue concurrente asiduo a la tertulia de “Acción Española” y todos los presentes nos sentimos un día sacudidos cuando repentinamente Maeztu le interrogó: “Don Víctor, ¿cuándo nos asesinan a Vd. y a mí?” Irreparable desgracia para España ha sido que el general Primo de Rivera diera de lado las ponencias que a su petición le envió Pradera sobre organización del Estado en las primeras semanas del advenimiento de la dictadura militar. Su principal colaboración en la revista consistió en su magistral estudio sobre “Los falsos dogmas” y la serie de artículos que luego se editaron con el título de “El Estado Nuevo”.

 Calvo Sotelo fue el colaborador cuya firma aparece más veces en la colección de “Acción Española”. Aparece en el número uno y también en el último, correspondiente a junio de 1936. Sobre la evolución del pensamiento político de Calvo Sotelo, pronuncié en 1940 una conferencia en la Real Academia de Jurisprudencia, que posteriormente se publicó en un volumen. Calvo Sotelo era el jefe consagrado y reconocido por todos del Movimiento Nacional. En un álbum de homenaje póstumo, alguien escribió:“Nosotros le queríamos para gobernante; Dios lo ha escogido para mártir; los caminos de Dios son siempre los mejores”. En el banquete que le ofreció “Acción Española”, en mayo de 1934, al regresar a la Patria después de tres años de destierro, Calvo Sotelo dijo textualmente que: “Acción Española” ha realizado una labor formidable y precisa. Y añadía: “El milagro de “Acción Española” le hacía merecer un alto título de gratitud de España por haber llevado a las clases intelectuales a las derechas o por haber intelectualizado a las derechas”. De los tres grandes mártires de “Acción Española”, tan sólo me cupo el tristísimo honor de velar el cadáver de este último. Durante una hora permanecí en compañía de Ramiro de Maeztu y otras personas junto al féretro del protomártir, contemplando el impresionante desfile de una multitud de llorosa y sedienta de justicia por la sangre del justo. Esto ocurría en la tarde del martes 14 de julio de 1936.

 -¿Cuáles cree que fueron las causas principales de la caída de la monarquía liberal?

 Como causa remota cabe señalar la difusión en el siglo XVIII de doctrinas enciclopedistas y revolucionarias entre las clases directoras españolas. En el reinado de Carlos III se sembraron las semillas que, al fructificar hicieron triunfar los principios revolucionarios en las Cortes de Cádiz, iniciándose así la era de las revoluciones. Por eso, Ramiro de Maeztu calificaba los siglos XVIII y XIX de “dos siglos traidores”. Tras una serie de luchas, la ideología revolucionaria ha terminado por invadir todos los ambientes. A esta universal intoxicación se refería Menéndez Pelayo en 1910, al exclamar: “Hoy contemplamos el lento suicidio de un pueblo engañado mil veces por gárrulos sofistas…”

 Podrían señalarse causas próximas, como las bases de la restauración canovista, la pérdida de Cuba y Filipinas, la destitución de Maura como jefe de Gobierno en 1909, para aplacar a elementos revolucionarios; pero, en mérito a la brevedad, nos limitaremos a la implantación de la dictadura de Primo de Rivera en 1923.La impopularidad del régimen entonces existente era tan grande que la nación acogió con aplauso el golpe de Estado que puso fin al pistolerismo que sembraba el espanto en Barcelona y otras localidades. También la Dictadura resolvió la sangrienta pesadilla de Marruecos, mejoró la Hacienda, realizó importantes obras públicas, pero no supo preparar su futuro.Primo de Rivera eraun dictador sin doctrina y por tanto no pudo dársela a España. Extirpó la anarquía pero dejó vivas sus causas. Al abandonar el poder, en enero de 1930, era muy positivo su balance con el sólo gravísimo error de su total carencia de doctrina.

 A la caída de Primo de Rivera, las clases directoras, que con tanto entusiasmo habían acogido su advenimiento, no tuvieron otro programa que el “retorno a la normalidad”. Esa normalidad consistía en resucitar el desacreditado y funesto régimen liberal derribado por la Dictadura. El Gobierno que sucedió a Primo de Rivera estaba constituido por antiguos políticos empeñados en restaurar el régimen de partidos, tan desacreditado antes del golpe de Estado. La casi totalidad de los ministros eran escépticos respecto a la virtualidad de la Monarquía y su obsesión era la de contemporizar con los elementos revolucionarios, sirviéndoles y halagándoles en toda circunstancia.

 El mismo rey estaba contagiado con el error imperante: “Monarquía o República, da lo mismo”, dijo Alfonso XIII, en un discurso público, en octubre de 1930, explicando con ello su actitud del 14 de abril del siguiente año.

Criticando el regio escepticismo, se irguió Víctor Pradera, proclamando a grandes voces, que aún resuenan en mis oídos, que República o Monarquía no eran lo mismo; que la Corona no era del rey, sino de España, y que éste no podía jugar con ella.

 El 14 de abril de 1931 se abrieron las esclusas que venían conteniendo a las corrientes revolucionarias, y tras cinco años de tropelías, incendios y desmanes, estalló la guerra civil. Porque no daba lo mismo Monarquía que República, Víctor Pradera fue asesinado en septiembre de 1936. Alfonso XIII era patriota y valiente pero no creía en las virtudes de la Monarquía; nadie se las había enseñado ni él las supo deducir de la experiencia. La Monarquía liberal cayó por indefensión mental. El liberalismo había conducido al escepticismo respecto a la Monarquía. Por falta de fe en ella, nadie luchó en su defensa. Frente a tanto escepticismo, yo afirmo que la verdad de la Monarquía se demuestra como un teorema, aunque las razones a su favor son tan profundas que no están al alcance de la mayoría de las gentes.

 ¿Sigue opinando que la democracia, según la concepción de la Revolución Francesa, será perjudicial a España?

 Sigo creyendo que la democracia es el mal y muerte de las naciones y que a la larga resultará fatal a todos los países.“La democracia disolviendo el Imperio Británico” era el título de un artículo publicado en 1928, que no puedo releer sin asombrarme del acertado diagnóstico. El creciente y endémico desorden que perturba a casi todos los países occidentales es consecuencia de las instituciones democráticas que las rigen. Hace más de medio siglo que Splenger escribió que lo que llaman orden las Constituciones liberales no es más que la anarquía hecha costumbre. En ellos los ciudadanos pacíficos y trabajadores viven en constante zozobra en tanto que campan por sus respetos los asesinos y ladrones estimulados y amparados por un falso y disparatado concepto de dignidad humana tan piadosa para con los criminales como sorda y ciega para con sus víctimas.(…) Las llamadas monarquías a la moderna no son tales monarquías sino formas crepusculares y circunstanciales que terminarán desembocando el totalitarismo comunista. (…)

 Ferviente deseo

 Don Eugenio Vegas Latapie recuerda a los que un día estuvieron con él y defendieron la misma causa (Pemán, Areilza…)  que han venido en ser los oportunistas de siempre, y se le entristece el alma.

 -Estoy separado de toda actuación política, por muy graves razones, desde 1947, fecha en que renuncié al cargo de secretario político del conde de Barcelona. Desde entonces vivo en el terreno puro de los principios, contrastando mis arraigadas condiciones con las enseñanzas de la vida diaria y de la Historia. Mis convicciones son inmutables por basarse en principios que considero verdades absolutas. Siempre estimé muy difícil el triunfo de mis ideales, incluso en las trágicas pero esperanzadoras vísperas del Alzamiento Nacional. Mi constante pesimismo obedecía al convencimiento de que las doctrinas erróneas aun seguían infectando a la gran mayoría de los componentes de las clases directoras, no obstante la ingente y sufrida labor de desintoxicación intelectual realizada por Acción Española. De esos temores y pesimismo dejé constancia pública en el editorial que salió en cabeza de la “Antología de Acción Española”, publicada en 1937, con encomiásticos elogios del general Franco y el cardenal Gomá, primado de Toledo. Meses después fue prohibida por las autoridades (época de Serrano Suñer) la reaparición de Acción Española. Con gran diligencia se impidió que sus principios se propagaran en prensa, radio y en la Universidad.

 He sufrido mucho en defensa de mis ideales, que hoy (1976) contemplo en posición peor a cuando inicié mis  trabajos. Por añadidura, la casi totalidad de mis amigos de antaño se han ido separando para ocupar posiciones más ventajosas. Ante semejante panorama siento la tentación de rendirme (…). Para bien de España desearía que mis doctrinas fueran falsas. Estoy deseando rendirme a la evidencia de la falsedad de los principios que he servido toda mi vida. Siempre gozaría del inefable consuelo de pensar que Dios conoce hasta lo más recóndito de nuestras intenciones y que todo cuanto he dicho y hecho lo he realizado en cumplimiento de lo que creía mi deber para con mi Dios y con mi Patria. (…)

 Javier Badía

 

Revista FUERZA NUEVAnº 490, 29-May-1976


martes, 21 de octubre de 2025

La victoria de 1939, camino del olvido

 Artículo de 1970

  ABRIL, 1939, VICTORIA PARA NO OLVIDAR

 Los olvidadizos de hoy, los desmemoriados y los amnésicos sostendrán quizá -ellos sabrán para qué objetivos tortuosos- que treinta y un años después de la Victoria, esta fecha puede entrar en las clases pasivas de la Historia. Y, sin embargo, ¿la recordáis? No hemos podido olvidar ni queremos hacerlo el frenético entusiasmo de las poblaciones definitivamente liberadas del miedo, el crimen, el hambre y el terror.

 Estas no son palabras vacías, abstractas, sino que están escritas con sangre y dolor en la carne de España. Detrás de cada una de ellas hay imágenes terribles: los oficiales asesinados con el tiro en la nuca en el Cuartel de la Montaña, en aquella ronda de aquelarre de cuerpos caídos por tierra, los trágicos paseos en cualquier cuneta de la carretera del Pardo, los oficiales de Marina arrojados encadenados al mar en Cartagena, el Obispo de Almería lanzado vivo a la caldera del “Jaime I”, los monjes de Montserrat torturados y fusilados, los sepultados vivos en los pozos de Serón, los tirados al Cantábrico desde el faro de Santander, las chekas, la caza despiadada en las calles, los garfios sangrientos que se encontraron en la checa de García Atadell y de los que se colgaba a los detenidos, los “tribunales populares”, las mujeres enviadas a los burdeles frentepopulistas o rifadas en las noches de orgía de las Brigadas Internacionales, la cacería de la Cárcel Modelo, los tirados como peleles desde lo alto de Bellas Artes.

 Que no se diga que era la “barbarie de los incontrolados”. Esos eran los procedimientos normales del sistema que se hubiera implantado en toda España sin la llamada salvadora del Alzamiento y sin la victoria del 1 de abril de 1939. Que no se diga por ciertos monstruos fríos que era una revancha de clase. En Barcelona, los comunistas ejecutaron a sus ex aliados del POUM casi con igual ferocidad. En Cataluña, los anarquistas y cenetistas asesinaban con análoga frialdad a sus asociados del separatismo, y éstos les pagaban en la misma moneda. En Bilbao, la burguesía separatista se mostró igualmente feroz que los presidiarios convertidos en “gudaris”. ¿O es que se han olvidado los asesinatos en los barcos anclados en el Nervión? ¿Quién mandaba entonces en su despacho del Hotel Carlton?

Esa tragedia no fue un episodio circunstancial ni esa explosión “de ruido y furor”, como decía Shakespeare, fue espontánea. Había sido cuidadosamente preparada, se habían sembrado las semillas del crimen y del horror con los libros, periódicos y mítines del marxismo, del anarquismo, y de la izquierda. Era la culminación lógica de la honda tragedia de nuestro pueblo, entregado a la barbarie desintegradora de toda moral por las taifas de los partidos políticos, y el fruto de una siniestra planificación llevada a cabo por los Estados Mayores del marxismo y sus compañeros de viaje.

 El que sucedió en España no era nada nuevo. Había tenido como precedente la matanza de Asturias por los dinamiteros de González Peña y Prieto (1934). Y antes (1909), la Semana Trágica de Barcelona. El mismo régimen fue establecido en los cinco meses siniestros de la Hungría de 1919 con Bela Khun, contando con la complicidad del demagogo conde Karoly, que preparó el ambiente. Al mismo régimen se llegó en Rusia a partir de la revolución de octubre de 1917, lógico desenlace de la revolución liberal y socialista del príncipe Lvov y de Kerensky, en febrero. Todavía en agosto, el muy liberal príncipe Lvov decía en plena Duma: “Jamás el pueblo ruso ha sido tan feliz como ahora, con la democracia”. Y le aplaudieron los “kadetes” constitucionalistas, los monárquicos del progresismo y masonería, los socialistas, los agrarios y los socialrevolucionarios... Dos meses después, Rusia escuchaba el tronar de los cañones del “Aurora”, Lenin se apoderó del poder y los ministros amigos del príncipe Lvov morían asesinados en la fortaleza Pedro y Pablo, mientras Kerensky huía disfrazado de mujer.

 Amalgama “democrática”

 Karoly y Berenguer, Bela Khun y Kerensky, Azaña, Portela Valladares, Prieto y Basteiro… Sin estos nombres, que prestan una fachada “honorable”, la tragedia no hubiera sido posible. Ni la habría sido sin Masaryk y sin Benes la bolchevización de Checoslovaquia en 1948.

 Siempre le es preciso a Moscú un Kerensky o un príncipe Lvov. Sin las debilidades de los gobernantes de 1934, sin las intrigas, compromisos y traiciones de los partidos políticos, sin la ceguera de quienes confiaron la salvación de España a la farsa de unas elecciones que estaban destinadas al amaño y al pucherazo, sin el “frentepopulismo” que iba de la izquierda burguesa y ateneísta y los revolucionarios de salón y la inteligencia izquierdista pedante hasta los comunistas, pasando por los socialistas “moderados” y los socialistas de taberna y Casa del Pueblo y puño en alto, la tragedia se habría evitado.

 Para hacer inevitable, para esclavizar a nuestro pueblo después de desangrado, para volcarle en el campo de la Unión Soviética o mantenerle en la servidumbre de las logias francesas e inglesas, cooperaron los hombres de Londres y París con los de Moscú en un mismo objetivo, aunque sus caminos no siempre coincidieran. León Blum -tan socialista, tan “humanista”-, Baladier, tan radical como Servan Schreiber, tan burgués, y Thorez -tan “hijo del pueblo”- clamaban en las manifestaciones de París: “Des canons et des avions pour l’Espagne”. Attlee y Lady Astor vinieron a saludar con el puño alto a las Brigadas Internacionales de Marty, Nenni y Tito. Toda esta amalgama fue necesaria para intentar convertir a España en República democrática de tipo checoslovaco, en espera de hacer de ella también como Checoslovaquia, una República soviética a secas.

 Cómplices del comunismo

 En Moscú estaba el cerebro. Pero eso no excluye las pavorosas responsabilidades de un Portela Valladares, entregando el poder el 16 de febrero de 1936 a las hordas. Ni excluye la responsabilidad del socialista Largo Caballero que levantaba el puño en los desfiles de los milicianos asesinos, ni del socialista Besteiro, el ideólogo que desde la huelga de 1917 había ido preparando el terreno, ni de Prieto, que había fletado el “Turquesa” con cuyas armas se desencadenó el terror de la revolución de Asturias de 1934, el primer ensayo de lo que fue dos años más tarde la media España roja. ¿Han olvidado sus turiferarios de hoy los cuarteles dinamitados, los asesinatos al grito de “UHP”? ¿Se ha olvidado que el “buen” Prieto que ahora nos quieren presentar fue el empresario de aquellos crímenes? Y eso no excluye la responsabilidad de los masones y de los Martínez Barrios, ni los burgueses separatistas de Barcelona y Bilbao. Todos ellos fueron los cómplices activos del comunismo, después de haber abierto los diques. Todos ayudaron a crear aquella media España comunista que habría sido una entera España bajo la hoz y el martillo, sin la victoria de las armas nacionales.

 Y esa victoria es la que algunos quisieran que fuera olvidada, para que se olvidaran también las causas, los horrores y los crímenes que hicieron inaplazable el alzamiento. Así se podría volver, con la conciencia tranquila y explotando la amnesia del pueblo español, la ignorancia de una juventud a la que no se informa, a la que se mantiene ignorante de aquel pasado tan próximo y aleccionador, y el deseo de paz de la “mayoría silenciosa” de nuestros días; así se podría volver a la misma situación. Lo sepan o no lo sepan en su inconsciencia y en su cobardía, ese es el fondo de los que ahora hablan mucho de democracia, de liberalismo, de partidos políticos -aunque disfracen con otros nombres su mercancía de contrabando- cubriendo la maniobra con invocaciones al Concilio y a las Encíclicas, del brazo de los que asesinaron obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas.

 La primera fase de esta operación es dar un carácter “provisional” y “circunstancial” a la victoria, como si fuera un episodio anormal y excepcional que puede borrarse tranquilamente para retornar a lo que ellos llaman la “normalidad”. La normalidad de los incendios de iglesias, de los asesinatos en la calle, la ocupación de tierras y fábricas, el crucifijo expulsado de las escuelas, el Ejército escarnecido, la juventud entregada a la masonería cosmopolita y al laicismo perseguidor, los periódicos asaltados y prohibidos, los intelectuales disconformes reducidos al silencio y la persecución, mientras se encaramaba en el pedestal a cualquier invertido de ojos lánguidos.

 Y todavía es posible que esos clanes, herederos de los macabros aliados de 1936, los que pretenden una marxistización cautelosa o brutal de nuestra Patria encuentren compresión incluso entre los mismos que serían sus primeras víctimas, incluso entre esos mismos sacerdotes que olvidan a los mártires de la Iglesia de 1936 a 1939.

 Victoria de las armas limpias

 A toda esa amalgama hay que decirles -y probarles con hechos- que nuestra victoria es definitiva porque fue una victoria sobre la anti-España de 1936. Fue una victoria de las armas limpias sobre otras almas al servicio del crimen y de la esclavitud. Pero fue, ante todo. la victoria de una ideología, del ser y sentido de España sobre sus enemigos, declarados o encubiertos, internos o externos. Los que quieren matar nuestra victoria tienen un nombre: “revanchistas”, y eso, estén donde estén y se cubran con las etiquetas que se cubran. Son los que no han olvidado, en un rencor amarillo, que tuvieron que huir, vencidos y despreciados por el pueblo español al que engañaron, y que han seguido, en el exilio, en la conspiración clandestina, en la intriga que les llevó, como “arrepentidos”, a ocupar puestos, soñando con el desquite. En un desquite que les era imposible por la fuerza y que buscan obtener vistiéndose con la piel del cordero liberal, del socialista “bueno y europeo”, del demócrata “generoso y coexistente”, del clérigo “coexistencialista y dialogante” con una oreja en Roma y otra en Moscú, con una en la encíclica “Populorum progressio” y otra en Garaudy. Solo así pueden convertir en cómplices inconscientes a los ingenuos. Unos, involuntariamente, de buena fe, porque no saben quiénes son sus guías y a dónde les llevan. Otros, arrastrados en el caos de confusión ideológica que la subversión extiende en las épocas prerrevolucionarias. Otros, simplemente por miedo, especulando desde su paz y su tranquilidad actuales con las incertidumbres del futuro…

 Frente a eso, nuestra fuerza es la misma arma que nuestro adversario busca destruir. La energía de las razones que hicieron posible la victoria frente a un enemigo que tenía todos los medios: Tenía el oro, la industria, el sucio juego de la Francia frentepopulista y de la Inglaterra desgarradora de Europa. Tenía la Unión Soviética, tan halagada hoy. Pero la verdadera España tenía una doctrina clara y limpia por la que se valía la pena morir como hombres.

 Eso, ¿se ha olvidado? ¿Es que tenemos que hacernos perdonar nuestra victoria?

 Carlos JIMÉNEZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 168, 28-Mar-1970