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Blas Piñar
en Marsella (Francia)
«LE JOUR DE GLOIRE EST ARRIVÉ»
(Discurso
pronunciado por Blas Piñar en el cine Madeleine, de Marsella —Francia—, el
día 10 de noviembre de 1978.)
Nos duele
Europa, camaradas y amigos, y nos duele porque es nuestra y porque la amamos.
Para
nosotros, Europa es más que un continente, un contenido; más que un trozo de
geografía inerte, un hervidero de historia; más que un mercado común, un alma
colectiva; más que un pasado que se clausura y muere, una semilla que se
desgarra en su interior con voluntad de florecer.
Tales son las
razones que justifican nuestra presencia aquí, en la ciudad más antigua de la
Francia, construida junto al Ródano cabalgando sobre el «mar nuestro», que
surcaron mil veces los navíos abanderados en Marsella, en Génova o en
Barcelona, a un tiempo industrial y lírica, francesa y, por ello mismo,
europea.
No es fácil
eludir la magia de una región. Aquí, en las viejas comarcas de la lengua del
Oc, en la Provenza de los antiguos trovadores, que hicieron de la «domna» la
mujer ideal a la que cantaban, y que identificaron los verbos amar y servir,
hemos venido a proclamar limpia y varonilmente que Europa, nuestra dama, ha
sido víctima de un rapto, y que nosotros, que somos caballeros y no
trovadores, queremos rescatarla de su prisión o de su encantamiento.
Federico
Mistral, el que compartió con nuestro Echegaray un premio Nobel, escribió en
provenzal su famoso poema «Miréio». Para mí, Mireya es Europa, que mantiene
contra todos su amor puro y que rechaza a los poderosos que la solicitan: el
capitalismo liberal, la esclavitud marxista, la ruptura con sus propias
tradiciones. Hasta quien le dio vida se opone a ese amor. Mireya, es decir,
Europa, ante tanta dificultad, temerosa y confusa, abandona su casa y se
encamina a pie al santuario de las tres Marías, en la Camarga, allí donde el
Ródano desemboca. Durante el viaje, como resume Bonfantini, la daña el sol
demasiado ardiente, la oprime la angustia y la aplasta la fatiga. Llega al
santuario y muere.
Pero he aquí
que nosotros queremos borrar y sustituir ese epílogo catastrófico. Mireya, es
decir, Europa, no puede morir. Es cierto que está oprimida, angustiada y
fatigada; es cierto que en parte gime sin honor y sin libertad, allí donde el
yugo comunista la atenaza; y es cierto también que llora, convulsa y
estremecida, allí donde el terrorismo de la violencia física y el terrorismo
de la violencia moral de todo género, la desconciertan y la paralizan.
Pero también
es verdad que las tres Marías, las tres grandes naciones católicas del
Mediterráneo, Francia, Italia y España, con puñados de hombres y mujeres
elegidos, con gavillas de jóvenes con vocación de héroes, harán el milagro; y
Mireya, es decir, Europa, no sólo no morirá, sino que, reconfortada,
rejuvenecida y alegre, fiel a sí misma, consumará su desposorio con su
tradición y con su destino.
• • •
Hemos hablado
de jóvenes con vocación de héroes. A mi modo de ver, aquí está la clave única
de nuestra victoria. Lo que ocurre es que el héroe no es el resultado de una
estructura, sino que la estructura es la obra del héroe, lograda con
entusiasmo, con fortaleza y con heroísmo.
De aquí que
para nosotros, la revolución tenga un signo diferente al usual, y se plantee
a nivel subjetivo, a manera de conversión y no de revuelta, a modo de
«metanoia» y no de motín.
Ya sé que de
la campaña difamatoria que nos rodea, forma parte —aunque no integre el más
desdichado de los capítulos— la imputación de nuestra nostalgia. Pues bien;
lo que nuestros adversarios califican de nostalgia, no debe serlo tanto,
cuando a la melancolía que adormece sustituye el espíritu de combate. Lo que
ocurre es que la nostalgia se confunde, por los enemigos, con el recuerdo de
la propia identidad, con la reflexión sobre el pasado para caminar en el
presente y en el futuro, con aquel aforismo permanente y válido de Cicerón,
de que la historia es maestra de la vida.
Nosotros no
miramos atrás en justificación de un descanso. Nosotros pensamos en las
lecciones de ayer, mientras seguimos la marcha, recios y animosos, en pos de
las banderas de un ideal sagrado.
En ese
pensamiento, aquí, en la dulce Francia, se perfilan sus grandes figuras
nacionales: Carlomagno, San Luis (el hijo de nuestra Blanca de Castilla) y
Santa Juana de Arco; y sus catedrales, que son tratados de teología alzados
en medio de la Ciudad terrena; y sus canciones de gesta, que son himnos en
los que se exalta al héroe que necesitamos para nuestra empresa; y sus trovas
de amor, que forman el salterio íntimo de un corazón enamorado que no
necesita del recurso fácil del erotismo.
Santidad,
heroísmo, amor. Es verdad que se entrecruzan, pero lo importante, más que
separar o identificar su fuerza, es que incidan en el hombre para
transformarlo y convertirlo
Una orden de
caballería, de las que nuestras patrias pueden ofrecernos un muestrario polícromo,
no pretendía otra cosa para aquellos que la integraban. Entre vosotros, en
1469, el rey fundó la Orden y milicia del señor San Miguel Arcángel.
Codreanu, en Rumania, pueblo de frontera, quiso que así se llamara su legión.
San Miguel es el patrono de Alemania. Y en la España que nosotros
representamos, hemos querido que San Miguel sea para los hombres y mujeres de
Fuerza Nueva nuestro adelantado y nuestro capitán.
¿Acaso los
movimientos políticos de tan clara significación nacional y tradicional, como
los nuestros, no deberíamos ponernos colectivamente bajo el patrocinio del
Arcángel y al modo de una nueva milicia cívica, espiritual y europea,
invocarle para que nos ayude en el riesgo y nos mantenga firmes en el
peligro, para que haga fuerte y segura nuestra vocación y nada ni nadie la
esterilice invitándonos a la huida?
Sólo este
modo de enfrentarse con el drama de Europa puede salvarla. No basta un
patriotismo natural, hay que levantarlo a cotas de mayor altura. El agua
quita la sed. Pero hay ocasiones en que hace falta el vino para que la sangre
se anime y el corazón se alegre; como en las bodas de Canaán. Y cuando ello
sucede, como ocurre ahora con el patriotismo, es necesario que una palabra
divina le toque, para transustanciarlo, para darle el calor y el sabor que precisa
para su cometido difícil en la Europa de hoy.
La mies es
mucha y los trabajadores pocos; pero son pocos, no porque no haya
trabajadores disponibles, sino porque nadie los llama y, sobre todo, porque
al llamarlos no se les da ese vino mejor de las tinajas del milagro.
A veces hay
algo más censurable que el escamoteo de la verdad que salva o que la omisión
del llamamiento, y es el paso despectivo y el recreo narcisista que nos
impide ver a los que nos buscan con ilusión y con esperanza.
Zaqueo, entre
la multitud, no podía ver al Maestro, y se subió a un árbol. Y el Maestro no
se desentendió, ni pasó sin dirigirle la mirada, sino que, fijándose en él,
le dijo: quiero estar contigo y en tu casa. Son muchos lo que hoy nos buscan,
ocultos o a distancia; pero nos buscan. Seamos nosotros los primeros en
romper la muralla o la lejanía para invitarles al encuentro; seguros de que
un corazón tocado por la admiración o por la sana curiosidad puede
convertirse en un latido isócrono con el nuestro.
• • •
Hoy es un día
feliz en medio de tantos sinsabores. España está en vísperas del colapso o de
la revitalización. Nosotros estamos poniendo de nuestra parte todo lo posible
para evitar aquél, para conseguir que España no sea víctima del odio, el
revanchismo y la frivolidad. Y digo que es un día feliz, porque en medio de
nuestro duro combate, saboreamos vuestra amistad, vuestra camaradería, y nos
reconforta el aliento fraternal de los franceses e italianos, de los belgas y
portugueses de Europa, o de los europeos de Francia, de Italia, de Bélgica y
de Portugal.
Para nosotros
tampoco hay Pirineos. La frase tiene un significado distinto del que tuvo
cuando fue pronunciada, porque los Pirineos existen, pero no como barrera,
sino como vigías.
¡Qué bien lo
entendió el gran poeta Vasile Aleisandri!:
Salud, Alpes, Cárpatos, Apeninos,
Pirineos,
hermanos gigantes del gran mundo latino.
Este mundo
latino, pieza vital de Europa, tiene una misión que cumplir.
En la visión
total de la historia que tuvo el poeta citado, y que recogió en los versos
solemnes de su «Cantacul gintel latine», premiada en los juegos florales de
Montpellier, esa visión se dibuja con nitidez asombrosa:
Cuando ante
Dios, Señor de lo creado,
el día del
juicio comparezca
la gran raza
latina y sea preguntada
¿qué hiciste
tú en la tierra, di, qué hiciste?,
ella dirá con
voz serena y firme:
¡Señor,
mientras viví sobre la Tierra,
yo, a los
ojos del mundo estupefacto,
tu espejo fui
y a Ti te he representado!
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Y Francia,
Italia, Bélgica, Portugal y España, las naciones que se vinculan para este
papel, al que no renuncian, y los movimientos políticos que en nuestras
patrias representamos, se ponen en pie, con humildad y con verdad, para ser
fieles a su alta misión.
España va a
conmemorar dentro de unos días a dos de sus arquetipos más recientes: a José
Antonio, el fundador, y a Franco, el artífice. Uno, entregó su vida, como un
mártir, asesinado por la horda marxista; otro, entregó la suya, después de
derrotar al comunismo y devolver a los españoles el orgullo de serlo. Os
esperamos en Madrid, porque José Antonio y Franco, por españoles, son algo
más que nuestros, son símbolos de la Europa auténtica que aún cree y lucha
por Dios, por la Patria y por la Justicia.
• • •
Tal es la
letra de nuestro quehacer. Pero esa letra necesita una música. Frente a las
notas de «la Internacional», que acompañan al odio, en España oponemos la
letra y la música de un himno de amor y de combate, en el que se habla de
primavera y de rosas, de escuadras y luceros: el «Cara al Sol».
Vuestro himno
nacional, «La Marsellesa», lo sabéis mejor que yo, fue un himno creado en
1792, cuando la guerra con Austria, por un capitán de ingenieros de
guarnición en Estrasburgo. Su título inicial era: «Canto de guerra del
Ejército del Rhin». La historia quiso que lo cantaran por las calles
parisinas los voluntarios marselleses, y de aquí el nombre de «La
Marsellesa».
¡Cuántas
veces no habréis repetido sus estrofas! Al repasarlas, a la altura de nuestro
tiempo, parece que en parte fueron redactadas para hoy y para nosotros,
porque también contra Europa se ha levantado el estandarte de la tiranía
soviética, porque también los tanques, las divisiones armadas hasta los
dientes, las avanzadillas del terrorismo y de las agrupaciones comunistas,
quieren ahogarnos, atropellarnos, aplastarnos, asesinarnos y destruirnos. Por
eso, hoy, en Francia, podemos decir los europeos que amamos y queremos servir
a Europa y rescatarla y libertarla (…)
¡Franceses,
italianos, belgas, portugueses, españoles, europeos, en suma! ¡Hasta Madrid!,
«le jour de gloire est arrivé». Por la Europa una, grande y libre. ¡ARRIBA
EUROPA!
(Grandes aplausos cerraron sus palabras,
que fueron pronunciadas en francés.)
Revista FUERZA NUEVA, nº 624, 23-Dic-1978
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