Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta Franquismo.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Franquismo.. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de junio de 2026

Un jesuita, apóstol de la masonería

 Artículo de 1979

Un apóstol de la masonería

 ES algo inconcebible y más en estos tiempos en que los hijos de Dios, todos los hombres, necesitamos de sólidos agarraderos para no decaer en nuestra fe; esa fe que tanto nos ayuda a sobrellevar las fatigas, crueldades y horrores de los malignos tiempos en que vivimos, haya personas que se empeñen, aun contra los principios que un día juraron e incluso que han sido la base de su formación espiritual y religiosa, en destruir, por medio de la confusión y de la predicación de una «libertad» totalmente a «gusto de consumidor», a esa familia magnifica formada por Dios como Padre y por sus hijos tos hombres, coherederos con Cristo, del Reino que nos tiene prometido.

 Tal es el caso del Rvdo. P. José A. Ferrer Benimeli, S. I. (hoy llamado «profesor», seguramente para «hacerse todo a todos y ganados a todos para... la masonería).

 Este ilustre señor profesor, dio una «conferencia-debate» en los locales del Club Areco (antes Congregación Mariana) de Gandía (Valencia) que titulaba: «La masonería hoy. ¿Mito o realidad?...»

 El padre Ferrer, autor de varios libros sobre la masonería, con buen decir y fácil desarrollo, nos expuso los orígenes de las logias; formadas por picapedreros, albañiles, arquitectos, etcétera, tal y como por los símbolos de todos conocidos, parecen indicar... Habló de la variedad de masonerías y hasta de las obligaciones religiosas de algunas de ellas.

 Es curioso observar ese algo de facilón y al propio tiempo sutil para introducirse en los distintos ambientes que tenían las masonerías... Esto lo debieron observar y por ello formaron logias tan variadas en todos los órdenes —incluso en lo referente al color de la piel— (para que no se escape nadie), unos «intelectuales» de esos que, como el Rvdo. P. Ferrer Benimeli. llevan rabo... ¡Que nadie se extrañe, porque se le vio!

 En estos tiempos en que, según frase de Pablo VI, el «humo de Satanás» se ha metido en todas partes, hasta en la Iglesia, hasta en lo que desde siempre he considerado —sin despreciar a nadie— como el «Sancta Sanctorum» de las órdenes religiosas, a la Compañía de Jesús, a cuya santidad tanto debo y de cuya santidad están «viviendo de renta» individuos como el Rvdo. P. Ferrer Benimeli y el jesuita que apareció en la pequeña pantalla junto a los «curanderos» hace poco, rebajando con su presencia y sus palabras, abiertamente, la dignidad con que el mismo Cristo los ha distinguido para que sean luz del mundo y nos traigan con su presencia el recuerdo del Señor a todos los que ansiamos su perdón y su abrazo.

Después de la suave y sutil manifestación de la masonería, el padre Ferrer abrió fuego contra Franco, acusándole de «asesino» de masones... Por supuesto, sin citar nombres ni fechas ni el porqué de la aplicación de la última pena, en caso de ser verdaderas sus denuncias... ¡Aquí, en Gandía, sí tenemos nombres, fechas y «motivos» por los que cayeron a manos de los marxistas, precisamente hermanos de religión del Rvdo. P. Ferrer Benimeli!

 El colmo de la «conferencia» llegó trayendo por los cabellos motivos de «consenso» y. tras querer convencer —o mejor dicho, confundir, como lo hace Satanás—, a los allí presentes, nos dijo que un católico puede ser masón... (?). Y no faltó la nota cumbre cuando él mismo, el Rvdo. P. jesuita Ferrer Benimeli se ofreció para contactar a los interesados con la masonería.

 Todos los años los jesuitas practican los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, su fundador. Yo no puedo comprender cómo el padre Ferrer hará estos Ejercicios...

 ¡Por Dios, padre! Háblenos de Cristo. Háblenos en estos momentos de María, su Madre. Los que formamos el «pueblo» no necesitamos otra cosa. Lo demás, lo que según parece tanto lo eleva en el campo de la intelectualidad, venga a exponerlo a modo ilustrativo. Creo que los pertenecientes a la masonería tendrán sus catervas de doctores para halagar los oídos de cierta clase de hombres. Pero, triste y bien triste es que, precisamente un jesuita, intente confundirnos. Bien le puede suceder —como le sucedió en el Club Areco, de Gandía, que, como león que usted se presentó, fuera derrotado por un muchacho, con más espíritu que usted, que ya lleva algunos años en la Religión. El joven le hizo unas preguntas a las que usted contestó con otras insistentes e insidiosas preguntas; queriendo saber —o mejor dicho— queriendo hacer saber al coro de sus simpatizantes, de dónde procedían las notas sobre las que se basaban las preguntas que se le hacían. Porque, Rvdo. P. Ferrer, usted bien sabía de dónde procedían.

 Y, ya que vamos de «preguntas», voy a hacerme yo algunas: ¿Por qué el Rvdo. P. Ferrer Benimeli se volvió como una fiera herida contra Blas Piñar cuando se hizo público que las notas procedían de la revista FUERZA NUEVA?

 ¿Por qué atacó precisamente a uno de los pocos hombres que. con su valor acostumbrado dan testimonio público de Cristo sin respeto humano de ninguna clase?

 ¿Por qué trató de ridiculizar al Caudillo el padre Ferrer cuando, haciendo alusión a uno de sus discursos dijo haberse metido Franco con la masonería como enemiga de la política que se seguía en España? ¿No reconoció el padre Ferrer que había una masonería que se introducía en la política? ¿Por qué. pues, no tenía razón Franco al declarar a los masones, de la clase que fueran, como enemigos de la España que él defendía, cristiana y moral, adicta ciento por ciento al catolicismo apostólicos romano?

 En el ataque final a Blas Piñar me pregunto: ¿No será acaso que al padre Ferrer Benimeli se le ha subido a la cabeza el humo de «su ciencia» y le da en el rostro que un seglar sea apóstol de Cristo sembrando su sana y constructora doctrina a todos los niveles y por todas partes —incluso en el extranjero— mientras él, un JESUITA, se dedica a «apostolear» en favor de la masonería, escribiendo libros de tapas negras y más negro contenido, tan sólo por el placer de recibir la admiración de quienes lo aplauden todo, y mucho más cuando las «conferencias» sólo tratan de desprestigiar al Caudillo y a los que —como Blas Piñar— tratan con su recto espíritu defender la verdadera doctrina católica?

 ¡Padre Ferrer!: se le ha visto la cola serpentina»...

 José ROS RAUSELL


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979

 

domingo, 21 de junio de 2026

Pemán y sus sospechosos elogios al “Príncipe”

 Artículo de 1968

 EL CULTO A LA PERSONALIDAD DE “EL PRÍNCIPE”

 El artículo de don José María Pemán publicado en «A B C» del día 5 de enero, y que tiene por título «El Príncipe», es modelo de glosa, literal lamente perfecto y acabado. El lenguaje es difícil de entender en el insigne autor de «El divino impaciente»; incomprensible en quien por el año 1933 decía que la Comunión Tradicionalista era, «por su parte activa, un ejército, y en su parte espiritual, una doctrina eterna». 

Las sinceras alabanzas prodigadas a los artífices de la obra: a don Alfonso Carlos, a don Javier de Borbón, a don Manuel Fal Conde y a Zamanillo, se han trocado hoy en apasionados y ciegos elogios precisamente para «El Príncipe», que nada tiene que ver con aquel «activo ejército» ni con aquella «doctrina eterna» que salvó a España; son hoy vítores de júbilo para el vástago de la familia que mejor simboliza el imperio de lo temporal sobre lo eterno; de la fe religiosa vacilante, dudosa y escéptica, en pugna con el Carlismo. Es incomprensible. La pluma que un día cantó alabanzas hoy ha sido mojada en la tinta del olvido, del desprecio y de la ingratitud.

 Comienza el prólogo con la acusación de «cicateros», de ruines y tacaños a quienes obstaculizaron y se opusieron al acceso de una mujer al Trono. Don José María se excluye bonitamente del calificativo, reconociendo la excelencia de los reinados femeninos de doña María de Molina, de Isabel la Católica y de doña María Cristina de Habsburgo. Este último recuerdo, muy respetable, es exponente de lo íntimo y familiar que le resulta al articulista, pero que a la hora de la comparación no creo saldría bien parado.

 Así oscurece los conceptos del bien y de la verdad, dando alas a su apasionado corazón en mengua y detrimento de la memoria y lucidez.

 La Historia va a ser mi fiel compañera para dar fe de lo que he afirmado. Se duele de que a despecho del imborrable recuerdo del reinado de la católica Reina, repudiasen los carlistas el de Isabel II. No debió ser molestada esta tierna Princesa por su tío Carlos..., sin duda porque de su futura fecundidad había el bisabuelo del Príncipe loado en «A B C»... No, señor Pemán, no eran cicateros los carlistas; no disputaban el Trono a una dama. Ni entonces ni después confundieron el sexo con la ineptitud. A una mujer, y de la real casa de Braganza, a la Princesa de Beira, debe el Carlismo el excelso beneficio de la fidelidad a la «doctrina eterna», que a buen seguro hubiera naufragado, contaminada por un Príncipe liberalizado (¡qué coincidencia!) que también se llamaba Juan III, como el que reside en Estoril, como el que aparece en la fotografía que ilustra el artículo de «A B C».

 Los carlistas no luchaban contra una mujer, sino por la pureza de una institución, por su doctrina eterna, porque sus sentimientos católicos estaban brutalmente escarnecidos en una corte donde podía cantarse impunemente: “¡Muera Cristo! ¡Viva Luzbel! ¡Muera Don Carlos! ¡Viva Isabel!” Sabían los de la Comunión Tradicionalista que aquella inocente víctima de la sectaria, tenebrosa, «bastarda, afrancesada y europeizante» constitución tenía las alas cortadas para remontar el vuelo a las divinas impaciencias de la Reina que en sus aladas naves llevó la «doctrina eterna» a un nuevo continente. El veneno escondido en la dorada constitución que mediatizó el reinado de Isabel II y de todos sus sucesores no atrajo las bendiciones de Dios. Pagó España con dos destronamientos el

tributo de la gloria de los liberales; los carlistas sufrieron el infierno, con la derrota de dos guerras, y los frailes el purgatorio de la matanza y el expolio. 

Así empezó la legitimidad histórica que hoy hereda «El Príncipe» en quien don José María Pemán tiene puestas todas sus complacencias.

 Pero esa legitimidad fue truncada (al grito de ¡abajo los Borbones!) por los mejores derechos de la revolución triunfante en Cádiz y en septiembre de 1868.

 Pletórico de ilusiones liberales fue restaurado Alfonso XII en Sagunto. Relegaba al olvido el dramático final de su madre arrojada del Trono, previo el aviso del cura Merino, que intentó asesinarla... Y don Alfonso fue nueva víctima de quienes (por evitar la común unión de todos los españoles, no en el catolicismo del siglo, sino en el eterno incontaminado y tradicional) habían de proporcionar serios sinsabores a su esposa María Cristina de

Habsburgo y a su hijo Alfonso XIII. Díganlo si no la turbia liquidación del imperio, pese al honor del ejército y del pueblo español, que no se perdieron ni en Cuba, ni en Cavite, ni en Baler.

 Con el hundimiento del Trono del padre de don Juan y abuelo de «El Príncipe» pudo haber reconciliación. El perdón por parte de la dinastía carlista no le faltó a don Alfonso XIII, desterrado en Roma. En su condición de Rey destronado (el tercero de su dinastía en noventa y un años) no era mucho pedirle la promesa del propósito de la enmienda de su error liberal y el reconocimiento de la usurpación de derechos a la dinastía de los descendientes de don Carlos María Isidro de Borbón. Ante la negativa y la obstinación de Alfonso XIII, don Alfonso Carlos nombró regente en su testamento político a don Javier de Borbón-Parma, a quien recomendaba, además, como el Príncipe ideal para su sucesión. Y con él preparó el Glorioso Movimiento, puesto que como  muy bien sabe el señor Pemán, el documento lleva la fecha de 26 de enero de 1936. El nombramiento lo justifica con esta frase: «Pero no se llegó nunca a pacto alguno porque don Alfonso no consintió jamás en la aceptación solemne de los principios de mis derechos soberanos, ni en la abdicación de su hijo.»

 Y no fue obstáculo para que la Comunión Tradicionalista (que había suplicado al político Rodezno por el organizador Fal Conde) hiciese espléndida realidad y garantía salvadora, la que Pemán concebía entonces como «ejército con doctrina eterna». Dice el libro de Melgar sobre la escisión dinástica, que los amigos y consejeros de don Alfonso decidieron su real ánimo a mantener sus derechos y no reconocer los de la rama carlista. Esta actitud, señor Pemán, es vieja herencia que también recibirá su «Príncipe». Recuerde la contestación dada a Carlos VII en la Avenue de la Grand Armée, de París, por su prima Isabel II, cuando ambos estaban desterrados: «Pero, ¿de qué serviría esa sumisión (la suya) cuando «los míos» la tendrían por nula y levantarían pendones por don Alfonso»?

 Y los pendones aparecieron en Sagunto a la hora convenida. ¿Podrán sus nietos y descendientes sustraerse a las presiones de «los suyos»? ¿Acaso no son los cuarenta y cuatro de Estoril quienes, desertando del ejército de la doctrina eterna, levantan ahora pendones por don Juan? Los de Sagunto y los de Estoril tenían el reloj parado en aquella hora en que los «cicateros» carlistas repudiaron a una tierna niña y a su madre, la bella napolitana y gloria de los liberales; en la hora del lúgubre doblar de las campanas del Real Monasterio por la muerte de Fernando VII el día 29 de septiembre de 1833. Y lo más grave es que lo han parado después de lo ordenado por Diego Martínez Barrio en la Logia Iberia de Lisboa, donde se manifiesta «juanista» para evitar el carlismo que les venía encima y «para poder derribar el régimen de Franco». Y lo tienen parado, pese a que don Juan manifiesta su concordancia antifranquista en sus manifiestos de Lausana y de Estoril.

 Tampoco se mueve el reloj con la carta que don Manuel Fal Conde dirige a Rodezno desautorizándole por sus favorables manifiestos hacia don Juan, publicadas por «United Press» en 1946. Y parado sigue cuando en 1948, en Londres, se hacen «juanistas» Prieto y Gil Robles; cuando en 1952 la Comunión Tradicionalista, da cumplimiento a la voluntad de don Alfonso Carlos, precisamente para que nadie impida que deje de ser como Pemán la concibiera: «ejército y doctrina eterna». A este fin declaró solemnemente a don Javier de Borbón, como Rey, en asamblea celebrada en Barcelona con motivo del Congreso Eucarístico. Y con el reloj muy retrasado fueron cuarenta y cuatro señores a Estoril para autodepurar a la Comunión y hacer efectivo el mandato de Pemán de 1933, aunque levantasen ahora sus pendones «juanistas»

 Pero hay más. Han venido a testimoniar su ligereza y obcecación dos nuevos acontecimientos. En 1958 se celebra en Bruselas la asamblea del partido comunista con asistencia de Dolores Ibarruri, doctora honoris causa» por la Universidad de Moscú. La Pasionaria, tan docta en las disciplinas de Lenin y Stalin, cuan inepta para las divinas impaciencias» de Javier; anclada por su saber y por sus años en la generación de 1834, al suscribir para ella y su partido la enmandilada candidatura «juanista», forzosamente tuvo que exclamar: ¡Muera Cristo! ¡Viva Satán! Completar la copla de 1833 gritando: ¡Nada de Carlos! ¡Viva don Juan! ¿No le parece que es avivar las «sectarias impaciencias» de doña Dolores?

 Y siguiendo las páginas de la Historia, en 1962, y con los mismos piadosos fines, se reúne Rodolfo Llopis en Munich con Gil Robles y con representantes marxistas, demócrata cristianos y monárquicos liberales, cuyos nombres no es necesario citar.

 Quiero manifestar, por último, que si la herencia histórica de la legitimidad de «El Príncipe» queda bien esclarecida por la luz de la verdad, encuentro en el artículo un concepto final que debo aclarar. Me refiero a los méritos ponderados por Pemán en su elegido, presentándolo como el hombre bueno que no pertenece ni al bando de los vencedores ni al de los vencidos. La luz de los acontecimientos, que acabamos de citar identifica la académica frase, con un gironellismo puro. La dorada frase, muy púdica, tapa lo que no debe enseñarse: su procedencia moscovita. Allí eso se denomina existencia pacífica.

 Le doy toda la razón a Pemán cuando dice: «Franco sabe que por su legitimidad «emanada de la victoria», él no es ya una persona, sino una institución.» No concibo un Príncipe aspirante a sucesor de Franco (cuando Dios lo disponga) que no sea como él participante en la victoria del Movimiento; vinculado a él lo más íntimamente posible, no de palabra, sino con hechos.

 En lo que no estoy de acuerdo con don José María es en el poco celo para exigir pureza a la institución (que debe ser «ejército y doctrina eterna») y el excesivo culto a la personalidad de un Príncipe a cuyo padre se lo prodigan de consuno monárquicos liberales y marxistas leninistas.

Manuel  de VALDIVIELSO


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968

 

viernes, 19 de junio de 2026

Sobre la la asignatura de F. E. N. (Formación del Espíritu Nacional)

 Artículo de 1970 

 LIBERTAD Y FORMACIÓN POLÍTICA

 Por Estanislao Cantero

 El sentido profundo de la libertad en quienes la reclaman en una sociedad de masas es la exigencia de una completa y minuciosa predeterminación de sus vidas definitivamente planificadas y protegidas” (1).

 En el sistema educativo español, planificado y dirigido por el Estado, existe (1970) la asignatura de Formación Política, conocida por F. E. N. (Formación del Espíritu Nacional) en el bachillerato, y con el nombre de Formación Política en la Universidad. Menos en Preuniversitario, existe en todo el bachillerato y en casi todos los cursos de las diferentes carreras universitarias, salvo en el primero y el último.

 Es innegable que, en todos los cursos en que existe, se considera prácticamente por alumnos y profesores como una de las “marías”, es decir, asignatura que existe solamente porque el Ministerio de Educación se empeña en ello, pero a la cual no se le concede importancia. Desde hace once años, su existencia es puramente nominal. Si bien es cierto que existe, es también una triste realidad que no se exige (prácticamente hay aprobado general) y lo que es peor, que no se enseña en la mayor parte de los centros. No obstante hay quien opina que la formación política no es más que “una reminiscencia de tiempos pasados, del totalitarismo español” (2). Coincidimos, al afirmar que, desgraciadamente es algo pretérito, sin actualidad, pero no porque no deba hacerse sino porque no se hace.

 El actual régimen nació el 18 de Julio de 1936. El Estado debe y tiene que ser fiel a él; es cierto que hace ya 31 años que se pudo leer el parte de la Victoria, pero no es menos cierto que la Victoria, tanto o más que por las armas, se consigue y empieza cuando la ideología sobre la que se basa todo orden justo y, en fin, todo progreso, ideología defendida por los que tomaron las armas, se divulga y enseña a las generaciones futuras y a los que de buena fe están en el error. Es una trágica realidad el que este Estado, que desde su nacimiento tenía todos los medios para conseguir esa victoria, no lo ha hecho así. No dudamos de su buena intención pero ello no basta.

 Cuando algo tan fundamental como es la formación política no se ha impartido; cuando la generación que ahora se forma y la recientemente “formada” no tiene más ideas que las que los medios de información (o de deformación, diría yo) les ponen ante sus ojos, se nos encoge el corazón al ver lo que se ha conseguido en este aspecto a partir de la guerra de Liberación. La Cruzada fue, efectivamente, liberación. No se podía soportar la anarquía, el desorden y la represión religiosa que existían.

 Vemos así, ahora, que en una sociedad de masas en la que ya no existe el hombre como “portador de valores eternos”, donde el concepto de libertad se ha deformado totalmente, no existiendo ni siquiera muchas veces la elección, pues el Estado se lo da todo al individuo; donde se sustituido o se trata de hacerlo, la libertad por la igualdad, creyéndose así libre porque todos hacen lo mismo, las palabras de Rafael Gambra con las que comenzamos este artículo, son por desgracia fiel reflejo de la sociedad en que vivimos, en la que el hombre no existe con individualidad propia y diferenciada que no sea la meramente biológica, sino como “hombre-masa” que se cree totalmente libre porque está como todos o, al menos, como la mayoría, inmerso en el proceso irreversible del “sentido de la historia”. Lo que no es más que la negación absoluta de la libertad: puro determinismo.

 Es por todo esto por lo que creemos necesaria la formación política en los centros de enseñanza. Lo contrario lleva, efectiva y realmente, el totalitarismo, en una sociedad de masas en la que la libertad no tiene sentido sino como sujeción al poder estatal. Pero, ¿qué es la formación política? ¿En qué debe consistir? Su mismo nombre nos lo indica: acción de formar, de educar, educación política en el sentido que la palabra tiene para Aristóteles, al decir del hombre que es un ser político, esto es, social y no solamente en su acepción relacionada con el poder. Si además tenemos en cuenta que formar es componer un todo en sus partes, la formación política consistirá en la educación en todo aquello que se refiere al hombre, la sociedad y el Estado y las relaciones entre ellos.

 Se combate la formación política –cómo no- lo mismo que tantas otras cosas, en nombre de y por la libertad. Así se nos dice que estamos “alienados” porque aceptamos unos principios y unas ideas. La libertad para los que hablan de ese modo consiste en no admitir, en no atarnos a ideas y principios o creencias, pues si los admitimos, desde ese momento, dejaríamos de ser libres. Curioso. Por una parte supone el aceptar la idea de que no hay que ligarse a nada, con lo que si antes no se era libre, por el mismo motivo, ahora tampoco. Por otra, la libertad consiste precisamente en atarse a algo, al bien, pues desde el momento en que se conoce una cosa, la libertad estriba en quererla o no, y desde el momento de esa aceptación o rechazo queda uno ligado a ella. No por ello se deja de ser libre, ya que esa actuación se ha realizado voluntariamente. Y decimos que ligarse al bien, porque de consistir en ligarse al mal, además de irracional, supondría que quien se ligase al bien no sería libre. Por eso, “el que comete pecado, esclavo es del pecado” (3). Por lo mismo, no puede admitirse que la libertad consista en atarse indiferentemente al bien o al mal. El poder escoger entre bien y mal no es más que la libertad física. No hay libertad moral para escoger el mal y, sin ella, no hay verdadera libertad.

 La libertad, decía Donoso Cortés (4), es la obra maestra de la creación. La libertad supone querer y el querer, entender; en esto nos diferenciamos de los animales, que no son libres. Por ello, si queremos que el hombre ocupe el puesto que le corresponde, si queremos que sea el rey de la creación (por supuesto, no prescindiendo de Dios) habrá que enseñarle poco a poco y desde la infancia el porqué y para qué de su existencia y la actuación que debe seguir, no como algo planificado irracionalmente que le lleva a tomar “el tren de la historia”, sino que esa actuación sea querida y efectuada voluntariamente por él al ver, al conocer, los diferentes aspectos de la realidad de la vida.

 ¿En qué debe, pues, consistir la formación política? ¿Qué debe enseñarse? No vamos a hacer un programa concreto y detallado para cada año, sino tan sólo esbozar en líneas generales lo que debe ser.

 El fundamento de la existencia del hombre es Dios. Por ello, si bien existe la Religión como asignatura e igualmente y, por desgracia, enseñada con el mismo “celo” y a ella incumbe directamente esta cuestión, no por ello debe prescindirse de Dios, sino al contrario, ajustar toda la enseñanza sobre la base de Su voluntad y adecuada a las enseñanzas de la Iglesia Católica, depósito de la Verdad revelada. Se deberá enseñar lo que es el hombre, el puesto del individuo en la sociedad y el Estado; lo que es la familia, célula y base de la sociedad: lo que es la sociedad y lo que es el Estado.

 Asimismo, deberá enseñarse que, entre individuo y sociedad existen unos cuerpos o asociaciones naturales que son los cuerpos intermedios. Derechos y obligaciones de todos ellos de acuerdo con sus finalidades respectivas, pero de una manera general y básica, si bien más profunda en los cursos superiores, ya que la concreción particular y técnica incumbe a otras ramas del conocimiento, sobre todo el Derecho. De este modo, podrá existir una sociedad racional, corporativa y jerárquicamente organizada, basada en orden impuesto por el Creador, donde tanto el individuo como la sociedad, los cuerpos intermedios y el Estado puedan ejercer las funciones que les son inherentes, obligándose recíprocamente con sus respectivos deberes, con lo que efectivamente existirá un verdadero “desarrollo de la persona humana”.

 Obligación y derecho de la sociedad, entendida como cuerpo orgánico y donde el hombre no sea tan solo un número será la formación política de los individuos que la componen. Esta formación debe darse en todos los centros educativos: y si el Estado planifica la educación mediante la centralización de una enseñanza unitaria e igualitaria, como mal menor deberá igualmente exigir que la formación política sea una realidad y no algo ficticio. Es deber suyo y del que no puede sustraerse desde el momento que se ha hecho cargo de la educación, pues si no debe monopolizarla, desde el momento que lo hace, si abandona la formación principal con la que está obligado para con el individuo y la sociedad, convierte esa educación en deformación.

 Los resultados los hemos visto y los vemos continuamente. Si efectivamente es el Estado y somos nosotros fieles al 18 de Julio y si no queremos que sus defensores y las generaciones futuras tengan que lamentarse, no del 18 de Julio sino de la actuación posterior, no abandonemos ni renunciamos a obligación tan sagrada.

 Es pues, indudable la necesidad de la formación política. Sin ella, seguiremos hundiéndonos en el acelerado proceso del “viento de la historia” cuyo dogmático y desarrollo irreversible se acepta cada vez más como la verdad más inmutable. Para salir de esta sociedad masificada, donde la Revolución y la sociedad de consumo se parecen cada vez más es absolutamente necesario una formación política adecuada.

 (1) Rafael Gambra: “La libertad en la sociedad tradicional cristiana y en la sociedad de masas”, en “Verbo”, abril 1970, pág. 287. Editorial Speiro. General Sanjurjo, 38.

 (2) Citado por Fuerza Nueva, número 175, 16 de mayo de 1970.

 (3) San Juan VIII, 34

 (4) Donoso Cortés “Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo”. Espasa Calpe. Colección Austral, segunda edición, 1949 pág. 71 y siguientes


Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970

 

lunes, 15 de junio de 2026

El obispo Cirarda, las sacristías y los terroristas

 Artículo de 1970 

 Comunicado a los señores párrocos de Vizcaya, sobre su obispo mons. Cirarda

 Cuán cierto es que, en condiciones, algunas verdades son tristes y amargas. Esta que hoy comentamos, además de serlo en grado superlativo, resulta de una evidencia tal y tan grave es, que hace necesaria nuestra intervención sin demora.

 Es un hecho, desde tiempo comprobado, que nuestro obispo José María es prisionero de un grupo de exaltados sacerdotes, bajo cuya presión y a cuyo dictado actúa. Bien cerca tenemos el caso de su última carta pastoral, leída en muchas iglesias de Vizcaya, tal vez en todas. Documento forzado, falto de sentido y demasiado doblado de incoherencias y contradicciones. A todas luces, por su fondo y forma, no se trataba de un documento apto para ser llevado a la consideración de los fieles, ya cansados de conocer y reprobar las tristes andanzas extra-pastorales y abusivas de determinados sacerdotes. Mas el señor obispo estima que los fieles hemos de ser informados públicamente de tales sucesos y posteriores e inevitables derivaciones.

Bien estaría que Monseñor, consecuente con su línea informativa, tuviese a bien dar a la lectura obligatoria, en todas las Iglesias de la diócesis, de una nueva carta, comentando extensamente y ofreciendo su personal opinión, con clara mención de los nombres de los firmantes, acerca del escrito que con más de cincuenta firmas de créditos vizcaínos tiene recibido recientemente, escrito conminatorio e inadmisible, de ultimátum, en el que parte de los firmantes se le declaran en abierta rebeldía, otros certifican su salida y los más amenazan y anuncian posturas nada en consecuencia con sus respectivos ministerios eclesiásticos.

 Aprovechando dicha carta pastoral, monseñor Cirarda podría, además, darnos cuenta detallada de los alijos de armas y explosivos hallados en varias iglesias de su Diócesis y nombre de los sacerdotes huidos como consecuencia de dichos hallazgos para evitar sus comparecencias ante la ley con motivo de sus delitos, etcétera.

 Y, a mayor abundancia, monseñor podría hablarnos, dentro de la misma política informativa por él seguida para con sus sufridos fieles del porqué la autoridad eclesiástica en el encarnada, no procede contra los clérigos que, autodeclarados rebeldes y fuera de toda disciplina de la Iglesia, se niegan a abandonar sus cargos y a desalojar los templos para los que, en mejores días, fueron designados.

 Otra verdad incontrovertible es la de que, paradójicamente, una inmensa mayoría de los sacerdotes vizcaínos actúan obedientemente a las órdenes del señor obispo, aunque hay que imaginar que, en más de una ocasión, lo han hecho por pura y simple disciplina, y son dichos sacerdotes los mismos que obedecieron y fueron fieles al obispo anterior y lo serán asimismo al que en su día suceda a don José María. Sacerdotes dignísimos quienes, por parte de nuestro obispo merecen mejor trato y una mejor consideración.

 La deducción es clara: los clérigos rebeldes que tal vez un día, suponemos, sintieron la llamada de Dios, pero que más tarde se muestran inadaptados y politizados, serán siempre los mismos en cualquier situación. A ellos monseñor Cirarda, con su entrega, su inoperancia, les está haciendo muy doloroso juego, causando así profunda desorientación y grave escándalo entre sus diocesanos.

 Es esta una denuncia que, en conciencia, nos consideramos obligados a formular en Bilbao, Vizcaya, hoy 15 de junio de 1970.

 CATÓLICOS BILBAÍNOS


Revista FUERZA NUEVA, nº 187, 8-Ago-1970

 

martes, 26 de mayo de 2026

Si la monarquía juancarlista se debiera al pasado, hubiera sido rey su padre D. Juan

 Artículo de 1979

 EL PASMO DEL MUNDO

 YA saben ustedes que esta desgraciada operación de cambio político, que nos llevó de los niveles de prosperidad, paz y seguridad ciudadana, que el pueblo español disfrutaba con Franco, a la triste situación que padecemos, se asegura que es «el pasmo del mundo»… asombrado, abobado y regocijado por la forma en que una nación se ha destruido a sí misma, en medio de la sangre, el fango y las lágrimas

Pues bien, la «oferta» de tan averiada mercancía en el zoco de Estrasburgo, hecha por el presidente del Gobierno, señor Suárez, ha merecido un agudo análisis de José Luis Alcocer, hecho en «El Imparcial». Alcocer fue uno de los comentaristas que, en tiempos de Franco, mantenía una actitud crítica contra el sistema político. En Fuerza Nueva hay constancia de nuestra divergencia con sus posturas. Al venir el análisis de un hombre de «la otra acera», adquiere una significación específica, pues no podrá ser atribuida a la nostalgia, como cuando somos nosotros los que adoptamos posturas similares. Merece la pena reproducir algunas de sus consideraciones.

 A la pretensión de Suárez de que el «tránsito» de la llamada dictadura a la llamada democracia se ha verificado en los dos años de su llamado gobierno, Alcocer replica: «No, señor presidente del Gobierno de la nación. Nuestro tránsito hacia la democracia se inició, exactamente, por decirlo así, el 10 de enero de 1967, con la promulgación de la Ley Orgánica del Estado, merced a la cual es usted presidente del Gobierno. Y se prosiguió, desde luego, con la voluntad afirmativa del general Franco, jefe del Estado, cuando se le ocurrió proponer al entonces príncipe don Juan Carlos de Borbón y de Borbón como sucesor suyo en la Jefatura del Estado a título de rey, diciendo de paso que "la monarquía que hoy instauramos nada debe al pasado". Y don Juan Carlos juró y aceptó...»

 Sólo corregiríamos a Alcocer la fecha: el tránsito hacia la democracia se inició el 18 de julio de 1936, con el Alzamiento victorioso que acabó con el desorden rojo-separatista que llevaba a España a la esclavitud de una dictadura soviética. La culminación de esa democracia, cada vez más perfilada, debería haber sido distinta, pero ésa es otra historia. Que no quita valor a las puntualizaciones de Alcocer a los «padres» de esta democracia: «Pero ¿de dónde venís? ¿Quién os ha hecho eso que se llama gente? Si no sois unos y otro, sino el trasunto de Franco. ¿Dónde estaríais los unos y los otros sino fuera porque Franco se tomó la molestia de ganar una guerra civil?»

 Preguntas que refuerza con afirmaciones: «El rey es rey porque Franco lo quiso, lo decidió y lo propuso. No por otra cosa, don Juan Carlos inauguró la democracia el 23 de julio de 1969 con las siguientes palabras: "Recibo de su excelencia el jefe del Estado y Generalísimo Franco la legitimidad política surgida del 18 de julio y de 1936." Ahí no hay equívocos, eso está dicho, eso está jurado. Don Juan Carlos encarna una monarquía instaurada, que nada debe al pasado. Porque si algo debiera al pasado, el rey no sería él, sino su padre

 El deseo de actuar como si Franco no hubiera existido nunca, provoca, dice Alcocer, que en España «empiece a haber algunos que comiencen a desear que Franco siga existiendo todavía».

 El fenómeno es más profundo de lo que Alcocer cree. No es, con ser respetable, sólo la gratitud lo que mantiene viva la memoria de un hombre al que procuran hacer olvidar los que más le deben. Es, sobre todo, la trágica realidad de la vida cotidiana la que demuestra al pueblo, de forma irrefutable, que con Franco vivíamos mejor.

 Si el nuevo régimen político hubiera traído la felicidad a los españoles, Franco hubiera pasado, sin revanchismos y sin mitificaciones, a ocupar el puesto que su patriótica ejecutoría le han ganado en la Historia. Si así no ha sido, la responsabilidad es de quienes, además del penoso fallo humano de no ser agradecidos, han tenido el mucho más grave, desde el punto de vista político, de no saber conservar y acrecentar para el pueblo la fecunda herencia que Franco les dejó.

R. I.


Revista FUERZA NUEVA, nº 632, 17-Feb-1979 

 

 

R. I

sábado, 9 de mayo de 2026

Subversión estudiantil en el franquismo (2)

 Artículo de 1968

 PARA ACABAR CON LA SUBVERSION UNIVERSITARIA HAY QUE VOLVER A LAS ORIENTACIONES DE LAFALANGE FRENTE AL MARXISMO.

 En una carta publicada en el diario «S.P.» del pasado 30 de diciembre, se lee:

 «A partir de 1957, fecha fatídica para éste y otros sectores de ¡a vida nacional, la nefasta despolitización realizada en la Universidad, suprimiendo todo lo sugestivo que existía en el desaparecido SEU hizo posible la repolitización informal y anárquica que ahora estamos sufriendo. Ahí está precisamente el auténtico origen del problema: el intento de despolitización. Despolitizar la Universidad (como despolitizar las corporaciones) es romper en su esencia el contenido humanístico y totalizante que es absolutamente fundamental en la Universidad. Es separar todo lo social que hay en el hombre para reducirlo a solo individuo. Y el individuo no es persona. En consecuencia, las manifestaciones de un conjunto de individuos serán las que observamos ahora: incoordinación, insolidaridad, incomprensión y, en general, todos los factores que destruyen la armonía social». 

Estamos completamente identificados con lo que escribe Carlos León Roch. Añadiremos además que ya el mismo SEU fue debilitado e intoxicado de filosofías que no respondían a la ideología de las esencias católicas, patrióticas, tradicionales y falangistas.

 La auténtica postura, por ejemplo, de la Falange Española ante la Universidad estaba en un trabajo radiodifundido titulado «Orígenes de la revolución antinacional española. La secta de Giner de los Ríos». Se puede leer en la «Gaceta Regional», del 30 de septiembre de 1936. He aquí cómo se expresaba la auténtica Falange, con la cual sentimos plenamente:

 «Si queremos que sea fecundo y auténticamente renovador el glorioso Movimiento del 18 de julio es necesario que tengamos todos una noción clara y precisa de las causas principales que, durante un larguísimo proceso, han venido incubando la revolución antinacional española…

 Muy pocas personas se percataron a tiempo de que importantes y numerosos elementos de la llamada intelectualidad española, en labor callada, perseverante y tenaz, se infiltraban en las clases dirigentes españolas, y éstas después en la conciencia popular...  De nada sirvieron las angustiosas advertencias que a todos nos hiciera aquel coloso que se llamó don Marcelino Menéndez y Pelayo, desde las páginas de su Historia de los Heterodoxos Españoles, al hablar del materialismo krausista, representado en España por Sanz del Río, Giner de los Ríos, y después sus discípulos, que son hoy los dirigentes e inspiradores del republicanismo extremista del marxismo, y de toda la corriente, no laicista, sino ateísta, en España...

 Giner de los Ríos creó dos instituciones. Una fue la Junta para la Ampliación de Estudios. El otro organismo es la Institución Libre de Enseñanza que se consagró... a formar generaciones de maestros librepensadores, que son los que ahora forman la gran legión de maestros marxistas, que, para nuestra desgracia, predominan en la nómina del magisterio español.

 Lo terrible del caso es que, con una mentalidad verdaderamente suicida, todos los políticos y gobernantes de la caída de la monarquía y hasta de la misma Dictadura del malogrado Primo de Rivera, subvencionaron espléndidamente y dieron auge a esa extraña institución de raíces ideológicas judías, materialistas, anticatólicas y antinacionales. El régimen político que adoptó esta actitud suicida, al entregar la educación de sus ciudadanos a tales elementos, fatalmente tenía que perecer, como, por desgracia, así ocurrió. La Universidad, en mano de los

krausistas Giner de los Ríos, Adolfo González Posada, José Castillejo, Julián Besteiro, Fernando de los Ríos, Claudio Sánchez Albornoz, Américo Castro, Luis Jiménez Asúa, Cándido Bolívar, José Giral y tantos otros que forman hoy los cuadros del extremismo republicano y del partido socialista, apartó a nuestras generaciones universitarias del cultivo de las humanidades y de la gloriosa tradición católica de la cultura española.

 Con ello servían un perverso designio revolucionario que luego encarnó en todos los hechos criminales que ha caracterizado la república española de 1931, de la que fueron principales inspiradores y artífices los discípulos del «gran sabio» Giner de los Ríos.

 Así vemos multitud de abogados, de médicos, de ingenieros, de arquitectos, de hombres de profesiones universitarias, con estas mentalidades deformadas que reniegan de Dios y de su Patria, porque, sin más discernimiento, recuerdan lo que les enseñaron en las aulas universitarias. De igual manera hemos visto últimamente, en todos los pueblos españoles, niños de seis y siete años levantando los puños con expresión de odio y precoz afán de exterminio. Quienes han enseñado esto, no han sido, generalmente, sus padres, sino estos maestros salidos todos de la Institución Libre de Enseñanza, y que, al educar a estas criaturas en tales sentimientos comenten el más infame de los crímenes

 Con este lenguaje y estilo de Falange Española hay que enfrentarse a los desórdenes universitarios. Desórdenes que no están únicamente en las calles, en las violencias ni en el tumulto. Esto, elementalmente, exige una acción policíaca tajante, muy profunda, libre de toda suerte de presiones y contundente. Desórdenes son también las malas filosofías, la politización marxista fruto de haberse vaciado la educación teológica y política de la Universidad, con infidelidad manifiesta al espíritu del 18de julio de 1936.

 Se desvió el SEU jugando a orteguismos, unamunismos e izquierdismos intelectuales. El SEU cayó derrumbado e inutilizado. Fue un mal paso vinculado excesivamente a juventudes en 1947, infantilizando los nobles afanes intelectuales y políticos de los universitarios, y peor paso aún su supresión. Ahora, masas enormes de estudiantes están bailando al son del Sindicato Democrático, que no por ilegal es inexistente, siendo la suprema memez aceptar en la forma que sea diálogo con el mismo.

 Ni las «Comisiones Obreras» ni la agitación universitaria —ni en la calle, ni en el alboroto, NI EN EL PLAN IDEOLOGICO—se pueden tolerar. No se puede ni se debe repetir, ni por asomo, la intoxicación krausista de otro tiempo, ni el envenenamiento de las clases intelectuales españolas, que hoy realizan una segunda edición con el marxismo, el «Sindicato Democrático» y en el mundo social a través de las «Comisiones Obreras».

 Santiago Carrillo (en el exilio) ha dicho: «El nivel de combatividad de las masas que hace falta para aplicar la violencia no lo lograremos en España con frases revolucionarias ni con petardos inofensivos, ni aprendiendo de memoria el catecismo rojo; ese nivel de combatividad lo lograremos encabezando a las masas en la calle, habituándolas a enfrentarse con piedras y puños, primero a las fuerzas y luego llegarán a ser como las masas que en 1936 fueron al asalto del Cuartel de Atarazanas y del Cuartel de la Montaña.»

 Hasta aquí podíamos llegar con la despolitización patriótica de la Universidad, lo que significa politizarla en el marxismo. Lo de la Universidad y lo de las «Comisiones Obreras» hay que atajarlo al precio que sea. Bastaría con que se pusiera en práctica de verdad lo que decía Falange Española en 1936 ¿Y por qué no? 

A. RECASENS SALVAT


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

miércoles, 29 de abril de 2026

La nefasta democracia italiana, modelo para la "transición" española

Aunque el artículo pertenece al franquismo (año 1970), a posteriori puede comprobarse cómo lo denunciado para Italia entonces se sobrepasaría aquí con creces.

  DEMOCRACIA A LA ITALIANA

 El español medio, que vive en el clima de paz y concordia creado por el Movimiento Nacional, no acaba de entender lo que ocurre en Italia. No comprende, por ejemplo, las complacencias que tienen hacia el comunismo personas, grupos, partidos e instituciones que serían barridos de la vida pública si el comunismo triunfase. Y es que el español, participante de un sistema político surgido de una victoria militar, no puede comprender la mentalidad que acompaña a otro surgido de una derrota.

 La principal variación está en una especie de “mala conciencia” que sufren quienes un día sirvieron al fascismo y hoy (1970) están integrados en las nuevas agrupaciones políticas. Por un ansia de protección, quizás inconsciente, similar a la del camaleón, tienden a buscar la tolerancia de lo que consideran la antítesis del fascismo: el partido comunista. Ser anticomunista se parece a ser fascista. No ser lo primero es una fórmula adecuada para no pasar por lo segundo. Y para muchos políticos demócratas, que conservan aún el recuerdo de la camisa negra, la posibilidad de ser motejados de “fascistas” es la más desagradable perspectiva de su actuación pública.

 Centrada así la cuestión, las piezas empiezan a encajar: se explica la euforia con que las asociaciones apostólicas de trabajadores acompañan a los comunistas en sus violencias y excesos, la benevolencia afectuosa de algunos prelados hacia los dirigentes comunistas, el empeño de ciertos dirigentes democristianos en apoyar las reivindicaciones marxistas más desaforadas, las debilidades de los gobiernos de centro-izquierda a la hora de mantener la ley y el orden, el doble juego de los socialistas alternando el concubinato con el centro en el gobierno y el concubinato con los comunistas en las regiones, las huelgas y la calle.

 Cuando aparezca este comentario, escrito en plena crisis italiana (en la última, se entiende) no sabemos si se habrá resuelto o no. Pero da lo mismo, porque el problema no es coyuntural sino que afecta al fondo de la política italiana. La única solución estaría en marcar de forma drástica la separación con los comunistas que impone el sistema político de la nación, las ideas de los diversos grupos políticos y la propia existencia de la Patria. Algo que la clase dirigente italiana (incluido el sector religioso), parece incapaz de hacer. Todo por tener una moral de derrota.

 Un diagnóstico que vale para la actual crisis, para las anteriores y para las que puedan producirse mientras el sistema italiano no cambie sus planteamientos políticos.

 Versión española (1970)

 El sistema político español (1970) nada tiene que ver, a Dios gracias, con el italiano; ni aquí, como decíamos antes, existe moral de derrota. Sin embargo, es fácil apreciar en los tránsfugas del Régimen la aparición del mismo complejo que afecta a sus colegas italianos. 

Quienes aquí han ocupado destacados cargos políticos y ahora se han pasado al enemigo con armas pero sin bagajes (¡ay esas camisas y esos correajes lucidos con tanta arrogancia en otras épocas!) buscan también la tolerancia comunista y hacen lo posible por merecer una mención elogiosa de Radio España Independiente, o para lograr colaboraciones con grupos subversivos. Es fácil adivinar que una política en la que ellos representaran a los grupos moderados del Gobierno sería una democracia a la italiana, pero en versión española. Y ya se sabe cómo acaban aquí esas cosas… 

Juan NUEVO


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970

 

viernes, 17 de abril de 2026

En el Régimen de Franco hubo elecciones

 Artículo de 1979

 EN EL RÉGIMEN DE FRANCO HUBO ELECCIONES Y VOTACIONES

 En la portada de la revista “Hola” del 13-1-1979, aparece el presidente Suárez. Y como es habitual en su señoría -siempre recogiendo rumores callejeros y pueblerinos- dice: “Hay personas que se han quejado de no haber votaciones en España durante los últimos cuarenta años, y otras se quejan ahora de qué hay demasiadas elecciones”. (…)

 Ante tan infame calumnia y tan rastrera patraña, quien esto escribe pasa a decir lo que sigue; Soy bastante más joven que el presidente Suárez, estrené mi mayoría de edad en tiempos del Caudillo, cuando no había democracia liberal, pero sí paz y orden: tuve la suerte de votar en el referéndum del 14-XII-1966, y mi voto fue afirmativo para la Ley Orgánica del Estado; entonces yo era juanista, y a pesar de eso mi voto fue afirmativo porque la ley era española, católica, justa y honesta: lo hice libremente, y sin propinas ni bocadillos. 

Desde esa fecha de 1966, y con Franco, voté en todas las elecciones que hubo: a concejales, consejeros locales del Movimiento, procuradores en Cortes… Emití el voto y pude elegir en 1971, en 1974, etc. Con Franco tenía mis representantes en las Cortes; ahora (1979) no tengo a nadie que me represente en el Parlamento.

 Me extraña que el anterior secretario general del Movimiento, el ahora líder de UCD, Adolfo Suárez, siendo más viejo que yo, pueda admitir que en tiempos del Caudillo no funcionarán las urnas, ya que don Adolfo habrá votado más veces que yo…

 También quiero recordar que mi padre votó en el referéndum de 1947. Quiero expresar que en los dos referéndums convocados por don Adolfo (1976, 1978), es decir, en los del pucherazo, a pesar de ser monárquico, mi voto ha sido negativo, entre otras cosas porque siempre sospeché de los elogios que de ellos hacían los izquierdistas. Por mi amor a la patria, no me gusta una España roja ni rota. En cuanto a que ahora hay demasiadas elecciones, eso es cierto; y que España no puede pagar esos gastos, pues en tiempos del Caudillo, los procuradores no chupaban del bote como ahora y no nos daban la monserga como lo hacen actualmente.

 Lo que en tiempos del Generalísimo no sucedía es lo que ahora con la democracia pasa: crímenes, asesinatos, asaltos, huelgas, separatismos, ultrajes a la bandera nacional. Cada día estoy más convencido de que muchos que no éramos franquistas votábamos libremente lo que nos decía nuestro Caudillo, y son ciertas las palabras del testamento político del Caudillo. Franco tuvo por enemigos a los enemigos de Dios y de España: y los que amábamos a Dios y a la Patria no podíamos ser enemigos de Franco.

 Son demasiadas elecciones. Menos palabrería liberal, menos democracia y más respeto a la libertad del hombre, pues el hombre es portador de valores eternos y para nada necesita un Parlamento ateo y rojo.

 R. CONDE DE CHILTON


Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979

 

martes, 14 de abril de 2026

Iglesia y Estado; situación nueva tras el Vaticano II

 Artículo de 1970 

  Iglesia y Estado; situación nueva

 -Las relaciones concordatarias o no, de este o del otro tipo jurídico- entre la Iglesia y el Estado moderno discurren hoy (1970) por cauces diversos a los de hace todavía muy pocos lustros. Las razones son varias y profundas, y sería una grave equivocación desconocerlos en unos momentos en que todo hace pensar que el Estado español y la Iglesia Católica están realizando unas conversaciones en orden a la revisión de los compromisos adquiridos anteriormente. (...)

 El Catolicismo tiene que pensar muy en serio que no basta “tener la verdad”, si luego la “verdad” se encarna únicamente en un ecumenismo vivido universalmente como indiferentismo religioso. No basta poseer la verdad si ésta no acaba nunca de encarnarse en la vida.

 Pues bien; cuando se piensa en relaciones entre la Iglesia y el Estado no se puede ser utópico en el peor sentido de la palabra, es decir, pensando esas relaciones intemporal y a-históricamente, porque entonces el nuevo “arreglo” jurídico duraría menos mucho menos que el Concordato periclitado de 1953.

 Entonces -algunos se preguntan- ¿es que la Iglesia Católica tiene que mudar radicalmente sus principios eclesiológicos en la materia? Y he ahí donde muchos encuentran un callejón sin salida en el que se hubiera metido el Concilio Vaticano II, promulgando tanto el decreto “Dignitatis humanae” cuanto la Constitución “Gaudium et Spes”. Porque, una de dos: o estos documentos son una acomodación fraudulenta a los nuevos tiempos -con lo que la Iglesia Católica juega al maquiavelismo religioso- o están en contradicción con venerables documentos anteriores- y entonces no tiene fijeza en los principios. ¿Vamos a oponer León XIII a Pablo VI?

 Vieja polémica ésta, que olvida la distinción de principios y planos descendidos de aplicación. Hoy, la Iglesia contempla que los Estados piden una autonomía de acción, en un orden jurídico-social que los permita proseguir un bien común auténticamente tal. Por otra parte, es imposible pedir a la Iglesia que deje de auto-reconocerse como la única religión verdadera que posee derechos, los “derechos de Dios”. Esta proclamación, sin embargo, obtenía un eco amplio y profundo en unos tiempos y en unas circunstancias de tiempo y de lugar en que los principios descendían pacíficamente para encarnarse normalmente en estructuras terrenas adecuadas y eficaces. 

Quienes hablan contra aquella “tutela” de la Iglesia y sus exigencias jurídicas, no tienen el sentido histórico para comprender el fondo de la historia. Por eso tantas alharacas contra las Cruzadas, la Inquisición, las guerras de religión y la tutela de la Iglesia sobre los estados medievales. Todo ello solamente descubro un sectarismo resentido, cuya base es un enorme falta de sentido histórico.

 Pero, además, esas voces encorajinadas están movidas por principios falsos, ya que se niegan “derechos” a una institución divina que, por lo menos, un católico consciente no puede poner en duda. Por eso, primero y ante todo, si no se quieren embrollar estas cuestiones delicadas, hay que presuponer un problema de fondo, los principios. Estos podríamos ir a encontrarlos lo mismo en León XIII que en Pablo VI. Pero la misma “ratio histórica” nos exige que los busquemos en el Concilio Vaticano II. 

Esta es, hoy, la mente de Pablo VI. No intentemos, sin embargo, presentar únicamente el siempre peligroso “espíritu del Concilio” o la ambigua “lógica conciliar”. No nos satisface siquiera esa “dinámica conciliar” a que se ha referido el profesor Ruiz-Giménez respondiendo a G. Urresti. Intentemos, ante todo, dar cuerpo y presencia a los textos mismos del Vaticano II.

Sólo más tarde se puede intentar esa contemplación concreta de la realidad histórica española y de la situación mundial en que, necesariamente, se deben insertar. (…)

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970

 

miércoles, 8 de abril de 2026

El 18 de Julio y Europa

 Artículo de 1970

 

El 18 de Julio y Europa

 ¿Qué es eso de “estar” a la altura de los tiempos? ¿No será más viril, más digno, más europeo levantar los tiempos a una altura digna, viril, europea? Me hago estas preguntas ante una corriente que circula por cenáculos, simposios, diálogos abiertos, cátedras pedantes, ateneos de voz impostada e incluso callejas y pasillos de menor nivel.

 Parece que el hecho de que, circunstancialmente y coyunturalmente, España se asome con un traje decoroso a las solemnes asambleas europeas nos obligará a conservar el traje y simultáneamente a cambiar el contenido de ese traje. A conservar ese traje pero metiendo dentro de él algo que acaso ya no sea España. Dicho ya claramente: ¿Por qué para asomarnos a Europa hemos de prescindir de la más puras esencias ideológicas que hicieron posible estos treinta años de paz y de progreso?

 Y conviene decir que cuando Europa era una entidad exigente y constructora, Europa señalaba el nivel de vida de los tiempos y, cuando la misma Europa se distendió y, volviendo la historia por pasiva, se cambió de sujeto en predicado, se despeñó por la barranca para descender a “la altura de los tiempos”. Europa ha sido -mientras ha sido- un nivel de cultura. Y el nivel de una cultura no se señala por los logros adquiridos sino por las metas que esa cultura se propuso alcanzar.

 Y alcanzar las metas que Europa se propuso desde los dorios y el ágora de Atenas hasta Augusto y desde Augusto hasta Carlomagno y desde Aquisgrán hasta El Escorial, exige una tensión asombrosa, una imaginación fecunda y una mentalidad clara y excelsa. En aquella Europa tensada, creadora, exigente, en aquella Europa que ascendía gloriosamente hacia sus metas históricas, estaba con sus particularismos y, por derecho propio, España. ¿Y por qué España, en 1970, no va a poder presentarse con sus actuales particularismos?

 Después de Westfalia, Europa se hizo a su aire, a un aire de abandonismo y de distensión. España, desangrada si no vencida, replegó sus banderas y retiró sus Tercios de la Pomerania y de Viena, de Nordlingen y las Siete Provincias. España quedó orillada y, tras los sucesivos Pactos de Familia y tras los sucesivos mordiscos a su entidad histórica por un vía crucis sombrío, llegó al 18 de Julio.

 Allí está la Falange que, al fin, definida en una sola palabra no era sino servicio. Aquello mismo que había dicho Íñigo de Loyola, capitán del César, cuando España defendía a la desesperada los cánones de Trento: “El hombre es creado para servir”. Europa lanzó su “Non serviam”, no serviré y se hizo a su aire. Y se hizo en burguesía y en confort, se hizo en las añadiduras, en la comodidad y el “laissez faire”.

Por supuesto, inventó la máquina de vapor y la electricidad y, por supuesto, al perder la exigencia y el rigor, se secó en su alma fáustica, romana, germánica y cristiana.

 Un día, los “sans-coulottes” rompieron a golpes de guillotina toda la cursilería empalagosa de Europa. Otro día, los cañones tronaron en Sedán. Otro día, Europa comenzó a desangrarse en torno al Rhin. Otro día, comenzando por Polonia, se fue rompiendo en toda su geografía…

 Ahora, Europa está ahí y España está aquí. Ahí está lo que queda de Europa: el confort, la comodidad, la blandura, el abandono del servicio, la rotura de los vínculos familiares y la exaltación del interés, la conquista de la técnica y la materialización del hombre. Y en ese trance, España tiene un traje presentable para entrar en los salones de Europa. Algunos pretenden que ese traje se “mejore” pero que, dentro, no vaya la España del 18 de Julio, sino algo que esté a la “altura de los tiempos”.

 Lo que va dentro del traje “todavía”, es la exigencia del servicio, la tensión auténticamente europea de crear la norma, el rigor, el servicio y la fidelidad a unos ideales. Todo lo que hizo el nivel cultural de Europa, todo lo que Europa fue perdiendo por trochas, veredas y atajos. Todo lo que el espíritu joven y europeo de la Falange aportó a la España ruin, decadente, dividida, zaragatera y triste de 1936.

 Se quiere presentar a España con un traje “decoroso” pero se quiere presentar un traje vacío, deshabitado, hueco. Se quiere que ponerse a la “altura de los tiempos” sea algo como hacer andar a una mortaja. 

Xavier DOMÍNGUEZ MARROQUÍN


 Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970

 

viernes, 27 de marzo de 2026

Curas en huelga para impartir la bendición

  Artículo de 1970

 Una actitud censurable

 En el ABC, del día 3 de julio (1970) aparece un editorial bajo el título “Una actitud censurable” que, por su interés, reproducimos íntegro. Hora es ya que salten a las primeras páginas de la actualidad nacional hechos como éste, hechos que nosotros venimos comentando con el ánimo exclusivo de que la verdad resplandezca.

 “Unos sacerdotes de Sestao y Somorrostro se han negado a bendecir los locales que, para viejos jubilados, ha inaugurado recientemente la Caja de Ahorros de Bilbao. Y la alcaldesa de la capital vizcaína, doña Pilar Careaga de Lequerica, rezó en ambos hogares sendos padrenuestros, pidiendo al Altísimo que aceptara la oración como bendición de las instalaciones.

 Como cristianos, como católicos, como periodistas respetuosos ante las materias religiosas, daríamos algo y aún algo más que algo, por no sentirnos impulsados a comentar, con necesaria severidad, la negativa actitud de estos sacerdotes, que no han sabido anteponer a cualquier principio o imperativo el imperativo mayor y principio máximo de una abierta caridad hacia la obra benemérita hecha en favor de unos jubilados y hacia esos mismos.

 Sabido es que, de un tiempo a esta parte, se suceden, en la diócesis del caso, tensiones, incidentes, episodios lamentables incluso, movidos por las discrepancias interpretativas de las normas concordadas, de los fueros civil y eclesiástico. Pero cualquiera que sea la naturaleza jurídica última de tales discrepancias y la razón que asista a cada parte, siempre entenderemos que deben quedar enmarcadas en un plano polémico y negociador distinto de ese otro plano en el cual discurre la normal vida cotidiana de la comunidad, ámbito primero y obligado para el ejercicio recto, caritativo y conciliador, del ministerio sacerdotal en todas sus manifestaciones.

 “Piensen, por fin -adoctrina el decreto conciliar sobre el ministerio y vida de los presbíteros- que están puestos en medio de los seglares para conducirlos a todos a la unidad de la caridad: amándose unos a otros con amor fraternal, honrándose a porfía mutuamente (Rom 12, 10). Deben, por consiguiente, los presbíteros armonizar las diversas inclinaciones de forma que nadie se sienta extraño en la comunidad de los fieles”.

 Pero, en todo caso y en este que comentamos especialmente, no haría falta el actualizado consejo que transcribimos para llegar a la misma y definitiva conclusión. El eterno mandamiento de amor al prójimo, el precepto eterno de la caridad, obliga al cristiano a perdonar los daños e incomprensiones que sufran por los demás y veda, al mismo tiempo, toda y cualquier represalia hacia el considerado enemigo. Porque si sólo amamos a quienes nos aman y sólo hacemos el bien a quienes con bien nos retribuyen, nada nos diferencia de los que no son cristianos. ¿Puede, así, llamarse cristiana, auténticamente cristiana, la negativa a bendecir los locales de los jubilados vizcaínos? ¿Pueden, así, calificarse de cristianas otras análogas posturas en las que se sobrepone a toda luz de virtud, de humildad y caridad, un violáceo resplandor de réplica, quizá de represalia?

 Cierto podrá ser, seguramente muy cierto, que no exista precepto que obligue a sacerdote alguno a bendecir unos locales que no están destinados al culto, si examinamos la ley con ojos fríos de exégetas o con sutil criterio jurisprudencial de escribas contemporáneos.

 Pero si contemplamos la ley en su espíritu, en su profundidad y sentido ¿cómo explicar una oposición a las tradiciones piadosas, nada censurables, de una comunidad cristiana? ¿Cómo justificar la negativa a una práctica religiosa respetable, querida por todos, fieles y autoridades locales? ¿Concuerda verdaderamente, y sin peligro alguno de escándalo para nadie, esta conducta con el espíritu que debe informar el ministerio sacerdotal?

Difícil, muy difícil, nos parece encontrar, en este caso, un aleccionamiento edificante para la comunidad. Los sacerdotes se han abstenido, se han negado a actuar como actuaron, desde hace siglos otros sacerdotes ordenados para el servicio de los mismos principios inmutables de la misma eterna verdad.

 Y han tenido que ser la alcaldesa de Bilbao y los propios jubilados, con exteriorización de una fe sincera y humilde, quienes pusieran unas palabras de oración y pidieran con ellas la bendición para sus locales.

 En la medida, aunque sea mínima, en que esto sea hacer religión, ellos solos han sido, la alcaldesa y los jubilados, los que, en esta ocasión, la han hecho.

 ABC, 3 de julio de 1970


Revista FUERZA NUEVA, nº 183, 11-Jul-1970