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lunes, 26 de enero de 2026

La Virgen, marginada en el Postconcilio

 Artículo de 1970

 La Virgen, marginada

 Hablar hoy de la Virgen es arriesgado. Antes (un “antes” que no va más allá de preconcilio) la Virgen era tema obligado de la catequesis, de la predicación y de la doctrina teológica. Hoy (un “hoy que abarca los últimos cinco años, 1965-70), la Virgen se ha vuelto un tema difícil, un tema discutido. Porque, además, puede hablarse en un cierto oscurecimiento de la devoción mariana en la Iglesia Católica.

 El hecho ha tenido manifestaciones tan evidentes que es del todo imposible no admitirlo. Sería suficiente hacer un recorrido por las iglesias de cualquiera de nuestras ciudades, en este lánguido “mes de María”, para advertir que algo ha pasado en lo más profundo de las almas en este sentido. No es necesario llegar, claro está, a ese vago y lejano recuerdo que todavía atormentaba nostálgicamente el alma impía de Renan, como “un olor inebriante de rosas de mayo”.

 Basta mirar con los ojos abiertos: la supresión del rosario; su suplantación por extrañas e incomprensibles “paraliturgias” en las que la arbitrariedad imaginativa de un buen curita lo inventa todo; los cantos salmódicos de un irritante simplismo melódico y de una pobreza viejotestamentaria ridícula; las lecturas escriturarias, ciertamente santas y útiles, pero en un contexto de “sola scriptura” protestante, frío, que hiela los corazones. Uno busca, por lo demás, la imagen de la Virgen como señuelo y sostén de una humanidad, de un humanismo imprescindible y, por fin, lo encuentra allí, en “cualquier” lugar, a la contraluz de una columna oscura, que la separe del altar, “único centro” -proclaman altamente los nuevos liturgistas- de la atención de la Asamblea del Pueblo de Dios.

 La Virgen “marginada” en su representación simbólica, lo es también en su conmemoración litúrgica. La nueva ordenación litúrgica, con un criterio de “sola scriptura” no católico, ha realizado una inclemente poda en el ciclo litúrgico mariano. Estas innovaciones, hoy todavía muy discutibles, se presienten nocivas para la piedad cristiana que no vive de esa “metafísica” litúrgica que se le impone.

 La Virgen “marginada” también en la predicación y en la doctrina teológica. El hecho tiene otras manifestaciones evidentes (Asociaciones, Cofradías, Romerías, Peregrinaciones, insignias, hábitos, etc.) que no es necesario describir. ¿Cómo explicarse este extraño fenómeno, tan contrario a toda la tradición católica vinculada de un modo tan estrecho con las devociones marianas? Un fenómeno tan profundo no puede menos de obedecer a causas igualmente graves y profundas. No se pueden aducir fenómenos de superficie; por ejemplo: los excesos de la época procedente, que hubieran producido un ”maximalismo” que hoy tendríamos que compensar con un desequilibrado “minimismo”.

 Es verdad que los años 1940-1955, en España, pueden ser considerados -como se decía entonces- “Era de María”. Son años espléndidos en manifestaciones marianas: Congresos, Consagraciones, Peregrinaciones, la “Virgen Peregrina”, el “Año Mariano”, en que la piedad popular de la Iglesia vibra como en los mejores tiempos. Pero esta piedad está bien sostenida, primero, por un Magisterio papal y episcopal relevante; y luego por una mariología científica y teológica, que coloca a la mariología católica en un primer plano de la literatura teológica. No son, pues, esas razones de superficie las que explicarán el fenómeno actual de la marginación mariana hasta convertirse, no sólo en “questio mariale”, sino en verdadera “crisis”.

 Porque esta fenómeno de crisis mariana -como, por lo demás, tantos otros fenómenos críticos de la Iglesia de hoy- no puedo entenderse sino cuando se le coloca en extensión y profundidad en el contexto de una amplia y grave crisis eclesial. Está, en primer lugar, la crisis “religiosa” como fenómeno de desacralización y de secularización. En ella, la Virgen María representa un punto culminante y “escandaloso” de lo santo y de lo sagrado, que instintivamente repele todos los intentos de “reducción a lo religioso” a lo profano. Su persona excelsa representa, en el catolicismo, la convergencia de lo humano y lo divino de una manera absolutamente sagrada y trascendente. De ahí el escándalo “edificante” que produce todo lo “mariano” en un mundo secularizado. Por ello mismo, la “desmitologización” del mensaje evangélico se enfrenta necesariamente con la Virgen se la quisiera despojar de su maternidad divina, de su virginidad perpetua, de su lugar irreemplazable de hecho en la economía de la salvación; que fuera sólo la doncella humilde de Nazareth, casada normalmente con el carpintero José, de quien tiene el “primogénito Jesús” y a otros hijos después de él.

 Está luego la crisis eclesial, en la que el Magisterio Jerárquico existe, pero “no funciona”. Y hay finalmente unas tendencias a un cristianismo descarnado, desencarnado, desarraigado, “sin piedad” (San Pablo), que se amparan en el falso simplicismo de la autenticidad soñada, del antirromanticismo más romántico, y de la bobalicona entrega, a ojos ciegos, a los valores mundanos.

 ¿Qué podía representar en ese conjunto “emocional” religioso la figura de la Virgen María sino un serio obstáculo que había que marginar? Y, como las intenciones -aun las no conscientes, aun las solamente presentidas- son las que mueven los hilos de esta miserable tramoya, asistimos a este fenómeno de marginación de lo mariano como una consecuencia inclemente y despiadada, pero lógica, de toda una lamentable situación crítica de la Iglesia.

 Pero -y he aquí la paradoja constante en que hoy extrañamente nos movemos en todo lo eclesial- esta marginación de la Virgen María en la piedad católica no puede apoyarse ni en el Magisterio de los últimos Papas, ni mucho menos en el Concilio Vaticano II. Porque los Papas, con sus documentos doctrinales, con sus intervenciones pastorales, con sus gestos emocionales (Peregrinaciones de Juan XXIII y Pablo VI a Loreto, Fátima, Bonaria, Éfeso) nos dicen todo lo contrario. Por su parte, el Concilio Vaticano II, en sus magníficos textos, favorece tanto la piedad mariana como la mariología católica. El Concilio recomienda “las piadosas prácticas del pueblo cristiano” (SC, n. 20), y el culto especial y las devociones tradicionales a la Virgen (LG, nn. 66-67). (*)

 ¿Cómo, pues, explicarse, repetimos, esta marginalización de lo mariano sino como una triste consecuencia de esa decadencia general de lo católico? Porque la Virgen no está “al lado” de los caminos por los que el Señor quiso venir a nosotros. Tampoco está “en el centro”, cuyo lugar lo ocupa ciertamente el Cristo. Pero sí que está “en el medio de los caminos” de Dios. La historia de la salvación no sólo encuentra en ella un término en el que toda la plenitud profética y escatológica del Antiguo Testamento viene a ser la realización definitiva de la “Hija de Sión”, que se personaliza en María. Sino que, además, es el verdadero punto de arranque de la nueva historia que Cristo viene a instaurar. El Cristianismo, para no ser precisamente un “mito descendido” necesita de esta figura, arrancada a la piedra viva de la historia humana, que da realidad humana al Cristo y lo inserta en nuestro tiempo: “cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, hecho de mujer” (Gal. 4,4).

 Hoy, en cambio, un orgulloso neo-gnosticismo, amparado por un angelismo pervertido, pretende sustituir esa figura de mujer por el “solus Christus” protestante, pervirtiendo los suaves y fáciles camino del Señor… Muy pronto el “Christus” sería sustituido por mil eones quiméricos. Hoy, una falta de sencillez y humildad, como primigenias virtudes cristianas, está trastornando un orden de cosas querido por el Señor de un modo tan humano. Esas virtudes pusieron todavía nuestros padres ante el Padre y la Madre celestes, en la actitud de “niños” a quienes únicamente se abre el reino de los cielos. Hoy, en muchos medios, se crea un ambiente anti-católico de orgullo y de prevención ante la “bendita entre todas las mujeres”. Nada, ciertamente, más funesto para la Iglesia en esta hora necesitada de amparo. Porque no puede olvidarse que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tiene sus complacencias en Ella, la Virgen María.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970

 

(*) Discrepamos. Baste comprobar cómo el Concilio privó a la Virgen de un esquema propio, para agradar “ecuménicamente” a los observadores protestantes, y hubo de ser añadido un texto de compromiso, a regañadientes, al final de “Lumen Gentium”

lunes, 12 de enero de 2026

Celibato sacerdotal (4): el fondo del problema

 Artículo de 1970

 

  CELIBATO SACERDOTAL: EL FONDO DEL PROBLEMA

 En este oleaje periodístico en que el tema del celibato clerical ha sido tan violentamente zarandeado, existía -por parte siempre de los conocidos grupos progresistas de presión sobre la opinión de la Iglesia postconciliar- el interés innegable de romper la tradición católica en un punto al que instintivamente se aferraba. Las defecciones, las dispensas, las encuestas; los pretendidos argumentos sociológicos y teológicos: todo ha sido puesto en juego hoy como nunca para lograr una desorientación de la fina sensibilidad católica en este punto delicado. Pero intentemos ver claro en el fondo del problema.

En sus declaraciones a “La Croix”, el cardenal Daniélou decía: “cuando un cuerpo está enfermo, existen dos soluciones: o dejarle perecer o restituirle la salud. Ahora bien; nadie puede negar que la cuestión del celibato en su contexto actual está ligado a una crisis de fe y a una crisis de la vida espiritual. La verdadera respuesta a la crisis de la vida sacerdotal es la de Pablo VI cuando afirma que la renovación del sacerdocio va unida al redescubrimiento por los sacerdotes del valor eminente del celibato consagrado. El celibato sacerdotal ha estado siempre, en la historia de la Iglesia, en relación con el ardor de la fe, con el impulso de la vida espiritual. Y la problematización del celibato ha estado siempre relacionada con la debilitación de la fe y de la vida espiritual. ¡Qué lamentable ejemplo daría el sacerdote en un momento en que los fieles tienen que luchar valientemente para mantener su fidelidad a la fe en la vida cristiana, si él se dejara llevar a una tal defección!”

 Crisis de celibato, pues, es crisis de fe y crisis de espiritualidad en la Iglesia. Pero, ¿en qué puntos? El cardenal Bensch lo señalaba así: “la petición de disociar sacerdocio y celibato, que ha sido formulada de manera particularmente explícita -aunque no por primera vez- con ocasión de la 5ª sesión del Concilio pastoral, ha atraído casi exclusivamente el interés de la opinión pública sobre la cuestión del celibato. Pero toda la preparación de los trabajos del Concilio pastoral muestra hasta la evidencia que existe una “asociación” entre su posición sobre el celibato y sus concepciones sobre la institución, las estructuras y la misión de la Iglesia, sin hablar de los dogmas, el sacramento del orden y otros sacramentos, concepciones todas que están muy lejos de las enseñanzas del Vaticano II”.

 Es decir, que el escándalo holandés sobre el celibato se presenta en un contexto dogmático sumamente peligroso. Por ejemplo, sobre la colegialidad, el informe preparatorio no deja lugar a dudas: “Quizás tengamos que acostumbrarnos paulatinamente una imagen del Papa como de presidente o secretario general de todas las iglesias unidas por todo el mundo, manteniendo vivo el contacto con otras figuras similares en las demás iglesias cristianas y movimientos humanos de nivel mundial”.

 El cardenal Danielou ha puesto al descubierto la maniobra diciendo: “Vemos aparecer la maniobra que consistiría en levantar contra Pablo VI la colegialidad episcopal. Ciertos llamamientos han sido dirigidos hábilmente a los episcopados del mundo para solidarizarse con el episcopado holandés. Por ahí se intenta quebrantar la autoridad del Papa, ejercer sobre ella un chantaje y, finalmente, suprimirla. Lo que hay en el fondo de todas estas campañas sucesivas es, finalmente, el odio contra la autoridad de Roma”.

 Pero -todavía más- si se quiere advertir el contexto más próximo en que surge y se explica la crisis del celibato sacerdotal, hay que ir a buscarla en el clima general de secularización que invade como riada incontenible a la Iglesia. No nos referimos ahora a la secularización naturalista que afecta a la crisis más amplia de fe y sobrenaturalismo, sino a esa concepción difusa que hace de la Iglesia Católica una sociedad filantrópica de socorros mutuos para el Tercer Mundo; o la nueva “Internacional” socialista de defensa del mundo obrero; o la panacea universal de la Paz; o la oficina de la prosperidad humana: o, en fin, el lugar donde la humanidad encontrará el paraíso marxista en la tierra. 

Esto influye en la secularización del sacerdote: fuera el hábito clerical; amputaciones litúrgicas; sacerdote sociólogo y demagogo; sacerdotes obreros, entregados a la edificación de la Ciudad Secular; sacerdotes encuadrados en todos los estamentos seculares como un ciudadano más y -última consecuencia- sacerdotes casados, como todo el mundo…

 Schonenberg, en su intervención en el sínodo pastoral holandés, se refería a que la ponencia desatendía la trascendencia propia del ministerio católico. Y el cardenal Bengsch explica: “Un ministerio sacerdotal que ante todo es mirado en función de las normas de las profesiones sociales modernas; una misión de la Iglesia que es vista exclusivamente como una ayuda de la expansión personal del hombre, no pueden, evidentemente, más que hacer desaparecer el “non-sense” del celibato sacerdotal. Mis temores, que comparto con muchos creyentes, no se refieren sólo, o ante todo, a la supresión del celibato: el peligro concreto que yo temo es que el mensaje de Cristo no sea totalmente vaciado de su contenido y laicizado”.

 Pero -respondía Pablo VI- todas esas razones “sociológicas” no parecen convincentes. Parecen omitir en realidad una consideración fundamental y esencial que es necesario absolutamente no olvidar y que es de orden sobrenatural: son una desviación de la concepción auténtica del sacerdocio. El fondo, pues, del problema parece que hay que encuadrarlo en tres círculos cada vez más interiores, pero íntimamente dependientes: la crisis amplia de fe, otra más interior, de Iglesia, y una específica de sacerdocio. Y esta crisis -concluye el cardenal Bengsch- no podría ser resuelta, ni en Holanda ni en ninguna parte, por la supresión del celibato. Como lo muestra la experiencia de otras Iglesias, este medio no podrá remediar la falta de sacerdotes.

 Si esto es así, parece inútil, contraproducente o sumamente peligrosa, hasta esa concesión en torno a la posibilidad de ordenación de sujetos probos, ya casados. Pablo VI no ha ocultado sus graves reservas sobre este punto: “¿No sería en efecto –dice- entre otras razones, una ilusión muy peligrosa el creer que tal cambio en la disciplina tradicional, podría, en la práctica, limitarse a casos locales de verdadera y extrema necesidad? ¿No sería, para nosotros, una tentación para buscar por ahí una respuesta aparentemente más fácil a la insuficiencia actual de vocaciones? 

De todos modos, las consecuencias serían tan graves y plantearían cuestiones tan nuevas para la vida de la Iglesia, que, dado el caso, deberían ser de antemano examinadas atentamente por nuestros hermanos en el episcopado…”. Guitton, contrario a esa solución, decía -citando una respuesta de un seminarista-: “Pero, si dentro de diez años existieran sacerdotes casados, nosotros tendremos necesidad de un heroísmo todavía mayor”. E, igualmente, haciendo hablar al pueblo fiel: “¿Dónde vamos a parar, si, después de haber introducido el matrimonio de los sacerdotes, fuera necesario hablar un día del divorcio de los sacerdotes?”.

 Verdaderamente, la palabra de Newman al sacerdote de hoy, en este tiempo de crisis de fe y de Iglesia, es definitiva: “¿Qué has arriesgado tú por la fe? ¿No eres tú, en verdad, como los demás?” Porque, hoy, los laicos del “pueblo de Dios” una sola cosa pedimos al sacerdote: que sea el “homo Dei” paulino. Que nos dé el testimonio de su sacerdocio consagrado a Cristo y a su Iglesia.

 Mariano DE ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº 175, 16-May-1970

 

sábado, 10 de enero de 2026

La Santísima Virgen ¿perdonada?

 Las “maravillas” del año de la Fe (1967)

 La Santísima Virgen ¿perdonada?

 En la «Hoja Dominical», de Barcelona, que se publica por la Oficina de Prensa del Arzobispado (número del día 3 de diciembre) se afirma de la Santísima Virgen, con motivo de la fiesta de la Inmaculada, que Ella la madre de Nuestro Señor Jesucristo, fue LA PRIMERA PERDONADA. Con tan infausto motivo una gran porción de católicos santamente indignados han elevado al excelentísimo y reverendísimo arzobispo de Barcelona una carta-denuncia, ciertamente airada. Se nos ha remitido copia y, desde luego, si participamos en el fondo del inmenso dolor de que brota ese escrito, rechazamos la forma irreverente, directa y ruda, en muchos puntos.

 Para sustancial información de nuestros lectores extraemos algunos períodos de la desgarrada queja:

 Se ofenden nuestros más íntimos sentimientos de católicos al escribir de nuestra Madre, la Santísima Virgen, después de unas frases ambiguas y atenuadoras del entusiasmo mariano de buenos hijos, que Ella «fue la primera perdonada». Señor arzobispo: esto es intolerable. Perdonada, ¿de qué? ¿De qué culpa o pecado perdonada María; Ella, que fue concebida sin mancha de pecado? ¿Es eso lo que se enseña al pueblo de Barcelona en la novena de la Inmaculada?»

 «Por nuestra ciudad anda de mano en mano el libro de «Una religión para nuestro tiempo», del desgraciado sacerdote belga Evely, en el que escribe la blasfema frase de que la Virgen «fue la primera pecadora perdonada». Es indignante que se pueda llamar impunemente en un libro que se presenta como católico, a la Santísima Virgen «pecadora». Pero ahora resulta, por si fuera poco, que en la misma «Hoja Diocesana, aunque se suprime el término de «pecadora», se incluye el de «perdonada», que supone el que ha sido pecadora. Esto en una publicación oficial del Arzobispado.»

 «Esa «Hoja Diocesana», que es el órgano doctrinal del Arzobispado al alcance del pueblo, ha escandalizado gravemente a ese mismo pueblo, y le ha ofendido en sus sentimientos religiosos más queridos, y ha esparcido el error en medio de él. Son cientos de miles los que han recibido ese veneno.»

 ¡Desgraciada ciudad de Barcelona, en manos de los propagadores del error, que desmoronan la fe del pueblo y destruyen el dogma, sin que nadie salga en su sagrada defensa! Esa repugnante Hoja Diocesana» quedará como un baldón permanente».

 Nuestro corresponsal añade:

 «Es ya mucha la indignación que hay en Barcelona. Se recuerda la campaña «Volem Bisbes Catalans», el artículo en «Le Monde» personalmente contra Pablo VI del reverendo José María Montserrat Torrents, la firma del reverendo Joaquín María Martínez Roura, que pertenece a esta Comisión Diocesana para los Medios de Comunicación Social, en el manifiesto clandestino y subversivo de 1 de mayo de este año, capturado por los agentes de la autoridad en Torre Baró, sin que haya rectificado, a pesar del cargo que tiene en dicha Comisión. Por esto se confía en que el señor arzobispo de Barcelona, excelentísimo y reverendísimo doctor don Marcelo González Martin, pondrá fin a tantos desmanes e indisciplinas y sabrá apreciar en todo lo que representa el fondo de fe auténtica que hay en el contenido de esa carta, aunque sea presentada con una vehemencia que nadie mejor que el arzobispo de Barcelona puede comprender y explicar debida y caritativamente».


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967

 

martes, 6 de enero de 2026

Del Vich de Balmes al Vich postconcilar

 Artículo de 1970

 DEL VICH DE BALMES AL DE MOSÉN DALMAU

 De las tradiciones filosóficas y literarias de entonces al negativismo y a la confusión actual

 El nombre de Balmes tiene unas garantías, una autoridad, una aureola, una profundidad y una perennidad indiscutibles. Balmes ha sido el maestro de muchos pensadores y generaciones españolas. Sus obras se estudian y se estudiarán incansablemente. Recuerdo cómo, a raíz de uno de mis viajes a América, el entonces obispo vicense, monseñor Perelló, me urgía para que en mis colaboraciones y corresponsalías en la prensa hispanoamericana diera a conocer cuanto pudiera el nombre y la obra de Balmes. Incluso monseñor Perelló había considerado muy seriamente la conveniencia introducir el proceso canónico de la causa de beatificación de Jaime Balmes.

 Balmes ha mantenido, en sucesivas décadas, su nombre unido disolublemente al de la ciudad de Vich. El vigatanismo es una expresión típicamente nuestra -afirmaba Salarich Torrents-. Ninguna ciudad del mundo puede vanagloriarse de tener un símbolo como el nuestro que personalice la realidad afectiva de un pueblo.

 Esteban Mollet, en un “Pregón”, centraba las características del espíritu de Vich en estas coordenadas armónicamente conjuntadas: “Han actuado cuatro fuerzas distintas: la de carácter religioso, con su preocupación sobrenatural; la tradición jurídica local, originada por los varios señoríos y su colisión de intereses; la de carácter eclesiástico, por la influencia de los estilos, crudos y nuevos de la Curia con el centro humano y social; la cultura, con la doble vertiente de los estudios eclesiásticos y seculares, y de la tradiciones filosófico-poético y literarias”.

 Esta era la vieja Ausona… Pero Vich, desde el progresismo, ha perdido su primogenitura y el vino se ha vuelto vinagre. Aquella Vich que conocimos a través del inolvidable Travería y Puigrefagut -vlmente asesinado por su fe- y tantas viejas casas y nombres de una solera inmarcesible, está pasando actualmente por el calvario de la destrucción de sus tradiciones, y, como un símbolo de las dos épocas, de los dos estilos, de los dos climas, perfectamente quedan contorneadas al evocar el nombre y la obra sublime de Jaime Balmes, junto a las tartarinescas actuaciones y panfletos de mosén José Dalmau Oliver, sacerdote de la diócesis de Vich, en quien concretamos el escándalo de la actual coyuntura eclesiástica y católica del desolado y entrañable Vich.

 También mosén José Dalmau escribe libros. Desde luego, no tantos como Balmes, y de signo totalmente bufonesco, sarcástico y negativo. Sus libros comenzaron a publicarse en 1967. Incluso “Cuadernos para el Diálogo” quiso enriquecer la bibliografía de la literatura pro-marxista vertiendo al castellano el libro “Distensions cristiano- marxistes”. (…)

 Pero los libros de mosén Dalmau, que se han vendido desde 1967 con toda clase de facilidades publicitarias, con todos los trucos propagandísticos y que, a estas horas, sus primeros títulos incluso ya están olvidados, que carecen todos de la censura eclesiástica preceptuada a los libros publicados por sacerdotes; que, incluso, según nuestras noticias, la autoridad civil se prestaba a colaborar con la jerarquía eclesiástica para que algunos de estos libros denigrantes para la Santa Sede y la doctrina católica no se difundieran; ahora, en febrero de 1970, han merecido un divertido informe redactado por los reverendos A. Oriol, A. Pladevall, R. Pou, S. Raguant, C. Riera, R. Sala y R. Torrents, enjuiciando la producción de mosén Dalmau.

 Resumiremos de alguna manera lo que afirman los observadores de tales libros:

 Negativismo de mosén Dalmau

 Terminamos esta reflexiones alrededor del primer libro de mosén Dalmau, recordando brevemente algunos puntos -sin ningún ánimo de ser exhaustivos- que aparecen claramente en la obra y con los cuales estamos en desacuerdo.

 a) Una presentación sistemática y preferente de puntos negativos en la Iglesia, alternada por la mención también preferente y sistemática, de puntos positivos el socialismo-marxismo. El autor se muestra buen técnico en el uso de las medias verdades.

 b) Una presentación predominantemente social-sociológica del misterio de la Iglesia, paralela a una insistencia en formular de manera notoriamente subjetivista los temas de la Fe y de la Religión (“vivencia religiosa”).

 c) Una presentación tal de la Iglesia en los campos económico, político y de la enseñanza que, por un lado, por la falta de las matizaciones más elementales, resulta calumniosa; y, por otra parte, debido a los caminos de solución que propone, resulta manifiestamente simplista, como ya hemos tenido ocasión de mostrar a propósito de la cuestión de la apertura a todas las ideologías”. (…)

 Tras estos juicios que, sumariamente hemos extractado, mosén Dalmau, con fecha del 27 de febrero, ha contestado encajando deportivamente estos ataques con humoradas muy propias de su estilo, temperamento y catadura. Desde luego, puede hacer la digestión tranquilo y dormir la noche enteramente si al cabo de algunos años de haber escrito y divulgado las barbaridades reseñadas, todo se limita a unas páginas de literatura eclesiástica, sin otra particularidad…

 Quizás se pregunte lector cuál es la posición y determinaciones del señor obispo de Vich ante los libros de mosén Dalmau. El propio prelado confiesa que personalmente solicitó el informe publicado. Pero dice textualmente monseñor Ramón Masnou: “MI posición personal y jerárquica ante los casos que judicialmente han afectado a mosén Dalmau ha sido siempre decidida e inequívocamente a favor de mosén Dalmau”. Y esto, con todos los respetos, es lo que menos acabamos de entender del señor obispo de Vich.

 Porque, por ejemplo, en 10 de octubre de 1966, la prensa nacional publicaba esta noticia: “Detenido por intento de abusos deshonestos. –Barcelona, 10 (Cifra). Esta madrugada fue sorprendido el vecino de Gallifa, José Dalmau Oliver cuando, al parecer, realizaba abusos deshonestos con una menor, cuyas iniciales son P.A.N. de diecisiete años, vecina también de Gallifa, en el interior de su coche, en un bosque lindante de la carretera entre Sardañola y Barcelona. El citado señor y la joven fueron conducidos a la Comisaría de Policía de Horta, de esta ciudad”.

 El hombre de la calle se pregunta que, de ser ciertos tales hechos, tuvo lugar el proceso judicial que correspondía. O si la autoridad eclesiástica lo impidió, invocando cláusulas concordatarias. Si en tal caso mosén Dalmau fue sancionado canónicamente. Y si acaso la noticia no fuera exacta, cómo no se exigió, en virtud de la Ley de Prensa e Imprenta, la debida rectificación a la que obligaba la buena fama y prestigio personal de José Dalmau Oliver, incurso nada menos que en una acusación de abuso deshonesto de una menor. Porque la cuestión es de aúpa.

 También mosén Dalmau fue cabecilla principal de la manifestación del 11 de mayo de 1966 en la barcelonesa Vía Layetana. Aquella actuación fue explícitamente condenada por él C.E. de la Conferencia Episcopal Española. También la Secretaría de Estado de Pablo VI, en un documento enviado a la Embajada de España ante la Santa Sede, deploró la actuación facciosa y subversiva. Aquellos acontecimientos son los que, judicialmente sustanciados, merecieron la condena a mosén Dalmau y a otros compadres, que ahora -en virtud de la petición hecha por monseñor Marcelo González, arzobispo de Barcelona, y la propia Santa Sede- el Jefe del Estado español, generosamente, ha indultado.

 Quizás mosén Dalmau habrá tenido todavía otras implicaciones judiciales; pero aquí también cabe preguntar a monseñor Masnou si, frente a la Conferencia Episcopal Española y a la Santa Sede, su “posición personal y jerárquica ha sido siempre “decidida e inequívocamente en favor de mosén Dalmau”. Esperamos que el prelado de Vich informará debidamente a la opinión pública, pues los dos casos más resonantes de asuntos judiciales en los que ha sido envuelto mosén Dalmau abarcan nada menos que su moral personal y la disciplina eclesiástica, en un terreno que la propia Santa Sede ha tenido que justificarse diplomáticamente. Porque lo más grave ya no es mosén Dalmau y sus libros, sino claramente, esta defensa indiscriminada con que el actual obispo de Vich se pone al lado de mosén Dalmau, impune tras sus libros y glorificado episcopalmente por los hechos que lo han llevado a las comisarías y a los tribunales.

 Es muy urgente que el señor obispo de Vich aclare, por caridad, estos extremos. Porque, en un terreno más elevado, ya Jaime Balmes afirmó lo que seguramente será ya familiar a monseñor Masnou, en el texto que a continuación le recordamos: “Hasta los teólogos más adictos al Sumo Pontífice enseñan una doctrina que conviene recordar por la analogía que tiene con el punto que estamos examinando. Sabido es que el Papa, reconocido como infalible cuando habla “ex cathedra”, no lo es, sin embargo, como persona particular, y en este concepto podría caer en herejía. En tal caso, dicen los teólogos que el Papa perdería su dignidad; sosteniendo unos que se les debería destituir, y afirmando otros que la destitución quedaría realizada por el mero hecho de haberse apartado de la fe. Escójase una cualquiera de estas opiniones, siempre vendría un caso en que sería lícita la resistencia; y esto ¿por qué? Porque el Papa se habría desviado escandalosamente del objeto de su institución, conculcaría la base de las leyes de la Iglesia, que es el dogma, y por consiguiente caducarían las promesas y juramentos de obediencia que se le habían prestado”.

 Si esto, en buena doctrina católica concierne al Papa, con más sobrado emotivo alcanza a un prelado. Monseñor Masnou verá lo que le atañe. Y si él no es juez adecuado en la cuestión, invocamos la autoridad del Nuncio de Su Santidad en España, de la Conferencia Episcopal y de la propia Santa Sede. Que estudien los organismos competentes los libros de mosén Dalmau Oliver y que, en conciencia y públicamente, nos digan si esto puede reducirse a un informe a tres años vista, en que prácticamente todo quede en agua de borrajas. Y a esperar nuevos libros de Dalmau con nuevos errores, groserías y absurdos para hacer tambalear la fe del pueblo. Si a los pastores les importa -les debe importar- lo que significa la vida espiritual de millares de católicos, opinamos no pueden cruzarse de brazos y callarse olímpicamente. O simplemente con pensar que en un informe publicado en un órgano inasequible prácticamente a la opinión pública, ya se ha cumplido.(…)

 Desde luego el Vich de Balmes está secuestrado y marginado por el Vich de mosén Dalmau. De lo sublime a lo ridículo. De lo glorioso al escándalo neto y favorecido. Pero lo que sobrepasa toda medida no es el hecho anecdótico de la figura y de la literatura (¿) de mosén Dalmau, sino el impunismo y el mecenazgo que dice su Prelado tenerle. Porque en esto estriba nada menos que continúe arruinándose la antigua diócesis de Vích y que se debilite tanto la fe que, incluso, falta ya el pulso para hacer las aplicaciones concretas que según exposición de Balmes, en este caso podrían ya deducirse.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 175, 16-May-1970

 

domingo, 4 de enero de 2026

Las “maravillas” del Año de la Fe

 Artículo de 1967

  ¿DÓNDE ESTÁ EL AÑO DE LA FE?

 Por IJCIS

 (…) Lo que hace España

 La revista «Ecclesia» propone como modelos de mentalidad eclesial a los teólogos que oscurecen los dogmas y combaten las encíclicas.

 La Editorial Católica Nova Terra se encarga de traducir y difundir esa escandalosa y sangrienta diatriba contra la Iglesia que se llama Objetions to Roman Catolicism. A pesar del juicio durísimo y total repulsa de L’Osservatore Romano, se afanan en propagarla, muy apostólicamente, «Incunable».

  Ese mismo periódico sacerdotal nos viene a predicar por la pluma de dos clérigos díscolos y comprometidos «una nueva religión». Es la del hervidero holandés, en cuya vorágine naufragan las encíclicas y… ni las verdades más elementales del Catecismo sobrenadan. 

 «Sal Terrae» y «Ya»  ensayan una canonización anti Vaticano I del apóstata del sacerdocio y de la Iglesia, Charles Davis.

  «Cuadernos para el Diálogo» revista de Ruiz-Giménez, la figura laica española más cotizada (¿?), y, desde luego, más conocida en el ámbito internacional (y la más elevada en el Vaticano), se honra con las colaboraciones de Mosén Dalmáu, desorientador, de posiciones difícilmente conciliables con la doctrina auténtica de la Iglesia, cuya lectura constituye un serio peligro»… (Boletín Arzob. Barcelona). Más de una proposición temeraria, errónea y semiherética (por no decir herética) ha estampado en los Cuadernos el famoso cura (ver ¿Qué PASA, 8-X-66). 

De ahí que sea tan extraña y sorprendente la metódica oposición de la revista al Gobierno español, el que más se esfuerza por adaptar su legislación al pensamiento de la Iglesia. De ahí que no todos comprendan ese tragarse el camello de las herejías doctrinales en su periódico… para después colar el mosquito de discutibles (pero nunca condenables) procedimientos y opciones temporales (del régimen del 18 de Julio).

 Enrique Miret Magdalena, otra figura conspicua de nuestro catolicismo oficial, se había ganado a pulso, semana tras semana, con sus ataques directos e indirectos al juridicismo de la Iglesia esta repulsa inapelable de Pablo VI: «El que siente una aversión preconcebida por las leyes eclesiásticas no tiene el verdadero sensus Ecclesiae, y quien cree hacer progresar a la Iglesia demoliendo simplemente las estructuras de su edificio espiritual, doctrinal, ascético, disciplinar, prácticamente destruye a la Iglesia» (17-VIII-66). Mas, impertérrito, no contento ahora con alabar a los doctores neerlandeses censurados por el Papa, iniciarse en su catecismo y comulgar en sus altares, se revuelve una vez más contra el supremo magisterio… no encontrando nada bueno en la reciente encíclica.

 Los sacerdotes y religiosos de Amistad Judeo-Cristiana, que habían confundido al verdadero Pueblo de Dios con la escandalosa profanación de la iglesia de Santa Rita para «librar de títulos injustificados al buen pueblo de Dios», no se han conmovido ni parecen haber vibrado siquiera ante la increíble blasfemia que en su Boletín (nov-dic. 66) cargan en la cuenta de Juan XXIII y, por eso, y aun con el desmentido oficial de la Santa Sede, ni en este Año de la Fe abjuran de esta sacrílega imputación atribuida a la Iglesia, de “haber crucificado dos veces a Cristo: una en su carne divina; otra en su carne judaica…”

 ¿Quieren ustedes un bello comentario de las apremiantes apelaciones del Vicario de Cristo al sagrado Magisterio? Pues no faltará alguna publicación apostólica y social de los jesuitas (¿?) que escriba (sin que se encienda de vergüenza) en sus páginas: “que la única nota estridente del último Congreso Mundial del Apostolado Seglar en Roma… fue el discurso del Papa” (¡¡!!)

 Como si la confusión fuera pequeña, en la versión castellana del Canon de la Misa se nos dice que la palabra “católica” «estaba en el Canon mucho antes de que existiera como tal la confesión cristiana llamada católica». Se puede desorientar más?

 Por otra parte, las semanas y conferencias sobre ateísmo están radicalmente viciadas de problematismo escéptico, y más parecen encaminadas a turbar a los creyentes que a inquietar a los incrédulos…

 La nueva apologética busca sus argumentos en Nietzsche y Freud, Sartre y Simone de Beauvoir, y no se arredra de llamar traidor al Apóstol, a quien se le ocurrió la peregrina idea de que no teníamos morada permanente: ya que la «idea cristiana -dejarán flotando en el aire- de que el mundo es una peregrinación no es aceptable, porque es una traición al mundo».

 Como ven, es la manera ideal de… orientar nuestras ideas y aspiraciones al cielo.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 

 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Subversión en los nombramientos episcopales del franquismo

 Artículo de 1967

 Los derechos de la Santa Sede y el peligro de los de la Iglesia española

 Carta abierta al Secretario sustituto de Estado de S. S. Pablo VI

 Rvdmo. Sr. D. Giovanni Benelli.

Arzobispo Sustituto de la Secretaria de Estado de su Santidad. ROMA


 Excelentísimo Monseñor:

Esta carta abierta, por su misma naturaleza tiene que ser grandemente respetuosa para con V. E. y lo que representa. Pero no hallamos otro medio de poder dirigirnos a V. E. con la eficacia que pretendemos que éste que nos brinda el semanario ¿QUÉ PASA?

 Somos otro grupo de curas rurales que venimos meditando día tras día los enormes peligros que acechan al gran tesoro de la unidad católica en España. Mas V. E. representa para nosotros la figura clave en esta coyuntura: joven, apasionado, celoso de los derechos de la Santa Sede, venido a España por una temporada, en días decisivos, para conocerla de cerca. Elevado con tanta rapidez al primer puesto en eficacia resolutoria de la Santa Sede, creemos que algo tenemos nosotros que decirle, los que no hemos tenido acceso directo a V. E. ni podemos tenerlo. Otras cuestiones trataremos en lo sucesivo, pero ahora, en nuestras horas de comentario y vigilia, saltan a nuestra preocupación dos cuestiones fundamentalísimas en las que V. E. tendrá intervención decisiva: la invitación a las dimisiones de los Prelados españoles que se acercan a la edad recomendada, y las provisiones de esas vacantes en las personas de sacerdotes pertenecientes a un determinado grupo bien enmarcado dentro del clero español.

 Nos atrevemos, con la mejor voluntad, a entrar en este tema de las dimisiones, porque los periodistas sacerdotes —nos suena mejor que sacerdotes periodistas— que controlan la gran prensa de Madrid, que es lo mismo que decir la de España, se han atrevido a hablar de que en la pasada conferencia, por una mayoría suficiente de votos, se aprobó la gestión vaticana en estas delicadas lides. Nos parece frase poco acertada la de «gestión vaticana». Tan «desacralizada», que nos lleva a meditarla en extremo para que V. E. conozca nuestros pensamientos. La «gestión vaticana» no cae, no puede caer, sobre la infalibilidad pontificia. Invitar, por no decir intimar, a un Obispo anciano en plenitud de sus facultades a dimitir su diócesis en el plazo de unas horas no puede ser cosa que

ataña a la infalibilidad. Esta “procedura”, como se dice en Italia, se debe a informaciones más o menos interesadas, por no decir tendenciosas, porque a posteriori —y preferimos callar nombres— se ha podido comprobar que ninguna de las dimisiones de Obispos españoles entrañaban urgencia alguna, ni por razones de. salud del cuerpo ni por razones de salud del alma. Indudablemente, fueron otros los criterios aplicados, que penetran con toda facilidad y claridad ante el sencillo clero y pueblo español.

 Cuidado con las dimisiones episcopales y con la forma de provocarlas; que está cundiendo, carísimo Monseñor, un desánimo ante posibles injusticias que no pueden imputarse a la persona sacratísima del Vicario de Cristo, pero si a su pobre y unilateral información. Que una vida entera consagrada a la Iglesia no puede liquidarse con un telegrama cifrado. Que, en definitiva, lo que a todos nos ha de salvar es la caridad. Y ésta tiene que penetrar hasta las más altas cúpulas. Como pensamos seguir escribiendo, no queremos alargarnos más ahora y vamos a advertir algo sobre las futuras provisiones.

 Continuando su campaña, los mencionados periodistas sacerdotes hablan de un grupo de Obispos jóvenes (léanse «ABC» y «Arriba» de los últimos días de noviembre) que van dando tono conciliar a la Conferencia Episcopal española. ¡Cuidado, Monseñor! Ha trascendido al pueblo sencillo, precisamente por la interesada campaña de este grupo de publicistas, que ya los nuevos Obispos incorporados a la Conferencia, de manera sistemática y como obedeciendo a una previa consigna, se oponen a los acuerdos de la mayoría. Así se nos han dado, con verdadero regocijo no disimulado en esta clase de prensa, el que han sido diecisiete los votos en contra del Estatuto de la Acción Católica, después de diez días de discusión, y se nos dice que diecisiete hombres, diecisiete diócesis, etc.

 Cuidado con escindir la Conferencia Episcopal Española, querido Monseñor. No estamos en tiempos de jugar con tanto riesgo. Y lo que no se atreven a decir en los periódicos, pero que dicen en pasillos y reuniones de apostolado: tenemos a Monseñor Benelli en Roma. Recuerdan aquello que dijo un dirigente de la Juventud Femenina de Acción Católica en la plaza Mayor de Salamanca el 15 de agosto de 1964: «Algo ha cambiado hoy en España, gracias a Monseñor Benelli.» Que no cambie demasiado, Monseñor. Y tan atrevidos y ligeros, que algunos enseñan la lista de los invitados a la consagración episcopal de V. E. en la Basílica Vaticana, de los invitados que asistieron y de los que asistieron sin ser invitados, como los futuros miembros del Episcopado Español. Miedo nos da nombrarlos nosotros, no es ese nuestro propósito, por si pronto vemos sus caras en la prensa diaria con la noticia de su promoción.

 Prudencia, Monseñor; España es diferente. Aún quedan cuadros, prudencia, cariño, obediencia, pero somos celtibéricos. Sería una lástima que, llevados de unilateralidad, y asombrados por las noticias de los audaces, las cosas cambiaran de signo de tal modo que nuestra unidad católica se terminara de resquebrajar. Y es claro que si inexorablemente se va escindiendo la Conferencia, esto se conseguirá en corto plazo. Volveremos otro día, Monseñor, y besamos su anillo.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 


domingo, 21 de diciembre de 2025

Incesante subversión en la Iglesia

 Artículo de 1967

 QUIEREN HACER DE DIOS, A LO MÁS, "EL CAMARADA DIOS”

 LAS PILDORAS ANTICONCEPTIVAS Y UNOS JESUITAS INCONCEBIBLES

 Acaba de llegar a mis manos la revista «América», editada por los jesuitas de los Estados Unidos de Norteamérica y del Canadá, cuyo número dedicado al Sínodo Episcopal ha publicado nada menos que un editorial pidiendo el cambio de la posición de la Iglesia respecto a los problemas del control de la natalidad, titulado «Anticonceptivos y Sínodo Episcopal».

 Sus autores hacen suya en «América» una postura extendida, según ellos, entre médicos «católicos». En dicho editorial se cita a «un importante médico católico», al que no se nombra: «En mi opinión, los anticonceptivos son indispensables para una vida sana de la familia católica. Digo bien: indispensables.» Esta defensa de los anticonceptivos sitúa a la revista «América» en posición doctrinal y moral contraria a las enseñanzas de la Iglesia. Abiertamente se sitúa la revista jesuítica citada contra el Magisterio Pontificio cuando, seguidamente, afirma: «La mayoría de matrimonios no puede realizar los valores que la Iglesia proclama como componentes del estado matrimonial, si no pueden practicar, en ciertas situaciones—que «América» no expone—, el control de la natalidad. La Iglesia tendrá que cambiar, sea respecto a los anticonceptivos, o sea respecto al matrimonio. mantener ambos criterios es imposible para la Iglesia en el tiempo actual.»

 Los progresistas franceses, con la «doctrina» citada, sustentada por los jesuítas en su órgano «América», no pueden disimular su extraordinaria satisfacción y coincidencia. Y no digamos del progresismo alemán. «Herder korrespondenz» del pasado noviembre se ocupa también del tema del uso de los anticonceptivos, considerando despectivamente—como si sus oponentes doctrinales fuesen poco menos que unos atrasados mentales—que «todavía quedan médicos alemanes que respetan la doctrina papal, que aún condena rodo control artificial de la natalidad, sin tener en cuenta que en el empleo de los anticonceptivos se descubren, en ciertas situaciones, valores humanos tanto positivos como negativos».

 Lo más grave aún es el silencio de muchos obispos en tan importante materia, permitiendo se divulgue el error, en espera de que el Papa tome una definitiva solución. Como si a este respecto no existiesen anteriores enseñanzas pontificias.

 EL VANDALISMO, EN ACCION

 Las extravagancias litúrgicas van en aumento. «Temoignage Chretien» difunde su júbilo por la sistemática demolición de que viene siendo objeto toda la liturgia católica. Replicando a dicho semanario marxista-progresista, el Presidente de «Una Voce», de Lyon, monsieur Veyrat, ha calificado a tales innovaciones, muy justamente, de «indecence». Sin pelos en la lengua les dice: «Gracias a vosotros y a vuestros acólitos, los artículos 36, 54 y 116 de la «Constitución sobre la Sagrada Liturgia» son sistemáticamente olvidados y deliberadamente violados. La subversión litúrgica llevada a cabo por una banda de vándalos ha conseguido su objetivo: destruir el sentido de lo sagrado y transformar a Dios en un camarada.» «Temoignage Chretien» del 23 de noviembre (1967) le contesta a Mr. Veyrat lo siguiente: «Nos consuela el pensar que «nuestros acólitos» y la «banda de vándalos», en materia de violación de la Constitución Litúrgica aprobada por el Concilio Vaticano II, son precisamente nuestros Obispos.»

 Desgraciadamente, es la pura verdad. Hace ya demasiado tiempo que en ellos se escuda el progresismo. Lo cual prueba que la causa de tanto desastre radica en un estrato muy superior al del Episcopado. El «Consilium», y quien goza de autoridad encima de él, son los culpables de tanto desbarajuste.

 LA LIBERTAD RELIGIOSA, OBJETIVO CUMPLIDO

 Hasta hace algunos meses, el clamor en pro de la «libertad religiosa» resonaba en todos los ámbitos de la Iglesia. Desde Francia se veía bien claro que los disparos iban dirigidos contra España. A la unidad religiosa y a los países que—como España— profesaban en el espíritu de sus leyes la unidad católica, se les sentó prácticamente en el banquillo de los acusados en el Concilio. Algún día podrá saberse exactamente la virulencia y el alcance de los ataques de que fueron objeto los Obispos españoles. Pero desde que dichos países—concretamente, España—adoptaron su legislación a la nueva orientación de la Iglesia acordada en el Concilio, enmudecieron las cajas de resonancia antiespañolas igualmente instaladas fuera que dentro de la Iglesia. Una vez conseguido el objetivo de la libertad civil en materia religiosa impuesto por el Concilio Vaticano II a las naciones que profesaban en materia de unidad católica la doctrina que hasta entonces había enseñado la Iglesia, ya no ha vuelto a hablarse más de libertad religiosa. Los objetivos habían sido alcanzados.

 Los sectores franceses fieles a la integridad doctrinal de la Iglesia Católica han captado perfectamente la maniobra. (…)

 «TEOLOGIA RADICAL DE LA MUERTE DE DIOS»

 Mientras la mayoría de las publicaciones católicas han concedido sus elogios al comunismo con motivo del cincuentenario de la Revolución de Octubre, la revista «Exil et Liberté» ha recordado con tal motivo el carácter satánico del comunismo, no sólo por sus violencias y asesinatos, sino que también por el crimen cometido contra las inteligencias y contra los sentimientos para alcanzar una total desnaturalización del hombre, presentada como una liberación de la idea y del concepto de Dios. Efectivamente, el progresismo dominante está extendiendo con rapidez galopante su «teología radical de la muerte de Dios» y su «purificación de la fe», que nos presenta a un Cristo identificado con la humanidad material, y a los hombres como las únicas «piedras vivas», como si los sacramentos no hubiesen sido instituidos por Jesucristo y el sentido de lo sagrado hubiese ya desaparecido y hasta ahora hubiese sido el más grave error mantenido por la Iglesia durante dos mil años.

 Por eso se nos predica desde ciertos púlpitos que «la noción de lo sagrado está a punto de fracasar definitivamente porque es sustituida por el progreso de las ciencias físicas, las ciencias humanas y las estructuras sociales...», expulsando de la ciencia de los hombres el sentido de lo sobrenatural, «desmitizando el contenido de la fe y la persona de Jesús». Impunemente se puede negar la Divinidad de Jesús en un púlpito católico, y no pasa nada. Antes al contrario, se felicita a quienes predican «la transformation profonde de l’image que l’on se fait de Dieu»; son elogiadas «ciertas formas de ateísmo que son, para muchos «cristianos», un aliento sugestivo». En resumen: es la apostasía, la demencia, el auténtico satanismo y, en suma, el conjunto de todos los errores.

 También el enemigo pretende que la Iglesia haga su Revolución de octubre. (…)

  A. ROIG

Toulouse, diciembre de 1967


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

El “Novus Ordo Missae” (1969)

 Artículo de 1969

 EL NUEVO “ORDO MISSAE”

 Los fieles preguntan sobre el futuro de la Santa Misa. Ha empezado la nueva liturgia en varias iglesias, por vía de ensayo, y la impresión general no es agradable, es extraña. Es posible que, después de algún tiempo, se acostumbren los fieles y se les haga familiar el nuevo rito. Pero no se trata de costumbres, de gustos, de impresiones. Se trata de dar expresión al dogma.

 Liturgia no es otra cosa que la manifestación sensible del contenido revelado. Tiene la liturgia razón de signo y concreta una relación de orden entre la cosa sensible, persona, objeto, acción y la cosa espiritual. Sacrificio y Sacramentos son signos simbólicos, realidades estupendas, “signos eficaces” de la vida divina. Los Apóstoles, antes de dispersarse, formaron su Símbolo; era un catálogo de verdades, pero era, al propio tiempo, un signo sensible de la fe profesada, lo que diríamos hoy “santo y seña” del cristianismo; para reconocerse, exigíanse mutuamente el símbolo: “da signum, da symbolum”. Es de admirar el esfuerzo del cristianismo en sensibilizar la profunda ideología de nuestra Religión.

 Cuando la fe ha sido vivida profundamente, la manifestación simbólica ha sido espléndida. Los siglos de cultura teológica vieron también el florecimiento más asombroso del simbolismo artístico; el genio cristiano había encerrado en él todo el tesoro de la verdad histórica, dogmática y moral, la Biblia y la hagiografía. El rito litúrgico, con sus signos y símbolos, ha templado las austeras lecciones de filosofía y teología cristiana, ha intervenido “en la enseñanza de los humildes, es el punto de unión donde el pensamiento de Dios llega al alma humana por un intermediario material”. El Sínodo de Arrás (1025) había dicho: “Lo que los literatos no pueden comprender por la escritura, se les debe enseñar por la pintura”.

 Cuando me preguntan mi opinión sobre el “Novus Ordo”,“a priori” puedo afirmar que dejará mucho que desear. Y la razón consiste, o radica, en el “vacuum” religioso de nuestros días, que nos hace sufrir al ver el desenfreno ideológico lanzado a la apostasía y al materialismo dialéctico. La verdad revelada tiene que expresarla el cristiano, el católico, con gestos, palabras, símbolos, acciones. Pero si la vaciedad es general, si la Iglesia está enferma, si el dolorido grito de Su Santidad nos habla de falta de oración, de desacralización, de deserciones sacerdotales sin cuento; si una corriente en la Iglesia, a nivel episcopal, se entrega en manos de sociólogos laicos, para los que “la gracia sobrenatural y la presencia vivificante de esa gracia son, si acaso, bellas palabras de un diccionario fantasmal, pero no realidades de luz, sangre y verdad”; si los sacerdotes, aunque en minoría, se avergüenzan de serlo y están en puestos claves, sin excluir altas esferas vaticanas, ¿qué lenguaje será el que traduzca sensiblemente, en el rito, el gran Sacrificio Eucarístico?

 Si se masca la falta de “impetus sacer” en los silencios responsables de Jerarquías indiferentes a las herejías y apostasías; si los cristianos sencillos y, sobre todo, católicos intelectuales se están quedando sin el pan de la doctrina y de la “realidad de Cristo”(Muñoz Alonso), ¿no seríamos muy optimistas si quisiéramos voltear campanas ante la nueva liturgia que empezará en noviembre (1969)? La Iglesia está enferma y, con ella, nosotros. ¿No se reflejará la anemia religiosa en el “Novus Ordo”? Mucho me temo que sí.

 No es extraño que miles y miles de sacerdotes se hayan dirigido al Santo Padre pidiéndole se conserve el rito y liturgia de San Pío V, junto a las nuevas rúbricas de la Santa Misa. El nerviosismo es general hasta el punto de que muchos prelados nos aconsejen “no temer” que el Santo Padre intervendrá e interviene constantemente en los problemas que se plantean en el Sínodo Romano”, etc., etc. Nosotros es lo que queremos de corazón: QUE INTERVENGA CON ENERGÍA TANTO EN LO LITÚRGICO COMO EN LO DOCTRINAL, ANTES DE QUE SEA TARDE.

 No podemos ni debemos criticar el “Novus Ordo” en plan negativo, sino constructivo. Consideramos muy constructivo el mantener la Misa de Pío V, aunque nos sujetamos a lo que diga el mejor criterio de nuestro Santo Padre. Nuestra petición se fundamenta doctrinalmente en los puntos siguientes, entre muchísimos otros que se podrían aducir:

 1º- El Culto Eucarístico es el núcleo central de todas las acciones de la Iglesia, es lenguaje de un contenido infinito, el canal por el que lo divino va configurando nuestra alma, en un proceso santificador constante.

 2º- En épocas de crisis doctrinal, como la presente, se precisa utilizar todos los resortes psíquicos, tanto de la inteligencia como de la voluntad, para conectar con las fuentes reveladas, que nos dan una visión clara de los Principios y Criterios Teológicos Sacerdotales, y fortalecen la voluntad con la virtud sobrenatural que nos proyecta a Cristo. Si claudica el pensamiento, le sostiene la voluntad; si la sensibilidad se extravía, la encauzan, con su luz y su fuerza, la inteligencia y voluntad. Todo el poder de nuestro espíritu debe ponerse en vilo para contener la irrupción del mal por el punto más endeble.

 3º- La Liturgia de la Santa Misa del Papa San Pío V ha educado a generaciones y ha engendrado hábitos para el ejercicio de las virtudes, indispensables siempre pero, sobre todo, en tiempos de claudicación general.

 He leído el “Novus Ordo” y noto que el concepto de UNIDAD ha desbordado el campo litúrgico hasta el extremo de que un “hermano” de Taizé, Max Thurian, haya afirmado que con el “Novus Ordo”, los no católicos podrán celebrar la Eucaristía con las mismas oraciones que los católicos. Pero lo primero no es la unidad, sino la doctrina. Por mantener la unidad no se puede claudicar ni ceder en lo doctrinal, aunque sea en parte y no del todo esencial, pero se le acerque. No es el camino para atraer a los “hermanos separados”. Cuando la reforma protestante repudiaba el dogma de la Real Presencia de Cristo en la Eucaristía, mataba, por este hecho, el simbolismo católico; porque si el templo no es la casa de Jesús, podrá ser un museo de curiosidades artísticas en donde estará ausente la verdad y la vida.

 El Concilio de Trento opuso toda la fuerza de la Tradición y todo el empuje de su autoridad al frío protestantismo que intentó hacer tabla rasa al simbolismo litúrgico eucarístico. Con otras palabras: en la confección del “Novus Ordo” ¿no se ha tenido demasiado en cuenta el complacer a los protestantes? Nos pone en guardia la apreciación del “hermano” de Taizé.

 Para que el “Novus Ordo Missae” produzca los efectos espirituales que deseamos, tendremos que partir de principios muy firmes y sobrenaturales de los que hablaremos en otra ocasión.

 Fr. Miguel Oltra, O.F.M.


Revista FUERZA NUEVA, nº 143, 4-Oct-1969 


domingo, 23 de noviembre de 2025

SIbilino cambio de “estructuras" de la Iglesia

 Artículo de 1967

  Los derechos del hombre, en tensión y desafío contra los derechos de Dios

 Un gran número de sacerdotes franceses se sienten profundamente preocupados, y también decepcionados, al constatar muy de cerca cómo se procede por el progresismo a la «reestructuración» del clero, dándole las características propias de una Iglesia nacional democrática.

 Su estupefacción crece con mayor amargura aún cuando su propio Obispo les dice a los fieles que la presencia del Espíritu Santo es más eficaz en la asamblea de los fieles, y que éstos son los responsables, colectivamente, de la transmisión del Espíritu, sin hacer referencia al soplo del Espíritu Santo a través de la acción y poder del sacerdocio que él, como Obispo, les confirió con la ordenación sagrada. Ello, naturalmente, motiva que los fieles presten menor importancia a los sacerdotes cuando ejercen su ministerio.

 A este clima «democratizante» ha contribuido definitivamente el carácter de «Cámara de Representantes» que le ha sido conferido al Sínodo de Obispos (1967), cuando desde el más alto nivel jerárquico se han pronunciado las palabras de «representantes de vuestras Iglesias diocesanas» (luego ha habido designación de representatividad). Y se ha hecho especial mención de «las asambleas episcopales de vuestras naciones» (que ha permitido elaborar unas tesis tendentes a la creación de las Iglesias nacionales), y por si esto fuera poco, ha habido expresa declaración de representatividad del «Pueblo de Dios», previas votaciones electorales. Leyendo a nuestra prensa «católica» da la sensación de que se ha celebrado un Sínodo «normativo» (como lo ha sido la novísima misa de Lercaro-Bugnini). Y que ha reaparecido en el panorama de la Iglesia una especie de «Constitución civil del clero», cuya negativa en acatarla llevó hasta el martirio a los mártires carmelitas de Francia cuando la Revolución Francesa la promulgó.

 Esta sangre gloriosa, fiel a la palabra de Dios, cuando lo disponga el Señor, resplandecerá y triunfará sobre el tumulto electorero y el consiguiente trastorno que éste ha creado en las instituciones jerárquicas de la Iglesia, con su relajamiento de la autoridad, de arriba abajo, que si bien conserva las instituciones, impide su acción eficaz.

 El progresismo dominante, al forzar violentamente a la Iglesia hacia su «democratización», quiere asimilarla a aquellos poderes que «reinan» y «presiden», pero no gobiernan, situación especial para dar los primeros pasos hacia la creación de los comités presbiterales y el asambleísmo episcopaliano rodeado de comisiones, ponencias, encuestas, candidaturas, etc. 

Ahora, en esto estamos. Porque no es otra cosa la llamada «tendencia a descentralizar» la autoridad, como un hecho irreversible que se ha producido en la «Iglesia Conciliar» superadora de «aquella otra Iglesia quenos hizo sufrir los inconvenientes de una monarquía autoritaria de tipo jurídico-burocrático» (Henri Fesquet dixit en «Le Monde», frente a la cual —atacando a las Congregaciones de la Curia Romana— se sitúan una pirámide vertiginosa de secretariados, de comisiones, de consiliums, etc., para los «laicos», para la «unidad», para los «no-cristianos», para la liturgia, para el «turismo», para los seminarios, y sólo faltaba que el Sínodo recomendase que se establezca en Roma una «comisión de teólogos de todas las tendencias» que se encargase de formular, en un futuro indefinible, con respecto a las «desviaciones doctorales», la declaración que el Sínodo no ha formulado, lo que nos hace preguntar cómo quedaría el magisterio jerárquico si llegase a consolidarse definitivamente en Francia el laberinto de los organismos de la «collegialité», del «consejo presbiteral», de los «Consejos pastorales» agregados, con carácter representativo, a los ya colegiados Obispos diocesanos, todo lo cual hace e impone lo que les da la democristiana gana. Tomen nota en España. Porque esto es peligrosísimo. ¿Por qué? Porque el peligro consiste en esa bastante inapercibida «révolution sans révolution» que hizo exclamar en su tiempo a San Jerónimo: «El mundo, adolorido, quedó estupefacto, de la noche a la mañana, al ver que se había hecho arriano».

 En las actuales circunstancias, y gracias a la sedicente «Iglesia del Concilio» y sus grupos de presión progresista-democráticos, está en marcha una maniobra por la que, también de la noche a la mañana, podemos quedar sorprendidos, y decepcionados, por haberse consolidado temporalmente en la Iglesia una nueva revolución de octubre que la convirtiese en una democracia popular. Porque lo que se pretende, momentáneamente, es que lo externo quede intacto, como si nada hubiese cambiado. Se seguiría haciendo mención del Papa, de los Obispos (y su parlamentaria y electorera «colegialidad»), en la cúspide; pero la base operativa y decisoria tendría su origen en los «consejos pastorales», el «Consejo presbiteral» y las «comisiones especiales», cuya amalgama, obediente a una oculta jerarquía paralela, haría las funciones de Politburó que lo gobierna todo, disminuyendo prácticamente el poder de la cabeza, para ejercerlo el amplio cuerpo colegiado, democrático, alistado en las filas que siguen el «sentido de la historia». Y por consiguiente, menos espiritualidad, más «inmersión en el mundo», con su consiguiente y significativo «testimonio temporal» que «despersonalice el apostolado» pretextando hacerlo más «eficiente». Un paso más, y al pastor y al sacerdote le sucederá el sociólogo, servidor de la comunidad.

 De ahí, repito, el gran número de sacerdotes que sienten profunda preocupación, decepción y estupefacción ante el pretendido cambio de estructuras de la Iglesia de Jesucristo. Mi simpatía y solidaridad hacia ellos porque perseveran en la integridad de la fe en la doctrina católica y en la fidelidad a la Iglesia tal como la fundó y quiso que se mantuviese su divino Fundador.

 A. ROIG


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967

 

lunes, 17 de noviembre de 2025

Lo sacro: escándalo desedificante

 Artículo de 1970 

 LO SACRO: ESCÁNDALO DESEDIFICANTE

 La desacralización -decíamos no ha mucho-, la estamos viviendo los católicos como un complejo paralizador de todas las actividades apostólicas ante una desvergonzada acometida del frente laico, como nunca hubieran pensado aquellos viejos liberales del siglo XIX. Hoy, sin lucha y también sin gloria, e -iba a decir- casi sin pena, la Ciudad Secular ha triunfado gratuitamente. Es a ésta a quien se conceden bonitamente los derechos de ciudadanía y una generosa declaración de mayoría de edad. Hoy, San Pablo no podría gritar, refiriéndose a la verdadera madurez “en Cristo”: “… pero cuando me hice varón”. Y, en nombre de un sacro respeto a la intocable laicidad de la Ciudad terrestre, se sacrifican todas las exigencias dinámicas de una Iglesia que es apostólica hasta el martirio. Y se sofocan los más fuertes clamores del Espíritu que clama con gemidos inenarrables.

 Un ejemplo. Hacía tiempo que habíamos oído hablar de un auténtico escándalo de sacralidad: la consagración pública y oficial realizada por el Jefe de Estado de una de las repúblicas hispánicas al Corazón de María, en el santuario más célebre nacional (*). Este -hoy “insólito y escandaloso” acontecimiento- nos habría parecido natural en 1942. Continuando el ejemplo de Pío XII, muchos Jefes de Estados católicos habían hecho lo mismo.

 Hoy, en 1969, el hecho aludido ha constituido un escándalo nada edificante para muchos clérigos de esa nación y aun para algunos obispos. De 1942 a 1969, qué es lo que ha cambiado para transformar la caracterología del mismo suceso? (**) ¿Han sido los fundamentos objetivos de la doctrina católica, o más bien ese complejo subjetivo de inferioridad y de pánico de tantos católicos pusilánimes? Creemos que esto último.

 En una importante revista quincenal de la nación aludida, de franca tendencia progresista, su director hace una fuerte crítica negativa a ese “insólito” acto oficial. Él habría dejado “los rastros de una amarga polémica y ciertas seguras críticas episcopales”. En efecto, el obispo de X declara que “el acto parece inoportuno y que corresponde al medievo, cuando todo el mundo era católico”. El obispo de Z es todavía más explícito, al decir que “se reserva como Jefe y Pastor de la Iglesia Católica de Z, la autoridad que le corresponde a él de convocar al pueblo de Dios a un acto religioso de consagración”.

 Pero el autor de la crítica a que aludimos quiere ir a la raíz, prescindiendo de lo anecdótico quiere probar -y hace muy bien-“la devoción por la teología”. ¿A quién compete -se pregunta- la iniciativa? Porque, según él, fue el Gobierno (argentino) quien la tomó. La Conferencia Episcopal toma conocimiento de la invitación, y confirma la asistencia de los obispos que tengan la posibilidad de hacerlo. Fórmula de libertad con la que se deja libre la asistencia individual. Pero -añade el crítico- hay una cuestión de fondo: la competencia, en la esfera de lo religioso, no pertenece al Gobierno. De otro modo se cae en el bizantinismo autócrata. Tanto más cuanto en repetidas ocasiones el Gobierno ha declarado querer respetar la esfera de lo sacro. Y, por su parte, el Episcopado ha tomado sus distancias ante todo compromiso político o administrativo; y ha elaborado un plan pastoral en el que no cabría convenientemente un tal acto.

 Aún más, sigue discurriendo el crítico, el acto en sí mismo ¿tiene algún sentido? porque el Presidente de la nación, como mero mandatario del pueblo, no es “dueño de lo que consagra”; no puede consagrarlo. Otra cosa sería que, partida la iniciativa de la Jerarquía, luego el Presidente fuera un mero “ejecutor”. Pero, y finalmente, aun entonces, ¿tendría sentido, no ya el acto mismo, sino lo que significa, una consagración? Admite -faltaría más-que el acto aludido entra en la línea de lo realizado por León XIII y Pío XII. Pero, añade, hoy estos dos actos no estarían ya libres de críticas teológicas, porque suponen una teoría de la jurisdicción pontificia ilimitada, “que hoy muy pocos se atreverían a sustentar”: por la presente situación ecuménica; por el respeto a la libertad religiosa; porque, en definitiva, la consagración radical ya consiste en el bautismo. Por lo demás -termina- “del acto del 30 de noviembre de 1969, Roma estuvo singularmente ausente. Ni siquiera se tuvo (como antes se estilaba) el beneficio de un telegrama papal. El Nuncio de Su Santidad no figura tampoco…Yo, que estaba en Roma en esos días, creo conocer las razones de esa ausencia”.

 La impresión que estas líneas ofrecen al lector es francamente penosa, en una nación de inmensa mayoría católica, hoy no se ha podido realizar un acto público solemne sin herir las susceptibilidades de unos y los falsos principios de otros. Tanto, al parecer, que Roma, siempre presente en todos los acontecimientos laicos del mundo de hoy, ha debido estar ausente. Pero ¿son válidas las razones aducidas por el articulista? Nos parece que no. El obispo de X puede pensar que el acto es “inoportuno”, pero su razón no es válida al decir que no estamos en el medioevo. El obispo de Z es, sí, el Pastor de su iglesia local; pero si una iniciativa religiosa parte de la autoridad civil, ¿no es él quien primero debe ayudarla y dirigirla?

 Como se ve, la cuestión de la iniciativa entra también en la acción pastoral, e importa menos que sea la autoridad civil quien la emprenda o no. No hay, en este caso, cuestión de bizantinismo autócrata, porque, al fin y al cabo, el Episcopado fue informado e invitado, y no obligado. Fueron luego los obispos “ausentes” quienes perdieron una gran ocasión de realizar una pastoral de altura, en lugar de elaborar tantos planes de apostolado abstractos en el vacío de la realidad católica, y con tantas cortapisas enfrente del ecumenismo, de la libertad religiosa y de unos principios teológicos discutibles, que toda acción nace muerta en su origen.

 Esas razones de tipo teológico que da el autor de la crítica a tal acto responden sólo a una situación subjetiva de su autor, y no a los grandes principios por los que el grande León XIII consagraba al género humano el Corazón de Cristo, y el no menos grande Pío XII lo hacía igualmente al Corazón de María. Es más: algún teólogo pensó que el Papa no podía consagrar a Rusia especialmente. Y precisamente poco tiempo después, en 1952, Pio XII en su encíclica “Sacro vergente Anno”, lo realizaba exactamente.

 No podemos juzgar las razones por las que Roma estuvo singularmente ausente de un tal acto. Y, puesto que el autor es tan decidido en afirmar que conoce el fondo de la cuestión, le dejamos con su responsabilidad: en ella parece existir una tacita aprobación de la actitud tomada por Roma… Nosotros la respetamos. Pero no podemos dejar de manifestar un sentimiento natural igual al sufrido por aquel gran pueblo que puede haberse sentido defraudado. Con ello, ciertamente, por lo menos de hecho, la fidelidad y el amor al Papa, ingénitos en aquella nación argentina no quedaron afianzados.

 Y de todo ello, una triste lección de historia: lo sacro en sus manifestaciones públicas comienza a ser algo “desedificante”, algo nocivo. Un cierto y vergonzante pudor de lo sacro, aquí y allí, comienza a invadir aún las sociedades más católicas. Y ante el espantajo del “medievalismo” o del “constantinismo”, algunos jerarcas de la Iglesia empiezan a turbarse…Pero las consecuencias serán totales, y no se detendrán en el camino, porque no se puede aceptar con las derechas lo que se rechaza con las izquierdas.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 170, 11-Abr-1970 

 

(*) Se refiere a que los obispos argentinos se opusieron ferozmente a consagrar su nación al Sagrado Corazón de María, decidida por el presidente Onganía, a finales de 1969.

(**) Entre ambas fechas estaba el Concilio Vaticano II (1962-65) que puso “del revés” la Iglesia. Increíble que el articulista no lo reconozca.