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sábado, 1 de agosto de 2026

¿Precisamente las joyas del Pilar?

 Artículo de 1968

 ¿PRECISAMENTE LAS JOYAS DEL PILAR?

 Por Rafael Gil Serrano

 El despojo de la tradición

 Por una gracia especial de Dios, tuvimos la dicha de celebrar por vez primera en Zaragoza—Columna sobrenatural de la HISPANIDAD—, el día 2 de enero del nuevo año 1968, la festividad de la VENIDA DE LA VIRGEN EN CARNE MORTAL a esta tierra hispana.

 Naturalmente, el despojo que de esta tradición se ha hecho en el oficio divino del día 12 de octubre—donde se ha suprimido de raíz toda ella—sigue lacerando nuestro corazón porque nada o casi nada—que sepamos—ha comenzado a realizarse para devolver al Pueblo de Dios—que también el Pueblo Hispánico; todos los pueblos hispánicos son Pueblo de Dios—lo que es suyo.

 Otro despojo

 Y no es eso sólo, sino que hemos tenido el dolor de comprobar in situ—sobre el terreno—otro despojo antipilárico: y es que la festividad de la VENIDA DE LA VIRGEN con misa y oficio del día 12 de octubre, que venía celebrándose el 2 de enero como fiesta local en Zaragoza, ¡TAMBIEN HA SIDO SUPRIMIDA DEL CALENDARIO LITURGICO!...

 Sin embargo, la inmensa mayoría de los fieles amantes de Nuestra Señora en su advocación del Pilar que llenaba el grandioso Templo de la Raza hispánica y asistía a los solemnes cultos religiosos, jamás podía sospechar una supresión litúrgica tan radical.

 ¿Un tercer despojo?

 Por último, hay un tercer despojo en perspectiva, cuya intención nos aumenta la amargura en el corazón. Se trata de que—no sabemos por quién—se ha suscitado públicamente una polémica en torno a la venta de las joyas del Pilar para hacer escuelas donde recoger a varios miles de niños zaragozanos, los cuales, por lo visto, carecen de ellas.

 Del mal, el menos

Y... ¡menos mal que se les ha ocurrido eso! Porque muy bien podían haber pedido que el producto de la venta de dichas joyas fuese a parar a «todas las comunidades que no tienen en la Tierra dónde reunirse, para que Dios les reserve una morada en el Reino de los Cielos». Al fin y al cabo, esta idea es anterior a aquélla, puesto que constituye parte integrante de la Oración de los fieles inserta en el número 49 de la revista «Eucaristía», de Zaragoza, correspondiente al domingo día 16 de julio de 1967.

 Ello quiere decir que dicho domingo se pidió en todos los templos que siguen las orientaciones litúrgicas de «Eucaristía» por unas «comunidades», tan raras, «que no tienen en la Tierra lugar donde reunirse, y necesitan para cumplir sus fines temporales «que Dios les reserve (¿para antes o para después de la Resurrección?) una Morada en el Reino de los Cielos»... Lo cual no deja de ser una ventaja el que nadie se acuerde de resolverles el problema de la vivienda a expensas de las joyas piláricas, pues, en este caso, ¿para qué iban a necesitar la morada en el Reino de los Cielos?

 Un texto interesante

 De todos modos, es muy significativo que haya salido a la palestra el jesuita padre Ignacio Elizalde para emitir su opinión, no precisamente como un donante de alguna de las joyas, ni siquiera como un ciudadano cualquiera, sino como «director de la revista Hechos y dichos, por si alguien lo ignoraba. Y para que los lectores adquieran una ligera idea del problema, he aquí algunos párrafos el padre Elizalde:

 «La mentalidad social de la Iglesia va invadiendo los distintos sectores. El Papa se desprendió de su tiara. Muchos obispos, de sus anillos pastorales. Todo en favor de los pobres. ¿No habría llegado la hora de aplicar esta doctrina social de la Iglesia a parte del tesoro del Pilar? También en Zaragoza existe el chabolismo y la miseria. También en Zaragoza hay cerca de catorce mil niños sin escuela, los cuales no pueden recibir ninguna instrucción. Este último es un problema pavoroso que más de una vez se ha agitado en la prensa. Catorce mil niños que van a quedar inutilizados, mancos y ciegos culturalmente; que van a encontrar las puertas de su porvenir cerradas porque nadie les ha dado esa preparación a la que tienen derecho.

 »El fin no pue ser más honesto y cristiano, al mismo tiempo que más del agrado de la Virgen. Sería un mimo para sus hijos predilectos, que son los pobres. Esas escuelas podrían llevar la advocación del Pilar, como fruto fecundo y perenne de los devotos de la Virgen que le regalaron sus joyas, y que la Virgen las regala de nuevo a sus hijos. Nos consta que la curia arzobispal y el arzobispo verían con buenos ojos esta iniciativa y estarían dispuestos a secundarla.

 »San Ignacio de Loyola recomendaba a los superiores que fundieran los cálices de oro, si esto era necesario, para atender a los enfermos».

 ¿Fariseísmo a gran escala?

 Nosotros, que por vivir en Madrid desconocemos lo que normalmente pasa en Zaragoza, pudimos enterarnos durante nuestra breve estancia en la ciudad del Pilar de algunas cosas que por allí se dicen, las cuales, de ser ciertas, pondrían al descubierto una operación de fariseísmo a gran escala, ya que se propugna una venta que, de llevarse a efecto, constituiría un verdadero expolio, pues los partidarios de la misma tienen en su mano la solución del problema.

 Efectivamente. el padre Elizalde, S.J., se pone a especular con unas joyas que no son suyas. En cambio, NADA DICE DE ALGO QUE ES MUY SUYO, es decir, de la Compañía a que él y todos los superiores que le apoyan a respaldan pertenecen. Además, ni siquiera tienen que molestarse en fundir ningún cáliz de oro, como aconsejaba su Fundador, San Ignacio de Loyola, puesto que disponen -o van a disponer- de una millonada de pesetas, producto de la venta del soberbio edificio que tienen en Zaragoza.

 Como se ve, la maniobra farisaica parece estar bien clara, pues tener en su mano la solución de un problema de enseñanza -problema específico de la Compañía de Jesús- y querer cargar el mochuelo al tesoro del Pilar-cuya finalidad especifica no es esa-, es algo que hace falta estar ciego para no verlo.

 Implicación de la curia y del arzobispo

 Y no se para ahí el padre Elizalde, sino que implica a la curia arzobispal y al arzobispo de Zaragoza, achacándoles que «verían con buenos ojos esta iniciativa (la venta de las joyas) y estarían dispuestos a secundarla». De esta manera, el padre Elizalde pretende quizá desviar la atención de las gentes que piensan en la venta del edificio de la Compañía, orientándola hacia alguna venta que tenga o pueda tener en perspectiva el arzobispo para atender a las necesidades más perentorias y urgentes propias y específicas de la archidiócesis.

 Lo que debe hacer el director de «Hechos y Dichos» es dejarse de hipocresías y dar testimonio conciliar verdadero. ¿Cómo? Haciendo efectiva la Iglesia de los pobres, es decir, desprendiéndose de todos los bienes que tienen en Zaragoza para ayudar a solucionar el problema de la enseñanza, del chabolismo y de la miseria, y arrastrar así a otros cristianos que también acostumbran a predicar, pero... sin dar ni un grano de trigo.

 Los amantes de la Virgen

 Los verdaderos amantes de la Virgen del Pilar, los que creen en la Tradición de su venida, también tienen razones muy poderosas para repudiar la venta del tesoro pilárico, cuyo valor espiritual llega hasta el cielo, mientras que su valor material jamás podrá alcanzarlo, aun cuando aquél estuviera formado por todas las joyas del mundo.

 Pues bien: todas esas razones pueden sintetizarse en la copla del bilbilitano don Juan José Gil, que un corresponsal de Calatayud transmitió a su periódico de Zaragoza:

 «El joyero de la Virgen,

para todo aragonés

es una cosa sagrada

y no se puede vender»


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

 

domingo, 26 de julio de 2026

Incesante subversión en la Iglesia (2)

 Artículo de 1968

 De la Iglesia, del mundo, del mando...

Los católicos ajenos al progresismo están cada día más estupefactos. Es notorio que ni en el mismo Sínodo fueron aprobadas las propuestas litúrgicas presentadas por los «reformistas». No alcanzaron la mayoría necesaria para que significase la necesaria aprobación sinodal que requería las dos terceras partes de los votos. Así fue con la votación de las estructuras básicas de la «misa normativa», sobre la introducción de tres lecturas en la misa. Con frecuencia se desaconsejaban «simplificaciones» demasiado amplias. De todos los continentes se oían quejas de los excesivos experimentos.

 Pero el «Pueblo de Dios» no cuenta si los votos no son para los «demócratas». El método es viejo. Y la forma de prescindir de las opiniones mayoritarias es harto conocida.

 En discrepancia con la «democracia sinodal» de los «Pastores del Pueblo de Dios» hubo una mesa redonda organizada por la progresista ID0C romana—cuya mayoría de asistentes fueron benedictinos muy favorables a la más acentuada reforma litúrgica—, en la que se puso de manifiesto la discrepancia con numerosos Padres Sinodales, y la amplitud y envergadura del esfuerzo reformador actual, así como también las disensiones que el permanente reformismo litúrgico produce entre los católicos.

 Si la reforma litúrgica no ha sido aceptada—tal como fue presentada—por el Sínodo, ¿cómo el Secretario de Estado, en carta al Cardenal Lercaro, le asegura que la reforma irá adelante en el sentido en que él la ha enfocado?

 Los fieles católicos están asombrados, consternados, porque no comprenden cómo es posible que no se respete la opinión de los Padres Sinodales, ni la Constitución Litúrgica, ni las instrucciones posteriores que han hecho polvo a dicha Constitución aprobada por el Concilio Vaticano II, ni se vislumbre permanencia en ninguna resolución adoptada en materia litúrgica. Parece como si la carcoma de la anarquía hubiese penetrado en el «rito latino» que ha desterrado el latín. Al pueblo se le exige acatamiento intimándole a obedecer al Papa, y al Papa se le dice que el pueblo la ha aceptado. Eso es «demócrata».

 ¿Cómo se atribuye la dimisión de un Cardenal (Ottaviani) a su ceguera, cuando ésta se citaba ya en dos conclaves como impedimento para su elección al Sumo Pontificado?

 Los católicos están francamente estupefactos. Se les dice que son adultos, y nunca habían sido tratados como párvulos hasta que apareció el slogan de la adultez de los seglares, ¡¡descubierta en el Vaticano II!!

 No comprenden cómo es posible que si los Cardenales habían presentado otra dimisión posterior a la presentada y rechazada hace más de un año, a uno de ellos—concretamente al eminentísimo Cardenal Arcadio Larraona—, en carta del Secretario de Estado (insertada en el «Osservatore Romano» del 19 de enero de 1968), se le diga que sus proyectos de reestructura de su Congregación no se aceptan. ¿Cómo es que una persona que desea dimitir se ocupa en reorganizar el Sagrado Dicasterio del cual es Prefecto?

 Tampoco han comprendido mis amigos cómo es posible que a un Cardenal que dimite de su cargo—por edad—se le ocupe en varios otros. ¿No será porque no es jubilado? ¿Y cómo es que en su lugar se nombra a un hombre enfermo desde hace años,como es el caso del Cardenal Benno Gut?

 ¿Cómo es que el Papa felicita a algunos Cardenales, al quitarles el cargo, por su extraordinaria doctrina, cuando va colocando en comisiones clave a otros que han dicho públicamente verdaderas herejías, y uno de ellos ha llegado a decir en público que la Ascensión de Nuestro Señor no ha tenido lugar? Porque eso se comenta entre los «integristas» de cierta alta personalidad, y nadie lo ha desmentido.

 También se preguntan los católicos ajenos a toda actitud y doctrina progresista cómo es posible que en su audiencia del 12 de enero de 1966 haya afirmado Pablo VI que las normas conciliares son la continuación del Magisterio Pontificio, y, por ejemplo, la Constitución Litúrgica recogía las normas dadas por Pío XII al Movimiento litúrgico, pero luego las Instrucciones posteriores deshacen la Constitución. Y por si esto aún fuera poco, el Secretario de Estado asegura ahora al Cardenal Lercaro que las reformas litúrgicas seguirán adelante en la dirección que tal Cardenal les ha imprimido. Esto, los católicos de fe íntegra no lo acaban de comprender.

 Una publicación de mucha categoría, integrista, especializada en materia litúrgica, titulada «Capella Sixtina», que se editaba en Italia y tenía amplia difusión en Francia, ha dejado de publicarse. En su número del pasado diciembre anunció que era el último ejemplar y que ya no aparecería en lo sucesivo. No daba cuenta de los motivos de dicha suspensión ni los ha dado ninguna otra publicación. ¿Es por causa del nuevo giro que puede tomar el tema litúrgico? Eso se comenta, y tal como lo he captado lo transcribo.

 A. ROIG


  Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

 

domingo, 5 de julio de 2026

La Iglesia, la Masonería y el César

 Artículo de 1968

 LA IGLESIA, LA MASONERÍA Y EL CÉSAR

 

La Conferencia (Episcopal) ha decidido que cada obispo local “pueda permitir a los miembros de la orden de los masones libres, que deseen hacerse católicos, ser recibidos en la IGLESIA sin que tengan que renunciar por esto a su calidad de miembros activos de la orden” (Del padre Arias, crónica de "Pueblo", 27-1-1968

 Los contactos entre eclesiásticos franceses y masones conspicuos, que el lector encontrará reseñados en el libro de Pierre Virion, «La Iglesia y la masonería» (Editorial Acervo. Barcelona), no se interrumpieron después del Concilio, a pesar del fracaso que en él tuvo la propuesta del obispo de Cuernavaca, Méndez Arceo, de formular una base oficial de acercamiento. Han continuado con otras maneras en distintos lugares. Nos informaron de ello desde París, y por eso publicamos en el número de 12-VIII-67 de esta revista, un artículo titulado: «¿Qué

hacemos con la Masonería?» En él, apoyándonos en un libro reciente (1954) del cardenal Caro, primado de Chile, titulado «El misterio de la Masonería», sosteníamos la hipótesis de que la secta, que reúne elementos suficientes para poder presentarse como una religión más, intentaría explotar esta circunstancia para recabar para sí la libertad formulada en la ley de la libertad de cultos.

 Hoy (1968) tenemos a la vista el final de una etapa previa de ese plan que corona públicamente una intensa labor subterránea. He aquí la noticia sensacional:

 «La Conferencia Episcopal de los países nórdicos ha autorizado a los masones que se convierten al catolicismo a que sigan siendo miembros activos de sus logias. La decisión, que tiene un carácter local, ha sido expresamente aprobada por la Congregación para la Doctrina de la Fe. La iniciativa ha sido adoptada por los obispos de Dinamarca, Noruega, Suecia, Islandia y Finlandia, en una reunión celebrada en Estocolmo. La Conferencia ha decidido que cada obispo «puede permitir a los miembros de la orden de los libres masones que deseen hacerse católicos ser recibidos en la Iglesia sin renunciar por esto a su calidad de miembros activos de la orden de los libres masones». Esta decisión ha sido anunciada en el boletín diocesano de Oslo.»

 «La Masonería en los países escandinavos es semejante a la de los países anglosajones: tendencia deísta con cierto carácter religioso sincretista y un simbolismo de origen bíblico y cristiano. La logia, fundada en 1735 en Estocolmo, se mantiene neutral en cuestiones religiosas y políticas y está íntimamente relacionada con la masonería del Reino Unido, y con las logias americanas de origen inglés.»

 La Masonería fue condenada por la Iglesia en 1738, siendo Papa Clemente XII, autor de la Carta Apostólica «In eminenti apostolatus specula». Los Papas confirmaron desde entonces la condena por medio de siete sucesivos documentos pontificios, el último de los cuales es de León XIII; se titula «Humanum Genus» y está enteramente dedicado a la Masonería.» («Ya» 27-1-1968.)

 Apenas aceptada la «dimisión» del cardenal Ottaviani, éste es el primer fruto con que nos obsequia la Congregación para la Doctrina de la Fe. ¿Habrá habido alguna relación entre los dos asuntos? El carácter universal de la jurisdicción de este organismo que ha concedido su «expresa aprobación», nos pone en guardia, porque en el mejor de los casos no incurrirá en la contradicción de censurar ni atajar los contactos entre progresistas y masones en otras partes del mundo; y en el peor, extenderá ese criterio explicito y público de compatibilidad a otras áreas. 

 Mucho tememos que sea esto último lo que se intente, porque si no, el enorme escándalo y desorientación que padece hoy toda la cristiandad con esta noticia no quedaría compensado, ni remotamente, con la sola facilitación de la conversión, muy relativa, de unos pocos masones nórdicos. Los cinco países afectados sumaban en 1960 veinte millones de habitantes, heterogéneos y muy diseminados. De ellos, ¿cuántos serán masones en trance de conversión?

 La noticia del «Ya» reafirma la relación de la Masonería escandinava con la inglesa y la americana. Este aspecto internacional, de oculto imperialismo, convoca al César a combatir el mal, ante el que otro capitula. No es éste el único asunto que parece sugerir que la salvación de la cristiandad va a venir por la espada del César. Y quien dice del César dice del poder civil que les confiera a sus Alcaldes de Móstoles católicos, la fe, la gracia, el heroísmo y la pureza que Cristo no les negó ni les negará jamás a sus apóstoles y a los sucesores de sus apóstoles...

 Ya no quedaban apenas hermanos separados, desgajados, amputados de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo, sin haber sido convocados a reintegrarse comunitariamente al amor, a la piedad y a la gracia en la Santa Casa de Dios... Sólo no habían sido llamados ni, por lo tanto, habían acudido los masones. ¡Y ya están ahí! La Masonería, anatematizada, excomulgada por los Papas, enemiga feroz de la Iglesia al través de los siglos y sus generaciones, era la que faltaba a participar en el «delirium tremens» en que han caído ingiriendo un ecumenismo envenenado, ciertas mentes cardenalicias, episcopales, pastorales y sinodales... Sólo faltaba eso: LA MASONERIA. ¡Y ya está ahí!

 P. ECHANIZ


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

 

sábado, 27 de junio de 2026

Tensión en las relaciones Vaticano-Estado español, santamente concordadas

 Artículo de 1968

 OJO A LA IMPORTACIÓN DE "TERREMOTOS

 Por Antonio de Cossío y Escalante. -Sacerdote de Jesucristo

 Grandes órganos de opinión —nacionales y extranjeros, entre estos «Le Monde» y «The Tablet»— vienen revelando la tensión existente en las relaciones Vaticano-Estado español, santamente concordadas, en punto a las vacantes existentes, a las dimisiones provocadas y a los nombramientos consiguientes dentro del Episcopado español.

 El padre Arias, en una de sus crónicas de «Pueblo», examinada por nuestro director en la tercera página de este número, hablaba de las vacantes operadas en la transformada Curia Romana y de los nombramientos expedidos por el Papa para sustituir a los cardenales dimitidos. A esta operaciones, alabadísimas por el comunismo italiano, las denomina el padre Arias «terremoto en el Vaticano», y no se aterra de contemplarlo así. ¿Codiciará este padre Arias para la Iglesia católica española la importación de «terremotos» semejantes? No nos extrañaría, dado el aliento revolucionario del sacerdote corresponsal de «Pueblo».

 Pero otro sacerdote de Jesucristo, tan joven como el padre Arias, pero más cercano que él a la entraña llagada y al amor y al dolor íntegros de España y al apostolado de la Iglesia, ha venido a prevenirnos contra los manejos de los insensatos importadores de «terremotos» como el que parece amenazarnos. Tal es el artículo con que enaltecemos esta página. Su autor, de treinta y nueve años de como consiliario diocesano de la J. I. C., en constantes relaciones nacionales e internacionales con el clero de la nueva ola; fue actor, o por lo menos testigo, en el drama de una diócesis en la que los cargos no de más relieve y brillantez, pero sí de más influencia, les fueron otorgados a sacerdotes anti-régimen, llevándole a la convicción de que los sacerdotes españoles de su generación han sido socavados en su autoridad, habiéndose salvado sólo aquellos que la fundamentan y sostienen en la integridad de la fe y de la gracia de su ministerio.

 ¡Ojo a la importación de «terremotos»! El cura que así nos previene no es escritor, ni periodista, ni viajero, ni viejo conservador e inmovilista. Es un sacerdote de treinta y nueve años de edad, que confiesa, que asiste a los enfermos, que predica, que con la cruz a cuestas sigue al Maestro en su hambre y en su sed de almas necesitadas del amor, de la luz, de la salvación de Dios... Y aún le queda tiempo para escribirnos por Cristo, por la Iglesia y por España esto que vais a leer)

 ***

Entiendo que el sistema de convivencia nacional no tiene por qué ser planteado cada día a capricho de individuos y de grupos; mucho menos después que ha sido el mismo pueblo español quien ha decidido su propia andadura en el reciente (1966) referéndum nacional.

 Entiendo que cada pueblo arbitra ante sus problemas las propias soluciones que, dentro del contexto universal y de las buenas maneras, no tienen que ser iguales a las de otros pueblos, ni siquiera parecidas.

 Entiendo que si ciertos sistemas gozan hoy de asentimiento universal, no tienen que ser incorporados a nosotros sin más y porque ésta sea la línea del mundo, ya que es posible el concierto con él y el no desentendimiento de las corrientes legítimas universales, sin prescindir de las constantes metas históricas propias, por las que llegamos a ser un pueblo en el concierto de los pueblos. (…)

 La Iglesia católica puede tener simpatías, o si se quiere tácticas de adaptación, que en ciertos momentos le hagan mostrar preferencia por ciertos sistemas que han sido válidos para muchos pueblos, pero la Iglesia católica debe y tiene que respetar los sistemas de cada pueblo, aunque no sean los que ella considere mejores para la mayoría y ni siquiera los que el devenir histórico parece arrojar como inevitables.

 La Iglesia Católica no puede aprobar los sistemas intrínsecamente perversos, por estar pervertidos sus principios, aunque sus realizaciones sean buenas. Pero la Iglesia católica no puede prestarse a socavar los cimientos de los sistemas intrínsecamente buenos que pueden tener pecados en sus realizaciones. La Iglesia católica tendrá que hacer todo lo posible para que se corrijan esos pecados, pero nunca cambiar el sistema que cada pueblo ha elegido y ha demostrado ser válido para el bien de la mayoría de los ciudadanos

 No es ningún secreto que en los sistemas de estructura rígida como el español, en el que la Iglesia católica disfruta, por otra parte de todas las libertades y consideraciones, los disconformes con el sistema o con los modos no tienen otro cauce natural para su pervivencia y tarea que vivir al abrigo de la Iglesia.

 Este paso para nadie es un secreto que ha sido ya dado con bastante hondura y longitud en España. Quien conoce un poco a la casi totalidad del nuevo clero, nuestros seminarios, nuestros movimientos apostólicos, se da cuenta cómo bajo el pretexto de una Iglesia comprometida con el mundo se trata de hacer una España sin los españoles, una España construida sin ella misma y sin su propio patrón.

 Entiendo que si el sistema español es rígido, aunque no inflexible, es porque tiene que serlo, dado que sus principios son los determinantes de los comportamientos y de las conductas. Una solera histórica no se conserva fecunda sino en aras de la fidelidad. Ocurre en el plano temporal lo que ocurre en el sobrenatural en la Iglesia católica misma, que tiene fundamentos y principios a los que se debe permanentemente si no quiere dejar de ser lo que es y si no quiere traicionar su propia esencia y misión.

 Concluyo que la Iglesia Católica aquí y ahora no debe moverse dentro de perspectivas de simpatía hacia corrientes universales de convivencia, si esto importa el desprecio y los ascos por las decisiones legitimas, aunque particulares, que son justas y honestas de los pueblos que deciden por su cuenta lo que les conviene.

 Estimo que lo contrario es un trato injusto y de preferencia y, por lo tanto, susceptible de cauciones; porque el riesgo es nuestro, porque lo hemos querido conscientemente y porque nos asiste una libertad de cuyo uso no tenemos que dar explicaciones a nadie. Entiendo que el riesgo mayor de esta decisión libre, honesta y omnímoda está intensificado seriamente por un sector del clero español que cada día avanza más y cuya influencia en un futuro próximo será decisiva.

 Entiendo, por lo tanto, que los pastores que la Iglesia católica dé a España han de ser, supuestas las cualidades de su específica misión, hombres totalmente identificados (sin ambigüedad) con la decisión libre y autónoma de un pueblo al que se deben, no sólo para salvarlo trascendentemente, sino para mantenerlo unido y concorde.

 Entiendo que estos pastores que la Iglesia dé a España, no sólo deben rechazar de plano todo lo que para los españoles fue siempre ocasión de pecado nacional (los pueblos tienen sus pecados históricos y las causas y las ocasiones de pecados históricos suelen ser inevitablemente las mismas), no sólo para no perturbarlo y traicionarlo, no sólo buscando una posición de aséptica e indiferente actitud de neutralidad, sino la positiva de animar a ese pueblo, del que son pastores, con toda la decisión, ya que si no hubiera otros títulos demasiado claros, no deben olvidar que ellos también son ese pueblo y ciudadanos del mismo.

 Entiendo que si la línea de encarnación, hoy tan urgida por la Iglesia Católica misma, quiere ser una realidad entre nosotros no hay otra manera que dotar a la Iglesia española de unos pastores que, entusiasta y decididamente, recojan y hagan suya esa realidad que somos y queremos seguir siendo siempre, porque es buena en sí misma, porque nos llevó siempre a lo mejor y, sobre todo, porque a España le costó siempre mucha sangre ser Ella misma.

 Entiendo, porque no se van a poner condiciones, que esto significa para los pastores recoger también las debilidades y los pecados de esa realidad que es España. ¡No para debilitarla más, sino para robustecerla más! ¡No para hacer la vista gorda y no señalar los pecados, sino para urgirlos en orden al perdón y a la salud! ¡Nunca para fomentar los pecados nacionales, porque nunca será camino para remediar enfermedades matar a los enfermos!

 Entiendo, por último, que el Gobierno español, en la seguridad que cuenta con los más y los mejores hombres de España, debe urgir y matizar humilde pero firmemente, en sus relaciones con la Santa Sede la provisión de pastores para las diócesis vacantes y que en lo sucesivo queden desprovistas, dada la situación delicada de un pueblo abierto decididamente a la esperanza, gracias a Dios y a las manos misericordiosas y justas de la Iglesia y del Estado, que vienen restañando pacientemente pasadas heridas con indudable acierto.

 ¡Nadie debe perturbar en esta hora a este pueblo, a esta España que se encontró a sí misma, en la búsqueda de su misión! ¡Nadie debe apremiar a este pueblo que fue y sigue siendo fiel a la Iglesia católica, su Madre, y que dio y acaba de dar sobradas pruebas de cómo se es hijo fiel! No nos gusta cubrirnos con un pasado de gloria porque tenemos el presente. ¡Ahí está reciente el embalse de sangre que nos devolvió una Patria y la Iglesia universal, un testimonio colectivo para que confíe en las reservas de la fe!

 Espanta pensar que lo que dio vigor y unidad a este pueblo pudiera ser lo que le dividiera y desconcertara

Somos muchos desgraciadamente los que estamos empezando a vivir el conflicto de la fe y los deberes de la Patria, y vamos a decirlo claramente: no es la Patria quien nos está planteando este conflicto

Santander, 11 de enero de 1968. 


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968


sábado, 13 de junio de 2026

La “santidad” de los laicos

 Artículo de 1968

 LA SANTIDAD DE LOS LAICOS

 Un alto oficial del Ejército francés se desplazó cierto día a la pequeña aldea de Ars a fin de escuchar un sermón de Juan Bautista Vianney, el santo cura, de quien había oído hablar a todos con gran admiración. Y, de vuelta a su casa, permaneció serio y silencioso, como no acostumbraba estar. Su asistente, en verdad preocupado, le dijo:

 —¿Qué impresión le ha causado a usted el sermón del cura de Ars; a usted, que ha escuchado a los más famosos oradores de Francia?

 —Hasta ahora me habían agradado los oradores—respondió con sencillez el oficial—; después de este sermón hay algo que no me gusta: mi propia vida.

 Y aquel disgusto de si mismo fue el comienzo de la conversión a Dios de aquel oficial, que supo comprender que al sacerdote predicador del Evangelio no ha de irse a escucharlo porque gusta, sino porque enseña incluso, a veces, aquello que no gusta. Esta es la única manera de que aprenda el cristiano a corregirse de sus defectos para ser mejor y aun llegar a santo.

 Por desgracia, los sermones son muy poco convincentes hoy. Se ha prescindido casi del Evangelio, del Catecismo, de la Ascética, de la Moral, que llaman «anticuada», y sólo figura el Concilio. Esa palabra mágica, que muy pronto quedará gastada y completamente inoperante. ¡Ya es hora de que no se abuse más de ella!

 Yo quiero analizar aquí un sermón o cosa semejante de una hoja dominical para hacer ver una vez más la inepta aplicación del Concilio en esas hojas domingueras, tan aptas de suyo para la instrucción cristiana del pueblo fiel. El lema de la hoja es el título de este escrito.

 La CONSTITUCION SOBRE LA IGLESIA del Concilio Vaticano II, en el número 39 dice: «En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (I Thess., 4, 3; cf. Eph., 1, 4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta, y sin cesar debe manifestarse, en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles.»

 Esto muy claro está. Y por ahí (cap. V) debía discurrir el suelto de la hoja a que me refiero. Este capítulo se titula UNIVERSAL VOCACION A LA SANTIDAD EN LA IGLESIA. La hoja no se ha salido del capítulo IV, que no habla de la santidad. Su título es LOS LAICOS.

 Este es un capitulo hermosísimo y denso de contenido para el pueblo fiel. La numeración del capítulo va del número 30 al 38, ambos inclusive. Los títulos de cada numeral son: «Peculiaridad», «Qué se entiende por laicos», «Unidad en la diversidad», «El apostolado de los laicos», «Consagración del mundo», «El testimonio de la vida», «En las estructuras humanas», «Relaciones con la jerarquía», «Como el alma en el cuerpo». No se conocía un documento de la Iglesia tan «laical», si vale la expresión. Pero, como suelen decir, no estirar más los pies de lo que da la manta.

 Y, volviendo a la hoja de referencia, apunta el lema: LA SANTIDAD DE LOS LAICOS. Como el capítulo V de la Constitución se titula Universal vocación a la santidad en la Iglesia, donde se habla de la santidad en general y de la santidad de los diversos estados, desde luego hay que advertir que el lema está fuera de puesto. Cosa muy semejante estamos viendo todos los días: título por aquí y contenido por allí; no puede haber ligación de doctrina, ligación tan necesaria para el alimento sólido del espíritu.

 No habla, pues, de la «santidad» de los laicos la hoja dominical, pues no da para ello el capítulo IV, del cual pellizca unos trocitos, traducidos muy libremente. Así comienza la dominguera hoja, cuyo lema es LA SANTIDAD DE LOS LAICOS:

Son laicos los católicos que no son sacerdotes ni religiosos o no pertenecen a ningún instituto secular. Es decir, lo que se solía llamar «los simples fieles».

 Nada costaba haber citado a la letra, y era necesario, al tratarse de una DEFINICION jurídica. Abramos, pues, el libro y copiemos del número 31 de la Constitución en cuestión: «Con el nombre laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia.»

 El AQUI del texto tiene una importancia capital. Las palabras, en general, pueden tener varias acepciones o significados, según los diversos «contextos», y por eso es muy conveniente definir antes de entrar en la cuestión, más que más en el mundo de confusionismo en que nos ha tocado vivir. Los «simples fieles» de la hoja, no es ninguna configuración; lo es, en cambio, los «simples sacerdotes», como puede verse en el diccionario de la Real Academia Española. Aquí se trata de una acepción muy concreta y determinada.

 Fijémonos en la aducida DEFINICION de laicos, según el Concilio, y veremos que también ellos son FIELES CRISTIANOS. ¡Así que no desaparecieron los fieles! Y, como mera curiosidad, el diccionario que acabo de citar nos regala 12 (doce) acepciones o significados para el vocablo FIEL.

 Sigamos con el de la hoja dominguera:

 El fiel, el laico, ha vivido mucho tiempo, tal vez siglos, con la impresión de ser algo así como un espectador en la Iglesia católica y en los templos católicos.

 Ya va asomando algo..., que no es precisamente la «santidad». Dejaremos «el laico» de esta cita porque no puede tener siglos… Tratándose de un «espectador», habremos de suponer que el ripio está en LA IGLESIA CATOLICA. ¡Afuera, pues, con ella! Y eso de «mucho tiempo, tal vez siglos», valga para paparrucha, et deleatur.

 ¿Con que el fiel ha vivido «impresionado» de ser un espectador en los templos católicos? Pues, ¿qué espectáculos se representaban en nuestros católicos templos, todos ellos tan «ahítos» de la alegranza de la luz de la creación y de la ingeniería? ¿Espectáculos veían en los templos católicos nuestros padres y nuestros abuelos? ¡ ¡Si no fuesen los de la GLORIA!! ¡Bah!, ¡bah!; para cuento aún. Si hoy tornaran nuestros antepasados a la vida, no, no, mil veces no entrarían a ver los espectáculos de los templos católico- ecuménico-hermano-separados...

 Cómodo, ¿eh?, sonreírse de la candidez de nuestros mayores, «que nos han precedido en el signo de la fe y duermen el sueño de la paz». Pues de allí salía la madera de los santos, y por aquí de la hoja no va, no, LA SANTIDAD DE LOS LAICOS... ¡Seamos alguna vez caballeros!

 Y sigamos:

 El Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos, eran para él la Iglesia. El laico (¿con que también el laico") se había de contentar con escuchar, obedecer y callar.

 Ya asomó... no la «santidad». ¡Lástima de catecismo! El nos ha enseñado siempre a los fieles cristianos que la Iglesia es Docente y Discente, y que de ambos hemisferios resulta en globo la salvadora obra de Jesucristo que llamamos LA IGLESIA CATOLICA. ¿No es esto, fiel cristiano de todos los tiempos?

 Obedeced a vuestros pastores y estadles sujetos, que ellos velan sobre vuestras almas como quien ha de dar cuenta de ellas, para que lo hagan con alegría y sin gemidos, que esto sería para vosotros poco venturoso» (Heb., 13, 17). ¿No es esto, fieles cristianos de todos los tiempos?

 «El hombre sabio calla hasta el tiempo oportuno» (Eclesiástico, 20, 7). ¿No es esto, fiel cristiano de todos los tiempos? Y el versículo anterior acaba así: «Pero el fanfarrón y el necio ni lo tiene en cuenta» (Ib.).

 Esta es doctrina de la buena, y santidad de la buena su cumplimiento. ¡Ni más ni menos! Sí, a la Iglesia Discente le toca escuchar para aprender. Y le toca y le tocará siempre obedecer: «Como hijos de obediencia no os conforméis a las concupiscencias que primero teníais en vuestra ignorancia» (I Pedro, 1, 14). Y en cuanto a lo de callar o no callar (después de haber escuchado y aprendido y obedecido), el tiempo dirá...

 Hoy, el hijo no calla ante su padre. Hoy, el discípulo no calla ante su maestro. Hoy. el joven no calla ante el anciano. Hoy, el trabajador no calla ante su señor. Que Dios nos ampare siempre y no permita jamás... que el SOLDADO no calle ante su jefe... Y no continuemos. ¡No aguardemos a que Dios nos haga callar con su mano «izquierda»!

 ¿Qué más dice la hoja sobre LA SANTIDAD DE LOS LAICOS?

 «No es ésta la mente de Cristo. Y, por tanto, tampoco lo es de la Iglesia. La constitución dogmática del Vaticano II. «De Ecclesia»  dice

 Francamente, no sé dónde habrá escudriñado la mente de Cristo. Ni entiendo de «ciertas» ilaciones entre la mente de Cristo y la de su Iglesia. Ni tampoco voy a decir lo que DICE el Concilio Vaticano II (en la hoja, se entiende). La hoja cita ad libitum, ni dice una palabra sobre LA SANTIDAD DE LOS LAICOS.

 Citaré, para acabar mi sermón, el último parrafito de la hoja: «Los cristianos -en una palabra- han de ser para el mundo lo que el alma por el cuerpo». Esto se atribuye al Concilio; y el de la hoja sigue por su cuenta: «Deben vivificarlo con su apostolado y con el testimonio de su vida cristiana».

 Y esto quiere ser un colofón, que tanto repiten hoy. Sólo alego el inconveniente de que se ha olvidado de los LAICOS, y de que con ciertas reminiscencias, no del todo digeridas, de cierta doctrina aristotélico-tomista, se podría vivificar algún otro inconveniente (…)

 JOSE MARIA PEREZ, PBRO.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968

 

domingo, 7 de junio de 2026

“Comunistillas de sacristía”

 Artículo de 1968

 Ottaviani se fue, pero ahí están los comunistillas de sacristía que denunció el Cardenal dimitido

 Una nueva crisis hepática, complicada con la gripe, me retiene en la cama. Me visita mi buen párroco, tan identificado con ¿Qué PASA?, y compañeros requetés y falangistas. Mi párroco me comenta, dolorido, hechos que ocurren en la vida eclesiástica. A mí algunos hechos me parecen demasiado gordos, a pesar de estar ya vacunado contra sorpresas progresistas. 

Pero, ¿es verdad que la inauguración de una capilla protestante, en el mismísimo culto protestante han asistido unos sacerdotes con feligreses suyos? ¿Es verdad que el reverendo José María Bardes Huguet, en una charla en el seminario habló en forma muy discutible sobre la obediencia'' ¿Es verdad que en la parroquia de San Ignacio, de Barcelona, han permitido a los fieles tomar la Sagrada forma con su propia mano y que en la Nochevieja, en cierto templo parroquial, se firmaron documentos políticos y, tras retirar al Santísimo, hubo refrigerio? Lo preguntamos porque nos lo confirman informes autorizados desde varias fuentes inconexas entre sí.

 Lo que sí es verdad es que el venerado párroco de la parroquia de la Concepción, reverendo Pedro Rifé, ha presentado la dimisión, por razón de su edad pero lo que se comenta en Barcelona es que dicho digno sacerdote ha sido víctima de una campaña muy bien organizada, que con diferentes y repugnantes procedimientos han querido minar su autoridad de párroco. Las cartas en «Destino», la cadena de calumnias y murmuraciones contra dicho párroco y sobre todo la actividad del reverendo don Francisco de P. Sala Arnó, vicario episcopal, que celebrando misa en dicha parroquia, en contra de lo dispuesto por la Conferencia Episcopal Española y las normas

de dicha parroquia concordantes con las mismas, en forma harto imprudente, quiso obligar a comulgar de pie, provocando en el templo un escándalo entre los fieles, con el consiguiente altercado de palabras.

 Al mismo tiempo, el reverendo Rifé recibía una carta del vicario general, reverendo José María Guix, por la que se atribuye al prelado no importarle la comunión de pie o de rodillas o si las mujeres han de cubrirse o no con el velo en el templo. Mi párroco me dice: es ofensivo atribuir al señor arzobispo una desobediencia al Derecho Canónico que preceptúa el velo sobre la cabeza de la mujer en el templo y la manera de comulgar, en discrepancia con la norma de todo el Episcopado español.

 También es verdad que el reverendo don Casimiro Martí, en «El Correo Catalán», del 12 de enero actual, publica un artículo en el que recoge las críticas personales contra Pablo VI que hizo Enrique Miret Magdalena y que ironiza sobre unas palabras del actual nuncio, monseñor Dadaglio.

 Mientras tanto, desde «Destino», José Dalmáu y Jordi Llimona han dicho barbaridades por las que en otro tiempo, por muchísimo menos, se incluían libros en el índice o se privaba de celebrar misa a los sacerdotes escandalosos. Ahora se publican notas de libros marxistas, como el reciente de José Dalmáu, que nos consta que ha confesado el propio vicario general, reverendo José maría Guix, que sólo ha servido para la propaganda y venta de dicho libro ¡Con lo fácil que hubiera sido al doctor Guix impedir su publicación y venta!

 Nosotros nos limitamos a reseñar tan tristes noticias, indefensos por no poder asegurar a nuestros hijos ante la avalancha de errores religiosos y morales, sin que los que deban custodiar la integridad de la fe católica hablen claro y desenmascaren a los lobos. La visión de mi párroco, ya mayor, que casi lloraba, me ha puesto más enfermo. En Barcelona nos toca sufrir mucho.

 A. RECASENS SALVAT


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968

 

domingo, 17 de mayo de 2026

Decadencia de las órdenes religiosas

 Artículo de 1968

 DECADENCIA DEL ESTADO RELIGIOSO

 El Concilio Vaticano II ha dedicado todo un capítulo, el sexto de la Constitución sobre la Iglesia, al Estado Religioso. «Los consejos evangélicos —dice—, castidad ofrecida a Dios, pobreza y obediencia, como consejos fundados en las palabras y ejemplos del Señor y recomendados por los Apóstoles, por los Padres, Doctores y Pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibió del Señor y que con su gracia se conserva perpetuamente (número 43).

 Por lo mismo, el Estado Religioso tiene origen divino y su intima naturaleza consiste en ser un único medio oficial, completo y organizado, dentro de la Iglesia, que tiene por fin primero y específico tender a la perfección espiritual y a la santidad.

 Por esto, el canon 487 del Derecho Canónico dice que «el Estado Religioso debe tenerse en grande estima por todos». Por esto, el Concilio Vaticano II, en el citado capitulo, de conformidad con la doctrina tradicional de todos los siglos de la Iglesia, dice: «Este sagrado Sínodo confirma y alaba a los hombres y mujeres, hermanos y hermanas, que en los monasterios, en las escuelas o en las misiones ilustran a la Esposa de Cristo con la constante y humilde fidelidad a su consagración y ofrecen a todos los hombres, generosamente, los más variados servicios.» Y por esto, en el Decreto sobre la renovación de la vida religiosa, dice: «En la predicación ordinaria hay que tratar muchas veces de los consejos evangélicos y de abrazar el Estado Religioso. Educando los padres cristianamente a sus hijos, cultivan y defienden en sus corazones la vocación religiosa».

 La razón de esta estima en que tuvo y tiene la Iglesia al Estado Religioso es que éste es el único Estado que acepta total e íntegramente el Evangelio en sus preceptos y puros consejos, que sus miembros procuran practicar, proponiéndose como ideal imitar totalmente al Divino Maestro Jesucristo.

 Es cosa teológicamente cierta que el Estado Religioso es de institución divina, pues, como dice el Concilio, «es un don divino que la Iglesia recibió del Señor», que ella ha estructurado como estructuró las parroquias y las diócesis.

 No hay que confundir, como han hecho algunos, la institución del Estado Religioso con su estructuración, o con las diversas modalidades que ha tenido dicha institución a través de los siglos, que naturalmente son humanas, realizadas por carisma especial de sus fundadores.. (…)

 Nadie podrá negar que la casi totalidad de los Santos y Santas de la Iglesia de Dios proceden del Estado Religioso y que la acción misionera, caritativa y científico-religiosa de la Iglesia ha sido desarrollada, también en casi su totalidad, en todos los siglos por la Ordenes y Congregaciones religiosas de ambos sexos.

 ***

Si esto es verdad, ¿cómo se explica que mientras los ortodoxos veneran grandemente a los religiosos, en la Iglesia católica está en decadencia su estima por parte del clero secular, principalmente y aun por parte de los mismos religiosos?

 Oficial y oficiosamente se elogia al Estado Religioso; pero luego, de hecho, en voz baja y aun a veces en la prensa, se critican situaciones de hecho muy comprensibles y se emiten expresiones de desconfianza; se les excluye de las actuaciones parroquiales, se hacen campañas de boicoteo de las vocaciones religiosas masculinas o femeninas diciendo a los aspirantes que a la Iglesia le hacen falta sacerdotes y buenas madres de familia, y no religiosos o monjas.

 Y algunos obispos, sea por necesidades de sus diócesis, sea por prejuicios contra el Estado religioso, han provocado a los religiosos a abandonar su vocación para incorporarse al clero diocesano. Incluso han llegado a negar que el Estado Religioso sea de institución divina. Así lo negó, según referencia de «Civilta Cattolica» de agosto de 1965, el obispo belga Mons. Chenu en pública aula conciliar. Y otro, también belga, se atrevió decir que con la desaparición del Estado Religioso la Iglesia no perdería nada, si bien esta afirmación la hiciera por su cuenta y fuera del aula.

 La causa de esa decadencia del amor al Estado Religioso entre el clero diocesano hay que buscarla en su ignorancia de que la vida religiosa es una inmolación voluntaria, un holocausto perfecto completo hecho al mismo Dios. Nada les dicen aquellas palabras de Cristo: «Sic ergo omnis ex vobis qui non renuntiat omnibus quae possidet non potest meus ese discipulus.» Pues bien, aquel de vosotros que no renuncie a todo cuanto posee, no puede ser mi discípulo (Luc. 14-33). Si ellos no tuvieron valor o vocación para realizar esta renuncia, ¿por qué despreciar, en vez de admirar y venerar, a los que la hicieron efectiva y afectiva?

 Síntoma triste y alarmante de esta decadencia en la estima del Estado Religioso en algunos jerarcas y en el clero diocesano no fue solamente la negación rotunda de una verdad teológica por parte de un Monseñor en el Concilio, sino el silencio con que fue escuchado y la falta de una enérgica protesta por parte de los Padres del Concilio, que podían hacerlo dentro de los límites que consentía el Reglamento Conciliar, como se había hecho en otras ocasiones.

 Pero hay más; muchos aprecian o dicen apreciar el Estado Religioso no por su fin principal y esencial, que es la santificación de los miembros de Cristo, por medio de la completa imitación del modelo de Santidad Jesucristo y del perfecto cumplimiento de los consejos evangélicos, sino por sus fines secundarios, que para los religiosos son medios; y que según esos señores han de ser los primarios del religioso, como son el apostolado al servicio de la Iglesia y la actividad apostólica. Es decir, actividad apostólica en vez de santidad evangélica. Así el cardenal Suenens, en su libro «Nuevas dimensiones en el apostolado de las religiosas». Ni más ni menos que los Gobiernos laicos o revolucionarios del siglo pasado y del presente, que con el mismo criterio conservaron a veces las instituciones religiosas de caridad o enseñanza.

 Desgraciadamente, esta inversión de fines del Estado Religioso está en auge en no pocos religiosos, teórica y prácticamente, con daño, naturalmente, de la santidad de la vida religiosa.

 Ya no se proponen como fin de su ingreso en una orden o congregación religiosa (y si se lo proponen, después lo retractan) su propia santificación; ya no ven en la profesión religiosa su carácter de sacrificio y holocausto, como tampoco lo ven los seglares; ya no la consideran como una crucifixión espiritual para toda su vida; la emisión de los votos y la práctica de los consejos evangélicos no es una muerte a sí mismos, para vivir para Dios, como dice Santo Tomás. No; en la vida religiosa sólo ven un estado o situación en que podrán dedicarse mejor a la vida sacerdotal, apostólica y a la de enseñanza. Ya no se les educa a los aspirantes en la perfección de la caridad hacia Dios, como dice el Concilio Vaticano II que han de hacer: «Con los votos el religioso se entrega totalmente a Dios, hasta el punto de quedar destinado al servicio y al amor de Dios» (5).

 Esos religiosos invierten el orden de la caridad, que antes era: «Dios, el alma, el prójimo. Ahora dicen: «El prójimo, Dios, el alma.»

 De aquí, en la práctica, ¿qué diferencia hay entre un sacerdote secular y un sacerdote religioso, si éste deja a un lado los dos votos de obediencia y pobreza y la práctica de los consejos evangélicos, aunque materialmente haga la profesión religiosa? Hoy todos visten su flamante clergyman o traje laical; hoy se comportan de la misma manera en público; hoy se mezclan con el mundo con pretexto de apostolado o fines pastorales; más: hoy ya no han de ir al mundo; éste se ha entrado por las puertas de los conventos con los aparatos de radio y televisión, que apasionadamente oyen o contemplan, pudiendo así asistir a todas las diversiones y espectáculos mundanos... No es ya el «contemptus mundi», en desprecio del mundo, el camino que facilita la consecución de la santidad evangélica, sino el «consecratio mundi», la consagración del mundo, para lo cual es indispensable la adaptación al mundo. Es decir, en vez de santificarse, mundanizarse.

 Antiguamente, muchas sacerdotes seculares entraban en las Ordenes y Congregaciones religiosas para santificarse más fácilmente y luego lanzarse a la vida apostólica con más libertad y sin tantos obstáculos como tenían en el mundo. ¿Cuántos son los que hoy día abandonan el mundo para hacerse religiosos? ¿Y cómo lo han de abandonar si ven que de los mismos conventos va desapareciendo incluso la vida claustral y la comunitaria, convirtiéndose las comunidades en meras convivencias clericales, con sacrificio generalmente de los votos de pobreza y obediencia?

 Se me dirá que soy pesimista. No; las estadísticas cantan. Consúlteselas y ellas dirán el número cada día mayor de deserciones religiosas y la disminución alarmante y constante de vocaciones a la vida religiosa. La santidad va huyendo de los conventos; la decadencia del Estado Religioso es manifiesta. Las causas ya las he indicado. Inútilmente la Congregación de Religiosos buscará el remedio de tantas deserciones en el retraso de la profesión de los aspirantes. El remedio está en la sólida formación de ellos durante los años de la juventud, que no se consigue mundanizándolos ya en esa época. 

P. CATALAN


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

martes, 21 de abril de 2026

Audiencia papal a terroristas

 Artículo de 1970

 

 TERRORISTAS EN EL VATICANO

 La audiencia concedida por Pablo VI a tres dirigentes de las bandas terroristas que actúan en las provincias portuguesas de África (Angola, Mozambique y Guinea Bissau) ha llenado de alegría a los comunistas italianos y de indignación a los católicos portugueses. Un resultado que, por sí solo, explica muchas cosas.

 Se ha intentado argumentar desde diferentes órganos vinculados a la Iglesia, que una audiencia pontificia no tiene la significación que ha pretendido dársele a ésta y que el Papa se limita a recibir a todo el que a él viene a pedir consuelo, sea o no católico. Es una cuestión en la que creemos que hay que encarar la verdad, sin disfrazarla con generalizaciones. Entendámonos: si el Papa recibe a un católico o, simplemente a un hombre de cualquier ideología que acude a él para testimoniar su adhesión, su respeto, su veneración, o para pedir su bendición, nadie tendría derecho a sorprenderse ni indignarse, sea cual fuere la significación política del visitante. El Papa es padre de todos y a todos recibe.

 Pero cuando concede o audiencia a tres terroristas portugueses, comunistas conocidos dos de ellos, responsables todos de crímenes inhumanos, entre los que se cuenta el asesinato de misioneros, y se sabe que han acudido a Roma para protagonizar, con la ayuda de los comunistas, una campaña contra Portugal, país católico, con el que el Vaticano mantiene relaciones normales, la audiencia deja de ser un asunto privado y eclesial para convertirse, aunque tal no fuera la intención, en una ayuda indirecta al terrorismo. ¿Es que podía ignorar nadie en el Vaticano la explotación que iban a hacer los comunistas de la audiencia, dadas las circunstancias en que se producía? ¿Por qué no se aconsejó a los terroristas que, si querían visitar al Papa, lo hicieran como humildes cristianos, en cualquier otra ocasión que no pudiera ser interpretada como apoyo a sus actividades criminales?

 Se observa, y en España tenemos en la materia dolorosas experiencias, que en algunos sectores del Vaticano existe una desconcertante facilidad para el desacierto y la imprudencia cuando se trata de herir a las naciones católicas donde la Iglesia goza de grandes privilegios y ayudas.

 No puede extrañar a nadie la serena, pero enérgica, protesta del gobierno portugués. El masoquismo de que hacen gala algunos sectores eclesiásticos no tienen por qué padecerlo Gobiernos conscientes de la dignidad de su nación.

 La justicia y el terrorismo

 El cardenal primado de Argentina, monseñor Caggiano, ha respondido en cierta forma por toda la Iglesia a las inquietudes que producen ciertas actitudes clericales en relación con el terrorismo. En una misa celebrada en desagravio del Sagrado Corazón de Jesús (a ese mismo Sagrado Corazón que otros prelados españoles no quieren rendir culto solemne porque hay curas encerrados por motivos políticos) dijo: “La justicia sólo nace del amor. No puede aceptarse la invocación de aquéllos que buscan justicia con la injusticia. Es inadmisible el terrorismo, el incendio, la depredación, el secuestro. No puede hacerse justicia con el odio”.

 Algo que sería lesionador que se leyera en las iglesias del País Vasco, del Brasil, de Paraguay e incluso en algunos despachos del Vaticano.

El culto como chantaje

 Ahora ha sido en Santo Domingo donde un obispo ha amenazado al Gobierno con cerrar las iglesias y no administrar los sacramentos si no levanta la orden de expulsión contra dos religiosos que habían incitado a los obreros a apoderarse de las tierras donde trabajaban. El mal ejemplo cunde pronto y de la huelga parcial de misa se pasa rápidamente a esta huelga general de sacramentos que Cristo, humanamente hablando, no pudo sospechar cuando los instituyó.

 El cristiano sencillo se pregunta: ¿Dónde está el sentido religioso de la instrumentalización de los sacramentos contra un Gobierno? Y cree recordar que en la época de las grandes persecuciones, los cristianos no dejaron de administrar los sacramentos ni de realizar prácticas religiosas porque Nerón o Diocleciano persistieran en su conducta. Al contrario, las catacumbas fueron el símbolo de una Iglesia que, pese a la persecución se mantenía en la fe y en los sacramentos, llegando al martirio si era necesario. Ni Pedro, ni Pablo, ni Tarsicio, ni Sebastián, ni Lorenzo hicieron huelga de misa ni huelga de comunión. ¿Qué clase de cristianos es esta recién aparecida que emplea el culto a Dios como arma contra el César?

 Juan Nuevo


Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970

 

domingo, 19 de abril de 2026

Contra la falsa “paz” predicada tras el Vaticano II

 Artículo de 1968

 LA PAZ A TODA COSTA

 Por JULIAN GIL DE SAGREDO

 Trato un tema ya reseñado anteriormente en esta misma revista. Está hoy de moda el consagrar las fiestas del calendario litúrgico a la evocación de valores más o menos profanos: celebramos el Día de la Madre, el Día de los Enamorados, el Día del Dolor, etcétera. Ahora, y esta vez por institución de Pablo VI, vamos a celebrar el Día de la Paz todos los años el 1 de enero, fiesta de la Circuncisión del Señor.

 De esta manera venimos sustituyendo a la fiesta religiosa por la evocación laica, la conmemoración de los santos por la veneración de símbolos abstractos, los valores religiosos por los valores materiales. Es un procedimiento sutil mediante el cual se persigue desvirtuar lo espiritual y revalorizar lo material, mundanizar los santos y santificar lo mundano, convertir a Dios al mundo en lugar de convertir al mundo a Dios

 Esto es propio de las fases de decadencia espiritual por las cuales a veces atraviesa la Iglesia. Lo mismo ocurrió en la época del Renacimiento con la supervaloración del humanismo grecolatino a costa del sentido religioso de la vida, supervaloración que dislocó de tal manera las estructuras religiosas de la sociedad, que nació y brotó de las mismas la herejía luterana o la separación luterana, como dirían nuestros hermanos progresistas. Entonces sobrevino la reacción, la Contrarreforma, el espíritu de Dios contrapuesto al espíritu del mundo en esa legión de santos y sabios españoles del siglo XVI.

 Ahora tiene que ocurrir algo parecido y ya se viene palpando en lo que hoy llaman «pueblo de Dios» y siempre se ha llamado «pueblo cristiano». Pues bien; ese pueblo de Dios, ese pueblo cristiano, esparcido por los cinco continentes, sin distinción de raza ni color, que no entiende de filosofías ni teologías innovadoras, pero que tiene fe y vive la fe, es el que, alentado e iluminado por el Espíritu Santo empieza a reaccionar, como reacciona el organismo humano contra corpúsculos extraños, contra tantas innovaciones absurdas, excéntricas y peligrosas de esos apóstoles contemporáneos, hábiles manipuladores de palabras, que manejando diestramente términos tan sublimes como la Caridad, el Ecumenismo, la Paz, la Libertad, la Dignidad, etc., impregnan a dichos vocablos de sentidos equívocos y frecuentemente falsos.

 El pueblo cristiano se viene ya cansando de oír hablar en las pláticas, conferencias, homilías y sermones de las iglesias tanto de lo social y de lo económico y tan poco de lo espiritual y de lo eterno, tanto de caridad con los hombres y tan poco de caridad con Dios, tanto de ecumenismo y tan poco de la lógica raíz de ese ecumenismo que es la oración y la unión del alma con Dios, tanto de libertad y dignidad de la persona humana y tan poco de la humildad y de la obediencia, tanto de paz y de pacifismo y tan poco de otros valores que están por encima de la paz, tanto de hermanos separados y tan poco de herejes, es decir, de lo que nos distingue de los hermanos separados.

 Es un pacifismo enternecedor el que propaga la Unión Soviética y el que acogen sonrientes y agradecidos los grandes corifeos de los cristianos e incluso de los católicos de la manera más necia, estúpida y suicida. Paz de exportación, paz como mercancía para el mercado exterior de alta cotización, pero paz a costa de toda subversión de valores espirituales y humanos, paz a costa de la unidad de la fe católica, paz a costa del dogma y de la moral; y en el terreno político, paz a costa de entregar al comunismo el Vietnam, Thailandia,  el Sudeste Asiático; paz a costa de inundar a todos los países del orbe de quintacolumnistas sembradores de la agitación y la anarquía; paz a costa de la expansión arrolladora del comunismo amarillo en el mundo; paz para Johnson, pero libertad de acción para Ho Chi Minh.

 Son verdades vulgares, pero que conviene recordar: tiene la Iglesia una misión de orden espiritual y cuenta para su cumplimiento con la asistencia indefectible del Espíritu Santo, pero esa asistencia no está prometida cuando elementos significados de la Iglesia intentan hacer piruetas en el campo político, pues la historia nos está demostrando los lamentables fallos en que han incurrido y siguen incurriendo esos significados elementos. No

confundamos la acción política de ese o esos significados representantes de la Iglesia con la Iglesia misma, por muy alta y significativa que sea su misión. Dios no obliga a los católicos a seguir y secundar una política equivocada de restricciones de apoyo moral a las naciones que mejor han defendido y defienden la civilización cristiana (aunque como en toda obra humana vayan mezclados también los intereses materiales), pues esa falta de apoyo moral en el momento preciso equivale en ciertas circunstancias a colocar todas las bazas en manos del comunismo.

 En reciente discurso pronunciado por Pablo VI en la Basílica de San Pedro, el día 1 de este mes de enero, discurso que, salvo mejor criterio, no creemos que forme parte del Magisterio ordinario de la Iglesia, pues más que de tipo doctrinal fue de tipo político, se repite la palabra «paz» más de treinta veces y sólo dos o tres veces y de pasada se habla de los conceptos que al fin y al cabo son el fin de la paz y por sí mismos condicionan la bondad o la maldad de la paz Se celebra, en efecto, la jornada de la paz, se recita la oración por la paz, se anuncia la paz, se desea la paz en el año nuevo, Roma sanciona su civilización por la Pax Romana, se exalta el gran ideal de la paz, se exige hacer de la paz una esperanza y compromiso de cada día, de cada actividad futura, oímos el eco del nombre bendito de la paz, etc. Por el contrario pasan a la reserva y a lugar secundario y accesorio los valores que condicionan la paz y que son infinitamente superiores a ella. Se enumeran una serie de valores materiales, el orden, la serenidad, la alegría, la hermandad, la libertad, la esperanza, la energía, el progreso, el bienestar y en último término aparece por fin Dios.

 Todos esos valores, que en su mayoría son puramente materiales, lo mismo pueden lograrse por una paz verdadera que malograrse por una paz falsa. Si esos valores son por sí mismos superiores a la paz, ésta como tal será un medio indiferente, deseable en cuanto conduzca a obtener aquellos bienes y repudiable en cuanto nos aparte de los mismos. Además: bien están todos esos valores que se enuncian en el discurso, el orden, la serenidad, la alegría, la libertad, el progreso, etc.; pero lo principal no son esos bienes, sino el que aparece el último en la enumeración, a saber, Dios mismo: este es el único criterio verdadero para determinar la paz o la guerra. No es primero la paz y como consecuencia de la paz, Dios, sino primero y ante todo Dios, y como consecuencia de Dios, la paz o la guerra, según lo que más y mejor conduzca a Dios a la persona y a la sociedad. No se puede supervalorar como fin lo que es simple medio, y la paz nunca será fin, sino medio, y como tal subordinado al fin último que es Dios.

 Los ángeles cantaron al nacer Cristo «paz en la tierra», pero a los «hombres de buena voluntad» o «a los hombres que ama el Señor», según la moderna versión menos significativa y precisa que la primera. Pero trátese de hombres de buena voluntad o trátese de hombres a quienes ama el Señor, lo cierto es que los ángeles no desearon la paz a los hombres de mala voluntad consciente que tratan de subvertir el orden cristiano y desarraigar

de la tierra el nombre de Dios. No son tampoco amados por Dios, al menos con amor de complacencia, los hombres perversos que luchan contra el reino de Cristo ni tampoco, por tanto, son dignos de la paz.

 Dios, pues, ama la paz, pero una paz condicionada a la buena voluntad y a las leyes que El ha puesto a la Humanidad. Cuando las naciones se levantan contra Dios y tratan de eliminarle del mundo, sería suicida que las naciones que creen en El y desean salvar la civilización cristiana, se autosugestionasen y adormecieran con la droga dorada de la «PAZ» y en nombre de la misma se dejaran avasallar, dominar y destruir.

 Bienvenida la paz, pero no a costa de nuestras almas, ni a costa de nuestra civilización, ni a costa de nuestra patria, puesto que el alma, la sociedad, la civilización y la patria están muy por encima de la paz.

 «Paz sólo a los hombres de buena voluntad.»


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968