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sábado, 21 de marzo de 2026

La revolución religiosa, madre de las otras revoluciones

 Artículo de 1968

LA REVOLUCIÓN RELIGIOSA, MADRE DE LAS OTRAS REVOLUCIONES

 Por FRAY MARTIN LUCERO

 Los malos aires de Francia, Holanda y Alemania comenzaron a soplar por Santa María del Buen Aire hacia 1950 y se han convertido en huracán, aprovechando el río revuelto del Vaticano II; como si hubiera nacido en todo el mundo una nueva religión, supercristiana, alfista y omeguista.

 El progresismo en su aspecto doctrinal y práctico se muestra muy virulento en los seminarios y casas de estudio de religiosos; se difunde entre los sacerdotes, jóvenes; sobre todo, entre los que pretenden pasar por intelectuales y pensadores futuristas; los que no son del vulgo adocenado, sino que ellos han estudiado en Europa, sabe, «en Europa».

 Síntomas.—Sin Tomás ni Doctor Angélico, en cuya hornacina han colocado al jesuíta francés; desprecio de la ciencia eclesiástica, apoyada en sólidas bases, sustituyéndola por el idealismo, hegelianismo y existencialismo, todas ellas filosofías abstractas muy en boga, pero carentes de fundamento lógico y racional.

 Han trasplantado el idealismo de Harnack aplicado a la Biblia, por el cual niegan todo carácter histórico a multitud de narraciones del Antiguo Testamento y aún del Nuevo, como la infancia de Cristo. Nueva interpretación de la presencia eucarística y de la autoridad del Papa.

 Nueva Moral, al estilo freudiano, según la cual, la masturbación carece de culpa, lo mismo que las prácticas anticoncepcionales. No faltan confesores que enseñan estas doctrinas a sus penitentes, haciendo traición al puesto que les han confiado los Obispos, para juzgar según la Doctrina Católica, emanada del Magisterio auténtico de la Iglesia.

 Asamblea litúrgica, exaltación de la comunidad, olvidando el carácter de sacrificio de Cristo.

 Reprobación de la conducta de la Iglesia en sus relaciones con los judíos, herejes y masones, los cuales han tenido razón contra Iglesia en todos los conflictos a lo largo de los siglos.

 Ansias de apertura de la Iglesia al mundo y reconciliación con el liberalismo, socialismo y comunismo, cristificación del kosmos.

 Amplitud.—El progresismo prende como fuego en cañaveral entre los eclesiásticos y sacerdotes jóvenes, que se organizan en células por toda la Argentina.

 Tratan de influir en los seminarios y procuran conseguir los altos puestos para dirigir las diócesis por nuevos caminos, ejerciendo, para lograrlo, fuerte presión sobre los obispos.

 En toda la nación han logrado los puestos más estratégicos. Si siguen por ese camino, dentro de pocos años dominarán por completo la orientación religiosa de la Argentina, que se convertirá en Modernista, es decir, en un Cristianismo de puro nombre.

 ¿Cuál es la mano oculta que mueve a todos esos títeres? Ya llevamos cincuenta años de comunismo y tenemos la suficiente experiencia para sospechar la causa motora.

 La estrategia comunista consiste en persuadir tenazmente de sus ideas a unos pocos jóvenes lanzados y lograr que ocupen los primeros puestos; desde allí empiezan a liquidar a los adversarios, y al poco tiempo quedan ellos dueños absolutos del campo.

 No es la mayoría la que gana la victoria, sino una minoría audaz, que se apodera de los órganos de la opinión (prensa, cátedras y ambienta callejero) y luego arrinconan totalmente a los demás.

 Cuál es el remedio para estos males? No hay otro que el que emplea el mismo comunismo. Cuando ellos quieren hacer un sabotaje, un incendio o una revolución, traen de fuera unos individuos desconocidos y agresivos, que no tienen ningún vínculo con aquella región, y ellos son los que encienden la mecha.

 De la misma manera, si queremos vernos libres de los progresistas, colocados ya en lo alto, no hay que esperar a que sus propios ciudadanos los despojen, esto no lo harán jamás, es preciso traer gente de fuera, que a mandobles los destrone de los puestos influyentes a los que están terriblemente aferrados.

 Los «fascistas» de Austria

 La intolerancia no viene ya de Roma, sino de los países germanos, donde los innovadores no permiten más opinión que la suya; ni siquiera el diálogo, aunque no se les cae de la boca esa bendita palabra «dialoguemos»

¡El Liberalismo redivivo!

 Han suprimido la Inquisición y ¡a censura eclesiástica, pero han inventado otra censura solapada, que suprime sin piedad todo comentario o crítica que se quiera hacer contra sus innovaciones y exageraciones. Se han arreglado para crear una gran atmósfera de «optimismo», de un éxito total y mundial de sus innovaciones, de modo que la masa de los fieles está totalmente engañada, creyendo que esas ideas y modos de obrar son los auténticos y genuinos de la Iglesia. No tienen escrúpulos en criticar y pulverizar la opinión de los demás, de suerte que la oposición no halle eco en el pueblo católico.

 ¡Cuánto hablan los vencedores contra el fascismo de Hitler y Mussolini! Pues los neo-modernistas austríacos están poseídos del «furor teutonicus», y no les importaría mucho enviar a Auschwitz a todos los que se permiten dialogar en contra.

 El mejor apelativo que cuadra a estos progresistas es el de «¡Fascistas!» «¡Fanáticos intolerantes!» «¡Modernistas que vuelven a la época de Loisy (1857-1940), el cura francés renegado.

 Estos neo-modernistas son unos perfectos diletantes, que jamás han estudiado en serio, se caracterizan por su falta de prudencia y madurez de juicio. Verdaderamente que son hijos de los bárbaros por su falta de cultura y de estudios, vacío que tratan de llenar con su palabrería engorrosa, encastillándose en un lenguaje ilógico, cabalístico e ininteligible, son los asesinos del idioma.

 Un periódico católico de gran circulación ha dicho que todo género de música, aun la ligera, tiene su puesto en la misa. Como si no hubieran hablado San Pío X (22 noviembre 1903), Pío XI (20 diciembre 1928) y Pío XII (22 diciembre 1955 y 3 septiembre 1958).

 ¡Por favor! Antes de hablar, ¡entérese!

 Contra esa música ligera se presenta Pablo VI al hacer televisar la Misa de Navidad antes de dar la bendición papal a urbe y al orbe. Función majestuosa, en latín y en gregoriano, sublime, digna del Pontífice del mundo, que une los labios en expresión unísona no sólo de la multitud de la Basílica de Pedro, sino de todo el mundo.

 ¡Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana, y repruebo todo género de desfiguraciones y sustituciones caprichosas e individualistas!

 El resultado de ese anarquismo y confusión es que la devoción de los fieles ha caído en muchas partes en vertical. Las actuaciones del diácono las realiza ahora  cualquier ministrillo, sin formación, ni preparación alguna, vestido de un modo estrafalario, propio para desprestigiar la religión.

 Se quejan de la traducción de los textos litúrgicos latinos al alemán por la prisa de los expertos algo inexpertos.

 Como el fenómeno de Austria se realiza a escala mundial, ¿no habrá en todo ello oculta una peluda mano de araña?

 Sincretismo alemán

 El Racionalismo alemán del siglo XIX y su hijo el Modernismo, condenados por San Pío X en la encíclica «Pascendi». de 8 de septiembre de 1907, siguieron ocultos bajo las cenizas en Alemania y rebrotaron en dos libros publicados en 1937 y 1940, pero las bombas rusas no les dejaron salir de los refugios.

 Luego se rehizo Alemania y esas ideas, como el grano de mostaza, se convirtieron en árbol, en cuyas ramas anidaron las aves de rapiña.

 El Modernismo quiere acomodar la Doctrina Católica al pensamiento científico, despojándola de toda intervención sobrenatural. Los modernistas dicen que la Iglesia no es inmutable, sino que evoluciona como todas las cosas humanas y que ahora (1968) hay una Iglesia preconciliar y otra posconciliar distinta.

 En esos libros se proponían muchas cosas que han ido apareciendo con el tiempo: Prioridad del laicado, supresión del celibato sacerdotal, valoración de la Reforma protestante, humildad del Papa, folklore religioso, síntesis del Protestantismo  y del Catolicismo, vaciamiento de los dogmas marianos; en fin, sincretismo religioso, en el que todo tiene cabida. Para ellos la Iglesia no ha hecho más que seguir un largo camino de errores. 

Manía de cambios.—Padecemos la manía de cambiarlo todo; fuera el clericalismo y el legalismo, la Cena del Señor se tendrá en las casas de modo democrático, institución de sacerdotisas, acabar con el celibato, reconciliarse con la ética de las masas, dudas sobre la Trinidad y de la existencia de Dios, etc.

 Acomodación a este mundo.—Rechazan el seguimiento de la Cruz de Cristo, la ascesis y la mortificación, su norma de conducta es el hedonismo, el placer, obran con una libertad que aterra, piden que la Iglesia abandone sus resabios medioevales, abogan por la abolición del Primado del Papa, porque sólo suprimiendo el Primado Romano se podrá establecer la Unión de las Iglesias; la libertad religiosa que establece el Concilio, según ellos, es la concesión a todas las sectas de los mismos derechos, mutilan las enseñanzas del Concilio, según les viene mejor...

 Estas son las doctrinas de los Modernistas, combatidos por San Pío X, reaparecidos en 1930 y fustigados por Pío XII en la encíclica «Humani generis» de 1950, pero a la muerte de este gran Pontífice se unieron de nuevo para ir limando a fuerza de «concilio» los poderes celestiales de la Iglesia.

 Un viento impetuoso, como el de un Pentecostés infernal, ha esparcido por los aires las cenizas de Harnack (1851-1930).


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968  

 

martes, 17 de febrero de 2026

Contra la nueva y funesta colegialidad

 Artículo de 1970 

 MEDITACIÓN SOBRE EL PAPA

 (En el 50 aniversario de la ordenación sacerdotal de Pablo VI)

 En una de nuestros anteriores colaboraciones recordábamos las palabras proféticas del cardenal Bevilacqua: “El papa Montini está destinado a reinar en medio de los juicios contrastantes y la incomprensión de los contemporáneos”. Pero no sólo el papa Montini. Nadie está tan tremendamente sometido al juicio de la historia como un Papa, Vicario de Cristo en la tierra. Sobre él gravitan todas las fuerzas que agitan los movimientos de la cultura humana, para hundirle unas veces en el desprecio y la humillación, por parte de unos; para levantarle, otras, en la veneración y respeto sumos, por parte de otros. El Pontificado -por lo menos en la historia del occidente- es el pernio sobre el que se mueven los acontecimientos más “históricos”, quiero decir más humanos: religiosos, culturales y políticos.

 Desde que el edicto constantiniano, de principios del siglo IV, da libertad a la Iglesia de las catacumbas, el Papado cobra una significación definitiva en la historia del Occidente. Este Occidente cristiano que recoge la cultura clásica y la salva de las ruinas del Imperio romano, transmitiéndolo al medioevo. Que eleva al Pontificado a la gloria de los tiempos gregorianos. Que ocupa el centro mecenático de ese primer renacimiento espléndido del tiempo de Inocencio IV, coronado por las Universidades Escolásticas, por las figuras incomparables de los grandes maestros, y por el impulso auténticamente reformador de las Órdenes Mendicantes.

 Algo, sin embargo, se quebraba en aquel tardomedievo del siglo XIV, nominalista y conciliarista, que anuncia los desmoronamientos de los siglos XV y XVI. Y siempre la primera y fundamental razón la encontramos en un oscurecimiento del dogma básico eclesial sobre el primado romano. ElPapado está siempre ahí, en medio, discutido y defendido, vilipendiado y protegido, La revolución -¡que no “reforma”!- protestante, lo es principalmente porque el protestantismo (da igual luteranismo, calvinismo que anglicanismo) es la primera ofensiva en grande estilo para cambiar el centro religioso de gravitación del Occidente cristiano en una multitud periférica de puntos, de goznes enloquecidos.

 El Papado resiste. Y la contra-revolución-que no “contra-reforma”- católica erige de nuevo al Papado; y reúne en torno a él la pléyade de santos, de fundadores, de auténticos reformadores. La marea pasa dejando en pos de sí luengas tierras encharcadas. Y la luz de Cristo baña otras playas, llevadas por las carabelas de España. Finalmente, las revoluciones modernas toman, como uno de sus objetivos principales, el derrocamiento de la roca del Papa: galicanismo, iluminismo, revolución de la Bastilla. En 1870, el Vaticano Primero no sólo es la proclamación culminante de un dogma que destaca la posición única de base y punta del edificio jerárquico de la Iglesia; es también el anuncio escandaloso del principio de autoridad ante una época, el liberalismo revolucionario, que estaba minando los fundamentos de toda sociedad. No sería exagerado afirmar que la definición dogmática del Primado Romano retrasa en casi un siglo el triunfo de los movimientos nihilistas de la época.

 Y hoy ya, ¿qué significa el Papado a la historia contemporánea? En primer lugar, un lugar alto del espíritu hacia donde corren atemorizados los escasos valores humanos que aún están vivos: el sentido de la justicia, el derecho de gentes, la norma eterna de la moral natural. Porque, en una tierra dominada por el trust y por la Banca, y que sucumbe al epicureísmo más craso, hay alguien todavía que lanza el grito de la “Humanae vitae”, o de la “Pacem in Terris”; o se presenta audazmente en el ágora más impresionante de Nueva York, como la encarnación visible de la única posible “Política de Dios y Gobierno de Cristo”.

 No podemos darnos cuenta de esa fuerza inmanente y oculta que todavía representa para el mundo la situación del Papado católico. Y hasta hay momentos en que se piensa y se escribe con una absoluta falta de sentido histórico, que la influencia del Papado, en este mundo tecnológico y secularizado, no representa ya casi nada. El mundo inmaduro y niño del medioevo; el mundo adolescente y joven del renacimiento, podían mirar al Papado para protegerse con su tutela secular. Hoy nuestro mundo se considera adulto y orgulloso de su autonomía, reclama su herencia secular, y se va muy lejos de la casa del padre de familias.

 Pero hay más. Porque (“tercer punto” de nuestra meditación) ese mundo que se aleja de la colina vaticana: que quisiera perder de vista la cúpula escandalosa del Buonarotti, hoy es también una buena parte del mundo católico. Hoy los católicos vivimos bajo el signo de una “colegialidad” funesta. Esta, sin atreverse a una franca proclamación de galicanismo ochocentista, o de episcopalismo, está, de hecho, operando con una especie de obstinado “desgaste” y “deslustre” del Primado Romano, que obra como un líquido corrosivo sobre un metal precioso. El papado, con ello, está descendiendo vertiginosamente a ser una institución histórico humana, fruto de un juridicismo elaborado durante siglos por la tradición legalista romántica. En este caso, podrá ser, sí, una garantía externa de unión de todas las actividades eclesiales; pero, no ya, el “principio y fundamento” de que habla el Concilio Vaticano Primero.

 Un Primado “enervado” por una desconcertante colegialidad, es hoy naturalmente un “centralismo” molesto. Porque -en contra de todas las hipócritas afirmaciones- se le quiere pensar como un centro de coordinación de actividades, como una sala de recepciones, o-para decirlo con el Sínodo holandés-“el Papa, un presidente o secretario general de todas las iglesias”.Pierde, pues, el elemento de comunicación dinámica de la fuerza de comunión jerárquica. No es ya como una potente fuerza solar presente necesariamente en todas las manifestaciones térmicas de la Iglesia.

 Y con el declive “dogmático”, el Papado hoy sufre un tremendo declive “psicológico-afectivo”. Naturalmente no nos referimos a aquella sentimentalidad romántica que acompañaba al “Prisionero de Roma”, en la que hoy nadie puede ya pensar. Nos referimos a este clima de crítica a la persona del Papa que ha surgido como deporte de invierno para tantos teólogos sicofantes, para tantos periodistas católicos venales, para tantos laicos escritores de crónicas desaprensivas. ¿Cómo se ha podido llegar aquí? Nuestra meditación iría muy lejos... Pero una es la causa decisiva: ese declive dogmático incontenido hacia una colegialidad herética. Pueden, sí, existir otros factores temporales que aspan a la Iglesia de Dios, y aún a sus representantes supremos, con los estigmas de una temporalidad irreversible. Pero, diríamos, nadie hoy tiene perspectiva histórica suficiente para erigirse en juez de la historia contemporánea del Papado.

 Santo Padre, Pablo VI: en esta angustia que atraviesa tu corazón de padre, en el momento preciso de tu devotísimo cincuentenario, ungido sacerdote del Señor, estamos junto a ti; porque “donde está Pedro allí está la Iglesia”.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº178,6-Jun-1970 


lunes, 26 de enero de 2026

La Virgen, marginada en el Postconcilio

 Artículo de 1970

 La Virgen, marginada

 Hablar hoy de la Virgen es arriesgado. Antes (un “antes” que no va más allá de preconcilio) la Virgen era tema obligado de la catequesis, de la predicación y de la doctrina teológica. Hoy (un “hoy que abarca los últimos cinco años, 1965-70), la Virgen se ha vuelto un tema difícil, un tema discutido. Porque, además, puede hablarse en un cierto oscurecimiento de la devoción mariana en la Iglesia Católica.

 El hecho ha tenido manifestaciones tan evidentes que es del todo imposible no admitirlo. Sería suficiente hacer un recorrido por las iglesias de cualquiera de nuestras ciudades, en este lánguido “mes de María”, para advertir que algo ha pasado en lo más profundo de las almas en este sentido. No es necesario llegar, claro está, a ese vago y lejano recuerdo que todavía atormentaba nostálgicamente el alma impía de Renan, como “un olor inebriante de rosas de mayo”.

 Basta mirar con los ojos abiertos: la supresión del rosario; su suplantación por extrañas e incomprensibles “paraliturgias” en las que la arbitrariedad imaginativa de un buen curita lo inventa todo; los cantos salmódicos de un irritante simplismo melódico y de una pobreza viejotestamentaria ridícula; las lecturas escriturarias, ciertamente santas y útiles, pero en un contexto de “sola scriptura” protestante, frío, que hiela los corazones. Uno busca, por lo demás, la imagen de la Virgen como señuelo y sostén de una humanidad, de un humanismo imprescindible y, por fin, lo encuentra allí, en “cualquier” lugar, a la contraluz de una columna oscura, que la separe del altar, “único centro” -proclaman altamente los nuevos liturgistas- de la atención de la Asamblea del Pueblo de Dios.

 La Virgen “marginada” en su representación simbólica, lo es también en su conmemoración litúrgica. La nueva ordenación litúrgica, con un criterio de “sola scriptura” no católico, ha realizado una inclemente poda en el ciclo litúrgico mariano. Estas innovaciones, hoy todavía muy discutibles, se presienten nocivas para la piedad cristiana que no vive de esa “metafísica” litúrgica que se le impone.

 La Virgen “marginada” también en la predicación y en la doctrina teológica. El hecho tiene otras manifestaciones evidentes (Asociaciones, Cofradías, Romerías, Peregrinaciones, insignias, hábitos, etc.) que no es necesario describir. ¿Cómo explicarse este extraño fenómeno, tan contrario a toda la tradición católica vinculada de un modo tan estrecho con las devociones marianas? Un fenómeno tan profundo no puede menos de obedecer a causas igualmente graves y profundas. No se pueden aducir fenómenos de superficie; por ejemplo: los excesos de la época procedente, que hubieran producido un ”maximalismo” que hoy tendríamos que compensar con un desequilibrado “minimismo”.

 Es verdad que los años 1940-1955, en España, pueden ser considerados -como se decía entonces- “Era de María”. Son años espléndidos en manifestaciones marianas: Congresos, Consagraciones, Peregrinaciones, la “Virgen Peregrina”, el “Año Mariano”, en que la piedad popular de la Iglesia vibra como en los mejores tiempos. Pero esta piedad está bien sostenida, primero, por un Magisterio papal y episcopal relevante; y luego por una mariología científica y teológica, que coloca a la mariología católica en un primer plano de la literatura teológica. No son, pues, esas razones de superficie las que explicarán el fenómeno actual de la marginación mariana hasta convertirse, no sólo en “questio mariale”, sino en verdadera “crisis”.

 Porque esta fenómeno de crisis mariana -como, por lo demás, tantos otros fenómenos críticos de la Iglesia de hoy- no puedo entenderse sino cuando se le coloca en extensión y profundidad en el contexto de una amplia y grave crisis eclesial. Está, en primer lugar, la crisis “religiosa” como fenómeno de desacralización y de secularización. En ella, la Virgen María representa un punto culminante y “escandaloso” de lo santo y de lo sagrado, que instintivamente repele todos los intentos de “reducción a lo religioso” a lo profano. Su persona excelsa representa, en el catolicismo, la convergencia de lo humano y lo divino de una manera absolutamente sagrada y trascendente. De ahí el escándalo “edificante” que produce todo lo “mariano” en un mundo secularizado. Por ello mismo, la “desmitologización” del mensaje evangélico se enfrenta necesariamente con la Virgen se la quisiera despojar de su maternidad divina, de su virginidad perpetua, de su lugar irreemplazable de hecho en la economía de la salvación; que fuera sólo la doncella humilde de Nazareth, casada normalmente con el carpintero José, de quien tiene el “primogénito Jesús” y a otros hijos después de él.

 Está luego la crisis eclesial, en la que el Magisterio Jerárquico existe, pero “no funciona”. Y hay finalmente unas tendencias a un cristianismo descarnado, desencarnado, desarraigado, “sin piedad” (San Pablo), que se amparan en el falso simplicismo de la autenticidad soñada, del antirromanticismo más romántico, y de la bobalicona entrega, a ojos ciegos, a los valores mundanos.

 ¿Qué podía representar en ese conjunto “emocional” religioso la figura de la Virgen María sino un serio obstáculo que había que marginar? Y, como las intenciones -aun las no conscientes, aun las solamente presentidas- son las que mueven los hilos de esta miserable tramoya, asistimos a este fenómeno de marginación de lo mariano como una consecuencia inclemente y despiadada, pero lógica, de toda una lamentable situación crítica de la Iglesia.

 Pero -y he aquí la paradoja constante en que hoy extrañamente nos movemos en todo lo eclesial- esta marginación de la Virgen María en la piedad católica no puede apoyarse ni en el Magisterio de los últimos Papas, ni mucho menos en el Concilio Vaticano II. Porque los Papas, con sus documentos doctrinales, con sus intervenciones pastorales, con sus gestos emocionales (Peregrinaciones de Juan XXIII y Pablo VI a Loreto, Fátima, Bonaria, Éfeso) nos dicen todo lo contrario. Por su parte, el Concilio Vaticano II, en sus magníficos textos, favorece tanto la piedad mariana como la mariología católica. El Concilio recomienda “las piadosas prácticas del pueblo cristiano” (SC, n. 20), y el culto especial y las devociones tradicionales a la Virgen (LG, nn. 66-67). (*)

 ¿Cómo, pues, explicarse, repetimos, esta marginalización de lo mariano sino como una triste consecuencia de esa decadencia general de lo católico? Porque la Virgen no está “al lado” de los caminos por los que el Señor quiso venir a nosotros. Tampoco está “en el centro”, cuyo lugar lo ocupa ciertamente el Cristo. Pero sí que está “en el medio de los caminos” de Dios. La historia de la salvación no sólo encuentra en ella un término en el que toda la plenitud profética y escatológica del Antiguo Testamento viene a ser la realización definitiva de la “Hija de Sión”, que se personaliza en María. Sino que, además, es el verdadero punto de arranque de la nueva historia que Cristo viene a instaurar. El Cristianismo, para no ser precisamente un “mito descendido” necesita de esta figura, arrancada a la piedra viva de la historia humana, que da realidad humana al Cristo y lo inserta en nuestro tiempo: “cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, hecho de mujer” (Gal. 4,4).

 Hoy, en cambio, un orgulloso neo-gnosticismo, amparado por un angelismo pervertido, pretende sustituir esa figura de mujer por el “solus Christus” protestante, pervirtiendo los suaves y fáciles camino del Señor… Muy pronto el “Christus” sería sustituido por mil eones quiméricos. Hoy, una falta de sencillez y humildad, como primigenias virtudes cristianas, está trastornando un orden de cosas querido por el Señor de un modo tan humano. Esas virtudes pusieron todavía nuestros padres ante el Padre y la Madre celestes, en la actitud de “niños” a quienes únicamente se abre el reino de los cielos. Hoy, en muchos medios, se crea un ambiente anti-católico de orgullo y de prevención ante la “bendita entre todas las mujeres”. Nada, ciertamente, más funesto para la Iglesia en esta hora necesitada de amparo. Porque no puede olvidarse que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tiene sus complacencias en Ella, la Virgen María.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970

 

(*) Discrepamos. Baste comprobar cómo el Concilio privó a la Virgen de un esquema propio, para agradar “ecuménicamente” a los observadores protestantes, y hubo de ser añadido un texto de compromiso, a regañadientes, al final de “Lumen Gentium”

lunes, 12 de enero de 2026

Celibato sacerdotal (4): el fondo del problema

 Artículo de 1970

 

  CELIBATO SACERDOTAL: EL FONDO DEL PROBLEMA

 En este oleaje periodístico en que el tema del celibato clerical ha sido tan violentamente zarandeado, existía -por parte siempre de los conocidos grupos progresistas de presión sobre la opinión de la Iglesia postconciliar- el interés innegable de romper la tradición católica en un punto al que instintivamente se aferraba. Las defecciones, las dispensas, las encuestas; los pretendidos argumentos sociológicos y teológicos: todo ha sido puesto en juego hoy como nunca para lograr una desorientación de la fina sensibilidad católica en este punto delicado. Pero intentemos ver claro en el fondo del problema.

En sus declaraciones a “La Croix”, el cardenal Daniélou decía: “cuando un cuerpo está enfermo, existen dos soluciones: o dejarle perecer o restituirle la salud. Ahora bien; nadie puede negar que la cuestión del celibato en su contexto actual está ligado a una crisis de fe y a una crisis de la vida espiritual. La verdadera respuesta a la crisis de la vida sacerdotal es la de Pablo VI cuando afirma que la renovación del sacerdocio va unida al redescubrimiento por los sacerdotes del valor eminente del celibato consagrado. El celibato sacerdotal ha estado siempre, en la historia de la Iglesia, en relación con el ardor de la fe, con el impulso de la vida espiritual. Y la problematización del celibato ha estado siempre relacionada con la debilitación de la fe y de la vida espiritual. ¡Qué lamentable ejemplo daría el sacerdote en un momento en que los fieles tienen que luchar valientemente para mantener su fidelidad a la fe en la vida cristiana, si él se dejara llevar a una tal defección!”

 Crisis de celibato, pues, es crisis de fe y crisis de espiritualidad en la Iglesia. Pero, ¿en qué puntos? El cardenal Bensch lo señalaba así: “la petición de disociar sacerdocio y celibato, que ha sido formulada de manera particularmente explícita -aunque no por primera vez- con ocasión de la 5ª sesión del Concilio pastoral, ha atraído casi exclusivamente el interés de la opinión pública sobre la cuestión del celibato. Pero toda la preparación de los trabajos del Concilio pastoral muestra hasta la evidencia que existe una “asociación” entre su posición sobre el celibato y sus concepciones sobre la institución, las estructuras y la misión de la Iglesia, sin hablar de los dogmas, el sacramento del orden y otros sacramentos, concepciones todas que están muy lejos de las enseñanzas del Vaticano II”.

 Es decir, que el escándalo holandés sobre el celibato se presenta en un contexto dogmático sumamente peligroso. Por ejemplo, sobre la colegialidad, el informe preparatorio no deja lugar a dudas: “Quizás tengamos que acostumbrarnos paulatinamente una imagen del Papa como de presidente o secretario general de todas las iglesias unidas por todo el mundo, manteniendo vivo el contacto con otras figuras similares en las demás iglesias cristianas y movimientos humanos de nivel mundial”.

 El cardenal Danielou ha puesto al descubierto la maniobra diciendo: “Vemos aparecer la maniobra que consistiría en levantar contra Pablo VI la colegialidad episcopal. Ciertos llamamientos han sido dirigidos hábilmente a los episcopados del mundo para solidarizarse con el episcopado holandés. Por ahí se intenta quebrantar la autoridad del Papa, ejercer sobre ella un chantaje y, finalmente, suprimirla. Lo que hay en el fondo de todas estas campañas sucesivas es, finalmente, el odio contra la autoridad de Roma”.

 Pero -todavía más- si se quiere advertir el contexto más próximo en que surge y se explica la crisis del celibato sacerdotal, hay que ir a buscarla en el clima general de secularización que invade como riada incontenible a la Iglesia. No nos referimos ahora a la secularización naturalista que afecta a la crisis más amplia de fe y sobrenaturalismo, sino a esa concepción difusa que hace de la Iglesia Católica una sociedad filantrópica de socorros mutuos para el Tercer Mundo; o la nueva “Internacional” socialista de defensa del mundo obrero; o la panacea universal de la Paz; o la oficina de la prosperidad humana: o, en fin, el lugar donde la humanidad encontrará el paraíso marxista en la tierra. 

Esto influye en la secularización del sacerdote: fuera el hábito clerical; amputaciones litúrgicas; sacerdote sociólogo y demagogo; sacerdotes obreros, entregados a la edificación de la Ciudad Secular; sacerdotes encuadrados en todos los estamentos seculares como un ciudadano más y -última consecuencia- sacerdotes casados, como todo el mundo…

 Schonenberg, en su intervención en el sínodo pastoral holandés, se refería a que la ponencia desatendía la trascendencia propia del ministerio católico. Y el cardenal Bengsch explica: “Un ministerio sacerdotal que ante todo es mirado en función de las normas de las profesiones sociales modernas; una misión de la Iglesia que es vista exclusivamente como una ayuda de la expansión personal del hombre, no pueden, evidentemente, más que hacer desaparecer el “non-sense” del celibato sacerdotal. Mis temores, que comparto con muchos creyentes, no se refieren sólo, o ante todo, a la supresión del celibato: el peligro concreto que yo temo es que el mensaje de Cristo no sea totalmente vaciado de su contenido y laicizado”.

 Pero -respondía Pablo VI- todas esas razones “sociológicas” no parecen convincentes. Parecen omitir en realidad una consideración fundamental y esencial que es necesario absolutamente no olvidar y que es de orden sobrenatural: son una desviación de la concepción auténtica del sacerdocio. El fondo, pues, del problema parece que hay que encuadrarlo en tres círculos cada vez más interiores, pero íntimamente dependientes: la crisis amplia de fe, otra más interior, de Iglesia, y una específica de sacerdocio. Y esta crisis -concluye el cardenal Bengsch- no podría ser resuelta, ni en Holanda ni en ninguna parte, por la supresión del celibato. Como lo muestra la experiencia de otras Iglesias, este medio no podrá remediar la falta de sacerdotes.

 Si esto es así, parece inútil, contraproducente o sumamente peligrosa, hasta esa concesión en torno a la posibilidad de ordenación de sujetos probos, ya casados. Pablo VI no ha ocultado sus graves reservas sobre este punto: “¿No sería en efecto –dice- entre otras razones, una ilusión muy peligrosa el creer que tal cambio en la disciplina tradicional, podría, en la práctica, limitarse a casos locales de verdadera y extrema necesidad? ¿No sería, para nosotros, una tentación para buscar por ahí una respuesta aparentemente más fácil a la insuficiencia actual de vocaciones? 

De todos modos, las consecuencias serían tan graves y plantearían cuestiones tan nuevas para la vida de la Iglesia, que, dado el caso, deberían ser de antemano examinadas atentamente por nuestros hermanos en el episcopado…”. Guitton, contrario a esa solución, decía -citando una respuesta de un seminarista-: “Pero, si dentro de diez años existieran sacerdotes casados, nosotros tendremos necesidad de un heroísmo todavía mayor”. E, igualmente, haciendo hablar al pueblo fiel: “¿Dónde vamos a parar, si, después de haber introducido el matrimonio de los sacerdotes, fuera necesario hablar un día del divorcio de los sacerdotes?”.

 Verdaderamente, la palabra de Newman al sacerdote de hoy, en este tiempo de crisis de fe y de Iglesia, es definitiva: “¿Qué has arriesgado tú por la fe? ¿No eres tú, en verdad, como los demás?” Porque, hoy, los laicos del “pueblo de Dios” una sola cosa pedimos al sacerdote: que sea el “homo Dei” paulino. Que nos dé el testimonio de su sacerdocio consagrado a Cristo y a su Iglesia.

 Mariano DE ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº 175, 16-May-1970

 

sábado, 10 de enero de 2026

La Santísima Virgen ¿perdonada?

 Las “maravillas” del año de la Fe (1967)

 La Santísima Virgen ¿perdonada?

 En la «Hoja Dominical», de Barcelona, que se publica por la Oficina de Prensa del Arzobispado (número del día 3 de diciembre) se afirma de la Santísima Virgen, con motivo de la fiesta de la Inmaculada, que Ella la madre de Nuestro Señor Jesucristo, fue LA PRIMERA PERDONADA. Con tan infausto motivo una gran porción de católicos santamente indignados han elevado al excelentísimo y reverendísimo arzobispo de Barcelona una carta-denuncia, ciertamente airada. Se nos ha remitido copia y, desde luego, si participamos en el fondo del inmenso dolor de que brota ese escrito, rechazamos la forma irreverente, directa y ruda, en muchos puntos.

 Para sustancial información de nuestros lectores extraemos algunos períodos de la desgarrada queja:

 Se ofenden nuestros más íntimos sentimientos de católicos al escribir de nuestra Madre, la Santísima Virgen, después de unas frases ambiguas y atenuadoras del entusiasmo mariano de buenos hijos, que Ella «fue la primera perdonada». Señor arzobispo: esto es intolerable. Perdonada, ¿de qué? ¿De qué culpa o pecado perdonada María; Ella, que fue concebida sin mancha de pecado? ¿Es eso lo que se enseña al pueblo de Barcelona en la novena de la Inmaculada?»

 «Por nuestra ciudad anda de mano en mano el libro de «Una religión para nuestro tiempo», del desgraciado sacerdote belga Evely, en el que escribe la blasfema frase de que la Virgen «fue la primera pecadora perdonada». Es indignante que se pueda llamar impunemente en un libro que se presenta como católico, a la Santísima Virgen «pecadora». Pero ahora resulta, por si fuera poco, que en la misma «Hoja Diocesana, aunque se suprime el término de «pecadora», se incluye el de «perdonada», que supone el que ha sido pecadora. Esto en una publicación oficial del Arzobispado.»

 «Esa «Hoja Diocesana», que es el órgano doctrinal del Arzobispado al alcance del pueblo, ha escandalizado gravemente a ese mismo pueblo, y le ha ofendido en sus sentimientos religiosos más queridos, y ha esparcido el error en medio de él. Son cientos de miles los que han recibido ese veneno.»

 ¡Desgraciada ciudad de Barcelona, en manos de los propagadores del error, que desmoronan la fe del pueblo y destruyen el dogma, sin que nadie salga en su sagrada defensa! Esa repugnante Hoja Diocesana» quedará como un baldón permanente».

 Nuestro corresponsal añade:

 «Es ya mucha la indignación que hay en Barcelona. Se recuerda la campaña «Volem Bisbes Catalans», el artículo en «Le Monde» personalmente contra Pablo VI del reverendo José María Montserrat Torrents, la firma del reverendo Joaquín María Martínez Roura, que pertenece a esta Comisión Diocesana para los Medios de Comunicación Social, en el manifiesto clandestino y subversivo de 1 de mayo de este año, capturado por los agentes de la autoridad en Torre Baró, sin que haya rectificado, a pesar del cargo que tiene en dicha Comisión. Por esto se confía en que el señor arzobispo de Barcelona, excelentísimo y reverendísimo doctor don Marcelo González Martin, pondrá fin a tantos desmanes e indisciplinas y sabrá apreciar en todo lo que representa el fondo de fe auténtica que hay en el contenido de esa carta, aunque sea presentada con una vehemencia que nadie mejor que el arzobispo de Barcelona puede comprender y explicar debida y caritativamente».


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967

 

martes, 6 de enero de 2026

Del Vich de Balmes al Vich postconcilar

 Artículo de 1970

 DEL VICH DE BALMES AL DE MOSÉN DALMAU

 De las tradiciones filosóficas y literarias de entonces al negativismo y a la confusión actual

 El nombre de Balmes tiene unas garantías, una autoridad, una aureola, una profundidad y una perennidad indiscutibles. Balmes ha sido el maestro de muchos pensadores y generaciones españolas. Sus obras se estudian y se estudiarán incansablemente. Recuerdo cómo, a raíz de uno de mis viajes a América, el entonces obispo vicense, monseñor Perelló, me urgía para que en mis colaboraciones y corresponsalías en la prensa hispanoamericana diera a conocer cuanto pudiera el nombre y la obra de Balmes. Incluso monseñor Perelló había considerado muy seriamente la conveniencia introducir el proceso canónico de la causa de beatificación de Jaime Balmes.

 Balmes ha mantenido, en sucesivas décadas, su nombre unido disolublemente al de la ciudad de Vich. El vigatanismo es una expresión típicamente nuestra -afirmaba Salarich Torrents-. Ninguna ciudad del mundo puede vanagloriarse de tener un símbolo como el nuestro que personalice la realidad afectiva de un pueblo.

 Esteban Mollet, en un “Pregón”, centraba las características del espíritu de Vich en estas coordenadas armónicamente conjuntadas: “Han actuado cuatro fuerzas distintas: la de carácter religioso, con su preocupación sobrenatural; la tradición jurídica local, originada por los varios señoríos y su colisión de intereses; la de carácter eclesiástico, por la influencia de los estilos, crudos y nuevos de la Curia con el centro humano y social; la cultura, con la doble vertiente de los estudios eclesiásticos y seculares, y de la tradiciones filosófico-poético y literarias”.

 Esta era la vieja Ausona… Pero Vich, desde el progresismo, ha perdido su primogenitura y el vino se ha vuelto vinagre. Aquella Vich que conocimos a través del inolvidable Travería y Puigrefagut -vlmente asesinado por su fe- y tantas viejas casas y nombres de una solera inmarcesible, está pasando actualmente por el calvario de la destrucción de sus tradiciones, y, como un símbolo de las dos épocas, de los dos estilos, de los dos climas, perfectamente quedan contorneadas al evocar el nombre y la obra sublime de Jaime Balmes, junto a las tartarinescas actuaciones y panfletos de mosén José Dalmau Oliver, sacerdote de la diócesis de Vich, en quien concretamos el escándalo de la actual coyuntura eclesiástica y católica del desolado y entrañable Vich.

 También mosén José Dalmau escribe libros. Desde luego, no tantos como Balmes, y de signo totalmente bufonesco, sarcástico y negativo. Sus libros comenzaron a publicarse en 1967. Incluso “Cuadernos para el Diálogo” quiso enriquecer la bibliografía de la literatura pro-marxista vertiendo al castellano el libro “Distensions cristiano- marxistes”. (…)

 Pero los libros de mosén Dalmau, que se han vendido desde 1967 con toda clase de facilidades publicitarias, con todos los trucos propagandísticos y que, a estas horas, sus primeros títulos incluso ya están olvidados, que carecen todos de la censura eclesiástica preceptuada a los libros publicados por sacerdotes; que, incluso, según nuestras noticias, la autoridad civil se prestaba a colaborar con la jerarquía eclesiástica para que algunos de estos libros denigrantes para la Santa Sede y la doctrina católica no se difundieran; ahora, en febrero de 1970, han merecido un divertido informe redactado por los reverendos A. Oriol, A. Pladevall, R. Pou, S. Raguant, C. Riera, R. Sala y R. Torrents, enjuiciando la producción de mosén Dalmau.

 Resumiremos de alguna manera lo que afirman los observadores de tales libros:

 Negativismo de mosén Dalmau

 Terminamos esta reflexiones alrededor del primer libro de mosén Dalmau, recordando brevemente algunos puntos -sin ningún ánimo de ser exhaustivos- que aparecen claramente en la obra y con los cuales estamos en desacuerdo.

 a) Una presentación sistemática y preferente de puntos negativos en la Iglesia, alternada por la mención también preferente y sistemática, de puntos positivos el socialismo-marxismo. El autor se muestra buen técnico en el uso de las medias verdades.

 b) Una presentación predominantemente social-sociológica del misterio de la Iglesia, paralela a una insistencia en formular de manera notoriamente subjetivista los temas de la Fe y de la Religión (“vivencia religiosa”).

 c) Una presentación tal de la Iglesia en los campos económico, político y de la enseñanza que, por un lado, por la falta de las matizaciones más elementales, resulta calumniosa; y, por otra parte, debido a los caminos de solución que propone, resulta manifiestamente simplista, como ya hemos tenido ocasión de mostrar a propósito de la cuestión de la apertura a todas las ideologías”. (…)

 Tras estos juicios que, sumariamente hemos extractado, mosén Dalmau, con fecha del 27 de febrero, ha contestado encajando deportivamente estos ataques con humoradas muy propias de su estilo, temperamento y catadura. Desde luego, puede hacer la digestión tranquilo y dormir la noche enteramente si al cabo de algunos años de haber escrito y divulgado las barbaridades reseñadas, todo se limita a unas páginas de literatura eclesiástica, sin otra particularidad…

 Quizás se pregunte lector cuál es la posición y determinaciones del señor obispo de Vich ante los libros de mosén Dalmau. El propio prelado confiesa que personalmente solicitó el informe publicado. Pero dice textualmente monseñor Ramón Masnou: “MI posición personal y jerárquica ante los casos que judicialmente han afectado a mosén Dalmau ha sido siempre decidida e inequívocamente a favor de mosén Dalmau”. Y esto, con todos los respetos, es lo que menos acabamos de entender del señor obispo de Vich.

 Porque, por ejemplo, en 10 de octubre de 1966, la prensa nacional publicaba esta noticia: “Detenido por intento de abusos deshonestos. –Barcelona, 10 (Cifra). Esta madrugada fue sorprendido el vecino de Gallifa, José Dalmau Oliver cuando, al parecer, realizaba abusos deshonestos con una menor, cuyas iniciales son P.A.N. de diecisiete años, vecina también de Gallifa, en el interior de su coche, en un bosque lindante de la carretera entre Sardañola y Barcelona. El citado señor y la joven fueron conducidos a la Comisaría de Policía de Horta, de esta ciudad”.

 El hombre de la calle se pregunta que, de ser ciertos tales hechos, tuvo lugar el proceso judicial que correspondía. O si la autoridad eclesiástica lo impidió, invocando cláusulas concordatarias. Si en tal caso mosén Dalmau fue sancionado canónicamente. Y si acaso la noticia no fuera exacta, cómo no se exigió, en virtud de la Ley de Prensa e Imprenta, la debida rectificación a la que obligaba la buena fama y prestigio personal de José Dalmau Oliver, incurso nada menos que en una acusación de abuso deshonesto de una menor. Porque la cuestión es de aúpa.

 También mosén Dalmau fue cabecilla principal de la manifestación del 11 de mayo de 1966 en la barcelonesa Vía Layetana. Aquella actuación fue explícitamente condenada por él C.E. de la Conferencia Episcopal Española. También la Secretaría de Estado de Pablo VI, en un documento enviado a la Embajada de España ante la Santa Sede, deploró la actuación facciosa y subversiva. Aquellos acontecimientos son los que, judicialmente sustanciados, merecieron la condena a mosén Dalmau y a otros compadres, que ahora -en virtud de la petición hecha por monseñor Marcelo González, arzobispo de Barcelona, y la propia Santa Sede- el Jefe del Estado español, generosamente, ha indultado.

 Quizás mosén Dalmau habrá tenido todavía otras implicaciones judiciales; pero aquí también cabe preguntar a monseñor Masnou si, frente a la Conferencia Episcopal Española y a la Santa Sede, su “posición personal y jerárquica ha sido siempre “decidida e inequívocamente en favor de mosén Dalmau”. Esperamos que el prelado de Vich informará debidamente a la opinión pública, pues los dos casos más resonantes de asuntos judiciales en los que ha sido envuelto mosén Dalmau abarcan nada menos que su moral personal y la disciplina eclesiástica, en un terreno que la propia Santa Sede ha tenido que justificarse diplomáticamente. Porque lo más grave ya no es mosén Dalmau y sus libros, sino claramente, esta defensa indiscriminada con que el actual obispo de Vich se pone al lado de mosén Dalmau, impune tras sus libros y glorificado episcopalmente por los hechos que lo han llevado a las comisarías y a los tribunales.

 Es muy urgente que el señor obispo de Vich aclare, por caridad, estos extremos. Porque, en un terreno más elevado, ya Jaime Balmes afirmó lo que seguramente será ya familiar a monseñor Masnou, en el texto que a continuación le recordamos: “Hasta los teólogos más adictos al Sumo Pontífice enseñan una doctrina que conviene recordar por la analogía que tiene con el punto que estamos examinando. Sabido es que el Papa, reconocido como infalible cuando habla “ex cathedra”, no lo es, sin embargo, como persona particular, y en este concepto podría caer en herejía. En tal caso, dicen los teólogos que el Papa perdería su dignidad; sosteniendo unos que se les debería destituir, y afirmando otros que la destitución quedaría realizada por el mero hecho de haberse apartado de la fe. Escójase una cualquiera de estas opiniones, siempre vendría un caso en que sería lícita la resistencia; y esto ¿por qué? Porque el Papa se habría desviado escandalosamente del objeto de su institución, conculcaría la base de las leyes de la Iglesia, que es el dogma, y por consiguiente caducarían las promesas y juramentos de obediencia que se le habían prestado”.

 Si esto, en buena doctrina católica concierne al Papa, con más sobrado emotivo alcanza a un prelado. Monseñor Masnou verá lo que le atañe. Y si él no es juez adecuado en la cuestión, invocamos la autoridad del Nuncio de Su Santidad en España, de la Conferencia Episcopal y de la propia Santa Sede. Que estudien los organismos competentes los libros de mosén Dalmau Oliver y que, en conciencia y públicamente, nos digan si esto puede reducirse a un informe a tres años vista, en que prácticamente todo quede en agua de borrajas. Y a esperar nuevos libros de Dalmau con nuevos errores, groserías y absurdos para hacer tambalear la fe del pueblo. Si a los pastores les importa -les debe importar- lo que significa la vida espiritual de millares de católicos, opinamos no pueden cruzarse de brazos y callarse olímpicamente. O simplemente con pensar que en un informe publicado en un órgano inasequible prácticamente a la opinión pública, ya se ha cumplido.(…)

 Desde luego el Vich de Balmes está secuestrado y marginado por el Vich de mosén Dalmau. De lo sublime a lo ridículo. De lo glorioso al escándalo neto y favorecido. Pero lo que sobrepasa toda medida no es el hecho anecdótico de la figura y de la literatura (¿) de mosén Dalmau, sino el impunismo y el mecenazgo que dice su Prelado tenerle. Porque en esto estriba nada menos que continúe arruinándose la antigua diócesis de Vích y que se debilite tanto la fe que, incluso, falta ya el pulso para hacer las aplicaciones concretas que según exposición de Balmes, en este caso podrían ya deducirse.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 175, 16-May-1970

 

domingo, 4 de enero de 2026

Las “maravillas” del Año de la Fe

 Artículo de 1967

  ¿DÓNDE ESTÁ EL AÑO DE LA FE?

 Por IJCIS

 (…) Lo que hace España

 La revista «Ecclesia» propone como modelos de mentalidad eclesial a los teólogos que oscurecen los dogmas y combaten las encíclicas.

 La Editorial Católica Nova Terra se encarga de traducir y difundir esa escandalosa y sangrienta diatriba contra la Iglesia que se llama Objetions to Roman Catolicism. A pesar del juicio durísimo y total repulsa de L’Osservatore Romano, se afanan en propagarla, muy apostólicamente, «Incunable».

  Ese mismo periódico sacerdotal nos viene a predicar por la pluma de dos clérigos díscolos y comprometidos «una nueva religión». Es la del hervidero holandés, en cuya vorágine naufragan las encíclicas y… ni las verdades más elementales del Catecismo sobrenadan. 

 «Sal Terrae» y «Ya»  ensayan una canonización anti Vaticano I del apóstata del sacerdocio y de la Iglesia, Charles Davis.

  «Cuadernos para el Diálogo» revista de Ruiz-Giménez, la figura laica española más cotizada (¿?), y, desde luego, más conocida en el ámbito internacional (y la más elevada en el Vaticano), se honra con las colaboraciones de Mosén Dalmáu, desorientador, de posiciones difícilmente conciliables con la doctrina auténtica de la Iglesia, cuya lectura constituye un serio peligro»… (Boletín Arzob. Barcelona). Más de una proposición temeraria, errónea y semiherética (por no decir herética) ha estampado en los Cuadernos el famoso cura (ver ¿Qué PASA, 8-X-66). 

De ahí que sea tan extraña y sorprendente la metódica oposición de la revista al Gobierno español, el que más se esfuerza por adaptar su legislación al pensamiento de la Iglesia. De ahí que no todos comprendan ese tragarse el camello de las herejías doctrinales en su periódico… para después colar el mosquito de discutibles (pero nunca condenables) procedimientos y opciones temporales (del régimen del 18 de Julio).

 Enrique Miret Magdalena, otra figura conspicua de nuestro catolicismo oficial, se había ganado a pulso, semana tras semana, con sus ataques directos e indirectos al juridicismo de la Iglesia esta repulsa inapelable de Pablo VI: «El que siente una aversión preconcebida por las leyes eclesiásticas no tiene el verdadero sensus Ecclesiae, y quien cree hacer progresar a la Iglesia demoliendo simplemente las estructuras de su edificio espiritual, doctrinal, ascético, disciplinar, prácticamente destruye a la Iglesia» (17-VIII-66). Mas, impertérrito, no contento ahora con alabar a los doctores neerlandeses censurados por el Papa, iniciarse en su catecismo y comulgar en sus altares, se revuelve una vez más contra el supremo magisterio… no encontrando nada bueno en la reciente encíclica.

 Los sacerdotes y religiosos de Amistad Judeo-Cristiana, que habían confundido al verdadero Pueblo de Dios con la escandalosa profanación de la iglesia de Santa Rita para «librar de títulos injustificados al buen pueblo de Dios», no se han conmovido ni parecen haber vibrado siquiera ante la increíble blasfemia que en su Boletín (nov-dic. 66) cargan en la cuenta de Juan XXIII y, por eso, y aun con el desmentido oficial de la Santa Sede, ni en este Año de la Fe abjuran de esta sacrílega imputación atribuida a la Iglesia, de “haber crucificado dos veces a Cristo: una en su carne divina; otra en su carne judaica…”

 ¿Quieren ustedes un bello comentario de las apremiantes apelaciones del Vicario de Cristo al sagrado Magisterio? Pues no faltará alguna publicación apostólica y social de los jesuitas (¿?) que escriba (sin que se encienda de vergüenza) en sus páginas: “que la única nota estridente del último Congreso Mundial del Apostolado Seglar en Roma… fue el discurso del Papa” (¡¡!!)

 Como si la confusión fuera pequeña, en la versión castellana del Canon de la Misa se nos dice que la palabra “católica” «estaba en el Canon mucho antes de que existiera como tal la confesión cristiana llamada católica». Se puede desorientar más?

 Por otra parte, las semanas y conferencias sobre ateísmo están radicalmente viciadas de problematismo escéptico, y más parecen encaminadas a turbar a los creyentes que a inquietar a los incrédulos…

 La nueva apologética busca sus argumentos en Nietzsche y Freud, Sartre y Simone de Beauvoir, y no se arredra de llamar traidor al Apóstol, a quien se le ocurrió la peregrina idea de que no teníamos morada permanente: ya que la «idea cristiana -dejarán flotando en el aire- de que el mundo es una peregrinación no es aceptable, porque es una traición al mundo».

 Como ven, es la manera ideal de… orientar nuestras ideas y aspiraciones al cielo.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 

 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Subversión en los nombramientos episcopales del franquismo

 Artículo de 1967

 Los derechos de la Santa Sede y el peligro de los de la Iglesia española

 Carta abierta al Secretario sustituto de Estado de S. S. Pablo VI

 Rvdmo. Sr. D. Giovanni Benelli.

Arzobispo Sustituto de la Secretaria de Estado de su Santidad. ROMA


 Excelentísimo Monseñor:

Esta carta abierta, por su misma naturaleza tiene que ser grandemente respetuosa para con V. E. y lo que representa. Pero no hallamos otro medio de poder dirigirnos a V. E. con la eficacia que pretendemos que éste que nos brinda el semanario ¿QUÉ PASA?

 Somos otro grupo de curas rurales que venimos meditando día tras día los enormes peligros que acechan al gran tesoro de la unidad católica en España. Mas V. E. representa para nosotros la figura clave en esta coyuntura: joven, apasionado, celoso de los derechos de la Santa Sede, venido a España por una temporada, en días decisivos, para conocerla de cerca. Elevado con tanta rapidez al primer puesto en eficacia resolutoria de la Santa Sede, creemos que algo tenemos nosotros que decirle, los que no hemos tenido acceso directo a V. E. ni podemos tenerlo. Otras cuestiones trataremos en lo sucesivo, pero ahora, en nuestras horas de comentario y vigilia, saltan a nuestra preocupación dos cuestiones fundamentalísimas en las que V. E. tendrá intervención decisiva: la invitación a las dimisiones de los Prelados españoles que se acercan a la edad recomendada, y las provisiones de esas vacantes en las personas de sacerdotes pertenecientes a un determinado grupo bien enmarcado dentro del clero español.

 Nos atrevemos, con la mejor voluntad, a entrar en este tema de las dimisiones, porque los periodistas sacerdotes —nos suena mejor que sacerdotes periodistas— que controlan la gran prensa de Madrid, que es lo mismo que decir la de España, se han atrevido a hablar de que en la pasada conferencia, por una mayoría suficiente de votos, se aprobó la gestión vaticana en estas delicadas lides. Nos parece frase poco acertada la de «gestión vaticana». Tan «desacralizada», que nos lleva a meditarla en extremo para que V. E. conozca nuestros pensamientos. La «gestión vaticana» no cae, no puede caer, sobre la infalibilidad pontificia. Invitar, por no decir intimar, a un Obispo anciano en plenitud de sus facultades a dimitir su diócesis en el plazo de unas horas no puede ser cosa que

ataña a la infalibilidad. Esta “procedura”, como se dice en Italia, se debe a informaciones más o menos interesadas, por no decir tendenciosas, porque a posteriori —y preferimos callar nombres— se ha podido comprobar que ninguna de las dimisiones de Obispos españoles entrañaban urgencia alguna, ni por razones de. salud del cuerpo ni por razones de salud del alma. Indudablemente, fueron otros los criterios aplicados, que penetran con toda facilidad y claridad ante el sencillo clero y pueblo español.

 Cuidado con las dimisiones episcopales y con la forma de provocarlas; que está cundiendo, carísimo Monseñor, un desánimo ante posibles injusticias que no pueden imputarse a la persona sacratísima del Vicario de Cristo, pero si a su pobre y unilateral información. Que una vida entera consagrada a la Iglesia no puede liquidarse con un telegrama cifrado. Que, en definitiva, lo que a todos nos ha de salvar es la caridad. Y ésta tiene que penetrar hasta las más altas cúpulas. Como pensamos seguir escribiendo, no queremos alargarnos más ahora y vamos a advertir algo sobre las futuras provisiones.

 Continuando su campaña, los mencionados periodistas sacerdotes hablan de un grupo de Obispos jóvenes (léanse «ABC» y «Arriba» de los últimos días de noviembre) que van dando tono conciliar a la Conferencia Episcopal española. ¡Cuidado, Monseñor! Ha trascendido al pueblo sencillo, precisamente por la interesada campaña de este grupo de publicistas, que ya los nuevos Obispos incorporados a la Conferencia, de manera sistemática y como obedeciendo a una previa consigna, se oponen a los acuerdos de la mayoría. Así se nos han dado, con verdadero regocijo no disimulado en esta clase de prensa, el que han sido diecisiete los votos en contra del Estatuto de la Acción Católica, después de diez días de discusión, y se nos dice que diecisiete hombres, diecisiete diócesis, etc.

 Cuidado con escindir la Conferencia Episcopal Española, querido Monseñor. No estamos en tiempos de jugar con tanto riesgo. Y lo que no se atreven a decir en los periódicos, pero que dicen en pasillos y reuniones de apostolado: tenemos a Monseñor Benelli en Roma. Recuerdan aquello que dijo un dirigente de la Juventud Femenina de Acción Católica en la plaza Mayor de Salamanca el 15 de agosto de 1964: «Algo ha cambiado hoy en España, gracias a Monseñor Benelli.» Que no cambie demasiado, Monseñor. Y tan atrevidos y ligeros, que algunos enseñan la lista de los invitados a la consagración episcopal de V. E. en la Basílica Vaticana, de los invitados que asistieron y de los que asistieron sin ser invitados, como los futuros miembros del Episcopado Español. Miedo nos da nombrarlos nosotros, no es ese nuestro propósito, por si pronto vemos sus caras en la prensa diaria con la noticia de su promoción.

 Prudencia, Monseñor; España es diferente. Aún quedan cuadros, prudencia, cariño, obediencia, pero somos celtibéricos. Sería una lástima que, llevados de unilateralidad, y asombrados por las noticias de los audaces, las cosas cambiaran de signo de tal modo que nuestra unidad católica se terminara de resquebrajar. Y es claro que si inexorablemente se va escindiendo la Conferencia, esto se conseguirá en corto plazo. Volveremos otro día, Monseñor, y besamos su anillo.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 


domingo, 21 de diciembre de 2025

Incesante subversión en la Iglesia

 Artículo de 1967

 QUIEREN HACER DE DIOS, A LO MÁS, "EL CAMARADA DIOS”

 LAS PILDORAS ANTICONCEPTIVAS Y UNOS JESUITAS INCONCEBIBLES

 Acaba de llegar a mis manos la revista «América», editada por los jesuitas de los Estados Unidos de Norteamérica y del Canadá, cuyo número dedicado al Sínodo Episcopal ha publicado nada menos que un editorial pidiendo el cambio de la posición de la Iglesia respecto a los problemas del control de la natalidad, titulado «Anticonceptivos y Sínodo Episcopal».

 Sus autores hacen suya en «América» una postura extendida, según ellos, entre médicos «católicos». En dicho editorial se cita a «un importante médico católico», al que no se nombra: «En mi opinión, los anticonceptivos son indispensables para una vida sana de la familia católica. Digo bien: indispensables.» Esta defensa de los anticonceptivos sitúa a la revista «América» en posición doctrinal y moral contraria a las enseñanzas de la Iglesia. Abiertamente se sitúa la revista jesuítica citada contra el Magisterio Pontificio cuando, seguidamente, afirma: «La mayoría de matrimonios no puede realizar los valores que la Iglesia proclama como componentes del estado matrimonial, si no pueden practicar, en ciertas situaciones—que «América» no expone—, el control de la natalidad. La Iglesia tendrá que cambiar, sea respecto a los anticonceptivos, o sea respecto al matrimonio. mantener ambos criterios es imposible para la Iglesia en el tiempo actual.»

 Los progresistas franceses, con la «doctrina» citada, sustentada por los jesuítas en su órgano «América», no pueden disimular su extraordinaria satisfacción y coincidencia. Y no digamos del progresismo alemán. «Herder korrespondenz» del pasado noviembre se ocupa también del tema del uso de los anticonceptivos, considerando despectivamente—como si sus oponentes doctrinales fuesen poco menos que unos atrasados mentales—que «todavía quedan médicos alemanes que respetan la doctrina papal, que aún condena rodo control artificial de la natalidad, sin tener en cuenta que en el empleo de los anticonceptivos se descubren, en ciertas situaciones, valores humanos tanto positivos como negativos».

 Lo más grave aún es el silencio de muchos obispos en tan importante materia, permitiendo se divulgue el error, en espera de que el Papa tome una definitiva solución. Como si a este respecto no existiesen anteriores enseñanzas pontificias.

 EL VANDALISMO, EN ACCION

 Las extravagancias litúrgicas van en aumento. «Temoignage Chretien» difunde su júbilo por la sistemática demolición de que viene siendo objeto toda la liturgia católica. Replicando a dicho semanario marxista-progresista, el Presidente de «Una Voce», de Lyon, monsieur Veyrat, ha calificado a tales innovaciones, muy justamente, de «indecence». Sin pelos en la lengua les dice: «Gracias a vosotros y a vuestros acólitos, los artículos 36, 54 y 116 de la «Constitución sobre la Sagrada Liturgia» son sistemáticamente olvidados y deliberadamente violados. La subversión litúrgica llevada a cabo por una banda de vándalos ha conseguido su objetivo: destruir el sentido de lo sagrado y transformar a Dios en un camarada.» «Temoignage Chretien» del 23 de noviembre (1967) le contesta a Mr. Veyrat lo siguiente: «Nos consuela el pensar que «nuestros acólitos» y la «banda de vándalos», en materia de violación de la Constitución Litúrgica aprobada por el Concilio Vaticano II, son precisamente nuestros Obispos.»

 Desgraciadamente, es la pura verdad. Hace ya demasiado tiempo que en ellos se escuda el progresismo. Lo cual prueba que la causa de tanto desastre radica en un estrato muy superior al del Episcopado. El «Consilium», y quien goza de autoridad encima de él, son los culpables de tanto desbarajuste.

 LA LIBERTAD RELIGIOSA, OBJETIVO CUMPLIDO

 Hasta hace algunos meses, el clamor en pro de la «libertad religiosa» resonaba en todos los ámbitos de la Iglesia. Desde Francia se veía bien claro que los disparos iban dirigidos contra España. A la unidad religiosa y a los países que—como España— profesaban en el espíritu de sus leyes la unidad católica, se les sentó prácticamente en el banquillo de los acusados en el Concilio. Algún día podrá saberse exactamente la virulencia y el alcance de los ataques de que fueron objeto los Obispos españoles. Pero desde que dichos países—concretamente, España—adoptaron su legislación a la nueva orientación de la Iglesia acordada en el Concilio, enmudecieron las cajas de resonancia antiespañolas igualmente instaladas fuera que dentro de la Iglesia. Una vez conseguido el objetivo de la libertad civil en materia religiosa impuesto por el Concilio Vaticano II a las naciones que profesaban en materia de unidad católica la doctrina que hasta entonces había enseñado la Iglesia, ya no ha vuelto a hablarse más de libertad religiosa. Los objetivos habían sido alcanzados.

 Los sectores franceses fieles a la integridad doctrinal de la Iglesia Católica han captado perfectamente la maniobra. (…)

 «TEOLOGIA RADICAL DE LA MUERTE DE DIOS»

 Mientras la mayoría de las publicaciones católicas han concedido sus elogios al comunismo con motivo del cincuentenario de la Revolución de Octubre, la revista «Exil et Liberté» ha recordado con tal motivo el carácter satánico del comunismo, no sólo por sus violencias y asesinatos, sino que también por el crimen cometido contra las inteligencias y contra los sentimientos para alcanzar una total desnaturalización del hombre, presentada como una liberación de la idea y del concepto de Dios. Efectivamente, el progresismo dominante está extendiendo con rapidez galopante su «teología radical de la muerte de Dios» y su «purificación de la fe», que nos presenta a un Cristo identificado con la humanidad material, y a los hombres como las únicas «piedras vivas», como si los sacramentos no hubiesen sido instituidos por Jesucristo y el sentido de lo sagrado hubiese ya desaparecido y hasta ahora hubiese sido el más grave error mantenido por la Iglesia durante dos mil años.

 Por eso se nos predica desde ciertos púlpitos que «la noción de lo sagrado está a punto de fracasar definitivamente porque es sustituida por el progreso de las ciencias físicas, las ciencias humanas y las estructuras sociales...», expulsando de la ciencia de los hombres el sentido de lo sobrenatural, «desmitizando el contenido de la fe y la persona de Jesús». Impunemente se puede negar la Divinidad de Jesús en un púlpito católico, y no pasa nada. Antes al contrario, se felicita a quienes predican «la transformation profonde de l’image que l’on se fait de Dieu»; son elogiadas «ciertas formas de ateísmo que son, para muchos «cristianos», un aliento sugestivo». En resumen: es la apostasía, la demencia, el auténtico satanismo y, en suma, el conjunto de todos los errores.

 También el enemigo pretende que la Iglesia haga su Revolución de octubre. (…)

  A. ROIG

Toulouse, diciembre de 1967


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967