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CONFERENCIA
EPISCOPAL: SU AUTO-DESPRESTIGIO PRESERVA NUESTRA FE
“Guías ciegos”
llama a Jesucristo (Mt. 23,16) a los escribas y fariseos que, con los
sacerdotes y bajo la batuta de Caifás, integraban en su tiempo una “especie”
de Conferencia Episcopal que se llamaba Sanedrín. Guías ciegos cabría repetir
a ciertos miembros del Episcopado español que, bajo el mando del cardenal Tarancón,
componen hoy la Asamblea Episcopal Española.
Afortunadamente,
el “parlamento” eclesiástico –me limito a consignar el hecho- se halla
totalmente desacreditado y desprestigiado entre los católicos españoles, y
digo “afortunadamente” porque ese descrédito y desprestigio actúa como vacuna
contra el virus progresista que inspira sus documentos oficiales. No son los
católicos españoles los que han desprestigiado la Conferencia Episcopal sino
que ella misma se ha ganado a pulso el público menosprecio del pueblo fiel. Son
muchas las causas: sus divisiones internas, su mecanismo democrático, que
pretende resolver por la ley del voto no solo cuestiones de acción pastoral
sino incluso cuestiones de doctrina, como si la verdad o el error pudieran
decidirse por mayoría, sus equivocidades y ambigüedades tanto en el
pensamiento como en su expresión, su afán de protagonismo en la misión
docente de la Iglesia española menoscabando -si no suplantando- la
competencia que por Derecho Divino Positivo corresponde a los obispos
diocesanos, y especialmente sus conocidas convergencias de claro matiz
político.
***
Una
demostración más de esa ambigüedad y equivocidad doctrinal, y posiblemente
también de una orientación política tendenciosa, es la ya famosa “Nota de la
Comisión Permanente del Episcopado sobre la Constitución”, que, aunque sea a
muchos días vista, y una vez aprobado el texto en referéndum, la Conferencia
asumió como propia y merece comentarse.
El enfoque
moral de la Constitución puede desorientar a los católicos, indicando el
camino falso, ocultando el verdadero, o no señalando ninguno. La Nota episcopal,
que pretende seguir este tercer camino, contiene dos errores graves: Primero: Es erróneo el criterio que
adopta para determinar la moralidad o moralidad de la Constitución. Segundo: Es erróneo sostener la
moralidad del conjunto siendo inmoral alguna de sus partes.
Por lo que concierne al punto primero,
el criterio para determinar la moralidad o inmoralidad de la
Constitución no es su conformidad o
disconformidad con valores humanos, tales como la convivencia, libertades,
etc., según sostiene la Conferencia
en el número tres de su Nota, sino
la conformidad o disconformidad con la Ley Divina Natural y Positiva. Ese
tenía que haber sido para los obispos el punto de arranque y la clave
decisoria para emitir su juicio. Pero al colocar como fundamento de su
criterio no a Dios, sino al hombre, no al Derecho Divino sino al humano, no
el sentido sobrenatural de la fe, sino el sentido temporal de las
conveniencias humanas, se desvían en su orientación moral de su vértice
teocéntrico para señalar una vertiente antropocéntrica que, por lo mismo. es
falsa y errónea.
Por lo que concierne al punto segundo,
sostiene la Nota virtualmente, y yo añadiría que incluso de manera expresa,
que la Constitución es moral, “puede salvarse moralmente” según sus palabras,
si su conjunto global y general es moral, aunque no lo sean algunas de sus
partes: los católicos, en consecuencia podrían dar su voto afirmativo a la
Constitución, según su conciencia. La
afirmación precedente contradice el principio filosófico de sentido común: “Bonum
ex integra causa, malum ex quocumque defecto”, a cuyo tenor, para
que la Constitución sea moral tiene
que ser toda moral y para que sea inmoral basta que lo sea una sola de
sus normas. Sin embargo, la manzana está podrida bien porque toda este
podrida o bien porque esté podrida cualquiera de sus partes; un producto es
venenoso si cualquiera de sus elementos tiene veneno aunque otros no lo
tengan.
Pues bien:
según la Conferencia Episcopal podríamos comer toda la manzana, aunque
tenga alguna parte podrida; así, habremos podido votar afirmativamente la
Constitución, ya que de los 169 artículos que la integran, sólo unos pocos
son moralmente inaceptables. No importaría, por consiguiente, que el art. 1 suplante la soberanía de Dios
por la del pueblo; que el art. 117 coloque en la voluntad
popular el origen de la justicia; que el art.
32 elimine de hecho la competencia de la Iglesia en materia matrimonial y
adjudique al Estado atribuciones propias para regular sustantivamente una Institución
de Derecho Divino Natural y Positivo como es el matrimonio; que el art. 27 conciba la educación con
sentido laicista y establezca sobre la enseñanza el monopolio estatal, etc. Como
las demás normas constitucionales son aceptables, ¡el católico ha podido
aprobar una Constitución que niega a Dios, sanciona el divorcio vincular,
abre cauces legales al aborto, elimina a la Iglesia, regula a su capricho la
institución natural del matrimonio y arranca a los padres la educación de sus
hijos!
***
La “orientación
moral” de la Conferencia Episcopal Española contiene, como acabamos de ver, dos
errores gravísimos contra la moral católica: uno, en su mismo punto de
partida, al tomar como criterio decisorio de moralidad al hombre en lugar de
Dios; y dos, en su mismo contenido, al sostener la moralidad del todo, siendo
inmoral una de sus partes. No es extraño, por tanto, que sus Documentos
caigan en el vacío, que sus ambigüedades no confundan, que sus equivocidades
no engañen, que sus sofismas resulten ineficaces. Su auto-desprestigio es la
vacuna providencial que preserva la fe del pueblo católico español.
Julián GIL DE SAGREDO
Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978
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