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viernes, 13 de marzo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (1)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña


 Han pasado ya suficientes días como para que, alejados del calor de la lucha electoral, podamos analizar el hecho más trascendente de la vida de la Iglesia en España desde el holocausto de 1936 y la restauración del catolicismo gracias al triunfo de la España nacional, alzada en armas contra el marxismo el 18 de julio de 1936.

 No cabe en el breve espacio de un artículo describir las traiciones y las miserias de una de las más vergonzosas etapas de nuestro catolicismo o, tal vez, la más triste de todas ellas, pues no abundaron en nuestra Patria, gracias a Dios, épocas de ignominia como la que acabamos de vivir.

 RECTIFICACIÓN URGENTE

 En una nación de santos, de mártires y de héroes, la figura del obispo Oppas ha tenido afortunadamente escasísimas repeticiones históricas y su recuerdo se desvanece ante el de los Leandros, Isidoros, Olivas, Cisneros, Bellugas, Aguirres, Riberas, Inguanzos, Quevedos, Merrys del Val, Seguras o Gomás. Por ello, si mi buen amigo Manuel Ballesteros me lo permite como director de FUERZA NUEVA y los lectores de la revista lo soportan, me  extenderé en algunos números, más que en un análisis histórico de unos hechos, en las consecuencias que para el futuro del catolicismo español debemos extraer de los mismos. Porque entiendo que de nada sirve llorar sobre el pasado si no tenemos una decida voluntad de mañana para enderezar los torcidos rumbos por los que se pretende hacer marchar a los católicos de España y cuya meta es, sin duda alguna, la apostasía de una Patria que se forjó en el amor a Cristo y en su servicio.

Entiendo también que tal trabajo no puede quedarse en las nubes de los principios, sino que es preciso bajar a los nombres y apellidos y así lo haremos. Sin dudar de rectas intenciones subjetivas donde pueda haberlas, pero dando a las mismas el valor que tienen, es decir, ninguno, salvo en el fondo de las conciencias, de las que sólo Dios tiene el derecho a juzgar.

 No cabe duda que la Iglesia española después de la gloriosa victoria sobre los enemigos de Dios se durmió en sus laureles. Como tantas otras cosas se durmieron en España, sueño del que hoy estamos pagando los resultados.  Para no hacernos interminables, hemos de pasar por alto mil episodios no carentes de interés y que iban denotando que bajo ese sueño se estaban alentando vientos que producirían las tempestades que luego sobrevinieron.

 La postergación del cardenal Segura a la que se prestó, en propio beneficio, el entonces obispo de Vitoria y luego cardenal José María Bueno Monreal, que afortunadamente este año presentará la dimisión al Santo Padre por cumplir 75 años de edad. Las primeras manifestaciones después de la guerra del separatismo clerical en las provincias vascas, cortadas enérgicamente por el entonces nuncio Antoniutti. La operación Moisés, en la que el progresismo apareció ya claramente organizado. Los últimos días de monseñor Gúrpide, canallescamente amargados por la rebelión de parte de su clero. La injusta postergación de monseñor Morcillo y la turbia maniobra de la nunciatura para impedir que monseñor Guerra Campos asumiera el gobierno de la diócesis durante la sede vacante. La desdichada Asamblea Conjunta (1971) a cuyos cabecillas vemos hoy al frente de diversas sedes episcopales. La clara postura beligerante de parte de la Iglesia española en los últimos años de Franco, en los que la citada Asamblea Conjunta y el “caso” Añoveros fueron los momentos culminantes. Y todo lo demás que se podría añadir.

 Y desde hace diez años, jugando un importantísimo papel en esta obra de demolición, una figura tan poco simpática como aparentemente discreta: el actual nuncio Luigi Dadaglio, del que algún día habrá que escribir la historia, que ha dejado, a su paso por España, un rastro como el del caballo de Atila.

 He oído contar, y de lo único que respondo es de que así me lo refirieron, que explayándose con un amigo, le decía: “Cuando yo llegué a la nunciatura había 60 obispos tradicionales contra 10 de los nuestros. Hoy he conseguido que seamos nosotros los 60”. Lo haya dicho o no, es la pura verdad. Esa es su obra. Y no sólo cambió radicalmente el signo del episcopado español, sino que dio al mismo, continuando la línea de su predecesor Riberi, un tono de mediocridad, de pobreza intelectual y moral, de falta de personalidad y virtudes humanas que condiciona gravísimamente, si cabe todavía más que a causa de su progresismo, la posibilidad de actuación de los obispos españoles.

 Hoy, salvo contadas excepciones, no existen los obispos para los católicos de España. Ni leen sus documentos ni rodean a sus personas de ese amor que hasta ahora siempre habían sentido nuestros prelados. El cardenal Tarancón ha sido objeto en varias ocasiones de insultos irreproducibles proferidos por masas de católicos hasta aproximarse no poco a la figura jurídica del odium plebis.

 El arzobispo de Zaragoza (Yanes) acaba de ser gravísimamente insultado en su misma basílica del Pilar por un católico, sin que sus fieles se alteraran lo más mínimo. La jubilación del señor Añoveros, figura cumbre de la línea Dadaglio y de la oposición al franquismo, solicitada anticipadamente por motivos de salud, trajo sin cuidado a los católicos de Bilbao, excepto a los del sector tradicional que experimentaron una viva alegría. Infantes Florido acaba de dejar su diócesis de Las Palmas, que había pastoreado de escándalo en escándalo, sin una lágrima por parte de nadie y sin el menor júbilo por parte de quienes le van a subir a sufrir en Córdoba. 

Y lo mismo cabe decir del señor Roca con su traslado a Valencia. Cirarda llegó a Pamplona y en escasísimos meses se puso enfrente a los navarros con su soñada idea de la provincia eclesiástica vasca, que la mayoría de los católicos del antiguo reino repudia. El nombramiento de Echarren para Las Palmas si ha producido algo es consternación.

 Esta fue la labor del nuncio Dadaglio cuya misión en España, a Dios gracias, toca a su fin. En breve parece ser que dejará el Palacio de la calle de Pío XII. Y ha sido tan desastrosa su tarea, ha dejado tan maltrecha a la Iglesia de España, que casi da igual que se vaya o que se quede (…) Porque, ¿qué más puede hacer Dadaglio si continúa aquí? ¿Es que puede nombrar para Sevilla, cuando quede vacante este año la sede del señor Bueno Monreal, a alguno peor que él? ¿Es que, vacante como está San Sebastián, por la dimisión presentada por el señor Argaya, el que proponga para aquella diócesis va a ser peor que el dúo Argaya-Setién que hasta ahora la gobernó? (…)

 Lejos de mí el jugar a profeta y ni que decir tiene que acepto de antemano con reverencia cualquier decisión del Santo Padre. Pero ello no implica dejar de reconocer que la postergación del señor Dadaglio sería un motivo de alegría para muchos católicos españoles y el inicio de una rectificación urgente y necesaria.

 (Continuará)


Revista FUERZA NUEVAnº 628, 20-Ene-1979 

 

jueves, 19 de febrero de 2026

Judas en el Sanedrín y Tarancón en el Congreso

 Artículo de 1979

 Judas en el Sanedrín y Tarancón en el Congreso

 Consta por el Evangelio de San Mateo, capítulo 26, versículos 14-16, que Judas acudió a los príncipes de los sacerdotes para concertar con ellos el precio por la entrega del Maestro, y como el despacho oficial de aquellos príncipes era el Sanedrín, dicho lugar debió ser verosímilmente el sitio donde sostuvieron la entrevista.

 Consta igualmente, por la prueba elocuente de la televisión que, el 27-XII-78, el cardenal Tarancón estuvo en el Congreso, asistiendo al acto de la sanción oficial de la Constitución.

 La comparación entre ambos hechos históricos y las figuras de sus protagonistas suscita inexorablemente las siguientes reflexiones:

 Primera. Sobre las personas.

Judas era Apóstol de Cristo; Tarancón es sucesor de los Apóstoles. Judas fue elegido por Cristo para ser pilar, quicio o gozne de su Iglesia, es decir, cardenal según su significado etimológico. Tarancón también fue elegido cardenal según el Derecho Positivo Eclesiástico. En ambos concurre, por consiguiente, “en cierto sentido”, la condición de obispos y cardenales.

 Segunda. Sobre los organismos.

El Sanedrín era entre los judíos un órgano oficial que, aunque tenía como competencia específica una misión de carácter judicial, participaba también ampliamente de competencia normativa y administrativa. El Congreso y el Senado asumen entre los españoles ciertas funciones análogas, especialmente en el campo legislativo.

 Tercera. Sobre la actuación de ambos organismos.

El sumo sacerdote Caifás pronunció en sesión solemne del Sanedrín aquellas palabras lapidarias: “Conviene que uno muera por la salvación del pueblo”. Y de esta manera aquel órgano supremo, presunto representante del pueblo judío, condenó a muerte a Jesucristo. Nuestro Congreso ha sido algo más fino al elaborar la Constitución: no condena a muerte a Dios. Se limita a prescindir de Él, a legislar como si no existiera, y de esta manera, sin negarlo expresamente, construye un Estado, una sociedad y una familia sin Dios. Pero tanto el Sanedrín como el Congreso son deicidas, porque el primero ordenó la muerte de Dios en Cristo, y el segundo ordenó la muerte de Dios en el Estado, en la sociedad y en la familia.

 Cuarta. Sobre la intervención de los protagonistas.

Judas, con su intervención activa, favoreció los planes deicidas del Sanedrín, entregó a Cristo y recogió sus treinta monedas, el precio que se daba por un esclavo. El cardenal Tarancón, con su intervención pasiva de simple asistencia, favoreció los planes deicidas de las Cámaras Legislativas: con su presencia oficial y representativa sancionó una Constitución impía y atea.

 Tal vez crean nuestros conspicuos diputados y senadores que la Iglesia católica ha aprobado implícitamente la Constitución, al autorizarla con la presencia del presidente de la Conferencia Episcopal. Olvidan, sin embargo, que también Judas con su presencia en el Sanedrín autorizó la muerte de Cristo. 

Julián GIL DE SAGREDO


Revista FUERZA NUEVAnº627, 13-Ene-1979

 

jueves, 5 de febrero de 2026

La Constitución es atea

 Artículo de 1979

  La Constitución es atea 

(…) Al plantearse el problema del referéndum sobre la Constitución, surgió un clamor de orientación y consejo a la Conferencia Episcopal Española, presidida por el cardenal Tarancón. Pero el Pueblo de Dios ha sufrido una gran decepción, porque la Comisión Permanente de esa Conferencia ha dicho que “no puede dar ningún orientación y que voten según su conciencia”. ¡Valiente contestación! “Para ese viaje no necesitábamos alforjas”, exclama el pueblo llano. 

¿No saben los señores de la Comisión que la gran mayoría de los españoles no tiene idea formada ni saben dirimir lo que tiene de bueno y de malo la Constitución? Porque la mayoría no la lee, y si la lee no la entiende ¿Qué juicio se va a formar? Y de ahí se deduce otra consecuencia: que del referéndum no puede sacarse la conclusión de que el pueblo ha aprobado una constitución, ya que vota sobre lo que no sabe. Un voto en el vacío.

 *****

Vengamos ahora a lo que esa Constitución encierra con la religión. Aquí sí que se han oído cosas peregrinas y graciosas que harían reír si el problema no fuera tan serio. Según Tarancón, “no se pueden esgrimir razones religiosas para tomar una postura determinada” (“Carta cristiana”, 25-XI). Como si la Constitución se hubiese hecho para antropopitecos y no para seres racionales y, por añadidura, cristianos y católicos, en gran mayoría.

 Parece que la Constitución y la religión no tienen que ver nada una con otra, mientras aquélla no diga nada grave contra ésta. Pero estos señores sólo tienen en cuenta lo positivo, lo que dice. ¿Y lo que no dice y debiera decir? Saben ellos o deben saber mejor que nosotros, los no clérigos, que hay pecados de omisión. Y graves. El que no va a misa los domingos no hace nada positivo contra la Ley de Dios, y, sin embargo, peca mortalmente. Eso de evadirse de Dios, no citándole ni una sola vez en una ley fundamental para la vida de los cristianos españoles, no es importante? Y lo de abrir camino al aborto y al divorcio, ¿es cosa leve?

 Prescindir de Dios es un tipo de ateísmo que estudian los tratados de Teodicea, en dos de los cuales incide la tan jaleada ley fundamental: en el ateísmo práctico y en el político, que pueden reducirse a uno: a conducirse como si Dios no existiera: gobernar y dar leyes al margen de toda religión. Porque eso de citar a la religión católica una vez, equiparándola a los mormones o a los budistas, es peor que si no la citara nunca.

 Don José María Martín Patino, provicario del Arzobispado de Madrid, distingue entre “laico” y “ateo”. Yo entiendo que el laicismo equivale al ateísmo práctico. Xavier Zubiri, el máximo filósofo español desde la muerte de Amor Ruibal, en 1930, dice en su obra “Naturaleza, Historia, Dios” (Madrid, 1963): “La existencia que se siente desligada de Dios es una existencia atea”. Digo de Dios, porque así lo exige el contexto (pág. 392). Por tanto, la ley que nos ocupa es una ley atea aunque no diga “Dios no existe”.

 Aún es más chocante lo que dice el diario de la Editorial Católica y, por tanto, católico él. Saben que me refiero a “Ya” que, en su editorial del día 19-XI, titulado “Un ateísmo inventado”, compara la Constitución con la aritmética escolar, con la física astronómica o con un texto de Hacienda Pública, que no tienen por qué citar a Dios. Estas ciencias no le citan porque no tienen porqué citarle; pero la Constitución, sí. Esta afecta a la vida, no solo material sino espiritual de los hombres, de los españoles, y la vida de éstos hace relación a Dios que los creo, los rige y gobierna. Es descabellada, pues, la comparación de “Ya”. ¡Que Dios les conserve tan fino talento!

 Los obispos y sacerdotes que defienden la no intervención ni consejo de la Conferencia Episcopal a los católicos españoles dan explicaciones muy complicadas y prolijas, lo cual es, sencillamente una acusación contra ellos mismos. Pienso que la verdad tiene siempre caminos más cortos y sencillos que los que usan estos señores.

 ***

Creo, por otra parte, que la Conferencia Episcopal siente el catolicismo, en su interior, más profunda y sinceramente que lo ha dicho en sus manifestaciones. Hay en ellas más miedo a oponerse al poder público que sinceridad. Y el poder, que se ha entregado a los sin Dios y seguido sus designios, debiera más bien imitar a los Estados europeos que, como Inglaterra Irlanda, Suecia, Noruega, Dinamarca, Grecia… son confesionales. Y no de los atrasados sino de los más progresivos de Europa.

 Pero aún hay más que decir, si tenemos en cuenta que estoy aludiendo a elementos eclesiásticos y católicos, que supongo que admitirán sin reservas la doctrina del Concilio Vaticano II. Aunque me temo que para algunos esté ya desfasado.

 La Declaración “Dignitatis humanae” dice textualmente: “El poder civil debe reconocer ciertamente la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla… (BAC, pág. 787). Y en la pág. 790: “El poder público debe crear condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa…”

 Y, francamente, no creo que se “favorezca” ni “se creen condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa” dando una Constitución laica, que desconoce a Dios. Esto debieran haberlo tenido en cuenta los eclesiásticos de la Conferencia Episcopal. Y para ejemplo de nuestros gobernantes, profundamente católicos; de nuestra prensa, también católica, y de nuestro pueblo clero, celoso defensor de la gloria de Dios y de la salvación de las almas, hay que hacer constar el interés que los paganos ponían en que los dioses intervinieran en el gobierno de la comunidad. Dice Cicerón: “Es más fácil fundar una ciudad sin suelo que sobrevivir una comunidad sin dioses”. ¿Está claro?

 Domiciano Herreras 


Revista FUERZA NUEVAnº 626, 6-Ene-1979


jueves, 29 de enero de 2026

La Constitución liberal condenada por el Magisterio de la Iglesia

 Artículo de 1978

  Condena del Estado liberal

 SE podrá tomar en serio o se podrá tomar en broma, cosa esta última que hace la mayoría de los católicos españoles, sin duda por ignorancia, pero lo cierto es que la concepción liberal del Estado, la que caracteriza a la Constitución española, continúa condenada por el Magisterio de la Iglesia.

 Así se desprende de las declaraciones del cardenal Palazzini, alto cargo de la Curia vaticana y antiguo profesor de Teología Moral, hechas a «L'Osservatore della Domenica», semanario oficioso del Vaticano.

 El cardenal Palazzini, en efecto, advierte: «El "Syllabus" ha sido hasta nuestros días un signo de contradicción; sin embargo, de él permanece válida todavía la condena de la concepción liberal del Estado desvinculado de toda norma moral, fuente de todo derecho; y sigue siendo válida la repulsa de la pretensión del hombre moderno de construir la sociedad de un modo independiente de Dios y de la religión, e incluso basándose en principios contrarios a ella.»

 Es claro que si la doctrina auténtica de la Iglesia no fuese la expuesta por el cardenal Palazzini, en este semanario vaticano no se le hubiese permitido expresarse en tales términos. Es, por otra parte, si bien se mira, la doctrina expuesta por Pablo VI en la «Octogésima Adveniens». el cual reprueba a los católicos que tiende a idealizar el liberalismo y que no tienen en cuenta que la ideología liberal y la fe católica son incompatibles.

 En esa misma carta, el papa Pablo VI da testimonio de que todas las democracias ensayadas hasta ahora son insatisfactorias y que es necesario buscar otras.

 No obstante, los católicos españoles -del presidente Suárez al comunista A. Comín, pasando por Fraga, Silva y Peces-Barba- se han empeñado en elaborar una Constitución no ya anacrónica, reaccionaria, plagada de todos los tópicos y de todas las utopías liberalistas y socialistas fracasantes, sino una Constitución «independiente de Dios y de la religión», cosa ilicita para un católico, según el cardenal Palazzini.

 El caso es absolutamente diáfano y lógico para el verdadero católico, para el hombre que crea en la verdad propuesta por el Magisterio oficial de la Iglesia católica, como es ése del anatema contra el liberalismo agnóstico:

 La Constitución española y la democracia liberal se basan sobre los principios o postulados del liberalismo filosófico (racionalista y naturalista).

 Es así que el Magisterio oficial de la Iglesia condena el liberalismo filosófico (de Pío IX a Pablo VI, pasando por León XIII, etc.).

 Luego, virtualmente, la Constitución española (como la democracia liberal) está condenada por el Magisterio oficial de la Iglesia.

 Luego peca de negligencia el Magisterio de la Iglesia en España al no hacer un «juicio moral» sobre la Constitución española, cumpliendo con su deber pastoral de hacerlo, tal como lo establece el Vaticano II.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 625, 30-Dic-1978

 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Conferencia Episcopal: su auto-desprestigio preserva nuestra fe

 Artículo de 1978

CONFERENCIA EPISCOPAL: SU AUTO-DESPRESTIGIO PRESERVA NUESTRA FE 

 “Guías ciegos” llama a Jesucristo (Mt. 23,16) a los escribas y fariseos que, con los sacerdotes y bajo la batuta de Caifás, integraban en su tiempo una “especie” de Conferencia Episcopal que se llamaba Sanedrín. Guías ciegos cabría repetir a ciertos miembros del Episcopado español que, bajo el mando del cardenal Tarancón, componen hoy la Asamblea Episcopal Española.

 Afortunadamente, el “parlamento” eclesiástico –me limito a consignar el hecho- se halla totalmente desacreditado y desprestigiado entre los católicos españoles, y digo “afortunadamente” porque ese descrédito y desprestigio actúa como vacuna contra el virus progresista que inspira sus documentos oficiales. No son los católicos españoles los que han desprestigiado la Conferencia Episcopal sino que ella misma se ha ganado a pulso el público menosprecio del pueblo fiel. Son muchas las causas: sus divisiones internas, su mecanismo democrático, que pretende resolver por la ley del voto no solo cuestiones de acción pastoral sino incluso cuestiones de doctrina, como si la verdad o el error pudieran decidirse por mayoría, sus equivocidades y ambigüedades tanto en el pensamiento como en su expresión, su afán de protagonismo en la misión docente de la Iglesia española menoscabando -si no suplantando- la competencia que por Derecho Divino Positivo corresponde a los obispos diocesanos, y especialmente sus conocidas convergencias de claro matiz político.

 ***

Una demostración más de esa ambigüedad y equivocidad doctrinal, y posiblemente también de una orientación política tendenciosa, es la ya famosa “Nota de la Comisión Permanente del Episcopado sobre la Constitución”, que, aunque sea a muchos días vista, y una vez aprobado el texto en referéndum, la Conferencia asumió como propia y merece comentarse.

 El enfoque moral de la Constitución puede desorientar a los católicos, indicando el camino falso, ocultando el verdadero, o no señalando ninguno. La Nota episcopal, que pretende seguir este tercer camino, contiene dos errores graves: Primero: Es erróneo el criterio que adopta para determinar la moralidad o moralidad de la Constitución. Segundo: Es erróneo sostener la moralidad del conjunto siendo inmoral alguna de sus partes.

 Por lo que concierne al punto primero, el criterio para determinar la moralidad o inmoralidad de la Constitución no es su conformidad o disconformidad con valores humanos, tales como la convivencia, libertades, etc., según sostiene la Conferencia en el número tres de su Nota, sino la conformidad o disconformidad con la Ley Divina Natural y Positiva. Ese tenía que haber sido para los obispos el punto de arranque y la clave decisoria para emitir su juicio. Pero al colocar como fundamento de su criterio no a Dios, sino al hombre, no al Derecho Divino sino al humano, no el sentido sobrenatural de la fe, sino el sentido temporal de las conveniencias humanas, se desvían en su orientación moral de su vértice teocéntrico para señalar una vertiente antropocéntrica que, por lo mismo. es falsa y errónea.

 Por lo que concierne al punto segundo, sostiene la Nota virtualmente, y yo añadiría que incluso de manera expresa, que la Constitución es moral, “puede salvarse moralmente” según sus palabras, si su conjunto global y general es moral, aunque no lo sean algunas de sus partes: los católicos, en consecuencia podrían dar su voto afirmativo a la Constitución, según su conciencia. La afirmación precedente contradice el principio filosófico de sentido común: “Bonum ex integra causa, malum ex quocumque defecto”, a cuyo tenor, para que la Constitución sea moral tiene que ser toda moral y para que sea inmoral basta que lo sea una sola de sus normas. Sin embargo, la manzana está podrida bien porque toda este podrida o bien porque esté podrida cualquiera de sus partes; un producto es venenoso si cualquiera de sus elementos tiene veneno aunque otros no lo tengan.

 Pues bien: según la Conferencia Episcopal podríamos comer toda la manzana, aunque tenga alguna parte podrida; así, habremos podido votar afirmativamente la Constitución, ya que de los 169 artículos que la integran, sólo unos pocos son moralmente inaceptables. No importaría, por consiguiente, que el art. 1 suplante la soberanía de Dios por la del pueblo; que el  art. 117 coloque en la voluntad popular el origen de la justicia; que el art. 32 elimine de hecho la competencia de la Iglesia en materia matrimonial y adjudique al Estado atribuciones propias para regular sustantivamente una Institución de Derecho Divino Natural y Positivo como es el matrimonio; que el art. 27 conciba la educación con sentido laicista y establezca sobre la enseñanza el monopolio estatal, etc. Como las demás normas constitucionales son aceptables, ¡el católico ha podido aprobar una Constitución que niega a Dios, sanciona el divorcio vincular, abre cauces legales al aborto, elimina a la Iglesia, regula a su capricho la institución natural del matrimonio y arranca a los padres la educación de sus hijos!

 ***

La “orientación moral” de la Conferencia Episcopal Española contiene, como acabamos de ver, dos errores gravísimos contra la moral católica: uno, en su mismo punto de partida, al tomar como criterio decisorio de moralidad al hombre en lugar de Dios; y dos, en su mismo contenido, al sostener la moralidad del todo, siendo inmoral una de sus partes. No es extraño, por tanto, que sus Documentos caigan en el vacío, que sus ambigüedades no confundan, que sus equivocidades no engañen, que sus sofismas resulten ineficaces. Su auto-desprestigio es la vacuna providencial que preserva la fe del pueblo católico español.

 Julián GIL DE SAGREDO


Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978

 

jueves, 23 de octubre de 2025

Avance del marxismo entre los católicos

 Artículo de 1978

  AVANCE DEL MARXISMO

 A juzgar por el sondaje de opinión publicado (1978) en el diario “Informaciones”, relativo a los partidos de centro y de derecha, el marxismo avanza inexorablemente en España. Si fuera certero y objetivo ese sondaje, la mayoría del electorado español sería ya marxista y la Constitución y el Gobierno se habrían asentado sobre un polvorín presto a hacerlos volar.

 Como, por otra parte, todo el mundo afirma que la mayoría de los españoles somos católicos, indudablemente hay que pensar que muchos católicos votan al marxismo porque el Magisterio de la Iglesia lo consiente para su propia perdición. La Jerarquía, efectivamente, está cediendo con ingenuidad o con negligencia ante la seducción que el marxismo platónico, de papel o gobernado, ejerce sobre los espíritus insatisfechos y creyentes en que va a ser capaz de satisfacerles el marxismo gobernante. El marxismo está llevando a cabo una sagaz estrategia en España, tendente a convencer de que es posible conciliar teórica y prácticamente el marxismo y el catolicismo. ¡Y como no todo el mundo es capaz de discernimiento…!

 Los intentos que yo conozco de conciliar el catolicismo y el marxismo, invariablemente, adolecen de lo mismo: concilian o bien un catolicismo inauténtico, un pseudo-catolicismo, con un marxismo auténtico; o conjugan un catolicismo auténtico con un marxismo inauténtico; o maridan entre sí un marxismo y un catolicismo inauténticos, falsos.

 El catolicismo auténtico, el propuesto por el Magisterio oficial y tradicional de la Iglesia católica es teórica y prácticamente incompatible con el marxismo que caracteriza los escritos y los comportamientos de los maestros y dirigentes más calificados del marxismo. Como yo le manifestaba a Roger Garaudy, sin que supiera replicarme, en un turno de objeciones y cuestiones, tras su conferencia en el templo parroquial de Santo Tomás de Aquino, de Madrid, la mayoría de los católicos españoles no nos reconocemos creyentes en esa versión sui géneris del cristianismo propuesta por él; como tampoco se reconocerían muchos comunistas y socialistas en esa versión sui géneris del marxismo aventurada por él para acoplarlo al cristianismo, y por la cual lo han expulsado del Partido Comunista Francés.

 Es lo que le acontece también a Alfonso Comín, miembro del Comité Central del Partido Comunista de España y del PSUC, en su libro «Cristianos en el Partido, comunistas en la Iglesia». No piensa católicamente, no tiene fe católica quien, como Comín, escribe: «Politzer... afirma que vamos a asistir a través de la filosofía a esta lucha continua entre el idealismo y el materialismo. Este va a hacer retroceder las limitaciones de la ignorancia, y ésta será una de sus glorias y uno de sus méritos. Por el contrario, el idealismo y la religión que lo alimente harán todos sus esfuerzos para mantener la ignorancia y aprovechar esta ignorancia de las masas para hacerlas admitir la opresión, la explotación económica y social. Sin duda el desarrollo histórico de la religión cristiana permitía analizar su función social en estos términos. Tanto Politzer como los autores del Pequeño Diccionario Filosófico (soviético) habían conocido una dura experiencia histórica en la que la religión se había expresado predominantemente en una línea de opresión y de oscurantismo.» Aquí Comín, aceptando la interpretación marxista de la religión, apostata realmente del catolicismo. Es obvio que Jesucristo no quiso ser un Mesías temporal, un liberador político, sino el Redentor del pecado humano. Y la Iglesia no tiene por qué ser distinta de Jesucristo.

 Es claro que para la Iglesia lo único importante es hacer partícipes de la divina Revelación y de la Redención de Cristo a los hombres. Pero la divina Revelación y la Redención, lejos de ser opresivas y oscurantistas, son lo más valioso, lo más liberador espiritualmente y lo más luminoso intelectualmente de que puede disponer el hombre. Empezamos porque, como dice Pascal, por sí mismo el hombre ni siquiera sabe lo que es el hombre, a menos que

Dios se lo revele. Y es Dios, sólo Dios, quien revela que los creyentes somos hijos suyos y, por tanto, hermanos en Cristo. La ciencia no nos dice, no nos puede decir que somos hermanos, sino rivales, enemigos.

 El pensamiento y la ciencia del hombre contemporáneo, o bien dice —como el pensamiento de los marxistas— que el hombre no pasa de ser una porción de materia organizada (y entonces es lógico el archipiélago Gulag descrito por Soljenitsin, como son lógicas las checas españolas), o bien dicen que el hombre es una pasión inútil —como propone el existencialismo de Sartre— o una noción inventada en el siglo XVIII que ahora se desvanece como una huella que hubiéramos dejado a la orilla del mar, en una playa, como asegura el estructuralismo de Foucault. Así pues, tanto en el orbe de la ideología marxista como en el orbe de la ideología liberalista, desaparece la convicción de que el hombre es digno de todo respeto y titular de derechos inalienables, porque es criatura e hijo de Dios, con una naturaleza prefijada para siempre por el Creador, que nadie puede alterar ni dejar de respetar.

 Por el contrario, resulta realmente oscurantista y fatalmente opresivo el universo adonde se extiende la vulgata marxista, dogmáticamente impermeable a la noción cristiana del hombre, irrespetuosa de los fueros de la persona humana, fosilizada en los supuestos o postulados formulados por Marx, que no pueden abandonar los marxistas, a menos que dejen de ser realmente y confesionalmente marxistas. Cuando uno lee la Sagrada Escritura y los fines que Dios propone al hombre y lee las Resoluciones y los Estatutos del PCE en su último Congreso, observa que cristianismo y marxismo son diferentes e incompatibles.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 620, 25-Nov-1978

 

martes, 14 de octubre de 2025

Empeño de descatolización

 Artículo de 1976

 EMPEÑO DE DESCATOLIZACIÓN

 A despecho de lo que proclama la mayoría del Episcopado español, si bien se mira, su comportamiento es oscurantista: lo mismo que propugnan el respeto ilimitado y liberal de los derechos humanos y civiles sin preocuparse, primero, de definir y respetar los derechos humanos y eclesiales de los sacerdotes, religiosos y seglares, así también predican luz y taquígrafos para la verdad y las opiniones políticas, pero no permiten la luz y los taquígrafos para la verdad y opiniones religiosas; ni que conozcamos los documentos que van a debatirse en la asamblea episcopal, ni mucho menos, la pluralidad de sentencias que en tales debates se expresan. Resulta así que los obispos llamados posconciliares son como los doctores de la ley judaica, denostados por Jesucristo porque no practican lo que predican.

 Ha llegado a mí una ponencia que va a ser presentada a la asamblea de la Conferencia Episcopal Española de finales de febrero, y cuyo autor es el obispo auxiliar de San Sebastián, José María Setién, texto que coincide doctrinalmente con las tesis avanzadas del obispo cuando no pasaba de ser simple teólogo. ¿Ha querido Pablo VI canonizar su teología disolvente al nombrarle obispo?

 A este documento heteróclito y contradictorio, que no quiere ser considerado a la luz pública, le viene pintiparado el juicio formulado por el miembro de la Comisión Teológica que asesora al papa, P. Louis Bouyer, en su reciente libro «Religiosos y clérigos contra Dios»: “La actual crítica de lo religioso y lo sagrado por los mismos clérigos tiene grandes pretensiones pero las justifica muy mal. En ella se nos interpela con un tono perentorio en nombre del pensamiento científico, del cual se pretende decirnos la última palabra. Pero es demasiado claro que de las ciencias invocadas no tienen aquellos clérigos más que un barniz periodístico”.

 La ponencia sometida a consideración de los obispos responde a un cuestionario que, en primer término, “trata de descubrir las líneas que parecen dirigir la evolución político-social de la sociedad española, a partir de la proclamación del Rey Juan Carlos I”. En segundo término, el autor responde a la preocupación de “ver cuál ha de ser la posición que la Iglesia ha de adoptar ente la evolución social”.

 Pero enseguida se echa de ver que las líneas por las que él cree que discurre la sociedad española y el futuro secularizado que él contempla y quiere por razones “teológicas” y pastorales es puro subjetivismo. Porque es evidente que ni él pone a contribución en su trabajo las ciencias positivas que podrían utilizarse ni tampoco están ellas en situación de poder determinar por dónde discurrirá la vida pública española ni en el futuro inmediato ni más remoto... Sólo Dios sabe por dónde discurrirá nuestro futuro; lo demás, las lucubraciones futurológicas de los obispos son pura fantasía.

 Sobre el futuro de España no saben nada nuestros obispos… a menos que nos empeñemos, como parece ser el designio de mons. Setién y de alguna personalidad vaticana, en descatolizarla, en extirpar violenta o solapadamente lo que este obispo gusta de llamar “nacional-catolicismo”…

 ¿Por qué se han de ocupar los obispos de conocer y evangelizar el futuro –que no conocen- si apenas evangelizan el presente, sobre el que tienen misión de apostolado?... ¿Y quién será capaz de conciliar, en cinco días, los ochenta documentos, los ochenta intelectos de los prelados que concurran a la asamblea, tanto más cuanto se aprecia una ruptura clara entre obispos como mons. Tarancón, y mons. Setién frente a mons. Temiño, mons. Blanco, mons. Guerra Campos o mons. Barrachina? Porque: ¿con qué Iglesia nos quedamos, la del cardenal Tarancón en su “homilía a la Corona” y la Declaración de Derechos Humanos o la de mons. Guerra Campos, en su carta pastoral sobre la “Monarquía católica”?

 En resumen, este documento de mons Setién que se propondrá a la asamblea de obispos españoles a fines de febrero contiene como notas relevantes: la similitud con la metodología de Marx; la subjetivización de lo Revelado; el anarquismo eclesial; y un nuevo cristianismo servil a un mundo laico, secularizado, científico y racional…

 El documento responde al pensamiento de mons. Setién, de mons. Palenzuela, del canónigo González Ruiz, de Ruiz-Giménez, de Enrique Miret, los cuales pretenden descatolizar España, no se sabe por qué, ni para qué, ni en beneficio de quién, como si la Iglesia se hubiera equivocado desde el siglo IV acá…

 Eulogio RAMÍREZ

 

Revista FUERZA NUEVA, nº 478, 6-Mar-1976