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viernes, 30 de octubre de 2026

Escándalos blasfemos en universidad jesuita

 Artículo de 1979

  DEUSTO

La Universidad de los jesuitas de Deusto (Bilbao) ha vuelto a ser noticia. Decimos “ha vuelto” no sólo por las veces que en los últimos tiempos ha aparecido en la prensa a consecuencia de incidentes en su recinto, sino porque, desde más atrás, desde la época en que se inició el lamentable desenganche de la Iglesia española (de cierta Iglesia española clerical y teledirigida) del Régimen del 18 de Julio, al que tantos beneficios debía, incluido el de la propia supervivencia en libertad, la Universidad de Deusto comenzó a sonar con sucesos poco gratos. Los escribimos con tristeza, pero la verdad tiene sólo un camino.

 Ahora (1979) ha sonado, con motivo de un “festejo” celebrado en la misma por parte del alumnado el 19 de enero, con la denominación de “Día de San Canuto”. Hubo protestas, condenas, sanciones y huelgas. Pero ¿qué fue lo que en realidad ocurrió? El rector de la Universidad jesuita se ha creído obligado a aclarar los sucesos mediante una “nota de información” remitida a los padres de los alumnos. Redactada con fría objetividad, de llevarse al cine creemos que merecería la calificación “S”, concedida como premio propagandístico a películas pornográficas. No obstante, convencidos de la prudencia con que la nota ha sido redactada, vamos a reproducir los párrafos que permiten valorar con exactitud los sucesos ocurridos en una Universidad de la Iglesia, creada, suponemos, para lograr una formación moral de los alumnos acorde con los principios cristianos.

 Misa blasfema

 Dice la nota citada: “El acto comenzó con un simulacro de procesión por los claustros, portando en andas una figura ataviada con unos pretendidos ornamentos y a la que habían colocado un gran canuto a modo de pene. En la “procesión” participaban unos doscientos alumnos, algunos de los cuales iban disfrazados, destacando uno vestido de franciscano, otro de militar, etc. El desfile iba acompañado de cantos, música, serpentinas, alumnos portando puerros en las manos, etc. (…)”.

 Luego, en el Aula Magna, tuvo lugar, a la luz de unas velas, una especie de misa blasfema, durante la cual (copiamos textualmente): “Se celebraron actos tales como la “consagración del porro” y la distribución de galletas y vino, a modo de comunión; así como entonándose cánticos o salmodias litúrgicos, con letras conteniendo alusiones sexuales y un diálogo o remedo de confesión sacramental sexo-cómica”.

 Según aclara la repetida nota, “no es la primera vez que hechos semejantes tiene lugar el recinto universitario”. Durante el pasado curso se celebró el llamado “Día de San Manolo, virgen y mártir”, durante el que se introdujeron en la Universidad jesuita dos figuras: una masculina con atributos viriles, como el de “San Canuto”, y otra femenina. “El acto -volvemos a copiar textualmente- consistió en síntesis en una parodia religiosa en que se simula el coito entre las dos figuras y se dirigieron al “santo” oraciones cuyo contenido vamos a omitir, pues creemos que el lector queda suficientemente enterado de la procacidad y grosería que presidieron los actos”.

 Además de otros actos de parecido estilo, la nota nos informa de que, durante tres años consecutivos, se vienen celebrando burdas parodias del Vía Crucis y enterramientos “con motivo del aniversario del 20 de noviembre”. Aunque el rector de Deusto púdicamente no nos dice aqué aniversario se refiere, nos figuramos que es el de la muerte del Generalísimo Franco, ante cuya memoria se deberían descubrir todos los jesuitas españoles, por el más elemental sentido de la gratitud.

 Interrogantes

 Ya conocemos suficientemente los hechos, su gravedad y significado. Pero no desaparecen las interrogantes. Dos principalmente acuden a nuestro pensamiento.

 Primera. ¿Qué hicieron el rector y profesores jesuitas de la Universidad de Deusto para impedir la pública realización de actos blasfemos, intolerables para un cristiano en cualquier parte y más para algunos religiosos en su propia casa?

 Nada, suponemos. Nada por lo menos nos cuenta la nota informativa del Rectorado, y es de suponer que de haber hecho algo, con las consecuencias que una intervención enérgica hubiera supuesto, nos lo relatarían con igual minuciosidad que el aspecto pornográfico de los muñecos empleados. Y uno se pregunta: ¿Qué hubiera pasado si el rector y los restantes jesuitas se presentan en el Aula Magna durante la celebración de la misa blasfema e imitan a Cristo cuando echó a los mercaderes que profanaban el templo?

 Segunda. Durante muchos años de ejecutoria gloriosa, la Universidad de Deusto gozó de envidiable fama entre los católicos españoles por la recia formación moral que daba a los estudiantes que pasaban por sus aulas. La dirección de Deusto, mejor que nosotros, podría hacer pública una lista de ejemplares cristianos, de ejemplares españoles -muchos aureolados por el martirio- que se formaron en la Universidad. Conocemos con detalle, gracias a la nota del Rectorado, el cambio producido en los alumnos. Preguntamos: ¿Cuál ha sido el cambio de los educadores que explica este cambio en los educados?

 He ahí una pregunta cuya respuesta les gustaría conocer a muchos católicos, a muchos españoles.

 R. I.


 Revista FUERZA NUEVA, nº 639, 7-Abr-1979


lunes, 26 de octubre de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (10)

 Artículo de 1979

  LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (10)

 “De los periódicos a la UCD”

 El “cardenalazo” del arzobispo de Toledo (mons. Marcelo Gonzalez) provocó el “sí” de Francisco Umbral, escritor vallisoletano con agravios mal dirigidos contra don Marcelo, según él mismo confiesa (“El País”, 5-12-1978). El cardenal, entonces “cura de Valladolid” pasaba leyendo su libro de horas, indiferente por delante de un “niño tísico” que era Francisco Umbral. El cual, “viendo la majestad de aquel cura” perdió la fe. La tisis pulmonar se habrá curado, pero la del alma resistió a los antibióticos. (…)

 Para Jaime Capmany (“ABC”, 1-12-1978), antiguo republicano que hoy escribe en el periódico monárquico por antonomasia, militante rabioso a causa de un entonces fervoroso y su géneris falangismo contra la enseñanza libre y la Universidad de Navarra (“Arriba”, 16-4-1967) y hoy liberal de cinco estrellas, “después de la inquietante “Operación Galaxia” llega esta perturbadora operación Lepanto del señor Arzobispo de Toledo”. La intención de similar a los dos sucesos es tan baja como grotesca. Pero todas las armas parecen estar permitidas, incluso desde el “ABC” contra el cardenal Primado. (…)

 Adhesión a nuestros prelados

 Y de los periódicos pasaron las reacciones ante la pastoral del cardenal Primado a las jerarquías del partido en el Gobierno (UCD). Aunque no pocos pensemos que la orquestada campaña de prensa tuvo claros mentores gubernamentales. Es evidente que la Pastoral del arzobispo de Toledo constituyó un auténtico torpedo en la línea de flotación de la Constitución que se preparaba. Ante ello, el gobierno Suárez reaccionó de dos maneras: prestando el inmenso apoyo de sus medios de comunicación social y en particular de la televisión a cuantos obispos y clérigos se quisieron prestar a contradecir al Primado (y así tuvimos en los días inmediatos al referéndum un auténtica avalancha de noticias y presencias eclesiásticas que pretendían desvirtuar con toda clase de razones y sofismas el peso de la argumentación del Primado); y saliendo al paso de la pastoral por medio de las más caracterizadas figuras del partido en el poder.

 Políticos de UCD

 El 30 de noviembre, “ABC” daba cuenta ya de la reacción de Rodolfo Martín Villa, ministro del Interior, y, como tal, responsable máximo del resultado electoral. Su respuesta es un puro equilibrismo entre un respeto formal que intenta mantener y el servicio a su señor. Se confiesa católico y “bastante practicante”, pero no es en el “ABC” sino en “El País” de la misma fecha donde hallemos lo realmente grave de sus declaraciones.

 Es tan increíble lo que en ellas manifiesta y denota tal incultura religiosa, que comprendemos que el “ABC” haya querido hacer un quite al ministro no dando a la publicidad sus palabras, si es que realmente las profirió. En el caso de que hubieran sido inventadas por el periodista de “El País” era urgente de una rectificación de la que no tengo constancia.

 La maravillosa afirmación que coincide extrañamente con el editorial del mismo periódico al que nos referíamos en el artículo anterior, es la siguiente: “Respeto el criterio de otros católicos y en concreto la de un católico tan eminente como el cardenal arzobispo de Toledo. Pero ni este es el Magisterio de la Iglesia, que tiene su origen fundamental en el Vaticano II”.

 El lógico nerviosismo que la pastoral tuvo que producirle puede explicar las incorrecciones gramaticales. Un ministro del Interior no tiene por qué ser una académico de la española. Pero si “El País” recoge con exactitud las palabras de Martín Villa, asombro es palabra poco significativa para expresar lo que la supina ignorancia del ministro produce. No sólo pretende dárselas de más entendido que el cardenal de Toledo en lo que es el magisterio de la Iglesia, lo que es ya un atrevimiento inaudito, sino que asienta la peregrina teoría que hace nacer ese magisterio del Segundo Concilio Vaticano.

 Otro personaje que acudió enseguida a este ruedo del despropósito fue Emilio Attard, diputado de UCD y presidente de la Comisión Constitucional del Congreso. Afirma que el cardenal de Toledo pretende “desestabilizar el proceso constituyente, acusando la Constitución de un ateísmo inventado” (“El País”, 30-11-78). De la debilísima argumentación del diputado valenciano no insistiremos, aunque convenga recordar que quien se deshizo en amabilidades, desde su presidencia de comisión del Congreso, con los diputados marxistas, reserva sus irritaciones para don Marcelo González. Curioso modo también de entender el catolicismo.

 Demócrata inquisitorial

 Rafael Arias Salgado, secretario general de la UCD, insiste en la misma tesis: “El documento pastoral del cardenal de Toledo no representa la línea oficial de la Iglesia española ni se inserta plenamente en la línea doctrinal del Concilio Vaticano II; para mí, personalmente, y lo digo con el máximo respeto y la máxima fidelidad, no se puede considerar pastoral un documento que hace hincapié única y exclusivamente en valores prontamente negativos, cuando la Constitución tiene tantos valores positivos”.

 ¿Y quién es este demócrata inquisitorial para decir con autoridad cuál es la línea doctrinal del Vaticano II y qué documentos son pastorales y cuáles no? El arcángelico personaje asume viejas tradiciones que vienen desde el regalismo del siglo XVIII hasta antecedentes muy próximos.

 Pero la confirmación de que la pastoral del cardenal de Toledo era una gravísima denuncia de la Constitución la encontramos en el mensaje televisado que el presidente Suárez dirigió todos los españoles (“ABC”, 5-12-1978).

Todo él parece dirigido a desvirtuar las razones del Primado, desde la urgencia de la última hora de la propaganda electoral y sin posibilidades de la menor réplica. El precario resultado del referéndum, ese 59 por ciento de los españoles que dieron su “sí” a la Constitución, ¿en qué habría parado si el arzobispo de Toledo hubiera podido exponer sus temores y sus preocupaciones ante todos los españoles?

 El presidente aseguró solemnemente que ni divorcios ni abortos ni atentados contra la familia y la libertad de enseñanza se encontraban en el texto constitucional. Cree incluso que “es falso e injusto calificar de atea” a la Constitución y algunos le habrán creído. No me detendré en rebatir sus afirmaciones ni en realizar otras promesas suyas sobre el comunismo o el separatismo. El tiempo dirá, si no lo ha dicho ya, quien llevaba la razón; si Adolfo Suárez o Marcelo González. (…)

 (continuará) 

Francisco José Fernández de la Cigoña


Revista FUERZA NUEVA, nº 638, 31-Mar-1979

 

lunes, 12 de octubre de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (9)

 Artículo de 1979

  LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (9)

La respuesta del progresismo a la pastoral contra la Constitución del Cardenal primado Marcelo González

EL ODIO A LA CRUZADA

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 “El País” (30-11-78) supera ampliamente las reticencias del comentarista Abel Hernández, en un editorial digno de unos tiempos periodísticos que parecían definitivamente superados. “La política del cardenal primado”, ese es su título, es un modelo de ataque personal y de afirmaciones gratuitas. Para el periódico, el documento no es más que “la rabieta de nueve posiciones personales (nueve obispos opuestos al proyecto de Constitución) incapaces de admitir una votación desfavorable”. Como si esos obispos no hubieran estado dando, a lo largo de mucho tiempo, una lección de paciencia y mansedumbre, viendo cómo todas sus propuestas eran rechazadas, una detrás de otra, por la mayoría episcopal. Su silencio y su aceptación de las tesis mayoritarias, que a muchos nos parecía excesivo, tenía un límite. Y eso es lo que muchos periodistas no saben entender. Porque la Iglesia no es una democracia.

 Podrían pasar por cuestiones más o menos secundarias y ofrecer a Dios el fracaso de legítimas aspiraciones en aras de una unidad que, por otra parte, no conduce a ningún buen puerto. Pero llegó un momento que el honor de aquellos nueve obispos, del que habrán de dar estrecha cuenta ante el tribunal de Cristo, les obligó a decir ¡Basta! Y sin pensar en el calvario personal que iban a padecer, porque lo cómodo, indudablemente, era dejarse arrastrar por la corriente del silencio y la claudicación, cumplieron con lo que entendían su sagrada obligación.

 Para “El País”, tan medido documento “no es la opinión de la Iglesia española y ni siquiera puede ser tomada por una carta pastoral que refleje la doctrina católica sobre el tema”, con lo que llegamos al colmo de la audacia y la frivolidad. Sin duda los periodistas de “El País” o los clérigos que en él habitualmente escriben, el P. Martín Patino, por ejemplo, a quien algunos supondrían más aficionado a la gloria que a la política, saben más de doctrina de la Iglesia que el cardenal de Toledo (mons. Marcelo González) o los ocho obispos que hicieron suya su pastoral.

 Como se ve, entramos en un terreno de auténticas esquizofrenia. No es de extrañar, pues, que, para esos periodistas, los nueve obispos no sean más que “los herederos -gracias a Dios minoritarios- de aquellos prelados que bendijeron dramáticamente con el nombre de Cruzada lo que fue uno de los más sangrientos fratricidios de nuestra historia”.

 Lo que “El País” oculta, o lo que ignora, es que aquellos obispos estaban, como lo están los nueve de hoy (1979), en fraternas comunión con el centro de unidad, el Papa, que bendecía la Cruzada contra los enemigos de Dios y de la Iglesia. Y con toda la Iglesia universal que respondió la Pastoral colectiva de 1937, con una solidaridad que, por mucho que escueza, era una auténtica bendición a los ejércitos nacionales.

 Y ese es el punto clave en el que venimos a tropezar siempre: el odio la Cruzada y a sus mártires. Que si puede  comprenderse en los hijos legítimos de los asesinos de obispos, sacerdotes y seglares, sin otro motivo que su carácter sacerdotal y su amor a Cristo, resulta verdaderamente repugnante en quienes son hermanos en el sacerdocio de los asesinados.

 Claro es que en el lado racional hubo actos injustificables y excesos que se debieron reprimir desde el primer momento. Pero eso es anécdota que no puede enturbiar la grandeza cristiana de un pueblo que se lanzó a luchar por su Dios y por su patria. Que quiso salvar su religión, sus iglesias y sus sacerdotes, amenazados de exterminio por unas hordas satánicas.

 Acto de legítima defensa

 Hoy pretende decirse que aquella guerra fue la lucha de una oligarquía militar y capitalista contra el “pueblo español”. ¿Cuántos millonarios había entonces en España? ¿Doscientos? ¿Mil? ¿Cinco mil? Y casi todos ellos en Madrid, Barcelona y Bilbao, ciudades perdidas desde las primeras horas para la causa nacional. Ellos no pudieron sostener una contienda que duró tres años y que causó cientos de miles de muertos. Era la lucha de la España con fe contra la España sin Dios lo que se dilucidaba. Un acto de legítima defensa de los que veían amenazados todos aquellos valores entrañables en los que creían y esperaban. No olvidemos que, antes de un mes de la  proclamación de la República, tuvo lugar la quema de conventos con la tolerancia del Gobierno republicano. Y, desde entonces, la persecución religiosa fue “in crescendo” hasta culminar en la bárbara masacre de 13 obispos, 7.000 sacerdotes y religiosos e innumerables seglares que dieron su vida con el nombre de Dios y de España en sus labios. Si aquello no fue un martirio es que nunca ha habido mártires en el mundo. Pues las persecuciones romanas nada tienen que envidiar a aquel derramamiento gratuito y salvaje de sangre católica por odio a la religión (…)

 Mienten descaradamente los que reducen nuestra guerra a motivos políticos, sociales o económicos. Porque la España católica fue la España pobre y campesina la España de las aldeas curtidas al frío al sol y al viento que entregó a sus mejores jóvenes para salvar la religión y a la patria como Abraham llegó Isaac a sacrificio porque Dios lo demandaba al Altar de la Patria acudieron voluntarios porque aquellos días fueron una explosión de generosidad los que no tenían más riqueza que manos encallecidas de la Hoz y del arado y los ojos llenos del cielo azul de España mil veces suplicado para que Granada las cosechas y si los trojes de la casa humilde y aldeana estaban siempre escasos del trigo candeal los del alba rebosaban patriotismo haciendo verdad los tres últimos versos de aquel soneto del carlista y burguesa Martín Hernández que decían:

 No supieron querer otra bandera

No supieron andar otro camino

No supieron morir de otra manera.

(…)

 Volver la vista a los héroes y a los santos

 ¿Por qué os hablo de esto? No sería mejor olvidar para siempre aquellos años como muchos, más obligados que nadie al recuerdo hoy intentan? En días de claudicaciones y apostasías de clérigos y laicos, hay que volver la vista a los héroes y a los santos para no contagiarnos de la inmundicia ambiente y para saber dónde está el norte que ha de guiar nuestros pasos. Y porque, además, hubiera sido estéril tan hermoso sacrificio si el pago de aquellas muertes fuese sólo una lápida en la parroquia del pueblo que el tiempo, el olvido o la mala voluntad terminan por hacer caer de los muros de la iglesia. Ellos se merecen más; tenemos un deber que cumplir con ellos y con nosotros mismos. (…)

 Por eso, cuando uno de esos obispos que hoy nos han tocado en suerte nos dice, con pretenciosa solemnidad, que aquella frase que decía que “España no podía dejar de ser católica sin dejar de ser España” no sirve para expresar hoy las nuevas relaciones entre la Iglesia y el mundo, entre la religión y la patria, ni entre la fe y la política, contradiciendo a todos sus hermanos en el episcopado de catorce siglos de historia de España, es preciso que, con con toda la firmeza de que seamos capaces, digamos que no.

 ¡Cómo se comprenden ahora tantas cosas! Si España puede seguir siendo España abjurando de su fe, de todo lo que la hizo grande y de todo lo que la hizo patria, claro es que hay que pedir perdón por nuestra historia. ¡Qué tremenda equivocación la de nuestro santos, la de nuestros héroes y la de nuestros muertos! ¡Cómo ha engañado la Iglesia a todos los españoles hasta que, para nuestra dicha e iluminación ha venido a presidir la Conferencia Episcopal Española don Vicente Enrique Tarancón! ¡Cómo se comprende que haya podido decir que el obispo de Cuenca, monseñor Guerra Campos era un pobre ignorante! Y sin duda lo serán también, aunque por benevolencia no lo haya querido decir todavía, los Osios, los Isidoros, los Ildefonsos, los Cisneros…

 Y yo le preguntaría el arzobispo de Madrid: ¿Quién nos devuelve el dinero? Porque cuando se engaña, y de  ese engaño resulta un quebranto económico, hay obligación de restituir. Y España por su catolicismo lo perdió todo. Perdió todo menos su alma y esa es la que hoy parece ser que también quieren quitarnos.

 “Ministros de reconciliación”

 Claro está que, pensando así, estuvieron bien asesinados todos los que cayeron en las cunetas de España aquel año de gracia y de dolor de 1936. Los 13 obispos, los 7.000 sacerdotes, religiosos y religiosas, los miles y miles de seglares que, en frase de los clérigos mal nacidos de hoy, reunidos en “asamblea conjunta” (1971), “no supieron ser ministros de reconciliación”. Tal vez hubieran salvado sus vidas si hubieran aplaudido a coro a Manuel Azaña, cuando dijo que España había dejado de ser católica. Si parece ser que aquello no tenía importancia…

 En verdad, aquel día de vergüenza para nuestra Iglesia, reunida en asamblea conjunta, se unieron los asesinos con los hermanos de los asesinados, los obispos cobardes con los clérigos amancebados, los que han perdido la fe en la consagración sacerdotal que recibieron con los incendiarios y los saqueadores de los templos en una votación sacrílega y traidora. Poco importa que no se hubieran alcanzado los dos tercios necesarios para la aprobación. La infamia ahí quedó para la historia. Y si se hubiera aprobado la propuesta tal vez se hubiese clarificado el triste panorama de la Iglesia española. Pues sabríamos definitivamente con quiénes no cabe reconciliación alguna, ya que los que reniegan de los mártires escupen al mismo tiempo al rostro de Cristo crucificado.

 Yo, pese a quien pese, prefiero quedarme con la España católica y con esa pléyade de españoles, padres y madres de familia, jóvenes, ancianos, niños algunos, monjes, sacerdotes y obispos asesinados por creer en Dios y por amar a España, que están reclamando por su virtud, por su heroísmo, por su santidad, una canonización que, por lo que se tarda, está denunciando algo demasiado triste y vergonzoso. Porque es verdaderamente inexplicable, o si es explicable, peor, que así como se venera a los innumerables mártires de Zaragoza no podamos hacer todavía lo mismo con los que, moleste a quien moleste, son, en toda justicia y algún día lo serán oficialmente, los innumerables mártires de la España de 1936.

 Francisco José Fernández de la Cigoña


Revista FUERZA NUEVA, nº 637, 24-Mar-1979

 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (8)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (8)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña


,,, Y OCHO OBISPOS AUTÉNTICOS

 La Pastoral del cardenal primado (mons. Marcelo González) había conmovido a la opinión. Lo que para José María Javierre (“Ya”, 3-12-78) era sólo un “alboroto en la familia católica”, para otros constituía un “marcelazo” (“El Periódico”, (2-12-78). Y los titulares de la prensa del día 29, dando cuenta de la postura del arzobispo de Toledo, son un curioso sistema de medida de adhesiones más o menos confesadas.

 Para “ABC”, el escrito del cardenal sólo implicaba “que los católicos hagan su opción con toda libertad, según se la dicta su conciencia” (29-11-78). Por los titulares, pues, parece que se trata de algún otro escrito totalmente distinto del documento del Primado. Aunque no es así, ya que tras esa fachada falsa y desorientadora, que es lo que sólo retienen muchos lectores, se transcribía casi íntegra la controvertida pastoral. Técnicas, sin duda, de una buena y veraz información tras lo que quizá anduviera la mano de Martín Descalzo. Y eso que “ABC” tiene fama de serio.

 “El Imparcial” del mismo día recogió, en cambio, en primera plana y con escándalo de titulares, la verdad de la información: “El cardenal primado orienta a los católicos de cara al próximo referéndum del día 6. Monseñor González Martín pone el dedo en la llaga y se refiere a las cuatro cuestiones fundamentales desde el punto de vista cristiano: 1) La omisión de todo referencia a Dios; 2) Los derechos inalienables del hombre; 3) La libertad de enseñanza y la igualdad de oportunidades; 4) La introducción del divorcio y la posible legalización del aborto”. Y la verdad es que así era. Aunque “ABC” prefiriera dejar para la letra pequeña el claro sentido de las palabras del primado. Más honrado fue “Informaciones”, que tituló lacónicamente ese día: “El cardenal primado contra la Constitución”.

 Ocho obispos

 Al día siguiente, nueva conmoción religiosa y política. Ocho obispos se adherían a la pastoral del arzobispo de Toledo y la hacían suya. La nota de la Comisión Permanente se hundía en la ignominia, pues al descrédito que habían arrojado sobre ella numerosos seglares y eclesiásticos se unía ahora la firme desautorización de nueve obispos. Porque, dejémonos de eufemismos, eso era lo que significaba la postura colectiva que acababan de adoptar.

 El cardenal arzobispo de Toledo, el arzobispo de Burgos, monseñor García de Sierra, y los obispos de Orense, monseñor Temiño; Vitoria, monseñor Peralta; Ciudad Rodrigo, monseñor Mansilla; Orihuela-Alicante, monseñor Barrachina; Cuenca, monseñor Guerra Campos; Tenerife, monseñor Franco, y Sigüenza-Guadalajara, monseñor Castán, vinieron a decir todo lo contrario de lo que la Comisión Permanente, después ratificada por la Asamblea Plenaria había dicho. Nueve obispos recomendaban el “No” frente a la jerarquía taranconiana, que se volcaba por el “Sí”. Y aquí hay que evocar nuevamente la figura del nuncio Dadaglio, artífice máximo de esta división de nuestra Iglesia, y en temas de tanta importancia.

 Si algún católico se escandalizó por la división, que se apunte ese escándalo en la cuenta del nuncio. Y los ciertos escándalos que produjo la actitud de la mayoría episcopal deben apuntarse también, deducida la parte correspondiente a cada obispo por maldad o necedad, a la cuenta de ese oscuro personaje italiano, del que quisiera despedirme ya definitivamente, pero al que aún nos lo volveremos a encontrar cuando hablemos de los últimos (1979) nombramientos de obispos, o sea, de los señores Echarren, Larrauri, Setién y Larrea.

 La pastoral del primado provocó cuatro tipos de reacciones públicas. En primer lugar, salidas de tono, muchas de ellas realmente intolerables, de personajes o personajillos que o servían a quien les pagaba o veían cómo un éxito que se les antojaba ya ganado quedaba gravemente comprometido.

 En segundo lugar, estaba la jerarquía política de UCD, que intentó sacudirse lo que se les venía encima, diciendo que nada de lo que alarmaba al cardenal de Toledo podía encontrarse en la Constitución. Pudieron prometer, y prometieron, que ni divorcios, ni abortos, ni amenazas a la enseñanza, ni casi olvidos de Dios, se hallaban en el texto constitucional. Ricardo de la Cierva llegaba casi hasta a encontrar a Dios en cada artículo. Sólo les faltó decir aquello de que, como estaba en todas partes, también lo encontrábamos allí sin necesidad de proclamarlo.

 Después venían los obispos y algunos clérigos que, arrojando por la borda los pudores hasta ahora mantenidos, se alineaban entusiásticamente tras los líderes comunistas, socialistas y de Centro Democrático.

 Por último, los que, en una postura sumamente crítica de la Constitución, encontraron en los nueve obispos mencionados el más firme respaldo de sus tesis.

 Algunas muestras

 Las bilis, autosegregadas o mercenarias de tantos de los del primer grupo no merecen sino el desprecio. Pero conviene recoger en esta panorámica político-eclesial que intentamos ofrecer, algunas muestras de periodismo que, aunque sin duda produjeron regocijo en no pocos obispos del sector mayoritario, eran viento desatados que muy pronto iban a volverse contra ellos. Lo veríamos claramente muy poco tiempo después cuando una nota de la Comisión Permanente sobre la postura que debían adoptar los católicos en las últimas elecciones legislativas, fue casi tan “contestada” como, en su día, la pastoral del cardenal primado (“Vida Nueva”, 17-2-79)

 Porque determinadas fuerzas políticas sólo están dispuestas a aceptar a la Iglesia cuando se muestra como organización subversiva y revolucionaria. Es decir, cuando no es Iglesia. Y éste ha sido el error básico del cardenal Tarancón. Por el que ha pagado ya un elevado precio y por el que, en el futuro, tendrá que entregar todavía más elevadas prendas. En alguna ocasión escribí que el cardenal de Madrid era como esas novias tontas y fáciles que se quedan con niño y sin boda. Conociendo a la novia, no era “profético” anticipar el desenlace. Desgraciadamente para él, cosa que me trae sin cuidado, y para la Iglesia española, lo que me preocupa muchísimo. La profecía se va a convirtiendo en dolorosísima realidad.

 Veamos como el sesudo “Informaciones” (19-11-78) apostillaba por la pluma de su habitual y “ucedero” comentarista Abel Hernández, que tal vez sea el antaño cura progresista multado por la “oprobiosa” (“Pueblo”, 14-5-69), la pastoral del arzobispo de Toledo.

 Los obispos que se oponían a la Constitución eran el “pequeño reducto ultraconservador, partidarios del viejo nacional catolicismo, apegados al viejo régimen y a las banderas al viento”. “Estos obispos, todos ellos nombrados por Franco (como si a Tarancón, Cirarda, Díaz Merchán o Jubany los hubiera nombrado Manuel Azaña), actúan con la mejor voluntad, pero están más cerca de la Plaza de Oriente que del Palacio de las Cortes, donde tiene su sede la genuina representación de la voluntad popular”.

 Arrimarse al árbol de “UCD”

 Yo no sé de qué punto del plano madrileño están más cerca su obispos del “grupo de don Marcelo”. No lo sé  ni me importa porque Madrid no es una medida eclesial. Me basta con saber que están muy próximos a la doctrina de la Iglesia y a lo que hoy dice su más genuino representante, el Papa Juan Pablo II porque eso sí que es una verdadera garantía. Sí sé, en cambio de quién está muy próximo Abel Hernández, y esa proximidad, eclesiásticamente, no tiene la menor relevancia. Porque arrimase al árbol de UCD, a cuya sombra se cobija el periodista de “Informaciones”, sea laico o clérigo, secularizado o no, y bajo el que corrieron a cubrirse Tarancón y sus muchachos, puede ser muy rentable en una perspectiva alicorta de escaños o gabelas temporales, pero nada significa en lo que debiera ser la regla áurea del comportamiento episcopal, en contemplar todo lo de este mundo sub specie aeternitatis”. (…)

 Falta de solidaridad

 En el artículo de Abel Hernández, que venimos comentando, se apunta, por primera vez, una objeción a la Pastoral del cardenal primado (Marcelo González) que luego se iba a repetir hasta la saciedad. Y es la falta de solidaridad de estos nueve obispos para con sus compañeros en el episcopado. Como si ella fuera un valor supremo ante el que debiera ceder incluso la verdad.

 En palabras del periodista, “lo que sí sorprende y hasta escandaliza un poco es la falta de solidaridad y respeto que demuestra este documento y sus partidarios con el colegio episcopal”. Otros epígonos de la conferencia señalarán después cómo, en tiempos de la presidencia de monseñor Morcillo (1968-71), los obispos progresistas callaron sus discrepancias por no romper esa imagen de unidad que ahora -y dan entender que por culpa de los nueve- se ha deshecho, en escándalo del pueblo fiel.

 No se dan cuenta que a quien colocan en muy mal lugar, con este proceder denunciado, es a los obispos que callaron entonces ideales y creencias. Porque si en verdad creían que ellos eran quienes tenían razón, y en asuntos de gravedad, debieron hacer pública su discrepancia, porque con la verdad no caben amaños. Es mucho más digna y coherente la actitud de don Marcelo y sus ocho compañeros cuando, creyendo que la actitud de la mayoría de los obispos no era acertada y que con su silencio exponían gravemente su honor episcopal, así lo expusieron.

 Una vez más, parece ponerse de manifiesto la diferencia entre unos obispos y otros. Don Marcelo cree en la doctrina de la Iglesia y la predica, esté en el Poder o en la oposición. Como corresponde a un obispo. A los otros parece traerles sin cuidado la doctrina y la supeditan a valores secundarios, por importantes que puedan ser.

 (Continuará)

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979

 

lunes, 20 de julio de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (7)

 Artículo de 1979


 EL CARDENAL DE ESPAÑA (Mons. Marcelo González)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 EL cardenal Tarancón vino preparando, sobre todo con su actitud al frente de la Iglesia de Madrid y de la Conferencia Episcopal, pero también con sus palabras, la gran traición de la Iglesia oficial española que pareció culminar con la tristísima declaración de la Comisión Permanente de 28 de septiembre de 1978. Nuestra jerarquía, lavándose las manos, simulaba ponerse al margen de una cuestión política, ''pero, como Pilatos, tomó partido por la injusticia y por el error.

 La XXX Asamblea Plenaria del Episcopado respaldó, con diez votos en contra y la ausencia de monseñor Guerra Campos (El Alcázar, 24-11-78: Vida Nueva, 2-12-78), la postura de la Comisión Permanente. Y el obispo auxiliar de Barcelona, señor Guix (ABC, 25-11-78), da un paso más y hace explicito lo que evidentemente se deducía de la postura colegial de nuestros obispos. La decidida recomendación por el «Si» a la Constitución.

 José María Guix Farreras, catalán de 1927. auxiliar de Barcelona desde 1968, miembro de la Comisión Permanente en su calidad de presidente de la Comisión de Pastoral Social desde el año pasado (ABC, 2-3-78), es uno de esos obispos que no suele salir en la «prensa». Fruto de la nunciatura Dadaglio, los escasos antecedentes que de él poseo confirman su última y manifiesta militancia a favor del «Sí» y que Dadaglio sabía muy bien a quién proponía para obispo.

 A. Recasens había ya comentado en el ¿Qué Pasa? (4-1-69) el nombramiento de este señor, y Jaime Tarragó puso muchas cosas en claro con su artículo «La campaña Volem bisbes catalana, al desnudo» (FUERZA NUEVA, 15-11-69). Años después vemos a Guix amenazando a un sacerdote con despedirle si no daba la comunión en la mano (¿Qué pasa?, 20-1 y 10-2-73) y más tarde se muestra muy reticente respecto a la Hermandad Sacerdotal (Vida Nueva, 2 y 9-11-74). Lo que le vale una réplica de Iglesia Mundo (2.ª quinc, nov. 1974): «Los defectos que señala el auxiliar Guix son un auténtico sobresaliente y alabanza para la Hermandad Sacerdotal.»

 Estamos ya a las puertas del referéndum (1976). Muchos católicos españoles ponían sus esperanzas en Toledo, como si no quisieran creer que la Iglesia pudiera callar en tan graves momentos. Y de Toledo llegó la respuesta.

 El 29 de noviembre (1978) se enteró España, y el mundo, de que. en contra de lo que otros habían dicho y dirían, sí había motivos religiosos y muy graves para oponerse a la Constitución. Que la campaña a la que tantos católicos se arrojaron, desde la orfandad y la tristeza, abandonados por sus pastores, estaba más que justificada. Don Marcelo González Martin, arzobispo de Toledo y Primado de España, cardenal de la Santa Iglesia Romana, dio cumplida contestación a lo que la Iglesia y España esperaban de él.

 Su luminosa Pastoral es un hito en la historia de la Iglesia hispana que no encuentra precedente desde la Pastoral colectiva de la Cruzada. Gracias a ella nunca se podrá decir que la Iglesia en España apostató de su Dios, de su patria y de sus más altos deberes. A partir de la Pastoral del Primado, los traidores tienen nombre y apellidos. No ha sido la Iglesia. No han sido los obispos. Fueron sólo los que fueron. Y una patria como la nuestra, que hizo de la religión su Norte y de Cristo su Rey, salvó, por obra y gracia de don Marcelo González Martin, la infinita tristeza que habría de pesar en su alma por los siglos de los siglos, de verse abandonada en un trágico y decisivo momento por aquella a quien entregó vida y hacienda a causa de su amor a Cristo.

 Es imposible no evocar otra situación histórica, esta vez en la Inglaterra de Enrique VIII. Todos los obispos reconocieron a aquel rey déspota y lujurioso por cabeza de la Iglesia en vez del Papa de Roma. Todos menos uno. Que fue ejecutado. Pero hoy nadie recuerda ni el nombre de aquellos apóstatas, mientras que san Juan Fisher es venerado en los altares y propuesto por Juan Pablo II como ejemplo a seguir por los cardenales. Pues así como el mártir de la fidelidad a Roma salvó el honor de los obispos ingleses, el cardenal González Martín salvó el de los españoles de 1978. Y los católicos españoles dejaron de sentirse huérfanos, pues desde, la imperial Toledo, sede de los concilios y del heroísmo, un castellano leal a su Dios y a su patria fue, en verdad, el Primado de España. Y el padre espiritual de todos sus hijos.

 Teníamos razón. No éramos unos extraños intérpretes de la religión católica abocados a un Palmar de Troya del integrismo y la intransigencia. Nosotros estábamos con la Iglesia y la Iglesia estaba con nosotros. Sabíamos que nuestro camino era el recto, pero la noche y la tormenta nos helaban el alma de zozobras e inquietudes. Y sin dudar, dudábamos. Y sin temer, temíamos. Fueron muchas las oraciones, pues experimentábamos que nuestro auxilio sólo estaba en el nombre del Señor. Por eso la alegría inolvidable de aquel 29 de noviembre, cuando al fin de la noche vimos la luz de la meta. Y esa luz se encendió en Toledo por Marcelo González Martín, arzobispo, cardenal y español. ¡Que Dios os pague el inmenso bien que hicisteis!

 Humildemente, como él lo es, el cardenal nos dice que «numerosos fieles de nuestra diócesis» se le acercaron pidiéndole luz. Es sólo parcialmente cierto porque no fue de su diócesis sino de toda España de donde llegaron al palacio arzobispal de Toledo angustiosas llamadas en petición de auxilio.

 Y en cumplimiento de «la misión que Cristo y la Iglesia nos han encomendado», el cardenal pasa a analizar el contenido de la Constitución porque los elementos negativos que en ella existen pueden no ser compensables con los positivos: pues tal vez sean «gusanos que infeccionan toda la manzana, haciéndola dañina e inaceptable».

 Y aquí surge, inevitablemente, la pregunta. ¿Es que hay distintas misiones encomendadas por Cristo y la Iglesia, a unos obispos y a otros?

 Y, si es la misma, ¿hay unos obispos qué cumplen esa misión y otros que la dan de lado, ocupados en no se sabe qué menesteres? Para mí la respuesta es evidente. Y en ella, muchos obispos quedan en muy mal lugar.

 Para el cardenal, cinco son los puntos que exigen su intervención magisterial. No se hallará originalidad en el pensamiento del arzobispo, pues nada descubre que anteriormente no se hubiera denunciado por católicos, clérigos o laicos. No está el mérito de su escrito en decir lo que nadie dijo, sino en expresar, con el peso de la autoridad de su púrpura y de su persona, y con una concisión y claridad extraordinaria, la doctrina católica que la Constitución vulneraba ante el silencio cómplice de muchos de sus hermanos en el Episcopado.

 En primer lugar, el cardenal denuncia «la omisión real y no sólo nominal de toda referencia a Dios». Aquel cartel que con gran éxito colocó Pro España Católica en casi todas las ciudades de España, en el que se veía a Cristo llamando a la puerta de unas Cortes, de las que había sido expulsado, no era exageración ni caricatura.

 Desaforadas reacciones ante esa imagen («Repugnante manipulación de Cristo». El Ideal Gallego, 1-12-78), desde periódicos que se pretenden católicos, indicaban que se había puesto el dedo en la llaga. Y el cardenal Primado confirmó que la razón estaba una vez más del lado de quienes querían a Cristo en nuestras leyes. Como lo había estado, excepto en los funestos periodos republicanos, desde que Recaredo abjuró el arrianismo en el III Concilio de Toledo el año 589.

 El cardenal sale al paso de un sofista, razón que se esgrimió frecuentemente en toda la campaña electoral. «El nombre de Dios, es cierto, puede ser invocado en vano. Pero su exclusión puede ser también un olvido demasiado significativo.» Y. sobre todo, en esta España cristiana hasta los tuétanos. Tan de Cristo, que sin El es imposible entender su historia. Tan de Cristo, que sin El toda ella, su arte, su literatura, sus muertos, sus gestas, serían una inmensa equivocación.

 A continuación, el arzobispo de Toledo denuncia la falta de toda «referencia a los principios supremos de la ley natural o divina», consecuencia lógica de la expulsión de Dios de la sociedad. Los resultados de esta omisión de Dios, que en España es un verdadero rechazo, los apunta claramente el cardenal: «agresiones legalizadas contra derechos inalienables del hombre como lo demuestran los propósitos de algunas fuerzas parlamentarias en relación con la vida de las personas en edad prenatal y en relación con la enseñanza».

 Esta es un acta notarial de la mala fe o de la supina ignorancia de los obispos, que nada veían, o nada querían ver, de peligro en la Constitución que se preparaba. Cuando venga el aborto o la estatalización de la enseñanza no podrán decir Tarancón, Yanes o Cirarda que ellos no se habían dado cuenta de lo que amenazaba la vida del aún no nacido o la enseñanza católica de nuestros hijos. No podrán alegar que ellos no leían FUERZA NUEVA o El Pensamiento Navarro, donde personas más clarividentes anunciaron lo que parecía inevitable. No podrán alegarlo porque el cardenal de Toledo bien claramente se lo dijo.

 Respecto a la educación, no es menos terminante el cardenal: «La Constitución no garantiza suficientemente la libertad de enseñanza.» Y concluye: «El mal que esto puede hacer a las familias cristianas es incalculable.»

 El divorcio, al que el cardenal califica de «peste», con el Concilio Vaticano II. será «ocasión de daños irreparables para la sociedad española». Y con el divorcio, «la propaganda de anticonceptivos y la arbitrariedad sexual».

 Por último, ante el aborto, el cardenal se pregunta: «¿Va a evitar esa fórmula (constitucional) que una mayoría parlamentaria quiera legalizar en su día el aborto? Aquellos de quien dependerá en gran parte el uso de la Constitución han declarado que no.» Las últimas noticias que sobre el tema se han traslucido dan totalmente la razón al cardenal de Toledo.

 El cardenal señala a sus fieles, y yo entiendo que quienes quedan directamente interpelados con sus hermanos en el Episcopado, que «no es lo mismo tolerar un mal cuando no se ha podido impedir que cooperar a implantarlo positivamente dándole vigor de ley». Porque esto es lo que ha hecho la mayoría de los obispos españoles. Y lo que les incapacita para una actuación pastoral futura. Ya que carecerán de toda autoridad moral para oponerse, al frente de los católicos, a unos males que tan positivamente han contribuido a implantar.

 Comentando tan lúcido documento es preciso resistirse a la tentación de transcribirlo íntegramente. El recuerdo de su impacto y de su doctrina no se borrará fácilmente de aquellos que vivieron aquellos días tristes de la apostasía oficial de España. Y su texto no amarilleará en los estantes de las hemerotecas porque habrá de reproducirse en cuantos libros traten de la historia eclesiástica de estos años.

 Supuso no sólo el homenaje a una España católica que no va a morir, por mucho que los enemigos de Dios se empeñen en ello, sino, sobre todo, el resurgir de un sentimiento católico adormecido que reconquistará de nuevo nuestra patria para Cristo.

 Y en esa batalla, que ya ha comenzado, por la causa del Señor, los fieles no estamos solos porque hemos encontrado al padre y pastor que necesitábamos: don Marcelo González Martín, cardenal arzobispo de Toledo, Primado de España. Pocas veces un título dijo tanto. Porque él se ha convertido en verdad, por encima de jurisdicciones, en el primero, en la cabeza, en el maestro. La distancia entre un Tarancón y él, si siempre fue abismal, a partir de este momento ha conocido distancias de más de años luz. Uno se mueve al nivel de los Suárez. los Carrillo y los González. El otro camina las andaduras de Dios. El uno es un cardenal para ganar Constituciones, el otro para ganar el cielo. Oppas y san Juan Fisher. Todo parecido no es mera coincidencia.

 (Continuará.)


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (6)

 Artículo de 1979

 TARANCÓN, UN CARDENAL NEFASTO 

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 Los primeros días de octubre solían ser franquistas para el cardenal. En 1973 no rompe con la tradición y vuelve a oficiar el “Te Deum” (octubre, 1973), acudiendo después a la recepción que celebra con motivo del 1º de octubre. Un día más tarde bendice la residencia de la Seguridad Social “1º de Octubre” inaugurada por Franco. Mientras tanto, cesa a varios profesores (“conservadores”) del Seminario y trae de nuevo a los que había echado monseñor Morcillo, al tiempo que propicia un Instituto Universitario de Teología, con Miret Magdalena y González Ruiz de profesores. Nadie podrá extrañarse ya de que el Seminario de Madrid se convierta en lo que luego ha resultado.

 El asesinato del almirante Carrero, el 20 de diciembre de 1973, sirvió para demostrar que innumerables católicos hacían a su arzobispo responsable moral del magnicidio. Es claro que el cardenal no tuvo nada que ver con los asesinos del almirante, pero la opinión del pueblo madrileño demostraba que su arzobispo se había ganado a pulso no sólo su desprecio, sino también sus iras. Gonzalo Mota señalaba en “Fuerza Nueva” (enero, 1974) que esa explosión general de desaprobación ante una persona y una línea pastoral era “obra de monseñor Dadaglio”. Y ahí empieza el declive de Tarancón. Hasta entonces, con críticas como las que hemos señalado, su carrera era ascendente. A partir de ese momento, el mundo comenzó a ver que el “bluff” Tarancón tenía los pies de barro, y que mal podía ser una figura internacional quien era así tratado por sus fieles en su propia sede.

 A comienzos de 1974, una nueva polémica con motivo de autorizar, no se sabe en virtud de qué poderes, la comunión en la mano, sin que existiera concesión de Roma. Una vez más, la oposición entre Tarancón y el cardenal primado (Marcelo González) y monseñor Guerra Campos se manifiesta abiertamente. Los artículos contra el cardenal se multiplican, y en la imposibilidad de citar a todos, mencionaremos solamente la correspondencia que con él cruzó mosén Bachs (Agosto, 1974), en la que sacerdote catalán dirige una verdadera diatriba, con toda razón, al cardenal de Madrid.

 El sínodo de ese año ya nos muestra a un Tarancón que no tiene el menor eco en la Iglesia universal. Sus intervenciones “horizontalistas” no despiertan el menor interés, salvo, quizá, en los sectores más radicalizados del progresismo italiano. Así, el hoy suspendido “a divinis” Dom Franzoni hizo el gran elogio del cardenal, lo que, ciertamente, no contribuía a aumentar su prestigio. La prueba definitiva de lo que aquí se dice está en los escasos votos que obtuvo para la Secretaría del Sínodo. (…) A partir de esos resultados, los turiferarios del cardenal se iban a mostrar más moderados en presentárnoslo como el futuro Papa. Ya no se lo iba a creer ni el mismo cardenal, que tengo para mí fue el único que estaba encantado con la posibilidad.

 De esa época son unas confusas declaraciones sobre matrimonio, divorcio y confesionalidad que anuncian el futuro constitucional de nuestra Patria. Y como la fecha está próxima al primer aniversario del asesinato de Carrero Blanco, no faltan nuevos insultos en la calle. Las declaraciones siguen teniendo puntuales contradictores, que, no es necesario decirlo, están todos mucho más en línea con el magisterio de la Iglesia que el cardenal de Madrid. Así, mosén Ricart: “Las declaraciones del cardenal Tarancón sobre el matrimonio civil han producido estrago grave y nefasto en toda España” (“Iglesia-Mundo”), Angel Garralda… Rafael Gambra, etc. (…)

 En 1975, se hace mediador de la petición de amnistía de Justicia y Paz (febrero), con lo que no es ajena su persona a los asesinatos que hayan cometido los amnistiados una vez puestos en libertad. Tolera también, por entonces, la Asamblea de Vallecas; protesta por la suspensión gubernamental de la misma y nuevo escándalo, con numerosos artículos por este motivo.

 En julio de ese año, otro inmotivado ataque a monseñor Guerra Campos, tan gratuito, que el incondicional “Ya”, al reproducir las declaraciones, sin duda sintiendo vergüenza ajena, suprime el párrafo en cuestión. Intentos de desmentido y un escándalo más. Telegrama del primado (mons. Marcelo González) en solidaridad con monseñor Guerra; forzadas y tardías disculpas de Tarancón y dignísima y cristiana actitud del obispo de Cuenca, en contraste con la del cardenal.

 El 19 de septiembre de 1975 pide, en nombre de la Conferencia Episcopal, un indulto que hoy (1979) vemos cómo está pesando con su aterradora cifra de cadáveres, sobre España y sobre los que propiciaron la amnistía.

 Muerto Franco, homilía en los Jerónimos con motivo de la exaltación al trono de don Juan Carlos, y nueva polémica al canto. Como muestra, un artículo de Julián Gil de Sagredo, cuyo título no puede ser más explícito: “Entre la heterodoxia y la demagogia” (“Fuerza Nueva”, enero, 1976).

 Pocos días antes, un hecho de gran resonancia: reunión de numerosos sacerdotes madrileños y conferencia del canónigo don Salvador Muñoz Iglesias, en la que se pone de manifiesto lo que supuso para la archidiócesis el desdichado gobierno del cardenal. Se dijo que, después de escuchar el impresionante alegato del canónigo, el arzobispo expresó a los centenares de sacerdotes presentes que, de aceptarlo, lo que debería hacer era dimitir. Y el asentimiento parece que fue unánime. Porque, desgraciadamente, todo lo que allí se había expuesto era sólo un pálido reflejo de la realidad.

 También de esa época, otra frase lapidaria del cardenal de enorme importancia para comprender sucesos posteriores: “Ya no es válido eso de que España no puede dejar de ser católica sin dejar de ser España”. Con lo que se vuelve a levantar una oleada de protestas contra el arzobispo que, con tanta frivolidad como ignorancia, pontifica sobre la esencia misma de una Patria que, en verdad, no se merecía un obispo como éste.

 Para cerrar gloriosamente el año 1976, el cardenal de los mil Te Deums y de las mil reverencias ante Francisco Franco, como ya está muerto, decide acreditar un valor que antes ni siquiera se le suponía y, gran heroicidad, prohíbe la misa que se proyectaba en la Plaza de Oriente, el día del primer aniversario de la muerte del Generalísimo.

 Y otra vez las protestas indignadas (…) Como resultado de todo ello, el cardenal tiene que ser protegido por la policía, y nuevas pancartas con el pareado “Tarancón al paredón” en la gigantesca manifestación del 20 de noviembre. Que ciertamente no son objeto del menor reproche por los cientos de miles de católicos que acudieron a la concentración.

 También, por aquellos días, aquel cura sin pelos en la lengua y sin miedo en el alma que fue el padre Venancio Marcos le llama el “cáncer de la Iglesia española”. Y aunque el “Ya” sale con una editorial en su defensa, van siendo cada vez más los católicos que piensan que el respeto que le tienen no es más que el que se merece.

 La Navidad de 1976 trajo un cierto optimismo a los atribulados diocesanos del cardenal. Empezó a hablarse de que se lo llevaban a Roma. Y aunque muchos pensaran que darle un cargo en la Curia era un premio injusto e inmerecido, con tal de verle lejos aceptaban cualquier cosa. No se confirmaron los rumores, pero sí vivimos unos días ilusionados.

 Las protestas por los tolerancias o los decididos apoyos a los clérigos progresistas son una constante en todos estos años, y en 1977 arrecian considerablemente. La Unión Seglar de Madrid se hace eco de la indignación producida por unas conferencias organizadas en la Universidad por el Arzobispado, o, al menos, por sacerdotes que dependen del mismo, en las que varios ponentes eran conocidos marxistas (febrero). Y Eulogio Ramírez dedica un artículo al mismo tema.

 Las increíbles declaraciones de Alberto Iniesta, obispo auxiliar del cardenal, en las que la doctrina católica sobre el aborto, divorcio, relaciones prematrimoniales etc., era abiertamente conculcada. son ocasión también para reprochar la pasividad, por no decir la tolerancia o la complicidad de su inmediato superior.

 Mientras tanto, le imponen la “F” de famoso en una discoteca, estando el elogio al cardenal a cargo del marxista y ateo Tierno Galván (abril, 1977). No es tan extraño que un chiste del nada sospechoso de “ultra”, el humorista Peridis (abril), con motivo de la dimisión del almirante Pita da Veiga como ministro de Marina, presente corriendo a ocultarse de nuevo en la alcantarilla, preocupados por posibles consecuencias militares, a Carrillo, Felipe González, Gil-Robles… y al cardenal Tarancón.

 De esas fechas es una de sus peores “Cartas cristianas” (“Ya”, 24-4): “La espada y la cruz”. Y cuando utilizo el calificativo de peor no me refiero al estilo literario, que ése es malo siempre. El 4 de agosto nombra rector del Seminario a uno de los clérigos más progresistas de España, Juan de Dios Martín Velasco. Y también por esos días otra desafortunadísima expresión de este prodigio de frases desafortunadas: En entrevista a “Gaceta Ilustrada” encuentra muy normal que el sacerdote “de vez en cuando eche una cana al aire, porque es humano”. Rafael Gambra, con su acerada ironía pone, en Fuerza Nueva, al arzobispo en el lugar que realmente le corresponde.

 En octubre de ese mismo año, Pablo VI cumplía 80 años. Y declaraciones de Tarancón dentro de su más puro estilo; es decir, demoledoras para aquel a quien parece querer alabar. Y téngase en cuenta que en este caso se trata del Pontífice a quien Tarancón debe cuanto es.

 “Hoy -dice el cardenal a “ABC”- 80 años no inspiran aquella venerable respetabilidad antigua; al contrario, estimulan las invitaciones al retiro de una forma apremiante. Nosotros tampoco hemos querido organizar aquí nada, en Madrid. Prefiero que pase tranquila esta fecha: no me hubiera extrañado -de tener que organizar algún acto- que la gente, en vez de gritar ¡Viva el Papa! Dijese; “¡Dimite!. Porque todo está muy cambiado. Es otro mundo, y dejémonos de nostalgias”.

 Y ahora, la más absoluta descalificación del Pontífice entonces reinante: “Pablo VI tiene la cabeza muy bien, pero está derrotado físicamente por la artrosis, y esto influye psicológicamente sobre él, estimulando su mentalidad de anciano. Tomar decisiones graves a los ochenta años y con esa mentalidad cuesta mucho, quizá demasiado. Son abuelos que se guían sobre todo por razones afectivas y por miedo a herir si hacen esto, o que pase aquello si hacen lo otro”.

 ¿Intolerable en un cardenal? Parece que sí.

 En noviembre, unas increíbles declaraciones laicistas sobre divorcio, adulterio, etc. en “El País”, que iban ya elaborando el terreno para lo que ocurriría con la Constitución. Tampoco en esta ocasión faltaron las réplicas.

 1978 comienza con una “cordial” entrevista con Santiago Carrillo, que pronto terminó como el rosario de la aurora. Al escándalo del encuentro sucedió el de unas declaraciones de Carrillo que atribuían al cardenal pensamientos inconciliables con la doctrina católica. Desmentido de Tarancón y contraataque del líder comunista, que se reafirmaba en lo dicho. No soy sospechoso de la menor simpatía hacia el responsable de Paracuellos, pero creo que quien decía la verdad era él. Por lo menos ha demostrado más honestidad en su conducta que el cardenal de Madrid.

Otra pésima “Carta cristiana”, esta vez sobre el divorcio (junio), refutada magistralmente por uno de nuestros mejores teólogos, que tacha Tarancón de “divorcista circunstancial”. Y nos encontramos en plena batalla constitucional.

 Pese a todos sus esfuerzos, no le tratan mejor los llamados católicos progresistas. El cura Gamo le llama “reaccionario”, y el ex cura y alto dignatario comunista García Salve denuncia su frivolidad. (…)

 Por el otro extremo no son más favorables las críticas. Rafael García Serrano escribe que Tarancón “es a Cisneros lo que una cucaracha a un águila real”; también se replica acremente a unas declaraciones del cardenal en las que decía que no le asustaba que el PSOE llegase al poder.

 Más ambiguas “Cartas cristianas” sobre la Constitución (octubre y noviembre) y fracaso estrepitoso en los dos Cónclaves a los que asiste. Hasta que llegamos a la carta pastoral de mons. Marcelo González (Primado de España). Pero ello quedará para el próximo artículo.

 Cerramos éste con la humilde petición, a quien corresponda, para que libre cuanto antes a la Iglesia española de este cardenal nefasto al catolicismo de nuestra Patria. Cuando el exministro Julio Rodríguez, que acaba de fallecer, le negó la mano en el funeral por Carrero Blanco bien sabía lo que hacía. Aquel gesto, de resonancias paulinas, seguro estoy que le habrá servido de muchas indulgencias a su llegada al cielo.


 Revista FUERZA NUEVA, nº 633 24-Feb-1979

 

jueves, 11 de junio de 2026

Elecciones políticas y religión

 Artículo de 1979

 ELECCIONES POLÍTICAS Y RELIGIÓN

 (…) Las elecciones, amén de un acto político, son un acto religioso o irreligioso, se quiera o no se quiera. Ni el socialista y anarquista Proudhon ni el neocatólico Donoso Cortés se extrañaban de que en el fondo de toda cuestión política se hallara invariablemente una cuestión religiosa. El mismo Concilio Vaticano II, en la Constitución pastoral “Gaudium et spes”, ha reconocido la profunda compenetración que existe entre las cuestiones políticas y las cuestiones religiosas. (…)

En efecto: el acto de elegir a un candidato o a otro (y, con ello, un programa u otro programa de gobierno, una u otra ideología, es decir, una u otra concepción del hombre y del mundo) es un acto religioso o irreligioso. Cuando elegimos un candidato determinado estamos eligiendo una determinada concepción del mundo y no otra cualquiera; una concepción del mundo que concuerda con la de la religión católica, con la de otra religión o con alguna concepción irreligiosa.

 El acto de elegir es moral o inmoral

 Por lo demás, el acto de elegir es un acto eminentemente libre y, por tanto, un acto conforme o disconforme con el orden moral objetivo. Y al ser moral o inmoral ese acto de elegir es un acto relativamente religioso o irreligioso, porque la religión abarca el orden entero de la moralidad.

 Eligiendo a un candidato, pues, elegimos un proceder humano, conforme o disconforme con la Ley de Dios. Por eso, el hombre religioso y particularmente el hombre católico, como pretenda obrar con recta conciencia, como es debido, ha de preocuparse por elegir a aquellos candidatos que mayores garantías le ofrezcan de que la cosa pública será administrada según las exigencias de la Ley moral, tal como la expone e interpreta la única institución que se presenta ante el mundo como intérprete exclusivo de la Ley divina, la Iglesia católica, que no acaba con los obispos de aquí y de ahora.

 Pronunciamientos vagos del Magisterio eclesiástico

 Ciertamente, en la Iglesia no se nos instruye, ahora, inequívoca, concreta, y cabalmente a los católicos sobre este particular. Y se puede suponer -a juzgar por los resultados- que son pocos los católicos que leen, asimilan y ponen por obra documentos tan completos, aunque tan abstrusos y vagos como el que publicó, bajo los auspicios de monseñor Yanes, la Secretaría del Episcopado español, en mayo de 1977. Indudablemente, si todos los católicos españoles hubieran asimilado aquel documento, en el que se establecía, por ejemplo, que “el cristiano debe rechazar los proyectos políticos que van unidos a ideologías contrarias a la fe y a la dignidad humana”, los partidos liberalistas como UCD y Alianza Popular, socialistas (como el PSOE y el PSP) y comunistas como el PCE no hubieran obtenido en las elecciones de 1977 la cantidad de votos que obtuvieron.

 Lo mismo puede pronosticarse después de la abstracta declaración de la Comisión Permanente del Episcopado español de 8-II-79. En aquel documento de mayo de 1977, como en éste de febrero de 1979, falta señalar explícitamente que son “ideologías contrarias a la fe cristiana”, “ideologías materialistas de uno u otro signo”, “modelos totalitarios” que no descartan “la violencia como método político”, tanto el marxismo como el liberalismo que inspiran a los partidos mayoritarios de la pasada legislatura (UCD, Alianza Popular, PSOE y PCE).

 El Magisterio eclesiástico no nos sirve bastante

 Una de dos: o bien está claro que según esa doctrina -yo creo que vaga y abstracta- de los obispos, está prohibido al católico votar a dichos partidos materialistas, y en tal caso, la Iglesia y los obispos quedan comprometidos en contra de tales partidos, y en tal hipótesis, no hay razón para dejar de condenar explícitamente el voto de los católicos en favor de UCD, de Coalición Democrática, del PSOE y del PCE; o bien no está claro en esos documentos episcopales qué es lo que condenan, qué lo que aprueban, qué lo que prohíben y qué lo que permiten esos obispos a título de maestros en la fe, y en tal caso, huelga que hagan esas declaraciones, que no servirían para que aquel que quiera obrar católicamente descubra a través del Magisterio eclesiástico la moral del Evangelio aplicada a la circunstancia concreta y grave de las elecciones.

 En este caso, habría que concluir que ni el Evangelio ni la Iglesia ni su Magisterio nos sirven para discernir la justicia y la liberación cabal que la Iglesia dice querer servir en este mundo, como parte indispensable de la evangelización. La Iglesia diría, platónicamente, que sirve la causa de la justicia: pero no la sirve, puesto que no sabe o no quiere decir a los católicos, concretamente, qué es justo, cuál es el voto justo, cuáles son los problemas políticos justos que podemos votar.

 El Magisterio más concreto de los Papas y del Vaticano II

 Hay que ir más allá del magisterio de los obispos dominantes de la Iglesia española, para encontrar criterios más claros y concretos que nos sirvan para decidir nuestro voto en las presentes elecciones. De ese modo uno advierte que el católico no puede votar a los verdaderos socialistas, a los verdaderos comunistas ni a los verdaderos liberales, porque uno y otro Papa, incluido Pablo VI en la “Octogésima Adveniens”, han establecido que el liberalismo y el socialismo verdaderos (que inspiran a los mencionados partidos) son incompatibles con la fe cristiana, dado que son materialistas, racionalistas y naturalistas, olvidadizos o desdeñosos de las verdades y de los preceptos que el espíritu humano descubre mediante Revelación sobrenatural.

 Se ve también por el Vaticano II, que, en la constitución pastoral “Gaudium et spes (nº 74), la Iglesia enseña que “el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas de la Nación, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral, para procurar el bien común”. De aquí que el católico, si obra moralmente y conforme a su fe, no puede votar ni a los candidatos marxistas (del PSOE y del PCE), cuyos partidos pretenden el bien de una clase social, no el bien común (además de que esos candidatos, en cuanto marxistas, menosprecian el orden moral definido por la Iglesia); ni puede votar el católico a los candidatos liberales (de UCD o de Coalición Democrática), que tampoco se comprometen a observar el orden moral, tal como lo interpreta la Iglesia, antes al contrario, han elaborado y aprobado una Constitución desdeñosa de ese orden moral.

 Por consiguiente, hay que exigir a los partidos y a los candidatos que se definan en este punto, y si no se definen, desconfiar de ellos.

 El católico debe votar a Unión Nacional

 El católico, a fuer de católico, ha de votar en favor de la Unión Nacional (Fuerza Nueva, coaligada con Falange Española de las JONS, Comunión Tradicionalista y con los Círculos José Antonio), ya que solamente Unión Nacional ofrece garantías de legislar y gobernar conforme al orden moral en materia de matrimonio, aborto, fiscalidad, huelgas, justicia social, fomento del bien y represión del mal moral.

 El católico debe votar en conciencia, conforme a las exigencias de la conciencia católica. Sólo de esta manera está seguro de no haberse equivocado y de no haber hecho mal. Sólo el voto en conciencia es un voto útil, desde el punto de vista religioso, que es el más importante. Hay que votar en favor del bien mayor o del mal menor, que es lo mismo. Esa es la parte que nos corresponde a nosotros como actores de la Historia. La parte del Autor de la Historia, el resultado definitivo, eso es cosa de Dios. El católico y lo católico triunfarán en las elecciones si se pronuncian católicamente. No triunfan los católicos ni lo católico cuando se vota un programa inspirado en la ideología liberalista o en la ideología marxista, en el materialismo vulgar o en el materialismo dialéctico.

Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 633, 24-Feb-1979