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martes, 5 de mayo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (3)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 (3 Los católicos comienzan a organizar su oposición

 A la clara toma de postura de los obispos de Orense y Orihuela-Alicante, a la que nos referimos en el artículo anterior, se unen algunos obispos más, formulando reservas a la Constitución. Alcanza gran resonancia el comentario de monseñor Guerra Campos, que, sin entrar profundamente en el análisis del texto, hace hincapié en un punto de enorme importancia, ya que supera la contingencia del momento para pesar como una losa en el futuro político de los responsables de la norma que se está redactando.

 El obispo de Cuenca señala que “hay que registrar para la historia” que “nuestros gobernantes, que en gran número se cuentan como católicos, han contribuido decisivamente con su iniciativa a implantar en el orden político la famosa afirmación de don Manuel Azaña, cuando se debatía la Constitución de la República en 1931: “España ha dejado de ser católica”. Y podemos añadir que tanto o más decisiva que la actuación nuestros gobernantes ha sido la de nuestros obispos,

 Esa es la más que dudosa gloria de miembros del Opus Dei como Antonio Fontán, de demócratas cristianos como Álvarez de Miranda, de “propagandistas católicos” como Landelino Lavilla o Marcelino Oreja o de sedicentes católicos como el mismo Adolfo Suárez. Y de la mayoría de los obispos presididos por el señor Tarancón. Los primeros trajeron a conciencia -con el silencio cómplice de los últimos en un primer momento, que al final se convirtió en un escandaloso apoyo-la Constitución de la apostasía, del divorcio y de todo lo que va a venir tras la “expulsión” de Dios.

 Monseñor Guerra -con muy medidas palabras, pues parece imposible que tan breve texto puede haber tanto contenido- señala que la “indeterminación y la ambigüedad” buscadas de propósito dan por resultado el que la “ordenación resultante carece de criterios morales” y advierte que “portavoces de grupos parlamentarios han declarado en el mismo Congreso” que la Constitución “no cierra el paso al intento de legalizar en su día la matanza de criaturas inocentes e indefensas en edad prenatal”.

 Advierte, asimismo, contra el divorcio y resalta que “se excluye la posibilidad de promover la libre decisión del pueblo en torno a determinadas disposiciones y frente a abusos oligárquicos”, refiriéndose a la imposibilidad en que se hallan los ciudadanos para promover un referéndum contra cualquier norma que conculque gravemente las creencias de una considerable parte de los españoles. Y concluye afirmando que “la supuesta neutralidad se convertirá fácilmente en salvoconducto para la agresión”.

 Pero el obispo de Cuenca se plantea otro tema de fundamental importancia que no sólo debió condicionar el voto católico en el pasado referéndum del 6 de diciembre, sino que permanece vigente para las próximas elecciones legislativas y para todas las que en el futuro puedan venir mientras determinadas personas, a las que no es preciso nombrar, pretendan seguir en el poder.

 Me refiero, con el obispo, a la confianza que pueden inspirar a los católicos, o incluso al resto de los españoles, “quienes han socavado la moral pública infringiendo juramentos sagrados, mucho menos en los casos que haya habido juramentos falsos. Tampoco garantizan la esperanza los que teniendo ahora mismo en sus manos los más poderosos medios de difusión -que, por cierto, aprovechan para los fines que les interesan con todos los recursos de la información selectiva y del silencio calculado (y aquí conviene señalar que aún no se había producido la infame campaña contra la Pastoral del Primado (Marcelo González) en la que la información selectiva y el silencio calculado alcanzaron cotas realmente increíbles)- permiten que irrumpa en los hogares españoles oleadas de cieno en una campaña descaradamente corrosiva de los criterios cristianos, encontra de las más recientes y solemnes proclamaciones del Magisterio pontificio. No la garantizan los gobernantes que, profesándose católicos han tomado la iniciativa de desamparar valores morales cuyo tutela, según el Magisterio de la Iglesia universal es irrenunciable; o aquellos que hablan de un humanismo cristiano en el que Cristo no es el Señor”.

 No insistiremos en el vidrioso tema del perjurio o, lo que es más grave, del juramento en falso. Ahí quedan las palabras de monseñor Guerra Campos para la Historia y para la conciencia de juzgadores y juzgados. Me limitaré tan sólo a subrayar la importantísima advertencia acerca de la confianza que pueden inspirar a los ciudadanos los gobernantes que se comportan como señala el obispo. Quien pudo prometer y prometió, y no cumplió (*), no aporta ninguna garantía para el futuro. Empeñarse en cerrar los ojos a la evidencia renovando inmerecidas confianzas no conduce sino a nuevos desengaños. Desengaños que, téngase muy en cuenta, se van produciendo cada vez en trincheras de más difícil resistencia.

 ***

A lo largo del verano (1978), algunos obispos más se van pronunciando en contra de la Constitución. El infatigable obispo de Tenerife, monseñor Franco, cuyo extenso y profundo magisterio ha hecho que la Iglesia española contraiga con él una deuda impagable, publica una pastoral contra el divorcio que es una firme desautorización del art. 32 de la Constitución (ABC, 17-8-78). Y algo después, otra sobre la libertad de enseñanza en el mismo sentido (Pensamiento Navarro, 4-10-78). El arzobispo de Burgos, don Segundo García de Sierra, se pronuncia asimismo contra el divorcio (Vida Nueva, 16-9-78). Y el cardenal de Toledo, en quien estaban puestas las miradas de todos los católicos, hace graves reparos a la regulación constitucional del matrimonio y de la enseñanza (ABC, 26-9-78).

 Monseñor Méndez Asensio

 Mientras tanto, los católicos comienzan a organizar su oposición. En las Jornadas de la Hermandad Sacerdotal en Granada, el tema constitucional es plato fuerte de ponencias y conclusiones. Y aquí conviene dejar constancia de la posición de uno de los obispos más débiles que hoy ha tocado sufrir a nuestra Iglesia: el arzobispo de aquella capital señor Méndez Asensio.

 Según “Dios lo quiera”, boletín de la citada Hermandad (oct-nov-dic,78), después de haber autorizado la reunión en la sede de su archidiócesis, el obispo, por no se sabe qué escrúpulos, se vuelve atrás en su decisión. Laboriosas gestiones, con intervención de altos valedores, consiguen que donde había dicho digo y Diego volviera decir digo, y así se llega a celebración de las Jornadas.

 Julián Gil de Sagredo, en brillante ponencia, “La Constitución a la luz de la fe católica”, que puso en pie repetidas veces a un público entusiasta, calificó la Jerarquía con palabras ciertamente duras pero de fácil comprensión. Cuando éstas llegaron a oídos del arzobispo, ese hombre que pasó siempre por todo lo pasable y aun por lo que era imposible pasar, al que nunca se oyó una protesta por las homilías subversivas que se multiplicaron en su diócesis de Pamplona; que fue alabado por el comunista “Mundo Obrero” a causa de su descarado apoyo a los clérigos que el Gobierno de Franco quería procesar (Pensamiento Navarro, 24-4-73); que pagaba las multas impuestas a sacerdotes; que suprimió la procesión del Corpus en Pamplona (El Alcázar, 21-6-73) porque así lo exigía el “trust” progresista al que entregó el gobierno de su archidiócesis; que persiguió a dignísimos sacerdotes, como el párroco de Tafalla, don Tomás Minguela, al que privó de la parroquia, ganándose la indignación del pueblo, más por cobardía ante las presiones de su entorno que por maldad, ya que puesto a ser apocado es casi incapaz de ser malvado (Ya, 30-8-73); que es acusado de ser el enterrador de la Iglesia navarra, siguiendo la senda marcada por su antecesor, de desgraciada memoria, el cardenal Tabera (Iglesia-Mundo, 15-3-74); que calla ante la “huelga” de misas dominicales en siete iglesias de Pamplona (ABC, 24-11-74); que encabeza la salida de los encerrados en su arzobispado por la muerte de un miembro de la“Joven Guardia Roja” en Almería (Pensamiento Navarro, 20-8-76); que pasó porque sus clérigos intentaran llegar a las Cortes, y alguno de ellos lo consiguió, militando naturalmente en partidos marxistas; ese obispo vence su proverbial pusilanimidad y falta de arrestos para todo y amenaza con los más fieros males a la Hermandad Sacerdotal.

 Quien cerró los ojos para no ver las más colosales vigas, coge ahora una lupa para denunciar la más mínima paja. Pues debe saber el señor Méndez que, por su carácter, no debió pasar nunca de piadoso capellán de monjitas de pocas luces y disciplinaditas, porque para otra cosa parece no servir, que ha desprestigiado tanto su ministerio episcopal, que, si por milagro de Dios, y muy grande tendría que ser, de la noche a la mañana se convirtiera en un Tomás Beckett, no le haría caso ni su familia.

 Cuando dicen que iba llorando por los conventos de clausura de Navarra, porque nadie atendía a sus instrucciones, podía darnos pena, pues hay faltas de carácter que son realmente como una enfermedad. Pero cuando vemos que aún guardaba un poquito de genio y que precisamente lo reservaba para la Hermandad Sacerdotal Española que, con todos los defectos que se quiera -porque al fin y al cabo son hombres- dan lecciones en todo a los clérigos que él protegió siempre, las lágrimas de cocodrilo empezamos a creer que eran un montaje más para defender lo indefendible. Lo hubiéramos preferido llorando en Granada, como Boabdil, como un pobre hombre al que el cargo le viene demasiado grande, que jugando a hacerse el valiente, tal vez por primera vez en su vida, con quienes defendían una España católica a la que querían librar del divorcio, del aborto, del laicismo, de todo eso que vendrá gracias a las bendiciones ¿episcopales? de Méndez Asensio y demás compañeros de ministerio.

 Por los mismos días en que se reunió en Granada la Hermandad sacerdotal, cuajaba en Madrid la campaña Pro España Católica, que agrupó a diversos seglares que, ante el silencio de la Jerarquía, decidieron, en la medida de sus posibilidades, alertar a los católicos españoles de lo que en realidad significaba la Constitución que se les iba a someter a referéndum. En ese mismo sentido, y respaldando totalmente la campaña, las Uniones Seglares de toda España se comprometieron en la misma batalla.

 Y ya con un sentido más político, pero en base a profundas convicciones religiosas sentidas y orgullosamente profesadas, dos agrupaciones políticas, Fuerza Nueva y el Tradicionalismo -este último con rara unanimidad de sus diversas ramas, porque el partido de Carlos Hugo nada tiene que ver con el Tradicionalismo español- multiplicaban sus intervenciones en contra de una Constitución atea.

 Concluido el verano, reintegrada ya la gente a sus habituales ocupaciones tras el paréntesis vacacional, vino la gran bomba: la declaración de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, de 28 de septiembre de 1978. Hasta ese momento los obispos, con las honrosas excepciones que hemos señalado y tal vez alguna más de la que no tengo constancia, se habían limitado a guardar silencio. Lo que ya era bastante grave teniendo en cuenta lo que estaba en juego. Raro fue el obispo, como Yanes, del que nos ocuparemos más extensamente, que se hubiera manifestado con anterioridad a esa declaración de un modo favorable al texto constitucional.

 Yanes sabía lo que hacía. El 7 de julio, “ABC” recogió las declaraciones del arzobispo Zaragoza a “EL Heraldo de Aragón”. En ellas, después de señalar algunos “motivos de preocupación”, se viene a postular que se puede votar perfectamente que “sí” aun estando en desacuerdo parcial, si así lo aconsejaran razones superiores de bien común y de paz social, sobre todo cuando no existen otras alternativas reales. El arzobispo Zaragoza, hombre fuerte dentro de la Conferencia Episcopal, iba preparando el terreno para la declaración de la Comisión Permanente…

 “Continuará”


 Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979


(*) El presidente “centrista” Adolfo Suárez, especialmente.

lunes, 6 de abril de 2026

¿Puede un católico ser demócrata?

 Artículo de 1979

Al Papa Juan Pablo II

 ¿PUEDE UN CATÓLICO SER DEMÓCRATA?

 Después de leer las cartas de Monseñor Enrique y Tarancón, nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, quedan como nubladas, oscurecidas y conturbadas.

 Santo Padre:

 El Concilio Vaticano II, que a todos los fieles nos compromete y obliga, propone: “Los obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios, prediquen juntamente con su sacerdotes el mensaje de Cristo, de tal manera que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del Evangelio… Capacítense con insistente afán para participar en el diálogo que hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier opinión” (GS, 43).

 Pero también afirma este mismo Concilio: “Cristo, Profeta grande, que por el testimonio de su vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes, por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra (Cf, Act 2, 17-18, Apoc. 19,10), para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana familiar y social” (LG,23).

 El cardenal Tarancón, contrario al Magisterio de la Iglesia

 Pues bien, muchos católicos de Madrid y de España, cuando queremos cumplir nuestra misión profética, nos encontramos con que nuestro sentido de la fe está en pugna con lo que enseña el cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española. Monseñor Tarancón, en sus ambiguas y a veces contradictorias “cartas cristianas”. Nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, después de leer las “cartas cristianas” que publican profusamente los periódicos, quedan como anubladas, oscurecidas y conturbadas, en gran parte porque esas “cartas”, lejos de esta inspiradas por el Evangelio, están inspiradas por razones y motivos de “humana sabiduría” y versan sobre materias políticas opinables. Pero no sólo quedamos desorientados y perplejos porque, a menudo, esas “cartas cristianas” se oponen a nuestro “sentido de la fe”, sino porque se oponen a la doctrina tradicional de la Iglesia y a muchos textos explícitos del Concilio Vaticano II.

 Ignoramos si el cardenal Tarancón comulga con Juan Pablo II

 Los católicos sabemos, sí, que, como enseña el mismo Concilio (LG,25), “los obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, tienen obligación de aceptar y adherirse, con religiosa sumisión del espíritu al parecer de su obispo en materias de fe y de costumbres cuando él las expone en nombre de Cristo”. Pero sucede muchas veces que el cardenal Tarancón, en sus “cartas”, no está en comunión con el Romano Pontífice Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII ni, por supuesto, con el Concilio Vaticano II. Y, por otra parte, ni sabemos si está en plena comunión con Vuestra Santidad, porque Vuestra Santidad no se ha pronunciado sobre los temas que el cardenal aborda, innovando y contradiciendo la doctrina común en la Iglesia anterior al Vaticano II.

 Por lo demás, tampoco nos es fácil a los fieles católicos discernir en esas “cartas cristianas” lo que son propiamente materias de fe y costumbres y materias políticas, en aquello en que la política es ajena al contenido de la fe y de la moral y, por tanto, cuestión opinable, en la que haría mal el cardenal Tarancón en usar su oficio pastoral para inclinarnos en favor de un partido político, según aquello que acordó el Sínodo de los obispos de 1971 que, referido a los presbíteros vale “a fortiori” para los prelados: “Hay que procurar que su opción no aparezca ante los cristianos como la única legítima o que se convierta en motivo de división entre los fieles” (AAS,1971, pág.913).

 Yo no tengo derechos humanos en la Iglesia

 Como sabe Su Santidad, la Iglesia, que tanto se preocupa hoy por definir y promover los derechos humanos civiles, no se preocupa bastante, si es que se preocupa algo, por definir y legalizar canónicamente los derechos humanos eclesiales. Por eso, yo no tengo derecho en la Iglesia -por más que sea católico y publicista militante- a que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe examine y dictamine si las “cartas cristianas” del cardenal Tarancón están en comunión con la doctrina tradicional de la Iglesia que, sin duda, profesa y debe profesar también Su Santidad.

 Y como la Iglesia todavía no respeta mi derecho humano a que se examine y se sentencie de oficio la conformidad de la doctrina del cardenal Tarancón -que rara vez aduce en sus “cartas” texto de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia- con la doctrina ortodoxa católica, sólo puedo y me atrevo a dirigirme públicamente a Su Santidad -porque las cartas que se le envían a través de la Secretaría de Estado no obtienen respuesta-, para pedirle la gracia de que “confirme a sus hermanos en la fe” (Lc.22,32), señalando lo que de sana  doctrina o de doctrina desviada o heterodoxa pueda haber en el magisterio del cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Iglesia española.

 Obrar “con espíritu democrático” no cristiano

 Una espécimen de la doctrina de nuestro cardenal podría ser este: “Es necesario, pues, que los que tienen una concepción espiritualista de la vida -auténticamente humanista que reconoce las distintas dimensiones del hombre y afirma su trascendencia- se apresten para intervenir inteligente y eficazmente en esta época pos- constitucional. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la política tiene su propias leyes y que la democracia encierra unas exigencias esenciales. Habrán de aprestarse, pues, para actuar con criterios y procedimientos políticos y con verdadero espíritu democrático” (“ABC, 23-XII-76).

 Como puede advertir Su Santidad, esta es una sentencia o un criterio estrictamente maquiavélico o laicista. A los católicos, aquí, se nos inculca no que no actuemos con criterios morales en la política y que nos comportemos con “verdadero espíritu cristiano”, sino que hagamos la política lo mismo que la hacen los paganos.

 No hay verdadera autonomía de lo político

 En esta materia, el cardenal Tarancón interpreta mal el Concilio Vaticano II cuando habla de la “autonomía de las cosas terrenas” y olvida el pronunciamiento tradicional de la Iglesia expresado en estas palabras del Vaticano II: “Pero si con las palabra “autonomía de las cosas terrenas” se entiende que las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede usar de ellas de tal manera que no las vincula (“referat”) al Creador, nadie que reconozca a Dios deja de sentir cuán falsa es tal sentencia” (GS,36). 

Si las palabras del cardenal Tarancón aquí pueden y deben entenderse como maquiavelistas, laicistas, secularistas, el Vaticano II no ofrece dudas: “Una cosa cierta hay para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva… responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo” (GS,34). Esta sentencia no ha querido tenerla en cuenta ni el cardenal Tarancón ni la mayoría de los obispos españoles al recordarnos a los católicos cuál habría de ser nuestra actitud ante la promulgación de la reciente Constitución española, que ni orienta a Dios la actividad humana ni le reconoce como creador de todo, cosa que deberíamos haber confesado los católicos españoles en nuestra Constitución, puesto que reunimos a la mayoría de los votos de la Nación.

 El cardenal Tarancón toma el partido democrático

 Otra muestra también reciente y singular de la falta de congruencia entre la doctrina tradicional católica y la doctrina expuesta por el cardenal Tarancón queda patente en estas palabras de él: “Es necesario afirmar rotundamente: 1. Que la democracia no está en contra de ninguna verdad de la fe cristiana. La “soberanía del pueblo” en el plano político -principio fundamental de la democracia- no va en contra de que “toda autoridad viene de Dios”… 2. “Pío XII hizo el gran elogio de la democracia (“Ya”, 6-I-79)”. El cardenal Tarancón no explica por qué la Iglesia en Italia excomulga a las personas que coadyuvan a la consumación de un aborto provocado, siendo así que la Ley del aborto ha sido allí promulgada “con” espíritu democrático y con todo rigor democrático.

 La democracia es contraria a la verdad primordial del cristianismo

 El cardenal Tarancón, con esas palabras, favorece y sacraliza a cierto modo a la democracia, a pesar de que la democracia, real o prácticamente, es contraria a la verdad fundamental del cristianismo. Yo tengo por verdad fundamental o primordial del cristianismo la de que Dios existe, pero un dios revelante y legislador cuyas verdades y cuyas leyes debe acatar el hombre que quiera ser verdaderamente libre y feliz. La democracia (sea liberalista, sea socialista) opera como si no existiese ese Dios legislador. No pueden ser más contrarias una actitud como la cristiana (que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de Dios) y la democrática, que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de los hombres, desentendiéndose de la voluntad de Dios.

 Sólo es admisible la democracia que respeta la Ley de Dios

 Por eso, el Vaticano II, concorde con la doctrina tradicional de la Iglesia, enseña contra el cardenal Tarancón: “Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana y, por lo mismo, pertenecen al orden predefinido por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en el de las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral” (GS,74). 

Y cuando el Concilio enseña que es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan estructuras jurídico políticas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin discriminación alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y activamente en el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la comunidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la fijación de los campos de acción y de los límites las diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes (GS,75), el mismo Concilio nos remite a los discursos del Papa Pio XII, como el radiomensaje navideño de 1944, donde se hace patente que para la Iglesia no es buena cualquier democracia sino la “sana democracia”, la que se basa en el sufragio universal, sino en la Ley de Dios, en el ordine assoluto”, como dice Pío XII, el “ordo moralis” de que habla el Concilio. Pío XII, lejos de hacer el gran elogio de la democracia, hizo patentes sus sagradas reservas a ella. 

Y, por lo que toca a Pablo VI, podemos recordar la “Octogesima Adveniens”.

 La democracia común es contrario al catolicismo

 La democracia tiene por fundamento explícito o implícito, ya la ideología liberalista, ya la ideología marxista: es así que en la Octogesima Adveniens” (como en los documentos pontificios del siglo XIX y XX) se establece que la ideología liberalista y la ideología marxista son contrarias e incompatibles con el catolicismo: luego la democracia es contraria al catolicismo e incompatible con él. Las dos premisas de este silogismo son tan evidentes que no necesitan demostración; lo único que necesitan es que Su Santidad se pronuncie inequívocamente sobre una materia tan grave como ésta, la que nuestro cardenal Tarancón ha tomado un partido y, además, desviado.

 Eulogio RAMÍREZ

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979

 

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (2)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (2)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 Con la larga introducción que supuso el artículo anterior, llegamos ya al proyecto constitucional español y a las reacciones católicas ante el mismo. No es posible hacer relación de todos los artículos en los que sacerdotes y seglares comenzaron a mostrar serias reservas ante la Constitución que se estaba preparando. Fuerza Nueva, como revista y como grupo político, estuvo desde el principio en la vanguardia de esta lucha por el honor de Dios y por el honor de España. Artículos, conferencias en el local de su sede en Madrid, mítines a lo largo y a lo ancho de España, en los que tanto Blas Piñar como los restantes oradores se oponían a la Constitución por motivos religiosos y patrióticos, dan fe de esta postura, verificable sin más que repasar la colección de la revista. Y al lado de Fuerza Nueva, diarios como “El Alcázar”, “El  Pensamiento Navarro” y “Región”, revistas como “Qué pasa?”, “Iglesia Mundo” y “Roca Viva” y, de un modo más matizado, por cuanto recogía opiniones tanto favorables como contrarias a la Constitución, aunque estas últimas eran inmensa mayoría, el diario madrileño “El Imparcial”.

 Y la Jerarquía seguía callada

 Desde el primer momento, además de las críticas de fondo a la Constitución, apareció la extrañeza ante la actitud de silencio del episcopado español. Ya el 20 de mayo de 1978 publiqué en estas páginas un artículo titulado Pastores mudos, en el que denunciaba la extraña postura de nuestros obispos. Pocos días después, un ilustre canónigo y queridísimo amigo daba a luz un trabajo definitivo en “El Alcázar (15/6/78) bajo el sugestivo título de ¿Nos entregáis a los lobos? Su último epígrafe, La complicidad del silencio, bien merece ser reproducido. 

Señores obispos; bien sabéis que España fue un inmenso altar donde fueron inmolados muchos mártires en el riguroso sentido de la palabra. Esa sangre grita hasta Dios desde la tierra; esa sangre os interpela. Se ha dicho en corros progresistas que la Iglesia española se equivocó de bando en 1936 y ahora puede rectificar. Ha podido hablarse así por los mismos que en la Asamblea Conjunta (1971) quisieron condenarla. ¿Seréis vosotros capaces de pasaros al otro bando, capaces de rectificar con vuestro silencio? 

En el manifiesto que proyectaban dirigir a los obispos de 1966 los clérigos de la “Operación Moisés”, pedían que no los entregaran a los lobos renovando la confesionalidad. A los obispos de 1978 se les puede decir y pedir por la sangre de Cristo: si nos han de devorar los lobos que no seáis vosotros quienes nos entreguéis a ellos. Lobos son los liberales y marxistas que se han apoderado de España y es natural que quieran, a pesar de todas las apariencias, arrancar de cuajo la raíz cristiana, tan odiada de ellos. Lo escandaloso e infamante será que manos cristianas y consagradas les ayuden con fervor en la tarea. Cuando se va contra la Cruzada (“No registra la historia una Cruzada más Cruzada”, obispo Olaechea), es natural que se tire contra la Cruz; lo antinatural es que tiran contra ella quienes la llevan en el pecho.

 Sed valientes, hablad con claridad, cargad sobre vuestros hombros la responsabilidad de vuestra hora. En esta encrucijada os sale inevitablemente al encuentro la gloria o la infamia. Hablad al pueblo y a los gobernantes con palabras de luz y de roca. No olvidéis que, de todos modos, como decía el Papa san Gelasio habéis de dar cuenta ante el tribunal de Dios aun de los mismos reyes de los hombres”.

 Y concluía diciendo

 Si España, gobernantes y pueblo, fieles y obispos, con nuestra acción o inacción, llevara a Cristo al Calvario, no olvidemos que del Calvario se baja dándose golpes de pecho o, como Judas, después de la entrega, se busca un cordel”.

 La durísima requisitoria del ilustre sacerdote -y qué premonición la suya al anunciaros, obispos Marcelo González, Pablo Barrachina, Luis Franco, José Guerra Campos, Ángel Temiño, Francisco Peralta, Segundo García de Sierra, Demetrio Mansilla, Laureano Castán, que encontraríais la gloria como otros hallaron la infamia-, no fue una voz que clamaba en el desierto.

 Recuerdo por aquellos días, en la seguridad de que se me olvidarán muchos nombres, la incansable labor de mis queridísimos y admirados Luis Madrid Corcuera, canónigo magistral de Vitoria, y Eulogio Ramírez, el primero no sólo en artículos sino también en brillantísimas conferencias. Y artículos magníficos de Juan Vallet de Goytisolo, Ángel Garralda, Juan María Bonelli, Manuel de Santa Cruz, Rafael Gambra, Julián Gil de Sagredo, Luis Valero, el P. Sospedra, Salvador Muñoz Iglesias, Gabriel García Cantero, Manuel Díaz… casi todos ellos, pues a alguno no tengo el honor de conocerle personalmente, amigos entrañables.

 Pero la Jerarquía seguía callada. Por fin, dos obispos expresaron graves en reservas a puntos concretos tratados por la Constitución. Eran los obispos de Orense, monseñor Temiño (“El Pensamiento Navarro”, 2/7/78) y el obispo de Orihuela-Alicante, monseñor Barrachina (“El Alcázar”, 28/6/78). El silencio se había roto y los católicos podíamos salir de la perplejidad en la que nos encontrábamos.

 Porque, ¿cómo era posible que la doctrina de la Iglesia, que encontrábamos clarísimamente expresada en los documentos pontificios y en la misma Sagrada Escritura no fuera así entendida por nuestros obispos? ¿No sabíamos nosotros leer o rehusaban ellos cumplir con los inexcusables deberes de su ministerio sagrado?

 Y llegados a este punto, es hora ya de exponer los graves reparos que, desde el punto de vista católico, se opusieron a la Constitución y que en ningún momento fueron rebatidos, tarea difícil de otra parte, por quienes sostenían que nada había en la Constitución que se opusiera a la doctrina católica o que, si había algo, eso era de tan poca importancia que no exigía el voto negativo de los católicos.

 En primer lugar está la fundamentación del poder y todo lo que ello implica. La soberanía popular que la Constitución consagra, sin ninguna referencia a una instancia superior, no es una opción por un sistema democrático de Gobierno, cosa que sería legítima, sino afirmación de que ni Dios ni la Ley Natural tienen nada que ver en la legislación de los pueblos. Será bueno o malo, y por tanto legal o ilegal, lo que la mayoría decida en un momento dado. El aborto, el divorcio, lo que se quiera…

 Pues bien, eso no lo puede aceptar un católico. Y no lo digo yo, sino Pío IX, León XIII, San Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI y el segundo Concilio Vaticano. Y con palabras tan claras que no cabe error en su interpretación. No se trata aquí de sutiles distinciones sobre la gracia o de otras complejas materias sólo asequibles a elevados conocimientos teológicos. No. Estamos ante las más simples palabras evangélicas: El que no está conmigo está contra Mí. Y está contra él quien dice que es bueno lo que Dios ha dicho que es malo, y el que pudiendo querer el bien para una nación quiere el mal. Sea cardenal, obispo, sacerdote o seglar.

 Cabría, extendiendo al máximo la buena voluntad de los católicos españoles, aceptar la siguiente tesis de nuestros obispos: Circunstancias graves de orden político hacen que el Episcopado, para evitar males mayores, calle en estos momentos lo doctrina de la Iglesia, o que circunstancias de nuestra sociedad, en el caso de que la mayoría de los españoles hubieran apostatado de la fe de sus mayores, cosa que ciertamente no se evidencia, impidieran que la doctrina católica fuera aplicada en estos momentos. No porque hubiera dejado de ser verdadera sino porque su implantación, hoy y aquí, sería imposible…

 Pero, y después lo hemos ver, no fue esa la actitud de la mayoría de nuestro Episcopado. Lo que los Tarancones, los Buenos, los Jubanys, los Yanes y demás comparsa declararon fue otra cosa muy distinta. Para ellos no existe la doctrina católica sobre el poder. O la desconocen, que ya sería muy grave, o la desprecian. Por eso no hay motivos religiosos, según ellos, para oponerse a la Constitución. Con lo que contradicen a todos los Papas de este siglo. Lo que los coloca, por lo menos, en una muy curiosa posición.

 En segundo lugar está la confesionalidad del Estado. Pese a lo que han dicho numerosos obispos y hasta el ministro Marcelino Oreja, que no es precisamente un Padre de la Iglesia, el segundo Concilio Vaticano no se ha opuesto a la tesis de la confesionalidad, y así lo manifiesta expresamente continuando la doctrina tradicional.

 Recogeremos al respecto solamente una cita de la Quas Primas, de Pío XI, que dirime la cuestión definitivamente para los católicos: “El mundo ha sufrido y sufre este diluvio de males porque las inmensa mayoría de la humanidad ha rechazado a Jesucristo y a su santísima ley en la vida privada, en la vida de familia y en la vida pública del Estado: y es imposible toda esperanza segura de una paz internacional verdadera mientras los individuos y los Estados nieguen obstinadamente el reinado de nuestro Salvador”.

 Y añade:

 No nieguen, pues, los gobernantes de los Estados el culto debido de veneración y obediencia al poder de Cristo, tanto personalmente como públicamente, si quieren conservar incólume su autoridad y mantener la felicidad y la grandeza de su patria”.

 Todo lo contrario, por tanto, a lo que establece nuestra Constitución. Y ello es tan evidente que basta al más sencillo de los espíritus al leer el texto constitucional y los que contienen la doctrina universal de la Iglesia para comprobar que su oposición es radical ¿Qué ocurrió entonces con nuestros obispos?

 En tercer lugar está el divorcio, condenado explícita y tajantemente por Cristo: Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre . Nuestra Constitución enmienda las divinas palabras, afirmando que lo que Él unió bien puede separarlo ella. Y nuestros obispos siguen sin encontrar razones religiosas para oponerse a la Constitución…

 En cuarto lugar, el tema del aborto. Ciertamente esto no aparece legalizado en ningún artículo, pero es público y notorio, y los obispos lo saben, que la Constitución no le ha cerrado las puertas definitivamente. Así lo han afirmado en varias ocasiones los diputados socialistas y comunistas, y que esas puertas serán abiertas cuando lleguen al poder.

 En quinto lugar, tenemos las gravísimas amenazas al derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus creencias, que los mismos obispos han reconocido pero que tampoco ha supuesto una actitud de oposición por su parte a riesgos evidentes y de incalculables repercusiones. Siguen sin aparecer, para ellos las razones religiosas…

 (Continuará)

 

Revista FUERZA NUEVAnº 629, 27-Ene-1979


viernes, 13 de marzo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (1)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (1)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña


 Han pasado ya suficientes días como para que, alejados del calor de la lucha electoral, podamos analizar el hecho más trascendente de la vida de la Iglesia en España desde el holocausto de 1936 y la restauración del catolicismo gracias al triunfo de la España nacional, alzada en armas contra el marxismo el 18 de julio de 1936.

 No cabe en el breve espacio de un artículo describir las traiciones y las miserias de una de las más vergonzosas etapas de nuestro catolicismo o, tal vez, la más triste de todas ellas, pues no abundaron en nuestra Patria, gracias a Dios, épocas de ignominia como la que acabamos de vivir.

 RECTIFICACIÓN URGENTE

 En una nación de santos, de mártires y de héroes, la figura del obispo Oppas ha tenido afortunadamente escasísimas repeticiones históricas y su recuerdo se desvanece ante el de los Leandros, Isidoros, Olivas, Cisneros, Bellugas, Aguirres, Riberas, Inguanzos, Quevedos, Merrys del Val, Seguras o Gomás. Por ello, si mi buen amigo Manuel Ballesteros me lo permite como director de FUERZA NUEVA y los lectores de la revista lo soportan, me  extenderé en algunos números, más que en un análisis histórico de unos hechos, en las consecuencias que para el futuro del catolicismo español debemos extraer de los mismos. Porque entiendo que de nada sirve llorar sobre el pasado si no tenemos una decida voluntad de mañana para enderezar los torcidos rumbos por los que se pretende hacer marchar a los católicos de España y cuya meta es, sin duda alguna, la apostasía de una Patria que se forjó en el amor a Cristo y en su servicio.

Entiendo también que tal trabajo no puede quedarse en las nubes de los principios, sino que es preciso bajar a los nombres y apellidos y así lo haremos. Sin dudar de rectas intenciones subjetivas donde pueda haberlas, pero dando a las mismas el valor que tienen, es decir, ninguno, salvo en el fondo de las conciencias, de las que sólo Dios tiene el derecho a juzgar.

 No cabe duda que la Iglesia española después de la gloriosa victoria sobre los enemigos de Dios se durmió en sus laureles. Como tantas otras cosas se durmieron en España, sueño del que hoy estamos pagando los resultados.  Para no hacernos interminables, hemos de pasar por alto mil episodios no carentes de interés y que iban denotando que bajo ese sueño se estaban alentando vientos que producirían las tempestades que luego sobrevinieron.

 La postergación del cardenal Segura a la que se prestó, en propio beneficio, el entonces obispo de Vitoria y luego cardenal José María Bueno Monreal, que afortunadamente este año presentará la dimisión al Santo Padre por cumplir 75 años de edad. Las primeras manifestaciones después de la guerra del separatismo clerical en las provincias vascas, cortadas enérgicamente por el entonces nuncio Antoniutti. La operación Moisés, en la que el progresismo apareció ya claramente organizado. Los últimos días de monseñor Gúrpide, canallescamente amargados por la rebelión de parte de su clero. La injusta postergación de monseñor Morcillo y la turbia maniobra de la nunciatura para impedir que monseñor Guerra Campos asumiera el gobierno de la diócesis durante la sede vacante. La desdichada Asamblea Conjunta (1971) a cuyos cabecillas vemos hoy al frente de diversas sedes episcopales. La clara postura beligerante de parte de la Iglesia española en los últimos años de Franco, en los que la citada Asamblea Conjunta y el “caso” Añoveros fueron los momentos culminantes. Y todo lo demás que se podría añadir.

 Y desde hace diez años, jugando un importantísimo papel en esta obra de demolición, una figura tan poco simpática como aparentemente discreta: el actual nuncio Luigi Dadaglio, del que algún día habrá que escribir la historia, que ha dejado, a su paso por España, un rastro como el del caballo de Atila.

 He oído contar, y de lo único que respondo es de que así me lo refirieron, que explayándose con un amigo, le decía: “Cuando yo llegué a la nunciatura había 60 obispos tradicionales contra 10 de los nuestros. Hoy he conseguido que seamos nosotros los 60”. Lo haya dicho o no, es la pura verdad. Esa es su obra. Y no sólo cambió radicalmente el signo del episcopado español, sino que dio al mismo, continuando la línea de su predecesor Riberi, un tono de mediocridad, de pobreza intelectual y moral, de falta de personalidad y virtudes humanas que condiciona gravísimamente, si cabe todavía más que a causa de su progresismo, la posibilidad de actuación de los obispos españoles.

 Hoy, salvo contadas excepciones, no existen los obispos para los católicos de España. Ni leen sus documentos ni rodean a sus personas de ese amor que hasta ahora siempre habían sentido nuestros prelados. El cardenal Tarancón ha sido objeto en varias ocasiones de insultos irreproducibles proferidos por masas de católicos hasta aproximarse no poco a la figura jurídica del odium plebis.

 El arzobispo de Zaragoza (Yanes) acaba de ser gravísimamente insultado en su misma basílica del Pilar por un católico, sin que sus fieles se alteraran lo más mínimo. La jubilación del señor Añoveros, figura cumbre de la línea Dadaglio y de la oposición al franquismo, solicitada anticipadamente por motivos de salud, trajo sin cuidado a los católicos de Bilbao, excepto a los del sector tradicional que experimentaron una viva alegría. Infantes Florido acaba de dejar su diócesis de Las Palmas, que había pastoreado de escándalo en escándalo, sin una lágrima por parte de nadie y sin el menor júbilo por parte de quienes le van a subir a sufrir en Córdoba. 

Y lo mismo cabe decir del señor Roca con su traslado a Valencia. Cirarda llegó a Pamplona y en escasísimos meses se puso enfrente a los navarros con su soñada idea de la provincia eclesiástica vasca, que la mayoría de los católicos del antiguo reino repudia. El nombramiento de Echarren para Las Palmas si ha producido algo es consternación.

 Esta fue la labor del nuncio Dadaglio cuya misión en España, a Dios gracias, toca a su fin. En breve parece ser que dejará el Palacio de la calle de Pío XII. Y ha sido tan desastrosa su tarea, ha dejado tan maltrecha a la Iglesia de España, que casi da igual que se vaya o que se quede (…) Porque, ¿qué más puede hacer Dadaglio si continúa aquí? ¿Es que puede nombrar para Sevilla, cuando quede vacante este año la sede del señor Bueno Monreal, a alguno peor que él? ¿Es que, vacante como está San Sebastián, por la dimisión presentada por el señor Argaya, el que proponga para aquella diócesis va a ser peor que el dúo Argaya-Setién que hasta ahora la gobernó? (…)

 Lejos de mí el jugar a profeta y ni que decir tiene que acepto de antemano con reverencia cualquier decisión del Santo Padre. Pero ello no implica dejar de reconocer que la postergación del señor Dadaglio sería un motivo de alegría para muchos católicos españoles y el inicio de una rectificación urgente y necesaria.

 (Continuará)


Revista FUERZA NUEVAnº 628, 20-Ene-1979 

 

jueves, 19 de febrero de 2026

Judas en el Sanedrín y Tarancón en el Congreso

 Artículo de 1979

 Judas en el Sanedrín y Tarancón en el Congreso

 Consta por el Evangelio de San Mateo, capítulo 26, versículos 14-16, que Judas acudió a los príncipes de los sacerdotes para concertar con ellos el precio por la entrega del Maestro, y como el despacho oficial de aquellos príncipes era el Sanedrín, dicho lugar debió ser verosímilmente el sitio donde sostuvieron la entrevista.

 Consta igualmente, por la prueba elocuente de la televisión que, el 27-XII-78, el cardenal Tarancón estuvo en el Congreso, asistiendo al acto de la sanción oficial de la Constitución.

 La comparación entre ambos hechos históricos y las figuras de sus protagonistas suscita inexorablemente las siguientes reflexiones:

 Primera. Sobre las personas.

Judas era Apóstol de Cristo; Tarancón es sucesor de los Apóstoles. Judas fue elegido por Cristo para ser pilar, quicio o gozne de su Iglesia, es decir, cardenal según su significado etimológico. Tarancón también fue elegido cardenal según el Derecho Positivo Eclesiástico. En ambos concurre, por consiguiente, “en cierto sentido”, la condición de obispos y cardenales.

 Segunda. Sobre los organismos.

El Sanedrín era entre los judíos un órgano oficial que, aunque tenía como competencia específica una misión de carácter judicial, participaba también ampliamente de competencia normativa y administrativa. El Congreso y el Senado asumen entre los españoles ciertas funciones análogas, especialmente en el campo legislativo.

 Tercera. Sobre la actuación de ambos organismos.

El sumo sacerdote Caifás pronunció en sesión solemne del Sanedrín aquellas palabras lapidarias: “Conviene que uno muera por la salvación del pueblo”. Y de esta manera aquel órgano supremo, presunto representante del pueblo judío, condenó a muerte a Jesucristo. Nuestro Congreso ha sido algo más fino al elaborar la Constitución: no condena a muerte a Dios. Se limita a prescindir de Él, a legislar como si no existiera, y de esta manera, sin negarlo expresamente, construye un Estado, una sociedad y una familia sin Dios. Pero tanto el Sanedrín como el Congreso son deicidas, porque el primero ordenó la muerte de Dios en Cristo, y el segundo ordenó la muerte de Dios en el Estado, en la sociedad y en la familia.

 Cuarta. Sobre la intervención de los protagonistas.

Judas, con su intervención activa, favoreció los planes deicidas del Sanedrín, entregó a Cristo y recogió sus treinta monedas, el precio que se daba por un esclavo. El cardenal Tarancón, con su intervención pasiva de simple asistencia, favoreció los planes deicidas de las Cámaras Legislativas: con su presencia oficial y representativa sancionó una Constitución impía y atea.

 Tal vez crean nuestros conspicuos diputados y senadores que la Iglesia católica ha aprobado implícitamente la Constitución, al autorizarla con la presencia del presidente de la Conferencia Episcopal. Olvidan, sin embargo, que también Judas con su presencia en el Sanedrín autorizó la muerte de Cristo. 

Julián GIL DE SAGREDO


Revista FUERZA NUEVAnº627, 13-Ene-1979

 

jueves, 5 de febrero de 2026

La Constitución es atea

 Artículo de 1979

  La Constitución es atea 

(…) Al plantearse el problema del referéndum sobre la Constitución, surgió un clamor de orientación y consejo a la Conferencia Episcopal Española, presidida por el cardenal Tarancón. Pero el Pueblo de Dios ha sufrido una gran decepción, porque la Comisión Permanente de esa Conferencia ha dicho que “no puede dar ningún orientación y que voten según su conciencia”. ¡Valiente contestación! “Para ese viaje no necesitábamos alforjas”, exclama el pueblo llano. 

¿No saben los señores de la Comisión que la gran mayoría de los españoles no tiene idea formada ni saben dirimir lo que tiene de bueno y de malo la Constitución? Porque la mayoría no la lee, y si la lee no la entiende ¿Qué juicio se va a formar? Y de ahí se deduce otra consecuencia: que del referéndum no puede sacarse la conclusión de que el pueblo ha aprobado una constitución, ya que vota sobre lo que no sabe. Un voto en el vacío.

 *****

Vengamos ahora a lo que esa Constitución encierra con la religión. Aquí sí que se han oído cosas peregrinas y graciosas que harían reír si el problema no fuera tan serio. Según Tarancón, “no se pueden esgrimir razones religiosas para tomar una postura determinada” (“Carta cristiana”, 25-XI). Como si la Constitución se hubiese hecho para antropopitecos y no para seres racionales y, por añadidura, cristianos y católicos, en gran mayoría.

 Parece que la Constitución y la religión no tienen que ver nada una con otra, mientras aquélla no diga nada grave contra ésta. Pero estos señores sólo tienen en cuenta lo positivo, lo que dice. ¿Y lo que no dice y debiera decir? Saben ellos o deben saber mejor que nosotros, los no clérigos, que hay pecados de omisión. Y graves. El que no va a misa los domingos no hace nada positivo contra la Ley de Dios, y, sin embargo, peca mortalmente. Eso de evadirse de Dios, no citándole ni una sola vez en una ley fundamental para la vida de los cristianos españoles, no es importante? Y lo de abrir camino al aborto y al divorcio, ¿es cosa leve?

 Prescindir de Dios es un tipo de ateísmo que estudian los tratados de Teodicea, en dos de los cuales incide la tan jaleada ley fundamental: en el ateísmo práctico y en el político, que pueden reducirse a uno: a conducirse como si Dios no existiera: gobernar y dar leyes al margen de toda religión. Porque eso de citar a la religión católica una vez, equiparándola a los mormones o a los budistas, es peor que si no la citara nunca.

 Don José María Martín Patino, provicario del Arzobispado de Madrid, distingue entre “laico” y “ateo”. Yo entiendo que el laicismo equivale al ateísmo práctico. Xavier Zubiri, el máximo filósofo español desde la muerte de Amor Ruibal, en 1930, dice en su obra “Naturaleza, Historia, Dios” (Madrid, 1963): “La existencia que se siente desligada de Dios es una existencia atea”. Digo de Dios, porque así lo exige el contexto (pág. 392). Por tanto, la ley que nos ocupa es una ley atea aunque no diga “Dios no existe”.

 Aún es más chocante lo que dice el diario de la Editorial Católica y, por tanto, católico él. Saben que me refiero a “Ya” que, en su editorial del día 19-XI, titulado “Un ateísmo inventado”, compara la Constitución con la aritmética escolar, con la física astronómica o con un texto de Hacienda Pública, que no tienen por qué citar a Dios. Estas ciencias no le citan porque no tienen porqué citarle; pero la Constitución, sí. Esta afecta a la vida, no solo material sino espiritual de los hombres, de los españoles, y la vida de éstos hace relación a Dios que los creo, los rige y gobierna. Es descabellada, pues, la comparación de “Ya”. ¡Que Dios les conserve tan fino talento!

 Los obispos y sacerdotes que defienden la no intervención ni consejo de la Conferencia Episcopal a los católicos españoles dan explicaciones muy complicadas y prolijas, lo cual es, sencillamente una acusación contra ellos mismos. Pienso que la verdad tiene siempre caminos más cortos y sencillos que los que usan estos señores.

 ***

Creo, por otra parte, que la Conferencia Episcopal siente el catolicismo, en su interior, más profunda y sinceramente que lo ha dicho en sus manifestaciones. Hay en ellas más miedo a oponerse al poder público que sinceridad. Y el poder, que se ha entregado a los sin Dios y seguido sus designios, debiera más bien imitar a los Estados europeos que, como Inglaterra Irlanda, Suecia, Noruega, Dinamarca, Grecia… son confesionales. Y no de los atrasados sino de los más progresivos de Europa.

 Pero aún hay más que decir, si tenemos en cuenta que estoy aludiendo a elementos eclesiásticos y católicos, que supongo que admitirán sin reservas la doctrina del Concilio Vaticano II. Aunque me temo que para algunos esté ya desfasado.

 La Declaración “Dignitatis humanae” dice textualmente: “El poder civil debe reconocer ciertamente la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla… (BAC, pág. 787). Y en la pág. 790: “El poder público debe crear condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa…”

 Y, francamente, no creo que se “favorezca” ni “se creen condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa” dando una Constitución laica, que desconoce a Dios. Esto debieran haberlo tenido en cuenta los eclesiásticos de la Conferencia Episcopal. Y para ejemplo de nuestros gobernantes, profundamente católicos; de nuestra prensa, también católica, y de nuestro pueblo clero, celoso defensor de la gloria de Dios y de la salvación de las almas, hay que hacer constar el interés que los paganos ponían en que los dioses intervinieran en el gobierno de la comunidad. Dice Cicerón: “Es más fácil fundar una ciudad sin suelo que sobrevivir una comunidad sin dioses”. ¿Está claro?

 Domiciano Herreras 


Revista FUERZA NUEVAnº 626, 6-Ene-1979


jueves, 29 de enero de 2026

La Constitución liberal condenada por el Magisterio de la Iglesia

 Artículo de 1978

  Condena del Estado liberal

 SE podrá tomar en serio o se podrá tomar en broma, cosa esta última que hace la mayoría de los católicos españoles, sin duda por ignorancia, pero lo cierto es que la concepción liberal del Estado, la que caracteriza a la Constitución española, continúa condenada por el Magisterio de la Iglesia.

 Así se desprende de las declaraciones del cardenal Palazzini, alto cargo de la Curia vaticana y antiguo profesor de Teología Moral, hechas a «L'Osservatore della Domenica», semanario oficioso del Vaticano.

 El cardenal Palazzini, en efecto, advierte: «El "Syllabus" ha sido hasta nuestros días un signo de contradicción; sin embargo, de él permanece válida todavía la condena de la concepción liberal del Estado desvinculado de toda norma moral, fuente de todo derecho; y sigue siendo válida la repulsa de la pretensión del hombre moderno de construir la sociedad de un modo independiente de Dios y de la religión, e incluso basándose en principios contrarios a ella.»

 Es claro que si la doctrina auténtica de la Iglesia no fuese la expuesta por el cardenal Palazzini, en este semanario vaticano no se le hubiese permitido expresarse en tales términos. Es, por otra parte, si bien se mira, la doctrina expuesta por Pablo VI en la «Octogésima Adveniens». el cual reprueba a los católicos que tiende a idealizar el liberalismo y que no tienen en cuenta que la ideología liberal y la fe católica son incompatibles.

 En esa misma carta, el papa Pablo VI da testimonio de que todas las democracias ensayadas hasta ahora son insatisfactorias y que es necesario buscar otras.

 No obstante, los católicos españoles -del presidente Suárez al comunista A. Comín, pasando por Fraga, Silva y Peces-Barba- se han empeñado en elaborar una Constitución no ya anacrónica, reaccionaria, plagada de todos los tópicos y de todas las utopías liberalistas y socialistas fracasantes, sino una Constitución «independiente de Dios y de la religión», cosa ilicita para un católico, según el cardenal Palazzini.

 El caso es absolutamente diáfano y lógico para el verdadero católico, para el hombre que crea en la verdad propuesta por el Magisterio oficial de la Iglesia católica, como es ése del anatema contra el liberalismo agnóstico:

 La Constitución española y la democracia liberal se basan sobre los principios o postulados del liberalismo filosófico (racionalista y naturalista).

 Es así que el Magisterio oficial de la Iglesia condena el liberalismo filosófico (de Pío IX a Pablo VI, pasando por León XIII, etc.).

 Luego, virtualmente, la Constitución española (como la democracia liberal) está condenada por el Magisterio oficial de la Iglesia.

 Luego peca de negligencia el Magisterio de la Iglesia en España al no hacer un «juicio moral» sobre la Constitución española, cumpliendo con su deber pastoral de hacerlo, tal como lo establece el Vaticano II.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 625, 30-Dic-1978

 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Conferencia Episcopal: su auto-desprestigio preserva nuestra fe

 Artículo de 1978

CONFERENCIA EPISCOPAL: SU AUTO-DESPRESTIGIO PRESERVA NUESTRA FE 

 “Guías ciegos” llama a Jesucristo (Mt. 23,16) a los escribas y fariseos que, con los sacerdotes y bajo la batuta de Caifás, integraban en su tiempo una “especie” de Conferencia Episcopal que se llamaba Sanedrín. Guías ciegos cabría repetir a ciertos miembros del Episcopado español que, bajo el mando del cardenal Tarancón, componen hoy la Asamblea Episcopal Española.

 Afortunadamente, el “parlamento” eclesiástico –me limito a consignar el hecho- se halla totalmente desacreditado y desprestigiado entre los católicos españoles, y digo “afortunadamente” porque ese descrédito y desprestigio actúa como vacuna contra el virus progresista que inspira sus documentos oficiales. No son los católicos españoles los que han desprestigiado la Conferencia Episcopal sino que ella misma se ha ganado a pulso el público menosprecio del pueblo fiel. Son muchas las causas: sus divisiones internas, su mecanismo democrático, que pretende resolver por la ley del voto no solo cuestiones de acción pastoral sino incluso cuestiones de doctrina, como si la verdad o el error pudieran decidirse por mayoría, sus equivocidades y ambigüedades tanto en el pensamiento como en su expresión, su afán de protagonismo en la misión docente de la Iglesia española menoscabando -si no suplantando- la competencia que por Derecho Divino Positivo corresponde a los obispos diocesanos, y especialmente sus conocidas convergencias de claro matiz político.

 ***

Una demostración más de esa ambigüedad y equivocidad doctrinal, y posiblemente también de una orientación política tendenciosa, es la ya famosa “Nota de la Comisión Permanente del Episcopado sobre la Constitución”, que, aunque sea a muchos días vista, y una vez aprobado el texto en referéndum, la Conferencia asumió como propia y merece comentarse.

 El enfoque moral de la Constitución puede desorientar a los católicos, indicando el camino falso, ocultando el verdadero, o no señalando ninguno. La Nota episcopal, que pretende seguir este tercer camino, contiene dos errores graves: Primero: Es erróneo el criterio que adopta para determinar la moralidad o moralidad de la Constitución. Segundo: Es erróneo sostener la moralidad del conjunto siendo inmoral alguna de sus partes.

 Por lo que concierne al punto primero, el criterio para determinar la moralidad o inmoralidad de la Constitución no es su conformidad o disconformidad con valores humanos, tales como la convivencia, libertades, etc., según sostiene la Conferencia en el número tres de su Nota, sino la conformidad o disconformidad con la Ley Divina Natural y Positiva. Ese tenía que haber sido para los obispos el punto de arranque y la clave decisoria para emitir su juicio. Pero al colocar como fundamento de su criterio no a Dios, sino al hombre, no al Derecho Divino sino al humano, no el sentido sobrenatural de la fe, sino el sentido temporal de las conveniencias humanas, se desvían en su orientación moral de su vértice teocéntrico para señalar una vertiente antropocéntrica que, por lo mismo. es falsa y errónea.

 Por lo que concierne al punto segundo, sostiene la Nota virtualmente, y yo añadiría que incluso de manera expresa, que la Constitución es moral, “puede salvarse moralmente” según sus palabras, si su conjunto global y general es moral, aunque no lo sean algunas de sus partes: los católicos, en consecuencia podrían dar su voto afirmativo a la Constitución, según su conciencia. La afirmación precedente contradice el principio filosófico de sentido común: “Bonum ex integra causa, malum ex quocumque defecto”, a cuyo tenor, para que la Constitución sea moral tiene que ser toda moral y para que sea inmoral basta que lo sea una sola de sus normas. Sin embargo, la manzana está podrida bien porque toda este podrida o bien porque esté podrida cualquiera de sus partes; un producto es venenoso si cualquiera de sus elementos tiene veneno aunque otros no lo tengan.

 Pues bien: según la Conferencia Episcopal podríamos comer toda la manzana, aunque tenga alguna parte podrida; así, habremos podido votar afirmativamente la Constitución, ya que de los 169 artículos que la integran, sólo unos pocos son moralmente inaceptables. No importaría, por consiguiente, que el art. 1 suplante la soberanía de Dios por la del pueblo; que el  art. 117 coloque en la voluntad popular el origen de la justicia; que el art. 32 elimine de hecho la competencia de la Iglesia en materia matrimonial y adjudique al Estado atribuciones propias para regular sustantivamente una Institución de Derecho Divino Natural y Positivo como es el matrimonio; que el art. 27 conciba la educación con sentido laicista y establezca sobre la enseñanza el monopolio estatal, etc. Como las demás normas constitucionales son aceptables, ¡el católico ha podido aprobar una Constitución que niega a Dios, sanciona el divorcio vincular, abre cauces legales al aborto, elimina a la Iglesia, regula a su capricho la institución natural del matrimonio y arranca a los padres la educación de sus hijos!

 ***

La “orientación moral” de la Conferencia Episcopal Española contiene, como acabamos de ver, dos errores gravísimos contra la moral católica: uno, en su mismo punto de partida, al tomar como criterio decisorio de moralidad al hombre en lugar de Dios; y dos, en su mismo contenido, al sostener la moralidad del todo, siendo inmoral una de sus partes. No es extraño, por tanto, que sus Documentos caigan en el vacío, que sus ambigüedades no confundan, que sus equivocidades no engañen, que sus sofismas resulten ineficaces. Su auto-desprestigio es la vacuna providencial que preserva la fe del pueblo católico español.

 Julián GIL DE SAGREDO


Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978

 

jueves, 23 de octubre de 2025

Avance del marxismo entre los católicos

 Artículo de 1978

  AVANCE DEL MARXISMO

 A juzgar por el sondaje de opinión publicado (1978) en el diario “Informaciones”, relativo a los partidos de centro y de derecha, el marxismo avanza inexorablemente en España. Si fuera certero y objetivo ese sondaje, la mayoría del electorado español sería ya marxista y la Constitución y el Gobierno se habrían asentado sobre un polvorín presto a hacerlos volar.

 Como, por otra parte, todo el mundo afirma que la mayoría de los españoles somos católicos, indudablemente hay que pensar que muchos católicos votan al marxismo porque el Magisterio de la Iglesia lo consiente para su propia perdición. La Jerarquía, efectivamente, está cediendo con ingenuidad o con negligencia ante la seducción que el marxismo platónico, de papel o gobernado, ejerce sobre los espíritus insatisfechos y creyentes en que va a ser capaz de satisfacerles el marxismo gobernante. El marxismo está llevando a cabo una sagaz estrategia en España, tendente a convencer de que es posible conciliar teórica y prácticamente el marxismo y el catolicismo. ¡Y como no todo el mundo es capaz de discernimiento…!

 Los intentos que yo conozco de conciliar el catolicismo y el marxismo, invariablemente, adolecen de lo mismo: concilian o bien un catolicismo inauténtico, un pseudo-catolicismo, con un marxismo auténtico; o conjugan un catolicismo auténtico con un marxismo inauténtico; o maridan entre sí un marxismo y un catolicismo inauténticos, falsos.

 El catolicismo auténtico, el propuesto por el Magisterio oficial y tradicional de la Iglesia católica es teórica y prácticamente incompatible con el marxismo que caracteriza los escritos y los comportamientos de los maestros y dirigentes más calificados del marxismo. Como yo le manifestaba a Roger Garaudy, sin que supiera replicarme, en un turno de objeciones y cuestiones, tras su conferencia en el templo parroquial de Santo Tomás de Aquino, de Madrid, la mayoría de los católicos españoles no nos reconocemos creyentes en esa versión sui géneris del cristianismo propuesta por él; como tampoco se reconocerían muchos comunistas y socialistas en esa versión sui géneris del marxismo aventurada por él para acoplarlo al cristianismo, y por la cual lo han expulsado del Partido Comunista Francés.

 Es lo que le acontece también a Alfonso Comín, miembro del Comité Central del Partido Comunista de España y del PSUC, en su libro «Cristianos en el Partido, comunistas en la Iglesia». No piensa católicamente, no tiene fe católica quien, como Comín, escribe: «Politzer... afirma que vamos a asistir a través de la filosofía a esta lucha continua entre el idealismo y el materialismo. Este va a hacer retroceder las limitaciones de la ignorancia, y ésta será una de sus glorias y uno de sus méritos. Por el contrario, el idealismo y la religión que lo alimente harán todos sus esfuerzos para mantener la ignorancia y aprovechar esta ignorancia de las masas para hacerlas admitir la opresión, la explotación económica y social. Sin duda el desarrollo histórico de la religión cristiana permitía analizar su función social en estos términos. Tanto Politzer como los autores del Pequeño Diccionario Filosófico (soviético) habían conocido una dura experiencia histórica en la que la religión se había expresado predominantemente en una línea de opresión y de oscurantismo.» Aquí Comín, aceptando la interpretación marxista de la religión, apostata realmente del catolicismo. Es obvio que Jesucristo no quiso ser un Mesías temporal, un liberador político, sino el Redentor del pecado humano. Y la Iglesia no tiene por qué ser distinta de Jesucristo.

 Es claro que para la Iglesia lo único importante es hacer partícipes de la divina Revelación y de la Redención de Cristo a los hombres. Pero la divina Revelación y la Redención, lejos de ser opresivas y oscurantistas, son lo más valioso, lo más liberador espiritualmente y lo más luminoso intelectualmente de que puede disponer el hombre. Empezamos porque, como dice Pascal, por sí mismo el hombre ni siquiera sabe lo que es el hombre, a menos que

Dios se lo revele. Y es Dios, sólo Dios, quien revela que los creyentes somos hijos suyos y, por tanto, hermanos en Cristo. La ciencia no nos dice, no nos puede decir que somos hermanos, sino rivales, enemigos.

 El pensamiento y la ciencia del hombre contemporáneo, o bien dice —como el pensamiento de los marxistas— que el hombre no pasa de ser una porción de materia organizada (y entonces es lógico el archipiélago Gulag descrito por Soljenitsin, como son lógicas las checas españolas), o bien dicen que el hombre es una pasión inútil —como propone el existencialismo de Sartre— o una noción inventada en el siglo XVIII que ahora se desvanece como una huella que hubiéramos dejado a la orilla del mar, en una playa, como asegura el estructuralismo de Foucault. Así pues, tanto en el orbe de la ideología marxista como en el orbe de la ideología liberalista, desaparece la convicción de que el hombre es digno de todo respeto y titular de derechos inalienables, porque es criatura e hijo de Dios, con una naturaleza prefijada para siempre por el Creador, que nadie puede alterar ni dejar de respetar.

 Por el contrario, resulta realmente oscurantista y fatalmente opresivo el universo adonde se extiende la vulgata marxista, dogmáticamente impermeable a la noción cristiana del hombre, irrespetuosa de los fueros de la persona humana, fosilizada en los supuestos o postulados formulados por Marx, que no pueden abandonar los marxistas, a menos que dejen de ser realmente y confesionalmente marxistas. Cuando uno lee la Sagrada Escritura y los fines que Dios propone al hombre y lee las Resoluciones y los Estatutos del PCE en su último Congreso, observa que cristianismo y marxismo son diferentes e incompatibles.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 620, 25-Nov-1978