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miércoles, 17 de junio de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (6)

 Artículo de 1979

 TARANCÓN, UN CARDENAL NEFASTO 

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 Los primeros días de octubre solían ser franquistas para el cardenal. En 1973 no rompe con la tradición y vuelve a oficiar el “Te Deum” (octubre, 1973), acudiendo después a la recepción que celebra con motivo del 1º de octubre. Un día más tarde bendice la residencia de la Seguridad Social “1º de Octubre” inaugurada por Franco. Mientras tanto, cesa a varios profesores (“conservadores”) del Seminario y trae de nuevo a los que había echado monseñor Morcillo, al tiempo que propicia un Instituto Universitario de Teología, con Miret Magdalena y González Ruiz de profesores. Nadie podrá extrañarse ya de que el Seminario de Madrid se convierta en lo que luego ha resultado.

 El asesinato del almirante Carrero, el 20 de diciembre de 1973, sirvió para demostrar que innumerables católicos hacían a su arzobispo responsable moral del magnicidio. Es claro que el cardenal no tuvo nada que ver con los asesinos del almirante, pero la opinión del pueblo madrileño demostraba que su arzobispo se había ganado a pulso no sólo su desprecio, sino también sus iras. Gonzalo Mota señalaba en “Fuerza Nueva” (enero, 1974) que esa explosión general de desaprobación ante una persona y una línea pastoral era “obra de monseñor Dadaglio”. Y ahí empieza el declive de Tarancón. Hasta entonces, con críticas como las que hemos señalado, su carrera era ascendente. A partir de ese momento, el mundo comenzó a ver que el “bluff” Tarancón tenía los pies de barro, y que mal podía ser una figura internacional quien era así tratado por sus fieles en su propia sede.

 A comienzos de 1974, una nueva polémica con motivo de autorizar, no se sabe en virtud de qué poderes, la comunión en la mano, sin que existiera concesión de Roma. Una vez más, la oposición entre Tarancón y el cardenal primado (Marcelo González) y monseñor Guerra Campos se manifiesta abiertamente. Los artículos contra el cardenal se multiplican, y en la imposibilidad de citar a todos, mencionaremos solamente la correspondencia que con él cruzó mosén Bachs (Agosto, 1974), en la que sacerdote catalán dirige una verdadera diatriba, con toda razón, al cardenal de Madrid.

 El sínodo de ese año ya nos muestra a un Tarancón que no tiene el menor eco en la Iglesia universal. Sus intervenciones “horizontalistas” no despiertan el menor interés, salvo, quizá, en los sectores más radicalizados del progresismo italiano. Así, el hoy suspendido “a divinis” Dom Franzoni hizo el gran elogio del cardenal, lo que, ciertamente, no contribuía a aumentar su prestigio. La prueba definitiva de lo que aquí se dice está en los escasos votos que obtuvo para la Secretaría del Sínodo. (…) A partir de esos resultados, los turiferarios del cardenal se iban a mostrar más moderados en presentárnoslo como el futuro Papa. Ya no se lo iba a creer ni el mismo cardenal, que tengo para mí fue el único que estaba encantado con la posibilidad.

 De esa época son unas confusas declaraciones sobre matrimonio, divorcio y confesionalidad que anuncian el futuro constitucional de nuestra Patria. Y como la fecha está próxima al primer aniversario del asesinato de Carrero Blanco, no faltan nuevos insultos en la calle. Las declaraciones siguen teniendo puntuales contradictores, que, no es necesario decirlo, están todos mucho más en línea con el magisterio de la Iglesia que el cardenal de Madrid. Así, mosén Ricart: “Las declaraciones del cardenal Tarancón sobre el matrimonio civil han producido estrago grave y nefasto en toda España” (“Iglesia-Mundo”), Angel Garralda… Rafael Gambra, etc. (…)

 En 1975, se hace mediador de la petición de amnistía de Justicia y Paz (febrero), con lo que no es ajena su persona a los asesinatos que hayan cometido los amnistiados una vez puestos en libertad. Tolera también, por entonces, la Asamblea de Vallecas; protesta por la suspensión gubernamental de la misma y nuevo escándalo, con numerosos artículos por este motivo.

 En julio de ese año, otro inmotivado ataque a monseñor Guerra Campos, tan gratuito, que el incondicional “Ya”, al reproducir las declaraciones, sin duda sintiendo vergüenza ajena, suprime el párrafo en cuestión. Intentos de desmentido y un escándalo más. Telegrama del primado (mons. Marcelo González) en solidaridad con monseñor Guerra; forzadas y tardías disculpas de Tarancón y dignísima y cristiana actitud del obispo de Cuenca, en contraste con la del cardenal.

 El 19 de septiembre de 1975 pide, en nombre de la Conferencia Episcopal, un indulto que hoy (1979) vemos cómo está pesando con su aterradora cifra de cadáveres, sobre España y sobre los que propiciaron la amnistía.

 Muerto Franco, homilía en los Jerónimos con motivo de la exaltación al trono de don Juan Carlos, y nueva polémica al canto. Como muestra, un artículo de Julián Gil de Sagredo, cuyo título no puede ser más explícito: “Entre la heterodoxia y la demagogia” (“Fuerza Nueva”, enero, 1976).

 Pocos días antes, un hecho de gran resonancia: reunión de numerosos sacerdotes madrileños y conferencia del canónigo don Salvador Muñoz Iglesias, en la que se pone de manifiesto lo que supuso para la archidiócesis el desdichado gobierno del cardenal. Se dijo que, después de escuchar el impresionante alegato del canónigo, el arzobispo expresó a los centenares de sacerdotes presentes que, de aceptarlo, lo que debería hacer era dimitir. Y el asentimiento parece que fue unánime. Porque, desgraciadamente, todo lo que allí se había expuesto era sólo un pálido reflejo de la realidad.

 También de esa época, otra frase lapidaria del cardenal de enorme importancia para comprender sucesos posteriores: “Ya no es válido eso de que España no puede dejar de ser católica sin dejar de ser España”. Con lo que se vuelve a levantar una oleada de protestas contra el arzobispo que, con tanta frivolidad como ignorancia, pontifica sobre la esencia misma de una Patria que, en verdad, no se merecía un obispo como éste.

 Para cerrar gloriosamente el año 1976, el cardenal de los mil Te Deums y de las mil reverencias ante Francisco Franco, como ya está muerto, decide acreditar un valor que antes ni siquiera se le suponía y, gran heroicidad, prohíbe la misa que se proyectaba en la Plaza de Oriente, el día del primer aniversario de la muerte del Generalísimo.

 Y otra vez las protestas indignadas (…) Como resultado de todo ello, el cardenal tiene que ser protegido por la policía, y nuevas pancartas con el pareado “Tarancón al paredón” en la gigantesca manifestación del 20 de noviembre. Que ciertamente no son objeto del menor reproche por los cientos de miles de católicos que acudieron a la concentración.

 También, por aquellos días, aquel cura sin pelos en la lengua y sin miedo en el alma que fue el padre Venancio Marcos le llama el “cáncer de la Iglesia española”. Y aunque el “Ya” sale con una editorial en su defensa, van siendo cada vez más los católicos que piensan que el respeto que le tienen no es más que el que se merece.

 La Navidad de 1976 trajo un cierto optimismo a los atribulados diocesanos del cardenal. Empezó a hablarse de que se lo llevaban a Roma. Y aunque muchos pensaran que darle un cargo en la Curia era un premio injusto e inmerecido, con tal de verle lejos aceptaban cualquier cosa. No se confirmaron los rumores, pero sí vivimos unos días ilusionados.

 Las protestas por los tolerancias o los decididos apoyos a los clérigos progresistas son una constante en todos estos años, y en 1977 arrecian considerablemente. La Unión Seglar de Madrid se hace eco de la indignación producida por unas conferencias organizadas en la Universidad por el Arzobispado, o, al menos, por sacerdotes que dependen del mismo, en las que varios ponentes eran conocidos marxistas (febrero). Y Eulogio Ramírez dedica un artículo al mismo tema.

 Las increíbles declaraciones de Alberto Iniesta, obispo auxiliar del cardenal, en las que la doctrina católica sobre el aborto, divorcio, relaciones prematrimoniales etc., era abiertamente conculcada. son ocasión también para reprochar la pasividad, por no decir la tolerancia o la complicidad de su inmediato superior.

 Mientras tanto, le imponen la “F” de famoso en una discoteca, estando el elogio al cardenal a cargo del marxista y ateo Tierno Galván (abril, 1977). No es tan extraño que un chiste del nada sospechoso de “ultra”, el humorista Peridis (abril), con motivo de la dimisión del almirante Pita da Veiga como ministro de Marina, presente corriendo a ocultarse de nuevo en la alcantarilla, preocupados por posibles consecuencias militares, a Carrillo, Felipe González, Gil-Robles… y al cardenal Tarancón.

 De esas fechas es una de sus peores “Cartas cristianas” (“Ya”, 24-4): “La espada y la cruz”. Y cuando utilizo el calificativo de peor no me refiero al estilo literario, que ése es malo siempre. El 4 de agosto nombra rector del Seminario a uno de los clérigos más progresistas de España, Juan de Dios Martín Velasco. Y también por esos días otra desafortunadísima expresión de este prodigio de frases desafortunadas: En entrevista a “Gaceta Ilustrada” encuentra muy normal que el sacerdote “de vez en cuando eche una cana al aire, porque es humano”. Rafael Gambra, con su acerada ironía pone, en Fuerza Nueva, al arzobispo en el lugar que realmente le corresponde.

 En octubre de ese mismo año, Pablo VI cumplía 80 años. Y declaraciones de Tarancón dentro de su más puro estilo; es decir, demoledoras para aquel a quien parece querer alabar. Y téngase en cuenta que en este caso se trata del Pontífice a quien Tarancón debe cuanto es.

 “Hoy -dice el cardenal a “ABC”- 80 años no inspiran aquella venerable respetabilidad antigua; al contrario, estimulan las invitaciones al retiro de una forma apremiante. Nosotros tampoco hemos querido organizar aquí nada, en Madrid. Prefiero que pase tranquila esta fecha: no me hubiera extrañado -de tener que organizar algún acto- que la gente, en vez de gritar ¡Viva el Papa! Dijese; “¡Dimite!. Porque todo está muy cambiado. Es otro mundo, y dejémonos de nostalgias”.

 Y ahora, la más absoluta descalificación del Pontífice entonces reinante: “Pablo VI tiene la cabeza muy bien, pero está derrotado físicamente por la artrosis, y esto influye psicológicamente sobre él, estimulando su mentalidad de anciano. Tomar decisiones graves a los ochenta años y con esa mentalidad cuesta mucho, quizá demasiado. Son abuelos que se guían sobre todo por razones afectivas y por miedo a herir si hacen esto, o que pase aquello si hacen lo otro”.

 ¿Intolerable en un cardenal? Parece que sí.

 En noviembre, unas increíbles declaraciones laicistas sobre divorcio, adulterio, etc. en “El País”, que iban ya elaborando el terreno para lo que ocurriría con la Constitución. Tampoco en esta ocasión faltaron las réplicas.

 1978 comienza con una “cordial” entrevista con Santiago Carrillo, que pronto terminó como el rosario de la aurora. Al escándalo del encuentro sucedió el de unas declaraciones de Carrillo que atribuían al cardenal pensamientos inconciliables con la doctrina católica. Desmentido de Tarancón y contraataque del líder comunista, que se reafirmaba en lo dicho. No soy sospechoso de la menor simpatía hacia el responsable de Paracuellos, pero creo que quien decía la verdad era él. Por lo menos ha demostrado más honestidad en su conducta que el cardenal de Madrid.

Otra pésima “Carta cristiana”, esta vez sobre el divorcio (junio), refutada magistralmente por uno de nuestros mejores teólogos, que tacha Tarancón de “divorcista circunstancial”. Y nos encontramos en plena batalla constitucional.

 Pese a todos sus esfuerzos, no le tratan mejor los llamados católicos progresistas. El cura Gamo le llama “reaccionario”, y el ex cura y alto dignatario comunista García Salve denuncia su frivolidad. (…)

 Por el otro extremo no son más favorables las críticas. Rafael García Serrano escribe que Tarancón “es a Cisneros lo que una cucaracha a un águila real”; también se replica acremente a unas declaraciones del cardenal en las que decía que no le asustaba que el PSOE llegase al poder.

 Más ambiguas “Cartas cristianas” sobre la Constitución (octubre y noviembre) y fracaso estrepitoso en los dos Cónclaves a los que asiste. Hasta que llegamos a la carta pastoral de mons. Marcelo González (Primado de España). Pero ello quedará para el próximo artículo.

 Cerramos éste con la humilde petición, a quien corresponda, para que libre cuanto antes a la Iglesia española de este cardenal nefasto al catolicismo de nuestra Patria. Cuando el exministro Julio Rodríguez, que acaba de fallecer, le negó la mano en el funeral por Carrero Blanco bien sabía lo que hacía. Aquel gesto, de resonancias paulinas, seguro estoy que le habrá servido de muchas indulgencias a su llegada al cielo.


 Revista FUERZA NUEVA, nº 633 24-Feb-1979

 

jueves, 11 de junio de 2026

Elecciones políticas y religión

 Artículo de 1979

 ELECCIONES POLÍTICAS Y RELIGIÓN

 (…) Las elecciones, amén de un acto político, son un acto religioso o irreligioso, se quiera o no se quiera. Ni el socialista y anarquista Proudhon ni el neocatólico Donoso Cortés se extrañaban de que en el fondo de toda cuestión política se hallara invariablemente una cuestión religiosa. El mismo Concilio Vaticano II, en la Constitución pastoral “Gaudium et spes”, ha reconocido la profunda compenetración que existe entre las cuestiones políticas y las cuestiones religiosas. (…)

En efecto: el acto de elegir a un candidato o a otro (y, con ello, un programa u otro programa de gobierno, una u otra ideología, es decir, una u otra concepción del hombre y del mundo) es un acto religioso o irreligioso. Cuando elegimos un candidato determinado estamos eligiendo una determinada concepción del mundo y no otra cualquiera; una concepción del mundo que concuerda con la de la religión católica, con la de otra religión o con alguna concepción irreligiosa.

 El acto de elegir es moral o inmoral

 Por lo demás, el acto de elegir es un acto eminentemente libre y, por tanto, un acto conforme o disconforme con el orden moral objetivo. Y al ser moral o inmoral ese acto de elegir es un acto relativamente religioso o irreligioso, porque la religión abarca el orden entero de la moralidad.

 Eligiendo a un candidato, pues, elegimos un proceder humano, conforme o disconforme con la Ley de Dios. Por eso, el hombre religioso y particularmente el hombre católico, como pretenda obrar con recta conciencia, como es debido, ha de preocuparse por elegir a aquellos candidatos que mayores garantías le ofrezcan de que la cosa pública será administrada según las exigencias de la Ley moral, tal como la expone e interpreta la única institución que se presenta ante el mundo como intérprete exclusivo de la Ley divina, la Iglesia católica, que no acaba con los obispos de aquí y de ahora.

 Pronunciamientos vagos del Magisterio eclesiástico

 Ciertamente, en la Iglesia no se nos instruye, ahora, inequívoca, concreta, y cabalmente a los católicos sobre este particular. Y se puede suponer -a juzgar por los resultados- que son pocos los católicos que leen, asimilan y ponen por obra documentos tan completos, aunque tan abstrusos y vagos como el que publicó, bajo los auspicios de monseñor Yanes, la Secretaría del Episcopado español, en mayo de 1977. Indudablemente, si todos los católicos españoles hubieran asimilado aquel documento, en el que se establecía, por ejemplo, que “el cristiano debe rechazar los proyectos políticos que van unidos a ideologías contrarias a la fe y a la dignidad humana”, los partidos liberalistas como UCD y Alianza Popular, socialistas (como el PSOE y el PSP) y comunistas como el PCE no hubieran obtenido en las elecciones de 1977 la cantidad de votos que obtuvieron.

 Lo mismo puede pronosticarse después de la abstracta declaración de la Comisión Permanente del Episcopado español de 8-II-79. En aquel documento de mayo de 1977, como en éste de febrero de 1979, falta señalar explícitamente que son “ideologías contrarias a la fe cristiana”, “ideologías materialistas de uno u otro signo”, “modelos totalitarios” que no descartan “la violencia como método político”, tanto el marxismo como el liberalismo que inspiran a los partidos mayoritarios de la pasada legislatura (UCD, Alianza Popular, PSOE y PCE).

 El Magisterio eclesiástico no nos sirve bastante

 Una de dos: o bien está claro que según esa doctrina -yo creo que vaga y abstracta- de los obispos, está prohibido al católico votar a dichos partidos materialistas, y en tal caso, la Iglesia y los obispos quedan comprometidos en contra de tales partidos, y en tal hipótesis, no hay razón para dejar de condenar explícitamente el voto de los católicos en favor de UCD, de Coalición Democrática, del PSOE y del PCE; o bien no está claro en esos documentos episcopales qué es lo que condenan, qué lo que aprueban, qué lo que prohíben y qué lo que permiten esos obispos a título de maestros en la fe, y en tal caso, huelga que hagan esas declaraciones, que no servirían para que aquel que quiera obrar católicamente descubra a través del Magisterio eclesiástico la moral del Evangelio aplicada a la circunstancia concreta y grave de las elecciones.

 En este caso, habría que concluir que ni el Evangelio ni la Iglesia ni su Magisterio nos sirven para discernir la justicia y la liberación cabal que la Iglesia dice querer servir en este mundo, como parte indispensable de la evangelización. La Iglesia diría, platónicamente, que sirve la causa de la justicia: pero no la sirve, puesto que no sabe o no quiere decir a los católicos, concretamente, qué es justo, cuál es el voto justo, cuáles son los problemas políticos justos que podemos votar.

 El Magisterio más concreto de los Papas y del Vaticano II

 Hay que ir más allá del magisterio de los obispos dominantes de la Iglesia española, para encontrar criterios más claros y concretos que nos sirvan para decidir nuestro voto en las presentes elecciones. De ese modo uno advierte que el católico no puede votar a los verdaderos socialistas, a los verdaderos comunistas ni a los verdaderos liberales, porque uno y otro Papa, incluido Pablo VI en la “Octogésima Adveniens”, han establecido que el liberalismo y el socialismo verdaderos (que inspiran a los mencionados partidos) son incompatibles con la fe cristiana, dado que son materialistas, racionalistas y naturalistas, olvidadizos o desdeñosos de las verdades y de los preceptos que el espíritu humano descubre mediante Revelación sobrenatural.

 Se ve también por el Vaticano II, que, en la constitución pastoral “Gaudium et spes (nº 74), la Iglesia enseña que “el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas de la Nación, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral, para procurar el bien común”. De aquí que el católico, si obra moralmente y conforme a su fe, no puede votar ni a los candidatos marxistas (del PSOE y del PCE), cuyos partidos pretenden el bien de una clase social, no el bien común (además de que esos candidatos, en cuanto marxistas, menosprecian el orden moral definido por la Iglesia); ni puede votar el católico a los candidatos liberales (de UCD o de Coalición Democrática), que tampoco se comprometen a observar el orden moral, tal como lo interpreta la Iglesia, antes al contrario, han elaborado y aprobado una Constitución desdeñosa de ese orden moral.

 Por consiguiente, hay que exigir a los partidos y a los candidatos que se definan en este punto, y si no se definen, desconfiar de ellos.

 El católico debe votar a Unión Nacional

 El católico, a fuer de católico, ha de votar en favor de la Unión Nacional (Fuerza Nueva, coaligada con Falange Española de las JONS, Comunión Tradicionalista y con los Círculos José Antonio), ya que solamente Unión Nacional ofrece garantías de legislar y gobernar conforme al orden moral en materia de matrimonio, aborto, fiscalidad, huelgas, justicia social, fomento del bien y represión del mal moral.

 El católico debe votar en conciencia, conforme a las exigencias de la conciencia católica. Sólo de esta manera está seguro de no haberse equivocado y de no haber hecho mal. Sólo el voto en conciencia es un voto útil, desde el punto de vista religioso, que es el más importante. Hay que votar en favor del bien mayor o del mal menor, que es lo mismo. Esa es la parte que nos corresponde a nosotros como actores de la Historia. La parte del Autor de la Historia, el resultado definitivo, eso es cosa de Dios. El católico y lo católico triunfarán en las elecciones si se pronuncian católicamente. No triunfan los católicos ni lo católico cuando se vota un programa inspirado en la ideología liberalista o en la ideología marxista, en el materialismo vulgar o en el materialismo dialéctico.

Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 633, 24-Feb-1979

  

viernes, 5 de junio de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (5)

"Breve historia del señor Tarancón"

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (5)

 BREVE HISTORIA DEL SEÑOR TARANCON

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 NO es fácil medir las responsabilidades de cada uno de los personajes que han salido o van a salir en este informe. Como autores, cómplices o encubridores. De algunos, sin embargo, la autoría no es dudosa y las agravantes, manifiestas. En la sombra, ya nos hemos referido a él, el nuncio Dadaglio.

 A plena luz, como cabeza visible de todo este proceso, Vicente Enrique Tarancón, un levantino que ronda los setenta y dos años, cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal española, «papable» frustrado, académico de la Lengua, etc. De junio de 1971 guardo el primer recuerdo personal del señor Tarancón. Se celebraba en la catedral de Madrid el funeral por monseñor Morcillo. Una oscura maniobra del señor Dadaglio evitó que el cabildo nombrase a monseñor Guerra Campos para regir la archidiócesis, hasta la llegada de un nuevo titular, e impuso al que entonces era arzobispo de Toledo, Vicente Enrique Tarancón. El, por un lado, primado y, por otro, administrador de la archidiócesis madrileña presidió el rito fúnebre y pronunció la homilía. Que más pareció destinada a señalar los defectos que Tarancón encontraba en su predecesor en la sede madrileña y al frente de la Conferencia Episcopal que a cantar unas virtudes que si en términos absolutos eran evidentes, comparadas con las del oficiante resultaban extraordinarias.

 Yo no sé si ese afán de denigrar a los que son muy superiores a él procede de la envidia, de la mezquindad o son simples coincidencias desafortunadas. Que cada cual piense como guste conociendo al sujeto. Pero sí quisiera señalar otra muestra de ese particular modo de entender el «elogio» del que hace gala el arzobispo de Madrid. Acababa de acceder al Solio Pontificio Juan Pablo I, ese Papa encantador que fue un soplo de aire alegre tras el atormentado pontificado de Pablo VI. La cristiandad estaba entusiasmada. Católicos y no católicos mitificaban a quien acababan de conocer hasta convertirlo en sonrisa. Todos menos el cardenal Tarancón, tal vez frustrado porque nadie se hubiera acordado de él cuando sus compañeros eligieron al cardenal Luciani para sucesor de Pablo VI.

 «Albino Luciani era poco conocido fuera de Italia. No había llamado la atención por sus escritos, como la han llamado otros cardenales, ni por sus trabajos diplomáticos o por determinados gestos o posturas que trascienden fácilmente las fronteras.» Vamos, un pobre hombre que carecía de todo eso que adornaba al cardenal Tarancón.

 Pero no crean que nuestro cardenal quedaba satisfecho. No. Era necesario insistir y señalar que «a muchos ha desconcertado esa vida oscura del nuevo Papa», porque el mundo hoy «parece que exigía un Papa de cualidades personales brillantes, de un conocimiento personal de las distintas culturas y que hablase diversas lenguas, de un Papa que, por decido así, estuviese a la altura del desarrollo casi ilimitado de la Humanidad» («ABC», 16-9- 78). Después de este retrato tan radicalmente falso es como para pensar que el arzobispo de Madrid no sabe hablar bien de nadie sin antes hacerlo objeto de críticas tan despiadadas como infundadas.

 Una rápida semblanza de este personaje nos permitirá conocer mejor a quien es en estos momentos el líder de la corriente mayoritaria de nuestro episcopado.

 Obispo de Solsona, arzobispo de Oviedo, arzobispo de Toledo y cardenal, arzobispo de Madrid, el señor Tarancón fue de los primeros en apuntarse a la corriente progresista que, humanamente, tan buenos resultados iba a darle.

  poco de llegar a Toledo comienza a revelar lo que serán constantes en su actuación pastoral. Y una de ellas es su incontinencia verbal, que en no pocas ocasiones le deja en una pésima posición. Recuerdo de aquellos primeros días como arzobispo de Toledo unas frívolas declaraciones a Antonio Aradillas («Pueblo», 10- 2-69) en las que en nada salía beneficiado. Y de entonces también otra constante en la historia de Tarancón: las desmedidas alabanzas que le prodiga un cierto sector de la Iglesia y que podemos sintetizar en este titular de Martín Descalzo: «El nuevo primado es un prelado de hoy con los ojos puestos en mañana» («ABC», 2-2-69).

 En Toledo, lo que antes habían sido atisbos progresistas se convierten ya en una decidida manifestación. Y comienzan las críticas a sus actuaciones, recogidas entonces la mayoría de ellas en la revista «¿Qué Pasa?», archivo insustituible para la historia eclesiástica de aquellos años. Véanse, por ejemplo, el gran artículo del conocido teólogo que se ocultaba tras el seudónimo de R. Pérez Muñiz («Don Julián Marías y el cardenal de Toledo», 16-8-69), el de Ramón Tatay («Rechazamos afirmaciones inauditas», 26-7-69), «Al pan, pan y al vino, vino», de Francisco Fernández (31- 5 y 6-9-69), varios de León Tejedor (3 y 10-5-69) y el de Julián Gil de Sagrado, «Se respeta la persona, pero no sus ideas» (6-9-69). También FUERZA NUEVA figura, por la pluma del benemérito padre Oltra, entre los críticos del nuevo cardenal (20-9-69).

 Pero el señor Tarancón no es un héroe y disimula con actuaciones en otro sentido sus inclinaciones progresistas. Eran los tiempos de aquel baile llamado “yenka” que avanzaba en un sentido, pero con pasos hacia atrás. Y al cardenal le pusieron el nombre del baile. Para disimular, juraba entonces su cargo como consejero nato del Consejo de Estado («ABC». 26 9 69) y bendecía la bandera del Regimiento Alcázar de Toledo («ABC», 30-9-69). Y se producía ya un grave escándalo, prólogo, sin duda, de otros que habrían de venir. «L'Osservatore Romano» del 29 de mayo de ese año desmentía al cardenal Tarancón sobre posibles cambios en la encíclica Humanae v¡tae («Ecclesia», 14-6-69). Dato, pues, muy significativo.

 Desmentidos de Tarancón («Madrid», 23-10-69), lo que va a constituir otra de sus especialidades, noticias de que recibe en Roma «cordialmente» a los curas contestatarios («Madrid». 30-10-69), postura benévola hacia el progresismo holandés que le vale una nueva réplica del padre Oltra, ahora desde «¿Qué Pasa?» (15-8- 70), y un nuevo fruto personal de su progresismo. Su ingreso en la Real Academia Española por no se sabe qué méritos, pues los literarios no se evidencian. La elección, según el «ABC», por unanimidad (30-5- 69), fue tan discutida como comentada. Desde el crítico escrito de Adolfo Muñoz Alonso «Los inmortales se cubren con la púrpura» («Arriba», 11 -5-69) hasta la publicación, cuya referencia no he encontrado ahora pero cuya búsqueda no sería difícil, de un autógrafo del cardenal con una garrafal falta de ortografía. Nada académica, por supuesto.

 Prosiguen las confusas declaraciones y continúan las críticas. Un eminente claretiano, el padre Peinador, le tacha de oscuro e incomprensible («Roca Viva», 9-69), “Ijcis” le acusa de fomentar la duda sobre lo que es el sacerdote («¿Qué Pasa?», 6-3-71), Muñoz Alonso le dedica otro punzante artículo bajo el título de «No lo entiendo» («Arriba», 11-7-69) y el padre Oltra rebaja los entusiasmos del purpurado en «Optimismo exagerado de su eminencia el cardenal primado» («¿Qué Pasa?». 10-4-71)

 El nombramiento como administrador apostólico de Madrid es un nuevo escándalo en la carrera taranconiana. Protestas de César Esquivias (FUERZA NUEVA, 26- 6-71), León Tejedor («¿Qué Pasa?», 19-6- 71)..., editoriales de «Ya» en defensa del procedimiento y del nombrado y la sombra de Benelli tras toda la operación (Cfr. «La “benellicracia” vaticanista en España», León Tejedor («¿Qué Pasa?», 24-7-71). Pero los acontecimientos se suceden y hacen que los últimos vayan haciendo olvidar a los anteriores. El «Ya» del 14 de septiembre de ese año nos informa del discurso que Tarancón pronuncia inaugurando la Asamblea Conjunta, que es una defensa absoluta de la misma. Y ésa fue su postura en todo lo que a ella iba a referirse.

 Gris actuación en el Sínodo, en el que presenta una relación que decepciona a los progresistas y no satisface a nadie («ABC», 9-10-71), y comienza a rumorearse que será el próximo arzobispo de Madrid («ABC», 19-10-71). De su actuación en Roma llega a España el incienso con que le obsequia en todas sus crónicas Martin Descalzo. El 5 de diciembre se publicaba la noticia de su nombramiento como arzobispo de Madrid. Unos días antes, tan delicado y elegante como siempre, había aludido en su discurso de apertura de la XV Asamblea Plenaria del Episcopado a las «equivocaciones» de su antecesor ya fallecido, monseñor Morcillo. También por aquellas fechas «Iglesia Mundo» le señalaba (26-11-71) como representante en el Sínodo de la línea progresista que acababa de ser derrotada

 En los primeros meses de 1972, nuevo escándalo en la carrera de Tarancón. El 22 de febrero, «ABC» desmiente la noticia de que la Santa Sede había hecho al cardenal advertencias muy críticas sobre la Asamblea Conjunta, y al día siguiente lamenta las campañas contra la misma. «El Pensamiento Navarro» insiste en la existencia del documento romano (26-2-72). Por fin, y con las consiguientes bromas sobre el cartero de la calle de la Pasa, se reconoce el documento, gracias al descarado apoyo del cardenal Villot se intenta echar tierra al fuego («ABC», 7-3-72). El crédito y la ortodoxia del cardenal Tarancón y de los obispos que le apoyaban quedaban gravemente alcanzados.

 De ese mismo año es una poco elegante alusión del cardenal —¿cuántas van ya?- a monseñor Guerra Campos, a quien acusa de «fomentar la desconfianza en los pastores legítimos» («Ya», 2-6-72). Y naturalmente llueven las réplicas. «La fidelidad a los obispos», de Juan Nuevo (FUERZA NUEVA, 17-6); B. J. V., en «El Alcázar» (12-6); «Los pastores legítimos», de Teodoro G. Riaza («¿Qué Pasa?», 17-6); «¡Lo que faltaba!», de “Ijcis” («¿Qué Pasa?», 17- 6); «¿Confianza en los obispos?», de León Tejedor («¿Qué Pasa?», 24-6), son sólo una pequeña muestra del eco que merece el cardenal.

 Y también por esos días uno de esos aciertos taranconianos dignos de figurar en una antología del disparate. El 29 de junio publicaba el cardenal en el «Ya» un artículo titulado «El optimismo de Pablo VI». Pues bien, de ese mismo día son esas famosas palabras del Papa que dieron la vuelta al mundo: «El humo de Satanás ha entrado en la Iglesia.» Como se ve, un prodigio de sintonía espiritual entre nuestro arzobispo y el Santo Padre. Que, naturalmente, es puesta de manifiesto por quienes se van sintiendo cada vez más hartos de su nuevo pastor. El cual, pese a todo, sigue acudiendo a felicitar a Franco en el aniversario de su llegada a la Jefatura del Estado («Hoja del Lunes», 2-10-72). Incongruencia -apoyar a la Conjunta y oficiar los Te Deums de Franco—, que no deja de reprochársele («El Pensamiento Navarro», 20-10-72).

 Ya a finales de este año de 1972 se viene a reconocer el valor del documento romano contra la Asamblea Conjunta y lo que significaba de limitación a la misma. No gana nada con ello el prestigio del cardenal, prestigio, por otra parte, muy disminuido, por todo lo que venimos relatando.

 En el 73 hay un hecho de poca importancia pero muy significativo. Cuando muchos obispos españoles se niegan a que sean procesados sacerdotes de sus diócesis por colaboración con el marxismo, el cardenal Tarancón autoriza que se lleve a los tribunales a un digno sacerdote madrileño que había defendido a la Virgen frente a un artículo de «Triunfo» (FUERZA NUEVA, 31-3-73).

 El 8 de mayo de 1973 la prensa ya da noticias de que en una manifestación patriótica con motivo del asesinato de un policía apareció una pancarta con el siguiente texto: «Tarancón, al paredón» («ABC»), mientras que el arzobispo tenía que ser protegido por las fuerzas de orden público («Ya»). Lejos quedaban los libros patrióticos que Tarancón había publicado en 1941.

 Mientras tanto, un nuevo escándalo. La Virgen de Fátima no puede entrar en Madrid por prohibición expresa del arzobispo («¿Qué Pasa?», 12-5-73). Es recibida, en cambio, apoteósicamente en Toledo, con la participación del nuevo cardenal primado, don Marcelo González Martín. Los católicos españoles van comenzando ya a saber quién es quién en su Iglesia. Los artículos contra la actitud del arzobispo se multiplican y tiene particular eco el aparecido en la «Hoja del Lunes» (14-5) bajo el título de «Carretera prohibida».

 El señor Estepa, obispo auxiliar del cardenal, pretende salir en defensa de éste lanzando la peregrina teoría de que la Virgen iba a ser utilizada con fines extrarreligiosos («Informaciones», 17-5). La decisión de Tarancón fue comentadísima y su autoridad llegó a la cota más baja desde su llegada a Madrid. El 16 de junio aparecía en FUERZA NUEVA una doble viñeta: en la primera, los rojos, en 1936, dicen «no pasarán» a los nacionales, que gritan ¡Viva Cristo Rey!; en la otra, en 19/3, es Tarancón y otros clérigos quienes gritan «no pasarán» a una procesión de la Virgen de Fátima.

  (Continuará)


Revista FUERZA NUEVA, nº 632 17-Feb-1979

 

martes, 19 de mayo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (4)

 Artículo de 1979

 La Iglesia Española y la Constitución 

Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 (4) Una declaración vergonzosa

 El 28 de septiembre de 1978 la Comisión Permanente del Episcopado publicó lo que pretendía ser «una orientación pastoral de los fieles desde una perspectiva religiosa y moral». En teoría, lo propio de los obispos ante un acontecimiento verdaderamente histórico para nuestra patria.

 Pero el juicio, que a muchos católicos nos parecía simple y evidente, a nuestros prelados se les antojaba dificultoso a causa «de la misma naturaleza» de un referéndum, en el que se pedía opinión sobre distintos asuntos. Y después de reconocer «ambigüedades», «omisiones» y «fórmulas peligrosas», entran ya decididamente en el campo del equilibrismo, impropio de su sagrado carácter. Sentando algunas cautelas con la pretensión de salvar la cara, o por lo menos así lo creían, se vuelcan decididamente por el «sí» al afirmar que en la Constitución «no se dan motivos determinantes para que indiquemos o prohibamos a los fieles una forma de voto determinada».

 LO que significa dar a entender a los fieles que en la Constitución no hay graves atentados a la voluntad de Dios, pues en el caso que los hubiese es de creer que tendrían que recomendar el voto negativo. Pese al confuso lenguaje, buscado de intento, el aval no podía ser más rotundo.

 Y concluyen la declaración con un párrafo que comienza con estas palabras: «Los obispos esperamos que las leyes que han de desarrollar las normas constitucionales no turbarán la conciencia de ningún ciudadano.» Cuando estas líneas se están escribiendo ha saltado ya a los titulares de los periódicos la posible despenalización del aborto. Cierto que el Gobierno Suárez, por claras razones electorales, la ha desmentido. Pero ello es la prueba más clara de que la Constitución no le había cerrado las puertas como sosteníamos quienes nos opusimos a ella.

 La esperanza de los obispos de que el desarrollo constitucional no turbaría las conciencias de los españoles, ha durado bien poco. ¿Era lógica esa esperanza después de la intervención de Peces Barba en las Cortes, o de la de otros diputados socialistas y comunistas ante toda España a través de la televisión? Y podía preguntarse aún más: ¿Tenían verdaderamente los obispos esa esperanza?

 En este punto es preciso hacer ya una seria advertencia a los obispos españoles, que con su decidido y descarado apoyo decidieron el resultado del referéndum. Porque después de la consulta electoral es evidente que la pírrica victoria, aun dando por buenas las cifras que se nos suministraron de un 59 por 100 de los españoles a favor del «sí», no se hubiera logrado sin colaboración entusiasta de la mayoría de nuestros pastores. Esta Constitución tuvo cinco padrinos: Adolfo Suárez y su UCD, Felipe González y los socialistas, Santiago Carrillo y el Partido Comunista, Manuel Fraga por libre y la Conferencia Episcopal Española.

 Del padrinazgo de Fraga sólo hay que decir que nada aportó a la Constitución. La inmensa mayoría de su gente, que tampoco era tanta, votaron en contra de lo que recomendaba su líder, y para muchos dejó de serio desde ese momento. Extraña característica la del señor Fraga, que parece haberse especializado en repeler de su lado a cuantos se acercan a él. Lo que en un político no es precisamente un signo esperanzador de futuro.

 Los otros cuatro padrinazgos se revelaron en cambio decisivos. A falta de cualquiera de ellos la Constitución no se hubiera aprobado. Y ésa es la gran responsabilidad de los obispos españoles, pues gracias a ellos tendremos el divorcio y el aborto en España. Lo que en unos obispos parece no ser precisamente una gloria. Por eso, obispos, cuando en España comience a asesinarse legalmente a los niños que iban a nacer, permaneced callados. No protestéis. Porque ésa es vuestra obra. La sangre de esos inocentes caerá sobre vuestras cabezas, porque vosotros los matasteis el 28 de septiembre de 1978. Los católicos, cuando protestemos del aborto, no podremos teneros por jefes. Las causas de Dios hay que defenderlas con las manos limpias, y vosotros las tendréis manchadas de sangre. Y eso no lo olvidaremos nunca. Se os ha llamados Pilatos y Judas. Seréis también Herodes. Esos tres personajes malditos pesarán de tal modo en vuestras almas, que si aún creéis en Dios habréis de retiraros en la soledad, y en el olvido vuestra necedad o vuestro pecado, y si habéis dejado de creer en El, más os vale ir eligiendo árbol en el que colgar vuestro fracaso y vuestra indignidad.

 Judas, Herodes y Pilatos. ¡Qué éxito episcopal! No ha tenido en la historia de la Iglesia, aun en sus más sombríos tiempos, noticia de algo semejante. Pilatos ha habido muchos, por cobardía o comodidad. Tampoco han faltado los Judas que, por bastardos intereses, traicionaron la causa de Dios. Pero el personaje siniestro de Herodes estaba todavía inédito en el episcopologio de la Iglesia. Reunir a los tres en uno es verdaderamente todo un «record». Y toda una descalificación.

 Pedid, pues, a Dios que el aborto no llegue. Y no, como lo pedimos los demás católicos, en, defensa de unos seres inocentes y desvalidos que tienen derecho a nacer porque ésa es la voluntad de Dios, sino porque el día en que el aborto se legalice, ese mismo día, os tendréis que marchar de vuestros cargos, ya que clamarán los católicos, y hasta las piedras, contra vosotros.

 Después de la vergonzosa declaración del 28 de septiembre, las reacciones no se hicieron esperar. Quienes desde su fe objetaban radicalmente la Constitución, no hicieron el menor caso de vuestro escrito y prosiguieron, desde la orfandad y la tristeza, su campaña. Y los obispos, hasta entonces mudos, comenzaron a aparecer en la campaña electoral.

 Eulogio Ramírez, del que uno se asombra de que pueda escribir tanto, acusaba a la Iglesia española de liberalista, a los obispos de sibilinos y a la “Orientación” de desorientativa («El Alcázar», 3/10 y 27/11 , y FUERZA NUEVA, 21/10). «El Pensamiento Navarro» (1/10) publicaba un editorial contra la declaración, y lo mismo hacia FUERZA NUEVA (14/10), que elevaba el tema a portada, en la que se leían estas palabras: «Ante la postura del Episcopado Español, ¿pastores o lobos?». «Pro España Católica», en la misma línea, distribuía miles de hojas con un título análogo, que era una rotunda afirmación: «Nos entregáis a los lobos». En «El Imparcial» aparecieron infinidad de cartas impugnando la postura de los obispos: Agustín Sierra de la Guerra (14/10), José García del Pozo, vocal nacional de Unión Carlista (15/11); Guillermo de Padura (17/11). José M . Arigita (17/11). Tomás Pita Carpenter (1/11), Blanca Botas (31/10), I. G. Sahuquillo (21/11). Ángel Beniasar (24/11), etc. Félix Sánchez interpelaba al cardenal Tarancón desde «El Alcázar» (13/10). Juan Sáenz Díez, desde «El Pensamiento Navarro» (15/10), lo hacía con el significativo título de «¿Consejo o confusión?», interpretando el sentir de innumerables católicos. El sacerdote don Ángel Garralda incide en el mismo tema con un magnífico artículo titulado «Dolorosamente hartos de ambigüedad» («El Pensamiento Navarro», 10/10). Marcelino Urtasun, que por el estilo me parece ser un seudónimo tras el que adivino a un buen amigo, asegura desde un titular de «El Imparcial» (19/11): «Los obispos no han cumplido». Ramón de Tolosa, desde su magnífica sección de FUERZA NUEVA (2/12) los tacha de traidores. Y Julián Gil de Sagredo proclama desde las mismas páginas (FUERZA NUEVA. 16/12): «Su autodesprestigio preserva nuestra fe.»

 Podríamos llenar páginas continuando citas y nombres. Baste la muestra para comprobar la acogida que la declaración episcopal tuvo entre católicos no dudosos y comprometidos con su religión. Entiendo que tal escándalo sería suficiente para que, con un mínimo de dignidad, hubiera incluso dimisiones entre nuestra desacreditada jerarquía. Esperemos que al menos sirva para que en el Vaticano se enteren de quiénes son los que religiosamente nos gobiernan y de la opinión que de ellos tienen sus fieles.

 Al mismo tiempo que se censuraba la postura episcopal continuaban las manifestaciones católicas contra el contenido de la Constitución en numerosísimos artículos y comunicados, e incluso en homilías como las pronunciadas por ei canónigo de Segovia don Lucas García Borreguero, que «El Alcázar» (22/11) resaltaba en titulares: «Votar sí a la Constitución, un grave pecado», y el también canónigo burgalés don José Ruiz, que en la misma fecha y página afirmaba: «España va hacia la apostasía.»

 En la imposibilidad de citar a todos, no quisiera omitir a Manuel Viéitez, por sus muchos artículos; a la Unión Carlista («El Alcázar», 6/11); a Carmelo Velasco, con títulos tan significativos como «Portazo a Dios en la Constitución» e «Insistiendo en el portazo constitucional a Dios» («El Pensamiento Navarro», 28/10 y 3/11); al padre Campos Sch. P. («Una constitución ilegítima, inválida y perniciosa» («El Pensamiento Navarro», 23/11); al ex ministro Julio Rodríguez («Ante una Constitución atea y secesionista», «El Imparcial», 16/11); a don Luis Madrid Corcuera, que prosiguió incansable su campaña meritísima (véase, p. ej., «Una Constitución moral y religiosamente mala», «El Pensamiento Navarro», 29/11); a una declaración de catedráticos y publicistas católicos con casi setenta firmas, muchas de ellas de primeras figuras de nuestra intelectualidad, que fue curiosamente silenciada por la mayor parte de la prensa, pese a que se les hizo llegar puntualmente («El Alcázar», 14/11 , y «El Pensamiento Navarro», 29/11); a la Comunión Tradicionalista a través de su jefe delegado («El Pensamiento Navarro», 1/12); a Juan Luis Calleja, con un extraordinario artículo en «ABC» (23/11); a Carlos Etayo, que se embarcó en la campaña contra la Constitución todavía con más ilusión que la que puso en sus singladuras ultramarinas («El Pensamiento Navarro», 13/10); a ese gran periodista que es Ismael Medina («El Alcázar», 10/10); a la Unión Seglar de San Antonio María Claret, que se dirigió al Papa en nombre de cincuenta y tres mil católicos («El Alcázar», 4/12); a Jerónimo Cerdá, incansable propagandista de «Pro España Católica» en Valencia, y de tantas otras cosas cosas («Las Provincias», 29/11), etcétera.

 Conviene advertir a los católicos que no pocos de los que consumieron tiempo y energías en esta lucha por el honor de Dios encabezan ahora las listas electorales de Unión Nacional en distintas provincias españolas. Todas las demás candidaturas, o postularon el «sí» o, si defendieron el «no», era por motivaciones separatistas o de ultraizquierda. Blas Piñar, en Madrid; Jerónimo Cerdá, en Valencia; Ismael Medina, en Cuenca; Julián Gil de Sagredo, en Almería; César Esquivias, en Guipúzcoa; Manuel Ballesteros, en Ceuta, son una garantía de supervivencia de la España católica. Olvidarlo puede ser trágico para nuestra fe y para nuestra patria. 

 (Continuará)


Revista FUERZA NUEVA, nº 631, 10-Feb-1979

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Democracia taranconiana

 Artículo de 1979

 DEMOCRACIA TARANCONIANA

 DE todos es sabido que la democrática dictadura que sufrimos no ha resuelto aún el grave problema del habitual retraso en la distribución de la prensa española. Esta insignificante observación desestabilizadora viene al caso porque días pasados recibí, con retraso astronómico, un diario madrileño que en su día publicó fragmentos de una carta del ilustrísimo y reverendísimo señor Vicente Enrique Tarancón. El titular de la diócesis madrileña comienza su carta «Los cristianos y la democracia», afirmando que «a algunos cristianos no les gusta la democracia». Y aquí, como es habitual, el señor cardenal desenfoca el problema de la cuestión, porque el problema democrático no infiere para nada en los gustos o disgustos de los cristianos. El infierno existe, nos guste o no. Es ahí, en ese orden, en el plano doctrinal, y sólo en ese plano, donde se ha de cuestionar el problema de la democracia.

 Como quiera que la amnesia y alergia que Tarancón sufre hacia el magisterio pontificio es manifiesta, ya desde ahora recordamos a su eminencia y a sus diocesanos que la democracia fue condenada por Su Santidad Pío X. Por tanto, es falso lo que afirma el pro-demócrata cardenal en su carta, cuando dice que «la democracia no está en contra de ninguna verdad de la fe cristiana»; y es falso, aunque Tarancón lo diga «ex cátedra», por la sencilla razón de que, muy a pesar suyo, no es papa. ¡Qué inmenso bien haría Tarancón si callara!

 Pero como por desgracia el ilustre cardenal no ceja en su empeño de confundir a los españoles, nosotros, a pesar de que hoy no está de moda, vamos a transcribir algunos puntos de la carta colectiva «Notre charge apostolique», de San Pío X, para que la doctrina católica sobre la democracia sea conocida por nuestros compatriotas. A vuela pluma, pues, transcribo los párrafos que siguen: «Las teorías de la democracia, bajo brillantes y generosas apariencias, faltan con mucha frecuencia a la claridad, a la lógica y a la verdad.»

 “Los (demócratas) jefes de “Le Sillon” (“El Surco”, en francés) tienen una concepción especial de la dignidad humana, de la libertad, de la justicia y de la fraternidad, y para justificar sus sueños sociales apelan al Evangelio interpretado a su manera, y, lo que es más grave todavía, a un Cristo desfigurado y mermado.

 “Nuestro predecesor (León XIII), de feliz memoria, ha condenado una democracia que llega al grado de perversidad: que consiste en atribuir en la sociedad la soberanía al pueblo y en procurar la supresión de las clases. Caminan, los demócratas, al margen de la doctrina católica, hacia un ideal condenado.

 Y para que no se nos acuse de juzgar demasiado severamente, y con un rigor injustificado, las teorías sociales del “Sillon” (de la democracia), queremos recordar aquí los puntos esenciales de éstas. Y aquí San Pío X analiza y condena todo lo que hoy Tarancón y compañía predican y difunden, por todos los medios informativos a su alcance.

 “Esta rápida exposición —prosigue el Papa- os demuestra ya claramente cuánta razón tenemos al decir que los demócratas oponen una doctrina a otra doctrina; que levantan su ciudad sobre una teoría contraria a la verdad católica, y que falsean las nociones esenciales y fundamentales que regulan las relaciones sociales en toda sociedad humana”.

 Creo que ha quedado claro, y muy claro, que Tarancón, en su carta cristiana, contradice la doctrina católica, y que, por tanto, queda al descubierto la vocación democrática de monseñor (…).  El cardenal usa la dicotomía maquiavélica de deslindar el campo político-religioso en su carta cristiana: «La soberanía del pueblo en el plano político —principio fundamental de la democracia— no va en contra de que toda autoridad viene de Dios.»

 Pero recuerdo de nuevo a los lectores que para pensar bien hay que estar con el Papa, y San Pío X dice: «Muy diferente es en este punto la doctrina católica, que pone en Dios, como en principio natural y necesario, el origen de la autoridad política.»

 Melchor CANO


Revista FUERZA NUEVAnº 632, 17-Feb-1979

 

martes, 5 de mayo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (3)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 (3 Los católicos comienzan a organizar su oposición

 A la clara toma de postura de los obispos de Orense y Orihuela-Alicante, a la que nos referimos en el artículo anterior, se unen algunos obispos más, formulando reservas a la Constitución. Alcanza gran resonancia el comentario de monseñor Guerra Campos, que, sin entrar profundamente en el análisis del texto, hace hincapié en un punto de enorme importancia, ya que supera la contingencia del momento para pesar como una losa en el futuro político de los responsables de la norma que se está redactando.

 El obispo de Cuenca señala que “hay que registrar para la historia” que “nuestros gobernantes, que en gran número se cuentan como católicos, han contribuido decisivamente con su iniciativa a implantar en el orden político la famosa afirmación de don Manuel Azaña, cuando se debatía la Constitución de la República en 1931: “España ha dejado de ser católica”. Y podemos añadir que tanto o más decisiva que la actuación nuestros gobernantes ha sido la de nuestros obispos,

 Esa es la más que dudosa gloria de miembros del Opus Dei como Antonio Fontán, de demócratas cristianos como Álvarez de Miranda, de “propagandistas católicos” como Landelino Lavilla o Marcelino Oreja o de sedicentes católicos como el mismo Adolfo Suárez. Y de la mayoría de los obispos presididos por el señor Tarancón. Los primeros trajeron a conciencia -con el silencio cómplice de los últimos en un primer momento, que al final se convirtió en un escandaloso apoyo-la Constitución de la apostasía, del divorcio y de todo lo que va a venir tras la “expulsión” de Dios.

 Monseñor Guerra -con muy medidas palabras, pues parece imposible que tan breve texto puede haber tanto contenido- señala que la “indeterminación y la ambigüedad” buscadas de propósito dan por resultado el que la “ordenación resultante carece de criterios morales” y advierte que “portavoces de grupos parlamentarios han declarado en el mismo Congreso” que la Constitución “no cierra el paso al intento de legalizar en su día la matanza de criaturas inocentes e indefensas en edad prenatal”.

 Advierte, asimismo, contra el divorcio y resalta que “se excluye la posibilidad de promover la libre decisión del pueblo en torno a determinadas disposiciones y frente a abusos oligárquicos”, refiriéndose a la imposibilidad en que se hallan los ciudadanos para promover un referéndum contra cualquier norma que conculque gravemente las creencias de una considerable parte de los españoles. Y concluye afirmando que “la supuesta neutralidad se convertirá fácilmente en salvoconducto para la agresión”.

 Pero el obispo de Cuenca se plantea otro tema de fundamental importancia que no sólo debió condicionar el voto católico en el pasado referéndum del 6 de diciembre, sino que permanece vigente para las próximas elecciones legislativas y para todas las que en el futuro puedan venir mientras determinadas personas, a las que no es preciso nombrar, pretendan seguir en el poder.

 Me refiero, con el obispo, a la confianza que pueden inspirar a los católicos, o incluso al resto de los españoles, “quienes han socavado la moral pública infringiendo juramentos sagrados, mucho menos en los casos que haya habido juramentos falsos. Tampoco garantizan la esperanza los que teniendo ahora mismo en sus manos los más poderosos medios de difusión -que, por cierto, aprovechan para los fines que les interesan con todos los recursos de la información selectiva y del silencio calculado (y aquí conviene señalar que aún no se había producido la infame campaña contra la Pastoral del Primado (Marcelo González) en la que la información selectiva y el silencio calculado alcanzaron cotas realmente increíbles)- permiten que irrumpa en los hogares españoles oleadas de cieno en una campaña descaradamente corrosiva de los criterios cristianos, encontra de las más recientes y solemnes proclamaciones del Magisterio pontificio. No la garantizan los gobernantes que, profesándose católicos han tomado la iniciativa de desamparar valores morales cuyo tutela, según el Magisterio de la Iglesia universal es irrenunciable; o aquellos que hablan de un humanismo cristiano en el que Cristo no es el Señor”.

 No insistiremos en el vidrioso tema del perjurio o, lo que es más grave, del juramento en falso. Ahí quedan las palabras de monseñor Guerra Campos para la Historia y para la conciencia de juzgadores y juzgados. Me limitaré tan sólo a subrayar la importantísima advertencia acerca de la confianza que pueden inspirar a los ciudadanos los gobernantes que se comportan como señala el obispo. Quien pudo prometer y prometió, y no cumplió (*), no aporta ninguna garantía para el futuro. Empeñarse en cerrar los ojos a la evidencia renovando inmerecidas confianzas no conduce sino a nuevos desengaños. Desengaños que, téngase muy en cuenta, se van produciendo cada vez en trincheras de más difícil resistencia.

 ***

A lo largo del verano (1978), algunos obispos más se van pronunciando en contra de la Constitución. El infatigable obispo de Tenerife, monseñor Franco, cuyo extenso y profundo magisterio ha hecho que la Iglesia española contraiga con él una deuda impagable, publica una pastoral contra el divorcio que es una firme desautorización del art. 32 de la Constitución (ABC, 17-8-78). Y algo después, otra sobre la libertad de enseñanza en el mismo sentido (Pensamiento Navarro, 4-10-78). El arzobispo de Burgos, don Segundo García de Sierra, se pronuncia asimismo contra el divorcio (Vida Nueva, 16-9-78). Y el cardenal de Toledo, en quien estaban puestas las miradas de todos los católicos, hace graves reparos a la regulación constitucional del matrimonio y de la enseñanza (ABC, 26-9-78).

 Monseñor Méndez Asensio

 Mientras tanto, los católicos comienzan a organizar su oposición. En las Jornadas de la Hermandad Sacerdotal en Granada, el tema constitucional es plato fuerte de ponencias y conclusiones. Y aquí conviene dejar constancia de la posición de uno de los obispos más débiles que hoy ha tocado sufrir a nuestra Iglesia: el arzobispo de aquella capital señor Méndez Asensio.

 Según “Dios lo quiera”, boletín de la citada Hermandad (oct-nov-dic,78), después de haber autorizado la reunión en la sede de su archidiócesis, el obispo, por no se sabe qué escrúpulos, se vuelve atrás en su decisión. Laboriosas gestiones, con intervención de altos valedores, consiguen que donde había dicho digo y Diego volviera decir digo, y así se llega a celebración de las Jornadas.

 Julián Gil de Sagredo, en brillante ponencia, “La Constitución a la luz de la fe católica”, que puso en pie repetidas veces a un público entusiasta, calificó la Jerarquía con palabras ciertamente duras pero de fácil comprensión. Cuando éstas llegaron a oídos del arzobispo, ese hombre que pasó siempre por todo lo pasable y aun por lo que era imposible pasar, al que nunca se oyó una protesta por las homilías subversivas que se multiplicaron en su diócesis de Pamplona; que fue alabado por el comunista “Mundo Obrero” a causa de su descarado apoyo a los clérigos que el Gobierno de Franco quería procesar (Pensamiento Navarro, 24-4-73); que pagaba las multas impuestas a sacerdotes; que suprimió la procesión del Corpus en Pamplona (El Alcázar, 21-6-73) porque así lo exigía el “trust” progresista al que entregó el gobierno de su archidiócesis; que persiguió a dignísimos sacerdotes, como el párroco de Tafalla, don Tomás Minguela, al que privó de la parroquia, ganándose la indignación del pueblo, más por cobardía ante las presiones de su entorno que por maldad, ya que puesto a ser apocado es casi incapaz de ser malvado (Ya, 30-8-73); que es acusado de ser el enterrador de la Iglesia navarra, siguiendo la senda marcada por su antecesor, de desgraciada memoria, el cardenal Tabera (Iglesia-Mundo, 15-3-74); que calla ante la “huelga” de misas dominicales en siete iglesias de Pamplona (ABC, 24-11-74); que encabeza la salida de los encerrados en su arzobispado por la muerte de un miembro de la“Joven Guardia Roja” en Almería (Pensamiento Navarro, 20-8-76); que pasó porque sus clérigos intentaran llegar a las Cortes, y alguno de ellos lo consiguió, militando naturalmente en partidos marxistas; ese obispo vence su proverbial pusilanimidad y falta de arrestos para todo y amenaza con los más fieros males a la Hermandad Sacerdotal.

 Quien cerró los ojos para no ver las más colosales vigas, coge ahora una lupa para denunciar la más mínima paja. Pues debe saber el señor Méndez que, por su carácter, no debió pasar nunca de piadoso capellán de monjitas de pocas luces y disciplinaditas, porque para otra cosa parece no servir, que ha desprestigiado tanto su ministerio episcopal, que, si por milagro de Dios, y muy grande tendría que ser, de la noche a la mañana se convirtiera en un Tomás Beckett, no le haría caso ni su familia.

 Cuando dicen que iba llorando por los conventos de clausura de Navarra, porque nadie atendía a sus instrucciones, podía darnos pena, pues hay faltas de carácter que son realmente como una enfermedad. Pero cuando vemos que aún guardaba un poquito de genio y que precisamente lo reservaba para la Hermandad Sacerdotal Española que, con todos los defectos que se quiera -porque al fin y al cabo son hombres- dan lecciones en todo a los clérigos que él protegió siempre, las lágrimas de cocodrilo empezamos a creer que eran un montaje más para defender lo indefendible. Lo hubiéramos preferido llorando en Granada, como Boabdil, como un pobre hombre al que el cargo le viene demasiado grande, que jugando a hacerse el valiente, tal vez por primera vez en su vida, con quienes defendían una España católica a la que querían librar del divorcio, del aborto, del laicismo, de todo eso que vendrá gracias a las bendiciones ¿episcopales? de Méndez Asensio y demás compañeros de ministerio.

 Por los mismos días en que se reunió en Granada la Hermandad sacerdotal, cuajaba en Madrid la campaña Pro España Católica, que agrupó a diversos seglares que, ante el silencio de la Jerarquía, decidieron, en la medida de sus posibilidades, alertar a los católicos españoles de lo que en realidad significaba la Constitución que se les iba a someter a referéndum. En ese mismo sentido, y respaldando totalmente la campaña, las Uniones Seglares de toda España se comprometieron en la misma batalla.

 Y ya con un sentido más político, pero en base a profundas convicciones religiosas sentidas y orgullosamente profesadas, dos agrupaciones políticas, Fuerza Nueva y el Tradicionalismo -este último con rara unanimidad de sus diversas ramas, porque el partido de Carlos Hugo nada tiene que ver con el Tradicionalismo español- multiplicaban sus intervenciones en contra de una Constitución atea.

 Concluido el verano, reintegrada ya la gente a sus habituales ocupaciones tras el paréntesis vacacional, vino la gran bomba: la declaración de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, de 28 de septiembre de 1978. Hasta ese momento los obispos, con las honrosas excepciones que hemos señalado y tal vez alguna más de la que no tengo constancia, se habían limitado a guardar silencio. Lo que ya era bastante grave teniendo en cuenta lo que estaba en juego. Raro fue el obispo, como Yanes, del que nos ocuparemos más extensamente, que se hubiera manifestado con anterioridad a esa declaración de un modo favorable al texto constitucional.

 Yanes sabía lo que hacía. El 7 de julio, “ABC” recogió las declaraciones del arzobispo Zaragoza a “EL Heraldo de Aragón”. En ellas, después de señalar algunos “motivos de preocupación”, se viene a postular que se puede votar perfectamente que “sí” aun estando en desacuerdo parcial, si así lo aconsejaran razones superiores de bien común y de paz social, sobre todo cuando no existen otras alternativas reales. El arzobispo Zaragoza, hombre fuerte dentro de la Conferencia Episcopal, iba preparando el terreno para la declaración de la Comisión Permanente…

 “Continuará”


 Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979


(*) El presidente “centrista” Adolfo Suárez, especialmente.

lunes, 6 de abril de 2026

¿Puede un católico ser demócrata?

 Artículo de 1979

Al Papa Juan Pablo II

 ¿PUEDE UN CATÓLICO SER DEMÓCRATA?

 Después de leer las cartas de Monseñor Enrique y Tarancón, nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, quedan como nubladas, oscurecidas y conturbadas.

 Santo Padre:

 El Concilio Vaticano II, que a todos los fieles nos compromete y obliga, propone: “Los obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios, prediquen juntamente con su sacerdotes el mensaje de Cristo, de tal manera que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del Evangelio… Capacítense con insistente afán para participar en el diálogo que hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier opinión” (GS, 43).

 Pero también afirma este mismo Concilio: “Cristo, Profeta grande, que por el testimonio de su vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes, por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra (Cf, Act 2, 17-18, Apoc. 19,10), para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana familiar y social” (LG,23).

 El cardenal Tarancón, contrario al Magisterio de la Iglesia

 Pues bien, muchos católicos de Madrid y de España, cuando queremos cumplir nuestra misión profética, nos encontramos con que nuestro sentido de la fe está en pugna con lo que enseña el cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española. Monseñor Tarancón, en sus ambiguas y a veces contradictorias “cartas cristianas”. Nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, después de leer las “cartas cristianas” que publican profusamente los periódicos, quedan como anubladas, oscurecidas y conturbadas, en gran parte porque esas “cartas”, lejos de esta inspiradas por el Evangelio, están inspiradas por razones y motivos de “humana sabiduría” y versan sobre materias políticas opinables. Pero no sólo quedamos desorientados y perplejos porque, a menudo, esas “cartas cristianas” se oponen a nuestro “sentido de la fe”, sino porque se oponen a la doctrina tradicional de la Iglesia y a muchos textos explícitos del Concilio Vaticano II.

 Ignoramos si el cardenal Tarancón comulga con Juan Pablo II

 Los católicos sabemos, sí, que, como enseña el mismo Concilio (LG,25), “los obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, tienen obligación de aceptar y adherirse, con religiosa sumisión del espíritu al parecer de su obispo en materias de fe y de costumbres cuando él las expone en nombre de Cristo”. Pero sucede muchas veces que el cardenal Tarancón, en sus “cartas”, no está en comunión con el Romano Pontífice Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII ni, por supuesto, con el Concilio Vaticano II. Y, por otra parte, ni sabemos si está en plena comunión con Vuestra Santidad, porque Vuestra Santidad no se ha pronunciado sobre los temas que el cardenal aborda, innovando y contradiciendo la doctrina común en la Iglesia anterior al Vaticano II.

 Por lo demás, tampoco nos es fácil a los fieles católicos discernir en esas “cartas cristianas” lo que son propiamente materias de fe y costumbres y materias políticas, en aquello en que la política es ajena al contenido de la fe y de la moral y, por tanto, cuestión opinable, en la que haría mal el cardenal Tarancón en usar su oficio pastoral para inclinarnos en favor de un partido político, según aquello que acordó el Sínodo de los obispos de 1971 que, referido a los presbíteros vale “a fortiori” para los prelados: “Hay que procurar que su opción no aparezca ante los cristianos como la única legítima o que se convierta en motivo de división entre los fieles” (AAS,1971, pág.913).

 Yo no tengo derechos humanos en la Iglesia

 Como sabe Su Santidad, la Iglesia, que tanto se preocupa hoy por definir y promover los derechos humanos civiles, no se preocupa bastante, si es que se preocupa algo, por definir y legalizar canónicamente los derechos humanos eclesiales. Por eso, yo no tengo derecho en la Iglesia -por más que sea católico y publicista militante- a que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe examine y dictamine si las “cartas cristianas” del cardenal Tarancón están en comunión con la doctrina tradicional de la Iglesia que, sin duda, profesa y debe profesar también Su Santidad.

 Y como la Iglesia todavía no respeta mi derecho humano a que se examine y se sentencie de oficio la conformidad de la doctrina del cardenal Tarancón -que rara vez aduce en sus “cartas” texto de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia- con la doctrina ortodoxa católica, sólo puedo y me atrevo a dirigirme públicamente a Su Santidad -porque las cartas que se le envían a través de la Secretaría de Estado no obtienen respuesta-, para pedirle la gracia de que “confirme a sus hermanos en la fe” (Lc.22,32), señalando lo que de sana  doctrina o de doctrina desviada o heterodoxa pueda haber en el magisterio del cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Iglesia española.

 Obrar “con espíritu democrático” no cristiano

 Una espécimen de la doctrina de nuestro cardenal podría ser este: “Es necesario, pues, que los que tienen una concepción espiritualista de la vida -auténticamente humanista que reconoce las distintas dimensiones del hombre y afirma su trascendencia- se apresten para intervenir inteligente y eficazmente en esta época pos- constitucional. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la política tiene su propias leyes y que la democracia encierra unas exigencias esenciales. Habrán de aprestarse, pues, para actuar con criterios y procedimientos políticos y con verdadero espíritu democrático” (“ABC, 23-XII-76).

 Como puede advertir Su Santidad, esta es una sentencia o un criterio estrictamente maquiavélico o laicista. A los católicos, aquí, se nos inculca no que no actuemos con criterios morales en la política y que nos comportemos con “verdadero espíritu cristiano”, sino que hagamos la política lo mismo que la hacen los paganos.

 No hay verdadera autonomía de lo político

 En esta materia, el cardenal Tarancón interpreta mal el Concilio Vaticano II cuando habla de la “autonomía de las cosas terrenas” y olvida el pronunciamiento tradicional de la Iglesia expresado en estas palabras del Vaticano II: “Pero si con las palabra “autonomía de las cosas terrenas” se entiende que las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede usar de ellas de tal manera que no las vincula (“referat”) al Creador, nadie que reconozca a Dios deja de sentir cuán falsa es tal sentencia” (GS,36). 

Si las palabras del cardenal Tarancón aquí pueden y deben entenderse como maquiavelistas, laicistas, secularistas, el Vaticano II no ofrece dudas: “Una cosa cierta hay para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva… responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo” (GS,34). Esta sentencia no ha querido tenerla en cuenta ni el cardenal Tarancón ni la mayoría de los obispos españoles al recordarnos a los católicos cuál habría de ser nuestra actitud ante la promulgación de la reciente Constitución española, que ni orienta a Dios la actividad humana ni le reconoce como creador de todo, cosa que deberíamos haber confesado los católicos españoles en nuestra Constitución, puesto que reunimos a la mayoría de los votos de la Nación.

 El cardenal Tarancón toma el partido democrático

 Otra muestra también reciente y singular de la falta de congruencia entre la doctrina tradicional católica y la doctrina expuesta por el cardenal Tarancón queda patente en estas palabras de él: “Es necesario afirmar rotundamente: 1. Que la democracia no está en contra de ninguna verdad de la fe cristiana. La “soberanía del pueblo” en el plano político -principio fundamental de la democracia- no va en contra de que “toda autoridad viene de Dios”… 2. “Pío XII hizo el gran elogio de la democracia (“Ya”, 6-I-79)”. El cardenal Tarancón no explica por qué la Iglesia en Italia excomulga a las personas que coadyuvan a la consumación de un aborto provocado, siendo así que la Ley del aborto ha sido allí promulgada “con” espíritu democrático y con todo rigor democrático.

 La democracia es contraria a la verdad primordial del cristianismo

 El cardenal Tarancón, con esas palabras, favorece y sacraliza a cierto modo a la democracia, a pesar de que la democracia, real o prácticamente, es contraria a la verdad fundamental del cristianismo. Yo tengo por verdad fundamental o primordial del cristianismo la de que Dios existe, pero un dios revelante y legislador cuyas verdades y cuyas leyes debe acatar el hombre que quiera ser verdaderamente libre y feliz. La democracia (sea liberalista, sea socialista) opera como si no existiese ese Dios legislador. No pueden ser más contrarias una actitud como la cristiana (que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de Dios) y la democrática, que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de los hombres, desentendiéndose de la voluntad de Dios.

 Sólo es admisible la democracia que respeta la Ley de Dios

 Por eso, el Vaticano II, concorde con la doctrina tradicional de la Iglesia, enseña contra el cardenal Tarancón: “Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana y, por lo mismo, pertenecen al orden predefinido por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en el de las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral” (GS,74). 

Y cuando el Concilio enseña que es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan estructuras jurídico políticas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin discriminación alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y activamente en el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la comunidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la fijación de los campos de acción y de los límites las diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes (GS,75), el mismo Concilio nos remite a los discursos del Papa Pio XII, como el radiomensaje navideño de 1944, donde se hace patente que para la Iglesia no es buena cualquier democracia sino la “sana democracia”, la que se basa en el sufragio universal, sino en la Ley de Dios, en el ordine assoluto”, como dice Pío XII, el “ordo moralis” de que habla el Concilio. Pío XII, lejos de hacer el gran elogio de la democracia, hizo patentes sus sagradas reservas a ella. 

Y, por lo que toca a Pablo VI, podemos recordar la “Octogesima Adveniens”.

 La democracia común es contrario al catolicismo

 La democracia tiene por fundamento explícito o implícito, ya la ideología liberalista, ya la ideología marxista: es así que en la Octogesima Adveniens” (como en los documentos pontificios del siglo XIX y XX) se establece que la ideología liberalista y la ideología marxista son contrarias e incompatibles con el catolicismo: luego la democracia es contraria al catolicismo e incompatible con él. Las dos premisas de este silogismo son tan evidentes que no necesitan demostración; lo único que necesitan es que Su Santidad se pronuncie inequívocamente sobre una materia tan grave como ésta, la que nuestro cardenal Tarancón ha tomado un partido y, además, desviado.

 Eulogio RAMÍREZ

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979