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lunes, 3 de agosto de 2026

Relaciones entre los idiomas castellano y catalán

 Artículo de 1970 

 IDIOMA Y CULTURA

 Víctor Pradera, en la memorable conferencia pronunciada en Tarrasa en 1935, dedicó la segunda parte de su peroración a fijar unas ideas básicas sobre las relaciones entre los idiomas castellano y catalán. Cuando actualmente tanto se ha escrito y hablado sobre este tema, no siempre documentadamente, varias veces con reclamos oportunistas, de nuevo se hace actual el entendimiento orgánico, histórico, integrador, que Víctor Pradera puntualizaba en torno de ese debatido problema. Veámoslo.

 Orígenes del castellano y del catalán

 Quiero, de una vez para siempre, dejar sentado en Cataluña que el idioma castellano es un idioma catalán. Que a nadie le parezca paradójico. Que espere las pruebas y los razonamientos. No quiero decir con esto que el idioma catalán no tenga origen anterior en Cataluña al castellano: lo que digo es que el idioma castellano nació en Cataluña y, por haber nacido en Cataluña, es un idioma catalán. Y os diré más: que al mismo tiempo que nacía en Castilla y que nació en Cataluña y que nació en Aragón el idioma castellano, nacía en un lugar que parecía imposible que naciera, por la diferencia que existe con el léxico vernáculo: Vasconia. Y os diré más aún: que la última región española donde se habló oficialmente en castellano por los Reyes a sus súbditos fue en Castilla. Si tomó la lengua el apelativo de castellana no fue porque naciera en Castilla; fue porque no teniendo Castilla ningún otro idioma, allí el castellano se perfeccionó.

 La unidad nacional, es decir, la unidad de la Corona de Aragón con la Corona de Castilla, se realizó a finales del siglo XV. Si los reyes de la Corona de Aragón hablaron a sus súbditos en castellano, habréis de confesar que el castellano no fue importado a Cataluña ni a Aragón por los reyes de Castilla que dominaban aquí.

 El primer documento escrito en castellano, dirigido por los reyes a sus súbditos, que figura en la Academia de la Historia, en una colección que hay de esta naturaleza, es un documento escrito por el más catalán de los reyes de la dinastía catalana: por Jaime I el “Conquistador”.

 Y este mismo príncipe, Jaime I, en el prohijamiento mutuo que hizo con Sancho VII el “Fuerte”, confirmación de lo que acabo de deciros, lo escribió en lenguaje castellano”.

 Cataluña, consustancial a España

 Continuaba Víctor Pradera:

 Hay más. Se ha dicho que el castellano entró en Cataluña merced a la dinastía castellana de Fernando el de Antequera (siglo XV). Pero ya veis que estos documentos son anteriores. Nació aquí sin influencia ninguna de Castilla.

 Pero hay más. Rubió y Lluch, en su obra “Documentos para la historia de Cataluña”, ha investigado, ha indagado con un celo extraordinario todo lo referente al lenguaje vulgar en aquella época. Ha buscado en la correspondencia privada y no ha encontrado más que una carta que es de principios del siglo XIV. Pues esa carta, que era la escritura privada, el medio de comunicación privado de los catalanes, dice así: “Si us place oyr de la mi sanitat, sepades que so sano, la mercé de Dieuss, la cual cosa muyto querría saber de vos, e más vedir, aquesto sería cuando a Dieuss placería”.

 Todo esto revela que el castellano se llamó así no porque fue lengua de Castilla, puesto que había nacido también en Cataluña y había nacido también en Aragón y había nacido en Navarra en 1201, en que está el primer documento escrito en castellano oficial por los reyes a sus súbditos, sino que es una lengua que hablaban en Cataluña y que nació en Cataluña y que, por consiguiente, es una lengua catalana. Y, si esto es así, yo tengo que sacar una conclusión: cuando se habla de que Cataluña se le ha impuesto una lengua, quien eso dice no sabe lo que se dice, desconoce por completo la historia de Cataluña. No hay semejante imposición”.

 Unas conclusiones lógicas

 Víctor Pradera coronaba su magnífica lección, argumentando con aquellos raciocinios suyos encadenados y deductivamente imbatibles, de esta manera:

 Quiero llegar hasta el final de la conclusión, porque se han ideado aquí problemas que no existen, problemas que no existieron más que en la ignorancia de los que se decían vuestros directores. Quiero decir que una lengua no es marca de esclavo, a no ser en el caso de que fuese impuesta violentamente; ¡ah!, señores ¿qué diría Cataluña entonces de la lengua latina, que fue su lengua durante muchísimo tiempo? No. La lengua es un beneficio muchas veces y así lo estimaba Cataluña, porque no podemos olvidar que, en sus conquistas, Cataluña llevaba con su civilización, su lengua. Lo mismo en Sicilia que en Nápoles, que en Grecia, con el Ducado de Atenas, que en Cerdeña, a todos estos pueblos no solamente llevó sus armas, no solamente llevó su gente, sino que llevó su lengua, mejor dicho, sus dos lenguas, porque en Nápoles las lenguas oficiales eran el castellano y el catalán.

 Pero aquí tenéis, dentro de Cataluña, un pueblo que habla una lengua distinta de la vuestra: el Valle de Arán. El aranés no es un dialecto del catalán, el aranés es gascón y como es gascón, es dentro de la matriz de las lenguas, lengua distinta de la catalana. Y, sin embargo, muy bien, perfectamente bien, los araneses hablan, además del aranés, que es su lengua vernácula, el catalán. ¿Es que Cataluña, por eso, ha puesto la marca del esclavo sobre el valle de Arán?

 No, no hay más sino que Cataluña tiene dos lenguas suyas; una, la catalana, más antigua que la castellana; otra, la castellana que nació también en su tierra.

 Todo esto es suficiente. Demasiados motivos de guerra y de lucha tienen entre sí los hermanos para traer a Cataluña una lucha civil de lenguas, que es lo peor que puede ocurrir, porque eso es más grave todavía que la lucha civil de ideas políticas entre sí”.

 Más allá del idioma

 Tras la exposición doctrinal de Víctor Pradera -aunque no se acepten todas sus puntos de vista, algunos de los cuales, a mi entender, quizás son discutibles- es cosa cierta que el idioma catalán merece todas las consideraciones y andaduras jurídicas necesarias para su desenvolvimiento y esplendor.

 Sin embargo, no es menos cierto que hay otra vertiente en este problema. El idioma catalán, químicamente puro, es digno de las consideraciones apuntadas. Pero hay un hecho evidente: actualmente (1970) en Cataluña hay un monopolio indignante y sectario que se ha hecho de literatura y de la cultura catalanas bajo el signo de personajes y obras que no responden a la tradición de Cataluña, y que nos vienen a través del idioma, trasbordando las peores mercancías marxistas, el ateísmo elegante o grosero y una ofensiva explícita e implícita contra el ser de España y la justicia histórica impepinable de la Cruzada contra el comunismo.

 Nadie nos podrá decir que la literatura de un Juan Leita, mosén Dalmau, toda la trayectoria de la revista “Serra d’Or” y, en general, de la editorial “Nova Terra”, los Jordi Llimona y el teilhardismo del padre Eusebio Colomer, entre otros muchos, respondan a la línea de la fe católica de Cataluña. Tampoco que la novelística de Juan Oliver, de María Aurelia Capmany, de Baltasar Porcel, de Manuel de Pedrolo, de Mercé Rodoreda, de Pere Calders, etc., así como la poesía de Agustí Bartra, de Salvador Espriú, de Joan Brossa y de tantos y tantos otros, coincidan con el sentido cristiano que desde Ramón Lull, pasando por Verdaguer y Maragall, hasta el mismo José María de Segarra, era la fibra animadora de la auténtica e inmortal catalanidad.

 Nos encontramos ante un trust, homogéneo y sistemático, de autores que atentan con sus ideologías el patrimonio espiritual de Cataluña, sintetizado en su fe cristiana y en su personalidad secular.

 Ante esta realidad, hay evidentes fallos en el Estado Español, que ha descuidado promocionar la realidad catalana según su entrañable e insoslayable alma cristiana, con sus características específicas. Se deben reconocer las peticiones de derecho natural que Cataluña tiene respecto de su idioma. Pero no se debe permitir el avasallamiento de la torrentera de las ideologías marxistas, ácratas y jacobinas, que capitanea este movimiento. En el vehículo noble y correcto del idioma no se deben transportar mercancías mortíferas de ideologías negativas.

 A nuestro entender, la postura política solvente la anunció Juan XXIII en la encíclica “Pacem in Terris”, en la que se lee: “Ha de afirmarse decididamente que todo cuanto se haga para reprimir la vitalidad de tales minorías étnicas viola gravemente la justicia y mucho más todavía si tales atentados van dirigidos a la destrucción misma de la estirpe. Responde, en cambio, del todo a lo que pide la justicia, el que los poderes públicos se apliquen eficazmente a favorecer los valores humanos de dichas minorías, especialmente su lengua, cultura, tradiciones y recursos e iniciativas económicas”.

 Ha de advertirse, no obstante, que los miembros de tales minorías -bien por reaccionar contra su actual situación, bien por el recuerdo de sucesos pasados- no raras veces pueden dejarse llevar a insistir más de lo justo en los propios elementos étnicos, hasta ponerlos por encima los valores humanos, como si el bien de la familia humana entera hubiera de subordinarse al bien de ese pueblo. Y es razonable que ellos mismos sepan reconocer también ciertas ventajas que esa especial situación les trae, pues contribuye no poco a su perfeccionamiento humano el contacto permanente con una cultura distinta de la suya, cuyos valores propios podrán así ir, poco a poco, asimilando. Pero esto mismo se obtendrá únicamente cuando quienes pertenecen a las minorías procuren participar amigablemente en los usos y tradiciones del pueblo que los circunda y no cuando, por el contrario, fomenten los mutuos roces, de los cuales provienen grandes pérdidas y que traen el retraso de la nación.”

 El texto de Juan XXIII parece escrito expresamente para Cataluña y el País Vasco. El Estado tiene obligación de desarrollar la cultura, la economía y la personalidad de las regiones, pero éstas deben tener conciencia de su realidad, sin pretender exclusivismos antinaturales ni revanchismos visceralmente injustos. El Estado debe proteger, fomentar y apoyar las lenguas vernáculas. Pero graduando las proporciones de cada una de ellas y sin renunciar a la lengua nacional.

 En 1969 se editaron, en castellano, 12.439 títulos, en catalán 363, en vascuence 70, en gallego 27, en mallorquín 41, en valenciano 4, en bable 1. Pero el problema no está en la cantidad de libros publicados, sino en el contenido de los mismos. Dése toda la libertad editorial para las lenguas vernáculas, pero ni en castellano ni en catalán, el Estado Español, según sus Leyes Fundamentales puede tolerar literatura marxista, aberraciones de propaganda inmoral, falsificaciones históricas, poesía de odio, enfrentamiento científicamente elaborado preparando nuevas jornadas “gloriosas” como el 14 de abril de 1931, el 6 de octubre de 1934 y los tres años de asesinatos, de miseria y de terror bajo la “Generalitat de Catalunya”, la “Acció Catalana”, abigarrados con la CNT-FAI y el POUM, para todos ser, finalmente esclavizados por la agencia colonial de la URSS, que es, en Cataluña, el “Partit Socialista Unificat de Catalunya”, sección catalana del Partido Comunista de España.

 Y si se buscan lo más inmediatos antecedentes que pululan en el actual movimiento literario catalán, que “Cuadernos para el Diálogo” exhibe, se encontrará, en muchos de sus personajes citados y otros, la ficha de vieja pertenencia a estos partidos de la coalición del Frente Popular. Y a éstos les interesa más la difusión de sus ideologías negativas que la realidad natural del idioma, la cultura y la tradición de Cataluña.

 Caen de lleno en lo que condena Juan XXIII cuando nos dice que no se pueden poner por encima de los valores humanos los elementos étnicos. Para Juan XXIII, como para nosotros, el primer elemento humano es la fe y lo más contrario a los valores humanos es el marxismo y la demagogia izquierdista. Y el marxismo ni siquiera es elemento étnico: es simplemente materialismo bárbaro y degradante. (…)

 ¿Nos faltarán un Víctor Pradera y un Valls y Taberner, incluso un Cambó y un Juan Esterlich en sus últimos tiempos, para hablar claro y no permitir acomplejamientos y claudicaciones tremendas, que en esferas muy altas estamos ya presenciando, quizás con incurables heridas por el alma verdadera de la Cataluña auténtica del Rey Jaime I, de Ausias March, de Ramón Llull, de San Raimundo de Peñafort hasta la Cataluña de los mártires y de los héroes que, con su sacrificios, muertes y esfuerzos lucharon para que definitivamente nos salváramos de la esclavitud marxista y de los políticos malvados a lo Maciá y Companys, que, con un “Estatut” de factura masónica, mancillaron nuestra tierra y la entregaron a los cónsules soviéticos? Y hoy, sus lacayos se glorían de ser de aquéllos y consideran una derrota la liberación de Cataluña.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 189, 22-Ago-1970 

 

jueves, 25 de junio de 2026

Integración y separatismo (I)

 Artículo de 1970 

 INTEGRACIÓN Y SEPARATISMO (I)

 Por R. HORCAJADA

 Desde que la bandera de Occidente ondea en la Luna y proclama una nueva perspectiva de la Obra de Dios, me suelo preguntar: ¿El Cosmos es geografía o es Historia?

 Nunca me he convencido el concepto chato y lineal de la Geografía: Identificamos las nacionalidades por el contorno de un trocito de planeta, por un oscilante balance de mapas, por un enigmático archivo de acuerdos, por un inseguro inventario de líneas teóricas. La Patria, como el espíritu, no se mide por coordenadas.

 El frío cartesianismo de la Geografía ha de insuflarse con ideas poéticas que definen a la Patria como “unidad de destino en lo universal”. Es decir, la Patria no es un acontecimiento lugareño, sino una afán universalista, felizmente ubicado hoy en la esperanza cósmica.

 Todo aquello que en el mundo es trascendente y está animado por un ineludible “transitivo de Eternidad”, escinde las fronteras con una clara conciencia ecuménica.

 Hay dos clases de pueblos: los que se encierran en la Geografía y los que se abren a la Historia. Poseer un concepto geográfico de la Historia es “nadificarse” en una depauperación antipatriótica; poseer un concepto histórico de la Geografía es prepararse para aventuras tan ubérrimas como el descubrimiento de América o la conquista de la Luna. Estados Unidos no ha llevado a la Luna un símbolo de geografía americana; ha llevado a la Luna toda la dimensión histórica de Occidente, humanizada por una forma libre de vivir que enaltece al ser humano.

 Existen dos conceptos de Patria. La Patria que se ubica en la Geografía nos habla más del árbol seguro que de la nube errante; la Patria que envuelve a la Historia construirá una nave con aquel árbol seguro para alcanzar esa nube que, en el fondo, declina la poesía estremecedora de la aventura humana.

 Ni la Patria ni la Historia están forjadas por políticos; están alimentadas por poetas. Y cuando una Patria pierde el estímulo de sus poetas y el ideal de sus visionarios, la Historia se convierte en proceloso producto y la Geografía en nave varada.

 Lo románticos del rincón no saben soñar. Alas tiene el espíritu y piernas el cuerpo; muy mala política será que pongamos piernas al alma y que nos varemos en la melancolía de los contornos naturales y limitados.

 Hemos de ser españoles de talla hispánica para poder cumplir con nuestro destino universalista. El español ha de adquirir diáfana vivencia de las 20 Españas de América. Este nuevo español -nutrido por la hazaña cósmica de la  América que descubriera ayer, pues, en la eternidad un leve ayer son cinco siglos- ha de estar muy preocupado por atar, por unir, por hermanar pueblos; pueblos de una misma lengua, de una misma sangre, de una misma manera de vivir y un mismo modo de pensar, y de una misma fe para preparar la vida en la muerte y la muerte en la vida. Nos acompaña el sentimiento radical de la existencia y ese tremendo individualismo que tiende tanto a la dispersión de las horas comunes como a la unión monolítica de las horas críticas.

 Los poetas de nuestra Historia –que, en definitiva, son sus únicos genitivos- han tomado conciencia de que la integración de España está en razón directa de esa integración más completa y hermosa que tiende a la armonía de la Hispanidad y que supone la fusión de todos los pueblos ibéricos para servir de nudo y puente amoroso entre los pueblos latinos de la cultura y civilización occidentales.

 La misión histórica del español y aún del hombre ibérico no se limita a vigilar ese milenario concepto de la integración peninsular, un poco varada, en la bisagra de Europa y África. La misión histórica del hombre ibérico ha de proyectarse sobre todas y cada una de las estirpes americanas, donde España y Portugal se han agigantado providencialmente en una maravillosa sinfonía de pueblos y razas que hablan nuestra lengua, que rezan con nuestra fe y poseen nuestro estilo de vida, limpio de racismos, ubérrimo de auténticas igualdad y hermandad humanas y abierto a la ilimitada esperanza de la comunión del espíritu y la fusión del cuerpo.

 Ante esa integración grandiosa que multiplica nuestra geografía y esperanza nuestra historia, atenta el raquitismo espiritual de los separatistas, que no tienen noción ni de la posibilidad geográfica ni de la responsabilidad histórica.

 La integración de los pueblos se basa en el respeto y transigencia de sus singularidades, pero es un auténtico suicidio desorbitar esas lógicas y humanas singularidades para arruinar el destino común. No hay que separarse: hay que proyectar el amor de esas singularidades para enriquecer la perspectiva del glorioso acervo de nuestras, cada día, más integradas pluralidades. No es malo el culto a lo singular que quiere proyectarse y enaltecer lo plural; lo suicida es el “cainismo” de querer apartar lo propio del concierto plural que nos enmarca en la Historia y en la Geografía. Una sardana es mucho más bella bailada en el parque del Retiro de Madrid que en un lugar catalán, por cuanto el verdadero catalanismo ha de escindir la anécdota vernácula para ganar la categoría hispánica, como diría Xenius (*).

 Hoy, era en la que el hombre se proyecta al Cosmos, la proyección humana ha de ser universalista. No se trata de convencer de catalanismo a los catalanes, sino de convencer e insuflar de catalanismo a los hombres todos de la Hispanidad. Separarse es morir. Un buen catalán ha de ser ecuménico y saber superar el peldaño lugareño. La mejor forma de honrar a nuestra Geografía es infundirla esperanza histórica.

 En la integración hispánica ha de existir un profundo respeto a los matices de cada uno de los pueblos y razas, pero el fin verdadero de ese destino es fusionar e integrar a todas esas razas y pueblos. Y -¡por Dios!- que ya se está logrando de una forma maravillosa, pues ni uno sólo de los pueblos ibéricos e iberoamericanos es racista. Nuestra estirpe es la que está edificando la Historia y nuestra Historia Común se apoya en la “democracia de la sangre” y en la “razón de la biología” que son argumentos soberanos irreversibles y medulares.

 ¡Cuán ridículo y fuera de lugar oponer a ese mandato universalista de la Historia y a ese exuberante “posibilismo” de la Geografía, la depauperada singularidad del comarcal rincón! Lo singular sólo vale en su proyección universal; lo singular proyectado sobre lo singular es como una nave cósmica que no acertará despegar de su propia base de lanzamiento.


Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970

 

viernes, 15 de mayo de 2026

Cataluña, ya bajo Franco, sujeta al laicismo, marxismo y separatismo

 Artículo de 1970

 URGE UNA REFLEXIÓN: 

TRES PELIGROS AMENAZAN HOY A LA REGIÓN CATALANA: LAICISMO, MARXISMO Y SEPARATISMO

 En su día (abril, 1970), la prensa se hizo eco de la visita del arzobispo de Barcelona, doctor Marcelo González y del obispo de Gerona, doctor Jubany, al ministro de Educación y Ciencia, para expresarle en nombre de la Conferencia Episcopal de la Provincia Tarraconense, la necesidad del uso de la lengua catalana en las escuelas

No seremos nosotros quienes consideremos intrusismo, ni politización, ni exceso, esta gestión episcopal. Amamos como el que más la lengua y cultura catalanas, y sabemos cuáles deben ser sus derechos y exigencias. Aunque en una ponderación panorámica del problema, nunca debe olvidarse lo que Luis Valeri -y la simple estadística- registra inexorablemente: la mayor producción y edición de libros en catalán arranca desde 1939, no pudiendo parangonarse en toda la historia de la “Renaixença” catalana una cantidad de libros publicados en catalán como en estos últimos treinta y cuatro años. Las cosas son así.

 Pero aparte de esta puntualización, francamente queremos exponer un problema que, actualmente preocupa a los mejores católicos seglares de Cataluña. Notamos una trasposición o una subversión en la escala de valores que, a nuestro entender, debe regir la vida cristiana, pero particularmente deben ser los móviles primarios de la actuación episcopal. En esta ocasión, presentarse a un ministro para una petición que, en sus justos términos no necesita avales y que, en todo caso ya tiene sus buenos abogados y en el Estado español hay un conocimiento muy exacto del realismo histórico y regional de España, nos parece, a lo menos, un paso baldío de triunfalismo cortesano innecesario.

 Porque la problemática de Cataluña, aunque se escriba en catalán y se enseña el idioma catalán, no está precisamente en el uso de la lengua vernácula. Desgraciadamente, en nuestros días, aunque en formas distintas, están pujantes y públicos los tres enemigos de Cataluña, que un prócer catalanista, un historiador tan extraordinario como Fernando Valls Taberner, ya denunciaba en 14 de febrero de 1934, en “El Debate”, órgano de la CEDA.Valls Taberner, catedrático y diputado del Parlamento catalán, no perdía el tiempo en menudencias ni comadreosde ciertos grupos de presión. Veía el problema catalán con su trágica realidad. El no se hubiera movilizado para reivindicaciones al servicio de ciertos caciques que proyectan estrategias mucho más ambiciosas que las que descubren a la simple propaganda y a las intoxicaciones sensibleras. Y, desde luego, como tácticas apoyadas en motivos más o menos nobles, pero con finalidades explosivamente sectarias.

 Eugenio Montes refería, en un artículo publicado en “La Vanguardia”, del 2 de febrero de 1964, una conversación con Valls Taberner, en la redacción de “El Debate”. Cuenta Eugenio Montes que hablaron de política, “es decir, hablamos pestes de la República, porque quien apestaba era ella, que le estaba contagiando a nuestro país la peste amarilla, el cólera ruso. -¿Cómo queda Cataluña?- Con los tres enemigos del hombre dentro del cuerpo. Con los tres pecados mortales. La envenenan, día a día, de laicismo, marxismo y separatismo. Barcelona cubierta de emblemas con el triángulo azul y la estrella solitaria. Renuncio a decirle cómo Cataluña me duele en el corazón”. Así se expresaba Valls Taberner.

 Es curioso que lo que pensaba Valls Taberner coincidía totalmente con el pensamiento de Ramiro de Maeztu, que plasmó en un famoso artículo titulado “Los tres cortes”. El historiador catalán coincidía absolutamente con el gran converso y máximo pensador en nuestros tiempos, porque ambos tenían una visión católica y profunda de la historia y de los acontecimientos. Valls Taberner y Maeztu jamás se hubieran prestado a ser juguetes de camarillas frívolas o que actúan de biombos de otros intereses inconfesables. Maeztu escribía puntualmente, y también sus conceptos pueden ser dignos de la reflexión de la Conferencia Episcopal de la Provincia Eclesiástica Tarraconense y de las nuevas generaciones. Estas son las palabras de Maeztu:

 Es sabido y notorio que España padece ahora la amenaza de tres separatismos diferentes. El de los intelectuales, que quisieran escindirla de su pasado, de su tradición, de su ejecutoria. Es el corte en la línea del tiempo, de la duración, del pasado. (Como si el pasado no fuera el ser mismo). Otros desearían fragmentarla por cortes verticales, por regiones por la longitud y la latitud. Y otros, finalmente, ansían deshacerla por cortes horizontales, por clases sociales, hasta establecer la dictadura de una sola. (Ellos dicen, quizá de buena fe, que se trata de la dictadura del proletariado, pero la verdad es que los únicos dictadores serían los agitadores de los proletarios)

 ¿Está claro? Pues lo que quisiera que lo estuviese es que estos tres separatismos que, en el día de hoy, parecen heterogéneos, sin relación entre sí, como no sea la puramente negativa de constituir entre todos ellos la antipatria, tienen, sin embargo, el mismo origen y proceden todos ellos del primero, hasta contra las voluntades que lo fraguaron, inspirándose algunas de ellas en sentimientos del más noble patriotismo…

 El catalanismo como, en general, el nacionalismo español no es sino la aplicación a las colectividades del principio revolucionario de los derechos del hombre. Los catalanistas se han apropiado, particularizándola, de la idea revolucionaria. Sabino Arana, a su vez, fue un discípulo de los catalanes. Lo que supo de nacionalismo lo aprendió de estudiante en Barcelona.

 Pero rota la unidad católica, que obliga a los fuertes a cuidar de los débiles, desvalidas las clases proletarias, parece también inexistente el nexo nacional. La Patria, a juicio de los agitadores, no es sino el privilegio de los que la explotan. Añádanse a estos agitadores, de origen obrero, los que se les añaden por espíritu enemigo de la tradición y ya tenemos explicado el tercer separatismo, el de los cortes horizontales de la lucha de clases.

 Por esta concatenación de causas hemos llegado algunos españoles a la convicción firme de que para la buena defensa de la patria hemos de empezar por el principio, que es admirar sus glorias y rehabilitar sus ideales”.

 Parece que no sea necesario demostrar cómo el laicismo, en su aspecto más anticatólico, está haciendo estragos en Cataluña. Bastaría conocer la literatura “católica” que se publica en Cataluña para darse cuenta hacia dónde vamos. Que un libro monstruoso, como “El fonamen tirreligios de l’Esglesia” del jesuita Juan Leita, haya sido premiado con el premio “Carles Cardó” 1969, cuyo jurado está presidido por el Vicario Episcopal del Arzobispado de Barcelona, pasa de dato indicativo. La revista “Correspondencia”, la literatura del P. José Dalmau, calificada por Juan Carrera Planas como “vigorosa, original y sanamente revulsiva”, las procacidades del capuchino Jorge Llimona y tantas otras anomalías, indican no sólo una corrupción de los que deberían ser expositores y misioneros de la fe católica, sino una aportación a la descristianización de Cataluña a cargo de elementos promocionados por la jerarquía eclesiástica

El ateísmo gana terreno en España y, concretamente, en Cataluña, sin que la voz de la jerarquía se haya oído ni haya tomado aquellas medidas enérgicas y decisivas, ya de denuncia, ya de actitudes apostólicas realmente necesarias. Una publicación tan ecuánime como el “Boletín Salesiano”, de abril de 1967, destacaba cómo el ateísmo profundiza en nuestra Patria, mientras nadie señala causas y agitadores que se mueven con toda impunidad. El órgano de la Pía Unión de Cooperadores Salesianos, al registrar la existencia masiva de un ateísmo entre nosotros, con ironía, comentaba así:

 Este es el hecho. ¿Cuáles sus causas? Las están estudiando. Cuando las hayan precisado, basta poder darnos los tantos por ciento: nos dirán que, en determinada proporción, se debe a la ignorancia religiosa de las masas, a la deficiente formación religiosa dada en las familias, escuelas y colegios; aparecerá la consabida razón de que el catolicismo español es más tradicional que personal, no faltará el tanto por ciento de los que achacarán su mucha culpa al Estado español por ser oficialmente católico y a la clase alta por haber abandonado la dirección de la clase baja y bastantes más motivos.

 Pero no nos dirán, por ejemplo, que hay unos catedráticos de universidad que siembran la confusión religiosa en las mentes estudiantiles, y otros abiertamente arreligiosos, aunque dosifiquen y encubran sus ataques “por prudencia”; que hay catedráticos de instituto, profesores de academias y maestros de escuela que se permiten minar la fe de sus alumnos. (…)Tampoco nos dirán que, en las fábricas, talleres, oficinas hay elementos activos de ateísmo y descristianización que, día a día, van envenenando a sus compañeros poco formados religiosamente.

 No nos dirán tampoco las estadísticas que existen profesionales médicos, ponemos por caso, que abusan de su situación para difundir teorías avaladas por su “falsa” ciencia médica, que van desde el materialismo más absoluto hasta la justificación de las acciones anticonceptivas. Y lo mismo en otras profesiones.

 Queremos con esto decir que la descristianización progresiva de España no obedece a causas pasivas, a corrientes espontáneas. Unas y otras son siempre provocadas y creadas por personas concretas, que se aprovechan de las disposiciones ajenas favorables, que se emplean personalmente, que se entregan a su labor descristianizadora, a los que luego secundan, consciente o inconscientemente, los débiles de formación o de voluntad”.

 La intoxicación marxista en la literatura y cultura catalanas, así como su papel de animadora del catalanismo que actúa epilépticamente, es algo visible. La literatura catalana carece hoy (1970) no sólo de un Verdaguer o un Maragall, sino de un Luis Millet, de un Joaquín Ruyra, de un Roig Raventós, de un Manuel Brunet y tantos y tantos otros escritores y publicistas catalanistas, pero de prevalente sentido cristiano. ¡Ni siquiera tenemos un José María de Segarra!

 Esta es la hora de la literatura de los revanchistas, de los exiliados que escupen todo el odio y pequeñeces en esta inexplicable apertura a las sinrazones de sus bilis… De la desespañolización de Cataluña no mencionamos detalles, ya que la consideramos como una consecuencia de las otras dos causas y del vacío ideológico creciente de los ideales de la Cruzada en nuestra vida pública.

 Por esto nos ha chocado y se comenta como una anécdota indicativa de lujosa preocupación pastoral, que unos prelados se hayan molestado en visitar al señor ministro de Educación y Ciencia, mientras por todos los caminos de Cataluña andan sueltos los tres enemigos en que coincidían Valls Taberner y Ramiro de Maeztu, con tantas complicidades, silencios e inverosímiles compañeros de viaje.

 En fin, serán fenómenos postconciliares que no entendemos los catetos y los que no estamos en las interioridades de ciertas actuaciones… Pero, aferrados a la vieja filosofía del sentido común, aún recordemos aquello de “zapatero a tus zapatos”. Y preferimos recrear nuestra memoria con figuras episcopales que anteponían su celo por los derechos de la Iglesia y las grandes directrices morales en la sociedad, que entusiasmarnos con visitas ministeriales en que, para apreciar la urgencia de una intervención episcopal, se necesitarían las escalas de Mercalli o de Richter. Mientras tanto, en el país continúa soplando la sombra de la Institución Libre de Enseñanza, sin que nos enteremos de ninguna intervención episcopal para neutralizar sus malas consecuencias.

 Realmente, nosotros preferimos la visión cívica, dolorida y combatiente de Valls Taberner, catalanista sin tacha, pero cristiano ante todo, a ciertas diplomacias de la hora actual que rezuman un afán de notoriedad y de clericalismo de mala ley. Pues podría muy bien ser que, hablando en catalán y con escuelas que lo enseñan, a este paso, Cataluña se descristianice del todo, su alma sea entregada al marxismo y su desnaturalización catalana y española sea una realidad previsible. Entonces podremos registrar que un día del mes de abril de 1970, unos prelados se empeñaron en el empleo del catalán en las escuelas. Aspiración que, bien definida, debe aprobarse.

 Pero Cataluña podrá recordar también que el IDO-C, PAX, y todas las sectas progresistas, han podido complotar contra la fe de nuestro pueblo impunemente, sin que la voz de sus obispos y su gobierno eclesiástico haya estado a la altura de lo que podía y debería esperarse. También, para que a los futuros historiadores no se les escape, debíamos anotar este triste hecho (…)

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970

 

domingo, 3 de mayo de 2026

La Iglesia vasca, con el PNV, contra el carlismo

 Artículo de 1968

 Carta abierta al reverendo padre Arrizabalaga S, J.

 Rvdo. Sr.: En primer lugar he de manifestarle mi asombro por tres motivos:

 1º El que usted no añada a su nombre las siglas S. J., como lo hizo en la firma de aquel otro documento, en el que usted y otros sacerdotes, fingiendo interés por los problemas de los fieles todos de esta Diócesis, pidiendo libertades para grupos determinados y protestaron contra las acciones que la autoridad ha llevado a cabo frente a ciertas organizaciones.

 2º Que la editorial que publica su obra se denomina MENSAJERO a secas. Todos sabemos que se trata de «El Mensajero del Corazón de Jesús». ¿Para qué «camuflarse» con un disfraz que no oculta nada?

 3º Que su obra haya sido anunciada como «novela vasca», cuando solamente se trata de una novela de ambiente vasco. Las novelas vascas se escriben en euskera. Esto exige el conocimiento a fondo del viejo idioma. Y tiene el inconveniente de que las ediciones no pueden alcanzar tiradas largas. Pero por todo eso y por más hay que pasar cuando de veras se ama a su tierra y se está orgulloso de ser vasco. Lo demás.... vasquismo de boquilla. 

¿Novela o historia?

 Son muchos los autores que expresan sus ideas por medio de novelas, Desde Galdós a usted, pasando por Gironella, hemos podido ver cómo el escritor coloca y mueve a sus personajes en un marco histórico. Evidentemente, muchos de los sucesos que se relatan en tales tipos de obras son hijos de la imaginación del escritor. Jamás han ocurrido. Por algo se trata de una novela y no de una historia. Sin embargo, aún con esos antecedentes, el novelista debe poner ciertos límites a su inventiva. Ha de considerar que muchos de sus lectores van a tomar por cierto lo que ellos narran, dado el marco histórico en que se sitúan los hechos y que muchos novelistas tienen por norma incluir en su relato hechos y anécdotas reales. Que lo que digo es cierto, lo demuestran multitud de sucedidos. He aquí algunos: 

1º Hay bastante gente que cree tan firmemente en la existencia histórica de los personajes de Villoslada, que bautiza a sus hijos con los nombres novelísticos (ni siquiera llegan a la categoría de legendarios) de Aitor y Amaya. 

2º Otros han aprendido la historia del siglo XIX en las obras de Galdós. 

3º En 1962, fuimos a Estella acompañados por un oficial de requetés que, además, combatió en Rusia. Allí nos presentó a un falangista con quien había hecho amistad en la División Española de Voluntarios. Comentamos el «ladrillo» de Gironella, que entonces estaba de moda, y nos confesó que él, por creerla cierta, había indagado entre sus amigos de la comarca de Estella para comprobar la existencia de aquel requeté de los nueve Primeros Viernes. Con resultado negativo, desde luego. Tal episodio no es ni siquiera un producto de la imaginación del «rollista» gerundense. Es un cuento bastante viejo que el autor se lo colgó a un combatiente carlista (…)

 Las novelas no son relatos intrascendentes. Expresan, de algún modo, la manera de ser y pensar de su autor. Y cuando en ellas se relatan hechos ocurridos recientemente pueden servir de vehículos a opiniones muy respetables. Pero discutibles. Esto es lo que ha impulsado a dirigirme a usted.

 Buenos y malos

 En la página 253 viene usted debe decir que, siendo aquéllos los «malos», son explicables las barbaridades que cometieron. No así las realizadas por los «buenos». Es decir: por los nacionales, por los carlistas.

 Nosotros jamás hemos dicho que seamos los buenos. Afirmamos, simplemente, que el sistema que propugnamos es el mejor de todos. Para nada nos metemos en juicios sobre la conducta personal de nuestra gente. Dicho con palabras de Chesterton: «ciertamente el cristiano fue, en cierto sentido, peor que el pagano; el español, que el indio; el romano, que el cartaginés; pero en un sentido muy relativo, pues su razón de ser era hacerse mejores»

 ¿Será usted capaz de afirmar que es admisible, ni siquiera tolerable el divorcio? Como él había muchas cosas en la legislación republicana que un católico no podía consentir. Contra todo ello lucharon los requetés en 1936 y volveremos a hacerlo hoy (1968), si fuera preciso. Esa es nuestra razón de ser. Y no el garantizar la impecabilidad de nuestra gente.

 Por el contrario, muy distinto fue el comportamiento del Partido Nacionalista Vasco. Como ya dijeron en su día los obispos de Vitoria y Pamplona: «No es lícito en ningún terreno, y menos en la forma cruentísima de la guerra…, fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo. La doctrina de la unión de los católicos… debe aplicarse totalmente, sin género de excusas, a las cosas de guerra en que se juega el todo por el todo, doctrina e ideales, haciendas y vidas, presente y futuro de un pueblo».

 «Menos lícito es… absolutamente ilícito es… sumarse el enemigo para combatir al hermano»

 «Llega la ilicitud a la monstruosidad cuando el enemigo es ese monstruo moderno, el marxismo o comunismo». 

Y de esa monstruosidad nada ni nadie absuelve al nacionalismo vasco. Ni siquiera el buen comportamiento que, individualmente, en grupos, incluso por batallones completos, observaron los «gudaris». Aunque nuestra opinión es que no se ha de culpar a los que, engañados, no hicieron más que obedecer con la mejor voluntad, sino a los embaucadores que les enviaron a la muerte, mal armados, peor organizados y sin mandos competentes, mientras ellos se instalaban en el «Carlton» y «enchufaban» a su próximos familiares lejos de los tiros.

 Lo que no se puede hacer, P. Arrizabalaga, y menos cuando se ha adquirido la cultura filosófica que corresponde a un sacerdote, es pretender juzgar los hechos históricos mediante anécdotas y manejar exposiciones como esa de «los buenos y los malos», propias de lectores de tebeos de aventuras del Oeste.

 ¿Quiénes son los buenos?

 ¿Con qué derecho nos exigen a los carlistas ustedes, los clérigos de cualquier jerarquía y congregación, el que nos portemos como «buenos»? ¿Nos tratan ustedes como tales? ¿Nos han hecho en alguna ocasión objeto de sus predilecciones?

 No vamos a meternos con las doctrinas de la Iglesia que, sin duda alguna, están de nuestra parte. Mejor dicho, nosotros nos hemos puesto de su lado. Nos referimos al comportamiento que han observado en política cientos de sacerdotes, religiosos y religiosas, muchas comunidades y organizaciones sedicentes de apostolado e incluso algunos obispos. De ellos jamás hemos recibido la menor ayuda. Ni la queremos. No así los nacionalistas.

 No descubrimos nada nuevo ni se nos podrá acusar de soplones si decimos que decenas de centros de juventudes «apostólicas», conventos de todas clases e incluso seminarios, han sido verdaderos «batzokis». ¿Qué fuerza tendría hoy (1968) el nacionalismo vasco si desde 1937 a estas fechas no hubiese disfrutado del apoyo del clero? El mismo P. Marzol, Pasionista, ha llegado a alardear en la revista «Anaitasuna» de que más de la mitad de los componentes de la ETA y otras organizaciones separatistas proceden de conventos de frailes.

 ¿Cuándo han firmado grupos de sacerdotes algún documento para protestar de las injusticias padecidas por el Carlismo? ¿Cuándo ha levantado su voz algún cura porque algún joven requeté ha sido detenido por la policía? ¿Cuándo han depuesto judicialmente a favor de un joven activista tradicionalista hasta cuatro obispos? Porque todo eso han hecho ustedes por el nacionalismo vasco. Por nosotros, ni la milésima parte. Ni queremos que lo hagan.

 ¿Quiénes se consideran a sí mismos los «buenos»? ¿Ha leído usted en algún escrito carlista juicios tan farisaicos sobre la conducta de algún jefe nacionalista como el del P. Evangelista de Ibero sobre Carlos VII cuando dice: «Su carácter moral se retrata cual es en los bailes y saraos a que Durango y otros pueblos le vieron entregado…»? Citamos esta párrafo por pertenecer a lo que siempre se ha considerado como el catecismo del nacionalismo. ¿Ha oído usted a algún carlista decir que los nacionalistas «son católicos medio cuerpo hacia arriba», cantinela que nos han repetido, de una manera o de otra, todas los nacionalistas con quienes hemos discutido?¡Cuando hemos alardeado los carlistas de costumbres puras, bailando en la plaza ostensiblemente con un pañuelo para no tocar la mano de la joven! 

¿Quiénes son los que se consideran «buenos»? ¿A quiénes tratan ustedes como tales? ¡Pues exíjanles a ellos el comportamiento correspondiente! 

Errores históricos

 Coloca usted el bombardeo de Guernica por la mañana del 20 de abril, cuando todo el mundo sabe que fue por la tarde. Hace usted pasar por encima de Marquina los aviones que intervinieron en la operación, cuando en realidad salieron de Vitoria, y basta una mirada al mapa de Vizcaya para comprender que no hubo tal paso. El bombardeo de Guernica no figura entre sus recuerdos infantiles; usted lo ha colocado en su obra para halagar a ciertos lectores. Es decir, ha lanzado un «¡Viva Cartagena!» oportunista. Eso es jugar sucio en literatura. 

Imagina usted como fondo de una foto de Carlos VII una bandera con las iniciales D.P.F.R. Nos extraña que en una foto de Carlos VII, fallecido en 1909, aparezca el lema carlista como usted dice. Si conoce usted alguna inscripción anterior a 1910, con las siglas mencionadas, le rogamos tenga la amabilidad de informarnos. Nos hallaríamos ante un ejemplar único por su rareza.

 Los carlistas sabemos por qué luchamos. El problema carlista no es, como usted hace afirmar a uno de sus personajes, una cuestión de genealogía. Es una cuestión de Legitimidad. De observancia de una ley que en 1713 promulgó un Rey con el consenso delas Cortes y que los españoles no consintieron fuese modificada sin contar con ellos. 

Si los vizcaínos de 1833 se levantaron por Carlos V (antes de que se suscitase cuestión foral alguna) fue porque, así como el Rey está obligado a respetar y defender los Fueros, los súbditos leales están obligados a defender a su Rey. Y los vizcaínos, pese a quien pese, somos hijos de un Señorío que supo ganar los títulos de Muy Noble y Muy Leal. 

A la cuestión sucesoria se juntaron luego la religiosa y la foral. Porque comenzaron robando un trono, no podían pasar sin atracar a la Iglesia y sin asesinar las libertades que habían sobrevivido a la tiranía de Felipe V. 

Nadie nos ha quitado la «F». Padre Arrizabalaga. Somos tan fueristas como en 1833. Más aún, pues de lo que valen ciertas cosas, no se da uno cuenta hasta que las ha perdido.

 Si en la pasada guerra dejamos en un segundo plano ciertos puntos de nuestro programa, ello fue debido a urgencia del momento, que no dejaba lugar a discrepancias.

 Los requetés supieron por qué lucharon, aunque usted crea otra cosa, supieron que no se trataba de una restauración monárquica ni foral. A pesar de todo, no les importó morir por una cuestión religiosa. No les importó jugarse la vida, entre otras cosas, porque regresaran los jesuítas a España. A pesar de que muchos de ustedes no lo hayan sabido agradecer. 

Espero que lea la presente. Me consta que unos porque no pueden ni verla y otros porque se sienten confortados, casi todos los jesuitas leen nuestra revista.

 Afectuosamente le saluda:

ZORTZIGARRENTZALE


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

lunes, 3 de noviembre de 2025

Blas Piñar contra el separatismo y la Constitución

 

 BLAS PIÑAR, EN VALENCIA

 «PARA OFRENDAR NUEVAS GLORIAS A ESPAÑA»

 (Discurso pronunciado por Blas Piñar en la plaza de toros de Valencia el 1 de octubre de 1978.)

 (…) El presidente Suárez y su cuadrilla política están asombrando al mundo, como decía el presidente; pero no asombrándole por lo que logran, sino asombrándole por lo que destruyen, con ritmo de vértigo. Esta política de destrucción constante, de aniquilamiento sin descanso, de pródiga liquidación de un patrimonio moral y material construido sobre el dolor de una guerra y sobre cuarenta años de sacrificio, no perdona hada. 

No perdona a España, cuya unidad histórica se trocea, pero tampoco perdona a sus regiones. Por eso no perdona a Valencia, cuya personalidad bien definida, como antiguo reino, se pretende subsumir y difuminar en esa denominación absurda de «Paisos Catalans», fórmula con la que el imperialismo separatista de algunos burgueses y ricachones de Barcelona, en contubernio con ciertas autoridades eclesiásticas, se quieren transformar al antiguo reino en país, para luego reducirlo a protectorado y después a colonia.

 Es curioso que quienes han sometido a tan dura crítica, tanto lo que se llamó vocación de imperio como la intervención de la Iglesia en el quehacer político, se proclamen ahora partidarios del imperialismo, desconociendo la rica personalidad valenciana, y busquen la capa protectora de la Iglesia para sus propagandas antiespañolas, antivalencianas y separatistas.

 Yo creo que ha habido dos regiones de España que han sabido unir el sentimiento de la regionalidad con el más fervoroso de los patriotismos: Navarra y Valencia. Navarra, la Navarra foral, precisamente por serlo, fue la gran reserva española, y cuando llegó el momento difícil del Alzamiento, la Navarra foral puso en pie de guerra a cuarenta mil voluntarios. Y Valencia, el antiguo Reino de Valencia, el del Cid Campeador y el de don Jaume, el de la «senyera», con su franja azul, y el de «Lo Rat Penat», el del idioma valenciano, y no variante de otro idioma, y el de la lengua «churra», el de las germanías y el «Palleter», el que no admite segregaciones discriminatorias y peyorativas de sus tierras y sus hombres, se levanta en coro y grita: «Para ofrendar nuevas glorias a España, nuestra región supo luchar.»

 Y esto no puede perdonarse. Hay que destruir España, y para ello dividirla. Hay que deshacer, pulverizar, en nombre de un falso regionalismo, máscara del separatismo, a las regiones que se sienten y se saben España.

 Por eso «delenda est Navarra»; y al antiguo Reino de Navarra se pretende, hasta por la fuerza de la dinamita, transformarlo en Euskadi, subordinando y humillando a lo que históricamente fue un reino. Y por eso también el grito, disimulado con disfraces, de acabar con Valencia. Si ya no existe España, convertida en país o en Estado español; tampoco existe Valencia, que ha tenido el atrevimiento de ofrendar nuevas glorias a España. Lo único que quedaría si los que nos odian lograsen sus propósitos, no sería otra cosa que el «País Valenciá», una comarca sin genio y sin vida propia, absorbida en el nomenclátor de los países catalanes y, en definitiva, del imperialismo burgués o neomarxista, de ciertos grupos bien conocidos de Barcelona.

 Si la lengua es el gran argumento pancatalanista, yo quiero esgrimirlo también, pero en sentido inverso; porque demostrado como está que la lengua valenciana era anterior a la Reconquista; demostrado como está que Valencia no importa el catalán, y que la aportación catalana a esa Reconquista fue muy pequeña, comparada con la de Aragón; demostrado como está que las apariciones culturales del valenciano preceden a las del catalán, ¿por qué no aceptáis la hegemonía de Valencia?, ¿por qué no considerar a Cataluña un país valenciano?, ¿por qué no llamar al catalán variedad del valenciano en Cataluña?, ¿por qué no aceptar la «senyera» como símbolo para Cataluña?

 Pero no discurramos en falso. No inventemos una historia para justificar lo que es injustificable. No arranquemos de su marco real lo que debiera considerarse sagrado.

 Nosotros, que nos consideramos españoles universales, no negamos, sino que recogemos en nuestra ancha españolía todo lo español que brota del alma colectiva de la patria. Por eso, la bandera de Cataluña es nuestra; y la «senyera» es nuestra, porque Valencia y Cataluña son España. Y en tanto una y otra representen un trozo vivo de la patria; en tanto se agrupen como una guardia de honor y se inclinen, acompañándola, ante la bandera española, nosotros las defendemos y las besamos. Pero si alguien, falsificando la Historia, cometiera el sacrilegio de enarbolarlas como signo de odio, como hecho diferencial y separador, las convertiría en anti-signo y no nos dejaría otra opción, a los que amamos a España y lo que esos símbolos legítima e históricamente representan, que arrebatarlos de sus manos para que no los ensucien.

 ¡Basta ya de la comedia infame que trueca el sacrificio del «conseller» Casanova, que luchó por España y por un pretendiente a la corona, en una jornada separatista! ¡Basta ya de decirnos que hubo un Estado catalán independiente, cuando un «conseller» de la «Generalitat», eclesiástico por añadidura, corrió a París para entregar a Francia las libertades de Cataluña! ¡Basta ya de mentiras, de embaucamientos, de insultos! Valencia está despertando para defender su valencianía española.

 Por eso, cuando se lleva al cine la portentosa vida de ese gran valenciano, de ese gran español —el gran valenciano y gran español de la unidad, el del Compromiso de Caspe, San Vicente Ferrer— y se trata de rebajarlo y escarnecerlo y vituperarlo, las gentes de Valencia se indignan. Y es que el odio a España y a Valencia no se detiene ante nada. No se respeta la verdad histórica. No se respeta la fama y el honor. No se respeta a los santos. ¡Y ello cuando se proclama la inviolabilidad de no sé cuántos derechos, pensando sin duda que uno de tales derechos consiste en ofender y calumniar en público y en la pantalla!

 • • •

A esto vamos, a perpetuidad, consagrada en la propia legislación, si aprobamos el texto constitucional.

 DIOS: Se niega el origen divino de la autoridad del poder político y se proclama como fuente originaría de la autoridad a la mayoría.

 PATRIA: ¿Cómo es posible en una nación de nacionalidades? Es cierto que se habla de unidad, pero como la mayoría puede decidir otra cosa, esa unidad se encuentra en precario, y es económicamente un desastre al servicio de las ambiciones de políticos fracasados.

 JUSTICIA: Es injusto el proyecto de Constitución para:

la familia, ya que encierra en su contexto el divorcio, la anticoncepción y el aborto;

la enseñanza» pues viola el derecho de los padres a la educación de sus hijos;

la empresa, al admitir la lucha de clases, la huelga, y los sindicatos revanchistas, que traen la ruina económica y el paro;

la propiedad, que socializa, corno pretende el proyecto de ley de aguas;

el Ejército, al proclamar el principio de la objeción de conciencia al servicio de las armas.

 Por si fuera poco, además, ni los congresistas ni los senadores tienen mandato constituyente; el proyecto ha sido consensuado y no discutido, y el referéndum se anuncia sin intervención verificadora del voto para los partidarios del «no», sin igualdad de oportunidades en materia de propaganda y con una campaña, ya iniciada, a través de los medios de comunicación oficiales a favor del «si».

 • • •

Ante el proyecto constitucional caben cuatro posturas: SI - NO - ABSTENCIÓN y LIBERTAD DE CONCIENCIA.

 Nosotros no podemos decir «sí», pero tampoco podemos aconsejar la abstención, pues abstenerse es desinteresarse de un tema fundamental, no tener criterio sobre algo tan decisivo, o apuntarse cómodamente a una victoria moral —el desprecio por el sistema— que no importa nada a quienes sé beneficiarían sin escrúpulos de esa índole, de esa abstención. La abstención es la maniobra última que va a utilizarse para desviar el «no», que tratamos de ganar a pulso, hacia la abstención ineficaz e inoperante. ¡Cuidado, amigos! Tampoco podemos decir que cada uno vote como quiera, porque ello equivaldría a desorientar y confundir, y pondría de relieve que Fuerza Nueva, en el instante de la verdad, se inhibe de responsabilidades y se niega a impartir una doctrina aleccionadora.

 Para lograr el «no» hay que rehacer la moral, «organizarnos hoy para vencer mañana». Por Valencia y por España, por Dios, por la Patria y la Justicia, sin miedo, ¡adelante! ¡VIVA VALENCIA! ¡VIVA CRISTO REY! ¡ARRIBA ESPAÑA!

 (Grandes aplausos de una plaza de toros abarrotada cerraron el discurso.)


Revista FUERZA NUEVA, nº 615, 21-Oct-1978

 

domingo, 21 de septiembre de 2025

Millones de españoles, segregados lingüísticamente en su propio país

 (Dos artículos de 1978)

  “VAE VICTIS” CONTRA ESPAÑA

¿Qué cabida de “digna”, en el supuesto marco legal “integrador”, tienen los millares españoles expulsados de Vascongadas por decreto de ETA y los millones de habitantes en ellas y en Navarra, dos regiones sin ley, sin seguridad de vidas y haciendas, aherrojados por el terror de un grupo de asesinos ante los brazos cruzados del Gobierno, “espectador”, que se dice, por sarcasmo, defensor de los derechos humanos, y los millones de españoles inmigrados en Cataluña y Vascongadas a cuyos hijos les va a imponer el Gobierno de Suárez, sin recurso, ser enseñados en lengua y cultura vernáculas, en violación de las convenciones internacionales reguladoras de aquellos derechos y suscritas por España, las cuales exigen la enseñanza en el propio idioma, mientras el presidente Suárez repite sin cesar que lo que no consentirá nunca es la dominación del país por un grupo o una facción?

 A esta imposición, auténtico apartheid, no han llegado en la forma que lo establece nuestro marco legal ni las potencias europeas en sus colonias de Asia y África con la población aborigen, más afortunadas desde luego que lo será la población española en las “nacionalidades” autónomas. Y esto se impone en Cataluña, en la cual en la provincia de Barcelona el uso familiar del catalán es el 35 por ciento y el 65 del español, y en Barcelona (ciudad con población no catalana mayoritaria) es el 47 y el 49, respectivamente, y apenas un 5 por 100 habla en Vascongadas el vascuence. Para mayor infamia colonial, esta segregación no corre a cargo de las “nacionalidades” sino del presupuesto del Estado que pagamos todos los españoles. ¿A esto puede llamarse esperanzador futuro de una prolongada y fructífera convivencia civil?

 ¿Existe posibilidad de convivencia y cabida digna para la España que ve cómo a la más incalificable amnistía se contesta con crímenes masivos por parte de los etarras, a cuyos autores el Gobierno no descubre ni juzga; que, a la concesión de la ikurriña y demás enseña separatistas se responde con quemas incesantes de banderas españolas, sin castigo jamás por parte del Gobierno Suárez: que ante la apertura sin límite a las autonomías se enarbola el principio de la independencia, cuyos partidos, cuya propaganda y actos públicos se permiten totalmente, y las propuestas de secesión se consienten y se debaten en las Cortes, lo cual no se ha dado en país alguno europeo, y a favor de aquellos partidos consiente el Gobierno sustituir los Ayuntamientos y Diputaciones legítimas por comisiones gestoras ilegales que prepararán en las elecciones el triunfo del separatismo y la anexión colonial de Navarra?

 Se pretende raer de esas regiones cuanto se refiere a la presencia y el recuerdo de España, de hecho convertida en ellas en nación enemiga. En la nomenclatura de las calles barcelonesas se suprimen los títulos de Reyes Católicos, Hispanidad, Avión Plus Ultra, Covadonga, Concordia y tantos otros; en pueblos guipuzcoanos el nombre de España es sustituido por el de uno de los asesinos ajusticiados. El consejero de Educación de “Euskadi” -es todo un símbolo de lo que serán allí la enseñanza o la cultura- afirma, sin que se le destituya y procese, que si resucitara Sabino Arana, el hombre que decía ser el pueblo español el más vil de la tierra, vería y amaría como hijos a los miembros de ETA y a los partidos abertzales, a los cuales recibió el presidente Suárez el año pasado, les convoca e invita humilde el vicepresidente segundo a cenas de trabajo y pacto, mientras por las mismas fechas caían asesinados dos militares -sin que tampoco se descubra a los autores, claro está- y en el Parlamento un diputado abertzale y un diputado separatista catalán apologizan el terrorismo, aquél, y la independencia, ambos, como si el Gobierno admitiera por anticipado el “vae victis” de los separatistas a la pervivencia de España.

 Al margen de cinismo políticos y de dialécticas enmascaradoras, la realidad -sonrojante- es que hay una España enormemente mayoritaria que está aherrojada, agredida, vejada y negada en sus derechos por el sectarismo revanchista de una minoría -gobiernos, partidos, Cortes y ciertos sectores eclesiásticos- que se atribuyen gratuitamente la significación de la otra España. Y a la España victimada se la inflige por añadidura el máximo agravio moral, el trallazo espiritual de afirmar que la transición tiene lugar sin traumas y de presentar cada acto atentatorio contra ella como un paso más hacia la reconciliación y la paz.

 ¡De los fariseos líbranos, Dios!

 Carmelo VIÑAS Y MEY


Revista FUERZA NUEVA, nº 609, 9-Sep-1978



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A LA SITUACIÓN EN BARCELONA

 (…) La espeluznante televisión catalana (…) En el primer programa nuevo, de entrada, nos ha ofrecido el asunto del día: el decreto del catalán, con la intervención de la untuosa y melosa María Rubíes, que creo que es senadora o senatriz, como dice Camilo J. Cela.

 Lo chusco de este programa es que se nos ha ofrecido una encuesta callejera sobre el decreto del catalán donde ¡en España! ha habido unanimidad total y absoluta. Todo el mundo está encantado con el decreto del catalán, y se ha interrogado especialmente a castellano-hablantes, todos y cada uno de los cuales están contentísimos y opinan que está muy bien que se obligue a aprender catalán. Ni una sola discrepancia, miren ustedes por dónde. Nadie ha mantenido la idea de que hay que respetar la lengua materna; nadie se ha acordado de que en España no se puede exigir más que el español; nadie se ha acordado de que Cataluña, y no digamos Barcelona, es España; nadie se ha acordado de que obligar al catalán a un español-hablante es contravenir los derechos humanos y volver a las cavernas, a fuerza de retrocesos; a nadie se le ha ocurrido que hay millones, digo millones, de español-hablantes que ni en diez años hablarán nada más y nada menos que el idioma español, porque es el suyo, el de la madre que los parió y al que tienen derecho de uso en todo el territorio de España, del que Cataluña (y no digamos la cosmopolita Barcelona, donde son mayoría los que no hablan catalán) forma parte inseparable si no es por la fuerza, fuerza de la que me río a carcajadas.

 Pero en la «tele» catalana, la espeluznante, había consenso total; todos de acuerdo. Vamos a hacernos el loco y simularemos que nos lo creemos y que la encuesta es real y sin cortes. A nadie ha parecido mal, no ya en tal encuesta, sino en los medios de manipulación social ni en el Congreso, Senado y demás instituciones sagradas de la democracia (?) que padecemos, que lo único natural es que se establezcan escuelas en catalán, y el que se quiera ir que se vaya. (…)

 Ramón CASTELLS SOLER

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 615 ,21-Oct-1978