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INTELECTUALISMOS
SECTARIOS
Hoy, febrero de 1970, en la revista
“Serra d’Or”, editada e impresa en el monasterio de Montserrat, los
profesores Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren, hacen unas declaraciones,
afirmando, el último de los citados, que “el Régimen que se estableció el año 39 era constitutivamente
anticatalán”…
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Se han cumplido cuarenta años de la concentración grotesca, cursi y nefasta,
de intelectuales castellanos confraternizando con intelectuales catalanes,
por marzo de 1930, en un acto de corrosivas y pedantescas exhibiciones, de suicidas
inconsciencias, en aquellas hora de grandes euforias por la caída, traición y
frustración del general don Miguel Primo de Rivera. Sainz Rodríguez, Bonilla
Sanmartín, Marañón, Menéndez Pidal, Concha Espina, Augusto Barcia, Conde de
Vallellano, Azorín, entre otros, habían pedido los mayores reconocimientos para
la lengua catalana. El pretexto era noble, aunque no la intención de los que
empujaban tales campañas ni los fines que perseguían.
El clima de aquellos tiempos lo pintaba Carlos
Capdevila en “La Publicitat”, de 15 de marzo de 1930. Cada uno que lee este
texto puede hacer paralelismos fácilmente sugeribles, en los planes
subversivos de todas las épocas. Dice así: “La Dictadura de Primo de
Rivera no era revolucionaria, pero preparó la revolución sin darse cuenta; ésta
hubiera sido su obra positiva. Tal vez habrá sido insuficiente para provocarla,
pero ninguna otra fuerza ha trabajado
tanto y tan bien para hacerla posible. En sesenta años no se ha respirado la
atmósfera de revolución que actualmente ocupa el complejo hispánico”.
Pérez de Ayala dio unas cuartillas a la
prensa en las que enfáticamente proclamaba: “De la fraternidad intelectual
entre Cataluña y el resto de España lo espero todo, y sin ella nada puede
esperarse. Durante el banquete (…) Fernando de los Ríos, el socialista
sefardita y elegante, ya apuntaba: “Es necesario que quien quiera emprender
la transformación del problema catalán, emprenda antes la transformación de
las instituciones que lo alimentan”. Ortega y Gasset anunciaba “la voluntad
de hacer una España nueva”. El doctor Pi y Suñer, con aparente sensatez,
afirmaba: “En uso de nuestro derecho y por nuestra voluntad, nuestra lengua
nativa a la que amamos…, cosa que no impide que respetemos y amemos nuestra
lengua castellana (…)
Todo esto era biombo y máscara del complot
contra la monarquía, el orden social y, por la misma pendiente, de la entrega
de España al comunismo. Todo cuanto se decía en defensa de nuestra lengua
catalana era legítimo; pero ni la lengua catalana era objetivo verdadero del
dinamiterismo de la maniobra, ni muchos de los intelectuales embarcados en la
aventura vislumbraron que no eran otra cosa que títeres de unos poderes y una
“inteligentzia” matriz de otros acontecimientos, ajenos absolutamente a la
lengua catalana… Algo de esto apuntó Carlos Capdevila cuando en “La
Publicitat”, del 24 de marzo de 1930, comentaba: “El banquete de ayer hacía
augurar unas posibilidades inéditas hasta ahora; a todos juntos, ellos y
nosotros, toca elevarnos a hecho histórico trascendental para nuestro pueblo”.
(…)
Aquellos intelectuales no lo sabían todo
Y vino el Pacto de San Sebastián. Y el 14
de abril de 1931, con su República, impoluta y limpia, que nos prometían Alcalá
Zamora, Miguel Maura, Ossorio y Gallardo
y otros católicos entusiasmados con la nueva situación, incluso con la amplia
complacencia del nuncio monseñor Tedeschini, dispuesto a sacrificar prelados
virtuosos y fuerzas auténticamente contrarrevolucionarias para consolidar y
bautizar a aquella República, saludada también, alborozadamente, por la Gran
Logia Española de la Masonería (…)
Y la “ventura de España”, del más puro
estilo masónico, pronto tuvo sus primeros acordes y compases, para entrar en
los periodos más borrascosos en que se encrespaba la tempestad republicana.
Ya no rememoraremos los incendios del 11 de mayo, a los 27 días justos de
proclamarse la República, las huelgas, el terrorismo, el paro obrero… Será
José Ortega y Gasset, el de “delenda est Monarchia”, que ya el 6 de diciembre
de 1931 nos hablaba del “perfil triste y agrio” de la República. Y en 3 de
diciembre de 1933 se quejaba en “El Sol”: “Durante estos años -1931-33- se me
ha insultado y vejado constantemente desde las filas republicanas… Pero hay
más: los hombres republicanos han conseguido que, por primera vez después de
un cuarto de siglo, no tuviese yo periódico donde escribir”. Pero llegó 1936.
Unamuno, Ortega y Gasset, Baroja, Marañón. Pérez de Ayala, Azorín, Menéndez
Pidal, al unísono hablaron y escribieron contra la entrega de la República a sus
herederos naturales y dueños indiscutibles, que eran los partidos marxistas y
sus compañeros de viaje de la coalición del Frente Popular.
¿Adónde quedaba aquel banquete fraternal de
los intelectuales que, como Quijotes, querían defender a ciertas Dulcineas y
deshacer entuertos, sin darse cuenta de la envergadura, del plan y de la
causa que servían? Fue muy reconfortante en la España nacional leer el “Epílogo
para ingleses” de Ortega y Gasset, que apareció en París en diciembre de 1937,
como el ensayo “Liberalismo y Comunismo. Reflexiones sobre la revolución
española”, que dio a luz el doctor Marañón, en 1938 en Buenos Aires. O el
artículo de Pérez de Ayala, en el “The Times”, en el mismo 1936…. Pero nadie
puede negar la responsabilidad en la falta absoluta de visión de aquellos
intelectuales. (…)
***
Un triunvirato y una mesa redonda (1970)
“Serra d’Or”, de febrero (1970), ha
publicado una orquestada conversación sobre el problema catalán, el Estatuto,
nuestra guerra, el separatismo y la lengua catalana, bajo la batuta del que
ha dicho ser ateo Baltasar Porcel, colaborador asiduo de esa revista, que
publica la Abadía de Montserrat. Cuanto afirman Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y
López Aranguren, no pasa de los tópicos y la vulgaridad. En un tema que se
presta a centrar ideas con rigor intelectual, no pasamos de la sobada
fraseología del “Manifiesto” de 1924 y de las frases hechas del banquete
fraternal de escritores castellanos y catalanes en 1930: les falta una visión
de España en sus más grandes ideales e histórica catolicidad y las
aplicaciones de los principios de las sociedades infrasoberanas, que son el
único pluralismo orgánico y natural que equilibra la unidad y la variedad. Sorprende
tanta mediocridad mental en personas que, por otra parte, tienen cultura. Pero
cuando se defiende una causa con complejos y galerías a las que agradar…
Porque toda la síntesis de la conversación
de este triunvirato, en su deformación de los hechos más evidentes, se puede
sintetizar en esta frase, a nuestro entender delictiva y calumniosa de Aranguren:
“El régimen que se estableció
el año 1939 era constitutivamente anti-catalán”. Ignoramos si la Ley de Prensa e Imprenta puede aceptar estos
exabruptos que atentan a la misma noción de Patria y de Estado de Derecho. Lo
ignoramos.
Un breve recordatorio
Es un daltonismo mental plantear el
problema catalán simplemente en aspectos culturales y administrativos. El
problema catalán es parte de la ideología, problemática y configuración del
concepto de España, de la doctrina sobre participación en las tareas públicas,
y del papel de España en su misión histórica. Recordar aspectos parciales del
problema es ver el árbol arrancado del bosque. Esa fue la equivocación de los
intelectuales que, de buena fe, acudieron al banquete de 1930. Este es el
error histórico del catalanismo de las llamadas “derechas”, que no ha sido
nunca compartido por el catalanismo izquierdista (siempre masónico, laicista,
anticatólico, subversivo, disgregador, promarxista), para desembocar
lógicamente en el marxismo más subido y ortodoxo. Mientras el catalanismo de
derechas era aburguesado, colaboracionista, desespañolizador, antitradicionalista…
Recordamos a los sres. Ruiz-Giménez, Laín Entralgo
y Aranguren unas breves notas que les pueden dar que pensar y repensar en sus
asertos:
1- El 14 de abril de 1931, Maciá proclamó
la “República Catalana” como parte integrante de la “Federación Ibérica”. A
las pocas horas, Nicolau d’Olwer, Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos
convencieron a Maciá de que la “República Catalana” debía limitarse a mera “Generalitat
de Catalunya”. Separatistas catalanes residentes en América reprocharon a Maciá
su claudicación. Maciá, en junio de 1932, les contestaba, demostrando cómo el
separatismo lleva intrínsecamente conexo el dominio marxista. Decía: “Desgraciadamente,
la República Catalana, por hechos que sería largo de explicar, no tenía ayuda
de organizaciones netamente nacionalistas y con criterio patriótico bien
definido. Los grupos que la habían sostenido, extremistas de toda clase, habrían
pasado factura al día siguiente de la revuelta callejera. Habríamos
conseguido una República roja, cosa que repugnaba a la inmensa mayoría de
catalanes” (…)
2-Luis Durán y Ventosa, uno de los
prohombres más significativos de la “Lliga”, escribe en su libro “Intoxicación
oriental de occidente”: “Muchos recordamos la extraña sensación que
sentían en diversas comarcas de España los que, conservando la serenidad, en
aquellos meses que precedieron a la revolución anarco-comunista de 1936,
veían a tanta gente que había de ser víctima de ella, vivir alegre y
confiadamente sin darse cuenta del peligro que amenazaba. (…) El número de
víctimas alcanzó cifras terribles y las ruinas fueron inmensas. España entera
se resiente aún en todos los órdenes”. Cuando Durán y Ventosa escribía
esto, recordaría el beneplácito con que el catalanismo histórico de derechas
se disponía a acatar la República que se veía venir. (…) A este
indiferentismo en el problema vital del sistema de gobierno de la nación, también
podía don Luis Durán y Ventosa cargar “el vivir alegre y confiadamente” que años
más tarde él denunciaba. Y sólo España y Cataluña pudieron salvarse de la
revolución anarco-comunista de 1936 (…) gracias al esfuerzo del Ejército al
que se unieron tantos españoles. Qué diría Durán y Ventosa si, a estas horas,
pudiera leer en “Serra d`Or” que la liberación de Cataluña se juzga así: “El régimen que se estableció en 1936 era,
constitutivamente, anticatalán”? (…)
Cataluña, José Antonio y los olvidadizos Laín
Entralgo y Ruiz-Giménez
Dejando aparte a Aranguren, Laín Entralgo y
Ruiz-Giménez habrían acertado plenamente sobre el problema catalán si,
rememorando antiguos y ardientes fervores falangistas, hubieran tenido
presentes unas palabras de José Antonio, de auténtica garra, y cuya apretada
enjundia supera las siete páginas aburridas y venenosas que les ha brindado “Serra
d’Or”. Nuestro José Antonio dijo para todos los tiempos: “Se ha dicho que la
autonomía viene a ser el reconocimiento de la personalidad de una región; que
se gana la autonomía precisamente por las regiones más diferenciadas, de caracteres
más típicos; yo agradecería que meditásemos sobre esto: si damos autonomías
como premio a una diferenciación corremos el riesgo gravísimo de que esta
autonomía sea estímulo para ahondar la diferenciación. (…) Por eso entiendo
que, cuando una región solicita la autonomía, lo que tenemos que inquirir es
hasta que punto está arraigada en su espíritu la conciencia de unidad de
destino; que estando bien arraigada apenas ofrecerá ningún peligro que demos
libertad a esa región para que organice su vida interna”.
Esto es lo que no vieron ni entendieron los
intelectuales que vinieron a Barcelona en aquella juerga de 1930. El tono de
las palabras de Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren nos han devuelto el
regusto de aquel clima, léxico y ambiente mefítico que vivimos tras la caída
de Primo de Rivera. Pero, sea lo que sea, a este triunvirato le ofrecemos las
amargas palabras de Manuel Azaña, que también asistió en aquel banquete. En
1939, Azaña dijo: “Conmigo que no se cuente para nada. Me han dejado sólo…
El que no es un sinvergüenza es un imbécil… En 1939 hemos perdido la razón y
con ella la República. Y si alguna vez alguien puede restaurar en España no
ya la República, sino lo que sea, de régimen más o menos liberal, lo primero
que tiene que hacer es renunciar a todos los mitos creados en torno a la
República y deshacer todos los ídolos. Porque si nuestra República se hubiese
perdido el 18 de julio, otra cosa hubiese podido quedar acaso en la
consideración de la gentes. Pero nos hemos ido envileciendo y al final ya no
se ha salvado nada. El que lo vea de otra manera se engaña”.
Y ahora, Aranguren, Ruiz-Giménez, Laín
Entralgo, con “Serra d’Or” se dedican a resucitar mitos y a revalorizar ídolos.
Jaime TARRAGÓ
Revista FUERZA NUEVA, nº 172, 25-Abr-1970
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