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EL ÚLTIMO ACTO (El Referéndum)
Ya está anunciado (1978) el último acto del espectáculo de
ilusionismo que es la reforma política, el referéndum. En él se piensa
escamotear definitivamente, por las artes de magia de la democracia, la
televisión y la cibernética las más grandes realidades de nuestra vida y
nuestra Historia.
Se pretende hacer desaparecer en unas horas, haciendo cola, lo
siguiente: 1) España como Nación Una, Grande y Libre; 2) Nuestra comunidad
fundada en el hombre como portador de valores eternos; 3) La sociedad basada
en las instituciones sagradas del matrimonio insoluble y la familia con
deberes y derechos anteriores y superiores a los del Estado; 4) Nuestro pueblo
unido en un Orden de Derecho respetuoso con las realidades espirituales
superiores del bien común, de los principios permanentes del orden social, y
de la supremacía absoluta inderogable de la Ley de Dios; todo suprimido por
la voluntad y el juicio subjetivos de gobernantes que juraron defenderlo, del
Partido Comunista, con Carrillo y la Pasionaria a la cabeza, y de unos pocos
diputados, unidos con los anteriores en el consenso que lo ha dispuesto así, tal
como aparece en la titulada Constitución 78.
Las realidades superiores
Los españoles siempre han entendido las grandes verdades superiores, y
han procurado vivir de acuerdo con sus enseñanzas y mandatos. Nuestro pueblo,
y nosotros, hemos dado testimonio de que no sólo de pan vive el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios.
Palabras salidas de la boca divina son los nombres de cada nación y
de cada persona humana. Esas palabras misteriosas y profundas, esos nombres,
determinan el ser de los hombres y de las naciones. Enseñan la forma propia
que les debe distinguir de los demás. Impulsan, con la fuerza del amor, hacia
el cumplimiento del destino correspondiente a cada criatura. Dan por todo eso
a las naciones y a los hombres, su peso, número y medida. Que es igual que
decir: su libertad, su unidad y su grandeza características.
El lema de la revolución
española (*), revolución de signo cristiano, responde por ello
completamente a la misteriosa vocación divina del “nombre”, de la palabra
eterna que hace ser a nuestra Nación, como lo es, Una, Grande y Libre. En pos
de esos ideales, hizo nuestro Movimiento popular y nacional su Guerra de Liberación,
que la Iglesia católica, por la voz de altísimos jerarcas consideró Cruzada
por la santa Fe. Por todo eso es tan atacada la revolución del 18 de julio, y
por eso también es tan odiado el nombre de España por los poderes prepotentes
de la tierra y las fuerzas y elementos a su servicio.
Laicismo revolucionario contra las naciones y la civilización
cristiana
(…) La pretensión destructora es muy antigua, siendo España la
primera en la lista de naciones señaladas para ser raída de la Historia. El
empeño es lógico, desde que al comienzo de la Edad Moderna las clases
dominantes revolucionarias de Occidente se propusieron crear un orden social
y un mundo, entera y radicalmente profanos, exclusivamente humanos, sin
ninguna referencia a Dios, rechazando la Buena Nueva que no sólo salva a los
hombres sino que purifica y eleva incesantemente la moralidad de los pueblos
que la aceptan.
La crónica occidental, a lo largo de esa edad, fue una serie de
éxitos en esa tarea, mediante la dominación material, la servidumbre moral y
la explotación económica de los pueblos y los hombres rendidos enteramente a
esa concepción política y cultural anticristiana. España fue una excepción,
por la resistencia popular y el ascendiente del pensamiento y la educación
tradicional, gracias a la antigua Iglesia, especialmente.
Despotismo ilustrado para sofocar el espíritu
Nuestro pueblo creyó siempre en las realidades superiores del
espíritu y en las verdades salvadoras de la fe revelada. Las tenía como
alimento de su vida -¡no sólo de pan vive el hombre!-, y por eso sentía y
entendía los autos sacramentales, donde se personificaban el alma y sus
potencias o virtudes. Y es sabido que el despotismo ilustrado de los Borbones
suprimieron su representación, pese a la enorme popularidad y el éxito
permanente de tales piezas de tales teatrales. Todo lo que en la vida y
costumbres de nuestro pueblo fuera ocasión o estímulo para la exaltación de
la fe, nobles sentimientos o elevadas creencias, había que extirparlo y
enterrarlo. Y así se hizo con los autos sacramentales.
El inicuo atropello, tan característico de los poderes sectarios y
tiránicos, dueños de todo en la Edad Moderna, tiene una profunda
significación. Esos poderes no podían tolerar que nuestro pueblo intuyese y
saborease las supremas realidades de la vida y del espíritu, porque éstas,
percibidas e incorporadas por los hombres a su conciencia, determinan la existencia
de obstáculos sociales y humanos capaces de ofrecer resistencia, con éxito, a
la dominación absoluta (por los nuevos poderes) de los hombres y los pueblos
embocados y humillados con los erróneos principios del humanismo materialista
anticristiano y sus sistemas políticos de falsas libertades para la
imposición de los fuertes y los ricos.
Constituciones sin Dios y revolución española
El mundo no había presenciado otro espectáculo desde la mala Reforma,
el Renacimiento paganizante y la Revolución francesa, que el de instituciones,
costumbres y pueblos violentados y contrahechos paulatinamente por la acción
incesante del empeño racionalista, explicitado por Rousseau, de cambiar la
naturaleza humana y transformar a cada individuo en parte de un todo más
grande del cual recibe el individuo su vida y su ser, con el designio
soberbio de “instituir pueblos” regidos por las voluntades de hombres sin
respeto al orden de las cosas creadas y la Creación. Todo por medio de Constituciones;
es decir, de leyes hechas para imponer el arbitrario capricho de los
imperantes sin acatar ni sujetarse a la Ley de Dios.
Pero España ofreció al mundo, desde el 18 de julio de 1936, el
espectáculo, desconocido hacía siglos, de un pueblo resuelto a exigir respeto
a las realidades superiores y unos hombres dispuestos a reconocer el orden de
las cosas creadas, porque “ninguna actividad humana, ni siquiera en el orden
temporal, puede sustraerse al imperio de Dios”. Porque “por la propia
naturaleza de la Creación, todas las cosas están dotadas de consistencia,
verdad y bondad propias y de un propio orden regulado”. Y porque “se debe
establecer y consolidar la comunidad humana según la Ley divina” (textos del
Concilio Vaticano II ignorados y contradichos por obispos o dignatarios
eclesiásticos españoles al dar “luz verde” a la Constitución 78, que los
atropella).
Esa fue la gran hazaña de la revolución española del movimiento
popular que la impulsó, y del Estado de Justicia que ella estableció sobre el
fundamento de los principios permanentes de la Promulgación de 1958.
La demolición de las instituciones
Nada de eso se podía consentir por los tiranos del mundo, por los
empresarios del único espectáculo autorizado en la Edad Moderna, cuya más
genuina representación, en punto a “constituir pueblos” -ideal democrático-
haciendo a los individuos “partes de un todo más grande del cual reciban vida
y ser” (“El Contrato Social”), corre a cargo de los sistemas comunistas,
culminación lógica y perfecta de la de la democracia.
De ahí que, al estilo despótico que en el siglo XVIII se prohibieron
de un plumazo los autos sacramentales”, había que suprimir de varios plumazos,
como se ha encargado de hacer el gobierno Suárez, el espectáculo histórico
real de todo un pueblo, el español, dispuesto a vivir y a regirse de acuerdo
con el orden propio de las cosas, sin violentarlas, esforzándose por “obrar
según “aquello” para lo cual hemos recibido el ser para siempre los hombres,
y el ser para la Historia las naciones”, ya que las instituciones privadas o
públicas deben responder a las realidades espirituales, que son las más profundas
de todas” (Concilio Vaticano II). (…)
Vigencia y ejemplaridad de la revolución española
Es grande, es bellísima la hazaña de la revolución española. Su
vigencia como ideal y su necesidad como fuerza de acción hacia el futuro no
es ya que persistan sino que se han agigantado con la brutal imposición de
los poderes que han decretado acabar con el magnífico espectáculo que España
ha dado al mundo, siendo fiel a su Historia y su misión, igual que lo dan, a
los hombres y a los ángeles, todas las personas que se atreven a cumplir con
humildad y valentía el plan de Dios acatando sus leyes. Lo dice la Escritura.
Últimos actos de la fantasmagoría en escena
Hoy por hoy, esperamos que por poco tiempo, el espectáculo asombroso
de España proclamándose Nación católica, pese a la miserable cobardía de
muchos clérigos y obispos, ya no produce escándalo al mundo esclavizado por
los poderes imperialistas y sangrientos de la Contrahistoria. Con la
Constitución 78 se acabará. Ahora ofreceremos dócilmente a ese mundo el
espectáculo de ilusionismo con que van escamoteándose las realidades y la Historia
de España. Su último acto ya está anunciado con el título de referéndum.
Los estrépitos que distraen la atención -como en los juegos truhanescos-
son los crímenes terroristas y separatistas. El paño bajo el cual se realizan
los trucos de prestidigitación viene siendo el escudo bajo el cual se ocultó
el de España en nuestras Cortes. Porque tras el prestigio de la monarquía
resulta más fácil ocultar sorpresas. Cosa que permite augurar que, en el
epílogo del festival ilusionista en escena, baste retirar sus emblemas para
que aparezca nuestro pueblo dando el más bajo espectáculo de los sometidos a
la tiranía sin rostro de las organizaciones cuyos grandes poderes y medios
sin escrúpulos suprimen los ámbitos de libertad, con dignidad, que en el
mundo actual son las naciones como España. Somos innumerables, sin embargo,
los que esperamos que no sea la fantasmagoría lo que prevalezca sino las
grandes realidades de España y su revolución nacional.
Jaime MONTERO
Revista FUERZA NUEVA, nº 621, 2-Dic-1978
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