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martes, 9 de diciembre de 2025

Nulidades sobre la que se asentaba el Proceso Constituyente

 Artículo de 1978

 Nulidades sobre la que se asienta el Proceso Constituyente (*)

 (…) Por efecto de la conocida propaganda apabullante hecha en favor de los mitos liberales y democráticos del más rancio y anacrónico constitucionalismo (desastrosamente fracasado en nuestra patria tras siete ensayos del sistema, impuesto desde 1808 hasta este de 1978, para sojuzgarnos, por las potencias imperialistas dominantes), se le han hecho creer a nuestro pueblo varias mentiras; se le han ocultado muchas verdades, y se le ha despojado de grandes bienes con trucos como los que se emplean para engañar a los niños.

 Se hizo crear al pueblo por el referéndum de 1976 que sólo se trataba de perfeccionar el sistema institucional del Estado español. El presidente Arias dejó preparado el terreno hablando siempre de la gigantesca obra de Franco. Todo el aparato reformista del presidente Suárez se montó, como no podía ser de otra manera, tomando y pregonando como fundamento la legitimidad única existente: la de la Monarquía católica instaurada sobre las bases firmes y conocidas del Principio VII de la Promulgación de 1958.

 La Ley para la Reforma política (1977) se planteó, según declaraciones oficiales y promesas solemnes, como una Ley Fundamental sometida a los citados Principios, y como tal la aprobaron las Cortes Españolas ante las que el procurador ponente señor Fernando Suárez recalcó que con ella se reafirmaban los Principios más esenciales. Y el ministro de Justicia, Landelino Lavilla, empeñó su palabra diciendo que no se pretendía con esa ley ninguna derogación del Ordenamiento existente, sino una nueva pieza inserta en el conjunto de las siete Leyes Fundamentales anteriores. Por eso pudo considerarse innecesario el trámite preceptivo -cuya omisión invalida radicalmente dicha ley, según se adujo oportunamente por varios contrafueros- de someter en el proyecto elaborado por las Cortes al Consejo Nacional, para el dictamen sobre si vulneraba no los Principios del Movimiento.

 Después, se ha mentalizado a la gente hasta el extremo de hacer creer gratuitamente que la hueca democracia formalista sea un sistema perfecto al que todos los regímenes deben reconducirse, manteniendo al pueblo en la ignorancia de ser radicalmente incompatibles sus principios con los del sistema implantado por la revolución española (**), que, con su democracia orgánica, son mucho más modernos y perfectos; pero, sobre todo, esencialmente cristianos por basarse en la existencia de realidades históricas, espirituales, religiosas, naturales, sociales e institucionales que todo orden político tiene que reconocer, so pena de insertarse en la trayectoria contrahistórica de los materialismos humanistas antropocéntricos del tipo racionalista sin Dios, adoptados por los sistemas democráticos en pleno fracaso o declive, que culminan necesariamente en los regímenes comunistas por la fuerza lógica de una dialéctica consecuente, sin hipocresías burguesas ni pudibundeces democristianas.

 Por culpa de cultivar esa ignorancia entre el pueblo, ocultando la realidad verdadera de las cosas, han ido pasando inadvertidas las ilegalidades e imposibilidades absolutas derivadas de ese empeño absurdo consistente en suponer realizable dentro de la legalidad (como se decía con perversas intenciones) algo así como una “evolución perfectiva” desde un sistema como el español, de coherencia doctrinal con los principios del Derecho público cristiano, hacia el sistema radicalmente contrario de la titulada “democracia”. 

Se ha usado y abusado del tópico embustero de la soberanía del pueblo -que no es tal, sino la masa de electores, el noventa por ciento engañadizos, convocados a votar un día- reducida por supuesto al “sufragio universal” de meros individuos, para hacer creer a favor de masivas propagandas, que, con votaciones a favor de cualquier cosa esta cosa cualquiera queda convertida en la verdad y en la única fuente de toda autoridad. Lo cual es absolutamente falso.

 De aquí la acumulación ingente de nulidades absolutas sobre la que se asienta todo el proceso llamado constituyente y la titulada Constitución, imposible de sanar por votaciones ni aún por referéndum; ni por regias sanciones, ni por el transcurso del tiempo y el posible uso del poder, que no es más que tiranía cuando se ejerce sin autoridad.

 A ese cúmulo de causas de nulidad radical e insubsanable se refiere, en telegráfico resumen, la manifestación de los alféreces provisionales: carácter ilegal y por tanto faccioso de los partidos políticos autores de la proyectada Constitución ya aprobada por ellos (sólo son válidas las asociaciones ajustadas a la ley que regula las de carácter político); consiguiente invalidez de lo actuado por ellos en las Cortes; carencia de poderes constituyentes ejercidos sin título por a ello por el Congreso y el Senado (dualidad de cámaras incompatible con ese pretendido carácter constituyente); convocados como Cortes ordinarias y para el plazo normal de cuatro años y subsiguiente nulidad de todos los actos y disposiciones del proceso de “ilegitimidad Constituyente” emprendido a partir de la Ley para la Reforma Política -e incluso el anterior-, ahora rematado con tanta irresponsabilidad como torpeza y gravísima frivolidad.

 Sin el riesgo, siquiera, de una acción revolucionaria, sino tras el parapeto seguro y prestigioso de la Monarquía instaurada por el Movimiento Nacional; a la que, con el mito del “pueblo soberano”, la realidad conspiratoria de los partidos, con raíces y apoyos extranjeros e internacionales, ha transformado, bajo el nombre de “La Corona”, en una Monarquía parlamentaria, que es como decir prisionera de los mismos partidos detentadores del poder.

 Como decíamos, se ha despojado al pueblo de grandes bienes. sin que se dé cuenta de ello. Se le ha desmontado el Estado de Justicia, engañándole con la ficción legalista del “Estado de Derecho”, amparador de todas las usuras e injusticias, como se está viendo. Se han atropellado los derechos fundamentales e inviolables de las personas. Se pretende constituir la sociedad española, y ese Estado fantasmal, sobre una legalidad atea con todas sus malas consecuencias negativas de las instituciones básicas del matrimonio, la familia y la propiedad privada con protección e iniciativa. 

Y, en fin, se echan las bases para la desintegración de la unidad de España. Porque en la Constitución aparece claro el evento de posibles apelaciones de los pueblos o “nacionalidades” inventadas por ella ante los organismos internacionales para lograr su “autodeterminación” en ejercicio de los llamados “derechos humanos”, sin más que acogerse a la famosa Declaración Universal, redactada para uso de las grandes potencias, antes descolonizadoras y ahora “desnacionalizadoras” que manejan la ONU y sus conocidas comisiones, tribunales, secretarias o dependencias de alta presión.

 Tan colosal despojo se ha perpetrado con el sencillo truco que se emplea para quitarles a los niños lo que tienen en la mano; enseñándoles otra cosa cualquiera para que suelten aquello que se les quiere arrebatar. Primero se despojó al pueblo, con absoluta arbitrariedad y desafuero de sus poderosas organizaciones, no estatales, de sindicatos y movimiento organizados nacional, con la engañifa de “la democracia en el Estado español”, que ya sabemos lo que ha sido y para lo que ha servido. Ahora, el señuelo se titula “Constitución”: tiene veintitrés veces más artículos y disposiciones que aquella mini ley explosiva, de 4 de enero de 1977. Porque lo que importa es distraer al público, como a los niños. Y mientras se entretienen leyendo tanto, hacerle soltar, sin que se dé cuenta de lo que hace, nada más y nada menos que la totalidad del Ordenamiento Institucional legítimo de España, que estableció sobre las bases de Justicia que constituyen los principios permanentes de la Promulgación de 1958, un sistema de Leyes Fundamentales no cambiables ni aplicables a capricho, sino con sujeción a normas supremas inmutables. Lo cual es la única garantía verdadera y eficaz frente a los excesos o arbitrariedades de los órganos del poder sin límites que se arrogan los partidos políticos en la Constitución 78 para legislar juzgar y ejecutar todo según leyes hechas por ellos solamente y sin Ley de Dios. (…)

 Jaime MONTERO


Revista FUERZA NUEVAnº 623, 16-Dic-1978

 

(*) Título original: La manifestación de los alféreces provisionales”

(**) El llamado “franquismo”


viernes, 31 de octubre de 2025

Demolición espiritual de España desde la “Transición”

Artículo de 1978

 EL ÚLTIMO ACTO  (El Referéndum)

 Ya está anunciado (1978) el último acto del espectáculo de ilusionismo que es la reforma política, el referéndum. En él se piensa escamotear definitivamente, por las artes de magia de la democracia, la televisión y la cibernética las más grandes realidades de nuestra vida y nuestra Historia.

 Se pretende hacer desaparecer en unas horas, haciendo cola, lo siguiente: 1) España como Nación Una, Grande y Libre; 2) Nuestra comunidad fundada en el hombre como portador de valores eternos; 3) La sociedad basada en las instituciones sagradas del matrimonio insoluble y la familia con deberes y derechos anteriores y superiores a los del Estado; 4) Nuestro pueblo unido en un Orden de Derecho respetuoso con las realidades espirituales superiores del bien común, de los principios permanentes del orden social, y de la supremacía absoluta inderogable de la Ley de Dios; todo suprimido por la voluntad y el juicio subjetivos de gobernantes que juraron defenderlo, del Partido Comunista, con Carrillo y la Pasionaria a la cabeza, y de unos pocos diputados, unidos con los anteriores en el consenso que lo ha dispuesto así, tal como aparece en la titulada Constitución 78.

 Las realidades superiores

 Los españoles siempre han entendido las grandes verdades superiores, y han procurado vivir de acuerdo con sus enseñanzas y mandatos. Nuestro pueblo, y nosotros, hemos dado testimonio de que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

 Palabras salidas de la boca divina son los nombres de cada nación y de cada persona humana. Esas palabras misteriosas y profundas, esos nombres, determinan el ser de los hombres y de las naciones. Enseñan la forma propia que les debe distinguir de los demás. Impulsan, con la fuerza del amor, hacia el cumplimiento del destino correspondiente a cada criatura. Dan por todo eso a las naciones y a los hombres, su peso, número y medida. Que es igual que decir: su libertad, su unidad y su grandeza características.

 El lema de la revolución española (*), revolución de signo cristiano, responde por ello completamente a la misteriosa vocación divina del “nombre”, de la palabra eterna que hace ser a nuestra Nación, como lo es, Una, Grande y Libre. En pos de esos ideales, hizo nuestro Movimiento popular y nacional su Guerra de Liberación, que la Iglesia católica, por la voz de altísimos jerarcas consideró Cruzada por la santa Fe. Por todo eso es tan atacada la revolución del 18 de julio, y por eso también es tan odiado el nombre de España por los poderes prepotentes de la tierra y las fuerzas y elementos a su servicio.

 Laicismo revolucionario contra las naciones y la civilización cristiana

 (…) La pretensión destructora es muy antigua, siendo España la primera en la lista de naciones señaladas para ser raída de la Historia. El empeño es lógico, desde que al comienzo de la Edad Moderna las clases dominantes revolucionarias de Occidente se propusieron crear un orden social y un mundo, entera y radicalmente profanos, exclusivamente humanos, sin ninguna referencia a Dios, rechazando la Buena Nueva que no sólo salva a los hombres sino que purifica y eleva incesantemente la moralidad de los pueblos que la aceptan.

 La crónica occidental, a lo largo de esa edad, fue una serie de éxitos en esa tarea, mediante la dominación material, la servidumbre moral y la explotación económica de los pueblos y los hombres rendidos enteramente a esa concepción política y cultural anticristiana. España fue una excepción, por la resistencia popular y el ascendiente del pensamiento y la educación tradicional, gracias a la antigua Iglesia, especialmente.

 Despotismo ilustrado para sofocar el espíritu

 Nuestro pueblo creyó siempre en las realidades superiores del espíritu y en las verdades salvadoras de la fe revelada. Las tenía como alimento de su vida -¡no sólo de pan vive el hombre!-, y por eso sentía y entendía los autos sacramentales, donde se personificaban el alma y sus potencias o virtudes. Y es sabido que el despotismo ilustrado de los Borbones suprimieron su representación, pese a la enorme popularidad y el éxito permanente de tales piezas de tales teatrales. Todo lo que en la vida y costumbres de nuestro pueblo fuera ocasión o estímulo para la exaltación de la fe, nobles sentimientos o elevadas creencias, había que extirparlo y enterrarlo. Y así se hizo con los autos sacramentales.

 El inicuo atropello, tan característico de los poderes sectarios y tiránicos, dueños de todo en la Edad Moderna, tiene una profunda significación. Esos poderes no podían tolerar que nuestro pueblo intuyese y saborease las supremas realidades de la vida y del espíritu, porque éstas, percibidas e incorporadas por los hombres a su conciencia, determinan la existencia de obstáculos sociales y humanos capaces de ofrecer resistencia, con éxito, a la dominación absoluta (por los nuevos poderes) de los hombres y los pueblos embocados y humillados con los erróneos principios del humanismo materialista anticristiano y sus sistemas políticos de falsas libertades para la imposición de los fuertes y los ricos.

 Constituciones sin Dios y revolución española

 El mundo no había presenciado otro espectáculo desde la mala Reforma, el Renacimiento paganizante y la Revolución francesa, que el de instituciones, costumbres y pueblos violentados y contrahechos paulatinamente por la acción incesante del empeño racionalista, explicitado por Rousseau, de cambiar la naturaleza humana y transformar a cada individuo en parte de un todo más grande del cual recibe el individuo su vida y su ser, con el designio soberbio de “instituir pueblos” regidos por las voluntades de hombres sin respeto al orden de las cosas creadas y la Creación. Todo por medio de Constituciones; es decir, de leyes hechas para imponer el arbitrario capricho de los imperantes sin acatar ni sujetarse a la Ley de Dios.

 Pero España ofreció al mundo, desde el 18 de julio de 1936, el espectáculo, desconocido hacía siglos, de un pueblo resuelto a exigir respeto a las realidades superiores y unos hombres dispuestos a reconocer el orden de las cosas creadas, porque “ninguna actividad humana, ni siquiera en el orden temporal, puede sustraerse al imperio de Dios”. Porque “por la propia naturaleza de la Creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado”. Y porque “se debe establecer y consolidar la comunidad humana según la Ley divina” (textos del Concilio Vaticano II ignorados y contradichos por obispos o dignatarios eclesiásticos españoles al dar “luz verde” a la Constitución 78, que los atropella).

 Esa fue la gran hazaña de la revolución española del movimiento popular que la impulsó, y del Estado de Justicia que ella estableció sobre el fundamento de los principios permanentes de la Promulgación de 1958.

 La demolición de las instituciones

 Nada de eso se podía consentir por los tiranos del mundo, por los empresarios del único espectáculo autorizado en la Edad Moderna, cuya más genuina representación, en punto a “constituir pueblos” -ideal democrático- haciendo a los individuos “partes de un todo más grande del cual reciban vida y ser” (“El Contrato Social”), corre a cargo de los sistemas comunistas, culminación lógica y perfecta de la de la democracia.

 De ahí que, al estilo despótico que en el siglo XVIII se prohibieron de un plumazo los autos sacramentales”, había que suprimir de varios plumazos, como se ha encargado de hacer el gobierno Suárez, el espectáculo histórico real de todo un pueblo, el español, dispuesto a vivir y a regirse de acuerdo con el orden propio de las cosas, sin violentarlas, esforzándose por “obrar según “aquello” para lo cual hemos recibido el ser para siempre los hombres, y el ser para la Historia las naciones”, ya que las instituciones privadas o públicas deben responder a las realidades espirituales, que son las más profundas de todas” (Concilio Vaticano II). (…)

 Vigencia y ejemplaridad de la revolución española

 Es grande, es bellísima la hazaña de la revolución española. Su vigencia como ideal y su necesidad como fuerza de acción hacia el futuro no es ya que persistan sino que se han agigantado con la brutal imposición de los poderes que han decretado acabar con el magnífico espectáculo que España ha dado al mundo, siendo fiel a su Historia y su misión, igual que lo dan, a los hombres y a los ángeles, todas las personas que se atreven a cumplir con humildad y valentía el plan de Dios acatando sus leyes. Lo dice la Escritura.

 Últimos actos de la fantasmagoría en escena

 Hoy por hoy, esperamos que por poco tiempo, el espectáculo asombroso de España proclamándose Nación católica, pese a la miserable cobardía de muchos clérigos y obispos, ya no produce escándalo al mundo esclavizado por los poderes imperialistas y sangrientos de la Contrahistoria. Con la Constitución 78 se acabará. Ahora ofreceremos dócilmente a ese mundo el espectáculo de ilusionismo con que van escamoteándose las realidades y la Historia de España. Su último acto ya está anunciado con el título de referéndum.

 Los estrépitos que distraen la atención -como en los juegos truhanescos- son los crímenes terroristas y separatistas. El paño bajo el cual se realizan los trucos de prestidigitación viene siendo el escudo bajo el cual se ocultó el de España en nuestras Cortes. Porque tras el prestigio de la monarquía resulta más fácil ocultar sorpresas. Cosa que permite augurar que, en el epílogo del festival ilusionista en escena, baste retirar sus emblemas para que aparezca nuestro pueblo dando el más bajo espectáculo de los sometidos a la tiranía sin rostro de las organizaciones cuyos grandes poderes y medios sin escrúpulos suprimen los ámbitos de libertad, con dignidad, que en el mundo actual son las naciones como España. Somos innumerables, sin embargo, los que esperamos que no sea la fantasmagoría lo que prevalezca sino las grandes realidades de España y su revolución nacional.

 Jaime MONTERO


Revista FUERZA NUEVAnº 621, 2-Dic-1978

 

(*) “Revolución española”: equivaldría a algo como “radicales aspiraciones cristiano-tradicionales del Régimen del 18 de Julio”


domingo, 21 de septiembre de 2025

Millones de españoles, segregados lingüísticamente en su propio país

 (Dos artículos de 1978)

  “VAE VICTIS” CONTRA ESPAÑA

¿Qué cabida de “digna”, en el supuesto marco legal “integrador”, tienen los millares españoles expulsados de Vascongadas por decreto de ETA y los millones de habitantes en ellas y en Navarra, dos regiones sin ley, sin seguridad de vidas y haciendas, aherrojados por el terror de un grupo de asesinos ante los brazos cruzados del Gobierno, “espectador”, que se dice, por sarcasmo, defensor de los derechos humanos, y los millones de españoles inmigrados en Cataluña y Vascongadas a cuyos hijos les va a imponer el Gobierno de Suárez, sin recurso, ser enseñados en lengua y cultura vernáculas, en violación de las convenciones internacionales reguladoras de aquellos derechos y suscritas por España, las cuales exigen la enseñanza en el propio idioma, mientras el presidente Suárez repite sin cesar que lo que no consentirá nunca es la dominación del país por un grupo o una facción?

 A esta imposición, auténtico apartheid, no han llegado en la forma que lo establece nuestro marco legal ni las potencias europeas en sus colonias de Asia y África con la población aborigen, más afortunadas desde luego que lo será la población española en las “nacionalidades” autónomas. Y esto se impone en Cataluña, en la cual en la provincia de Barcelona el uso familiar del catalán es el 35 por ciento y el 65 del español, y en Barcelona (ciudad con población no catalana mayoritaria) es el 47 y el 49, respectivamente, y apenas un 5 por 100 habla en Vascongadas el vascuence. Para mayor infamia colonial, esta segregación no corre a cargo de las “nacionalidades” sino del presupuesto del Estado que pagamos todos los españoles. ¿A esto puede llamarse esperanzador futuro de una prolongada y fructífera convivencia civil?

 ¿Existe posibilidad de convivencia y cabida digna para la España que ve cómo a la más incalificable amnistía se contesta con crímenes masivos por parte de los etarras, a cuyos autores el Gobierno no descubre ni juzga; que, a la concesión de la ikurriña y demás enseña separatistas se responde con quemas incesantes de banderas españolas, sin castigo jamás por parte del Gobierno Suárez: que ante la apertura sin límite a las autonomías se enarbola el principio de la independencia, cuyos partidos, cuya propaganda y actos públicos se permiten totalmente, y las propuestas de secesión se consienten y se debaten en las Cortes, lo cual no se ha dado en país alguno europeo, y a favor de aquellos partidos consiente el Gobierno sustituir los Ayuntamientos y Diputaciones legítimas por comisiones gestoras ilegales que prepararán en las elecciones el triunfo del separatismo y la anexión colonial de Navarra?

 Se pretende raer de esas regiones cuanto se refiere a la presencia y el recuerdo de España, de hecho convertida en ellas en nación enemiga. En la nomenclatura de las calles barcelonesas se suprimen los títulos de Reyes Católicos, Hispanidad, Avión Plus Ultra, Covadonga, Concordia y tantos otros; en pueblos guipuzcoanos el nombre de España es sustituido por el de uno de los asesinos ajusticiados. El consejero de Educación de “Euskadi” -es todo un símbolo de lo que serán allí la enseñanza o la cultura- afirma, sin que se le destituya y procese, que si resucitara Sabino Arana, el hombre que decía ser el pueblo español el más vil de la tierra, vería y amaría como hijos a los miembros de ETA y a los partidos abertzales, a los cuales recibió el presidente Suárez el año pasado, les convoca e invita humilde el vicepresidente segundo a cenas de trabajo y pacto, mientras por las mismas fechas caían asesinados dos militares -sin que tampoco se descubra a los autores, claro está- y en el Parlamento un diputado abertzale y un diputado separatista catalán apologizan el terrorismo, aquél, y la independencia, ambos, como si el Gobierno admitiera por anticipado el “vae victis” de los separatistas a la pervivencia de España.

 Al margen de cinismo políticos y de dialécticas enmascaradoras, la realidad -sonrojante- es que hay una España enormemente mayoritaria que está aherrojada, agredida, vejada y negada en sus derechos por el sectarismo revanchista de una minoría -gobiernos, partidos, Cortes y ciertos sectores eclesiásticos- que se atribuyen gratuitamente la significación de la otra España. Y a la España victimada se la inflige por añadidura el máximo agravio moral, el trallazo espiritual de afirmar que la transición tiene lugar sin traumas y de presentar cada acto atentatorio contra ella como un paso más hacia la reconciliación y la paz.

 ¡De los fariseos líbranos, Dios!

 Carmelo VIÑAS Y MEY


Revista FUERZA NUEVA, nº 609, 9-Sep-1978



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A LA SITUACIÓN EN BARCELONA

 (…) La espeluznante televisión catalana (…) En el primer programa nuevo, de entrada, nos ha ofrecido el asunto del día: el decreto del catalán, con la intervención de la untuosa y melosa María Rubíes, que creo que es senadora o senatriz, como dice Camilo J. Cela.

 Lo chusco de este programa es que se nos ha ofrecido una encuesta callejera sobre el decreto del catalán donde ¡en España! ha habido unanimidad total y absoluta. Todo el mundo está encantado con el decreto del catalán, y se ha interrogado especialmente a castellano-hablantes, todos y cada uno de los cuales están contentísimos y opinan que está muy bien que se obligue a aprender catalán. Ni una sola discrepancia, miren ustedes por dónde. Nadie ha mantenido la idea de que hay que respetar la lengua materna; nadie se ha acordado de que en España no se puede exigir más que el español; nadie se ha acordado de que Cataluña, y no digamos Barcelona, es España; nadie se ha acordado de que obligar al catalán a un español-hablante es contravenir los derechos humanos y volver a las cavernas, a fuerza de retrocesos; a nadie se le ha ocurrido que hay millones, digo millones, de español-hablantes que ni en diez años hablarán nada más y nada menos que el idioma español, porque es el suyo, el de la madre que los parió y al que tienen derecho de uso en todo el territorio de España, del que Cataluña (y no digamos la cosmopolita Barcelona, donde son mayoría los que no hablan catalán) forma parte inseparable si no es por la fuerza, fuerza de la que me río a carcajadas.

 Pero en la «tele» catalana, la espeluznante, había consenso total; todos de acuerdo. Vamos a hacernos el loco y simularemos que nos lo creemos y que la encuesta es real y sin cortes. A nadie ha parecido mal, no ya en tal encuesta, sino en los medios de manipulación social ni en el Congreso, Senado y demás instituciones sagradas de la democracia (?) que padecemos, que lo único natural es que se establezcan escuelas en catalán, y el que se quiera ir que se vaya. (…)

 Ramón CASTELLS SOLER

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 615 ,21-Oct-1978