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Carta abierta al reverendo
padre Arrizabalaga S, J.
Rvdo. Sr.: En primer lugar he de manifestarle mi asombro por tres
motivos:
1º El que usted no añada a su nombre las siglas S. J., como lo hizo en
la firma de aquel otro documento, en el que usted y otros sacerdotes,
fingiendo interés por los problemas de los fieles todos de esta Diócesis,
pidiendo libertades para grupos determinados y protestaron contra las
acciones que la autoridad ha llevado a cabo frente a ciertas organizaciones.
2º Que la editorial que publica su obra se denomina MENSAJERO a
secas. Todos sabemos que se trata de «El Mensajero del Corazón de Jesús».
¿Para qué «camuflarse» con un disfraz que no oculta nada?
3º Que su obra haya sido anunciada como «novela vasca», cuando
solamente se trata de una novela de ambiente vasco. Las novelas vascas se escriben
en euskera. Esto exige el conocimiento a fondo del viejo idioma. Y tiene el
inconveniente de que las ediciones no pueden alcanzar tiradas largas. Pero
por todo eso y por más hay que pasar cuando de veras se ama a su tierra y se
está orgulloso de ser vasco. Lo demás.... vasquismo de boquilla.
¿Novela o historia?
Son muchos los autores que expresan sus ideas por medio de novelas, Desde
Galdós a usted, pasando por Gironella, hemos podido ver cómo el escritor
coloca y mueve a sus personajes en un marco histórico. Evidentemente, muchos
de los sucesos que se relatan en tales tipos de obras son hijos de la
imaginación del escritor. Jamás han ocurrido. Por algo se trata de una novela
y no de una historia. Sin embargo, aún con esos antecedentes, el novelista
debe poner ciertos límites a su inventiva. Ha de considerar que muchos de sus
lectores van a tomar por cierto lo que ellos narran, dado el marco histórico
en que se sitúan los hechos y que muchos novelistas tienen por norma incluir en
su relato hechos y anécdotas reales. Que lo que digo es cierto, lo demuestran
multitud de sucedidos. He aquí algunos:
1º Hay bastante gente que cree tan firmemente en la existencia
histórica de los personajes de Villoslada, que bautiza a sus hijos con los
nombres novelísticos (ni siquiera llegan a la categoría de legendarios) de Aitor
y Amaya.
2º Otros han aprendido la historia del siglo XIX en las obras de
Galdós.
3º En 1962, fuimos a Estella acompañados por un oficial de requetés
que, además, combatió en Rusia. Allí nos presentó a un falangista con quien
había hecho amistad en la División Española de Voluntarios. Comentamos el «ladrillo»
de Gironella, que entonces estaba de moda, y nos confesó que él, por creerla cierta,
había indagado entre sus amigos de la comarca de Estella para comprobar la
existencia de aquel requeté de los nueve Primeros Viernes. Con resultado
negativo, desde luego. Tal episodio no es ni siquiera un producto de la
imaginación del «rollista» gerundense. Es un cuento bastante viejo que el
autor se lo colgó a un combatiente carlista (…)
Las novelas no son relatos intrascendentes. Expresan, de algún modo,
la manera de ser y pensar de su autor. Y cuando en ellas se relatan hechos
ocurridos recientemente pueden servir de vehículos a opiniones muy
respetables. Pero discutibles. Esto es lo que ha impulsado a dirigirme a
usted.
Buenos y malos
En la página 253 viene usted debe decir que, siendo aquéllos los «malos»,
son explicables las barbaridades que cometieron. No así las realizadas por los
«buenos». Es decir: por los nacionales, por los carlistas.
Nosotros jamás hemos dicho que seamos los buenos. Afirmamos,
simplemente, que el sistema que propugnamos es el mejor de todos. Para nada
nos metemos en juicios sobre la conducta personal de nuestra gente. Dicho con
palabras de Chesterton: «ciertamente el cristiano fue, en cierto sentido,
peor que el pagano; el español, que el indio; el romano, que el cartaginés;
pero en un sentido muy relativo, pues su razón de ser era hacerse mejores»
¿Será usted capaz de afirmar que es admisible, ni siquiera tolerable
el divorcio? Como él había muchas cosas en la legislación republicana que un
católico no podía consentir. Contra todo ello lucharon los requetés en 1936 y
volveremos a hacerlo hoy (1968), si fuera preciso. Esa es nuestra razón de
ser. Y no el garantizar la impecabilidad de nuestra gente.
Por el contrario, muy distinto fue el comportamiento del Partido
Nacionalista Vasco. Como ya dijeron en su día los obispos de Vitoria y
Pamplona: «No es lícito en ningún terreno, y menos en la forma cruentísima
de la guerra…, fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo. La
doctrina de la unión de los católicos… debe aplicarse totalmente, sin género
de excusas, a las cosas de guerra en que se juega el todo por el todo,
doctrina e ideales, haciendas y vidas, presente y futuro de un pueblo».
«Menos lícito es… absolutamente ilícito es…
sumarse el enemigo para combatir al hermano»
«Llega la ilicitud a la monstruosidad cuando el enemigo es ese
monstruo moderno, el marxismo o comunismo».
Y de esa monstruosidad nada ni nadie absuelve al nacionalismo vasco. Ni
siquiera el buen comportamiento que, individualmente, en grupos, incluso por batallones
completos, observaron los «gudaris».
Aunque nuestra opinión es que no se ha de culpar a los que, engañados,
no hicieron más que obedecer con la mejor voluntad, sino a los embaucadores
que les enviaron a la muerte, mal armados, peor organizados y sin mandos
competentes, mientras ellos se instalaban en el «Carlton» y «enchufaban» a su
próximos familiares lejos de los tiros.
Lo que no se puede hacer, P. Arrizabalaga, y menos cuando se ha adquirido
la cultura filosófica que corresponde a un sacerdote, es pretender juzgar los hechos
históricos mediante anécdotas y manejar exposiciones como esa de «los buenos
y los malos», propias de lectores de tebeos de aventuras del Oeste.
¿Quiénes son los buenos?
¿Con qué derecho nos exigen a los carlistas ustedes, los clérigos de
cualquier jerarquía y congregación, el que nos portemos como «buenos»? ¿Nos
tratan ustedes como tales? ¿Nos han hecho en alguna ocasión objeto de sus
predilecciones?
No vamos a meternos con las doctrinas de la Iglesia que, sin duda
alguna, están de nuestra parte. Mejor dicho, nosotros nos hemos puesto de su
lado. Nos referimos al comportamiento que han observado en política cientos
de sacerdotes, religiosos y religiosas, muchas comunidades y organizaciones
sedicentes de apostolado e incluso algunos obispos. De ellos jamás hemos
recibido la menor ayuda. Ni la queremos. No así los nacionalistas.
No descubrimos nada nuevo ni se nos podrá acusar de soplones si
decimos que decenas de centros de juventudes «apostólicas», conventos de todas
clases e incluso seminarios, han sido verdaderos «batzokis». ¿Qué fuerza
tendría hoy (1968) el nacionalismo vasco si desde 1937 a estas fechas no
hubiese disfrutado del apoyo del clero? El mismo P. Marzol, Pasionista, ha
llegado a alardear en la revista «Anaitasuna» de que más de la mitad de los
componentes de la ETA y otras organizaciones separatistas proceden de conventos
de frailes.
¿Cuándo han firmado grupos de sacerdotes algún documento para
protestar de las injusticias padecidas por el Carlismo? ¿Cuándo ha levantado
su voz algún cura porque algún joven requeté ha sido detenido por la policía?
¿Cuándo han depuesto judicialmente a favor de un joven activista tradicionalista
hasta cuatro obispos? Porque todo eso han hecho ustedes por el nacionalismo
vasco. Por nosotros, ni la milésima parte. Ni queremos que lo hagan.
¿Quiénes se consideran a sí mismos los «buenos»? ¿Ha leído usted en
algún escrito carlista juicios tan farisaicos sobre la conducta de algún jefe
nacionalista como el del P. Evangelista de Ibero sobre Carlos VII cuando dice:
«Su carácter moral se retrata cual es en los bailes y saraos a que Durango y otros
pueblos le vieron entregado…»? Citamos esta párrafo por pertenecer a lo que
siempre se ha considerado como el catecismo del nacionalismo. ¿Ha oído usted a
algún carlista decir que los nacionalistas «son católicos medio cuerpo hacia
arriba», cantinela que nos han repetido, de una manera o de otra, todas los nacionalistas
con quienes hemos discutido?¡Cuando hemos alardeado los carlistas de
costumbres puras, bailando en la plaza ostensiblemente con un pañuelo para no
tocar la mano de la joven!
¿Quiénes son los que se consideran «buenos»? ¿A quiénes tratan
ustedes como tales? ¡Pues exíjanles a ellos el comportamiento correspondiente!
Errores históricos
Coloca usted el bombardeo de Guernica por la mañana del 20 de abril,
cuando todo el mundo sabe que fue por la tarde. Hace usted pasar por encima
de Marquina los aviones que intervinieron en la operación, cuando en realidad
salieron de Vitoria, y basta una mirada al mapa de Vizcaya para comprender
que no hubo tal paso. El bombardeo de Guernica no figura entre sus recuerdos infantiles;
usted lo ha colocado en su obra para halagar a ciertos lectores. Es decir, ha
lanzado un «¡Viva Cartagena!» oportunista. Eso es jugar sucio en literatura.
Imagina usted como fondo de una foto de Carlos VII una bandera con
las iniciales D.P.F.R. Nos extraña que en una foto de Carlos VII, fallecido en
1909, aparezca el lema carlista como usted dice. Si conoce usted alguna
inscripción anterior a 1910, con las siglas mencionadas, le rogamos tenga la
amabilidad de informarnos. Nos hallaríamos ante un ejemplar único por su rareza.
Los carlistas sabemos por qué luchamos. El problema carlista no es,
como usted hace afirmar a uno de sus personajes, una cuestión de genealogía.
Es una cuestión de Legitimidad. De observancia de una ley que en 1713
promulgó un Rey con el consenso delas Cortes y que los españoles no
consintieron fuese modificada sin contar con ellos.
Si los vizcaínos de 1833 se levantaron por Carlos V (antes de que se
suscitase cuestión foral alguna) fue porque, así como el Rey está obligado a
respetar y defender los Fueros, los súbditos leales están obligados a
defender a su Rey. Y los vizcaínos, pese
a quien pese, somos hijos de un Señorío que supo ganar los títulos de Muy
Noble y Muy Leal.
A la cuestión sucesoria se juntaron luego la religiosa y la foral.
Porque comenzaron robando un trono, no podían pasar sin atracar a la Iglesia
y sin asesinar las libertades que habían sobrevivido a la tiranía de Felipe
V.
Nadie nos ha quitado la «F». Padre Arrizabalaga. Somos tan fueristas
como en 1833. Más aún,
pues de lo que valen ciertas cosas, no se da uno cuenta hasta que las ha
perdido.
Si en la pasada guerra dejamos en un segundo plano ciertos puntos de
nuestro programa, ello fue debido a urgencia del momento, que no dejaba lugar
a discrepancias.
Los requetés supieron por qué lucharon, aunque usted crea otra cosa,
supieron que no se trataba de una restauración monárquica ni foral. A pesar
de todo, no les importó morir por una cuestión religiosa. No les importó
jugarse la vida, entre otras cosas, porque regresaran los jesuítas a España.
A pesar de que muchos de ustedes no lo hayan sabido agradecer.
Espero que lea la presente. Me consta que unos porque no pueden ni
verla y otros porque se sienten confortados, casi todos los jesuitas leen
nuestra revista.
Afectuosamente le saluda:
ZORTZIGARRENTZALE
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968
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