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viernes, 28 de agosto de 2026

Inquisición: visto bueno de historiadores españoles

 

 ESPAÑOLES PRESTIGIOSOS, HISTORIADORES Y LA INQUISICIÓN

 CLAUSURADO el Simposio Internacional sobre la Inquisición Española, y en espera de sus conclusiones «de acuerdo con los criterios científicos del tiempo en que vivimos», es hora de lanzar al viento los juicios de grandes historiadores españoles para salir al paso de lo que tan ligeramente se ha escrito en fechas recientes y que deriva, de modo directo o no, de la obra de Llorente, el falsario.

 Hay españoles, incluso católicos practicantes, que se asombran de que se pueda defender la Inquisición. Hasta tal extremo ha penetrado la deformación de la verdad en la sociedad española. Es claro que no voy a decir que el Santo Oficio no condenó a muerte a nadie. Pero hay que saber cómo y cuándo. SI puedo, en cambio, decir que no ejecutó ninguna de sus sentencias, sino que entregaba al reo al poder secular. Esto lo dicen casi todas las historias.

 Pero dejemos hablar a los historiadores, comenzando por don Marcelino Menéndez Pelayo, que es el que mejor ha conocido la historia y la literatura españolas, tanto que Valera llegó a decir que «antes de él nos ignorábamos». Además que escribía con ánimo sereno. Marañón habló de «su habitual honradez literaria».


 M. MENENDEZ PELAYO: 

«Si la naturaleza humana es y ha sido y eternamente será, por sus condiciones psicológicas, intolerante, ¿a quién ha de sorprender y escandalizar la intolerancia española, aunque se mire la cuestión con el criterio más positivo y materialista? Enfrente de las matanzas de los anabaptistas, de las hogueras de Calvino, de Enrique VIII y de Isabel de Inglaterra, ¿qué de extraño tiene que nosotros levantáramos las nuestras? En el siglo XVI todo el mundo creía y todo el mundo era intolerante. Pero la cuestión para los católicos es más honda, aunque parece imposible que tal cuestión exista. El que admite que la herejía es un crimen gravísimo y pecado que clama al cielo y que compromete la existencia de la sociedad civil; el que rechaza el principio de la tolerancia dogmática, es decir, de la indiferencia entre la verdad y el error, tiene que aceptar forzosamente la punición espiritual y temporal de los herejes, tiene que aceptar la Inquisición.» (...)

 «Para el economista ateo será siempre mayor criminal el contrabandista que el hereje. ¿Cómo hacer entrar en tales cabezas el espíritu de vida y de fervor que animaba a la España inquisitorial? ¿Cómo hacerles entender aquella doctrina de Santo Tomás: "Es más grave corromper la fe, vida del alma, que alterar el valor de la moneda con que se provee el sustento del cuerpo"?» (Heterodoxos. Edit. Nacional, IV. 411-13.)


 R. MENÉNDEZ PIDAL:

 No he visto ningún texto suyo, ni a favor ni en contra de la Inquisición. Doy varios de la monumental Historia de España, dirigida por él. Son de don Luis Suárez Fernández (tomo XVII), catedrático de Historia de España, en la Universidad de Valladolid.

 «Núcleos de conversos (...) mezclando judaísmo y cristianismo con ideas erróneas iban produciendo una paulatina degeneración de la fe» (pág. 211). «Triunfaban las supersticiones..., iban resucitando las mil doctrinas heréticas dormidas en lo profundo de la Edad Media» (ibíd.). «Llorente no es digno de confianza» (ibíd.). «Todos los bienes de los condenados por la Inquisición eran confiscados por la Hacienda Real» (no eran para los inquisidores y clérigos al servicio del Tribunal, como se ha escrito).

  

GREGORIO MARAÑON:

«Es curioso que éstos —los inquisidores— eran mucho más benignos que los jueces seglares para juzgar este pecado —el de sodomía—» (que en Aragón también los juzgaba la Inquisición) (Obras completas. VI. pág. 617. Antonio Pérez). Alude a los «aspectos, que tampoco faltan, en que el Santo Tribunal puede ser defendido» (ibíd. 721).

 

A. GONZÁLEZ PALENCIA:

 «Para vigilar la pureza de la fe, amenazada por las actividades de los conversos, para averiguar la vida y costumbres de los judaizantes, los Reyes solicitaron y obtuvieron de Roma el establecimiento del Tribunal de la Inquisición, institución no inventada por los RR.CC. ni siquiera originaria de España, sino tribunal de fe que había actuado en diversos Estados europeos durante la Edad Media, tribunal eminentemente popular, recibido con general aplauso por todo el pueblo español» (La España del Siglo de Oro, Madrid, 1940, págs. 5-6).

 «Era dependiente del poder civil, separada de la jurisdicción ordinaria de los obispos» (108). «Judíos, moros, luteranos, alumbrados y sectas similares eran objeto de sus vigilantes ojos; además caían bajo su férula los hechiceros, magos y supersticiosos, los escandalosos públicos, los blasfemos, las brujas y todos cuantos podían perturbar la buena vida, la moral, las costumbres y la fe de los conciudadanos» (ibíd. 110). (¿Puede haber misión más noble y alta?) «El que haya visto, como yo, cientos y cientos de procesos inquisitoriales de los siglos XV al XIX, puede afirmar que la mano del Santo Oficio era blanda con los reos, de ordinario, porque tampoco los delitos eran graves... Si se exceptúa media docena de autos de fe, en todos los demás de la Inquisición no hay más que aparato y ceremonia. La prueba de la blandura del Santo Oficio nos la da la literatura española: era más rigurosa en los productos del ingenio la censura gubernativa que la inquisitorial» (ibid. 114-115).

 «Sobre la Inquisición se han ido acumulando durante siglos toda clase de falsas imputaciones y de críticas injustas. La visión truculenta de las cárceles inquisitoriales, descritas por los románticos, sirvió a los liberales del siglo XIX para ennegrecer las sombras en la pintura de esa institución, cuya historia imparcial no se ha hecho hasta hace una veintena de años, por Schäfer, sirviéndose todos antes de la parcialísima de Llorente» (ibid. 114).

  

EL MARQUES DE LOZOYA:

 «Aun cuando la propaganda protestante y enciclopedista haya convertido esta institución en un mito absolutamente distinto de la realidad, que hoy van descubriendo los documentos de los archivos, es lo cierto que la Inquisición, sobre todo en sus primeros tiempos, desempeñó un papel importantísimo en la vida y en la política de España e influyó de un modo decisivo en la formación de un sentido hispánico de la vida. Fue una organización fuerte y eficaz, y desde el punto de vista del Derecho procesal lo más perfecto que se hizo entonces en Europa, ya que en ninguna otra legislación contemporánea se pone tanto cuidado en averiguar la verdad ni se conceden al reo tantos medios de defensa» (Historia de España. Salvat, 1967, III, pág. 103, ss.). (Insiste el autor en que las Instrucciones, debidas a Torquemada, que rigió la etapa más dura de la Inquisición, son, sin embargo, un monumento del Derecho procesal.)

«Es falso que la Inquisición haya sido causa del atraso científico, como pretendían ciertos escritores del siglo XIX» (ibíd. 108). «Los beneficios que en el orden político el Santo Oficio proporcionó a España fueron ciertamente extraordinarios. Fue el principal la unidad religiosa que dio al nuevo imperio estabilidad y fuerza suficiente para las enormes empresas en que había de empeñarse. Por su obra se evitaron en suelo español las contiendas religiosas que ensangrentaron durante siglos a Europa y que, dado el carácter de los españoles, hubieran revestido mayor crueldad y dureza» (ibid. 109). (Hace notar Lozoya que en Europa se utilizaron procedimientos de tortura desconocidos en España.)

  

A. BALLESTEROS BERETTA:

 «El acusado tenía derecho a señalar las personas que reputaba como enemigas, y si estaban entre las denunciantes, los testimonios de éstos eran considerados nulos» (Historia de España y su influencia en la Universal, Salvat, 1948, III. 3.ª parte, pág. 425). «La investigación debía ser cierta, clara y específica (subraya Ball). No podía formarse juicio sobre indicios ni podían extenderse las investigaciones a cuestiones reservadas en conciencia (ibíd. 424). Procedíase a la pesquisa de un hecho siempre que resultaba público. El tribunal guardaba reserva acerca de los nombres de acusadores y testigos; y cuando eran de cargo respondían de sus testimonios, imponiéndose severas penas a los calumniadores. Para el reo y su letrado consultor no había misterio en las actuaciones. Los sumarios no comenzaban hasta probarse las denuncias y el auto de prisión no podía ejecutarse hasta su confirmación por el Consejo» (424). 

«La raza judía era odiada por sus riquezas. Gran número de familias hebreas habían abrazado la religión cristiana, pero muchos practicaban en secreto su religión. Contra ellos se desataron las iras del pueblo. Los Reyes no hacían más que reflejar la opinión general del país» (Síntesis de Historia de España. 1920, pág. 203).

  

DICCIONARIO DE HISTORIA DE ESPAÑA:

 Termino con unas enjundiosas palabras de este Diccionario, editado por la Revista de Occidente, de tendencia liberal y dirigido por Germán Bleiberg. Dice así:

 «La Inquisición aparece incomprensible a la mentalidad de nuestros días, pero no lo era en los tiempos de su institución, cuando la integridad de la fe religiosa se concebía universalmente como el valor fundamental de la vida. Tampoco en orden a su actuación ordinaria puede merecer la Inquisición —concretamente la española— especiales reproches, ya que su sistema penal y procesal participaba de las características del proceso ordinario en la jurisdicción civil (tormento, cárceles, muerte en la hoguera) y, salvo en los primeros tiempos, no usó, a través de ellos, especial rigor y crueldad. Y como recuerda Menéndez Pelayo...no fue obstáculo alguno para el desarrollo del pensamiento y la inspiración como lo acredita el brillante florecimiento de la literatura española en los siglos en que estaba en auge el Santo Oficio.»

 Domiciano HERRERAS


Revista FUERZA NUEVA, nº 635,10-Mar-1979

 

miércoles, 1 de julio de 2026

Iglesia, falsa pobreza y marxismo

 Artículo de 1970 

 Bienaventurados los pobres

 La Conferencia Episcopal Española ha tratado del tema “La Iglesia y la pobreza”. En una de las anteriores colaboraciones no ocultábamos nuestros temores de que el tema, manoseado, enfermo de un inflacionismo postconciliar, se perdiera en el vacío de unas conferencias eruditas. Mucho más, cuando el marxismo había inoculado al vocabulario su veneno mixtificador y mitificador. El tema, sin embargo, tiene una raigambre cristiana que hunde sus raíces en las fuentes evangélicas.

 Porque reducir marxísticamente la pobreza a la carencia de bienes de la tierra, a la miseria, es plantear mal el problema. Lo que hoy, en realidad, necesitamos son unas soluciones de fondo original cristiano, únicas capaces de una vitalidad creadora. Cuando Cristo dijo “Bienaventurados los pobres”, no lanzaba un programa social sino religioso. No pensaba, desde luego, marxísticamente, sino “cristianamente”. Los que leen ciertas páginas del evangelio con los ojos de una sociología al uso, traicionan su espíritu. 

 Ciertos documentos sobre doctrina social, aun protestando abiertamente de su carácter social-cristiano, en realidad son más sociales que cristianos. En cambio, en esa bienaventuranza, lo mismo que en todo su mensaje, Cristo pretende únicamente una finalidad religiosa. Y sólo marginalmente -aunque de un modo realísimo- produce repercusiones en la sociología.

 Por eso, esa bienaventuranza, en su misma expresión, aparece contradictoria, de una ironía sangrienta y sólo sirve como cortina de humo y opio del pueblo, para el marxista. Para el cristiano, por el contrario, tiende a producir una tensión, que vale lo mismo para el “rico” (sociológicamente) que para el pobre; ya que está pensada en un plano superior religioso que comprende a ambos. De ahí que un evangelista (S. Mateo) ofrezca la determinación de “pobres de espíritu”; y que los dos evangelistas definan bien el concepto al decir: “reino de los cielos” ( S. Mateo) y “reino de Dios” (S. Lucas).

 El marxismo y cierta sociología cristiana verán ahí una predicación de mansedumbre de ovejas conducidas al matadero por un capitalismo sin entrañas. Y a la Iglesia, comprometida por muchos siglos con ese capitalismo; predicando a los pobres la paciencia y el aguante en esta vida, con la promesa de una recompensa en la otra… 

Hoy, sobre todo, esta idea corre por los cañaverales del mundo, incendiándolos con su tea marxista y revolucionaria. Se puede afirmar que nunca la Iglesia estuvo más comprometida, pero ¿con quién? ¿con los pobres de Cristo o con los pobres de Marx? Porque, cuando ciertas demagogias caen a cataratas de ciertos púlpitos, no vienen ciertamente a desencadenar la tensión dinámica de la pobreza cristiana, sino la revolución devastadora de la miseria marxista.

 Esos curas “obreros” que bajan a los pozos mineros para encontrar al “pobre”, ¿lo piensan como “pobre de Cristo” y hermano en la fe, o como “pobre de Marx” y hermano en la miseria? Porque, de hecho, estas experiencias no han logrado producir aquella inquietud cristiana por la que el “rico” es obligado a “ganarse amigos con sus mammonas de iniquidad”; y el pobre es advertido seriamente a serlo, antes que nada, en el espíritu para no ambicionar lo que el ladrón roba y la polilla corroe. 

Al contrario, los efectos de esos evangelistas profético-socializantes son -bien lo sabemos- contraproducentes. De hecho, agudizan la separación entre “ricos” y “pobres”, dividiendo cismáticamente la comunidad cristiana. De hecho, atraen sobre la Iglesia, una vez más, la grave inculpación de introducirse solapadamente en campo ajeno con una intención hipócrita, puramente apologética, unilateral e injusta. Es decir, ganarse a los pobres, aunque, por el momento, pierda a los ricos. Pero los resultados son fatídicamente contrarios: los “pobres” reaccionan aviesamente, interpretando tales predicaciones como lecciones aprendidas de memoria, en pos de un nuevo -aunque muy camuflado- ventajismo de los curas…

 Y todo porque en eso que se dice “sociología cristiana” y “mundo social” se ha perdido el sentido de lo cristiano, aunque ciertamente se haya ganado mucho en el socialismo marxista. Se ha dejado en la penumbra la tensión cristiana del “bienaventurados los pobres” y se ha creado, artificialmente, el ambiente marxista del “trabajadores de todo el mundo: uníos para la revolución”.

 La pobreza cristiana es, ante todo, una actitud interior amasada de humildad evangélica del que usa de los bienes de la tierra sólo en la medida que le sirven para alcanzar los del cielo. Y esa pobreza pertenece, por igual, al rico y al pobre, sociológicamente. Hay tantos “ricos” que son pobres de espíritu y que han dejado, por amor de Cristo y de sus hermanos, la riquezas y el deseo de poseerlas. Y hay también tantos pobres, míseros de la tierra y celosos de la tierra que, ricos de ambición desmentida, son tanto más pobres cuanto más ambiciosos.

 La “cuestión social” - complejo y tabú al mismo tiempo de tanto evangelismo descaminado- no se ajusta, si la Iglesia no se decide a separarse netamente de esa contaminación marxista que, desde hace tanto tiempo, la aqueja y la paraliza. ¿No es uno de los rasgos característicos de la Iglesia de hoy, no es una de sus mayores aspiraciones del post-concilio, la vuelta a los valores puros, primigenios, incontaminados del Evangelio? ¿Y por qué sólo se habría de considerar contaminada una cierta clase de valores? Por ejemplo: lo sacral, lo estatal…

 Hoy no hay duda de que esa hábil fuerza de maniobra dialéctica que, en su tradición filosófica, lleva el marxismo, ha contaminado también ciertos valores cristianos. Por ejemplo, éste de la pobreza. Ha contaminado sus actitudes, haciendo que la Iglesia presente esos problemas sociológicos en un plano y terminología marxista. Con ello ha paralizado de raíz la fuerza primigenia de acción cristiana. La tensión cristiana se ha convertido en disolución marxista. A una teología equivocada de la pobreza ha sucedido una teología de la violencia. A un evangélico ministerio de servicio y sacrificio -que tanto se proclama- ha sucedido, de hecho, un evangelismo ambiguo, partidista y revolucionario.

 No es posible decir hoy con Cristo, cuando respondía a la legación enviada por Juan el Bautista y proponiendo una señal mesiánica de que el Reino estaba presente: “los pobres reciben la Buena Nueva”, ya que esos pobres son los pobres-miserables del marxismo; y esa buena nueva es el “manifiesto” de Marx.

 La caridad de Cristo urge, sí, a la Iglesia a estar con los más necesitados, con los más tristes, con los más humillados sociológicamente. Pero cuando esa caridad se pervierte de filantropía o de lucha dialéctica marxista, entonces, fácilmente se convierte en odio partidista que separa lo que Dios quiere que esté unido para felicidad –sí, felicidad- de los dos, ricos y pobres. A ambos he dicho: “Bienaventurados los pobres”.

 Mariano DE ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970

 

sábado, 27 de junio de 2026

Tensión en las relaciones Vaticano-Estado español, santamente concordadas

 Artículo de 1968

 OJO A LA IMPORTACIÓN DE "TERREMOTOS

 Por Antonio de Cossío y Escalante. -Sacerdote de Jesucristo

 Grandes órganos de opinión —nacionales y extranjeros, entre estos «Le Monde» y «The Tablet»— vienen revelando la tensión existente en las relaciones Vaticano-Estado español, santamente concordadas, en punto a las vacantes existentes, a las dimisiones provocadas y a los nombramientos consiguientes dentro del Episcopado español.

 El padre Arias, en una de sus crónicas de «Pueblo», examinada por nuestro director en la tercera página de este número, hablaba de las vacantes operadas en la transformada Curia Romana y de los nombramientos expedidos por el Papa para sustituir a los cardenales dimitidos. A esta operaciones, alabadísimas por el comunismo italiano, las denomina el padre Arias «terremoto en el Vaticano», y no se aterra de contemplarlo así. ¿Codiciará este padre Arias para la Iglesia católica española la importación de «terremotos» semejantes? No nos extrañaría, dado el aliento revolucionario del sacerdote corresponsal de «Pueblo».

 Pero otro sacerdote de Jesucristo, tan joven como el padre Arias, pero más cercano que él a la entraña llagada y al amor y al dolor íntegros de España y al apostolado de la Iglesia, ha venido a prevenirnos contra los manejos de los insensatos importadores de «terremotos» como el que parece amenazarnos. Tal es el artículo con que enaltecemos esta página. Su autor, de treinta y nueve años de como consiliario diocesano de la J. I. C., en constantes relaciones nacionales e internacionales con el clero de la nueva ola; fue actor, o por lo menos testigo, en el drama de una diócesis en la que los cargos no de más relieve y brillantez, pero sí de más influencia, les fueron otorgados a sacerdotes anti-régimen, llevándole a la convicción de que los sacerdotes españoles de su generación han sido socavados en su autoridad, habiéndose salvado sólo aquellos que la fundamentan y sostienen en la integridad de la fe y de la gracia de su ministerio.

 ¡Ojo a la importación de «terremotos»! El cura que así nos previene no es escritor, ni periodista, ni viajero, ni viejo conservador e inmovilista. Es un sacerdote de treinta y nueve años de edad, que confiesa, que asiste a los enfermos, que predica, que con la cruz a cuestas sigue al Maestro en su hambre y en su sed de almas necesitadas del amor, de la luz, de la salvación de Dios... Y aún le queda tiempo para escribirnos por Cristo, por la Iglesia y por España esto que vais a leer)

 ***

Entiendo que el sistema de convivencia nacional no tiene por qué ser planteado cada día a capricho de individuos y de grupos; mucho menos después que ha sido el mismo pueblo español quien ha decidido su propia andadura en el reciente (1966) referéndum nacional.

 Entiendo que cada pueblo arbitra ante sus problemas las propias soluciones que, dentro del contexto universal y de las buenas maneras, no tienen que ser iguales a las de otros pueblos, ni siquiera parecidas.

 Entiendo que si ciertos sistemas gozan hoy de asentimiento universal, no tienen que ser incorporados a nosotros sin más y porque ésta sea la línea del mundo, ya que es posible el concierto con él y el no desentendimiento de las corrientes legítimas universales, sin prescindir de las constantes metas históricas propias, por las que llegamos a ser un pueblo en el concierto de los pueblos. (…)

 La Iglesia católica puede tener simpatías, o si se quiere tácticas de adaptación, que en ciertos momentos le hagan mostrar preferencia por ciertos sistemas que han sido válidos para muchos pueblos, pero la Iglesia católica debe y tiene que respetar los sistemas de cada pueblo, aunque no sean los que ella considere mejores para la mayoría y ni siquiera los que el devenir histórico parece arrojar como inevitables.

 La Iglesia Católica no puede aprobar los sistemas intrínsecamente perversos, por estar pervertidos sus principios, aunque sus realizaciones sean buenas. Pero la Iglesia católica no puede prestarse a socavar los cimientos de los sistemas intrínsecamente buenos que pueden tener pecados en sus realizaciones. La Iglesia católica tendrá que hacer todo lo posible para que se corrijan esos pecados, pero nunca cambiar el sistema que cada pueblo ha elegido y ha demostrado ser válido para el bien de la mayoría de los ciudadanos

 No es ningún secreto que en los sistemas de estructura rígida como el español, en el que la Iglesia católica disfruta, por otra parte de todas las libertades y consideraciones, los disconformes con el sistema o con los modos no tienen otro cauce natural para su pervivencia y tarea que vivir al abrigo de la Iglesia.

 Este paso para nadie es un secreto que ha sido ya dado con bastante hondura y longitud en España. Quien conoce un poco a la casi totalidad del nuevo clero, nuestros seminarios, nuestros movimientos apostólicos, se da cuenta cómo bajo el pretexto de una Iglesia comprometida con el mundo se trata de hacer una España sin los españoles, una España construida sin ella misma y sin su propio patrón.

 Entiendo que si el sistema español es rígido, aunque no inflexible, es porque tiene que serlo, dado que sus principios son los determinantes de los comportamientos y de las conductas. Una solera histórica no se conserva fecunda sino en aras de la fidelidad. Ocurre en el plano temporal lo que ocurre en el sobrenatural en la Iglesia católica misma, que tiene fundamentos y principios a los que se debe permanentemente si no quiere dejar de ser lo que es y si no quiere traicionar su propia esencia y misión.

 Concluyo que la Iglesia Católica aquí y ahora no debe moverse dentro de perspectivas de simpatía hacia corrientes universales de convivencia, si esto importa el desprecio y los ascos por las decisiones legitimas, aunque particulares, que son justas y honestas de los pueblos que deciden por su cuenta lo que les conviene.

 Estimo que lo contrario es un trato injusto y de preferencia y, por lo tanto, susceptible de cauciones; porque el riesgo es nuestro, porque lo hemos querido conscientemente y porque nos asiste una libertad de cuyo uso no tenemos que dar explicaciones a nadie. Entiendo que el riesgo mayor de esta decisión libre, honesta y omnímoda está intensificado seriamente por un sector del clero español que cada día avanza más y cuya influencia en un futuro próximo será decisiva.

 Entiendo, por lo tanto, que los pastores que la Iglesia católica dé a España han de ser, supuestas las cualidades de su específica misión, hombres totalmente identificados (sin ambigüedad) con la decisión libre y autónoma de un pueblo al que se deben, no sólo para salvarlo trascendentemente, sino para mantenerlo unido y concorde.

 Entiendo que estos pastores que la Iglesia dé a España, no sólo deben rechazar de plano todo lo que para los españoles fue siempre ocasión de pecado nacional (los pueblos tienen sus pecados históricos y las causas y las ocasiones de pecados históricos suelen ser inevitablemente las mismas), no sólo para no perturbarlo y traicionarlo, no sólo buscando una posición de aséptica e indiferente actitud de neutralidad, sino la positiva de animar a ese pueblo, del que son pastores, con toda la decisión, ya que si no hubiera otros títulos demasiado claros, no deben olvidar que ellos también son ese pueblo y ciudadanos del mismo.

 Entiendo que si la línea de encarnación, hoy tan urgida por la Iglesia Católica misma, quiere ser una realidad entre nosotros no hay otra manera que dotar a la Iglesia española de unos pastores que, entusiasta y decididamente, recojan y hagan suya esa realidad que somos y queremos seguir siendo siempre, porque es buena en sí misma, porque nos llevó siempre a lo mejor y, sobre todo, porque a España le costó siempre mucha sangre ser Ella misma.

 Entiendo, porque no se van a poner condiciones, que esto significa para los pastores recoger también las debilidades y los pecados de esa realidad que es España. ¡No para debilitarla más, sino para robustecerla más! ¡No para hacer la vista gorda y no señalar los pecados, sino para urgirlos en orden al perdón y a la salud! ¡Nunca para fomentar los pecados nacionales, porque nunca será camino para remediar enfermedades matar a los enfermos!

 Entiendo, por último, que el Gobierno español, en la seguridad que cuenta con los más y los mejores hombres de España, debe urgir y matizar humilde pero firmemente, en sus relaciones con la Santa Sede la provisión de pastores para las diócesis vacantes y que en lo sucesivo queden desprovistas, dada la situación delicada de un pueblo abierto decididamente a la esperanza, gracias a Dios y a las manos misericordiosas y justas de la Iglesia y del Estado, que vienen restañando pacientemente pasadas heridas con indudable acierto.

 ¡Nadie debe perturbar en esta hora a este pueblo, a esta España que se encontró a sí misma, en la búsqueda de su misión! ¡Nadie debe apremiar a este pueblo que fue y sigue siendo fiel a la Iglesia católica, su Madre, y que dio y acaba de dar sobradas pruebas de cómo se es hijo fiel! No nos gusta cubrirnos con un pasado de gloria porque tenemos el presente. ¡Ahí está reciente el embalse de sangre que nos devolvió una Patria y la Iglesia universal, un testimonio colectivo para que confíe en las reservas de la fe!

 Espanta pensar que lo que dio vigor y unidad a este pueblo pudiera ser lo que le dividiera y desconcertara

Somos muchos desgraciadamente los que estamos empezando a vivir el conflicto de la fe y los deberes de la Patria, y vamos a decirlo claramente: no es la Patria quien nos está planteando este conflicto

Santander, 11 de enero de 1968. 


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968


miércoles, 3 de junio de 2026

El Vaticano, en 1937, justificaba la Cruzada de Liberación

 Artículo de 1970


 ESPAÑA, ¿QUÉ IMPORTA AL MUNDO?

 Opinión de “L’Osservatore Romano” en 1937 sobre la Cruzada de Liberación

 Ahora (1970) que se registran tantas posturas de chaqueteo y deserción de las ideas que los hombres prominentes del Régimen habían sostenido y defendido desde siempre, parece como llegado a propósito este artículo aparecido en el órgano oficial del Vaticano “L’Osservatore Romano”, que registra la forma de pensar de la Iglesia en el año 1937, con motivo de nuestra Cruzada de Liberación.

Su lectura puede refrescar muchas memorias y demostrar a la juventud y al pueblo en general el cambio operado también por la Iglesia en estos últimos años.

 ¿Qué es la contienda española? ¿Una lucha civil? ¿Un episodio sin repercusiones internacionales? ¿Una conflagración de ricos contra pobres, de obreros contra patronos? ¿Una militarada?

 Queremos reproducir aquí un artículo de “L’Osservatore Romano” que coloca la guerra de España en su lugar apropiado, tomando pie de unas palabras de los dos cardenales representativos de la Iglesia de las dos grandes democracias, Francia e Inglaterra.

 En esas líneas se dice lo que supone España no sólo para sí sino para el mundo entero, en esta hora. Y, ante todo, para el mundo católico; aún para aquel que mira concierto desdén y, a veces, con apasionada parcialidad, la guerra de España.

 Dice así, en su número del 21 de octubre de 1937,“L’Osservatore Romano”:

 “El cardenal Verdier escribía al Primado de España: Lo que se ventila en esta guerra es el porvenir de la Iglesia Católica y la civilización por ella fundada. Si España ofrece hoy el ejemplo de un sacrificio único en la Historia es porque los enemigos de Dios la eligieron para primera etapa de su destrucción.

 “Y el arzobispo de Westminster decía: Pongamos aparte todo partidismo político, hemos visto desde el inicio y seguimos viendo que los enemigos de Dios no atacan solamente al catolicismo sino a la Religión, sea cual fuere la forma con que se presenta”.

 “Estas declaraciones tan escuetas y de fuentes tan autorizadas son definitivas ante las acusaciones y las reservas que adversarios y no adversarios opusieron al clero español”.

 “LOS DOS CAMPOS- La tremenda lucha soportada por España está dividida en dos campos: de un lado, los rojos; de otro, la Iglesia católica y los nacionales. El arzobispo de París y monseñor Hinsley, precisamente en los dos países donde más se difunde el error, ponen de relieve, sobre la vigorosa rectificación del Episcopado español, los planos, las posiciones, es decir, los hechos y las responsabilidades. Rojos, Iglesia católica, Nacionales. Entre dos campos políticos y sociales, el campo religioso. Entre dos causas opuestas que deciden la vida de un pueblo, la causa de Dios, que es la vida de la fe; entre los partidos en armas, la Iglesia. Combatiente, no; mártir”.

 “¡Qué servicio habéis rendido a las naciones del mundo -así decía al cardenal Gomá el cardenal Verdier-probándoles, con la evidencia de los hechos, a dónde conduce el ateísmo!”. “Con dolor que vosotros sentís más intensamente que nadie -declara el arzobispo de Westminster- hemos notado las tergiversaciones, las mentiras, los subterfugios, las falsas interpretaciones de los hechos. Desgraciadamente, la prensa recibió con demasiado entusiasmo la propaganda de los rojos”.

 “LA IGLESIA VÍCTIMA INOCENTE- Mientras los asuntos de la guerra civil se hacen más oscuros. mientras más tremendas son las batallas y más entrañados los odios, mientras más irreconciliables son las oposiciones ideales, más necesario es que cese toda la mixtificación y se sepa, se reconozca, de qué manera estuvo expuesta a un sacrificio único en la Historia una víctima inocente, que quieren seguir sacrificando hasta el momento final. Las naciones del mundo han podido tomar partido por una u otra parte contendientes de una manera tan apasionada y con tal ímpetu y tal tenacidad, que consideran el juego ciertos destinos que no se resuelven solamente en las trincheras.

 “Nadie ha tenido en cuenta lo que verdaderamente debería estar por encima de todas las contiendas en su calidad de idea y de fe universales; nadie pensó en la agresión sanguinaria y en el incendio sufridos por la Religión. Se socorrió a fugitivos, se hicieron polémicas sobre la crueldad de la guerra, pugnando por la defensa de los inermes. Pero de la grande institución inerme, de la gran institución sacrificada, de aquella que hubiera sido la primera en huir, si no fuese el deber de quedar en su puesto hasta la muerte, de esa nadie se ocupó. Quedó la Iglesia expuesta a todos los riesgos. Los más débiles exclamaron: ¡Fue una fatalidad! Y los Catones del anticlericalismo internacional repiten: ¡Fue el castigo! ¡Delenda est!

 “Es esta la verdad incontrovertible.  La Iglesia de España fue atacada por las olas del odio y de la violencia que simultáneamente la acorralaron, siendo víctima la catedral expuesta al robo en virtud de una rebelión en el barrio industrial, lo mismo que la solitaria capilla montañosa lo es al caer una avalancha por la pendiente de la sierra. Su culpa proviene, únicamente, de haberse encontrado sobre aquel suelo en aquel punto, en el camino por donde pasaría el soplo arruinador”. 

***

 “LA GUERRA SE HIZO CONTRA LA IGLESIA- La acusación que le hacen de beligerancia es falsa y absurda. La guerra se pretendió y se hizo contra la Iglesia. La verdad es ésta. Sí. La Iglesia se encontró en la trayectoria del desastre y soportó los intentos republicanos y la revolución del 34 en Cataluña y Asturias, durante la cual se quemaron y  profanaron 411 templos. La destrucción que había sufrido con anterioridad al 18 de julio y en los primeros días en que el Movimiento parecía sólo un pronunciamiento, constituía ya el punto de partida. He aquí porqué la destrucción de las Iglesias fue hecha sistemáticamente y en serie; he aquí porqué, en el breve plazo de un mes quedaron inutilizados para el culto todos los templos, obedeciendo a las normas establecidas desde la fecha de la implantación de la República. He aquí por qué, sistemáticamente y en serie, se desarrolló la carnicería contra los sacerdotes. Las “listas negras” así lo preveían, concediendo a los obispos y a los sacerdotes la preferencia “de honor”.

 “Pero la guerra contra la Iglesia representó siempre una fase distinta de la guerra civil: ésta sirvió solamente de pretexto y proporcionó el momento oportuno. Si la guerra contra la Iglesia estuviese confundida con el Movimiento nacional se hubiesen esperado los momentos para castigar al clero juntamente con los demás: se hubiera secuestrado legalmente a los sospechosos y en una hora de tan grave revolución se habría tratado de tutelar o levantar el culto. Por el contrario, la luz de la Iglesia fue suprimida y apagada, no como se hace con las luces peligrosas en las noches de incursiones aéreas, no; fue una pupila que se cerró para siempre en la muerte. Fueron incendiados o saqueadas 20.000 iglesias; pasa del 80 por 100 el número de sacerdotes asesinados, perseguidos en las ciudades, lo mismo que en los montes, por jaurías. La guerra religiosa se confunde tan mal con la otra que tuvo su técnica especial: la de las batidas de caza”.

 “UNA RELACIÓN IMPRESIONANTE- No fue una represalia ejercida contra rehenes. Todo eso hubiera sido monstruoso, pero se hubiera concluido con un derramamiento de sangre, por venganza .Pero ¿y los cementerios profanados, los ornamentos dispersos y el cráneo del venerable obispo Torras que sirvió de pelota?¿Y los cuerpos de los santos y de los mártires destrozados, la sagradas imágenes dilaceradas, los crucifijos apuñalados, los tabernáculos violados, el grito lanzado contra los vasos sagrados: “Hemos jurado vengarnos de vosotros, rendíos” y el tiro de pistola que los atravesaba de parte a parte?¿Y los objetos religiosos requisados en las casas y sobre las personas y entregados a las hogueras de las plazas públicas? ¿Y los tormentos reservados a los sacerdotes, tan horribles que, en el martirologio romano no se encuentra una forma tan acentuada de crucifixión, puesto que en la España roja se consintieron martirios practicados con la ayuda de las modernas invenciones?¿Y las declaraciones de los comisarios de policía y de otras autoridades que afirmaban tener orden de destrozar y hacer desaparecer la última semilla de los sacerdotes?¿Y aquello que afirmaba el delegado rojo en el Congreso de los sin Dios celebrado en Moscú el mes de febrero: “España ha sabido superar la obra de los Soviets, puesto que la Iglesia quedó allí completamente aniquilada”?

 “Todo esto es una prueba de que, después de la tempestad, no existió un arcoiris de paz para la fe; que después del diluvio no quedó salvada sobre el monte Ararat el arma de un poder que representa no solamente a la Iglesia sino a la Religión”.

 “ERA NECESARIO ACORRALAR A LA IGLESIA- Trágica realidad de una explosión informal que no tuvo otro objeto que hacer entrar a la Iglesia, con su absoluta individualidad histórica, en el relativismo de las discusiones y de las contingencias políticas, de los “bienes problemáticos”, de las simpatías doctrinales y de los intereses prácticos de las competiciones humanas. Era necesario meterse con aquéllos que jamás rogaron a los gobernantes que fuesen aliados de esa anarquía que saqueó e encendió archivos, destrozó los tesoros artísticos de las iglesias , estropeó las bibliotecas, rompió el sepulcro de Vifredo el Belloso y causó más daños en la nación que todos los siglos tormentosos”.

 “Por encima de todas las pasiones políticas, el testimonio del cardenal Verdier y de monseñor Hinsley se levanta de la propia tormenta que oscurece los horizontes terrenos para salvaguardar los horizontes divinos. España, Rusia y Méjico son las facetas del mismo poliedro cristalizado de odio anticristiano. Así lo demuestra también la última encíclica sobre la situación mejicana, que empieza con estas palabras: “Nos es muy conocida…”, documento que no ha sido suficientemente conocido y meditado.

 “Los dos buenos Pastores, con su protesta, con su defensa, con las lágrimas del Episcopado español, derramaron luz al lado de la Carta Colectiva en la que, con claridad legislativa, se indican las razones y los medios al alcance de la Religión, de la Jerarquía y de la Acción Católica en armonía con la vida civil, su orden, sus libertades y su justicia, probando que la causa de Dios no puede envolverse en la causa de los hombres. Quedó probado que el “venite ad me omnes (“dejad que todos vengan a Mí”) no es el lema de un partido, sino un lema para toda la humanidad. En el momento en que la humanidad está a punto de llegar al puerto de salvación con su barca pendiente de las cadenas de Cristo y de la Iglesia, el mundo prefiere “bienes problemáticos” antes que la salvación de la civilización”.


Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970

 

jueves, 28 de mayo de 2026

La Iglesia pobre y la mistificación marxista

 Artículo de 1970

 

 LA IGLESIA POBRE Y LA MISTIFICACIÓN MARXISTA

 Desde que el Concilio Vaticano II pusiera en circulación la frase “Iglesia-pobre”, confesemos que ha ido sufriendo una depreciación paulatina. Como tantas otras de esta literatura religioso-católica actual, después de una vertiginosa inflación que las ha ido convirtiendo de “tópicas” en “u-tópicas”, han empezado a causar fastidio y casi náuseas.

 Ese ha sido el singular privilegio de una literatura barata que sólo ha buscado el ruido, la tramoya y la fantasía sensacionalista: el de convertir el vocabulario más rico de contenido cristiano en un cansino oropel de relumbre de charol primero y en una escoria lamentable de arroyo después. Por ello, ¿por qué no manifestar una primera aprensión, cuando supimos que la Conferencia Episcopal española escogía este tema como objeto de sus deliberaciones para su XII Asamblea plenaria? Y sin embargo…

 Y sin embargo, el tema de la pobreza de la Iglesia ha ido siempre unido, en la historia de la Iglesia, con el sentimiento escatológico de su renovación interior perenne y con el testimonio profético de su presentación al mundo de fuera. Sólo en el testimonio vivido de su pobreza evangélica ha podido la Iglesia renovarse así misma y transformar al mundo.

 Sólo que, desde que el marxismo se adueña del tema y lo pervierte esencialmente, para hacer de los “capitalistas” a los “ricos” y de los trabajadores a los “pobres”, yo diría que el mundo moderno -aún el católico- vive el problema de la pobreza como un complejo marxista, que ha logrado desalojar el verdadero concepto cristiano. El marxismo ha realizado una tremenda simplificación, convirtiéndolo en uno de sus mitos favoritos, con los que embruja a las masas, llevándolas al paraíso ideal en el que todos serán “ricos”, haciendo falsa la afirmación de Cristo de que “pobres siempre los tendremos entre nosotros”. Pobreza, para el marxismo, es lo mismo que “trabajo”, y aún este entendido como una necesaria y dialéctica explotación del obrero.

 A esto añadió el marxismo una grande e inmensa calumnia, lanzada a la cara de la Iglesia como un puñado de lodo corrosivo: la Iglesia pertenece y es necesaria a los “ricos”. Para los “pobres” es opio que les adormece. Y lo peor es que logró crear nuevos complejos. Los obreros creyeron que, para dejar de ser pobres, debían abandonar la Iglesia, y comenzó esa inmensa defección de las masas obreras desertoras de la Iglesia. Pero también -y he aquí un hecho tremendamente curioso- los hombres de Iglesia aceptaron el reto marxista, con la posición del problema en el falso plano en que se lo colocaba el marxismo. Desde entonces -lo afirmamos conscientemente- la Iglesia se ha movido en una posición de defensiva y pura apologética frente al marxismo. Su argumentación, aun la mejor, bailaba sobre la cuerda floja; y lo hacía al son de la vieja trompetería de la Internacional. Tanta y tanta “doctrina social”, que se dice de la Iglesia, suena a falso, porque el redoble se efectúa sobre la caja de música que le ha prestado el marxismo.

 Con ello, naturalmente no vamos a negar la generosa entrega y las intenciones nobles de quienes construyeron esa que se llama “doctrina social cristiana”. Ellos han pretendido difundir siempre la caridad cristiana hacia el necesitado, en un esfuerzo, inútil e imposible de hacerse comprender por él. Pero el marxismo llevaba siempre la ventaja. Era él quien había escogido el terreno de juego. Era él quien iniciaba peligrosamente los saques. Era él quien había seleccionado las pelotas y las raquetas. La Iglesia, en cambio, había aceptado, inocentemente, un campo de combate que no era el suyo. Y había abandonado una tradición en la que únicamente podía presentar coherencia y consistencia ideológica y pragmática.No quisiéramos exagerar al decir que mucha de la así dicha “sociología cristiana”, habiendo aceptado la posición de los problemas del marxismo, tenía como inspirador a Marx.

 Y es que el concepto de pobreza cristiana no tiene nada que ver con la mistificación marxista de ese concepto. Marx ha necesitado de una contraposición violenta entre “Kapital” y “trabajo” para llegar a ese materialismo dialéctico de la historia. Y bien sabemos cómo todavía esa mística falsificada mueve a nuestro mundo. En esta mística, la “pobreza” es un estado de miseria material de bienes de la tierra, creado injustamente por el capital aliado de la religión y de la Iglesia. No es suficiente que la Iglesia grite -ya desde hace tantos años- que no quiere ser vinculada al capitalismo… que quiere entregarse al mundo de los “pobres”, si por “pobres” acepta el sentido que le da el marxismo; y los entiende como “obreros oprimidos injustamente”, como “trabajadores” dialécticamente opuestos al capitalismo… ¿qué extraño que todo suene a hueco?, ¿qué extraño que la voz de la Iglesia resuene en el desierto y que el obrerismo le siga volviendo las espaldas?

 Porque el espectáculo moderno se vuelve aburrido, a fuerza de monótono. Unos partidos “demócratas cristianos”, en los que el democraticismo acaba por engullir al cristianismo… ¿por qué? Porque los cristianos abandonaron su terreno de juego y se pasaron, con armas y bagajes, a la democracia, aceptando eso que, alegremente, se llama “juego democrático”. Unos sindicatos cristianos que aceptaron la dialéctica de lucha de los sindicatos no cristianos y que terminan por suprimir en el título y en la práctica el apelativo de cristianos, e ir codo con codo, a todas las huelgas y a todas revoluciones… ¿por qué? Porque se dejaron influir por el complejo, inducido desde fuera, desde el marxismo de los sindicatos marxistas.

 Unos curas “sociólogos”, que sólo contemplan el problema social desde la posición elegante de algún economista de Manchester o Saint Etienne, no podrán menos de gritar en el púlpito contra los “ricos” opresores… ¿por qué?-Porque en los pobres sólo contemplan la miseria que les ha descubierto la engañosa óptica marxista. Un excelente señor Obispo se entrega, con un celo pastoral laudable, a escribir largas pastorales sobre el estado sociológico de su diócesis, en que analiza minuciosamente la renta “per cápita” que, en justicia, debiera establecerse…¿por qué?-Porque fue, tal vez, educado en alguna y de economía sociología de allende los Pirineos, en que Marx ha sustituido a Cristo. Un respetabilísimo señor Cardenal de la Iglesia, que acepta un diálogo televisado con un teórico del marxismo y que, a las primeras de cambio, es llevado, con una maniobra habilísima, al terreno de su adversario, se ha encontrado desarmado, y ya todo el diálogo ha sido un juego peligroso del perro y del gato…

 ¿Para qué seguir? La pobreza de la Iglesia está despreciada, porque anda por ahí como oveja sin pastor, discurriendo extrañamente con amplias y huecas hopalandas que la titulan como cristiana; en realidad quien va debajo es un macho cabrío que es el marxismo. Es el antiguo lobo vestido con piel de oveja.

 Sólo cuando se descubra el juego falso se caerán las escamas de los ojos de ciertos inefables “sociólogos cristianos”. Pero ¿cuándo será? ¿Cuál es el verdadero concepto de pobreza cristiana y por qué, para ser cristiana, la Iglesia tiene que ser pobre?

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970

  


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jueves, 23 de abril de 2026

Fe en el mando y disciplina

 Artículo de 1979 

FE EN EL MANDO Y DISCIPLINA

 ES evidente que sin fe en el mando no puede haber disciplina en una organización de cualquier tipo que sea. A no ser la disciplina de los galeotes, es decir, la del látigo y la fuerza. Es la disciplina del «archipiélago» Gulag. Pero la fe en el mando no puede ser y no debe ser una fe ciega. La fe de ojos vendados no es humana. Ni siquiera la fe religiosa puede ser absolutamente ciega. La fe en el misterio religioso sólo llega a ser ciega cuando se han planteado antes unos fundamentos de credibilidad. 

Desde esos fundamentos, uno se lanza al abismo insondable del misterio. Si Dios quiere que seamos y sigamos siendo hombres, no puede exigimos que abdiquemos totalmente de nuestra razón. Los artistas pintan a la Fe con una venda sobre los ojos, pero al mismo tiempo con una antorcha en la mano. De la luz al misterio y del misterio de nuevo a la luz.

 Hubo un santo, al que podemos llamar el santo de la disciplina y de la obediencia ciega. Fue un español y se llamaba Ignacio de Loyola. Escribió largo sobre la obediencia a la autoridad de los superiores y terminó por decir que, llegado el caso, la obediencia tenía que ser ciega. Es verdad que, para pedir esa obediencia, exigía antes un montón de cualidades en el mando. A la disciplina de esa obediencia ciega han atribuido algunos (por cierto, neciamente) el éxito fabuloso que su institución consiguió en la Iglesia y en el mundo. Pero aun esa fe en la autoridad o en el mando era ciega sólo a medias. Antes de obedecer, tenía uno que sondear los postulados de la propia conciencia. E indudablemente puede darse el caso de que la conciencia se alce contra la autoridad y rompa la disciplina. 

Por tanto, ni siquiera en este campo de lo religioso, se puede hablar alegremente de fe en el mando sin la cautela de infinitas precisiones. Cuando uno obedece, no elimina automáticamente la responsabilidad de su acción. Aun en el terreno de lo militar puede haber criminales de guerra, que no hicieron sino obedecer a órdenes del mando. Tenían una insensata fe ciega en el mando.

 De todos modos, acepto que sí, que la fe en el mando es una de las bases fundamentales de la disciplina y aun tal vez la única base. Por consiguiente, si la disciplina empieza a resquebrajarse, podemos decir que la fe en el mando está en crisis. Fijémonos en dos ejemplos superiores y paradigmáticos: en el estamento eclesiástico y en el estamento militar. Son instituciones situadas en muy distintos planos, pero ambas coinciden en eso de exigir una fe y una disciplina, o sea, una obediencia al mando dentro del orden de sus escalones jerárquicos. El mando es la autoridad. Insisto en que la crisis de la disciplina connota de ordinario una crisis de fe en la autoridad. Fe en la autoridad significa confianza en ella.

 ¿Cuándo y por qué viene a resquebrajarse esta confianza? Yo distingo entre la autoridad moral y la autoridad meramente legal o jurídica. Hoy, tanto como siempre o más que nunca, parece imprescindible que el mando se apoye en mucho más que en un título jurídico. Hablando de los tiempos de Isabel la Católica, Menéndez Pidal aludía a «los dos principios cardinales de la vida colectiva: la justicia que la regula y la selección que la jerarquiza.» «Una minoría seleccionada y una mayoría disciplinada» son también las condiciones que Dalie Carnegie postula para la eficacia de cualquier institución.

 Selección y disciplina son factores que no pueden disociarse. Si no hay selección en las cabezas, será ineficaz exigir disciplina en los de abajo. Ahora bien, esa selección no se dará si no se atina encontrando una categoría sustantiva en los elegidos. Porque es obvio que esa sustantividad categórica no puede ser conferida a las personas ni por un real despacho ni por un montón de papeletas sufragistas ni siquiera por una bula del Pontífice romano. Eso puede conferir y confiere una autoridad legal o jurídica, pero no una autoridad moral

Un nombramiento o una consagración no infunden como automáticamente las cualidades personales, que se requieren para el mando. Si esas cualidades no se dan, la disciplina es a la larga humanamente imposible. Se puede suponer que en el nombrado o en el consagrado se dan esas cualidades. Pero ésta es una mera suposición. El tiempo y la práctica revalidarán o invalidarán esa hipótesis. Los que sean capaces de discernir, que examinen este binomio selección-disciplina y comprueben cómo se ha conjugado o se está conjugando en la España de ayer y en la de hoy.

 Pero téngase en cuenta que la disciplina obliga también al mando para que se mantenga dentro de los límites de sus funciones y dentro del modo razonable de ejercerlas y para que no ceda a la arbitrariedad o a sus personales intereses. La disciplina exige al mando que respete esos valores superiores y esos principios inalterables, contra los cuales sería insensato apelar a la disciplina. Aun prescindiendo de otros valores colectivos, pensemos en la conciencia personal, en el honor y aun simplemente en la dignidad humana. Sin el respeto a esos valores no tendríamos autoridad, sino tiranía.

 Pedro MALDONADO


Revista FUERZA NUEVAnº 631, 10-Feb-1979

 

jueves, 2 de abril de 2026

Disimular ante la violencia marxista siempre está de moda

 Comentario de los sucesos de Cagliari (Cerdeña, Italia, 1970), cuando el cortejo papal de visita en la isla fue apedreado por un grupo de 40 anarquistas acampados. Para evitar el escándalo, disimular y no ofender a la subversión marxista imperante, se “culpó”, por los medios vaticanos, a los policías de la escolta, que habrían sido los (justamente) agredidos, dando a entender que “si el Papa hubiese viajado sólo, los incidentes, no se hubieran producido”.

El artículo trata, pues, sobre el doble rasero hipócrita contra la violencia... según de donde venga...

 

 LA VIOLENCIA… SEGÚN Y CÓMO

 Que Pablo VI haya condenado las versiones de los grandes diarios sobre los graves sucesos de Cagliari (isla de Cerdeña, Italia, 1970) es más que comprensible.

 Pero una cosa es la respuesta del Papa a los sucesos y otra son los hechos mismos. Los hechos son como son. El cortejo papal fue apedreado por “un grupo de anarquistas”, una cuarentena de personas acampadas durante el día en la vecindad del barrio de San Elías que, según el programa, sería visitado por Su Santidad al finalizar su viaje en Cerdeña.

 No hubo, ni nadie lo intentó, misterio alguno en las intenciones de esas personas acampadas a la vista de todos. Durante días antes tuvieron reuniones y la correspondiente campaña a base de hojas, panfletos y circulares. Abundó la campaña subversiva en este barrio. Esta gente había manifestado en discursos, en pancartas y escritos sus clarísimas intenciones. La policía vigilaba. En otros tiempos, no ya en los tiempos “nefastos” del fascismo, sino tan sólo hace pocos años, la policía hubiese decididamente terminado con los propósitos públicos de los agresores. Pero ahora no. Ahora los melenudos, los contestatarios, los maoístas son rojos y, por tanto, inviolables. Mientras el Papa estaba al llegar, la policía italiana se limitó a hacerse enviar un megáfono.

 Lo que después sucedió es sabido. La pedrea, se ha dicho en círculos vaticanos, no estaba dirigida contra el cortejo papal sino “contra un vehículo de la policía”. ¿Por qué? Naturalmente porque los métodos represivos y violentos contra los “pobres” subversivos, contra los “pobres” anarquistas, contra los “pobres” campesinos democráticos, han excedido de ciertos límites… Así que la culpa fue, según medios vaticanos, de los que quieren el orden, de los agentes que, cuando el Papa sale del Vaticano, son movilizados por millares con gastos de centenas de millones. Si el Papa hubiese viajado sólo, los incidentes, por tanto, no se hubieran producido… Y así, según los medios citados, se llega a la asombrosa conclusión que las piedras que cayeron sobre el auto del cardenal secretario de Estado estaban “realmente” dirigidas contra el agente Gaetano, particularmente represor ¡Demos gracias a Dios y alegrémonos…! Epítetos aparte, no ha sucedido nada. El encuentro del Papa con los fieles de la Iglesia, con el pueblo de Dios, no podía ser turbado. A los heridos, a los violentos, a los agentes de la Policía que han monopolizado las iras del pueblo, les “está bien empleado”…

 Bien podríamos concluir que la violencia está de moda. Usémosla todos y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga… Pero quién así piense no sabe que se encamina y se merece la más severa condena eclesiástica, porque olvida un detalle fundamental. Éste:

 Para los “teólogos de la violencia” esta es buena o perversa según quien la ejercita: buena, si la practican los anarquistas, los comunistas, los progresistas, los de la ETA, los estudiantes revolucionarios etc; perversa, si la realizan los “fascistas”, los tradicionalistas, los falangistas, etc. El episcopado francés, por ejemplo no ha condenado todavía la violencia del “mayo rojo” (1968); el episcopado italiano tampoco condenó la del “otoño cálido”; el español, la de la ETA; ni nadie la de los secuestradores de aviones hacia la Cuba comunista.

 Pero voces cristianas se elevan indignadas cada vez que un cura terrorista termina en la cárcel, un asesino político es condenado por un tribunal o la policía restablece el orden destruido con la violencia. Nos recuerdan la voz de Marx o de Bakunin, en vez de la voz de Cristo. No piden estas voces la libertad para los perseguidos sino para algunos de ellos. El Sermón de la Montaña se transforma por estas personas en directrices de Radio Moscú, el evangelio según el Kremlin ¡Y todavía hay gente que se pregunta por qué faltan vocaciones! ¿Por qué? ¿Quién va a entregar a su hijo al sacerdocio en estas condiciones?

 La desobediencia, rebelión, inmoralidad, son herejías coherentes en los eclesiásticos progresistas que quedan impunes, creando la subsiguiente confusión en el pueblo de Dios que se vuelve, desconcertado, hacia sus pastores con la esperanza de que a alguno le diga dónde se encuentra la verdad.

 No nos ha producido sorpresa que un cardenal con fama de progresista, de post-conciliar, el cardenal Martín, arzobispo de París, haya roto esta norma de tolerancia para decir: “Condenamos estos procedimientos. Las violencias son contrarias al espíritu del Evangelio”. Pero si usted, lector, cree que el ilustre cardenal se refiere a la violencia de los terroristas, secuestradores o guerrilleros, es que está en el limbo. El cardenal Martín ha emitido todo su poder condenatorio para lanzarlo contra un grupo de manifestantes que el 17 de marzo (1970) protestaban en la iglesia de San Eloy, en París, contra un festival de música moderna que se celebraba allí, gritando: “La Iglesia no es un cabaret”.

 Esa es la violencia perversa, la que debe ser castigada fulminantemente. Por el contrario, la que se volcó sobre la Universidad de París, con manifestaciones de terror por las calles, destrucción de las aulas y conflictos con la policía, debe ser violencia evangélica, ya que el señor cardenal no ha dicho una sola palabra para condenarla.

 Los estudiantes, profesores e intelectuales de todos los países, durante estos años enteros, han guardado silencio mientras el Vietcong arrasaba aldeas y acababa con todos los vietnamitas que no se supeditaban a sus deseos. Pero todos estos occidentales se han alzado en protestas enérgicas cuando una fuerza yanqui, por lo que sea, cometió actos parecidos.

 El mismo sector de la opinión pública consideró normal que las tropas de Hanoi se instalarán en Camboya, protegidas por su neutralidad, desde donde atacaban impunemente a norteamericanos y sudvietnamitas. Pero cuando el presidente Nixon se harta de este juego y decide no aguantar más e invade Camboya, al instante y con perfecta sincronización, se elevan protestas en todo el mundo porque Nixon ha violado una neutralidad que prácticamente era inexistente.

 Y cuando el soviético Kosygin se hace eco de las protestas y condena al presidente Nixon por su invasión de Camboya ¡en nombre de los países “amantes de la paz”!, el diario más importante de Londres publica la noticia de la “excomunión” de Nixon por Kosygin, con titulares a toda página. Se cuida, por supuesto, el tal diario de hacer constar que Kosygin es la mayor autoridad en materia de agresión a naciones ajenas, como lo demostró con Checoslovaquia en 1968.

 Por lo que respecta exclusivamente a nuestro país, las cosas no discurren de otra forma. Todo es igual que en el extranjero por la sencilla razón de que todo corresponde unos planes perfectamente sincronizados. Si la policía española, en su obligación sagrada de mantener el orden dondequiera que se altere, hubiese actuado tan enérgicamente o casi, como la norteamericana actuó en Ohio (1970), la leyenda negra contra nuestra Patria y nuestro Régimen habría tomado caracteres universales. Si los estudiantes mejicanos que, en vísperas de la Olimpiada de 1968, fueron clavados materialmente con las bayonetas de los soldados, hubiesen sido españoles y el hecho se hubiera desarrollado en Madrid, las internacionales de todo tipo hubiesen desgarrado sus vestiduras y el escándalo aún persistiría. 

Si los detenidos recientemente en las diócesis de Bilbao no hubiesen sido sacerdotes sino un grupo de falangistas o las “guerrillas de Cristo Rey “, ponemos por caso, la reciente homilía de monseñor Cirarda no se hubiese escrito. Si el sacerdote que, en presencia del ministro de la Gobernación, asiéndose al micrófono en una solemnidad religiosa en Montserrat excitó a los fieles, no hubiera sido tal sino un “nefasto derechista” o un “contestatario” contra las cosas que están sucediendo en Cataluña, ya hace tiempo hubiese pasado al Tribunal de Orden Público.

 Y suma y sigue, lector. Agrega cuanto quieras que siempre te quedarás corto. Porque hoy por hoy, la violencia es según y cómo.


Revista FUERZA NUEVA, nº 183, 11-Jul-1970

 

domingo, 29 de marzo de 2026

Más sobre el velo de la mujer en el templo (2)

 Artículo de 1968

 Más sobre el velo de la mujer en el templo

 Repetidamente viene ocupándose ¿QUE PASA? de un problema religioso, irresoluble por lo que se ve, dada la indiferencia con que los más llamados a resolverlo de raíz —como son los sacerdotes— lo contemplan despreocupados. Nos referimos a la obligación que tiene la mujer de cubrirse la cabeza en los actos litúrgicos; obligación de la que se exime bonitamente, unas veces por inconsciencia e ignorancia; otros, por negligencia; a veces, por coquetería y vanidad, cuando no por manifiesta indisciplina y rebeldía, que de todo hay en la viña del Señor. 

A propósito de este asunto, que encierra más gravedad de lo que a primera vista parece, el autor de estas líneas hubo de dirigirse, no hace aún dos meses, a su propio prelado, en carta particular, motivada, principalmente, por otro problema que no hace al caso traer a colación al presente. En la citada carta, y aludiendo al motivo que origina este escrito, decía el que suscribe lo siguiente:

 «Aprovecho, además, esta coyuntura para hacerle encarecidamente un ruego, que no dudo atenderá, por ser de razón su contenido. Como V. E. no tiene el don de bilocación es natural que no pueda enterarse, personalmente, de cuanto ocurre respecto a la ejemplaridad de los fieles en el Templo, sobre todo de la mujer moderna, que ha perdido los estribos y no respeta la Casa de Dios, entrando en ella como en una sala de espectáculos. ora con escotes exagerados, ora con los brazos al aire, ora con vestimenta mundana y, a las veces, nada edificante, cuando no en minifalda y en pantalones. Esto constituye un escándalo mayúsculo y una ofensa continua al Señor. Yo no sé cómo los sacerdotes, que son los más indicados dentro del Templo, no han llamado anticipadamente la atención a todas esas jovencitas. con aire en la cabeza, que, por contera, llevan descubierta, dándoles un ardite la obligación de usar el velo en los actos litúrgicos y atreviéndose —descocadas— a acercarse de este modo al Comulgatorio. 

Si, desde un principio, cuando empezó a notarse esta transgresión de las normas eclesiásticas, hubieran los sacerdotes advertido a la mujer —quienquiera que fuese— la sagrada obligación de comportarse dentro del Templo con la compostura que exige la «presencia real» del Señor en la Eucaristía y de acercarse cubiertas a recibirle en Comunión, nos hubiéramos ahorrado el bochornoso espectáculo de todos los días. ¿Es que no tienen ojos los ministros del Señor? Tal vez algunos no tengan autoridad para exigir el cumplimiento de las leyes de la Iglesia, por ser ellos los primeros que desconocen, a sabiendas, la obligación de llevar abierta la coronilla. ¡Que también es disposición canónica!

 Por lo expuesto, señor………….. estimo de mi deber, como seglar católico, ponerle en antecedentes de lo que ocurre, al extremo de que será precisa la continua admonición sacerdotal, antes o dentro de la Santa Misa, si se han de corregir, de raíz, los graves defectos apuntados. ¡Ni minifaldas, ni desnudeces, ni cabelleras al aire, ni pantalones! «Ni el hombre se vista de mujer ni la mujer de hombre, porque esto es abominable a los ojos del Altísimo.» No Jo digo yo. Lo dice la Sagrada Escritura y esto basta. AI paso que vamos, con aires progresistas (en esta Diócesis, por fortuna, desconocidos hasta ahora, merced a los desvelos pastorales de V. E. y de sacerdotes dignísimos), corremos el riesgo de ser infieles a nuestros mayores y a la sagrada herencia que nos dejaron en testamento.

 Ignoro si cuanto acabo de decir le compete denunciarlo a un servidor de V. E. Estimo que sí, pero, si así no fuere, de todas formas le suplico de corazón que corte por lo sano en los extremos aludidos. Le estamos metiendo —perdóneme la expresión— los dedos en la boca al Señor, y como de Dios nadie se ríe impunemente, mejor será prevenir y no hacernos, por acción o por omisión, cómplices de las prevaricaciones públicas de los demás, acarreándonos, luego, la indignación de lo Alto...»

 Hasta aquí nuestra carta al prelado, cuyo nombre omitimos por discreción, pero que juzgamos oportuno darla a conocer para ver si, en fuerza de insistir ante quienes pueden, si quieren, corregir el abuso indicado y otras transgresiones también, se consigue volver al tradicional decoro de la mujer española dentro del Templo y en todos los actos litúrgicos. Lo exige la gloria de Dios. ¡Ni más ni menos! ¡Lo exige y lo impera su propia palabra en los Libros Santos! Y ¿quiénes son los hombres para enmendarle la plana a Dios?

 Y para que se vea, en toda su gravedad y alcance el aludido mandato, aunque para los ligeros de juicio se trate de una disposición disciplinar sin importancia mayor, queremos formular la pregunta siguiente. ¿Qué diría el sacerdote que, al ir a dar a los fieles la Sagrada Comunión, se encontrara con que el comulgatorio estaba ocupado, mitad por mitad, por mujeres con la cabeza descubierta y por hombres tocados, por su parte, con boina o con sombrero? Fácil es adivinar la respuesta. 

El sacerdote en cuestión se irritaría contra los varones que se exhibían cubiertos dentro del Templo y ante el Señor Sacramentado, y sería natural su indignación, pero ¿qué podría responder LÓGICAMENTE si los hombres aludidos le reconvenían diciéndole: Y ¿por qué no se irrita usted contra ésta y aquélla y esotra jovencita, o entrada en años, que se atreve a acercarse al comulgatorio, o simplemente a entrar en la iglesia, con la cabeza descubierta? ¿O es que San Pablo habló solamente para los hombres? ¿ O es que el canon 1.262 sólo hace referencia al comportamiento del sexo masculino dentro del Templo, exigiéndole el ir descubierto, y deja a la mujer que entre a pelo en el Lugar Santo y la autoriza a recibir, de esta suerte, al Señor en la Eucaristía?

 San Pablo supo lo que se decía y la Iglesia también sabe lo que se trae entre manos al formular sus disposiciones legislativas y canónicas. ¡Todo estriba en hacerlas cumplir a rajatabla, y, cuando se quebrantan salir por los fueros de Dios, están muy por encima de ciertas tolerancias, incomprensibles por parte de los simples sacerdotes y, principalmente, de los propios obispos, puestos por Aquél para regir su Iglesia y velar por el cumplimiento exacto de sus Leyes!

 H. G.

 

Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968