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martes, 17 de febrero de 2026

Contra la nueva y funesta colegialidad

 Artículo de 1970 

 MEDITACIÓN SOBRE EL PAPA

 (En el 50 aniversario de la ordenación sacerdotal de Pablo VI)

 En una de nuestros anteriores colaboraciones recordábamos las palabras proféticas del cardenal Bevilacqua: “El papa Montini está destinado a reinar en medio de los juicios contrastantes y la incomprensión de los contemporáneos”. Pero no sólo el papa Montini. Nadie está tan tremendamente sometido al juicio de la historia como un Papa, Vicario de Cristo en la tierra. Sobre él gravitan todas las fuerzas que agitan los movimientos de la cultura humana, para hundirle unas veces en el desprecio y la humillación, por parte de unos; para levantarle, otras, en la veneración y respeto sumos, por parte de otros. El Pontificado -por lo menos en la historia del occidente- es el pernio sobre el que se mueven los acontecimientos más “históricos”, quiero decir más humanos: religiosos, culturales y políticos.

 Desde que el edicto constantiniano, de principios del siglo IV, da libertad a la Iglesia de las catacumbas, el Papado cobra una significación definitiva en la historia del Occidente. Este Occidente cristiano que recoge la cultura clásica y la salva de las ruinas del Imperio romano, transmitiéndolo al medioevo. Que eleva al Pontificado a la gloria de los tiempos gregorianos. Que ocupa el centro mecenático de ese primer renacimiento espléndido del tiempo de Inocencio IV, coronado por las Universidades Escolásticas, por las figuras incomparables de los grandes maestros, y por el impulso auténticamente reformador de las Órdenes Mendicantes.

 Algo, sin embargo, se quebraba en aquel tardomedievo del siglo XIV, nominalista y conciliarista, que anuncia los desmoronamientos de los siglos XV y XVI. Y siempre la primera y fundamental razón la encontramos en un oscurecimiento del dogma básico eclesial sobre el primado romano. ElPapado está siempre ahí, en medio, discutido y defendido, vilipendiado y protegido, La revolución -¡que no “reforma”!- protestante, lo es principalmente porque el protestantismo (da igual luteranismo, calvinismo que anglicanismo) es la primera ofensiva en grande estilo para cambiar el centro religioso de gravitación del Occidente cristiano en una multitud periférica de puntos, de goznes enloquecidos.

 El Papado resiste. Y la contra-revolución-que no “contra-reforma”- católica erige de nuevo al Papado; y reúne en torno a él la pléyade de santos, de fundadores, de auténticos reformadores. La marea pasa dejando en pos de sí luengas tierras encharcadas. Y la luz de Cristo baña otras playas, llevadas por las carabelas de España. Finalmente, las revoluciones modernas toman, como uno de sus objetivos principales, el derrocamiento de la roca del Papa: galicanismo, iluminismo, revolución de la Bastilla. En 1870, el Vaticano Primero no sólo es la proclamación culminante de un dogma que destaca la posición única de base y punta del edificio jerárquico de la Iglesia; es también el anuncio escandaloso del principio de autoridad ante una época, el liberalismo revolucionario, que estaba minando los fundamentos de toda sociedad. No sería exagerado afirmar que la definición dogmática del Primado Romano retrasa en casi un siglo el triunfo de los movimientos nihilistas de la época.

 Y hoy ya, ¿qué significa el Papado a la historia contemporánea? En primer lugar, un lugar alto del espíritu hacia donde corren atemorizados los escasos valores humanos que aún están vivos: el sentido de la justicia, el derecho de gentes, la norma eterna de la moral natural. Porque, en una tierra dominada por el trust y por la Banca, y que sucumbe al epicureísmo más craso, hay alguien todavía que lanza el grito de la “Humanae vitae”, o de la “Pacem in Terris”; o se presenta audazmente en el ágora más impresionante de Nueva York, como la encarnación visible de la única posible “Política de Dios y Gobierno de Cristo”.

 No podemos darnos cuenta de esa fuerza inmanente y oculta que todavía representa para el mundo la situación del Papado católico. Y hasta hay momentos en que se piensa y se escribe con una absoluta falta de sentido histórico, que la influencia del Papado, en este mundo tecnológico y secularizado, no representa ya casi nada. El mundo inmaduro y niño del medioevo; el mundo adolescente y joven del renacimiento, podían mirar al Papado para protegerse con su tutela secular. Hoy nuestro mundo se considera adulto y orgulloso de su autonomía, reclama su herencia secular, y se va muy lejos de la casa del padre de familias.

 Pero hay más. Porque (“tercer punto” de nuestra meditación) ese mundo que se aleja de la colina vaticana: que quisiera perder de vista la cúpula escandalosa del Buonarotti, hoy es también una buena parte del mundo católico. Hoy los católicos vivimos bajo el signo de una “colegialidad” funesta. Esta, sin atreverse a una franca proclamación de galicanismo ochocentista, o de episcopalismo, está, de hecho, operando con una especie de obstinado “desgaste” y “deslustre” del Primado Romano, que obra como un líquido corrosivo sobre un metal precioso. El papado, con ello, está descendiendo vertiginosamente a ser una institución histórico humana, fruto de un juridicismo elaborado durante siglos por la tradición legalista romántica. En este caso, podrá ser, sí, una garantía externa de unión de todas las actividades eclesiales; pero, no ya, el “principio y fundamento” de que habla el Concilio Vaticano Primero.

 Un Primado “enervado” por una desconcertante colegialidad, es hoy naturalmente un “centralismo” molesto. Porque -en contra de todas las hipócritas afirmaciones- se le quiere pensar como un centro de coordinación de actividades, como una sala de recepciones, o-para decirlo con el Sínodo holandés-“el Papa, un presidente o secretario general de todas las iglesias”.Pierde, pues, el elemento de comunicación dinámica de la fuerza de comunión jerárquica. No es ya como una potente fuerza solar presente necesariamente en todas las manifestaciones térmicas de la Iglesia.

 Y con el declive “dogmático”, el Papado hoy sufre un tremendo declive “psicológico-afectivo”. Naturalmente no nos referimos a aquella sentimentalidad romántica que acompañaba al “Prisionero de Roma”, en la que hoy nadie puede ya pensar. Nos referimos a este clima de crítica a la persona del Papa que ha surgido como deporte de invierno para tantos teólogos sicofantes, para tantos periodistas católicos venales, para tantos laicos escritores de crónicas desaprensivas. ¿Cómo se ha podido llegar aquí? Nuestra meditación iría muy lejos... Pero una es la causa decisiva: ese declive dogmático incontenido hacia una colegialidad herética. Pueden, sí, existir otros factores temporales que aspan a la Iglesia de Dios, y aún a sus representantes supremos, con los estigmas de una temporalidad irreversible. Pero, diríamos, nadie hoy tiene perspectiva histórica suficiente para erigirse en juez de la historia contemporánea del Papado.

 Santo Padre, Pablo VI: en esta angustia que atraviesa tu corazón de padre, en el momento preciso de tu devotísimo cincuentenario, ungido sacerdote del Señor, estamos junto a ti; porque “donde está Pedro allí está la Iglesia”.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº178,6-Jun-1970 


domingo, 8 de febrero de 2026

El derecho al alzamiento de la nación en armas

 Artículo de 1967

 EL DERECHO AL ALZAMIENTO DE LA  NACIÓN  EN ARMAS

 Ni siquiera el escaso mérito de la novedad tiene la actual maniobra del comunismo y de la masonería para congelar a los católicos que reaccionan contra su imperio, mediante la propaganda pacifista desde sus propias filas. Esto mismo de ahora también ocurrió cuando la Segunda República.

 Del retraso en la salvación de España de aquel peligro, y de la magnitud que, por el retraso, tomó la empresa fueron responsables los católicos que trataban de disuadir a otros católicos de recurrir al único medio eficaz: a las armas. El grupo laicista, democrático y extranjerizante de «El Debate», no cesaba de trabajar por la capitulación incondicional de los católicos. Frente a él, el Magistral de la catedral de Salamanca, don Aniceto de Castro Albarrán, escribió un libro titulado «El Derecho a la Rebeldía», que resumía la doctrina católica acerca de la licitud de la violencia. Dos años tardó en ver la luz; dos años de guerra entre bastidores entre el equipo de don Angel Herrera y el grupo de «Acción Española». Dos años de retraso en liberar de errores a muchos de los que podían salvar a España.

 En última instancia, llegó el asunto al Cardenal Primado, Dr. Gomá. Le visitó, para urgirle a la aprobación del libro, el grupo dirigente de «Acción Española» presidido por don Ramiro de Maeztu; contestó el Cardenal que teólogos importantes le habían dicho que no hallaban reparos y que la única duda que quedaba por aclarar era la cuestión de la oportunidad de su publicación. El más joven del grupo visitante le replicó que la duda en materia de oportunidad era insuficiente para continuar reteniendo el libro, porque en materia de oportunidades lo que es inoportuno para un bando es oportuno para otro. Ante este argumento dio el Cardenal por terminada su gestión y el libro apareció inmediatamente. Era el año de 1934. 

No faltaron los casos—cuenta el autor en el prólogo de las ediciones de posguerra—, de rectos y prestigiosos militares que, en los días de la gestación del Movimiento, se resistían a comprometerse en la insurrección, por razones morales; pero que no dudaron en dar luego su nombre, dispuestos a dar también la vida, cuando alguien, con «El Derecho a la Rebeldía» en la mano, les convenció que podían hacerlo con absoluta tranquilidad de conciencia.»

 Dos años después, los hechos señalaban este libro como piedra sillar de la Reconquista de España para la Iglesia, y se reeditó, cuatro veces, con el título de «El Derecho al Alzamiento». Ahí está, con censura eclesiástica, como síntesis de la perenne doctrina que fue raíz y bandera de la Cruzada Española, y podrá ser siempre para otros pueblos, cuando se hallen en circunstancias parecidas, raíz y bandera de parecidos Movimientos Nacionales.

 Como modesto homenaje al Ejército Español, que tiene en él el respaldo teológico de su gesta de 1936-1939, y para confortar a los pusilánimes que se quedan petrificados ante las campañas pacifistas, transcribiremos algunos de sus mejores párrafos; el carácter de guerra civil que da el comunismo a sus conquistas internacionales y la superposición de esta a las guerras clásicas, les da un interés más general que el que al principio tuvieron.


 LA MORAL DE LA FUERZA.—

No hace mucho que un grupo internacional de teólogos firmó un dictamen, en el que se declaraba inmoral la guerra ofensiva de los Estados y aún la simplemente defensiva. Esta tan grave resolución, apoyábanla sus autores en el hecho de que, actualmente, la guerra, con el bárbaro progreso de su técnica, ha dejado de ser un medio proporcionado al fin. Y en la existencia de un organismo internacional —la Sociedad de Naciones—, cuyo fallo es suficiente para dirimir las contiendas internacionales y para vindicar el derecho de cualquier Estado, tal vez injustamente agredido.

 De admitirse este dictamen, no faltaría quien pretendiese extenderlo a los conflictos internos, intra-nacionales, entre los pueblos oprimidos y los poderes tiranos.

 Pero nos atrevemos a asegurar—a pesar de la autoridad de los teólogos firmantes del dictamen—que ni todos, ni la mayor parte de los moralistas participarían, hoy todavía, de tan encantador optimismo. Es demasiada esa fe en la virtualidad del organismo de Ginebra o en la de otro parecido. Tributamos, pues, un aplauso a la noble aspiración—bello ideal—del documento, pero seguimos creyendo en la triste necesidad que ha obligado a los teólogos y juristas de todos los tiempos a sostener la licitud de la guerra. Y más de la guerra defensiva.

 Es doctrina de Suárez que la guerra de la república contra el tirano, para ser honesta, debe tener las condiciones de la guerra justa, que son:

 1.ª Que el recurso de las armas sea un medio necesario. Antes de acudir a él es preciso ensayar los otros géneros de resistencia, los medios legales, la resistencia pasiva, la resistencia civil, apelación a tribunales internacionales. Pero no se ha de eximir este ensayo de una manera absoluta. Basta que sea manifiesta la inutilidad de tales esfuerzos. Entonces sería ridículo retrasar la verdadera resistencia hasta agotar, uno por uno, los recursos pacíficos.

 2.ª Que haya sólida esperanza de un éxito favorable. No son lícitas las aventuras, a tontas y a locas.

 3.ª Que los bienes probables compensen los daños, que seguramente acarrearía el empleo de la violencia. A este propósito recordaremos lo que decíamos al hablar de la legitimación de los poderes de hecho: que la simple vindicación del derecho atropellado, debe también considerarse como un bien de la sociedad.

 4.ª Que no haya exceso en el modo. Claro que, desbordado el torrente, no es posible reglamentar minuciosamente la inundación.

 5.ª Que la tiranía, a la cual se resiste, sea cierta y manifiesta. Hay que evitar alucinaciones. Por esto, no es suficiente el juicio particular de un individuo o de un grupo. Es preciso que la voz común del pueblo—los más y los mejores— denuncie la tiranía. En caso de duda, la presunción favorece a la autoridad.

 6.ª Que la resistencia se oponga en el acto de la agresión.


 LA GUERRA CONTRA EL PODER ILEGITIMO

A un enemigo que hace la guerra no está prohibido responderle con la guerra. «Así como el soberano—escribe don Enrique Gil Robles (padre de don José María, en su «Tratado de Derecho Político»— está en el deber y el derecho de rechazar al invasor o al rebelde, al primero, porque atenta a la nacionalidad, por lo menos, y al segundo, porque ataca al orden jurídico y político; así, una vez la usurpación avanzada o triunfante, no se merman, cambian ni alteran aquel derecho y aquel deber en presencia del hecho consumado injusto. A raíz de él, y en lo sucesivo, mientras no sea más que hecho, la reivindicación de la soberanía tiene el mismo título que la posesión y el ejercicio de ella, y la justicia del fin y de los medios no reconoce más límite que la prudencia de no causar mayores daños, por la cuantía o la duración, que el de la usurpación triunfante. Por regla general, la acción armada, y aun la civil contienda, no puede considerarse mal mayor; son per se un medio necesario, aunque doloroso, de coacción legítima, puesta al servicio del derecho.»

 «Para rechazar la usurpación—sigue don Enrique Gil Robles—o para reivindicar la soberanía, en las condiciones expresadas en los anteriores párrafos, la sociedad, en general, está obligada a cooperar, con acción pacífica o armada, regida por-la justicia, prudencia y demás virtudes: el militar, como tal, y el hombre civil, según su estado y las relaciones que, en virtud de él, le ligan a la patria y a su legitima soberanía, pudiendo haber ocasiones en que hasta a la cooperación guerrera se hallen obligados los aptos y los capaces.» Aun otro cualquiera, aunque no sea miembro de la nación usurpada, un individuo particular, o un Estado, puede ayudar a la resistencia contra el tirano. Esa ayuda sería un auxilio lícito, porque es lícito socorrer al inocente.


 ES LEGITIMA REBELDIA.—

La desobediencia a las leyes injustas de una autoridad, aun legítima.

La desobediencia a las leyes, aun justas, de un poder ilegítimo, mientras una razón de bien común no exija su cumplimiento.

La lucha legal, resistencia civil y aun resistencia armada—defensiva—contra la tiranía del soberano legítimo.

La violencia armada contra el poder usurpador.

El tiranicidio del tirano usurpador, llevado a cabo por la sociedad o por un particular, con autoridad pública.

Claro está que la licitud de estas rebeldías está condicionada a los requisitos que hemos ido exponiendo más arriba.

 

DOCTRINA SOBRE LA GUERRA. DE LOS OBISPOS ESPAÑOLES CON MOTIVO DE LA CRUZADA—

El Dr. Pla y Deniel, actual Cardenal Primado, era Obispo de Salamanca el 30 de septiembre de 1936; entonces escribió una pastoral en la que afirma: «Si en la sociedad hay que reconocer una potestad habitual o radical para cambiar un régimen cuando la paz y el orden social, suprema necesidad de las naciones, lo exija, es para Nos, clarísimo, el derecho de la sociedad no de promover arbitrarias y no justificadas sediciones, sino de derrocar un gobierno tiránico y gravemente perjudicial a la sociedad, por medios legales si es posible; pero, si no lo es, por un alzamiento armado. Esta es la doctrina claramente expuesta por dos santos doctores de la Iglesia: Santo Tomás de Aquino, Doctor el más autorizado de la Teología Católica, y por San Roberto Belarmino, y, junto con ellos, el Preclarísimo Doctor, el Eximio Francisco Suárez.»

 El Dr. Arce Ochotorena, Obispo de Zamora y más tarde Cardenal de Tarragona, escribió el 20 de enero de 1937 una instrucción Pastoral titulada «Consideraciones sobre la guerra», en la que asienta esta doctrina de carácter general: «Cuando (...) falta la paz en todas sus formas, en todas su facetas y en todas sus significaciones, la paz religiosa, ¿qué otro sentimiento más hondo, incoercible e imperioso puede sentir, una sociedad perfecta y soberana que el de reacción violenta, por la vía de las armas, para recuperarla?»

 Idénticas doctrinas proclaman el Sr. Arzobispo de Compostela en su Exhortación Pastoral de 15 de diciembre de 1936, y el Sr. Obispo de Madrid en su Pastoral «La Hora presente», de 27 de marzo de 1939. Y ésta es. finalmente, la moral que, con máxima discreción, insinúa todo el Episcopado Español en su Carta Colectiva de 1937:

 «Estos son los hechos. Cotéjense con la doctrina de Santo Tomás sobre el derecho a la resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en justo juicio. Nadie podrá negar que, al tiempo de estallar el conflicto, la misma existencia del bien común—la religión, la justicia, la paz—estaba gravemente comprometida, y que el conjunto de las autoridades sociales y de los hombres prudentes que constituyen el pueblo en su organización natural y en sus mejores elementos reconocían el público peligro. Cuanto a la tercera condición que requiere el Angélico, de la convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la dejamos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son contrarios.»


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967

 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Subversión en los nombramientos episcopales del franquismo

 Artículo de 1967

 Los derechos de la Santa Sede y el peligro de los de la Iglesia española

 Carta abierta al Secretario sustituto de Estado de S. S. Pablo VI

 Rvdmo. Sr. D. Giovanni Benelli.

Arzobispo Sustituto de la Secretaria de Estado de su Santidad. ROMA


 Excelentísimo Monseñor:

Esta carta abierta, por su misma naturaleza tiene que ser grandemente respetuosa para con V. E. y lo que representa. Pero no hallamos otro medio de poder dirigirnos a V. E. con la eficacia que pretendemos que éste que nos brinda el semanario ¿QUÉ PASA?

 Somos otro grupo de curas rurales que venimos meditando día tras día los enormes peligros que acechan al gran tesoro de la unidad católica en España. Mas V. E. representa para nosotros la figura clave en esta coyuntura: joven, apasionado, celoso de los derechos de la Santa Sede, venido a España por una temporada, en días decisivos, para conocerla de cerca. Elevado con tanta rapidez al primer puesto en eficacia resolutoria de la Santa Sede, creemos que algo tenemos nosotros que decirle, los que no hemos tenido acceso directo a V. E. ni podemos tenerlo. Otras cuestiones trataremos en lo sucesivo, pero ahora, en nuestras horas de comentario y vigilia, saltan a nuestra preocupación dos cuestiones fundamentalísimas en las que V. E. tendrá intervención decisiva: la invitación a las dimisiones de los Prelados españoles que se acercan a la edad recomendada, y las provisiones de esas vacantes en las personas de sacerdotes pertenecientes a un determinado grupo bien enmarcado dentro del clero español.

 Nos atrevemos, con la mejor voluntad, a entrar en este tema de las dimisiones, porque los periodistas sacerdotes —nos suena mejor que sacerdotes periodistas— que controlan la gran prensa de Madrid, que es lo mismo que decir la de España, se han atrevido a hablar de que en la pasada conferencia, por una mayoría suficiente de votos, se aprobó la gestión vaticana en estas delicadas lides. Nos parece frase poco acertada la de «gestión vaticana». Tan «desacralizada», que nos lleva a meditarla en extremo para que V. E. conozca nuestros pensamientos. La «gestión vaticana» no cae, no puede caer, sobre la infalibilidad pontificia. Invitar, por no decir intimar, a un Obispo anciano en plenitud de sus facultades a dimitir su diócesis en el plazo de unas horas no puede ser cosa que

ataña a la infalibilidad. Esta “procedura”, como se dice en Italia, se debe a informaciones más o menos interesadas, por no decir tendenciosas, porque a posteriori —y preferimos callar nombres— se ha podido comprobar que ninguna de las dimisiones de Obispos españoles entrañaban urgencia alguna, ni por razones de. salud del cuerpo ni por razones de salud del alma. Indudablemente, fueron otros los criterios aplicados, que penetran con toda facilidad y claridad ante el sencillo clero y pueblo español.

 Cuidado con las dimisiones episcopales y con la forma de provocarlas; que está cundiendo, carísimo Monseñor, un desánimo ante posibles injusticias que no pueden imputarse a la persona sacratísima del Vicario de Cristo, pero si a su pobre y unilateral información. Que una vida entera consagrada a la Iglesia no puede liquidarse con un telegrama cifrado. Que, en definitiva, lo que a todos nos ha de salvar es la caridad. Y ésta tiene que penetrar hasta las más altas cúpulas. Como pensamos seguir escribiendo, no queremos alargarnos más ahora y vamos a advertir algo sobre las futuras provisiones.

 Continuando su campaña, los mencionados periodistas sacerdotes hablan de un grupo de Obispos jóvenes (léanse «ABC» y «Arriba» de los últimos días de noviembre) que van dando tono conciliar a la Conferencia Episcopal española. ¡Cuidado, Monseñor! Ha trascendido al pueblo sencillo, precisamente por la interesada campaña de este grupo de publicistas, que ya los nuevos Obispos incorporados a la Conferencia, de manera sistemática y como obedeciendo a una previa consigna, se oponen a los acuerdos de la mayoría. Así se nos han dado, con verdadero regocijo no disimulado en esta clase de prensa, el que han sido diecisiete los votos en contra del Estatuto de la Acción Católica, después de diez días de discusión, y se nos dice que diecisiete hombres, diecisiete diócesis, etc.

 Cuidado con escindir la Conferencia Episcopal Española, querido Monseñor. No estamos en tiempos de jugar con tanto riesgo. Y lo que no se atreven a decir en los periódicos, pero que dicen en pasillos y reuniones de apostolado: tenemos a Monseñor Benelli en Roma. Recuerdan aquello que dijo un dirigente de la Juventud Femenina de Acción Católica en la plaza Mayor de Salamanca el 15 de agosto de 1964: «Algo ha cambiado hoy en España, gracias a Monseñor Benelli.» Que no cambie demasiado, Monseñor. Y tan atrevidos y ligeros, que algunos enseñan la lista de los invitados a la consagración episcopal de V. E. en la Basílica Vaticana, de los invitados que asistieron y de los que asistieron sin ser invitados, como los futuros miembros del Episcopado Español. Miedo nos da nombrarlos nosotros, no es ese nuestro propósito, por si pronto vemos sus caras en la prensa diaria con la noticia de su promoción.

 Prudencia, Monseñor; España es diferente. Aún quedan cuadros, prudencia, cariño, obediencia, pero somos celtibéricos. Sería una lástima que, llevados de unilateralidad, y asombrados por las noticias de los audaces, las cosas cambiaran de signo de tal modo que nuestra unidad católica se terminara de resquebrajar. Y es claro que si inexorablemente se va escindiendo la Conferencia, esto se conseguirá en corto plazo. Volveremos otro día, Monseñor, y besamos su anillo.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 


sábado, 13 de diciembre de 2025

Carlismo y Religión

 Artículo de 1967

  CARLISMO Y RELIGION

 Don Javier de Borbón-Parma, el abanderado del carlismo desde el fallecimiento de Don Alfonso Carlos, en 1936, acaba de dar testimonio de lealtad a la Causa y de estar en posesión de la legitimidad.

 La legitimidad real hispánica la reciben nuestros reyes por cuatro conductos. Don Javier la recibió, por una parte, del expreso deseo de su tío Don Alfonso Carlos. Por otra parte, de la Historia y de las leyes dinásticas que forman la Historia adjetiva de la Causa. Por otra, del deseo del pueblo carlista, que así se viene manifestando desde hace muchos lustros y, por fin, del propio ejercicio de la permanente lealtad a la dicha Causa. Los tres primeros conductos de legitimidad, si no fueran acompañados por el último, de nada servirían. En cambio, la posesión del último por sí sólo arrastra tras de sí al pueblo carlista que revalida la legitimidad, y sería suficiente, en ausencia de los restantes.

 En la reciente concentración-romería que ha tenido lugar en el Santuario de Fátima, y al que han asistido varios millares de requetés, Don Javier ha recordado que «los requetés son los soldados de la fe», según los llamó repetidas veces Pío XII. Una muy nutrida representación numérica del pueblo carlista se unió a la familia Borbón-Parma, en una serie de actos de religiosidad profunda en medio «de un mundo en desarrollo y desconcierto», en el que el carlismo «permanece fiel» a Cristo.

 Los carlistas y sus requetés no son soldados de la libertad, de la democracia, del progreso y del desarrollo, sino que son «soldados de la Fe», y siendo soldados de la fe, lo demás se obtendrá por añadidura. Porque cuando los gobernantes tienen sincera y manifiesta fe en Cristo, conceden a sus pueblos la justa libertad, les reconocen las instituciones representativas adecuadas, que son muy superiores a la falsa democracia, y con esas instituciones, basadas en el Evangelio, se logra una paz y un progreso que no está en pugna con la Religión,

 El carlismo no tiene otra solución que ser confesionalmente católico. No surgió para defender a ningún rey, ni tampoco para defender las libertades de los municipios y regiones, ni tampoco para el engrandecimiento de la Patria, sino que como oró Don Javier, los requetés «se levantaron en defensa de la Fe». Donde hay Fe pública y privada, queda salvaguardada la familia y se impide la subversión.

 Nadie como el carlista defiende la Patria. En efecto, ninguna ideología ha dado tantos héroes y mártires en los últimos ciento cincuenta años. Haciendas y vidas, en holocausto de la Patria, ha dado el carlismo. Para los tradicionalistas, la Patria española es una nación que tiene un destino ecuménico, marcado por la Divina Providencia. Para el carlismo, la Patria es una fracción de la Cristiandad, con destino expansivo de su ansia de espiritualidad y de fidelidad a Roma. Por ese concepto de Patria es por el que los requetés de pasadas generaciones lucharon en vida y paz, y por esa misma Patria es por la que el carlismo está en vigía permanente.

 Nadie como el carlista defiende las libertades de las Regiones, de los Municipios y de las Familias y personas. Para el carlismo, la región, el municipio y la familia no son más que las piezas esenciales con las que se construye la Patria. Son «Patrias chicas» para una Patria grande. Cuanto más sólidas sean esas fracciones de la Patria, más segura estará la Patria en su unidad total. Las regiones, comarcas y municipios y familias engarzadas adecuadamente, son la garantía de la seguridad de la Patria. El separatismo, en cambio, si bien se fundamenta en la fortaleza de esas fracciones, las deja sin el imprescindible nexo tan fuerte como la propia fracción, y es entonces cuando se desmorona la unidad Patria, y hace inútil e inservible la fracción separada. El carlismo a esas libertades de las «Patrias chicas» las llama «fueros», y tales libertades no tan sólo tienen la mira de la seguridad y grandeza del edificio «Patria», sino que no cabe olvidar de que se fundamentan en la dignidad de la persona humana, según el catolicismo, y en la doctrina de la «subsidiaridad» tan propagada y defendida por los .Romanos Pontífices. Esas libertades contribuyen a que la cristianización de la sociedad, en sus diversas modalidades y niveles, sea una mayor realidad; hasta el punto de que si los «fueros» sirvieran de pretexto o causa para atentar a los derechos de la Religión, el carlismo sería el mayor enemigo de los fueros y libertades.

 Nadie como el carlista es tan monárquico, porque sabe y cree que sin esa institución de Rey, España caería en poder de la subversión y de las fuerzas del ateísmo, liberalismo, materialismo y laicismo. La experiencia histórica así nos lo enseña, y el carlista intuye la Historia y, además, no la olvida. El carlista no es monárquico, para defender la existencia de esa institución llamada «REY», sino porque siempre ha tenido rey que haya defendido la Causa carlista, y solamente con esa institución real, ve la posibilidad de que haya una continuidad histórica. Si la Monarquía, en un momento dado, no sirviera para garantizar el destino religioso de la Patria, el carlismo dejaría de ser monárquico.

 Resumiendo la doctrina carlista, diremos que la RELIGION ES EL FIN la PATRIA y los FUEROS SON LOS MEDIOS PARA EL INDICADO FIN, y el REY ES EL MEDIO PARA EL FIN PRIMORDIAL Y SUS INDICADOS MEDIOS, CONJUNTAMENTE

 De una defectuosa interpretación de esta doctrina o postura política, se puede llegar a la conclusión falsa de que el carlismo pretende que «la Iglesia sea carlista». La realidad es muy otra. Para el carlismo, la Iglesia debe ser apolítica totalmente, esto es, no debe mezclarse en las luchas de los hombres y sus grupos sobre la forma de realización del gobierno y régimen temporal. Este apoliticismo de la Iglesia que defiende el carlismo no entraña necesariamente la aconfesionalidad del carlismo. Parece extraño, pero así es. La Iglesia no tiene por qué ser carlista, pero el carlismo sí tiene que ser necesariamente católico.

 Lo explicaremos con un ejemplo. La Iglesia, verbigracia, no tiene por qué inmiscuirse en un debate sobre importaciones y exportaciones, entablado entre las Cámaras de Comercio y las Cámaras Agrícolas. La Iglesia no puede pronunciarse en favor ni en contra de unas u otras Cámaras, pero tales asociaciones para la doctrina carlista deben ser católicas, porque en sus Estatutos o Reglamentos nada debe pugnar con la doctrina de Cristo y, además, deben contribuir a que sus asociados actúen como buenos católicos, tanto privadamente como en vida colegiada. Este es el servicio del carlismo a la Iglesia, que se entrega al servicio de la Religión, sin pedir nada. Como es lógico, agradece y estima el que miembros de la Iglesia—no la Iglesia— se percaten de la doctrina que no tiene otras miras que el Reino Social de Cristo en la tierra. 

El carlismo busca y pretende que todas las actividades humanas estén saturadas de un auténtico sentido cristiano, que busque, al propio tiempo, que la religiosidad, una paz y un progreso que sirvan de concordia entre los hombres que forman la gran familia cristiana.

 *****

El desvío de esa doctrina, en cuanto tal apartamiento suponga una ideología contraria, debe considerarse como de una traición a la Causa. Cuando así sucede, hay falta de fidelidad a la doctrina que se recibió para guardar, defender y propagar.

 El carlismo debe custodiar, «cueste lo que cueste», el tesoro de la Tradición, según los que han formulado la doctrina carlista y los reyes que la han consolidado y promulgado, y que nosotros hemos resumido. En todo tiempo ha habido carlistas que han intentado modificar la Causa, pero hoy los hay más que nunca y con más poder informativo y expansivo del error y del desvío. Si quienes desvían la doctrina son los que están más obligados a defenderla inmaculada y ortodoxa, entonces surge una falta de fidelidad a la Causa, y a esta falta de fidelidad es a la que llamamos traición, que puede ser por ignorancia o por mala fe.

 Nosotros, «cueste lo que cueste», lucharemos por la fidelidad a la doctrina con todas nuestras energías, aun a trueque de recibir ingratitudes y persecuciones. No entra en el modo de ser carlista el parapetarse ante una dificultad o el huir por temor a las persecuciones.

 Con nuestra difícil y arriesgada postura, contribuiremos a la meta que Don Javier Borbón Parma ha señalado en Fátima, la de «que podamos entregar a las jóvenes generaciones que nos siguen, una Fe firme en Dios y un amor grande y filial a la Virgen.» Nosotros así esperamos que sea, a pesar de todos los obstáculos que se presentan, porque el carlismo, mientras siga fiel a su Causa —mientras no haya traición—no morirá, porque es inmortal. El pueblo carlista jamás traicionará la causa, porque sería traicionarse a sí mismo.

  Roberto G. BAYOD PALLARES


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967  

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

El “Novus Ordo Missae” (1969)

 Artículo de 1969

 EL NUEVO “ORDO MISSAE”

 Los fieles preguntan sobre el futuro de la Santa Misa. Ha empezado la nueva liturgia en varias iglesias, por vía de ensayo, y la impresión general no es agradable, es extraña. Es posible que, después de algún tiempo, se acostumbren los fieles y se les haga familiar el nuevo rito. Pero no se trata de costumbres, de gustos, de impresiones. Se trata de dar expresión al dogma.

 Liturgia no es otra cosa que la manifestación sensible del contenido revelado. Tiene la liturgia razón de signo y concreta una relación de orden entre la cosa sensible, persona, objeto, acción y la cosa espiritual. Sacrificio y Sacramentos son signos simbólicos, realidades estupendas, “signos eficaces” de la vida divina. Los Apóstoles, antes de dispersarse, formaron su Símbolo; era un catálogo de verdades, pero era, al propio tiempo, un signo sensible de la fe profesada, lo que diríamos hoy “santo y seña” del cristianismo; para reconocerse, exigíanse mutuamente el símbolo: “da signum, da symbolum”. Es de admirar el esfuerzo del cristianismo en sensibilizar la profunda ideología de nuestra Religión.

 Cuando la fe ha sido vivida profundamente, la manifestación simbólica ha sido espléndida. Los siglos de cultura teológica vieron también el florecimiento más asombroso del simbolismo artístico; el genio cristiano había encerrado en él todo el tesoro de la verdad histórica, dogmática y moral, la Biblia y la hagiografía. El rito litúrgico, con sus signos y símbolos, ha templado las austeras lecciones de filosofía y teología cristiana, ha intervenido “en la enseñanza de los humildes, es el punto de unión donde el pensamiento de Dios llega al alma humana por un intermediario material”. El Sínodo de Arrás (1025) había dicho: “Lo que los literatos no pueden comprender por la escritura, se les debe enseñar por la pintura”.

 Cuando me preguntan mi opinión sobre el “Novus Ordo”,“a priori” puedo afirmar que dejará mucho que desear. Y la razón consiste, o radica, en el “vacuum” religioso de nuestros días, que nos hace sufrir al ver el desenfreno ideológico lanzado a la apostasía y al materialismo dialéctico. La verdad revelada tiene que expresarla el cristiano, el católico, con gestos, palabras, símbolos, acciones. Pero si la vaciedad es general, si la Iglesia está enferma, si el dolorido grito de Su Santidad nos habla de falta de oración, de desacralización, de deserciones sacerdotales sin cuento; si una corriente en la Iglesia, a nivel episcopal, se entrega en manos de sociólogos laicos, para los que “la gracia sobrenatural y la presencia vivificante de esa gracia son, si acaso, bellas palabras de un diccionario fantasmal, pero no realidades de luz, sangre y verdad”; si los sacerdotes, aunque en minoría, se avergüenzan de serlo y están en puestos claves, sin excluir altas esferas vaticanas, ¿qué lenguaje será el que traduzca sensiblemente, en el rito, el gran Sacrificio Eucarístico?

 Si se masca la falta de “impetus sacer” en los silencios responsables de Jerarquías indiferentes a las herejías y apostasías; si los cristianos sencillos y, sobre todo, católicos intelectuales se están quedando sin el pan de la doctrina y de la “realidad de Cristo”(Muñoz Alonso), ¿no seríamos muy optimistas si quisiéramos voltear campanas ante la nueva liturgia que empezará en noviembre (1969)? La Iglesia está enferma y, con ella, nosotros. ¿No se reflejará la anemia religiosa en el “Novus Ordo”? Mucho me temo que sí.

 No es extraño que miles y miles de sacerdotes se hayan dirigido al Santo Padre pidiéndole se conserve el rito y liturgia de San Pío V, junto a las nuevas rúbricas de la Santa Misa. El nerviosismo es general hasta el punto de que muchos prelados nos aconsejen “no temer” que el Santo Padre intervendrá e interviene constantemente en los problemas que se plantean en el Sínodo Romano”, etc., etc. Nosotros es lo que queremos de corazón: QUE INTERVENGA CON ENERGÍA TANTO EN LO LITÚRGICO COMO EN LO DOCTRINAL, ANTES DE QUE SEA TARDE.

 No podemos ni debemos criticar el “Novus Ordo” en plan negativo, sino constructivo. Consideramos muy constructivo el mantener la Misa de Pío V, aunque nos sujetamos a lo que diga el mejor criterio de nuestro Santo Padre. Nuestra petición se fundamenta doctrinalmente en los puntos siguientes, entre muchísimos otros que se podrían aducir:

 1º- El Culto Eucarístico es el núcleo central de todas las acciones de la Iglesia, es lenguaje de un contenido infinito, el canal por el que lo divino va configurando nuestra alma, en un proceso santificador constante.

 2º- En épocas de crisis doctrinal, como la presente, se precisa utilizar todos los resortes psíquicos, tanto de la inteligencia como de la voluntad, para conectar con las fuentes reveladas, que nos dan una visión clara de los Principios y Criterios Teológicos Sacerdotales, y fortalecen la voluntad con la virtud sobrenatural que nos proyecta a Cristo. Si claudica el pensamiento, le sostiene la voluntad; si la sensibilidad se extravía, la encauzan, con su luz y su fuerza, la inteligencia y voluntad. Todo el poder de nuestro espíritu debe ponerse en vilo para contener la irrupción del mal por el punto más endeble.

 3º- La Liturgia de la Santa Misa del Papa San Pío V ha educado a generaciones y ha engendrado hábitos para el ejercicio de las virtudes, indispensables siempre pero, sobre todo, en tiempos de claudicación general.

 He leído el “Novus Ordo” y noto que el concepto de UNIDAD ha desbordado el campo litúrgico hasta el extremo de que un “hermano” de Taizé, Max Thurian, haya afirmado que con el “Novus Ordo”, los no católicos podrán celebrar la Eucaristía con las mismas oraciones que los católicos. Pero lo primero no es la unidad, sino la doctrina. Por mantener la unidad no se puede claudicar ni ceder en lo doctrinal, aunque sea en parte y no del todo esencial, pero se le acerque. No es el camino para atraer a los “hermanos separados”. Cuando la reforma protestante repudiaba el dogma de la Real Presencia de Cristo en la Eucaristía, mataba, por este hecho, el simbolismo católico; porque si el templo no es la casa de Jesús, podrá ser un museo de curiosidades artísticas en donde estará ausente la verdad y la vida.

 El Concilio de Trento opuso toda la fuerza de la Tradición y todo el empuje de su autoridad al frío protestantismo que intentó hacer tabla rasa al simbolismo litúrgico eucarístico. Con otras palabras: en la confección del “Novus Ordo” ¿no se ha tenido demasiado en cuenta el complacer a los protestantes? Nos pone en guardia la apreciación del “hermano” de Taizé.

 Para que el “Novus Ordo Missae” produzca los efectos espirituales que deseamos, tendremos que partir de principios muy firmes y sobrenaturales de los que hablaremos en otra ocasión.

 Fr. Miguel Oltra, O.F.M.


Revista FUERZA NUEVA, nº 143, 4-Oct-1969 


viernes, 5 de diciembre de 2025

Celibato sacerdotal (2)

 

 CELIBATO SACERDOTAL: TODA UNA ESPIRITUALIDAD

 En los años que inmediatamente proceden al Concilio Vaticano II, había ya comenzado una campaña para abolir el celibato sacerdotal, en ciertos ambientes eclesiásticos. En las proximidades del Concilio, esa campaña se acentúa en forma de cartas abiertas patéticas dirigidas a Juan XXIII. Este Papa, repetidas veces, y no obstante el dolor que le causaban, reafirma su propósito de que el Concilio nada cambiaría en este punto.

 Sin embargo, ya en el Concilio, algo empieza a moverse. Se abre la discusión en torno a la institución del Diaconado permanente; y se introduce la cuestión de si debe ir unida al celibato. Y las opiniones se dividen. Hay quien piensa que esa sería la brecha por donde se introduciría el enemigo. En efecto, cuando se llega a la discusión del esquema sobre la formación del clero (octubre, 1965), una carta de Pablo VI al cardenal Tisserant, leída en el Concilio, conjura un evidente peligro: que se ponga a discusión un punto indiscutible. Por ello, el Papa corta toda posibilidad y avoca a sí aquel punto delicado. El Concilio sólo llega a admitir la posibilidad de ordenación de diáconos, en especiales circunstancias, de sujetos casados, excluyendo toda posibilidad de sacerdotes casados. Los Decretos sobre los Presbíteros y la formación del Clero reafirman vigorosamente la doctrina tradicional.

 Algo, sin embargo, de extraño y de malsano flotaba en el ambiente: con los decretos conciliares se había cerrado el paso a tantas ilusorias esperanzas… Estas, con todo, renacían en virtud de no sé qué extraños propósitos: la praxis de concesiones y dispensas se había hecho extremadamente laxa. Y esto, lejos de favorecer lo establecido por el Concilio, parecía hacer tabla rasa de su misma letra. Con ello viene un período en que las defecciones aumentan de un modo alarmante. Y no hay que decir que una terrible iniciativa parece tomar la delantera: los hechos consumados obligarían a Roma a revisar sus rigurosas posiciones. Pablo VI cree ya necesario poner término a tantas especulaciones y promulga su encíclica “Sacerdotalis celibatus” del 24 de junio de 1967. Vale la pena que nos demos cuenta exacta de sus líneas fundamentales en su primera parte, ya que la segunda va dirigida a la formación del joven clero.

 No obstante la transformación cultural y técnica de nuestro tiempo -comienza diciendo la encíclica- la Iglesia sigue estimando como nunca el celibato. Y esto, por más que algunos se inclinen o -por hablar con más verdad-, “expresen una decidida voluntad de que la Iglesia revise esta disciplina, que les parece difícil y hasta imposible en nuestros días” (n.1). Esto perturba la conciencia católica, y nos obliga -dice el Papa- a llevar a efecto lo que prometimos al Concilio y que fue ya sancionado por él: confirmar el celibato. Hemos reflexionado mucho sobre las razones que muchos estudios modernos proponen para revisar esta disciplina (n.4). Por ejemplo: que Cristo propone un celibato libre y elige para apóstoles a hombres casados. Que las razones que urgían a la Iglesia primitiva hoy no urgen. ¿Por qué no distinguir, por lo demás, entre quienes aspiran a sólo el sacerdocio y los que, además, quieren permanecer célibes? (n.7). No hay por qué temer -se añade- que al matrimonio de los sacerdotes se sigan mayores males, ya que también pueden dar ejemplo de familias modelo. Pero, en fin -se acentúa- ¿no se trata de algo contrario a la naturaleza que viene a disminuir el valor de la persona? (n.10). Los jóvenes seminaristas, una vez metidos en el sistema colegial de pedagogía impersonal, aceptan la ley del celibato sin saber lo que hacen (n.11).

 Estas y otras dificultades oponen quienes no acaban de comprender -añade el Papa- el “don de Dios”. Pero a ellas oponemos, ante todo, los innumerables ejemplos -hechos vivientes- de los santos, siempre válidos; y, también hay que decirlo, la inmensa mayoría de los sacerdotes que hoy guardan sus sagrados compromisos. Creemos pues -concluye el Papa- que hay que mantener la unión entre sacerdocio y celibato para honra de aquel; aunque a algunos les sea concedido el segundo sin el primero, la Iglesia sigue pensando que el primero debe seguir sustentando al segundo. Hecha esta introducción, he aquí ahora las ideas maestras de la primera parte.

 Es cierto que no es la misma naturaleza del sacerdocio la que exige el celibato; pero la Iglesia, bajo el Espíritu de Dios, ha juzgado que es sumamente conveniente, y quiere mantener la unión. Las conveniencias son múltiples y han sido siempre vistas por toda la tradición cristiana; hoy, con todo, se nos aparecen con nueva luz (n.18). Por lo demás, el sacerdocio es un misterio que debe ser contemplado desde la fe; sin que por ello, claro está, tenga que sufrir el valor auténtico del matrimonio. Porque está el ejemplo de Cristo, quien une en sí eminentemente la virginidad y el sacerdocio para entregarse sacerdotalmente a los hombres; están sus llamadas evangélicas. Esto ha llevado a sus ministros a una dedicación tal a su seguimiento que excluía las solicitudes naturales del matrimonio (n.23). De este modo, el celibato aparecía sobre todo como “signo y estímulo de la caridad hacia Cristo y hacia los hermanos”. El sacerdote se muestra así entregado a Cristo y a las cosas santas; y no la carne y a la sangre; y goza de la libertad interior y exterior para entregarse plenamente a su ministerio espiritual y a la oración (n. 27 y 28). De este modo su ministerio es eficaz; cumple la difícil ascesis del sacrificio, y da el testimonio del Reino por venir en la resurrección.

 Toda esta doctrina, vivida siempre en la tradición, ha sido mantenida -añade el Papa- por nuestros inmediatos antecesores; por los Concilios, tanto en Oriente como en Occidente; este estado, pues, de cosas, actual, no significa en modo alguno que la Iglesia quiera hoy cambiar lo que admitió siempre. Lo acaba de proclamar solemnemente el Vaticano II; y son precisamente nuestros días los que más necesitan de esta santa disciplina (n.46). Hasta no importaría que descendiera el número de los sacerdotes por ello –lo que por otra parte no es cierto- el Señor mandaría operarios a su viña; y la Iglesia no abandonaría su misión.

 Pero los mismos hechos nos dicen que no es la supresión del celibato el camino verdadero para poner remedio a la falta de sacerdotes (n.49). Ni por ello la Iglesia va a entregarse menos al mundo. Todo lo contrario. La Iglesia sabe que el joven sólo se entrega a los grandes ideales; sabiendo que es la gracia de Cristo la que le sostiene. Debe, sí, conocer las dificultades y saber superarlas; pero es inicuo afirmar que el celibato va contra la naturaleza y que minusvalora al sacerdote, cuando es el mismo Cristo, el hombre perfecto, quien invita a ello; cuando es esa santa institución la que ha obtenido los mayores bienes para la humanidad. El mismo sacerdote, dominando sus apetitos naturales, no los desprecia, sino que los ordena haciéndose superior a sí mismo; y si pospone un bien tan grande como es el matrimonio, esto lo hace solamente para adherirse a un Bien mayor que todos los demás bienes (n.56). Es cierto, sí, que todos estamos obligados a dar testimonio; pero el sacerdote, con su celibato consagrado, da el supremo. No negamos que el sacerdote parece encerrarse en una cierta soledad; pero es él quien debe poblarla con la presencia y amistad de Cristo; y por su entrega al ministerio es él quien debe encontrar en Cristo el amigo de todas las horas, de alegría y de tristeza (n.59).

 He ahí este nuevo y magnífico documento, bien actual, bien meditado, bien cargado de toda la sabiduría sobrenatural de que sólo es portadora la Iglesia. ¿Cómo -volvemos a preguntarnos- ha podido suceder que este documento venerable haya sido tan mal recibido por elementos destacados en ciertas regiones de la Iglesia…?

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 173 ,2-May-1970

 

martes, 25 de noviembre de 2025

Celibato sacerdotal (1)

 

 Celibato sacerdotal: toda una tradición 

 El problema del celibato sacerdotal es hoy una cuestión viva y seguirá siéndolo todavía por mucho tiempo. Se ha dicho ya que esta cuestión se ha convertido morbosamente en el best-seller de la publicidad, no tanto por las circunstancias humanas y hasta dramáticas en que nuestro tiempo ambienta artificialmente todo lo que puede referirse al sexo; cuanto, sobre todo, porque afecta a un grupo sociológico hoy ascendido a la cumbre de la notoriedad y, contradictoriamente, descendido a los más bajos niveles del menosprecio. Si el tema del sacerdocio es hoy noticia, el tema del celibato se ha vuelto “codicia” de morbosas y curiosas informaciones. En una serie de breves y claras colaboraciones nos proponemos presentar el problema desde sus varias vertientes históricas y teológicas. Sólo al final podríamos darnos cuenta en la naturaleza de este grave asunto eclesial, sin dejarnos llevar de sensacionalismos vocingleros.

 El celibato sacerdotal es un estado al que, por motivos superiores, se obligan libremente quienes desean recibir las órdenes sagradas. Implica, en primer lugar, la continencia perfecta; y solo después, como una consecuencia, la exclusión del matrimonio. No es, por tanto, lo primero, el poderse o no casar, o el estar o no ya casado. El elemento principal que siempre ha distinguido al celibato sacerdotal ha sido aquella consagración por la que el sacerdote se entrega a Cristo por amor suyo, aceptando la continencia perfecta como estado de vida.

 Cuando Cristo ordena sacerdotes a sus apóstoles, muchos de éstos eran casados:¿quién nos asegura que ya desde entonces no guardaron continencia perfecta o por lo menos no empezaron a sentir las exigencias de una consagración que les conducía a esa elevada cima? Porque, aun al modo suyo, insinuativo y libre, las palabras y sobre todo el ejemplo de Cristo, marcaban una orientación bien clara: habría unos eunucos por amor del reino de los cielos; y San Pablo, por su parte, acentuaba el clima de tensión consecratoria, cuando manifestaba el deseo de que todos fueran como él; y proponiendo la doctrina de la virginidad cristiana a los Corintios para poderse entregar plenamente al Señor.

 Claro está que, ni las palabras de Cristo, ni las de San Pablo relacionan expresamente continencia y sacerdocio; pero, ¿a quién mejor que al ministro sagrado se podían aplicar? Y si el ejemplo de Cristo atraía, ¿a quién mejor que a sus ministros, y por las mismas razones? Queremos decir: es cierto que el celibato no va unido necesariamente al sacerdocio, pero existe una exigencia teológica y espiritual en el sacerdocio que lleva irremisiblemente a una consagración tal, que sólo puede cumplirse de hecho en el estado célibe. Las epístolas paulinas (1 Tim. 3,2; 3,12; Tit. 1,6) nos descubren ya una tendencia hacia la continencia de los sacerdotes que, poco a poco, y como exigencia radical, va a conducir hasta la actual disciplina de la Iglesia.

 Las necesidades de la Iglesia primitiva llevaron, pues, a la ordenación de sujetos casados; pero muy pronto se les exigió la continencia. Las pruebas históricas de una praxis obligatoria las tenemos ya desde el siglo III; y precisamente al principio del siglo IV, en el Concilio español de Elvira (a. 305), un canon sanciona la continencia perfecta de los clérigos; y su transgresión lleva fuertes penitencias y la exclusión del Estado clerical. Los Papas, desde San Siricio (384-399), mantienen la ley, fomentando ya la praxis de la ordenación de jóvenes que se comprometen a la continencia.

 Así se llega a esa época oscura y triste “pre-gregoriana”, en que a la situación del celibato sigue la decadencia general de toda la Iglesia. Ese fue un periodo en el que se pudo pensar -como pasa hoy- que la situación de hecho era irreversible. Pero los grandes reformadores de la época gregoriana no lo juzgaron así. Con el resurgir de la Iglesia surgió, también, el celibato clerical con nuevo vigor, preparando aquel florecimiento de la Iglesia de los siglos XII y XIII. Entretanto, los Concilios de reforma, como el de Basilea, siguen manteniendo la ley del celibato. Con ello se llega a la época de la revolución protestante.

 Como reacción contra el protestantismo -que negaba el Sacramento del Orden y suprimía por lo tanto el celibato de sus “ministros”- y, sobre todo, como un fuerte motivo de verdadera reforma “in capite et in membris”, el Concilio Tridentino sanciona dos puntos: la reafirmación de la disciplina tradicional del celibato, y la fundación de los Seminarios para la educación de los candidatos al sacerdocio, que se han de consagrar a perpetua continencia. Con esta medida, la ordenación de sujetos casados desaparece totalmente, para dar lugar a jóvenes generaciones de sacerdotes que van a ser la gloria de la Iglesia. De este modo, es verdad, parece destacar el celibato más en relación con el matrimonio; pero nunca debe olvidarse que el elemento principal, en la historia de esta disciplina, no ha sido la exclusión del estado matrimonial sino la dedicación al sacerdocio como consagración de vida.

 Desde el Concilio de Trento hasta nuestros días, la ley del celibato ha sido, en diversas ocasiones, puesta a discusión; pero nunca en el interior de la Iglesia. Han sido siempre diferentes movimientos heréticos y cismáticos, sobre todo de carácter nacionalista, quienes han intentado en vano a hacerla desaparecer (…). La Santa Sede declaraba solemnemente que: “nunca llegaría a suceder que la Santa Sede Apostólica no solo aboliera, pero ni siquiera mitigase en nada esta ley santísima y muy saludable del celibato eclesiástico.

 ¿Cómo y por qué se ha podido llegar a esta situación actual de asombro, de peligro, de escándalo, de amenaza, para muchos casi fatídica, de esta tradición venerable de la Iglesia?

 Mariano de ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº172, 25-Abr-1970


lunes, 17 de noviembre de 2025

Lo sacro: escándalo desedificante

 Artículo de 1970 

 LO SACRO: ESCÁNDALO DESEDIFICANTE

 La desacralización -decíamos no ha mucho-, la estamos viviendo los católicos como un complejo paralizador de todas las actividades apostólicas ante una desvergonzada acometida del frente laico, como nunca hubieran pensado aquellos viejos liberales del siglo XIX. Hoy, sin lucha y también sin gloria, e -iba a decir- casi sin pena, la Ciudad Secular ha triunfado gratuitamente. Es a ésta a quien se conceden bonitamente los derechos de ciudadanía y una generosa declaración de mayoría de edad. Hoy, San Pablo no podría gritar, refiriéndose a la verdadera madurez “en Cristo”: “… pero cuando me hice varón”. Y, en nombre de un sacro respeto a la intocable laicidad de la Ciudad terrestre, se sacrifican todas las exigencias dinámicas de una Iglesia que es apostólica hasta el martirio. Y se sofocan los más fuertes clamores del Espíritu que clama con gemidos inenarrables.

 Un ejemplo. Hacía tiempo que habíamos oído hablar de un auténtico escándalo de sacralidad: la consagración pública y oficial realizada por el Jefe de Estado de una de las repúblicas hispánicas al Corazón de María, en el santuario más célebre nacional (*). Este -hoy “insólito y escandaloso” acontecimiento- nos habría parecido natural en 1942. Continuando el ejemplo de Pío XII, muchos Jefes de Estados católicos habían hecho lo mismo.

 Hoy, en 1969, el hecho aludido ha constituido un escándalo nada edificante para muchos clérigos de esa nación y aun para algunos obispos. De 1942 a 1969, qué es lo que ha cambiado para transformar la caracterología del mismo suceso? (**) ¿Han sido los fundamentos objetivos de la doctrina católica, o más bien ese complejo subjetivo de inferioridad y de pánico de tantos católicos pusilánimes? Creemos que esto último.

 En una importante revista quincenal de la nación aludida, de franca tendencia progresista, su director hace una fuerte crítica negativa a ese “insólito” acto oficial. Él habría dejado “los rastros de una amarga polémica y ciertas seguras críticas episcopales”. En efecto, el obispo de X declara que “el acto parece inoportuno y que corresponde al medievo, cuando todo el mundo era católico”. El obispo de Z es todavía más explícito, al decir que “se reserva como Jefe y Pastor de la Iglesia Católica de Z, la autoridad que le corresponde a él de convocar al pueblo de Dios a un acto religioso de consagración”.

 Pero el autor de la crítica a que aludimos quiere ir a la raíz, prescindiendo de lo anecdótico quiere probar -y hace muy bien-“la devoción por la teología”. ¿A quién compete -se pregunta- la iniciativa? Porque, según él, fue el Gobierno (argentino) quien la tomó. La Conferencia Episcopal toma conocimiento de la invitación, y confirma la asistencia de los obispos que tengan la posibilidad de hacerlo. Fórmula de libertad con la que se deja libre la asistencia individual. Pero -añade el crítico- hay una cuestión de fondo: la competencia, en la esfera de lo religioso, no pertenece al Gobierno. De otro modo se cae en el bizantinismo autócrata. Tanto más cuanto en repetidas ocasiones el Gobierno ha declarado querer respetar la esfera de lo sacro. Y, por su parte, el Episcopado ha tomado sus distancias ante todo compromiso político o administrativo; y ha elaborado un plan pastoral en el que no cabría convenientemente un tal acto.

 Aún más, sigue discurriendo el crítico, el acto en sí mismo ¿tiene algún sentido? porque el Presidente de la nación, como mero mandatario del pueblo, no es “dueño de lo que consagra”; no puede consagrarlo. Otra cosa sería que, partida la iniciativa de la Jerarquía, luego el Presidente fuera un mero “ejecutor”. Pero, y finalmente, aun entonces, ¿tendría sentido, no ya el acto mismo, sino lo que significa, una consagración? Admite -faltaría más-que el acto aludido entra en la línea de lo realizado por León XIII y Pío XII. Pero, añade, hoy estos dos actos no estarían ya libres de críticas teológicas, porque suponen una teoría de la jurisdicción pontificia ilimitada, “que hoy muy pocos se atreverían a sustentar”: por la presente situación ecuménica; por el respeto a la libertad religiosa; porque, en definitiva, la consagración radical ya consiste en el bautismo. Por lo demás -termina- “del acto del 30 de noviembre de 1969, Roma estuvo singularmente ausente. Ni siquiera se tuvo (como antes se estilaba) el beneficio de un telegrama papal. El Nuncio de Su Santidad no figura tampoco…Yo, que estaba en Roma en esos días, creo conocer las razones de esa ausencia”.

 La impresión que estas líneas ofrecen al lector es francamente penosa, en una nación de inmensa mayoría católica, hoy no se ha podido realizar un acto público solemne sin herir las susceptibilidades de unos y los falsos principios de otros. Tanto, al parecer, que Roma, siempre presente en todos los acontecimientos laicos del mundo de hoy, ha debido estar ausente. Pero ¿son válidas las razones aducidas por el articulista? Nos parece que no. El obispo de X puede pensar que el acto es “inoportuno”, pero su razón no es válida al decir que no estamos en el medioevo. El obispo de Z es, sí, el Pastor de su iglesia local; pero si una iniciativa religiosa parte de la autoridad civil, ¿no es él quien primero debe ayudarla y dirigirla?

 Como se ve, la cuestión de la iniciativa entra también en la acción pastoral, e importa menos que sea la autoridad civil quien la emprenda o no. No hay, en este caso, cuestión de bizantinismo autócrata, porque, al fin y al cabo, el Episcopado fue informado e invitado, y no obligado. Fueron luego los obispos “ausentes” quienes perdieron una gran ocasión de realizar una pastoral de altura, en lugar de elaborar tantos planes de apostolado abstractos en el vacío de la realidad católica, y con tantas cortapisas enfrente del ecumenismo, de la libertad religiosa y de unos principios teológicos discutibles, que toda acción nace muerta en su origen.

 Esas razones de tipo teológico que da el autor de la crítica a tal acto responden sólo a una situación subjetiva de su autor, y no a los grandes principios por los que el grande León XIII consagraba al género humano el Corazón de Cristo, y el no menos grande Pío XII lo hacía igualmente al Corazón de María. Es más: algún teólogo pensó que el Papa no podía consagrar a Rusia especialmente. Y precisamente poco tiempo después, en 1952, Pio XII en su encíclica “Sacro vergente Anno”, lo realizaba exactamente.

 No podemos juzgar las razones por las que Roma estuvo singularmente ausente de un tal acto. Y, puesto que el autor es tan decidido en afirmar que conoce el fondo de la cuestión, le dejamos con su responsabilidad: en ella parece existir una tacita aprobación de la actitud tomada por Roma… Nosotros la respetamos. Pero no podemos dejar de manifestar un sentimiento natural igual al sufrido por aquel gran pueblo que puede haberse sentido defraudado. Con ello, ciertamente, por lo menos de hecho, la fidelidad y el amor al Papa, ingénitos en aquella nación argentina no quedaron afianzados.

 Y de todo ello, una triste lección de historia: lo sacro en sus manifestaciones públicas comienza a ser algo “desedificante”, algo nocivo. Un cierto y vergonzante pudor de lo sacro, aquí y allí, comienza a invadir aún las sociedades más católicas. Y ante el espantajo del “medievalismo” o del “constantinismo”, algunos jerarcas de la Iglesia empiezan a turbarse…Pero las consecuencias serán totales, y no se detendrán en el camino, porque no se puede aceptar con las derechas lo que se rechaza con las izquierdas.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 170, 11-Abr-1970 

 

(*) Se refiere a que los obispos argentinos se opusieron ferozmente a consagrar su nación al Sagrado Corazón de María, decidida por el presidente Onganía, a finales de 1969.

(**) Entre ambas fechas estaba el Concilio Vaticano II (1962-65) que puso “del revés” la Iglesia. Increíble que el articulista no lo reconozca.

domingo, 26 de octubre de 2025

El abandono del obligatorio velo de la mujer en el templo

 El milenario y obligatorio velo de la mujer en las iglesias fue abandonado, con dejación de autoridad, tras el Vaticano II; coincidiendo con el abandono de la sotana por los clérigos 

 EL VELO DE LA MUJER EN EL TEMPLO

 Carta abierta al reverendo padre director de “El Mensajero del Corazón de Jesús"

 Respecto de la cuestión del velo de la mujer en el templo, cuya opinión leí en uno de sus números de la revista, me permito y tengo el honor de responder lo que sigue:

 El canon 1262 (*), a mi entender, no trata de consejo, sino de Ley. «Mulieres, capite coperto et modesto vestltae», sobre todo al recibir la Comunión.

 Dice «El Mensajero» que existe una «frase de San Pablo».... Yo creo que existen varias, tantas cuantas razones aduce el Apóstol para llegar a la persuasión de lo que prescribe. (l.ª Ad cor. 11, 2) «sicut tradidi vobis, praecepta mea». El griego traduce las tradiciones. Santo Tomás dice que este lugar sirve para confirmar el Dogma Católico de las Tradiciones de la Iglesia, aun aquellas que pertenecen a la Disciplina, de que aquí se trata. En la Constitución sobre la Divina Revelación número 8 del Concilio Vaticano II se lee «que los apóstoles, al transmitir lo que ellos mismos han recibido amonestan a los fieles a que custodien las Tradiciones que han aprendido de palabra o por escrito». Este es el exordio del Apóstol para decir lo que sigue: «Toda mujer que ora... con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza porque el velo es una señal de sujeción, propia de la mujer al varón, que es cabeza de la mujer, puesto que ella fue formada del varón y para el varón, siendo gloria de él

 Continúa el Apóstol: «Debe la mujer traer sobre la cabeza la divisa de la sujeción. Y también, por respeto a los ángeles. En Isaías 6, 2, se lee: «Alrededor del Solio (del Señor) estaban los serafines; cada uno de ellos tenía seis alas: con dos cubrían su rostro»... (En señal de adoración y respeto.) ¡Los ángeles cubiertos  sus rostros por respeto y adoración a su Divina Majestad! ¿Y las mujeres descubiertas su cabeza? Por eso dice el Apóstol: «por respeto a los ángeles». Los ángeles, modelos de adoración a Dios. ¡Que les imiten las mujeres en lo que es tan digno para ellas!

 Otros interpretan «propter angelos» aludiendo a los Sagrados Ministros que también son llamados ángeles por la pureza y santidad de su ministerio.

 Dicen algunos que no hay que dar tanta importancia a este asunto porque es cosa meramente disciplinar. Y hay que preguntarse: ¿Este precepto del Santo Apóstol no tendrá alguna relación con la moralidad específica de la mujer en la asamblea cristiana?¿Por qué el Código equipara a la modestia del vestido el cubrirse la cabeza? En efecto, esta idea la corrobora San Pablo cuando pregunta: «¿Decet...? ¿Es decente...? Esta palabra en boca del

Apóstol nos asombra. Porque la decencia o indecencia son conceptos que atañen directamente a la moralidad o inmoralidad de los actos.

 Es cosa sabida que la belleza femenina radica principalmente en el rostro y en el peinado. Dios, por medio de la naturaleza, enseña a la mujer a cubrir su belleza, para no dar ocasión de pecado, con el velo de su larga cabellera. Razón, pues, tiene San Pablo al hablar de la indecencia específica de la mujer en el Templo del Señor donde todo debe respirar modestia, recogimiento y oración. Razón tiene igualmente el canon 1262.

 No se encuentra en San Pablo otro texto más apremiante que éste para llevar la persuasión sin reservas, en lo que prescribe en esta materia al parecer, ¿sin importancia?

 Previendo todas las objeciones en el futuro, termina el Apóstol: «Si, no obstante nuestras razones, alguien se muestra terco, le diremos que nosotros (el pueblo hebreo, el pueblo de Dios) no tenemos esa costumbre. (Las buenas costumbres son el objeto de la moral.) Y continúa: «Ni la Iglesia de Dios.»

 Es de tener en cuenta que este asunto disciplinar es el de más larga tradición en el pueblo de Dios. Es muy significativo lo que le ocurrió al gran Patriarca Abraham, con el que Dios hizo su pacto de alianza (Génesis, 20). En el versículo 16 se lee que el Rey de Gerara dijo a Sara, esposa de Abraham: «Mira que he dado a tu esposo mil monedas de plata para que en cualquier lugar que vayas tengas siempre un velo sobre los ojos (en señal de casada) delante de todos aquellos con quienes te hallares...», lo que prueba, que es Tradición y Sagrada Escritura del Antiguo Testamento, así como también es palabra de Dios oral y escrita en el Testamento Nuevo. Otra prueba es que nuestra Santa Madre la Iglesia continúa la Tradición en el Velo nupcial.

 «Qui spernit modica, paulatim decidet», dice el Espíritu Santo (Eclesiástico, 19, 1). No despreciemos las cosas pequeñas para no caer en otras mayores. Y, en efecto, esas mujeres irreverentes son las primeras que salen de la Iglesia después de comulgar, sin tiempo de rezar ni breves Padrenuestros en acción de gracias, al paso que con su desenfado van abriéndose camino a otros géneros de inmodestia en la Casa del Señor.

 Por otra parte, no hay derecho a llevar el escándalo y la interior indignación a otras almas más comprensivas y respetuosas con el Señor. Muchas señoras nos muestran su desagrado ante tal provocación. Hoy más que nunca hace falta la unión. ¿Por qué se ha introducido en la Asamblea cristiana esa cuña de desunión? ¿Cómo se atreven—dicen las cristianas sensatas—a recibir al Señor, cubierto con los Velos Eucarísticos, ocultando su Divinidad y su Humanidad, por un acto de Humildad Infinita, ellas, descubierta su cabeza, en signo de vanidad y ostentación?

 Si de una palabra ociosa, Dios nos pedirá cuenta, imaginémonos la de miradas y pensamientos que pueden correr en la Asamblea Santa. (…)

 Suyo afectísimo en el Señor.

 ANTONIO MENCHERO, Pbro.


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967

 

(*) Antiguo Código de 1917