Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta Iglesia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Iglesia. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de diciembre de 2025

Subversión en los nombramientos episcopales del franquismo

 Artículo de 1967

 Los derechos de la Santa Sede y el peligro de los de la Iglesia española

 Carta abierta al Secretario sustituto de Estado de S. S. Pablo VI

 Rvdmo. Sr. D. Giovanni Benelli.

Arzobispo Sustituto de la Secretaria de Estado de su Santidad. ROMA


 Excelentísimo Monseñor:

Esta carta abierta, por su misma naturaleza tiene que ser grandemente respetuosa para con V. E. y lo que representa. Pero no hallamos otro medio de poder dirigirnos a V. E. con la eficacia que pretendemos que éste que nos brinda el semanario ¿QUÉ PASA?

 Somos otro grupo de curas rurales que venimos meditando día tras día los enormes peligros que acechan al gran tesoro de la unidad católica en España. Mas V. E. representa para nosotros la figura clave en esta coyuntura: joven, apasionado, celoso de los derechos de la Santa Sede, venido a España por una temporada, en días decisivos, para conocerla de cerca. Elevado con tanta rapidez al primer puesto en eficacia resolutoria de la Santa Sede, creemos que algo tenemos nosotros que decirle, los que no hemos tenido acceso directo a V. E. ni podemos tenerlo. Otras cuestiones trataremos en lo sucesivo, pero ahora, en nuestras horas de comentario y vigilia, saltan a nuestra preocupación dos cuestiones fundamentalísimas en las que V. E. tendrá intervención decisiva: la invitación a las dimisiones de los Prelados españoles que se acercan a la edad recomendada, y las provisiones de esas vacantes en las personas de sacerdotes pertenecientes a un determinado grupo bien enmarcado dentro del clero español.

 Nos atrevemos, con la mejor voluntad, a entrar en este tema de las dimisiones, porque los periodistas sacerdotes —nos suena mejor que sacerdotes periodistas— que controlan la gran prensa de Madrid, que es lo mismo que decir la de España, se han atrevido a hablar de que en la pasada conferencia, por una mayoría suficiente de votos, se aprobó la gestión vaticana en estas delicadas lides. Nos parece frase poco acertada la de «gestión vaticana». Tan «desacralizada», que nos lleva a meditarla en extremo para que V. E. conozca nuestros pensamientos. La «gestión vaticana» no cae, no puede caer, sobre la infalibilidad pontificia. Invitar, por no decir intimar, a un Obispo anciano en plenitud de sus facultades a dimitir su diócesis en el plazo de unas horas no puede ser cosa que

ataña a la infalibilidad. Esta “procedura”, como se dice en Italia, se debe a informaciones más o menos interesadas, por no decir tendenciosas, porque a posteriori —y preferimos callar nombres— se ha podido comprobar que ninguna de las dimisiones de Obispos españoles entrañaban urgencia alguna, ni por razones de. salud del cuerpo ni por razones de salud del alma. Indudablemente, fueron otros los criterios aplicados, que penetran con toda facilidad y claridad ante el sencillo clero y pueblo español.

 Cuidado con las dimisiones episcopales y con la forma de provocarlas; que está cundiendo, carísimo Monseñor, un desánimo ante posibles injusticias que no pueden imputarse a la persona sacratísima del Vicario de Cristo, pero si a su pobre y unilateral información. Que una vida entera consagrada a la Iglesia no puede liquidarse con un telegrama cifrado. Que, en definitiva, lo que a todos nos ha de salvar es la caridad. Y ésta tiene que penetrar hasta las más altas cúpulas. Como pensamos seguir escribiendo, no queremos alargarnos más ahora y vamos a advertir algo sobre las futuras provisiones.

 Continuando su campaña, los mencionados periodistas sacerdotes hablan de un grupo de Obispos jóvenes (léanse «ABC» y «Arriba» de los últimos días de noviembre) que van dando tono conciliar a la Conferencia Episcopal española. ¡Cuidado, Monseñor! Ha trascendido al pueblo sencillo, precisamente por la interesada campaña de este grupo de publicistas, que ya los nuevos Obispos incorporados a la Conferencia, de manera sistemática y como obedeciendo a una previa consigna, se oponen a los acuerdos de la mayoría. Así se nos han dado, con verdadero regocijo no disimulado en esta clase de prensa, el que han sido diecisiete los votos en contra del Estatuto de la Acción Católica, después de diez días de discusión, y se nos dice que diecisiete hombres, diecisiete diócesis, etc.

 Cuidado con escindir la Conferencia Episcopal Española, querido Monseñor. No estamos en tiempos de jugar con tanto riesgo. Y lo que no se atreven a decir en los periódicos, pero que dicen en pasillos y reuniones de apostolado: tenemos a Monseñor Benelli en Roma. Recuerdan aquello que dijo un dirigente de la Juventud Femenina de Acción Católica en la plaza Mayor de Salamanca el 15 de agosto de 1964: «Algo ha cambiado hoy en España, gracias a Monseñor Benelli.» Que no cambie demasiado, Monseñor. Y tan atrevidos y ligeros, que algunos enseñan la lista de los invitados a la consagración episcopal de V. E. en la Basílica Vaticana, de los invitados que asistieron y de los que asistieron sin ser invitados, como los futuros miembros del Episcopado Español. Miedo nos da nombrarlos nosotros, no es ese nuestro propósito, por si pronto vemos sus caras en la prensa diaria con la noticia de su promoción.

 Prudencia, Monseñor; España es diferente. Aún quedan cuadros, prudencia, cariño, obediencia, pero somos celtibéricos. Sería una lástima que, llevados de unilateralidad, y asombrados por las noticias de los audaces, las cosas cambiaran de signo de tal modo que nuestra unidad católica se terminara de resquebrajar. Y es claro que si inexorablemente se va escindiendo la Conferencia, esto se conseguirá en corto plazo. Volveremos otro día, Monseñor, y besamos su anillo.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 


sábado, 13 de diciembre de 2025

Carlismo y Religión

 Artículo de 1967

  CARLISMO Y RELIGION

 Don Javier de Borbón-Parma, el abanderado del carlismo desde el fallecimiento de Don Alfonso Carlos, en 1936, acaba de dar testimonio de lealtad a la Causa y de estar en posesión de la legitimidad.

 La legitimidad real hispánica la reciben nuestros reyes por cuatro conductos. Don Javier la recibió, por una parte, del expreso deseo de su tío Don Alfonso Carlos. Por otra parte, de la Historia y de las leyes dinásticas que forman la Historia adjetiva de la Causa. Por otra, del deseo del pueblo carlista, que así se viene manifestando desde hace muchos lustros y, por fin, del propio ejercicio de la permanente lealtad a la dicha Causa. Los tres primeros conductos de legitimidad, si no fueran acompañados por el último, de nada servirían. En cambio, la posesión del último por sí sólo arrastra tras de sí al pueblo carlista que revalida la legitimidad, y sería suficiente, en ausencia de los restantes.

 En la reciente concentración-romería que ha tenido lugar en el Santuario de Fátima, y al que han asistido varios millares de requetés, Don Javier ha recordado que «los requetés son los soldados de la fe», según los llamó repetidas veces Pío XII. Una muy nutrida representación numérica del pueblo carlista se unió a la familia Borbón-Parma, en una serie de actos de religiosidad profunda en medio «de un mundo en desarrollo y desconcierto», en el que el carlismo «permanece fiel» a Cristo.

 Los carlistas y sus requetés no son soldados de la libertad, de la democracia, del progreso y del desarrollo, sino que son «soldados de la Fe», y siendo soldados de la fe, lo demás se obtendrá por añadidura. Porque cuando los gobernantes tienen sincera y manifiesta fe en Cristo, conceden a sus pueblos la justa libertad, les reconocen las instituciones representativas adecuadas, que son muy superiores a la falsa democracia, y con esas instituciones, basadas en el Evangelio, se logra una paz y un progreso que no está en pugna con la Religión,

 El carlismo no tiene otra solución que ser confesionalmente católico. No surgió para defender a ningún rey, ni tampoco para defender las libertades de los municipios y regiones, ni tampoco para el engrandecimiento de la Patria, sino que como oró Don Javier, los requetés «se levantaron en defensa de la Fe». Donde hay Fe pública y privada, queda salvaguardada la familia y se impide la subversión.

 Nadie como el carlista defiende la Patria. En efecto, ninguna ideología ha dado tantos héroes y mártires en los últimos ciento cincuenta años. Haciendas y vidas, en holocausto de la Patria, ha dado el carlismo. Para los tradicionalistas, la Patria española es una nación que tiene un destino ecuménico, marcado por la Divina Providencia. Para el carlismo, la Patria es una fracción de la Cristiandad, con destino expansivo de su ansia de espiritualidad y de fidelidad a Roma. Por ese concepto de Patria es por el que los requetés de pasadas generaciones lucharon en vida y paz, y por esa misma Patria es por la que el carlismo está en vigía permanente.

 Nadie como el carlista defiende las libertades de las Regiones, de los Municipios y de las Familias y personas. Para el carlismo, la región, el municipio y la familia no son más que las piezas esenciales con las que se construye la Patria. Son «Patrias chicas» para una Patria grande. Cuanto más sólidas sean esas fracciones de la Patria, más segura estará la Patria en su unidad total. Las regiones, comarcas y municipios y familias engarzadas adecuadamente, son la garantía de la seguridad de la Patria. El separatismo, en cambio, si bien se fundamenta en la fortaleza de esas fracciones, las deja sin el imprescindible nexo tan fuerte como la propia fracción, y es entonces cuando se desmorona la unidad Patria, y hace inútil e inservible la fracción separada. El carlismo a esas libertades de las «Patrias chicas» las llama «fueros», y tales libertades no tan sólo tienen la mira de la seguridad y grandeza del edificio «Patria», sino que no cabe olvidar de que se fundamentan en la dignidad de la persona humana, según el catolicismo, y en la doctrina de la «subsidiaridad» tan propagada y defendida por los .Romanos Pontífices. Esas libertades contribuyen a que la cristianización de la sociedad, en sus diversas modalidades y niveles, sea una mayor realidad; hasta el punto de que si los «fueros» sirvieran de pretexto o causa para atentar a los derechos de la Religión, el carlismo sería el mayor enemigo de los fueros y libertades.

 Nadie como el carlista es tan monárquico, porque sabe y cree que sin esa institución de Rey, España caería en poder de la subversión y de las fuerzas del ateísmo, liberalismo, materialismo y laicismo. La experiencia histórica así nos lo enseña, y el carlista intuye la Historia y, además, no la olvida. El carlista no es monárquico, para defender la existencia de esa institución llamada «REY», sino porque siempre ha tenido rey que haya defendido la Causa carlista, y solamente con esa institución real, ve la posibilidad de que haya una continuidad histórica. Si la Monarquía, en un momento dado, no sirviera para garantizar el destino religioso de la Patria, el carlismo dejaría de ser monárquico.

 Resumiendo la doctrina carlista, diremos que la RELIGION ES EL FIN la PATRIA y los FUEROS SON LOS MEDIOS PARA EL INDICADO FIN, y el REY ES EL MEDIO PARA EL FIN PRIMORDIAL Y SUS INDICADOS MEDIOS, CONJUNTAMENTE

 De una defectuosa interpretación de esta doctrina o postura política, se puede llegar a la conclusión falsa de que el carlismo pretende que «la Iglesia sea carlista». La realidad es muy otra. Para el carlismo, la Iglesia debe ser apolítica totalmente, esto es, no debe mezclarse en las luchas de los hombres y sus grupos sobre la forma de realización del gobierno y régimen temporal. Este apoliticismo de la Iglesia que defiende el carlismo no entraña necesariamente la aconfesionalidad del carlismo. Parece extraño, pero así es. La Iglesia no tiene por qué ser carlista, pero el carlismo sí tiene que ser necesariamente católico.

 Lo explicaremos con un ejemplo. La Iglesia, verbigracia, no tiene por qué inmiscuirse en un debate sobre importaciones y exportaciones, entablado entre las Cámaras de Comercio y las Cámaras Agrícolas. La Iglesia no puede pronunciarse en favor ni en contra de unas u otras Cámaras, pero tales asociaciones para la doctrina carlista deben ser católicas, porque en sus Estatutos o Reglamentos nada debe pugnar con la doctrina de Cristo y, además, deben contribuir a que sus asociados actúen como buenos católicos, tanto privadamente como en vida colegiada. Este es el servicio del carlismo a la Iglesia, que se entrega al servicio de la Religión, sin pedir nada. Como es lógico, agradece y estima el que miembros de la Iglesia—no la Iglesia— se percaten de la doctrina que no tiene otras miras que el Reino Social de Cristo en la tierra. 

El carlismo busca y pretende que todas las actividades humanas estén saturadas de un auténtico sentido cristiano, que busque, al propio tiempo, que la religiosidad, una paz y un progreso que sirvan de concordia entre los hombres que forman la gran familia cristiana.

 *****

El desvío de esa doctrina, en cuanto tal apartamiento suponga una ideología contraria, debe considerarse como de una traición a la Causa. Cuando así sucede, hay falta de fidelidad a la doctrina que se recibió para guardar, defender y propagar.

 El carlismo debe custodiar, «cueste lo que cueste», el tesoro de la Tradición, según los que han formulado la doctrina carlista y los reyes que la han consolidado y promulgado, y que nosotros hemos resumido. En todo tiempo ha habido carlistas que han intentado modificar la Causa, pero hoy los hay más que nunca y con más poder informativo y expansivo del error y del desvío. Si quienes desvían la doctrina son los que están más obligados a defenderla inmaculada y ortodoxa, entonces surge una falta de fidelidad a la Causa, y a esta falta de fidelidad es a la que llamamos traición, que puede ser por ignorancia o por mala fe.

 Nosotros, «cueste lo que cueste», lucharemos por la fidelidad a la doctrina con todas nuestras energías, aun a trueque de recibir ingratitudes y persecuciones. No entra en el modo de ser carlista el parapetarse ante una dificultad o el huir por temor a las persecuciones.

 Con nuestra difícil y arriesgada postura, contribuiremos a la meta que Don Javier Borbón Parma ha señalado en Fátima, la de «que podamos entregar a las jóvenes generaciones que nos siguen, una Fe firme en Dios y un amor grande y filial a la Virgen.» Nosotros así esperamos que sea, a pesar de todos los obstáculos que se presentan, porque el carlismo, mientras siga fiel a su Causa —mientras no haya traición—no morirá, porque es inmortal. El pueblo carlista jamás traicionará la causa, porque sería traicionarse a sí mismo.

  Roberto G. BAYOD PALLARES


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967  

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

El “Novus Ordo Missae” (1969)

 Artículo de 1969

 EL NUEVO “ORDO MISSAE”

 Los fieles preguntan sobre el futuro de la Santa Misa. Ha empezado la nueva liturgia en varias iglesias, por vía de ensayo, y la impresión general no es agradable, es extraña. Es posible que, después de algún tiempo, se acostumbren los fieles y se les haga familiar el nuevo rito. Pero no se trata de costumbres, de gustos, de impresiones. Se trata de dar expresión al dogma.

 Liturgia no es otra cosa que la manifestación sensible del contenido revelado. Tiene la liturgia razón de signo y concreta una relación de orden entre la cosa sensible, persona, objeto, acción y la cosa espiritual. Sacrificio y Sacramentos son signos simbólicos, realidades estupendas, “signos eficaces” de la vida divina. Los Apóstoles, antes de dispersarse, formaron su Símbolo; era un catálogo de verdades, pero era, al propio tiempo, un signo sensible de la fe profesada, lo que diríamos hoy “santo y seña” del cristianismo; para reconocerse, exigíanse mutuamente el símbolo: “da signum, da symbolum”. Es de admirar el esfuerzo del cristianismo en sensibilizar la profunda ideología de nuestra Religión.

 Cuando la fe ha sido vivida profundamente, la manifestación simbólica ha sido espléndida. Los siglos de cultura teológica vieron también el florecimiento más asombroso del simbolismo artístico; el genio cristiano había encerrado en él todo el tesoro de la verdad histórica, dogmática y moral, la Biblia y la hagiografía. El rito litúrgico, con sus signos y símbolos, ha templado las austeras lecciones de filosofía y teología cristiana, ha intervenido “en la enseñanza de los humildes, es el punto de unión donde el pensamiento de Dios llega al alma humana por un intermediario material”. El Sínodo de Arrás (1025) había dicho: “Lo que los literatos no pueden comprender por la escritura, se les debe enseñar por la pintura”.

 Cuando me preguntan mi opinión sobre el “Novus Ordo”,“a priori” puedo afirmar que dejará mucho que desear. Y la razón consiste, o radica, en el “vacuum” religioso de nuestros días, que nos hace sufrir al ver el desenfreno ideológico lanzado a la apostasía y al materialismo dialéctico. La verdad revelada tiene que expresarla el cristiano, el católico, con gestos, palabras, símbolos, acciones. Pero si la vaciedad es general, si la Iglesia está enferma, si el dolorido grito de Su Santidad nos habla de falta de oración, de desacralización, de deserciones sacerdotales sin cuento; si una corriente en la Iglesia, a nivel episcopal, se entrega en manos de sociólogos laicos, para los que “la gracia sobrenatural y la presencia vivificante de esa gracia son, si acaso, bellas palabras de un diccionario fantasmal, pero no realidades de luz, sangre y verdad”; si los sacerdotes, aunque en minoría, se avergüenzan de serlo y están en puestos claves, sin excluir altas esferas vaticanas, ¿qué lenguaje será el que traduzca sensiblemente, en el rito, el gran Sacrificio Eucarístico?

 Si se masca la falta de “impetus sacer” en los silencios responsables de Jerarquías indiferentes a las herejías y apostasías; si los cristianos sencillos y, sobre todo, católicos intelectuales se están quedando sin el pan de la doctrina y de la “realidad de Cristo”(Muñoz Alonso), ¿no seríamos muy optimistas si quisiéramos voltear campanas ante la nueva liturgia que empezará en noviembre (1969)? La Iglesia está enferma y, con ella, nosotros. ¿No se reflejará la anemia religiosa en el “Novus Ordo”? Mucho me temo que sí.

 No es extraño que miles y miles de sacerdotes se hayan dirigido al Santo Padre pidiéndole se conserve el rito y liturgia de San Pío V, junto a las nuevas rúbricas de la Santa Misa. El nerviosismo es general hasta el punto de que muchos prelados nos aconsejen “no temer” que el Santo Padre intervendrá e interviene constantemente en los problemas que se plantean en el Sínodo Romano”, etc., etc. Nosotros es lo que queremos de corazón: QUE INTERVENGA CON ENERGÍA TANTO EN LO LITÚRGICO COMO EN LO DOCTRINAL, ANTES DE QUE SEA TARDE.

 No podemos ni debemos criticar el “Novus Ordo” en plan negativo, sino constructivo. Consideramos muy constructivo el mantener la Misa de Pío V, aunque nos sujetamos a lo que diga el mejor criterio de nuestro Santo Padre. Nuestra petición se fundamenta doctrinalmente en los puntos siguientes, entre muchísimos otros que se podrían aducir:

 1º- El Culto Eucarístico es el núcleo central de todas las acciones de la Iglesia, es lenguaje de un contenido infinito, el canal por el que lo divino va configurando nuestra alma, en un proceso santificador constante.

 2º- En épocas de crisis doctrinal, como la presente, se precisa utilizar todos los resortes psíquicos, tanto de la inteligencia como de la voluntad, para conectar con las fuentes reveladas, que nos dan una visión clara de los Principios y Criterios Teológicos Sacerdotales, y fortalecen la voluntad con la virtud sobrenatural que nos proyecta a Cristo. Si claudica el pensamiento, le sostiene la voluntad; si la sensibilidad se extravía, la encauzan, con su luz y su fuerza, la inteligencia y voluntad. Todo el poder de nuestro espíritu debe ponerse en vilo para contener la irrupción del mal por el punto más endeble.

 3º- La Liturgia de la Santa Misa del Papa San Pío V ha educado a generaciones y ha engendrado hábitos para el ejercicio de las virtudes, indispensables siempre pero, sobre todo, en tiempos de claudicación general.

 He leído el “Novus Ordo” y noto que el concepto de UNIDAD ha desbordado el campo litúrgico hasta el extremo de que un “hermano” de Taizé, Max Thurian, haya afirmado que con el “Novus Ordo”, los no católicos podrán celebrar la Eucaristía con las mismas oraciones que los católicos. Pero lo primero no es la unidad, sino la doctrina. Por mantener la unidad no se puede claudicar ni ceder en lo doctrinal, aunque sea en parte y no del todo esencial, pero se le acerque. No es el camino para atraer a los “hermanos separados”. Cuando la reforma protestante repudiaba el dogma de la Real Presencia de Cristo en la Eucaristía, mataba, por este hecho, el simbolismo católico; porque si el templo no es la casa de Jesús, podrá ser un museo de curiosidades artísticas en donde estará ausente la verdad y la vida.

 El Concilio de Trento opuso toda la fuerza de la Tradición y todo el empuje de su autoridad al frío protestantismo que intentó hacer tabla rasa al simbolismo litúrgico eucarístico. Con otras palabras: en la confección del “Novus Ordo” ¿no se ha tenido demasiado en cuenta el complacer a los protestantes? Nos pone en guardia la apreciación del “hermano” de Taizé.

 Para que el “Novus Ordo Missae” produzca los efectos espirituales que deseamos, tendremos que partir de principios muy firmes y sobrenaturales de los que hablaremos en otra ocasión.

 Fr. Miguel Oltra, O.F.M.


Revista FUERZA NUEVA, nº 143, 4-Oct-1969 


viernes, 5 de diciembre de 2025

Celibato sacerdotal (2)

 

 CELIBATO SACERDOTAL: TODA UNA ESPIRITUALIDAD

 En los años que inmediatamente proceden al Concilio Vaticano II, había ya comenzado una campaña para abolir el celibato sacerdotal, en ciertos ambientes eclesiásticos. En las proximidades del Concilio, esa campaña se acentúa en forma de cartas abiertas patéticas dirigidas a Juan XXIII. Este Papa, repetidas veces, y no obstante el dolor que le causaban, reafirma su propósito de que el Concilio nada cambiaría en este punto.

 Sin embargo, ya en el Concilio, algo empieza a moverse. Se abre la discusión en torno a la institución del Diaconado permanente; y se introduce la cuestión de si debe ir unida al celibato. Y las opiniones se dividen. Hay quien piensa que esa sería la brecha por donde se introduciría el enemigo. En efecto, cuando se llega a la discusión del esquema sobre la formación del clero (octubre, 1965), una carta de Pablo VI al cardenal Tisserant, leída en el Concilio, conjura un evidente peligro: que se ponga a discusión un punto indiscutible. Por ello, el Papa corta toda posibilidad y avoca a sí aquel punto delicado. El Concilio sólo llega a admitir la posibilidad de ordenación de diáconos, en especiales circunstancias, de sujetos casados, excluyendo toda posibilidad de sacerdotes casados. Los Decretos sobre los Presbíteros y la formación del Clero reafirman vigorosamente la doctrina tradicional.

 Algo, sin embargo, de extraño y de malsano flotaba en el ambiente: con los decretos conciliares se había cerrado el paso a tantas ilusorias esperanzas… Estas, con todo, renacían en virtud de no sé qué extraños propósitos: la praxis de concesiones y dispensas se había hecho extremadamente laxa. Y esto, lejos de favorecer lo establecido por el Concilio, parecía hacer tabla rasa de su misma letra. Con ello viene un período en que las defecciones aumentan de un modo alarmante. Y no hay que decir que una terrible iniciativa parece tomar la delantera: los hechos consumados obligarían a Roma a revisar sus rigurosas posiciones. Pablo VI cree ya necesario poner término a tantas especulaciones y promulga su encíclica “Sacerdotalis celibatus” del 24 de junio de 1967. Vale la pena que nos demos cuenta exacta de sus líneas fundamentales en su primera parte, ya que la segunda va dirigida a la formación del joven clero.

 No obstante la transformación cultural y técnica de nuestro tiempo -comienza diciendo la encíclica- la Iglesia sigue estimando como nunca el celibato. Y esto, por más que algunos se inclinen o -por hablar con más verdad-, “expresen una decidida voluntad de que la Iglesia revise esta disciplina, que les parece difícil y hasta imposible en nuestros días” (n.1). Esto perturba la conciencia católica, y nos obliga -dice el Papa- a llevar a efecto lo que prometimos al Concilio y que fue ya sancionado por él: confirmar el celibato. Hemos reflexionado mucho sobre las razones que muchos estudios modernos proponen para revisar esta disciplina (n.4). Por ejemplo: que Cristo propone un celibato libre y elige para apóstoles a hombres casados. Que las razones que urgían a la Iglesia primitiva hoy no urgen. ¿Por qué no distinguir, por lo demás, entre quienes aspiran a sólo el sacerdocio y los que, además, quieren permanecer célibes? (n.7). No hay por qué temer -se añade- que al matrimonio de los sacerdotes se sigan mayores males, ya que también pueden dar ejemplo de familias modelo. Pero, en fin -se acentúa- ¿no se trata de algo contrario a la naturaleza que viene a disminuir el valor de la persona? (n.10). Los jóvenes seminaristas, una vez metidos en el sistema colegial de pedagogía impersonal, aceptan la ley del celibato sin saber lo que hacen (n.11).

 Estas y otras dificultades oponen quienes no acaban de comprender -añade el Papa- el “don de Dios”. Pero a ellas oponemos, ante todo, los innumerables ejemplos -hechos vivientes- de los santos, siempre válidos; y, también hay que decirlo, la inmensa mayoría de los sacerdotes que hoy guardan sus sagrados compromisos. Creemos pues -concluye el Papa- que hay que mantener la unión entre sacerdocio y celibato para honra de aquel; aunque a algunos les sea concedido el segundo sin el primero, la Iglesia sigue pensando que el primero debe seguir sustentando al segundo. Hecha esta introducción, he aquí ahora las ideas maestras de la primera parte.

 Es cierto que no es la misma naturaleza del sacerdocio la que exige el celibato; pero la Iglesia, bajo el Espíritu de Dios, ha juzgado que es sumamente conveniente, y quiere mantener la unión. Las conveniencias son múltiples y han sido siempre vistas por toda la tradición cristiana; hoy, con todo, se nos aparecen con nueva luz (n.18). Por lo demás, el sacerdocio es un misterio que debe ser contemplado desde la fe; sin que por ello, claro está, tenga que sufrir el valor auténtico del matrimonio. Porque está el ejemplo de Cristo, quien une en sí eminentemente la virginidad y el sacerdocio para entregarse sacerdotalmente a los hombres; están sus llamadas evangélicas. Esto ha llevado a sus ministros a una dedicación tal a su seguimiento que excluía las solicitudes naturales del matrimonio (n.23). De este modo, el celibato aparecía sobre todo como “signo y estímulo de la caridad hacia Cristo y hacia los hermanos”. El sacerdote se muestra así entregado a Cristo y a las cosas santas; y no la carne y a la sangre; y goza de la libertad interior y exterior para entregarse plenamente a su ministerio espiritual y a la oración (n. 27 y 28). De este modo su ministerio es eficaz; cumple la difícil ascesis del sacrificio, y da el testimonio del Reino por venir en la resurrección.

 Toda esta doctrina, vivida siempre en la tradición, ha sido mantenida -añade el Papa- por nuestros inmediatos antecesores; por los Concilios, tanto en Oriente como en Occidente; este estado, pues, de cosas, actual, no significa en modo alguno que la Iglesia quiera hoy cambiar lo que admitió siempre. Lo acaba de proclamar solemnemente el Vaticano II; y son precisamente nuestros días los que más necesitan de esta santa disciplina (n.46). Hasta no importaría que descendiera el número de los sacerdotes por ello –lo que por otra parte no es cierto- el Señor mandaría operarios a su viña; y la Iglesia no abandonaría su misión.

 Pero los mismos hechos nos dicen que no es la supresión del celibato el camino verdadero para poner remedio a la falta de sacerdotes (n.49). Ni por ello la Iglesia va a entregarse menos al mundo. Todo lo contrario. La Iglesia sabe que el joven sólo se entrega a los grandes ideales; sabiendo que es la gracia de Cristo la que le sostiene. Debe, sí, conocer las dificultades y saber superarlas; pero es inicuo afirmar que el celibato va contra la naturaleza y que minusvalora al sacerdote, cuando es el mismo Cristo, el hombre perfecto, quien invita a ello; cuando es esa santa institución la que ha obtenido los mayores bienes para la humanidad. El mismo sacerdote, dominando sus apetitos naturales, no los desprecia, sino que los ordena haciéndose superior a sí mismo; y si pospone un bien tan grande como es el matrimonio, esto lo hace solamente para adherirse a un Bien mayor que todos los demás bienes (n.56). Es cierto, sí, que todos estamos obligados a dar testimonio; pero el sacerdote, con su celibato consagrado, da el supremo. No negamos que el sacerdote parece encerrarse en una cierta soledad; pero es él quien debe poblarla con la presencia y amistad de Cristo; y por su entrega al ministerio es él quien debe encontrar en Cristo el amigo de todas las horas, de alegría y de tristeza (n.59).

 He ahí este nuevo y magnífico documento, bien actual, bien meditado, bien cargado de toda la sabiduría sobrenatural de que sólo es portadora la Iglesia. ¿Cómo -volvemos a preguntarnos- ha podido suceder que este documento venerable haya sido tan mal recibido por elementos destacados en ciertas regiones de la Iglesia…?

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 173 ,2-May-1970

 

martes, 25 de noviembre de 2025

Celibato sacerdotal (1)

 

 Celibato sacerdotal: toda una tradición 

 El problema del celibato sacerdotal es hoy una cuestión viva y seguirá siéndolo todavía por mucho tiempo. Se ha dicho ya que esta cuestión se ha convertido morbosamente en el best-seller de la publicidad, no tanto por las circunstancias humanas y hasta dramáticas en que nuestro tiempo ambienta artificialmente todo lo que puede referirse al sexo; cuanto, sobre todo, porque afecta a un grupo sociológico hoy ascendido a la cumbre de la notoriedad y, contradictoriamente, descendido a los más bajos niveles del menosprecio. Si el tema del sacerdocio es hoy noticia, el tema del celibato se ha vuelto “codicia” de morbosas y curiosas informaciones. En una serie de breves y claras colaboraciones nos proponemos presentar el problema desde sus varias vertientes históricas y teológicas. Sólo al final podríamos darnos cuenta en la naturaleza de este grave asunto eclesial, sin dejarnos llevar de sensacionalismos vocingleros.

 El celibato sacerdotal es un estado al que, por motivos superiores, se obligan libremente quienes desean recibir las órdenes sagradas. Implica, en primer lugar, la continencia perfecta; y solo después, como una consecuencia, la exclusión del matrimonio. No es, por tanto, lo primero, el poderse o no casar, o el estar o no ya casado. El elemento principal que siempre ha distinguido al celibato sacerdotal ha sido aquella consagración por la que el sacerdote se entrega a Cristo por amor suyo, aceptando la continencia perfecta como estado de vida.

 Cuando Cristo ordena sacerdotes a sus apóstoles, muchos de éstos eran casados:¿quién nos asegura que ya desde entonces no guardaron continencia perfecta o por lo menos no empezaron a sentir las exigencias de una consagración que les conducía a esa elevada cima? Porque, aun al modo suyo, insinuativo y libre, las palabras y sobre todo el ejemplo de Cristo, marcaban una orientación bien clara: habría unos eunucos por amor del reino de los cielos; y San Pablo, por su parte, acentuaba el clima de tensión consecratoria, cuando manifestaba el deseo de que todos fueran como él; y proponiendo la doctrina de la virginidad cristiana a los Corintios para poderse entregar plenamente al Señor.

 Claro está que, ni las palabras de Cristo, ni las de San Pablo relacionan expresamente continencia y sacerdocio; pero, ¿a quién mejor que al ministro sagrado se podían aplicar? Y si el ejemplo de Cristo atraía, ¿a quién mejor que a sus ministros, y por las mismas razones? Queremos decir: es cierto que el celibato no va unido necesariamente al sacerdocio, pero existe una exigencia teológica y espiritual en el sacerdocio que lleva irremisiblemente a una consagración tal, que sólo puede cumplirse de hecho en el estado célibe. Las epístolas paulinas (1 Tim. 3,2; 3,12; Tit. 1,6) nos descubren ya una tendencia hacia la continencia de los sacerdotes que, poco a poco, y como exigencia radical, va a conducir hasta la actual disciplina de la Iglesia.

 Las necesidades de la Iglesia primitiva llevaron, pues, a la ordenación de sujetos casados; pero muy pronto se les exigió la continencia. Las pruebas históricas de una praxis obligatoria las tenemos ya desde el siglo III; y precisamente al principio del siglo IV, en el Concilio español de Elvira (a. 305), un canon sanciona la continencia perfecta de los clérigos; y su transgresión lleva fuertes penitencias y la exclusión del Estado clerical. Los Papas, desde San Siricio (384-399), mantienen la ley, fomentando ya la praxis de la ordenación de jóvenes que se comprometen a la continencia.

 Así se llega a esa época oscura y triste “pre-gregoriana”, en que a la situación del celibato sigue la decadencia general de toda la Iglesia. Ese fue un periodo en el que se pudo pensar -como pasa hoy- que la situación de hecho era irreversible. Pero los grandes reformadores de la época gregoriana no lo juzgaron así. Con el resurgir de la Iglesia surgió, también, el celibato clerical con nuevo vigor, preparando aquel florecimiento de la Iglesia de los siglos XII y XIII. Entretanto, los Concilios de reforma, como el de Basilea, siguen manteniendo la ley del celibato. Con ello se llega a la época de la revolución protestante.

 Como reacción contra el protestantismo -que negaba el Sacramento del Orden y suprimía por lo tanto el celibato de sus “ministros”- y, sobre todo, como un fuerte motivo de verdadera reforma “in capite et in membris”, el Concilio Tridentino sanciona dos puntos: la reafirmación de la disciplina tradicional del celibato, y la fundación de los Seminarios para la educación de los candidatos al sacerdocio, que se han de consagrar a perpetua continencia. Con esta medida, la ordenación de sujetos casados desaparece totalmente, para dar lugar a jóvenes generaciones de sacerdotes que van a ser la gloria de la Iglesia. De este modo, es verdad, parece destacar el celibato más en relación con el matrimonio; pero nunca debe olvidarse que el elemento principal, en la historia de esta disciplina, no ha sido la exclusión del estado matrimonial sino la dedicación al sacerdocio como consagración de vida.

 Desde el Concilio de Trento hasta nuestros días, la ley del celibato ha sido, en diversas ocasiones, puesta a discusión; pero nunca en el interior de la Iglesia. Han sido siempre diferentes movimientos heréticos y cismáticos, sobre todo de carácter nacionalista, quienes han intentado en vano a hacerla desaparecer (…). La Santa Sede declaraba solemnemente que: “nunca llegaría a suceder que la Santa Sede Apostólica no solo aboliera, pero ni siquiera mitigase en nada esta ley santísima y muy saludable del celibato eclesiástico.

 ¿Cómo y por qué se ha podido llegar a esta situación actual de asombro, de peligro, de escándalo, de amenaza, para muchos casi fatídica, de esta tradición venerable de la Iglesia?

 Mariano de ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº172, 25-Abr-1970


lunes, 17 de noviembre de 2025

Lo sacro: escándalo desedificante

 Artículo de 1970 

 LO SACRO: ESCÁNDALO DESEDIFICANTE

 La desacralización -decíamos no ha mucho-, la estamos viviendo los católicos como un complejo paralizador de todas las actividades apostólicas ante una desvergonzada acometida del frente laico, como nunca hubieran pensado aquellos viejos liberales del siglo XIX. Hoy, sin lucha y también sin gloria, e -iba a decir- casi sin pena, la Ciudad Secular ha triunfado gratuitamente. Es a ésta a quien se conceden bonitamente los derechos de ciudadanía y una generosa declaración de mayoría de edad. Hoy, San Pablo no podría gritar, refiriéndose a la verdadera madurez “en Cristo”: “… pero cuando me hice varón”. Y, en nombre de un sacro respeto a la intocable laicidad de la Ciudad terrestre, se sacrifican todas las exigencias dinámicas de una Iglesia que es apostólica hasta el martirio. Y se sofocan los más fuertes clamores del Espíritu que clama con gemidos inenarrables.

 Un ejemplo. Hacía tiempo que habíamos oído hablar de un auténtico escándalo de sacralidad: la consagración pública y oficial realizada por el Jefe de Estado de una de las repúblicas hispánicas al Corazón de María, en el santuario más célebre nacional (*). Este -hoy “insólito y escandaloso” acontecimiento- nos habría parecido natural en 1942. Continuando el ejemplo de Pío XII, muchos Jefes de Estados católicos habían hecho lo mismo.

 Hoy, en 1969, el hecho aludido ha constituido un escándalo nada edificante para muchos clérigos de esa nación y aun para algunos obispos. De 1942 a 1969, qué es lo que ha cambiado para transformar la caracterología del mismo suceso? (**) ¿Han sido los fundamentos objetivos de la doctrina católica, o más bien ese complejo subjetivo de inferioridad y de pánico de tantos católicos pusilánimes? Creemos que esto último.

 En una importante revista quincenal de la nación aludida, de franca tendencia progresista, su director hace una fuerte crítica negativa a ese “insólito” acto oficial. Él habría dejado “los rastros de una amarga polémica y ciertas seguras críticas episcopales”. En efecto, el obispo de X declara que “el acto parece inoportuno y que corresponde al medievo, cuando todo el mundo era católico”. El obispo de Z es todavía más explícito, al decir que “se reserva como Jefe y Pastor de la Iglesia Católica de Z, la autoridad que le corresponde a él de convocar al pueblo de Dios a un acto religioso de consagración”.

 Pero el autor de la crítica a que aludimos quiere ir a la raíz, prescindiendo de lo anecdótico quiere probar -y hace muy bien-“la devoción por la teología”. ¿A quién compete -se pregunta- la iniciativa? Porque, según él, fue el Gobierno (argentino) quien la tomó. La Conferencia Episcopal toma conocimiento de la invitación, y confirma la asistencia de los obispos que tengan la posibilidad de hacerlo. Fórmula de libertad con la que se deja libre la asistencia individual. Pero -añade el crítico- hay una cuestión de fondo: la competencia, en la esfera de lo religioso, no pertenece al Gobierno. De otro modo se cae en el bizantinismo autócrata. Tanto más cuanto en repetidas ocasiones el Gobierno ha declarado querer respetar la esfera de lo sacro. Y, por su parte, el Episcopado ha tomado sus distancias ante todo compromiso político o administrativo; y ha elaborado un plan pastoral en el que no cabría convenientemente un tal acto.

 Aún más, sigue discurriendo el crítico, el acto en sí mismo ¿tiene algún sentido? porque el Presidente de la nación, como mero mandatario del pueblo, no es “dueño de lo que consagra”; no puede consagrarlo. Otra cosa sería que, partida la iniciativa de la Jerarquía, luego el Presidente fuera un mero “ejecutor”. Pero, y finalmente, aun entonces, ¿tendría sentido, no ya el acto mismo, sino lo que significa, una consagración? Admite -faltaría más-que el acto aludido entra en la línea de lo realizado por León XIII y Pío XII. Pero, añade, hoy estos dos actos no estarían ya libres de críticas teológicas, porque suponen una teoría de la jurisdicción pontificia ilimitada, “que hoy muy pocos se atreverían a sustentar”: por la presente situación ecuménica; por el respeto a la libertad religiosa; porque, en definitiva, la consagración radical ya consiste en el bautismo. Por lo demás -termina- “del acto del 30 de noviembre de 1969, Roma estuvo singularmente ausente. Ni siquiera se tuvo (como antes se estilaba) el beneficio de un telegrama papal. El Nuncio de Su Santidad no figura tampoco…Yo, que estaba en Roma en esos días, creo conocer las razones de esa ausencia”.

 La impresión que estas líneas ofrecen al lector es francamente penosa, en una nación de inmensa mayoría católica, hoy no se ha podido realizar un acto público solemne sin herir las susceptibilidades de unos y los falsos principios de otros. Tanto, al parecer, que Roma, siempre presente en todos los acontecimientos laicos del mundo de hoy, ha debido estar ausente. Pero ¿son válidas las razones aducidas por el articulista? Nos parece que no. El obispo de X puede pensar que el acto es “inoportuno”, pero su razón no es válida al decir que no estamos en el medioevo. El obispo de Z es, sí, el Pastor de su iglesia local; pero si una iniciativa religiosa parte de la autoridad civil, ¿no es él quien primero debe ayudarla y dirigirla?

 Como se ve, la cuestión de la iniciativa entra también en la acción pastoral, e importa menos que sea la autoridad civil quien la emprenda o no. No hay, en este caso, cuestión de bizantinismo autócrata, porque, al fin y al cabo, el Episcopado fue informado e invitado, y no obligado. Fueron luego los obispos “ausentes” quienes perdieron una gran ocasión de realizar una pastoral de altura, en lugar de elaborar tantos planes de apostolado abstractos en el vacío de la realidad católica, y con tantas cortapisas enfrente del ecumenismo, de la libertad religiosa y de unos principios teológicos discutibles, que toda acción nace muerta en su origen.

 Esas razones de tipo teológico que da el autor de la crítica a tal acto responden sólo a una situación subjetiva de su autor, y no a los grandes principios por los que el grande León XIII consagraba al género humano el Corazón de Cristo, y el no menos grande Pío XII lo hacía igualmente al Corazón de María. Es más: algún teólogo pensó que el Papa no podía consagrar a Rusia especialmente. Y precisamente poco tiempo después, en 1952, Pio XII en su encíclica “Sacro vergente Anno”, lo realizaba exactamente.

 No podemos juzgar las razones por las que Roma estuvo singularmente ausente de un tal acto. Y, puesto que el autor es tan decidido en afirmar que conoce el fondo de la cuestión, le dejamos con su responsabilidad: en ella parece existir una tacita aprobación de la actitud tomada por Roma… Nosotros la respetamos. Pero no podemos dejar de manifestar un sentimiento natural igual al sufrido por aquel gran pueblo que puede haberse sentido defraudado. Con ello, ciertamente, por lo menos de hecho, la fidelidad y el amor al Papa, ingénitos en aquella nación argentina no quedaron afianzados.

 Y de todo ello, una triste lección de historia: lo sacro en sus manifestaciones públicas comienza a ser algo “desedificante”, algo nocivo. Un cierto y vergonzante pudor de lo sacro, aquí y allí, comienza a invadir aún las sociedades más católicas. Y ante el espantajo del “medievalismo” o del “constantinismo”, algunos jerarcas de la Iglesia empiezan a turbarse…Pero las consecuencias serán totales, y no se detendrán en el camino, porque no se puede aceptar con las derechas lo que se rechaza con las izquierdas.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 170, 11-Abr-1970 

 

(*) Se refiere a que los obispos argentinos se opusieron ferozmente a consagrar su nación al Sagrado Corazón de María, decidida por el presidente Onganía, a finales de 1969.

(**) Entre ambas fechas estaba el Concilio Vaticano II (1962-65) que puso “del revés” la Iglesia. Increíble que el articulista no lo reconozca.

domingo, 26 de octubre de 2025

El abandono del obligatorio velo de la mujer en el templo

 El milenario y obligatorio velo de la mujer en las iglesias fue abandonado, con dejación de autoridad, tras el Vaticano II; coincidiendo con el abandono de la sotana por los clérigos 

 EL VELO DE LA MUJER EN EL TEMPLO

 Carta abierta al reverendo padre director de “El Mensajero del Corazón de Jesús"

 Respecto de la cuestión del velo de la mujer en el templo, cuya opinión leí en uno de sus números de la revista, me permito y tengo el honor de responder lo que sigue:

 El canon 1262 (*), a mi entender, no trata de consejo, sino de Ley. «Mulieres, capite coperto et modesto vestltae», sobre todo al recibir la Comunión.

 Dice «El Mensajero» que existe una «frase de San Pablo».... Yo creo que existen varias, tantas cuantas razones aduce el Apóstol para llegar a la persuasión de lo que prescribe. (l.ª Ad cor. 11, 2) «sicut tradidi vobis, praecepta mea». El griego traduce las tradiciones. Santo Tomás dice que este lugar sirve para confirmar el Dogma Católico de las Tradiciones de la Iglesia, aun aquellas que pertenecen a la Disciplina, de que aquí se trata. En la Constitución sobre la Divina Revelación número 8 del Concilio Vaticano II se lee «que los apóstoles, al transmitir lo que ellos mismos han recibido amonestan a los fieles a que custodien las Tradiciones que han aprendido de palabra o por escrito». Este es el exordio del Apóstol para decir lo que sigue: «Toda mujer que ora... con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza porque el velo es una señal de sujeción, propia de la mujer al varón, que es cabeza de la mujer, puesto que ella fue formada del varón y para el varón, siendo gloria de él

 Continúa el Apóstol: «Debe la mujer traer sobre la cabeza la divisa de la sujeción. Y también, por respeto a los ángeles. En Isaías 6, 2, se lee: «Alrededor del Solio (del Señor) estaban los serafines; cada uno de ellos tenía seis alas: con dos cubrían su rostro»... (En señal de adoración y respeto.) ¡Los ángeles cubiertos  sus rostros por respeto y adoración a su Divina Majestad! ¿Y las mujeres descubiertas su cabeza? Por eso dice el Apóstol: «por respeto a los ángeles». Los ángeles, modelos de adoración a Dios. ¡Que les imiten las mujeres en lo que es tan digno para ellas!

 Otros interpretan «propter angelos» aludiendo a los Sagrados Ministros que también son llamados ángeles por la pureza y santidad de su ministerio.

 Dicen algunos que no hay que dar tanta importancia a este asunto porque es cosa meramente disciplinar. Y hay que preguntarse: ¿Este precepto del Santo Apóstol no tendrá alguna relación con la moralidad específica de la mujer en la asamblea cristiana?¿Por qué el Código equipara a la modestia del vestido el cubrirse la cabeza? En efecto, esta idea la corrobora San Pablo cuando pregunta: «¿Decet...? ¿Es decente...? Esta palabra en boca del

Apóstol nos asombra. Porque la decencia o indecencia son conceptos que atañen directamente a la moralidad o inmoralidad de los actos.

 Es cosa sabida que la belleza femenina radica principalmente en el rostro y en el peinado. Dios, por medio de la naturaleza, enseña a la mujer a cubrir su belleza, para no dar ocasión de pecado, con el velo de su larga cabellera. Razón, pues, tiene San Pablo al hablar de la indecencia específica de la mujer en el Templo del Señor donde todo debe respirar modestia, recogimiento y oración. Razón tiene igualmente el canon 1262.

 No se encuentra en San Pablo otro texto más apremiante que éste para llevar la persuasión sin reservas, en lo que prescribe en esta materia al parecer, ¿sin importancia?

 Previendo todas las objeciones en el futuro, termina el Apóstol: «Si, no obstante nuestras razones, alguien se muestra terco, le diremos que nosotros (el pueblo hebreo, el pueblo de Dios) no tenemos esa costumbre. (Las buenas costumbres son el objeto de la moral.) Y continúa: «Ni la Iglesia de Dios.»

 Es de tener en cuenta que este asunto disciplinar es el de más larga tradición en el pueblo de Dios. Es muy significativo lo que le ocurrió al gran Patriarca Abraham, con el que Dios hizo su pacto de alianza (Génesis, 20). En el versículo 16 se lee que el Rey de Gerara dijo a Sara, esposa de Abraham: «Mira que he dado a tu esposo mil monedas de plata para que en cualquier lugar que vayas tengas siempre un velo sobre los ojos (en señal de casada) delante de todos aquellos con quienes te hallares...», lo que prueba, que es Tradición y Sagrada Escritura del Antiguo Testamento, así como también es palabra de Dios oral y escrita en el Testamento Nuevo. Otra prueba es que nuestra Santa Madre la Iglesia continúa la Tradición en el Velo nupcial.

 «Qui spernit modica, paulatim decidet», dice el Espíritu Santo (Eclesiástico, 19, 1). No despreciemos las cosas pequeñas para no caer en otras mayores. Y, en efecto, esas mujeres irreverentes son las primeras que salen de la Iglesia después de comulgar, sin tiempo de rezar ni breves Padrenuestros en acción de gracias, al paso que con su desenfado van abriéndose camino a otros géneros de inmodestia en la Casa del Señor.

 Por otra parte, no hay derecho a llevar el escándalo y la interior indignación a otras almas más comprensivas y respetuosas con el Señor. Muchas señoras nos muestran su desagrado ante tal provocación. Hoy más que nunca hace falta la unión. ¿Por qué se ha introducido en la Asamblea cristiana esa cuña de desunión? ¿Cómo se atreven—dicen las cristianas sensatas—a recibir al Señor, cubierto con los Velos Eucarísticos, ocultando su Divinidad y su Humanidad, por un acto de Humildad Infinita, ellas, descubierta su cabeza, en signo de vanidad y ostentación?

 Si de una palabra ociosa, Dios nos pedirá cuenta, imaginémonos la de miradas y pensamientos que pueden correr en la Asamblea Santa. (…)

 Suyo afectísimo en el Señor.

 ANTONIO MENCHERO, Pbro.


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967

 

(*) Antiguo Código de 1917


miércoles, 15 de octubre de 2025

Los seminarios, destruidos por el progresismo

Artículo de 1970 

  Seminarios de nuestros días

 Uno de los problemas más duros con que se enfrenta la Iglesia en nuestros días es el de los seminarios, víctimas, por lo general, de la furia destructora de los progresistas.

 Es cierto que nuestros viejos seminarios necesitaban una reforma. Sus principales defectos eran la falta de evolución y el anquilosamiento; la reglamentación tan estricta, que parecía hecha para aniquilar la personalidad de los alumnos: la falta de métodos aptos para transmitir a los demás la Teología… No obstante esto, la institución era muy buena. Rindió muchos servicios a la Iglesia y podía continuar rindiéndolos.

 Al publicarse el decreto del Concilio Vaticano II sobre la formación sacerdotal, muchos creímos hallarnos ante una época de nuevo florecimiento de los seminarios. En efecto, el documento insiste en las prácticas de piedad tradicionales, en el celibato, en el reglamento, en la disciplina… Se mantienen en su vigor las viejas normas, con las adaptaciones que imponen las actuales circunstancias.

 Los intentos renovadores no tardaron en llegar y, dado lo trascendental que es la educación de los futuros clérigos, los progresistas trataron y consiguieron, generalmente, adueñarse de la dirección de los seminarios. La interpretación de las normas conciliares es, en ellos, sumamente caprichosa y aun contraria a la mente de lo preceptuado, según se va poniendo de moda en nuestros días.

 De esta forma, empezaron a suprimir las prácticas de piedad y pronto fueron desapareciendo los ejercicios espirituales anuales, los actos del mes de mayo, el rosario, la meditación, el examen de conciencia, la misa diaria… y esto durante el año escolar, porque, en vacaciones, tampoco ayudan, como antes, a los párrocos en el ministerio apostólico, ni llevan, generalmente, vida de piedad alguna, según han observado las gentes.

 Negando, contra todas las normas conciliares y de la más elemental pedagogía, la posibilidad de la vocación sacerdotal en los años de la niñez, han convertido los seminarios menores en centros de bachillerato, donde abundan muchachos vestidos de ye-yés y con largas pelambreras y frecuentando lugares de los que debían de estar ausentes. Su piedad es muy poca y muchos acaban saliéndose masivamente al terminar sus estudios medios.

 A veces van a clase al Instituto y, otras veces, las reciben en el seminario, dadas por profesores o profesoras seglares, a veces con muy poca religión.

Quizás muchos niños fueron llevados por sus padres el seminario para que hicieran, por un módico precio, su bachillerato, pero la mayoría fueron siguiendo la llamada misteriosa de Dios y con deseo de entregársele y, al cabo de algún tiempo, se salen, defraudados del ambiente mundano que allí encuentran. Los jóvenes son sinceros y quieren las cosas claras.

 Ni los nuevos planes de estudio, ni la consideración que merecen los que no perseveran, justifican la desaparición del tinte de plegaria y abnegación que debe presidir toda la vida del seminario menor.

 En los seminarios mayores juega mucho más la cuestión ideológica. De cómo andan las cosas por los seminarios de nuestra patria son vivo exponente las declaraciones de la junta de seminaristas tenida, a finales del pasado año 1969, en Ávila. Mayoritariamente allí llegan a manifestar su deseo de abolir la diferencia del sacerdote del resto de los hombres del mundo en cuanto a diversiones, vestimenta, ocupaciones etc. Piden el trabajo profesional y la abolición del celibato y manifiestan su desacuerdo con las estructuras de la Iglesia. Casi todos ven la necesidad de cursar estudios civiles.

 Una victoria, bien triste por cierto, lograda por los progresistas, ha sido el haber formado así a esa juventud que se prepara para el sacerdocio, sin que en el mismo vean un ideal capaz de llenar por completo su vida; ni estén dispuestos a aceptar la estructura de la Iglesia ni la disciplina que ésta impone.

 Como ese modo de caminar es inseguro, no es de extrañar que muchos abandonen también el seminario en los últimos años de carrera. No creen que valga la pena entusiasmarse por un sacerdocio que tan poco representa para ellos.

 Precisamente ahora, que tanto necesita el mundo que se le hable de lo que nadie le habla, es cuando quieren que el sacerdote sea como un hombre cualquiera. Cuando el trabajo en la mies es tanto y tan urgente, es cuando quieren que los operarios se dediquen a otra cosa.

 En cuanto a la cuestión dogmática también habría mucho que decir, porque ni todas las doctrinas que aprenden nuestros jóvenes son trigo limpio; ni el legado cultural, acumulado por la Iglesia durante siglos, representa para muchos más que un peso muerto que hay quitarse de encima.

 De esta forma las rebeliones en seminarios están a la orden del día. Las leemos, de cuando en cuando, en los periódicos: Salamanca, Astorga, Toledo, Barcelona, San Sebastián… Después de los escándalos hay concesiones, pero el mar de fondo es más profundo: mina sin tregua, socava… Me pregunto: ¿por qué el año pasado (1969) los seminaristas de Pamplona se negaron a ir a la procesión del Corpus? ¿Será porque les diga mucho el homenaje público a la Eucaristía? ¿Hicieron eso insinuados por algún profesor?

 El mal, pues, está metido en la entraña. Se trata de algo más que de una crisis de crecimiento o de una etapa de renovación; y, naturalmente, más que declaraciones ambiguas se imponen unas medidas adecuadas.

 Los autores de esta mentalización lamentable de nuestros seminaristas achacan exclusivamente la despoblación de los seminarios mayores a “las circunstancias del mundo pagano en que vivimos”. Hay algo más que considerar.

 Esté el mundo paganizado o no lo esté y sean las gentes ricas o pobres, Dios Nuestro Señor siempre dará vocaciones sacerdotales a su Iglesia: responsabilidad enorme será el deformar las pocas o muchas que haya.

 Santos San Cristóbal, sacerdote


Revista FUERZA NUEVA, nº 168, 28-Mar-1970

 

jueves, 9 de octubre de 2025

Por el celibato sacerdotal

 Artículo de 1970

 “CUESTIÓN: CELIBATO”

 (…) Todos hemos visto y oído a Pablo VI angustiado y tajante, pronunciarse en contra, aducir profundas razones y demostrar, en su aire preocupado, lo mucho que sufre y batalla, aparte de otros temas, con las cismáticas subordinaciones de una parte del clero holandés y con este grave problema del celibato sacerdotal. Problema que todos entendemos mucho más claramente, por lo visto, que los propios sacerdotes.

 El sacerdote lo es partiendo del supuesto de que tiene una vocación, no una conveniencia de seguridad y de carrera barata, sino que sigue una vocación, un llamamiento sobrenatural, que se apoya en el propio sacrificio, ni más ni menos que la vocación religiosa, con el altísimo agravante de las Sagradas Órdenes que, según se nos ha enseñado, imprimen en carácter. Sentado esto, todos los razonamientos y argumentos humanos de “tejas abajo”, no valen. Son argumentos aplicables a cualquier profesión, pero no a la vocación sacerdotal que presupone un llamamiento divino, al que se responde por impulso de una fe sobrenatural, base de la esperanza y de la caridad. Si no se cree en Dios ni, por tanto, en su llamamiento, en los designios personales para cada hombre, no se podrá responder eficazmente a esa llamada. Sin fe no se puede ser sacerdote ni cristiano. ¿Arrancará todo este problema de la falta de Fe?

 Se argumentará que el sacerdote es hombre. Lo es. Se dirá que en el comienzo de su entrega a Dios, al ingresar en el seminario, casi siempre es un niño. Lo es; pero esto tiene menos fuerza, ya que cada año hace tres meses, al menos, de vida familiar y es libre de volver o quedarse en el mundo. Se dirá que es pecador. Lo es; lo somos todos, incluidos los santos, que como decía don Manuel González, obispo de Málaga: “los santos no son los que nunca cayeron, sino los que siempre se levantaron”. Se dirá que puede haberse comprometido demasiado, que no le gusta, que no lo soporta, que tiene una carne desbocada. Puede ser, pero entonces los recto, lo noble, lo digno, es pedir al Papa su dispensa y volver a la vida seglar. Daría para muchos artículos este problema.

 Entre los muchísimos sacerdotes del mundo, una pequeña minoría, gracias a Dios, estará en estos casos. Y esa minoría no tiene motivo, ni razón, ni derecho, para dirimir sus dificultades en pandilla, para escandalizar al pueblo de Dios y hacer, sin posible remedio, que se vaya apartando, por desconfianza, del  sacerdote y de los sacramentos, sobre todo de la confesión, faro de luz y de esperanza en las almas de los hombres.

 A los simples cristianos, célibes o casados, de vida normal y normales en sus apetencias, tampoco les es fácil entender este problema sacerdotal que con tanto descaro han planteado a voces al mundo. A un cristiano soltero, casado o viudo, le obligan los mandamientos lo mismo que al sacerdote y trata de cumplirlos, si cae se levanta con la absolución sacramental, que es la gracia renacida en el alma. La vida que cada uno vive le induce a pecar o a no pecar y puede afirmarse sin error que en toda edad y condición, un hombre se conserva puro con los medios que Dios le da. Lo dice la Escritura: “Fiel es Dios que no permitirá seáis tentados más allá de vuestras fuerzas”. ¿No va a poder conservarse limpio el sacerdote si es sincera su entrega, si vive ordenadamente, si cumple con su sagrado deber? (…)

 Es verdad que la carne puede ser pesada carga para un hombre, pero hasta la persona menos formada sabe que Dios no niega su ayuda y aun en la vida más sencilla todos conocemos los medios que hacen triunfar. ¿Por qué se empeñan los sacerdotes en vivir más libres que los propios seglares? ¿Hay que conceder nuevos modos al apostolado, al trato social, a la dimensión que en todo orden tiene hoy la vida? Conforme. Más el sacerdote debe defenderse de cuanto le pueda corromper y dejar en él indefenso lo que tiene más débil. La sotana no puede ser por sí santificadora de un hombre, pero ¡qué ayuda, qué defensa, qué baluarte para cuantas malas ocasiones, qué respeto a sí mismo obliga a tener! Los que vivimos en tierras menos modernizadas, como es este Alto Aragón, en la que los sacerdotes, salvo contadísimas excepciones, llevan aún con tanta dignidad su sotana, no pueden explicarse el íntimo gozo espiritual, el respeto y la devoción que esta presencia infunde en el corazón de los cristianos.

 El pueblo español, el maravilloso pueblo español que sabe tomar a broma “filosófica” las mayores tragedias, como si la risa le ayudara a soportarlas mejor, está derivando en este gravísimo problema del lado de la broma y dada la susceptibilidad española masculina y clerical, es muy probable que la tal medida, inteligente y fina, aporte resultados positivos, sólo por llevar la contraria.

 En nuestra Fuerza Nueva, la sección “El diario de un ingenuo” trata el caso magistralmente remontándose hasta el propio Papa, sin que se lesione el respeto debido al Sumo Pontífice. Y en el diario “El Alcázar”, sábado 7, un chiste pinta un confesionario, un señor en actitud de confesarse y un rapaz atravesadillo que levanta la cortinilla delantera para decir al cura “no célibe”: “Papá: dice mamá que como no vayas inmediatamente te quedas sin cenar”.

 En la prensa de Madrid y en la de provincias, todos somos leído chistes y artículos con humor en los que el pueblo cristiano demuestra al pueblo sacerdotal, con mucho cariño, qué mal le cae esa rebeldía sin sentido del clero y hasta parece que desde que esto crudamente se planteó, en todos, hasta en los indiferentes, se siente o se intuye un acercamiento a los sacerdotes santos, dignos, entregados a su sacrosanto ministerio, como si en el subconsciente colectivo de todos los cristianos se levantase una corriente de protección hacia la santidad, la espiritualidad, la vida apostólica de los sacerdotes, que son la tranquilidad de nuestra conciencia, el apoyo de nuestras dificultades, el eslabón que une nuestras vidas con Cristo. (…)

 El Papa nos pide angustiadamente esta ayuda: prestémosla. Roguemos a Cristo, Sumo Sacerdote, por esta minoría mundial de sacerdotes equivocados; pidamos que vuelvan a ocupar la delantera en el camino de la grandeza hacia Dios. Que entiendan la sublimidad de su vocación, la pureza de su vida, y que no hagan más política que la de Dios para salvar al mundo.

 María del Pilar SAINZ-BRAVO


Revista FUERZA NUEVA, nº 168, 28-Mar-1970 

lunes, 6 de octubre de 2025

El latín, desterrado de la Iglesia y la enseñanza

 Artículo de 1970

 

  Ante la futura Ley de Educación

 «RAZA LATINA»

 Escribe MARCELINO OLAECHEA, Arzobispo dimisionario de Valencia

 Con sinceridad, sin empaque ni en gestos ni en palabras, con natural sencillez, habló por televisión el señor ministro de Educación y Ciencia, pidiendo la cooperación de todos para que el Proyecto de Bases de una Política Educativa -abierto de par en par a la crítica- llega a ser pronto una consoladora realidad.

 Le oí con gusto y sentí el gozo de coincidir con él. El Libro Blanco abre nuevas rutas a la educación, y las abre con tal acierto y anchura que merece sincero aplauso.

 Trabajador animoso en tantos años de mi vida por los fueros de la sana libertad de enseñanza y la mayor cultura en particular de los económicamente débiles, no puedo dejar de acudir a la llamada del señor ministro, aunque no tenga mi esfuerzo más valor -pero éste sí lo tiene- que el de mi amor a la educación y la ausencia de todo interés personal y de grupo.

 Pongo mi granito de arena en la obra, rogando a los procuradores en Cortes llamados a discutir el Proyecto que pasen al artículo 24 como materia común del Bachillerato las llamadas “Humanidades” y, en particular, la lengua latina que consta en el artículo 25 como materia optativa.

 Rompe mi ruego una lanza en la mejor compañía: la de la Real Academia Española, cuya propuesta hacen, sin duda, suya, la Comisión Episcopal de Enseñanza, la FERE y tal vez la mayoría de catedráticos y profesores de Educación Media.

 Reservando a mejores plumas que la mía la exposición de las razones, muchas y graves, que militan en favor de mi ruego -buen conocimiento de la ortografía y del sentido de nuestras palabras, lectura, en sus fuentes, de nuestros antiguos historiadores, filósofos, juristas, moralistas, disciplina y ornato de la mente por una estructura gramatical férrea y por una belleza en prosa y verso que ha influido más que ninguna otra en la cultura occidental- quiero recordar con estas líneas lo atrás que dejamos los clérigos la enseñanza y uso del latín, por si este recuerdo sirve para dar los pasos que procedan y merecer, con título más fuerte, la inclusión en el bachillerato de la augusta lengua como materia común, con la intensidad y en los cursos que sean más a propósito para que su enseñanza no sólo no estorbe, sino que ayude a las otras materias, según aconsejaría hoy nuestro Quintiliano.

 Abro con buen humor las puertas al recuerdo. Me contaron, “se non è vero è ben trovato”, que durante la República, un buen hombre, que no olía ciertamente a cera ni a letras ni a ciencias, pero que tenía pulmones de bronce, atronaba la calle del pueblo gritando: “¡Abajo la raza latina!” Al preguntarle un vecino, no tan acre como él, pero horro como él de letras y ciencias, quién era la tal “Raza latina”, le espetó olímpicamente, pasmado de la ignorancia del otro y sin mirarle siquiera la cara: “¿Quién va a ser, hombre, quién va a ser…? ¡Los curas!

 La verdad es que hoy tendría que sudar un poco el buen hombre para dar con su “Raza latina”. A ella se dirigen, con respeto, a mis líneas.

 En los Seminarios menores, al adoptar -y procedía hacerlo- el bachillerato oficial, el montón de materias exigibles con sano rigor a los Tribunales de grado, merma, de no estar muy alerta, el interés y el tiempo para la enseñanza de aquel latín que “capacite a los seminaristas para entender y usar las fuentes de no pocas ciencias y los documentos de la Iglesia”, según pide el Concilio (OT, 13); de aquel latín del que dijo Pablo VI que ha de ser lengua común de los clérigos de la Iglesia.

 En los Seminarios mayores, con raras y honrosas excepciones, se aduce la exigencia de mayor claridad o de mejor pastoralidad para no dar ni exigir las lecciones en latín tal como está prescrito respecto a las materias estrictamente eclesiásticas. Supongo que a los profesores les puede más que la línea del menor esfuerzo, la ignorancia del latín en los alumnos.

 No encabeza ya los sermones, como anuncio de tema, la cita en latín de un versículo de la Sagrada Escritura, ni salpican otros latines la pieza oratoria. No es para llorar esta ausencia, no. Me ciño a dar fe de ella.

 Se ha desterrado el latín, virtualmente todo el latín, de la liturgia de rito latino, a pesar del Concilio (SC, 36) que dice: “Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular”.  

 Doy también fe, pero con amargura. Ha salido empujado al destierro por la puerta que han dejado entornada otros párrafos del artículo citado, merced a la anchura del Consilium que viene concediendo tantos y tantos derechos particulares, urgido por “la competente autoridad territorial”, en aras de la que se cree una pastoralidad mejor.

 Recuérdese que esos derechos particulares son privilegios; y que los privilegios ni son leyes ni normas que obliguen. Son renunciables.

 Presentadas por la Conferencia Episcopal a la Santa Sede y aprobadas por ella, corren en España las versiones litúrgicas a las lenguas vernáculas: a la vasca y a las romances catalana, gallega, valenciana. Puede ser que el impulso de la creída mejor pastoralidad logre de la Santa Sede la versión del latín a otras lenguas vernáculas, v. g. : la bable, la extremeña… Rematan a la augusta madre hasta sus propias hijas.

 Respetando el parecer de todos, pienso, desde la altura de mis años, en el porvenir del pueblo fiel y me pregunto a mí mismo y no sin angustia:

 a) En primer lugar, ¿contribuirá la ausencia del latín a la ansiada creación de la verdadera Europa? Se ha escrito de reciente en España: “Nosotros no hacemos más que echar la culpa al protestantismo de haber desgarrado la unidad de Europa, pero bien poco hacemos para restablecerla. Es más fácil echar culpas que echar puentes, y ¡qué magnífico puente romano era el latín!

 b) ¿Contribuirá a la mayor unión de los clérigos y laicos de la Iglesia católica de rito latino la ausencia del latín en su liturgia?

 c) Contribuirá la mayor unión de clérigos y laicos de España la ausencia del latín y la profusión de las lenguas vernáculas en ella?

d) Entraña tan gran dificultad como se pregona el hacer que el pueblo de Dios tome en la liturgia toda la parte activa que ella le reserva, desarrollándola en latín, salvar las normas que fije la jerarquía –hoy, las lecciones y pasajes evangélicos de la Misa- por medio de publicaciones bilingües y, sobre todo, por la previa traducción, hecha vida, en la palabra del pastor?

 e) ¿Es, por otra parte, esencial que el pueblo de Dios pare mientes en las palabras que dice para que le entienda Él, que es lo esencial? “Si hablando estoy enteramente entendiendo y viendo que hablo con Dios con más advertencia que las palabras que digo, junto está oración mental y vocal”. Así nuestra gran Teresa en el capítulo 22 de su Camino de Perfección.

 f) El misterio de una lengua muerta, lengua augusta que vivió siglos atrás en los labios de nuestros mayores y honró la pluma de nuestros pensadores, ¿no tiene un quid providencial que nos empuja a Dios?

 g) En fin, la inalterabilidad de la lengua latina, matemática y música, al pairo del oleaje de las lenguas vivas ¿no es garantía total de ortodoxia?

 Si mis pobres palabras mueven a pensar a algún hermano, de plenitud o no plenitud de sacerdocio, y le persuaden a dar pasos atrás para coger de la mano al desterrado latín y aventando hasta el polvo de las ostras, lo introduce con todo el honor en las aulas e iglesias de mi Patria… no habrán sido estériles.

 Termino. España anda y seguirá dando pasos de gigante en el conocimiento y uso de las ciencias de la materia; pero por muchos y largos que sean, irá a la zaga de los pueblos sajones. En las ciencias del espíritu, estuvo y debe estar a la cabeza. Que siga siendo el latín el mejor introductor a ellas en la Patria de Isidoro, de Nebrija, de Vives…

 “Estará bien que lo pensemos -dice con donaire en el Prólogo el autor de Perlas Antiguas- hoy, que nos encontramos, escudilla y sombrero en mano, llamando a las puertas del Mercado Común, de un consorcio europeo donde España no se quitaba el sombrero antaño.., aun cuando los españoles sabíamos echar tacos en latín… y Europa nos entendía”.

 La Iglesia de rito latino conservó sin fisuras el latín hasta nuestros días, considerándolo lazo de unión y lengua común de sus hijos en la liturgia, a pesar de la diversidad de lenguas y aún de razas. Lo conservó para transmitir a sus clérigos la cultura sacra, mientras iba decreciendo el latín en la cultura profana.

 Vuelva el latín con todos los honores a la “Raza Latina” de mi cuento; y vuelva a urgir nuestra cultura hispana y vuelva a ser, como cantó Menéndez Pelayo en la Oda a Horacio: “…calma y serenidad, dulce concierto -de cuantas fuerzas en el hombre moran- eterna juventud, vigor perenne- los pueblos despertando a nueva vida -vida de amor, de luz y de esperanza.”


Revista FUERZA NUEVA, nº 167, 21-Mar-1970