Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta Iglesia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Iglesia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de junio de 2026

El Vaticano, en 1937, justificaba la Cruzada de Liberación

 Artículo de 1970


 ESPAÑA, ¿QUÉ IMPORTA AL MUNDO?

 Opinión de “L’Osservatore Romano” en 1937 sobre la Cruzada de Liberación

 Ahora (1970) que se registran tantas posturas de chaqueteo y deserción de las ideas que los hombres prominentes del Régimen habían sostenido y defendido desde siempre, parece como llegado a propósito este artículo aparecido en el órgano oficial del Vaticano “L’Osservatore Romano”, que registra la forma de pensar de la Iglesia en el año 1937, con motivo de nuestra Cruzada de Liberación.

Su lectura puede refrescar muchas memorias y demostrar a la juventud y al pueblo en general el cambio operado también por la Iglesia en estos últimos años.

 ¿Qué es la contienda española? ¿Una lucha civil? ¿Un episodio sin repercusiones internacionales? ¿Una conflagración de ricos contra pobres, de obreros contra patronos? ¿Una militarada?

 Queremos reproducir aquí un artículo de “L’Osservatore Romano” que coloca la guerra de España en su lugar apropiado, tomando pie de unas palabras de los dos cardenales representativos de la Iglesia de las dos grandes democracias, Francia e Inglaterra.

 En esas líneas se dice lo que supone España no sólo para sí sino para el mundo entero, en esta hora. Y, ante todo, para el mundo católico; aún para aquel que mira concierto desdén y, a veces, con apasionada parcialidad, la guerra de España.

 Dice así, en su número del 21 de octubre de 1937,“L’Osservatore Romano”:

 “El cardenal Verdier escribía al Primado de España: Lo que se ventila en esta guerra es el porvenir de la Iglesia Católica y la civilización por ella fundada. Si España ofrece hoy el ejemplo de un sacrificio único en la Historia es porque los enemigos de Dios la eligieron para primera etapa de su destrucción.

 “Y el arzobispo de Westminster decía: Pongamos aparte todo partidismo político, hemos visto desde el inicio y seguimos viendo que los enemigos de Dios no atacan solamente al catolicismo sino a la Religión, sea cual fuere la forma con que se presenta”.

 “Estas declaraciones tan escuetas y de fuentes tan autorizadas son definitivas ante las acusaciones y las reservas que adversarios y no adversarios opusieron al clero español”.

 “LOS DOS CAMPOS- La tremenda lucha soportada por España está dividida en dos campos: de un lado, los rojos; de otro, la Iglesia católica y los nacionales. El arzobispo de París y monseñor Hinsley, precisamente en los dos países donde más se difunde el error, ponen de relieve, sobre la vigorosa rectificación del Episcopado español, los planos, las posiciones, es decir, los hechos y las responsabilidades. Rojos, Iglesia católica, Nacionales. Entre dos campos políticos y sociales, el campo religioso. Entre dos causas opuestas que deciden la vida de un pueblo, la causa de Dios, que es la vida de la fe; entre los partidos en armas, la Iglesia. Combatiente, no; mártir”.

 “¡Qué servicio habéis rendido a las naciones del mundo -así decía al cardenal Gomá el cardenal Verdier-probándoles, con la evidencia de los hechos, a dónde conduce el ateísmo!”. “Con dolor que vosotros sentís más intensamente que nadie -declara el arzobispo de Westminster- hemos notado las tergiversaciones, las mentiras, los subterfugios, las falsas interpretaciones de los hechos. Desgraciadamente, la prensa recibió con demasiado entusiasmo la propaganda de los rojos”.

 “LA IGLESIA VÍCTIMA INOCENTE- Mientras los asuntos de la guerra civil se hacen más oscuros. mientras más tremendas son las batallas y más entrañados los odios, mientras más irreconciliables son las oposiciones ideales, más necesario es que cese toda la mixtificación y se sepa, se reconozca, de qué manera estuvo expuesta a un sacrificio único en la Historia una víctima inocente, que quieren seguir sacrificando hasta el momento final. Las naciones del mundo han podido tomar partido por una u otra parte contendientes de una manera tan apasionada y con tal ímpetu y tal tenacidad, que consideran el juego ciertos destinos que no se resuelven solamente en las trincheras.

 “Nadie ha tenido en cuenta lo que verdaderamente debería estar por encima de todas las contiendas en su calidad de idea y de fe universales; nadie pensó en la agresión sanguinaria y en el incendio sufridos por la Religión. Se socorrió a fugitivos, se hicieron polémicas sobre la crueldad de la guerra, pugnando por la defensa de los inermes. Pero de la grande institución inerme, de la gran institución sacrificada, de aquella que hubiera sido la primera en huir, si no fuese el deber de quedar en su puesto hasta la muerte, de esa nadie se ocupó. Quedó la Iglesia expuesta a todos los riesgos. Los más débiles exclamaron: ¡Fue una fatalidad! Y los Catones del anticlericalismo internacional repiten: ¡Fue el castigo! ¡Delenda est!

 “Es esta la verdad incontrovertible.  La Iglesia de España fue atacada por las olas del odio y de la violencia que simultáneamente la acorralaron, siendo víctima la catedral expuesta al robo en virtud de una rebelión en el barrio industrial, lo mismo que la solitaria capilla montañosa lo es al caer una avalancha por la pendiente de la sierra. Su culpa proviene, únicamente, de haberse encontrado sobre aquel suelo en aquel punto, en el camino por donde pasaría el soplo arruinador”. 

***

 “LA GUERRA SE HIZO CONTRA LA IGLESIA- La acusación que le hacen de beligerancia es falsa y absurda. La guerra se pretendió y se hizo contra la Iglesia. La verdad es ésta. Sí. La Iglesia se encontró en la trayectoria del desastre y soportó los intentos republicanos y la revolución del 34 en Cataluña y Asturias, durante la cual se quemaron y  profanaron 411 templos. La destrucción que había sufrido con anterioridad al 18 de julio y en los primeros días en que el Movimiento parecía sólo un pronunciamiento, constituía ya el punto de partida. He aquí porqué la destrucción de las Iglesias fue hecha sistemáticamente y en serie; he aquí porqué, en el breve plazo de un mes quedaron inutilizados para el culto todos los templos, obedeciendo a las normas establecidas desde la fecha de la implantación de la República. He aquí por qué, sistemáticamente y en serie, se desarrolló la carnicería contra los sacerdotes. Las “listas negras” así lo preveían, concediendo a los obispos y a los sacerdotes la preferencia “de honor”.

 “Pero la guerra contra la Iglesia representó siempre una fase distinta de la guerra civil: ésta sirvió solamente de pretexto y proporcionó el momento oportuno. Si la guerra contra la Iglesia estuviese confundida con el Movimiento nacional se hubiesen esperado los momentos para castigar al clero juntamente con los demás: se hubiera secuestrado legalmente a los sospechosos y en una hora de tan grave revolución se habría tratado de tutelar o levantar el culto. Por el contrario, la luz de la Iglesia fue suprimida y apagada, no como se hace con las luces peligrosas en las noches de incursiones aéreas, no; fue una pupila que se cerró para siempre en la muerte. Fueron incendiados o saqueadas 20.000 iglesias; pasa del 80 por 100 el número de sacerdotes asesinados, perseguidos en las ciudades, lo mismo que en los montes, por jaurías. La guerra religiosa se confunde tan mal con la otra que tuvo su técnica especial: la de las batidas de caza”.

 “UNA RELACIÓN IMPRESIONANTE- No fue una represalia ejercida contra rehenes. Todo eso hubiera sido monstruoso, pero se hubiera concluido con un derramamiento de sangre, por venganza .Pero ¿y los cementerios profanados, los ornamentos dispersos y el cráneo del venerable obispo Torras que sirvió de pelota?¿Y los cuerpos de los santos y de los mártires destrozados, la sagradas imágenes dilaceradas, los crucifijos apuñalados, los tabernáculos violados, el grito lanzado contra los vasos sagrados: “Hemos jurado vengarnos de vosotros, rendíos” y el tiro de pistola que los atravesaba de parte a parte?¿Y los objetos religiosos requisados en las casas y sobre las personas y entregados a las hogueras de las plazas públicas? ¿Y los tormentos reservados a los sacerdotes, tan horribles que, en el martirologio romano no se encuentra una forma tan acentuada de crucifixión, puesto que en la España roja se consintieron martirios practicados con la ayuda de las modernas invenciones?¿Y las declaraciones de los comisarios de policía y de otras autoridades que afirmaban tener orden de destrozar y hacer desaparecer la última semilla de los sacerdotes?¿Y aquello que afirmaba el delegado rojo en el Congreso de los sin Dios celebrado en Moscú el mes de febrero: “España ha sabido superar la obra de los Soviets, puesto que la Iglesia quedó allí completamente aniquilada”?

 “Todo esto es una prueba de que, después de la tempestad, no existió un arcoiris de paz para la fe; que después del diluvio no quedó salvada sobre el monte Ararat el arma de un poder que representa no solamente a la Iglesia sino a la Religión”.

 “ERA NECESARIO ACORRALAR A LA IGLESIA- Trágica realidad de una explosión informal que no tuvo otro objeto que hacer entrar a la Iglesia, con su absoluta individualidad histórica, en el relativismo de las discusiones y de las contingencias políticas, de los “bienes problemáticos”, de las simpatías doctrinales y de los intereses prácticos de las competiciones humanas. Era necesario meterse con aquéllos que jamás rogaron a los gobernantes que fuesen aliados de esa anarquía que saqueó e encendió archivos, destrozó los tesoros artísticos de las iglesias , estropeó las bibliotecas, rompió el sepulcro de Vifredo el Belloso y causó más daños en la nación que todos los siglos tormentosos”.

 “Por encima de todas las pasiones políticas, el testimonio del cardenal Verdier y de monseñor Hinsley se levanta de la propia tormenta que oscurece los horizontes terrenos para salvaguardar los horizontes divinos. España, Rusia y Méjico son las facetas del mismo poliedro cristalizado de odio anticristiano. Así lo demuestra también la última encíclica sobre la situación mejicana, que empieza con estas palabras: “Nos es muy conocida…”, documento que no ha sido suficientemente conocido y meditado.

 “Los dos buenos Pastores, con su protesta, con su defensa, con las lágrimas del Episcopado español, derramaron luz al lado de la Carta Colectiva en la que, con claridad legislativa, se indican las razones y los medios al alcance de la Religión, de la Jerarquía y de la Acción Católica en armonía con la vida civil, su orden, sus libertades y su justicia, probando que la causa de Dios no puede envolverse en la causa de los hombres. Quedó probado que el “venite ad me omnes (“dejad que todos vengan a Mí”) no es el lema de un partido, sino un lema para toda la humanidad. En el momento en que la humanidad está a punto de llegar al puerto de salvación con su barca pendiente de las cadenas de Cristo y de la Iglesia, el mundo prefiere “bienes problemáticos” antes que la salvación de la civilización”.


Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970

 

jueves, 28 de mayo de 2026

La Iglesia pobre y la mistificación marxista

 Artículo de 1970

 

 LA IGLESIA POBRE Y LA MISTIFICACIÓN MARXISTA

 Desde que el Concilio Vaticano II pusiera en circulación la frase “Iglesia-pobre”, confesemos que ha ido sufriendo una depreciación paulatina. Como tantas otras de esta literatura religioso-católica actual, después de una vertiginosa inflación que las ha ido convirtiendo de “tópicas” en “u-tópicas”, han empezado a causar fastidio y casi náuseas.

 Ese ha sido el singular privilegio de una literatura barata que sólo ha buscado el ruido, la tramoya y la fantasía sensacionalista: el de convertir el vocabulario más rico de contenido cristiano en un cansino oropel de relumbre de charol primero y en una escoria lamentable de arroyo después. Por ello, ¿por qué no manifestar una primera aprensión, cuando supimos que la Conferencia Episcopal española escogía este tema como objeto de sus deliberaciones para su XII Asamblea plenaria? Y sin embargo…

 Y sin embargo, el tema de la pobreza de la Iglesia ha ido siempre unido, en la historia de la Iglesia, con el sentimiento escatológico de su renovación interior perenne y con el testimonio profético de su presentación al mundo de fuera. Sólo en el testimonio vivido de su pobreza evangélica ha podido la Iglesia renovarse así misma y transformar al mundo.

 Sólo que, desde que el marxismo se adueña del tema y lo pervierte esencialmente, para hacer de los “capitalistas” a los “ricos” y de los trabajadores a los “pobres”, yo diría que el mundo moderno -aún el católico- vive el problema de la pobreza como un complejo marxista, que ha logrado desalojar el verdadero concepto cristiano. El marxismo ha realizado una tremenda simplificación, convirtiéndolo en uno de sus mitos favoritos, con los que embruja a las masas, llevándolas al paraíso ideal en el que todos serán “ricos”, haciendo falsa la afirmación de Cristo de que “pobres siempre los tendremos entre nosotros”. Pobreza, para el marxismo, es lo mismo que “trabajo”, y aún este entendido como una necesaria y dialéctica explotación del obrero.

 A esto añadió el marxismo una grande e inmensa calumnia, lanzada a la cara de la Iglesia como un puñado de lodo corrosivo: la Iglesia pertenece y es necesaria a los “ricos”. Para los “pobres” es opio que les adormece. Y lo peor es que logró crear nuevos complejos. Los obreros creyeron que, para dejar de ser pobres, debían abandonar la Iglesia, y comenzó esa inmensa defección de las masas obreras desertoras de la Iglesia. Pero también -y he aquí un hecho tremendamente curioso- los hombres de Iglesia aceptaron el reto marxista, con la posición del problema en el falso plano en que se lo colocaba el marxismo. Desde entonces -lo afirmamos conscientemente- la Iglesia se ha movido en una posición de defensiva y pura apologética frente al marxismo. Su argumentación, aun la mejor, bailaba sobre la cuerda floja; y lo hacía al son de la vieja trompetería de la Internacional. Tanta y tanta “doctrina social”, que se dice de la Iglesia, suena a falso, porque el redoble se efectúa sobre la caja de música que le ha prestado el marxismo.

 Con ello, naturalmente no vamos a negar la generosa entrega y las intenciones nobles de quienes construyeron esa que se llama “doctrina social cristiana”. Ellos han pretendido difundir siempre la caridad cristiana hacia el necesitado, en un esfuerzo, inútil e imposible de hacerse comprender por él. Pero el marxismo llevaba siempre la ventaja. Era él quien había escogido el terreno de juego. Era él quien iniciaba peligrosamente los saques. Era él quien había seleccionado las pelotas y las raquetas. La Iglesia, en cambio, había aceptado, inocentemente, un campo de combate que no era el suyo. Y había abandonado una tradición en la que únicamente podía presentar coherencia y consistencia ideológica y pragmática.No quisiéramos exagerar al decir que mucha de la así dicha “sociología cristiana”, habiendo aceptado la posición de los problemas del marxismo, tenía como inspirador a Marx.

 Y es que el concepto de pobreza cristiana no tiene nada que ver con la mistificación marxista de ese concepto. Marx ha necesitado de una contraposición violenta entre “Kapital” y “trabajo” para llegar a ese materialismo dialéctico de la historia. Y bien sabemos cómo todavía esa mística falsificada mueve a nuestro mundo. En esta mística, la “pobreza” es un estado de miseria material de bienes de la tierra, creado injustamente por el capital aliado de la religión y de la Iglesia. No es suficiente que la Iglesia grite -ya desde hace tantos años- que no quiere ser vinculada al capitalismo… que quiere entregarse al mundo de los “pobres”, si por “pobres” acepta el sentido que le da el marxismo; y los entiende como “obreros oprimidos injustamente”, como “trabajadores” dialécticamente opuestos al capitalismo… ¿qué extraño que todo suene a hueco?, ¿qué extraño que la voz de la Iglesia resuene en el desierto y que el obrerismo le siga volviendo las espaldas?

 Porque el espectáculo moderno se vuelve aburrido, a fuerza de monótono. Unos partidos “demócratas cristianos”, en los que el democraticismo acaba por engullir al cristianismo… ¿por qué? Porque los cristianos abandonaron su terreno de juego y se pasaron, con armas y bagajes, a la democracia, aceptando eso que, alegremente, se llama “juego democrático”. Unos sindicatos cristianos que aceptaron la dialéctica de lucha de los sindicatos no cristianos y que terminan por suprimir en el título y en la práctica el apelativo de cristianos, e ir codo con codo, a todas las huelgas y a todas revoluciones… ¿por qué? Porque se dejaron influir por el complejo, inducido desde fuera, desde el marxismo de los sindicatos marxistas.

 Unos curas “sociólogos”, que sólo contemplan el problema social desde la posición elegante de algún economista de Manchester o Saint Etienne, no podrán menos de gritar en el púlpito contra los “ricos” opresores… ¿por qué?-Porque en los pobres sólo contemplan la miseria que les ha descubierto la engañosa óptica marxista. Un excelente señor Obispo se entrega, con un celo pastoral laudable, a escribir largas pastorales sobre el estado sociológico de su diócesis, en que analiza minuciosamente la renta “per cápita” que, en justicia, debiera establecerse…¿por qué?-Porque fue, tal vez, educado en alguna y de economía sociología de allende los Pirineos, en que Marx ha sustituido a Cristo. Un respetabilísimo señor Cardenal de la Iglesia, que acepta un diálogo televisado con un teórico del marxismo y que, a las primeras de cambio, es llevado, con una maniobra habilísima, al terreno de su adversario, se ha encontrado desarmado, y ya todo el diálogo ha sido un juego peligroso del perro y del gato…

 ¿Para qué seguir? La pobreza de la Iglesia está despreciada, porque anda por ahí como oveja sin pastor, discurriendo extrañamente con amplias y huecas hopalandas que la titulan como cristiana; en realidad quien va debajo es un macho cabrío que es el marxismo. Es el antiguo lobo vestido con piel de oveja.

 Sólo cuando se descubra el juego falso se caerán las escamas de los ojos de ciertos inefables “sociólogos cristianos”. Pero ¿cuándo será? ¿Cuál es el verdadero concepto de pobreza cristiana y por qué, para ser cristiana, la Iglesia tiene que ser pobre?

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970

  


.

jueves, 23 de abril de 2026

Fe en el mando y disciplina

 Artículo de 1979 

FE EN EL MANDO Y DISCIPLINA

 ES evidente que sin fe en el mando no puede haber disciplina en una organización de cualquier tipo que sea. A no ser la disciplina de los galeotes, es decir, la del látigo y la fuerza. Es la disciplina del «archipiélago» Gulag. Pero la fe en el mando no puede ser y no debe ser una fe ciega. La fe de ojos vendados no es humana. Ni siquiera la fe religiosa puede ser absolutamente ciega. La fe en el misterio religioso sólo llega a ser ciega cuando se han planteado antes unos fundamentos de credibilidad. 

Desde esos fundamentos, uno se lanza al abismo insondable del misterio. Si Dios quiere que seamos y sigamos siendo hombres, no puede exigimos que abdiquemos totalmente de nuestra razón. Los artistas pintan a la Fe con una venda sobre los ojos, pero al mismo tiempo con una antorcha en la mano. De la luz al misterio y del misterio de nuevo a la luz.

 Hubo un santo, al que podemos llamar el santo de la disciplina y de la obediencia ciega. Fue un español y se llamaba Ignacio de Loyola. Escribió largo sobre la obediencia a la autoridad de los superiores y terminó por decir que, llegado el caso, la obediencia tenía que ser ciega. Es verdad que, para pedir esa obediencia, exigía antes un montón de cualidades en el mando. A la disciplina de esa obediencia ciega han atribuido algunos (por cierto, neciamente) el éxito fabuloso que su institución consiguió en la Iglesia y en el mundo. Pero aun esa fe en la autoridad o en el mando era ciega sólo a medias. Antes de obedecer, tenía uno que sondear los postulados de la propia conciencia. E indudablemente puede darse el caso de que la conciencia se alce contra la autoridad y rompa la disciplina. 

Por tanto, ni siquiera en este campo de lo religioso, se puede hablar alegremente de fe en el mando sin la cautela de infinitas precisiones. Cuando uno obedece, no elimina automáticamente la responsabilidad de su acción. Aun en el terreno de lo militar puede haber criminales de guerra, que no hicieron sino obedecer a órdenes del mando. Tenían una insensata fe ciega en el mando.

 De todos modos, acepto que sí, que la fe en el mando es una de las bases fundamentales de la disciplina y aun tal vez la única base. Por consiguiente, si la disciplina empieza a resquebrajarse, podemos decir que la fe en el mando está en crisis. Fijémonos en dos ejemplos superiores y paradigmáticos: en el estamento eclesiástico y en el estamento militar. Son instituciones situadas en muy distintos planos, pero ambas coinciden en eso de exigir una fe y una disciplina, o sea, una obediencia al mando dentro del orden de sus escalones jerárquicos. El mando es la autoridad. Insisto en que la crisis de la disciplina connota de ordinario una crisis de fe en la autoridad. Fe en la autoridad significa confianza en ella.

 ¿Cuándo y por qué viene a resquebrajarse esta confianza? Yo distingo entre la autoridad moral y la autoridad meramente legal o jurídica. Hoy, tanto como siempre o más que nunca, parece imprescindible que el mando se apoye en mucho más que en un título jurídico. Hablando de los tiempos de Isabel la Católica, Menéndez Pidal aludía a «los dos principios cardinales de la vida colectiva: la justicia que la regula y la selección que la jerarquiza.» «Una minoría seleccionada y una mayoría disciplinada» son también las condiciones que Dalie Carnegie postula para la eficacia de cualquier institución.

 Selección y disciplina son factores que no pueden disociarse. Si no hay selección en las cabezas, será ineficaz exigir disciplina en los de abajo. Ahora bien, esa selección no se dará si no se atina encontrando una categoría sustantiva en los elegidos. Porque es obvio que esa sustantividad categórica no puede ser conferida a las personas ni por un real despacho ni por un montón de papeletas sufragistas ni siquiera por una bula del Pontífice romano. Eso puede conferir y confiere una autoridad legal o jurídica, pero no una autoridad moral

Un nombramiento o una consagración no infunden como automáticamente las cualidades personales, que se requieren para el mando. Si esas cualidades no se dan, la disciplina es a la larga humanamente imposible. Se puede suponer que en el nombrado o en el consagrado se dan esas cualidades. Pero ésta es una mera suposición. El tiempo y la práctica revalidarán o invalidarán esa hipótesis. Los que sean capaces de discernir, que examinen este binomio selección-disciplina y comprueben cómo se ha conjugado o se está conjugando en la España de ayer y en la de hoy.

 Pero téngase en cuenta que la disciplina obliga también al mando para que se mantenga dentro de los límites de sus funciones y dentro del modo razonable de ejercerlas y para que no ceda a la arbitrariedad o a sus personales intereses. La disciplina exige al mando que respete esos valores superiores y esos principios inalterables, contra los cuales sería insensato apelar a la disciplina. Aun prescindiendo de otros valores colectivos, pensemos en la conciencia personal, en el honor y aun simplemente en la dignidad humana. Sin el respeto a esos valores no tendríamos autoridad, sino tiranía.

 Pedro MALDONADO


Revista FUERZA NUEVAnº 631, 10-Feb-1979

 

jueves, 2 de abril de 2026

Disimular ante la violencia marxista siempre está de moda

 Comentario de los sucesos de Cagliari (Cerdeña, Italia, 1970), cuando el cortejo papal de visita en la isla fue apedreado por un grupo de 40 anarquistas acampados. Para evitar el escándalo, disimular y no ofender a la subversión marxista imperante, se “culpó”, por los medios vaticanos, a los policías de la escolta, que habrían sido los (justamente) agredidos, dando a entender que “si el Papa hubiese viajado sólo, los incidentes, no se hubieran producido”.

El artículo trata, pues, sobre el doble rasero hipócrita contra la violencia... según de donde venga...

 

 LA VIOLENCIA… SEGÚN Y CÓMO

 Que Pablo VI haya condenado las versiones de los grandes diarios sobre los graves sucesos de Cagliari (isla de Cerdeña, Italia, 1970) es más que comprensible.

 Pero una cosa es la respuesta del Papa a los sucesos y otra son los hechos mismos. Los hechos son como son. El cortejo papal fue apedreado por “un grupo de anarquistas”, una cuarentena de personas acampadas durante el día en la vecindad del barrio de San Elías que, según el programa, sería visitado por Su Santidad al finalizar su viaje en Cerdeña.

 No hubo, ni nadie lo intentó, misterio alguno en las intenciones de esas personas acampadas a la vista de todos. Durante días antes tuvieron reuniones y la correspondiente campaña a base de hojas, panfletos y circulares. Abundó la campaña subversiva en este barrio. Esta gente había manifestado en discursos, en pancartas y escritos sus clarísimas intenciones. La policía vigilaba. En otros tiempos, no ya en los tiempos “nefastos” del fascismo, sino tan sólo hace pocos años, la policía hubiese decididamente terminado con los propósitos públicos de los agresores. Pero ahora no. Ahora los melenudos, los contestatarios, los maoístas son rojos y, por tanto, inviolables. Mientras el Papa estaba al llegar, la policía italiana se limitó a hacerse enviar un megáfono.

 Lo que después sucedió es sabido. La pedrea, se ha dicho en círculos vaticanos, no estaba dirigida contra el cortejo papal sino “contra un vehículo de la policía”. ¿Por qué? Naturalmente porque los métodos represivos y violentos contra los “pobres” subversivos, contra los “pobres” anarquistas, contra los “pobres” campesinos democráticos, han excedido de ciertos límites… Así que la culpa fue, según medios vaticanos, de los que quieren el orden, de los agentes que, cuando el Papa sale del Vaticano, son movilizados por millares con gastos de centenas de millones. Si el Papa hubiese viajado sólo, los incidentes, por tanto, no se hubieran producido… Y así, según los medios citados, se llega a la asombrosa conclusión que las piedras que cayeron sobre el auto del cardenal secretario de Estado estaban “realmente” dirigidas contra el agente Gaetano, particularmente represor ¡Demos gracias a Dios y alegrémonos…! Epítetos aparte, no ha sucedido nada. El encuentro del Papa con los fieles de la Iglesia, con el pueblo de Dios, no podía ser turbado. A los heridos, a los violentos, a los agentes de la Policía que han monopolizado las iras del pueblo, les “está bien empleado”…

 Bien podríamos concluir que la violencia está de moda. Usémosla todos y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga… Pero quién así piense no sabe que se encamina y se merece la más severa condena eclesiástica, porque olvida un detalle fundamental. Éste:

 Para los “teólogos de la violencia” esta es buena o perversa según quien la ejercita: buena, si la practican los anarquistas, los comunistas, los progresistas, los de la ETA, los estudiantes revolucionarios etc; perversa, si la realizan los “fascistas”, los tradicionalistas, los falangistas, etc. El episcopado francés, por ejemplo no ha condenado todavía la violencia del “mayo rojo” (1968); el episcopado italiano tampoco condenó la del “otoño cálido”; el español, la de la ETA; ni nadie la de los secuestradores de aviones hacia la Cuba comunista.

 Pero voces cristianas se elevan indignadas cada vez que un cura terrorista termina en la cárcel, un asesino político es condenado por un tribunal o la policía restablece el orden destruido con la violencia. Nos recuerdan la voz de Marx o de Bakunin, en vez de la voz de Cristo. No piden estas voces la libertad para los perseguidos sino para algunos de ellos. El Sermón de la Montaña se transforma por estas personas en directrices de Radio Moscú, el evangelio según el Kremlin ¡Y todavía hay gente que se pregunta por qué faltan vocaciones! ¿Por qué? ¿Quién va a entregar a su hijo al sacerdocio en estas condiciones?

 La desobediencia, rebelión, inmoralidad, son herejías coherentes en los eclesiásticos progresistas que quedan impunes, creando la subsiguiente confusión en el pueblo de Dios que se vuelve, desconcertado, hacia sus pastores con la esperanza de que a alguno le diga dónde se encuentra la verdad.

 No nos ha producido sorpresa que un cardenal con fama de progresista, de post-conciliar, el cardenal Martín, arzobispo de París, haya roto esta norma de tolerancia para decir: “Condenamos estos procedimientos. Las violencias son contrarias al espíritu del Evangelio”. Pero si usted, lector, cree que el ilustre cardenal se refiere a la violencia de los terroristas, secuestradores o guerrilleros, es que está en el limbo. El cardenal Martín ha emitido todo su poder condenatorio para lanzarlo contra un grupo de manifestantes que el 17 de marzo (1970) protestaban en la iglesia de San Eloy, en París, contra un festival de música moderna que se celebraba allí, gritando: “La Iglesia no es un cabaret”.

 Esa es la violencia perversa, la que debe ser castigada fulminantemente. Por el contrario, la que se volcó sobre la Universidad de París, con manifestaciones de terror por las calles, destrucción de las aulas y conflictos con la policía, debe ser violencia evangélica, ya que el señor cardenal no ha dicho una sola palabra para condenarla.

 Los estudiantes, profesores e intelectuales de todos los países, durante estos años enteros, han guardado silencio mientras el Vietcong arrasaba aldeas y acababa con todos los vietnamitas que no se supeditaban a sus deseos. Pero todos estos occidentales se han alzado en protestas enérgicas cuando una fuerza yanqui, por lo que sea, cometió actos parecidos.

 El mismo sector de la opinión pública consideró normal que las tropas de Hanoi se instalarán en Camboya, protegidas por su neutralidad, desde donde atacaban impunemente a norteamericanos y sudvietnamitas. Pero cuando el presidente Nixon se harta de este juego y decide no aguantar más e invade Camboya, al instante y con perfecta sincronización, se elevan protestas en todo el mundo porque Nixon ha violado una neutralidad que prácticamente era inexistente.

 Y cuando el soviético Kosygin se hace eco de las protestas y condena al presidente Nixon por su invasión de Camboya ¡en nombre de los países “amantes de la paz”!, el diario más importante de Londres publica la noticia de la “excomunión” de Nixon por Kosygin, con titulares a toda página. Se cuida, por supuesto, el tal diario de hacer constar que Kosygin es la mayor autoridad en materia de agresión a naciones ajenas, como lo demostró con Checoslovaquia en 1968.

 Por lo que respecta exclusivamente a nuestro país, las cosas no discurren de otra forma. Todo es igual que en el extranjero por la sencilla razón de que todo corresponde unos planes perfectamente sincronizados. Si la policía española, en su obligación sagrada de mantener el orden dondequiera que se altere, hubiese actuado tan enérgicamente o casi, como la norteamericana actuó en Ohio (1970), la leyenda negra contra nuestra Patria y nuestro Régimen habría tomado caracteres universales. Si los estudiantes mejicanos que, en vísperas de la Olimpiada de 1968, fueron clavados materialmente con las bayonetas de los soldados, hubiesen sido españoles y el hecho se hubiera desarrollado en Madrid, las internacionales de todo tipo hubiesen desgarrado sus vestiduras y el escándalo aún persistiría. 

Si los detenidos recientemente en las diócesis de Bilbao no hubiesen sido sacerdotes sino un grupo de falangistas o las “guerrillas de Cristo Rey “, ponemos por caso, la reciente homilía de monseñor Cirarda no se hubiese escrito. Si el sacerdote que, en presencia del ministro de la Gobernación, asiéndose al micrófono en una solemnidad religiosa en Montserrat excitó a los fieles, no hubiera sido tal sino un “nefasto derechista” o un “contestatario” contra las cosas que están sucediendo en Cataluña, ya hace tiempo hubiese pasado al Tribunal de Orden Público.

 Y suma y sigue, lector. Agrega cuanto quieras que siempre te quedarás corto. Porque hoy por hoy, la violencia es según y cómo.


Revista FUERZA NUEVA, nº 183, 11-Jul-1970

 

domingo, 29 de marzo de 2026

Más sobre el velo de la mujer en el templo (2)

 Artículo de 1968

 Más sobre el velo de la mujer en el templo

 Repetidamente viene ocupándose ¿QUE PASA? de un problema religioso, irresoluble por lo que se ve, dada la indiferencia con que los más llamados a resolverlo de raíz —como son los sacerdotes— lo contemplan despreocupados. Nos referimos a la obligación que tiene la mujer de cubrirse la cabeza en los actos litúrgicos; obligación de la que se exime bonitamente, unas veces por inconsciencia e ignorancia; otros, por negligencia; a veces, por coquetería y vanidad, cuando no por manifiesta indisciplina y rebeldía, que de todo hay en la viña del Señor. 

A propósito de este asunto, que encierra más gravedad de lo que a primera vista parece, el autor de estas líneas hubo de dirigirse, no hace aún dos meses, a su propio prelado, en carta particular, motivada, principalmente, por otro problema que no hace al caso traer a colación al presente. En la citada carta, y aludiendo al motivo que origina este escrito, decía el que suscribe lo siguiente:

 «Aprovecho, además, esta coyuntura para hacerle encarecidamente un ruego, que no dudo atenderá, por ser de razón su contenido. Como V. E. no tiene el don de bilocación es natural que no pueda enterarse, personalmente, de cuanto ocurre respecto a la ejemplaridad de los fieles en el Templo, sobre todo de la mujer moderna, que ha perdido los estribos y no respeta la Casa de Dios, entrando en ella como en una sala de espectáculos. ora con escotes exagerados, ora con los brazos al aire, ora con vestimenta mundana y, a las veces, nada edificante, cuando no en minifalda y en pantalones. Esto constituye un escándalo mayúsculo y una ofensa continua al Señor. Yo no sé cómo los sacerdotes, que son los más indicados dentro del Templo, no han llamado anticipadamente la atención a todas esas jovencitas. con aire en la cabeza, que, por contera, llevan descubierta, dándoles un ardite la obligación de usar el velo en los actos litúrgicos y atreviéndose —descocadas— a acercarse de este modo al Comulgatorio. 

Si, desde un principio, cuando empezó a notarse esta transgresión de las normas eclesiásticas, hubieran los sacerdotes advertido a la mujer —quienquiera que fuese— la sagrada obligación de comportarse dentro del Templo con la compostura que exige la «presencia real» del Señor en la Eucaristía y de acercarse cubiertas a recibirle en Comunión, nos hubiéramos ahorrado el bochornoso espectáculo de todos los días. ¿Es que no tienen ojos los ministros del Señor? Tal vez algunos no tengan autoridad para exigir el cumplimiento de las leyes de la Iglesia, por ser ellos los primeros que desconocen, a sabiendas, la obligación de llevar abierta la coronilla. ¡Que también es disposición canónica!

 Por lo expuesto, señor………….. estimo de mi deber, como seglar católico, ponerle en antecedentes de lo que ocurre, al extremo de que será precisa la continua admonición sacerdotal, antes o dentro de la Santa Misa, si se han de corregir, de raíz, los graves defectos apuntados. ¡Ni minifaldas, ni desnudeces, ni cabelleras al aire, ni pantalones! «Ni el hombre se vista de mujer ni la mujer de hombre, porque esto es abominable a los ojos del Altísimo.» No Jo digo yo. Lo dice la Sagrada Escritura y esto basta. AI paso que vamos, con aires progresistas (en esta Diócesis, por fortuna, desconocidos hasta ahora, merced a los desvelos pastorales de V. E. y de sacerdotes dignísimos), corremos el riesgo de ser infieles a nuestros mayores y a la sagrada herencia que nos dejaron en testamento.

 Ignoro si cuanto acabo de decir le compete denunciarlo a un servidor de V. E. Estimo que sí, pero, si así no fuere, de todas formas le suplico de corazón que corte por lo sano en los extremos aludidos. Le estamos metiendo —perdóneme la expresión— los dedos en la boca al Señor, y como de Dios nadie se ríe impunemente, mejor será prevenir y no hacernos, por acción o por omisión, cómplices de las prevaricaciones públicas de los demás, acarreándonos, luego, la indignación de lo Alto...»

 Hasta aquí nuestra carta al prelado, cuyo nombre omitimos por discreción, pero que juzgamos oportuno darla a conocer para ver si, en fuerza de insistir ante quienes pueden, si quieren, corregir el abuso indicado y otras transgresiones también, se consigue volver al tradicional decoro de la mujer española dentro del Templo y en todos los actos litúrgicos. Lo exige la gloria de Dios. ¡Ni más ni menos! ¡Lo exige y lo impera su propia palabra en los Libros Santos! Y ¿quiénes son los hombres para enmendarle la plana a Dios?

 Y para que se vea, en toda su gravedad y alcance el aludido mandato, aunque para los ligeros de juicio se trate de una disposición disciplinar sin importancia mayor, queremos formular la pregunta siguiente. ¿Qué diría el sacerdote que, al ir a dar a los fieles la Sagrada Comunión, se encontrara con que el comulgatorio estaba ocupado, mitad por mitad, por mujeres con la cabeza descubierta y por hombres tocados, por su parte, con boina o con sombrero? Fácil es adivinar la respuesta. 

El sacerdote en cuestión se irritaría contra los varones que se exhibían cubiertos dentro del Templo y ante el Señor Sacramentado, y sería natural su indignación, pero ¿qué podría responder LÓGICAMENTE si los hombres aludidos le reconvenían diciéndole: Y ¿por qué no se irrita usted contra ésta y aquélla y esotra jovencita, o entrada en años, que se atreve a acercarse al comulgatorio, o simplemente a entrar en la iglesia, con la cabeza descubierta? ¿O es que San Pablo habló solamente para los hombres? ¿ O es que el canon 1.262 sólo hace referencia al comportamiento del sexo masculino dentro del Templo, exigiéndole el ir descubierto, y deja a la mujer que entre a pelo en el Lugar Santo y la autoriza a recibir, de esta suerte, al Señor en la Eucaristía?

 San Pablo supo lo que se decía y la Iglesia también sabe lo que se trae entre manos al formular sus disposiciones legislativas y canónicas. ¡Todo estriba en hacerlas cumplir a rajatabla, y, cuando se quebrantan salir por los fueros de Dios, están muy por encima de ciertas tolerancias, incomprensibles por parte de los simples sacerdotes y, principalmente, de los propios obispos, puestos por Aquél para regir su Iglesia y velar por el cumplimiento exacto de sus Leyes!

 H. G.

 

Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968

 

martes, 17 de febrero de 2026

Contra la nueva y funesta colegialidad

 Artículo de 1970 

 MEDITACIÓN SOBRE EL PAPA

 (En el 50 aniversario de la ordenación sacerdotal de Pablo VI)

 En una de nuestros anteriores colaboraciones recordábamos las palabras proféticas del cardenal Bevilacqua: “El papa Montini está destinado a reinar en medio de los juicios contrastantes y la incomprensión de los contemporáneos”. Pero no sólo el papa Montini. Nadie está tan tremendamente sometido al juicio de la historia como un Papa, Vicario de Cristo en la tierra. Sobre él gravitan todas las fuerzas que agitan los movimientos de la cultura humana, para hundirle unas veces en el desprecio y la humillación, por parte de unos; para levantarle, otras, en la veneración y respeto sumos, por parte de otros. El Pontificado -por lo menos en la historia del occidente- es el pernio sobre el que se mueven los acontecimientos más “históricos”, quiero decir más humanos: religiosos, culturales y políticos.

 Desde que el edicto constantiniano, de principios del siglo IV, da libertad a la Iglesia de las catacumbas, el Papado cobra una significación definitiva en la historia del Occidente. Este Occidente cristiano que recoge la cultura clásica y la salva de las ruinas del Imperio romano, transmitiéndolo al medioevo. Que eleva al Pontificado a la gloria de los tiempos gregorianos. Que ocupa el centro mecenático de ese primer renacimiento espléndido del tiempo de Inocencio IV, coronado por las Universidades Escolásticas, por las figuras incomparables de los grandes maestros, y por el impulso auténticamente reformador de las Órdenes Mendicantes.

 Algo, sin embargo, se quebraba en aquel tardomedievo del siglo XIV, nominalista y conciliarista, que anuncia los desmoronamientos de los siglos XV y XVI. Y siempre la primera y fundamental razón la encontramos en un oscurecimiento del dogma básico eclesial sobre el primado romano. ElPapado está siempre ahí, en medio, discutido y defendido, vilipendiado y protegido, La revolución -¡que no “reforma”!- protestante, lo es principalmente porque el protestantismo (da igual luteranismo, calvinismo que anglicanismo) es la primera ofensiva en grande estilo para cambiar el centro religioso de gravitación del Occidente cristiano en una multitud periférica de puntos, de goznes enloquecidos.

 El Papado resiste. Y la contra-revolución-que no “contra-reforma”- católica erige de nuevo al Papado; y reúne en torno a él la pléyade de santos, de fundadores, de auténticos reformadores. La marea pasa dejando en pos de sí luengas tierras encharcadas. Y la luz de Cristo baña otras playas, llevadas por las carabelas de España. Finalmente, las revoluciones modernas toman, como uno de sus objetivos principales, el derrocamiento de la roca del Papa: galicanismo, iluminismo, revolución de la Bastilla. En 1870, el Vaticano Primero no sólo es la proclamación culminante de un dogma que destaca la posición única de base y punta del edificio jerárquico de la Iglesia; es también el anuncio escandaloso del principio de autoridad ante una época, el liberalismo revolucionario, que estaba minando los fundamentos de toda sociedad. No sería exagerado afirmar que la definición dogmática del Primado Romano retrasa en casi un siglo el triunfo de los movimientos nihilistas de la época.

 Y hoy ya, ¿qué significa el Papado a la historia contemporánea? En primer lugar, un lugar alto del espíritu hacia donde corren atemorizados los escasos valores humanos que aún están vivos: el sentido de la justicia, el derecho de gentes, la norma eterna de la moral natural. Porque, en una tierra dominada por el trust y por la Banca, y que sucumbe al epicureísmo más craso, hay alguien todavía que lanza el grito de la “Humanae vitae”, o de la “Pacem in Terris”; o se presenta audazmente en el ágora más impresionante de Nueva York, como la encarnación visible de la única posible “Política de Dios y Gobierno de Cristo”.

 No podemos darnos cuenta de esa fuerza inmanente y oculta que todavía representa para el mundo la situación del Papado católico. Y hasta hay momentos en que se piensa y se escribe con una absoluta falta de sentido histórico, que la influencia del Papado, en este mundo tecnológico y secularizado, no representa ya casi nada. El mundo inmaduro y niño del medioevo; el mundo adolescente y joven del renacimiento, podían mirar al Papado para protegerse con su tutela secular. Hoy nuestro mundo se considera adulto y orgulloso de su autonomía, reclama su herencia secular, y se va muy lejos de la casa del padre de familias.

 Pero hay más. Porque (“tercer punto” de nuestra meditación) ese mundo que se aleja de la colina vaticana: que quisiera perder de vista la cúpula escandalosa del Buonarotti, hoy es también una buena parte del mundo católico. Hoy los católicos vivimos bajo el signo de una “colegialidad” funesta. Esta, sin atreverse a una franca proclamación de galicanismo ochocentista, o de episcopalismo, está, de hecho, operando con una especie de obstinado “desgaste” y “deslustre” del Primado Romano, que obra como un líquido corrosivo sobre un metal precioso. El papado, con ello, está descendiendo vertiginosamente a ser una institución histórico humana, fruto de un juridicismo elaborado durante siglos por la tradición legalista romántica. En este caso, podrá ser, sí, una garantía externa de unión de todas las actividades eclesiales; pero, no ya, el “principio y fundamento” de que habla el Concilio Vaticano Primero.

 Un Primado “enervado” por una desconcertante colegialidad, es hoy naturalmente un “centralismo” molesto. Porque -en contra de todas las hipócritas afirmaciones- se le quiere pensar como un centro de coordinación de actividades, como una sala de recepciones, o-para decirlo con el Sínodo holandés-“el Papa, un presidente o secretario general de todas las iglesias”.Pierde, pues, el elemento de comunicación dinámica de la fuerza de comunión jerárquica. No es ya como una potente fuerza solar presente necesariamente en todas las manifestaciones térmicas de la Iglesia.

 Y con el declive “dogmático”, el Papado hoy sufre un tremendo declive “psicológico-afectivo”. Naturalmente no nos referimos a aquella sentimentalidad romántica que acompañaba al “Prisionero de Roma”, en la que hoy nadie puede ya pensar. Nos referimos a este clima de crítica a la persona del Papa que ha surgido como deporte de invierno para tantos teólogos sicofantes, para tantos periodistas católicos venales, para tantos laicos escritores de crónicas desaprensivas. ¿Cómo se ha podido llegar aquí? Nuestra meditación iría muy lejos... Pero una es la causa decisiva: ese declive dogmático incontenido hacia una colegialidad herética. Pueden, sí, existir otros factores temporales que aspan a la Iglesia de Dios, y aún a sus representantes supremos, con los estigmas de una temporalidad irreversible. Pero, diríamos, nadie hoy tiene perspectiva histórica suficiente para erigirse en juez de la historia contemporánea del Papado.

 Santo Padre, Pablo VI: en esta angustia que atraviesa tu corazón de padre, en el momento preciso de tu devotísimo cincuentenario, ungido sacerdote del Señor, estamos junto a ti; porque “donde está Pedro allí está la Iglesia”.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº178,6-Jun-1970 


domingo, 8 de febrero de 2026

El derecho al alzamiento de la nación en armas

 Artículo de 1967

 EL DERECHO AL ALZAMIENTO DE LA  NACIÓN  EN ARMAS

 Ni siquiera el escaso mérito de la novedad tiene la actual maniobra del comunismo y de la masonería para congelar a los católicos que reaccionan contra su imperio, mediante la propaganda pacifista desde sus propias filas. Esto mismo de ahora también ocurrió cuando la Segunda República.

 Del retraso en la salvación de España de aquel peligro, y de la magnitud que, por el retraso, tomó la empresa fueron responsables los católicos que trataban de disuadir a otros católicos de recurrir al único medio eficaz: a las armas. El grupo laicista, democrático y extranjerizante de «El Debate», no cesaba de trabajar por la capitulación incondicional de los católicos. Frente a él, el Magistral de la catedral de Salamanca, don Aniceto de Castro Albarrán, escribió un libro titulado «El Derecho a la Rebeldía», que resumía la doctrina católica acerca de la licitud de la violencia. Dos años tardó en ver la luz; dos años de guerra entre bastidores entre el equipo de don Angel Herrera y el grupo de «Acción Española». Dos años de retraso en liberar de errores a muchos de los que podían salvar a España.

 En última instancia, llegó el asunto al Cardenal Primado, Dr. Gomá. Le visitó, para urgirle a la aprobación del libro, el grupo dirigente de «Acción Española» presidido por don Ramiro de Maeztu; contestó el Cardenal que teólogos importantes le habían dicho que no hallaban reparos y que la única duda que quedaba por aclarar era la cuestión de la oportunidad de su publicación. El más joven del grupo visitante le replicó que la duda en materia de oportunidad era insuficiente para continuar reteniendo el libro, porque en materia de oportunidades lo que es inoportuno para un bando es oportuno para otro. Ante este argumento dio el Cardenal por terminada su gestión y el libro apareció inmediatamente. Era el año de 1934. 

No faltaron los casos—cuenta el autor en el prólogo de las ediciones de posguerra—, de rectos y prestigiosos militares que, en los días de la gestación del Movimiento, se resistían a comprometerse en la insurrección, por razones morales; pero que no dudaron en dar luego su nombre, dispuestos a dar también la vida, cuando alguien, con «El Derecho a la Rebeldía» en la mano, les convenció que podían hacerlo con absoluta tranquilidad de conciencia.»

 Dos años después, los hechos señalaban este libro como piedra sillar de la Reconquista de España para la Iglesia, y se reeditó, cuatro veces, con el título de «El Derecho al Alzamiento». Ahí está, con censura eclesiástica, como síntesis de la perenne doctrina que fue raíz y bandera de la Cruzada Española, y podrá ser siempre para otros pueblos, cuando se hallen en circunstancias parecidas, raíz y bandera de parecidos Movimientos Nacionales.

 Como modesto homenaje al Ejército Español, que tiene en él el respaldo teológico de su gesta de 1936-1939, y para confortar a los pusilánimes que se quedan petrificados ante las campañas pacifistas, transcribiremos algunos de sus mejores párrafos; el carácter de guerra civil que da el comunismo a sus conquistas internacionales y la superposición de esta a las guerras clásicas, les da un interés más general que el que al principio tuvieron.


 LA MORAL DE LA FUERZA.—

No hace mucho que un grupo internacional de teólogos firmó un dictamen, en el que se declaraba inmoral la guerra ofensiva de los Estados y aún la simplemente defensiva. Esta tan grave resolución, apoyábanla sus autores en el hecho de que, actualmente, la guerra, con el bárbaro progreso de su técnica, ha dejado de ser un medio proporcionado al fin. Y en la existencia de un organismo internacional —la Sociedad de Naciones—, cuyo fallo es suficiente para dirimir las contiendas internacionales y para vindicar el derecho de cualquier Estado, tal vez injustamente agredido.

 De admitirse este dictamen, no faltaría quien pretendiese extenderlo a los conflictos internos, intra-nacionales, entre los pueblos oprimidos y los poderes tiranos.

 Pero nos atrevemos a asegurar—a pesar de la autoridad de los teólogos firmantes del dictamen—que ni todos, ni la mayor parte de los moralistas participarían, hoy todavía, de tan encantador optimismo. Es demasiada esa fe en la virtualidad del organismo de Ginebra o en la de otro parecido. Tributamos, pues, un aplauso a la noble aspiración—bello ideal—del documento, pero seguimos creyendo en la triste necesidad que ha obligado a los teólogos y juristas de todos los tiempos a sostener la licitud de la guerra. Y más de la guerra defensiva.

 Es doctrina de Suárez que la guerra de la república contra el tirano, para ser honesta, debe tener las condiciones de la guerra justa, que son:

 1.ª Que el recurso de las armas sea un medio necesario. Antes de acudir a él es preciso ensayar los otros géneros de resistencia, los medios legales, la resistencia pasiva, la resistencia civil, apelación a tribunales internacionales. Pero no se ha de eximir este ensayo de una manera absoluta. Basta que sea manifiesta la inutilidad de tales esfuerzos. Entonces sería ridículo retrasar la verdadera resistencia hasta agotar, uno por uno, los recursos pacíficos.

 2.ª Que haya sólida esperanza de un éxito favorable. No son lícitas las aventuras, a tontas y a locas.

 3.ª Que los bienes probables compensen los daños, que seguramente acarrearía el empleo de la violencia. A este propósito recordaremos lo que decíamos al hablar de la legitimación de los poderes de hecho: que la simple vindicación del derecho atropellado, debe también considerarse como un bien de la sociedad.

 4.ª Que no haya exceso en el modo. Claro que, desbordado el torrente, no es posible reglamentar minuciosamente la inundación.

 5.ª Que la tiranía, a la cual se resiste, sea cierta y manifiesta. Hay que evitar alucinaciones. Por esto, no es suficiente el juicio particular de un individuo o de un grupo. Es preciso que la voz común del pueblo—los más y los mejores— denuncie la tiranía. En caso de duda, la presunción favorece a la autoridad.

 6.ª Que la resistencia se oponga en el acto de la agresión.


 LA GUERRA CONTRA EL PODER ILEGITIMO

A un enemigo que hace la guerra no está prohibido responderle con la guerra. «Así como el soberano—escribe don Enrique Gil Robles (padre de don José María, en su «Tratado de Derecho Político»— está en el deber y el derecho de rechazar al invasor o al rebelde, al primero, porque atenta a la nacionalidad, por lo menos, y al segundo, porque ataca al orden jurídico y político; así, una vez la usurpación avanzada o triunfante, no se merman, cambian ni alteran aquel derecho y aquel deber en presencia del hecho consumado injusto. A raíz de él, y en lo sucesivo, mientras no sea más que hecho, la reivindicación de la soberanía tiene el mismo título que la posesión y el ejercicio de ella, y la justicia del fin y de los medios no reconoce más límite que la prudencia de no causar mayores daños, por la cuantía o la duración, que el de la usurpación triunfante. Por regla general, la acción armada, y aun la civil contienda, no puede considerarse mal mayor; son per se un medio necesario, aunque doloroso, de coacción legítima, puesta al servicio del derecho.»

 «Para rechazar la usurpación—sigue don Enrique Gil Robles—o para reivindicar la soberanía, en las condiciones expresadas en los anteriores párrafos, la sociedad, en general, está obligada a cooperar, con acción pacífica o armada, regida por-la justicia, prudencia y demás virtudes: el militar, como tal, y el hombre civil, según su estado y las relaciones que, en virtud de él, le ligan a la patria y a su legitima soberanía, pudiendo haber ocasiones en que hasta a la cooperación guerrera se hallen obligados los aptos y los capaces.» Aun otro cualquiera, aunque no sea miembro de la nación usurpada, un individuo particular, o un Estado, puede ayudar a la resistencia contra el tirano. Esa ayuda sería un auxilio lícito, porque es lícito socorrer al inocente.


 ES LEGITIMA REBELDIA.—

La desobediencia a las leyes injustas de una autoridad, aun legítima.

La desobediencia a las leyes, aun justas, de un poder ilegítimo, mientras una razón de bien común no exija su cumplimiento.

La lucha legal, resistencia civil y aun resistencia armada—defensiva—contra la tiranía del soberano legítimo.

La violencia armada contra el poder usurpador.

El tiranicidio del tirano usurpador, llevado a cabo por la sociedad o por un particular, con autoridad pública.

Claro está que la licitud de estas rebeldías está condicionada a los requisitos que hemos ido exponiendo más arriba.

 

DOCTRINA SOBRE LA GUERRA. DE LOS OBISPOS ESPAÑOLES CON MOTIVO DE LA CRUZADA—

El Dr. Pla y Deniel, actual Cardenal Primado, era Obispo de Salamanca el 30 de septiembre de 1936; entonces escribió una pastoral en la que afirma: «Si en la sociedad hay que reconocer una potestad habitual o radical para cambiar un régimen cuando la paz y el orden social, suprema necesidad de las naciones, lo exija, es para Nos, clarísimo, el derecho de la sociedad no de promover arbitrarias y no justificadas sediciones, sino de derrocar un gobierno tiránico y gravemente perjudicial a la sociedad, por medios legales si es posible; pero, si no lo es, por un alzamiento armado. Esta es la doctrina claramente expuesta por dos santos doctores de la Iglesia: Santo Tomás de Aquino, Doctor el más autorizado de la Teología Católica, y por San Roberto Belarmino, y, junto con ellos, el Preclarísimo Doctor, el Eximio Francisco Suárez.»

 El Dr. Arce Ochotorena, Obispo de Zamora y más tarde Cardenal de Tarragona, escribió el 20 de enero de 1937 una instrucción Pastoral titulada «Consideraciones sobre la guerra», en la que asienta esta doctrina de carácter general: «Cuando (...) falta la paz en todas sus formas, en todas su facetas y en todas sus significaciones, la paz religiosa, ¿qué otro sentimiento más hondo, incoercible e imperioso puede sentir, una sociedad perfecta y soberana que el de reacción violenta, por la vía de las armas, para recuperarla?»

 Idénticas doctrinas proclaman el Sr. Arzobispo de Compostela en su Exhortación Pastoral de 15 de diciembre de 1936, y el Sr. Obispo de Madrid en su Pastoral «La Hora presente», de 27 de marzo de 1939. Y ésta es. finalmente, la moral que, con máxima discreción, insinúa todo el Episcopado Español en su Carta Colectiva de 1937:

 «Estos son los hechos. Cotéjense con la doctrina de Santo Tomás sobre el derecho a la resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en justo juicio. Nadie podrá negar que, al tiempo de estallar el conflicto, la misma existencia del bien común—la religión, la justicia, la paz—estaba gravemente comprometida, y que el conjunto de las autoridades sociales y de los hombres prudentes que constituyen el pueblo en su organización natural y en sus mejores elementos reconocían el público peligro. Cuanto a la tercera condición que requiere el Angélico, de la convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la dejamos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son contrarios.»


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967

 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Subversión en los nombramientos episcopales del franquismo

 Artículo de 1967

 Los derechos de la Santa Sede y el peligro de los de la Iglesia española

 Carta abierta al Secretario sustituto de Estado de S. S. Pablo VI

 Rvdmo. Sr. D. Giovanni Benelli.

Arzobispo Sustituto de la Secretaria de Estado de su Santidad. ROMA


 Excelentísimo Monseñor:

Esta carta abierta, por su misma naturaleza tiene que ser grandemente respetuosa para con V. E. y lo que representa. Pero no hallamos otro medio de poder dirigirnos a V. E. con la eficacia que pretendemos que éste que nos brinda el semanario ¿QUÉ PASA?

 Somos otro grupo de curas rurales que venimos meditando día tras día los enormes peligros que acechan al gran tesoro de la unidad católica en España. Mas V. E. representa para nosotros la figura clave en esta coyuntura: joven, apasionado, celoso de los derechos de la Santa Sede, venido a España por una temporada, en días decisivos, para conocerla de cerca. Elevado con tanta rapidez al primer puesto en eficacia resolutoria de la Santa Sede, creemos que algo tenemos nosotros que decirle, los que no hemos tenido acceso directo a V. E. ni podemos tenerlo. Otras cuestiones trataremos en lo sucesivo, pero ahora, en nuestras horas de comentario y vigilia, saltan a nuestra preocupación dos cuestiones fundamentalísimas en las que V. E. tendrá intervención decisiva: la invitación a las dimisiones de los Prelados españoles que se acercan a la edad recomendada, y las provisiones de esas vacantes en las personas de sacerdotes pertenecientes a un determinado grupo bien enmarcado dentro del clero español.

 Nos atrevemos, con la mejor voluntad, a entrar en este tema de las dimisiones, porque los periodistas sacerdotes —nos suena mejor que sacerdotes periodistas— que controlan la gran prensa de Madrid, que es lo mismo que decir la de España, se han atrevido a hablar de que en la pasada conferencia, por una mayoría suficiente de votos, se aprobó la gestión vaticana en estas delicadas lides. Nos parece frase poco acertada la de «gestión vaticana». Tan «desacralizada», que nos lleva a meditarla en extremo para que V. E. conozca nuestros pensamientos. La «gestión vaticana» no cae, no puede caer, sobre la infalibilidad pontificia. Invitar, por no decir intimar, a un Obispo anciano en plenitud de sus facultades a dimitir su diócesis en el plazo de unas horas no puede ser cosa que

ataña a la infalibilidad. Esta “procedura”, como se dice en Italia, se debe a informaciones más o menos interesadas, por no decir tendenciosas, porque a posteriori —y preferimos callar nombres— se ha podido comprobar que ninguna de las dimisiones de Obispos españoles entrañaban urgencia alguna, ni por razones de. salud del cuerpo ni por razones de salud del alma. Indudablemente, fueron otros los criterios aplicados, que penetran con toda facilidad y claridad ante el sencillo clero y pueblo español.

 Cuidado con las dimisiones episcopales y con la forma de provocarlas; que está cundiendo, carísimo Monseñor, un desánimo ante posibles injusticias que no pueden imputarse a la persona sacratísima del Vicario de Cristo, pero si a su pobre y unilateral información. Que una vida entera consagrada a la Iglesia no puede liquidarse con un telegrama cifrado. Que, en definitiva, lo que a todos nos ha de salvar es la caridad. Y ésta tiene que penetrar hasta las más altas cúpulas. Como pensamos seguir escribiendo, no queremos alargarnos más ahora y vamos a advertir algo sobre las futuras provisiones.

 Continuando su campaña, los mencionados periodistas sacerdotes hablan de un grupo de Obispos jóvenes (léanse «ABC» y «Arriba» de los últimos días de noviembre) que van dando tono conciliar a la Conferencia Episcopal española. ¡Cuidado, Monseñor! Ha trascendido al pueblo sencillo, precisamente por la interesada campaña de este grupo de publicistas, que ya los nuevos Obispos incorporados a la Conferencia, de manera sistemática y como obedeciendo a una previa consigna, se oponen a los acuerdos de la mayoría. Así se nos han dado, con verdadero regocijo no disimulado en esta clase de prensa, el que han sido diecisiete los votos en contra del Estatuto de la Acción Católica, después de diez días de discusión, y se nos dice que diecisiete hombres, diecisiete diócesis, etc.

 Cuidado con escindir la Conferencia Episcopal Española, querido Monseñor. No estamos en tiempos de jugar con tanto riesgo. Y lo que no se atreven a decir en los periódicos, pero que dicen en pasillos y reuniones de apostolado: tenemos a Monseñor Benelli en Roma. Recuerdan aquello que dijo un dirigente de la Juventud Femenina de Acción Católica en la plaza Mayor de Salamanca el 15 de agosto de 1964: «Algo ha cambiado hoy en España, gracias a Monseñor Benelli.» Que no cambie demasiado, Monseñor. Y tan atrevidos y ligeros, que algunos enseñan la lista de los invitados a la consagración episcopal de V. E. en la Basílica Vaticana, de los invitados que asistieron y de los que asistieron sin ser invitados, como los futuros miembros del Episcopado Español. Miedo nos da nombrarlos nosotros, no es ese nuestro propósito, por si pronto vemos sus caras en la prensa diaria con la noticia de su promoción.

 Prudencia, Monseñor; España es diferente. Aún quedan cuadros, prudencia, cariño, obediencia, pero somos celtibéricos. Sería una lástima que, llevados de unilateralidad, y asombrados por las noticias de los audaces, las cosas cambiaran de signo de tal modo que nuestra unidad católica se terminara de resquebrajar. Y es claro que si inexorablemente se va escindiendo la Conferencia, esto se conseguirá en corto plazo. Volveremos otro día, Monseñor, y besamos su anillo.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 


sábado, 13 de diciembre de 2025

Carlismo y Religión

 Artículo de 1967

  CARLISMO Y RELIGION

 Don Javier de Borbón-Parma, el abanderado del carlismo desde el fallecimiento de Don Alfonso Carlos, en 1936, acaba de dar testimonio de lealtad a la Causa y de estar en posesión de la legitimidad.

 La legitimidad real hispánica la reciben nuestros reyes por cuatro conductos. Don Javier la recibió, por una parte, del expreso deseo de su tío Don Alfonso Carlos. Por otra parte, de la Historia y de las leyes dinásticas que forman la Historia adjetiva de la Causa. Por otra, del deseo del pueblo carlista, que así se viene manifestando desde hace muchos lustros y, por fin, del propio ejercicio de la permanente lealtad a la dicha Causa. Los tres primeros conductos de legitimidad, si no fueran acompañados por el último, de nada servirían. En cambio, la posesión del último por sí sólo arrastra tras de sí al pueblo carlista que revalida la legitimidad, y sería suficiente, en ausencia de los restantes.

 En la reciente concentración-romería que ha tenido lugar en el Santuario de Fátima, y al que han asistido varios millares de requetés, Don Javier ha recordado que «los requetés son los soldados de la fe», según los llamó repetidas veces Pío XII. Una muy nutrida representación numérica del pueblo carlista se unió a la familia Borbón-Parma, en una serie de actos de religiosidad profunda en medio «de un mundo en desarrollo y desconcierto», en el que el carlismo «permanece fiel» a Cristo.

 Los carlistas y sus requetés no son soldados de la libertad, de la democracia, del progreso y del desarrollo, sino que son «soldados de la Fe», y siendo soldados de la fe, lo demás se obtendrá por añadidura. Porque cuando los gobernantes tienen sincera y manifiesta fe en Cristo, conceden a sus pueblos la justa libertad, les reconocen las instituciones representativas adecuadas, que son muy superiores a la falsa democracia, y con esas instituciones, basadas en el Evangelio, se logra una paz y un progreso que no está en pugna con la Religión,

 El carlismo no tiene otra solución que ser confesionalmente católico. No surgió para defender a ningún rey, ni tampoco para defender las libertades de los municipios y regiones, ni tampoco para el engrandecimiento de la Patria, sino que como oró Don Javier, los requetés «se levantaron en defensa de la Fe». Donde hay Fe pública y privada, queda salvaguardada la familia y se impide la subversión.

 Nadie como el carlista defiende la Patria. En efecto, ninguna ideología ha dado tantos héroes y mártires en los últimos ciento cincuenta años. Haciendas y vidas, en holocausto de la Patria, ha dado el carlismo. Para los tradicionalistas, la Patria española es una nación que tiene un destino ecuménico, marcado por la Divina Providencia. Para el carlismo, la Patria es una fracción de la Cristiandad, con destino expansivo de su ansia de espiritualidad y de fidelidad a Roma. Por ese concepto de Patria es por el que los requetés de pasadas generaciones lucharon en vida y paz, y por esa misma Patria es por la que el carlismo está en vigía permanente.

 Nadie como el carlista defiende las libertades de las Regiones, de los Municipios y de las Familias y personas. Para el carlismo, la región, el municipio y la familia no son más que las piezas esenciales con las que se construye la Patria. Son «Patrias chicas» para una Patria grande. Cuanto más sólidas sean esas fracciones de la Patria, más segura estará la Patria en su unidad total. Las regiones, comarcas y municipios y familias engarzadas adecuadamente, son la garantía de la seguridad de la Patria. El separatismo, en cambio, si bien se fundamenta en la fortaleza de esas fracciones, las deja sin el imprescindible nexo tan fuerte como la propia fracción, y es entonces cuando se desmorona la unidad Patria, y hace inútil e inservible la fracción separada. El carlismo a esas libertades de las «Patrias chicas» las llama «fueros», y tales libertades no tan sólo tienen la mira de la seguridad y grandeza del edificio «Patria», sino que no cabe olvidar de que se fundamentan en la dignidad de la persona humana, según el catolicismo, y en la doctrina de la «subsidiaridad» tan propagada y defendida por los .Romanos Pontífices. Esas libertades contribuyen a que la cristianización de la sociedad, en sus diversas modalidades y niveles, sea una mayor realidad; hasta el punto de que si los «fueros» sirvieran de pretexto o causa para atentar a los derechos de la Religión, el carlismo sería el mayor enemigo de los fueros y libertades.

 Nadie como el carlista es tan monárquico, porque sabe y cree que sin esa institución de Rey, España caería en poder de la subversión y de las fuerzas del ateísmo, liberalismo, materialismo y laicismo. La experiencia histórica así nos lo enseña, y el carlista intuye la Historia y, además, no la olvida. El carlista no es monárquico, para defender la existencia de esa institución llamada «REY», sino porque siempre ha tenido rey que haya defendido la Causa carlista, y solamente con esa institución real, ve la posibilidad de que haya una continuidad histórica. Si la Monarquía, en un momento dado, no sirviera para garantizar el destino religioso de la Patria, el carlismo dejaría de ser monárquico.

 Resumiendo la doctrina carlista, diremos que la RELIGION ES EL FIN la PATRIA y los FUEROS SON LOS MEDIOS PARA EL INDICADO FIN, y el REY ES EL MEDIO PARA EL FIN PRIMORDIAL Y SUS INDICADOS MEDIOS, CONJUNTAMENTE

 De una defectuosa interpretación de esta doctrina o postura política, se puede llegar a la conclusión falsa de que el carlismo pretende que «la Iglesia sea carlista». La realidad es muy otra. Para el carlismo, la Iglesia debe ser apolítica totalmente, esto es, no debe mezclarse en las luchas de los hombres y sus grupos sobre la forma de realización del gobierno y régimen temporal. Este apoliticismo de la Iglesia que defiende el carlismo no entraña necesariamente la aconfesionalidad del carlismo. Parece extraño, pero así es. La Iglesia no tiene por qué ser carlista, pero el carlismo sí tiene que ser necesariamente católico.

 Lo explicaremos con un ejemplo. La Iglesia, verbigracia, no tiene por qué inmiscuirse en un debate sobre importaciones y exportaciones, entablado entre las Cámaras de Comercio y las Cámaras Agrícolas. La Iglesia no puede pronunciarse en favor ni en contra de unas u otras Cámaras, pero tales asociaciones para la doctrina carlista deben ser católicas, porque en sus Estatutos o Reglamentos nada debe pugnar con la doctrina de Cristo y, además, deben contribuir a que sus asociados actúen como buenos católicos, tanto privadamente como en vida colegiada. Este es el servicio del carlismo a la Iglesia, que se entrega al servicio de la Religión, sin pedir nada. Como es lógico, agradece y estima el que miembros de la Iglesia—no la Iglesia— se percaten de la doctrina que no tiene otras miras que el Reino Social de Cristo en la tierra. 

El carlismo busca y pretende que todas las actividades humanas estén saturadas de un auténtico sentido cristiano, que busque, al propio tiempo, que la religiosidad, una paz y un progreso que sirvan de concordia entre los hombres que forman la gran familia cristiana.

 *****

El desvío de esa doctrina, en cuanto tal apartamiento suponga una ideología contraria, debe considerarse como de una traición a la Causa. Cuando así sucede, hay falta de fidelidad a la doctrina que se recibió para guardar, defender y propagar.

 El carlismo debe custodiar, «cueste lo que cueste», el tesoro de la Tradición, según los que han formulado la doctrina carlista y los reyes que la han consolidado y promulgado, y que nosotros hemos resumido. En todo tiempo ha habido carlistas que han intentado modificar la Causa, pero hoy los hay más que nunca y con más poder informativo y expansivo del error y del desvío. Si quienes desvían la doctrina son los que están más obligados a defenderla inmaculada y ortodoxa, entonces surge una falta de fidelidad a la Causa, y a esta falta de fidelidad es a la que llamamos traición, que puede ser por ignorancia o por mala fe.

 Nosotros, «cueste lo que cueste», lucharemos por la fidelidad a la doctrina con todas nuestras energías, aun a trueque de recibir ingratitudes y persecuciones. No entra en el modo de ser carlista el parapetarse ante una dificultad o el huir por temor a las persecuciones.

 Con nuestra difícil y arriesgada postura, contribuiremos a la meta que Don Javier Borbón Parma ha señalado en Fátima, la de «que podamos entregar a las jóvenes generaciones que nos siguen, una Fe firme en Dios y un amor grande y filial a la Virgen.» Nosotros así esperamos que sea, a pesar de todos los obstáculos que se presentan, porque el carlismo, mientras siga fiel a su Causa —mientras no haya traición—no morirá, porque es inmortal. El pueblo carlista jamás traicionará la causa, porque sería traicionarse a sí mismo.

  Roberto G. BAYOD PALLARES


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967