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miércoles, 17 de junio de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (6)

 Artículo de 1979

 TARANCÓN, UN CARDENAL NEFASTO 

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 Los primeros días de octubre solían ser franquistas para el cardenal. En 1973 no rompe con la tradición y vuelve a oficiar el “Te Deum” (octubre, 1973), acudiendo después a la recepción que celebra con motivo del 1º de octubre. Un día más tarde bendice la residencia de la Seguridad Social “1º de Octubre” inaugurada por Franco. Mientras tanto, cesa a varios profesores (“conservadores”) del Seminario y trae de nuevo a los que había echado monseñor Morcillo, al tiempo que propicia un Instituto Universitario de Teología, con Miret Magdalena y González Ruiz de profesores. Nadie podrá extrañarse ya de que el Seminario de Madrid se convierta en lo que luego ha resultado.

 El asesinato del almirante Carrero, el 20 de diciembre de 1973, sirvió para demostrar que innumerables católicos hacían a su arzobispo responsable moral del magnicidio. Es claro que el cardenal no tuvo nada que ver con los asesinos del almirante, pero la opinión del pueblo madrileño demostraba que su arzobispo se había ganado a pulso no sólo su desprecio, sino también sus iras. Gonzalo Mota señalaba en “Fuerza Nueva” (enero, 1974) que esa explosión general de desaprobación ante una persona y una línea pastoral era “obra de monseñor Dadaglio”. Y ahí empieza el declive de Tarancón. Hasta entonces, con críticas como las que hemos señalado, su carrera era ascendente. A partir de ese momento, el mundo comenzó a ver que el “bluff” Tarancón tenía los pies de barro, y que mal podía ser una figura internacional quien era así tratado por sus fieles en su propia sede.

 A comienzos de 1974, una nueva polémica con motivo de autorizar, no se sabe en virtud de qué poderes, la comunión en la mano, sin que existiera concesión de Roma. Una vez más, la oposición entre Tarancón y el cardenal primado (Marcelo González) y monseñor Guerra Campos se manifiesta abiertamente. Los artículos contra el cardenal se multiplican, y en la imposibilidad de citar a todos, mencionaremos solamente la correspondencia que con él cruzó mosén Bachs (Agosto, 1974), en la que sacerdote catalán dirige una verdadera diatriba, con toda razón, al cardenal de Madrid.

 El sínodo de ese año ya nos muestra a un Tarancón que no tiene el menor eco en la Iglesia universal. Sus intervenciones “horizontalistas” no despiertan el menor interés, salvo, quizá, en los sectores más radicalizados del progresismo italiano. Así, el hoy suspendido “a divinis” Dom Franzoni hizo el gran elogio del cardenal, lo que, ciertamente, no contribuía a aumentar su prestigio. La prueba definitiva de lo que aquí se dice está en los escasos votos que obtuvo para la Secretaría del Sínodo. (…) A partir de esos resultados, los turiferarios del cardenal se iban a mostrar más moderados en presentárnoslo como el futuro Papa. Ya no se lo iba a creer ni el mismo cardenal, que tengo para mí fue el único que estaba encantado con la posibilidad.

 De esa época son unas confusas declaraciones sobre matrimonio, divorcio y confesionalidad que anuncian el futuro constitucional de nuestra Patria. Y como la fecha está próxima al primer aniversario del asesinato de Carrero Blanco, no faltan nuevos insultos en la calle. Las declaraciones siguen teniendo puntuales contradictores, que, no es necesario decirlo, están todos mucho más en línea con el magisterio de la Iglesia que el cardenal de Madrid. Así, mosén Ricart: “Las declaraciones del cardenal Tarancón sobre el matrimonio civil han producido estrago grave y nefasto en toda España” (“Iglesia-Mundo”), Angel Garralda… Rafael Gambra, etc. (…)

 En 1975, se hace mediador de la petición de amnistía de Justicia y Paz (febrero), con lo que no es ajena su persona a los asesinatos que hayan cometido los amnistiados una vez puestos en libertad. Tolera también, por entonces, la Asamblea de Vallecas; protesta por la suspensión gubernamental de la misma y nuevo escándalo, con numerosos artículos por este motivo.

 En julio de ese año, otro inmotivado ataque a monseñor Guerra Campos, tan gratuito, que el incondicional “Ya”, al reproducir las declaraciones, sin duda sintiendo vergüenza ajena, suprime el párrafo en cuestión. Intentos de desmentido y un escándalo más. Telegrama del primado (mons. Marcelo González) en solidaridad con monseñor Guerra; forzadas y tardías disculpas de Tarancón y dignísima y cristiana actitud del obispo de Cuenca, en contraste con la del cardenal.

 El 19 de septiembre de 1975 pide, en nombre de la Conferencia Episcopal, un indulto que hoy (1979) vemos cómo está pesando con su aterradora cifra de cadáveres, sobre España y sobre los que propiciaron la amnistía.

 Muerto Franco, homilía en los Jerónimos con motivo de la exaltación al trono de don Juan Carlos, y nueva polémica al canto. Como muestra, un artículo de Julián Gil de Sagredo, cuyo título no puede ser más explícito: “Entre la heterodoxia y la demagogia” (“Fuerza Nueva”, enero, 1976).

 Pocos días antes, un hecho de gran resonancia: reunión de numerosos sacerdotes madrileños y conferencia del canónigo don Salvador Muñoz Iglesias, en la que se pone de manifiesto lo que supuso para la archidiócesis el desdichado gobierno del cardenal. Se dijo que, después de escuchar el impresionante alegato del canónigo, el arzobispo expresó a los centenares de sacerdotes presentes que, de aceptarlo, lo que debería hacer era dimitir. Y el asentimiento parece que fue unánime. Porque, desgraciadamente, todo lo que allí se había expuesto era sólo un pálido reflejo de la realidad.

 También de esa época, otra frase lapidaria del cardenal de enorme importancia para comprender sucesos posteriores: “Ya no es válido eso de que España no puede dejar de ser católica sin dejar de ser España”. Con lo que se vuelve a levantar una oleada de protestas contra el arzobispo que, con tanta frivolidad como ignorancia, pontifica sobre la esencia misma de una Patria que, en verdad, no se merecía un obispo como éste.

 Para cerrar gloriosamente el año 1976, el cardenal de los mil Te Deums y de las mil reverencias ante Francisco Franco, como ya está muerto, decide acreditar un valor que antes ni siquiera se le suponía y, gran heroicidad, prohíbe la misa que se proyectaba en la Plaza de Oriente, el día del primer aniversario de la muerte del Generalísimo.

 Y otra vez las protestas indignadas (…) Como resultado de todo ello, el cardenal tiene que ser protegido por la policía, y nuevas pancartas con el pareado “Tarancón al paredón” en la gigantesca manifestación del 20 de noviembre. Que ciertamente no son objeto del menor reproche por los cientos de miles de católicos que acudieron a la concentración.

 También, por aquellos días, aquel cura sin pelos en la lengua y sin miedo en el alma que fue el padre Venancio Marcos le llama el “cáncer de la Iglesia española”. Y aunque el “Ya” sale con una editorial en su defensa, van siendo cada vez más los católicos que piensan que el respeto que le tienen no es más que el que se merece.

 La Navidad de 1976 trajo un cierto optimismo a los atribulados diocesanos del cardenal. Empezó a hablarse de que se lo llevaban a Roma. Y aunque muchos pensaran que darle un cargo en la Curia era un premio injusto e inmerecido, con tal de verle lejos aceptaban cualquier cosa. No se confirmaron los rumores, pero sí vivimos unos días ilusionados.

 Las protestas por los tolerancias o los decididos apoyos a los clérigos progresistas son una constante en todos estos años, y en 1977 arrecian considerablemente. La Unión Seglar de Madrid se hace eco de la indignación producida por unas conferencias organizadas en la Universidad por el Arzobispado, o, al menos, por sacerdotes que dependen del mismo, en las que varios ponentes eran conocidos marxistas (febrero). Y Eulogio Ramírez dedica un artículo al mismo tema.

 Las increíbles declaraciones de Alberto Iniesta, obispo auxiliar del cardenal, en las que la doctrina católica sobre el aborto, divorcio, relaciones prematrimoniales etc., era abiertamente conculcada. son ocasión también para reprochar la pasividad, por no decir la tolerancia o la complicidad de su inmediato superior.

 Mientras tanto, le imponen la “F” de famoso en una discoteca, estando el elogio al cardenal a cargo del marxista y ateo Tierno Galván (abril, 1977). No es tan extraño que un chiste del nada sospechoso de “ultra”, el humorista Peridis (abril), con motivo de la dimisión del almirante Pita da Veiga como ministro de Marina, presente corriendo a ocultarse de nuevo en la alcantarilla, preocupados por posibles consecuencias militares, a Carrillo, Felipe González, Gil-Robles… y al cardenal Tarancón.

 De esas fechas es una de sus peores “Cartas cristianas” (“Ya”, 24-4): “La espada y la cruz”. Y cuando utilizo el calificativo de peor no me refiero al estilo literario, que ése es malo siempre. El 4 de agosto nombra rector del Seminario a uno de los clérigos más progresistas de España, Juan de Dios Martín Velasco. Y también por esos días otra desafortunadísima expresión de este prodigio de frases desafortunadas: En entrevista a “Gaceta Ilustrada” encuentra muy normal que el sacerdote “de vez en cuando eche una cana al aire, porque es humano”. Rafael Gambra, con su acerada ironía pone, en Fuerza Nueva, al arzobispo en el lugar que realmente le corresponde.

 En octubre de ese mismo año, Pablo VI cumplía 80 años. Y declaraciones de Tarancón dentro de su más puro estilo; es decir, demoledoras para aquel a quien parece querer alabar. Y téngase en cuenta que en este caso se trata del Pontífice a quien Tarancón debe cuanto es.

 “Hoy -dice el cardenal a “ABC”- 80 años no inspiran aquella venerable respetabilidad antigua; al contrario, estimulan las invitaciones al retiro de una forma apremiante. Nosotros tampoco hemos querido organizar aquí nada, en Madrid. Prefiero que pase tranquila esta fecha: no me hubiera extrañado -de tener que organizar algún acto- que la gente, en vez de gritar ¡Viva el Papa! Dijese; “¡Dimite!. Porque todo está muy cambiado. Es otro mundo, y dejémonos de nostalgias”.

 Y ahora, la más absoluta descalificación del Pontífice entonces reinante: “Pablo VI tiene la cabeza muy bien, pero está derrotado físicamente por la artrosis, y esto influye psicológicamente sobre él, estimulando su mentalidad de anciano. Tomar decisiones graves a los ochenta años y con esa mentalidad cuesta mucho, quizá demasiado. Son abuelos que se guían sobre todo por razones afectivas y por miedo a herir si hacen esto, o que pase aquello si hacen lo otro”.

 ¿Intolerable en un cardenal? Parece que sí.

 En noviembre, unas increíbles declaraciones laicistas sobre divorcio, adulterio, etc. en “El País”, que iban ya elaborando el terreno para lo que ocurriría con la Constitución. Tampoco en esta ocasión faltaron las réplicas.

 1978 comienza con una “cordial” entrevista con Santiago Carrillo, que pronto terminó como el rosario de la aurora. Al escándalo del encuentro sucedió el de unas declaraciones de Carrillo que atribuían al cardenal pensamientos inconciliables con la doctrina católica. Desmentido de Tarancón y contraataque del líder comunista, que se reafirmaba en lo dicho. No soy sospechoso de la menor simpatía hacia el responsable de Paracuellos, pero creo que quien decía la verdad era él. Por lo menos ha demostrado más honestidad en su conducta que el cardenal de Madrid.

Otra pésima “Carta cristiana”, esta vez sobre el divorcio (junio), refutada magistralmente por uno de nuestros mejores teólogos, que tacha Tarancón de “divorcista circunstancial”. Y nos encontramos en plena batalla constitucional.

 Pese a todos sus esfuerzos, no le tratan mejor los llamados católicos progresistas. El cura Gamo le llama “reaccionario”, y el ex cura y alto dignatario comunista García Salve denuncia su frivolidad. (…)

 Por el otro extremo no son más favorables las críticas. Rafael García Serrano escribe que Tarancón “es a Cisneros lo que una cucaracha a un águila real”; también se replica acremente a unas declaraciones del cardenal en las que decía que no le asustaba que el PSOE llegase al poder.

 Más ambiguas “Cartas cristianas” sobre la Constitución (octubre y noviembre) y fracaso estrepitoso en los dos Cónclaves a los que asiste. Hasta que llegamos a la carta pastoral de mons. Marcelo González (Primado de España). Pero ello quedará para el próximo artículo.

 Cerramos éste con la humilde petición, a quien corresponda, para que libre cuanto antes a la Iglesia española de este cardenal nefasto al catolicismo de nuestra Patria. Cuando el exministro Julio Rodríguez, que acaba de fallecer, le negó la mano en el funeral por Carrero Blanco bien sabía lo que hacía. Aquel gesto, de resonancias paulinas, seguro estoy que le habrá servido de muchas indulgencias a su llegada al cielo.


 Revista FUERZA NUEVA, nº 633 24-Feb-1979

 

viernes, 5 de junio de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (5)

"Breve historia del señor Tarancón"

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (5)

 BREVE HISTORIA DEL SEÑOR TARANCON

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 NO es fácil medir las responsabilidades de cada uno de los personajes que han salido o van a salir en este informe. Como autores, cómplices o encubridores. De algunos, sin embargo, la autoría no es dudosa y las agravantes, manifiestas. En la sombra, ya nos hemos referido a él, el nuncio Dadaglio.

 A plena luz, como cabeza visible de todo este proceso, Vicente Enrique Tarancón, un levantino que ronda los setenta y dos años, cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal española, «papable» frustrado, académico de la Lengua, etc. De junio de 1971 guardo el primer recuerdo personal del señor Tarancón. Se celebraba en la catedral de Madrid el funeral por monseñor Morcillo. Una oscura maniobra del señor Dadaglio evitó que el cabildo nombrase a monseñor Guerra Campos para regir la archidiócesis, hasta la llegada de un nuevo titular, e impuso al que entonces era arzobispo de Toledo, Vicente Enrique Tarancón. El, por un lado, primado y, por otro, administrador de la archidiócesis madrileña presidió el rito fúnebre y pronunció la homilía. Que más pareció destinada a señalar los defectos que Tarancón encontraba en su predecesor en la sede madrileña y al frente de la Conferencia Episcopal que a cantar unas virtudes que si en términos absolutos eran evidentes, comparadas con las del oficiante resultaban extraordinarias.

 Yo no sé si ese afán de denigrar a los que son muy superiores a él procede de la envidia, de la mezquindad o son simples coincidencias desafortunadas. Que cada cual piense como guste conociendo al sujeto. Pero sí quisiera señalar otra muestra de ese particular modo de entender el «elogio» del que hace gala el arzobispo de Madrid. Acababa de acceder al Solio Pontificio Juan Pablo I, ese Papa encantador que fue un soplo de aire alegre tras el atormentado pontificado de Pablo VI. La cristiandad estaba entusiasmada. Católicos y no católicos mitificaban a quien acababan de conocer hasta convertirlo en sonrisa. Todos menos el cardenal Tarancón, tal vez frustrado porque nadie se hubiera acordado de él cuando sus compañeros eligieron al cardenal Luciani para sucesor de Pablo VI.

 «Albino Luciani era poco conocido fuera de Italia. No había llamado la atención por sus escritos, como la han llamado otros cardenales, ni por sus trabajos diplomáticos o por determinados gestos o posturas que trascienden fácilmente las fronteras.» Vamos, un pobre hombre que carecía de todo eso que adornaba al cardenal Tarancón.

 Pero no crean que nuestro cardenal quedaba satisfecho. No. Era necesario insistir y señalar que «a muchos ha desconcertado esa vida oscura del nuevo Papa», porque el mundo hoy «parece que exigía un Papa de cualidades personales brillantes, de un conocimiento personal de las distintas culturas y que hablase diversas lenguas, de un Papa que, por decido así, estuviese a la altura del desarrollo casi ilimitado de la Humanidad» («ABC», 16-9- 78). Después de este retrato tan radicalmente falso es como para pensar que el arzobispo de Madrid no sabe hablar bien de nadie sin antes hacerlo objeto de críticas tan despiadadas como infundadas.

 Una rápida semblanza de este personaje nos permitirá conocer mejor a quien es en estos momentos el líder de la corriente mayoritaria de nuestro episcopado.

 Obispo de Solsona, arzobispo de Oviedo, arzobispo de Toledo y cardenal, arzobispo de Madrid, el señor Tarancón fue de los primeros en apuntarse a la corriente progresista que, humanamente, tan buenos resultados iba a darle.

  poco de llegar a Toledo comienza a revelar lo que serán constantes en su actuación pastoral. Y una de ellas es su incontinencia verbal, que en no pocas ocasiones le deja en una pésima posición. Recuerdo de aquellos primeros días como arzobispo de Toledo unas frívolas declaraciones a Antonio Aradillas («Pueblo», 10- 2-69) en las que en nada salía beneficiado. Y de entonces también otra constante en la historia de Tarancón: las desmedidas alabanzas que le prodiga un cierto sector de la Iglesia y que podemos sintetizar en este titular de Martín Descalzo: «El nuevo primado es un prelado de hoy con los ojos puestos en mañana» («ABC», 2-2-69).

 En Toledo, lo que antes habían sido atisbos progresistas se convierten ya en una decidida manifestación. Y comienzan las críticas a sus actuaciones, recogidas entonces la mayoría de ellas en la revista «¿Qué Pasa?», archivo insustituible para la historia eclesiástica de aquellos años. Véanse, por ejemplo, el gran artículo del conocido teólogo que se ocultaba tras el seudónimo de R. Pérez Muñiz («Don Julián Marías y el cardenal de Toledo», 16-8-69), el de Ramón Tatay («Rechazamos afirmaciones inauditas», 26-7-69), «Al pan, pan y al vino, vino», de Francisco Fernández (31- 5 y 6-9-69), varios de León Tejedor (3 y 10-5-69) y el de Julián Gil de Sagrado, «Se respeta la persona, pero no sus ideas» (6-9-69). También FUERZA NUEVA figura, por la pluma del benemérito padre Oltra, entre los críticos del nuevo cardenal (20-9-69).

 Pero el señor Tarancón no es un héroe y disimula con actuaciones en otro sentido sus inclinaciones progresistas. Eran los tiempos de aquel baile llamado “yenka” que avanzaba en un sentido, pero con pasos hacia atrás. Y al cardenal le pusieron el nombre del baile. Para disimular, juraba entonces su cargo como consejero nato del Consejo de Estado («ABC». 26 9 69) y bendecía la bandera del Regimiento Alcázar de Toledo («ABC», 30-9-69). Y se producía ya un grave escándalo, prólogo, sin duda, de otros que habrían de venir. «L'Osservatore Romano» del 29 de mayo de ese año desmentía al cardenal Tarancón sobre posibles cambios en la encíclica Humanae v¡tae («Ecclesia», 14-6-69). Dato, pues, muy significativo.

 Desmentidos de Tarancón («Madrid», 23-10-69), lo que va a constituir otra de sus especialidades, noticias de que recibe en Roma «cordialmente» a los curas contestatarios («Madrid». 30-10-69), postura benévola hacia el progresismo holandés que le vale una nueva réplica del padre Oltra, ahora desde «¿Qué Pasa?» (15-8- 70), y un nuevo fruto personal de su progresismo. Su ingreso en la Real Academia Española por no se sabe qué méritos, pues los literarios no se evidencian. La elección, según el «ABC», por unanimidad (30-5- 69), fue tan discutida como comentada. Desde el crítico escrito de Adolfo Muñoz Alonso «Los inmortales se cubren con la púrpura» («Arriba», 11 -5-69) hasta la publicación, cuya referencia no he encontrado ahora pero cuya búsqueda no sería difícil, de un autógrafo del cardenal con una garrafal falta de ortografía. Nada académica, por supuesto.

 Prosiguen las confusas declaraciones y continúan las críticas. Un eminente claretiano, el padre Peinador, le tacha de oscuro e incomprensible («Roca Viva», 9-69), “Ijcis” le acusa de fomentar la duda sobre lo que es el sacerdote («¿Qué Pasa?», 6-3-71), Muñoz Alonso le dedica otro punzante artículo bajo el título de «No lo entiendo» («Arriba», 11-7-69) y el padre Oltra rebaja los entusiasmos del purpurado en «Optimismo exagerado de su eminencia el cardenal primado» («¿Qué Pasa?». 10-4-71)

 El nombramiento como administrador apostólico de Madrid es un nuevo escándalo en la carrera taranconiana. Protestas de César Esquivias (FUERZA NUEVA, 26- 6-71), León Tejedor («¿Qué Pasa?», 19-6- 71)..., editoriales de «Ya» en defensa del procedimiento y del nombrado y la sombra de Benelli tras toda la operación (Cfr. «La “benellicracia” vaticanista en España», León Tejedor («¿Qué Pasa?», 24-7-71). Pero los acontecimientos se suceden y hacen que los últimos vayan haciendo olvidar a los anteriores. El «Ya» del 14 de septiembre de ese año nos informa del discurso que Tarancón pronuncia inaugurando la Asamblea Conjunta, que es una defensa absoluta de la misma. Y ésa fue su postura en todo lo que a ella iba a referirse.

 Gris actuación en el Sínodo, en el que presenta una relación que decepciona a los progresistas y no satisface a nadie («ABC», 9-10-71), y comienza a rumorearse que será el próximo arzobispo de Madrid («ABC», 19-10-71). De su actuación en Roma llega a España el incienso con que le obsequia en todas sus crónicas Martin Descalzo. El 5 de diciembre se publicaba la noticia de su nombramiento como arzobispo de Madrid. Unos días antes, tan delicado y elegante como siempre, había aludido en su discurso de apertura de la XV Asamblea Plenaria del Episcopado a las «equivocaciones» de su antecesor ya fallecido, monseñor Morcillo. También por aquellas fechas «Iglesia Mundo» le señalaba (26-11-71) como representante en el Sínodo de la línea progresista que acababa de ser derrotada

 En los primeros meses de 1972, nuevo escándalo en la carrera de Tarancón. El 22 de febrero, «ABC» desmiente la noticia de que la Santa Sede había hecho al cardenal advertencias muy críticas sobre la Asamblea Conjunta, y al día siguiente lamenta las campañas contra la misma. «El Pensamiento Navarro» insiste en la existencia del documento romano (26-2-72). Por fin, y con las consiguientes bromas sobre el cartero de la calle de la Pasa, se reconoce el documento, gracias al descarado apoyo del cardenal Villot se intenta echar tierra al fuego («ABC», 7-3-72). El crédito y la ortodoxia del cardenal Tarancón y de los obispos que le apoyaban quedaban gravemente alcanzados.

 De ese mismo año es una poco elegante alusión del cardenal —¿cuántas van ya?- a monseñor Guerra Campos, a quien acusa de «fomentar la desconfianza en los pastores legítimos» («Ya», 2-6-72). Y naturalmente llueven las réplicas. «La fidelidad a los obispos», de Juan Nuevo (FUERZA NUEVA, 17-6); B. J. V., en «El Alcázar» (12-6); «Los pastores legítimos», de Teodoro G. Riaza («¿Qué Pasa?», 17-6); «¡Lo que faltaba!», de “Ijcis” («¿Qué Pasa?», 17- 6); «¿Confianza en los obispos?», de León Tejedor («¿Qué Pasa?», 24-6), son sólo una pequeña muestra del eco que merece el cardenal.

 Y también por esos días uno de esos aciertos taranconianos dignos de figurar en una antología del disparate. El 29 de junio publicaba el cardenal en el «Ya» un artículo titulado «El optimismo de Pablo VI». Pues bien, de ese mismo día son esas famosas palabras del Papa que dieron la vuelta al mundo: «El humo de Satanás ha entrado en la Iglesia.» Como se ve, un prodigio de sintonía espiritual entre nuestro arzobispo y el Santo Padre. Que, naturalmente, es puesta de manifiesto por quienes se van sintiendo cada vez más hartos de su nuevo pastor. El cual, pese a todo, sigue acudiendo a felicitar a Franco en el aniversario de su llegada a la Jefatura del Estado («Hoja del Lunes», 2-10-72). Incongruencia -apoyar a la Conjunta y oficiar los Te Deums de Franco—, que no deja de reprochársele («El Pensamiento Navarro», 20-10-72).

 Ya a finales de este año de 1972 se viene a reconocer el valor del documento romano contra la Asamblea Conjunta y lo que significaba de limitación a la misma. No gana nada con ello el prestigio del cardenal, prestigio, por otra parte, muy disminuido, por todo lo que venimos relatando.

 En el 73 hay un hecho de poca importancia pero muy significativo. Cuando muchos obispos españoles se niegan a que sean procesados sacerdotes de sus diócesis por colaboración con el marxismo, el cardenal Tarancón autoriza que se lleve a los tribunales a un digno sacerdote madrileño que había defendido a la Virgen frente a un artículo de «Triunfo» (FUERZA NUEVA, 31-3-73).

 El 8 de mayo de 1973 la prensa ya da noticias de que en una manifestación patriótica con motivo del asesinato de un policía apareció una pancarta con el siguiente texto: «Tarancón, al paredón» («ABC»), mientras que el arzobispo tenía que ser protegido por las fuerzas de orden público («Ya»). Lejos quedaban los libros patrióticos que Tarancón había publicado en 1941.

 Mientras tanto, un nuevo escándalo. La Virgen de Fátima no puede entrar en Madrid por prohibición expresa del arzobispo («¿Qué Pasa?», 12-5-73). Es recibida, en cambio, apoteósicamente en Toledo, con la participación del nuevo cardenal primado, don Marcelo González Martín. Los católicos españoles van comenzando ya a saber quién es quién en su Iglesia. Los artículos contra la actitud del arzobispo se multiplican y tiene particular eco el aparecido en la «Hoja del Lunes» (14-5) bajo el título de «Carretera prohibida».

 El señor Estepa, obispo auxiliar del cardenal, pretende salir en defensa de éste lanzando la peregrina teoría de que la Virgen iba a ser utilizada con fines extrarreligiosos («Informaciones», 17-5). La decisión de Tarancón fue comentadísima y su autoridad llegó a la cota más baja desde su llegada a Madrid. El 16 de junio aparecía en FUERZA NUEVA una doble viñeta: en la primera, los rojos, en 1936, dicen «no pasarán» a los nacionales, que gritan ¡Viva Cristo Rey!; en la otra, en 19/3, es Tarancón y otros clérigos quienes gritan «no pasarán» a una procesión de la Virgen de Fátima.

  (Continuará)


Revista FUERZA NUEVA, nº 632 17-Feb-1979

 

martes, 19 de mayo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (4)

 Artículo de 1979

 La Iglesia Española y la Constitución 

Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 (4) Una declaración vergonzosa

 El 28 de septiembre de 1978 la Comisión Permanente del Episcopado publicó lo que pretendía ser «una orientación pastoral de los fieles desde una perspectiva religiosa y moral». En teoría, lo propio de los obispos ante un acontecimiento verdaderamente histórico para nuestra patria.

 Pero el juicio, que a muchos católicos nos parecía simple y evidente, a nuestros prelados se les antojaba dificultoso a causa «de la misma naturaleza» de un referéndum, en el que se pedía opinión sobre distintos asuntos. Y después de reconocer «ambigüedades», «omisiones» y «fórmulas peligrosas», entran ya decididamente en el campo del equilibrismo, impropio de su sagrado carácter. Sentando algunas cautelas con la pretensión de salvar la cara, o por lo menos así lo creían, se vuelcan decididamente por el «sí» al afirmar que en la Constitución «no se dan motivos determinantes para que indiquemos o prohibamos a los fieles una forma de voto determinada».

 LO que significa dar a entender a los fieles que en la Constitución no hay graves atentados a la voluntad de Dios, pues en el caso que los hubiese es de creer que tendrían que recomendar el voto negativo. Pese al confuso lenguaje, buscado de intento, el aval no podía ser más rotundo.

 Y concluyen la declaración con un párrafo que comienza con estas palabras: «Los obispos esperamos que las leyes que han de desarrollar las normas constitucionales no turbarán la conciencia de ningún ciudadano.» Cuando estas líneas se están escribiendo ha saltado ya a los titulares de los periódicos la posible despenalización del aborto. Cierto que el Gobierno Suárez, por claras razones electorales, la ha desmentido. Pero ello es la prueba más clara de que la Constitución no le había cerrado las puertas como sosteníamos quienes nos opusimos a ella.

 La esperanza de los obispos de que el desarrollo constitucional no turbaría las conciencias de los españoles, ha durado bien poco. ¿Era lógica esa esperanza después de la intervención de Peces Barba en las Cortes, o de la de otros diputados socialistas y comunistas ante toda España a través de la televisión? Y podía preguntarse aún más: ¿Tenían verdaderamente los obispos esa esperanza?

 En este punto es preciso hacer ya una seria advertencia a los obispos españoles, que con su decidido y descarado apoyo decidieron el resultado del referéndum. Porque después de la consulta electoral es evidente que la pírrica victoria, aun dando por buenas las cifras que se nos suministraron de un 59 por 100 de los españoles a favor del «sí», no se hubiera logrado sin colaboración entusiasta de la mayoría de nuestros pastores. Esta Constitución tuvo cinco padrinos: Adolfo Suárez y su UCD, Felipe González y los socialistas, Santiago Carrillo y el Partido Comunista, Manuel Fraga por libre y la Conferencia Episcopal Española.

 Del padrinazgo de Fraga sólo hay que decir que nada aportó a la Constitución. La inmensa mayoría de su gente, que tampoco era tanta, votaron en contra de lo que recomendaba su líder, y para muchos dejó de serio desde ese momento. Extraña característica la del señor Fraga, que parece haberse especializado en repeler de su lado a cuantos se acercan a él. Lo que en un político no es precisamente un signo esperanzador de futuro.

 Los otros cuatro padrinazgos se revelaron en cambio decisivos. A falta de cualquiera de ellos la Constitución no se hubiera aprobado. Y ésa es la gran responsabilidad de los obispos españoles, pues gracias a ellos tendremos el divorcio y el aborto en España. Lo que en unos obispos parece no ser precisamente una gloria. Por eso, obispos, cuando en España comience a asesinarse legalmente a los niños que iban a nacer, permaneced callados. No protestéis. Porque ésa es vuestra obra. La sangre de esos inocentes caerá sobre vuestras cabezas, porque vosotros los matasteis el 28 de septiembre de 1978. Los católicos, cuando protestemos del aborto, no podremos teneros por jefes. Las causas de Dios hay que defenderlas con las manos limpias, y vosotros las tendréis manchadas de sangre. Y eso no lo olvidaremos nunca. Se os ha llamados Pilatos y Judas. Seréis también Herodes. Esos tres personajes malditos pesarán de tal modo en vuestras almas, que si aún creéis en Dios habréis de retiraros en la soledad, y en el olvido vuestra necedad o vuestro pecado, y si habéis dejado de creer en El, más os vale ir eligiendo árbol en el que colgar vuestro fracaso y vuestra indignidad.

 Judas, Herodes y Pilatos. ¡Qué éxito episcopal! No ha tenido en la historia de la Iglesia, aun en sus más sombríos tiempos, noticia de algo semejante. Pilatos ha habido muchos, por cobardía o comodidad. Tampoco han faltado los Judas que, por bastardos intereses, traicionaron la causa de Dios. Pero el personaje siniestro de Herodes estaba todavía inédito en el episcopologio de la Iglesia. Reunir a los tres en uno es verdaderamente todo un «record». Y toda una descalificación.

 Pedid, pues, a Dios que el aborto no llegue. Y no, como lo pedimos los demás católicos, en, defensa de unos seres inocentes y desvalidos que tienen derecho a nacer porque ésa es la voluntad de Dios, sino porque el día en que el aborto se legalice, ese mismo día, os tendréis que marchar de vuestros cargos, ya que clamarán los católicos, y hasta las piedras, contra vosotros.

 Después de la vergonzosa declaración del 28 de septiembre, las reacciones no se hicieron esperar. Quienes desde su fe objetaban radicalmente la Constitución, no hicieron el menor caso de vuestro escrito y prosiguieron, desde la orfandad y la tristeza, su campaña. Y los obispos, hasta entonces mudos, comenzaron a aparecer en la campaña electoral.

 Eulogio Ramírez, del que uno se asombra de que pueda escribir tanto, acusaba a la Iglesia española de liberalista, a los obispos de sibilinos y a la “Orientación” de desorientativa («El Alcázar», 3/10 y 27/11 , y FUERZA NUEVA, 21/10). «El Pensamiento Navarro» (1/10) publicaba un editorial contra la declaración, y lo mismo hacia FUERZA NUEVA (14/10), que elevaba el tema a portada, en la que se leían estas palabras: «Ante la postura del Episcopado Español, ¿pastores o lobos?». «Pro España Católica», en la misma línea, distribuía miles de hojas con un título análogo, que era una rotunda afirmación: «Nos entregáis a los lobos». En «El Imparcial» aparecieron infinidad de cartas impugnando la postura de los obispos: Agustín Sierra de la Guerra (14/10), José García del Pozo, vocal nacional de Unión Carlista (15/11); Guillermo de Padura (17/11). José M . Arigita (17/11). Tomás Pita Carpenter (1/11), Blanca Botas (31/10), I. G. Sahuquillo (21/11). Ángel Beniasar (24/11), etc. Félix Sánchez interpelaba al cardenal Tarancón desde «El Alcázar» (13/10). Juan Sáenz Díez, desde «El Pensamiento Navarro» (15/10), lo hacía con el significativo título de «¿Consejo o confusión?», interpretando el sentir de innumerables católicos. El sacerdote don Ángel Garralda incide en el mismo tema con un magnífico artículo titulado «Dolorosamente hartos de ambigüedad» («El Pensamiento Navarro», 10/10). Marcelino Urtasun, que por el estilo me parece ser un seudónimo tras el que adivino a un buen amigo, asegura desde un titular de «El Imparcial» (19/11): «Los obispos no han cumplido». Ramón de Tolosa, desde su magnífica sección de FUERZA NUEVA (2/12) los tacha de traidores. Y Julián Gil de Sagredo proclama desde las mismas páginas (FUERZA NUEVA. 16/12): «Su autodesprestigio preserva nuestra fe.»

 Podríamos llenar páginas continuando citas y nombres. Baste la muestra para comprobar la acogida que la declaración episcopal tuvo entre católicos no dudosos y comprometidos con su religión. Entiendo que tal escándalo sería suficiente para que, con un mínimo de dignidad, hubiera incluso dimisiones entre nuestra desacreditada jerarquía. Esperemos que al menos sirva para que en el Vaticano se enteren de quiénes son los que religiosamente nos gobiernan y de la opinión que de ellos tienen sus fieles.

 Al mismo tiempo que se censuraba la postura episcopal continuaban las manifestaciones católicas contra el contenido de la Constitución en numerosísimos artículos y comunicados, e incluso en homilías como las pronunciadas por ei canónigo de Segovia don Lucas García Borreguero, que «El Alcázar» (22/11) resaltaba en titulares: «Votar sí a la Constitución, un grave pecado», y el también canónigo burgalés don José Ruiz, que en la misma fecha y página afirmaba: «España va hacia la apostasía.»

 En la imposibilidad de citar a todos, no quisiera omitir a Manuel Viéitez, por sus muchos artículos; a la Unión Carlista («El Alcázar», 6/11); a Carmelo Velasco, con títulos tan significativos como «Portazo a Dios en la Constitución» e «Insistiendo en el portazo constitucional a Dios» («El Pensamiento Navarro», 28/10 y 3/11); al padre Campos Sch. P. («Una constitución ilegítima, inválida y perniciosa» («El Pensamiento Navarro», 23/11); al ex ministro Julio Rodríguez («Ante una Constitución atea y secesionista», «El Imparcial», 16/11); a don Luis Madrid Corcuera, que prosiguió incansable su campaña meritísima (véase, p. ej., «Una Constitución moral y religiosamente mala», «El Pensamiento Navarro», 29/11); a una declaración de catedráticos y publicistas católicos con casi setenta firmas, muchas de ellas de primeras figuras de nuestra intelectualidad, que fue curiosamente silenciada por la mayor parte de la prensa, pese a que se les hizo llegar puntualmente («El Alcázar», 14/11 , y «El Pensamiento Navarro», 29/11); a la Comunión Tradicionalista a través de su jefe delegado («El Pensamiento Navarro», 1/12); a Juan Luis Calleja, con un extraordinario artículo en «ABC» (23/11); a Carlos Etayo, que se embarcó en la campaña contra la Constitución todavía con más ilusión que la que puso en sus singladuras ultramarinas («El Pensamiento Navarro», 13/10); a ese gran periodista que es Ismael Medina («El Alcázar», 10/10); a la Unión Seglar de San Antonio María Claret, que se dirigió al Papa en nombre de cincuenta y tres mil católicos («El Alcázar», 4/12); a Jerónimo Cerdá, incansable propagandista de «Pro España Católica» en Valencia, y de tantas otras cosas cosas («Las Provincias», 29/11), etcétera.

 Conviene advertir a los católicos que no pocos de los que consumieron tiempo y energías en esta lucha por el honor de Dios encabezan ahora las listas electorales de Unión Nacional en distintas provincias españolas. Todas las demás candidaturas, o postularon el «sí» o, si defendieron el «no», era por motivaciones separatistas o de ultraizquierda. Blas Piñar, en Madrid; Jerónimo Cerdá, en Valencia; Ismael Medina, en Cuenca; Julián Gil de Sagredo, en Almería; César Esquivias, en Guipúzcoa; Manuel Ballesteros, en Ceuta, son una garantía de supervivencia de la España católica. Olvidarlo puede ser trágico para nuestra fe y para nuestra patria. 

 (Continuará)


Revista FUERZA NUEVA, nº 631, 10-Feb-1979

 

martes, 5 de mayo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (3)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 (3 Los católicos comienzan a organizar su oposición

 A la clara toma de postura de los obispos de Orense y Orihuela-Alicante, a la que nos referimos en el artículo anterior, se unen algunos obispos más, formulando reservas a la Constitución. Alcanza gran resonancia el comentario de monseñor Guerra Campos, que, sin entrar profundamente en el análisis del texto, hace hincapié en un punto de enorme importancia, ya que supera la contingencia del momento para pesar como una losa en el futuro político de los responsables de la norma que se está redactando.

 El obispo de Cuenca señala que “hay que registrar para la historia” que “nuestros gobernantes, que en gran número se cuentan como católicos, han contribuido decisivamente con su iniciativa a implantar en el orden político la famosa afirmación de don Manuel Azaña, cuando se debatía la Constitución de la República en 1931: “España ha dejado de ser católica”. Y podemos añadir que tanto o más decisiva que la actuación nuestros gobernantes ha sido la de nuestros obispos,

 Esa es la más que dudosa gloria de miembros del Opus Dei como Antonio Fontán, de demócratas cristianos como Álvarez de Miranda, de “propagandistas católicos” como Landelino Lavilla o Marcelino Oreja o de sedicentes católicos como el mismo Adolfo Suárez. Y de la mayoría de los obispos presididos por el señor Tarancón. Los primeros trajeron a conciencia -con el silencio cómplice de los últimos en un primer momento, que al final se convirtió en un escandaloso apoyo-la Constitución de la apostasía, del divorcio y de todo lo que va a venir tras la “expulsión” de Dios.

 Monseñor Guerra -con muy medidas palabras, pues parece imposible que tan breve texto puede haber tanto contenido- señala que la “indeterminación y la ambigüedad” buscadas de propósito dan por resultado el que la “ordenación resultante carece de criterios morales” y advierte que “portavoces de grupos parlamentarios han declarado en el mismo Congreso” que la Constitución “no cierra el paso al intento de legalizar en su día la matanza de criaturas inocentes e indefensas en edad prenatal”.

 Advierte, asimismo, contra el divorcio y resalta que “se excluye la posibilidad de promover la libre decisión del pueblo en torno a determinadas disposiciones y frente a abusos oligárquicos”, refiriéndose a la imposibilidad en que se hallan los ciudadanos para promover un referéndum contra cualquier norma que conculque gravemente las creencias de una considerable parte de los españoles. Y concluye afirmando que “la supuesta neutralidad se convertirá fácilmente en salvoconducto para la agresión”.

 Pero el obispo de Cuenca se plantea otro tema de fundamental importancia que no sólo debió condicionar el voto católico en el pasado referéndum del 6 de diciembre, sino que permanece vigente para las próximas elecciones legislativas y para todas las que en el futuro puedan venir mientras determinadas personas, a las que no es preciso nombrar, pretendan seguir en el poder.

 Me refiero, con el obispo, a la confianza que pueden inspirar a los católicos, o incluso al resto de los españoles, “quienes han socavado la moral pública infringiendo juramentos sagrados, mucho menos en los casos que haya habido juramentos falsos. Tampoco garantizan la esperanza los que teniendo ahora mismo en sus manos los más poderosos medios de difusión -que, por cierto, aprovechan para los fines que les interesan con todos los recursos de la información selectiva y del silencio calculado (y aquí conviene señalar que aún no se había producido la infame campaña contra la Pastoral del Primado (Marcelo González) en la que la información selectiva y el silencio calculado alcanzaron cotas realmente increíbles)- permiten que irrumpa en los hogares españoles oleadas de cieno en una campaña descaradamente corrosiva de los criterios cristianos, encontra de las más recientes y solemnes proclamaciones del Magisterio pontificio. No la garantizan los gobernantes que, profesándose católicos han tomado la iniciativa de desamparar valores morales cuyo tutela, según el Magisterio de la Iglesia universal es irrenunciable; o aquellos que hablan de un humanismo cristiano en el que Cristo no es el Señor”.

 No insistiremos en el vidrioso tema del perjurio o, lo que es más grave, del juramento en falso. Ahí quedan las palabras de monseñor Guerra Campos para la Historia y para la conciencia de juzgadores y juzgados. Me limitaré tan sólo a subrayar la importantísima advertencia acerca de la confianza que pueden inspirar a los ciudadanos los gobernantes que se comportan como señala el obispo. Quien pudo prometer y prometió, y no cumplió (*), no aporta ninguna garantía para el futuro. Empeñarse en cerrar los ojos a la evidencia renovando inmerecidas confianzas no conduce sino a nuevos desengaños. Desengaños que, téngase muy en cuenta, se van produciendo cada vez en trincheras de más difícil resistencia.

 ***

A lo largo del verano (1978), algunos obispos más se van pronunciando en contra de la Constitución. El infatigable obispo de Tenerife, monseñor Franco, cuyo extenso y profundo magisterio ha hecho que la Iglesia española contraiga con él una deuda impagable, publica una pastoral contra el divorcio que es una firme desautorización del art. 32 de la Constitución (ABC, 17-8-78). Y algo después, otra sobre la libertad de enseñanza en el mismo sentido (Pensamiento Navarro, 4-10-78). El arzobispo de Burgos, don Segundo García de Sierra, se pronuncia asimismo contra el divorcio (Vida Nueva, 16-9-78). Y el cardenal de Toledo, en quien estaban puestas las miradas de todos los católicos, hace graves reparos a la regulación constitucional del matrimonio y de la enseñanza (ABC, 26-9-78).

 Monseñor Méndez Asensio

 Mientras tanto, los católicos comienzan a organizar su oposición. En las Jornadas de la Hermandad Sacerdotal en Granada, el tema constitucional es plato fuerte de ponencias y conclusiones. Y aquí conviene dejar constancia de la posición de uno de los obispos más débiles que hoy ha tocado sufrir a nuestra Iglesia: el arzobispo de aquella capital señor Méndez Asensio.

 Según “Dios lo quiera”, boletín de la citada Hermandad (oct-nov-dic,78), después de haber autorizado la reunión en la sede de su archidiócesis, el obispo, por no se sabe qué escrúpulos, se vuelve atrás en su decisión. Laboriosas gestiones, con intervención de altos valedores, consiguen que donde había dicho digo y Diego volviera decir digo, y así se llega a celebración de las Jornadas.

 Julián Gil de Sagredo, en brillante ponencia, “La Constitución a la luz de la fe católica”, que puso en pie repetidas veces a un público entusiasta, calificó la Jerarquía con palabras ciertamente duras pero de fácil comprensión. Cuando éstas llegaron a oídos del arzobispo, ese hombre que pasó siempre por todo lo pasable y aun por lo que era imposible pasar, al que nunca se oyó una protesta por las homilías subversivas que se multiplicaron en su diócesis de Pamplona; que fue alabado por el comunista “Mundo Obrero” a causa de su descarado apoyo a los clérigos que el Gobierno de Franco quería procesar (Pensamiento Navarro, 24-4-73); que pagaba las multas impuestas a sacerdotes; que suprimió la procesión del Corpus en Pamplona (El Alcázar, 21-6-73) porque así lo exigía el “trust” progresista al que entregó el gobierno de su archidiócesis; que persiguió a dignísimos sacerdotes, como el párroco de Tafalla, don Tomás Minguela, al que privó de la parroquia, ganándose la indignación del pueblo, más por cobardía ante las presiones de su entorno que por maldad, ya que puesto a ser apocado es casi incapaz de ser malvado (Ya, 30-8-73); que es acusado de ser el enterrador de la Iglesia navarra, siguiendo la senda marcada por su antecesor, de desgraciada memoria, el cardenal Tabera (Iglesia-Mundo, 15-3-74); que calla ante la “huelga” de misas dominicales en siete iglesias de Pamplona (ABC, 24-11-74); que encabeza la salida de los encerrados en su arzobispado por la muerte de un miembro de la“Joven Guardia Roja” en Almería (Pensamiento Navarro, 20-8-76); que pasó porque sus clérigos intentaran llegar a las Cortes, y alguno de ellos lo consiguió, militando naturalmente en partidos marxistas; ese obispo vence su proverbial pusilanimidad y falta de arrestos para todo y amenaza con los más fieros males a la Hermandad Sacerdotal.

 Quien cerró los ojos para no ver las más colosales vigas, coge ahora una lupa para denunciar la más mínima paja. Pues debe saber el señor Méndez que, por su carácter, no debió pasar nunca de piadoso capellán de monjitas de pocas luces y disciplinaditas, porque para otra cosa parece no servir, que ha desprestigiado tanto su ministerio episcopal, que, si por milagro de Dios, y muy grande tendría que ser, de la noche a la mañana se convirtiera en un Tomás Beckett, no le haría caso ni su familia.

 Cuando dicen que iba llorando por los conventos de clausura de Navarra, porque nadie atendía a sus instrucciones, podía darnos pena, pues hay faltas de carácter que son realmente como una enfermedad. Pero cuando vemos que aún guardaba un poquito de genio y que precisamente lo reservaba para la Hermandad Sacerdotal Española que, con todos los defectos que se quiera -porque al fin y al cabo son hombres- dan lecciones en todo a los clérigos que él protegió siempre, las lágrimas de cocodrilo empezamos a creer que eran un montaje más para defender lo indefendible. Lo hubiéramos preferido llorando en Granada, como Boabdil, como un pobre hombre al que el cargo le viene demasiado grande, que jugando a hacerse el valiente, tal vez por primera vez en su vida, con quienes defendían una España católica a la que querían librar del divorcio, del aborto, del laicismo, de todo eso que vendrá gracias a las bendiciones ¿episcopales? de Méndez Asensio y demás compañeros de ministerio.

 Por los mismos días en que se reunió en Granada la Hermandad sacerdotal, cuajaba en Madrid la campaña Pro España Católica, que agrupó a diversos seglares que, ante el silencio de la Jerarquía, decidieron, en la medida de sus posibilidades, alertar a los católicos españoles de lo que en realidad significaba la Constitución que se les iba a someter a referéndum. En ese mismo sentido, y respaldando totalmente la campaña, las Uniones Seglares de toda España se comprometieron en la misma batalla.

 Y ya con un sentido más político, pero en base a profundas convicciones religiosas sentidas y orgullosamente profesadas, dos agrupaciones políticas, Fuerza Nueva y el Tradicionalismo -este último con rara unanimidad de sus diversas ramas, porque el partido de Carlos Hugo nada tiene que ver con el Tradicionalismo español- multiplicaban sus intervenciones en contra de una Constitución atea.

 Concluido el verano, reintegrada ya la gente a sus habituales ocupaciones tras el paréntesis vacacional, vino la gran bomba: la declaración de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, de 28 de septiembre de 1978. Hasta ese momento los obispos, con las honrosas excepciones que hemos señalado y tal vez alguna más de la que no tengo constancia, se habían limitado a guardar silencio. Lo que ya era bastante grave teniendo en cuenta lo que estaba en juego. Raro fue el obispo, como Yanes, del que nos ocuparemos más extensamente, que se hubiera manifestado con anterioridad a esa declaración de un modo favorable al texto constitucional.

 Yanes sabía lo que hacía. El 7 de julio, “ABC” recogió las declaraciones del arzobispo Zaragoza a “EL Heraldo de Aragón”. En ellas, después de señalar algunos “motivos de preocupación”, se viene a postular que se puede votar perfectamente que “sí” aun estando en desacuerdo parcial, si así lo aconsejaran razones superiores de bien común y de paz social, sobre todo cuando no existen otras alternativas reales. El arzobispo Zaragoza, hombre fuerte dentro de la Conferencia Episcopal, iba preparando el terreno para la declaración de la Comisión Permanente…

 “Continuará”


 Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979


(*) El presidente “centrista” Adolfo Suárez, especialmente.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (2)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (2)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 Con la larga introducción que supuso el artículo anterior, llegamos ya al proyecto constitucional español y a las reacciones católicas ante el mismo. No es posible hacer relación de todos los artículos en los que sacerdotes y seglares comenzaron a mostrar serias reservas ante la Constitución que se estaba preparando. Fuerza Nueva, como revista y como grupo político, estuvo desde el principio en la vanguardia de esta lucha por el honor de Dios y por el honor de España. Artículos, conferencias en el local de su sede en Madrid, mítines a lo largo y a lo ancho de España, en los que tanto Blas Piñar como los restantes oradores se oponían a la Constitución por motivos religiosos y patrióticos, dan fe de esta postura, verificable sin más que repasar la colección de la revista. Y al lado de Fuerza Nueva, diarios como “El Alcázar”, “El  Pensamiento Navarro” y “Región”, revistas como “Qué pasa?”, “Iglesia Mundo” y “Roca Viva” y, de un modo más matizado, por cuanto recogía opiniones tanto favorables como contrarias a la Constitución, aunque estas últimas eran inmensa mayoría, el diario madrileño “El Imparcial”.

 Y la Jerarquía seguía callada

 Desde el primer momento, además de las críticas de fondo a la Constitución, apareció la extrañeza ante la actitud de silencio del episcopado español. Ya el 20 de mayo de 1978 publiqué en estas páginas un artículo titulado Pastores mudos, en el que denunciaba la extraña postura de nuestros obispos. Pocos días después, un ilustre canónigo y queridísimo amigo daba a luz un trabajo definitivo en “El Alcázar (15/6/78) bajo el sugestivo título de ¿Nos entregáis a los lobos? Su último epígrafe, La complicidad del silencio, bien merece ser reproducido. 

Señores obispos; bien sabéis que España fue un inmenso altar donde fueron inmolados muchos mártires en el riguroso sentido de la palabra. Esa sangre grita hasta Dios desde la tierra; esa sangre os interpela. Se ha dicho en corros progresistas que la Iglesia española se equivocó de bando en 1936 y ahora puede rectificar. Ha podido hablarse así por los mismos que en la Asamblea Conjunta (1971) quisieron condenarla. ¿Seréis vosotros capaces de pasaros al otro bando, capaces de rectificar con vuestro silencio? 

En el manifiesto que proyectaban dirigir a los obispos de 1966 los clérigos de la “Operación Moisés”, pedían que no los entregaran a los lobos renovando la confesionalidad. A los obispos de 1978 se les puede decir y pedir por la sangre de Cristo: si nos han de devorar los lobos que no seáis vosotros quienes nos entreguéis a ellos. Lobos son los liberales y marxistas que se han apoderado de España y es natural que quieran, a pesar de todas las apariencias, arrancar de cuajo la raíz cristiana, tan odiada de ellos. Lo escandaloso e infamante será que manos cristianas y consagradas les ayuden con fervor en la tarea. Cuando se va contra la Cruzada (“No registra la historia una Cruzada más Cruzada”, obispo Olaechea), es natural que se tire contra la Cruz; lo antinatural es que tiran contra ella quienes la llevan en el pecho.

 Sed valientes, hablad con claridad, cargad sobre vuestros hombros la responsabilidad de vuestra hora. En esta encrucijada os sale inevitablemente al encuentro la gloria o la infamia. Hablad al pueblo y a los gobernantes con palabras de luz y de roca. No olvidéis que, de todos modos, como decía el Papa san Gelasio habéis de dar cuenta ante el tribunal de Dios aun de los mismos reyes de los hombres”.

 Y concluía diciendo

 Si España, gobernantes y pueblo, fieles y obispos, con nuestra acción o inacción, llevara a Cristo al Calvario, no olvidemos que del Calvario se baja dándose golpes de pecho o, como Judas, después de la entrega, se busca un cordel”.

 La durísima requisitoria del ilustre sacerdote -y qué premonición la suya al anunciaros, obispos Marcelo González, Pablo Barrachina, Luis Franco, José Guerra Campos, Ángel Temiño, Francisco Peralta, Segundo García de Sierra, Demetrio Mansilla, Laureano Castán, que encontraríais la gloria como otros hallaron la infamia-, no fue una voz que clamaba en el desierto.

 Recuerdo por aquellos días, en la seguridad de que se me olvidarán muchos nombres, la incansable labor de mis queridísimos y admirados Luis Madrid Corcuera, canónigo magistral de Vitoria, y Eulogio Ramírez, el primero no sólo en artículos sino también en brillantísimas conferencias. Y artículos magníficos de Juan Vallet de Goytisolo, Ángel Garralda, Juan María Bonelli, Manuel de Santa Cruz, Rafael Gambra, Julián Gil de Sagredo, Luis Valero, el P. Sospedra, Salvador Muñoz Iglesias, Gabriel García Cantero, Manuel Díaz… casi todos ellos, pues a alguno no tengo el honor de conocerle personalmente, amigos entrañables.

 Pero la Jerarquía seguía callada. Por fin, dos obispos expresaron graves en reservas a puntos concretos tratados por la Constitución. Eran los obispos de Orense, monseñor Temiño (“El Pensamiento Navarro”, 2/7/78) y el obispo de Orihuela-Alicante, monseñor Barrachina (“El Alcázar”, 28/6/78). El silencio se había roto y los católicos podíamos salir de la perplejidad en la que nos encontrábamos.

 Porque, ¿cómo era posible que la doctrina de la Iglesia, que encontrábamos clarísimamente expresada en los documentos pontificios y en la misma Sagrada Escritura no fuera así entendida por nuestros obispos? ¿No sabíamos nosotros leer o rehusaban ellos cumplir con los inexcusables deberes de su ministerio sagrado?

 Y llegados a este punto, es hora ya de exponer los graves reparos que, desde el punto de vista católico, se opusieron a la Constitución y que en ningún momento fueron rebatidos, tarea difícil de otra parte, por quienes sostenían que nada había en la Constitución que se opusiera a la doctrina católica o que, si había algo, eso era de tan poca importancia que no exigía el voto negativo de los católicos.

 En primer lugar está la fundamentación del poder y todo lo que ello implica. La soberanía popular que la Constitución consagra, sin ninguna referencia a una instancia superior, no es una opción por un sistema democrático de Gobierno, cosa que sería legítima, sino afirmación de que ni Dios ni la Ley Natural tienen nada que ver en la legislación de los pueblos. Será bueno o malo, y por tanto legal o ilegal, lo que la mayoría decida en un momento dado. El aborto, el divorcio, lo que se quiera…

 Pues bien, eso no lo puede aceptar un católico. Y no lo digo yo, sino Pío IX, León XIII, San Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI y el segundo Concilio Vaticano. Y con palabras tan claras que no cabe error en su interpretación. No se trata aquí de sutiles distinciones sobre la gracia o de otras complejas materias sólo asequibles a elevados conocimientos teológicos. No. Estamos ante las más simples palabras evangélicas: El que no está conmigo está contra Mí. Y está contra él quien dice que es bueno lo que Dios ha dicho que es malo, y el que pudiendo querer el bien para una nación quiere el mal. Sea cardenal, obispo, sacerdote o seglar.

 Cabría, extendiendo al máximo la buena voluntad de los católicos españoles, aceptar la siguiente tesis de nuestros obispos: Circunstancias graves de orden político hacen que el Episcopado, para evitar males mayores, calle en estos momentos lo doctrina de la Iglesia, o que circunstancias de nuestra sociedad, en el caso de que la mayoría de los españoles hubieran apostatado de la fe de sus mayores, cosa que ciertamente no se evidencia, impidieran que la doctrina católica fuera aplicada en estos momentos. No porque hubiera dejado de ser verdadera sino porque su implantación, hoy y aquí, sería imposible…

 Pero, y después lo hemos ver, no fue esa la actitud de la mayoría de nuestro Episcopado. Lo que los Tarancones, los Buenos, los Jubanys, los Yanes y demás comparsa declararon fue otra cosa muy distinta. Para ellos no existe la doctrina católica sobre el poder. O la desconocen, que ya sería muy grave, o la desprecian. Por eso no hay motivos religiosos, según ellos, para oponerse a la Constitución. Con lo que contradicen a todos los Papas de este siglo. Lo que los coloca, por lo menos, en una muy curiosa posición.

 En segundo lugar está la confesionalidad del Estado. Pese a lo que han dicho numerosos obispos y hasta el ministro Marcelino Oreja, que no es precisamente un Padre de la Iglesia, el segundo Concilio Vaticano no se ha opuesto a la tesis de la confesionalidad, y así lo manifiesta expresamente continuando la doctrina tradicional.

 Recogeremos al respecto solamente una cita de la Quas Primas, de Pío XI, que dirime la cuestión definitivamente para los católicos: “El mundo ha sufrido y sufre este diluvio de males porque las inmensa mayoría de la humanidad ha rechazado a Jesucristo y a su santísima ley en la vida privada, en la vida de familia y en la vida pública del Estado: y es imposible toda esperanza segura de una paz internacional verdadera mientras los individuos y los Estados nieguen obstinadamente el reinado de nuestro Salvador”.

 Y añade:

 No nieguen, pues, los gobernantes de los Estados el culto debido de veneración y obediencia al poder de Cristo, tanto personalmente como públicamente, si quieren conservar incólume su autoridad y mantener la felicidad y la grandeza de su patria”.

 Todo lo contrario, por tanto, a lo que establece nuestra Constitución. Y ello es tan evidente que basta al más sencillo de los espíritus al leer el texto constitucional y los que contienen la doctrina universal de la Iglesia para comprobar que su oposición es radical ¿Qué ocurrió entonces con nuestros obispos?

 En tercer lugar está el divorcio, condenado explícita y tajantemente por Cristo: Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre . Nuestra Constitución enmienda las divinas palabras, afirmando que lo que Él unió bien puede separarlo ella. Y nuestros obispos siguen sin encontrar razones religiosas para oponerse a la Constitución…

 En cuarto lugar, el tema del aborto. Ciertamente esto no aparece legalizado en ningún artículo, pero es público y notorio, y los obispos lo saben, que la Constitución no le ha cerrado las puertas definitivamente. Así lo han afirmado en varias ocasiones los diputados socialistas y comunistas, y que esas puertas serán abiertas cuando lleguen al poder.

 En quinto lugar, tenemos las gravísimas amenazas al derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus creencias, que los mismos obispos han reconocido pero que tampoco ha supuesto una actitud de oposición por su parte a riesgos evidentes y de incalculables repercusiones. Siguen sin aparecer, para ellos las razones religiosas…

 (Continuará)

 

Revista FUERZA NUEVAnº 629, 27-Ene-1979


viernes, 13 de marzo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (1)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (1)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña


 Han pasado ya suficientes días como para que, alejados del calor de la lucha electoral, podamos analizar el hecho más trascendente de la vida de la Iglesia en España desde el holocausto de 1936 y la restauración del catolicismo gracias al triunfo de la España nacional, alzada en armas contra el marxismo el 18 de julio de 1936.

 No cabe en el breve espacio de un artículo describir las traiciones y las miserias de una de las más vergonzosas etapas de nuestro catolicismo o, tal vez, la más triste de todas ellas, pues no abundaron en nuestra Patria, gracias a Dios, épocas de ignominia como la que acabamos de vivir.

 RECTIFICACIÓN URGENTE

 En una nación de santos, de mártires y de héroes, la figura del obispo Oppas ha tenido afortunadamente escasísimas repeticiones históricas y su recuerdo se desvanece ante el de los Leandros, Isidoros, Olivas, Cisneros, Bellugas, Aguirres, Riberas, Inguanzos, Quevedos, Merrys del Val, Seguras o Gomás. Por ello, si mi buen amigo Manuel Ballesteros me lo permite como director de FUERZA NUEVA y los lectores de la revista lo soportan, me  extenderé en algunos números, más que en un análisis histórico de unos hechos, en las consecuencias que para el futuro del catolicismo español debemos extraer de los mismos. Porque entiendo que de nada sirve llorar sobre el pasado si no tenemos una decida voluntad de mañana para enderezar los torcidos rumbos por los que se pretende hacer marchar a los católicos de España y cuya meta es, sin duda alguna, la apostasía de una Patria que se forjó en el amor a Cristo y en su servicio.

Entiendo también que tal trabajo no puede quedarse en las nubes de los principios, sino que es preciso bajar a los nombres y apellidos y así lo haremos. Sin dudar de rectas intenciones subjetivas donde pueda haberlas, pero dando a las mismas el valor que tienen, es decir, ninguno, salvo en el fondo de las conciencias, de las que sólo Dios tiene el derecho a juzgar.

 No cabe duda que la Iglesia española después de la gloriosa victoria sobre los enemigos de Dios se durmió en sus laureles. Como tantas otras cosas se durmieron en España, sueño del que hoy estamos pagando los resultados.  Para no hacernos interminables, hemos de pasar por alto mil episodios no carentes de interés y que iban denotando que bajo ese sueño se estaban alentando vientos que producirían las tempestades que luego sobrevinieron.

 La postergación del cardenal Segura a la que se prestó, en propio beneficio, el entonces obispo de Vitoria y luego cardenal José María Bueno Monreal, que afortunadamente este año presentará la dimisión al Santo Padre por cumplir 75 años de edad. Las primeras manifestaciones después de la guerra del separatismo clerical en las provincias vascas, cortadas enérgicamente por el entonces nuncio Antoniutti. La operación Moisés, en la que el progresismo apareció ya claramente organizado. Los últimos días de monseñor Gúrpide, canallescamente amargados por la rebelión de parte de su clero. La injusta postergación de monseñor Morcillo y la turbia maniobra de la nunciatura para impedir que monseñor Guerra Campos asumiera el gobierno de la diócesis durante la sede vacante. La desdichada Asamblea Conjunta (1971) a cuyos cabecillas vemos hoy al frente de diversas sedes episcopales. La clara postura beligerante de parte de la Iglesia española en los últimos años de Franco, en los que la citada Asamblea Conjunta y el “caso” Añoveros fueron los momentos culminantes. Y todo lo demás que se podría añadir.

 Y desde hace diez años, jugando un importantísimo papel en esta obra de demolición, una figura tan poco simpática como aparentemente discreta: el actual nuncio Luigi Dadaglio, del que algún día habrá que escribir la historia, que ha dejado, a su paso por España, un rastro como el del caballo de Atila.

 He oído contar, y de lo único que respondo es de que así me lo refirieron, que explayándose con un amigo, le decía: “Cuando yo llegué a la nunciatura había 60 obispos tradicionales contra 10 de los nuestros. Hoy he conseguido que seamos nosotros los 60”. Lo haya dicho o no, es la pura verdad. Esa es su obra. Y no sólo cambió radicalmente el signo del episcopado español, sino que dio al mismo, continuando la línea de su predecesor Riberi, un tono de mediocridad, de pobreza intelectual y moral, de falta de personalidad y virtudes humanas que condiciona gravísimamente, si cabe todavía más que a causa de su progresismo, la posibilidad de actuación de los obispos españoles.

 Hoy, salvo contadas excepciones, no existen los obispos para los católicos de España. Ni leen sus documentos ni rodean a sus personas de ese amor que hasta ahora siempre habían sentido nuestros prelados. El cardenal Tarancón ha sido objeto en varias ocasiones de insultos irreproducibles proferidos por masas de católicos hasta aproximarse no poco a la figura jurídica del odium plebis.

 El arzobispo de Zaragoza (Yanes) acaba de ser gravísimamente insultado en su misma basílica del Pilar por un católico, sin que sus fieles se alteraran lo más mínimo. La jubilación del señor Añoveros, figura cumbre de la línea Dadaglio y de la oposición al franquismo, solicitada anticipadamente por motivos de salud, trajo sin cuidado a los católicos de Bilbao, excepto a los del sector tradicional que experimentaron una viva alegría. Infantes Florido acaba de dejar su diócesis de Las Palmas, que había pastoreado de escándalo en escándalo, sin una lágrima por parte de nadie y sin el menor júbilo por parte de quienes le van a subir a sufrir en Córdoba. 

Y lo mismo cabe decir del señor Roca con su traslado a Valencia. Cirarda llegó a Pamplona y en escasísimos meses se puso enfrente a los navarros con su soñada idea de la provincia eclesiástica vasca, que la mayoría de los católicos del antiguo reino repudia. El nombramiento de Echarren para Las Palmas si ha producido algo es consternación.

 Esta fue la labor del nuncio Dadaglio cuya misión en España, a Dios gracias, toca a su fin. En breve parece ser que dejará el Palacio de la calle de Pío XII. Y ha sido tan desastrosa su tarea, ha dejado tan maltrecha a la Iglesia de España, que casi da igual que se vaya o que se quede (…) Porque, ¿qué más puede hacer Dadaglio si continúa aquí? ¿Es que puede nombrar para Sevilla, cuando quede vacante este año la sede del señor Bueno Monreal, a alguno peor que él? ¿Es que, vacante como está San Sebastián, por la dimisión presentada por el señor Argaya, el que proponga para aquella diócesis va a ser peor que el dúo Argaya-Setién que hasta ahora la gobernó? (…)

 Lejos de mí el jugar a profeta y ni que decir tiene que acepto de antemano con reverencia cualquier decisión del Santo Padre. Pero ello no implica dejar de reconocer que la postergación del señor Dadaglio sería un motivo de alegría para muchos católicos españoles y el inicio de una rectificación urgente y necesaria.

 (Continuará)


Revista FUERZA NUEVAnº 628, 20-Ene-1979 

 

martes, 3 de marzo de 2026

El cardenal Tarancón “rectificaba” sobre el matrimonio católico

 Artículo de 1979

 Consejos vendo

 Me he quedado asombrado (*) al leer la quinta carta cristiana que sobre el matrimonio ha publicado monseñor Tarancón recientemente.

 En ella dice ni más o menos que lo siguiente: “La legislación civil sobre el matrimonio y la familia debe tener en cuenta las exigencias de la Ley Natural”.

 ¡Casi nada! Eso es, justamente, lo que debía haber dicho quince días (referéndum constitucional). En el momento preciso. Cuando los católicos se lo pedíamos con ansia. Cuando se tapó los oídos y, para acallar su conciencia, dijo eso tan absurdo de que “cada uno vote en conciencia, porque la Constitución no contiene nada vituperable que impida a los católicos aceptarla”.

 ¡Y ahora resulta que las normas sobre matrimonio y familia que contiene la Constitución no se apoyan en las exigencias de la Ley Natural!

 Cuando unos días antes unos dignísimos obispos dijeron: “Cuidado, que la Constitución no respeta los postulados de la Ley Natural”, la clerecía “progre” -algún obispo entre ellos- se llevó las manos a la cabeza y se alborotó con escándalo farisaico.

 Cuando, en vísperas del referéndum, monseñor Tarancón se prestó al sucio juego de TV pronunciando “La última palabra” en una absurda y pueril pretensión de desautorizar al cardenal primado (mons. Marcelo González), insistió en que los católicos podíamos aceptar tranquilamente la Constitución.

 Si, cuando pronunció “la última palabra”, nos hubiera advertido que algunos preceptos de la Constitución vulneraban la Ley Natural, los españoles no tendríamos que lamentar una legislación divorcista, una enseñanza laica, un matrimonio civil obligatorio y la cadena de abortos legalizados que, como maldición divina, va a caer sobre esta desdichada nación.

 Pretender ahora, cuando la cosa no tiene remedio, que los parlamentarios españoles, ateos, indiferentes o cristianos vergonzantes en su inmensa mayoría, observen las exigencias de la Ley Natural, es un sarcasmo impropio de un cardenal.

 El querer nadar entre dos aguas y el pretender servir a dos señores trae estas tristes consecuencias. Si a una fe débil, fruto de una falta de formación cristiana, de la que en buena parte hay que culpar a nuestros obispos, se añade este triste espectáculo de ver a la Iglesia oficial arrimada al Poder y haciéndole el juego (lo que tanto se vituperaba hace muy pocos años) no es de extrañar que los católicos españoles estemos sumidos en la confusión.

 Y, lo que es peor, sin pastores “que den a nuestro cristianismo una fuerza agresiva de testimonio”. Que es precisamente lo que pide monseñor Tarancón en su carta cristiana. ¡Consejos vendo…!

 Jaime CORTÉS

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 628, 20-Ene-1979


(*) NOTA NUESTRA: Nada de “asombroso”; simplemente Tarancón y sus obispos no quisieron ser un obstáculo para la Constitución laica que elaboraba la nueva clase política europeísta y progresista, que se les podría echar encima si alertaban a la masa católica; pero una vez  aprobada la Constitución de modo irreversible y pasado el mal trago, ya podían los obispos taranconianos predicar “libremente” la doctrina católica.

Todo muy bien calculado y nada “asombroso”. Parece ser que el articulista no cayó en la jugarreta episcopal y opinaba de buena fe.