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viernes, 13 de marzo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (1)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña


 Han pasado ya suficientes días como para que, alejados del calor de la lucha electoral, podamos analizar el hecho más trascendente de la vida de la Iglesia en España desde el holocausto de 1936 y la restauración del catolicismo gracias al triunfo de la España nacional, alzada en armas contra el marxismo el 18 de julio de 1936.

 No cabe en el breve espacio de un artículo describir las traiciones y las miserias de una de las más vergonzosas etapas de nuestro catolicismo o, tal vez, la más triste de todas ellas, pues no abundaron en nuestra Patria, gracias a Dios, épocas de ignominia como la que acabamos de vivir.

 RECTIFICACIÓN URGENTE

 En una nación de santos, de mártires y de héroes, la figura del obispo Oppas ha tenido afortunadamente escasísimas repeticiones históricas y su recuerdo se desvanece ante el de los Leandros, Isidoros, Olivas, Cisneros, Bellugas, Aguirres, Riberas, Inguanzos, Quevedos, Merrys del Val, Seguras o Gomás. Por ello, si mi buen amigo Manuel Ballesteros me lo permite como director de FUERZA NUEVA y los lectores de la revista lo soportan, me  extenderé en algunos números, más que en un análisis histórico de unos hechos, en las consecuencias que para el futuro del catolicismo español debemos extraer de los mismos. Porque entiendo que de nada sirve llorar sobre el pasado si no tenemos una decida voluntad de mañana para enderezar los torcidos rumbos por los que se pretende hacer marchar a los católicos de España y cuya meta es, sin duda alguna, la apostasía de una Patria que se forjó en el amor a Cristo y en su servicio.

Entiendo también que tal trabajo no puede quedarse en las nubes de los principios, sino que es preciso bajar a los nombres y apellidos y así lo haremos. Sin dudar de rectas intenciones subjetivas donde pueda haberlas, pero dando a las mismas el valor que tienen, es decir, ninguno, salvo en el fondo de las conciencias, de las que sólo Dios tiene el derecho a juzgar.

 No cabe duda que la Iglesia española después de la gloriosa victoria sobre los enemigos de Dios se durmió en sus laureles. Como tantas otras cosas se durmieron en España, sueño del que hoy estamos pagando los resultados.  Para no hacernos interminables, hemos de pasar por alto mil episodios no carentes de interés y que iban denotando que bajo ese sueño se estaban alentando vientos que producirían las tempestades que luego sobrevinieron.

 La postergación del cardenal Segura a la que se prestó, en propio beneficio, el entonces obispo de Vitoria y luego cardenal José María Bueno Monreal, que afortunadamente este año presentará la dimisión al Santo Padre por cumplir 75 años de edad. Las primeras manifestaciones después de la guerra del separatismo clerical en las provincias vascas, cortadas enérgicamente por el entonces nuncio Antoniutti. La operación Moisés, en la que el progresismo apareció ya claramente organizado. Los últimos días de monseñor Gúrpide, canallescamente amargados por la rebelión de parte de su clero. La injusta postergación de monseñor Morcillo y la turbia maniobra de la nunciatura para impedir que monseñor Guerra Campos asumiera el gobierno de la diócesis durante la sede vacante. La desdichada Asamblea Conjunta (1971) a cuyos cabecillas vemos hoy al frente de diversas sedes episcopales. La clara postura beligerante de parte de la Iglesia española en los últimos años de Franco, en los que la citada Asamblea Conjunta y el “caso” Añoveros fueron los momentos culminantes. Y todo lo demás que se podría añadir.

 Y desde hace diez años, jugando un importantísimo papel en esta obra de demolición, una figura tan poco simpática como aparentemente discreta: el actual nuncio Luigi Dadaglio, del que algún día habrá que escribir la historia, que ha dejado, a su paso por España, un rastro como el del caballo de Atila.

 He oído contar, y de lo único que respondo es de que así me lo refirieron, que explayándose con un amigo, le decía: “Cuando yo llegué a la nunciatura había 60 obispos tradicionales contra 10 de los nuestros. Hoy he conseguido que seamos nosotros los 60”. Lo haya dicho o no, es la pura verdad. Esa es su obra. Y no sólo cambió radicalmente el signo del episcopado español, sino que dio al mismo, continuando la línea de su predecesor Riberi, un tono de mediocridad, de pobreza intelectual y moral, de falta de personalidad y virtudes humanas que condiciona gravísimamente, si cabe todavía más que a causa de su progresismo, la posibilidad de actuación de los obispos españoles.

 Hoy, salvo contadas excepciones, no existen los obispos para los católicos de España. Ni leen sus documentos ni rodean a sus personas de ese amor que hasta ahora siempre habían sentido nuestros prelados. El cardenal Tarancón ha sido objeto en varias ocasiones de insultos irreproducibles proferidos por masas de católicos hasta aproximarse no poco a la figura jurídica del odium plebis.

 El arzobispo de Zaragoza (Yanes) acaba de ser gravísimamente insultado en su misma basílica del Pilar por un católico, sin que sus fieles se alteraran lo más mínimo. La jubilación del señor Añoveros, figura cumbre de la línea Dadaglio y de la oposición al franquismo, solicitada anticipadamente por motivos de salud, trajo sin cuidado a los católicos de Bilbao, excepto a los del sector tradicional que experimentaron una viva alegría. Infantes Florido acaba de dejar su diócesis de Las Palmas, que había pastoreado de escándalo en escándalo, sin una lágrima por parte de nadie y sin el menor júbilo por parte de quienes le van a subir a sufrir en Córdoba. 

Y lo mismo cabe decir del señor Roca con su traslado a Valencia. Cirarda llegó a Pamplona y en escasísimos meses se puso enfrente a los navarros con su soñada idea de la provincia eclesiástica vasca, que la mayoría de los católicos del antiguo reino repudia. El nombramiento de Echarren para Las Palmas si ha producido algo es consternación.

 Esta fue la labor del nuncio Dadaglio cuya misión en España, a Dios gracias, toca a su fin. En breve parece ser que dejará el Palacio de la calle de Pío XII. Y ha sido tan desastrosa su tarea, ha dejado tan maltrecha a la Iglesia de España, que casi da igual que se vaya o que se quede (…) Porque, ¿qué más puede hacer Dadaglio si continúa aquí? ¿Es que puede nombrar para Sevilla, cuando quede vacante este año la sede del señor Bueno Monreal, a alguno peor que él? ¿Es que, vacante como está San Sebastián, por la dimisión presentada por el señor Argaya, el que proponga para aquella diócesis va a ser peor que el dúo Argaya-Setién que hasta ahora la gobernó? (…)

 Lejos de mí el jugar a profeta y ni que decir tiene que acepto de antemano con reverencia cualquier decisión del Santo Padre. Pero ello no implica dejar de reconocer que la postergación del señor Dadaglio sería un motivo de alegría para muchos católicos españoles y el inicio de una rectificación urgente y necesaria.

 (Continuará)


Revista FUERZA NUEVAnº 628, 20-Ene-1979 

 

martes, 3 de marzo de 2026

El cardenal Tarancón “rectificaba” sobre el matrimonio católico

 Artículo de 1979

 Consejos vendo

 Me he quedado asombrado (*) al leer la quinta carta cristiana que sobre el matrimonio ha publicado monseñor Tarancón recientemente.

 En ella dice ni más o menos que lo siguiente: “La legislación civil sobre el matrimonio y la familia debe tener en cuenta las exigencias de la Ley Natural”.

 ¡Casi nada! Eso es, justamente, lo que debía haber dicho quince días (referéndum constitucional). En el momento preciso. Cuando los católicos se lo pedíamos con ansia. Cuando se tapó los oídos y, para acallar su conciencia, dijo eso tan absurdo de que “cada uno vote en conciencia, porque la Constitución no contiene nada vituperable que impida a los católicos aceptarla”.

 ¡Y ahora resulta que las normas sobre matrimonio y familia que contiene la Constitución no se apoyan en las exigencias de la Ley Natural!

 Cuando unos días antes unos dignísimos obispos dijeron: “Cuidado, que la Constitución no respeta los postulados de la Ley Natural”, la clerecía “progre” -algún obispo entre ellos- se llevó las manos a la cabeza y se alborotó con escándalo farisaico.

 Cuando, en vísperas del referéndum, monseñor Tarancón se prestó al sucio juego de TV pronunciando “La última palabra” en una absurda y pueril pretensión de desautorizar al cardenal primado (mons. Marcelo González), insistió en que los católicos podíamos aceptar tranquilamente la Constitución.

 Si, cuando pronunció “la última palabra”, nos hubiera advertido que algunos preceptos de la Constitución vulneraban la Ley Natural, los españoles no tendríamos que lamentar una legislación divorcista, una enseñanza laica, un matrimonio civil obligatorio y la cadena de abortos legalizados que, como maldición divina, va a caer sobre esta desdichada nación.

 Pretender ahora, cuando la cosa no tiene remedio, que los parlamentarios españoles, ateos, indiferentes o cristianos vergonzantes en su inmensa mayoría, observen las exigencias de la Ley Natural, es un sarcasmo impropio de un cardenal.

 El querer nadar entre dos aguas y el pretender servir a dos señores trae estas tristes consecuencias. Si a una fe débil, fruto de una falta de formación cristiana, de la que en buena parte hay que culpar a nuestros obispos, se añade este triste espectáculo de ver a la Iglesia oficial arrimada al Poder y haciéndole el juego (lo que tanto se vituperaba hace muy pocos años) no es de extrañar que los católicos españoles estemos sumidos en la confusión.

 Y, lo que es peor, sin pastores “que den a nuestro cristianismo una fuerza agresiva de testimonio”. Que es precisamente lo que pide monseñor Tarancón en su carta cristiana. ¡Consejos vendo…!

 Jaime CORTÉS

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 628, 20-Ene-1979


(*) NOTA NUESTRA: Nada de “asombroso”; simplemente Tarancón y sus obispos no quisieron ser un obstáculo para la Constitución laica que elaboraba la nueva clase política europeísta y progresista, que se les podría echar encima si alertaban a la masa católica; pero una vez  aprobada la Constitución de modo irreversible y pasado el mal trago, ya podían los obispos taranconianos predicar “libremente” la doctrina católica.

Todo muy bien calculado y nada “asombroso”. Parece ser que el articulista no cayó en la jugarreta episcopal y opinaba de buena fe.

jueves, 19 de febrero de 2026

Judas en el Sanedrín y Tarancón en el Congreso

 Artículo de 1979

 Judas en el Sanedrín y Tarancón en el Congreso

 Consta por el Evangelio de San Mateo, capítulo 26, versículos 14-16, que Judas acudió a los príncipes de los sacerdotes para concertar con ellos el precio por la entrega del Maestro, y como el despacho oficial de aquellos príncipes era el Sanedrín, dicho lugar debió ser verosímilmente el sitio donde sostuvieron la entrevista.

 Consta igualmente, por la prueba elocuente de la televisión que, el 27-XII-78, el cardenal Tarancón estuvo en el Congreso, asistiendo al acto de la sanción oficial de la Constitución.

 La comparación entre ambos hechos históricos y las figuras de sus protagonistas suscita inexorablemente las siguientes reflexiones:

 Primera. Sobre las personas.

Judas era Apóstol de Cristo; Tarancón es sucesor de los Apóstoles. Judas fue elegido por Cristo para ser pilar, quicio o gozne de su Iglesia, es decir, cardenal según su significado etimológico. Tarancón también fue elegido cardenal según el Derecho Positivo Eclesiástico. En ambos concurre, por consiguiente, “en cierto sentido”, la condición de obispos y cardenales.

 Segunda. Sobre los organismos.

El Sanedrín era entre los judíos un órgano oficial que, aunque tenía como competencia específica una misión de carácter judicial, participaba también ampliamente de competencia normativa y administrativa. El Congreso y el Senado asumen entre los españoles ciertas funciones análogas, especialmente en el campo legislativo.

 Tercera. Sobre la actuación de ambos organismos.

El sumo sacerdote Caifás pronunció en sesión solemne del Sanedrín aquellas palabras lapidarias: “Conviene que uno muera por la salvación del pueblo”. Y de esta manera aquel órgano supremo, presunto representante del pueblo judío, condenó a muerte a Jesucristo. Nuestro Congreso ha sido algo más fino al elaborar la Constitución: no condena a muerte a Dios. Se limita a prescindir de Él, a legislar como si no existiera, y de esta manera, sin negarlo expresamente, construye un Estado, una sociedad y una familia sin Dios. Pero tanto el Sanedrín como el Congreso son deicidas, porque el primero ordenó la muerte de Dios en Cristo, y el segundo ordenó la muerte de Dios en el Estado, en la sociedad y en la familia.

 Cuarta. Sobre la intervención de los protagonistas.

Judas, con su intervención activa, favoreció los planes deicidas del Sanedrín, entregó a Cristo y recogió sus treinta monedas, el precio que se daba por un esclavo. El cardenal Tarancón, con su intervención pasiva de simple asistencia, favoreció los planes deicidas de las Cámaras Legislativas: con su presencia oficial y representativa sancionó una Constitución impía y atea.

 Tal vez crean nuestros conspicuos diputados y senadores que la Iglesia católica ha aprobado implícitamente la Constitución, al autorizarla con la presencia del presidente de la Conferencia Episcopal. Olvidan, sin embargo, que también Judas con su presencia en el Sanedrín autorizó la muerte de Cristo. 

Julián GIL DE SAGREDO


Revista FUERZA NUEVAnº627, 13-Ene-1979

 

jueves, 5 de febrero de 2026

La Constitución es atea

 Artículo de 1979

  La Constitución es atea 

(…) Al plantearse el problema del referéndum sobre la Constitución, surgió un clamor de orientación y consejo a la Conferencia Episcopal Española, presidida por el cardenal Tarancón. Pero el Pueblo de Dios ha sufrido una gran decepción, porque la Comisión Permanente de esa Conferencia ha dicho que “no puede dar ningún orientación y que voten según su conciencia”. ¡Valiente contestación! “Para ese viaje no necesitábamos alforjas”, exclama el pueblo llano. 

¿No saben los señores de la Comisión que la gran mayoría de los españoles no tiene idea formada ni saben dirimir lo que tiene de bueno y de malo la Constitución? Porque la mayoría no la lee, y si la lee no la entiende ¿Qué juicio se va a formar? Y de ahí se deduce otra consecuencia: que del referéndum no puede sacarse la conclusión de que el pueblo ha aprobado una constitución, ya que vota sobre lo que no sabe. Un voto en el vacío.

 *****

Vengamos ahora a lo que esa Constitución encierra con la religión. Aquí sí que se han oído cosas peregrinas y graciosas que harían reír si el problema no fuera tan serio. Según Tarancón, “no se pueden esgrimir razones religiosas para tomar una postura determinada” (“Carta cristiana”, 25-XI). Como si la Constitución se hubiese hecho para antropopitecos y no para seres racionales y, por añadidura, cristianos y católicos, en gran mayoría.

 Parece que la Constitución y la religión no tienen que ver nada una con otra, mientras aquélla no diga nada grave contra ésta. Pero estos señores sólo tienen en cuenta lo positivo, lo que dice. ¿Y lo que no dice y debiera decir? Saben ellos o deben saber mejor que nosotros, los no clérigos, que hay pecados de omisión. Y graves. El que no va a misa los domingos no hace nada positivo contra la Ley de Dios, y, sin embargo, peca mortalmente. Eso de evadirse de Dios, no citándole ni una sola vez en una ley fundamental para la vida de los cristianos españoles, no es importante? Y lo de abrir camino al aborto y al divorcio, ¿es cosa leve?

 Prescindir de Dios es un tipo de ateísmo que estudian los tratados de Teodicea, en dos de los cuales incide la tan jaleada ley fundamental: en el ateísmo práctico y en el político, que pueden reducirse a uno: a conducirse como si Dios no existiera: gobernar y dar leyes al margen de toda religión. Porque eso de citar a la religión católica una vez, equiparándola a los mormones o a los budistas, es peor que si no la citara nunca.

 Don José María Martín Patino, provicario del Arzobispado de Madrid, distingue entre “laico” y “ateo”. Yo entiendo que el laicismo equivale al ateísmo práctico. Xavier Zubiri, el máximo filósofo español desde la muerte de Amor Ruibal, en 1930, dice en su obra “Naturaleza, Historia, Dios” (Madrid, 1963): “La existencia que se siente desligada de Dios es una existencia atea”. Digo de Dios, porque así lo exige el contexto (pág. 392). Por tanto, la ley que nos ocupa es una ley atea aunque no diga “Dios no existe”.

 Aún es más chocante lo que dice el diario de la Editorial Católica y, por tanto, católico él. Saben que me refiero a “Ya” que, en su editorial del día 19-XI, titulado “Un ateísmo inventado”, compara la Constitución con la aritmética escolar, con la física astronómica o con un texto de Hacienda Pública, que no tienen por qué citar a Dios. Estas ciencias no le citan porque no tienen porqué citarle; pero la Constitución, sí. Esta afecta a la vida, no solo material sino espiritual de los hombres, de los españoles, y la vida de éstos hace relación a Dios que los creo, los rige y gobierna. Es descabellada, pues, la comparación de “Ya”. ¡Que Dios les conserve tan fino talento!

 Los obispos y sacerdotes que defienden la no intervención ni consejo de la Conferencia Episcopal a los católicos españoles dan explicaciones muy complicadas y prolijas, lo cual es, sencillamente una acusación contra ellos mismos. Pienso que la verdad tiene siempre caminos más cortos y sencillos que los que usan estos señores.

 ***

Creo, por otra parte, que la Conferencia Episcopal siente el catolicismo, en su interior, más profunda y sinceramente que lo ha dicho en sus manifestaciones. Hay en ellas más miedo a oponerse al poder público que sinceridad. Y el poder, que se ha entregado a los sin Dios y seguido sus designios, debiera más bien imitar a los Estados europeos que, como Inglaterra Irlanda, Suecia, Noruega, Dinamarca, Grecia… son confesionales. Y no de los atrasados sino de los más progresivos de Europa.

 Pero aún hay más que decir, si tenemos en cuenta que estoy aludiendo a elementos eclesiásticos y católicos, que supongo que admitirán sin reservas la doctrina del Concilio Vaticano II. Aunque me temo que para algunos esté ya desfasado.

 La Declaración “Dignitatis humanae” dice textualmente: “El poder civil debe reconocer ciertamente la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla… (BAC, pág. 787). Y en la pág. 790: “El poder público debe crear condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa…”

 Y, francamente, no creo que se “favorezca” ni “se creen condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa” dando una Constitución laica, que desconoce a Dios. Esto debieran haberlo tenido en cuenta los eclesiásticos de la Conferencia Episcopal. Y para ejemplo de nuestros gobernantes, profundamente católicos; de nuestra prensa, también católica, y de nuestro pueblo clero, celoso defensor de la gloria de Dios y de la salvación de las almas, hay que hacer constar el interés que los paganos ponían en que los dioses intervinieran en el gobierno de la comunidad. Dice Cicerón: “Es más fácil fundar una ciudad sin suelo que sobrevivir una comunidad sin dioses”. ¿Está claro?

 Domiciano Herreras 


Revista FUERZA NUEVAnº 626, 6-Ene-1979


jueves, 29 de enero de 2026

La Constitución liberal condenada por el Magisterio de la Iglesia

 Artículo de 1978

  Condena del Estado liberal

 SE podrá tomar en serio o se podrá tomar en broma, cosa esta última que hace la mayoría de los católicos españoles, sin duda por ignorancia, pero lo cierto es que la concepción liberal del Estado, la que caracteriza a la Constitución española, continúa condenada por el Magisterio de la Iglesia.

 Así se desprende de las declaraciones del cardenal Palazzini, alto cargo de la Curia vaticana y antiguo profesor de Teología Moral, hechas a «L'Osservatore della Domenica», semanario oficioso del Vaticano.

 El cardenal Palazzini, en efecto, advierte: «El "Syllabus" ha sido hasta nuestros días un signo de contradicción; sin embargo, de él permanece válida todavía la condena de la concepción liberal del Estado desvinculado de toda norma moral, fuente de todo derecho; y sigue siendo válida la repulsa de la pretensión del hombre moderno de construir la sociedad de un modo independiente de Dios y de la religión, e incluso basándose en principios contrarios a ella.»

 Es claro que si la doctrina auténtica de la Iglesia no fuese la expuesta por el cardenal Palazzini, en este semanario vaticano no se le hubiese permitido expresarse en tales términos. Es, por otra parte, si bien se mira, la doctrina expuesta por Pablo VI en la «Octogésima Adveniens». el cual reprueba a los católicos que tiende a idealizar el liberalismo y que no tienen en cuenta que la ideología liberal y la fe católica son incompatibles.

 En esa misma carta, el papa Pablo VI da testimonio de que todas las democracias ensayadas hasta ahora son insatisfactorias y que es necesario buscar otras.

 No obstante, los católicos españoles -del presidente Suárez al comunista A. Comín, pasando por Fraga, Silva y Peces-Barba- se han empeñado en elaborar una Constitución no ya anacrónica, reaccionaria, plagada de todos los tópicos y de todas las utopías liberalistas y socialistas fracasantes, sino una Constitución «independiente de Dios y de la religión», cosa ilicita para un católico, según el cardenal Palazzini.

 El caso es absolutamente diáfano y lógico para el verdadero católico, para el hombre que crea en la verdad propuesta por el Magisterio oficial de la Iglesia católica, como es ése del anatema contra el liberalismo agnóstico:

 La Constitución española y la democracia liberal se basan sobre los principios o postulados del liberalismo filosófico (racionalista y naturalista).

 Es así que el Magisterio oficial de la Iglesia condena el liberalismo filosófico (de Pío IX a Pablo VI, pasando por León XIII, etc.).

 Luego, virtualmente, la Constitución española (como la democracia liberal) está condenada por el Magisterio oficial de la Iglesia.

 Luego peca de negligencia el Magisterio de la Iglesia en España al no hacer un «juicio moral» sobre la Constitución española, cumpliendo con su deber pastoral de hacerlo, tal como lo establece el Vaticano II.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 625, 30-Dic-1978

 

jueves, 22 de enero de 2026

De Dios nadie se burla

 Artículo de 1978

 “No os engañéis: de Dios nadie se burla” (San Pablo)

Me gusta entretenerme hojeando viejas revistas, con las cuales me recreo mucho a veces. Hallo en ellas un oxígeno espiritual difícil de encontrar en publicaciones actuales, incluso religiosas. Hace poco estuve releyendo la colección de «Avanzar», órgano de la Obra de Cooperación Parroquial de Cristo Rey, al que estoy suscrito desde su primer número. En el correspondiente a enero de 1949, di con este título: «El cardenal Pie y Napoleón III». Es un artículo que no tiene desperdicio y que da de lleno la explicación, sencilla y profunda a la vez, de los males que destrozan a la sociedad moderna. Fue escrito con ocasión de la Fiesta de los Reyes Magos. Me ha parecido que podría interesar a muchos lectores de FUERZA NUEVA. Helo aquí, casi íntegramente:

 LA fiesta de los Reyes Magos evoca siempre enseñanzas tradicionales precisas y  en la Iglesia, al ponernos ante los ojos el edificante ejemplo de tres hombres que, investidos de la suprema autoridad temporal, se postran a los pies del Rey Divino recién nacido, tributándole el vasallaje que le deben todos los reyes, príncipes y señores de la tierra. Porque El es Rey de reyes y Señor de los que gobiernan. «Rex regum et Dominus dominantium

 Nos ha parecido oportuno en esta ocasión dar a conocer, como compendio admirable y lección severa de la doctrina católica, según la cual los dirigentes de los pueblos deben acatamiento y sumisión a Jesucristo Rey y a su Iglesia, las relaciones que mediaron entre el cardenal Pie, obispo de Poitiers. y Napoleón III, emperador de los franceses.

 El cardenal Pie tuvo varias entrevistas con Napoleón III. La más célebre fue la del 15 de marzo de 1859. Monseñor Pie hizo en ella el proceso de la política del siglo XIX, que sistemáticamente excluyó de sus consejos y deliberaciones a Jesucristo y al Papa.

 Hablando de esta entrevista, decía después el obispo a sus sacerdotes: «Nuestro apostolado nos ordena llevar la verdad delante de los reyes lo mismo que delante de los particulares. «Ut portet nomen meum coram regibus.» Ni yo tengo el honor de ser San Hilario, ni el príncipe, ante el cual he comparecido, tiene la desgracia de ser Constancio. He hablado con respeto, pero con autoridad y con independencia, y con esto he liberado a mi alma.»

 El resumen de esta entrevista lo dictó el mismo obispo a su secretario, quien mandó pocos días después a Roma una copia, que los cardenales, de mano en mano, se fueron pasando unos a otros.

 El cardenal empezó por protestar enérgicamente contra el reciente Congreso Europeo de París, que había excluido al delegado del Papa para admitir en su lugar al sultán de Constantinopla.

 El emperador, viendo la animación del obispo, se le iba acercando poco a poco. Escuchaba ávidamente, pasándose a menudo la mano por la frente. Luego dice, desviando el tema de la conversación: «Pero, después de todo, monseñor, ¿no he dado yo bastantes pruebas de buena voluntad en favor de la religión? ¿Acaso la misma  Restauración hizo más que yo?»

 El obispo de Poitiers se hallaba conducido, con esta última pregunta, a lo que constituía su gran tesis: la cuestión de las relaciones necesarias entre la Religión y los gobiernos y la del reinado de Jesucristo en la sociedad.

 Por lo mismo, respondió al emperador: «Me apresuro a hacer justicia a las disposiciones religiosas de vuestra majestad y sé reconocer los servicios que ha prestado a Roma y a la Iglesia, especialmente durante los primeros años de su gobierno. Pero permítame añadir que ni la Restauración ni vuestra majestad han hecho por Dios lo que convenía hacer, porque ni aquélla ni vuestra majestad han levantado de nuevo su trono, porque ni aquélla ni vuestra majestad han renegado de los principios de la Revolución - cuyas consecuencias prácticas combaten, sin embargo -, porque el evangelio social en el cual se inspira el Estado es aún la declaración de los derechos del hombre, que no es otra cosa que la formal negación de los derechos de Dios. Ahora bien: Dios tiene derecho a gobernar sobre los Estados lo mismo que sobre los individuos. Es por esto, precisamente, por lo que Jesucristo vino a la Tierra. El debe reinar en ella inspirando sus leyes, santificando las costumbres, ilustrando la enseñanza, presidiendo los consejos, ordenando los actos, tanto de los gobiernos como de los gobernados. Donde Jesucristo no ejerce este reinado hay desorden y decadencia.

 Ahora bien: yo tengo derecho a declarar a vuestra majestad que Jesucristo no reina entre nosotros y que nuestra Constitución dista Constitución mucho de ser la Constitución de un Estado cristiano y católico. Es verdad que nuestro derecho público establece que la religión católica es la religión de la mayoría de los franceses; pero añade que los otros cultos tienen derecho a una protección igual. ¿No es esto declarar de un modo equivalente que la Constitución protege lo mismo a la verdad que al error? ¡Pues bien! ¿Sabe vuestra majestad qué responde Jesucristo a los gobiernos culpables de semejante contradicción? Jesucristo, Rey de cielos y tierra, les responde: «Yo también, gobiernos que os sucedéis derrumbándoos los unos a los otros, yo también os dispenso una protección igual. He dispensado esta protección a vuestro tío el emperador: he dispensado la misma protección a los Borbones; la misma protección a Luis Felipe: la misma protección a la República, y la misma protección dispensaré a vuestra majestad.»

 El emperador interrumpió al obispo: «¿Pero cree vuestra excelencia que la época en que vivimos consiente este estado de cosas y que ha llegado el momento de establecer ese reino exclusivamente religioso que me pide?¿No se da cuenta, monseñor, de que esto sería desencadenar todas las malas pasiones?»

 «Señor -respondió monseñor Pie-: cuando grandes políticos como vuestra majestad me objetan que el momento no ha llegado, no tengo más que inclinarme, porque yo no soy un gran político. Pero soy obispo, y como obispo le respondo: Si no ha llegado para Jesucristo el momento de reinar, tampoco ha llegado para los gobiernos el momento de durar.»

 Desgraciadamente, esta doctrina de verdad no fue ni comprendida ni aplicada. Los sucesos dieron razón al obispo de Poitiers, y pocos años después lo hacía constar, no al emperador, desaparecido con su Imperio deshecho, sino a los franceses mismos, que seguían indiferentes respecto a los derechos de Jesucristo.

 • • •

 A la luz del diálogo que precede me voy a permitir unas consideraciones bastante elementales.

 El Parlamento español ha elaborado una nueva Constitución, de la cual ha eliminado toda idea de Dios, con graves atentados a la ley natural y divina, ni más ni menos que si Dios no existiera.

 Si el cardenal Pie habló con tanta valentía y entereza a Napoleón III porque no había hecho por la Religión todo lo que debía haber hecho, ¿qué no les diría a los actuales legisladores españoles que acaban de fabricar y aprobar una Constitución atea?

 Yo no creo en el catolicismo de los diputados y senadores de UCD y otros que han elaborado una tal Constitución; menos todavía, naturalmente, en el de algunos del PSOE que, militando en un partido que es ateo porque es marxista, se declaran a sí mismos católicos, como si marxismo y catolicismo pudieran ser compatibles.

 Algunos obispos, con el cardenal primado a la cabeza, han levantado la voz. Se les ha despreciado, se les ha vilipendiado, se les ha caricaturizado. El documento hizo impacto. Los de UCD no se lo esperaban. Por eso, temiendo sin duda el efecto que en muchas conciencias rectas iba a producir, se apresuraron a contrarrestarlo. Así pudimos oír a algunos afirmar en sus mítines que, aunque la Constitución no nombre a Dios, está llena de la idea de Dios; que está de acuerdo con el Vaticano II, especialmente con la «Gaudium et Spes» (Sánchez Terán, en Avila); que es un conjunto de valores cristianos que derivan del Evangelio y que contiene los valores básicos del humanismo evangélico (Arias-Salgado, en Toledo), etc. Suárez, en una larga parrafada de su discurso final, ha pretendido hacer creer que la Constitución se ha basado en el Concilio Vaticano II. Claro está que Suárez ha dejado bien patente su desconocimiento de la doctrina de la Iglesia, por ejemplo, sobre la indisolubilidad del matrimonio, tanto sacramental como natural. 

Un poco más, y hubiésemos tenido que recibir la nueva Constitución de rodillas, como si se tratara de un quinto evangelio o de una segunda imitación de Cristo. Así, con esa desvergüenza, soltando falsedades a diestra y siniestra, se ha estado recabando el voto afirmativo del pueblo católico - el de los no católicos ya se han encargado de conseguirlo socialistas y comunistas- , pueblo engañado una vez más por políticos sin escrúpulos, pueblo, por otra parte, indefenso y abandonado a sí mismo, porque la inmensa mayoría de los pastores, mientras afirmaban la obligación de votar conforme a conciencia, no hacían nada por formar y orientar esa conciencia popular. ¡Dios mío, cuánta responsabilidad ante tu tribunal y ante el tribunal de la Historia!

 Una mayoría de diputados y senadores católicos que en este caso se han comportado como renegados, con el consenso al menos tácito de decenas de pastores inoperantes, han producido para una nación católica una Constitución sin fe y sin moral. Es la hora de recordarles a todos ellos lo de San Pablo: «No es engañéis; de Dios nadie se burla» (Gal. VI 7).

 • • •

Política sin Dios, mala política. Ya pueden ser o creerse a sí mismos grandes estadistas, grandes políticos... No pasan de ser unos pobres hombres que se han impuesto la triste y desgraciada tarea de fabricar una legislación sin base ninguna, porque, deliberadamente, de ella han eliminado a Dios y a su Ley santa. Que lo haya hecho Carrillo, se comprende; al fin y al cabo es una actitud coherente con sus principios materialistas. Que lo hayan hecho los socialistas, marxistas como Carrillo, se comprende también. Pero que hayan hecho ese juego los católicos de UCD y otros, gracias a los cuales se ha aprobado esa Constitución aconfesional, acristiana, amoral, atea; no, no se entiende.

 Caben sólo dos hipótesis: o que del catolicismo han retenido solamente el nombre, con vergonzoso desconocimiento de su contenido y de sus exigencias, y en este caso han pecado por ignorancia; o bien que, como- hombres sin fe o con fe muerta, se han sentido atenazados por el respeto humano y. se han avergonzado de reconocer públicamente a Cristo Rey de reyes y Señor de los que gobiernan, en cuyo caso han pecado por miedo y por cobardía. iPobres enanos! Han olvidado que Cristo dijo hace cerca de dos mil años: «Todo aquel que me negare delante de los hombres, yo le negaré también delante de mi Padre que está en los cielos» (Mat. X - 33). Y «quien se avergonzare de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo del Hombre» (Luc. IX - 26).

 Repito lo de San Pablo: «No os engañéis; de Dios nadie se burla.» Vosotros, políticos de esta hora trágica, os habéis burlado de Dios, porque, al elaborar la Constitución, que, según vosotros, ha de regir a la sociedad española que es católica, habéis prescindido de Dios, habéis eliminado a Dios, os habéis reído de Dios... Pues bien, tenedlo por cierto: «El que habita en los cielos se reirá también de vosotros.» (Salmo II - 4).

 El gran poeta Jacinto Verdaguer sintetiza magistralmente esta verdad temerosa en un verso de su inmortal «Atlántida»: «Qui enfonsa i alça els pobles, és Déu, que els ha criat» («Quien hunde y levanta a los pueblos, es Dios, que los ha criado»).

 Políticos, ¡no lo olvidéis! ¡No juguéis a hacer de Napoleón III, porque desapareceréis, como desapareció él con su Imperio!

  Julián ESCUBET


Revista FUERZA NUEVAnº 625, 30-Dic-1978

 

viernes, 2 de enero de 2026

Jurar por Dios una ley contraria a Dios reviste sacrilegio

 Artículo de 1978

 EL REY  ESTA VEZ NO JURA

EDITORIAL

 Se debate estos días la conveniencia o inconveniencia de que el rey jure la Constitución, cuestión posiblemente resuelta cuando este breve artículo sea publicado, si es que no le amordaza antes el temor a posibles represalias del Gobierno.

 Sobre el asunto debatido cabe hacer dos consideraciones:

PRIMERA. La Constitución, según el cardenal primado (mons. Marcelo González), niega a Dios no sólo de manera nominal, sino efectiva, lo cual quiere decir que no se limita a omitir el nombre de Dios, sino que expresamente expulsa a Dios de la Ordenación Constitucional.

Según otros cardenales y obispos, que en la declaración de la Conferencia Episcopal sobre la Constitución dejaron abandonados a los católicos a su conciencia individual para formar juicio propio en materias relacionadas con la fe y la moral, patrocinando de esta manera implícitamente el “libre examen protestante”, según dichos cardenales y obispos –repito-,  la Constitución omite u oculta el nombre de Dios; omisión u ocultación que no significaría su negación.

 Pues bien: Si aceptamos la versión del cardenal primado, que además es la verdadera, se haría la siguiente pregunta: ¿Cómo el rey puede jurar por Dios una Constitución que niega a Dios? La contradicción es evidente: por un lado admite la Constitución, puesto que se compromete por juramento a obedecerla, pero, por otro lado, la rechaza, puesto que se su compromiso se funda en Dios y la Constitución niega a Dios. El Rey, entonces, quedaría vinculado a la Constitución por el juramento, pero quedaría desvinculado de la Constitución, porque al rechazar ésta a Dios, rechaza el juramento hecho por Dios.

 Si admitimos la versión de los otros cardenales y obispos, se incurre igualmente en cierta contradicción, ya que la omisión de Dios en la Constitución, al ser consciente, premeditada y calculada, significa virtualmente su negación, mientras que el juramento de dicha Constitución implica el reconocimiento expreso de Dios por una Constitución que expresa o virtualmente le niega, resulta contradictorio.

 SEGUNDA. El juramento, como garantía de fidelidad a la Constitución, carece de validez cuando la persona que lo utiliza lo estima como un valor de carácter relativo, es decir, variable según circunstancias accidentales de tiempo y lugar. El acto obliga moralmente a la persona que lo ejecuta a tenor de dos factores: inteligencia o concepto que tenga del mismo, y voluntad o forma de vincularse operativamente al mismo. Si en la inteligencia y la voluntad del que jura no concuerdan sustancialmente con el valor del juramento objetivamente considerado, el juramento es nulo. En el caso de la Constitución que estudiamos, el juramento además carecería de validez, e incluso podría ser sacrílego, porque jurar por Dios el cumplimiento de una ley que infringe el Derecho Divino Natural y Positivo no sólo afecta de nulidad al juramento, sino que además le revestiría del carácter de sacrilegio.


Revista FUERZA NUEVA, nº 624, 23-Dic-1978

 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Contra falacias “católicas” en favor de la Constitución

 Articulo de 1978

 El señor Attard y su disgusto

 El señor Emilio Attard, presidente de la Comisión Constitucional (…) ha hecho declaraciones a la prensa y ha incurrido en afirmaciones gratuitas y contradictoras.

 Digamos primero al señor Attard que, si es católico practicante, se supone que será “católico, apostólico, romano” y no “católico, apostólico, madrileño”. Lo decimos porque, en sus declaraciones, se apoya en el cardenal de Madrid (Tarancón) y en su vicario general (Martín Patino), amén de la Comisión Permanente Episcopal, pero no le vemos apoyarse, no digo ya en textos conciliares sino siquiera en textos de los Papas. La verdad es que un vicario general no es fuente de doctrina, sino de gobierno (el señor Attard lo sabe puesto que es un ilustre jurista). Un cardenal ya es bastante más, pero aunque alguien haya considerado “papable” a ese cardenal, no es un Papa, ni tampoco una Conferencia Episcopal es un Concilio. Si encima resulta que el cardenal presidente de tal Conferencia (Tarancón) es hombre discutido, incluso por otros cardenales como… Hoeffner en el Sínodo de 1971, habrá que extremar la prudencia y procurar beber en fuentes más altas. Me parece, además, que, incluso, ha elegido mal sus citas.

 Usted, señor Attard, dice que “la Constitución no es atea, porque para serlo tendría que negar a Dios”. Curioso, porque usted sabe que hay ateísmo práctico. Cita usted el artículo 16: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades”. Lo que es tanto como decir que la Constitución no hace suya ninguna ideología, aunque diga que “mantendrá relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”; esto no es hacer suya ninguna creencia, ya que dice que cooperará con todas. La Constitución no tiene ninguna creencia, concordando con el artículo 1º, 2, que declara la soberanía del Pueblo, del que emanan todos los poderes del Estado, incluso la justicia (art. 17. 1); si usted ve a Dios y a su Ley natural por ahí, dígamelo, porque yo no veo ahí más Dios que el pueblo, ni más ley que su voluntad, ni más justicia que la que se le antoje. Todo eso se llama agnosticismo y laicismo y me parece lógico que lo defiendan agnósticos y laicos; lo que no me parece lógico es que usted lo intente bautizar con la ayuda del cardenal Tarancón y su vicario general. 

Después acude usted al texto de la Conferencia Episcopal, alegando que ha dicho: “No hay ninguna razón grave de carácter religioso”…; bueno, lo que dice es que no hay razón grave, ya que ese mismo texto reconoce reservas sobre estabilidad del matrimonio, protección de la familia y libertad de enseñanza. ¿Que esto no es grave? Puede que no lo sea para dicha Conferencia pero, señor Attard, ¿recuerda lo que el cardenal Poletti y Pablo VI dijeron a los católicos italianos que votaron en pro del divorcio? Pues les llamaron: traidores. ¿Grave en Italia y leve en España?

 Sigue usted citando: “El cardenal Tarancón afirma que si la Constitución coartara la profesión de fe de los cristianos o pusiera trabas a la actuación de la Iglesia, los cristianos estarían obligados en conciencia a oponerse con su voto a dicha Constitución”. Ha elegido mal su cita, porque ni el cardenal agota las causas negativas (no dice que sólo sean dos) ni que en la Constitución no se den, dejándolo a nuestro estudio. “Los cristianos son libres de votar como quieran, pero no por razón de su fe” –añade-. Y esa frase así dicha no dice más que la fe es un límite a ese voto, porque si lo que quiere decir, y no dice, es que a la hora de votar se ha de olvidar la fe, habrá que abrir la Gaudium et spes” del Vaticano II y leer en su n. 36 aquello de “Si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras”, y usted es creyente, ¿verdad señor Attard?

 Cita usted a Martín Patino, y vuelve a elegir mal la cita, porque su cita hace radicar el cristianismo no en la mención de Dios “sino en cuanto garantice mejor los derechos y libertades del hombre”. Esto no sirve, porque en primer lugar hay que demostrar que la Constitución garantiza esto, y es claro que no garantiza ni eso, ni nada, puesto que no reconoce un orden moral objetivo por encima de la soberanía del pueblo. Todo queda a merced del poder. Eso es totalitarismo, como dijo hace poco el vicerrector de la Universidad de Ginebra, ¿lo recuerda? Le agradezco que no haya dicho usted nada de eso de la “Declaración Universal de Derechos Humanos”. Me ahorra la réplica de ese gato por liebre.

 Cuando le preguntan sobre familia y divorcio, usted recita artículos y añade: “La ley civil no puede imponer su doctrina a quienes no tienen fe” y que “el legislador civil, aunque sea católico, no tiene por qué elevar a la categoría de norma jurídica lo que es ideal cristiano”. La primera fase debe tener alguna errata, ya que lo cierto es que la ley civil sí que impone su doctrina tanto a los que tienen como los que no tienen fe. La segunda frase es más clara, pero no entiendo como un católico la dice, porque eso es una ley del embudo. 

¿De modo que los no católicos pueden imponernos sus ideales a los católicos, pero los católicos no podemos decir nada? ¿Ha olvidado usted a San Pablo: “Instaurar todo en Cristo” (Ef. 1,10). Pues se lo repite el Vaticano II (G. et S., 45), y antes, en el n, 43, le dice. “A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena”. Gracias, otra vez, por no decir nada de aquello del “mal menor”.

 De repente, hace usted una llamada electoral: Lo que tenemos que hacer los católicos es actuar en política y ganar elecciones”. Muy bien, empecemos desde ahora. Yo ya he dicho “no” a la Constitución: lo demás ni me parece democrático, ni tiene sentido. Si tenemos ahora que prescindir de la fe, ¿por qué apelamos a ella para mañana?

 Dice usted, señor Attard, que la Constitución no es abortista, ha abolido la pena de muerte y establece que todos tienen derecho a la vida; pero resulta que hay países que también dicen eso y, no obstante, son abortistas; si con unas Leyes Fundamentales confesionalmente católicas, hoy aún vigentes, ha podido este Gobierno de centro y sus Cortes despenalizar el adulterio, el amancebamiento, la venta de anticonceptivos y la pornografía, dígame usted que harán los del futuro con esta Constitución permisiva, que todos califican de ambigua.

 También nos cuenta usted lo de la libertad de enseñanza. Eso es un hueso tan duro de roer que hasta la benigna Conferencia Episcopal ha manifestado sus reservas. Usted sabe que hay partido que ha hecho cuestión especial de este artículo. Es una libertad “planificada” y con “libertad de cátedra”; un colegio y unos padres católicos tendrán que soportar a un profesor que enseñe ateísmo en uso de su libertad de cátedra. (…) 

Jerónimo Cerdá Bañuls


Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978 

 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Conferencia Episcopal: su auto-desprestigio preserva nuestra fe

 Artículo de 1978

CONFERENCIA EPISCOPAL: SU AUTO-DESPRESTIGIO PRESERVA NUESTRA FE 

 “Guías ciegos” llama a Jesucristo (Mt. 23,16) a los escribas y fariseos que, con los sacerdotes y bajo la batuta de Caifás, integraban en su tiempo una “especie” de Conferencia Episcopal que se llamaba Sanedrín. Guías ciegos cabría repetir a ciertos miembros del Episcopado español que, bajo el mando del cardenal Tarancón, componen hoy la Asamblea Episcopal Española.

 Afortunadamente, el “parlamento” eclesiástico –me limito a consignar el hecho- se halla totalmente desacreditado y desprestigiado entre los católicos españoles, y digo “afortunadamente” porque ese descrédito y desprestigio actúa como vacuna contra el virus progresista que inspira sus documentos oficiales. No son los católicos españoles los que han desprestigiado la Conferencia Episcopal sino que ella misma se ha ganado a pulso el público menosprecio del pueblo fiel. Son muchas las causas: sus divisiones internas, su mecanismo democrático, que pretende resolver por la ley del voto no solo cuestiones de acción pastoral sino incluso cuestiones de doctrina, como si la verdad o el error pudieran decidirse por mayoría, sus equivocidades y ambigüedades tanto en el pensamiento como en su expresión, su afán de protagonismo en la misión docente de la Iglesia española menoscabando -si no suplantando- la competencia que por Derecho Divino Positivo corresponde a los obispos diocesanos, y especialmente sus conocidas convergencias de claro matiz político.

 ***

Una demostración más de esa ambigüedad y equivocidad doctrinal, y posiblemente también de una orientación política tendenciosa, es la ya famosa “Nota de la Comisión Permanente del Episcopado sobre la Constitución”, que, aunque sea a muchos días vista, y una vez aprobado el texto en referéndum, la Conferencia asumió como propia y merece comentarse.

 El enfoque moral de la Constitución puede desorientar a los católicos, indicando el camino falso, ocultando el verdadero, o no señalando ninguno. La Nota episcopal, que pretende seguir este tercer camino, contiene dos errores graves: Primero: Es erróneo el criterio que adopta para determinar la moralidad o moralidad de la Constitución. Segundo: Es erróneo sostener la moralidad del conjunto siendo inmoral alguna de sus partes.

 Por lo que concierne al punto primero, el criterio para determinar la moralidad o inmoralidad de la Constitución no es su conformidad o disconformidad con valores humanos, tales como la convivencia, libertades, etc., según sostiene la Conferencia en el número tres de su Nota, sino la conformidad o disconformidad con la Ley Divina Natural y Positiva. Ese tenía que haber sido para los obispos el punto de arranque y la clave decisoria para emitir su juicio. Pero al colocar como fundamento de su criterio no a Dios, sino al hombre, no al Derecho Divino sino al humano, no el sentido sobrenatural de la fe, sino el sentido temporal de las conveniencias humanas, se desvían en su orientación moral de su vértice teocéntrico para señalar una vertiente antropocéntrica que, por lo mismo. es falsa y errónea.

 Por lo que concierne al punto segundo, sostiene la Nota virtualmente, y yo añadiría que incluso de manera expresa, que la Constitución es moral, “puede salvarse moralmente” según sus palabras, si su conjunto global y general es moral, aunque no lo sean algunas de sus partes: los católicos, en consecuencia podrían dar su voto afirmativo a la Constitución, según su conciencia. La afirmación precedente contradice el principio filosófico de sentido común: “Bonum ex integra causa, malum ex quocumque defecto”, a cuyo tenor, para que la Constitución sea moral tiene que ser toda moral y para que sea inmoral basta que lo sea una sola de sus normas. Sin embargo, la manzana está podrida bien porque toda este podrida o bien porque esté podrida cualquiera de sus partes; un producto es venenoso si cualquiera de sus elementos tiene veneno aunque otros no lo tengan.

 Pues bien: según la Conferencia Episcopal podríamos comer toda la manzana, aunque tenga alguna parte podrida; así, habremos podido votar afirmativamente la Constitución, ya que de los 169 artículos que la integran, sólo unos pocos son moralmente inaceptables. No importaría, por consiguiente, que el art. 1 suplante la soberanía de Dios por la del pueblo; que el  art. 117 coloque en la voluntad popular el origen de la justicia; que el art. 32 elimine de hecho la competencia de la Iglesia en materia matrimonial y adjudique al Estado atribuciones propias para regular sustantivamente una Institución de Derecho Divino Natural y Positivo como es el matrimonio; que el art. 27 conciba la educación con sentido laicista y establezca sobre la enseñanza el monopolio estatal, etc. Como las demás normas constitucionales son aceptables, ¡el católico ha podido aprobar una Constitución que niega a Dios, sanciona el divorcio vincular, abre cauces legales al aborto, elimina a la Iglesia, regula a su capricho la institución natural del matrimonio y arranca a los padres la educación de sus hijos!

 ***

La “orientación moral” de la Conferencia Episcopal Española contiene, como acabamos de ver, dos errores gravísimos contra la moral católica: uno, en su mismo punto de partida, al tomar como criterio decisorio de moralidad al hombre en lugar de Dios; y dos, en su mismo contenido, al sostener la moralidad del todo, siendo inmoral una de sus partes. No es extraño, por tanto, que sus Documentos caigan en el vacío, que sus ambigüedades no confundan, que sus equivocidades no engañen, que sus sofismas resulten ineficaces. Su auto-desprestigio es la vacuna providencial que preserva la fe del pueblo católico español.

 Julián GIL DE SAGREDO


Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Con el Primado (mons. Marcelo González) frente a la Constitución

 Dos artículos de 1978


"HABLÓ CLARO"

 

 Editorial

LOS españoles de bien, los católicos, los que no nos dejamos sorprender en nuestra fe por las palabras y las acciones engañosas de los enemigos de la catolicidad y mucho menos por sus cómplices envueltos en los ropajes de la cristiandad aparente, vimos con alegría, con reconocimiento y con católica complacencia la decisión del arzobispo de Toledo y primado de España, cardenal Marcelo González, de dar a la luz pública para orientación de los fieles de su archidiócesis y, por extensión, a los de toda España, una carta-pastoral en torno al texto del proyecto de Constitución, que los españoles habremos votado ya —afirmativa o negativamente— cuando salga este número de F N a la calle.

 Don Marcelo, afortunadamente y haciendo honor a su historia de pastor de nuestro pueblo, sin ofensas para nadie, pero dentro del más exacto dogma de la Iglesia, habló claro y terminante en torno a la Constitución, dando a su mensaje evangélico toda la importancia que el momento y el documento hacia preciso, pero sin inmiscuirse —como el Gobierno, los enemigos de la Iglesia y los suyos personales le han acusado— en asuntos políticos.

 HA sido una carta-pastoral nítida en la apreciación de los deberes del católico ante un proyecto constitucional que, a través del consenso de unos supuestos cristianos con los marxistas, ha sido elaborado como guía de la nueva democracia que ha de regir la vida futura de la nación. El arzobispo de Toledo rompió el silencio para poner las cosas en su sitio y no permitir que al amparo de una falsa ortodoxia, colegiada y expuesta en la Conferencia Episcopal, se engañase, con clara intencionalidad política, a una gran parte de los fieles españoles carentes, hasta el momento, de guía espiritual con respecto a tan importantísimo documento legal-constituyente.

 POR ello desde ese momento, en razón a la decisión del cardenal-arzobispo de Toledo, ha quedado nítidamente expuesto que, independientemente del resultado electoral de los comicios del día 6, de lo que se nos pueda imponer como ciudadanos del Estado y en cuanto a la debida obediencia a la legalidad que resulte vigente de tal Constitución —que de antemano ya sabíamos resultaría aprobada—, los católicos españoles no podemos sentirnos espiritual y cristianamente identificados con la misma y, por ello, en nuestro corazón y en nuestra fe, seguiremos repudiándola como expresión de un ateísmo impuesto, como norma legal que en lo espiritual- y trascendente para nuestras creencias religiosas, deja abierta las puertas a la destrucción de los valores de la persona humana, en su cristiana interpretación de la palabra, así que continuaremos interpretándolo como texto demoledor de los principios básicos en que debe asentarse la familia conforme a la doctrina de Cristo y al auténtico magisterio tradicional de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

 Habló claro, sin duda alguna, el primado de España y habló a la conciencia de los fieles españoles sin distinción política alguna. Y habló claro para que nadie pudiese ampararse en su posible silencio para acallar sus dudas, para envolver sus perjurios, para hacer buenas sus complicidades con los enemigos del ser católico. Ha sido una carta pastoral en donde todos hemos podido saber dónde estaba la realidad y dónde la irrealidad del pensamiento auténticamente cristiano ortodoxo. Dónde la postura del fiel católico a secas y dónde el que, abanderando un supuesto espíritu de cristiandad, no tiene empacho alguno en colaborar con los enemigos de Dios, con los que tratan de negar Sus glorias y Su presencia en la legislación por la que ha de regirse la vida del pueblo español.


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978

 


FALSO ESCÁNDALO 


 Por D. Elías (sacerdote)

 LA carta pastoral del cardenal primado sobre el referéndum ha producido cierto «escándalo» en algunos medios y, como no podía ser menos, en ciertos comentaristas de la actualidad política. Hemos oído a alguno hablar de «nuevo clericalismo», «crear división», «anulaciones matrimoniales sólo para ricos», etc. Imitando el lenguaje de nuestros muchachos, podemos decir que algunos de estos escandalizados «se han pasado».

 Si existe en España un prelado prudente, sensato, equilibrado y con sentido evangélico, es precisamente don Marcelo. Su respeto a la potestad civil, su sentido de responsabilidad y su visión ciara de fas cosas y de los problemas es proverbial. Jamás se ha permitido declaraciones de prensa ni cosa parecida. Nos consta que a la propia Radio Vaticano ha negado entrevistas. Si ahora se ha creído en el deber de orientar a sus diocesanos sobre un tema tan grave como el referéndum, nos consta que lo ha hecho en la más estricta conciencia de cumplir un deber pastoral muy grave y que a él correspondía primariamente.

 «Ya había hablado la Conferencia Episcopal», dirá alguno. Puntualicemos. La Conferencia Episcopal no ejerce función magisterial sobre los españoles. La función magisterial la ejerce cada prelado sobre sus diocesanos. Por otra parte, la votación hecha en la Conferencia sobre el asunto referéndum dio al menos diez votos en contra sobre el documento. Esto quiere decir que los criterios no eran unánimes, y que al ser cada prelado responsable de sus diocesanos, no podían dejarlos seguir un criterio diferente. La Iglesia católica, lo mismo antes que después del Vaticano II, tiene su propio modo de hacer, que no es precisamente «consensual» ni parlamentario. Dicho de otro modo: el criterio de los que en la Conferencia aprobaron el documento es muy respetable, pero el criterio concreto de la jerarquía es el de cada prelado en su diócesis.

 «Ya tenemos nuevo clericalismo.» Pues no, señor. A lo largo de los años hemos oído hablar de la denuncia profética y de la Iglesia como «conciencia crítica» de la sociedad, etc. Y ahora, porque un prelado prudente y responsable ejerce suave y respetuosamente esa conciencia crítica, se arma el «escándalo». Vamos a ser formales, señores. Aquí nadie pretende gobernar desde su mitra, dignamente llevada: se trata, simplemente, de dar luz a las conciencias, y que después esas conciencias actúen con su voto como mejor crean obrar.

 • • •

«Se crea división», dicen algunos. Esto es falso. La división entre los católicos españoles, clérigos y laicos, viene de atrás. Como muy bien ha dicho don Marcelo, es el mismo proyecto de Constitución el que lleva la división en sí.

 La más elemental prudencia aconseja que se analicen las posibles consecuencias de un SI o un NO con serenidad y sin apasionamiento. El eco de la propia fe religiosa debe llegar a todas las facetas y momentos de la vida de la persona creyente. Lo que no puede hacer la persona creyente es, sistemáticamente, crear una barrera entre su fe y su vida sociopolítica. «Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres.» Las palabras de don Marcelo, con todo el escándalo farisaico que puedan producir en algunos, no son otra cosa que el eco de estas palabras de San Pedro ante quienes, desde su autoridad, le querían hacer callar.

 «El NO llevaría a una guerra civil», pretenden decir algunos. No hay derecho a ese chantaje. La presión ejercida en forma múltiple sobre el pueblo ya es bastante; no se añada ahora el chantaje del miedo.

 Pero cuando estas líneas lleguen a tus manos, ya la suerte estará decidida. De todo este pataleo por la pastoral de don Marcelo, y por las adhesiones de otros prelados más, debemos sacar unas conclusiones que nos valgan para el futuro.

 I. Con Constitución o sin ella. Dios es Señor tanto de los individuos como de las comunidades, sean éstas las que fueren. El católico no puede renunciar a la Ley de Dios, natural y revelada, en su actuación comunitaria, aun a costa de su daño personal. La Ley de Dios le obliga «semper et pro semper». y el creyente no puede actuar en el orden político en desacuerdo con la Ley de Dios.

 II. Hemos de estar preparados para los mayores absurdos, e incluso al insulto y la calumnia a la Iglesia y sus obispos. Es cosa de tiempo más o menos, pero indefectiblemente llegará. La otra noche se decía en una emisora de radio que algunos obispos habían quedado «con las tonsuras al aire» por adherirse a don Marcelo.

 III. La realidad de la división entre nuestros obispos no admite discusión. Este es un problema gravísimo que está siendo muy bien explotado, y lo será más aún en el futuro. No es menester insistir en el desconcierto que tal división crea en el pueblo de Dios. Pero, a pesar de ello, no debemos escandalizarnos nosotros: el tiempo nos ha enseñado a superar ese problema, a mirar hacia Roma y a ser adultos en nuestra fe.

 IV. En las altas esferas políticas ha causado muy seria impresión la pastoral de don Marcelo; esto es buena señalen orden al futuro. No hemos perdido la memoria del famoso cardenal Segura, que supo ser todo y solo un príncipe de la Iglesia con la Monarquía, con la República y con Franco, en una independencia total y absoluta, aunque tuvo que verse en el destierro. Este es un buen aviso de navegantes para hacerse a la idea de que los nuevos demócratas no van a ser con la jerarquía tan respetuosos como lo fueron Franco y sus gobiernos.

 V. El futuro próximo nos dirá, con los hechos, las directrices que vaya marcando Roma. Esperamos que se acentúe la independencia para no caer en trampas económicas ni de otra clase, aunque suponemos con fundamento que en España cualquier Gobierno, aun marxista, tratará de ganarse para su ideología a cuantos obispos pueda.

 VI. La siembra ideológica marxista realizada entre el clero a lo largo de los años está dando sus frutos de diversos modos. Será necesario absolutamente que uno o varios obispos, plenamente entregado a su grey evangélicamente, sirva de punto de referencia y quite miedos y falsas prudencias.

 Las coordenadas de la Iglesia de España han cambiado. De hecho, desde arriba, se la tratará como a una confesión religiosa cualquiera, aunque ahora en los comienzos, por razones tácticas, no se haga así. Los que años pasados se titulaban la «voz de los que no tienen voz», ahora callarán cuidadosamente.

 En nuestra humilde opinión, en más o menos tiempo, hemos de aceptar:

• leyes contrarias a la Ley de Dios, tanto natural como positiva;

• supresión de los tan traídos y llevados haberes del clero;

• imposición del matrimonio civil a todo el mundo;

• control férreo de la educación —no sólo la enseñanza— en todos los niveles;

• reducción de lo religioso al recinto de los templos.

Más adelante, según los gobiernos, se llegará más lejos. De momento, la falta de un fundamento trascendente y aun ético en la Constitución, lo hará posible.

 Esta es nuestra realidad, que hemos de aceptar con realismo, y dispuestos a un futuro de lucha diaria.


 Revista FUERZA NUEVAnº 622, 9-Dic-1978