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jueves, 29 de enero de 2026

La Constitución liberal condenada por el Magisterio de la Iglesia

 Artículo de 1978

  Condena del Estado liberal

 SE podrá tomar en serio o se podrá tomar en broma, cosa esta última que hace la mayoría de los católicos españoles, sin duda por ignorancia, pero lo cierto es que la concepción liberal del Estado, la que caracteriza a la Constitución española, continúa condenada por el Magisterio de la Iglesia.

 Así se desprende de las declaraciones del cardenal Palazzini, alto cargo de la Curia vaticana y antiguo profesor de Teología Moral, hechas a «L'Osservatore della Domenica», semanario oficioso del Vaticano.

 El cardenal Palazzini, en efecto, advierte: «El "Syllabus" ha sido hasta nuestros días un signo de contradicción; sin embargo, de él permanece válida todavía la condena de la concepción liberal del Estado desvinculado de toda norma moral, fuente de todo derecho; y sigue siendo válida la repulsa de la pretensión del hombre moderno de construir la sociedad de un modo independiente de Dios y de la religión, e incluso basándose en principios contrarios a ella.»

 Es claro que si la doctrina auténtica de la Iglesia no fuese la expuesta por el cardenal Palazzini, en este semanario vaticano no se le hubiese permitido expresarse en tales términos. Es, por otra parte, si bien se mira, la doctrina expuesta por Pablo VI en la «Octogésima Adveniens». el cual reprueba a los católicos que tiende a idealizar el liberalismo y que no tienen en cuenta que la ideología liberal y la fe católica son incompatibles.

 En esa misma carta, el papa Pablo VI da testimonio de que todas las democracias ensayadas hasta ahora son insatisfactorias y que es necesario buscar otras.

 No obstante, los católicos españoles -del presidente Suárez al comunista A. Comín, pasando por Fraga, Silva y Peces-Barba- se han empeñado en elaborar una Constitución no ya anacrónica, reaccionaria, plagada de todos los tópicos y de todas las utopías liberalistas y socialistas fracasantes, sino una Constitución «independiente de Dios y de la religión», cosa ilicita para un católico, según el cardenal Palazzini.

 El caso es absolutamente diáfano y lógico para el verdadero católico, para el hombre que crea en la verdad propuesta por el Magisterio oficial de la Iglesia católica, como es ése del anatema contra el liberalismo agnóstico:

 La Constitución española y la democracia liberal se basan sobre los principios o postulados del liberalismo filosófico (racionalista y naturalista).

 Es así que el Magisterio oficial de la Iglesia condena el liberalismo filosófico (de Pío IX a Pablo VI, pasando por León XIII, etc.).

 Luego, virtualmente, la Constitución española (como la democracia liberal) está condenada por el Magisterio oficial de la Iglesia.

 Luego peca de negligencia el Magisterio de la Iglesia en España al no hacer un «juicio moral» sobre la Constitución española, cumpliendo con su deber pastoral de hacerlo, tal como lo establece el Vaticano II.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 625, 30-Dic-1978

 

jueves, 22 de enero de 2026

De Dios nadie se burla

 Artículo de 1978

 “No os engañéis: de Dios nadie se burla” (San Pablo)

Me gusta entretenerme hojeando viejas revistas, con las cuales me recreo mucho a veces. Hallo en ellas un oxígeno espiritual difícil de encontrar en publicaciones actuales, incluso religiosas. Hace poco estuve releyendo la colección de «Avanzar», órgano de la Obra de Cooperación Parroquial de Cristo Rey, al que estoy suscrito desde su primer número. En el correspondiente a enero de 1949, di con este título: «El cardenal Pie y Napoleón III». Es un artículo que no tiene desperdicio y que da de lleno la explicación, sencilla y profunda a la vez, de los males que destrozan a la sociedad moderna. Fue escrito con ocasión de la Fiesta de los Reyes Magos. Me ha parecido que podría interesar a muchos lectores de FUERZA NUEVA. Helo aquí, casi íntegramente:

 LA fiesta de los Reyes Magos evoca siempre enseñanzas tradicionales precisas y  en la Iglesia, al ponernos ante los ojos el edificante ejemplo de tres hombres que, investidos de la suprema autoridad temporal, se postran a los pies del Rey Divino recién nacido, tributándole el vasallaje que le deben todos los reyes, príncipes y señores de la tierra. Porque El es Rey de reyes y Señor de los que gobiernan. «Rex regum et Dominus dominantium

 Nos ha parecido oportuno en esta ocasión dar a conocer, como compendio admirable y lección severa de la doctrina católica, según la cual los dirigentes de los pueblos deben acatamiento y sumisión a Jesucristo Rey y a su Iglesia, las relaciones que mediaron entre el cardenal Pie, obispo de Poitiers. y Napoleón III, emperador de los franceses.

 El cardenal Pie tuvo varias entrevistas con Napoleón III. La más célebre fue la del 15 de marzo de 1859. Monseñor Pie hizo en ella el proceso de la política del siglo XIX, que sistemáticamente excluyó de sus consejos y deliberaciones a Jesucristo y al Papa.

 Hablando de esta entrevista, decía después el obispo a sus sacerdotes: «Nuestro apostolado nos ordena llevar la verdad delante de los reyes lo mismo que delante de los particulares. «Ut portet nomen meum coram regibus.» Ni yo tengo el honor de ser San Hilario, ni el príncipe, ante el cual he comparecido, tiene la desgracia de ser Constancio. He hablado con respeto, pero con autoridad y con independencia, y con esto he liberado a mi alma.»

 El resumen de esta entrevista lo dictó el mismo obispo a su secretario, quien mandó pocos días después a Roma una copia, que los cardenales, de mano en mano, se fueron pasando unos a otros.

 El cardenal empezó por protestar enérgicamente contra el reciente Congreso Europeo de París, que había excluido al delegado del Papa para admitir en su lugar al sultán de Constantinopla.

 El emperador, viendo la animación del obispo, se le iba acercando poco a poco. Escuchaba ávidamente, pasándose a menudo la mano por la frente. Luego dice, desviando el tema de la conversación: «Pero, después de todo, monseñor, ¿no he dado yo bastantes pruebas de buena voluntad en favor de la religión? ¿Acaso la misma  Restauración hizo más que yo?»

 El obispo de Poitiers se hallaba conducido, con esta última pregunta, a lo que constituía su gran tesis: la cuestión de las relaciones necesarias entre la Religión y los gobiernos y la del reinado de Jesucristo en la sociedad.

 Por lo mismo, respondió al emperador: «Me apresuro a hacer justicia a las disposiciones religiosas de vuestra majestad y sé reconocer los servicios que ha prestado a Roma y a la Iglesia, especialmente durante los primeros años de su gobierno. Pero permítame añadir que ni la Restauración ni vuestra majestad han hecho por Dios lo que convenía hacer, porque ni aquélla ni vuestra majestad han levantado de nuevo su trono, porque ni aquélla ni vuestra majestad han renegado de los principios de la Revolución - cuyas consecuencias prácticas combaten, sin embargo -, porque el evangelio social en el cual se inspira el Estado es aún la declaración de los derechos del hombre, que no es otra cosa que la formal negación de los derechos de Dios. Ahora bien: Dios tiene derecho a gobernar sobre los Estados lo mismo que sobre los individuos. Es por esto, precisamente, por lo que Jesucristo vino a la Tierra. El debe reinar en ella inspirando sus leyes, santificando las costumbres, ilustrando la enseñanza, presidiendo los consejos, ordenando los actos, tanto de los gobiernos como de los gobernados. Donde Jesucristo no ejerce este reinado hay desorden y decadencia.

 Ahora bien: yo tengo derecho a declarar a vuestra majestad que Jesucristo no reina entre nosotros y que nuestra Constitución dista Constitución mucho de ser la Constitución de un Estado cristiano y católico. Es verdad que nuestro derecho público establece que la religión católica es la religión de la mayoría de los franceses; pero añade que los otros cultos tienen derecho a una protección igual. ¿No es esto declarar de un modo equivalente que la Constitución protege lo mismo a la verdad que al error? ¡Pues bien! ¿Sabe vuestra majestad qué responde Jesucristo a los gobiernos culpables de semejante contradicción? Jesucristo, Rey de cielos y tierra, les responde: «Yo también, gobiernos que os sucedéis derrumbándoos los unos a los otros, yo también os dispenso una protección igual. He dispensado esta protección a vuestro tío el emperador: he dispensado la misma protección a los Borbones; la misma protección a Luis Felipe: la misma protección a la República, y la misma protección dispensaré a vuestra majestad.»

 El emperador interrumpió al obispo: «¿Pero cree vuestra excelencia que la época en que vivimos consiente este estado de cosas y que ha llegado el momento de establecer ese reino exclusivamente religioso que me pide?¿No se da cuenta, monseñor, de que esto sería desencadenar todas las malas pasiones?»

 «Señor -respondió monseñor Pie-: cuando grandes políticos como vuestra majestad me objetan que el momento no ha llegado, no tengo más que inclinarme, porque yo no soy un gran político. Pero soy obispo, y como obispo le respondo: Si no ha llegado para Jesucristo el momento de reinar, tampoco ha llegado para los gobiernos el momento de durar.»

 Desgraciadamente, esta doctrina de verdad no fue ni comprendida ni aplicada. Los sucesos dieron razón al obispo de Poitiers, y pocos años después lo hacía constar, no al emperador, desaparecido con su Imperio deshecho, sino a los franceses mismos, que seguían indiferentes respecto a los derechos de Jesucristo.

 • • •

 A la luz del diálogo que precede me voy a permitir unas consideraciones bastante elementales.

 El Parlamento español ha elaborado una nueva Constitución, de la cual ha eliminado toda idea de Dios, con graves atentados a la ley natural y divina, ni más ni menos que si Dios no existiera.

 Si el cardenal Pie habló con tanta valentía y entereza a Napoleón III porque no había hecho por la Religión todo lo que debía haber hecho, ¿qué no les diría a los actuales legisladores españoles que acaban de fabricar y aprobar una Constitución atea?

 Yo no creo en el catolicismo de los diputados y senadores de UCD y otros que han elaborado una tal Constitución; menos todavía, naturalmente, en el de algunos del PSOE que, militando en un partido que es ateo porque es marxista, se declaran a sí mismos católicos, como si marxismo y catolicismo pudieran ser compatibles.

 Algunos obispos, con el cardenal primado a la cabeza, han levantado la voz. Se les ha despreciado, se les ha vilipendiado, se les ha caricaturizado. El documento hizo impacto. Los de UCD no se lo esperaban. Por eso, temiendo sin duda el efecto que en muchas conciencias rectas iba a producir, se apresuraron a contrarrestarlo. Así pudimos oír a algunos afirmar en sus mítines que, aunque la Constitución no nombre a Dios, está llena de la idea de Dios; que está de acuerdo con el Vaticano II, especialmente con la «Gaudium et Spes» (Sánchez Terán, en Avila); que es un conjunto de valores cristianos que derivan del Evangelio y que contiene los valores básicos del humanismo evangélico (Arias-Salgado, en Toledo), etc. Suárez, en una larga parrafada de su discurso final, ha pretendido hacer creer que la Constitución se ha basado en el Concilio Vaticano II. Claro está que Suárez ha dejado bien patente su desconocimiento de la doctrina de la Iglesia, por ejemplo, sobre la indisolubilidad del matrimonio, tanto sacramental como natural. 

Un poco más, y hubiésemos tenido que recibir la nueva Constitución de rodillas, como si se tratara de un quinto evangelio o de una segunda imitación de Cristo. Así, con esa desvergüenza, soltando falsedades a diestra y siniestra, se ha estado recabando el voto afirmativo del pueblo católico - el de los no católicos ya se han encargado de conseguirlo socialistas y comunistas- , pueblo engañado una vez más por políticos sin escrúpulos, pueblo, por otra parte, indefenso y abandonado a sí mismo, porque la inmensa mayoría de los pastores, mientras afirmaban la obligación de votar conforme a conciencia, no hacían nada por formar y orientar esa conciencia popular. ¡Dios mío, cuánta responsabilidad ante tu tribunal y ante el tribunal de la Historia!

 Una mayoría de diputados y senadores católicos que en este caso se han comportado como renegados, con el consenso al menos tácito de decenas de pastores inoperantes, han producido para una nación católica una Constitución sin fe y sin moral. Es la hora de recordarles a todos ellos lo de San Pablo: «No es engañéis; de Dios nadie se burla» (Gal. VI 7).

 • • •

Política sin Dios, mala política. Ya pueden ser o creerse a sí mismos grandes estadistas, grandes políticos... No pasan de ser unos pobres hombres que se han impuesto la triste y desgraciada tarea de fabricar una legislación sin base ninguna, porque, deliberadamente, de ella han eliminado a Dios y a su Ley santa. Que lo haya hecho Carrillo, se comprende; al fin y al cabo es una actitud coherente con sus principios materialistas. Que lo hayan hecho los socialistas, marxistas como Carrillo, se comprende también. Pero que hayan hecho ese juego los católicos de UCD y otros, gracias a los cuales se ha aprobado esa Constitución aconfesional, acristiana, amoral, atea; no, no se entiende.

 Caben sólo dos hipótesis: o que del catolicismo han retenido solamente el nombre, con vergonzoso desconocimiento de su contenido y de sus exigencias, y en este caso han pecado por ignorancia; o bien que, como- hombres sin fe o con fe muerta, se han sentido atenazados por el respeto humano y. se han avergonzado de reconocer públicamente a Cristo Rey de reyes y Señor de los que gobiernan, en cuyo caso han pecado por miedo y por cobardía. iPobres enanos! Han olvidado que Cristo dijo hace cerca de dos mil años: «Todo aquel que me negare delante de los hombres, yo le negaré también delante de mi Padre que está en los cielos» (Mat. X - 33). Y «quien se avergonzare de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo del Hombre» (Luc. IX - 26).

 Repito lo de San Pablo: «No os engañéis; de Dios nadie se burla.» Vosotros, políticos de esta hora trágica, os habéis burlado de Dios, porque, al elaborar la Constitución, que, según vosotros, ha de regir a la sociedad española que es católica, habéis prescindido de Dios, habéis eliminado a Dios, os habéis reído de Dios... Pues bien, tenedlo por cierto: «El que habita en los cielos se reirá también de vosotros.» (Salmo II - 4).

 El gran poeta Jacinto Verdaguer sintetiza magistralmente esta verdad temerosa en un verso de su inmortal «Atlántida»: «Qui enfonsa i alça els pobles, és Déu, que els ha criat» («Quien hunde y levanta a los pueblos, es Dios, que los ha criado»).

 Políticos, ¡no lo olvidéis! ¡No juguéis a hacer de Napoleón III, porque desapareceréis, como desapareció él con su Imperio!

  Julián ESCUBET


Revista FUERZA NUEVAnº 625, 30-Dic-1978

 

viernes, 2 de enero de 2026

Jurar por Dios una ley contraria a Dios reviste sacrilegio

 Artículo de 1978

 EL REY  ESTA VEZ NO JURA

EDITORIAL

 Se debate estos días la conveniencia o inconveniencia de que el rey jure la Constitución, cuestión posiblemente resuelta cuando este breve artículo sea publicado, si es que no le amordaza antes el temor a posibles represalias del Gobierno.

 Sobre el asunto debatido cabe hacer dos consideraciones:

PRIMERA. La Constitución, según el cardenal primado (mons. Marcelo González), niega a Dios no sólo de manera nominal, sino efectiva, lo cual quiere decir que no se limita a omitir el nombre de Dios, sino que expresamente expulsa a Dios de la Ordenación Constitucional.

Según otros cardenales y obispos, que en la declaración de la Conferencia Episcopal sobre la Constitución dejaron abandonados a los católicos a su conciencia individual para formar juicio propio en materias relacionadas con la fe y la moral, patrocinando de esta manera implícitamente el “libre examen protestante”, según dichos cardenales y obispos –repito-,  la Constitución omite u oculta el nombre de Dios; omisión u ocultación que no significaría su negación.

 Pues bien: Si aceptamos la versión del cardenal primado, que además es la verdadera, se haría la siguiente pregunta: ¿Cómo el rey puede jurar por Dios una Constitución que niega a Dios? La contradicción es evidente: por un lado admite la Constitución, puesto que se compromete por juramento a obedecerla, pero, por otro lado, la rechaza, puesto que se su compromiso se funda en Dios y la Constitución niega a Dios. El Rey, entonces, quedaría vinculado a la Constitución por el juramento, pero quedaría desvinculado de la Constitución, porque al rechazar ésta a Dios, rechaza el juramento hecho por Dios.

 Si admitimos la versión de los otros cardenales y obispos, se incurre igualmente en cierta contradicción, ya que la omisión de Dios en la Constitución, al ser consciente, premeditada y calculada, significa virtualmente su negación, mientras que el juramento de dicha Constitución implica el reconocimiento expreso de Dios por una Constitución que expresa o virtualmente le niega, resulta contradictorio.

 SEGUNDA. El juramento, como garantía de fidelidad a la Constitución, carece de validez cuando la persona que lo utiliza lo estima como un valor de carácter relativo, es decir, variable según circunstancias accidentales de tiempo y lugar. El acto obliga moralmente a la persona que lo ejecuta a tenor de dos factores: inteligencia o concepto que tenga del mismo, y voluntad o forma de vincularse operativamente al mismo. Si en la inteligencia y la voluntad del que jura no concuerdan sustancialmente con el valor del juramento objetivamente considerado, el juramento es nulo. En el caso de la Constitución que estudiamos, el juramento además carecería de validez, e incluso podría ser sacrílego, porque jurar por Dios el cumplimiento de una ley que infringe el Derecho Divino Natural y Positivo no sólo afecta de nulidad al juramento, sino que además le revestiría del carácter de sacrilegio.


Revista FUERZA NUEVA, nº 624, 23-Dic-1978

 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Contra falacias “católicas” en favor de la Constitución

 Articulo de 1978

 El señor Attard y su disgusto

 El señor Emilio Attard, presidente de la Comisión Constitucional (…) ha hecho declaraciones a la prensa y ha incurrido en afirmaciones gratuitas y contradictoras.

 Digamos primero al señor Attard que, si es católico practicante, se supone que será “católico, apostólico, romano” y no “católico, apostólico, madrileño”. Lo decimos porque, en sus declaraciones, se apoya en el cardenal de Madrid (Tarancón) y en su vicario general (Martín Patino), amén de la Comisión Permanente Episcopal, pero no le vemos apoyarse, no digo ya en textos conciliares sino siquiera en textos de los Papas. La verdad es que un vicario general no es fuente de doctrina, sino de gobierno (el señor Attard lo sabe puesto que es un ilustre jurista). Un cardenal ya es bastante más, pero aunque alguien haya considerado “papable” a ese cardenal, no es un Papa, ni tampoco una Conferencia Episcopal es un Concilio. Si encima resulta que el cardenal presidente de tal Conferencia (Tarancón) es hombre discutido, incluso por otros cardenales como… Hoeffner en el Sínodo de 1971, habrá que extremar la prudencia y procurar beber en fuentes más altas. Me parece, además, que, incluso, ha elegido mal sus citas.

 Usted, señor Attard, dice que “la Constitución no es atea, porque para serlo tendría que negar a Dios”. Curioso, porque usted sabe que hay ateísmo práctico. Cita usted el artículo 16: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades”. Lo que es tanto como decir que la Constitución no hace suya ninguna ideología, aunque diga que “mantendrá relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”; esto no es hacer suya ninguna creencia, ya que dice que cooperará con todas. La Constitución no tiene ninguna creencia, concordando con el artículo 1º, 2, que declara la soberanía del Pueblo, del que emanan todos los poderes del Estado, incluso la justicia (art. 17. 1); si usted ve a Dios y a su Ley natural por ahí, dígamelo, porque yo no veo ahí más Dios que el pueblo, ni más ley que su voluntad, ni más justicia que la que se le antoje. Todo eso se llama agnosticismo y laicismo y me parece lógico que lo defiendan agnósticos y laicos; lo que no me parece lógico es que usted lo intente bautizar con la ayuda del cardenal Tarancón y su vicario general. 

Después acude usted al texto de la Conferencia Episcopal, alegando que ha dicho: “No hay ninguna razón grave de carácter religioso”…; bueno, lo que dice es que no hay razón grave, ya que ese mismo texto reconoce reservas sobre estabilidad del matrimonio, protección de la familia y libertad de enseñanza. ¿Que esto no es grave? Puede que no lo sea para dicha Conferencia pero, señor Attard, ¿recuerda lo que el cardenal Poletti y Pablo VI dijeron a los católicos italianos que votaron en pro del divorcio? Pues les llamaron: traidores. ¿Grave en Italia y leve en España?

 Sigue usted citando: “El cardenal Tarancón afirma que si la Constitución coartara la profesión de fe de los cristianos o pusiera trabas a la actuación de la Iglesia, los cristianos estarían obligados en conciencia a oponerse con su voto a dicha Constitución”. Ha elegido mal su cita, porque ni el cardenal agota las causas negativas (no dice que sólo sean dos) ni que en la Constitución no se den, dejándolo a nuestro estudio. “Los cristianos son libres de votar como quieran, pero no por razón de su fe” –añade-. Y esa frase así dicha no dice más que la fe es un límite a ese voto, porque si lo que quiere decir, y no dice, es que a la hora de votar se ha de olvidar la fe, habrá que abrir la Gaudium et spes” del Vaticano II y leer en su n. 36 aquello de “Si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras”, y usted es creyente, ¿verdad señor Attard?

 Cita usted a Martín Patino, y vuelve a elegir mal la cita, porque su cita hace radicar el cristianismo no en la mención de Dios “sino en cuanto garantice mejor los derechos y libertades del hombre”. Esto no sirve, porque en primer lugar hay que demostrar que la Constitución garantiza esto, y es claro que no garantiza ni eso, ni nada, puesto que no reconoce un orden moral objetivo por encima de la soberanía del pueblo. Todo queda a merced del poder. Eso es totalitarismo, como dijo hace poco el vicerrector de la Universidad de Ginebra, ¿lo recuerda? Le agradezco que no haya dicho usted nada de eso de la “Declaración Universal de Derechos Humanos”. Me ahorra la réplica de ese gato por liebre.

 Cuando le preguntan sobre familia y divorcio, usted recita artículos y añade: “La ley civil no puede imponer su doctrina a quienes no tienen fe” y que “el legislador civil, aunque sea católico, no tiene por qué elevar a la categoría de norma jurídica lo que es ideal cristiano”. La primera fase debe tener alguna errata, ya que lo cierto es que la ley civil sí que impone su doctrina tanto a los que tienen como los que no tienen fe. La segunda frase es más clara, pero no entiendo como un católico la dice, porque eso es una ley del embudo. 

¿De modo que los no católicos pueden imponernos sus ideales a los católicos, pero los católicos no podemos decir nada? ¿Ha olvidado usted a San Pablo: “Instaurar todo en Cristo” (Ef. 1,10). Pues se lo repite el Vaticano II (G. et S., 45), y antes, en el n, 43, le dice. “A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena”. Gracias, otra vez, por no decir nada de aquello del “mal menor”.

 De repente, hace usted una llamada electoral: Lo que tenemos que hacer los católicos es actuar en política y ganar elecciones”. Muy bien, empecemos desde ahora. Yo ya he dicho “no” a la Constitución: lo demás ni me parece democrático, ni tiene sentido. Si tenemos ahora que prescindir de la fe, ¿por qué apelamos a ella para mañana?

 Dice usted, señor Attard, que la Constitución no es abortista, ha abolido la pena de muerte y establece que todos tienen derecho a la vida; pero resulta que hay países que también dicen eso y, no obstante, son abortistas; si con unas Leyes Fundamentales confesionalmente católicas, hoy aún vigentes, ha podido este Gobierno de centro y sus Cortes despenalizar el adulterio, el amancebamiento, la venta de anticonceptivos y la pornografía, dígame usted que harán los del futuro con esta Constitución permisiva, que todos califican de ambigua.

 También nos cuenta usted lo de la libertad de enseñanza. Eso es un hueso tan duro de roer que hasta la benigna Conferencia Episcopal ha manifestado sus reservas. Usted sabe que hay partido que ha hecho cuestión especial de este artículo. Es una libertad “planificada” y con “libertad de cátedra”; un colegio y unos padres católicos tendrán que soportar a un profesor que enseñe ateísmo en uso de su libertad de cátedra. (…) 

Jerónimo Cerdá Bañuls


Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978 

 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Conferencia Episcopal: su auto-desprestigio preserva nuestra fe

 Artículo de 1978

CONFERENCIA EPISCOPAL: SU AUTO-DESPRESTIGIO PRESERVA NUESTRA FE 

 “Guías ciegos” llama a Jesucristo (Mt. 23,16) a los escribas y fariseos que, con los sacerdotes y bajo la batuta de Caifás, integraban en su tiempo una “especie” de Conferencia Episcopal que se llamaba Sanedrín. Guías ciegos cabría repetir a ciertos miembros del Episcopado español que, bajo el mando del cardenal Tarancón, componen hoy la Asamblea Episcopal Española.

 Afortunadamente, el “parlamento” eclesiástico –me limito a consignar el hecho- se halla totalmente desacreditado y desprestigiado entre los católicos españoles, y digo “afortunadamente” porque ese descrédito y desprestigio actúa como vacuna contra el virus progresista que inspira sus documentos oficiales. No son los católicos españoles los que han desprestigiado la Conferencia Episcopal sino que ella misma se ha ganado a pulso el público menosprecio del pueblo fiel. Son muchas las causas: sus divisiones internas, su mecanismo democrático, que pretende resolver por la ley del voto no solo cuestiones de acción pastoral sino incluso cuestiones de doctrina, como si la verdad o el error pudieran decidirse por mayoría, sus equivocidades y ambigüedades tanto en el pensamiento como en su expresión, su afán de protagonismo en la misión docente de la Iglesia española menoscabando -si no suplantando- la competencia que por Derecho Divino Positivo corresponde a los obispos diocesanos, y especialmente sus conocidas convergencias de claro matiz político.

 ***

Una demostración más de esa ambigüedad y equivocidad doctrinal, y posiblemente también de una orientación política tendenciosa, es la ya famosa “Nota de la Comisión Permanente del Episcopado sobre la Constitución”, que, aunque sea a muchos días vista, y una vez aprobado el texto en referéndum, la Conferencia asumió como propia y merece comentarse.

 El enfoque moral de la Constitución puede desorientar a los católicos, indicando el camino falso, ocultando el verdadero, o no señalando ninguno. La Nota episcopal, que pretende seguir este tercer camino, contiene dos errores graves: Primero: Es erróneo el criterio que adopta para determinar la moralidad o moralidad de la Constitución. Segundo: Es erróneo sostener la moralidad del conjunto siendo inmoral alguna de sus partes.

 Por lo que concierne al punto primero, el criterio para determinar la moralidad o inmoralidad de la Constitución no es su conformidad o disconformidad con valores humanos, tales como la convivencia, libertades, etc., según sostiene la Conferencia en el número tres de su Nota, sino la conformidad o disconformidad con la Ley Divina Natural y Positiva. Ese tenía que haber sido para los obispos el punto de arranque y la clave decisoria para emitir su juicio. Pero al colocar como fundamento de su criterio no a Dios, sino al hombre, no al Derecho Divino sino al humano, no el sentido sobrenatural de la fe, sino el sentido temporal de las conveniencias humanas, se desvían en su orientación moral de su vértice teocéntrico para señalar una vertiente antropocéntrica que, por lo mismo. es falsa y errónea.

 Por lo que concierne al punto segundo, sostiene la Nota virtualmente, y yo añadiría que incluso de manera expresa, que la Constitución es moral, “puede salvarse moralmente” según sus palabras, si su conjunto global y general es moral, aunque no lo sean algunas de sus partes: los católicos, en consecuencia podrían dar su voto afirmativo a la Constitución, según su conciencia. La afirmación precedente contradice el principio filosófico de sentido común: “Bonum ex integra causa, malum ex quocumque defecto”, a cuyo tenor, para que la Constitución sea moral tiene que ser toda moral y para que sea inmoral basta que lo sea una sola de sus normas. Sin embargo, la manzana está podrida bien porque toda este podrida o bien porque esté podrida cualquiera de sus partes; un producto es venenoso si cualquiera de sus elementos tiene veneno aunque otros no lo tengan.

 Pues bien: según la Conferencia Episcopal podríamos comer toda la manzana, aunque tenga alguna parte podrida; así, habremos podido votar afirmativamente la Constitución, ya que de los 169 artículos que la integran, sólo unos pocos son moralmente inaceptables. No importaría, por consiguiente, que el art. 1 suplante la soberanía de Dios por la del pueblo; que el  art. 117 coloque en la voluntad popular el origen de la justicia; que el art. 32 elimine de hecho la competencia de la Iglesia en materia matrimonial y adjudique al Estado atribuciones propias para regular sustantivamente una Institución de Derecho Divino Natural y Positivo como es el matrimonio; que el art. 27 conciba la educación con sentido laicista y establezca sobre la enseñanza el monopolio estatal, etc. Como las demás normas constitucionales son aceptables, ¡el católico ha podido aprobar una Constitución que niega a Dios, sanciona el divorcio vincular, abre cauces legales al aborto, elimina a la Iglesia, regula a su capricho la institución natural del matrimonio y arranca a los padres la educación de sus hijos!

 ***

La “orientación moral” de la Conferencia Episcopal Española contiene, como acabamos de ver, dos errores gravísimos contra la moral católica: uno, en su mismo punto de partida, al tomar como criterio decisorio de moralidad al hombre en lugar de Dios; y dos, en su mismo contenido, al sostener la moralidad del todo, siendo inmoral una de sus partes. No es extraño, por tanto, que sus Documentos caigan en el vacío, que sus ambigüedades no confundan, que sus equivocidades no engañen, que sus sofismas resulten ineficaces. Su auto-desprestigio es la vacuna providencial que preserva la fe del pueblo católico español.

 Julián GIL DE SAGREDO


Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Con el Primado (mons. Marcelo González) frente a la Constitución

 Dos artículos de 1978


"HABLÓ CLARO"

 

 Editorial

LOS españoles de bien, los católicos, los que no nos dejamos sorprender en nuestra fe por las palabras y las acciones engañosas de los enemigos de la catolicidad y mucho menos por sus cómplices envueltos en los ropajes de la cristiandad aparente, vimos con alegría, con reconocimiento y con católica complacencia la decisión del arzobispo de Toledo y primado de España, cardenal Marcelo González, de dar a la luz pública para orientación de los fieles de su archidiócesis y, por extensión, a los de toda España, una carta-pastoral en torno al texto del proyecto de Constitución, que los españoles habremos votado ya —afirmativa o negativamente— cuando salga este número de F N a la calle.

 Don Marcelo, afortunadamente y haciendo honor a su historia de pastor de nuestro pueblo, sin ofensas para nadie, pero dentro del más exacto dogma de la Iglesia, habló claro y terminante en torno a la Constitución, dando a su mensaje evangélico toda la importancia que el momento y el documento hacia preciso, pero sin inmiscuirse —como el Gobierno, los enemigos de la Iglesia y los suyos personales le han acusado— en asuntos políticos.

 HA sido una carta-pastoral nítida en la apreciación de los deberes del católico ante un proyecto constitucional que, a través del consenso de unos supuestos cristianos con los marxistas, ha sido elaborado como guía de la nueva democracia que ha de regir la vida futura de la nación. El arzobispo de Toledo rompió el silencio para poner las cosas en su sitio y no permitir que al amparo de una falsa ortodoxia, colegiada y expuesta en la Conferencia Episcopal, se engañase, con clara intencionalidad política, a una gran parte de los fieles españoles carentes, hasta el momento, de guía espiritual con respecto a tan importantísimo documento legal-constituyente.

 POR ello desde ese momento, en razón a la decisión del cardenal-arzobispo de Toledo, ha quedado nítidamente expuesto que, independientemente del resultado electoral de los comicios del día 6, de lo que se nos pueda imponer como ciudadanos del Estado y en cuanto a la debida obediencia a la legalidad que resulte vigente de tal Constitución —que de antemano ya sabíamos resultaría aprobada—, los católicos españoles no podemos sentirnos espiritual y cristianamente identificados con la misma y, por ello, en nuestro corazón y en nuestra fe, seguiremos repudiándola como expresión de un ateísmo impuesto, como norma legal que en lo espiritual- y trascendente para nuestras creencias religiosas, deja abierta las puertas a la destrucción de los valores de la persona humana, en su cristiana interpretación de la palabra, así que continuaremos interpretándolo como texto demoledor de los principios básicos en que debe asentarse la familia conforme a la doctrina de Cristo y al auténtico magisterio tradicional de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

 Habló claro, sin duda alguna, el primado de España y habló a la conciencia de los fieles españoles sin distinción política alguna. Y habló claro para que nadie pudiese ampararse en su posible silencio para acallar sus dudas, para envolver sus perjurios, para hacer buenas sus complicidades con los enemigos del ser católico. Ha sido una carta pastoral en donde todos hemos podido saber dónde estaba la realidad y dónde la irrealidad del pensamiento auténticamente cristiano ortodoxo. Dónde la postura del fiel católico a secas y dónde el que, abanderando un supuesto espíritu de cristiandad, no tiene empacho alguno en colaborar con los enemigos de Dios, con los que tratan de negar Sus glorias y Su presencia en la legislación por la que ha de regirse la vida del pueblo español.


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978

 


FALSO ESCÁNDALO 


 Por D. Elías (sacerdote)

 LA carta pastoral del cardenal primado sobre el referéndum ha producido cierto «escándalo» en algunos medios y, como no podía ser menos, en ciertos comentaristas de la actualidad política. Hemos oído a alguno hablar de «nuevo clericalismo», «crear división», «anulaciones matrimoniales sólo para ricos», etc. Imitando el lenguaje de nuestros muchachos, podemos decir que algunos de estos escandalizados «se han pasado».

 Si existe en España un prelado prudente, sensato, equilibrado y con sentido evangélico, es precisamente don Marcelo. Su respeto a la potestad civil, su sentido de responsabilidad y su visión ciara de fas cosas y de los problemas es proverbial. Jamás se ha permitido declaraciones de prensa ni cosa parecida. Nos consta que a la propia Radio Vaticano ha negado entrevistas. Si ahora se ha creído en el deber de orientar a sus diocesanos sobre un tema tan grave como el referéndum, nos consta que lo ha hecho en la más estricta conciencia de cumplir un deber pastoral muy grave y que a él correspondía primariamente.

 «Ya había hablado la Conferencia Episcopal», dirá alguno. Puntualicemos. La Conferencia Episcopal no ejerce función magisterial sobre los españoles. La función magisterial la ejerce cada prelado sobre sus diocesanos. Por otra parte, la votación hecha en la Conferencia sobre el asunto referéndum dio al menos diez votos en contra sobre el documento. Esto quiere decir que los criterios no eran unánimes, y que al ser cada prelado responsable de sus diocesanos, no podían dejarlos seguir un criterio diferente. La Iglesia católica, lo mismo antes que después del Vaticano II, tiene su propio modo de hacer, que no es precisamente «consensual» ni parlamentario. Dicho de otro modo: el criterio de los que en la Conferencia aprobaron el documento es muy respetable, pero el criterio concreto de la jerarquía es el de cada prelado en su diócesis.

 «Ya tenemos nuevo clericalismo.» Pues no, señor. A lo largo de los años hemos oído hablar de la denuncia profética y de la Iglesia como «conciencia crítica» de la sociedad, etc. Y ahora, porque un prelado prudente y responsable ejerce suave y respetuosamente esa conciencia crítica, se arma el «escándalo». Vamos a ser formales, señores. Aquí nadie pretende gobernar desde su mitra, dignamente llevada: se trata, simplemente, de dar luz a las conciencias, y que después esas conciencias actúen con su voto como mejor crean obrar.

 • • •

«Se crea división», dicen algunos. Esto es falso. La división entre los católicos españoles, clérigos y laicos, viene de atrás. Como muy bien ha dicho don Marcelo, es el mismo proyecto de Constitución el que lleva la división en sí.

 La más elemental prudencia aconseja que se analicen las posibles consecuencias de un SI o un NO con serenidad y sin apasionamiento. El eco de la propia fe religiosa debe llegar a todas las facetas y momentos de la vida de la persona creyente. Lo que no puede hacer la persona creyente es, sistemáticamente, crear una barrera entre su fe y su vida sociopolítica. «Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres.» Las palabras de don Marcelo, con todo el escándalo farisaico que puedan producir en algunos, no son otra cosa que el eco de estas palabras de San Pedro ante quienes, desde su autoridad, le querían hacer callar.

 «El NO llevaría a una guerra civil», pretenden decir algunos. No hay derecho a ese chantaje. La presión ejercida en forma múltiple sobre el pueblo ya es bastante; no se añada ahora el chantaje del miedo.

 Pero cuando estas líneas lleguen a tus manos, ya la suerte estará decidida. De todo este pataleo por la pastoral de don Marcelo, y por las adhesiones de otros prelados más, debemos sacar unas conclusiones que nos valgan para el futuro.

 I. Con Constitución o sin ella. Dios es Señor tanto de los individuos como de las comunidades, sean éstas las que fueren. El católico no puede renunciar a la Ley de Dios, natural y revelada, en su actuación comunitaria, aun a costa de su daño personal. La Ley de Dios le obliga «semper et pro semper». y el creyente no puede actuar en el orden político en desacuerdo con la Ley de Dios.

 II. Hemos de estar preparados para los mayores absurdos, e incluso al insulto y la calumnia a la Iglesia y sus obispos. Es cosa de tiempo más o menos, pero indefectiblemente llegará. La otra noche se decía en una emisora de radio que algunos obispos habían quedado «con las tonsuras al aire» por adherirse a don Marcelo.

 III. La realidad de la división entre nuestros obispos no admite discusión. Este es un problema gravísimo que está siendo muy bien explotado, y lo será más aún en el futuro. No es menester insistir en el desconcierto que tal división crea en el pueblo de Dios. Pero, a pesar de ello, no debemos escandalizarnos nosotros: el tiempo nos ha enseñado a superar ese problema, a mirar hacia Roma y a ser adultos en nuestra fe.

 IV. En las altas esferas políticas ha causado muy seria impresión la pastoral de don Marcelo; esto es buena señalen orden al futuro. No hemos perdido la memoria del famoso cardenal Segura, que supo ser todo y solo un príncipe de la Iglesia con la Monarquía, con la República y con Franco, en una independencia total y absoluta, aunque tuvo que verse en el destierro. Este es un buen aviso de navegantes para hacerse a la idea de que los nuevos demócratas no van a ser con la jerarquía tan respetuosos como lo fueron Franco y sus gobiernos.

 V. El futuro próximo nos dirá, con los hechos, las directrices que vaya marcando Roma. Esperamos que se acentúe la independencia para no caer en trampas económicas ni de otra clase, aunque suponemos con fundamento que en España cualquier Gobierno, aun marxista, tratará de ganarse para su ideología a cuantos obispos pueda.

 VI. La siembra ideológica marxista realizada entre el clero a lo largo de los años está dando sus frutos de diversos modos. Será necesario absolutamente que uno o varios obispos, plenamente entregado a su grey evangélicamente, sirva de punto de referencia y quite miedos y falsas prudencias.

 Las coordenadas de la Iglesia de España han cambiado. De hecho, desde arriba, se la tratará como a una confesión religiosa cualquiera, aunque ahora en los comienzos, por razones tácticas, no se haga así. Los que años pasados se titulaban la «voz de los que no tienen voz», ahora callarán cuidadosamente.

 En nuestra humilde opinión, en más o menos tiempo, hemos de aceptar:

• leyes contrarias a la Ley de Dios, tanto natural como positiva;

• supresión de los tan traídos y llevados haberes del clero;

• imposición del matrimonio civil a todo el mundo;

• control férreo de la educación —no sólo la enseñanza— en todos los niveles;

• reducción de lo religioso al recinto de los templos.

Más adelante, según los gobiernos, se llegará más lejos. De momento, la falta de un fundamento trascendente y aun ético en la Constitución, lo hará posible.

 Esta es nuestra realidad, que hemos de aceptar con realismo, y dispuestos a un futuro de lucha diaria.


 Revista FUERZA NUEVAnº 622, 9-Dic-1978





viernes, 21 de noviembre de 2025

El Primado de España por el “no” en el referéndum constitucional

 Artículo de 1978

 Para que no haya dudas

 CARTA PASTORAL DE MONS. MARCELO GONZÁLEZ ANTE EL REFERÉNDUM

 Queridos diocesanos: El momento en que los ciudadanos españoles han de dar su voto sobre la nueva Constitución está próximo. Los católicos saben que este momento compromete gravemente su responsabilidad ante Dios.

 La Conferencia Episcopal ha invitado a que cada uno decida el sentido de su voto, no arbitrariamente, sino formando criterio, según la conciencia cristiana. Pero numerosos fieles de nuestra diócesis, sacerdotes y seglares, nos piden más luz, para ayudarles a formar su juicio. La petición corresponde a un derecho de los hijos de la Iglesia. Y está ciertamente fundada: porque advierten que en un examen del proyecto de Constitución a la luz de la concepción cristiana de la sociedad aparecen elementos negativos o, como dice la nota del Episcopado, «ambigüedades, omisiones, fórmulas peligrosas» ante las cuales se suscitan reservas lógicas desde la visión cristiana de la vida.

 El hecho de que haya valores políticos que se estiman positivos no dispensa de ponderar seriamente los elementos negativos. ¿Estos elementos son acaso deficiencias tolerables, bien porque no pudiendo evitarlas se compensan con los valores positivos, bien porque tolerándolos se evitan males mayores? ¿O, por el contrario, son gusanos que infeccionan toda la manzana, haciéndola dañina e inaceptable?

 Queremos cumplir nuestro deber irrenunciable de responder a las consultas de los fieles, y vamos a hacerlo desde una perspectiva puramente moral y religiosa. Nos lo impone la misión que Cristo y la Iglesia nos han encomendado. Seguimos con ello el ejemplo de la Santa Sede y de otros obispos del mundo entero en situaciones parecidas.

 En el examen que paso a hacer me detengo, bajo mi exclusiva responsabilidad, en algunos puntos que estimo exigen una mayor aclaración. He aquí los principales:

 1. La omisión, real y no sólo nominal, de toda referencia a Dios

 Estimamos muy grave proponer una Constitución agnóstica —que se sitúa en una posición de neutralidad ante los valores cristianos— a una nación de bautizados, de cuya inmensa mayoría no consta que haya renunciado a su fe. No vemos cómo se concilia esto con el «deber moral de las sociedades para con la verdadera religión», reafirmado por el Concilio Vaticano II en su declaración sobre libertad religiosa (DH, 1). No se trata de un puro nominalismo. El nombre de Dios, es cierto, puede ser invocado en vano. Pero su exclusión puede ser también un olvido demasiado significativo. Consecuencia lógica de lo anterior es algo que toca a los cimientos de la misma sociedad civil:

 2. La falta de referencia a los principios supremos de Ley Natural o Divina

 La orientación moral de las leyes y actos de gobierno queda a merced de los poderes públicos turnantes. Esto, combinado con las ambigüedades introducidas en el texto constitucional, puede convertirlo fácilmente, en manos de los sucesivos poderes públicos, en salvoconducto para agresiones legalizadas contra derechos inalienables del nombre, como lo demuestran los propósitos de algunas fuerzas parlamentarias en relación con la vida de las personas en edad prenatal y en relación con la enseñanza.

 Por falta de principios superiores, la Constitución ampara una sociedad permisiva, que —según advirtió oportunamente el Episcopado Español— no es conciliable con una sociedad de fundamento ético; y por lo mismo es contraria al ejercicio valioso de la libertad. La libertad no se sirve con la sola neutralidad o permisividad o no coacción. Se sirve positivamente con condiciones propicias que faciliten el esfuerzo de los que quieren elevarse hacia el bien. Al equiparar la libertad de difundir aire puro y la libertad de difundir aire contaminado, la libertad resultante no es igual para todos, pues en realidad se impide la libertad de respirar aire puro y se hace forzoso respirar aire contaminado.

 3. En el campo de la educación la Constitución no garantiza suficientemente la libertad de enseñanza y la igualdad de oportunidades

 Somete la gestión de los centros a trabas que, según dice una experiencia mundial, pueden favorecer las tácticas marxistas. La orientación educativa de la juventud española caerá indebidamente en manos de las oligarquías de los partidos políticos. Sobre todo, no se garantiza de verdad a los padres la formación religiosa y moral de sus hijos. Porque no basta consignar el derecho de los padres o los educandos a recibir la formación que elijan. Es también derecho sagrado de niños y jóvenes, reafirmado por el Concilio Vaticano II, que todo el ámbito educativo sea estimulo, y no obstáculo, para «apreciar con recta conciencia los valores morales» y para «conocer y amar más a Dios» (Grav. Ed., 1). Pues bien, la Constitución no da garantías contra la pretensión de aquellos docentes que quieran proyectar sobre los alumnos su personal visión o falta de visión moral y religiosa, violando con unamal entendida libertad de cátedra el derecho inviolable de los padres y los educandos. El mal que esto puede hacer a las familias cristianas es incalculable.

 4. La Constitución no tutela los valores morales de la familia

 Por otra parte, están siendo ya agredidos con la propaganda del divorcio, de losanticonceptivos y de la arbitrariedad sexual. Los medios de difusión que invaden los hogares podrán seguir socavando los criterios cristianos, en contra de solemnes advertencias de los Sumos Pontífices dirigidas a los gobernantes de todo el mundo, y no solamente a los católicos.

 Se abre la puerta para que el matrimonio, indisoluble por derecho divino natural, se vea atacado por la «peste» (Conc. Vat.) de una Ley del divorcio, fábrica ingente de matrimonios rotos y de huérfanos con padre y madre. Como han señalado oportunamente los obispos de la provincia eclesiástica de Valladolid y otros, la introducción del divorcio en España «no sería un mal menor», sino ocasión de daños irreparables para la sociedad española.

 5. En relación con el aborto, no se ha conseguido la claridad y la seguridad necesarias.

 No se veta explícitamente este «crimen abominable». La fórmula del artículo 15: «Todos tienen derecho a la vida» supone, para su recta intelección, una concepción del hombre-que diversos sectores parlamentarios no comparten. ¿Va a evitar esa fórmula que una mayoría parlamentaria quiera legalizar en su día el aborto? Aquellos de quienes dependerá en gran parte el uso de la Constitución han declarado que no.

 • • •

Estos son, a nuestro parecer, los riesgos más notables a los que la Constitución puede abrir paso. Su gravedad es manifiesta. Los que por otras razones de orden político se inclinen a un voto positivo consideren ante Dios si realmente hay males mayores que justifiquen la tolerancia de un supuesto mal menor; sin olvidar que no es lo mismo tolerar un mal, cuando no se ha podido impedir, que cooperar a implantarlo positivamente dándole vigor de Ley.

 Recuerden los ciudadanos creyentes que, como dice el Concilio Vaticano II, «en cualquier asunto de orden temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede sustraerse al imperio de Dios» (LG, 36). Por tanto, su voto ha de favorecer solamente a aquellas estructuras sociales que no estén en pugna con la Ley de Dios y que resulten estimulantes para la moral pública y la vida cristiana.

 Lamentamos que muchos católicos se vean coaccionados a votar globalmente un texto, algunos de cuyos artículos debieran haber sido considerados aparte. Hay muchos creyentes que, con toda honradez y con la misma elevación de miras que invocan a los demás, sienten repugnancia en el interior de su espíritu a votar en favor de un texto que muy fundadamente se teme que abra las puertas a legislaciones en pugna con su concepto cristiano de la vida. Su repugnancia nace de motivos religiosos, no políticos. Decirles simplemente que es después de la Constitución cuando tienen que luchar democráticamente para impedir el mal que puede producirse, y negarles que también ahora democráticamente tengan derecho a intentar evitarlo, es una contradicción y un abuso.

 Cuando por todas partes se perciben las funestas consecuencias a que está llevando a los hombres y a los pueblos el olvido de Dios y el desprecio de la Ley Natural, es triste que nuestros ciudadanos católicos se vean obligados a tomar una opción que, en cualquier hipótesis, puede dejar intranquila su conciencia hasta el punto de que si votan en un sentido otros católicos les tachen de intolerantes, y si votan en sentido diferente hayan de hacerlo con disgusto de sí mismos. A aquéllos precisamente me dirijo para decirles que hagan su opción con toda libertad según la dicta la conciencia cristiana, y sepan contestar, a los que les atacan por su actitud negativa, si es que piensan adoptarla, que la división no la introducen ellos, sino el texto presentado a referéndum. Es sólo su conciencia, rectamente formada con suficientes elementos de juicio, la que debe decidir, sin aceptar coacciones ni de unos ni de otros.

 Deseamos de todo corazón que la intervención de los católicos en la próxima votación sea tan consciente y elevada que atraiga sobre España las bendiciones de Dios y que nuestra patria «disfrute de los bienes que dimanan de la fidelidad de los hombres a Dios y Su santa voluntad» (DH, 6).

 Marcelo GONZÁLEZ MARTIN

Cardenal arzobispo de Toledo-Primado de España


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978 


jueves, 13 de noviembre de 2025

Sofismas episcopales a favor de la Constitución atea

 Artículo de 1978

 APELO A ROMA

 Antes, desde las antenas de Radio Nacional de España y en las páginas del Diario “Informaciones” y, ahora, nuevamente en las páginas de “El País”, el provicario general y vicario episcopal para la pastoral de Madrid-Alcalá, padre José María Martín Patino, está defendiendo, a propósito y de cara al referéndum constitucional, una posición laicista, atea, que contrasta con la doctrina tradicional de la Iglesia ratificado por el Concilio Vaticano II. Contra esa doctrina de este ministro de la Iglesia, carente de autoridad magisterial, desde las páginas de “El Alcázar” hemos apelado a la autoridad del Magisterio de la Iglesia en España, a los obispos, a fin de que ellos declararan terminantemente, sin ambigüedades, sin subterfugios, quiénes de los católicos discrepantes llevamos razón: si los que piensan y obrarán como el padre Patino, o quienes consideramos que, por razones de conciencia, es menester votar “no” en el referéndum constitucional que, a la hora de leerse estas líneas, ya se conocerá su resultado.

 En vista de que la mayor parte del Episcopado español -con alguna excepción notable-, el Magisterio de la Iglesia española no es concluyente ni suficientemente explícito, hemos de apelar a Roma, al Papa, único poseedor en la Iglesia del carisma de “confirmar a sus hermanos la fe”, de discernir con autoridad cuál es la doctrina ortodoxa y cuál es su aplicación correcta.

 El padre Martín Patino, esta vez en “El País”, afirma entre otras proposiciones: “Contra la Constitución, las razones que pretenden sacar de la doctrina de la Iglesia son más bien pueriles. Una cosa es que el hombre y la sociedad como tales tengan obligación moral de buscar al Dios verdadero y rendirle culto, y otra muy distinta es que ese deber tenga que ser sancionado con una ley civil coactiva como es la Constitución…Entre el agnóstico que respeta la fe de los demás y el supuestamente creyente que se empeña en imponer a los otros sus creencias hay notables diferencias de calidad humana. Algo que es laico o secular por su propia naturaleza, como un ordenamiento jurídico, no es ateo o anticonfesional por el hecho de no mencionar a Dios. Será cristiano si expresa, respeta y garantiza los derechos y libertades del hombre. La doctrina oficial de la Iglesia está claramente expresada en la Gaudium et Spes, número 75: allí se dice que el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la comunidad política “compete a todos” los ciudadanos. El método inductivo parece más adecuado e incluso más cristiano…La moral de gestión de un gobernante católico en una sociedad pluralista y democrática será cristiana si respeta las libertades y los derechos humanos en el juego de las mayorías”.

 Como se advierte, el padre Patino establece como criterio supremo de moralidad cristiana en la vida pública el sufragio universal, el principio mayoritario. Uno sería cristiano, según él, si obra como liberalista. Los fundamentos jurídicos de la sociedad y la moral que debe observar un gobernante, según el padre Patino, serían no lo que mandan el Evangelio y el Decálogo, no lo que manda la moral católica, sino lo que manda la mayoría de los ciudadanos a través del sufragio universal directa o indirectamente, de tal manera que cuando la mayoría del electorado y de las Cortes decidan que el divorcio y el aborto son lícitos y, por el contrario, ilícitas la libertad de enseñanza religiosa y la libertad de expresión y de asociación de las Fuerzas Armadas y de los funcionarios, el gobernante y el ciudadano católico deben acatar la Constitución y “obedecer a los hombres antes que a Dios”, al contrario de lo establecido por San Pedro y los Apóstoles, según narra el Nuevo Testamento.

 ***

Estamos, como se ve, en pleno mundo liberalista. El liberalismo ha desplazado al catolicismo en la mente del vicario episcopal para la pastoral de Madrid; el liberalismo que, según León XIII en la “Libertas”, es racionalismo más naturalismo, menosprecio de lo sobrenatural y de lo revelado. El padre Patino desdeña estas palabras reveladas: “Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo en honor de Dios (I Cor. 10,31); “instaurar todas las cosas en Cristo” (Ef. 1,10); “venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”(Mt 6,10); porque “no hay autoridad sino bajo Dios” (Rom. 13,2) y, lógicamente, hay que ejercerla como Dios manda, porque las autoridades son “ministros de Dios” y “es menester obedecer a Dios antes que a los hombres” (Act. 5, 29). 

El padre Patino inculca la idea de desligar toda la política de Dios, en lugar de religarlo todo, incluso la política, a Dios, función propia de la religión, como lo vuelve a enseñar el Concilio Vaticano II, ya que todo acto político es un acto libre y, en cuanto a tal, moral o inmoral y, por tanto, materia en que la religión católica es competente.

 El padre Patino, del “ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo en honor de Dios, quiere exceptuar la Constitución española, que no habría que hacer en honor de Dios, no se sabe por qué razón ni por qué mandamiento de Dios. Es claro que si el creyente no puede imponer al no creyente sus creencias, mucho menos tiene derecho el no creyente, el agnóstico, a imponer al católico la creencia de que la Constitución ha de ser agnóstica, que no debe hacerse en honor de Dios. Y como el creyente debe obrar conforme a su conciencia, no conforme a la creencia del no creyente, el creyente está obligado a dar su voto en favor de una Constitución confesionalmente católica, en honor de Dios, aun cuando la Constitución católica incomode al acatólico.

 Tampoco se sabe por qué del mandato de “instaurar todas las cosas en Cristo” haya de exceptuarse la Constitución española, si esta Constitución es una de “las cosas”.

 Ni se sabe por qué hemos de omitir el reconocimiento de la autoridad de Dios en la Constitución si ése es uno de los principios de la fe católica, conforme al cual debe actuar el católico y a la luz del cual ha de votar contra la Constitución, como se desprende de la declaración de la Comisión Permanente del Episcopado Español de 28-9-78.

 Por lo demás, considérese la doctrina laicista, secularista y liberalista del padre Patino y compáresela con estas palabras del Papa León XIII en su encíclica “Libertas”: “Veda, pues, la justicia y védalo también la razón que el Estado sea ateo o -lo que viene a parar en el ateísmo-que se halle de igual modo con respecto a las varias que llaman religiones y conceda a todas promiscuamente iguales derechos. Siendo, pues, necesario al Estado profesar una religión, ha de profesar la única verdadera”. He ahí la doctrina tradicional católica que ratifica el Concilio Vaticano II al declarar: “La libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a a Dios se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo” (Dignitatis Humanae,1).

 Es igualmente contraria a la doctrina del Vaticano II, la defendida por el padre Martín Patino, abusando de su ministerio, si consideramos estas palabras de la “Gaudium et Spes”: “Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad… y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo…Si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno que se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador, se esfuma”.

 Y es abiertamente contraria a la doctrina del padre de Patino -según la cual “el método inductivo (el sufragio universal) es el más cristiano”- esta doctrina propuesta por la Iglesia en el Vaticano II: “Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación de régimen político y la designación de los gobernantes se dejan a la libre voluntad de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse dentro de los límites del orden moral” (Gaudium et Spes,74).

Por consiguiente, no ya el gobernante católico sino el acatólico -contra lo que opina el padre Patino-, deben ejercer su poder con respecto del orden moral con moralidad, aun cuando el sufragio universal -o lo que el padre Patino llama “el juego de las mayorías”- proponga otra cosa; entre el orden querido por el juego de las mayorías y el orden moral, el político ha de optar por el orden moral y estar contra el juego de las mayorías, si nos queremos atener a lo que nos enseña el Magisterio oficial de la Iglesia a través del Concilio Vaticano II. (…)

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978

 

lunes, 20 de octubre de 2025

El SÍ de diputados católicos a una Constitución atea

 Artículo de 1978

  TRAICIÓN A LOS CATÓLICOS

 COMO estaba programado por el «consenso» ya ha sido aprobado en las Cortes el proyecto de Constitución que nos deja sin Dios, sin Patria y sin Justicia. Y, como se esperaba, votaron a favor del mismo los diputados y senadores pertenecientes al Opus Dei y a la Asociación Católica de Propagandistas. Ni uno de ellos alzó su voz en pro de los derechos de Dios y de la Santa Iglesia. Ni uno de ellos tuvo el valor de intentar que la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo fuera reconocida. Ni uno de ellos se atrevería a exigir tan siquiera la mención de Dios en el texto fundamental para una nación de mayoría católica y con una tradición multisecular donde la fe ha representado su ingrediente más acusado.

 Todos esos representantes de profesión «católica», entre quienes estaban máximos dirigentes de la Asociación Católica de Propagandistas. y de la Editorial Católica y miembros destacados del Opus Dei, han callado para no irritar a los marxistas y han dado su voto a la Constitución antitea, que se impondrá a este infeliz pueblo. Sólo el senador castellano Fidel Carazo demostraría arrojo para invocar a Dios, ante el abandono de quienes debieron estar en la vanguardia de su defensa y que han preferido el respeto al «consenso» con el marxismo que el respeto y alegación de la inequívoca doctrina del catolicismo expuesta por los Papas.

 ¡Qué lejos han quedado de nuestros héroes y mártires! Porque esos conspicuos «católicos», los cuales se han mostrado incapaces de confesar y mantener la defensa de su fe en el Parlamento donde se decidía el destino de España, que no han movido un solo músculo para reclamar el reconocimiento de Dios y de sus derechos, no sólo han defraudado a todos los demás miembros de la Asociación Católica de Propagandistas y del Opus Dei —la mayoría excelentes cristianos— que seguro adoptarían en gran parte una actitud muy distinta, y que se ven hoy

«salpicados» sin querer por aquéllos, sino que además han traicionado a las legiones de mártires, que en esta piel de toro ofrendaron sus existencias para que la religión presidiera la vida de la comunidad nacional, muchos de ellos tan recientes. Han eludido el «testimonio» y no han querido «comprometerse», en aras de los vergonzosos pactos con el marxismo, es decir, con el enemigo hoy más peligroso de la fe  católica.

 Por eso, al igual que Eugenio Montes, en momentos también difíciles para la Patria, se les puede arrojar a la cara: «¡En nombre del Dios de mi casta; en nombre del Dios de Isabel y Felipe II, malditos seáis!»

 Ramón de Tolosa


Revista FUERZA NUEVA, nº 61811-Nov-1978