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jueves, 8 de enero de 2026

Blas Piñar por la Europa cristiana (2)

 Artículo de 1978

 Blas Piñar en Marsella (Francia)

 «LE JOUR DE GLOIRE EST ARRIVÉ»

 (Discurso pronunciado por Blas Piñar en el cine Madeleine, de Marsella —Francia—, el día 10 de noviembre de 1978.)

 Nos duele Europa, camaradas y amigos, y nos duele porque es nuestra y porque la amamos.

 Para nosotros, Europa es más que un continente, un contenido; más que un trozo de geografía inerte, un hervidero de historia; más que un mercado común, un alma colectiva; más que un pasado que se clausura y muere, una semilla que se desgarra en su interior con voluntad de florecer.

 Tales son las razones que justifican nuestra presencia aquí, en la ciudad más antigua de la Francia, construida junto al Ródano cabalgando sobre el «mar nuestro», que surcaron mil veces los navíos abanderados en Marsella, en Génova o en Barcelona, a un tiempo industrial y lírica, francesa y, por ello mismo, europea.

 No es fácil eludir la magia de una región. Aquí, en las viejas comarcas de la lengua del Oc, en la Provenza de los antiguos trovadores, que hicieron de la «domna» la mujer ideal a la que cantaban, y que identificaron los verbos amar y servir, hemos venido a proclamar limpia y varonilmente que Europa, nuestra dama, ha sido víctima de un rapto, y que nosotros, que somos caballeros y no trovadores, queremos rescatarla de su prisión o de su encantamiento.

 Federico Mistral, el que compartió con nuestro Echegaray un premio Nobel, escribió en provenzal su famoso poema «Miréio». Para mí, Mireya es Europa, que mantiene contra todos su amor puro y que rechaza a los poderosos que la solicitan: el capitalismo liberal, la esclavitud marxista, la ruptura con sus propias tradiciones. Hasta quien le dio vida se opone a ese amor. Mireya, es decir, Europa, ante tanta dificultad, temerosa y confusa, abandona su casa y se encamina a pie al santuario de las tres Marías, en la Camarga, allí donde el Ródano desemboca. Durante el viaje, como resume Bonfantini, la daña el sol demasiado ardiente, la oprime la angustia y la aplasta la fatiga. Llega al santuario y muere.

 Pero he aquí que nosotros queremos borrar y sustituir ese epílogo catastrófico. Mireya, es decir, Europa, no puede morir. Es cierto que está oprimida, angustiada y fatigada; es cierto que en parte gime sin honor y sin libertad, allí donde el yugo comunista la atenaza; y es cierto también que llora, convulsa y estremecida, allí donde el terrorismo de la violencia física y el terrorismo de la violencia moral de todo género, la desconciertan y la paralizan.

 Pero también es verdad que las tres Marías, las tres grandes naciones católicas del Mediterráneo, Francia, Italia y España, con puñados de hombres y mujeres elegidos, con gavillas de jóvenes con vocación de héroes, harán el milagro; y Mireya, es decir, Europa, no sólo no morirá, sino que, reconfortada, rejuvenecida y alegre, fiel a sí misma, consumará su desposorio con su tradición y con su destino.

  • • •

Hemos hablado de jóvenes con vocación de héroes. A mi modo de ver, aquí está la clave única de nuestra victoria. Lo que ocurre es que el héroe no es el resultado de una estructura, sino que la estructura es la obra del héroe, lograda con entusiasmo, con fortaleza y con heroísmo.

 De aquí que para nosotros, la revolución tenga un signo diferente al usual, y se plantee a nivel subjetivo, a manera de conversión y no de revuelta, a modo de «metanoia» y no de motín.

 Ya sé que de la campaña difamatoria que nos rodea, forma parte —aunque no integre el más desdichado de los capítulos— la imputación de nuestra nostalgia. Pues bien; lo que nuestros adversarios califican de nostalgia, no debe serlo tanto, cuando a la melancolía que adormece sustituye el espíritu de combate. Lo que ocurre es que la nostalgia se confunde, por los enemigos, con el recuerdo de la propia identidad, con la reflexión sobre el pasado para caminar en el presente y en el futuro, con aquel aforismo permanente y válido de Cicerón, de que la historia es maestra de la vida.

 Nosotros no miramos atrás en justificación de un descanso. Nosotros pensamos en las lecciones de ayer, mientras seguimos la marcha, recios y animosos, en pos de las banderas de un ideal sagrado.

 En ese pensamiento, aquí, en la dulce Francia, se perfilan sus grandes figuras nacionales: Carlomagno, San Luis (el hijo de nuestra Blanca de Castilla) y Santa Juana de Arco; y sus catedrales, que son tratados de teología alzados en medio de la Ciudad terrena; y sus canciones de gesta, que son himnos en los que se exalta al héroe que necesitamos para nuestra empresa; y sus trovas de amor, que forman el salterio íntimo de un corazón enamorado que no necesita del recurso fácil del erotismo.

 Santidad, heroísmo, amor. Es verdad que se entrecruzan, pero lo importante, más que separar o identificar su fuerza, es que incidan en el hombre para transformarlo y convertirlo

 Una orden de caballería, de las que nuestras patrias pueden ofrecernos un muestrario polícromo, no pretendía otra cosa para aquellos que la integraban. Entre vosotros, en 1469, el rey fundó la Orden y milicia del señor San Miguel Arcángel. Codreanu, en Rumania, pueblo de frontera, quiso que así se llamara su legión. San Miguel es el patrono de Alemania. Y en la España que nosotros representamos, hemos querido que San Miguel sea para los hombres y mujeres de Fuerza Nueva nuestro adelantado y nuestro capitán.

 ¿Acaso los movimientos políticos de tan clara significación nacional y tradicional, como los nuestros, no deberíamos ponernos colectivamente bajo el patrocinio del Arcángel y al modo de una nueva milicia cívica, espiritual y europea, invocarle para que nos ayude en el riesgo y nos mantenga firmes en el peligro, para que haga fuerte y segura nuestra vocación y nada ni nadie la esterilice invitándonos a la huida?

 Sólo este modo de enfrentarse con el drama de Europa puede salvarla. No basta un patriotismo natural, hay que levantarlo a cotas de mayor altura. El agua quita la sed. Pero hay ocasiones en que hace falta el vino para que la sangre se anime y el corazón se alegre; como en las bodas de Canaán. Y cuando ello sucede, como ocurre ahora con el patriotismo, es necesario que una palabra divina le toque, para transustanciarlo, para darle el calor y el sabor que precisa para su cometido difícil en la Europa de hoy.

 La mies es mucha y los trabajadores pocos; pero son pocos, no porque no haya trabajadores disponibles, sino porque nadie los llama y, sobre todo, porque al llamarlos no se les da ese vino mejor de las tinajas del milagro.

 A veces hay algo más censurable que el escamoteo de la verdad que salva o que la omisión del llamamiento, y es el paso despectivo y el recreo narcisista que nos impide ver a los que nos buscan con ilusión y con esperanza.

 Zaqueo, entre la multitud, no podía ver al Maestro, y se subió a un árbol. Y el Maestro no se desentendió, ni pasó sin dirigirle la mirada, sino que, fijándose en él, le dijo: quiero estar contigo y en tu casa. Son muchos lo que hoy nos buscan, ocultos o a distancia; pero nos buscan. Seamos nosotros los primeros en romper la muralla o la lejanía para invitarles al encuentro; seguros de que un corazón tocado por la admiración o por la sana curiosidad puede convertirse en un latido isócrono con el nuestro.

 • • •

Hoy es un día feliz en medio de tantos sinsabores. España está en vísperas del colapso o de la revitalización. Nosotros estamos poniendo de nuestra parte todo lo posible para evitar aquél, para conseguir que España no sea víctima del odio, el revanchismo y la frivolidad. Y digo que es un día feliz, porque en medio de nuestro duro combate, saboreamos vuestra amistad, vuestra camaradería, y nos reconforta el aliento fraternal de los franceses e italianos, de los belgas y portugueses de Europa, o de los europeos de Francia, de Italia, de Bélgica y de Portugal.

 Para nosotros tampoco hay Pirineos. La frase tiene un significado distinto del que tuvo cuando fue pronunciada, porque los Pirineos existen, pero no como barrera, sino como vigías.

 ¡Qué bien lo entendió el gran poeta Vasile Aleisandri!:

 Salud, Alpes, Cárpatos, Apeninos, Pirineos,

hermanos gigantes del gran mundo latino.

 Este mundo latino, pieza vital de Europa, tiene una misión que cumplir.

 En la visión total de la historia que tuvo el poeta citado, y que recogió en los versos solemnes de su «Cantacul gintel latine», premiada en los juegos florales de Montpellier, esa visión se dibuja con nitidez asombrosa: 

Cuando ante Dios, Señor de lo creado,

el día del juicio comparezca

la gran raza latina y sea preguntada

¿qué hiciste tú en la tierra, di, qué hiciste?,

ella dirá con voz serena y firme:

¡Señor, mientras viví sobre la Tierra,

yo, a los ojos del mundo estupefacto,

tu espejo fui y a Ti te he representado!

 • • •

Y Francia, Italia, Bélgica, Portugal y España, las naciones que se vinculan para este papel, al que no renuncian, y los movimientos políticos que en nuestras patrias representamos, se ponen en pie, con humildad y con verdad, para ser fieles a su alta misión.

 España va a conmemorar dentro de unos días a dos de sus arquetipos más recientes: a José Antonio, el fundador, y a Franco, el artífice. Uno, entregó su vida, como un mártir, asesinado por la horda marxista; otro, entregó la suya, después de derrotar al comunismo y devolver a los españoles el orgullo de serlo. Os esperamos en Madrid, porque José Antonio y Franco, por españoles, son algo más que nuestros, son símbolos de la Europa auténtica que aún cree y lucha por Dios, por la Patria y por la Justicia.

• • •

Tal es la letra de nuestro quehacer. Pero esa letra necesita una música. Frente a las notas de «la Internacional», que acompañan al odio, en España oponemos la letra y la música de un himno de amor y de combate, en el que se habla de primavera y de rosas, de escuadras y luceros: el «Cara al Sol».

 Vuestro himno nacional, «La Marsellesa», lo sabéis mejor que yo, fue un himno creado en 1792, cuando la guerra con Austria, por un capitán de ingenieros de guarnición en Estrasburgo. Su título inicial era: «Canto de guerra del Ejército del Rhin». La historia quiso que lo cantaran por las calles parisinas los voluntarios marselleses, y de aquí el nombre de «La Marsellesa».

 ¡Cuántas veces no habréis repetido sus estrofas! Al repasarlas, a la altura de nuestro tiempo, parece que en parte fueron redactadas para hoy y para nosotros, porque también contra Europa se ha levantado el estandarte de la tiranía soviética, porque también los tanques, las divisiones armadas hasta los dientes, las avanzadillas del terrorismo y de las agrupaciones comunistas, quieren ahogarnos, atropellarnos, aplastarnos, asesinarnos y destruirnos. Por eso, hoy, en Francia, podemos decir los europeos que amamos y queremos servir a Europa y rescatarla y libertarla (…)

 ¡Franceses, italianos, belgas, portugueses, españoles, europeos, en suma! ¡Hasta Madrid!, «le jour de gloire est arrivé». Por la Europa una, grande y libre. ¡ARRIBA EUROPA!

 (Grandes aplausos cerraron sus palabras, que fueron pronunciadas en francés.)


Revista FUERZA NUEVA, nº 624,  23-Dic-1978


lunes, 13 de octubre de 2025

Blas Piñar por la Civilización cristiana europea

 Discurso de 1978

  Blas Piñar en Roma

 EN ESTA HORA DIFÍCIL

 Traducción del discurso pronunciado por Blas Piñar, en Roma, el 7 de octubre de 1978, en la Asamblea General de “Civiltá Cristiana”.

 Hablar en Roma, capital del mundo cristiano y, en cierto modo, capital de Europa, en circunstancias como las presentes y con motivo de la Asamblea General de un Movimiento como “Civiltá Cristiana”, con el que nos unen a los españoles que comparten las ideas que yo puedo representar, tan profundas afinidades, conmueve y alerta.

 Conmueve, porque la Iglesia y el mundo en que la Iglesia ha ejercido más intensamente su influjo conformador atraviesan una crisis “in radice”. Y alerta, porque tan sólo el hecho de invitar a un español que se ha significado políticamente, para pronunciar este discurso conmemorativo de la batalla de Lepanto, supone que la mirada de muchos se fija en mi Patria y en Fuerza Nueva, cuando una amenaza similar y más poderosa que la de entonces se hace sentir “ad extra” y “ad intra”. “Ad extra” porque el comunismo, “intrínsecamente perverso”, ocupa militarmente gran parte del planeta, y “ad intra” porque el comunismo enajena con su mística falsa, hija del padre de la mentira, amplios sectores del planeta, todavía no sujeto a su brutal tiranía.

 Hoy, 7 de octubre, a la distancia de aquel día lejano, en que la cristiandad ganó una victoria decisiva, conviene que, por su vigencia, recordemos algunas lecciones de aquella jornada singular.

 En primer término, a Nuestra Señora María, en el tiempo histórico de su Hijo, que, como apunta S. Luis María Griñón de Monfort, tiene apariciones fugaces. Toda la Mariología de San Pablo se reduce a decirnos que el Mesías nació de mujer; y los Evangelios, entre el instante de la Anunciación y el del Calvario, nos ofrecen ráfagas luminosas, pero escasas, de una biografía que el Señor quiso velar para sí, como un huerto sellado y privativo.

 Pero después del Calvario y del “Mulier, ecce filius tuus”, María, que absorbida por su Hijo según la carne, estuvo oscurecida y en la penumbra, dedicará hasta el fin de los tiempos, a todos los hijos que nacen de su maternidad espiritual, la atención desbordadamente femenina que aquéllos requieren en su tránsito por el valle de lágrimas.

 María será “Auxilium christianorum” para cada uno, y para las comunidades políticas que hacen profesión de fe en su Hijo y en su divina maternidad. Si al “Mulier, ecce filius tuus” sucede en la solemnidad de la Pasión el “Ecce mater tua”, es lógico que un clamor anhelante de oraciones se eleve hasta Ella cuando el peligro se hace mayor, cuando la “claritas Dei” desaparece oscurecida por el humo de Satanás, al repetirse el “tenebrae factae sunt super universam terram” (Mat. 27,45; Luc. 23,44).

 Entonces, en aquel 7 de octubre, como ahora, los cristianos y la cristiandad, en una de esas confesiones colectivas de impotencia, de visión nítida de las fuerzas espirituales en lucha, de la necesidad de lo trascendente, del “pedid y recibiréis”, elevan sus preces a la Señora en demanda de ayuda, para que Ella, “Virgo potens” aplaste la cabeza de la serpiente.

 S. Pío V, el Papa que recogió la magnífica herencia del Concilio de Trento, el de la auténtica Reforma frente a la revolución luterana, reunido con sus cardenales, miró al cielo de repente e, iluminado por una visión celestial, exclamó: “Cesad los negocios y no pensemos sino en dar gracias a Dios por el triunfo que acaba de conceder a nuestra armada”. María, la Señora, “Regina Sacratísimi Rosarii”, había respondido a la llamada de urgencia, a la petición colectiva de auxilio. La media luna, en el golfo de Lepanto, había retrocedido ante la Cruz, y la Cristiandad, a punto de perecer, se había salvado.

 Pero esta intervención sobrenatural, explícitamente reconocida por la Iglesia, victoria sobre el “mysterium iniquitatis”, actuó a través de causas segundas. Y así como la brisa de la primavera mueve los pétalos para que exhalen su perfume, así también el soplo del espíritu sacude y agiliza la voluntad humana para que ponga en ejercicio su capacidad de acción. Si María fue “Auxilium christianorum”, como hoy nos recuerda la letanía lauretana, fue porque los cristianos de aquel 7 de octubre movilizaron todos sus medios para merecer el auxilio. Es verdad que algunas naciones no quisieron o no pudieron responder a la llamada; pero otras, sí. La respuesta sin condiciones a la convocatoria del Papa la dieron Venecia, por una parte, y España, por otra. Los mejores barcos, marineros y almirantes estuvieron allí. Al frente de todos, nuestro príncipe don Juan de Austria, con Andrea Doria y Álvaro de Bazán, y desconocidos, entre los voluntarios, Miguel de Cervantes, autor luego del “Don Quijote de la Mancha”, y del bello discurso, quizá inspirado en la magnitud de aquella lucha, sobre “las armas y las letras”.

 Pero no quedan ahí las lecciones que hemos de recordar y aprender. La “geopolítica” deviene una constante de influencia histórica, como una calzada del imperio cuyo trazo firme continua imborrable. La configuración del continente y del contenido europeo, el Mediterráneo, con su amplia costa envolvente y sus puertas angostas, y los bastiones anclados de sus grandes islas codiciadas.

 Quienes hoy pretenden apoderarse de Europa se mueven en el mismo teatro de operaciones: y a ese teatro geopolítico subordinan su estrategia y su táctica. Que la mercancía sea diferente no altera el hecho de que la vereda a seguir para llevarla a la misma ciudad sea idéntica.

 Hoy (1978), los tanques soviéticos se hallan en el corazón de Europa, en la mitad de Berlín y en las proximidades de Viena. Pero no muchos años antes de la batalla de Lepanto, el rey de Austria tuvo que entregar una parte de Hungría, y la catedral de Pest fue transformada en mezquita.

 Hoy no es un secreto para nadie que el Mediterráneo perdió su viejo calificativo de “mare nostrum”, surcado por navíos de guerra con la hoz y el martillo, y que la isla de Malta, asediada en 1566, y Chipre, ocupada en 1570, saltan al primer plano de la actualidad por motivos y fricciones que debilitan al llamado mundo libre. Ignorar la escena geopolítica en que se desarrolla el drama presente, y olvidar el “modus operandi” que demostró su eficacia el 7 de octubre de 1571, sería un doble error, a la vez trágico e imperdonable.

 Pero queda por reseñar una cuarta y última lección, que estimo corresponde casi en exclusiva en España, y que hasta el presente, al menos, ha sido relegada al olvido, quizá por lo que albergue de censura para quienes hoy desempeñan en un plano universal papel semejante al que en aquella sazón desempeñamos nosotros.

 La España de aquel tiempo, como ente político, asumió su papel con entereza y con dignidad. No rehusó los sacrificios que su posición le imponía. Subordinó al bien común de la Europa cristiana su interés nacional. España no practicó una política de coexistencia pacífica, como la consagrada definitivamente en Helsinki (1975), porque la amable suavidad de dicha coexistencia, por un lado, reconoce contra todo derecho las anexiones arbitrarias y forzadas impuestas por los comunistas, y de otro, concede un seguro sin contraprestación adversaria, para que el enemigo refuerce su potencial bélico e incremente su penetración subversiva en el llamado mundo libre.

España hizo tres cosas reñidas con ese tipo de coexistencia debilitadora: envió voluntarios catalanes y aragoneses en ayuda de los “kleptas”, es decir, de la guerrilla griega, que continuaba luchando en las montañas contra los jenízaros; acudió en auxilio de Malta y del señor de La Valeta, con treinta galeras que salieron de Sicilia al mando del marqués de Santa Cruz; y, sintiéndose Europa y Cristiandad a un tiempo, llegó, con su príncipe, hasta Mesina.

 El pueblo recibió a don Juan de Austria en una apoteosis delirante, porque ese pueblo, al igual que el príncipe, se sabía cristiano y europeo; y el enviado del Papa entregó al capitán el famoso pendón de Lepanto, el que se guarda como joya de valor inapreciable en el hospital Museo de Santa Cruz de Toledo, mi ciudad natal. En el glorioso estandarte de la victoria del 7 de octubre, la figura de Cristo en la Cruz está bordada sobre fondo de azul damasco, y sobre ese fondo destacan los símbolos de Roma, Venecia y España, como un anuncio de la hermandad de fe y de sangre, en tantas ocasiones repetida, y últimamente en nuestra guerra de liberación nacional, de italianos y españoles.

 ***

Esta evocación en tiempo presente de la jornada de Lepanto -obligada por razón de la fecha y del motivo de la convocatoria que aquí nos reúne- nos lleva de la mano a contemplar las ideas de Dios, de Patria y de Justicia, que se ofrecen como objeto de mi discurso en la invitación de Civiltá Cristiana. ¿No fueron acaso tales ideas, ahincadas en el espíritu de quienes de uno u otro modo participaron en aquella lucha, las que se defendieron en Lepanto con abnegación? ¿No fueron tales ideas las que estimularon el heroísmo de quienes cantando el “Exurgat Deus” libraron a la cristiandad de un inmediato aniquilamiento?

 Pues bien, tales ideas, el grupo político que tengo el honor y el riesgo de presidir en España, las ha hecho suyas y las ha enarbolado como lema. “¡Dios, Patria y Justicia!”. He aquí tres palabras que se repiten en nuestra organización; que se gritan en el curso y al clausurar las concentraciones multitudinarias de Fuerza Nueva; que surgen espontáneas y unánimes, de miles de gargantas juveniles, en los teatros, en los campos de deportes, en las plazas de toros, al aire libre, cuando, respondiendo a nuestra llamada, amplios sectores del pueblo español vienen a escucharnos y respaldarnos. La razón de este lema se halla en las motivaciones personales que nos llevaron a poner en marcha el movimiento y en los objetivos últimos de nuestro quehacer político.

 Quiero hacer una afirmación de entrada: nosotros no somos políticos en los que subyace una inspiración cristiana; somos cristianos que, por una exigencia de la caridad para con la Patria y para sus compatriotas, entramos en el juego político.

 Recuerdo que en un diario católico de fines de siglo XIX leí, escrito en grandes titulares: “Nada, ni un céntimo para la política. Todo, hasta la vida, por la religión”. Salvo, naturalmente la buena fe del autor; pero lo cierto está en que, precisamente, por razones de carácter sobrenatural, la dedicación a la política es un deber que exige la entrega del dinero, del tiempo, de la vida y de la fama,

 Para entenderlo así hay, naturalmente, que distinguir entre política y política, entre Política con mayúscula y política con minúscula, porque aunque los vocablos sean los mismos, son diferentes e incluso antagónicos los conceptos de que son portadores. Ocurre aquí algo parecido a lo que sucede con la palabra amor, que es ambivalente, y lo mismo sirve para designar la devoción generosa de un matrimonio que el concepto efímero y venal en una casa de lenocinio.

 Pues bien, la política con minúscula, es decir, como sucio comadreo, como conquista electoral de votos a cambio de lo esencial, lo mismo que el amor de burdel, no nos interesa ni nos seduce. Al contrario, nos provoca una repulsión irreprimible. Pero la Política, con mayúscula, en la que al “finis operis” se agrega, sublimándola, el “finis  operantis”, nos llama contra nuestro instintivo deseo a la quietud, contra la aversión al riesgo y a la aventura de lo desconocido. La Política, si así se la entiende, no es una diversión ni una carrera. Es una vocación, un llamamiento que nos interpela, nos acorrala y nos acosa, colocándonos en la tesitura de corresponder a la misma, asumiendo su cruz con la esperanza de que el Señor la tornará ligera, o de rechazarla, rehusando la fatiga que esa vocación comporta, pero amargando la comodidad saciada, con el hormigueo de la propia conciencia y con el balance nefasto por el bien común de la inhibición querida (…) Lepanto, María “Auxilium Christianorum” y Regina Sacratissimi Rosarii”. “Dios, Patria, Justicia”, en esta hora difícil de la antigua Cristiandad y de Europa.

 Permitidme que os diga que yo, a la altura de mi tiempo, precisamente por ser y por sentirme español, creo en Europa y quiero servir a Europa. Para mí, Europa no es un trozo de tierra delimitado en un mapa, ni un mercado común, ni un bloque militar a la defensiva. Tampoco es Europa una civilización, sino que es, o ha sido, la civilización. Lo que ha dado unidad espiritual y cultural a Europa, lo que convirtió a Europa en faro y guía, haciendo tránsito de su ser a otras vastas regiones del planeta, fue la asimilación por sus patrias de los valores intemporales que sacan al hombre de su miseria, y ya en este mundo le elevan y redimen.

 Sólo restaurando esos valores intemporales, Europa puede escapar al empuje convergente de la amenaza y de la  autodestrucción. Para ello hacen falta europeos de todas las patrias de Europa, tocados por el sentido de misión, dispuestos a buscar en la mística profunda de un cristianismo no falsificado la fuente de su voluntad heroica.

Invoquemos, para que nos sonría la esperanza, a San Benito, el gran italiano, patrón de Europa, y a María “Auxilium Christianorum”.

 ¿Sabéis que en el Peñón de Gibraltar se veneraba una imagen de Nuestra Señora de Europa? ¿Y sabéis que esa imagen estuvo presente en la batalla de Lepanto? ¿Y sabéis que esa imagen, destruida por iconoclastas protestantes durante la guerra de sucesión, fue sustituida por un lienzo que hoy se halla en una iglesia de las Hermanitas de los Pobres, del Campo de Gibraltar? ¿Y sabéis que otro lienzo de Nuestra Señora de Europa fue enviado desde España a Roma para ser bendecido por Juan XXIII, y llevado hasta los Alpes Dolomitas, por donde pasaron Carlomagno y Carlos V, los dos grandes paladines cristianos de la Europa unida y colocado en la iglesia de la Madonna de Campiglio, en Trento?

 En torno a la Virgen y Madre de Europa, casi adolescente, despeinada y rubia, con manto azul y mirada soñadora, se alzan las banderas de nuestras Patrias. Que Ella las bendiga para que Europa sea de nuevo una, grande y libre.

 (Una fuerte ovación acabó el discurso de nuestro presidente)


Revista FUERZA NUEVA, nº 616, 28-Oct-1978