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DEMOCRACIA
A LA ITALIANA
El español
medio, que vive en el clima de paz y concordia creado por el Movimiento
Nacional, no acaba de entender lo que ocurre en Italia. No comprende, por
ejemplo, las complacencias que tienen hacia el comunismo personas, grupos,
partidos e instituciones que serían barridos de la vida pública si el
comunismo triunfase. Y es que el español, participante de un sistema político
surgido de una victoria militar, no puede comprender la mentalidad que
acompaña a otro surgido de una derrota.
La principal
variación está en una especie de “mala conciencia” que sufren quienes un día
sirvieron al fascismo y hoy (1970) están integrados en las nuevas
agrupaciones políticas. Por un ansia de protección, quizás inconsciente,
similar a la del camaleón, tienden a buscar la tolerancia de lo que consideran
la antítesis del fascismo: el partido comunista. Ser anticomunista se parece
a ser fascista. No ser lo primero es una fórmula adecuada para no pasar por
lo segundo. Y para muchos políticos demócratas, que conservan aún el recuerdo
de la camisa negra, la posibilidad de ser motejados de “fascistas” es la más
desagradable perspectiva de su actuación pública.
Centrada así
la cuestión, las piezas empiezan a encajar: se explica la euforia con que las
asociaciones apostólicas de trabajadores acompañan a los comunistas en sus
violencias y excesos, la benevolencia afectuosa de algunos prelados hacia los
dirigentes comunistas, el empeño de ciertos dirigentes democristianos en
apoyar las reivindicaciones marxistas más desaforadas, las debilidades de los
gobiernos de centro-izquierda a la hora de mantener la ley y el orden, el
doble juego de los socialistas alternando el concubinato con el centro en el
gobierno y el concubinato con los comunistas en las regiones, las huelgas y
la calle.
Cuando
aparezca este comentario, escrito en plena crisis italiana (en la última, se
entiende) no sabemos si se habrá resuelto o no. Pero da lo mismo, porque el
problema no es coyuntural sino que afecta al fondo de la política italiana. La
única solución estaría en marcar de forma drástica la separación con los
comunistas que impone el sistema político de la nación, las ideas de los
diversos grupos políticos y la propia existencia de la Patria. Algo que la
clase dirigente italiana (incluido el sector religioso), parece incapaz de
hacer. Todo por tener una moral de derrota.
Un
diagnóstico que vale para la actual crisis, para las anteriores y para las
que puedan producirse mientras el sistema italiano no cambie sus
planteamientos políticos.
Versión
española (1970)
El sistema
político español (1970) nada tiene que ver, a Dios gracias, con el italiano;
ni aquí, como decíamos antes, existe moral de derrota. Sin embargo, es fácil
apreciar en los tránsfugas del Régimen la aparición del mismo complejo que
afecta a sus colegas italianos. Quienes aquí han ocupado destacados cargos
políticos y ahora se han pasado al enemigo con armas pero sin bagajes (¡ay
esas camisas y esos correajes lucidos con tanta arrogancia en otras épocas!)
buscan también la tolerancia comunista y hacen lo posible por merecer una
mención elogiosa de Radio España Independiente, o para lograr colaboraciones
con grupos subversivos. Es fácil adivinar que una política en la que ellos
representaran a los grupos moderados del Gobierno sería una democracia a la italiana,
pero en versión española. Y ya se sabe cómo acaban aquí esas cosas…
Juan NUEVO
Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970
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