|
El Cristo de Pasolini
“El Evangelio de San Mateo”, de Pasolini,
no acaba de convencerme -no obstante sus logradas realizaciones- porque nos
da un Cristo, en última instancia, demagogo, que muere fracasado. Pero este
problema de una posible “demagogia” de Cristo se presenta hoy en una forma
aguda, porque van ya siendo muchos quienes se preguntan seriamente si la
demagogia, es decir, la violencia inspirada en las masas proletarias,
pertenece a la esencia misma de la predicación del Cristo.
Y, en la apariencia por lo menos, muchos
así lo creen. Pasolini, desde luego, recortando a su gusto los textos y presentándolos
en fotogramas de una indudable belleza fascinadora, no se ha ahorrado esos
primeros planos de viento airado, agitando un rostro estremecido, cruzado por
las velas desatadas de sus propios cabellos, mientras una voz bronca,
monótona e insistente, cae implacable en tempestad flagelante sobre los
grupos de harapientos beduinos del desierto. Casi llegamos a convencernos -tanto
es el realismo brutal de las imágenes de la pantalla- que las palabras
macabras de Caifás recobran un sentido transparente: “Os conviene que uno
solo muera por el pueblo; no que todo el pueblo perezca”. Es la suerte de
todos los mesianismos demagógicos. El Cristo, un demagogo judío más, engañado
por las falsas esperanzas mesiánicas que entonces pululaban en la desesperada
apocalíptica de su tiempo.
No han sido Pasolini, sin embargo, ni Garaudy
, ni Bloch -bien lo sabemos- los primeros en interpretar “sociológicamente”
el Evangelio y en hacer de
Cristo el primer marxista “avant la lettre”. Otros lo pensaron filántropo o, simplemente, humanitario. Algunos le
han visto como un antiguo héroe levantándose sobre el común de los mortales:
y en esto, un “inmortal”. Hoy es frecuente hacer de él un tipo único de
religiosidad profunda en el que lo “divino” (¡así en abstracto!) llegó a
manifestarse como nunca. Pero
todavía más, después del escándalo editorial de los libros de Robinson y de Bonhoeffer,
Cristo no es otra cosa que una manifestación del amor a los hombres. Por una
inversión total de valores, mejor:
por un desplazamiento absoluto de los centros de gravitación, el hombre se ha
puesto en el lugar de Cristo. Y
éste es interpretado solo en función del hombre. El humanismo acaba de conseguir su última y definitiva victoria:
desplazamiento de la Iglesia, desplazamiento de Cristo, desplazamiento de
Dios… y entronización del Hombre.
Aceptada esta idea humanizante del Cristo,
éste puede convertirse, con toda certeza, en el más violento y desatado de
todos los reformadores socialistas.
No hay más que seguir los procedimientos de Pasolini: leer los textos en un
contexto y en una inteligencia marxista, como ha hecho no hace mucho Tierno
Galván con la figura de Juan XXIII. Cristo ha sido enviado a evangelizar a
los pobres. Y manda que se agrupen en torno de él a todos los oprimidos
porque su carga es ligera y su yugo suave. Los pobres, desde luego, son
encandilados con la esperanza mesiánica del reino. (Y esto es esencial a todo
marxismo). Son benditos los que lloran, los que tienen hambre, porque serán
hartos. Pero la dialéctica marxista necesita de la lucha contra “Das Kapital”.
Y Cristo se presta a ello: es más difícil que se salve un rico que no que un
camello pase por el ojo de una aguja.
Es verdad que, paralelamente a esos textos,
hay otros que, leídos con los mismos ojos marxistas, harían de los evangelios
un amasijo de contradicciones. Porque a Pedro -que tenía la única espada del
cortejo apostólico- en la necesidad más perentoria, le prohíbe usar de ella.
Porque manda honrar a los que se sientan en la cátedra de Moisés. Porque paga
sus tributos al César. Porque se presenta como un modelo de mansedumbre y de humildad.
Porque manda perdonar a sus enemigos y condena la violencia: el que a hierro mata,
a hierro muere. Porque enseña a presentar la otra mejilla al que hiere en la
primera. Porque a los ricos les anima a ganarse el cielo con sus riquezas. Porque
reconoce el hecho histórico de que a los pobres los tendremos siempre entre
nosotros. Porque, elegido finalmente Rey mesiánico, huye de las multitudes.
Entonces, ¿Cristo no ha venido a resolver de veras la “cuestión
social”? ¿Qué sentido tienen esos grandes documentos sociales de la Iglesia,
desde León XIII a Pablo VI? Afirmamos resueltamente que ni Cristo ni la
Iglesia pueden ser “leídos” no ya sólo marxísticamente, pero ni siquiera “sociológicamente”.
Ni Cristo ni la Iglesia han venido a realizar “reformas sociales”, por más
que, de hecho, hayan sido los grandes promotores de una sociedad
verdaderamente humana.
Hoy (1970) se proclama a todos los vientos
que la Iglesia, comprometiéndose con la tierra, la política y la cuestión
social, hace lo que Cristo hizo. Han surgido los Institutos Sociales, las “democracias
cristianas”, los curas demagogos y contestatarios, por no hablar de los
obispos que consideran como un primer deber pastoral colocarse ese yelmo de
Mambrino para bajar a los pozos mineros y escribir pastorales sobre el
aprovechamiento de los regadíos, el éxodo de la gente de campo a las ciudades,
el salario mínimo y la fuga de capitales (…)
Sí, totalmente extraño: hoy, la gente de
Iglesia sabe demasiado de sociología, de política, de economía, de estadística y de curandería… Nunca se había vociferado tanto este
slogan: “por una Iglesia purificada de toda contaminación terrena”. Y
contradictoriamente nunca la Iglesia se ha visto más comprometida tanto con
la tierra.
No parece sino que a los hombres de
Iglesia les es imposible renunciar “al poder y la gloria” ¡Tan acostumbrados
estaban a ello! Y lo que han
perdido de tutela política ante un mundo que ellos son los primeros en
declarar “maduro”, lo quieran recobrar resentidamente en otra clase de tutela
“social” ante los pobres a quienes halagan demagógicamente. (…)
Mariano DE ZARCO
Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario