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El 18 de Julio y Europa
¿Qué es eso de “estar” a la altura de los
tiempos? ¿No será más viril, más digno, más europeo levantar los tiempos a
una altura digna, viril, europea? Me hago estas preguntas ante una corriente
que circula por cenáculos, simposios, diálogos abiertos, cátedras pedantes,
ateneos de voz impostada e incluso callejas y pasillos de menor nivel.
Parece que el hecho de que,
circunstancialmente y coyunturalmente, España se asome con un traje decoroso
a las solemnes asambleas europeas nos obligará a conservar el traje y
simultáneamente a cambiar el contenido de ese traje. A conservar ese traje
pero metiendo dentro de él algo que acaso ya no sea España. Dicho ya
claramente: ¿Por qué para asomarnos a Europa hemos de prescindir de la más
puras esencias ideológicas que hicieron posible estos treinta años de paz y
de progreso?
Y conviene decir que cuando Europa era una
entidad exigente y constructora, Europa señalaba el nivel de vida de los
tiempos y, cuando la misma Europa se distendió y, volviendo la historia por
pasiva, se cambió de sujeto en predicado, se despeñó por la barranca para
descender a “la altura de los tiempos”. Europa ha sido -mientras ha sido- un
nivel de cultura. Y el nivel de una cultura no se señala por los logros
adquiridos sino por las metas que esa cultura se propuso alcanzar.
Y alcanzar las metas que Europa se propuso
desde los dorios y el ágora de Atenas hasta Augusto y desde Augusto hasta
Carlomagno y desde Aquisgrán hasta El Escorial, exige una tensión asombrosa,
una imaginación fecunda y una mentalidad clara y excelsa. En aquella Europa
tensada, creadora, exigente, en aquella Europa que ascendía gloriosamente
hacia sus metas históricas, estaba con sus particularismos y, por derecho
propio, España. ¿Y por qué España, en 1970, no va a poder presentarse con sus
actuales particularismos?
Después de Westfalia, Europa se hizo a su
aire, a un aire de abandonismo y de distensión. España, desangrada si no
vencida, replegó sus banderas y retiró sus Tercios de la Pomerania y de
Viena, de Nordlingen y las Siete Provincias. España quedó orillada y, tras
los sucesivos Pactos de Familia y tras los sucesivos mordiscos a su entidad
histórica por un vía crucis sombrío, llegó al 18 de Julio.
Allí está la Falange que, al fin, definida
en una sola palabra no era sino servicio. Aquello mismo que había dicho Íñigo
de Loyola, capitán del César, cuando España defendía a la desesperada los
cánones de Trento: “El hombre es creado para servir”. Europa lanzó su “Non serviam”,
no serviré y se hizo a su aire. Y se hizo en burguesía y en confort, se hizo
en las añadiduras, en la comodidad y el “laissez faire”.
Por supuesto, inventó la máquina de vapor y
la electricidad y, por supuesto, al perder la exigencia y el rigor, se secó
en su alma fáustica, romana, germánica y cristiana.
Un día, los “sans-coulottes” rompieron a
golpes de guillotina toda la cursilería empalagosa de Europa. Otro día, los
cañones tronaron en Sedán. Otro día, Europa comenzó a desangrarse en torno al
Rhin. Otro día, comenzando por Polonia, se fue rompiendo en toda su geografía…
Ahora, Europa está ahí y España está aquí. Ahí
está lo que queda de Europa: el confort, la comodidad, la blandura, el
abandono del servicio, la rotura de los vínculos familiares y la exaltación
del interés, la conquista de la técnica y la materialización del hombre. Y en
ese trance, España tiene un traje presentable para entrar en los salones de
Europa. Algunos pretenden que ese traje se “mejore” pero que, dentro, no vaya
la España del 18 de Julio, sino algo que esté a la “altura de los tiempos”.
Lo que va dentro del traje “todavía”, es la
exigencia del servicio, la tensión auténticamente europea de crear la norma, el
rigor, el servicio y la fidelidad a unos ideales. Todo lo que hizo el nivel
cultural de Europa, todo lo que Europa fue perdiendo por trochas, veredas y
atajos. Todo lo que el espíritu joven y europeo de la Falange aportó a la
España ruin, decadente, dividida, zaragatera y triste de 1936.
Se quiere presentar a España con un traje “decoroso”
pero se quiere presentar un traje vacío, deshabitado, hueco. Se quiere que
ponerse a la “altura de los tiempos” sea algo como hacer andar a una mortaja.
Xavier DOMÍNGUEZ MARROQUÍN
Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970
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