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viernes, 24 de julio de 2026

El PSOE, siempre antiespañol en el tema de Gibraltar

 Artículo de 1979

 EL PSOE CONTRA ESPAÑA

 LA actitud negadora, hostil, agresiva contra su propia patria parece ser un rasgo común, un «consenso» unánime de nuestra partitocracia como si fuera para ella una posición de principio el antagonismo y la incompatibilidad entre la democracia formal y la patria española. Reviste todos los colores del iris hispano-masoquista: el silencio, el desdén, el menosprecio, la adopción de las insidias y enconos foráneos y la colaboración con ellos, la indiferencia hostil ante nuestros problemas más vitales. Tan sólo así se explica la impasibilidad con que contemplan el hundimiento económico que nos encamina raudos al subdesarrollo, la anarquía dueña de la calle, la proliferación del terrorismo impune, la inmoralidad desbordante, el descrédito y la mofa internacionales.

 Índice elocuente de esta actitud es el más de un centenar de ultrajes a la bandera que registra la Memoria de la Fiscalía del Reino, y los innumerables posteriores, ante la pasividad y el silencio de Gobierno, partidos, Parlamento, incluso del grupo de militares (a que se refiere don Prudencio García en su artículo), quienes «en artículos periodísticos muestran un evidente respaldo a la transición democrática». También habría que pensar en el respaldo a la bandera y a la patria.

 En tal posición aventaja a todos los partidos en límite inconcebible el PSOE felipista, en el interior con su entrega a los separatismos disolventes de España, y con el colonialismo ofrecido, la sumisión y la injerencia brindadas al extranjero. Es sangrante su actitud en el problema de Gibraltar. Desde sus primeras andanzas, cuando no podía soñar con el encumbramiento a que le ha propiciado y aupado el Gobierno de la Corona, comenzó sus gestiones y su oficiosidad probritánica. El profesor Tierno, en unas increíbles declaraciones que parecen más propias de Mr. Callaghan o de Mr. Owen, afirma que no puede mantenerse en su actual claustrofobia a Gibraltar. El secretario de Relaciones Exteriores, señor Yáñez, después de su visita —una de tantas del PSOE a los líderes gibraltareños—, formula una crítica durísima al cierre de la frontera y a la política gibraltareña de Franco y, sobre todo, de Castiella. Los socialistas españoles aparecen más preocupados, más apasionados por la apertura de la Roca que los mismos ingleses

Fue bochornoso el solemne viaje de Felipe González, en unión de Yáñez y de otros primates, a Londres, a fin de facilitar la ansiada apertura, porque ni Callaghan ni demás prohombres se dignaron recibirle. No obstante, con la resignada aceptación de todas las humillaciones extranjeras habitual en nuestros políticos demoliberales, afirmó que su viaje había sido muy positivo (es de creer que para los intereses del partido...). El Partido Socialista de Andalucía, que anteriormente se ha pronunciado a favor de la retrocesión de Ceuta y Melilla a Marruecos, comenzó su propaganda electoral con la visita en Gibraltar a Mr. Joshua Hassan, sin duda para que le ayude en la campaña.

 Con su anglofilia, el PSOE está contradiciendo sus postulados de defensa del proletariado. Sabe muy bien Felipe González que Gibraltar era una auténtica colonia de explotación por el tipo agravado de las que establecieron los gobiernos europeos en el Tercer Mundo, y decimos agravado porque España no es todavía un país tercermundista y porque aquellas colonias se impusieron por la fuerza, no fueron brindadas desde dentro; sabe que la apertura significaría restablecer la riada de trabajadores andaluces a la Roca sin los derechos laborales de que disfrutan todos los obreros europeos, incluida la prohibición de pernoctar o permanecer en ella, a fin de que su condición de raza inferior no contamine a la raza superior, anglosajona. Esta claustrofobia es la que habría de preocupar a Tierno Galván. ¿Sabe el PSOE que significaría restaurar el contrabando filibustero y la dominación británica en toda la región, sujetando a ella también la nueva industrialización del Campo de Gibraltar y su turismo? Y no hablemos de la otra colonización inconfesable, bien conocida antes: la femenina, a expensas de la miseria de la región y a cargo de los señores feudales de la Roca.

 Es lógico el optimismo del Gobierno inglés y la afirmación socarrona de Owen de que ahora es el momento más favorable para resolver el problema, confiando sin duda en dos actitudes convergentes tan lamentables por nuestra parte: la debilidad del ministro señor Oreja y el incondicional apoyo de la «alternativa de poder», porque están flotando un poco estelarmente en nuestro horizonte internacional de claudicación y de derrota dos fórmulas «ad hoc»: una vaga declaración por parte británica insinuando la palabra «soberanía» bastaría para la apertura total y el retroceso íntegro al statu quo anterior a Franco, por parte del señor Oreja (UCD), el pequeño ministro de los grandes fracasos, y para el gobierno de las renuncias internacionales; pero ni siquiera esta concesión suicida es aceptada por los ingleses.

 Otra declaración teórica reconociendo los derechos laborales de los trabajadores españoles sería suficiente a Felipe González para rubricar el pacto colonial, aun a sabiendas, como nos consta a todos, de su absoluta ineficacia práctica. ¿Qué garantías de efectividad, qué derecho de huelga y posibilidad de reivindicación sindical alguna les cabría a los obreros nuestros en el medio colonial hostil de la plaza militar, cuando, pese a declaraciones y compromisos internacionales suscritos, nuestros emigrantes en los países europeos, que no son colonias, sufren la consideración más vejaminosa de vida y trabajo, aunque no sepamos de gestión alguna en su favor por parte de Felipe en sus viajes «reverenciales» a dichos países?

 Utilizar la moneda falsa, la moneda cínica de una declaración retórica de derechos en el papel, en los contratos de trabajo de nuestros obreros gibraltareños, los cuales serían otros tantos serviles “contratos de adhesión” de la época del «pauperismo» en el siglo XIX, para sellar un compromiso —comparsa colonialista entre Albion y la «alternativa de poder» sería otra defección entre tantas— a la causa de España y de los obreros por parte de un partido que se llama «obrero y español» por sarcasmo.

 En la cuestión de Gibraltar, el PSOE de Felipe queda muy por bajo de su antecesor, porque aquellos socialistas de antes no sentían a España, y bien lo demostró Pablo Iglesias poniéndose de parte del extranjero cuando la guerra de Marruecos y en otras ocasiones, lo cual no puede extrañar dada su afiliación masónica y el odio a España de la secta, pero aun así aquellos socialistas como Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos, etc., mantuvieron la bandera de la reivindicación de Gibraltar, que ahora parece arriar el PSOE de Felipe González, de Guerra, de Yáñez, de Múgica Herzog…

 Carmelo VIÑAS Y MEY


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979 

 

miércoles, 1 de julio de 2026

Iglesia, falsa pobreza y marxismo

 Artículo de 1970 

 Bienaventurados los pobres

 La Conferencia Episcopal Española ha tratado del tema “La Iglesia y la pobreza”. En una de las anteriores colaboraciones no ocultábamos nuestros temores de que el tema, manoseado, enfermo de un inflacionismo postconciliar, se perdiera en el vacío de unas conferencias eruditas. Mucho más, cuando el marxismo había inoculado al vocabulario su veneno mixtificador y mitificador. El tema, sin embargo, tiene una raigambre cristiana que hunde sus raíces en las fuentes evangélicas.

 Porque reducir marxísticamente la pobreza a la carencia de bienes de la tierra, a la miseria, es plantear mal el problema. Lo que hoy, en realidad, necesitamos son unas soluciones de fondo original cristiano, únicas capaces de una vitalidad creadora. Cuando Cristo dijo “Bienaventurados los pobres”, no lanzaba un programa social sino religioso. No pensaba, desde luego, marxísticamente, sino “cristianamente”. Los que leen ciertas páginas del evangelio con los ojos de una sociología al uso, traicionan su espíritu. 

 Ciertos documentos sobre doctrina social, aun protestando abiertamente de su carácter social-cristiano, en realidad son más sociales que cristianos. En cambio, en esa bienaventuranza, lo mismo que en todo su mensaje, Cristo pretende únicamente una finalidad religiosa. Y sólo marginalmente -aunque de un modo realísimo- produce repercusiones en la sociología.

 Por eso, esa bienaventuranza, en su misma expresión, aparece contradictoria, de una ironía sangrienta y sólo sirve como cortina de humo y opio del pueblo, para el marxista. Para el cristiano, por el contrario, tiende a producir una tensión, que vale lo mismo para el “rico” (sociológicamente) que para el pobre; ya que está pensada en un plano superior religioso que comprende a ambos. De ahí que un evangelista (S. Mateo) ofrezca la determinación de “pobres de espíritu”; y que los dos evangelistas definan bien el concepto al decir: “reino de los cielos” ( S. Mateo) y “reino de Dios” (S. Lucas).

 El marxismo y cierta sociología cristiana verán ahí una predicación de mansedumbre de ovejas conducidas al matadero por un capitalismo sin entrañas. Y a la Iglesia, comprometida por muchos siglos con ese capitalismo; predicando a los pobres la paciencia y el aguante en esta vida, con la promesa de una recompensa en la otra… 

Hoy, sobre todo, esta idea corre por los cañaverales del mundo, incendiándolos con su tea marxista y revolucionaria. Se puede afirmar que nunca la Iglesia estuvo más comprometida, pero ¿con quién? ¿con los pobres de Cristo o con los pobres de Marx? Porque, cuando ciertas demagogias caen a cataratas de ciertos púlpitos, no vienen ciertamente a desencadenar la tensión dinámica de la pobreza cristiana, sino la revolución devastadora de la miseria marxista.

 Esos curas “obreros” que bajan a los pozos mineros para encontrar al “pobre”, ¿lo piensan como “pobre de Cristo” y hermano en la fe, o como “pobre de Marx” y hermano en la miseria? Porque, de hecho, estas experiencias no han logrado producir aquella inquietud cristiana por la que el “rico” es obligado a “ganarse amigos con sus mammonas de iniquidad”; y el pobre es advertido seriamente a serlo, antes que nada, en el espíritu para no ambicionar lo que el ladrón roba y la polilla corroe. 

Al contrario, los efectos de esos evangelistas profético-socializantes son -bien lo sabemos- contraproducentes. De hecho, agudizan la separación entre “ricos” y “pobres”, dividiendo cismáticamente la comunidad cristiana. De hecho, atraen sobre la Iglesia, una vez más, la grave inculpación de introducirse solapadamente en campo ajeno con una intención hipócrita, puramente apologética, unilateral e injusta. Es decir, ganarse a los pobres, aunque, por el momento, pierda a los ricos. Pero los resultados son fatídicamente contrarios: los “pobres” reaccionan aviesamente, interpretando tales predicaciones como lecciones aprendidas de memoria, en pos de un nuevo -aunque muy camuflado- ventajismo de los curas…

 Y todo porque en eso que se dice “sociología cristiana” y “mundo social” se ha perdido el sentido de lo cristiano, aunque ciertamente se haya ganado mucho en el socialismo marxista. Se ha dejado en la penumbra la tensión cristiana del “bienaventurados los pobres” y se ha creado, artificialmente, el ambiente marxista del “trabajadores de todo el mundo: uníos para la revolución”.

 La pobreza cristiana es, ante todo, una actitud interior amasada de humildad evangélica del que usa de los bienes de la tierra sólo en la medida que le sirven para alcanzar los del cielo. Y esa pobreza pertenece, por igual, al rico y al pobre, sociológicamente. Hay tantos “ricos” que son pobres de espíritu y que han dejado, por amor de Cristo y de sus hermanos, la riquezas y el deseo de poseerlas. Y hay también tantos pobres, míseros de la tierra y celosos de la tierra que, ricos de ambición desmentida, son tanto más pobres cuanto más ambiciosos.

 La “cuestión social” - complejo y tabú al mismo tiempo de tanto evangelismo descaminado- no se ajusta, si la Iglesia no se decide a separarse netamente de esa contaminación marxista que, desde hace tanto tiempo, la aqueja y la paraliza. ¿No es uno de los rasgos característicos de la Iglesia de hoy, no es una de sus mayores aspiraciones del post-concilio, la vuelta a los valores puros, primigenios, incontaminados del Evangelio? ¿Y por qué sólo se habría de considerar contaminada una cierta clase de valores? Por ejemplo: lo sacral, lo estatal…

 Hoy no hay duda de que esa hábil fuerza de maniobra dialéctica que, en su tradición filosófica, lleva el marxismo, ha contaminado también ciertos valores cristianos. Por ejemplo, éste de la pobreza. Ha contaminado sus actitudes, haciendo que la Iglesia presente esos problemas sociológicos en un plano y terminología marxista. Con ello ha paralizado de raíz la fuerza primigenia de acción cristiana. La tensión cristiana se ha convertido en disolución marxista. A una teología equivocada de la pobreza ha sucedido una teología de la violencia. A un evangélico ministerio de servicio y sacrificio -que tanto se proclama- ha sucedido, de hecho, un evangelismo ambiguo, partidista y revolucionario.

 No es posible decir hoy con Cristo, cuando respondía a la legación enviada por Juan el Bautista y proponiendo una señal mesiánica de que el Reino estaba presente: “los pobres reciben la Buena Nueva”, ya que esos pobres son los pobres-miserables del marxismo; y esa buena nueva es el “manifiesto” de Marx.

 La caridad de Cristo urge, sí, a la Iglesia a estar con los más necesitados, con los más tristes, con los más humillados sociológicamente. Pero cuando esa caridad se pervierte de filantropía o de lucha dialéctica marxista, entonces, fácilmente se convierte en odio partidista que separa lo que Dios quiere que esté unido para felicidad –sí, felicidad- de los dos, ricos y pobres. A ambos he dicho: “Bienaventurados los pobres”.

 Mariano DE ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970

 

jueves, 28 de mayo de 2026

La Iglesia pobre y la mistificación marxista

 Artículo de 1970

 

 LA IGLESIA POBRE Y LA MISTIFICACIÓN MARXISTA

 Desde que el Concilio Vaticano II pusiera en circulación la frase “Iglesia-pobre”, confesemos que ha ido sufriendo una depreciación paulatina. Como tantas otras de esta literatura religioso-católica actual, después de una vertiginosa inflación que las ha ido convirtiendo de “tópicas” en “u-tópicas”, han empezado a causar fastidio y casi náuseas.

 Ese ha sido el singular privilegio de una literatura barata que sólo ha buscado el ruido, la tramoya y la fantasía sensacionalista: el de convertir el vocabulario más rico de contenido cristiano en un cansino oropel de relumbre de charol primero y en una escoria lamentable de arroyo después. Por ello, ¿por qué no manifestar una primera aprensión, cuando supimos que la Conferencia Episcopal española escogía este tema como objeto de sus deliberaciones para su XII Asamblea plenaria? Y sin embargo…

 Y sin embargo, el tema de la pobreza de la Iglesia ha ido siempre unido, en la historia de la Iglesia, con el sentimiento escatológico de su renovación interior perenne y con el testimonio profético de su presentación al mundo de fuera. Sólo en el testimonio vivido de su pobreza evangélica ha podido la Iglesia renovarse así misma y transformar al mundo.

 Sólo que, desde que el marxismo se adueña del tema y lo pervierte esencialmente, para hacer de los “capitalistas” a los “ricos” y de los trabajadores a los “pobres”, yo diría que el mundo moderno -aún el católico- vive el problema de la pobreza como un complejo marxista, que ha logrado desalojar el verdadero concepto cristiano. El marxismo ha realizado una tremenda simplificación, convirtiéndolo en uno de sus mitos favoritos, con los que embruja a las masas, llevándolas al paraíso ideal en el que todos serán “ricos”, haciendo falsa la afirmación de Cristo de que “pobres siempre los tendremos entre nosotros”. Pobreza, para el marxismo, es lo mismo que “trabajo”, y aún este entendido como una necesaria y dialéctica explotación del obrero.

 A esto añadió el marxismo una grande e inmensa calumnia, lanzada a la cara de la Iglesia como un puñado de lodo corrosivo: la Iglesia pertenece y es necesaria a los “ricos”. Para los “pobres” es opio que les adormece. Y lo peor es que logró crear nuevos complejos. Los obreros creyeron que, para dejar de ser pobres, debían abandonar la Iglesia, y comenzó esa inmensa defección de las masas obreras desertoras de la Iglesia. Pero también -y he aquí un hecho tremendamente curioso- los hombres de Iglesia aceptaron el reto marxista, con la posición del problema en el falso plano en que se lo colocaba el marxismo. Desde entonces -lo afirmamos conscientemente- la Iglesia se ha movido en una posición de defensiva y pura apologética frente al marxismo. Su argumentación, aun la mejor, bailaba sobre la cuerda floja; y lo hacía al son de la vieja trompetería de la Internacional. Tanta y tanta “doctrina social”, que se dice de la Iglesia, suena a falso, porque el redoble se efectúa sobre la caja de música que le ha prestado el marxismo.

 Con ello, naturalmente no vamos a negar la generosa entrega y las intenciones nobles de quienes construyeron esa que se llama “doctrina social cristiana”. Ellos han pretendido difundir siempre la caridad cristiana hacia el necesitado, en un esfuerzo, inútil e imposible de hacerse comprender por él. Pero el marxismo llevaba siempre la ventaja. Era él quien había escogido el terreno de juego. Era él quien iniciaba peligrosamente los saques. Era él quien había seleccionado las pelotas y las raquetas. La Iglesia, en cambio, había aceptado, inocentemente, un campo de combate que no era el suyo. Y había abandonado una tradición en la que únicamente podía presentar coherencia y consistencia ideológica y pragmática.No quisiéramos exagerar al decir que mucha de la así dicha “sociología cristiana”, habiendo aceptado la posición de los problemas del marxismo, tenía como inspirador a Marx.

 Y es que el concepto de pobreza cristiana no tiene nada que ver con la mistificación marxista de ese concepto. Marx ha necesitado de una contraposición violenta entre “Kapital” y “trabajo” para llegar a ese materialismo dialéctico de la historia. Y bien sabemos cómo todavía esa mística falsificada mueve a nuestro mundo. En esta mística, la “pobreza” es un estado de miseria material de bienes de la tierra, creado injustamente por el capital aliado de la religión y de la Iglesia. No es suficiente que la Iglesia grite -ya desde hace tantos años- que no quiere ser vinculada al capitalismo… que quiere entregarse al mundo de los “pobres”, si por “pobres” acepta el sentido que le da el marxismo; y los entiende como “obreros oprimidos injustamente”, como “trabajadores” dialécticamente opuestos al capitalismo… ¿qué extraño que todo suene a hueco?, ¿qué extraño que la voz de la Iglesia resuene en el desierto y que el obrerismo le siga volviendo las espaldas?

 Porque el espectáculo moderno se vuelve aburrido, a fuerza de monótono. Unos partidos “demócratas cristianos”, en los que el democraticismo acaba por engullir al cristianismo… ¿por qué? Porque los cristianos abandonaron su terreno de juego y se pasaron, con armas y bagajes, a la democracia, aceptando eso que, alegremente, se llama “juego democrático”. Unos sindicatos cristianos que aceptaron la dialéctica de lucha de los sindicatos no cristianos y que terminan por suprimir en el título y en la práctica el apelativo de cristianos, e ir codo con codo, a todas las huelgas y a todas revoluciones… ¿por qué? Porque se dejaron influir por el complejo, inducido desde fuera, desde el marxismo de los sindicatos marxistas.

 Unos curas “sociólogos”, que sólo contemplan el problema social desde la posición elegante de algún economista de Manchester o Saint Etienne, no podrán menos de gritar en el púlpito contra los “ricos” opresores… ¿por qué?-Porque en los pobres sólo contemplan la miseria que les ha descubierto la engañosa óptica marxista. Un excelente señor Obispo se entrega, con un celo pastoral laudable, a escribir largas pastorales sobre el estado sociológico de su diócesis, en que analiza minuciosamente la renta “per cápita” que, en justicia, debiera establecerse…¿por qué?-Porque fue, tal vez, educado en alguna y de economía sociología de allende los Pirineos, en que Marx ha sustituido a Cristo. Un respetabilísimo señor Cardenal de la Iglesia, que acepta un diálogo televisado con un teórico del marxismo y que, a las primeras de cambio, es llevado, con una maniobra habilísima, al terreno de su adversario, se ha encontrado desarmado, y ya todo el diálogo ha sido un juego peligroso del perro y del gato…

 ¿Para qué seguir? La pobreza de la Iglesia está despreciada, porque anda por ahí como oveja sin pastor, discurriendo extrañamente con amplias y huecas hopalandas que la titulan como cristiana; en realidad quien va debajo es un macho cabrío que es el marxismo. Es el antiguo lobo vestido con piel de oveja.

 Sólo cuando se descubra el juego falso se caerán las escamas de los ojos de ciertos inefables “sociólogos cristianos”. Pero ¿cuándo será? ¿Cuál es el verdadero concepto de pobreza cristiana y por qué, para ser cristiana, la Iglesia tiene que ser pobre?

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970

  


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domingo, 24 de mayo de 2026

La desmarxistización de las masas

 Artículo de 1968

 LA DESMARXISTIZACIÓN DE LAS MASAS

 La conocida tesis orteguiana de la rebelión de las masas ha quedado en cierto modo constituida como un hito irreversible en el campo social, en el político y en el económico, los cuales, aunque con propia personalidad no son, sin embargo, compartimentos estancos, sino que se influyen recíprocamente en uno u otro sentido. La rebelión de las masas trabajadoras, proletarias, es un hecho histórico, se dice. En un momento determinado, se rebelaron. Sin más. Y dicho fenómeno ha quedado erigido en acontecimiento indiscutible.

 Tal hecho, contemplado con esta simplicidad de conjunto, parece ser a primera vista lo que se quiere que sea. No podemos negar el éxito que ha logrado dicho planteamiento, ya que no sólo se dan hechos consumados, sino también definiciones y denominaciones con idéntico resultado, debidas a inteligencia elevadas—justo es reconocerlo así—que, precisamente por su fama científica, garantizan por descontado el triunfo de «slogans», palabras y frases propias de la publicidad política y que a nadie se le había ocurrido hasta entonces. Una de ellas es la «rebelión de las masas».

 ¿Ha habido, sin embargo, rebelión de las masas o más bien de ciertas minorías? No es ningún secreto que todas las rebeliones de la Edad Moderna tienen su origen en la Revolución Francesa, de inspiración judaica y minoritaria, y cuyo «slogan» de «igualdad, libertad y fraternidad»... pertenece, asimismo, a la Francmasonería, minoría selecta, como es bien sabido. Fue la Revolución de las Revoluciones conocidas hasta la fecha, norteamericana y soviética incluidas, gestadas todas ellas en el seno de grupos minoritarios, casi minúsculos.

 Más que rebelión de masas, ha habido y hay rebelión de minorías diestras que utilizan a las masas inertes e ignorantes. Las masas ciudadanas, industriales y campesinas sólo se mueven si las mueven... Es esta una ley política inexorable. Y tal movimiento generador subversivo sólo surge de una o unas minorías activas

e inteligentes, desprovistas de escrúpulos morales, que buscan como último objetivo vital trastocar primero y derrocar después todo orden social y político constituido que sea contrario a sus fines. Una vez conquistado el Poder, la minoría triunfadora pasará a ser de instigadora de unas masas que no le pertenecían a aherrojadora de unas masas que ya le pertenecen en esclavitud.

Se ha dicho que las masas, en un espontáneo ímpetu histórico y revolucionario, se rebelaron contra las instituciones tradicionales de Occidente—Imperio, Monarquía e Iglesia—porque aquellas masas se habían descristianizado previamente. ¿Espontáneamente y porque sí? Más bien, lo que ocurrió fue el desenlace trágico de un frío y calculado proceso de descristianización del pueblo y de destrucción sistemática de sus verdaderas instituciones representativas. Ni que decir tiene que dicho proceso de descomposición fue ganando tranquilamente terreno ante la inoperancia, la ingenuidad y la miopía de las clases dirigentes. Creemos que es una lección a aprender muy minuciosamente.

 Los últimos—y fundamentales—reductos de la cordura y del ataque fueron la unidad espiritual y política de la Europa tradicional. Las catapultas manejadas por la eterna fuerza anticristiana (el «caballo de Troya» ya hacía mucho tiempo que trotaba dentro de aquellos reductos...) fueron la Reforma protestante y las nacionalidades. Donde antes hubo una sola Iglesia, hoy hay un enjambre de sectas; donde antes hubo un Imperio unido, hay hoy una muchedumbre de nacionalidades enfrentadas unas contra otras. Ese ha sido el resultado y el triunfo—el «divide y vencerás»—no de las masas rebeldes, sino de una minoría harto conocida que revolucionó a esas masas.

 En la actualidad (1968), y desde hace más de medio siglo, las masas trabajadoras del mundo entero están marxistizadas en su casi totalidad. Están descristianizadas desde mucho tiempo antes. Son un instrumento dúctil, maleable, ciego, inerte e idóneo, utilizable por los Honorables Arquitectos y Talleres en cualquier momento, porque ni razona, ni pregunta, ni objeta: sólo obedece y ejecuta sin criterio propio lo que se le ordena. Unicamente a mentes inteligentemente retorcidas se les pudo haber ocurrido hacer ver—cosas que han conseguido cumplidamente—que son precisamente esas pobres masas engañadas las que se rebelaron, las que triunfaron y las que gobiernan los destinos del actual mundo democrático...

 ¿Cuál puede ser la solución a este pavoroso problema que tiene planteado la humanidad? En primer lugar, la desmarxistización de esas masas. Hay muchas voces que aconsejan una rotunda recristianización de las mismas. Ese es el objetivo final a cumplir, tras lo cual cesarán las actuales tensiones y renacerá una calma en los espíritus y en las naciones que permitirá lograr objetivos pacíficos y sociales de bienestar, hoy prácticamente inalcanzables con la situación y las cortas medidas habilitadas. Pero un paso previo e inevitable es un profundo proceso de desmarxistización a escala mundial que contrarreste esa conjura desarrollada a idéntica escala. Querer resolver un problema mundial, cual es el del judeo-marxismo, con soluciones locales es perder el tiempo en un fatigoso parchear que a nada definitivo conduce.

 De nada sirve ni servirá una actuación de apostolado espiritual, religioso, cerca de unas masas totalmente materializadas por el marxismo. Se impone no una directa labor misional dirigida a unos seres que han perdido por completo el instinto religioso, sino una directa labor social que les rescate de la mística marxista. En este caso procede, en primer lugar, una auténtica justicia social, a secas, sin demagogias ni paternalismos contraproducentes. Lo demás—la religión, la cultura elevada, los ideales bellos y espirituales—vendrá por añadidura. Pero después de conseguido aquello. Otra cosa será engañarnos lamentablemente.

 Es la única forma de que esa minoría fabricante de revoluciones en casas ajenas quede, de una vez para siempre, totalmente al descubierto. Las masas, educadas en la justicia y en la verdad, dejarán de prestarse al triste juego actual de «conejos de Indias» que, con repugnancia, presenciamos. Pero para conseguir tal resultado hacen falta hechos concretos, visibles, palpables, en sus beneficiosas consecuencias. De lo contrario, todo seguirá igual.

Mejor dicho, peor cada día ante el voraz apetito de almas, pueblos y riquezas de esa minoría irremplazable hasta ahora ante un Tribunal de Justicia, sea civil o militar…

 Arturo ROMERO


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968 

 

lunes, 27 de abril de 2026

Convierten a Jesucristo en el “primer marxista”…

 Artículo de 1970

 

 El Cristo de Pasolini

 “El Evangelio de San Mateo”, de Pasolini, no acaba de convencerme -no obstante sus logradas realizaciones- porque nos da un Cristo, en última instancia, demagogo, que muere fracasado. Pero este problema de una posible “demagogia” de Cristo se presenta hoy en una forma aguda, porque van ya siendo muchos quienes se preguntan seriamente si la demagogia, es decir, la violencia inspirada en las masas proletarias, pertenece a la esencia misma de la predicación del Cristo.

 Y, en la apariencia por lo menos, muchos así lo creen. Pasolini, desde luego, recortando a su gusto los textos y presentándolos en fotogramas de una indudable belleza fascinadora, no se ha ahorrado esos primeros planos de viento airado, agitando un rostro estremecido, cruzado por las velas desatadas de sus propios cabellos, mientras una voz bronca, monótona e insistente, cae implacable en tempestad flagelante sobre los grupos de harapientos beduinos del desierto. Casi llegamos a convencernos -tanto es el realismo brutal de las imágenes de la pantalla- que las palabras macabras de Caifás recobran un sentido transparente: “Os conviene que uno solo muera por el pueblo; no que todo el pueblo perezca”. Es la suerte de todos los mesianismos demagógicos. El Cristo, un demagogo judío más, engañado por las falsas esperanzas mesiánicas que entonces pululaban en la desesperada apocalíptica de su tiempo.

 No han sido Pasolini, sin embargo, ni Garaudy , ni Bloch -bien lo sabemos- los primeros en interpretar “sociológicamente” el Evangelio y en hacer de Cristo el primer marxista “avant la lettre”. Otros lo pensaron filántropo o, simplemente, humanitario. Algunos le han visto como un antiguo héroe levantándose sobre el común de los mortales: y en esto, un “inmortal”. Hoy es frecuente hacer de él un tipo único de religiosidad profunda en el que lo “divino” (¡así en abstracto!) llegó a manifestarse como nunca. 

Pero todavía más, después del escándalo editorial de los libros de Robinson y de Bonhoeffer, Cristo no es otra cosa que una manifestación del amor a los hombres. Por una inversión total de valores, mejor: por un desplazamiento absoluto de los centros de gravitación, el hombre se ha puesto en el lugar de Cristo. Y éste es interpretado solo en función del hombre. El humanismo acaba de conseguir su última y definitiva victoria: desplazamiento de la Iglesia, desplazamiento de Cristo, desplazamiento de Dios… y entronización del Hombre.

 Aceptada esta idea humanizante del Cristo, éste puede convertirse, con toda certeza, en el más violento y desatado de todos los reformadores socialistas. No hay más que seguir los procedimientos de Pasolini: leer los textos en un contexto y en una inteligencia marxista, como ha hecho no hace mucho Tierno Galván con la figura de Juan XXIII. Cristo ha sido enviado a evangelizar a los pobres. Y manda que se agrupen en torno de él a todos los oprimidos porque su carga es ligera y su yugo suave. Los pobres, desde luego, son encandilados con la esperanza mesiánica del reino. (Y esto es esencial a todo marxismo). Son benditos los que lloran, los que tienen hambre, porque serán hartos. Pero la dialéctica marxista necesita de la lucha contra “Das Kapital”. Y Cristo se presta a ello: es más difícil que se salve un rico que no que un camello pase por el ojo de una aguja.

 Es verdad que, paralelamente a esos textos, hay otros que, leídos con los mismos ojos marxistas, harían de los evangelios un amasijo de contradicciones. Porque a Pedro -que tenía la única espada del cortejo apostólico- en la necesidad más perentoria, le prohíbe usar de ella. Porque manda honrar a los que se sientan en la cátedra de Moisés. Porque paga sus tributos al César. Porque se presenta como un modelo de mansedumbre y de humildad. Porque manda perdonar a sus enemigos y condena la violencia: el que a hierro mata, a hierro muere. Porque enseña a presentar la otra mejilla al que hiere en la primera. Porque a los ricos les anima a ganarse el cielo con sus riquezas. Porque reconoce el hecho histórico de que a los pobres los tendremos siempre entre nosotros. Porque, elegido finalmente Rey mesiánico, huye de las multitudes.

 Entonces, ¿Cristo no  ha venido a resolver de veras la “cuestión social”? ¿Qué sentido tienen esos grandes documentos sociales de la Iglesia, desde León XIII a Pablo VI? Afirmamos resueltamente que ni Cristo ni la Iglesia pueden ser “leídos” no ya sólo marxísticamente, pero ni siquiera “sociológicamente”. Ni Cristo ni la Iglesia han venido a realizar “reformas sociales”, por más que, de hecho, hayan sido los grandes promotores de una sociedad verdaderamente humana.

 Hoy (1970) se proclama a todos los vientos que la Iglesia, comprometiéndose con la tierra, la política y la cuestión social, hace lo que Cristo hizo. Han surgido los Institutos Sociales, las “democracias cristianas”, los curas demagogos y contestatarios, por no hablar de los obispos que consideran como un primer deber pastoral colocarse ese yelmo de Mambrino para bajar a los pozos mineros y escribir pastorales sobre el aprovechamiento de los regadíos, el éxodo de la gente de campo a las ciudades, el salario mínimo y la fuga de capitales (…)

 Sí, totalmente extraño: hoy, la gente de Iglesia sabe demasiado de sociología, de política, de economía, de  estadística y de curandería… Nunca se había vociferado tanto este slogan: “por una Iglesia purificada de toda contaminación terrena”. Y contradictoriamente nunca la Iglesia se ha visto más comprometida tanto con la tierra.

 No parece sino que a los hombres de Iglesia les es imposible renunciar “al poder y la gloria” ¡Tan acostumbrados estaban a ello! Y lo que han perdido de tutela política ante un mundo que ellos son los primeros en declarar “maduro”, lo quieran recobrar resentidamente en otra clase de tutela “social” ante los pobres a quienes halagan demagógicamente. (…)

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970