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jueves, 28 de mayo de 2026

La Iglesia pobre y la mistificación marxista

 Artículo de 1970

 

 LA IGLESIA POBRE Y LA MISTIFICACIÓN MARXISTA

 Desde que el Concilio Vaticano II pusiera en circulación la frase “Iglesia-pobre”, confesemos que ha ido sufriendo una depreciación paulatina. Como tantas otras de esta literatura religioso-católica actual, después de una vertiginosa inflación que las ha ido convirtiendo de “tópicas” en “u-tópicas”, han empezado a causar fastidio y casi náuseas.

 Ese ha sido el singular privilegio de una literatura barata que sólo ha buscado el ruido, la tramoya y la fantasía sensacionalista: el de convertir el vocabulario más rico de contenido cristiano en un cansino oropel de relumbre de charol primero y en una escoria lamentable de arroyo después. Por ello, ¿por qué no manifestar una primera aprensión, cuando supimos que la Conferencia Episcopal española escogía este tema como objeto de sus deliberaciones para su XII Asamblea plenaria? Y sin embargo…

 Y sin embargo, el tema de la pobreza de la Iglesia ha ido siempre unido, en la historia de la Iglesia, con el sentimiento escatológico de su renovación interior perenne y con el testimonio profético de su presentación al mundo de fuera. Sólo en el testimonio vivido de su pobreza evangélica ha podido la Iglesia renovarse así misma y transformar al mundo.

 Sólo que, desde que el marxismo se adueña del tema y lo pervierte esencialmente, para hacer de los “capitalistas” a los “ricos” y de los trabajadores a los “pobres”, yo diría que el mundo moderno -aún el católico- vive el problema de la pobreza como un complejo marxista, que ha logrado desalojar el verdadero concepto cristiano. El marxismo ha realizado una tremenda simplificación, convirtiéndolo en uno de sus mitos favoritos, con los que embruja a las masas, llevándolas al paraíso ideal en el que todos serán “ricos”, haciendo falsa la afirmación de Cristo de que “pobres siempre los tendremos entre nosotros”. Pobreza, para el marxismo, es lo mismo que “trabajo”, y aún este entendido como una necesaria y dialéctica explotación del obrero.

 A esto añadió el marxismo una grande e inmensa calumnia, lanzada a la cara de la Iglesia como un puñado de lodo corrosivo: la Iglesia pertenece y es necesaria a los “ricos”. Para los “pobres” es opio que les adormece. Y lo peor es que logró crear nuevos complejos. Los obreros creyeron que, para dejar de ser pobres, debían abandonar la Iglesia, y comenzó esa inmensa defección de las masas obreras desertoras de la Iglesia. Pero también -y he aquí un hecho tremendamente curioso- los hombres de Iglesia aceptaron el reto marxista, con la posición del problema en el falso plano en que se lo colocaba el marxismo. Desde entonces -lo afirmamos conscientemente- la Iglesia se ha movido en una posición de defensiva y pura apologética frente al marxismo. Su argumentación, aun la mejor, bailaba sobre la cuerda floja; y lo hacía al son de la vieja trompetería de la Internacional. Tanta y tanta “doctrina social”, que se dice de la Iglesia, suena a falso, porque el redoble se efectúa sobre la caja de música que le ha prestado el marxismo.

 Con ello, naturalmente no vamos a negar la generosa entrega y las intenciones nobles de quienes construyeron esa que se llama “doctrina social cristiana”. Ellos han pretendido difundir siempre la caridad cristiana hacia el necesitado, en un esfuerzo, inútil e imposible de hacerse comprender por él. Pero el marxismo llevaba siempre la ventaja. Era él quien había escogido el terreno de juego. Era él quien iniciaba peligrosamente los saques. Era él quien había seleccionado las pelotas y las raquetas. La Iglesia, en cambio, había aceptado, inocentemente, un campo de combate que no era el suyo. Y había abandonado una tradición en la que únicamente podía presentar coherencia y consistencia ideológica y pragmática.No quisiéramos exagerar al decir que mucha de la así dicha “sociología cristiana”, habiendo aceptado la posición de los problemas del marxismo, tenía como inspirador a Marx.

 Y es que el concepto de pobreza cristiana no tiene nada que ver con la mistificación marxista de ese concepto. Marx ha necesitado de una contraposición violenta entre “Kapital” y “trabajo” para llegar a ese materialismo dialéctico de la historia. Y bien sabemos cómo todavía esa mística falsificada mueve a nuestro mundo. En esta mística, la “pobreza” es un estado de miseria material de bienes de la tierra, creado injustamente por el capital aliado de la religión y de la Iglesia. No es suficiente que la Iglesia grite -ya desde hace tantos años- que no quiere ser vinculada al capitalismo… que quiere entregarse al mundo de los “pobres”, si por “pobres” acepta el sentido que le da el marxismo; y los entiende como “obreros oprimidos injustamente”, como “trabajadores” dialécticamente opuestos al capitalismo… ¿qué extraño que todo suene a hueco?, ¿qué extraño que la voz de la Iglesia resuene en el desierto y que el obrerismo le siga volviendo las espaldas?

 Porque el espectáculo moderno se vuelve aburrido, a fuerza de monótono. Unos partidos “demócratas cristianos”, en los que el democraticismo acaba por engullir al cristianismo… ¿por qué? Porque los cristianos abandonaron su terreno de juego y se pasaron, con armas y bagajes, a la democracia, aceptando eso que, alegremente, se llama “juego democrático”. Unos sindicatos cristianos que aceptaron la dialéctica de lucha de los sindicatos no cristianos y que terminan por suprimir en el título y en la práctica el apelativo de cristianos, e ir codo con codo, a todas las huelgas y a todas revoluciones… ¿por qué? Porque se dejaron influir por el complejo, inducido desde fuera, desde el marxismo de los sindicatos marxistas.

 Unos curas “sociólogos”, que sólo contemplan el problema social desde la posición elegante de algún economista de Manchester o Saint Etienne, no podrán menos de gritar en el púlpito contra los “ricos” opresores… ¿por qué?-Porque en los pobres sólo contemplan la miseria que les ha descubierto la engañosa óptica marxista. Un excelente señor Obispo se entrega, con un celo pastoral laudable, a escribir largas pastorales sobre el estado sociológico de su diócesis, en que analiza minuciosamente la renta “per cápita” que, en justicia, debiera establecerse…¿por qué?-Porque fue, tal vez, educado en alguna y de economía sociología de allende los Pirineos, en que Marx ha sustituido a Cristo. Un respetabilísimo señor Cardenal de la Iglesia, que acepta un diálogo televisado con un teórico del marxismo y que, a las primeras de cambio, es llevado, con una maniobra habilísima, al terreno de su adversario, se ha encontrado desarmado, y ya todo el diálogo ha sido un juego peligroso del perro y del gato…

 ¿Para qué seguir? La pobreza de la Iglesia está despreciada, porque anda por ahí como oveja sin pastor, discurriendo extrañamente con amplias y huecas hopalandas que la titulan como cristiana; en realidad quien va debajo es un macho cabrío que es el marxismo. Es el antiguo lobo vestido con piel de oveja.

 Sólo cuando se descubra el juego falso se caerán las escamas de los ojos de ciertos inefables “sociólogos cristianos”. Pero ¿cuándo será? ¿Cuál es el verdadero concepto de pobreza cristiana y por qué, para ser cristiana, la Iglesia tiene que ser pobre?

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970

  


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domingo, 24 de mayo de 2026

La desmarxistización de las masas

 Artículo de 1968

 LA DESMARXISTIZACIÓN DE LAS MASAS

 La conocida tesis orteguiana de la rebelión de las masas ha quedado en cierto modo constituida como un hito irreversible en el campo social, en el político y en el económico, los cuales, aunque con propia personalidad no son, sin embargo, compartimentos estancos, sino que se influyen recíprocamente en uno u otro sentido. La rebelión de las masas trabajadoras, proletarias, es un hecho histórico, se dice. En un momento determinado, se rebelaron. Sin más. Y dicho fenómeno ha quedado erigido en acontecimiento indiscutible.

 Tal hecho, contemplado con esta simplicidad de conjunto, parece ser a primera vista lo que se quiere que sea. No podemos negar el éxito que ha logrado dicho planteamiento, ya que no sólo se dan hechos consumados, sino también definiciones y denominaciones con idéntico resultado, debidas a inteligencia elevadas—justo es reconocerlo así—que, precisamente por su fama científica, garantizan por descontado el triunfo de «slogans», palabras y frases propias de la publicidad política y que a nadie se le había ocurrido hasta entonces. Una de ellas es la «rebelión de las masas».

 ¿Ha habido, sin embargo, rebelión de las masas o más bien de ciertas minorías? No es ningún secreto que todas las rebeliones de la Edad Moderna tienen su origen en la Revolución Francesa, de inspiración judaica y minoritaria, y cuyo «slogan» de «igualdad, libertad y fraternidad»... pertenece, asimismo, a la Francmasonería, minoría selecta, como es bien sabido. Fue la Revolución de las Revoluciones conocidas hasta la fecha, norteamericana y soviética incluidas, gestadas todas ellas en el seno de grupos minoritarios, casi minúsculos.

 Más que rebelión de masas, ha habido y hay rebelión de minorías diestras que utilizan a las masas inertes e ignorantes. Las masas ciudadanas, industriales y campesinas sólo se mueven si las mueven... Es esta una ley política inexorable. Y tal movimiento generador subversivo sólo surge de una o unas minorías activas

e inteligentes, desprovistas de escrúpulos morales, que buscan como último objetivo vital trastocar primero y derrocar después todo orden social y político constituido que sea contrario a sus fines. Una vez conquistado el Poder, la minoría triunfadora pasará a ser de instigadora de unas masas que no le pertenecían a aherrojadora de unas masas que ya le pertenecen en esclavitud.

Se ha dicho que las masas, en un espontáneo ímpetu histórico y revolucionario, se rebelaron contra las instituciones tradicionales de Occidente—Imperio, Monarquía e Iglesia—porque aquellas masas se habían descristianizado previamente. ¿Espontáneamente y porque sí? Más bien, lo que ocurrió fue el desenlace trágico de un frío y calculado proceso de descristianización del pueblo y de destrucción sistemática de sus verdaderas instituciones representativas. Ni que decir tiene que dicho proceso de descomposición fue ganando tranquilamente terreno ante la inoperancia, la ingenuidad y la miopía de las clases dirigentes. Creemos que es una lección a aprender muy minuciosamente.

 Los últimos—y fundamentales—reductos de la cordura y del ataque fueron la unidad espiritual y política de la Europa tradicional. Las catapultas manejadas por la eterna fuerza anticristiana (el «caballo de Troya» ya hacía mucho tiempo que trotaba dentro de aquellos reductos...) fueron la Reforma protestante y las nacionalidades. Donde antes hubo una sola Iglesia, hoy hay un enjambre de sectas; donde antes hubo un Imperio unido, hay hoy una muchedumbre de nacionalidades enfrentadas unas contra otras. Ese ha sido el resultado y el triunfo—el «divide y vencerás»—no de las masas rebeldes, sino de una minoría harto conocida que revolucionó a esas masas.

 En la actualidad (1968), y desde hace más de medio siglo, las masas trabajadoras del mundo entero están marxistizadas en su casi totalidad. Están descristianizadas desde mucho tiempo antes. Son un instrumento dúctil, maleable, ciego, inerte e idóneo, utilizable por los Honorables Arquitectos y Talleres en cualquier momento, porque ni razona, ni pregunta, ni objeta: sólo obedece y ejecuta sin criterio propio lo que se le ordena. Unicamente a mentes inteligentemente retorcidas se les pudo haber ocurrido hacer ver—cosas que han conseguido cumplidamente—que son precisamente esas pobres masas engañadas las que se rebelaron, las que triunfaron y las que gobiernan los destinos del actual mundo democrático...

 ¿Cuál puede ser la solución a este pavoroso problema que tiene planteado la humanidad? En primer lugar, la desmarxistización de esas masas. Hay muchas voces que aconsejan una rotunda recristianización de las mismas. Ese es el objetivo final a cumplir, tras lo cual cesarán las actuales tensiones y renacerá una calma en los espíritus y en las naciones que permitirá lograr objetivos pacíficos y sociales de bienestar, hoy prácticamente inalcanzables con la situación y las cortas medidas habilitadas. Pero un paso previo e inevitable es un profundo proceso de desmarxistización a escala mundial que contrarreste esa conjura desarrollada a idéntica escala. Querer resolver un problema mundial, cual es el del judeo-marxismo, con soluciones locales es perder el tiempo en un fatigoso parchear que a nada definitivo conduce.

 De nada sirve ni servirá una actuación de apostolado espiritual, religioso, cerca de unas masas totalmente materializadas por el marxismo. Se impone no una directa labor misional dirigida a unos seres que han perdido por completo el instinto religioso, sino una directa labor social que les rescate de la mística marxista. En este caso procede, en primer lugar, una auténtica justicia social, a secas, sin demagogias ni paternalismos contraproducentes. Lo demás—la religión, la cultura elevada, los ideales bellos y espirituales—vendrá por añadidura. Pero después de conseguido aquello. Otra cosa será engañarnos lamentablemente.

 Es la única forma de que esa minoría fabricante de revoluciones en casas ajenas quede, de una vez para siempre, totalmente al descubierto. Las masas, educadas en la justicia y en la verdad, dejarán de prestarse al triste juego actual de «conejos de Indias» que, con repugnancia, presenciamos. Pero para conseguir tal resultado hacen falta hechos concretos, visibles, palpables, en sus beneficiosas consecuencias. De lo contrario, todo seguirá igual.

Mejor dicho, peor cada día ante el voraz apetito de almas, pueblos y riquezas de esa minoría irremplazable hasta ahora ante un Tribunal de Justicia, sea civil o militar…

 Arturo ROMERO


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968 

 

lunes, 27 de abril de 2026

Convierten a Jesucristo en el “primer marxista”…

 Artículo de 1970

 

 El Cristo de Pasolini

 “El Evangelio de San Mateo”, de Pasolini, no acaba de convencerme -no obstante sus logradas realizaciones- porque nos da un Cristo, en última instancia, demagogo, que muere fracasado. Pero este problema de una posible “demagogia” de Cristo se presenta hoy en una forma aguda, porque van ya siendo muchos quienes se preguntan seriamente si la demagogia, es decir, la violencia inspirada en las masas proletarias, pertenece a la esencia misma de la predicación del Cristo.

 Y, en la apariencia por lo menos, muchos así lo creen. Pasolini, desde luego, recortando a su gusto los textos y presentándolos en fotogramas de una indudable belleza fascinadora, no se ha ahorrado esos primeros planos de viento airado, agitando un rostro estremecido, cruzado por las velas desatadas de sus propios cabellos, mientras una voz bronca, monótona e insistente, cae implacable en tempestad flagelante sobre los grupos de harapientos beduinos del desierto. Casi llegamos a convencernos -tanto es el realismo brutal de las imágenes de la pantalla- que las palabras macabras de Caifás recobran un sentido transparente: “Os conviene que uno solo muera por el pueblo; no que todo el pueblo perezca”. Es la suerte de todos los mesianismos demagógicos. El Cristo, un demagogo judío más, engañado por las falsas esperanzas mesiánicas que entonces pululaban en la desesperada apocalíptica de su tiempo.

 No han sido Pasolini, sin embargo, ni Garaudy , ni Bloch -bien lo sabemos- los primeros en interpretar “sociológicamente” el Evangelio y en hacer de Cristo el primer marxista “avant la lettre”. Otros lo pensaron filántropo o, simplemente, humanitario. Algunos le han visto como un antiguo héroe levantándose sobre el común de los mortales: y en esto, un “inmortal”. Hoy es frecuente hacer de él un tipo único de religiosidad profunda en el que lo “divino” (¡así en abstracto!) llegó a manifestarse como nunca. 

Pero todavía más, después del escándalo editorial de los libros de Robinson y de Bonhoeffer, Cristo no es otra cosa que una manifestación del amor a los hombres. Por una inversión total de valores, mejor: por un desplazamiento absoluto de los centros de gravitación, el hombre se ha puesto en el lugar de Cristo. Y éste es interpretado solo en función del hombre. El humanismo acaba de conseguir su última y definitiva victoria: desplazamiento de la Iglesia, desplazamiento de Cristo, desplazamiento de Dios… y entronización del Hombre.

 Aceptada esta idea humanizante del Cristo, éste puede convertirse, con toda certeza, en el más violento y desatado de todos los reformadores socialistas. No hay más que seguir los procedimientos de Pasolini: leer los textos en un contexto y en una inteligencia marxista, como ha hecho no hace mucho Tierno Galván con la figura de Juan XXIII. Cristo ha sido enviado a evangelizar a los pobres. Y manda que se agrupen en torno de él a todos los oprimidos porque su carga es ligera y su yugo suave. Los pobres, desde luego, son encandilados con la esperanza mesiánica del reino. (Y esto es esencial a todo marxismo). Son benditos los que lloran, los que tienen hambre, porque serán hartos. Pero la dialéctica marxista necesita de la lucha contra “Das Kapital”. Y Cristo se presta a ello: es más difícil que se salve un rico que no que un camello pase por el ojo de una aguja.

 Es verdad que, paralelamente a esos textos, hay otros que, leídos con los mismos ojos marxistas, harían de los evangelios un amasijo de contradicciones. Porque a Pedro -que tenía la única espada del cortejo apostólico- en la necesidad más perentoria, le prohíbe usar de ella. Porque manda honrar a los que se sientan en la cátedra de Moisés. Porque paga sus tributos al César. Porque se presenta como un modelo de mansedumbre y de humildad. Porque manda perdonar a sus enemigos y condena la violencia: el que a hierro mata, a hierro muere. Porque enseña a presentar la otra mejilla al que hiere en la primera. Porque a los ricos les anima a ganarse el cielo con sus riquezas. Porque reconoce el hecho histórico de que a los pobres los tendremos siempre entre nosotros. Porque, elegido finalmente Rey mesiánico, huye de las multitudes.

 Entonces, ¿Cristo no  ha venido a resolver de veras la “cuestión social”? ¿Qué sentido tienen esos grandes documentos sociales de la Iglesia, desde León XIII a Pablo VI? Afirmamos resueltamente que ni Cristo ni la Iglesia pueden ser “leídos” no ya sólo marxísticamente, pero ni siquiera “sociológicamente”. Ni Cristo ni la Iglesia han venido a realizar “reformas sociales”, por más que, de hecho, hayan sido los grandes promotores de una sociedad verdaderamente humana.

 Hoy (1970) se proclama a todos los vientos que la Iglesia, comprometiéndose con la tierra, la política y la cuestión social, hace lo que Cristo hizo. Han surgido los Institutos Sociales, las “democracias cristianas”, los curas demagogos y contestatarios, por no hablar de los obispos que consideran como un primer deber pastoral colocarse ese yelmo de Mambrino para bajar a los pozos mineros y escribir pastorales sobre el aprovechamiento de los regadíos, el éxodo de la gente de campo a las ciudades, el salario mínimo y la fuga de capitales (…)

 Sí, totalmente extraño: hoy, la gente de Iglesia sabe demasiado de sociología, de política, de economía, de  estadística y de curandería… Nunca se había vociferado tanto este slogan: “por una Iglesia purificada de toda contaminación terrena”. Y contradictoriamente nunca la Iglesia se ha visto más comprometida tanto con la tierra.

 No parece sino que a los hombres de Iglesia les es imposible renunciar “al poder y la gloria” ¡Tan acostumbrados estaban a ello! Y lo que han perdido de tutela política ante un mundo que ellos son los primeros en declarar “maduro”, lo quieran recobrar resentidamente en otra clase de tutela “social” ante los pobres a quienes halagan demagógicamente. (…)

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970