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LA GRAN
TRAGICOMEDIA
CUANDO esta
crónica vea la luz, se habrá desarrollado la gran tragicomedia de la
«soberanía popular». Durante los días que ha durado la campaña electoral (elecciones
generales, 1979) se habrá consumado el enorme engaño para la captación de
votos del cuerpo electoral, para la que no se regateó ninguno de los ardides
ni se escamotearon los medios de que se disponían. Ninguno, absolutamente
ninguno de los partidos contendientes, trataría ni por asomo que imperase el
principio de «igualdad de oportunidades», fundamento y esencia, según
proclaman ellos, de la democracia.
Por el
contrario, el partido en el poder, gracias a que el rey puso la mirada en el
«personaje de Cebreros» (Adolfo Suárez), utilizaría al máximo posible todos
los resortes que su privilegiada situación le permite, desde los aviones y
helicópteros estatales para los desplazamientos del líder hasta el
conocimiento exclusivo de los sondeos de opinión efectuados por los órganos de
la Administración, hasta el abuso de la RTVE y de la cadena de prensa estatal
y las «cacicadas» de los subalternos locales, sin olvidar siquiera los
decretos y disposiciones de última hora orientados, en exclusiva, a ganar los
sufragios... Y los demás no escatimaron tampoco los recursos para ello,
incluidos los financieros, que, desde el exterior, les han llegado
paradójicamente para que —según dicen— el pueblo español «ejerza su
soberanía», a cuyo fin, al parecer, se necesita el Por Ramón de Tolosa dinero
ruso, alemán...
Algo
grotesco, si no fuera, como es, dramático; algo que evidencia la falta de
credibilidad de los sedicentes demócratas que no sienten el menor escrúpulo
en acudir a cualquier expediente con propósito de engañar a ese pueblo, a
quien proclaman «soberano» para que ellos sigan disfrutando del poder «del
pueblo». Pueblo manipulado, impune y descaradamente a través de todos los
procedimientos imaginables e imaginados al efecto; pueblo sometido a una
presión psicológica sin precedentes y a quien apenas se le deja respiro para
reflexionar; pueblo, en fin, a quien no se le deja oír su voz espontánea y
verdadera, sino que se le encauza por medio de las más eficaces técnicas de
«lavado de cerebro masivo» hacia las ideas, programas y personas
prefabricadas por la oligarquía de los partidos.
Porque en eso
consiste la enorme farsa de la soberanía popular, donde —como ha hecho notar
Jouvenel— «mientras proclama la soberanía del pueblo, lo requiere sólo para
la elección de los delegados que tendrán el pleno ejercicio de la misma. Los
miembros de la sociedad no son ciudadanos más que un día y súbditos cuatro
años». Y, aun así, hay que ver cuánta presión para determinar esa ciudadanía
de ese solo día que coarta en gran parte su libre decisión a través del
engaño y los refinados procedimientos de «mentalización» contemporáneos. Pero
ahí acaba la «soberanía» del ciudadano que, si comprueba el inevitable engaño
de que ha sido víctima, no puede —como se hacía en las antiguas Cortes—
revocar el mandato, que ya se han cuidado muy bien de que no sea imperativo.
Porque en lo sucesivo son ellos —los representantes parlamentarios— los
que se han de cuidar de decirnos si nos tolerarán asistir a misa; cómo hay
que instruir a nuestros hijos; si nos permitirán poseer algo, y en qué
consistirá y con qué límites; cómo se reglamentara nuestra profesión y qué
«fines de semana» nos estará permitido disfrutar a lo largo del año...
¡Y encima
tendrán la desfachatez de hacer escarnio y pregonar que los «soberanos» somos
nosotros y no ellos, que durante cuatro años regularán toda nuestra
existencia y no nos dejarán ningún margen de autonomía! Y es que, como
observaba Costa y recordaba no hace mucho Vallet de Goytisolo: «Piensan que
el pueblo es ya rey y soberano, porque han puesto en sus manos la papeleta
electoral, mientras no se reconozca además al individuo y a la familia la
libertad civil y al conjunto de individuos y de familias, el derecho
complementario de estatuir en forma de costumbres, aquella soberanía
representa un sarcasmo; representa el derecho de darse periódicamente un
amo que le dicte la ley, que le imponga su voluntad; la papeleta electoral es
el harapo de púrpura y el cetro de caña con el que se disfrazó a Cristo de
rey en el Pretorio de Pilato». Y como dice Jouvenel: «El pretendido poder del
pueblo no está ligado al pueblo más que por el cordón umbilical, muy flojo,
de las elecciones generales y. en realidad, no es más que un poder sobre el
pueblo.»
Ramón de
Tolosa
Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979
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