|
Bienaventurados
los pobres
La Conferencia Episcopal Española ha
tratado del tema “La Iglesia y la pobreza”. En una de las anteriores
colaboraciones no ocultábamos nuestros temores de que el tema, manoseado, enfermo
de un inflacionismo postconciliar, se perdiera en el vacío de unas
conferencias eruditas. Mucho más, cuando el marxismo había inoculado al
vocabulario su veneno mixtificador y mitificador. El tema, sin embargo, tiene
una raigambre cristiana que hunde sus raíces en las fuentes evangélicas.
Porque reducir marxísticamente la pobreza a
la carencia de bienes de la tierra, a la miseria, es plantear mal el problema.
Lo que hoy, en realidad, necesitamos son unas soluciones de fondo original cristiano,
únicas capaces de una vitalidad creadora. Cuando Cristo dijo “Bienaventurados
los pobres”, no lanzaba un programa social sino religioso. No pensaba, desde
luego, marxísticamente, sino “cristianamente”. Los que leen ciertas páginas
del evangelio con los ojos de una sociología al uso, traicionan su espíritu. Ciertos documentos sobre doctrina social, aun protestando abiertamente de su
carácter social-cristiano, en realidad son más sociales que cristianos. En
cambio, en esa bienaventuranza, lo mismo que en todo su mensaje, Cristo
pretende únicamente una finalidad religiosa. Y sólo marginalmente -aunque de
un modo realísimo- produce repercusiones en la sociología.
Por eso, esa bienaventuranza, en su misma
expresión, aparece contradictoria, de una ironía sangrienta y sólo sirve como
cortina de humo y opio del pueblo, para el marxista. Para el cristiano, por
el contrario, tiende a producir una tensión, que vale lo mismo para el “rico”
(sociológicamente) que para el pobre; ya que está pensada en un plano
superior religioso que comprende a ambos. De ahí que un evangelista (S. Mateo)
ofrezca la determinación de “pobres de espíritu”; y que los dos evangelistas
definan bien el concepto al decir: “reino de los cielos” ( S. Mateo) y “reino
de Dios” (S. Lucas).
El marxismo y cierta sociología cristiana verán
ahí una predicación de mansedumbre de ovejas conducidas al matadero por un
capitalismo sin entrañas. Y a la Iglesia, comprometida por muchos siglos con
ese capitalismo; predicando a los pobres la paciencia y el aguante en esta
vida, con la promesa de una recompensa en la otra… Hoy, sobre todo, esta idea
corre por los cañaverales del mundo, incendiándolos con su tea marxista y
revolucionaria. Se puede afirmar que nunca la Iglesia estuvo más comprometida,
pero ¿con quién? ¿con los pobres de Cristo o con los pobres de Marx? Porque,
cuando ciertas demagogias caen a cataratas de ciertos púlpitos, no vienen
ciertamente a desencadenar la tensión dinámica de la pobreza cristiana, sino
la revolución devastadora de la miseria marxista.
Esos curas “obreros” que bajan a los pozos
mineros para encontrar al “pobre”, ¿lo piensan como “pobre de Cristo” y
hermano en la fe, o como “pobre de Marx” y hermano en la miseria? Porque, de
hecho, estas experiencias no han logrado producir aquella inquietud cristiana
por la que el “rico” es obligado a “ganarse amigos con sus mammonas de
iniquidad”; y el pobre es advertido seriamente a serlo, antes que nada, en el
espíritu para no ambicionar lo que el ladrón roba y la polilla corroe. Al
contrario, los efectos de esos evangelistas profético-socializantes son -bien
lo sabemos- contraproducentes. De hecho, agudizan la separación entre “ricos”
y “pobres”, dividiendo cismáticamente la comunidad cristiana. De hecho,
atraen sobre la Iglesia, una vez más, la grave inculpación de introducirse solapadamente
en campo ajeno con una intención hipócrita, puramente apologética, unilateral
e injusta. Es decir, ganarse a los pobres, aunque, por el momento, pierda a los
ricos. Pero los resultados son fatídicamente contrarios: los “pobres”
reaccionan aviesamente, interpretando tales predicaciones como lecciones
aprendidas de memoria, en pos de un nuevo -aunque muy camuflado- ventajismo
de los curas…
Y todo porque en eso que se dice “sociología
cristiana” y “mundo social” se ha perdido el sentido de lo cristiano, aunque
ciertamente se haya ganado mucho en el socialismo marxista. Se ha dejado en
la penumbra la tensión cristiana del “bienaventurados los pobres” y se ha
creado, artificialmente, el ambiente marxista del “trabajadores de todo el
mundo: uníos para la revolución”.
La pobreza cristiana es, ante todo, una
actitud interior amasada de humildad evangélica del que usa de los bienes de
la tierra sólo en la medida que le sirven para alcanzar los del cielo. Y esa
pobreza pertenece, por igual, al rico y al pobre, sociológicamente. Hay
tantos “ricos” que son pobres de espíritu y que han dejado, por amor de
Cristo y de sus hermanos, la riquezas y el deseo de poseerlas. Y hay también
tantos pobres, míseros de la tierra y celosos de la tierra que, ricos de
ambición desmentida, son tanto más pobres cuanto más ambiciosos.
La “cuestión social” - complejo y tabú al
mismo tiempo de tanto evangelismo descaminado- no se ajusta, si la Iglesia no
se decide a separarse netamente de esa contaminación marxista que, desde hace
tanto tiempo, la aqueja y la paraliza. ¿No es uno de los rasgos
característicos de la Iglesia de hoy, no es una de sus mayores aspiraciones
del post-concilio, la vuelta a los valores puros, primigenios, incontaminados
del Evangelio? ¿Y por qué sólo se habría de considerar contaminada una cierta
clase de valores? Por ejemplo: lo sacral, lo estatal…
Hoy no hay duda de que esa hábil fuerza de
maniobra dialéctica que, en su tradición filosófica, lleva el marxismo, ha
contaminado también ciertos valores cristianos. Por ejemplo, éste de la
pobreza. Ha contaminado sus actitudes, haciendo que la Iglesia presente esos
problemas sociológicos en un plano y terminología marxista. Con ello ha
paralizado de raíz la fuerza primigenia de acción cristiana. La tensión
cristiana se ha convertido en disolución marxista. A una teología equivocada
de la pobreza ha sucedido una teología de la violencia. A un evangélico
ministerio de servicio y sacrificio -que tanto se proclama- ha sucedido, de
hecho, un evangelismo ambiguo, partidista y revolucionario.
No es posible decir hoy con Cristo, cuando
respondía a la legación enviada por Juan el Bautista y proponiendo una señal
mesiánica de que el Reino estaba presente: “los pobres reciben la Buena Nueva”,
ya que esos pobres son los pobres-miserables del marxismo; y esa buena nueva
es el “manifiesto” de Marx.
La caridad de Cristo urge, sí, a la Iglesia
a estar con los más necesitados, con los más tristes, con los más humillados
sociológicamente. Pero cuando esa caridad se pervierte de filantropía o de
lucha dialéctica marxista, entonces, fácilmente se convierte en odio
partidista que separa lo que Dios quiere que esté unido para felicidad –sí, felicidad-
de los dos, ricos y pobres. A ambos he dicho: “Bienaventurados los pobres”.
Mariano DE
ZARCO
Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario