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LOS SACRÍLEGOS PLANES
SECTARIOS
La conocida concesión para
que los laicos puedan administrar la Sagrada Comunión que, por las
facultades concedidas por la Santa Sede al Arzobispo de Barcelona (Marcelo González) ha confiado a los seglares, con ciertas
regulaciones, es objeto de comentarios para todos los gustos. Desde luego,
muchos han quedado estupefactos, pues si es verdad que hay caravanas en las
carreteras y en los campos de fútbol se acumulan aglomeraciones que hacen
imposible un tránsito fluido, desconocíamos
tales atropellos y muchedumbres para ir a comulgar. Lo que sí se sabe es que, como confiesa el propio prelado barcelonés,
“con motivo de las reformas litúrgicas de estos años, no siempre se ha guardado la debida
reverencia a la Sagrada Eucaristía”.
En este capítulo, se cuentan cosas horribles que suceden en Barcelona,
desconociéndose, hasta ahora, las medidas tomadas para evitar tales
escándalos.
Aparte de esta tolerancia,
que es de suponer habrá sido tomada por necesidad y con la garantía de
razones convincentes para quien la ha pedido y quien la ha concedido, a este
propósito, queremos recordar algunos extremos que no hay que echar en saco
roto, aunque sea bajo otros aspectos.
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Es cosa cierta que la
masonería tiene planes de infiltración dentro de la legislación católica,
para dominarla y prostituirla. Nos basta hojear el famoso libro “Les
infiltrations maçonniques dans l’Eglise” al de docenas y docenas de
prelados. Transcribimos varias de las instrucciones secretas de la Alta Venta
de los Carbonarios:
“Lo que nosotros debemos
demandar, ante todo, lo que nosotros debemos tratar de alcanzar, como los
judíos esperan el Mesías, es un Papa según nuestras necesidades” (Nubius a Volpe,3
abril 1844)
“Se cargan nuestras
espaldas con un pesado fardo, mi querido Volpe; nosotros debemos llegar con
pequeños medios bien graduados, aun cuando maldefinidos, al triunfo de la Revolución por el Papa”.
Las Instrucciones Secretas dicen
también:
“El Papa, cualquiera que
sea, no vendrá jamás a las sociedades secretas: corresponde a las sociedades
secretas dar el primer paso hacia la Iglesia, a fin de vencer a los dos (Papa
e Iglesia). El trabajo que vamos a emprender no es obra de un día ni, puede,
que de un siglo; mas en nuestras filas el soldado muere y el combate continúa.
Nosotros no pretendemos ganar Papas para nuestra causa, hacerlos neófitos de
nuestros principios, propagadores de nuestras ideas. Este sería un ensueño
ridículo y de cualquier manera que giren los acontecimientos, aunque
cardenales o prelados, por ejemplo se inicien por plena voluntad o por
sorpresa en una parte de nuestros secretos, no es, en absoluto, un motivo
para desear su elevación a la Sede de Pedro. Esta elevación nos perdería. La
ambición, únicamente, les ha conducido a la apostasía, la necesidad de Poder
les forzaría a inmolarnos”.
“Para asegurarnos un Papa
con las proporciones exigidas, se trata, primeramente, de elaborarle una
generación digna del reino que nosotros soñamos.
Dejad de lado la vejez y
la edad madura; id a la juventud y, si es posible, hasta la infancia. Es a la
juventud donde resulta necesario ir; es ella la que nosotros debemos
arrastrar sin que lo sospeche, bajo la bandera de las sociedades secretas. Para
avanzar a pasos contados en esta vía peligrosa, pero segura, dos cosas son
necesarias. Vosotros debéis tener un aire de sencillos como las palomas pero
seréis prudentes como la serpiente… No tengáis jamás, ante la juventud, una
palabra de impiedad o de impureza; una vez establecida vuestra reputación en
los colegios, en los institutos, en las universidades y en los seminarios;
una vez que vosotros hayáis captado la confianza de profesores y estudiantes,
haced que aquéllos que entren en la milicia clerical sientan el deseo de
buscar vuestra conversación…
Esta reputación dará
acceso a nuestras doctrinas al joven clero así como al fondo de los conventos.
Dentro de algunos años, este joven clero, por la fuerza de las circunstancias
habrá invadido todas las funciones: él gobernará, él administrará, él juzgará,
él formará el consejo del Soberano, él será llamado a elegir al Pontífice que
debe reinar y este Pontífice, como la mayor parte de sus contemporáneos, estará
imbuido de los principios italianos y humanitarios que nosotros vamos a
empezar a poner en circulación… Que
el clero marche bajo vuestro estandarte creyendo siempre marchar bajo la
bandera de las llaves apostólicas.
Tended vuestras redes como
Simón-Barjona; y tendedlas en el fondo de las sacristías, de los seminarios y de los conventos, mejor que en el fondo
del mar y, si vosotros no precipitáis nada, nosotros os prometemos una pesca más milagrosa
que la suya… Vosotros pescaréis una Revolución en
tiara y capa, marchando tras la cruz y la bandera. Una revolución que sólo necesitará ser muy poco aguijoneada para
prender fuego a los cuatro costados del mundo. (…) Ellos se persuadirán de
que el cristianismo es una doctrina esencialmente democrática”.
Ataques a la Eucaristía
Por si fueran poco
significativos los textos reproducidos, queremos recordar lo que Pierre Virion
escribe en su famoso libro “La Iglesia
y la Masonería” sobre cómo las sectas, particularmente siguiendo lo que
había proyectado el apóstata ex sacerdote francés Roca, descubren su odio a
la Eucaristía. Pierre Virion demuestra cómo los antiguos planes se están
realizando con este comentario:
“Constituye un
entristecedor espectáculo ver la creciente falta de respeto por la Eucaristía,
sacramento de nuestro amor y de nuestra vida. Las irreverencias demasiado
frecuentes de que es objeto, los casos más dolorosos en los cuales el propio
sacerdote duda de la presencia real, atestiguan la existencia de una ola anti-eucarística
que persiste -que persistirá aún- a pesar de las admirables palabras de Pablo
VI sobre el Mysterium Fidei de la consagración. No hace falta decir que el “mysterium iniquitatis” presenta una oposición
particular”.
El mal procede de que: “para
los modernistas, los sacramentos son puros signos o símbolos (Pascendi) y se agrava
con toda la cosmo-mística contemporánea. En el ex canónigo Roca, traductor en
lenguaje religioso y casi eclesiástico de la doctrina panteísta de las sectas
(especialmente el gnosticismo y simbolismo) el misterio de la Eucaristía,
como hemos visto, no es una asunción de la naturaleza humana en la persona
divina, sino una inoculación de lo divino en lo humano. (…) Así es como unas
masas de hombres experimentan esa influencia a pesar suyo, por caminos morales
y por unas operaciones secretas que, en los ritos de la Iglesia, están admirablemente
simbolizadas por las ceremonias del Bautismo, de la Eucaristía y de los otros
sacramentos”. (“Glorioso Centenario, pág. 537)
No hablemos aquí del sentido
de las “operaciones secretas” que encubren al iniciatismo; detengámonos en el
simbolismo. La Eucaristía, considerada como rito no sería más que un símbolo y,
considerada como la realidad cosmológica que significa, sería la presencia
del Cristo Cósmico, del Cristo-humanidad en todos.
La transubstanciación, por
tanto, no sería en realidad más que presencia de Cristo en lo humano. La
civilización ascendente (o descendente), cualquiera que sea, la corriente de
la historia y de las comunicaciones humanas extendidas, intensificadas al
máximo, se convertirían en “Comunión”. Sería una especie de Cristogénesis
basada en la evolución.
Para el P. Teilhard de Chardin,
cuyo lenguaje es tan a menudo paralelo al de las sectas, su mítica “Eucaristización”
es un fenómeno mediante el cual Cristo se asimila a la humanidad y, a través
de ella, al Universo; la transustanciación que diviniza al universo prolonga
su Encarnación. El verbo se inserta así en el elemento cósmico. Admitamos que
Teilhard atribuye un carácter secundario a esos fenómenos que afluyen para él
de la consagración. Sin embargo, observemos que, si bien la andadura es
dialécticamente inversa en relación con la de lex canónigo Roca, la
consecuencia es muy semejante a la de éste, puesto que la presencia
individual e inmediata del Cuerpo de Cristo en la hostia por una “conversio
mirabilis et singularis” (Concilio de Trento) y la presencia creadora
universal de Dios en la creación no están claramente distinguidas. En
consecuencia, se deduce la posibilidad de una comunión cósmica, de la cual
sería símbolo la transustanciación.
El adorable sacramento queda
así contrapesado por la idea de la comunión de los hombres entre ellos, considerada
como verdadera comunión en el “Cristo-Espíritu-Social”. El ex canónigo Roca
añade:
“Esa comunión sustituye a
la comunión sacramental y puede ocurrir que la transustanciación se opere en
ellos más rápidamente que en los llamados cristianos de la fórmula seca y de
la letra muerta, tal como enseña el abate Chevroton, profesor de Dogma de la
facultad de Besançon y director del gran seminario de aquella ciudad en su
docta obra que lleva por título “La comunión universal por transustanciación”.
He aquí lo que yo llamo teología trascendental positiva, racional y realista.
Los teólogos del futuro no elaborarán otra”. (Glorioso Centenario, pág. 537)
Estremece, por tanto,
encontrar en unas publicaciones católicas (Le Lien, Dreux, febrero de 1965)
afirmaciones en el sentido de que se impone el “diálogo” para “llegar a una
comunicación universal”. Dando por sentado que no exista una mala intención,
cabe preguntarse si no nos encontramos en presencia de mentes intoxicadas,
sin darse cuenta por la Cristología cósmica, después de haber puesto en
duda el relato de San Pablo (Lamentabili, 45). El modernismo, inspirado en
más de un punto por las sectas va directamente contra la Eucaristía (La Iglesia y la Masonería, págs.
179-182)
Más facilidades para los
sacrilegios
Ya sabíamos de antiguas
monstruosidades y del odio demoníaco contra la Eucaristía. Durante mi
estancia en Buenos Aires, en el diario “La Prensa” de aquella capital, del 28
de marzo de 1964, se insertaba esta noticia, entonces casi increíble: “En
el local de la Masonería Argentina, calle Cangallo 1242, se efectuó, con
motivo del Jueves Santo, la tradicional cena mística, que rememora la última
de Jesús. La reunión contó con la presencia del gran maestre, doctor
Bartolomé Fiorini, y la asistencia de muchos miembros y fue presidida por el gran
comendador, doctor Alberto J.Mazziotti”. La noticia corrió con gran
revuelo en aquel entonces. Recuerdo un valiente artículo de mi gran amigo y
colega Manuel A. Gondra, parangonando lo sucedido con una verdadera misa
negra. Escándalo comparable al que se promovió cuando el canciller y
secretario general del Obispado de Avellaneda, padre José Benesch, pronunció
una charla en el templo de la Gran Logia de la Masonería Argentina. La
indignación fue tremenda, pues los católicos se dieron cuenta de que había
sacerdotes calificados que tenían entrada amistosa en las logias. Y la
historia -que no solo es pasado, sino presente que dentro de muy poco será
pasado- nos habla de jerarquías eclesiásticas muy encumbradas
pertenecientes a la masonería.(…)
El lector no se sorprenderá
de nuestra afirmación sobre la realidad histórica de prelados que han
pertenecido a la masonería. Sin ir más lejos, en nuestro pasado siglo
XIX, se consideran masones el cardenal Borbón, que fue presidente del Consejo
de Estado y Primado de España, con su tan conocida carta defendiendo a los
masones, dirigida a Pío VII; el obispo Torres Amat, el rabioso autor de “Cartas
a Irénico”; el obispo Castrillo, auxiliar de Madrid; el obispo Menchoacán, procesado
por masón y varios otros. Conocidos masones eran los canónigos Llorente,
Miñano, Reinoso, Hermosilla, Martínez Marina, Blanco y Muñoz Torrero y Espiga,
ex presidentes de las Cortes propuesto para las mitras de Guadix y de Sevilla…
Estos curas escandalizaron la
fe del pueblo español, similarmente como en nuestros días el “teólogo” Juan
Llopis que, en “La Vanguardia” de Barcelona del pasado 14 de julio, ha
estampado esta blasfemia: “Me duele tener que confesar que, aunque fue
instituida por Jesús para dar testimonio de Él, la Iglesia, por culpa de
todos, se ha convertido más que en un instrumento, en obstáculo y pantalla. No
hemos sabido descubrir el verdadero sentido de Cristo. Se ha fallado en lo
fundamental. Desde muy antiguo no hemos sabido dar pruebas de un humanismo
positivo. La Iglesia, entonces, se ha presentado como una institución más,
desfigurando la persona del Señor”.
(…) Seguramente que si Hans Kung
lee lo que dice su discípulo Juan Llopis se sentirá satisfecho. Pero hurgando
la historia, se pueden encontrar consignas muy anteriores a Hans Kung, que
todas las apariencias son que se están realizando y que del secreto de las
logias han pasado a la luz pública de los hechos (…)
Jaime TARRAGÓ
Revista FUERZA NUEVA, nº190, 29-Ago-1970
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