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España
volvió a entrar en el sorteo
(...) El término “nacionalidades”
recogido en la Constitución y al que, sin duda, hacen referencia los partidos
nacionalistas, representa un atentado claro, rotundo y tajante contra la
unidad indisoluble de España. Dicho en otras palabras: no hay tales partidos
nacionalistas, sino, para llamar a las cosas por su nombre, separatismo más o
menos encubierto.
Otro
apariencia tiene el regionalismo. Si se trata de exaltar la rica
multiplicidad de las regiones, bien está; la descentralización administrativa
es no sólo de justicia, sino de necesidad. Pero mucho me temo que tras el
regionalismo se esconda el nacionalismo, es decir, el separatismo. Y ninguna
duda puede caber en cuanto a que el separatismo está en contra de España:
dicho en otras palabras, es antiespañol. De ahí el título de estas líneas y
su valor de síntesis.
Pero aún hay
que aclarar otra cosa a este respecto: cuando decimos que el separatismo y el
regionalismo (tal como ahora se entiende) son antiespañoles, no queremos
significar que sean “antiestatales”. Porque una cosa es España y otra el
Estado en que la comunidad se constituye. Esta precisión es importante,
porque el hecho de que estos grupos estén representados en el Parlamento
español y mantengan -por el momento- relaciones de subordinación respecto al
poder central, sólo indica que toleran al Estado español: es decir, la forma
política. El fondo, la esencia de España nada tiene que ver con la forma que,
según parece, van a imponerle cada cuatro años las urnas y las papeletas.
Y ésta es
otra característica de la democracia liberal que nos ha tocado padecer. En
cualquier sitio “normal”, la renovación del Parlamento o el cambio del Gobierno
no repercute en el edificio estatal. Sin embargo, aquí, cualquiera de
estos sucesos trae consigo la variación de los cimientos -principios- que
informan el Estado, aun cuando sea el mismo partido el que obtenga la mayoría,
dado que no podemos considerar la Constitución, debido a su ambigüedad,
como el principio que informa el Estado. Así es que, en definitiva, será el
programa electoral del partido vencedor -en caso de que se cumpla, claro- el
que dé forma externa a nuestra patria. ¡Buen porvenir nos espera,
camaradas!
Conste que
todo esto no es una divagación sin sentido, sino un razonamiento -que trato
sea lógico- para demostrar que la aceptación del Estado por los partidos
separatistas no puede ser utilizada como prueba de que no son antiespañoles,
aunque las corrientes liberales de opinión traten de identificar España (la
patria, la nación, como unidad de destino en lo universal) y el Estado
español (la forma, lo accesorio, lo meramente adjetivo en el discurso
histórico). (…)
Rafael C.
ESTREMERA
Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979
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