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viernes, 4 de septiembre de 2026

España en permanente proceso constituyente

 Artículo de 1979

 España volvió a entrar en el sorteo

 (...) El término “nacionalidades” recogido en la Constitución y al que, sin duda, hacen referencia los partidos nacionalistas, representa un atentado claro, rotundo y tajante contra la unidad indisoluble de España. Dicho en otras palabras: no hay tales partidos nacionalistas, sino, para llamar a las cosas por su nombre, separatismo más o menos encubierto.

 Otro apariencia tiene el regionalismo. Si se trata de exaltar la rica multiplicidad de las regiones, bien está; la descentralización administrativa es no sólo de justicia, sino de necesidad. Pero mucho me temo que tras el regionalismo se esconda el nacionalismo, es decir, el separatismo. Y ninguna duda puede caber en cuanto a que el separatismo está en contra de España: dicho en otras palabras, es antiespañol. De ahí el título de estas líneas y su valor de síntesis.

 Pero aún hay que aclarar otra cosa a este respecto: cuando decimos que el separatismo y el regionalismo (tal como ahora se entiende) son antiespañoles, no queremos significar que sean “antiestatales”. Porque una cosa es España y otra el Estado en que la comunidad se constituye. Esta precisión es importante, porque el hecho de que estos grupos estén representados en el Parlamento español y mantengan -por el momento- relaciones de subordinación respecto al poder central, sólo indica que toleran al Estado español: es decir, la forma política. El fondo, la esencia de España nada tiene que ver con la forma que, según parece, van a imponerle cada cuatro años las urnas y las papeletas.

 Y ésta es otra característica de la democracia liberal que nos ha tocado padecer. En cualquier sitio “normal”, la renovación del Parlamento o el cambio del Gobierno no repercute en el edificio estatal. Sin embargo, aquí, cualquiera de estos sucesos trae consigo la variación de los cimientos -principios- que informan el Estado, aun cuando sea el mismo partido el que obtenga la mayoría, dado que no podemos considerar la Constitución, debido a su ambigüedad, como el principio que informa el Estado. Así es que, en definitiva, será el programa electoral del partido vencedor -en caso de que se cumpla, claro- el que dé forma externa a nuestra patria. ¡Buen porvenir nos espera, camaradas!

 Conste que todo esto no es una divagación sin sentido, sino un razonamiento -que trato sea lógico- para demostrar que la aceptación del Estado por los partidos separatistas no puede ser utilizada como prueba de que no son antiespañoles, aunque las corrientes liberales de opinión traten de identificar España (la patria, la nación, como unidad de destino en lo universal) y el Estado español (la forma, lo accesorio, lo meramente adjetivo en el discurso histórico). (…)

 Rafael C. ESTREMERA


Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979

 

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