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SINRAZÓN
DEL SEPARATISMO
España es el primer pueblo que despierta al
mañana de Europa y a la conciencia de Occidente.
La unidad nacional francesa, casi
contemporánea de la española, fue mucho más forzada y sin ese elemento de
cohesión heroica que supone la Reconquista. La Reconquista no sólo creaba un
anhelo de engrandecimiento nacional sino que también desplazaba, hacia el Sur,
a muchas gentes del Norte. Siglos más tarde, el progreso industrial de
Cataluña, las Vascongadas y Asturias impone un movimiento a la inversa (emigración)
que cruza y entrecruza las sangres y los pensamientos de todos los pueblos
ibéricos.
Cuando en España se produce el feliz
acontecimiento de la unidad nacional, persistirán Clanes en las Islas
Británicas, Ciudades-Estado en Italia y Principados en Alemania. A mi modo de
ver, la gloriosa realidad precursora de los pueblos ibéricos se inspira en
nuestra abierta oposición a la agonía feudal; oposición nutrida en una
tradición universalista, que luego seguirán e imitarán todos los pueblos de
Europa.
Es lógico que el Derecho político y
administrativo común lograra, por su plural y humanista dinamismo, el
desplazamiento de los fueros. No hubo sensibles rupturas, por cuanto la
conciencia de la Monarquía nacional superaba a todas luces la inercia del
feudalismo: la Monarquía implicaba justicia y grandeza y, por tanto, apoyo y
esperanza populares.
Ha existido y existe una españolización
espontánea. La generalidad de los pueblos ibéricos ha aceptado un Poder
Central mucho más justo -casi siempre- que los desafueros propios del Medievo.
Han asimilado, de muy buen grado, una lengua común de cultura que sirve de
instrumento de expresión a todos los españoles, que se universalizó con las 20
Españas de América y que es y debe ser perfectamente compatible con todas las
lenguas de la Hispanidad: desde el docto catalán de Lulio, Ausías March y
Maragall, hasta el acento precolombino de las lenguas indias.
La libre expresión nacional sancionada por
los pueblos ibéricos armoniza la sinfonía de nuestras comunidades regionales.
Se eligió libremente, por denominador común, el acento y talante de Castilla,
directa descendiente de la milenaria Celtiberia que ya fue maestra en
fusionar a los nerviosos iberos con los equilibrados celtas. La integración
posee una dilatada tradición histórica -y subhistórica- de la que carece el
separatismo: integrar es tan hermoso como suicida el dividir.
La fusión sentimental de la Patria es una
realidad aplastante. Castilla no es una Prusia española. El pobre y áspero centro
sólo, por convicción, podía escindir la ubérrima Periferia. Darse será
siempre la mejor manera de recibir.
La unidad española tiene lugar por la
concurrencia de determinadas facultades espirituales y una singular visión
radical de la vida, que, de manera impensada y con la mera biología del
insistematismo político, aceptan y hacen muy suya la generalidad de los
pueblos ibéricos. Es una verdadera pena que los extranjeros aprecien, mucho
mejor que nosotros, esa compacta y monolítica homogeneidad espiritual de los
españoles. He podido comprobar –yo, que siempre fui castellano en Cataluña y
catalán en Castilla- que es muy parecido el viejo orgullo ibérico de estas
dos grandes comunidades nacionales. Y que los hombres de España se pueden
separar por sus vicios en la misma medida que se pueden unir por sus virtudes.
Ciertamente no son virtudes ni la intransigencia castellana ni la cerrazón
catalana; el que no transige se cierra y el que se cierra no transige.
La unidad española es fruto de todos los
españoles. No podemos aceptar el supuesto histórico de que Fernando el
Católico fue absorbido por la recia personalidad castellana de la Reina
Isabel. Todos los historiadores del tiempo del gran Rey Fernando y, luego,
Gracián, ofrecen una visión muy
precisa del talento político de este Rey para que la leyenda desplace al rigor
histórico. La unidad española es una empresa común de los reyes y de los
pueblos de España.
La unidad española no puedo ser impuesta
por los labradores, pastores y comerciantes del Centro, habitantes ayer y hoy,
todavía, de pequeñas ciudades, villas y pueblos, cuya pobreza y falta de
recursos salta a la vista si se compara con la prepotencia de los núcleos
demográficos de la periferia española. La unidad española se produce en el
espíritu de los pueblos ibéricos a través de la convicción y de una
perspectiva de la esperanza en oposición a la moribundia feudal.
Es muy difícil deslindar lo que Castilla
aporta la Periferia y lo que la Periferia aporta al Castilla. Los instrumentos
de unión pueden ordenarse así:
1º- Impera en todos los pueblos ibéricos
una persuasión espiritual que, de manera voluntaria, unifica el pensamiento
de nuestras comunidades. El hombre del Centro asimila las corrientes de la Periferia,
del mismo modo que el hombre de la Periferia asimila las corrientes del Centro.
2º- Se acepta un idioma común, como
elemento conveniente y necesario al desarrollo general del país. Y ese idioma
no se impone por la vía política sino que se extrae de la vida práctica.
3º- Surge, de modo espontáneo, un tono
medio de vida que dibuja la sociedad española.
Castilla es unificadora, pero la unidad
nacional cristaliza de propia manera, mediante el concurso de todos los
pueblos ibéricos. En la Era Moderna, en la que todos los pueblos se aglutinan
para formar los grandes Estados, Castilla aporta al valioso instrumento de la
Convicción Nacional. De no existir realmente el imperativo categórico de esta
convicción, jamás el pobre páramo del Centro hubiera podido unificar la
ubérrima Arcadia de la Periferia. El insistematismo político -tan
representativo del milenario espíritu celtibérico- ha creado la unidad
española sin sistemas ni programas y sí movido por el humanista dinamismo de
la intuición general del país, que incidía en una misma perspectiva nacional
en la que lo universalista desplazaba a lo comarcal y la grandeza de la Monarquía
a lo anémico del fuero.
Es posible que influyera una promoción de
grandes humanistas: Cervantes, Quevedo, Lópe, Calderón, Tirso, pero la
españolización es otra de obra de todos los españoles, no sólo de los
castellanos que son una parte del todo.
El concepto de América también influye
decisivamente en la unificación de los pueblos ibéricos. Y tanto es así que,
cuando se pierde el concepto de América, se flagela el sentimiento de la unidad
nacional. Si, en un principio, la Reconquista fue un vehículo de homogeneidad
nacional, el Descubrimiento de América,
después, universaliza el destino español y contribuye a vigorizar la unidad
entre los hombres y las tierras de España.
Así como en el pueblo español existe una
constante histórica de unidad nacional y destino universalista, no existe (1970)
una genuina tradición separatista. Lo único que puede alentar -de una manera
larvada- son los gérmenes suicidas de una agonía feudal. Buena prueba de ello
es la pugna antañona que media entre casi todos los pueblos colindantes. Sobre
estos resortes, en apariencia tan leves, obra y maniobra, con habilidad, el morbo
separatista.
No hay ni puede haber una verdadera
tradición separatista, ya que el separatismo se produce, siempre, por brotes
minoritarios que oscilan de la derecha a la izquierda y de la izquierda a la
derecha, sin lograr jamás homogeneidades compactas. Un buen ejemplo de esta
falta de homogeneidad y de estas asombrosas oscilaciones la tenemos en el
Partido Carlista Vasco que si, en un principio, defendió a ultranza los
fueros, es, hoy (1970), acérrimo defensor de unidad patriótica de
España, lo que ciertamente es una evolución que le honra.
Los dirigentes y los creadores del
separatismo catalán, como los del vasco, fueron hombres de tipo conservador.
Y en el tiempo de esos creadores y fundadores, los izquierdistas (unionistas)
fueron los defensores de la unidad nacional española. Después se produjo un
cambio radical, y los partidos de extrema izquierda (a excepción de la CNT) pasan
a las filas separatistas, mientras que los conservadores representan la
unidad nacional. Esta falta y carencia de continuidad y homogeneidad revela
que no existe una auténtica tradición separatista. El separatismo sólo priva
merced al influjo de minorías suicidas, minorías, tan oscilantes como sus
propias convicciones de derecho o de izquierda, y cuya única convicción es el
asesinato de la Patria.
El separatista -desde que Prat de la Riba “se
quitó la careta” y atacó ya a los españoles de los tiempos de los Reyes
Católicos- se unirá indistintamente a las izquierdas o a las derechas, al
creyente o al ateo, al blanco o al negro, por cuanto su única y real trayectoria
es la de asestar ataques a la unidad nacional por las rendijas de más cómoda
y rápida filtración e infiltración. La
Historia nos demuestra que, cuando “están en candelero” los marxistas, el
separatismo es marxista y que, cuando, gracias a Dios, reina el sentido
cristiano de la vida, el separatista puede incluso vestir sotana.
Ricardo HORCAJADA
Revista FUERZA NUEVA, nº191, 5-Sep-1970
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