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lunes, 12 de enero de 2026

Celibato sacerdotal (4): el fondo del problema

 Artículo de 1970

 

  CELIBATO SACERDOTAL: EL FONDO DEL PROBLEMA

 En este oleaje periodístico en que el tema del celibato clerical ha sido tan violentamente zarandeado, existía -por parte siempre de los conocidos grupos progresistas de presión sobre la opinión de la Iglesia postconciliar- el interés innegable de romper la tradición católica en un punto al que instintivamente se aferraba. Las defecciones, las dispensas, las encuestas; los pretendidos argumentos sociológicos y teológicos: todo ha sido puesto en juego hoy como nunca para lograr una desorientación de la fina sensibilidad católica en este punto delicado. Pero intentemos ver claro en el fondo del problema.

En sus declaraciones a “La Croix”, el cardenal Daniélou decía: “cuando un cuerpo está enfermo, existen dos soluciones: o dejarle perecer o restituirle la salud. Ahora bien; nadie puede negar que la cuestión del celibato en su contexto actual está ligado a una crisis de fe y a una crisis de la vida espiritual. La verdadera respuesta a la crisis de la vida sacerdotal es la de Pablo VI cuando afirma que la renovación del sacerdocio va unida al redescubrimiento por los sacerdotes del valor eminente del celibato consagrado. El celibato sacerdotal ha estado siempre, en la historia de la Iglesia, en relación con el ardor de la fe, con el impulso de la vida espiritual. Y la problematización del celibato ha estado siempre relacionada con la debilitación de la fe y de la vida espiritual. ¡Qué lamentable ejemplo daría el sacerdote en un momento en que los fieles tienen que luchar valientemente para mantener su fidelidad a la fe en la vida cristiana, si él se dejara llevar a una tal defección!”

 Crisis de celibato, pues, es crisis de fe y crisis de espiritualidad en la Iglesia. Pero, ¿en qué puntos? El cardenal Bensch lo señalaba así: “la petición de disociar sacerdocio y celibato, que ha sido formulada de manera particularmente explícita -aunque no por primera vez- con ocasión de la 5ª sesión del Concilio pastoral, ha atraído casi exclusivamente el interés de la opinión pública sobre la cuestión del celibato. Pero toda la preparación de los trabajos del Concilio pastoral muestra hasta la evidencia que existe una “asociación” entre su posición sobre el celibato y sus concepciones sobre la institución, las estructuras y la misión de la Iglesia, sin hablar de los dogmas, el sacramento del orden y otros sacramentos, concepciones todas que están muy lejos de las enseñanzas del Vaticano II”.

 Es decir, que el escándalo holandés sobre el celibato se presenta en un contexto dogmático sumamente peligroso. Por ejemplo, sobre la colegialidad, el informe preparatorio no deja lugar a dudas: “Quizás tengamos que acostumbrarnos paulatinamente una imagen del Papa como de presidente o secretario general de todas las iglesias unidas por todo el mundo, manteniendo vivo el contacto con otras figuras similares en las demás iglesias cristianas y movimientos humanos de nivel mundial”.

 El cardenal Danielou ha puesto al descubierto la maniobra diciendo: “Vemos aparecer la maniobra que consistiría en levantar contra Pablo VI la colegialidad episcopal. Ciertos llamamientos han sido dirigidos hábilmente a los episcopados del mundo para solidarizarse con el episcopado holandés. Por ahí se intenta quebrantar la autoridad del Papa, ejercer sobre ella un chantaje y, finalmente, suprimirla. Lo que hay en el fondo de todas estas campañas sucesivas es, finalmente, el odio contra la autoridad de Roma”.

 Pero -todavía más- si se quiere advertir el contexto más próximo en que surge y se explica la crisis del celibato sacerdotal, hay que ir a buscarla en el clima general de secularización que invade como riada incontenible a la Iglesia. No nos referimos ahora a la secularización naturalista que afecta a la crisis más amplia de fe y sobrenaturalismo, sino a esa concepción difusa que hace de la Iglesia Católica una sociedad filantrópica de socorros mutuos para el Tercer Mundo; o la nueva “Internacional” socialista de defensa del mundo obrero; o la panacea universal de la Paz; o la oficina de la prosperidad humana: o, en fin, el lugar donde la humanidad encontrará el paraíso marxista en la tierra. 

Esto influye en la secularización del sacerdote: fuera el hábito clerical; amputaciones litúrgicas; sacerdote sociólogo y demagogo; sacerdotes obreros, entregados a la edificación de la Ciudad Secular; sacerdotes encuadrados en todos los estamentos seculares como un ciudadano más y -última consecuencia- sacerdotes casados, como todo el mundo…

 Schonenberg, en su intervención en el sínodo pastoral holandés, se refería a que la ponencia desatendía la trascendencia propia del ministerio católico. Y el cardenal Bengsch explica: “Un ministerio sacerdotal que ante todo es mirado en función de las normas de las profesiones sociales modernas; una misión de la Iglesia que es vista exclusivamente como una ayuda de la expansión personal del hombre, no pueden, evidentemente, más que hacer desaparecer el “non-sense” del celibato sacerdotal. Mis temores, que comparto con muchos creyentes, no se refieren sólo, o ante todo, a la supresión del celibato: el peligro concreto que yo temo es que el mensaje de Cristo no sea totalmente vaciado de su contenido y laicizado”.

 Pero -respondía Pablo VI- todas esas razones “sociológicas” no parecen convincentes. Parecen omitir en realidad una consideración fundamental y esencial que es necesario absolutamente no olvidar y que es de orden sobrenatural: son una desviación de la concepción auténtica del sacerdocio. El fondo, pues, del problema parece que hay que encuadrarlo en tres círculos cada vez más interiores, pero íntimamente dependientes: la crisis amplia de fe, otra más interior, de Iglesia, y una específica de sacerdocio. Y esta crisis -concluye el cardenal Bengsch- no podría ser resuelta, ni en Holanda ni en ninguna parte, por la supresión del celibato. Como lo muestra la experiencia de otras Iglesias, este medio no podrá remediar la falta de sacerdotes.

 Si esto es así, parece inútil, contraproducente o sumamente peligrosa, hasta esa concesión en torno a la posibilidad de ordenación de sujetos probos, ya casados. Pablo VI no ha ocultado sus graves reservas sobre este punto: “¿No sería en efecto –dice- entre otras razones, una ilusión muy peligrosa el creer que tal cambio en la disciplina tradicional, podría, en la práctica, limitarse a casos locales de verdadera y extrema necesidad? ¿No sería, para nosotros, una tentación para buscar por ahí una respuesta aparentemente más fácil a la insuficiencia actual de vocaciones? 

De todos modos, las consecuencias serían tan graves y plantearían cuestiones tan nuevas para la vida de la Iglesia, que, dado el caso, deberían ser de antemano examinadas atentamente por nuestros hermanos en el episcopado…”. Guitton, contrario a esa solución, decía -citando una respuesta de un seminarista-: “Pero, si dentro de diez años existieran sacerdotes casados, nosotros tendremos necesidad de un heroísmo todavía mayor”. E, igualmente, haciendo hablar al pueblo fiel: “¿Dónde vamos a parar, si, después de haber introducido el matrimonio de los sacerdotes, fuera necesario hablar un día del divorcio de los sacerdotes?”.

 Verdaderamente, la palabra de Newman al sacerdote de hoy, en este tiempo de crisis de fe y de Iglesia, es definitiva: “¿Qué has arriesgado tú por la fe? ¿No eres tú, en verdad, como los demás?” Porque, hoy, los laicos del “pueblo de Dios” una sola cosa pedimos al sacerdote: que sea el “homo Dei” paulino. Que nos dé el testimonio de su sacerdocio consagrado a Cristo y a su Iglesia.

 Mariano DE ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº 175, 16-May-1970

 

martes, 23 de diciembre de 2025

Celibato sacerdotal (3) : El escándalo holandés

 Artículo de 1970 

 Celibato sacerdotal : El escándalo holandés

 Parecía que la estupenda encíclica “Sacerdotalís coelibatus” iba a terminar definitivamente con todas las incomprensibles rebeldías que en torno al celibato clerical se habían manifestado de un modo tan audaz e irreverente. Pero los hechos inmediatos probaron lo contrario. Fue mal recibida y encontró fuerte oposición en los medios progresistas de siempre. El Papa -se decía- había procedido solitariamente sin consultar ni a los episcopados, y sin entrar en diálogo con los interesados, los mismos sacerdotes; el principio de colegialidad (entendido a su modo) había sido letra muerta. La cuestión seguía, pues, tan viva como antes. La cuestión vino a agravarse con circunstancias todavía más escandalosas: la encíclica “Humanae vitae” y el lastimoso asunto del Catecismo holandés.

 En este ambiente de rebeldía e indisciplina se comprende lo sucedido en la quinta sesión del Sínodo holandés de Noordwijkerhout, del 4 al 7 de enero de 1970. Una carta del Papa al Episcopado, de fecha 24 de diciembre de 1969, pero hecha pública sólo el 13 de enero siguiente, advertía paternalmente, pero con claridad, a los obispos holandeses que el informe-proyecto -ya permitido por los mismos obispos- iba todavía a poner a discusión temas ya decididos por la Santa Sede y, lo que es más, por el mismo Concilio Vaticano II. El episcopado holandés no cede, sin embargo; y casi no podemos concebir como el cardenal Alfrink pudo decir en su discurso de apertura que el Papa seguía el curso del Sínodo con sus oraciones… El nuncio, naturalmente, se niega a asistir por los mismos motivos; se van a poner en discusión temas ya decididos por la autoridad superior. ¿Qué concepto de autoridad superior tienen los señores obispos de Holanda? En tiempos no muy lejanos esto hubiera ocasionado las más severas medidas disciplinarias por parte de la Santa Sede. Hoy… ¿Qué está sucediendo -se pregunta obviamente el cristiano medio- en la Iglesia para que tamaños escándalos puedan “reproducirse”?

 El Sínodo holandés, contra todo y contra todos, tiene sus sesiones sin cambiar el orden del día. En vano ya el cardenal Alfrink intenta detener la marcha con su diplomático discurso inaugural. Es inútil todo, porque, a pesar de sus reservas en torno a la guarda de la propia responsabilidad y autoridad, el Episcopado holandés mismo es el que crea los hechos consumados que luego le arrastrarán fatídicamente. Efectivamente, de las cinco proposiciones aprobadas por masiva mayoría sobre el celibato, las cuatro primeras deshacen totalmente la disciplina tan solemnemente proclamada por el Vaticano II y por Pablo VI; y la quinta es una auténtica conminación enguantada dirigida al mismo Episcopado para que no se demore en ponerlas en práctica. El Episcopado, naturalmente, no votó; pero, de nuevo, ante el hecho consumado que él mismo se ha creado, ¿qué hacer?; dar  ejemplo de autoridad pastoral y declarar inválidas las votaciones? Pero, entonces, ¿dónde hubiera estado el tan decantado sentido del diálogo entre jerarquía y laicado?

 La tragedia llega por fin. El comunicado del día 21 de enero (¡dos semanas de angustias y de forcejeos con Roma!) puede, sí, sincerarse de la situación compleja en la que se encuentran los obispos; puede, igualmente, cubrir las apariencias, poniendo por delante las situaciones -que se afirman gratuitamente “semejantes” de otros países-… la verdad es que finalmente se acepta el resultado de las votaciones; y que, ya con un “nuevo hecho consumado” se tiene -¡ahora sí y, antes no!- la indelicadeza, la falta contra la colegialidad universal de presentarse -de quererse presentar- a un “diálogo con Roma”…

 Y todo esto envuelto en un concepto de colegialidad “horizontal” ciertamente erróneo, con el que se pretende dar estado de derecho, y aun sustancia teológica a los hechos más escandalosos de la actual indisciplina en la Iglesia, por parte de algunos obispos mismos. Por ejemplo, el cardenal Alfrink, el día 11 de enero -es decir, en el intervalo trágico- hace una interviú al diario milanés “Il Giorno”, en el que, evidentemente ya, muestra que está decidido a aprobar las decisiones del Sínodo. Pero, ¿puede un obispo de la “Catholica” manifestarse de este modo, enfrente de lo ya decidido por el Papa? Es claro, pues, que lo que se pretendía era un hecho consumado, un hecho-punta que pusiera a Roma entre la espada y la pared. El secretariado de la Conferencia Holandesa, en su declaración conjunta con el Secretariado del Sínodo, y en funciones de interpretación auténtica, lo dice con la claridad a la que no se han atrevido los obispos mismos: “por lo que se refiere al celibato, la conferencia de los obispos holandeses se obliga a conformar su línea de conducta pastoral a las recomendaciones del Concilio Pastoral. La aplicación de esta línea de conducta deberá ser realizada en común con el Papa y con los otros obispos”. Esta declaración es sorprendente por el hecho de que los obispos holandeses se juzgan más obligados con su pueblo que con el Papa. Con éste van a tratar, y desde un concepto de colegialidad errado, no ya el mismo hecho, sino el modo de aplicación. Esto es inaudito y será objeto del espanto de la historia de la Iglesia contemporánea.

 Ante esta posición, verdaderamente irritante, de la pequeña Iglesia “en” Holanda, la reacción ha sido clara y contundente entre los demás Episcopados: fuertes declaraciones en contra de los cardenales Journet, Bengsch, Danielou y Marty; cartas abiertas de obispos ilustres al cardenal Alfrink: Madrid, Sigüenza (para no hablar de la carta sibilina del señor obispo de Huelva); muchas conferencias nacionales y regionales: Francia, España, Suiza, Italia, países africanos, obispos belgas, valones, EEUU. Ha habido excepciones lastimosas: Suenens y Plourde, presidente de la Conferencia canadiense. Pero el cardenal de Berlín, Bengsch, mostraba todo el fondo del problema cuando advertía que toda la cuestión del celibato había sido encuadrada en un contexto de ideas subversivas sobre el sacerdocio, sobre el orden y sobre la Iglesia, que no podrían ser aceptadas por una comunidad de fe católica. Mucho menos cuando esta comunidad “da la impresión de querer reducir cada vez más los lazos de fidelidad y de obediencia que unen a todo obispo y a todo sacerdote al Sumo Pontífice a una relación consultativa, que no comporta compromiso alguno”.

 También la reacción del Papa ha sido esta vez decisiva: la carta al secretario de Estado muestra toda la amarga desilusión ante un Episcopado y una Iglesia hacia la que Pablo VI había demostrado toda la comprensión posible. Reafirmando de nuevo la disciplina eclesiástica tradicional, hace una alusión a la posibilidad de examinar en el futuro la conveniencia de ordenar a sujetos ya casados en circunstancias especiales; por más que el Papa no deje de formular serias reservas sobre esta posibilidad.

 Pero la resaca continúa… y tendremos que ocuparnos todavía de este asunto. Ahí está la carta de los 146 sacerdotes de Madrid como contrapartida a la carta del sr. arzobispo Morcillo; ahí la otra carta abierta del grupo alemán de la BRD; ahí el grupo progresista argentino; ahí también el grupo de teólogos romanos de Settegiorni… ¿Por qué no decirlo abiertamente? ¿Dónde está el fondo de la cuestión y por qué no plantearla con toda sinceridad? Intentaremos hacerlo en la próxima y última colaboración.

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 174, 9-May-1970 

 

viernes, 5 de diciembre de 2025

Celibato sacerdotal (2)

 

 CELIBATO SACERDOTAL: TODA UNA ESPIRITUALIDAD

 En los años que inmediatamente proceden al Concilio Vaticano II, había ya comenzado una campaña para abolir el celibato sacerdotal, en ciertos ambientes eclesiásticos. En las proximidades del Concilio, esa campaña se acentúa en forma de cartas abiertas patéticas dirigidas a Juan XXIII. Este Papa, repetidas veces, y no obstante el dolor que le causaban, reafirma su propósito de que el Concilio nada cambiaría en este punto.

 Sin embargo, ya en el Concilio, algo empieza a moverse. Se abre la discusión en torno a la institución del Diaconado permanente; y se introduce la cuestión de si debe ir unida al celibato. Y las opiniones se dividen. Hay quien piensa que esa sería la brecha por donde se introduciría el enemigo. En efecto, cuando se llega a la discusión del esquema sobre la formación del clero (octubre, 1965), una carta de Pablo VI al cardenal Tisserant, leída en el Concilio, conjura un evidente peligro: que se ponga a discusión un punto indiscutible. Por ello, el Papa corta toda posibilidad y avoca a sí aquel punto delicado. El Concilio sólo llega a admitir la posibilidad de ordenación de diáconos, en especiales circunstancias, de sujetos casados, excluyendo toda posibilidad de sacerdotes casados. Los Decretos sobre los Presbíteros y la formación del Clero reafirman vigorosamente la doctrina tradicional.

 Algo, sin embargo, de extraño y de malsano flotaba en el ambiente: con los decretos conciliares se había cerrado el paso a tantas ilusorias esperanzas… Estas, con todo, renacían en virtud de no sé qué extraños propósitos: la praxis de concesiones y dispensas se había hecho extremadamente laxa. Y esto, lejos de favorecer lo establecido por el Concilio, parecía hacer tabla rasa de su misma letra. Con ello viene un período en que las defecciones aumentan de un modo alarmante. Y no hay que decir que una terrible iniciativa parece tomar la delantera: los hechos consumados obligarían a Roma a revisar sus rigurosas posiciones. Pablo VI cree ya necesario poner término a tantas especulaciones y promulga su encíclica “Sacerdotalis celibatus” del 24 de junio de 1967. Vale la pena que nos demos cuenta exacta de sus líneas fundamentales en su primera parte, ya que la segunda va dirigida a la formación del joven clero.

 No obstante la transformación cultural y técnica de nuestro tiempo -comienza diciendo la encíclica- la Iglesia sigue estimando como nunca el celibato. Y esto, por más que algunos se inclinen o -por hablar con más verdad-, “expresen una decidida voluntad de que la Iglesia revise esta disciplina, que les parece difícil y hasta imposible en nuestros días” (n.1). Esto perturba la conciencia católica, y nos obliga -dice el Papa- a llevar a efecto lo que prometimos al Concilio y que fue ya sancionado por él: confirmar el celibato. Hemos reflexionado mucho sobre las razones que muchos estudios modernos proponen para revisar esta disciplina (n.4). Por ejemplo: que Cristo propone un celibato libre y elige para apóstoles a hombres casados. Que las razones que urgían a la Iglesia primitiva hoy no urgen. ¿Por qué no distinguir, por lo demás, entre quienes aspiran a sólo el sacerdocio y los que, además, quieren permanecer célibes? (n.7). No hay por qué temer -se añade- que al matrimonio de los sacerdotes se sigan mayores males, ya que también pueden dar ejemplo de familias modelo. Pero, en fin -se acentúa- ¿no se trata de algo contrario a la naturaleza que viene a disminuir el valor de la persona? (n.10). Los jóvenes seminaristas, una vez metidos en el sistema colegial de pedagogía impersonal, aceptan la ley del celibato sin saber lo que hacen (n.11).

 Estas y otras dificultades oponen quienes no acaban de comprender -añade el Papa- el “don de Dios”. Pero a ellas oponemos, ante todo, los innumerables ejemplos -hechos vivientes- de los santos, siempre válidos; y, también hay que decirlo, la inmensa mayoría de los sacerdotes que hoy guardan sus sagrados compromisos. Creemos pues -concluye el Papa- que hay que mantener la unión entre sacerdocio y celibato para honra de aquel; aunque a algunos les sea concedido el segundo sin el primero, la Iglesia sigue pensando que el primero debe seguir sustentando al segundo. Hecha esta introducción, he aquí ahora las ideas maestras de la primera parte.

 Es cierto que no es la misma naturaleza del sacerdocio la que exige el celibato; pero la Iglesia, bajo el Espíritu de Dios, ha juzgado que es sumamente conveniente, y quiere mantener la unión. Las conveniencias son múltiples y han sido siempre vistas por toda la tradición cristiana; hoy, con todo, se nos aparecen con nueva luz (n.18). Por lo demás, el sacerdocio es un misterio que debe ser contemplado desde la fe; sin que por ello, claro está, tenga que sufrir el valor auténtico del matrimonio. Porque está el ejemplo de Cristo, quien une en sí eminentemente la virginidad y el sacerdocio para entregarse sacerdotalmente a los hombres; están sus llamadas evangélicas. Esto ha llevado a sus ministros a una dedicación tal a su seguimiento que excluía las solicitudes naturales del matrimonio (n.23). De este modo, el celibato aparecía sobre todo como “signo y estímulo de la caridad hacia Cristo y hacia los hermanos”. El sacerdote se muestra así entregado a Cristo y a las cosas santas; y no la carne y a la sangre; y goza de la libertad interior y exterior para entregarse plenamente a su ministerio espiritual y a la oración (n. 27 y 28). De este modo su ministerio es eficaz; cumple la difícil ascesis del sacrificio, y da el testimonio del Reino por venir en la resurrección.

 Toda esta doctrina, vivida siempre en la tradición, ha sido mantenida -añade el Papa- por nuestros inmediatos antecesores; por los Concilios, tanto en Oriente como en Occidente; este estado, pues, de cosas, actual, no significa en modo alguno que la Iglesia quiera hoy cambiar lo que admitió siempre. Lo acaba de proclamar solemnemente el Vaticano II; y son precisamente nuestros días los que más necesitan de esta santa disciplina (n.46). Hasta no importaría que descendiera el número de los sacerdotes por ello –lo que por otra parte no es cierto- el Señor mandaría operarios a su viña; y la Iglesia no abandonaría su misión.

 Pero los mismos hechos nos dicen que no es la supresión del celibato el camino verdadero para poner remedio a la falta de sacerdotes (n.49). Ni por ello la Iglesia va a entregarse menos al mundo. Todo lo contrario. La Iglesia sabe que el joven sólo se entrega a los grandes ideales; sabiendo que es la gracia de Cristo la que le sostiene. Debe, sí, conocer las dificultades y saber superarlas; pero es inicuo afirmar que el celibato va contra la naturaleza y que minusvalora al sacerdote, cuando es el mismo Cristo, el hombre perfecto, quien invita a ello; cuando es esa santa institución la que ha obtenido los mayores bienes para la humanidad. El mismo sacerdote, dominando sus apetitos naturales, no los desprecia, sino que los ordena haciéndose superior a sí mismo; y si pospone un bien tan grande como es el matrimonio, esto lo hace solamente para adherirse a un Bien mayor que todos los demás bienes (n.56). Es cierto, sí, que todos estamos obligados a dar testimonio; pero el sacerdote, con su celibato consagrado, da el supremo. No negamos que el sacerdote parece encerrarse en una cierta soledad; pero es él quien debe poblarla con la presencia y amistad de Cristo; y por su entrega al ministerio es él quien debe encontrar en Cristo el amigo de todas las horas, de alegría y de tristeza (n.59).

 He ahí este nuevo y magnífico documento, bien actual, bien meditado, bien cargado de toda la sabiduría sobrenatural de que sólo es portadora la Iglesia. ¿Cómo -volvemos a preguntarnos- ha podido suceder que este documento venerable haya sido tan mal recibido por elementos destacados en ciertas regiones de la Iglesia…?

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 173 ,2-May-1970

 

martes, 25 de noviembre de 2025

Celibato sacerdotal (1)

 

 Celibato sacerdotal: toda una tradición 

 El problema del celibato sacerdotal es hoy una cuestión viva y seguirá siéndolo todavía por mucho tiempo. Se ha dicho ya que esta cuestión se ha convertido morbosamente en el best-seller de la publicidad, no tanto por las circunstancias humanas y hasta dramáticas en que nuestro tiempo ambienta artificialmente todo lo que puede referirse al sexo; cuanto, sobre todo, porque afecta a un grupo sociológico hoy ascendido a la cumbre de la notoriedad y, contradictoriamente, descendido a los más bajos niveles del menosprecio. Si el tema del sacerdocio es hoy noticia, el tema del celibato se ha vuelto “codicia” de morbosas y curiosas informaciones. En una serie de breves y claras colaboraciones nos proponemos presentar el problema desde sus varias vertientes históricas y teológicas. Sólo al final podríamos darnos cuenta en la naturaleza de este grave asunto eclesial, sin dejarnos llevar de sensacionalismos vocingleros.

 El celibato sacerdotal es un estado al que, por motivos superiores, se obligan libremente quienes desean recibir las órdenes sagradas. Implica, en primer lugar, la continencia perfecta; y solo después, como una consecuencia, la exclusión del matrimonio. No es, por tanto, lo primero, el poderse o no casar, o el estar o no ya casado. El elemento principal que siempre ha distinguido al celibato sacerdotal ha sido aquella consagración por la que el sacerdote se entrega a Cristo por amor suyo, aceptando la continencia perfecta como estado de vida.

 Cuando Cristo ordena sacerdotes a sus apóstoles, muchos de éstos eran casados:¿quién nos asegura que ya desde entonces no guardaron continencia perfecta o por lo menos no empezaron a sentir las exigencias de una consagración que les conducía a esa elevada cima? Porque, aun al modo suyo, insinuativo y libre, las palabras y sobre todo el ejemplo de Cristo, marcaban una orientación bien clara: habría unos eunucos por amor del reino de los cielos; y San Pablo, por su parte, acentuaba el clima de tensión consecratoria, cuando manifestaba el deseo de que todos fueran como él; y proponiendo la doctrina de la virginidad cristiana a los Corintios para poderse entregar plenamente al Señor.

 Claro está que, ni las palabras de Cristo, ni las de San Pablo relacionan expresamente continencia y sacerdocio; pero, ¿a quién mejor que al ministro sagrado se podían aplicar? Y si el ejemplo de Cristo atraía, ¿a quién mejor que a sus ministros, y por las mismas razones? Queremos decir: es cierto que el celibato no va unido necesariamente al sacerdocio, pero existe una exigencia teológica y espiritual en el sacerdocio que lleva irremisiblemente a una consagración tal, que sólo puede cumplirse de hecho en el estado célibe. Las epístolas paulinas (1 Tim. 3,2; 3,12; Tit. 1,6) nos descubren ya una tendencia hacia la continencia de los sacerdotes que, poco a poco, y como exigencia radical, va a conducir hasta la actual disciplina de la Iglesia.

 Las necesidades de la Iglesia primitiva llevaron, pues, a la ordenación de sujetos casados; pero muy pronto se les exigió la continencia. Las pruebas históricas de una praxis obligatoria las tenemos ya desde el siglo III; y precisamente al principio del siglo IV, en el Concilio español de Elvira (a. 305), un canon sanciona la continencia perfecta de los clérigos; y su transgresión lleva fuertes penitencias y la exclusión del Estado clerical. Los Papas, desde San Siricio (384-399), mantienen la ley, fomentando ya la praxis de la ordenación de jóvenes que se comprometen a la continencia.

 Así se llega a esa época oscura y triste “pre-gregoriana”, en que a la situación del celibato sigue la decadencia general de toda la Iglesia. Ese fue un periodo en el que se pudo pensar -como pasa hoy- que la situación de hecho era irreversible. Pero los grandes reformadores de la época gregoriana no lo juzgaron así. Con el resurgir de la Iglesia surgió, también, el celibato clerical con nuevo vigor, preparando aquel florecimiento de la Iglesia de los siglos XII y XIII. Entretanto, los Concilios de reforma, como el de Basilea, siguen manteniendo la ley del celibato. Con ello se llega a la época de la revolución protestante.

 Como reacción contra el protestantismo -que negaba el Sacramento del Orden y suprimía por lo tanto el celibato de sus “ministros”- y, sobre todo, como un fuerte motivo de verdadera reforma “in capite et in membris”, el Concilio Tridentino sanciona dos puntos: la reafirmación de la disciplina tradicional del celibato, y la fundación de los Seminarios para la educación de los candidatos al sacerdocio, que se han de consagrar a perpetua continencia. Con esta medida, la ordenación de sujetos casados desaparece totalmente, para dar lugar a jóvenes generaciones de sacerdotes que van a ser la gloria de la Iglesia. De este modo, es verdad, parece destacar el celibato más en relación con el matrimonio; pero nunca debe olvidarse que el elemento principal, en la historia de esta disciplina, no ha sido la exclusión del estado matrimonial sino la dedicación al sacerdocio como consagración de vida.

 Desde el Concilio de Trento hasta nuestros días, la ley del celibato ha sido, en diversas ocasiones, puesta a discusión; pero nunca en el interior de la Iglesia. Han sido siempre diferentes movimientos heréticos y cismáticos, sobre todo de carácter nacionalista, quienes han intentado en vano a hacerla desaparecer (…). La Santa Sede declaraba solemnemente que: “nunca llegaría a suceder que la Santa Sede Apostólica no solo aboliera, pero ni siquiera mitigase en nada esta ley santísima y muy saludable del celibato eclesiástico.

 ¿Cómo y por qué se ha podido llegar a esta situación actual de asombro, de peligro, de escándalo, de amenaza, para muchos casi fatídica, de esta tradición venerable de la Iglesia?

 Mariano de ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº172, 25-Abr-1970