Buscar este blog

martes, 23 de diciembre de 2025

Celibato sacerdotal (3) : El escándalo holandés

 Artículo de 1970 

 Celibato sacerdotal : El escándalo holandés

 Parecía que la estupenda encíclica “Sacerdotalís coelibatus” iba a terminar definitivamente con todas las incomprensibles rebeldías que en torno al celibato clerical se habían manifestado de un modo tan audaz e irreverente. Pero los hechos inmediatos probaron lo contrario. Fue mal recibida y encontró fuerte oposición en los medios progresistas de siempre. El Papa -se decía- había procedido solitariamente sin consultar ni a los episcopados, y sin entrar en diálogo con los interesados, los mismos sacerdotes; el principio de colegialidad (entendido a su modo) había sido letra muerta. La cuestión seguía, pues, tan viva como antes. La cuestión vino a agravarse con circunstancias todavía más escandalosas: la encíclica “Humanae vitae” y el lastimoso asunto del Catecismo holandés.

 En este ambiente de rebeldía e indisciplina se comprende lo sucedido en la quinta sesión del Sínodo holandés de Noordwijkerhout, del 4 al 7 de enero de 1970. Una carta del Papa al Episcopado, de fecha 24 de diciembre de 1969, pero hecha pública sólo el 13 de enero siguiente, advertía paternalmente, pero con claridad, a los obispos holandeses que el informe-proyecto -ya permitido por los mismos obispos- iba todavía a poner a discusión temas ya decididos por la Santa Sede y, lo que es más, por el mismo Concilio Vaticano II. El episcopado holandés no cede, sin embargo; y casi no podemos concebir como el cardenal Alfrink pudo decir en su discurso de apertura que el Papa seguía el curso del Sínodo con sus oraciones… El nuncio, naturalmente, se niega a asistir por los mismos motivos; se van a poner en discusión temas ya decididos por la autoridad superior. ¿Qué concepto de autoridad superior tienen los señores obispos de Holanda? En tiempos no muy lejanos esto hubiera ocasionado las más severas medidas disciplinarias por parte de la Santa Sede. Hoy… ¿Qué está sucediendo -se pregunta obviamente el cristiano medio- en la Iglesia para que tamaños escándalos puedan “reproducirse”?

 El Sínodo holandés, contra todo y contra todos, tiene sus sesiones sin cambiar el orden del día. En vano ya el cardenal Alfrink intenta detener la marcha con su diplomático discurso inaugural. Es inútil todo, porque, a pesar de sus reservas en torno a la guarda de la propia responsabilidad y autoridad, el Episcopado holandés mismo es el que crea los hechos consumados que luego le arrastrarán fatídicamente. Efectivamente, de las cinco proposiciones aprobadas por masiva mayoría sobre el celibato, las cuatro primeras deshacen totalmente la disciplina tan solemnemente proclamada por el Vaticano II y por Pablo VI; y la quinta es una auténtica conminación enguantada dirigida al mismo Episcopado para que no se demore en ponerlas en práctica. El Episcopado, naturalmente, no votó; pero, de nuevo, ante el hecho consumado que él mismo se ha creado, ¿qué hacer?; dar  ejemplo de autoridad pastoral y declarar inválidas las votaciones? Pero, entonces, ¿dónde hubiera estado el tan decantado sentido del diálogo entre jerarquía y laicado?

 La tragedia llega por fin. El comunicado del día 21 de enero (¡dos semanas de angustias y de forcejeos con Roma!) puede, sí, sincerarse de la situación compleja en la que se encuentran los obispos; puede, igualmente, cubrir las apariencias, poniendo por delante las situaciones -que se afirman gratuitamente “semejantes” de otros países-… la verdad es que finalmente se acepta el resultado de las votaciones; y que, ya con un “nuevo hecho consumado” se tiene -¡ahora sí y, antes no!- la indelicadeza, la falta contra la colegialidad universal de presentarse -de quererse presentar- a un “diálogo con Roma”…

 Y todo esto envuelto en un concepto de colegialidad “horizontal” ciertamente erróneo, con el que se pretende dar estado de derecho, y aun sustancia teológica a los hechos más escandalosos de la actual indisciplina en la Iglesia, por parte de algunos obispos mismos. Por ejemplo, el cardenal Alfrink, el día 11 de enero -es decir, en el intervalo trágico- hace una interviú al diario milanés “Il Giorno”, en el que, evidentemente ya, muestra que está decidido a aprobar las decisiones del Sínodo. Pero, ¿puede un obispo de la “Catholica” manifestarse de este modo, enfrente de lo ya decidido por el Papa? Es claro, pues, que lo que se pretendía era un hecho consumado, un hecho-punta que pusiera a Roma entre la espada y la pared. El secretariado de la Conferencia Holandesa, en su declaración conjunta con el Secretariado del Sínodo, y en funciones de interpretación auténtica, lo dice con la claridad a la que no se han atrevido los obispos mismos: “por lo que se refiere al celibato, la conferencia de los obispos holandeses se obliga a conformar su línea de conducta pastoral a las recomendaciones del Concilio Pastoral. La aplicación de esta línea de conducta deberá ser realizada en común con el Papa y con los otros obispos”. Esta declaración es sorprendente por el hecho de que los obispos holandeses se juzgan más obligados con su pueblo que con el Papa. Con éste van a tratar, y desde un concepto de colegialidad errado, no ya el mismo hecho, sino el modo de aplicación. Esto es inaudito y será objeto del espanto de la historia de la Iglesia contemporánea.

 Ante esta posición, verdaderamente irritante, de la pequeña Iglesia “en” Holanda, la reacción ha sido clara y contundente entre los demás Episcopados: fuertes declaraciones en contra de los cardenales Journet, Bengsch, Danielou y Marty; cartas abiertas de obispos ilustres al cardenal Alfrink: Madrid, Sigüenza (para no hablar de la carta sibilina del señor obispo de Huelva); muchas conferencias nacionales y regionales: Francia, España, Suiza, Italia, países africanos, obispos belgas, valones, EEUU. Ha habido excepciones lastimosas: Suenens y Plourde, presidente de la Conferencia canadiense. Pero el cardenal de Berlín, Bengsch, mostraba todo el fondo del problema cuando advertía que toda la cuestión del celibato había sido encuadrada en un contexto de ideas subversivas sobre el sacerdocio, sobre el orden y sobre la Iglesia, que no podrían ser aceptadas por una comunidad de fe católica. Mucho menos cuando esta comunidad “da la impresión de querer reducir cada vez más los lazos de fidelidad y de obediencia que unen a todo obispo y a todo sacerdote al Sumo Pontífice a una relación consultativa, que no comporta compromiso alguno”.

 También la reacción del Papa ha sido esta vez decisiva: la carta al secretario de Estado muestra toda la amarga desilusión ante un Episcopado y una Iglesia hacia la que Pablo VI había demostrado toda la comprensión posible. Reafirmando de nuevo la disciplina eclesiástica tradicional, hace una alusión a la posibilidad de examinar en el futuro la conveniencia de ordenar a sujetos ya casados en circunstancias especiales; por más que el Papa no deje de formular serias reservas sobre esta posibilidad.

 Pero la resaca continúa… y tendremos que ocuparnos todavía de este asunto. Ahí está la carta de los 146 sacerdotes de Madrid como contrapartida a la carta del sr. arzobispo Morcillo; ahí la otra carta abierta del grupo alemán de la BRD; ahí el grupo progresista argentino; ahí también el grupo de teólogos romanos de Settegiorni… ¿Por qué no decirlo abiertamente? ¿Dónde está el fondo de la cuestión y por qué no plantearla con toda sinceridad? Intentaremos hacerlo en la próxima y última colaboración.

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 174, 9-May-1970 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario