|
Celibato
sacerdotal : El escándalo holandés
Parecía que la estupenda encíclica “Sacerdotalís
coelibatus” iba a terminar definitivamente con todas las incomprensibles
rebeldías que en torno al celibato clerical se habían manifestado de un modo
tan audaz e irreverente. Pero los hechos inmediatos probaron lo contrario. Fue
mal recibida y encontró fuerte oposición en los medios progresistas de
siempre. El Papa -se decía- había procedido solitariamente sin consultar ni a
los episcopados, y sin entrar en diálogo con los interesados, los mismos
sacerdotes; el principio de colegialidad (entendido a su modo) había sido letra
muerta. La cuestión seguía, pues, tan viva como antes. La cuestión vino a agravarse
con circunstancias todavía más escandalosas: la encíclica “Humanae vitae” y
el lastimoso asunto del Catecismo holandés.
En este ambiente de rebeldía e indisciplina
se comprende lo sucedido en la quinta sesión del Sínodo holandés de
Noordwijkerhout, del 4 al 7 de enero de 1970. Una carta del Papa al Episcopado,
de fecha 24 de diciembre de 1969, pero hecha pública sólo el 13 de enero
siguiente, advertía paternalmente, pero con claridad, a los obispos
holandeses que el informe-proyecto -ya permitido por los mismos obispos- iba
todavía a poner a discusión temas ya decididos por la Santa Sede y, lo que es
más, por el mismo Concilio Vaticano II. El episcopado holandés no cede, sin
embargo; y casi no podemos concebir como el cardenal Alfrink pudo decir en su
discurso de apertura que el Papa seguía el curso del Sínodo con sus oraciones…
El nuncio, naturalmente, se niega a asistir por los mismos motivos; se van a
poner en discusión temas ya decididos por la autoridad superior. ¿Qué
concepto de autoridad superior tienen los señores obispos de Holanda? En
tiempos no muy lejanos esto hubiera ocasionado las más severas medidas
disciplinarias por parte de la Santa Sede. Hoy… ¿Qué está sucediendo -se
pregunta obviamente el cristiano medio- en la Iglesia para que tamaños
escándalos puedan “reproducirse”?
El Sínodo holandés, contra todo y contra
todos, tiene sus sesiones sin cambiar el orden del día. En vano ya el
cardenal Alfrink intenta detener la marcha con su diplomático discurso inaugural.
Es inútil todo, porque, a pesar de sus reservas en torno a la guarda de la
propia responsabilidad y autoridad, el Episcopado holandés mismo es el que
crea los hechos consumados que luego le arrastrarán fatídicamente. Efectivamente,
de las cinco proposiciones aprobadas por masiva mayoría sobre el celibato,
las cuatro primeras deshacen totalmente la disciplina tan solemnemente
proclamada por el Vaticano II y por Pablo VI; y la quinta es una auténtica conminación
enguantada dirigida al mismo Episcopado para que no se demore en ponerlas en
práctica. El Episcopado, naturalmente, no votó; pero, de nuevo, ante el hecho
consumado que él mismo se ha creado, ¿qué hacer?; dar ejemplo de autoridad pastoral y declarar inválidas
las votaciones? Pero, entonces, ¿dónde hubiera estado el tan decantado
sentido del diálogo entre jerarquía y laicado?
La tragedia llega por fin. El comunicado
del día 21 de enero (¡dos semanas de angustias y de forcejeos con Roma!)
puede, sí, sincerarse de la situación compleja en la que se encuentran los
obispos; puede, igualmente, cubrir las apariencias, poniendo por delante las
situaciones -que se afirman gratuitamente “semejantes” de otros países-… la
verdad es que finalmente se acepta el resultado de las votaciones; y que, ya
con un “nuevo hecho consumado” se tiene -¡ahora sí y, antes no!- la
indelicadeza, la falta contra la colegialidad universal de presentarse -de
quererse presentar- a un “diálogo con Roma”…
Y todo esto envuelto en un concepto de
colegialidad “horizontal” ciertamente erróneo, con el que se pretende dar
estado de derecho, y aun sustancia teológica a los hechos más escandalosos de
la actual indisciplina en la Iglesia, por parte de algunos obispos mismos.
Por ejemplo, el cardenal Alfrink, el día 11 de enero -es decir, en el
intervalo trágico- hace una interviú al diario milanés “Il Giorno”, en el
que, evidentemente ya, muestra que está decidido a aprobar las decisiones del
Sínodo. Pero, ¿puede un obispo de la “Catholica” manifestarse de este
modo, enfrente de lo ya decidido por el Papa? Es claro, pues, que lo que se pretendía era un hecho consumado, un
hecho-punta que pusiera a Roma entre la espada y la pared. El secretariado de
la Conferencia Holandesa, en su declaración conjunta con el Secretariado del Sínodo,
y en funciones de interpretación auténtica, lo dice con la claridad a la que
no se han atrevido los obispos mismos: “por
lo que se refiere al celibato, la conferencia de los obispos holandeses se
obliga a conformar su línea de conducta pastoral a las recomendaciones del
Concilio Pastoral. La aplicación de esta línea de conducta deberá ser
realizada en común con el Papa y con los otros obispos”. Esta
declaración es sorprendente por el hecho de que los obispos holandeses se
juzgan más obligados con su pueblo que con el Papa. Con éste van a tratar, y desde un
concepto de colegialidad errado, no ya el mismo hecho, sino el modo de
aplicación. Esto es inaudito y será objeto del espanto de la historia de la
Iglesia contemporánea.
Ante esta posición, verdaderamente
irritante, de la pequeña Iglesia “en” Holanda, la reacción ha sido clara y
contundente entre los demás Episcopados: fuertes declaraciones en contra de
los cardenales Journet, Bengsch, Danielou y Marty; cartas abiertas de obispos
ilustres al cardenal Alfrink: Madrid, Sigüenza (para no hablar de la carta
sibilina del señor obispo de Huelva); muchas conferencias nacionales y
regionales: Francia, España, Suiza, Italia, países africanos, obispos belgas,
valones, EEUU. Ha habido excepciones lastimosas: Suenens y Plourde, presidente
de la Conferencia canadiense. Pero el cardenal de Berlín, Bengsch, mostraba
todo el fondo del problema cuando advertía que toda la cuestión del
celibato había sido encuadrada en un contexto de ideas subversivas sobre el
sacerdocio, sobre el orden y sobre la Iglesia, que no podrían ser aceptadas
por una comunidad de fe católica. Mucho menos cuando esta comunidad “da
la impresión de querer reducir cada vez más los lazos de fidelidad y de
obediencia que unen a todo obispo y a todo sacerdote al Sumo Pontífice a una
relación consultativa, que no comporta compromiso alguno”.
También la reacción del Papa ha sido esta
vez decisiva: la carta al secretario de Estado muestra toda la amarga
desilusión ante un Episcopado y una Iglesia hacia la que Pablo VI había
demostrado toda la comprensión posible. Reafirmando de nuevo la disciplina
eclesiástica tradicional, hace una alusión a la posibilidad de examinar en el
futuro la conveniencia de ordenar a sujetos ya casados en circunstancias
especiales; por más que el Papa no deje de formular serias reservas sobre
esta posibilidad.
Pero la resaca continúa… y tendremos que
ocuparnos todavía de este asunto. Ahí está la carta de los 146 sacerdotes de
Madrid como contrapartida a la carta del sr. arzobispo Morcillo; ahí la otra
carta abierta del grupo alemán de la BRD; ahí el grupo progresista argentino;
ahí también el grupo de teólogos romanos de Settegiorni… ¿Por qué no decirlo
abiertamente? ¿Dónde está el fondo de la cuestión y por qué no plantearla con
toda sinceridad? Intentaremos hacerlo en la próxima y última colaboración.
Mariano
de ZARCO
Revista FUERZA NUEVA, nº 174, 9-May-1970
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario