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EL NUEVO “ORDO MISSAE”
Los fieles preguntan sobre el futuro de la
Santa Misa. Ha empezado la nueva liturgia en varias iglesias, por vía de
ensayo, y la impresión general no es agradable, es extraña. Es posible que,
después de algún tiempo, se acostumbren los fieles y se les haga familiar el
nuevo rito. Pero no se trata de costumbres, de gustos, de impresiones. Se
trata de dar expresión al dogma.
Liturgia no es otra cosa que la
manifestación sensible del contenido revelado. Tiene la liturgia razón de
signo y concreta una relación de orden entre la cosa sensible, persona,
objeto, acción y la cosa espiritual. Sacrificio y Sacramentos son signos
simbólicos, realidades estupendas, “signos eficaces” de la vida divina. Los Apóstoles,
antes de dispersarse, formaron su Símbolo; era un catálogo de verdades, pero
era, al propio tiempo, un signo sensible de la fe profesada, lo que diríamos
hoy “santo y seña” del cristianismo; para reconocerse, exigíanse mutuamente
el símbolo: “da signum, da symbolum”. Es de admirar el esfuerzo del
cristianismo en sensibilizar la profunda ideología de nuestra Religión.
Cuando la fe ha sido vivida profundamente,
la manifestación simbólica ha sido espléndida. Los siglos de cultura
teológica vieron también el florecimiento más asombroso del simbolismo
artístico; el genio cristiano había encerrado en él todo el tesoro de la
verdad histórica, dogmática y moral, la Biblia y la hagiografía. El rito
litúrgico, con sus signos y símbolos, ha templado las austeras lecciones de
filosofía y teología cristiana, ha intervenido “en la enseñanza de los
humildes, es el punto de unión donde el pensamiento de Dios llega al alma
humana por un intermediario material”. El Sínodo de Arrás (1025) había dicho:
“Lo que los literatos no pueden comprender por la escritura, se les debe
enseñar por la pintura”.
Cuando me preguntan mi opinión sobre el “Novus
Ordo”,“a priori” puedo afirmar que dejará mucho que desear. Y la razón
consiste, o radica, en el “vacuum” religioso de nuestros días, que nos hace
sufrir al ver el desenfreno ideológico lanzado a la apostasía y al
materialismo dialéctico. La verdad revelada tiene que expresarla el cristiano,
el católico, con gestos, palabras, símbolos, acciones. Pero si la vaciedad es
general, si la Iglesia está enferma, si el dolorido grito de Su Santidad nos
habla de falta de oración, de desacralización, de deserciones sacerdotales
sin cuento; si una corriente en la Iglesia, a nivel episcopal, se entrega en
manos de sociólogos laicos, para los que “la gracia sobrenatural y la
presencia vivificante de esa gracia son, si acaso, bellas palabras de un
diccionario fantasmal, pero no realidades de luz, sangre y verdad”; si los
sacerdotes, aunque en minoría, se avergüenzan de serlo y están en puestos
claves, sin excluir altas esferas vaticanas, ¿qué lenguaje será el que traduzca sensiblemente, en el rito, el gran Sacrificio
Eucarístico?
Si se masca la falta de “impetus sacer” en
los silencios responsables de Jerarquías indiferentes a las herejías y
apostasías; si los cristianos sencillos y, sobre todo, católicos
intelectuales se están quedando sin el pan de la doctrina y de la “realidad
de Cristo”(Muñoz Alonso), ¿no seríamos muy optimistas si quisiéramos voltear
campanas ante la nueva liturgia que empezará en noviembre (1969)? La Iglesia está enferma y, con ella, nosotros. ¿No se reflejará la
anemia religiosa en el “Novus Ordo”? Mucho me temo que sí.
No es extraño que miles y miles de
sacerdotes se hayan dirigido al Santo Padre pidiéndole se conserve el rito y
liturgia de San Pío V, junto a las nuevas rúbricas de la Santa Misa. El
nerviosismo es general hasta el punto de que muchos prelados nos aconsejen “no
temer” que el Santo Padre intervendrá e interviene constantemente en los
problemas que se plantean en el Sínodo Romano”, etc., etc. Nosotros es lo que
queremos de corazón: QUE INTERVENGA CON ENERGÍA TANTO EN LO LITÚRGICO COMO EN
LO DOCTRINAL, ANTES DE QUE SEA TARDE.
No podemos ni debemos criticar el “Novus Ordo”
en plan negativo, sino constructivo. Consideramos muy constructivo el
mantener la Misa de Pío V, aunque nos sujetamos a lo que diga el mejor
criterio de nuestro Santo Padre. Nuestra petición se fundamenta
doctrinalmente en los puntos siguientes, entre muchísimos otros que se
podrían aducir:
1º- El Culto Eucarístico es el núcleo
central de todas las acciones de la Iglesia, es lenguaje de un contenido
infinito, el canal por el que lo divino va configurando nuestra alma, en un
proceso santificador constante.
2º- En épocas de crisis doctrinal, como la
presente, se precisa utilizar todos los resortes psíquicos, tanto de la
inteligencia como de la voluntad, para conectar con las fuentes reveladas,
que nos dan una visión clara de los Principios y Criterios Teológicos
Sacerdotales, y fortalecen la voluntad con la virtud sobrenatural que nos
proyecta a Cristo. Si claudica el pensamiento, le sostiene la voluntad; si la
sensibilidad se extravía, la encauzan, con su luz y su fuerza, la
inteligencia y voluntad. Todo el poder de nuestro espíritu debe ponerse en
vilo para contener la irrupción del mal por el punto más endeble.
3º- La Liturgia de la Santa Misa del Papa
San Pío V ha educado a generaciones y ha engendrado hábitos para el ejercicio
de las virtudes, indispensables siempre pero, sobre todo, en tiempos de
claudicación general.
He leído el “Novus Ordo” y noto que el
concepto de UNIDAD ha desbordado el campo litúrgico hasta el extremo de que
un “hermano” de Taizé, Max Thurian, haya afirmado que con el “Novus Ordo”, los
no católicos podrán celebrar la Eucaristía con las mismas oraciones que los
católicos. Pero lo primero no
es la unidad, sino la doctrina. Por
mantener la unidad no se puede claudicar ni ceder en lo doctrinal, aunque
sea en parte y no del todo esencial, pero se le acerque. No es el camino
para atraer a los “hermanos separados”. Cuando la reforma protestante
repudiaba el dogma de la Real Presencia de Cristo en la Eucaristía, mataba,
por este hecho, el simbolismo católico; porque si el templo no es la casa de
Jesús, podrá ser un museo de curiosidades artísticas en donde estará ausente
la verdad y la vida.
El Concilio de Trento opuso toda la fuerza
de la Tradición y todo el empuje de su autoridad al frío protestantismo que intentó
hacer tabla rasa al simbolismo litúrgico eucarístico. Con otras palabras: en
la confección del “Novus Ordo” ¿no se ha tenido demasiado en cuenta el complacer
a los protestantes? Nos pone en guardia la apreciación del “hermano” de Taizé.
Para que el “Novus Ordo Missae” produzca
los efectos espirituales que deseamos, tendremos que partir de principios muy
firmes y sobrenaturales de los que hablaremos en otra ocasión.
Fr. Miguel Oltra, O.F.M.
Revista FUERZA NUEVA, nº 143, 4-Oct-1969
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