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El señor Attard y su disgusto
El señor Emilio
Attard, presidente de la Comisión Constitucional (…) ha hecho declaraciones a
la prensa y ha incurrido en afirmaciones gratuitas y contradictoras.
Digamos
primero al señor Attard que, si es católico practicante, se supone que será “católico,
apostólico, romano” y no “católico, apostólico, madrileño”. Lo decimos porque,
en sus declaraciones, se apoya en el cardenal de Madrid (Tarancón) y en su
vicario general (Martín Patino), amén de la Comisión Permanente Episcopal,
pero no le vemos apoyarse, no digo ya en textos conciliares sino siquiera en
textos de los Papas. La verdad es que un vicario general no es fuente de
doctrina, sino de gobierno (el señor Attard lo sabe puesto que es un ilustre
jurista). Un cardenal ya es bastante más, pero aunque alguien haya
considerado “papable” a ese cardenal, no es un Papa, ni tampoco una Conferencia
Episcopal es un Concilio. Si encima resulta que el cardenal presidente de tal
Conferencia (Tarancón) es hombre discutido, incluso por otros cardenales como…
Hoeffner en el Sínodo de 1971, habrá que extremar la prudencia y procurar beber
en fuentes más altas. Me parece, además, que, incluso, ha elegido mal sus
citas.
Usted, señor Attard,
dice que “la Constitución no es atea, porque para serlo tendría que negar a
Dios”. Curioso, porque usted sabe que hay ateísmo práctico. Cita usted el
artículo 16: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de
los individuos y de las comunidades”. Lo que es tanto como decir que la
Constitución no hace suya ninguna ideología, aunque diga que “mantendrá
relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”;
esto no es hacer suya ninguna creencia, ya que dice que cooperará con todas. La
Constitución no tiene ninguna creencia, concordando con el artículo 1º, 2, que
declara la soberanía del Pueblo, del que emanan todos los poderes del Estado,
incluso la justicia (art. 17. 1); si usted ve a Dios y a su Ley natural por
ahí, dígamelo, porque yo no veo ahí más Dios que el pueblo, ni más ley que su
voluntad, ni más justicia que la que se le antoje. Todo eso se llama agnosticismo
y laicismo y me parece lógico que lo defiendan agnósticos y laicos; lo que no
me parece lógico es que usted lo intente bautizar con la ayuda del cardenal
Tarancón y su vicario general.
Después acude
usted al texto de la Conferencia Episcopal, alegando que ha dicho: “No hay
ninguna razón grave de carácter religioso”…; bueno, lo que dice es que no hay
razón grave, ya que ese mismo
texto reconoce reservas sobre estabilidad del matrimonio, protección de la
familia y libertad de enseñanza. ¿Que esto no es grave? Puede que no lo sea
para dicha Conferencia pero, señor Attard, ¿recuerda lo que el cardenal Poletti
y Pablo VI dijeron a los católicos italianos que votaron en pro del divorcio?
Pues les llamaron: traidores. ¿Grave en Italia y leve en España?
Sigue usted
citando: “El cardenal Tarancón afirma que si la Constitución coartara la
profesión de fe de los cristianos o pusiera trabas a la actuación de la
Iglesia, los cristianos estarían obligados en conciencia a oponerse con su
voto a dicha Constitución”. Ha elegido mal su cita, porque ni el cardenal agota
las causas negativas (no dice que sólo sean dos) ni que en la Constitución no
se den, dejándolo a nuestro estudio. “Los cristianos son libres de votar como
quieran, pero no por razón de su fe” –añade-. Y esa frase así dicha no dice
más que la fe es un límite a ese voto, porque si lo que quiere decir, y no
dice, es que a la hora de votar se ha de olvidar la fe, habrá que abrir la
Gaudium et spes” del Vaticano II y leer en su n. 36 aquello de “Si autonomía de
lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y
que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente
alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras”, y usted es
creyente, ¿verdad señor Attard?
Cita usted a
Martín Patino, y vuelve a elegir mal la cita, porque su cita hace radicar el
cristianismo no en la mención de Dios “sino en cuanto garantice mejor los
derechos y libertades del hombre”. Esto no sirve, porque en primer lugar hay
que demostrar que la Constitución garantiza esto, y es claro que no garantiza
ni eso, ni nada, puesto que no reconoce un orden moral objetivo por encima de
la soberanía del pueblo. Todo queda a merced del poder. Eso es totalitarismo,
como dijo hace poco el vicerrector de la Universidad de Ginebra, ¿lo recuerda?
Le agradezco que no haya dicho usted nada de eso de la “Declaración Universal
de Derechos Humanos”. Me ahorra la réplica de ese gato por liebre.
Cuando le
preguntan sobre familia y divorcio, usted recita artículos y añade: “La ley
civil no puede imponer su doctrina a quienes no tienen fe” y que “el legislador
civil, aunque sea católico, no tiene por qué elevar a la categoría de norma
jurídica lo que es ideal cristiano”. La primera fase debe tener alguna errata,
ya que lo cierto es que la ley civil sí que impone su doctrina tanto a los
que tienen como los que no tienen fe. La segunda frase es más clara, pero no
entiendo como un católico la dice, porque eso es una ley del embudo. ¿De modo
que los no católicos pueden imponernos sus ideales a los católicos, pero los
católicos no podemos decir nada? ¿Ha olvidado usted a San Pablo: “Instaurar
todo en Cristo” (Ef. 1,10). Pues se lo repite el Vaticano II (G. et S., 45),
y antes, en el n, 43, le dice. “A la conciencia bien formada del seglar toca
lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena”. Gracias, otra
vez, por no decir nada de aquello del “mal menor”.
De repente,
hace usted una llamada electoral: “Lo que tenemos que hacer los católicos es
actuar en política y ganar elecciones”. Muy bien, empecemos desde ahora. Yo ya
he dicho “no” a la Constitución: lo demás ni me parece democrático, ni tiene
sentido. Si tenemos ahora que prescindir de la fe, ¿por qué apelamos a ella
para mañana?
Dice usted,
señor Attard, que la Constitución no es abortista, ha abolido la pena de
muerte y establece que todos tienen derecho a la vida; pero resulta que hay
países que también dicen eso y, no obstante, son abortistas; si con unas Leyes
Fundamentales confesionalmente católicas, hoy aún vigentes, ha podido este Gobierno
de centro y sus Cortes despenalizar el adulterio, el amancebamiento, la venta
de anticonceptivos y la pornografía, dígame usted que harán los del futuro
con esta Constitución permisiva, que todos califican de ambigua.
También nos
cuenta usted lo de la libertad de enseñanza. Eso es un hueso tan duro de roer
que hasta la benigna Conferencia Episcopal ha manifestado sus reservas. Usted
sabe que hay partido que ha hecho cuestión especial de este artículo. Es una
libertad “planificada” y con “libertad de cátedra”; un colegio y unos padres
católicos tendrán que soportar a un profesor que enseñe ateísmo en uso de su
libertad de cátedra. (…)
Jerónimo
Cerdá Bañuls
Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978
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