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jueves, 25 de diciembre de 2025

Contra falacias “católicas” en favor de la Constitución

 Articulo de 1978

 El señor Attard y su disgusto

 El señor Emilio Attard, presidente de la Comisión Constitucional (…) ha hecho declaraciones a la prensa y ha incurrido en afirmaciones gratuitas y contradictoras.

 Digamos primero al señor Attard que, si es católico practicante, se supone que será “católico, apostólico, romano” y no “católico, apostólico, madrileño”. Lo decimos porque, en sus declaraciones, se apoya en el cardenal de Madrid (Tarancón) y en su vicario general (Martín Patino), amén de la Comisión Permanente Episcopal, pero no le vemos apoyarse, no digo ya en textos conciliares sino siquiera en textos de los Papas. La verdad es que un vicario general no es fuente de doctrina, sino de gobierno (el señor Attard lo sabe puesto que es un ilustre jurista). Un cardenal ya es bastante más, pero aunque alguien haya considerado “papable” a ese cardenal, no es un Papa, ni tampoco una Conferencia Episcopal es un Concilio. Si encima resulta que el cardenal presidente de tal Conferencia (Tarancón) es hombre discutido, incluso por otros cardenales como… Hoeffner en el Sínodo de 1971, habrá que extremar la prudencia y procurar beber en fuentes más altas. Me parece, además, que, incluso, ha elegido mal sus citas.

 Usted, señor Attard, dice que “la Constitución no es atea, porque para serlo tendría que negar a Dios”. Curioso, porque usted sabe que hay ateísmo práctico. Cita usted el artículo 16: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades”. Lo que es tanto como decir que la Constitución no hace suya ninguna ideología, aunque diga que “mantendrá relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”; esto no es hacer suya ninguna creencia, ya que dice que cooperará con todas. La Constitución no tiene ninguna creencia, concordando con el artículo 1º, 2, que declara la soberanía del Pueblo, del que emanan todos los poderes del Estado, incluso la justicia (art. 17. 1); si usted ve a Dios y a su Ley natural por ahí, dígamelo, porque yo no veo ahí más Dios que el pueblo, ni más ley que su voluntad, ni más justicia que la que se le antoje. Todo eso se llama agnosticismo y laicismo y me parece lógico que lo defiendan agnósticos y laicos; lo que no me parece lógico es que usted lo intente bautizar con la ayuda del cardenal Tarancón y su vicario general. 

Después acude usted al texto de la Conferencia Episcopal, alegando que ha dicho: “No hay ninguna razón grave de carácter religioso”…; bueno, lo que dice es que no hay razón grave, ya que ese mismo texto reconoce reservas sobre estabilidad del matrimonio, protección de la familia y libertad de enseñanza. ¿Que esto no es grave? Puede que no lo sea para dicha Conferencia pero, señor Attard, ¿recuerda lo que el cardenal Poletti y Pablo VI dijeron a los católicos italianos que votaron en pro del divorcio? Pues les llamaron: traidores. ¿Grave en Italia y leve en España?

 Sigue usted citando: “El cardenal Tarancón afirma que si la Constitución coartara la profesión de fe de los cristianos o pusiera trabas a la actuación de la Iglesia, los cristianos estarían obligados en conciencia a oponerse con su voto a dicha Constitución”. Ha elegido mal su cita, porque ni el cardenal agota las causas negativas (no dice que sólo sean dos) ni que en la Constitución no se den, dejándolo a nuestro estudio. “Los cristianos son libres de votar como quieran, pero no por razón de su fe” –añade-. Y esa frase así dicha no dice más que la fe es un límite a ese voto, porque si lo que quiere decir, y no dice, es que a la hora de votar se ha de olvidar la fe, habrá que abrir la Gaudium et spes” del Vaticano II y leer en su n. 36 aquello de “Si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras”, y usted es creyente, ¿verdad señor Attard?

 Cita usted a Martín Patino, y vuelve a elegir mal la cita, porque su cita hace radicar el cristianismo no en la mención de Dios “sino en cuanto garantice mejor los derechos y libertades del hombre”. Esto no sirve, porque en primer lugar hay que demostrar que la Constitución garantiza esto, y es claro que no garantiza ni eso, ni nada, puesto que no reconoce un orden moral objetivo por encima de la soberanía del pueblo. Todo queda a merced del poder. Eso es totalitarismo, como dijo hace poco el vicerrector de la Universidad de Ginebra, ¿lo recuerda? Le agradezco que no haya dicho usted nada de eso de la “Declaración Universal de Derechos Humanos”. Me ahorra la réplica de ese gato por liebre.

 Cuando le preguntan sobre familia y divorcio, usted recita artículos y añade: “La ley civil no puede imponer su doctrina a quienes no tienen fe” y que “el legislador civil, aunque sea católico, no tiene por qué elevar a la categoría de norma jurídica lo que es ideal cristiano”. La primera fase debe tener alguna errata, ya que lo cierto es que la ley civil sí que impone su doctrina tanto a los que tienen como los que no tienen fe. La segunda frase es más clara, pero no entiendo como un católico la dice, porque eso es una ley del embudo. 

¿De modo que los no católicos pueden imponernos sus ideales a los católicos, pero los católicos no podemos decir nada? ¿Ha olvidado usted a San Pablo: “Instaurar todo en Cristo” (Ef. 1,10). Pues se lo repite el Vaticano II (G. et S., 45), y antes, en el n, 43, le dice. “A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena”. Gracias, otra vez, por no decir nada de aquello del “mal menor”.

 De repente, hace usted una llamada electoral: Lo que tenemos que hacer los católicos es actuar en política y ganar elecciones”. Muy bien, empecemos desde ahora. Yo ya he dicho “no” a la Constitución: lo demás ni me parece democrático, ni tiene sentido. Si tenemos ahora que prescindir de la fe, ¿por qué apelamos a ella para mañana?

 Dice usted, señor Attard, que la Constitución no es abortista, ha abolido la pena de muerte y establece que todos tienen derecho a la vida; pero resulta que hay países que también dicen eso y, no obstante, son abortistas; si con unas Leyes Fundamentales confesionalmente católicas, hoy aún vigentes, ha podido este Gobierno de centro y sus Cortes despenalizar el adulterio, el amancebamiento, la venta de anticonceptivos y la pornografía, dígame usted que harán los del futuro con esta Constitución permisiva, que todos califican de ambigua.

 También nos cuenta usted lo de la libertad de enseñanza. Eso es un hueso tan duro de roer que hasta la benigna Conferencia Episcopal ha manifestado sus reservas. Usted sabe que hay partido que ha hecho cuestión especial de este artículo. Es una libertad “planificada” y con “libertad de cátedra”; un colegio y unos padres católicos tendrán que soportar a un profesor que enseñe ateísmo en uso de su libertad de cátedra. (…) 

Jerónimo Cerdá Bañuls


Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978 

 

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