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DEMOCRACIA MORBOSA (José Ortega y Gasset) El plebeyismo, triunfante en todo el mundo,
tiraniza en España. Y como toda tiranía es insufrible, conviene que vayamos
preparando la revolución contra el plebeyismo, el más insufrible de los
tiranos.
Tenemos que agradecer el adviento de tan
enojosa monarquía al triunfo de la democracia. Al amparo de esta noble idea
se ha deslizado en la conciencia pública la perversa afirmación de todo lo
bajo y ruin. ¡Cuántas veces acontece esto: la bondad de una cosa arrebata a
los hombres y, puestos a su servicio, olvidan fácilmente que hay otras muchas
cosas buenas con quienes es forzoso compaginar aquélla, so pena de
convertirla en una cosa pésima y funesta. La democracia, como democracia, es
decir, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una
cosa óptima. Pero la democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en
religión o en arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la
democracia en el corazón y en la costumbre, es el más peligroso morbo que
puede padecer una sociedad.
Cuanto más reducida sea la esfera de acción
propia a una idea, más perturbadora será su influencia, si se pretende
proyectarla sobre la totalidad de la vida. Imagínese lo que sería un
vegetariano en frenesí que aspire a mirar el mundo desde lo alto de su
vegetarianismo culinario: en arte censuraría cuanto no fuese el paisaje
hortelano; en economía nacional sería eminentemente agrícola; en religión no
admitiría sino las arcaicas divinidades cereales; en indumentaria, sólo
vacilaría entre el cáñamo, el lino y el esparto, y como filósofo, se
obstinaría en propagar una botánica trascendental. Pues no parece menos
absurdo el hombre que, como tantos hoy, se llega a nosotros y nos dice: ¡Yo,
ante todo, soy demócrata!
En tales ocasiones suelo recordar el cuento
de aquel monaguillo que no sabía su papel, y a cuanto decía el oficiante,
según la liturgia, respondía: "¡Bendito y alabado sea el Santísimo
Sacramento!" Hasta que, harto de la insistencia, el sacerdote se volvió
y le dijo: "¡Hijo mío, eso es muy bueno; pero no viene al caso!"
No es lícito ser ante todo demócrata,
porque el plano a que la idea democrática se refiere no es un primer plano,
no es un "ante todo". La política es un orden instrumental y
adjetivo de la vida, una de las muchas cosas que necesitamos atender y
perfeccionar para que nuestra vida personal sufra menos fracasos y logre más
fácil expansión. Podrá la política, en algún momento agudo, significar la
brecha donde debemos movilizar nuestras mejores energías, a fin de conquistar
o asegurar un vital aumento; pero nunca puede ser normal esa situación.
Es uno de los puntos en que más
resueltamente urge corregir al siglo XIX. Ha padecido éste una grave
perversión en el instinto ordenador de la perspectiva, que le condujo a
situar en el plano último y definitivo de su preocupación lo que por
naturaleza sólo penúltimo y previo puede ser. La perfección de la técnica es
la perfección de los medios externos que favorecen la vitalidad. Nada más
discreto, pues, que ocuparse de las mejores técnicas. Pero hacer de ello la
empresa decisiva de nuestra existencia, dedicarle los más delicados y
constantes esfuerzos nuestros, es evidentemente una aberración. Lo propio
acontece con la política que intenta la articulación de la sociedad, como la
técnica de la naturaleza, a fin de que quede al individuo un margen cada vez
más amplio donde dilatar su poder personal.
Como la democracia es una pura forma
jurídica, incapaz de proporcionarnos orientación alguna para todas aquellas
funciones vitales que no son derecho público, es decir, para casi toda
nuestra vida, al hacer de ella principio integral de la existencia se engendran
las mayores extravagancias. Por lo pronto, la contradicción del sentimiento
mismo que motivó la democracia. Nace ésta como noble deseo de salvar a la
plebe de su baja condición. Pues bien: el demócrata ha acabado por simpatizar
con la plebe, precisamente en cuanto plebe, con sus costumbres, con sus
maneras, con su giro intelectual. La forma extrema de esto puede hallarse en
el credo socialista —¡porque se trata, naturalmente, de un credo religioso!—,
donde hay un artículo que declara la cabeza del proletario única apta para la
verdadera ciencia y la debida moral. En el orden de los hábitos, puedo decir
que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases
superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la
mejor época para nacer. (…)
Si hay empeño en reducir el significado de
la democracia a esta obra niveladora de privilegios, puede decirse que han pasado sus horas gloriosas.
Democracia no es nada si no mira el hombre
su obra de democracia tan sólo como el primer esfuerzo de la justicia, aquel
en que abrimos un ancho margen de equidad, dentro del cual crear una nueva
estructura social justa —que sea justa, pero que sea estructura—, los
temperamentos de delicada moralidad maldecirán la democracia y volverán sus
corazones al pretérito. Vivir es esencial y antes que toda otra cosa,
estructura: una pésima estructura es mejor que ninguna.
Y si antes decía que no es lícito ser
"ante todo" demócrata, añado ahora que tampoco es lícito ser
"sólo" demócrata.
Quien se irrita al ver tratados
desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a
los desiguales, no es demócrata, sino plebeyo.
La época en que la democracia era un
sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama
democracia es una degeneración de los corazones.
A Nietzsche debemos el descubrimiento del
mecanismo que funciona en la conciencia pública degenerada: le llamó ressentiment.
Cuando un hombre se siente a sí mismo inferior por carecer de ciertas
calidades —inteligencia o valor o elegancia— procura indirectamente afirmarse
ante su propia vista negando la excelencia de esas cualidades. Como ha
indicado finalmente un glosador de Nietzsche, no se trata del caso de la
zorra y las uvas. La zorra sigue estimando como lo mejor la madurez en el
fruto, y se contenta con negar esa estimable condición a las uvas demasiado
altas.
El "resentido" va más allá: odia
la madurez y prefiere lo agraz. Es la total inversión de los valores: lo
superior, precisamente por serlo, padece una capitis diminutio, y en su lugar
triunfa lo inferior.
El hombre del pueblo suele o solía tener
una sana capacidad admirativa. Cuando veía pasar una duquesa, en su carroza
se extasiaba, y le era grato cavar la tierra de un planeta donde se ven, por
veces, tan lindos espectáculos transeúntes. Admira y goza el lujo, la
prestancia, la belleza, como admiramos los oros y los rubíes con que
solemniza su ocaso el Sol moribundo. ¿Quién es capaz de envidiar el áureo
lujo del atardecer? El hombre del pueblo no se despreciaba a sí mismo: se
sabía distinto y menor que la clase noble; pero no mordía su pecho el
venenoso "resentimiento". En los comienzos de la Revolución
francesa una carbonera decía a una marquesa: "Señora, ahora las cosas
van a andar al revés: yo iré en silla de manos y la señora llevará al carbón."
Un abogadete "resentido" de los que hostigaban al pueblo hacia la
revolución, hubiera corregido: "No,
ciudadana: ahora vamos a ser todos carboneros."
Vivimos rodeados de gentes que no se
estiman a sí mismas, y casi siempre con razón. Quisieran los tales que a toda
prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley
no les basta: ambicionan la declaración de que todos los hombres somos
iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Cada día que
tarde en realizarse esta irrealizable nivelación es una cruel jornada para
esas criaturas "resentidas", que se saben fatalmente condenadas a
formar la plebe moral e intelectual de nuestra especie. (…)
Periodistas, profesores y políticos sin
talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como
dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy
llamamos "opinión pública" y "democracia" no es en grande
parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.
(“El Espectador")
Revista FUERZA NUEVA, nº 175, 16-May-1970
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