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viernes, 27 de marzo de 2026

Curas en huelga para impartir la bendición

  Artículo de 1970

 Una actitud censurable

 En el ABC, del día 3 de julio (1970) aparece un editorial bajo el título “Una actitud censurable” que, por su interés, reproducimos íntegro. Hora es ya que salten a las primeras páginas de la actualidad nacional hechos como éste, hechos que nosotros venimos comentando con el ánimo exclusivo de que la verdad resplandezca.

 “Unos sacerdotes de Sestao y Somorrostro se han negado a bendecir los locales que, para viejos jubilados, ha inaugurado recientemente la Caja de Ahorros de Bilbao. Y la alcaldesa de la capital vizcaína, doña Pilar Careaga de Lequerica, rezó en ambos hogares sendos padrenuestros, pidiendo al Altísimo que aceptara la oración como bendición de las instalaciones.

 Como cristianos, como católicos, como periodistas respetuosos ante las materias religiosas, daríamos algo y aún algo más que algo, por no sentirnos impulsados a comentar, con necesaria severidad, la negativa actitud de estos sacerdotes, que no han sabido anteponer a cualquier principio o imperativo el imperativo mayor y principio máximo de una abierta caridad hacia la obra benemérita hecha en favor de unos jubilados y hacia esos mismos.

 Sabido es que, de un tiempo a esta parte, se suceden, en la diócesis del caso, tensiones, incidentes, episodios lamentables incluso, movidos por las discrepancias interpretativas de las normas concordadas, de los fueros civil y eclesiástico. Pero cualquiera que sea la naturaleza jurídica última de tales discrepancias y la razón que asista a cada parte, siempre entenderemos que deben quedar enmarcadas en un plano polémico y negociador distinto de ese otro plano en el cual discurre la normal vida cotidiana de la comunidad, ámbito primero y obligado para el ejercicio recto, caritativo y conciliador, del ministerio sacerdotal en todas sus manifestaciones.

 “Piensen, por fin -adoctrina el decreto conciliar sobre el ministerio y vida de los presbíteros- que están puestos en medio de los seglares para conducirlos a todos a la unidad de la caridad: amándose unos a otros con amor fraternal, honrándose a porfía mutuamente (Rom 12, 10). Deben, por consiguiente, los presbíteros armonizar las diversas inclinaciones de forma que nadie se sienta extraño en la comunidad de los fieles”.

 Pero, en todo caso y en este que comentamos especialmente, no haría falta el actualizado consejo que transcribimos para llegar a la misma y definitiva conclusión. El eterno mandamiento de amor al prójimo, el precepto eterno de la caridad, obliga al cristiano a perdonar los daños e incomprensiones que sufran por los demás y veda, al mismo tiempo, toda y cualquier represalia hacia el considerado enemigo. Porque si sólo amamos a quienes nos aman y sólo hacemos el bien a quienes con bien nos retribuyen, nada nos diferencia de los que no son cristianos. ¿Puede, así, llamarse cristiana, auténticamente cristiana, la negativa a bendecir los locales de los jubilados vizcaínos? ¿Pueden, así, calificarse de cristianas otras análogas posturas en las que se sobrepone a toda luz de virtud, de humildad y caridad, un violáceo resplandor de réplica, quizá de represalia?

 Cierto podrá ser, seguramente muy cierto, que no exista precepto que obligue a sacerdote alguno a bendecir unos locales que no están destinados al culto, si examinamos la ley con ojos fríos de exégetas o con sutil criterio jurisprudencial de escribas contemporáneos.

 Pero si contemplamos la ley en su espíritu, en su profundidad y sentido ¿cómo explicar una oposición a las tradiciones piadosas, nada censurables, de una comunidad cristiana? ¿Cómo justificar la negativa a una práctica religiosa respetable, querida por todos, fieles y autoridades locales? ¿Concuerda verdaderamente, y sin peligro alguno de escándalo para nadie, esta conducta con el espíritu que debe informar el ministerio sacerdotal?

Difícil, muy difícil, nos parece encontrar, en este caso, un aleccionamiento edificante para la comunidad. Los sacerdotes se han abstenido, se han negado a actuar como actuaron, desde hace siglos otros sacerdotes ordenados para el servicio de los mismos principios inmutables de la misma eterna verdad.

 Y han tenido que ser la alcaldesa de Bilbao y los propios jubilados, con exteriorización de una fe sincera y humilde, quienes pusieran unas palabras de oración y pidieran con ellas la bendición para sus locales.

 En la medida, aunque sea mínima, en que esto sea hacer religión, ellos solos han sido, la alcaldesa y los jubilados, los que, en esta ocasión, la han hecho.

 ABC, 3 de julio de 1970


Revista FUERZA NUEVA, nº 183, 11-Jul-1970

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

La demagogia del obispo Cirarda

 Artículo de 1970

 

  La carta pastoral

 Monseñor Cirarda, en la pastoral referente a la detención de varios sacerdotes de la diócesis de Bilbao, habla de que ha conmocionado a “muchísimos fieles”. Parece ser que la actitud de tales fieles ha influido en las decisiones de monseñor, algunas tan espectaculares como la supresión de los cultos solemnes al Sagrado Corazón y la prohibición del “Te Deum” con motivo del aniversario de la liberación de la ciudad en 1937, según el lector deduzca de las significativas cartas cruzadas entre el obispo y la alcaldesa Pilar Careaga y la propia carta pastoral, leída obligatoriamente en las iglesias.

 Nosotros quisiéramos saber si monseñor no tiene en cuenta el parecer de otros muchísimos fieles que se muestran conformes con las medidas judiciales que las autoridades competentes toman en relación con actitudes de sacerdotes que caen dentro de las leyes de la nación. En los actos celebrados para conmemorar la liberación fue posible ver a miles de bilbaínos, cuarenta mil según algunos cálculos, manifestar públicamente su criterio en forma harto expresiva. Su catolicismo no puede ser puesto en duda y ha sido demostrado en forma fehaciente desde la liberación a nuestros días, cosa que no puede decirse, sin faltar a la verdad, de los grupos marxistas que militan en la ETA o en otras agrupaciones subversivas, a pesar de lo cual cuentan con asombrosos apoyos clericales.

 ¿Habrá que pensar que, en la diócesis de Bilbao, hay dos clases de fieles, unos que merecen la atención del obispo y del consejo presbiteral y otros, los más y los más fieles, mientras no se demuestre lo contrario, que son tratados como extraños y ven, no sólo menospreciados sus sentimientos, sino zaheridas y atacados, dentro de las propias iglesias, ideas y símbolos que coinciden con las leyes que el país, libre y clamorosamente, se ha dado? ¿Cuándo va el señor obispo a dedicar una pastoral clara y tajante, a condenar la subversión, el terrorismo y el abuso del ministerio sacerdotal, en vez de limitarse a alusiones de pasada en documentos destinados a censurar medidas de los poderes públicos?

 El obispo habla de la desconfianza y actitudes de ruptura “con lo que se califica de Iglesia oficial” que parecen producirse en los grupos “contestatarios”. ¿No ha pensado que esa misma desconfianza puede surgir en el otro lado? Hasta hace poco la calificación de “Iglesia oficial” venía hecha por quienes la consideraban unida a las estructuras del Régimen. ¿No nos estamos encaminando hacia un nuevo concepto de “Iglesia oficial, que califique a la que, sistemáticamente, se ponga en el lado contrario? ¿Por huir de un clericalismo colaborador vamos a caer en un clericalismo subversivo? La colaboración entre la Iglesia y el Estado viene, después de todo, avalada por el Concilio. No puede decirse lo mismo de la subversión.

 El Concordato

 Monseñor Cirarda ha sostenido repetidamente la idea de que el Concordato de 1953, nos guste o no, ha de ser observado mientras exista. Y denuncia los posibles incumplimientos del mismo que suponen determinadas detenciones de sacerdotes. En cambio no habla del incumplimiento del Concordato que supone no observar la obligación de elevar preces los sacerdotes por el Jefe del Estado. Si, como dice, es de justicia cumplir los compromisos adquiridos, ¿por qué no exige en quienes de él dependen su cumplimiento antes de hacer reproches a los demás?

 Resulta excesivamente moderado que monseñor diga: “Lamentamos y desaprobamos las reacciones desmedidas que hayan podido producirse en la búsqueda de la libertad legítima, empleando medios injustos, especialmente si ha podido hacerse por algún sacerdote”. Párrafo, como se ve, que no incluye las reacciones producidas en la búsqueda de objetivos que nada tienen que ver con la libertad legítima. Las condenas de sacerdotes por los tribunales competentes, en aplicación de la Ley de Represión del Bandidaje y Terrorismo, demuestran que ha habido acciones que se salen de ese margen.

 El periódico “Ya”, que ha intentado justificar, con la mejor voluntad, actuaciones eclesiales en los “sucesos de Bilbao” es bastante más tajante que monseñor Cirarda a este respecto. Con referencia a quienes han empleado “medios injustos”, dice sin ambigüedades: “Tristemente esta minoría que prácticamente se sitúa al margen de toda “Iglesia oficial” e impugna lo que llama falta de valor evangélico del prelado, está sometida a una inducción a la violencia que nada o muy poco tiene que ver con el espíritu evangélico, del que el señor obispo es testigo. No vacilamos en condenar enérgicamente que, en nombre del evangelio, se proclame la necesidad de vivir al margen de la Iglesia y en abierta oposición con ella. Creemos que, haciéndolo así, ese grupo comete una gravísima equivocación. Nosotros estamos contra todos los excesos, vengan de donde vengan, e invoquen los principios que invoquen”. 

Juan NUEVO


Revista FUERZA NUEVA, nº 182, 4-Jul-1970