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ESPAÑA, ¿QUÉ IMPORTA AL MUNDO?
Opinión de “L’Osservatore Romano” en 1937
sobre la Cruzada de Liberación
Ahora (1970) que se registran tantas
posturas de chaqueteo y deserción de las ideas que los hombres prominentes
del Régimen habían sostenido y defendido desde siempre, parece como llegado a
propósito este artículo aparecido en el órgano oficial del Vaticano “L’Osservatore
Romano”, que registra la forma de pensar de la Iglesia en el año 1937, con
motivo de nuestra Cruzada de Liberación.
Su lectura puede refrescar muchas memorias
y demostrar a la juventud y al pueblo en general el cambio operado también
por la Iglesia en estos últimos años.
¿Qué es la contienda española? ¿Una lucha
civil? ¿Un episodio sin repercusiones internacionales? ¿Una conflagración de
ricos contra pobres, de obreros contra patronos? ¿Una militarada?
Queremos reproducir aquí un artículo de “L’Osservatore
Romano” que coloca la guerra de España en su lugar apropiado, tomando pie de unas
palabras de los dos cardenales representativos de la Iglesia de las dos
grandes democracias, Francia e Inglaterra.
En esas líneas se dice lo que supone España
no sólo para sí sino para el mundo entero, en esta hora. Y, ante todo, para
el mundo católico; aún para aquel que mira concierto desdén y, a veces, con
apasionada parcialidad, la guerra de España.
Dice así, en su número del 21 de octubre de
1937,“L’Osservatore Romano”:
“El cardenal Verdier escribía al Primado de
España: Lo que se ventila en esta guerra es el porvenir de la Iglesia
Católica y la civilización por ella fundada. Si España ofrece hoy el ejemplo de
un sacrificio único en la Historia es porque los enemigos de Dios la
eligieron para primera etapa de su destrucción.
“Y el arzobispo de Westminster decía: Pongamos
aparte todo partidismo político, hemos visto desde el inicio y seguimos
viendo que los enemigos de Dios no atacan solamente al catolicismo sino a la Religión,
sea cual fuere la forma con que se presenta”.
“Estas declaraciones tan escuetas y de
fuentes tan autorizadas son definitivas ante las acusaciones y las reservas que
adversarios y no adversarios opusieron al clero español”.
“LOS DOS CAMPOS- La tremenda lucha soportada
por España está dividida en dos campos: de un lado, los rojos; de otro, la
Iglesia católica y los nacionales. El arzobispo de París y monseñor Hinsley,
precisamente en los dos países donde más se difunde el error, ponen de
relieve, sobre la vigorosa rectificación del Episcopado español, los planos,
las posiciones, es decir, los hechos y las responsabilidades. Rojos, Iglesia católica,
Nacionales. Entre dos campos políticos y sociales, el campo religioso. Entre
dos causas opuestas que deciden la vida de un pueblo, la causa de Dios, que
es la vida de la fe; entre los partidos en armas, la Iglesia. Combatiente, no;
mártir”.
“¡Qué servicio habéis rendido a las
naciones del mundo -así decía al cardenal Gomá el cardenal Verdier-probándoles,
con la evidencia de los hechos, a dónde conduce el ateísmo!”. “Con dolor que
vosotros sentís más intensamente que nadie -declara el arzobispo de Westminster-
hemos notado las tergiversaciones, las mentiras, los subterfugios, las falsas
interpretaciones de los hechos. Desgraciadamente, la prensa recibió con
demasiado entusiasmo la propaganda de los rojos”.
“LA IGLESIA VÍCTIMA INOCENTE- Mientras los
asuntos de la guerra civil se hacen más oscuros. mientras más tremendas son
las batallas y más entrañados los odios, mientras más irreconciliables son
las oposiciones ideales, más necesario es que cese toda la mixtificación y se
sepa, se reconozca, de qué manera estuvo expuesta a un sacrificio único en la
Historia una víctima inocente, que quieren seguir sacrificando hasta el
momento final. Las naciones del mundo han podido tomar partido por una u otra
parte contendientes de una manera tan apasionada y con tal ímpetu y tal
tenacidad, que consideran el juego ciertos destinos que no se resuelven
solamente en las trincheras.
“Nadie ha tenido en cuenta lo que
verdaderamente debería estar por encima de todas las contiendas en su calidad
de idea y de fe universales; nadie pensó en la agresión sanguinaria y en el
incendio sufridos por la Religión. Se socorrió a fugitivos, se hicieron
polémicas sobre la crueldad de la guerra, pugnando por la defensa de los inermes.
Pero de la grande institución inerme, de la gran institución sacrificada, de
aquella que hubiera sido la primera en huir, si no fuese el deber de quedar
en su puesto hasta la muerte, de esa nadie se ocupó. Quedó la Iglesia
expuesta a todos los riesgos. Los más débiles exclamaron: ¡Fue una fatalidad!
Y los Catones del anticlericalismo internacional repiten: ¡Fue el castigo! ¡Delenda
est!
“Es esta la verdad incontrovertible. La Iglesia de España fue atacada por las
olas del odio y de la violencia que simultáneamente la acorralaron, siendo
víctima la catedral expuesta al robo en virtud de una rebelión en el barrio
industrial, lo mismo que la solitaria capilla montañosa lo es al caer una
avalancha por la pendiente de la sierra. Su culpa proviene, únicamente, de
haberse encontrado sobre aquel suelo en aquel punto, en el camino por donde
pasaría el soplo arruinador”.
***
“LA GUERRA SE HIZO CONTRA LA IGLESIA- La
acusación que le hacen de beligerancia es falsa y absurda. La guerra se
pretendió y se hizo contra la Iglesia. La verdad es ésta. Sí. La Iglesia se
encontró en la trayectoria del desastre y soportó los intentos republicanos y
la revolución del 34 en Cataluña y Asturias, durante la cual se quemaron
y profanaron 411 templos. La
destrucción que había sufrido con anterioridad al 18 de julio y en los
primeros días en que el Movimiento parecía sólo un pronunciamiento,
constituía ya el punto de partida. He aquí porqué la destrucción de las
Iglesias fue hecha sistemáticamente y en serie; he aquí porqué, en el breve
plazo de un mes quedaron inutilizados para el culto todos los templos, obedeciendo
a las normas establecidas desde la fecha de la implantación de la República.
He aquí por qué, sistemáticamente y en serie, se desarrolló la carnicería
contra los sacerdotes. Las “listas negras” así lo preveían, concediendo a los
obispos y a los sacerdotes la preferencia “de honor”.
“Pero la guerra contra la Iglesia representó
siempre una fase distinta de la guerra civil: ésta sirvió solamente de
pretexto y proporcionó el momento oportuno. Si la guerra contra la Iglesia
estuviese confundida con el Movimiento nacional se hubiesen esperado los
momentos para castigar al clero juntamente con los demás: se hubiera
secuestrado legalmente a los sospechosos y en una hora de tan grave
revolución se habría tratado de tutelar o levantar el culto. Por el contrario,
la luz de la Iglesia fue suprimida y apagada, no como se hace con las luces
peligrosas en las noches de incursiones aéreas, no; fue una pupila que se
cerró para siempre en la muerte. Fueron incendiados o saqueadas 20.000
iglesias; pasa del 80 por 100 el número de sacerdotes asesinados, perseguidos
en las ciudades, lo mismo que en los montes, por jaurías. La guerra religiosa
se confunde tan mal con la otra que tuvo su técnica especial: la de las
batidas de caza”.
“UNA RELACIÓN IMPRESIONANTE- No fue una
represalia ejercida contra rehenes. Todo eso hubiera sido monstruoso, pero se
hubiera concluido con un derramamiento de sangre, por venganza .Pero ¿y los
cementerios profanados, los ornamentos dispersos y el cráneo del venerable
obispo Torras que sirvió de pelota?¿Y los cuerpos de los santos y de los
mártires destrozados, la sagradas imágenes dilaceradas, los crucifijos
apuñalados, los tabernáculos violados, el grito lanzado contra los vasos
sagrados: “Hemos jurado vengarnos de vosotros, rendíos” y el tiro de pistola
que los atravesaba de parte a parte?¿Y los objetos religiosos requisados en
las casas y sobre las personas y entregados a las hogueras de las plazas
públicas? ¿Y los tormentos reservados a los sacerdotes, tan horribles que, en
el martirologio romano no se encuentra una forma tan acentuada de crucifixión,
puesto que en la España roja se consintieron martirios practicados con la
ayuda de las modernas invenciones?¿Y las declaraciones de los comisarios de
policía y de otras autoridades que afirmaban tener orden de destrozar y hacer
desaparecer la última semilla de los sacerdotes?¿Y aquello que afirmaba el
delegado rojo en el Congreso de los sin Dios celebrado en Moscú el mes de
febrero: “España ha sabido superar la obra de los Soviets, puesto que la
Iglesia quedó allí completamente aniquilada”?
“Todo esto es una prueba de que, después de
la tempestad, no existió un arcoiris de paz para la fe; que después del
diluvio no quedó salvada sobre el monte Ararat el arma de un poder que
representa no solamente a la Iglesia sino a la Religión”.
“ERA NECESARIO ACORRALAR A LA IGLESIA- Trágica
realidad de una explosión informal que no tuvo otro objeto que hacer entrar a
la Iglesia, con su absoluta individualidad histórica, en el relativismo de
las discusiones y de las contingencias políticas, de los “bienes
problemáticos”, de las simpatías doctrinales y de los intereses prácticos de
las competiciones humanas. Era necesario meterse con aquéllos que jamás rogaron
a los gobernantes que fuesen aliados de esa anarquía que saqueó e encendió
archivos, destrozó los tesoros artísticos de las iglesias , estropeó las
bibliotecas, rompió el sepulcro de Vifredo el Belloso y causó más daños en la
nación que todos los siglos tormentosos”.
“Por encima de todas las pasiones políticas,
el testimonio del cardenal Verdier y de monseñor Hinsley se levanta de la
propia tormenta que oscurece los horizontes terrenos para salvaguardar los
horizontes divinos. España, Rusia y Méjico son las facetas del mismo poliedro
cristalizado de odio anticristiano. Así lo demuestra también la última
encíclica sobre la situación mejicana, que empieza con estas palabras: “Nos es
muy conocida…”, documento que no ha sido suficientemente conocido y meditado.
“Los dos buenos Pastores, con su protesta,
con su defensa, con las lágrimas del Episcopado español, derramaron luz al
lado de la Carta Colectiva en la que, con claridad legislativa, se indican
las razones y los medios al alcance de la Religión, de la Jerarquía y de la
Acción Católica en armonía con la vida civil, su orden, sus libertades y su
justicia, probando que la causa de Dios no puede envolverse en la causa de
los hombres. Quedó probado que el “venite ad me omnes (“dejad que todos
vengan a Mí”) no es el lema de un partido, sino un lema para toda la
humanidad. En el momento en que la humanidad está a punto de llegar al puerto
de salvación con su barca pendiente de las cadenas de Cristo y de la Iglesia,
el mundo prefiere “bienes problemáticos” antes que la salvación de la
civilización”.
Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970
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