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EL CULTO A LA PERSONALIDAD DE “EL
PRÍNCIPE”
El artículo
de don José María Pemán publicado en «A B C» del día 5 de enero, y que tiene
por título «El Príncipe», es modelo de glosa, literal lamente perfecto y
acabado. El lenguaje es difícil de entender en el insigne autor de «El divino
impaciente»; incomprensible en quien por el año 1933 decía que la Comunión
Tradicionalista era, «por su parte activa, un ejército, y en su parte espiritual,
una doctrina eterna». Las sinceras alabanzas prodigadas a los artífices de la
obra: a don Alfonso Carlos, a don Javier de Borbón, a don Manuel Fal Conde y
a Zamanillo, se han trocado hoy en apasionados
y ciegos elogios precisamente para «El Príncipe», que nada tiene que ver con
aquel «activo ejército» ni con aquella «doctrina eterna» que salvó a España;
son hoy vítores de júbilo para el vástago de la familia que mejor simboliza
el imperio de lo temporal sobre lo eterno; de la fe religiosa vacilante,
dudosa y escéptica, en pugna con el Carlismo. Es incomprensible. La pluma
que un día cantó alabanzas hoy ha sido mojada en la tinta del olvido, del
desprecio y de la ingratitud.
Comienza el
prólogo con la acusación de «cicateros», de ruines y tacaños a quienes
obstaculizaron y se opusieron al acceso de una mujer al Trono. Don José María
se excluye bonitamente del calificativo, reconociendo la excelencia de los
reinados femeninos de doña María de Molina, de Isabel la Católica y de doña
María Cristina de Habsburgo. Este último recuerdo, muy respetable, es
exponente de lo íntimo y familiar que le resulta al articulista, pero que a
la hora de la comparación no creo saldría bien parado.
Así oscurece los conceptos del bien y de
la verdad, dando alas a su apasionado corazón en mengua y detrimento de
la memoria y lucidez.
La Historia
va a ser mi fiel compañera para dar fe de lo que he afirmado. Se duele de que
a despecho del imborrable recuerdo del reinado de la católica Reina, repudiasen
los carlistas el de Isabel II. No debió ser molestada esta tierna Princesa por
su tío Carlos..., sin duda porque de su
futura fecundidad había el bisabuelo del Príncipe loado en «A B C»... No,
señor Pemán, no eran cicateros los carlistas; no disputaban el Trono a una dama.
Ni entonces ni después confundieron el sexo con la ineptitud. A una mujer, y
de la real casa de Braganza, a la Princesa de Beira, debe el Carlismo el
excelso beneficio de la fidelidad a la «doctrina eterna», que a buen seguro
hubiera naufragado, contaminada por un Príncipe liberalizado (¡qué
coincidencia!) que también se llamaba Juan III, como el que reside en
Estoril, como el que aparece en la fotografía que ilustra el artículo de «A B
C».
Los carlistas
no luchaban contra una mujer, sino por la pureza de una institución, por su
doctrina eterna, porque sus sentimientos católicos estaban brutalmente
escarnecidos en una corte donde podía cantarse impunemente: “¡Muera Cristo!
¡Viva Luzbel! ¡Muera Don Carlos! ¡Viva Isabel!” Sabían los de la Comunión
Tradicionalista que aquella inocente víctima de la sectaria, tenebrosa,
«bastarda, afrancesada y europeizante» constitución tenía las alas cortadas
para remontar el vuelo a las divinas impaciencias de la Reina que en sus
aladas naves llevó la «doctrina eterna» a un nuevo continente. El veneno
escondido en la dorada constitución que mediatizó el reinado de Isabel II y
de todos sus sucesores no atrajo las bendiciones de Dios. Pagó España con dos
destronamientos el
tributo de la
gloria de los liberales; los carlistas sufrieron el infierno, con la derrota
de dos guerras, y los frailes el purgatorio de la matanza y el expolio.
Así empezó la
legitimidad histórica que hoy hereda «El Príncipe» en quien don José María
Pemán tiene puestas todas sus complacencias.
Pero esa
legitimidad fue truncada (al grito de ¡abajo los Borbones!) por los mejores
derechos de la revolución triunfante en Cádiz y en septiembre de 1868.
Pletórico de
ilusiones liberales fue restaurado Alfonso XII en Sagunto. Relegaba al olvido
el dramático final de su madre arrojada del Trono, previo el aviso del cura
Merino, que intentó asesinarla... Y don Alfonso fue nueva víctima de quienes
(por evitar la común unión de todos los españoles, no en el catolicismo del siglo,
sino en el eterno incontaminado y tradicional) habían de proporcionar serios
sinsabores a su esposa María Cristina de
Habsburgo y a
su hijo Alfonso XIII. Díganlo si no la turbia liquidación del imperio, pese
al honor del ejército y del pueblo español, que no se perdieron ni en Cuba,
ni en Cavite, ni en Baler.
Con el
hundimiento del Trono del padre de don Juan y abuelo de «El Príncipe» pudo
haber reconciliación. El perdón por parte de la dinastía carlista no le faltó
a don Alfonso XIII, desterrado en Roma. En su condición de Rey destronado (el
tercero de su dinastía en noventa y un años) no era mucho pedirle la promesa del
propósito de la enmienda de su error liberal y el reconocimiento de la
usurpación de derechos a la dinastía de los descendientes de don Carlos María
Isidro de Borbón. Ante la negativa y la obstinación de Alfonso XIII, don
Alfonso Carlos nombró regente en su testamento político a don Javier de
Borbón-Parma, a quien recomendaba, además, como el Príncipe ideal para su
sucesión. Y con él preparó el Glorioso Movimiento, puesto que como muy bien sabe el señor Pemán, el documento
lleva la fecha de 26 de enero de 1936. El nombramiento lo justifica con esta
frase: «Pero no se llegó nunca a pacto alguno porque don Alfonso no consintió
jamás en la aceptación solemne de los principios de mis derechos soberanos,
ni en la abdicación de su hijo.»
Y no fue obstáculo
para que la Comunión Tradicionalista (que había suplicado al político Rodezno
por el organizador Fal Conde) hiciese espléndida realidad y garantía
salvadora, la que Pemán concebía entonces como «ejército con doctrina
eterna». Dice el libro de Melgar sobre la escisión dinástica, que los amigos
y consejeros de don Alfonso decidieron su real ánimo a mantener sus derechos
y no reconocer los de la rama carlista. Esta actitud, señor Pemán, es vieja
herencia que también recibirá su «Príncipe». Recuerde la contestación dada a
Carlos VII en la Avenue de la Grand Armée, de París, por su prima Isabel II,
cuando ambos estaban desterrados: «Pero, ¿de qué serviría esa sumisión (la
suya) cuando «los míos»
la tendrían por nula y levantarían pendones por don Alfonso»?
Y los
pendones aparecieron en Sagunto a la hora convenida. ¿Podrán sus nietos y
descendientes sustraerse a las presiones de «los suyos»? ¿Acaso no son los
cuarenta y cuatro de Estoril quienes, desertando del ejército de la doctrina
eterna, levantan ahora pendones por don Juan? Los de Sagunto y los de Estoril tenían el reloj parado en aquella
hora en que los «cicateros» carlistas repudiaron a una tierna niña y a su
madre, la bella napolitana y gloria de los liberales; en la hora del lúgubre
doblar de las campanas del Real Monasterio por la muerte de Fernando VII el
día 29 de septiembre de 1833. Y lo más grave es que lo han parado después de lo ordenado por Diego Martínez
Barrio en la Logia Iberia de Lisboa, donde se manifiesta «juanista» para
evitar el carlismo que les venía encima y «para poder derribar el régimen de
Franco». Y lo tienen parado, pese a que don Juan manifiesta su
concordancia antifranquista en sus manifiestos de Lausana y de Estoril.
Tampoco se
mueve el reloj con la carta que don Manuel Fal Conde dirige a Rodezno
desautorizándole por sus favorables manifiestos hacia don Juan, publicadas
por «United Press» en 1946. Y parado
sigue cuando en 1948, en Londres, se hacen «juanistas» Prieto y Gil Robles;
cuando en 1952 la Comunión Tradicionalista, da cumplimiento a la voluntad de
don Alfonso Carlos, precisamente para que nadie impida que deje de ser como
Pemán la concibiera: «ejército y doctrina eterna». A este fin declaró
solemnemente a don Javier de Borbón, como Rey, en asamblea celebrada en
Barcelona con motivo del Congreso Eucarístico. Y con el reloj muy retrasado
fueron cuarenta y cuatro señores a Estoril para autodepurar a la Comunión y
hacer efectivo el mandato de Pemán de 1933, aunque levantasen ahora sus
pendones «juanistas»
Pero hay más.
Han venido a testimoniar su ligereza y obcecación dos nuevos acontecimientos.
En 1958 se celebra en Bruselas la asamblea del partido comunista con
asistencia de Dolores Ibarruri, doctora honoris causa» por la Universidad de
Moscú. La Pasionaria, tan docta en las
disciplinas de Lenin y Stalin, cuan inepta para las divinas impaciencias»
de Javier; anclada por su saber y por sus años en la generación de 1834, al suscribir para ella y su partido la
enmandilada candidatura «juanista», forzosamente tuvo que exclamar:
¡Muera Cristo! ¡Viva Satán! Completar la copla de 1833 gritando: ¡Nada de
Carlos! ¡Viva don Juan! ¿No le parece que es avivar las «sectarias
impaciencias» de doña Dolores?
Y siguiendo
las páginas de la Historia, en 1962, y
con los mismos piadosos fines, se reúne Rodolfo Llopis en Munich con Gil Robles
y con representantes marxistas, demócrata cristianos y monárquicos liberales,
cuyos nombres no es necesario citar.
Quiero
manifestar, por último, que si la herencia histórica de la legitimidad de «El Príncipe» queda bien esclarecida
por la luz de la verdad, encuentro en el artículo un concepto final que debo aclarar.
Me refiero a los méritos ponderados por Pemán
en su elegido, presentándolo como el hombre bueno que no pertenece ni al
bando de los vencedores ni al de los vencidos. La luz de los acontecimientos, que acabamos de citar identifica la
académica frase, con un gironellismo puro. La dorada frase, muy púdica, tapa lo que no debe enseñarse: su procedencia
moscovita. Allí eso se denomina existencia pacífica.
Le doy toda
la razón a Pemán cuando dice: «Franco sabe que por su legitimidad «emanada de
la victoria», él no es ya una persona, sino una institución.» No concibo un
Príncipe aspirante a sucesor de Franco (cuando Dios lo disponga) que no sea
como él participante en la victoria del Movimiento; vinculado a él lo más
íntimamente posible, no de palabra, sino con hechos.
En lo que no
estoy de acuerdo con don José María es en el poco celo para exigir pureza a
la institución (que debe ser «ejército y doctrina eterna») y el excesivo culto a la personalidad de un
Príncipe a cuyo padre se lo prodigan de consuno monárquicos liberales y
marxistas leninistas.
Manuel de VALDIVIELSO
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968
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