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TARANCÓN, UN
CARDENAL NEFASTO
Por Francisco
José Fernández de la Cigoña
Los primeros
días de octubre solían ser franquistas para el cardenal. En 1973 no rompe con
la tradición y vuelve a oficiar el “Te Deum” (octubre, 1973), acudiendo
después a la recepción que celebra con motivo del 1º de octubre. Un día más
tarde bendice la residencia de la Seguridad Social “1º de Octubre” inaugurada
por Franco. Mientras tanto, cesa a varios profesores (“conservadores”) del Seminario
y trae de nuevo a los que había echado monseñor Morcillo, al tiempo que
propicia un Instituto Universitario de Teología, con Miret Magdalena y
González Ruiz de profesores. Nadie podrá extrañarse ya de que el Seminario de
Madrid se convierta en lo que luego ha resultado.
El asesinato
del almirante Carrero, el 20 de diciembre de 1973, sirvió para demostrar que
innumerables católicos hacían a su arzobispo responsable moral del magnicidio.
Es claro que el cardenal no tuvo nada que ver con los asesinos del almirante,
pero la opinión del pueblo madrileño demostraba que su arzobispo se había ganado
a pulso no sólo su desprecio, sino también sus iras. Gonzalo Mota señalaba en
“Fuerza Nueva” (enero, 1974) que esa explosión general de desaprobación ante
una persona y una línea pastoral era “obra de monseñor Dadaglio”. Y ahí
empieza el declive de Tarancón. Hasta entonces, con críticas como las que
hemos señalado, su carrera era ascendente. A partir de ese momento, el mundo
comenzó a ver que el “bluff” Tarancón tenía los pies de barro, y que mal
podía ser una figura internacional quien era así tratado por sus fieles en su
propia sede.
A comienzos
de 1974, una nueva polémica con motivo de autorizar, no se sabe en virtud de qué
poderes, la comunión en la mano, sin que existiera concesión de Roma. Una vez
más, la oposición entre Tarancón y el cardenal primado (Marcelo González) y monseñor
Guerra Campos se manifiesta abiertamente. Los artículos contra el cardenal se
multiplican, y en la imposibilidad de citar a todos, mencionaremos solamente
la correspondencia que con él cruzó mosén Bachs (Agosto, 1974), en la que
sacerdote catalán dirige una verdadera diatriba, con toda razón, al cardenal
de Madrid.
El sínodo de ese
año ya nos muestra a un Tarancón que no tiene el menor eco en la Iglesia
universal. Sus intervenciones “horizontalistas” no despiertan el menor
interés, salvo, quizá, en los sectores más radicalizados del progresismo
italiano. Así, el hoy suspendido “a divinis” Dom Franzoni hizo el gran elogio
del cardenal, lo que, ciertamente, no contribuía a aumentar su prestigio. La
prueba definitiva de lo que aquí se dice está en los escasos votos que obtuvo
para la Secretaría del Sínodo. (…) A partir de esos resultados, los
turiferarios del cardenal se iban a mostrar más moderados en presentárnoslo
como el futuro Papa. Ya no se lo iba a creer ni el mismo cardenal, que tengo para
mí fue el único que estaba encantado con la posibilidad.
De esa época
son unas confusas declaraciones sobre matrimonio, divorcio y confesionalidad
que anuncian el futuro constitucional de nuestra Patria. Y como la fecha está
próxima al primer aniversario del asesinato de Carrero Blanco, no faltan
nuevos insultos en la calle. Las declaraciones siguen teniendo puntuales
contradictores, que, no es necesario decirlo, están todos mucho más en línea
con el magisterio de la Iglesia que el cardenal de Madrid. Así, mosén Ricart:
“Las declaraciones del cardenal Tarancón sobre el matrimonio civil han
producido estrago grave y nefasto en toda España” (“Iglesia-Mundo”), Angel
Garralda… Rafael Gambra, etc. (…)
En 1975, se
hace mediador de la petición de amnistía de Justicia y Paz (febrero), con lo
que no es ajena su persona a los asesinatos que hayan cometido los amnistiados
una vez puestos en libertad. Tolera también, por entonces, la Asamblea de
Vallecas; protesta por la suspensión gubernamental de la misma y nuevo
escándalo, con numerosos artículos por este motivo.
En julio de ese
año, otro inmotivado ataque a monseñor Guerra Campos, tan gratuito, que el
incondicional “Ya”, al reproducir las declaraciones, sin duda sintiendo
vergüenza ajena, suprime el párrafo en cuestión. Intentos de desmentido y un
escándalo más. Telegrama del primado (mons. Marcelo González) en solidaridad
con monseñor Guerra; forzadas y tardías disculpas de Tarancón y dignísima y
cristiana actitud del obispo de Cuenca, en contraste con la del cardenal.
El 19 de
septiembre de 1975 pide, en nombre de la Conferencia Episcopal, un indulto
que hoy (1979) vemos cómo está pesando con su aterradora cifra de cadáveres,
sobre España y sobre los que propiciaron la amnistía.
Muerto
Franco, homilía en los Jerónimos con motivo de la exaltación al trono de don
Juan Carlos, y nueva polémica al canto. Como muestra, un artículo de Julián
Gil de Sagredo, cuyo título no puede ser más explícito: “Entre la heterodoxia
y la demagogia” (“Fuerza Nueva”, enero, 1976).
Pocos días
antes, un hecho de gran resonancia: reunión de numerosos sacerdotes
madrileños y conferencia del canónigo don Salvador Muñoz Iglesias, en la que
se pone de manifiesto lo que supuso para la archidiócesis el desdichado
gobierno del cardenal. Se dijo que, después de escuchar el impresionante
alegato del canónigo, el arzobispo expresó a los centenares de sacerdotes
presentes que, de aceptarlo, lo que debería hacer era dimitir. Y el
asentimiento parece que fue unánime. Porque, desgraciadamente, todo lo que
allí se había expuesto era sólo un pálido reflejo de la realidad.
También de
esa época, otra frase lapidaria del cardenal de enorme importancia para
comprender sucesos posteriores: “Ya no es válido eso de que España no puede
dejar de ser católica sin dejar de ser España”. Con lo que se vuelve a
levantar una oleada de protestas contra el arzobispo que, con tanta
frivolidad como ignorancia, pontifica sobre la esencia misma de una Patria
que, en verdad, no se merecía un obispo como éste.
Para cerrar
gloriosamente el año 1976, el cardenal de los mil Te Deums y de las mil
reverencias ante Francisco Franco, como ya está muerto, decide acreditar un
valor que antes ni siquiera se le suponía y, gran heroicidad, prohíbe la misa
que se proyectaba en la Plaza de Oriente, el día del primer aniversario de la
muerte del Generalísimo.
Y otra vez
las protestas indignadas (…) Como resultado de todo ello, el cardenal tiene
que ser protegido por la policía, y nuevas pancartas con el pareado “Tarancón
al paredón” en la gigantesca manifestación del 20 de noviembre. Que
ciertamente no son objeto del menor reproche por los cientos de miles de
católicos que acudieron a la concentración.
También, por
aquellos días, aquel cura sin pelos en la lengua y sin miedo en el alma que
fue el padre Venancio Marcos le llama el “cáncer de la Iglesia española”. Y
aunque el “Ya” sale con una editorial en su defensa, van siendo cada vez más
los católicos que piensan que el respeto que le tienen no es más que el que
se merece.
La Navidad de
1976 trajo un cierto optimismo a los atribulados diocesanos del cardenal. Empezó
a hablarse de que se lo llevaban a Roma. Y aunque muchos pensaran que darle
un cargo en la Curia era un premio injusto e inmerecido, con tal de verle
lejos aceptaban cualquier cosa. No se confirmaron los rumores, pero sí
vivimos unos días ilusionados.
Las protestas
por los tolerancias o los decididos apoyos a los clérigos progresistas son
una constante en todos estos años, y en 1977 arrecian considerablemente. La
Unión Seglar de Madrid se hace eco de la indignación producida por unas
conferencias organizadas en la Universidad por el Arzobispado, o, al menos,
por sacerdotes que dependen del mismo, en las que varios ponentes eran
conocidos marxistas (febrero). Y Eulogio Ramírez dedica un artículo al mismo
tema.
Las
increíbles declaraciones de Alberto Iniesta, obispo auxiliar del cardenal, en
las que la doctrina católica sobre el aborto, divorcio, relaciones prematrimoniales
etc., era abiertamente conculcada. son ocasión también para reprochar la
pasividad, por no decir la tolerancia o la complicidad de su inmediato
superior.
Mientras
tanto, le imponen la “F” de famoso en una discoteca, estando el elogio al
cardenal a cargo del marxista y ateo Tierno Galván (abril, 1977). No es tan
extraño que un chiste del nada sospechoso de “ultra”, el humorista Peridis (abril),
con motivo de la dimisión del almirante Pita da Veiga como ministro de Marina,
presente corriendo a ocultarse de nuevo en la alcantarilla, preocupados por
posibles consecuencias militares, a Carrillo, Felipe González, Gil-Robles… y
al cardenal Tarancón.
De esas
fechas es una de sus peores “Cartas cristianas” (“Ya”, 24-4): “La espada y la
cruz”. Y cuando utilizo el calificativo de peor no me refiero al estilo
literario, que ése es malo siempre. El 4 de agosto nombra rector del
Seminario a uno de los clérigos más progresistas de España, Juan de Dios
Martín Velasco. Y también por esos días otra desafortunadísima expresión de
este prodigio de frases desafortunadas: En entrevista a “Gaceta Ilustrada”
encuentra muy normal que el sacerdote “de vez en cuando eche una cana al aire,
porque es humano”. Rafael Gambra, con su acerada ironía pone, en Fuerza
Nueva, al arzobispo en el lugar que realmente le corresponde.
En octubre de
ese mismo año, Pablo VI cumplía 80 años. Y declaraciones de Tarancón dentro
de su más puro estilo; es decir, demoledoras para aquel a quien parece querer
alabar. Y téngase en cuenta que en este caso se trata del Pontífice a quien
Tarancón debe cuanto es.
“Hoy -dice el
cardenal a “ABC”- 80 años no inspiran aquella venerable respetabilidad
antigua; al contrario, estimulan las invitaciones al retiro de una forma
apremiante. Nosotros tampoco hemos querido organizar aquí nada, en Madrid. Prefiero
que pase tranquila esta fecha: no me hubiera extrañado -de tener que organizar
algún acto- que la gente, en vez de gritar ¡Viva el Papa! Dijese; “¡Dimite!.
Porque todo está muy cambiado. Es otro mundo, y dejémonos de nostalgias”.
Y ahora, la
más absoluta descalificación del Pontífice entonces reinante: “Pablo VI tiene
la cabeza muy bien, pero está derrotado físicamente por la artrosis, y esto
influye psicológicamente sobre él, estimulando su mentalidad de anciano. Tomar
decisiones graves a los ochenta años y con esa mentalidad cuesta mucho, quizá
demasiado. Son abuelos que se guían sobre todo por razones afectivas y por
miedo a herir si hacen esto, o que pase aquello si hacen lo otro”.
¿Intolerable
en un cardenal? Parece que sí.
En noviembre,
unas increíbles declaraciones laicistas sobre divorcio, adulterio, etc. en
“El País”, que iban ya elaborando el terreno para lo que ocurriría con la
Constitución. Tampoco en esta ocasión faltaron las réplicas.
1978 comienza
con una “cordial” entrevista con Santiago Carrillo, que pronto terminó como el
rosario de la aurora. Al escándalo del encuentro sucedió el de unas
declaraciones de Carrillo que atribuían al cardenal pensamientos inconciliables
con la doctrina católica. Desmentido de Tarancón y contraataque del líder
comunista, que se reafirmaba en lo dicho. No soy sospechoso de la menor
simpatía hacia el responsable de Paracuellos, pero creo que quien decía la
verdad era él. Por lo menos ha demostrado más honestidad en su conducta que
el cardenal de Madrid.
Otra pésima “Carta
cristiana”, esta vez sobre el divorcio (junio), refutada magistralmente por
uno de nuestros mejores teólogos, que tacha Tarancón de “divorcista
circunstancial”. Y nos encontramos en plena batalla constitucional.
Pese a todos
sus esfuerzos, no le tratan mejor los llamados católicos progresistas. El
cura Gamo le llama “reaccionario”, y el ex cura y alto dignatario comunista
García Salve denuncia su frivolidad. (…)
Por el otro
extremo no son más favorables las críticas. Rafael García Serrano escribe que
Tarancón “es a Cisneros lo que una cucaracha a un águila real”; también se replica
acremente a unas declaraciones del cardenal en las que decía que no le
asustaba que el PSOE llegase al poder.
Más ambiguas “Cartas
cristianas” sobre la Constitución (octubre y noviembre) y fracaso estrepitoso
en los dos Cónclaves a los que asiste. Hasta que llegamos a la carta pastoral
de mons. Marcelo González (Primado de España). Pero ello quedará para el
próximo artículo.
Cerramos éste
con la humilde petición, a quien corresponda, para que libre cuanto antes a
la Iglesia española de este cardenal nefasto al catolicismo de nuestra Patria.
Cuando el exministro Julio Rodríguez, que acaba de fallecer, le negó la mano
en el funeral por Carrero Blanco bien sabía lo que hacía. Aquel gesto, de
resonancias paulinas, seguro estoy que le habrá servido de muchas
indulgencias a su llegada al cielo.
Revista FUERZA NUEVA, nº 633 24-Feb-1979
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