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domingo, 21 de junio de 2026

Pemán y sus sospechosos elogios al “Príncipe”

 Artículo de 1968

 EL CULTO A LA PERSONALIDAD DE “EL PRÍNCIPE”

 El artículo de don José María Pemán publicado en «A B C» del día 5 de enero, y que tiene por título «El Príncipe», es modelo de glosa, literal lamente perfecto y acabado. El lenguaje es difícil de entender en el insigne autor de «El divino impaciente»; incomprensible en quien por el año 1933 decía que la Comunión Tradicionalista era, «por su parte activa, un ejército, y en su parte espiritual, una doctrina eterna». 

Las sinceras alabanzas prodigadas a los artífices de la obra: a don Alfonso Carlos, a don Javier de Borbón, a don Manuel Fal Conde y a Zamanillo, se han trocado hoy en apasionados y ciegos elogios precisamente para «El Príncipe», que nada tiene que ver con aquel «activo ejército» ni con aquella «doctrina eterna» que salvó a España; son hoy vítores de júbilo para el vástago de la familia que mejor simboliza el imperio de lo temporal sobre lo eterno; de la fe religiosa vacilante, dudosa y escéptica, en pugna con el Carlismo. Es incomprensible. La pluma que un día cantó alabanzas hoy ha sido mojada en la tinta del olvido, del desprecio y de la ingratitud.

 Comienza el prólogo con la acusación de «cicateros», de ruines y tacaños a quienes obstaculizaron y se opusieron al acceso de una mujer al Trono. Don José María se excluye bonitamente del calificativo, reconociendo la excelencia de los reinados femeninos de doña María de Molina, de Isabel la Católica y de doña María Cristina de Habsburgo. Este último recuerdo, muy respetable, es exponente de lo íntimo y familiar que le resulta al articulista, pero que a la hora de la comparación no creo saldría bien parado.

 Así oscurece los conceptos del bien y de la verdad, dando alas a su apasionado corazón en mengua y detrimento de la memoria y lucidez.

 La Historia va a ser mi fiel compañera para dar fe de lo que he afirmado. Se duele de que a despecho del imborrable recuerdo del reinado de la católica Reina, repudiasen los carlistas el de Isabel II. No debió ser molestada esta tierna Princesa por su tío Carlos..., sin duda porque de su futura fecundidad había el bisabuelo del Príncipe loado en «A B C»... No, señor Pemán, no eran cicateros los carlistas; no disputaban el Trono a una dama. Ni entonces ni después confundieron el sexo con la ineptitud. A una mujer, y de la real casa de Braganza, a la Princesa de Beira, debe el Carlismo el excelso beneficio de la fidelidad a la «doctrina eterna», que a buen seguro hubiera naufragado, contaminada por un Príncipe liberalizado (¡qué coincidencia!) que también se llamaba Juan III, como el que reside en Estoril, como el que aparece en la fotografía que ilustra el artículo de «A B C».

 Los carlistas no luchaban contra una mujer, sino por la pureza de una institución, por su doctrina eterna, porque sus sentimientos católicos estaban brutalmente escarnecidos en una corte donde podía cantarse impunemente: “¡Muera Cristo! ¡Viva Luzbel! ¡Muera Don Carlos! ¡Viva Isabel!” Sabían los de la Comunión Tradicionalista que aquella inocente víctima de la sectaria, tenebrosa, «bastarda, afrancesada y europeizante» constitución tenía las alas cortadas para remontar el vuelo a las divinas impaciencias de la Reina que en sus aladas naves llevó la «doctrina eterna» a un nuevo continente. El veneno escondido en la dorada constitución que mediatizó el reinado de Isabel II y de todos sus sucesores no atrajo las bendiciones de Dios. Pagó España con dos destronamientos el

tributo de la gloria de los liberales; los carlistas sufrieron el infierno, con la derrota de dos guerras, y los frailes el purgatorio de la matanza y el expolio. 

Así empezó la legitimidad histórica que hoy hereda «El Príncipe» en quien don José María Pemán tiene puestas todas sus complacencias.

 Pero esa legitimidad fue truncada (al grito de ¡abajo los Borbones!) por los mejores derechos de la revolución triunfante en Cádiz y en septiembre de 1868.

 Pletórico de ilusiones liberales fue restaurado Alfonso XII en Sagunto. Relegaba al olvido el dramático final de su madre arrojada del Trono, previo el aviso del cura Merino, que intentó asesinarla... Y don Alfonso fue nueva víctima de quienes (por evitar la común unión de todos los españoles, no en el catolicismo del siglo, sino en el eterno incontaminado y tradicional) habían de proporcionar serios sinsabores a su esposa María Cristina de

Habsburgo y a su hijo Alfonso XIII. Díganlo si no la turbia liquidación del imperio, pese al honor del ejército y del pueblo español, que no se perdieron ni en Cuba, ni en Cavite, ni en Baler.

 Con el hundimiento del Trono del padre de don Juan y abuelo de «El Príncipe» pudo haber reconciliación. El perdón por parte de la dinastía carlista no le faltó a don Alfonso XIII, desterrado en Roma. En su condición de Rey destronado (el tercero de su dinastía en noventa y un años) no era mucho pedirle la promesa del propósito de la enmienda de su error liberal y el reconocimiento de la usurpación de derechos a la dinastía de los descendientes de don Carlos María Isidro de Borbón. Ante la negativa y la obstinación de Alfonso XIII, don Alfonso Carlos nombró regente en su testamento político a don Javier de Borbón-Parma, a quien recomendaba, además, como el Príncipe ideal para su sucesión. Y con él preparó el Glorioso Movimiento, puesto que como  muy bien sabe el señor Pemán, el documento lleva la fecha de 26 de enero de 1936. El nombramiento lo justifica con esta frase: «Pero no se llegó nunca a pacto alguno porque don Alfonso no consintió jamás en la aceptación solemne de los principios de mis derechos soberanos, ni en la abdicación de su hijo.»

 Y no fue obstáculo para que la Comunión Tradicionalista (que había suplicado al político Rodezno por el organizador Fal Conde) hiciese espléndida realidad y garantía salvadora, la que Pemán concebía entonces como «ejército con doctrina eterna». Dice el libro de Melgar sobre la escisión dinástica, que los amigos y consejeros de don Alfonso decidieron su real ánimo a mantener sus derechos y no reconocer los de la rama carlista. Esta actitud, señor Pemán, es vieja herencia que también recibirá su «Príncipe». Recuerde la contestación dada a Carlos VII en la Avenue de la Grand Armée, de París, por su prima Isabel II, cuando ambos estaban desterrados: «Pero, ¿de qué serviría esa sumisión (la suya) cuando «los míos» la tendrían por nula y levantarían pendones por don Alfonso»?

 Y los pendones aparecieron en Sagunto a la hora convenida. ¿Podrán sus nietos y descendientes sustraerse a las presiones de «los suyos»? ¿Acaso no son los cuarenta y cuatro de Estoril quienes, desertando del ejército de la doctrina eterna, levantan ahora pendones por don Juan? Los de Sagunto y los de Estoril tenían el reloj parado en aquella hora en que los «cicateros» carlistas repudiaron a una tierna niña y a su madre, la bella napolitana y gloria de los liberales; en la hora del lúgubre doblar de las campanas del Real Monasterio por la muerte de Fernando VII el día 29 de septiembre de 1833. Y lo más grave es que lo han parado después de lo ordenado por Diego Martínez Barrio en la Logia Iberia de Lisboa, donde se manifiesta «juanista» para evitar el carlismo que les venía encima y «para poder derribar el régimen de Franco». Y lo tienen parado, pese a que don Juan manifiesta su concordancia antifranquista en sus manifiestos de Lausana y de Estoril.

 Tampoco se mueve el reloj con la carta que don Manuel Fal Conde dirige a Rodezno desautorizándole por sus favorables manifiestos hacia don Juan, publicadas por «United Press» en 1946. Y parado sigue cuando en 1948, en Londres, se hacen «juanistas» Prieto y Gil Robles; cuando en 1952 la Comunión Tradicionalista, da cumplimiento a la voluntad de don Alfonso Carlos, precisamente para que nadie impida que deje de ser como Pemán la concibiera: «ejército y doctrina eterna». A este fin declaró solemnemente a don Javier de Borbón, como Rey, en asamblea celebrada en Barcelona con motivo del Congreso Eucarístico. Y con el reloj muy retrasado fueron cuarenta y cuatro señores a Estoril para autodepurar a la Comunión y hacer efectivo el mandato de Pemán de 1933, aunque levantasen ahora sus pendones «juanistas»

 Pero hay más. Han venido a testimoniar su ligereza y obcecación dos nuevos acontecimientos. En 1958 se celebra en Bruselas la asamblea del partido comunista con asistencia de Dolores Ibarruri, doctora honoris causa» por la Universidad de Moscú. La Pasionaria, tan docta en las disciplinas de Lenin y Stalin, cuan inepta para las divinas impaciencias» de Javier; anclada por su saber y por sus años en la generación de 1834, al suscribir para ella y su partido la enmandilada candidatura «juanista», forzosamente tuvo que exclamar: ¡Muera Cristo! ¡Viva Satán! Completar la copla de 1833 gritando: ¡Nada de Carlos! ¡Viva don Juan! ¿No le parece que es avivar las «sectarias impaciencias» de doña Dolores?

 Y siguiendo las páginas de la Historia, en 1962, y con los mismos piadosos fines, se reúne Rodolfo Llopis en Munich con Gil Robles y con representantes marxistas, demócrata cristianos y monárquicos liberales, cuyos nombres no es necesario citar.

 Quiero manifestar, por último, que si la herencia histórica de la legitimidad de «El Príncipe» queda bien esclarecida por la luz de la verdad, encuentro en el artículo un concepto final que debo aclarar. Me refiero a los méritos ponderados por Pemán en su elegido, presentándolo como el hombre bueno que no pertenece ni al bando de los vencedores ni al de los vencidos. La luz de los acontecimientos, que acabamos de citar identifica la académica frase, con un gironellismo puro. La dorada frase, muy púdica, tapa lo que no debe enseñarse: su procedencia moscovita. Allí eso se denomina existencia pacífica.

 Le doy toda la razón a Pemán cuando dice: «Franco sabe que por su legitimidad «emanada de la victoria», él no es ya una persona, sino una institución.» No concibo un Príncipe aspirante a sucesor de Franco (cuando Dios lo disponga) que no sea como él participante en la victoria del Movimiento; vinculado a él lo más íntimamente posible, no de palabra, sino con hechos.

 En lo que no estoy de acuerdo con don José María es en el poco celo para exigir pureza a la institución (que debe ser «ejército y doctrina eterna») y el excesivo culto a la personalidad de un Príncipe a cuyo padre se lo prodigan de consuno monárquicos liberales y marxistas leninistas.

Manuel  de VALDIVIELSO


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968

 

sábado, 30 de mayo de 2026

Distorsiones anticarlistas

 Artículo de 1968

 ¿En nombre de qué pueblo escribe el director del diario “PUEBLO”?

Una serie de sofismas se suceden en las cuartillas que Emilio Romero entrega para su impresión en ese diario de su dirección —«Pueblo»—, y en el que no tienen cabida muchos españoles que serían la voz del «pueblo».

 «Sin rodeos» es el encabezamiento de muchos de los editoriales que publica Emilio Romero, que se autocalifica de «gallito». En uno de sus recientes trabajos se pronuncia, «sin rodeos», contra el carlismo, sin tener en cuenta que el carlismo forma parte integrante del Movimiento Nacional y que el diario de su dirección pertenece al mismo. ¿Tiene esto Lógica? ¿Es de elemental Etica?

 Si esos ataques al carlismo Emilio Romero los hubiera publicado en los primeros meses del Movimiento, ¿qué le hubiera sucedido? ¿Continuaría siendo director del diario «Pueblo»? Queremos analizar brevemente alguna de sus ideas sofísticas. Antes queremos reconocer que sabe escribir, que tiene una pluma ágil y extraordinaria, que sabe atacar en materia política. ¿Tememos su reacción? ¿Se atreverá a contestar a estos reparos que oponemos a sus «sin rodeos»?

 Repetidamente, en ese artículo al que nos referimos, demuestra un desconocimiento pleno de la Historia. A estas alturas (1968) nos habla de «pleitos dinásticos», cuando el propio Caudillo ha reconocido que las luchas de los siglos XIX y XX no fueron dinásticas, sino de ideologías; eran el enfrentamiento de la España auténtica, precursora del Movimiento, y la España bastarda y extranjerizada. ¿Por qué ignora esto el director de «Pueblo»? (…)

 El «gallito» se irrita ante la noticia de que parte del pueblo carlista se ha reunido en Fátima y ha rezado a la Virgen, juntamente con el abanderado de la Tradición, el príncipe don Javier Borbón-Parma. Confiesa que «le sorprende» que don Javier haya concedido condecoraciones. Nosotros aconsejaríamos a E. Romero que no se sorprenda tanto, pues puede que no sea más que el principio de las sorpresas que le esperan en la segunda mitad del siglo XX, como continuación de las sorpresas que en un 18 y 19 de julio de 1936 dio ese mismo pueblo carlista para que, indirectamente, el señor Romero pudiera ser director de un diario perteneciente a aquel Alzamiento que, como «Pueblo» fundó en parte el pueblo carlista, cuya representación ha peregrinado a Fátima.

 Emilio Romero no se «imaginaba» que las condecoraciones y títulos pudieran otorgarse desde el extranjero. No es cosa de «imaginación, señor Romero, sino de realidades históricas. Se refiere concretamente a las concedidas, entre otras, a don Carlos Hugo, a don Manuel Fal Conde y a don José María Valiente. ¿Acaso desconoce que hay una disposición firmada por el Generalísimo según la cual se reconocen los títulos y honores concedidos por los reyes carlistas desde su exilio? Si se reconocen como legítimas las otorgadas por don Alfonso Carlos desde el extranjero, ¿cómo no vamos a reconocer también el título de Regente otorgado por el mismo rey carlista a favor de don Javier Borbón-Parma? ¿Acaso no fue válida la orden dada por ese mismo don Javier, y también desde el extranjero, de movilización de unos 60.000 requetés? ¿Por qué no le hiere la realidad histórica -no pura imaginación novelesca- de aquel telegrama cifrado que, a las seis y media de la mañana del 17 de julio de 1936, desde el extranjero, se transmitía por el mismo don Javier de Borbón Parma, dando la orden de iniciar el Alzamiento?

 El hábil periodista político que es Romero todo lo reduce a «un pleito y pugna dinástica»; desconociendo, repito, que los carlistas jamás lucharon, ni luchan, ni lucharán nunca por una dinastía sino por una ideología religiosa y patriótica. Que tenga bien presente, si es que puede, que los carlistas de la primera guerra que lleva el nombre de carlista, ponemos, por ejemplo, si su Príncipe don Carlos María Isidro hubiera tenido ideales liberales, y María Cristina, madre de Isabel II, hubiera garantizado una educación a la Princesa basada en la más pura ortodoxia católica, ni uno sólo hubiera militado tras la bandera de don Carlos.

 Es vergonzoso que a estas alturas tengamos que dar estas explicaciones, que los más lerdos no las necesitan, pues de cualquier discurso del Caudillo cuando no de la Historia limpia, se desprenden. ¿Por qué Emilio Romero nos desfigura la Historia, con posible quebranto para una de las dos fuerzas políticas que fueron básicas en el 18 de Julio? ¿Qué clase de juego es éste? Comprendemos que «ABC», interesado dinásticamente con la familia descendiente de Isabel II y Alfonso XII y XIII, escriba de vez en cuando lo que es y lo que no es, pero no hay derecho a que «Pueblo», que pertenece al Movimiento, desinforme a los españoles.

 ¿Quién contribuye a esta confusión? Sin duda—nos duele el tener que decirlo—, «El Pensamiento Navarro», desde que lo dirige J. M. Pascual, que, como hemos dicho en más de una ocasión desde estas columnas, ha abandonado la idea de DIOS y de PATRIA y reduce el carlismo a FUEROS y REY. Esa desviación del periódico, que se había mantenido carlista ortodoxo e integro hasta la primavera de 1965 le puede servir de pretexto a E. Romero y, por lo tanto, es perjudicial; pero carece de fundamento sólido, pues la ideología carlista no la puede modificar ni un diario, por mucha solera carlista que haya tenido, ni unos pactos, ni uno o más príncipes. Los principios carlistas son por propia naturaleza inalterables y permanentes, al igual que los del Movimiento, con los que concuerdan y con los que se complementan.

 El autor de los «Sin rodeos» que comentamos y glosamos no solamente se ocupa de don Javier Borbón-Parma, sino también de don Juan de Borbón y Battemberg, de su hijo don Juan Carlos y del primo de éste don Alfonso Borbón y Dampierre. Son las posibilidades a la sucesión a la Jefatura del Estado.

 El comportamiento de don Juan, conde de Barcelona, lo encuentra «más moderado y menos bullicioso» que el de don Javier. En esto tenemos que confesar que coincidimos, si bien no por las mismas causas. Al parecer, Romero aplaude esa moderación y falta de bullicio. Para que un acontecimiento sea bullicioso se requiere que haya mucho PUEBLO, mucha gente, mucho ruido, mucho frenesí, mucho entusiasmo, mucho tumulto. ¿Puede producirse en torno a don Juan algún acontecimiento bullicioso? ¿Hay, políticamente hablando, en estos tiempos, algo más bullicioso que el entusiasmo que extasía en la romería-concentración de Montejurra? ¿Se imagina el señor Romero algo tan bullicioso como la concentración voluntaria de requetés en la plaza del Castillo de Pamplona, en aquel memorable y decisivo 19 de julio, ante el general Mola y por orden del propio don Javier y del condecorado don Manuel Fal Conde?

 Emilio Romero se lamenta de que haya dos organizaciones políticas que actúan dinásticamente, a pesar de que los partidos políticos están prohibidos. ¿Es que no recuerda que la Comunión Tradicionalista no es un partido político, aun cuando algunas veces tenga que actuar como tal para contrarrestar la acción de los partidos políticos ilegales, pero camuflados? ¿Es que no sabe que los requetés no están suprimidos, sino que tienen una existencia legal en el régimen? No tiene existencia legal, en cambio, ninguna organización política que defienda la ideología y dinastía liberal. Hace dos comparaciones entre términos heterogéneos.

 Nosotros estimamos que el artículo de E. Romero es un atentado a las esencias de la Monarquía Tradicional que instituyen nuestros Principios del Movimiento. Desfigura los hechos lejanos y los próximos. Los ve y los presenta como una lente, unas veces cóncava y otras convexa, según sean sus conveniencias. Los españoles del 18 de Julio tenemos buena visión y repudiamos cristales deformados como los que sirven de recreo en algunas garitas de ferias.

 Encuentra una actitud «más juiciosa» la de los príncipes don Juan Carlos y don Alfonso Borbón Dampierre. Ignoramos qué entenderá por«actitud juiciosa», si bien sospechamos que nos quiere hacer comulgar con ruedas de molino, máxime teniendo en cuenta una entrevista con uno de los últimamente citados Príncipes, que han reproducido algunos diarios españoles.

 Señor Romero: No confunda a los que impusieron la bandera bicolor, el ¡Viva España! y la llamada «Marcha real» para recuperar la Patria perdida y la libertad de la Iglesia, en un permanente y próximo —aunque a usted le parezca lejano— y que pactaron con el Ejército y posteriormente con la Falange, con aquellos otros que se mantuvieron al margen y que hoy desean aprovecharse del esfuerzo, vida y patrimonio que entregaron, sin exigir nada, al grito de DIOS, PATRIA y REY, y cuyo Himno —el Oriamendi— es todavía símbolo del Movimiento, del cual usted percibe su retribución. Le insisto en que no le faltarán sorpresas políticas.

 ¿En nombre de qué PUEBLO escribe usted, señor director de «PUEBLO»?

 Roberto G. Bayod Pallarés


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968 

 

martes, 26 de mayo de 2026

Si la monarquía juancarlista se debiera al pasado, hubiera sido rey su padre D. Juan

 Artículo de 1979

 EL PASMO DEL MUNDO

 YA saben ustedes que esta desgraciada operación de cambio político, que nos llevó de los niveles de prosperidad, paz y seguridad ciudadana, que el pueblo español disfrutaba con Franco, a la triste situación que padecemos, se asegura que es «el pasmo del mundo»… asombrado, abobado y regocijado por la forma en que una nación se ha destruido a sí misma, en medio de la sangre, el fango y las lágrimas

Pues bien, la «oferta» de tan averiada mercancía en el zoco de Estrasburgo, hecha por el presidente del Gobierno, señor Suárez, ha merecido un agudo análisis de José Luis Alcocer, hecho en «El Imparcial». Alcocer fue uno de los comentaristas que, en tiempos de Franco, mantenía una actitud crítica contra el sistema político. En Fuerza Nueva hay constancia de nuestra divergencia con sus posturas. Al venir el análisis de un hombre de «la otra acera», adquiere una significación específica, pues no podrá ser atribuida a la nostalgia, como cuando somos nosotros los que adoptamos posturas similares. Merece la pena reproducir algunas de sus consideraciones.

 A la pretensión de Suárez de que el «tránsito» de la llamada dictadura a la llamada democracia se ha verificado en los dos años de su llamado gobierno, Alcocer replica: «No, señor presidente del Gobierno de la nación. Nuestro tránsito hacia la democracia se inició, exactamente, por decirlo así, el 10 de enero de 1967, con la promulgación de la Ley Orgánica del Estado, merced a la cual es usted presidente del Gobierno. Y se prosiguió, desde luego, con la voluntad afirmativa del general Franco, jefe del Estado, cuando se le ocurrió proponer al entonces príncipe don Juan Carlos de Borbón y de Borbón como sucesor suyo en la Jefatura del Estado a título de rey, diciendo de paso que "la monarquía que hoy instauramos nada debe al pasado". Y don Juan Carlos juró y aceptó...»

 Sólo corregiríamos a Alcocer la fecha: el tránsito hacia la democracia se inició el 18 de julio de 1936, con el Alzamiento victorioso que acabó con el desorden rojo-separatista que llevaba a España a la esclavitud de una dictadura soviética. La culminación de esa democracia, cada vez más perfilada, debería haber sido distinta, pero ésa es otra historia. Que no quita valor a las puntualizaciones de Alcocer a los «padres» de esta democracia: «Pero ¿de dónde venís? ¿Quién os ha hecho eso que se llama gente? Si no sois unos y otro, sino el trasunto de Franco. ¿Dónde estaríais los unos y los otros sino fuera porque Franco se tomó la molestia de ganar una guerra civil?»

 Preguntas que refuerza con afirmaciones: «El rey es rey porque Franco lo quiso, lo decidió y lo propuso. No por otra cosa, don Juan Carlos inauguró la democracia el 23 de julio de 1969 con las siguientes palabras: "Recibo de su excelencia el jefe del Estado y Generalísimo Franco la legitimidad política surgida del 18 de julio y de 1936." Ahí no hay equívocos, eso está dicho, eso está jurado. Don Juan Carlos encarna una monarquía instaurada, que nada debe al pasado. Porque si algo debiera al pasado, el rey no sería él, sino su padre

 El deseo de actuar como si Franco no hubiera existido nunca, provoca, dice Alcocer, que en España «empiece a haber algunos que comiencen a desear que Franco siga existiendo todavía».

 El fenómeno es más profundo de lo que Alcocer cree. No es, con ser respetable, sólo la gratitud lo que mantiene viva la memoria de un hombre al que procuran hacer olvidar los que más le deben. Es, sobre todo, la trágica realidad de la vida cotidiana la que demuestra al pueblo, de forma irrefutable, que con Franco vivíamos mejor.

 Si el nuevo régimen político hubiera traído la felicidad a los españoles, Franco hubiera pasado, sin revanchismos y sin mitificaciones, a ocupar el puesto que su patriótica ejecutoría le han ganado en la Historia. Si así no ha sido, la responsabilidad es de quienes, además del penoso fallo humano de no ser agradecidos, han tenido el mucho más grave, desde el punto de vista político, de no saber conservar y acrecentar para el pueblo la fecunda herencia que Franco les dejó.

R. I.


Revista FUERZA NUEVA, nº 632, 17-Feb-1979 

 

 

R. I