|
¿En nombre de qué pueblo
escribe el director del diario “PUEBLO”?
Una serie de sofismas se suceden en las cuartillas que Emilio Romero
entrega para su impresión en ese diario de su dirección —«Pueblo»—, y en el
que no tienen cabida muchos españoles que serían la voz del «pueblo».
«Sin rodeos» es el encabezamiento de muchos de los editoriales que
publica Emilio Romero, que se autocalifica de «gallito». En uno de sus
recientes trabajos se pronuncia, «sin rodeos», contra el carlismo, sin tener
en cuenta que el carlismo forma parte integrante del Movimiento Nacional y
que el diario de su dirección pertenece al mismo. ¿Tiene esto Lógica? ¿Es de
elemental Etica?
Si esos ataques al carlismo Emilio Romero los hubiera publicado en
los primeros meses del Movimiento, ¿qué le hubiera sucedido? ¿Continuaría
siendo director del diario «Pueblo»? Queremos analizar brevemente alguna de
sus ideas sofísticas. Antes queremos reconocer que sabe escribir, que tiene
una pluma ágil y extraordinaria, que sabe atacar en materia política.
¿Tememos su reacción? ¿Se atreverá a contestar a estos reparos que oponemos a sus «sin rodeos»?
Repetidamente, en ese artículo al que nos referimos, demuestra un
desconocimiento pleno de la Historia. A estas alturas (1968) nos habla de
«pleitos dinásticos», cuando el propio Caudillo ha reconocido que las luchas
de los siglos XIX y XX no fueron dinásticas, sino de ideologías; eran el
enfrentamiento de la España auténtica, precursora del Movimiento, y la España
bastarda y extranjerizada. ¿Por qué ignora esto el director de «Pueblo»? (…)
El «gallito» se irrita ante la noticia de que parte del pueblo
carlista se ha reunido en Fátima y ha rezado a la Virgen, juntamente con el
abanderado de la Tradición, el príncipe don Javier Borbón-Parma. Confiesa que
«le sorprende» que don Javier haya concedido condecoraciones. Nosotros
aconsejaríamos a E. Romero que no se sorprenda tanto, pues puede que no sea
más que el principio de las sorpresas que le esperan en la segunda mitad del
siglo XX, como continuación de las sorpresas que en un 18 y 19 de julio de
1936 dio ese mismo pueblo carlista para que, indirectamente, el señor Romero
pudiera ser director de un diario perteneciente a aquel Alzamiento que, como «Pueblo»
fundó en parte el pueblo carlista, cuya representación ha peregrinado a
Fátima.
Emilio Romero no se «imaginaba» que las condecoraciones y títulos pudieran
otorgarse desde el extranjero. No es cosa de «imaginación, señor Romero, sino
de realidades históricas. Se refiere concretamente a las concedidas, entre
otras, a don Carlos Hugo, a don Manuel Fal Conde y a don José María Valiente.
¿Acaso desconoce que hay una disposición firmada por el Generalísimo según la
cual se reconocen los títulos y honores concedidos por los reyes carlistas
desde su exilio? Si se reconocen como legítimas las otorgadas por don Alfonso
Carlos desde el extranjero, ¿cómo no vamos a reconocer también el título de Regente
otorgado por el mismo rey carlista a favor de don Javier Borbón-Parma? ¿Acaso
no fue válida la orden dada por ese mismo don Javier, y también desde el
extranjero, de movilización de unos 60.000 requetés? ¿Por qué no le hiere la
realidad histórica -no pura imaginación novelesca- de aquel telegrama cifrado
que, a las seis y media de la mañana del 17 de julio de 1936, desde el
extranjero, se transmitía por el mismo don Javier de Borbón Parma, dando la
orden de iniciar el Alzamiento?
El hábil periodista político que es Romero todo lo reduce a «un
pleito y pugna dinástica»; desconociendo, repito, que los carlistas jamás
lucharon, ni luchan, ni lucharán nunca por una dinastía sino por una
ideología religiosa y patriótica. Que tenga bien presente, si es que puede,
que los carlistas de la primera guerra que lleva el nombre de carlista,
ponemos, por ejemplo, si su Príncipe don Carlos María Isidro hubiera tenido
ideales liberales, y María Cristina, madre de Isabel II, hubiera garantizado
una educación a la Princesa basada en la más pura ortodoxia católica, ni uno
sólo hubiera militado tras la bandera de don Carlos.
Es vergonzoso que a estas alturas tengamos que dar estas
explicaciones, que los más lerdos no las necesitan, pues de cualquier
discurso del Caudillo cuando no de la Historia limpia, se desprenden. ¿Por
qué Emilio Romero nos desfigura la Historia, con posible quebranto para una
de las dos fuerzas políticas que fueron básicas en el 18 de Julio? ¿Qué clase
de juego es éste? Comprendemos que «ABC», interesado dinásticamente con la
familia descendiente de Isabel II y Alfonso XII y XIII, escriba de vez en
cuando lo que es y lo que no es, pero no hay derecho a que «Pueblo», que pertenece
al Movimiento, desinforme a los españoles.
¿Quién contribuye a esta confusión? Sin duda—nos duele el tener que
decirlo—, «El Pensamiento Navarro», desde que lo dirige J. M. Pascual, que,
como hemos dicho en más de una ocasión desde estas columnas, ha abandonado la
idea de DIOS y de PATRIA y reduce el carlismo a FUEROS y REY. Esa desviación
del periódico, que se había mantenido carlista ortodoxo e integro hasta la
primavera de 1965 le puede servir de pretexto a E. Romero y, por lo tanto, es
perjudicial; pero carece de fundamento sólido, pues la ideología carlista no
la puede modificar ni un diario, por mucha solera carlista que haya tenido,
ni unos pactos, ni uno o más príncipes. Los principios carlistas son por
propia naturaleza inalterables y permanentes, al igual que los del
Movimiento, con los que concuerdan y con los que se complementan.
El autor de los «Sin rodeos» que comentamos y glosamos no solamente
se ocupa de don Javier Borbón-Parma, sino también de don Juan de Borbón y
Battemberg, de su hijo don Juan Carlos y del primo de éste don Alfonso Borbón
y Dampierre. Son las posibilidades a la sucesión a la Jefatura del Estado.
El comportamiento de don Juan, conde de Barcelona, lo encuentra «más
moderado y menos bullicioso» que el de don Javier. En esto tenemos que
confesar que coincidimos, si bien no por las mismas causas. Al parecer,
Romero aplaude esa moderación y falta de bullicio. Para que un acontecimiento
sea bullicioso se requiere que haya mucho PUEBLO, mucha gente, mucho ruido,
mucho frenesí, mucho entusiasmo, mucho tumulto. ¿Puede producirse en torno a
don Juan algún acontecimiento bullicioso? ¿Hay, políticamente hablando, en
estos tiempos, algo más bullicioso que el entusiasmo que extasía en la
romería-concentración de Montejurra? ¿Se imagina el señor Romero algo tan
bullicioso como la concentración voluntaria de requetés en la plaza del
Castillo de Pamplona, en aquel memorable y decisivo 19 de julio, ante el
general Mola y por orden del propio don Javier y del condecorado don Manuel Fal
Conde?
Emilio Romero se lamenta de que haya dos organizaciones políticas que
actúan dinásticamente, a pesar de que los partidos políticos están
prohibidos. ¿Es que no recuerda que la Comunión Tradicionalista no es un
partido político, aun cuando algunas veces tenga que actuar como tal para
contrarrestar la acción de los partidos políticos ilegales, pero camuflados?
¿Es que no sabe que los requetés no están suprimidos, sino que tienen una
existencia legal en el régimen? No tiene existencia legal, en cambio, ninguna
organización política que defienda la ideología y dinastía liberal. Hace dos
comparaciones entre términos heterogéneos.
Nosotros estimamos que el artículo de E. Romero es un atentado a las
esencias de la Monarquía Tradicional que instituyen nuestros Principios del
Movimiento. Desfigura los hechos lejanos y los próximos. Los ve y los
presenta como una lente, unas veces cóncava y otras convexa, según sean sus
conveniencias. Los españoles del 18 de Julio tenemos buena visión y
repudiamos cristales deformados como los que sirven de recreo en algunas
garitas de ferias.
Encuentra una actitud «más juiciosa» la de los príncipes don Juan Carlos
y don Alfonso Borbón Dampierre. Ignoramos qué entenderá por«actitud
juiciosa», si bien sospechamos que nos quiere hacer comulgar con ruedas de
molino, máxime teniendo en cuenta una entrevista con uno de los últimamente
citados Príncipes, que han reproducido algunos diarios españoles.
Señor Romero: No confunda a los que impusieron la bandera bicolor, el
¡Viva España! y la llamada «Marcha real» para recuperar la Patria perdida y la
libertad de la Iglesia, en un permanente y próximo —aunque a usted le parezca
lejano— y que pactaron con el Ejército y posteriormente con la Falange, con
aquellos otros que se mantuvieron al margen y que hoy desean aprovecharse del
esfuerzo, vida y patrimonio que entregaron, sin exigir nada, al grito de DIOS,
PATRIA y REY, y cuyo Himno —el Oriamendi— es todavía símbolo del Movimiento,
del cual usted percibe su retribución. Le insisto en que no le faltarán
sorpresas políticas.
¿En nombre de qué PUEBLO escribe usted, señor director de «PUEBLO»? Roberto G. Bayod Pallarés
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario