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Santiago, Patrón de España
El 5 de junio de 1965, Blas
Piñar pronunció un discurso en Santiago de Compostela. Al mismo corresponden
los párrafos que a continuación transcribimos:
La figura de Santiago, como
las de los grandes hombres, de los grandes santos, tiene dimensiones y
calibres universales. Santiago es testigo de una serie de unidades históricas,
sobrenaturales y religiosas. Santiago es el testimonio y el faro de la unidad
de nuestra Patria.
Yo no puedo hacer aquí un
recorrido histórico de todo el quehacer temporal de nuestro pueblo, pero sí
puedo deciros que, cuando se inicia y se fragua la conciencia histórica
nacional de España por obra de la Reconquista, desde Covadonga, Roncesvalles,
Ribagorza o la Marca Hispánica, el espíritu que contribuye a la formación de
esa conciencia surge con el descubrimiento de las cenizas y del sepulcro del
Apóstol a principios del siglo IX. Frente a Córdoba, la ciudad de Santiago es
algo así como la Meca del Occidente, que Diego Peláez y Diego Gelmírez transforman
en la Jerusalén occidental de piedra tallada y románica, como quiso definiría
el insigne tribuno don Juan Vázquez de Mella. Y si hubo una teoría de
peregrinaciones mahometanas que se dirigían hacia la mezquita de Córdoba, así
también pueblos cristianos de Europa iniciaron una corriente peregrina y
caminante hacia el Santuario de Compostela porque, como decía la fama y la
leyenda, en Galicia el Apóstol obraba milagros innumerables.
Así se fue forjando el
sentido de nuestra nacionalidad. En las grandes batallas, la invocación al
Apóstol Santiago hace posible la victoria de las huestes cristianas. Esta
invocación trajo, en ocasiones, la presencia del Apóstol, como ocurrió en la
batalla de Clavijo, cuando el rey don Ramiro se negó a pagar el tributo
doloroso y poco varonil de las 100 doncellas. Su ejército, derrotado y
abatido por las fuerzas enemigas, parecía propicio a la desbandada cuando se
apareció el Apóstol Santiago sobre un corcel blanco, con una espada luminosa,
alentando a los combatientes de Cristo.
Nuestros reyes y nuestros
santos serán devotos y peregrinos de Santiago, como lo fue el Cid Rodrigo
Díaz de Vivar. El Poema de Fernán González, los cantares de gesta, el
gregoriano, el románico y los cluniacenses se integrarán con un sentido
español y nuestra lucha nacional contra la morisma se transformará en una
cruzada en favor de la Iglesia.
De esta forma forjamos un
espíritu nacional tan profundo y tan hondo que, cuando la Reconquista
española terminó, cuando se delimitó geográficamente el perfil de la Península,
cuando Fernando e Isabel entraron en Granada, el primer homenaje a Santiago,
después del voto hecho por don Ramiro a raíz de la batalla de Clavijo, será el
de erigir aquí un hospital en el que los peregrinos que fluían de todos y los
caminos de Europa encontraran descanso, alivio medicinas y reposo.
Es Santiago, además, un faro y
un testimonio vivo de la unidad europea. La unidad europea no se forjó
realmente en las cruzadas, que tuvieron un aspecto religioso y sobrenatural
pero también un aspecto bélico y castrense. La conciencia de Europa como ser
histórico, la conciencia de Europa como cristiandad, hoy por desgracia en
crisis como consecuencia de la secularización de los Estados, se produce
precisamente en la andadura hasta Santiago. Son los peregrinos de todas las
regiones de Europa, los reyes, los príncipes y los santos, los burgueses y
los mendigos y hasta los bandoleros que hacen penitencia los que,
peregrinando por todos los caminos de Europa, se concentran aquí y llegan con
ansiedad al monte del Gozo, para contemplar las torres catedralicias y
recibir los apellidos que se han
perpetuado en Europa, como una vivencia de las antiguas peregrinaciones de
sus antepasados.
Fue aquí, en Santiago, donde
gentes de todos los idiomas, dialectos e indumentarias, que manejaban
instrumentos musicales distintos, que tuvieron incluso ante el Obradoiro sus
propias disputas regionales, forjaron la conciencia cristiana de Europa. Aquí
se creó un clima caballeresco y épico, que engendró para la literatura
universal, a través del viejo Códice Calixtino, las figuras del guerrero, del
monje del santo, de la mujer fuerte y del religioso. Porque fueron los
religiosos que venían a Compostela, caminando y peregrinando, los que vieron
con claridad aquello que la Iglesia tenía que hacer en su tiempo.
(…) Como consecuencia de este
caminar peregrinante a Santiago de Compostela, las grandes figuras religiosas
de la época tuvieron una visión intuitiva y profética de la nueva evangelización
que el mundo de entonces precisaba. Santiago, el Apóstol y Santiago, la
ciudad, son un testimonio vivo de la unidad ecuménica. Aquí nacen, en serio y
de verdad, las misiones. Aquí llegan Santo Domingo de Guzmán y San Francisco
de Asís y Raimundo Lulio y San Vicente Ferrer. Estos santos peregrinantes llegan
a Compostela, palpan la universalidad de la Iglesia, que sólo Compostela
puede entonces presentarles y se dan cuenta de que es urgente una
transformación pastoral.
Si el voto “stabilitatis” ha
hecho del religioso vagabundo que mendiga un hombre sedentario recogido en el
cenobio y en el monasterio, con sus votos de pobreza, de obediencia y de
castidad, si las grandes órdenes religiosas, antiguas y venerables, han
prosperado con el lema “ora et labora”, parece llegado el momento de
sustituir esta especie de reclusión santificante por una especie de voto
nuevo que podríamos llamar el voto de la “milicia Christi”. Nacen así la Orden de
predicadores y la Orden mínima de los padres franciscanos que, en las nuevas
ciudades mercantiles de fines del Medioevo mendigan las almas para
entregarlas a Cristo.
En Santiago y con Santiago,
tenemos nosotros, los españoles e hispanos, un testimonio vivo de otra unidad:
de la unidad de la estirpe hispana.
***
Nosotros, los cristianos,
enterramos a los muertos, pero no los enterramos para que se pudran; nosotros
enterramos a nuestros muertos porque sabemos que son templos del Espíritu
Santo, porque tenemos la garantía de que la resurrección de Cristo englobará,
tragará y devorará la muerte, y los levantará, siendo cuerpos corruptibles, a
las alturas gloriosas de la incorruptibilidad. Por eso, nosotros veneramos las
reliquias de nuestros santos. Aquí, en Santiago, tenemos las cenizas del Apóstol
y las veneramos porque sabemos que un día van a resucitar en cuerpo glorioso e
incorruptible por la fuerza de la gracia de Cristo.
Pero sabemos también que de
los santos, de las cenizas de los santos, de las reliquias de los santos, de
los lugares donde se conservan tales reliquias, de las aras santas de
nuestros altares, fluye una corriente sobrenatural con fuerza bastante para
poner en pie a los pueblos. Pues bien, si hay una estirpe humana, si hay una
forma española de vivir el cristianismo, si ha habido unos países en América que
han sido conformados de una forma hispánica de vivir el catolicismo, si hay
en Asia, en medio de la paganía absoluta, una nación floreciente con un
cristianismo vivo que, en estos días, conmemora el 400 aniversario de la
evangelización por Legazpi y Urdaneta, los agustinos y las órdenes religiosas
que después les siguieron, ello se debe a que de aquí, de este sepulcro, de
estas cenizas del Apóstol, brotó una corriente de vida sobrenatural que
impulsó el generoso espíritu de aventura de nuestros misioneros, de nuestros
gobernantes, de nuestros guerreros y de nuestros conquistadores. Ellos
sembraron las tierras de Filipinas y de América de nuevas ciudades con el
nombre de Santiago. Si recorréis las iglesias filipinas o americanas,
encontraréis una iconografía santiaguesa en cada una de sus capillas, pueblos
y hornacinas de sus viejas calles coloniales y españolas.
Santiago, que es un hombre,
un apóstol, un santo, ha traspasado de su espíritu a esta ciudad. Son los
hombres, las piedras y la historia los que están transidos en Santiago del
espíritu del Apóstol. Antes se decía de Compostela que era la tierra del feliz
y bienaventurado Jacobo. Yo os diría que Santiago es “civitas beati Jacobi”,
esto es, la ciudad del Apóstol, del Santo Jacobo, de Santiago. Y porque
Santiago ha traspasado de su espíritu a los hombres, a las piedras y a la
historia, la ciudad entera, historia piedras y hombres, están transidos de
eternidad (…)
Blas PIÑAR
Revista FUERZA NUEVA, nº185, 25-Jul-1970
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