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lunes, 3 de agosto de 2026

Relaciones entre los idiomas castellano y catalán

 Artículo de 1970 

 IDIOMA Y CULTURA

 Víctor Pradera, en la memorable conferencia pronunciada en Tarrasa en 1935, dedicó la segunda parte de su peroración a fijar unas ideas básicas sobre las relaciones entre los idiomas castellano y catalán. Cuando actualmente tanto se ha escrito y hablado sobre este tema, no siempre documentadamente, varias veces con reclamos oportunistas, de nuevo se hace actual el entendimiento orgánico, histórico, integrador, que Víctor Pradera puntualizaba en torno de ese debatido problema. Veámoslo.

 Orígenes del castellano y del catalán

 Quiero, de una vez para siempre, dejar sentado en Cataluña que el idioma castellano es un idioma catalán. Que a nadie le parezca paradójico. Que espere las pruebas y los razonamientos. No quiero decir con esto que el idioma catalán no tenga origen anterior en Cataluña al castellano: lo que digo es que el idioma castellano nació en Cataluña y, por haber nacido en Cataluña, es un idioma catalán. Y os diré más: que al mismo tiempo que nacía en Castilla y que nació en Cataluña y que nació en Aragón el idioma castellano, nacía en un lugar que parecía imposible que naciera, por la diferencia que existe con el léxico vernáculo: Vasconia. Y os diré más aún: que la última región española donde se habló oficialmente en castellano por los Reyes a sus súbditos fue en Castilla. Si tomó la lengua el apelativo de castellana no fue porque naciera en Castilla; fue porque no teniendo Castilla ningún otro idioma, allí el castellano se perfeccionó.

 La unidad nacional, es decir, la unidad de la Corona de Aragón con la Corona de Castilla, se realizó a finales del siglo XV. Si los reyes de la Corona de Aragón hablaron a sus súbditos en castellano, habréis de confesar que el castellano no fue importado a Cataluña ni a Aragón por los reyes de Castilla que dominaban aquí.

 El primer documento escrito en castellano, dirigido por los reyes a sus súbditos, que figura en la Academia de la Historia, en una colección que hay de esta naturaleza, es un documento escrito por el más catalán de los reyes de la dinastía catalana: por Jaime I el “Conquistador”.

 Y este mismo príncipe, Jaime I, en el prohijamiento mutuo que hizo con Sancho VII el “Fuerte”, confirmación de lo que acabo de deciros, lo escribió en lenguaje castellano”.

 Cataluña, consustancial a España

 Continuaba Víctor Pradera:

 Hay más. Se ha dicho que el castellano entró en Cataluña merced a la dinastía castellana de Fernando el de Antequera (siglo XV). Pero ya veis que estos documentos son anteriores. Nació aquí sin influencia ninguna de Castilla.

 Pero hay más. Rubió y Lluch, en su obra “Documentos para la historia de Cataluña”, ha investigado, ha indagado con un celo extraordinario todo lo referente al lenguaje vulgar en aquella época. Ha buscado en la correspondencia privada y no ha encontrado más que una carta que es de principios del siglo XIV. Pues esa carta, que era la escritura privada, el medio de comunicación privado de los catalanes, dice así: “Si us place oyr de la mi sanitat, sepades que so sano, la mercé de Dieuss, la cual cosa muyto querría saber de vos, e más vedir, aquesto sería cuando a Dieuss placería”.

 Todo esto revela que el castellano se llamó así no porque fue lengua de Castilla, puesto que había nacido también en Cataluña y había nacido también en Aragón y había nacido en Navarra en 1201, en que está el primer documento escrito en castellano oficial por los reyes a sus súbditos, sino que es una lengua que hablaban en Cataluña y que nació en Cataluña y que, por consiguiente, es una lengua catalana. Y, si esto es así, yo tengo que sacar una conclusión: cuando se habla de que Cataluña se le ha impuesto una lengua, quien eso dice no sabe lo que se dice, desconoce por completo la historia de Cataluña. No hay semejante imposición”.

 Unas conclusiones lógicas

 Víctor Pradera coronaba su magnífica lección, argumentando con aquellos raciocinios suyos encadenados y deductivamente imbatibles, de esta manera:

 Quiero llegar hasta el final de la conclusión, porque se han ideado aquí problemas que no existen, problemas que no existieron más que en la ignorancia de los que se decían vuestros directores. Quiero decir que una lengua no es marca de esclavo, a no ser en el caso de que fuese impuesta violentamente; ¡ah!, señores ¿qué diría Cataluña entonces de la lengua latina, que fue su lengua durante muchísimo tiempo? No. La lengua es un beneficio muchas veces y así lo estimaba Cataluña, porque no podemos olvidar que, en sus conquistas, Cataluña llevaba con su civilización, su lengua. Lo mismo en Sicilia que en Nápoles, que en Grecia, con el Ducado de Atenas, que en Cerdeña, a todos estos pueblos no solamente llevó sus armas, no solamente llevó su gente, sino que llevó su lengua, mejor dicho, sus dos lenguas, porque en Nápoles las lenguas oficiales eran el castellano y el catalán.

 Pero aquí tenéis, dentro de Cataluña, un pueblo que habla una lengua distinta de la vuestra: el Valle de Arán. El aranés no es un dialecto del catalán, el aranés es gascón y como es gascón, es dentro de la matriz de las lenguas, lengua distinta de la catalana. Y, sin embargo, muy bien, perfectamente bien, los araneses hablan, además del aranés, que es su lengua vernácula, el catalán. ¿Es que Cataluña, por eso, ha puesto la marca del esclavo sobre el valle de Arán?

 No, no hay más sino que Cataluña tiene dos lenguas suyas; una, la catalana, más antigua que la castellana; otra, la castellana que nació también en su tierra.

 Todo esto es suficiente. Demasiados motivos de guerra y de lucha tienen entre sí los hermanos para traer a Cataluña una lucha civil de lenguas, que es lo peor que puede ocurrir, porque eso es más grave todavía que la lucha civil de ideas políticas entre sí”.

 Más allá del idioma

 Tras la exposición doctrinal de Víctor Pradera -aunque no se acepten todas sus puntos de vista, algunos de los cuales, a mi entender, quizás son discutibles- es cosa cierta que el idioma catalán merece todas las consideraciones y andaduras jurídicas necesarias para su desenvolvimiento y esplendor.

 Sin embargo, no es menos cierto que hay otra vertiente en este problema. El idioma catalán, químicamente puro, es digno de las consideraciones apuntadas. Pero hay un hecho evidente: actualmente (1970) en Cataluña hay un monopolio indignante y sectario que se ha hecho de literatura y de la cultura catalanas bajo el signo de personajes y obras que no responden a la tradición de Cataluña, y que nos vienen a través del idioma, trasbordando las peores mercancías marxistas, el ateísmo elegante o grosero y una ofensiva explícita e implícita contra el ser de España y la justicia histórica impepinable de la Cruzada contra el comunismo.

 Nadie nos podrá decir que la literatura de un Juan Leita, mosén Dalmau, toda la trayectoria de la revista “Serra d’Or” y, en general, de la editorial “Nova Terra”, los Jordi Llimona y el teilhardismo del padre Eusebio Colomer, entre otros muchos, respondan a la línea de la fe católica de Cataluña. Tampoco que la novelística de Juan Oliver, de María Aurelia Capmany, de Baltasar Porcel, de Manuel de Pedrolo, de Mercé Rodoreda, de Pere Calders, etc., así como la poesía de Agustí Bartra, de Salvador Espriú, de Joan Brossa y de tantos y tantos otros, coincidan con el sentido cristiano que desde Ramón Lull, pasando por Verdaguer y Maragall, hasta el mismo José María de Segarra, era la fibra animadora de la auténtica e inmortal catalanidad.

 Nos encontramos ante un trust, homogéneo y sistemático, de autores que atentan con sus ideologías el patrimonio espiritual de Cataluña, sintetizado en su fe cristiana y en su personalidad secular.

 Ante esta realidad, hay evidentes fallos en el Estado Español, que ha descuidado promocionar la realidad catalana según su entrañable e insoslayable alma cristiana, con sus características específicas. Se deben reconocer las peticiones de derecho natural que Cataluña tiene respecto de su idioma. Pero no se debe permitir el avasallamiento de la torrentera de las ideologías marxistas, ácratas y jacobinas, que capitanea este movimiento. En el vehículo noble y correcto del idioma no se deben transportar mercancías mortíferas de ideologías negativas.

 A nuestro entender, la postura política solvente la anunció Juan XXIII en la encíclica “Pacem in Terris”, en la que se lee: “Ha de afirmarse decididamente que todo cuanto se haga para reprimir la vitalidad de tales minorías étnicas viola gravemente la justicia y mucho más todavía si tales atentados van dirigidos a la destrucción misma de la estirpe. Responde, en cambio, del todo a lo que pide la justicia, el que los poderes públicos se apliquen eficazmente a favorecer los valores humanos de dichas minorías, especialmente su lengua, cultura, tradiciones y recursos e iniciativas económicas”.

 Ha de advertirse, no obstante, que los miembros de tales minorías -bien por reaccionar contra su actual situación, bien por el recuerdo de sucesos pasados- no raras veces pueden dejarse llevar a insistir más de lo justo en los propios elementos étnicos, hasta ponerlos por encima los valores humanos, como si el bien de la familia humana entera hubiera de subordinarse al bien de ese pueblo. Y es razonable que ellos mismos sepan reconocer también ciertas ventajas que esa especial situación les trae, pues contribuye no poco a su perfeccionamiento humano el contacto permanente con una cultura distinta de la suya, cuyos valores propios podrán así ir, poco a poco, asimilando. Pero esto mismo se obtendrá únicamente cuando quienes pertenecen a las minorías procuren participar amigablemente en los usos y tradiciones del pueblo que los circunda y no cuando, por el contrario, fomenten los mutuos roces, de los cuales provienen grandes pérdidas y que traen el retraso de la nación.”

 El texto de Juan XXIII parece escrito expresamente para Cataluña y el País Vasco. El Estado tiene obligación de desarrollar la cultura, la economía y la personalidad de las regiones, pero éstas deben tener conciencia de su realidad, sin pretender exclusivismos antinaturales ni revanchismos visceralmente injustos. El Estado debe proteger, fomentar y apoyar las lenguas vernáculas. Pero graduando las proporciones de cada una de ellas y sin renunciar a la lengua nacional.

 En 1969 se editaron, en castellano, 12.439 títulos, en catalán 363, en vascuence 70, en gallego 27, en mallorquín 41, en valenciano 4, en bable 1. Pero el problema no está en la cantidad de libros publicados, sino en el contenido de los mismos. Dése toda la libertad editorial para las lenguas vernáculas, pero ni en castellano ni en catalán, el Estado Español, según sus Leyes Fundamentales puede tolerar literatura marxista, aberraciones de propaganda inmoral, falsificaciones históricas, poesía de odio, enfrentamiento científicamente elaborado preparando nuevas jornadas “gloriosas” como el 14 de abril de 1931, el 6 de octubre de 1934 y los tres años de asesinatos, de miseria y de terror bajo la “Generalitat de Catalunya”, la “Acció Catalana”, abigarrados con la CNT-FAI y el POUM, para todos ser, finalmente esclavizados por la agencia colonial de la URSS, que es, en Cataluña, el “Partit Socialista Unificat de Catalunya”, sección catalana del Partido Comunista de España.

 Y si se buscan lo más inmediatos antecedentes que pululan en el actual movimiento literario catalán, que “Cuadernos para el Diálogo” exhibe, se encontrará, en muchos de sus personajes citados y otros, la ficha de vieja pertenencia a estos partidos de la coalición del Frente Popular. Y a éstos les interesa más la difusión de sus ideologías negativas que la realidad natural del idioma, la cultura y la tradición de Cataluña.

 Caen de lleno en lo que condena Juan XXIII cuando nos dice que no se pueden poner por encima de los valores humanos los elementos étnicos. Para Juan XXIII, como para nosotros, el primer elemento humano es la fe y lo más contrario a los valores humanos es el marxismo y la demagogia izquierdista. Y el marxismo ni siquiera es elemento étnico: es simplemente materialismo bárbaro y degradante. (…)

 ¿Nos faltarán un Víctor Pradera y un Valls y Taberner, incluso un Cambó y un Juan Esterlich en sus últimos tiempos, para hablar claro y no permitir acomplejamientos y claudicaciones tremendas, que en esferas muy altas estamos ya presenciando, quizás con incurables heridas por el alma verdadera de la Cataluña auténtica del Rey Jaime I, de Ausias March, de Ramón Llull, de San Raimundo de Peñafort hasta la Cataluña de los mártires y de los héroes que, con su sacrificios, muertes y esfuerzos lucharon para que definitivamente nos salváramos de la esclavitud marxista y de los políticos malvados a lo Maciá y Companys, que, con un “Estatut” de factura masónica, mancillaron nuestra tierra y la entregaron a los cónsules soviéticos? Y hoy, sus lacayos se glorían de ser de aquéllos y consideran una derrota la liberación de Cataluña.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 189, 22-Ago-1970 

 

lunes, 23 de marzo de 2026

Intelectualismos sectarios sobre Cataluña (2)

 Artículo de 1970 

 NUEVA RÉPLICA A "SERRA D'OR"

 Venimos recibiendo una copiosa correspondencia repleta de indignación por la sofistería de la revista “Serra d’Or” que. en su número de febrero (1970), con la entrevista a Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren, sintetizaba toda su agresividad brutalmente desfiguradora de los hechos más patentes en esta frase: “El régimen que se estableció el año 39 era constitutivamente anticatalán”.


 Lo que se cuece bajo la frase de Aranguren

 Que “Serra d`’Or” haya podido publicar esto en letras de molde, ni es flor de un día ni algo insignificante. El Círculo Doctrinal “José Antonio”, de Barcelona, acaba de publicar (1970) el informe de la reunión celebrada en Castelldefels el quince del pasado marzo, que levanta el telón de lo que viene ocurriendo, con estas explícitas aclaraciones:

 Hoy en Cataluña de nuevo intentan fortuna los nietos de Prat de la Riba, y grupos minoritarios procuran abocarla otra vez por la falsa ruta. Hoy el Omnium Cultural, Montserrat, el Colegio de Arquitectos, la Banca Catalana y varias entidades parareligiosas y paraculturales asumen el papel que antaño desarrollaran aquellas instituciones con que maniobraba Prat de la Riba... Por eso no es maravilla ni debe despertar extrañeza que la Diputación de Barcelona conmemora solemnemente, el 1 de agosto de 1967, el 50 aniversario del fallecimiento de Prat de la Riba… ni que algún destacado multimillonario como don Luis Carulla y Canals, también destacado catalanista y hombre de negocios -La Gallina Blanca- con motivo de las Navidades desee a su círculo de amigos… un año 1968 con la arenga rencorosa de Pau Claris, preludio del Corpus de Sang y de la Guerra del Segadors, y otros (1969) con el ya citado diario de Ferrán Soldevila en que lo no español asoma a flor de piel”.

 No sabemos por qué, ni siquiera si tiene ilación ante todo esto, recordar lo que escribía “Arriba”, en su número 12, del 6 de junio de 1935, comentando el juicio de Companys, Pérez Farrás y otros compinches (por los sucesos revolucionarios de 1934) ante el Tribunal de Garantías Constitucionales.

 Escribe “Arriba” de José Antonio:

 Companys y los suyos se alzaron en memorable fecha contra la unidad de España: trataron de romper en pedazos a España, usando los mismos instrumentos que otros llamados españoles pusieron en sus manos. Aún está bien reciente en nuestra memoria el sonido escalofriante de la radio en aquella noche del 6 al 7 de octubre (1934), los gritos de ¡Cataluña, a las armas, a las armas! y las proclamas de los jefes separatistas. Era de prever que el juicio (1935) se hubiera celebrado bajo la amenaza suficiente de la cólera popular, que los acusados no hubiesen apenas encontrado defensa sino en un último llamamiento al deber inexcusable de defensa que a todos los abogados toca y que los acusados hubiesen asumido un papel respetuoso de delincuentes sometidos a la Justicia.

 Pero no: el juicio oral se ha convertido en una especie de apoteosis. Los procesados se han jactado, sin disimulo, de lo que hicieron, sus defensores -no nombrados de oficio sino surgidos gustosamente de entre las más hinchadas figuras- se han comportado más que como defensores como apologistas y ni a la puerta del Tribunal, ni en los coros habituales, ni en parte alguna de Madrid se ha notado el más mínimo movimiento de repulsión.

 Para algunos esto será indicio de que vivimos en un pueblo civilizado, tolerante y respetuoso con la justicia. Para nosotros es indicio de que vivimos en un pueblo sometido a una larga educación de conformismo enfermizo y cobarde. Si el 2 de mayo de 1808 hubiera llegado precedido de la inmunda preparación espiritual de nuestros tiempos, el pueblo, en lugar de echarse a la calle, hubiera soportado con resignación bovina la presencia de los soldados de Napoleón. Así estamos soportando ahora la afrentosa presencia del repugnante Ossorio y el indigno espectáculo de la prensa de izquierdas, cantora bajo burdos pretextos, de los traidores a la Patria.

 Digámoslo claro: mejor que esta actitud de maridos de vodevil francés, que va adoptando ante todo este espectáculo nuestro refinamiento, es la ferocidad impetuosa y auténtica de los pueblos que aún saben ajusticiar a sus traidores”.

 Así se hablaba en 1935, frente a los que desgarraban y malvendían los valores supremos de la Patria. Pero hoy (1970) “Serra d’Or” y Aranguren pueden vomitar los reniegos más absurdos y bárbaros contra el sacrificio de nuestro Ejército y milicias voluntarias para reconquistar Cataluña a la fe y la civilización, sin que ocurra ninguna reacción legal, que debería ser automática y definitiva. No pensamos en parangonar circunstancias, pero la peligrosidad de un ambiente que, aunque sea tarde, pueda producir en Cataluña una situación como la ocurrida en 1936-39, debe prevenirse.

  Muy por encima de “Serra d’Or”, con Joaquín Ruiz-Giménez, Pedro Laín Entralgo y López Aranguren, estaba el talento de historiador y hombre público del inolvidable amigo Fernando Valls Taberner, catalanista de siempre, pero que, a raíz de la República y del período rojo, supo ver claro cómo el catalanismo romántico y desvinculado de la tradición hispánica está sólo al servicio de la esclavitud de marxista. Y escribió sabiamente:

  “La trayectoria política de Cataluña en los últimos decenios del siglo XIX y en lo que llevamos del siglo XX puede resumirse en esta opinión: Cataluña ha seguido una falsa ruta y ha llegado a ser, en gran parte, víctima de su propio extravío. Esta falsa ruta ha sido el nacionalismo catalanista… Uno de los factores de subversión, cuya reaparición se debe evitar decididamente, ha sido el catalanismo político y aún, para simplificar la denominación, diremos el catalanismo a secas. Esto ha constituido la falsa ruta de la Cataluña contemporánea. Catalanismo no ha resultados lo mismo que amor a Cataluña, aunque de buena fe parecieran a muchos en otro tiempo, uno y otro, como cosas idénticas”.

 (…) Nosotros no queremos, en nombre precisamente de la catalanidad, que nuestra Cataluña se convierta en conejito de indias de otros experimentos marxistas, aunque está sevicia venga franqueada bajo la aduana de “Serra d’Or”.

 Jaime TARRAGÓ

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº181,27-Jun-1970


lunes, 1 de diciembre de 2025

Intelectualismos sectarios sobre Cataluña (I)

 … Tres intelectuales españoles repetían, en el franquismo, errores de otros intelectuales españoles de 1930,  sobre Cataluña

 INTELECTUALISMOS SECTARIOS (I)

 Hoy, febrero de 1970, en la revista “Serra d’Or”, editada e impresa en el monasterio de Montserrat, los profesores Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren, hacen unas declaraciones, afirmando, el último de los citados, que “el Régimen que se estableció el año 39 era constitutivamente anticatalán”…

 ***

Se han cumplido cuarenta años de la concentración grotesca, cursi y nefasta, de intelectuales castellanos confraternizando con intelectuales catalanes, por marzo de 1930, en un acto de corrosivas y pedantescas exhibiciones, de suicidas inconsciencias, en aquellas hora de grandes euforias por la caída, traición y frustración del general don Miguel Primo de Rivera. Sainz Rodríguez, Bonilla Sanmartín, Marañón, Menéndez Pidal, Concha Espina, Augusto Barcia, Conde de Vallellano, Azorín, entre otros, habían pedido los mayores reconocimientos para la lengua catalana. El pretexto era noble, aunque no la intención de los que empujaban tales campañas ni los fines que perseguían.  

 El clima de aquellos tiempos lo pintaba Carlos Capdevila en “La Publicitat”, de 15 de marzo de 1930. Cada uno que lee este texto puede hacer paralelismos fácilmente sugeribles, en los planes subversivos de todas las épocas. Dice así: “La Dictadura de Primo de Rivera no era revolucionaria, pero preparó la revolución sin darse cuenta; ésta hubiera sido su obra positiva. Tal vez habrá sido insuficiente para provocarla,  pero ninguna otra fuerza ha trabajado tanto y tan bien para hacerla posible. En sesenta años no se ha respirado la atmósfera de revolución que actualmente ocupa el complejo hispánico”.

 Pérez de Ayala dio unas cuartillas a la prensa en las que enfáticamente proclamaba: “De la fraternidad intelectual entre Cataluña y el resto de España lo espero todo, y sin ella nada puede esperarse. Durante el banquete (…) Fernando de los Ríos, el socialista sefardita y elegante, ya apuntaba: “Es necesario que quien quiera emprender la transformación del problema catalán, emprenda antes la transformación de las instituciones que lo alimentan”. Ortega y Gasset anunciaba “la voluntad de hacer una España nueva”. El doctor Pi y Suñer, con aparente sensatez, afirmaba: “En uso de nuestro derecho y por nuestra voluntad, nuestra lengua nativa a la que amamos…, cosa que no impide que respetemos y amemos nuestra lengua castellana (…)

 Todo esto era biombo y máscara del complot contra la monarquía, el orden social y, por la misma pendiente, de la entrega de España al comunismo. Todo cuanto se decía en defensa de nuestra lengua catalana era legítimo; pero ni la lengua catalana era objetivo verdadero del dinamiterismo de la maniobra, ni muchos de los intelectuales embarcados en la aventura vislumbraron que no eran otra cosa que títeres de unos poderes y una “inteligentzia” matriz de otros acontecimientos, ajenos absolutamente a la lengua catalana… Algo de esto apuntó Carlos Capdevila cuando en “La Publicitat”, del 24 de marzo de 1930, comentaba: “El banquete de ayer hacía augurar unas posibilidades inéditas hasta ahora; a todos juntos, ellos y nosotros, toca elevarnos a hecho histórico trascendental para nuestro pueblo”. (…)

 Aquellos intelectuales no lo sabían todo

 Y vino el Pacto de San Sebastián. Y el 14 de abril de 1931, con su República, impoluta y limpia, que nos prometían Alcalá Zamora, Miguel Maura, Ossorio y  Gallardo y otros católicos entusiasmados con la nueva situación, incluso con la amplia complacencia del nuncio monseñor Tedeschini, dispuesto a sacrificar prelados virtuosos y fuerzas auténticamente contrarrevolucionarias para consolidar y bautizar a aquella República, saludada también, alborozadamente, por la Gran Logia Española de la Masonería (…)

 Y la “ventura de España”, del más puro estilo masónico, pronto tuvo sus primeros acordes y compases, para entrar en los periodos más borrascosos en que se encrespaba la tempestad republicana. Ya no rememoraremos los incendios del 11 de mayo, a los 27 días justos de proclamarse la República, las huelgas, el terrorismo, el paro obrero… Será José Ortega y Gasset, el de “delenda est Monarchia”, que ya el 6 de diciembre de 1931 nos hablaba del “perfil triste y agrio” de la República. Y en 3 de diciembre de 1933 se quejaba en “El Sol”: “Durante estos años -1931-33- se me ha insultado y vejado constantemente desde las filas republicanas… Pero hay más: los hombres republicanos han conseguido que, por primera vez después de un cuarto de siglo, no tuviese yo periódico donde escribir”. Pero llegó 1936. Unamuno, Ortega y Gasset, Baroja, Marañón. Pérez de Ayala, Azorín, Menéndez Pidal, al unísono hablaron y escribieron contra la entrega de la República a sus herederos naturales y dueños indiscutibles, que eran los partidos marxistas y sus compañeros de viaje de la coalición del Frente Popular.

 ¿Adónde quedaba aquel banquete fraternal de los intelectuales que, como Quijotes, querían defender a ciertas Dulcineas y deshacer entuertos, sin darse cuenta de la envergadura, del plan y de la causa que servían? Fue muy reconfortante en la España nacional leer el “Epílogo para ingleses” de Ortega y Gasset, que apareció en París en diciembre de 1937, como el ensayo “Liberalismo y Comunismo. Reflexiones sobre la revolución española”, que dio a luz el doctor Marañón, en 1938 en Buenos Aires. O el artículo de Pérez de Ayala, en el “The Times”, en el mismo 1936…. Pero nadie puede negar la responsabilidad en la falta absoluta de visión de aquellos intelectuales. (…)

 ***

Un triunvirato y una mesa redonda (1970)

 “Serra d’Or”, de febrero (1970), ha publicado una orquestada conversación sobre el problema catalán, el Estatuto, nuestra guerra, el separatismo y la lengua catalana, bajo la batuta del que ha dicho ser ateo Baltasar Porcel, colaborador asiduo de esa revista, que publica la Abadía de Montserrat. Cuanto afirman Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y López Aranguren, no pasa de los tópicos y la vulgaridad. En un tema que se presta a centrar ideas con rigor intelectual, no pasamos de la sobada fraseología del “Manifiesto” de 1924 y de las frases hechas del banquete fraternal de escritores castellanos y catalanes en 1930: les falta una visión de España en sus más grandes ideales e histórica catolicidad y las aplicaciones de los principios de las sociedades infrasoberanas, que son el único pluralismo orgánico y natural que equilibra la unidad y la variedad. Sorprende tanta mediocridad mental en personas que, por otra parte, tienen cultura. Pero cuando se defiende una causa con complejos y galerías a las que agradar…

 Porque toda la síntesis de la conversación de este triunvirato, en su deformación de los hechos más evidentes, se puede sintetizar en esta frase, a nuestro entender delictiva y calumniosa de Aranguren: “El régimen que se estableció el año 1939 era constitutivamente anti-catalán”. Ignoramos si la Ley de Prensa e Imprenta puede aceptar estos exabruptos que atentan a la misma noción de Patria y de Estado de Derecho. Lo ignoramos.

 Un breve recordatorio

 Es un daltonismo mental plantear el problema catalán simplemente en aspectos culturales y administrativos. El problema catalán es parte de la ideología, problemática y configuración del concepto de España, de la doctrina sobre participación en las tareas públicas, y del papel de España en su misión histórica. Recordar aspectos parciales del problema es ver el árbol arrancado del bosque. Esa fue la equivocación de los intelectuales que, de buena fe, acudieron al banquete de 1930. Este es el error histórico del catalanismo de las llamadas “derechas”, que no ha sido nunca compartido por el catalanismo izquierdista (siempre masónico, laicista, anticatólico, subversivo, disgregador, promarxista), para desembocar lógicamente en el marxismo más subido y ortodoxo. Mientras el catalanismo de derechas era aburguesado, colaboracionista, desespañolizador, antitradicionalista…

 Recordamos a los sres. Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren unas breves notas que les pueden dar que pensar y repensar en sus asertos:

 1- El 14 de abril de 1931, Maciá proclamó la “República Catalana” como parte integrante de la “Federación Ibérica”. A las pocas horas, Nicolau d’Olwer, Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos convencieron a Maciá de que la “República Catalana” debía limitarse a mera “Generalitat de Catalunya”. Separatistas catalanes residentes en América reprocharon a Maciá su claudicación. Maciá, en junio de 1932, les contestaba, demostrando cómo el separatismo lleva intrínsecamente conexo el dominio marxista. Decía: “Desgraciadamente, la República Catalana, por hechos que sería largo de explicar, no tenía ayuda de organizaciones netamente nacionalistas y con criterio patriótico bien definido. Los grupos que la habían sostenido, extremistas de toda clase, habrían pasado factura al día siguiente de la revuelta callejera. Habríamos conseguido una República roja, cosa que repugnaba a la inmensa mayoría de catalanes” (…)

 2-Luis Durán y Ventosa, uno de los prohombres más significativos de la “Lliga”, escribe en su libro “Intoxicación oriental de occidente”: “Muchos recordamos la extraña sensación que sentían en diversas comarcas de España los que, conservando la serenidad, en aquellos meses que precedieron a la revolución anarco-comunista de 1936, veían a tanta gente que había de ser víctima de ella, vivir alegre y confiadamente sin darse cuenta del peligro que amenazaba. (…) El número de víctimas alcanzó cifras terribles y las ruinas fueron inmensas. España entera se resiente aún en todos los órdenes”. Cuando Durán y Ventosa escribía esto, recordaría el beneplácito con que el catalanismo histórico de derechas se disponía a acatar la República que se veía venir. (…) A este indiferentismo en el problema vital del sistema de gobierno de la nación, también podía don Luis Durán y Ventosa cargar “el vivir alegre y confiadamente” que años más tarde él denunciaba. Y sólo España y Cataluña pudieron salvarse de la revolución anarco-comunista de 1936 (…) gracias al esfuerzo del Ejército al que se unieron tantos españoles. Qué diría Durán y Ventosa si, a estas horas, pudiera leer en “Serra d`Or” que la liberación de Cataluña se juzga así: “El régimen que se estableció en 1936 era, constitutivamente, anticatalán”? (…)

 Cataluña, José Antonio y los olvidadizos Laín Entralgo y Ruiz-Giménez

 Dejando aparte a Aranguren, Laín Entralgo y Ruiz-Giménez habrían acertado plenamente sobre el problema catalán si, rememorando antiguos y ardientes fervores falangistas, hubieran tenido presentes unas palabras de José Antonio, de auténtica garra, y cuya apretada enjundia supera las siete páginas aburridas y venenosas que les ha brindado “Serra d’Or”. Nuestro José Antonio dijo para todos los tiempos: “Se ha dicho que la autonomía viene a ser el reconocimiento de la personalidad de una región; que se gana la autonomía precisamente por las regiones más diferenciadas, de caracteres más típicos; yo agradecería que meditásemos sobre esto: si damos autonomías como premio a una diferenciación corremos el riesgo gravísimo de que esta autonomía sea estímulo para ahondar la diferenciación. (…) Por eso entiendo que, cuando una región solicita la autonomía, lo que tenemos que inquirir es hasta que punto está arraigada en su espíritu la conciencia de unidad de destino; que estando bien arraigada apenas ofrecerá ningún peligro que demos libertad a esa región para que organice su vida interna”.

 Esto es lo que no vieron ni entendieron los intelectuales que vinieron a Barcelona en aquella juerga de 1930. El tono de las palabras de Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren nos han devuelto el regusto de aquel clima, léxico y ambiente mefítico que vivimos tras la caída de Primo de Rivera. Pero, sea lo que sea, a este triunvirato le ofrecemos las amargas palabras de Manuel Azaña, que también asistió en aquel banquete. En 1939, Azaña dijo: “Conmigo que no se cuente para nada. Me han dejado sólo… El que no es un sinvergüenza es un imbécil… En 1939 hemos perdido la razón y con ella la República. Y si alguna vez alguien puede restaurar en España no ya la República, sino lo que sea, de régimen más o menos liberal, lo primero que tiene que hacer es renunciar a todos los mitos creados en torno a la República y deshacer todos los ídolos. Porque si nuestra República se hubiese perdido el 18 de julio, otra cosa hubiese podido quedar acaso en la consideración de la gentes. Pero nos hemos ido envileciendo y al final ya no se ha salvado nada. El que lo vea de otra manera se engaña”.

 Y ahora, Aranguren, Ruiz-Giménez, Laín Entralgo, con “Serra d’Or” se dedican a resucitar mitos y a revalorizar ídolos. 

Jaime TARRAGÓ


 Revista FUERZA NUEVA, nº 17225-Abr-1970


miércoles, 19 de noviembre de 2025

La Cruzada, el Ejército y Cataluña

 Artículo de 1970 

 LA CRUZADA, EL EJÉRCITO Y CATALUÑA

 Con motivo del 1 de abril, aniversario de la victoria contra el marxismo, en el salón del palacio arzobispal de Tarragona, tuvo lugar la imposición de la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, concedida por el Jefe del Estado, por decreto del 5 del pasado enero, al Emmo. señor Cardenal doctor don Benjamín de Arriba Castro, Arzobispo y Primado de las Españas. (…)

 Nuestra guerra fue una Cruzada

 Cuando tanto derroche se hace con el intento de borrar el intrínseco y entrañable sentido de cruzada, ha sido muy preciso el recuerdo de excelentísimo señor capitán general de Cataluña haciendo presente que el actual cardenal de Tarragona es uno de los obispos españoles firmante de la Carta Colectiva del Episcopado español de 1 de julio de 1937, definiendo el contenido legítimo católico del Alzamiento Nacional de 1936.

 Sí, nuestra guerra fue una cruzada. Y cabe el honor a Cataluña de que dos figuras, de las más descollantes de la jerarquía eclesiástica, fueran dos cardenales catalanes que, por serlo de verdad, alcanzaron las más altas cimas de la prudencia política y de la sabiduría verdadera, documentando y argumentando irreversiblemente la definición histórico-teológica de nuestra lucha.

 En primer lugar, el entonces obispo de Salamanca, doctor Pla y Deniel, ya en 30 de septiembre de 1936, escribía;

 “¿Cómo se explica que hayan apoyado el actual Alzamiento los prelados españoles, y el mismo Romano Pontífice haya bendecido a los que luchan en uno de los dos campos? La explicación plenísima nos la da el carácter de la actual lucha que convierte a España en espectáculo para el mundo entero. Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden.

 Cuando los sacrilegios, asesinatos e incendios se han verificado antes de todo apoyo oficial de la Iglesia, cuando el Gobierno no contestó siquiera a las razonadas protestas del Romano Pontífice, cuando el mismo Gobierno ha ido desapareciendo de hecho, no sólo en la parte del territorio nacional que perdió desde los primeros momentos, sino aun en los territorios a él todavía sujetos, en los que no ha podido contener los desmanes y se ha visto desbordado por turbas anarquizantes y aun declaradamente anarquistas, entonces ya nadie ha podido recriminar a laIglesia porque se haya, abierta y oficialmente, pronunciado a favor del orden contra la anarquía, a favor de la implantación de un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y de sus fundamentos, religión, patria y familia, contra los sin Dios y contra Dios, sin patria y hospicianos del mundo, en frase feliz de un poeta cristiano. Ya no se ha tratado de una guerra civil, sino de una cruzada por la religión y por la patria y por la civilización. Ya nadie podía tachar a la Iglesia de perturbadora del orden, que ni siquiera precariamente existía.

 En realidad, se trataba, como ha dicho exactamente el Jefe del Gobierno de una nación extranjera: "Estamos cansados de decir a Europa que la guerra civil española, independientemente de la voluntad y de las partes en conflicto, es con absoluta evidencia una lucha internacional en un campo de batalla nacional. (…)

 ¿Cómo ante el peligro comunista en España, cuando no se trata de una guerra por cuestiones dinásticas, ni formas de gobiernos, sino de una cruzada contra el comunismo para salvar la religión, la patria y la familia, no hemos de entregar los obispos nuestros pectorales y bendecir a los nuevos cruzados del siglo XX y sus gloriosas enseñas, que son por otra parte la gloriosa bandera tradicional de España?”

 También el cardenal Gomá, en su celebre pastoral “El caso de España”, afirma rotundamente:

 “¿Guerra civil? La guerra civil que sigue asolando gran parte de España y destruyendo magníficas ciudades no es, en lo que tiene de popular y nacional, una contienda de carácter político en el sentido estricto de la palabra. No se lucha por la República, aunque así lo quieran los partidarios de cierta clase de República. Ni ha sido móvil de la guerra la solución de una cuestión dinástica, porque hoy ha quedado relegada a último plano hasta la cuestión misma de la forma de gobierno. Ni se ventilan con las armas problemas interregionales en el seno de la gran patria, bien que en el período de lucha, y complicándola gravemente, se hayan levantado banderas que concretan anhelos de reivindicaciones más o menos provincialistas.

 Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra este otro espíritu, si espíritu puede llamarse, que quisiera fundir todo lo humano, desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de España; de otra, un informe conglomerado de combatientes cuyo empeño principal es, más que vencer al enemigo, o, si se quiere, por el triunfo sobre el enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización.

 Ignoramos cómo y con qué fines se produjo la insurrección militar de julio: los suponemos elevadísimos. El curso posterior de los hechos ha demostrado que lo determinó, y lo ha informado posteriormente, un profundo sentido de amor a la patria. Estaba ya casi en el fondo del abismo, y se la quiso salvar por la fuerza de la espada. Quizás no había ya otro remedio.

 Lo que sí podemos afirmar, porque somos testigos de ello, es que, al pronunciarse una parte del Ejército contra el viejo estado de cosas, el alma nacional se sintió profundamente percutida y se incorporó, en corriente profunda y vasta, al movimiento militar; primero, con la simpatía y el anhelo con que se ve surgir una esperanza de salvación, y luego, con la aportación de entusiastas milicias nacionales, de toda tendencia política, que ofrecieron, sin tasa ni pactos, su concurso al Ejército, dando generosamente vidas y haciendas, para que el movimiento inicial no fracasara. Y no fracasó –lo hemos oído de militares prestigiosos– precisamente por el concurso armado de las milicias nacionales.

 Quede, pues, por esta parte como cosa inconcusa que si la contienda actual aparece como guerra puramente civil, porque es en el suelo español y por los mismos españoles donde se sostiene la lucha, en el fondo, debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera cruzada en pro de la religión católica, cuya savia ha vivificado durante siglos la historia de España y ha constituido como la médula de su organización y de su vida.”

 Cuanto concluían los cardenales Gomá y Pla y Deniel era una resonancia de las mismas palabras de Pío XI y de Pío XII, bendiciendo “a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión” y “han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y la Religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales”, como dijeron ambos Pontífices.

 Rubricando cuanto dijeron los grandes cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel -cumbres máximas de aciertos y de doctrina en la jerarquía eclesiástica en los últimos tiempos- también los catalanes lo afirmaron con su presencia multitudinaria, huyendo de la zona roja y alistándose en el Ejército nacional, esparcidos en sus múltiples cuerpos, formando unidades propias en las milicias voluntarias y en los servicios de retaguardia, así como en la diplomacia, en la administración del naciente Estado Nacional, en la economía y en la propaganda internacional. No digamos de la colaboración, temeraria hasta la muerte, que en la Cataluña dominada por los rojos, se vertebró, casi por reacción espontánea, contra el marxismo, la “Generalitat” y sus compañeros de viaje.

 Cataluña sintió como cruzada a nuestro Alzamiento. Si alguna voz sin eco pretendió algún armisticio o pacto con los rojos, en contra de lo que explícitamente denunció Pío XI cuando habló de aquellos que “buscan el modo de dar lugar a cualquier posibilidad de acercamiento y colaboración de la parte católica, distinguiendo entre la ideología y la práctica, entre las ideas y la acción, entre el orden económico y el orden moral”, con el comunismo, no mereció ni ser atendido de la Santa Sede, y es ley de la historia que nunca falta un Judas. Máxime cuando se deja en la estacada en manos asesinas, liberándose personalmente por un favor político inconfesable, a quien por el mínimo deber de solidaridad en el episcopado, debió plantear o la liberación de ambos o correr la misma suerte.

 Esta es la verdad auténtica de nuestro Alzamiento. El capitán general de Cataluña ha hecho memoria para tantos desmemoriados, incluso para aquellos que, por continuidad de doctrina y deber objetivo, tienen la obligación de no olvidarlo. Siempre será una gloria histórica de los cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel, que juntos con todo el Episcopado español y mundial, así como los Papas Pio XI y Pío XII, la capitanía y consagración, con las más certeras y claras definiciones del dictamen moral de la gesta del del 18 de julio de 1936. Y más de cien mil catalanes pasaron a la acción y a los frentes en zona nacional con las aportaciones más generosas e incondicionales, al unísono con su fe y patriotismo.

 Misión del Ejército

 El capitán general de Cataluña ha reivindicado la diferencia y la estima que el cardenal de Tarragona siente por el Ejército. Nada más justo. El Ejército ha sufrido de las fuerzas subversivas ataques muy bien planificados e intencionados. Se ha querido, y continúa queriéndose por algunos, que el Ejército se convierta en meramente técnico, profesional y aséptico en política. Ciertamente, no se puede falsificar más gravemente la misión política de las Fuerzas Armadas.

 José Antonio Primo de Rivera, en su “Carta a los militares españoles”, con la mayor urgencias recordaba otra vez a los hombres de armas su más sagrado deber:

 El Ejército es, ante todo, la salvaguardia de lo permanente, por eso no se debe mezclar en luchas accidentales. Pero cuando es lo permanente mismo lo que peligra, cuando está en riesgo la misma permanencia de la Patria (que puede, por ejemplo, si las cosas son de cierto modo, incluso perder su unidad) el Ejército no tiene más remedio que deliberar y elegir. Si se abstiene, por una interpretación puramente externa de su deber, se expone a encontrarse, de la noche a la mañana, sin nada a qué servir. En presencia de los hundimientos decisivos, el Ejército no puede servir a lo permanente más que de una manera: recobrándolo con sus propias armas. Y así ha ocurrido desde que el mundo es mundo: como dice Spengler, siempre ha sido a última hora un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización”.

 Jorge Vigón, también explícitamente, actualizada cuanto nos dice José Antonio, y así escribe:

 Es preciso repetir que la oficialidad militar debe entender de política. Puede desentenderse -y esto no solo es lícito sino debido- de lo que la política tiene de oficio. Lo que tiene de ciencia ha de informar, en cambio, su vida entera. Quizá sea posible conducir correctamente a los hombres ignorando algunos misterios de la matemática o de la física; pero sin conocer los principios que informan la política, difícilmente podrán guiar a la juventud que se les encomienda. Para abrir a todos el camino del deber, para hacer comprender a unos y a otros cuáles son sus deberes actuales y futuros, el oficial necesita una clarísima conciencia política.”

 Cataluña, que según el catalanismo histórico es antimilitarista y no cuesta ningún esfuerzo rememorar las campañas del “Cu-Cut” y otros elementos catalanistas moderados y rabiosos contra las Fuerzas Armadas españolas, tiene, por el contrario, una larga tradición militar, el más limpio signo hispánico y contrarrevolucionario: la gran guerra contra la Revolución Francesa, las epopeyas del Bruch y de Gerona, entre otras, durante la Guerra de la Independencia. El alzamiento realista y la regencia de Urgel, así como también las guerras carlistas con millares y millares de voluntarios. Finalmente, la masa enorme de catalanes que se evadieron de la zona roja, no para sestear en el extranjero, sino para empuñar las armas durante nuestra cruzada, como señaladamente ha acordado el capitán general de Cataluña. Confiamos, con fundamento de causa, que, a su hora, la batalla decisiva fulminante contra el progresismo y el entreguismo tendrá un modo marcadamente catalán. (…)

 Con palabras del cardenal Gomá 

El cardenal Gomá se preguntaba si podrían llegar traiciones a la cruzada nacional. Y comentaba: “Traiciones, puede que no; es demasiado odioso el mote, y es demasiado grave el momento de España para que las haya. Desviaciones, debilidades, claudicaciones, puede que sí. El oro tiene siempre escorias. Bien que ha sido de subida ley en el que se acuñó la fisonomía espiritual de nuestro movimiento en su primer empuje, pero el cansancio, el arribismo ventajista, el espíritu taimado de gente de dentro y de fuera de España y, sobre todo, la falta de formación de la conciencia ciudadana en los principios de derecho que debe informar una sociedad cristiana como, gracias a Dios, lo es la nuestra y que deben ser el motivo y la forma de la actuación a todos, cada cual en su esfera y rango, harán posible el hecho de que se maten los cantos vivos del Movimiento Nacional y se busquen acomodos y ensamblamientos con instituciones y tendencias forasteras al espíritu nacional y cristiano.”

 Toca a los hombres responsables de la Iglesia, del Estado y del Ejército, meditar sobre estas palabras del cardenal Gomá. En muchos aspectos parecen proféticas.(…)

 Que en la vieja Tarragona se hayan pronunciado unas palabras rememorativas de la Cruzada, de la participación catalana en la misma, y de la ejecutoria primordial del Ejército en la vida nacional, es algo alentador. En esto sentimos como Ortega y Gasset: “Lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfección de su Ejército mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales. Raza que no se sienta ante sí misma deshonrada por la incompetencia y desmoralización un organismo guerrero es que se halla profundamente enferma e incapaz de agarrarse al planeta”. O más oportunamente lo que cinceló maravillosamente Spengler: “Siempre ha sido un pelotón de soldados quien a última hora ha salvado la civilización”.

 Y en Cataluña la verdadera tradición católica, española, catalana, contrarrevolucionaria, vibra en torno de Rafael de Casanova, caído por la España auténtica y gloriosa. Aunque la propaganda del catalanismo histórico, de la “Esquerra” y actualmente del marxismo, sofistiquen su figura y su significado. Pero por algo Rovira Virgili y Vicens Vives tenían tan pocas simpatía por Rafael de Casanova, cuya realidad no sintoniza con la trayectoria del romanticismo, del separatismo y del marxismo. La Cataluña en pie de guerra de Rafael de Casanova solamente enlaza, lógicamente, con el tradicionalismo, primeramente, y con la cruzada del 18 de julio de 1936, en definitiva. Esto tenía que decirse y queda dicho.

 También debieran conjugarlo y educar así, con realismo histórico a la opinión pública, los órganos de comunicación social, algunos tan atentos a los tópicos decadentistas y revanchistas más o menos encubiertos. He aquí porqué las palabras del insigne soldado, excelentísimo señor don Alfonso Pérez Viñeta, en la Tarragona imperial, romana e hispánica por excelencia, han sonado como una diana madrugadora y harto olvidada entre tantos barullos. Y Cataluña este lenguaje lo entiende muy bien. Que se repase la historia.

 Jaime TARRAGÓ


 Revista FUERZA NUEVA, nº171, 18-Abr-1970


miércoles, 24 de septiembre de 2025

Persecución marxista en Tarragona

 

 EL CANÓNIGO SERRA VILARÓ, NOTARIO DE LA PERSECUCIÓN MARXISTA EN TARRAGONA 

En el pasado octubre (1969) falleció el conocido arqueólogo e ilustre investigador y canónigo tarraconense Juan Serra Vilaró (1879-1969). En mi viaje de bodas tuve la suerte de que él mismo fuera el guía que nos mostrara y explicara con toda clase de detalles la romanidad de las murallas de Tarragona. Amigo de la familia de mi esposa, nos complació con inolvidables explicaciones, pródigas de curiosidades y detalles.

 Ahora, “Serra d’Or”, de enero pasado, le dedica un artículo firmado por Andrés Tomás y Ávila, glosando la figura de mosén Serra Vilaró. Creemos que es de justicia se le recuerde.

 Nacido en Cardona, de la diócesis de Solsona, el entonces obispo de la misma, doctor don Francisco Vidal y Barraquer, le encargó la dirección del Museo Diocesano. Su labor fue ardua y de una fecundidad arqueológica impresionante. Publicó mucho.

 El cardenal Vidal y Barraquer, ya arzobispo de Tarragona, invitó a mosén Juan Serra Vilaró a incorporarse a esta archidiócesis, donde tendría un lugar ideal para su especialidad. Sus descubrimientos arqueológicos, de antiguos sarcófagos cristianos, de excavaciones exhaustivas sobre San Fructuoso, de los fondos del archivo de la catedral de Tarragona, sobre la Tarragona romana, y muchos otros aspectos, llenan capítulos señalados del talento singular de este eximio investigador catalán. Descubrió una antigua necrópolis paleocristiana, en donde, por voluntad expresa, ha sido enterrado.

 Pero el canónigo Juan Serra Vilaró no es solo el escritor, el arqueólogo, el investigador, el polemista, el archivero, cuyos estudios serán imprescindibles, en adelante, por los que cultivan estas disciplinas. El canónigo Juan Serra Vilaró escribió un libro  del que “Serra d’Or” (benedictinos de Montserrat) ni siquiera hace mención, que tiene la más plena actualidad, de hechos históricos sucedidos en nuestros días. Tal libro (1), tiene un valor preclaro, por tratarse de un íntimo amigo del cardenal Vidal y Barraquer, con sus juicios muy explícitos y contundentes sobre una situación y unos hechos juzgados no con criterios políticos sino desde un punto de vista estrictamente histórico, religioso y sacerdotal.

 Además, no se puede olvidar que el canónigo Juan Serra Vilaró era un antiguo redactor de la página artística de “La Veu de Catalunya”, órgano de la Lliga Catalana, asiduo colaborador del “Anuari de l’Institut d’Estudis Catalans” y de “Estudis Universitaris Catalans”. Con una adscripción claramente definida de catalanismo de la Lliga, en la hora de la verdad, el recopilador y biógrafo de los 135 sacerdotes asesinados en Tarragona, además de su obispo auxiliar doctor Manuel Borrás y Ferré, no pudo menos que registrar con toda gallardía y veracidad la vileza del sadismo de los hombres de la “Generalitat” y de todo el Frente Popular. Todavía guardo la carta en la que pedía a nuestra familia datos sobre el asesinato de nuestro pariente reverendo Jaime Tarragó Iglesias, asesinado en Torredembarra.

 Para suplir la laguna de la revista “Serra d’Or” y para que sea conocido el estilo directo del canónigo Juan Serra Vilaró, reproducimos aquí unas páginas del precioso libro “Víctimas Sacerdotales del Arzobispado de Tarragona”, que, dedicado y rubricado por él, guardamos en nuestra biblioteca familiar.

 Destacamos estos párrafos:

 Hemos dado el título de persecución religiosa a la hecatombe marxista que padeció la Archidiócesis de Tarragona, por cuanto lo fue en toda la extensión del contenido de esta palabra, ya que la furia destructiva alcanzó a toda suerte de objetos religiosos destinados al culto público, al familiar y al individual, y a las personas, tanto eclesiásticas como civiles.

 “Con públicos pregones eran invitadas las gentes, bajo amenazas gravísimas, como todas las amenazas rojas, a que destruyeran las imágenes y objetos religiosos, o a que los llevaran a la plaza, donde se perpetraba el espectáculo de una hoguera sacrílega, acompañada de las burlas más grotescas y más estúpidas. Unos bailaban con una imagen con actos soeces e inmundos; otros vestían los instrumentos del culto parodiando sarcásticamente la sagrada liturgia, cometiendo las más insanas barbaridades que le sugería su concepción enferma. Hasta las señoras que viajaban en los trenes eran registradas, por si llevaban medallas u otros objetos piadosos, y los mismos presos, a pesar de haberlos registrado cuando fueron aprehendidos. En el puerto de Tarragona fueron habilitados, para cárceles, los barcos “Río Segre”, “Isla Menorca”, “Ciudad de Mahón” y, por pocos días, el “Cabo Cullera”. Al pasar los presos de un barco a otro eran minuciosamente registrados. El primer cambio fue del “Cabo Cullera” al “Río Segre”; todos los presos, uno por uno, fueron cacheados y despojados de cuantos objetos religiosos poseían.

 De antemano se les avisó que espontáneamente los entregaran, y que el encontrarles tales objetos ocultos sería causa agravante en su expediente. Los objetos de plata y oro, como medallas, crucifijos etc., los secuestradores se los guardaron y, los demás, los arrojaron al mar. Durante algunos días flotaron numerosas estampas y libros. Algunos presos escondieron los objetos religiosos en el barco, para no entregarlos, otros los arrojaron al mar, otros se ingeniaron como pudieron para conservarlos; y sabemos de uno que pasó la medalla del escapulario oculta debajo de la lengua.

 Antes de entregarse de lleno a la ejecución de las personas, los rojos iluminaron el tambaleante orden social con las devoradoras llamas de los templos y de las imágenes y vestiduras litúrgicas. Está iluminación siniestra les patentizaba la indiferencia y la cobardía del pueblo, franqueándoles de par en par las puertas para penetrar en las casas a sangre y saqueo impunemente. Además de los individuos y de los hogares, todas las iglesias fueron saqueadas y devastadas, destrozando los altares las imágenes y el mobiliario litúrgico. En muchas se hizo una pira con estos enseres en medio del templo, causando graves desperfectos a la fábrica de los mismos; algunos fueron demolidos totalmente y, todos, destinados a usos profanos con caracteres de malicia perversa, transformándolos en establos, corrales, salas de espectáculos, de baile, etc.

 Debemos dedicar dos palabras, como una excepción, a la Catedral, que los rojos enseñaban a los extranjeros para alardear del interés que ellos tenían en la conservación de los templos. La Catedral de Tarragona no se salvó por espíritu marxista, sino por los intelectuales al servicio de los rojos, que la convirtieron en museo destruyendo cuanto juzgaron poco digno del museo por ellos concebido, llegando a la fundición de la rica custodia, fruto de la munificencia de algunos arzobispos, que culminó en la obra del arquitecto Bernardino Martorell. Sin embargo, al entrar las fuerzas victoriosas de Franco, faltaban en ella doce altares, todos los retablos y tablas de algún valor arqueológico, todos los tapices, joyas litúrgicas y vasos sagrados. Lo mejor había emigrado y, gracias a la victoria, se ha podido recuperar casi todo en el extranjero o camino de la frontera. Esta excepción no destruye el criterio de que la finalidad de marxista consistió en el saqueo, destrucción y profanación de todo objeto destinado al servicio de la religión”.


 Crímenes y víctimas de los rojos

 El canónigo Serra Vilaró no se concreta en valorar las pérdidas artísticas que, por su condición de especialista, tanto le importaban. Se siente, por encima de todo, historiador eclesiástico, y enumera con justeza los procedimientos de la sistemática revolución marxista, preparada de antemano y que se hubiera entronizado definitivamente sin la liberadora y gloriosa gesta de la Cruzada. El antiguo colaborador de “La Veu  de Catalunya”, uno de los eclesiásticos de más prestigio intelectual del catalanismo, en la línea contemporizadora y adhesionista en favor de la República, partidario del “Estatut de Catalunya”, muy alejado de cuanto significara carlismo militante y mucho más de Falange Española, enjuicia la actuación del Frente Popular y su “Generalitat de Catalunya” de esta manera:

 La consigna revolucionaria dada por los dirigentes soviéticos comprendía tres etapas: la primera, procurar el desorden social; la segunda, apoderarse de los resortes del poder; y la tercera, ya dueños de la situación, perseguir y “liquidar” a todas las personas eclesiásticas y civiles que, con su prestigio, pudieran organizar al pueblo contra la minoría que lo tiranizaba. Por esto, el primer día, aconsejaban a los párrocos que se escondieran, diciéndoles que ellos les ayudarían a ausentarse y que no podían responder de su vida si continuaban en su puesto; el segundo día, ya les buscaban y detenían; y el tercero, los asesinaban. Siendo su objeto destruir la sociedad en la forma que estaba constituida para levantar sobre sus ruinas el despotismo soviético, como la primera resistencia chocaba con la Religión, que es y ha sido siempre el principal sostén del orden social, por esto se atacó con mayor saña y de la manera más perversa a sus ministros, los sacerdotes.

 Para inducir a las víctimas, ya dominadas por el terror, a que les siguieran, y dejar con alguna esperanza de tranquilidad a los familiares, cuando se los arrebataban, el engaño y la mentira era el único impulso que guiaba su ánimo en la investigación de su verdad. Dos o tres sicarios no habrían podido asesinarlos ante el pueblo y torturarlos con obscenas y cruentas amputaciones; en cambio, que fueran conducidos a declarar ante el Comité superior era cosa más sufrible, más tolerable. Pero cuando los sicarios iban a detenerlos era aquel Comité informado por uno de estos degenerados, con el alma echada a las espaldas, había dictado la sentencia de muerte. En la gran mayoría de los casos, los comisarios discutían y decretaban las personas que debían ser asesinadas, constándonos de una comarca que todos los crímenes que se atribuyeron a los incontrolados habían sido, de antemano, decididos y rubricados por el comisario local, que fue a buscar sicarios de otros pueblos para ejecutores de sus sentencias.

 A veces, cuando querían justificar, claro que con la justicia roja, su bestial proceder, en el primer registro ocultaban debajo de un colchón o en otro sitio armas o municiones que eran “encontrados” por los segundos registradores que, a voz en grito, sin más juez que sus desafueros, lo divulgaban como un himno a su honorabilidad ante el crimen que estaban perpetrando. El proceder de estos verdugos era cruel, inhumano y feroz, ya que gozaban con el sufrimiento de las víctimas. El grupo de intrépidos atletas de Cristo, sacrificados cerca del cementerio de Valls, el 25-VIII-1936, al ser conducidos prisioneros en un camión, cantó por el camino el “Crec en un Déu”; ametrallados, quedaron sólo con heridas buena parte de ellos, y, sin ser atendidos en sus horrorosos sufrimientos, fueron echados al camión y, vivos y muertos, enterrados en la gran huesa, que antes tenían preparada. Fue tanta la hediondez que se desprendió de aquella huesa, que, a ruegos de la vecindad, a los dos días, las autoridades tuvieron que cubrirla de cal viva.

 La mayoría de las ejecuciones de uno o dos individuos son sospechosas de cruentos martirios, y todas, de ultrajes de palabra, martirio y ultrajes que se iniciaban en el vehículo. Por esto las víctimas eran conducidas a despoblado, lejos de toda presencia testifical, donde el instinto inhumano y sanguinario de seres embrutecidos se cebaba a su placer. Esto hace que sean pocas las víctimas cuyo martirio no sea algo conocido, y algunos pueden deducirse por el estado de los cadáveres, que pudieron ser reconocidos por sus familiares. La finalidad de los dirigentes era borrar los vestigios de la brutalidad de sus sicarios”.

 Verdaderos martirios y cristiano perdón

 No deja el canónigo Juan Serra Vilaró de enmarcar en sus términos emocionantemente de vivas reproducciones del mismo espíritu de los mártires de los primeros siglos del cristianismo, la decisión y generosidad con que durante la etapa roja fueron sacrificados nuestros hermanos, así como la magnanimidad del heroico perdón que ha cimentado nuestra presente cristiana hermandad. Continúa testificando el canónigo Serra Vilaró:

 Durante los días de la persecución, el concepto que tenía el pueblo fiel del objetivo rojo de tan cruentos sacrificios era que se pretendía suprimir por completo a la Religión, y que las víctimas inmoladas eran verdaderos mártires de Cristo. Ha llegado a nuestras manos una octavilla impresa clandestinamente en aquellos días, conteniendo una “Oració per a demanar la Pau”: después de pedir al Dios de las Misericordias que se compadezca de tantas madres doloridas por la suerte de sus hijos; que tenga piedad de tantas familias privadas de padre; de tantos hermanos que gemían en inmundas mazmorras; y piedad para los desventurada España (…) invocaban su intercesión de la manera como siempre la Iglesia invocado a sus Santos. El concepto de los cristianos, que disfrutamos de la Paz y de la Victoria que habrá merecido la sangre de tantas víctimas, es y debe ser que el Señor conceda un sincero arrepentimiento a los asesinos y que perdone a estos criminales que, preeminentemente dotados del fondo de la crueldad ancestral que anida en el corazón humano, han vertido tanta sangre inocente. (…)

 Siguiendo, pues, este concepto cristiano, a pesar de que han venido a nuestro conocimiento los nombres de los instrumentos materiales, nos hemos permitido olvidarlos y les perdonamos, como algunas víctimas manifestaron sus votos de perdón en el momento del doloroso suplicio. Nuestro ferviente anhelo es que se conviertan y pidan misericordia ante el tribunal de la Gracia”.

  

De acuerdo con “Serra d’Or” y un poco de lógica

 Serra d’Or”(benedictinos de Montserrat), en su elogio a Juan Serra Vilaró, concluye: “Sus estudios y el espíritu que ponía en sus investigaciones hacen que la obra y la personalidad de mosén Serra Vilaró representen un valor y un ejemplo que el país no puede olvidar, y habrían de constituir para muchos un impulso para continuarlas”.

 Ciertamente, pero falta decir que mosén Serra Vilaró no siquiera habría podido subsistir si hubiera caído en manos de las “Patrullas de Control”, de los “Comités” y de los asesinos alentados por la “Generalitat de Catalunya”. Es por esas razones que el canónigo Serra Vilaró sintió de la persecución marxista y de la Cruzada Nacional como Pío XII y Pío XII, como los cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel, de los que discrepó aquel desgraciado y escandalizador abad Aurelio María Escarré (2).

 El canónigo Serra Vilaró entendió perfectamente que el antiguo catalanismo de la Lliga había desembocado naturalmente en la demagogia de la “Esquerra Republicana de Catalunya”. Y la “Esquerra” estaba totalmente al servicio de los asesinatos y destrucciones que denunciaba Serra Vilaró. Cuando Luis Companys, como presidente de la “Generalitat de Catalunya”, en las jornadas de julio de 1936, recibió a los representantes de la CNT y de la FAI, les dijo textualmente: “Habéis vencido y todo está en vuestro poder. Si no me necesitáis o no me queréis como presidente de Cataluña, decídmelo ahora, que yo pasaré a ser un soldado más en la lucha contra el fascismo”. El “fascismo” en boca de Companys significaba la Iglesia y los millares de hombres que ellos estaban asesinando…

 Juan Serra Vilaró, amante de los mártires cristianos y descubridor de un complejo funerario paleocristiano -un fabuloso punto de atracción para historiadores e investigadores y en cuya tierra sagrada ha querido ser inhumado- no podía ser cómplice ni dedicarse a declaraciones viles y calumniosas a diarios franceses o a la televisión alemana (2), al servicio precisamente de aquellos asesinos. Conviene que “Serra d’Or” y cuantos pensaron políticamente como Serra Vilaró hasta las vísperas de Alzamiento, llegan a las conclusiones que el sentido común y la experiencia histórica sellan para el futuro, a menos que una neurosis incurable o una imbecilidad radical incapacite para reflexionar.

 JAIME TARRAGÓ

  

Revista FUERZA NUEVA, nº 166, 14-Mar-1970

 

(1) “Víctimas sacerdotales del arzobispado de Tarragona durante la persecución religiosa del 1936 a 1939”. Tarragona. 1947

(2) Referencia al “contestatario” Aurelio María Escarré, abad de Montserrat