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lunes, 1 de diciembre de 2025

Intelectualismos sectarios sobre Cataluña

 … Tres intelectuales españoles repetían, en el franquismo, errores de otros intelectuales españoles de 1930,  sobre Cataluña

 INTELECTUALISMOS SECTARIOS

 Hoy, febrero de 1970, en la revista “Serra d’Or”, editada e impresa en el monasterio de Montserrat, los profesores Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren, hacen unas declaraciones, afirmando, el último de los citados, que “el Régimen que se estableció el año 39 era constitutivamente anticatalán”…

 ***

Se han cumplido cuarenta años de la concentración grotesca, cursi y nefasta, de intelectuales castellanos confraternizando con intelectuales catalanes, por marzo de 1930, en un acto de corrosivas y pedantescas exhibiciones, de suicidas inconsciencias, en aquellas hora de grandes euforias por la caída, traición y frustración del general don Miguel Primo de Rivera. Sainz Rodríguez, Bonilla Sanmartín, Marañón, Menéndez Pidal, Concha Espina, Augusto Barcia, Conde de Vallellano, Azorín, entre otros, habían pedido los mayores reconocimientos para la lengua catalana. El pretexto era noble, aunque no la intención de los que empujaban tales campañas ni los fines que perseguían.  

 El clima de aquellos tiempos lo pintaba Carlos Capdevila en “La Publicitat”, de 15 de marzo de 1930. Cada uno que lee este texto puede hacer paralelismos fácilmente sugeribles, en los planes subversivos de todas las épocas. Dice así: “La Dictadura de Primo de Rivera no era revolucionaria, pero preparó la revolución sin darse cuenta; ésta hubiera sido su obra positiva. Tal vez habrá sido insuficiente para provocarla,  pero ninguna otra fuerza ha trabajado tanto y tan bien para hacerla posible. En sesenta años no se ha respirado la atmósfera de revolución que actualmente ocupa el complejo hispánico”.

 Pérez de Ayala dio unas cuartillas a la prensa en las que enfáticamente proclamaba: “De la fraternidad intelectual entre Cataluña y el resto de España lo espero todo, y sin ella nada puede esperarse. Durante el banquete (…) Fernando de los Ríos, el socialista sefardita y elegante, ya apuntaba: “Es necesario que quien quiera emprender la transformación del problema catalán, emprenda antes la transformación de las instituciones que lo alimentan”. Ortega y Gasset anunciaba “la voluntad de hacer una España nueva”. El doctor Pi y Suñer, con aparente sensatez, afirmaba: “En uso de nuestro derecho y por nuestra voluntad, nuestra lengua nativa a la que amamos…, cosa que no impide que respetemos y amemos nuestra lengua castellana (…)

 Todo esto era biombo y máscara del complot contra la monarquía, el orden social y, por la misma pendiente, de la entrega de España al comunismo. Todo cuanto se decía en defensa de nuestra lengua catalana era legítimo; pero ni la lengua catalana era objetivo verdadero del dinamiterismo de la maniobra, ni muchos de los intelectuales embarcados en la aventura vislumbraron que no eran otra cosa que títeres de unos poderes y una “inteligentzia” matriz de otros acontecimientos, ajenos absolutamente a la lengua catalana… Algo de esto apuntó Carlos Capdevila cuando en “La Publicitat”, del 24 de marzo de 1930, comentaba: “El banquete de ayer hacía augurar unas posibilidades inéditas hasta ahora; a todos juntos, ellos y nosotros, toca elevarnos a hecho histórico trascendental para nuestro pueblo”. (…)

 Aquellos intelectuales no lo sabían todo

 Y vino el Pacto de San Sebastián. Y el 14 de abril de 1931, con su República, impoluta y limpia, que nos prometían Alcalá Zamora, Miguel Maura, Ossorio y  Gallardo y otros católicos entusiasmados con la nueva situación, incluso con la amplia complacencia del nuncio monseñor Tedeschini, dispuesto a sacrificar prelados virtuosos y fuerzas auténticamente contrarrevolucionarias para consolidar y bautizar a aquella República, saludada también, alborozadamente, por la Gran Logia Española de la Masonería (…)

 Y la “ventura de España”, del más puro estilo masónico, pronto tuvo sus primeros acordes y compases, para entrar en los periodos más borrascosos en que se encrespaba la tempestad republicana. Ya no rememoraremos los incendios del 11 de mayo, a los 27 días justos de proclamarse la República, las huelgas, el terrorismo, el paro obrero… Será José Ortega y Gasset, el de “delenda est Monarchia”, que ya el 6 de diciembre de 1931 nos hablaba del “perfil triste y agrio” de la República. Y en 3 de diciembre de 1933 se quejaba en “El Sol”: “Durante estos años -1931-33- se me ha insultado y vejado constantemente desde las filas republicanas… Pero hay más: los hombres republicanos han conseguido que, por primera vez después de un cuarto de siglo, no tuviese yo periódico donde escribir”. Pero llegó 1936. Unamuno, Ortega y Gasset, Baroja, Marañón. Pérez de Ayala, Azorín, Menéndez Pidal, al unísono hablaron y escribieron contra la entrega de la República a sus herederos naturales y dueños indiscutibles, que eran los partidos marxistas y sus compañeros de viaje de la coalición del Frente Popular.

 ¿Adónde quedaba aquel banquete fraternal de los intelectuales que, como Quijotes, querían defender a ciertas Dulcineas y deshacer entuertos, sin darse cuenta de la envergadura, del plan y de la causa que servían? Fue muy reconfortante en la España nacional leer el “Epílogo para ingleses” de Ortega y Gasset, que apareció en París en diciembre de 1937, como el ensayo “Liberalismo y Comunismo. Reflexiones sobre la revolución española”, que dio a luz el doctor Marañón, en 1938 en Buenos Aires. O el artículo de Pérez de Ayala, en el “The Times”, en el mismo 1936…. Pero nadie puede negar la responsabilidad en la falta absoluta de visión de aquellos intelectuales. (…)

 ***

Un triunvirato y una mesa redonda (1970)

 “Serra d’Or”, de febrero (1970), ha publicado una orquestada conversación sobre el problema catalán, el Estatuto, nuestra guerra, el separatismo y la lengua catalana, bajo la batuta del que ha dicho ser ateo Baltasar Porcel, colaborador asiduo de esa revista, que publica la Abadía de Montserrat. Cuanto afirman Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y López Aranguren, no pasa de los tópicos y la vulgaridad. En un tema que se presta a centrar ideas con rigor intelectual, no pasamos de la sobada fraseología del “Manifiesto” de 1924 y de las frases hechas del banquete fraternal de escritores castellanos y catalanes en 1930: les falta una visión de España en sus más grandes ideales e histórica catolicidad y las aplicaciones de los principios de las sociedades infrasoberanas, que son el único pluralismo orgánico y natural que equilibra la unidad y la variedad. Sorprende tanta mediocridad mental en personas que, por otra parte, tienen cultura. Pero cuando se defiende una causa con complejos y galerías a las que agradar…

 Porque toda la síntesis de la conversación de este triunvirato, en su deformación de los hechos más evidentes, se puede sintetizar en esta frase, a nuestro entender delictiva y calumniosa de Aranguren: “El régimen que se estableció el año 1939 era constitutivamente anti-catalán”. Ignoramos si la Ley de Prensa e Imprenta puede aceptar estos exabruptos que atentan a la misma noción de Patria y de Estado de Derecho. Lo ignoramos.

 Un breve recordatorio

 Es un daltonismo mental plantear el problema catalán simplemente en aspectos culturales y administrativos. El problema catalán es parte de la ideología, problemática y configuración del concepto de España, de la doctrina sobre participación en las tareas públicas, y del papel de España en su misión histórica. Recordar aspectos parciales del problema es ver el árbol arrancado del bosque. Esa fue la equivocación de los intelectuales que, de buena fe, acudieron al banquete de 1930. Este es el error histórico del catalanismo de las llamadas “derechas”, que no ha sido nunca compartido por el catalanismo izquierdista (siempre masónico, laicista, anticatólico, subversivo, disgregador, promarxista), para desembocar lógicamente en el marxismo más subido y ortodoxo. Mientras el catalanismo de derechas era aburguesado, colaboracionista, desespañolizador, antitradicionalista…

 Recordamos a los sres. Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren unas breves notas que les pueden dar que pensar y repensar en sus asertos:

 1- El 14 de abril de 1931, Maciá proclamó la “República Catalana” como parte integrante de la “Federación Ibérica”. A las pocas horas, Nicolau d’Olwer, Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos convencieron a Maciá de que la “República Catalana” debía limitarse a mera “Generalitat de Catalunya”. Separatistas catalanes residentes en América reprocharon a Maciá su claudicación. Maciá, en junio de 1932, les contestaba, demostrando cómo el separatismo lleva intrínsecamente conexo el dominio marxista. Decía: “Desgraciadamente, la República Catalana, por hechos que sería largo de explicar, no tenía ayuda de organizaciones netamente nacionalistas y con criterio patriótico bien definido. Los grupos que la habían sostenido, extremistas de toda clase, habrían pasado factura al día siguiente de la revuelta callejera. Habríamos conseguido una República roja, cosa que repugnaba a la inmensa mayoría de catalanes” (…)

 2-Luis Durán y Ventosa, uno de los prohombres más significativos de la “Lliga”, escribe en su libro “Intoxicación oriental de occidente”: “Muchos recordamos la extraña sensación que sentían en diversas comarcas de España los que, conservando la serenidad, en aquellos meses que precedieron a la revolución anarco-comunista de 1936, veían a tanta gente que había de ser víctima de ella, vivir alegre y confiadamente sin darse cuenta del peligro que amenazaba. (…) El número de víctimas alcanzó cifras terribles y las ruinas fueron inmensas. España entera se resiente aún en todos los órdenes”. Cuando Durán y Ventosa escribía esto, recordaría el beneplácito con que el catalanismo histórico de derechas se disponía a acatar la República que se veía venir. (…) A este indiferentismo en el problema vital del sistema de gobierno de la nación, también podía don Luis Durán y Ventosa cargar “el vivir alegre y confiadamente” que años más tarde él denunciaba. Y sólo España y Cataluña pudieron salvarse de la revolución anarco-comunista de 1936 (…) gracias al esfuerzo del Ejército al que se unieron tantos españoles. Qué diría Durán y Ventosa si, a estas horas, pudiera leer en “Serra d`Or” que la liberación de Cataluña se juzga así: “El régimen que se estableció en 1936 era, constitutivamente, anticatalán”? (…)

 Cataluña, José Antonio y los olvidadizos Laín Entralgo y Ruiz-Giménez

 Dejando aparte a Aranguren, Laín Entralgo y Ruiz-Giménez habrían acertado plenamente sobre el problema catalán si, rememorando antiguos y ardientes fervores falangistas, hubieran tenido presentes unas palabras de José Antonio, de auténtica garra, y cuya apretada enjundia supera las siete páginas aburridas y venenosas que les ha brindado “Serra d’Or”. Nuestro José Antonio dijo para todos los tiempos: “Se ha dicho que la autonomía viene a ser el reconocimiento de la personalidad de una región; que se gana la autonomía precisamente por las regiones más diferenciadas, de caracteres más típicos; yo agradecería que meditásemos sobre esto: si damos autonomías como premio a una diferenciación corremos el riesgo gravísimo de que esta autonomía sea estímulo para ahondar la diferenciación. (…) Por eso entiendo que, cuando una región solicita la autonomía, lo que tenemos que inquirir es hasta que punto está arraigada en su espíritu la conciencia de unidad de destino; que estando bien arraigada apenas ofrecerá ningún peligro que demos libertad a esa región para que organice su vida interna”.

 Esto es lo que no vieron ni entendieron los intelectuales que vinieron a Barcelona en aquella juerga de 1930. El tono de las palabras de Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren nos han devuelto el regusto de aquel clima, léxico y ambiente mefítico que vivimos tras la caída de Primo de Rivera. Pero, sea lo que sea, a este triunvirato le ofrecemos las amargas palabras de Manuel Azaña, que también asistió en aquel banquete. En 1939, Azaña dijo: “Conmigo que no se cuente para nada. Me han dejado sólo… El que no es un sinvergüenza es un imbécil… En 1939 hemos perdido la razón y con ella la República. Y si alguna vez alguien puede restaurar en España no ya la República, sino lo que sea, de régimen más o menos liberal, lo primero que tiene que hacer es renunciar a todos los mitos creados en torno a la República y deshacer todos los ídolos. Porque si nuestra República se hubiese perdido el 18 de julio, otra cosa hubiese podido quedar acaso en la consideración de la gentes. Pero nos hemos ido envileciendo y al final ya no se ha salvado nada. El que lo vea de otra manera se engaña”.

 Y ahora, Aranguren, Ruiz-Giménez, Laín Entralgo, con “Serra d’Or” se dedican a resucitar mitos y a revalorizar ídolos. 

Jaime TARRAGÓ


 Revista FUERZA NUEVA, nº 17225-Abr-1970


miércoles, 19 de noviembre de 2025

La Cruzada, el Ejército y Cataluña

 Artículo de 1970 

 LA CRUZADA, EL EJÉRCITO Y CATALUÑA

 Con motivo del 1 de abril, aniversario de la victoria contra el marxismo, en el salón del palacio arzobispal de Tarragona, tuvo lugar la imposición de la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, concedida por el Jefe del Estado, por decreto del 5 del pasado enero, al Emmo. señor Cardenal doctor don Benjamín de Arriba Castro, Arzobispo y Primado de las Españas. (…)

 Nuestra guerra fue una Cruzada

 Cuando tanto derroche se hace con el intento de borrar el intrínseco y entrañable sentido de cruzada, ha sido muy preciso el recuerdo de excelentísimo señor capitán general de Cataluña haciendo presente que el actual cardenal de Tarragona es uno de los obispos españoles firmante de la Carta Colectiva del Episcopado español de 1 de julio de 1937, definiendo el contenido legítimo católico del Alzamiento Nacional de 1936.

 Sí, nuestra guerra fue una cruzada. Y cabe el honor a Cataluña de que dos figuras, de las más descollantes de la jerarquía eclesiástica, fueran dos cardenales catalanes que, por serlo de verdad, alcanzaron las más altas cimas de la prudencia política y de la sabiduría verdadera, documentando y argumentando irreversiblemente la definición histórico-teológica de nuestra lucha.

 En primer lugar, el entonces obispo de Salamanca, doctor Pla y Deniel, ya en 30 de septiembre de 1936, escribía;

 “¿Cómo se explica que hayan apoyado el actual Alzamiento los prelados españoles, y el mismo Romano Pontífice haya bendecido a los que luchan en uno de los dos campos? La explicación plenísima nos la da el carácter de la actual lucha que convierte a España en espectáculo para el mundo entero. Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden.

 Cuando los sacrilegios, asesinatos e incendios se han verificado antes de todo apoyo oficial de la Iglesia, cuando el Gobierno no contestó siquiera a las razonadas protestas del Romano Pontífice, cuando el mismo Gobierno ha ido desapareciendo de hecho, no sólo en la parte del territorio nacional que perdió desde los primeros momentos, sino aun en los territorios a él todavía sujetos, en los que no ha podido contener los desmanes y se ha visto desbordado por turbas anarquizantes y aun declaradamente anarquistas, entonces ya nadie ha podido recriminar a laIglesia porque se haya, abierta y oficialmente, pronunciado a favor del orden contra la anarquía, a favor de la implantación de un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y de sus fundamentos, religión, patria y familia, contra los sin Dios y contra Dios, sin patria y hospicianos del mundo, en frase feliz de un poeta cristiano. Ya no se ha tratado de una guerra civil, sino de una cruzada por la religión y por la patria y por la civilización. Ya nadie podía tachar a la Iglesia de perturbadora del orden, que ni siquiera precariamente existía.

 En realidad, se trataba, como ha dicho exactamente el Jefe del Gobierno de una nación extranjera: "Estamos cansados de decir a Europa que la guerra civil española, independientemente de la voluntad y de las partes en conflicto, es con absoluta evidencia una lucha internacional en un campo de batalla nacional. (…)

 ¿Cómo ante el peligro comunista en España, cuando no se trata de una guerra por cuestiones dinásticas, ni formas de gobiernos, sino de una cruzada contra el comunismo para salvar la religión, la patria y la familia, no hemos de entregar los obispos nuestros pectorales y bendecir a los nuevos cruzados del siglo XX y sus gloriosas enseñas, que son por otra parte la gloriosa bandera tradicional de España?”

 También el cardenal Gomá, en su celebre pastoral “El caso de España”, afirma rotundamente:

 “¿Guerra civil? La guerra civil que sigue asolando gran parte de España y destruyendo magníficas ciudades no es, en lo que tiene de popular y nacional, una contienda de carácter político en el sentido estricto de la palabra. No se lucha por la República, aunque así lo quieran los partidarios de cierta clase de República. Ni ha sido móvil de la guerra la solución de una cuestión dinástica, porque hoy ha quedado relegada a último plano hasta la cuestión misma de la forma de gobierno. Ni se ventilan con las armas problemas interregionales en el seno de la gran patria, bien que en el período de lucha, y complicándola gravemente, se hayan levantado banderas que concretan anhelos de reivindicaciones más o menos provincialistas.

 Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra este otro espíritu, si espíritu puede llamarse, que quisiera fundir todo lo humano, desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de España; de otra, un informe conglomerado de combatientes cuyo empeño principal es, más que vencer al enemigo, o, si se quiere, por el triunfo sobre el enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización.

 Ignoramos cómo y con qué fines se produjo la insurrección militar de julio: los suponemos elevadísimos. El curso posterior de los hechos ha demostrado que lo determinó, y lo ha informado posteriormente, un profundo sentido de amor a la patria. Estaba ya casi en el fondo del abismo, y se la quiso salvar por la fuerza de la espada. Quizás no había ya otro remedio.

 Lo que sí podemos afirmar, porque somos testigos de ello, es que, al pronunciarse una parte del Ejército contra el viejo estado de cosas, el alma nacional se sintió profundamente percutida y se incorporó, en corriente profunda y vasta, al movimiento militar; primero, con la simpatía y el anhelo con que se ve surgir una esperanza de salvación, y luego, con la aportación de entusiastas milicias nacionales, de toda tendencia política, que ofrecieron, sin tasa ni pactos, su concurso al Ejército, dando generosamente vidas y haciendas, para que el movimiento inicial no fracasara. Y no fracasó –lo hemos oído de militares prestigiosos– precisamente por el concurso armado de las milicias nacionales.

 Quede, pues, por esta parte como cosa inconcusa que si la contienda actual aparece como guerra puramente civil, porque es en el suelo español y por los mismos españoles donde se sostiene la lucha, en el fondo, debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera cruzada en pro de la religión católica, cuya savia ha vivificado durante siglos la historia de España y ha constituido como la médula de su organización y de su vida.”

 Cuanto concluían los cardenales Gomá y Pla y Deniel era una resonancia de las mismas palabras de Pío XI y de Pío XII, bendiciendo “a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión” y “han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y la Religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales”, como dijeron ambos Pontífices.

 Rubricando cuanto dijeron los grandes cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel -cumbres máximas de aciertos y de doctrina en la jerarquía eclesiástica en los últimos tiempos- también los catalanes lo afirmaron con su presencia multitudinaria, huyendo de la zona roja y alistándose en el Ejército nacional, esparcidos en sus múltiples cuerpos, formando unidades propias en las milicias voluntarias y en los servicios de retaguardia, así como en la diplomacia, en la administración del naciente Estado Nacional, en la economía y en la propaganda internacional. No digamos de la colaboración, temeraria hasta la muerte, que en la Cataluña dominada por los rojos, se vertebró, casi por reacción espontánea, contra el marxismo, la “Generalitat” y sus compañeros de viaje.

 Cataluña sintió como cruzada a nuestro Alzamiento. Si alguna voz sin eco pretendió algún armisticio o pacto con los rojos, en contra de lo que explícitamente denunció Pío XI cuando habló de aquellos que “buscan el modo de dar lugar a cualquier posibilidad de acercamiento y colaboración de la parte católica, distinguiendo entre la ideología y la práctica, entre las ideas y la acción, entre el orden económico y el orden moral”, con el comunismo, no mereció ni ser atendido de la Santa Sede, y es ley de la historia que nunca falta un Judas. Máxime cuando se deja en la estacada en manos asesinas, liberándose personalmente por un favor político inconfesable, a quien por el mínimo deber de solidaridad en el episcopado, debió plantear o la liberación de ambos o correr la misma suerte.

 Esta es la verdad auténtica de nuestro Alzamiento. El capitán general de Cataluña ha hecho memoria para tantos desmemoriados, incluso para aquellos que, por continuidad de doctrina y deber objetivo, tienen la obligación de no olvidarlo. Siempre será una gloria histórica de los cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel, que juntos con todo el Episcopado español y mundial, así como los Papas Pio XI y Pío XII, la capitanía y consagración, con las más certeras y claras definiciones del dictamen moral de la gesta del del 18 de julio de 1936. Y más de cien mil catalanes pasaron a la acción y a los frentes en zona nacional con las aportaciones más generosas e incondicionales, al unísono con su fe y patriotismo.

 Misión del Ejército

 El capitán general de Cataluña ha reivindicado la diferencia y la estima que el cardenal de Tarragona siente por el Ejército. Nada más justo. El Ejército ha sufrido de las fuerzas subversivas ataques muy bien planificados e intencionados. Se ha querido, y continúa queriéndose por algunos, que el Ejército se convierta en meramente técnico, profesional y aséptico en política. Ciertamente, no se puede falsificar más gravemente la misión política de las Fuerzas Armadas.

 José Antonio Primo de Rivera, en su “Carta a los militares españoles”, con la mayor urgencias recordaba otra vez a los hombres de armas su más sagrado deber:

 El Ejército es, ante todo, la salvaguardia de lo permanente, por eso no se debe mezclar en luchas accidentales. Pero cuando es lo permanente mismo lo que peligra, cuando está en riesgo la misma permanencia de la Patria (que puede, por ejemplo, si las cosas son de cierto modo, incluso perder su unidad) el Ejército no tiene más remedio que deliberar y elegir. Si se abstiene, por una interpretación puramente externa de su deber, se expone a encontrarse, de la noche a la mañana, sin nada a qué servir. En presencia de los hundimientos decisivos, el Ejército no puede servir a lo permanente más que de una manera: recobrándolo con sus propias armas. Y así ha ocurrido desde que el mundo es mundo: como dice Spengler, siempre ha sido a última hora un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización”.

 Jorge Vigón, también explícitamente, actualizada cuanto nos dice José Antonio, y así escribe:

 Es preciso repetir que la oficialidad militar debe entender de política. Puede desentenderse -y esto no solo es lícito sino debido- de lo que la política tiene de oficio. Lo que tiene de ciencia ha de informar, en cambio, su vida entera. Quizá sea posible conducir correctamente a los hombres ignorando algunos misterios de la matemática o de la física; pero sin conocer los principios que informan la política, difícilmente podrán guiar a la juventud que se les encomienda. Para abrir a todos el camino del deber, para hacer comprender a unos y a otros cuáles son sus deberes actuales y futuros, el oficial necesita una clarísima conciencia política.”

 Cataluña, que según el catalanismo histórico es antimilitarista y no cuesta ningún esfuerzo rememorar las campañas del “Cu-Cut” y otros elementos catalanistas moderados y rabiosos contra las Fuerzas Armadas españolas, tiene, por el contrario, una larga tradición militar, el más limpio signo hispánico y contrarrevolucionario: la gran guerra contra la Revolución Francesa, las epopeyas del Bruch y de Gerona, entre otras, durante la Guerra de la Independencia. El alzamiento realista y la regencia de Urgel, así como también las guerras carlistas con millares y millares de voluntarios. Finalmente, la masa enorme de catalanes que se evadieron de la zona roja, no para sestear en el extranjero, sino para empuñar las armas durante nuestra cruzada, como señaladamente ha acordado el capitán general de Cataluña. Confiamos, con fundamento de causa, que, a su hora, la batalla decisiva fulminante contra el progresismo y el entreguismo tendrá un modo marcadamente catalán. (…)

 Con palabras del cardenal Gomá 

El cardenal Gomá se preguntaba si podrían llegar traiciones a la cruzada nacional. Y comentaba: “Traiciones, puede que no; es demasiado odioso el mote, y es demasiado grave el momento de España para que las haya. Desviaciones, debilidades, claudicaciones, puede que sí. El oro tiene siempre escorias. Bien que ha sido de subida ley en el que se acuñó la fisonomía espiritual de nuestro movimiento en su primer empuje, pero el cansancio, el arribismo ventajista, el espíritu taimado de gente de dentro y de fuera de España y, sobre todo, la falta de formación de la conciencia ciudadana en los principios de derecho que debe informar una sociedad cristiana como, gracias a Dios, lo es la nuestra y que deben ser el motivo y la forma de la actuación a todos, cada cual en su esfera y rango, harán posible el hecho de que se maten los cantos vivos del Movimiento Nacional y se busquen acomodos y ensamblamientos con instituciones y tendencias forasteras al espíritu nacional y cristiano.”

 Toca a los hombres responsables de la Iglesia, del Estado y del Ejército, meditar sobre estas palabras del cardenal Gomá. En muchos aspectos parecen proféticas.(…)

 Que en la vieja Tarragona se hayan pronunciado unas palabras rememorativas de la Cruzada, de la participación catalana en la misma, y de la ejecutoria primordial del Ejército en la vida nacional, es algo alentador. En esto sentimos como Ortega y Gasset: “Lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfección de su Ejército mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales. Raza que no se sienta ante sí misma deshonrada por la incompetencia y desmoralización un organismo guerrero es que se halla profundamente enferma e incapaz de agarrarse al planeta”. O más oportunamente lo que cinceló maravillosamente Spengler: “Siempre ha sido un pelotón de soldados quien a última hora ha salvado la civilización”.

 Y en Cataluña la verdadera tradición católica, española, catalana, contrarrevolucionaria, vibra en torno de Rafael de Casanova, caído por la España auténtica y gloriosa. Aunque la propaganda del catalanismo histórico, de la “Esquerra” y actualmente del marxismo, sofistiquen su figura y su significado. Pero por algo Rovira Virgili y Vicens Vives tenían tan pocas simpatía por Rafael de Casanova, cuya realidad no sintoniza con la trayectoria del romanticismo, del separatismo y del marxismo. La Cataluña en pie de guerra de Rafael de Casanova solamente enlaza, lógicamente, con el tradicionalismo, primeramente, y con la cruzada del 18 de julio de 1936, en definitiva. Esto tenía que decirse y queda dicho.

 También debieran conjugarlo y educar así, con realismo histórico a la opinión pública, los órganos de comunicación social, algunos tan atentos a los tópicos decadentistas y revanchistas más o menos encubiertos. He aquí porqué las palabras del insigne soldado, excelentísimo señor don Alfonso Pérez Viñeta, en la Tarragona imperial, romana e hispánica por excelencia, han sonado como una diana madrugadora y harto olvidada entre tantos barullos. Y Cataluña este lenguaje lo entiende muy bien. Que se repase la historia.

 Jaime TARRAGÓ


 Revista FUERZA NUEVA, nº171, 18-Abr-1970


miércoles, 24 de septiembre de 2025

Persecución marxista en Tarragona

 

 EL CANÓNIGO SERRA VILARÓ, NOTARIO DE LA PERSECUCIÓN MARXISTA EN TARRAGONA 

En el pasado octubre (1969) falleció el conocido arqueólogo e ilustre investigador y canónigo tarraconense Juan Serra Vilaró (1879-1969). En mi viaje de bodas tuve la suerte de que él mismo fuera el guía que nos mostrara y explicara con toda clase de detalles la romanidad de las murallas de Tarragona. Amigo de la familia de mi esposa, nos complació con inolvidables explicaciones, pródigas de curiosidades y detalles.

 Ahora, “Serra d’Or”, de enero pasado, le dedica un artículo firmado por Andrés Tomás y Ávila, glosando la figura de mosén Serra Vilaró. Creemos que es de justicia se le recuerde.

 Nacido en Cardona, de la diócesis de Solsona, el entonces obispo de la misma, doctor don Francisco Vidal y Barraquer, le encargó la dirección del Museo Diocesano. Su labor fue ardua y de una fecundidad arqueológica impresionante. Publicó mucho.

 El cardenal Vidal y Barraquer, ya arzobispo de Tarragona, invitó a mosén Juan Serra Vilaró a incorporarse a esta archidiócesis, donde tendría un lugar ideal para su especialidad. Sus descubrimientos arqueológicos, de antiguos sarcófagos cristianos, de excavaciones exhaustivas sobre San Fructuoso, de los fondos del archivo de la catedral de Tarragona, sobre la Tarragona romana, y muchos otros aspectos, llenan capítulos señalados del talento singular de este eximio investigador catalán. Descubrió una antigua necrópolis paleocristiana, en donde, por voluntad expresa, ha sido enterrado.

 Pero el canónigo Juan Serra Vilaró no es solo el escritor, el arqueólogo, el investigador, el polemista, el archivero, cuyos estudios serán imprescindibles, en adelante, por los que cultivan estas disciplinas. El canónigo Juan Serra Vilaró escribió un libro  del que “Serra d’Or” (benedictinos de Montserrat) ni siquiera hace mención, que tiene la más plena actualidad, de hechos históricos sucedidos en nuestros días. Tal libro (1), tiene un valor preclaro, por tratarse de un íntimo amigo del cardenal Vidal y Barraquer, con sus juicios muy explícitos y contundentes sobre una situación y unos hechos juzgados no con criterios políticos sino desde un punto de vista estrictamente histórico, religioso y sacerdotal.

 Además, no se puede olvidar que el canónigo Juan Serra Vilaró era un antiguo redactor de la página artística de “La Veu de Catalunya”, órgano de la Lliga Catalana, asiduo colaborador del “Anuari de l’Institut d’Estudis Catalans” y de “Estudis Universitaris Catalans”. Con una adscripción claramente definida de catalanismo de la Lliga, en la hora de la verdad, el recopilador y biógrafo de los 135 sacerdotes asesinados en Tarragona, además de su obispo auxiliar doctor Manuel Borrás y Ferré, no pudo menos que registrar con toda gallardía y veracidad la vileza del sadismo de los hombres de la “Generalitat” y de todo el Frente Popular. Todavía guardo la carta en la que pedía a nuestra familia datos sobre el asesinato de nuestro pariente reverendo Jaime Tarragó Iglesias, asesinado en Torredembarra.

 Para suplir la laguna de la revista “Serra d’Or” y para que sea conocido el estilo directo del canónigo Juan Serra Vilaró, reproducimos aquí unas páginas del precioso libro “Víctimas Sacerdotales del Arzobispado de Tarragona”, que, dedicado y rubricado por él, guardamos en nuestra biblioteca familiar.

 Destacamos estos párrafos:

 Hemos dado el título de persecución religiosa a la hecatombe marxista que padeció la Archidiócesis de Tarragona, por cuanto lo fue en toda la extensión del contenido de esta palabra, ya que la furia destructiva alcanzó a toda suerte de objetos religiosos destinados al culto público, al familiar y al individual, y a las personas, tanto eclesiásticas como civiles.

 “Con públicos pregones eran invitadas las gentes, bajo amenazas gravísimas, como todas las amenazas rojas, a que destruyeran las imágenes y objetos religiosos, o a que los llevaran a la plaza, donde se perpetraba el espectáculo de una hoguera sacrílega, acompañada de las burlas más grotescas y más estúpidas. Unos bailaban con una imagen con actos soeces e inmundos; otros vestían los instrumentos del culto parodiando sarcásticamente la sagrada liturgia, cometiendo las más insanas barbaridades que le sugería su concepción enferma. Hasta las señoras que viajaban en los trenes eran registradas, por si llevaban medallas u otros objetos piadosos, y los mismos presos, a pesar de haberlos registrado cuando fueron aprehendidos. En el puerto de Tarragona fueron habilitados, para cárceles, los barcos “Río Segre”, “Isla Menorca”, “Ciudad de Mahón” y, por pocos días, el “Cabo Cullera”. Al pasar los presos de un barco a otro eran minuciosamente registrados. El primer cambio fue del “Cabo Cullera” al “Río Segre”; todos los presos, uno por uno, fueron cacheados y despojados de cuantos objetos religiosos poseían.

 De antemano se les avisó que espontáneamente los entregaran, y que el encontrarles tales objetos ocultos sería causa agravante en su expediente. Los objetos de plata y oro, como medallas, crucifijos etc., los secuestradores se los guardaron y, los demás, los arrojaron al mar. Durante algunos días flotaron numerosas estampas y libros. Algunos presos escondieron los objetos religiosos en el barco, para no entregarlos, otros los arrojaron al mar, otros se ingeniaron como pudieron para conservarlos; y sabemos de uno que pasó la medalla del escapulario oculta debajo de la lengua.

 Antes de entregarse de lleno a la ejecución de las personas, los rojos iluminaron el tambaleante orden social con las devoradoras llamas de los templos y de las imágenes y vestiduras litúrgicas. Está iluminación siniestra les patentizaba la indiferencia y la cobardía del pueblo, franqueándoles de par en par las puertas para penetrar en las casas a sangre y saqueo impunemente. Además de los individuos y de los hogares, todas las iglesias fueron saqueadas y devastadas, destrozando los altares las imágenes y el mobiliario litúrgico. En muchas se hizo una pira con estos enseres en medio del templo, causando graves desperfectos a la fábrica de los mismos; algunos fueron demolidos totalmente y, todos, destinados a usos profanos con caracteres de malicia perversa, transformándolos en establos, corrales, salas de espectáculos, de baile, etc.

 Debemos dedicar dos palabras, como una excepción, a la Catedral, que los rojos enseñaban a los extranjeros para alardear del interés que ellos tenían en la conservación de los templos. La Catedral de Tarragona no se salvó por espíritu marxista, sino por los intelectuales al servicio de los rojos, que la convirtieron en museo destruyendo cuanto juzgaron poco digno del museo por ellos concebido, llegando a la fundición de la rica custodia, fruto de la munificencia de algunos arzobispos, que culminó en la obra del arquitecto Bernardino Martorell. Sin embargo, al entrar las fuerzas victoriosas de Franco, faltaban en ella doce altares, todos los retablos y tablas de algún valor arqueológico, todos los tapices, joyas litúrgicas y vasos sagrados. Lo mejor había emigrado y, gracias a la victoria, se ha podido recuperar casi todo en el extranjero o camino de la frontera. Esta excepción no destruye el criterio de que la finalidad de marxista consistió en el saqueo, destrucción y profanación de todo objeto destinado al servicio de la religión”.


 Crímenes y víctimas de los rojos

 El canónigo Serra Vilaró no se concreta en valorar las pérdidas artísticas que, por su condición de especialista, tanto le importaban. Se siente, por encima de todo, historiador eclesiástico, y enumera con justeza los procedimientos de la sistemática revolución marxista, preparada de antemano y que se hubiera entronizado definitivamente sin la liberadora y gloriosa gesta de la Cruzada. El antiguo colaborador de “La Veu  de Catalunya”, uno de los eclesiásticos de más prestigio intelectual del catalanismo, en la línea contemporizadora y adhesionista en favor de la República, partidario del “Estatut de Catalunya”, muy alejado de cuanto significara carlismo militante y mucho más de Falange Española, enjuicia la actuación del Frente Popular y su “Generalitat de Catalunya” de esta manera:

 La consigna revolucionaria dada por los dirigentes soviéticos comprendía tres etapas: la primera, procurar el desorden social; la segunda, apoderarse de los resortes del poder; y la tercera, ya dueños de la situación, perseguir y “liquidar” a todas las personas eclesiásticas y civiles que, con su prestigio, pudieran organizar al pueblo contra la minoría que lo tiranizaba. Por esto, el primer día, aconsejaban a los párrocos que se escondieran, diciéndoles que ellos les ayudarían a ausentarse y que no podían responder de su vida si continuaban en su puesto; el segundo día, ya les buscaban y detenían; y el tercero, los asesinaban. Siendo su objeto destruir la sociedad en la forma que estaba constituida para levantar sobre sus ruinas el despotismo soviético, como la primera resistencia chocaba con la Religión, que es y ha sido siempre el principal sostén del orden social, por esto se atacó con mayor saña y de la manera más perversa a sus ministros, los sacerdotes.

 Para inducir a las víctimas, ya dominadas por el terror, a que les siguieran, y dejar con alguna esperanza de tranquilidad a los familiares, cuando se los arrebataban, el engaño y la mentira era el único impulso que guiaba su ánimo en la investigación de su verdad. Dos o tres sicarios no habrían podido asesinarlos ante el pueblo y torturarlos con obscenas y cruentas amputaciones; en cambio, que fueran conducidos a declarar ante el Comité superior era cosa más sufrible, más tolerable. Pero cuando los sicarios iban a detenerlos era aquel Comité informado por uno de estos degenerados, con el alma echada a las espaldas, había dictado la sentencia de muerte. En la gran mayoría de los casos, los comisarios discutían y decretaban las personas que debían ser asesinadas, constándonos de una comarca que todos los crímenes que se atribuyeron a los incontrolados habían sido, de antemano, decididos y rubricados por el comisario local, que fue a buscar sicarios de otros pueblos para ejecutores de sus sentencias.

 A veces, cuando querían justificar, claro que con la justicia roja, su bestial proceder, en el primer registro ocultaban debajo de un colchón o en otro sitio armas o municiones que eran “encontrados” por los segundos registradores que, a voz en grito, sin más juez que sus desafueros, lo divulgaban como un himno a su honorabilidad ante el crimen que estaban perpetrando. El proceder de estos verdugos era cruel, inhumano y feroz, ya que gozaban con el sufrimiento de las víctimas. El grupo de intrépidos atletas de Cristo, sacrificados cerca del cementerio de Valls, el 25-VIII-1936, al ser conducidos prisioneros en un camión, cantó por el camino el “Crec en un Déu”; ametrallados, quedaron sólo con heridas buena parte de ellos, y, sin ser atendidos en sus horrorosos sufrimientos, fueron echados al camión y, vivos y muertos, enterrados en la gran huesa, que antes tenían preparada. Fue tanta la hediondez que se desprendió de aquella huesa, que, a ruegos de la vecindad, a los dos días, las autoridades tuvieron que cubrirla de cal viva.

 La mayoría de las ejecuciones de uno o dos individuos son sospechosas de cruentos martirios, y todas, de ultrajes de palabra, martirio y ultrajes que se iniciaban en el vehículo. Por esto las víctimas eran conducidas a despoblado, lejos de toda presencia testifical, donde el instinto inhumano y sanguinario de seres embrutecidos se cebaba a su placer. Esto hace que sean pocas las víctimas cuyo martirio no sea algo conocido, y algunos pueden deducirse por el estado de los cadáveres, que pudieron ser reconocidos por sus familiares. La finalidad de los dirigentes era borrar los vestigios de la brutalidad de sus sicarios”.

 Verdaderos martirios y cristiano perdón

 No deja el canónigo Juan Serra Vilaró de enmarcar en sus términos emocionantemente de vivas reproducciones del mismo espíritu de los mártires de los primeros siglos del cristianismo, la decisión y generosidad con que durante la etapa roja fueron sacrificados nuestros hermanos, así como la magnanimidad del heroico perdón que ha cimentado nuestra presente cristiana hermandad. Continúa testificando el canónigo Serra Vilaró:

 Durante los días de la persecución, el concepto que tenía el pueblo fiel del objetivo rojo de tan cruentos sacrificios era que se pretendía suprimir por completo a la Religión, y que las víctimas inmoladas eran verdaderos mártires de Cristo. Ha llegado a nuestras manos una octavilla impresa clandestinamente en aquellos días, conteniendo una “Oració per a demanar la Pau”: después de pedir al Dios de las Misericordias que se compadezca de tantas madres doloridas por la suerte de sus hijos; que tenga piedad de tantas familias privadas de padre; de tantos hermanos que gemían en inmundas mazmorras; y piedad para los desventurada España (…) invocaban su intercesión de la manera como siempre la Iglesia invocado a sus Santos. El concepto de los cristianos, que disfrutamos de la Paz y de la Victoria que habrá merecido la sangre de tantas víctimas, es y debe ser que el Señor conceda un sincero arrepentimiento a los asesinos y que perdone a estos criminales que, preeminentemente dotados del fondo de la crueldad ancestral que anida en el corazón humano, han vertido tanta sangre inocente. (…)

 Siguiendo, pues, este concepto cristiano, a pesar de que han venido a nuestro conocimiento los nombres de los instrumentos materiales, nos hemos permitido olvidarlos y les perdonamos, como algunas víctimas manifestaron sus votos de perdón en el momento del doloroso suplicio. Nuestro ferviente anhelo es que se conviertan y pidan misericordia ante el tribunal de la Gracia”.

  

De acuerdo con “Serra d’Or” y un poco de lógica

 Serra d’Or”(benedictinos de Montserrat), en su elogio a Juan Serra Vilaró, concluye: “Sus estudios y el espíritu que ponía en sus investigaciones hacen que la obra y la personalidad de mosén Serra Vilaró representen un valor y un ejemplo que el país no puede olvidar, y habrían de constituir para muchos un impulso para continuarlas”.

 Ciertamente, pero falta decir que mosén Serra Vilaró no siquiera habría podido subsistir si hubiera caído en manos de las “Patrullas de Control”, de los “Comités” y de los asesinos alentados por la “Generalitat de Catalunya”. Es por esas razones que el canónigo Serra Vilaró sintió de la persecución marxista y de la Cruzada Nacional como Pío XII y Pío XII, como los cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel, de los que discrepó aquel desgraciado y escandalizador abad Aurelio María Escarré (2).

 El canónigo Serra Vilaró entendió perfectamente que el antiguo catalanismo de la Lliga había desembocado naturalmente en la demagogia de la “Esquerra Republicana de Catalunya”. Y la “Esquerra” estaba totalmente al servicio de los asesinatos y destrucciones que denunciaba Serra Vilaró. Cuando Luis Companys, como presidente de la “Generalitat de Catalunya”, en las jornadas de julio de 1936, recibió a los representantes de la CNT y de la FAI, les dijo textualmente: “Habéis vencido y todo está en vuestro poder. Si no me necesitáis o no me queréis como presidente de Cataluña, decídmelo ahora, que yo pasaré a ser un soldado más en la lucha contra el fascismo”. El “fascismo” en boca de Companys significaba la Iglesia y los millares de hombres que ellos estaban asesinando…

 Juan Serra Vilaró, amante de los mártires cristianos y descubridor de un complejo funerario paleocristiano -un fabuloso punto de atracción para historiadores e investigadores y en cuya tierra sagrada ha querido ser inhumado- no podía ser cómplice ni dedicarse a declaraciones viles y calumniosas a diarios franceses o a la televisión alemana (2), al servicio precisamente de aquellos asesinos. Conviene que “Serra d’Or” y cuantos pensaron políticamente como Serra Vilaró hasta las vísperas de Alzamiento, llegan a las conclusiones que el sentido común y la experiencia histórica sellan para el futuro, a menos que una neurosis incurable o una imbecilidad radical incapacite para reflexionar.

 JAIME TARRAGÓ

  

Revista FUERZA NUEVA, nº 166, 14-Mar-1970

 

(1) “Víctimas sacerdotales del arzobispado de Tarragona durante la persecución religiosa del 1936 a 1939”. Tarragona. 1947

(2) Referencia al “contestatario” Aurelio María Escarré, abad de Montserrat

martes, 16 de septiembre de 2025

El Compromiso de Caspe (1412) , raíz de la unidad española, visto desde Cataluña

  (Artículo de 1969)

 CATALUÑA Y LA UNIDAD ESPAÑOLA (DOS FECHAS)

 Por  Fray Justo Pérez de Úrbel

Se conmemora en Valladolid (1969) la fecha del 19 de octubre del año 1469, evocando la ceremonia del matrimonio de la princesa Isabel con el príncipe Fernando, y en ella la unión de las coronas de Castilla y Aragón, un paso definitivo en el quehacer de España. El acto revistió la mayor solemnidad, pero tal vez no tuvo la resonancia que el hecho requería. Pasados ya unos meses, conviene insistir en la trascendencia que esa fecha tiene en ese tejer misterioso que la Providencia realiza en nuestro solo peninsular.

 Pero esa fecha nos hace pensar en otra, que es como su premisa y anuncio: la del 28 de junio de 1412, día en que san Vicente Ferrer leyó solemnemente la sentencia de los compromisarios de Caspe, por la cual el abuelo de aquel príncipe Fernando, el vencedor de Antequera, un infante castellano, era proclamado conde de Barcelona y rey de Aragón.

 Desde este instante el acercamiento se va acrecentando paulatinamente hasta llegar a esa unión tan tesoneramente buscada por la princesa de Castilla y más aún por la casa real de Aragón. Ya la misma estirpe (*) gobierna en los dos reinos más importantes de la Península. Los infantes de Aragón son señores poderosos de Castilla; don Enrique de Villena escribe en castellano y en catalán; el arcipreste de Talavera pasa largos años en Barcelona; diversas obras castellanas corren traducidas al catalán; se aclara y afianza la conciencia de la unidad espiritual de España; ya puede escribir el marqués de Santillana: “Patria mía, España”, y desde Aragón se llamaba a don Álvaro de Luna “el mayor hombre d`Espanya”.

 Sensibilidad política

 Antes del acto del 28 de junio de 1412, el arzobispo de Tarragona, uno de los compromisarios, podía declarar que el conde de Urgel, a su entender, tenía mejor derecho, pero que la candidatura de Fernando de Antequera era más provechosa para su tierra. Esto quería decir, en definitiva, que el corazón iba por un lado y la cabeza por otro. Votó por el conde, su amigo, pero se sometió a la decisión de sus compañeros. Hubo otro voto catalán con el cual se cumplió el acuerdo previo; fue el del mercader y banquero Gualbes, el representante de una burguesía que, desde hacía algún tiempo, estaba pasando por una profunda crisis. Tal vez él siguió el camino del provecho. Por una cosa o por otra, Cataluña demostró una exquisita sensibilidad política.

 El conde de Urgel se rebeló contra su afortunado competidor, pero apenas hubo urgelistas fuera de doña Brianda de Luna, abadesa de Trasoveres. El conde rebelde no cuenta con nadie en los tres estamentos catalanes. Hay, sí, un urgelista, que unos años más tarde escribe una apología del malaventurado pretendiente con el título de “El fin del conde de Urgel”, y en ella, a vueltas de denuestos contra la democrática Castilla y contra el atajo de chamorros, vizcaínos navarros y marranos que mangoneaban en torno a los nuevos señores, tiene que reconocer que el buen conde se perdió en el cerco de Balaguer, “porque tenía en contra suya todo el reino y todos los barones y caballeros y toda la gentileza y todos los pueblos”.

 Y que Cataluña no se arrepiente del paso que se había dado en Caspe lo demuestra unas décadas más tarde, cuando se levanta contra el hijo de Fernando de Antequera. No es a Castilla a quien rechaza sino a Juan II. En busca de un rey, no quiere aceptar a un nieto del conde desdichado. Pedro, condestable de Portugal, que se ofrece a la Diputación de Barcelona creyendo que, por ser hijo de Isabel de Urgel, va a ser recibido con los brazos abiertos. Su petición fue desatendida, y entonces, por iniciativa del abad de Montserrat, la Diputación propuso tomar por rey a Enrique IV de Castilla, pues tenía mejores derechos que Juan II, ya que el reino de Aragón, decían los sublevados catalanes, pertenecía al reino de Castilla, puesto que su abuelo Enrique III pasaba antes que el hermano menor, Fernando de Antequera. Es decir que, aun para estos hombres, en medio de su rebeldía contra el rey y de su hostilidad contra la reina, Caspe representaba no sólo lo más razonable desde el punto de vista utilitarista, sino la solución justa, intachable y de una firmeza granítica.

 La gran monarquía

 Pero si el Compromiso era para los pueblos una razón de unidad, lo era más todavía para los reyes de una misma estirpe que ahora gobernaban en Aragón y en Castilla. Todo su esfuerzo va a ser convertir aquella unión familiar en una unión personal. Por eso, antes de morir aconseja Enrique III de Castilla que su hija María se case con el primogénito de su hermano Fernando de Aragón y, efectivamente, la “Noble reina fue la esposa del rey Magnánimo”. 

Por eso, Isabel (la Católica), con el fin de hacer que su hermano Enrique IV aceptase su unión con el príncipe aragonés, le presentaba este matrimonio como más honrado y provechoso, “considerando la unidad de nuestra antigua progenie e lo que se añadiría a la corona d’estos vuestros regnos por causa de tal matrimonio e los merescimientos muy claros de don Fernando de Aragón, abuelo del dicho príncipe rey de Sicilia, y hermano del muy esclarecido príncipe de gloriosa memoria, don Enrique, abuelo de vuestra señoría y mío, cuya postrimera voluntad, expresa en su testamento, fue que siempre se continuasen nuevas conexiones matrimoniales por línea recta del dicho rey, don Fernando, su hermano”.

 Por eso, ante las dificultades que surgían por todas partes en torno al matrimonio de aquella princesa Isabel, a la cual se ha llamado la novia de Occidente, ante las impertinencias de su hermano Enrique, ante las ofertas de Inglaterra, ante las importunaciones del duque de Guyena y las melosidades de Francia y las exigencias de Portugal, la resistencia de Isabel tiene un apoyo infatigable, generoso, decidido y vigilante en el viejo rey de Aragón (Juan II), casi ciego, pero el más clarividente de los políticos de su tiempo, que en medio de las rebeldías de sus súbditos y de las luchas con los franceses, no olvidaba nunca la mano de la princesa castellana.

 Juan II de Aragón, nacido en Castilla, aragonés de corazón, y más que aragonés y castellano, español, había visto que la unión de Castilla y Aragón en su hijo Fernando y en la joven Isabel haría la gran monarquía capaz de hacer frente a otros poderes que se alzaban ya en el horizonte de Europa. Después de leer el libro que le dedicó el historiador catalán Vicens Vives nos damos cuenta de que, sin mermar el tesón de la novia ni el entusiasmo del novio, fue el principal artífice de aquella unión. La concibió con visión certera, la planeó con suprema habilidad, la negoció con generosidad, hasta cuando tenía hipotecado el collar de perlas y pedrería que debía servir a modo de arras. Compra, adula desarrolla prodigios de diplomacia y astucia, insiste, transige, renuncia y al fin puede ver realizado aquel ideal unitario y, cuando realizada ya la ceremonia de Valladolid, llega el príncipe al campamento, escucha con satisfacción y orgullo a un poeta catalán que, en castellano aragonés, saluda la llegada del rey príncipe “que va a ser rey de toda Castilla y luego monarca del mundo”.

 Las ventajas de la unidad

 Todo esto no era más que el corolario del gran día en que san Vicente Ferrer cantó con fervorosa palabra la hermandad de todos los españoles, interpretando el sentir universal. Por un momento prendió un urgelismo egoísta y ciego, llamarada fugaz, que es extinguió ante la hostilidad y la indiferencia. Después, ni los elementos más opuestos al tercero de los Trastamaras se atrevieron a discutir la justicia de la resolución de los nueve. Hasta el anónimo autor del “Fin del conde de Urgel”, tan apasionado por su ídolo, reconoce “los beneficios de la unidad, la fuerza y la grandeza traída por el buen rey don Fernando de Antequera”.

 Era necesario llegar al siglo XX para ver cómo nace una escuela histórica romántica y sentimental, que no cesa de lamentarse de la “debilidad” del rey Martín, de la claudicación de Cataluña, de la “traición” de san Vicente Ferrer, de la “felonía” de Aragón y de la desgracia del pobre conde, que en realidad era un indeseable, a quien el rey Martín apartó de las gradas del trono de una manera consciente y con una voluntad inquebrantable.

 Y gracias a eso, el acto del 28 de junio de 1412 tuvo su lógica coronación en el del 19 de octubre de 1469; gracias a eso, España entraba en la época moderna con una pujanza que pronto se convertirá en hegemonía europea; gracias a eso, un andaluz, Gonzalo de Córdoba, hacía triunfar en los campos de Italia la reclamaciones seculares de Aragón y Cataluña; gracias a eso, la amenaza que avanzaba por Oriente pudo ser alejada del Mediterráneo occidental. ¿Qué hubiera sido del condado barcelonés y del reino de Aragón ante la gran monarquía francesa unificada y, tradicionalmente, aliada de Castilla, y ante las flotas innumerables de Mahomed II y de Solimán el Magnífico? ¿Seguiríamos siendo cristianos sin aquella España poderosa que se anunció el 19 de octubre?


Revista FUERZA NUEVA, nº 1657-Mar-1970

(*) Casa de Trastamara