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viernes, 18 de septiembre de 2026

Revanchismo renombrando las calles

 Artículo de 1979

 Los nombres de las calles

 La ola de revanchismo que mueve a los políticos a quienes los traidores de Franco regalaron la victoria lograda a costa de tanta sangre se manifiesta en la fiebre de suprimir del nomenclátor callejero cuantos nombres, fechas o hechos puedan recordar o perpetuar la historia de la Cruzada de Liberación y la derrota que ante el mundo infligiera a los rojos Francisco Franco.

 Como una obsesión, la pertinaz insistencia en querer borrar de las mentes un hecho histórico irreversible y la maniobra de querer cambiar la triste y degradante imagen de lo que fuera la dominación roja, sus dramáticas, sangrientas y deplorables consecuencias, la repulsa general del pueblo hacia los símbolos, anagramas y banderas -hoy otra vez en el poder- y, posteriormente, el espontáneo júbilo popular al llegar la tan anhelada liberación, que Cataluña conmemora precisamente estos días (1939-1979).

 Los pueblos y ciudades sufren la oprobiosa imposición de nombres que vienen a hacernos convencer que la guerra civil habría sido una inútil militarada y crear en el ambiente una atmósfera de “provisionalidad” de aquellos años de paz, orden y prosperidad, que tuvimos la dicha de vivir hasta que los partes de la victoria son arrancados de las casas consistoriales y que se toleren las voladuras de los monumentos a los Caídos por Dios y por España o las vejaciones y ofensas a la bandera nacional.

 Las calles que llevaron los nombres de José Antonio, Franco, Calvo Sotelo, Alcázar de Toledo. Mártires de la Tradición, etc. son objeto de cambios parar “democratizarlas” poniéndoles nombres que en no pocas ocasiones nos traen vergonzosos recuerdos, llenos de dramatismo, individuos indeseables y sucesos atentatorios a la Patria.

 Los ajusticiados por sus delitos contra España -o simplemente por delitos comunes- son exaltados como mitos defensores de la libertad y del pueblo, como los que estuvieron al lado del comunismo, la masonería, el marxismo e intervinieron en los expolios, incendios, asesinatos y abusos que sufrimos desde 1936 a 1939, y autores de los sucesos que sumieron a España en la pobreza, la destrucción y el caos del que Franco y sus seguidores lograron sacarnos, gracias al esfuerzo de todos los españoles y al sacrificio de nuestros mejores.

 Ya no se tolera que una calle nos recuerde un nombre glorioso. Y con desmesurada venganza son rotas las lápidas honradas con los nombres de los héroes y las gestas que culminaron con la victoria de aquella Cruzada de Liberación, cuyo solo recuerdo les saca de quicio.

 La hoz y el martillo ha vuelto a enseñorearse de la calle y de la política. El nombre de Dios, borrado de la Constitución. La unidad de España es tema provocativo en las autonomías y “nacionalidades”, como provocación se considera el gritar “Arriba España” o simplemente “viva el honor”.

 ¡Qué pena y qué vergüenza!

 La sangre de nuestros caídos -caídos por amor- clama justicia ante tan graves agravios y olvidos.

 LLUYS


Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979

 

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

El marxismo contra la familia

 Artículo de 1979

 La familia y el marxismo

 En la legislación que ha de nacer de la Constitución del consenso está por ver cómo quedará la institución familiar, independientemente de lo que piensen los españoles. Cuando la teoría y la práctica se distancian; cuando las promesas no se cumplen; cuando se pretende transformar lo que no admite cambio; cuando se olvidan una serie de verdades eternas… se puede temer y esperar cualquier cosa.

 En todas las naciones, ¿por qué el Estado moderno se lanza a una serie de medidas en nombre de la libertad, que van minando la institución familiar?

 El matrimonio civil y su divorcio vincular, fundado sobre una concepción laica e individualista del convenio matrimonial, los anticonceptivos, el aborto, la moral permisiva, la pornografía, la despenalización del adulterio y anunciamiento, la droga y la corrupción de costumbres… ¿son simples consecuencias de una nueva concepción de la libertad?, ¿o son algo más?

 Las teorías de Rousseau, Voltaire, Marx, Engels, Lenin, Marcuse, Kolontai, Mao, etcétera, vienen configurando el Estado moderno. No dejan lugar a dudas acerca de sus propósitos. Tratan de destruir la familia y, a través de esa destrucción, terminar con los principios que informan a la que llaman sociedad tradicional”.

 El socialista Pablo Castellano dijo en la Universidad Complutense: “El matrimonio, la familia; he ahí nuestro enemigo al que hay que combatir”. Y Felipe González, con corbata o sin ella, ha llegado a defender hasta el incesto. El ataque demoledor contra la familia y la religión no ha hecho más que comenzar. Ese ataque seguirá acrecentándose.

 Los marxistas, en todas sus manifestaciones, están actuando de forma maravillosa para conseguir los fines que se han marcado. Están consiguiendo la ayuda de muchos inconscientes. Ayuda que les permite ir minando los pilares de la sociedad para llegar a una concepción de la vida materialista atea: una nueva sociedad en la que todos los hombres han de ser partes, trozos de materia de la que son un mero fenómeno.

 Los inconscientes, ¿seguirán votando a los enemigos en la verdadera libertad? Parece que sí seguirán.

 C. R. FELGUEROSO


Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979

 

viernes, 4 de septiembre de 2026

España en permanente proceso constituyente

 Artículo de 1979

 España volvió a entrar en el sorteo

 (...) El término “nacionalidades” recogido en la Constitución y al que, sin duda, hacen referencia los partidos nacionalistas, representa un atentado claro, rotundo y tajante contra la unidad indisoluble de España. Dicho en otras palabras: no hay tales partidos nacionalistas, sino, para llamar a las cosas por su nombre, separatismo más o menos encubierto.

 Otro apariencia tiene el regionalismo. Si se trata de exaltar la rica multiplicidad de las regiones, bien está; la descentralización administrativa es no sólo de justicia, sino de necesidad. Pero mucho me temo que tras el regionalismo se esconda el nacionalismo, es decir, el separatismo. Y ninguna duda puede caber en cuanto a que el separatismo está en contra de España: dicho en otras palabras, es antiespañol. De ahí el título de estas líneas y su valor de síntesis.

 Pero aún hay que aclarar otra cosa a este respecto: cuando decimos que el separatismo y el regionalismo (tal como ahora se entiende) son antiespañoles, no queremos significar que sean “antiestatales”. Porque una cosa es España y otra el Estado en que la comunidad se constituye. Esta precisión es importante, porque el hecho de que estos grupos estén representados en el Parlamento español y mantengan -por el momento- relaciones de subordinación respecto al poder central, sólo indica que toleran al Estado español: es decir, la forma política. El fondo, la esencia de España nada tiene que ver con la forma que, según parece, van a imponerle cada cuatro años las urnas y las papeletas.

 Y ésta es otra característica de la democracia liberal que nos ha tocado padecer. En cualquier sitio “normal”, la renovación del Parlamento o el cambio del Gobierno no repercute en el edificio estatal. Sin embargo, aquí, cualquiera de estos sucesos trae consigo la variación de los cimientos -principios- que informan el Estado, aun cuando sea el mismo partido el que obtenga la mayoría, dado que no podemos considerar la Constitución, debido a su ambigüedad, como el principio que informa el Estado. Así es que, en definitiva, será el programa electoral del partido vencedor -en caso de que se cumpla, claro- el que dé forma externa a nuestra patria. ¡Buen porvenir nos espera, camaradas!

 Conste que todo esto no es una divagación sin sentido, sino un razonamiento -que trato sea lógico- para demostrar que la aceptación del Estado por los partidos separatistas no puede ser utilizada como prueba de que no son antiespañoles, aunque las corrientes liberales de opinión traten de identificar España (la patria, la nación, como unidad de destino en lo universal) y el Estado español (la forma, lo accesorio, lo meramente adjetivo en el discurso histórico). (…)

 Rafael C. ESTREMERA


Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979

 

lunes, 24 de agosto de 2026

Balance trágico de tres años de “soberanía popular”

 Artículo de 1979

 TRISTE REALIDAD

 MIENTRAS se halagaba, llamándole «soberano», al noble pueblo de España, se procuraba que no se percatase de la triste realidad de miseria, anarquía, sangre y lágrimas, adonde la ha conducido la oligarquía en los casi tres años de su reinado. Así olvidaría ese sufrido pueblo que se le ha despojado de su principal derecho: el derecho a ser bien gobernado, el derecho a que quienes se encuentran al frente de los destinos patrios alcancen el bien común. Derecho mucho más sagrado que la broma trágica de la papeleta electoral para confirmar a Adolfo Suárez o subir a Felipe González al poder.

 Triste realidad de miseria, porque, a través de este escaso trienio —como ha indicado Torcuato Luca de Tena en un artículo magnífico— quebraron y suspendieron pagos casi mil empresas (997) con un pasivo de 138.000 millones; el paro, cuyo crecimiento fue muy grave en 1977, se incrementaría en un 50 por 100 durante 1978; 100 pesetas invertidas en Bolsa en 1974 se han convertido en 20 pesetas en 1978, y desde entonces a hoy (1979) la riqueza mobiliaria representada por los valores bursátiles experimentó una pérdida de 240.000 millones y entre 1977 y los once primeros meses de 1978 se han perdido 28 millones de horas de trabajo, pues en este terreno ya nos hemos «homologado» y superado a Europa y tenemos el honor de que «The Economist» sitúe a España en el primer puesto de horas de trabajo perdidas, seguida de Italia con la mitad.

 Y triste realidad de anarquía, sangre y lágrimas, porque la delincuencia, que ha conseguido la garantía de todos sus «derechos» en la legislación con que la oligarquía ha regalado a nuestro pueblo, campa por sus respetos y domina la calle impunemente. La violación, el atraco y el asesinato están a la orden del día. Sucesos criminales, que antes creíamos desterrados y propios de pueblos subdesarrollados, han vuelto a adquirir carta de naturaleza en la democracia española que apenas se ocupa de ello, como no sea para desgravar penalmente a la reincidencia según no hace mucho acaban de aprobar las Cámaras, una de las cuales convocó un pleno, a fin de tratar el «gravísimo» incidente de un diputado del PSOE con la fuerza pública, pero que, en cambio, nunca se le ocurrió estudiar la forma y medidas al objeto de acabar con tanto crimen sin castigo. ¿Y qué decir de las cárceles destruidas en su mayoría por los reclusos que han impuesto su ley dentro de las mismas? Y, pese a todo, el responsable sigue en su puesto.

 Sangre y lágrimas que en Vascongadas son ya el pan nuestro de cada día entre un pueblo sobre el que la ETA, amnistiada por el Gobierno de la Corona entre irresponsable aplauso, ejerce verdadero imperio del terror y se cobra casi a diario nuevas víctimas ante la ineptitud del Gobierno y Parlamento para remediarlo. 

Sangre y lágrimas de las viudas y huérfanos de esos miembros de las FAS, a quienes, hasta que llegó la democracia, el terrorismo no osaba atacar y a quienes el Gobierno no se atreve a honrar como merecen y estatuye la ordenanza, organizando esos sepelios semiclandestinos, a los que —salvo excepción las altas jerarquías del Estado no acuden ni por casualidad.

 Sangre y lágrimas cuya última cosecha, durante la semana precedente, es la de dos guardias civiles asesinados —uno en Cataluña y otro en Vasconia—, dos atentados fallidos contra agentes del orden, dos industriales secuestrados... Miseria, anarquía, sangre y lágrimas. He ahí el balance de la democrática «soberanía popular». He ahí los frutos del reinado de la oligarquía, que hasta ahora ha privado al pueblo de España de su fundamental derecho a ser bien gobernado, a disfrutar de paz, orden, justicia y suficiencia de bienes.

 LA ULTIMA JUGADA

 POR si no basta la «moncloaca» para desintegrar España, a ello contribuye también el nuncio que nos envió el Papa Pablo VI: monseñor Dadaglio. El hombre que —sean cuales sean sus propósitos, que sólo Dios conoce y valorará— ha provocado más perturbación en la Iglesia de España que produjo la herejía luterana. El italiano, bajo cuya gestión la fe del pueblo ha descendido a cotas desconocidas antes y que con sus alteraciones y nombramientos episcopales ha tenido la indudable habilidad de cambiar la fisonomía de la comunidad eclesial patria y de disminuir el respeto y veneración que el pueblo sentía por el clero. Aseguran que se va. Marchará satisfecho de su obra, cuyo exponente más ilustrativo es el inefable cardenal Tarancón, colocado al frente de la Conferencia Episcopal, quien, por cierto, durante el III Sínodo vio cómo uno de quienes rebatieron sus tesis temporalistas era el cardenal Wojtyla.

 Esperemos que se despida pronto y sin vuelta monseñor Dadaglio. Pero, antes de tal despedida, ya ha estampado su rúbrica con los últimos nombramientos de obispos para Vascongadas. Y donde hay «poca conflictividad» deja a unos prelados —titulares ya— del talante de Setién y Larrauri, elevados antes a la dignidad episcopal al margen del Concordato. Así contribuye el italiano a serenar los espíritus y a promocionar la paz en esas provincias. Ese es el pago de aquella gratuita renuncia al derecho de presentación de obispos, inspirada por los «Tácito» del Gobierno de UCD, en todo caso, más propicio a los intereses vaticanistas, que no siempre han coincidido con los reales de la Iglesia, que a los de su Patria. No hay duda de que monseñor Dadaglio ha seguido su juego hasta el final. Puede regresar orgulloso a su Italia natal. Aquí ya ha dejado bastante conflicto para muchos años. ¡Que Dios se lo pague!

 Ramón de Tolosa


 Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979


lunes, 17 de agosto de 2026

Patrimonio incautado a partidos y sindicatos, tras la Guerra Civil

 Artículo de 1979

 DEVOLUCIÓN

 EN estos últimos tiempos se habla, se trata, sobre la devolución de los patrimonios incautados a los partidos políticos, al final de la Guerra de Liberación, y, en algún caso y población, parece así se ha hecho; y aun se ocupan, como presión, locales de la AISS.

 Como un ciudadano más, con derecho a emitir opiniones, estimo que esos ¿patrimonios? deberían pasar a poder del Estado, por los siguientes motivos:

 En primer lugar, por la referencia, tantas veces hecha, al tesoro español llevado a Méjico en el «Vita»; el oro llevado a la URSS, y la plata y oro vendidos en Francia.

 En segundo lugar, lo que es imposible de contabilizar, por el expolio a que sometieron a particulares, exigiendo la entrega de colchones, cubiertos, vajilla, menaje de cocina, mantas y ropas de abrigo para el frente y hospitales, lo cual, como es lógico, no se recuperó, además de la entrega de armas, que en la mayoría de los casos se hallaban inútiles, pues eran de coleccionistas (arcabuces, trabucos, espingardas, machetes, gumías, sables, floretes, espadas, etc.), tampoco recuperadas y algunas, por sus incrustaciones o por su rareza, de gran valor, cuando no el sentimental de un recuerdo familiar.

 En tercer lugar, el saqueo, destrozo o mal uso de viviendas particulares, «requisadas», cuyos muebles, de valor en muchos casos, así como objetos de arte, vajillas, etc., ha sido casi imposible volver a reunir, pese a la labor de los Servicios de Recuperación que funcionaron en la posguerra; e incluso la «incautación» de joyas encontradas

en «registros» domiciliarios; y no digamos del mal uso y sus consiguientes reparaciones al entrar los dueños de nuevo en posesión de ellas; además hubo la «requisa» de vehículos, en general no recuperados, y si lo fueron, ¡en qué estado!; a ello hay que sumar bibliotecas y archivos aventados o destruidos.

 En cuarto lugar, al incautarse o intervenir las fábricas u otros establecimientos comerciales o mercantiles, la venta de productos manufacturados que se hallaban en almacén para ser expedidos, y el empleo, hasta su agotamiento, de las materias primas almacenadas; y no digamos de las cuentas bancarias intervenidas y de su utilización para «fines de guerra» u otras necesidades; lo mismo puede decirse de la intervención agrícola.

 Y, por último, la destrucción de iglesias, conventos y demás bienes de la Iglesia, así como el saqueo de sus tesoros y obras de arte (pinturas, esculturas, etc.), muchas de ellas quemadas; campanas fundidas…

 Este, pues, es el resumen que estimo avala el que sea el Estado quien entre en posesión, definitivamente, de bienes o patrimonios concretos, ante la imposibilidad de resarcir de tanto y tanto despojo a particulares, entidades, empresas...; granitos de arena cuya suma quizá se equiparase o superase, con creces, el valor del tesoro del «Vita» y del oro enviado a la URSS, hasta el momento sin recuperar.

 Narciso DÍAZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 635,10-Mar-1979

 

jueves, 30 de julio de 2026

Réquiem por la España eterna

 Artículo de 1979

 RÉQUIEM POR LA ESPAÑA ETERNA

 MURIÓ la España católica. Y pongamos ahí todo aquello de «evangelizados de la mitad del orbe, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...» Todo terminó, hoy por hoy.

 La literatura de estos años habló mucho sobre «la muerte de Dios», expresión usada con irreverencia e impiedad muchas veces. Si nuestra Constitución no llega a declararlo,-como aquel hombre de la linterna del antiteísta Nietzsche, por lo menos prescinde de El. Fue positivamente excluido. La Ley fundamental española no lo quiso ni citar. Para ella. Dios había muerto. El Rey de España ya no lo es «por la gracia de Dios». Esa referencia nada tuvo que ver con el derecho divino de los reyes. Nunca creímos en eso los españoles.

 «In God we trust». En Dios confiamos. Muchas veces leímos esa frase acuñada en las monedas norteamericanas. Aquí la erradicamos. Somos diferentes. ¡Pobre España!

 El 27 de diciembre de 1978, en los discursos que promulgaron la Constitución, no apareció ninguna invocación a Dios Todopoderoso. La oímos con agrado a un jefe de Estado musulmán, cuando saludó al Rey Juan Carlos en su último viaje a Oriente.

 Y todos nos preguntamos: ¿qué daño haría el nombre de Dios a esa Ley fundamental y a su objetivo cumbre como es la «convivencia»? ¡Debemos respetar la conciencia de los que no lo quieren! ¿Y por qué esa ínfima minoría no respeta la conciencia de aquellos que lo queremos?

 He ahí una nueva contradicción con los principios de la democracia. En España hoy todo ha de ser frío y laico. Fueron suprimidas tres solemnidades religiosas. De otras, eliminaron su sentido cristiano. El 12 de octubre no será Nuestra Señora del Pilar, sino la Fiesta de la Raza. El 1 de mayo nada tiene que ver ya con San José Artesano: es el día socialista del trabajo.

 VESTIGIOS SECULARES DE RELIGIOSIDAD

 Fueron eliminados por los recientes acuerdos del Estado español con la Santa Sede. Los Papas Pío V y Gregorio XIII, en el siglo XVI, concedieron que los sacerdotes españoles elevaran preces diarias, durante la misa, por España y el Jefe del Estado, según la fórmula tradicional. Era una bellísima plegaria ecuménica, en vigor durante cuatro siglos. El artículo VI del Concordato de 1953 renovaba esa facultad, que ahora los últimos acuerdos eliminan. Como también el título de Protocanónigo de la Basílica de Santa María la Mayor, de Roma, decorada con el primer oro que trajeron de América nuestros colonizadores. Título concedido al Jefe del Estado español. Fueron suprimidas también las tres misas solemnes que por las intenciones de este Monarca se celebraban los días de la Asunción de la Virgen, de la Inmaculada y de San Fernando, con la ofrenda de ocho mil pesetas oro que nuestro Gobierno entregaba el día 1 de enero a la misma basílica romana, donde siempre hubo un canónigo español, desde el año 1593. El artículo XIII del Concordato reafirmaba estas concesiones. El laicismo de nuestros días las suprimió todas.

 Ha muerto en España el matrimonio indisoluble. La autoridad civil se arroga la facultad de disolverlo y de permitir otras nupcias. Son legales también las prácticas y la venta de productos contra la natalidad. La Seguridad Social se encargará de este tráfico. Es el «nuevo derecho de la familia democrática», según el programa electoral del PCE.

 Réquiem por la moralidad pública y privada. Los espectáculos, libres y sin frenos, traspasan todas las fronteras impuestas por la más elemental ética natural. Niñas de EGB se drogan y leen novelas muy escabrosas. Las arrastra el ambiente. No es posible sustraerse.

 «¡TODO ESTA PERMITIDO!»

 Con chicle y golosinas, los pequeños son atraídos hacia los quioscos, y en aquellas vitrinas contemplan las portadas de las revistas corrientes. Y todos sabemos cómo son. Yo creo que deberían poner allí este letrero: «Para mayores de 18 años».

¿A quién van a extrañar estas exhibiciones, cuando algunos medios de comunicación, más responsables, les ofrecen sus páginas y emisiones? Un conocido escritor dijo tiempo ha: «Si Dios no existe, todo está permitido.» Y Dios no existe en la Constitución española.

 Ante este panorama antirreligioso, brevemente recorrido, se frotarán las manos de placer los ateos, los impíos, y los anarquistas y comunistas. Saltarán de gozo los que siempre se llamaron librepensadores y miembros de las sociedades secretas.

 Están de enhorabuena también los concubinarios y adúlteros. Concubinato es el matrimonio civil, según el recto sentido cristiano. Y el divorcio abre paso al adulterio. Para la Constitución española constituyen una unión legítima, decente y legal.

 Pingüe negocio se abre ante los que medran al socaire del libertinaje sexual, del amor libre y de la corrupción de menores.

 Pero los españoles, hombres y mujeres de sentido cristiano y profundamente religiosos están de pésame. Miembros de la Acción Católica y de asociaciones de actividad y fervor apostólicos, promotores y educadores de aquella España que respiraba sentimientos de piedad, padres de familia, responsables de sus hijos, lamenten tanto infortunio y esta «espantosa liquidación de nuestro pasado».

 ¡Dios tenga piedad de la España eterna!

 V. FELIU


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979

 

viernes, 3 de julio de 2026

La gran tragicomedia de la «soberanía popular»

 Artículo de 1979

 LA GRAN TRAGICOMEDIA

 CUANDO esta crónica vea la luz, se habrá desarrollado la gran tragicomedia de la «soberanía popular». Durante los días que ha durado la campaña electoral (elecciones generales, 1979) se habrá consumado el enorme engaño para la captación de votos del cuerpo electoral, para la que no se regateó ninguno de los ardides ni se escamotearon los medios de que se disponían. Ninguno, absolutamente ninguno de los partidos contendientes, trataría ni por asomo que imperase el principio de «igualdad de oportunidades», fundamento y esencia, según proclaman ellos, de la democracia.

 Por el contrario, el partido en el poder, gracias a que el rey puso la mirada en el «personaje de Cebreros» (Adolfo Suárez), utilizaría al máximo posible todos los resortes que su privilegiada situación le permite, desde los aviones y helicópteros estatales para los desplazamientos del líder hasta el conocimiento exclusivo de los sondeos de opinión efectuados por los órganos de la Administración, hasta el abuso de la RTVE y de la cadena de prensa estatal y las «cacicadas» de los subalternos locales, sin olvidar siquiera los decretos y disposiciones de última hora orientados, en exclusiva, a ganar los sufragios... Y los demás no escatimaron tampoco los recursos para ello, incluidos los financieros, que, desde el exterior, les han llegado paradójicamente para que —según dicen— el pueblo español «ejerza su soberanía», a cuyo fin, al parecer, se necesita el Por Ramón de Tolosa dinero ruso, alemán...

 Algo grotesco, si no fuera, como es, dramático; algo que evidencia la falta de credibilidad de los sedicentes demócratas que no sienten el menor escrúpulo en acudir a cualquier expediente con propósito de engañar a ese pueblo, a quien proclaman «soberano» para que ellos sigan disfrutando del poder «del pueblo». Pueblo manipulado, impune y descaradamente a través de todos los procedimientos imaginables e imaginados al efecto; pueblo sometido a una presión psicológica sin precedentes y a quien apenas se le deja respiro para reflexionar; pueblo, en fin, a quien no se le deja oír su voz espontánea y verdadera, sino que se le encauza por medio de las más eficaces técnicas de «lavado de cerebro masivo» hacia las ideas, programas y personas prefabricadas por la oligarquía de los partidos.

 Porque en eso consiste la enorme farsa de la soberanía popular, donde —como ha hecho notar Jouvenel— «mientras proclama la soberanía del pueblo, lo requiere sólo para la elección de los delegados que tendrán el pleno ejercicio de la misma. Los miembros de la sociedad no son ciudadanos más que un día y súbditos cuatro años». Y, aun así, hay que ver cuánta presión para determinar esa ciudadanía de ese solo día que coarta en gran parte su libre decisión a través del engaño y los refinados procedimientos de «mentalización» contemporáneos. 

 Pero ahí acaba la «soberanía» del ciudadano que, si comprueba el inevitable engaño de que ha sido víctima, no puede —como se hacía en las antiguas Cortes— revocar el mandato, que ya se han cuidado muy bien de que no sea imperativo. Porque en lo sucesivo son ellos —los representantes parlamentarios— los que se han de cuidar de decirnos si nos tolerarán asistir a misa; cómo hay que instruir a nuestros hijos; si nos permitirán poseer algo, y en qué consistirá y con qué límites; cómo se reglamentara nuestra profesión y qué «fines de semana» nos estará permitido disfrutar a lo largo del año...

 ¡Y encima tendrán la desfachatez de hacer escarnio y pregonar que los «soberanos» somos nosotros y no ellos, que durante cuatro años regularán toda nuestra existencia y no nos dejarán ningún margen de autonomía! Y es que, como observaba Costa y recordaba no hace mucho Vallet de Goytisolo: «Piensan que el pueblo es ya rey y soberano, porque han puesto en sus manos la papeleta electoral, mientras no se reconozca además al individuo y a la familia la libertad civil y al conjunto de individuos y de familias, el derecho complementario de estatuir en forma de costumbres, aquella soberanía representa un sarcasmo; representa el derecho de darse periódicamente un amo que le dicte la ley, que le imponga su voluntad; la papeleta electoral es el harapo de púrpura y el cetro de caña con el que se disfrazó a Cristo de rey en el Pretorio de Pilato». Y como dice Jouvenel: «El pretendido poder del pueblo no está ligado al pueblo más que por el cordón umbilical, muy flojo, de las elecciones generales y. en realidad, no es más que un poder sobre el pueblo.»

 Ramón de Tolosa


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979

 

lunes, 29 de junio de 2026

El "derechista" Fraga: el peor enemigo

 Artículo de 1979

 El peor enemigo

 LA Iglesia no tuvo sus peores enemigos en el paganismo, ni lo tiene actualmente en el ateísmo; sino en su propia entraña —como un cáncer—, en sus herejes y apóstatas. La historia lo ha demostrado. En política ocurre igual, y el reciente pasado nos ha demostrado que los peores enemigos del anterior régimen han salido de él, que han sido los traidores y perjuros, quienes gozando de situación de privilegio y prebendas que no correspondían ni mucho menos a su categoría y mérito.

 El peor enemigo no es el que da la cara, sino el que se infiltra y mina tu fortaleza. O el que, desertando y valiéndose de engaños, arrastra a tus correligionarios a la indecisión, al error y la animosidad incluso. Es lo más triste. Cierto que hay una frase evangélica que nos consuela: «De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros.»

 He leído que Fraga, el hombre que está más cerca de Hobbes que de Rousseau, aunque trate de disfrazarse de ursulina o de franciscano presentador de Carrillo en sociedad, ha espetado a una gijonesa patriótica que respetaba sus sentimientos, pero que no tenía el menor respeto por sus jefes (se refería a los de la Unión Nacional (*), sin duda) porque «no van de buena fe», y encrespado de tono, según corresponde a su carácter congestivo y autoritario, ha dicho que le habían acusado de masón y que eso es mentira.

 Me duele, personalmente, hablar de este hombre, porque tendría que acogerme al axioma de Chesterton: «Yo de este hombre sólo puedo decir cosas buenas; así que voy a ser breve.» Pero el ex ministro franquista, de un tiempo a esta parte, ha perdido los estribos y lo que dice y hace no es fruto de una simple intemperancia ni de un trastorno biliar, sino algo más profundo y peligroso. Y eso obliga, largo y tendido, a hablar de él.

 Fraga acusa a los dirigentes de Unión Nacional de no tener «buena fe». Aquí viene bien eso de «cree el ladrón que todos son de su condición»; porque si algo hay de lo que no pueda acusarse a unos hombres como Piñar y quienes le acompañan en esta brega patriótica es de la «buena fe», ya que llevan no sólo una fe sanísima que es la de Dios, sino que va respaldada por una trayectoria dé lealtad y sacrificio. En cambio, quien acusa juró unos Principios ante los Evangelios y, si fuera creyente, sabrá que un día será demandado por Aquel que no admite argucias ni pretextos. Fraga ha dicho también, en unas recientes declaraciones, que es católico, apostólico y romano, cuando al mismo tiempo se ufana de haber redactado una Constitución anticristiana, divisora de la patria y con otras lacras o equívocos que le desdicen.

 Por último, niega que sea masón. Puede ser cierto, pero a la «tenida» masónica de Torquay (Cornualles, Inglaterra), convocada por la Bilderberger, que manejan Rockefeller y Rothschild, asistió él, y no ha dicho nada de lo tratado allí, sino que vino rápidamente a Madrid, fue a Estoril y retornó a Madrid, sin decir esta boca es mía. Actuó secretamente, como un miembro de la secta. ¡Qué importa que no lo sea, si actúa como tal y su comportamiento político está calcado de una logia! Más grave es no serlo y hacerlo.

 Porque lo peligroso de Fraga, cuya innegable personalidad nadie le discute —y esa es la pena, puesto que me recuerda lo de «Nada hay más triste que ver a un hombre inteligente manejado por los tontos» o los malos, en este caso— es precisamente que se escuda en una posición antigua, del pasado, y quiere acaparar los votos de quienes se niegan a ver en él un hombre que traiciona juramentos e incluso convicciones (su formación es típicamente schmittiana, o sea totalitaria), olvidando estos electores que la historia está llena de tránsfugas y camaleones que, si han cambiado de partido y conducta, de ideología y principios, no lo hacen muchas veces sino obligados por una razón suprema egocéntrica y voraz: la ambición y la soberbia. Yo no quisiera que Fraga olvidase aquel consejo de Bottach de que «la ambición es la gangrena del espíritu», y confío todavía, aunque sea un iluso, en su retorno de hijo pródigo, en su vuelta en sí, en su reconversión. Y pido a Dios por ello.

 Pero, mientras Fraga siga diciendo lo que dice y haciendo lo que hace, pido a Dios también que ilumine a los que le escuchen y no se dejen embaucar por su dialéctica y el señuelo de su historial franquista. Porque podemos estar ante el Kerensky, el conde Carolyi, el portugués Spínola o el iraní Bajtiar. El peor enemigo. 

Pedro RODRIGO

 

Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979


(*) Candidatura electoral encabezada por Blas Piñar en 1979

lunes, 1 de junio de 2026

Cobardía antiterrorista del presidente Adolfo Suárez

 Artículo de 1979

 LAS «VICTORIAS» DE SUÁREZ

 CON un cinismo inaudito, quienes manejan el incensario de UCD quieren presentarnos como una gran victoria del Gobierno la detención de dos asesinos del GRAPO y la entrega de unos terroristas de ETA por parte de los franceses.

 Aparte de que estos hechos ya de por sí implican el imperio del terrorismo, que debiera llena de vergüenza a un Gobierno que se precia de dirigir un Estado de Derecho, son reveladores del gran fracaso de unos hombres de UCD que no sólo no han conseguido erradicar a los terroristas, sino ni siquiera imponerles el menor respeto.

 La entrega de los terroristas acogidos a la hospitalidad (más bien complicidad) francesa, no sirve absolutamente para nada, porque el primer acto de «generosidad» del Gobierno que salga en las próximas elecciones, va a ser, precisamente, poner en la calle a los asesinos de ETA.

 Es vergonzoso presumir de victoria cuando, ¡al cabo de tres años! aún permanecen en el sur de Francia los comandos de ETA. Lo que demuestra, inequívocamente, que el Gobierno francés ha tomado a chacota al «Gobierno» Suárez y a los españoles.

 Es indudable que la gestión de Marcelino Oreja no ha sido la causa de que el Gobierno francés proceda con esa «dureza». La entrega de unos terroristas y el confinamiento (supongo que por un fin de semana) de otros, no obedece a otro motivo que al deseo de los franceses de alejar de su territorio a gentes indeseables que ya empezaban a ensangrentado.

 Mientras los ajustes de cuentas se realicen en territorio español los franceses se frotan las manos porque saben que el terrorismo en España, como las huelgas, contribuyen a la «grandeur» francesa. Pero cuando han visto que el suelo francés empezaba a llenarse de sangre y los ciudadanos vasco-franceses a intranquilizarse y a escuchar los aires separatistas, el Gobierno francés ha cortado por lo sano.

 No ha habido, pues, tal éxito del Gobierno de UCD. ETA y GRAPO son los únicos que asesinan y-los únicos que siguen asesinando. Acabar con ellos es más fácil de lo que nos quiere hacer creer el Gobierno. No hace falta más que una voluntad decidida. Y, por supuesto, soluciones policiales y judiciales. Nada de soluciones políticas. Quien hable de ellas lo que quiere es apoyar y alentar a ETA. La independencia de las Provincias Vascongadas o logros parciales que desemboquen en esa independencia son una traición a España.

 De una forma mendaz, Luis Apostua, al servicio de UCD, nos quiere hacer creer que también a Franco le costó trabajo acabar con el bandolerismo rojo. (Por supuesto que él no lo llama así.) Es una falacia equiparar ambas situaciones. Sobre todo porque Franco quiso acabar y acabó con el bandidaje; pero Suárez ya ha demostrado lo que tenía que demostrar.

 Suárez sabe quiénes son los que dirigen, alientan y magnifican el terrorismo. (¡Si él los ha amnistiado!) Lo lee todos los días en todos los periódicos. Aparecen a la cabeza de todas las manifestaciones del País Vasco. Sus domicilios son perfectamente conocidos. Por si fuera poco, Diario 16 acaba de revelar que obra en poder de Suárez el organigrama completo y actualizado de ETA. ¿A qué espera? ¿A quién mira? Que aprenda de Alemania. Bastaría una orden suya para que cualquier madrugada, como han hecho los franceses, quedara desarticulada ETA.

 ¿Por qué no da esa orden? Si el Gobierno de Suárez no se atreve, porque no se siente respaldado, es que ni el Gobierno ni su respaldo sirven para nada.

 Confiar en que nuevas elecciones nos van a traer un Gobierno que acabe con la ETA es vana espera.

 Volveremos a tener un Gobierno títere, con coalición o sin ella, que, con «soluciones políticas» va a reavivar el cáncer del terrorismo, a seguir dejando viudas y huérfanos y a destruir España.

 Lo que falla es el sistema. Es inútil e innecesario hablar de un golpe militar. Afortunadamente esta vez será el pueblo el que abrirá los ojos y dirá ¡basta!

 Ya va siendo hora.

 Jaime CORTES


 Revista FUERZA NUEVA, nº 632, 17-Feb-1979


martes, 26 de mayo de 2026

Si la monarquía juancarlista se debiera al pasado, hubiera sido rey su padre D. Juan

 Artículo de 1979

 EL PASMO DEL MUNDO

 YA saben ustedes que esta desgraciada operación de cambio político, que nos llevó de los niveles de prosperidad, paz y seguridad ciudadana, que el pueblo español disfrutaba con Franco, a la triste situación que padecemos, se asegura que es «el pasmo del mundo»… asombrado, abobado y regocijado por la forma en que una nación se ha destruido a sí misma, en medio de la sangre, el fango y las lágrimas

Pues bien, la «oferta» de tan averiada mercancía en el zoco de Estrasburgo, hecha por el presidente del Gobierno, señor Suárez, ha merecido un agudo análisis de José Luis Alcocer, hecho en «El Imparcial». Alcocer fue uno de los comentaristas que, en tiempos de Franco, mantenía una actitud crítica contra el sistema político. En Fuerza Nueva hay constancia de nuestra divergencia con sus posturas. Al venir el análisis de un hombre de «la otra acera», adquiere una significación específica, pues no podrá ser atribuida a la nostalgia, como cuando somos nosotros los que adoptamos posturas similares. Merece la pena reproducir algunas de sus consideraciones.

 A la pretensión de Suárez de que el «tránsito» de la llamada dictadura a la llamada democracia se ha verificado en los dos años de su llamado gobierno, Alcocer replica: «No, señor presidente del Gobierno de la nación. Nuestro tránsito hacia la democracia se inició, exactamente, por decirlo así, el 10 de enero de 1967, con la promulgación de la Ley Orgánica del Estado, merced a la cual es usted presidente del Gobierno. Y se prosiguió, desde luego, con la voluntad afirmativa del general Franco, jefe del Estado, cuando se le ocurrió proponer al entonces príncipe don Juan Carlos de Borbón y de Borbón como sucesor suyo en la Jefatura del Estado a título de rey, diciendo de paso que "la monarquía que hoy instauramos nada debe al pasado". Y don Juan Carlos juró y aceptó...»

 Sólo corregiríamos a Alcocer la fecha: el tránsito hacia la democracia se inició el 18 de julio de 1936, con el Alzamiento victorioso que acabó con el desorden rojo-separatista que llevaba a España a la esclavitud de una dictadura soviética. La culminación de esa democracia, cada vez más perfilada, debería haber sido distinta, pero ésa es otra historia. Que no quita valor a las puntualizaciones de Alcocer a los «padres» de esta democracia: «Pero ¿de dónde venís? ¿Quién os ha hecho eso que se llama gente? Si no sois unos y otro, sino el trasunto de Franco. ¿Dónde estaríais los unos y los otros sino fuera porque Franco se tomó la molestia de ganar una guerra civil?»

 Preguntas que refuerza con afirmaciones: «El rey es rey porque Franco lo quiso, lo decidió y lo propuso. No por otra cosa, don Juan Carlos inauguró la democracia el 23 de julio de 1969 con las siguientes palabras: "Recibo de su excelencia el jefe del Estado y Generalísimo Franco la legitimidad política surgida del 18 de julio y de 1936." Ahí no hay equívocos, eso está dicho, eso está jurado. Don Juan Carlos encarna una monarquía instaurada, que nada debe al pasado. Porque si algo debiera al pasado, el rey no sería él, sino su padre

 El deseo de actuar como si Franco no hubiera existido nunca, provoca, dice Alcocer, que en España «empiece a haber algunos que comiencen a desear que Franco siga existiendo todavía».

 El fenómeno es más profundo de lo que Alcocer cree. No es, con ser respetable, sólo la gratitud lo que mantiene viva la memoria de un hombre al que procuran hacer olvidar los que más le deben. Es, sobre todo, la trágica realidad de la vida cotidiana la que demuestra al pueblo, de forma irrefutable, que con Franco vivíamos mejor.

 Si el nuevo régimen político hubiera traído la felicidad a los españoles, Franco hubiera pasado, sin revanchismos y sin mitificaciones, a ocupar el puesto que su patriótica ejecutoría le han ganado en la Historia. Si así no ha sido, la responsabilidad es de quienes, además del penoso fallo humano de no ser agradecidos, han tenido el mucho más grave, desde el punto de vista político, de no saber conservar y acrecentar para el pueblo la fecunda herencia que Franco les dejó.

R. I.


Revista FUERZA NUEVA, nº 632, 17-Feb-1979 

 

 

R. I

jueves, 7 de mayo de 2026

Al caos, dentro de la "legalidad democrática"

 Artículo de 1979

 COSAS DE LA DEMOCRACIA

 CON la invasión brutal de las huestes democráticas («dentro de la legalidad»), todo lo que sucede en España es una paradoja.

 Los santones (los paquidermos) de la democracia nos vienen pidiendo que olvidemos nuestra victoria sobre el marxismo criminal. Cosa curiosa es que, mientras nos piden nuestra amnesia, ellos (los rojos) nos saturan por todos los medios de «difusión» con su infraliteratura marxista, sobre lo que ellos llaman guerra civil (nosotros Cruzada Nacional). Es una paradoja que nosotros, los vencedores, tengamos que avergonzarnos de nuestra victoria, y ellos, los vencidos, estar orgullosos de su derrota; pero la democracia ha pinchado en hueso: pues nosotros somos fieles y leales a nuestra Historia.

 Según la Constitución, la forma de régimen de España es la «Monarquía»; y la Corona, la unidad de la Patria, su bandera y el ejército son inviolables, pero todos los días se insulta, se ataca a la Monarquía, a la bandera y al ejército. No comprendo cómo y por qué se procesó al duque de Tovar, por «injurias» al Jefe del Estado; si en el propio «parlamento» se insulta a la Monarquía (que es más importante la Institución que las personas).

 Es intolerable, absurdo y bochornoso que se legalice al llamado partido Ezquerra Republicana, partido que es marxista, separatista, ateo y republicano; es incomprensible que se permita y tolere la propaganda republicana. Es canallesco que persigan y encarcelen a patriotas, que defienden y aman a España y a su sacrosanta bandera roja y gualda, y contrariamente se permitan exhibirse banderolas, banderillas, tricolores y demás trapos sucios pueblerinos: todos ellos enemigos de Dios, España y la Corona. No entiendo cómo nos hablan de la Unidad de la Patria (ellos dicen país) si, por el contrario, el Gobierno central de Madrid paga, ampara y protege a las autonomías separatistas.

 Es indigno que sean arrestados militares de alta graduación, porque fieles al juramento de la Patria pusieron el honor por encima de la disciplina, y, contrariamente, a los terroristas, a las veinticuatro horas, se les pone en libertad. Es bochornoso que no se castigue a los asesinos de nuestras leales y heroicas FF. AA. y de Orden Público, y, a la inversa, se acuse de terroristas y fascistas a los que, dando vivas al ejército, condenamos al terrorismo (que sabemos de dónde viene, de la izquierda por la izquierda.

 El Gobierno demoliberal y filomarxista del señor Suárez, para no ofender a los rojos, de un decretazo suprimió el Día de la Victoria y el glorioso 18 de Julio; y anteriormente, para no ofender a la miserable Francia de la Revolución, se suprimió el 2 de Mayo, el día de la Patria; sustituyéndose por la fiesta roja del 1º de Mayo: jamás en nuestra Historia hemos visto casos más abyectos e inmorales.

 Para no ofender a los liberales y demócratas, de nuevo pelaje, se nos prohíbe usar nuestra bandera (*). No se conoce un Gobierno semejante al del «premier» Suárez, ni en Europa ni en África, pasando por Asia y por los caníbales de la Polinesia. Francia, tan democrática y liberal, celebra pomposamente el 14 de Julio, su fiesta «nacional», y con desfiles militares, presididos por el burgués masonazo Giscard, que para nada tiene en consideración los sentimientos de los monárquicos católicos galos.

 La Rusia roja festeja con gran alarde belicista su día de la «revolución». Breznev no se detiene pensando si se molesta con esos «actos» a los monárquicos rusos blancos. En los EE. UU de América, país de la democracia, se rinde homenaje a la bandera de las barras y de las estrellas, empezando en las escuelas primarias y acabando en la universidad. Pero este «país» es diferente; aquí todo son paradojas. «Desde la legalidad», hemos pasado de la Monarquía tradicional, católica, del 18 de Julio, a la dictadura roja del proletariado, con la presencia de los líderes rojos en el Palacio Real.

 Los politicastros pueden reírse de los españoles; pero de Dios nadie se burla. Los «reformistas» tendrán que responder ante Dios y ante la Historia, y el juicio de Dios es implacable con el perjurio y la traición.

 R. CONDE DE CHILTON


Revista FUERZA NUEVA, nº 632 17-Feb-1979

 (*)  Entre los años 1978 a 1980 (aprox,) estuvo prohibida por el Gobierno Suárez la exhibición de la bandera española en manifestaciones patrióticas (20-N) para evitar el "uso partidista de los símbolos nacionales", que molestaban al entorno izquierdista.


miércoles, 29 de abril de 2026

La nefasta democracia italiana, modelo para la "transición" española

Aunque el artículo pertenece al franquismo (año 1970), a posteriori puede comprobarse cómo lo denunciado para Italia entonces se sobrepasaría aquí con creces.

  DEMOCRACIA A LA ITALIANA

 El español medio, que vive en el clima de paz y concordia creado por el Movimiento Nacional, no acaba de entender lo que ocurre en Italia. No comprende, por ejemplo, las complacencias que tienen hacia el comunismo personas, grupos, partidos e instituciones que serían barridos de la vida pública si el comunismo triunfase. Y es que el español, participante de un sistema político surgido de una victoria militar, no puede comprender la mentalidad que acompaña a otro surgido de una derrota.

 La principal variación está en una especie de “mala conciencia” que sufren quienes un día sirvieron al fascismo y hoy (1970) están integrados en las nuevas agrupaciones políticas. Por un ansia de protección, quizás inconsciente, similar a la del camaleón, tienden a buscar la tolerancia de lo que consideran la antítesis del fascismo: el partido comunista. Ser anticomunista se parece a ser fascista. No ser lo primero es una fórmula adecuada para no pasar por lo segundo. Y para muchos políticos demócratas, que conservan aún el recuerdo de la camisa negra, la posibilidad de ser motejados de “fascistas” es la más desagradable perspectiva de su actuación pública.

 Centrada así la cuestión, las piezas empiezan a encajar: se explica la euforia con que las asociaciones apostólicas de trabajadores acompañan a los comunistas en sus violencias y excesos, la benevolencia afectuosa de algunos prelados hacia los dirigentes comunistas, el empeño de ciertos dirigentes democristianos en apoyar las reivindicaciones marxistas más desaforadas, las debilidades de los gobiernos de centro-izquierda a la hora de mantener la ley y el orden, el doble juego de los socialistas alternando el concubinato con el centro en el gobierno y el concubinato con los comunistas en las regiones, las huelgas y la calle.

 Cuando aparezca este comentario, escrito en plena crisis italiana (en la última, se entiende) no sabemos si se habrá resuelto o no. Pero da lo mismo, porque el problema no es coyuntural sino que afecta al fondo de la política italiana. La única solución estaría en marcar de forma drástica la separación con los comunistas que impone el sistema político de la nación, las ideas de los diversos grupos políticos y la propia existencia de la Patria. Algo que la clase dirigente italiana (incluido el sector religioso), parece incapaz de hacer. Todo por tener una moral de derrota.

 Un diagnóstico que vale para la actual crisis, para las anteriores y para las que puedan producirse mientras el sistema italiano no cambie sus planteamientos políticos.

 Versión española (1970)

 El sistema político español (1970) nada tiene que ver, a Dios gracias, con el italiano; ni aquí, como decíamos antes, existe moral de derrota. Sin embargo, es fácil apreciar en los tránsfugas del Régimen la aparición del mismo complejo que afecta a sus colegas italianos. 

Quienes aquí han ocupado destacados cargos políticos y ahora se han pasado al enemigo con armas pero sin bagajes (¡ay esas camisas y esos correajes lucidos con tanta arrogancia en otras épocas!) buscan también la tolerancia comunista y hacen lo posible por merecer una mención elogiosa de Radio España Independiente, o para lograr colaboraciones con grupos subversivos. Es fácil adivinar que una política en la que ellos representaran a los grupos moderados del Gobierno sería una democracia a la italiana, pero en versión española. Y ya se sabe cómo acaban aquí esas cosas… 

Juan NUEVO


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970

 

jueves, 23 de abril de 2026

Fe en el mando y disciplina

 Artículo de 1979 

FE EN EL MANDO Y DISCIPLINA

 ES evidente que sin fe en el mando no puede haber disciplina en una organización de cualquier tipo que sea. A no ser la disciplina de los galeotes, es decir, la del látigo y la fuerza. Es la disciplina del «archipiélago» Gulag. Pero la fe en el mando no puede ser y no debe ser una fe ciega. La fe de ojos vendados no es humana. Ni siquiera la fe religiosa puede ser absolutamente ciega. La fe en el misterio religioso sólo llega a ser ciega cuando se han planteado antes unos fundamentos de credibilidad. 

Desde esos fundamentos, uno se lanza al abismo insondable del misterio. Si Dios quiere que seamos y sigamos siendo hombres, no puede exigimos que abdiquemos totalmente de nuestra razón. Los artistas pintan a la Fe con una venda sobre los ojos, pero al mismo tiempo con una antorcha en la mano. De la luz al misterio y del misterio de nuevo a la luz.

 Hubo un santo, al que podemos llamar el santo de la disciplina y de la obediencia ciega. Fue un español y se llamaba Ignacio de Loyola. Escribió largo sobre la obediencia a la autoridad de los superiores y terminó por decir que, llegado el caso, la obediencia tenía que ser ciega. Es verdad que, para pedir esa obediencia, exigía antes un montón de cualidades en el mando. A la disciplina de esa obediencia ciega han atribuido algunos (por cierto, neciamente) el éxito fabuloso que su institución consiguió en la Iglesia y en el mundo. Pero aun esa fe en la autoridad o en el mando era ciega sólo a medias. Antes de obedecer, tenía uno que sondear los postulados de la propia conciencia. E indudablemente puede darse el caso de que la conciencia se alce contra la autoridad y rompa la disciplina. 

Por tanto, ni siquiera en este campo de lo religioso, se puede hablar alegremente de fe en el mando sin la cautela de infinitas precisiones. Cuando uno obedece, no elimina automáticamente la responsabilidad de su acción. Aun en el terreno de lo militar puede haber criminales de guerra, que no hicieron sino obedecer a órdenes del mando. Tenían una insensata fe ciega en el mando.

 De todos modos, acepto que sí, que la fe en el mando es una de las bases fundamentales de la disciplina y aun tal vez la única base. Por consiguiente, si la disciplina empieza a resquebrajarse, podemos decir que la fe en el mando está en crisis. Fijémonos en dos ejemplos superiores y paradigmáticos: en el estamento eclesiástico y en el estamento militar. Son instituciones situadas en muy distintos planos, pero ambas coinciden en eso de exigir una fe y una disciplina, o sea, una obediencia al mando dentro del orden de sus escalones jerárquicos. El mando es la autoridad. Insisto en que la crisis de la disciplina connota de ordinario una crisis de fe en la autoridad. Fe en la autoridad significa confianza en ella.

 ¿Cuándo y por qué viene a resquebrajarse esta confianza? Yo distingo entre la autoridad moral y la autoridad meramente legal o jurídica. Hoy, tanto como siempre o más que nunca, parece imprescindible que el mando se apoye en mucho más que en un título jurídico. Hablando de los tiempos de Isabel la Católica, Menéndez Pidal aludía a «los dos principios cardinales de la vida colectiva: la justicia que la regula y la selección que la jerarquiza.» «Una minoría seleccionada y una mayoría disciplinada» son también las condiciones que Dalie Carnegie postula para la eficacia de cualquier institución.

 Selección y disciplina son factores que no pueden disociarse. Si no hay selección en las cabezas, será ineficaz exigir disciplina en los de abajo. Ahora bien, esa selección no se dará si no se atina encontrando una categoría sustantiva en los elegidos. Porque es obvio que esa sustantividad categórica no puede ser conferida a las personas ni por un real despacho ni por un montón de papeletas sufragistas ni siquiera por una bula del Pontífice romano. Eso puede conferir y confiere una autoridad legal o jurídica, pero no una autoridad moral

Un nombramiento o una consagración no infunden como automáticamente las cualidades personales, que se requieren para el mando. Si esas cualidades no se dan, la disciplina es a la larga humanamente imposible. Se puede suponer que en el nombrado o en el consagrado se dan esas cualidades. Pero ésta es una mera suposición. El tiempo y la práctica revalidarán o invalidarán esa hipótesis. Los que sean capaces de discernir, que examinen este binomio selección-disciplina y comprueben cómo se ha conjugado o se está conjugando en la España de ayer y en la de hoy.

 Pero téngase en cuenta que la disciplina obliga también al mando para que se mantenga dentro de los límites de sus funciones y dentro del modo razonable de ejercerlas y para que no ceda a la arbitrariedad o a sus personales intereses. La disciplina exige al mando que respete esos valores superiores y esos principios inalterables, contra los cuales sería insensato apelar a la disciplina. Aun prescindiendo de otros valores colectivos, pensemos en la conciencia personal, en el honor y aun simplemente en la dignidad humana. Sin el respeto a esos valores no tendríamos autoridad, sino tiranía.

 Pedro MALDONADO


Revista FUERZA NUEVAnº 631, 10-Feb-1979

 

viernes, 17 de abril de 2026

En el Régimen de Franco hubo elecciones

 Artículo de 1979

 EN EL RÉGIMEN DE FRANCO HUBO ELECCIONES Y VOTACIONES

 En la portada de la revista “Hola” del 13-1-1979, aparece el presidente Suárez. Y como es habitual en su señoría -siempre recogiendo rumores callejeros y pueblerinos- dice: “Hay personas que se han quejado de no haber votaciones en España durante los últimos cuarenta años, y otras se quejan ahora de qué hay demasiadas elecciones”. (…)

 Ante tan infame calumnia y tan rastrera patraña, quien esto escribe pasa a decir lo que sigue; Soy bastante más joven que el presidente Suárez, estrené mi mayoría de edad en tiempos del Caudillo, cuando no había democracia liberal, pero sí paz y orden: tuve la suerte de votar en el referéndum del 14-XII-1966, y mi voto fue afirmativo para la Ley Orgánica del Estado; entonces yo era juanista, y a pesar de eso mi voto fue afirmativo porque la ley era española, católica, justa y honesta: lo hice libremente, y sin propinas ni bocadillos. 

Desde esa fecha de 1966, y con Franco, voté en todas las elecciones que hubo: a concejales, consejeros locales del Movimiento, procuradores en Cortes… Emití el voto y pude elegir en 1971, en 1974, etc. Con Franco tenía mis representantes en las Cortes; ahora (1979) no tengo a nadie que me represente en el Parlamento.

 Me extraña que el anterior secretario general del Movimiento, el ahora líder de UCD, Adolfo Suárez, siendo más viejo que yo, pueda admitir que en tiempos del Caudillo no funcionarán las urnas, ya que don Adolfo habrá votado más veces que yo…

 También quiero recordar que mi padre votó en el referéndum de 1947. Quiero expresar que en los dos referéndums convocados por don Adolfo (1976, 1978), es decir, en los del pucherazo, a pesar de ser monárquico, mi voto ha sido negativo, entre otras cosas porque siempre sospeché de los elogios que de ellos hacían los izquierdistas. Por mi amor a la patria, no me gusta una España roja ni rota. En cuanto a que ahora hay demasiadas elecciones, eso es cierto; y que España no puede pagar esos gastos, pues en tiempos del Caudillo, los procuradores no chupaban del bote como ahora y no nos daban la monserga como lo hacen actualmente.

 Lo que en tiempos del Generalísimo no sucedía es lo que ahora con la democracia pasa: crímenes, asesinatos, asaltos, huelgas, separatismos, ultrajes a la bandera nacional. Cada día estoy más convencido de que muchos que no éramos franquistas votábamos libremente lo que nos decía nuestro Caudillo, y son ciertas las palabras del testamento político del Caudillo. Franco tuvo por enemigos a los enemigos de Dios y de España: y los que amábamos a Dios y a la Patria no podíamos ser enemigos de Franco.

 Son demasiadas elecciones. Menos palabrería liberal, menos democracia y más respeto a la libertad del hombre, pues el hombre es portador de valores eternos y para nada necesita un Parlamento ateo y rojo.

 R. CONDE DE CHILTON


Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979

 

viernes, 10 de abril de 2026

Hipocresía democristiana sobre el aborto constitucional

Artículo de 1979

 LLEGÓ LA BATALLA

 El diario “Ya” ha denunciado la existencia de un proyecto de ley para legalizar el aborto. El Gobierno Suárez se ha apresurado a desmentirlo. “Ya” emplaza a los partidos políticos para que se definan en la materia y convoca a los católicos para que no den su voto a los abortistas. Pero olvida algo muy importante que nosotros advertimos en nuestra campaña contra la aprobación del proyecto constitucional que “Ya” defendía: si hoy (1979) hay que convocar a los católicos a luchar contra la legalización del aborto es, simplemente, porque la Constitución lo hace posible

O, lo que es lo mismo, si el aborto se legaliza, la Constitución es culpable. Como culpables son los que con su voto ayudaron a aprobarla. En un referéndum no se puede votar “juxta modum”, como en una reunión eclesial. Hay que decir “sí” o “no”, y para votar “sí” un ciudadano tiene que estar convencido de que con esa Constitución no se abre la posibilidad de que sean establecidas leyes que vayan contra principios irrenunciables de sus creencias.

 Esta tesis es la que sostuvimos nosotros, y a esta tesis se oponía “Ya” y los que como “Ya” pensaban dejando para más tarde, para cuando no tuviera remedio, dar la batalla en defensa de principios como la defensa de la vida, que en la Constitución deberían haber quedado bien claros. Es inadmisible que quienes propugnaron el sí a la Constitución vengan ahora diciendo, como hace “Ya”, que “las ambigüedades que contenía no justificaban por sí solas el rechazo, pero que habrían de ser aclaradas inequívocamente a la hora de las leyes que aplicaría la Constitución”. ¿Por qué la “aclaración inequívoca” había de hacerse luego en leyes de rango inferior y, por tanto, mudables, en vez de antes, en el texto básico que configura una Constitución?

 Nosotros no lo entendemos y nos gustaría que “Ya” lo explicara. Entendemos perfectamente que un partido político que ha surgido y vivido del pacto y el cambalache, como UCD, o que se ha plegado a las exigencias del “consenso” como Alianza Popular, se tragara el sapo, en el toma y daca que exigía el acuerdo sobre el texto constitucional, quizá porque les interesaba más eliminar la ambigüedad en otros apartados que en el de la defensa de los niños que todavía no han salido del seno materno. Pero no lo entendemos, repetimos, en un periódico que pretende representar el pensamiento católico y no tiene, por tanto, por qué subordinar principios cristianos innegociables a las conveniencias políticas.

 DIOS POR MAYORÍA DE VOTOS

 La aceptación de las ambigüedades en el texto constitucional, sin más objetivo que conseguir que ese texto fuera aprobado por la mayoría de los partidos políticos, en función, precisamente, de sus ambigüedades, actualiza la censura que del sistema democrático, en su versión partitocrática, hacia José Antonio, cuando observaba que en cada elección, por una diferencia entre las papeletas de cada signo, los españoles íbamos a saber si creíamos o no creíamos en Dios, si España era o no una nación, si íbamos a tener o no la libertad de educar a nuestros hijos de acuerdo con nuestra conciencia, o si íbamos a poder o no seguir siendo hombres libres.

 Todos estos puntos con los que hoy actualizamos el pensamiento de José Antonio, han quedado lo suficientemente ambiguos en el texto constitucional para que las leyes que deben aclararlo lo hagan no en la forma que a “Ya”, le gustaría sino en la forma que le parezca bien al partido ganador, que puede ser uno abortista, anticristiano, separatista, marxista, o  todo a la vez. Contra eso precisamente debemos luchar, objetará “Ya”, y unirnos todos los católicos. A lo que replicamos: ¿Y por qué no hemos luchado antes, cuando podíamos con nuestro voto evitar una Constitución en cuyo marco fuera posible ese asalto intolerable a nuestras conciencias?

 Cierta vez que, a Sagasta, le hablaban de la responsabilidad ante la historia, repuso: “Ahí me las den todas”. No creemos que los redactores del “Ya” pensaran nada parecido cuando, para lograr el voto afirmativo a la Constitución, dejaban para más adelante (para la Historia) la aclaración de sus graves ambigüedades. En cualquier caso, la Historia está llamando ya a la puerta con ese proyecto abortista y volverá a llamar cada mañana o cada mes o cada cuatro años, con arreglo a la ideología o a los compromisos del partido en el poder. ¿O es que “Ya” conoce por inspiración angélica que los partidos abortistas no van a obtener nunca la mayoría en España? Si algún día ocurre, y el aborto se legaliza en el marco de una Constitución que “Ya” ayudó con todas sus fuerzas a aprobar, a cuantos asumen la línea ideológica de “Ya” no les quedará más que llorar como mujeres lo que no supieron defender como católicos. 

R. I.

Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979