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miércoles, 29 de abril de 2026

La nefasta democracia italiana, modelo para la "transición" española

Aunque el artículo pertenece al franquismo (año 1970), a posteriori puede comprobarse cómo lo denunciado para Italia entonces se sobrepasaría aquí con creces.

  DEMOCRACIA A LA ITALIANA

 El español medio, que vive en el clima de paz y concordia creado por el Movimiento Nacional, no acaba de entender lo que ocurre en Italia. No comprende, por ejemplo, las complacencias que tienen hacia el comunismo personas, grupos, partidos e instituciones que serían barridos de la vida pública si el comunismo triunfase. Y es que el español, participante de un sistema político surgido de una victoria militar, no puede comprender la mentalidad que acompaña a otro surgido de una derrota.

 La principal variación está en una especie de “mala conciencia” que sufren quienes un día sirvieron al fascismo y hoy (1970) están integrados en las nuevas agrupaciones políticas. Por un ansia de protección, quizás inconsciente, similar a la del camaleón, tienden a buscar la tolerancia de lo que consideran la antítesis del fascismo: el partido comunista. Ser anticomunista se parece a ser fascista. No ser lo primero es una fórmula adecuada para no pasar por lo segundo. Y para muchos políticos demócratas, que conservan aún el recuerdo de la camisa negra, la posibilidad de ser motejados de “fascistas” es la más desagradable perspectiva de su actuación pública.

 Centrada así la cuestión, las piezas empiezan a encajar: se explica la euforia con que las asociaciones apostólicas de trabajadores acompañan a los comunistas en sus violencias y excesos, la benevolencia afectuosa de algunos prelados hacia los dirigentes comunistas, el empeño de ciertos dirigentes democristianos en apoyar las reivindicaciones marxistas más desaforadas, las debilidades de los gobiernos de centro-izquierda a la hora de mantener la ley y el orden, el doble juego de los socialistas alternando el concubinato con el centro en el gobierno y el concubinato con los comunistas en las regiones, las huelgas y la calle.

 Cuando aparezca este comentario, escrito en plena crisis italiana (en la última, se entiende) no sabemos si se habrá resuelto o no. Pero da lo mismo, porque el problema no es coyuntural sino que afecta al fondo de la política italiana. La única solución estaría en marcar de forma drástica la separación con los comunistas que impone el sistema político de la nación, las ideas de los diversos grupos políticos y la propia existencia de la Patria. Algo que la clase dirigente italiana (incluido el sector religioso), parece incapaz de hacer. Todo por tener una moral de derrota.

 Un diagnóstico que vale para la actual crisis, para las anteriores y para las que puedan producirse mientras el sistema italiano no cambie sus planteamientos políticos.

 Versión española (1970)

 El sistema político español (1970) nada tiene que ver, a Dios gracias, con el italiano; ni aquí, como decíamos antes, existe moral de derrota. Sin embargo, es fácil apreciar en los tránsfugas del Régimen la aparición del mismo complejo que afecta a sus colegas italianos. 

Quienes aquí han ocupado destacados cargos políticos y ahora se han pasado al enemigo con armas pero sin bagajes (¡ay esas camisas y esos correajes lucidos con tanta arrogancia en otras épocas!) buscan también la tolerancia comunista y hacen lo posible por merecer una mención elogiosa de Radio España Independiente, o para lograr colaboraciones con grupos subversivos. Es fácil adivinar que una política en la que ellos representaran a los grupos moderados del Gobierno sería una democracia a la italiana, pero en versión española. Y ya se sabe cómo acaban aquí esas cosas… 

Juan NUEVO


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970

 

lunes, 27 de abril de 2026

Convierten a Jesucristo en el “primer marxista”…

 Artículo de 1970

 

 El Cristo de Pasolini

 “El Evangelio de San Mateo”, de Pasolini, no acaba de convencerme -no obstante sus logradas realizaciones- porque nos da un Cristo, en última instancia, demagogo, que muere fracasado. Pero este problema de una posible “demagogia” de Cristo se presenta hoy en una forma aguda, porque van ya siendo muchos quienes se preguntan seriamente si la demagogia, es decir, la violencia inspirada en las masas proletarias, pertenece a la esencia misma de la predicación del Cristo.

 Y, en la apariencia por lo menos, muchos así lo creen. Pasolini, desde luego, recortando a su gusto los textos y presentándolos en fotogramas de una indudable belleza fascinadora, no se ha ahorrado esos primeros planos de viento airado, agitando un rostro estremecido, cruzado por las velas desatadas de sus propios cabellos, mientras una voz bronca, monótona e insistente, cae implacable en tempestad flagelante sobre los grupos de harapientos beduinos del desierto. Casi llegamos a convencernos -tanto es el realismo brutal de las imágenes de la pantalla- que las palabras macabras de Caifás recobran un sentido transparente: “Os conviene que uno solo muera por el pueblo; no que todo el pueblo perezca”. Es la suerte de todos los mesianismos demagógicos. El Cristo, un demagogo judío más, engañado por las falsas esperanzas mesiánicas que entonces pululaban en la desesperada apocalíptica de su tiempo.

 No han sido Pasolini, sin embargo, ni Garaudy , ni Bloch -bien lo sabemos- los primeros en interpretar “sociológicamente” el Evangelio y en hacer de Cristo el primer marxista “avant la lettre”. Otros lo pensaron filántropo o, simplemente, humanitario. Algunos le han visto como un antiguo héroe levantándose sobre el común de los mortales: y en esto, un “inmortal”. Hoy es frecuente hacer de él un tipo único de religiosidad profunda en el que lo “divino” (¡así en abstracto!) llegó a manifestarse como nunca. 

Pero todavía más, después del escándalo editorial de los libros de Robinson y de Bonhoeffer, Cristo no es otra cosa que una manifestación del amor a los hombres. Por una inversión total de valores, mejor: por un desplazamiento absoluto de los centros de gravitación, el hombre se ha puesto en el lugar de Cristo. Y éste es interpretado solo en función del hombre. El humanismo acaba de conseguir su última y definitiva victoria: desplazamiento de la Iglesia, desplazamiento de Cristo, desplazamiento de Dios… y entronización del Hombre.

 Aceptada esta idea humanizante del Cristo, éste puede convertirse, con toda certeza, en el más violento y desatado de todos los reformadores socialistas. No hay más que seguir los procedimientos de Pasolini: leer los textos en un contexto y en una inteligencia marxista, como ha hecho no hace mucho Tierno Galván con la figura de Juan XXIII. Cristo ha sido enviado a evangelizar a los pobres. Y manda que se agrupen en torno de él a todos los oprimidos porque su carga es ligera y su yugo suave. Los pobres, desde luego, son encandilados con la esperanza mesiánica del reino. (Y esto es esencial a todo marxismo). Son benditos los que lloran, los que tienen hambre, porque serán hartos. Pero la dialéctica marxista necesita de la lucha contra “Das Kapital”. Y Cristo se presta a ello: es más difícil que se salve un rico que no que un camello pase por el ojo de una aguja.

 Es verdad que, paralelamente a esos textos, hay otros que, leídos con los mismos ojos marxistas, harían de los evangelios un amasijo de contradicciones. Porque a Pedro -que tenía la única espada del cortejo apostólico- en la necesidad más perentoria, le prohíbe usar de ella. Porque manda honrar a los que se sientan en la cátedra de Moisés. Porque paga sus tributos al César. Porque se presenta como un modelo de mansedumbre y de humildad. Porque manda perdonar a sus enemigos y condena la violencia: el que a hierro mata, a hierro muere. Porque enseña a presentar la otra mejilla al que hiere en la primera. Porque a los ricos les anima a ganarse el cielo con sus riquezas. Porque reconoce el hecho histórico de que a los pobres los tendremos siempre entre nosotros. Porque, elegido finalmente Rey mesiánico, huye de las multitudes.

 Entonces, ¿Cristo no  ha venido a resolver de veras la “cuestión social”? ¿Qué sentido tienen esos grandes documentos sociales de la Iglesia, desde León XIII a Pablo VI? Afirmamos resueltamente que ni Cristo ni la Iglesia pueden ser “leídos” no ya sólo marxísticamente, pero ni siquiera “sociológicamente”. Ni Cristo ni la Iglesia han venido a realizar “reformas sociales”, por más que, de hecho, hayan sido los grandes promotores de una sociedad verdaderamente humana.

 Hoy (1970) se proclama a todos los vientos que la Iglesia, comprometiéndose con la tierra, la política y la cuestión social, hace lo que Cristo hizo. Han surgido los Institutos Sociales, las “democracias cristianas”, los curas demagogos y contestatarios, por no hablar de los obispos que consideran como un primer deber pastoral colocarse ese yelmo de Mambrino para bajar a los pozos mineros y escribir pastorales sobre el aprovechamiento de los regadíos, el éxodo de la gente de campo a las ciudades, el salario mínimo y la fuga de capitales (…)

 Sí, totalmente extraño: hoy, la gente de Iglesia sabe demasiado de sociología, de política, de economía, de  estadística y de curandería… Nunca se había vociferado tanto este slogan: “por una Iglesia purificada de toda contaminación terrena”. Y contradictoriamente nunca la Iglesia se ha visto más comprometida tanto con la tierra.

 No parece sino que a los hombres de Iglesia les es imposible renunciar “al poder y la gloria” ¡Tan acostumbrados estaban a ello! Y lo que han perdido de tutela política ante un mundo que ellos son los primeros en declarar “maduro”, lo quieran recobrar resentidamente en otra clase de tutela “social” ante los pobres a quienes halagan demagógicamente. (…)

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970

 

sábado, 25 de abril de 2026

Joaquín Costa contra el sistema parlamentario de partidos

 

¿UNA MONARQUÍA LIBERAL, DEMOCRÁTICA Y PARLAMENTARIA?

 El hombre es el único animal que cae tres veces o más en la misma piedra. Hay en España unos determinados grupos de presión, que esconden partidos políticos; que, como en toda su larga historia de traiciones, ignorancias, ineptitudes y fracasos, quieren—intencionada o no intencionadamente—ver a España sumida en el caos, en la anarquía y en la sangre fraterna.

 JOAQUIN COSTA, el hombre que precedió a la generación del 98 y que es conocido por el «León de Graus», es el que más escribió fórmulas para regenerar a España desde el punto de vista social, económico y político. No fue comprendido; había nacido con cien años de anticipación. Ha sido calificado como liberal y como republicano, porque superficialmente ha sido estudiado hasta fecha reciente.

 Nosotros hemos escrito muchas veces sobre Costa en sus efemérides, y hoy queremos poner sobre, el tapete la actualidad del pensamiento costista, a fin de que lo mediten los incordiadores, y para que los hombres de Estado que quieran o estén dispuestos a asumir las altas tareas de reinar o de gobernar, sepan cuáles son las normas que hace más de medio siglo aconsejara Costa.

 La experiencia de los años transcurridos después de la muerte de Costa (1911), nos demuestra que efectivamente tenía razón el rugiente aragonés. Solamente no escuchando las voces locas de los Parlamentos españoles, es cuando se puede hacer labor de regenerar la Patria. ¿Monarcas y Príncipes abanderando al pueblo para constituirlo en soberano al través de la Democracia y de la Libertad? ¡Jamás! La supresión del Parlamento soberano no es la supresión de un régimen representativo, ya que, en realidad, los Parlamentos soberanos sólo representan los intereses particulares y bastardos de las oligarquías dominadoras de los partidos.

 En vez de Parlamento, según los modelos de las Repúblicas o de las Monarquías alfonsinas o juaninas, lo que se requiere son unas Cortes tradicionales, que no sean «ollas de grillos».

 Ved lo que en 1908 decía Joaquín Costa:

 “GOBERNAR POR ACTOS, NO POR LEYES; HOMBRE SUPERIOR, NO PARLAMENTO

 Parece que este enunciado es nada y, sin embargo, en él se encierra la clave de todo el edificio. NO NECESITAMOS LEYES: CON LAS QUE TENEMOS HAY BASTANTES, no digo para hacer la requerida revolución desde el poder, sino para media docena de revoluciones que digamos y aun sobrarían muchas arrobas para la exportación. (Aplausos.)

 Lo que necesitamos, en vez de leyes, ES GOBERNANTE DE TRIPAS, DE ENTRAÑA, DE CORAJE, PENETRADO DEL OFICIO, QUE LAS HAGA CUMPLIR SIN CONTEMPLACION Y SIN MISERICORDIA.

 ¿Cuál es la receta?

 Lo contrario, de lo que se está haciendo en España (en el año 1906), donde leyes tan fundamentales como la Orgánica del Poder judicial, como la Municipal y la Provincial, como la de Procedimiento administrativo, sucumbieron a las embestidas del caciquismo (hoy quizá pudiéramos decir en alguna ocasión «de los grupos

de presión» que son los que caciquean), que les bastardeó o las soslayó o las retorció y las hizo caer en desuso, impidiendo que hubiera poder judicial independiente, Ayuntamientos autónomos. Administración pública del “selfgobernment”, sin burocracia y sin expedienteo, por no haber habido GOBERNANTES SERIOS Y DE ACCION, dotados de aptitudes, penetrados de su deber, que supieran convertir el precepto teórico en caso vivo; QUE SUPIERAN CUMPLIR Y HACER CUMPLIR lo ordenado por palabras en la Gaceta; por NO HABER HABIDO GOBERNANTES CON HUESO; por no haber habido más que GOBERNANTES DE CAUCHO, que al encontrarse en frente de la enfermedad nacida de las Infracciones sistemáticas y acumuladas y hechas cosa normal, EN VEZ DE EMPUÑAR VALEROSAMENTE EL BISTURI, haciendo POLITICA QUIRURGICA, dejaban en su cobarde abandono a la

ley y en su villana opresión al pueblo, y huían a las preocupaciones y al quebradero de cabeza, haciendo temblarse de moverse, articulando un proyecto de ley nueva que sustituyera a la incumplida o bordeada, a sabiendas de que quien no había sabido asegurar la efectividad de la primera ley, tampoco había de saber hacer efectiva la segunda; la de que si la una, POR FALTA DE HOMBRE, había sido letra muerta, letra muerta había de ser la segunda POR FALTA DE HOMBRE.

 POR FALTA DE HOMBRE, digo, pues en ESO ESTA LA CLAVE, NO EN LOS DIARIOS DE SESIONES ni en la GACETA.

Hombres, hombres, no papel mascado es lo que necesitan los pueblos en disolución, que necesitan UN ALMA EN LO ALTO, en quien se hayan fundido Aranda y Jovellanos para el programa, Fernando de Aragón y Cisneros para la acción, que no menos que estos cuatro titanes ideales se han menester para obra tan ingente como la de rescatar los tres o cuatro siglos malbaratados, para improvisar espíritu, para poner otra vez a flote la nave embarrancada del Estado: HOMBRE QUE TENGA ENCIMA DE LOS HOMBROS UNA CABEZA RELLENA DE SESO Y NO DE ESTOPA, Y EN LA CABEZA UNA BRUJULA, Y AL LADO DE ELLA DOS BRAZOS DE ACERO PARA EJECUTAR, NO AMARRADOS

A BANCOS AZULES NI DE NINGUN OTRO COLOR (Aplausos): hombre de cuyo corazón no emana tinta para emborronar expedientes. sino sangre para nutrir y calentar al pueblo, QUE SIENTA y QUE LLORE CON LA PATRIA, QUE LLAME A TODOS AL SACRIFICIO y les enseñe el camino no con letras y metáforas desde la Gaceta, sino en acción, poniéndose personalmente a la cabeza y echando a andar como el último, sin aguardar a saber si hay quien le sigue. (Aplausos).

 … soy enemigo de esa mohosa noria que llamamos, por un abuso del lenguaje, Congreso y Senado, CUYO ESTRIDENTE Y DESAPACIBLE CHIRRIDO sólo cabezas tan duras como las nuestras han podido resistir durante más de dos generaciones SIN VOLVERSE LOCOS.

 Hace poco más de un siglo, la Península Ibérica se había quedado sin nación y se quiso improvisar una: hombres, sin duda alguna geniales en clase de escenógrafos, los que levantaron, sobre el vacío solar de las dos Cámaras, una nación de teatro, buena para representada, pero que no bien se olvidó de lo que era y quiso tomarse a sí propia en serio, y ... desplomóse con todas sus bambalinas, viniéndose a tierra casi sin estrépito. ¡Y SEGUIREMOS

DESCANSANDO SOBRE ESA FICCION, OBRA DE LA MAS INSIGNE IMBECILIDAD!

 ... Parlamento por rutina mental. PARLAMENTO por puro sport, imitación simiesca de lo europeo, o para que los lobos guarden el rebaño, para que los caciques se fiscalicen a sí propios...”

 (Del discurso «Los siete criterios de Gobierno», pronunciado en Zaragoza el 12 de febrero de 1906).

 ***

DEL OFICIO DEL JEFE DEL ESTADO

 España, como otro país cualquiera y más que el mayor número, ha necesitado UN HOMBRE, pero en aquellos cien años, la dinastía actual ni una sola vez, por excepción, ha podido suministrárselo.

 Todo ese tiempo España ha sido UNA MONARQUÍA SIN MONARCA. Su trono ha tenido figura de cuna, sin otro efecto que estorbar la elección de persona que presidiera al Estado y velase por él.

 ¿SE QUIERE MAS CAUSA, QUE ESA FALTA DE CONDUCTOR EL EXPLICARSE EL QUE ESPAÑA HAYA ACABADO POR

DESCARRILAR Y ESTRELLARSE EN LOS DESPEÑADEROS DE LA HISTORIA?

 En cien años la MONARQUIA NO HA SIDO PROPIAMENTE UNA INSTITUCION, ha sido una TAPADERA DE PARTIDOS, y la historia nacional una orgía desenfrenada, en que todo se ha abismado. el INMENSO PATRIMONIO HEREDADO DE LAS GENERACIONES PASADAS...

 (Del trabajo «El fin de la última tregua», publicado en «El Evangelio», el 1 de enero de 1902.)

 ***

 Muchas son las consideraciones que podrían hacerse de cada una de las frases de Joaquín Costa. Queremos que quede bien claro que la MONARQUIA no puede ser una MONARQUIA SIN MONARCA y mucho menos una TAPADERA DE PARTIDOS y que el Jefe del Estado no puede ser un hombre incapaz con la cabeza llena de estopa, ni un figurón, como lo han sido todos los reyes a los que se refiere Costa y como lo han sido las reyes que siguieron al tenor de Costa.

 La experiencia y la Historia han demostrado que la dinastía de los Borbones reinantes ESTABA GASTADA, según frase de Costa. Si gastada estaba a principios de siglo, consideremos que hoy (1968) no queda nada aprovechable, pues siguió el desastre tras el desastre.

 Es preciso buscar sangre nueva, estirpe regia con vitalidad. Esa fuerza solamente nos la hubiese podido dar la dinastía carlista porque, si bien era Borbón de apellido, en realidad era hispánica, era BRAGANZA, como Ias reinas esposas de Don Carlos María Isidro. Sangre de BRAGANZAS SON TAMBIEN LOS BORBON-PARMA, en los que la integridad, el españolismo, la inteligencia, el catolicismo, etc., hacen suponer que son los HOMBRES que buscaba Costa para España, ya que la experiencia ha demostrado que los HOMBRES QUE PUDO DAR LA REPÚBLICA AUN ERAN MÁS NEFASTOS Y MÁS INEPTOS QUE LOS DE LA MONARQUÍA LIBERAL.

 La Divina Providencia nos ha deparado UN HOMBRE, UN CAUDILLO, durante algunas décadas, pero se precisa la continuidad de ese HOMBRE, para que un nuevo desastre de dinastía borbónica -continuadora de la de los «tristes destinos»- no malbarate EL INMENSO PATRIMONIO HEREDADO DE LA ACTUAL GENERACIÓN.

Roberto G. BAYOD PALLARES

 

 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968


jueves, 23 de abril de 2026

Fe en el mando y disciplina

 Artículo de 1979 

FE EN EL MANDO Y DISCIPLINA

 ES evidente que sin fe en el mando no puede haber disciplina en una organización de cualquier tipo que sea. A no ser la disciplina de los galeotes, es decir, la del látigo y la fuerza. Es la disciplina del «archipiélago» Gulag. Pero la fe en el mando no puede ser y no debe ser una fe ciega. La fe de ojos vendados no es humana. Ni siquiera la fe religiosa puede ser absolutamente ciega. La fe en el misterio religioso sólo llega a ser ciega cuando se han planteado antes unos fundamentos de credibilidad. 

Desde esos fundamentos, uno se lanza al abismo insondable del misterio. Si Dios quiere que seamos y sigamos siendo hombres, no puede exigimos que abdiquemos totalmente de nuestra razón. Los artistas pintan a la Fe con una venda sobre los ojos, pero al mismo tiempo con una antorcha en la mano. De la luz al misterio y del misterio de nuevo a la luz.

 Hubo un santo, al que podemos llamar el santo de la disciplina y de la obediencia ciega. Fue un español y se llamaba Ignacio de Loyola. Escribió largo sobre la obediencia a la autoridad de los superiores y terminó por decir que, llegado el caso, la obediencia tenía que ser ciega. Es verdad que, para pedir esa obediencia, exigía antes un montón de cualidades en el mando. A la disciplina de esa obediencia ciega han atribuido algunos (por cierto, neciamente) el éxito fabuloso que su institución consiguió en la Iglesia y en el mundo. Pero aun esa fe en la autoridad o en el mando era ciega sólo a medias. Antes de obedecer, tenía uno que sondear los postulados de la propia conciencia. E indudablemente puede darse el caso de que la conciencia se alce contra la autoridad y rompa la disciplina. 

Por tanto, ni siquiera en este campo de lo religioso, se puede hablar alegremente de fe en el mando sin la cautela de infinitas precisiones. Cuando uno obedece, no elimina automáticamente la responsabilidad de su acción. Aun en el terreno de lo militar puede haber criminales de guerra, que no hicieron sino obedecer a órdenes del mando. Tenían una insensata fe ciega en el mando.

 De todos modos, acepto que sí, que la fe en el mando es una de las bases fundamentales de la disciplina y aun tal vez la única base. Por consiguiente, si la disciplina empieza a resquebrajarse, podemos decir que la fe en el mando está en crisis. Fijémonos en dos ejemplos superiores y paradigmáticos: en el estamento eclesiástico y en el estamento militar. Son instituciones situadas en muy distintos planos, pero ambas coinciden en eso de exigir una fe y una disciplina, o sea, una obediencia al mando dentro del orden de sus escalones jerárquicos. El mando es la autoridad. Insisto en que la crisis de la disciplina connota de ordinario una crisis de fe en la autoridad. Fe en la autoridad significa confianza en ella.

 ¿Cuándo y por qué viene a resquebrajarse esta confianza? Yo distingo entre la autoridad moral y la autoridad meramente legal o jurídica. Hoy, tanto como siempre o más que nunca, parece imprescindible que el mando se apoye en mucho más que en un título jurídico. Hablando de los tiempos de Isabel la Católica, Menéndez Pidal aludía a «los dos principios cardinales de la vida colectiva: la justicia que la regula y la selección que la jerarquiza.» «Una minoría seleccionada y una mayoría disciplinada» son también las condiciones que Dalie Carnegie postula para la eficacia de cualquier institución.

 Selección y disciplina son factores que no pueden disociarse. Si no hay selección en las cabezas, será ineficaz exigir disciplina en los de abajo. Ahora bien, esa selección no se dará si no se atina encontrando una categoría sustantiva en los elegidos. Porque es obvio que esa sustantividad categórica no puede ser conferida a las personas ni por un real despacho ni por un montón de papeletas sufragistas ni siquiera por una bula del Pontífice romano. Eso puede conferir y confiere una autoridad legal o jurídica, pero no una autoridad moral

Un nombramiento o una consagración no infunden como automáticamente las cualidades personales, que se requieren para el mando. Si esas cualidades no se dan, la disciplina es a la larga humanamente imposible. Se puede suponer que en el nombrado o en el consagrado se dan esas cualidades. Pero ésta es una mera suposición. El tiempo y la práctica revalidarán o invalidarán esa hipótesis. Los que sean capaces de discernir, que examinen este binomio selección-disciplina y comprueben cómo se ha conjugado o se está conjugando en la España de ayer y en la de hoy.

 Pero téngase en cuenta que la disciplina obliga también al mando para que se mantenga dentro de los límites de sus funciones y dentro del modo razonable de ejercerlas y para que no ceda a la arbitrariedad o a sus personales intereses. La disciplina exige al mando que respete esos valores superiores y esos principios inalterables, contra los cuales sería insensato apelar a la disciplina. Aun prescindiendo de otros valores colectivos, pensemos en la conciencia personal, en el honor y aun simplemente en la dignidad humana. Sin el respeto a esos valores no tendríamos autoridad, sino tiranía.

 Pedro MALDONADO


Revista FUERZA NUEVAnº 631, 10-Feb-1979

 

martes, 21 de abril de 2026

Audiencia papal a terroristas

 Artículo de 1970

 

 TERRORISTAS EN EL VATICANO

 La audiencia concedida por Pablo VI a tres dirigentes de las bandas terroristas que actúan en las provincias portuguesas de África (Angola, Mozambique y Guinea Bissau) ha llenado de alegría a los comunistas italianos y de indignación a los católicos portugueses. Un resultado que, por sí solo, explica muchas cosas.

 Se ha intentado argumentar desde diferentes órganos vinculados a la Iglesia, que una audiencia pontificia no tiene la significación que ha pretendido dársele a ésta y que el Papa se limita a recibir a todo el que a él viene a pedir consuelo, sea o no católico. Es una cuestión en la que creemos que hay que encarar la verdad, sin disfrazarla con generalizaciones. Entendámonos: si el Papa recibe a un católico o, simplemente a un hombre de cualquier ideología que acude a él para testimoniar su adhesión, su respeto, su veneración, o para pedir su bendición, nadie tendría derecho a sorprenderse ni indignarse, sea cual fuere la significación política del visitante. El Papa es padre de todos y a todos recibe.

 Pero cuando concede o audiencia a tres terroristas portugueses, comunistas conocidos dos de ellos, responsables todos de crímenes inhumanos, entre los que se cuenta el asesinato de misioneros, y se sabe que han acudido a Roma para protagonizar, con la ayuda de los comunistas, una campaña contra Portugal, país católico, con el que el Vaticano mantiene relaciones normales, la audiencia deja de ser un asunto privado y eclesial para convertirse, aunque tal no fuera la intención, en una ayuda indirecta al terrorismo. ¿Es que podía ignorar nadie en el Vaticano la explotación que iban a hacer los comunistas de la audiencia, dadas las circunstancias en que se producía? ¿Por qué no se aconsejó a los terroristas que, si querían visitar al Papa, lo hicieran como humildes cristianos, en cualquier otra ocasión que no pudiera ser interpretada como apoyo a sus actividades criminales?

 Se observa, y en España tenemos en la materia dolorosas experiencias, que en algunos sectores del Vaticano existe una desconcertante facilidad para el desacierto y la imprudencia cuando se trata de herir a las naciones católicas donde la Iglesia goza de grandes privilegios y ayudas.

 No puede extrañar a nadie la serena, pero enérgica, protesta del gobierno portugués. El masoquismo de que hacen gala algunos sectores eclesiásticos no tienen por qué padecerlo Gobiernos conscientes de la dignidad de su nación.

 La justicia y el terrorismo

 El cardenal primado de Argentina, monseñor Caggiano, ha respondido en cierta forma por toda la Iglesia a las inquietudes que producen ciertas actitudes clericales en relación con el terrorismo. En una misa celebrada en desagravio del Sagrado Corazón de Jesús (a ese mismo Sagrado Corazón que otros prelados españoles no quieren rendir culto solemne porque hay curas encerrados por motivos políticos) dijo: “La justicia sólo nace del amor. No puede aceptarse la invocación de aquéllos que buscan justicia con la injusticia. Es inadmisible el terrorismo, el incendio, la depredación, el secuestro. No puede hacerse justicia con el odio”.

 Algo que sería lesionador que se leyera en las iglesias del País Vasco, del Brasil, de Paraguay e incluso en algunos despachos del Vaticano.

El culto como chantaje

 Ahora ha sido en Santo Domingo donde un obispo ha amenazado al Gobierno con cerrar las iglesias y no administrar los sacramentos si no levanta la orden de expulsión contra dos religiosos que habían incitado a los obreros a apoderarse de las tierras donde trabajaban. El mal ejemplo cunde pronto y de la huelga parcial de misa se pasa rápidamente a esta huelga general de sacramentos que Cristo, humanamente hablando, no pudo sospechar cuando los instituyó.

 El cristiano sencillo se pregunta: ¿Dónde está el sentido religioso de la instrumentalización de los sacramentos contra un Gobierno? Y cree recordar que en la época de las grandes persecuciones, los cristianos no dejaron de administrar los sacramentos ni de realizar prácticas religiosas porque Nerón o Diocleciano persistieran en su conducta. Al contrario, las catacumbas fueron el símbolo de una Iglesia que, pese a la persecución se mantenía en la fe y en los sacramentos, llegando al martirio si era necesario. Ni Pedro, ni Pablo, ni Tarsicio, ni Sebastián, ni Lorenzo hicieron huelga de misa ni huelga de comunión. ¿Qué clase de cristianos es esta recién aparecida que emplea el culto a Dios como arma contra el César?

 Juan Nuevo


Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970

 

domingo, 19 de abril de 2026

Contra la falsa “paz” predicada tras el Vaticano II

 Artículo de 1968

 LA PAZ A TODA COSTA

 Por JULIAN GIL DE SAGREDO

 Trato un tema ya reseñado anteriormente en esta misma revista. Está hoy de moda el consagrar las fiestas del calendario litúrgico a la evocación de valores más o menos profanos: celebramos el Día de la Madre, el Día de los Enamorados, el Día del Dolor, etcétera. Ahora, y esta vez por institución de Pablo VI, vamos a celebrar el Día de la Paz todos los años el 1 de enero, fiesta de la Circuncisión del Señor.

 De esta manera venimos sustituyendo a la fiesta religiosa por la evocación laica, la conmemoración de los santos por la veneración de símbolos abstractos, los valores religiosos por los valores materiales. Es un procedimiento sutil mediante el cual se persigue desvirtuar lo espiritual y revalorizar lo material, mundanizar los santos y santificar lo mundano, convertir a Dios al mundo en lugar de convertir al mundo a Dios

 Esto es propio de las fases de decadencia espiritual por las cuales a veces atraviesa la Iglesia. Lo mismo ocurrió en la época del Renacimiento con la supervaloración del humanismo grecolatino a costa del sentido religioso de la vida, supervaloración que dislocó de tal manera las estructuras religiosas de la sociedad, que nació y brotó de las mismas la herejía luterana o la separación luterana, como dirían nuestros hermanos progresistas. Entonces sobrevino la reacción, la Contrarreforma, el espíritu de Dios contrapuesto al espíritu del mundo en esa legión de santos y sabios españoles del siglo XVI.

 Ahora tiene que ocurrir algo parecido y ya se viene palpando en lo que hoy llaman «pueblo de Dios» y siempre se ha llamado «pueblo cristiano». Pues bien; ese pueblo de Dios, ese pueblo cristiano, esparcido por los cinco continentes, sin distinción de raza ni color, que no entiende de filosofías ni teologías innovadoras, pero que tiene fe y vive la fe, es el que, alentado e iluminado por el Espíritu Santo empieza a reaccionar, como reacciona el organismo humano contra corpúsculos extraños, contra tantas innovaciones absurdas, excéntricas y peligrosas de esos apóstoles contemporáneos, hábiles manipuladores de palabras, que manejando diestramente términos tan sublimes como la Caridad, el Ecumenismo, la Paz, la Libertad, la Dignidad, etc., impregnan a dichos vocablos de sentidos equívocos y frecuentemente falsos.

 El pueblo cristiano se viene ya cansando de oír hablar en las pláticas, conferencias, homilías y sermones de las iglesias tanto de lo social y de lo económico y tan poco de lo espiritual y de lo eterno, tanto de caridad con los hombres y tan poco de caridad con Dios, tanto de ecumenismo y tan poco de la lógica raíz de ese ecumenismo que es la oración y la unión del alma con Dios, tanto de libertad y dignidad de la persona humana y tan poco de la humildad y de la obediencia, tanto de paz y de pacifismo y tan poco de otros valores que están por encima de la paz, tanto de hermanos separados y tan poco de herejes, es decir, de lo que nos distingue de los hermanos separados.

 Es un pacifismo enternecedor el que propaga la Unión Soviética y el que acogen sonrientes y agradecidos los grandes corifeos de los cristianos e incluso de los católicos de la manera más necia, estúpida y suicida. Paz de exportación, paz como mercancía para el mercado exterior de alta cotización, pero paz a costa de toda subversión de valores espirituales y humanos, paz a costa de la unidad de la fe católica, paz a costa del dogma y de la moral; y en el terreno político, paz a costa de entregar al comunismo el Vietnam, Thailandia,  el Sudeste Asiático; paz a costa de inundar a todos los países del orbe de quintacolumnistas sembradores de la agitación y la anarquía; paz a costa de la expansión arrolladora del comunismo amarillo en el mundo; paz para Johnson, pero libertad de acción para Ho Chi Minh.

 Son verdades vulgares, pero que conviene recordar: tiene la Iglesia una misión de orden espiritual y cuenta para su cumplimiento con la asistencia indefectible del Espíritu Santo, pero esa asistencia no está prometida cuando elementos significados de la Iglesia intentan hacer piruetas en el campo político, pues la historia nos está demostrando los lamentables fallos en que han incurrido y siguen incurriendo esos significados elementos. No

confundamos la acción política de ese o esos significados representantes de la Iglesia con la Iglesia misma, por muy alta y significativa que sea su misión. Dios no obliga a los católicos a seguir y secundar una política equivocada de restricciones de apoyo moral a las naciones que mejor han defendido y defienden la civilización cristiana (aunque como en toda obra humana vayan mezclados también los intereses materiales), pues esa falta de apoyo moral en el momento preciso equivale en ciertas circunstancias a colocar todas las bazas en manos del comunismo.

 En reciente discurso pronunciado por Pablo VI en la Basílica de San Pedro, el día 1 de este mes de enero, discurso que, salvo mejor criterio, no creemos que forme parte del Magisterio ordinario de la Iglesia, pues más que de tipo doctrinal fue de tipo político, se repite la palabra «paz» más de treinta veces y sólo dos o tres veces y de pasada se habla de los conceptos que al fin y al cabo son el fin de la paz y por sí mismos condicionan la bondad o la maldad de la paz Se celebra, en efecto, la jornada de la paz, se recita la oración por la paz, se anuncia la paz, se desea la paz en el año nuevo, Roma sanciona su civilización por la Pax Romana, se exalta el gran ideal de la paz, se exige hacer de la paz una esperanza y compromiso de cada día, de cada actividad futura, oímos el eco del nombre bendito de la paz, etc. Por el contrario pasan a la reserva y a lugar secundario y accesorio los valores que condicionan la paz y que son infinitamente superiores a ella. Se enumeran una serie de valores materiales, el orden, la serenidad, la alegría, la hermandad, la libertad, la esperanza, la energía, el progreso, el bienestar y en último término aparece por fin Dios.

 Todos esos valores, que en su mayoría son puramente materiales, lo mismo pueden lograrse por una paz verdadera que malograrse por una paz falsa. Si esos valores son por sí mismos superiores a la paz, ésta como tal será un medio indiferente, deseable en cuanto conduzca a obtener aquellos bienes y repudiable en cuanto nos aparte de los mismos. Además: bien están todos esos valores que se enuncian en el discurso, el orden, la serenidad, la alegría, la libertad, el progreso, etc.; pero lo principal no son esos bienes, sino el que aparece el último en la enumeración, a saber, Dios mismo: este es el único criterio verdadero para determinar la paz o la guerra. No es primero la paz y como consecuencia de la paz, Dios, sino primero y ante todo Dios, y como consecuencia de Dios, la paz o la guerra, según lo que más y mejor conduzca a Dios a la persona y a la sociedad. No se puede supervalorar como fin lo que es simple medio, y la paz nunca será fin, sino medio, y como tal subordinado al fin último que es Dios.

 Los ángeles cantaron al nacer Cristo «paz en la tierra», pero a los «hombres de buena voluntad» o «a los hombres que ama el Señor», según la moderna versión menos significativa y precisa que la primera. Pero trátese de hombres de buena voluntad o trátese de hombres a quienes ama el Señor, lo cierto es que los ángeles no desearon la paz a los hombres de mala voluntad consciente que tratan de subvertir el orden cristiano y desarraigar

de la tierra el nombre de Dios. No son tampoco amados por Dios, al menos con amor de complacencia, los hombres perversos que luchan contra el reino de Cristo ni tampoco, por tanto, son dignos de la paz.

 Dios, pues, ama la paz, pero una paz condicionada a la buena voluntad y a las leyes que El ha puesto a la Humanidad. Cuando las naciones se levantan contra Dios y tratan de eliminarle del mundo, sería suicida que las naciones que creen en El y desean salvar la civilización cristiana, se autosugestionasen y adormecieran con la droga dorada de la «PAZ» y en nombre de la misma se dejaran avasallar, dominar y destruir.

 Bienvenida la paz, pero no a costa de nuestras almas, ni a costa de nuestra civilización, ni a costa de nuestra patria, puesto que el alma, la sociedad, la civilización y la patria están muy por encima de la paz.

 «Paz sólo a los hombres de buena voluntad.»


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

viernes, 17 de abril de 2026

En el Régimen de Franco hubo elecciones

 Artículo de 1979

 EN EL RÉGIMEN DE FRANCO HUBO ELECCIONES Y VOTACIONES

 En la portada de la revista “Hola” del 13-1-1979, aparece el presidente Suárez. Y como es habitual en su señoría -siempre recogiendo rumores callejeros y pueblerinos- dice: “Hay personas que se han quejado de no haber votaciones en España durante los últimos cuarenta años, y otras se quejan ahora de qué hay demasiadas elecciones”. (…)

 Ante tan infame calumnia y tan rastrera patraña, quien esto escribe pasa a decir lo que sigue; Soy bastante más joven que el presidente Suárez, estrené mi mayoría de edad en tiempos del Caudillo, cuando no había democracia liberal, pero sí paz y orden: tuve la suerte de votar en el referéndum del 14-XII-1966, y mi voto fue afirmativo para la Ley Orgánica del Estado; entonces yo era juanista, y a pesar de eso mi voto fue afirmativo porque la ley era española, católica, justa y honesta: lo hice libremente, y sin propinas ni bocadillos. 

Desde esa fecha de 1966, y con Franco, voté en todas las elecciones que hubo: a concejales, consejeros locales del Movimiento, procuradores en Cortes… Emití el voto y pude elegir en 1971, en 1974, etc. Con Franco tenía mis representantes en las Cortes; ahora (1979) no tengo a nadie que me represente en el Parlamento.

 Me extraña que el anterior secretario general del Movimiento, el ahora líder de UCD, Adolfo Suárez, siendo más viejo que yo, pueda admitir que en tiempos del Caudillo no funcionarán las urnas, ya que don Adolfo habrá votado más veces que yo…

 También quiero recordar que mi padre votó en el referéndum de 1947. Quiero expresar que en los dos referéndums convocados por don Adolfo (1976, 1978), es decir, en los del pucherazo, a pesar de ser monárquico, mi voto ha sido negativo, entre otras cosas porque siempre sospeché de los elogios que de ellos hacían los izquierdistas. Por mi amor a la patria, no me gusta una España roja ni rota. En cuanto a que ahora hay demasiadas elecciones, eso es cierto; y que España no puede pagar esos gastos, pues en tiempos del Caudillo, los procuradores no chupaban del bote como ahora y no nos daban la monserga como lo hacen actualmente.

 Lo que en tiempos del Generalísimo no sucedía es lo que ahora con la democracia pasa: crímenes, asesinatos, asaltos, huelgas, separatismos, ultrajes a la bandera nacional. Cada día estoy más convencido de que muchos que no éramos franquistas votábamos libremente lo que nos decía nuestro Caudillo, y son ciertas las palabras del testamento político del Caudillo. Franco tuvo por enemigos a los enemigos de Dios y de España: y los que amábamos a Dios y a la Patria no podíamos ser enemigos de Franco.

 Son demasiadas elecciones. Menos palabrería liberal, menos democracia y más respeto a la libertad del hombre, pues el hombre es portador de valores eternos y para nada necesita un Parlamento ateo y rojo.

 R. CONDE DE CHILTON


Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979

 

martes, 14 de abril de 2026

Iglesia y Estado; situación nueva tras el Vaticano II

 Artículo de 1970 

  Iglesia y Estado; situación nueva

 -Las relaciones concordatarias o no, de este o del otro tipo jurídico- entre la Iglesia y el Estado moderno discurren hoy (1970) por cauces diversos a los de hace todavía muy pocos lustros. Las razones son varias y profundas, y sería una grave equivocación desconocerlos en unos momentos en que todo hace pensar que el Estado español y la Iglesia Católica están realizando unas conversaciones en orden a la revisión de los compromisos adquiridos anteriormente. (...)

 El Catolicismo tiene que pensar muy en serio que no basta “tener la verdad”, si luego la “verdad” se encarna únicamente en un ecumenismo vivido universalmente como indiferentismo religioso. No basta poseer la verdad si ésta no acaba nunca de encarnarse en la vida.

 Pues bien; cuando se piensa en relaciones entre la Iglesia y el Estado no se puede ser utópico en el peor sentido de la palabra, es decir, pensando esas relaciones intemporal y a-históricamente, porque entonces el nuevo “arreglo” jurídico duraría menos mucho menos que el Concordato periclitado de 1953.

 Entonces -algunos se preguntan- ¿es que la Iglesia Católica tiene que mudar radicalmente sus principios eclesiológicos en la materia? Y he ahí donde muchos encuentran un callejón sin salida en el que se hubiera metido el Concilio Vaticano II, promulgando tanto el decreto “Dignitatis humanae” cuanto la Constitución “Gaudium et Spes”. Porque, una de dos: o estos documentos son una acomodación fraudulenta a los nuevos tiempos -con lo que la Iglesia Católica juega al maquiavelismo religioso- o están en contradicción con venerables documentos anteriores- y entonces no tiene fijeza en los principios. ¿Vamos a oponer León XIII a Pablo VI?

 Vieja polémica ésta, que olvida la distinción de principios y planos descendidos de aplicación. Hoy, la Iglesia contempla que los Estados piden una autonomía de acción, en un orden jurídico-social que los permita proseguir un bien común auténticamente tal. Por otra parte, es imposible pedir a la Iglesia que deje de auto-reconocerse como la única religión verdadera que posee derechos, los “derechos de Dios”. Esta proclamación, sin embargo, obtenía un eco amplio y profundo en unos tiempos y en unas circunstancias de tiempo y de lugar en que los principios descendían pacíficamente para encarnarse normalmente en estructuras terrenas adecuadas y eficaces. 

Quienes hablan contra aquella “tutela” de la Iglesia y sus exigencias jurídicas, no tienen el sentido histórico para comprender el fondo de la historia. Por eso tantas alharacas contra las Cruzadas, la Inquisición, las guerras de religión y la tutela de la Iglesia sobre los estados medievales. Todo ello solamente descubro un sectarismo resentido, cuya base es un enorme falta de sentido histórico.

 Pero, además, esas voces encorajinadas están movidas por principios falsos, ya que se niegan “derechos” a una institución divina que, por lo menos, un católico consciente no puede poner en duda. Por eso, primero y ante todo, si no se quieren embrollar estas cuestiones delicadas, hay que presuponer un problema de fondo, los principios. Estos podríamos ir a encontrarlos lo mismo en León XIII que en Pablo VI. Pero la misma “ratio histórica” nos exige que los busquemos en el Concilio Vaticano II. 

Esta es, hoy, la mente de Pablo VI. No intentemos, sin embargo, presentar únicamente el siempre peligroso “espíritu del Concilio” o la ambigua “lógica conciliar”. No nos satisface siquiera esa “dinámica conciliar” a que se ha referido el profesor Ruiz-Giménez respondiendo a G. Urresti. Intentemos, ante todo, dar cuerpo y presencia a los textos mismos del Vaticano II.

Sólo más tarde se puede intentar esa contemplación concreta de la realidad histórica española y de la situación mundial en que, necesariamente, se deben insertar. (…)

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970

 

domingo, 12 de abril de 2026

Intereses oscuros bajo guerras dinásticas


 La cuestión dinástica. (El caso de don Juan y de Laceu)

 Descendamos ya a las aplicaciones concretas a España y a la Comunión Tradicionalista, señalando dos casos, uno que se realizó y otro que se está realizando, y que entrambos se refieren a la misma cuestión dinástica.

 Para honor del linaje humano, no ha existido nunca en el mundo una cuestión puramente dinástica; es decir, que se redujese únicamente a la sustitución en el poder de familias y de personas.

 Siempre detrás de las luchas dinásticas han existido las políticas o de intereses y principios superiores, que las tomaron por fórmulas y enseñas.

 La contienda entre don Pedro I y don Enrique de Trastámara, más que problema de legitimidad, de origen, que estaba bien claro, lo fueron de dos políticas interiores y exteriores: una de la represión de la aristocracia feudal y de alianza con Inglaterra, y otra, contraria y de alianza con Francia.

 A la muerte de don Martín el Humano, en la lucha entre don Jaime el desdichado y don Fernando de Antequera, la que resolvió el Compromiso de Caspe, lo que estaba por encima de la ley de sucesión era la independencia de Cataluña y el apartamento de Castilla, o la tendencia a la unión personal de las coronas y de los Reinos que se verificó más tarde (Reyes Católicos).

 La guerra de sucesión entre Austrias y Borbones, más que por las dos Casas, se peleaba por el equilibrio europeo y por lograr o evitar el predominio de una de ellas.

 Antes de que estallase la cuestión dinástica en España, la que ocasionó las guerras civiles, ya existía la lucha entre los dos partidos y las dos banderas, lo mismo en las Cortes de Cádiz, cuando la Monarquía estaba ausente, que en los períodos de 1814 a 1820, y del 20 al 23, y desde esta fecha hasta la muerte de Fernando VII. La división honda, profunda, con dos programas, pero sin tener dos símbolos dinásticos, porque el litigio no había empezado, existía. Y cuando los símbolos existieron y se ensangrentaron los campos, el hacer prevalecer a una rama sobre la otra fue cosa secundaria y que obedecía a los principios que representaban, que era lo principal. La prueba la daba bien clara el Reino lusitano, donde la contienda entre don Miguel y doña María de la Gloria era combate de los principios, pues la diferencia de la legitimidad dinástica bien puede decirse que no existía.

 Por eso Balmes afirmó que si don Carlos María Isidro se hubiera declarado opuesto al tradicionalismo, ningún liberal hubiera puesto en duda su derecho, y si doña María Cristina y doña Isabel le hubiesen representado, los tradicionalistas y no los liberales estarían a su lado. El instinto y el sentido común subordinan los símbolos a las causas simbolizadas; los abanderados a las banderas, pues sin ellas no son nada.

 ¿Quién tiene el derecho de declarar el divorcio entre los dos y la ilegitimidad de ejercicio?

 Si la cuestión fuese opinable y puramente religiosa, y no se refiriese a los otros dos derechos, como sucedió algunas veces en la Edad Media, las constituciones de aquella época llevaban implícitas, y algunas veces explícitas, la apelación al Emperador, y de éste al Papa, o la directa al Pontífice. Hoy, desgraciadamente, la práctica constante de políticas secularizadoras en distinto grado, hacen innecesario el dictamen, pues es continua la oposición de la Iglesia con ellas, y la única cuestión está en los medios prácticos de evitarlas y de sustituir a los poderes que las defienden.

 Pero trátese de uno o de todos los tres derechos, los grandes doctores señalaron como condición para la resistencia, que no se haga por autoridad particular o privada, sino pública, considerando como tal a una parte considerable de la sociedad, o la manifestada por sus órganos principales; es decir, por los que representan la soberanía social.

 Si no existiese, ni aun mermada, en las Corporaciones y clases que la forman, sería inútil plantear el problema porque la tiranía habría arrasado todas las resistencias, y no quedaría, por lo tanto, medio alguno para ejercitarlas.

 Todo esto se refiere, naturalmente, al soberano de hecho que gobierna dentro de un pueblo, en contacto con él, y que tiene sometido a su potestad y a la de aquellos elementos que le auxilian y comparten, a todas las fuerzas rivales, e incluso a las más extrañas que pugnan por derrocarle.

 A un príncipe que no es soberano desposeído, y que vive extrañado del reino, y tiene enfrente de sí a todos los partidos que vienen dominando secularmente a su país, sólo por una especie de galantería doctrinal se le pueden aplicar los mismos conceptos que al monarca de hecho que gobierna su pueblo y que tiene relación directa y coacción eficaz para mantenerla con los gobernados.

 En realidad, no es más que un jefe de partido, mientras no logre convertirse en jefe de sus propios enemigos, y someter a los más contrarios como Rey, si no por amor, por la fuerza coactiva del mando.

 La declaración de ilegitimidad, y la consiguiente destitución que puede seguirla en el soberano de hecho, trae, desde luego, aparejada una revolución, cuyas consecuencias, para lograr el éxito y restaurar el derecho, es preciso calcular, a fin de que los resultados no sean contraproducentes. Pero cuando se trata de una jefatura política, aunque tenga la más alta representación genealógica y heráldica, la cuestión se simplifica, pues la ilegitimidad de ejercicio se reduce, en quien no gobierna de hecho, a la oposición con los principios, la conducta y el interés de su pueblo, representado en su partido.

 No se concibe la existencia de un jefe que dirija contra su propio parecer a sus parciales. Querer imponerles una política contraria a la que defienden y recabar el derecho exclusivo de fijar su conducta y de variarla, es transformarlo de agrupación de hombres libres en un instrumento ciego.

 La emancipación de tal jefatura será entonces la consecuencia inevitable, si el partido no renuncia al derecho a la vida.

 La Comunión Tradicionalista se encontró un día en ese caso y reaccionó vigorosamente, salvándose. Don Juan de Borbón y de Braganza, que a la sazón era su jefe, mal aconsejado por su secretario Enrique Laceu, escribió desde el extranjero un manifiesto, fechado en Londres en septiembre de 1860, inclinándose francamente a la política liberal y afirmando «que sería injusto negarle la facultad de apreciar en su verdadero valor el siglo en que vivimos». Recababa para sí el derecho de imponer una política y una conducta a su partido. 

JUAN VAZQUEZ MELLA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 210, 6-Ene-1968

 

viernes, 10 de abril de 2026

Hipocresía democristiana sobre el aborto constitucional

Artículo de 1979

 LLEGÓ LA BATALLA

 El diario “Ya” ha denunciado la existencia de un proyecto de ley para legalizar el aborto. El Gobierno Suárez se ha apresurado a desmentirlo. “Ya” emplaza a los partidos políticos para que se definan en la materia y convoca a los católicos para que no den su voto a los abortistas. Pero olvida algo muy importante que nosotros advertimos en nuestra campaña contra la aprobación del proyecto constitucional que “Ya” defendía: si hoy (1979) hay que convocar a los católicos a luchar contra la legalización del aborto es, simplemente, porque la Constitución lo hace posible

O, lo que es lo mismo, si el aborto se legaliza, la Constitución es culpable. Como culpables son los que con su voto ayudaron a aprobarla. En un referéndum no se puede votar “juxta modum”, como en una reunión eclesial. Hay que decir “sí” o “no”, y para votar “sí” un ciudadano tiene que estar convencido de que con esa Constitución no se abre la posibilidad de que sean establecidas leyes que vayan contra principios irrenunciables de sus creencias.

 Esta tesis es la que sostuvimos nosotros, y a esta tesis se oponía “Ya” y los que como “Ya” pensaban dejando para más tarde, para cuando no tuviera remedio, dar la batalla en defensa de principios como la defensa de la vida, que en la Constitución deberían haber quedado bien claros. Es inadmisible que quienes propugnaron el sí a la Constitución vengan ahora diciendo, como hace “Ya”, que “las ambigüedades que contenía no justificaban por sí solas el rechazo, pero que habrían de ser aclaradas inequívocamente a la hora de las leyes que aplicaría la Constitución”. ¿Por qué la “aclaración inequívoca” había de hacerse luego en leyes de rango inferior y, por tanto, mudables, en vez de antes, en el texto básico que configura una Constitución?

 Nosotros no lo entendemos y nos gustaría que “Ya” lo explicara. Entendemos perfectamente que un partido político que ha surgido y vivido del pacto y el cambalache, como UCD, o que se ha plegado a las exigencias del “consenso” como Alianza Popular, se tragara el sapo, en el toma y daca que exigía el acuerdo sobre el texto constitucional, quizá porque les interesaba más eliminar la ambigüedad en otros apartados que en el de la defensa de los niños que todavía no han salido del seno materno. Pero no lo entendemos, repetimos, en un periódico que pretende representar el pensamiento católico y no tiene, por tanto, por qué subordinar principios cristianos innegociables a las conveniencias políticas.

 DIOS POR MAYORÍA DE VOTOS

 La aceptación de las ambigüedades en el texto constitucional, sin más objetivo que conseguir que ese texto fuera aprobado por la mayoría de los partidos políticos, en función, precisamente, de sus ambigüedades, actualiza la censura que del sistema democrático, en su versión partitocrática, hacia José Antonio, cuando observaba que en cada elección, por una diferencia entre las papeletas de cada signo, los españoles íbamos a saber si creíamos o no creíamos en Dios, si España era o no una nación, si íbamos a tener o no la libertad de educar a nuestros hijos de acuerdo con nuestra conciencia, o si íbamos a poder o no seguir siendo hombres libres.

 Todos estos puntos con los que hoy actualizamos el pensamiento de José Antonio, han quedado lo suficientemente ambiguos en el texto constitucional para que las leyes que deben aclararlo lo hagan no en la forma que a “Ya”, le gustaría sino en la forma que le parezca bien al partido ganador, que puede ser uno abortista, anticristiano, separatista, marxista, o  todo a la vez. Contra eso precisamente debemos luchar, objetará “Ya”, y unirnos todos los católicos. A lo que replicamos: ¿Y por qué no hemos luchado antes, cuando podíamos con nuestro voto evitar una Constitución en cuyo marco fuera posible ese asalto intolerable a nuestras conciencias?

 Cierta vez que, a Sagasta, le hablaban de la responsabilidad ante la historia, repuso: “Ahí me las den todas”. No creemos que los redactores del “Ya” pensaran nada parecido cuando, para lograr el voto afirmativo a la Constitución, dejaban para más adelante (para la Historia) la aclaración de sus graves ambigüedades. En cualquier caso, la Historia está llamando ya a la puerta con ese proyecto abortista y volverá a llamar cada mañana o cada mes o cada cuatro años, con arreglo a la ideología o a los compromisos del partido en el poder. ¿O es que “Ya” conoce por inspiración angélica que los partidos abortistas no van a obtener nunca la mayoría en España? Si algún día ocurre, y el aborto se legaliza en el marco de una Constitución que “Ya” ayudó con todas sus fuerzas a aprobar, a cuantos asumen la línea ideológica de “Ya” no les quedará más que llorar como mujeres lo que no supieron defender como católicos. 

R. I.

Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979

 

miércoles, 8 de abril de 2026

El 18 de Julio y Europa

 Artículo de 1970

 

El 18 de Julio y Europa

 ¿Qué es eso de “estar” a la altura de los tiempos? ¿No será más viril, más digno, más europeo levantar los tiempos a una altura digna, viril, europea? Me hago estas preguntas ante una corriente que circula por cenáculos, simposios, diálogos abiertos, cátedras pedantes, ateneos de voz impostada e incluso callejas y pasillos de menor nivel.

 Parece que el hecho de que, circunstancialmente y coyunturalmente, España se asome con un traje decoroso a las solemnes asambleas europeas nos obligará a conservar el traje y simultáneamente a cambiar el contenido de ese traje. A conservar ese traje pero metiendo dentro de él algo que acaso ya no sea España. Dicho ya claramente: ¿Por qué para asomarnos a Europa hemos de prescindir de la más puras esencias ideológicas que hicieron posible estos treinta años de paz y de progreso?

 Y conviene decir que cuando Europa era una entidad exigente y constructora, Europa señalaba el nivel de vida de los tiempos y, cuando la misma Europa se distendió y, volviendo la historia por pasiva, se cambió de sujeto en predicado, se despeñó por la barranca para descender a “la altura de los tiempos”. Europa ha sido -mientras ha sido- un nivel de cultura. Y el nivel de una cultura no se señala por los logros adquiridos sino por las metas que esa cultura se propuso alcanzar.

 Y alcanzar las metas que Europa se propuso desde los dorios y el ágora de Atenas hasta Augusto y desde Augusto hasta Carlomagno y desde Aquisgrán hasta El Escorial, exige una tensión asombrosa, una imaginación fecunda y una mentalidad clara y excelsa. En aquella Europa tensada, creadora, exigente, en aquella Europa que ascendía gloriosamente hacia sus metas históricas, estaba con sus particularismos y, por derecho propio, España. ¿Y por qué España, en 1970, no va a poder presentarse con sus actuales particularismos?

 Después de Westfalia, Europa se hizo a su aire, a un aire de abandonismo y de distensión. España, desangrada si no vencida, replegó sus banderas y retiró sus Tercios de la Pomerania y de Viena, de Nordlingen y las Siete Provincias. España quedó orillada y, tras los sucesivos Pactos de Familia y tras los sucesivos mordiscos a su entidad histórica por un vía crucis sombrío, llegó al 18 de Julio.

 Allí está la Falange que, al fin, definida en una sola palabra no era sino servicio. Aquello mismo que había dicho Íñigo de Loyola, capitán del César, cuando España defendía a la desesperada los cánones de Trento: “El hombre es creado para servir”. Europa lanzó su “Non serviam”, no serviré y se hizo a su aire. Y se hizo en burguesía y en confort, se hizo en las añadiduras, en la comodidad y el “laissez faire”.

Por supuesto, inventó la máquina de vapor y la electricidad y, por supuesto, al perder la exigencia y el rigor, se secó en su alma fáustica, romana, germánica y cristiana.

 Un día, los “sans-coulottes” rompieron a golpes de guillotina toda la cursilería empalagosa de Europa. Otro día, los cañones tronaron en Sedán. Otro día, Europa comenzó a desangrarse en torno al Rhin. Otro día, comenzando por Polonia, se fue rompiendo en toda su geografía…

 Ahora, Europa está ahí y España está aquí. Ahí está lo que queda de Europa: el confort, la comodidad, la blandura, el abandono del servicio, la rotura de los vínculos familiares y la exaltación del interés, la conquista de la técnica y la materialización del hombre. Y en ese trance, España tiene un traje presentable para entrar en los salones de Europa. Algunos pretenden que ese traje se “mejore” pero que, dentro, no vaya la España del 18 de Julio, sino algo que esté a la “altura de los tiempos”.

 Lo que va dentro del traje “todavía”, es la exigencia del servicio, la tensión auténticamente europea de crear la norma, el rigor, el servicio y la fidelidad a unos ideales. Todo lo que hizo el nivel cultural de Europa, todo lo que Europa fue perdiendo por trochas, veredas y atajos. Todo lo que el espíritu joven y europeo de la Falange aportó a la España ruin, decadente, dividida, zaragatera y triste de 1936.

 Se quiere presentar a España con un traje “decoroso” pero se quiere presentar un traje vacío, deshabitado, hueco. Se quiere que ponerse a la “altura de los tiempos” sea algo como hacer andar a una mortaja. 

Xavier DOMÍNGUEZ MARROQUÍN


 Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970