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viernes, 1 de mayo de 2026

Rebelión anárquica de estudiantes antijesuitas

 Artículo de 1970

 

 El sacerdote Louis Evely y la rebelión de estudiantes antijesuitas

 Van a cumplirse pronto los cinco años (1965) de unos hechos que son causa de explicación de sucesos que comenta toda Barcelona estos días (1970), a pesar del secreto con que han querido rodeárselos. Los sembradores del mal y de la demagogia acaban recogiendo, en su propia casa, el mismo mal que ellos sembraron. 

En aquella sazón (1965) gobernaba las diócesis de Barcelona el doctor Modrego. El padre Rifá, actual provincial de los jesuitas catalanes, era en aquellas fechas superior de la Casa de las Congregaciones Marianas, bien conocida en Barcelona porque durante los últimos superioratos de los padres Batlle y Rifá, se había convertido en un centro de agitación política y de catalanismo histérico. El provincial era entonces el padre Ribas, actual director de la casa de estudios de San Cugat, entre cuyos profesores se contaba el tristemente célebre padre Leita. Estos nombres de jesuitas son importantes porque sus culpas adquieren mayor volumen al experimentar el nivel de subversión a que estamos asistiendo en el ambiente religioso de Barcelona.

 En la citada casa de las Congregaciones Marianas organizaron los jesuitas (1965) unas conferencias a cargo del todavía por entonces sacerdote, abate Louis Evely, de nacionalidad belga. Aquellas conferencias fueron la plataforma de lanzamiento del futuro renegado en los ambientes católicos de Barcelona y de toda Cataluña. Su venida a Barcelona y el apoyo prestado por los jesuitas fue orquestada por un gran despliegue publicitario y exhibiciones periodísticas (…)

 Sobre el nombre de Evely y sobre sus libros, que aparecieron simultáneamente y con profusión en todos los escaparates de las librerías, se montó todo un tinglado seudo-religioso y seudo-comercial, que pretendía dar base ideológica a los afanes de anarquía reformista que se había destapado en tantos clérigos deseosos de ser los pioneros de una “nueva” Iglesia. Su nuevo evangelio era entonces “Una religió per el nostre temps”, de Louis Evely. Con la autoridad moral que daba la calurosa aprobación de los superiores de la Compañía de Jesús a la actitud religiosa de Evely, ese libro se convirtió en manual de meditación de innumerables conventos y comunidades religiosas y en la lectura espiritual (¡¡) de muchachas y muchachos en plena adolescencia, con el consiguiente perjuicio en su formación moral y religiosa. 

Lo que ha venido después, desde la mascarada de los clérigos de la Vía Layetana (1966) hasta la reciente rebelión anti jesuítica del Instituto Químico de Sarriá, tiene su principio en la introducción de Evely, como ácido disolvente de la fe católica.

 Ataque al dogma católico

 Esta obra de Evely, la más conocida, y otras varias más publicadas, están plagadas de errores, ambigüedades y negaciones doctrinales. Se le había prohibido por ese motivo y por otros que afectaban a cosas más personales, conferencias suyas en Bélgica, Francia y Canadá. En su propia diócesis carecía de licencias. Era uno de los dirigentes de los “grupos proféticos” denunciados por el Santo Padre, cuya doctrina anticatólica magistralmente resumió el conocido documento publicado por la revista “Ecclesia”. Evely pertenecía a esos movimientos subterráneos, cuya  misión consiste en desarticular a la Iglesia fiel a la doctrina de Cristo por la otra fidelidad a los principios de Marx.

 A pesar de todo ello, los jesuitas organizaron las conferencias de Evely. En Barcelona se atribuía la máxima responsabilidad de este clima y de lo sucedido a las líneas seguidas por los padres Álvarez Bolado, Rifá y Comas. En la primera de las conferencias, ante un público de religiosas, jesuitas, colegialas, algunas personas mayores y congregantes, Evely atacó el dogma católico, enfundando en sutilezas, disimulos de lenguaje e ironías. Un buen teólogo, el padre Roig Gironella, S.J., le interpeló valientemente, para que se definiera en asunto tan decisivo como el dogma del infierno. Recibió evasivas por parte de Evely y abucheos por gran parte del público. Entonces, vuelto ante el mismo, el padre Roig, levantando la voz, proclamó que por esa fe que se negaba allí, él estaba dispuesto a morir. El espectáculo fue realmente bochornoso. En una casa de la Compañía de Jesús había sido escarnecida la fe católica y despreciado el intento de volver por los fueros de la verdad.

 En este estado de ánimo llegó, al día siguiente, la segunda conferencia. Apenas Evely se había situado en el estrado, un grupo de congregantes, haciendo uso legítimo de su derecho de no permitir que en su propio local, el fundado por el llorado padre Vergés, se convirtiera en cátedra de irreligión, subió al escenario y anunció que impedían que Evely volviera a verter más sofismas, a menos que rectificara en todos los errores doctrinales contra la fe católica. Se produjo un tumulto. La conferencia tal como estaba proyectada no pudo tener lugar. Evely fue apartado del escenario. Los jesuitas, ante la imposibilidad de reanudar los propósitos anunciados e incapaces de dominar aquel desconcierto que ellos mismos habían provocado, requirieron la presencia de la policía, que detuvo al pequeño grupo de congregantes. ¡Aquella casa, centro de conspiración contra el Régimen constituido, pidió la fuerza de ese mismo Régimen del que dicen abominar, en contra de los mismos congregantes de su propia Congregación!

 El Tribunal de Orden Público juzgó y condenó a aquellos congregantes. Fueron testigos en contra de estos defensores de la fe católica tres jesuitas: los padres Comas, Velasco y Muntané, este último -según me dicen- hoy secularizado. Los tres, súbditos del Padre Rifá, con cuya presencia es el Madrid para deponer en contra de los congregantes

 Sin rectificación

 La salida definitiva del sacerdocio por parte de Evely, su unión matrimonial posterior y su apartamento de la Iglesia ha caído en la conspiración del silencio. Sus libros siguen en las librerías y los superiores jesuitas no han rectificado ni alertado a los fieles, poniéndoles en guardia sobre Evely. El mal sigue continuando sus estragos. Así las cosas, ha caído como una bomba la noticia que nos viene a través de “Le Monde”, del 5 del pasado junio (1970).

 La farisaica y sugerente literatura de “Le Monde”, de “Temoignage Chretien” y de “Informations Catholiques Internationales” no puede ocultar que el renegado sacerdote Evely trata, en su libro, de destruir los principales misterios y dogmas de la fe, en divulgada vulgarización de aquel Renan, “el blasfemo de Europa” según fuera calificado por Pío IX.

 El Episcopado francés tiene dadas muy sobradísimas pruebas de sus tan culpables transigencias con la heterodoxia, pero la del exsacerdote Evely debe ser tan blasfema y grosera que, por una vez, ha merecido esa discreta y miedosa “puesta en guardia” contra él, sin atreverse a suscribir cuanto dictamina su denunciante, el teólogo Durassier.

 Unas líneas más, Renan, “el blasfemo de Europa”, es ahora editado y leído en España, anunciado en las revistas de Acción Católica de Barcelona, sin hacer despertar de su catalepsia epidémica y general a nuestras jerarquías eclesiásticas. No nos asombraríamos si su epígono Evely fuera también reeditado y difundido con la aquiescencia de nuestras jerarquías, escudados en la aprobación manifiesta de los superiores jesuitas. (…)

 Aquí nos preguntamos: ¿Es obligado y acto meritorio el impedir el asesinato de los cuerpos? ¿Y es delito que se pena el impedir el asesinato y la intoxicación de la juventud y de la fe católica de Barcelona’ Esperamos la respuesta teologal y jurisprudencial de los teólogos moralistas y superiores jesuitas y el refrendo de las jerarquía eclesiales y estatales.

 Pues mientras tanto, el mal sigue dando sus frutos para los que lo han sembrado. La rebelión contra los jesuitas de los alumnos del Colegio Mayor “Loyola”, anejo al Instituto Químico de Sarria (Barcelona), es la rebelión de los alimentados con las doctrinas de Evely contra sus propios formadores. Pero esto merece otro comentario y será otro día, para que también lo pueda historiar mi buen amigo el padre Guillermo Furlong, historiador de la Compañía de Jesús en Buenos Aires, que tan buenas migas hicimos durante mi estancia a la Argentina. 

 Jamás en la historia de la Compañía de Jesús podrá encontrarse una página más vergonzosa que la que en esta ocasión patrocinó el padre Enrique Rifá, provincial de la Compañía de Jesús decadente y desprestigiada que actualmente tiene que sufrir Barcelona y Cataluña.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 185, 25-Jul-1970