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martes, 19 de mayo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (4)

 Artículo de 1979

 La Iglesia Española y la Constitución 

Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 (4) Una declaración vergonzosa

 El 28 de septiembre de 1978 la Comisión Permanente del Episcopado publicó lo que pretendía ser «una orientación pastoral de los fieles desde una perspectiva religiosa y moral». En teoría, lo propio de los obispos ante un acontecimiento verdaderamente histórico para nuestra patria.

 Pero el juicio, que a muchos católicos nos parecía simple y evidente, a nuestros prelados se les antojaba dificultoso a causa «de la misma naturaleza» de un referéndum, en el que se pedía opinión sobre distintos asuntos. Y después de reconocer «ambigüedades», «omisiones» y «fórmulas peligrosas», entran ya decididamente en el campo del equilibrismo, impropio de su sagrado carácter. Sentando algunas cautelas con la pretensión de salvar la cara, o por lo menos así lo creían, se vuelcan decididamente por el «sí» al afirmar que en la Constitución «no se dan motivos determinantes para que indiquemos o prohibamos a los fieles una forma de voto determinada».

 LO que significa dar a entender a los fieles que en la Constitución no hay graves atentados a la voluntad de Dios, pues en el caso que los hubiese es de creer que tendrían que recomendar el voto negativo. Pese al confuso lenguaje, buscado de intento, el aval no podía ser más rotundo.

 Y concluyen la declaración con un párrafo que comienza con estas palabras: «Los obispos esperamos que las leyes que han de desarrollar las normas constitucionales no turbarán la conciencia de ningún ciudadano.» Cuando estas líneas se están escribiendo ha saltado ya a los titulares de los periódicos la posible despenalización del aborto. Cierto que el Gobierno Suárez, por claras razones electorales, la ha desmentido. Pero ello es la prueba más clara de que la Constitución no le había cerrado las puertas como sosteníamos quienes nos opusimos a ella.

 La esperanza de los obispos de que el desarrollo constitucional no turbaría las conciencias de los españoles, ha durado bien poco. ¿Era lógica esa esperanza después de la intervención de Peces Barba en las Cortes, o de la de otros diputados socialistas y comunistas ante toda España a través de la televisión? Y podía preguntarse aún más: ¿Tenían verdaderamente los obispos esa esperanza?

 En este punto es preciso hacer ya una seria advertencia a los obispos españoles, que con su decidido y descarado apoyo decidieron el resultado del referéndum. Porque después de la consulta electoral es evidente que la pírrica victoria, aun dando por buenas las cifras que se nos suministraron de un 59 por 100 de los españoles a favor del «sí», no se hubiera logrado sin colaboración entusiasta de la mayoría de nuestros pastores. Esta Constitución tuvo cinco padrinos: Adolfo Suárez y su UCD, Felipe González y los socialistas, Santiago Carrillo y el Partido Comunista, Manuel Fraga por libre y la Conferencia Episcopal Española.

 Del padrinazgo de Fraga sólo hay que decir que nada aportó a la Constitución. La inmensa mayoría de su gente, que tampoco era tanta, votaron en contra de lo que recomendaba su líder, y para muchos dejó de serio desde ese momento. Extraña característica la del señor Fraga, que parece haberse especializado en repeler de su lado a cuantos se acercan a él. Lo que en un político no es precisamente un signo esperanzador de futuro.

 Los otros cuatro padrinazgos se revelaron en cambio decisivos. A falta de cualquiera de ellos la Constitución no se hubiera aprobado. Y ésa es la gran responsabilidad de los obispos españoles, pues gracias a ellos tendremos el divorcio y el aborto en España. Lo que en unos obispos parece no ser precisamente una gloria. Por eso, obispos, cuando en España comience a asesinarse legalmente a los niños que iban a nacer, permaneced callados. No protestéis. Porque ésa es vuestra obra. La sangre de esos inocentes caerá sobre vuestras cabezas, porque vosotros los matasteis el 28 de septiembre de 1978. Los católicos, cuando protestemos del aborto, no podremos teneros por jefes. Las causas de Dios hay que defenderlas con las manos limpias, y vosotros las tendréis manchadas de sangre. Y eso no lo olvidaremos nunca. Se os ha llamados Pilatos y Judas. Seréis también Herodes. Esos tres personajes malditos pesarán de tal modo en vuestras almas, que si aún creéis en Dios habréis de retiraros en la soledad, y en el olvido vuestra necedad o vuestro pecado, y si habéis dejado de creer en El, más os vale ir eligiendo árbol en el que colgar vuestro fracaso y vuestra indignidad.

 Judas, Herodes y Pilatos. ¡Qué éxito episcopal! No ha tenido en la historia de la Iglesia, aun en sus más sombríos tiempos, noticia de algo semejante. Pilatos ha habido muchos, por cobardía o comodidad. Tampoco han faltado los Judas que, por bastardos intereses, traicionaron la causa de Dios. Pero el personaje siniestro de Herodes estaba todavía inédito en el episcopologio de la Iglesia. Reunir a los tres en uno es verdaderamente todo un «record». Y toda una descalificación.

 Pedid, pues, a Dios que el aborto no llegue. Y no, como lo pedimos los demás católicos, en, defensa de unos seres inocentes y desvalidos que tienen derecho a nacer porque ésa es la voluntad de Dios, sino porque el día en que el aborto se legalice, ese mismo día, os tendréis que marchar de vuestros cargos, ya que clamarán los católicos, y hasta las piedras, contra vosotros.

 Después de la vergonzosa declaración del 28 de septiembre, las reacciones no se hicieron esperar. Quienes desde su fe objetaban radicalmente la Constitución, no hicieron el menor caso de vuestro escrito y prosiguieron, desde la orfandad y la tristeza, su campaña. Y los obispos, hasta entonces mudos, comenzaron a aparecer en la campaña electoral.

 Eulogio Ramírez, del que uno se asombra de que pueda escribir tanto, acusaba a la Iglesia española de liberalista, a los obispos de sibilinos y a la “Orientación” de desorientativa («El Alcázar», 3/10 y 27/11 , y FUERZA NUEVA, 21/10). «El Pensamiento Navarro» (1/10) publicaba un editorial contra la declaración, y lo mismo hacia FUERZA NUEVA (14/10), que elevaba el tema a portada, en la que se leían estas palabras: «Ante la postura del Episcopado Español, ¿pastores o lobos?». «Pro España Católica», en la misma línea, distribuía miles de hojas con un título análogo, que era una rotunda afirmación: «Nos entregáis a los lobos». En «El Imparcial» aparecieron infinidad de cartas impugnando la postura de los obispos: Agustín Sierra de la Guerra (14/10), José García del Pozo, vocal nacional de Unión Carlista (15/11); Guillermo de Padura (17/11). José M . Arigita (17/11). Tomás Pita Carpenter (1/11), Blanca Botas (31/10), I. G. Sahuquillo (21/11). Ángel Beniasar (24/11), etc. Félix Sánchez interpelaba al cardenal Tarancón desde «El Alcázar» (13/10). Juan Sáenz Díez, desde «El Pensamiento Navarro» (15/10), lo hacía con el significativo título de «¿Consejo o confusión?», interpretando el sentir de innumerables católicos. El sacerdote don Ángel Garralda incide en el mismo tema con un magnífico artículo titulado «Dolorosamente hartos de ambigüedad» («El Pensamiento Navarro», 10/10). Marcelino Urtasun, que por el estilo me parece ser un seudónimo tras el que adivino a un buen amigo, asegura desde un titular de «El Imparcial» (19/11): «Los obispos no han cumplido». Ramón de Tolosa, desde su magnífica sección de FUERZA NUEVA (2/12) los tacha de traidores. Y Julián Gil de Sagredo proclama desde las mismas páginas (FUERZA NUEVA. 16/12): «Su autodesprestigio preserva nuestra fe.»

 Podríamos llenar páginas continuando citas y nombres. Baste la muestra para comprobar la acogida que la declaración episcopal tuvo entre católicos no dudosos y comprometidos con su religión. Entiendo que tal escándalo sería suficiente para que, con un mínimo de dignidad, hubiera incluso dimisiones entre nuestra desacreditada jerarquía. Esperemos que al menos sirva para que en el Vaticano se enteren de quiénes son los que religiosamente nos gobiernan y de la opinión que de ellos tienen sus fieles.

 Al mismo tiempo que se censuraba la postura episcopal continuaban las manifestaciones católicas contra el contenido de la Constitución en numerosísimos artículos y comunicados, e incluso en homilías como las pronunciadas por ei canónigo de Segovia don Lucas García Borreguero, que «El Alcázar» (22/11) resaltaba en titulares: «Votar sí a la Constitución, un grave pecado», y el también canónigo burgalés don José Ruiz, que en la misma fecha y página afirmaba: «España va hacia la apostasía.»

 En la imposibilidad de citar a todos, no quisiera omitir a Manuel Viéitez, por sus muchos artículos; a la Unión Carlista («El Alcázar», 6/11); a Carmelo Velasco, con títulos tan significativos como «Portazo a Dios en la Constitución» e «Insistiendo en el portazo constitucional a Dios» («El Pensamiento Navarro», 28/10 y 3/11); al padre Campos Sch. P. («Una constitución ilegítima, inválida y perniciosa» («El Pensamiento Navarro», 23/11); al ex ministro Julio Rodríguez («Ante una Constitución atea y secesionista», «El Imparcial», 16/11); a don Luis Madrid Corcuera, que prosiguió incansable su campaña meritísima (véase, p. ej., «Una Constitución moral y religiosamente mala», «El Pensamiento Navarro», 29/11); a una declaración de catedráticos y publicistas católicos con casi setenta firmas, muchas de ellas de primeras figuras de nuestra intelectualidad, que fue curiosamente silenciada por la mayor parte de la prensa, pese a que se les hizo llegar puntualmente («El Alcázar», 14/11 , y «El Pensamiento Navarro», 29/11); a la Comunión Tradicionalista a través de su jefe delegado («El Pensamiento Navarro», 1/12); a Juan Luis Calleja, con un extraordinario artículo en «ABC» (23/11); a Carlos Etayo, que se embarcó en la campaña contra la Constitución todavía con más ilusión que la que puso en sus singladuras ultramarinas («El Pensamiento Navarro», 13/10); a ese gran periodista que es Ismael Medina («El Alcázar», 10/10); a la Unión Seglar de San Antonio María Claret, que se dirigió al Papa en nombre de cincuenta y tres mil católicos («El Alcázar», 4/12); a Jerónimo Cerdá, incansable propagandista de «Pro España Católica» en Valencia, y de tantas otras cosas cosas («Las Provincias», 29/11), etcétera.

 Conviene advertir a los católicos que no pocos de los que consumieron tiempo y energías en esta lucha por el honor de Dios encabezan ahora las listas electorales de Unión Nacional en distintas provincias españolas. Todas las demás candidaturas, o postularon el «sí» o, si defendieron el «no», era por motivaciones separatistas o de ultraizquierda. Blas Piñar, en Madrid; Jerónimo Cerdá, en Valencia; Ismael Medina, en Cuenca; Julián Gil de Sagredo, en Almería; César Esquivias, en Guipúzcoa; Manuel Ballesteros, en Ceuta, son una garantía de supervivencia de la España católica. Olvidarlo puede ser trágico para nuestra fe y para nuestra patria. 

 (Continuará)


Revista FUERZA NUEVA, nº 631, 10-Feb-1979

 

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