|
La Iglesia Española y la Constitución
Por Francisco José Fernández de la Cigoña
(4) Una declaración vergonzosa
El 28 de septiembre de 1978 la
Comisión Permanente del Episcopado publicó lo que pretendía ser «una
orientación pastoral de los fieles desde una perspectiva religiosa y moral».
En teoría, lo propio de los obispos
ante un acontecimiento verdaderamente histórico para nuestra patria.
Pero el juicio, que a muchos
católicos nos parecía simple y evidente, a nuestros prelados se les antojaba
dificultoso a causa «de la misma naturaleza» de un referéndum, en el que se
pedía opinión sobre distintos asuntos. Y después de reconocer «ambigüedades»,
«omisiones» y «fórmulas peligrosas», entran
ya decididamente en el campo del equilibrismo, impropio de su sagrado
carácter. Sentando algunas cautelas con la pretensión de salvar la cara,
o por lo menos así lo creían, se vuelcan
decididamente por el «sí» al afirmar que en la Constitución «no se dan
motivos determinantes para que indiquemos o prohibamos a los fieles una forma
de voto determinada».
LO que significa dar a entender a los fieles que en la Constitución
no hay graves atentados a la voluntad de Dios, pues en el caso que los
hubiese es de creer que tendrían que recomendar el voto negativo. Pese al
confuso lenguaje, buscado de intento, el aval no podía ser más rotundo.
Y concluyen la declaración con un párrafo que comienza con estas
palabras: «Los obispos esperamos que las leyes que han de desarrollar las
normas constitucionales no turbarán la conciencia de ningún ciudadano.»
Cuando estas líneas se están escribiendo ha saltado ya a los titulares de los
periódicos la posible despenalización del aborto. Cierto que el Gobierno Suárez,
por claras razones electorales, la ha desmentido. Pero ello es la prueba más
clara de que la Constitución no le había cerrado las puertas como sosteníamos
quienes nos opusimos a ella.
La esperanza de los obispos de que el desarrollo constitucional no
turbaría las conciencias de los españoles, ha durado bien poco. ¿Era lógica
esa esperanza después de la intervención de Peces Barba en las Cortes, o de
la de otros diputados socialistas y comunistas ante toda España a través de
la televisión? Y podía preguntarse aún más: ¿Tenían verdaderamente los
obispos esa esperanza?
En este punto es preciso hacer ya una seria advertencia a los obispos
españoles, que con su decidido y descarado apoyo decidieron el resultado del
referéndum. Porque después de la consulta electoral es evidente que la pírrica victoria, aun dando por
buenas las cifras que se nos suministraron de un 59 por 100 de los españoles a
favor del «sí», no se hubiera logrado
sin colaboración entusiasta de la mayoría de nuestros pastores. Esta Constitución tuvo cinco padrinos:
Adolfo Suárez y su UCD, Felipe González y los socialistas, Santiago Carrillo
y el Partido Comunista, Manuel Fraga por libre y la Conferencia Episcopal Española.
Del padrinazgo de Fraga sólo hay que decir que nada aportó a la
Constitución. La inmensa mayoría de su gente, que tampoco era tanta, votaron
en contra de lo que recomendaba su líder, y para muchos dejó de serio desde
ese momento. Extraña característica la del señor Fraga, que parece haberse
especializado en repeler de su lado a cuantos se acercan a él. Lo que en un
político no es precisamente un signo esperanzador de futuro.
Los otros cuatro padrinazgos se revelaron en cambio decisivos. A
falta de cualquiera de ellos la Constitución no se hubiera aprobado. Y ésa es la gran responsabilidad de los obispos
españoles, pues gracias a ellos tendremos el divorcio y el aborto en España.
Lo que en unos obispos parece no ser precisamente una gloria. Por eso, obispos, cuando en España
comience a asesinarse legalmente a los niños que iban a nacer, permaneced
callados. No protestéis. Porque ésa es vuestra obra. La sangre de esos
inocentes caerá sobre vuestras cabezas, porque vosotros los matasteis el 28
de septiembre de 1978. Los católicos,
cuando protestemos del aborto, no podremos teneros por jefes. Las causas
de Dios hay que defenderlas con las manos limpias, y vosotros las tendréis
manchadas de sangre. Y eso no lo olvidaremos nunca. Se os ha llamados Pilatos y Judas. Seréis también Herodes. Esos
tres personajes malditos pesarán de tal modo en vuestras almas, que si aún creéis
en Dios habréis de retiraros en la soledad, y en el olvido vuestra necedad o
vuestro pecado, y si habéis dejado de creer en El, más os vale ir eligiendo
árbol en el que colgar vuestro fracaso y vuestra indignidad.
Judas, Herodes y Pilatos. ¡Qué
éxito episcopal! No ha tenido en la historia de la Iglesia, aun en sus
más sombríos tiempos, noticia de algo semejante. Pilatos ha habido muchos,
por cobardía o comodidad. Tampoco han faltado los Judas que, por bastardos
intereses, traicionaron la causa de Dios. Pero el personaje siniestro de
Herodes estaba todavía inédito en el episcopologio de la Iglesia. Reunir a
los tres en uno es verdaderamente todo un «record». Y toda una
descalificación.
Pedid, pues, a Dios que el aborto no llegue. Y no, como lo pedimos
los demás católicos, en, defensa de unos seres inocentes y desvalidos que
tienen derecho a nacer porque ésa es la voluntad de Dios, sino porque el día
en que el aborto se legalice, ese mismo día, os tendréis que marchar de
vuestros cargos, ya que clamarán los católicos, y hasta las piedras, contra
vosotros.
Después de la vergonzosa declaración del 28 de septiembre, las
reacciones no se hicieron esperar. Quienes desde su fe objetaban radicalmente
la Constitución, no hicieron el menor caso de vuestro escrito y prosiguieron,
desde la orfandad y la tristeza, su campaña. Y los obispos, hasta entonces
mudos, comenzaron a aparecer en la campaña electoral.
Eulogio Ramírez, del que uno se asombra de que pueda escribir tanto,
acusaba a la Iglesia española de liberalista, a los obispos de sibilinos y a
la “Orientación” de desorientativa («El Alcázar», 3/10 y 27/11 , y FUERZA
NUEVA, 21/10). «El Pensamiento Navarro» (1/10) publicaba un editorial contra
la declaración, y lo mismo hacia FUERZA NUEVA (14/10), que elevaba el tema a
portada, en la que se leían estas palabras: «Ante la postura del Episcopado
Español, ¿pastores o lobos?». «Pro España Católica», en la misma línea,
distribuía miles de hojas con un título análogo, que era una rotunda
afirmación: «Nos entregáis a los lobos». En «El Imparcial» aparecieron
infinidad de cartas impugnando la postura de los obispos: Agustín Sierra de
la Guerra (14/10), José García del Pozo, vocal nacional de Unión Carlista
(15/11); Guillermo de Padura (17/11). José M . Arigita (17/11). Tomás Pita
Carpenter (1/11), Blanca Botas (31/10), I. G. Sahuquillo (21/11). Ángel
Beniasar (24/11), etc. Félix Sánchez interpelaba al cardenal Tarancón desde
«El Alcázar» (13/10). Juan Sáenz Díez, desde «El Pensamiento Navarro»
(15/10), lo hacía con el significativo título de «¿Consejo o confusión?»,
interpretando el sentir de innumerables católicos. El sacerdote don Ángel
Garralda incide en el mismo tema con un magnífico artículo titulado
«Dolorosamente hartos de ambigüedad» («El Pensamiento Navarro», 10/10).
Marcelino Urtasun, que por el estilo me parece ser un seudónimo tras el que
adivino a un buen amigo, asegura desde un titular de «El Imparcial» (19/11):
«Los obispos no han cumplido». Ramón de Tolosa, desde su magnífica sección de
FUERZA NUEVA (2/12) los tacha de traidores. Y Julián Gil de Sagredo proclama
desde las mismas páginas (FUERZA NUEVA. 16/12): «Su autodesprestigio preserva
nuestra fe.»
Podríamos llenar páginas continuando citas y nombres. Baste la
muestra para comprobar la acogida que la declaración episcopal tuvo entre
católicos no dudosos y comprometidos con su religión. Entiendo que tal
escándalo sería suficiente para que, con un mínimo de dignidad, hubiera
incluso dimisiones entre nuestra desacreditada jerarquía. Esperemos que al
menos sirva para que en el Vaticano se enteren de quiénes son los que
religiosamente nos gobiernan y de la opinión que de ellos tienen sus fieles.
Al mismo tiempo que se censuraba la postura episcopal continuaban las
manifestaciones católicas contra el contenido de la Constitución en
numerosísimos artículos y comunicados, e incluso en homilías como las
pronunciadas por ei canónigo de Segovia don Lucas García Borreguero, que «El
Alcázar» (22/11) resaltaba en titulares: «Votar sí a la Constitución, un
grave pecado», y el también canónigo burgalés don José Ruiz, que en la misma
fecha y página afirmaba: «España va hacia la apostasía.»
En la imposibilidad de citar a todos, no quisiera omitir a Manuel
Viéitez, por sus muchos artículos; a la Unión Carlista («El Alcázar», 6/11);
a Carmelo Velasco, con títulos tan significativos como «Portazo a Dios en la
Constitución» e «Insistiendo en el portazo constitucional a Dios» («El
Pensamiento Navarro», 28/10 y 3/11); al padre Campos Sch. P. («Una
constitución ilegítima, inválida y perniciosa» («El Pensamiento Navarro»,
23/11); al ex ministro Julio Rodríguez («Ante una Constitución atea y
secesionista», «El Imparcial», 16/11); a don Luis Madrid Corcuera, que
prosiguió incansable su campaña meritísima (véase, p. ej., «Una Constitución
moral y religiosamente mala», «El Pensamiento Navarro», 29/11); a una
declaración de catedráticos y publicistas católicos con casi setenta firmas,
muchas de ellas de primeras figuras de nuestra intelectualidad, que fue
curiosamente silenciada por la mayor parte de la prensa, pese a que se les
hizo llegar puntualmente («El Alcázar», 14/11 , y «El Pensamiento Navarro»,
29/11); a la Comunión Tradicionalista a través de su jefe delegado («El
Pensamiento Navarro», 1/12); a Juan Luis Calleja, con un extraordinario
artículo en «ABC» (23/11); a Carlos Etayo, que se embarcó en la campaña
contra la Constitución todavía con más ilusión que la que puso en sus
singladuras ultramarinas («El Pensamiento Navarro», 13/10); a ese gran
periodista que es Ismael Medina («El Alcázar», 10/10); a la Unión Seglar de
San Antonio María Claret, que se dirigió al Papa en nombre de cincuenta y
tres mil católicos («El Alcázar», 4/12); a Jerónimo Cerdá, incansable
propagandista de «Pro España Católica» en Valencia, y de tantas otras cosas
cosas («Las Provincias», 29/11), etcétera.
Conviene advertir a los católicos que no pocos de los que consumieron
tiempo y energías en esta lucha por el honor de Dios encabezan ahora las
listas electorales de Unión Nacional en distintas provincias españolas. Todas
las demás candidaturas, o postularon el «sí» o, si defendieron el «no», era
por motivaciones separatistas o de ultraizquierda. Blas Piñar, en Madrid;
Jerónimo Cerdá, en Valencia; Ismael Medina, en Cuenca; Julián Gil de Sagredo,
en Almería; César Esquivias, en Guipúzcoa; Manuel Ballesteros, en Ceuta, son
una garantía de supervivencia de la España católica. Olvidarlo puede ser
trágico para nuestra fe y para nuestra patria.
(Continuará)
Revista FUERZA NUEVA, nº 631, 10-Feb-1979
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario