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domingo, 17 de mayo de 2026

Decadencia de las órdenes religiosas

 Artículo de 1968

 DECADENCIA DEL ESTADO RELIGIOSO

 El Concilio Vaticano II ha dedicado todo un capítulo, el sexto de la Constitución sobre la Iglesia, al Estado Religioso. «Los consejos evangélicos —dice—, castidad ofrecida a Dios, pobreza y obediencia, como consejos fundados en las palabras y ejemplos del Señor y recomendados por los Apóstoles, por los Padres, Doctores y Pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibió del Señor y que con su gracia se conserva perpetuamente (número 43).

 Por lo mismo, el Estado Religioso tiene origen divino y su intima naturaleza consiste en ser un único medio oficial, completo y organizado, dentro de la Iglesia, que tiene por fin primero y específico tender a la perfección espiritual y a la santidad.

 Por esto, el canon 487 del Derecho Canónico dice que «el Estado Religioso debe tenerse en grande estima por todos». Por esto, el Concilio Vaticano II, en el citado capitulo, de conformidad con la doctrina tradicional de todos los siglos de la Iglesia, dice: «Este sagrado Sínodo confirma y alaba a los hombres y mujeres, hermanos y hermanas, que en los monasterios, en las escuelas o en las misiones ilustran a la Esposa de Cristo con la constante y humilde fidelidad a su consagración y ofrecen a todos los hombres, generosamente, los más variados servicios.» Y por esto, en el Decreto sobre la renovación de la vida religiosa, dice: «En la predicación ordinaria hay que tratar muchas veces de los consejos evangélicos y de abrazar el Estado Religioso. Educando los padres cristianamente a sus hijos, cultivan y defienden en sus corazones la vocación religiosa».

 La razón de esta estima en que tuvo y tiene la Iglesia al Estado Religioso es que éste es el único Estado que acepta total e íntegramente el Evangelio en sus preceptos y puros consejos, que sus miembros procuran practicar, proponiéndose como ideal imitar totalmente al Divino Maestro Jesucristo.

 Es cosa teológicamente cierta que el Estado Religioso es de institución divina, pues, como dice el Concilio, «es un don divino que la Iglesia recibió del Señor», que ella ha estructurado como estructuró las parroquias y las diócesis.

 No hay que confundir, como han hecho algunos, la institución del Estado Religioso con su estructuración, o con las diversas modalidades que ha tenido dicha institución a través de los siglos, que naturalmente son humanas, realizadas por carisma especial de sus fundadores.. (…)

 Nadie podrá negar que la casi totalidad de los Santos y Santas de la Iglesia de Dios proceden del Estado Religioso y que la acción misionera, caritativa y científico-religiosa de la Iglesia ha sido desarrollada, también en casi su totalidad, en todos los siglos por la Ordenes y Congregaciones religiosas de ambos sexos.

 ***

Si esto es verdad, ¿cómo se explica que mientras los ortodoxos veneran grandemente a los religiosos, en la Iglesia católica está en decadencia su estima por parte del clero secular, principalmente y aun por parte de los mismos religiosos?

 Oficial y oficiosamente se elogia al Estado Religioso; pero luego, de hecho, en voz baja y aun a veces en la prensa, se critican situaciones de hecho muy comprensibles y se emiten expresiones de desconfianza; se les excluye de las actuaciones parroquiales, se hacen campañas de boicoteo de las vocaciones religiosas masculinas o femeninas diciendo a los aspirantes que a la Iglesia le hacen falta sacerdotes y buenas madres de familia, y no religiosos o monjas.

 Y algunos obispos, sea por necesidades de sus diócesis, sea por prejuicios contra el Estado religioso, han provocado a los religiososa a abandonar su vocación para incorporarse al clero diocesano. Incluso han llegado a negar que el Estado Religioso sea de institución divina. Así lo negó, según referencia de «Civilta Cattolica» de agosto de 1965, el obispo belga Mons. Chenu en pública aula conciliar. Y otro, también belga, se atrevió decir que con la desaparición del Estado Religioso la Iglesia no perdería nada, si bien esta afirmación la hiciera por su cuenta y fuera del aula.

 La causa de esa decadencia del amor al Estado Religioso entre el clero diocesano hay que buscarla en su ignorancia de que la vida religiosa es una inmolación voluntaria, un holocausto perfecto completo hecho al mismo Dios. Nada les dicen aquellas palabras de Cristo: «Sic ergo omnis ex vobis qui non renuntiat omnibus quae possidet non potest meus ese discipulus.» Pues bien, aquel de vosotros que no renuncie a todo cuanto posee, no puede ser mi discípulo (Luc. 14-33). Si ellos no tuvieron valor o vocación para realizar esta renuncia, ¿por qué despreciar, en vez de admirar y venerar, a los que la hicieron efectiva y afectiva?

 Síntoma triste y alarmante de esta decadencia en la estima del Estado Religioso en algunos jerarcas y en el clero diocesano no fue solamente la negación rotunda de una verdad teológica por parte de un Monseñor en el Concilio, sino el silencio con que fue escuchado y la falta de una enérgica protesta por parte de los Padres del Concilio, que podían hacerlo dentro de los límites que consentía el Reglamento Conciliar, como se había hecho en otras ocasiones.

 Pero hay más; muchos aprecian o dicen apreciar el Estado Religioso no por su fin principal y esencial, que es la santificación de los miembros de Cristo, por medio de la completa imitación del modelo de Santidad Jesucristo y del perfecto cumplimiento de los consejos evangélicos, sino por sus fines secundarios, que para los religiosos son medios; y que según esos señores han de ser los primarios del religioso, como son el apostolado al servicio de la Iglesia y la actividad apostólica. Es decir, actividad apostólica en vez de santidad evangélica. Así el cardenal Suenens, en su libro «Nuevas dimensiones en el apostolado de las religiosas». Ni más ni menos que los Gobiernos laicos o revolucionarios del siglo pasado y del presente, que con el mismo criterio conservaron a veces las instituciones religiosas de caridad o enseñanza.

 Desgraciadamente, esta inversión de fines del Estado Religioso está en auge en no pocos religiosos, teórica y prácticamente, con daño, naturalmente, de la santidad de la vida religiosa.

 Ya no se proponen como fin de su ingreso en una orden o congregación religiosa (y si se lo proponen, después lo retractan) su propia santificación; ya no ven en la profesión religiosa su carácter de sacrificio y holocausto, como tampoco lo ven los seglares; ya no la consideran como una crucifixión espiritual para toda su vida; la emisión de los votos y la práctica de los consejos evangélicos no es una muerte a sí mismos, para vivir para Dios, como dice Santo Tomás. No; en la vida religiosa sólo ven un estado o situación en que podrán dedicarse mejor a la vida sacerdotal, apostólica y a la de enseñanza. Ya no se les educaa los aspirantes en la perfección de la caridad hacia Dios, como dice el Concilio Vaticano II que han de hacer: «Con los votos el religioso se entrega totalmente a Dios, hasta el punto de quedar destinado al servicio y al amor de Dios» (5).

 Esos religiosos invierten el orden de la caridad, que antes era: «Dios, el alma, el prójimo. Ahora dicen: «El prójimo, Dios, el alma.»

 De aquí, en la práctica, ¿qué diferencia hay entre un sacerdote secular y un sacerdote religioso, si éste deja a un lado los dos votos de obediencia y pobreza y la práctica de los consejos evangélicos, aunque materialmente haga la profesión religiosa? Hoy todos visten su flamante clergyman o traje laical; hoy se comportan de la misma manera en público; hoy se mezclan con el mundo con pretexto de apostolado o fines pastorales; más: hoy ya no han de ir al mundo; éste se ha entrado por las puertas de los conventos con los aparatos de radio y televisión, que apasionadamente oyen o contemplan, pudiendo así asistir a todas las diversionesy espectáculos mundanos... No es ya el «contemptus mundi», en desprecio del mundo, el camino que facilita la consecución de la santidad evangélica, sino el «consecratio mundi», la consagración del mundo, para lo cual es indispensable la adaptación al mundo. Es decir, en vez de santificarse, mundanizarse.

 Antiguamente, muchas sacerdotes seculares entraban en las Ordenes y Congregaciones religiosas para santificarse más fácilmente y luego lanzarse a la vida apostólica con más libertad y sin tantos obstáculos como tenían en el mundo. ¿Cuántos son los que hoy día abandonan el mundo para hacerse religiosos? ¿Y cómo lo han de abandonar si ven que de los mismos conventos va desapareciendo incluso la vida claustral y la comunitaria, convirtiéndose las comunidades en meras convivencias clericales, con sacrificio generalmente de los votos de pobreza y obediencia?

 Se me dirá que soy pesimista. No; las estadísticas cantan. Consúlteselas y ellas dirán el número cada día mayor de deserciones religiosas y la disminución alarmante y constante de vocaciones a la vida religiosa. La santidad va huyendo de los conventos; la decadencia del Estado Religioso es manifiesta. Las causas ya las he indicado. Inútilmente la Congregación de Religiosos buscará el remedio de tantas deserciones en el retraso de la profesión de los aspirantes. El remedio está en la sólida formación de ellos durante los años de la juventud, que no se consigue mundanizándolos ya en esa época. 

P. CATALAN


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

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