DECADENCIA DEL ESTADO RELIGIOSO El Concilio Vaticano II ha dedicado todo un capítulo, el sexto de la
Constitución sobre la Iglesia, al Estado Religioso. «Los consejos evangélicos
—dice—, castidad ofrecida a Dios, pobreza y obediencia, como consejos
fundados en las palabras y ejemplos del Señor y recomendados por los
Apóstoles, por los Padres, Doctores y Pastores de la Iglesia, son un don
divino que la Iglesia recibió del Señor y que con su gracia se conserva
perpetuamente (número 43). Por lo mismo, el Estado Religioso tiene origen divino y su intima
naturaleza consiste en ser un único medio oficial, completo y organizado,
dentro de la Iglesia, que tiene por fin primero y específico tender a la
perfección espiritual y a la santidad. Por esto, el canon 487 del Derecho Canónico dice que «el Estado
Religioso debe tenerse en grande estima por todos». Por esto, el Concilio
Vaticano II, en el citado capitulo, de conformidad con la doctrina tradicional
de todos los siglos de la Iglesia, dice: «Este sagrado Sínodo confirma y
alaba a los hombres y mujeres, hermanos y hermanas, que en los monasterios,
en las escuelas o en las misiones ilustran a la Esposa de Cristo con la
constante y humilde fidelidad a su consagración y ofrecen a todos los hombres,
generosamente, los más variados servicios.» Y por esto, en el Decreto sobre
la renovación de la vida religiosa, dice: «En la predicación ordinaria hay
que tratar muchas veces de los consejos evangélicos y de abrazar el Estado
Religioso. Educando los padres cristianamente a sus hijos, cultivan y
defienden en sus corazones la vocación religiosa». La razón de esta estima en que tuvo y tiene la Iglesia al Estado
Religioso es que éste es el único Estado que acepta total e íntegramente el
Evangelio en sus preceptos y puros consejos, que sus miembros procuran
practicar, proponiéndose como ideal imitar totalmente al Divino Maestro Jesucristo. Es cosa teológicamente cierta que el Estado Religioso es de institución
divina, pues, como dice el Concilio, «es un don divino que la Iglesia recibió
del Señor», que ella ha estructurado como estructuró las parroquias y las
diócesis. No hay que confundir, como han hecho algunos, la institución del
Estado Religioso con su estructuración, o con las diversas modalidades que ha
tenido dicha institución a través de los siglos, que naturalmente son
humanas, realizadas por carisma especial de sus fundadores.. (…) Nadie podrá negar que la casi totalidad de los Santos y Santas de la
Iglesia de Dios proceden del Estado Religioso y que la acción misionera,
caritativa y científico-religiosa de la Iglesia ha sido desarrollada, también
en casi su totalidad, en todos los siglos por la Ordenes y Congregaciones
religiosas de ambos sexos. *** Si esto es verdad, ¿cómo se explica que mientras los ortodoxos veneran
grandemente a los religiosos, en la Iglesia católica está en decadencia su
estima por parte del clero secular, principalmente y aun por parte de los
mismos religiosos? Oficial y oficiosamente se elogia al Estado Religioso; pero luego, de
hecho, en voz baja y aun a veces en la prensa, se critican situaciones de
hecho muy comprensibles y se emiten expresiones de desconfianza; se les
excluye de las actuaciones parroquiales, se hacen campañas de boicoteo de las
vocaciones religiosas masculinas o femeninas diciendo a los aspirantes que a
la Iglesia le hacen falta sacerdotes y buenas madres de familia, y no
religiosos o monjas. Y algunos obispos, sea por necesidades de sus diócesis, sea por
prejuicios contra el Estado religioso, han provocado a los religiososa a abandonar
su vocación para incorporarse al clero diocesano. Incluso han llegado a negar
que el Estado Religioso sea de institución divina. Así lo negó, según
referencia de «Civilta Cattolica» de agosto de 1965, el obispo belga Mons.
Chenu en pública aula conciliar. Y otro, también belga, se atrevió decir que
con la desaparición del Estado Religioso la Iglesia no perdería nada, si bien
esta afirmación la hiciera por su cuenta y fuera del aula. La causa de esa decadencia del amor al Estado Religioso entre el clero
diocesano hay que buscarla en su ignorancia de que la vida religiosa es una
inmolación voluntaria, un holocausto perfecto completo hecho al mismo Dios.
Nada les dicen aquellas palabras de Cristo: «Sic ergo omnis ex vobis qui non
renuntiat omnibus quae possidet non potest meus ese discipulus.» Pues bien,
aquel de vosotros que no renuncie a todo cuanto posee, no puede ser mi
discípulo (Luc. 14-33). Si ellos no tuvieron valor o vocación para realizar
esta renuncia, ¿por qué despreciar, en vez de admirar y venerar, a los que la
hicieron efectiva y afectiva? Síntoma triste y alarmante de esta decadencia en la estima del Estado
Religioso en algunos jerarcas y en el clero diocesano no fue solamente la
negación rotunda de una verdad teológica por parte de un Monseñor en el
Concilio, sino el silencio con que fue escuchado y la falta de una enérgica
protesta por parte de los Padres del Concilio, que podían hacerlo dentro de
los límites que consentía el Reglamento Conciliar, como se había hecho en
otras ocasiones. Pero hay más; muchos aprecian o dicen apreciar el Estado Religioso
no por su fin principal y esencial, que es la santificación de los
miembros de Cristo, por medio de la completa imitación del modelo de Santidad
Jesucristo y del perfecto cumplimiento de los consejos evangélicos, sino
por sus fines secundarios, que para los religiosos son medios; y que según
esos señores han de ser los primarios del religioso, como son el apostolado
al servicio de la Iglesia y la actividad apostólica. Es decir, actividad apostólica
en vez de santidad evangélica. Así el cardenal Suenens, en su libro «Nuevas
dimensiones en el apostolado de las religiosas». Ni más ni menos que los
Gobiernos laicos o revolucionarios del siglo pasado y del presente, que con
el mismo criterio conservaron a veces las instituciones religiosas de caridad
o enseñanza. Desgraciadamente, esta inversión de fines del Estado Religioso está
en auge en no pocos religiosos, teórica y prácticamente, con daño,
naturalmente, de la santidad de la vida religiosa. Ya no se proponen como fin de su ingreso en una orden o congregación
religiosa (y si se lo proponen, después lo retractan) su propia
santificación; ya no ven en la profesión religiosa su carácter de sacrificio
y holocausto, como tampoco lo ven los seglares; ya no la consideran como una
crucifixión espiritual para toda su vida; la emisión de los votos y la
práctica de los consejos evangélicos no es una muerte a sí mismos, para vivir
para Dios, como dice Santo Tomás. No; en la vida religiosa sólo ven un
estado o situación en que podrán dedicarse mejor a la vida sacerdotal,
apostólica y a la de enseñanza. Ya no se les educaa los aspirantes en
la perfección de la caridad hacia Dios, como dice el Concilio Vaticano II
que han de hacer: «Con los votos el religioso se entrega totalmente a Dios,
hasta el punto de quedar destinado al servicio y al amor de Dios» (5). Esos religiosos invierten el
orden de la caridad, que antes era: «Dios, el alma, el prójimo. Ahora dicen:
«El prójimo, Dios, el alma.» De aquí, en la práctica, ¿qué diferencia hay entre un sacerdote secular
y un sacerdote religioso, si éste deja a un lado los dos votos de obediencia
y pobreza y la práctica de los consejos evangélicos, aunque materialmente
haga la profesión religiosa? Hoy todos visten su flamante clergyman o traje
laical; hoy se comportan de la misma manera en público; hoy se mezclan con
el mundo con pretexto de apostolado o fines pastorales; más: hoy ya no han de
ir al mundo; éste se ha entrado por las puertas de los conventos con los
aparatos de radio y televisión, que apasionadamente oyen o contemplan,
pudiendo así asistir a todas las diversionesy espectáculos mundanos... No es
ya el «contemptus mundi», en desprecio del mundo, el camino que facilita la
consecución de la santidad evangélica, sino el «consecratio mundi», la
consagración del mundo, para lo cual es indispensable la adaptación al mundo.
Es decir, en vez de santificarse, mundanizarse. Antiguamente, muchas sacerdotes seculares entraban en las Ordenes y
Congregaciones religiosas para santificarse más fácilmente y luego lanzarse a
la vida apostólica con más libertad y sin tantos obstáculos como tenían en el
mundo. ¿Cuántos son los que hoy día abandonan el mundo para hacerse
religiosos? ¿Y cómo lo han de abandonar si ven que de los mismos
conventos va desapareciendo incluso la vida claustral y la comunitaria,
convirtiéndose las comunidades en meras convivencias clericales, con
sacrificio generalmente de los votos de pobreza y obediencia? Se me dirá que soy pesimista. No; las estadísticas cantan.
Consúlteselas y ellas dirán el número cada día mayor de deserciones religiosas
y la disminución alarmante y constante de vocaciones a la vida religiosa. La
santidad va huyendo de los conventos; la decadencia del Estado Religioso es
manifiesta. Las causas ya las he indicado. Inútilmente la Congregación de
Religiosos buscará el remedio de tantas deserciones en el retraso de la
profesión de los aspirantes. El remedio está en la sólida formación de ellos
durante los años de la juventud, que no se consigue mundanizándolos ya en esa
época. P. CATALAN
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968 |
No hay comentarios:
Publicar un comentario