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EL CARDENAL GOMÁ, DIFAMADO
Actualmente (1970) el fenómeno se repite en
gran escala con el cardenal Gomá, confluyendo contra su titánica personalidad
los más bajos fondos y las bilis más repelentes de todas las sectas, esbirros
y cipayos de la leyenda negra de nuestros días. Podemos recordar al P.
Arsuaga y a Ángel Zumeta, que, en su día, pretendieron refutar, por ejemplo,
su apodíctica “Respuesta obligada a José Antonio Aguirre”.
También ha circulado por aquí el infame
amasijo de patrañas titulado “L’Esglesia contra la República Espanyola”,
seudónimo de un sacerdote catalán y rojo de remate que se exilió
voluntariamente, que dedica diez viperinos capítulos del mismo contra el
cardenal Gomá, y cuyo nombre verdadero es preferible olvidar.
Lo que todavía no se había intentado contra
el cardenal Gomá es presentarlo como hombre desleal a sí mismo. No pueden
refutarse válidamente sus argumentos, sus escritos, su ejecutoria. Como dijo
Blas Piñar “trata de oscurecerse la figura del cardenal Gomá. No sólo
porque fue el cardenal de la Cruzada, sino porque fue un sacerdote catalán
que defendió siempre a capa y espada, en España y fuera de España, entre
católicos y contra católicos, la causa nacional, el esfuerzo de unos hombres
que no regatearon nada, ni siquiera sus vidas para que la fe cristiana
perdurase en nuestro pueblo”.
Pero si la granítica fortaleza de la obra
del cardenal Gomá no puede ser destruida y el único daño que es posible
causarle es su desconocimiento, quedaba un recurso calumniador por estrenar…
Y ahora “Sempronio”, seudónimo del director
del seminario catalán “Tele-Estel”, nos ha descubierto la táctica que, por lo
visto, actualmente se pone en circulación. En el número del 27 de marzo del
año en curso, el citado semanario y bajo su rúbrica, escribe literalmente: “Refiriéndose
a la famosa carta colectiva del episcopado español, el cardenal Gomá, primado
de España, terminada la guerra, dijo a dos personas cuyo testimonio es irrecusable:
“Si se pudiera jugar dos
veces, os aseguro que a la segunda jugaría de muy distinta manera”.
En el año 1940, en La Riba, su pueblo natal,
Gomá, en franca conversación, dijo a unos sacerdotes tarraconenses: “El único
que tuvo visión de este asunto fue vuestro cardenal”.
Ahí están las acusaciones… Pero resulta que
el cardenal Gomá había escrito: “¿Con quién estaría el Papa? ¿Con los que
se han empeñado en destruir en España el reino de Cristo, de quien es Vicario,
matando a sus sacerdotes y destruyendo sus templos y persiguiendo el nombre
cristiano con saña digna de los primeros perseguidores de la Iglesia?” Y había
añadido: “Es patente el hecho de la religiosidad de nuestros combatientes,
que se lanzaron al campo de batalla para combatir al comunismo por
antiespañol y también por anticatólico y ateo; brilla con claridades de
mediodía en nuestra historia político-religiosa que la causa de haber puesto
pie la bestia asiática en nuestro suelo hispano es la última consecuencia de
una serie de desviaciones de los principios católicos…; se refleja con luces
de cielo en el lago de sangre de miles y miles de sacerdotes asesinados por
el odio del marxismo, que debieran merecer más respeto de ciertos escritores
libelistas”.
Había enjuiciado nuestra historia reciente
con estas palabras: “La loca temeridad de los gobernantes durante el quinquenio
que precedió el estallido de 1936 fue otra de las causas culminantes de la guerra.
El Estado español entró en quiebra en 1932; de ahí vino, a no largo plazo la
quiebra de la Nación… Fue un régimen de alevosía que hirió de un golpe a la Nación
y al Estado”.
Enfrentándose con los que buscaban falsos
pretextos con que denigrar nuestra contienda, el cardenal Gomá intrépidamente
afirmaba: “Queden relegados a la categoría ínfima de afirmaciones
embusteras los motes que se han conjugado en cancillerías y tertulias
políticas, en discursos y trabajos de prensa, como causas y soportes de la guerra.
En todo hay escorias en este pobre mundo; pero ni la injusticia social, ni la
prepotencia del clero, ni el espíritu “faccioso” de algunos militares, ni la
necesidad de salvar las esencias democráticas tienen nada que ver con la raíz
profunda del inmenso trastorno que ha pasado España. Este nos vino porque
manos procaces, al servicio del nihilismo ruso, se empeñaron en remover los
profundos sillares en que se asentaba hacía ya siglos el espíritu natural:
Dios y el sentido de justicia del que es Dios el único soporte”.
Solemnemente escribía al Generalísimo Franco: “Pudimos hundirnos para siempre, y Dios, que ha hallado en V.E. digno
instrumento de sus planes providenciales sobre la Patria querida, nos ha
concedido ver esta hora de triunfo. Que Dios y la Patria paguen al glorioso Ejército
español, y especialmente a V. E. que tan espléndidamente lo ha llevado a la
victoria, el colosal esfuerzo que han debido realizar para dar cima a la
gigantesca empresa. Y se lo paguen con lo que más estiman las almas nobles:
con las fecundidad del sacrificio para bien de la religión y de la Patria; el
amor del pueblo, que es la mejor corona de un gobernante; y largos años de
vida para seguir trabajando en la paz como lo ha hecho en la guerra”.
Concretamente, en “La Vanguardia” del 18 de
julio de 1939, nos adoctrinaba el cardenal Gomá a los catalanes: “¿Quién
desencadenó la tormenta trágica?, ¿los ricos?, ¿los pobres?, ¿el hambre?, ¿la
falta de trabajo?, ¿la democracia, la política, en ansia de reivindicaciones
sociales? Es un catalán que escribe para un diario de Cataluña. Y en Cataluña,
la inteligencia, el trabajo, la sobriedad de sus hijos habían llegado a
realizar la promesa, falaz en sus labios, del viejo político: la promesa de
la caseta y l’hortet para cada ciudadano, que nos ha recordado muchas
veces la frase idílica de la Biblia: Cada cual vivía feliz debajo de su
higuera y su parral… Porque en Cataluña, queridos paisanos, se comía y se
vestía mejor y con más economía que en sitio alguno del orbe… Pero, en un
momento, súbitamente, aunque después de años de preparación, faltó, por omisión
de unos y por acción de otros, lo que es el nervio del mundo, Dios, que, con
su presencia y su ley, lo aglutina todo en el mundo físico y moral. Omisión
de casi todos, que dejamos vaciarse nuestras conciencias de la verdad
religiosa, y nuestra vida de la moral cristiana y nuestra sociedad de la
presencia de Dios en todas las cosas de la vida colectiva. Y la acción
ejercida por gente profesional del error y del trastorno político y social,
en el taller, en el club revolucionario, en el periódico explosivo y ácrata,
en los altos puestos de la administración y gobierno”.
Sería interminable si quisiéramos reseñar
el continuado magisterio, coherente e irrefutable del cardenal Gomá, en
perfecta consonancia con Pío XI y Pío XII, y con centenares de obispos de
toda la Iglesia universal, manteniendo la tesis de la imperecedera Carta
Colectiva del Episcopado Español, de 1 de julio de 1937, bajo cuyos
postulados sagrados y altísimos millares de hombres entregaron sus vidas,
convencidos plenamente de que la Iglesia como Iglesia, y no como simple
opinión personal ni siquiera de un cuerpo social al estilo de los partidos
políticos o de las corporaciones públicas por respetables que fueren, había
hablado y enseñado.
Al cardenal Gomá hay que enjuiciarle por la
robusta continuidad de todos sus escritos sólidamente doctrinales y
comprometidos, y también por los consejos y consignas que, como el que
escribe, innumerables veces habíamos recibido particularmente en el Asilo de
las Josefinas en Pamplona, durante la Cruzada, en donde se hospedaba y nos
había tenido la inmerecida confianza de encomendarnos misiones delicadas de
gran trascendencia. Cuantos conocimos y nos honramos con su intimidad sabemos
de su indomable firmeza intelectual, de su gran corazón y de cómo férreamente
mantenía frente a presiones de toda clase la verdad de la Cruzada Nacional. Lo
que es inimaginable en el cardenal Gomá es la mentira, la doblez, los paños,
calientes las sinuosidades…
Por eso, frente a las graves imputaciones
que “Sempronio” atribuye al cardenal Gomá, sólo cabe este dilema: o el
cardenal Gomá realmente se sintió equivocado, y desmentido en lo que había
enseñado en sus documentos pastorales que habían corrido el mundo y
arrastrado a toda la opinión católica mundial digna de este nombre, y en este
caso no bastaban unos desahogos amigables a estas innominadas personas de que
nos habla el director de “Tele-Estel”, en cuya circunstancia en buena moral
estaba obligado públicamente a rectificarse, o “Sempronio” inventa tales
afirmaciones y, en todo caso, la ética periodística obliga a decir y a
presentar paladinamente los testigos de ambas afirmaciones que pone en boca
del cardenal Gomá. El cardenal Gomá, a estas horas, no tiene más defensa que
la fidelidad histórica que debe velar también por el prestigio de los muertos.
Máxime en esta ocasión en que se escarnece la honorabilidad más íntima y más
elemental de un cardenal como tal y en su más característica actuación como
primado de España, y la legitimidad de la Cruzada como Pío XI, Pío XII, y el Episcopado
español y mundial había definido, ensalzado y ponderado en actos de magisterio
repetido.
Esperemos que “Sempronio” presente las
pruebas objetivas y convincentes de lo que, a primera vista, puede
calificarse como insidias. No basta
callarse a darse por no aludido. O se rectifica sin atenuantes de cuanto ha
escrito, declarando que ha calumniado o que ha sido informado por personas
insolventes a las que se debe citar sin excusa alguna, aunque con la maligna
ligereza que supone entregar a la publicidad acusaciones infamantes de tal
índole, o cita con nombres y apellidos y con todos los pelos y señales a los
que, bajo juramento, puedan certificar verazmente lo que ponen en boca del
cardenal Gomá.
No marginamos, en un Estado de Derecho, lo
que corresponda a otras jurisdicciones. Sería de una insensibilidad
imperdonable que no se exigieran las aclaraciones pertinentes ante asertos
tan vejatorios contra el cardenal que, rotundamente, en la hora más crítica
de España, como se ha dicho, no fue ni un Richelieu ni un Mazarino. Sólo
puede parangonarse con el propio cardenal Cisneros. Si en esta ocasión se
permite el insulto escrito o la no justificación de lo afirmado, otra vez se
habrá cumplido el diagnóstico del propio cardenal Gomá: “De las grandes
conmociones de la Patria querida nunca hemos sacado el bien que era lícito
esperar. Siempre España tuvo que coger en el árbol de su historia los frutos
en agraz. Ni correspondió la mezquindad de sus partos al dolor de sus
alumbramientos”. Y aún más: “Una guerra santa pide, a lo menos, un
santo esfuerzo para que no sea estéril la sangre en ella derramada. Los que
la dieron tan generosamente, por Dios y por España, clamarían venganza contra
quienes no pusieran estos santísimos nombres en la base, en el corazón y en
la cumbre de la España que renace”.
A quien firmaba y entregaba su vida por
estos ideales, hoy, impunemente se le denigra presentándole en actitudes inconsecuentes,
canallescas e indignas de un hombre, de un cristiano y de un prelado. ¿Es
posible? Esperamos la rectificación indeclinable de “Sempronio” o que quien
deba haga reparar el honor insultado y maltrecho del cardenal Gomá. Que cada
palo aguante su vela. La inconsciencia y la frivolidad tienen sus límites.
Inexcusablemente y sin dilaciones.
Jaime TARRAGÓ
Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970
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