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martes, 20 de enero de 2026

En defensa del cardenal Gomá

 Artículo de 1970 

 EL CARDENAL GOMÁ, DIFAMADO

 Actualmente (1970) el fenómeno se repite en gran escala con el cardenal Gomá, confluyendo contra su titánica personalidad los más bajos fondos y las bilis más repelentes de todas las sectas, esbirros y cipayos de la leyenda negra de nuestros días. Podemos recordar al P. Arsuaga y a Ángel Zumeta, que, en su día, pretendieron refutar, por ejemplo, su apodíctica “Respuesta obligada a José Antonio Aguirre”.

También ha circulado por aquí el infame amasijo de patrañas titulado “L’Esglesia contra la República Espanyola”, seudónimo de un sacerdote catalán y rojo de remate que se exilió voluntariamente, que dedica diez viperinos capítulos del mismo contra el cardenal Gomá, y cuyo nombre verdadero es preferible olvidar.

 Lo que todavía no se había intentado contra el cardenal Gomá es presentarlo como hombre desleal a sí mismo. No pueden refutarse válidamente sus argumentos, sus escritos, su ejecutoria. Como dijo Blas Piñar “trata de oscurecerse la figura del cardenal Gomá. No sólo porque fue el cardenal de la Cruzada, sino porque fue un sacerdote catalán que defendió siempre a capa y espada, en España y fuera de España, entre católicos y contra católicos, la causa nacional, el esfuerzo de unos hombres que no regatearon nada, ni siquiera sus vidas para que la fe cristiana perdurase en nuestro pueblo”.

 Pero si la granítica fortaleza de la obra del cardenal Gomá no puede ser destruida y el único daño que es posible causarle es su desconocimiento, quedaba un recurso calumniador por estrenar…

 Y ahora “Sempronio”, seudónimo del director del seminario catalán “Tele-Estel”, nos ha descubierto la táctica que, por lo visto, actualmente se pone en circulación. En el número del 27 de marzo del año en curso, el citado semanario y bajo su rúbrica, escribe literalmente: “Refiriéndose a la famosa carta colectiva del episcopado español, el cardenal Gomá, primado de España, terminada la guerra, dijo a dos personas cuyo testimonio es irrecusable: “Si se pudiera jugar dos veces, os aseguro que a la segunda jugaría de muy distinta manera”.

 En el año 1940, en La Riba, su pueblo natal, Gomá, en franca conversación, dijo a unos sacerdotes tarraconenses: “El único que tuvo visión de este asunto fue vuestro cardenal”.

 Ahí están las acusaciones… Pero resulta que el cardenal Gomá había escrito:

“¿Con quién estaría el Papa? ¿Con los que se han empeñado en destruir en España el reino de Cristo, de quien es Vicario, matando a sus sacerdotes y destruyendo sus templos y persiguiendo el nombre cristiano con saña digna de los primeros perseguidores de la Iglesia?” Y había añadido: “Es patente el hecho de la religiosidad de nuestros combatientes, que se lanzaron al campo de batalla para combatir al comunismo por antiespañol y también por anticatólico y ateo; brilla con claridades de mediodía en nuestra historia político-religiosa que la causa de haber puesto pie la bestia asiática en nuestro suelo hispano es la última consecuencia de una serie de desviaciones de los principios católicos…; se refleja con luces de cielo en el lago de sangre de miles y miles de sacerdotes asesinados por el odio del marxismo, que debieran merecer más respeto de ciertos escritores libelistas”.

 Había enjuiciado nuestra historia reciente con estas palabras: “La loca temeridad de los gobernantes durante el quinquenio que precedió el estallido de 1936 fue otra de las causas culminantes de la guerra. El Estado español entró en quiebra en 1932; de ahí vino, a no largo plazo la quiebra de la Nación… Fue un régimen de alevosía que hirió de un golpe a la Nación y al Estado”.

 Enfrentándose con los que buscaban falsos pretextos con que denigrar nuestra contienda, el cardenal Gomá intrépidamente afirmaba:

 “Queden relegados a la categoría ínfima de afirmaciones embusteras los motes que se han conjugado en cancillerías y tertulias políticas, en discursos y trabajos de prensa, como causas y soportes de la guerra. En todo hay escorias en este pobre mundo; pero ni la injusticia social, ni la prepotencia del clero, ni el espíritu “faccioso” de algunos militares, ni la necesidad de salvar las esencias democráticas tienen nada que ver con la raíz profunda del inmenso trastorno que ha pasado España. Este nos vino porque manos procaces, al servicio del nihilismo ruso, se empeñaron en remover los profundos sillares en que se asentaba hacía ya siglos el espíritu natural: Dios y el sentido de justicia del que es Dios el único soporte”.

 Solemnemente escribía al Generalísimo Franco: 

 “Pudimos hundirnos para siempre, y Dios, que ha hallado en V.E. digno instrumento de sus planes providenciales sobre la Patria querida, nos ha concedido ver esta hora de triunfo. Que Dios y la Patria paguen al glorioso Ejército español, y especialmente a V. E. que tan espléndidamente lo ha llevado a la victoria, el colosal esfuerzo que han debido realizar para dar cima a la gigantesca empresa. Y se lo paguen con lo que más estiman las almas nobles: con las fecundidad del sacrificio para bien de la religión y de la Patria; el amor del pueblo, que es la mejor corona de un gobernante; y largos años de vida para seguir trabajando en la paz como lo ha hecho en la guerra”.

 Concretamente, en “La Vanguardia” del 18 de julio de 1939, nos adoctrinaba el cardenal Gomá a los catalanes: 

“¿Quién desencadenó la tormenta trágica?, ¿los ricos?, ¿los pobres?, ¿el hambre?, ¿la falta de trabajo?, ¿la democracia, la política, en ansia de reivindicaciones sociales? Es un catalán que escribe para un diario de Cataluña. Y en Cataluña, la inteligencia, el trabajo, la sobriedad de sus hijos habían llegado a realizar la promesa, falaz en sus labios, del viejo político: la promesa de la caseta y l’hortet para cada ciudadano, que nos ha recordado muchas veces la frase idílica de la Biblia: Cada cual vivía feliz debajo de su higuera y su parral… Porque en Cataluña, queridos paisanos, se comía y se vestía mejor y con más economía que en sitio alguno del orbe… Pero, en un momento, súbitamente, aunque después de años de preparación, faltó, por omisión de unos y por acción de otros, lo que es el nervio del mundo, Dios, que, con su presencia y su ley, lo aglutina todo en el mundo físico y moral. Omisión de casi todos, que dejamos vaciarse nuestras conciencias de la verdad religiosa, y nuestra vida de la moral cristiana y nuestra sociedad de la presencia de Dios en todas las cosas de la vida colectiva. Y la acción ejercida por gente profesional del error y del trastorno político y social, en el taller, en el club revolucionario, en el periódico explosivo y ácrata, en los altos puestos de la administración y gobierno”.

 Sería interminable si quisiéramos reseñar el continuado magisterio, coherente e irrefutable del cardenal Gomá, en perfecta consonancia con Pío XI y Pío XII, y con centenares de obispos de toda la Iglesia universal, manteniendo la tesis de la imperecedera Carta Colectiva del Episcopado Español, de 1 de julio de 1937, bajo cuyos postulados sagrados y altísimos millares de hombres entregaron sus vidas, convencidos plenamente de que la Iglesia como Iglesia, y no como simple opinión personal ni siquiera de un cuerpo social al estilo de los partidos políticos o de las corporaciones públicas por respetables que fueren, había hablado y enseñado.

 Al cardenal Gomá hay que enjuiciarle por la robusta continuidad de todos sus escritos sólidamente doctrinales y comprometidos, y también por los consejos y consignas que, como el que escribe, innumerables veces habíamos recibido particularmente en el Asilo de las Josefinas en Pamplona, durante la Cruzada, en donde se hospedaba y nos había tenido la inmerecida confianza de encomendarnos misiones delicadas de gran trascendencia. Cuantos conocimos y nos honramos con su intimidad sabemos de su indomable firmeza intelectual, de su gran corazón y de cómo férreamente mantenía frente a presiones de toda clase la verdad de la Cruzada Nacional. Lo que es inimaginable en el cardenal Gomá es la mentira, la doblez, los paños, calientes las sinuosidades…

 Por eso, frente a las graves imputaciones que “Sempronio” atribuye al cardenal Gomá, sólo cabe este dilema: o el cardenal Gomá realmente se sintió equivocado, y desmentido en lo que había enseñado en sus documentos pastorales que habían corrido el mundo y arrastrado a toda la opinión católica mundial digna de este nombre, y en este caso no bastaban unos desahogos amigables a estas innominadas personas de que nos habla el director de “Tele-Estel”, en cuya circunstancia en buena moral estaba obligado públicamente a rectificarse, o “Sempronio” inventa tales afirmaciones y, en todo caso, la ética periodística obliga a decir y a presentar paladinamente los testigos de ambas afirmaciones que pone en boca del cardenal Gomá. El cardenal Gomá, a estas horas, no tiene más defensa que la fidelidad histórica que debe velar también por el prestigio de los muertos. Máxime en esta ocasión en que se escarnece la honorabilidad más íntima y más elemental de un cardenal como tal y en su más característica actuación como primado de España, y la legitimidad de la Cruzada como Pío XI, Pío XII, y el Episcopado español y mundial había definido, ensalzado y ponderado en actos de magisterio repetido.

 Esperemos que “Sempronio” presente las pruebas objetivas y convincentes de lo que, a primera vista, puede calificarse como insidias.  No basta callarse a darse por no aludido. O se rectifica sin atenuantes de cuanto ha escrito, declarando que ha calumniado o que ha sido informado por personas insolventes a las que se debe citar sin excusa alguna, aunque con la maligna ligereza que supone entregar a la publicidad acusaciones infamantes de tal índole, o cita con nombres y apellidos y con todos los pelos y señales a los que, bajo juramento, puedan certificar verazmente lo que ponen en boca del cardenal Gomá.

 No marginamos, en un Estado de Derecho, lo que corresponda a otras jurisdicciones. Sería de una insensibilidad imperdonable que no se exigieran las aclaraciones pertinentes ante asertos tan vejatorios contra el cardenal que, rotundamente, en la hora más crítica de España, como se ha dicho, no fue ni un Richelieu ni un Mazarino. Sólo puede parangonarse con el propio cardenal Cisneros. Si en esta ocasión se permite el insulto escrito o la no justificación de lo afirmado, otra vez se habrá cumplido el diagnóstico del propio cardenal Gomá: 

De las grandes conmociones de la Patria querida nunca hemos sacado el bien que era lícito esperar. Siempre España tuvo que coger en el árbol de su historia los frutos en agraz. Ni correspondió la mezquindad de sus partos al dolor de sus alumbramientos”. Y aún más: “Una guerra santa pide, a lo menos, un santo esfuerzo para que no sea estéril la sangre en ella derramada. Los que la dieron tan generosamente, por Dios y por España, clamarían venganza contra quienes no pusieran estos santísimos nombres en la base, en el corazón y en la cumbre de la España que renace”.

 A quien firmaba y entregaba su vida por estos ideales, hoy, impunemente se le denigra presentándole en actitudes inconsecuentes, canallescas e indignas de un hombre, de un cristiano y de un prelado. ¿Es posible? Esperamos la rectificación indeclinable de “Sempronio” o que quien deba haga reparar el honor insultado y maltrecho del cardenal Gomá. Que cada palo aguante su vela. La inconsciencia y la frivolidad tienen sus límites. Inexcusablemente y sin dilaciones.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970