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No a la “berenguerización” de
España
¿Se está “berenguerizando”
España? Todavía no del, todo gracias a Dios. Pero existe una inquietante
tendencia a ir paulatinamente remando a uno de los períodos más tristes de la
historia española del siglo XX, que está vinculado al nombre de un general
español, bizarro, pero definitivamente desgraciado en sus empresas.
Basta haber cumplido los
cincuenta años o, sin haberlos cumplido, revisar con honradez la historia
o la prensa del año 1930. Se verificó entonces un deslizamiento de opinión
hacia lugares y posturas completamente opuestas al destino inmortal de
nuestra patria. Pero la opinión pública no se desliza en ningún sentido si no
existen corifeos que la polaricen o la empujen. Y estos corifeos de la anti España
proliferaban como setas -apurando el símil como setas venenosas- en el ingrato
período que subsiguió al gobierno del general Primo de Rivera.
Comenzaron a surgir los tránsfugas,
los oportunistas, los demagogos y los cambiadores de casaca. Aparecieron los
llamados “intelectuales”, ganosos de añadir facetas de intelectualidad a las
pocas a muchas que atesoraban, colocándose en la línea de un supuesto
pensamiento europeo, amasado siempre en antipatías ancestrales hacia España. Brotaron
los Ossorio y Gallardo con su peregrino “Monárquico sin rey al servicio de la
República”. Los Sánchez Guerra con “No
más servir a señor que en gusano se convierte”, y los don Julianes y Teodomiros
dispuestos a descuartizar al país al socaire de sentimientos tribales
protohistóricos.
En aquella triste situación
comienzan a verse alarmante síntomas en nuestros días, porque no hay nada
nuevo bajo el sol, y el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y
hasta cien veces en la misma piedra. Cierto que en algunas cosas no hemos
llegado a aquella calamitosa situación pero en otras quizás estemos peor. Por
ejemplo, entonces existía como un garantía suprema de la verdad y de
idealismo, una Iglesia Católica homogénea y unida, indefectiblemente fiel al Papado
y a su destino imperecedero. Sólo hubo en la segunda república un cura de
izquierdas, el pintoresco Basilio Álvarez, diversión unánime de tirios y
troyanos. Hoy (1970) aquella fortaleza suprema está
parcialmente desmoronada, con sus muros cuarteados y con el enemigo ocupando
algunas posiciones clave dentro de sus baluartes.
Seamos un poco observadores.
Actualmente lo que siempre se ha llamado chaqueteo pasa por “aggiornamento”.
Cada cual busca sacudirse las pulgas de un posible compromiso con las fuerzas
que han engrandecido el país durante los largos y pacíficos años de la
posguerra. Este dice que era muy joven, aquél que se vio obligado, el de más
allá que tenía que comer. Se escucha un siniestro rumor de migraciones
subterráneas, como de ratas huyendo de un barco que creen que no tardará en
zozobrar.
Han comenzado a salir nuevos “Ossorio y
Gallardo”(católicos sin Dios al servicio del comunismo; derechistas
autoconfesados al servicio de la izquierda; falangistas sin Falange al
servicio ¿de qué…?También pululan los nuevos “Sánchez Guerra”(nomás servir a señor
que me releva del cargo). Los “Basilio Álvarez” se cuentan por docenas y ya
no sirven de diversión sino de escándalo. Y se nota un renacimiento de
fantasías tribales que se salen del regionalismo sano para apuntar a las más
anacrónicas figuras del separatismo; la gente se pregunta si no tardará en
producirse un nuevo Pacto de San Sebastián.
No faltan las consabidas algaradas
de una juventud que no quiere saber la verdad o a la que se mantiene
ignorante voluntariamente. Y tampoco faltan ¿cómo no? los grupitos
intelectuales al servicio de la democracia, los cuales, si sobreviniera lo
que ellos buscan, no tardarían en exclamar, como profirieron los de marras el
clásico “no es eso, no es eso”. Y si ni éstos ni aquéllos pueden ni pudieron
prever este desengaño ¿de qué sirve una intelectualidad que no hace un uso
elemental del intelecto?
Hay, en fin, un corro de
periódicos en continua pugna para superarse en piruetas izquierdistas. Es un
espectáculo triste el de cierta prensa, esencialmente burguesa, que excava su
propia fosa, y vende su decoro a cambio de unos miles de ejemplares lucrados
a costa de lo que sea, lo mismo que este “lo que sea” venga en leña seca para
el descontento o en cloroformo pornográfico.
Ya se ha puesto de moda y
tomado por gracia la defección y la felonía. A quienes fiel a sí mismo y a
sus ideales se le considera como un ser inferior, exaltándose en cambio la “fe
púnica” y la apostasía como costumbres que impone la “marcha de los tiempos”.
Se ridiculiza la hidalguía,
el patriotismo, la castidad, el misticismo y todos los ideales que
diferencian al hombre del bruto, lapidando a quien los mantiene con epítetos
sarcásticos propios de mentes cebolleras: carcas, retrógrados,
inquisidores, fascistas, preconciliares tridentinos…Por el contrario, el
último grito del buen tono es el salto de la garrocha, faltar a la palabra,
cambiar de camisa, pisotear los votos, cubrir de lodo al llegar a la vejez lo
que se incensó en la juventud.
En 1930, bastó este año de
funesto recuerdo para que una prensa en poder de los tránsfugas embaucara y
pervirtiera a la opinión pública, convirtiendo en clamor profuso lo que no
era más que el runrún despotricante de unos cientos de resentidos.
Pidamos al cielo que España
no entre el nuevo período “berenguerizante” que nos conduzca de la mano al
caos. Dios no lo ha de permitir si se encuentran todavía en la piel de toro
algunos justos más que los que contabilizaban Lot y su familia. Y creemos
sinceramente que todavía los hay y no pocos.
Revista FUERZA NUEVA, nº177,30-May-1970
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