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MEDITACIÓN SOBRE EL PAPA
(En el 50 aniversario de la ordenación sacerdotal de Pablo VI)
En una de nuestros anteriores
colaboraciones recordábamos las palabras proféticas del cardenal Bevilacqua:
“El papa Montini está destinado a reinar en medio de los juicios
contrastantes y la incomprensión de los contemporáneos”. Pero no sólo el papa
Montini. Nadie está tan tremendamente sometido al juicio de la historia como
un Papa, Vicario de Cristo en la tierra. Sobre él gravitan todas las fuerzas
que agitan los movimientos de la cultura humana, para hundirle unas veces en
el desprecio y la humillación, por parte de unos; para levantarle, otras, en
la veneración y respeto sumos, por parte de otros. El Pontificado -por lo
menos en la historia del occidente- es el pernio sobre el que se mueven los
acontecimientos más “históricos”, quiero decir más humanos: religiosos,
culturales y políticos.
Desde que el edicto
constantiniano, de principios del siglo IV, da libertad a la Iglesia de las catacumbas,
el Papado cobra una significación definitiva en la historia del Occidente. Este
Occidente cristiano que recoge la cultura clásica y la salva de las ruinas
del Imperio romano, transmitiéndolo al medioevo. Que eleva al Pontificado a
la gloria de los tiempos gregorianos. Que ocupa el centro mecenático de ese
primer renacimiento espléndido del tiempo de Inocencio IV, coronado por las Universidades
Escolásticas, por las figuras incomparables de los grandes maestros, y por el
impulso auténticamente reformador de las Órdenes Mendicantes.
Algo, sin embargo, se
quebraba en aquel tardomedievo del siglo XIV, nominalista y conciliarista,
que anuncia los desmoronamientos de los siglos XV y XVI. Y siempre la primera
y fundamental razón la encontramos en un oscurecimiento del dogma básico
eclesial sobre el primado romano. ElPapado está siempre ahí, en medio,
discutido y defendido, vilipendiado y protegido, La revolución -¡que no “reforma”!-
protestante, lo es principalmente porque el protestantismo (da igual
luteranismo, calvinismo que anglicanismo) es la primera ofensiva en grande
estilo para cambiar el centro religioso de gravitación del Occidente
cristiano en una multitud periférica de puntos, de goznes enloquecidos.
El Papado resiste. Y la
contra-revolución-que no “contra-reforma”- católica erige de nuevo al Papado;
y reúne en torno a él la pléyade de santos, de fundadores, de auténticos
reformadores. La marea pasa dejando en pos de sí luengas tierras encharcadas.
Y la luz de Cristo baña otras playas, llevadas por las carabelas de España. Finalmente,
las revoluciones modernas toman, como uno de sus objetivos principales, el
derrocamiento de la roca del Papa: galicanismo, iluminismo, revolución de la
Bastilla. En 1870, el Vaticano Primero no sólo es la proclamación culminante
de un dogma que destaca la posición única de base y punta del edificio
jerárquico de la Iglesia; es también el anuncio escandaloso del principio de
autoridad ante una época, el liberalismo revolucionario, que estaba minando
los fundamentos de toda sociedad. No sería exagerado afirmar que la
definición dogmática del Primado Romano retrasa en casi un siglo el triunfo
de los movimientos nihilistas de la época.
Y hoy ya, ¿qué significa el Papado
a la historia contemporánea? En primer lugar, un lugar alto del espíritu
hacia donde corren atemorizados los escasos valores humanos que aún están
vivos: el sentido de la justicia, el derecho de gentes, la norma eterna de la
moral natural. Porque, en una tierra dominada por el trust y por la Banca, y
que sucumbe al epicureísmo más craso, hay alguien todavía que lanza el grito
de la “Humanae vitae”, o de la “Pacem in Terris”; o se presenta audazmente en
el ágora más impresionante de Nueva York, como la encarnación visible de la
única posible “Política de Dios y Gobierno de Cristo”.
No podemos darnos cuenta de
esa fuerza inmanente y oculta que todavía representa para el mundo la
situación del Papado católico. Y hasta hay momentos en que se piensa y se
escribe con una absoluta falta de sentido histórico, que la influencia del Papado,
en este mundo tecnológico y secularizado, no representa ya casi nada. El
mundo inmaduro y niño del medioevo; el mundo adolescente y joven del renacimiento,
podían mirar al Papado para protegerse con su tutela secular. Hoy nuestro
mundo se considera adulto y orgulloso de su autonomía, reclama su herencia
secular, y se va muy lejos de la casa del padre de familias.
Pero hay más. Porque (“tercer
punto” de nuestra meditación) ese mundo que se aleja de la colina vaticana:
que quisiera perder de vista la cúpula escandalosa del Buonarotti, hoy es
también una buena parte del mundo católico. Hoy los católicos vivimos bajo
el signo de una “colegialidad” funesta. Esta, sin atreverse a una franca
proclamación de galicanismo ochocentista, o de episcopalismo, está, de hecho,
operando con una especie de obstinado “desgaste” y “deslustre” del Primado
Romano, que obra como un líquido corrosivo sobre un metal precioso. El papado,
con ello, está descendiendo vertiginosamente a ser una institución histórico
humana, fruto de un juridicismo elaborado durante siglos por la tradición
legalista romántica. En este caso, podrá ser, sí, una garantía externa de
unión de todas las actividades eclesiales; pero, no ya, el “principio y
fundamento” de que habla el Concilio Vaticano Primero.
Un Primado “enervado” por una
desconcertante colegialidad, es hoy naturalmente un “centralismo”
molesto. Porque -en contra de todas las hipócritas afirmaciones- se le
quiere pensar como un centro de coordinación de actividades, como una sala de
recepciones, o-para decirlo con el Sínodo holandés-“el Papa, un presidente o
secretario general de todas las iglesias”.Pierde, pues, el elemento de
comunicación dinámica de la fuerza de comunión jerárquica. No es ya como una
potente fuerza solar presente necesariamente en todas las manifestaciones
térmicas de la Iglesia.
Y con el declive “dogmático”,
el Papado hoy sufre un tremendo declive “psicológico-afectivo”. Naturalmente
no nos referimos a aquella sentimentalidad romántica que acompañaba al “Prisionero
de Roma”, en la que hoy nadie puede ya pensar. Nos referimos a este clima de
crítica a la persona del Papa que ha surgido como deporte de invierno para
tantos teólogos sicofantes, para tantos periodistas católicos venales, para
tantos laicos escritores de crónicas desaprensivas. ¿Cómo se ha podido llegar
aquí? Nuestra meditación iría muy lejos... Pero una es la causa decisiva: ese
declive dogmático incontenido hacia una colegialidad herética. Pueden, sí,
existir otros factores temporales que aspan a la Iglesia de Dios, y aún a sus
representantes supremos, con los estigmas de una temporalidad irreversible. Pero,
diríamos, nadie hoy tiene perspectiva histórica suficiente para erigirse en
juez de la historia contemporánea del Papado.
Santo Padre, Pablo VI: en
esta angustia que atraviesa tu corazón de padre, en el momento preciso de tu
devotísimo cincuentenario, ungido sacerdote del Señor, estamos junto a ti; porque
“donde está Pedro allí está la Iglesia”.
Mariano DE ZARCO
Revista FUERZA NUEVA, nº178,6-Jun-1970
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