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El doctor Marañón y la repetición de anacronismos
(…) En 1930, el doctor Marañón tuvo un papel decisivo. El nombre del doctor Gregorio Marañón
encabeza el manifiesto de la “Agrupación al Servicio de la República”,
publicado en “El Sol”, el 9 de febrero de 1931. Marañón se ufanaba de la
erosión con que los intelectuales estaban carcomiendo la débil monarquía liberal.
En el domicilio del doctor Marañón, Romanones y Alcalá-Zamora pactaron la
entrega de la monarquía al comité revolucionario. Marañón tenía, por tanto, unas
credenciales de republicanismo indiscutible.
Pero llegó 1936. Entonces
Gregorio Marañón, desgarrado ante el hundimiento total de España y ante la entrega
de la misma a la URSS, en “La Nación”, de Buenos Aires, el 3 de enero de 1938,
y en el número del 15 de diciembre de 1937, en “La Revue” de París, publicó el
ensayo “Liberalismo y Comunismo”, sintetizando en el mismo sus “reflexiones
sobre la revolución española”.
¿Es exagerado hablar del
peligro comunista?
Cuando se hace presentir la
concatenación que ciertas ideologías de neoliberales tienen, como de causa a efecto,
con el comunismo en España, algunas con sonrisa y desdén de superhombres,
piensan o dicen que se exagera. Esto, en 1931, era mucho más fácil y justificable
poderlo afirmar. No obstante, señala y dictamina el doctor Marañón:
“En la misma caída de la Monarquía y
el rendimiento de la República, la influencia visible del comunismo fue
muy escasa. Si se repasa la propaganda, muy activa y violenta, que
procedió a las elecciones de abril del año 1931 (las que ocasionaron el
cambio de régimen), apenas se
encontrará en ellas rastros de comunismo. Creo que este nombre no se pronunció una sola vez en el mitin de la
plaza de toros que precedió en pocos días a la votación de Madrid y que la
decidió a favor de las izquierdas. Cuando aquella noche leyó los discursos
uno de los ministros del Gobierno monárquico hizo el comentario de que la mayoría
de ellos habían sido más templados que cualquiera de los que se pronunciaron
veinte años más atrás con ocasión de los sucesos de Barcelona, por los
hombres liberales, gubernamentales y monárquicos.
Esta misma impresión se recoge de las “Memorias” del que era entonces
director de Seguridad de Madrid, el general Mola, que habían alcanzar,
andando los años, tan alta celebridad. Idéntica falta de preocupación
directamente comunista se refleja, dentro de la conciencia de gravedad de la
situación,en las conversaciones de los últimos gobernantes de la Monarquía,
con varios de los cuales nos unía una estrecha amistad personal.
Sin embargo, la campaña de los partidos y de la Prensa de la derecha anunciaba una serie de
catástrofes si el movimiento republicano triunfaba,a pesar de su carácter
pacífico y de que sus principales jefes eran hombres moderados, liberales, muchos, inclusive,sin tradición
republicana; entre ellos el propio señor Azaña. Ahora sería arbitrario
discurrir sobre lo que hubiera sucedido de no sobrevenir el advenimiento de
la República, suceso que en aquellas circunstancias era, a mi juicio,
inevitable; y lo prueba la absoluta naturalidad con que ocurrió.
En la historia hay una cosa absolutamente prohibida: el juzgar lo que
hubiera sucedido de no haber sucedido lo que sucedió. Mas lo que no admite duda es que las
profecías de la derechas extremas y monárquicas, que se oponían a la
República, se realizaron por completo: desorden continuo, huelgas inmotivadas, quema de conventos,
persecución religiosa, exclusión del poder de los liberales que habían
patrocinado el movimiento y que no se prestaron a la política de clases;
negativa a admitir en la normalidad a las gentes de derecha que de buena fe acataron
al régimen, aunque como es natural, no se sentían inflamadas de republicanismo
extremista.
El liberal oyó estas
profecías con desprecio suicida. Sería
hoy faltar inútilmente a una verdad elemental el ocultarlo. Varios siglos de éxito en la gobernación
de los pueblos -algunos aún no extinguidos- como los de las democracias
inglesa y norteamericana- habían dado al liberal una excesiva, a veces
petulante, confianza en su superioridad.
La casi totalidad de las estatuas que en las calles de Europa y
América enseñan a las gentes el culto de los grandes hombres tienen escrito
en su zócalo el nombre de un liberal. Cualquiera que sea el porvenir político
de España, no cabe duda que en esta fase de su historia fue el reaccionario y no el liberal, acostumbrado a vencer,el que acertó.
Pero aún estas previsiones pesimistas se fundaban en la intervención de
fuerzas ocultas, como el judaísmo y la francmasonería, más que en la acción
comunista directa, que parecía hasta a los más suspicaces teórica, o, por lo
menos, muy remota”.
También el doctor Marañón se
equivocó
Si al doctor Marañón se le
escapó el peligro comunista, hasta cierto punto, era explicable para un
español de su ideología en 1931. En España no habíamos tenido todavía una
experiencia en nuestra propia carne. Pero a pesar de que los efectivos
comunistas en aquella época eran minúsculos, ya pronto se dio a conocer cuál
era el resorte efectivo de aquella República que se prometía democrática y
avanzada.
El doctor Gregorio Marañón,
en pleno fragor de las armas, de las víctimas y de la ruina de España, supo
examinar concienzudamente los gravísimos defectos del liberalismo, del que él
mismo siempre se había profesado expositor y partidario fanático. En la hora
de la verdad, tras sus graves equivocaciones, tan fatales para España,
honradamente supo confesar y denunciar las contradicciones y cegueras de su liberalismo.
El doctor Marañón afirmaba
que “en política, el único mecanismo psicológico del cambio es la conversión,
nunca el convencimiento. Y debe siempre sospecharse del que cambia porque
dice que se ha convencido”. Bien, pero eso será en el orden individual. La
sociedad y el Estado no pueden permitir que impunemente se preparen nuevos
fosos y caos a plazo fijo porque cierto resentidos no se convencen…
Jaime TARRAGÓ
Revista FUERZA NUEVA, nº177, 30-May-1970
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