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martes, 10 de febrero de 2026

El doctor Marañón: republicano desengañado

 Artículo de 1970

 El doctor Marañón y la repetición de anacronismos 

 (…) En 1930, el doctor Marañón tuvo un papel decisivo. El nombre del doctor Gregorio Marañón encabeza el manifiesto de la “Agrupación al Servicio de la República”, publicado en “El Sol”, el 9 de febrero de 1931. Marañón se ufanaba de la erosión con que los intelectuales estaban carcomiendo la débil monarquía liberal. En el domicilio del doctor Marañón, Romanones y Alcalá-Zamora pactaron la entrega de la monarquía al comité revolucionario. Marañón tenía, por tanto, unas credenciales de republicanismo indiscutible.

 Pero llegó 1936. Entonces Gregorio Marañón, desgarrado ante el hundimiento total de España y ante la entrega de la misma a la URSS, en “La Nación”, de Buenos Aires, el 3 de enero de 1938, y en el número del 15 de diciembre de 1937, en “La Revue” de París, publicó el ensayo “Liberalismo y Comunismo”, sintetizando en el mismo sus “reflexiones sobre la revolución española”. 

¿Es exagerado hablar del peligro comunista?

 Cuando se hace presentir la concatenación que ciertas ideologías de neoliberales tienen, como de causa a efecto, con el comunismo en España, algunas con sonrisa y desdén de superhombres, piensan o dicen que se exagera. Esto, en 1931, era mucho más fácil y justificable poderlo afirmar. No obstante, señala y dictamina el doctor Marañón:

 En la misma caída de la Monarquía y el rendimiento de la República, la influencia visible del comunismo fue muy escasa. Si se repasa la propaganda, muy activa y violenta, que procedió a las elecciones de abril del año 1931 (las que ocasionaron el cambio de régimen), apenas se encontrará en ellas rastros de comunismo. Creo que este nombre no se pronunció una sola vez en el mitin de la plaza de toros que precedió en pocos días a la votación de Madrid y que la decidió a favor de las izquierdas. Cuando aquella noche leyó los discursos uno de los ministros del Gobierno monárquico hizo el comentario de que la mayoría de ellos habían sido más templados que cualquiera de los que se pronunciaron veinte años más atrás con ocasión de los sucesos de Barcelona, por los hombres liberales, gubernamentales y monárquicos.

 Esta misma impresión se recoge de las “Memorias” del que era entonces director de Seguridad de Madrid, el general Mola, que habían alcanzar, andando los años, tan alta celebridad. Idéntica falta de preocupación directamente comunista se refleja, dentro de la conciencia de gravedad de la situación,en las conversaciones de los últimos gobernantes de la Monarquía, con varios de los cuales nos unía una estrecha amistad personal.

 Sin embargo, la campaña de los partidos y de la Prensa de la derecha anunciaba una serie de catástrofes si el movimiento republicano triunfaba,a pesar de su carácter pacífico y de que sus principales jefes eran hombres moderados, liberales, muchos, inclusive,sin tradición republicana; entre ellos el propio señor Azaña. Ahora sería arbitrario discurrir sobre lo que hubiera sucedido de no sobrevenir el advenimiento de la República, suceso que en aquellas circunstancias era, a mi juicio, inevitable; y lo prueba la absoluta naturalidad con que ocurrió.

 En la historia hay una cosa absolutamente prohibida: el juzgar lo que hubiera sucedido de no haber sucedido lo que sucedió. Mas lo que no admite duda es que las profecías de la derechas extremas y monárquicas, que se oponían a la República, se realizaron por completo: desorden continuo, huelgas inmotivadas, quema de conventos, persecución religiosa, exclusión del poder de los liberales que habían patrocinado el movimiento y que no se prestaron a la política de clases; negativa a admitir en la normalidad a las gentes de derecha que de buena fe acataron al régimen, aunque como es natural, no se sentían inflamadas de republicanismo extremista.

 El liberal oyó estas profecías con desprecio suicida. Sería hoy faltar inútilmente a una verdad elemental el  ocultarlo. Varios siglos de éxito en la gobernación de los pueblos -algunos aún no extinguidos- como los de las democracias inglesa y norteamericana- habían dado al liberal una excesiva, a veces petulante, confianza en su superioridad.  La casi totalidad de las estatuas que en las calles de Europa y América enseñan a las gentes el culto de los grandes hombres tienen escrito en su zócalo el nombre de un liberal. Cualquiera que sea el porvenir político de España, no cabe duda que en esta fase de su historia fue el reaccionario y no el liberal, acostumbrado a vencer,el que acertó.

 Pero aún estas previsiones pesimistas se fundaban en la intervención de fuerzas ocultas, como el judaísmo y la francmasonería, más que en la acción comunista directa, que parecía hasta a los más suspicaces teórica, o, por lo menos, muy remota”.

 También el doctor Marañón se equivocó

 Si al doctor Marañón se le escapó el peligro comunista, hasta cierto punto, era explicable para un español de su ideología en 1931. En España no habíamos tenido todavía una experiencia en nuestra propia carne. Pero a pesar de que los efectivos comunistas en aquella época eran minúsculos, ya pronto se dio a conocer cuál era el resorte efectivo de aquella República que se prometía democrática y avanzada.

 El doctor Gregorio Marañón, en pleno fragor de las armas, de las víctimas y de la ruina de España, supo examinar concienzudamente los gravísimos defectos del liberalismo, del que él mismo siempre se había profesado expositor y partidario fanático. En la hora de la verdad, tras sus graves equivocaciones, tan fatales para España, honradamente supo confesar y denunciar las contradicciones y cegueras de su liberalismo.

 El doctor Marañón afirmaba que “en política, el único mecanismo psicológico del cambio es la conversión, nunca el convencimiento. Y debe siempre sospecharse del que cambia porque dice que se ha convencido”. Bien, pero eso será en el orden individual. La sociedad y el Estado no pueden permitir que impunemente se preparen nuevos fosos y caos a plazo fijo porque cierto resentidos no se convencen…

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº177, 30-May-1970

 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Salvador de Madariaga, exministro republicano, criticó a la II República

 

 El intelectual y exministro republicano Salvador de Madariaga contra la Segunda República

 (…) El testimonio que aducimos es precisamente el de un intelectual republicano, indiscutiblemente el español más britanizado que ha existido y existe. Nos referimos a Salvador de Madariaga.

 En su libro “España”, Salvador de Madariaga examina el proceso desintegrador de la República. La República, según Salvador de Madariaga, fue el término de toda la paz social en España:

 Al hundirse, a principios del siglo XIX, la armazón tradicional del Estado español, fue necesario comenzar a reconstruir desde los cimientos. De aquí y de allá, vinieron haciéndose esfuerzos a tal fin, ya por individuos particulares, ya por el mismo Estado, para crear y fomentar este tejido director del cuerpo político. Estos esfuerzos fracasaban lastimosamente, tarde o temprano, cuando volvía a acudirá a España la fiebre terciana de su guerra civil. El último de estos movimientos de honda creación, el que debe su origen a don Francisco Giner de los Ríos, fue que alcanzó mayor éxito. Gracias al período relativamente largo de paz interior de que gozó España bajo la restauración borbónica (1876-1931) pudo este esfuerzo ir adquiriendo volumen e importancia, y como el país de suyo da vigor y posee ricos dones creadores, el reinado de Alfonso XIII contará en la historia de la cultura española sino como un siglo de oro, al menos como una era de plata”.

 La tarea esencial de la República debía haber sido procurar que continuase la paz interior para que en el cuerpo político de la nación fuese desarrollándose aquel tejido dirigente con fuerza y espesor suficientes para habérselas con los problemas que dividían a la opinión”.

 (…) Lo más antagónico a estos postulados fue la democracia republicana, sagazmente enjuiciada por Salvador de Madariaga:

 Pero aunque la República pudo haber sido moderada, el caso es que no lo fue. El ímpetu de ocho años de energía comprimida y la fogosidad de ocho años de ensueños sin acción (Gobierno de Primo de Rivera) vencieron a la prudencia en el alma de los hombres que tomaron a su cargo la nave del Estado, y así llevaron a la República a todo vapor a estrellarse contra las rocas inmutables de la terquedad española”.

 Quedó, pues, destruida aquella paz precaria y siempre inestimable, sin la que en España no podrá nunca llegar a construirse el Estado fuerte y competente que una nación tan vigorosa y creadora necesita poseer.Agobiado a diario por incidentes constantes y por revueltas mayores y menores que su propio doctrinarismo estimulaba, como si para tales cosas fuera necesario el estímulo, el Gobierno se veía incapacitado para emprender la educación política del pueblo, si es que pensó en hacerlo”.

 La República, tan enfáticamente proclamada democrática y liberal, gobernó casi siempre anticonstitucionalmente y con poderes extraordinarios. Lo afirma Madariaga:

 La República, quizá más todavía en sus etapas de izquierda, se vio precisada a protegerse contra su propia Constitución mediante leyes de excepción como la de Defensa de la República o la de Orden Público, que aunque poco conciliables con los principios constitucionales, apenas fueron suficientes para evitar accesos de violencia y la continua efervescencia de los impacientes”.

 Todo esto de que la democracia es un paraíso, en donde todos los pareceres se pueden expresar con respeto mutuo, es un cuento tártaro. La experiencia democrática española es muy elocuente, como registra Madariaga:

 Para colmo de males, la extrema izquierda, según la ley general de la política española, se dispuso a hacer traición a la izquierda a principios de 1933. Sacudió todo Levante un viento de revolución y de violencia, de Barcelona a Valencia y de Murcia a Sevilla, en todo este sector donde la semilla anarquista de Bakunin y Sorel ha prendido con tanto vigor en el alma ibérica. Se proclamaba el comunismo libertario, se atacaba a la Guardia Civil, se confiscaban tierras y propiedades y se organizaban huelgas deliberadamente insolubles para mantener vivo el fermento de agitación. Ni el Gobierno ni las Cortes podían trabajar en paz”.

 La sinfonía democrática fue creciendo de tono, según nos explica Madariaga, exministro republicano de Instrucción Pública y de Justicia:

 La epidemia de huelgas y desórdenes violentos que comenzó el 8 de diciembre de 1933 tuvo muy poco que ver con el cambio de Gobierno. Debióse en particular al ímpetu revolucionario de los anarcosindicalistas, para quienes tales huelgas y desórdenes eran de desear en sí. Transformáronse los quioscos de flores de las Ramblas de Barcelona en nidos de ametralladoras, y hubo violentos choques en La Coruña, Zaragoza, Huesca, Barbastro, Calatayud y Granada, donde pasaron por la prueba del fuego iglesias y conventos. El expreso de Barcelona a Sevilla fue víctima de un atentado, con muerte de diecinueve viajeros”.

 La República fue eminentemente monolítica, demagógica y partidista, sin admitir el juego de la voluntad popular manifestada masivamente en las elecciones. Los llamados partidos demócratas españoles y catalanistas utilizaron la violencia como sistema habitual en contra del sufragio universal. No se muerde la lengua el ilustre britanizado Salvador de Madariaga en estas afirmaciones:

 El alzamiento (socialista-separatista) de octubre de 1934 es imperdonable. La decisión de llamar al poder a la C.E.D.A. era inatacable, inevitable y hasta debida desde hacía ya tiempo. El argumento de que el señor Gil Robles intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era la vez hipócrita y falso. Hipócrita, porque todo el mundo sabía que los socialistas del señor Largo Caballero estaban arrastrando a los demás a una rebelión contra la Constitución de 1931 sin consideración alguna para lo que se proponía o no el señor Gil Robles; y, por otra parte, a la vista está que el señor Companys y la Generalitat entera violaron también la Constitución. ¿Con qué fe vamos a aceptar como heroicos defensores de la República de 1931 contra sus enemigos más o menos ilusorios de la derecha, a aquellos mismos que para defenderla a la destruían?”

 Tampoco se puede aducir ninguna exigencia social y reivindicativa por parte de los mineros asturianos (1934) . Madariaga condena así tal rebelión:

 “… su actitud se debió por entero a consideraciones teóricas y doctrinarias que tanto se preocupaban de la Constitución del 31 como de las coplas de Calainos. Si los campesinos andaluces que padecen hambre y sed se hubiesen alzado contra la República  no nos hubiera quedado más remedio que comprender y compadecer. Pero los mineros asturianos eran obreros bien pagados de una industria que, por frecuente colisión entre patronos y obreros, venía obligando al Estado a sostenerla a un nivel artificial y antieconómico, que una España bien organizada habrá de revisar”.

 Incluso Madariaga, que no sabemos sea especialista en Derecho Público Cristiano, encuentra un precedente justificativo moral de nuestra Cruzada en la explosión selvática, criminal y sangrienta, del 6 de octubre de 1934, organizada por el Partido Socialista Español y la Esquerra Republicana de Cataluña, con la que tan amistosamente colaboraba Acció Catalana. Estas son sus contundentes palabras:

 CON LA REBELIÓN DE 1934, LA IZQUIERDA ESPAÑOLA PERDIÓ HASTA LA SOMBRA DE AUTORIDAD MORAL PARA CONDENAR LA REBELIÓN DE 1936”. (…)

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº169, 4-Abr-1970



miércoles, 29 de octubre de 2025

Acción Española en el recuerdo (E. Vegas Latapie)

 Artículo de 1976

 EUGENIO VEGAS LATAPIE, MAESTRO INCANSABLE (CON “ACCIÓN ESPAÑOLA” AL FONDO)

 Es Eugenio Vegas Latapie. Un pedazo de nuestra historia más inmediata. Un hombre íntegro que ha cumplido sesenta y nueve años el veinte de febrero último, sin variar un ápice de sus ideales y de sus esperanzas desde que, en los tempranos años de su juventud, al acabar el bachillerato, fundase la revista “Cruz y Verdad”. De él ha dejado escrito el ilustre ensayista nicaragüense Pablo Antonio Cuadra: “Su proselitismo hizo posible la agrupación en fe, en ideales y en acción, de mentalidades gloriosas como Calvo Sotelo, Maeztu, Pradera…”

 Vegas Latapie, en 1930 y en el curso de una conferencia que pronuncia en Santander, alude críticamente al general Primo de Rivera, al no haber sabido dar un contenido doctrinal a su obra de Gobierno. Publica su primer libro en el año 1932: “Catolicismo y República”. En sus páginas se combate a quienes propugnaban la incorporación de los católicos al nuevo régimen, planeando, al mismo tiempo, la reconquista de la Academia de Jurisprudencia, baluarte republicano desde hacía varios años.

 Vegas Latapie publica en el periódico “La Época” -madrileño- más de un centenar de editoriales. De él ha dejado escrito José Félix de Lequerica: “Hombre providencial, sin cuyo idealismo pragmático y ejecutivo no tendríamos montado el aparato espiritual la gran revolución reformadora de nuestra Patria”.

 Tanto en la preparación del Alzamiento como en la misma guerra, Vegas Latapie participa activamente. Antes, en 1935, ha publicado “Romanticismo y democracia” y, posteriormente, una “Antología de Acción Española”. Después vendrán “El pensamiento político de Calvo Sotelo” y “Escritos políticos” (este último recoge algunos de los editoriales de “Acción Española”), recién acabada la guerra. Es preceptor del príncipe Juan Carlos de Borbón durante una carta temporada en los años 40 en Lausana (Suiza). En 1955, tras múltiples vicisitudes políticas, consigue el reingreso en el Consejo de Estado, del que se le había apartado. En 1958 establece contacto personal con Jean Ousset, fundador de “La Cité Catholique”, que dará como resultado, posteriormente, la fundación de una editorial y una revista en España. El 14 de diciembre en 1965 ingresa oficialmente en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

 ***

-El primer número de “Acción Española” salió el 16 de diciembre de 1931. Por esas mismas fechas estaba en marcha la organización de la Sociedad Cultural del mismo nombre, que inició sus actividades en febrero de 1932, en el mismo local que hoy (1976) ocupa la Sociedad de Autores, con una conferencia de Ramiro de Maeztu.

 -“Acción Española” nació de la confluencia de tres iniciativas distintas, pero de gran semejanza. Ramiro de Maeztu proyectaba la publicación de una revista consagrada a exponer y propagar los ideales que alentaron y forjaron la Hispanidad. El marqués de Quintanar pensaba en una revista declaradamente monárquica, defensora de la persona de don Alfonso XIII y bajo el influjo doctrinal del Integralismo portugués, creado por Antonio Sardinha. Por último, yo venía soñando con una revista doctrinal, de gran nivel científico, que defendiera y propagara los principios básicos del Derecho Público Cristiano, principios que habían sido propugnados casi exclusivamente por los grandes maestros del Tradicionalismo español. Para la defensa y difusión de la doctrina contrarrevolucionaria, se habrían de emplear argumentos estrictamente racionales y científicos, relegando para las concentraciones de masas los alegatos de inflamado lirismo y las remembranzas heroicas y epopéyicas.

 - “Acción Española” nació para salvar a España del abismo a que la arrastraban los falsos principios que desde fines del siglo XVIII venían sustentando sus clases directoras. Los fundadores de “Acción Española” estábamos convencidos de estas dos máximas: una, que las ideas gobiernan a los pueblos y, otra, que los pueblos son lo que quieren sus gobernantes. Por ello, dedicó sus esfuerzos a desintoxicar a las clases directoras de los falsos dogmas que servían de base a su pensamiento, sembrando al mismo tiempo en su lugar los principios salvadores del Derecho Público Cristiano.

 Ideales de “Acción Española”

 -Los ideales de “Acción Española” se compendian en el trilema “Dios, Patria y Rey”, que siempre había defendido la Comunión Tradicionalista. Los tres términos del trilema conservan perpetua validez aunque ocasionalmente pueden ser silenciados y desconocidos. Ahora bien, esos términos no son iguales ni se puede alterar su orden caprichosamente. Dios es lo primero y lo principal, y el Estado debe reconocer y garantizar el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. Después de Dios está la Patria, conjunto y asociación de familias, municipios, regiones, clases, instituciones, corporaciones, con vida y leyes propias, con sus fueros, libertades y franquicias tradicionales. Después de la Patria está el Rey, que obedezca la voluntad de Dios y respete las leyes y fueros de su pueblo.

 -Para “Acción Española” la verdad y excelencia de la Monarquía se demuestra como teorema, pero rechazaba todo atisbo de regalismo pagano que diviniza al Rey e hizo suyo el aforismo medieval de que “los reyes son para los pueblos y no los pueblos para los reyes”.

 ***

En “Acción Española” colaboraron falangistas, monárquicos, alfonsinos, carlistas, e incluso miembros de la C.E.D.A. ¿Por qué así, siendo que en el ideario de estos grupos había de hecho importantes diferencias?

 -En efecto, en la sociedad y revista “Acción Española” colaboraron una serie de escritores que pertenecían a los grupos políticos que menciona. Pero todos estaban unidos en los principios básicos fundamentales. Desaparecidos los partidos políticos de la Restauración, al proclamarse la República el 14 de abril, sus componentes siguieron tres diversas direcciones: uno se adhirieron a la recientemente proclamada República; otros se apartaron de las lides políticas, y por último, otros, siguiendo a Goicochea y a Vallellano, se alistaron en la agrupación fundada por Ángel Herrera con el nombre de Acción Nacional, a las pocas semanas del cambio de régimen. A este recién nacido partido se acogió la masa de los monárquicos alfonsinos, los tradicionalistas de todas las tendencias y elementos católicos y de orden no adscritos a ningún grupo político concreto. Durante los primeros meses de su existencia, Acción Nacional constituyó el único refugio para los elementos de orden; fue una auténtica “unión de derechas”.

 Pronto se desgajaron los tradicionalistas que, a la muerte de su caudillo don Jaime, en octubre de 1931, unificaron sus diversas ramas jaimistas, integristas y mellistas, reconstituyendo el Partido Tradicionalista del venerable don Alfonso Carlos, hermano de Carlos VII. El nuevo caudillo, en carta de octubre de 1931 dirigida a don Alfonso XIII le decía: “Ya que no tengo sucesión y soy tan viejo, no se trataría más que de un corto paso entre nuestra rama y la tuya. Yo no figuro más que como el puente”. En efecto, al extinguirse la línea masculina del carlismo, habría de acudirse, conforme a la Ley Sálica, a la descendencia del Infante don Francisco de Paula, hermano de Fernando VII y Carlos V, cuyo hijo Francisco de Asís fue esposo de Isabel II y padre de Alfonso XII.

 Una vez recaída en Alfonso XII y su descendencia legitimidad de sangre u origen, tan sólo faltaba que también se diera en esa línea la legitimidad de ejercicio, mediante el repudio por sus titulares de los principios liberales y revolucionarios. A la trascendental labor de “monarquizar” y “desliberalizar” a los monárquicos alfonsinos, y en lugar principal al entonces Príncipe de Asturias don Juan de Borbón y Battenberg, dedicó Acción Española atención preferente. Sus intensas campañas hacían presagiar los mejores resultados. En sus filas colaboraban, en comunión de ideales, alfonsinos como el marqués de Quintanar, Ramiro de Maeztu, José María Pemán, José Calvo Sotelo, Pedro Sainz Rodríguez, Jorge Vigón…; tradicionalistas como Víctor Pradera, el conde de Rodezno, Marcial Solana…

 No había discrepancias entre alfonsinos y carlistas de “Acción Española”, pero tampoco con los afiliados a la CEDA que colaboraban con sus trabajos, Ibáñez Martín, Marqués de Lozoya, Fernández Ladreda… cosa que no es de extrañar, ya que la casi totalidad de los afiliados a la CEDA eran y seguían considerándose monárquicos alfonsinos.

 En cuanto a los elementos falangistas, Montes, Sánchez Mazas, Giménez Caballero… que colaboraron en “Acción Española”, también compartían sus ideales fundamentales. Por los días en que se fundaba Falange Española, escribió Eugenio Montes: “En medio de un paisaje desolado, vencido a la intemperie, comenzó “Acción Española” a edificar para lo que todos creíamos un mañana lejanísimo. Desde esta Covadonga de “Acción Española” estamos reconquistando España”.

 José Antonio Primo de Rivera tan sólo asistió a dos banquetes organizados por “Acción Española”: uno, en 1933, en honor de José María Pemán; y otro, en febrero de 1935, el honor de Eugenio Montes, en el que pronunció un inédito y magnífico discurso, cuyo texto taquigráfico conservo. Pero su discurso fundacional de la Falange fue reproducido íntegramente en la revista “Acción Española” bajo el título de “Bandera que se alza” (…).

 -Ramiro de Maeztu, Víctor Pradera y Calvo Sotelo, principales mártires de “Acción Española”

 Maeztu fue, en decir de Montes, quien encendió la zarza mosaica de la Hispanidad: jerarquía, servicio, hermandad, principios capitales en la predicación de Maeztu. También la denuncia y refutación reiterada y contundente de la Revolución y del comunismo. Maeztu era una excepción en el desierto intelectual de los tiempos de Primo de Rivera. Fue gravísimo error de éste el haber enviado a don Ramiro de embajador a Buenos Aires, en lugar de haberle facilitado tribuna y medios abundantes para propagar su pensamiento y sus escritos. El recuerdo que conservo de Maeztu es el de un profeta y mártir de la civilización cristiana, que enardecía a sus jóvenes oyentes impulsándoles a seguir la cuesta arriba hasta alcanzar el Calvario y la Cruz.

 Víctor Pradera, ingeniero de caminos y abogado, diputado a Cortes varias veces y vocal del Tribunal de Garantías Constitucionales cuando fue asesinado, fue un integérrimo defensor de los ideales tradicionalistas. Su razonamiento era rectilíneo y aplastante y de una ejemplar inflexibilidad. Pese a pequeñas discrepancias, fue total nuestra compenetración. Fue concurrente asiduo a la tertulia de “Acción Española” y todos los presentes nos sentimos un día sacudidos cuando repentinamente Maeztu le interrogó: “Don Víctor, ¿cuándo nos asesinan a Vd. y a mí?” Irreparable desgracia para España ha sido que el general Primo de Rivera diera de lado las ponencias que a su petición le envió Pradera sobre organización del Estado en las primeras semanas del advenimiento de la dictadura militar. Su principal colaboración en la revista consistió en su magistral estudio sobre “Los falsos dogmas” y la serie de artículos que luego se editaron con el título de “El Estado Nuevo”.

 Calvo Sotelo fue el colaborador cuya firma aparece más veces en la colección de “Acción Española”. Aparece en el número uno y también en el último, correspondiente a junio de 1936. Sobre la evolución del pensamiento político de Calvo Sotelo, pronuncié en 1940 una conferencia en la Real Academia de Jurisprudencia, que posteriormente se publicó en un volumen. Calvo Sotelo era el jefe consagrado y reconocido por todos del Movimiento Nacional. En un álbum de homenaje póstumo, alguien escribió:“Nosotros le queríamos para gobernante; Dios lo ha escogido para mártir; los caminos de Dios son siempre los mejores”. En el banquete que le ofreció “Acción Española”, en mayo de 1934, al regresar a la Patria después de tres años de destierro, Calvo Sotelo dijo textualmente que: “Acción Española” ha realizado una labor formidable y precisa. Y añadía: “El milagro de “Acción Española” le hacía merecer un alto título de gratitud de España por haber llevado a las clases intelectuales a las derechas o por haber intelectualizado a las derechas”. De los tres grandes mártires de “Acción Española”, tan sólo me cupo el tristísimo honor de velar el cadáver de este último. Durante una hora permanecí en compañía de Ramiro de Maeztu y otras personas junto al féretro del protomártir, contemplando el impresionante desfile de una multitud de llorosa y sedienta de justicia por la sangre del justo. Esto ocurría en la tarde del martes 14 de julio de 1936.

 -¿Cuáles cree que fueron las causas principales de la caída de la monarquía liberal?

 Como causa remota cabe señalar la difusión en el siglo XVIII de doctrinas enciclopedistas y revolucionarias entre las clases directoras españolas. En el reinado de Carlos III se sembraron las semillas que, al fructificar hicieron triunfar los principios revolucionarios en las Cortes de Cádiz, iniciándose así la era de las revoluciones. Por eso, Ramiro de Maeztu calificaba los siglos XVIII y XIX de “dos siglos traidores”. Tras una serie de luchas, la ideología revolucionaria ha terminado por invadir todos los ambientes. A esta universal intoxicación se refería Menéndez Pelayo en 1910, al exclamar: “Hoy contemplamos el lento suicidio de un pueblo engañado mil veces por gárrulos sofistas…”

 Podrían señalarse causas próximas, como las bases de la restauración canovista, la pérdida de Cuba y Filipinas, la destitución de Maura como jefe de Gobierno en 1909, para aplacar a elementos revolucionarios; pero, en mérito a la brevedad, nos limitaremos a la implantación de la dictadura de Primo de Rivera en 1923.La impopularidad del régimen entonces existente era tan grande que la nación acogió con aplauso el golpe de Estado que puso fin al pistolerismo que sembraba el espanto en Barcelona y otras localidades. También la Dictadura resolvió la sangrienta pesadilla de Marruecos, mejoró la Hacienda, realizó importantes obras públicas, pero no supo preparar su futuro.Primo de Rivera eraun dictador sin doctrina y por tanto no pudo dársela a España. Extirpó la anarquía pero dejó vivas sus causas. Al abandonar el poder, en enero de 1930, era muy positivo su balance con el sólo gravísimo error de su total carencia de doctrina.

 A la caída de Primo de Rivera, las clases directoras, que con tanto entusiasmo habían acogido su advenimiento, no tuvieron otro programa que el “retorno a la normalidad”. Esa normalidad consistía en resucitar el desacreditado y funesto régimen liberal derribado por la Dictadura. El Gobierno que sucedió a Primo de Rivera estaba constituido por antiguos políticos empeñados en restaurar el régimen de partidos, tan desacreditado antes del golpe de Estado. La casi totalidad de los ministros eran escépticos respecto a la virtualidad de la Monarquía y su obsesión era la de contemporizar con los elementos revolucionarios, sirviéndoles y halagándoles en toda circunstancia.

 El mismo rey estaba contagiado con el error imperante: “Monarquía o República, da lo mismo”, dijo Alfonso XIII, en un discurso público, en octubre de 1930, explicando con ello su actitud del 14 de abril del siguiente año.

Criticando el regio escepticismo, se irguió Víctor Pradera, proclamando a grandes voces, que aún resuenan en mis oídos, que República o Monarquía no eran lo mismo; que la Corona no era del rey, sino de España, y que éste no podía jugar con ella.

 El 14 de abril de 1931 se abrieron las esclusas que venían conteniendo a las corrientes revolucionarias, y tras cinco años de tropelías, incendios y desmanes, estalló la guerra civil. Porque no daba lo mismo Monarquía que República, Víctor Pradera fue asesinado en septiembre de 1936. Alfonso XIII era patriota y valiente pero no creía en las virtudes de la Monarquía; nadie se las había enseñado ni él las supo deducir de la experiencia. La Monarquía liberal cayó por indefensión mental. El liberalismo había conducido al escepticismo respecto a la Monarquía. Por falta de fe en ella, nadie luchó en su defensa. Frente a tanto escepticismo, yo afirmo que la verdad de la Monarquía se demuestra como un teorema, aunque las razones a su favor son tan profundas que no están al alcance de la mayoría de las gentes.

 ¿Sigue opinando que la democracia, según la concepción de la Revolución Francesa, será perjudicial a España?

 Sigo creyendo que la democracia es el mal y muerte de las naciones y que a la larga resultará fatal a todos los países.“La democracia disolviendo el Imperio Británico” era el título de un artículo publicado en 1928, que no puedo releer sin asombrarme del acertado diagnóstico. El creciente y endémico desorden que perturba a casi todos los países occidentales es consecuencia de las instituciones democráticas que las rigen. Hace más de medio siglo que Splenger escribió que lo que llaman orden las Constituciones liberales no es más que la anarquía hecha costumbre. En ellos los ciudadanos pacíficos y trabajadores viven en constante zozobra en tanto que campan por sus respetos los asesinos y ladrones estimulados y amparados por un falso y disparatado concepto de dignidad humana tan piadosa para con los criminales como sorda y ciega para con sus víctimas.(…) Las llamadas monarquías a la moderna no son tales monarquías sino formas crepusculares y circunstanciales que terminarán desembocando el totalitarismo comunista. (…)

 Ferviente deseo

 Don Eugenio Vegas Latapie recuerda a los que un día estuvieron con él y defendieron la misma causa (Pemán, Areilza…)  que han venido en ser los oportunistas de siempre, y se le entristece el alma.

 -Estoy separado de toda actuación política, por muy graves razones, desde 1947, fecha en que renuncié al cargo de secretario político del conde de Barcelona. Desde entonces vivo en el terreno puro de los principios, contrastando mis arraigadas condiciones con las enseñanzas de la vida diaria y de la Historia. Mis convicciones son inmutables por basarse en principios que considero verdades absolutas. Siempre estimé muy difícil el triunfo de mis ideales, incluso en las trágicas pero esperanzadoras vísperas del Alzamiento Nacional. Mi constante pesimismo obedecía al convencimiento de que las doctrinas erróneas aun seguían infectando a la gran mayoría de los componentes de las clases directoras, no obstante la ingente y sufrida labor de desintoxicación intelectual realizada por Acción Española. De esos temores y pesimismo dejé constancia pública en el editorial que salió en cabeza de la “Antología de Acción Española”, publicada en 1937, con encomiásticos elogios del general Franco y el cardenal Gomá, primado de Toledo. Meses después fue prohibida por las autoridades (época de Serrano Suñer) la reaparición de Acción Española. Con gran diligencia se impidió que sus principios se propagaran en prensa, radio y en la Universidad.

 He sufrido mucho en defensa de mis ideales, que hoy (1976) contemplo en posición peor a cuando inicié mis  trabajos. Por añadidura, la casi totalidad de mis amigos de antaño se han ido separando para ocupar posiciones más ventajosas. Ante semejante panorama siento la tentación de rendirme (…). Para bien de España desearía que mis doctrinas fueran falsas. Estoy deseando rendirme a la evidencia de la falsedad de los principios que he servido toda mi vida. Siempre gozaría del inefable consuelo de pensar que Dios conoce hasta lo más recóndito de nuestras intenciones y que todo cuanto he dicho y hecho lo he realizado en cumplimiento de lo que creía mi deber para con mi Dios y con mi Patria. (…)

 Javier Badía

 

Revista FUERZA NUEVAnº 490, 29-May-1976