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El intelectual y exministro republicano Salvador de Madariaga contra
la Segunda República
(…) El testimonio que aducimos
es precisamente el de un intelectual republicano, indiscutiblemente el
español más britanizado que ha existido y existe. Nos referimos a Salvador de
Madariaga.
En su libro “España”,
Salvador de Madariaga examina el proceso desintegrador de la República. La
República, según Salvador de Madariaga, fue el término de toda la paz social
en España:
“Al hundirse, a principios
del siglo XIX, la armazón tradicional del Estado español, fue necesario
comenzar a reconstruir desde los cimientos. De aquí y de allá, vinieron
haciéndose esfuerzos a tal fin, ya por individuos particulares, ya por el
mismo Estado, para crear y fomentar este tejido director del cuerpo político. Estos
esfuerzos fracasaban lastimosamente, tarde o temprano, cuando volvía a acudirá
a España la fiebre terciana de su guerra civil. El último de estos movimientos
de honda creación, el que debe su origen a don Francisco Giner de los Ríos,
fue que alcanzó mayor éxito. Gracias al período relativamente largo de paz
interior de que gozó España bajo la restauración borbónica (1876-1931) pudo
este esfuerzo ir adquiriendo volumen e importancia, y como el país de suyo da
vigor y posee ricos dones creadores, el reinado de Alfonso XIII contará en la
historia de la cultura española sino como un siglo de oro, al menos como una
era de plata”.
“La tarea esencial de la
República debía haber sido procurar que continuase la paz interior para que
en el cuerpo político de la nación fuese desarrollándose aquel tejido
dirigente con fuerza y espesor suficientes para habérselas con los problemas
que dividían a la opinión”.
(…) Lo más antagónico a estos
postulados fue la democracia republicana, sagazmente enjuiciada por Salvador
de Madariaga:
“Pero aunque la República
pudo haber sido moderada, el caso es que no lo fue. El ímpetu de ocho años de
energía comprimida y la fogosidad de ocho años de ensueños sin acción (Gobierno de Primo de Rivera) vencieron a la prudencia en el alma de
los hombres que tomaron a su cargo la nave del Estado, y así llevaron a la
República a todo vapor a estrellarse contra las rocas inmutables de la
terquedad española”.
“Quedó, pues, destruida
aquella paz precaria y siempre inestimable, sin la que en España no podrá nunca
llegar a construirse el Estado fuerte y competente que una nación tan
vigorosa y creadora necesita poseer.Agobiado a diario por incidentes
constantes y por revueltas mayores y menores que su propio doctrinarismo
estimulaba, como si para tales cosas fuera necesario el estímulo, el Gobierno
se veía incapacitado para emprender la educación política del pueblo, si es
que pensó en hacerlo”.
La República, tan
enfáticamente proclamada democrática y liberal, gobernó casi siempre anticonstitucionalmente
y con poderes extraordinarios. Lo afirma Madariaga:
“La República, quizá más
todavía en sus etapas de izquierda, se vio precisada a protegerse contra su
propia Constitución mediante leyes de excepción como la de Defensa de la
República o la de Orden Público, que aunque poco conciliables con los
principios constitucionales, apenas fueron suficientes para evitar accesos de
violencia y la continua efervescencia de los impacientes”.
Todo esto de que la
democracia es un paraíso, en donde todos los pareceres se pueden expresar con
respeto mutuo, es un cuento tártaro. La experiencia democrática española es
muy elocuente, como registra Madariaga:
“Para colmo de males, la
extrema izquierda, según la ley general de la política española, se dispuso a
hacer traición a la izquierda a principios de 1933. Sacudió todo Levante un
viento de revolución y de violencia, de Barcelona a Valencia y de Murcia a
Sevilla, en todo este sector donde la semilla anarquista de Bakunin y Sorel
ha prendido con tanto vigor en el alma ibérica. Se proclamaba el comunismo
libertario, se atacaba a la Guardia Civil, se confiscaban tierras y
propiedades y se organizaban huelgas deliberadamente insolubles para mantener
vivo el fermento de agitación. Ni el Gobierno ni las Cortes podían trabajar
en paz”.
La sinfonía democrática fue
creciendo de tono, según nos explica Madariaga, exministro republicano de
Instrucción Pública y de Justicia:
“La epidemia de huelgas y
desórdenes violentos que comenzó el 8 de diciembre de 1933 tuvo muy poco que ver
con el cambio de Gobierno. Debióse en particular al ímpetu revolucionario de
los anarcosindicalistas, para quienes tales huelgas y desórdenes eran de desear
en sí. Transformáronse los quioscos de flores de las Ramblas de Barcelona en
nidos de ametralladoras, y hubo violentos choques en La Coruña, Zaragoza,
Huesca, Barbastro, Calatayud y Granada, donde pasaron por la prueba del fuego
iglesias y conventos. El expreso de Barcelona a Sevilla fue víctima de un
atentado, con muerte de diecinueve viajeros”.
La República fue
eminentemente monolítica, demagógica y partidista, sin admitir el juego de la
voluntad popular manifestada masivamente en las elecciones. Los llamados
partidos demócratas españoles y catalanistas utilizaron la violencia como
sistema habitual en contra del sufragio universal. No se muerde la lengua el
ilustre britanizado Salvador de Madariaga en estas afirmaciones:
“El alzamiento (socialista-separatista) de octubre de 1934 es imperdonable. La
decisión de llamar al poder a la C.E.D.A. era inatacable, inevitable y hasta
debida desde hacía ya tiempo. El argumento de que el señor Gil Robles
intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era la vez
hipócrita y falso. Hipócrita, porque todo el mundo sabía que los socialistas
del señor Largo Caballero estaban arrastrando a los demás a una rebelión
contra la Constitución de 1931 sin consideración alguna para lo que se
proponía o no el señor Gil Robles; y, por otra parte, a la vista está que el
señor Companys y la Generalitat entera violaron también la Constitución. ¿Con
qué fe vamos a aceptar como heroicos defensores de la República de 1931 contra
sus enemigos más o menos ilusorios de la derecha, a aquellos mismos que para
defenderla a la destruían?”
Tampoco se puede aducir
ninguna exigencia social y reivindicativa por parte de los mineros asturianos (1934) .
Madariaga condena así tal rebelión:
“… su actitud se debió por
entero a consideraciones teóricas y doctrinarias que tanto se preocupaban de
la Constitución del 31 como de las coplas de Calainos. Si los campesinos
andaluces que padecen hambre y sed se hubiesen alzado contra la República no nos hubiera quedado más remedio que
comprender y compadecer. Pero los mineros asturianos eran obreros bien
pagados de una industria que, por frecuente colisión entre patronos y obreros,
venía obligando al Estado a sostenerla a un nivel artificial y antieconómico,
que una España bien organizada habrá de revisar”.
Incluso Madariaga, que no
sabemos sea especialista en Derecho Público Cristiano, encuentra un
precedente justificativo moral de nuestra Cruzada en la explosión selvática,
criminal y sangrienta, del 6 de octubre de 1934, organizada por el Partido
Socialista Español y la Esquerra Republicana de Cataluña, con la que tan
amistosamente colaboraba Acció Catalana. Estas son sus contundentes palabras:
“CON LA REBELIÓN DE 1934,
LA IZQUIERDA ESPAÑOLA PERDIÓ HASTA LA SOMBRA DE AUTORIDAD MORAL PARA CONDENAR
LA REBELIÓN DE 1936”. (…)
Revista FUERZA NUEVA, nº169, 4-Abr-1970
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