Buscar este blog

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Salvador de Madariaga, exministro republicano, criticó a la II República

 

 El intelectual y exministro republicano Salvador de Madariaga contra la Segunda República

 (…) El testimonio que aducimos es precisamente el de un intelectual republicano, indiscutiblemente el español más britanizado que ha existido y existe. Nos referimos a Salvador de Madariaga.

 En su libro “España”, Salvador de Madariaga examina el proceso desintegrador de la República. La República, según Salvador de Madariaga, fue el término de toda la paz social en España:

 Al hundirse, a principios del siglo XIX, la armazón tradicional del Estado español, fue necesario comenzar a reconstruir desde los cimientos. De aquí y de allá, vinieron haciéndose esfuerzos a tal fin, ya por individuos particulares, ya por el mismo Estado, para crear y fomentar este tejido director del cuerpo político. Estos esfuerzos fracasaban lastimosamente, tarde o temprano, cuando volvía a acudirá a España la fiebre terciana de su guerra civil. El último de estos movimientos de honda creación, el que debe su origen a don Francisco Giner de los Ríos, fue que alcanzó mayor éxito. Gracias al período relativamente largo de paz interior de que gozó España bajo la restauración borbónica (1876-1931) pudo este esfuerzo ir adquiriendo volumen e importancia, y como el país de suyo da vigor y posee ricos dones creadores, el reinado de Alfonso XIII contará en la historia de la cultura española sino como un siglo de oro, al menos como una era de plata”.

 La tarea esencial de la República debía haber sido procurar que continuase la paz interior para que en el cuerpo político de la nación fuese desarrollándose aquel tejido dirigente con fuerza y espesor suficientes para habérselas con los problemas que dividían a la opinión”.

 (…) Lo más antagónico a estos postulados fue la democracia republicana, sagazmente enjuiciada por Salvador de Madariaga:

 Pero aunque la República pudo haber sido moderada, el caso es que no lo fue. El ímpetu de ocho años de energía comprimida y la fogosidad de ocho años de ensueños sin acción (Gobierno de Primo de Rivera) vencieron a la prudencia en el alma de los hombres que tomaron a su cargo la nave del Estado, y así llevaron a la República a todo vapor a estrellarse contra las rocas inmutables de la terquedad española”.

 Quedó, pues, destruida aquella paz precaria y siempre inestimable, sin la que en España no podrá nunca llegar a construirse el Estado fuerte y competente que una nación tan vigorosa y creadora necesita poseer.Agobiado a diario por incidentes constantes y por revueltas mayores y menores que su propio doctrinarismo estimulaba, como si para tales cosas fuera necesario el estímulo, el Gobierno se veía incapacitado para emprender la educación política del pueblo, si es que pensó en hacerlo”.

 La República, tan enfáticamente proclamada democrática y liberal, gobernó casi siempre anticonstitucionalmente y con poderes extraordinarios. Lo afirma Madariaga:

 La República, quizá más todavía en sus etapas de izquierda, se vio precisada a protegerse contra su propia Constitución mediante leyes de excepción como la de Defensa de la República o la de Orden Público, que aunque poco conciliables con los principios constitucionales, apenas fueron suficientes para evitar accesos de violencia y la continua efervescencia de los impacientes”.

 Todo esto de que la democracia es un paraíso, en donde todos los pareceres se pueden expresar con respeto mutuo, es un cuento tártaro. La experiencia democrática española es muy elocuente, como registra Madariaga:

 Para colmo de males, la extrema izquierda, según la ley general de la política española, se dispuso a hacer traición a la izquierda a principios de 1933. Sacudió todo Levante un viento de revolución y de violencia, de Barcelona a Valencia y de Murcia a Sevilla, en todo este sector donde la semilla anarquista de Bakunin y Sorel ha prendido con tanto vigor en el alma ibérica. Se proclamaba el comunismo libertario, se atacaba a la Guardia Civil, se confiscaban tierras y propiedades y se organizaban huelgas deliberadamente insolubles para mantener vivo el fermento de agitación. Ni el Gobierno ni las Cortes podían trabajar en paz”.

 La sinfonía democrática fue creciendo de tono, según nos explica Madariaga, exministro republicano de Instrucción Pública y de Justicia:

 La epidemia de huelgas y desórdenes violentos que comenzó el 8 de diciembre de 1933 tuvo muy poco que ver con el cambio de Gobierno. Debióse en particular al ímpetu revolucionario de los anarcosindicalistas, para quienes tales huelgas y desórdenes eran de desear en sí. Transformáronse los quioscos de flores de las Ramblas de Barcelona en nidos de ametralladoras, y hubo violentos choques en La Coruña, Zaragoza, Huesca, Barbastro, Calatayud y Granada, donde pasaron por la prueba del fuego iglesias y conventos. El expreso de Barcelona a Sevilla fue víctima de un atentado, con muerte de diecinueve viajeros”.

 La República fue eminentemente monolítica, demagógica y partidista, sin admitir el juego de la voluntad popular manifestada masivamente en las elecciones. Los llamados partidos demócratas españoles y catalanistas utilizaron la violencia como sistema habitual en contra del sufragio universal. No se muerde la lengua el ilustre britanizado Salvador de Madariaga en estas afirmaciones:

 El alzamiento (socialista-separatista) de octubre de 1934 es imperdonable. La decisión de llamar al poder a la C.E.D.A. era inatacable, inevitable y hasta debida desde hacía ya tiempo. El argumento de que el señor Gil Robles intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era la vez hipócrita y falso. Hipócrita, porque todo el mundo sabía que los socialistas del señor Largo Caballero estaban arrastrando a los demás a una rebelión contra la Constitución de 1931 sin consideración alguna para lo que se proponía o no el señor Gil Robles; y, por otra parte, a la vista está que el señor Companys y la Generalitat entera violaron también la Constitución. ¿Con qué fe vamos a aceptar como heroicos defensores de la República de 1931 contra sus enemigos más o menos ilusorios de la derecha, a aquellos mismos que para defenderla a la destruían?”

 Tampoco se puede aducir ninguna exigencia social y reivindicativa por parte de los mineros asturianos (1934) . Madariaga condena así tal rebelión:

 “… su actitud se debió por entero a consideraciones teóricas y doctrinarias que tanto se preocupaban de la Constitución del 31 como de las coplas de Calainos. Si los campesinos andaluces que padecen hambre y sed se hubiesen alzado contra la República  no nos hubiera quedado más remedio que comprender y compadecer. Pero los mineros asturianos eran obreros bien pagados de una industria que, por frecuente colisión entre patronos y obreros, venía obligando al Estado a sostenerla a un nivel artificial y antieconómico, que una España bien organizada habrá de revisar”.

 Incluso Madariaga, que no sabemos sea especialista en Derecho Público Cristiano, encuentra un precedente justificativo moral de nuestra Cruzada en la explosión selvática, criminal y sangrienta, del 6 de octubre de 1934, organizada por el Partido Socialista Español y la Esquerra Republicana de Cataluña, con la que tan amistosamente colaboraba Acció Catalana. Estas son sus contundentes palabras:

 CON LA REBELIÓN DE 1934, LA IZQUIERDA ESPAÑOLA PERDIÓ HASTA LA SOMBRA DE AUTORIDAD MORAL PARA CONDENAR LA REBELIÓN DE 1936”. (…)

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº169, 4-Abr-1970



No hay comentarios:

Publicar un comentario